Miguel de Cervantes
La Galatea
Dividida en seis libros
[Tasa]
Yo, Miguel de Ondarza Zavala, escribano de Cámara de Su Majestad, de los que residen en el su
Consejo, doy fe que, habiéndose visto por los dichos señores del Consejo un libro que con privilegio real
imprimió Miguel de Cervantes, intitulado
Los seis libros de Galatea, tasaron a tres maravedís el pliegoescripto en molde, para que sin pena alguna se pueda vender. Y mandaron que esta tasa se ponga al
principio de cada volumen de los que ansí fueren impresos, para que no se exceda dello; y, en fe dello, lo
firmé de mi nombre. Fecha en Madrid, a trece días del mes de marzo de mil y quinientos y ochenta y cinco
años.
Miguel de Ondarza Zavala.
Erratas
Folio 2, página 2, línea 1: la desdeñaba,
le desdeñaba; folio 3, página 1, línea 8: tal mala, tan mala; folio20, página 2, línea 9: acababan,
acababa; folio 25, página 1, línea 14: sus a padres, a sus padres; folio 29,página 2, línea 15: esfogado,
desfogado; folio 69, página 2, línea última: por toda, por todo; folio 90,página 1, línea penúltima: valla,
allá; folio 90, página 2, línea 10: ne se diese, no se diese; folio 93, página2, línea 5: que tan doloroso,
que en tan doloroso; folio 98, página 2, línea 1: no da la luz, no da luz; folio105, página 2, línea 18: se hallase,
me hallase; folio 107, página 1, línea 2: acordara, acobardara; folio 119,página 1, línea 11: ePro,
Pero; folio 138, página 1, línea penúltima: no pudo, no puedo; folio 144, página 1,línea 4: tierra,
tierna; folio 147, página 1, línea 2: flor tierra, flor tierna; folio 203, página 2, línea 22:derriban,
derivan; folio 214, página 1, línea 13: deleitar, dilatar; folio 219, página 1, línea 4: alegar, alegra;folio 221, página 1, línea 5: creer que,
creer lo que; folio 223, página 1, línea 14; es gusto, es justo; folio229, página 1, línea 17: al te adora,
al que te adora; folio 262, página 2, línea 8: ímpelu, ímpetu; folio 278,página 1, línea 19: valeroso amo,
valeroso ánimo; folio 330, página 2, línea 2: Y así, Y si; folio 335, página1, línea 2: León el que,
León es el que; folio 339, página 1, línea 10: Romero, Romeo; folio 343, página 1,línea 14: sin las obras,
sin las sombras; folio 344, página 1, lí nea 16: un fin hermoso, si un fin hermoso;folio 354, página 2, línea 5: desechas,
endechas; folio 355, página 1, tras el verso 5: di este, anchas, cortasy extendidas; folio 362, página 2, línea 1: a[r]diente,
ardientes; folio 193, página 1, línea 13: después quedice el oro, el brocado, diga
que sobre nuestros cuerpos echamos. Como, &c.Yo, el licenciado Várez de Castro, corrector por Su Majestad en esta Universidad de Alcalá, vi este libro,
intitulado
Primera parte de la Galatea, y le hallé bien impreso conforme a su original, sacadas las erratasarriba dichas; y por la verdad, di ésta, firmada de mi nombre. Fecha hoy, postrero de febrero de ochenta y
cinco años.
El licenciado Várez de Castro.
[Aprobación]
Por mandado de los señores del Real Consejo, he visto este libro, intitulado
Los seis libros de Galatea, ylo que me parece es que se puede y debe imprimir, atento a ser tratado apacible y de mucho ingenio, sin
perjuicio de nadie, así la prosa como el verso; antes, por ser libro provechoso, de muy casto estilo, buen
romance y galana invención, sin tener cosa malsonante, deshonesta ni contraria a buenas costumbres, se le
puede dar al autor, en premio de su trabajo, el privilegio y licencia que pide. Fecha en Madrid, a primero de
febrero de MDLXXXIIII.
Lucas Gracián de Antisco.
El rey
Por cuanto por parte de vos, Miguel de Cervantes, estante en nuestra Corte, nos ha sido hecha relación
que vos habíades compuesto un libro intitulado
Galatea, en verso y en prosa castellano, y que os habíacostado mu cho trabajo y estudio, por ser obra de mucho ingenio, suplicándonos os mandásemos dar
licencia para lo poder imprimir, y privilegio por doce años, o como la nuestra merced fuese; lo cual visto
por los del nuestro Consejo, y como por su mandado se hizo en el dicho libro la diligencia que la
pregmática por nos ahora nuevamente hecha sobre ello dispone, fue acordado que debíamos mandar dar
esta nuestra cédula para vos en la dicha razón, e nos tuvímoslo por bien, por to cual vos damos licencia y
facultad para que, por tiempo de diez años primeros siguientes, que corren y se cuentan desde el día de la
data della, vos, o la persona que vuestro poder hubiere, podáis imprinúr y vender el dicho libro, que desuso
se hace mención, en estos nuestros reinos. Y por la presente damos licencia y facultad a cualquier impresor
dellos que vos nombráredes para que por esta vez le pueda imprimir por el original que en el nue[stro]
Consejo se vio, que van rubricadas las planas y firmado al fin dél de Miguel de Ondarza Zavala, nuestro
escribano de Cámara de los que en el nuestro Consejo residen; y con que, antes que se venda, le traigáis al
nuestro Consejo, juntamente con el original, para que se vea si la dicha impresión está conforme a él, o
trayáis fe en pública forma en cómo por el corretor nombrado por nuestro mandado se vio y corrigió la
dicha impresión con el original, y se imprimió conforme a él, y quedan asimismo impresas las erratas por él
apuntadas para cada un libro de los que así fueren impresos; y tase el precio que por cada volumen hubiéredes
de haber, so pena de caer a incurrir en las penas contenidas en la dicha pregmática y leyes de nuestros
reinos. Y mandamos que, durante el dicho tiempo, persona alguna, sin vuestra licencia, no to pueda
imprintir, so pena que el que le imprimiere o vendiere en estos nuestros reinos haya perdido y pierda todos
y cualesquier libros y moldes que dél tuviere y vendiere; y más, incurra en pena de cincuenta mil
maravedís: la tercera parte para el denunciador, y la otra tercera parte para la nuestra Cáma ra, y la otra
tercera parte para el juez que to sentenciare. Y mandamos a los del nuestro Consejo, presidentes, oidores de
las nuestras audiencias, alcaldes, alguaciles de la nuestra Casa y Corte y chancillerías, y a todos los corregidores,
asistentes, gobernadores, alcaldes mayores y ordinarios, y otros jueces y justicias cualesquier de
todas las ciudades, villas y lugares de nuestros reinos y señoríos, así a los que ahora son como los que serán
de aquí adelante, que vos guarden y cumplan esta cédula y merced que así vos hacemos, y contra el tenor y
forma della no vayan ni pasen en manera alguna, so pena de la nuestra merced y de diez mil maravedís para
la nuestra Cámara. Fecha en Madrid, a XXII días del mes de febrero de mil y quinientos y ochenta y cuatro
años.
Yo, el rey.
Por mandado de Su Majestad:
Antonio de Eraso.
Dedicatoria
Al Ilustrísimo señor Ascanio Colona,
abad de Sancta Sofía.
Ha podido tanto conmigo el valor de V. S. Ilust[r]ísima, que me ha quitado el miedo que, con razón,
debiera tener en osar ofrescerle estas primicias de mi corto ingenio. Mas, considerando que el estremado de
V. S. Ilustrísima no sólo vino a España para ilustrar las mejores universidades della, sino también para ser
norte por donde se encaminen los que alguna virtuosa sciencia profesan, especialmente los que en la de la
poesía se ejercitan, no he querido perder la ocasión de seguir esta guía, pues sé que en ella y por ella todos
hallan seguro puerto y favorable acogimiento. Hágale V. S. Ilustrísima bueno a mi deseo, el cual envío
delante, para dar algún ser a este mi pequeño servicio. Y si por esto no lo meresciere, merézcalo, a lo
menos, por haber seguido algunos años las vencedoras banderas de aquel sol de la milicia que ayer nos
quitó el cielo delante de los ojos, pero no de la memoria de aquellos que procuran tenerla de cosas dignas
della, que fue el Excelentísimo padre de V. S. Ilustrísima. Juntando a esto el efecto de reverencia que
hacían en mi ánimo las cosas que, como en profecía, oí muchas veces decir de V. S. Ilustrísima al cardenal
de Aquaviva, siendo yo su camarero en Roma, las cuales ahora no sólo las veo cumplidas, sino todo el
mundo que goza de la virtud, cris tiandad, magnificiencia y bondad de V. S. Ilustrísima, con que da cada día
señales de la clara y generosa estirpe do deciende, la cual en antigüedad compite con el principio y
príncipes de la grandeza romana, y en las virtudes y heroicas obras con la mesma virtud y más encumbradas
hazañas, como nos lo certifican mil verdaderas historias, llenas de los famos os hechos del
tronco y ramos de la real casa Colona, debajo de cuya fuerza y sitio yo me pongo ahora, para hacer escudo
a los murmu radores que ninguna cosa perdonan; aunque si V. S. Ilustrísima perdona este mi atrevimiento,
ni tendré qué temer, ni más que desear, sino que Nuestro Señor guarde la llustrísima persona de V. S. con el
acrescentamiento de dignidad y estado que sus servidores deseamos.
Ilustrísimo Señor,
B. L. M. de V. S.
Su mayor servidor:
Miguel de Cervantes Saavedra.
Curiosos lectores
La ocupación de escrebir églogas en tiempo que, en general, la poesía anda tan desfavorescida, bien
recelo que no será tenido por ejercicio tan loable que no sea necesario dar alguna particular satisfación a los
que, siguiendo el diverso gusto de su inclinación natural, todo lo que es diferente dél estiman por trabajo y
tiempo perdido. Mas, pues a ninguno toca satisfacer a ingenios que se encierran en términos tan limitados,
sólo quiero responder a los que, libres de pasión, con mayor fundamento se mueven a no admitir las
diferencias de la poesía vulgar, creyendo que los que en esta edad tratan della se mueven a publicar sus
escriptos con ligera consideración, llevados de la fuerza que la pasión de las composiciones proprias suele
tener en los autores dellas; para lo cual puedo ale gar de mi parte la inclinación que a la poesía siempre he
tenido y la edad, que, habiendo apenas salido de los límites de la juventud, parece que da licencia a
semejantes ocupaciones. De más de que no puede negarse que los es tudios desta facultad (en el pasado
tiempo, con razón, tan estimada) traen consigo más que medianos provechos, como son enriquecer el poeta,
considerando su propria lengua, y enseñorearse del artificio de la elocuencia que en ella cabe, para
empresas más altas y de mayor importancia, y abrir camino para que, a su imitación, los ánimos estrechos,
que en la brevedad del lenguaje antiguo quieren que se acabe la abundancia de la lengua castellana,
entiendan que tienen campo abierto, fértil y espacioso, por el cual, con facilidad y dulzura, con gravedad y
elocuencia, pueden correr con libertad, descubriendo la diversidad de conceptos agudos, graves, sotiles y
levantados que en la fertilidad de los ingenios españoles la favorable influencia del cielo con tal ventaja en
diversas partes ha producido, y cada hora produce en la edad dichosa nuestra, de to cual puedo ser yo cierto
testigo, que conozco algunos que, con justo derecho, y sin el empacho que yo llevo, pudieran pasar con
seguridad carrera tan peligrosa.
Mas son tan ordinarias y tan diferentes las humanas dificultades, y tan varios los fines y las acciones, que
unos, con deseo de gloria, se aventuran; otros, con temor de infamia, no se atreven a publicar lo que, una
vez descubierto, ha de sufrir el juicio del vulgo, peligroso y casi siempre engañado. Yo, no porque tenga
razón para ser confiado, he dado muestras de atrevido en la publicación deste libro, sino porque no sabría
determinarme destos dos inconvinientes cuál sea el mayor: o el de quien con ligereza, deseando comunicar
el talento que del cielo ha rescib[id]o, temprano se aventura a ofrescer los frutos de su ingenio a su patria y
amigos, o el que, de puro escrupuloso, perezoso y tardío, jamás acabando de contentarse de lo que hace y
entiende, tiniendo sólo por acertado lo que no alcanza, nunca se determina a descubrir y comu nicar sus
escriptos. De manera que, así como la osadía y confianza del uno podría condemnarse por la licencia
demasiada, que con seguridad se concede, asimesmo el recelo y la tardanza del otro es vicioso, pues tarde o
nunca aprovecha con el fruto de su ingenio y estudio a los que esperan y desean ayudas y ejemplos
semejantes para pasar adelante en sus ejercicios.
Huyendo destos dos inconvinientes, no he publicado antes de ahora este libro, ni tampoco quise tenerle
para mí solo más tiempo guardado, pues para más que para mi gusto solo le compuso mi entendimiento.
Bien sé lo que suele condemnarse exceder nadie en la materia del estilo que debe guardarse en ella, pues el
príncipe de la poesía latina fue calumniado en alguna de sus églogas por haberse levantado más que en las
otras; y así, no temeré mucho que alguno condemne haber mezclado razones de filosofía entre algunas
amorosas de pastores, que pocas veces se levantan a más que a tratar cosas del campo, y esto con su
acostumbrada llaneza. Mas, advirtiendo, como en el discurso de la obra alguna vez se hace, que mu chos de
los disfrazados pastores della lo eran sólo en el hábito, queda llana esta objectión. Las demás que en la
invención y en la disposición se pudieren poner, discúlpelas la intención segura del que leyere, como lo
hará siendo discreto, y la voluntad del autor, que fue de agradar, haciendo en esto lo que pudo y alcanzó;
que, ya que en esta parte la obra no responda a su deseo, otras ofresce para adelante de más gusto y de
mayor artificio.
De Luis Gálvez de Montalvo
al autor
Soneto
Mientra del yugo sarracino anduvo
tu cuello preso y tu cerviz domada,
y allí tu alma, al de la fe amarrada,
a más rigor, mayor firmeza tuvo,
gozóse el cielo; mas la tierra estuvo
casi viuda sin ti, y, desamparada
de nuestras musas, la real morada
tristeza, llanto, soledad mantuvo.
Pero después que diste al patrio suelo
tu alma sana y tu garganta suelta
dentre las fuerzas bárbaras confusas,
descubre claro tu valor el cielo,
gózase el mundo en tu felice vuelta
y cobra España las perdidas musas.
De don Luis de Vargas Manrique
Soneto
Hicieron muestra en vos de su grandeza,
gran Cervantes, los dioses celestiales,
y, cual primera, dones inmortales
sin tasa os repartió naturaleza.
Jove su rayo os dio, que es la viveza
de palabras que mueven pedemales;
Dïana, en exceder a los mortales
en castidad de estilo con pureza;
Mercurio, las historias marañadas;
Marte, el fuerte vigor que el brazo os mueve;
Cupido y Venus, todos sus amores;
Apolo, las canciones concertadas;
su sciencia, las hermanas todas nueve;
y, al fin, el dios silvestre, sus pastores.
De López Maldonado
Soneto
Salen del mar, y vuelven a sus senos,
después de una veloz, larga carrera,
como a su madre universal primera,
los hijos della largo tiempo ajenos.
Con su partida no la hacen menos,
ni con su vuelta más soberbia y fiera,
porque tiene, quedándose ella entera,
de su humor siempre sus estanques llenos.
La mar sois vos, ¡oh Galatea estremada!,
los ríos, los loores, premio y fruto
con que ensalzáis la más ilustre vida.
Por más que deis, jamás seréis menguada,
y menos cuando os den todos tributo,
con él vendréis a veros más crescida.
Primero libro de Galatea
Mientras que al triste, lamentable acento
del mal acorde son del canto mío,
en eco amarga de cansado aliento,
responde el monte, el prado, el llano, el río,
demos al sordo y presuroso viento
las quejas que del pecho ardiente y frío
salen a mi pesar, pidiendo en vano
ayuda al río, al monte, al prado, al llano.
Crece el humor de mis cansados ojos
las aguas deste río, y deste prado
las variadas flores son abrojos
y espinas que en el alma s'han entrado.
No escucha el alto monte mis enojos,
y el llano de escucharlos se ha cansado;
y así, un pequeño alivio al dolor mío
no hallo en monte, en llano, en prado, en río.
Creí que el fuego que en el alma enciende
el niño alado, el lazo con que aprieta,
la red sotil con que a los dioses prende
y la furia y rigor de su saeta,
que así ofendiera como a mí me ofende
al subjeto sin par que me subjeta;
mas contra un alma que es de mármol hecha,
la red no puede, el fuego, el lazo y flecha.
Yo sí que al fuego me consumo y quemo,
y al lazo pongo humilde la garganta,
y a la red invisible poco temo,
y el rigor de la flecha no me espanta.
Por esto soy llegado a tal estremo,
a tanto daño, a desventura tanta,
que tengo por mi gloria y mi sosiego
la saeta, la red, el lazo, el fuego.
Esto cantaba Elicio, pastor en las riberas de Tajo, con quien naturaleza se mostró tan liberal, cuanto la
fortuna y el amor escasos, aunque los discursos del tiempo, consumidor y renovador de las humanas obras,
le trujeron a términos que tuvo por dichosos los infinitos y desdichados en que se había visto, y en los que
su deseo le había puesto, por la incomparable belleza de la sin par Galatea, pastora en las mesmas riberas
nacida; y, aunque en el pastoral y rústico ejercicio criada, fue de tan alto y subido entendimiento, que las
discretas damas, en los reales palacios crescidas y al discreto tracto de la corte acostumbradas, se tuvieran
por dichosas de parescerla en algo, así en la discreción como en la hermosura. Por los infinitos y ricos
dones con que el cielo a Galatea había adornado, fue querida, y con entrañable ahínco amada, de muchos
pastores y ganaderos que por las riberas de Tajo su ganado apascentaban; entre los cuales se atrevió a
quererla el gallardo Elicio, con tan puro y sincero amor cuanto la virtud y honestidad de Galatea permitía.
De Galatea no se entiende que aborresciese a Elicio, ni menos que le amase; porque a veces, casi como
convencida y obligada a los muchos servicios de Elicio, con algún honesto favor le subía al cielo; y otras
veces, sin tener cuenta con esto, de tal manera le desdeñaba que el enamorado pastor la suerte de su estado
apenas conoscía. No eran las buenas partes y virtudes de Elicio para aborrecerse, ni la hermosura, gracia y
bondad de Galatea para no amarse. Por lo uno, Galatea no desechaba de todo punto a Elicio; por lo otro,
Elicio no podía, ni debía, ni quería olvidar a Galatea. Parescíale a Galatea que, pues Elicio con tanto
miramiento de su honra la amaba, que sería demasiada ingratitud no pagarle con algún honesto favor sus
honestos pensamientos. Imaginábase Elicio que, pues Galatea no desdeñaba sus servicios, que tendrían
buen suceso sus deseos. Y cuando estas imaginaciones le aviva[ba]n la esperanza, hallábase tan contento y
atrevido, que mil veces quiso descubrir a Galatea lo que con tanta dificultad encubría. Pero la discreción de
Galatea conoscía bien, en los movimientos del rostro, lo que Elicio en el alma traía; y tal el suyo mostraba,
que al enamorado pastor se le helaban las palabras en la boca, y quedábase solamente con el gusto de aquel
primer mo vimiento, por parescérle que a la honestidad de Galatea se le hacía agravio en tratarle de cosas
que en alguna manera pudiesen tener sombra de no ser tan honestas que la misma honestidad en ella[s] se
transformase.
Con estos altibajos de su vida, la pasaba el pastor tan mala que a veces tuviera por bien el mal de
perderla, a trueco de no sentir el que le causaba no acabarla. Y así, un día, puesta la consideración en la
variedad de sus pensamientos, hallándose en medio de un deleitoso prado, convidado de la soledad y del
murmurio de un deleitoso arroyuelo que por el llano corría, sacando de su zurrón un polido rabel, al son del
cual sus querellas con el cielo cantando comunicaba, con voz en estremo buena, cantó los siguientes versos:
Amoroso pensamiento,
si te precias de ser mío,
camina con tan buen tiento
que ni te humille el desvío
ni ensoberbezca el contento.
Ten un medio -si se acierta
a tenerse en tal porfía-:
no huyas el alegría,
ni menos cierres la puerta
al llanto que amor envía.
Si quieres que de mi vida
no se acabe la carrera,
no la lleves tan corrida
ni subas do no se espera
sino muerte en la caída.
Esa vana presumpción
en dos cosas parará:
la una, en tu perdición;
la otra, en que pagará
tus deudas el corazón.
Dél naciste, y en naciendo,
pecaste, y págalo él;
huyes dél, y si pretendo
recogerte un poco en él,
ni te alcanzo ni te entiendo.
Ese vuelo peligroso
con que te subes al cielo,
si no fueres venturoso,
ha de poner por el suelo
mi descanso y tu reposo.
Dirás que quien bien se emplea
y se ofrece a la ventura,
que no es posible que sea
del tal juzgado a locura
el brío de que se arrea.
Y que, en tan alta ocasión,
es gloria que par no tiene
tener tanta presumpción,
cuanto más si le conviene
al alma y al corazón.
Yo lo tengo así entendido,
mas quiero desengañarte;
que es señal ser atrevido
tener de amor menos parte
qu'el humilde y encogido.
Subes tras una beldad
que no puede ser mayor:
no entiendo tu calidad,
que puedas tener amor
con tanta desigualdad.
Que si el pensamiento mira
un subjeto levantado,
contémplalo y se retira,
por no ser caso acertado
poner tan alta la mira,
Cuanto más, que el amor nasce
junto con la confianza,
y en ella [se] ceba y pace;
y, en faltando la esperanza,
como niebla se deshace.
Pues tú, que vees tan distante
el medio del fin que quieres,
sin esperanza y constante,
si en el camino murieres,
morirás como ignorante.
Pero no se te dé nada,
que en esta empresa amorosa,
do la causa es sublimada,
el morir es vida honrosa,
la pena, gloria estremada.
No dejara tan presto el agradable canto el enamorado Elicio, si no sonaran a su derecha mano las voces
de Erastro, que con el rebaño de sus cabras hacia el lugar donde él estaba se venía. Era Erastro un rústico
ganadero, pero no le valió tanto su rústica y selvática suerte que defendiese que de su robusto pecho el
blando amor no tomase entera posesión, haciéndole querer más que a su vida a la hermosa Galatea, a la
cual sus querellas, cuando ocasión se le ofrecía, declaraba. Y, aunque rústico, era, como verdadero
enamorado, en las cosas del amor tan discreto que, cuando en ellas hablaba, parecía que el mesmo amor se
las mostraba y por su lengua las profería; pero, con todo eso, puesto que de Galatea eran escuchadas, eran
en aquella cuenta tenidas en que las cosas de burla se tienen. No le daba a Elicio pena la competencia de
Erastro, porque entendía del ingenio de Galatea que a cosas más altas la inclinaba. Antes tenía lástima y
envidia a Erastro: lástima, en ver que al fin amaba, y en parte donde era imposible coger el fruto de sus
deseos; envidia, por parescerle que quizá no era tal su entendimiento, que diese lugar al alma a que sintiese
los desdenes o favores de Galatea, de suerte, o que los unos le acabasen, o los otros to enloqueciesen.
Venía Erastro acompañado de sus mastines, fieles guardadores de las simples ovejuelas (que debajo de su
amparo están seguras de los carniceros dientes de los hambrientos lobos), holgándose con ellos, y por sus
nombres los llamaba, dando a cada uno el título que su condición y ánimo merescía: a quién llamaba
León,a quién
Gavilán, a quién Robusto, a quién Manchado; y ellos, como si de entendimiento fueran dotados,con el mover las cabezas, viniéndose para él, daban a entender el gusto que de su gusto sentían. Desta
manera llegó Erastro adonde de Elicio fue agradablemente rescibido, y aun rogado que, si en otra parte no
había determinado de pasar el sol de la calurosa siesta, pues aquella en que estaban era tan aparejada para
ello, no le fuese enojoso pasarla en su compañía.
-Con nadie -respondió Erastro- la podría yo tener mejor que contigo, Elicio, si ya no fuese con aquella
que está tan enrobrescida a mis demandas, cuan hecha encina a tus continuos quejidos.
Luego los dos se sentaron sobre la menuda yerba, dejando andar a sus anchuras el ganado despuntando
con los rumiadores dientes las tiernas yerbezuelas del herbo so llano. Y como Erastro, por muchas y
descubiertas señales, conocía claramente que Elicio a Galatea amaba, y que el merescimiento de Elicio era
de mayores quilates que el suyo, en señal de que reconoscía esta verdad, en medio de sus pláticas, entre
otras razones, le dijo las siguientes:
-No sé, gallardo y enamorado Elicio, si habrá sido causa de darte pesadumbre el amor que a Galatea
tengo; y si lo ha sido, debes perdonarme, porque jamás imaginé de enojarte, ni de Galatea quise otra cosa
que servirla. Mala rabia o cruda roña consuma y acabe mis retozadores chivatos, y mis ternezuelos
corderillos, cuando dejaren las tetas de las queridas madres, no hallen en el verde prado para sustentarse
sino amargos tueros y ponzoñosas adelfas, si no he procurado mil veces quitarla de la me moria, y si otras
tantas no he andado a los medicos y curas del lugar a q ue me diesen remedio para las ansias que por su
causa padezco. Los unos me mandan que tome no sé qué bebedizos de paciencia; los otros dicen que me
encomiende a Dios, que todo lo cura, o que todo es locura. Permíteme, buen Elicio, que yo la quiera, pues
puedes estar seguro que si tú con tus habilidades y estremadas gracias y razones no la ablandas, mal podré
yo con mis simplezas enternecerla. Esta licencia te pido por lo que estoy obligado a tu merescimiento; que,
puesto que no me la dieses, tan imposible sería dejar de amarla, como hacer que estas aguas no mojasen, ni
el sol con sus peinados cabellos no nos alumbrase.
No pudo dejar de reírse Elicio de las razones de Eras tro y del comedimiento con que la licencia de amar a
Galatea le pedía; y ansí, le respondió:
-No me pesa a mí, Erastro, que tú ames a Galatea; pésame bien de entender de su condición que podrán
poco para con ella tus verdaderas razones y no fingidas palabras; déte Dios tan buen suceso en tus deseos,
cuanto meresce la sinceridad de tus pensamientos. Y de aquí adelante no dejes por mi respecto de querer a
Galatea, que no soy de tan ruin condición que, ya que a mí me falte ventura, huelgue de que otros no la
tengan; antes te ruego, por lo que debes a la voluntad que te muestro, que no me niegues tu conversación y
amistad, pues de la mía puedes estar tan seguro como te he certificado. Anden nuestros ganados juntos,
pues andan nuestros pensamientos apareados. Tú, al son de tu zampoña, publicarás el contento o pena que
el alegre o triste rostro de Galatea te causare; yo, al de mi rabel, en el silencio de las sosegadas noches, o en
el calor de las ardientes siestas, a la fresca sombra de los verdes árboles de que esta nuestra ribera está tan
adornada, te ayudaré a llevar la pesada carga de tus trabajos, dando noticia al cielo de los míos. Y, para
señal de nuestro buen propósito y verdadera amistad, en tanto que se hacen mayores las sombras destos
árboles y el sol hacia el occidente se declina, acordemos nuestros instrumentos y demos principio al ejercicio
que de aquí adelante hemos de tener.
No se hizo de rogar Erastro; antes, con muestras de estraño contento por verse en tanta amistad con
Elicio, sacó su zampoña y Elicio su rabel; y, comenzando el uno y replicando el otro, cantaron lo que sigue:
ELICIO
Blanda, süave, reposadamente,
ingrato Amor, me subjetaste el día
que los cabellos de oro y bella frente
miré del sol que al sol escurecía;
tu tósigo cruel, cual de serpiente,
en las rubias madejas se escondía;
yo, por mirar el sol en los manojos,
todo vine a beberle por los ojos.
ERASTRO
Atónito quedé y embelesado,
como estatua sin voz de piedra dura,
cuando de Galatea el estremado
donaire vi, la gracia y hermosura.
Amor me estaba en el siniestro lado,
con las saetas de oro, ¡ay muerte dura!,
haciéndome una puerta por do entrase
Galatea y el alma me robase.
ELICIO
¿Con qué milagro, amor, abres el pecho
del miserable amante que te sigue,
y de la llaga interna que le has hecho
crecida gloria muestra que consigue?
¿Cómo el daño que haces es provecho?
¿Cómo en tu muerte alegre vida vive?
L'alma que prueba estos efectos todos
la causa sabe, pero no los modos.
ERASTRO
No se ven tantos rostros figurados
en roto espejo o hecho por tal arte
que, si uno en él se mira, retratados
se ve una multitud en cada parte,
cuantos nacen cuidados y cuidados
de un cuidado crüel que no se parte
del alma mía a su rigor vencida,
hasta apartarse junto con la vida.
ELICIO
La blanca nieve y colorada rosa,
qu'el verano no gasta ni el invierno;
el sol de dos luceros, do reposa
el blandó amor, y a do estará
in eterno;la voz, cual la de Orfeo poderosa
de suspender las furias del infierno,
y otras cosas que vi quedando ciego,
yesca me han hecho al invisible fuego.
ERASTRO
Dos hermosas manzanas coloradas,
que tales me semejan dos mejillas,
y el arco de dos cejas levantadas,
quel de Iris no llegó a sus maravillas;
dos rayos, dos hileras estremadas
de perlas entre grana y, si hay decillas,
mil gracias que no tienen par ni cuento,
niebla m'han hecho al amoroso viento.
ELICIO
Yo ardo y no me abraso, vivo y muero;
estoy lejos y cerca de mí mismo;
espero en solo un punto y desespero;
súbome al cielo, bájome al abismo;
quiero lo que aborrezco, blando y fiero;
me pone el amaros parasismo;
y con estos contrarios, paso a paso,
cerca estoy ya del último traspaso.
ERASTRO
Yo te prometo, Elicio, que le diera
todo cuanto en la vida me ha quedado
a Galatea, porque me volviera
el alma y corazón que m'ha robado;
y después del ganado, le añadiera
mi perro
Gavilán con el Manchado;pero, como ella debe de ser diosa,
el alma querrá más que no otra cosa.
ELICIO
Erastro, el corazón que en alta parte
es puesto por el hado, suerte o signo,
quererle derribar por fuerza o arte
o diligencia humana, es desatino.
Debes de su ventura contentarte;
que, aunque mueras sin ella, yo imagino
que no hay vida en el mundo más dichosa
como el morir por causa tan honrosa.
Ya se aparejaba Erastro para seguir adelante en su canto, cuando sintieron, por un espeso montecillo que
a sus espaldas estaba, un no pequeño estruendo y ruido; y, levantándose los dos en pie por ver lo que era,
vieron que del monte salía un pastor corriendo a la mayor priesa del mundo, con un cuchillo desnudo en la
mano y la color del rostro mudada; y que tras él venía otro ligero pastor, que a pocos pasos alcanzó al
primero; y, asiéndole por el cabezón del pellico, levantó el brazo en el aire cuanto pudo, y un agudo puñal
que sin vaina traía se le escondió dos veces en el cuerpo, diciendo:
-Recibe, ¡oh mal lograda Leonida!, la vida deste traidor, que en venganza de tu muerte sacrifico.
Y esto fue con tanta presteza hecho que no tuvieron lugar Elicio y Erastro de estorbárselo, porque
llegaron a tiempo que ya el herido pastor daba el último aliento, envuelto en estas pocas y mal formadas
palabras.
-Dejárasme, Lisandró, satisfacer al cielo con más largo arrepentimiento el agravio que te hice, y después
quitárasme la vida, que agora, por la causa que he dicho, mal contenta destas carnes se aparta.
Y, sin poder decir más, cerró los ojos en sempiterna noche.
Por las cuales palabras imaginaron Elicio y Erastro que no con pequeña causa había el otro pastor
ejecutado en él tan cruda y violenta muerte. Y, por mejor informarse de todo el suceso, quisieran
preguntárselo al pastor homicida, pero él, con tirado paso, dejando al pastor muerto y a los dos admirados,
se tomó a entrar por el montecillo adelante. Y, queriendo Elicio seguirle y saber dél to que deseaba, le
vieron tomar a salir del bosque; y, estando por buen espacio desviado dellos, en alta voz les dijo:
-Perdonadme, comedidos pastores, si yo no lo he sido en haber hecho en vuestra presencia lo que habéis
visto, porque la justa y mortal ira que contra ese traidor tenía co ncebida no me dio lugar a más moderados
discursos. Lo que os aviso es que, si no queréis enojar a la deidad que en el alto cielo mora, no hagáis las
obsequias ni plegarias acostumbradas por el alma traidora dese cuerpo que delante tenéis, ni a él deis
sepultura, si ya aquí en vuestra tierra no se acostumbra darla a los traidores.
Y, diciendo esto, a todo correr se volvió a entrar por el monte, con tanta priesa que quitó la esperanza a
Elicio de alcanzarle aunque le siguiese. Y así, se volvieron los dos con tiernas entrañas a hacer el piadoso
oficio y dar sepultura, como mejor pudiesen, al miserable cuerpo que tan repentinamente había acabado el
curso de sus cortos días. Erastro fue a su cabaña, que no lejos estaba, y, trayendo suficiente aderezo, hizo
una sepultura en el mesmo lugar do el cuerpo estaba, y, dándole el último vale, le pusieron en ella; y, no sin
compasión de su desdichado caso, se volvieron a sus ganados, y, recogiéndolos con alguna priesa, porque
ya el sol se entraba a más andar por las puertas de occidente, se recogieron a sus acostumbrados albergues,
donde no su sosiego dellos, ni el poco que sus cuidados le concedían, podían apartar a Elicio de pensar qué
causas habían movido a los dos pastores para venir a tan desesperado trance; y ya le pesaba de no haber
seguido al pastor homicida, y saber dél, si fuera posible, to que deseaba.
Con este pensamiento y con los muchos que sus amo res le causaban, después de haber dejado en segura
parte su rebaño, se salió de su cabaña, como otras veces solía; y con la luz de la hermosa Diana, que
resplandeciente en el cielo se mostraba, se entró por la espesura de un espeso bosque adelante, buscando
algún solitario lugar adonde en el silencio de la noche con más quietud pudiese soltar la rienda a sus
amorosas imaginaciones, por ser cosa ya averiguada que a los tristes imaginativos corazones ninguna cosa
les es de mayor gusto que la soledad, despertadora de memorias tristes o alegres. Y así, yéndose poco a
poco gustando de un templado céfiro que en el rostro le hería, lleno del suavísimo olor que de las olorosas
flores, de que el verde suelo estaba colmado, al pasar por ellas blandamente robaba, envuelto en el aire
delicado, oyó una voz como de persona que dolorosamente se quejaba; y, recogiendo por un poco en sí
mismo el aliento, porque el ruido no le estorbase de oír to que era, sintió que de unas apretadas zarzas que
poco desviadas dél estaban, la entristecida voz salía; y, aunque interrota de infinitos sospiros, entendió que
estas tristes razones pronunciaba:
-Cobarde y temeroso brazo, enemigo mortal de lo que a ti mesmo debes; mira que ya no queda de quién
tomar venganza, sino de ti mesmo. ¿De qué to sirve alargar la vida que tan aborrecida tengo? Si piensas que
es nuestro mal de los que el tiemp o suele curar, vives engañado, porque no hay cosa más fuera de remedio
que nuestra desventura; pues quien la pudiera hacer buena la tuvo tan corta que en los verdes años de su
alegre juventud ofreció la vida al carnicero cuchillo, que se la quitase por la traición del malvado Carino,
que hoy, con perder la suya, habrá aplacado en parte a aquella venturosa alma de Leonida, si en la celeste
parte donde mora puede caber deseo de venganza alguna. ¡Ah, Carino, Carino! Ruego yo a los altos cielos,
si dellos las justas plegarias son oídas, que no admitan la disculpa, si alguna dieres, de la traición que me
heciste, y que permitan que to cuerpo carezca de sepultura, así como tu alma careció de misericordia. Y tú,
hermosa y mal lograda Leonida, recibe en muestra del amor que en vida te tuve, las lágrimas que en tu
muerte derramo; y no atribuyas a poco sentimiento el no acabar la vida con el que de tu muerte recibo, pues
sería poca recompensa a lo que debo y deseo sentir el dolor que tan presto se acabase. Tú verás, si de las
cosas de acá tienes cuenta, cómo este miserable cuerpo quedará un día consumido del dolor poco a poco,
para mayor pena y sentimiento: bien ansí como la mojada y encendida pólvora, que, sin hacer estrépito ni
levantar llama en alto, entre sí me sma se consume, sin dejar de sí sino el rastro de las consumidas cenizas.
Duéleme cuanto puede dolerme, ¡oh alma del alma mía!, que ya que no pude gozarte en la vida, en la
muerte no puedo hacerte las obsequias y honras que a tu bondad y virtud se convenían. Pero yo te prometo
y juro que el poco tiempo -que será bien poco- que esta apasionada ánima mía rigiere la pesada carga deste
miserable cuerpo, y la voz cansada tuviere aliento que la forme, de no tratar otra cosa en mis tristes y
amargas canciones que de tus alabanzas y me rescimientos.
A este punto cesó la voz, por la cual Elicio conoció claramente que aquél era el pastor homicida, de que
recibió mucho gusto, por parecerle que estaba en parte donde podría saber dél lo que deseaba. Y,
queriéndose llegar más cerca, hubo de tornarse a parar, porque le pareció que el pastor templaba un rabel, y
quiso escuchar prime ro si al son dél alguna cosa diría; y no tardó mucho que con suave y acordada voz oyó
que desta manera cantaba:
LISANDRO
¡Oh alma venturosa,
que del humano velo
libre al alta régibn viva volaste,
dejando en tenebrosa
cárcel de desconsuelo
mi vida, aunque contigo la llevaste!
Sin ti, escura dejaste
la luz clara del día;
por tierra derribada,
la esperanza fundada
en el más firme asiento de alegría;
en fin, con tu partida
quedó vivo el dolor, muerta la vida.
Envuelta en tus despojos,
la muerte s'ha llevado
el más subido estremo de belleza,
la luz de aquellos ojos
qu'en haberte miradó
tenían encerrada su riqueza;
con presta ligereza,
del alto pensamiento
y enamorado pecho,
la gloria se ha deshecho,
como la cera al sol o niebla al viento;
y toda mi ventura
cierra la piedra de tu sepultura.
¿Cómo pudo la mano
inexorable y cruda,
y el intento cruel, facinoroso,
del vengativo hermano
dejar libre y desnuda
tu alma del mortal velo hermoso?
¿Por qué tu[r]bó el reposo
de nuestros corazones?
Que, si no se acabaran,
en uno se juntaran
con honestas y sanctas condiciones.
¡Ay, fiera mano esquiva!,
¿cómo ordenaste que muriendo viva?
En llanto sempiterno
mi ánima mezquina
los años pasará, mews y días;
la tuya, en gozo eterno
y edad firme y contina,
no temerá del tiempo las porfías;
con dulces alegrías
verás firme la gloria
que tu loable vida
te tuvo merescida;
y si puede caber en tu memoria
del suelo no perderla,
de quien tanto te amó debes tenerla.
Mas, ¡oh!, cuán simple he sido,
alma bendita y bella,
de pedir que te acuerdes, ni aun burlando
de mí que t'he querido,
pues sé que mi querella
se irá con tal favor eternizando.
Mejor es que, pensando
que soy de ti olvidado,
me apriete con mi llaga,
hasta que se deshaga
con el dolor la vida, qu'ha quedado
en tan estraña suerte,
que no tiene por mal el de la muerte.
Goza en el sancto coro
con otras almas sanctas,
alma, de aquel seguro bien entero,
alto, rico tesoro,
mercedes, gracias tantas
que goza el que no huye el buen sendero;
allí gozar espero,
si por tus pasos guío,
contigo en paz entera
de eterna primavera,
sin terror, sobresalto ni desvío;
a esto me encamina,
pues será hazaña de tus obras digna.
Y, pues vosotras, celestiales almas,
veis el bien que deseo,
creced las alas a tan buen deseo.
Aquí cesó la voz, pero no los sospiros del desdichado que cantado había, y lo uno y lo otro fue parte de
acrescentar en Elicio la gana de saber quién era. Y, rompiendo por las espinosas zarzas, por llegar más
presto a do la voz salía, salió a un pequeño prado, que todo en redondo, a manera de teatro, de espesísimas
a intrincadas matas estaba ceñido, en el cual vio un pastor que con estrema do brío estaba con el pie derecho
delante y el izquierdo atrás, y el diestro brazo levantado, a guisa de quien esperaba hacer algún recio tiro. Y
así era la verdad, porque, con el ruido que Elicio al romper por las matas había hecho, pensando ser alguna
fiera de la cual convenía defenderse, el pastor del bosque se había puesto a punto de arrojarle una pesada
piedra que en la mano tenía. Elicio, conociendo por su postura su intento, antes que le efectuase le dijo:
-Sosiega el pecho, lastimado pastor, que el que aquí viene trae el suyo aparejado a lo que mandarle
quisieres, y quien el deseo de saber tu ventura le ha hecho romper tus lágrimas y turbar el alivio que de
estar solo se te podría seguir.
Con estas blandas y comedidas palabras de Elicio, se sosegó el pastor, y con no menos blandura le
respondió diciendo:
-Tu buen ofrecimiento agradezco, cualquiera que tú seas, comedido pastor, pero si ventura quieres saber
de mí, que nunca la tuve, mal podrás ser satisfecho.
-Verdad dices -respondió Elicio -, pues por las palabras y quejas que esta noche te he oído, muestras bien
claro la poca o ninguna que tienes; pero no menos satisfarás mi deseo con decirme tus trabajos que con
deciararme tus contentos; y así la Fortuna te los dé en to que deseas, que no me niegues lo que te suplico si
ya el no conocerme no lo impide; aunque, para asegurarte y mo verte, te hago saber que no tengo el alma
tan contenta que no sienta en el punto que es razón las miserias que me contares. Esto te digo porque sé que
no hay cosa más escusada, y aun perdida, que contar el miserable sus desdichas a quien tiene el pecho
colmo de contentos.
-Tus buenas razones me obligan -respondió el pas tor- a que te satisfaga en lo que me pides, así porque no
imagines que de poco y acobardado ánimo nacen las quejas y lamentaciones que dices que de mí has oído,
como porque conozcas que aún es muy poco el sentimiento que muestro a la causa que tengo de mostrarlo.
Elicio se lo agradeció mucho; y, después de haber pasado entre los dos más palabras de comedimiento,
dando señales Elicio de ser verdadero amigo del pastor del bosque, y conociendo él que no eran fingidos
ofrecimientos, vino a conceder to que Elicio rogaba. Y, sentándose los dos sobre la verde yerba, cubiertos
con el resplandor de la hermosa Diana, que en claridad aquella noche con su hermano competir podía, el
pastor del bosque, con muestras de un interno dolor, comenzó a decir desta manera:
-«En las riberas de Betis, caudalosísimo río que la gran Vandalia enriquece, nació Lisandro -que éste es
el nombre desdichado mío-, y de tan nobles padres cual pluviera al soberano Dios que en más baja fortuna
fuera engendrado; porque muchas veces la nobleza del linaje pone alas y esfuerza el ánimo a levantar los
ojos adonde la humilde suerte no osara jamás levantarlos, y de tales atrevimientos suelen suceder a menudo
semejantes calamidades como las que de mí oirás si con atención me es cuchas.
»Nació ansimesmo en mi aldea una pastora, cuyo nombre era Leonida, summa de toda la hermosura que
en gran parte de la tierra -según yo imagino- pudiera hallarse; de no menos nobles y ricos padres nacida que
su hermosura y virtud merescían. De do nació que, por ser los parientes de entrambos de los más
principales del lu gar y estar en ellos el mando y gobernación del pueblo, la envidia, enemiga mortal de la
sosegada vida, sobre algunas diferencias del gobierno del pueblo, vino a poner entre ellos cizaña y
mortalísima discordia; de manera que el pueblo fue dividido en dos parcialidades: la una seguía la de mis
parientes, la otra la de los de Leonida, con tan arraigado rencor y mal ánimo, que no ha sido parte para
ponerlos en paz ninguna humana diligencia. Ordenó, pues, la suerte, para echar de todo punto el sello a
nuestra enemistad, que yo me enamorase de la hermosa Leonida, hija de Parmindro, principal cabeza del
bando contrario. Y fue mi amor tan de veras que, aunque procuré con infinitos medios quitarle de mis
entrañas, el fin de todos venía a parar a quedar má s vencido y subjeto. Poníaseme delante un monte de
dificultades que conseguir el fin de mi deseo me estorbaban, como eran el mucho valor de Leonida, la
endurecida enemistad de nuestros padres, las pocas coyunturas, o ninguna, que se me ofrecían para
descubrirle mi pensamiento; y, con todo esto, cuando ponía los ojos de la imaginación en la singular belleza
de Leonida, cualquiera dificultad se allanaba, de suerte que me parecía poco romper por entre agudas
puntas de diamantes, para llegar al fin de mis amo rosos y honestos pensamientos. Habiendo, pues, por
muchos días combatido conntigo mesmo, por ver si podria apartar el alma de tan ardua empresa, y viendo
ser imposible, recogí toda mi industria a considerar con cuál podría dar a entender a Leonida el secreto
amor de mi pecho; y, como los principios en cualquier negocio sean siempre dificultosos, en los que tratan
de amor son, por la mayor parte, dificultosísimos, hasta que el mesmo Amor, cuando se quiere mostrar
favorable, abre las puertas del remedio donde parece que están más cerradas. Y así se pareció en mí, pues,
guiado por su pensamiento el mío, vine a imaginar que ningún medio se ofrecía mejor a mi deseo que
hacerme amigo de los padres de Silvia, una pastora que era en estremo amiga de Leonida, y muchas veces
la una a la otra, en compañía de sus padres, en sus casas se visitaban. Tenía Silvia un pariente que se llama -
ba Carino, compañero familiar de Crisalbo, hermano de la hermosa Leonida, cuya bizarría y aspereza de
costumbres le habían dado renombre de cruel; y así, de todos los que le conoscían, "el cruel Crisalbo" era
llamado; y ni más ni menos a Carino, el pariente de Silvia y compañero de Crisalbo, por ser entremetido y
agudo de ingenio, "el astuto Carino" le llamaban; del cual y de Silvia, por parecerme que me convenía, con
el medio de muchos presentes y dádivas, forjé la amistad -al parecer- posible; a lo menos, de parte de Silvia
fue más firme de lo que yo quisiera, pues los regalos y favores que ella con limpias entrañas me hacía,
obligada de mis continuos servicios, tomó por instrumentos mi fortuna para ponerme en la desdicha en que
agora me veo.
»Era Silvia hermosa en estremo, y de tantas gracias adornada que la dureza del crudo corazón de
Crisalbo se movió a amarla; y esto yo no lo supe sino con mi daño, y de allí a muchos días. Y, ya que con
la larga experiencia estuve seguro de la voluntad de Silvia, un día, ofreciéndoseme comodidad, con las más
tiernas palabras que pude, le descubrí la llaga de mi lastimado pecho, diciéndole que, aunque era tan
profunda y peligrosa, no la sentía tanto, sólo por imaginar que en su solicitud estaba el re medio della;
advirtiéndole ansimesmo el honesto fin a que mis pensamientos se encaminaban, que era a juntarme por
legítimo matrimonio con la bella Leonida; y que, pues era causa tan justa y buena, no se había de desdeñar
de tomarla a su cargo.
»En fin, por no serte prolijo, el amor me ministró tales palabras que le dijese, que ella, vencida dellas, y
más por la pena que ella, como discreta, por las señales de mi rostro conoció que en mi alma moraba, se
deterntinó de tomar a su cargo mi remedio y decir a Leonida lo que yo por ella sentía, prometiendo de hacer
por mí todo cuanto su fuerza a industria alcanzase, puesto que se le hacía dificultosa tal emp resa, por la
inimicicia grande que entre nuestros padres conocía, aunque, por otra parte, imaginaba poder dar principio
al fin de sus discordias si Leonida conmigo se casase. Movida, pues, con esta buena intención, y
enternecida de las lágrimas que yo derrama ba -como ya he dicho-, se aventuró a ser intercesora de mi
contento. Y, discurriendo consigo qué entrada tendría para con Leonida, me mandó que le escribiese una
carta, la cual ella se ofrecía a darla cuando tiempo le parecie se. Parecióme a mí bien su parecer, y aquel
mesmo día le envié una que, por haber sido principio del contento que por su respuesta sentí, siempre la he
tenido en la memoria, puesto que fuera mejor no acordarme de cosas alegres en tiempo tan triste como es el
en que agora me hallo. Recibió la carta Silvia, y aguardaba ocasión de ponerla en las manos de Leonida.»
-No -dijo Elicio, atajando las razones de Lisandro -, no es justo que me dejes de decir la carta que a
Leonida enviaste, que por ser la primera y por hallarte tan enamo rado en aquella sazón, sin duda debe de
ser discreta. Y, pues me has dicho que la tienes en la memoria y el gusto que por ella granjeaste, no me lo
niegues agora en no decírmela.
-Bien dices, amigo -respondió Lisandro-; que yo estaba entonces tan enamorado y temeroso, como agora
descontento y desesperado, y por esta razón me parece que no acerté a decir alguna, aunque fue harto
acertamiento que Leonida las creyese las que en la carta iban. Ya que tanto deseas saberlas, decía desta
manera:
« LISANDRO A LEONIDA
Mientras que he podido, aunque con grandísimo dolor mío, resistir con las proprias
fuerzas a la amorosa llama que por ti, ¡oh, hermosa Leonida!, me abrasa, jamás he tenido
ardimiento, temeroso del subido valor que en ti conozco, de descubrirte el amo r que te
tengo; mas, ya que es consumida aquella virtud que hasta aquí me ha hecho fuerte, hame
sido forzoso, descubriendo la llaga de mi pecho, tentar con escrebirte su primero y último
remedio. Que sea el primero, tú lo sabes, y de ser el último está en tu mano, de la cual
espero la misericordia que tu hermosura promete y mis honestos deseos merescen, los
cuales y el fin adonde se encaminan conoscerás de Silvia, que ésta te dará. Y, pues ella se
ha atrevido, con ser quien es, a llevártela, entiende que son tan justos cuanto a tu me -
rescimiento se deben.»
No le parecieron mal a Elicio las razones de la carta de Lisandro, el cual, prosiguiendo la historia de sus
amo res, dijo:
-«No pasaron muchos días sin que esta carta viniese a las hermosas manos de Leonida, por medio de las
piadosas de Silvia, mi verdadera amiga, la cual, junto con dársela, le dijo tales cosas que con ellas templó
en gran parte la ira y alteración que con mi carta Leonida había recebido: como fue decide cuánto bien se
siguiría si por nuestro casamiento la enemistad de nuestros padres se acababa, y que el fin de tan buena
intención la había de mover a no desechar mis deseos; cuanto más, que no se debía compadecer con su
hermosura dejar morir sin más respecto a quien tanto como yo la amaba; añadiendo a estas otras razones
que Leonida conoció que lo eran. Pero, por no mostrarse al primer encuentro rendida y a los pdmeros pasos
alcanzada, no dio tan agradable respuesta a Sílvia como ella quisiera. Pero, con todo esto, por intercesión
de Si lvia, que a ello le forzó, respondió con es ta carta que agora te diré:
LEONIDA A LISANDRO
Si entendiera, Lisandro, que tu mucho atrevimiento había nacido de mi poca
honestidad, en mí mesma ejecutara la pena que tu culpa meresce; pero, por asegurarme
desto lo que yo de mí conozco, vengo a conocer que más ha procedido tu osadía de
pensamientos ociosos que de enamorados. Y, aunque ellos sean de la manera que dices,
no pienses que me has de mover a mí para remediallos como a Silvia para creellos, de la
cual tengo más queja por haberme forzado a responderte que de ti que te atreviste a
escrebirme, pues el callar fuera digna respuesta a tu locura. Si te retraes de lo comenzado,
harás como discreto, porque te hago saber que pienso tener más cuenta con mi honra que
con tus vanidades.
»Esta fue la respuesta de Leonida, la cual, junto con las esperanzas que Silvia me dio, aunque ella parecía
algo áspera, me hizo tener por el más bien afortunado del mundo.
»Mientras estas cosas entre nosotros pasaban, no se descuidaba Crisalbo de solicitar a Silvia con infinitos
mensajes, presentes y servicios; mas, era tan fuerte y desabrida la condición de Crisalbo, que jamás pudo
mover a la de Silvia a que un pequeño favor le diese, de lo cual estaba tan desesperado a impaciente como
un agarrochado y vencido toro.
»Por causa de sus amores había tomado amistad con el astuto Carino, pariente de Silvia, habiendo los dos
sido primero mortales enemigos, porque, en cierta lucha que un día de una grande fiesta delante de todo el
pueblo los zagales más diestros del lugar tuvieron, Carino fue vencido de Crisalbo y maltratado; de manera
que concibió en su corazón odio perpetuo contra Crisalbo. Y no menos lo tenía contra otro hermano mío,
por haberle sido contrario en unos amores, de los cuales mi hermano llevó el fruto que Carino esperaba.
Este rancor y mala voluntad tuvo Carino secreta, hasta que el tiempo le descubrió ocasión cómo a un
mesmo punto se vengase de entrambos por el más cruel estilo que imaginarse puede.
» Yo le tenía por amigo, porque la entrada en casa de Silvia no se me impidiese; Crisalbo le adoraba,
porque favoreciese sus pensamientos con Silvia; y era de suerte su amistad, que todas las veces que
Leonida venía a casa de Silvia Carïno la acompañaba. Por la cual causa le pareció bien a Silvia darle
cuenta, pues era mi amigo, de los amores que yo con Leonida trataba, que en aquella sazón andaban ya tan
vivos y venturosos, por la buena intercesión de Silvia, que ya no esperábamos sino tiempo y lugar donde
coger el hones to fruto de nuestros limpios deseos, los cuales sabidos de Carino, tomó por instrumento para
hacer la mayor traición del mundo. Porque un día, haciendo del leal con Crisalbo, y dándole a entender que
tenía en más su amistad que la honra de su parienta, le dijo que la principal causa porque Silvia no le amaba
ni favorescía era por estar de mí enamorada, y que él lo sabía inefaliblemente; y que ya nuestros amores
iban tan al descubierto, que si él no hubiera estado ciego de la pasión amorosa, en mil señales lo hubiera ya
conocido; y que para certificarse más de la verdad que le decía, que de allí adelante mirase en ello, porque
vería claramente cómo, sin empacho alguno, Silvia me daba extraordinarios favores. Con estas nuevas
debió de quedar tan fuera de sí Crisalbo, como pareció por lo que dellas sucedió.
» De allí adelante Crisalbo traía espías por ver lo que yo con Silvia pasaba; y, como yo muchas veces
procurase hallarme solo con ella para tratar, no de los amores que él pensaba, sino de lo que a los míos
convenía, éranle a Crisalbo referidas, con otros favores que, de limpia amistad procedidos, Silvia a cada
paso me hacía; por lo que vino Crisalbo a términos tan desesperados que mu chas veces procuró matarme,
aunque yo no pensaba que era por semejante ocasión, sino por lo de la antigua enemistad de nuestros
padres. Mas, por ser él hermano de Leonida, tenía yo más cuenta con guardarme que con ofenderle,
teniendo por cierto que, si yo con su hermana me casaba, tendrían fin nuestras enemistades; de lo que él
estaba bien ajeno, antes se pensaba que por serle yo enemigo, había procurado tratar amores con Silvia, y
no porque yo bien la quisiese. Y esto le acrescentába la cólera y enojo de manera que le sacaba de juicio,
aunque él tenía tan poco, que poco era menester para acabárselo. Y pudo tanto en él este mal pensamiento,
que vino a aborrecer a Silvia tanto cuanto la había querido, sólo porque a mí me favorecía, no con la
voluntad que él pensaba, sino como Carino le decía. Y así, en cualesquier corrillo s y juntas que se hallaba,
decía mal de Silvia, dándole títulos y renombres deshonestos; pero, como todos conoscían su terrible
condición y la bondad de Silvia, daban poco o ningún crédito a sus palabras.
»En este medio, había concertado Silvia con Leonida que los dos nos desposásemos y que, para que más
a nuestro salvo se hiciese, sería bien que un día que con Carino Leonida viniese a su casa, no volviese por
aquella noche a la de sus padres, sino que desde allí, en compañía de Carino, se fuese a una aldea que
media legua de la nuestra estaba, donde unos ricos parientes míos vivían, en cuya casa con más quietud
podíamos poner en efecto nuestras intenciones; porque si del suceso dellas los padres de Leonida no fuesen
contentos, a lo menos estando ella ausente sería más fácil el concertarse. Tomado, pues, este apuntamiento
y dada cuenta dél a Carino, se ofreció, con muestras de grandísimo ánimo, que llevaría a Leonida a la otra
aldea, como ella fuese contenta. Los servicios que yo hice a Carino por la buena voluntad que mostraba, las
palabras de ofrecimiento que le dije, los abrazos que le di, me parece que bastaran a deshacer en un corazón
de acero cualquiera mala intención que contra mí tuviera. Pero el traidor de Carino, echando a las espaldas
mis palabras, obras y promesas, sin tener cuenta con la que a sí mesmo debía, ordenó la traición que agora
oirás.
»Informado Carino de la voluntad de Leonida, y viendo ser conforme a la que Silvia le había dicho,
ordenó que la primera noche que, por las muestras del día, entendiesen que había de ser escura, se pusiese
por obra la ida de Leonida, ofreciéndose de nuevo a guardar el secreto y lealtad posible. Después de hecho
este concierto que has oído, se fue a Crisalbo, según después acá he sabido, y le dijo que su parienta Silvia
iba tan adelante en los amores que conmigo traía, que en una cierta noche había determinado de sacarla de
casa de sus padres y llevaría a la otra aldea, do mis parientes moraban; donde se le ofrecía coyuntura de
vengar su corazón en entrambos: en Silvia, por la poca cuenta que de sus servicios había hecho; en mí, por
nuestra vieja enemistad y por el enojo que le había hecho en quitarle a Silvia, pues por sólo mi respecto le
dejaba. De tal manera le supo encarecer y decir Carino lo que quiso, que con mucho menos a otro corazón
no tan cruel como el suyo moviera a cualquier mal pensamiento.
»Llegado, pues, ya el día que yo pensé que fuera el de mi mayor contento, dejando dicho a Carino, no lo
que hizo, sino lo que había de hacer, me fui a la otra aldea a dar orden cómo recebir a Leonida. Y fue el
dejarla encomendada a Carino como quien deja a la simple corderuela en poder de los hambrientos lobos, o
a la mansa paloma entre las uñas del fiero gavilán que la despedace. ¡Ay, amigo!, que llegando a este paso
con la imaginación, no sé cómo tengo fuerzas para sostener la vida, ni pensamiento para pensarlo, cuanto
más, lengua para decirlo. ¡Ay, mal aconsejado Lisandro!, ¿cómo, y no sabías tú las condiciones dobladas de
Carino? Mas; ¿quién no se fiara de sus palabras, aventurando él tan poco en hacerlas verdaderas con las
obras? ¡Ay, mal lograda Leonida, cuán mal supe gozar de la merced que me heciste en escogerme por tuyo!
»En fin, por concluir con la tragedia de mi desgracia, sabrás, discreto pastor, que la noche que Carino
había de traer consigo a Leonida a la aldea donde yo la esperaba, él llamó a otro pastor, que debía de tener
por enemigo, aunque él se lo encubría debajo de su falsa acostumbrada disimulación, el cual Libeo se
llamaba, y le rogó que aquella noche le hiciese compañía, porque determinaba llevar una pastora, su
aficionada, a la aldea que te he dicho, donde pensaba desposarse con ella. Libeo, que era gallardo y
enamorado, con facilidád le ofreció su compañía. Despidióse Leonida de Silvia con estrechos abrazos y
amorosas lágrimas, como présaga que había de ser la última despedida. Debía de considerar entonces la sin
ventura la traición que a sus padres hacía, y no la que a ella Carino le ordenaba, y cuán mala cuenta daba de
la buena opinión que della en el pueblo se tenía. Mas, pasando de paso por todos estos pensamientos,
forzada del enamorado que la vencía, se entregó a la guardia de Ca rino, que adonde yo la aguardaba la
trujese.
» ¡Cuántas veces se me viene a la memoria, llegando a este punto, lo que soñé el día que le tuviera yo por
dichoso, si en él feneciera la cuenta de los de mi vida! Acuérdome que, saliendo del aldea un poco antes
que el sol acabase de quitar sus rayos de nuestro horizonte, me senté al pie de un alto fresno, en el mesmo
camino por donde Leonida había de venir, esperando que cerrase algo más la noche para adelantarme y
recebilla; y, sin saber cómo y sin yo quererlo, me quedé dormido. Y apenas hube entregado los ojos al
sueño, cuando me pareció que el árbol donde estaba atrimado, rindiéndose a la furia de un recísimo viento
que soplaba, desarraigando las hondas raíces de la tierra, sobre mi cuerpo se caía; y que, procurando yo
evadirme del grave peso, a una y otra parte me revolvía. Y, estando en es ta pesadumbre, me pareció ver una
blanca cierva junto a mí, a la cual yo ahincadamente suplicaba que, como mejor pudiese, apartase de mis
hombros la pesada carga; y que, queriendo ella, movida de compasión, hacerlo, al mismo instante salió un
fiero león del bosque, y, cogiéndola entre sus agudas uñas, se metía con ella por el bosque adelante; y que,
después que con gran trabajo me había escapado del grave peso, la iba a buscar al monte, y la hallaba
despedazada y herida por mil partes; de lo cual tanto dolor sentía, que el alma se me arrancaba sólo por la
compasión que ella había mostrado de mi trabajo. Y así, comencé a llorar entre sueños de manera que las
mismas lágrimas me despertaron, y, hallando las mejillas bañadas del llanto quedé fuera de mí,
considerando lo que había soñado. Pero con la ale gría que esperaba tener de ver a mi Leonida; no eché de
ver entonces que la fortuna en sueños me mostraba lo que de allí a poco rato despierto me había de suceder.
»A la sazón que yo desperté, acababa de cerrar la noche, con tanta escuridad, con tan espantosos truenos
y relámpagos, como convenía para cometerse con más facilidad la crueldad que en ella se cometió. Así
como Ca rino salió de casa de Silvia con Leonida, se la entregó a Libeo, diciéndole que se fuese con ella por
el camino de la aldea que he dicho; y, aunque Leonida se alteró de ver a Libeo, Carino le aseguró que no
era menor amigo mío Libeo que él proprio, y que con toda seguridad podía ir con él poco a poco, en tanto
que él se adelantaba a darme a mí las nuevas de su llegada. Creyó la simple -en fin, como enamorada- las
palabras del falso Carino, y, cón menor recelo del que convenía, guiada del comedido Libeo, tendía los
temerosos pasos para venir a buscar el último de su vida, pensando hallar el mejor de su contento.
»Adelantóse Carino de los dos, como ya lo he dicho, y vino a dar aviso a Crisalbo de lo que pasaba, el
cual, con otros cuatro parientes suyos, en el mesmo camino por donde habían de pasar, que todo era cerrado
de bosque de una y otra parte, escondidos estaban. Y díjoles cómo Silvia venía, y solo yo que la
acompañaba, y que se alegrasen de la buena ocasión que la suerte les ponía en las manos para vengarse de
la injuria que los dos les habíamos hecho; y que él sería el primero que en Silvia, aunque era parienta suya,
probase los filos de su cuchillo. Apercibiéronse luego los cinco crueles carniceros para colorarse en la
inocente sangre de los dos que tan sin cuidado de traición semejante por el camino se venían, los cuales,
llegados a do la celada estaba, al instante fueron con ellos los pérfidos homicidas y cerráronlos en medio.
Crisalbo se llegó a Leonida, pensando ser Silvia, y con injuriosas y turbadas palabras, con la infernal cólera
que le señoreaba, con seis mortales heridas la dejó tendida en el suelo, a tiempo que ya Libeo por los otros
cuatro -creyendo que a mí me las daban- con infinitas puñaladas se revolcaba por la tierra. Carino, que vio
cuán bien había salido el traidor intento suyo, sin aguardar razones, se les quitó delante, y los cinco
traidores, contentísimos, como si hubieran hecho alguna famosa hazaña, se volvieron a su aldea; y Crisalbo
se fue a casa de Silvia a dar él mesmo a sus padres la nueva de lo que había hecho, por acrescentarles el
pesar y sentimiento, diciéndoles que fuesen a dar sepultura a su hija Silvia, a quien él había quitado la vida
por haber hecho más caudal de la fría voluntad de Lisandro, su enemigo, que no de los continuos sirvicios
suyos. Silvia, que sintió lo que Crisalbo decía, dándole el alma lo que había sido, le dijo cómo ella estaba
viva, y aun libre de todo lo que la imputaba, y que mirase no hubiese muerto a quien le doliese más sú
muerte que perder él mismo la vida. Y con esto le dijo que su hermana Leonida se había partido aquella
noche de su casa en traje no acostumbrado. Atónito quedó Cri salbo de ver a Silvia viva, teniendo él por
cierto que la dejaba ya muerta, y con no pequeño sobresalto acudió luego a su casa, y, no hallando en ella a
su hermana, con grandísima confusión y furia volvió él solo a ver quién era la que había muerto, pues
Silvia estaba viva.
»Mientras todas estas cosas pasaban, estaba yo con una ansia estraña esperando a Carino y Leonida, y,
pare ciéndome que ya tardaban más de lo que debían, quise ir a encontra rlos, o a saber si por algún caso
aquella noche se habían detenido, y no anduve mucho por el camino cuando oí una lastimada voz que
decía: "¡Oh soberano hacedor del cielo!, encoge la mano de tu justicia y abre la de tu misericordia, para
tenerla desta alma, que presto te dará cuenta de las ofensas que te ha hecho. ¡Ay, Lisandro, Lisandro!, y
cómo la amistad de Carino te costará la vida, pues no es posible sino que te la acabe el dolor de haberla yo
por ti perdido. ¡Ay, cruel hermano!, ¿es posible que sin oír mis disculpas tan presto me quesiste dar la pena
de mi yerro?" Cuando estas razones oí, en la voz y en ellas conocí luego ser Leonida la que las decía, y présago
de mi desventura, con el sentido turbado, fui a tiento a dar adonde Leonida estaba envuelta en su propria
sangre; y, habiéndola conocido luego, dejándome caer sobre el herido cuerpo, haciendo los estremos
de dolor posible, le dije: "¿Qué desdicha es esta, bien mío? Ánima mía, ¿cuál fue la cruel mano que no ha
tenido respecto a tanta hermosura?" En estas palabras fui conocido de Leonida, y, levantando con gran
trabajo los cansados brazos, los echó por cima de mi cuello, y, apretando con la mayor fuerza que pudo,
juntando su boca con la mía, con flacas y mal pronunciadas razones, me dijo sola s estas: "Mi hermano me
ha muerto; Carino, vendido; Libeo está sin vida, la cual te dé Dios a ti, Lisandro mío, largos y felices años,
y a mí me deje gozar en la otra del reposo que aquí me ha negado". Y, juntando más su boca con la mía,
habiendo cerrado los labios para darme el primero y último beso, al abrillos se le salió el alma y quedó
muerta en mis brazos. Cuando yo lo sentí, abandonándome sobre el helado cuerpo, quedé sin ningún
sentido. Y si como era yo el vivo, fuera el muerto, quien en aquel trance nos viera, el lamentable de Píramo
y Tisbe trujera a la memoria. Mas, después que volví en mí, abriendo ya la boca para llenar el aire de voces
y sospiros,sentí que hacia donde yo estaba venía uno con apresurados pasos; y, llegándose cerca, aunque la
noche hacía escura, los ojos del alma me dieron a conoscer que el que allí venía era Crisalbo; como era la
verdad, porque él tomaba a certificarse si por ventura era su hermana Leonida la que había muerto. Y,
como yo le conocí, sin que de mí se guardase, llegué a él como sañudo león y, dándole dos heridas, di con
él en tierra; y, antes que acabase de espirar, le llevé arrastrando adonde Leonida estaba; y, puniendo en la
mano muerta de Leonida el puñal que su hermano traía, que era el mesmo con que él la había muerto,
ayudándole yo a ello, tres veces se le hinqué por el corazón. Y, consolado en algo el mío con la muerte de
Crisalbo, sin más detenerme, tomé sobre mis hombros el cuerpo de Leonida y llevéle al aldea donde mis
parientes vivían; y, contándoles el caso, les rogué le diesen honrada sepultura, y luego puse por obra y
determiné de tomar en Carino la venganza que en Crisalbo; la cual, por haberse él ausentado de nuestra
aldea, se ha tardado hasta hoy, que le hallé a la salida deste bosque, después de haber seis meses que ando
en su demanda. Él ha hecho ya el fin que su traición merescía, y a mí no me queda ya de quién tomar
venganza, si no es de la vida que tan contra mi voluntad sostengo.» Esta es, pastor, la causa de do proceden
los lamentos que me has oído. Si te parece que es bastante para causar mayores sentimientos, a tu buena
discreción dejo que lo considere.
Y con esto dio fin a su plática y principio a tantas lágrimas, que no pudo dejar Elicio de tenerle compañía
en ellas. Pero, después que por largo espacio habían desfogado con tiernos sospiros, el uno la pena que
sentía, el otro la compasión que della tomaba, Elicio comenzó con las mejores razones que supo a consolar
a Lisandro, aunque era su mal tan sin consuelo como por el suceso dél había visto. Y entre otras cosas que
le dijo, y la que a Li sandro más le cuadró, fue decirle que en los males sin remedio, el mejor era no
esperarles ninguno; y que, pues de la honestidad y noble condición de Leonida se podría creer -según él
decía- que de dulce vida gozaba, antes debía alegrarse del bien que ella había ganado, que no entristecerse
por el que él había perdido. A lo cual res pondió Lisandro:
-Bien conozco, amigo, que tienen fuerza tus razones para hacerme creer que son verdaderas, pero no que
la tienen, ni la tendrán las que todo el mundo decirme pu diere, para darme consuelo alguno. En la muerte
de Leonida comenzó mi desventura, la cual se acabará cuando yo la tome a ver; y, pues esto no puede ser
sin que yo muera, al que me induciere a procurar la muerte tendré yo por más amigo de mi vida.
No quiso Elicio darle más pesadumbre con sus consuelos, pues él no los tenía por tales; sólo le rogó que
se viniese con él a su cabaña, en la cual estaría todo el tiempo que gusto le diese, ofreciéndole su amistad
en todo aquello que podía ser buena para servirle. Lisandro se lo agradeció cuanto fue posible; y, aunque no
quería acetar el venir con Elicio, todavía lo hubo de hacer forzado de su importunación; y así, los dos se
levantaron y se vinieron a la cabaña de Elicio, donde reposaron lo poco que de la noche quedaba. Pero ya
que la blanca Aurora dejaba el lecho del celoso marido y comenzaba a dar muestras del venidero día,
levantándose Erastro, comenzó a poner en orden el ganado de Elicio y suyo, para sacarle al pasto
acostumbrado. Elicio convidó a Lisandro a que con él se viniese, y así, viniendo los tres pastores con el
manso rebaño de sus ovejas por una cañada abajo, al subir de una ladera oyeron el sonido de una suave
zampoña, que luego por Elicio y Erastro fue conocido que era Galatea quien la sonaba. Y no tardó mucho
que por la cumbre de la cuesta se comenzaron a descubrir algunas ovejas, y luego tras ellas Galatea, cuya
hermosura era tanta que sería mejor dejarla en su punto, pues faltan palabras para encarecerla. Venía
vestida a la serrana, con los luengos cabellos sueltos al viento, de quien el mesmo sol parescía tener
envidia, porque, hiriéndoles con sus rayos, procuraba quitarles la luz si pudiera, mas la que la salía de la
vislumbre dellos, otro nuevo sol semejaba. Estaba Erastro fuera de sí mirándola, y Elicio no podía apartar
los ojos de verla. Cuando Galatea vio que el re baño de Elicio y Erastro con el suyo se juntaba, mostrando
no gustar de tenerles aquel día compañía, llamó a la borrega mansa de su manada, a la cual siguieron las
demás, y encaminóla a otra parte diferente de la que los pastores llevaban. Viendo Elicio lo que Galatea
hacía, sin poder sufrir tan notorio desdén, llegándose a do la pastora estaba, le dijo:
-Deja, hermo sa Galatea, que tu rebaño venga con el nuestro, y si no gustas de nuestra compañía, escoge
la que más te agradare; que no por tu ausencia dejarán tus ovejas de ser bien apacentadas, pues yo, que nací
para servirte, tendré más cuenta dellas que de las mías proprias. Y no quieras tan a la clara desdeñarme,
pues no lo merece la limpia voluntad que te tengo; que, según el viaje que traías, a la fuente de las Pizarras
le encaminabas, y agora que me has visto quieres torcer el camino. Y si esto es así como pienso, dime
adónde quieres hoy y siempre apascentar tu ganado, que yo te juro de no llevar allí jamás el mío.
-Yo te prometo, Elicio -respondió Galatea-, que no por huir de tu compañía ni de la de Erastro he vuelto
del camino que tú imaginas que llevaba, porque mi intención es pasar hoy la siesta en el arroyo de las
Palmas, en compañía de mi amiga Florisa, que allá me aguarda, porque desde ayer concertamos las dos de
apascentar hoy alí nuestros ganados; y, como yo venía descuidada sonando mi zampoña, la mansa borrega
tomó el camino de las Pizarras, como della más acostumbrado. La voluntad que me tienes y ofrecimientos
que me haces te agradezco, y no tengas en poco haber dado yo disculpa a tu sospecha.
-¡Ay, Galatea! -replicó Elicio-, y cuán bien que finges lo que te parece, teniendo tan poca necesidad de
usar conmigo artificio, pues al cabo no tengo de querer más de lo que tú quisieres. Ora vayas al arroyo de
las Palmas, al soto del Concejo o a la fuente de las Pizarras, ten por cierto que no has de ir sola, que
siempre mi alma te acompaña, y si tú no la vees, es porque no quieres verla, por no obligarte a remediarla.
-Hasta agora -respondió Galatea- tengo por ver la primera alma, y así no tengo culpa si no he remediado
a ninguna.
-No sé cómo puedes decir eso -respondió Elicio -, hermosa Galatea, que las veas para herirlas y no para
curarlas.
-Testimonio me levantas -replicó Galatea- en decir que yo, sin armas, pues a mujeres no son concedidas,
haya herido a nadie.
-¡Ay, discreta Galatea! -dijo Elicio -, cómo te burlas con lo que de mi alma sientes, a la cual
invisiblemente has llagado, y no con otras armas que con las de tu hermosura. Y no me quejo yo tanto del
daño que me has hecho, como de que le tengas en poco.
-En menos me tendría yo -respondió Galatea- si en más le tuviese.
A esta sazón llegó Erastro, y, viendo que Galatea se iba y les dejaba, le dijo:
-¿Adónde vas, o de quién huyes, hermosa Galatea? Si de nosotros, que te adoramos, te alejas, ¿quién
esperará de ti compañía? ¡Ay, enemiga!, cuán al desgaire te vas, triunfando de nuestras voluntades. El cielo
destruya la buena que tengo, si no deseo verte enamorada de quien estime tus quejas en el grado que tú
estimas las mías. ¿Ríeste de lo que digo, Galatea? Pues yo lloro de lo que tú haces.
No pudo Galatea responder a Erastro, porque andaba guiando su ganado hacia el arroyo de las Palmas, y,
abajando desde lejos la cabeza en señal de despedirse, los dejó. Y, como se vio sola, en tanto que llegaba
adonde su amiga Florisa creyó que estaría, con la estremada voz que al cielo plugo darle, fue cantando este
soneto:
GALATA
Afuera el fuego, el lazo, el yelo y flecha
de amor, que abrasa, aprieta, enfría y hiere;
que tal llama mi alma no la quiere,
ni queda de tal ñudo satisfecha.
Consuma, ciña, yele, mate; estrecha
tenga otra la voluntad cuanto quisiere;
que por dardo, o por nieve, o red no'spere
tener la mía en su calor deshecha.
Su fuego enfriará mi casto intento,
el ñudo romperé por fuerza o arte,
la nieve deshará mi ardiente celo,
la flecha embotará mi pensamiento;
y así, no temeré en segura parte
de amor el fuego, el lazo, el dardo, el yelo.
Con más justa causa se pudieran parar los brutos, mo ver los árboles y juntar las piedras a escuchar el
suave canto y dulce armonía de Galatea, que cuando a la cítara de Orfeo, lira de Apolo y música de Anfión
los muros de Troya y Tebas por sí mismos se fundaron, sin que artífice alguno pusiese en ellos las manos, y
las hermanas, negras moradoras del hondo caos, a la estremada voz del in cauto amante se ablandaron. El
acabar el canto Galatea y llegar adonde Florisa estaba, fue todo a un tiempo, de la cual fue con alegre rostro
recebida, como aquella que era su amiga verdadera y con quien Galatea sus pensamientos comunicaba. Y,
después que las dos dejaron ir a su albedrío a sus ganados a que de la verde yerba paciesen, convidadas de
la claridad del agua de un arroyo que allí corría, determinaron de lavarse los hermosos rostros, pues no era
menester para acrecentarles hermosura el vano y enfadoso artificio con que los suyos martirizan las damas
que en las grandes ciudades se tienen por más hermosas. Tan hermosas quedaron después de lavadas como
antes lo estaban, excepto que por haber llegado las manos con movimiento al rostro, quedaron sus mejillas
encendidas y sonroseadas, de modo que un no sé qué de hermosura les acrescentaba; especialmente a
Galatea, en quien se vieron juntas las tres Gracias, a quien los antiguos griegos pintaban desnudas por
mostrar, entre otros efectos, que eran señoras de la belleza. Comenzaron luego a coger diversas flores del
verde prado, con intención de hacer sendas guirnaldas con que recoger los desornados cabellos que sueltos
por las espaldas traían.
En este ejercicio andaban ocupadas las dos hermosas pastoras, cuando por el arroyo abajo vieron al
improviso venir una pastora de gentil donaire y apostura, de que no poco se admiraron, porque les pareció
que no era pastora de su aldea ni de las otras comarcanas a ella, a cuya causa con más atención la miraron,
y vieron que venía poco a poco hacia donde ellas estaban. Y, aunque estaban bien cerca, ella venía tan
embebida y transportada en sus pensamientos, que nunca las vio hasta que ellas quisieron mostrarse. De
trecho en trecho se paraba, y, vueltos los ojos al cielo, daba unos sospiros tan dolorosos que de lo más
íntimo de sus entrañas parecían arrancados. Torcía asimesmo sus blancas manos y dejaba correr por sus
mejillas algunas lágrimas, que líquidas perlas semejaban. Por los estremos de dolor que la pastora hacía,
conocieron Galatea y Florisa que de algún interno dolor traía el alma ocupada, y por ver en qué paraban sus
sentimientos, entrambas se escondieron entre unos cerrados mirtos, y desde allí con curiosos ojos miraban
lo que la pastora hacía. La cual, llegándose al margen del arroyo, con atentos ojos se paró a mirar el agua
que por él corría, y, dejándose caer a la orilla dél como persona cansada, corvando una de sus hermosas
manos, cogió en ella del agua clara, con la cual lavándose los húmidos ojos, con voz baja y debilitada dijo:
-¡Ay, claras y frescas aguas!, ¡cuán poca parte es vuestra frialdad para templar el fuego que en mis entrañas
siento! Mal podré esperar de vosotras, ni aun de todas las que contiene el gran mar océano, el remedio
que he menester, pues , aplicadas todas al ardor que me consume, haríades el mesmo efecto que suele hacer
la pequeña cantidad en la ardiente fragua, que más su llama acrecienta. ¡Ay, tristes ojos, causadores de mi
perdición, y en qué fuerte punto os alcé para tan gran caída! ¡Ay, Fortuna, enemiga de mi descanso, con
cuánta velocidad me derribaste de la cumbre de mis contentos al abismo de la miseria en que me hallo!
¡Ay, cruda hermana!, ¿cómo no aplacó la ira de tu desamorado pecho la humilde y amorosa presencia de
Artidoro? ¿Qué palabras te pudo decir él para que le dieses tan aceda y cruel respuesta? Bien parece,
hermana, que tú no le tenías en la cuenta que yo le tengo, que si así fuera, a fe que tú te mostraras tan
humilde cuanto él a ti subjeto.
Todo esto que la pastora decía mezclaba con tantas lágrimas, que no hubiera corazón que escuchándola
no se enterneciera. Y, después que por algún espacio hubo sosegado el afligido pecho, al son del agua que
mansamente corría, acomodando a su propósito una copla antigua, con suave y delicada voz cantó esta
glosa:
Ya la esperanza es perdida,
y un solo bien me consuela:
qu'el tiempo, que pasa y vuela,
llevará presto la vida.
Dos cosas hay en amor
con que su gusto se alcanza:
deseo de lo mejor,
es la otra la esperanza
que pone esfuerzo al temor.
Las dos hicieron manida
en mi pecho, y no las veo;
antes en l'alma afligida,
porque me acabe el deseo,
ya la esperanza es perdida.
Si el deseo desfallece
cuando la esperanza mengua,
al contrario en mí parece,
pues cuanto ella más desmengua
tanto más él s'engrandece.
Y no hay usar de cautela
con las llagas que me atizan,
que en esta amorosa escuela
mil males me martirizan,
y un solo bien me consuela.
Apenas hubo llegado
el bien a mi pensamiento,
cuando el cielo, suerte y hado,
con ligero movimiento
l'han del alma arrebatado.
Y si alguno hay que se duela
de mi mal tan lastimero,
al mal amaina la vela,
y al bien pasa más ligero
qu'el tiempo, que pasa y vuela.
¿Quién hay que no se consuma
con estas ansias que tomo?,
pues en ellas se ve en suma
ser los cuidados de plomo
y los placeres de pluma.
Y aunque va tan de caída
mi dichosa buena andanza
en ella este bien se anida:
que quien llevó la esperanza
llevará presto la vida.
Presto acabó el canto la pastora, pero no las lágrimas con que lo solemnizaba, de las cuales movidas a
compasión Galatea y Florisa, salieron de do escondidas estaban, y con amorosas y corteses palabras a la
triste pastora saludaron, diciéndole, entre otras razones:
-Así los cielos, hermosa pastora, se muestren favorables a lo que pedirles quisieres, y dellos alcances lo
que deseas, que nos digas, si no lo es enojoso, qué ventura o qué destino te ha traído por esta tierra, que
según la plática que nosotras tenemos della, jamás por estas riberas te habemos visto. Y por haber oído lo
que poco ha cantaste, y entender por ello que no tiene tu corazón el sosiego que ha menester, y por las
lágrimas que has derramado, de que dan indicio tus húmidos y hermosos ojos, en ley de buen
comedimiento estamos obligadas a procurarte el consuelo que de nuestra parte fuere posible. Y si fuere tu
mal de los que no sufren ser consolados, a lo menos conoscerás en nosotras una buena voluntad de servirte.
-No sé con qué poder pagaros -respondió la forastera pastora-, hermosas zagalas, los corteses
ofrecimientos que me hacéis, si no es con callar y agradecello, y estimarlos en el punto que merescen, y con
no negaros lo que de mí saber quisiéredes, puesto que me sería mejor pasar en silencio los sucesos de mi
ventura, que no, con decirlos, daros indicios para que me tengáis por liviana.
-No muestra tu rostro y gentil apostura, hermosa pastora -respondió Galatea-, que el cielo te ha dado tan
grosero entendimiento que con él hicieses cosa que después hubieses de perder reputación en decirla. Y,
pues tu vista y palabras en tan poco ha hecho esta impresión en nosotras, que ya te tenemos por discreta,
muéstranos, con contarnos tu vida, si llega a tu discreción tu ventura.
-A lo que yo creo -respondió la pastora -, en un igual andan entrambas, si ya no me ha dado la suerte más
juicio para que sienta más los dolores que se ofrecen. Pero yo estoy bien cierta que sobrepujan tanto mis
males a mi discreción, cuanto dellos es vencida toda mi habilidad, pues no tengo ninguna para saber
remediallos. Y, porque la experiencia os desengañe, si quisiéredes oírme, bellas zagalas, yo os contaré con
las más breves razones que pudiere, cómo, del mucho entendimiento que juzgáis que tengo, ha nascido el
mal que le hace ventaja.
-Con ninguna cosa, discreta zagala, satisfarás más nuestros deseos -respondió Florisa-, que con damos
cuenta de lo que te hemos rogado.
-Apartémonos, pues -dijo la pastora-, deste lugar y busquemos otro donde, sin ser vistas ni estorbadas,
pueda deciros lo que me pesa de haberos prometido, porque adivino que no estará más en perderse la buena
opinión que con vosotras he cobrado, que cuanto tarde en descubriros mis pensamientos, si acaso los
vuestros no han sido tocados de la enfermedad que yo padezco.
Deseosas de que la pastora cumpliese lo que prometía, se levantaron luego las tres y se fueron a un lugar
secreto y apartado que ya Galatea y Florisa sabían, donde, debajo de la agradable sombra de unos acopados
mirtos, sin ser vistas de alguno, podían todas tres estar sentadas. Y luego, con estremado donaire y gracia,
la forastera pastora comenzó a decir desta manera:
-«En las riberas del famoso Henares, que al vuestro dorado Tajo, hermosísimas pastoras, da siempre
fresco y agradable tributo, fui yo nascida y criada, y no en tan baja fortuna que me tuviese por la peor de mi
aldea. Mis padres son labradores y a la labranza del campo acostumbrados, en cuyo ejercicio les imitaba,
trayendo yo una manada de simples ovejas por las dehesas concejiles de nuestra aldea, acomodando tanto
mis pensamientos al estado en que mi suerte me había puesto, que ninguna cosa me daba más gusto que ver
multiplicar y crecer mi ganado, sin tener cuenta con más que con procurarle los más fructíferos y
abundosos pastos, claras y frescas aguas que hallar pudiese. No tenía ni podía tener más cuidados que los
que podían nascer del pastoral oficio en que me ocupaba. Las selvas eran mis compañeras, en cuya soledad
muchas veces, convidada de la suave armonía de los dulces pajarillos, despedía la voz a mil honestos
cantares, sin que en ellos mezclase sospiros ni razones que de enamorado pecho diesen indicio alguno.
¡Ay!, cuántas veces, sólo por contentarme a mí mesma y por dar lugar al tiempo que se pasase, andaba de
ribera en ribera, de valle en valle, cogiendo aquí la blanca azucena, allí el cárdeno lirio, acá la colorada
rosa, acullá la olorosa clavellina, haciendo de todas suertes de odoríferas flo res una tejida guimalda, con
que adornaba y recogía mis cabellos; y después, mirándome en las claras y reposadas aguas de alguna
fuente, quedaba tan gozosa de haberme visto que no trocara mi contento por otro alguno. Y cuántas hice
burla de algunas zagalas que, pensando hallar en mi pecho alguna manera de compasión del mal que los
suyos sentían, con abundancia de lágrimas y sospiros, los secretos enamorados de su alma me descubrían.
»Acuérdome agora, hermosas pastoras, que llegó a mí un día una zagala amiga mía, y, echándome los
brazos al cuello y juntando su rostro con el mío, hechos sus ojos fuentes, me dijo: "¡Ay, hermana Teolinda
-que éste es el nombre desta desdichada-, y cómo creo que el fin de mis días es llegado, pues amor no ha
tenido la cuenta conmi go que mis deseos merescían!". Yo, entonces, admirada de los estremos que la veía
hacer, creyendo que algún gran mal le había sucedido de pérdida de ganado, o de muerte de padre o
hermano, limpiándole los ojos con la manga de mi camisa, le rogué que me dijese qué mal era el que tanto
la aquejaba. Ella, prosiguiendo en sus lágrimas y no dando tregua a sus sospiros, me dijo: "¿Qué mayor mal
quieres, ¡oh Teolinda!, que me haya sucedido que el haberse ausentado sin decirme nada el hijo del
mayoral de nuestra aldea, a quien yo quiero más que a los proprios ojos de la cara; y haber visto es ta
mañana en poder de Leocadia, la hija del rabadán Lisalco, una cinta encarnada que yo había dado a aquel
fementido de Eu genio, por donde se me ha confirmado la sospecha que yo tenía de los amores que el
traidor con ella trataba?" Cuando yo acabé de entender sus quejas, os juro, amigas y señoras mías, que no
pude acabar conmigo de no reírme y decirle: "Mía fe, Lidia -que así se llama la sin ventura-, pensé que de
otra mayor llaga venías herida, según te quejabas, pero agora conozco cuán fuera de sentido andáis
vosotras, las que presumís de enamoradas, en hacer caso de semejantes niñerías. Dime, por tu vida, Lidia
amiga: ¿cuánto vale una cinta encarnada, para que te duela de verla en poder de Leocadia, ni de que se la
haya dado Eugenio? Mejor harías de tener cuenta con tu honra y con lo que conviene al pasto de tus ovejas,
y no entremeterte en estas burlerías de amor, pues no se saca dellas, según veo, sino menoscabo de nuestras
honras y sosiego". Cuando Lidia oyó de mi boca tan contraria respuesta de la que esperaba de mi piadosa
condición, no hizo otra cosa sino abajar la cabeza, y, acrescentando lágrimas a lágrimas y sollozos a
sollozos, se apartó de mí; y, volviendo a cabo de poco trecho el rostro, me dijo: "Ruego yo a Dios,
Teolinda, que presto te veas en estado que tengas por dichoso el mío, y que el amor te trate de manera que
cuentes tu pena a quien la estime y sienta en el grado que tú has hecho la mía". Y con esto se fue, y yo me
quedé riyendo de sus desvaríos. Mas, ¡ay, desdichada, y cómo a cada paso conozco que me va alcanzando
bien su maldición, pues aun agora temo que estoy contando mi pena a quien se dolerá poco de haberla sabido!
»
A esto respondió Galatea:
-Pluviera a Dios, discreta Teolinda, que así como hallarás en nosotras compasión de tu daño, pudieras
hallar el remedio dél, que presto perdieras la sospecha que de nuestro conocimiento tienes.
-Vuestra hermosa presencia y agradable conversación, dulces pastoras -respondió Teolinda-, me hace esperar
eso, pero mi corta ventura me fuerza a temer estotro. Mas, suceda lo que sucediere, que al fin habré
de contaros lo que os he prometido.
«Con la libertad que os he dicho, y en los ejercicios que os he contado, pasaba yo mi vida tan alegre y
sosegadamente que no sabía qué pedirme el deseo, hasta que el vengativo Amor me vino a tomar estrecha
cuenta de la poca que con él tenía, y alcanzóme en ella de manera que, con quedar su esclava, creo que aún
no está pagado ni satisfecho.
»Acaeció, pues, que un día -que fuera para mí el más venturoso de los de mi vida, si el tiempo y las
ocasiones no hubieran traído tal descuento a mis alegrías-, viniendo yo con otras pastoras de nuestra aldea a
cortar ramos y a coger juncia y flores y verdes espadañas para adornar el templo y calles de nuestro lugar,
por ser el siguiente día solemnísima fiesta y estar obligados los moradores de nuestro pueblo por promesa y
voto a guardalla, acertamos a pasar todas juntas por un deleitoso bosque que entre el aldea y el río está
puesto, adonde hallamos una junta de agraciados pastores, que a la sombra de los verdes árboles pasaban el
ardor de la caliente siesta, los cuales, como nos vieron, al punto fuimos dellos conoscidas, por ser todos
cuál primo y cuál hermano y cuál pariente nuestro. Y, saliéndonos al encuentro y entendido de nosotras el
intento que llevábamos, con corteses palabras nos persuadieron y forzaron a que adelante no pasásemos,
porque algunos dellos tomarían el trabajo de traer hasta allí los ramos y flores por que íbamos. Y así, vencidas
de sus ruegos, por ser ellos tales, hubimos de conceder lo que querían; y luego seis de los más mozos,
apercebidos de sus hocinos, se partieron con gran contento a traernos los verdes despojos que buscábamos.
Nosotras, que seis éramos, nos juntamos donde los demás pastores estaban, los cuales nos recibieron con el
comedimiento posible, especialmente de un pastor forastero que allí estaba, que de ninguna de nosotras fue
conoscido, el cual era de tan gentil donaire y brío que quedaron todas admiradas en verle; pero yo quedé
admi rada y rendida. No sé qué os diga, pastoras, sino que, así como mis ojos le vieron, sentí
entemecérseme el cora zón, y comenzó a discurrir por todas mis venas un yelo que me encendía, y, sin saber
cómo, sentí que mi alma se alegraba de tener pues tos los ojos en el hermoso rostro del no conocido pastor.
Y en un punto, sin ser en los casos de amor experimentada, vine a conoscer que era amor el que salteado
me había. Y luego quisiera quejarme dél, si el tiempo y la ocasión me dieran lugar a ello.
» En fin, yo quedé cual ahora estoy, vencida y enamo rada, aunque con más confianza de salud que la que
ahora tengo. ¡Ay!, cuántas veces en aquella sazón me quise llegar a Lidia, que con nosotras estaba y
decirle: "Perdóname, Lidia hermana, de la desabrida respuesta que te di el otro día, porque te hago saber
que ya tengo más expe riencia del mal de que te quejabas que tú mesma". Una cosa me tiene maravillada:
de cómo cuantas allí estaban no conocieron, por los movimientos de mi rostro, los secretos de mi corazón;
y debiólo de causar que todos los pastores se volvieron al forastero y le rogaron que acabase de cantar una
canción que había comenzado antes que nosotras llegásemos; el cual, sin hacerse de rogar, siguió su
comenzado canto con tan estremada y ma ravillosa voz, que todos los que la escuchaban estaban transportados
en oírla. Entonces acabé yo de entregarme de todo en todo a todo to que el amor quiso, sin quedar en
mí más voluntad que si no la hubiera tenido para cosa alguna en mi vida. Y, puesto que yo estaba más
suspensa que todos escuchando la suave armonía del pastor, no por eso dejé de poner grandísima atención a
lo que en sus versos cantaba, porque me tenía ya el amor puesta en tal estre mo que me llegara al alma si le
oyera cantar cosas de enamorado, que imaginara que ya tenía ocupados sus pensantientos, y quizá en parte
que no tuviesen alguna los míos en lo que deseaban. Mas lo que él entonces cantó no fueron sino ciertas
alabanzas del pastoral estado y de la sosegada vida del campo, y algunos avisos útiles a la conservación del
ganado, de que no poco quedé yo contenta, pareciéndome que si el pastor estuviera enamo rado, que de
ninguna cosa tratara que de sus amores, por ser condición de los amantes parecerles mal gastado el tiempo
que en otra cosa que en ensalzar y alabar la causa de sus tristezas o contentos se gasta. Ved, amigas, en
cuán poco espacio estaba ya maestra en la escuela de amor.
»El acabar el pastor su canto y el descubrir los que con los ramos venían fue todo a un tiempo; los cuales,
a quien de lejos los miraba, no parecían sino un pequeño montecillo que con todos sus árbores se movia,
segun venían pomposos y enramados. Y, llegando ya cerca de nosotras, todos seis entonaron sus voces, y
comenzando el uno y respondiendo todos, con muestras de grandísimo contento, y con muchos placenteros
alaridos, dieron principio a un gracioso villancico. Con este contento y alegría llegaron más presto de lo
que yo quisiera, porque me quitaron la que yo sentía de la vista del pastor. Descargados, pues, de la verde
carga, vimos que traía cada uno una hermosa guirnalda enroscada en el brazo, compuesta de diversas y
agradables flores, las cuales con graciosas palabras a cada una de nosotras la suya presentaron, y se
ofrecieron de llevar los ramos hasta el aldea. Mas, agradeciéndoles nosotras su buen comedimiento, llenas
de alegría, queríamos dar la vuelta al lugar, cuando Eleuco, un anciano pastor que allí estaba, nos dijo:
"Bien será, hermosas pastoras, que nos paguéis lo que por vosotras nuestros zagales han hecho, con
dejarnos las guirnaldas, que demasiadas lleváis de lo que a buscar veníades; pero ha de ser con condición
que de vuestra mano las deis a quien os pareciere". "Si con tan pequeña paga quedaréis de nosotras
satisfechos -respondió la una---, yo por mí soy contenta". Y, tomando la guirnalda con ambas manos, la
puso en la cabeza de un gallardo primo suyo. Las otras, guiadas deste ejemplo, dieron las suyas a diferentes
zagales que allí estaban; que todos, sus parientes eran. Yo, que a lo último quedaba, y que allí deudo alguno
no tenía, mostrando hacer de la desenvuelta, me lle gué al forastero pastor, y, puniéndole la guimalda en la
cabeza, le dije: "Ésta te doy, buen zagal, por dos cosas: la una, por el contento que a todos nos has dado con
tu agradable canto; la otra, porque en nuestra aldea se usa honrar a los estranjeros". Todos los circunstantes
recibie ron gusto de lo que yo hacía; pero, ¿qué os diré yo de lo que mi alma sintió, viéndome tan cerca de
quien me la tenía robada, sino que diera cualquiera otro bien que acertara a desear en aquel punto, fuera de
quererle, por poder ceñirle con mis brazos al cuello, como le ceñí las sienes con la guirnalda? El pastor se
me humilló y con discretas palabras me agradeció la merced que le hacía, y, al despedirse de mí, con voz
baja, hurtando la ocasión a los muchos ojos que allí había, me dijo: "Mejor te he pagado de lo que piensas,
hermosa pastora, la guirnalda que me has dado: prenda llevas contigo que, si la sabes estimar, conocerás
que me quedas deudora". Bien quisie ra yo responderle, pero la priesa que mis compañeras me daban era
tanta, que no tuve lugar de replicarle.
»Desta manera me volví al aldea, con tan diferente corazón del con que había salido, que yo mesma de
mí mesma me maravillaba. La compañía me era enojosa, y cualquiera pensamiento que me viniese, que a
pensar en mi pastor no se encaminase, con gran presteza procuraba luego de desecharle de mi memoria,
como indigno de ocupar el lugar que de amorosos cuidados estaba lleno. Yo no sé cómo en tan pequeño
espacio de tiempo me transformé en otro ser del que tenía, porque yo ya no vivía en mí, sino en Artidoro
-que ansí se llama la mitad de mi alma que ando buscando-: doquiera que volvía los ojos me parecía ver su
figura; cualquiera cosa que escuchaba, luego sonaba en mis oídos su suave música y armonía; a ninguna
parte movía los pies, que no diera por hallarle en ella mi vida, si él la quisiera; en los manjares no hallaba el
acostumbrado gusto, ni las manos acertaban a tocar cosa que se le diese. En fin, todos mis sentidos estaban
trocados del ser que primero tenían, ni el alma obraba por ellos como era acostumbrada.
»En considerar la nueva Teolinda que en mí había nacido, y en contemplar las gracias del pastor, que
impresas en el alma me quedaron, se me pasó todo aquel día y la noche antes de la solemne fiesta, la cual
venida, fue con grandísimo regocijo y aplauso de todos los moradores de nuestra aldea y de los
circunvecinos lugares solemniza da. Y, después de acabadas en el templo las sacras obla ciones, y cumplidas
las debidas ceremonias, en una ancha plaza que delante del templo se hacía, a la sombra de cuatro antiguos
y frondosos álamos que en ella estaban, se juntó casi la más gente del pueblo, y, haciéndose todos un corro,
dieron lugar a que los zagales vecinos y forasteros se ejercitasen, por honra de la fiesta, en algunos
pastoriles ejercicios. Luego en el instante, se mostraron en la plaza un buen número de dispuestos y
gallardos pastores, los cuales, dando alegres muestras de su juventud y destreza, dieron principios a mil
graciosos juegos: ora tirando la pesada barra, ora mostrando la ligereza de sus sueltos miembros en los
desusados saltos, ora descubriendo su crescida fuerza a industriosa maña en las intrincadas luchas, ora
enseñando la velocidad de sus pies en las largas carreras, procurando cada uno de ser tal en todo, que el
primero premio alcanzase de muchos que los mayorales del pueblo tenían puestos para los mejores que en
tales ejercicios se aventajasen. Pero, en estos que he contado, ni en otros muchos que callo por no ser
prolija, ningunos de cuantos allí estaban, vecinos y comarcanos, llegó al punto que mi Artidoro, el cual con
su presencia quiso honrar y alegrar nuestra fiesta, y llevarse el prime ro honor y premio de todos los juegos
que se hicieron. Tal era, pastoras, su destreza y gallardía; las alabanzas que todas le daban eran tantas, que
yo mesma me ensoberbecía, y un desusado contento en el pecho me retoza ba, sólo en considerar cuán bien
había sabido ocupar mis pensamientos. Pero, con todo esto, me daba grandísima pesadumbre que Artidoro,
como forastero, se había de partir presto de nuestra aldea, y que si él se iba sin saber, a lo menos, lo que de
mí llevaba -que era el alma-, ¿qué vida sería la mía en su ausencia, o cómo podría yo aliviar mi pena
siquiera con quejarme, pues no tenía de quién, sino de mí mesma? Estando yo, pues, en estas imaginaciones,
se acabó la fiesta y regocijo, y, queriendo Artidoro despedirse de los pastores sus amigos, todos
ellos juntos le rogaron que, por los días que había de durar el octavario de la fiesta, fuese contento de
pasarlos con ellos, si otra cosa de más gusto no se lo impidía. "Ninguna me la puede dar a mí mayor,
graciosos pastores -respondió Artidoro -, que serviros en esto y en todo lo que más fuere vuestra voluntad,
que, puesto que la mía era por agora querer buscar a un hermano mío que pocos días ha falta de nuestra
aldea, cumpliré vuestro deseo, por ser yo el que gano en ello". Todos se lo agradecieron mucho, y quedaron
contentos de su quedada, pero más lo quedé yo, considerando que en aquellos ocho días no podía dejar de
ofrecérseme ocasión donde le descubriese lo que ya encubrir no podía. Toda aquella noche casi se nos pasó
en bailes y juegos, y en contar unas a otras las pruebas que habíamos visto hacer a los pastores aquel día,
diciendo: "Fulano bailó mejor que fulano, puesto que el tal sabía más mudanzas que el tal; Mingo derribó a
Bras, pero Bras corrió más que Mingo". Y, al fin fin, todas concluían que Artidoro, el pastor forastero,
había llevado la ventaja a todos, loándole cada una en particular sus particulares gracias; las cuales
alabanzas, como ya he dicho, todas en mi contento redundaban.
»Venida la mañana del día después de la fiesta, antes que la fresca aurora perdiese el rocío aljofarado de
sus hermosos cabellos, y que el sol acabase de descubrir sus rayos por las cumbres de los vecinos montes,
nos juntamos hasta una docena de pastoras, de las más miradas del pueblo, y asidas unas de otras de las
manos, al son de una gaita y de una zampoña, haciendo y deshaciendo intricadas vueltas y bailes, nos
salimos de la aldea a un verde prado que no lejos della estaba, dando gran contento a todos los que nuestra
enmarañada, danza miraban. Y la ventura, que hasta entonces mis cosas de bien en mejor iba guiando,
ordenó que en aquel mesmo prado hallásemos todos los pastores del lugar, y con ellos a Artidoro, los
cuales, como nos vieron, acordando luego el son de un tamborino suyo con el de nuestras zampoñas, con el
mesmo compás y baile nos salieron a recebir, mezclándonos unos con otros confusa y concertadamente, y
mudando los instrumentos el son, mudamos el baile, de manera que fue menester que las pastoras nos
desasiésemos y diésemos las manos a los pastores; y quiso mi buena dicha que acerté yo a dar la mía a
Artidoro. No sé cómo os encarezca, amigas, lo que en tal punto sentí, si no es deciros que me turbé de
manera que no acertaba a dar paso concertado en el baile; tanto, que le convenía a Artidoro llevarme con
fuerza tras sí, porque no rompiese, soltándome, el hilo de la concertada danza. Y, tomando dello ocasión, le
dije: "¿En qué te ha ofendido mi mano, Artidoro, que ansí la aprietas?" Él me respondió, con voz que de
ninguno pudo ser oída: "Mas, ¿qué te ha hecho a ti mi alma, que así la maltratas?" "Mi ofensa es clara
-respondí yo mansamente-; mas la tuya, ni la veo ni podrá verse". "Y aun ahí está el daño -replicó
Artidoro-: que tengas vista para hacer el mal y te falte para sanarle". En esto cesaron nuestras razones,
porque los bailes cesaron, quedando yo contenta y pensativa de lo que Artidoro me había dicho; y, aunque
consideraba que eran razones enamoradas, no me aseguraban si era de enamorado.
»Luego nos sentamos todos los pastores y pastoras sobre la verde yerba; y, habiendo reposado un poco
del cansancio de los bailes pasados, el viejo Eleuco, acordando su instrumento, que un rabel era, con la
zampoña de otro pastor, rogó a Artidoro que alguna cosa cantase, pues él más que otro alguno lo debía
hacer, por haberle dado el cielo tal gracia que sería ingrato si encubrirla quisiese. Artidoro, agradeciendo a
Eleuco las alabanzas que le daba, comenzó luego a cantar unos versos, que, por haberme puesto en mí
sospecha [a]quel[l]as palabras que antes me había dicho, los tomé tan en la memoria que aun hasta agora no
se me han olvidado; los cuales, aunque os dé pesadumbre oírlos, sólo porque hacen al caso para que
entendáis punto por punto por los que me ha traído el amor al desdichado en que me hallo, os los habré de
decir, que son estos:
En áspera, cerrada, escura noche,
sin ver jamás el esperado día,
y en contino, crecido, amargo llanto,
ajeno de placer, contento y risa,
meresce estar, y en una viva muerte,
aquel que sin amor pasa la vida.
¿Qué puede ser la más alegre vida,
sino una sombra de una breve noche,
o natural retrato de la muerte,
si en todas cuantas horas tiene el día,
puesto silencio al congojoso llanto,
no admite del amor la dulce risa?
Do vive el blando amor, vive la risa,
y adonde muere, muere nuestra vida,
y e1 sabroso placer se vuelve en llanto,
y en tenebrosa sempiterna noche
la clara luz del sosegado día,
y es el vivir sin él amarga muerte.
Los rigurosos trances de la muerte
no huye el amador; antes con risa
desea la ocasión y espera el día
donde pueda ofrescer la cara vida
hasta ver la tranquila última noche,
al amoroso fuego, al dulce llanto.
No se llama de amor el llanto, llanto,
ni su muerte llamarse debe muerte,
ni a su noche dar título de noche;
[que] su risa llamarse debe risa,
y su vida tener por cierta vida,
y sólo festejar su alegre día.
¡Oh venturoso para mí este día,
do pude poner freno al triste llanto,
y alegrarme de haber dado mi vida
a quien dármela puede, o darme muerte!
Mas ¿qué puede esperarse, si no es risa,
de un rostro que al sol vence y vuelve en noche?
Vuelto ha mi escura noche en claro día
amor, y en risa mi crescido llanto,
y mi cercana muerte en larga vida.
» Estos fueron los versos, hermosas pastoras, que con maravillosa gracia y no menos satisfacción de los
que le escuchaban aquel día, cantó mi Artidoro, de los cuales y de las razones que antes me había dicho,
tomé yo ocasión de imaginar si por ventura mi vista algún nuevo accidente amoroso en el pecho de
Artidoro había causado; y no me salió tan vana mi sospecha que él mesmo no me la certificase al volvernos
al aldea.»
A este punto del cuento de sus amores llegaba Teolin da, cuando las pastoras sintieron grandísimo
estruendo de voces de pastores y ladridos de perros, que fue causa para que dejasen la comenzada plática y
se parasen a mi rar por entre las ramas to que era. Y así, vieron que por un verde llano que a su mano
derecha estaba, atravesaban una multitud de perros, los cuales venían siguiendo una temerosa liebre, que a
toda furia a las espesas matas venía a guarecerse. Y no tardó mucho que por el mesmo lugar donde las
pastoras estaban la vieron entrar y irse derecha al lado de Galatea; y allí, vencida del cansa[n]cio de la larga
carrera y casi como segura del cercano peligro, se dejó caer en el suelo con tan cansado aliento que parecía
que faltaba poco para dar el espíritu. Los perros, por el olor y rastro, la siguieron hasta entrar adonde
estaban las pastoras; mas Galatea, tomando la temerosa liebre en los brazos, estorbó su vengativo intento a
los cobdiciosos perros, por parecerle no ser bien si dejaba de defender a quien della había querido valerse.
De allí a poco llegaron algunos pastores, que en seguimiento de los perros y de la liebre venían, entre los
cuales venía el padre de Galatea, por cuyo respecto ella, Florisa y Teolinda le salieron a rescebir con la
debida cortesía. Él y los pastores quedaron admirados de la hermosura de Teolinda, y con deseo de saber
quién fuese, porque bien conocieron que era forastera. No poco les pesó desta llegada a Galatea y Florisa,
por el gusto que les había quitado de saber el suceso de los amores de Teolinda, a la cual rogaron fuese
servida de no partirse por algunos días de su compañía, si en ello no s e estorbaba acaso el cumplimiento de
sus deseos.
-Antes, por ver si pueden cumplirse -respondió Teolinda-, me conviene estar algún día en esta ribera; y,
así por esto como por no dejar imperfecto mi comenzado cuento, habré de hacer lo que me mandáis.
Galatea y Florisa la abrazaron y le ofrecieron de nuevo su amistad, y de servirla en cuanto sus fuerzas
alcanzasen. En este entre tanto, habiendo el padre de Galatea y los otros pastores en el margen del claro
arroyo tendido sus gabanes y sacado de sus zurrones algunos rústicos manjares, convidaron a Galatea y a
sus compañeras a que con ellos comiesen. Acetaron ellas el convite; y, sentándose luego, desecharon la
hambre, que por ser ya subido el día comenzaba a fatigarles. En estos y en algunos cuentos que, por
entretener el tiempo, los pastores contaron, se llegó la hora acostumbrada de recogerse al aldea. Y luego
Galatea y Florisa, dando vuelta a sus rebaños, los recogieron, y en compañía de Teolinda y de los otros
pastores hacia el lugar poco a poco se encaminaron; y, al quebrar de la cuesta donde aquella mañana habían
topado a Elicio, oyeron todos la zampoña del desamorado Lenio, el cual era un pastor en cuyo pecho el
amor jamás pudo hacer morada, y desto vivía él tan alegre y satisfecho que, en cualquiera conversación y
junta de pastores que se hallaba, no era otro su intento sino decir mal de amor y de los enamorados, y todos
sus cantares a este fin se encaminaban. Y por esta tan estraña condición que tenía, era de los pastores de
todas aquellas comarcas conocido, y de unos aborrecido y de otros estimado. Galatea y los que allí venían
se pararon a escuchar, por ver si Lenio, como de costumbre tenía, alguna cosa cantaba. Y luego vieron que,
dando su zampoña a otro compañero suyo, al son della comenzó a cantar lo que se sigue:
LENIO
Un vano, descuidado pensamiento,
una loca, altanera fantasía,
un no sé qué, que la memoria cría,
sin ser, sin calidad, sin fundamento;
una esperanza que se lleva el viento,
un dolor con renombre de alegría,
una noche confusa do no hay día,
un ciego error de nuestro entendimiento,
son las raíces proprias de do nasce
esta quimera antigua celebrada
que amor tiene por nombre en todo el suelo.
Y el alma qu'en amor cal se complace,
meresce ser del suelo desterrada,
y que no la recojan en el cielo.
A la sazón que Lenio cantaba lo que habéis oído, habían ya llegado con sus rebaños Elicio y Erastro, en
compañía del lastimado Lisandro; y, pareciéndole a Elicio que la lengua de Lenio en decir mal de amor a
más de lo que era razón se estendía, quiso mostrarle a la clara su engaño; y, aprovechándose del mesmo
concepto de los versos que él había cantado, al tiempo que ya llegaban Galatea, Florisa y Teolinda y los
demás pastores, al son de la zampoña de Erastro, comenzó a cantar desta manera:
ELICIO
Meresce quien en el suelo
en su pecho a amor no encierra
que lo desechen del cielo
y no le sufra la tierra.
Amor, que es virtud entera,
con otras muchas que alcanza,
de una en otra semejanza
sube a la causa primera.
Y meresce el que su celo
de tal amor le destierra,
que le desechen del cielo
y no le acoja la tierra.
Un bello rostro y figura,
aunque caduca y mortal,
es un traslado y señal
de la divina hermosura.
Y el que lo hermoso en el suelo
desama y echa por tierra,
desechado sea del cielo
y no le sufra la tierra.
Amor tomado en sí solo,
sin mezcla de otro accidente,
es al suelo conviniente,
como los rayos de Apolo.
Y el que tuviere recelo
de amor que tal bien encierra,
meresce no ver el cielo
y que le trague la tierra.
Bien se conoce que amor
está de mil bienes lleno,
pues hace del malo bueno
y del qu'es bueno, mejor.
Y así el que discrepa un pelo
en limpia amorosa guerra,
ni meresce ver el cielo,
ni sustentarse en la tierra.
El amor es infinito,
si se funda en ser honesto,
y aquel que se acaba presto,
no es amor sino apetito.
Y al que sin alzar el vuelo,
con su voluntad se cierra,
mátele rayo del cielo
y no le cubra la tierra.
No recibieron poco gusto los enamorados pastores de ver cuán bien Elicio su parte defendía, pero no por
esto el desamorado Lenio dejó de estar firme en su opinión; antes, quería de nuevo volver a cantar y a
mostrar en lo que cantase de cuán poco momento eran las razones de Elicio para escurecer la verdad tan
clara que él a su parecer sustentaba. Mas el padre de Galatea, que Aurelio el Venerable se llamaba, le dijo:
-No te fatigues por agora, discreto Lenio, en querernos mostrar en tu canto lo que en tu corazón sientes,
que el camino de aquí al aldea es breve, y me parece que es menester más tiempo del que piensas para
defenderte de los muchos que tienen tu contrario parescer. Guarda tus razones para lugar más oportuno, que
algún día te juntarás tú y Elicio con otros pastores en la fuente de las Piza rras o arroyo de las Palmas, donde
con más comodidad y sosiego podáis argüir y aclarar vuestras diferentes opiniones.
-La que Elicio tiene es opinion ~respondió Lenio-, que la mía no es sino sciencia averiguada, la cual en
breve o en largo tiempo, por traer ella consigo la verdad, me obligo a sustentarla; pero no faltará tiempo,
como dices, más aparejado para este efecto.
-Ese procuraré yo -respondió Elicio-, porque me pesa que tan subido ingenio como el tuyo, amigo Lenio,
le falte quien le pueda requintar y subir de punto, como es el limpio y verdadero amor, de quien te muestras
tan enemigo.
-Engañado estás, ¡oh Elicio! -replicó Lenio-, si piensas con afeitadas y sofísticas palabras hacerme mudar
de lo que no me tendría por hombre si me mudase.
-Tan malo es -dijo Elicio - ser pertinaz en el mal, como bueno perseverar en el bien, y siempre he oído decir
a mis mayores que de sabios es mudar consejo.
-No niego yo eso -respondió Lenio-, cuando yo entendiese que mi parecer no es justo, pero en tanto que
la esperiencia y la razón no me mostraren el contrario de lo que hasta aquí me han mostrado, yo creo que
mi opinión es tan verdadera cuanto la tuya falsa.
-Si se castigasen los herejes de amor -dijo a esta sazón Erastro-, desde agora comenzara yo, amigo Lenio,
a cortar leña con que te abrasaran, por el mayor hereje y enemigo que el amor tiene.
-Y aun si yo no viera otra cosa del amor sino que tú, Erastro, le sigues, y eres del bando de los
enamorados -respondió Lenio-, sola ella me bastara a renegar dél con cien mil lenguas, si cien mil lenguas
tuviera.
-Pues, ¿parécete, Lenio -replicó Erastro-, que no soy bueno para enamorado?
-Antes me parece -respondió Lenio - que los que fueren de tu condición y entendimiento son proprios
para ser ministros suyos; porque quien es cojo, con el más mínimo traspié da de ojos; y el que tiene poco
discurso, poco ha menester para que le pierda del todo. Y los que siguen la bandera deste vuestro valeroso
capitán, yo tengo para mí que no son los más sabios del mundo, y si lo han sido, en el punto que se
enamoraron dejaron de serlo.
Grande fue el enojo que Erastro recibió de lo que Le nio le dijo, y así le respondió:
-Paréceme, Lenio, que tus desvariadas razones merescen otro castigo que palabras, mas yo espero que algún
día pagarás lo que agora has dicho, sin que te valga lo que en tu defensa dijeres.
-Si yo entendiese de ti, Erastro -respondió Lenio-, que fueses tan valiente como enamorado, no dejarían
de darme temor tus amenazas; mas, como sé que te quedas tan atrás en lo uno como vas adelante en lo otro,
antes me causan risa que espanto.
Aquí acabó de perder la paciencia Erastro, y si no fuera por Lisandro y por Elicio, que en medio se
pusieron, él respondiera a Lenio con las manos, porque ya su lengua, turbada con la cólera, apenas podía
usar su oficio. Grande fue el gusto que todos recibieron de la graciosa pendencia de los pastores, y más de
la cólera y enojo que Erastro mostraba, que fue menester que el padre de Ga latea hiciese las amistades de
Lenio y suyas; aunque Erastro, si no fuera por no perder el respecto al padre de su señora, en ninguna
manera las hiciera. Luego que la cuestión fue acabada, todos con regocijo se encaminaron al aldea; y, en
tanto que llegaban, la hermosa Florisa, al son de la zampoña de Galatea, cantó este soneto:
FLORISA
Crezcan las simples ovejuelas mías
en el cerrado bosque y verde prado,
y el caluroso estío a invierno helado
abunde en yerbas verdes y aguas frias.
Pase en sueños las noches y los días,
en lo que toca al pastoral estado,
sin que de amor un mínimo cuidado
sienta, ni sus ancianas niñerías.
Éste mil bienes del amor pregona;
aquél publica dél vanos cuidados;
yo no sé si los dos andan perdidos,
ni sabré al vencedor dar la corona:
sé bien que son de amor los escogidos
tan pocos, cuanto muchos los llamados.
Breve se les hizo a los pastores el camino, engañados y entretenidos con la graciosa voz de Florisa, la
cual no dejó el canto hasta que estuvieron bien cerca del aldea y de las cabañas de Elicio y Erastro, que con
Lisandro se quedaron en ellas, despidiéndose primero del venerable Aurelio, de Galatea y Florisa, que con
Teolinda al aldea se fueron, y los demás pastores cada cual adonde tenía su cabaña. Aquella mesma noche
pidió el lastimado Lisandro licencia a Elicio para volverse a su tierra, o adonde pudiese, conforme a sus
deseos, acabar lo poco que, a su parecer, le quedaba de vida. Elicio, con todas las razones que supo decirle
y con infinitos ofrecimientos de verdadera amistad que le ofreció, jamás pudo acabar con él que en su
compañía, siquiera algunos días, se quedase. Y así, el sin ventura pastor, abrazando a Elicio, con abundantes
lágrimas y sospiros se despidió dél, prometiendo de avisarle de su estado donde quiera que
estuviese. Y, habiéndole acompañado Elicio hasta media legua de su cabaña, le tomó a abrazar
estrechamente; y, tomándose a hacer de nuevo nuevos ofrecimientos, se apartaron, quedando Elicio con
harto pesar del que Lisandro llevaba. Y así, se volvió a su cabaña a pasar lo más de la noche en sus
amorosas imaginaciones, y a esperar el venidero día para gozar el bien que de ver a Galatea se le causaba.
La cual, después que llegó a su aldea, deseando saber el suceso de los amores de Teolinda, procuró hacer
de manera que aquella noche estuviesen solas ella y Florisa y Teolinda; y, hallando la comodidad que
deseaba, la enamo rada pastora prosiguió su cuento, como se verá en el segundo libro.
Fin del primero libro de
GalateaSegundo libro de Galatea
Libres ya y desembarazadas de lo que aquella noche con sus ganados habían de hacer, procuraron recogerse
y apartarse con Teolinda en parte donde, sin ser de nadie impedidas, pudiesen oír to que del suceso de
sus amores les faltaba. Y así, se fueron a un pequeño jardín que estaba en casa de Galatea; y, sentándose las
tres debajo de una verde y pomposa parra que entricadamente por unas redes de palos se entretejía,
tomando a repetir Teolinda algunas palabras de to que antes había dicho, prosiguió diciendo:
-«Después de acabado nuestro baile y el canto de Artidoro -como ya os he dicho, bellas pastoras-, a todos
nos pareció volvernos al aldea a hacer en el templo los solemnes sacrificios, y por parecemos asimesmo
que la solemnidad de la fiesta daba en alguna manera licencia para [que], no teniendo cuenta tan a punto
con el recogimiento, con más libertad nos holgásemos; y por esto, todos los pastores y pastoras, en montón
confuso, alegre y regocijadamente al aldea nos volvimos, hablando cada uno con quien más gusto le daba.
Ordenó, pues, la suerte y mi diligencia, y aun la solicitud de Artidoio, que sin mostrar artificio en ello, los
dos nos apareamos, de ma nera que a nuestro salvo pudiéramos hablar en aquel camino más de lo que
hablamos, si cada uno por sí no tuviera respecto a lo que a sí mesmo y al otro debía. En fin, yo, por sacarle
a barrera -como decirse suele-, le dije: "Años se te harán, Artidoro, los días que en nuestra aldea estuvieres,
pues debes de tener en la tuya cosas en que ocuparte que lo deben de dar más gusto". "Todo el que yo
puedo esperar en mi vida trocara yo -respondió Artidoro - porque fueran, no años, sino siglos, los días que
aquí tengo de estar, pues, en acabándose, no espero tener otros que más contento me hagan". "¿Tanto es el
que rescibes -respondí yo- en mirar nuestras fiestas?" "No nasce de ahí -respondió él-, sino de contemplar
la hermosura de las pastoras desta vuestra aldea". "¡Es verdad -repliqué yo -, que deben de faltar hermosas
zagalas en la tuya!". "Verdad es que allá no faltan -respondió él-, pero aquí sobran, de manera que una sola
que yo he visto, basta para que, en su comparación, las de allá se tengan por feas". "Tu cortesía te hace
decir eso, ¡oh Artidoro! -respondí yo-, porque bien sé que en este pueblo no hay ninguna que tanto se
aventaje como dices". "Mejor sé yo ser verdad lo que digo -respondió él-, pues he visto la una y mirado las
otras". "Quizá la miraste de lejos, y la distancia del lugar -dije yo- te hizo parecer otra cosa de lo que debe
de ser". "De la mesma manera -respondió él- que a ti te veo y estoy mirando agora, la he mirado y visto a
ella; y yo me holgaría de haberme engañado, si no conforma su condición con su hermosura". "No me
pesara a mí ser la que dices, por el gusto que debe sentir la que se vee pregonada y tenida por hermosa".
"Harto más -respondió Artidoro- quisiera yo que tú no fueras". "Pues, ¿qué perdieras tú -respondí yo- si,
como yo no soy la que dices, lo fuera?" "Lo que he ganado -respondió él- bien lo sé; de lo que he de perder
estoy incierto y temeroso". "Bien sabes hacer del enamorado -dije yo-, ¡oh Artidoro!" "Mejor sabes tú
enamorar, ¡oh Teolinda!", respondió él. A esto le dije: "No sé si te diga, Artidoro, que deseo que ninguno
de los dos sea el engañado". A lo que él respondió: "De que yo no me engaño estoy bien seguro, y de
querer tú desengañarte, está en tu mano, todas las veces que quisieres hacer experiencia de la limpia
voluntad que tengo de servirte". "Ésa te pagaré yo con la mesma -repliqué yo-, por parecerme que no sería
bien a tan poca costa quedar en deuda con alguno".
» A esta sazón, sin que él tuviese lugar de responderme, llegó Eleuco, el mayoral, y dijo con voz alta:
"¡Ea, gallardos pastores y hermosas pastoras!, haced que sientan en el aldea vuestra venida, entonando
vosotras, za galas, algún villancico, de modo que nosotros os respondamos; porque vean los del pueblo
cuánto hacemos al caso los que aquí vamos para alegrar nuestra fiesta". Y porque en ninguna cosa que
Eleuco mandaba dejaba de ser obedecido, luego los pastores me dieron a mí la mano para que comenzase.
Y así, yo, sirviéndome de la ocasión y aprovechándome de lo que con Artidoro había pasado, di principio a
este villancico:
En los estados de amor,
nadie llega a ser perfecto,
sino el honesto y secreto.
Para llegar al süave
gusto de amor, si se acierta,
es el secreto la puerta,
y la honestidad la llave.
Y está entrada no la sabe
quien presume de discreto,
sino el honestó y secreto.
Amar humana beldad
suele ser reprehendido,
si tal amor no es medido
con razón y honestidad.
Y amor de tal calidad
luego le alcanza, en efecto
el qu'es honesto y secreto.
Es ya caso averiguado,
que no se puede negar,
que a veces pierde el hablar
lo qu'el callar ha ganado.
Y el que fuere enamorado,
jamás se verá en aprieto
si fuere honesto y secreto
Cuanto una parlera lengua
y unos atrevidos ojos
suelen causar mil enojos
y poner al alma en mengua,
tanto este dolor desmengua
y se libra deste aprieto
el qu'es honesto y secreto.
»No sé si acerté, hermosas pastoras, en cantar lo que habéis oído, pero sé bien que se supo aprovechar
dello Artidoro, pues, en todo el tiempo que en nuestra aldea estuvo, puesto que me habló muchas veces, fue
con tanto recato, secreto y honestidad, que los ociosos ojos y lenguas parleras ni tuvieron ni vieron que
decir cosa que a nuestra honra perjudicase. Mas con el temor que yo tenía que, acabado el término que
Artidoro había prometido de estar en nuestra aldea, se había de ir a la suya, procuré, aunque a costa de mi
vergüenza, que no quedase mi corazón con lástima de haber callado lo que después fuera escusado decirse
estando Artidoro ausente. Y así, después que mis ojos dieron licencia que los suyos amorosamente me
mirasen, no estuvieron quedas las lenguas, ni dejaron de mostrar con palabras lo que hasta entonces por
señas los ojos habían bien claramente manifestado.
» En fin, sabréis, amigas mías, que un día, hallándome acaso sola con Artidoro, con señales de un
encendido amor y comedimiento, me descubrió el verdadero y honesto amor que me tenía; y, aunque yo
quisiera entonces hacer de la retirada y melindrosa, porque temía, como ya os he dicho, que él se partiese,
no quise desdeñarle ni despedirle; y también por parecerme que los sinsabores que se dan y sienten en el
principio de los amores son causa de que abandonen y dejen la comenzada empresa los que en sus sucesos
no son muy experimentados. Y por esto le di respuesta tal cual yo deseaba dársela, quedando, en
resolución, concertados en que él se fuese a su aldea, y que, de allí a pocos días , con alguna honrosa tercería
me enviase a pedir por esposa a mis padres; de lo que él fue tan contento y satisfecho, que no acababa
de llamar venturoso el día en que sus ojos me miraron. De mí os sé decir que no trocara mi contento por
ningún otro que imaginar pudiera, por estar segura que el valor y calidad de Artidoro era tal, que mi padre
sería contento de recebirle por yerno.
»En el dichoso punto que habéis oído, pastoras, estaba el de nuestros amores, que no quedaban sino dos o
tres días a la partida de Artidoro, cuando la Fortuna, como aquella que jamás tuvo término en sus cosas,
ordenó que una hermana mía de poco menos edad que yo a nuestra aldea tornase, de otra donde algunos
días había estado en casa de una tía nuestra que mal dispuesta se hallaba. Y porque consideréis, señoras,
cuán estraños y no pensados casos en el mundo suceden, quiero que entendáis una cosa que creo no os
dejará de causar alguna admiración estraña; y es que esta hermana mía que os he dicho, que hasta entonces
había estado ausente, me parece tanto en el rostro, estatura, donaire y brío, si alguno tengo, que no sólo los
de nuestro lugar, sino nuestros mismos padres muchas veces nos han desconocido, y a la una por la otra
hablado; de manera que, para no caer en este engaño, por la diferencia de los vestidos, que diferentes eran,
nos diferenciaban. En una cosa sola, a lo que yo creo, nos hizo bien diferentes la naturaleza, que fue en las
condiciones, por ser la de mi hermana más áspera de lo que mi contento había menester, pues por ser ella
menos piadosa que advertida, tendré yo que llorar todo el tiempo que la vida me durare.
»Sucedió, pues, que luego que mi hermana vino al aldea, con el deseo que tenía de volver al agradable
pastoral ejercicio suyo, madrugó luego otro día más de lo que yo quisiera, y con las ovejas proprias que yo
solía llevar se fue al prado; y, aunque yo quise seguirla, por el contento que se me seguía de la vista de mi
Artidoro, con no sé qué ocasión, mi padre me detuvo todo aquel día en casa, que fue el último de mis
alegrías. Porque aquella noche, habiendo mi hermana recogido su ganado, me dijo, como en secreto, que
tenía necesidad de decirme una cosa que mucho me importaba. Yo, que cualquiera otra pudiera pensar de la
que me dijo, procuré que presto a solas nos viésemos, adonde ella, con rostro algo alterado, estando yo
colgada de sus palabras, me comenzó a decir: "No sé, hermana mía, lo que piense de tu honestidad, ni
menos sé si calle lo que no puedo dejar de decirte, por ver si me das alguna disculpa de la culpa que
imagino que tienes; y, aunque yo, como hermana menor, estaba obligada a hablarte con más respecto,
debes perdonarme, porque en lo que hoy he visto hallarás la disculpa de lo que te dijere". Cuando yo desta
manera la oí hablar, no sabía qué responderle, sino decirle que pasase adelante con su plática. "Has de
saber, hermana -siguió ella -, que esta mañana, saliendo con nuestras ovejas al prado, y yendo sola con ellas
por la ribera de nuestro fresco Henares, al pasar por el alameda del Co ncejo, salió a mí un pastor que con
verdad osaré jurar que jamás le he visto en estos nuestros contornos, y, con una estraña desenvoltura, me
comenzó a hacer tan amorosas salutaciones que yo estaba con vergüenza y confusa, sin saber qué
responderle; y él, no escarmentado del enojo que, a lo que yo creo, en mi rostro mostraba, se llegó a mí
diciéndome: ‘¿Qué silencio es éste, hermosa Teolinda, último refugio de esta ánima que os adora?’. Y faltó
poco que no me tomó las manos para besármelas, añadiendo a lo que he dicho un catálogo de requiebros,
que parecía que los traía estudiados. Luego di yo en la cuenta, considerando que él daba en el error en que
otros muchos han dado, y que pensaba que con vos estaba hablando, de donde me nació sospecha que si
vos, hermana, jamás le hubiérades visto, ni familiarmente tratado, no fuera posible tener el atrevimiento de
hablaros de aquella manera. De lo cual tomé tanto enojo, que apenas podía formar palabra para
responderle; pero al fin respondí de la suerte que su atrevimiento merescía, y cual a mí me pareció que
estábades vos, hermana, obligada a responder a quien con tanta libertad os hablara. Y si no fuera porque en
aquel instante llegó la pastora Licea, yo le añadiera tales razones, que fuera bien arrepentido de haberme
dicho las suyas. Y es lo bueno, que nunca le quise decir el engaño en que estaba, sino que así creyó él que
yo era Teolinda como si con vos mesma estuviera hablando. En fin, él se fue llamándome ingrata,
desagradecida y de poco conocimiento; y, a lo que yo puedo juzgar del semblante que él llevaba, a fe,
hermana, que otra vez no ose hablaros, aunque más sola os encuentre. Lo que deseo saber es quién es este
pastor y qué conversación ha sido la de entrambos, de do nasce que con tanta desenvoltura él se atreviese a
hablaros".
»A vuestra mucha discreción dejo, discretas pastoras, lo que mi alma sintiría, oyendo lo que mi hermana
me contaba. Pero al fin, disimulando lo mejor que pude, le dije: "La mayor merced del mundo me has
hecho, hermana Leonarda -que así se llama la turbadora de mi descanso -, en haberme quitado con tus
ásperas razones el fastidio y desasosiego que me daban las importunas de ese pastor que dices, el cual es un
forastero que habrá ocho días que está en esta nuestra aldea, en cuyo pensamiento ha cabido tanta
arrogancia y locura que, doquiera que me vee, me trata de la manera que has visto, dándose a entender que
tiene granjeada mi voluntad; y, aunque yo le he desengañado, quizá con más ásperas palabras de las que tú
le dijiste, no por eso deja él de proseguir en su vano propósito; y a fe, hermana, que deseo que venga ya el
nuevo día, para ir a decirle que si no se aparta de su vanidad, que espere el fin della que mis palabras
siempre le han significado". Y así era la verdad, dulces amigas, que diera yo porque ya fuera el alba cuanto
pedírseme pudiera, sólo por ir a ver a mi Artidoro y desengañarle del error en que había caído, temerosa
que con la aceda y desabrida respuesta que mi hermana le había dado, él no se desdeñase y hiciese alguna
cosa que en perjuicio de nuestro concierto viniese.
»Las largas noches del escabroso deciembre no dieron más pesadumbre al amante que del venidero día
algún contento esperase, cuanto a mí me dio disgusto aquella, puesto que era de las cortas del verano, según
deseaba la nueva luz, para ir a ver a la luz por quien mis ojos veían. Y así, antes que las estrellas perdiesen
del todo la claridad, estando aún en duda si era de noche o de día, forzada de mi deseo, con la ocasión de ir
a apacentar las ovejas, salí del aldea; y, dando más priesa al ganado de la acostumbrada para que caminase,
llegué al lugar adonde otras veces solía hallar a Artidoro, el cual hallé solo y sin ninguno que dél noticia me
diese, de que no pocos saltos me dio el corazón, que casi adevinó el mal que le estaba guardado. ¡Cuántas
veces, viendo que no le hallaba, guise con mi voz herir el aire, llamando el amado nombre de mi Artidoro,
y decir: "¡Ven, bien mío, que yo soy la verdadera Teolinda, que más que a sí te quiere y ama!", sino que el
temor que de otro que dél fuesen mis palabras oídas, me hizo tener más silencio del que quisiera. Y así,
después que hube rodeado una y otra vez coda la ribera y el soto del manso Henares, me senté cansada al
pie de un verde sauce, esperando que del todo el claro sol sus rayos por la faz de la tierra estendiese, para
que con su claridad no quedase mata, cueva, espesura, choza ni cabaña que de mí mi bien no fuese buscado.
Mas, apenas había dado la nueva luz lugar para discernir las colores, cuandol uego se me ofreció a los ojos
un cortecido álamo blanco, que delante de mí estaba, en el cual y en otros muchos vi escritas unas letras,
que luego conocí ser de la mano de Artidoro allí fijadas; y, levantándome con priesa a ver to que decían, vi,
hermosas pastoras, que era esto:
Pastora en quien la belleza
en tanto estremo se halla,
que no hay a quien comparalla
sino a tu mesma crüeza.
Mi firmeza y tu mudanza
han sembrado a mano llena
tus promesas en la arena
y en el viento mi esperanza.
Nunca imaginara yo
que cupiera en lo que vi,
tras un dulce alegre
sí,tan amargo y triste
no.Mas yo no fuera engañado
si pusiera en mi ventura,
así como en tu hermosura,
los ojos que te han mirado.
Pues cuanto tu gracia estraña
promete, alegra y concierta,
tanto turba y desconcierta
mi desdicha, y enmaraña.
Unos ojos me engañaron,
al parecer pïadosos.
¡Ay, ojos falsos, hermosos!,
los que os ven, ¿en qué pecaron?
Dime, pastora crüel:
¿a quién no podrá engañar
tu sabio honesto mirar
y tus palabras de miel?
De mí ya está conoscido
que, con menos que hicieras,
días ha que me tuvieras
preso, engañado y rendido.
Las letras que fijaré
en esta áspera corteza
crecerán con más firmeza
que no ha crecido tu fe;
la cual pusiste en la boca
y en vanos prometimientos,
no firme al mar y a los vientos,
como bien fundada roca.
Tan terrible y rigurosa
como víborá pisada,
tan crüel como agraciada,
tan falsa como hermosa;
lo que manda tu crueldad
cumpliré sin más rodeo,
pues nunca fue mi deseo
contrario a tu voluntad.
Yo moriré desterrado
porque tú vivas contenta,
mas mira que amor no sienta
del modo que me has tratado;
porque, en la amorosa danza,
aunque amor ponga estrecheza,
sobre el compás de firmeza
no se sufre hacer mudanza.
Así como en la belleza
pasas cualquiera mujer,
creí yo que en el querer
fueras de mayor firmeza;
mas ya sé, por mi pasión,
que quiso pintar natura
un ángel en tu figura,
y el tiempo en tu condición.
Si quieres saber dó voy
y el fin de mi tris te vida,
la sangre por mí vertida
te llevará donde estoy;
y, aunque nada no te cale
de nuestro amor y concierto,
no niegues al cuerpo muerto
el triste y último
vale;que bien serás rigurosa,
y más que un diamante dura,
si el cuerpo y la sepultura
no te vuelven piadosa.
Y en caso tan desdichado
tendré por dulce partido,
si fui vivo aborrecido,
ser muerto y por ti llorado.
»¿Qué palabras serán bastantes, pastoras, para daros a entender el estremo de dolor que ocupó mi
corazón cuando claramente entendí que los versos que había leído eran de mi querido Artidoro? Mas no
hay para qué encarescérosle, pues no llegó al punto que era menester para acabarme la vida, la cual, desde
entonces acá tengo tan aborrecida, que no sentiría ni me podría venir mayor gusto que perderla. Los
sospiros que entonces di, las lágrimas que derramé, las lástimas que hice, fueron tantas y tales, que ninguno
me oyera que por loca no me juzgara.
»En fin, yo quedé tal que, sin acordarme de lo que a mi honra debía, propuse de desamparar la cara
patria, amados padres y queridos hermanos, y dejar con la guardia de sí mesmo al simple ganado mío. Y,
sin entreme terme en otras cuentas, mas de en aquellas que para mi gusto entendí ser necesarias, aquella
mesma mañana, abrazando mil veces la corteza donde las manos de mi Artidoro habían llegado, me partí de
aquel lugar con intención de venir a estas riberas, donde sé que Artidoro tiene y hace su habitación, por ver
si ha sido tan inconsiderado y cruel consigo que haya puesto en ejecución lo que en los últimos versos dejó
escripto; que si así fuese, desde aquí os prometo, amigas mías, que no sea menor el deseo y presteza con
que le siga en la muerte, que ha sido la voluntad con que le he amado en la vida. Mas, ¡ay de mí!, y cómo
creo que no hay sospecha que en mi daño sea que no salga verdadera!, pues ha ya nueve días que a estas
frescas riberas he llegado, y en todos ellos no he sabido nuevas de lo que deseo; y quiera Dios que cuando
las sepa, no sean las últimas que sospecho.» Veis aquí, discretas zagalas, el lamentable suceso de mi
enamorada vida. Ya os he dicho quién soy y lo que busco; si algunas nuevas sabéis de mi contento, así la
fortuna os conceda el mayor que deseáis, que no me las neguéis.
Con tantas lágrimas acompañaba la enamorada pastora las palabras que decía, que bien tuviera corazón
de acero quien dellas no se doliera. Galatea y Florisa, que naturalmente eran de condición piadosa, no
pudieron detener las suyas, ni menos dejaron, con las más blandas y eficaces razones que pudieron, de
consolarla, dándole por consejo que se estuviese algunos días en su compañía; quizá haría la fortuna que en
ellos algunas nuevas de Artidoro supiese; pues no permitiría el cielo que, por tan estraño engaño, acabase
un pastor tan discreto como ella le pintaba el curso de sus verdes años; y que podría ser que Artidoro,
habiendo con el discurso del tiempo vuelto a mejor discurso y propósito su pensamiento, volviese a ver la
deseada patria y dulces amigos; y que por esto, allí mejor que en otra parte podía tener esperanza de
hallarle. Con estas y otras razones, la pastora, algo consolada, holgó de quedarse con ellas, agradeciéndoles
la merced que le hacían y el deseo que mostraban de procurar su contento. A esta sazón, la serena noche,
aguijando por el cielo el estrellado carro, daba señal que el nuevo día se acercaba; y las pastoras, con el
deseo y necesidad de reposo, se levantaron y del fresco jardín a sus estancias se fueron. Mas, apenas el
claro sol había con sus calientes rayos deshecho y consumido la cerrada niebla que en las frescas mañanas
por el aire suele estenderse, cuando las tres pastoras, dejando los ociosos lechos, al usado ejercicio de
apascentar su ganado se volvieron, con harto diferentes pensamientos Galatea y Florisa del que la hermosa
Teolinda llevaba, la cual iba tan triste y pensativa que era maravilla. Y a esta causa, Galatea, por ver si
podría en algo divertirla, le rogó que, puesta aparte un poco la me lancolía, fuese servida de cantar algunos
versos al son de la zampoña de Florisa. A esto respondió Teolinda:
-Si la mucha causa que tengo de llorar, con la poca que de cantar tengo, entendiera que en algo se
menguara, bien pudieras, hermosa Galatea, perdonarme porque no hiciera to que me mandas; pero, por
saber ya por experiencia que lo que mi lengua cantando pronuncia mi corazón llorando lo solemniza, haré
lo que quieres, pues en ello, sin ir contra mi deseo, satisfaré el tuyo.
Y luego la pastora Florisa tocó su zampoña, a cuyo son Teolinda cantó este soneto:
TEOLINDA
Sabido he por mi mal adónde llega
la cruda fuerza de un notorio engaño,
y cómo amor procura, con mi daño,
darme la vida qu'el temor me niega.
Mi alma de las carnes se despega,
siguiendo aquella que, por hado estraño,
la tiene puesta en pena, en mal tamaño,
qu'el bien la turba y el dolor sosiega.
Si vivo, vivo en fe de la esperanza,
que, aunque es pequeña y débil, se sustenta
siendo a la fuerza de mi amor asida.
¡Oh firme comenzar, frágil mudanza,
amarga suma de una dulce cuenta,
cómo acabáis por términos la vida!
No había bien acabado de cantar Teolinda el soneto que habéis oído, cuando las tres pastoras sintieron a
su mano derecha, por la ladera de un fresco valle, el son de una zampoña, cuya suavidad era de suerte que
todas se suspendieron y pararon, para con más atención gozar de la suave armonía. Y de allí a poco oyeron
que al son de la zampoña el de un pequeño rabel se acordaba, con tanta gracia y destreza que las dos
pastoras Galatea y Florisa estaban suspensas, imaginando qué pastores podrían ser los que tan
acordadamente sonaban, porque bien vieron que ninguno de los que ellas conocían, si Elicio no, era en la
música tan diestro. A esta sazón, dijo Teolinda:
-Si los oídos no me engañan, hermosas pastoras, yo creo que tenéis hoy en vuestras riberas a los dos
nombra dos y famosos pastores Tirsi y Damón, naturales de mi patria; a lo menos Tirsi, que en la famosa
Compluto, villa fundada en las riberas de nuestro Henares, fue nacido. Y Damón, su íntimo y perfecto
amigo, si no estoy mal informada, de las montañas de León trae su origen, y en la nombrada Mantua
Carpentanea fue criado: tan aventajados los dos en todo género de discreción, sciencia y loables ejercicios,
que no sólo en el circuito de nuestra comarca son conocidos, pero por todo el de la tierra co nocidos y
estimados. Y no penséis, pastoras, que el ingenio destos dos pastores sólo se estiende en saber lo que al
pastoral estado se conviene, porque pasa tan adelante que lo escondido del cielo y lo no sabido de la tierra,
por términos y modos concertados, enseñan y disputan. Y estoy confusa en pensar qué causa les habrá
movido a dejar Tirsi su dulce y querida Fili, y Damón su hermo sa y honesta Amarili: Fili de Tirsi, Amarili
de Damón, tan amadas, que no hay en nuestra aldea, ni en los contornos della, persona, ni en la campaña,
bosque, prado, fuente o río, que de sus encendidos y honestos amores no tengan entera noticia.
-Deja por agora, Teolinda -dijo Florisa-, de alabarnos estos pastores, que más nos importa escuchar lo
que vienen cantando, pues no menor gracia me parece que tienen en la voz que en la música de los instrumentos.
-Pues ¿qué diréis -replicó Teolinda- cuando veáis que a todo eso sobrepuja la excelencia de su poesía, la
cual es de manera que al uno ya le ha dado renombre de "divino" y al otro de "más que humano"?
Estando en estas razones las pastoras, vieron que por la ladera del valle por donde ellas mesmas iban, se
descubrían dos pastores de gallarda dispusición y estremado brío, de poca más edad el uno que el otro; tan
bien vestidos, aunque pastorilmente, que más parescían en su talle y apostura bizarros cortesanos que
serranos ganaderos. Traía cada uno un bien tallado pellico de blanca y finísima lana, guamecidos de
leonado y pardo, colores a quien más sus pastoras eran aficionadas; pendían de sus hombros sendos
zurrones, no menos vistosos y adomados que los pellicos; venían de verde laurel y fresca yerba coronados,
con los retorcidos cayados debajo del brazo puestos. No traían compañía alguna, y tan embebecidos en su
música venían, que estuvieron gran espacio sin ver a las pastoras, que por la mesma ladera iban caminando,
no poco admiradas del gentil donaire y gracia de los pastores; los cuales, con concertadas voces, comenzando
el uno y replicando el otro, esto que se sigue cantaban:
DAMÓN TIRSI
DAMÓN
Tirsi, qu'e1 solitario cuerpo alejas,
con atrevido paso, aunque forzoso,
de aquella luz con quien el alma dejas:
¿cómo en son no to dueles doloroso,
pues hay tanta razón para quejarte
del fiero turbador de to reposo?
TIRSI
Damón, si el cuerpo miserable parte
sin la mitad del alma en la partida,
dejando della la más alta parte,
¿de qué virtud o ser será movida
mi lengua, que por muerta ya la cuento,
pues con el alma se quedó la vida?
Y, aunque muestro que veo, oigo y siento,
fantasma soy por el amor formada,
que con sola esperanza me sustento.
DAMÓN
¡Oh Tirsi venturoso, y qué invidiada
es tu suerte de mí con causa justa,
por ser de las de amor más estremada!
A ti sola la ausencia te disgusta,
y tienes el arrimo de esperanza
con quien el alma en sus desdichas gusta.
Pero, ¡ay de mi!, que adonde voy me alcanza
la fría mano del temor esquiva
y del desdén la rigurosa lanza.
Ten la vida por muerta, aunque más viva
se te muestre, pastor; que es cual la vela,
que cuando muere, más su luz aviva.
Ni con el tiempo que ligero vuela,
ni con los medios que el ausencia ofrece,
mi alma fatigada se consuela.
TIRSI
El firme y puro amor jamás descrece
en el discurso de la ausencia amarga;
antes en fe de la memoria crece.
Así que, en el ausencia, corta o larga,
no vee remedio el amador perfecto
de dar alivio a la amorosa carga.
Que la memoria puesta en el objecto
que amor puso en el alma, representa
la amada imagen viva al intelecto.
Y allí en blando silencio le da cuenta
de su bien o su mal, según la mira
amorosa, o de amor libre y esenta.
Y si ves que mi alma no sospira,
es porque veo a Fili acá en mi pecho,
de modo que a cantar me llama y tira.
DAMÓN
Si en el hermoso rostro algún despecho
vieras de Fili, cuando te partiste
del bien que así te tiene satisfecho,
yo sé, discreto Tirsi, que tan triste
vinieras como yo cuitado vengo,
que vi al contrario de tu que tú viste.
TIRSI
Damón, con lo que he dicho me entretengo,
y el estremo del mal de ausencia tiemplo,
y alegre voy, si voy, si quedo o vengo.
Que aquella que nasció por vivo ejemplo
de la inmortal belleza acá en el suelo,
digna de mármol, de corona y templo,
con su rara virtud y h onesto celo
así los ojos codiciosos ciega,
que de ningún contrario me recelo.
La estrecha sujeción que no le niega
mi alma al alma suya, el alto intento,
que sólo en la adorar para y sosiega,
el tener deste amor conocimiento
Fili, y corresponder a fe tan pura,
destierran el dolor, traen el contento.
DAMÓN
¡Dichoso Tirsi, Tirsi con ventura,
de la cual goces siglos prolongados
en amoroso gusto, en paz segura!
Yo, a quien los cortos implacables hados
trujeron a un estado tan incierto,
pobre en el merecer, rico en cuidados,
bien es que muera; pues, estando muerto,
no temeré a Amarili rigurosa,
ni del ingrato amor el desconcierto.
¡Oh más que el cielo, oh más que el sol hermosa,
y para mí más dura que un diamante,
presta a mi mal y al bien muy perezosa!
¿Cuál ábrego, cuál cierzo, cuál levante
te sopló de aspereza, que así ordenas
que huiga el paso y no te esté delante?
Yo moriré, pastora, en las ajenas
tierras, pues tú lo mandas, condemnado
a hierros, muertes, yugos y cadenas.
TIRSI
Pues con tantas ventajas te ha dotado,
Damón amigo, el pïadoso cielo
de un ingenio tan vivo y levantado,
tiempla con él el llanto, tiempla el duelo,
considerando bien que no contino
nos quema el sol ni nos enfría el yelo.
Quiero decir, que no sigue un camino
siempre con pasos llanos reposados
para darnos el bien nuestro destino;
que alguna vez, por trances no pensados,
lejos, al parecer, de gusto y gloria,
nos lleva a mil contentos regalados.
Revuelve, dulce amigo, la memoria
por los honestos gustos que algún tiempo
amor te dio por prendas de victoria;
y si es posible, busca un pasatiempo
que al alma engañe, en tanto que se pasa
este desamorado airado tiempo.
DAMON
Al yelo que por términos me abrasa,
y al fuego que sin término me yela,
¿quién le pondrá, pastor, término o tasa?
En vano cansa, en vano se desvela
el desfavorecido que procura
a su gusto collar de amor la tela,
que si sobra en amor, falta en ventura.
Aquí cesó el estremado canto de los agraciados pastores, pero no el gusto que las pastoras habían
recebido en escucharle; antes quisieran que tan presto no se acabara, por ser de aquellos que no todas veces
suelen oírse. A esta sazón, los dos gallardos pastores encaminaban sus pasos hacia donde las pastoras
estaban, de que pesó a Teolinda, porque temió ser dellos conocida; y por esta causa rogó a Galatea que de
aquel lugar se desviasen. Ella lo hizo, y ellos pasaron, y, al pasar, oyó Galatea que Tirsi a Damón decía:
-Estas riberas, amigo Damón, son en las que la hermosa Galatea apascienta su ganado, y adonde trae el
suyo el enamorado Elicio, íntimo y particular amigo tuyo, a quien dé la ventura tal suceso en sus amores,
cuanto me rescen sus honestos y buenos deseos. Yo ha muchos días que no sé en qué términos le trae su
suerte; pero, según he oído decir de la recatada condición de la discreta Ga latea, por quien él muere, temo
que más aína debe de estar quejoso que satisfecho.
-No me maravillaría yo deso -respondió Damón-, porque con cuantas gracias y particulares dones que el
cielo enriqueció a Galatea, al fin fin la hizo mujer, en cuyo frágil subjeto no se halla todas veces el conocimiento
que se debe, y el que ha menester el que por ellas lo menos que aventura es la vida. Lo que yo he
oído decir de los amores de Elicio, es que él adora a Galatea sin salir del término que a su honestidad se
debe, y que la discreción de Galatea es tanta, que no da muestras de querer ni de aborrecer a Elicio. Y así,
debe de andar el desdichado subjeto a mil contrarios accidentes, esperando en el tiempo y la fortuna,
medios harto perdidos, que le alarguen o acorten la vida, de los cuales está más cierto el acortarla que el
entretenerla.
Hasta aquí pudo oír Galatea de lo que della y de Eli cio los pastores tratando iban, de que no recibió poco
contento, por entender que lo que la fama de sus cosas publicaba era lo que a su limpia intención se debía.
Y, desde aquel punto, determinó de no hacer por Elicio cosa que diese ocasión a que la fama no saliese
verdadera en lo que de sus p ensamientos publicaba. A este tiempo, los dos bizarros pastores, con vagarosos
pasos, poco a poco hacia el aldea se encaminaban, con deseo de hallarse a las bolos del venturoso pastor
Daranio, que con Silveria "de los verdes ojos" se casaba. Y ésta fue una de las causas por que ellos habían
dejado sus rebaños y al lugar de Galatea se venían. Pero, ya que les faltaba poco del camino, a la mano
derecha dél sintieron el son de un rabel que acordada y suavemente sonaba; y parándose Damón, trabó a
Tirsi del bra zo, diciéndole:
-Espera y escucha un poco, Tirsi, que si los oídos no me mienten, el son que a ellos llega es del rabel de
mi buen amigo Elicio, a quien dio naturaleza tanta gracia en muchas y diversas habilidades, cuanto las oirás
si le escuchas y conocerás si le tratas.
-No creas, Damón -respondió Tirsi-, que hasta agora estoy por conocer las buenas partes de Elicio, que
días ha que la fama me las tiene bien manifiestas. Pero calla agora, y escuchemos si canta alguna cosa que
del estado de su vida nos dé algún manifiesto indicio.
-Bien dices -replicó Damón-, mas será menester, para que mejor le oigamos, que nos lleguemos por entre
estas ramas, de modo que, sin ser vistos dél, de más cerca le escuchemos.
Hiciéronlo ansí, y pusiéronse en parte tan buena que ninguna palabra que Elicio dijo o cantó dejó de ser
de ellos oída, y aun notada. Estaba Elicio en compañía de su amigo Erastro, de quien pocas veces se
apartaba por el entretenimiento y gusto que de su buena conversación recibía, y todos o los más ratos del
día en cantar y tañer se les pasaba. Y, a este punto, tocando su rabel Elicio y su zampoña Erastro, a estos
versos dio principio Elicio:
ELICIO
Rendido a un amoroso pensamiento,
con mi dolor contento,
sin esperar más gloria,
sigo la que persigue mi memoria,
porque contino en ella se presenta
de los lazos de amor libre y esenta.
Con los ojos del alma aun no es posible
ver el rostro apacible
de la enemiga mía,
gloria y honor de cuanto el cielo cría;
y los del cuerpo quedan, sólo en vella,
ciegos por haber visto el sol en ella.
¡Oh dura servidumbre, aunque gustosa!
¡Oh mano poderosa
de Amor, que así pudiste
quitarme, ingrato, el bien que prometiste
de hacerme, cuando libre me burlaba
de ti, del arco tuyo y de to aljaba!
¡Cuánta beIleza, cuánta blanca mano
me mostraste, tirano!
¡Cuánto te fatigaste
primero que a mi cuello el lazo echaste!
Y aun quedaras vencido en la pelea,
si no hubiera en el mundo Galatea.
Ella fue sola la que sola pudo
rendir el golpe crudo
el corazón esento,
y avasallar el libre pensamiento,
el cual, si a su querer no se rindiera,
por de mármol o acero le tuviera.
¿Qué libertad puede mostrar su fuero
ante el rostro severo,
y más quel sol hermoso,
de la que turba y cansa mi reposo?
¡Ay rostro , que en el suelo
descubres cuanto bien encierra el cielo!
¿Cómo pudo juntar naturaleza
tal rigor y aspereza
con tanta hermosura,
tanto valor y condición tan dura?
Mas mi dicha consiente
en mi daño juntar lo diferente.
Esle tan fácil a mi coma suerte
ver con la amarga muerte
junta la dulce vida,
y estar su mal a do su bien se anida,
que entre contrarios veo
que mengua la esperanza y no el deseo.
No cantó más el enamorado pastor, ni quisieron más detenerse Tirsi y Damón; antes, haciendo de sí
gallarda e improvisa muestra, hacia donde estaba Elicio se fueron; el cual, como los vio, conociendo a su
amigo Damón, con increíble alegría le salió a rescebir, diciéndole:
-¿Qué ventura ha ordenado, discreto Damón, que la des tan buena con tu presencia a estas riberas, que
gran des tiempos ha que te desean?
-No puede ser sino buena -respondió Damón-, pues me ha traído a verte, ¡oh Elicio!, cosa que yo estimo
en tanto, cuanto es el deseo que dello tenía, y la larga ausencia y la amistad que te tengo me obligaba. Pero
si por alguna cosa puedes decir lo que has dicho, es porque tie nes delante al famoso Tirsi, gloria y honor
del castellano suelo.
Cuando Elicio oyó decir que aquél era Tirsi, dél solamente por fama conocido, rescibiéndole con mucha
cortesía, le dijo:
-Bien conforma tu agradable semblante, nombrado Tirsi, con to que de tu valor y discreción en las
cercanas y apartadas tierras la parlera fama pregona. Y así, a mí, a quien tus escriptos han admirado a
inclinado a desear conocerte y servirte, puedes, de hoy más, tener y tratar como verdadero amigo.
-Es tan conocido lo que yo gano en eso -respondió Tirsi-, que en vano pregonaría la fama lo que la
afición que me tienes te hace decir que de mí pregona, si no conociese la merced que me haces en querer
ponerme en el número de tus amigos; y, porque entre los que lo son las palabras de comedimiento han de
ser escusadas, cesen las nuestras en este caso, y den las obras testimonio de nuestras voluntades.
-La mía será contino de servirte -replicó Elicio-, como lo verás, ¡oh Tirsi!, si el tiempo o la fortuna me
ponen en estado que valga algo para ello; porque el que agora tengo, puesto que no le trocaría con otro de
mayores ventajas, es tal, que apenas me deja con libertad de ofrecer el deseo.
-Tiniendo como tienes el tuyo en lugar tan alto -dijo Damón-, por locura tendría procurar bajarle a cosa
que menos fuese. Y así, amigo Elicio, no digas mal del estado en que te hallas, porque yo te prometo que,
cuando se comparase con el mío, hallaría yo ocasión de tenerte más envidia que lástima.
-Bien parece, Damón -dijo Elicio -, que ha muchos días que faltas destas riberas, pues no sabes lo que en
ellas amor me hace sentir; y si esto no es, no debes conocer ni tener experiencia de la condición de Galatea;
que si della tuvieses noticia, trocarías en lástima la envidia que de mi tendrías.
-Quien ha gustado de la condición de Amarli, ¿qué cosa nueva puede esperar de la de Galatea?
-respondió Damón.
-Si la estada tuya en estas riberas -replicó Elicio fuere tan larga como yo deseo, tú, Damón, conocerás y
verás en ella, y oirás en otros, cómo andan en igual balanza su crueldad y gentileza: estremos que acaban la
vida al que su desventura trujo a términos de adorarla.
-En las riberas de nuestro Henares -dijo a esta sazón Tirsi- más fama tiene Galatea de hermosa que de
cruel; pero, sobre todo, se dice que es discreta; y si esta es la verdad, como lo debe ser, de su discreción
nasce conocerse, y de conocerse estimarse, y de estimarse no querer perderse, y del no querer perderse
viene el no querer contentarte; y viendo tú, Elicio, cuán mal corresponde a tus deseos, das nombre de
crueldad a lo que debrías lla mar honroso recato; y no me maravillo, que, en fin, es condición propria de los
enamorados poco favorescidos.
-Razón tendrías en lo que has dicho, ¡oh Tirsi! -replicó Elicio-, cuando mis deseos se desviaran del
camino que a su honra y honestidad conviene; pero si van tan medidos como a su valor y crédito se debe,
¿de qué sirve tanto desdén, tan amargas y desabridas respuestas, y tan a la clara esconder el rostro al que
tiene puesta toda su gloria en sólo verle?
-¡Ay, Tirsi, Tirsi! -respondió Elicio -, y cómo te debe tener el amor puesto en lo alto de sus contentos,
pues con tan sosegado espíritu hablas de sus efectos. No sé yo cómo viene bien lo que tú agora dices con lo
que un tiempo decías cuando cantabas:
" ¡Ay, de cuán ricas esperanzas vengo
al deseo más pobre y encogido!";
con lo demás que a esto añadiste.
Hasta este punto había estado callando Erastro, mi rando lo que entre los pastores pasaba, admirado de
ver su gentil donaire y apostura, con las muestras que cada uno daba de la mucha discreción que tenía.
Pero, viendo que, de lance en lance, a razonar de casos de amor se habían reducido, como aquél que tan
experimentado en ellos estaba, rompió el silencio y dijo:
-Bien creo, discretos pastores, que la larga experien cia os habrá mostrado que no se puede reducir a
continuado término la condición de los enamorados corazones, los cuales, como se gobiernan por voluntad
ajena, a mil contrarios accidentes están subjetos. Y así, tú, famo so Tirsi, no tienes de qué maravillarte de lo
que Elicio ha dicho, ni él tampoco de lo que tú dices, ni traer por ejemplo aquello que él dice que cantabas;
ni menos to que yo sé que cantaste cuando dijiste:
"La amarillez y la flaqueza mía";
donde claramente mostrabas el afligido estado que entonces poseías; porque de allí a poco llegaron a
nuestras cabañas las nuevas de tu contento, solemnizadas en aquellos versos tan nombrados tuyos, que si
mal no me acuerdo comenzaban:
"Sale el aurora y de su fértil manto";
por do claro se conoce la diferencia que hay de tiempos a tiempos, y cómo con ellos suele mudar amor los
estados, haciendo que hoy se ría el que ayer lloraba y que mañana llore el que hoy ríe. Y, por tener yo tan
conocida esta su condición, no puede la aspereza y desdén zahareño de Galatea acabar de derribar mis
esperanzas, puesto que yo no espero della otra cosa si no es que se contente de que yo la quiera.
-El que no esperase buen suceso de un tan enamorado y medido deseo como el que has mostrado, ¡oh
pastor! -respondió Damón-, renombre más que de desesperado merescía. Por cierto que es gran cosa la que
de Galatea pretendes. Pero dime, pastor, así ella te la conceda: ¿es posible que tan a regla tienes tu deseo,
que no se adelanta a desear más de lo que has dicho?
-Bien puedes creerle, amigo Damón -dijo Elicio -, porque el valor de Galatea no da lugar a que della otra
cosa se desee ni se espere; y aun ésta es tan difícil de obtenerse, que a veces a Erastro se entibia la
esperanza y a mí se enfría, de manera que él tiene por cierto, y yo por averiguado, que primero ha de llegar
la muerte que el cumplimiento della. Mas, porque no es razón rescebir tan honrados huéspedes con los
amargos cuentos de nuestras miserias, quéde[n]se ellas aquí y recojámonos al aldea, donde descansaréis del
pesado trabajo del camino, y con más sosiego, si dello gustáredes, entenderéis el desasosiego nuestro.
Holgaron todos de acomodarse a la voluntad de Elicio, el cual y Erastro, recogiendo sus ganados, puesto
que era algunas horas antes de lo acostumbrado, en compañía de los dos pastores, hablando en diversas
cosas, aunque todas enamoradas, hacia el aldea se encaminaron. Mas, como todo el pasatiempo de Erastro
era tañer y cantar, así por esto como por el deseo que tenía de saber si los dos nuevos pastores lo hacían tan
bien como dellos se sonaba, por moverlos y convidarlos a que otro tanto hiciesen, rogó a Elicio que su rabel
tocase, al son del cual así comenzó a cantar:
ERASTRO
Ante la luz de unos serenos ojos
que al sol dan luz con que da luz al suelo,
mi alma así se enciende, que recelo
que presto tendrá muerte sus despojos.
Con la luz se conciertan los manojos
de aquellos rayos del señor de Delo:
tales son los cabellos de quien suelo
adorar su beldad puesto de hinojos.
¡Oh clara luz, oh rayos del sol claro,
antes el mesmo sol! De vos espero
sólo que consintáis que Erastro os quiera.
Si en esto el cielo se me muestra avaro,
antes que acabe del dolor que muero,
haced, ¡oh rayos!, que de un rayo muera.
No les pareció mal el soneto a los pastores, ni les descontentó la voz de Erastro; que, puesto que no era
de las muy estremadas, no dejaba de ser de las acordadas. Y luego Elicio, movido del ejemplo de Erastro, le
hizo que tocase su zampoña, al son de la cual este soneto dijo:
ELICIO
¡Ay, que al alto designio que se cría
en mi amoroso firme pensamiento,
contradicen el cielo, el fuego, el viento,
la agua, la tierra y la enemiga mía!
Contrarios son de quien temer debría,
y abandonar la empresa el sano intento;
mas, ¿quién podrá estorbar lo qu'el violento
hado implacable quiere, amor porfía?
El alto cielo, amor, el viento, el fuego,
la agua, la tierra y mi enemiga bella,
cada cual con fuerza, y con mi hado,
mi bien estorbe, esparza, abrase y luego
deshaga mi esperanza; que, aun sin ella,
imposible es dejar lo comenzado.
En acabando Elicio, luego Damón, al son de la mesma zampoña de Erastro, desta manera comenzó a
cantar:
DAMÓN
Más blando fui que no la blanda cera,
cuando imprimí en mi alma la figura
de la bella Amarili, esquiva y dura
cual duro mármol o silvestre fiera.
Amor me puso entonces en la esfera
más alta de su bien y su ventura;
y agora temo que la sepultura
ha de acabar mi presumpción primera.
Arrimóse el amor a la esperanza
cual vid al olmo y fue subiendo apriesa;
mas faltóle el humor, y cesó el vuelo:
no el de mis ojos, que por larga usanza,
Fortuna sabe bien que jamás cesa
de dar tributo al rostro, al pecho, al suelo.
Acabó Damón y comenzó Tirsi, al son de los instrumentos de los tres pastores, a cantar este soneto:
TIRSI
Por medio de los filos de la muerte
rompió mi fe, y a tal punto he llegado,
que no envidio el más alto y rico estado
que encierra humana venturosa suerte.
Todo este bien nasció de sólo verte,
hermosa Fili, ¡oh Fili!, a quien el hado
dotó de un ser tan raro y estremado,
que en risa el llanto, el mal en bien convierte.
Como amansa el rigor de la sentencia
si el condenado el rostro del rey mira,
y es ley que nunca tuerce su derecho,
así ante tu hermosísima presencia
la muerte huye, el daño se retira,
y deja en su lugar vida y provecho.
Al acabar de Tirsi, todos los intrumentos de los pastores formaron tan agradable música, que causàba
grande contento a quien la oía; y más, ayudándoles de entre las espesas ramas mil suertes de pintados
pajarillos que,,. con divina armonía, parece que como a coros les iban respondiendo. Desta suerte habían
caminado un trecho, cuando llegaron a una antigua ermita que en la ladera de un montecillo estaba, no tan
desviada del camino que dejase de oírse el son de una arpa que dentro, al parecer, tañían; el cual oído por
Erastro, dijo:
-Deteneos, pastores, que según pienso, hoy oiremos todos lo que ha días que yo deseo oír, qué es la voz
de un agraciado mozo que dentró de aquella ermita, habrá doce o catorce días se ha venido a vivir una vida
más áspera de lo que a mí me parece que puedan llevar sus pocos años, y algunas veces que por aquí he
pasado, he sentido tocar una arpa y entonar una voz tan suave que me ha puesto en grandísimo deseo de
escucharla; pero siempre he llegado a punto que él le ponía en su canto. Y, aunque con hablarle he
procurado hacerme su amigo, ofreciéndole a su servicio todo lo que valgo y puedo, nunca he podido acabar
con él que me descubra quién es y las causas que le han movido a venir de tan pocos años a ponerse en
tanta soledad y estrecheza.
Lo que Erastro decía del mozo y nuevo ermitaño puso en los pastores el mesmo deseo de conocerle que
él tenía. Y así, acordaron de llegarse a la ermita de modo que, sin ser sentidos, pudiesen entender lo que
cantaba antes que llegasen a hablarle; y, haciéndolo así, les sucedió tan bien, que se pusieron de parte
donde, sin ser vistos ni sentidos, oyeron que al son de la arpa, el que estaba dentro semejantes versos decía:
Si han sido el cielo, amor y la fortuna,
sin ser de mí ofendidos,
contentos de ponerme en tal éstado,
en vano al aire envío mis gemidos,
en vano hasta la luna
se vio mi pensamiento levantado.
¡Oh riguroso hado!,
¡por cuán estrañas desusadas vías
mis dulces alegrías
han venido a parar en tal estremo,
que estoy muriendo y aun la vida temo!
Contra mí mesmo estoy ardiendo en ira,
por ver que sufró tanto
sin romper este pecho, y dar al viento
esta alma, qu'en mitad del duro llanto
al corazón redra
las últimas reliquias del aliento;
y allí de nuevo siento
que acude la esperanza a darme fuerza,
y, aunque fingida, a mi vivir es fuerza,
y no es piedad del cielo, porque ordena
a larga vida dar más larga pena.
Del caro amigo el lastimado pecho
enterneció éste mío,
y la empresa difícil tomé a cargo.
¡Oh discreto fingir de desvarío!
¡Oh nunca visto hecho!
¡Oh caso gustosísimo y amargo!
¡Cuán dadivoso y largo
amor se mostró por bien ajeno,
y cuán avaro y lleno
de temor y lealtad para conmigo!
Pero a más nos obliga un firme amigo.
Injustas pagas a voluntades justas
a cada paso vemos,
dadas por mano de fortuna esquiva;
y de ti, falso amor, de quien sabemos
que te alegras y gustas
de que un firme amador muriendo viva,
abrasadora y viva
llama se encienda en tus ligeras alas,
y las buenas y malas
saetas en ceniza se resuelvan,
o al dispararlas, contra ti se vuelvan.
¿Por qué camino, con qué fraude y mañas,
por qué estraño rodeo
entera posesión de mí tomaste?
Y ¿cómo en mi piadoso alto deseo
y en mis limpias entrañas
la sana voluntad, falso, trocaste?
¿Juicio habrá que baste
a llevar en paciencia el ver, perjuro,
que entré libre y seguro
a tratar de tus glorias y tus penas,
y agora al cuello siento tus cadenas?
Mas no de ti, sino de mí sería
razón que me quejáse,
que a tu fuego no hice resistencia.
Yo me entregué, yo hice que soplase
el viento que dormía
de la ocasión con furia y violencia.
Jústísima sentencia
ha dado el cielo contra mí que muera,
aunque sólo se espera
de mi infelice hado y desventura
que no acabe mi mal la sepultura.
¡Oh amigo dulce, oh dulce mi enemiga,
Timbrio y Nísida bella,
dichosos juntamente y desdichados!
¿Cuál dura, inicua, inexorable estrella,
de mi daño enemiga;
cuál fuerza injusta de implacables hados
nos tiene así apartados?
¡Oh miserable, humana, frágil suerte!
¡Cuán presto se convierte
en súbito pesar un alegría,
y sigue escura noche al claro día!
De la instabilidad, de la mudanza
de las humanas cosas,
¿cuál será el atrevido que se fíe?
Con alas vuela el tiempo presurosas,
y tras sí la esperanza
se lleva del que llora y del que ríe;
y ya que el cielo envíe
su favor, sólo sirve al que con celo
sancto levanta al cielo
el alma, en fuego de su amor deshecha,
y al que no, más le daña que aprovecha.
Yo, como puedo, buen señor, levanto
la una y otra palma,
los ojos, la intención al cielo sancto,
por quien espera el alma
ver vuelto en risa su contino llanto.
Con un profundo sospiro dio fin al lastimado canto el recogido mozo que dentro de la ermita estaba. Y,
sintiendo los pastores que adelante no procedía, sin detenerse más, todos juntos entraron en ella, donde
vieron a un cabo, sentado encima de una dura piedra, a un dispuesto y agraciado mancebo, al parecer de
edad de veinte y dos años, vestido de un tosco buriel con los pies descalzos y una áspera soga ceñida al
cuerpo, que de cordón le servía. Estaba con la cabeza inclinada a un lado, y la una mano asida de la parte de
la túnica que sobre el corazón caía, y el otro brazo a la otra parte flojamente derribado. Y, por verle desta
manera, y por no haber hecho movimiento al entrar de los pastores, claramente conocieron que desmayado
estaba, como era la verdad, porque la profunda imaginación de sus miserias, muchas veces a semejante
término le conducía. Llegóse a él Erastro, y, trabándole recio del brazo, le hizo volver en sí, aunque tan
desacordado que parecía que de un pesado sueño recordaba, las cuales muestras de dolor no pequeño le
causaron a los que le veían, y luego Erastro le dijo:
-¿Qué es esto, señor? ¿Qué es lo que siente vuestro fatigado pecho? No dejéis de decirlo, que presentes
tenéis quien no rehusará fatiga alguna por dar remedio a la vuestra.
-No son esos -respondió el mancebo con voz algo desmayada - los primeros ofrecimientos, comedido pastor,
que me has hecho, ni aun serían los últimos que yo acertase a servir si pudiese; pero hame traído la
Fortuna a términos, que ni ellos pueden aprovecharme ni yo satisfacerlos más de con el deseo. Éste puedes
tomar en cuenta del bueno que me ofreces; y si otra cosa de mí deseas saber, el tiempo, que no encubre
nada, te dirá más de lo que yo quisiera.
-Si al tiempo dejas que me satisfaga de lo que me dices -respondió Erastro- poco debe agradecerse tal
paga, pues él, a pesar nuestro, echa en las plazas lo más secreto de nuestros corazones.
A este tiempo, todos los demás pastores le rogaron que la ocasión de su tristeza les contase,
especialmente Tirsi, que con eficaces razones le persuadió, y dio a entender que no hay mal en esta vida
que con ella su reme dio no se alcanzase, si ya la muerte, atajadora de los humanos discursos, no se opone a
ellos. Y a esto añadió otras palabras que al obstinado mozo movieron a que con la suyas hiciese satisfechos
a todos de lo que dél saber deseaban. Y así, les dijo:
-Puesto que a mí me fuera mejor, ¡oh agradable compañía!, vivir lo poco que me queda de vida sin ella, y
haberme recogido a mayor soledad de la que tengo, todavía, por no mostrarme esquivo a la voluntad que
me habéis mostrado, determino de contaros todo aquello que entiendo bastará, y los términos por donde la
mudable Fortuna me ha traído al estrecho estado en que me hallo; pero, porque me parece que es ya algo
tarde, y, según mis desventuras son muchas, sería posible que antes de contároslas la noche sobreviniese,
será bien que todos juntos a la aldea nos vamos, pues a mí no me hace otra descomodidad de hacer el
camino esta noche que mañana tenía determinado, y esto me es forzoso, pues de vuestra aldea soy proveído
de lo que he menester para mi sustento, y por el camino, como mejor pudiere, os haré ciertos de mis
desgracias.
A todos pareció bien lo que el mozo ermitaño decía, y, puniéndole en medio dellos, con vagarosos pasos
tornaron a seguir el camino de la aldea, y luego el lastimado ermitaño, con muestras de mucho dolor, desta
manera al cuento de sus miserias dio principio:
-«En la antigua y famosa ciudad de Jerez, cuyos mo radores de Minerva y Marte son favorescidos, nasció
Timbrio, un valeroso caballero, del cual, si sus virtudes y generosidad de ánimo hubiese de contar, a difícil
empre sa me pondría. Basta saber que, no sé si por la mucha bondad suya o por la fuerza de las estrellas,
que a ello me inclinaban, yo procuré, por todas las vías que pude, serle particular antigo, y fueme el cielo
en esto tan favorable que, casi olvidándose a los que nos conoscían el nombre de Timbrio y el de Silerio
-que es el mío-, solamente
los dos amigos nos llamaban, haciendo nosotros, con nuestra continuaconversación y amigables obras, que tal opinión no fuese vana.
»Desta suerte los dos, con increíble gusto y contento, los mozos años pasábamos, ora en el campo en el
ejercicio de la caza, ora en la ciudad en el del honroso Marte entreteniéndonos, hasta que un día, de los
muchos aciagos que el enemigo tiempo en el discurso de mi vida me ha hecho ver, le sucedió a mi amigo
Timbrio una pesada pendencia con un poderoso caballero, vecino de la mesma ciudad. Llegó a término la
quistión que el caballero quedó lastimado en la honra, y a Timbrio fue forzoso ausentarse, por dar lugar a
que la furiosa discordia cesase que entre los dos parentales se comenzaba a encender, dejando escrita una
carta a su enemigo, dándole aviso que le hallaría en Italia, en la ciudad de Milán o de Ná poles, todas las
veces que, como caballero, de su agravio satisfacerse quisiese. Con esto cesaron los bandos entre los
parientes de entrambos, y ordenóse que a igual y mortal batalla el ofendido caballero, que Pransiles se
Ilamaba, a Timbrio desafiase, y que, en hallando campo seguro para la batalla, se avisase a Timbrio.
Ordenó más mi suerte: que al tiempo que esto sucedió yo me hallase tan falto de salud, que apenas del
lecho levantarme podía, y por esta ocasión se me pasó la de seguir a mi ami go dondequiera que fuese, el
cual al partir se despidió de mí con no pequeño descontento, encargándome que, en cobrando fuerzas, le
buscase, que en la ciudad de Nápoles le hallaría. Y así, se partió, dejándome con más pena que yo sabré
agora significaros. Mas, al cabo de pocos días, pudiendo en mí más el deseo que de verle tenía, que no la
flaqueza que me fatigaba, me puse luego en cami no; y, para que con más brevedad y más seguro le hiciese,
la ventura me ofreció la comodidad de cuatro galeras que en la famosa Isla de Cádiz, de partida para Italia,
prestas y aparejadas estaban. Embarquéme en una dellas, y, con próspero viento, en tiemp o breve, las
riberas catalanas descubrimos; y, habiendo dado fondo en un Puerto dellas, yo, que algo fatigado de la mar
venía, asegurado primero de que por aquella noche las galeras de allí no partirían, me desembarqué con
solo un amigo y un criado mío. Y no creo que debía de ser la media noche, cuando los marineros y los que
a cargo las galeras Ilevaban, viendo que la serenidad del cielo calma o próspero viento señalaba, por no
perder la buena ocasión que se les ofrecía, a la segunda guardia hicieron la señal de partida, y, zarpando las
áncoras, dieron con mucha presteza los remos al sesgo mar y las velas al sosegado viento. Y fue, como
digo, con tanta diligencia hecho que, por mu cha que yo puse para volver a embarcarme, no fui a tiempo; y
así, me hube de quedar en la marina con el enojo que podrá considerar quien por semejantes y ordinarios
casos habrá pasado, porque quedaba mal acomo dado de todas las cosas que para seguir mi viaje por tierra
eran necesarias. Mas, considerando que, de quedarme allí, poco remedio se esperaba, acordé de volverme a
Barcelona, adonde, como ciudad más grande, podría ser hallar quien me acomodase de to que me faltaba,
correspondiendo a Jerez o a Sevilla con la paga dello.
» Amanecióme en estos pensamientos, y, con determinación de ponerlos en efecto, aguardaba a que el
día más se levantase; y, estando a punto de partirme, sentí un grande estruendo por la tierra y que toda la
gente corría a la calle más principal del pueblo, y, preguntando a uno qué era aquello, me respondió:
"Llegaos, señor, aquella esquina, que a voz de pregonero sabréis to que deseáis". Hícelo así, y lo primero
en que puse los ojos fue en un alto crucifijo y en mucho tumulto de gente, señales que alguno sentenciado a
muerte entre ellos venía, todo to cual me certificó la voz del pregonero, que declaraba que, por haber sido
salteador y bandolero, la justicia mandaba ahorcar un hombre, que, como a mí llegó, luego conocí que era
el mi buen amigo Timbrio, el cual venía a pie, con unas esposas a las manos y una soga a la garganta, los
ojos enclavados en el crucifijo que delante llevaba, diciendo y protestando a los clérigos que con él iban,
que por la estrecha cuenta que pensaba dar en breves horas al verdadero Dios, cuyo retrato delante los ojos
tenía, que nunca en todo el discurso de su vida había cometido cosa por donde públicamente meresciese
rescebir tan ignominiosa muerte; y que a todos rogaba rogasen a los jueces le diesen algún término para
probar cuán inocente estaba de to que le acusaban.
»Considérese aquí, si tanto la consideración pudo levantarse, cuál quedaría yo al horrendo espectáculo
que a los ojos se me ofrecía. No sé qué os diga, señores, sino que quedé tan embelesado y fuera de mí, y de
tal modo quedé ajeno de todos mis sentidos, que una estatua de mármol debiera de parecer a quien en aquel
punto me miraba. Pero ya que el confuso rumor del pueblo, las le vantadas voces de los pregoneros, las
lastimosas palabras de Timbrio y las consoladoras de los sacerdotes, y el verdadero conocinúento de mi
buen amigo, me hubieron vuelto de aquel embelesamiento primero, y la alterada sangre acudió a dar ayuda
al desmayado corazón, y despertado en él la cólera debida a la notoria venganza de la ofensa de Timbrio,
sin mirar al peligro que me ponía, sino al de Timbrio, por ver si podía librarle, o seguirle hasta la otra vida,
con poco temor de perder la mía, eché mano a la espada, y con más que ordinaria furia entré por medio de
la confusa turba, hasta que llegué adonde Timbrio iba, el cual, no sabiendo si en provecho suyo tantas
espadas se habían desenvainado, con perplejo y angustiado ánimo, estaba mirando to que pasaba, hasta que
yo le dije: "¿Adónde está, ¡oh Timbrio!, el esfuerzo de tu valeroso pecho? ¿Qué esperas, o qué aguardas?
¿Por qué no te favoreces de la ocasión presente? Procura, ¡oh verdadero amigo!, salvar tu vida, en tanto que
esta mía hace escudo a la sinrazón que, según creo, aquí te es hecha". Estas palabras mías y el conocerme
Timbrio, fue pane para que, olvidado todo temor, rompiese las ataduras o esposas de las manos; mas todo
su ardimiento fuera poco si los sacerdotes, de compasión movidos, no ayudaran su deseo, los cuales,
tomándole en peso, a pesar de los que estorbarlo querían, se entraron con él en una iglesia que allí junto
estaba, dejándome a mí en medio de toda la justicia, que con grande instancia procuraba prenderme, como
al fin to hizo, pues a tantas fuerzas juntas no fue poderosa la sola mía de resistirlas. Y, con más ofensas que,
a mi parecer, mi pecado merescía, a la cárcel pública, herido de dos heridas, me llevaron.
»El atrevimiento mío, y el haberse escapado Timbrio, augmentó mi culpa y el enojo en los jueces, los
cuales, condenando bien el exceso por mí cometido, pareciéndoles ser justo que yo muriese, y luego luego,
la cruel sentencia pronunciaron, y para otro día guardaban la eje cución. Llegó a Timbrio esta triste nueva
allá en la igle sia donde estaba, y, según yo después supe, más altera ción le dio mi sentencia que le había
dado la de su muerte; y, por librarme della, de nuevo se ofrecía a entregarse otra vez en poder de la justicia,
pero los sacerdotes le aconsejaron que servía de poco aquello, antes era añadir mal a mal y desgracia a
desgracia, pues no sería parte el entregarse él para que yo fuese suelto, pues no lo podía ser sin ser
castigado de la culpa cometida. No fueron menester pocas razones para persuadir a Timbrio no se diese a la
justicia; pero sosegóse con proponer en su ánimo de hacer otro día por mí to que yo por él había hecho, por
pagarme en la mesma moneda, o morir en la demanda. De toda su intención fui avisado por un clérigo que
a confesarme vino, con el cual le envié a decir que el mejor remedio que mi desdicha podía tener era que él
se salvase, y procurase que, con toda brevedad, el virrey de Barcelona supiese todo el suceso antes que la
justicia de aquel pueblo la ejecutase en él. Supe también la causa por que a mi amigo Timbrio llevaban al
amargo suplicio, según me contó el mesmo sacerdote que os he dicho; y fue que, viniendo Timbrio
caminando por el reino de Ca taluña, a la salida de Perpiñán, dieron con él una cantidad de bandoleros, los
cuales tenían por señor y cabeza a un valeroso caballero catalán, que por ciertas enemistades andaba en la
compañía, como es ya antiguo use de aquel reino, cuando los enemistados son personas de cuenta, salirse a
ella y hacerse todo el mal que pueden, no sola mente en las vidas, pero en las haciendas: cosa ajena de toda
cristiandad y digna de toda lástima.
»Sucedió, pues, que, al tiempo que los bandoleros estaban ocupados en quitar a Timbrio lo que llevaba,
llegó en aquella sazón el señor y caudillo dellos, y como en fin era caballero, no quiso que delante de sus
ojos agravio alguno a Timbrio se hiciese; antes, pareciéndole hombre de valor y prendas, le hizo mil
corteses ofrecimientos, rogándole que por aquella noche se quedase con él en un lugar allí cerca, que otro
día por la mañana le daría una señal de seguro para que sin temor alguno pudiese seguir su camino hasta
salir de aquella provincia. No pudo Timbrio dejar de hacer lo que el cortés caballero le pedía, obligado de
las buenas obras dél rescibidas. Fuéronse juntos, y llegaron a un pequeño lugar, donde por los del pueblo
alegremente rescebidos fueron. Mas la Fortuna, que hasta entonces con Timbrio se había burlado, ordenó
que aquella mesma noche diesen con los bandoleros una compañía de soldados, sólo para este efecto juntada;
y, habiéndolos cogido de sobresalto, con facilidad los desbarataron, y, puesto que no pudieron prender
al caudillo, prendieron y mataron a otros muchos, y uno de los presos fue Timbrio, a quien tuvieron por un
famoso salteador que en aquella compañía andaba; y, según se debe imaginar, sin duda le debía de parecer
mucho, pues con atestiguar los demás presos que aquél no era el que pensaban, contando la verdad de todo
el caso, pudo tanto la malicia en el pecho de los jueces que, sin más averiguaciones, le sentenciaron a
muerte, la cual fuera puesta en efecto si el cielo, favorescedor de los justos intentos, no ordenara que las
galeras se fuesen y yo en tierra quedase, para hacerlo que hasta agora os he contado que hice.
»Estábase Timbrio en la iglesia, y yo en la cárcel, ordenando de partirse aquella noche a Barcelona; y yo,
que esperando estaba en qué pararía la furia de los ofendidos jueces, [cuando] con otra mayor desventura
suya, Timbrio y yo de la nuestra fuimos librados. Mas, ¡ójala fuera servido el cielo que en mí solo se
ejecutara la furia de su ira, con tai que la alzaran de aquel pequeño y desventurado pueblo, que a los filos de
mil bárbaras espadas tuvo puesto el miserable cuello! Poco más de media noche sería, hora acomodada a
facinorosos insultos, y en la cual la trabajada gente suele entregar los trabajados miembros en brazos del
dulce sueño, cuando improvisamente por todo el pueblo se levantó una confusa vocería, diciendo: "¡Al
arma, al arma, que turcos hay en tierra!" Los ecos destas tristes voces ¿quién duda que no causaron espanto
en los mujeriles.pechos, y aun pusieron confusión en los fuertes ánimos de los varones? No sé qué os diga,
seño res, sino que en un punto la miserable tierra comenzó a arder con tanta gana, que no parecía sino que
las mesmas piedras, con que las casas fabricadas estaban, ofrecían acomodada materia al encendido fuego,
que todo lo consumía. A la luz de las furiosas llamas se vieron relucir los bárbaros alfanjes y parecerse las
blancas tocas de la turca gente, que, encendida, con sigures o hachas de duro acero, las puertas de las casas
derribaban, y, entrando en ellas, de cristianos des pojos salían cargados. Cuál llevaba la fatigada madre, y
cuál el pequeñuelo hijo, que con cansados y débiles gemidos, la madre por el hijo, y el hijo por la madre,
preguntaba; y alguno sé que hubo que con sacrílega mano estorbó el cumplimiento de los justos deseos de
la casta recién desposada virgen y del esposo desdichado, ante cuyos llorosos ojos quizá vio coger el fruto
de que el sin ventura pensaba gozar en tiempo breve. La confusión era tanta, tantos los gritos y mezclas de
las voces tan diferentes, que gran espanto ponían. La fiera y endiablada canalla, viendo cuán poca
resistencia se les hacía, se atrevieron a entrar en los sagrados templos y poner las descomulgadas manos en
las sanctas reliquias, poniendo en el seno el oro con que guarnecidas estaban, y arrojándolas en el suelo con
asqueroso me nosprecio. Poco le valía al sacerdote su santimonia, y al fraile su retraimiento, y al viejo sus
nevadas canas, y al mozo su juventud gallarda, y al pequeño niño su inocencia simple, que de todos
llevaban el saco aquellos descreídos perros; los cuales, después de abrasadas las casas, robado los templos,
desflorado las vírgines, muertos los defensores, más cansados que satisfechos de lo hecho, al tiempo que el
alba venía, sin impedimento alguno se volvieron a sus bajeles, habiéndolos ya cargado de todo lo mejor que
en el pueblo había, dejándole desolado y sin gente, porque toda la más gente se llevaban, y la otra a la
montaña se había recogido.
» ¿Quién en tan triste espectáculo pudiera tener quedas las manos y enjutos los ojos? Mas, ¡ay!, que está
tan lle na de miserias nuestra vida, que en tan doloroso suceso como el que os he contado, hubo cristianos
corazones que se alegraron; y estos fueron los de aquellos que en la cárcel estaban, que con la desdicha
general cobraron la dicha propria, porque, en son de ir a defender el pueblo, rompieron las puertas de la
prisión y en libertad se pusieron, procurando cada uno, no de ofender a los contrarios, sirio de salvar a sí
mesmos, entre los cuales yo gocé de la libertad tan caramente adquirida. Y, viendo que no había quien
hiciese rostro a los enemigos, por no venir a su poder ni tornar al de la prisión, desamparando el consumido
pueblo, con no pequeño dolor de lo que había visto y con el que mis heridas me causaban, seguí a un
hombre que me dijo que seguramente me llevaría a un monasterio que en aquellas montañas estaba, donde
de mis llagas sería curado, y aun defendido si de nuevo prenderme quisiesen. Seguíle, en fin, como os he
dicho, con deseo de saber qué habría hecho la Fortuna de mi amigo Timbrio, el cual, como después supe,
con algunas heridas se había escapado y seguido por la montaña otro camino diferente del que yo llevaba;
vino a parar al puerto de Rosas, donde estuvo algunos días, procurando saber qué suceso habría sido el mío,
y que, en fin, sin saber nuevas algunas, se partió en una nave y con próspero viento llegó a la gran ciudad
de Nápoles. Yo volví a Barcelona, y allí me acomodé de lo que menester había; y después, ya sano de mis
heridas, tomé a seguir mi viaje, y, sin sucederme re vés alguno, llegué a Nápoles, donde hallé enfermo a
Timbrio; y fue tal el contento que en vemos los dos recibimos, que no me siento con fuerzas para
encarecérosle por agora.
»Allí nos dimos cuenta de nuestras vidas y de todo aquello que hasta aquel momento nos había sucedido;
pero todo este placer mío se aguaba con el ver a Timbrio no tan bueno como yo quisiera; antes, tan malo, y
de una enfermedad tan estraña, que si yo a aquella sazón no lle gara, pudiera llegar a tiempo de hacerle las
obsequias de su muerte y no solemnizar las alegrías de su vista. Después que él hubo sabido de mí todo to
que quiso, con lágrimas en los ojos, me dijo: "¡Ay, amigo Silerio, y cómo creo que el cielo procura cargar
la mano en mis desventuras, para que, dándome la salud por la vuestra, quede yo cada día con más
obligación de serviros!" Palabras fueron estas de Timbrio que me enternecieron; mas, por parecerme de
comedimientos, tan poco usados entre nosotros, me admiraron. Y, por no cansaros en deciros punto por
punto to que yo le respondí y lo que él más repli có, sólo os diré que el desdichado de Timbrio estaba
enamorado de una señora principal de aquella ciudad, cuyos padres eran españoles, aunque ella en Nápoles
había nascido. Su nombre era Nísida y su hermosura tanta, que me atrevo a decir que la naturaleza cifró en
ella el estremo de sus pe[r]fectiones; y andaban tan a una en ella la honestidad y belleza, que to que la una
encendía la otra enfriaba, y los deseos que su gentileza hasta el más subido cielo levantaba, su honesta
gravedad hasta lo más bajo de la tierra abatía. A esta causa estaba Timbrio tan pobre de esperanza, cuan
rico de pensamientos, y sobre todo falto de salud, y en términos de acabar la vida sin descubrirlos: tal era el
temor y reverencia que había cobrado a la hermosa Nísida. Pero, después que tuve bien conocida su
enfermedad y hube visto a Nísida, y considerado la calidad y nobleza de sus padres, determiné de posponer
por él la hacienda, la vida y la honra, y más si más tuviera y pudiera. Y así, usé de un artificio, el más
estraño que hasta hoy se habrá oído ni leído; y fue que acordé de vestirme como truhán y con una guitarra
entrarme en casa de Nísida, que por ser, como ya he dicho, sus padres de los principales de la ciudad, de
otros mu chos truhanes era continuada. Parecióle bien este acuerdo a Timbrio, y resignó luego en las manos
de mi industria todo su contento. Hice yo hacer luego muchas y diferentes galas, y, en vistiéndome,
comencé a ensayarme en el nuevo oficio delante de Timbrio, que no poco reía de verme tan truhanamente
vestido; y, por ver si la habilidad correspondía al hábito, me dijo que, haciendo cuenta que él era un gran
príncipe y que yo de nuevo venía a visitarle, le dijese algo. Y si yo no me acuerdo mal, y si vosotros,
señores, no os cansáis de escucharme, diréos to que entonces le canté, con ser la primera vez.»
Todos dijeron que ninguna cosa les daría más contento que saber por estenso todo el suceso de su
negocio, y que así, le rogaban que ninguna cosa, por de poco momento que fuese, dejase de contarles.
-Pues esa licencia me dais -dijo el ermitaño-, no quiero dejaros de decir cómo comencé a dar muestras de
nti locura; que fue con estos versos que a Timbrio canté, imaginando ser un gran señor a quien los decía:
«SILERIO
De príncipe que en el suelo
va por tan justo nivel,
¿qué se puede esperar dél
que no sean obras del cielo?
No se vee en la edad presente,
ni se vio en la edad pasada,
república gobernada
de príncipe tan p rudente.
Y del que mide su celo
por tan cristiano nivel,
¿qué se puede esperar dél
que no sean obras del cielo?
Del que trae por bien ajeno,
sin codiciar más despojos,
misericordia en los ojos
y la justicia en el seno;
del que lo más deste suelo
es lo menos que hay en él,
¿qué se puede esperar dél
que no sean obras del cielo?
La liberal fama vuestra,
que hasta'l cielo se levanta,
de que tenéis alma sancta
nos da indicio y clara muestra.
Del que no discrepa un pelo
de ser al cielo fiel,
¿qué se puede esperar dél
que no sean obras del cielo?
Del que con cristiano pecho
siempre en el rigor se tarda,
y a la justicia le guarda,
con clemencia, su derecho;
de aquel que levanta el vuelo
do ninguno llega a él,
¿qué se puede esperar dél
que no sean obras del cielo?
»Estas y otras cosas de más risa y juego canté entonces a Timbrio, procurando acomodar el brio y
donaire del cuerpo a que en todo diese muestras de ejercitado truhán; y salí tan bien con ello que en pocos
días fui conocido de toda la más gente principal de la ciudad; y la fama del truhán español por toda ella
volaba, hasta tanto que ya en casa del padre de Nísida me deseaban ver, el cual deseo les cumpliera yo con
mucha facilidad, si de industria no aguardara a ser rogado. Mas, en fin, no me pude escusar que un día de
un banquete allá no fuese, donde vi más cerca la justa causa que Timbrio tenía de padecer, y la que el cielo
me dio para quitarme el contento todos los días que en esta vida durare. Vi a Nísida, a Nísida vi, para no
ver más, ni hay más que ver después de haberla visto. ¡Oh fuerza poderosa de amor, contra quien valen
poco las poderosas nuestras! ¿Y es posible que en un punto, en un momento, los reparos y pertrechos de mi
lealtad pusieses en términos de dar con todos ellos por tierra? ¡Ay, que si se tardara un poco en socorrerme
la consideración de quien yo era, la amistad que a Timbrio debía, el mucho valor de Nísida, el afrentoso
hábito en que me hallaba[...]; que todo era impedimento a que, con el nuevo y amoroso deseo que en mí
había nascido, no nasciese también la esperanza de alcanzarla, que es el arrimo con que el amor camina o
vuelve atrás en los enamorados principios! En fin, vi la belleza que os he dicho, y, porque me importaba
tanto el verla, siempre procuré granjear el amistad de sus padres y de todos los de su casa, y esto con hacer
del gracioso y bien criado, haciendo mi oficio con la mayor discreción y gracia a mí posible. Y, rogándome
un caballero que aquel día a la mesa estaba que alguna cosa en loor de la hermosura de Nísida cantase,
quiso la ventura que me acordase de unos versos que muchos días antes, para otra ocasión casi semejante,
yo había hecho; y, sirviéndome para la presente, los dije; que eran estos:
SILERIO
Nísida, con quien el cielo
tan liberal se ha mostrado,
que en daros a vos, dio al suelo
una imagen y traslado
de cuanto encubre su velo,
si él no tuvo más que os dar,
ni vos más que desear,
con facilidad se entiende
que lo posible pretende
quien os pretende loar.
Desa beldad peregrina
la perfectión soberana,
que al cielo nos encamina,
pues no es posible la humana,
cante la lengua divina,
y diga: bien se conviene
que al alma que en sí contiene
ser tan alto y milagroso,
se le diese el velo hermoso
más qu'el mundo tuvo o tiene.
Tomó del sol los cabellos;
del sesgo cielo, la frente;
la luz de los ojos bellos,
de la estrella más luciente,
que ya no da luz ante ellos.
Como quien puede y se atreve,
a la grana y a la nieve
robó las colores bellas,
que lo más perfecto dellas
a tus mejillas se debe.
De marfil y de coral
formó los dientes y labios,
do sale rico caudal
de agudos dichos y sabios,
y armonía celestial.
De duro mármol ha hecho
el blanco y hermoso pecho,
y de tal obra ha quedado
tanto el suelo mejorado,
cuanto el cielo satisfecho.
»Con estas y otras cosas que entonces canté, quedaron todos tan mis aficionados, especialmente los
padres de Nísida, que me ofrecieron todo lo que menester hubiese y me rogaron que ningún día dejase de
visit arlos. Y así, sin descubrirse ni imaginarse mi industria, vine a salir con mi primero disignio, que era
facilitar la entrada en casa de Nísida, la cual gustaba en estremo de mis desenvolturas. Pero ya que los
muchos días y la mucha conversación mía, y la grande amistad que todos los de aquella casa me mostraban,
hubieron quitado algunas sombras al demasiado temor que de descubrir mi intento a Nísida tenía,
determiné ver a do llegaba la ventura de Timbrio, que sólo de mi solicitud la esperaba. Mas, ¡ay de mí!, que
yo estaba entonces más para pedir medicina para mi llaga que salud para la ajena, porque el donaire,
belleza, discreción, gravedad de Nísida, habían hecho en mi alma tal efecto, que no estaba en menos
estremo de dolor y de amor puesta que la del lastimado Timbrio. A vuestra consideración discreta dejo el
imaginar lo que podía sentir un corazón a quien de una parte combatían las leyes de la amistad, y de otra las
inviolables de Cupido; porque si las unas le obligaban a no salir de lo que ellas y la razón le pedían, las
otras le forzaban que tuviese cuenta con lo que a su contento era obligado.
»Estos sobresaltos y combates me apretaban de manera que, sin procurar la salud ajena, comencé a dudar
de la propria y a ponerme tan flaco y amarillo que causaba general compasión a todos los que me miraban;
y los que más la mostraban eran los padres de Nísida; y aun ella mesma, con limpias y cristianas entrañas,
me rogó mu chas veces que la causa de mi enfermedad le dijese, ofre ciéndome todo lo necesario para el
remedio della. "¡Ay -decía yo entre mí cuando Nísida tales ofrecimientos me hacía-, y con cuánta facilidad,
hermosa Nísida, podría remediar vuestra mano el mal que vuestra hermosura ha hecho! Pero préciome
tanto de buen amigo que, aunque tuviese tan cierto mi remedio como le tengo por imposible, imposible
sería que le acetase". Y, como estas consideraciones en aquellos instantes me turbasen la fantasía, no
acertaba a responder a Nísida cosa alguna, de lo cual ella y otra hermana suya, que Blanca s e llamaba, de
menos años, aunque no de menos discreción y hermosura que Nísida, estaban maravilladas; y con más
deseo de saber el origen de mi tristeza, con muchas importunaciones me rogaban que nada de mi dolor les
encubriese. Viendo, pues, yo que la ventura me ofrecía la comodidad de poner en efecto to que hasta aquel
punto mi industria había fabricado, una vez que, acaso, Nísida y su hermana solas se hallaban, tornando
ellas de nuevo a pedirme lo que tantas veces, les dije: "No penséis, señoras, que el silencio que hasta agora
he tenido en no deciros la causa de la pena que imagináis que siento lo haya causado tener yo poco deseo
de obedeceros, pues ya se sabe que si algún bien mi abatido estado en esta vida tiene, es haber granjeado
con él venir a términos de conoceros y como criado serviros; sólo ha sido la causa imaginar que, aunque la
descubra, no servirá para más de daros lástima, viendo cuán lejos está el remedio della. Pero, ya que me es
forzoso satisfaceros en esto, sabréis, señoras, que en esta ciudad está un caballero natural de mi mesma
patria, a quien tengo por señor, por amparo y por amigo, el más liberal, discreto y gentilhombre que en gran
parte hallarse pueda, el cual está aquí ausente de la amada patria por ciertas quistiones que allá le
sucedieron, que le forzaron a venir a esta ciudad, creyendo que si allá en la suya dejaba enemigos, acá en la
ajena no le faltarán amigos; más hale salido tan al revés su pensamiento, que un solo enemigo, que él
mesmo, sin saber cómo, aquí se ha procurado, le tiene puesto en tal estremo, que si el cielo no le socorre,
con acabar la vida acabará sus amistades y enemistades. Y como yo conozco el valor de Timbrio -que este
es el nombre del caballero cuya desgracia os voy contando-, y sé lo que perderá el mundo en perderle, y lo
que yo perderé si le pierdo, doy las muestras de sentimiento que habéis visto, y aun son pocas, según a lo
que me obliga el peligro en que Timbrio está puesto. Bien sé que desearéis saber, señoras, quién es el enemigo
que a tan valeroso caballero, como es el que os he pintado, tiene puesto en tal estremo; pero también
sé que, en diciéndoosle, no os maravillaréis sino de cómo ya no le tiene consumido y muerto. Su enemigo
es amor, universal destruidor de nuestros sosiegos y bienandanzas. Este fiero enemigo tomó posesión de
sus entrañas. En entrando en esta ciudad, vio Timbrio una hermosa dama, de singular valor y hermosura,
mas tan principal y honesta que jamás el miserable se ha aventurado a descubrirle su pensamiento".
»A este punto llegaba yo cuando Nísida me dijo: "Por cierto, Astor -que entonces era este el nombre
mío-, que no sé yo si crea que ese caballero sea tan valeroso y discreto como dices, pues tan fácilmente se
ha dejado rendir a un mal deseo tan recién nacido, entregándose tan sin ocasión alguna en los brazos de la
desesperación. Y, aunque a mí se me alcanza poco destos amorosos efectos, todavía me parece que es
simplicidad y flaqueza dejar, el que se vee fatigado dellos, de descubrir su pensamiento a quien se le causa,
puesto que sea del valor que imaginar se puede; porque, ¿qué afrenta se le puede seguir a ella de saber que
es bien querida, o a él qué mayor mal de su aceda y desabrida respuesta, que la muerte que él mesmo se
procura callando? Y no sería bien que por tener un juez fama de riguroso, dejase alguno de alegar de su derecho.
Pero pongamos que sucede la muerte de un amante tan callado y temeroso como ese tu amigo; dime,
¿lla marías tú cruel a la dama de quien estaba enamorado? No, por cierto; que mal puede remediar nadie la
necesidad que no llega a su noticia, ni cae en su obligación procurar saberla para remediarla. Así que,
Astor, perdóname, que las obras de ese to amigo no hacen muy verdaderas las alabanzas que le das".
»Cuando yo oí a Nísida semejantes razones, luego luego quisiera con las mías descubrirle todo el secreto
de mi pecho; mas, como yo entendía la bondad y llaneza con que ella las hablaba, hube de detenerme y
esperar más sola y mejor coyuntura; y así, le respondí: "Cuando los casos de amor, hermosa Nísida, con
libres ojos se mi ran, tantos desatinos se veen en ellos, que no menos de risa que de compasión son dignos;
pero si de la sotil red amorosa se halla enlazada el alma, allí están los sentidos tan trabados y tan fuera de su
proprio ser, que la memo ria sólo sirve de tesorera y guardadora del objecto que los ojos miraron, y el
entendimiento en escudriñar y conocer el valor de la que bien ama, y la voluntad de consentir de que la
memoria y entendimiento en otra cosa no se ocupen; y así, los ojos veen como por espejo de alinde, que
todas las cosas se les hacen mayores: ora cresce la esperanza cuando son favorescidos, ora el temor cuando
desechados; y así, sucede a muchos lo que a Timbrio ha sucedido, que, pareciéndoles a los principios
altísimo el objecto a quien los ojos levantaron, pierden la esperanza de alcanzarle; pero no de manera que
no les diga amor allá dentro en el alma: "¿Quién sabe? Podría ser ...... Y con esto anda la esperanza, como
decirse suele, entre dos aguas, la cual si del todo les desamparase, con ella huiría el amor. Y de aquí nasce
andar, entre el temor y osar, el corazón del amante tan afligido que, sin aventurarse a decirla, se recoge y
aprieta en su llaga, y espera, aunque no sabe de quién, el remedio de que se vee tan apartado. En este
mesmo estremo he yo hallado a Timbrio, aunque todavía, a persuasiones mías, ha escripto una carta a la
dama por quien muere, la cual me dio para que la viese y mirase si en alguna manera se mostraba en ella
descomedido, porque la enmendaría. Encargóme asimesmo que buscase orden de ponerla en manos de su
señora, que creo será imposible, no porque yo no me aventure a ello, pues lo menos que aventuraré será la
vida por servirle, mas porque me parece que no he de hallar ocasión para darla". "Veámosla -dijo Nísida -,
porque deseo ver cómo escriben los enamorados discretos" Luego saqué yo una carta del seno, que algunos
días antes estaba escripta, esperando ocasión de que Nísida la viese; y, ofreciéndome la ventura ésta, se la
mostré; la cual, por haberla yo leído muchas veces, se me quedó en la memoria, cuyas razones eran éstas:
»TIMBRIO A NÍSIDA
Determinado había, hermosa señora, que el fin desastrado mío os diese noticia de quien yo era,
pareciéndome ser mejor que alabárades mi silencio en la muerte, que no que vituperárades mi
atrevimiento en la vida; mas, porque imagino que a mi alma conviene partirse deste mundo en
gracia vuestra, porque en el otro no le niegue amor el premio de to que ha padecido, os hago
sabidora del estado en que vuestra rara beldad me tiene puesto, que es tal, que, a poder significarle,
no procurara su remedio, pues por pequeñas cosas nadie se ha de aventurar a ofender el
valor estremado vuestro, del cual y de vuestra honesta libera lidad espero restaurar la vida para
serviros, o álcanzar la muerte para nunca más ofenderos.
»Con mucha atención estuvo Nísida escuchando esta carta, y, en acabándola de oír, dijo: "No tiene de
qué agraviarse la dama a quien esta carta se envía, si ya de puro grave no da en ser melindrosa, enfermedad
de quien no se escapa la mayor parte de las damas desta ciudad. Pero, con todo eso, no dejes, Astor, de
dársela, pues, como ya te he dicho, no se puede esperar más mal de su respuesta, que no sea peor el que
agora dices que tu ami go padece. Y, para más animarte, te quiero asegurar que no hay mujer tan recatada y
tan puesta en atalaya para mirar por su honra, que le pese mucho de ver y saber que es querida, porque
entonces conoce ella que no es vana la presumpción que de sí tiene, lo cual sería al revés si viese que de
nadie era solicitada". "Bien sé, señora, que es verdad lo que dices -respondí yo-, mas tengo temor que el
atreverme a darla, por lo menos, me ha de costar negarme de allí adelante la entrada en aquella casa, de que
no menor daño me vendría a mí que a Timbrio". "No quieras, Astor -replicó Nísida-, confirmar tú la
sentencia que aún el juez no tiene dada. Muestra buen ánimo, que no es riguroso trance de batalla éste a que
te aventuras". "¡Pluguiera al cielo, hermosa Nísida -respondí yo-, que en ese término me viera, que de
mejor gana ofreciera el pecho al peligro y rigor de mil contrapuestas armas, que no la mano a dar esta
amorosa carta a quien temo que, siendo con ella ofendida, ha de arrojar sobre mis hombros la pena que la
ajena culpa meresce! Pero, con todos estos inconvinientes, pienso seguir, señora, el consejo que me has
dado, puesto que aguardaré tiempo en que el temor no tenga tan ocupados mis sentidos como agora; y en
este entretanto te suplico que, haciendo cuenta que tú eres a quien esta carta se envía, me des alguna
respuesta que lleve a Timbrio, para que con este engaño él se entretenga un poco, y a mí el tiempo y las
ocasiones me descubran to que tengo de hacer". "De mal artificio quie res usar -respondió Nísida-, porque,
puesto caso que yo agora diese en nombre ajeno alguna blanda o esquiva respuesta, ¿no ves que el tiempo,
descubridor de nuestros fines, aclarará el engaño y Timbrio quedará de ti más quejoso que satisfecho?;
cuanto más que, por no haber dado hasta agora respuesta a semejantes cartas, no querría comenzar a darlas
mentirosa y fingidamente; mas, aunque sepa ir contra to que a mí mesma debo, si me prometes de decir
quién es la dama, yo te diré qué digas a tu amigo, y cosa tal, que él quede contento por agora; y, puesto que
después las cosas sucedan al revés de lo que él pensare, no por eso se averiguará la mentira". "Eso no me to
mandes, ¡oh Nísida! -respondí yo-, porque en tanta confusión me pone decirte yo a ti su nombre, como me
pondría el darle a ella la carta; basta saber que es principal, y que, sin hacerte agravio alguno, no to debe
nada en la hermosura, que con esto me parece que la encarezco sobre cuantas son nascidas". "No me maravillo
que digas eso de mí -dijo Nísida-, pues los hombres de vuestra condición y trato, lisonjear es su propio
óficio. Mas, dejando todo esto a una parte, porque deseo que no pierdas la comodidad de un tan buen
amigo, te aconsejo que le digas que fuiste a dar la carta a su dama, y que has pasado con ella todas las
razones que conmigo, sin faltar punto, y cómo leyó tu carta, y el ánimo que te daba para que a su dama la
llevases, pensando que no era ella a quien venía; y que, aunque no te atreviste a declarar del todo, que has
conoscido della que, cuando sepa ser ella para quien la carta venía, no le causará el engaño y desengaño
mucha pesadumbre. Desta suerte rescibirá él algún alivio en su trabajo; y después, al descubrir tu intención
a su dama, puedes responder a Timbrio lo que ella te respondiere, pues hasta el punto que ella lo sepa,
queda en fuerza esta mentira y la verdad de lo que sucediere, sin que haga al caso el éngaño de agora".
»Admirado quedé de la discreta traza de Nísida, y aun no sin sospecha de la verdad de mi artificio. Y así,
besándole las manos por el buen aviso, y quedando con ella que de cualquiera cosa que en este negocio
sucediere le había de dar particular cuenta, vine a contar a Timbrio todo lo que con Nísida me había
sucedido, que fue parte para que la tuviese en su alma la esperanza, y volviese de nuevo a sustentarle y a
desterrar de su corazón los nublados del frío temor que hasta entonces le tenían ofuscado. Y todo este gusto
se le acrescentaba el prometerle yo a cada paso que los míos no serían dados sino en servicio suyo, y que
otra vez que con Nísida me hallase, sacaría el juego de maña con tan buen suceso como sus pensamientos
merecían. Una cosa se me ha olvidado de deciros: que en todo el tiempo que con Nísida y su hermana
estuve hablando, jamás la menor hermana habló palabra, sino que, con un estraño silencio, estuvo siempre
colgada de las mías. Y seos decir, señores, que si callaba, no era por no saber hablar con toda discreción y
donaire, porque en estas dos hermanas mostró naturaleza todo lo que ella puede y vale; y, con todo esto, no
sé si os diga que holgara que me hubiera negado el cielo la ventura de haberlas conocido, especialmente a
Nísida, principio y fin de toda mi desdicha. Pero, ¿qué puedó hacer, si lo que los hados tienen ordenado no
puede por discursos humanos estorbarse? Yo quise, quiero y querré bién a Nísida, tan sin ofensa de
Timbrio cuanto lo ha mostrado bien mi cansada lengua, que jamás la habló que en favor de Timbrio no
fuese, encubriendo siempre, con más que ordinaria discreción, la pena propria por remediar la ajena.
» Sucedió, pues, que, como la belleza de Nísida tan esculpida en mi alma quedó desde el primer punto
que mis ojos la vieron, no pudiendo tener mi pecho tan rico tesoro encubierto, cuando solo o apartado
alguna vez me hallaba, con algunas amorosas y lamentables canciones le descubría con velo de fingido
nombre. Y así, una noche, pensando que ni Timbrio ni otro alguno me escuchaba, por dar alivio un poco al
fatigado espíritu, en un retirado aposento, sólo de un laúd acompañado, canté unos versos, que, por
haberme puesto en una confusión gravísima, os los habré de decir, que eran éstos:
» SILERIO
¿Qué laberinto es éste do se encierra
mi loca, levantada fantasía?
¿Quién ha vuelto mi paz en cruda guerra,
y en tal tristeza toda mi alegría?
¿O cuál hado me trujo a ver la tierra
qu'ha de servir de sepoltura mía,
o quién reducirá mi pensamiento
al término que pide un sano intento?
Si por romper este mi frágil pecho
y despojarme de la dulce vida,
quedase el suelo y cielo satisfecho
de que a Timbrio guardé la fe debida,
sin que me acobardara el crudo hecho,
yo fuera de mí mesmo el homicida;
mas si yo acabo, en él acaba luego
la amorosa esperanza y cresce el fuego.
Lluevan y caigan las doradas flechas
del ciego dios, y con rigor insano
al triste corazón vengan derechas,
disparadas con fiera airada mano;
que, aunque ceniza y polvo queden hechas
las heridas entrañas, lo que gano
en encubrir su dolorosa llaga
es rica de mi mal ilustre paga.
Silencio etemo a mi cansada lengua
pondrá la ley de la amistad sincera,
por cuya sin igual virtud desmengua
la pena que acabar jamás espera;
mas, aunque nunca acabe y ponga en mengua
la honra y la salud, será cual era
mi limpia fe: más firme y contrastada
que roca en medio de la mar airada.
Del humor que derraman estos ojos,
y de la lengua el pïadoso oficio;
del bien que se le debe a mis enojos,
y de la voluntad el sacrificio,
lleve los dulces premios y despojos
el caro amigo, y muéstrese propicio
el cielo a mi deseo, que pretende
el bien ajeno y a sí mismo ofende.
Socorre, ¡oh blando amor!, levanta y guía
mi bajo ingenio en la ocasión dudosa;
y al esperado punto esfuerzo envía
al alma y a la lengua temerosa,
la cual podrá, si lleva tu osadía,
facilitar la más difícil cosa,
y romper contra el hado y desventura,
hasta llegar a la mayor ventura.
»El estar tan trasportado en mis continuas imaginaciones fue ocasión para que yo no tuviese cuenta en
cantar estos versos que he dicho con tan baja voz como debiera, ni el lugar do estaba era tan escondido que
estorbara que de Timbrio no fueran escuchados, el cual, así como los oyó, le vino al pensamiento que el
mío no estaba libre de amor, y que si yo alguno tenía, era a Nísida, según se podía colegir de mi canto. Y,
aunque él alcanzó la verdad de mis pensamientos, no alcanzó la de mis deseos; antes, entendiendo ser al
contrario de lo que yo pensaba, determinó de ausentarse aquella mesma noche e irse adonde de ninguno
fuese hallado, sólo por dejarme comodidad de que solo a Nísida sirviese. Todo esto supe yo de un paje
suyo, sabidor de todos sus secretos, el cual vino a mí muy angustiado y me dijo: "Acudid, señor Silerio, que
Timbrio, mi señor y vuestro amigo, nos quiere dejar y partirse esta noche, y no me ha dicho adónde, sino
que le apareje no sé qué dineros, y que a nadie diga que se parte. Principalmente me dijo que a vos no lo dijese.
Y este pensamiento le ha venido después que estuvo escuchando no sé qué versos que poco ha
cantábades, y, según los estremos que le he visto hacer, creo que va a desesperarse. Y, por parecerme que
debo antes acudir a su remedio que a obedecer su mandado, os lo vengo a decir, como a quien puede ser
parte para que no ponga en efecto tan dañado propósito".
»Con estraño sobresalto escuché lo que el paje me decía, y fui luego a ver a Timbrio a su aposento, y,
antes que dentro entrase, me paré a ver lo que hacía, el cual estaba tendido encima de su lecho boca abajo,
derramando infinitas lágrimas, acompañadas de profundos sospiros, y con baja voz y mal formadas razones
me pareció que éstas decía: "Procura, verdadero amigo Silerio, alcanzar el fruto que to solicitud y trabajo
tiene bien me rescido, y no quieras, por lo que te parece que debes a mi amistad, dejar de dar gusto a tu
deseo, que yo refrenaré el mío, aunque sea con el medio estremo de la muerte, que, pues tú della me
libraste, cuando con tanto amor y fortaleza al rigor de mil espadas te ofreciste, no es mucho que yo agora te
pague en parte tan buena obra con dar lugar a que, sin el impedimento que mi presencia causarte puede,
goces de aquélla en quien cifró el cielo toda su belleza y puso el amor todo mi contento. De una sola cosa
me pesa, dulce amigo, y es que no puedo despedirme de ti en esta amarga partida; mas, admite por disculpa
el ser tú la causa della. ¡Oh Nísida, Nísida, y cuán cierto está de tu hermosura, que se ha de pagar la culpa
del que se atreve a mirarla con la pena de morir por ella! Silerio la vio, y si no quedara cual imagino que ha
quedado, perdiera en gran parte conmigo la opinión que tie ne de discreto. Mas, pues mi ventura así lo ha
querido, sepa el cielo que no soy menos amigo de Silerio que él lo es mío; y, para muestras desta verdad,
apártese Timbrio de su gloria, destiérrese de su contento, vaya peregrino de tierra en tierra, ausente de
Silerio y de Nísida, dos verdaderas y mejores mitades de su alma". Y luego, con mucha furia, se levantó del
lecho y abrió la puerta, y, hallándome allí, me dijo: "¿Qué quieres, amigo, a tales horas? ¿Hay, por ventura,
algo de nuevo?" "Hay tanto- le respondí yo- que, aunque hubiera menos no me pesara". En fin, por no
cansaros más, yo llegué a tales términos con él, que le persuadí y di a entender ser su imaginación falsa, no
en cuanto estaba yo enamorado, sino en el de quién, porque no era de Nisida, sino de su hermana Blanca; y
súpelo decir esto de manera que él lo tuvo por verdadero. Y, porqué más crédito a ello diese, la memo ria
me ofreció unas estancias que muchos días antes yo mesmo había hecho a otra dama del mesmo nombre, y
díjele que para la hermana de Nísida las había compuesto, las cuales vinieron tan a propósito que, aunque
sea fuera dél decirlas ahora, no las quiero pasar en silencio, que fueron estas:
»SILERIO
¡Oh Blanca, a quien rendida está la nieve,
y en condición más que la nieve helada!,
no presumáis ser mi dolor tan leve
que estéis de remediarle descuidada.
Mirad que si mi mal no ablanda y mueve
vuestra alma, en mi desdicha conjurada,
se volverá tan negra mi ventura
cuanta sois blanca en nombre y hermosura.
¡Blanca gentil, en cuyo blanco pecho
el contento de amor se anida y cierra!:
antes qu'el mío, en lágrimas deshecho,
se vuelva polvo y miserable tierra,
mostrad el vuestro en algo satisfecho
del amor y dolor qu'el mío encierra,
que ésta será tan caudalosa paga,
que a cuanto mal padezco satisfaga.
Blanca, sois vos por quien trocar querría
de oro el más finísimo ducado,
y por tan alta posesión tendría
por bien perder la del más alto estado.
Pues esto conocéis, ¡oh Blanca mía!,
dejad ese desdén desamorado,
y haced, ¡oh Blanca!, que el amor acierte
a sacar, si sois vos, blanca mi suerte.
Puesto que con pobreza tal me hallara
que tan sola una blanca poseyera,
si ella fuérades vos, no me trocara
por el más rico que en el mundo hubiera;
y si mi ser en aquel ser tomara
de Juan de Espera en Dios, dichoso fuera
si al tiempo que las tres blancas buscase,
a vos, ¡oh Blanca!, entre ellas os hallase.»
Adelante pasara con su cuento Silerio, si no lo estorbara el son de muchas zampoñas y acordados
caramillos que a sus espaldas se oía; y, volviendo la cabeza, vieron venir hacia ellos hasta una docena de
gallardos pastores puestos en dos hileras, y en medio venía un dispuesto pastor, coronado con una guirnalda
de madreselva y de otras diferentes flores. Traía un bastón en la una mano, y con grave paso poco a poco se
movía; y los demás pastores, andando con el mesmo aplauso y tocando todos sus instrumentos, daban de sí
agradable y estraña muestra. Luego que Elicio los vio, conosció ser Daranio el pastor que en medio traían,
y los demás ser todos circunvecinos que a sus bodas querían hallarse, a las cuales asimesmo Tirsi y Damón
vinieron, y, por alegrar la fiesta del des posorio y honrar al nuevo desposado, de aquella manera hacia el
aldea se encaminaban. Pero, viendo Tirsi que su venida había puesto silencio al cuento de Silerio, le rogó
que aquella noche juntos en la aldea la pasasen, donde sería servido con la voluntad posible, y haría
satisfechas las suyas con acabar el come nzado suceso. Silerio lo pro metió. Y a esta sazón llegó el montón
alegre de pastores, los cuales conosciendo a Elicio y Daranio, a Tirsi y a Damón, sus amigos, con señales
de grande alegría se recibieron; y, renovando la música y renovando el contento, tomaron a proseguir el
comenzado camino; y, ya que llegaban junto al aldea, llegó a sus oídos el son de la zampoña del
desamorado Lenio, de que no poco gusto recibieron todos, porque ya conocían la estremada condición
suya. Y, así como Lenio los vio y conoció, sin interromper el suave canto, desta manera cantando hacia
ellos se vino:
LENIO
Por bienaventurada,
por llena de contento y alegría,
será por mí juzgada
tan dulce compañía,
si no siente de amor la tiranía.
Y besaré la tierra
que pisa aquel que de su pensamiento
el falso amor destierra
y tiene el pecho esento
desta furia cruel, deste tormento.
Y llamaré dichoso
al rústico advertido ganadero
que vive cuidadoso
del pobre manso apero
y muestra el rostro al crudo amor severo.
Deste tal las corderas,
antes que venga la sazón madura,
serán ya parideras,
y en la peña más dura
hallarán claras aguas y verdura.
Si, estando amor airado
con él, pusiere en su salud desvío,
llevaré su ganado,
con el ganado mío,
al abundoso pasto, al claro río.
Y en tanto, del encienso
el humo sancto irá volando al cielo,
a quien decirle pienso
con pío y justo celo,
las rodillas prostradas por el suelo:
‘¡Oh cielo sancto y justo!,
pues eres protector del que pretende
hacer lo que es tu gusto,
a la salud atiende
de aquel que por servirte amor le ofende.
No lleve este tirano
los despojos a ti solo debidos;
antes, con larga mano
y premios merescidos,
restituye su fuerza a los sentidos".
En acabando de cantar Lenio, fue de todos los pastores cortésmente rescibido, el cual, como oyese
nombrar a Damón y a Tirsi, a quien él sólo por fama conoscía, quedó admirado en ver su estremada
presencia; y así, les dijo:
-¿Qué encarecimientos bastarían, aunque fueran los mejores que en la elocuencia pudieran hallarse, a
poder levantar y encarecer el valor vuestro, famosos pastores, si por ventura las niñerías de amor no se
mezclaran con las veras de vuestros celebrados escriptos? Pero, pues ya estáis éticos de amor, enfermedad
al parecer incurable, puesto que mi rudeza, con estimar y alabar vuestra rara discreción, os pague to que os
debe, imposible será que yo deje de vituperar vuestros pensamientos.
-Si los tuyos tuvieras, discreto Lenio -respondió Tirsi-, sin las sombras de la vana opinión que los ocupa,
vieras luego la claridad de los nuestros, y que, por ser amorosos, merescen más gloria y alabanza que por
ninguna otra sutileza o discreción que encerrar pudieran.
-No más, Tirsi, no más -replicó Lenio-, que bien sé que contra tantos y tan obstinados enemigos poca
fuerza tendrán mis razones.
-Si ellas lo fueran -respondió Elicio -, tan amigos son de la verdad los que aquí están, que ni aun burlando
la contradijeran; y en esto podrás ver, Lenio, cuán fuera vas della, pues no hay ninguno que apruebe t us
palabras, ni aun tenga por buenas tus intenciones.
-Pues, a fe -dijo Lenio -, que no te salve a ti la tuya, ¡oh Elicio! Si no, dígalo el aire, a quien contino
acrescientas con sospiros, y la yerba destos prados, que va cresciendo con tus lágrimas, y los versos que el
otro día en las hayas de aquel bosque escribiste, que en ellos se verá qué es to que en ti alabas y en mí
vituperas.
No quedara Lenio sin respuesta, si no vieran venir ha cia donde ellos estaban a la hermosa Galatea con las
dis cretas pastoras Florisa y Teolinda, la cual, por no ser conoscida de Damón y Tirsi, se había puesto un
blanco velo ante su hermoso rostro. Llegaron y fueron de los pastores con alegre acogimiento rescebidas,
principalmente de los enamorados Elicio y Erastro, que con la vista de Galatea tan estraño contento
rescibieron que, no pudiendo Erastro disimularle, en señal dél, sin mandárselo alguno, hizo señas a Elicio
que su zampoña tocase, al son de la cual, con alegres y suaves acentos, cantó los siguientes versos:
ERASTRO
Vea yo los ojos bellos
deste sol que estoy mirando,
y si se van apartando,
váyase el alma tras ellos.
Sin ellos no hay claridad,
ni mi alma no la espere,
que, ausente dellos, no quiere
luz, salud, ni libertad.
Mire quien puede estos ojos,
que no es posible alaballos;
mas ha de dar por mirallos
de la vida los despojos.
Yo los veo y yo los vi,
y cada vez que los veo
les doy un nuevo deseo
tras el alma que les di.
Ya no tengo más que dar
ni imagino más que dé,
si por premio de mi fe
no se admite el desear.
Cierta está mi perdición
si estos ojos do el bien sobra
los pusieren en la obra
y no en la sana intención.
Aunque durase este día
mil siglos, como deseo,
a mí, que canto bien veo,
un punto parecería.
No hace el tiempo ligero
curso en alterar mi edad,
mientras miro la beldad
de la vida por quien muero.
En esta vista reposa
mi alma y halla sosiego,
y vive en el vivo fuego
de su luz pura, hermosa.
Y hace amor tan alta prueba
con ella, que en esta llama
a dulce vida la llama
y, cual fénix, la renueva.
Salgo con mi pensamiento
buscando mi dulce gloria,
y al fin hallo en mi memoria
encerrado mi contento.
Allí está y allí se encierra,
no en mandos, no en poderíos,
no en pompas, no en señoríos
ni en riquezas de la tierra.
Aquí acabó su canto Erastro, y se acabó el camino de llegar a la aldea, adonde Tirsi y Damón y Silerio en
casa de Elicio se recogieron, por no perder la ocasión de saber en qué paraba el comenzado cuento de
Silerio. Las hermosas pastoras Galatea y Florisa, ofreciendo de hallarse el venidero día a las bodas de
Daranio, dejaron a los pastores, y todos o los más con el desposado se quedaron, y ellas a sus casas se
fueron. Y aquella mesma noche, solicitado Silerio de su amigo Erastro, y por el deseo que le fatigaba de
volver a su ermita, dio fin al suceso de su historia, como se verá en el siguiente libro.
Fin del segundo libro
Tercero libro de Galatea
El regocijado alboroto que con la ocasión de las bodas de Daranio aquella noche en el aldea había, no fue
pane para que Elicio, Tirsi, Damón y Erastro dejasen de acomodarse en parte donde, sin ser de alguno
estorbados, pudiese seguir Silerio su comenzada historia. El cual, después que todos juntos grato silencio le
prestaron, siguió desta manera:
-«Con las fingidas estancias de Blanca que os he dicho que a Timbrio dije, quedó él satisfecho de que mi
pena procedía, no de amores de Nísida, sino de su hermana. Y, con este seguro, pidiéndome perdón de la
falsa imaginación que de mí había tenido, me tornó a encargar su remedio. Y así, yo, olvidado del mío, no
me descuidé un punto de to que al suyo tocaba. Algunos días se pasaron, en los cuales la fortuna no me
mostró tan abierta ocasión como yo quisiera para descubrir a Nísida la verdad de mis pensamientos, aunque
ella siempre me pre guntaba cómo a mi amigo en sus amores le iba, y si su dama tenía ya alguna noticia
dellos. A lo que yo le dije que todavía el temor de ofenderla no me dejaba aventurar a decirle cosa alguna.
De lo cual Nísida se enojaba mucho, y me llamaba cobarde y de poca discreción, añadiendo a esto que,
pues yo me acobardaba, o que Timbrio no sentía el dolor que yo dél publicaba, o que yo no era tan
verdadero amigo suyo como decía. Todo esto fue parte para que me determinase y en la primera ocasión
me descubriese, como lo hice un día que sola estaba, la cual escuchó con estraño silencio todo lo que
decirle quise; y yo, como mejor pude, le encarecí el valor de Timbrio, el verdadero amor que le tenía, el
cual era de suerte que me había movido a mí a tomar tan abatido ejercicio como era el de truhán, sólo por
tener lugar de decirle lo que le decía, añadiendo a éstas otras razones que a Nísida le debió parecer que lo
eran. Mas no quiso mostrar entonces por palabras lo que despu és con obras no pudo tener cubierto; antes,
con gravedad y honestidad estraña, reprehendió mi atrevimiento, acusó mi osadía, afeó mis palabras y
desmayó mi confianza; pero no de manera que me desterrase de su presencia, que era to que yo más temía.
Sólo concluyó con decirme que de allí adelante tuviese más cuenta con lo que a su honestidad era obligado,
y procurase que el artificio de mi mentido hábito no se descubriese. Conclusión fue esta que cerró y acabó
la tragedia de mi vida, pues por ella entendí que Nísida daría oídos a las quejas de Timbrio.
»¿En qué pecho pudo caber ni puede el estremo de dolor que entonces en el mío se encerraba, pues el fin
de su mayor deseo era el remate y fin de su contento? Alegrábame el buen principio que al remedio de
Timbrio había dado, y esta alegría en mi pesar redundaba, por parecerme, como era la verdad, que en
viendo a Nísida en poder ajeno el proprio mío se acababa. ¡Oh fuerza poderosa de verdadera amistad, a
cuánto te estiendes y a cuánto me obligaste, pues yo mismo, forzado de tu obligación, afilé con mi industria
el cuchillo que había de degollar mis esperanzas, las cuales, muriendo en mi alma, vivieron y resucitaron en
la de Timbrio cuando de mí supo todo lo que con Nísida pasado había! Pero ella andaba tan recatada con él
y conmigo, que nunca de todo punto dio a entender que de la solicitud mía y amor de Timbrio se
contentaba, ni menos se desdeñó de suerte que sus sinsabores y desvíos hiciesen a los dos abandonar la
empresa, hasta que, habiendo llegado a noticia de Timbrio cómo su enemigo Pransiles -aquel caballero a
quien él había agraviado en Jerez-, deseoso de satisfacer su honra, le enviaba a desafiar, señalándole campo
franco y seguro en una tierra del estado del duque de Gravina, dándole término de seis meses, desde
entonces hasta el día de la batalla. El cuidado deste aviso no fue parte para que se descuidase de lo que a
sus amores convenía; antes, con nueva solicitud mía y servicios suyos, vino a estar Nísida de manera que
no se mostraba esquiva aunque la mirase Timbrio y en casa de sus padres visitase, guardando en todo tan
honesto decoro, cuanto a su valor era obligada. Acercándose ya el término del desafío, y viendo Timbrio
serle inescusable aquella jornada, determinó de partirse, y, antes que lo hiciese, escribió a Nísida una carta
tal, que acabó con ella en un punto to que yo en muchos meses atrás y en muchas palabras no había
comenzado. Tengo la carta en la memoria, y, por hacer al caso de mi cuento, no os dejaré de decir que así
decía:
TIMBRIO A NÍSIDA
Salud te envía aquél que no la tiene,
Nísida, ni la espera en tiempo alguno
si por tus manos mismas no le viene.
El nombre aborrescible de importuno
temo me adquirirán estos renglones,
escriptos con mi sangre de uno en uno.
Mas, la furia cruel de mis pasiones
de tal modo me turba, que no puedo
huir las amorosas sinrazones.
Entre un ardiénte osar y un frío miedo,
arrimado a mi fe y al valor tuyo,
mientras ésta rescibes triste quedo,
por ver que en escrebirte me destruyo,
si tienes a donaire lo que digo
y entregas al desdén lo que no es suyo.
El cielo verdadero me es testigo
si no te adoro desde el mesmo punto
que vi ese rostro hermoso y mi enemigo.
El verte y adorarte llegó junto;
porque, ¿quién fuera aquél que no adora ra
de un ángel bello el sin igual trasumpto?
Mi alma tu belleza, al mundo rara,
vio tan curiosamente que no quiso
en el rostro parar la vista clara.
Allá en el alma tuya un paraíso
fue descubriendo de bellezas tantas,
que dan de nueva gloria cierto aviso.
Con estas ricas alas te levantas
hasta llegar al cielo, y en la tierra
al sabio admiras y al que es simple espantas.
Dichosa el alma que tal bien encierra,
y no menos dichoso el que por ella
la suya rinde a la amorosa guerra.
En deuda soy a mi fatal estrella,
que me quiso rendir a quien encubre
en tan hermoso cuerpo alma tan bella.
Tu condición, señora, me descubre
el desengaño de mi pensamiento,
y de temor a mi esperanza cubre.
Pero, en fe de mi justo honroso intento,
hago buen rostro a la desconfianza,
y cobro al postrer punto nuevo aliento.
Dicen que no hay amor sin esperanza;
pienso que es opinión, que yo no espero,
y del amor la fuerza más me alcanza.
Por sola tu bondad te adoro y quiero,
atraído también de tu belleza ,
que fue la red que amor tendió primero
para atraer con rara subtileza
al alma descuidada libre mía
al amoroso ñudo y su estrecheza.
Sustenta amor su mando y tiranía
con cualquiera belleza en algún pecho;
pero no en la curiosa fantasía,
que mira, no de amor el lazo estrecho
que tiende en los cabellos de oro fino,
dejando al que los mira satisfecho,
ni en el pecho, a quien llama alabastrino
quien del pecho no pasa más adentro,
ni en el marfil del cuello peregrino,
sino del alma el escondido centro
mira, y contempla mil bellezas puras
que le acuden y salen al encuentro.
Mortales y caducas hermosuras
no satisfacen a la inmortal alma,
si de la luz perfecta no anda a escuras.
Tu sin igual virtud lleva la palma
y los despojos de mis pensamientos,
y a los torpes sentidos tiene en calma.
Y en esta subjeción están contentos,
porque miden su dura amarga pena
con el valor de tus merescimientos.
Aro en el mar y siembró en el arena
cuando la fuerza estraña del deseó
a más que a contemplarte me condemna.
Tu alteza entiendo, mi bajezá veo,
y, en estremos que son tan diferentes,
ni hay medio que esperar ni le poseo.
Ofrécense por esto inconvinientes
tantos a mi remedio, cuantas tiene
el cielo estrellas y la tierra gentes.
Conozco to que al alma le conviene,
sé lo mejor, y a lo peor me atengo,
llevado del amor que me entretiene.
Mas ya, Nísida bella, al paso vengo,
de mí con mortal ansia deseado,
do acabaré la pena que sostengo.
El enemigo brazo levantado
me espera, y la feroz aguda espada,
contra mí con tu saña conjurado.
Presto será tu voluntad vengada
del vano atrevimiento desta mía,
de ti sin causa alguna desechada.
Otro más duro trance, otra agonía,
aunque fuera mayor que de la muerte
no turbara mi triste fantasía,
si cupiera en mi corta amarga suerte
verte de mis deseos satisfecha,
así como al contrario puedo verte.
La senda de mi bien hállola estrecha;
la de mi mal, tan ancha y espaciosa,
cual de mi desventura ha sido hecha.
Por ésta corre airada y presurosa
la muerte, en tu desdén fortalecida,
de triunfar de mi vida deseosa.
Por aquélla mi bien va de vencida,
de tu rigor, señora, perseguido,
qu'es el que ha de acabar mi corta vida.
A términos tan tristes conducido
me tiene mi ventura, que ya temo
al enemigo airado y ofendido,
sólo por ver qu'el fuego en que me quemo
es yelo en ese pecho, y esto es parte
para que yo acobarde al paso estremo;
que si tú no te muestras de mi parte,
¿a quién no temerá mi flaca mano,
aunque más le acompañe esfuerzó y arte?
Pero si me ayudaras, ¿qué romano
o griego capitán me contrastara,
que al fin su intento no saliera vano?
Por el mayor peligro me arrojara,
y de las fieras manos de la muerte
los despojos seguro arrebatara.
Tú sola puedes levántar mi suerte
sobre la humana pompa, o derribarla
al centro do no hay bien con que se acierte;
que, si como ha podido sublimarla
el puro amor, quisiera la fortuna
en la difícil cumbre sustentarla,
subida sobre el cielo de la luna
se viera mi esperanza, que ahora yace
en lugar do no espera en cosa alguna.
Tal estoy ya, que ya me satisface
el mal que tu desdén airado, esquivo,
por tan estraños términos me hace,
sólo por ver que en tu memoria vivo,
y que te acuerdas, Nísida, siquiera
de hacerme mal, que yo por bien rescibo.
Con más facilidad contar pudiera
del mar los granos de la blanca arena,
y las estrellas de la octava esfera,
que no las ansias, el dolor, la pena
a qu'el fiero rigor de tu aspereza,
sin haberte ofendido, me condemna.
No midas tu valor con mi bajeza,
que al respecto de tu ser famoso,
por tier[r]a quedará cualquiera alteza.
Así cual soy te amo, y decir oso
que me adelanto en firme enamorado
al más subido término amoroso.
Por esto no merezco ser tratado
como enemigo; antes, me parece
que debría de ser remunerado.
Mal con tanta beldad se compadece
tamaña crueldad, y mal asienta
ingratitud do tal valor floresce.
Quisiérate pedir, Nísida, cuenta
de un alma que te di: ¿dónde la echaste,
o cómo, estando ausente, me sustenta?
Ser señora de un alma no aceptaste;
pues, ¿qué te puede dar quien más te quiera?
¡Cuán bien tu presumpción aquí mostra[s]te!
Sin alma estoy desde la vez primera
que te vi, por mi mal y por bien mío,
que todo fuera mal si no te viera.
Allí el freno te di de mi albedrío,
tú me gobiernas, por ti sola vivo,
y aun puede mucho más tu poderío.
En el fuego de amor puro me avivo
y me deshago, pues, cual fénix, luego
de la muerte de amor vida rescibo.
En fe desta mi fe, te pido y ruego
sólo que creas, Nísida, que es cierto
que vivo ardiendo en amoroso fuego,
y que tú puedes ya, después de muerto,
reducirme a la vida, y en un punto
del mar airado conducirme al puerto;
que está para conmigo en ti tan junto
el querer y el poder, que es todo uno,
sin discrepar y sin faltar un punto;
y acabo, por no ser más importuno.
»No sé si las razones desta carta, o las muchas que yo antes a Nísida había dicho, asegurándole el
verdadero amor que Timbrio la tenía, o los continuos servicios de Timbrio, o los cielos, que así lo tenían
ordenado, movieron las entrañas de Nísida para que, en el punto que la acabó de leer, me llamase y con
lágrimas en los ojos me dijese: "¡Ay, Silerio, Silerio, y cómo creo que a costa de la salud mía has querido
granjear la de tu amigo! Hagan los hados, que a este punto me han traído, con las obras de Timbrio
verdaderas tus palabras. Y si las unas y las otras me han engañado, tome de mi ofensa venganza el cielo, al
cual pongo por testigo de la fuerza que el deseo me hace, para que no le tenga más encubierto. Mas ¡ay,
cuán liviano descargo es éste para tan pesada culpa, pues debiera yo primero morir callando porque mi
honra viviera, que, con decir to que agora quiero decirte, enterrarla a ella y acabar mi vida!" Confuso me
tenían estas palabras de Nísida, y más el sobresalto con que las decía; y, queriendo con las mías animarla a
que sin temor alguno se declarase, no fue menester importunarla mucho, que al fin me dijo que no sólo
amaba, pero que adoraba a Timbrio, y que aquella voluntad tuviera ella cubierta siempre, si la forzosa
ocasión de la partida de Timbrio no la forzara a descubrirla.
»Cuál yo quedé, pastores, oyendo lo que Nísida decía y la voluntad amorosa que tener a Timbrio mostraba,
no es posible encarecerlo, y aun es bien que carezca de encarecimiento dolor que a tanto se estiende; no
porque me pesase de ver a Timbrio querido, sino de verme a mí imposibilitado de tener jamás contento,
pues estaba y está claro que ni podía, ni puedo vivir sin Nísida, a la cual, como otras veces he dicho,
viéndola en ajenas manos puesta, era enajenarme yo de todo gusto. Y si alguno la suerte en este trance me
concedía, era considerar el bien de mi amigo Timbrio, y esto fue parte para que no llegase a un mesmo
punto mi muerte. Y la declaración de la voluntad de Nísida escuchéla como pude, y aseguréla como supe
de la entereza del pecho de Timbrio, a lo cual ella me respondió que ya no había necesidad de asegurarle
aquello, porque estaba de manera que no podía, ni le convenía, dejar de creerme, y que sólo me rogaba, si
fuese posible, procurase de persuadir a Timbrio buscase algún medio honroso para no venir a batalla con su
enemigo; y, respondiéndole yo ser esto imposible sin quedar deshonrado, se sosegó, y, quitándose del cuello
unas preciosas reliquias, me las dio para que a Timbrio de su parte las diese. Quedó ansimesmo
concertado entre los dos que ella sabía que sus padres habían de it a ver el combate de Timbrio, y que
llevarían a ella y a su hermana consigo; mas, porque no le bastaría el ánimo de estar presente al riguroso
trance de Timbrio, que ella fin giría estar mal dispuesta, con la cual ocasión se quedaría en una casa de
placer donde sus padres habían de posar, que media legua estaba de la villa donde se había de hacer el
combate; y que allí esperaría. su buena o mala suerte, según la tuviese Timbrio. Mandóme también que,
para acortar el deseo que tendría de saber el suceso de Timbrio, que llevase yo conmigo una toca blanca
que ella me dio, y que si Timbrio venciese, me la atase al brazo y volviese a darle las nuevas; y si fuese
vencido, que no la atase, y así ella sabría por la señal de la toca desde lejos el principio de su contento o el
fin de su vida.
»Prometíle de hacer todo lo que me mandaba, y, tomando las reliquias y la toca, me despedí della, con la
mayor tristeza y el mayor contento que jamás tuve: mi poca ventura causaba la tristeza, y la mucha de
Timbrio el alegría. Él supo de mí lo que de parte de Nísida le lle vaba, y quedó con ello tan lozano, contento
y orgulloso, que el peligro de la batalla que esperaba por ninguno le tenía, pareciéndole que en ser
favorescido de su señora, aun la mesma muerte contrastar no le podría. Paso agora en silencio los
encarecimientos que Timbrio hizo para mostrarse agradecido a lo que a mi solicitud debía, porque fueron
tales, que mostraba estar fuera de seso tratando en ello.
»Esforzado, pues, y animado con esta buena nueva, comenzó a aparejar su partida, llevando por padrinos
un principal caballero español y otro napolitano. Y a la fama deste particular duelo, se movió a verlo
infinita gente del reino, y yendo también allá los padres de Nísida, llevando con ellos a ella y a su hermana
Blanca. Y, como a Timbrio tocaba escoger las armas, quiso mostrar que no en la ventaja dellas, sino en la
razón que tenía fundaba su derecho; y así, las que escogió fueron espada y daga, sin otra arma defensiva
alguna. Pocos días faltaban al término señalado, cuando de la ciudad de Nápoles se partieron, con otros
muchos caballeros, Nísida y sus padres, habiendo llegado primero ella, acordá[n]dome muchas veces que
no se olvidase nuestro concierto. Pero mi can sada memoria, que jamás sirvió sino de acordarme solas las
cosas de mi desgusto, por no mudar su condición, se olvidó tanto de to que Nísida me había dicho, cuanto
vio que convenía para quitarme la vida, o, a lo menos, para ponerme en el miserable estado en que agora
me veo.»
Con grande atención estaban los pastores escuchando to que Silerio contaba, cuando interrompió el hilo
de su cuento la voz de un lastimado pastor que entre unos árboles cantando estaba, y no tan lejos de las
ventanas de la estancia donde ellos estaban que dejase de oírse todo to que decía. La voz era de suerte que
puso silencio a Silerio, el cual en ninguna manera quiso pasar adelante, antes rogó a los demás pastores que
la escuchasen, pues, "para lo poco que de mi cuento quedaba, tiempo habría de acabarlo". Hiciéraseles de
mal esto a Tirsi y Damón, si no les dijera Elicio:
-Poco se perderá, pastores, en escuchar al desdichado Mireno -que, sin duda, es el pastor que canta-, y a
quien ha traído la fortuna a términos que imagino que no espera él ninguno en su contento.
-¿Cómo le ha de esperar -dijo Erastro -, si mañana se desposa Daranio con la pastora Silveria, con quien
él pensaba casarse? Pero en fin, han podido más con los padres de Silveria las riquezas de Daranio que las
habilidades de Mireno.
-Verdad dices -replicó Elicio-, pero con Silveria más había de poder la voluntad que de Mireno tenía
conocida que otro tesoro alguno; cuanto más, que no es Mireno tan pobre que, aunque Silveria se casara
con él, fuera su necesidad notada.
Por estas razones que Elicio y Erastro dijeron, creció el deseo en los pastores de escuchar to que Mireno
cantaba. Y así, rogó Silerio que más no se hablase, y todos con atento oído se pararon a escucharle, el cual,
afligido de la ingratitud de Silveria, viendo que otro día con Daranio se desposaba, con la rabia y dolor que
le causaba este hecho, se había salido de su casa, acomp añado de solo su rabel; y, convidándole la soledad
y silencio de un pequeño pradecillo que junto a las paredes de la aldea estaba, y confiado que en tan
sosegada noche ninguno le escucharía, se sentó al pie de un árbol, y, templando su rabel, desta manera
cantando estaba:
MIRENO
Cielo sereno, que con tantos ojos
los dulces amorosos hurtos miras,
y con to curso alegras o entristeces
a aquel que en tu silencio sus enojos
a quien los causa dice, o al que retiras
de gusto tal y espacio no le ofreces:
si acaso no careces
de tu benignidad para conmigo,
pues ya con sólo hablar me satisfago,
y sabes cuanto hago,
no es mucho que ahora escuches lo que digo,
que mi voz lastimera
saldrá con la doliente ánima fuera.
Ya mi cansada voz, ya mis lamentos
bien poco ofenderán al aire vano,
pues a término tal soy reducido,
que ofrece amor a los airados vientos
mis esperanzas, y en ajena mano
ha puesto el bien que tuve merescido.
Será el fruto cogido
que sembró mi amoroso pensamiento
y regaron mis lágrimas cansadas,
por las afortunadas
manos a quien faltó merescimiento
y sobró la ventura,
que allana lo difícil y asegura.
Pues el que vee su gloria convertida
en tan amarga dolorosa pena,
y tomando su bien cualquier camino,
¿por qué no acaba la enojosa vida?
¿Por qué no rompe la vital cadena
contra todas las fuerzas del destino?
Poco a poco camino
al dulce trance de la amarga muerte,
y así, atrevido aunque cansado brazo,
sufrid el embarazo
del vivir, pues ensalza nuestra suerte
saber que a amor le place
qu'el dolor haga lo qu'el hierro hace.
Cierta mi muerte está, pues no es posible
que viva aquél que tiene la esperanza
tan muerta y tan ajeno está de gloria;
pero temo que amor haga imposible
mi muerte, y que una falsa confianza
dé vida, a mi pesar, a la memoria.
Mas, ¿qué?, si por la historia
de mis pasados bienes la poseo,
y miro bien que todos son pasados,
y los graves cuidados
que triste agora en su lugar poseo,
ella será más parte
para que della y del vivir me aparte.
¡Ay, bien único y solo al alma mía,
sol que mi tempestad aserenaste,
término del valor que se desea!
¿Será posible que se llega el día
donde he de conocer que me olvidaste,
y que permita amor que yo le vea?
Primero que esto sea,
primero que tu blanco hermoso cuello
esté de ajenos brazos rodeado,
primero que el dorado
-oro es mejor decir- de tu cabello
a Daranio enriquezca,
con fenecer mi vida el mal fenezca.
Nadie por fe te tuvo merescida
mejor que yo; mas veo que es fe muerta
la que con obras no se manifiesta.
Si se estimara el entregar la vida
al dolor cierto y a la gloria incierta,
pudiera yo esperar alegre fiesta;
mas no se admite en esta
cruda ley que amor usa el buen deseo,
pues es proverbio antiguo entre amadores,
que son obras amo res;
y yo, que por mi mal sólo poseo
la voluntad de hacellas,
¿qué no m'ha de faltar faltando en ellas?
En ti pensaba yo que se rompiera
esta ley del avaro amor usada,
pastora, y que los ojos levantaras
a una alma de la tuya prisionera,
y a tu proprio querer tan ajustada,
que si la conoscieras, la estimaras.
Pensé que no trocaras
una fe que dio muestras de tan buena
por una que quilata sus deseos
con los vanos arreos
de la riqueza, de cuidados llena:
entregástete al oro,
por entregarme a mí contino al lloro.
Abatida pobreza, causadora
deste dolor que me atormenta el alma,
aquel te loa que jamás te mira.
Turbóse en ver tu rostro mi pastora,
a su amor tu aspereza puso en calma;
y así, por no encontrarte, el pie retira.
Mal contigo se aspira
a conseguir intentos amorosos:
tú derribas las altas esperanzas,
y siembras mil mudanzas
en mujeriles pechos codiciosos;
tú jamás perfecionas
con amor el valor de las personas.
Sol es el oro cuyos rayos ciegan
la vista más aguda, si se ceba
en la vana apariencia del provecho.
A liberales manos no se niegan
las que gustan de hacer notoria prueba
de un blando, codicioso, hermoso pecho.
Oro tuerce el derecho
de la limpia intención y fe sincera,
y más que la firmeza de un amante,
acaba un diamante,
pues su dureza vuelve un pecho cera,
por más duro que sea,
pues se le da con él lo que desea.
De ti me pesa, dulce mi enemiga,
que tantas tuyas puras perfectiones
con una avara muestra has afeado.
Tanto del oro te mostraste amiga,
que echaste a las espaldas mis pasiones
y al olvido entregaste mi cuidado.
En fin, ¡que te has casado!
¡Casado te has, pastora! El cielo haga
tan buena tu electión como querrías,
y de las penas mías
injustas no rescibas justa paga;
mas, ¡ay!, que el cielo amigo
da premio a la virtud, y al mal, castigo.
Aquí dio fin a su canto el lastimado Mireno, con muestras de tanto dolor, que le causó a todos los que escuchándole
estaban, principalmente a los que le conocían y sabían sus virtudes, gallarda dispus ición y
honroso trato. Y, después de haber dicho entre los pastores algunos discursos sobre la estraña condición de
las mujeres, en especial sobre el casamiento de Silveria, que, olvidada del amor y bondad de Mireno, a las
riquezas de Daranio se había ent regado, deseosos de que Silerio diese fin a su cuento, puesto silencio a
todo, sin ser menester pedírselo, él comenzó a seguir diciendo:
-«Llegado, pues, el día del riguroso trance, habiéndose quedado Nísida media legua antes de la villa en
unos jardines, como conmigo había concertado, con escusa que dio a sus padres de no hallarse bien
dispuesta, al partirme della me encargó la brevedad de mi tomada con la señal de la toca, porque, en traerla
o no, ella entendiese el bueno o el mal suceso de Timbrio. Tornéselo yo a prometer, agraviándome de que
tanto me lo encargase; y con esto me despedí della y de su hermana, que con ella se quedaba. Y, llegado al
puesto del combate, y llegada la hora de comenzarle, después de haber hecho los padrinos de entrambos las
ceremonias y amonestaciones que en tal caso se requieren, puestos los dos caballeros en el estacado, al
temeroso son de una ronca trompeta, se acometieron con tanta destreza y arte que causaba admi racion en
quien los miraba. Pero el amor, o la razón -que es lo más cierto-, que a Timbrio favorescía, le dio tal es -
fuerzo que, aunque a costa de algunas heridas, en poco espacio puso a su contrario de suerte que, tiniéndole
a sus pies herido y desangrado, le importunaba que si quería salvar la vida, se rindiese. Pero el desdichado
Pransiles le persuadía que le acabase de matar, pues le era más fácil a él, y de menos daño, pasar por mil
muertes que rendirse una. Mas el generoso ánimo de Timbrio es de manera que, ni quiso matar a su
enemigo, ni menos que se confesase por rendido; sólo se contentó con que dije se y conociese que era tan
bueno Timbrio como él, lo cual Pransiles confesó de buena gana, pues hacía en esto tan poco, que, sin verse
en aquel término, pudiera muy bien decirlo.
»Todos los circunstantes, que entendieron lo que Timbrio con su enemigo había pasado, lo alabaron y es -
timaron en mucho. Y, apenas hube yo visto el feliz suceso de mi amigo, cuando, con alegría increíble y
presta ligereza, volví a dar las nuevas a Nísida. Pero, ¡ay de mí!, que el descuido de entonces me ha puesto
en el cuidado de agora. ¡Oh memoria, memoria mía! ¿Por qué no la tuviste para lo que tanto me importaba?
Mas creo que estaba ordenado en mi ventura que el principio de aquella alegría fuese el remate y fin de
todos mis contentos. Yo volví a ver a Nísida con la presteza que he dicho, pero volví sin ponerme la blanca
toca al brazo. Nísida, que con crecido deseo estaba esperando y mirando desde unos altos corredores mi
tornada, viéndome volver sin la toca, entendió que algún siniestro revés a Timbrio había sucedido, y
creyólo y sintiólo de manera que, sin ser parte otra cosa, faltándole todos los espíritus, cayó en el suelo con
tan estraño desmayo que todos por muerta la tuvieron. Cuando ya yo llegué, hallé a toda la gente de su casa
alborotada, y a su hermana haciendo mil estremos de dolor sobre el cuerpo de la triste Nísida. Cuando yo la
vi en tal estado, creyendo firmemente que era muerta y viendo que la fuerza del dolor me iba sacando de
sentido, temeroso que, estando fuera dél, no diese o descubriese algunas muestras de mis pensamientos, me
salí de la casa, y poco a poco volvía a dar las desdichadas nuevas al desdichado Timbrio. Pero, como me
hubiesen privado las ansias de mi fatiga las fuerzas de cuerpo y alma, no fueron tan ligeros mis pasos que
no lo hubiesen sido más otros que la triste nueva a los padres de Nísida llevasen, certificándoles cierto que
de un agudo paracismo había quedado muerta. Debió de oír esto Timbrio, y debió de quedar cual yo quedé,
si no quedó peor; sólo sé decir que cuando llegué a do pensaba hallarle, era ya algo anochecido, y supe de
uno de sus padrinos que con el otro, y por la posta, se había partido a Nápoles, con muestras de tanto
descontento, como si de la contienda vencido y deshonrado salido hubiera. Luego imaginé yo lo que ser
podía, y púseme luego en camino para seguirle; y, antes que a Nápoles llegase, tuve nuevas ciertas de que
Nísida no era muerta, sino que le había dado un desmayo que le duró veinte y cuatro horas, al cabo de las
cuales había vuelto en sí con muchas lágrimas y sospiros. Con la certidumbre desta nueva me consolé, y
con más contento llegué a Nápoles, pensando hallar allí a Timbrio; pero no fue así, porque el caballero con
quien él había venido me certificó que, en llegando a Nápoles, se partió sin decir cosa alguna, y que no
sabía a qué parte; sólo imaginaba que, según le vio triste y malencólico después de la batalla, que no podía
creer sino que a desesperarse hubiese ido.
» Nuevas fueron estas que me tomaron a mis primeras lágrimas; y aun no contenta mi ventura con esto,
ordenó que, al cabo de pocos días, llegasen a Nápoles los padres de Nísida, sin ella y sin su hermana, las
cuales, según supe y según era pública voz, entrambas a dos se habían ausentado una noche viniendo con
sus padres a Nápoles, sin que se supiese dellas nueva alguna. Tan confuso quedé con esto, que no sabía qué
hacerme ni decirme; y, estando puesto en esta confusión tan estraña, vine a saber, aunque no muy cierto,
que Timbrio, en el puerto de Gaeta, en una gruesa nave que para España iba, se había embarcado. Y,
pensando que podría ser verdad, me vine luego a España, y en Jerez y en todas las partes que ima giné que
podría estar, le he buscado sin hallar dél rastro alguno. Finalmente, he venido a la ciudad de Toledo, donde
están todos los parientes de los padres de Nísida, y lo que he alcanzado a saber es que ellos se vuelven a
Toledo sin haber sabido nuevas de sus hijas. Viéndome, pues, yo ausente de Timbrio, ajeno de Nísida, y
considerando que ya que los hallase, ha de ser para gusto suyo y perdición mía, cansado ya y desengañado
de las cosas deste falso mundo en que vivimos, he acordado de volver el pensantiento a mejor norte, y
gastar lo poco que de vivir me queda en servicio del que estima los deseos y las obras en el punto que
inerescen. Y así, he escogido este hábito que veis y la ermita que habéis visto, adonde en dulce soledad
reprima mis deseos y encamine mis obras a mejor paradero, puesto que, como viene de tan atrás la corrida
de las malas inclinaciones que hasta aquí he tenido, no son tan fáciles de parar que no trascorran algo y
vuelva la memoria a combatirme, representándome las pasadas cosas; y, cuando en estos puntos me veo, al
son de aquella arpa que escogí por compañera en mi soledad, procuro aliviar la pesada carga de mis
cuidados, hasta que el cielo le tenga y se acuerde de llamarme a mejor vida.» Éste es, pastores, el suceso de
mi desventura; y si he sido largo en contárosle, es porque no ha sido ella corta en fatigarme. Lo que os
ruego es me dejéis volver a mi ermita, porque, aunque vuestra compañía me es agra dable, he llegado a
términos que ninguna cosa me da más gusto que la soledad; y de aquí entenderéis la vida que paso y el mal
que sostengo.
Acabó con esto Silerio su cuento, pero no las lágrimas con que muchas veces le había acompañado. Los
pastores le consolaron en ellas lo mejor que pudieron, especialmente Damón y Tirsi, los cuales con muchas
razones le persuadieron a no perder la esperanza de ver a su ami go Timbrio con más contento que él sabría
imaginar, pues no era posible sino que tras tanta fortuna aserenase el cielo, del cual se debía esperar que no
consintiría que la falsa nueva de la muerte de Nísida a noticia de Timbrio con más verdadera relación no
viniese antes que la desesperación le acabase. Y que de Nísida se podía creer y conjecturar que, por ver a
Timbrio ausente, se habría partido en su busca; y que si entonces la Fortuna por tan estraños accidentes los
había apartado, agora por otros no menos estraños sabría juntarlos. Todas estas razones y otras muchas que
le dijeron le consolaron algo, pero no de manera que despertase en él la esperanza de verse en vida más
contenta; ni aun él la procuraba, por parecerle que la que había escogido era la que más le convenía.
Gran parte era ya pasada de la noche, cuando los pastores acordaron de reposar el poco tiempo que hasta
el día quedaba, en el cual se habían de celebrar las bodas de Daranio y Silveria. Mas, apenas había dejado
la Blanca aurora el enfadoso lecho del celoso marido, cuando dejaron los suyos todos los más pastores de la
aldea, y cada cual, como mejor pudo, comenzó por su parte a re gocijar la fiesta: cuál trayendo verdes ramos
para adornar la puerta de los desposados, y cuál con su tamborino y flauta les daba la madrugada; acullá se
oía la regocijada gaita; acá sonaba el acordado rabel; allí, el antiguo salterio; aquí, los cursados albogues;
quién con coloradas cintas adomaba sus castañetas para los esperados bailes; quién pulía y repulía sus
rústicos aderezos para mostrarse galán a los ojos de alguna su querida pastorcilla; de mo do que, por
cualquier parte de la aldea que se fuese, todo sabía a contento, placer y fiesta. Sólo el triste y desdichado
Mireno era aquél a quien todas estas alegrías causaban summa tristeza; el cual, habiéndose salido de la aldea
por no ver hacer sacrificio de su gloria, se subió en una costezuela que junto al aldea estaba, y allí,
sentándose al pie de un antiguo fresno, puesta la mano en la mejilla y la caperuza encajada hasta los ojos,
que en el suelo tenía clavados, comenzó a imaginar el desdichado punto en que se hallaba y cuán sin
poderlo estorbar, ante sus ojos, había de ver coger el fruto de sus deseos. Y esta consideración le tenía de
suerte, que lloraba tan tierna y amargamente, que ninguno en tal trance le viera que con lágrimas no le
acompañara. A esta sazón, Damón y Tirsi, Elicio y Erastro se levantaron, y, asomándose a una ventana que
al campo salía, to primero en quien pusieron los ojos fue en el lastimado Mireno; y, en verle de la suerte
que estaba, conocieron bien el dolor que padecía, y, mo vidos a compasión, determinaron todos de ir a
consolarle, como lo hicieran si Elicio no les rogara que le dejaran ir a él solo, porque imaginaba que por ser
Mireno tan amigo suyo, con él más abiertamente que con otro su dolor comunicaría. Los pastores se lo
concedieron, y, yendo allá Elicio, hallóle tan fuera de sí y tan en su dolor trasportado, que ni le conoció
Mireno, ni le habló pala bra; lo cual visto por Elicio, hizo señal a los demás pastores que viniesen, los
cuales, temiendo algún estraño accidente a Mireno sucedido, pues Elicio con priesa los llamaba, fueron
luego allá, y vieron que estaba Mireno con los ojos tan fijos en el suelo, y tan sin hacer movimiento alguno,
que una estatua semejaba, pues con la llegada de Elicio, ni con la de Tirsi, Damón y Erastro, no volvió de
su estraño embelesamiento, si no fue que, a cabo de un buen espacio de tiempo, casi como entre dientes,
comenzó a decir:
-¿Tú eres Silveria, Silveria? Si tú lo eres, yo no soy Mireno; y si soy Mireno, tú no eres Silveria: porque
no es posible que esté Silveria sin Mireno, o Mireno sin Silveria. Pues, ¿quién soy yo, desdichado? ¿O
quién eres tú, desconocida? Yo bien sé que no soy Mireno, porque tú no has querido ser Silveria; a lo
menos, la Silveria que ser debías y yo pensaba que fueras.
A esta sazón, alzó los ojos, y
, como vio alrededor de sí los cuatro pastores y conoció entre ellos a Elicio,se levantó, y, sin dejar su amargo llanto, le echó los brazos al cuello, diciéndole:
-¡Ay, verdadero amigo mío, y cómo agora no tendrás ocasión de envidiar nù estado, como le envidiabas
cuando de Silveria me veías favorescido; pues si entonces me llamaste venturoso, agora puedes llamarme
desdichado y trocar todos los títulos alegres que en aquel tiempo me dabas, en los de pesar que ahora
puedes darme! Yo sí que te podré llamar dichoso, Elicio, pues te consuela más la esperanza que tienes de
ser querido, que no te fatiga el verdadero temor de ser olvidado.
-Confuso me tienes, ¡oh Mireno! -respondió Elicio-, de ver los estremos que haces por lo que Silveria ha
hecho, sabiendo que tiene padres a quien ha sido justo haver obedecido.
-Si ella tuviera amor -replicó Mireno-, poco inconviniente era la obligación de los padres para dejar de
cumplir con lo que al amor debía; de do vengo a considerar, ¡oh Elicio!, que si me quiso bien, hizo mal en
casarse, y si fue fingido el amor que me mostraba, hizo peor en engañarme; y ofréceme el desengaño a
tiempo que no puede aprovecharme si no es con dejar en sus manos la vida.
-No está en términos la tuya, Mireno -replicó Elicio-, que tengas por remedio el acabarla, pues podría ser
que la mudanza de Silveria no estuviese en la voluntad, sino en la fuerza de la obediencia de sus padres; y
si tú la quisiste limpia y honestamente doncella, también la puedes querer agora casada, correspondiendo
ella ahora como entonces a tus buenos y honestos deseos.
-Mal conoces a Silveria, Elicio -respondió Mireno-, pues imaginas della que ha de hacer cosa de que
pueda ser notada.
-Esta mesma razón que has dicho te condemna -respondió Elicio-, pues si tú, Mireno, sabes de Silveria
que no hará cosa que mal le esté, en la que ha hecho no debe de haber errado.
-Si no ha errado -respondió Mireno-, ha acertado a quitarme todo el buen suceso que de mis buenos
pensamientos esperaba, y sólo en esto la culpo: que nunca me advirtió deste daño; antes, temiéndome dél,
con firme ju ramento que me aseguraba que eran imaginaciones mías, y que nunca a la suya había llegado
pensar con Daranio casarse, ni se casaría, si conmigo no, con él ni con otro alguno, aunque aventurara en
ello quedar en perpetua desgracia con sus padres y parientes; y, debajo deste siguro y prometimiento, faltar
y romper la fe agora de la manera que has visto, ¿qué razón hay que tal consienta, o qué corazón que tal
sufra?
Aquí tomó Mireno a renovar su llanto, y aquí de nuevo le tuvieron lástima los pastores. A este instante,
llega ron dos zagales adonde ellos estaban, que el uno era pariente de Mireno y el otro criado de Daranio,
que a llamar a Elicio, Tirsi, Damón y Erastro venía, porque las fiestas de su desposorio querían
comenzarse. Pesábales a los pastores de dejar solo a Mireno, pero aquel pastor su pariente se ofreció a
quedar con él. Y aun Mireno dijo a Elicio que se quería ausentar de aquella tierra, por no ver cada día a los
ojos la causa de su desventura. Elicio le loó su determinación, y le encargó que, doquiera que estuviese, le
avisase de cómo le iba. Mireno se lo prometió, y, sacando del seno un papel, le rogó que, en hallando
comodidad, se le diese a Silveria; y con esto se despidió de todos los pastores, no sin muestras de mucho
dolor y tristeza. El cual no se hubo bien apartado de su presencia, cuando Elicio, deseoso de saber lo que en
el papel venía, viendo que, pues estaba abierto, importaba poco leerle, le descogió, y, convidando a los
otros pastores a escucharle, vio que en él venían escriptos estos versos:
MIRENO A SILVERIA
El pastor que te ha entregado
lo más de cuanto tenía,
pastora, agora te envía
lo menos que le'ha quedado;
que es este pobre papel,
adonde claro verás
la fe que en ti no hallarás
y el dolor que queda en él.
Pero poco al caso hace
darte desto cuenta estrecha,
si mi fe no me aprovecha
y mi mal te satisface.
No pienses que es mi intención
quejarme porque me dejas,
que llegan tarde las quejas
de mi temprana pasión.
Tiempo fue ya que escucharas
el cuento de mis enojos,
y aun, si lloraran mis ojos,
las lágrimas enjugaras.
Entonces era Mireno
el que era de ti mirado;
mas ¡ay, cómo te has trocado,
tiempo bueno, tiempo bueno!
Si durara aquel engaño,
templárase mi desgusto,
pues más vale un falso gusto,
que un notorio y cierto daño.
Pero tú, por quien se ordena
mi terrible mala andanza,
has hecho con tu mudanza
falso el bien, cierta la pena.
Tus palabras lisonjeras
y mis crédulos oídos,
me han dado bienes fingidos
y males que son de veras.
Los bienes, con su aparencia,
crescieron mi sanidad;
los males, con su verdad,
han doblado mi dolencia.
Por esto juzgo y discierno,
por cosa cierta y notoria,
que tiene el amor su gloria
a las puertas del infierno,
y que un desdén acarrea
y un olvido en un momento
desde la gloria al tormento
al que en amar no se emplea.
Con tanta presteza has hecho
este mudamiento estraño,
que estoy ya dentro del daño
y no salgo del provecho:
porque imagino que ayer
era cuando me querías,
o a lo menos lo fingías,
que es lo que se ha de creer;
y el agradable sonido
de tus palabras sabrosas
y razones amorosas
aún me suena en el oído.
Estas memorias süaves
al fin me dan más tormento,
pues tus palabras el viento
llevó, y las obras, quien sabes.
¿Eras tú la que jurabas
que se acabasen tus días
si a Mireno no querías
sobre todo cuanto amabas?
¿Eres tú, Silveria, quien
hizo de mí tal caudal,
que siendo todo tu mal,
me tenías por tu bien?
¡Oh, qué títulos te diera
de ingrata, como mereces,
si como tú me aborreces,
también yo te aborreciera!
Mas no puedo aprovecharme
del medio de aborrecerte,
que estimo más el quererte
que tú has hecho el olvidarme.
Triste gemido a mi canto
ha dado tu mano fiera;
invierno a mi primavera,
y a mi risa amargo llanto.
Mi gasajo ha vuelto en luto,
y de mis blandos amores
cambio en abrojos las flores
y en veneno el dulce fruto.
Y aun dirás -y esto me daña-
que es el haberte casado
y el haberme así olvidado
una honesta honrosa hazaña.
¡Disculpa fuera admitida,
si no te fuera notorio
que estaba en tu desposorio
el fin de mi triste vida!
Mas, en fin, tu gusto fue
gusto; pero no fue justo,
pues con premio tan injusto
pagó mi inviolable fe;
la cual, por ver que se ofrece
de mostrar la fe que alcanza,
ni la muda tu mudanza,
ni mi mal la desfallece.
Quien esto vendrá a entender
cierto estoy que no se asombre,
viendo al fin que yo soy hombre,
y tú, Silveria, mujer,
adonde la ligereza
hace de contino asiento,
y adonde en mí el sufrimiento
es otra naturaleza.
Ya te contemplo casada,
y de serio arrepentida,
porque ya es cosa sabida
que no estarás firme en nada.
Procura alegre llevallo
el yugo que echaste al cuello,
que podrás aborrecello
y no podrás desechallo.
Mas eres tan inhumana
y de tan mudable ser,
que lo que quisiste ayer
has de aborrecer mañana.
Y así, por estraña cosa,
dirá aquél que de ti hable:
"Hermosa, pero mudable;
mudable, pero hermosa".
No parecieron mal los versos de Mireno a los pastores, sino la ocasión a que se habían hecho,
considerando con cuánta presteza la mudanza de Silveria le había traído a punto de desamparar la amada
patria y queridos amigos, temeroso cada uno que en el suceso de sus pretensiones lo mesmo le sucediese.
Entrados, pues, en el aldea y llegados adonde Daranio y Silveria estaban, la fiesta se comenzó tan alegre y
regocijadamente, cuanto en las riberas de Tajo en muchos tiempos se había visto; que, por ser Daranio uno
de los más ricos pastores de toda aquella comarca, y Silveria de las más hermosas pastoras de toda la ribera,
acudieron a sus bodas toda o la más pastoría de aquellos contornos. Y así, se hizo una célebre junta de
discretos pastores y hermosas pastoras, y entre los que a los demás en muchas y diversas habilidades se
aventajaron, fueron el triste Orompo, el celoso Orfenio, el ausente Crisio y el desamado Masilio, mancebos
todos y todos enamorados, aunque de diferentes pasiones oprimidos; porque al triste Orompo fatigaba la
temprana muerte de su querida Listea; y al celoso Orfenio, la insufrible rabia de los celos, siendo
enamorado de la hermosa pastora Eandra; al ausente Crisio, el verse apartado de Claraura, bella y discreta
pastora, a quien él por único bien suyo tenía; y al desesperado Marsilio, el desamor que para con él en el
pecho de Belisa se encerraba. Eran todos amigos y de una mesma aldea, y la pasión del uno el otro no la
ignoraba; antes, en dolorosa competencia, muchas veces se habían juntado a encarecer cada cual la causa
de su tormento, procurando cada uno mostrar, como mejor podía, que su dolor a cualquier otro se aventajaba,
teniendo por summa gloria ser en la pena mejorado; y tenían todos tal ingenio, o por mejor decir, tal
dolor padecían, que comoquiera que le significasen, mostraban ser el mayor que imaginar se podía. Por
estas disputas y competencias eran famosos y conocidos en todas las riberas de Tajo, y habían puesto deseo
a Tirsi y a Damón de conocerlos; y, viéndolos allí juntos, unos a otros se hicieron corteses y agradables
rescibimientos; principalmente, todos con admiración miraban a los dos pastores Tirsi y Damón, hasta allí
dellos solamente por fama conocidos.
A esta sazón, salió el rico pastor Daranio a la serrana vestido: traía camisa alta de cuello plegado, almilla
de frisa, sayo verde escotado, zaragüelles de delgado lienzo, antiparas azules, zapato redondo, cinto
tachonado, y de la color del sayo una cuarteada caperuza. No menos salió bien aderezada su esposa
Silveria, porque venía con saya y cuerpos leonados guamecidos de raso blanco, camisa de pechos labrada
de azul y verde, gorguera de hilo ama rillo sembrado de argentería (invención de Galatea y Florisa, que la
vistieron), garbín turquesado con fluecos de encarnada seda, alcorque dorado, zapatillas justas, corales ricos
y sortija de oro; y, sobre todo, su belleza, que más que todo la adornaba. Salió luego tras ella la sin par
Galatea, como sol tras el aurora, y su amiga Florisa, con otras muchas y hermosas pastoras que, por honrar
las bodas, a ellas habían venido, entre las cuales también iba Teolinda, con cuidado de hurtar el rostro a los
ojos de Damón y Tirsi, por no ser de ellos conocida. Y luego las pastoras, siguiendo a los pastores que
guiaban, al son de muchos pastoriles instrumentos, hacia el templo se encaminaron, en el cual espacio le
tuvieron Elicio y Erastro de cebar los ojos en el hermoso rostro de Galatea, deseando que durara aquel
camino más que la larga pere grinación de Ulises. Y, con el contento de verla, iba tan fuera de sí Erastro que
hablando con Elicio le dijo:
-¿Qué miras, pastor, si a Galatea no miras? Pero, ¿cómo podrás mirar el sol de sus cabellos, el cielo de su
frente, las estrellas de sus ojos, la nieve de su rostro, la grana de sus mejillas, el color de sus labios, el
marfil de sus dientes, el cristal de su cuello, el mármol de su pecho?
-Todo eso he podido ver, ¡oh Erastro! -respondió Elicio -, y ninguna cosa de cuantas has dicho es causa
de mi tormento, si no es la aspereza de su condición, que si no fuera tal como tú sabes, todas las gracias y
bellezas que en Galatea conoces fueran ocasión de mayor gIo ria nuestra.
-Bien dices -dijo Erastro-; pero todavía no me podrás negar que a no ser Galatea tan hermosa, no fuera
tan deseada, y a no ser tan deseada, no fuera tanta nuestra pena, pues toda ella nace del deseo.
-No lo puedo yo negar, Erastro -respondió Elicio-, que todo cualquier dolor y pesadumbre no nazca de la
privación y falta de aquello que deseamos; mas juntamente con esto te quiero decir que ha perdido conmigo
mucho la calidad del amor con que yo pensé que a Gala tea querías; porque si solamente la quieres por ser
hermosa, muy poco tiene que agradecerte, pues no habrá ningún hombre, por rústico que sea, que la mire
que no la desea, porque la belleza, dondequiera que está, trae consigo el hacer desear. Así que, a este
simple deseo, por ser tan natural, ningún premio se le debe, porque si se le debiera, con sólo desear el cielo
le tuviéramos meresci do; mas ya ves, Erastro, ser esto tan al revés como nuestra verdadera ley nos to tiene
mostrado. Y, puesto caso que la hermosura y belleza sea una principal parte para atraemos a desearla y a
procurar gozarla, el que fuere verdadero enamorado no ha de tener tal gozo por último fin suyo, sino que,
aunque la belleza le acarree este deseo, la ha de querer solamente por ser bueno, sin que otro algún interes e
le mueva. Y éste se puede llamar, aun en las cosas de acá, perfecto y verdadero amor, y es digno de ser
agradecido y premiado, como vemos que premia conocida y aventajadamente el Hacedor de todas las cosas
a aquellos que sin moverles otro interese alguno de temor, de pena o de esperanza de gloria, le quieren, le
aman y le sirven solamente por ser bueno y digno de ser amado; y ésta es la última y mayor perfectión que
en el amor divino se encierra, y en el humano también, cuando no se quiere más de por ser bueno to que se
ama, sin haber error de entendimiento; porque muchas veces lo malo nos parece bueno y lo bueno malo; y
así, amamos lo uno y aborrecemos lo otro, y este tal amor no meresce premio, sino castigo. Quiero inferir
de todo to que he dicho, ¡oh Erastro!, que si tú quieres y amas la hermosura de Galatea con intención de
gozarla, y en esto para el fin de tu deseo, sin pasar adelante a querer su virtud, su acrescentamiento de
fama, su salud, su vida y bienes, entiende que no amas como debes, ni debes ser remunerado como quieres.
Quisiera Erastro replicar a Elicio y darle a entender cómo no entendía bien del amor con que a Galatea
amaba, pero estorbólo el son de la zampoña del desamorado Lenio, el cual quiso también hallarse a las
bodas de Daranio y regocijar la fiesta con su canto. Y así, puesto delante de los desposados, en tanto que al
templo llegaban, al son del rabel de Eugenio, estos versos fue cantando:
LENIO
¡Desconocido, ingrato Amor, que asombras
a veces los gallardos corazones,
y con vanas figuras, vanas sombras,
pones al alma libre mil prisiones!,
si de ser dios te precias, y te nombras
con tan subido nombre, no perdones
al que, rendido al lazo de Himineo,
rindiere a nuevo ñudo su deseo.
En conservar la ley pura y sincera
del sancto matrimonio pon tu fuerza;
descoge en este campo tu bandera;
haz a tu condición en esto fuerza,
que bella flor, que dulce fruto espera,
por pequeño trabajo, el que se esfuerza
a llevar este yugo como debe,
que, aunque parece carga, es carga leve.
Tú puedes, si to olvidas de tus hechos
y de tu condición tan desabrida,
hacer alegres tálamos y lechos
do el yugo conyugal a dos anida.
Enciérrate en sus almas y en sus pechos
hasta que acabe el curso de su vida
y vayan a gozar, como se espera,
de la agradable eterna primavera.
Deja las pastoriles cabañuelas,
y al libre pastorcillo hacer su oficio;
vuela más alto ya, pues tanto vuelas,
y aspira a mejor grado y ejercicio.
En vano te fatigas y desvelas
en hacer de las almas sacrificio,
si no las rindes con mejor intento
al dulce de Himineo ayuntamiento.
Aquí puedes mostrar la poderosa
mano de tu poder maravilloso,
haciendo que la nueva tierna esposa
quiera, y que sea querida de su esposo,
sin que aquella infernal rabia celosa
les turbe su contento y su reposo,
ni el desdén sacudido y zahareño
les prive del sabroso y dulce sueño.
Mas si, ¡pérfido Amor!, nunca escuchadas
fueron de ti plegarias de tu amigo,
bien serán estas mías desechadas,
que te soy y seré siempre enemigo.
Tu condición, tus obras mal miradas,
de quien es todo el mundo buen testigo,
hacen que yo no espere de tu mano
contento alegre, venturoso y sano.
Ya se maravillaban los que al desamorado Lenio es cuchando iban, de ver con cuanta mansedumbre las
cosas de amor trataba, llamándole dios y de mano poderosa, cosa que jamás le habían oído decir. Mas,
habiendo oído los versos con que acabó su canto, no pudieron dejar de reírse, porque ya les pareció que se
iba colerizando, y, que si adelante en su canto pasara, él pusiera al amor como otras veces solía; pero faltóle
el tiempo, porque se acabó el camino. Y así, llegados al templo y hechas en él por los sacerdotes las
acostumbradas ceremonias, Dara nio y Silveria quedaron en perpetuo y estrecho ñudo ligados, no sin
envidia de muchos que los miraban, ni sin dolor de algunos que la hermosura de Silveria codicia ban; pero a
todo dolor sobrepujara el que sintiera el sin ventura Mireno, si a este espectáculo se hallara presente.
Vueltos, pues, los desposados del templo con la mesma compañía que habían llevado, llegaron a la plaza de
la aldea, donde hallaron las mesas puestas, y adonde quiso Daranio hacer públicamente demostración de
sus riquezas, haciendo a todo el pueblo un generoso y sumptuoso convite. Estaba la plaza tan enramada que
una hermosa verde floresta parescía, entretejidas las ramas por cima de tal modo, que los agudos rayos del
sol en todo aquel circuito no hallaban entrada para calentar el fresco suelo, que cubierto con muchas
espadañas y con mucha diversidad de flores se mostraba.
Allí, pues, con general contento de todos, se solemnizó el generoso banquete, al son de muchos
pastorales instrumentos, sin que diesen menos gusto que el que suelen dar las acordadas músicas que en los
reales palacios se acostumbran. Pero lo que más autorizó la fiesta fue ver que, en alzándose las mesas, en el
mesmo lugar, con mucha presteza, hicieron un tablado, para efecto de que los cuatro discretos y lastimados
pastores, Orompo, Marsilo, Crisio y Orfenio, por honrar las bodas de su amigo Daranio, y por satisfacer el
deseo que Tirsi y Damón tenían de escucharles, querían allí en público recitar una égloga que ellos mesmos
de la ocasión de sus mesmos dolores habían compuesto. Acomodados, pues, en sus asientos todos los
pastores y pastoras que allí estaban, después que la zampoña de Erastro y la lira de Lenio y los otros
instrumentos hicieron prestar a los presentes un sosegado y maravilloso silencio, el primero que se mostró
en el humilde teatro fue el triste Orompo, con un pellico negro vestido y un cayado de amarillo boj en la
mano, el remate del cual era una fea figura de la muerte; venía con hojas de funesto ciprés coronado,
insinias todas de la tristeza que en él reinaba por la inmatura muerte de su querida Listea; y, después que
con triste semblante los llorosos ojos a una y a otra parte hubo tendido, con muestras de infinito dolor y
amargura, rompió el silencio con semejantes razones:
OROMPO
Salid de to hondo del pecho cuitado,
palabras sangrientas, con muerte mezcladas;
y si los sospiros os tienen atadas,
abrid y romped el siniestro costado.
El aire os impide, que está ya inflamado
del fiero veneno de vuestros acentos;
salid, y siquiera os lleven los vientos,
que todo mi bien también me han llevado.
Poco perdéis en veros perdidas,
pues ya os ha faltado el alto subjecto
por quien en estilo grave y perfecto
hablábades cosas de punto subidas;
notadas un tiempo y bien conocidas
fuistes por dulces, alegres, sabrosas;
agora por tristes, amargas, llorosas,
seréis de la tierra y del cielo tenidas.
Pero, aunque salgáis, palabras, temblando,
¿con cuáles podréis decir lo que siento?,
si es incapaz mi fiero tormento
de irse cual es al vivo pintando.
Mas, ya que me falta el cómo y el cuándo
de significar mi pena y mi mengua,
aquello que falta y no puede la lengua,
suplan mis ojos, contino llorando.
¡Oh muerte, que atajas y cortas el hilo
de mil pretensiones gustosas humanas,
y en un volver de ojos las sierras allanas
y haces iguales a Henares y al Nilo!
¿Por qué no templaste, traidora, el estilo
tuyo cruel? ¿Por qué a mi despecho,
probaste en el blanco y más lindo pecho,
de tu fiero alfanje la furia y el filo?
¿En qué te ofendían, ¡oh falsa!, los años
tan tiernos y verdes de aquella cordera?
¿Por qué te mostraste con ella tan fiera?
¿Por qué en el suyo creciste mis daños?
¡Oh mi enemiga, y amiga de engaños!,
de mí, que te busco, te escondes y ausentas,
y quieres y trabas razones y cuentas
con el que más teme tus males tamaños.
En años maduros, tu ley, tan injusta,
pudiera mostrar su fuerza crescida,
y no descargar la dura herida
en quien del vivir ha poco que gusta.
Mas esa tu hoz, que todo lo ajusta,
y mando ni ruego jamás la doblega,
así con rigor la flor tierna siega,
como la caña ñudosa y robusta.
Cuando a Listea del suelo quitaste,
tu ser, tu valor, tu fuerza, tu brío,
tu ira, tu mando y tu señorío
con solo aquel triunfo al mundo mostraste.
Llevando a Listea, también te llevaste
la gracia, el donaire, belleza y cordura
mayor de la tierra, y en su sepultura
este bien todo con ella encerraste.
Sin ella, en tiniebla perpetua ha quedado
mi vida penosa, que canto se alarga,
que es insufrible a mis hombros su carga:
que es muerte la vida del que es desdichado.
Ni espero en fortuna, ni espero en el hado,
ni espero en el tiempo, ni espero en el cielo,
ni tengo de quién espere consuelo,
ni es bien que se espere en mal tan sobrado.
¡Oh vos, que sentís qué cosa es dolores!,
venid y tomad consuelo en los míos;
que en viendo su ahínco, sus fuerzas, sus bríos,
veréis que los vuestros son mucho menores.
¿Dó estáis agora, gallardos pastores?
Crisio, Marsilo y Orfenio, ¿qué hacéis?
¿Por qué no venís? ¿Por qué no tenéis
por más que los vuestros mis daños mayores?
Mas, ¿quién es aquel que asoma y que quiebra
por la encrucijada de aqueste sendero?
Marsilo es, sin duda, de amor prisionero:
Belisa es la causa, a quien siempre celebra.
A éste le roe la fiera culebra
del crudo desdén el pecho y el alma,
y pasa su vida en tormenta sin calma,
y aun no es, cual la mía, su suerte tan negra.
Él piensa qu'el mal qu'el alma le aqueja
es más que el dolor de mi desventura.
Aquí será bien que entre esta espesura
me esconda, por ver si acaso se queja.
Mas, ¡ay!, que a la pena que nunca me deja
pensar igualarla es gran desatino,
pues abre la senda y cierra el camino
al mal que se acerca y al bien que se aleja.
MARSILO
¡Pasos que al de la muerte
me lleváis paso a paso,
forzoso he de acusar vuestra pereza!
Seguid tan dulce suerte,
que en este amargo paso
está mi bien y en vuestra ligereza.
Mirad que la dureza
de la enemiga mía
en el airado pecho,
contrario a mi provecho,
en su entereza está cual ser solía;
huigamos, si es posible,
del áspero rigor suyo terrible.
¿A qué apartado clima,
a qué región incierta
iré a vivir, que pueda asegurarme
del mal que me lastima,
del ansia triste y cierta
que no se ha de acabar hasta acabarme?
Ni estar quedo, o mudarme
a la arenosa Libia,
o al lugar donde habita
el fiero y blanco scita,
un solo punto mi dolor alivia:
que no está mi contento
en hacer de lugares mudamiento.
Aquí y allí me alcanza
el desdén riguroso
de la sin par cruel pastora mía,
sin que amor ni esperanza
un término dichoso
me puedan prometer en tal porfía.
¡Belisa, luz del día,
gloria de la edad nuestra,
si valen ya contigo
ruegos de un firme amigo,
tiempla el rigor airado de tu diestra,
y el fuego deste mío
pueda en tu pecho deshacer el frío!
Más sorda a mi lamento,
más implacable y fiera
que a la voz del cansado marinero
el riguroso viento
qu'el mar turba y altera
y amenaza a la vida el fin postrero;
mármol, diamante, acero,
alpestre y dura roca,
robusta, antigua encina,
roble que nunca inclina
la altiva rama al cierzo que le toca:
todo es blando y suave,
comparado al rigor que'n tu alma cabe.
Mi duro amargo hado,
mi inexorable estrella,
mi voluntad, que todo lo consiente,
me tienen condemnado,
Belisa ingrata y bella,
a que te sirva y ame eternamente.
Y, aunque tu hermosa frente,
con riguroso ceño,
y tus serenos ojos
me anuncien mil enojos,
serás desta alma conocida dueño,
en tanto que en el suelo
la cubriere mortal corpóreo velo.
¿Hay bien que se le iguale
al mal que me atormenta?
¿Y hay mal en todo el mundo tan esquivo?
El uno y otro sale
de toda humana cuenta,
y aun yo sin ella en viva muerte vivo.
En el desdén avivo
mi fe, y allí se enciende
con el helado frío;
mirad qué desvarío,
y el dolor desusado que me ofende,
y si podrá igualarse
al mal que más quisière aventajarse.
Mas, ¿quién es el que mueve
las ramas intricadas
deste acopado mirto y verde asientö?
OROMPO
Un pastor que se atreve,
conrazonesfundadas
en la pura verdad de su tormento,
mostrar que el sentimiento
de su dolor crescido
al tuyo se aventaja,
por más que tú le estimes,
levantes y sublimes.
MARSILO
Vencido quedarás en tal baraja,
Orompo, fiel amigo,
y tú mesmo serás dello testigo.
Si de las ansias mías,
si de mi mal insano
la más mínima parte conocieras,
cesaran tus porfías,
Orompo, viendo llano
que tú penas de burla y yo de veras.
OROMPO
Haz, Marsilo, quimeras
de tu dolor estraño,
y al mío menoscaba
que la vida me acaba,
que yo espero sacarte d'ese engaño,
mostrando al descubierto
que el tuyo es sombra de mi mal, que's cierto.
Pero la voz sonora
de Crisio oigo que suena,
pastor que en la opinión se te parece;
escuchémosle ahora,
que su cansada pena
no menos que la tuya la engrandece.
MARSILO
Hoy el tiempo me ofrece
lugar y coyuntura
donde pueda mostraros
a entrambos y enteraros
de que sola la mía es desventura.
OROMPO
Atiende ahora, Marsilo,
la voz de Crisió y lamentable estilo.
CRISIO
¡Ay dura, ay importuna, ay triste ausencia! ¡
cuán fuera debió estar de conocerte
el que igualó tu fuerza y violencia
al poder invencible de la muerte!
Que, cuando con mayor rigor sentencia,
¿qué puede más su limitada suerte
que deshacer el ñudo y recia liga
que a cuerpo y alma estrechamente liga?
Tu duro alfanje a mayor mal se estiende,
pues un espíritu en dos mitades parte.
¡Oh milagros de amor que nadie entiende,
ni se alcanzan por sciencia ni por arte!
¡Que deje su mitad con quien la enciende
allá mi alma, y traiga acá la parte
más frágil, con la cual más mal se siente
que estar mil veces de la vida ausente!
Ausente estoy de aquellos ojos bellos
que serenaban la tormenta mía;
ojos vida de aquél que pudo vellos,
si de allí no pasó la fantasía:
que verlos y pensar de merescellos
es loco atrevimiento y demasía.
Yo los vi, ¡desdichado!, y no los veo,
y mátame de verlos el deseo.
Deseo, y con razón, ver dividida,
por acortar el término a mi daño,
esta antigua amistad, que tiene unida
mi alma al cuerpo con amor tamaño,
que siendo de las carnes despedida
con ligereza presta y vuelo estraño,
podrá tornar a ver aquellos ojos,
que son descanso y gloria a sus enojos.
Enojos son la paga y recompensa
que amor concede al amador ausente,
en quien se cifra el mayor mal y ofensa
que en los males de amor s'encierra y siente.
Ni poner discreción a la defensa,
ni un querer firme, levantado, ardiente,
aprovecha a templar deste tormento
la dura pena y el furor violento.
Violento es el rigor desta dolencia;
pero junto con esto, es tan durable,
que se acaba primero la paciencia,
y aun de la vida el curso miserable.
Muertes, desvíos, celos, inclemencia
de airado pecho, condición mudable,
no atormentan así ni dañan tanto
como este mal, que'1 nombre aun pone espanto.
Espanto fuera si dolor tan fiero
dolores tan mortales no causara;
pero todos son flacos, pues no muero,
ausente de mi vida dulce y cara.
Mas cese aquí mi canto lastimero,
que a compañía tan discreta y rara
como es la que allí veo, será justo
que muestre al verla más sabroso gusto.
OROMPO
Gusto nos da, buen Crisio, tu presencia,
y más viniendo a tiempo que podremos
acabar nuestra antigua diferencia.
CRISIO
Orompo, si es tu gusto, comencemos,
pues que juez de la contienda nuestra
tan recto aquí en Marsilo le tendremos.
MARSILO
Indicio dais y conocida muestra
del error en que os trae tan embebidos
esa vana opinión notoria vuestra,
pues queréis que a los míos preferidos
vuestros dolores, tan pequeños, sean,
harto llorados más que conoscidos.
Mas, porque el suelo y cielo juntos vean
cuánto vuestro dolor es menos grave
que las ansias que el alma me rodean,
la más pequeña que en mi pecho cabe
pienso mostrar en vuestra competencia,
así como mi ingenio torpe sabe;
y dejaré a vosotros la sentencia
y el juzgar si mi mal es muy más fuerte
qu'el riguroso de la larga ausencia,
o el amargo espantoso de la muerte,
de quien entrambos os quejáis sin tiento,
llamando dura y corta a vuestra suerte.
OROMPO
Deso yo, soy, Marsilo, muy contento,
pues la razón que tengo de mi parte
el triunfo le asegura a mi tormento.
CRISIO
Aunque de exagerar me falta el arte,
veréis, cuando yo os muestre mi tristeza,
cómo quedan las vuestras a una parte.
MARSILO
¿Qué ausencia llega a la inmortal dureza
de mi pastora?, que es, con ser tan dura,
señora universal de la belleza.
OROMPO
¡Oh, a qué buen tiempo llega y coyuntura
Orfenio! ¿Veisle?, asoma. Estad atentos:
oiréisle ponderar su desventura.
Celos es la ocasión de sus tormentos:
celos, cuchillo y ciertos turbadores
de las paces de amor y los contentos.
CRISIO
Escuchad, que ya canta sus dolores.
ORPINIO
¡Oh sombra escura que contino sigues
a mi confusa triste fantasía;
enfadosa tiniebla, siempre fría,
que a mi contento y a mi luz persigues!
¿Cuándo será que tu rigor mitigues,
monstruo cruel y rigurosa harpía?
¿Qué ganas en turbarme la alegría,
o qué bien en quitármele consigues?
Mas, si la condición de que te arreas
se estiende a pretender quitar la vida
al que te dio la tuya y te ha engendrado,
no me debe admirar que de mí seas
y de todo mi bien fiero homicida,
sino de verme vivo en tal estado.
OROMPO
Si el prado deleitoso,
Orfinio, te es alegre, cual solía
en tiempo más dichoso,
ven; pasarás el día
en nuestra lastimada compañía.
Con los tristes el triste
bien ves que se acomoda fácilmente;
ven, que aquí se resiste,
par desta clara fuente,
del levantado sol el rayo ardiente.
Ven, y el usado estilo
levanta, y como sueles te defiende
de Crisio y de Marsilio,
que cada cual pretende
mostrar que sólo es mal el que le ofende.
Yo solo, en este caso
contrario habré de ser a ti y a ellos,
pues los males que paso
bien podré encarecellos,
mas no mostrar la menor parte dellos.
ORFINIO
No al gusto le es sabrosa
así a la corderuela deshambrida
la yerba, ni gustosa
salud restituida
a aquel que ya la tuvo por perdida,
como es a mí sabroso
mostrar en la contienda que se ofrece
que el dolor riguroso
que el corazón padece
sobr'el mayor del suelo se engrandece.
Calle su mal sobrado
Orompo; encubra Crisio su dolencia;
Marsilo esté callado:
muerte, desdén ni ausencia
no tengan con los celos competencia.
Pero si el cielo quiere
que hoy salga a campo la contienda nuestra,
comience el que quisiere,
y dé a los otros muestra
de su dolor con torpe lengua o diestra:
que no está en la elegancia
y modo de decir el fundamento
y principal sustancia
del verdadero cuento
que en la pura verdad tiene su asiento.
CRISIO
Siento, pastor, que tu arrogancia mucha
en esta lucha depasiones nuestras
dará mil muestras de tu desvarío.
ORFINIO
Tiempla ese brío, o muéstralo a su tiempo;
que es pasatiempo, Crisio, tu congoja:
que el mal que afloja con volver el paso
no hay que hacer caso de su sentimiento.
CRISIO
Es mi tormento tan estraño y fiero,
que presto espero que tú mesmo digas
que a mis fatigas no se iguala alguna.
MARSILO
Desde la cuna,soy yo desdichado.
OROMPO
Aun engendrado creo que no estaba,
cuando sobraba en mí la desventura.
ORFINIO
En mí se apura la mayor desdicha.
CRISIO
Tu mal es dicha, comparado al mío.
MARSILO
Opuesto al brío de mi mal estraño,
es gloria el daño que a vosotros daña.
OROMPO
Esta maraña quedará muy clara
cuando a la clara mi dolor descubra.
Ninguno encubra agora su tormento,
que yo del mío doy principio al cuento.
Mis esperanzas, que fueron
sembradas en parte buena,
dulce fruto prometieron,
y cuando darle quisieron
convirtióle el cielo en pena.
Vi su flor maravillosa
en mil muestras deseosa
de darme una rica suerte,
y en aquel punto la muerte
cortómela de envidiosa.
Yo quedé cual labrador
que del trabajo contino
de su espaciosa labor
fruto amargo de dolor
le concede su destino;
y aun le quita la esperanza
de otra nueva buena andanza,
porque cubrió con la tierra
el cielo donde se encierra
de su bien la confianza.
Pues si a término he llegado
que de tener gusto o gloria
vivo ya desesperado,
de que yo soy más penado
es cosa cierta y notoria:
que la esperanza asegura
en la mayor desventura
un dichoso fin que viene;
mas, ¡ay de aquél que la tiene
cerrada en la sepultura!
MARSILO
Yo, qu'el humor de mis ojos
siempre derramado ha sido
en lugar donde han nascido
cien mil espinas y abrojos
qu'el corazón m'han herido;
yo sí soy el desdichado,
pues con nunca haber mostrado
un momento el rostro enjuto,
ni hoja, ni flor, ni fruto
he del trabajo sacado.
Que si alguna muestra viera
de algún pequeño provecho,
sosegárase mi pecho;
y, aunque nunca se cumpliera,
quedara al fin satisfecho,
porque viera que valía
mi enamorada porfía
con quien es tan desabrida,
que a mi yelo está encendida
y a mi fuego helada y fría.
Pues si es el trabajo vano
de mi llanto y sospirar,
y dél no pienso cesar,
a mi dolor inhumano,
¿cuál se le podrá igualar?
Lo que tu dolor concierta
es que está la causa muerta,
Orompo, de tu tristeza;
la mía, en más entereza,
cuanto más me desconcierta.
CRISIO
Yo, que tiniendo en sazón
el fruto que se debía
a mi contina pasión,
una súbita ocasión
de gozarle me desvía;
muy bien podré ser llamado
sobretodos desdichado,
pues que vendré a perecer,
pues no puedo parecer
adonde el alma he dejado.
Del bien que lleva la muerte
el no poder recobrallo
en alivio se convierte,
y un corazón duro y fuerte
el tiempo suele ablandallo.
Mas en ausencia se siente,
con un estraño accidente,
sin sombra de ningún bien,
celos, muertes y desdén,
que esto y más teme el ausente.
Cuando tarda el cumplimiento
de la cercana esperanza,
aflige más el tormento,
y allí llega el sufrimiento
adonde ella nunca alcanza.
En las ansias desiguales,
el remedio de los males
es el no esperar remedio;
mas carecen deste medio
las de ausencia más mortales.
ORFINIO
El fruto que fue sembrado
por mi trabajo contino,
a dulce sazón llegado,
fue con próspero destino
en mi poder entregado.
Y apenas pude llegar
a términos tan sin par,
cuando vine a conocer
la ocasión de aquel placer
ser para mí de pesar.
Yo tengo el fruto en la mano,
y el tenerle me fatiga,
porque en mi mal inhumano,
a la más granada espiga
la roe un fiero gusano.
Aborrezco lo que quiero,
y por lo que vivo muero,
y yo me fabrico y pinto
un revuelto laberinto
de do salir nunca espero.
Busco la muerte en mi daño,
que ella es vida a mi dolencia;
con la verdad más me engaño,
y en ausencia y en presencia
va creciendo un mal tamaño.
No hay esperanza que acierte
a remediar mal tan fuerte,
ni por estar ni alejarme
es imposible apartarme
desta triste viva muerte.
OROMPO
¿No es error conocido
decir que el daño qué la muerte hace,
por ser tan estendido,
en parte satisface,
pues la esperanza quita
qu'el dolor administra y solicita?
Si de la gloria muerta
no se quedara viva la memoria
qu'el gusto desconcierta,
es cosa ya notoria
que el no esperar tenella,
tiempla el dolor en parte de perdella.
Pero si está presente
la memoria del bien ya fenescido,
más viva y más ardiente
que cuando poseído,
¿quién duda que esta pena
no está más que otras de miserias llena?
MARSILO
Si a un pobre caminante
le sucediese, por estraña vía,
huírsele delante,
al fenecer del día,
el albergue esperado
y con vana presteza procurado,
quedaría, sin duda,
confuso del temor que allí le ofrece
la escura noche y muda,
y más si no amanesce,
que el cielo a su ventura
no concede la luz serena y pura.
Yo soy el que camino
para llegar a un albergue venturoso,
y cuando más vecino
pienso estar del reposo,
cual fugitiva sombra,
el bien me huye y el dolor me asombra.
CRISIO
Cual raudo y hondo río
suele impedir al caminante el paso,
y al viento, nieve y frío
le tiene en campo raso,
y el albergue delante
se le muestra de allí poco distante,
tal mi contento impide
esta penosa y tan prolija aúsencia,
que nunca se comide
a aliviar su dolencia,
y casi ante mis ojos
veo quien remediará mis enojos.
Y el ver de mis dolores
tan cerca la salud, tantó me aprieta,
que los hace mayores,
pues por causa secreta,
cuanto el bien es cercano,
tanto más lejos huye de mi mano.
ORFINIO
Mostróseme a la vista
un rico albergue de mil bienes lleno;
triunfé de su conquista,
y, cuando más sereno
se me mostraba el hado,
vilo en escuridad negra cambiado.
Allí donde consiste
el bien de los amantes bien queridos,
allí mi mal asiste;
allí se ven unidos
los males y desdenes
donde suelen estar todos los bienes.
Dentro desta morada
estoy, de do salir nunca procuro,
por mi dolor fundada
de tan estraño muro,
que pienso que le abaten
cuantos le quieren, miran y combaten.
OROMPO
Antes el sol acabará el camino
que es proprio suyo, dando vuelta al cielo
después de haber tocado en cada signo,
que la parte menor de nuestro duelo
podamos declarar como se siente,
por más q[u]'[ell bien hablar levante el vuelo.
Tú dices, Crisio, qu'el que vive ausente
muere; yo, que estoy muerto, pues mi
vida a muerte la entregó el hado inclemente.
Y tú, Marsilo, afirmas que perdida
tienes de gusto y bien toda esperanza,
pues un hero desdén es tu homicida.
Tú repites, Orfinio, que la lanza
aguda de los celos te traspasa,
no sólo el pecho, que hasta el alma alcanza.
Y como el uno to que el otro pasa
no siente, su dolor solo exagera,
y piensa que al rigor del otro pasa.
Y, por nuestra contienda lastimera,
de tristes argumentos está llena
del caudaloso Tajo la ribera.
Ni por esto desmengua nuestra pena;
antes, por el tratar la llaga tanto,
a mayor sentimiento nos condemna.
Cuanto puede decir la lengua, y cuanto
pueden pensar los tristes pensamientos,
es ocasión de renovar el llanto.
Cesen, pues, los agudos argumentos,
que en fin no hay mal que no fatigue y pene,
ni bien que dé siguros los contentos.
¡Harto mal tiene quien su vida tiene
cerrada en una estrecha sepultura,
y en soledad amarga se mantiene!
¡Desdichado del triste sin ventura
que padece de celos la dolencia,
con quien no valen fuerzas ni cordura,
y aquel que en el rigor de larga ausencia
pasa los tristes miserables días,
llegado al flaco arrimo de paciencia,
y no menos aquel qu'en sus porfías
siente, cuando más arde, en su pas tora
entrañas duras a intenciones frías!
CRISIO
Hágase lo que pide Orompo agora,
pues ya de recoger nuestro ganado
se va llegando a más andar la hora;
y, en tanto que al albergue acostumbrado
llegamos, y que el sol claro se aleja,
escondiendo su faz del verde prado,
con voz amarga y lamentable queja,
al son de los acordes instrumentos,
cantemos el dolor que nos aqueja.
MARSILO
Comienza, pues, ¡oh Crisio!, y tus acentos
lleguen a los oídos de Claraura,
llevados mansamente de los vientos,
como a quien todo tu dolor restaura.
CRISIO
Al que ausencia viene a dar
su cáliz triste a beber,
no tiene mal que temer,
ni ningún bien que esperar.
En esta amarga dolencia
no hay mal que no esté cifrado:
temor de ser olvidado,
celos de ajena presencia;
quien la viniere a probar
luego vendrá a conocer
que no hay mal de que temer,
ni menos bien que esperar.
OROMPO
Ved si es mal el que me aqueja
más que muerte conoscida,
pues forma quejas la vida
de que la muerte la deja.
Cuando la muerte llevó
toda mi gloria y contento,
por darme mayor tormento,
con la vida me dejó.
El mal viene, el bien se aleja
con tan ligera corrida,
que forma quejas la vida
de que la muerte la deja.
MARSILO
En mi terrible pesar
ya faltan, por más enojos,
las lágrimas a los ojos
y el aliento al sospirar.
La ingratitud y desdén
me tienen ya de tal suerte,
que espero y llamo a la muerte
por más vida y por más bien.
Poco se podrá tardar,
pues faltan en mis enojos
las lágrimas a los ojos
y el aliento al sospirar.
ORFINIO
Celos, a fe, si pudiera,
que yo hiciera por mejor
que fueran celos amor,
y que el amor celos fuera.
Deste trueco granjeara
tanto bien y tanta gloria,
que la palma y la victoria
de enamorado llevara.
Y aun fueran de tal manera
los celos en mi favor,
que a ser los celos amor,
el amor yo solo fuera.
Con esta última canción del celoso Orfinio dieron fin a su égloga los discretos pastores, dejando
satisfechos de su discreción a todos los que escuchado los habían; especialmente a Damón y a Tirsi, que
gran contento en oírlos rescibieron, paresciéndoles que más que de pastoril ingenio parescían las razones y
argumentos que para salir con su propósito los cuatro pastores habían propuesto. Pero, habiéndose movido
contienda entre muchos de los circunstantes sobre cuál de los cuatro había alegado mejor de su derecho, en
fin se vino a conformar el parecer de todos con el que dio el discreto Damón, diciéndoles que él para sí
tenía que, entre todos los disgustos y sinsabores que el amor trae consigo, ninguno fatiga tanto al enamorado
pecho como la incurable pestilencia de los celos; y que no se podían igualar a ella la pérdida de
Orompo, ausencia de Crisio, ni la desconfianza de Marsilo.
-La causa es -dijo- que no cabe en razón natural que las cosas que están imposibilitadas de alcanzarse,
puedan por largo tiempo apremiar la voluntad a quererlas, ni fatigar al deseo por alcanzarlas, porque el que
tuviese voluntad y deseo de alcanzar lo imposible, claro está que, cuanto más el deseo le sobrase, tanto más
el entendimiento le faltaría. Y por esta mesma razón digo que la pena que Orompo padece no es sino una
lástima y compasión del bien perdido; y, por haberle perdido de manera que no es posible tornarle a cobrar,
esta imposibilidad ha de ser causa para que su dolor se acabe; que, puesto que el humano entendimiento no
puede estar tan unido siempre con la razón que deje de sentir la pérdida del bien que cobrar no se puede, y
que en efecto, ha de dar muestras de su sentimiento con tiernas lágrimas, ardientes sospiros y lastimosas
palabras, so pena de que quien esto no hiciese, antes por bruto que por hombre racional sería tenido, en fin
fin, el discurso del tiempo cura esta dolencia, la razón la mitiga y las nuevas ocasiones tienen mucha parte
para borrarla de la memoria.
»Todo esto es al revés en el ausencia, como apuntó bien Crisio en sus versos, que, como la esperanza en
el ausente ande tan junta con el deseo, dale terrible fatiga la dilación de la tomada, porque, como no le
impide otra cosa el gozar su bien sino algún brazo de mar, o alguna distancia de tierra, parécele que
tiniendo lo principal, que es la voluntad de la persona amada, que se hace notorio agravio a su gusto que
cosas que son tan menos como un poco de agua o tierra le impidan su felicidad y gloria. Júntase asimesmo
a esta pena el temor de ser olvidado, las mudanzas de los humanos corazones; y, en tanto que la ausencia
dura, sin duda alguna que es estraño el rigor y aspereza con que trata al alma del desdichado ausente; pero,
como tiene tan cerca el remedio, que consiste en la tornada, puédese llevar con algún alivio su tormento, y
si sucediere ser la ausencia de manera que sea imposible volver a la presencia deseada, aquella
imposibilidad vie ne a ser el remedio, como en el de la muerte.
»El dolor de que Marsilo se queja, puesto que es como el mesmo que yo padezco, y por esta causa me
había de parescer mayor que otro alguno, no por eso dejaré de decir to que en él la razón me muestra, antes
que aquello a que la pasión me incita. Confieso que es terrible dolor querer y no ser querido, pero mayor
sería amar y ser aborrecido. Y si los nuevos amadores nos guiásemos por lo que la razón y la experiencia
nos enseña, veríamos que todos los principios en cualquier cosa son dificultosos, y que no padece esta regla
excepción en los casos de amor, antes en ellos más se confirma y fortalece; así que, quejarse el nuevo
amante de la dureza del rebelde pecho de su señora, va fuera de todo razonable término, porque, como el
amor sea y ha de ser voluntario, y no forzoso, no debo yo quejarme de no ser querido de quien quiero, ni
debo hacer caudal del cargo que le hago, diciéndole que está obligada a amarme porque yo la amo; que,
puesto que la persona amada debe, en ley de naturaleza y en buena cortesía, no mostrarse ingrata con quien
bien la quiere, no por eso le ha de ser forzoso y de obligación que corresponda del todo y por todo a los
deseos de su amante; que si esto así fuese, mil enamorados importunos habría que por su solicitud
alcanzasen lo que quizá no se les debría de derecho. Y, como el amor tenga por padre al conocimiento,
puede ser que no halle en mí la que es de mí bien querida, partes tan buenas que la muevan a inclinen a
quererme; y así, no está obligada, como ya he dicho, a amarme, como yo estaré obligado a adorarla, porque
hallé en ella lo que a mí me falta. Y por esta razón no debe el desdeñado quejarse de su amada, sino de su
ventura, que le negó las gracias que al conocimiento de su señora pudieran mover a bien quererle. Y así,
debe procurar con continos servicios, con amorosas razones, con la no importuna presencia, con las
ejercitadas virtudes, adobar y enmendar en él la falta que naturaleza hizo, que este es tan principal remedio,
que estoy por afirmar que será imposible dejar de ser amado el que con tan justos medios procurase
granjear la voluntad de su señora. Y, pues este mal del desdén tiene el bien deste remedio, consuélese
Marsilo y tenga lástima al desdichado y celoso Orfinio, en cuya desventura se encierra la mayor que en las
de amor imaginar se puede.
»¡Oh celos, turbadores de la sosegada paz amorosa; celos, cuchillo de las más firmes esperanzas! No sé
yo qué pudo saber de linajes el que a vosotros os hizo hijos del amor, siendo tan al revés, que por el mesmo
caso dejara el amor de serio si tales hijos engendrara. ¡Oh celos, hipócritas y fementidos ladrones, pues,
para que se haga cuenta de vosotros en el mundo, en viendo nascer alguna centella de amor en algún pecho,
luego procuráis mezcla ros con ella, volviéndoos de su color, y aun procuráis usurparle el mando y señorío
que tiene! Y de aquí nasce que, como os ven tan unidos con el amor, puesto que por vuestros efectos dais a
conoscer que no sois el mesmo amor, todavía procuráis que entienda el igno rante que sois sus hijos, siendo,
como lo sois, nascidos de una baja sospecha, engendrados de un vil y desastrado temor, cria dos a los
pechos de falsas imaginaciones, crescidos entre vilísimas envidias, sustentados de chismes y mentiras. Y,
porque se vea la destruición que hace en los enamorados pechos esta maldita dolencia de los rabiosos celos,
en siendo el amante celoso, conviene -con paz sea dicho de los celosos enamorados-, conviene, digo, que
sea, como to es, traidor, astuto, revoltoso, chismero, antojadizo y aun mal criado; y a tanto se estiende la
celosa furia que le señorea, que a la persona que más quiere es a quien más mal desea. Querría el amante
celoso que sólo para él su dama fuese hermosa, y fea para todo el mundo; desea que no tenga ojos para ver
más de lo que él quisiere, ni oídos para oír, ni lengua para hablar; que sea retirada, desabrida, soberbia y
mal acondicionada; y aun a veces desea, apretado desta pasión diabólica, que su dama se muera y que todo
se acabe.
»Todas estas pasiones engendran los celos en los ánimos de los amantes celosos; al revés de las virtudes
que el puro y sencillo amor multiplica en los verdaderos y comedidos amadores, porque en el pecho de un
buen enamorado se encierra discreción, valentía, liberalidad, comedimiento y todo aquello que le puede
hacer loable a los ojos de las gentes. Tiene más, asimesmo, la fuerza deste crudo veneno: que no hay
antídoto que le preserve, consejo que le valga, amigo que le ayude, ni disculpa que le cuadre; todo esto
cabe en el enamorado celoso, y más: que cualquiera sombra le espanta, cualquiera niñería le turba y
cualquier sospecha, falsa o verdadera, le deshace; y a toda esta desventura se le añade otra: que con las dis -
culpas que le dan, piensa que le engañan. Y no habiendo para la enfermedad de los celos otra medicina que
las disculpas, y no queriendo el enfermo celoso admitirlas, síguese que esta enfermedad es sin remedio, y
que a todas las demás debe anteponerse. Y así, es mi parecer que Orfinio es el más penado, pero no el más
enamorado, porque no son los celos señales de mucho amor, sino de mucha curiosidad impertinente; y si
son señales de amor, es como la calentura en el hombre enfermo, que el tenerla es señal de tener vida, pero
vida enferma y mal dis puesta; y así, el enamorado celoso tiene amor, mas es amor enfermo y mal
acondicionado. Y también el ser celoso es señal de poca confianza del valor de sí mesmo. Y que sea esto
verdad nos lo muestra el discreto y firme enamorado, el cual, sin llegar a la escuridad de los celos, toca en
las sombras del temor, pero no se entra tanto en ellas que le escurezcan el sol de su contento, ni dellas se
aparta tanto que le descuiden de andar solícito y temeroso; que si este discreto temor faltase en el amante,
yo le tendría por soberbio y demasiadamente confiado, porque, como dice un común proverbio nuestro:
"quien bien ama, teme"; teme, y aun es razón que tema el amante que, como la cosa que ama es en estremo
buena, o a él le pareció serlo, no parezca to mesmo a los ojos de quien la mirare, y por la mesma causa se
engendre el amor en otro que pueda y venga a turbar el suyo. Teme y tema el buen enamorado las
mudanzas de los tiempos, de las nuevas occasiones que en su daño podrían ofrecerse, de que con brevedad
no se acabe el dichoso estado que goza; y este temor ha de ser tan secreto que no le salga a la lengua para
decirle, ni aun a los ojos para significarle; y hace tan contrarios efectos este temor del que los celos hacen
en los pechos enamorados, que cría en ellos nuevos deseos de acrescentar más el amor, si pudiesen; de
procurar con toda solicitud que los ojos de su amada no vean en ellos cosa que no sea digna de alabanza,
mostrándose liberales, comedidos, galanes, limpios y bien criados; y tanto cuanto este virtuoso temor es
justo s e alabe, tanto y más es digno que los celos se vituperen.
Calló en diciendo esto el famoso Damón, y llevó tras la suya las contrarias opiniones de algunos que
escuchado le habían, dejando a todos satisfechos de la verdad que con tanta llaneza les había mostrado.
Pero no se quedara sin respuesta si los pastores Orompo, Crisio, Marsilo y Orfinio hubieran estado
presentes a su plática, los cuales, cansados de la recitada égloga, se habían ido a casa de su amigo Daranio.
Estando todos en esto, ya que los bailes y danzas querían renovarse, vieron que por una parte de la plaza
entraban tres dispuestos pastores, que luego de todos fueron conoscidos, los cuales eran el gentil Francenio,
el libre Lauso y el anciano Arsindo, el cual venía en medio de los dos pastores con una hermosa guirnalda
de verde lauro en las manos; y, atravesando por medio de la plaza, vinieron a parar adonde Tirsi, Damón,
Elicio y Erastro y todos los más principales pastores estaban, a los cuales con corteses palabras saludaron, y
con no menor cortesía fueron dellos rescebidos, especialmente Lauso de Damón, de quien era antiguo y
verdadero amigo. Cesando los comedimientos, puestos los ojos Arsindo en Damón y en Tirsi, comenzó a
hablar desta manera:
-La fama de vuestra sabiduría, que cerca y lejos se estiende, discretos y gallardos pastores, es la que a
estos pastores y a mí nos trae a suplicaros queráis ser jueces de una graciosa contienda que entre estos dos
pastores ha nascido; y es que la fiesta pasada, Francenio y Lauso, que están presentes, se hallaron en una
conversación de hermosas pastoras, entre las cuales, por pasar sin pesadumbre las horas ociosas del día,
entre otros muchos juegos, ordenaron el que se llama de los propósitos. Sucedió, pues, que, llegando la vez
de proponer y comenzar a uno destos pastores, quiso la suerte que la pastora que a su lado estaba y a la
mano derecha tenía, fuese, según él dice, la tesorera de los secretos de su alma, y la que por más discreta y
más enamorada en la opinión de todos estaba. Llegándosele , pues, al oído, le dijo: "Huyendo va la
esperanza". La pastora, sin detenerse en nada, prosiguió adelante, y al decir después cada uno en público lo
que al otro había dicho en secreto, hallóse que la pastora había seguido el propósito, diciendo: "Tenella con
el deseo". Fue celebrada por los que presentes estaban la agudeza desta respuesta, pero el que más la
solemnizó fue el pastor Lauso; y no menos le pareció bien a Francenio. Y así, cada uno, viendo que to
propuesto y respondido eran versos medidos, se ofreció de glosallos; y, después de haberlo hecho, cada
cual procura que su glosa a la del otro se aventaje; y, para asegurarse desto, me quisieron hacer juez dello.
Pero, como yo supe que vuestra presencia alegraba nuestras riberas, aconsejéles que a vosotros viniesen, de
cuya estremada sciencia y sabiduría questiones de mayor importancia pueden bien fiarse. Han seguido ellos
mi parecer, y yo he querido tomar trabajo de hacer esta guirnalda, para que sea dada en premio al que
vosotros, pastores, viéredes que mejor ha glosado.
Calló Arsindo y esperó la respuesta de los pastores, que fue agradecerle la buena opinión que dellos
tenía, y ofrecerse de ser jueces desapasionados en aquella honrosa contienda. Con este seguro, luego
Francenio tomó a repetir los versos y a decir su glosa, que era ésta:
Huyendo va la esperanza;
tenella con el deseo.
GLOSA
Cuando me pienso salvar
en la fe de mi querer,
me vienen luego a espantar
las faltas del merescer
y las sobras del pesar.
Muérese la confianza,
no tiene pulsos la vida,
pues se ve en mi mala andanza
que, del temor perseguida,
huyendo va la esperanza.
Huye y llévase consigo
todo el gusto de mi pena,
dejando, por más castigo,
las llaves de mi cadena
en poder de mi enemigo.
Tanto se aleja que creo
que presto se hará invisible,
y en su ligereza veo
que, ni puedo, ni es posible
tenerla con el deseo.
Dicha la glosa de Francenio, Lauso comenzó la suya, que así decía:
En el punto que os miré,
como tan hermosa os vi,
luego temí y esperé;
pero, en fin, tanto temí
que con el temor quedé.
De veros, esto se alcanza:
una flaca confianza
y un temor acobardado,
que, por no verle a su lado,
huyendo va la esperanza.
Y, aunque me deja y se va
con tan estraña corrida,
por milagro se verá
que se acabará mi vida
y mi amor no acabará.
Sin esperanza me veo;
mas, por llevar el trofeo
de amador sin interese,
no querría, aunque pudiese,
tenella con el deseo.
En acabando Lauso de decir su glosa, dijo Arsindo:
-Veis aquí, famosos Damón y Tirsi, declarada la causa sobre que es la contienda destos pastores; sólo
resta agora que vosotros deis la guirnalda a quien viéredes que con más justo título la meresce: que Lauso y
Francenio son tan amigos, y vuestra sentencia será tan justa, que ellos tendrán por bien lo que por vosotros
fuere juzgado.
-No entiendas Arsindo -respondió Tirsi-, que con tanta presteza, aunque nuestros ingenios fueran de la
calidad que tú los imaginas, se puede ni debe juzgar la diferencia, si hay alguna, destas discretas glosas. Lo
que yo sé decir dellas, y lo que Damón no querrá contradecirme, es que igualmente entrambas son buenas,
y que la guirnalda se debe dar a la pastora que dio la ocasión a tan curiosa y loable contienda. Y si deste
parecer quedáis satisfechos, pagádnosle con honrar las bodas de nuestro amigo Daranio, alegrándolas con
vuestras agradables canciones y autorizándolas con vuestra honrosa presencia.
A todos pareció bien la sentencia de Tirsi; los dos pastores la consintieron y se ofrecieron de hacer lo que
Tirsi les mandaba. Pero las pastoras y pastores que a Lauso conoscían se maravillaban de ver la libre condición
suya en la red amorosa envuelta, porque luego vieron en la amarillez de su rostro, en el silencio de su
lengua y en la contienda que con Francenio había tomado, que no estaba su voluntad tan esenta como solía;
y andaban entre sí imaginando quién podría ser la pastora que de su libre corazón triunfado había. Quién
imaginaba que la discreta Belisa, y quién que la gallarda Leandra, y algunos que la sin par Arminda,
moviéndoles a imaginar esto la ordinaria costumbre que Lauso tenía de visitar las cabañas destas pastoras,
y ser cada una dellas pará subjectar con su gracia, valor y hermosura otros tan libres corazones como el de
Lauso. Y desta duda tardaron mu chos días en certificarse, porque el enamorado pastor apenas de sí mesmo
fiaba el secreto de sus amores. Acabado esto, luego toda la joventud del pueblo renovó las danzas, y los
pastorales instrumentos formaron una agradable música. Pero, viendo que ya el sol apresuraba su carrera
hacia el ocaso, cesaron las concertadas voces, y todos los que allí estaban determinaron de llevar a los
desposados hasta su casa. Y el anciano Arsindo, por cumplir to que a Tirsi había prometido, en el espacio
que había desde la plaza hasta la casa de Daranio, al son de la zampoña de Erastro, estos versos fue
cantando:
ARSINDO
Haga señales el cielo
de regocijo y contento
en tan venturoso día;
celébrese en todo el suelo
este alegre casamiento
con general alegría.
Cámbiese de hoy más el llanto
en süave y dulce canto,
y, en lugar de los pesares,
vengan gustos a millares
que destierren el quebranto.
Todo el bien suceda en colmo
entre desposados tales,
tan para en uno nascidos:
peras les ofrezca el olmo,
cerezas los carrascales,
guindas los mirtos floridos;
hallen perlas en los riscos,
uvas les den los lentiscos,
manzanas los algarrobos,
y sin temor de los lobos
ensanchen más sus apriscos.
Y sus machorras ovejas
vengan a ser parideras,
con que doblen su ganancia;
las solícitas abejas
en los surcos de sus eras
hagan miel en abundancia;
logren siempre su semilla
en el campo y en la villa,
cogida a tiempo y sazón;
no entre en sus viñas pulgón
ni en su trigo la neguilla.
Y dos hijos presto tengan,
tan hechos en paz y amor
cuanto pueden desear;
y, en siendo crescidos, venga
ser el uno doctor,
y otro, cura del lugar.
Sean siempre los primeros
en virtudes y en dineros,
que sí serán, y aun señores,
si no salen fiadores
de agudos alcabaleros.
Más años que Sarra vivan
con salud tan confirmada
que dello pese al doctor;
y ningún pesar resciban,
ni por hija mal casada,
ni por hijo jugador.
Y, cuando los dos estén
viejos cual Matusalén,
mueran sin temor de daño,
y háganles s u cabo de año
por siempre jamás, amén.
Con grandísimo gusto fueron escuchados los rústicos versos de Arsindo, en los cuales más se alargara si
no lo impidiera el llegar a la casa de Daranio, el cual, convidando a todos los que con él venían, se quedó
en ella, si no fue que Galatea y Florisa, por temor que Teolinda de Tirsi y Damón no fuese conocida, no
quisieron quedarse a la cena de los desposados. Bien quisiera Elicio y Erastro acompañar a Galatea hasta su
casa, pero no fue posible que lo consintiese; y así, se hubieron de quedar con sus amigos, y ellas se fueron
cansadas de los bailes de aquel día; y Teolinda con más pena que nunca, viendo que en las solemnes bodas
de Daranio, donde tantos pastores habían acudido, sólo su Artidoro faltaba. Con esta penosa imaginación,
pasó aquella noche en compañía de Galatea y Florisa, que con más libres y desapasionados corazones la
pasaron, hasta que, en el nuevo venidero día, les sucedió lo que se dirá en el libro que se sigue.
Fin del tercero libro
Cuarto libro de Galatea
Con gran deseo esperaba la hermosa Teolinda el venidero día, para despedirse de Galatea y Florisa y
acabar de buscar por todas las riberas de Tajo a su queri do Artidoro, con intención de fenecer la vida en
triste y amarga soledad, si fuese tan corta de ventura que del amado pastor alguna nueva no supiese.
Llegada, pues, la hora deseada, cuando el sol comenzaba a tender sus rayos por la faz de la tierra, ella se
levantó, y, con lágrimas en sus ojos, pidió licencia a las dos pastoras para proseguir su demanda, las cuales
con muchas razones la persuadieron que en su compañía algunos días más esperase, ofreciéndole Galatea
de enviar algún pastor de los de su padre a buscar a Artidoro por todas las riberas de Tajo y por donde se
imaginase que podría ser hallado. Teolinda agradeció sus ofrecimientos, pero no quiso hacer lo que le
pedían; antes, después de haber mostrado, con las mejores palabras que supo, la obligación en que quedaba
de servir todos los días de su vida las obras que deltas había rescebido, abrazándolas con tierno sentimiento,
les rogaba que una sola hora no la detuviesen. Viendo, pues, Galatea y Florisa cuán en vano trabajaban en
pensar detenerla, le encargaron que de cualquier suceso bueno o malo que en aquella amorosa demanda le
sucediese, procurase de avisarlas, certificándola del gusto que de su contento o la pena que de su desgracia
rescibirían. Teolinda se ofreció ser ella mesma quien las nuevas de su buena dicha trujese, pues las malas
no tendría sufri miento la vida para resistirlas, y así, sería escusado que della saberse pudiesen. Con esta
promesa de Teolinda se satisficieron Galatea y Florisa, y determinaron de acompañarla algún trecho fuera
del lugar. Y así, tomando las dos solos sus cayados, y habiendo proveído el zurrón de Teolinda de algunos
regalos para el trabajoso camino, se salieron con ella del aldea a tiempo que ya los rayos del sol más
derechos y con más fuerzas comenzaban a herir la tierra.
Y, habiéndola acompañado casi media legua del lugar, al tiempo que ya querían volverse y dejarla,
vieron atravesar, por una quebrada que poco desviada dellas estaba, cuatro hombres de a caballo y algunos
de a pie, que luego conoscieron ser cazadores en el hábito y en los halcones y perros que llevaban. Y,
estándolos con atención mirando, por ver si los conoscían, vieron salir de entre unas espesas matas que
cerca de la quebrada estaban, dos pastoras de gallardo talle y brío. Traían los rostros rebozados con dos
blancos lienzos; y, alzando la una dellas la voz, pidió a los cazadores que se detuviesen, los cuales así lo
hicieron, y, llegándose entrambas a uno dellos, que en su talle y postura el principal de todos parecía, le
asieron las riendas del caballo y estuvieron un poco hablando con él, sin que las tres pastoras pudiesen oír
palabra de las que decían, por la distancia del lugar, que lo estorbaba. Solamente vieron que, a poco espacio
que con él hablaron, el caballero se apeó, y, habiendo, a lo que juzgarse pudo, mandado a los que le
acompañaban que se volviesen, quedando sólo un mozo con el caballo, trabó a las dos pastoras de las
manos, y poco a poco comenzó a entrar con ellas por medio de un cerrado bosque que allí estaba. Lo cual
visto por las tres pastoras, Gala tea, Florisa y Teolinda, determinaron de ver, si pudiesen, quién eran las
disfrazadas pastoras y el caballero que las llevaba; y así, acordaron de rodear por una parte del bosque, y
mirar si podían ponerse en alguna que pudiese serlo para satisfacerles de lo que deseaban. Y, haciéndolo así
como pensado lo habían, atajaron al caballero y a las pastoras, y, mirando Galatea por entre las ramas lo
que hacían, vio que, torciendo sobre la mano derecha, se emboscaban en to más espeso del bosque, y luego
por sus mesmas pisadas les fueron siguiendo, hasta que el caballero y las pastoras, pareciéndoles estar bien
adentro del bosque, en medio de un estrecho pradecillo, que de infinitas breñas estaba rodeado, se pararon.
Galatea y sus compañeras se llegaron tan cerca que, sin ser vistas ni sentidas, veían todo lo que el caballero
y las pastoras hacían y decían; las cuales, habiendo mirado a una y a otra parte por ver si podrían ser vistas
de alguno, aseguradas desto, la una se quitó el rebozo; y apenas se le hubo quitado cuando de Teolinda fue
conoscida, y, llegándose al oído de Galatea, le dijo con la más baja voz que pudo:
-Estrañísima ventura es ésta, porque, si no es que con la pena que traigo he perdido el conoscimiento, sin
duda alguna aquella pastora que se ha quitado el rebozo es la bella Rosaura, hija de Roselio, señor de una
aldea que a la nuestra está vecina, y no sé qué pueda ser la causa que la haya movido a ponerse en tan
estraño traje y a dejar su tierra, cosas que tan en perjuicio de su honestidad se declaran. Mas, ¡ay
desdichada! -añadió Teolinda-, que el caballero que con ella está es Grisaldo, hijo mayor del rico
Laurencio, que junto a esta vuestra aldea tiene otras dos suyas.
-Verdad dices, Teolinda -respondió Galatea-, que yo le conozco; pero calla y sosiégate, que presto
veremos con qué intento ha sido aquí su venida.
Quietóse con esto Teolinda, y con atención se puso a mirar to que Rosaura hacía, la cual, llegándose al
caballero, que de edad de veinte años parecía, con voz turbada y airado semblante, le comenzó a decir:
-En parte estamos, fementido caballero, donde podré tomar de tu desamor y descuido la deseada
venganza. Pero, aunque yo la tomase de ti tal que la vida te costase, poca recompensa sería al daño que me
tienes hecho. Vesme aquí, desconocido Grisaldo, desconoscida por conoscerte; ves aquí que ha mudado el
traje por buscarte la que nunca mudó la voluntad de quererte. Considera, ingrato y desamorado, que la que
apenas en su casa y con sus criadas sabía mover el paso, agora por tu causa anda de valle en valle y de
sierra en sierra con tanta soledad buscando tu compañía.
Todas estas razones que la bella Rosaura decía las escuchaba el caballero con los ojos hincados en el
suelo y haciendo rayas en la tierra con la punta de un cuchillo de monte que en la mano tenía. Pero, no
contenta Rosaura con lo dicho, con semejantes palabras prosiguió su plática:
-Dime: ¿conoces, por ventura, conoces, Grisaldo, que yo soy aquélla que no ha mucho tiempo que enjugó
tus lágrimas, atajó tus sospiros, remedió tus penas, y sobre todo, la que creyó tus palabras? ¿O, por suerte,
entiendes tú que eres aquél a quien parecían cortos y de ninguna fuerza todos los juramentos que
imaginarse podían, para asegurarme la verdad con que me engañabas? ¿Eres tú, acaso, Grisaldo, aquél
cuyas infinitas lágrimas ablandaron la dureza del honesto corazón mío? Tú eres, que ya te veo, y yo soy,
que ya me conozco. Pero si tú eres Grisaldo, el que yo creo, y yo soy Rosaura, la que tú imaginas,
cúmpleme la palabra que me diste; darte he yo la promesa que nunca lo he negado. Hanme dicho que te
casas con Leopersia, la hija de Marcelio, tan a gusto tuyo que eres tú mesmo el que la procuras; si esta
nueva me ha dado pesadumbre, bien se puede ver por lo que he hecho por venir a estorbar el cumplimiento
della; y si tú la puedes hacer verdadera, a tu consciencia lo dejo. ¿Qué respondes a esto, enemigo mortal de
mi descanso? ¿Otorgas, por ventura, callando, lo que por el pensamiento sería justo que no te pasase? Alza
los ojos ya y ponlos en estos que por su mal te miraron; levántalos y mira a quién engañas, a quién dejas y a
quién olvidas. Verás que engañas, si bien lo consideras, a la que siempre te trató verdades, dejas a quien ha
dejado a su honra y a sí mesma por seguirte, olvidas a la que jamás lo apartó de su memoria. Considera,
Grisaldo, que en nobleza no te debo nada, y que en riqueza no te soy desigual, y que te aventajo en la
bondad del ánimo y en la firmeza de la fe. Cúmpleme, señor, la que me diste, si te precias de caballero y no
te desprecias de cristiano. Mira que si no correspondes a lo que me debes, que rogaré al ciclo que te
castigue, al fuego que to consuma, al aire que to falte, al agua que to anegue, a la tierra que no te sufra, y a
mis parientes que me venguen. Mira que si faltas a la obligación que me tienes, que has de tener en mí una
perpetua turbadora de tus gustos en cuanto la vida me durare; y aun después de muerta, si ser pudiere, con
continuas sombras espantaré tu fementido espíritu, y con espantosas visiones atormentaré tus engañadores
ojos. Advierte que no pido sino lo que es mío, y que tú ganas en darlo lo que en negarlo pierdes. Mueve
agora tu lengua para desengañarme de cuantas la has movido para ofenderme.
Calló diciendo esto la hermosa dama, y estuvo un poco esperando a ver lo que Grisaldo res pondía; el
cual, le vantando el rostro, que hasta allí inclinado había tenido, encendido con la vergüenza que las razones
de Rosaura le habían causado, con sosegada voz le respondió desta manera:
-Si yo quisiese negar, ¡oh Rosaura!, que no te soy deudor de más de lo que dices, negaría asimesmo que
la luz del sol no es clara, y aun diría que el fuego es frío y el aire duro. Así que, en esta parte confieso lo
que te debo, y que estoy obligado a la paga. Pero, que yo confiese que puedo pagarte como quieres, es
imposible, porque el mandamiento de mi padre lo ha prohibido y tu riguroso desdén imposibilitado; y no
quiero en esta verdad poner otro testigo que a ti mesma, como a quien tan bien sabe cuántas veces y con
cuántas lágrimas rogué que me aceptases por es poso, y que fueses servida que yo cumpliese la palabra que
de serlo te había dado. Y tú, por las causas que te imaginaste, o por parecerte ser bien corresponder a las
vanas promesas de Artandro, jamás quisiste que a tal ejecución se llegase; antes, de día en día me ibas entretiniendo
y haciendo pruebas de mi firmeza, pudiendo asegurarla de todo punto con admitirme por tuyo.
También sabes, Rosaura, el deseo que mi padre tenía de ponerme en estado y la priesa que daba a ello,
trayendo los ricos honrosos casamientos que tú sabes, y cómo yo con mil escusas me apartaba de sus
importunaciones, dándotelas siempre a ti para que no dilatases más lo que canto a ti convenía y yo deseaba;
y que al cabo de todo esto, te dije un día que la voluntad de mi padre era que yo con Leopersia me casase; y
tú, en oyendo el nombre de Leopersia, con una furia desesperada me dijiste que más no te hablase, y que
me casase norabuena con Leopersia o con quien más gusto me diese. Sabes también que te persuadí
muchas veces que dejases aquellos celosos devaneos, que yo era tuyo, y no de Leopersia, y que jamás
quisiste admitir mis disculpas ni condescender con mis ruegos; antes, perseverando en tu obstinación y
dureza, y en favorescer a Artandro, me enviaste a decir que te daría gusto en que jamás te viese. Yo hice lo
que me mandaste, y, por no tener ocasión de quebrar tu mandamiento, viendo también que cumplía el de mi
padre, determiné de desposarme con Leopersia, o, a lo menos, desposaréme mañana, que así está
concertado entre sus p arientes y los míos; porque veas, Rosaura, cuán disculpado estoy de la culpa que me
pones, y cuán tarde has tú venido en conoscimiento de la sinrazón que conmigo usabas. Mas, porque no me
juzgues de aquí adelante por tan ingrato como en tu imaginación me tienes pintado, mira bien si hay algo
en que yo pueda satisfacer tu voluntad, que, como no sea casarme contigo, aventuraré por servirte la
hacienda, la vida y la honra.
En tanto que estas palabras Grisaldo decía, tenía la hermosa Rosaura los ojos clavados en su rostro, vertiendo
por epos tantas lágrimas que daban bien a entender el dolor que en el alma sentía; pero, viendo ella
que Grisaldo callaba, dando un profundo y doloroso sospiro, le dijo:
-Como no puede caber en tus verdes años tener, ¡oh Grisaldo!, larga y conoscida experiencia de los
infinitos accidentes amorosos, no me maravillo que un pequeño desdén mío te haya puesto en la libertad
que publicas; pero si tú conoscieras que los celosos temores son espuelas que hacen salir al amor de su
paso, vieras claramente que los que yo tuve de Leopersia, en que yo más te quisiese redundaban. Mas,
como tú tratabas tan de pasatiempo mis cosas, con la menor ocasión que te imaginaste, descubriste el poco
amor de tu pecho, y confirmaste las verdaderas sospec has mías, y en tal manera, que me dices que mañana
te casas con Leopersia. Pero yo te certifico que, antes que a ella lleves al tálamo, me has de llevar a mí a la
sepoltura, si ya no eres tan cruel que niegues de darla al cuerpo de cuya alma fuiste siempre señor absoluto.
Y, porque claro conozcas y veas que la que perdió por ti su honestidad y puso en detrimento su honra
tendrá en poco perder la vida, este agudo puñal que aquí traigo pondrá en efecto mi desesperado y honroso
intento, y será testigo de la crueldad que en ese tu fementido pecho encierras.
Y, diciendo esto, sacó del seno una desnuda daga, y con gran celeridad se iba a pasar el corazón con ella,
si con mayor presteza Grisaldo no le tuviera el brazo y la rebozada pastora, su compañera, no aguijara a
abrazarse con ella. Gran rato estuvieron Grisaldo y la pastora primero que quitasen a Rosaura la daga de las
manos, la cual a Grisaldo decía:
-¡Déjame, traidor enemigo, acabar de una vez la tragedia de mi vida, sin que tantas to desamorado desdén
me haga probar la muerte!
-Esa no gustarás tú por mi ocasión -replicó Grisaldo-, pues quiero que mi padre falte antes la palabra que
por mí a Leopersia tiene dada, que faltar yo un punto a to que conozco que te debo. Sosiega el pecho,
Rosaura, pues te aseguro que este mío no sabrá desear otra cosa que la que fuere de tu contento.
Con estas enamoradas razones de Grisaldo resucitó Rosaura de la muerte de su tristeza a la vida de su
ale gría, y, sin cesar de llorar, se hincó de rodillas ante Grisaldo, pidiéndole las manos en señal de la merced
que le hacía. Grisaldo hizo lo mesmo, y, echándole los brazos al cuello, estuvieron gran rato sin poderse
hablar el uno al otro palabra, derramando entrambos cantidad de amorosas lágrimas. La pastora arrebozada,
viendo el feliz suceso de su compañera, fatigada del cansancio que había tomado en ayudar a quitar la daga
a Rosaura, no pudiendo más sufrir el velo, se le quitó, descubriendo un rostro tan parescido al de Teolinda,
que quedaron admiradas de verle Galatea y Florisa; pero más lo fue Teolinda, pues sin poderlo disimular,
alzó la voz, diciendo:
-¡Oh cielos!, y ¿qué es lo que veo? ¿No es, por ventura, ésta mi hermana Leonarda, la turbadora de mi
repo so? Ella es, sin duda alguna.
Y, sin más detenerse, salió de donde estaba, y con ella Galatea y Florisa. Y, como la otra pastora viese a
Teolinda, luego la conosció, y con abiertos brazos se fueron la una a la otra, admiradas de haberse hallado
en tal lugar y en tal sazón y coyuntura. Viendo, pues, Grisaldo y Rosaura lo que Leonarda con Teolinda
hacía, y que habían sido descubiertos de las pastoras Galatea y Florisa, con no poca vergüenza de que los
hubiesen hallado de aqueIla suerte, se levantaron, y, limpiándose las lágrimas, con disimulación y
comedimiento rescibie ron a las pastoras, que luego de Grisaldo fueron conoscidas. Mas, la dis creta Galatea,
por volver en siguridad el disgusto que, quizá, de su vista los dos enamorados habían recibido, con aquel
donaire con que ella todas las cosas decía, les dijo:
-No os pese de nuestra venida, venturosos Grisaldo y Rosaura, pues sólo servirá de acrescentar vuestro
contento, pues se ha comunicado con quien siempre le tendrá en serviros. Nuestra ventura ha ordenado que
os viésemos, y en parte donde ninguna se nos ha encubierto de vuestros pensamientos; y, pues el cielo los
ha traído a término tan dichoso, en satisfación dello, asegurad vuestros pechos y perdonad nuestro
atrevimiento.
-Nunca tu presencia, hermosa Galatea -respondió Grisaldo-, dejó de dar gusto doquiera que estuviese; y,
siendo esta verdad tan conoscida, antes quedamos en obligación a to vista que con desabrimiento de tu llegada.
Con éstas, pasaron otras algunas comedidas razones, harto diferentes de las que entre Leonarda y
Teolinda pasaban, las cuales, después de haberse abrazado una y dos veces, con tiernas palabras mezcladas
con amorosas lá grimas, la cuenta de su vida se demandaban, tiniendo suspensos mirándolas a todos los que
allí estaban, porque se parescían tanto que casi no se podían decir semejantes, sino una mesma cosa; y si no
fuera porque el traje de Teolinda era diferente del de Leonarda, sin duda alguna que Galatea y Florisa no
supieran diferenciallas; y entonces vieron con cuánta razón Artidoro se había engañado en pensar que
Leonarda Teolinda fuese. Mas, viendo Florisa que el sol estaba hacia la mitad del cielo, y que sería bien
buscar alguna sombra que de sus rayos las defendiese, o, a lo menos, volverse a la aldea, pues, faltándoles
la ocasión de apascentar sus ovejas, no debían estarse tanto en el prado, dijo a Teolinda y a Leonarda:
-Tiempo habrá, pastoras, donde con más comodidad podáis satisfacer nuestros deseos y daros más larga
cuenta de vuestros pensamientos, y por agora busquemos a do pasar el rigor de la siesta que nos amenaza: o
en una fresca fuente que está a la salida del valle que atrás dejamos, o tornándonos a la aldea, donde será
Leonarda tratada con la voluntad que tú, Teolinda, de Galatea y de mí conoces. Y si a vosotras, pastoras,
hago sólo este ofrecimiento, no es porque me olvide de Grisaldo y Rosaura, sino porque me parece que a su
valor y merescimiento no puedo ofrecerles más del deseo.
-Ése no faltará en mí mientras la vida me durare -respondió Grisaldo-, de hacer, pastora, lo que fuere en
tu servicio, pues no se debe pagar con menos la voluntad que nos muestras. Mas, por parecerme que será
bien hacer to que dices, y por tener entendido que no ignoráis lo que entre mí y Rosaura ha pasado, no
quiero deteneros ni detenerme en referirlo. Sólo os ruego seáis servidas de llevar a Rosaura en vuestra
compañía a vuestra aldea, en tanto que yo aparejo en la mía algunas cosas que son necesarias para concluir
lo que nuestros corazones desean. Y, porque Rosaura quede libre de sospecha, y no la pueda tener jamás de
la fe de mi pensamiento, con voluntad considerada mía, siendo vosotras testigos della, le doy la mano de
ser su verdadero esposo.
Y, diciendo esto, tendió la suya y tomó la de la bella Rosaura. Y ella quedó tan fuera de sí de ver lo que
Grisaldo hacía, que apenas pudo responderle palabra, sino que se dejó tomar la mano; y, de allí a un
pequeño espacio, dijo:
-A términos me había traído el amor, Grisaldo, señor mío, que con menos que por mí hicieras, te quedara
perpetuamente obligada; pero, pues tú has querido corresponder antes a ser quien eres que no a mi
merescimiento, haré yo lo que en mí es, que es darte de nuevo el alma, en recompensa deste beneficio; y
después, el cielo de tan agradescida voluntad te dé la paga.
-No más -dijo a esta sazón Galatea-, no más, señores, que adonde andan las obras tan verdaderas, no han
de tener lugar los demasiados comedimientos. Lo que resta es rogar al cielo que traiga a dichoso fin estos
principios, y que en larga y saludable paz gocéis vuestros amores. Y en lo que dices, Grisaldo, que Rosaura
venga a nuestra aldea, es tanta la merced que en ello nos haces, que no sotras mesmas te lo suplicamos.
-De tan buena gana iré en vuestra compañía -dijo Ro saura-, que no sé con qué la encarezca más que con
deciros que no sentiré mucho el ausencia de Grisaldo, estando en vuestra compañía.
-Pues, ¡ea! -dijo Florisa-, que el aldea es lejos y el sol mucho, y nuestra tardanza de volver a ella notada.
Vos, señor Grisaldo, podéis ir a hacer lo que os conviniere, que en casa de Galatea hallaréis a Rosaura, y a
éstas, una pastora, que no merescen ser llamadas dos las que tanto se parecen.
-Sea como queréis -dijo Grisaldo.
Y, tomando a Rosaura de la mano, se salieron todos del bosque, quedando concertado entre ellos que otro
día enviaría Gris aldo un pastor, de los muchos de su padre, a avisar a Rosaura de lo que había de hacer; y
que, enviando aquel pastor, sin ser notado, podría hablar a Galatea o a Florisa, y dar la orden que más
conviniese. A todas pareció bien este concierto; y, habiendo salido del bosque, vio Grisaldo que le estaba
esperando su criado con el ca ballo; y, abrazando de nuevo a Rosaura y despidiéndose de las pastoras, se fue
acompañado de lágrimas y de los ojos de Rosaura, que nunca dél se apartaron hasta que le perdieron de
vista. Como las pastoras solas quedaron, luego Teolinda se apartó con Leonarda, con deseo de saber la
causa de su venida; y Rosaura asimesmo fue contando a Galatea y Florisa la ocasión que la había movido a
tomar el hábito de pastora y a venir a buscar a Grisaldo, diciendo:
-«No os causara admiración, hermosas pastoras, el verme a mí en este traje, si supiérades hasta dó se
estiende la poderosa fuerza de amor, la cual no sólo hace mu dar el vestido a los que bien quieren, sino la
voluntad y el alma de la manera que más es de su gusto; y hubiera yo perdido el mío eternamente si de la
invención deste traje no me hubiera aprovechado, porque sabréis, amigas, que, estando yo en el aldea de
Leonarda, de quien mi padre es señor, vino a ella Grisaldo con intención de estarse allí algunos días
ocupado en el sabroso ejercicio de la caza; y, por ser mi padre muy anúgo del suyo, ordenó de hospedarle
en casa y de hacerle todos los regalos que pudiese. Hízolo así; y la venida de Grisaldo a mi casa fue para
sacarme a mí della, porque, en efecto, aunque sea a costa de mi vergüenza, os habré de decir que la vista, la
conversación, el valor de Grisaldo, hicieron cal impresión en mi alma que, sin saber cómo, a pocos días que
él allí estuvo, yo no estuve más en mí, ni quis e ni pude estar sin hacerle señor de mi libertad; pero no fue
tan arrebatadamente que primero no estuviese satisfecha que la voluntad de Grisaldo de la mía un punto no
discrepaba, según él me to dio a entender con muchas y muy verdaderas señales. Enterada, pues, yo en esta
verdad, y viendo cuán bien me estaba tener a Grisaldo por esposo, vine a condescender con sus deseos y a
poner en efecto los míos. Y así, con la intercesión de una doncella mía, en un apartado corredor nos vimos
Grisaldo y yo muchas veces, sin que nuestra estada solos a más se estendiese que a vernos y a darme él la
palabra que hoy con más fuerza delante de vosotras me ha tornado a dar.
»Ordenó, pues, mi triste ventura, que en el tiempo que yo de tan dulce estado gozaba, vino asimesmo a
visitar a mi padre un valeroso caballero aragonés que Artandro se llama, el cual, vencido, a lo que él
mostró, de mi hermo sura -si alguna tengo-, con grandísima solicitud procuró que yo con él me casase sin
que mi padre lo supiese. Había en este medio procurado Grisaldo traer a efecto su propósito, y,
mostrándome yo algo más dura de lo que fuera menester, le iba entretiniendo con palabras, con in tención
que mi padre saliese al camino de casarme, y que entonces Grisaldo me pidiese por esposa; pero no quería
él hacer esto, porque sabía que la voluntad de su padre era casarle con la rica y hermosa Leopersia, que
bien debéis conocerla por la fama de su riqueza y hermosura. Vino esto a mi noticia, y tomé ocasión de
pedirle celos, aunque fingidos, sólo por hacer prueba de la entereza de su fe, y fui tan descuidada, o por
mejor decir, tan simple, que, pensando que granjeaba algo en ello, comencé a hacer algunos favores a
Artandro, lo cual visto por Grisaldo, muchas veces me significó la pena que rescibía de lo que yo con
Artandro pasaba; y aun me avisó que, si no era mi voluntad de que él me cumpliese la palabra que me había
dado, que no podía dejar de obedecer a la de su padre. A todas estas amonestaciones y avisos respondí yo
sin ninguno, llena de soberbia y arrogancia, confiada en que los lazos que mi hermosura habían echado al
alma de Grisaldo no podían tan fácilmente ser rompidos ni aun tocados de otra cualquier belleza. Mas
salíome tan al re vés mi confianza como me lo mostró presto Grisaldo, el cual, cansado de mis necios y
esquivos desdenes, tuvo por bien de dejarme y venir obediente al mandado de su padre. Pero, apenas se
hubo él partido de mi aldea y apartado de mi presencia, cuando yo conocí el error en que había caído, y con
tanto ahínco me comenzó a fatigar el ausencia de Grisaldo y los celos de Leopersia, que el ausencia dél me
acababa y los celos della me consumían.
» Considerando, pues, que si mi remedio se dilataba, había de dejar por fuerza en las manos del dolor la
vida, determiné de aventurar a perder lo menos, que a mi parecer era la fama, por ganar lo más, que es a
Grisaldo. Y así, con escusa que di a mi padre de ir a ver una tía mía, señora de otra aldea a la nuestra
cercana, salí de mi casa acompañada de muchos criados de mi padre; y, llegada en casa de mi tía, le
descubrí todo el secreto de mi pensamiento, y le rogué fuese servida de que yo me pusiese en este hábito y
viniese a hablar a Grisaldo, certificándole que si yo mesma no venía, que tendrían mal suceso mis negocios.
Ella me lo concedió, con condición que trujese a Leonarda conmigo, como persona de quien ella mucho se
fiaba; y, enviando por ella a nuestra aldea, y acomodándome destos vestidos, y advirtiéndonos de algunas
cosas que las dos habíamos de hacer, nos despedimos della habrá ocho días; y, habiendo seis que llegamos
a la aldea de Grisaldo, jamás hemos podido hallar lugar de hablarle a solas, como yo deseaba, hasta esta
mañana que supe que venía a caza, y le aguardé en el mesmo lugar adonde él se despidió. Y he pasado con
él todo to que vosotras, amigas, habéis visto, del cual venturoso suceso quedo tan contenta cuanto es razón
lo quede la que tanto lo deseaba.» Esta es, pastoras, la historia de mi vida, y si os he cansado en contárosla,
echad la culpa al deseo que teníades de saberla, y al mío, que no pudo hacer menos de satisfaceros.
-Antes quedamos tan obligadas -respondió Florisa- a la merced que nos has hecho que, aunque siempre
nos ocupemos en servirla, no saldremos de la deuda.
-Yo soy la que quedo en ella -replicó Rosaura-, y la que procuraré pagarla como mis fuerzas alcanzaren.
Pero, dejando esto aparte, volved los ojos, pastoras, y veréis los de Teolinda y Leonarda tan llenos de
lágrimas que moverán a los vuestros a no dejar de acompañarlos en ellas.
Volvieron Galatea y Florisa a mirarlas, y vieron ser verdad to que Rosaura decía; y lo que el llanto de las
dos hermanas causaba era que, después de haberle dicho Leonarda a su hermana todo lo que Rosaura había
contado a Galatea y a Florisa, le dijo:
-«Sabrás, hermana, que así como tú faltaste de nuestra aldea, se imaginó que te había llevado el pastor
Artidoro, que aquel mesmo día faltó él también, sin que de nadie se despidiera. Confirmé yo esta opinión
en mis padres, porque les conté to que con Artidoro había pasado en la floresta. Con este indicio cresció la
sospecha, y mi padre procuraba venir en tu busca y de Artidoro, y en efecto to pusiera por obra si de allí a
dos días no viniera a nuestra aldea un pastor que, al momento que fue visto, todos le tuvieron por Artidoro.
Llegando estas nuevas a mi padre de que allí estaba el robador tuyo, luego vino con la justicia adonde el
pastor estaba, al cual le preguntaron si lo conoscía, o adónde to había llevado. El pastor negó con juramento
que en toda su vida lo había visto, ni sabía qué era lo que le preguntaban. Todos los que estaban presentes
se maravillaron de ver que el pastor negaba conocerte, habiendo estado diez días en el pueblo, y hablado y
bailado contigo muchas veces, y sin duda alguna creyeron todos que Artidoro era culpado en lo que se le
imputaba; y, sin querer admitir disculpa suya ni escucharle palabra, le llevaron a la prisión, donde estuvo
algunos días sin que ninguno le hablase, al cabo de los cuales, yéndole a tomar su confisión, tomó a jurar
que no te conoscía y que en toda su vida había estado más de aquella vez en nuestra aldea, y que mirasen -y
esto otras veces lo había dicho- que aquel Artidoro que ellos pensaban ser él, por ventura no fuese un
hermano suyo que le parecía en tanto estremo, como descubriría la verdad cuando les mostrase que se
habían engañado tiniendo a él por Artidoro, porque él se llamaba Galercio, hijo de Briseno, natural de la
aldea de Grisaldo. Y, en efecto, tantas demonstraciones dio y tantas pruebas hizo, que conocieron
claramente todos que él no era Artidoro, de que quedaron más admirados; y decían que tal maravilla como
la de parecemos yo a ti, y Galercio a Artidoro, no se había visto en el mundo.
»Esto que de Galercio se publicaba me movió a ir a verle muchas veces a do estaba preso; y fue la vista
de suerte que quedé sin ella, a lo menos para mirar cosas que me den gusto en tanto que a Galercio no
viere. Pero to que más mal hay en esto, hermana, es que él se fue de la aldea sin que supiese que llevaba
consigo mi libertad, ni yo tuve lugar jamás de decírselo; y así, me quedé con la pena que imaginarse puede,
hasta que la tía de Rosaura me envió a pedir a mi padre por algunos días, todo a fin de venir a acompañar a
Rosaura, de lo que recebí summo contento, por saber que veníamos a la aldea de Galercio y que allí le
podría hacer sabidor de la deuda en que me estaba. Pero he sido tan corta de ventura que ha cuatro días que
estamos en su aldea y nunca le he visto, aunque he preguntado por él, y me dicen que está en el campo con
su ganado. He preguntado también por Artidoro, y hanme dicho que de unos días a esta parte no parece en
el aldea; y, por no apartarme de Rosaura, no he tenido lugar de ir a buscar a Galercio, del cual podría ser
saber nuevas de Artidoro.» Esto es lo que a mí me ha sucedido, y lo demás que has visto, con Grisaldo,
después que faltas, hermana, del aldea.
Admirada quedó Teolinda de lo que su hermana le contaba; pero, cuando llegó a saber que en el aldea de
Artidoro no se sabía dél nueva alguna, no pudo tener las lágrimas, aunque en parte se consoló, creyendo
que Ga lercio sabría nuevas de su hermano. Y así, determinó de ir otro día a buscar a Galercio, doquiera que
estuviese. Y, habiéndole contado con la más brevedad que pudo a Leonarda todo lo que le había sucedido
después que en busca de Artidoro andaba, abrazándola otra vez, se volvió adonde las pastoras estaban, que,
un poco desviadas del camino, iban por entre unos árboles, que del calor del sol un poco las defendían. Y,
en llegando a ellas, Teolinda les contó todo lo que su hermana le había dicho, con el suceso de sus amores y
la semejanza de Galercio y Artidoro, de que no poco se admiraron, aunque dijo Ga latea:
-Quien vee la semejanza tan estraña que hay entre ti, Teolinda, y tu hermana, no tiene de qué
maravillarse aunque otras vea, pues ninguna, a lo que yo creo, a la vuestra iguala.
-No hay duda -respondió Leonarda- sino que la que hay entre Artidoro y Galercio es tanta que, si a la
nuestra no excede, a lo menos en ninguna cosa se queda atrás.
-Quiera el cielo -dijo Florisa-, que así como los cuatro os semejáis unos a otros, así os acomodéis y
parezcáis en la ventura, siendo tan buena la que la fortuna conceda a vuestros deseos, que todo el mundo
envidie vuestros contentos, como admira vuestras semejanzas.
Replicara a estas razones Teolinda, si no lo estorbara una voz que oyeron que dentre los árboles salía; y,
parándose todas a escucharla, luego conoscieron ser del pastor Lauso, de que Galatea y Florisa grande
contento rescibieron, porque en estremo deseaban saber de quién andaba Lauso enamorado, y creyeron que
desta duda las sacaría lo que el pastor cantase. Y, por esta ocasión, sin moverse de donde estaban, con
grandísimo silencio le escucharon. Estaba el pastor sentado al pie de un verde sauce, acompañado de solos
sus pensamientos y de un pequeño rabel, al son del cual desta manera cantaba:
LAUSO
Si yo dijere el bien del pensamiento,
en mal se vuelva cuanto bien poseo;
que no es para decirse el bien que siento.
De mí mesmo se encubra mi deseo,
enmudezca la lengua en esta parte
y en él silencio ponga su trofeo.
Pare aquí el artificio, cese el arte
de exagerar el gusto qu'en un alma
con mano liberal amor reparte.
Baste decir que en sosegada calma
paso el mar amoroso, confiado
de honesto triunfo y vencedera palma.
Sin saberse la causa, lo causado
se sepa; que es un bien tan sin medida
que sólo para el alma es reservado.
Ya tengo nuevo ser, ya tengo vida,
ya puedo cobrar nombre en todo el suelo
de ilustre y clara fama conoscida;
qu'el limpio intento, al amoroso celo
que encierra el pecho enamorado mío,
alzarme puede al más subido cielo.
En ti, Silena, espero; en ti confío,
Silena, gloria de mi pensamiento,
norte por quien se rige mi albedrío.
Espero qu'el sin par entendimiento
tuyo levantes a entender que valgo
por fe lo que no está en merescimiento.
Confío que tendrás, pastora, en algo,
después de hacerte cierta la experiencia,
la sana voluntad de un pecho hidalgo.
¿Qué bienes no asegura tu presencia?
¿Qué males no destierra? ¿Y quién sin ella
sufrirá un punto la terrible ausencia?
¡Oh, más que la belleza misma bella,
más que la propria discreción discreta,
sol a mis ojos y a mi mar estrella!
No la que fue de la nombrada Creta
robada por el falso hermoso toro
igualó a tu hermosura tan perfecta;
ni aquella que en sus faldas granos de oro
sintió llover, por quien después no pudo
guardar el virginal rico tesoro;
ni aquella que con brazo airado y crudo,
en la sangre castísima del pecho
tiñó el puñal, en su limpieza, agudo;
ni aquella que a furor movió y despecho
contra Troya los griegos corazones,
por quien fue el Ilión roto y desecho;
ni la que los latinos escuadrones
hizo mover contra la teucra gente,
a quien Juno causó tantas pas iones;
ni menos la que tiene diferente
fama de la entereza y él trófeo
con que su honestidad guardó excelente:
digo de aquella que lloró a Siqueo,
del mantuano Títiro notada
de vano antojo y no cabal deseo;
no en cuantas tuvo hermosas la pasada
edad, ni la presente tiene agora,
ni en la de por venir será hallada
quien llegase ni llegue a mi pastora
en valor, en saber, en hermosura,
en merecer del mundo ser señora.
¡Dichoso aquél que con firmeza pura
fuere de ti, Silena, bien querido,
sin gustar de los celos la amargura!
¡Amor, que a tanta alteza me has subido,
no me derribes con pesada mano
a la bajeza escura del olvido!
¡Sé conmigo señor, y no tirano!
No cantó más el enamorado pastor, ni por lo que cantado había pudieron las pastoras venir en
conocimiento de lo que deseaban; que, puesto que Lauso nombró a Si lena en su canto, por este nombre no
fue la pastora conoscida. Y así, imaginaron que, como Lauso había andado por muchas partes de España y
aun de toda la Asia y Europa, que alguna pastora forastera sería la que había rendido la libre voluntad suya.
Mas, volviendo a considerar que le habían visto pocos días atrás triunfar de la libertad y hacer burla de los
enamorados, sin duda alguna creyeron que con disfrazado nombre celebraba alguna conocida pastora a
quien había hecho señora de sus pensamientos. Y así, sin satisfacerse en su sospecha, se fueron hacia el
aldea, dejando al pastor en el mesmo lugar do se estaba. Mas no hubieron andado mucho, cuando vieron
venir de lejos algunos pastores, que luego fueron conoscidos, porque eran Tirsi, Damón, Elicio, Erastro,
Arsindo, Francenio, Crisio, Orompo, Daranio, Orfinio y Marsilo, con todos los más principales pastores de
la al dea, y entre ellos el desamorado Lenio, con el lastimado Silerio, los cuales salían a tener la siesta a la
Fuente de las Pizarras, a la sombra que en aquel lugar hacían las entricadas ramas de los espesos y verdes
árboles. Y, antes que los pastores llegasen, tuvieron cuidado Teolinda, Leonarda y Rosaura de rebozarse
cada una con un blanco lienzo, porque de Tirsi y Damón no fuesen conocidas. Los pastores llegaron
haciendo cortés rescibimiento a las pastoras, convidándolas que en su compañía la siesta pa sar quisiesen;
mas Galatea se escusó con decir que aquellas forasteras pastoras que con ella venían tenían necesidad de ir
a la aldea. Con esto se despidió dellos, llevando tras sí las almas de Elicio y Erastro, y aun las encubiertas
pastoras los deseos de conoscerlas de cuantos allí estaban.
Ellas se fueron al aldea y los pastores a la fresca fuente, pero, antes que allá llegasen, Silerio se despidió
de todos, pidiendo licencia para volverse a su ermita; y, puesto que Tirsi, Damón, Elicio y Erastro le
rogaron que por aquel día con ellos se quedase, jamás lo pudieron acabar con él, antes, abrazándolos a
todos, se despidió, encargando y rogandó a Erastro que no dejase de verle todas las veces que por su ermita
pasase. Erastro se lo prometió; y con esto, torciendo el camino, acompañado de su continua pesadumbre, se
völvió a la soledad de su ermita, dejando a los pastores no sin dolor de ver la estrecheza de vida qué en tan
verdes años había escogido; pero más se sentía entre aquellos que le conoscían y sabían la calidad y valor
de su persona.
Llegados los pastores a la fuente, hallaron en ella a tres caballeros y a dos hermosas damas que de
camino venían, y, fatigados del cansancio y convidados del ame no y fresco lugar, les pareció ser bien dejar
el camino que llevaban y pasar allí las calurosas horas de la siesta. Venían con ellos algunos criados, de
manera que, en su apariencia, mostraban ser personas de calidad. Quisieran los pastores, así como los
vieron, dejarles el lugar desocupado, pero uno de los caballeros, que el principal parescía, viendo que los
pastores de comedidos se querían ir a otra parte, les dijo:
-Si era, por ventura, vuestro contento, gallardos pastores, pasar la siesta en este deleitoso sitio, no os lo
estorbe nuestra compañía; antes, nos haced merced de que con la vuestra augmentéis nuestro contento, pues
no promete menos vuestra gentil dispusición y manera; y, siendo el lugar, como lo es, tan acomodado para
mayor can tidad de gente, haréis agravio a mí y a estas damas si no venís en lo que yo en su nombre y el
mío os pido.
-Con hacer, señor, lo que nos mandas -respondió Elicio-, cumpliremos nuestro deseo, que por agora no se
estendía a más que venir a este lugar a pasar en él en buena conversación las enfadosas horas de la siesta; y,
aunque fuera diferente nuestro intento, lo torciéramos sólo por hacer lo que pides.
-Obligado quedo -respondió el caballero - a muestras de tanta voluntad; y, para más certificarme y
obligarme con ella, sentaos, pastores, alrededor desta fresca fuente, donde, con algunas cosas que estas
damas traen para regalo del camino, podáis despertar la sed y mitigarla en las frescas aguas que esta clara
fuente nos ofrece.
Todos lo hicieron así, obligados de su buen comedimiento. Hasta este punto, habían tenido las damas cubiertos
los rostros con dos ricos antifaces; pero, viendo que los pastores se quedaban, se descubrieron,
descubriendo una belleza tan estraña que en gran admiración puso a todos los que la vieron, pareciéndoles
que, después de la de Galatea, no podía haber en la tierra otra que se igualase. Eran las dos damas
igualmente hermosas, aunque la una dellas, que de más edad parescía, a la más pequeña en cierto donaire y
brío se aventajaba. Sentado[s], pues, y acomodados todos, el segundo caballero, que hasta entonces ninguna
cosa había hablado, dijo:
-Cuando me paro a considerar, agradables pastores, la ventaja que hace al cortesano y soberbio trato el
pastoral y humilde vuestro, no puedo dejar de tener lástima a mí mesmo y a vosotros una honesta envidia.
-¿Por qué dices eso, amigo Darinto? -dijo el otro caballero.
-Dígolo, señor, -replicó estotro-, porque veo con cuánta curiosidad vos y yo, y los que siguen el trato
nuestro, procuramos adornar las personas, sustentar los cuerpos y augmentar las haciendas, y cuán poco
viene a lucimos, pues la púrpura, el oro, el brocado que sobre nuestros cuerpos echamos, como los rostros
están marchitos de los mal degiridos manjares, comidos a deshoras, y tan costosos como malgastados,
ninguna cosa nos adornan, ni pulen, ni son parte para que más bien parezcamos a los ojos de quien nos
mira. Todo lo cual puedes ver diferente en los que siguen el rústico ejercicio del campo, haciendo
experiencia en los que tienes delante, los cuales podría ser, y aun es así, que se hubiesen sustentado y
sustentan de manjares simples y en todo contrarios de la vana compostura de los nuestros; y, con todo eso,
mira el moreno de sus rostros, que promete más entera salud que la blancura quebrada de los nuestros; y
cuán bien les está a sus robustos y sueltos miembros un pellico de blanca lana, una caperuza parda y unas
antiparas de cualquier color que sean; y con esto, a los ojos de sus pastoras, deben de parecer más hermosos
que los bizarros cortesanos a los de las retiradas damas. ¿Qué te diría, pues, si quisiese, de la sencillez de su
vida, de la llaneza de su condición y de la honestidad de sus amores? No te digo más, sino que conmigo
puede tanto lo que de la vida pastoral conozco, que de buena gana trocaría la mía con ella.
-En deuda te estamos los pastores -dijo Elicio - por la buena opinión que de nosotros tienes; pero, con
todo eso, te sé decir que hay en la rústica vida nuestra tantos resbaladeros y trabajos como se encierran en
la cortesana vuestra.
-No podré yo dejar de venir en lo que dices, amigo -replicó Darinto-, porque ya se sabe bien que es una
guerra nuestra vida sobre la tierra. Pero, en fin, en la pastoral hay menos que en la ciudadana, por estar más
libre de ocasiones que alteren y desasosieguen el espíritu.
-Cuán bien se conforma con tu opinión, Darinto -dijo Damón-, la de un pastor amigo mío que Lauso se
llama, el cual, después de haber gastado algunos años en cortesanos ejercicios y algunos otros en los
trabajosos del duro Marte, al fin se ha reducido a la pobreza de nuestra rústica vida; y, antes que a ella
viniese, mostró desearlo mucho, como parece por una canción que compuso y envió al famoso Larsileo,
que en los negocios de la Corte tiene larga y ejercitada experiencia. Y, por haberme a mí parecido bien, la
tomé toda en la memoria, y aun os la dijera si imaginara que a ello diera lugar el tiempo y a vosotros no os
cansara el escucharla.
-Ninguna otra cosa nos dará más gusto que escucharte, discreto Damón -respondió Darinto, llamando a
Damón por su nombre, que ya le sabía, por haberle oído nombrar a los otros pastores, sus amigos-; y así, yo
de mi parte te ruego nos digas la canción de Lauso; que, pues ella es hecha, como dices, a mi propósito y tú
la has tomado de memoria, imposible será que deje de ser buena.
Comenzaba Damón a arrepentirse de lo que había dicho y procuraba escusarse de lo prometido; mas, los
caballeros y damas se lo rogaron tanto, y todos los pastores, que él no pudo escusar el decirla. Y así,
habiéndose sosegado un poco, con gentil donaire y gracia, dijo desta manera:
DAMÓN
El vano imaginar de nuestra mente,
dé mil contrarios vientos arrojada
acá y allá con curso presuroso;
la humana condición, flaca, doliente,
en caducos placeres ocupada,
do busca, sin hallarle, algún reposo;
el falso, el mentiroso
mundo, prometedor de alegres gustos;
la voz de sus sirenas,
mal escuchada apenas
cuando cambia su gusto en mil disgustos;
la Babilonia, el caos que miro y leo
en todo cuanto veo;
el cauteloso trato cortesano,
junto con mi deseo,
puesto han la pluma en la cansada mano.
Quisiera yo, señor, que allí llegara
do llega mi deseo, el corto vuelo
de mi grosera mal cortada pluma,
sólo para que luego se ocupara
en levantar el más subido vuelo
vuestra rara bondad y virtud summa.
Mas, ¿quién hay que presuma
echar sobre sus hombros tanta carga,
si no es un nuevo Adlante,
en fuerzas tan bastante
que poco el cielo le fatiga y carga?
Y aun le será forzoso que se ayude
y el grave peso mude
sobre los brazos de otro Alcides nuevo;
y, aunque se encorve y sude,
yo tal fatiga por descanso apruebo.
Ya que a mis fuerzas esto es imposible
y el inútil deseo doy por muestra
de lo que encierra el justo pensamiento,
veamos si, quizá, será posible
mover la flaca mal contenta diestra
a mostrar por enigma algún contento;
mas, tan sin fuerzas siento
mi fuerza en esto, que será forzoso
que apliquéis los oídos
a los tristes gemidos
de un desdeñado pecho congojoso,
a quien el fuego, el aire, el mar, la tierra
hacen contino guerra,
todos en su desdicha conjurádós,
que se remata y, cierra
con la corta ventura de sus hados.
Si esto no fuera, fácil cosa fuera
tender por la región del gusto el paso,
y reducir cien mil a la memoria,
pintando el monte, el río y la ribera
do amor, el hado, la fortuna y caso
rindieron a un pastor toda su gloria.
Mas desta dulce historia
el tiempo triunfa, y sólo queda della
una pequeña sombra,
que ahora espanta, asombra
al pensamiento que más piensa en ella:
condición propria de la humana suerte,
que el gusto nos convierte
en pocas horas en mortal disgusto,
y nadie habrá que acierte
en muchos años con un firme gusto.
Vuelva y revuelva; en alto suba o baje
el vano pensamiento al hondo abismo;
corra en un punto desde Tile a Batro,
qu'él dirá, cuanto más sude y trabaje,
y del término salga de sí mismo,
puesto en la esfera o en el cruel Baratro:
¡oh, una, y tres, y cuatro,
cinco, y seis y más veces venturoso
el simple ganadero,
que con un pobre apero
vive con más contento y más reposo
qu'el rico Craso o el avariento Mida,
pues con aquella vida
robusta, pastoral, sencilla y sana,
de todo punto olvida
esta mísera, falsa, cortesana!
En el rigor del erizado invierno,
al tronco entero de robusta encina,
de Vulcano abrazada, se calienta
y allí en sosiego trata del gobierno
mejor de su ganado, y determina
dar de sí al cielo no entricada cuenta.
Y cuando ya se ahuyenta
el encogido, estéril, yerto frío,
y el gran señor de Delo
abrasa el aire, el suelo,
en el margen sentado de algún río,
de verdes sauces y álamos cubierto,
con rústico concierto
suelta la voz o toca el caramillo,
y a veces se vee cierto
las aguas detenerse por oíllo.
Poco allí le fatiga el rostro grave
del privado, que muestra en apariencia
mandar allí do no es obedecido,
ni el alto exagerar con voz süave
del fals o adulador, que en póca ausencia
muda opinión, señor, bando y partido;
ni el desdén sacudido
del sotil secretario le fatiga,
ni la altivez honrada
de la llave dorada,
ni de los varios príncipes la liga,
ni del manso ganado un punto parte,
porque el furor de Marte
a una y a otra parte suene airado,
regido por tal arte
que apenas su secuaz se ve medrado.
Reduce a poco espacio sus pisadas,
del alto monte al apacible llano,
desde la fresca fuente al claro río,
sin que, por ver las tierras apartadas,
las movibles campañas de Oceano
are con loco antiguo desvarío.
No le levanta el brío
saber qu'el gran monarca invicto vive
bien cerca de su aldea,
y, aunque su bien desea,
poco disgusto en no verle rescibe;
no como el ambicioso entremetido,
que con seso perdido
anda tras el favor, tras la privanza,
sin nunca haber teñido
en turca o en mora sangre espada o lanza.
No su semblante o su color se muda
porque mude color, mude semblante,
el señor a quien sirve, pues no tiene
señor que fuerce a que con lengua muda
siga, cual Clicie a su dorado amante,
el dulce o amargo gusto que le viene.
No le veréis que pene
de temor que un descuido, una nonada,
en el ingrato pecho
del señor el derecho
borre de sus servicios, y sea dada
de breve despedida la sentencia.
No muestra en apariencia
otro de lo que encierra el pecho sano;
que la rústica sciencia
no alcanza el falso trato cortesano.
¿Quién tendrá vida tal en menosprecio?
¿Quién no dirá que aquélla sola es vida
que al sosiego del alma se encamina?
El no tenerla el cortesano en precio
hace que su bondad sea conoscida
de quien aspira al bien y al mal declina.
¡Oh vida, do se afina
en soledad el gusto acompañado!
¡Oh pastoral bajeza,
más alta que la alteza
del cetro más subido y levantado!
¡Oh flores olorosas, oh sombríos
bosques, oh claros ríos!
¡Quién gozar os pudiera un breve tiempo,
sin que los males míos
turbasen tan honesto pasatiempo!
¡Canción, a parte vas do serán luego
conocidas tus faltas y tus [s]obras!
Mas di, si aliento cobras,
con rostro humilde enderezado a ruego:
"¡Señor, perdón, porque el que acá me envía,
en vos y en su deseo se confía!".
-Ésta es, señores, la canción de Lauso -dijo Damón en acabándola-, la cual fue tan celebrada de Lariseo,
cuanto bien admitida de los que en aquel tiempo la vieron.
-Con razón lo puedes decir -respondió Darinto-, pues la verdad y artificio suyo es digno de justas
alabanzas.
-Estas canciones son las de mi gusto -dijo a este punto el desamorado Lenio-, y no aquellas que a cada
paso llegan a mis oídos, llenas de mil simples conceptos amorosos, tan mal dispuestos a intricados que
osare jurar que hay algunas que, ni las alcanza quien las oye, por discreto que sea, ni las entiende quien las
hizo. Pero no menos fatigan otras que se enzarzan en dar alabanzas a Cupido y en exagerar su poder, su
valor, sus maravillas y milagros, haciéndole señor del cielo y de la tierra, dándole otros mil atributos de
potencia, de mando y señorío. Y lo que más me cansa de los que las hacen es que, cuando hablan de amor,
entienden de un no sé quién que ellos llaman Cupido, que la mesma significación del nombre nos declara
quién es él, que es un apetito sensual y vano, digno de todo vituperio.
Habló el desamorado Lenio, y en fin hubo de parar en decir mal de amor; pero, como todos los más que
allí estaban conoscían su condición, no repararon mucho en sus razones, si no fue Erastro, que le dijo:
-¿Piensas, Lenio, por ventura, que siempre estás hablando con el simple Erastro, que no sabe contradecir
tus opiniones ni responder a tus argumentos? Pues quiérote advertir que lo será sano el callar por agora, o, a
lo me nos, tratar de otras cosas que de decir mal de amor, si ya no gustas que la discreción y sciencia de
Tirsi y de Damón te alumbren de la ceguedad en que estás, y te muestren a la clara to que ellos entienden y
lo que tú debes entender del amor y de sus cosas.
-¿Qué me podrán ellos decir que yo no sepa? -dijo Lenio-. O ¿qué les podré yo replicar que ellos no ignoren?
-Soberbia es esa, Lenio -respondió Elicio -, y en ella muestras cuán fuera vas del camino de la verdad de
amor, y que te riges más por el norte de tu parecer y antojo, que no por el que te debías regir, que es el de la
verdad y experiencia.
-Antes por la mucha que yo tengo de sus obras -respondió Lenio-, le soy tan contrario como muestro y
mostraré mientras la vida me durare.
-¿En qué fundas to razón? -dijo Tirsi.
-¿En qué, pastor? -respondió Lenio-. En que, por los efectos que hace, conozco cuán mala es la causa que
los produce.
-¿Cuáles son los efectos de amor que tú tienes por tan malos? -replicó Tirsi.
-Yo te los diré, si con atención me escuchas -dijo Le nio-; pero no querría que mi plática enfadase los
oídos de los que están presentes, pudiendo pasar el tiempo en otra conversación de más gusto.
-Ninguna cosa habrá que sea más del nuestro -dijo Darinto- que oír tratar desta materia, especialmente
entre personas que tan bien sabrán defender su opinión; y así, por mi parte, si la destos pastores no lo
estorba, te ruego, Lenio, que sigas adelante la comenzada plática.
-Eso haré yo de buen grado -respondió Lenio-, porque pienso mostrar claramente en ella cuántas razones
me fuerzan a seguir la opinión que sigo y a vituperar cualquiera otra que a la mía se opusiere.
-Comienza, pues, ¡oh Lenio! -dijo Damón-, que no estarás más en ella de cuanto mi compañero Tirsi
descubra la suya.
A esta sazón, ya que Lenio se preparaba a decir los vituperios de amor, llegaron a la fuente el venerable
Aurelio, padre de Galatea, con algunos pastores, y con él asimesmo venían Galatea y Florisa, con las tres
rebozadas pastoras, Rosaura, Teolinda y Leonarda, a las cuales, habiéndolas topado a la entrada de la aldea
y sabiendo dellas la junta de pastores que en la Fuente de las Pizarras quedaba, a ruego suyo las hizo
volver, fiadas las forasteras pastoras en que, por sus rebozos, no serían de alguno conoscidas. Levantáronse
todos a rescebir a Aurelio y a las pastoras, las cuales se sentaron con las damas, y Aurelio y los pastores
con los demás pastores. Pero, cuando las damas vieron la singular belleza de Galatea, quedaron tan
admiradas que no podían apartar los ojos de mirarla. No lo fue menos Galatea de la hermosura dellas, especialmente
de la que de mayor edad parescía. Pasó entre ellas algunas palabras de comedimiento; pero todo
cesó cuando supieron lo que entre el discreto Tirsi y el desamorado Lenio estaba concertado, de lo que se
holgó infi nito el venerable Aurelio, porque en estremo deseaba ver aquella junta y oír aquella disputa; y
más enton ces, donde tendría Lenio quien tan bien le supiese responder. Y así, sin más esperar, sentándose
Lenio en un tronco de un desmochado olmo, con voz al principio baja y después sonora, desta manera
comenzó a decir:
LENIO
-Ya casi adivino, valerosa y discreta compañía, cómo ya en vuestro entendimiento me vais juzgando por
atrevido y temerario, pues con el poco ingenio y menos experiencia que puede prometer la rústica vida en
que yo algún tiempo me he criado, quiero tomar contienda, en materia tan ardua como ésta, con el famoso
Tirsi, cuya crianza en famosas academias y cuyos bien sabidos estudios no pueden asegurar en mi
pretensión sino segura pérdida. Pero confiado que, a las veces, la fuerza del natural ingenio, adornado con
algún tanto de experiencia, suele descubrir nuevas sendas con que facilitan las sciencias por largos años
sabidas, quiero atreverme hoy a mostrar en público las razones que me han movido a ser tan enemigo de
amor, que he merescido por ello alcanzar renombre de desamorado. Y, aunque otra cosa no me mo viera a
hacer esto sino vuestro mandamiento, no me escusara de hacerla; cuanto más, que no será pequeña la gloria
que de aquí he de granjear, aunque pierda la empresa, pues al fin dirá la fama que tuve ánimo para competir
con el nomb rado Tirsi. Y así, con este presupuesto, sin querer ser favorescido si no es de la razón que
tengo, a ella sola invoco y ruego dé tal fuerza a mis palabras y argumentos, que se muestre en ellas y en
ellos la que tengo para ser tan enemigo del amor como publico. Es, pues, amor, según he oído decir a mis
mayores, un deseo de belleza, y esta difinición le dan, entre otras muchas, los que en esta questión han
llegado más al cabo. Pues, si se me concede que el amor es deseo de belleza, forzosamente se me ha
conceder que, cual fuere la belleza que se amare, tal será el amor con que se ama. Y, porque la belleza es en
dos maneras, corpórea a incorpórea, el amor que la belleza corporal amare como último fin su yo, este tal
amor no puede ser bueno, y éste es el amor quien yo soy enemigo. Pero, como la belleza corpórea se divide
asimesmo en dos partes, que son en cuerpos vivos y en cuerpos muertos, también puede haber amor de belleza
corporal que sea bueno. Muéstrase la una parte de la belleza corporal en cuerpos vivos de varones y
de hembras, y ésta consiste en que todas las partes del cuerpo sean de por sí buenas, y que todas juntas
hagan un todo perfecto y formen un cuerpo proporcionado de miembros y suavidad de colores. La otra
belleza de la parte corporal no viva consiste en pinturas, estatuas, edificios, la cual belleza puede amarse sin
que el amor con que se ama re se vitupere. La belleza incorpórea se divide también en dos partes, en las
virtudes y sciencias del ánima; y el amor que a la virtud se tiene, necesariamente ha de ser bueno, y ni más
ni menos el que se tiene a las virtuosas sciencias y agradables estudios. Pues, como sean estas dos suertes
de belleza la causa que engendra el amor en nuestros pechos, síguese que en el amar la una a la otra,
consista ser el amor bueno o malo. Pero, como la belleza incorpórea se considera con los ojos del
entendimiento, limpios y claros, y la belleza corpórea se mire con los ojos corporales, en comparación de
los incorpóreos, turbios y ciegos, y, como sean más prestos los ojos del cuerpo a mirar la belleza presente
corporal, que agrada, que no los del entendimiento a considerar la ausente in corpórea, que glorifica, síguese
que más ordinariamente aman los mortales la caduca y mortal belleza, que los destruye, que no la singular
y divina, que los mejora. Pues deste amor o desear la corporal belleza, han nascido, nascen y nascerán en el
mundo asolación de ciudades, ruina de estados, destruición de imperios y muertes de amigos; y, cuando
esto generalmente no suceda, ¿qué desdichas mayores, qué tormentos más graves, qué incendios, qué celos,
qué penas, qué muertes puede imaginar el humano entendimiento que a las que padece el miserabre amante
puedan compararse? Y es la causa desto que, como toda la felicidad del amante consista en gozar la belleza
que desea, y esta belleza sea imposible poseerse y gozarse enteramente, aquel no poder llegar al fin que se
desea, engendra en él los sospiros, las lágrimas, las quejas y desabrimientos. Pues, que sea verdad que la
belleza de quien hablo no se puede gozar perfecta y enteramente, está manifiesto y claro, porque no está en
mano del hombre gozar cumplidamente cosa que esté fuera dél y no sea toda suya; porque las estrañas,
conoscida cosa es que están siempre debajo del arbitrio de la que llamamos fortuna y caso, y no en poder de
nuestro albedrío. Y así, se concluye que, donde hay amor, hay dolor, y quien esto negase negaría asimesmo
que el sol es claro y que el fuego abrasa. Mas, porque se venga con más facilidad en conocimiento de la
amargura que amor encierra, por las pasiones del ánimo discurriendo se verá clara la verdad que sigo. Son,
pues, las pasiones del ánimo, como mejor vosotros sabéis, discretos caballeros y pastores, cuatro generales,
y no más: desear demasiado, alegrarse mucho, gran temor de las futuras miserias, gran dolor de las presentes
calamidades; las cuales pasiones, por ser como vientos contrarios que la tranquilidad del ánima
perturban, con más proprio vocablo, perturbaciones son llama das. Y destas perturbaciones la primera es
propria del amor, pues el amor no es otra cosa que deseo; y así, es el deseo principio y origen de do todas
nuestras pasiones proceden, como cualquier arroyo de su fuente; y de aquí viene que todas las veces que el
deseo de alguna cosa se enciende en nuestros corazones luego nos mueve a seguirla y a buscarla; y,
buscándola y siguiéndola, a mil desordenados fines nos conduce. Este deseo es aquél que incita al hermano
a procurar de la amada hermana los abominables abrazos, la madrastra del alnado, y lo que peor es, el
mesmo padre de la propria hija. Este deseo es el que nuestros pensamientos a dolorosos peligros acarrea: ni
aprovecha que le hagamos obstáculo con la ra zón, que, puesto que nuestro mal claramente conozcamos, no
por eso sabemos retiramos dél. Y no se contenta amor de tenernos a una sola voluntad atentos; antes, como
del deseo de las cosas, como ya está dicho, todas las pasiones nascen, así, del primer deseo que nasce en
nosotros, otros mil se derivan; y éstos son en los enamora dos no menos diversos que infinitos. Y, aunque
todas las más de las veces miren a un solo fin, con todo eso, como son diversos los objectos y diversa la
fortuna de cada uno de los amadores, sin duda alguna, diversamente se desea. Hay algunos que, por llegar a
alcanzar lo que desean, ponen toda su fuerza en una carrera, en la cual ¡oh cuántas y cuán duras cosas se
encuentran, cuántas veces se cae, y cuántas agudas espinas atormentan sus pies, y cuántas veces primero se
pierde la fuerza y el aliento, que den alcance a lo que procuran! Algunos otros hay que ya de la cosa amada
son poseedores, y ninguna otra desean, ni piensan sino en mantenerse en aquel estado; y, tiniendo en esto
sólo ocupados sus pensamientos, y en esto sólo todas sus obras y tiempo consumido, en la felicidad son
míseros, en la riqueza pobres y en la ventura desventurados. Otros, que ya están fuera de la posesión de sus
bienes, procuran tomar a ellos, usando para ello mil ruegos, mil promesas, mil condiciones, infinitas lágrimas,
y al cabo, en estas miserias ocupándose, se ponen a términos de perder la vida. Mas no se ven estos
tormentos en la entrada de los primeros deseos, porque entonces el engañoso amor nos muestra una senda
por do entremos, al parecer ancha y espaciosa, la cual después poco a poco se va cerrando, de manera que
para volver ni pasar adelante ningún camino se ofrece. Y así, engañados y atraídos los míseros amantes con
una dulce y falsa risa, con un solo volver de ojos, con dos malformadas palabras que en sus pechos una
falsa y flaca esperanza engendran, arrójanse luego a caminar tras ella, aguijados del deseo; y después, a
poco trecho y a pocos días, hallando la senda de su remedio cerrada y el camino de su gusto impedido,
acuden luego a regar su rostro con lágrimas, a turbar el aire con sospiros, a fatigar los oídos con
lamentables quejas; y lo peor es que, si acaso con las lágrimas, con los sospiros y con las quejas no puede
venir al fin de lo que desea, luego muda estilo y procura alcanzar por malos medios to que por buenos no
puede. De aquí nascen los odios, las iras, las muertes, así de amigos como de enemigos; por esta causa se
han visto, y se veen a cada paso, que las tiernas y delicadas mujeres se ponen a hacer cosas tan estrañas y
temerarias que aun sólo el imaginarlas pone espanto; por ésta se veen los sanctos y conyugales lechos de
roja sangre bañados, ora de la triste mal advertida esposa, ora del incauto y descuidado marido. Por venir al
fin deste deseo, es traidor el hermano al hermano, el padre al hijo y el amigo al amigo. Este rompe
enemistades, atropella respectos, traspasa leyes, olvida obligaciones y solicita parientas. Mas, porque claramente
se vea cuánta es la miseria de los enamorados, ya se sabe que ningún apetito tiene tanta fuerza en
noso tros, ni con tanto ímpetu al objecto propuesto nos lleva, como aquél que de las espuelas de amor es
solicitado; y de aquí viene que ninguna alegría o contento pasa tanto del debido término, como aquélla del
amante cuando viene a conseguir alguna cosa de las que desea. Y esto se vee porque, ¿qué persona habrá de
juicio, si no es el amante, que tenga a summa felicidad un tocar la mano de su amada, una sortijuela suya,
un breve amoroso volver de ojos y otras cosas semejantes, de tan poco momento cual las considera un
entendimiento desapasionado? Y no por estos gustos tan colmados que, a su parecer, los amantes
consiguen, se ha de decir que son felices y bienaventurados, porque no hay ningún contento suyo que no
venga acompañado de innumerables disgustos y sinsabores, con que amor se los agua y turba, y nunca llegó
gloria amo rosa adonde llega y alcanza la pena. Y es tan mala el ale gría de los amantes, que los saca fuera
de sí mesmos, tomándolos descuidados y locos, porque, como ponen todo su intento y fuerzas en
mantenerse en aquel gustoso estado que ellos se imaginan, de toda otra cosa se descuidan, de que no poco
daño se les sigue, así de hacienda como de honra y vida, pues, a trueco de lo que he dicho, se hacen ellos
mesmos esclavos de mil congojas y enemigos de sí proprios; pues que, cuando sucede que en medio de la
carrera de sus gustos les toca el hierro frío de la pesada lanza de los celos, allí se les escurece el cielo, se les
turba el aire y todos los elementos se les vuelven contrarios. No tienen entonces de quién esperar contento,
pues no se le puede dar el conseguir el fin que desean; allí acude el temor contino, la desesperación
ordinaria, las agudas sospechas, los pensamientos varios, la solici tud sin provecho, la falsa risa y el
verdadero llanto, con otros mil estraños y terribles accidentes que le consumen y atierran. Todas las
ocasiones de la cosa amada les fatigan: si mira, si ríe, si toma, si vuelve, si calla, si habla; y, finalmente,
todas las gracias que le movieron a querer bien, son las mesmas que atormentan al amante celoso. ¿Y quién
no sabe que si la ventura a manos llenas no favoresce a los amorosos principios, y con presta diligencia a
dulce fin los conduce, cuán costosos le son al amante cualesquier otros medios que el desdichado pone para
conseguir su intento? ¿Qué de lágrimas derrama, qué de sospiros esparce, cuántas cartas escribe, cuántas
noches no duerme, cuántos y cuán contrarios pensamientos le combaten, cuántos recelos le fatigan y
cuántos temores le sobresaltan? ¿Hay, por ventura, Tántalo que más fatiga tenga entre las aguas y el
manzano puesto, que la que tiene el miserable amante entre el temor y la esperanza colocado? Son los
servicios del amante no favorescido los cántaros de las hijas de Dánao, tan sin provecho derramados que
jamás llegan a conseguir una mí nima parte de su intento. ¿Hay águila que así destruya las entrañas de
Ticio, como destruyen y roen los celos las del amante celoso? ¿Hay piedra que tanto cargue las espaldas de
Sísifo, como carga el temor contino los pensamientos de los enamorados? ¿Hay rueda de Ixión que más
presto se vuelva y atormente, que las prestas y varias imaginaciones de los temerosos amantes? ¿Hay
Minos ni Radamanto que así castiguen y apremien las desdichadas condemnadas almas, como castiga y
apremia el amor al enamorado pecho que al insufrible mando suyo está subjeto? No hay cruda Megera, ni
rabiosa Tesifón, ni vengadora Alecto que así maltraten el ánima do se encierran, como maltrata esta furia,
este deseo, a los sin ventura que le reconocen por señor y se le humillan como vasallos; los cuales, por dar
alguna disculpa de las locuras que hacen, dicen, o a lo menos dijeron los antiguos gentiles, que aquel
instinto que incita y mueve al enamorado para amar más que a su propria vida la ajena, era un dios a quien
pusieron por nombre Cupido, y que así, forzados de su deidad, no podían dejar de seguir y caminar tras to
que él quería. Movióles a decir esto y a dar nombre de dios a este deseo, el ver los efectos sobrenaturales
que hace en los enamorados. Sin duda, parece que es sobrenatural cosa estar un amante en un instante
mesmo teme roso y confiado, arder lejos de su amada y helarse cuando más cerca della, mudo cuando
parlero y parlero cuando mudo. Estraña cosa es asimesmo seguir a quien me huye, alabar a quien me
vitupera, dar voces a quien no me escucha, servir a una ingrata y esperar en quien jamás promete ni puede
dar cosa que buena sea. ¡Oh amarga dulzura, oh venenosa medicina de los amantes no sanos, oh triste
alegría, oh flor amo rosa que ningún fruto señalas, si no es de tardo arrepentimiento! Éstos son los efectos
deste dios imaginado, éstas son sus hazañas y maravillosas obras. Y aun también puede verse en la pintura
con que figuraban a este su vano dios cuán vanos ellos andaban: pintábanle niño, desnudo, alado, vendados
los ojos, con arco y saetas en las manos, por darnos a entender, entre otras cosas, que, en siendo uno
enamora do, se vuelve de la condición de un niño simple y antojadizo, que es ciego en las pretensiones,
ligero en los pensamientos, cruel en las obras, desnudo y pobre de las riquezas del entendimiento. Decían
asimesmo que entre las saetas suyas tenía dos, la una de plomo y la otra de oro, con las cuales diferentes
efectos hacía, porque la de plomo engendraba odio en los pechos que tocaba, y la de oro, crescido amor en
los que hería, por sólo avisamos que el oro rico es aquél que hace amar, y el plomo pobre aborrecer. Y, por
esta ocasión, no en balde cantan los poetas Atalante vencida de tres hermosas manzanas de oro, y a la bella
Dánae preñada de la dorada lluvia, y al piadoso Eneas descender al infierno con el ramo de oro en la mano.
En fin, el oro y la dádiva es una de las más fuertes saetas que el amor tiene y con la que más corazones
subjeta; bien al revés de la de plomo, metal bajo y menospreciado, como lo es la pobreza, la cual antes engendra
odio y aborrecimiento donde llega, que otra benevolencia alguna. Pero si las razones hasta agora por
mí dichas no bastan a persuadir la que yo tengo de estar mal con este pérfido amor de quien trato, oí en
algunos ejemplos verdaderos y pasados los efectos suyos, y veréis, como yo veo, que no vee ni tiene ojos
de entendimiento el que no alcanza la verdad que sigo. Veamos, pues: ¿quién, sino este amor, es aquel que
al justo Loth hizo romper el casto intento y violar a las proprias hijas suyas? Éste es, sin duda, el que hizo
que el escogido David fuese adúltero y homicida; y el que forzó al libidinoso Amón a procurar el torpe
ayuntamiento de Tamar, su querida hermana; y el que puso la cabeza del fuerte Sansón en las traidoras
faldas de Dalida, por do, perdiendo él su fuerza, perdieron los suyos su amparo, y al cabo, él y otros
muchos la vida; éste fue el que movió la lengua de Herodes para prometer a la bailadora niña la cabeza del
precursor de la vida; éste hace que se dude de la salvación del más sabio y rico rey de los reyes, y aun de
todos los hombres; éste redujo los fuertes brazos del famoso Hércules, acostumbrados a regir la pesada
maza, a torcer un pequeñuelo huso y a ejercitarse en mujeriles ejercicios; éste hizo que la furiosa y
enamorada Medea esparciese por el aire los tiernos miembros de su pequeño hermano; éste cortó la lengua
a Progne, arrastró a Hipólito, infamó a Pasífae, destruyó a Troya, mató a Egisto; éste hizo cesar las
comenzadas obras de la nueva Cartago, y que su primera reina pasase su casto pecho con la aguda espada;
éste puso en las manos de la nombrada y hermosa Sofonisba el vaso del mortífero veneno que le acabó la
vida; éste quitó la suya al valiente Turno, y el reino a Tarquino, el mando a Marco Antonio, y la vida y la
honra a su amiga; éste, en fin, entregó nuestras Españas a la bárbara furia agarena, llamada a la venganza
del desordenado amor del miserable Rodrigo. Mas, porque pienso que primero nos cubriría la noche con su
sombra, que yo acabase de traeros a la memoria los ejemplos que se ofrecen a la mía de las hazañas que el
amor ha hecho y cada día hace en el mundo, no quiero pasar más adelante en ellos, ni aun en la comenzada
plática, por dar lugar a que el famoso Tirsi me responda, rogándoos primero, señores, no os enfade oír una
canción que días ha tengo hecha en vituperio deste mi enemigo, la cual, si bien me acuerdo, dice desta
manera:
Sin que me pongan miedo el yelo y fuego,
el arco y flechas del amor tirano,
en su deshonra he de mover mi lengua;
que ¿quién ha de temer a un niño ciego,
de vario antojo y dejuicio insano,
aunque más amenace daño y mengua?
Mi gusto cresce y el dolor desmengua
cuando la voz levanto
al verdadero canto
qu'en vituperio del amor se forma,
con tal verdad, con tal manera y forma,
que a todo el mundo su maldad descubre,
y claramente informa
del cierto daño qu'el amor encubre.
Amor es fuego que consume al alma,
yelo que yela, flecha que abre el pecho
que de sus mañas vive descuidado;
turbado mar do no se ha visto calma,
ministro de ira, padre del despecho,
enemigo en amigo disfrazado,
dador de escaso bien y mal colmado,
afable, lisonjero,
tirano crudo y fiero,
y Circe engañadora que nos muda
en varios mostruos, sin que humana ayuda
pueda al pasado ser nuestro volvemos,
aunque ligera acuda
la luz de la razón a socorrernos;
yugo que humilla al más erguido cuello,
blanco a do se encaminan los deseos
del ocio blando sin razón nascidos,
red engañosa de sotil cabello
que cubre y prende en torpes actos feos
los que del mundo son en más tenidos,
sabroso mal de todos los sentidos,
ponzoña disfrazada
cual píldora dorada,
rayo que adonde toca abrasa y hiende,
airado brazo que a traición ofende,
verdugo del captivo pensamiento
y del que se defiende
del dulce halago de su falso intento;
daño que aplace en los principios, cuando
se regala la vista en el subjeto,
que, cual el cielo, bello le parece;
mas canto cuanto más pasa mirando,
tanto más pena en público y secreto
el corazón, que todo lo padece.
Mudo hablador, parlero que enmudece,
cuerdo que desatina,
pura total ruïna
de la más concertada alegre vida,
sombra de bien en males convertida,
vuelo que nos levanta hasta la esfera,
para que en la caída
quede vivo el pesar y el gusto muera;
invisible ladrón que nos destruye
y roba lo mejor de nuestra hacienda,
llevándonos el alma a cada paso;
ligereza que alcanza al que más huye,
enigma que ninguno hay que la entienda,
vida que de contino está en traspaso,
guerra elegida y que nasce acaso,
tregua que poco dura,
amada desventura,
preñez que por jamás a sazón llega,
enfermedad que al ánima se pega,
cobarde que se arroja al mal y atreve
deudor que siempre niega
la deuda averiguada que nos debe,
cercado laberinto do se anida
una fiera crüel que se sustenta
de rendidos humanos corazones,
lazo donde se enlaza nuestra vida,
señor que al mayordomo pide cuenta
de las obras, palabras a intenciones;
codicia de mil varias pretensiones,
gusano que fabrica
estancia pobre o rica,
do poco espacio habita, y al fin muere;
querer que nunca sabe lo que quiere,
nube que los sentidos escurece,
cuchillo que nos hiere.
Éste es el amor. ¡Seguidle, si os parece!
Con esta canción acabó su razonamiento el desamora do Lenio, y con ella y con él dejó admirados a
algunos de los que presentes estaban, especialmente a los caballeros, pareciéndoles que lo que Lenio había
dicho de más caudal que de pastoril ingenio parec ía; y con gran deseo y atención estaban esperando la
respuesta de Tirsi, pro metiéndose todos en su imaginación que, sin duda alguna, a la de Lenio haría ventaja,
por la que Tirsi le hacía en la edad y en la experiencia y en los más acostumbrados estudios; y asimesmo les
aseguraba esto porque deseaban que la opinión desamorada de Lenio no prevale ciese. Bien es verdad que la
lastimada Teolinda, la enamorada Leonarda, la bella Rosaura y aun la dama que con Darinto y su
compañero venía claramente vieron figurados en el discurso de Lenio mil puntos de los sucesos de sus
amores, y esto fue cuando llegó a tratar de lágrimas y sospiros y de cuán caros se compraban los contentos
amorosos. Solas la hermosa Galatea y la dis creta Florisa iban fuera desta cuenta, porque hasta entonces no
se la había tomado amor de sus hermosos y rebeldes pechos; y así, estaban atentas, no más de a escuchar la
agudeza con que los dos famosos pastores disputaban, sin que de los efectos de amor que oían viesen
alguno en sus libres voluntades. Pero, siendo la de Tirsi reducir a mejor término la opinión del desamorado
pastor, sin esperar ser rogado, tiniendo de su