EL RETRATO DE DORIAN
GRAY
de
Oscar Wilde
(1854-1900)
Escritor
Irlandés. Nació y se educó en Dublín y luego en Oxford. Se
destacó desde el comienzo. Por sus posturas vanguardistas y su ironía
para describir la realidad fue mimado por la aristocracia londinense.
Escribió novelas, cuentos y comedias. Hasta que fue acusado por
homosexualismo y debió enfrentar duras batallas juduciales que
finalmente lo condenaron a 2 años de trabajos forzados en la cárcel
de
Reading. Después de esto vivió parte de su vida bajo un
seudónimo, Sebastien Melmouth. Se lo considera representante del
decadentismo vanguardista, su ingenio, sus diálogos sagaces, sus
talentosos juegos de palabras y su ironía lo ubicaron como uno de los
grandes de la literatura universal.
Datos biográficos:
Acerca de
esta obra: La telentosa pluma de Oscar Wilde narra la
historia de la decadencia de un hombre. Es un libro considerado la más
moral de las historias de inmorales. Esta obra le ha valido a su autor
superar el calificativo de escritor y ser considerado casi como un
filósofo. Dorian Gray a cambio de la eterna juventud entrega su alma
y
termina siendo corrompido por la malvada influencia de su mentor.
Altamente recomendable para lectores de todos los tiempos y
geografias.
PREFACIO
El artista es el dios de las cosas bellas.
Mostrar el arte, ocultando al artista: tal es el fin del arte.
El crítico es
aquel que puede traducir en un nuevo modo o una materia
distinta su impresión de las cosas bellas.
La más alta,
como la más baja forma de critica, es siempre una
especie de autobiografía.
Los que
encuentran un sentido feo en cosas bellas son corrompidos
sin
ser seducidos. Esto es un defecto.
Los que
encuentran un sentido bello en las casas bellas son los
entendimientos cultos. Para éstos todavía hay esperanza.
Son los
escogidos aquellos para quienes las cosas bellas sólo significan
Belleza.
No hay libros
morales ni inmorales. Los libros están bien o mal escritos.
Simplemente.
La aversión
del siglo XIX por el Realismo es la rabia de Caliban al ver
su
propia faz en un espejo.
La aversión
del siglo XIX por el Romanticismo es la rabia de Caliban al
no
ver su propia faz en un espejo.
La vida moral
del hombre forma parte de los materiales del artista;
pero la moral del arte consiste en el uso perfecto de un medio
imperfecto.
Ningún
artista desea demostrar nada. Hasta las verdades pueden ser
demostradas.
Ningún
artista tiene simpatías éticas. Una simpatía ética en un artista
es
un imperdonable amaneramiento del estilo.
Ningún artista es jamás morboso. El artista puede expresarlo todo.
Pensamiento y palabra son para el artista instrumentos de un arte.
Vicio y virtud son para el artista materiales de un arte.
Desde el
punto de vista de la forma, el arquetipo de todas las artes es
el
arte del músico. Desde el punto de vista del sentimiento, el oficio
del
actor es el arquetipo.
Todo arte es ala vez superficie y símbolo.
Los que van
más adentro de la superficie, hácenlo así a cuenta y
riesgo propios.
Los que descifran el símbolo, hácenlo así a cuenta y riesgo propios.
Es el espectador, y no la vida, lo que realmente el arte refleja.
Diversidad de
opinión sobre una obra de arte prueba que la obra es
nueva, compleja y vital.
Cuando los
críticos están en desacorde, el artista esta de acuerdo
consigo mismo.
Podemos
perdonar a un hombre que haga una cosa útil, con tal de que
no
la admire. La sola excusa de hacer una cosa inútil es admirarla
inmensamente.
Todo arte es completamente inútil.
EL RETRATO DE DORIAN GRAY
CAPITULO I
Un intenso
olor de rosas penetraba en el estudio, y cuando, entre los
árboles del jardín, comenzaba la brisa, llegaban por la puerta abierta el
denso aroma de las filas o el más delicado perfume de los agavanzos
en
flor.
Desde el
rincón del diván de alforjas persas en que yacía, fumando,
según costumbre, cigarrillo tras cigarrillo, Lord Henry Wotton podía
divisar el resplandor dorado de las flores color de miel de un cítiso,
cuyas ramas trémulas apenas parecían capaces de soportar el peso
de
tan flamante belleza, y de cuando en cuando, las sombras
fantásticas de los pájaros cruzaban las largas cortinas de seda que
cubrían el ancho ventanal, produciendo una especie de efecto japonés
momentáneo, y haciéndole pensar en esos pintores de Tokyo, de
rostro jade pálido, que por medio de un arte forzosamente inmóvil
tratan de dar la impresión de la rapidez y el movimiento. El zumbido
adusto de las abejas, abriéndose camino a través de la alta hierba sin
segar, o revoloteando con monótona insistencia en torno de las
polvorientas cabezuelas doradas de una dispersa madreselva, parecía
hacer aún más abrumadora esta quietud. El sordo estrépito de Londres
era
como el bordón de un órgano lejano.
En el centro
de la habitación, sostenido por un caballete, veíase el
retrato, de tamaño natural, de un joven de extraordinaria belleza, y
frente a di, sentado a poca distancia, al pintor en persona, Basil
Hallward, cuya súbita desaparición pocos años antes había causado
tanta sensación y dado origen a tantas extrañas conjeturas.
Contemplaba
el pintor la forma grácil y encantadora que tan
diestramente reflejara su arte, y una sonrisa de satisfacción cruzó su
rostro, pareciendo demorarse en él. Pero, de pronto, estremeciéndose,
cerró los ojos y oprimióse los párpados con los dedos, como si quisiera
aprisionar en su cerebro algún extraño sueño, del que temiera
despertar.
-Es tu mejor
obra, Basil; lo mejor que has hecho hasta ahora dijo Lord
Henry, lánguidamente -. Debes enviarla el año próximo ala exposición
Grosvenor. La Academia es demasiado grande y demasiado vulgar.
Siempre que he ido, o había tanta gente que no he podido ver los
cuadros, cosa sumamente desagradable, o tantos cuadros que no he
podido ver la gente, cosa peor todavía. Realmente, Grosvenor, es el
único sitio.
-Creo que no lo
enviaré a ninguno -contestó el pintor, echando hacia
atrás la cabeza con aquel ademán singular que tanto hacía reír a sus
condiscípulos de Oxford -. Sí; a ninguno.
Lord Henry
enarcó las cejas, mirándole con estupor a través de las
tenues espirales azules en que se rizaba caprichosamente el humo de
su
cigarrillo opiado.
- ¿Qué no
piensas enviarlo a ningún sitio? ¿Y por qué, puede saberse?
¿Tienes algún motivo? ¡Qué gente tan absurda sois los pintores!
Andáis de coronilla para haceros una reputación, y en cuanto la
conseguís, parecéis deseosos de echarla a rodar. Una tontería; pues
sólo hay una cosa en el mundo peor que el que se hable mal de uno, y
es
que no se hable. Un retrato como éste te colocaría a cien codas
por
encima de todos los pintores jóvenes de Inglaterra, y haría rabiar
de
envidia a los viejos, si es que los viejos son todavía capaces de
alguna emoción.
-Sé que vas a
reírte de mí- replicó el pintor -; pero te aseguro que
realmente no puedo exponerlo. He puesto demasiado de mí mismo en
él.
Lord Henry se repatingó en el diván, soltando la carcajada.
-Sí, ya sabía que te reirías; pero, a pesar de todo, es verdad.
- ¡Demasiado
de ti mismo en él! Palabra de honor, Basil: no sabía que
fueras tan presuntuoso. Te aseguro que no veo la menor semejanza
entre tú, con esa cara ceñuda y viril, y este joven Adonis, que parece
hecho de marfil y de rosas. ¡Caramba!, querido Basil: éste es un
narciso, y tú... claro que tienes una expresión inteligente, no hay que
decir.
Pero la
belleza, la verdadera belleza, acaba donde comience una
expresión intelectual. La inteligencia es en sí misma un modo de
exageración, y destruye la armonía de cualquier rostro. Desde el
momento en que uno se sienta para meditar, se vuelve todo nariz, o
frente, o cualquier otra cosa horrenda. Fíjate en los hombres que
sobresalen en todas las profesiones doctas. Son, sencillamente,
repugnantes. Excepto, claro está, en la Iglesia. Pero es porque en la
Iglesia no piensan. Un obispo continúa diciendo a los ochenta lo que le
enseñaron a decir a los diez y ocho; por eso, y como consecuencia
natural, siempre resulta delicioso.
Tu misterioso
amigo, cuyo nombre todavía no me has dicho, peco
cuyo retrato realmente me fascina, no piensa nunca; estoy
completamente seguro. Es una criatura admirable y sin seso, para
tener en invierno, cuando no hay flores que mirar, y en verano,
cuando necesitamos refrescar el entendimiento. No te hagas ilusiones,
Basil; no te pareces a él lo más mínimo.
-No me has entendido,
Harry -contestó el artista -. Naturalmente que
no
me parezco a él. Lo sé de sobra. Y, realmente, sentiría parecerme
a
él. ¿Te encoges de hombros? Te estoy diciendo la verdad. En toda
preeminencia, física o intelectual, hay una especie de fatalidad: esa
fatalidad que parece seguir la pista, a través de la historia, de los
pasos vacilantes de los reyes. Es mejor no diferenciarse demasiado de
los
demás. Les feos y los necios tienen la mejor parte en este mundo.
Pueden sentarse a sus anchas y bostezar ante la farsa. Y si nada
saben de la victoria, tampoco tienen conocimiento de la derrota.
Viven como todos deberíamos vivir: tranquilos, indiferentes y sin
sacudidas. Ni llevan la ruina a los demás, ni la reciben de manos
ajenas. Tú, con tu posición y tu riqueza, Harry; yo, con mi talento,
con
mi arte, valga mucho o poco; Dorian Gray, con su belleza, todos
tendremos que sufrir por aquello que los dioses nos han concedido, y
sufriremos terriblemente.
- ¿Dorian
Gray? ¿Conque ése es su nombre? -preguntó Lord Henry,
dirigiéndose hacia Basil Hallward.
-Sí; ése es su nombre. No pensaba decírtelo.
- ¿Y por qué
no?
-
¡Oh! No puedo explicártelo. Cuando quiero a alguien de verdad, no
me
gusta decir su nombre a nadie. Es como ceder una parte de él.
Me he
acostumbrado a amar el secreto. Es lo único que puede
hacernos la vida moderna misteriosa y sorprendente. La cosa más
vulgar se vuelve deliciosa en cuanto alguien nos la esconde. Yo,
cuando me voy al campo, nunca digo adónde. Si lo hiciera, perdería
todo encanto. Es una mala costumbre, lo confieso; pero no deja de
traer cierto elemento novelesco a la vida de uno... ¿Qué, me crees
loco de remate? -De ningún modo -replicó Lord Henry -, de ningún
modo, querido Basil. Pareces olvidar que estoy casado, y que el único
encanto del matrimonio es que hace absolutamente necesaria a ambas
partes una vida de superchería yo nunca sé dónde está mi mujer, y mi
mujer nunca sabe dónde ando yo. Cuando nos encontramos -a veces
nos
encontramos, por casualidad, cuando comemos juntos en alguna
casa o bajamos a ver al duque -, nos contamos las historias más
absurdas, con la mayor seriedad del mundo. Mi mujer es en esto una
notabilidad; muy superior a mí. Jamás se confunde en las fechas, y yo
sí.
Pero cuando me coge en alguna, no me hace escenas. A veces me
gustaría que las hiciese; pero no, se contenta con reírse de mí.
-Detesto esa
manera de hablar de tu vida conyugal, Harry -dijo Basil
Hallward, dirigiéndose hacia la puerta que conducía al jardín -.
Estoy seguro de que
eres un buen marido; pero te avergüenzas de tus
propias virtudes. Eres un ser realmente extraordinario. No dices una
sola casa moral, y no haces ninguna inmoral. Tu cinismo no es más
que
una pose.
-La
naturalidad no es más que una pose, y la más irritante de las que
conozco -exclamó Lord Henry, echándose a reír.
Y salieron
ambos al jardín, sentándose en un largo banco de bambú
que
había a la sombra de un gran laurel. El sol resbalaba sobre las
hojas bruñidas. Unas cuantas margaritas blancas se estremecían entre
la
hierba.
Al cabo de una pausa, Lord Henry miró su reloj.
-Tengo que
irme, Basil -murmure; pero antes insisto en que me
contestes a la pregunta que te hice hace un rato.
- ¿Qué pregunta?-- dijo el pintor, sin levantar has ojos.
-De sobra lo sabes.
-Te aseguro que no.
-Bueno, te la
repetiré. Quisiera que me explicases por qué no quieres
exponer . El verdadero motivo.
-Ya te lo dije.
-No me lo
dijiste. Dijiste que era a causa de lo mucho de ti mismo que
había en ese retrato. Pero eso es una puerilidad.
-Harry -dijo
Basil Hallward, mirándole en los ojos -, todo retrato
pintado con emoción es un retrato del artista, no del modelo. Éste no
es
más que el accidente, la ocasión. No es él el revelado por el pintor,
sino más bien éste quien, sobre el lienzo pintado, se revela a sí mismo.
El
motivo por el que no quiero exponer este retrato es que temo haber
mostrado en él el secreto de mi propia alma.
Lord Henry se echó a reír.
- ¿Y qué secreto es ése? -preguntó.
-Voy a
decírtelo -dijo Hallward. Pero una expresión de perplejidad
cruzó su rostro.
-Soy todo oídos, Basil -exclamó su amigo, mirándole de reojo.
- ¡Oh!, poco hay que
contar, Harry -contestó el pintor -. Y mucho
temo que no lo entiendas. Puede que ni siquiera lo creas.
Lord Henry
sonrió, e inclinándose, arrancó de entre la hierba una
margarita de pétalos rosados.
-Tengo la
seguridad de que te comprenderé -replicó, contemplando
atentamente el botón dorado con su corona de pétalos -; y en cuanto
a
creerte, yo puedo creer todo, con tal de que sea increíble.
El viento
desprendió algunas flores de los árboles, y las lilas espesas,
con
sus penachos de estrellas, se balancearon en el aire lánguido. Un
saltamontes comenzó su chirrido junto al muro y, como una hebra
azul, pasó una libélula larga y tenue, sostenida por sus alas de gasa
parda. Lord Henry creyó sentir los latidos del corazón de Basil, y
aguardó con impaciencia lo que iba a oír.
-La historia
es ésta -dijo el pintor al cabo de un rato -: Hace dos
meses fui a una de esas apreturas en casa de Lady Brandon que ésta
llama sus reuniones. Tú sabes que nosotros, pobres artistas, tenemos
que
exhibirnos de cuando en cuando en sociedad, lo preciso para
recordar a la gente que no somos unos salvajes. Con un frac y una
corbata blanca, como tú dices, todo el mundo, hasta un agente de
Bolsa, puede dárselas de civilizado. Bueno; llevaba ya diez minutos en
el
salón conversando con viudas emperifolladas y académicos
aburridos, cuando, de pronto, tuve la sensación de que alguien estaba
mirándome.
Me volvía
medias, y vi a Dorian Gray por vez primera. Cuando nuestros
ojos se encontraron, sentí que me ponía pálido. Un extraño
sentimiento de terror se apoderó de mí. Comprendí que me hallaba
frente a alguien cuya simple personalidad física era tan fascinadora
que, si me abandonaba, absorbería por completo mi vida, mi alma, mi
arte mismo.
Y yo no
quería influencia externa alguna en mi existencia. Tú sabes,
Harry, lo independiente que soy por naturaleza. Yo siempre he sido mi
propio amo; por lo menos, hasta que encontré a Dorian Gray.
Entonces... Pero ¿cómo explicártelo? Algo parecía advertirme de que
me
hallaba al borde de una terrible crisis en mi vida. Tuve como el
extraño presentimiento de que el Destino me tenía reservados
exquisitos deleites y sufrimientos exquisitos. Sentí miedo, y me volví
para salir del salón. No fue la conciencia lo que me hizo obrar así, sino
una
especie de cobardía. Me faltó la confianza en mí mismo, en mis
propias fuerzas.
-Conciencia y
cobardía son realmente una misma cosa, Basil. La
conciencia es la marca de fábrica; eso es todo.
-No lo creo, Harry, y
espero que tú tampoco. De todos modos, fuera
cual fuera el motivo -quizás el orgullo, porque yo era entonces
bastante orgulloso -, lo cierto es que me precipité hacia la puerta. Allí,
naturalmente, me tropecé con Lady Brandon. "¿ No pensará usted en
marcharse tan pronto, Mr. Hallward?", chilló. ¿Recuerdas la voz tan
estridente y tan rara que tiene?
-Sí; es un pavo real en todo, excepto en la belleza -dijo Lord Henry,
deshojando la margarita con sus dedos largos y nerviosos.
-No pude
librarme de ella. Me presentó a una porción de altezas, y a
señores con grandes cruces y jarreteras, y a damas maduras con
diademas gigantescas y narices de papagayo. Habló de mí como de su
más
querido amigo. No me había visto más que una vez, pero se le
metió en la cabeza lanzarme. Creo que por entonces había obtenido
gran éxito algún cuadro mío; por lo menos se había charlado de ello en
los
diarios de medio penique, que son la pauta de la inmoralidad en el
siglo XIX. De pronto, me encontré frente afrente con el joven cuyo
rostro me había tan singularmente conturbado. Estábamos muy cerca,
casi tocándonos. Nuestros ojos se encontraron de nuevo. Fue
temerario por mi parte, pero rogué a Lady Brandon que me presentara.
Después de todo, quizás no fue tan temerario. Era, simplemente,
inevitable. Nos habríamos hablado sin presentación. Estoy seguro; y
Dorian me ha dicho lo mismo después. El también había sentido que
estábamos destinados a conocernos.
- ¿Y qué te
dijo Lady Brandon de ese maravilloso joven? -preguntó
Lord Henry -. Sé la manía que tiene de dar un rápido compendio de
todos sus invitados. La recuerdo presentándome a un truculento y
colorado anciano, todo cubierto de encomiendas y condecoraciones y
susurrándome al oído, en un trágico cuchicheo que todo el mundo
podía oír, los detalles más estupefacientes. Claro que inmediatamente
me
batí en retirada. Yo soy de los que gustan de conocer a la gente
por
sí mismos. Pero Lady Brandon trata a sus invitados exactamente
como un perito tasador sus mercancías. O los explica de tal modo que
los
agota, o cuenta minuciosamente todo, menos lo que a uno le
interesaría saber.
- ¡Pobre Lady
Brandon! Eres duro con ella, Harry -exclamó Hallward
negligentemente.
-Amigo mío,
trató de fundar un salón, y no ha conseguido más que
abrir un restaurant. ¡Cómo podría admirarla! Pero sigue, ¿qué te dijo
sobre Dorian Gray?
-
¡Oh!, vaguedades, algo por este estilo: "Muchacho encantador...
Su pobre
madre y yo absolutamente inseparables... Completamente
olvidado en qué se ocupa... Temo que... no se ocupe en nada... ¡Ah,
sí,
toca el piano... ¿o es el violín, misto Gray?". Ninguno de los dos
pudimos contener la risa ¡, y, sin más, nos hicimos amigos.
-La risa no
es un mal comienzo de amistad, y es, de con mucho, el
mejor fin de cualquiera -dijo el joven lord, arrancando otra margarita.
Hallward sacudió la cabeza.
-Tú no sabes
lo que es la amistad, Harry, ni la enemistad -murmuró -,
sobre todo en este caso. Tú quieres a texto el mundo, lo que viene a
ser
como no querer a nadie.
- ¡Qué
horrible injusticia! -exclamó Lord Henry, echándose hacia atrás
el
sombrero y levantando los ojos hacia las nubes, que, como
enmarañadas madejas de seda blanca y lustrosa, navegaban a la
deriva por la cóncava turquesa del ciclo estival.
Sí, eres
horriblemente injusto. Yo establezco una gran diferencia entre
la
gente. Escojo mis amigos por su buen aspecto, mis conocidos, por
su
buen carácter, y mis enemigos por su buen entendimiento. Todo
cuidado es pero en la elección de enemigos. Yo, todavía no he tenido
ninguno tonto. Todos son hombres de cierta inteligencia, y, por tanto,
me
aprecian. ¿Es vanidad? Sí, quizá sea vanidad.
-No te quepa
duda, Harry. Pero, ateniéndonos a tus categorías, yo
debo ser simplemente un conocido.
-Querido Basil, tú eres mucho más que un conocido.
-Y mucho
menos que un amigo. Una especie de hermano, ¿no? - ¡Oh,
hermanos! ¡Para lo que me importan a mí los hermanos! Mi hermano
mayor se empeña en no morirse, y los pequeños parece que no saben
hacer otra cosa.
- ¡Harry! -exclamó Hallward, frunciendo el entrecejo.
-Querido
Basil, ya puedes comprender que no hablo completamente en
serio. Pero no puedo menos de detestar a mis parientes. Puede que
esto provenga de que no ¡celemos soportar que tos demás tengan los
mismos defectos que nosotros. Yo simpatizo en absoluto con la rabia
de
la democracia inglesa contra lo que llaman los vicios de las clases
altas. La plebe comprende que el alcoholismo, la estupidez y la
inmoralidad son de su propiedad exclusiva, y que es entrar en su
vedado el que uno de nosotros se embrutezca a semejanza de ellos.
Cuando el
pobre Southwark fue a los Tribunales con motivo de su
divorcio, la indignación fue inmensa. Y, sin embargo, no creo que ni el
diez por ciento del proletariado viva muy correctamente.
-No estoy
conforme con una sola palabra de las que has pronunciado,
y
es más, Harry, estoy seguro de que tú tampoco.
Acaricióse
Lord Henry la barba oscura, cortada en punta, mientras con
su
bastón de ébano con borlas se daba unos golpecitos en el zapato
de
cuero fino.
- ¡Cuidado
que eres inglés, Basil! Es la segunda vez que me haces esa
observación. Si se ofrece alguna idea a un verdadero inglés -cosa
siempre bastante temeraria -, jamás se le ocurrirá pensar si la idea es
buena o mala. Lo único que para él tiene importancia es si uno cree en
ella. Ahora bien: el valor de una idea nada tiene que ver con la
sinceridad del hombre que la expone. Realmente, mientras más
insincero sea el hombre, más probabilidades hay de que la idea sea de
mayor pureza intelectual, ya que en este caso no se habrá visto
influida por sus necesidades, inclinaciones o prejuicios. Pero, en fin, no
me
propongo discutir de política, sociología, ni metafísica contigo. Me
interesan las personas más que sus principios, y las que no tienen
ninguno, más que nada en el mundo. Continúa hablándome de Dorian
Gray. ¿Le ves a menudo?
-Todos los días. No me sería posible vivir tranquilo si no le viese todos
las
días. Me es completamente indispensable.
-
¡Extraordinario! Nunca hubiera creído que te preocupases de otra
casa que de tu arte.
-El es ahora
todo mi arte -repuso el pintor gravemente -. A veces
pienso, Harry, que no hay más que dos eras de alguna importancia en
la
historia del mundo. La primera, es la aparición de un nuevo medio de
arte; y la segunda, la aparición de una nueva personalidad para el
arte. Lo que la invención de la pintura al óleo fue para los venecianos,
y
el rostro de Antino para la escultura griega de la decadencia, será
algún día para mí el rostro de Dorian Gray. No es que me sirva de
modelo para pintar, dibujar o imaginar. Claro que he hecho todo esto.
Pero es para mí mucho
más que un modelo. No quiere esto decir que
esté descontento de mi trabajo, ni que su belleza sea tal, que el arte
no
pueda expresarla. No hay nada que el arte no pueda expresar, y yo
sé
que mi trabajo, desde que encontré a Dorian Gray, es bueno, lo
mejor que he hecho en mi vida. Pero, en cierto modo -no sé si me
comprenderás -, su personalidad me ha sugerido otra manera de arte,
una
modalidad de estilo completamente nueva. Veo ahora las cosas de
un
modo distinto, las concibo diferentemente. Puedo dirigir mi vida por
un
camino que hasta ahora me había estado oculto. "Un sueño de
formas en días de pensamiento..." ¿Quién ha dicho esto? Lo he
olvidado, pero esto es lo que ha sido para mí Dorian Gray. La sola
presencia de este muchacho -pues, para mí, a pesar de haber
cumplido los veinte, no pase de ser un muchacho -, su simple
presencia visible... ¡Ah! ¡Si tú supieras lo que para mí significa!
Inconscientemente define para mí las líneas de una nueva escuela,
una
escuela que tuviese en sí toda la pasión del espíritu romántico,
toda la perfección del espíritu griego. La armonía del cuerpo y del
alma, ¡nada menos! Nosotros, en nuestra demencia, los hemos
separado, inventando un realismo que es vulgaridad, un idealismo que
es
vacío. ¡Ah, Harry, si tú supieras lo que Dorian Gray significa para mí
¿Te
acuerdas de aquel paisaje mío, por el que Agnew me ofreció un
precio tan exorbitante, y del que no quise desprenderme? Es una de
las
cosas mejores que he hecho. ¿Y sabes por qué? Pues porque,
mientras lo pintaba, Dorian Gray estaba sentado junto a mí. Alguna
influencia sutil pasaba de él a mí, pues por primera vez en mi vida vi
en
el paisaje la maravilla que siempre había buscado, sin encontrarla
jamás.
- ¡Basil, eso
que me cuentas es extraordinario! Es preciso que yo
conozca a Dorian Gray.
Haliward se
levantó del banco, poniéndose a caminar de arriba abajo
por
el jardín. AI cabo de unos momentos volvió.
-Harry -dijo -; Dorian Gray no es para mí más que un motivo de arte.
Tú, es
posible que novieras nada en él. Yo, lo veo todo. Nunca está
más
presente en mi obra que cuando no veo ninguna imagen suya.
Es, como te
he dicho, el surgimiento de una nueva modalidad. Lo en-
cuentro en las curvas de ciertas líneas, en el encanto y sutileza de
algunos colores. Eso es todo.
-Entonces, ¿por qué no expones su retrato? -preguntó Lord Henry.
-Porque, sin
querer, he puesto en él como una expresión de toda esta
extraña idolatría artística, de la que, naturalmente, nunca le he dicho
nada a él. Él nada sabrá nunca de ella. Pero los demás podrían
adivinarla; y yo no quiero desnudar mi alma ante ojos superficiales y
fisgones. Mi corazón no será colocado bajo su microscopio. Hay
demasiado de mí mismo en este retrato, Harry... ¡demasiado! -Los
poetas no son tan escrupulosos como tú. Saben lo útil que es la
pasión a sus libros. Hoy, un corazón destrozado alcanza una porción
de
ediciones.
-Por eso los
aborrezco -exclamó Hallward-. El artista debe crearcosas
bellas; pero sin- poner en ellas n da de su propia vida. Vivimos en una
época en que los hombres tratan el arte como si no fuera otra cosa
que
una forma de autobiografía. Hemos perdido el sentido abstracto
de
la belleza. Algún día yo enseñaré al mundo lo que es. Por esto, el
mundo no verá nunca mi retrato de Dorian Gray.
-Creo que
haces mal, Basil; pero no quiero discutir contigo. Sólo los
que
no tienen remedio intelectual se empeñan en discutir. Dime:
Dorian Gray, ¿te tiene mucho afecto?
El
pintor quedó pensativo unos instantes.
-Sí -contestó
al fin -; sé que me tiene afecto. Claro que yo le mimo
lastimosamente. Encuentro un placer singular en decirle cosas que sé
que
sentiré haberle dicho. Generalmente está muy cariñoso conmigo, y
nos
sentamos en el estudio y hablamos de una porción de cosas.
De cuando en
cuando, sin embargo, es terriblemente aturdido, y
parece complacerse en hacerme sufrir. Entonces comprendo, Harry,
que
he entregado mi alma entera a un ser que la trata lo mismo como
si
fuera una flor que prenderse en el ojal, una condecoración que
halaga la vanidad, el adorno de un día de verano.
-Los días de
verano son largos -murmuró Lord Henry -. Quizás seas tú
el
primero que se canse. Es doloroso de pensar; pero no cabe duda de
que
el genio dura más que la belleza. Esto explica por qué nos
tomamos tanto trabajo en instruirnos. En la lucha sin tregua de la vida
necesitamos algo que perdure; por eso llenamos nuestra mente de
ripios y de hechos, en la necia esperanza de conservar nuestro sitio.
El
hombre enterado de todo: tal es el ideal moderno. Y el espíritu de
este hombre enterado de todo es una cosa abominable, un baratillo,
todo monstruos y polvo, todo tasado en un precio más alto que su
valor. En fin, sea lo que sea, creo que tú serás el primero en cansarte,
un
día mirarás a tu amigo, y lo encontrarás un poco desdibujado, o no
te
gustará su tono de color, o cualquier otra cosa por el estilo. Y se lo
reprocharás amargamente en tu corazón, y creerás con toda seriedad
que
se ha portado muy mal contigo. Al día siguiente estarás con él
perfectamente frío e indiferente. Lástima grande, porque empezarás a
cambiar.
Lo que me has contado
es toda una novela, una novela de arte, por
decirlo así; y lo peor de tener una novela, sea del género que sea, es
que
le deja a uno tan poco novelesco...
-Harry, no
hables así. Mientras viva, la personalidad de Dorian Gray me
dominará. Tú no puedes sentir como yo siento. Tú cambias con tanta,
facilidad...
- ¡Ah,
querido Basil, precisamente por eso puedo sentirlo! Los que
permanecen fieles no conocen más que el lado trivial del amor; sólo
los; infieles saben de sus tragedias.
Y sacando una
cerilla de una deliciosa fosforera de plata, Lord Henry
encendió otro cigarrillo, con aire convencido y satisfecho de sí mismo,
como si hubiera resumido el mundo en una frase. Un murmullo
indistinto de píos de gorriones salía de las hojas verde laca de la
hiedra, y las sombras azulencas de las nubes se perseguían sobre la
hierba.
¡Qué
delicioso estaba el jardín! ¡Y qué deliciosas eran las emociones
de
los demás!... Mucho más deliciosas, para gusto de él, que sus
ideas.
El alma
propia y las pasiones ajenas: tales eran las cosas sugestivas
de
la vida. Con mudo deleite se representaba el lunch que se había
perdido por estar tanto tiempo con Basil Hallward. De haber ido a casa
de
su tía, seguramente hubiera encontrado allí a Lord Goodbody, y
toda la conversación habría versado sobre la manutención del pobre y
la
necesidad de asilos modelos. Cada clase habría predicado la
importancia de aquellas virtudes cuyo ejercicio no era necesario en su
vida propia. El rico hablaría del valor del ahorro, y el ocioso se volvería
elocuente al tratar de la dignidad del trabajo. ¡Qué felicidad haber
escapado de todo esto! De pronto, al pensar en su tía, se le ocurrió
una
idea. Volviéndose hacia Hallward, dijo:
-Querido, acabo de acordarme...
- ¿Acordarte
de qué, Harry?
-De
donde he oído el nombre de Dorian Gray.
- ¿Dónde?- preguntó Hallward, frunciendo levemente el ceño.
-No pongas esa cara, Basil. Fue en casa de mi tía Lady Agatha.
Me contó que
había descubierto a un joven maravilloso, que se
disponía a ayudarla en sus obras de caridad y que se llamaba Dorian
Gray.
Debo confesar que no me dijo ni una palabra acerca de su hermosura.
Las mujeres
no tienen el sentido de la belleza masculina; por lo menos,
las
mujeres honradas, me dijo que era un muchacho muy formal y de
muy
buenos sentimientos. Me imaginé enseguida un ser con gafas y
pelo lacio, espantosamente pecoso y contoneándose sobre unos pies
inmensos. Me hubiera gustado saber que era tu amigo.
-Pues yo celebro en extremo que no lo supieras, Harry.
- ¿Por qué?
-Porque prefiero que no lo conozcas.
- ¿Qué
prefieres que no le conozca?
-Sí.
-Mr. Dorian
Gray está en el estudio, señor -dijo el mayordomo,
entrando en el jardín.
-Pues, ahora,
no vas a tener más remedio que presentármelo
-exclamó Lord Henry, echándose a reír.
Volvíase el
pintor hacia el criado, que permanecía de pie en el sol,
parpadeando.
-Dile a Mr.
Gray que tenga la bondad de esperar, Parker, que voy en
seguida.
Inclinóse el criado y se retiró.
Entonces,
mirando a Lord Henry, dijo Hallward: -Dorian Gray es mi
amigo más querido. Es una naturaleza sencilla y recta. Tu tía tenía
razón en lo que dijo. No me lo eches a perder.
No trates de
influenciarlo. Tu influencia sería perniciosa. El mundo es
ancho y lleno de seres interesantes. No separes de mía la única
persona que da a mi arte todo el encanto que éste pueda tener; mi
vida de artista depende de él. Tenlo en cuenta, Harry; confío en ti.
Hablaba muy
despacio, como si a pesar suyo se le escapasen las
palabras.
- ¡Qué
tonterías estás diciendo! -exclamó Lord Henry, con una
sonrisa.
Y cogiendo a Hallward por un brazo le condujo casi hacia el estudio.
CAPITULO II
Al entrar
observaron a Dorian Gray. Estaba sentado al piano, de
espaldas a ellos, mirando un cuaderno de las Escenas del Bosque, de
Schumann.
-Tienes que
prestármelas, Basil -gritó-. Es necesario que las aprenda.
Son
deliciosas.
-Depende de como poses hoy, Dorian.
- ¡Oh!, estoy
harto de pescar. ¡Y para la falta que me hace un retrato
de
tamaño natural! -contestó el mancebo, dando media vuelta sobre
el
taburete del piano, con ademán malhumorado y voluntarioso.
Cuando vio a
Lord Henry, un ligero rubor coloreó sus mejillas, mientras
se
ponía en pie precipitadamente.
-Perdona, Basil, pero no sabía que tenías visita.
-Es Lord
Henry Wotton, Dorian, uno de mis antiguos amigos de Oxford.
Precisamente le acababa de decir lo bien que posabas, y ahora has
venido a estropearlo.
-Pero no ha
estropeado mi satisfacción de conocerle, Mr. Gray- dijo
Lord Henry, adelantándose con la mano tendida -. Mi tía me ha
hablado con frecuencia de usted. Es usted uno de sus favoritos, y
temo que también una de sus víctimas.
- ¡Ay!, me
parece que he caído en desgracia con Lady Agatha-
contestó Dorian, con un cómico visaje de arrepentimiento -. Le había
prometido ir con ella a un círculo de Whitechapel, el jueves pasado, y
me
olvidé en absoluto. Teníamos que tocar a cuatro manos una pieza;
no,
tres piezas, me parece. No sé lo que va a decirme. Sólo el
pensamiento de ir a verla me asusta.
- ¡Bah!, yo
haré las paces. Ella le quiere a usted mucho. Y, realmente,
no
creo que haya tenido importancia la falta de usted. Es probable
que
el auditorio creyese que era a cuatro manen. Cuando mi tía
Agatha se pone al piano hace ruido por dos.
-Es usted muy
mato con ella, y no muy amable conmigo -contestó
Dorian, echándose a reír.
Lord Henry le
miró con atención. Sí, ciertamente que era de una
belleza maravillosa, con sus labios rojos, deliciosamente modelados, y
sus
ojos azules e ingenuos y sus rizos de oro. Había algo en su rostro
que, desde el primer momento, inspiraba confianza. Todo el candor de
la
juventud y toda su apasionada pureza. Se comprendía que aún el
mundo no había contaminado. Nada tenía de extraño el culto de Basil
Hallward.
-Es usted demasiado seductor para dedicarse a la filantropía, Mr.
Gray... demasiado seductor.
Y Lord Henry se reclinó en el diván, sacando su pitillera.
El pintor
había permanecido ocupado mezclando los colores y limpiando
sus
pinceles, con una cierta expresión de malestar. Al oír las últimas
palabras de Lord Henry levantó los ojos hacia él, vaciló un instante, y
al
fin dijo:
-Harry, quisiera terminar hoy este retrato. ¿Sería una impertinencia
que
te rogase nos dejaras trabajar? Lord Henry sonrió, mirando a
Dorian Gray.
- ¿Debo irme, Mr. Gray? -preguntó.
- ¡Oh!, de
ningún modo, se lo ruego, Lord Henry. Veo que Basil está
hoy
de mal talante, y cuando se pone así no se le puede aguantar.
Además, deseo
que me explique usted por qué no debo dedicarme a la
filantropía.
- ¡Oh!, no
sabría qué contestar a usted, Mr. Gray, Es un tema tan
enojoso, que tendríamos que tratarlo en serio. Pero me quedaré, ya
que
usted lo desea. ¿Te parece bien, Basil? Muchas veces te he oído
decir que te gustaba que tus modelos tuviesen con quién hablar.
Hallward se mordió los labios.
-Desde el
momento que Donan lo quiere, inútil decir que debes
quedarte. Los caprichos de Dorian son ley para todos, excepto para
él.
Lord Henry cogió su sombrero y sus guantes.
-Eres muy
amable, BasiI, pero tengo que irme. Tengo una cita en el
Orléans. Hasta la vista, Mr. Gray. Venga usted a verme una de estas
tardes. A eso de las cinco estoy casi siempre. Pero póngame usted
dos
letras. Sentiría infinito que no me encontrara.
-Basil
-exclamó Dorian Gray -; si Lord Henry Wotton se va, me voy yo
también. En cuanto te pones a pintar no dices esta boca es mía, y
resulta espantosamente aburrido estar de pie sobre mi tarima,
teniendo que poner cara sonriente. Dile que se quede. Tengo
verdadero interés en que se quede.
-Quédate, Harry,
haznos ese favor a Dorian y a mí -dijo Hallward, sin
levantar los ojos del cuadro -. Es cierto, cuando me pongo a trabajar
no
hablo, ni oigo y comprendo que mis infortunados modelos se
aburran mortalmente. Te suplico que te quedes.
-Pero, ¿y mi
cita?
El
pintor se echó a reír.
-No creo que
eso sea un inconveniente. Anda, vuelve a sentarte,
Harry. Y ahora, Dorian, sube a la tarima y no te muevas demasiado ni
hagas caso de lo que te diga Lord Henry. Su influencia es nociva para
todos sus amigos, con mi única excepción.
Subió Dorian
Gray a la tarima, con el aire de un joven mártir griego,
haciendo una pequeña mueca de enfado a Lord Henry, al que ya había
tomado cierta simpatía. ¡Era tan diferente de Basil! Hacían un
contraste delicioso. ¡Y tenía una voz tan agradable! Al cabo de pocos
instantes le dijo:
-
¿Es cierto que ejerce usted una mala influencia sobre sus amigos,
Lord Henry? ¿Tan mala como dice Basil? -No hay influencia buena, Mr.
Grey. Toda influencia es inmoral... inmoral, desde un punto de vista
científico.
- ¿Por qué?
-Porque influenciar a una persona es prestarle nuestra propia alma. No
piensa ya sus pensamientos naturales, ni arde con sus propias
pasiones. Sus virtudes dejan de ser suyas. Sus pecados, si es que
hay
pecados, son de segunda mano. Se convierte en el eco de una
música ajena, en el actor de un papel que no había sido escrito para
él.
El fin de la vida es el desenvolvimiento de la personalidad. Realizar
nuestra propia naturaleza cabalmente: para esto hemos venido. Hoy
los
hombres se asustan de sí mismos. han olvidado el más alto de sus
deberes, el deber que uno se debe a sí mismo. Sí, son caritativos; dan
pan
al hambriento y vestido al mendigo. Pero sus propias almas se
mueren de hambre y van desnudas. El valor ha abandonado a nuestra
raza. Quizás nunca lo tuvimos. El temor a la sociedad, que es La base
de
la moral; el temor de Dios, que es el secreto de la religión: tales
son
las dos fuerzas que nos gobiernan. Y, sin embargo...
-Vuelve un poco más
la cabeza hacia la derecha. Dorian; sé buen
chico -dijo el pintor, sumergido en su obra, pero dándose cuenta de
que
el rostro del mancebo tenía ahora una expresión que nunca viera
hasta entonces.
-Y, sin
embargo -continuó Lord Henry, con su voz queda, musical, y
aquel suave ademán de la mano tan característico suyo y que ya
tenía en sus días de Eton-, creo que si un hombre se atreviera a vivir
su
vida plena y totalmente, a dar forma a cada sentimiento, expresión
a
cada pensamiento, realidad a cada ensueño... creo que el mundo
cobraría de nuevo un ímpetu tal de alegría, que olvidaríamos todas las
enfermedades del medievalismo, y tornaríamos al ideal helénico... a
algo quizá más bello, más rico que el ideal helénico. Pero hasta el más
audaz de nosotros tiene miedo de sí mismo. La mutilación del salvaje
tiene su trágica supervivencia en la renuncia de sí mismo que frustra
nuestras vidas. Y somos castigadas por ello. Cada impulso que
luchamos por estrangular, germina en el espíritu y nos envenena. El
cuerpo peca una vez, y acaba con su pecado, pues la acción es una
especie de purificación. Nada queda entonces, excepto el recuerdo de
un
placer, o la voluptuosidad de un arrepentimiento. El único medio de
librarse de una tentación es ceder a ella. Resistid, y vuestra alma
enfermará de deseo por las cosas que se ha vedado a sí misma, de
concupiscencia por aquello que sus leyes monstruosas han hecho
ilícito y monstruoso.
Se ha dicho
que los grandes acontecimientos del mundo tienen lugar
en
el cerebro. En el cerebro también, y sólo en el cerebro, tienen lugar
los
grandes pecados del mundo. Usted mismo, Mr. Gray, usted mismo,
con
su juventud color de rosa y su blanca infancia, usted ha tenido
pasiones que le han dado miedo, pensamientos que le han llenado de
terror, sueños dormido y sueños despierto, cuyo simple recuerdo
bastaría para teñir de vergüenza sus mejillas...
- ¡Basta!
-balbuceó Dorian Gray -, ¡basta! Me aturde usted. No sé que
decir. Siento que a todo eso hay una respuesta; pero no puedo
hallarla. No hable usted mías. Déjenle pensar. O más bien déjeme que
trate de no pensar.
Durante casi
diez minutos quedó inmóvil, con los labios entreabiertos y
en
los ojos un brillo extraño. Se daba cuenta, indistintamente, de que
una
influencia nueva obraba en él. Sin embargo, le parecía como si
esta influencia proviniese realmente de sí mismo. Las pocas palabras
que
el amigo de Basil le había dicho -palabras casuales, sin duda, y
llenas de premeditadas paradojas- habían conmovido en él alguna
cuerda secreta, no torada hasta entonces, pero que ahora sentía
vibrante y latiendo en extrañas pulsaciones.
La música le había
conmovido ya de ese modo. La música le había
turbado muchas veces. Pero la música no es definida. No es un mundo
nuevo, sino un nuevo caos lo que crea en nosotros. ¡Palabras!
¡Simples palabras! ¡Cuán terribles son! ¡Qué claras, y vivas, y crueles!
¡Imposible escapar de ellas! Y, sin embargo, ¡qué magia sutil reside en
ellas! Parecen capaces de dar forma plástica a cosas informes y
poseer una música propia tan dulce como la música del violín o del
laúd.
¡Simples
palabras! ¿Hay acaso nada más real que las palabras? Sí;
cosas había en su infancia que él no pudo entender. Ahora las
comprendía. Súbitamente, la vida se tornaba de color ele fuego para
él.
Le parecía
haber marchado hasta entonces a través de llamas. ¿Cómo
no
se había dado cuenta?
Sonriendo con su sonrisa sutil, Lord Henry le observaba. Sabía el
momento psicológico preciso en que debía guardar silencio. Sentíase
profundamente interesado. Y en extremo sorprendido de la impresión
instantánea que sus palabras produjeran; y recordando un libro que
había leído a los dieciséis años, libro que le había revelado muchas
cosas que antes ignoraba, se preguntaba si Dorian Gray estaba
pasando por una experiencia análoga. El no había hecho más que
disparar una flecha al aire. ¿Había dado en el blanco?... Realmente,
era
un muchacho interesante.
Hallward
seguía pintando con aquella pincelada audaz y segura que le
caracterizaba y que tenía ese refinamiento y delicadeza perfecta que
en
arte, por lo menos, solo da la fuerza. Ensimismado en su trabajo no
se
daba cuenta del silencio.
- ¡Basil, estoy cansado de posar! -exclamó, al fin Dorian Gray -.
Me voy a sentar al jardín. Aquí hace un aire sofocante.
-Perdona,
querido Dorian. Ya sabes que cuando pinto no pienso en
otra cosa. Pero nunca has ¡osado mejor. No te has movido en lo más
mínimo. Y he logrado el efecto que buscaba... los labios entreabiertos
y
la mirada brillante. No sé lo que te habrá estado diciendo Harry;
pero lo cierto es que te ha hecho poner una expresión maravillosa.
Supongo que habrán sido cumplidos. No debes creerle ni una sola
palabra.
-Puedes estar seguro de que no me ha dicho ningún cumplido.
Quizá sea ésa
la razón de que no crea nada de lo que me ha estado
diciendo.
-De sobra
sabe usted que sí -dijo Lord Henry, mirándole con sus ojos
lánguidos y soñadores -. Iré al jardín con usted. place un calor horrible
en
este estudio. Basil, danos algo fresco de beber, algo con fresas.
-Con mucho
gusto, Harry. Toca el timbre, y cuando venga Parker se lo
diré. Tengo que acabar este fondo; así que dentro de un rato iré a
reunirme con vosotros. No retengas demasiado tiempo a Dorian. Nunca
me
he sentido tan en vena de trabajar. Esto lleva camino de ser mi
obra maestra. Sí: tal como está es ya mi obra maestra.
Cuando Lord
Henry salió al jardín, encontró a Dorian Gray con el rostro
escondido entre las lilas frescas, aspirando febrilmente su perfume,
como si bebiese: un vino exquisito. Acercándose a él le puso una
mano en el hombro.
-Hace usted
bien -musitó -. Sólo los sentidos pueden curar el alma,
así
como el alma es lo único que puede curar los sentidos.
El
adolescente se estremeció y volvióse hacia él. Llevaba la cabeza
desnuda, y las hojas habían descompuesto sus rizos rebeldes,
enmarañando sus doradas hebras. Tenía en los ojos una expresión
medrosa, como una persona a quien acaban de despertar
bruscamente. Las aletas de su nariz, finamente dibujadas, palpitaban,
y
una oculta emoción hacía temblar el carmín de sus labios.
-Sí -continuó
Lord Henry -, ése es uno de los grandes secretos de la
vida: curar el alma por medio de los sentidos, y los sentidos por medio
del
alma. Es usted un ser privilegiado. Sabe usted mas de lo que cree
saber; pero menos de lo que desea saber.
Dorian Gray frunció el entrecejo, volviendo a otro lado la cabeza.
No podía
menos de sentir simpatía por aquel hombre alto, esbelto, en
pie
frente a él. Su rostro aceitunado y romántico, su expresión
cansada, le interesaban. Había en su voz queda y lánguida, un no sé
qué
absolutamente fascinador. Sus manos frías, blancas, semejantes
a
llores, tenían también un encanto singular. Movíanse, al hablar,
musicalmente, como si tuvieran un lenguaje propio. Pero le daba
miedo, y vergüenza de tener miedo. ¿Por qué le había sido reservado a
un
extraño el revelarle a sí mismo? A Basil Hallward le conocía desde
hacía unos cuantas meses, y su amistad nunca le había turbado. Y,
de
pronto, alguien se había interpuesto en su vida para revelarle el
misterio de la vida. Sin embargo, ¿qué había en ello que pudiera
asustarle? Él no era un colegial ni una niña. Era absurdo tener miedo.
-Vamos a sentarnos a
la sombra -dijo Lord Henry-. Parker nos ha
traído ya de beber, y si permanece usted más tiempo a este sol, se
estropeará usted el cutis, y Basil no volverá a pintarle. Realmente, no
debe usted dejar que el sol le queme. Sería una lástima.
- ¿Y qué
importa? -exclamó Dorian Gray, riendo y tomando asiento en
el
banco que había a un extremo del jardín.
-A usted debería importarle mucho, Mr. Gray.
- ¿Por qué?
-Porque tiene usted la juventud más maravillosa, y la juventud es la
única cosa que vale la pena de ser deseada.
-No soy de esa opinión, Lord Henry.
-Sí; ahora no
lo es usted. Día llegará, cuando sea usted viejo y
arrugado y feo, cuando el pensamiento le haya devastado con sus
surcos la frente, y la pasión quemado los labios con sus fuegos
repugnantes, en que lo será usted. Ahora, adonde quiera que vaya,
triunfará usted. Pero ¿será siempre así?... Ahora tiene usted un rostro
de
una belleza maravillosa, Mr. Gray. No frunza usted el ceño. Lo
tiene. Y ha belleza es una de las formas del genio; más alta, en
verdad, que el genio, ya que no necesita explicación. Es una de las
grandes realidades del mundo, como la luz del sol, o la primavera, o el
reflejo en las aguas oscuras de esa concha de plata que llamamos
luna. No puede ponerse en duda. Es una soberanía de derecho divino.
Hace príncipes a quienes la poseen. ¿Sonríe usted? ¡Ah!, cuando la
haya perdido no sonreirá usted... Con frecuencia se dice que la
belleza es cosa superficial. Quizás. Pero, en todo caso, no es tan
superficial como el pensamiento.
Para mí, la
belleza es la maravilla de las maravillas. Unicamente los
superficiales no juzgan por las apariencias. El verdadero misterio del
mundo está en lo visible, no en lo invisible... Sí, Mr. Gray, los dioses
han
sido benévolos con usted. Pero lo que los dioses dan, pronto lo
quitan. Pocos años le quedan a usted que vivir realmente,
plenamente, perfectamente. Cuando su juventud pase, su belleza
pasará con ella, y entonces, bruscamente, descubrirá usted que se
acabaron los triunfos, o tendrá usted que contentarse con esos
pequeños triunfos que el recuerdo del pasado hace más amargos que
derrotas. Cada mes que transcurre le avecina a usted un porvenir
espantoso. El tiempo tiene celos de usted, y guerrea contra sus
azucenas y sus rosas. Se pondrá usted lívido, y sus mejillas se
hundirán, y sus ojos perderán todo su brillo. Sufrirá usted
horriblemente... ¡Ah!, realice usted su juventud mientras la tiene. No
dispendie usted el oro de sus días, dando oídos al necio, tratando de
remediar su irremediable fracaso, o arrojando su vida al ignorante y al
vulgo. Tales son los fines enfermizos, los falsos ideales de nuestra
época. ¡Viva usted! ¡Viva esa vida maravillosa que hay en usted! ¡No
deje usted perder nada... Busque sin cesar sensaciones nuevas. No
terna usted nada... Un nuevo hedonismo: eso es lo que ha menester
nuestro siglo. Usted podría ser su símbolo visible. Con su belleza, nada
hay
que no pudiera usted hacer. El mundo es suyo por una
temporada... Desde el momento en que le vi a usted, comprendí que
usted no se daba cuenta en absoluto de lo que realmente era usted,
de
lo que realmente podría ser. Había en usted tantas cosas que me
atraían, que comprendí que era necesario revelarle a sí mismo. Pensé
en
lo trágico que sería que se frustrase usted. ¡Porque es tan breve el
espacio de vida que le queda a su juventud... tan breve! Las flores del
campo se marchitan; pero florecen de nuevo. Ese cítiso estará el
próximo junio tan amarillo como ahora. Dentro de un mes, esa
clemátide se cubrirá de estrellas de púrpura, y año tras año el verde
nocturno de sus hojas sostendrá la púrpura de sus estrellas.
Pero, nosotros, jamás
recobraremos nuestra juventud. El pulso de
alegría que late en nosotros a los veinte, va haciéndose cada día más
perezoso. Nuestros miembros flaquean, nuestros sentidos se
estancan. Degeneramos en muñecos repugnantes, obsesionados por el
recuerdo de las pasiones que nos hicieron retroceder atemorizados y
de
las tentaciones exquisitas a que no tuvimos el valor de ceder.
¡Juventud! ¡Juventud! ¡Nada hay en el mundo comparable a la
juventud! Con los ojos muy abiertos, absorto, Dorian Gray escuchaba.
La
rama de lilas le cayó de las manos sobre la grava. Una velluda
abeja zumbó un momento en torno de ella. Luego comenzó a pasear
por
los globitos ovales y estrellados de sus flores menudas. Dorian la
miraba atentamente, con ese singular interés por las cosas triviales
que
tratamos de desarrollar cuando cosas de la más alta importancia
nos
sobrecogen o nos sentimos conmovidos por alguna emoción nueva
que
no podemos expresar, o algún pensamiento que nos espanta toma
de
pronto asiento en nuestro cerebro, obligándonos a ceder a él. Al
cabo dennos instantes, la abeja levantó el vuelo y Dorian la vio
posarse en el cáliz moteado de un convólvulo tirio. La flor pareció
estremecerse, y luego quedó balancéandose suavemente. De pronto
apareció el pintor en la puerta del estudio, haciéndoles signos
reiterados de que entrasen. Volviéronse uno a otro, sonriendo.
-Os estoy
esperando -gritó Hallward -. Venid. Hay una luz perfecta en
este momento. Podéis traer vuestros refrescos.
Levantáronse,
y perezosamente se dirigieron hacia el estudio. Dos
mariposas, verdes y blancas, pasaron revoloteando junto a ellos,
mientras en el peral, que crecía en un ángulo del jardín, comenzaba a
cantar un tordo.
- ¿Se alegra
usted de haberme conocido? -preguntó Lord Henry,
mirándole.
-Sí; ahora me
alegro. Pero ¿será siempre así? - ¿Siempre? ¡Palabra
tremenda! ¡Cada vez que la oigo me estremezco! ¡Las mujeres son tan
aficionadas a emplearla! Echan a perder todas las novelas por su
empeño en hacerlas eternas. Por otra parte, es una palabra sin
sentido. La única diferencia entre un capricho y una pasión para toda
la
vida, es que el capricho dura un poco más.
Al ir a
entrar en el estudio, Dorian Gray puso su mano en el brazo de
Lord Henry.
-En ese caso,
que nuestra amistad sea un capricho -murmuró,
ruborizándose de su atrevimiento.
Y subiendo de nuevo a la tarima recobró su pose.
Lord Henry se
dejó caer en un amplio sillón de mimbre, y quedó
absorto en su contemplación. El ir y venir del pincel sobre el lienzo era
el
único rumor que quebraba el silencio, excepto cuando, de tiempo en
tiempo, retrocedía Hallward unos pasos para juzgar el efecto de su
trabajo. En medio de los rayos oblicuos de sol que entraban por la
puerta abierta danzaba un polvillo dorado. El aroma pesado de las
rosas parecía envolverlo todo.
Al cabo de un
cuarto de hora, dejó de pintar Hallward; contempló
durante largo rato a Dorian Gray, y luego el retrato, mordiscando la
punta de uno de sus grandes pinceles, las cejas contraídas.
- ¡Terminado!
-exclamó al fin, y agachándose escribió su nombre en el
ángulo izquierdo del lienzo en grandes letras bermellón.
Acercóse Lord Henry
para examinar el retrato. Indudablemente era
una
maravillosas obra de arte, y de un parecido también maravilloso.
-Querido
Basil, te felicito calurosamente -dijo -. Es el retrato más
hermoso de estos tiempos. Acérquese usted, Mr. Gray, y
contémplese.
Estremecióse el adolescente, como si despertara de un sueño.
- ¿Está completamente terminado? -murmuró, bajando de la tarima.
-En absoluto
-repuso el pintor -. Y hoy has posado espléndidamente.
Te
estoy agradecidísimo.
-Eso me lo debes a mí -interrumpió Lord Henry -. ¿Verdad, Mr.
Gray?
Sin contestar,
negligentemente, Dorian fue a situarse frente al
retrato. Cuando lo vio dio un paso atrás, y sus mejillas enrojecieron un
momento de satisfacción. Sus ajos brillaron de alegría, como si
acabara de reconocerse por vez primera. Quedó en pie, inmóvil,
maravillado, dándose cuenta apenas de que Lord Henry le estaba
hablando, pero sin comprender el sentido de sus palabras. La
significación de su propia belleza se apoderó de él como una
revelación. Jamás había sentido lo que ahora. Los cumplidos de Basil
Hallward le habían parecido siempre simples exageraciones
-encantadoras, eso sí- de la amistad. Los había escuchado, reído de
ellos e inmediatamente olvidado. No habían influido en él lo más
mínimo. Entonces había venido Lord Henry Wotton con su extraño
panegírico de la juventud y la advertencia terrible de su fugacidad. El
oírle, ya le había impresionado; pero ahora, al contemplar la sombra de
su
propia belleza, la plena realidad de sus palabras acababa de
traspasarle. Sí, día llegaría en que su rostro se arrugara y marchitase,
y
sus ojos se tornasen incoloros y opacos, y la gracia de su figura
quedara rota y deforme. El carmín se borraría de sus labios y el oro
huiría de sus cabellos. La vida, que iba a modelar su alma, acabaría
con
su cuerpo. Se convertiría en algo horrendo, repugnante y grosero.
Al pensar en
ello, una aguda congoja de dolor le traspasó como un
cuchillo, haciendo vibrar cada fibra delicada de su naturaleza. Sus
ojos se oscurecieron en un morado de amatista y una bruma de
lágrimas los empañó. Sentía como si una mano de hielo le estrujase el
corazón.
- ¿No te
gusta? -exclamó, al fin, Hallward, un tanto mortificado por el
silencio de Dorian, no dándose cuenta de lo que significaba.
-Naturalmente que le
gusta -dijo Lord Henry -. ¿A quién no le va a
gustar? Es una de las obras capitales del arte moderno. Te daré por él
lo
que pidas. Tiene que ser mío.
-No me pertenece, Harry.
- ¿A quién
pertenece entonces?
-A
Dorian, como es natural -contestó el pintor.
- ¡Dichoso
él!
-
¡Qué cosa tan triste! -murmuró Dorian Gray, con los ojos fijos aún
en
su retrato -. ¡Qué casa tan triste! ¡Pensar que yo envejeceré y me
pondré horrible, espantoso, y que este retrato permanecerá siempre
joven! Nunca tendrá más edad de la que tiene en este día de junio...
¡Si
fuese siquiera al revés! ¡Si fuera yo el que permaneciese siempre
joven, y el retrato el que envejeciese! ¡No sé... no sé lo que daría por
esto! ¡Sí, daría el mundo entero! ¡Daría hasta mi alma! -Me parece que
el
trato no te convendría mucho, ¿eh, Basil? -exclamó Lord Henry,
echándose a reír -. No tardaría tu obra en empezar a cuartearse.
-Puedes estar
seguro de que me opondría con todas mis fuerzas,
Harry -replicó el pintor.
Volvióse Dorian Gray hacia él.
-Lo creo,
Basil. Tú quieres tu arte más que a tus amigos. Para ti no
valgo más que cualquiera de esas figulinas de bronce verde. Y aun
puede que no tanto.
El pintor le
miró con asombro. ¿Cómo podía Dorian hablar así? ¿Qué
había sucedido? Parecía profundamente irritado. Tenla el rostro
encendido y las mejillas ardiendo.
-Sí
-continuó-, soy menos para tí que tu Hermes de marfil o tu fauno
de
plata. A ellos siempre los querrás igual. ¿Cuánto tiempo me querrás
a
mi? Hasta que me salga la primera arruga, sin duda. Ahora sé que,
cuando se pierde la belleza, sea grande o pequeña, se pierde todo.
Ese retrato
me lo ha enseñado.
Lord Henry Wotton
tiene razón.
La
juventud es la única cosa del mundo digna de ser codiciada. Cuando
me
dé cuenta de que estoy envejeciendo, me mataré.
Hallward palideció y le cogió la mano.
- ¡Dorian!
¡Dorian! -exclamó -. No hables así. Nunca he tenido un
amigo como tú, y nunca tendré otro semejante. Tú no puedes tener
celos de una cosa puramente material, ¿no es cierto?; tú, que eres
más
hermoso que todas.
-Tengo celos
de todo aquello cuya belleza no muere. Tengo celos de
ese
retrato que has pintado. ¿Por qué tiene él que conservar lo que
yo
tengo que perder? Cada momento que pasa me quita algo a mí para
dárselo a él. ¡Oh, si siquiera fuese al revés! ¡Si el retrato pudiera
cambiar en lugar mío, y yo permanecer tal como soy ahora! ¿Por qué
lo
has pintado? ¡Día llegará en que se burle de mí.. en que se burle
cruelmente! Sus ojos se arrasaron en lágrimas candentes, sus manos
se
retorcían. Arrojándose sobre el diván, escondió el rostro en los
almohadones, como si estuviese rezando.
-Mira tu obra, Harry -dijo el pintor amargamente.
Lord Henry se encogió de hombros.
-Ese es el verdadero Dorian Gray, simplemente.
-No lo es.
-Si no lo es,
¿qué tengo yo que ver con ello? - ¡Si te hubieses ido
cuando te lo indiqué! -dijo el pintor entre dientes.
-Me quedé cuando me lo rogaste -replicó Lord Henry.
-Harry, no
voy a reñir con mis dos mejores amigos al mismo tiempo;
pero entre ambos me habéis hecho aborrecer la obra mejor de mi vida,
y
voy a destruirla. ¿Qué es, al fin y al cabo, sino lienzo y pintura? No
quiero que venga a interponerse entre nuestras tres vidas y a
echarlas a perder.
Dorian Gray
levantó la cabeza de los almohadones y, pálido el rostro y
los
ojos bañados en lágrimas, te miró dirigirse hacia la mesa de pintor,
situada ante el ventanal. ¿Qué iría a hacer? Sus dedos erraban entre
el
desorden de tubos y pinceles, buscando algo. Sí, era la espátula,
de
hoja larga y flexible de acero. Al fin la encontró. ¡Iba a destrozar el
lienzo!
Con
un sollozo ahogado se puso en pie el adolescente, y, corriendo
hacia Hallward, le arrancó de la mano la espátula, que tiró al otro
extremo del estudio.
- ¡No, Basil, no!
-gritó -. ¡Sería un asesinato! Celebro que al fin
aprecies mi obra, Dorian -dijo el pintor fríamente, reponiéndose de la
sorpresa -. Nunca lo hubiera esperado.
- ¿Apreciarla? La adoro, Basil. Es como parte de mí mismo.
-Bueno, pues
en cuanto estés seco, serás barnizado y enviado a tu
casa. Entonces, podrás hacer contigo lo que gustes.
Y, atravesando la habitación, tocó el timbre para que trajesen el té.
-Tomarás una
taza de té, ¿verdad, Dorian? ¿Y tú, Harry, también? ¿O
presentáis alguna objeción a placeres tan sencillos? -Yo adoro los
placeres sencillos -dijo Lord Henry -. Son el último refugio de los
hombres complicados. Pero no me gustan las escenas fuera del teatro.
¡Qué par de seres absurdos sois! Me asombra que hayan definido al
hombre como un animal racional. ¡Definición prematura, si las hay! El
hombre es todo lo que se quiera, menos racional.
Y yo, por mi
parte, me alegro de que no lo sea. Aunque no por eso
deje de parecerme grotesco que os pongáis a reñir con motivo del
retrato.
Habrías hecho
mucho mejor en cedérmelo, Basil. Este niño absurdo no
lo
necesita para nada, y yo sí.
- ¡Si se los
das a otro que a mí, Basil, no te lo perdonaré en mi vida!-
exclamó Dorian Gray -; y no tolero a nadie que me llame niño absurdo.
-Ya sabes que
el cuadro es tuyo, Dorian. Te lo di antes de que
existiese.
-Y también
sabe usted que se ha portado como un niño absurdo, Mr.
Gray, y que no tiene usted por qué molestarse de que le recuerden
que
es sumamente joven.
-Esta mañana me habría molestado en extremo, Lord Henry.
- ¡Ah, esta mañana! De entonces acá ha vivido usted mucho.
Llamaron ala
puerta, y entró el mayordomo con el servicio de té, que
colocó encima de una mesita de laca. Hubo un rumor de tazas y
platillos y el silbar de una acanalada tetera de Georgia. Un criado trajo
dos
fuentes de porcelana cubiertas. Dorian Gray se levantó a servir el
té,
y los dos amigos se acercaron indolentemente a la mesa e
investigaron lo que había bajo las coberteras.
-Vamos al teatro esta
noche -dijo Lord Henry -. Seguramente hay
algo nuevo. Yo había prometido ir a cenar con los White; pero como
se
trata de un amigo de confianza, puedo avisarle diciéndole que
estoy malo, o que un compromiso posterior me impide ir. Sí; me parece
que
esta última sería una excusa divertida, con todo el encanto de la
ingenuidad.
- ¡Es tan molesto tener que ponerse de frac! -murmuró Hallward-.
¡Y está uno
tan fachoso con él! -Sí -contestó Lord Henry como en
sueños -; el traje del siglo diecinueve es lamentable. ¡Tan sombrío,
tan
deprimente! La verdad es que el pecado es el único elemento
pintoresco que ha quedado en la vida moderna.
-Creo que no deberías decir mis cosas delante de Dorian, Harry.
- ¿Delante de
qué Dorian? ¿El que está sirviéndonos el té o el de ese
retrato?
-Delante de los dos.
-Me gustaría
ir al teatro con usted, Lord Henry, -dijo entonces el
adolescente.
-Pues venga
usted, y tú también, ¿eh, Basil? -Me es absolutamente
impasible. Tengo una porción de cosas que hacer.
-Bueno, en ese caso iremos los dos solos, Mr. Gray.
- ¡Cuánto me
alegro! Mordióse el pintor los labios, dirigiéndose, con la
taza en la mano, hacia el retrato.
-Yo me quedaré con el verdadero Dorian -dijo tristemente.
- ¿Es ése el
verdadero Dorian? -exclamó el original, avanzando hacia
él
-. ¿Soy, de veras, así?
-Exactamente.
- ¡Qué
maravilla, Basil! -Por lo menos, así eres en apariencia. Pero
éste no cambiará nunca -suspiró Hallward -. ¡Ya es algo! - ¡Cuánto
ruido mete la gente a propósito de la constancia! -exclamó Lord Henry
-.
¡Si hasta en clamor no es más que una cuestión fisiológica! ¿Qué
tiene eso que ver con nuestra voluntad? Los jóvenes se empeñan en
ser
fieles y no lo pueden; los viejos tratan de no serlo, y tampoco
pueden. A eso se reduce todo.
-No vayas esta noche
al teatro, Dorian -dijo Hallward-. Quédate a
cenar conmigo.
-No puedo, Basil.
- ¿Por qué?
-Ya
he prometido a Lord Henry acompañarle.
-No creas que
te apreciará más por cumplir tu palabra. Él siempre falta
a
las suyas. Te ruego que te quedes.
Dorian Gray se echó a reír, moviendo negativamente la cabeza.
-Te lo suplico...
-Vacilante,
el muchacho miró a Lord Henry, que les observaba desude
la
mesa con una sonrisa divertida.
-No tengo más remedio que ir, Basil -contestó.
-Perfectamente -dijo Hallward, yendo a dejar su taza en la bandeja -.
Es
bastante tarde, y, si tenéis que vestiros, haréis bien en no perder
tiempo. Adiós,
Harry. Adiós, Dorian.
Ven pronto a verme.
Ven mañana.
-Desde luego.
- ¿No te
olvidarás?
-Claro que no -exclamó Dorian.
-Y... ¡Harry!
-
¿Qué, Basil?
-Acuérdate de lo que te pedí esta mañana en el jardín.
-Lo he olvidado.
-Confío en ti.
- ¡Ojalá
pudiera yo también confiaren mí! -dijo Lord Henry, riendo -.
Vamos, Mr. Gray, tengo el coche a la puerta, y le dejaré a usted en
su
casa. Adiós, Basil. He pasado una tarde deliciosa.
Al cerrarse
la puerta, dejóse caer el pintor en el diván, y una
expresión de dolor contrajo su rostro.
CAPITULO III
Al otro día,
doce y media, bajaba Lord Henry Wotton por la calle de
Curzon, en dirección a la de Albany, con ganas de ir a ver a su tío
Lord Fermor, solterón bondadoso, si bien un tanto brusco, tachado de
egoísta por la gente que no sacaba de él provecho alguno, pero al que
la
buena sociedad consideraba generoso, por el mero hecho de dar de
comer a quienes le divertían. Su padre había sido embajador nuestro
en
Madrid, cuando Isabel era joven y Prim desconocido; pero se había
retirado de la diplomacia en un momento de mal humor, porque no le
ofrecieron la embajada de París, puesto para el que se consideraba
especialmente designado a causa de su nacimiento, su
indolencia, el buen inglés de sus despachos y su desordenada afición
a
los placeres. El hijo, que había sido secretario del padre, presentó la
dimisión al mismo tiempo, un peco aturdidamente, según se dijo
entonces, y pocos meses después, habiéndole sucedido en el título,
se
dedicó al grave estudio del gran arte aristocrático de no hacer
absolutamente nada. Tenía dos hermosas casas en la ciudad; pero,
para mayor comodidad, prefería vivir en un pisito amueblado, comiendo
habitualmente en su círculo. De cuando en cuando se ocupaba de la
administración de sus minas de carbón, alegando, para excusarse de
esta mácula de industria, que la única ventaja de tener carbón era
que
permitía a un gentilhombre el lujo de hacer fuego de leña en su
propia chimenea. En política, era conservador; excepto cuando los
conservadores subían al poder, período durante el cual les acusaba
rotundamente de ser un hatajo de radicales. Era un héroe para su
ayuda de cámara, que le tiranizaba, y el terror de casi todos sus
deudos y parientes, a quienes, a su vez, tiranizaba. Sólo Inglaterra
hubiera podido producirlo; y, sin embargo, continuamente repetía que
el
país se iba al traste . Sus principios estaban anticuados; pero, en
cambio, mucho bueno podría decirse a favor de sus prejuicios.
Cuando Lord
Henry entró en el curto encontró a su tío sentado en un
butacón, vestido con una recia cazadora, fumando un puro y
refunfuñando sobre un número del Times .
- ¡Hola,
Harry! -exclamó el viejo prócer -. ¿Qué es lo que te trae a
estas horas? Yo creía que los jóvenes a la moda no os levantábais
hasta las das y no estabais visibles hasta las cinco.
-Puro amor de
familia; se lo aseguro, tío Jorge. Necesito pedirle a
usted una cosa.
-Dinero,
supongo -dijo Lord Fermor, torciendo el gesto -. Bueno,
siéntate y dime de qué se trata. Los jóvenes, hoy, creen que el dinero
es
todo.
-Sí -murmuró Lord
Henry, abotonándose la americana -; y cuando
llegan a viejos, lo saben. Pero no es dinero lo que necesito.
Unicamente los que pagan sus cuentas necesitan dinero, tío Jorge, y
yo
no pago las mías. El crédito es el capital de los hijos de familia, y
se
puede vivir de él perfectamente. Lo que necesito es un informe. No
un
informe útil, naturalmente, sino un informe inútil.
-Bien; puedo
decirte todo lo que se encuentra en un Libro Azul inglés,
Harry; aunque esas gentes, hoy, escriben una porción de tonterías.
Cuando yo estaba en la Diplomacia, las cosas iban mucho mejor.
Pero, ahora,
he oído que se entra por oposición. ¿Qué puede
esperarse de gentes así? Los exámenes, señor mío, son una pura
paparrucha, de cabo a rabo. Si un hombre es un caballero, en toda la
acepción de la palabra, ya sabe bastante; y si no lo es, todo lo que
aprenda no hará más que perjudicarle.
-Mr. Dorian
Gray no tiene nada que ver con las Libros Azules , tío
Jorge -dijo Lord Henry, lánguidamente.
- ¿Mr. Dorian Gray?
¿Quién es ese
Mr. Dorian Gray? -preguntó Lord
Fermor, frunciendo sus espesas cejas blancas.
-Eso es lo
que he venido a saber, tío Jorge. Es decir, quién es lo sé.
Es
el último nieto de Lord Kelso. Su madre era una Devereux: Lady
Margaret Devereux. Desearía que me hablase usted de su madre.
¿Cómo era? ¿Con quién se casó? Usted, que conoció a casi todo el
mundo de su época, debió conocerla a ella. Ese Mr. Gray me interesa
mucho en estos momentos. Acabo de conocerle.
- ¡El nieto
de Kelso! -repitió el viejo prócer -. ¡El nieto de Kelso!...
Naturalmente... conocí mucho a su madre. Era una muchacha
extraordinariamente bonita la tal Margaret Devereux, que dejó furiosos
a
todos escapándose con un mozo que no tenía un céntimo, un don
nadie, subalterno en un regimiento de infantería, o algo por el estilo.
Ya lo creo...
Me acuerdo de toda la historia como si fuera ayer. Al
pobre chico le mataron en duelo en Spa, pocos meses después de su
matrimonio. Fue una historia bastante fea. Dicen que Kelso compró a
un
aventurero de la peor especie, alguna bestia belga, para que
insultase en público a su hijo político -lo compró, sí señor, lo compró
-,
y que el fulano ensartó a su hombre como si fuera un pichón.
Echaron tierra al asunto; pero, por fas o por nefas, el caso es que
Kelso, a los pocos días, tenía que comer solo en el círculo. Recogió a
su
hija, me dijeron; pero ella no volvió a dirigirle nunca la palabra.
¡Historia fea, historia fea! La muchacha murió al cabo de un año...
¿Conque ha dejado un hijo, eh? Había olvidado ese detalle. ¿Y qué tal
es
ese muchacho? Si se parece a su madre debe ser un guapo chico.
-Guapísimo -asintió Lord Henry.
-Esperemos que caiga en buenas manos -continuó Lord Fermor -.
Debe tener
una bonita fortuna en perspectiva, si Kelzo hizo bien las
cosas. Su madre también tenía dinero. Todas las propiedades de Selby
fueron a parar a ella, por parte de su abuelo, que detestaba a Kelso,
juzgándole un perro tacaño. ¡Y vaya si lo era! Una vez vino a Madrid
estando yo allí. Te aseguro que me avergonzó. La reina me
preguntaba quién era aquel aristócrata inglés que se pasaba la vida
disputando con los cocheros por unos céntimos. Fue toda una
historia; estuve más de un mes sin atreverme a asomar la nariz por la
corte. Esperemos que haya tratado a su nieto mejor que a aquellos
bribones.
-No sé
-respondió Lord Henry -. Me parece que debe haber quedado
bien. Todavía no es mayor de edad. Sé que tiene Selby. Por lo menos,
así
me lo ha dicho. Y... su madre, ¿era realmente bonita? -Margaret
Devereux era una de las mujeres más encantadoras que he visto en mi
vida, Harry. Nunca he podido comprender qué pudo inducirla a hacer lo
que
hizo. Como que hubiera podido casarse con quien se le hubiese
antojado. Carlington estaba loco por ella. Pero ella era una romántica.
Todas las mujeres de esa familia lo fueron. Los hombres eran
lamentables; pero, ¡caramba!, las mujeres eran extraordinarias.
Carlington estaba de rodillas ante ella; él mismo me lo ha dicho. No
había entonces una muchacha en Londres que no corriese tras él;
pero ella se le rió en sus narices. Y a propósito, Harry, ya que
hablamos de matrimonios absurdos, ¿qué paparrucha es ésa que me
ha
contado tu padre de que Dartmoor quiere casarse con una
americana? ¿Es que no hay ninguna muchacha inglesa digna de él? -
¡Pero si ahora está de moda casarse con una americana, tío Jorge! -
¡Pues yo sostendré a las mujeres inglesas, aunque sea contra el
mundo entero, Harry! -exclamó Lord Fermor, descargando un puñetazo
sobre la mesa.
-Por el momento, las americanas están en alza.
- ¡Bah!, me
han dicho que carecen de resistencia -dijo entre dientes
su
tío.
-Una carrera larga
las deja exhaustas; pero en el steeplechase no
tienen rival. Cogen las cosas al vuelo.
- ¿Y qué son los padres de ella? -gruñó el anciano aristócrata -.
¿Los tiene
siquiera?
Lord Henry sacudió la cabeza.
-Las
muchachas americanas son tan hábiles para ocultar sus padres,
como las mujeres inglesas para ocultar su pasado -dijo, levantándose
para irse.
- ¡Siempre
serán salchicheros! -Así lo espero, tío Jorge, por fortuna
para Dartmoor. He oído decir que la salchichería es la profesión más
lucrativa en América, después de la política.
- ¿Y es
bonita?
-Hace como si lo fuera. La mayor parte de las americanas son así.
Ese es el secreto de su encanto.
- ¿Por qué no
podrán esas americanas quedarse en su país? ¿No están
siempre diciéndonos que aquello es el paraíso de las mujeres? -Y lo es.
Por
eso, como Eva, tienen tanta prisa por salir de él -repuso Lord
Henry -. Bueno, adiós, tío Jorge. Voy a llegar tarde a comer si me
quedo más tiempo. Gracias por los informes que deseaba. Me gusta
siempre saber todo lo que se refiere a mis nuevos amigos, y nada de
lo
que se refiere a los antiguos.
- ¿Dónde
comes hoy, Harry?
-En
casa de tía Agatha. Nos ha invitado a mí y a Mr. Gray, que es su
último protegido.
- ¡Jum! Haz
el favor de decir a tu tía Agatha, Harry, que no me
moleste más con sus obras de caridad. Estoy de ellas hasta la
coronilla.
¡Caramba!, tu
tía sin duda se figura que no tengo otra cosa que hacer
que
extender cheques para satisfacer su ridícula manía.
-Bien, tío
Jorge, se lo diré; pero no le hará el menor efecto. Los
filántropos pierden toda noción de humanidad. l S su característica.
El anciano
gruñó aprobativamente y tocó el timbre para que viniera el
criado.
Lord Henry
tomó por la arcada baja de la calle de Burlington,
encaminando sus pasos hacia la plaza de Berkeley.
¡Así, ésa era
la historia de los padres de Dorian Gray! Crudamente, tal
como le fue contada, le había, sin embargo, impresionado como una
novela extraña y casi contemporánea. Una mujer hermosa
arriesgándolo todo por una loca pasión. Unas cuantas semanas de
dicha, bruscamente interrumpida por un crimen alevoso y repugnante.
Meses de agonía muda,
y luego un hijo nacido en el dolor. La madre
arrebatada por la muerte; el niño abandonado ala soledad y a la
tiranía de un viejo desalmado. Sí, era un fondo interesante. Hacía
resaltar al mancebo, le hacía parecer más perfecto como quien dice.
Detrás de todo lo que es exquisito hay siempre algo trágico. Mundos
enteros tuvieron que ser removidos para que la más humilde planta
pudiera florecer... ¡Y qué encantador había estado la noche antes, en
la
cena, con aquellos ojos atónitos y los labios entreabiertos de placer
y
temor, sentado frente a el en el comedor del círculo, mientras las
pantallas rojas de las bujías teñían de un rusa más intenso la sorpresa
creciente de su rostro! Hablarle, era como tocar en un violín
maravilloso. Respondía al menor contacto y vibración del arco... Había
algo terriblemente apasionante en el ejercicio de la influencia. Ninguna
actividad podía comparársele. Proyectar nuestra alma en una forma
atractiva, dejándola reposar en ella por un instante; oír uno de sus
ideas devueltas en eco, con toda la música añadida de la pasión y la
juventud; transmitir nuestra naturaleza a otra como si fuera un fluido
sutil o un extraño perfume. Había en todo esto un goce positivo;
acaso el más perfecto de todos los que nos ha dejado una época tan
limitada y banal como la nuestra, una época grosamente carnal en sus
placeres y groseramente vulgar en sus ideales... Verdad que era un
ejemplar maravilloso el mancebo a quien por tan singular casualidad
conociera en el estudio de Basil; por lo menos, podía llegar a serlo.
Encarnaba la gracia y la blanca pureza de la infamia y la belleza que
los
antiguas mármoles griegos nos han conservado. Nada había que no
se
pudiera conseguir de él. Lo mismo podría hacerse de él un titán que
un
juguete. ¡Lástima que belleza semejante estuviera destinada a
marchitarse!... ¿Y Basil? Desde un punto de vista psicológico, ¡qué
interesante! Una modalidad nueva de arte, un nuevo modo de
concebir la vida, sugeridos tan extrañamente por la simple presencia
visible de un ser, inconsciente de todo ella, el espíritu silencioso que
moraba en los bosques umbrías, y caminaba invisible por las llanuras,
mostrándose súbitamente, como una dríade sin miedo, porque en su
alma que le buscaba había sido despertada esa visión maravillosa,
única que revela las grandes maravillas; las simples formas y
apariencias de las cosas depurándose, por decirlo así, y conquistando
una
especie de valor simbólico, como si fueran ellas a su vez moldes
de
otras formas más perfectas, cuya sombra hiciesen real: ¡qué
extraño todo ello! Algo análogo recordaba en la historia. ¿No era
Platón, aquel artista en pensamiento, quien primero lo había analizado?
¿No
fue Buonarotti quien lo cinceló en el mármol policromo de una
serie de sonetos? Pero en nuestro siglo era realmente extraño... Sí; él
trataría de ser para Dorian Gray lo que éste, sin saberlo, era para el
pintor que había trazado el espléndido retrato. Él intentaría dominarlo;
realmente, ya lo había conseguido a medias. El haría completamente
suyo aquel admirable espíritu. Había algo fascinante en este hijo del
Amor y la Muerte.
De pronto se detuvo,
y miró las fachadas. Advirtió que había pasado
de
casa de su tía, y sonriendo de sí mismo, volvió atrás. Al entrar en
el
vestíbulo un tanto sombrío, el mayordomo le dijo que ya se habían
sentado a la mesa. Entregó a uno de los criadas el sombrero y el
bastón, y pasó al comedor.
-Tarde, como
de costumbre, Harry -le gritó su tía, meneando la
cabeza.
Inventó una
excusa cualquiera, y ocupando el sitio vacío, junto a ella,
paseó una mirada en torno para ver quién había. Dorian le hizo una
tímida inclinación de cabeza desde un extremo de la mesa,
ruborizándose de contento. Enfrente tenía a la duquesa de Harley,
dama de carácter afabilísimo y humor excelente, muy querida por
cuantos la conocían, y de esas amplias proporciones arquitectónicas
que, en las mujeres, cuando no son duquesas, nuestros historiadores
contemporáneos describen como obesidad. Junto a ella, a su derecha,
se
encontraba Sir Thomas Burdon, miembro radical del Parlamento,
que
en la vida pública iba en pos de su jefe, y en la vida privada en
pos
de los buenos cocineros, comiendo con los conservadores y
pensando con los liberales, con arreglo a una norma discreta y
conocida. El puesto de su izquierda lo ocupaba Mr. Erskine, de
Treadley, gentilhombre entrado en años, muy ameno y muy culto,
que, sin embargo, había dado en la mala costumbre de callar, ya que,
como explicó un día a Lady Agatha, había dicho antes de los treinta
todo lo que tenía que decir. La vecina de Lord Henry era Mrs.
Vandeleur, una de las amigas más antiguas de su tía, santa entre las
santas; pero tan horriblemente desaliñada, que hacía pensar en un
devocionario mal encuadernado. Afortunadamente para él, Mrs.
Vandeleur tenía al otro lado a Lord Faudel, inteligentísima mediocridad
entre dos edades, tan calvo como una declaración ministerial en la
Cámara de los Comunes, con el que conversaba de esa manera
profundamente seria que, como a menudo había observado, es el
único error imperdonable en que caen todas las personas excelentes,
y
al que ninguna de ellas puede escapar por completo.
-Estábamos
hablando de ese pobre Dartmoor, Lord Henry -gritó la
duquesa, haciéndole un amable saludo con la cabeza -. ¿Cree usted
que
realmente se casará con esa interesante personita? -Me parece
que
ella tiene la intención de proponérselo, duquesa.
- ¡Qué
horror! -exclamó Lady Agatha -. ¡Realmente habría que
intervenir!
-Me han dicho, de
buena tinta, que su padre tiene un almacén de
novedades americanas -dijo Sir Thomas Burdon, con gesto
despectivo.
-Mi tío le suponía salchichero, Sir Thomas.
- ¿Novedades?
¿Qué novedades americanas son ésas? -preguntó la
duquesa, levantando sus gruesas manos con ademán de asombro.
-Novelas
americanas -repuso Lord Henry, sirviéndose un trozo de
codorniz.
La duquesa pareció desconcertada.
-No le haga
usted caso, querida -murmuró Lady Agatha -. Nunca sabe
lo
que dice.
-Cuando
América fue civilizada... -dijo el miembro radical; y comenzó
una
fastidiosa disertación. Como todos los que tratan de agotar un
tema, acababa siempre por agotar a sus oyentes.
La duquesa suspiró y ejerció su privilegio de interrupción.
- ¡Ojalá no
lo hubiera sido nunca! -exclamó -. Realmente, nuestras
hijas, hoy, tienen poca suerte. Es una injusticia.
-Quizá,
después de todo, no haya sido civilizada América -dijo Mr.
Erskine -. Yo, por mi parte, diría que no ha sido más que descubierta.
- ¡Oh!, aquí
hemos visto algunas muestras femeninas de sus
habitantes -respondió vagamente la duquesa -. Y preciso es confesar
que
la mayor parte de ellas son preciosas. Y se visten divinamente.
Encargan todos sus trajes a París. Ya quisiera yo poder hacer lo
mismo.
-Dicen que
cuando los americanos buenos se mueren van a París -dijo,
riendo entre dientes Sir Thomas, que tenía un guardarropa bien surtido
de
desechos de ingenio.
- ¿De verdad?
Y los americanos malos, ¿adónde van? -Se quedan en
América -murmuró Lord Harry.
Sir Thomas frunció en cedo.
-Temo que su
sobrino esté prevenido en contra de ese gran país - dijo
a
Lady Agatha -. Yo lo he recorrido todo en trenes especiales y les
aseguro a ustedes que esa visita es una enseñanza.
- ¿Entonces
va a ser preciso que veamos Chicago para acabar
nuestra educación? -preguntó Mr. Erskine, lastimeramente -. Yo no
me
siento con ánimos para el viaje.
Sir Thomas levantó la mano.
-Mr. Erskine
de Treadley tiene el mundo en sus estanterías. Nosotros,
los
hombres prácticos, necesitamos ver las cosas, en lugar de leer lo
que
dicen de ellas. Los americanos son un pueblo en extremo
interesante. Pueblo de razón, si los hay. Creo que es su característica
esencial. Sí, Mr. Erskine, un pueblo con sentido común. Le aseguro a
usted que allí no se andan con sensiblerías.
- ¡Qué
horror! -exclamó Lord Henry -. La fuerza bruta, todavía se
concibe; pero la razón bruta es completamente intolerable. Hay en el
uso
de ella algo bestial, algo que queda siempre por debajo de la
inteligencia.
-No comprendo
lo que quiere usted decir -repuso Sir Thomas,
enrojeciendo.
-Yo, sí, Lord Henry -murmuró Mr. Erskine, con una sonrisa.
-Las
paradojas están bien como pasatiempo -añadió sir Thomas - ;
pero..:
-
¿Era una paradoja? -preguntó Mr. Erskine -. No lo creo... Sí; es
posible que lo fuera. Al fin y al cabo, el camino de la paradoja es el
camino de la verdad. Para conocer la realidad es preciso verla en la
cuerda floja. Hasta que las verdades no se hacen acróbatas no
podemos juzgarlas.
- ¡Santo
Dios! -exclamó Lady Agatha -. ¡Qué cosas dicen ustedes los
hombres! Estoy segura de que jamás podré entenderlas. ¡Ah, Harry!
Estoy enfadadísima contigo. ¿Por qué has convencido a nuestro
encantador Mr. Dorian Gray de que renuncie a mis sociedades
obreras? Te aseguro que nos hubiera sido inapreciable, y que habría
tenido un gran éxito tocando el piano.
-Quiero que
toque para mí solo -contestó Lord Henry, sonriendo; y,
mirando al extremo de la mesa, recogió la respuesta de una mirada
brillante.
- ¡Pero hay
tantos desgraciados en Whitechapel!-replicó Lady
Agatha.
-Puedo simpatizar con
todo, menos con el sufrimiento -dijo Lord
Henry, encogiéndose de hombros -. Con esto no me es posible
simpatizar. Es demasiado feo, demasiado horrible, demasiado
deprimente.
Hay algo agudamente enfermizo en esta simpatía moderna por el dolor.
Deberíamos simpatizar con el color, la belleza, la alegría de la vida.
Mientras menos se hable de las miserias de ésta, mejor.
-Sin embargo,
el problema de las clases pobres es un problema de
suma importancia -hizo observar Sir Thomas, con una grave
inclinación de cabeza.
- ¡Ya lo
creo! -contestó Lord Henry -. Es el problema de la esclavitud,
y
tratamos de resolverlo divirtiendo a los esclavos.
El político le miró entornando los ojos.
-Entonces,
¿qué cambios propone usted, qué medidas? Lord Henry se
echó a reír.
- ¡Oh! Yo no
deseo cambiar nada en Inglaterra, como no sea la
temperatura -contestó -. A mí me basta y me sobra con la
contemplación filosófica. Pero, como el siglo XIX ha hecho bancarrota
a
causa de su prodigalidad de sentimentalismo, me limitaría a proponer
que
recurriésemos a la ciencia para volvernos al buen camino. La
ventaja de las emociones es que nos descarrían, y la ventaja de la
ciencia es no ser emocionante.
- ¡Pero
tenemos responsabilidades tan graves! -se aventuró a decir
Mrs. Vandeleur.
- ¡Terriblemente graves! -hizo eco Lady Agatha.
Lord Henry dirigió una mirada a Mr. Erskine.
-La humanidad
se toma demasiado en serio. Es el pecado original del
mundo. Si el hombre de las cavernas hubiera sabido reír, la historia
sería otra.
-Es muy consolador eso que usted dice -susurró la duquesa -.
Antes,
siempre que venía a ver a su querida tía, casi me sentía
culpable del poco interés que me inspiraban esas clases pobres. Desde
ahora me atreveré a mirarla cara a cara, sin sonrojarme.
-El sonrojarse sienta muy bien, duquesa -observó Lord Henry.
-Cuando se es
joven -contestó ella -. Pero cuando una vieja como yo
se
sonroja, mal síntoma.
¡Ay, Lord Henry!
Dígame usted
qué debo
hacer para volver a ser joven.
Lord Henry quedó pensativo un instante.
- ¿Podría
usted recordar algún gran pecado de sus primeros años,
duquesa? -preguntó, mirándola por encima de la mesa.
- ¡Ay, temo que una porción! -exclamó la duquesa.
-Pues vuelva
usted a cometerlos -dijo él gravemente -. Para recobrar
la
juventud no tiene uno más que repetir sus locuras.
- ¡Deliciosa
teoría! -gritó la duquesa -. ¡Tengo que ponerla en
práctica!
-
¡Peligrosa teoría! -dictaminaron los labios sumido de Sir Thomas.
-Lady Agatha
meneó la cabeza; pero no pudo abstenerse de sonreír.
Mr.
Erskine escuchaba.
-Sí -continuó
Lord Henry -; éste es uno de los grandes secretos de la
vida. Hoy, la mayor parte de las personas mueren de un sentido
común a ras de tierra, y descubren, cuando ya es demasiado tarde,
que
lo único que se echa de menos son los propios errores.
Una risa
general corrió por toda la mesa. Lord Henry jugó con la idea,
obstinándose en ella; la arrojaba al tire, transformándola; la dejaba
escapar, para capturarla de nuevo; la irisaba de fantasía y le daba
alas de paradoja. El elogio de la locura se elevó hasta la filosofía, y la
filosofía misma fue rejuvenecida, y hurtando la música caprichosa del
placer, con la túnica maculada de vino y coronada de hiedra, danzó
como una bacante sobre las colinas de la vida, haciendo burla de la
sobriedad del tardo Sileno. Los hechos huían ante ella como asustadas
criaturas de la selva. Sus blancos pies hollaban el enorme lagar a cuya
orilla el sabio Omar está sentado, hasta que el hirviente zumo de la
uva
inundó sus miembros desnudos con sus olas de purpúreas
burbujas, desbordando en roja espuma por los flancos negros,
rezumantes y viscosos de la cuba. Fue una improvisación
extraordinaria. Sentía los ojos de Dorian Gray fijos en él, y la
conciencia de que entre su auditorio se encontraba un ser cuyo
espíritu quería fascinar, parecía aguzar su ingenio y policromar su
imaginación. Estuvo brillante, fantástico, inspirado. Hizo caer en
éxtasis a sus oyentes, que siguieron risueños tras su flauta. Dorian no
separaba de él los ojos. Como bajo la influencia de un hechizo, las
sonrisas se sucedían en sus labios y la sorpresa se hacía más grave en
sus
ojos sombríos.
AI fin, con la librea
de la época, entró en el salón la realidad, en forma
de
lacayo, para anunciara la duquesa que su coche estaba
aguardándola.
- ¡Qué
fastidio! -exclamó la duquesa, retorciéndose las manos con una
desesperación cómica-. Tengo que ira recoger a mi marido al círculo,
para llevarle a no sé qué absurda reunión en WiIlis's Rooms, que tiene
que
presidir. Si me retraso, va a ponerse furioso, y con este sombrero
no
puedo tener una escena. la demasiado frágil. Una palabra dura
acabaría con él. Sí; no tengo más remedio que irme, querida Agatha.
Adiós, Lord Henry; ha estado usted delicioso y terriblemente inmoral.
Temo no saber
qué pensar de sus ideas. Tiene usted que venir a
cenar con nosotros cualquier noche de éstas. ¿El martes, por ejemplo?
¿No
tiene usted ningún compromiso para el martes? -Por usted faltaría
a
todos, duquesa -dijo Lord Henry, inclinándose.
- ¡Ah! Muy
bien. Es decir, muy bien y muy mal -exclamó la duquesa -.
Bueno, no se olvide usted.
Y salió
apresuradamente del salón, seguida por Lady Agatha y las
demás señoras.
Cuando Lord
Henry hubo tomado asiento de nuevo, Mr. Erskine,
bordeando la mesa, fue a sentarse junto a él.
-Siempre está
usted hablando de libros -dijo, poniéndole la mano en el
brazo -. ¿Por qué no escribe usted uno? -Tengo demasiada afición a
leerlos para pensar en escribirlos, Mr. Erskine. Sí, ciertamente, me
gustaría escribir una novela; una novela que fuese tan hermosa como
un
tapiz persa, y tan irreal. Pero en Inglaterra no hay público más que
para los periódicos, los devocionarios y las enciclopedias. De todos los
pueblos de la tierra, el inglés es el que tiene menos sentido de la
belleza literaria.
-Es posible
que tenga usted razón -contestó Mr. Erskine -. Yo
también tuve ambiciones literarias; pero hace tiempo que renuncié a
ellas. Y ahora, mi querido y joven amigo, si me permite usted llamarle
así, ¿puedo preguntarle si realmente piensa usted todo lo que nos ha
dicho mientras comíamos?
-He
olvidado en absoluto lo que dije -sonrió Lord Henry -. ¿Tan inmoral
era?
-Inmoralísimo. Le
considero a usted sumamente peligroso, y si
sucediera algo a nuestra buena duquesa, todos le tendríamos a usted
por
el verdadero responsable. Pero me agradaría hablar con usted de
cosas de la vida. La generación en que yo nací era
extraordinariamente aburrida. Cualquier día, que esté usted cansado
de
Londres, venga a Treadley a exponerme su filosofía del placer ante
un
admirable borgoña que tengo la fortuna de conservar.
-Iré
encantado. Una visita a Treadley es todo un privilegio. Un
huésped perfecto y una perfecta biblioteca.
-Usted
completará el conjunto -contestó el anciano gentilhombre, con
un
saludo cortés -. Ahora, preciso es que me despida de su excelente
tía. Me esperan en el Ateneo. Es nuestra hora de dormir.
- ¿Todos, Mr.
Erskine?
-Cuarenta de nosotros, en cuarenta sillones. Estamos trabajando para
fundar una Real Academia Inglesa.
Lord Henry sonrió, levantándose.
-Yo me voy al Parque -dijo en voz alta.
Al salir, Dorian Gray le tocó el brazo.
-Déjeme usted que le acompañe -murmuró.
-Pero, ¿no
había usted prometido a Basil ir a verle? -preguntó Lord
Henry.
-Preferiría
ir con usted. Sí, comprendo que es preciso que vaya con
usted. Déjeme que le acompañe. Y prométame hablar todo el tiempo.
Nadie habla tan prodigiosamente como usted.
- ¡Ah!, ya he hablado hoy bastante -dijo Lord Henry, sonriendo -.
Todo lo que
deseo ahora es mirar pasar la vida. Venga usted conmigo
y
mírela pasar también, si le interesa.
CAPITULO IV
Un mes
después, encontrábase Dorian Gray una tarde recostado en un
mullido sillón, en la pequeña biblioteca de la casa de Lord Henry en
Mayfair.
Habitación
exquisita en su género, con su zócalo alto de roble
ahumado, friso de color crema y techo con molduras de estuco, y la
alfombra de fieltro color ladrillo, sembrada de sedosos tapices de
Persia de largos flecos. Sobre una preciosa mesita de palo áloe se
levantaba una estatuilla de Clodion, y junto a ella un ejemplar de Les
Cent Nouvelles , encuadernado para Margarita de Valois por Clovis
Eve
, y salpicado de aquellas margaritas de oro que la reina eligiera
para divisa suya. Unos cuanto tibores de porcelana azul y algunos
abigarrados tulipanes adornaban la chimenea. A través de los vidrios
emplomados de la ventana entraba la luz color de albérchigo de un día
de
estío londinense.
Lord Henry
aún no había vuelto. Siempre llegaba tarde, por principio,
declarando que la puntualidad es el ladrón del tiempo. No era, pues,
extraño que Dorian pareciese bastante aburrido, mientras con dedos
distraídos hojeaba una edición minuciosamente ilustrada de Manon
Lescaut que había encontrado en uno de los estantes. El tic-tac
acompasado y monótono del reloj Luis XIV le enervaba. Una o dos
veces había estado ya a punto de irse.
Al fin oyó pacos fuera, y abrióse la puerta.
- ¡Qué horas de venir, Harry! -murmuró.
-Temo que no sea Harry, Mr. Gray -contestó una voz aguda.
Volviéndose vivamente, Dorian se puso en pie.
-Perdón. Creí...
-Creyó usted
que era mi marido. No es más que su mujer. Tiene usted
que
permitir que me presente a mí misma. Yo te conozco a usted
perfectamente por sus fotografías. Creo que mi marido tiene unas
diecisiete.
- ¡No,
diecisiete no, Lady Henry! -Bueno, pues serán dieciocho.
Además, le vía usted la otra noche con él en la Opera.
Reía nerviosamente al
hablar, mirándole con sus ojos vagos de
miosotis.
Era una mujer
singular, cuyos trajes parecían siempre ideados en un
acceso de rabia y puestos en una tempestad. Siempre estaba
enamorada de alguien y, como nunca era correspondida, había
conservado todas sus ilusiones.
Trataba de
parecer pintoresca, y no conseguía más que ser
desaliñada. Se llamaba Victoria y tenía la invencible manía de ir a la
iglesia.
-Fue en
Lohengrin , Lady Henry, no?
-Sí; fue en ese querido Lohengrin . Me gusta la música de Wagner
más
que ninguna. Mete tanto ruido, que se puede estar hablando todo
el
tiempo sin que nadie se entere. Eso es una gran ventaja; ¿no cree
usted lo mismo, Mr. Gray?
La
misma risa nerviosa y entrecortada brotó de sus Labios finos,
mientras sus dedos empezaban a jugar con una larga plegadera de
concha.
Dorian sonrió, sacudiendo la cabeza.
-Siento no
ser de esa opinión, Lady Henry. Yo, cuando oigo música,
nunca hablo. Por lo menos, cuando oigo buena música. Claro está que,
si
es mala, es un deber anegarla en la conversación.
- ¡Ah!, esa idea me parece que es de Harry, ¿no es cierto, Mr.
Gray? Siempre
me entero de las ideas de Harry por sus amigos. Es el
único medio que tengo de conocerlas. Pero no vaya usted a figurarse
que
a mí no me gusta la buena música. La adoro, pero me da miedo.
Me vuelve
demasiado romántica. He tenido una verdadera pasión por
los
pianistas. En ocasiones por dos a la vez, al decir de Harry. No sé
qué
es lo que tienen. Quizá el ser extranjeros. Todos los son,
¿verdad? Hasta los que han nacido en Inglaterra se vuelven
extranjeros al poco tiempo, ¿no es cierto? ¡Qué inteligentes!, ¿eh?
Además, es un homenaje al arte. Así acaban de hacerlo cosmopolita,
¿verdad? Usted nunca ha venido a mis reuniones, ¿no es cierto, Mr.
Gray? Tiene usted que venir. Yo no puedo permitirme el lujo de tener
orquídeas; pero no reparo en gastos tratándose de extranjeros.
¡Adornan tanto los salones! Pero, ¡aquí está Harry! Harry, venta a
preguntarte una cosa -ya no sé cuál -, y he encontrado aquí a Mr.
Gray. Hemos tenido una conversación muy interesante sobre música.
Tenemos en absoluto las mismas ideas. Aunque, no; me parece que
nuestras ideas son completamente opuestas. Pero ha estado
divertidísimo. Me alegro mucho de haberle conocido.
-Y yo encantado, amor
mío -dijo Lord Henry, arqueando sus cejas
negras y contemplando a ambos con sonrisa jovial -. Desolado de la
tardanza, Dorian. Fui en busca de una pieza de brocado antiguo a la
calle de Wardour, y he tenido que regatear hora tras hora. Hoy, la
gente sabe el precio de todo y el valor de nada.
-Tengo que
irme -exclamó Lady Henry, rompiendo un silencio
embarazoso con su risa intempestiva -. He prometido ala duquesa ir
de
paseo con ella.
Adiós, Mr. Gray.
Adiós, Henry.
¿Cenarás fuera,
supongo? Yo también. Quizá nos veamos en casa de Lady Thornbury.
-Así lo
espero, querida -dijo Lord Henry, cerrando la puerta tras ella,
que, semejante a un ave del paraíso que hubiera pasado toda la
noche a la lluvia, escapó de la habitación dejando tras sí un tenue olor
a
franchipán. Luego, encendió un cigarrillo y se dejó caer en el diván.
-No te cases
nunca con una mujer de cabellos pajizos, Dorian - dijo
después de unas cuantas chupadas.
- ¿Por qué,
Harry?
-Porque son demasiado sentimentales.
-Pero ¿y si a
mí me gusta la gente sentimental? -No te cases nunca,
Dorian. Los hombres se casan por fatiga; las mujeres, por curiosidad.
Ambos sufren un desengaño.
-No creo que
me case, Harry. Estoy demasiado enamorado. Es uno de
tus
aforismos. Lo este poniendo en práctica, como hago con todo lo
que
dices.
- ¿Y de quién
estás enamorado? -preguntó Lord Harry, haciendo una
pausa.
-De una actriz -dijo Dorian Gray, ruborizándose.
Lord Henry se encogió de hombros.
- Debut un tanto vulgar.
-No dirías eso si la vieses, Harry.
- ¿Quién el?
-Su
nombre es Sibyl Vane -Nunca la he oído nombrar.
-Ni nadie. Pero algún día se hablará de ella. Es genial.
-Hijo mío, no
hay mujer genial. Las mujeres son un sexo decorativo.
Jamás tienen nada que decir, pero lo dicen deliciosamente. La mujer
representa el triunfo de la materia sobre el espíritu, así como el
hombre representa el triunfo del espíritu sobre las costumbres.
- ¿Cómo
puedes decir eso, Harry?
-Es
la pura verdad, querido Dorian. Precisamente ahora me ocupo de
analizar a las mujeres; de modo que estoy fuerte en la materia.
Por otra
parte, el tema no es tan abstruso como yo creía. He llegado
a
la conclusión de que no hay más que dos clases de mujeres: las
desaliñadas y las que se pintan. Las mujeres desaliñadas son
utilísimas. Si quieres adquirir una reputación de respetabilidad, no
tienes más que invitarlas a cenar. Las otras son encantadoras. Sin
embargo, caen en un error. Se pintan para parecer jóvenes. Nuestras
abuelas se pintaban para hablar con ingenio. Rouge y esprit iban con
frecuencia aparejados.
Todo esto ha
concluido ya. Hoy, una mujer, mientras puede parecer
diez años más joven que su hija, se siente perfectamente satisfecha.
Y
en punto a conversación, no hay más que cinco mujeres en todo
Londres con las que valga la pena de charlar; y, de esas cinco, dos no
pueden ser admitidas en sociedad. Pero continúa hablándome de ese
genio.
¿Desde cuándo
la conoces?
-
¡Ah!, Harry, tus teorías me asustan.
-No hagas
caso de ellas. ¿Desde cuándo la conoces? -Desde hace
unas tres semanas.
- ¿Y dónde la
has encontrado?
-Voy a decírtelo; pero confío en que no te reirás de mí. Después de
todo, nunca me habría ocurrido si no te hubiese conocido a ti. Tú me
infundiste el deseo frenético de conocer la vida en su totalidad. A raíz
de
nuestro encuentro, durante días y días, un no sé qué desconocido
parecía latir dentro de mis venas. Vagando por el Parque, callejeando
por
Piccadilly, me fijaba en textos los que pasaban a mi lado,
preguntándome, con una curiosidad loca, cómo serían sus vidas.
Algunos me fascinaban. Otros me llenaban de terror. En el aire parecía
flotar no sé qué veneno delicioso. Me sentía ávido de sensaciones...
Una
noche, a eso de las siete, decidí salir en busca de alguna
aventura. Sentía como si este Londres gris y monstruoso, con sus
millones de habitantes, sus pecadores sórdidos y sus espléndidos
pecados, como tú dijiste una vez, tuviese para mí en reserva alguna
sorpresa. Imaginaba un sin fin de casas. Sólo la sensación del peligro
me
procuraba ya una sensación de deleite. Recordaba texto lo que me
dijiste aquella noche maravillosa en qué cenamos juntos por vez
primera, sobre la persecución de la belleza, que es el verdadero
secreto de la vida. No sé qué es lo que esperaba, pero me dirigí hacia
los
barrios tajos, extraviándome al paco rato en un laberinto de
callejones infectos y plazuelas negruzcas, sin jardincillos.
Las ocho y media
serían cuando acerté a pasar por delante de un
absurdo teatrucho, alumbrado profusamente con grandes mecheros de
gas
y cubierto de carteles llamativos. Un repugnante judío, con el
chaleco más sorprendente que he visto en mi vida, estaba en pié a la
entrada, fumando una tagarnina. Por debajo del sombrero le asomaban
unos rizos aceitosos, y un enorme diamante fulguraba en la pechera
de
su camisa mugrienta. "¿ Un palco, milord'?", dijo al verme,
descubriéndose con un ademán magnífico de servilismo. Había algo en
él,
Harry, que me hacía gracia. Era un verdadero monstruo. Ya sé que
te
reirás de mí; pero el caso es que entré, después de pagar una
guinea por el proscenio. Todavía no he conseguido explicarme por qué
lo
hice; y, no obstante, querido Harry, si no lo hubiese hecho, habría
perdido la más hermosa novela de mi vida. ¿Ves?, ya te estás riendo.
Encuentro eso muy feo.
-No me río,
Dorian; por lo menos, no me río de ti. Pero no deberías
decir la novela más hermosa de tu vida. Di, más bien, la primera
novela de tu vida. Tú siempre serás amado, y siempre estarás
enamorado del amor. Una gran pasión es el privilegio de la gente que
no
tiene nada que hacer. ES lo único para que sirven las clases
desocupadas de un país. Puedes estar tranquilo. Te esperan una
porción de goces exquisitos. Esto no es más que el comienzo.
- ¿Tan superficial me crees? -exclamó Dorian Gray, resentido.
-No, por lo mismo que te creo profundo.
- ¿Qué
quieres decir, entonces?
-Hijo mío, los que no aman más que una vez en su vida son los
verdaderamente superficiales. Lo qué llaman su lealtad y su
constancia, yo lo llamo el letargo de la costumbre o su falta de
imaginación. La fidelidad es a la vida sentimental lo que la
consecuencia en las ideas es a la vida intelectual: simplemente una
confesión de impotencia. ¡La fidelidad! Algún día la analizaré. La pasión
del
propietario se esconde en ella. ¡Cuántas cosas arrojaríamos si no
temiésemos que otros pudieran recogerlas! Pero no quiero
interrumpirte. Continúa tu historia.
-Bueno; pues
me encontré sentado en un horroroso palquito interior,
frente a un telón corrido, vulgarísimo. Me dediqué a examinar la sala.
Era
un verdadero horror, con un decorado de lo más charro, todos
cupidos y cornucopias, como una tarta de bodas de tercer orden. En
la
galería y en el patio había bastante gente; pero las dos tilas de
butacas mugrientas estaban totalmente vacías, y apenas había un
alma en lo que supongo llamarían butacas de balcón. Por en medio del
público circulaban vendedoras de naranjas y cerveza de jengibre, y se
hacía un consumo de nueces fenomenal.
-Nada; como en los días gloriosos de¡ drama inglés.
-Por
completo, supongo. Y te aseguro que era un espectáculo poco
grato. Empezaba ya a preguntarme qué resolución tomar, cuando me
fijé en el programa: ¿Qué obra crees que daban, Harry? -Supongo
que El niño idiota, o Mudo, pero inocente . Nuestros padres eran
bastante aficionados a este género de obras. A medida que vivo,
Dorian, comprendo más agudamente que lo que satisfacía a nuestros
padres no puede ya satisfacernos a nosotros. En arte, como en
política, les grand- péres ont toryours tort.
-La obra
también podía satisfacernos a nosotros, Harry. Era Romeo y
Julieta . Debo confesar que la idea de ver representar Shakespeare en
un
chamizo semejante no me hacía mucha gracia. Sin embargo, en
cierto modo, me sentí intrigado. Por si acaso, decidí aguardar al primer
acto. Había una endiablada orquesta, dirigida por un joven hebreo que
tocaba un piano desvencijado, y que estuvo a punto de ponerme en
fuga; pero, al fin, se levantó el telón y empezó la obra.
Romeo era un
galán corpulento y entrado en años, de cejas tiznadas
con
corcho quemado, una voz catarrosa de tragedia y el aspecto
general de un tonel de cerveza. Mercutio era por el estilo de malo:
uno
de esos cómicos de baja estofa que meten morcillas y están en
los
mejores términos con la galería. Ambos eran tan grotescos como el
decorado, y parecían recién salidos de una barraca de feria. ¡Pero
Julieta, en cambio! Imagínate, Harry, una muchacha de apenas
diecisiete años, con una carita en flor, una cabecita griega con
rodetes trenzados de cabello castaño, ojos como pozos morados de
pasión, labios como pétalos de rosa. Era la cosa más bonita que había
visto en mi vida. Tú me dijiste una vez que lo patético te dejaba
insensible, pero que la belleza, la simple belleza, podía arrasarte los
ojos en lágrimas. Pues bien, Harry: te aseguro que las lágrimas
empañaron de tal modo los míos, que apenas podía verla. ¡Y su voz!
Jamás he oído una voz semejante. Al principio era muy queda, con
notas profundas y melodiosas, que parecían caer una a una en el oído.
Luego se fue haciendo más alta, y sonaba como una flauta o un oboe
lejano. En la escena del jardín tuvo todo el éxtasis trémulo que se oye
poco antes del alba cuando los ruiseñores están cantando. Hubo
momentos, poco después, en que tuvo la pasión ardorosa del violín.
Tú
sabes lo que una voz puede conmovernos. Tu voz y la de Sibyl
Vane son dos cosas que jamás podré olvidar. Cuando cierro los ojos,
oigo ambas, y cada una dice algo distinto. No sé a cuál seguir. ¿Por
qué
no voy a querer a Sibyl Vane? Sí, Harry, la quiero. Es todo para mí
en
la vida. Noche tras noche voy a verla representar. Una noche es
Rosalinda, y a la siguiente es Imogenia. La he visto morir en las
tinieblas de una tumba italiana, libando el veneno de labios de su
amante. He seguido sus pasos por la selva de las Ardenas, disfrazada
de
mancebo, en jubón y calzas, tocada con un lindo birrete. Ha
estado loca, y ha ido a presencia de un rey culpable, y le ha dado un
manojo de ruda y otras hierbas amargas. Era inocente, y las negras
manas de los celos han estrujado su garganta, frágil como un junco.
Yola he visto en todas las épocas y en todos los trajes. Las mujeres
corrientes no excitan nuestra imaginación. Se ven limitadas a su
propio siglo. No hay hechizo ni encantamiento que las transfigure. Se
conoce su alma tan fácilmente como sus sombreros. Se puede
penetrar en ellas de continuo. No hay misterio alguno en ellas. Pasean
en
coche por el Parque de mañana, y cotorrean por las tardes en los
tés. Tienen sonrisas estereotipadas y van siempre a la moda. Son
vacías, completamente vacías y transparentes. ¡En cambio, una
actriz! ¡Qué diferencia de una actriz! Harry, ¿cómo no me has dicho
nunca que las únicas criaturas dignas de ser amadas son las actrices?
-Pues porque he querido a un porción de ellas, Dorian.
- ¡Sí;
mujeres horribles, con el pelo teñido y la cara pintada! -No
hables mal del pelo teñido y las caras pintadas. Aveces, tienen un
encanto extraordinario -dijo Lord Henry.
-Siento ya haberte hablado de Sibyl Vane.
-No habrías
podido dejar de hacerlo, Dorian. Toda la vida tendrás ya
que
contarme cuanto hagas.
-Sí, Harry,
tal creo. No puedo dejar de contártelo todo. Tienes sobre
mí
un extraño influjo. Si alguna vez cometiese un crimen, ten por
seguro que iría a confesártelo. Tú me comprenderías.
-Los hombres
como tú, rayos de sol caprichosos de la vida, nunca
cometen crímenes. Pero no importa; de todas modos, te quedo muy
agradecido por la gentileza. Y ahora, dime (alcánzame las cerillas, sé
buen chico; gracias): ¿en qué estado se encuentran actualmente tus
relaciones con Sibyl Vane?
Dorian Gray se puso en pie, con las mejillas cubiertas de rubor y los
ojos ardiendo.
- ¡Harry,
Sibyl Vane es sagrada! -Sólo las cosas sagradas valen la
pena de ser conseguidas, Dorian -dijo Lord Henry, con una extraña
sombra de ternura en la voz -. Pero ¿a qué molestarte? Supongo que
algún día, tarde o temprano, será tuya.
Cuando se
está enamorado, siempre comienza uno por engañarse a sí
propio, y siempre acaba por engañar a los demás. Esto es lo que el
mundo llama una novela. Bueno; supongo que, por lo menos, la
conocerás.
-Claro que la
conozco. La primera noche que fui al teatro, el horrible
judío vino a rondar el palco, al final de la representación, y me ofreció
llevarme al escenario y presentarme a ella. Yo me puse furioso, y le
dije que Julieta había muerto hacía cientos de años y que su cuerpo
descansaba en una tumba de mármol en Verona. Comprendí, por su
mirada de estupefacción, que pensaba que yo había bebido demasiado
champagne, o algo por el estilo.
-No me extraña.
-Entonces me
preguntó si yo escribía en algún periódico. Le contesté
que
ni siquiera los leía, cosa que pareció producirle una terrible
decepción. Luego me confesó que todos los críticos dramáticos se
habían conjurado contra él, y que todos ellos eran gentes venales que
no
querían más que ser comprados.
-No me
sorprendería que tuviese razón. Pero, por otra parte, a juzgar
por
las apariencias, no deben ser muy caros que digamos.
-Sí; pero sin
duda él creía que no estaban a su alcance- dijo Dorian,
riendo -. Mientras tanto, habían ido apagando las luces, y tuve que
marcharme. Quiso, entonces, hacerme probar unos cigarros, que me
recomendó con grandes elogios; pero decliné la invitación. A la noche
siguiente, como puedes suponer, volví al teatro. En cuanto me vio me
hizo una profunda reverencia, y me aseguró que yo era un generoso
protector del arte. Es una bestia completa, a pesar de su
extraordinaria pasión por Shakespeare. Una vez me dijo, con orgullo,
que
sus cinco bancarrotas se debían por completo al Bardo, como él
se
empeña en llamarle. Sin duda considera esto como un título de
gloria.
-Y lo es, mi
querido Dorian; un gran titulo de gloria. La mayoría de los
que
hacen bancarrota es por haber interesado demasiado dinero en la
prosa de la vida. Haberse arruinado por amor a la poesía, es un honor.
Pero ¿cuándo hablaste por primera vez con Miss Sibyl Vane? -La
tercera noche. Había hecho de Rosalinda. No pude contenerme. Le
había arrojado unas flores a escena, y ella me había mirado; o, por lo
menos, se me figuró. El viejo judío insistió de tal modo, tan decidido
parecía a presentarme, que al fin consentí. Es extraña esta falta mía
de
deseo por conocerla, ¿verdad? -No; no me parece.
- ¿Y por qué,
mi querido Harry?
-Otro día te lo explicaré. Ahora, continúa tu cuento de la muchacha.
- ¿De Sybil?
¡Oh, es tan tímida, tan candorosa! Hay en ella algo de
niña. Abrió los ojos de par en par, deliciosamente sorprendida, cuando
le
hablé de su talento; parecía totalmente inconsciente de su arte.
Los
dos nos sentimos un poco cortados. El judío estaba en pie a la
puerta del polvoriento saloncillo, hilvanando complicados discursos a
cuenta nuestra, mientras nosotros continuábamos mirándonos uno a
otro como chiquillos. Como el judío se empeñaba en llamarme milord,
tuve que asegurar a Sibyl que no era lord ni mucho menos. Ella me
contestó con toda ingenuidad: "Más bien parece usted un príncipe; el
príncipe de los cuentos de hadas".
- ¡Caramba, Dorian,
sabes que Miss Sibyl es experta en piropos! -No la
has
entendido, Harry. Ella me consideraba simplemente como un
personaje de una obra. ¿Qué sabe ella de la vida? Vive con su madre,
una
vieja descolorida y mustia que representaba el papel de dama
Capuleto, la primera noche, vestida con una especie de peinador
magenta, y que tiene un aire de persona que ha venido a menos.
-Conozco ese
aire. Siempre me deprime -murmuró Lord Henry,
examinando sus sortijas.
-El judío
quiso contarme su historia; pero le declaré que no me
interesaba.
-Hiciste
bien. Siempre hay algo mezquino en las tragedias de los
demás.
-Sibyl es la
única que me interesa. ¿Qué me importa su origen? Desde
su
cabecita hasta sus piecesitos, toda ella es divina, absolutamente
divina. Todas las noches voy a verla representar, y cada noche es
más
maravillosa.
- ¡Ah!, ésa
es la razón, sin duda, de por qué ahora no cenas nunca
conmigo. Supuse que tendrías alguna aventura singular entre manos.
Y
la tienes; pero no es completamente lo que yo esperaba.
- ¡Pero,
querido Harry, si todos los días comemos o cenamos juntos y
he
ido contigo a la ópera una porción de veces! -exclamó Dorian,
abriendo de par en par sus ojos azules.
-Siempre llegas con un retraso tremendo.
-Sí, es
cierto; pero no puedo dejar de ver a Sibyl, ni siquiera en un
solo acto. Tengo hambre de su presencia; y cuando pienso en el alma
maravillosa que se esconde en aquel cuerpecito de marfil, me siento
lleno de temor.
- ¿Y esta
noche, puedes cenar conmigo, Dorian? -Esta noche es
Imogenia -repuso, meneando la cabeza -. Y mañana será Julieta.
- ¿Y cuándo es Sibyl Vane?
-Nunca.
-Te felicito.
- ¡Qué malo
eres! Ella es todas las grandes heroínas del mundo en una
sola persona. Es más que un ser individual. Sí, ríete; pero te aseguro
que
tiene genio. La quiero, y haré que ella me quiera. Tú, que sabes
todos los secretos de la vida, dime cómo conseguir que Sibyl Vine me
quiera. Tengo que dar celos a Romeo. Quiero que los amantes muertos
de
este mundo oigan nuestra risa, y se entristezcan. Quiero que un
soplo de nuestra pasión vuelva la conciencia a sus cenizas y las
despierte nuevamente al dolor. ¡Dios mío, cómo la adoro, Harry!
Tascaba de un lado a otro por la habitación, mientras hablaba.
Dos rosetones
de fiebre quemaban sus mejillas. Se sentía
terriblemente sobreexcitado.
Lord Henry le contemplaba con un vago sentimiento de placer.
¡Cuán
diferente ahora de aquel muchacho tímido, asustadizo, que
había conocido en el estudio de Hallward! Su naturaleza se había
desarrollado como una planta, había florecido en llores de púrpura y de
fuego. El alma había rastreado fuera de su oculto retiro, y a su
encuentro había venido el deseo.
- ¿Y qué piensas hacer? -preguntó, al fin, Lord Henry.
-Quiero que
tú y Basil vengáis una de estas noches a verla trabajar.
No
tengo el más mínimo temor del resultado. Estoy seguro de que los
das
os daréis cuenta de su genio. Luego, procederemos a arrancarla
de
las garras del judío. Ella tiene firmado un contrato por tres años; es
decir, dos años y ocho meses a contar desde ahora. Claro que tendré
que
pagar algo. Cuando todo esté arreglado, la llevaré a un buen
teatro y la daré a conocer como es debido. Entonces enloquecerá al
mundo como me ha enloquecido a mí.
- ¡Esto
último, hijo mío, me parece bastante difícil! -No, ella lo hará.
No
es arte sólo lo que tiene, el instinto supremo del arte, sino también
personalidad; y más de una vez te he oído decir que son las
personalidades, y no los principios, quienes mueven al mundo.
-Bueno, ¿qué noche
vamos?
-Espera. Hoy es martes. Vamos mañana. Mañana hace Julieta.
-Perfectamente. En el Bristol, a las ocho. Yo recogeré a Basil.
-No, a las
ocho no, Harry, te lo ruego. A las seis y media. Es preciso
que
estemos allí antes de levantarse el telón. Tenéis que verla en el
primer acto, cuando se encuentra con Ronco.
- ¡A las seis
y media! ¡Vaya una hora! Será como un pastel de carne
fría o la lectura de una novela inglesa. Pongamos a Lis siete.
Nadie que se
estime come antes de las siete. ¿Verás tú mismo a Basil?
¿O
quieres que le escriba yo?
-
¡Pobre Basil! Hace una semana que no le he visto. Realmente, no
está bien. Acaba de enviarme el retrato, con un marco estupendo,
dibujado especialmente por el; y, aunque estoy un poco celoso del
cuadro, que ya tiene un mes menos que yo, debo confesar que me
entusiasmo. Quizás sería preferible que le escribieses. No querría verle
a
solas. Me dice siempre cosas molestas. Me da buenos consejos.
Lord Henry sonrió.
- ¡Qué afición tiene
la gente a dar aquello de que está más
necesitada! Es lo que yo llamo el abismo de la generosidad.
- ¡Oh!, Basil
es el mejor de los hombres, pero me parece un poquitín
filisteo. Desde que te conozco, Harry, he llegado a este
descubrimiento.
-Hijo mío:
Basil pone todo lo mejor de él en su obra. El resultado es
que
no le quedan para la vida más que sus prejuicios, sus principios y
su
sentido común. Los únicos artistas personalmente encantadores
que
he conocido, son malos artistas. Los buenos, existen sólo en lo
que
hacen; y, en consecuencia, carecen de todo interés como
sujetos. Un gran poeta, un verdadero gran poeta, es la menos poética
de
las criaturas. En cambio, los poetas menores son absolutamente
deliciosos.
Mientras
peores son sus rimas, más pintorescos parecen ellos. El mero
hecho de haber publicado un volumen de sonetos de segunda mano,
hace irresistible a un hombre. Vive la poesía que no puede escribir. Los
otros escriben la poesía que no se atreven a llevar a cabo.
-Es posible,
Harry -dijo Dorian Gray, poniéndose esencia en el pañuelo,
de
un panzudo frasco de tapón dorado que había sobre la mesa -. Así
debe ser, cuando tú lo dices. Y, ahora, me voy. Imogenia me aguarda.
Note olvides mañana. Adiós.
Apenas hubo salido de
la habitación, cerró Lord Henry sus párpados, y
comenzó a meditar. Ciertamente, pocos seres le habían interesado al
punto que Dorian Gray; y, sin embargo, la frenética adoración del
mancebo por otra persona no le causaba el menor sentimiento de
molestia ni de celos. Al contrario, le complacía. Hacía de él un estudio
más
interesante. Siempre le habían atraído los métodos de las ciencias
naturales; pero los fines propios de estas ciencias le habían parecido
triviales y sin trascendencia. Así, él había comenzado por hacer la
vivisección de sí propio, y acabado por hacer la de los demás. ¡La vida
humana! Esta era la única cosa que le parecía digna de ser
investigada.
En su
comparación, todo el resto carecía de valor. Cierto que, para
examinar la vida en su extraño crisol de dolor y de alegría, no podía
uno
ponerse la mascarilla de cristal del químico, ni impedir que los
vapores sulfurosos turbaran el cerebro y enturbiasen la imaginación
con
monstruosas fantasías y sueños deformes. Había venenos tan
sutiles, que para conocer sus propiedades era preciso experimentarlos
en
sí mismo. Había enfermedades tan extrañas, que era preciso pasar
por
ellas si se quería comprender su naturaleza. Y, sin embargo, ¡qué
magnífico premio el que se recibía! ¡Cuán maravilloso se nos tornaba el
mundo entero! Observar la lógica singular e inflexible de las pasiones,
y
la vida emocional y policroma de la inteligencia; ver dónde se
encuentran y dónde se separan, en qué punto marchan al unísono y
en
cuál se muestran desacordes... ¡qué deleite en todo ello! ¿Qué
importa el coste? Ningún precio es excesivo para pagar una sensación.
Él sabía -y
el pensamiento trajo un destello de placer a sus ojos de
ágata oscura- que ciertas palabras suyas, palabras musicales, dichas
musicalmente, eran las que habían hecho que el alma de Dorian Gray
se
hubiese vuelto hacia aquella blanca doncellita, inclinándose en
adoración ante ella. En gran parte, el mancebo era creación suya. Él
lo
había hecho prematuro. Esto ya era algo. La mayoría de las
personas esperan que la vida vaya descubriéndoles por sí mismas sus
secretos; pero a los menos, a los elegidos, los misterios de la vida les
son
revelados antes de que el velo sea descorrido. A veces, por
efecto del arte, y principalmente del arte de la literatura, que está en
relación más inmediata con las pasiones y el entendimiento. Pero, de
vez
en cuando, alguna personalidad compleja hacía las veces y asumía
el
oficio del arte, siendo realmente, a su modo, una verdadera obra de
arte, porque la vida tenía también sus obras maestras, lo mismo que la
poesía, la escultura o la pintura.
Sí; el mancebo era
prematuro. En primavera, entrojaba ya su cosecha.
El
pulso y la pasión de la juventud latían en él, pero ahora empezaba a
cobrar conciencia de sí mismo. Era un gozo el observarlo.
Con su admirable rostro y su alma admirable, era algo maravilloso.
¿Qué
importaba el fin de todo aquello, ni si estaba fatalmente
destinado a tener un fin? Era como una de esas gráciles figuras de
comedia, cuyas alegrías parecen remotas de nosotros, pero cuyos
dolores suscitan nuestro sentido de la belleza, y cuyas heridas son
como rosas rojas.
¡Alma y
cuerpo, cuerpo y alma! ¡Qué hondos misterios! También el
alma tenía su animalidad, y el cuerpo sus momentos de espiritualidad.
Los
sentidos podían depurarse, y la inteligencia podía degradarse.
¿Quién podría
decir dónde cesa el impulso carnal, y dónde el impulso
psíquico comienza? ¡Cuán vanas las definiciones arbitrarias de los
psicólogos! Y, sin embargo, ¡qué difícil decidir entre las pretensiones
de
las diversas escuelas! ¿Era el alma una sombra reclusa en la casa
del
pecado? ¿O bien estaba el cuerpo en el alma como pensaba
Giordano Bruno? La separación del espíritu y la materia era un misterio,
y
misterio también la unión del espíritu con la materia.
Preguntábase
si podríamos llegar alguna vez a hacer de la psicología
una
ciencia tan absoluta, que los más mínimos resortes de la vida nos
fuesen revelados. Hoy por hoy, continuamente nos engañábamos
respecto a nosotros mismos, y raramente conseguíamos comprender a
los
demás. La experiencia no tenía valor ético alguno. Era simplemente
el
nombre que dábamos a nuestros errores. Los moralistas, por regla
general, la han considerado como una especie de advertencia,
reclamando para ella cierta eficacia moral en la formación del
carácter, preconizándola como algo que nos enseña lo que conviene
seguir y nos muestra lo que es preciso evitar. Pero la experiencia
carecía de toda fuerza motriz. Como causa activa, era tan poca cosa
como la misma conciencia. Todo lo que realmente demostraba era que
nuestro futuro sería igual a nuestro pasado, y que el pecado que en
otro tiempo cometimos con repugnancia, volveríamos a cometerlo una
porción de veces con satisfacción.
Para él no
ofrecía duda que el método experimental era el único por
medio del cual se podía llegar a un análisis científico de las pasiones; y
ciertamente que Dorian Gray era un sujeto bien propicio, y que parecía
prometer ricos y fructuosos resultados. Su amor súbito y desmedido
por
Sibyl Vane era un fenómeno psicológico de no poco interés. Desde
luego que la curiosidad había entrado por mucho en él, la curiosidad y
el
deseo de nuevas experiencias; pero, sin embargo, no era una
pasión simple, sino bien compleja. Lo que había en cita del instinto
puramente sensual de la pubertad, había sido transformado por el
trabajo de la imaginación, cambiado en algo que a él mismo le parecía
extraño a los sentidos, y, por esta razón, tanto más peligroso. Las
pasiones sobre cuyo origen nos engañamos, son las que nos tiranizan
más
duramente. Nuestros móviles más endebles son aquellos de cuya
naturaleza nos damos cuenta. Con frecuencia ocurre que, cuando
creemos hacer una experiencia sobre los demás, la estamos haciendo
sobre nosotras mismos.
Continuaba Lord Henry
meditando en estas cosas, cuando, después
de
llamar a la puerta, entró su ayuda de cámara a recordarle que ya
era
hora de vestirse para la cena. Poniéndose en pie, echó una mirada
hacia la calle. El ocaso inflamaba con un oro escarlata las ventanas
altas de las casas de enfrente. Los cristales centelleaban como placas
de
metal candente. Encima, el ciclo era como una rosa mustia. Pensó
en
la llameante juventud de su amigo, y en cómo acabaría todo
aquello.
Al volver a
su casa, a eso de las doce y media, vio sobre la mesa del
vestíbulo un telegrama. Lo abrió: era de Dorian Gray, para decirle que
había dado palabra de casamiento a Sibyl Vane.
CAPITULO V
- ¡Madre,
madre, qué feliz soy! -dijo la muchacha, escondiendo su
cara en el regazo de la vieja descolorida y marchita, que, sentada en
el
único sillón de la mugrienta salita, volvía la espalda a la viva
claridad que entraba por la ventana.
- ¡Qué feliz
soy! -repitió -. ¡Y también usted tiene que ser feliz! Dando
un
respingo en el sillón, puso la señora Vane sus manos blanqueadas
al
albayalde sobre la cabeza de su hija, y exclamó: - ¡Feliz! Yo no soy
feliz más que cuando te veo trabajar, Sibyl. Y no debería pensar en
otra cosa que en tu arte. Mr. Isaacs ha sido muy bueno con nosotros,
y
le debemos dinero.
- ¡Dinero!
-gritó la muchacha, levantando la cabeza con un mohín de
disgusto -. ¿Y qué importa el dinero? El amor vale más que el dinero.
-Mister
Isaacs nos ha adelantado cincuenta libras pera pagar nuestras
deudas y equipar decentemente a James; no lo olvides, Sibyl.
Cincuenta
libras es una cantidad crecida. Mr. Isaacs ha estado muy
considerado.
-No es un
caballero, madre, y detesto la manera que tiene de
hablarme -dijo la muchacha, levantándose y yendo hacia la ventana.
-Pues no sé
cómo íbamos a arreglárnoslas sin él -replicó la vieja
quejumbrosamente.
Sacudiendo la cabeza echóse a reír Sibyl Vane.
-Ya no lo
necesitamos para nada, madre. El príncipe se ocupará de
nosotras.
Hizo una
pausa. Una ola de rubor corrió por sus venas, tiñendo sus
mejillas. Un alentar anheloso entreabría las pétalo trémulos de sus
labios. Un vendaval de pasión sopló sobre ella agitando los pliegues
graciosos de su falda.
-Le quiero -dijo simplemente.
- ¡Locuela!
¡Locuela! -reconvino la vieja, acentuando grotescamente
la
palabra con un ademán de sus dedos engarfiados, cubiertos de
sortijas falsas.
Rió de nuevo la
muchacha. Había en su voz la alegría de un pájaro
enjaulado. Sus ojos recogían la melodía, repitiéndola en resplandor;
luego cerrábanse por un instante, como para esconder su secreto.
Cuando volvía
a abrirlos, la bruma de un ensueño había pasado por
ellas.
La cordura de
labios secas continuaba hablándole desde un raído
sillón, sugiriendo máximas de prudencia, tomadas de ese libro de
cobardía, cuyo autor remeda el nombre de sentido común. Pero ella no
escuchaba. Sentíase libre en su cárcel de pasión. Su príncipe, el
príncipe de los cuentos de hadas, estaba con ella. Ella había acudido a
la
memoria para fingir su presencia. En busca suya envió su alma, y
ésta le había traído consigo. De nuevo, el beso de él quemaba sus
labios, y su aliento caldeaba sus párpados.
Entonces la
cordura cambió de rumbo y habló de indagación y
espionaje. Quizá aquel joven era rico. En ese caso, podía pensarse en
el
matrimonio. Estrellábanse contra la concha de los oídos de ella las
olas de la malicia humana. Silbaban en torno suyo los dardos de la
astucia.
Veía moverse los secos labios y sonreía.
De pronto
sintió la necesidad de hablar. Aquel vacío de palabras la
turbaba.
- ¡Madre,
madre! -exclamó -. ¿Por qué me quiere él tanto? Yo sí sé
por
qué le quiero. Le quiero porque es como debe ser el mismo amor.
Pero él, ¿qué es lo que ve en mí? Yo no soy digna de él y, sin
embargo, no sé por qué, aunque me siento tan por debajo de él, no
me
siento humilde. Al contrario, me siento llena de orgullo. Madre,
¿quiso usted a mi padre tanto como yo quiero al príncipe? Palideció la
vieja bajo la espesa capa de polvos ordinarios que enjalbegaban sus
mejillas, y crispáronse sus labios en un espasmo de dolor. Sibyl corrió
hacia ella, echándole los brazos al cuello y besándola.
-Perdón,
mamá. Sé lo que la hace sufrir a usted el recuerdo de padre.
Y
eso, precisamente, demuestra cuánto le quería usted. No se ponga
usted triste. Me siento hoy tan feliz como hace veinte años lo era
usted. ¡Ay, ojalá pueda serlo siempre! -Hija mía: eres demasiado joven
para pensar enamores. Además, ¿qué sabes tú de ese joven? Ni
siquiera su nombre. Nada de esto tiene pies ni cabeza; y la verdad es
que, precisamente en el momento en que James se marcha a Australia
y
tengo tantas cosas en qué pensar, podías haber tenido un poco de
consideración. Sin embargo, como ya dije, si ese joven es rico...
- ¡Ah, madre, madre,
déjeme usted ser feliz! Miróla tiernamente la
señora Vane, y con una de esas falsas actitudes melodramáticas, que
con
tanta frecuencia llegan a constituir una segunda naturaleza en la
gente de teatro, la estrechó entre sus brazos.
En ese
momento abrióse la puerta, y un mozo, de pelo áspero y
moreno, entró en el cuarto. Era de tipo recio y cuadrado, torpe de
movimientos, con pies y manos enormes, y sin la finura y distinción de
su
hermana. Trabajo habría costado adivinar el próximo parentesco
que
los unía; tan desemejantes eran. La señora Vane clavó en él los
ojos, y acentuó su sonrisa. Mentalmente, elevaba a su hijo a la
dignidad de público. Estaba segura de que el cuadro era conmovedor.
-Bien podías
guardar alguno de esos besos para mí, Sibyl -dijo el mozo
con
un gruñido afable.
- ¡Pero si tú
eres un oso y no te gustan los besos! -exclamó ella
corriendo a abrazarle.
James Vane miró a su hermana con ternura.