EL RETRATO DE DORIAN GRAY
de
Oscar Wilde

 

 

 

Oscar Wilde

        (1854-1900)

 

       Escritor Irlandés. Nació y se educó en Dublín y luego en Oxford. Se
        destacó desde el comienzo. Por sus posturas vanguardistas y su ironía
        para describir la realidad fue mimado por la aristocracia londinense.
        Escribió novelas, cuentos y comedias. Hasta que fue acusado por
        homosexualismo y debió enfrentar duras batallas juduciales que
        finalmente lo condenaron a 2 años de trabajos forzados en la cárcel
        de Reading. Después de esto vivió parte de su vida bajo un
        seudónimo, Sebastien Melmouth. Se lo considera representante del
        decadentismo vanguardista, su ingenio, sus diálogos sagaces, sus
        talentosos juegos de palabras y su ironía lo ubicaron como uno de los
        grandes de la literatura universal.
 

        Datos biográficos:

        Acerca de esta obra: La telentosa pluma de Oscar Wilde narra la
        historia de la decadencia de un hombre. Es un libro considerado la más
        moral de las historias de inmorales. Esta obra le ha valido a su autor
        superar el calificativo de escritor y ser considerado casi como un
        filósofo.  Dorian Gray a cambio de la eterna juventud  entrega su alma
        y termina siendo corrompido por la malvada influencia de su mentor.
        Altamente recomendable para lectores de todos los tiempos y
        geografias.
 

PREFACIO
 

        El artista es el dios de las cosas bellas.

        Mostrar el arte, ocultando al artista: tal es el fin del arte.

        El crítico es aquel que puede traducir en un nuevo modo o una materia
        distinta su impresión de las cosas bellas.

        La más alta, como la más baja forma de critica, es siempre una
        especie de autobiografía.

        Los que encuentran un sentido feo en cosas bellas son corrompidos
        sin ser seducidos. Esto es un defecto.

        Los que encuentran un sentido bello en las casas bellas son los
        entendimientos cultos. Para éstos todavía hay esperanza.

        Son los escogidos aquellos para quienes las cosas bellas sólo significan
        Belleza.

        No hay libros morales ni inmorales. Los libros están bien o mal escritos.
        Simplemente.

        La aversión del siglo XIX por el Realismo es la rabia de Caliban al ver
        su propia faz en un espejo.

        La aversión del siglo XIX por el Romanticismo es la rabia de Caliban al
        no ver su propia faz en un espejo.

        La vida moral del hombre forma parte de los materiales del artista;
        pero la moral del arte consiste en el uso perfecto de un medio
        imperfecto.

        Ningún artista desea demostrar nada. Hasta las verdades pueden ser
        demostradas.

        Ningún artista tiene simpatías éticas. Una simpatía ética en un artista
        es un imperdonable amaneramiento del estilo.

        Ningún artista es jamás morboso. El artista puede expresarlo todo.

        Pensamiento y palabra son para el artista instrumentos de un arte.

        Vicio y virtud son para el artista materiales de un arte.

        Desde el punto de vista de la forma, el arquetipo de todas las artes es
        el arte del músico. Desde el punto de vista del sentimiento, el oficio
        del actor es el arquetipo.

        Todo arte es ala vez superficie y símbolo.

         Los que van más adentro de la superficie, hácenlo así a cuenta y
        riesgo propios.

        Los que descifran el símbolo, hácenlo así a cuenta y riesgo propios.

        Es el espectador, y no la vida, lo que realmente el arte refleja.

        Diversidad de opinión sobre una obra de arte prueba que la obra es
        nueva, compleja y vital.

        Cuando los críticos están en desacorde, el artista esta de acuerdo
        consigo mismo.

        Podemos perdonar a un hombre que haga una cosa útil, con tal de que
        no la admire. La sola excusa de hacer una cosa inútil es admirarla
        inmensamente.

        Todo arte es completamente inútil.

 

 

 

 

 

 

 


 

EL RETRATO DE DORIAN GRAY

 

CAPITULO I
 

        Un intenso olor de rosas penetraba en el estudio, y cuando, entre los
        árboles del jardín, comenzaba la brisa, llegaban por la puerta abierta el
        denso aroma de las filas o el más delicado perfume de los agavanzos
        en flor.

        Desde el rincón del diván de alforjas persas en que yacía, fumando,
        según costumbre, cigarrillo tras cigarrillo, Lord Henry Wotton podía
        divisar el resplandor dorado de las flores color de miel de un cítiso,
        cuyas ramas trémulas apenas parecían capaces de soportar el peso
        de tan flamante belleza, y de cuando en cuando, las sombras
        fantásticas de los pájaros cruzaban las largas cortinas de seda que
        cubrían el ancho ventanal, produciendo una especie de efecto japonés
        momentáneo, y haciéndole pensar en esos pintores de Tokyo, de
        rostro jade pálido, que por medio de un arte forzosamente inmóvil
        tratan de dar la impresión de la rapidez y el movimiento. El zumbido
        adusto de las abejas, abriéndose camino a través de la alta hierba sin
        segar, o revoloteando con monótona insistencia en torno de las
        polvorientas cabezuelas doradas de una dispersa madreselva, parecía
        hacer aún más abrumadora esta quietud. El sordo estrépito de Londres
        era como el bordón de un órgano lejano.

        En el centro de la habitación, sostenido por un caballete, veíase el
        retrato, de tamaño natural, de un joven de extraordinaria belleza, y
        frente a di, sentado a poca distancia, al pintor en persona, Basil
        Hallward, cuya súbita desaparición pocos años antes había causado
        tanta sensación y dado origen a tantas extrañas conjeturas.

        Contemplaba el pintor la forma grácil y encantadora que tan
        diestramente reflejara su arte, y una sonrisa de satisfacción cruzó su
        rostro, pareciendo demorarse en él. Pero, de pronto, estremeciéndose,
        cerró los ojos y oprimióse los párpados con los dedos, como si quisiera
        aprisionar en su cerebro algún extraño sueño, del que temiera
        despertar.

        -Es tu mejor obra, Basil; lo mejor que has hecho hasta ahora dijo Lord
        Henry, lánguidamente -. Debes enviarla el año próximo ala exposición
        Grosvenor. La Academia es demasiado grande y demasiado vulgar.
        Siempre que he ido, o había tanta gente que no he podido ver los
        cuadros, cosa sumamente desagradable, o tantos cuadros que no he
        podido ver la gente, cosa peor todavía. Realmente, Grosvenor, es el
        único sitio.

-Creo que no lo enviaré a ninguno -contestó el pintor, echando hacia
        atrás la cabeza con aquel ademán singular que tanto hacía reír a sus
        condiscípulos de Oxford -. Sí; a ninguno.

        Lord Henry enarcó las cejas, mirándole con estupor a través de las
        tenues espirales azules en que se rizaba caprichosamente el humo de
        su cigarrillo opiado.

        - ¿Qué no piensas enviarlo a ningún sitio? ¿Y por qué, puede saberse?
        ¿Tienes algún motivo? ¡Qué gente tan absurda sois los pintores!
        Andáis de coronilla para haceros una reputación, y en cuanto la
        conseguís, parecéis deseosos de echarla a rodar. Una tontería; pues
        sólo hay una cosa en el mundo peor que el que se hable mal de uno, y
        es que no se hable. Un retrato como éste te colocaría a cien codas
        por encima de todos los pintores jóvenes de Inglaterra, y haría rabiar
        de envidia a los viejos, si es que los viejos son todavía capaces de
        alguna emoción.

        -Sé que vas a reírte de mí- replicó el pintor -; pero te aseguro que
        realmente no puedo exponerlo. He puesto demasiado de mí mismo en
        él.

        Lord Henry se repatingó en el diván, soltando la carcajada.

        -Sí, ya sabía que te reirías; pero, a pesar de todo, es verdad.

        - ¡Demasiado de ti mismo en él! Palabra de honor, Basil: no sabía que
        fueras tan presuntuoso. Te aseguro que no veo la menor semejanza
        entre tú, con esa cara ceñuda y viril, y este joven Adonis, que parece
        hecho de marfil y de rosas. ¡Caramba!, querido Basil: éste es un
        narciso, y tú... claro que tienes una expresión inteligente, no hay que
        decir.

        Pero la belleza, la verdadera belleza, acaba donde comience una
        expresión intelectual. La inteligencia es en sí misma un modo de
        exageración, y destruye la armonía de cualquier rostro. Desde el
        momento en que uno se sienta para meditar, se vuelve todo nariz, o
        frente, o cualquier otra cosa horrenda. Fíjate en los hombres que
        sobresalen en todas las profesiones doctas. Son, sencillamente,
        repugnantes. Excepto, claro está, en la Iglesia. Pero es porque en la
        Iglesia no piensan. Un obispo continúa diciendo a los ochenta lo que le
        enseñaron a decir a los diez y ocho; por eso, y como consecuencia
        natural, siempre resulta delicioso.

        Tu misterioso amigo, cuyo nombre todavía no me has dicho, peco
        cuyo retrato realmente me fascina, no piensa nunca; estoy
        completamente seguro. Es una criatura admirable y sin seso, para
        tener en invierno, cuando no hay flores que mirar, y en verano,
        cuando necesitamos refrescar el entendimiento. No te hagas ilusiones,
        Basil; no te pareces a él lo más mínimo.

-No me has entendido, Harry -contestó el artista -. Naturalmente que
        no me parezco a él. Lo sé de sobra. Y, realmente, sentiría parecerme
        a él. ¿Te encoges de hombros? Te estoy diciendo la verdad. En toda
        preeminencia, física o intelectual, hay una especie de fatalidad: esa
        fatalidad que parece seguir la pista, a través de la historia, de los
        pasos vacilantes de los reyes. Es mejor no diferenciarse demasiado de
        los demás. Les feos y los necios tienen la mejor parte en este mundo.
        Pueden sentarse a sus anchas y bostezar ante la farsa. Y si nada
        saben de la victoria, tampoco tienen conocimiento de la derrota.
        Viven como todos deberíamos vivir: tranquilos, indiferentes y sin
        sacudidas. Ni llevan la ruina a los demás, ni la reciben de manos
        ajenas. Tú, con tu posición y tu riqueza, Harry; yo, con mi talento,
        con mi arte, valga mucho o poco; Dorian Gray, con su belleza, todos
        tendremos que sufrir por aquello que los dioses nos han concedido, y
        sufriremos terriblemente.

        - ¿Dorian Gray? ¿Conque ése es su nombre? -preguntó Lord Henry,
        dirigiéndose hacia Basil Hallward.

        -Sí; ése es su nombre. No pensaba decírtelo.

        - ¿Y por qué no?
        - ¡Oh! No puedo explicártelo. Cuando quiero a alguien de verdad, no
        me gusta decir su nombre a nadie. Es como ceder una parte de él.

        Me he acostumbrado a amar el secreto. Es lo único que puede
        hacernos la vida moderna misteriosa y sorprendente. La cosa más
        vulgar se vuelve deliciosa en cuanto alguien nos la esconde. Yo,
        cuando me voy al campo, nunca digo adónde. Si lo hiciera, perdería
        todo encanto. Es una mala costumbre, lo confieso; pero no deja de
        traer cierto elemento novelesco a la vida de uno... ¿Qué, me crees
        loco de remate? -De ningún modo -replicó Lord Henry -, de ningún
        modo, querido Basil. Pareces olvidar que estoy casado, y que el único
        encanto del matrimonio es que hace absolutamente necesaria a ambas
        partes una vida de superchería yo nunca sé dónde está mi mujer, y mi
        mujer nunca sabe dónde ando yo. Cuando nos encontramos -a veces
        nos encontramos, por casualidad, cuando comemos juntos en alguna
        casa o bajamos a ver al duque -, nos contamos las historias más
        absurdas, con la mayor seriedad del mundo. Mi mujer es en esto una
        notabilidad; muy superior a mí. Jamás se confunde en las fechas, y yo
        sí. Pero cuando me coge en alguna, no me hace escenas. A veces me
        gustaría que las hiciese; pero no, se contenta con reírse de mí.

        -Detesto esa manera de hablar de tu vida conyugal, Harry -dijo Basil
        Hallward, dirigiéndose hacia la puerta que conducía al jardín -.

Estoy seguro de que eres un buen marido; pero te avergüenzas de tus
        propias virtudes. Eres un ser realmente extraordinario. No dices una
        sola casa moral, y no haces ninguna inmoral. Tu cinismo no es más
        que una pose.

        -La naturalidad no es más que una pose, y la más irritante de las que
        conozco -exclamó Lord Henry, echándose a reír.

        Y salieron ambos al jardín, sentándose en un largo banco de bambú
        que había a la sombra de un gran laurel. El sol resbalaba sobre las
        hojas bruñidas. Unas cuantas margaritas blancas se estremecían entre
        la hierba.

        Al cabo de una pausa, Lord Henry miró su reloj.

        -Tengo que irme, Basil -murmure; pero antes insisto en que me
        contestes a la pregunta que te hice hace un rato.

        - ¿Qué pregunta?-- dijo el pintor, sin levantar has ojos.

        -De sobra lo sabes.

        -Te aseguro que no.

        -Bueno, te la repetiré. Quisiera que me explicases por qué no quieres
        exponer . El verdadero motivo.

        -Ya te lo dije.

        -No me lo dijiste. Dijiste que era a causa de lo mucho de ti mismo que
        había en ese retrato. Pero eso es una puerilidad.

        -Harry -dijo Basil Hallward, mirándole en los ojos -, todo retrato
        pintado con emoción es un retrato del artista, no del modelo. Éste no
        es más que el accidente, la ocasión. No es él el revelado por el pintor,
        sino más bien éste quien, sobre el lienzo pintado, se revela a sí mismo.
        El motivo por el que no quiero exponer este retrato es que temo haber
        mostrado en él el secreto de mi propia alma.

        Lord Henry se echó a reír.

        - ¿Y qué secreto es ése? -preguntó.

        -Voy a decírtelo -dijo Hallward. Pero una expresión de perplejidad
        cruzó su rostro.

        -Soy todo oídos, Basil -exclamó su amigo, mirándole de reojo.

- ¡Oh!, poco hay que contar, Harry -contestó el pintor -. Y mucho
        temo que no lo entiendas. Puede que ni siquiera lo creas.

        Lord Henry sonrió, e inclinándose, arrancó de entre la hierba una
        margarita de pétalos rosados.

        -Tengo la seguridad de que te comprenderé -replicó, contemplando
        atentamente el botón dorado con su corona de pétalos -; y en cuanto
        a creerte, yo puedo creer todo, con tal de que sea increíble.

        El viento desprendió algunas flores de los árboles, y las lilas espesas,
        con sus penachos de estrellas, se balancearon en el aire lánguido. Un
        saltamontes comenzó su chirrido junto al muro y, como una hebra
        azul, pasó una libélula larga y tenue, sostenida por sus alas de gasa
        parda. Lord Henry creyó sentir los latidos del corazón de Basil, y
        aguardó con impaciencia lo que iba a oír.

        -La historia es ésta -dijo el pintor al cabo de un rato -: Hace dos
        meses fui a una de esas apreturas en casa de Lady Brandon que ésta
        llama sus reuniones. Tú sabes que nosotros, pobres artistas, tenemos
        que exhibirnos de cuando en cuando en sociedad, lo preciso para
        recordar a la gente que no somos unos salvajes. Con un frac y una
        corbata blanca, como tú dices, todo el mundo, hasta un agente de
        Bolsa, puede dárselas de civilizado. Bueno; llevaba ya diez minutos en
        el salón conversando con viudas emperifolladas y académicos
        aburridos, cuando, de pronto, tuve la sensación de que alguien estaba
        mirándome.

        Me volvía medias, y vi a Dorian Gray por vez primera. Cuando nuestros
        ojos se encontraron, sentí que me ponía pálido. Un extraño
        sentimiento de terror se apoderó de mí. Comprendí que me hallaba
        frente a alguien cuya simple personalidad física era tan fascinadora
        que, si me abandonaba, absorbería por completo mi vida, mi alma, mi
        arte mismo.

        Y yo no quería influencia externa alguna en mi existencia. Tú sabes,
        Harry, lo independiente que soy por naturaleza. Yo siempre he sido mi
        propio amo; por lo menos, hasta que encontré a Dorian Gray.
        Entonces... Pero ¿cómo explicártelo? Algo parecía advertirme de que
        me hallaba al borde de una terrible crisis en mi vida. Tuve como el
        extraño presentimiento de que el Destino me tenía reservados
        exquisitos deleites y sufrimientos exquisitos. Sentí miedo, y me volví
        para salir del salón. No fue la conciencia lo que me hizo obrar así, sino
        una especie de cobardía. Me faltó la confianza en mí mismo, en mis
        propias fuerzas.

        -Conciencia y cobardía son realmente una misma cosa, Basil. La
        conciencia es la marca de fábrica; eso es todo.

-No lo creo, Harry, y espero que tú tampoco. De todos modos, fuera
        cual fuera el motivo -quizás el orgullo, porque yo era entonces
        bastante orgulloso -, lo cierto es que me precipité hacia la puerta. Allí,
        naturalmente, me tropecé con Lady Brandon. "¿ No pensará usted en
        marcharse tan pronto, Mr. Hallward?", chilló. ¿Recuerdas la voz tan
        estridente y tan rara que tiene?
        -Sí; es un pavo real en todo, excepto en la belleza -dijo Lord Henry,
        deshojando la margarita con sus dedos largos y nerviosos.

        -No pude librarme de ella. Me presentó a una porción de altezas, y a
        señores con grandes cruces y jarreteras, y a damas maduras con
        diademas gigantescas y narices de papagayo. Habló de mí como de su
        más querido amigo. No me había visto más que una vez, pero se le
        metió en la cabeza lanzarme. Creo que por entonces había obtenido
        gran éxito algún cuadro mío; por lo menos se había charlado de ello en
        los diarios de medio penique, que son la pauta de la inmoralidad en el
        siglo XIX. De pronto, me encontré frente afrente con el joven cuyo
        rostro me había tan singularmente conturbado. Estábamos muy cerca,
        casi tocándonos. Nuestros ojos se encontraron de nuevo. Fue
        temerario por mi parte, pero rogué a Lady Brandon que me presentara.
        Después de todo, quizás no fue tan temerario. Era, simplemente,
        inevitable. Nos habríamos hablado sin presentación. Estoy seguro; y
        Dorian me ha dicho lo mismo después. El también había sentido que
        estábamos destinados a conocernos.

        - ¿Y qué te dijo Lady Brandon de ese maravilloso joven? -preguntó
        Lord Henry -. Sé la manía que tiene de dar un rápido compendio de
        todos sus invitados. La recuerdo presentándome a un truculento y
        colorado anciano, todo cubierto de encomiendas y condecoraciones y
        susurrándome al oído, en un trágico cuchicheo que todo el mundo
        podía oír, los detalles más estupefacientes. Claro que inmediatamente
        me batí en retirada. Yo soy de los que gustan de conocer a la gente
        por sí mismos. Pero Lady Brandon trata a sus invitados exactamente
        como un perito tasador sus mercancías. O los explica de tal modo que
        los agota, o cuenta minuciosamente todo, menos lo que a uno le
        interesaría saber.

- ¡Pobre Lady Brandon! Eres duro con ella, Harry -exclamó Hallward
        negligentemente.

        -Amigo mío, trató de fundar un salón, y no ha conseguido más que
        abrir un restaurant. ¡Cómo podría admirarla! Pero sigue, ¿qué te dijo
        sobre Dorian Gray?
        - ¡Oh!, vaguedades, algo por este estilo: "Muchacho encantador...

        Su pobre madre y yo absolutamente inseparables... Completamente
        olvidado en qué se ocupa... Temo que... no se ocupe en nada... ¡Ah,
        sí, toca el piano... ¿o es el violín, misto Gray?". Ninguno de los dos
        pudimos contener la risa ¡, y, sin más, nos hicimos amigos.

        -La risa no es un mal comienzo de amistad, y es, de con mucho, el
        mejor fin de cualquiera -dijo el joven lord, arrancando otra margarita.

        Hallward sacudió la cabeza.

        -Tú no sabes lo que es la amistad, Harry, ni la enemistad -murmuró -,
        sobre todo en este caso. Tú quieres a texto el mundo, lo que viene a
        ser como no querer a nadie.

        - ¡Qué horrible injusticia! -exclamó Lord Henry, echándose hacia atrás
        el sombrero y levantando los ojos hacia las nubes, que, como
        enmarañadas madejas de seda blanca y lustrosa, navegaban a la
        deriva por la cóncava turquesa del ciclo estival.

        Sí, eres horriblemente injusto. Yo establezco una gran diferencia entre
        la gente. Escojo mis amigos por su buen aspecto, mis conocidos, por
        su buen carácter, y mis enemigos por su buen entendimiento. Todo
        cuidado es pero en la elección de enemigos. Yo, todavía no he tenido
        ninguno tonto. Todos son hombres de cierta inteligencia, y, por tanto,
        me aprecian. ¿Es vanidad? Sí, quizá sea vanidad.

        -No te quepa duda, Harry. Pero, ateniéndonos a tus categorías, yo
        debo ser simplemente un conocido.

        -Querido Basil, tú eres mucho más que un conocido.

        -Y mucho menos que un amigo. Una especie de hermano, ¿no? - ¡Oh,
        hermanos! ¡Para lo que me importan a mí los hermanos! Mi hermano
        mayor se empeña en no morirse, y los pequeños parece que no saben
        hacer otra cosa.

- ¡Harry! -exclamó Hallward, frunciendo el entrecejo.

        -Querido Basil, ya puedes comprender que no hablo completamente en
        serio. Pero no puedo menos de detestar a mis parientes. Puede que
        esto provenga de que no ¡celemos soportar que tos demás tengan los
        mismos defectos que nosotros. Yo simpatizo en absoluto con la rabia
        de la democracia inglesa contra lo que llaman los vicios de las clases
        altas. La plebe comprende que el alcoholismo, la estupidez y la
        inmoralidad son de su propiedad exclusiva, y que es entrar en su
        vedado el que uno de nosotros se embrutezca a semejanza de ellos.

        Cuando el pobre Southwark fue a los Tribunales con motivo de su
        divorcio, la indignación fue inmensa. Y, sin embargo, no creo que ni el
        diez por ciento del proletariado viva muy correctamente.

        -No estoy conforme con una sola palabra de las que has pronunciado,
        y es más, Harry, estoy seguro de que tú tampoco.

        Acaricióse Lord Henry la barba oscura, cortada en punta, mientras con
        su bastón de ébano con borlas se daba unos golpecitos en el zapato
        de cuero fino.

        - ¡Cuidado que eres inglés, Basil! Es la segunda vez que me haces esa
        observación. Si se ofrece alguna idea a un verdadero inglés -cosa
        siempre bastante temeraria -, jamás se le ocurrirá pensar si la idea es
        buena o mala. Lo único que para él tiene importancia es si uno cree en
        ella. Ahora bien: el valor de una idea nada tiene que ver con la
        sinceridad del hombre que la expone. Realmente, mientras más
        insincero sea el hombre, más probabilidades hay de que la idea sea de
        mayor pureza intelectual, ya que en este caso no se habrá visto
        influida por sus necesidades, inclinaciones o prejuicios. Pero, en fin, no
        me propongo discutir de política, sociología, ni metafísica contigo. Me
        interesan las personas más que sus principios, y las que no tienen
        ninguno, más que nada en el mundo. Continúa hablándome de Dorian
        Gray. ¿Le ves a menudo?
        -Todos los días. No me sería posible vivir tranquilo si no le viese todos
        las días. Me es completamente indispensable.

        - ¡Extraordinario! Nunca hubiera creído que te preocupases de otra
        casa que de tu arte.

        -El es ahora todo mi arte -repuso el pintor gravemente -. A veces
        pienso, Harry, que no hay más que dos eras de alguna importancia en
        la historia del mundo. La primera, es la aparición de un nuevo medio de
        arte; y la segunda, la aparición de una nueva personalidad para el
        arte. Lo que la invención de la pintura al óleo fue para los venecianos,
        y el rostro de Antino para la escultura griega de la decadencia, será
        algún día para mí el rostro de Dorian Gray. No es que me sirva de
        modelo para pintar, dibujar o imaginar. Claro que he hecho todo esto.

Pero es para mí mucho más que un modelo. No quiere esto decir que
        esté descontento de mi trabajo, ni que su belleza sea tal, que el arte
        no pueda expresarla. No hay nada que el arte no pueda expresar, y yo
        sé que mi trabajo, desde que encontré a Dorian Gray, es bueno, lo
        mejor que he hecho en mi vida. Pero, en cierto modo -no sé si me
        comprenderás -, su personalidad me ha sugerido otra manera de arte,
        una modalidad de estilo completamente nueva. Veo ahora las cosas de
        un modo distinto, las concibo diferentemente. Puedo dirigir mi vida por
        un camino que hasta ahora me había estado oculto. "Un sueño de
        formas en días de pensamiento..." ¿Quién ha dicho esto? Lo he
        olvidado, pero esto es lo que ha sido para mí Dorian Gray. La sola
        presencia de este muchacho -pues, para mí, a pesar de haber
        cumplido los veinte, no pase de ser un muchacho -, su simple
        presencia visible... ¡Ah! ¡Si tú supieras lo que para mí significa!
        Inconscientemente define para mí las líneas de una nueva escuela,
        una escuela que tuviese en sí toda la pasión del espíritu romántico,
        toda la perfección del espíritu griego. La armonía del cuerpo y del
        alma, ¡nada menos! Nosotros, en nuestra demencia, los hemos
        separado, inventando un realismo que es vulgaridad, un idealismo que
        es vacío. ¡Ah, Harry, si tú supieras lo que Dorian Gray significa para mí
        ¿Te acuerdas de aquel paisaje mío, por el que Agnew me ofreció un
        precio tan exorbitante, y del que no quise desprenderme? Es una de
        las cosas mejores que he hecho. ¿Y sabes por qué? Pues porque,
        mientras lo pintaba, Dorian Gray estaba sentado junto a mí. Alguna
        influencia sutil pasaba de él a mí, pues por primera vez en mi vida vi
        en el paisaje la maravilla que siempre había buscado, sin encontrarla
        jamás.

        - ¡Basil, eso que me cuentas es extraordinario! Es preciso que yo
        conozca a Dorian Gray.

        Haliward se levantó del banco, poniéndose a caminar de arriba abajo
        por el jardín. AI cabo de unos momentos volvió.

        -Harry -dijo -; Dorian Gray no es para mí más que un motivo de arte.

        Tú, es posible que novieras nada en él. Yo, lo veo todo. Nunca está
        más presente en mi obra que cuando no veo ninguna imagen suya.

        Es, como te he dicho, el surgimiento de una nueva modalidad. Lo en-
        cuentro en las curvas de ciertas líneas, en el encanto y sutileza de
        algunos colores. Eso es todo.

-Entonces, ¿por qué no expones su retrato? -preguntó Lord Henry.

        -Porque, sin querer, he puesto en él como una expresión de toda esta
        extraña idolatría artística, de la que, naturalmente, nunca le he dicho
        nada a él. Él nada sabrá nunca de ella. Pero los demás podrían
        adivinarla; y yo no quiero desnudar mi alma ante ojos superficiales y
        fisgones. Mi corazón no será colocado bajo su microscopio. Hay
        demasiado de mí mismo en este retrato, Harry... ¡demasiado! -Los
        poetas no son tan escrupulosos como tú. Saben lo útil que es la
        pasión a sus libros. Hoy, un corazón destrozado alcanza una porción
        de ediciones.

        -Por eso los aborrezco -exclamó Hallward-. El artista debe crearcosas
        bellas; pero sin- poner en ellas n da de su propia vida. Vivimos en una
        época en que los hombres tratan el arte como si no fuera otra cosa
        que una forma de autobiografía. Hemos perdido el sentido abstracto
        de la belleza. Algún día yo enseñaré al mundo lo que es. Por esto, el
        mundo no verá nunca mi retrato de Dorian Gray.

        -Creo que haces mal, Basil; pero no quiero discutir contigo. Sólo los
        que no tienen remedio intelectual se empeñan en discutir. Dime:
        Dorian Gray, ¿te tiene mucho afecto?
        El pintor quedó pensativo unos instantes.

        -Sí -contestó al fin -; sé que me tiene afecto. Claro que yo le mimo
        lastimosamente. Encuentro un placer singular en decirle cosas que sé
        que sentiré haberle dicho. Generalmente está muy cariñoso conmigo, y
        nos sentamos en el estudio y hablamos de una porción de cosas.

        De cuando en cuando, sin embargo, es terriblemente aturdido, y
        parece complacerse en hacerme sufrir. Entonces comprendo, Harry,
        que he entregado mi alma entera a un ser que la trata lo mismo como
        si fuera una flor que prenderse en el ojal, una condecoración que
        halaga la vanidad, el adorno de un día de verano.

        -Los días de verano son largos -murmuró Lord Henry -. Quizás seas tú
        el primero que se canse. Es doloroso de pensar; pero no cabe duda de
        que el genio dura más que la belleza. Esto explica por qué nos
        tomamos tanto trabajo en instruirnos. En la lucha sin tregua de la vida
        necesitamos algo que perdure; por eso llenamos nuestra mente de
        ripios y de hechos, en la necia esperanza de conservar nuestro sitio.
        El hombre enterado de todo: tal es el ideal moderno. Y el espíritu de
        este hombre enterado de todo es una cosa abominable, un baratillo,
        todo monstruos y polvo, todo tasado en un precio más alto que su
        valor. En fin, sea lo que sea, creo que tú serás el primero en cansarte,
        un día mirarás a tu amigo, y lo encontrarás un poco desdibujado, o no
        te gustará su tono de color, o cualquier otra cosa por el estilo. Y se lo
        reprocharás amargamente en tu corazón, y creerás con toda seriedad
        que se ha portado muy mal contigo. Al día siguiente estarás con él
        perfectamente frío e indiferente. Lástima grande, porque empezarás a
        cambiar.

Lo que me has contado es toda una novela, una novela de arte, por
        decirlo así; y lo peor de tener una novela, sea del género que sea, es
        que le deja a uno tan poco novelesco...

        -Harry, no hables así. Mientras viva, la personalidad de Dorian Gray me
        dominará. Tú no puedes sentir como yo siento. Tú cambias con tanta,
        facilidad...

        - ¡Ah, querido Basil, precisamente por eso puedo sentirlo! Los que
        permanecen fieles no conocen más que el lado trivial del amor; sólo
        los; infieles saben de sus tragedias.

        Y sacando una cerilla de una deliciosa fosforera de plata, Lord Henry
        encendió otro cigarrillo, con aire convencido y satisfecho de sí mismo,
        como si hubiera resumido el mundo en una frase. Un murmullo
        indistinto de píos de gorriones salía de las hojas verde laca de la
        hiedra, y las sombras azulencas de las nubes se perseguían sobre la
        hierba.

        ¡Qué delicioso estaba el jardín! ¡Y qué deliciosas eran las emociones
        de los demás!... Mucho más deliciosas, para gusto de él, que sus
        ideas.

        El alma propia y las pasiones ajenas: tales eran las cosas sugestivas
        de la vida. Con mudo deleite se representaba el lunch que se había
        perdido por estar tanto tiempo con Basil Hallward. De haber ido a casa
        de su tía, seguramente hubiera encontrado allí a Lord Goodbody, y
        toda la conversación habría versado sobre la manutención del pobre y
        la necesidad de asilos modelos. Cada clase habría predicado la
        importancia de aquellas virtudes cuyo ejercicio no era necesario en su
        vida propia. El rico hablaría del valor del ahorro, y el ocioso se volvería
        elocuente al tratar de la dignidad del trabajo. ¡Qué felicidad haber
        escapado de todo esto! De pronto, al pensar en su tía, se le ocurrió
        una idea. Volviéndose hacia Hallward, dijo:
        -Querido, acabo de acordarme...

        - ¿Acordarte de qué, Harry?
        -De donde he oído el nombre de Dorian Gray.

- ¿Dónde?- preguntó Hallward, frunciendo levemente el ceño.

        -No pongas esa cara, Basil. Fue en casa de mi tía Lady Agatha.

        Me contó que había descubierto a un joven maravilloso, que se
        disponía a ayudarla en sus obras de caridad y que se llamaba Dorian
        Gray.

        Debo confesar que no me dijo ni una palabra acerca de su hermosura.

        Las mujeres no tienen el sentido de la belleza masculina; por lo menos,
        las mujeres honradas, me dijo que era un muchacho muy formal y de
        muy buenos sentimientos. Me imaginé enseguida un ser con gafas y
        pelo lacio, espantosamente pecoso y contoneándose sobre unos pies
        inmensos. Me hubiera gustado saber que era tu amigo.

        -Pues yo celebro en extremo que no lo supieras, Harry.

        - ¿Por qué?
        -Porque prefiero que no lo conozcas.

        - ¿Qué prefieres que no le conozca?
        -Sí.

        -Mr. Dorian Gray está en el estudio, señor -dijo el mayordomo,
        entrando en el jardín.

        -Pues, ahora, no vas a tener más remedio que presentármelo
        -exclamó Lord Henry, echándose a reír.

        Volvíase el pintor hacia el criado, que permanecía de pie en el sol,
        parpadeando.

        -Dile a Mr. Gray que tenga la bondad de esperar, Parker, que voy en
        seguida.

        Inclinóse el criado y se retiró.

        Entonces, mirando a Lord Henry, dijo Hallward: -Dorian Gray es mi
        amigo más querido. Es una naturaleza sencilla y recta. Tu tía tenía
        razón en lo que dijo. No me lo eches a perder.

        No trates de influenciarlo. Tu influencia sería perniciosa. El mundo es
        ancho y lleno de seres interesantes. No separes de mía la única
        persona que da a mi arte todo el encanto que éste pueda tener; mi
        vida de artista depende de él. Tenlo en cuenta, Harry; confío en ti.

        Hablaba muy despacio, como si a pesar suyo se le escapasen las
        palabras.

        - ¡Qué tonterías estás diciendo! -exclamó Lord Henry, con una
        sonrisa.

        Y cogiendo a Hallward por un brazo le condujo casi hacia el estudio.

CAPITULO II
 

        Al entrar observaron a Dorian Gray. Estaba sentado al piano, de
        espaldas a ellos, mirando un cuaderno de las Escenas del Bosque, de
        Schumann.

        -Tienes que prestármelas, Basil -gritó-. Es necesario que las aprenda.
        Son deliciosas.

        -Depende de como poses hoy, Dorian.

        - ¡Oh!, estoy harto de pescar. ¡Y para la falta que me hace un retrato
        de tamaño natural! -contestó el mancebo, dando media vuelta sobre
        el taburete del piano, con ademán malhumorado y voluntarioso.

        Cuando vio a Lord Henry, un ligero rubor coloreó sus mejillas, mientras
        se ponía en pie precipitadamente.

        -Perdona, Basil, pero no sabía que tenías visita.

        -Es Lord Henry Wotton, Dorian, uno de mis antiguos amigos de Oxford.
        Precisamente le acababa de decir lo bien que posabas, y ahora has
        venido a estropearlo.

        -Pero no ha estropeado mi satisfacción de conocerle, Mr. Gray- dijo
        Lord Henry, adelantándose con la mano tendida -. Mi tía me ha
        hablado con frecuencia de usted. Es usted uno de sus favoritos, y
        temo que también una de sus víctimas.

        - ¡Ay!, me parece que he caído en desgracia con Lady Agatha-
        contestó Dorian, con un cómico visaje de arrepentimiento -. Le había
        prometido ir con ella a un círculo de Whitechapel, el jueves pasado, y
        me olvidé en absoluto. Teníamos que tocar a cuatro manos una pieza;
        no, tres piezas, me parece. No sé lo que va a decirme. Sólo el
        pensamiento de ir a verla me asusta.

        - ¡Bah!, yo haré las paces. Ella le quiere a usted mucho. Y, realmente,
        no creo que haya tenido importancia la falta de usted. Es probable
        que el auditorio creyese que era a cuatro manen. Cuando mi tía
        Agatha se pone al piano hace ruido por dos.

        -Es usted muy mato con ella, y no muy amable conmigo -contestó
        Dorian, echándose a reír.

        Lord Henry le miró con atención. Sí, ciertamente que era de una
        belleza maravillosa, con sus labios rojos, deliciosamente modelados, y
        sus ojos azules e ingenuos y sus rizos de oro. Había algo en su rostro
        que, desde el primer momento, inspiraba confianza. Todo el candor de
        la juventud y toda su apasionada pureza. Se comprendía que aún el
        mundo no había contaminado. Nada tenía de extraño el culto de Basil
        Hallward.

-Es usted demasiado seductor para dedicarse a la filantropía, Mr.

        Gray... demasiado seductor.

        Y Lord Henry se reclinó en el diván, sacando su pitillera.

        El pintor había permanecido ocupado mezclando los colores y limpiando
        sus pinceles, con una cierta expresión de malestar. Al oír las últimas
        palabras de Lord Henry levantó los ojos hacia él, vaciló un instante, y
        al fin dijo:
        -Harry, quisiera terminar hoy este retrato. ¿Sería una impertinencia
        que te rogase nos dejaras trabajar? Lord Henry sonrió, mirando a
        Dorian Gray.

        - ¿Debo irme, Mr. Gray? -preguntó.

        - ¡Oh!, de ningún modo, se lo ruego, Lord Henry. Veo que Basil está
        hoy de mal talante, y cuando se pone así no se le puede aguantar.

        Además, deseo que me explique usted por qué no debo dedicarme a la
        filantropía.

        - ¡Oh!, no sabría qué contestar a usted, Mr. Gray, Es un tema tan
        enojoso, que tendríamos que tratarlo en serio. Pero me quedaré, ya
        que usted lo desea. ¿Te parece bien, Basil? Muchas veces te he oído
        decir que te gustaba que tus modelos tuviesen con quién hablar.

        Hallward se mordió los labios.

        -Desde el momento que Donan lo quiere, inútil decir que debes
        quedarte. Los caprichos de Dorian son ley para todos, excepto para
        él.

        Lord Henry cogió su sombrero y sus guantes.

        -Eres muy amable, BasiI, pero tengo que irme. Tengo una cita en el
        Orléans. Hasta la vista, Mr. Gray. Venga usted a verme una de estas
        tardes. A eso de las cinco estoy casi siempre. Pero póngame usted
        dos letras. Sentiría infinito que no me encontrara.

        -Basil -exclamó Dorian Gray -; si Lord Henry Wotton se va, me voy yo
        también. En cuanto te pones a pintar no dices esta boca es mía, y
        resulta espantosamente aburrido estar de pie sobre mi tarima,
        teniendo que poner cara sonriente. Dile que se quede. Tengo
        verdadero interés en que se quede.

-Quédate, Harry, haznos ese favor a Dorian y a mí -dijo Hallward, sin
        levantar los ojos del cuadro -. Es cierto, cuando me pongo a trabajar
        no hablo, ni oigo y comprendo que mis infortunados modelos se
        aburran mortalmente. Te suplico que te quedes.

        -Pero, ¿y mi cita?
        El pintor se echó a reír.

        -No creo que eso sea un inconveniente. Anda, vuelve a sentarte,
        Harry. Y ahora, Dorian, sube a la tarima y no te muevas demasiado ni
        hagas caso de lo que te diga Lord Henry. Su influencia es nociva para
        todos sus amigos, con mi única excepción.

        Subió Dorian Gray a la tarima, con el aire de un joven mártir griego,
        haciendo una pequeña mueca de enfado a Lord Henry, al que ya había
        tomado cierta simpatía. ¡Era tan diferente de Basil! Hacían un
        contraste delicioso. ¡Y tenía una voz tan agradable! Al cabo de pocos
        instantes le dijo:
        - ¿Es cierto que ejerce usted una mala influencia sobre sus amigos,
        Lord Henry? ¿Tan mala como dice Basil? -No hay influencia buena, Mr.
        Grey. Toda influencia es inmoral... inmoral, desde un punto de vista
        científico.

        - ¿Por qué?
        -Porque influenciar a una persona es prestarle nuestra propia alma. No
        piensa ya sus pensamientos naturales, ni arde con sus propias
        pasiones. Sus virtudes dejan de ser suyas. Sus pecados, si es que
        hay pecados, son de segunda mano. Se convierte en el eco de una
        música ajena, en el actor de un papel que no había sido escrito para
        él. El fin de la vida es el desenvolvimiento de la personalidad. Realizar
        nuestra propia naturaleza cabalmente: para esto hemos venido. Hoy
        los hombres se asustan de sí mismos. han olvidado el más alto de sus
        deberes, el deber que uno se debe a sí mismo. Sí, son caritativos; dan
        pan al hambriento y vestido al mendigo. Pero sus propias almas se
        mueren de hambre y van desnudas. El valor ha abandonado a nuestra
        raza. Quizás nunca lo tuvimos. El temor a la sociedad, que es La base
        de la moral; el temor de Dios, que es el secreto de la religión: tales
        son las dos fuerzas que nos gobiernan. Y, sin embargo...

-Vuelve un poco más la cabeza hacia la derecha. Dorian; sé buen
        chico -dijo el pintor, sumergido en su obra, pero dándose cuenta de
        que el rostro del mancebo tenía ahora una expresión que nunca viera
        hasta entonces.

        -Y, sin embargo -continuó Lord Henry, con su voz queda, musical, y
        aquel suave ademán de la mano tan característico suyo y que ya
        tenía en sus días de Eton-, creo que si un hombre se atreviera a vivir
        su vida plena y totalmente, a dar forma a cada sentimiento, expresión
        a cada pensamiento, realidad a cada ensueño... creo que el mundo
        cobraría de nuevo un ímpetu tal de alegría, que olvidaríamos todas las
        enfermedades del medievalismo, y tornaríamos al ideal helénico... a
        algo quizá más bello, más rico que el ideal helénico. Pero hasta el más
        audaz de nosotros tiene miedo de sí mismo. La mutilación del salvaje
        tiene su trágica supervivencia en la renuncia de sí mismo que frustra
        nuestras vidas. Y somos castigadas por ello. Cada impulso que
        luchamos por estrangular, germina en el espíritu y nos envenena. El
        cuerpo peca una vez, y acaba con su pecado, pues la acción es una
        especie de purificación. Nada queda entonces, excepto el recuerdo de
        un placer, o la voluptuosidad de un arrepentimiento. El único medio de
        librarse de una tentación es ceder a ella. Resistid, y vuestra alma
        enfermará de deseo por las cosas que se ha vedado a sí misma, de
        concupiscencia por aquello que sus leyes monstruosas han hecho
        ilícito y monstruoso.

        Se ha dicho que los grandes acontecimientos del mundo tienen lugar
        en el cerebro. En el cerebro también, y sólo en el cerebro, tienen lugar
        los grandes pecados del mundo. Usted mismo, Mr. Gray, usted mismo,
        con su juventud color de rosa y su blanca infancia, usted ha tenido
        pasiones que le han dado miedo, pensamientos que le han llenado de
        terror, sueños dormido y sueños despierto, cuyo simple recuerdo
        bastaría para teñir de vergüenza sus mejillas...

        - ¡Basta! -balbuceó Dorian Gray -, ¡basta! Me aturde usted. No sé que
        decir. Siento que a todo eso hay una respuesta; pero no puedo
        hallarla. No hable usted mías. Déjenle pensar. O más bien déjeme que
        trate de no pensar.

        Durante casi diez minutos quedó inmóvil, con los labios entreabiertos y
        en los ojos un brillo extraño. Se daba cuenta, indistintamente, de que
        una influencia nueva obraba en él. Sin embargo, le parecía como si
        esta influencia proviniese realmente de sí mismo. Las pocas palabras
        que el amigo de Basil le había dicho -palabras casuales, sin duda, y
        llenas de premeditadas paradojas- habían conmovido en él alguna
        cuerda secreta, no torada hasta entonces, pero que ahora sentía
        vibrante y latiendo en extrañas pulsaciones.

La música le había conmovido ya de ese modo. La música le había
        turbado muchas veces. Pero la música no es definida. No es un mundo
        nuevo, sino un nuevo caos lo que crea en nosotros. ¡Palabras!
        ¡Simples palabras! ¡Cuán terribles son! ¡Qué claras, y vivas, y crueles!
        ¡Imposible escapar de ellas! Y, sin embargo, ¡qué magia sutil reside en
        ellas! Parecen capaces de dar forma plástica a cosas informes y
        poseer una música propia tan dulce como la música del violín o del
        laúd.

        ¡Simples palabras! ¿Hay acaso nada más real que las palabras? Sí;
        cosas había en su infancia que él no pudo entender. Ahora las
        comprendía. Súbitamente, la vida se tornaba de color ele fuego para
        él.

        Le parecía haber marchado hasta entonces a través de llamas. ¿Cómo
        no se había dado cuenta?
        Sonriendo con su sonrisa sutil, Lord Henry le observaba. Sabía el
        momento psicológico preciso en que debía guardar silencio. Sentíase
        profundamente interesado. Y en extremo sorprendido de la impresión
        instantánea que sus palabras produjeran; y recordando un libro que
        había leído a los dieciséis años, libro que le había revelado muchas
        cosas que antes ignoraba, se preguntaba si Dorian Gray estaba
        pasando por una experiencia análoga. El no había hecho más que
        disparar una flecha al aire. ¿Había dado en el blanco?... Realmente,
        era un muchacho interesante.

        Hallward seguía pintando con aquella pincelada audaz y segura que le
        caracterizaba y que tenía ese refinamiento y delicadeza perfecta que
        en arte, por lo menos, solo da la fuerza. Ensimismado en su trabajo no
        se daba cuenta del silencio.

        - ¡Basil, estoy cansado de posar! -exclamó, al fin Dorian Gray -.

        Me voy a sentar al jardín. Aquí hace un aire sofocante.

        -Perdona, querido Dorian. Ya sabes que cuando pinto no pienso en
        otra cosa. Pero nunca has ¡osado mejor. No te has movido en lo más
        mínimo. Y he logrado el efecto que buscaba... los labios entreabiertos
        y la mirada brillante. No sé lo que te habrá estado diciendo Harry;
        pero lo cierto es que te ha hecho poner una expresión maravillosa.
        Supongo que habrán sido cumplidos. No debes creerle ni una sola
        palabra.

-Puedes estar seguro de que no me ha dicho ningún cumplido.

        Quizá sea ésa la razón de que no crea nada de lo que me ha estado
        diciendo.

        -De sobra sabe usted que sí -dijo Lord Henry, mirándole con sus ojos
        lánguidos y soñadores -. Iré al jardín con usted. place un calor horrible
        en este estudio. Basil, danos algo fresco de beber, algo con fresas.

        -Con mucho gusto, Harry. Toca el timbre, y cuando venga Parker se lo
        diré. Tengo que acabar este fondo; así que dentro de un rato iré a
        reunirme con vosotros. No retengas demasiado tiempo a Dorian. Nunca
        me he sentido tan en vena de trabajar. Esto lleva camino de ser mi
        obra maestra. Sí: tal como está es ya mi obra maestra.

        Cuando Lord Henry salió al jardín, encontró a Dorian Gray con el rostro
        escondido entre las lilas frescas, aspirando febrilmente su perfume,
        como si bebiese: un vino exquisito. Acercándose a él le puso una
        mano en el hombro.

        -Hace usted bien -musitó -. Sólo los sentidos pueden curar el alma,
        así como el alma es lo único que puede curar los sentidos.

        El adolescente se estremeció y volvióse hacia él. Llevaba la cabeza
        desnuda, y las hojas habían descompuesto sus rizos rebeldes,
        enmarañando sus doradas hebras. Tenía en los ojos una expresión
        medrosa, como una persona a quien acaban de despertar
        bruscamente. Las aletas de su nariz, finamente dibujadas, palpitaban,
        y una oculta emoción hacía temblar el carmín de sus labios.

        -Sí -continuó Lord Henry -, ése es uno de los grandes secretos de la
        vida: curar el alma por medio de los sentidos, y los sentidos por medio
        del alma. Es usted un ser privilegiado. Sabe usted mas de lo que cree
        saber; pero menos de lo que desea saber.

        Dorian Gray frunció el entrecejo, volviendo a otro lado la cabeza.

        No podía menos de sentir simpatía por aquel hombre alto, esbelto, en
        pie frente a él. Su rostro aceitunado y romántico, su expresión
        cansada, le interesaban. Había en su voz queda y lánguida, un no sé
        qué absolutamente fascinador. Sus manos frías, blancas, semejantes
        a llores, tenían también un encanto singular. Movíanse, al hablar,
        musicalmente, como si tuvieran un lenguaje propio. Pero le daba
        miedo, y vergüenza de tener miedo. ¿Por qué le había sido reservado a
        un extraño el revelarle a sí mismo? A Basil Hallward le conocía desde
        hacía unos cuantas meses, y su amistad nunca le había turbado. Y,
        de pronto, alguien se había interpuesto en su vida para revelarle el
        misterio de la vida. Sin embargo, ¿qué había en ello que pudiera
        asustarle? Él no era un colegial ni una niña. Era absurdo tener miedo.

-Vamos a sentarnos a la sombra -dijo Lord Henry-. Parker nos ha
        traído ya de beber, y si permanece usted más tiempo a este sol, se
        estropeará usted el cutis, y Basil no volverá a pintarle. Realmente, no
        debe usted dejar que el sol le queme. Sería una lástima.

        - ¿Y qué importa? -exclamó Dorian Gray, riendo y tomando asiento en
        el banco que había a un extremo del jardín.

        -A usted debería importarle mucho, Mr. Gray.

        - ¿Por qué?
        -Porque tiene usted la juventud más maravillosa, y la juventud es la
        única cosa que vale la pena de ser deseada.

        -No soy de esa opinión, Lord Henry.

        -Sí; ahora no lo es usted. Día llegará, cuando sea usted viejo y
        arrugado y feo, cuando el pensamiento le haya devastado con sus
        surcos la frente, y la pasión quemado los labios con sus fuegos
        repugnantes, en que lo será usted. Ahora, adonde quiera que vaya,
        triunfará usted. Pero ¿será siempre así?... Ahora tiene usted un rostro
        de una belleza maravillosa, Mr. Gray. No frunza usted el ceño. Lo
        tiene. Y ha belleza es una de las formas del genio; más alta, en
        verdad, que el genio, ya que no necesita explicación. Es una de las
        grandes realidades del mundo, como la luz del sol, o la primavera, o el
        reflejo en las aguas oscuras de esa concha de plata que llamamos
        luna. No puede ponerse en duda. Es una soberanía de derecho divino.
        Hace príncipes a quienes la poseen. ¿Sonríe usted? ¡Ah!, cuando la
        haya perdido no sonreirá usted... Con frecuencia se dice que la
        belleza es cosa superficial. Quizás. Pero, en todo caso, no es tan
        superficial como el pensamiento.

        Para mí, la belleza es la maravilla de las maravillas. Unicamente los
        superficiales no juzgan por las apariencias. El verdadero misterio del
        mundo está en lo visible, no en lo invisible... Sí, Mr. Gray, los dioses
        han sido benévolos con usted. Pero lo que los dioses dan, pronto lo
        quitan. Pocos años le quedan a usted que vivir realmente,
        plenamente, perfectamente. Cuando su juventud pase, su belleza
        pasará con ella, y entonces, bruscamente, descubrirá usted que se
        acabaron los triunfos, o tendrá usted que contentarse con esos
        pequeños triunfos que el recuerdo del pasado hace más amargos que
        derrotas. Cada mes que transcurre le avecina a usted un porvenir
        espantoso. El tiempo tiene celos de usted, y guerrea contra sus
        azucenas y sus rosas. Se pondrá usted lívido, y sus mejillas se
        hundirán, y sus ojos perderán todo su brillo. Sufrirá usted
        horriblemente... ¡Ah!, realice usted su juventud mientras la tiene. No
        dispendie usted el oro de sus días, dando oídos al necio, tratando de
        remediar su irremediable fracaso, o arrojando su vida al ignorante y al
        vulgo. Tales son los fines enfermizos, los falsos ideales de nuestra
        época. ¡Viva usted! ¡Viva esa vida maravillosa que hay en usted! ¡No
        deje usted perder nada... Busque sin cesar sensaciones nuevas. No
        terna usted nada... Un nuevo hedonismo: eso es lo que ha menester
        nuestro siglo. Usted podría ser su símbolo visible. Con su belleza, nada
        hay que no pudiera usted hacer. El mundo es suyo por una
        temporada... Desde el momento en que le vi a usted, comprendí que
        usted no se daba cuenta en absoluto de lo que realmente era usted,
        de lo que realmente podría ser. Había en usted tantas cosas que me
        atraían, que comprendí que era necesario revelarle a sí mismo. Pensé
        en lo trágico que sería que se frustrase usted. ¡Porque es tan breve el
        espacio de vida que le queda a su juventud... tan breve! Las flores del
        campo se marchitan; pero florecen de nuevo. Ese cítiso estará el
        próximo junio tan amarillo como ahora. Dentro de un mes, esa
        clemátide se cubrirá de estrellas de púrpura, y año tras año el verde
        nocturno de sus hojas sostendrá la púrpura de sus estrellas.

Pero, nosotros, jamás recobraremos nuestra juventud. El pulso de
        alegría que late en nosotros a los veinte, va haciéndose cada día más
        perezoso. Nuestros miembros flaquean, nuestros sentidos se
        estancan. Degeneramos en muñecos repugnantes, obsesionados por el
        recuerdo de las pasiones que nos hicieron retroceder atemorizados y
        de las tentaciones exquisitas a que no tuvimos el valor de ceder.
        ¡Juventud! ¡Juventud! ¡Nada hay en el mundo comparable a la
        juventud! Con los ojos muy abiertos, absorto, Dorian Gray escuchaba.
        La rama de lilas le cayó de las manos sobre la grava. Una velluda
        abeja zumbó un momento en torno de ella. Luego comenzó a pasear
        por los globitos ovales y estrellados de sus flores menudas. Dorian la
        miraba atentamente, con ese singular interés por las cosas triviales
        que tratamos de desarrollar cuando cosas de la más alta importancia
        nos sobrecogen o nos sentimos conmovidos por alguna emoción nueva
        que no podemos expresar, o algún pensamiento que nos espanta toma
        de pronto asiento en nuestro cerebro, obligándonos a ceder a él. Al
        cabo dennos instantes, la abeja levantó el vuelo y Dorian la vio
        posarse en el cáliz moteado de un convólvulo tirio. La flor pareció
        estremecerse, y luego quedó balancéandose suavemente. De pronto
        apareció el pintor en la puerta del estudio, haciéndoles signos
        reiterados de que entrasen. Volviéronse uno a otro, sonriendo.

        -Os estoy esperando -gritó Hallward -. Venid. Hay una luz perfecta en
        este momento. Podéis traer vuestros refrescos.

        Levantáronse, y perezosamente se dirigieron hacia el estudio. Dos
        mariposas, verdes y blancas, pasaron revoloteando junto a ellos,
        mientras en el peral, que crecía en un ángulo del jardín, comenzaba a
        cantar un tordo.

        - ¿Se alegra usted de haberme conocido? -preguntó Lord Henry,
        mirándole.

        -Sí; ahora me alegro. Pero ¿será siempre así? - ¿Siempre? ¡Palabra
        tremenda! ¡Cada vez que la oigo me estremezco! ¡Las mujeres son tan
        aficionadas a emplearla! Echan a perder todas las novelas por su
        empeño en hacerlas eternas. Por otra parte, es una palabra sin
        sentido. La única diferencia entre un capricho y una pasión para toda
        la vida, es que el capricho dura un poco más.

        Al ir a entrar en el estudio, Dorian Gray puso su mano en el brazo de
        Lord Henry.

        -En ese caso, que nuestra amistad sea un capricho -murmuró,
        ruborizándose de su atrevimiento.

        Y subiendo de nuevo a la tarima recobró su pose.

        Lord Henry se dejó caer en un amplio sillón de mimbre, y quedó
        absorto en su contemplación. El ir y venir del pincel sobre el lienzo era
        el único rumor que quebraba el silencio, excepto cuando, de tiempo en
        tiempo, retrocedía Hallward unos pasos para juzgar el efecto de su
        trabajo. En medio de los rayos oblicuos de sol que entraban por la
        puerta abierta danzaba un polvillo dorado. El aroma pesado de las
        rosas parecía envolverlo todo.

        Al cabo de un cuarto de hora, dejó de pintar Hallward; contempló
        durante largo rato a Dorian Gray, y luego el retrato, mordiscando la
        punta de uno de sus grandes pinceles, las cejas contraídas.

        - ¡Terminado! -exclamó al fin, y agachándose escribió su nombre en el
        ángulo izquierdo del lienzo en grandes letras bermellón.

Acercóse Lord Henry para examinar el retrato. Indudablemente era
        una maravillosas obra de arte, y de un parecido también maravilloso.

        -Querido Basil, te felicito calurosamente -dijo -. Es el retrato más
        hermoso de estos tiempos. Acérquese usted, Mr. Gray, y
        contémplese.

        Estremecióse el adolescente, como si despertara de un sueño.

        - ¿Está completamente terminado? -murmuró, bajando de la tarima.

        -En absoluto -repuso el pintor -. Y hoy has posado espléndidamente.
        Te estoy agradecidísimo.

        -Eso me lo debes a mí -interrumpió Lord Henry -. ¿Verdad, Mr.

        Gray?
        Sin contestar, negligentemente, Dorian fue a situarse frente al
        retrato. Cuando lo vio dio un paso atrás, y sus mejillas enrojecieron un
        momento de satisfacción. Sus ajos brillaron de alegría, como si
        acabara de reconocerse por vez primera. Quedó en pie, inmóvil,
        maravillado, dándose cuenta apenas de que Lord Henry le estaba
        hablando, pero sin comprender el sentido de sus palabras. La
        significación de su propia belleza se apoderó de él como una
        revelación. Jamás había sentido lo que ahora. Los cumplidos de Basil
        Hallward le habían parecido siempre simples exageraciones
        -encantadoras, eso sí- de la amistad. Los había escuchado, reído de
        ellos e inmediatamente olvidado. No habían influido en él lo más
        mínimo. Entonces había venido Lord Henry Wotton con su extraño
        panegírico de la juventud y la advertencia terrible de su fugacidad. El
        oírle, ya le había impresionado; pero ahora, al contemplar la sombra de
        su propia belleza, la plena realidad de sus palabras acababa de
        traspasarle. Sí, día llegaría en que su rostro se arrugara y marchitase,
        y sus ojos se tornasen incoloros y opacos, y la gracia de su figura
        quedara rota y deforme. El carmín se borraría de sus labios y el oro
        huiría de sus cabellos. La vida, que iba a modelar su alma, acabaría
        con su cuerpo. Se convertiría en algo horrendo, repugnante y grosero.

        Al pensar en ello, una aguda congoja de dolor le traspasó como un
        cuchillo, haciendo vibrar cada fibra delicada de su naturaleza. Sus
        ojos se oscurecieron en un morado de amatista y una bruma de
        lágrimas los empañó. Sentía como si una mano de hielo le estrujase el
        corazón.

        - ¿No te gusta? -exclamó, al fin, Hallward, un tanto mortificado por el
        silencio de Dorian, no dándose cuenta de lo que significaba.

-Naturalmente que le gusta -dijo Lord Henry -. ¿A quién no le va a
        gustar? Es una de las obras capitales del arte moderno. Te daré por él
        lo que pidas. Tiene que ser mío.

        -No me pertenece, Harry.

        - ¿A quién pertenece entonces?
        -A Dorian, como es natural -contestó el pintor.

        - ¡Dichoso él!
        - ¡Qué cosa tan triste! -murmuró Dorian Gray, con los ojos fijos aún
        en su retrato -. ¡Qué casa tan triste! ¡Pensar que yo envejeceré y me
        pondré horrible, espantoso, y que este retrato permanecerá siempre
        joven! Nunca tendrá más edad de la que tiene en este día de junio...
        ¡Si fuese siquiera al revés! ¡Si fuera yo el que permaneciese siempre
        joven, y el retrato el que envejeciese! ¡No sé... no sé lo que daría por
        esto! ¡Sí, daría el mundo entero! ¡Daría hasta mi alma! -Me parece que
        el trato no te convendría mucho, ¿eh, Basil? -exclamó Lord Henry,
        echándose a reír -. No tardaría tu obra en empezar a cuartearse.

        -Puedes estar seguro de que me opondría con todas mis fuerzas,
        Harry -replicó el pintor.

        Volvióse Dorian Gray hacia él.

        -Lo creo, Basil. Tú quieres tu arte más que a tus amigos. Para ti no
        valgo más que cualquiera de esas figulinas de bronce verde. Y aun
        puede que no tanto.

        El pintor le miró con asombro. ¿Cómo podía Dorian hablar así? ¿Qué
        había sucedido? Parecía profundamente irritado. Tenla el rostro
        encendido y las mejillas ardiendo.

        -Sí -continuó-, soy menos para tí que tu Hermes de marfil o tu fauno
        de plata. A ellos siempre los querrás igual. ¿Cuánto tiempo me querrás
        a mi? Hasta que me salga la primera arruga, sin duda. Ahora sé que,
        cuando se pierde la belleza, sea grande o pequeña, se pierde todo.

        Ese retrato me lo ha enseñado. Lord Henry Wotton tiene razón. La
        juventud es la única cosa del mundo digna de ser codiciada. Cuando
        me dé cuenta de que estoy envejeciendo, me mataré.

Hallward palideció y le cogió la mano.

        - ¡Dorian! ¡Dorian! -exclamó -. No hables así. Nunca he tenido un
        amigo como tú, y nunca tendré otro semejante. Tú no puedes tener
        celos de una cosa puramente material, ¿no es cierto?; tú, que eres
        más hermoso que todas.

        -Tengo celos de todo aquello cuya belleza no muere. Tengo celos de
        ese retrato que has pintado. ¿Por qué tiene él que conservar lo que
        yo tengo que perder? Cada momento que pasa me quita algo a mí para
        dárselo a él. ¡Oh, si siquiera fuese al revés! ¡Si el retrato pudiera
        cambiar en lugar mío, y yo permanecer tal como soy ahora! ¿Por qué
        lo has pintado? ¡Día llegará en que se burle de mí.. en que se burle
        cruelmente! Sus ojos se arrasaron en lágrimas candentes, sus manos
        se retorcían. Arrojándose sobre el diván, escondió el rostro en los
        almohadones, como si estuviese rezando.

        -Mira tu obra, Harry -dijo el pintor amargamente.

        Lord Henry se encogió de hombros.

        -Ese es el verdadero Dorian Gray, simplemente.

        -No lo es.

        -Si no lo es, ¿qué tengo yo que ver con ello? - ¡Si te hubieses ido
        cuando te lo indiqué! -dijo el pintor entre dientes.

        -Me quedé cuando me lo rogaste -replicó Lord Henry.

        -Harry, no voy a reñir con mis dos mejores amigos al mismo tiempo;
        pero entre ambos me habéis hecho aborrecer la obra mejor de mi vida,
        y voy a destruirla. ¿Qué es, al fin y al cabo, sino lienzo y pintura? No
        quiero que venga a interponerse entre nuestras tres vidas y a
        echarlas a perder.

        Dorian Gray levantó la cabeza de los almohadones y, pálido el rostro y
        los ojos bañados en lágrimas, te miró dirigirse hacia la mesa de pintor,
        situada ante el ventanal. ¿Qué iría a hacer? Sus dedos erraban entre
        el desorden de tubos y pinceles, buscando algo. Sí, era la espátula,
        de hoja larga y flexible de acero. Al fin la encontró. ¡Iba a destrozar el
        lienzo!
        Con un sollozo ahogado se puso en pie el adolescente, y, corriendo
        hacia Hallward, le arrancó de la mano la espátula, que tiró al otro
        extremo del estudio.

- ¡No, Basil, no! -gritó -. ¡Sería un asesinato! Celebro que al fin
        aprecies mi obra, Dorian -dijo el pintor fríamente, reponiéndose de la
        sorpresa -. Nunca lo hubiera esperado.

        - ¿Apreciarla? La adoro, Basil. Es como parte de mí mismo.

        -Bueno, pues en cuanto estés seco, serás barnizado y enviado a tu
        casa. Entonces, podrás hacer contigo lo que gustes.

        Y, atravesando la habitación, tocó el timbre para que trajesen el té.

        -Tomarás una taza de té, ¿verdad, Dorian? ¿Y tú, Harry, también? ¿O
        presentáis alguna objeción a placeres tan sencillos? -Yo adoro los
        placeres sencillos -dijo Lord Henry -. Son el último refugio de los
        hombres complicados. Pero no me gustan las escenas fuera del teatro.
        ¡Qué par de seres absurdos sois! Me asombra que hayan definido al
        hombre como un animal racional. ¡Definición prematura, si las hay! El
        hombre es todo lo que se quiera, menos racional.

        Y yo, por mi parte, me alegro de que no lo sea. Aunque no por eso
        deje de parecerme grotesco que os pongáis a reñir con motivo del
        retrato.

        Habrías hecho mucho mejor en cedérmelo, Basil. Este niño absurdo no
        lo necesita para nada, y yo sí.

        - ¡Si se los das a otro que a mí, Basil, no te lo perdonaré en mi vida!-
        exclamó Dorian Gray -; y no tolero a nadie que me llame niño absurdo.

        -Ya sabes que el cuadro es tuyo, Dorian. Te lo di antes de que
        existiese.

        -Y también sabe usted que se ha portado como un niño absurdo, Mr.
        Gray, y que no tiene usted por qué molestarse de que le recuerden
        que es sumamente joven.

        -Esta mañana me habría molestado en extremo, Lord Henry.

        - ¡Ah, esta mañana! De entonces acá ha vivido usted mucho.

        Llamaron ala puerta, y entró el mayordomo con el servicio de té, que
        colocó encima de una mesita de laca. Hubo un rumor de tazas y
        platillos y el silbar de una acanalada tetera de Georgia. Un criado trajo
        dos fuentes de porcelana cubiertas. Dorian Gray se levantó a servir el
        té, y los dos amigos se acercaron indolentemente a la mesa e
        investigaron lo que había bajo las coberteras.

-Vamos al teatro esta noche -dijo Lord Henry -. Seguramente hay
        algo nuevo. Yo había prometido ir a cenar con los White; pero como
        se trata de un amigo de confianza, puedo avisarle diciéndole que
        estoy malo, o que un compromiso posterior me impide ir. Sí; me parece
        que esta última sería una excusa divertida, con todo el encanto de la
        ingenuidad.

        - ¡Es tan molesto tener que ponerse de frac! -murmuró Hallward-.

        ¡Y está uno tan fachoso con él! -Sí -contestó Lord Henry como en
        sueños -; el traje del siglo diecinueve es lamentable. ¡Tan sombrío,
        tan deprimente! La verdad es que el pecado es el único elemento
        pintoresco que ha quedado en la vida moderna.

        -Creo que no deberías decir mis cosas delante de Dorian, Harry.

        - ¿Delante de qué Dorian? ¿El que está sirviéndonos el té o el de ese
        retrato?
        -Delante de los dos.

        -Me gustaría ir al teatro con usted, Lord Henry, -dijo entonces el
        adolescente.

        -Pues venga usted, y tú también, ¿eh, Basil? -Me es absolutamente
        impasible. Tengo una porción de cosas que hacer.

        -Bueno, en ese caso iremos los dos solos, Mr. Gray.

        - ¡Cuánto me alegro! Mordióse el pintor los labios, dirigiéndose, con la
        taza en la mano, hacia el retrato.

        -Yo me quedaré con el verdadero Dorian -dijo tristemente.

        - ¿Es ése el verdadero Dorian? -exclamó el original, avanzando hacia
        él -. ¿Soy, de veras, así?
        -Exactamente.

        - ¡Qué maravilla, Basil! -Por lo menos, así eres en apariencia. Pero
        éste no cambiará nunca -suspiró Hallward -. ¡Ya es algo! - ¡Cuánto
        ruido mete la gente a propósito de la constancia! -exclamó Lord Henry
        -. ¡Si hasta en clamor no es más que una cuestión fisiológica! ¿Qué
        tiene eso que ver con nuestra voluntad? Los jóvenes se empeñan en
        ser fieles y no lo pueden; los viejos tratan de no serlo, y tampoco
        pueden. A eso se reduce todo.

-No vayas esta noche al teatro, Dorian -dijo Hallward-. Quédate a
        cenar conmigo.

        -No puedo, Basil.

        - ¿Por qué?
        -Ya he prometido a Lord Henry acompañarle.

        -No creas que te apreciará más por cumplir tu palabra. Él siempre falta
        a las suyas. Te ruego que te quedes.

        Dorian Gray se echó a reír, moviendo negativamente la cabeza.

        -Te lo suplico...

        -Vacilante, el muchacho miró a Lord Henry, que les observaba desude
        la mesa con una sonrisa divertida.

        -No tengo más remedio que ir, Basil -contestó.

        -Perfectamente -dijo Hallward, yendo a dejar su taza en la bandeja -.
        Es bastante tarde, y, si tenéis que vestiros, haréis bien en no perder
        tiempo. Adiós, Harry. Adiós, Dorian. Ven pronto a verme. Ven mañana.

        -Desde luego.

        - ¿No te olvidarás?
        -Claro que no -exclamó Dorian.

        -Y... ¡Harry!
        - ¿Qué, Basil?
        -Acuérdate de lo que te pedí esta mañana en el jardín.

        -Lo he olvidado.

        -Confío en ti.

        - ¡Ojalá pudiera yo también confiaren mí! -dijo Lord Henry, riendo -.
        Vamos, Mr. Gray, tengo el coche a la puerta, y le dejaré a usted en
        su casa. Adiós, Basil. He pasado una tarde deliciosa.

        Al cerrarse la puerta, dejóse caer el pintor en el diván, y una
        expresión de dolor contrajo su rostro.

CAPITULO III
 

        Al otro día, doce y media, bajaba Lord Henry Wotton por la calle de
        Curzon, en dirección a la de Albany, con ganas de ir a ver a su tío
        Lord Fermor, solterón bondadoso, si bien un tanto brusco, tachado de
        egoísta por la gente que no sacaba de él provecho alguno, pero al que
        la buena sociedad consideraba generoso, por el mero hecho de dar de
        comer a quienes le divertían. Su padre había sido embajador nuestro
        en Madrid, cuando Isabel era joven y Prim desconocido; pero se había
        retirado de la diplomacia en un momento de mal humor, porque no le
        ofrecieron la embajada de París, puesto para el que se consideraba
        especialmente  designado  a  causa  de  su  nacimiento,  su
        indolencia, el buen inglés de sus despachos y su desordenada afición
        a los placeres. El hijo, que había sido secretario del padre, presentó la
        dimisión al mismo tiempo, un peco aturdidamente, según se dijo
        entonces, y pocos meses después, habiéndole sucedido en el título,
        se dedicó al grave estudio del gran arte aristocrático de no hacer
        absolutamente nada. Tenía dos hermosas casas en la ciudad; pero,
        para mayor comodidad, prefería vivir en un pisito amueblado, comiendo
        habitualmente en su círculo. De cuando en cuando se ocupaba de la
        administración de sus minas de carbón, alegando, para excusarse de
        esta mácula de industria, que la única ventaja de tener carbón era
        que permitía a un gentilhombre el lujo de hacer fuego de leña en su
        propia chimenea. En política, era conservador; excepto cuando los
        conservadores subían al poder, período durante el cual les acusaba
        rotundamente de ser un hatajo de radicales. Era un héroe para su
        ayuda de cámara, que le tiranizaba, y el terror de casi todos sus
        deudos y parientes, a quienes, a su vez, tiranizaba. Sólo Inglaterra
        hubiera podido producirlo; y, sin embargo, continuamente repetía que
        el país se iba al traste .  Sus principios estaban anticuados; pero, en
        cambio, mucho bueno podría decirse a favor de sus prejuicios.

        Cuando Lord Henry entró en el curto encontró a su tío sentado en un
        butacón, vestido con una recia cazadora, fumando un puro y
        refunfuñando sobre un número del Times .

        - ¡Hola, Harry! -exclamó el viejo prócer -. ¿Qué es lo que te trae a
        estas horas? Yo creía que los jóvenes a la moda no os levantábais
        hasta las das y no estabais visibles hasta las cinco.

        -Puro amor de familia; se lo aseguro, tío Jorge. Necesito pedirle a
        usted una cosa.

        -Dinero, supongo -dijo Lord Fermor, torciendo el gesto -. Bueno,
        siéntate y dime de qué se trata. Los jóvenes, hoy, creen que el dinero
        es todo.

-Sí -murmuró Lord Henry, abotonándose la americana -; y cuando
        llegan a viejos, lo saben. Pero no es dinero lo que necesito.
        Unicamente los que pagan sus cuentas necesitan dinero, tío Jorge, y
        yo no pago las mías. El crédito es el capital de los hijos de familia, y
        se puede vivir de él perfectamente. Lo que necesito es un informe. No
        un informe útil, naturalmente, sino un informe inútil.

        -Bien; puedo decirte todo lo que se encuentra en un Libro Azul inglés,
        Harry; aunque esas gentes, hoy, escriben una porción de tonterías.
        Cuando yo estaba en la Diplomacia, las cosas iban mucho mejor.

        Pero, ahora, he oído que se entra por oposición. ¿Qué puede
        esperarse de gentes así? Los exámenes, señor mío, son una pura
        paparrucha, de cabo a rabo. Si un hombre es un caballero, en toda la
        acepción de la palabra, ya sabe bastante; y si no lo es, todo lo que
        aprenda no hará más que perjudicarle.

        -Mr. Dorian Gray no tiene nada que ver con las Libros Azules ,  tío
        Jorge -dijo Lord Henry, lánguidamente.

        - ¿Mr. Dorian Gray? ¿Quién es ese Mr. Dorian Gray? -preguntó Lord
        Fermor, frunciendo sus espesas cejas blancas.

        -Eso es lo que he venido a saber, tío Jorge. Es decir, quién es lo sé.
        Es el último nieto de Lord Kelso. Su madre era una Devereux: Lady
        Margaret Devereux. Desearía que me hablase usted de su madre.
        ¿Cómo era? ¿Con quién se casó? Usted, que conoció a casi todo el
        mundo de su época, debió conocerla a ella. Ese Mr. Gray me interesa
        mucho en estos momentos. Acabo de conocerle.

        - ¡El nieto de Kelso! -repitió el viejo prócer -. ¡El nieto de Kelso!...
        Naturalmente... conocí mucho a su madre. Era una muchacha
        extraordinariamente bonita la tal Margaret Devereux, que dejó furiosos
        a todos escapándose con un mozo que no tenía un céntimo, un don
        nadie, subalterno en un regimiento de infantería, o algo por el estilo.

        Ya lo creo... Me acuerdo de toda la historia como si fuera ayer. Al
        pobre chico le mataron en duelo en Spa, pocos meses después de su
        matrimonio. Fue una historia bastante fea. Dicen que Kelso compró a
        un aventurero de la peor especie, alguna bestia belga, para que
        insultase en público a su hijo político -lo compró, sí señor, lo compró
        -, y que el fulano ensartó a su hombre como si fuera un pichón.
        Echaron tierra al asunto; pero, por fas o por nefas, el caso es que
        Kelso, a los pocos días, tenía que comer solo en el círculo. Recogió a
        su hija, me dijeron; pero ella no volvió a dirigirle nunca la palabra.
        ¡Historia fea, historia fea! La muchacha murió al cabo de un año...
        ¿Conque ha dejado un hijo, eh? Había olvidado ese detalle. ¿Y qué tal
        es ese muchacho? Si se parece a su madre debe ser un guapo chico.

-Guapísimo -asintió Lord Henry.

        -Esperemos que caiga en buenas manos -continuó Lord Fermor -.

        Debe tener una bonita fortuna en perspectiva, si Kelzo hizo bien las
        cosas. Su madre también tenía dinero. Todas las propiedades de Selby
        fueron a parar a ella, por parte de su abuelo, que detestaba a Kelso,
        juzgándole un perro tacaño. ¡Y vaya si lo era! Una vez vino a Madrid
        estando yo allí. Te aseguro que me avergonzó. La reina me
        preguntaba quién era aquel aristócrata inglés que se pasaba la vida
        disputando con los cocheros por unos céntimos. Fue toda una
        historia; estuve más de un mes sin atreverme a asomar la nariz por la
        corte. Esperemos que haya tratado a su nieto mejor que a aquellos
        bribones.

        -No sé -respondió Lord Henry -. Me parece que debe haber quedado
        bien. Todavía no es mayor de edad. Sé que tiene Selby. Por lo menos,
        así me lo ha dicho. Y... su madre, ¿era realmente bonita? -Margaret
        Devereux era una de las mujeres más encantadoras que he visto en mi
        vida, Harry. Nunca he podido comprender qué pudo inducirla a hacer lo
        que hizo. Como que hubiera podido casarse con quien se le hubiese
        antojado. Carlington estaba loco por ella. Pero ella era una romántica.
        Todas las mujeres de esa familia lo fueron. Los hombres eran
        lamentables; pero, ¡caramba!, las mujeres eran extraordinarias.
        Carlington estaba de rodillas ante ella; él mismo me lo ha dicho. No
        había entonces una muchacha en Londres que no corriese tras él;
        pero ella se le rió en sus narices. Y a propósito, Harry, ya que
        hablamos de matrimonios absurdos, ¿qué paparrucha es ésa que me
        ha contado tu padre de que Dartmoor quiere casarse con una
        americana? ¿Es que no hay ninguna muchacha inglesa digna de él? -
        ¡Pero si ahora está de moda casarse con una americana, tío Jorge! -
        ¡Pues yo sostendré a las mujeres inglesas, aunque sea contra el
        mundo entero, Harry! -exclamó Lord Fermor, descargando un puñetazo
        sobre la mesa.

        -Por el momento, las americanas están en alza.

        - ¡Bah!, me han dicho que carecen de resistencia -dijo entre dientes
        su tío.

-Una carrera larga las deja exhaustas; pero en el  steeplechase no
        tienen rival. Cogen las cosas al vuelo.

        - ¿Y qué son los padres de ella? -gruñó el anciano aristócrata -.

        ¿Los tiene siquiera?
        Lord Henry sacudió la cabeza.

        -Las muchachas americanas son tan hábiles para ocultar sus padres,
        como las mujeres inglesas para ocultar su pasado -dijo, levantándose
        para irse.

        - ¡Siempre serán salchicheros! -Así lo espero, tío Jorge, por fortuna
        para Dartmoor. He oído decir que la salchichería es la profesión más
        lucrativa en América, después de la política.

        - ¿Y es bonita?
        -Hace como si lo fuera. La mayor parte de las americanas son así.

        Ese es el secreto de su encanto.

        - ¿Por qué no podrán esas americanas quedarse en su país? ¿No están
        siempre diciéndonos que aquello es el paraíso de las mujeres? -Y lo es.
        Por eso, como Eva, tienen tanta prisa por salir de él -repuso Lord
        Henry -. Bueno, adiós, tío Jorge. Voy a llegar tarde a comer si me
        quedo más tiempo. Gracias por los informes que deseaba. Me gusta
        siempre saber todo lo que se refiere a mis nuevos amigos, y nada de
        lo que se refiere a los antiguos.

        - ¿Dónde comes hoy, Harry?
        -En casa de tía Agatha. Nos ha invitado a mí y a Mr. Gray, que es su
        último protegido.

        - ¡Jum! Haz el favor de decir a tu tía Agatha, Harry, que no me
        moleste más con sus obras de caridad. Estoy de ellas hasta la
        coronilla.

        ¡Caramba!, tu tía sin duda se figura que no tengo otra cosa que hacer
        que extender cheques para satisfacer su ridícula manía.

        -Bien, tío Jorge, se lo diré; pero no le hará el menor efecto. Los
        filántropos pierden toda noción de humanidad. l S su característica.

        El anciano gruñó aprobativamente y tocó el timbre para que viniera el
        criado.

        Lord Henry tomó por la arcada baja de la calle de Burlington,
        encaminando sus pasos hacia la plaza de Berkeley.

        ¡Así, ésa era la historia de los padres de Dorian Gray! Crudamente, tal
        como le fue contada, le había, sin embargo, impresionado como una
        novela extraña y casi contemporánea. Una mujer hermosa
        arriesgándolo todo por una loca pasión. Unas cuantas semanas de
        dicha, bruscamente interrumpida por un crimen alevoso y repugnante.

Meses de agonía muda, y luego un hijo nacido en el dolor. La madre
        arrebatada por la muerte; el niño abandonado ala soledad y a la
        tiranía de un viejo desalmado. Sí, era un fondo interesante. Hacía
        resaltar al mancebo, le hacía parecer más perfecto como quien dice.
        Detrás de todo lo que es exquisito hay siempre algo trágico. Mundos
        enteros tuvieron que ser removidos para que la más humilde planta
        pudiera florecer... ¡Y qué encantador había estado la noche antes, en
        la cena, con aquellos ojos atónitos y los labios entreabiertos de placer
        y temor, sentado frente a el en el comedor del círculo, mientras las
        pantallas rojas de las bujías teñían de un rusa más intenso la sorpresa
        creciente de su rostro! Hablarle, era como tocar en un violín
        maravilloso. Respondía al menor contacto y vibración del arco... Había
        algo terriblemente apasionante en el ejercicio de la influencia. Ninguna
        actividad podía comparársele. Proyectar nuestra alma en una forma
        atractiva, dejándola reposar en ella por un instante; oír uno de sus
        ideas devueltas en eco, con toda la música añadida de la pasión y la
        juventud; transmitir nuestra naturaleza a otra como si fuera un fluido
        sutil o un extraño perfume. Había en todo esto un goce positivo;
        acaso el más perfecto de todos los que nos ha dejado una época tan
        limitada y banal como la nuestra, una época grosamente carnal en sus
        placeres y groseramente vulgar en sus ideales... Verdad que era un
        ejemplar maravilloso el mancebo a quien por tan singular casualidad
        conociera en el estudio de Basil; por lo menos, podía llegar a serlo.
        Encarnaba la gracia y la blanca pureza de la infamia y la belleza que
        los antiguas mármoles griegos nos han conservado. Nada había que no
        se pudiera conseguir de él. Lo mismo podría hacerse de él un titán que
        un juguete. ¡Lástima que belleza semejante estuviera destinada a
        marchitarse!... ¿Y Basil? Desde un punto de vista psicológico, ¡qué
        interesante! Una modalidad nueva de arte, un nuevo modo de
        concebir la vida, sugeridos tan extrañamente por la simple presencia
        visible de un ser, inconsciente de todo ella, el espíritu silencioso que
        moraba en los bosques umbrías, y caminaba invisible por las llanuras,
        mostrándose súbitamente, como una dríade sin miedo, porque en su
        alma que le buscaba había sido despertada esa visión maravillosa,
        única que revela las grandes maravillas; las simples formas y
        apariencias de las cosas depurándose, por decirlo así, y conquistando
        una especie de valor simbólico, como si fueran ellas a su vez moldes
        de otras formas más perfectas, cuya sombra hiciesen real: ¡qué
        extraño todo ello! Algo análogo recordaba en la historia. ¿No era
        Platón, aquel artista en pensamiento, quien primero lo había analizado?
        ¿No fue Buonarotti quien lo cinceló en el mármol policromo de una
        serie de sonetos? Pero en nuestro siglo era realmente extraño... Sí; él
        trataría de ser para Dorian Gray lo que éste, sin saberlo, era para el
        pintor que había trazado el espléndido retrato. Él intentaría dominarlo;
        realmente, ya lo había conseguido a medias. El haría completamente
        suyo aquel admirable espíritu. Había algo fascinante en este hijo del
        Amor y la Muerte.

De pronto se detuvo, y miró las fachadas. Advirtió que había pasado
        de casa de su tía, y sonriendo de sí mismo, volvió atrás. Al entrar en
        el vestíbulo un tanto sombrío, el mayordomo le dijo que ya se habían
        sentado a la mesa. Entregó a uno de los criadas el sombrero y el
        bastón, y pasó al comedor.

        -Tarde, como de costumbre, Harry -le gritó su tía, meneando la
        cabeza.

        Inventó una excusa cualquiera, y ocupando el sitio vacío, junto a ella,
        paseó una mirada en torno para ver quién había. Dorian le hizo una
        tímida inclinación de cabeza desde un extremo de la mesa,
        ruborizándose de contento. Enfrente tenía a la duquesa de Harley,
        dama de carácter afabilísimo y humor excelente, muy querida por
        cuantos la conocían, y de esas amplias proporciones arquitectónicas
        que, en las mujeres, cuando no son duquesas, nuestros historiadores
        contemporáneos describen como obesidad. Junto a ella, a su derecha,
        se encontraba Sir Thomas Burdon, miembro radical del Parlamento,
        que en la vida pública iba en pos de su jefe, y en la vida privada en
        pos de los buenos cocineros, comiendo con los conservadores y
        pensando con los liberales, con arreglo a una norma discreta y
        conocida. El puesto de su izquierda lo ocupaba Mr. Erskine, de
        Treadley, gentilhombre entrado en años, muy ameno y muy culto,
        que, sin embargo, había dado en la mala costumbre de callar, ya que,
        como explicó un día a Lady Agatha, había dicho antes de los treinta
        todo lo que tenía que decir. La vecina de Lord Henry era Mrs.
        Vandeleur, una de las amigas más antiguas de su tía, santa entre las
        santas; pero tan horriblemente desaliñada, que hacía pensar en un
        devocionario mal encuadernado. Afortunadamente para él, Mrs.
        Vandeleur tenía al otro lado a Lord Faudel, inteligentísima mediocridad
        entre dos edades, tan calvo como una declaración ministerial en la
        Cámara de los Comunes, con el que conversaba de esa manera
        profundamente seria que, como a menudo había observado, es el
        único error imperdonable en que caen todas las personas excelentes,
        y al que ninguna de ellas puede escapar por completo.

        -Estábamos hablando de ese pobre Dartmoor, Lord Henry -gritó la
        duquesa, haciéndole un amable saludo con la cabeza -. ¿Cree usted
        que realmente se casará con esa interesante personita? -Me parece
        que ella tiene la intención de proponérselo, duquesa.

        - ¡Qué horror! -exclamó Lady Agatha -. ¡Realmente habría que
        intervenir!

-Me han dicho, de buena tinta, que su padre tiene un almacén de
        novedades americanas -dijo Sir Thomas Burdon, con gesto
        despectivo.

        -Mi tío le suponía salchichero, Sir Thomas.

        - ¿Novedades? ¿Qué novedades americanas son ésas? -preguntó la
        duquesa, levantando sus gruesas manos con ademán de asombro.

        -Novelas americanas -repuso Lord Henry, sirviéndose un trozo de
        codorniz.

        La duquesa pareció desconcertada.

        -No le haga usted caso, querida -murmuró Lady Agatha -. Nunca sabe
        lo que dice.

        -Cuando América fue civilizada... -dijo el miembro radical; y comenzó
        una fastidiosa disertación. Como todos los que tratan de agotar un
        tema, acababa siempre por agotar a sus oyentes.

        La duquesa suspiró y ejerció su privilegio de interrupción.

        - ¡Ojalá no lo hubiera sido nunca! -exclamó -. Realmente, nuestras
        hijas, hoy, tienen poca suerte. Es una injusticia.

        -Quizá, después de todo, no haya sido civilizada América -dijo Mr.
        Erskine -. Yo, por mi parte, diría que no ha sido más que descubierta.

        - ¡Oh!, aquí hemos visto algunas muestras femeninas de sus
        habitantes -respondió vagamente la duquesa -. Y preciso es confesar
        que la mayor parte de ellas son preciosas. Y se visten divinamente.
        Encargan todos sus trajes a París. Ya quisiera yo poder hacer lo
        mismo.

        -Dicen que cuando los americanos buenos se mueren van a París -dijo,
        riendo entre dientes Sir Thomas, que tenía un guardarropa bien surtido
        de desechos de ingenio.

        - ¿De verdad? Y los americanos malos, ¿adónde van? -Se quedan en
        América -murmuró Lord Harry.

        Sir Thomas frunció en cedo.

        -Temo que su sobrino esté prevenido en contra de ese gran país - dijo
        a Lady Agatha -. Yo lo he recorrido todo en trenes especiales y les
        aseguro a ustedes que esa visita es una enseñanza.

        - ¿Entonces va a ser preciso que veamos Chicago para acabar
        nuestra educación? -preguntó Mr. Erskine, lastimeramente -. Yo no
        me siento con ánimos para el viaje.

Sir Thomas levantó la mano.

        -Mr. Erskine de Treadley tiene el mundo en sus estanterías. Nosotros,
        los hombres prácticos, necesitamos ver las cosas, en lugar de leer lo
        que dicen de ellas. Los americanos son un pueblo en extremo
        interesante. Pueblo de razón, si los hay. Creo que es su característica
        esencial. Sí, Mr. Erskine, un pueblo con sentido común. Le aseguro a
        usted que allí no se andan con sensiblerías.

        - ¡Qué horror! -exclamó Lord Henry -. La fuerza bruta, todavía se
        concibe; pero la razón bruta es completamente intolerable. Hay en el
        uso de ella algo bestial, algo que queda siempre por debajo de la
        inteligencia.

        -No comprendo lo que quiere usted decir -repuso Sir Thomas,
        enrojeciendo.

        -Yo, sí, Lord Henry -murmuró Mr. Erskine, con una sonrisa.

        -Las paradojas están bien como pasatiempo -añadió sir Thomas - ;
        pero..:
        - ¿Era una paradoja? -preguntó Mr. Erskine -. No lo creo... Sí; es
        posible que lo fuera. Al fin y al cabo, el camino de la paradoja es el
        camino de la verdad. Para conocer la realidad es preciso verla en la
        cuerda floja. Hasta que las verdades no se hacen acróbatas no
        podemos juzgarlas.

        - ¡Santo Dios! -exclamó Lady Agatha -. ¡Qué cosas dicen ustedes los
        hombres! Estoy segura de que jamás podré entenderlas. ¡Ah, Harry!
        Estoy enfadadísima contigo. ¿Por qué has convencido a nuestro
        encantador Mr. Dorian Gray de que renuncie a mis sociedades
        obreras? Te aseguro que nos hubiera sido inapreciable, y que habría
        tenido un gran éxito tocando el piano.

        -Quiero que toque para mí solo -contestó Lord Henry, sonriendo; y,
        mirando al extremo de la mesa, recogió la respuesta de una mirada
        brillante.

        - ¡Pero hay tantos desgraciados en  Whitechapel!-replicó Lady
        Agatha.

-Puedo simpatizar con todo, menos con el sufrimiento -dijo Lord
        Henry, encogiéndose de hombros -. Con esto no me es posible
        simpatizar. Es demasiado feo, demasiado horrible, demasiado
        deprimente.

        Hay algo agudamente enfermizo en esta simpatía moderna por el dolor.

        Deberíamos simpatizar con el color, la belleza, la alegría de la vida.

        Mientras menos se hable de las miserias de ésta, mejor.

        -Sin embargo, el problema de las clases pobres es un problema de
        suma importancia -hizo observar Sir Thomas, con una grave
        inclinación de cabeza.

        - ¡Ya lo creo! -contestó Lord Henry -. Es el problema de la esclavitud,
        y tratamos de resolverlo divirtiendo a los esclavos.

        El político le miró entornando los ojos.

        -Entonces, ¿qué cambios propone usted, qué medidas? Lord Henry se
        echó a reír.

        - ¡Oh! Yo no deseo cambiar nada en Inglaterra, como no sea la
        temperatura -contestó -. A mí me basta y me sobra con la
        contemplación filosófica. Pero, como el siglo XIX ha hecho bancarrota
        a causa de su prodigalidad de sentimentalismo, me limitaría a proponer
        que recurriésemos a la ciencia para volvernos al buen camino. La
        ventaja de las emociones es que nos descarrían, y la ventaja de la
        ciencia es no ser emocionante.

        - ¡Pero tenemos responsabilidades tan graves! -se aventuró a decir
        Mrs. Vandeleur.

        - ¡Terriblemente graves! -hizo eco Lady Agatha.

        Lord Henry dirigió una mirada a Mr. Erskine.

        -La humanidad se toma demasiado en serio. Es el pecado original del
        mundo. Si el hombre de las cavernas hubiera sabido reír, la historia
        sería otra.

        -Es muy consolador eso que usted dice -susurró la duquesa -.

        Antes, siempre que venía a ver a su querida tía, casi me sentía
        culpable del poco interés que me inspiraban esas clases pobres. Desde
        ahora me atreveré a mirarla cara a cara, sin sonrojarme.

        -El sonrojarse sienta muy bien, duquesa -observó Lord Henry.

        -Cuando se es joven -contestó ella -. Pero cuando una vieja como yo
        se sonroja, mal síntoma. ¡Ay, Lord Henry! Dígame usted qué debo
        hacer para volver a ser joven.

Lord Henry quedó pensativo un instante.

        - ¿Podría usted recordar algún gran pecado de sus primeros años,
        duquesa? -preguntó, mirándola por encima de la mesa.

        - ¡Ay, temo que una porción! -exclamó la duquesa.

        -Pues vuelva usted a cometerlos -dijo él gravemente -. Para recobrar
        la juventud no tiene uno más que repetir sus locuras.

        - ¡Deliciosa teoría! -gritó la duquesa -. ¡Tengo que ponerla en
        práctica!
        - ¡Peligrosa teoría! -dictaminaron los labios sumido de Sir Thomas.

        -Lady Agatha meneó la cabeza; pero no pudo abstenerse de sonreír.
        Mr. Erskine escuchaba.

        -Sí -continuó Lord Henry -; éste es uno de los grandes secretos de la
        vida. Hoy, la mayor parte de las personas mueren de un sentido
        común a ras de tierra, y descubren, cuando ya es demasiado tarde,
        que lo único que se echa de menos son los propios errores.

        Una risa general corrió por toda la mesa. Lord Henry jugó con la idea,
        obstinándose en ella; la arrojaba al tire, transformándola; la dejaba
        escapar, para capturarla de nuevo; la irisaba de fantasía y le daba
        alas de paradoja. El elogio de la locura se elevó hasta la filosofía, y la
        filosofía misma fue rejuvenecida, y hurtando la música caprichosa del
        placer, con la túnica maculada de vino y coronada de hiedra, danzó
        como una bacante sobre las colinas de la vida, haciendo burla de la
        sobriedad del tardo Sileno. Los hechos huían ante ella como asustadas
        criaturas de la selva. Sus blancos pies hollaban el enorme lagar a cuya
        orilla el sabio Omar está sentado, hasta que el hirviente zumo de la
        uva inundó sus miembros desnudos con sus olas de purpúreas
        burbujas, desbordando en roja espuma por los flancos negros,
        rezumantes y viscosos de la cuba. Fue una improvisación
        extraordinaria. Sentía los ojos de Dorian Gray fijos en él, y la
        conciencia de que entre su auditorio se encontraba un ser cuyo
        espíritu quería fascinar, parecía aguzar su ingenio y policromar su
        imaginación. Estuvo brillante, fantástico, inspirado. Hizo caer en
        éxtasis a sus oyentes, que siguieron risueños tras su flauta. Dorian no
        separaba de él los ojos. Como bajo la influencia de un hechizo, las
        sonrisas se sucedían en sus labios y la sorpresa se hacía más grave en
        sus ojos sombríos.

AI fin, con la librea de la época, entró en el salón la realidad, en forma
        de lacayo, para anunciara la duquesa que su coche estaba
        aguardándola.

        - ¡Qué fastidio! -exclamó la duquesa, retorciéndose las manos con una
        desesperación cómica-. Tengo que ira recoger a mi marido al círculo,
        para llevarle a no sé qué absurda reunión en WiIlis's Rooms, que tiene
        que presidir. Si me retraso, va a ponerse furioso, y con este sombrero
        no puedo tener una escena. la demasiado frágil. Una palabra dura
        acabaría con él. Sí; no tengo más remedio que irme, querida Agatha.

        Adiós, Lord Henry; ha estado usted delicioso y terriblemente inmoral.

        Temo no saber qué pensar de sus ideas. Tiene usted que venir a
        cenar con nosotros cualquier noche de éstas. ¿El martes, por ejemplo?
        ¿No tiene usted ningún compromiso para el martes? -Por usted faltaría
        a todos, duquesa -dijo Lord Henry, inclinándose.

        - ¡Ah! Muy bien. Es decir, muy bien y muy mal -exclamó la duquesa -.
        Bueno, no se olvide usted.

        Y salió apresuradamente del salón, seguida por Lady Agatha y las
        demás señoras.

        Cuando Lord Henry hubo tomado asiento de nuevo, Mr. Erskine,
        bordeando la mesa, fue a sentarse junto a él.

        -Siempre está usted hablando de libros -dijo, poniéndole la mano en el
        brazo -. ¿Por qué no escribe usted uno? -Tengo demasiada afición a
        leerlos para pensar en escribirlos, Mr. Erskine. Sí, ciertamente, me
        gustaría escribir una novela; una novela que fuese tan hermosa como
        un tapiz persa, y tan irreal. Pero en Inglaterra no hay público más que
        para los periódicos, los devocionarios y las enciclopedias. De todos los
        pueblos de la tierra, el inglés es el que tiene menos sentido de la
        belleza literaria.

        -Es posible que tenga usted razón -contestó Mr. Erskine -. Yo
        también tuve ambiciones literarias; pero hace tiempo que renuncié a
        ellas. Y ahora, mi querido y joven amigo, si me permite usted llamarle
        así, ¿puedo preguntarle si realmente piensa usted todo lo que nos ha
        dicho mientras comíamos?
        -He olvidado en absoluto lo que dije -sonrió Lord Henry -. ¿Tan inmoral
        era?

-Inmoralísimo. Le considero a usted sumamente peligroso, y si
        sucediera algo a nuestra buena duquesa, todos le tendríamos a usted
        por el verdadero responsable. Pero me agradaría hablar con usted de
        cosas de la vida. La generación en que yo nací era
        extraordinariamente aburrida. Cualquier día, que esté usted cansado
        de Londres, venga a Treadley a exponerme su filosofía del placer ante
        un admirable borgoña que tengo la fortuna de conservar.

        -Iré encantado. Una visita a Treadley es todo un privilegio. Un
        huésped perfecto y una perfecta biblioteca.

        -Usted completará el conjunto -contestó el anciano gentilhombre, con
        un saludo cortés -. Ahora, preciso es que me despida de su excelente
        tía. Me esperan en el Ateneo. Es nuestra hora de dormir.

        - ¿Todos, Mr. Erskine?
        -Cuarenta de nosotros, en cuarenta sillones. Estamos trabajando para
        fundar una Real Academia Inglesa.

        Lord Henry sonrió, levantándose.

        -Yo me voy al Parque -dijo en voz alta.

        Al salir, Dorian Gray le tocó el brazo.

        -Déjeme usted que le acompañe -murmuró.

        -Pero, ¿no había usted prometido a Basil ir a verle? -preguntó Lord
        Henry.

        -Preferiría ir con usted. Sí, comprendo que es preciso que vaya con
        usted. Déjeme que le acompañe. Y prométame hablar todo el tiempo.
        Nadie habla tan prodigiosamente como usted.

        - ¡Ah!, ya he hablado hoy bastante -dijo Lord Henry, sonriendo -.

        Todo lo que deseo ahora es mirar pasar la vida. Venga usted conmigo
        y mírela pasar también, si le interesa.

CAPITULO IV
 

        Un mes después, encontrábase Dorian Gray una tarde recostado en un
        mullido sillón, en la pequeña biblioteca de la casa de Lord Henry en
        Mayfair.

        Habitación exquisita en su género, con su zócalo alto de roble
        ahumado, friso de color crema y techo con molduras de estuco, y la
        alfombra de fieltro color ladrillo, sembrada de sedosos tapices de
        Persia de largos flecos. Sobre una preciosa mesita de palo áloe se
        levantaba una estatuilla de Clodion, y junto a ella un ejemplar de  Les
        Cent Nouvelles ,  encuadernado para Margarita de  Valois  por  Clovis
        Eve ,  y salpicado de aquellas margaritas de oro que la reina eligiera
        para divisa suya. Unos cuanto tibores de porcelana azul y algunos
        abigarrados tulipanes adornaban la chimenea. A través de los vidrios
        emplomados de la ventana entraba la luz color de albérchigo de un día
        de estío londinense.

        Lord Henry aún no había vuelto. Siempre llegaba tarde, por principio,
        declarando que la puntualidad es el ladrón del tiempo. No era, pues,
        extraño que Dorian pareciese bastante aburrido, mientras con dedos
        distraídos hojeaba una edición minuciosamente ilustrada de Manon
        Lescaut que había encontrado en uno de los estantes. El tic-tac
        acompasado y monótono del reloj Luis XIV le enervaba. Una o dos
        veces había estado ya a punto de irse.

        Al fin oyó pacos fuera, y abrióse la puerta.

        - ¡Qué horas de venir, Harry! -murmuró.

        -Temo que no sea Harry, Mr. Gray -contestó una voz aguda.

        Volviéndose vivamente, Dorian se puso en pie.

        -Perdón. Creí...

        -Creyó usted que era mi marido. No es más que su mujer. Tiene usted
        que permitir que me presente a mí misma. Yo te conozco a usted
        perfectamente por sus fotografías. Creo que mi marido tiene unas
        diecisiete.

        - ¡No, diecisiete no, Lady Henry! -Bueno, pues serán dieciocho.
        Además, le vía usted la otra noche con él en la Opera.

Reía nerviosamente al hablar, mirándole con sus ojos vagos de
        miosotis.

        Era una mujer singular, cuyos trajes parecían siempre ideados en un
        acceso de rabia y puestos en una tempestad. Siempre estaba
        enamorada de alguien y, como nunca era correspondida, había
        conservado todas sus ilusiones.

        Trataba de parecer pintoresca, y no conseguía más que ser
        desaliñada. Se llamaba Victoria y tenía la invencible manía de ir a la
        iglesia.

        -Fue en Lohengrin ,  Lady Henry, no?
        -Sí; fue en ese querido Lohengrin .  Me gusta la música de Wagner
        más que ninguna. Mete tanto ruido, que se puede estar hablando todo
        el tiempo sin que nadie se entere. Eso es una gran ventaja; ¿no cree
        usted lo mismo, Mr. Gray?
        La misma risa nerviosa y entrecortada brotó de sus Labios finos,
        mientras sus dedos empezaban a jugar con una larga plegadera de
        concha.

        Dorian sonrió, sacudiendo la cabeza.

        -Siento no ser de esa opinión, Lady Henry. Yo, cuando oigo música,
        nunca hablo. Por lo menos, cuando oigo buena música. Claro está que,
        si es mala, es un deber anegarla en la conversación.

        - ¡Ah!, esa idea me parece que es de Harry, ¿no es cierto, Mr.

        Gray? Siempre me entero de las ideas de Harry por sus amigos. Es el
        único medio que tengo de conocerlas. Pero no vaya usted a figurarse
        que a mí no me gusta la buena música. La adoro, pero me da miedo.

        Me vuelve demasiado romántica. He tenido una verdadera pasión por
        los pianistas. En ocasiones por dos a la vez, al decir de Harry. No sé
        qué es lo que tienen. Quizá el ser extranjeros. Todos los son,
        ¿verdad? Hasta los que han nacido en Inglaterra se vuelven
        extranjeros al poco tiempo, ¿no es cierto? ¡Qué inteligentes!, ¿eh?
        Además, es un homenaje al arte. Así acaban de hacerlo cosmopolita,
        ¿verdad? Usted nunca ha venido a mis reuniones, ¿no es cierto, Mr.
        Gray? Tiene usted que venir. Yo no puedo permitirme el lujo de tener
        orquídeas; pero no reparo en gastos tratándose de extranjeros.
        ¡Adornan tanto los salones! Pero, ¡aquí está Harry! Harry, venta a
        preguntarte una cosa -ya no sé cuál -, y he encontrado aquí a Mr.
        Gray. Hemos tenido una conversación muy interesante sobre música.
        Tenemos en absoluto las mismas ideas. Aunque, no; me parece que
        nuestras ideas son completamente opuestas. Pero ha estado
        divertidísimo. Me alegro mucho de haberle conocido.

-Y yo encantado, amor mío -dijo Lord Henry, arqueando sus cejas
        negras y contemplando a ambos con sonrisa jovial -. Desolado de la
        tardanza, Dorian. Fui en busca de una pieza de brocado antiguo a la
        calle de Wardour, y he tenido que regatear hora tras hora. Hoy, la
        gente sabe el precio de todo y el valor de nada.

        -Tengo que irme -exclamó Lady Henry, rompiendo un silencio
        embarazoso con su risa intempestiva -. He prometido ala duquesa ir
        de paseo con ella. Adiós, Mr. Gray. Adiós, Henry. ¿Cenarás fuera,
        supongo? Yo también. Quizá nos veamos en casa de Lady Thornbury.

        -Así lo espero, querida -dijo Lord Henry, cerrando la puerta tras ella,
        que, semejante a un ave del paraíso que hubiera pasado toda la
        noche a la lluvia, escapó de la habitación dejando tras sí un tenue olor
        a franchipán. Luego, encendió un cigarrillo y se dejó caer en el diván.

        -No te cases nunca con una mujer de cabellos pajizos, Dorian - dijo
        después de unas cuantas chupadas.

        - ¿Por qué, Harry?
        -Porque son demasiado sentimentales.

        -Pero ¿y si a mí me gusta la gente sentimental? -No te cases nunca,
        Dorian. Los hombres se casan por fatiga; las mujeres, por curiosidad.
        Ambos sufren un desengaño.

        -No creo que me case, Harry. Estoy demasiado enamorado. Es uno de
        tus aforismos. Lo este poniendo en práctica, como hago con todo lo
        que dices.

        - ¿Y de quién estás enamorado? -preguntó Lord Harry, haciendo una
        pausa.

        -De una actriz -dijo Dorian Gray, ruborizándose.

        Lord Henry se encogió de hombros.

        - Debut  un tanto vulgar.

        -No dirías eso si la vieses, Harry.

        - ¿Quién el?
        -Su nombre es Sibyl Vane -Nunca la he oído nombrar.

-Ni nadie. Pero algún día se hablará de ella. Es genial.

        -Hijo mío, no hay mujer genial. Las mujeres son un sexo decorativo.
        Jamás tienen nada que decir, pero lo dicen deliciosamente. La mujer
        representa el triunfo de la materia sobre el espíritu, así como el
        hombre representa el triunfo del espíritu sobre las costumbres.

        - ¿Cómo puedes decir eso, Harry?
        -Es la pura verdad, querido Dorian. Precisamente ahora me ocupo de
        analizar a las mujeres; de modo que estoy fuerte en la materia.

        Por otra parte, el tema no es tan abstruso como yo creía. He llegado
        a la conclusión de que no hay más que dos clases de mujeres: las
        desaliñadas y las que se pintan. Las mujeres desaliñadas son
        utilísimas. Si quieres adquirir una reputación de respetabilidad, no
        tienes más que invitarlas a cenar. Las otras son encantadoras. Sin
        embargo, caen en un error. Se pintan para parecer jóvenes. Nuestras
        abuelas se pintaban para hablar con ingenio. Rouge y esprit iban con
        frecuencia aparejados.

        Todo esto ha concluido ya. Hoy, una mujer, mientras puede parecer
        diez años más joven que su hija, se siente perfectamente satisfecha.
        Y en punto a conversación, no hay más que cinco mujeres en todo
        Londres con las que valga la pena de charlar; y, de esas cinco, dos no
        pueden ser admitidas en sociedad. Pero continúa hablándome de ese
        genio.

        ¿Desde cuándo la conoces?
        - ¡Ah!, Harry, tus teorías me asustan.

        -No hagas caso de ellas. ¿Desde cuándo la conoces? -Desde hace
        unas tres semanas.

        - ¿Y dónde la has encontrado?
        -Voy a decírtelo; pero confío en que no te reirás de mí. Después de
        todo, nunca me habría ocurrido si no te hubiese conocido a ti. Tú me
        infundiste el deseo frenético de conocer la vida en su totalidad. A raíz
        de nuestro encuentro, durante días y días, un no sé qué desconocido
        parecía latir dentro de mis venas. Vagando por el Parque, callejeando
        por Piccadilly, me fijaba en textos los que pasaban a mi lado,
        preguntándome, con una curiosidad loca, cómo serían sus vidas.
        Algunos me fascinaban. Otros me llenaban de terror. En el aire parecía
        flotar no sé qué veneno delicioso. Me sentía ávido de sensaciones...
        Una noche, a eso de las siete, decidí salir en busca de alguna
        aventura. Sentía como si este Londres gris y monstruoso, con sus
        millones de habitantes, sus pecadores sórdidos y sus espléndidos
        pecados, como tú dijiste una vez, tuviese para mí en reserva alguna
        sorpresa. Imaginaba un sin fin de casas. Sólo la sensación del peligro
        me procuraba ya una sensación de deleite. Recordaba texto lo que me
        dijiste aquella noche maravillosa en qué cenamos juntos por vez
        primera, sobre la persecución de la belleza, que es el verdadero
        secreto de la vida. No sé qué es lo que esperaba, pero me dirigí hacia
        los barrios tajos, extraviándome al paco rato en un laberinto de
        callejones infectos y plazuelas negruzcas, sin jardincillos.

Las ocho y media serían cuando acerté a pasar por delante de un
        absurdo teatrucho, alumbrado profusamente con grandes mecheros de
        gas y cubierto de carteles llamativos. Un repugnante judío, con el
        chaleco más sorprendente que he visto en mi vida, estaba en pié a la
        entrada, fumando una tagarnina. Por debajo del sombrero le asomaban
        unos rizos aceitosos, y un enorme diamante fulguraba en la pechera
        de su camisa mugrienta. "¿ Un palco, milord'?", dijo al verme,
        descubriéndose con un ademán magnífico de servilismo. Había algo en
        él, Harry, que me hacía gracia. Era un verdadero monstruo. Ya sé que
        te reirás de mí; pero el caso es que entré, después de pagar una
        guinea por el proscenio. Todavía no he conseguido explicarme por qué
        lo hice; y, no obstante, querido Harry, si no lo hubiese hecho, habría
        perdido la más hermosa novela de mi vida. ¿Ves?, ya te estás riendo.
        Encuentro eso muy feo.

        -No me río, Dorian; por lo menos, no me río de ti. Pero no deberías
        decir la novela más hermosa de tu vida. Di, más bien, la primera
        novela de tu vida. Tú siempre serás amado, y siempre estarás
        enamorado del amor. Una gran pasión es el privilegio de la gente que
        no tiene nada que hacer. ES lo único para que sirven las clases
        desocupadas de un país. Puedes estar tranquilo. Te esperan una
        porción de goces exquisitos. Esto no es más que el comienzo.

        - ¿Tan superficial me crees? -exclamó Dorian Gray, resentido.

        -No, por lo mismo que te creo profundo.

        - ¿Qué quieres decir, entonces?
        -Hijo mío, los que no aman más que una vez en su vida son los
        verdaderamente superficiales. Lo qué llaman su lealtad y su
        constancia, yo lo llamo el letargo de la costumbre o su falta de
        imaginación. La fidelidad es a la vida sentimental lo que la
        consecuencia en las ideas es a la vida intelectual: simplemente una
        confesión de impotencia. ¡La fidelidad! Algún día la analizaré. La pasión
        del propietario se esconde en ella. ¡Cuántas cosas arrojaríamos si no
        temiésemos que otros pudieran recogerlas! Pero no quiero
        interrumpirte. Continúa tu historia.

        -Bueno; pues me encontré sentado en un horroroso palquito interior,
        frente a un telón corrido, vulgarísimo. Me dediqué a examinar la sala.
        Era un verdadero horror, con un decorado de lo más charro, todos
        cupidos y cornucopias, como una tarta de bodas de tercer orden. En
        la galería y en el patio había bastante gente; pero las dos tilas de
        butacas mugrientas estaban totalmente vacías, y apenas había un
        alma en lo que supongo llamarían butacas de balcón. Por en medio del
        público circulaban vendedoras de naranjas y cerveza de jengibre, y se
        hacía un consumo de nueces fenomenal.

-Nada; como en los días gloriosos de¡ drama inglés.

        -Por completo, supongo. Y te aseguro que era un espectáculo poco
        grato. Empezaba ya a preguntarme qué resolución tomar, cuando me
        fijé en el programa: ¿Qué obra crees que daban, Harry? -Supongo
        que  El niño idiota, o Mudo, pero inocente .  Nuestros padres eran
        bastante aficionados a este género de obras. A medida que vivo,
        Dorian, comprendo más agudamente que lo que satisfacía a nuestros
        padres no puede ya satisfacernos a nosotros. En arte, como en
        política, les grand- péres ont toryours tort.

        -La obra también podía satisfacernos a nosotros, Harry. Era  Romeo y
        Julieta . Debo confesar que la idea de ver representar Shakespeare en
        un chamizo semejante no me hacía mucha gracia. Sin embargo, en
        cierto modo, me sentí intrigado. Por si acaso, decidí aguardar al primer
        acto. Había una endiablada orquesta, dirigida por un joven hebreo que
        tocaba un piano desvencijado, y que estuvo a punto de ponerme en
        fuga; pero, al fin, se levantó el telón y empezó la obra.

        Romeo era un galán corpulento y entrado en años, de cejas tiznadas
        con corcho quemado, una voz catarrosa de tragedia y el aspecto
        general de un tonel de cerveza. Mercutio era por el estilo de malo:
        uno de esos cómicos de baja estofa que meten morcillas y están en
        los mejores términos con la galería. Ambos eran tan grotescos como el
        decorado, y parecían recién salidos de una barraca de feria. ¡Pero
        Julieta, en cambio! Imagínate, Harry, una muchacha de apenas
        diecisiete años, con una carita en flor, una cabecita griega con
        rodetes trenzados de cabello castaño, ojos como pozos morados de
        pasión, labios como pétalos de rosa. Era la cosa más bonita que había
        visto en mi vida. Tú me dijiste una vez que lo patético te dejaba
        insensible, pero que la belleza, la simple belleza, podía arrasarte los
        ojos en lágrimas. Pues bien, Harry: te aseguro que las lágrimas
        empañaron de tal modo los míos, que apenas podía verla. ¡Y su voz!
        Jamás he oído una voz semejante. Al principio era muy queda, con
        notas profundas y melodiosas, que parecían caer una a una en el oído.
        Luego se fue haciendo más alta, y sonaba como una flauta o un oboe
        lejano. En la escena del jardín tuvo todo el éxtasis trémulo que se oye
        poco antes del alba cuando los ruiseñores están cantando. Hubo
        momentos, poco después, en que tuvo la pasión ardorosa del violín.
        Tú sabes lo que una voz puede conmovernos. Tu voz y la de Sibyl
        Vane son dos cosas que jamás podré olvidar. Cuando cierro los ojos,
        oigo ambas, y cada una dice algo distinto. No sé a cuál seguir. ¿Por
        qué no voy a querer a Sibyl Vane? Sí, Harry, la quiero. Es todo para mí
        en la vida. Noche tras noche voy a verla representar. Una noche es
        Rosalinda, y a la siguiente es Imogenia. La he visto morir en las
        tinieblas de una tumba italiana, libando el veneno de labios de su
        amante. He seguido sus pasos por la selva de las Ardenas, disfrazada
        de mancebo, en jubón y calzas, tocada con un lindo birrete. Ha
        estado loca, y ha ido a presencia de un rey culpable, y le ha dado un
        manojo de ruda y otras hierbas amargas. Era inocente, y las negras
        manas de los celos han estrujado su garganta, frágil como un junco.
        Yola he visto en todas las épocas y en todos los trajes. Las mujeres
        corrientes no excitan nuestra imaginación. Se ven limitadas a su
        propio siglo. No hay hechizo ni encantamiento que las transfigure. Se
        conoce su alma tan fácilmente como sus sombreros. Se puede
        penetrar en ellas de continuo. No hay misterio alguno en ellas. Pasean
        en coche por el Parque de mañana, y cotorrean por las tardes en los
        tés. Tienen sonrisas estereotipadas y van siempre a la moda. Son
        vacías, completamente vacías y transparentes. ¡En cambio, una
        actriz! ¡Qué diferencia de una actriz! Harry, ¿cómo no me has dicho
        nunca que las únicas criaturas dignas de ser amadas son las actrices?

-Pues porque he querido a un porción de ellas, Dorian.

        - ¡Sí; mujeres horribles, con el pelo teñido y la cara pintada! -No
        hables mal del pelo teñido y las caras pintadas. Aveces, tienen un
        encanto extraordinario -dijo Lord Henry.

        -Siento ya haberte hablado de Sibyl Vane.

        -No habrías podido dejar de hacerlo, Dorian. Toda la vida tendrás ya
        que contarme cuanto hagas.

        -Sí, Harry, tal creo. No puedo dejar de contártelo todo. Tienes sobre
        mí un extraño influjo. Si alguna vez cometiese un crimen, ten por
        seguro que iría a confesártelo. Tú me comprenderías.

        -Los hombres como tú, rayos de sol caprichosos de la vida, nunca
        cometen crímenes. Pero no importa; de todas modos, te quedo muy
        agradecido por la gentileza. Y ahora, dime (alcánzame las cerillas, sé
        buen chico; gracias): ¿en qué estado se encuentran actualmente tus
        relaciones con Sibyl Vane?
        Dorian Gray se puso en pie, con las mejillas cubiertas de rubor y los
        ojos ardiendo.

        - ¡Harry, Sibyl Vane es sagrada! -Sólo las cosas sagradas valen la
        pena de ser conseguidas, Dorian -dijo Lord Henry, con una extraña
        sombra de ternura en la voz -. Pero ¿a qué molestarte? Supongo que
        algún día, tarde o temprano, será tuya.

        Cuando se está enamorado, siempre comienza uno por engañarse a sí
        propio, y siempre acaba por engañar a los demás. Esto es lo que el
        mundo llama una novela. Bueno; supongo que, por lo menos, la
        conocerás.

        -Claro que la conozco. La primera noche que fui al teatro, el horrible
        judío vino a rondar el palco, al final de la representación, y me ofreció
        llevarme al escenario y presentarme a ella. Yo me puse furioso, y le
        dije que Julieta había muerto hacía cientos de años y que su cuerpo
        descansaba en una tumba de mármol en Verona. Comprendí, por su
        mirada de estupefacción, que pensaba que yo había bebido demasiado
        champagne, o algo por el estilo.

-No me extraña.

        -Entonces me preguntó si yo escribía en algún periódico. Le contesté
        que ni siquiera los leía, cosa que pareció producirle una terrible
        decepción. Luego me confesó que todos los críticos dramáticos se
        habían conjurado contra él, y que todos ellos eran gentes venales que
        no querían más que ser comprados.

        -No me sorprendería que tuviese razón. Pero, por otra parte, a juzgar
        por las apariencias, no deben ser muy caros que digamos.

        -Sí; pero sin duda él creía que no estaban a su alcance- dijo Dorian,
        riendo -. Mientras tanto, habían ido apagando las luces, y tuve que
        marcharme. Quiso, entonces, hacerme probar unos cigarros, que me
        recomendó con grandes elogios; pero decliné la invitación. A la noche
        siguiente, como puedes suponer, volví al teatro. En cuanto me vio me
        hizo una profunda reverencia, y me aseguró que yo era un generoso
        protector del arte. Es una bestia completa, a pesar de su
        extraordinaria pasión por Shakespeare. Una vez me dijo, con orgullo,
        que sus cinco bancarrotas se debían por completo al Bardo, como él
        se empeña en llamarle. Sin duda considera esto como un título de
        gloria.

        -Y lo es, mi querido Dorian; un gran titulo de gloria. La mayoría de los
        que hacen bancarrota es por haber interesado demasiado dinero en la
        prosa de la vida. Haberse arruinado por amor a la poesía, es un honor.
        Pero ¿cuándo hablaste por primera vez con Miss Sibyl Vane? -La
        tercera noche. Había hecho de Rosalinda. No pude contenerme. Le
        había arrojado unas flores a escena, y ella me había mirado; o, por lo
        menos, se me figuró. El viejo judío insistió de tal modo, tan decidido
        parecía a presentarme, que al fin consentí. Es extraña esta falta mía
        de deseo por conocerla, ¿verdad? -No; no me parece.

        - ¿Y por qué, mi querido Harry?
        -Otro día te lo explicaré. Ahora, continúa tu cuento de la muchacha.

        - ¿De Sybil? ¡Oh, es tan tímida, tan candorosa! Hay en ella algo de
        niña. Abrió los ojos de par en par, deliciosamente sorprendida, cuando
        le hablé de su talento; parecía totalmente inconsciente de su arte.
        Los dos nos sentimos un poco cortados. El judío estaba en pie a la
        puerta del polvoriento saloncillo, hilvanando complicados discursos a
        cuenta nuestra, mientras nosotros continuábamos mirándonos uno a
        otro como chiquillos. Como el judío se empeñaba en llamarme milord,
        tuve que asegurar a Sibyl que no era lord ni mucho menos. Ella me
        contestó con toda ingenuidad: "Más bien parece usted un príncipe; el
        príncipe de los cuentos de hadas".

- ¡Caramba, Dorian, sabes que Miss Sibyl es experta en piropos! -No la
        has entendido, Harry. Ella me consideraba simplemente como un
        personaje de una obra. ¿Qué sabe ella de la vida? Vive con su madre,
        una vieja descolorida y mustia que representaba el papel de dama
        Capuleto, la primera noche, vestida con una especie de peinador
        magenta, y que tiene un aire de persona que ha venido a menos.

        -Conozco ese aire. Siempre me deprime -murmuró Lord Henry,
        examinando sus sortijas.

        -El judío quiso contarme su historia; pero le declaré que no me
        interesaba.

        -Hiciste bien. Siempre hay algo mezquino en las tragedias de los
        demás.

        -Sibyl es la única que me interesa. ¿Qué me importa su origen? Desde
        su cabecita hasta sus piecesitos, toda ella es divina, absolutamente
        divina. Todas las noches voy a verla representar, y cada noche es
        más maravillosa.

        - ¡Ah!, ésa es la razón, sin duda, de por qué ahora no cenas nunca
        conmigo. Supuse que tendrías alguna aventura singular entre manos.
        Y la tienes; pero no es completamente lo que yo esperaba.

        - ¡Pero, querido Harry, si todos los días comemos o cenamos juntos y
        he ido contigo a la ópera una porción de veces! -exclamó Dorian,
        abriendo de par en par sus ojos azules.

        -Siempre llegas con un retraso tremendo.

        -Sí, es cierto; pero no puedo dejar de ver a Sibyl, ni siquiera en un
        solo acto. Tengo hambre de su presencia; y cuando pienso en el alma
        maravillosa que se esconde en aquel cuerpecito de marfil, me siento
        lleno de temor.

        - ¿Y esta noche, puedes cenar conmigo, Dorian? -Esta noche es
        Imogenia -repuso, meneando la cabeza -. Y mañana será Julieta.

        - ¿Y cuándo es Sibyl Vane?

-Nunca.

        -Te felicito.

        - ¡Qué malo eres! Ella es todas las grandes heroínas del mundo en una
        sola persona. Es más que un ser individual. Sí, ríete; pero te aseguro
        que tiene genio. La quiero, y haré que ella me quiera. Tú, que sabes
        todos los secretos de la vida, dime cómo conseguir que Sibyl Vine me
        quiera. Tengo que dar celos a Romeo. Quiero que los amantes muertos
        de este mundo oigan nuestra risa, y se entristezcan. Quiero que un
        soplo de nuestra pasión vuelva la conciencia a sus cenizas y las
        despierte nuevamente al dolor. ¡Dios mío, cómo la adoro, Harry!
        Tascaba de un lado a otro por la habitación, mientras hablaba.

        Dos rosetones de fiebre quemaban sus mejillas. Se sentía
        terriblemente sobreexcitado.

        Lord Henry le contemplaba con un vago sentimiento de placer.

        ¡Cuán diferente ahora de aquel muchacho tímido, asustadizo, que
        había conocido en el estudio de Hallward! Su naturaleza se había
        desarrollado como una planta, había florecido en llores de púrpura y de
        fuego. El alma había rastreado fuera de su oculto retiro, y a su
        encuentro había venido el deseo.

        - ¿Y qué piensas hacer? -preguntó, al fin, Lord Henry.

        -Quiero que tú y Basil vengáis una de estas noches a verla trabajar.
        No tengo el más mínimo temor del resultado. Estoy seguro de que los
        das os daréis cuenta de su genio. Luego, procederemos a arrancarla
        de las garras del judío. Ella tiene firmado un contrato por tres años; es
        decir, dos años y ocho meses a contar desde ahora. Claro que tendré
        que pagar algo. Cuando todo esté arreglado, la llevaré a un buen
        teatro y la daré a conocer como es debido. Entonces enloquecerá al
        mundo como me ha enloquecido a mí.

        - ¡Esto último, hijo mío, me parece bastante difícil! -No, ella lo hará.
        No es arte sólo lo que tiene, el instinto supremo del arte, sino también
        personalidad; y más de una vez te he oído decir que son las
        personalidades, y no los principios, quienes mueven al mundo.

-Bueno, ¿qué noche vamos?
        -Espera. Hoy es martes. Vamos mañana. Mañana hace Julieta.

        -Perfectamente. En el Bristol, a las ocho. Yo recogeré a Basil.

        -No, a las ocho no, Harry, te lo ruego. A las seis y media. Es preciso
        que estemos allí antes de levantarse el telón. Tenéis que verla en el
        primer acto, cuando se encuentra con Ronco.

        - ¡A las seis y media! ¡Vaya una hora! Será como un pastel de carne
        fría o la lectura de una novela inglesa. Pongamos a Lis siete.

        Nadie que se estime come antes de las siete. ¿Verás tú mismo a Basil?
        ¿O quieres que le escriba yo?
        - ¡Pobre Basil! Hace una semana que no le he visto. Realmente, no
        está bien. Acaba de enviarme el retrato, con un marco estupendo,
        dibujado especialmente por el; y, aunque estoy un poco celoso del
        cuadro, que ya tiene un mes menos que yo, debo confesar que me
        entusiasmo. Quizás sería preferible que le escribieses. No querría verle
        a solas. Me dice siempre cosas molestas. Me da buenos consejos.

        Lord Henry sonrió.

        - ¡Qué afición tiene la gente a dar aquello de que está más
        necesitada! Es lo que yo llamo el abismo de la generosidad.

        - ¡Oh!, Basil es el mejor de los hombres, pero me parece un poquitín
        filisteo. Desde que te conozco, Harry, he llegado a este
        descubrimiento.

        -Hijo mío: Basil pone todo lo mejor de él en su obra. El resultado es
        que no le quedan para la vida más que sus prejuicios, sus principios y
        su sentido común. Los únicos artistas personalmente encantadores
        que he conocido, son malos artistas. Los buenos, existen sólo en lo
        que hacen; y, en consecuencia, carecen de todo interés como
        sujetos. Un gran poeta, un verdadero gran poeta, es la menos poética
        de las criaturas. En cambio, los poetas menores son absolutamente
        deliciosos.

        Mientras peores son sus rimas, más pintorescos parecen ellos. El mero
        hecho de haber publicado un volumen de sonetos de segunda mano,
        hace irresistible a un hombre. Vive la poesía que no puede escribir. Los
        otros escriben la poesía que no se atreven a llevar a cabo.

        -Es posible, Harry -dijo Dorian Gray, poniéndose esencia en el pañuelo,
        de un panzudo frasco de tapón dorado que había sobre la mesa -. Así
        debe ser, cuando tú lo dices. Y, ahora, me voy. Imogenia me aguarda.
        Note olvides mañana. Adiós.

Apenas hubo salido de la habitación, cerró Lord Henry sus párpados, y
        comenzó a meditar. Ciertamente, pocos seres le habían interesado al
        punto que Dorian Gray; y, sin embargo, la frenética adoración del
        mancebo por otra persona no le causaba el menor sentimiento de
        molestia ni de celos. Al contrario, le complacía. Hacía de él un estudio
        más interesante. Siempre le habían atraído los métodos de las ciencias
        naturales; pero los fines propios de estas ciencias le habían parecido
        triviales y sin trascendencia. Así, él había comenzado por hacer la
        vivisección de sí propio, y acabado por hacer la de los demás. ¡La vida
        humana! Esta era la única cosa que le parecía digna de ser
        investigada.

        En su comparación, todo el resto carecía de valor. Cierto que, para
        examinar la vida en su extraño crisol de dolor y de alegría, no podía
        uno ponerse la mascarilla de cristal del químico, ni impedir que los
        vapores sulfurosos turbaran el cerebro y enturbiasen la imaginación
        con monstruosas fantasías y sueños deformes. Había venenos tan
        sutiles, que para conocer sus propiedades era preciso experimentarlos
        en sí mismo. Había enfermedades tan extrañas, que era preciso pasar
        por ellas si se quería comprender su naturaleza. Y, sin embargo, ¡qué
        magnífico premio el que se recibía! ¡Cuán maravilloso se nos tornaba el
        mundo entero! Observar la lógica singular e inflexible de las pasiones,
        y la vida emocional y policroma de la inteligencia; ver dónde se
        encuentran y dónde se separan, en qué punto marchan al unísono y
        en cuál se muestran desacordes... ¡qué deleite en todo ello! ¿Qué
        importa el coste? Ningún precio es excesivo para pagar una sensación.

        Él sabía -y el pensamiento trajo un destello de placer a sus ojos de
        ágata oscura- que ciertas palabras suyas, palabras musicales, dichas
        musicalmente, eran las que habían hecho que el alma de Dorian Gray
        se hubiese vuelto hacia aquella blanca doncellita, inclinándose en
        adoración ante ella. En gran parte, el mancebo era creación suya. Él
        lo había hecho prematuro. Esto ya era algo. La mayoría de las
        personas esperan que la vida vaya descubriéndoles por sí mismas sus
        secretos; pero a los menos, a los elegidos, los misterios de la vida les
        son revelados antes de que el velo sea descorrido. A veces, por
        efecto del arte, y principalmente del arte de la literatura, que está en
        relación más inmediata con las pasiones y el entendimiento. Pero, de
        vez en cuando, alguna personalidad compleja hacía las veces y asumía
        el oficio del arte, siendo realmente, a su modo, una verdadera obra de
        arte, porque la vida tenía también sus obras maestras, lo mismo que la
        poesía, la escultura o la pintura.

Sí; el mancebo era prematuro. En primavera, entrojaba ya su cosecha.
        El pulso y la pasión de la juventud latían en él, pero ahora empezaba a
        cobrar conciencia de sí mismo. Era un gozo el observarlo.

        Con su admirable rostro y su alma admirable, era algo maravilloso.

        ¿Qué importaba el fin de todo aquello, ni si estaba fatalmente
        destinado a tener un fin? Era como una de esas gráciles figuras de
        comedia, cuyas alegrías parecen remotas de nosotros, pero cuyos
        dolores suscitan nuestro sentido de la belleza, y cuyas heridas son
        como rosas rojas.

        ¡Alma y cuerpo, cuerpo y alma! ¡Qué hondos misterios! También el
        alma tenía su animalidad, y el cuerpo sus momentos de espiritualidad.
        Los sentidos podían depurarse, y la inteligencia podía degradarse.

        ¿Quién podría decir dónde cesa el impulso carnal, y dónde el impulso
        psíquico comienza? ¡Cuán vanas las definiciones arbitrarias de los
        psicólogos! Y, sin embargo, ¡qué difícil decidir entre las pretensiones
        de las diversas escuelas! ¿Era el alma una sombra reclusa en la casa
        del pecado? ¿O bien estaba el cuerpo en el alma como pensaba
        Giordano Bruno? La separación del espíritu y la materia era un misterio,
        y misterio también la unión del espíritu con la materia.

        Preguntábase si podríamos llegar alguna vez a hacer de la psicología
        una ciencia tan absoluta, que los más mínimos resortes de la vida nos
        fuesen revelados. Hoy por hoy, continuamente nos engañábamos
        respecto a nosotros mismos, y raramente conseguíamos comprender a
        los demás. La experiencia no tenía valor ético alguno. Era simplemente
        el nombre que dábamos a nuestros errores. Los moralistas, por regla
        general, la han considerado como una especie de advertencia,
        reclamando para ella cierta eficacia moral en la formación del
        carácter, preconizándola como algo que nos enseña lo que conviene
        seguir y nos muestra lo que es preciso evitar. Pero la experiencia
        carecía de toda fuerza motriz. Como causa activa, era tan poca cosa
        como la misma conciencia. Todo lo que realmente demostraba era que
        nuestro futuro sería igual a nuestro pasado, y que el pecado que en
        otro tiempo cometimos con repugnancia, volveríamos a cometerlo una
        porción de veces con satisfacción.

        Para él no ofrecía duda que el método experimental era el único por
        medio del cual se podía llegar a un análisis científico de las pasiones; y
        ciertamente que Dorian Gray era un sujeto bien propicio, y que parecía
        prometer ricos y fructuosos resultados. Su amor súbito y desmedido
        por Sibyl Vane era un fenómeno psicológico de no poco interés. Desde
        luego que la curiosidad había entrado por mucho en él, la curiosidad y
        el deseo de nuevas experiencias; pero, sin embargo, no era una
        pasión simple, sino bien compleja. Lo que había en cita del instinto
        puramente sensual de la pubertad, había sido transformado por el
        trabajo de la imaginación, cambiado en algo que a él mismo le parecía
        extraño a los sentidos, y, por esta razón, tanto más peligroso. Las
        pasiones sobre cuyo origen nos engañamos, son las que nos tiranizan
        más duramente. Nuestros móviles más endebles son aquellos de cuya
        naturaleza nos damos cuenta. Con frecuencia ocurre que, cuando
        creemos hacer una experiencia sobre los demás, la estamos haciendo
        sobre nosotras mismos.

Continuaba Lord Henry meditando en estas cosas, cuando, después
        de llamar a la puerta, entró su ayuda de cámara a recordarle que ya
        era hora de vestirse para la cena. Poniéndose en pie, echó una mirada
        hacia la calle. El ocaso inflamaba con un oro escarlata las ventanas
        altas de las casas de enfrente. Los cristales centelleaban como placas
        de metal candente. Encima, el ciclo era como una rosa mustia. Pensó
        en la llameante juventud de su amigo, y en cómo acabaría todo
        aquello.

        Al volver a su casa, a eso de las doce y media, vio sobre la mesa del
        vestíbulo un telegrama. Lo abrió: era de Dorian Gray, para decirle que
        había dado palabra de casamiento a Sibyl Vane.

CAPITULO V
 

        - ¡Madre, madre, qué feliz soy! -dijo la muchacha, escondiendo su
        cara en el regazo de la vieja descolorida y marchita, que, sentada en
        el único sillón de la mugrienta salita, volvía la espalda a la viva
        claridad que entraba por la ventana.

        - ¡Qué feliz soy! -repitió -. ¡Y también usted tiene que ser feliz! Dando
        un respingo en el sillón, puso la señora Vane sus manos blanqueadas
        al albayalde sobre la cabeza de su hija, y exclamó: - ¡Feliz! Yo no soy
        feliz más que cuando te veo trabajar, Sibyl. Y no debería pensar en
        otra cosa que en tu arte. Mr. Isaacs ha sido muy bueno con nosotros,
        y le debemos dinero.

        - ¡Dinero! -gritó la muchacha, levantando la cabeza con un mohín de
        disgusto -. ¿Y qué importa el dinero? El amor vale más que el dinero.

        -Mister Isaacs nos ha adelantado cincuenta libras pera pagar nuestras
        deudas y equipar decentemente a James; no lo olvides, Sibyl.

        Cincuenta libras es una cantidad crecida. Mr. Isaacs ha estado muy
        considerado.

        -No es un caballero, madre, y detesto la manera que tiene de
        hablarme -dijo la muchacha, levantándose y yendo hacia la ventana.

        -Pues no sé cómo íbamos a arreglárnoslas sin él -replicó la vieja
        quejumbrosamente.

        Sacudiendo la cabeza echóse a reír Sibyl Vane.

        -Ya no lo necesitamos para nada, madre. El príncipe se ocupará de
        nosotras.

        Hizo una pausa. Una ola de rubor corrió por sus venas, tiñendo sus
        mejillas. Un alentar anheloso entreabría las pétalo trémulos de sus
        labios. Un vendaval de pasión sopló sobre ella agitando los pliegues
        graciosos de su falda.

        -Le quiero -dijo simplemente.

        - ¡Locuela! ¡Locuela! -reconvino la vieja, acentuando grotescamente
        la palabra con un ademán de sus dedos engarfiados, cubiertos de
        sortijas falsas.

Rió de nuevo la muchacha. Había en su voz la alegría de un pájaro
        enjaulado. Sus ojos recogían la melodía, repitiéndola en resplandor;
        luego cerrábanse por un instante, como para esconder su secreto.

        Cuando volvía a abrirlos, la bruma de un ensueño había pasado por
        ellas.

        La cordura de labios secas continuaba hablándole desde un raído
        sillón, sugiriendo máximas de prudencia, tomadas de ese libro de
        cobardía, cuyo autor remeda el nombre de sentido común. Pero ella no
        escuchaba. Sentíase libre en su cárcel de pasión. Su príncipe, el
        príncipe de los cuentos de hadas, estaba con ella. Ella había acudido a
        la memoria para fingir su presencia. En busca suya envió su alma, y
        ésta le había traído consigo. De nuevo, el beso de él quemaba sus
        labios, y su aliento caldeaba sus párpados.

        Entonces la cordura cambió de rumbo y habló de indagación y
        espionaje. Quizá aquel joven era rico. En ese caso, podía pensarse en
        el matrimonio. Estrellábanse contra la concha de los oídos de ella las
        olas de la malicia humana. Silbaban en torno suyo los dardos de la
        astucia.

        Veía moverse los secos labios y sonreía.

        De pronto sintió la necesidad de hablar. Aquel vacío de palabras la
        turbaba.

        - ¡Madre, madre! -exclamó -. ¿Por qué me quiere él tanto? Yo sí sé
        por qué le quiero. Le quiero porque es como debe ser el mismo amor.
        Pero él, ¿qué es lo que ve en mí? Yo no soy digna de él y, sin
        embargo, no sé por qué, aunque me siento tan por debajo de él, no
        me siento humilde. Al contrario, me siento llena de orgullo. Madre,
        ¿quiso usted a mi padre tanto como yo quiero al príncipe? Palideció la
        vieja bajo la espesa capa de polvos ordinarios que enjalbegaban sus
        mejillas, y crispáronse sus labios en un espasmo de dolor. Sibyl corrió
        hacia ella, echándole los brazos al cuello y besándola.

        -Perdón, mamá. Sé lo que la hace sufrir a usted el recuerdo de padre.
        Y eso, precisamente, demuestra cuánto le quería usted. No se ponga
        usted triste. Me siento hoy tan feliz como hace veinte años lo era
        usted. ¡Ay, ojalá pueda serlo siempre! -Hija mía: eres demasiado joven
        para pensar enamores. Además, ¿qué sabes tú de ese joven? Ni
        siquiera su nombre. Nada de esto tiene pies ni cabeza; y la verdad es
        que, precisamente en el momento en que James se marcha a Australia
        y tengo tantas cosas en qué pensar, podías haber tenido un poco de
        consideración. Sin embargo, como ya dije, si ese joven es rico...

- ¡Ah, madre, madre, déjeme usted ser feliz! Miróla tiernamente la
        señora Vane, y con una de esas falsas actitudes melodramáticas, que
        con tanta frecuencia llegan a constituir una segunda naturaleza en la
        gente de teatro, la estrechó entre sus brazos.

        En ese momento abrióse la puerta, y un mozo, de pelo áspero y
        moreno, entró en el cuarto. Era de tipo recio y cuadrado, torpe de
        movimientos, con pies y manos enormes, y sin la finura y distinción de
        su hermana. Trabajo habría costado adivinar el próximo parentesco
        que los unía; tan desemejantes eran. La señora Vane clavó en él los
        ojos, y acentuó su sonrisa. Mentalmente, elevaba a su hijo a la
        dignidad de público. Estaba segura de que el cuadro era conmovedor.

        -Bien podías guardar alguno de esos besos para mí, Sibyl -dijo el mozo
        con un gruñido afable.

        - ¡Pero si tú eres un oso y no te gustan los besos! -exclamó ella
        corriendo a abrazarle.

        James Vane miró a su hermana con ternura.