PLATÓN
GORGIAS
CALICLES, SÓCRATES, QUEREFONTE, GORGIAS, POLO 1
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CALICLES. –– Así dicen que conviene llegar a la guerra y al combate 2, Sócrates.
SÓCRATES. –– ¿Quizá nos hemos retrasado y, como suele decirse, hemos llegado después de la fiesta?
CAL. –– Y por cierto después de una magnífica fiesta, pues hace un momento Gorgias ha disertado 3 magistralmente sobre muchas y bellas cuestiones.
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SÓC. –– Aquí tienes, Calicles, al responsable de nuestro retraso, Querefonte, que nos ha obligado a detenernos en el ágora.
QUEREFONTE. –– No importa, Sócrates, pues yo lo remediaré; Gorgias es amigo mío y repetirá su exposición ante nosotros, si te parece ahora o, si quieres, en otra ocasión.
CAL. –– ¿Qué dices, Querefonte? ¿Desea Sócrates oír a Gorgias?
QUER. –– Precisamente para eso hemos venido.
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CAL. –– Pues entonces venid a mi casa cuando queráis; Gorgias se aloja en ella y disertará ante vosotros.
SÓC. –– Muy bien, Calicles; pero ¿estaría dispuesto Gorgias a dialogar con nosotros? Porque yo deseo preguntarle cuál es el poder de su arte y qué es lo que proclama y enseña. Que deje el resto de su exposición para otra vez, como tú dices.
CAL. –– Lo mejor es preguntarle a él mismo, Sócrates, pues precisamente era éste uno de los puntos de su exposición; nos invitaba 4 ahora mismo a que cada uno de los que aquí estamos le preguntara lo que quisiera y aseguraba que contestaría a todo.
SÓC. –– Dices bien, Querefonte, pregúntale.
QUER. –– ¿Qué debo preguntarle?
1. Calicles nos es conocido sólo a través de este diálogo. Ni Platón lo nombra en otro diálogo ni tampoco lo cita ningún otro autor. Se ha supuesto que sería un personaje imaginado por Platón. Tan bien trazado está el tipo humano, que parece difícil pensar que no se trate de una persona real. Se le asigna un demo, lo que no sería necesario; se citan amigos suyos bien caracterizados. Desprecia a los sofistas (520a) y aparece con vocación totalmente política. Es muy digna de tener en cuenta la opinión de E. R. Donas (Plato. Gorgias, Oxford, 1959, pág. 13) de que puede tratarse de un joven valioso cuyas aspiraciones y, quizá, la vida se malograron en los años próximos al fin de la guerra del Peloponeso. –– Querefonte, del demo de Esfeto, era amigo y admirador de Sócrates, al que acompañaba con frecuencia. Pertenecía a los demócratas y se exilió durante el gobierno de los Treinta. Hizo la pregunta al oráculo de Delfos de si había alguien más sabio que Sócrates (Apol. 21 a). En las Nubes, Aristófanes conjunta su nombre con el de Sócrates en el «Pensatorio». Murió antes del proceso de Sócrates. –– Gorgias de Leontinos. Aunque la tradición lo incluye entre los sofistas, no debía de ser ésa la opinión de Platón, que lo considera maestro, si bien distinguido, de retórica y orador. Si entonces se lo hubiera considerado sofista no serían explicables las frases de Calicles en 520a. Alcanzó gran longevidad, pues debía de ser unos diez años mayor que Sócrates y murió bastantes años después que él. Es un personaje muy interesante en muchos otros aspectos, pero, sobre todo lo es por la influencia de su estilo en la retórica y en la prosa artística. Su discípulo más caracterizado fue Isócrates. Su primera estancia en Atenas fue en el año 427. Probablemente murió en Tesalia. –– Polo de Acragante es discípulo de Gorgias. Se le conoce sólo por el Gorgias y por un pasaje del Fedro (267c). En 462b, Sócrates dice haber leído un libro suyo sobre retórica.
2. Frase con que se recibía al que llegaba tarde a un espectáculo interesante o agradable, como lo es para Calicles la exposición hecha por Gorgias.
Con el verbo epideíknysthai y el sustantivo epídeiksis, se expresan, frecuentemente, los alardes de elocuencia y erudición de que hacían gala los sofistas y que tanto atraían a la juventud ateniense. Véanse Protág. 310b y ss., Hip. May. 282c.
4. Parece que fue Gorgias el que inició la costumbre, seguida por todos los sofistas, de pedir a su auditorio que le propusiera las más diferentes cuestiones. CICERÓN, De Finib. II 1.
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SÓC. –– Qué es.
QUER. –– ¿Qué quieres decir?
SÓC. –– Por ejemplo, si hiciera calzado respondería, sin duda, que es zapatero; ¿no comprendes lo que digo?
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QUER. –– Te comprendo y voy a interrogarle. Dime, Gorgias, ¿es verdad lo que dice Calicles, que te ofreces voluntariamente a contestar a lo que se te pregunte?
GORGIAS. –– Es verdad, Querefonte; así lo he proclamado hace un momento y sostengo que durante muchos años nadie me ha presentado una cuestión nueva para mí.
QUER. –– Entonces responderás con facilidad, Gorgias.
GOR. –– Puedes hacer una prueba de ello, Querefonte.
POLO. –– Por Zeus, Querefonte, si quieres haz la prueba conmigo. Me parece que Gorgias está fatigado porque, hace poco, ha tratado sobre muchas cosas.
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QUER. –– ¿Qué dices, Polo? ¿Crees que tú contestas mejor que Gorgias?
POL. –– ¿Qué importa, si respondo suficientemente a tus preguntas?
QUER. –– No importa nada, pero, ya que es tu deseo, contesta.
POL. –– Pregunta.
QUER. –– Ésta es mi pregunta. Si Gorgias fuera conocedor del mismo arte que su hermano Heródico 5, ¿qué nombre apropiado le daríamos? ¿No le daríamos el mismo que a aquél?
POL. –– Sin duda.
QUER. –– Así pues, nos expresaríamos con propiedad llamándole médico.
POL. –– Sí.
QUER. –– Y si fuera experto en el mismo arte en que lo es Aristofonte 6, hijo de Aglaofonte, o que el hermano de Aristofonte, ¿qué nombre le daríamos para llamarle con propiedad?
5. Respecto a la forma de la pregunta, cf. Protág. 311e. No debe confundirse a este Heródico, hermano de Gorgias, con Heródico de Mégara o de Selimbria, del que habla Platón en Protág. 316e y Fedro 227d.
6. Aristofonte y Aglaofonte fueron pintores famosos, citados por Plinio el Viejo; el hermano de Aristofonte fue el célebre Polignoto.
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POL. –– Es evidente que pintor.
QUER. –– Pues, en este caso, ¿de qué arte es conocedor y qué le llamaríamos para expresarnos rectamente?
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POL. –– Existen entre los hombres, Querefonte, muchas artes elaboradas hábilmente partiendo de la experiencia'. En efecto, la experiencia hace que nuestra vida avance con arreglo a una norma; en cambio, la inexperiencia la conduce al azar. De entre estas artes unos ejercen unas y otros otras de modo distinto, y los mejores practican las más elevadas. Entre estos últimos se encuentra Gorgias, que cultiva la más bella de las artes.
SÓC. –– Parece, Gorgias, que Polo está bien preparado para pronunciar discursos, pero no cumple lo que prometió a Querefonte.
GOR. ––¿Qué dices exactamente, Sócrates?
SÓC. –– Me parece que no contesta plenamente a lo que se le pregunta.
GOR. –– Pues interrógale tú, si quieres.
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SÓC. –– No; me gustaría más preguntarte a ti, si estás dispuesto a contestar. Pues, por lo que ha dicho, es para mí evidente que Polo se ha ejercitado más en la llamada retórica que en dialogar.
POL. –– ¿Por qué, Sócrates?
SÓC. –– Porque al preguntarte Querefonte qué arte profesa Gorgias, tú alabas este arte como si alguien lo atacara, pero no respondes cuál es.
POL. –– ¿Pues no he contestado que era la más bella?
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SÓC. –– Sin duda; pero no se te preguntaba cómo es el arte de Gorgias, sino cuál es y qué se debe llamar a Gorgias. Del mismo modo que antes respondiste con exactitud y brevedad a los ejemplos que te propuso Querefonte, dime también ahora cuál es el arte de Gorgias y qué nombre debemos dar a éste. Pero, mejor aún, Gorgias, dinos tú mismo qué debemos llamarte, en razón de que eres hábil en qué arte.
GOR. –– En la retórica, Sócrates.
SÓC. –– Así pues, hay que llamarte orador.
GOR. –– Y buen orador, Sócrates, si quieres llamarme lo que rne ufano de ser 8, como decía Homero.
SÓC. –– Sí quiero.
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GOR. –– Pues llámame así.
SÓC. ––¿Debemos decir también que eres capaz de hacer oradores 9 a otros?
GOR. –– Proclamo esto no sólo aquí, sino también en otras partes.
SÓC. ––¿Estarías dispuesto, Gorgias, a continuar dialogando como ahora lo estamos haciendo, preguntando unas veces y respondiendo otras, y a dejar para otra ocasión esos largos discursos de los que Polo ha empezado a darnos una muestra? No dejes de cumplir lo que prometes y dispónte a contestar con brevedad a las preguntas.
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GOR. –– Ciertamente, Sócrates, algunas contestaciones requieren mayor amplitud; no obstante, intentaré responder con la máxima brevedad. Precisamente es ésta también una de las cosas que afirmo: que nadie sería capaz de decir las mismas cosas en menos palabras que yo.
SÓC. ––Eso es lo que hace falta, Gorgias; hazme una demostración de esto mismo, de la brevedad, y deja los largos discursos para otra vez.
GOR. –– Así lo haré y tendrás que decir que no has oído a nadie expresarse con mayor concisión.
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SÓC. –– Veamos. Puesto que dices que conoces el arte de la retórica y que podrías hacer oradores a otros, dime de qué se ocupa la retórica. Por ejemplo, el arte de tejer se ocupa de la fabricación de los vestidos; ¿no es así?
7. Según los escolios, parece ser que esta frase está tomada de una obra de Polo, quizá la que se cita en 462c; pero es posible que Platón haya imitado solamente su estilo ridiculizándolo. La traducción no puede recoger la asociación de elementos expresivos de la frase.
8. Véase Odisea I 180.
9. En griego rhētōr significa a la vez orador y maestro de retórica.
GOR. –– Sí.
SÓC. ––¿Y la música de la composición de melodías?
GOR. –– Sí.
SÓC. –– Por Hera 10, Gorgias, que me admiran tus respuestas, pues contestas con increíble brevedad.
GOR. –– Creo, en efecto, Sócrates, que lo hago muy acertadamente.
SÓC. –– Tienes razón. Veamos; contéstame también así respecto a la retórica; ¿cuál es el objeto de su conocimiento?
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GOR. –– Los discursos.
SÓC. –– ¿Qué discursos, Gorgias? ¿Acaso los que indican a los enfermos con qué régimen podrían sanar?
GOR. –– No.
SÓC. –– Entonces la retórica no se refiere a todos los discursos.
GOR. –– Desde luego que no.
SÓC. –– Pero, sin embargo, capacita a los hombres para hablar.
GOR. –– Sí.
SÓC. –– ¿Les capacita también para pensar sobre las cuestiones de las que hablan?
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GOR. –– Pues ¿cómo no?
SÓC. ––¿No es verdad que la medicina, que acabamos de nombrar, hace a los hombres capaces de pensar y hablar sobre la curación de los enfermos?
GOR. –– Necesariamente.
SÓC. –– Luego también la medicina, según parece, se ocupa de los discursos.
GOR. –– Sí.
10. Parece que era una costumbre personal de Sócrates jurar por Hera; aunque habitual, este juramento era propio de mujeres. Es la diosa hija de Crono y esposa de Zeus.
SÓC. ––Por lo menos de los que se refieren a las enfermedades.
GOR. –– Exactamente.
SÓC. –– ¿Y la gimnasia no se ocupa también de los discursos que se refieren al buen o mal estado de los cuerpos?
GOR. –– Desde luego.
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SÓC. –– Y, por cierto, también las demás artes, Gorgias, están en la misma situación; cada una de ellas se ocupa de los discursos que se refieren a su objeto.
GOR. –– Eso parece.
SÓC. ––¿Por qué, entonces, no llamas retóricas a las demás artes, ya que también se refieren a discursos, si llamas retórica a la que se ocupa de los discursos?
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GOR. –– Porque se podría decir que todo el conocimiento de las demás artes se refiere a operaciones manuales y a otras ocupaciones de esta clase; pero ninguna de estas obras manuales es propia de la retórica, sino que en ella toda la actividad y eficacia se producen por medio de la palabra. Por esta causa yo estimo que el arte de la retórica se refiere a los discursos, y tengo razón, según afirmo.
SÓC. –– No sé si entiendo bien qué cualidad quieres atribuirle. Pronto voy a saberlo con más claridad. Contéstame: existen artes, ¿no es verdad?
GOR. –– Sí.
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SÓC. –– Entre todas las artes, según mi opinión, hay unas en las que la actividad manual constituye la parte principal y necesitan poco de la palabra, algunas de ellas no la necesitan en absoluto, sino que podrían llevar a cabo su función en silencio, como la pintura, la escultura y otras muchas. Me parece que dices que es con éstas con las que no tiene relación la retórica. ¿No es así?
GOR. –– Sí, Sócrates; lo comprendes muy bien.
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SÓC. –– Existen otras que ejercen toda su función por medio de la palabra y, por así decirlo, prescinden de la acción total o casi totalmente; por ejemplo, la aritmética, el cálculo, la geometría, las combinaciones en los juegos de azar y otras muchas artes, en algunas de las cuales la palabra y la acción son casi iguales; pero en la mayoría es la palabra la que predomina e, incluso, solamente por medio de ella se lleva a cabo su realización y eficacia. Me parece que dices que una de éstas es la retórica.
GOR. –– Así es.
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SÓC. –– Sin embargo, no creo que quieras dar a ninguna de ellas el nombre de retórica, si bien literalmente has dicho que la retórica es la que alcanza su eficacia por medio de la palabra, y se podría argüir, si se quisiera sutilizar, «¿Luego dices que la aritmética es retórica, Gorgias?» Pero yo no creo que tú llames retórica ni a là aritmética ni a la geometría.
GOR. –– Crees bien, Sócrates, y comprendes exactamente mi pensamiento.
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SÓC. –– Éa, completa ahora tu respuesta a mi pregunta 11. Puesto que la retórica es una de las artes que se sirven preferentemente de la palabra pero hay también otras en estas condiciones, procura decir sobre qué objeto ejerce su eficacia la retórica por medio del lenguaje. Por ejemplo, si sobre alguna de las artes de que ahora hablaba, alguien me preguntara: «Sócrates, ¿qué es la aritmética?», le contestaría, como tú ahora, que es una de las artes que produce su eficacia por medio de la palabra. Si, continuando la pregunta, me dijera: «¿Sobre qué objeto?», le contestaría que sobre lo par y lo impar y la cantidad de cada uno. Si nuevamente me preguntara: «¿Qué es el cálculo?», le diría que también es una de las artes que tienen toda su eficacia en la palabra, y si insistiera: «Sobre qué objeto?», le respondería, como los que redactan las propuestas en la asamblea, que en cuanto a lo demás es igual 12 la aritmética que el cálculo, se refieren a lo mismo, a lo par y a lo impar; se diferencian solamente en que el cálculo examina las relaciones de cantidad de lo par y lo impar respecto a sí mismos y a unos con otros. Y si se me interrogara por la astronomía y, al decir yo que también ésta ejerce toda su eficacia por medio de la palabra, se me preguntara:« ¿Sobre qué objeto se aplica el lenguaje de la astronomía, Sócrates?», diría que sobre el curso de los astros, del sol y de la luna y sobre la relación de velocidades de unos con otros.
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GOR. –– Tu contestación sería acertada, Sócrates.
SÓC. –– Pues dala tú también, Gorgias. La retórica es una de las artes que realizan toda su obra y son eficaces por medio de la palabra; ¿es cierto?
GOR. ––Así es.
SÓC. ––Di sobre qué objeto; ¿cuál es, entre todas las cosas, aquella de la que tratan estos discursos de que se sirve la retórica?
GOR. –– Los más importantes y excelentes de los asuntos humanos.
11. Véase 449d.
12 Cuando en la asamblea se procedía a la lectura de una proposición de ley o de un decreto, se citaba primero el nombre de su autor, la filiación y el demo al que pertenecía. Si después se daba lectura a otra proposición de la misma persona, para evitar la repetición se decía simplemente: «lo demás conforme a esto mismo» (tà mèn álla katá tà autá).
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SÓC. –– Pero, Gorgias, también esa respuesta es discutible y carece aún de precisión. Supongo que habrás oído cantar en los banquetes ese escolio 13 en el que, al enumerar los bienes humanos, se dice que lo mejor es tener salud, lo segundo, ser hermoso, y lo tercero, como dice el poeta del escolio, adquirir riquezas sin fraude.
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GOR. ––Sí, lo he oído; pero ¿por qué lo citas ahora?
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SÓC. –– Porque si, por ejemplo, estuvieran delante de ti los que profesan las artes que alabó el autor del escolio: el médico, el maestro de gimnasia y el banquero, y, en primer lugar, dijera el médico: «Sócrates, Gorgias te engaña; no es su arte el que procura el mayor bien a los hombres, sino el mío», y yo le preguntara: «¿Qué eres tú, para expresarte así», contestaría probablemente que médico. «¿Qué dices? ¿El producto de tu arte es el mayor bien?» «¿Cómo no, Sócrates?, diría quizá. ¿Hay algún bien mayor para el hombre que la salud?» Si después de éste, el maestro de gimnasia dijera: «También a mí me causaría sorpresa, Sócrates,, que Gorgias pudiera demostrarte que su arte produce un bien mayor que el mío»; igualmente preguntaría yo a éste: «¿Qué eres, amigo, y qué obra realizas?» «Maestro de gimnasia, diría, y mi obra consiste en dar a los cuerpos fuerza y belleza. » Después del maestro de gimnasia, el banquero, con gran desprecio para todos los demás, según yo creo, diría: «Examina, Sócrates, si encuentras en Gorgias o en cualquier otro un bien mayor que la riqueza.» Le diríamos: «Es que tú eres el artífice de la riqueza?» Contestaría afirmativamente.« ¿Qué eres?» «Banquero.» «¿Crees que el mayor bien para los hombres es la riqueza?» «¿Cómo no?», respondería. Nosotros le diríamos: «Pues aquí tienes a Gorgias que afirma, contra lo que tú dices, que su arte es causa de un bien mayor que el tuyo.» Es evidente que después de tal afirmación él preguntaría: «¿Qué bien es ése? Que conteste Gorgias». Pues bien, Gorgias, piensa que ellos y yo te hacemos esta pregunta y contéstanos: ¿Cuál es ese bien que, según dices, es el mayor para los hombres y del que tú eres artífice?
GOR. –– El que, en realidad, Sócrates, es el mayor bien; y les procura la libertad y, a la vez permite a cada uno dominar a los demás en su propia ciudad.
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SÓC. –– ¿Qué quieres decir?
GOR. –– Ser capaz de persuadir, por medio de la palabra, a los jueces en el tribunal, a los consejeros en el Consejo, al pueblo en la Asamblea y en toda otra reunión en que se trate de asuntos públicos 14. En efecto, en virtud de este poder, serán tus esclavos el médico y el maestro de gimnasia, y en cuanto a ese banquero, se verá que no ha adquirido la riqueza para sí mismo, sino para otro, para ti, que eres capaz de hablar y persuadir a la multitud.
13. El escolio era una canción, generalmente de asunto moral, que se cantaba al final de los banquetes.
14. Después de muchas vacilaciones, Gorgias define la retórica como el arte de la persuasión; pero en sus palabras se manifiesta la tendencia de la. pura utilidad para el orador y se deja ver que una oratoria comprendida de este modo está al margen de la justicia. Por un hábil forcejeo dialéctico, Sócrates le lleva a decir que la persuasión que produce la retórica es, precisamente, sobre lo justo y lo injusto.
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SÓC. –– Me parece, Gorgias, que ahora has expuesto casi con exactitud lo que, según tú, es la retórica; y si te he entendido bien, dices que es artífice de la persuasión y que toda su actividad y el coronamiento de su obra acaban en esto. ¿Puedes decir que su potencia se extiende a más que a producir la persuasión en el ánimo de los oyentes?
GOR. –– A nada más, Sócrates; me parece que la has definido suficientemente; éste es, en efecto, su objeto fundamental.
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SÓC. –– Escucha, pues, Gorgias. Es preciso, sin duda, que sepas que si hay alguien que al dialogar quiera conocer exactamente el objeto sobre el que se discute, yo estoy persuadido de que soy uno de ellos. Creo que tú también eres así.
GOR. –– ¿Por qué lo dices, Sócrates?
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SÓC. –– Voy a explicartelo. Debo advertirte que yo no sé claramente cuál es, en realidad, la persuasión que, según tú, produce la retórica, ni sobre qué objetos, aunque sospecho a qué persuasión te refieres y sobre qué. No obstante, voy a preguntarte qué clase de persuasión produce, a tu juicio, la retórica y sobre qué cosas. ¿Por qué, suponiéndolo, te interrogo en lugar de decirlo yo mismo? No es por ti, sino por nuestra conversación, para que avance de modo que nos aclare todo lo posible el objeto sobre el que discutimos. Examina si te parece justo mi modo de interrogar; por ejemplo: si te hubiera preguntado qué pintor es Zeuxis 15 y me hubieras contestado que es pintor de animales, ¿no tendría razón en volver a preguntar qué clase de animales pinta y de qué modo?
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GOR. –– Sin duda.
SÓC. –– ¿Acaso porque también hay otros pintores que pintan otras muchas especies de animales?
GOR. –– Sí.
SÓC. –– Pero si sólo Zeuxis los pintara, ¿no hubiera sido perfecta tu contestación?
GOR. –– Evidentemente.
SÓC. –– Pues di también, respecto a la retórica, si tú crees que sólo ella produce la persuasión o también la producen otras artes. Quiero decir que si el que enseña cualquier cosa consigue convencer de lo que enseña o no.
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GOR. –– Sí que convence, Sócrates, y más que nadie.
SÓC. –– Volvamos de nuevo a las mismas artes de que ahora hablábamos 16; ¿no nos enseñan la aritmética y el maestro de ella todo lo que tiene relación con el número?
GOR. –– Desde luego.
SÓC. –– ¿No nos convencen también?
GOR. –– Sí.
SÓC. ––Así pues, también la aritmética es artífice de la persuasión.
GOR. –– Eso parece.
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SÓC. –– Y si se nos pregunta de qué persuasión y sobre qué objeto, responderemos probablemente que de una persuasión didáctica respecto a los números par e impar y a su cantidad. También podremos demostrar que todas las demás artes de que ahora hablábamos son artífices de la persuasión e indicar de qué persuasión y el objeto a que ésta se refiere; ¿no es así?
GOR. –– Sí.
SÓC. –– Entonces la retórica no es el único artífice de la persuasión.
GOR. –– Es cierto.
15. Zeuxis, pintor que gozó de gran celebridad, citado por numerosos testimonios. Su período de actividad se coloca entre 435 y 390.
16 Véase 451ª
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SÓC. –– Puesto que no es la única que produce este efecto, sino que también otras lo producen, estaría justificado, como en el caso del pintor, que al llegar a este punto siguiéramos preguntando a nuestro interlocutor: «¿Qué persuasión produce la retórica y sobre qué objeto?» ¿No te parece justificada esta nueva pregunta?
GOR. –– Sí me lo parece.
SÓC. –– Pues contéstala, Gorgias, ya que también a ti te parece así.
GOR. –– Yo me refiero, Sócrates, a la persuasión que se produce en los tribunales y en otras asambleas, según decía hace un momento, sobre lo que es justo e injusto.
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SÓC. –– Ya suponía yo que era ésta y sobre esto la persuasión de que tú querías hablar, Gorgias; pero te he interrogado a fin de que no te cause extrañeza aunque a continuación te pregunte algo que parece evidente y, sin embargo, insista yo sobre ello. Repito que lo hago así no por . ti, sino para que la discusión llegue a su término ordenadamente y no nos acostumbremos a anticipar, por meras conjeturas, los pensamientos del otro, y, asimismo, para que puedas desarrollar hasta el fin tu pensamiento como quieras, con arreglo a tus propias ideas.
GOR. ––Me parece muy bien tu procedimiento, Sócrates.
SÓC. ––Continuemos; vamos a examinar lo siguiente: ¿Existe algo a lo que tú llames saber?
GOR. –– Sí.
SÓC. ––¿Y algo a lo que llames creer?,
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GOR. –– También.
SÓC. ––Te parece que saber y creer son lo mismo o que son algo distinto el conocimiento y la creencia?
GOR. –– Creo que son algo distinto, Sócrates.
SÓC. ––Así es; lo comprobarás por lo siguiente. Si te Preguntaran: «¿Hay una creencia falsa y otra verdadera, Gorgias?», contestarías afirmativamente, creo yo.
GOR. ––Sí.
SÓC. –– Pero ¿existe una ciencia falsa y otra verdadera?
GOR. –– En modo alguno.
SÓC. ––Luego es evidente que no son lo mismo.
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GOR. –– Es cierto.
SÓC. –– Sin embargo, los que han adquirido un conocimiento y los que tienen una creencia están igualmente persuadidos.
GOR. ––Así es.
SÓC. –– Si te parece, establezcamos, pues, dos clases de persuasión: una que produce la creencia sin el saber; otra que origina la ciencia.
GOR. –– De acuerdo.
SÓC. –– ¿Cuál es, entonces, la persuasión a que da lugar la retórica en los tribunales y en las otras asambleas respecto a lo justo y lo injusto? ¿Aquella de la que nace la creencia sin el saber o la que produce el saber?
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GOR. –– Es evidente, Sócrates, que aquella de la que nace la creencia.
SÓC. ––Luego la retórica, según parece, es artífice de la persuasión que da lugar a la creencia, pero no a la enseñanza sobre lo justo y lo injusto.
GOR. –– Sí.
SÓC. –– Luego tampoco el orador es instructor de los tribunales y de las demás asambleas sobre lo justo y lo injusto, sino que únicamente les persuade. En efecto, no podría instruir en poco tiempo a tanta multitud sobre cuestiones de tan gran importancia.
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GOR. –– Claro que no.
SÓC. –– Veamos, pues, lo que realmente estamos diciendo respecto a la retórica, porque ni yo mismo puedo hacerme una idea clara de lo que digo. Cuando en la ciudad se celebra una asamblea para elegir médicos o constructores de naves o cualquier otra clase de artesanos, ¿no es cierto que, en esa ocasión, el orador no deberá dar su opinión? Porque es evidente que en cada elección se debe preferir al más hábil en su oficio. Tampoco dará su consejo cuando se trate de la construcción de murallas o del establecimiento de puertos o arsenales, porque entonces lo darán los arquitectos. Menos aún cuando se delibere sobre la elección de generales, sobre el orden de batalla contra los enemigos o sobre la captura de algún puesto; en este caso serán los expertos en la guerra los que darán su consejo, y no los oradores. ¿Qué dices a esto, Gorgias? Puesto que afirmas que tú eres orador y capaz de hacer oradores a otros, conviene conocer de ti lo concerniente a tu arte. Piensa que ahora yo me preocupo por tus intereses, pues quizá algunos de los presentes desea ser tu discípulo ––supongo que incluso son muchos––, pero tal vez no se atreven a interrogarte. Así pues, considera, al ser preguntado por mí, que son también ellos los que te preguntan: «¿Qué provecho obtendremos, Gorgias, si seguimos tus lecciones? ¿Sobre qué asuntos seremos capaces de aconsejar a la ciudad? ¿Sólo sobre lo justo y lo injusto o también sobre lo que ahora decía Sócrates?» Así pues, procura darles una contestación.
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GOR. –– Pues bien, voy a intentar, Sócrates, descubrirte, con claridad toda la potencia de la retórica; tú mismo me has indicado el camino perfectamente. Sabes, según creo, que estos arsenales, estas murallas de Atenas y la construcción de los puertos proceden, en parte, de los consejos de Temístocles 17, en parte, de los de Pericles, pero no de los expertos en estas obras.
SÓC. –– Eso es, Gorgias, lo que se dice respecto a Temistocles; en cuanto a Pericles, yo mismo le he oído cuando nos aconsejaba la construcción de la muralla intermedia 18.
17. Después de las Guerras Médicas los atenienses, por consejo de Temístocles, fortificaron su ciudad y el puerto del Pireo, trasladando a éste los arsenales del Falero, el otro puerto de Atenas.
18. Dos murallas iban de la ciudad hasta el Pireo, otra tercera iba al Falero. El muro de que aquí habla Platón se llamaba muro del Sur o Inierior, pues quedaba entre el del Norte o Exterior y el que conducía al Falero.
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GOR. –– Y observarás, Sócrates, que, cuando se trata de elegir a las personas de que hablabas ahora, son los oradores los que dan su consejo y hacen prevalecer su opinión sobre estos asuntos.
SÓC. ––Por la admiración que ello me produce, Gorgias, hace tiempo que vengo preguntándote cuál es, en realidad, el poder de la retórica. Al considerarlo así, me parece de una grandeza maravillosa.
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GOR. –– Si lo supieras todo, Sócrates, verías que, por así decirlo, abraza y tiene bajo su dominio la potencia de todas las artes. Voy a darte una prueba convincente. Me ha sucedido ya muchas veces que, acompañando a mi hermano y a otros médicos a casa de uno de esos enfermos que no quieren tomar la medicina o confiarse al médico para una operación o cauterización, cuando el médico no podía convencerle, yo lo conseguí sin otro auxilio que el de la retórica. Si un médico y un orador van a cualquier ciudad y se entabla un debate en la asamblea o en alguna otra reunión sobre cuál de los dos ha de ser elegido como médico, yo te aseguro que no se hará ningun caso del médico, y que, si él lo quiere, será elegido el orador. Del mismo modo, frente a otro artesano cualquiera, el orador conseguiría que se le eligiera con preferencia a otro, pues no hay materia sobre la que no pueda hablar ante la multitud con más persuasión que otro alguno, cualquiera que sea la profesión de éste.
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Tal es la potencia de la retórica y hasta tal punto alcanza; no obstante, Sócrates, es preciso utilizar la retórica del mismo modo que los demás medios de combate. Por el hecho de haberlos aprendido, no se deben usar contra todo el mundo indistintamente; el haber practicado el pugilato, la lucha o la esgrima, de modo que se pueda vencer a amigos y enemigos, no autoriza a golpear, herir o matar a los amigos. Pero tampoco, por Zeus, si alguno que ha frecuentado la palestra y ha conseguido robustez y habilidad en el pugilato golpea a su padre, a su madre o a alguno de sus parientes o amigos, no se debe por ello odiar ni desterrar a los maestros de gimnasia y de esgrima. Éstos les han enseñado sus artes con intención de que las emplearan justamente contra los enemigos 19 y los malhechores, en defensa propia, sin iniciar el ataque; pero los discípulos, tergiversando este propósito, usan mal de la superioridad que les procura el arte. En este caso los maestros no son malvados, ni su arte es por ello culpable ni perversa, sino, en mi opinión, lo son los que no se sirven de ella rectamente.
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El mismo razonamiento se aplica también a la retórica. En efecto, el orador es capaz de hablar contra toda clase de personas y sobre todas las cuestiones, hasta el punto, de producir en la multitud mayor persuasión que sus adversarios sobre lo que él quiera pero esta ventaja no le autoriza a privar de su reputación a los médicos ni a los de otras profesiones, solamente por el hecho de ser capaz de hacerlo, sino que la retórica, como los demás medios de lucha, se debe emplear también con justicia. Según creo yo, si alguien adquiere habilidad en la oratoria y, aprovechando la potencia de este arte, obra injustamente, no por ello se debe odiar ni desterrar al que le instruya, éste transmitió su arte para un empleo justo, y el discípulo lo utiliza con el fin contrario. Así pues, es de justicia odiar, desterrar o condenar a muerte al que hace mal uso, pero no al maestro.
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SÓC. –– Supongo, Gorgias, que tú también tienes la experiencia de numerosas discusiones y que has observado en ellas que difícilmente consiguen los interlocutores precisar el objeto sobre el que intentan dialogar y, de este modo, poner fin a la reunión después de haber recogido y expresado recíprocamente sus pensamientos. Por el contrario, si hay diferencia de opiniones y uno de ellos afirma que el otro no habla con exactitud o claridad, se irritan y se imaginan que se les contradice con mala intención, y así disputan por amor propio sin examinar el objeto propuesto en la discusión. Algunos terminan por separarse de manera vergonzosa, después de injuriarse y haber dicho y oído tantas ofensas que hasta los asistentes se indignan consigo mismos por haberse prestado a escuchar a tales personas. ¿Por qué digo esto? Porque ahora me parece que tus palabras no son consecuentes ni están de acuerdo con las que dijiste al principio sobre la retórica. Sin embargo, no me decido a refutarte temiendo que supongas que hablo por rivalidad contra ti y no por el deseo de esclarecer el objeto de nuestra discusión. Por tanto, si tú eres del mismo tipo de hombre que yo soy, te interrogaré con gusto; si no, lo dejaré. ¿Qué clase de hombre soy yo? Soy de aquellos que aceptan gustosamente que se les refute, si no dicen la verdad, y de los que refutan con gusto a su interlocutor, si yerra; pero que prefieren ser refutados a refutar a otro, pues pienso que lo primero es un bien mayor, por cuanto vale más librarse del peor de los males que librar a otro; porque creo que no existe mal tan grave como una opinión errónea sobre el tema que ahora discutimos 20. Por lo tanto, si dices que también tú eres así, continuemos; pero si crees que conviene dejar la conversación, dejémosla ya .y pongámosle fin.
GOR. ––Te aseguro, Sócrates, que también soy de la misma manera de ser que tú indicas; sin embargo, quizá conviniera tener en cuenta el interés de los que aquí están, porque ya antes de llegar vosotros había yo disertado ampliamente, y si ahora continuamos la conversación, quizá nos extendamos demasiado. Así pues, es preciso consultarles, no sea que retengamos a alguien que quiera atender a otra cosa.
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QUER. –– Ya oís, Gorgias y Sócrates, el clamor de todos éstos, que desean oíros si continuáis; en cuanto a mí, ojalá no se me presente una ocupación tan imperiosa que me obligue a abandonar conversaciones de tanta importancia y llevadas de tal modo para dar preferencia a otro asunto.
CAL. ––Por los dioses, Querefonte, también yo me he encontrado en muchas discusiones y no sé si alguna vez he sentido tanto placer como ahora; por consiguiente, me daréis gran satisfacción, aunque estéis dispuestos a conversar durante todo el día.
SÓC. –– Por mi parte, Calicles, no hay inconveniente, si Gorgias consiente en ello.
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GOR. –– En esta situación, Sócrates, resulta ya vergonzoso que no acepte; tanto más cuanto que yo mismo me he ofrecido espontáneamente a que cada uno me pregunte lo que quiera. Así pues, si les parece bien a los presentes, continúa la conversación e interroga lo que desees.
SÓC. –– Escucha, Gorgias, lo que me causa extrañeza en tus palabras; quizá has hablado rectamente, pero yo no te comprendo bien. ¿Afirmas que eres capaz de enseñar la retórica al que quiera ser tu discípulo_ ?
GOR. –– Sí.
SÓC. –– ¿De manera que sobre todos los objetos produzea convicción en la multitud, persuadiéndola sin instruirla?
GOR. ––Exactamente.
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SÓC. –– Decías hace un momento 21 que incluso sobre la salud el orador será más persuasivo que el médico.
GOR. –– Sí que lo decía, pero sólo ante la multitud.
SÓC. –– Decir ante la multitud, ¿no es decir ante los ignorantes? Pues, sin duda, ante los que saben no puede ser el orador más persuasivo que el médico
19. Gorgias expone aquí la moral de su época, que consiste en hacer bien al amigo y mal al enemigo. Platón se opone a ella afirmando que en ningún caso se debe hacer mal a nadie. Véase Rep. 335-36; Critón 49b-c. Pero a veces, en pura dialéctica, pone en boca de Sócrates estas mismas ideas. Véase 480e, 481b.
20. En a discusión, Sócrates repite a sus interlocutores esta frase frecuentemente y en variadas formas (472c, 500c). En ella vemos que un mal tan grave no puede ser una opinión errónea sobre la retórica como simple arte.
21. Véase 456b.
GOR. –– Es verdad.
SÓC. –– Y si es más persuasivo que el médico resulta más persuasivo que el que sabe.
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GOR. ––Así es.
SÓC. ––Sin ser médico, ¿no es cierto?
GOR. –– Sí.
SÓC. –– El que no es médico es ignorante, y el médico sabe.
GOR. –– Es evidente.
SÓC. –– Luego ante ignorantes el que no sabe será más persuasivo que el que sabe, puesto que el orador aventaja al médico. ¿Resulta esto o no?
GOR. ––En este caso, al menos, sí resulta.
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SÓC. –– Y respecto de todas las otras artes, se encuentra en la misma situación el orador y la retórica. No necesita conocer los objetos en sí mismos, sino haber inventado cierto procedimiento de persuasión que, ante los ignorantes, le haga parecer más sabio que los que realmente saben.
GOR. –– ¿Y no es una gran comodidad, Sócrates, que, sin aprender las demás artes, con ésta sola el orador no resulte inferior a los que las profesan?
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SÓC. –– Si el orador, por ser así, aventaja o no a los de otras profesiones, lo examinaremos en seguida 22, si en algo interesa a nuestra discusión; pero ahora debemos examinar en primer lugar lo siguiente. ¿Respecto a lo justo y lo injusto, lo bello y lo feo, lo bueno y lo malo, el conocedor de la retórica se encuentra en la misma situación que respecto a la –salud y a los objetos de las otras artes, y, desconociendo en ellas qué es bueno o malo, qué es bello o feo y qué es justo o injusto, se ha procurado sobre estas cuestiones un medio de persuasión que le permite aparecer ante los ignorantes como más sabio que el que realmente sabe, aunque él no sepa? ¿O bien es necesario que quien tiene el propósito de aprender la retórica posea estos conocimientos y los haya adquirido antes de dirigirse a ti? Y en caso contrario, tú, que eres maestro de retórica, ¿prescindirás de enseñar a tu discípulo esto, porque no es función tuya, y harás que ante la multitud parezco que lo sabe, cuando lo ignora, y que pase por bueno sin serlo? ¿O te será completamente imposible enseñarle la retórica, si previamente no conoce la verdad sobre estas materias? ¿Cómo es esto, Gorgias? Por Zeus, como has dicho antes, descúbrenos el poder de la retórica y explícanos en qué consiste.
GOR. –– Yo creo, Sócrates, que, si acaso las desconoce, las, aprenderá también de mí.
SÓC. –– No sigas; tu contestación es suficiente. Si has de hacer orador a alguien, es preciso que conozca lo justo y lo injusto, bien lo sepa antes de recibir tus lecciones o bien lo aprenda contigo.
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GOR. –– Exactamente.
SÓC. –– ¿Pero qué? El que ha aprendido la construcción es constructor, ¿no es así?
GOR. –– Sí.
SÓC. ––¿El que ha aprendido la música es músico?
GOR. –– Sí, lo es.
SÓC. ––¿Y el que ha aprendido medicina es médico? ¿Y en la misma relación, las demás artes, de modo que el que aprende una de éstas adquiere la cualidad que le proporciona su conocimiento?
GOR. –– Sin duda.
SÓC. –– Siguiendo el mismo razonamiento, el que conoce lo justo, ¿no es justo?
GOR. –– Indudablemente.
SÓC. –– Y el justo obra justamente.
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GOR. –– Sí.
SÓC. –– Por consiguiente, ¿no es preciso que el orador sea justo y que el justo desee obrar con justicia?
GOR. ––Así parece.
SÓC. –– Luego jamás querrá el orador obrar injustamente.
GOR. –– Parece que no.
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SÓC. –– ¿Te acuerdas de que hace poco decías z' que no se debe acusar ni desterrar a los maestros de gimnasia en el caso de que un púgil se sirva injustamente de su arte, y que, del mismo modo, si un orador se sirve de la retórica para un fin injusto, tampoco se debe acusar ni expulsar de la ciudad a su maestro, sino al que obra injustamente y hace un uso indebido de este arte? ¿Dijiste esto o no?
GOR. –– Sí, lo dije.
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SÓC. –– Pero ahora resulta que este mismo orador jamás obraría injustamente. ¿No es verdad?
GOR. ––Así parece.
SÓC. –– Al comenzar esta conversación 14 se dijo que la retórica no trataba de los discursos sobre el número par y el impar, sino de los referentes a lo justo y lo injusto; ¿es así?
GOR. ––Así es.
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SÓC. –– Al oírte decir esto concebí la idea de que la retórica no podía ser nunca algo injusto, puesto que sus discursos tratan siempre sobre la justicia; cuando poco después dijiste que el orador podía también emplear su arte injustamente, entonces, sorprendido y considerando que no había concordancia en tus palabras, dije aquello de que, si tú estabas de acuerdo conmigo en que es provechoso ser refutado, era conveniente seguir là conversación; en el caso contrario, abandonarla. Después, al examinar la cuestión, tú mismo ves que de nuevo nos resulta imposible que el orador haga uso injusto de la retórica y que quiera obrar injustamente. Por el perro, Gorgias, no es cosa de una breve conversación el aclarar suficientemente cómo es esto en realidad.
22.. Véase 466a.
23. Véase 456d.
24. Véase 454b.
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POL. –– ¿Qué dices, Sócrates? ¿Tu opinión sobre la retórica es la que acabas de expresar? ¿Crees que puedes sustentarla porque Gorgias haya sentido vergüenza en concederte que el orador no conoce lo justo, lo bello y lo bueno, y haya añadido a continuación que enseñaría esto al discípulo que se le presentara sin conocer esto? Y quizá a consecuencia de esta concesión, se ha producido cierta contradicción; esto es lo que te deleita, y tú mismo conduces la discusión a semejantes argucias...; pero 25 ¿quién será capaz de negar que conoce la justicia y que puede enseñarla a los demás? Llevar la conversación a tales extremos es una gran rusticidad.
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SÓC. –– Encantador Polo, precisamente tenemos amigos e hijos para que, cuando nos hacemos viejos y damos algún paso en falso, vosotros los jóvenes, estando a nuestro lado, rectifiquéis nuestra vida en las acciones y en las palabras. Así ahora, si Gorgias y yo hemos cometido algún error en la discusión, rectifícalo tú que estás aquí; es tu obligación; por mi parte, estoy dispuesto a plantear de nuevo lo que tú quieras, si crees que algo de lo que hemos convenido no está bien, con tal de que cumplas una sola condición.
POL. –– ¿Y qué es ello?
SÓC. –– Reprimir, Polo, el afán de pronunciar largos discursos, como intentaste hacer al principio de esta conversación.
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POL. –– ¿Pero qué? ¿No se me permitirá decir todo lo que quiera?
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SÓC. –– Sufrirías un gran daño, excelente Polo, si habiendo venido a Atenas, el lugar de Grecia donde hay mayor libertad para hablar, sólo tú aquí fueras privado de ella. Pero considera el caso contrario: si tú pronuncias largos discursos sin querer responder a lo que te pregunte, ¿no sufriré yo un gran daño si no se me permite marcharme y dejar de escucharte? Si tienes interés en la cuestión que hemos tratado y quieres rectificarla, pon de nuevo a discusión, como acabo de decir, lo que te parezca; pregunta y contesta alternativamente, como Gorgias y yo; refútame y permite que te refute. Tú afirmas, sin duda, que sabes tanto como Gorgias, ¿no es así?
POL. –– Sí.
SÓC. ––Así pues, ¿también tú invitas a que cada uno te pregunte lo que quiera porque estás seguro de que sabes contestar?
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POL. ––Desde luego.
SÓC. –– Pues haz lo que prefieras; pregunta o responde.
POL. –– Eso voy a hacer. Contesta, Sócrates, qué es la retórica en tu opinión, puesto que crees que Gorgias tiene dificultad para definirla.
SÓC. ––¿Me preguntas qué arte es, a mi juicio?
POL. –– Exactamente.
SÓC. ––Ninguna, Polo, si he de decirte la verdad.
POL. ––¿Pues qué es la retórica según tú?
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SÓC. –– Algo que tú afirmas haber hecho arte en un escrito que he leído hace poco 26.
POL. –– ¿Qué es, entonces?
SÓC. –– Una especie de práctica.
POL. ––¿Según tú, la retórica es una práctica?
SÓC. –– Eso pienso, a no ser que tú digas otra cosa.
POL. –– Una práctica ¿de qué?
SÓC. –– De producir cierto agrado y placer.
POL. ––Así pues, ¿crees que la retórica es algo bello, puesto que es capaz de agradar a los hombres?
25. Polo entra en la discusión con un impetu y una vehemencia que se manifiestan en la forma de la frase. Esta se halla, en efecto, llena de anacolutos y cortes que la traducción trata de reflejar en lo posible.
26. Véase nota en 448c.
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SÓC. –– Pero, Polo, ¿te has informado ya por mis palabras de lo que yo digo que es la retórica como para seguirme preguntando si me parece bella?
POL. –– Pero ¿no sé que has dicho que es una especie de práctica?
SÓC. –– Puesto que estimas el causar agrado, ¿quieres procurarme uno, aunque sea pequeño?
POL. –– Sí quiero.
SÓC. –– Pregúntame, entonces, qué arte es la culinaria, en mi opinión.
POL. ––Te lo pregunto, ¿qué arte es la culinaria?
SÓC. –– Ninguna, Polo.
POL. –– Pues ¿qué es? Dilo.
SÓC. –– Una especie de práctica.
POL.–– ¿De qué? Habla.
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SÓC. –– Voy a decírtelo; una práctica de producir agrado y placer, Polo.
POL. –– Luego, ¿son lo mismo la culinaria y la retórica?
SÓC. ––De ningún modo, pero son parte de la misma actividad.
POL. –– ¿A qué actividad te refieres?
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SÓC. –– Temo que sea un poco rudo decir la verdad; no me decido a hacerlo por Gorgias, no sea que piense que yo ridiculizo su profesión. Yo no sé si es ésta la retórica que practica Gorgias, pues de la discusión anterior no se puede deducir claramente lo que él piensa; lo que yo llamo retórica es una parte de algo que no tiene nada dé bello.
GOR. –– ¿De qué, Sócrates? Dilo y no tengas reparo por mí.
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SÓC. –– Me parece, Gorgias, que existe cierta ocupación que no tiene nada de arte, pero que exige un espíritu sagaz, decidido y apto por naturaleza para las relaciones humanas; llamo adulación a lo fundamental de ella. Hay, según yo creo, otras muchas partes de ésta; una, la cocina, que parece arte, pero que no lo es, en mi opinión, sino una práctica y una rutina. También llamo parte de la adulación a la retórica, la cosmética y la sofística, cuatro partes que se aplican a cuatro objetos. Por tanto, si Polo quiere interrogarme, que lo haga, pues aún no ha llegado a saber qué parte de la adulación es, a mi juicio, la retórica; no ha advertido que aún no he contestado y, sin embargo, sigue preguntándome si no creo que es algo bello. No pienso responderle si considero bella o fea la retórica hasta que no le haya contestado previamente qué es. No sería conveniente, Polo; pero, si quieres informarte, pregúntame qué parte de la adulación es, a mi juicio, la retórica.
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POL. –– Te lo pregunto; responde qué parte es.
SÓC. –– ¿Vas a entender mi contestación? Es, según yo creo, un simulacro de una parte de la política.
POS. ––¿Pero qué? ¿Dices que es bella o fea?
SÓC. –– Fea, pues llamo feo a lo malo, puesto que es preciso contestarte como si ya supieras lo que pienso.
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GOR. –– Por Zeus, Sócrates, tampoco yo entiendo lo que dices.
SÓC. –– Es natural, Gorgias. Aún no he expresado claramente mi pensamiento, pero este Polo es joven e impaciente.
GOR. –– No te ocupes de él; dime qué quieres decir al afirmar que la retórica es el simulacro de una parte de la política.
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SÓC. –– Voy a intentar explicar lo que me parece la retórica; si no es como yo pienso, aquí está Polo que me refutará. ¿Existe algo a lo que llamas cuerpo y algo a lo que llamas alma?
GOR. –– ¿Cómo no?
SÓC. –– ¿Crees que hay para cada uno de ellos un estado saludable?
GOR. –– Sí.
SÓC. ––¿Y no es posible un estado saludable aparente sin que sea verdadero? Por ejemplo, hay muchos que parece que tienen sus cuerpos en buena condición y difícilmente alguien que no sea médico o maestro de gimnasia puede percibir que no es buena.
GOR. –– Tienes razón.
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SÓC. –– Digo que esta falsa apariencia se encuentra en el cuerpo y en el alma, y hace que uno y otra produzcan la impresión de un estado saludable que en realidad no tienen.
GOR. ––Así es.
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SÓC. –– Veamos, pues; voy a aclararte, si puedo, lo que pienso con una exposición seguida. Digo que, puesto que son dos los objetos, hay dos artes, que corresponden una al cuerpo y otra al alma; llamo política a la que se refiere al alma, pero no puedo definir con un solo nombre la que se refiere al cuerpo, y aunque el cuidado del cuerpo es uno, lo divido en dos partes: la gimnasia y la medicina; en la política, corresponden la legislación a la gimnasia, y la justicia a la medicina. Tienen puntos en común entre sí, puesto que su objeto es el mismo, la medicina con la gimnasia y la justicia con la legislación; sin embargo, hay entre ellas alguna diferencia. Siendo estas cuatro artes las que procuran siempre el mejor estado, del cuerpo las unas y del alma las otras, la adulación, percibiéndolo así, sin conocimiento razonado, sino por conjetura, se divide a sí misina en cuatro partes e introduce cada una de estas partes en el arte correspondiente, fingiendo ser el arte en el que se introduce; no se ocupa del bien, sino que, captándose a la insensatez por medio de lo más agradable en cada ocasión, produce engaño, hasta el punto de parecer digna de gran valor. Así pues, la culinaria se introduce en la medicina y finge conocer los alimentos más convenientes para el cuerpo, de manera que si, ante niños u hombres tan insensatos como niños, un cocinero y un médico tuvieran que poner en juicio quién de los dos conoce mejor los alimentos beneficiosos y nocivos, el médico moriría de hambre. A esto lo llamo adulación y afirmo que es feo, Polo ––pues es a ti a quien me dirijo––, porque pone su punto de mira en el placer sin el bien; digo que no es arte, sino práctica, porque no tiene ningún fundamento por el que ofrecer las cosas que ella ofrece ni sabe cuál es la naturaleza de ellas, de modo que no puede decir la causa de cada una. Yo no llamo arte a lo que es irracional; si tienes algo que objetar sobre lo que he dicho, estoy dispuesto a explicártelo.
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Así pues, según digo, la culinaria, como parte de la adulación, se oculta bajo la medicina; del mismo modo, bajo la gimnástica se oculta la cosmética, que es perjudicial, falsa, innoble, servil, que engaña con apariencias, colores, pulimentos y vestidos, hasta el punto de hacer que los que se procuran esta belleza prestada descuiden la belleza natural que produce la gimnástica. Para no extenderme más, voy a hablarte como los geómetras, pues tal vez así me comprendas: la cosmética es a la gimnástica lo que la culinaria es a la medicina; o, mejor: la cosmética es a la gimnástica lo que la sofística a la legislación, y la culinaria es a la medicina lo que la retórica es a la justicia. Como digo, son distintas por naturaleza, pero, como están muy próximas, se confunden, en el mismo campo y sobre los mismos objetos, sofistas y oradores, y ni ellos mismos saben cuál es su propia función ni los demás hombres cómo servirse de ellos. En efecto, si el alma no gobernara al cuerpo, sino que éste se rigiera a sí mismo, y si ella no inspeccionara y distinguiera la cocina de la medicina, sino que el cuerpo por sí mismo juzgara, conjeturando por sus propios placeres, se vería muy cumplida la frase de Anaxágoras 27 que tú conoces bien, querido Polo, «todas las cosas juntas» estarían mezcladas en una sola, quedando sin distinguir las que pertenecen a la medicina, a la higiene y a la culinaria. Así pues, ya has oído lo que es para mí la retórica: es respecto al alma lo equivalente de lo que es la culinaria respecto al cuerpo. Quizá he obrado de modo inconsecuente prohibiéndote los largos discursos y habiendo alargado el mío demasiado. Sin embargo, tengo una disculpa, pues cuando hablaba brevemente no me comprendías ni eras capaz de sacar provecho de mis respuestas, sino que necesitabas explicación. Por tanto, si tampoco yo puedo servirme de las tuyas, alarga tus discursos; pero, en caso contrario, déjame utilizarlas, pues es justo. Ahora, si puedes servirte en algo de mi contestación, sírvete.
POL. –– ¿Qué dices? ¿Te parece que la retórica es adulación?
SÓC. –– He dicho una parte de la adulación; pero ¿no tienes memoria a tu edad, Polo? ¿Qué va a ser después?
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POL. ––¿Acaso piensas que los buenos oradores son mal considerados en las ciudades porque se les cree aduladores?
SÓC. –– ¿Me haces una pregunta o empiezas un discurso?
POL. –– Pregunto.
SÓC. –– Me parece que no se les considera en absoluto.
POL. ––¿Cómo que no se les considera? ¿No son los más poderosos en las ciudades?
SÓC. –– No, si dices que el poder es un bien para quien lo posee 28.
POL –– En efecto, eso digo.
SÓC. –– Entonces creo que los oradores 29 son los ciudadanos menos poderosos.
27. Anaxágoras de Clazómenas nació en los primeros años del s. v y murió en el 428. Durante mucho tiempo vivió en Atenas en el circulo de Pericles. A consecuencia de una acusación de impiedad marchó a Lámpsaco, donde murió. Fue uno de los más destacados entre los llamados «filósofos de la naturaleza. La novedad más notable en Anaxágoras es que el proceso de mezcla y separación de los elementos no es ni puramente mecánico ni casual. En el fondo de todo el proceso está un espíritu que lo domina todo: el noûs. La frase citada es: pánta chrēnzata ên homoû eîta noûs elthòn autà diekósmese (todas las cosas estaban mezcladas después vino «el espíritu» y las ordenó) (Fr. B 1 DK).
28. Sobre esta idea de si el poder es un bien para el que lo posee se insiste en 525e y ss., donde se indica la situación de los poderosos respecto a la justicia y se aclara que algunos poderosos pueden ser justos.
29. La palabra orador tiene también en griego la acepción de político (véase Apol. 32b). Éste es el sentido que toma frecuentemente en este diálogo.
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POL. –– Pero ¿qué dices? ¿No pueden, como los tiranos, condenar a muerte al que quieran y despojar de sus bienes y desterrar de las ciudades a quien les parezca?
SÓC. –– Por el perro,. Polo, que dudo respecto a cada cosa que dices si haces una afirmación y expones un pensamiento o si me estás interrogando.
POL. –– Te interrogo.
SÓC. –– Está bien, amigo. ¿Entonces me haces al mismo tiempo dos preguntas?
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POL. ––¿Cómo dos?
SÓC. –– ¿No acabas de decir algo así como que los oradores condenan a muerte a los que quieren, del mismo modo que los tiranos, y despojan de sus bienes y destierran de las ciudades al que les parece?
POL. –– Sí.
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SÓC. –– Entonces insisto en que son dos preguntas y voy a responder a las dos. Sostengo, Polo, que los oradores y los tiranos tienen muy poco poder en las ciudades, como he dicho hace un momento; en efecto, por así decirlo, no hacen nada de lo que quieren, aunque hacen lo que les parece mejor.
POL. –– ¿No es esto tener un gran poder?
SÓC. –– No, al menos según dice Polo.
POL. –– ¿Digo yo que no? Al contrario, lo afirmo.
SÓC. –– Por el..., no lo afirmas, puesto que dices que tener un gran poder es un bien para quien lo posee.
POL. –– Y lo mantengo.
SÓC. –– ¿Crees, en efecto, que es un bien para una persona privada de razón hacer lo que le parece mejor? ¿Llamas a esto tener un gran poder?
POL. –– No.
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SÓC. –– Entonces refútame y demuestra que los oradores son hombres cuerdos y que la retórica es arte y no adulación. Pero si no me refutas, los oradores, que hacen en la ciudad lo que les parece, e igualmente los tiranos, no poseen ningún bien con esto, pues el poder, como tú dices, es un bien, pero tú mismo reconoces que hacer lo que a uno le parece, cuando está privado de razón, es un mal. ¿No es así?
POL. –– Sí.
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SÓC. ––Entonces, ¿cómo es posible que los oradores o los tiranos tengan gran poder en las ciudades, si Polo no convence a Sócrates de que hacen lo que quieren?
POL. –– Este hombre...
SÓC. –– Afirmo que no hacen lo que quieren; refútame.
POL. ––¿No acabas de reconocer que hacen lo que les parece mejor?
SÓC. –– Y sigo reconociéndolo.
POL. ––Entonces, ¿no hacen lo que quieren?
SÓC. –– Digo que no.
POL. ––¿Al hacer lo que les parece bien?
SÓC. –– Eso.
POL. –– Dices cosas sorprendentes y absurdas, Sócrates.
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SÓC. –– Oh excelente Polo 30, para dirigirme a ti según tu modo de hablar, no me acuses; si puedes interrogarme, demuéstrame que estoy equivocado; en caso contrario, responde a mis preguntas.
POL. –– Prefiero contestar, para saber lo que quieres decir.
SÓC. –– ¿Piensas que los hombres quieren lo que en cada ocasión hacen o quieren aquello por lo que lo hacen? Por ejemplo, los que toman una medicina administrada por el médico, ¿crees que quieren lo que hacen: beberla y sufrir la molestia, o aquello por lo que la beben: recobrar la salud?
30. Sócrates imita el modo de hablar de Polo. No es posible conservar en la traducción la simetría cuantitativa y acentual del griego ni la aliteración.
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POL. –– Es evidente que recobrar la salud.
SÓC. ––Así pues, también los navegantes y los que trafican en otros negocios no quieren lo que hacen en cada ocasión, pues ¿quién quiere navegar, correr peligros y sufrir molestias? Lo que quieren, según yo creo, es el fin por el que navegan: enriquecerse; en efecto, navegan buscando la riqueza.
POL. ––Así es.
SÓC. ––¿No es así también respecto a todo lo demás? ¿No es verdad que, cuando se hace una cosa en razón de algo, no se quiere lo que se hace, sino aquello por lo que se hace?
POL. –– Sí.
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SÓC. ––¿Existe algo que no sea bueno, malo o intermedio entre lo bueno y lo malo?
POL. –– Por fuerza ha de ser algo de eso.
SÓC. ––¿Llamas buenas a la sabiduría, la salud, la riqueza y a otras cosas semejantes, y malas a sus contrarias?
POL. –– Sí.
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SÓC. ––¿Y dices que ni son buenas ni malas las que unas veces participan de lo bueno, otras de lo malo, otras ni de lo uno ni de lo otro, como estar sentado, andar, correr y navegar y también las piedras, la madera y otros cuerpos semejantes? ¿No es así? ¿O es algo distinto a lo que tú llamas ni bueno ni malo?
POL. –– No, es a esto.
SÓC. –– ¿Acaso se hacen estas cosas intermedias, cuando se hacen, buscando las buenas, o se hacen las buenas buscando las intermedias?
POL. –– Sin duda, las intermedias para alcanzar las buenas.
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SÓC. –– Luego, cuando andamos lo hacemos buscando el bien, creyendo que ello es mejor, y, al contrario, cuando estamos parados lo hacemos, asimismo, por el bien. ¿No es cierto?
POL. –– Sí.
SÓC. –– Luego, cuando matamos a alguien, si lo matamos, o lo desterramos o le privamos de sus bienes, ¿no lo hacemos creyendo que es mejor para nosotros hacer esto que no hacerlo?
POL. –– Desde luego.
SÓC. –– Luego los que hacen todo esto lo hacen buscando el bien.
POL. ––Así es.
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SÓC. –– Pues bien, habíamos convenido en que no es precisamente lo que hacemos en razón de algo lo que queremos, sino aquello por lo que lo hacemos.
POL. –– Exactamente.
SÓC. ––Por tanto, no deseamos simplemente matar, desterrar de las ciudades ni quitar los bienes; deseamos hacer todas estas cosas cuando son provechosas, y cuándo son perjudiciales, no las queremos. En efecto, queremos, como tú dices, lo bueno, y no queremos lo que no es ni bueno ni malo, ni tampoco lo malo. ¿No es así? ¿Crees que digo verdad, Polo, o no? ¿Por qué no respondes?
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POL. –– Es verdad.
SÓC. –– Luego si estamos de acuerdo en esto, en el caso de que alguien, sea tirano u orador, mate, destierre de la ciudad o quite los bienes a alguno, en la creencia de que esto es lo mejor para él, cuando en realidad es lo peor, éste tal hace, sin duda, lo que le parece. ¿No es así?
POL. –– Sí.
SÓC. ––¿Y hace también lo que quiere cuando lo que hace es, en realidad, un mal para él? ¿Por qué no Contestas?
POL. ––Creo que no hace lo que quiere.
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SÓC. ––¿Es posible que tal hombre tenga gran poder en la ciudad, si tener gran poder es un bien, según tú admites?
POL. ––No es posible.
SÓC. –– Entonces tenía yo razón al decir que es posible que un hombre haga en la ciudad lo que le parezca bien, sin que esto signifique que tiene un gran poder y que hace lo que quiere.
POL. –– Como si tú, Sócrates, no prefirieras tener facultad de hacer en la ciudad lo que te parezca a no tenerla, y no sintieras envidia al ver que uno condena a muerte al que le parece bien, le despoja de sus bienes o lo encarcela 31.
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SÓC. ––¿Te refieres a cuando obra justa o injustamente?
POL. –– Como quiera que obre, ¿no es, en ambos casos, un hombre envidiable? 32.
SÓC. –– Refrena tus palabras, Polo.
POL. ––¿Por qué?
SÓC. –– Porque no se debe envidiar a los que no son envidiables ni a los desgraciados, sino compadecerlos.
POL. ––¿Qué dices? ¿Crees que es ésta la situación de los hombres de que yo hablo?
SÓC. –– ¿Pues cómo no?
POL. –– Luego el que condena a muerte a quien le parece bien y lo hace con justicia, ¿es en tu opinión desgraciado y digno de compasión?
SÓC. –– No; pero tampoco envidiable.
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POL. –– ¿No acabas de decir que es desgraciado?
SÓC. –– Me refiero al que condena a muerte injustamente, amigo, y además es digno de compasión; el que lo hace justamente tampoco es envidiable.
31. Estas salidas son frecuentes en Polo. Cuando un razonamiento le deja convicto, recurre a los procedimientos de persuasión propios de la retórica, tales como los sentimientos personales, el juicio de la mayoría, la exageración de las opiniones del contrario, etc. A partir de aquí hasta 473e, Polo ofrece buena muestra de todos ellos.
32. Para esta opinión de Polo, puede verse un paralelo en lo que dice Trasímaco en Rep. I 345b y ss.
POL. –– Sin duda, el que muere injustamente es digno de compasión y desgraciado.
SÓC. –– Menos que el que le mata, Polo, y menos que el que muere habiéndolo merecido.
POL. ––¿Cómo es posible, Sócrates?
SÓC. ––Porque el mayor mal es cometer injusticia.
POL. –– ¿Éste es el mayor mal? ¿No es mayor recibirla? SÓC. –– De ningún modo.
POL. –– Entonces, ¿tú preferirías recibir la injusticia a cometerla?
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SÓC. –– No quisiera ni lo uno ni lo otro; pero si fuera necesario cometerla o sufrirla, preferiría sufrirla a cometerla.
POL. ––¿Luego tú no aceptarías ejercer la tiranía?
SÓC. –– No, si das a esta palabra el mismo sentido que yo.
POL. –– Entiendo por ello, como decía hace un momento, la facultad de hacer en la ciudad lo que a uno le parece bien: matar, desterrar y obrar en todo con arreglo al propio arbitrio.
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SÓC. –– Afortunado Polo, déjame hablar y después objétame. Si cuando la plaza está llena de gente, llevando yo un puñal oculto bajo el brazo, te dijera: «Polo, acabo de adquirir un poder y una tiranía maravillosos; en efecto, si me parece que uno de los hombres que estás viendo debe morir, al momento morirá; si me parece que alguno de ellos debe tener la cabeza rota, la tendrá al instante; si me parece que alguien tenga su manto desgarrado, quedará desgarrado; tan grande es mi poder en esta ciudad.» Si, al no darme crédito, te mostrara el puñal, quizá me dijeras al verlo: «Sócrates, así todos serían poderosos, ya que, por el mismo procedimiento, podrías incendiar la casa que te pareciera, los arsenales y las trirremes de Atenas y todas las naves, lo mismo públicas que particulares.» Luego, tener un gran poder no es hacer lo que a uno le parece. ¿Piensas tú que sí?
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POL. –– No lo es, al menos en estas condiciones.
SÓC. ––¿Puedes decirme por qué censuras esta clase de poder?
POL. –– Sí.
SÓC. –– ¿Por qué? Dilo.
POL. –– Porque necesariamente el que obra así es castigado.
SÓC. –– Ser castigado, ¿no es un mal?
POL. ––Sin duda.
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SÓC. –– Por consiguiente, admirable Polo, de nuevo ves que si, al hacer lo que a uno le parece, le sigue una utilidad, esto es el bien y, según parece, esto es tener gran poder; en caso contrario, es un mal y un poder mínimo. Examinemos lo siguiente: ¿No hemos acordado que algunas veces es mejor hacer lo que decíamos, condenar a muerte, desterrar y privar de los bienes, y que otras veces no lo es?
POL. –– Ciertamente.
SÓC. –– Según parece, en este punto estamos los dos de acuerdo.
POL. –– Sí.
SÓC. –– Entonces, ¿cuándo es mejor hacer esto? Di cuál es el límite que pones.
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POL. –– Responde tú mismo a esa pregunta, Sócrates.
SÓC. –– Si prefieres que hable yo, Polo, digo que es mejor cuando se obra justamente y peor cuando se obra injustamente.
POL. –– Por cierto que es difícil refutarte, Sócrates; ¿no te probaría incluso un niño que no dices la verdad?
SÓC. –– Mucho le agradecería a ese niño e, igualmente, te agradeceré a ti que me refutes y me libres de mi tontería. No te canses de hacer bien a un amigo; convénceme de mi error.
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POL. –– Ciertamente, Sócrates, no hay necesidad de refutarte con ejemplos antiguos; los de ayer, los recientes son bastante para refutarte y demostrarte que muchos hombres injustos son felices.
SÓC. –– ¿Qué ejemplos son ésos?
POL. –– ¿No ves a Arquelao 33, hijo de Perdicas, reinando en Macedonia? .
SÓC. –– Si no lo veo, al menos oigo hablar de él.
POL. –– En tu opinión, ¿es feliz o desgraciado?
SÓC. –– No lo sé; aún no he tenido relación con él.
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POL. –– Pero ¿qué dices? ¿Si lo trataras, podrías saber lo, y desde aquí no tienes otro medio de conocer que es feliz?
SÓC. –– No, por Zeus.
POL. –– Seguramente, Sócrates, que ni siquiera del rey de Persia dirás que sabes que es feliz.
SÓC. –– Y diré la verdad, porque no sé en qué grado está de instrucción y justicia.
POL. –– Pero ¿qué dices? ¿En eso está toda la felicidad?
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SÓC. –– En mi opinión sí, Polo, pues sostengo que el que es bueno y honrado, sea hombre o mujer, es feliz, y que el malvado e injusto es desgraciado.
POL. –– Entonces, según tú piensas, ¿es desgraciado esté Arquelao?
SÓC. –– Sí, amigo, si es injusto.
33. Arquelao, hijo de Perdicas II, rey de Macedonia desde 413 a 399, supo hacer de su corte un centro de atracción de los más famosos poetas Y Puso los cimientos del poderío macedonio. TUCÍDIDES(II 100, 2) dice que 419 más impulso a la potencia militar de su pueblo que los ocho reyes que le precedieron. Platón no juzga aquí más que la ruindad moral de sus acciones. Véase 525d. Su padre, Perdicas II, reinó desde 450 a 413 en contactos alternativamente amigables y hostiles con Atenas.
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POL. –– Pues ¿cómo no ha de serlo? No tenía ningún derecho al reino que ocupa, ya que es hijo de una esclava de Alcetas, el hermano de Perdicas, y con arreglo al derecho sería esclavo de Alcetas, y si hubiera querido obrar en justicia estaría sometido a él y sería feliz, según tu opinión. Pero la verdad es que se ha hecho increíblemente desgraciado, puesto que ha cometido las mayores injusticias. En primer lugar, llamó a Alcetas, su dueño y tío, con el pretexto de devolverle el reino del que le había despojado Perdicas; lo hospedó 34 en su casa y lo embriagó a él y a su hijo Alejandro, primo de Arquelao y casi de su misma edad; los metió en un carro y, sacándolos durante la noche, degolló a ambos y los hizo desaparecer. Habiendo cometido este crimen, no advirtió que se había hecho completamente desgraciado, ni se arrepintió de él, sino que, poco después, renunció a la felicidad de educar, como era justo, a su hermano, el hijo legítimo de Perdicas, niño de unos siete años, y de devolverle el reino que le correspondía en justicia; por el contrario, lo arrojó a un pozo, lo ahogó y dijo a su madre, Cleopatra 35, que, al perseguir a un ganso, había caído en el pozo y había muerto. Por consiguiente, puesto que, entre los que habitan en Macedonia, él ha cometido los mayores crímenes, es el más desgraciado de todos los macedonios y no el más feliz; y quizá algún ateniense, comenzando por ti, aceptaría ser un macedonio cualquiera antes que Arquelao.
SÓC. –– Ya al principio de esta conversación 36, Polo, te alabé porque, en mi opinión, estás bien instruido para la retórica; pero dije que habías descuidado el modo de mantener un diálogo. Y ahora, ¿es acaso éste el razonamiento con el que hasta un niño podría refutarme, y con el que, según crees, has refutado mi afirmación de que el injusto no es feliz? ¿De dónde, amigo? En verdad, no estoy de acuerdo con nada de'lo que dices.
34. Como señala Dodds, la palabra xenísas indica que la víctima había sufrido, además, el quebrantamiento de un vínculo religioso.
35. Cleopatra, esposa del rey de Macedonia Perdicas II. Tras la muerte de éste fue también esposa de su sucesor Arquelao, que había eliminado al hijo de ella y de Perdicas II. Orestes, hijo de ambos, sucedió a Arquelao en el 399.
36. Véase 448d.
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POL. –– Porque no quieres, ya que, por lo demás, piensas como yo digo.
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SÓC. –– Oh feliz Polo, intentas convencerme con procedimientos retóricos como los que creen que refutan ante los tribunales. En efecto, allí estiman que los unos refutan a los otros cuando presentan, en apoyo de sus afirmaciones, numerosos testigos dignos de crédito, mientras el que mantiene lo contrario no presenta más que uno solo o ninguno. Pero ésta clase de comprobación no tiene valor alguno para averiguar la verdad, pues, en ocasiones, puede alguien ser condenado por los testimonios falsos de muchos y, al parecer, prestigiosos testigos. Sobre lo que dices vendrán ahora a apoyar tus palabras casi todos los atenienses y extranjeros, si deseas presentar contra mí testigos de que no digo verdad. Tendrás de tu parte, si es que quieres, a Nicias 37, el hijo de Nicérato, y con él a sus hermanos, cuyos trípodes están colocados en fila en el templo de Dioniso; asimismo, si quieres, tendrás también a Arlstócrates 38, hijo de Escelio, el donante de esa hermosa ofrenda que está en el templo 39 de Apolo y, si quieres, a todo el linaje de Pericles o a cualquier otra familia de Atenas que elijas. Pero yo, aunque no soy más que uno, no acepto tu opinión; en efecto, no me obligas a ello con razones, sino que presentas contra mí muchos testigos falsos e intentas despojarme de mi posesión y de la verdad. Yo, por mi parte, si no te presento como testigo de lo que yo digo a ti mismo, que eres uno solo, considero que no he llevado a cabo nada digno de tenerse en cuenta sobre el objeto de nuestra conversación. Creo que tampoco tú habrás conseguido nada si yo, aunque soy uno solo, no estoy de acuerdo contigo, y si no abandonas todos estos otros testimonios. Así pues, existe esta clase de prueba en la que creéis tú y otros muchos, pero hay también otra que es la mía. Comparemos, por tanto, una y otra y examinemos si difieren en algo. Pues, precisamente, las cuestiones que discutimos no son mínimas, sino, casi con seguridad, aquellas acerca de las cuales saber la verdad es lo más bello, e ignorarla lo más vergonzoso. En efecto, lo fundamental de ellas consiste40 en conocer o ignorar quién es feliz y quién no lo es. Empezando por la cuestión que ahora tratamos, tú crees posible que el hombre que obra mal y es injusto sea dichoso, si realmente estimas que Arquelao es injusto por una parte y por la otra es feliz 41. ¿Debemos pensar que es esta tu opinión?
POL. –– Indudablemente.
SÓC. –– Pues yo afirmo que es imposible. He aquí un punto sobre el que discrepamos. Empecemos por él. ¿Acaso el que obra injustamente será feliz, si recibe la justicia y el castigo?
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POL. ––De ningún modo, ya que en ese caso sería desgraciadísimo.
SÓC. –– Pero si escapa a la justicia el que obra injustamente, ¿será feliz, según tus palabras?
POL. –– Eso afirmo.
SÓC. –– Pues en mi opinión, Polo, el que obra mal y es injusto es totalmente desgraciado; más desgraciado, sin embargo, si no paga la pena y obtiene el castigo de su culpa, y menos desgraciado si paga la pena y alcanza el castigo por parte de los dioses y de los hombres 42.
37 Nicias, famoso político ateniense, nacido hacia 470 y muerto en 413. Era un demócrata moderado, partidario de la paz con Esparta. Fue eiegido estratego en numerosas ocasiones. La paz de 421 lleva su nombre. Aunque no se le puede atribuir la derrota de la expedición a Sicilia, sí es responsable del desastre final, por no haberse retirado a tiempo. Los trípodes dedicados por él y por sus hermanos Éucrates y Diogneto en el templo de Dioniso fueron ganados por ellos como coregos.
38. Aristócrates, ateniense de noble linaje. En el año 411, en el gobierno de los Cuatrocientos, fue con Terámenes uno de los moderados. Fue uno de los generales condenados tras la batalla de las Arginusas en 406.
39. El texto dice en Pythíou (hierôi). Es el templo de Apolo en Atenas, construido en tiempos de Pisístrato, en el que colocaban los trípodes los vencedores del concurso de ditirambos en las Targelias.
40. Véase 458b.
41. Estaba muy extendida la creencia de que se puede ser feliz aun en la máxima injusticia. Véase Rep. 344a y ss., donde Trasímaco asegura que cuanto más injusticia se cometa, mayor felicidad se alcanza.
42. Platón insiste con frecuencia en que el castigo redunda en benedici del culpable. En 525b afirma que es el único medio de librarse de la injusticia. Véase Rep. 380b.
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POL. –– Te has propuesto decir absurdos, Sócrates.
SÓC. –– Sin embargo, voy a tratar de conseguir que digas lo mismo que yo, amigo, pues te considero amigo. La cuestión sobre la que ahora estamos en desacuerdo es ésta; examínala también tú. He dicho en algún momento de nuestra conversación 43 que cometer injusticia es peor que sufrirla.
POL. ––Ciertamente.
SÓC. –– Y tú, por el contrario, que es peor sufrirla.
POL. ––Sí.
SÓC. –– También dije que los que obran injustamente son desgraciados y tú me contradijiste.
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POL. –– Sí, por Zeus.
SÓC. ––Al menos, según crees, Polo.
POL. –– Y mi opinión es verdadera.
SÓC. –– Tal vez. Tú dijiste, por el contrario, que los que obran injustamente son felices si se libran del castigo.
POL. –– Exactamente.
SÓC. –– Sin embargo, yo afirmo que son muy desgraciados, y que los que sufren el castigo lo son menos. ¿Quieres refutar también esto?
POL. ––¡Por cierto que resulta esa refutación aún más difícil, Sócrates!
SÓC. –– No, de seguro; más bien es imposible, pues la verdad jamás es refutada.
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POL. –– ¿Qué dices? Si un hombre, obrando injustamente al tratar de hacerse con la tiranía, es apresado y, una vez detenido, es torturado, se le mutila, se le queman los ojos y, después de haber sufrido él mismo otros muchos ultrajes de todas clases y de haber visto sufrirlos a sus hijos y a su mujer, es finalmente crucificado o untado de pez y quemado 44, ¿este hombre será así más feliz que si se libra de estos suplicios, se establece como tirano y gobierna durante toda su vida haciendo lo que quiere, envidiado y considerado feliz por los ciudadanos y los extranjeros? ¿Dices que refutar esto es imposible?
SÓC. –– Tratas de asustarme 45, noble Polo, pero no me refutas, igual que cuando hace poco presentabas testigos. Sin embargo, aclárame un pormenor. ¿Has dicho: al tratar injustamente de hacerse con la tiranía?
POL. –– Sí.
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SÓC. –– Ciertamente jamás serán felices ninguno de los dos, ni el que ha alcanzado injustamente la tiranía ni el que, apresado, sufre la pena, pues entre dos desgraciados ninguno puede ser más feliz; sin embargo, es más desgraciado el que escapa al castigo y consigue ser tirano. ¿Qué es eso, Polo? ¿Te ríes? ¿Es éste otro nuevo procedimiento de refutación? ¿Reírse cuando el interlocutor dice algo, sin argumentar contra ello?
POL. –– ¿No crees que quedas refutado, Sócrates, cuando dices cosas tales que ningún hombre se atrevería a decir? En efecto, pregunta a alguno de éstos.
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SÓC. –– No soy político, Polo; el año pasado, habiéndome correspondido por sorteo ser miembro del Consejo 46, cuando mi tribu ejercía la presidencia y yo debía dirigir la votación, di que reír 47 y no supe hacerlo. Así pues, no me mandes ahora recoger el voto de los que están aquí; si no tienes un medio de refutación mejor que éstos, cédeme el turno, como te acabo de decir, y comprueba la clase de refutación que yo creo necesaria. En efecto, yo no sé presentar en apoyo de lo que digo más que un solo testigo, aquel con quien mantengo la conversación, sin preocuparme de los demás, y tampoco sé pedir más voto que el suyo; con la multitud ni siquiera hablo 48. En consecuencia, mira si quieres por tu parte ofrecerte a una refutación respondiendo a mis preguntas. Creo firmemente que yo, tú y los demás hombres consideramos que cometer injusticia es peor que recibirla y que escapar al castigo es peor que sufrirlo.
43. Véase 469b-c.
44. Véase una descripción semejante en Rep. 362a.
45. Platón usa la forma verbal mormolyttēi; mormō era un espantajo en forma de mujer para asustar a los niños traviesos.
46. Para formar el Consejo de los Quinientos cada una de las diez tribus designaba cincuenta delegados llamados prítanes. Una especie de comisión permanente de cincuenta miembros funcionaba todo el año, relevándose para ello las tribus cada treinta y cinco o treinta y seis días. Durante este tiempo le correspondía a la tribu que formaba dicha comisión la presidencia del Consejo.
47. Se refiere a su actitud en el proceso contra los generales vencedores en la batalla naval de las Arginusas, que por circunstancias largas de relatar fueron sometidos a juicio. En esta ocasión, Sócrates fue el único que. Con grave riesgo de su vida, se opuso a un juicio en bloque, alegando que la ley ordenaba que se les juzgara individualmente (véase JENOF., Hel. 17, 14; PLATÓN, Apol. 32). Aquí alude con fina ironía a su heroica intransigencia, diciendo que produjo risa.
48. El desprecio de Platón por las opiniones de la multitud puede verse también en Rep. 492 y ss., y en Protág. 317a.
POL. –– Y yo creo que ni yo ni ningún otro hombre piensa así, porque tú mismo, ¿preferirías recibir injusticia a cometerla?
SÓC. ––Tú también lo preferirías y todos los demás.
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POL. –– Está muy lejos de ser así; al contrario, ni yo ni tú ni ningún otro prefiere eso.
SÓC. –– ¿No me vas a contestar?
POL. –– Desde luego que sí, porque deseo saber qué vas a decir.
SÓC. –– Para que lo sepas, respóndeme como si empezando de nuevo te preguntara: ¿Qué es peor, a tu juicio, cometer injusticia o recibirla?
POL. ––Recibirla, según mi opinión.
SÓC. –– ¿Y qué es más feo, cometer injusticia o recibirla? Contesta.
POL. ––Cometerla.
SÓC. –– Por consiguiente, es también peor, puesto que es más feo.
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POL. –– De ningún modo.
SÓC. –– Ya comprendo; crees, según parece, que no es lo mismo lo bello y lo bueno, lo malo y lo feo.
POL. –– No, por cierto.
SÓC. ––¿Y qué piensas de esto? A todas las cosas bellas, como los cuerpos, los colores, las figuras, los sonidos y las costumbres, ¿las llamas en cada ocasión bellas sin ninguna otra referencia? Por ejemplo, en primer lugar, a los cuerpos bellos, ¿no los llamas bellos o por su utilidad, con relación a «lo que cada uno de ellos es útil, o por algún deleite, si su vista produce gozo a quienes los contemplan? ¿Puedes decir algo más aparte de esto sobre la belleza del cuerpo?
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POL. –– No puedo.
SÓC. –– Y del mismo modo todo lo demás; las figuras y los colores, ¿no los llamas bellos por algún deleite, por alguna utilidad o por ambas cosas?
POL. –– Sí.
SÓC. –– ¿Y, asimismo, los sonidos y todo lo referente a la música?
POL. –– Sí.
SÓC. –– Ciertamente también en lo referente a las leyes y costumbres; las que son bellas no carecen, sin duda, de esta cualidad, la de ser útiles o agradables o ambas cosas juntas.
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POL. –– No carecen, en verdad, según creo.
SÓC. –– ¿Y así es también la belleza de los conocimientos?
POL. –– Exactamente. Por cierto que ahora das una buena definición al definir lo bello por el placer y el bien.
SÓC. –– ¿No se define, entonces, lo feo por lo contrario, por el dolor y el mal?
POL. –– Forzosamente.
SÓC. –– Así pues, cuando entre dos cosas bellas una es más bella que la otra, es porque la supera en una de estas dos cualidades o en ambas; esto es, en placer, en utilidad o en uno y otra.
POL. ––Cierto.
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SÓC. ––También cuando entre dos cosas feas una es más fea que la otra es porque la supera en dolor o en daño; ¿no es preciso que sea así?
POL. –– Sí.
SÓC. ––Pues prosigamos. ¿Qué decíamos hace poco sobre cometer injusticia y recibir injusticia? ¿No decías que recibirla es peor y que cometerla es más feo?
POL. –– Sí lo decía.
SÓC. –– Luego, si cometer injusticia es más feo que recibirla, ¿no es, ciertamente, más doloroso y sería más feo porque lo supera en dolor o en daño, o en ambas cosas juntas? ¿No es preciso que sea así también esto?
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POL. –– ¿Cómo no?
SÓC. –– Examinemos en primer lugar esto; ¿acaso cometer injusticia produce mayor dolor que recibirla, y los que cometen injusticia experimentan mayor sufrimiento que los que la reciben?
POL. –– Esto de ningún modo, Sócrates.
SÓC. ––Luego no lo supera en dolor.
POL. –– Ciertamente, no.
SÓC. –– Y bien, si no lo supera en dolor, tampoco en ambas cosas juntas.
POL. –– Parece que no.
SÓC. ––Queda, pues, que lo supere en la otra.
POL. ––Sí.
SÓC. –– En el daño.
POL. ––Es probable.
SÓC. –– Entonces, si lo supera en daño, cometer injusticia es peor que recibirla.
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PoL. –– Es evidente.
SÓC. ––¿No es cierto que la mayoría de los hombres reconocen, y también tú lo reconocías hace poco, que es más feo cometer injusticia que recibirla?
POL. –– Sí.
SÓC. –– Y ahora resulta evidente que es más dañoso.
POL. ––Así parece.
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SÓC. –– ¿Preferirías, entonces, lo más dañoso y lo más feo a lo menos? No vaciles en responder, Polo; no vas a sufrir ningún daño. Entrégate valientemente a la razón como a un médico y responde; di sí o no a lo que te pregunto.
POL. –– Pues no lo preferiría, Sócrates.
SÓC. –– ¿Lo preferiría alguna otra persona?
POL. –– Me parece que no, al menos según este razonamiento.
SÓC. ––Luego era verdad mi afirmación de que ni yo, ni tú, ni ningún otro hombre preferiría cometer injusticia a recibirla, porque es precisamente más dañoso.
POL. ––Así parece.
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SÓC. –– Ves entonces, Polo, que, comparado un modo de refutación con el otro, no se parecen en nada 49. Por una parte, todos están de acuerdo contigo excepto yo; por otra, a mí me es suficiente tu solo asentimiento y testimonio y recojo solamente tu voto sin preocuparme de los demás. Dejemos esto así. Examinemos a continuación el segundo punto sobre el que teníamos distinta opinión 50. ¿Que el que comete injusticia reciba su castigo es acaso el mayor de los males, como tú creías, o es mayor que no lo reciba, como creía yo? Examinémoslo de este modo. ¿No es cierto que en tu opinión es lo mismo, cuando se comete un delito, pagar la culpa y ser castigado con justicia?
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POL. –– Ciertamente.
SÓC. –– ¿Puedes afirmar que todo lo justo no es bello en cuanto es justo? Reflexiona y contesta.
49. Es el resultado de la revisión propuesta por Sócrates en 472c.
50. Véase 473b.
POL. ––Me parece que sí es bello, Sócrates.
SÓC. ––Considera también lo que voy a decir. ¿No es cierto que si alguien hace alguna cosa es necesario que exista algo que reciba la acción del que obra?
POL. ––Me parece que sí.
SÓC. ––¿Y no es cierto que este algo recibe lo que hace el que obra y del mismo modo que lo hace el que obra? Digo lo siguiente: si alguien da golpes, ¿no es preciso que algo los reciba?
POL. –– Es preciso.
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SÓC. –– Y si da golpes violenta o rápidamente, ¿no es preciso que los reciba también del mismo modo lo que es golpeado?
POL. –– Sí.
SÓC. ––Entonces ¿el efecto en lo golpeado es tal como lo produce lo que golpea?
POL. –– Desde luego.
SÓC. –– También, si alguien quema, ¿no es preciso que algo sea quemado?
POL. –– ¿Cómo no?
SÓC. –– Y si quema violenta o dolorosamente, ¿no es preciso que reciba la quemadura lo que es quemado del mismo modo que la produce el que quema?
POL. –– Ciertamente.
SÓC. ––Así pues, también si alguien corta, ¿no sucede lo mismo, que algo es cortado?
POL. –– Sí.
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SÓC. –– Y si la cortadura es grande, profunda o doloOsa, ¿lo que es cortado la recibe según la produce el que corta?
POL. –– Evidentemente.
SÓC. –– En resumen, mira si estás de acuerdo, respecto a todas las cosas, con lo que yo decía hace un momento: tal como produce la acción lo que obra la sufre lo que la recibe.
POL. –– Sí que lo acepto.
SÓC. –– Puesto que ya estamos de acuerdo en esto, ¿sufrir el castigo es recibir algo o hacerlo?
POL. –– Necesariamente, Sócrates, es recibir algo.
SÓC. ––Sin duda, por parte de alguien que obra.
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POL. –– ¿Cómo no? Por parte del que castiga.
SÓC. –– ¿El que castiga con razón, castiga justamente?
POL. –– Sí.
SÓC. –– ¿Obra con justicia o no?
POL. –– Con justicia.
SÓC. –– Luego el que es castigado, al sufrir el castigo, ¿recibe lo que es justo?
POL. –– Así parece.
SÓC. ––¿No hemos acordado que lo justo es bello?
POL. –– Ciertamente.
SÓC. –– Entonces uno de estos ejecuta una acción bella; el otro la recibe, el que es castigado.
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POL. –– Sí.
SÓC. –– Y si es bella, ¿no es buena? Pues hemos dicho que es agradable o es útil.
POL. –– Forzosamente.
SÓC. ––Luego ¿recibe un bien el que paga su culpa?
POL. –– Eso parece.
SÓC. –– ¿Obtiene, pues, un beneficio?
POL. –– Sí.
SÓC. –– ¿No es acaso el beneficio que yo supongo? ¿No se mejora en su alma si, en realidad, es castigado con justicia?
POL. –– Probablemente.
SÓC. –– ¿Luego se libra de la maldad del alma el que paga su culpa?
POL. ––Sí.
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SÓC. –– ¿No se libra, entonces, del mayor mal? Examínalo de este modo: ¿en la disposición de la riqueza encuentras algún otro mal para el hombre que la pobreza?
POL. –– No, sólo la pobreza.
SÓC. –– ¿Y en la disposición del cuerpo? ¿No dirías que el mal para el hombre es la debilidad, la enfermedad, la enfermedad y otros defectos semejantes?
POL. –– Ciertamente.
SÓC. ––¿No estimas que también en el alma existe alguna enfermedad?
POL. –– ¿Cómo no?
SÓC. –– ¿No le das el nombre de injusticia, ignorancia, cobardía y otros de esta índole?
POL. –– Exactamente.
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SÓC. ––Así pues, para estas tres cosas: la riqueza, el cuerpo y el alma, ¿has dicho que hay tres males: la pobreza, la enfermedad y la injusticia?
POL. ––Sí.
SÓC. ––¿Y cuál de estos males es más feo? ¿No es la injusticia y, en general, el mal del alma?
POL. –– Sí, con mucho.
SÓC. –– Y si es el más feo, ¿no es también el más malo?
POL. ––¿En qué sentido hablas, Sócrates?
SÓC. –– En éste: siempre lo más feo es tal porque produuce el mayor dolor o el mayor daño o ambos juntos, según hemos acordado antes 51.
POL. –– Exactamente.
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SÓC. ––¿Hemos convenido ahora que lo más feo es la injusticia y, en general, el defecto del alma?
POL. –– Lo hemos convenido.
SÓC. ––¿No es cierto que es lo más doloroso y, por superar en dolor, es lo más feo, o bien lo es por superar en daño o por ambas cosas?
POL. –– Forzosamente.
SÓC. ––¿Es, entonces, ser injusto, desenfrenado, cobarde e ignorante más doloroso que ser pobre o estar enfermo?
POL. –– Me parece que no, Sócrates; al menos no se deduce de lo que hemos dicho.
51. Véase 475a.
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SÓC. –– Luego la maldad del alma es lo más feo, porque supera a los demás males por el daño desmesurado y por el asombroso mal que causa, puesto que no es por el dolor, según tus palabras.
POL. –– Eso resulta.
SÓC. –– Pero, sin duda, lo que produce el mayor daño es el mayor mal que existe.
POL. –– Sí. .
SÓC. –– Luego la injusticia, el desenfreno y los demás vicios del alma ¿son el mayor mal?
POL. –– Es evidente.
SÓC. ––¿Qué arte libra de la pobreza? ¿No es el arte de los negocios?
POL. –– Sí.
SÓC. ––¿Y de la enfermedad? ¿No es la medicina?
POL. ––Sin duda.
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SÓC. –– ¿Y de la maldad y de la injusticia? Si no tienes la misma facilidad para contestar, examínalo de este modo: ¿a dónde y ante quiénes llevamos a los enfermos?
POL. –– Ante los médicos, Sócrates.
SÓC. –– ¿A dónde a los injustos y a los desenfrenados?
POL. –– ¿Quieres decir que ante los jueces?
SÓC. –– ¿Para recibir su castigo?
POL. –– Sí.
SÓC. ––¿No se sirven de cierta norma de justicia los que castigan rectamente?
POL. –– Es evidente.
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SÓC. –– Así pues, el arte de los negocios libra de la pobreza; la medicina, de la enfermedad, y la justicia, del desenfreno y de la injusticia.
POL. ––Así parece.
SÓC. –– ¿Cuál es, pues, la más bella de éstas?
POL. –– ¿De cuáles?
SÓC. –– Del arte de los negocios, de la medicina y de la justicia.
POL. –– Con mucha diferencia, Sócrates, la justicia.
SÓC. –– ¿No produce también más placer que otra alguna o más utilidad o ambas cosas, puesto que es la más bella?
POL. –– Sí.
SÓC. –– ¿Acaso ser curado por el médico es agradable y se deleitan los que están en curación?
POL. –– Me parece que no.
SÓC. ––Pero es útil, ¿no es cierto?
POL. –– Sí.
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SÓC. –– En efecto, se libran de un gran mal; por consiguiente, es ventajoso soportar el dolor y recobrar la salud.
POL. ––¿Cómo no?
SÓC. –– ¿Acaso será más feliz en lo referente al cuerpo el que está en curación, o más bien el que no ha estado enfermo en absoluto?
POL. –– Es evidente que el que no ha estado enfermo.
SÓC. –– Luego es falso, según parece, que la felicidad sea curarse de un mal, sino que es el no haberlo adquirido en absoluto.
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POL. ––Así es.
SÓC. ––¿Pero qué? ¿Quién es más desgraciado entre dos que tienen un mal, sea en el cuerpo, sea en el alma, el que se somete a curación y se libra del mal o el que no se somete y sigue teniéndolo?
POL. –– Me parece que el que no se somete a curación.
SÓC. –– Y bien, ¿decíamos que sufrir el castigo era librarse del mayor daño, la maldad?
POL. –– Sí lo era.
SÓC. –– En efecto, en cierto modo, el castigo modera a los hombres, los hace más justos y viene a ser como la Medicina de la maldad.
POL. ––Sí.
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SÓC. –– Entonces el más feliz es el que no tiene maldad en: el alma, puesto que ha resultado evidente que éste es el mayor mal.
POL. –– Es cierto.
SÓC. ––Le sigue, quizá, el que se libra de la maldad.
POL. ––Así parece.
SÓC. –– Éste es el que es amonestado, castigado y paga su culpa.
POL. –– Sí.
SÓC. –– Entonces vive en la mayor desgracia el que conserva la injusticia y no se libra de ella.
POL. –– Eso parece.
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SÓC. ––¿No es éste precisamente el que, cometiendo los mayores delitos y viviendo en la mayor injusticia, consigue no ser amonestado ni castigado ni pagar su culpa, como tú dices que se encuentra Arquelao y los demás tiranos, oradores y hombres poderosos?
POL. –– Es probable.
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SÓC. –– Poco más o menos, excelente Polo, éstos han conseguido lo mismo que el que, atormentado por las más graves enfermedades, encontrara el medio de no pagar a los médicos la culpa de los defectos de su cuerpo y de no ponerse en curación, temiendo, como un niño, una cauterización o una operación, porque son dolorosas. ¿No te parece así también a ti?
POL. –– Sí.
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SÓC. –– Porque desconoce, según parece, cuán estimable es la salud y la buena disposición del cuerpo. En efecto, es muy probable, Polo, según lo que ahora hemos acordado, que hagan algo semejante los que tratan de evitar el castigo; ven la parte dolorosa, pero están ciegos para la utilidad e ignoran cuánta mayor desgracia es vivir con el alma malsana, corrompida, injusta e impía, que vivir con el cuerpo enfermo. Por lo cual hacen todo lo posible para no pagar sus culpas y para no librarse del mayor mal, procurándose riquezas y amigos y tratando de hacerse lo más persuasivos en hablar. Si lo que nosotros hemos convenido es verdadero, Polo, ¿te das cuenta de lo que se deduce de la conversación o quieres que lo meditemos juntos?
POL. –– Sí quiero, si a ti te parece bien.
SÓC. ––¿No resulta que el mayor mal es la injusticia y ser injusto?
POL. ––Al menos eso parece.
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SÓC. –– Y, ciertamente, ¿no ha resultado evidente que el medio de librarse de este mal es pagar la culpa?
POL. –– Es probable.
SÓC. –– ¿Y que el no pagarla es una persistencia del mal?
POL. ––Sí.
SÓC. –– Así pues, el segundo de los males en magnitud es cometer injusticia; pero cometerla y no pagar la pena es, por naturaleza, el mayor y el primero de todos los males.
POL. ––Así parece.
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SÓC.––¿No era sobre esto, amigo, sobre lo que estábamos en desacuerdo? Tú considerabas feliz a Arquelao, aunque había cometido los mayores delitos, porque no sufría ningún castigo. Por el contrario, creía yo que si Arquelao o cualquier otro hombre comete injusticia y no sufre el castigo, le corresponde ser el más desgraciado de los hombres, y que siempre el que comete injusticia es más desgraciado que el que la sufre, y el que no recibe el castigo de su culpa más que el que lo recibe. ¿No es esto lo que decía yo?
POL. ––Sí.
SÓC. ––¿No se ha demostrado que decía verdad?
POL. ––Así parece.
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SÓC. –– Y bien, entonces, si esto es verdad, Polo, ¿cuál es la gran utilidad de la retórica? Pues ciertamente, según lo que hemos convenido, es necesario, sobre todo, vigilarse para no cometer injusticia, en la idea de que será un gran mal. ¿No es así?
POL. –– Sin duda.
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SÓC. –– Y si comete injusticia uno mismo o algún otro por el que se interese, es preciso que vaya por propia voluntad allí donde lo más rápidamente satisfaga su culpa, ante el juez, como iría ante el médico, buscando con afán que la enfermedad de la injusticia, al permanecer algún tiempo, no emponzoñe el alma y la haga incurable. ¿Qué podemos decir, Polo, si mantenemos nuestras anteriores conclusiones? ¿No es preciso que esto concuerde con aquello de este modo, pero de otro modo no?
POL. –– ¿Y qué vamos a decir, Sócrates?
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SÓC. –– Por tanto, para defender nuestra propia injusticia o la de nuestros padres, amigos e hijos, o la de la patria, cuando la cometa, no nos es de ninguna utilidad la retórica, Polo, a no ser que se tome para lo contrario, a saber, que es necesario acusarse en primer lugar a sí mismo, después a los parientes y amigos, cada vez que alguno de ellos cometa una falta, y no ocultar nada, sino hacer patente la falta para que sufra el castigo y recobre la salud; obligarse a sí mismo y obligar a los demás a no acobardarse, sino presentarse con los ojos cerrados y valientemente al juez, como ante un médico para que opere y cauterice buscando lo bueno y lo bello, sin pensar en el dolor; y si ha cometido una falta que merece golpes, que se presente para que se los den; si merece la prisión, para que le aten; si una multa, para pagarla; si el destierro, para desterrarse, y si la muerte, para morir; que sea el primer acusador de sí mismo y de sus familiares y se sirva de la retórica para este fin, para que, al quedar patentes los delitos, se libren del mayor mal, de la injusticia. ¿Debemos hablar así o no, Polo?
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POL. –– Ciertamente, me parece absurdo, Sócrates; sin embargo, quizá te autoricen las razones precedentes.
SÓC. ––¿No es cierto que o hay que anular aquéllas o es forzoso que resulte esta conclusión?
POL. –– Sí; al menos esto es así.
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SÓC. –– Pero considerando el lado opuesto: si conviene causar daño a alguien, enemigo o quienquiera que sea con tal de que uno mismo no reciba injusticia por parte de su enemigo, pues hay que evitar esto––; pero, en el caso de que nuestro enemigo cometa injusticia con otro, hay que conseguir por todos los medios, con obras y palabras, que no pague su culpa ni vaya ante el juez; y si va, procurar que sea absuelto y no reciba castigo nuestro enemigo; y si ha robado gran cantidad de oro, que no la restituya, sino que la retenga y la gaste de manera injusta e impía en sí y en los suyos; si ha cometido un delito que merece la muerte, procurar que no muera a ser posible nunca, sino que viva inmortal en la perversidad, y de no ser así, que su vida se prolongue en este estado el mayor tiempo posible. Para esto, Polo, me parece que es útil la retórica, porque para el que no tiene intención de cometer injusticia no es, ciertamente, grande su utilidad, si en efecto tiene alguna, porque en nuestra conversación no ha aparecido por ninguna parte.
CAL. –– Dime, Querefonte, ¿Sócrates dice esto en serio ó bromea?
QUER. –– Me parece, Calicles, que habla completamente en serio; sin embargo, nada mejor que preguntarle a él mismo.
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CAL. –– Por los dioses, estoy deseando hacerlo. Dime, Sócrates, ¿debemos pensar que hablas en serio o que bromeas? Pues si hablas en serio y es realmente verdadero lo que dices, ¿no es cierto que nuestra vida, la de los humanos, estaría trastrocada y que, según parece, hacemos lodo lo contrario de lo que debemos?
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SÓC. –– Oh Calicles, si los hombres no experimentaran las mismas sensaciones, unos de un modo, otros de otro, sino que cada uno de nosotros experimentara sensaciones propias sin relación con las de los demás, no sería fácil hacer conocer a otro lo que uno mismo experimenta. Digo esto porque he advertido que ahora tú y yo sentimos, precisamente, el mismo afecto; somos dos y cada uno de nosotros ama a dos objetos: yo a Alcibíades 52, hijo de Clinias, y a la filosofía; tú a los dos Demos, al de Atenas" y al hijo de Pirilampes. Me doy cuenta de que en ninguna ocasión, aunque eres hábil, puedes oponerte a lo que dicen tus amores, ni a sus puntos de vista, sino que te dejas llevar por ellos de un lado a otro. En la Asamblea, si expresas tu parecer y el pueblo de Atenas dice que no es así, cambias de opinión y dices lo que él quiere; también respecto a ese bello joven, el hijo de Pirilampes, te sucede otro tanto. En efecto, no eres capaz de hacer frente a las determinaciones ni a las palabras de los que amas, hasta el punto de que si, al decir tú lo que continuamente dices a causa de ellos, alguien se extrañara de que es absurdo, quizá le dirías, si quisieras decir la verdad, que si no hacen que tus amores dejen de decir esas palabras, jamás podrás cesar tú de hablar así.
52. Alcibíades, famoso político ateniense (450-404). Es imposible esbozar aquí los rasgos de esta interesante personalidad. Pasó su juventud en casa de su tutor, Pericles. Fue discípulo y amigo de Sócrates. Desde 420 hasta 406, años decisivos de la guerra del Peloponeso, fue el motor de toda la política de Atenas: coalición con Argos, expedición a Sicilia, revolución de los Cuatrocientos, etc. Huido de Atenas aconsejó militarmente a Esparta, primero, y a Persia, después. Volvió a Atenas con todos los honores en 407, pero fue desterrado de nuevo.
53. Platón indica de esta sencilla manera que el nuevo interlocutor de Sócrates es un político. Demo, hijo de Pirilampes, de quién habla Aristófanes (Avispas 97), era hermanastro de Platón, pues Pirilampes fue el segundo marido de Perictíone. El personaje lleva como nombre propio el de la palabra démos «pueblo». El amor homosexual hacia los varones jóvenes era muy frecuente.
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Pues bien, piensa que es necesario oír de mí palabras semejantes, y no te extrañe que yo diga lo que he dicho, antes bien, impide que la filosofía, que es mi amor, lo diga. Pues dice, querido amigo, lo que ahora me has oído, y es para mí mucho menos impulsiva que los otros amores. Porque este hijo de Clinias cada vez dice algo distinto, al contrario, la filosofía dice siempre lo mismo. Dice lo que ahora te ha causado extrañeza, pues tú mismo has asistido a la conversación. En consecuencia, o refútala, como decía antes, y demuestra que cometer injusticia y no sufrir el castigo, cuando se es culpable, no es el mayor de todos los males, o si dejas esto sin refutar, por el perro, el dios de los egipcios 54, Calicles mismo, oh Calicles, no estará de acuerdo contigo, sino que disonará de ti durante toda la vida. Sin embargo, yo creo, excelente amigo, que es mejor que mi lira esté desafinada y que desentone de mí, e igualmente el coro que yo dirija, y que muchos hombres no estén de acuerdo conmigo y me contradigan, antes de que yo, que no soy más que uno, esté en desacuerdo conmigo mismo y me contradiga.
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CAL. –– Me parece, Sócrates, que en las conversaciones te comportas fogosamente, como un verdadero orador popular, y ahora usas este lenguaje porque Polo ha sufrido el mismo inconveniente que Gorgias sufrió contigo y que Polo le inculpó. En efecto, decía Polo 55 que tú preguntaste a Gorgias si, en el caso de que un discípulo acudiera ä él deseando aprender retórica sin conocer qué es lo justo, él le enseñaría esto. Gorgias dijo que sí se lo enseñaría, sintiendo vergüenza en decir que no, a causa de la costumbre de los hombres, que se indignarían si alguien dijera que no puede enseñar qué es lo justo. Que, en virtud de esta concesión, se vio obligado Gorgias a contradecirse y que esto es lo que a ti te agrada. En esta ocasión, Polo se rió de ti con razón, según creo. Ahora, por su parte, el propio Polo ha experimentado lo mismo que Gorgias, y por esta misma razón no apruebo que Polo te concediera que cometer injusticia es más feo que sufrirla. En efecto, a consecuencia de esta concesión, también a él le has embarullado en la discusión y le has cerrado la boca por no atreverse a decir lo que pensaba. Pues en realidad tú, Sócrates, diciendo que buscas la verdad llevas a extremos enojosos y propios de un orador demagógíco la conversación sobre lo que no es bello por naturaleza y sí por ley 56.
54. La precisión «el dios de los egipcios» que hace Sócrates al juramento «por el perro», corriente en él, está referida al dios Anubis, representado con cabeza de perro.
55. Véase 461b.
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En la mayor parte de los casos son contrarias entre sí la naturaleza y la ley; así pues, si alguien por vergüenza x no se atreve a decir lo que piensa, se ve obligado a contradecirse. Sin duda, tú te has percatado de esta sutileza y obras de mala fe en las discusiones, y si alguien está hablando desde el punto de vista de la ley, tú le interrogas desde el punto de vista de la naturaleza, y si habla de la naturaleza, le preguntas sobre la ley. Como acabas de hacer en lo de cometer injusticia y sufrirla. Al hablar Polo de lo que es más feo con arreglo a la ley, tú tomaste el razonamiento con arreglo a la naturaleza.
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En efecto, por naturaleza es más feo todo lo que es más desventajoso, por ejemplo, sufrir injusticia; pero por ley I es más feo cometerla. Pues ni siquiera esta desgracia, sufrir la injusticia, es propia de un hombre, sino de algún esclavo para quien es preferible morir a seguir viviendo y quien, aunque reciba un daño y sea ultrajado, no es capaz de defenderse a sí mismo ni a otro por el que se interese. Pero, según mi parecer, los que establecen las leyes son los débiles y la multitud. En efecto, mirando a sí mismos y a su propia utilidad establecen las leyes, disponen las alabanzas y determinan las censuras. Tratando de atemorizar a los hombres más fuertes y a los capaces de poseer mucho, para que no tengan más que ellos, dicen que adquirir mucho es feo e injusto, y que eso es cometer injusticia: tratar de poseer más que los otros. En efecto, se sienten satisfechos, según creo, con poseer lo mismo siendo inferiores.
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56. Calicles establece la distinción entre naturaleza (physis) y ley (nómos), corriente entre los sofistas. Véanse Rep. 358 e; Protág. 322d y 337c; Critón 50 y Leyes 626a.
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Por esta razón, con arreglo a la ley se dice que es injusto y vergonzoso tratar de poseer más que la mayoría y a esto llaman cometer injusticia. Pero, según yo creo, la naturaleza misma demuestra que es justo que el fuerte tenga más que el débil y el poderoso más que el que no lo es. Y lo demuestra que es así en todas partes, tanto en los animales como en todas las ciudades y razas humanas, el hecho de que de este modo se juzga lo justo: que él fuerte domine al débil y posea más. En efecto, ¿en qué clase de justicia se fundo Jerjes para hacer la guerra a Grecia, o su padre a los escitas, e igualmente, otros infinitos casos que se podrían citar? Sin embargo, a mi juicio, estos obran con arreglo a la naturaleza de lo justo, y también, por Zeus, con arreglo a la ley de la naturaleza. Sin duda, no con arreglo a esta ley que nosotros establecemos, por la que modelamos a los mejores y más fuertes de nosotros, tomándolos desde pequeños, como a leones, y por medio de encantos y hechizos los esclavizamos, diciéndoles que es preciso poseer lo mismo que los demás y que esto es lo bello y lo justo.
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Pero yo creo que si llegara a haber un hombre con índole apropiada 57, sacudiría, quebraría y esquivaría todo esto, y pisoteando nuestros escritos, engaños, encantamientos y todas las leyes contrarias a la naturaleza, se sublevaría y se mostraría dueño este nuestro esclavo, y entonces resplandecería la justicia de la naturaleza. Me parece que también Píndaro indica lo mismo que yo en el canto en el que dice:
la ley, reina de todos58
de los mortales y de los inmortales;
y ella, además, añade:
57. Aparece aquí claramente un esbozo de la teoría del superhombre.
58. El fragmento de una obra perdida de Píndaro debe ser interprelado con escaso apoyo textual. Tampoco Calicles recuerda el texto con exactitud, según el escoliasta de PÍNDARO, Nem. 9, 35.
...conduce, justificándola, la mayor violencia,
con su mano omnipotente; me fundo
en los trabajos de Heracles 59, puesto que sin pagarlas...,
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así dice poco más o menos, pues no sé el canto, pero dice que, sin comprarlas y sin que se las diera Gerión, se llevó sus vacas 60, en la idea de que esto es lo justo por naturaleza: que las vacas y todos los demás bienes de los inferiores y los débiles sean del superior y del más poderoso.
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Así pues, ésta es la verdad y lo reconocerás si te diriges a cosas de mayor importancia, dejando ya la filosofía. Ciertamente, Sócrates, la filosofía tiene su encanto si se toma moderadamente en la juventud; pero si se insiste en ella más de lo conveniente es la perdición de los hombres 61. Por bien dotada que esté una persona, si sigue filosofando después de la juventud, necesariamente se hace inexperta de todo lo que es preciso que conozca el que tiene el propósito de ser un hombre esclarecido y bien considerado. En efecto, llegan a desconocer las leyes que rigen la ciudad, las palabras que se deben usar para tratar con los hombres en las relaciones privadas y públicas y los placeres y pasiones humanos; en una palabra, ignoran totalmente las costumbres. Así pues, cuando se encuentran en un negocio privado o público, resultan ridículos, del mismo modo que son ridículos, a mi juicio, los políticos cuando, a su vez, van a vuestras conversaciones y discusiones. En efecto, sucede lo que dice Eurípides 62: brillante es cada uno en aquello y hacia aquello se apresura,
59. Heracles, hijo de Zeus y de Alcmena. Fue siempre perseguido por Hera. Tuvo que soportar numerosos trabajos de los que han quedado doce como famosos. Fue el más popular y el más venerado de todos los héroes.
60. Una de las empresas de Heracles, el robo en el lejano occidente de las vacas de Gerión, gigante de tres cuerpos a quien dio muerte.
61 Platón cita esta opinión del vulgo en otras de sus obras. cf. Fedon 64a; Rep. 487c.
62 Pasaje de la Antíopa de Eurípides, obra que conocemos sólo por fragmentos. En una de sus escenas los dos hermanos gemelos examinan tos modos de vida: la activa, preferida por Zeto, y la de Anfión, dedicada a la poesía y a la música.
dedicando la mayor parte del día a eso
en lo que él se supera a sí mismo;
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pero donde se encuentra inhábil de allí huye y desprecia aquello, mientras que alaba lo otro por amor de sí mismo, creyendo que así hace su propio elogio.
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En cambio, yo creo que lo más razonable es tomar parte en ambas cosas; está muy bien ocuparse de la filosofía en la medida en que sirve para la educación, y no es desdoro filosofar mientras se es joven; pero, si cuando uno es ya hombre de edad aún filosofa, el hecho resulta ridículo, Sócrates, y yo experimento la misma impresión ante los que filosofan que ante los que pronuncian mal y juguetean. En efecto, cuando veo jugar y balbucear a un niño que por su edad debe aún hablar así, me causa alegría y me parece gracioso, propio de un ser libre y adecuado a su edad. Al contrario, cuando oigo a un niño pronunciar con claridad me parece algo desagradable, me irrita el oído y lo juzgo propio de un esclavo. En cambio, cuando se oye a un hombre pronunciar mal o se le ve jugueteando, resulta ridículo, degradado y digno de azotes. Esta misma impresión experimento también respecto a los que filosofan. Ciertamente, viendo la filosofía en un joven me complazco, me parece adecuado y considero que este hombre es un ser libre; por el contrario, el que no filosofa Ene parece servil e incapaz de estimarse jamás digno de algo bello y generoso. Pero, en cambio, cuando veo a un hombre de edad que aún filosofa y que no renuncia a ello, creo, Sócrates, que este hombre debe ser azotado. Pues, domo acabo de decir, le sucede a éste, por bien dotado que esté, que pierde su condición de hombre al huir de los lugares frecuentados de la ciudad y de las asambleas donde, como dijo el poeta 63, los hombres se hacen ilustres, y al vivir el resto de su vida oculto en un rincón, susurrando con tres o cuatro jovenzuelos, sin decir jamás nada noble, grande y conveniente.
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Yo, Sócrates, siento bastante amistad por ti; así pues, estoy muy cerca de experimentar lo que Zeto respecto a Anfión, el personaje de Eurípides del que he hablado. También a mí se me ocurre decirte lo mismo que aquél a su hermano: «Te descuidas, Sócrates 64 de lo que debes ocuparte y disfrazas un alma tan noble con una apariencia infantil, y no podrías expresar la frase adecuada en las deliberaciones de justicia, no dirías con firmeza algo conveniente y persuasivo ni tomarías una decisión audaz en favor de otro.» En verdad, querido Sócrates ––y no te irrites conmigo, pues voy a hablar en interés tuyo––, ¿no te parece vergonzoso estar como creo que te encuentras tú y los que sin cesar llevan adelante la filosofía? 65.
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Pues si ahora alguien te toma a ti, o a cualquier otro como tú, y te lleva a la prisión diciendo que has cometido un delito, sin haberlo cometido, sabes que no podrías valerte tú mismo, sino que te quedarías aturdido y boquiabierto sin saber qué decir, y ya ante el tribunal, aunque tu acusador fuera un hombre incapaz y sin estimación, serías condenado a morir si quisiera proponer contra ti la pena de muerte. Y bien, ¿qué sabiduría es esta, Sócrates, si un arte toma a un hombre bien dotado y le hace inferior 66 sin que sea capaz de defenderse a sí mismo ni de salvarse de los más graves peligros ni de salvar a ningún otro, antes bien, quedando expuesto a ser despojado por sus enemigos de todos sus bienes y a vivir, en fin, despreciado en la ciudad? A un hombre así, aunque sea un poco duro decirlo, es posible abofetearlo impunemente. Pero, amigo, hazme caso: cesa de argumentar, cultiva el buen concierto de los negocios y cultívalo en lo que te dé reputación de hombre sensato; deja a otros esas ingeniosidades, que, más bien, es preciso llamar insulseces o charlatanerías, por las que habitarás en una casa vacía; imita, no a los que discuten esas pequeñeces, sino a los que tienen riqueza, estimación y otros muchos bienes.
63. Véase HOMERO, Ilíada IX 441.
64. Calicles adapta a este momento las palabras de Zeto a Anfión.
65. Sobre la situación del filósofo frente a la vida activa, véanse Teet. 173c y ss. y Rep. 517e.
66. Calicles, en esta primera intervención, toma continuamente pasajes de la Antíopa de Eurípides.
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SÓC. ––Si mi alma fuera de oro, Calicles, ¿no crees que ¡he sentiría contento al encontrar alguna de esas piedras con las que prueban el oro, la mejor posible, a la que aproximando mi alma, si la piedra confirmara que está bien cultivada, yo sabría con certeza que me hallo en buen estado y que no necesito otra comprobación?
CAL. ––¿Y por qué me preguntas eso, Sócrates?
SÓC. –– Voy a decírtelo. Creo que ahora, al encontrarte a ti, he encontrado tal hallazgo.
CAL. ––¿Por qué?
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SÓC. –– Estoy seguro de que, en lo que tú estés de acuerdo conmigo sobre lo que mi alma piensa, eso es ya la verdad misma. Pues observo que el que va a hacer una comprobación suficiente sobre si un alma vive rectamente o rio; ha de tener tres cosas qué tú tienes: ciencia, benevolencia y decisión para hablar. En efecto, yo encuentro a muchos que no son capaces de probarme porque no son sabios como tú; otros son ciertamente sabios, pero no quieren decirme la verdad porque no tienen interés por mí, como tú lo tienes. Estos dos forasteros, Gorgias y Polo, gin sabios y amigos míos; pero les falta decisión para hablar y son más vergonzosos de lo que conviene. ¿Y cómo no? Han llegado a tal grado de timidez, que, por vergüenza: ha osado cada uno de ellos contradecirse a sí mismo en presencia de muchas personas y sobre asuntos de máxima importancia. En cambio, tú tienes todo lo que los demás no tienen; estás suficientemente instruido 67, como podrían confirmar muchos atenienses, y estás bien dispuesto hacia mí.
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¿En qué me fundo para afirmar esto? Voy a decírtelo. Yo sé, Calicles, que vosotros cuatro os habéis hecho socios en el cultivo de la sabiduría: tú, Tisandro de Afidna, Andrón 68, hijo de Androción, y Nausicides de Colarges. En cierta ocasión, os oí deliberar sobre hasta qué punto se debe cultivar la sabiduría, y sé que prevaleció entre vosotros, poco más o menos, la opinión de no esforzarse en filosofar hasta la perfección; más bien, por el contrario, os exhortasteis recíprocamente a tener cuidado de no destruiros sin advertirlo, al llegar a ser más sabios de lo conveniente. Por tanto, cuando te oigo aconsejarme lo mismo que a tus mejores amigos, tengo una prueba suficiente de que, en verdad, eres amigo mío. Y en cuanto a que eres capaz de hablar libremente y sin avergonzarte, tú mismo lo afirmas y las palabras que acabas de pronunciar coinciden contigo.
67. Irónica alusión a las numerosas citas (Píndaro, Homero, Eurípides) que Calicles ha introducido en su intervención.
68. Andrón, hijo de Androción, es mejor conocido que los otros dos amigos de Calicles. Platón lo presenta, en Protág. 315c, entre los jóvenes que rodean a Hipias. Formó parte de los Cuatrocientos. Parece que a la caída de la oligarquía denunció a Antifonte. A Nausicides lo nombran ARISTÓFANES, en Asambleístas 426, y JENOFONTE, en Mem. II 7, 6. Poseía un rico negocio de molienda de granos. Parece que también Tisandro era hombre de situación económica floreciente.
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Evidentemente, sobre estas cuestiones la situación está ahora así. Si en la conversación tú estás de acuerdo conmigo en algún punto, este punto habrá quedado ya suficientemente probado por mí y por ti, y ya no será preciso someterlo a otra prueba. En efecto, jamás lo aceptarías, ni por falta de sabiduría, ni porque sientas excesiva vergüenza, ni tampoco lo aceptarías intentando engañarme, pues eres amigo mío, como tú mismo dices. Por consiguiente, la conformidad de mi opinión con la tuya será ya, realmente, la consumación de la verdad. Es el más bello de todos, Calicles, el examen de estas cuestiones sobre las que tú me has censurado: cómo debe ser un hombre y qué debe practicar y hasta qué grado en la vejez y en la juventud. Pues si en algo yo no obro rectamente en mi modo de vivir, ten la certeza de que no yerro intencionadamente, sino por mi ignorancia. Así pues, ya que has empezado a amonestarme, no me abandones y muéstrame suficientemente qué es eso en lo que debo ocuparme y de qué modo puedo llegar a ello. Y si encuentras que yo ahora estoy de acuerdo contigo y que, después, no hago aquello mismo en lo que estuve de acuerdo, considera que soy enteramente estúpido y no me des ya más consejos, en la seguridad de que no soy digno de nada. Repíteme desde el principio: ¿cómo decís que es lo justo con arreglo a la naturaleza Píndaro y tú? ¿No es que el más poderoso arrebate los bienes del menos poderoso, que domine el mejor ál inferior y que posea más el más apto que el inepto? ¿Acaso dices que lo justo es otra cosa, o he recordado bien?
CAL. –– Eso decía antes y ahora lo repito.
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SÓC. –– Pero ¿llamas tú a la misma persona indistintamente mejor y más poderosa? Pues tampoco antes pude entender qué decías realmente. ¿Acaso llamas más pode, osos a los más fuertes, y es preciso que los débiles obedezcan al más fuerte, según me parece que manifestabas al decir que las grandes ciudades atacan a las pequeñas con arreglo a la ley de la naturaleza, porque son más poderosas y más fuertes, convencido de que son la misma cosa más poderoso, más fuerte y mejor, o bien es posible ser mejor y, al mismo tiempo, menos poderoso y más débil, o, por otra parte, ser más poderoso, pero ser peor, o bien es la misma definición la de mejor y mas poderoso? Explícame con claridad esto. ¿Es una misma cosa, o son tosas distintas más poderoso, mejor y más fuerte?
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CAL. ––Pues bien, te digo claramente que son la misma cosa.
SÓC. –– ¿No es cierto que la multitud es, por naturaleza, más poderosa que un solo hombre? Sin duda ella le impone las leyes, como tú decías ahora.
CAL. –– ¿Cómo no?
SÓC. –– Entonces las leyes de la multitud son las de los más poderosos.
CAL. –– Sin duda.
SÓC. ––¿No son también las de los mejores? Pues los más poderosos son, en cierto modo, los mejores, según tú dices.
CAL. –– Sí.
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SÓC. –– ¿No son las leyes de éstos bellas por naturaleza, puesto que son ellos más poderosos?
CAL. –– Sí.
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SÓC. –– Así pues, ¿no cree la multitud, como tú decías ahora, que lo justo es conservar la igualdad y que es más vergonzoso cometer injusticia que recibirla? ¿Es así o no? Y procura no ser atrapado aquí tú también por vergüenza. ¿Cree o no cree la multitud que lo justo es conservar la igualdad y no poseer uno más que los demás, y que es más vergonzoso cometer injusticia que recibirla? No te niegues a contestarme a esto, Calicles, a fin de que, si estás de acuerdo conmigo, mi opinión quede respaldada ya por ti, puesto que la comparte un hombre capaz de discernir.
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CAL. ––Pues bien, la multitud piensa así.
SÓC. –– Luego no sólo por ley es más vergonzoso cometer injusticia que recibirla y se estima justo conservar la igualdad, sino también por naturaleza. Por consiguiente, es muy posible que no dijeras la verdad en tus anteriores palabras, ni que me acusaras con razón, al decir que son cosas contrarias la ley y la naturaleza y que, al conocer yo esta oposición, obro de mala fe en las conversaciones y si alguien habla con arreglo a la naturaleza lo refiero a, la ley, y si habla con arreglo a la ley lo refiero a la `naturaleza.
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CAL. –– Este hombre no dejará de decir tonterías. Dime, Sócrates, ¿no te avergüenzas a tu edad de andar a la caza de palabras y de considerar como un hallazgo el que alguien se equivoque en un vocablo? En efecto, ¿crees que yo digo que ser más poderoso es distinto de ser mejor? ¿No te estoy diciendo hace tiempo que para mí es lo misano mejor y más poderoso? ¿O crees que digo que, si se reúne una chusma de esclavos y de gentes de todas clases, sin ningún valer, excepto quizá ser más fuertes de cuerpo, y dicen algo, esto es ley?
SÓC. ––Bien, sapientísimo Calicles; ¿es eso lo que dices?
CAL. –– Exactamente.
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SÓC. –– Pues bien, afortunado amigo, también yo vengo sospechando hace tiempo que es a eso a lo que tú llamas más poderoso, y te pregunto porque deseo afanosamente saber con claridad lo que quieres decir. Pues, sin duda, tú no consideras que dos juntos son mejores que uno solo, ni a tus esclavos mejores que tú mismo porque sean más fuertes que tú. Sin embargo, di, comenzando de nuevo, ¿qué entiendes por los mejores, puesto que no son los Ibás fuertes? Y, admirable Calicles, enséñame con más dulzura para que no me marche de tu escuela.
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CAL. –– Te burlas, Sócrates.
SÓC. ––Por Zeto 69, Calicles, del cual te has servido ahora para dirigirme tantas ironías. Pero, vamos, ¿quiénes dices que son los mejores?
CAL. –– Los más aptos.
SÓC. –– ¿No ves que tú mismo dices palabras, pero no explicas nada? ¿No vas a decir si llamas mejores y más poderosos a los de mejor juicio o a otros?
CAL. –– Sí, por Zeus, a éstos me refiero exactamente.
69. Véanse 484e, 485e y la n. 62.
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SÓC. –– En efecto, muchas veces una persona de buen juicio es más poderosa, según tus palabras, que innumerables insensatos y es preciso que éste domine y que los otros sean dominados, y que quien domina posea más que los dominados. Me parece que quieres decir esto ––y no ando a la caza de palabras––, si dices que uno solo es más poderoso que un gran número de hombres.
CAL. –– Pues esto es lo que digo. Sin duda, creo que eso es lo justo por naturaleza, que el mejor y de más juicio gobierne a los menos capaces y posea más que ellos.
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SÓC. –– Deténte ahí; ¿qué irás a decir ahora? Supongamos que estamos en un mismo lugar, como ahora, muchas personas reunidas, que tenemos en común muchos alimentos y bebidas y que somos de todas las condiciones: unos fuertes, otros débiles, y que uno de nosotros es de mejor juicio acerca de esto por ser médico, pero que, como es natural, es más fuerte que unos y más débil que otros; ¿no es cierto que éste, por ser de mejor juicio que nosotros, será mejor y más poderóso respecto a esto?
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CAL. ––Sin duda.
SÓC. –– ¿Habrá de tener, entonces, más parte de estos alimentos que nosotros, porque es mejor, o bien, por tener el mando, es preciso que reparta todo, pero que en el consumo y empleo de ello para su propio cuerpo no tome en exceso, si no quiere sufrir daño, sino que tome más que unos y menos que otros, y si es precisamente el más débil de todos, no tendrá el mejor menos que todos? ¿No es así, amigo?
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CAL. –– Hablas de alimentos, de bebidas, de médicos, de tonterías. Yo no digo eso.
SÓC. –– ¿Acaso no llamas mejor al de más juicio? Di sí o no.
CAL. –– Sí.
SÓC. ––¿Y no es preciso que el mejor tenga más?
CAL. –– Pero no alimentos ni bebidas.
SÓC. ––Ya comprendo. ¿Quizá vestidos, y es preciso que el tejedor más hábil tenga el manto más grande y que pasee con los vestidos más numerosos y bellos?
CAL. ––¿De qué vestidos hablas?
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SÓC. –– Pues bien, respecto al calzado, es evidente que debe tener más el de más juicio para esto y el mejor. Quizá es preciso que el zapatero ande llevando puesto más calzado y de mayor tamaño que nadie.
CAL. ––¿Qué calzado es ese? Insistes en decir tonterías.
SÓC. –– Pues si no te refieres a esto, quizá sea a esto piro; por ejemplo, el agricultor de buen juicio para el cultivo de la tierra y, además, bueno y honrado ¿no debe quizá tener más parte de las semillas y usar para sus terrenos la mayor cantidad posible de ellas?
CAL. –– ¡Siempre diciendo lo mismo, Sócrates!
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SÓC. –– No sólo lo mismo, Calicles, sino también sobre las mismas cosas.
CAL. –– Por los dioses, no cesas, en suma, de hablar continuamente de zapateros, cardadores, cocineros y médicos, como si nuestra conversación fuera acerca de esto.
SÓC. ––Así pues, ¿no vas a decir acerca de qué cosas el más poderoso y de mejor juicio tiene con justicia mayor parte que los demás? ¿O, sin decirlo tú mismo, no permitirás que yo lo sugiera?
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CAL. –– Estoy diciéndolo desde hace tiempo. En primer lugar, hablo de los más poderosos, que no son los zapateros ni los cocineros, sino los de buen juicio para el gobierno de la ciudad y el modo como estaría bien administra&: y no solamente de buen juicio, sino además decididos, #cesto que son capaces de llevar a cabo lo que piensan, ,que no se desaniman por debilidad de espíritu.
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SÓC. –– ¿Te das cuenta, excelente Calicles, de que no es lo mismo lo que tú me reprochas a mí y lo que yo te reprocho a ti? En efecto, tú aseguras que yo digo siempre las mismas cosas y me censuras por ello; yo por el contrario, te censuro porque jamás dices lo mismo sobre las mismas cosas, sino que primero has afirmado que los mejores y los más poderosos son los más fuertes; después, que los de mejor juicio, y ahora, de nuevo, vienes con otra definición: llamas más poderosos y mejores a los más decididos. Pero, amigo, acaba ya de decir a quiénes llamas realmente mejores y más poderosos y respecto a qué.
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CAL. –– Ya he dicho que a los de buen juicio para el gobierno de la ciudad y a los decididos. A éstos les corresponde regir las ciudades, y lo justo es que ellos tengan más que los otros, los gobernantes más que los gobernados.
SÓC. ––Pero ¿y respecto a sí mismos, amigo? ¿Se dominan o son dominados?
CAL. –– ¿Qué quieres decir?
SÓC. –– Hablo de que cada uno se domine a sí mismo; ¿o no es preciso dominarse a sí mismo, sino sólo dominar a los demás?
CAL. –– ¿Qué entiendes por dominarse a sí mismo?
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SÓC. –– Bien sencillo, lo que entiende la mayoría: ser moderado y dueño de sí mismo y dominar las pasiones y deseos que le surjan.
CAL. –– ¡Qué amable eres, Sócrates! Llamas moderados a los idiotas.
SÓC. –– ¿Cómo? Todo el mundo puede darse cuenta de que no digo eso.
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CAL. –– Precisamente eso es lo que dices, Sócrates. Pues ¿cómo podría ser feliz un hombre si es esclavo de algo? Al contrario, lo bello y lo justo por naturaleza es lo que yo te voy a decir con sinceridad, a saber: el que quiera vivir rectamente debe dejar que sus deseos se hagan tan grandes como sea posible, y no reprimirlos, sino, que, siendo los mayores que sea posible, debe ser capaz de satisfacerlos con decisión e inteligencia y saciarlos con lo que en cada ocasión sea objeto de deseo. Pero creo yo que esto no es posible para la multitud; de ahí que, por vergüenza, censuren a tales hombres, ocultando de este modo su propia impotencia; afirman que la intemperancia es deshonrosa, como yo dije antes, y esclavizan a los hombres irás capaces por naturaleza y, como ellos mismos no pueden procurarse la plena satisfacción de sus deseos, alaban la moderación y la justicia a causa de su propia debilidad. Porque para cuantos desde el nacimiento son hijos de reyes o para los que, por su propia naturaleza, son capaces de adquirir un poder, tiranía o principado, ¿qué habría, en verdad, más vergonzoso y perjudicial que la moderación y la justicia, si pudiendo disfrutar de sus bienes, sin que nadie se lo impida, llamaran para que fueran sus 4ueños a la ley, los discursos y las censuras de la multitud? ¿Cómo no se habrían hecho desgraciados por la bella apariencia de la justicia y de la moderación, al no dar más a sus amigos que a sus enemigos, a pesar de gobernar en su propia ciudad? Pero, Sócrates, esta verdad que tu dices buscar es así: la molicie, la intemperancia y el libertinaje, cuando se les alimenta, constituyen la virtud y la felicidad; todas esas otras fantasías y convenciones de los hombres contrarias a la naturaleza son necedades y cosas sin valor.
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SÓC. –– Te entregas a la discusión, Calicles, con una noble franqueza. En efecto, manifiestamente ahora estás diciendo lo que los demás piensan, pero no quieren decir. Por tanto, te suplico que de ningún modo desfallezcas a de que en realidad quede completamente claro cómo hay que vivir. Y dime, ¿afirmas que no se han de reprimir los deseos, si se quiere ser como se debe ser, sino que, permitiendo que se hagan lo más grandes que sea posible, hay que procurarles satisfacción de donde quiera que sea, y que en esto consiste la virtud?
CAL. –– Eso afirmo, ciertamente.
SÓC. –– Luego no es razonable decir que son felices los que no necesitan nada.
CAL. –– De este modo las piedras y los muertos serían felicísimos.
SÓC. –– Sin embargo, es terrible la vida de los que tú dices. No me extrañaría que Eurípides dijera la verdad en estos versos70:
¿quién sabe si vivir es morir
y morir es vivir?,
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y que quizá en realidad nosotros estemos muertos. En efecto, he oído decir a un sabio que nosotros ahora estamos muertos, que nuestro cuerpo es un sepulcro 71 y que la parte del alma en la que se encuentran las pasiones es de tal naturaleza que se deja seducir y cambia súbitamente de un lado a otro. A esa parte del alma, hablando en alegoría y haciendo un juego de palabras, cierto hombre ingenioso 72, quizá de Sicilia o de Italia, la llamó tonel, a causa de su docilidad y obediencia, y a los insensatos los llamó no iniciados; decía que aquella parte del alma de los insensatos en que se hallan las pasiones, fijando la atención en lo irreprimido y descubierto de ella, era como un tonel agujereado aludiendo a su carácter insaciable 73. Éste, Calicles, al contrario que tú, expresa la opinión de que en el Hades ––se refiere a lo invisible–– tendrían el colmo de la desgracia los no iniciados y llevarían agua al tonel agujereado con un cedazo igualmente agujereado. Dice, en efecto, según manifestaba el que me lo refirió, que el cedazo es el alma; y comparó el alma de los insensatos a un cedazo porque está agujereada, ya que no es capaz de retener nada por incredulidad y por olvido. Estas comparaciones son, probablemente, absurdas; sin embargo, dan a entender lo que yo deseo demostrarte, si de algún modo soy capaz de ello, para persuadirte a que cambies de opinión y a que prefieras, en vez de una pida de insaciedad y desenfreno, una vida ordenada que tenga suficiente y se dé por satisfecha siempre con lo que tiene. Pero ¿te persuado en algo y cambias de opinión en el sentido de que los moderados son más felices que los desenfrenados o no vas a cambiar en nada, por más que refiera otras muchas alegorías semejantes?
70. En la tragedia Frizo o en Polido. Aristófanes ridiculiza dos veces esta frase en Ranas 1082 y 1477 ss. La idea original se atribuye a Heráclito.
71. La comparación entre sôma (cuerpo) y sêma (tumba) se hace más sensible en griego, donde sólo varía el timbre de la vocal primera de la palabra.
72. El .hombre ingenioso» al que alude Sócrates era, probablemente, un pitagórico o un órfico de la escuela que florecía en el sur de Italia.
73. Hay en el texto griego un juego de palabras de sonido próximo y significación distinta: pithanón (dócil) y píthon (tonel), anoētous (insensatos) y amyētous (no iniciados) ––por su etimología (no cerrados)––, Hádēs (Hades) y aeidēs (invisible). No es posible conservar en la traducción estas semejanzas.
CAL. –– Más verdad es lo último, Sócrates.
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SÓC. –– Veamos; voy a exponerte otra imagen procedente de la misma escuela que la anterior. Examina, pues, si lo que dices acerca de cada uno de los géneros de vida, el del moderado y el del disoluto, no sería tal como si hubiera dos hombres que tuviese cada uno de ellos muchos tímeles, y los del primero estuviesen sanos y cabales, el uno lleno de vino, el otro de miel, el otro de leche y otros muchos de otros varios líquidos, y que estos líquidos anduviesen escasos y sólo se pudiesen conseguir con muchas y arduas diligencias; este hombre, después de llenar los toneles, ni echaría ya más líquido en ellos, ni volvería a preocuparse, sino que quedaría tranquilo con respecto a ellos. Para el otro sujeto, sería posible adquirir los líquidos como para el primero, aunque también con dificultad; pero, teniendo sus recipientes agujereados y podridos, se vería obligado a estarlos llenando constantemente día y de noche, o soportaría los más graves sufrimientos. Puesto que el género de vida de uno y otro es así, acaso dices que el del disoluto es más feliz que el del moderado? ¿Consigo con estos ejemplos persuadirte a que admitas que la vida ordenada es mejor que la disoluta, o no lo consigo?
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CAL. –– No me persuades, Sócrates. Para el de los toneles llenos, ya no hay placer alguno, pues eso es precisamente lo que antes llamaba vivir como una piedra; cuan do los ha llenado, ni goza ni sufre. Al contrario, el vivir agradablemente consiste en derramar todo lo posible. SÓC. –– ¿No es preciso, si derrama mucho, que sea también mucho lo que sale y que sean grandes los orificios para los desagües?
CAL. –– Sin duda.
SÓC. –– Tú hablas de la vida de un alcaraván 74, pero no de la vida de un muerto ni de una piedra. Y dime, ¿quieres decir, por ejemplo, que es preciso tener hambre y, cuando se tiene hambre, comer?
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CAL. –– Sí, ciertamente.
SÓC. ––¿Y tener sed y beber cuando se la tiene?
CAL: –– Sí, y tener todos los demás deseos y, al tenerlos y ser capaz de satisfacerlos, gozar y vivir felizmente.
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SÓC. –– Muy bien, amigo; continúa como empezaste y procura no ceder por vergüenza. Es preciso, según parece, que tampoco yo me contenga por vergüenza. Dime, en primer lugar, si tener sarna, rascarse, con la posibilidad de rascarse cuanto se quiera, y pasar la vida rascándose es vivir felizmente.
CAL. –– ¡Qué absurdo eres, Sócrates, verdaderamente un orador demagógico!
SÓC. –– Pues así, Calicles, he desconcertado a Polo y a Gorgias y les he hecho avergonzarse; pero es seguro que tú no te desconciertas ni te avergüenzas, porque eres decidido. Pero, simplemente, responde.
CAL. –– Digo, pues, que incluso el que se rasca puede vivir plácidamente.
SÓC. ––¿Si puede vivir plácidamente, puede vivir también felizmente?
CAL. –– Sin duda.
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SÓC. ––¿Si se rasca sólo la cabeza, o te sigo preguntando más? Piensa, Calicles, qué contestarás si te preguntan a continuación todas las cuestiones consiguientes a ésta. ––Y como resumen de ellas, ¿no es la vida de los disolutos terrible, vergonzosa y desgraciada? ¿O bien osarás decir que son felices si tienen abundantemente lo que desean?
CAL. ––¿Note avergüenzas de llevara tales extremos la conversación, Sócrates?
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SÓC. –– ¿La llevo yo a este punto, amigo mío, o el que dice así, simplemente, que los que gozan, de cualquier modo que gocen, son felices, y no distingue qué placeres son buenos y qué otros son malos? 75. Pero di aún otra vez, ¿afirmas que son la misma cosa placer y bien, o hay al placer que no es bueno?
CAL. –– Para que no me resulte una contradicción si digo que son distintos, afirmo que son la misma cosa.
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SÓC. –– Destruyes, Calicles, las bases de la conversación, y ya no puedes buscar bien la verdad conmigo si vas a hablar contra lo que piensas.
CAL. –– Pues también tú haces lo mismo, Sócrates.
SÓC. –– Ciertamente, ni yo obro bien, si hago eso, ni tú tampoco. Pero, considera, Calicles, que quizá el bien no consista en gozar de cualquier modo, pues, si esto es así, resulta evidente que se producen todas las consecuencias vergonzosas que ahora he insinuado y otras muchas más.
CAL. –– Según tú crees, Sócrates.
SÓC. ––¿Pero de verdad, Calicles, sostienes eso?
CAL.. ––Desde luego.
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SÓC. ––¿Debemos, pues, examinarlo convencidos de hablas en serio?
CAL. –– Totalmente.
74. En griego charadriás, probablemente un ave próxima al alcaraván o el mismo alcaraván (charadrius oedicnemus), ave frecuente en el S. de Europa, sobre todo en el SE., desde la primavera hasta el otoño. En los crepúsculos despliega gran acrividad para dar caza a los animales de que se alimenta. Su voracidad debía de ser proverbial.
75. Véase Rep. 505c.
SÓC. –– Sea; puesto que te parece así, contéstame con precisión. ¿Existe algo a lo que llamas ciencia?
CAL. –– Sí.
SÓC. ––¿No hablabas ahora también de cierta valentía que hay junto con la ciencia? 76.
CAL. –– Sí hablaba.
SÓC. –– ¿No es cierto que hablabas de dos cosas al distinguir la valentía de la ciencia?
CAL. –– Sin duda.
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SÓC. ––¿Y qué? ¿El placer y la ciencia son lo mismo o son cosas distintas?
CAL. –– Cosas distintas, sin duda, sapientísimo Sócrates.
SÓC. –– ¿Y la valentía es distinta del placer?
CAL. ––Pues ¿cómo no?
SÓC. –– Tratemos, pues, de recordar esto, que Calicles Acarneo 77 ha dicho que el placer y el bien son la misma cosa, y que la ciencia y la valentía son distintas entre sí y distintas del bien.
CAL. –– Y que Sócrates de Alópece no está de acuerdo con nosotros. ¿O está de acuerdo?
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SÓC. –– No lo está; y creo que tampoco Calicles cuando se haya examinado a sí mismo sinceramente. Porque, dime, ¿no consideras que los que viven felizmente experimentan lo contrario que los desgraciados?
CAL. –– Sí.
SÓC. –– Por tanto, si estas situaciones son contrarias entre sí, ¿no es preciso que suceda con ellas lo que con la salud y la enfermedad? Pues, sin duda, un hombre no está sano y enfermo al mismo tiempo, ni tampoco al mismo tiempo sale del estado de salud y del de enfermedad. CAL. –– ¿Qué quieres decir?
76. Véase, más arriba, 491b.
77. Acarneo es el adjetivo que designa a los pertenecientes al demo de Acharnaí el mayor demo de Ática. Para dejar constancia de una testificación, se añadía a la misma el nombre y el demo del testigo. Así, Socrates indica el demo de Calicles y, a continuación, Calicles nombra a Sócrates precisando el demo a que éste pertenece.
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SÓC. –– Por ejemplo, examina separadamente la parte del cuerpo que quieras. ¿Se puede padecer la enfermedad de los ojos cuyo nombre es oftalmía?
CAL. –– ¿Cómo no?
SÓC. ––Por supuesto: que al mismo tiempo no pueden estar sanos los ojos.
CAL. –– De ninguna manera.
.SÓC. ––¿Qué sucede cuando se cura la oftalmía? ¿También, entonces, se pierde la salud de los ojos y, finalmente, se sale al mismo tiempo del estado de salud y del de enfermedad?
CAL. –– En modo alguno.
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SÓC. –– Esto resultaría, en mi opinión, sorprendente y absurdo, ¿no es cierto?
CAL. –– Por completo.
SÓC. ––Más bien, creo yo, toma uno y pierde el otro alternativamente.
CAL. ––Así es.
SÓC. ––¿No sucede lo mismo con la fuerza y la debilidad?
CAL. ––Sí.
SÓC. ––¿Y con la velocidad y la lentitud?
CAL. –– Sin duda.
SÓC. –– También los bienes y la felicidad y sus contrarios, los males y la desgracia, ¿no se toman alternativa»ente y alternativamente se––pierden?
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CAL. –– Evidentemente.
SÓC. –– Así pues, si encontramos dos cosas que se puedan perder y tener al mismo tiempo, es evidente que no podrían ser el bien y el mal. ¿Estamos de acuerdo en esto? Examínalo bien y contesta.
CAL. –– Estoy completamente de acuerdo.
SÓC. –– Volvamos a lo que hemos convenido antes. ¿Decías que tener hambre es agradable o penoso? Hablo del hambre en sí misma.
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CAL. –– Es penoso, pero comer cuando se tiene hambre es agradable.
SÓC. –– Ya comprendo; pero en todo caso el hecho de tener hambre es, en sí mismo, penoso, ¿no es así?
CAL. ––Así es.
SÓC. ––¿No lo es también tener sed?
CAL. –– Y mucho.
SÓC. ––Por tanto, ¿sigo preguntando más, o estás de acuerdo en que toda necesidad y todo deseo es penoso?
CAL. –– Estoy de acuerdo; no preguntes.
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