Francisco de Quevedo Villegas

 

 

 

 

                          EL MUNDO POR DE DENTRO.

 

                     A DON PEDRO GIRÓN, DUQUE DE OSUNA.

 

    Estas son mis obras: claro está que juzgará V. Excelencia que

    siendo tales no me han de llevar al cielo; mas como yo no pretenda

    dellas más de que en este mundo me den nombre, y el que más estimo

    es de criado de V. Excelencia, se las invío para que, como tan gran

    príncipe, las honre; lograrán de paso la enmienda. Dé Dios a V.

    Excelencia su gracia y salud, que lo demás merecido lo tiene al

    mundo su virtud y grandeza. En la aldea, abril 26 de 1612.

 

                                        Don Francisco Quevedo Villegas.

 

          AL LECTOR, COMO DIOS ME LO DEPARARE, CÁNDIDO O PURPÚREO,

                     PÍO O CRUEL, BENIGNO O SIN SARNA.

 

    Es cosa averiguada, así lo siente Metrodoro Chío y otros muchos,

    que no se sabe nada, y que todos son ignorantes, y aun esto no se

    sabe de cierto, que a saberse ya se supiera algo; sospéchase.

    Dícelo así el doctísimo Francisco Sánchez, médico y filósofo, en su

    libro cuyo título es Nihil Scitur, no se sabe nada. En el mundo hay

    algunos que no saben nada y estudian para saber, y estos tienen

    buenos deseos y vano ejercicio, porque al cabo solo les sirve el

    estudio de conocer cómo toda la verdad la quedan ignorando. Otros

    hay que no saben nada y no estudian porque piensan que lo saben

    todo; son destos muchos irremediables; a estos se les ha de

    invidiar el ocio y la satisfactión y llorarles el seso. Otros hay

    que no saben nada y dicen que no saben nada porque piensan que

    saben algo de verdad, pues lo es que no saben nada, y a estos se

    les había de castigar la hipocresía con creerles la confesión.

    Otros hay, y en estos, que son los peores, entro yo, que no saben

    nada, ni quieren saber nada, ni creen que se sepa nada y dicen de

    todos que no saben nada y todos dicen dellos lo mismo y nadie

    miente. Y como gente que en cosas de letras y sciencias no tiene

    que perder tampoco, se atreven a imprimir y sacar a luz todo cuanto

    sueñan. Estos dan qué hacer a las emprentas, sustentan a los

    libreros, gastan a los curiosos, y al cabo sirven a las

    especierías. Yo pues, como uno destos, y no de los peores

    ignorantes, no contento con haber soñado el Juicio ni haber

    endemoniado un alguacil, y últimamente escrito El infierno, agora

    salgo sin ton y sin son (pero no importa, que esto no es bailar)

    con El mundo por de dentro. Si te agradare y pareciere bien

    agradécelo a lo poco que sabes, pues de tan mala cosa te contentas;

    y si te pareciere malo, culpa mi ignorancia en escribirlo y la tuya

    en esperar otra cosa de mí. Dios te libre, lector, de prólogos

    largos y de malos epítetos.

 

 

                                  Discurso

 

    Es nuestro deseo siempre peregrino en las cosas desta vida, y así,

    con vana solicitud anda de unas en otras sin saber hallar patria ni

    descanso; aliméntase de la variedad y diviértese con ella; tiene

    por ejercicio el apetito, y este nace de la ignorancia de las

    cosas, pues si las conociera cuando cudicioso y desalentado las

    busca, así las aborreciera como cuando arrepentido las desprecia. Y

    es de considerar la fuerza grande que tiene, pues promete y

    persuade tanta hermosura en los deleites y gustos, lo cual dura

    solo en la pretensión de ellos, porque en llegando cualquiera a ser

    poseedor es juntamente descontento. El mundo, que a nuestro deseo

    sabe la condición, para lisonjearla, pónese delante mudable y

    vario, porque la novedad y diferencia es el afeite con que más nos

    atrae. Con esto acaricia nuestros deseos, llévalos tras sí, y ellos

    a nosotros. Sea por todas las experiencias mi succeso, pues cuando

    más apurado me había de tener el conocimiento destas cosas, me

    hallé todo en poder de la confusión, poseído de la vanidad de tal

    manera que en la gran población del mundo, perdido ya, corría donde

    tras la hermosura me llevaban los ojos y adonde tras la

    conversación los amigos, de una calle en otra, hecho fábula de

    todos; y en lugar de desear salida al labirinto, procuraba que se

    me alargase el engaño. Ya por la calle de la ira descompuesto

    seguía las pendencias pisando sangre y heridas; ya por la de la

    gula veía responder a los brindis turbados. Al fin, de una calle en

    otra andaba (siendo infinitas) de tal manera confuso que la

    admiración aun no dejaba sentido para el cansancio, cuando, llamado

    de voces descompuestas y tirado porfiadamente del manteo, volví la

    cabeza. Era un viejo venerable en sus canas, maltratado, roto por

    mil partes el vestido y pisado; no por eso ridículo, antes severo y

    digno de respeto.

 

    -¿Quién eres -dije-, que así te confiesas envidioso de mis gustos?

    Déjame, que siempre los ancianos aborrecéis en los mozos los

    placeres y deleites, no que dejáis de vuestra voluntad, sino que

    por fuerza os quita el tiempo. Tú vas, yo vengo: déjame gozar y ver

    el mundo.

 

    Desmintiendo sus sentimientos, riéndose, dijo:

 

    -Ni te estorbo ni te invidio lo que deseo, antes te tengo lástima.

    ¿Tú por ventura sabes lo que vale un día? ¿Entiendes de cuánto

    precio es una hora? ¿Has examinado el valor del tiempo? Cierto es

    que no, pues así, alegre, le dejas pasar hurtado de la hora que

 

    fugitiva y secreta te lleva preciosísimo robo. ¿Quién te ha dicho

    que lo que ya fue volverá cuando lo hayas menester si le llamares?

    Dime ¿has visto algunas pisadas de los días? No por cierto, que

    ellos solo vuelven la cabeza a reírse y burlarse de los que así los

    dejaron pasar. Sábete que la muerte y ellos están eslabonados y en

    una cadena, y que cuando más caminan los días que van delante de

    ti, tiran hacia ti y te acercan a la muerte, que quizá la aguardas

    y es ya llegada, y según vives, antes será pasada que creída. Por

    necio tengo al que toda la vida se muere de miedo que se ha de

    morir y por malo al que vive tan sin miedo della como si no la

    hubiese, que este lo viene a temer cuando lo padece, y embarazado

    con el temor, ni halla remedio a la vida ni consuelo a su fin.

    Cuerdo es solo el que vive cada día como quien cada día y cada hora

    puede morir.

 

    -Eficaces palabras tienes, buen viejo. Traído me has el alma a mí,

    que me la llevaban embelesada vanos deseos. ¿Quién eres, de dónde,

    y qué haces por aquí?

 

    -Mi hábito y traje dice que soy hombre de bien y amigo de decir

    verdades, en lo roto y poco medrado; y lo peor que tu vida tiene es

    no haberme visto la cara hasta ahora. Yo soy el Desengaño; estos

    rasgones de la ropa son de los tirones que dan de mí los que dicen

    en el mundo que me quieren, y estos cardenales del rostro, estos

    golpes y coces me dan en llegando, porque vine y porque me vaya,

    que en el mundo todos decís que queréis desengaño, y en teniéndole,

    unos os desesperáis, otros maldecís a quien os le dio, y los más

    corteses no le creéis. Si tú quieres, hijo, ver el mundo, ven

    conmigo, que yo te llevaré a la calle mayor, que es a donde salen

    todas las figuras, y allí verás juntos los que por aquí van

    divididos sin cansarte; yo te enseñaré el mundo como es, que tú no

    alcanzas a ver sino lo que parece.

 

    -¿Y cómo se llama -dije yo- la calle mayor del mundo, donde hemos

    de ir?

 

    -Llámase -respondió- Hipocresía, calle que empieza con el mundo y

    se acabará con él; y no hay nadie casi que no tenga, si no una

    casa, un cuarto o un aposento en ella. Unos son vecinos y otros

    paseantes, que hay muchas diferencias de hipócritas, y todos

    cuantos ves por ahí lo son. ¿Y ves aquel que gana de comer como

    sastre y se viste como hidalgo? Es hipócrita, y el día de fiesta,

    con el raso y el terciopelo y el cintillo y la cadena de oro, se

    desfigura de suerte que no le conocerán las tijeras y agujas y

    jabón, y parece tan poco a sastre, que aun parece que dice verdad.

    ¿Ves aquel hidalgo con aquel que es como caballero? Pues debiendo

    medirse con su hacienda ir solo, por ser hipócrita y parecer lo que

    no es, se va metiendo a caballero, y por sustentar un lacayo, ni

    sustenta lo que dice ni lo que hace, pues ni lo cumple ni lo paga,

    y la hidalguía y la ejecutoria le sirve solo de pontífice en

    dispensarle los casamientos que hace con sus deudas, que está más

    casado con ellas que con su mujer. Aquel caballero, por ser señoría

    no hay diligencia que no haga, y ha procurado hacerse Venecia, por

    ser señoría; sino que como se fundó en el viento, para serlo se

    había de fundar en el agua. Sustenta, por parecer señor, caza de

    halcones, que lo primero que matan es a su amo de hambre con la

    costa, y luego el rocín en que los llevan, y después, cuando mucho,

    una graja o un milano. Y ninguno es lo que parece. El señor, por

    tener actiones de grande se empeña, y el grande remeda cosas de

    rey. ¿Pues qué diré de los discretos? ¿Ves aquel aciago de cara?

    Pues siendo un mentecato, por parecer discreto y ser tenido por

    tal, se alaba de que tiene poca memoria, quéjase de melancolías,

    vive descontento y préciase de mal regido, y es hipócrita, que

    parece entendido y es mentecato. ¿No ves los viejos hipócritas de

    barbas, con las canas envainadas en tinta, querer en todo parecer

    muchachos? ¿No ves a los niños preciarse de dar consejos y presumir

    de cuerdos? Pues todo es hipocresía. Pues en los nombres de las

    cosas ¿no la hay la mayor del mundo? El zapatero de viejo se llama

    entretenedor del calzado; el botero, sastre del vino, que le hace

    de vestir; el mozo de mulas, gentilhombre de camino; el bodegón,

    estado, el bodegonero, contador; el verdugo se llama miembro de la

    justicia y el corchete criado; el fullero, diestro; el ventero,

    güésped; la taberna, ermita; la putería, casa; las putas, damas;

    las alcahuetas, dueñas; los cornudos, honrados. Amistad llaman el

    mancebamiento, trato a la usura, burla a la estafa, gracia la

    mentira, donaire la malicia, descuido la bellaquería, valiente al

    desvergonzado, cortesano al vagamundo, al negro moreno, señor

    maestro al albardero y señor doctor al platicante. Así que ni son

    lo que parecen ni lo que se llaman, hipócritas en el nombre y en el

    hecho. ¿Pues unos nombres que hay generales? A toda pícara, señora

    hermosa; a todo hábito largo, señor licenciado; a todo gallofero,

    señor soldado; a todo bien vestido, señor hidalgo; a todo fraile

    motilón o lo que fuere, reverencia y aun paternidad; a todo

    escribano, secretario. De suerte que todo el hombre es mentira por

    cualquier parte que le examinéis, si no es que, ignorante como tú,

    crea las apariencias. ¿Ves los pecados? Pues todos son hipocresía,

    y en ella empiezan y acaban, y della nacen y se alimentan la Ira,

    la Gula, la Soberbia, la Avaricia, la Lujuria, la Pereza, el

    Homicidio y otros mil.

 

    -¿Cómo me puedes tú decir, ni probarlo, si vemos que son diferentes

    y distinctos?

 

    -No me espanto que eso ignores, que lo saben pocos. Oye y

    entenderás con facilidad eso que así te parece contrario, qué bien

    se conviene: todos los pecados son malos, eso bien lo confiesas, y

    también confiesas con los filósofos y teólogos que la voluntad

    apetece lo malo debajo de razón de bien, y que para pecar no basta

    la representación de la ira ni el conocimiento de la lujuria, sin

    el consentimiento de la voluntad, y que eso para que sea pecado no

    aguarda la ejecución, que solo le agrava más, aunque en esto hay

    muchas diferencias. Esto así visto y entendido, claro está que cada

    vez que un pecado destos se hace, que la voluntad lo consiente y le

    quiere; y según su natural no pudo apetecelle sino debajo de razón

    de algún bien. ¿Pues hay más clara y más confirmada hipocresía, que

    vestirse del bien en lo aparente para matar con el engaño? «¿Qué

    esperanza es la del hipócrita?», dice Job. Ninguna, pues ni la

    tiene por lo que es, pues es malo, ni por lo que parece, pues lo

    parece y no lo es. Todos los pecadores tienen menos atrevimiento

    que el hipócrita, pues ellos pecan contra Dios, pero no con Dios ni

    en Dios, mas el hipócrita peca contra Dios y con Dios, pues le toma

    por instrumento para pecar; y por eso, como quien sabía lo que era,

    y lo aborrecía tanto sobre todas las cosas, Cristo, habiendo dado

    muchos preceptos afirmativos a sus dicípulos, solo uno les dio

    negativo, diciendo: «No queráis ser como los hipócritas tristes»;

    de manera que, con muchos preceptos y comparaciones, les enseñó

    cómo habían de ser, ya como luz, ya como sal, ya como el convidado,

    ya como el de los talentos, y lo que no habían de ser, todo lo

    cerró en decir solamente «No queráis ser como los hipócritas

    tristes», advirtiendo que en no ser hipócritas está el no ser en

    ninguna manera malos, porque el hipócrita es malo de todas maneras.

 

    En esto llegamos a la calle mayor; vi todo el concurso que el viejo

    me había prometido. Tomamos puesto conveniente para registrar lo

    que pasaba. Fue un entierro en esta forma: venían envainados en

    unos sayos grandes de diferentes colores unos pícaros, haciendo una

    taracea de mullidores; pasó esta recua incensando con las

    campanillas; seguían los muchachos de la doctrina, meninos de la

    muerte y lacayuelos del ataúd gritando su letanía, luego las

    órdenes, y tras ellos los clérigos, que galopeando los responsos,

    cantaban de portante abreviando porque no se derritiesen las velas

    y tener tiempo para sumir otro. Seguíanse luego doce galloferos

    hipócritas de la pobreza, con doce hachas, acompañando el cuerpo y

    abrigando a los de la capacha, que hombreando testificaban el peso

    de la difunta. Detrás seguía larga procesión de amigos que

    acompañaban en la tristeza y luto al viudo que, anegado en capuz de

    bayeta y devanado en una chía, perdido el rostro en la falda de un

    sombrero de suerte que no se le podían hallar los ojos, corvos e

    impedidos los pasos con el peso de diez arrobas de cola que

    arrastraba, iba tardo y perezoso. Lastimado deste espectáculo,

 

    -¡Dichosa mujer -dije-, si lo puede ser alguna en la muerte, pues

    hallaste marido que pasó con la fe y el amor más allá de la vida y

    sepultura. Y dichoso viudo que ha hallado tales amigos, que no solo

    acompañan su sentimiento, pero que parece que le vencen en él. ¿No

    ves qué tristes van y suspensos?

 

    El viejo, moviendo la cabeza y sonriéndose, dijo:

 

    -¡Desventurado! Eso todo es por fuera, y parece así, pero agora lo

    verás por de dentro y verás con cuánta verdad el ser desmiente a

    las aparencias. ¿Ves aquellas luces, campanillas y mullidores, y

    todo este acompañamiento? ¿Quién no juzgará que los unos alumbran

    algo y que los otros no es algo lo que acompañan, y que sirve de

    algo tanto acompañamiento y pompa? Pues sabe que lo que allí va no

    es nada, porque aun en vida lo era y en muerte dejó ya de ser, y

    que no le sirve de nada todo; sino que también los muertos tienen

    su vanidad y los difuntos y difunctas su soberbia. Allí no va sino

    tierra de menos fruto y más espantosa de la que pisas, por sí no

    merecedora de alguna honra, ni aun de ser cultivada con arado ni

    azadón. ¿Ves aquellos viejos que llevan las hachas? Pues no las

    atizan para que atizadas alumbren más, sino porque atizadas a

    menudo se derritan más y ellos hurten más cera para vender: estos

    son los que a la sepultura hacen la salva en el difunto y difunta,

    pues antes que ella lo coma ni lo pruebe, cada uno le ha dado un

    bocado, arrancándole un real o dos. ¿Ves la tristeza de los amigos?

    Pues todo es de ir en el entierro, y los convidados van dados al

    diablo con los que los convidaron, que quisieran más pasearse o

    asistir a sus negocios. Aquel que habla de mano con el otro, le va

    diciendo que convidar a entierro y a misacantanos, donde se ofrece,

    que no se puede hacer con un amigo, y que el entierro solo es

    convite para la tierra, pues a ella solamente llevan que coma. El

    viudo no va triste del caso y viudez, sino de ver que pudiendo él

    haber enterrado a su mujer a un muladar y sin coste y fiesta

    ninguna, le hayan metido en semejante barahúnda y gasto de

    confadrías y cera, y entre sí dice que le debe poco y que ya que se

    había de morir pudiera haberse muerto de repente, sin gastarle en

    médicos, barberos ni boticas, y no dejarle empeñado en jarabes y

    pócimas. Dos ha enterrado con esta, y es tanto el gusto que recibe

    de enviudar, que va ya trazando el casamiento con una amiga que ha

    tenido, y fiado con su mala condición y endemoniada vida, piensa

    doblar el capuz por poco tiempo.

 

    Quedé espantado de ver todo eso ser así, diciendo:

 

    -¡Qué diferentes son las cosas del mundo de como las vemos! Desde

    hoy perderán conmigo todo el crédito mis ojos y nada creeré menos

    de lo que viere.

 

    Pasó por nosotros el entierro como si no hubiera de pasar por

    nosotros tan brevemente, y como si aquella difunta no nos fuera

    enseñando el camino y, muda, no nos dijera a todos: «Delante voy

    donde aguardo a los que quedáis, acompañando a otros, y que yo vi

    pasar con ese propio descuido».

 

    Apartónos desta consideración el ruido que andaba en una casa a

    nuestras espaldas; entramos dentro a ver lo que fuese, y al tiempo

    que sintieron gente, comenzó un plañido a seis voces de mujeres que

    acompañaban una viuda. Era el llanto muy autorizado pero poco

    provechoso al difunto; sonaban palmadas de rato en rato, que

    parecía palmeado de disciplinantes. Oíanse unos sollozos estirados,

    embutidos de suspiros, pujados por falta de gana. La casa estaba

    despojada, las paredes desnudas; la cuitada estaba en un aposento

    escuro, sin luz ninguna, lleno de bayetas, donde lloraban a tiento.

    Unas decían: «Amiga, nada se remedia con llorar»; otras: «Sin duda

    goza de Dios». Cuál la animaba a que se conformase con la voluntad

    del Señor. Y ella luego comenzaba a soltar el trapo, y llorando a

    cántaros decía:

 

    -¿Para qué quiero yo vivir sin fulano? ¡Desdichada nací, pues no me

    queda a quien volver los ojos! ¿Quién ha de amparar a una pobre

    mujer sola?

 

    Y aquí plañían todas con ella, y andaba una sonadera de narices que

    se hundía la cuadra. Y entonces advertí que las mujeres se purgan

    en un pésame destos, pues por los ojos y las narices echan cuanto

    mal tienen. Enternecíme y dije:

 

    -¡Qué lástima tan bien empleada es la que se tiene a una viuda,

    pues por sí una mujer es sola, y viuda mucho más! Y así les dio la

    Sagrada Escritura nombre de mudas sin lengua, que eso significa la

    voz que dice viuda en hebreo, pues ni tiene quien hable por ella ni

    atrevimiento, y como se ve sola para hablar, y aunque hable, como

    no la oyen, lo mesmo es que ser mudas, y peor. Mucho cuidado tuvo

    Dios dellas en el Testamento Viejo, y en el Nuevo las encomendó

    mucho por San Pablo: «Cómo el Señor cuida de los solos y mira lo

    humilde de lo alto»; «No quiero vuestros sábados y festividades

    -dijo por Isaías-, y el rostro aparto de vuestros inciensos;

    cansado me tienen vuestros holocaustos, aborresco vuestras calendas

    y solemnidades; lavaos y estaos limpios, quitad lo malo de vuestros

    deseos, pues lo veo yo. Dejad de hacer mal, aprended a hacer bien,

    buscad la justicia, socorred al oprimido, juzgad en su innocencia

    al huérfano, defended a la viuda». Fue creciendo la oración de una

    obra buena en otra buena más accepta, y por suma caridad puso el

    defender la viuda. Y está escrito con la providencia del Espíritu

    Santo, decir: «Defended a la viuda», porque en siéndolo no se puede

    defender, como hemos dicho, y todos la persiguen. Y es obra tan

    accepta a Dios esta, que añade el profeta consecutivamente,

    diciendo: «Y si lo hiciéredes, venid y argüidme». Y conforme a esta

    licencia que da Dios de que le arguyan los que hicieren bien y se

    apartaren del mal, y socorrieren al oprimido y miraren por el

    huérfano y defendieren la viuda, bien pudo Job argüir a Dios, libre

    de las calumnias que por argüir con Él le pusieron sus enemigos,

    llamándole por ello atrevido e impío. Que lo hiciese consta del

    capítulo 31, donde dice: «¿Negué yo, por ventura, lo que me pedían

    los pobrecitos? ¿Hice aguardar los ojos de la viuda?», que

    convienen con lo dicho, como quien dice: ella no puede, porque es

    muda, con palabras, sino con los ojos, poniendo delante su

    necesidad. El rigor de la letra hebrea dice:«¿O consumí los ojos de

    la viuda?», que eso hace el que no se duele de la que lo mira para

    que le socorra porque no tiene voz para pedirle. Dejadme -dije al

    viejo- llorar semejante desventura y juntar mis lágrimas a las

    destas mujeres.

 

    El viejo, algo enojado, dijo:

 

    -¿Agora lloras, después de haber hecho ostentación vana de tus

    estudios y mostrádote docto y teólogo, cuando era menester

    mostrarte prudente? ¿No aguardaras a que yo te hubiera declarado

    estas cosas para ver cómo merecían que se hablase dellas? ¿Mas

    quién habrá que detenga la sentencia ya imaginada en la boca? No es

    mucho, que no sabes otra cosa, y que a no ofrecerse la viuda te

    quedabas con toda tu ciencia en el estómago. No es filósofo el que

    sabe dónde está el tesoro, sino el que trabaja y le saca. Ni aun

    ese lo es del todo, sino el que después de poseído usa bien dél.

    ¿Qué importa que sepas dos chistes y dos lugares si no tienes

    prudencia para acomodallos? Oye; verás esta viuda, que por defuera

    tiene un cuerpo de responsos, cómo por de dentro tiene una ánima de

    aleluyas; las tocas negras y los pensamientos verdes. ¿Ves la

    escuridad del aposento y el estar cubiertos los rostros con el

    manto? Pues es porque así, como no las pueden ver, con hablar un

    poco gangoso, escupir y remedar sollozos, hacen un llanto casero y

    hechizo, teniendo los ojos hechos una yesca. ¿Quiéreslas consolar?

    Pues déjalas solas y bailarán en no habiendo con quien cumplir. Y

    luego las amigas harán su oficio: «Quedáis moza y es mal lograros,

    hombres habrá que os estimen, ya sabéis quién es fulano, que cuando

    no supla la falta del que está en la gloria», etc. Otra: «Mucho

    debéis a don Pedro, que acudió en este trabajo, no sé qué me

    sospeche, y en verdad que si hubiera de ser algo, que por quedar

    tan niña os será forzoso...». Y entonces la viuda, muy recoleta de

    ojos y muy estreñida de boca, dice: «No es agora tiempo deso; a

    cargo de Dios está, Él lo hará si viere que conviene». Y advertid

    que el día de la viudez es el día que más comen estas viudas,

    porque para animarla no entra ninguna que no le dé un trago, y le

    hace comer un bocado, y ella lo come diciendo: «Todo se vuelve

    ponzoña», y medio mascándolo, dice: «¿Qué provecho puede hacer esto

    a la amarga viuda, que estaba hecha a comer a medias todas las

    cosas, y con compañía, y agora se las habrá de comer todas enteras,

    sin dar parte a nadie, de puro desdichada?». Mira, pues, siendo

    esto así, qué a propósito vienen tus exclamaciones.

 

    Apenas esto dijo el viejo, cuando arrebatados de unos gritos

    ahogados en vino, de gran ruido de gente, salimos a ver qué fuese,

    y era un alguacil, el cual con solo un pedazo de vara en la mano y

    las narices ajadas, deshecho el cuello, sin sombrero y en cuerpo,

    iba pidiendo «¡Favor al rey! ¡Favor a la justicia!» tras un ladrón

    que en seguimiento de una iglesia, y no de puro buen cristiano, iba

    tan ligero como pedía la necesidad y le mandaba el miedo. Atrás,

    cercado de gente, quedaba el escribano, lleno de lodo, con las

    cajas en el brazo izquierdo, escribiendo sobre la rodilla. Y noté

    que no hay cosa que crezca tanto en tan poco tiempo como culpa en

    poder de escribano, pues en un instante tenía una resma al cabo.

    Pregunté la causa del alboroto; dijeron que aquel hombre que huía

    era amigo del alguacil, y que le fió no sé qué secreto tocante en

    delicto, y por no dejarlo a otro que lo hiciese, quiso él asirle.

    Huyósele después de haberle dado muchas puñadas, y viendo que venía

    gente encomendóse a sus pies y fuese a dar cuenta de sus negocios a

    un retablo. El escribano hacía la causa mientras el alguacil con

    los corchetes (que son podencos del verdugo que siguen ladrando)

    iban tras él, y no le podían alcanzar. Y debía de ser el ladrón muy

    ligero, pues no le podían alcanzar soplones, que por fuerza corrían

    como el viento.

 

    -¿Con qué podrá premiar una república el celo deste alguacil, pues

    porque yo y el otro tengamos nuestras vidas, honras y haciendas, ha

    aventurado su persona? Este merece mucho con Dios y con el mundo.

    Mírale cuál va roto y herido, llena de la sangre la cara, por

    alcanzar aquel delincuente y quitar un entropezón a la paz del

    pueblo.

 

    -¡Basta!-dijo el viejo-, que si no te van a la mano dirás un día

    entero. Sábete que ese alguacil no sigue a este ladrón, ni procura

    alcanzalle por el particular y universal provecho de nadie, sino

    que como ve que aquí le mira todo el mundo, córrese de que haya

    quien en materia de hurtar le eche el pie delante, y por eso aguija

    por alcanzalle. Y no es culpable el alguacil porque le prendió,

    siendo su amigo, si era delincuente, que no hace mal el que come de

    su hacienda; antes hace bien y justamente, y todo delincuente y

    malo, sea quien fuere, es hacienda del alguacil y le es lícito

    comer della. Estos tienen sus censos sobre azotes y galeras y sus

    juros sobre la horca. Y créeme que el año de virtudes, para estos y

    para el infierno es estéril. Y no sé cómo aborreciéndolos el mundo

    tanto, por vergüenza dellos no da en ser bueno adrede por un año o

    dos años, que de hambre y de pena se morirían.Y renegad de oficio

    que tiene situados sus gajes donde los tiene situados Bercebú.

 

    -Ya que en eso pongas también dolo, ¿cómo lo podrás poner en el

    escribano, que le hace la causa calificada con testigos?

 

    -Ríete deso -dijo-. ¿Has visto tú alguacil sin escribano algún día?

    No por cierto, que como ellos salen a buscar de comer, porque,

    aunque topen un innocente, no vaya a la cárcel sin causa, llevan

    escribano que se la haga, y así, aunque ellos no den causa para que

    les prendan, hácesela el escribano, y están presos con causa. Y en

    los testigos no repares, que para cualquier cosa tendrán tantos

    como tuviere gotas de tinta el tintero, que los más, en los malos

    oficiales, los presenta la pluma y los examina la cudicia, y si

    dicen algunos lo que es verdad, escriben lo que han de menester y

    repiten lo que dijeron. Y para andar como había de andar el mundo,

    mejor fuera y más importara que el juramento que ellos toman al

    testigo, que jure a Dios y a la cruz decir verdad en lo que les

    fuere preguntado, que el testigo se lo tomara a ellos de que la

    escribirán como ellos la dijeren. Muchos hay buenos escribanos y

    alguaciles muchos, pero de sí el oficio es con los buenos como la

    mar con los muertos, que no los consiente y dentro de tres días los

    echa a la orilla. Bien me parece a mí un escribano a caballo y un

    alguacil con capa y gorra honrando unos azotes como pudiera un

    bautismo, detrás de una sarta de ladrones que azotan; pero siento

    que cuando el pregonero dice: «A estos hombres, por ladrones», que

    suena el eco en la vara del alguacil y en la pluma del escribano.

 

    Más dijera si no le tuviera la grandeza con que un hombre rico iba

    en una carroza, tan hinchado que parecía porfiaba a sacarla de

    husillo, pretendiendo parecer tan grave, que a las cuatro bestias

    aun se lo parecía, sigún el espacio con que andaban. Iba muy

    derecho, preciándose de espetado, escaso de ojos y avariento de

    miraduras, ahorrando cortesías con todos, sumida la cara en un

    cuello abierto hacia arriba que parecía vela en papel, y tan

    olvidado de sus conjunturas que no sabía por dónde volverse a hacer

    una cortesía ni levantar el brazo a quitarse el sombrero, el cual

    parecía miembro sigún estaba fijo y firme. Cercaban el coche

    cantidad de criados traídos con artificio, entretenidos con

    promesas y sustentados con esperanzas. Otra parte iba de

    acompañamiento de acreedores, cuyo crédito sustentaba toda aquella

    máquina. Iba un bufón en el coche entreteniéndole.

 

    -Para ti se hizo el mundo -dije yo luego que le vi-, que tan

    descuidado vives y con tanto descanso y grandeza. ¡Qué bien

    empleada hacienda, qué lucida! ¡Y cómo representa bien quién es

    este caballero!

 

    -Todo cuanto piensas -dijo el viejo- es disparate y mentira cuanto

    dices; y solo aciertas en decir que el mundo solo se hizo para

    este, y es verdad, porque el mundo es solo trabajo y vanidad y este

    es todo vanidad y locura. ¿Ves los caballos? Pues comiendo se van,

    a vueltas de la cebada y paja, al que la fía a este, y por cortesía

    de las ejecuciones trae ropilla. Más trabajo le cuesta la fábrica

    de sus embustes para comer que si lo ganara cavando. ¿Ves aquel

    bufón? Pues has de advertir que tiene por su bufón al que le

    sustenta y le da lo que tiene. ¿Qué más miseria quieres destos

    ricos, que todo el año andan comprando mentiras y adulaciones y

    gastan sus haciendas en falsos testimonios? Va aquel tan contento

    porque el truhán le ha dicho que no hay tal príncipe como él y que

    todos los demás son unos escuderos, como si ello fuera así, y

    diferencian muy poco, porque el uno es juglar del otro: desta

    suerte el rico se ríe con el bufón y el bufón se ríe del rico

    porque hace caso de lo que lisonjea.

 

    Venía una mujer hermosa, trayéndose de paso los ojos que la miraban

    y dejando los corazones llenos de deseos. Iba ella con artificioso

    descuido escondiendo el rostro a los que ya le habían visto y

    descubriéndole a los que estaban divertidos. Tal vez se mostraba

    por velo, tal vez por tejadillo; ya daba un relámpago de cara con

    un bamboleo de manto, ya se hacía brújula mostrando un ojo solo, ya

    tapada de medio lado descubría un tarazón de mejilla. Los cabellos,

    martirizados, hacían sortijas a las sienes. El rostro era nieve y

    grana y rosas que se conservaban en amistad esparcidas por labios,

    cuello y mejillas; los dientes trasparentes; y las manos, que de

    rato en rato nevaban el manto, abrasaban los corazones. El talle y

    paso ocasionando pensamientos lascivos; tan rica y galana como

    cargada de joyas recibidas y no compradas. Vila, y arrebatado de la

    naturaleza, quise seguirla entre los demás, y a no tropezar en las

    canas del viejo lo hiciera. Volvíme atrás y diciendo:

 

    -Quien no ama con todos sus cinco sentidos una mujer hermosa, no

    estima a la naturaleza su mayor cuidado y su mayor obra. ¡Dichoso

    es el que halla tal ocasión y sabio el que la goza! ¿Qué sentido no

    descansa en la belleza de una mujer que nació para amada del

    hombre? De todas las cosas del mundo aparta y olvida su amor,

    correspondiendo, teniéndole todo en poco y tratándole con

    desprecio. ¡Qué ojos tan hermosos honestamente! ¡Qué mirar tan

    cauteloso y prevenido en los descuidos de una alma libre! ¡Qué

    cejas tan negras, esforzando recíprocamente la blancura de la

    frente! ¡Qué mejillas, donde la sangre mezclada con la leche

    engendra lo rosado que admira! ¡Qué labios encarnados, guardando

    perlas que la risa muestra con recato! ¡Qué cuello! ¡Qué manos!

    ¡Qué talle! Todos son causa de perdición y juntamente disculpa del

    que se pierde por ella.

 

    -¿Qué más le queda a la edad que decir y al apetito que

    desear?-dijo el viejo-. Trabajo tienes si con cada cosa que ves

    haces esto. Triste fue tu vida. No naciste sino para admirado.

    Hasta agora te juzgaba por ciego y agora veo que también eres loco.

    Y echo de ver que hasta agora no sabes para lo que Dios te dio los

    ojos ni cuál es su oficio. Ellos han de ver y la razón ha de juzgar

    y elegir; al revés lo haces, o nada haces, que es peor. Si te andas

    a creerlos padecerás mil confusiones: tendrás las sierras por

    azules y lo grande por pequeño, que la longitud y la proximidad

    engañan la vista. ¡Qué río caudaloso no se burla della, pues para

    saber hacia dónde corre es menester una paja o ramo que se lo

    muestre. ¿Viste esa visión que acostándose fea se hizo esta mañana

    hermosa ella misma y haces extremos grandes? Pues sábete que las

    mujeres lo primero que se visten en despertándose es una cara, una

    garganta y unas manos, y luego las sayas. Todo cuanto ves en ella

    es tienda y no natural. ¿Ves el cabello? Pues comprado es y no

    criado. Las cejas tienen más de ahumadas que de negras, y si como

    se hacen cejas se hicieran las narices, no las tuvieran. Los

    dientes que ves, y la boca, era de puro negra un tintero y a puros

    polvos se ha hecho salvadera. La cera de los oídos se ha pasado a

    los labios y cada uno es una candelilla. ¿Las manos, pues? Lo que

    parece blanco es untado. ¡Qué cosa es ver una mujer que ha de salir

    otro día a que la vean, echarse la noche antes en adobo y verlas

    acostar las caras hechas cofines de pasas, y a la mañana irse

    pintando sobre lo vivo como quieren! ¡Qué es ver una fea o una

    vieja querer, como el otro tan celebrado nigromántico, salir de

    nuevo de una redoma! ¿Estáslas mirando? Pues no es cosa suya. Si se

    lavasen las caras no las conocerías. Y cree que en el mundo no hay

    cosa tan trabajada como el pellejo de una mujer hermosa, donde se

    enjugan y secan y derriten más jalbegues que sus faldas.

    Desconfiadas de sus personas, cuando quieren halagar algunas

    narices, luego se encomiendan a la pastilla y al sahumerio o aguas

    de olor, y a veces los pies disimulan el sudor con las zapatillas

    de ámbar. Dígote que nuestros sentidos están en ayunas de lo que es

    mujer y ahítos de lo que le parece. Si la besas te embarras los

    labios; si la abrazas, aprietas tablillas y abollas cartones; si la

    acuestas contigo, la mitad dejas debajo la cama en los chapines; si

    la pretendes te cansas; si la alcanzas te embarazas; si la

    sustentas te empobreces; si la dejas te persigue; si la quieres te

    deja. Dame a entender de qué modo es buena, y considera agora este

    animal soberbio con nuestra flaqueza, a quien hacen poderoso

    nuestras necesidades, más provechosas sufridas o castigadas que

    satisfechas, y verás tus disparates claros. Considérala padeciendo

    los meses y te dará asco; y cuando está sin ellos acuérdate que los

    ha tenido y que los ha de padecer, y te dará horror lo que te

    enamora. Y avergüénzate de andar perdido por cosas que en cualquier

    estatua de palo tienen menos asqueroso fundamento.

 

                        Fin del mundo por de dentro.