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Séneca
Lucius Annaeus Seneca nació en Córdoba hacia el año 4 a. C. Sus padres,
Marcus Annaeus Seneca y Helvia. Como tantos otros hijos de familia
acomodada, fue trasladado a Roma donde recibió la mejor educación que en
sus tiempos se le pudo ofrecer. Estudió con los pitagóricos Sextio y
Soción de Alejandria, el estoico Atalo y Demetrio el cínico. Viajó por
Egipto.
Debió ser un buen abogado y un interesante orador de nombre conocido ya en
su juventud. Miembro del senado, tuvo algún roce con Calígula y,
finalmente, cayó en desgracia bajo el gobierno de Claudio. Fue desterrado
a Córcega (41), acusado por Mesalina de tener relaciones con Julia Livia,
hija de Germánico y Agripina. Tal vez el pertenecer al círculo de
amistades de Agripina, la joven, hija también de Germánico, conspiradora
activa e infatigable, fue suficiente riesgo político para Séneca; y el
exilio en Córcega, el tributo que pagó. Sin embargo, ocho años son
suficientes para que las cosas cambien radicalmente y, al casar Claudio
con Agripina -la joven, madre de Nerón es nuevamente llamado a
Roma (49), para hacerse cargo de la educación de Lucius Domitius
Ahenobarbus, luego Nero Claudius Caesar Drusus Germanicus, Nerón, que
sucedería a Claudio en el gobierno (54).
Séneca, a quien sus doctrinas más o menos estoicas no impidieron acumular
una cuantiosa fortuna, repartida por buena parte de la geografía del
Imperio, controló la administración en compañía del también preceptor del
Princeps, Sexto Afranio Burro, jefe de los pretorianos. A la muerte de
éste (62) no pudo rehuir el enfrentamiento con Nerón. Se deshizo de buena
parte de su fortuna, y se retiró de la vida pública. Sin embargo, se vio
envuelto en el complot de Gayo Calpurnio Pisón (65) y tuvo que suicidarse
por orden imperial, si bien no debió importarle a juzgar por la admiración
que profesó a los suicidas y la frecuencia con que exalta en sus cartas la
sublimidad de decidir el momento adecuado para la propia muerte.
Su vida debió ser ajetreada y activa, propia del ambiente que le rodeó,
excepto en los últimos años (sobre todo del 62 al 65) y en épocas alternas
de ambición, depresión, reflexión, como parece traslucirse de la lectura
de sus cartas. Tal vez alcanzó al final el equilibrio y de ahí su gusto
por adoctrinar según su ejemplo, con muy rígidos consejos a Lucilio. Lo
cierto es que Séneca fue un hombre de profunda sensibilidad, que disfrutó
algunos años de las ventajas de su privilegiada situación, si bien
riquezas y lujos pasaron por él sin dejar huella, y renunciando a lo no
indispensable, supo gozar en el retiro de su propio pensamiento.
De la Ira
Sobre la felicidad
Sobre la
providencia
Tratados morales
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