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LIBRO PRIMERO.

I.

Canto asunto marcial; al héroe canto

Que, de Troya lanzado, a Italia vino;

Que ora en mar, ora en tierra, sufrió tanto

De Juno rencorosa y del destino;

Que en guerras luego padeció quebranto,

Conquistador en el país latino,

Hasta fundar, en fin, con alto ejemplo,

Muro a sus armas, y a sus dioses templo.

II.

De allá trajo su ser el trono albano,

Su nombre el pueblo a quien el orbe admira,

Roma de allá su cetro soberano...

Mas tú a mi osado verso, Musa, inspira!

Abre de estos sucesos el arcano;

¿Qué ofensa suscitó la excelsa ira

Que a la errante virtud sigue y quebranta?

¿Cupo en celestes pechos furia tanta?

III.

En frente, aunque a distancia, de la riba

Donde el Tibre en el mar su onda derrama,

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Tiria de origen, opulenta, altiva,

Alzóse la ciudad que Juno ama.

Más que a Sámos la Diosa vengativa

La amó: Cartago la ciudad se llama:

En ella la armadura pavorosa,

El carro en ella estuvo de la Diosa.

IV.

Y ya anhela ÉI Juno y pretendía

Hacer del orbe a esta ciudad señora

Si consintiese el hado. Oido habia

Que, corriendo los tiempos, en mal hora

Para alcázares tirios, se alzaria

De troyana raíz, dominadora

Nación potente, en los combates fiera,

Que así lo urdido por las Parcas era.

V.

Eso la Diosa recelaba; y luego

De irritantes recuerdos ocupada,

Ella no olvida que a vengar al Griego

Fue la primera en desnudar la espada:

Del troyano pastor el fallo ciego;

Su ofendida beldad, la raza odíada,

El alto honor a Ganimédes hecho,

Memorias son para afligir su pecho.

VI.

Por eso avienta a términos distantes

Del ítalo confín, a los que a vida

Dejó incendio voraz, salvados antes

Del acero de Aquíles homicida.

Por largos años sobre el ponto errantes,

Cerrando el paso a su virtud sufrida

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E1 hado vengador ¿dónde no asoma?

¡Fue empresa colosal fundar a Roma!

VII.

Haciendo nueva tentativa ahora

De la orilla zarpando siliciana,

Ya a la vela se daban; ya la prora

cortando iba veloz la espuma cana.

Mas la llaga cruel que la devora

Guardaba fresca la deidad tirana

En el fondo del alma; y sin testigo

Así comienza a razonar consigo:

VIII.

»¿Y será que vencida retroceda

En la intentada empresa? ¿y que al troyano

Aborrecido príncipe no pueda

Lejos tener del límite italiano?

¿Conque adverso el destino me lo veda?

Pálas un día, del insulto insano

Tan sólo de Áyax ofendida, airada,

¿No hundió a los Griegos y abrasó su armada?

IX.

»Ella misma del cerco nebuloso

Vibró de Jove la veloz centella,

Y alteró de los mares el reposo

Y dispersó los navegantes; ella

En torbellino súbito, furioso,

Arrebatando al infeliz, lo estrella,

Cuando aun abierto el pecho llameaba,

Contra un agrio peñon, y allí le clava.

X.

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»Y yo, que entre los Númenes campeo

De los Númenes todos soberana;

Yo, que los altos títulos poseo

De consorte de Júpiter y hermana,

Ya tantos años ha que en lid me empleo

Con solo un pueblo, y mi insistencia es vana!

¿Y habrá de hoy más quien me venere? ¿alguno

Que humilde ofrende en el altar de Juno?»

XI.

Tal medita la Diosa, y sus sollozos

Ahogando en su furor, a Eolia vuela,

Región, nublada en lóbregos embozos,

Región que aborta la hórrida, procela:

Eolo allí en inmensos calabozos

Las roncas tempestades encarcela

Y los batalladores aquilones,

Y hace pesar su imperio en sus prisiones.

XII.

Ellos dentro la hueca pesadumbre

Ruedan bramando, amenazando estrago;

Él, cetro en mano, sobre la alta cumbre,

Resuelve, en aire el comprimido amago,

Que si aquella legión de servidumbre

Salir lograse, por el éter vago

La tierra el mar, el ámbito profundo

Rauda barriera aniquilando el mundo.

XIII.

El alto Jove recelando eso,

Al ejército aéreo abrió esta sima,

Y ahí en tinieblas le envolvió, y el peso

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De altísimos collados le echó encima;

Y un rey impuso al elemento opreso

Que con tacto severo, ya reprima,

Ya dé medida libertad. Ahora

Juno ante él llega, y su favor implora:

XIV.

ȃolo, a quien el Rey de cielo y tierra

Calmar concede y sublevar los mares,

Oye: aquel pueblo a quien juré la guerra

Surca el Tirreno, y sus vencidos lares

Lleva, y su imperio, a Italia. Desencierra,

Eolo, tus alados auxiliares,

Y envíalos con ímpetus violentos

A romper naves y a esparcir fragmentos.

XV.

»Catorce Ninfas sírvenme doncellas,

De hermosura dotadas milagrosa;

La que en encantos sobresale entre ellas,

Deyopeya gentil, será tu esposa:

Eternas gozarás sus gracias bellas;

Yo te la doy, porque de prole hermosa

Afortunado fundador te haga;

Y así el favor mi gratitud te paga»

XVI.

Éolo reverente la responde:

«Reina, escudriña cuanto ansiar pudieres,

Dí cuanto oculta voluntad esconde,

Pues son tus voluntades mis deberes.

De ti no fuesen dádivas, ¿de dónde

Mi cetro, mi privanza, mis poderes?

Tú en las mesas olímpicas me sientas;

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Rey por ti soy de rayos y tormentas!»

XVII.

Dice; y la hueca mole con el cuento

Hiere del cetro, y la voltea a un lado;

Y al ver el ancha puerta, cada viento

Quiere salir primero alborotado;

Y Noto a un tiempo, y Euro, y turbulento,

Abrego con borrascas, monte y prado

Corren, barren el suelo, al mar se entregan,

y ondas abultan que la playa anegan.

XVIII.

Y remueven el ponto, el ponto gime;

Y silban cuerdas y la gente clama;

Roba las formas y la luz suprime

La oscuridad que en torno se derrama;

Noche tremenda el horizonte oprime;

El éter cruza intermitente llama;

Truena el polo, y suspenso el navegante

La pompa del terror tiene delante.

XIX.

En este instante de la muerte el hielo

Siente Enéas que embarga sus sentidos,

Y entrambas manos extendiendo al cielo,

Clama con voz ahogada entre gemidos:

¡Dichosos, ay, los que en el patrio suelo,

Al pie del alto muro, en liza heridos,

A vista de sus padres espiraron,

Y allí cual buenos su misión finaron!

XX.

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»¡Oh tú entre aquivos héroes el primero,

Diomédes esforzado! ¿que ímpia suerte

Me negó bajo el filo de tu acero

En los campos de Troya hallar la muerte?

Do al ímpetu de Aquíles Héctor fiero

Cayó; do el grande Sarpedon; do inerte

Tanto noble adalid, rota armadura,

El Símois vuelca en su corriente oscura!»

XXI.

Cállale aquí borrasca bramadora

Que hosca en las velas da, la onda agiganta;

Quiébranse remos, tuércese la prora,

La onda el costado del bajel quebranta:

Alzase el agua en cimas y a deshora

R6mpese: quién en vago se levanta;

Quién la ola henderse ve que lo encadena,

Y ve el fondo mostrarse, hervir la arena.

XXII.

Noto tres buques a su cargo toma

Y en adustos escollos los estrella

(Cuya espalda a flor de agua inmensa asoma,

Y ara el nauta la nombra, y huye de ella).

Sobre otros tres rugiente se desploma

Euro (¡escena de horror!), los atropella,

Y dales, entre puntas destrozados,

Tumba de arena en los hirvientes vados.

XXIII.

Al bajel que a los Licios aportaba,

El mismo en que el leal Oróntes iba,

Súbito hiere en popa una ola brava

Descargada con ímpetu de arriba.

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Enéas el embate viendo estaba

Que de un vuelco el piloto al mar derriba;

Tres vueltas da el bajel, la angustia crece,

Y el vórtice lo traga, y desaparece.

XXIV.

Vense dispersos que en lo inmenso nadan;

Maderos y reliquias de combates,

Y troyanas riquezas sobrenadan.

De Ilioneo, aunque fuerte, a los embates

La nave ya, y las de Abas se anonadan,

Del viejo Alétes y el valiente Acátes;

Que, hondas las grietas, desligado el brío,

Abren su seno al elemento impío.

XXV.

En tanto los rumores, los bramidos,

La inmensa agitación Neptuno siente;

Siente los hondos sótanos movidos,

Y alza alarmado la serena frente

Por cima de las ondas. Esparcidos

Los buques ve de la troyana gente,

Por todas partes maltratada y rota,

Que el cielo la acribilla, el mar la azota.

XXVI.

Ni ya de Juno se ocultó al hermano,

Industrioso el rencor que horrores trama;

Y al punto con acento soberano

Al Céfiro y al Euro a cuentas llama;

«¿Y así,» les dice, «os ciega orgullo vano?

Ya hundís los cielos sin mi venia, y brama

El agua en cerros que encrespais gigantes;

¡Guay!... Mas el mar apacigüemos antes.

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XXVII.

¡Huid, vientos! ¡huid avergonzados;

Ni esperéis de piedad segunda muestra;

Y a vuestro Rey decidle que los hados

No el tridente pusieron en su diestra:

Los reinos de la mar son mis estados!

Riscos él tiene allá, guarida vuestra;

Que respetoso a ajenos elementos,

Reine guardián de encadenados vientos! »

XXVIII.

Dice; nubes disuelve, el sol desnuda,

Y pone en paz las olas que batallan:

Cimotoe y Triton de roca aguda

Los míseros navíos desencallan;

Con su tridente él mismo les ayuda,

Las sirtes abre, y cielos y aguas callan;

Y por cima del mar, que apenas riza,

En levísimo carro se desliza.

XXIX.

¿Quién vio tal vez con la rabiosa ira

Que la plebe en motín ruge y revienta?

Teas, guijarros por el aire tira;

La fuerza del enojo armas inventa:

Mas si a un prócer piadoso alzarse mira

Se contiene, se acalla, escucha atenta;

Sola esa voz los ánimos ablanda,

Lleva la paz, y la obediencia manda.

XXX.

Neptuno así de una mirada enfrena

Del pielago insolente los furores,

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Y gira por la atmósfera serena

Dóciles sus caballos voladores.

Entre tanto, de la áspera faena

Cansados los troyanos viadores,

A las vecinas, líbicas orillas

Vuelven prudentes las cascadas quillas.

XXXI.

Vese allí en una cómoda ensenada

Formando puerto, una isla: a sus costados

Del pielago se rompe la oleada.

Y rota, entra a morir por ambos lados.

Guardando opuestos émulos la entrada,

Dos peñones, remate de collados,

Torvos se empinan: plácidas, a solas,

Tiéndense al pie las sombreadas olas.

XXXII.

Luego, al entrar, divísase eminente,

Del sol quebrando el trémulo destello,

Hórrido bosque, y negro, y grande; en frente

Cóncava peña cierra un antro bello.

Y allí hay bancos de piedra; allí una fuente

De agua dulce; es de Ninfas gruta aquello!

No aquí el cansado esquife ata la amarra;

No del áncora el garfio el fondo agarra.

XXXIII.

Saca Enéas, en suma, a salvamento

Siete naves. La gente, que desea

De la tierra el materno acogimiento,

Salta al césped que el céfiro recrea,

Y allí a los miembros húmidos da asiento.

Acátes hiere el pedernal; chispea;

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Hoja menuda allega, adusta, rama,

Y, el fómes atizando, arde la llama.

XXXIV.

Mojados sacan las cansadas manos

El don de Céres y su tren; y aprestan

Piedras allí para moler los granos

Que en seco extienden y que al fuego tuestan.

Sube Enéas a un pico, y los lejanos

Horizontes registra, por si enhiestan

Las popas de Caico allá su arreo,

bien sus velas el bajel de Anteo;

XXXV.

Ó ya a remo avanzando los navíos

Frigios parecen, o el de Cápis. Nada

Por los ecuóreos límites vacíos

Descubre a su esperanza su mirada.

Mas tres ciervos divisa que baldíos

Recorren la ribera la manada,

Al sabroso pacer vagando atenta,

Por acá y por allá los sigue lenta.

XXXVI.

El arco y leves flechas, al instante,

Armas del fiel Acátes, arrebata

Enéas; y a los tres que van delante

Con orgullosa cornamenta, mata;

A tiros luego el escuadrón restante

Entre el frondoso bosque desbarata,

Ni desiste hasta ver de los venados

Siete grandes por tierra derribados.

XXXVII.

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Así el número iguala al de bajeles;

Al puerto vuelve, do el botín divida

Entre sus tristes compañeros fieles;

Y con vino, de aquél que a su partida

De las riberas sículas, toneles

Bondoso Acéstes les hinchió, convida;

Y cura consolar los corazónes

El obsequio apoyando con razones:

XXXVIII.

«¡Antiguos, compañeros! sabedores

Antes de ahora de aventuras tales:

Ya visteis acabar otros mayores,

Dios dará fin a los presentes males.

De Scila atroz escollos ladradores:

De impios Ciclopes playas funerales:

¿Qué no habéis arrostrado? Alzad la frente.

Y ahogue su pena el corazón valiente!

XXXIX.

»Desgracias de hoy, mañana son memorias

Que despiertan secretas simpatías:

Senda de rudas pruebas transitorias

Nos lleva al Lacio y sus riberas pias:

Renacerán nuestras antiguas glorias;

Sufrid, guardáos para, mejores días!»

Dice; ríe esperanzas, y hondamente

Sella el fiero dolor que el alma siente.

XL.

Presta la gente a aderezar la caza

Pieles arranca, entrañas desaloja;

Quién la carne, que a miembros apedaza,

Fija en el asador, tremente y roja;

Quién da en la orilla a las calderas plaza,

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Y fuego allega; y ya en el musgo y hoja

Cobran tendidos el vigor postrado

Con vino añejo y nutridor bocado.

XLI.

Calla el hambre; y locuaz la fantasía

Recuerda a los ausentes: teme; alienta;

Y ya salvos, ya en la última agonía,

Ya sordos al clamor los representa.

Consigo Enéas, de la suerte impía

Del animoso Oróntes se lamenta,

Y de Amico, y de Licio, y de héroe tanto;

Del grande Gias del gran Cloanto.

XLII.

Tarde era va, cuando del alto cielo

Oteando el olímpico monarca,

Tierras y costas, el tendido suelo,

Y el mar de velas erizado, abarca

De una mirada, que con vivo anhelo

Fijó, en fin, en la líbica comarca;

Y, los ojos brillando humedecidos,

Venus así le hablaba con gemidos:

XLIII.

«¡Padre y señor de dioses y mortales;

Rey, cuyo brazo con el rayo aterra!

¡Oh! mira al hado, tras acerbos males,

Cuál a mi Enéas y a los Teucros cierra,

No del país que guarda, los umbrales,

Mas los ángulos todos de la tierra!

Para sufrir contrariedad tan fuerte,

¿Con qué crímen pudieron ofenderte?

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XLIV

»Tú prometiste que de aquí, algún día-

¿Lo recuerdas?- de aquí, de la troyana

Estirpe restaurada, se alzaría

Reina del mundo la nación romana.

¿Qué nuevo plan la ejecución desvía?

Yo usaba con las dichas del mañana,

Del ayer y sus ruinas consolarme;

Mas ¿vemos hoy que el hado se desarme?

XLV.

»No; que se ensaña cada vez más crudo!

¿Término a tanto mal darás al cabo,

Grande y buen rey? Con invisible escudo,

Del Adria entrando por el golfo bravo,

Al riñón mismo de Liburnia pudo

Anténor penetrar, y del Timavo

Las cabezas venció; de argiva hueste

Salvado en antes por favor celeste.

XLVI.

»Y en aquella región donde desata,

Los cerros atronando, mar rugiente

Por siete bocas su raudal de plata,

Y los campos inunda en su corriente,

Allí a Padua fundó: morada grata

En ella, y patrio nombre dio a su gente,

Y de Troya las armas; y tranquilo

Bajó a dormir en sepulcral asilo.

XLVII.

»¿Y a nosotros, tus hijos, a quien silla

Previenes celestial, se nos traiciona?

¿Y anegadas las naves, ¡oh mancilla!

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Porque de alguien el odio lo ambiciona,

Tocar nos vedas la latina orilla?

¿Así nos vuelves la imperial corona?

¿0 premio es éste de virtudes digno?»

Oyóla el Padre, y sonrió benigno;

XLVIII,

Y con la faz la besa con que el cielo

Serenar suele en tempestad oscura;

Y «Calma,» dice, «Citerea, el duelo;

De los tuyos el hado eterno dura.

Verás alzarse a coronar tu anhelo

La ciudad de Lavinio: a etérea altura

Tu heroico Enéas subirás un día,

Ni nuevo plan la ejecución desvía.

XLIX.

ȃl (pues voy a tu pecho, aun mal seguro,

A revelar recónditos arcanos)

Él hará guerra larga; el cuello duro

Domará de los pueblos italianos;

Dará a los suyos circundante muro,

Y fundará costumbres. Tres veranos

Contará de los Rútulos triunfante;

Y tres inviernos le verán reinante.

L.

»Y su hijo Ascanio, que festivo y tierno

Con renombre de Yulo se engalana,

(llo nombróse en el solar paterno

Cuando alzaba Ilion la frente ufana),

Treinta años llenará con su gobierno

Mes a mes; y la sede soberana

Mudando de Lavinio, hará a Alba Longa

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Robusta en fuerzas que al asalto oponga.

LI.

»De manos de la hectórea dinastía,

No habrá en tres siglos quien el cetro aparte:

llia, real sacerdotisa, un día

Hijos gemelos parirá de Marte:

Con la piel de la loba que los cría

Ya al mayor miro ufano; baluarte

Alzará eterno, y porque al mundo asombre,

Rómulo a su nación dará su nombre."

LII.

»Y término, ni linde, ni parada

Fijo al poder de Roma: eterno sea!

Juno misma, que alarma exasperada

Cuanto baña la mar y el sol rodea;

Con nuevo acuerdo, a la nación togada

Que al mundo, acerca el hado, señorea,

Vendrá por fin en proteger conmigo;

Y así se cumplirá cual yo lo digo.

LIII.

»Y siglo traerá el tiempo en que cadenas

De la casa de Asáraco a la argiva;

A Ptia vencerá; verá a Micénas,

Si antes gloriosa, ya a sus pies cautiva.

Tan noble sangre llevará en las venas

Julio- por nombre que de atrás deriva,

César- con gloria que'hasta el cielo alcanza,

Él cuyo imperio sobre el mar se avanza.

LIV.

»Y tú, segura de contrario insulto,

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Cargado con despojos de Oriente

Le cogerás en el Olimpo; y culto

Le dará el hombre en votos afluente,

Y, sosegado el militar tumulto,

La férrea edad se tornará clemente:

Fe anciana reinará y amor divino,

Y en unión fraternal Remo y Quirino.

LV.

»Y por fin con estrechas cerraduras

Y de hierro cargadas, de la Guerra

Cegadas quedarán las puertas duras:

El malvado Furor, que allí se encierra,

Sentado sobre rotas armaduras,

Con las manos atrás, que el bronce aferra

De cien cadenas, lanzará bramidos,

Los dientes rechinando enrojecidos.»

LVI.

Dice, y al punto del Olimpo envía

Al alígero dios hijo de Maya,

Que a allanar a los náufragos la vía

Y el muro de Cartago a abrirles vaya;

Pues de Dido recela, que podría

Alejarlos tal vez de aquella playa

Si los altos designios ignorase.

Oyele el nuncio, y por el éter vase.

LVII.

Y la pluma batiendo fujitiva

En la región inmensa, por do hiende,

Presto a las costas líbicas arriba,

Y a cumplir el mandato sólo atiende

Y ya los Penos su rudez nativa,

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Por él, remiten; y ante todo enciende

En Dido un vago y tierno sentimiento,

Prenda de hospitalario acogimiento.

LVIII.

Enéas, que la noche pasó entera

Cavilando, aun no bien la luz celeste

Mira nacer al mundo placentera,

Ya ansioso sale a ver qué clima es éste

Do el viento le ha arrojado: si hombre ó fiera

Habita en él, según le ve de agreste:

Todo saberlo, averiguarlo intenta,

Y a los suyos tornar a darles cuenta.

LIX.

La flota deja so el peñón antiguo

Que las aguas socavan sin estruendo,

Y de las corvas selvas al abrigo

Con sombra en torno de negror horrendo

Sólo a Acátes llevándose consigo,

Cada cual ancha pica entra blandiendo:

Ya en medio el bosque, Venus, de sorpresa

Vestida de espartana se atraviesa.

LX.

Por su aire y armas lo parece; ó nueva

Harpálice gentil, que de vencida

A sus caballos en su esfuerzo lleva

Y al Euro alado en su veloz corrida:

Cual puesto al hombro a cazadores prueba,

Cuelga el arco; el cabello al aura olvida;

Y deja la rodilla ver desnuda

Do undosos pliegues lazo breve anuda.

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LXI.

«¡Hola! Mancebos,» díceles la Diosa:

«¿A una de mis hermanas por ventura

Visto habéis por ahí, que vagarosa

Lleva aliaba, y pintada vestidura

De piel de lince? ó que tal vez acosa

A un jabalí soberbio en la espesura

Con agudo clamor?» Tal Venus dijo;

Y de Venus, así respondió el hijo:

LXII.

«En verdad no hemos visto aquella hermana

Tuya, a quien buscas, ni sabemos de ella.

Mas ¿cuál te nombraré? nos es cosa humana

Lo que suena tu voz, tu faz destella.

¿Eres alguna Ninfa? ¿eres Díana?

Yo diosa te presumo, y fausta estrella,

Quienquier fueres, mí, labio te saluda:

¡Oh! da propicia a náufragos tu ayuda!

LXIII.

»Y por piedad, qué clima es éste, dinos,

Ó qué zona del mundo, qué campaña;

Que sin saber ni gentes ni caminos,

Vamos perdidos en región extraña

A donde, infortunados peregrinos,

De olas y vientos nos lanzó la saña,

Y, grata a recibidos beneficios,

Mi mano hará en tus aras sacrificios.»

LXIV.

«No merezco ese honor,» Venus contesta:

«Siempre de Tirias fue, si os maravilla,

De aljaba ornadas vaguear, cual ésta,

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Con borceguí purpúreo a la rodilla.

Púnico imperio aquí se os manifiesta

Pueblos fenicios, de Agenor. la villa;

Empero, esta región parte fronteras

Con las tribus del Africa altaneras.

LXV.

»De Tiro vino huyendo del hermano,

La que reina hoy aquí, por nombre Dido.-

El largo drama a desflorar me allano:-

Esta tuvo a Siqueo por marido,

Rico en tierras cual no otro comarcano;

Con vivo amor de la infeliz querido;

A quien, bella con gracias virginales,

La unió el padre en primeros esponsales.

LXVI.

»Su hermano en Tiro entonces dominaba,

Pigmalion, el más feroz malvado:

Enemistad entre los dos se traba,

Y él a Siqueo, ante el altar sagrado,

Sacrílego y traidor a hierro acaba,

Y también de codicia estimulado;

Y a la sencilla enamorada hermana

Oculta el crímen de su diestra insana.

LXVII.

»Y con ficciones la entretiene en duda,

Y su amor de esperanzas alimenta;

Cuando en sueños por fin a la viuda

De Siqueo insepulto se presenta

La sombra misma, alzando la faz muda

Con tétrico misterio macilenta;

Y el ara le señala enrojecida,

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El pecho abierto y la profunda herida.

LXVIII.

»Y el arcano espantoso que contrista

Y un rincón recataba, muestra entero;

Y la excita a buscar con planta lista

Más humano país, clima extranjero:

Para ayuda de viaje, abre a su vista

En sótano ignorado, de dinero

Antiguo y vasto acopio. Conmovida

Dido despierta a apercibir la huida.

LXIX.

»Busca auxiliares; llegan a porfia

Quiénes que temen del cruel tirano,

Quiénes que odían la infame tiranía;

Apañan, cargan de oro las que a mano

Naves dispuestas por ventura habia;

Y ya cruza los campos de Océano

De Pigmalion avaro la riqueza;

Y una débil mujer va a la cabeza

LXX.

»Y aquí al sitio pararon do ahora vese

Muralla colosal; do se levanta

La fortaleza de Cartago: en ese

Sitio compraron tanta tierra cuanta

La piel de un buey en derredor cogiese; -

De Brisa el nombre la aventura canta.-

Mas ¿quiénes sois? ¿de dónde vuestra flota,

a dónde encaminaba la derrota?»

LXXI.

Enéas respondiéndola, doliente

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24

La voz, arranca, y con suspiro dice:

«¡Diosa! si de su origen al presente,

La serie de mis lances infelice

Narro a tu corazón condescendiente,

Primero que mi labio finalice,

-Su luz robando al mundo y su alegría

Habrá su giro completado el día,

LXXII.

»De Troya procedentes (si ya sabes

Lo que fue un tiempo la ciudad que digo),

Tras largas vueltas y fatigas graves

Golpe de airados vientos enemigo

Lanzó sobre estas costas nuestras naves.

Yo soy el pio Enéas, que conmigo

Voy llevando doquier, del mar por medio,

Dioses salvados de voraz asedio.

LXXIII.

»Enéas, en las célicas esferas

Famoso ya; que por el mundo ando

De la Italia por patria, las riberas,

Y el linaje de Júpiter buscando:

Confié al frigio mar veinte galeras,

El camino mi madre señalando,

Yo su enseñanza celestial siguiendo;

¿Qué hallamos? bravo mar y Euro tremendo.

LXXIV.

»Y he aquí con siete buques mal librados,

Llego al cabo, ignorado, desvalido,

Del África a correr los despoblados,

Ya del Asía y Europa repelido! »...

Mas aquí, con afectos reavivados,

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Venus interrumpióle en su gemido:

«Tú, quíenquier seas, que a Cartago vienes,

Las simpatías de los Dioses tienes.

LXXV.

»Ellos dan que los hálitos vitales

Respires para bien: feliz sendero

De la reina te lleva a los umbrales.

Vendrán a puerto nave y marinero,

Vueltos en su favor los vendavales;

Y si no falta el arte del agüero

En que hubieron mis padres de instruirme,

No dudes tú lo que mi labio afirme.

LXXVI.

»Vé esos cisnes, en número de doce,

Del éter, donde Júpiter la asila,

A darles caza el águila veloce

Se lanzó por la atmósfera tranquila:

De alegre libertad vueltos al goce,

Míralos descender en larga fila;

Ya del campo se adueñan los primeros,

Ya a flor de tierra asoman los postreros.

LXXVII.

»Cual el cielo cubrieron en bandada,

Y baten ora las festivas aves

La ala ruidosa, y cantan su llegada;

Tal la flor de los tuyos, tal tus naves

0 entran al puerto, ó llegan ya a la entrada

Con vela abierta y céfiros suaves.

Tú sigue en tanto; y por do aquesta vía

Conduciéndote va, los pasos guía.»

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LXXVIII.

Tal Venus dice; y vuélvese, y el cuello

Con el matiz le brilla de la rosa;

Y partiéndose en ondas, el cabello

Mana esencia de cielo deliciosa:

Cae la veste a los pies, sublime sello;

Y, andando, ser mostró de veras diosa

El héroe, al descubrir su madre en ella,

Clamando sigue la fugace huella:

LXXIX.

«¿Y así burlado una vez más me dejas,

¡Oh madre mía! con falaz semblanza,

Tú también, tú cruel? ¿Y así te alejas

Sin que hablemos con dulce confianza

Ni estrechemos las manos?» Tal sus quejas

Al aire da, y a la ciudad se avanza,

Y ella, esparciendo opaca niebla en tanto,

Los ciñe en torno de nubloso manto.

LXXX.

Y así los cubre porque nadie pueda

Ni verlos ni ofenderlos en mal hora,

Ni curioso se cruce en la vereda

Con sus, preguntas a tejer demora;

Y por los aires se remonta, y leda

Vuela al templo de Páfos, donde mora,

Do aras ciento en su honor mezclan olores

De arabio incienso ardiente y tiernas flores.

LXXXI.

Ellos con planta intríneanse ligera

Por do advierte la senda, y la colina

Coronan ya, que a la ciudad fronterd,

L A E N E I D A

27

De lleno allá sus cúpulas domina.

Enéas con asombro considera

La fábrica estupenda y peregrina

Do un tiempo fueron chozas; y suspenso,

Puertas ve, y calles, y el bullicio inmenso,

LXXXII.

No descansan los Tirlos: ó se empleen

En alzar el alcázar y dirijan

El giro a la muralla, y acarreen

Gruesos cantos a empuje; ó puesto elijan

Para casa, y con zanja le rodeen:

Sobre traza soberbia sitio fijan

Propio al legislador, al magistrado,

Y al augusto recinto del Senado.

LXXXIII.

Quiénes, formando un muelle, cavan fosas;

Quiénes, para un teatro, anchos solados

Extienden, y columnas prodigiosas

Cortan, adorno a escénicos tablados.

Tales, en suma suelen oficiosas

Ir las abejas por floridos prados

Cuando sacan al sol adultas crias

De estacion bella en los primeros días;

LXXXIV.

Tales la miel fabrican rica; y llena

Las celdillas al cabo el néctar blando

Y ya salen de paz, la carga ajena

A recibir ufanas; ya cerrando

En trabado escuadron, de la colmena

Los zánganos alejan, torpe bando:

Con afán vario la labor se enciende,

V I R G I L I O

28

Y a tomillo vivaz la miel trasciende.

LXXXV.

«¡Qué gran dicha a unos hombres se depara

Que alzarse ven el suspirado muro!»

Dice Enéas a tiempo que repara

En las altas techumbres; y seguro,

Gracias, ¡oh rnaravilla! a que la ampara

Contino en derredor celaje oscuro,

Entra por la ciudad con paso listo;

Anda entre todos, y de nadie es visto.

LXXXVI.

Antiguo bosque de frescor ameno

Había en medio a la imperial Cartago:

Lanzados ya los Tirios a su seno

De ondas y vientos por furioso amago,

Hallaron en las capas del terreno

De un corcel la cabeza, don presago

Que allí Juno les puso de victoria,

Prenda de salvación, señal de gloria.

LXXXVII.

Grata la Reina a auxilios singulares,

Alzaba allí a la Diosa un templo extenso,

Que a la vez ilustraba sus altares

Con favor sacro y con devoto incienso:

Escalonado el atrio entre pilares

Y trabes bronceadas, daba ascenso

A la alta puerta de metal bruñido

Que el quicio oprime, y gira con ruido.

LXXXVIII.

En este bosque el héroe al pecho laso

L A E N E I D A

29

Halló aliento, a sus penas lenitivo,

Y alta lección de que en adverso caso

Hay siempre de esperanza algun motivo;

Pues, ya en el templo suntuoso, al paso

Que todo lo registra pensativo,

Y aguardando a la Reina, allá en su mente

Mide el poder de la ciudad naciente;

LXXXIX.

Mientras nota a un plan mismo convertidas

Manos de artistas y el primor del arte,

Por órden halla en cuadros repartidas

Leyendas de Ilion, lances de Marte,

Que al orbe ocupan ya. Ve a los Atridas,

Ve a Príamo, e igual a cada parte

Aquíles en los rayos de su ira;

Párase aquí, y con lágrimas suspira.

XC.

«¡Acátes! ¿qué región, de nuestra fama

No hay ya en el mundo, ó nuestros hechos, llena?

Míra a Príam: aquí la gloria llama

Al que allá injusta adversidad condena:

El sentimiento aquí llantos derrama,

Y aquí se siente en la desgracia ajena!

Animo, pues; nuestro renombre claro

Presta esperanzas de feliz reparo.»

XCI.

Dice, y con mil recuerdos embebece

En la inerte pintura los sentidos,

Y mudo llanto el rostro le humedece;

Que en ella, muro afuera, en lid tejides,

Ya la troyana juventud parece,

V I R G I L I O

30

Que a los Griegos acosa espavoridos;

Ya a los Frigios, Aquíles, que bizarro

Con plumaje gentil vuela en su carro.

XCII.

Reconoce con lágrimas, tras eso,

Las tiendas, con sus lonas cual de nieve,

Que Diomédes taló, vendido Reso

Del primer sueño en el regazo aleve:

Allí el cruel en sanguinario exceso

Huelga; y medroso de que alguno pruebe

Pastos de Troya ó en el Janto beba,

Los caballos indómitos se lleva.

XCIIII.

Tróilo en pos viene: juvenil locura

Ha hecho que fuerzas inferiores mida

Con Aquíles: perdida la armadura,

Derribado de espaldas, de la brida

Traba, que al vacuo carro le asegura:

Tiran los potros en veloz corrida;

Arrastra el cuello y cabellera suelta,

Y el polvo fácil marca el asta vuelta.

XCIV.

Más allá al templo de Minerva, en tanto,

Teucras matronas a ofrecerle llegan,

Por vencer su rigor, un regio manto:

El tendido cabello al aire entregan;

Hieren el seno en muestra de quebranto

Las palmas; los humildes ojos ruegan:

Sorda la Diosa a la oración prolija,

Torvas miradas en el suelo fija.

L A E N E I D A

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XCV.

Enéas adelante a Aquíles halla

Volviendo, a trueco de oro, el insepulto

Cadáver que en redor de la muralla

Tres veces arrastró con fiero insulto:

Hondo gemido de su pecho estalla

El muerto amigo viendo allí de bulto

Y el carro vencedor y los despojos,

E inerme suplicando el Rey de hinojos.

XCVI.

Él mismo en noble puesto allá campea

Par del negro Memnon, que con su banda

De Oriente, cierra. Al fin Pentesilea

Las huestes amazónicas comanda

De corvo escudo: el cíngulo rodea

Aureo so el pecho descubierto; y anda

Furiosa entre los gruesos escuadrones,

Y hembra y todo, armas hace con varones.

XCVII.

Mientras con viva admiración encuentra

Tales cuadros el héroe, y cada asunto

Le detiene, y la vista reconcentra

Luego y la admiración toda en un punto;

Dido, la hermosa Dido al templo entra,

La cual doquiera penetrando, junto

Con damas de copiosa comitiva,

La labor colosal risueña activa.

XCVIII.

Tal del Eurótas por la vega umbría

Ó ya del Cinto por el halda amena,

Gentil Díana leves coros guía

V I R G I L I O

32

la aliaba pendiente al hombro suena

Ninfas en torno ágrúpanse a porfía,

Y a todas ella en majestad serena

Se aventaja al andar: delicia vaga

El seno de Latona oculta halaga.

XCIX.

Ya a las puertas la Reina se presenta

De do la Diosa estableció morada,

Y en el trono magnífico se asienta

Que el ámbito promedía de la arcada:

Rodéanla sus guardías: ello, atenta,

En dar la ley y hacer la paz se agrada;

Y ya a cada uno igual la carga mide,

Ya, echando suertes, la labor divide.

C.

Mas entre inmensa multitud, que en esto

Ansiosa al paso acude, al templo santo

Ha columbrado Eneas que Sergesto

Y Anteo viene, con el gran Cloanto,

Y otros que oscuro el Ábrego interpuesto,

Lanzó a playas distintas. Con espanto

Entremezclado de alborozo vivo,

Ven los dos del embozo el fausto arribo.

CI.

Y aunque las manos estrechar anhelan.

Mas lo raro del caso los detiene,

Y en la cóncava nube se cautelan,

Do a los que llegan atender conviene,

Que dó surgieron digan, ó qué, apelan,

Pues embajada forman en que viene

De cada nave un noble personaje,

L A E N E I D A

33

Y audiencia al palo claman y hospedaje.

CII.

Como entraron, y el real asentimiento

Logrado hubieron de que alguno hable,

«¡Salve, oh Reina!» empezó con grave acento

Ilioneo, entre todos venerable:

«Tú, a quien fundar concede ilustre asiento

Jove, y justa regir gente intratable,

Hijos de Troya ves, ya há largos años

Agitados en pielagos extraños.

CIII.

»Hoy de incendio amenaza gente osada

Nuestros bajeles: tu poder lo impida!

De un pueblo religioso te apiada

Que con su historia tu amistad convida!

No a hacer risa venimos por la espada

En comarca a tu imperio sometida,

No a la costa a volver con rica presa;

Ni es de vencidos tan soberbia empresa.

CIV.

»Hay de antiguo un país, con apellido

De Hespería por los Griegos señalado,

Pueblo en trances de guerra asaz temido,

Tierra asaz grata a la labor de arado:

Fue primero de Enotrios poseído;

Y hora Italia se nombra, por dictado

De famoso caudillo procedente,

Si ya constante tradición no miente.

CV.

»Bogaban para allá nuestros navíos

V I R G I L I O

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Cuando Orion, que cóleras desata,

Surge infausto del mar, y entre bajos

Con subitáneo golpe nos maltrata;

Y servido a placer de austros impíos,

Entre espuma y fragor nos arrebata

Por todo el mar. Muy pocos, cuasi a nado

Habemos a tus costas arribado.

CVI.

»Mas ¿qué raza cruel, señora, es ésta?

¿No rige ley que su barbarie elida?

Que aún no bien nos divisa, a lid dispuesta,

Conjúrase a estorbarnos la acogida

Que a náufrago infeliz la arena presta.

Oh! si a hombre no temeis que cuenta os pida,

Que hay Dioses recordad que nunca mueren,

Y premian la virtud y al crímen hieren!

CVII.

»Rey nuestro fue, de príncipes modelo,

Enéas, que otro igual no vio la tierra,

Quier en la paz por su piadoso celo,

Quier por su brazo poderoso en guerra.

Que si aun aura vital le otorga el Cielo,

Si hado adusto en tinieblas no le encierra,

Acabóse el temor, y a ti en agrado

Vendrá, fio, el favor anticipado,.

CVIII.

»Mas oye: en la poblada, en la guerrera

Comarca siciliana poseemos

De Acéstes el favor, que en ella impera,

Y troyana es su sangre. Que arrimemos

Nuestros restos, consiente, a la ribera,

L A E N E I D A

35

Y en tus bosques cortar tablaje y remos,

Y a Italia iremos, nuestro Rey al frente,

Si salva el hado vuelve nuestra gente.

CIX.

»Mas si ya feneció nuestra ventura;

Si ya, ¡oh amado Rey de los Troyanos!

Te dan líbicas olas sepultura,

Ni a Ascanlo logran nuestros votos vanos;

Buscaremos siquier mansión segura

Navegando a los términos sicanos,

De do ya nuestra flota el vuelo alzara,

Que allí Acéstes bondoso nos ampara.»

CX.

Dice, y todos barbotan de consumo

Oscura frase que el asenso explica;

Y con modestia y dignidad en uno

La culta Reina al orador replica:

«¡Troyanos! desterrad el que importuna

Vago recelo el alma os mortifica:

Mis fronteras guardar por fuerza debo;

Dura es mi situación, y el reino es nuevo.,

CXI.

»Mas ¿quién no sabe a Troya y sus varones?

No de tantas virtudes el tesoro,

Los nombres de tan nobles campeones,

Ni ya esa guerra gigantesca ignoro:

No solemos los Penos corazónes

Tan incultos llevar; ni al carro do oro

Sus caballos el Sol tan lejos ata

De una ciudad que, vuestra gloria acata.

V I R G I L I O

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CXII.

»Quier vuestro anhelo la región prefiera

De Hesperia, y campos que Saturno escuda.

Quier la de Érice os llame lisonjera,

A do el favor de Acéstes os acuda;

Doquiera ir presumais, ireis doquiera

Seguros con mi amparo y con mi ayuda.

¿0 hacer mansión conmigo os acomoda?

Esta ciudad que fundo, es vuestra toda.

CXIII.

»Meted la fiota: un mismo tratamiento,

Tendrá el Teucro en Cartago y el de Tiro,

Y ¡oh si arribase con el propio viento

El héroe que nombró vuestro suspiro!

Pues yo daré a emisarios mandamiento

Que exploren la comarca en largo gíro,

Por si, náufrago Enéas, rnueve acaso,

O en el poblado, incierto el paso.

CXIV.

De la arenga tocados, rato habia

Los de la nube ansiaban salir fuera;

Y, a Enéas vuelto, Acátel le decía:

«Falta el que hundirse viste en la onda fiera,

Cúmplese en lo demas la profecía,

Hijo de Venus, que tu madre hiciera:

¿Qué aguardas?» Suelta en esto se evapora

La opaca nube en la aura brilladora.

CXV.

Y el héroe apareció, de luz cercado,

A un Dios en aire y en miembros semejante;

Pues le había su madre aderezado,

L A E N E I D A

37

La copia de cabellos arrogante;

Bañó sus ojos de inefable agrado,

Y dio luz rósea al juvenil semblante,

Bien cual bruñe el marfil, ó mármol pario

Ó argento engasta en oro el lapidario.

CXVI.

«Ved salvo al que buscais; yo soy Enéas!»

Dice; y a Dido se convierte luego:

«Tú, sensible mujer, dichosa seas,

Sensible a nuestra historia, a nuestro ruego;

Que reino y casa a náufragos franqueas,

De la espada reliquias y del fuego,

Juguetes de la mar, de la fortuna,

Ya sin arrimo ni esperanza alguna!

CXVII.

»Señora, a tu largueza, a tu hidalguía

Corresponder nosotros mal podremos,

Ni cuantos restos de la patria mía

Errantes van del orbe en los extremos.

Mas si hay Dioses que ven con simpatía

La virtud; si aún justicia conocemos;

Si el tribunal de la conciencia es algo,

El Cielo premiará tu porte hidalgo!

CXVIII.

»¡Oh feliz hora en que la luz primera

Viste del cielo! ¡oh ilustres genitores!

Mientras amen del monte la ladera

Las sombras; mientras corran bramadores

Los rios a la mar; mientras la esfera

Alimente sus trémulos fulgores,

Durará tu alabanza y tu memoria:

V I R G I L I O

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Doquier yo aliente, vivirá tu gloria.»

CXIX.

Dice; y adelantándose del puesto

Las manos da regocijado: en tanto

Que una ofrece a Ilioneo, otra a Seresto,

Y al gran Gias, de ahí, y al gran Cloanto,

Y a todos a la vez. Dido de presto,

Enmudeció de admiración y encanto:

Al presentarse el héroe, con su brillo;

Luego, al abrir los labios, con oillo.

CXX.

Recobrada, expresó razones tales:

«¡Oh! ¿qué impía mano perseguirte osa

Al traves de contrarios temporales?

¿Quién, ilustre mortal, hijo de Diosa,

A estas playas te impele inhospitales?

¿No eres tú a quien de Anquíses Cipria hermosa,

Del frigio Símois en el valle ameno,

Concibió grata en su amoroso seno?

CXXI.

»Recuerdo a Teucro, que en Sidon venido,

Trocaba con destierro el patrio clima,

Ya de mi padre Belo protegido,

Que imperaba triunfante en Chipre opima.

Troya y Grecia de entonces en mi oido

Sonaron con tu nombre. En alta estima

El tenía a los tuyos, si contrario,

Y aun de Troya alabóse originario.

CXXII.

»¡Mas venid luego a mi real morada,

L A E N E I D A

39

Mancebos! Cual vosotros combatida

De ruda suerte y varia, al fin cansada,

Donde agora os la doy, logré acogida

De mis propias desgracias enseñada

Miro por los que sufren condolida.»

Dice; y honrando a la Piedad divina,

Con el héroe a palacio se encamina.

CXXXIII.

Y próvido tendiendo el pensamiento,

A los que quedan en la playa; envía

Veinte toros allá, por bastimento,

Cien gruesos cuerpos de cerdosa cría,

Y cien ovejas y corderos ciento;

Y el don de alegre Dios, por granjería;

En tanto que el palacio se adereza

Con vario alarde de imperial riqueza.

CXXIV.

Ya en el seno interior del edificio

Previénese el opíparo convite:

Lucen vestes, do el clásico artificio

Con,la soberbia púrpura compite;

Brilla de plata sólido servicio,

Y copas de oro, do el buril repite,

Desde era inmemorial las patrias glorias,

Y los Reyes en serie, y sus historias.

CXXV.

En este medio Enéas (no tolera

Amor, pecho de padre sosegado)

A Acates manda que en veloz carrera

Lleve a Ascanio el obsequio, y a su lado

Venga Ascanio;- que Ascanio cobra entera.

V I R G I L I O

40

La ternura del padre y su cuidado.-

Y traiga cuanta rica prenda y joya

A los escombros se arrancó de Troya.

CXXVI.

Acuérdale la veste de oro llena,

Con sólidas figuras y labores,

Y el rico velo de la argíva Elena

Que de amarillo acanto esmaltan flores;

El mesmo que ella, de rubor ajena,

Volando en pos de ilícitos amores,

Don de Leda su madre peregrino,

Trujo de Grecia cuando a Troya vino.

CXXVII.

Reliquias con que a par venir dispone

El noble cetro que regir solía,

Hija mayor de Príamo, Ilione,

Y el collar de menuda pedrería,

Y el díadema do el oro se compone

Con finas perlas en igual porfía.

Acátes, que cumplir el cargo anhela

Camino de las naves corre, vuela.

CXXVIII.

Nuevas trazas en tanto Citerea,

Nueva industria medita: que Cupido

Tome de Ascanio la figura, idea,

Y que, atenta al obsequio, obsequie a Dido;

Con que tocada de un incendio sea

Que el corazón le invada inadvertido;

Ca ese mixto hospedaje bajo un techo

Teme, y dos amistades en un pecho.

L A E N E I D A

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CXXIX.

Y, a su idea presente sin desvío

Juno cruel que la robara el sueño,

«Tú a quien debo mi fuerza y señorío,»

Dice, humilde apelando a Amor risueno:

«T ú, el único que ves, dulce hijo mio,

Libre y seguro de mi Padre el ceño

Que de Titanes quebrantó el arrojo!

Merced vengo a pedir, y a tí me acojo.

CXXX.

»Enéas sabes tú cuánto ha sufrido;

Cuál Juno en oprimirle atroz persiste,

De todo viento en todo mar barrido;

Que aun de él conmigo hermano te doliste:

Huésped agora la sidonia Dido

Con regio halago liberal le asiste;

Mas temo que a inclinarse en contra emplea,

Hospedaje que a Juno a par se ofrece.

CXXXI.

»Que no su odiosidad terná arrendada

En tan ardua ocasion. Y así primero

Poner de Dido al corazón celada

Y de mi llama rodealle quiero;

Porque otra inspiracion no la disuada,

Y, con afecto al cabo verdadero

Asida a Enéas, de mi lado quede:

Oye cuál finjo que lograrse puede.

CXXXII.

«El infante real la voz de Enéas

Va a seguir, y de Acátes las pisadas,

V I R G I L I O

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A Cartago llevando las preseas

De Troya, al fuego y a la mar ganadas.

Porque él nada presuma, y de él no seas

Turbado de la Reina en las moradas,

A Citera ó a Idalia llevaréle,

Do sacra oscuridad su sueño cele.

CXXXIII.

»Toma esta noche su figura, y lazo,

Niño en disfraz de niño, a armar vé a Dido;

Que ella habrá de acogerte en su regazo

Gozosa entre los bríndis y el rüido;

y tú a vueltas podrás del blando abrazo,

En la miel de sus ósculos, Cupido,

Depositarla punta que a su seno

Oculto del amor lleve el veneno.»

CXXXIV.

Manso a la tierna madre Amor da oidos,

Y marcha, a Ascanio igual, depuesta el ala;

Mientras de Ascanio Venus los sentidos

Con plácido sopor vence y regala;

Y abrigado en su seno, a los erguidos

Idalios bosques llévale, do exhala

Suaroma, y con sus sombras le guarece

El blando almoraduj que allí florece.

CXXXV.

En tanto de Cartago en seguimiento,

Obediente de Venus al mandado,

Cupido va con dones opulento,

Con el favor de Acátes bien hallado.

Cuando llegado hubieron, fue el momento

En que en el centro de grandioso estrado

L A E N E I D A

43

Dido en cojines recamados de oro

Se reclinaba con gentil decoro.

CXXXVI.

Enéas, que tras ella se,avecina,

Entra, y con él la juventud troyana,

Que en orden se desparte, y se reclina

En muelles lechos de soberbia grana.

Agua da para manos cristalina

La servidumbre, y de suave lana

Toallas brinda, y de la rubia Dea

El don en canastillos acarrea.

CXXXVII.

Cincuenta esclavas dentro, los manjares,

Puestas en fila, en sazonar se emplean,

Y con incienso en propiciar los Lares;

Copas, ministran, viandas acarrean

Otras, cien, y en la, edad cien mozos pares,

Entran, llamados, Tirios que pasean

Densos en 1os alegres corredores,

Y los lechos ocupan de colores.

CXXXVIII.

Admiran de los dones la hermosura,

Admiran al garzon, su faz que brilla,

Y de su falsa labia la dulzura;

Ven la áurea veste, el oro que amarilla

La flor de acanto con primor figura:

Mas Dido en especial se maravilla,

Y de gozar no acaba;- ella, ¡ay! no sueña

Que a un abismo, gozando, se despeña!

CXXXIX.

V I R G I L I O

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Y en el niño y los dones se recrea,

Los mira, y cuanto mira, eso se inflama.

¿Qué hace el rapaz? Al cuello se rodea

Del héroe, que en su error hijo le llama;

Mas luego que feliz le lisonjea,

Déjale en paz, y con su activa llama

Va a Dido, que en su error, niño inocente

Jovial le invita: con risueña frente.

CXL.

¡Ay! ya al seno le estrecha dulce y blanda

¡Y es un gran Dios lo que en su seno anidal

De la Reina en el seno, lo que manda

La gran Diosa, su madre, Amor no olvida:

De Síqueo la imágen veneranda

Sin sentir borra, y sin sentir convida

Con nuevo halago a nueva lid a un alma

Que retirada ha tiempo vive en calma.

CXLI.

Hubo el primer banquete terminado,

Y la mesa se sirve de licores,

Y festejan el vino regalado

Los hondos vasos adornando en flores.

Cien arañas del áureo artesonado,

Penden: crecen sonando los clamores;

Y las hachas con luces triunfadoras

Quitan el campo a las nocturnas horas.

CXLII.

En este instante la sidonia Dido

La copa demandó que usar solia

Belo, que en orden desde allá traido

Cada progenitor usado habia:

L A E N E I D A

45

Copa del oro sustentada, unido,

Con finas piedras en igual porfía;

Y de vino la llena, y al momento

Calla el concurso a su palabra atento:

CXLIII.

«¡Júpiter! si ya diste a los humanos

De la hospitalidad el sacro fuero,

Haz este día a Tirios y a Troyanos

Grato por siempre y, de felice agüero

Lo aplaudan nuestros nietos más lejanos:

Benigna Juno y Baco placentero,

Lo honren presentes; y en gozoso grito,

Tírios, a saludarlo ahora os invito.»

CXLIV.

Dice; y sobre la mesa el néctar liba

Que generoso desbordaba, y luego

La taza al labio toca fugitiva:

La alarga a Bícias con señal de ruego;

Toma, empínala e1 con ansia viva,

Y el espumoso vino agota ciego:

Alzan todos los próceres sus copas,

y el canto empieza del crinado Yópas.

CXLV.

El cual describe con laud divino

Lo que Atlas le enseñó por gran fortuna;

Cómo el sol desfallece en su camino;

Por qué altera su faz la móvil luna;

Deónde la bestia de los campos vino;

Cuál fue del hombre la primera cuna;

Qué fuente al mundo suministra el agua;

Dó está de los relámpagos la fragua.

V I R G I L I O

46

CXLVI.

Canta eso mismo a Arturo, las dos Osas,

Y las Híadas tristes. el arcano

Que las noches alarga perezosas;

Por qué los soles del invierno cano

Con ruedas se despeñan presurosas

A bañarse en el líquido Océano.

Cesa; y acogen su cantar sonoro

Tirios y Teucros aplaudiendo en coro.

CXLVII.

Y vuela el tiempo en pláticas sabrosas,

Y Dido, platicando, amor apura;

Mil cosas sobre Príamo, y mil cosas

A preguntar sobre Héctor se apresura:

Ya qué huestes trujera pavorosas

EI hijo de la Aurora, oir procura;

Ya la historia saber de los gentiles

Potros de Raso, ó el poder de Aquíles.

CXLVIII.

«¿Que en fin,» exclama, «por ventura mía

Desde el principio en relatar vinieses

Los pasos de la griega alevosía,

Huésped, y vuestras glorias y reveses!

También tus viajes entender querría,

Ya que contemplas los estivos meses

Tornar séptima vez desde que yerras

Mares cruzando y extranjeras tierras.»

L A E N E I D A

47

LIBRO SEGUNDO.

I.

Todos callan; y Enéas, que cautiva

De todos la atención, desde alto lecho

Comienza: «¡Oh Reina! mandas que reviva

Inefable dolor mi herido pecho;

Que cómo a manos de la hueste aquíva

El troyano poder cayó deshecho

Recuerde: horrores que podré pintarte,

De ello testigo y no pequeña parte.

II.

«Mas ¿quién, ya que secuaz de Ulíses fuera,

Si a tan largo dolor velos levanto,

Qué Mirmidon, qué Dólope lo oyera

Sin dar, a su pesar, tributo en llanto?

Acercándose al fin de su carrera

Hé aquí la húmeda Noche rueda en tanto,

Y extinguiendo en la mar sus luces bellas

A descanso convidan las estrellas.

III.

»Mas pues tu noble corazón consiente

En ser de este dolor particionero;

Pues mandas que de Pérkarno te cuente

V I R G I L I O

48

El afán congojoso postrimero

En breve narración; aunque se siente

Horrorizado el ánimo, y del fiero

Espectáculo aparta la memoria,

Principiaré la miseranda historia.

IV.

»Yacian con el cerco prolongado

Rotos los jefes de la hueste aquea,

Maltrechos siempre del adverso hado;

Cuando Minerva en su favor emplea

Artificio sagaz. Por su mandado,

Hueca mole fabrican gigantesca

Que gran caballo al parecer figura,

De recia tablazon y contextura.

V.

»Simulan y propalan que se eleva

Por voto a Pálas hecho, de tranquilo

Viaje en demanda: por doquier la hueva

Mentirosa se esparce; y en sigilo,

Echadas suertes entre gente a prueba,

A ocupar suben e1 oscuro asilo

Del vasto seno y cóncavos costados,

Provistos de sus armas los llamados.

VI.

»Frontera a Troya Ténedos se ostenta.

Que otro tiempo gozó de nombradía:

Isla famosa, fértil, opulenta

Durante la troyana monarquía:

En su abandono y soledad presenta

Hora a las naves pérfida bahía:

A sombra de sus costas sin testigo

L A E N E I D A

49

Los bajeles ensena el enemigo.

VII.

»Pensamos que, la vela dada al viento,

Bogando irian por la mar serena

Para la patria: el largo abatimiento

La ciudad de sus hijos enajena:

Las puertas abre; al griego acampamento

Rápida corre de alborozo llena

La multitud, y visitar le agrada

Yermo el campo, la playa abandonada.

VIII.

»Aquí los batallones del furioso,

Del fuerte Aquíles; acullá su tienda:

Allí tomaban plácido reposo,

Acá trabámos áspera contienda.

Así van discurriendo; y el coloso

Infausto, reputado por ofrenda

A la casta, Minerva, hace que, muda

De Asombro, turba inmensa en ruedo acuda,

IX.

»Fuese traición, ó que la adversa suerte

Para entonces el golpe reservase,

Timétes clama que la mole al fuerte

Se lleve al punto, y las murallas pase.

Cápis, empero, que el peligro advierte,

Aconseja con otros que la abrase

Fuego voraz, y la vecina ondal

El sospechoso don, trague y esconda;

X.

»O que,el oscuro seno se barrene

V I R G I L I O

50

Para indagar lo, que en el fondo encela.

Indecisa la turba se mantiene.

En esto de la excelsa ciudadela

Con numerosa muchedumbre viene

Laoconte, al campo a rebatado vuela,

Y, «¡Oh desgraciados! » desde lejos grita:

«¿Qué demencia a la muerte os precipita?

XI.

»¿Pensais que el enemigo nuestra tierra

»Dejó? ¿Fiaís en sus mentidos dones?

»¿Cuán poco a Ulíses conoceis? ó encierra

»Esta fábrica aquivos campeones,

»0 artificíosa máquina de guerra

»Es: nuestra situación y habitaciones

»Por cima intentan registrar del muro,

»Para luego caer sobre seguro.

XII.

»Ello, hay engano, ¡Oh Teucros, confianza

»Negad a ese caballo! Como quiera,

»Yo temo de los Griegos la asechanza

»A vuelta de sus dones traicionera.»

Dijo; y desembrazó fornida lanza

Hacia un lado del cóncavo; certera

Vuela, clávase, vibra: conmovido

Dio el seno cavernoso hondo bramido.

XIII.

»¡Ay! a no ser por la fortuna impía

Que nos robaba libertad y acierto,

Laoconte en su furor logrado habría

Que pusiésemos luego en descubierto,

Hendiendo la armazon, la alevosía.

L A E N E I D A

51

Aun hoy tu alcázar descollara yerto,

¡Oh Patria! ¡al filo de traidora espada

No cayera tu pompa derribada!

XIV.

»Frigios pastores con tumulto y grita,

Atras ambas las manos, prisionero

Traen ante el Rey un mozo. Audaz medita

Abrir el muro con ardid artero

A los suyos; ni el ánimo le quita

El peligro de infame paradero;

Resuelto a todo, el pérfido se hizo

Con aquellos pastores topadizo.

XV.

»La multitud agólpase, y denuesta

Al prisionero que curiosa mira.

(Reina, las artes de los Griegos de esta

Traición colige; su maldad admira.)

Inerme se detiene, manifiesta

Medrosa turbación: los ojos gira

La turba rodeando que le oprime,

Abre los labios, y temblando gime:

XVI.

«¡Cielos! ¿a dónde me arrojais? ¿qué puerto

»Queda ya a mi infortunio? La cadena

»Del Griego a quebrantar aún bien no acierto,

»Y ya el Troyano a muerte me condena.»

Compone a su gemido el desconcierto

La multitud, el ímpetu serena,

Y con instancia a declarar le mueve

Patria, linaje, y la intencion que lleve.

V I R G I L I O

52

XVII.

»Títulos aguardamos con que abone

Palabras de cautivo. Reparado

De la sorpresa, el impostor repone:

«¡Rey! la verdad confesaré de grado:

»No a mi labio veraz candado pone,

»Aunque adverso me fuere, el resultado:

»Yo Griego soy, no ocultaré mi cuna;

»Me hizo infeliz, no falso, la fortuna.

XVIII.

»Quizá en conversación por accidente,

»De Palamédes, generosa rama

»Del linaje de Belo floreciente,

»Llegó a tu oído el claro nombre y fama.

»Porque la guerra no aprobó, demente

»Llamóle el pueblo, y con indigna trama

»Trájole al hierro de la muerte: ahora

»Inmaculado le confiesa y llora.

XIX.

»Mi padre, escasa el arca de dinero,

»Guerrero aventuróme, y al cuidado

»De aquel varon fióme, compañero

»Antiguo nuestro y próximo allegado.

»Tomámos de esta playa el derrotero

»Muy al principio. Prosperó el Estado

»Miéntras honrarle y atenderle supo,

»Y parte a mí de su esplendor me cupo.

XX.

»Mas el término vi de mi contento

»Cuando de sus manejos el astuto

»Itacense, el infame acabamiento

L A E N E I D A

53

»De Palamédes recogió por fruto.

»Notorio el caso fue. Yo en aislamiento

»Dime a vivir y en miserable luto:

»Pensaba siempre en mí inocente amigo,

»Y eterna indignación iba conmigo.

XXI.

»Ni pudiendo tener contino a raya,

»Demente ya, mi cólera sombría,

»Clamé, juré que si a la amada playa

»Tornase vencedor, me vengaría.

»Odios que Ulíses en silencio ensaya

»Hubo de acarrearme la osadía

»De mis palabras: sin enmienda aquello

»Vino a poner a mi desgracia el sello.

XXII.

»De entonces más, calumnias el aleve

»Ideó nuevas: comenzó rumores

»Vagos a propalar entre la plebe;

»Ni pudo sosegar en los terrores

»Conque el crímen persigue, hasta que en breve

»Con Cálcas, el augur, a sus rencores...

»Mas ¿a qué, derramando el pensamiento,

»Así os fatigo, y mi dolor aumento?

XXIII.

»Ya os dije, Griego soy: ¿qué más indicio,

»Si a todos nos nivela vuestra saña?

»Ea, pues: ¡consumad el sacrificio!

»Bien los de Atreo os pagarán la hazaña;

»Su triunfo, el Itacense.» El artificio

No vemos con que a fuer de Griego engaña;

Antes le instamos a explicarlo todo.

V I R G I L I O

54

Con fina astucia y misterioso modo,

XXIV.

«Los Griegos,» sigue, «no una vez la prora

»Volver pensaron, y soltar la clava,

»Del asedio cansados. En mal hora

»Tornábalos a puerto la onda brava

»Y el ala de los vientos bramadora.

»Mas esa estatua al ver, que en pie se alzaba,

»Con ira nueva y general tronido

»Resonó el cielo en llamas encendido.

XXV.

»Eurípilo, que hicimos acudiera

»Al apolíneo oráculo, tornando

»Trajo esta, en solución, voz lastimera:

»Griegos: los vientos aplacasteis, cuando

»Marchabais a Ilión la vez primera,

»En el ara una virgen inmolando:

»Si en la vuelta anhelais propicia calma,

»Sangre verted, sacrificad un alma.

XXVI.

»La voz a oidos de las gentes vino

»Moviendo al corazón mortal recelo,

»Todos el rigor tiemblan del destino;

»Cuaja a todos la sangre torpe hielo.

»En tal crisis a Cálcas adivino

»Saca Ulíses con ímpetu y anhelo,

»Y de la hueste aquéjale en presencia

»A interpretar la funeral sentencia.

XXVII.

»Ya de aquel pecho de piedad desnudo

L A E N E I D A

55

»Sondando muchos el ardid secreto,

»Me auguraban mal fin. Diez días mudo

»Difirió Cálcas el fatal decreto.

.»Cediendo al cabo al clamoreo agudo,

»Y a la mente ajustando del inquieto

»Instigador el fallo, lo pronuncia:

»Yo la víctima soy; mi nombre anuncia.

XXVIII.

»Place a todos; y el golpe que temía

»Cada uno enantes en su mal, en cuanto

»Sobre un triste desciende, en alegría

»Pública trueca el general quebranto.

»Ya se acercaba el tenebroso día

»De la degollación: con gozo, en, tanto,

»La salsamola alistan, y disponen

»Fúnebres vendas que mi sien coronen.

XXIX.

»Liberteme, es verdad, de la atadura;

»Y de un pantano entre la juncia y cieno

»Logré ocultarme con la noche oscura,

»Aguardando partiesen, si sereno

»Lo comportaba el mar por mi ventura.

»Mas la esperanza huyó de ver el seno

»Antiguo de la patria, y a mi lado

El hijo dulce, el padre deseado.

V I R G I L I O

56

XXX.

»Ellos, blanco al furor de mis tiranos,

»Por mí habrán de lastar en roja piral

»Por los dioses del cielo soberanos

»Que apartan la verdad de la mentira,

»Por la noble lealtad, si ya en humanos

»Pechos cupo lealtad, la suerte mira

»No merecida, ¡oh Rey! que en mi se ceba;

»Tanto infortunio a compasion te mueva!»

XXXI.

La piedad que con lágrimas demanda,

Con lágrimas le dan los corazónes.

Abogamos por él. Al punto manda

Que los lazos le suelten y prisiones

El Rey, y así le dice con voz blanda:

«Olvida ya las bárbaras legiones,

»Mancebo, y sus malvados procederes:

»De hoy más, quienquier tú seas, nuestro eres.

XXXII.

»Mas la verdad declara sin rebozo:

»¿Quién inventó esta mole? ¿Con qué intento?

»¿Máquina amenazante de destrozo

»Es? ¿ó bien relialoso monumento?»

Dice el buen Rey; y el atrevido mozo

Mostrado, a usanza griega, al fingimiento,

Exclama así, las manos desatadas

Volviendo al cielo, y húmidas miradas:

XXXIII.

»¡Astros eternos! ¡Dioses que castigos

»Al dolo reservais! ¡Cuchilla! ¡velo!

»¡Aras del sacrificio! sed testigos

L A E N E I D A

57

»Del derecho cabal con que cancelo

» Antiguos pactos: odio a los que amigos

»Pude llamar; ¡sus crímenes revelo!

»Mas ¡oh! ¡si en mi tú salvación se apoya,

»Guárdate fiel a tus promesas, Troya!

XXXIV.

»Los Griegos de Minerva en el robusto

»Auxilio descansaron confiados

»Hasta que el hijo de Tideo injusto

»Y fraguador Ulíses de atentados,

»Su estatua milagrosa al templo augusto

»Se aunaron a robar; y, degollados

»Los guardías del castillo, con sangrienta,

»Mano asieron de la alba vestimenta.

XXXV.

»Cayó miedo en los ánimos: su ayuda.

»Cambió, la Diosa en no dudoso amago;

»Que, al campo apenas se llevó, ceñuda

»Los ojos clava con fulgor aciago;

»¡Raro prodigio! humor amargo suda,

»Y del suelo tres veces se alza en vago,

»El escudo flamígero delante,

»Y el asta blandeando retemblante

XXXVI.

»Incontinente Cálcas determina

»Que el sitio los guerreros abandonen;

»Diz que en vano de Troya la ruina,

»Por bien que la expugnaren, presuponen.

»Si, tornando a cruzar la onda marina,

»En Árgos los auspicios no reponen,

»A la Diosa aplacando en sus desvíos

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»Que cuidaron llevar en los navíos.

XXXVII.

»A Micénas ahora encaminados

»(De Cálcas los auspicios tal declaran),

»Prevenidos mejor y apertrechados,

»La vuelta a dar de asalto se preparan,

»Mas antes que partiesen, avisados,

»En.igual de la que ímpios enojaran

»Robada estatua, edificaron ésta

»Para purgar la violación funesta.

XXXVIII.

»Plúgole a Cálcas, además, que fuese

»De trabes poderosas guarnecida

»Y que las nubes con la frente hiriese,

»Porque su peso y altitud impida

»Que por las puertas quepa, y atraviesa

»Las murallas, no avenga que presida

»A la ciudad, del Paladion viuda,

»Y con la antigua protección la acuda.

XXXIX.

»Que si este don violais -el agorero

»Pronostica (primero se convierta

»En quiebra suya el malhadado agüero!)-

»Troya vencida quedará y desierta:

»¿Qué es Troya? ¡el Asia! ¡Triunfareis, empero,

»Si le internareis, la muralla abierta,

»Y a las aguas de Grecia vuestras proras

»Irán, andando el tiempo, vencedoras!»

XL.

»Así en un punto entre sus lloros viles,

L A E N E I D A

59

Caza Sinon con pérfidos amaños

En red de muerte a los que el grande Aquíles,

Ni el hijo de Tideo, ni diez años

De terca opugnación, ni naves miles

Pudieron domeñar. Tras sus engaños,

Con espanto de todos repentino,

Oye el paso cruel que sobrevino.

XLI.

»Sacerdote por suerte designado

A honrar al Dios del húmedo elemento,

Era Laoconte: ante el altar sagrado

Degollábale un toro corpulento.

Súbito a la sazón venir a nado

Vemos (de horror estremecerme siento),

De la ínsula vecina procedentes,

Por sobre el mar tranquilo dos serpientes.

XLII.

»El pecho entrambas enhestando iguales,

Con encarnada cresta gallardean,

Y en ruedas, al andar, descomúnales

El largo cuerpo sobre el ponto arquean:

Rotos gimen los líquidos cristales

Por do hienden: abordan ya y campean,

La vista en sangre y rayos encendida:

Todos huímos, la color perdida.

XLIII.

»Lamiéndose las bocas sibilantes

Con la vibrante lengua, van derecho

Para Laoconte: mas sus hijos antes,

Tiernos gemelos, en abrazo estrecho

Aferran, y sus miembros palpitantes

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Apedazan, devoran. Pecho a pecho

Y meneando la aguzada hoja,

Encima el genitor se les arroja.

XLIV.

»¡Vano auxilio! ¡arduo afán! Ellas le abrazan

Con doble, firme vuelta la cintura;

Los escamados lomos le relazan

A la garganta, y a mayor altura

Sobrealzando las crestas, amenazan.

Con ambas manos él entre la impura

Ponzoña que las ínfulas le afea,

Por sacudir los ñudos forcejea.

XLV.

Descoyuntado al fin, y cual pudiera

El toro que del ara huyendo herido,

De hacha insegura libertado hubiera

Su manchada cerviz, en alarido

Rompe horrible. Las sierpes de carrera

Parten al templo de Minerva, y nido

A los pies de la Diosa encrudecida

Hallan seguro bajo el ancha egida.

XLVI.

»Nuevo motivo de terror asalta

Los ánimos, que el miedo señorea;

Supone el vulgo que Laoconte, al alta

Estatua encaminando el asta rea,

Mereció el golpe que siguió a su falta:

Que el caballo se interne, clamorea,

Y que a la Diosa con devotas preces

Se Persuada a poner sus altiveces.

L A E N E I D A

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XLVII.

»Presto aportillan el adarve: toma

Movimiento el coloso: iguales giran

Ruedas que al pie le ajustan: con majoma,

Atando el cuello,a competencia tiran.

Ya grave de armas sobre el inuro asoma:

Todos, con ansia a la labor conspiran:

Garzones y doncellas entre tanto,

Alzan en torno religiosocanto.

XLVIII.

»Ya entra bamboneando, a tu firmeza

Cierta amenaza, ¡oh Troya! ¡oh patria! ¡estancia

Antigua de altos Dioses! ¡fortaleza

Do vio un pueblo estrellarse su arrogancia!

Sigue, y tres veces al umbral tropieza

Con ronco són que retumbó a distancia;

Mas insta el vulgo en su porfía loca,

Y al fin en el alcázar le coloca.

XLIX.

»Vanamente Casandra entusiasmada

Esforzando la voz -su voz divina,

Por castigo de un Dios menospreciada-

Grandes calamidades vaticina.

¡Ay! sus anuncios estimando en nada,

Al borde ya de la común ruina,

Nosotros sólo en decorar pensamos

Templos y altares con festivos ramos.

L.

»Gira mientras la esfera, y vase alzando

La noche de las ondas, el desvelo

Y fraudes, enemigos ocultando

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En espantoso horror, la tierra, el cielo.

Yacen mudos los Teucros: sueño blando

Acá y allá los encadena. A vuelo

Torna entre tanto la pelasga flota

A las sabidas playas la derrota.

LI.

»A sordas con la luna y el sosiego

De la noche, que muda las arropa,

Marchan las naves ya, que ha dado el fuego,

Concertada señal, la regia popa.

Sinon, a quien, en daño Questro ciego

El hado guía, la escondida tropa

Acude a libertar, y la honda cava

Abre que tenebrosa los guardaba.

LII.

Y por cables que lanzan de ligero;

Desguíndanse de la bórrida guarida

Esténelo, Tisándro, Ulíses fiero,

Tornando a respirar aura de vida:

Menelao; Macaon, que fue el primero,

Y Acamante y Toanie de seguida,

Y Neoptólemo audaz el de Peleo,

Y el trazador del artificio, Epeo.

LIII.

»A entrar la muchedumbre se acelera

En la ciudad, que yace en sueño y vino,

Y matandolas guardías, carnicera,

Y las puertas abriendo, da camino

Y se une a, los que abordan. Tiempo era

En que el suefio primero don divino,

Los cuerpos sosegando fatigados

L A E N E I D A

63

Envuelve en manso olvidó los cuidados.

LIV.

»En medio del silencio, a la imprevista,

Reputándolo yo por caso cierto,

Héctor en sueños muéstrase a mi vista

De polvo vil y amarillez cubierto:

Mustia la faz, que el ánimo contrista,

Mustia y llorosa; y, cual después de muerto

Y arrastrado por rápidos bridones,

Taladrados los pies de correones.

LV.

»¡Cuán trocado de aquél que a nuestros ojos

Resplandeció tras recias embestidas,

O de Aquíles trujese los despojos

O incendíase las naves combatidas!

Yerta barba; cuajados los manojos

Del pelo en sangre; vivas las heridas

Que en torno recibió de la muralla;-

Y aquí en sueños mi voz en llanto estalla:

LVI.

«Gran Héctor que de gloria y de consuelo.

»Astro por siempre a los Troyanos fuiste!

»¿De cuál remoto y olvidado suelo

»Tornas al fin a nuestra playa triste?

»¿Y tras fatiga tanta, estrago, duelo,

»Hoy de nuevo tu brazo nos asiste?

»¿Mas por qué herido así? Tu faz serena

»¿Por qué se cubre de sangrienta arena? »

LVII.

»Nada contesta: con mortal gemido

V I R G I L I O

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«¡Vuela! ¡huye!» exclama: «el Griego se apodera

»De la ciudad: incendio embravecido

»Estalla: ¡Troya se desploma entera!

»Mucho a, la patria y al monarca ha sido

»Sacrificado: si algo la valiera,

»Salvárala este brazo: en su agonía,

»Su culto, hijo de Venus, te confía.

LVIII.

»Mansión busca a sus Dioses tutelares

»Que fundarás, y grande, finalmente,

»Audaz cruzando procelosos mares.»

Y mientras habla entrégame impaciente

La alma Vesta que arranca a los altares,

Y los velos y el fuego indeficiente.

`Por la ciudad en tanto se extendía

El estruendo confuso y vocería.

LIX.

»Y aunque distante de la puerta Esce

Yacía de mi padre la morada,

Opaca de un jardín que la rodea,

De la invasora muchedumbre armada

Llega sordo el rumor; mi sien golpea;

Salto veloz, el ánima azorada,

Y a la azotea trepo, y al ruido

Que crece más ymás, tiendo el oido

LX.

»Tal cuando en mieses subitánea llama,

Soplando el Austro, enfurecida prende,

o bien si desbordado se derrama

Y valles, surcos y sembrados hiende

Bravo raudal, y en remolinos brama

L A E N E I D A

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Árboles arrastrando que desprende;

Sobre un peñón, de la tormenta aquella

Testigo inmóvil el pastor descuella.

LXI.

»Bien a mis ojos lo que en torno pasa,

Bien la aviesa traición se patentiza.

Con estampido el gran palacio arrasa

De Deifobo, el fuego, y se encarniza

Sin detenerse, en la contigua casa

De Ucalegonte, y de su luz rojiza

Parece arder abierto el mar Sigeo:

Suenan trompetas, cunde el clamoreo,

LXII.

»Echo mano a las armas alterado,

Y a discurrir no acierto a mi albedrío:

Al alcázar volar con un puñado

De compañeros, en confuso ansío;

Mal ciego de furor, desatentado

En manos de la muerte la honra fio;-

Cuando al Otrida, del altar febeo

Ministro en el alcázar, llegar veo.

LXIII.

ȃl los Dioses vencidos, casi a vuelo

Trae, y sacros adjuntos que a la saña

Hurtó enemiga supiadoso celo;

Y un nieto pequeñuelo le acompaña.

«¡Panto!» al verle clamé con vivo anhélo:

«¡Habla! ¿qué pide adversidad tamaña?

»¿En dónde haremos la defensa? ¿en dónde?

Dando un hondo gemido me responde;

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LXIV.

« La hora que los hados previnieron

»Llegó de asolación! ¡Jove inclemente

»Trastorna la balanza! Fueron, fueron

»Troya, su gloria, su esplendor potente?

»Todo los enemigos lo invadieron:

»Del caballo intramuros eminente

»Griegos brotan armados: triunfante

»Sinon propaga el fuego devorante.

LXV.

»Por las ya francas puertas a oleadas

»Cuantos vinieron de la gran Micénas

»Tantos que entran parece: están tomadas

»Las avenidas: de reposo ajenas

»Amenazan fulgentes sus espadas

»La primer guarnición ensaya apenas

»Al tropel oponerse que la embiste,

»Y en ciega riña desigual resiste.»

LXVI.

»Ardo a su voz: el corazón me inflama

No sé cuál Dios o aliento sobrehumano:

Do la ira impele, do el rumor me llama

Corro el hierro a arrostrar y el fuego insano.

A la luz vaporosa que derrama

La blanca luna, de Ífito el anciano,

De Hípanis, de Dímas Rifeo,

Que se me allegan, los semblantes veo.

LXVII.

»Corebo, el hijo de Migdon, partido

Tomó también y se nos puso al lado.

Estaba en Rion recién venido,

L A E N E I D A

67

Con pasión de Casandra enamorado;

Y de Príamo yerno prometido,

Su espada nos brindó como aliado.

¡Ay! ¡cuán diverso su destino fuera

Si a la inspirada profetisa oyera!

LXVIII.

»Yo así a todos les dije en el momento

Que en órden los vi puestos de pelea:

« ¡Mancebos de alma grande, que de aliento

«Heróico, pero estéril, se rodea!

»Si seguir pretendeís mi osado intento,

»Igualad el peligro con la idea:

»Los Dioses que este reino custodíarán

»Hoy altares y templos desamparan,

LXIX.

»A una ciudad, oh pechos denodados,

»Acorreis que en pavesas se convierte:

»La muerte, pues, busquemos, y arrojados

.»Entre enemigos, generosa muerte;

»¡Quien con el cielo lucha y con los hados

»Sólo desnudo de esperanza es fuerte!»

Así exaltado les hablé, y mi acento

Su denuedo redobla y su ardimiento.

LXX.

»Cual del hambre al furor lobos rapaces,

Miéntras que los cachorros por su vuelta

Anhelan, seca la garganta, audaces

Corren en sombras la campaña envuelta;

Por medio de los hierros y las haces

Enemigas así la planta suelta,

De la muerte lanzados al encuentro

V I R G I L I O

68

Tocamos ya de la ciudad al centro.

LXXI.

»La noche miéntras con su negro manto

Nos cobijaba ¡Oh noche de tormentos!

¿Quién podrá darte el merecido llanto

o el número decir de tus lamentos?

¡La alta, antigua ciudad, de lauro tanto

Coronada, flaquea en sus cimientosl

Por calles, plazas, templos invadidos,

Cadáveres se ven yacer tendidos.

LXXII.

»Mas no toda la sangre que se vierte

Sangre es troyana. Amenazante aviva

Tal vez el antes abatido; inerte

El vencedor en tanto se derriba.

Igual a entrambas partes la ímpia suerte

Terror, desolación sembrando iba

Por acá y por allá: la muerte toma

Miles semblantes, y doquier se asoma.

LXXIII.

»Al paso Andrógeo nos salió el primero

Con gente mucha entre la sombra espesa,

Y creyéndonos suyos, delantero,

«Amigos,» dice, «¿qúé indolencia es ésa?

»¡Apresurad! Cuando Ilion entero

»Es ya ceniza y dividida presa

»Al ímpetu feliz de nuestras tropas,

»¿Vos apenas dejáis las altas popas?»

LXXIV.

»Haber caído entre enemiga gente

L A E N E I D A

69

Nuestra respuesta adviértele indecisa,

Y cortando el discurso de repente,

Arredra el pie con azorada prisa;

Bien cual trémulo salta el que serpiente

Inesperada entre malezas pisa,

Que se le vuelve enfurecida de ello

Y enhiesta ensancha el azulino cuello.

LXXV.

»Andrógeo,así despavorido huía;

Y a su tropa nosotros con denuedo

Cargámos, que el lugar desconocía,

Y a más temblaba en vergonzoso miedo:

Cargámosla, y en ellos a porfía,

Matar pudimos. Animoso y ledo

Al aura de fortuna Sionjera,

Corebo razonó de esta manera:

LXXVI.

«Bien la fortuna apunta, amigos; ea!

»El camino sigamos que señala:

»Con los Griegos cambiemos de librea;

»En mal del enemigo, ¿quién no iguala:

»Fuerza y astucia? ¡El mismo armas provea

Dice, y ciñe el estoque argivo y cala:

El almete de Andrógeo, penachudo,

Y ornado de blasón prende el escudo.

LXXVII.

Rifeo le imitó; ni hacerlo dudan,

Dímas al punto y los demás presentes:

Todos en armaduras propias inudan

Los trofeos magníficos recientes.

Así ajenos, auspicios nos escudan

V I R G I L I O

70

Y oscuro el aire: a su favor frecuentes

Choques de paso alventurando a tiento,

Despeñamos al Orco almas sin cuento.

LXXVIII.

»Cuáles en tanto, de peligro ajenos,

Merced de presta fuga, en la ribera

Se acogen a las naves: cuáles llenos

De vil temor, del monstruo de madera

En los profundos conocidos senos

Trepan a guarecerse. Mas ¿qué espera

El mortal infeliz, o en qué confía,

Si al brazo de los Dioses desafía?

LXXIX.

»He aquí entre ásperas puntas, falleciente,

Casandra, hija de Príamo, iba envuelta.

Del sagrario de Pálas por furente

Ciego invasor arrebatada: suelta

La cabellera; al cielo vanamente

Con vivísimo ardor los ojos vuelta...

¡Los ojos, ay, que las hermosas manos

Con cadena oprimieron los villanos!

LXXX.

»No tal sufrió Corebo arrebatado,

Y entre el tumulto, de morir sediento,

Precipitóse: en escuadrón cerrado

Seguimos los demas su movimiento.

Mas, ¡ay dolor! los nuestros del terrado

Del templo, observan en fatal momento

Nuestro arreo y crestones, y en su engaño

Presto nos hacen lastimoso daño.

L A E N E I D A

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LXXXI.

»Como vientos alígeros que en roto

Torbellino se encuentran frente a frente,

Y Zéfiro combate, y Euro, y Noto,

-Euro, que en,sus bridones del Oriente

Va ufano; -y gime estremecido el soto,

Y, de espumas cubierto el gran tridente,

Nereo en su furor no da reposo,

Y mueve desde el fondo el mar undoso:

LXXXII.

»Así brama, con fiera arremetida

Correspondiendo a nuestro audaz embata

Caterva que a vengar salta ofendida

De la doncella el súbito rescate:

Ayax violento, y tino y otro Atrida,

Y los Dólopes todos. En combate

Entran también los que esparcido había

Por la oscura ciudad nuestra artería.

LXXXIII.

»Tornan éstos a hallarnos cara a cara,

Y el habla que nos oyen diferente

El disfraz de las armas les declara.

Al número sucumbe, en fin, mí gente.

Peneleo a Corebo al pie del ara

Inmoló de la Diosa armipotente;

¡Ay! de los suyos recibiendo heridas

Rinden Dímas é Hípanis las vidas.

LXXXIV.

»Ni tu piedad ni el apolíneo velo

Te hurtaron, Panto, a la enemiga hueste

Y el justo, el santo del troyano suelo,

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Rifeo, cae, sin que amparo preste

A su virtud (¡misterio grande!) el Cielo.

Conmigo Ífito y Pélias quedan: éste

Mal herido de Ulíses, tardo el paso;

Esotro por la edad de fuerza escaso.

LXXXV.

»Con ellos en forzosa retirada

Abandoné la desigual porfía.

¡Oh pira extrema de mi Patria amada,

Sacras cenizas de la gente mia!

Testigos sed que en la infeliz jornada

Tanto arrostré cuanto arrostrar debía,

Y, a consentirlo el fallo de la suerte,

Ganara por mi mano honrosa muerte.

LXXXVI.

»Torcemos al estruendo sin tardanza

Al palacio del Rey, do tan horrenda

Refriega hallamos, cual si aquella estanza

Fuese el único campo a la contienda;

¡Tal era el brío y la marcial pujanza!

¡Así en masa a los Griegos estupenda

Precipitarse vemos, y la entrada

Asedíar bajo densa empavesada!

LXXXVII.

»De un lado y otro el edificio ascienden.

Por pilares y escalas; con los brazos,

El escudo al izquierdo, se defienden

De pedradas sin cuento y saetazas;

Suelto el derecho, en el remate prenden

Del edificio altísimo. En pedazos

En tanto los troyanos campeones

L A E N E I D A

73

Las techumbres derruecan y bastiones.

LXXXVIII.

»De tales armas su defensa flan,

Aureas trabes lanzando en su despecho

Que de antiguos monarcas dado habían

Noble decoro al admirado techo.

Otros abajo, a resguardar se alían

Las puertas, y tras ellas en estrecho

Grupo, puñal en mano, se aglomeran,

Y apercibidos la avenida esperan.

LXXXIX.

»Al palacio escalado se convierte

Mi atención toda: diligente acudo

A esforzar a quienquier se desconcierta

Y alientos dar contra el asalto crudo.

Un portillo hubo atras, que a buena suerte

Al ciego sitiador hurtarse pudo;

Tras él los tramos,del palacio unía

Tránsito oscuro, oculta galería.

XC.

»Por allí sola Andrómaca en su duelo,

Cuando aún cetro empuñaba el Rey anciano,

Ir solía a sus suegros, y al abuelo

Llevaba el hijo tierno de la mano.

A entrar por allí mismo ahora yo vuelo;

Calo el postigo, y la eminencia gano,

Do abajo (¡vano ardor!) los Teucros echan

Cuanto a la mano ven, cuanto destechan.

XCI.

»A plomo allí con la pared se erguía

V I R G I L I O

74

Excelsa torre en la región del viento,

Que toda la ciudad mandaba un día

Y la enemiga armada y campamento.

Por do fácil de herir aparecia

Batímosla en redor: del alto asiento

Al combinado impulso desprendida,

Cede, y precipitamos su caída.

XCII.

»Ella rodando con fragoso estruendo

En fragmentos veloz se despedaza,

Y abajo amplio escuadrón tapa cayendo,

Que otro, cual ola súbita, reemplaza.

Sigue sin tregua el combatir tremendo.

Ya ante el mismo vestíbulo amenaza

Pirro animoso, en el umbral primero,

Con metálica luz radíante y fiero;

XCIII.

»Cual dragón que aterido, soterrado,

De venenosas hierbas se sustenta,

Mas de nuevo arreándose, en el prado

Sale a campar cuando el calor le alienta:

Voluble el lomo en roscas arrollado

Miles colores con la luz ostenta;

Al sol mirando, el cuello al aire libra,

Y la trisulca lengua hórrido vibra.

XCIV.

»Automedonte, que de Aquíles fuera

Auriga, ora escudero, y Perifante

Corpulento acomete, y la guerrera

Esciria juventud, y a un mismo instante

Llama arrojan que al aire va ligera:

L A E N E I D A

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Pirro, hacha en mano, abócase adelante,

Quiciales estremece, vigas raja,

Y las ferradas puertas desencaja.

XCV.

»Las trabes a su empuje crujen, ruedan;

Enorme boqueron dan los tablones,

Ni cosa abrigan que ocultarle puedan

Dentro los vastos atrios y salones,

De los antiguos soberanos quedan

Francas y descubiertas las mansienes,

Y afuera comparecen los soldados

Que las Duertas guardaban atropados.

XCVI.

»¡Oh cuánta turbación adentro! ¡oh cuánto

Terror! Los huecos artesones llena

Femenil alarido, ronco planto,

Grita, confusa y vária al cielo suena.

Cruzan matronas con afán y espanto

Las anchas salas que el rumor atruena,

Y las colunas a abrazar se arrojan,

Las besan, y en sus lágrimas las mojan.

XCVII.

»Mas Pirro igual al padre se adelanta.

¿Qué arma, qué brazo atajará el pujante

Hierro esgrimido con braveza tanta?

Postes ni cerraduras son bastante;

Ferrada maza a golpes los quebranta.

Plaza abre a fuerza: a quien le va delante

Atierra, Y su cohorte furibunda

A la redonda el edificio inunda.

V I R G I L I O

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XCVIII.

»Así de altiva cumbre se desata

De pronto hinchado un espumoso rio,

Y oleadas horrísonas dilata

Hundiendo el malecón, creciendo en brío;

Y establos y ganados arrebata

Impetuoso. Yo, yo vi al impío

Cebarse airado en el estrago horrendo;

Ví a los, Atridas el umbral cubriendo.

L A E N E I D A

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XCIX.

»Vi a Hécuba y sus hijas, sus amores

Vi a Príamo, del ara en el sagrado,

El fuego que adoraron sus mayores

Matar en sangre suya mal su grado;

Vi los cincuenta lechos, que de flores

Había la esperanza engalanado

En pro del trono, y las soberbias puertas

De oro y rico botin rodar cubiertas.

C.

»Griegos el campo ocupan que aun da el fuego.

-Mas ya ansiosa querrás, augusta Dido,

De Príamo saber. Príamo, luego

Que de las puertas oye el estallido,

Y encima siente al desbordado Griego,

Ciñe al endeble cuerpo envejecido

Inútil hierro y olvidada malla,

Y aguija a perecer en la batalla.

CI.

»Al raso en medio del palacio había

Ancho altar, y por cima un lauro anciano

Asombrando a los Lares, descogía

Denso follaje de verdor lozano.

Hécuba en la marmórea gradería

Con sus hijas los Dioses ciñe en vano,

Bien cual palomas que en bandada avienta

El repentino son de la tormenta.

CII.

»Como a recursos el Monarca apele

Ya ajenos a su edad, «¿Qué desvarío,»

Hécuba clama, «a perdición te impele?

V I R G I L I O

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»Hoy de mi Héctor la fuerza y poderío

»Fuera en vano; pues ¿qué ese brazo imbele

»Hará en el caso extremo? Esposo mío,

»Ven: este altar refugio a todos sea,

»O a todos juntos sucumbir nos vea.»

CIII.

»Dice; a su lado le reduce, y puesto

Sobre las losas a ocupar le obliga.

Desacordado y jadeante, en esto,

Polítes, de ellos hijo, a quien hostiga

Pírro desaforado, el pie, tan presto

Como lo sufre su mortal fatiga,

Por los vacíos atrios acelera,

Y señala con sangre su carrera.

CIV.

»Ya con la pica por detras le toca,

Ya entre las manos el cruel le mira,

Cuando en faz de sus padres desemboca,

Y dando en tierra ensangrentado espira.

El venerable viejo, a quien provoca

El duro lance a generosa ira,

No en lo sumo del riesgo el labio sella,

Mas respetos y amagos atropella:

CV.

»Si justo el cielo de los hombres cura

»Dáranos, » dice, »por tamaña ofensa,

»A mi venganza a colmo; larga y dura

»A ti la merecida recompensa!

»Poner te place al padre en angostura

»De ver caído al hijo sin defensa,

»Y no acatando encanecidas sienes

L A E N E I D A

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»A darle en rostro con su sangre vienes.

CVI.

»Calla de hijo de Aquíles el dictado,

»Que le desmiente tu cobarde encono:

ȃl supo dar la mano al que postrado

»Miró a sus pies en mísero abandono;

»Tornóme el hijo muerto, que enterrade

»Fuese en fúnebre pompa, y a mi trono

»Me concedió volver.» Dijo, y con tardo

»Aliento el Rey de allí soltóle un dardo

CVII.

»Que rebotado al punto con sonido

Ronco, al tocar el defendido acero,

Quedó en el centro del broquel prendido.

Pirro repuso con sarcasmo fiero:

« ¡Sí,vé a mi padre, y que su ejemplo olvidé

»Dile; que de su sangre degenero

» Que orpbio eterno de mi porte espere;

»Eso y más dile; y por ahora muere!»

CVIII.

»Y diciendo y haciendo, el inhumano

Al mismo altar impávido arrastraba

Al noble Rey, que, trémulo de anciano,

En la sangre del hijo resbalaba:

Le ase del pelo con la izquierda mano,

Y con la diestra a su placer le clava

Hasta el pomo la daga en el costado,

Fúlgida en alto habiéndola vibrado.

CIX.

»Tal rodó su corona refulgente;

Tal vino a ver su antigua fortaleza

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Humo y polvo tornarse de repente,

Aquél que al esplendor de su grandeza

Miró a cien pueblos inclinar la frente!

Su cuerpo, tronco informe, la cabeza

Cercenada por bárbara cuchilla,

Yace sin nombre en solitaria orilla.

CX.

»Horror profundo allí por vez primera

Sobrecogióme, viendo la agonía

Penosa de mi Rey, y la manera

Como el postrero anhélito rendía.

Mi padre, que cuanto él anciano era,

Delante me fingió la fantasía:

La dulce esposa, el hijo tierno, a rudo

Ultraje abandonados sin escudo.

CXI.

»Por ver con quiénes cuento, en torno paso

Las miradas; a nadie ya diviso:

Dieron unos al fuego el cuerpo laso,

Arrojáronse otros de alto piso.

Así todo oteándolo de paso,

Al claror de las llamas, de improviso

Observo un bulto en el umbral de Vesta;

Erase Elena en lo escondido puesta.

CXII.

»Esa ahora a las aras acogida,

Furia que al mundo le nació ominosa,

De Troyanos y Griegos maldecida,

De Griegos y Troyanos temerosa,

Salvar tentaba la infelice vida

L A E N E I D A

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Huéspeda ingrata, amancillada esposa;

Matar pensé la infame advenediza

Por vengar de la Patria la ceniza:

CXIII.

»¿Cómo? ¿habrá de salvarse la menguada

»Rastrándose en oscuros escondrijos?

»¿Y en Micénas y Esparta hará su entrada

»Reina ella entre marciales regocijos,

»De troyanos esclavos acatada

»Tornando a ver esposo, padres, hijos?

»¿Y Troya en bravas llamas consumida?

»¿Y triunfante el acero regicida?

CXIV.

»¿Y para esto tornada ardiente lago

»Tantas veces la playa en sangre nuestra?

»¡Oh! ¡no! que si en matar una hembra, no hago

»De varonil valor gloriosa muestra,

»Dar a tal monstruo el merecido pago

»Hazaña es justa y digna de mi diestra:

»No ya sedienta al envainar mi espada,

»Más de una sombra dejaré vengada!»

CXV.

»Rugía yo con voz tempestuosa

Cuando espléndida toda de hermosura,

Me apareció mi madre bondadosa

Radíante entre la sombra de luz pura,

Con el encanto y majestad de Diosa

Conque se muestra en la celeste altura;

Súbito el vengador brazo me toca,

Y abre entre aromas la purpúrea boca:

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CXVI.

«¡Cálmate, hijo! ¡tus palabras mide;

»Tu pecho hirviente su ímpetu reporte!

»Dí, ¿será justo que el rencor te olvide

»De la familia nuestra, y no te importe

»Saber si el genitor, a quien impide

»Vejez cansada, el hijo, la consorte

»Vivos están? ¿No ves que los circunda

»La multitud que la ciudad inunda?

CXVII.

»Por mil, el hierro su sangre no devora;

»Por mí, el fuego sus huesos no calcina.

»Y a qué la faz baldonas seductora

»De esa Lacedemonia que abomina

»Tu corazón? Y a Paris a deshora

»¿Por qué oprobias? No tiene la ruina

»De Troya la opulenta humano origen;

»Airados Dioses son quienes la afligen.

CXVIII.

»Es fuerza superior la que derriba

»Sus altos techos. Si cejar te duele,

¡Yo esa que lenta en derredor te priva

»De luz, haré que de tus ojos vuele,

»Húmida, opaca niebla, y la cautiva

»Vista dilates. Quién, verás, demuele

»Aquestos muros, y al materno aviso

»La frente inclinarás grato y sumiso.

CXIX.

»Allá, do envuelto en polvo el humo ondea,

»Y en pie no hoy mole ya ni canto alguno,

»La ciudad en su asiento bambalea

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»A golpes del tridente que Neptuno

»Sacude. Acá sobre la puerta Escea

»Ante todos safiuda avanza Juno,

»Y audaz, cubierta de acerada escama,

»La amiga tropa de las naves llama.

CXX.

»Torna, torna a mirar: Pálas cruenta

»Ya los altos alcázares domina.

»Y envuelta en nimbo centelloso, ostenta

»La terrible cabeza serpentina.

»A los Dánaos el Padre mismo alienta,

»El Padre universal, y en la divina

»Legión contra tu Patria iras enciende.

»Tú el hierro envaina, pues; la fuga emprende.

CXXI.

»Nada temas: tu planta irá segura

»De la paterna casa a los umbrales;

»¡Contigo soy!» Y bajo sombra oscura

Encubrióse, al decir palabras tales.

Entonces la terrífica figura

Vi de adversas deidades colosales;

La hoguera vi donde Ilion se abrasa;

Y Troya conmovida por su basa,

CXXII.

»Cual viejo fresno que la ufana frente

Señorease sobre el monte enantes,

Y hora en redor la campesina gente

Le diese al tronco hachazos incesantes;

Que la alta copa temerosamente

Estremece a los golpes resonantes,

Y amenaza, y restalla, y de la cumbre

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Desploma con fragor su pesadumbre.

CXXIII.

»Desciendo, en fin; mis pies mi madre guía;

Campo las armas dan, receja el fuego.

Mas no bien de la antigua casa mía

A los umbrales anhelante llego,

Mi padre, ¡ay! el primero a quien quería

Fuera llevarme, niégase a mi ruego.

Pues sobre tantas ruinas apellida

Vil el destierro y mísera la vida:

CXXIV.

«¡Huid los que en lozana primavera

»Corazón abrigais esperanzado:

»No así el Cielo mi nido destruyera

»Si fuese mi existencia de su agrado!

»¿Qué aguarda el que la Patria ya a extranjera

»Cadena vio doblarse? demasiado

«Sobrevivo al estrago de los mios;

»¡Oh! ¡dadme el adiós último, y partíos!

CXXV.

»Avara del botin, condolecida

»De mi miseria, el fin dará que aguardo

»Alguna mano a mi cansada vida;

»Ni por falta de tumba me acobardo.

»A mi inútil vejez, aborrecida

»De los Dioses, el término retardo

»Desde que plugo al brazo omnipotente

»Lanzarme un rayo y aturdir mi mente.»

CXXVI.

»Mi padre así tendido en tierra dijo;

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Y vanamente en lágrimas bañados

Yo, mi Creusa, mi inocente hijo,

Todos le suplicamos apiñados

No así mal tanto consumase, fijo

En afrontar los inminentes hados;

Mas él, sordo al solícito lamento,

Mantiénese en su puesto y firme intento.

CXXVII.

»Torno a las armas, y el arnes requiero,

Y a morir batallando me preparo;

Ni más alivio a mi dolor espero,

Ni otra salida, ni mejor reparo.

«¡Oh padre mío!» en mi dolor profiero;

«¿Y pudiste idear que en desamparo

»Te abandonase por salvarme? ¿Agravios

»Vierten cual éste paternales labios?

CXXVIII.

»Si es que completa asolación previene

»A Troya el Cielo en su insaciable enojo,

»Si la medida quieres que se llene

»Con nuestros restos, cumplirás tu antojo:

»Ya vendrá Pirro; franco el paso tiene:

»Pirro con sangre del Monarca rojo,

»De cuyo brazo matador no ampara

»Ni al hijo el padre, ni al anciano el ara.

CXXIX.

»¿Y a ésto sólo me sacas, alma Dea,

»Salvo por medio del adverso bando?

»¿A que testigo en mis hogares sea,

»No ya en la lid, de su rencor infando?

»¿A que, uno entre la sangre de otro, vea

V I R G I L I O

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»Hijo, padre y esposa agonizando?

»¡Al arma! ¡al arma! ¡La postrera hora

»Llama al vencido, amigos, vengadora!

CXXX.

»¡Tornar dejadme a la ardua lid! Mi diestra,

»Renovará el conflicto: al fin, vengada

»Corra, si ha de correr, la sangre nuestra.»

Dije, a la cinta acomodé la espada,

Y el escudo embrazando a la siniestra,

Ya iba a salir, cuando mi esposa amada ,

Se echa a mis pies en el umbral de hinojos,

Y nuestro dulce hijo alza a mis ojos.

CXXXI.

«Si es morir lo que atentas,».me decía,

«Todos iremos a morir contigo;

»Mas sí aun tu brazo de las armas fia,

»Primero es que defiendas este abrigo.

»¡Cómo! tu hijo, tu padre la que un día,

»Buena esposa llamaste, ¿al enemigo

»Así vas a entregar?» Tal su desgracia

Gime; el eco en los ámbitos se espacia.

L A E N E I D A

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CXXXII.

»Súbita maravilla sorprendente

De todos luego las miradas llama:

En medio del abrazo y el doliente

Coloquio paternal, brota una llama

De Ascanio en la corona, y por su frente

E ilesos rizos mansa se derrama:

Quién, al verle, el cabello le sacude;

Quién ya con agua, en su temor, le acude.

CXXXIII.

»Mas mi padre con plácida alegría

El rostro augusto eleva; ambas las manos

Tiende, y al cielo esta plegaria envía:

«¡Omnipotente Júpiter, si humanos

»Ruegos te mueven a clemencia pia,

»Una mirada compasiva dános!

»Sí merecemos protección, propicio

»Sénos, y sella el venturoso auspicio.»

CXXXIV.

»A estas voces en súbita estampida

Tronó a la izquierda; y por el vago cielo

Rápida estrella de esplendor vestida

Hendió a la noche el nebuloso velo:

Llegaba hacia nosotros, cuando al Ida,

Alumbrando el camino, tuerce el vuelo;

Su luengo sulco blanda luz señala,

Y humo sulfúreo al esconderse exhala.

CXXXV.

»Convéncese mi padre, se levanta,

Da gracias a los Númenes, y adora

La luz divina. «Gobernad mi planta,»

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Dice: «no más suscitaré demora.-

»Y ¡oh patrios Dioses! vuestra mano santa

»Reconozco que a Troya cubre ahora:

»¡Mi familia guardad, guardad mi nieto!

»Partamos, hijo; la Deidad respeto.»

CXXXVI.

»Mas ya el calor sofoca; ya se escucha

Más y más cerca el fuego turbulento

Que con los muros y edificios lucha

Su furor avivando y movimiento.

«Sube en mis hombros, padre: a fe que mucha

»No ha de serles la carga: en todo evento

»Uno sea el peligro a entrambos; una,

»O piadosa o adversa, la fortuna.

CXXXVII.

»Ascanio venga de su padre al lado,

»Tú, Creusa, seguir mis huellas cuida;

»Y todos en los ánimos grabado

»Tened lo que os encargo en esta huida:

»Bien sabéis, servidores, de un collado

»Que está de la ciudad a la salida,

»Do de Céres ruinoso un templo antiguo

»A un vetusto cipres yace contiguo:

CXXXVIII.

»Cipres que nuestros padres reverentes

»Honraron siempre en sus felices días;-

»Allí nos juntaremos, diligentes

»Sendereando por diversas vias.

»Toma, ¡oh padre! los Dioses: yo de ardientes

»Refriegas salgo; si las manos mías

»Pusiese en ellos, en corriente clara

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»No lustradas aún, los profanara.»

CXXXIX.

»Callo; y encima del común vestido,

Con una piel bermeja leonina

Los anchos hombros encubrirme cuido,

Y al grato peso mi cerviz se inclina.

El tierno Ascanio, de mi mano asido,

Conmigo a paso desigual camina:

Quedóse atras mi esposa: opaca niebla

En torno nuestro los espacios puebla.

CXL.

»Mas yo que en la ciudad momentos antes

No temí de la lid el alto estruendo,

No las armas, no griegos batallantes

Remolinados en tropel horrendo,

Ahora al sonar las auras oscilantes,

Al más leve ruido me suspendo,

No temeroso por la vida mía,

Si por mi dulce carga y compañía.

CXLI.

»Parecíame ya llegar seguro

Al deseado fin, cuando repente

Cual de veloces pies que el suelo duro

Batiesen, sordo estrépito se siente;

Y mi padre mirando de lo oscuro,

«Hijo, » dice, «huye, hijo; asoma gente:

Desvía; el temeroso centelleo

De las rodelas y corazas veo.»

CXLII.

»,Ah! en tanto que mi pie medroso, excusa

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Por ignoradas vueltas el camino,

No sé qué ínvido Dios, mi ya confusa

Razón de lleno a desquiciarme vino:

No supe más que fue de mi Creusa;

Si la detuvo mi cruel destino,

Si erró la vía, o se sentó cansada;

De entonces más, a mi clamor negada.

CXLIII.

»Ni la eché menos hasta haber llegado

Todos los míos, con turbada huella,

Al templo antiguo y salvador collado:

Reunímonos; ¡faltaba sola ella!

Faltaba a su hijo, en lágrimas bañado;

Faltaba a mí, que en áspera querella,

¡Oh entre males tamaños mal supremo!

De hombres y Dioses con furor blasfemo.

CXLIV.

»Hijo, y padre, y penates encomiendo,

Puestos y ocultos en profundo valle,

A mis amigos: despechado emprendo

La ciudad recorrer hasta que halle

La infelice consorte; y no temiendo

Volver a abrirme entre enemigos calle,

Me ciño de la fúlgida armadura,

Y entrégome al dolor y a la ventura.

CXLV.

»Llego primero al murallón oscuro,

Puerta y umbral por do pasado había;

Esfuérzome a mirar, y mal seguro

Sigo por rastros una y otra vía.

Horror, silencio en el desierto muro

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Sólo hallar pude. A la morada mía

Acudo, por si allá mi compañera

Tal vez, tal vez la planta dirigiera.

CXLVI.

»Mas de los enemigos mi morada

Presa era ya: la llama devorante

Por el Ábrego rápido aventada,

Crece, sube, revuélvese ondeante.

Enderezo al alcázar, y en la entrada

Del sagrario de Juno (en lo restante

Abandonada ya la ciudadela),

Hacen Fénix y Ulíses centinela:

CXLVII.

»De los templos tornados en pavesas

Custodían el espléndido tesoro,

Vestes sacerdotales, sacras mesas,

Macizos vasos de luciente oro.

Víanse en torno de las ricas presas

Niños sumidos en confuso lloro,

Mustias las madres que el dolor embarga,

Cautiva muchedumbre en rueda larga.

CXLVIII.

»Allí sin fruto y por doquier demando

El bien perdido: una vez y otra al viento

Su nombre doy, los ámbitos llenando

Con la cascada voz de mi lamento.

Así por las sombrías calles ando

En su busca con ciego desatiento,

Cuando al paso atraviésase y me nombra,

Pálido, alto fantasma; -era su sombra.

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CXLIX.

»Tiémblame el corazón, se me eneriza

El cabello, la sangre se me hiela:

Mas ella hablando así me tranquiliza

Y futuros destinos me revela:

«¿Por qué tu corazón se martiriza,

»O a do tu loca fantasía vuela?

»Templa el furor: no temerario oses

»Al imperio oponerte de los Dioses.

CL.

»Vencer no pienses mi eternal reposo,

»No contigo llevarme a otra ribera:

»Védalo aquél que todopoderoso

»En las sedes olímpicas impera.

»Vasto mar que surcar, amado esposo,

»Largo destierro que cumplir te espera;

»Mucho errarás; empero, finalmente,

»Llegarás a las playas de Occidente:

CLI.

»A Hesperia, patria de ínclitos varones,

»A donde ameno y dilatado ondea

»El lidio Tibre, que en besar los dones

»De sus fértiles ribas se recrea.

»Ancho imperio, magníficos blasones,

»Régia consorte encontrarás; ni sea

»Mi memoria a tu pecho dolorosa:

»Harto has llorado a tu apartada esposa.

CLII.

»Que no a la nuera de la cipria Diva,

»La hija del frigio Rey, reduce el hado

»A sierva humilde de matrona aquiva:

L A E N E I D A

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»¡No irá a ver, no, del vencedor airado

»Soberbios techos mísera cautiva!

»La madre de los Dioses a su lado

»Me azcoge. ¡Adiós! por nuestro Ascanio vela;

»¡Amale slempre, y tu dolor consuela! »

CLIII.

»Yo que la oía en lágrimas deshecho,

Mil cosas fui a decir, cuando en sombríos

Celajes se encubrió. Tres veces le echo

Al cuello los amantes brazos míos,

Y tres veces, ¡oh pena! los estrecho

Contra el burlado corazón vacíos,

Desvanecida a mi anheloso empeño

Cual humo vano o fábrica de un sueño.

CLIV.

»La noche terminó con mi porfía,

Y torné. Con portátiles haberes

Notable multitud llegado había,

Ausente yo, cabe, el altar de Céres.

Apellídanme todos jefe y guía:

«Contigo,» dicen, «a doquier esperes

»¡Ay! alejarnos del confin troyano,

»Rostro haremos al lóbrego Oceano.»

V I R G I L I O

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CLV.

»Allí varones y hembras, niños, viejos,

Y larga y miserable muchedumbre.

Y ya anunciaban pálidos reflejos

Al sol, del Ida sobre la ardua cumbre.

Ocupadas las puertas a lo lejos,

Huye de auxilio la postrer vislumbre:

Cedo a la suerte: a recibir me inclino

Mi padre, y a los montes,me encamino.

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LIBRO TERCERO

I.

«Después que el Cielo la inculpada gente

De Príamo y troyana monarquía

Derribó en tierra, y la ciudad potente

En círculos de humo perecía;

También por alta inspiración presente,

Mas sin saber por dónde el hado guía

O do hemos de parar, labramos pinos

Que a otras playas, nos lleven peregrinos.

II.

ȃramos cabe Antandro congregados

Al pie de Ida, y no bien pintó el estío,

Manda mi padre en brazos de los hados

Soltar velas del viento al albedrío.

Con llanto el puerto dejo, y los amados

Campos do Troya fue; y a la onda fio

Mi pueblo, y prole, y Dioses tutelares,

Y empiezome a engolfar en altos mares.

III.

»Cae por allá un país que Marte ampara

Y el austero Licurgo rigió un día;

Extensas tierras son que el Trace ara,

V I R G I L I O

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A quien ley de hospedaje nos unía;

Y viéronse sus Dioses en un ara

Con los Dioses de Troya en compañía

Cuando imperio feliz fuimos: ahora

Allí arribamos con humilde prora.

IV.

»Fundé en su corva orilla la primera

Ciudad, y a sus colonos apellido,

En mi memoria, Enéadas; mas era

Infausto el punto. Mal correspondido,

A mi madre: la Diosa de Citera,

Y a los electos Númenes convido;

Y en balde un toro albo, como a solo

Rey de los Dioses, al Saturnio inmolo.

V.

»Era allí un cerro, y en su cima había

De puntas erizado un mirto: atento

La ara a vestir de verde lozanía,

Acudo, y ramas arrancar, intento.

Mientras raíces desvolver porfía

Mi mano (¡oh singular, oh atroz, portento!)

Brotar contemplo de las ramas rotas

Sangre que el suelo empapa en negras goras.

VI.

»De espanto helado el corazón flaquea;

Mas recobrado tiro de otra rama

Por descubrir lo que el prodigio sea,

Y otra vez sangre el vástago derrama.

Confuso, dando de una en otra idea,

Ya a Marte invoco que a los Getas ama,

Ya a las huéspedas Ninfas de la selva

L A E N E I D A

97

Porque el signo de horror fausto se vuelva.

VII.

»Con esta mira y con esfuerzo nuevo

Tercera rama desraigar decido;

Mas cuando, hincada la rodilla, pruebo,

Su rigor a vencer, siento un sonido

(No sé si ose decir, o callar debo):

Una voz funeral hiere mi oído:

«¡Ay! ¿por qué Enéas, las entrañas mías

»Rompes? ¡No manches más tus manos pias!

VIII.

»Hijo yo fui de la nación troyana,

»¿Y al que ya conociste ofendes muerto?

»¡Esa sangre no es de árboles do mana!

» ¡Ah! ¡quede esta región, huyas te advierto;

»Aurívora región, playa inhumana!

»Yo Polidoro soy: yace cubierto

»Mi cuerpo aquí de flechas homicidas,

»Ahora en ásperas ramas convertidas.»

IX.

»Adolorido, absorto me suspendo,

Sin voz, yerto el cabello. ¡Polidoro!

El mismo ¡ay! a quien Príamo, sintiendo

Vacilar en su mano el cetro de oro

Al amago de ejército tremendo,

Fió en secreto espléndido tesoro,

Y a que ajeno creciese a la desgracia,

A cargo le envió del Rey de Tracia.

X.

»Mas el perverso príncipe, copiando

V I R G I L I O

98

En su porte mudanzas de la suerte,

Triunfante al ver de Agamemnon el bando

En contra del caído se convierte;

Y todo fuero: con furor nefando

Atropella, y al mísero da muerte,

Y le asalta el caudal. ¿Qué de maldades,

Sacrílega sed de oro, no persuades?

XI.

»Vuelto en mí del espanto que me hiela

Hablo a mi padre, y a los jefes junto,

Lo que voz misteriosa me revela,

Narro, y el parecer común pregunto.

Todos proponen darnos a la vela

"Y aquel sitio de horror dejar al punto;

No sin que al desdichado compatricio

Pagado hayamos el postrer oficio.

XII.

»Túmulo, pues, alzámosle de arena,

Y a los manes dos aras que guarnecen

Cipres y tristes fajas; la melena

Sueltan matronas que en redor parecen.

Altos vasos que o leche tibia llena,

sangre consagrada, allí se ofrecen:

La tumba al alma errante da acogida,

Y clamamos la eterna despedida.

XIII.

»Así las sacras ceremonias, graves

Cumplido habiendo, a la señal primera

Que el Austro da con hálitos suaves

De que onda masa nuestra flota espera,

Corremos a la mar: sacan las naves

L A E N E I D A

99

Mis compañeros, cubren la ribera;

Cruzamos ya los líquidos desiertos,

Y atrás irse miramos playas, puertos.

XIV.

»Allá en mitad de los Egeos mares

Hay una isla entre todas la más grata,

Que, Númenes por siempre tutelares,

A Dóris bella y a Neptuno acata:

Ella un tiempo rondaba los lugares

Convecinos; ya errante el mar no trata;

Apolo entre las Cíclades fijóla,

Y allí inmóvil contrasta viento y ola.

XV.

»Allí abordamos, y el dichoso abrigo

Gozamos con que el puerto nos convida;

Mientras de Apolo la ciudad bendigo,

A darnos sale el Rey franca acogida.

Anio en mi padre abraza a un viejo amigo;

Anio, a quien, porque al par que le apellida

Ministro un Dios, un pueblo Rey le nombra,

Con la ínfula e1 laurel la sien le asombra.

XVI.

»Yo al templo secular devoto llego:

«¡Buen Dios!» exclamó, «¡término seguro

»Dá a, nuestro error, a nuestro afán sosiego,

»Dá fundar feliz prole y propio muro!

»Nueva Troya lo llames o del fuego

»Hurtados restos y de Aquíles duro,

»Salva el tesoro, tú, que va conmigo;

»Dí, ¿cuál norte, cuál voz, cuál rumbo sigo?

V I R G I L I O

100

XVII.

»Señal dá, en fin, y a nuestra mente envía

»Tu inspiración.» Callé, y en tal momento

Ya el pórtico, ya el lauro se movía,

Y el nijnte en torno retembló en su asiento.

El velo que la trípode cubría

Gimió, abrióse el sagrarlo: al pavimento

Inclinamos las frentes confundidos,

Y sacra voz hirió nuestros oídos:

XVIII.

«¡Fuertes Troyanos! ved que la fortuna

»Hinchado el seno de la patria os muestra

»Que a vuestra raza fomentó en la cuna;

»¡Buscad, buscad la antigua madre vuestra!

»Id; allí Enéas, sin mudanza alguna,

»Cimentará su casa, y de su diestra

»El cetro heredarán sobre las gentes

»Hijos, nietos, lejanos descendientes.»

XIX.

»Habló Apolo; y llenó los corazónes,

Amargada por dudas, la alegría,

Pues «¿Dó aquellas están patrias regiónes?»

Preguntábamos todos a porfía.

Mi padre ya de viejas tradiciones

Recuerdos en su mente revolvía:

«¡Oíd, nobles!» prorumpe; «yo el secreto,

»A vuestras esperanzas interpreto.

XX.

»Hay una isla en el mar, Creta nombrada,

»Cuna ya nuestra, con su monte Ida,

»Cuna también de Júpiter sagrada,

L A E N E I D A

101

»De cien ricas ciudades guarnecida.

»Trocó el gran Teucro esa feliz morada

»Con la retea costa: a su venida

»Ni allí a Pérgamo halló, ni halló poblados,

»Sino hombres por los valles derramados.

XXI.

»Él, si éstas que aprendí no son infieles

»Memorias, los cimientos sociales

»De Troya echó, y el culto de Cibéles

»Trajo, con sus misterios y atabales,

»Los carros con leones por corceles,

»Los bosques sacros, y aún en nombre iguales,

»¡Partamos! el oráculo dichoso

»Allá nos llama, a la región de Gnoso.

XXII.

»Ni estamos lejos de su orilla grata;

»Tres luces gastaremos. Falta sólo

»Que aplaquen dones al que el mar maltrata,

»Que amparo preste el que serena el polo.»

Dice, y en la ara sendos toros mata

A Neptuno y a ti, divino Apolo;

Sendas ovejas al Invierno negra,

Blanca a Favonio que la mar alegra.

XXIII.

»La voz se esparce que del patrio suelo

Proscrito Idomenco huído había,

Que a huéspedes librando de recelo,

Creta sus puertas solitaria abria.

Y así a Ortigia dejando, hendiendo a vuelo

El mar, a Náxos báquica y sombría

Costeando vencemos, a Oleáros,

V I R G I L I O

102

Verde Donisa y albicante Páros.

XXIV.

»Entrambos por las Cíclades ligeros

el mar corremos de islas esparcido,

Y emúlanse, al pasar, mis compañeros

Con clamores y náutico ruido;

«¡A Creta! ¡a Creta!» gritan vocingleros;

«¡A nuestra patria, a nuestro antiguo nido»

E hiriéndonos en popa aura serena,

Al fin tocamos la anhelada arena.

XXV.

»Fundé una villa, mi dorado sueño,

Que Pérgamo llamé: del nombre ufanos

A los colonos miro, y los empeño

A alzar el muro y a arraigarse hermanos.

Yace en la enjuta orilla el hueco leño:

Yo dicto común ley, reparto llanos;

Y a cultivar se entregan los mancebos

Nuevos lazos de amor y campos nuevos.

XXVI.

»He aquí, el aire infestando de repente,

El contagio cruel sacude el ala;

Infausto nuncio de estación doliente,

Los arboredos y sembrados tala:

La vida va arrastrando falleciente

Quien ya el aliento último no exhala.

El Can ardiente estrago sordo hace:

Marchito el lustre de los campos yace.

XXVII.

»Y, sustento negando yermo el suelo,

L A E N E I D A

103

Mi padre del oráculo divino

Manda que vamos a implorar consuelo

Tornando a abrirnos por el mar camino:

Que cuál término, diga, al mustio duelo

De este pueblo reserva peregrino;

A quién habemos de acudir; a dónde

Enderezar el rumbo corresponde.

XXVIII.

»Era alta noche y muda: en mi retiro

Yacía yo, la mente aletargada,

Cuando delante a los Penates miro

Que hurté al incendio en la fatal jornada.

Por mis ventanas, en su errante giro

Lograba a la sazón la luna entrada,

Y del brillo bañados macilento

Ellos me hablaban con benigno acento:

XXIX.

«No temas,» me decían; «pues de parte

»De Apolo, que oficioso nos envía,

»Los destinos venimos a anunciarte

»Que el, volviendo tú allá, te anunciaría.

»Tu brazo,nos salvó de adverso Marte,

»Librónos tu piedad de llama impia;

»Hemos seguido tu fortuna, y fieles

»Navegamos contigo en tus bajeles.

XXX.

»En grato premio a tu favor, mañana

»Al cielo hemos de alzar tus descendientes;

»Mas hoy, a esa ciudad que soberana

»Herencia haremos de invencibles gentes

»(Que esto es tuyo, no nuestro), el paso allana.

V I R G I L I O

104

»Lo harás, si en largo viaje no consientes

»Reposo: asiento muda: el Dios profeta

»No te brindó con descansar en Creta.

XXXI.

»Hay de antiguo un país, con apellido

»De Hesperia por los Griegos señalado,

»Pueblo en trances de guerra asaz temido,

»Tierra asaz grata a la labor de arado.

»Fue primero de Enotrios poseído,

»Y hoy Italia se nombra, por dictado

»De famoso caudillo procedente,

»Si ya constante tradición no miente.

XXXII.

»¡Ésta, ésta es nuestra patria verdadera!

»Que allí Dárdano y Yasio nacimiento

»Tuvieron; aquel Dárdano, Primera

»Cepa de nuestra raza. Tú contento

»Ve, y de ello al viejo genitor entera

»Por cierto. Y de Corito en seguimiento

»A los ausonios términos navega.

»Mansión en Dicte Júpíter te niega.»

XXXIII.

»Comó esto vi y oí (no en sueños vanos

Eran; que bien las, tienes discernía

Veladas, y los rostros soberanos,

Y aún bañaba en sudor mi frente fría),

Salto del lecho atónito: las manos

Extiéndo suplicante; ofrezco pia

Libación en mi hogar: de ahí contento

Corro a mi padre, y la visión, le cuento.

L A E N E I D A

105

XXXIV.

»Del doble orígen la falacia siente

Él, y confiesa que sufrido había

Con, la antigua seria1error reciente,

« Hijo,» así hablaba, «a quien la suerte

»Burla cruel! Casandra solamente

»Hizo de estos sucesos, profecía;

»Y a menudo se oyó, recuerdo ahora,

»¡Hesperia! ¡Italia! de su voz sonora.

XXXV.

»Mas quién iba a pensar que a Hesperia iría

»Nuestra gente jamás? ¿Ni quién pudiera

»A Casandra creer? ¡Hoy, hoy nos guía

»Voz infalible que, partir impera!»

Tal dijo, y aplaudimos, a porfía.

Quedan algunos en la infiel ribera;

Y el áncora levando y la esperanza

El hueco leño, al pielago se lanza,

XXXVI.

»Cuando ya nos hubimos engolfado,

Y entre agua y cielo, al fin, no vemos cosa

Sino el cielo y el agua, azul nublado

Sobre mi nave sólido se posa

De lobreguez y tempestad cargado;

Con tristes amenazas espantosa

La ecuórea inmensidad se entenebrece,

Esfuérzanse huracanes, la onda crece,

XXXVII.

»¡Tristes! que arrebatándonos el viento

Y entre la vasta extensión, a golpe duro,

V I R G I L I O

106

Relámpagos cruzando el firmamento,

Ciegos erramos sobre el ponto oscuro.

Todo es horror el húmedo elemento:

¿Es día? ¿es noche? el mismo Palinuro

Nada distingue; en negro torbellino

Sacudido del rumbo, perdió el tino.

XXXVIII.

»Ya tres días llevábamos enteros

Y tres noches a oscuras, desmandados,

Cuando lejos notamos placenteros

Visos de tierra, y asomar collados,

Y humo al cielo subir. Los marineros

Las antenal calando arrebatados,

Asen del remo, y al batir contino

Cubren de espuma el líquido camino.

XXXIX

»Al suyo las Estrófades, del seno

Librados de las ondas, nos invitan:

Ínsulas son que con renombre heleno

En el vasto mar Jonio se acreditan.

Allí, allí la terrífica Celeno

Y las arpías de su casta habitan,

Del timpo en que de Fineo y sus moradas

Las alejó del temor, nunca saciadas.

XL.

»¡Arpías, horda atroz, monstruos furiales,

Generación igual jamás vio el mundo

Ni peste más cruel a los mortales

Envió el cielo ni abortó el profundo:

Alado el cuerpo, rostros virginales;

Arroja el seno vil vestigio inmundo;

L A E N E I D A

107

Corvas manos y pies, garfios rapantes

Pálidos siempre de hambre los semblantes.

XLI.

Aun no bien nuestra flota anclado había,

Cuando notamos por allí ganados

Vacunos y lanares, ir sin guía,

Ledos paciendo en abundosos prados.

Hicimos en la grey carnicería;

Brindamos con los fáciles bocados

A los Dioses, a Júpiter; y a priesa

Aderezamos la campestre mesa.

XLII.

»Ya el manjar suculento en sillas blandas

De céspedes gustábamos. En ésto

Dejan sus montes las aéreas bandas

Con ala resonante y salto presto;

Nos rapan de revuelo las viandas;

Todo lo manchan con su aliento infesto;

Y fuera de ofender vista y olfato,

El viento hieren con aullido ingrato.

XLIII.

»De ahí en el hueco de un peñón antigo

Otra vez el banquete cauto extiendo,

De corvas selvas al repuesto abrigo

Con sombra en torno de negror horrendo.

Ya ponía en el ara el fuego amigo,

Y otra vez de cien partes con estruendo,

Baja improviso el escuadrón nefando,

Y royendo revuela y escarbando.

XLIV.

V I R G I L I O

108

»Al arma llamo; en la soez canalla

Hacer estrago, en cuanto vuelva, ordeno:

Y ocultamos a intento de batalla

Entre las hojas y el verdor ameno

Cuchillas y broqueles. Todo calla...

Mas ya que por la orilla vio Miseno

Que acuden en tropel, de una alta roca

Do atalayaba, su bocina toca.

XLV.

»Corremos a la seña, en lid no usada

La impia raza a extirpar del mar salida

Mas ¡vano esfuerzo! que lesión la espada

No hace en las plumas, ni en el cuerpo herida.

Infectan cuanto muerden de pasada,

Y hedor esparcen en su impune huida;

Y una de ellas, Celenó, en yerta altura

Infausta así, con voz siniestra augura:

XLVI.

«Vinisteis a matar nuestros rebaños,

«Hijos,de Laomedon! ¡manos impías!

»Y en guerra de sus patrios aledaños

»Quereis lanzar, sin culpa, a las Arpías!

»¡Pues oid y temblad horribles daños!

»Catad, lo que os anuncio en profecías

»La mayor de las Furias: trasmitiólo

»A Febo Jove, y a Celeno Apolo.

XLVII.

»Buscáis a Italia con errante quilla,

»Y cierto que con vientos aplacados

»Ireis a ltalia,,y cobrareia rilla

»Que os, diputan. benévolos los hados;

L A E N E I D A

109

»Mas no podréis la deseada villa

» Ceñir, sin que a expiar desaguisados

»Con fuerza antes os mueva el hambre aciaga

»Tal, que aún las mesas devorar os haga. »

XLVIII.

»Dijo, y al bosque aleteando vuela.

A influjo de su voz mis compañeros,

A quien la sangre de terror se hiela,

Con el brío deponen los aceros.

Ya con votos, con súplicas se apela

A pedir paz y a deshacer agüeros,

Ora malvadas y aves ominosas

Sean aquellas, o terribles Diosas.

XLIX.

Y vuelto Anquíses hacia el mar, las manos

Extiende, y con solemnes sacrificios

Los Númenes invoca soberanos:

«¡Dioses!» clama, (¡torced tales auspicios!

»¡Dioses! ¡tales anuncios haced vanos!

» ¡A un pueblo justo defended propicios!»

Dice, y cables soltar en el momento

Manda, y las lonas descoger al viento.

L.

»Cumplióse lo mandado; y ya hincha el Noto

Las velas que a sus soplos confiamos;

Merced suya, y en manos del piloto,

Entre espumosas ondas navegamos:

Zacinto se aparece, ameno soto,

En medio de la mar: Duliquio, Sámos;

Ardua y fragosa Néritos se ostenta,

Ítaca con escollos fraudulenta.

V I R G I L I O

110

LI.

»Huimos de ellos, y del patrio clima

De Ulíses maldecimos. Adelante

Léticates yergue su nuilosa cima,

Apolo hace temblar al navegante.

Allá torcemos: fatigada arrima

A la humilde ciudad la flota errante;

Ya a proa el marinero anclas arroja;

Ociosos cascos la ribera aloja.

LII.

»En no soñado asilo aras enciendo

Do mis votos a Júpiter desato;

Y en tierra de Accio, celebrar emprendo

Juegos de Frigia. El patrio pugilato

Todos, desnudo el cuerpo, el cuerpo ungiendo,

Renuevan con ardor. Recuerdo es grato

Haber vencido riesgos y fatigas

Entre tantas ciudades enemigas.

LIII.

»El sol a la sazon su añal carrera

Concluía, y con hálitos glaciales

El cierzo aborregaba la onda fiera.

Fijé a un poste, del templo a los umbrales,

Como escudo que el grande Abas trajera,

Y del caso en memoria, letras tales:

MONUMENTO GANADO A LAS AQUEAS

TRIUNFANTES HUESTES: CONSAGRÓLO ENÉAS.

LIV.

»Llamé al remo; y dejamos, con suspiro

Del batido oleaje, las arenas;

L A E N E I D A

111

Pronto las cumbres de Feacia miro,

Y tórnanse a esconder, vistas apenas.

Llegamos al Caonio puerto, a Epiro

Costeando, y pedimos las almenas

Excelsas de Butroto. Aquí una nueva

Dichosa hallamos que increíble eleva.

LV.

»Oigo que en griego territorio impera

Heleno, hijo de Príamo, debido

A ser de la Viuda y heredera

De Pirro, nieto de Éaco, marido;

Que así el antiguo rango recupera

Andrómaca. Turbado, conmovido,

De amor llevado, de ansiedades lleno,

La playa dejo y flota, y voy a Heleno.

LVI.

»He aquí con sacros funerales dones.

Antes de la ciudad, en selva umbría,

Cabe un fingido Simois, libaciones

Al caro polvo Andrómaca ofrecía;

Y los manes con tristes oraciones

A la tumba llamaba, que vacía

De verde césped, a Héctor dedicara.

Y una, motivo al llanto, doble ara.

LVII.

»Tal Andrómaca estaba en el instante

En que, subiendo yo por el camino,

A mi propio y las armas delirante

Vio de Troya; y del caso peregrino

Pasmada al punto queda: vacilante,

Perdió el rostro el color, la planta el tino;

V I R G I L I O

112

Y solo a obra de tiempo el labio mudo

Articular sueltas palabras pudo:

LVIII.

«¿Qué en fin te miro en corporal figura?

»¡Hijo de Venus! ¿mensajero cierto

»Me apareces? ¿aún gozas la aura pura?.

»¡Ah! ¿y Héctor dónde está, si ya eres muerto?.»

Esto dijo llorando, y la espesura

Llenaba su clamor. Su desconcierto

Febril, dejóme sin respuesta; al cabo

Mal breves frases anheloso trabo:

LIX.

»No dudes palpas realidades.Vivo,

»Y a cien peligros arrojé mi vida;

»Mas véme: salvo a tu presencia arribo.

»¡Ah! ¡y de tan gran varón destituida,

»Pobre mujer! ¿Te vuelve el hado esquivo

»Algo de tu ventura merecida?

»Tú, la Andrómaca de Héctor venturosa,

»¿Yaces aún avasallada esposa?

LX.

»Ella el rostro inclinando, recobrada,

Con voz sumisa su dolor expresa:

«¡Oh entre todas nosotras fortunada

»Tú, inocente beldad, jóven princesa,

»Que al pie del patrio muro, por la espada

»Fuiste a morir sobre enemiga huesa!

»Que ni suertes sacaste a tu despecho,

»Ni de amo vencedor serviste al lecho!

L A E N E I D A

113

LXI.

»No así la que incendíados sus hogares,

»Sufrió a un duro jayan, de raza altiva

»Sufrió el rigor, y por remotos mares

»Anduvo errante, y concibió cautiva!

»Y después que probé tantos azares,

»El tirano raptor en llama viva

»Por Hermíone ardió, nieta de Leda,

»Y a Esparta corre do en su amor se enreda.

LXII.

»Entonces a un esclavo dio su esclava;

»Cedióme a Heleno. Oréstes que veía

»Quitársele su esposa, se abrasaba

»De amor, de ardor furial, de rabia impía;

»Y ante el paterno altar a hierro acaba

»Desprevenido a su rival un día;

»Conque Heleno, de siervo que antes era,

»Cobró aquestas regiónes en que impera.

LXIII.

ȃl, de entonce a sus campos y poblados

»Apropió de Caonia el apellido,

»En honor de Caon; y en los collados

»Que ves, segundo Pérgamo se ha erguido

»Favorables de guía te han servido?

»¿Qué aura feliz, cuál misteriosa fuerza

»Causa es, que acá tu nave el rumbo tuerza?

LXIV.

»¿Qué se hizo Ascanio? ¿vive, aún? Y aquella

»Que en la noche fatal ... ? ¡Destino impío¡.

»Pobre niño, ¿recuerdosguarda de ella?

V I R G I L I O

114

»¿Le anima a la virtud, al patrio brío,

»Ver cuál dejan de si brillante huella

»Enéas, su buen padre, Héctor,su tío?»

Así hablaba llorando, y vanamente

Corría de sus lágrimas la fuente.

LXV.

»Heleno, que hacia allí bajando vino

Con gran cortejo, nos conoce en tanto,

Y a la ciudad nos guía, y de camino

Nos habla con palabras y con llanto.

Yo, andando, reconozco o adivino

Nueva Troya, otro Pérgamo, otro Janto,

Bien que aquel breve y pobre aquéste sea,

Y abrazo en mi ilusión la puerta Escea.

LXVI.

»Cual propia, en la ciudad mis compañeros

Entran: pórticos que amplios los reciban

Les abre Heleno, y de ellos los primeros

En fuentes, tazas de oro, comen, liban;

Llenas copas empinan placenteros,

Y resuena el salón. Así se iban

Corriendo un día y otro. El soplo austrino

Ya hinchaba, voceando, el vago lino.

LXVII.

Antes, empero, de soltarlas naves,

Yo a Heleno interpelé con tales voces:

«Tú que de Febo los misterios sabes,

»Y sus lauros y trípodes conoces;

»Tue entiendes los astros, y las aves

»Con su canto augural y alas veloces;

L A E N E I D A

115

»Troyano vate, intérprete del Cielo,

»Con alta inspiración calma mi anhelo!

LXVIII.

»Profecías, oráculos, deidades

»Trázanme rumbo de asechanza ajeno,

»Señalando repuestas heredades,

»Nombrando a Italia. Sola ya Celeno

»Cruda hambre anuncia, acerbas novedades;

» ¡Arpía atroz! ¡aviso de horror lleno!

»Tú, ¿cuál riesgo evitar me importa, y cómo,

»Dí, amagos frustro y contratiempos domo?»

LXIX.

ȃl toros antes, como el rito manda,

Inmola; desciñó la venda pia;

El favor de los Númenes demanda,

Y por la mano hacia el altar me guía.

¡Oh Febo! en tu presencia veneranda

Temor yo entonces y temblor sentía,

Cuando comienza, sacerdote sabio,

Heledo a hablar con inspirado labio:

LXX.

«¡Hijo de Venus! no del prez receles

»Que te anuncian auspicios celestiales:

»Tal es la voluntad de Jove, y fieles

»Tal la necesidad, tus hados tales.

»Empero, porque rueden tus bajeles

»En tu navegación ahorrando males,

»Y firme gozo al aferrar te quepa,

»Tus destinos, de hoy más, tu mente sepa.

LXXI.

V I R G I L I O

116

»Cosas hay que decillas Juno, es cierto,

»O sabellas tal vez las Parcas vedan;

»Mas yo entre mucho lo esencial te advierto

»Y anuncios doy que aprovecharte, puedan.

»Ante todo, a esa Italia, vega y puerto

»Que a tu corto entender cercanos quedan,

»Aun de tí la separan, a fe mía,

»Largo espacio interpuesto y larga vía.

LXXII.

»Y A fe que el rezno blandear se vea

»Del mar Trinacrio y Tusco en los cristales,

»Y la ínsula de Circe, hija de Ea

»Visites, y los lagos infernales,

»Tiempo antes que de tí fundado sea

»Estable muro. Agora las señales

»Escucha de la tierra prometida,

»Y en la memoria conservarlas cuida.

LXXIII.

»Cuando oculto randal con planta lenta

»Rondando fueres caviloso un día,

»Si allí una hembra de cerdo corpulenta

»Al margen ves entre robleda umbría,

»Con treinta lechoncillos que alimenta,

»Alba, en torno a sus ubres la alba cría,

»Esa es la seña: allí podrás, te auguro,

»De afánes tantos descansar seguro.

LXXIV.

»Ni el pronóstico tiembles de comeros

»Hasta las mesas: os oirá benino

»Apolo, y a cumplirse los agüeros

»Vendrán sin daño por mejor camino.

L A E N E I D A

117

»Mas de la ítala costa a, do con fieros

»Tumbos va a desbravarse el mar vecino,

»Huye, que todas por ahí moradas

»Son, de pérfidos Griegos habitadas.

LXXV.

»Fundada por los Locros aparece

»Naricio allá: con militar arreo

»Los campos Salentinos, que enaltece

»Procedente de Licto Idomeneo:

»Allá humilde Petilia, a quien guarnece

»Filoctétes, caudillo melibeo:

»Huye en suma y traspuestos esos mares,

»Grato, saltando en tierra, eleva altares.

LXXVI.

»El voto entonces cumplirás, la frente

»Cubriendo en torno de purpúreo velo,

»No sea que ante el fuego sacro, ardiente

»En honor de los Númenes del Cielo,

»Hostil presencia, súbito accidente

»Al rito dañe. Con piadoso celo

»Guardad esta costumbre los Troyanos;

»La guarden vuestros nietos más lejanos!

LXXVII.

»Ya que al confin te impela siciliano

»El viento, y de Peloro el paso estrecho

»Más ancho mires cuanto más cercano,

»Entonces rodeando, largo trecho

»El rumbo sigue hacia la izquierda mano;

»Trata el siniestro lado, huye el derecho.

»Y vé en ese pasaje tú pondera

»Cuál la avanzada edad todo altera.

V I R G I L I O

118

LXXVIII.

»Eran en uno entrambos continentes;

»Mas vino el mar con ímpetu y ruina

»Y con sus olas separó rugientes

»De la sícula costa la vecina.

»Opónense de entonces diferentes,

»Y opresa en el canal la onda marina,

»Tal vez muros, tal vez fértil camparia,

»Acá y allá con sus espumas baña.

LXXIX.

»El paso asedían, por el diestro lado

»Scila, Caríbdis en la parte opuesta:

»Tres veces en su abismo exacerbado

»Las aguas con hervor se sorbe ésta,

»Y escúpelas al Cielo de contado;

»Mientras, de oscura cavidad repuesta

»Saca por tiempos la ancha boca aciaga

»Scila entre escollos y los buques traga.

LXXX.

»Es humano su aspecto, y peregrino

»Le lava un seno de mujer la ola;

»Monstruo en el resto osténtase marino,

»Vientre de lobo y de delfín la cola.

»Doblar prefiere el cabo de Paquino

»En tarda vuelta, a ver una vez sola

»Al encorvado semipez horrendo,

»Con sus canes cerúleos y alto estruendo.

LXXXI.

»Tú, si fías de Heleno, ¡hijo de Diosa!

»Si de Apolo el oráculo obedeces

L A E N E I D A

119

»Que Heleno anuncia, aún óyeme: una cosa

»Te intimo y te encarezco una y mil veces:

»Que hábil de Juno triunfes poderosa

»Con votos y con dones y con preces:

»Triunfante has de ir, porque seguro vayas

»Las sículas dejando, a ítalas playas.

LXXXII.

»Verás, llegando a Cúmas, los sagrados

»Lagos, y Averno que entre bosques suena

»Y cantando una maga ocultos hados

»En hueca roca, de entusiasmo llena:

»Nombres ésta y caracteres grabados

»En hojas tiene; lo que grava ordena;

»Y el antro aquel las misteriosas notas

»Guarda, cada una en su lugar, inmotas.

LXXXIII.

»El orden luce en la mansión tranquila;

»Mas si gira la puerta, y cala el viento

»Y entre las hojas frágiles oscila,

»Que Caducas esparce con su aliento,

»Ni sus versos recuerda la Sibila,

»Ni a adornar torna el cóncavo aposento

»Con las reliquias; y si ansioso vino,

»Maldiciente se aleja el peregrino.

LXXXIV.

»Guarte no allí te asuste útil demora:

»Ten calma, aunque los tuyos te den prisa,

»Aunque el rumbo marcando bullidora

»Haga fuerza a los mástiles la brisa;

»Ten calma, y los oráculos implora,

»Acude a consultar la profetisa,

V I R G I L I O

120

»Que persuadida de tus ruegos ella

»Cantará los semblantes de tu estrella.

LXXXV.

»Y los pueblos, y gentes venideras

»De Italia te dirá, guerras futuras;

»Y de llevar te enseñará maneras,

»O tal vez de eludir fatigas duras;

»Caminos te abrirá, si la veneras,

»Y prósperas hará tus aventuras

»No me es lícito más. Vé ahora, y constante,

»A Troya al Cielo tu virtud levante.»

LXXXVI.

»Tonos usando de,amistad suaves,

Así consejos dábame prudentes

El vate; y que llevasen a las naves

Mandó luego magníficos presentes:

Aureos adornos los hicieran graves

Y de elefante elaborados dientes:

Y de plata riquezas amontona,

Y vasos nos regala de Dodona.

LXXXVII.

»Y de triples metales fabricada

Y de anillos de oro guarnecida,

Una cota me da, y una celada

Con espléndido airon enriquecida,

De Pirro enantes armadura usada:

Ni dones él para mi padre olvida.

De caballos, de guías, de,remeros

Nos abastece y suministra aceros.

LXXXVIII.

L A E N E I D A

121

»Manda mi padre que a zarpar se aliste

La escuadra al espirar del fresco viento;

Cuando el profeta a quien Apolo asiste

Háblale así. con obsequioso acento:

«¡Anquíses! ¡tú que digno hallado fuiste

»Del tálamo de Venus opulento!

» ¡Tú, objeto caro a la bondad divina,

»Salvo dos veces de común ruina!

LXXXIX.

» He ahí del mar Italia se levanta!

»¡Vé arrebatarla de tu flota al vuelo!...

»Ten; que allende, al olor de gloria tanta,

»Ha de rondar paciente vuestro anhelo;

»De Ausonia la región que Apolo canta,

»Aun lejos cae. ¡Te defienda el Cielo,

»Padre feliz por la filial ternura!

»Basta: ¡el Austro os convida, y ya murmura.»

XC.

»Andrómaca a su vez, banada en lloro,

Una ausencia eternal viendo cercana,

Ropas presenta, recamadas de oro

Y una clámide a Ascanio da troyana;

De ornadas telas de sutil tesoro

Empieza a desvolver la pompa ufana,

Y, «Guarda estas labores de mis manos,»

Dice, excusando cumplimientos vanos:

XCI.

»¡Acuérdete la veste que te ciño

»De Andrómaca el amor, de Héctor esposa!

» ¡Postrer don de los tuyos lleva, oh niño,

»Tú, única imágen de mi prenda hermosa!

V I R G I L I O

122

»En ti me representa mi cariño

»Sus ojos, su ademan, su habla amorosa:

»Hoy podría vivir; hoy si viviera,

»A par contigo florecer le viera!»

XCII.

»¡Yo gimiendo les daba adioses tales

«¡Oh! ¡dichosos quedad, pues la fortuna

»Fijasteis! ¡Arrostramos temporales

»Nosotros: vos no hendeis ola importuna

»Ni a playas vais que os huyan desleales!

»La paz se os concedió. De un Janto y una

»Troya gozais que hicieron vuestras manos:

»¡Así auspicios la quepan más humanos!

XCIII.

¡Así los Griegos la atalayen menos!

»Si al Tibre arribo y campos comarcanos

»Que hace del Tibre la corriente amenos,

»Y alzo el muro que espero a mis Troyanos,

»Lacio y Epiro, de recuerdos llenos,

»Sólo una Troya compondrán hermanos:

»Tales el Cielo cumpla nuestros votos;

»Tal gocen nuestros nietos más rernotos!»

CXIV.

»De allí hacia los Ceraunios, desde donde

Puede a Italia pasarse sin fatiga,

Navegámos. En tanto, el sol se esconde,

Y la sombra los montes cubre amiga.

Ya en tierra, a qué remeros corresponde

Velar, hacemos que la suerte diga;

Solaz cobramos en orilla grata,

Y manso el sueño nuestros miembros ata.

L A E N E I D A

123

XCV.

»La noche aún no medíaba su carrera

De las horas llevada, y Palinuro

Ya se alza, y a la brisa más ligera,

Oídos tiende, entre el silencio oscuro:

De una ojeada al rodear la esfera,

Ve en paz los astros declinar; ve a Arturo,

Y las Híadas tristes y las Osas,

Y áureo con armas Orión lumbrosas.

XCVI.

»Visto en el cielo plácidas señales,

Nos dio la suya de hacia el mar sonora;

A cuya voz movemos los reales,

Y velas descogemos a la hora.

Hendíamos los líquidos cristales;

Rósea los astros ahuyentó la Aurora,

Y al teñir de su luz los horizontes,

He aquí avistamos nebulosos montes.

XCVII.

»Italia lejos honda aparecía;

«¡Italia!» Acátes exclamó el primero,

Y todos repitieron a porfía

El saludo de «¡Italia! placentero.

Colma Anquíses de vino, en su alegría,

Un alto vaso que adornó primero

De hojas festivas, y en la popa erguido

Con preces tales dominó el ruido:

XCVIII.

«¡Oh grandes Dioses de la mar y el suelo!

»¡Arbitros de los vientos! Dad que aprisa

»Avancen nuestras naves en su vuelo;

V I R G I L I O

124

» ¡Merced hacednos de oportuna brisa! »

Y el aura, anticipándose a su anhelo,

Arreciaba amorosa. Se divisa

Cercano arrimo; y de Minerva un templo

En yerta cumbre descollar contemplo.

XCIX.

»El velámen cogiendo incontinente

Damos fondo a las proras. Arqueado

El puerto a impulsos de oriental corriente,

Le oculta y ciñe natural vallado.

Yertos escollos guárdanle de frente

Que azota encanecido el mar salado;

Y como a entrar el leño se aproxima,

Semeja huir la consagrada cima.

C.

»Cuatro potros vi allí, primer agüero,

Níveos rozando la menuda grama;

A cuya vista, «¡Oh suelo forastero!

»Tu hospedaje es de guerra,» Anquíses clama;

« ¡Guerras ama el corcel; nuncio es guerrero!

»Mas también el corcel los juegos ama;

»Tiempo ha que, dócil copia, carros tira;

»El presagio, a esta cuenta, paz respira.»

CI.

»Pálas, la diosa de armas resonantes,

Fue, a quien gracias rendimos, la primera

Que allí Troyanos hospedó triunfantes:

Con la púrpura frigia, en su ribera,

Cubrimos ante el ara los semblantes;

Y, lo que Heleno tanto encareciera,

Con pompa ritual a Juno argiva

L A E N E I D A

125

Hicimos sacrificio y rogativa.

CII.

»Todo en orden cumplido, el mar convida;.

Torcemos la asta a la vestida entena,

Y la costa dejamos, por guarida

De aleves Griegos, de asechanzas llena,

El golfo de Tarento vi enseguida;

Fundo de Hércules ya, si no condena

La verdad a la fama. Preeminente,

Sacra Lacinia se aparece enfrente.

CIII.

»Y ya asoma Caulonia, y Scilaceo

Que naufraga infamó reliquia tanta;

Y ya el sículo Etna lejos veo

Que, al parecer, de la onda se levanta;

Y oigo roto en la playa el clamoreo

Del mar que en peñas su furor quebranta;

Enríscase la espuma, y el arena

Arrebatada en remolino suena.

CIV.

»Y mi padre gritaba: «Ésta es, sin duda,

»Caríbdis abismosa, y éstos, éstos

»Los arrecifes, ¡amenaza aguda!

»Que Heleno ya nos anunció funestos.

»¡Ea! Cada uno con el remo acuda

»Tanto riesgo a evitar! » Acuden prestos;

Palinuro, el primero, a izquierda vira,

Y gimiendo la proa en la onda gira.

CV.

»Y todos, a poder de brazo y viento,

izquierda tuercen. Súbita oleada

V I R G I L I O

126

Acércanos, erguida, al firmamento,

Y luego a los abismos, aplanada.

Se oye tres veces el hervor violento

De la riscosa cóncava morada,

Y tres veces la espuma se alborota,

Y una pluma del agua el aire azota.

CVI.

»El sol ya declinaba hacia su ocaso,

El aura tenue falleciendo iba,

E incierto el rumbo y el aliento escaso,

Dimos de los Ciclopes en la riba.

Sereno el puerto se dilata, y paso

Niega a asaltos del mar la rada esquiva;

Mas no lejos de allí con torva saña

Etna ruge atronando la campaña.

CVII.

»Ya pez negra y cenizas albicantes

Etna, en turbion de nubes, fuera bota,

Y en globos que carcomen vacilantes

El brillo sideral, incendios brota;

Ya peñascos alanza fulminantes,

Toscos fragmentos de su entraña rota,

Y lava arracimada, a son de trueno,

Y sordo hierve el cavernoso seno.

CVIII.

»Del rayo a medías calcinado, es fama

Que Encélado padece en la honda sima:

Deja a veces por grietas ver la llama

Etna descomúnal sentado encima;

Y cuando, preso en la insufrible cama,

A ladearse el réprobo le anima,

L A E N E I D A

127

Trinacria toda retemblar parece,

Y envuelto en humo el Cielo se oscurece.

CIX.

»Sobrecogidos de pavor pasámos

La noche bajo amago tan tremendo,

En hueca selva de tejidos ramos,

Ignorantes la causa del estruendo;

Que ni brillar un astro divisamos,

Ni el éter nos bañó, su luz cerniendo,

Mas la noche con sombras importuna

En triste nimbo arrebozó la luna.

CX.

»Ya se alzaba a anunciar un nuevo día

El matinal lucero en oriente,

Y ahuyentando tras é1 la niebla fra

Risueña el alba coloró el ambiente;

Cuando un bulto que humano parecía,

Cadavérico aspecto, aire doliente,

Saliendo de los bosques más cercanos,

Tiende a la playa las inermes manos.

CXI.

»Faz de dolor y gesto de gemido,

Ostentaba su rostro extenuado:

Grifos su barba; andrajos su vestido,

Con espinas sujeto de pescado.

Vuelta, el caso cruel mi gente vido,

Y quedó absorta. En lo demás, soldado

Haber sido de aquellos parecía

Que envió Grecia contra Troya un día.

CXII.

V I R G I L I O

128

»Él, como arreos columbró troyanos,

Paróse, dando de terror señales;

Vuela luego a la orilla, y en insanos

Lloros prorumpe y en palabras tales:

«¡Por los Dioses del Cielo soberanos,

»Por esta santa luz y auras vitales,

»Oid, hijos de Troya, mi gemido:

»Arrancadme a esta playa; es cuanto pido.

CXIII.

»Yo la verdad confesaré de grado:

»Griego hice ya contra Ilion campaña:

»Si perdón no os merece mi pecado,

»Fin poner presto a adversidad tamaña.

»¡Ea! ¡heridme, matadme; destrozado

»Al mar lanzadme a sosegar su saña!

»Pues del hado el rigor quiere que muera,

»A manos de hombres moriré siquiera.»

CXIV.

»Habla, y nuestras rodillas adherido

Abraza, de rodillas derribado:

Movémosle a que diga su apellido,

Su linaje, y mudanzas de su estado.

Calló breves momentos, y dolido

Mi padre Anquíses, con benigno agrado

La diestra ilustre tiende al magro jóven,

Y añade muestras que el temor le roben.

CXV.

«Yo Aqueménides soy,» dijo sincero

El afán serenando que le aterra:

«Fui del mísero Ulíses compañero,

»A Itaca tuve por nativa tierra.

»Mi padre, escasa el arca de dinero,

L A E N E I D A

129

»Me aventuró a los lances de la guerra:

Llamábase Adamasto. ¡Ah, siempre el hado

»Me mantuviese de mi padre al lado!

CXVI.

»Mientras huir de esta ímpia costa emprende

He aquí mi gente me dejó en olvido,

En un antro que lóbrego se extiende

De manjares sangrientos esparcido:

El antro de un Cíclope. El monstruo hiende

«Oh, qué monstruo cien veces maldecido!)

Las nubes, si la frente alza espantosa;

Y nadie hablarle ni aún mirarle osa.

CXVII.

»Crudos devora a cuantos tristes caza.

»Tendido en medio al antro donde espía,

»Con la mano feroz con que atenaza

»Asir dos de los nuestros vile un día:

»A golpe en un peñon los despedaza;

»El umbral de la sangre se mecía;

»Vi humor los miembros destilar, y ardiente

»Tremer la carne al dar diente con diente.

CXVIII.

»No tal Ulíses soportó; ni en ese

»Trance a su fama desmintió su pecho;

»Mas aguardó a que el monstruo se rindiese

»De manjares y vino satisfecho:

»Rindióse al fin, doblando el cuello, y fuése

»Adurmiendo en la cueva, su amplio lecho;

»Y su boca brotaba entre rumores,

»Trozos de vianda, y de licor vapores.

V I R G I L I O

130

CXIX.

»A los Dioses llamando en nuestra ayuda,

»Sorteado el peligro, a un mismo instante

»Corremos en redor, y una asta aguda

»Clavamos en el ojo del gigante:

»Ojo, al metal que a Argivos combo escuda,

»O al gran disco de Febo semejante;

»Ojo único, bajo hosca ruga oculto;-

»Y así vengamos su brutal insulto.

CXX.

»¡Huid, tristes, huid! todo os conjura!

»Cortad los cables sin perder momento;

»Pues como ese, que agora por ventura

»Ordeña, consolando su tormento,

» Su grey lanosa en su caverna oscura,

»Como ese horrendo Polifemo, hay ciento,

»Y en magna procesión la prole infanda

»Ronda esta costa, y por los montes anda.

CXXI

»Ya por tercera vez brillar he visto

»Las fases de la luna renovadas,

»Desde que en esta soledad existo

»Y a las fieras disputo sus moradas.

»Cauto los monstruos de una peña avisto,

»Y su voz tiemblo y tiemblo sus pisadas;

»Y zonzas nutren mi existencia acerba

»Silvestres bayas y arrancada hierba.

CXXII.

»Vi llegar vuestra flota a esta ribera,

»Miéntras miradas de ansiedad dirijo

»Cuan lejos logro; y fuese lo que fuera,

L A E N E I D A

131

»PaIpitando volé de regocijo.

»Ya, ya estoy libre de esta raza fiera:

»¡Ahora matadme si quereis!» Tal dijo;

Y ya un bulto, aún no bien de hablar acaba,

En los vecinos montes descollaba.

CXXIII.

»Obeso Polifemo se movía

En medio del lanígero ganado,

Y a la usada ribera el paso guía:

¡Gran monstruo, informe, atroz, de luz privado!

Hácenle sus ovejas compañía

Consuelo solo de su adverso estado,

Sírvele de bastón desnudo un pino,

Y con resuelto pie cata el camino.

CXXIV.

»Llega a la playa de su ruta al cabo;

Y al mar entrando, con sus ondas lava

Del ojo, herido del ardiente clavo,

La sangre que grumosa chorreaba.

Crujir los dientes le hace el dolor bravo

Que el mal renueva y el enojo agvava;

Y más y más se interna en la agua, ésta

Le moja apenas la cintura enhiesta.

CXXV.

»Temblando, y a par nuestro recibido

El que, eso visto, la verdad decía,

Las amarras soltamos sin ruido,

Y el mar los remos barren a porfía.

Sintió el gigante, y se volvió al sonido;

Mas vio que con el brazo no podía

Tocarnos ya, ni competir tampoco

Con las jónicas ondas, de ira loco.

V I R G I L I O

132

CXXVI.

»Gimió entonces: el ponto se estremece

Al inmenso clamor, el viento zumba;

Italia toda retemblar parece;

Etna en sus hornos cóncavos, retumba.

Y de montes y selvas se aparece,

Al son de alarma, la feroz balumba

De los otros Ciclopes, que se ordenan

En largas filas, y las playas llenan.

CXXVII.

»Yo los ví, yo, los étneos hermanos,

En pie, con sendos ojos imponentes,

¡Junta horrenda! mirándonos insanos,

Al cielo alzadas las soberbias frentes.

Tales inmoble ostentan los ancianos

Cipreses y los robles eminentes

Cima piramidal o copa vana,

En los bosques de Jove o de Díana.

CXXVIII.

»Con el vivo,temor que nos aguija,

Al sacudir el cable, al dar la vela,

Torcemos a do el viento nos dirija,

Y a do el viento sopló, la nave vuela.

Mas porque no el azote nos aflija

Entre Scila y Caríbdis, que revela

La voz de Heleno, que a evitarlo exhorta,

Volver y el rumbo enderezar importa.

CXXIX

»Bóreas en tanto de la estrecha boca

De Peloro enviado, nos ampara.

L A E N E I D A

133

El Pantágias pasamos, que entre roca

Viva desagua; el seno de Megara,

Y Tapso humilde. Nuestra quilla toca

En sitios que Aqueménides declara;

Que en rumbo inverso los corrió primero,

Ya del mísero Ulíses compañero.

CXXX.

»Hay en el golfo siciliano, en frente

Del undoso Plemirío, una isla bella,

Y quiso ya la primitiva gente

Con el nombre de Ortigia noble hacella.

Fama es que Alfeo de Élide, latente

Vino y errante bajo el mar a ella;

Y ya unido, Aretusa! a,tus raudales

Vuela ufano a los sículos cristales.

CXXXI.

»Habiendo allí los Númenes honrado.

Y el campo atrás dejado peregrino

Que el Heloro fecunda remansado,

Los salientes peñascos de Paquino

Raemos. Lejos aparece el vado

Que un Dios vedó moviesen Camarino;

Y el gran pueblo de Gela, y su campaña,

A quien dio nombre el rio que lo baña.

CXXXII.

»Tierra de nobles potros afamada,

Acragas enseguida se presenta,

Y de lejos fijó nuestra rnirada

El ancho muro de que está opulenta.

Selínos, la de palmas coronada,

Ya atrás te quedas: la onda fraudulenta

V I R G I L I O

134

Del rocalloso Lilibeo corto,

Y a Drépano ¡ay, llorosa playa! aporto.

CXXXIII.

»Tras tanto afán, en extranjero suelo,

El hado a Anquíses me robó tirano;

Era en mis penas mi único consuelo,

Él daba aliento a mi cansada mano.

¡Oh padre bondadoso! ¡oh acerbo duelo!

¡De cuántos riesgos escapaste en vano!

No me anunció, entre tanto mal, Heleno

Desgracia tal, ni la cruel Celeno!

CXXXIV.

»Meta de viajes, causa de gemidos

En Drópano encontré. De ahí del viento

Vinimos por el piélago impelidos,

Merced de un Dios, a vuestro ilustre asiento.»-

Tal sucesos del Cielo dirigidos

Narraba el héroe al auditorio atento,

Contratiempos, errores y peleas:

Calló, en fin, y descanso tomó Enéas.

LIBRO CUARTO.

I.

Herida en breve de dolencia aciaga,

Pábulo da la Reina en cada hora

L A E N E I D A

135

Al placer mismo de enconar la llaga,

Y de fuego secreto se devora:

Del héroe, su valor, su alcurnia, halaga

El pensamiento, y de su voz sonora

El eco, y de su faz guarda el trasunto;

Y tregua el vivo afán no sufre un punto.

II.

Húmida el alba sonrió, y el día

Con luz roja entre nieblas despuntaba,

Cuando a su amante hermana el paso guía

Dido, y con ella así coloquio traba:

«¿Qué sueño tentador, querida mía,

El sueño fue que de agitarme acaba?

Mas este huesped que tenemos, díme,

¿Cuál corazón habrá que no le estime?

III.

»¿Qué brío a su alma y brazo no acompaña?

¡Cuál se pinta en su frente su destino!

Yo, si mis ojos la ilusión no engaña,

Que desciende de Dioses adivino;

Pues torpe miedo que el semblante empaña,

Siempre delata al corazón mezquino;

Y él, tras tanto conflicto y prueba tanta,

¡Qué de combates concluidos canta!

IV.

»Eterno, irrevocable es mi desvío

De un nuevo enlace al criminal deseo;

Que mi esperanza en flor y el amor mío,

Yacen con las cenizas de Siqueo.

Mas si a mis ojos sin fulgor sombrío

V I R G I L I O

136

Pudiese arder la antorcha de Himeneo,

ólo de este héroe la gentil presencia

Capaz fuera a vencer mi resistencia.

V.

»Confesártelo quiero: desde el día

Que el doméstico altar fue enrojecido,

Por la venganza del hermano impía.

Con la inocente sangre del marido,

Sólo aqueste extranjero a simpatía

Ha logrado moverme, y su latido

Volver al corazón, que ya se inflama;

El calor siento de la extinta llama.

VI.

»Mas hiéndase y sepúlteme en su seno

La tierra; el padre del Olimpo santo

Me precipite al retumbar del trueno

En la mansión de noche eterna y llanto,

Si es ¡oh pudor! que mi deber no lleno,

Si tu sagrado código quebranto.

Pues de todo mi amor hice a él promesa,

Amar debo su sombra, honrar su huesa! »

VII.

Dice; y baña en sus lágrimas, vencida,

El seno amigo. Respondióle Ana:

«Tú, a quien más amo que mi propia vida,

Qué, ¿pasarás la juventud lozana

Sin coger flores con que amor convida,

Sin lograr frutos de que amor se ufana?

¿Piensas que de los vivos los cuidados

Van el sueño a inquietar de los finados?

L A E N E I D A

137

VIII.

»Fuese así, ¿qué les debes? No hubo amante»

Ni hoy en esta nación, ni antes en Tiro,

Que tu pecho ablandase de díamante:

A Yárbas desdeñaste, y el suspiro

De tantos de que al África arrogante,

Claros guerreros, alabarse miro.

¿Mas a tu amor y utilidad te opones?

Oye a ese amor y mira a estas regiónes.

IX.

»Las gétulas ciudades aguerridas

De una parte amenazan al Estado;

Ves allá los indómitos Numidas,

La Sirte inhospital: por otro lado,

Los Barceos errantes y homicidas,

El árido desierto y abrasado;

¿Y lo que ha de venir de Tiro sabes?

¿Qué, si el airado hermano apresta naves?

X.

»Fue de los, Dioses voluntad, no dudo,

Favor de Juno, que en tu bien se esmera,

Que frigios buques tras embate rudo

Saludasen al fin nuestra ribera.

¿Qué no promete tan dichoso nudo?

Con la troyana juventud guerrera

¡Cuánto en gloria y poder la patria gana!

¡Qué gran nación la que verás mañana!

XI.

»En tanto a la Deidad en los altares

Inclina en tu favor con sacrificios,

Mientras al extranjero en tus hogares

V I R G I L I O

138

Obligas con benévolos oficios.

Causas proponle de aguardar: los mares

Agitados de vientos impropicios,

La flota inhábil para alzar el vuelo,

El pluvioso Oríon y ambiguo el cielo.»

XII.

Ana habló así; y el reprimido fuego

Torna de Dido en llamas encendidas,

Y en esperanzas del amor más ciego

Las timideces de pudor nacidas.

Juntas, altares visitando, el ruego

Cantan de paz, y ovejas escogidas

Ofrecen, segun rito, a Febo, a Céres

Que leyes da, y al Dios de los placeres

XIII.

Más que a, todos a Juno, la que enlaza

Cuellos de amantes con feliz cadena

La Reina acude, y si ofrecerle traza

Blanca novilla, que inmolar ordena,

Entre uno y otro cuerno ella la taza

De sagrado licor derrama llena;

Y si, ornado el altar, favores pide,

La sacra ceremonia ella preside

XIV.

Torna a iniciar con cada nueva aurora

Nueva fiesta. Con labios anhelantes

Su destino en las víctimas explora

Consultando las fibras palpitantes.

La ciencia del augur ¡oh cuánto ignoral

Ni cuál rito sanó pechos amantes?

Consume fuego halagador la vida,

Fresca recata el corazón su herida.

L A E N E I D A

139

XV.

Tal la Reina abrasada incierta gira:

Así también en la selvosa Creta

Algun vago pastor de lejos tira

A cierva incauta rápida saeta;

El que clavó el arpón tal vez no mira;

Ella en bosques y valles huye inquieta,

Y en vano huyendo de librarse trata,

Que va con ella el dardo que la mata.

XVI.

Y ya a Enéas a ver los muros guía

Y primores le enseña por do viene;

Empezados proyectos le confía,

Va a hablar tal vez, y al pronto se detiene;

O ya en festines, en cayendo el día,

Con preguntas, cual antes, le entretiene;

Que lances torne a referir le agrada,

Y torna a oírle, de su voz colgada.

XVII.

También a veces la infeliz, hallando

El semblante del héroe en su semblante,

Estrecha a Ascanio contra el seno blando,

Por si engañado Amor duerme un instante.

Y cuando todos se retiran, cuando

Su móvil faz, a trechos radiante,

Con velo funeral cubre la luna

Y se hunden las estrellas una a una;

XVIII.

Cuando todo a los vivos aconseja

V I R G I L I O

140

Tomar descanso, en la desierta sala

Pasea sus congojas, y honda queja,

Consigo a solas, de su pecho exhala;

O en el lecho tal vez caer se deja

Que ocupó en el festín, y se regala

Con el amado, que al amado ausente

Presente le ve allí; le oye, le siente,

XIX.

Suspensa en tanto la común tarea,

Ni en ejercicios de armas se solaza

La juventud, ni en concluir se emplea

Nadie ya el puerto, ni en murar la plaza:

No se alza más la torre gigantea;

Inconcluso, ruinas amenaza

Todo el muro, y la máquina que osa.

Hasta el cielo empinarse, asombra ociosa,

XX.

La hija de Saturno, la que al lado

Reina de Jove, ha visto a la infelice;

Ve que al amor inmola ya el cuidado

De su fama, y a Venus llega, y dice:

«Rica presa hijo y madre habéis logrado;

Que una mujer la planta en red deslice

Que dos Dioses le armaron de concierto,

¡Es gran conquista y memorable, cierto!

XXI.

»Mal pudiera ignorar que sospechosas

Tú de Cartago las mansiones hallas;

Yo sé que en tus recelos no reposas

Cuando ves de Cartago las murallas.

Mas ¿no habrá fin a tan acerbas cosas?

L A E N E I D A

141

¿Siempre hemos de reñir duras batallas?

Justo es ya que finquemos, si te place,

Eterna paz en venturoso enlace.

XXII.

»Cuanto pudo halagar tu fantasía,

Todo lo tienes a sabor cumplido:

Dido muere de amor: la llama impía

Cala y consume el corazón de Dido.

Que esta nación rijamos tuya y mía

Con igual potestad, es lo que pido:

Dido al Troyano obedecer se vea;

Dote fiada a ti Cartago sea. »

XXIII.

Venus, cual si no hubiese en sus razones

La mira penetrado traicionera

De llevar a las líbicas regiónes

El reinado feliz que a Italia espera,

«Acojo,» respondió «lo que propones;

Que en vez de ello altercar, demencia fuera.

Falta sólo que el vínculo que dices

Efectos logre, cual prevés, felices.

XXIV.

»Yo, yo temo del Hado los arcanos;

Ni decir sé si Júpiter se paga

De que, uniéndose Tirios y Troyanos,

Solo un pueblo la unión de entrambos, haga.

Mas tú los pensamientos soberanos

De1mismo Jove suplicante indaga;

Que es derecho de esposa; y de consuno

Obraremos DESPUÉS.» Respondió Juno:

V I R G I L I O

142

XXV.

«Fíalo a mi prudencia, que lo aplaza

Para su tiempo. A lo que está primero

Por el pronto atendamos: con qué traza

Lograremos el fin, decirte quiero.

Salir han concertado al monte a caza

Dido y Enéas: que saldrán espero

Cuando el sol tienda desde la alta cumbre

Los primeros destellos de su lumbre.

XXVI.

»Yo, en viendo las garzotas de colores

Agitarse, y que empiezan la espesura

Con cuerdas a ceñir los cazadores,

Recia borrasca moveré en la altura,

El cielo en torno asordaré a rumores,

Granizo lanzaré de nube oscura;

Dispersos correrán, y a todos lados

Con ciega sombra toparán cerrados.

XXVII.

»Dido y el Rey de la troyana gente

En una grata entences a deseo

Reparo buscarán: seré presente,

Y haré, si tu favor cordial poseo,

Que a consorcio se obliguen permanente,

Y el juramento sellará Himeneo.»

Tal su ardid Juno expone a Venus; y ésta

Sonrisa de adhesion dio por respuesta.

XXVIII.

Aurora en tanto de la mar salía

Hermosa; y redes ya de claros hilos

La alegre multitud trae a porfía,

L A E N E I D A

143

Y lonas, y venablos de anchos filos:

A la vez llegan con sagaz jauría

A caballo los ágiles Masilos;

Y a Dido, que en la regia alcoba aún tarda,

Región florida en el umbral aguarda.

XXIX.

Soberbio de oro y grana, el campo huella,

Y espumoso un bridon tasca el bocado:

Ya ella sale a montarle, y va con ella

El juvenil cortejo alborozado.

Su clámide purpúrea franja bella

Pinta; es áureo el carcaj que lleva al lado;

La veste ciñe en áureo broche; en oro

Coge de sus cabellos el tesoro.

XXX.

Asoma ya la juventud troyana;

Gozoso llega Ascanio, Enéas llega

Radiante de hermosura soberana,

Y las bandas, cual príncipe, congrega.

No en gentileza o majestad le gana

Apolo, cuando hurtándose a la vega

Del Janto, o a la Licia envuelta en hielos,

Fiestas instaura en la materna Délos:

XXXI.

Honran al Dios, su altar ciñendo santo,

Y Cretenses y Dríopes en coro,

Y abigarrados Agatirsos, canto

Mezclando y danzas en tropel sonoro;

El de Cinto en las cumbres vaga en tanto;

Orna el suelto cabello, a par del oro,

Con tiernas hojas de gentil guirnalda,

V I R G I L I O

144

Y los dardos retiemblan a la espalda.

XXXII.

Cuando al monte llegaron y al sagrado

De hojosos laberintos, a deshora

Del risco descolgándose empinado

Ven la silvestre cabra trepadora.

Mueve a los ciervos súbito cuidado,

Y la manada al campo voladora

Cruza; nube de polvo en torno crece,

Y los montes dejando, desaparece.

XXXIII.

Ascanio revolviendo va a doquiera

Su brioso caballo por el Rano,

Y ya a los unos en veloz carrera,

Ora a los otros se adelanta ufano.

Entre inermes rebaños, aplaudiera

Un jabalí espumoso haber a mano,

Y ruega que del áspero boscaje

Algun rojo león al campo baje.

XXXIV.

He aquí el cielo amenaza, óyense truenos,

Sigue granizo y tempestad oscura;

Y, Tirios y Troyanos de afán llenos,

Cada cual por su lado huir procura:

Ni de Venus al nieto acosa menos

El cielo: albergues van por la llanura

Buscando: de las sierras eminentes

Se despeñan las aguas a torrentes.

XXXV.

Iba el troyano capitán con Dido,

L A E N E I D A

145

Y a una gruta se acogen a deseo:

Presagia la alma Tierra con ruido,

Y Juno, al rito atenta, el himeneo:

El cielo en los misterios instruido,

Alumbró con siniestro centelleo;

Las Ninfas a que el monte da moradas,

Gimieron en las cumbres elevadas.

XXXVI.

¡Oh raíz de infortunio, hora funesta!

No alimenta en su amor furtiva llama

La Reina ya, ni miramiento presta

A lo que honor o la opinión reclama.

Por velo da a su culpa manifiesta

Nombre de matrimonio. Y ya la Fama

Por cuantas villas Africa numera

Canta con voz los hechos pregonera.

XXXVII.

Fama aquella malvada se apellida

Que es veloz como igual no ha visto el cielo

En su movilidad está su vida,

Y le crecen las fuerzas con el vuelo:

En los primeros pasos va encogida;

Luego se alza ambiciosa: por el suelo

Humildemente rateando empieza;

Luego esconde en las nubes la cabeza.

XXXVIII.

Llena de ardor contra los Dioses, creo,

La Tierra hubo a la Fama hija postrera,

Póstuma hermana a Encélado y a Ceo,

Agil de miembros y de pies ligera.

Cuantas plumas, enorme monstruo y feo,

V I R G I L I O

146

Ciñendo al cuerpo va, ¿quién tal creyera?

Tantos debajo oculta ojos despiertos,

Tantas bocas y oídos siempre abiertos.

XXXIX.

Estridente en la sombra mueve el ala

De noche, y entre tierra y cielo vuela;

Nunca el sueño sus párpados regala!

De día, misterioso centinela,

En techo o torre altísima se instala,

Y asombro dando a las ciudades, vela,

Y con ardor igual, doquier que gira,

Divulga la verdad y la mentira.

XL.

Lo mismo ahora, ufana, diligente,

Mezcla verdades y ficciones vanas,

Y esparciéndolas vuela entre la gente

Corriendo las provincias comarcanas:

Que ha arribado, de Troya procedente,

Enéas a las playas africanas;

Que le acoge, y consiente en ser su esposa,

La soberana de Cartago hermosa;

XLI.

Más: que olvidando públicos cuidados.

En la red del placer entretenidos,

Gozan los días del invierno helados,

Por amor, lo que duren, encendidos:

La ímpia Diosa por campos y poblados

Va esto poniendo en bocas y en oídos,

Y al rey Yárbas torciendo, llega en breve,

Le inflama el alma, y a furor le mueve.

L A E N E I D A

147

XLII.

Robó a la ninfa Garamanta un día

Jove Amon; de éstos hijo Yárbas era;

El cual cien templos dedicado había,

En los vastos dominios en que impera,

A su padre, y cien aras, donde ardía

Velador fuego que morir no espera:

El suelo en sangre víctimas coloran;

Tiernas guirnaldas el dintel decoran.

XLIII.

El rumor revolviendo que le aqueja

Yárbas allí, entre estatuas tutelares,

Gime alzando las palmas; ni se aleja

Sin fatigar con ruegos los altares:

«¡Oh Jove omnipotente, a quien festeja

Con obsequios del Dios de los lagares

La gente maura en recamados lechos!

¿Ves, dí, la iniquidad de humanos pechos?

XLIV.

«¿Ves? ¿o cuando a las nubes rompe el seno

El fuego, y tiembla el hombre, asombro es vano?

¿No es voz de tu furor el ronco trueno?

¿Ciegos salen los rayos de tu mano?

Vino aquí errante una mujer: terreno

Compró para ciudad pequeña: un llano

La di que cultivado la abastase;

A su dominación yo eché la base.

XLV.

»Y ella ayer desechóme por marido;

¡Ah! ¡y ella un huésped hoy sienta a, su lado!

Y éste que unge el cabello y va servido

V I R G I L I O

148

De eunucos, nuevo Paris, y el tocado

Meonio ciñe, en vergonzoso olvido,

Gozando libre está de un bien robado;

¡Y yo, que en darte culto no reposo,

Llevo infeliz renombre de dichoso!»

XLVI.

Tal, asido al altar, Yárbas gemía;

Y oyendo el Padre su clamor prolijo

Vio la copia, de amantes que yacía

En torpes lazos, y a Mercurio dijo:

«Oyeme, y cruza la región vacía;

Los céfiros te ayuden, vuela, hijo;

Vé al Rey troyano que en Cártago olvida

Mansiones do Fortuna le convida.

XLVII.

»¡Que no así, le dirás, su madre hermosa

Me le ofreció; ni para fin tan triste,

Cuando la muerte entre la lid le acosa,

Una vez y otra a remediarle asiste;

Mas para que su raza gloriosa

Restaure, y entre a Italia, y la conquiste

Henchida de poder, hirviente en guerra,

Y leyes dicte al orbe de la tierra!

XLVIII.

»Que si no le da impulsos la memoria

De sus altos destinos, ni se afana

Por ceñirse el laurel de la victoria,

Débele a Ascanio la ciudad romana.

¿Y querrá a un hijo defraudar su gloria?

¿O qué entre gente a su misión profana

Proyecta? ¿Por lo suyo no suspira?

L A E N E I D A

149

¿Ni allá los campos de Lavinio mira?

XLIX.

»¡Tú vé; intímale, pues, mi mandamiento.

Yo mando, en conclusión, se haga a la vela, »

Dijo; a su voz el mensajero atento,

Cumplir el cargo presuroso anhela;

Y la sandalia calza en el momento,

La áurea sandalia con que alado vuela

Cual soplo de los céfiros, lo mismo

Sobre la tierra y sobre undoso abismo.

L.

Cobra enseguida el Dios su caduceo:

Con él las sombras pálidas evoca

Que yacen en el Orco, y al Leteo

Lleva también las ánimas: provoca

Y disipa los sueños a deseo;

Los mustios ojos abre si los toca:

Con él nublados trata, auras domina;

Y ya volando a Atlante se avecina.

LI.

El cual con pinos hórrida levanta,

Y de hoscas nubes guarnecida ostenta

Su anciana frente, estriba en firme planta,

Y el alto cielo sobre sí sustenta:

Nieve arropa sus hombros; se quebranta

En sus flancos rugiendo la tormenta,

Y a trechos en arroyos se desliza

El bronco hielo que su barba eriza.

LII.

Allí el cilenio Dios descanso toma;

V I R G I L I O

150

Paz da a las alas que al igual batía,

Y luego al mar con fuerza se desploma;

Y cual ave que al pez la gruta espía

Y en las playas, rasando el alga, asoma,

Tal a las costas líbicas venía,

Distante en breve del materno abuelo,

Entre agua y tierra el Dios a salto y vuelo.

LIII.

No bien chozas tocó su planta alada.

Muros trazando y casas al caudillo

Troyano ve, cuya ceñida espada

Puntas de jaspe esmaltan de amarillo,

Y a quien clámide en púrpura bañada

Los hombros cubre con ardiente brillo:

Obsequios de la rica soberana

Que con oro sutil bordó la grana,

LIV.

Fue uno verle y ponérsele delante:

«¿Tú a echar las bases de Cártago atento?

¿Tú ornando esta ciudad, postrado amante?

¿Tú de tus hados sordo al llamamiento:

Pues díme -que de Olimpo radiante

Me envía a ti por sobre el raudo viento

El que el mundo gobierna y las esferas

¿Qué es lo que en Libia descuidado esperas?

LV.

»Que si no te da impulsos la memoria

De tus altos destinos, ni te afanas

Por ceñirte el laurel de la victoria,

Mira a Ascanio crecer: las italianas

Comarcas son su herencia; allí su gloria,

L A E N E I D A

151

¿De un hijo harás las esperanzas vanas?...

Calló, y la vista deslumbrada deja,

Y cual sombra en el aire huye y se aleja.

LVI.

Quedó Enéas absorto, híspido el pelo,

Hecha un nudo la voz en la garganta.

Ya en dejar piensa aquel amado suelo,

Que la divina inspiración le espanta.

Mas ¡duro trance! ¡amargo desconsuelo!

¡Ir a anunciar que el áncora levanta

A aquella que por él de amor fallece!...

Cómo, no sabe, ni por donde empiece.

LVII.

Propónese mil cosas, y cuan presto

Se fija en una, a esotra vuelve en tanto;

Vacila: al fin resuelve, y a Sergesto

Y a Mnesteo convoca, y a Cloanto:

Que hagan, les manda, sin rumor apresto

De embarcaciones; que su gente a canto

Reunan de zarpar; armas prevengan,

Y sus intentos bajo sello tengan.

LVIII.

Que é1entre tanto con mesura y tiento

Pues la espléndida Dido nada sabe,

Ni espera que en eterno alejamiento

Aquel tan grande amor tan presto acabe

Para hablarle, buscando irá momento

El más propicio, y modo el más suave:

Esta es su voluntad. Todos aprueban,

Y alegres el mandato a cabo llevan.

V I R G I L I O

152

LIX.

¿Cómo engañar a un corazón que ama?

Ella todo lo sabe, lo adivina;

Fue quien primero descubrió la trama,

Y, aún en horas serenas, de ruina

Amagos presintió. ¿Qué más? La Fama

Sus ocultos recelos amotina,

Maligna susurrando que aparejan

Naves los Teucros; que a Cártago dejan.

LX.

Fuera de tino la soberbia amante

Corre por la ciudad, como se agita

En las órgias solemnes la bacante

Cuando oye en torno la vinosa grita,

Y los tirsos descubre, y resonante

A sus misterios Citeron la invita:

Tal va la Reina, y tal sin más recato

Vuela a afrentar al amador ingrato.

LXI.

«¿Disimular ¡oh pérfido! esperaste

Tu malvada intención, tu felonía?

¿Y tu nave en mi puerto imaginaste

Que en silencio las velas soltaria?

¿Cosa no habrá que a disuadirte baste?

¿Ni mi amor, ni la fe jurada un día?

¿Ni reparar en Dido sin ventura,

Que por ti morirá de muerte dura?

LXII.

»¡Y que en lo crudo de hibernales meses

Quieras de presto aderezar tu flota!

¡Que tanto en levar ferro te intereses

L A E N E I D A

153

Cuando más Aquilon la espuma azota!

Dime, cruel, si en lejanía vieses.

No extraños campos, no ciudad ignota,

Mas renaciente a Troya, ¿a tus hogares

Cruzando irias procelosos mares?

LXIII.

»¡Huyes de mí! Mas nuestra unión te pido

Que recuerdes; y este único tesoro

Que reservé, mi corazón herido,

Mírale aquí, y las lágrimas que lloro!

Si algo te merecí, si hallaste en Dido

Algo de amable, tu clemencia imploro!

¿Mi trono hundirse ves sin sentimiento?

¡Ah! ¡si aún vale rogar, muda de intento!

LXIV.

»Nómades reyes, gentes confinantes

Me odian por tí; mi pueblo me desama;

Por tí inmolé el pudor, y la que antes

Me alzaba a las estrellas, limpia fama.

¡Oh huésped! en mis últimos instantes

Me abandonas; y ¿a quién? Mi voz te llama

Huésped; fuiste mi esposo. Mas ¿qué tardo?

¿Al extranjero o al hermano aguardo?

LXV.

»¿Yárbas feroz, que mi persona aprese?

¿Pigmalion, que mi nación arrase?

¡Oh! ¡si antes de esa fuga al menos de ese

Amor alguna prenda me quedase:

Un tierno Enéas que en mi hogar corriese

Que en su rostro infantil tu faz copiase!

No tan desamparada me vería;

V I R G I L I O

154

No fuera tan cruel tu acción impía»

LXVI.

Él, que de Jove, miéntras ella hablaba,

Guarda en su mente el mandamiento impreso,

Fijos los ojos en el suelo clava,

Mudo resiste del dolor al peso.

«Mi gratitud tu esplendidez alaba,»

Esto al fin dijo apenas; «y confieso

Que si arguyes ¡oh Reina! con mercedes,

Muchas y grandes recordarme puedes.

LXVII.

»Yo llevaré al recuerdo de esos dones

La imagen tuya dulcemente unida,

Mientras guarde mis propias tradiciones,

Mientras mi pecho aliente aura de vida.

Mas oye, en la cuestión, breves razones:

No pensaba ocultarte mi partida,

Ni de unión conyugal te hice promesa;

No así te engañes: mi misión no es ésa.

LXVIII.

»¿No ves que si el destino me otorgara

Guíar las cosas, reparando males,

Ya hubiera visto por mi patria cara?

¡Podría de sus héroes los mortales

Restos honrar; al golpe de mi vara

Se alzaran sus alcázares reales,

Y poderosa, como en antes era,

Troya de sus cenizas renaciera:

LXIX.

»Mas ¡ay! la voz de oráculo divino

L A E N E I D A

155

Fuerza mi voluntad, Febo me guía;

Navegar para Italia es mi destino,

Ya éste es mi amor, y esta es la patria mía!

Cual hoy Troyano a Ausonia me encamino,

Tiria a Cártago tú viniste un día;

Ya en paz la riges: en igual manera

Buscamos, do reinar, zona extranjera.

LXX.

»Mi padre Anquíses, cuando en alto vuelo

La noche entolda el orbe de la tierra

Y brillan las estrellas por el cielo,

En sueños me habla, y su actitud me aterra:

Mi hijo Ascanio me es causa de desvelo,

Y en él mirando, el corazón se cierra;

Que aquí, distante del confin hesperio,

Yo le defraudo el prometido imperio.

LXXI.

»No ha mucho el nuncio de los Dioses vino;

Por vida de ambos que le vi te juro,

Enviado por Júpiter, camino

Por los aires abrir, y entrar el muro:

Estoy mirando su esplendor divino;

Oyendo estoy su mandamiento duro!

No me des más, no más te des tormento;

Llévanme a Italia, y con dolor me ausento!»

LXXII.

Mientras hablaba, fiera y desdeñosa

Con ardiente inquietud ella le mira;

Mirándole en silencio, ira rebosa,

Y luego a voces se desata en ira:

«No fue tu madre, ¡pérfido! una Diosa,

V I R G I L I O

156

Que desciendes de Dárdano es mentira;

Cáucaso te engendró entre hórridos lechos,

Hircana tigre te crió a sus pechos!

LXXIII.

»Ya ¿qué hay que disfrazar? ¿qué más espero?

Ve llorando a su amanter, ¿y se contrista?

¿Le merecí una lágrima, un ligero

Signo de compasión? ¿volvió la vista?

¡Cielos! ¿Qué agravio acusaré primero?

¿Cuál Dios habrá que a vindicarme asista?

Ni Juno ya, ni Jove, ¡oh desengaño!

Con justa indignación miran mi daño.

LXXIV.

»¡Oh justicia! ¡oh lealtad!, ¡nombres vacíos!

¡Yo náufrago, desnudo, falleciente

Le recogí, le abrí los reinos míos,

El imperio con él partí demente!

Yo los restos salvé de sus navíos,

Yo libré de morir su triste gente!..

¿A dónde me despeña el pensamiento?

¡Llevada de furor, arder me siento!

LXXV.

» ¡Y ahora la voz de oráculo! divino

Fuerza su voluntad! ¡Febo le guía!

Ni ha mucho el nuncio de los Dioses vino,

¡Y es heraldo que Júpiter le envía!

¡Y en los aires abriéndose camino

Le trae la orden fatal! ¡Quién pensaría

Que hubiesen de alterar cuidados tales

La alta paz de los Dioses inmortales!

L A E N E I D A

157

LXXVI.

»Nada te objeto, ni partir te impido:

Vé, y por medio del mar, en seguimiento

Camina de ese imperio prometido;

¡Busca esa Italia con favor del viento!

Mas si justas deidades, fementido,

Algo pueden, te juro que el tormento

Hallarás, entre escollos, que mereces,

Y a Dido por su nombre allí mil veces

LXXVII.

»Invocarás; y Dido abandonada,

Con tea humósa aterrará tu mente;

Y cuando a manos de la muerte helada

Salga del cuerpo esta ánima doliente,

Yo, vengadora sombra, a tu mirada

En todas partes estaré presente!

Tu crímen pagarás; sabráse, oirélo:

¡Eso en el Orco irá a acallar mi duelo!»

LXXVIII.

Ella súbito aquí la voz detiene,

Y huye la luz odiosa con gemido;

El, que a oponer razones se previene,

Queda atónito, absorto, atontecido.

Y he aquí un grupo de esclavas la sostiene

En brazos; y la llevan sin sentido

A1 tálamo, de mármoles labrado,

Y la reclinan sobre el regio estrado.

LXXIX.

Cierto que con palabras de dulzura

El religioso príncipe quisiera

Mitigar de la triste la amargura

V I R G I L I O

158

Y el dolor suavizar que la exaspera.

Gime él de corazón su desventura,

Que amor le oprime con angustia fiera;

Todo, empero, lo vence, y determina

Recto cumplir la voluntad divina.

LXXX.

Ya a revistar su armada acude al puerto,

Y ya las altas popas de la orilla

Los Troyanos alanzan de concierto;

Flota liviana la embreada quilla.

Remos y tablas da, de hoja cubierto

Tronco informe, aún no bien la hacha le humilla

Y en este afán por coronar la empresa,

Salen de la ciudad todos de priesa.

LXXXI.

Tal las hormigas próvidas saquean

Riquezas que en sus antros acumulan;

Y, en la hierba cruzándose, negrean,

Y en senda angosta, por do van, pululan:

Unas a empuje granos acarrean,

Otras, a la que tarda ora estimulan,

Corrigen ora a la que pierde el tino;

Con tanta agitación hierve el camino.

LXXXII.

¡Tu pobre corazón qué sentiría!

¡Cuán grande hubo de ser, Dido, tu pena,

Cuando hirviente la playa en lejanía

Atalayabas desde la alta almena!

¡Qué, al sentir, la confusa vocería

Conque al mar asordaba la faena!...

Tú ¿a qué un alma no obligas, amor ciego?

Por ti ella al lloro vuelve, y vuelve al ruego.

L A E N E I D A

159

LXXXIII.

Con interpuestas súplicas ensaya

Ir a amansar rebeldes sentimientos;

Que morir no es prudente sin que haya

Esforzado los últimos intentos:

«¡Ay, Ana! ¿ves bullir toda la playa?

Míralos: corren, vuelan; ya contentos

Las popas adornaron de coronas;

Ya convidan al céfiro sus lonas.

LXXXIV.

»Yo que pude esperar dolor tan fiero

Lo sabré soportar, hermana mía.

Este único favor te pido, empero:

Pues te preciaba en tanto, y ser solía

El pérfido contigo verdadero,

Ytú hallabas sazón de entrarle y vía,

Anda, y doblar con súplicas procura

Esa cerviz cual de enemigo dura.

LXXXV.

»Que no con Griegos, le dirás, la guerra

Juré en Aulide, naves a hacer riza,

No envié a Troya, no moví la tierra

Que cubre de su padre la ceniza.

¿Pues por qué oídos a mi llanto cierra?

¿Qué huye azorado así? ¿Quién le hostiliza?

Buen viento espere y que la mar se ablande:

Es gracia, y la postrera que demande.

LXXXVI.

»No ya que vuelva por la fe de esposo

Ni a ese Lacio renuncie tan querido,

V I R G I L I O

160

Que le costara asaz, pedirle oso,

Tiempo (nada le cuesta) es cuanto pido!

¡Tregua al dolor, momentos de reposo

Dé, en que el pecho a sufrir se avece herido!

Esto ruego; sé, hermana, compasiva;

Haz esto, y soy tu esclava mientras viva.»

LXXXVII.

Tal la triste con lágrimas decía;

Tal a Enéas con lágrimas la hermana

Habla, y vuelve, y retorna, y su porfía

(No hay con él argüir) fatiga es vana;

Que ni por llantos su intención varía,

Ni a ruegos ya su voluntad se allana;

Rigor del hado: al penetrar su oído

Embota un Dios la fuerza del gemido.

LXXXVIII.

Cual recio, antiguo roble a quien trabada

Legion de vientos en el Alpe embiste;

Braman; cruje la rama atormentada

Y de hola el suelo en derredor se viste;

Mas él, asido de peñascos, nada

Teme, y a opuestos ímpetus resiste,

Y el cielo con su copa hiriendo altiva,

Con raíz honda en el Averno estriba;

LXXXIX.

Él así, de querellas golpeado,

Cuando su angustia divertir no pueda

Tenaz resiste de constancia armado;

Inútil llanto de los ojos rueda.

Mas Dido, a quien temblar hace su hado,

L A E N E I D A

161

Morir quiere que el cielo la conceda;

Ni la bóveda espléndida celeste

Forna a mirar sin que pesar le cueste.

XC.

Fortuna, que en su daño se encruelece,

Porque su infausto fin seguro sea

Hace que a tiempo que devota ofrece

Dones en la ara do el incienso humea,

Note el agua lustral que se ennegrece

Y en sangre el vino corromperse vea.

¡Oh Vista horrible! Atónita, confusa,

Aún a su hermana declararlo excusa.

XCI.

Dedicado a Siqueo un templo había,

Todo de mármol, al palacio adjunto:

Ella le ama, ella le honra, y le atavía

Con velos blancos como nieve, junto

Con tiernas ramas. En la noche umbría

Parecióle que el cónyuge difunto

La llama, del oscuro monumento

Con misteriosa voz, con hondo acento.

XCII.

Oyó a un buho también que se lamenta

Solitario en los altos torreones

Con lloroso clamor; su duelo aumenta

El recuerdo de aciagas predicciones.

Enéas mismo en sueños la atormenta;

Y por largo camino, por regiones

Aridas, siempre sola, peregrina,

Ir buscando a los suyos se imagina.

V I R G I L I O

162

XCIII.

Tal las huestes de Euménides Penteo

Y dos soles, dos Tébas mira insano;

Tal Oréstes con ciego devaneo

Comparece en la escena huyendo en vano:

Con fuego y sierpes tras el hijo reo

Arma una sombra la terrible mano,

Y vengadoras Furias las entradas

Sitian del templo, en el umbral sentadas.

XCIV.

El dolor la ha vencido; la despeña

El furor: el partido extremo abraza;

Y en su mente los trámites diseña,

Acuerda el modo, y el momento aplaza.

Su intento oculta, y con la faz risueña

Dice a la triste hermana: «Hallé la traza

Como al ingrato a reducir acierte,

O de él mi atado corazón liberte.

XCV.

»Me des la enhorabuena, hermana, espero;

Mas oye el caso. En el país lejano

Que ve del sol el resplandor postrero

Y el límite final del Océano,

Allí demora el último lindero

Que posee atezado el Africano;

Allí en cielo con fuego rutilante

Rueda en lo hombros del eterno Atlante.

XCVI.

»Hija de esos incógnitos confines,

Con fuerte encanto vindicarme fia

Negra maga que el templo y los jardines

L A E N E I D A

163

Guardó de las Hespérides un día:

Ella daba sustento a los mastines,

Y el árbol milagroso defendía,

Y de amapola soporosa, y blanda

Miel, esparcia la eficaz vianda.

XCVII.

»Que ardores hiela con sus cantos jura,

Y da al helado fuego en que se queme;

Ataja los torrentes, y en la altura

Suspenso el astro sus hechizos teme;

Sombras evoca entre la noche oscura,

Y oirás bajo sus pies cuál muje y treme

La tierra; y cuál, verás, los fresnos bajan,

Que al conjuro, del monte se descuajan.

XCVIII.

»Tú, en lo interior, si mi salud deseas,

Alza al raso una hoguera sin testigo

{Séalo el Cielo, y tú, mi bien, lo seas,

Que a usar de esta arte a mi pesar me obligo).

La espada que dejó pendiente Enéas,

El lecho que en mi mal nos fuera amigo,

Ponlo allá todo; la adivina aguarda

Que no quede reliquia sin que arda.»

XCIX.

En sus labios aquí se heló la risa,

Y ocupa el rostro palidéz funesta;

Mas ¡ay! en balde en su silencio avisa

Que un nuevo estilo funerario apresta;

Ana ciega aún no en Dido aquel divisa

Mental furor; ni la imagina expuesta

A golpe más cruel, dolor más crudo

V I R G I L I O

164

Que en muerte del marido estarlo pudo.

C.

Y así ignorante la infeliz jornada

Va a preparar. La Reina, en cuanto mira

Al cielo descubierto levantada

En el patio interior la triste pira,

Con leños resinosos solidada

Y con rajas de roble, en torno gira

Tendiendo hojosa amenidad, y al muro

Guirnaldas cuelga de verdor oscuro.

CI.

Y sobre el lecho, con fingido intento

La efigie y armas del traidor coloca:

En torno hay aras: con horrible acento

La hechicera, en cabello, al Cielo toca;

Y deidades allí tres veces ciento,

Y al negro Caos y al Erebo invoca,

Y, virgen en tres fases conocida,

En tres formas a Hécate apellida.

CII.

Con aguas ya que del Averno el cieno

Mustias figuran, libación se hizo;

Y alléganse, cargados de veneno,

La hierba pubescente, el tallo rizo

Que de la luna al esplendor sereno

Cortó segur de cobre; y el hechizo

Que, hurtado a la cerviz de potro tierno,

Falto dejole del amor materno.

CIII.

Dido misma la sal ofrenda y trigo,

Un pie descalzo, desceñido el manto,

L A E N E I D A

165

E invoca a las estrellas, por testigo

Tomando de su fin al Cielo santo:

Ellas su historia saben, y si amigo

Hubo algun Dios a quien moviese el llanto

De amantes mal pagados, ése pide

Vea en su causa y de vengarla cuide.

CIV.

Era la noche: al medio del camino

Iban los astros por el alto Cielo;

Calla el bosque y el piélago marino;

Yacen los brutos que sustenta el suelo:

Ni en breñas ni por lago cristalino

Se ve de ave esmaltada salto o vuelo:

Todo está en calma, y todo mal se olvida;

Naturaleza yace adormecida.

CV.

Só1o Dido sus penas no adormece;

No se hizo el sueño para angustia tanta

Ni sus ojos ni su alma favorece

Muda la noche con su sombra santa:

Amor entre su pecho se embravece

Y nuevas olas sin cesar levanta;

Y de ellas combatida, de esta suerte

Torna consigo a disputar su muerte:

CVI.

«¿Qué he de hacer? ¡Oh tormentos inhumanos!

¿Buscaré mis antiguos amadores?

¿Iré humilde a los reyes, comarcanos?

¡Yo pisé su esperanza y sus amores!

¿Seguiré, triste sierva, a los Troyanos?

¡Harto gratos han sido a mis favores!

V I R G I L I O

166

¿Ni a bordo su altivez me sufriría?

Qué ¿aún no he probado bien la alevosía

CVII.

»De esa de Laomedonte infame raza?

¿Sola iré tras su pompa? ¿ó con los míos

Volaré armada en pos a darles caza?

Mas si a éstos de sus términos natío.

Arranqué a viva fuerza, ¿con qué trazo

Los moveré a tornar a los navíos?

No, no; mi salvación la muerte sea;

¡Calle a hierro el dolor de una alma rea!

CVIII.

»¡Tú, hermana, tú a mis llantos indulgente,

Margen diste a tan grande pesadumbre,

Tú doblaste al amor mi dócil frente!...

¡Yo que pude, ejerciendo la costumbre

De la bestia del campo independiente,

Libre vagar de acerba servidumbre!...

Muere, infiel de tu esposo a la ceniza! ... »

Querellándose así, Dido agoniza.

CIX.

En tanto Enéas, todo ya dispuesto,

Ajeno él mismo de temor, dormido

Quedóse en la alta popa: al Dios en esto

Torna a mirar, que en las murallas vido:

Con la propia actitud, la voz, el gesto

Viene, en todo a Mercurio parecido;

Aureo cabello y juvenil belleza

Ornan sus blandas formas, y así empieza.

CX.

L A E N E I D A

167

«En mal punto en sus brazos te entretiene

El sueño, hijo de Venus! ¡Alza y mira,

Torna el daño a mirar que sobreviene,

Y oye a Favonio que oportuno espira!

¿Los lazos sabes tú que ella previene?

Fragua es su pecho de furente ira;

Y ya, de perecer determinada,

Nada respeta, ni le espanta nada.

CXI.

»¿Y no será que por el ponto vueles

Ganando estos momentos? ¡Guay si esperas

A la luz de la aurora! ¡Hachas crueles

Arder verás, y levantarse hogueras,

Y en la mar encontrarse los bajeles,

Y ocupar el incendio las riberas!

¡Acude, iza la vela, corta el cable!

Ser vario es la mujer siempre y mudable.»

CXII.

Dijo; y si antes radioso, se incorpora

En las lóbregas sombras. El durmiente

Con la total oscuridad se azora,

Abre los ojos y álzase impaciente.

«¡Sús,» clama, «compañeros! ¡A la hora

Acorred a los bancos! ¡No consiente

Tardanzas la ocasión: las velas pronto

Dad a los vientos, y la flota al ponto

CXIII.

»¡Otra vez de los reinos celestiales

Esto nos manda santo mensajero:

Quienquier seas ¡oh Númen! con triunfales

Aplausos otra vez el fausto agüero

Seguimos de tu voz. ¡Así señales

V I R G I L I O

168

El deseado rumbo al marinero!

¡Así hagas por el Cielo que nos rían

Las lumbres bellas que al errante guían!»

CXIV.

Dice; y vuela, y la amarra del navío

Corta de un tajo de fulmínea espada;

A su ejemplo, a su impulso, el mismo brío

A los pechos de todos se traslada.

Ya arrancan, ya se llevan; ya vacío

Quedó el playón: debajo de la armada

La mar se oculta, y al batir contino

Cubren de espuma el líquido camino.

CXV.

El áureo lecho de Titon la aurora

Tímida deja, entre celajes raya,

Y ya su lumbre, que horizontes dora,

Ve la Reina infeliz de la atalaya;

Ve la armada alejarse voladora

Con las velas parejas; ve la playa

Desamparada, y el desnudo puerto,

Y todo siente estar mudo y desierto.

CXVI.

Y el tierno pecho ofende y los cabellos.

«¿Y esos advenedizos mi esperanza

Burlarán,» dice, «con erguidos cuellos?

¿Impune al ponto el pérfido se lanza?

¿No corre en armas mi ciudad a ellos?

¿Naves no parten a tomar venganza?

¡Id, hachas menead, asid los remos!

¡Soltad las velas! ¡por el mar volemos!

L A E N E I D A

169

CXVII.

»¿Qué digo? ¿Dónde estoy? ¿Qué desvarío

rastorna mi razón? ¡Dido infelice!

Ya el peso sientes de tu síno impío!

Cuando partija de mi cetro hice,

Convino este furor; ya, ya es tardío!

¡Traidor! ¡Y luego de él que va se dice

Con los patrios Penates; que de escombros

Salvo al anciano padre sacó en hombros!

CXVIII.

»¡Ah! ¡sus cuerpos hacer trozos sin cuento

Pude, y de ellos sembrar la onda bravía!

Matar al hijo, y el manjar sangriento

Pude al padre servir; ¿quién lo impedía?

Peligro, ¿cuál? ¡Morir era mi intento!

¡Yo a sus tiendas llevara llama impía;

Yo al padre, al hijo, a todos, muerte fiera!

¡Yo los matara allí; luego, muriera!

CXIX.

»¡Sol, cuya luz los ámbitos visita,

Tú que todo descubres, nada ignoras!

Juno, que viste mi amorosa cuita

Nacer, y hoy mides mis finales horas!

¡Hécate, a quien en calle tripartita.

Claman de noche! ¡Furias vengadoras!

¡Oh Dioses, cuantos véis mi afán postrero!

¡Yo imploro compasión, justicia espero!

CXX.

»Mi ruego oid: si firme persevera

El hado que a ese infame lleva a puerto,

V I R G I L I O

170

Si en esto Jove su querer no altera,

Que el fijado confin le aguarde cierto,

Mas tribu audaz contrástele siquiera,

Y en peligro se mire y desconcierto,

Y parta, el corazón vuelto pedazos,

Del dulce nido y los filiales brazos.

CXXI.

»Y vague, auxilios mendigando; y vea

Cómo a los suyos la fortuna humilla;

Ni el reino goce y calma que desea

Paz ajustando, a su valor mancilla.

¡Herido sin sazón de muerte sea.

¡Yazga insepulto en solitaria orilla!

Esto, ¡oh Númenes! pido; ved en ello:

Yo mi demanda con mi sangre sello.

CXXII.

»Vosotros, cual leales corazones,

Tirios, haced de vuestros odios prueba

Sobre esa raza en cien generaciones,

Y honra tan grande mi ceniza os deba.

Nunca amistad entre las dos naciónes;

No haya quien pactos de concordia mueva;

Mas nacerá sobre mi tumba, fio,

Quien aplaque la sed del furor mío.

CXXIII.

»Alzate, vengador amenazante,

Acelera los tiempos; y ahora, y luego,

Tu sombra por do vayan los espante;

Arróllalos feroz a sangre y fuego.

Y muro contra muro se levante;

Y un mar contra otro mar se ensañe ciego;

Y pueblo contra pueblo alce la frente;

L A E N E I D A

171

Y guerra eterna mi rencor sustente!»

CXXIV.

Dice; y buscando al ánima salida,

A todas partes la atención convierte;

Y de Siqueo a la nutriz convida

Al misterio, que encubre, de su muerte:

(De Siqueo; la suya, reducida

Yace ha tiempo en la patria a polvo inerte).

«Barce, mi fiel nodriza, vuelal» exclama:

«Vé, y al sacro festín mi hermana llama,

CXXV.

»Con agua rociándose primero,

Que traiga, dí, las víctimas, y ofrenda

Cual pide la expiación: así la espero;

Y tú ciñe a la sien piadosa venda.

Ya celebrar la ceremonia quiero

Que a Plutón ofrecí: mi pena horrenda

Hoy debe de acabar; que de ese injusto

Hoy tiro al fuego el ominoso busto.»

CXXVI.

Dice; y mover esotra el paso intenta

Con senil priesa. Mas la audaz amante,

Terrible con la idea que apacienta,

Temblorosa la faz, la vista errante,

Torva en el ceño, en el mirar sangrienta,

Jaspeado de visos el semblante,

Pálida de la muerte ya cercana

Vuela al recinto funeral insana.

CXXVII.

V I R G I L I O

172

La alta hoguera con fiero desenfado

Monta; la espada desnudó con ira

(Don no a tal ministerio destinado);

Mas cuando el lecho y los vestidos mira,

Memorias, ¡ay! de tiempo fortunado,

Repórtase y con lágrimas suspira;

Y arranca así, postrándose en el lecho,

Los últimos sollozos de su pecho:

CXXVIII.

«¡Oh dulces prendas con mejor fortuna!

¡Dulces por siempre cuando Dios queria!

Mi espíritu os entrego, y mi importuna

Memoria cese con la vida mía!

La senda anduve que emprendí en la cuna;

Viví las horas que vivir debía:

Hoy, fin logrando a, míseros afanes,

Van a otro mundo mis augustos manes.

CXXIX.

»Fundé yo una ciudad, ciudad preclara,

Murallas propias coronó mi mano;

Vengué la sombra del esposo cara;

Yo tomé enmienda del malvado hermano,

¡Feliz, harto feliz si no tocara

Mis costas, nada más, bajel troyano!»

Y aquí, a par que en el lecho el rostro imprime,

»¿Moriré inulta? ¡mas muramos!» gime.

CXXX.

«¡Así a la eternidad partir me agrada!

El Dárdanlo este fuego a ver acierte

Volviendo de la mar una mirada,

Y el triste agüero lleve de mi muerte!»

L A E N E I D A

173

Dijo; y, herida en esto, derribada,

La mano en sangre tinta, el hierro fuerte

Manando sangre las doncellas notan,

Y el palacio a gemidos alborotan.

CXXXI.

Ya la Fama fatídicos rumores

Ya furiosa esparciendo en giro vago;

Todo es lamento y llantos y clamores;

Todo es alarma de espantoso estrago.

Parece cual si entrasen vencedores

La antigua Tiro o la imperial Cártago,

O que incendio voraz llamas crueles

Tendiese por los altos capiteles.

CXXXII.

Oye el caso la hermana, y rostro y pecho

Desesperada hiere en modo rudo

Al lúgubre lugar vuela derecho,

Y a Dido llama con lamento agudo:

«¡Y esto significaba el ara, el lecho!

¡Esto intentabas! ¡Y ofenderte pudo

Que te hiciese en la muerte compañía!

¡Tú me engañabas, ah! ¡yo te creía!

CXXXIII.

»¿Por que no me invitaste, a ley de hermanos?

¡Contigo a un tiempo con placer muriera!

No que hora abandonada... ¡Y por mis manos

Yo propia, ¡ay infeliz! alcé esta hoguera!

¡Yo invocaba a los Dioses soberanos

Porque, espirando tú, yo lejos fuera!

¡Te perdí; me perdí: Pueblo, Senado,

Patria, todo lo hundí! ¡Nada ha quedado!

V I R G I L I O

174

CXXXIV.

»Agua traed y lavaré la herida;

Yo sus heridas lavaré... ¡Si errante

Vaga en su labio un hálito de vida,

Yo le recoja con mi labio amante!»

Ya en el estrado fúnebre subida

Tal dice; y a la hermana agonizante

Ella al seno fomenta entre gemidos,

Ella aplica a la sangre sus vestidos.

CXXXV.

Los mustios ojos con fatiga vana

Trata de alzar la moribunda Dido:

Fáltanle ya las fuerzas; sangre mana

Del pecho abierto con cruel sonido.

El codo apoya, y por alzar se afana

Tres veces, y tres veces sin sentido

Cae sobre el lecho. Con errante vista

Busca la luz, y al verla se contrista.

CXXXVI.

La excelsa Jurio de mirarse duele

El largo padecer, la ardua agonía,

Y porque a desatar vínculos vuele

Que aún detienen el alma, a Iris envía.

¡Ah! loco amor a perecer te impele,

No el hado; éste, infeliz, no era tu día!

Proserpina tu rubia cabellera

Aún no ha cortado, ni Plutón te espera.

CXXXVII.

Vuela Iris vaporosa, y en su vuelo

Brillan las plumas, con el sol enfrente;

L A E N E I D A

175

Y posándose encima: «Manda el Cielo

Que esta ofrenda a Plutón quite a tu frente,

¡Alma, sal fuera!» dice; el rizo pelo

Corta aquí con la diestra, y juntamente

El calor cesa que en el seno mora

Y la vida en los aires se evapora.

LIBRO QUINTO.

I.

Ya salvo Enéas con sus naves hiende,

Merced del Aquilon, la mar oscura,

Y tornando a mirar, su vista ofende

La dejada ciudad, que arde y fulgura:

La causa no se ve; mas ¿quién no entiendo

Cuánto puede en mujer venganza dura

Y obstinada pasión? Y así el viajero

Terror concibe de funesto agüero.

II.

Después que ya se hubieron engolfado,

Y entre agua, al fin, y cielo no ven cosa

Sino el cielo y el agua, azul nublado

Sobre las naves sólido se posa

De lobreguez y tempestad cargado:

Con tristes amenazas espantosa

La ecuórea inmensidas se entenebrece;

V I R G I L I O

176

Esfuérzanse huracanes, la onda crece.

III.

Y en alta popa el pálido piloto,

«Qué oscuridad,» exclama, «el polo llena!

¡Cuánto mal nos previene;s'no 1 remoto,

Oh gran padre Neptuno! » Y luego ordena

Los aparejos recoger; al Noto

Torcida vuelve la crujiente, antena,

Y haciendo al remador nuevo conjuro,

Prosigue así gimiendo, Palinuro:

IV.

«¡Oh magnánimo Enéas! ¡oh rey mío!

No, si me enviase celestial consuelo

El mismo Jove, saludar confío

A Italia nunca con aqueste cielo.

¿No ves cómo del véspero sombrío

Los vientos se alzan, y en contrario vuelo

Vienen furiosos a estrellarse, y cómo

Condensa el aire cerrazón de plomo?

V.

»No es dado resistir ni ir adelante:

Lidiemos no con fuerza, más con maña,

Cediendo a la Fortuna, que constante

Ruta nos marca a nuestro rumbo extraña,

Erice fraternal no está distante,

Si ya el catado cielo no me engaña;

Y así pronto, al torcer, será que veas

El sículo confin.» Respondió Enéas:

VI.

L A E N E I D A

177

«Ya he visto al temporal que nos maltrata,

Eso pedir, y resistir tú en vano:

Rodeos tienta, a la Fortuna acata,

Y miremos al término sicano.

¿Y habría tierra para mí más grata

Que la en que reina Acéstes, nuestro hermano,

Y el caro genitor llorando yace?

Allá mi escuadra guarecer me place.»

VII.

Viró el piloto: céfiros que implora

Hinchen los lienzos, y la flota vuela

Ya rauda hendiendo por el mar la prora

Al puerto arriba por que el nauta anhela,

Y a abordar acertaron a la hora

En que amiga vio Acéstes ser la vela

Que desde alto peñón lejos divisa,

Y al puerto, alborozado, baja aprisa.

VIII.

A él, a quien Ninfa concibió troyana

Que el dios Crimiso requestó de amores,

Tornar a ver los huéspedes le ufana

Que ama fiel en amor de sus mayores.

Hórrido anda con piel de osa africana,

Pertrechado de dardos voladores;

Y en pompa agreste y rústico atavío

Hospedaje les brinda franco y pío.

IX.

Enéas, convocando el pueblo entero,

En un collado hablóles eminente

Del nuevo día al esplendor primero:

«¡Oh dardania nación! ¡oh diva gente!

V I R G I L I O

178

Desde que al padre a quien deidad venero

Sepultamos aquí, y ara doliente

Pusimos en su honor, si no me engaño

Cabal su curso ha concluído un año.

X.

»Éste es el día, y éstos los lugares:

Triste, quísolo Dios, y sacro día

Que yo solemne, levantando altares,

Do quier me hallase, allí celebraría

Que o ya me viese en los argivos mares,

Ya en las gétulas sirtes, ya en la impía

Micenas, o cautivo o expulsado

Siempre honraría al genitor llorado.

XI.

»Hénos hoy las cenizas paternales

A honrar dispuestos en amigo suelo,

Traídos a rendir obsequios tales

No sin visible ordenación del Cielo.

Honradlas, pues; pedid vientos iguales,

Y que él, fundada la ciudad que anhelo,

En templo que en su honor alzado sea

Votos añales renovar nos vea.

XII.

»Acéstes, que de Teucro, se gloría,

Por cada nao dos bueyes os da ahora:

Vengan a este festín en compañía

Nuestros Penates don los que él adora;

Que después, si con rayos de alegría

Ciñere al orbe la novena aurora,

Por mí a vosotros cual primeras fiestas

Regatas en la mar serán propuestas.

L A E N E I D A

179

XIII.

»El que en la lucha, en la veloz carrera

O al duro cesto a competir se atreve

El que con mano a disparar certera

El dardo agudo y la saeta leve,

Concurran a la lid que los espera,

Y quien ganare el premio, ése le lleve.

Orad en tanto, compañeros míos,

Y de hoja en derredor la sien cubríos.»

XIV.

Calla; el materno mirto orna su frente:

Lo imita Helimo, y en su edad florida

Ascanio, y en la suya decadente

Acéstes, y otros y otros enseguida.

Ya él al sepulcro entre infinita gente,

Y por sacra costumbre establecida,

Sanguínea libación en taza doble

Ofrece, y fresca leche, y néctar noble.

XV.

Y luego el ara de purpúreas rosas

Esparce en torno con su propia mano;

Y «¡Salve, oh padre!» clama, «y vos, preciosas

Cenizas a mi amor vueltas en vano!

¡Salve, oh ánima y sombra milagrosas!

¡No te dio, oh padre, el Cielo soberano

Llegar a Italia y cabe el Tibre amigo

La anunciada heredad gozar conmigo!»

XVI.

Tersa, en esta sazón salir se mira

Del fondo sepulcral sierpe que ondea

V I R G I L I O

180

Y en siete roscas de alongada espira

Con manso halago el túmulo rodea:

Cerúleas manchas, al compás que gira,

Desvuelve, con que el lomo se hermosea,

Y semejan las puntas de la escama

Aureos destellos y matiz de llama.

XVII.

Tal, mirándola, el sol, fris destella

Y de luz entre nublos se matiza.

Visto el héroe la sierpe, el labio sella

Absorto; mas recelos tranquiliza,

Que inocente entre pulcras tazas ella,

Gustando los manjares, se desliza,

Y en doméstico giro placentero

Torna a ocultarse do salió primero.

XVIII.

O genio tutelar de Anquíses fuere

La sierpe, o númen que el lugar ampara,

Enéas fausto augurio de ello infiere

Y con nuevo fervor dones repara:

Dos ovejas, segun usanza, hiere,

Dos cerdos, dos novillos ante el ara,

Novillos de negral cerviz; al paso

Que néctar liba en espumante viaso.

XIX.

Con esto de las 1óbregas regiones

Salvos los manes de su padre evoca;

Y, todos imitando sus acciones,

Hace cada uno lo que hacer le toca:

Quién acude al altar con oblaciones,

O en orden a la lumbre ollas coloca;

L A E N E I D A

181

Quién en la hierba víctimas destriza,

Quién tuesta entrañas o la llama atiza.

XX.

Ya los caballos de Faeton lozanos

Traen sereno el deseado día:

Con el nombre de Acéstes, montes, llanos

El anuncio feliz corrido había;

Y así acuden los pueblos comarcanos

En tropel rebosante de alegría,

Ya a verlos espectáculos propuestos,

Ya el prez también a disputar dispuestos.

XXI.

En medio el circo iluminó la aurora

Copia de premios a los ojos grata;

El verde ramo y palma triunfadora,

Preciado honor del que mejor combata:

Y armas, trípodes, vestes que decora

Purpúreo ardor, talentos de oro y plata

Y de alto sitio súbito la trompa

Manda sonando que la lid se rompa.

XXII.

Y a par la rompen con igual arreo

Cuatro naves selectas, en la armada:

Con remeros briosos, por Mnesteo

Va la rápida Priste gobernada

(Mnesteo, a quien después ítalo veo,

Del cual, ¡oh Memio! descender te agrada):

Guías toma a su cargo la Quimera,

Que ciudad, más que nave, se creyera:

XXIII.

V I R G I L I O

182

En triple orden de remos a ésta mueve

Con gran vigor la juventud troyana:

Sargesto generoso (a quien le debe

La gente Sergia su renombre ufana)

El gran Centauro a dirigir se atreve:

Cloanto (a quien por tronco la romana

Familia de Cluento reconoce)

La Scila azul turquí monta veloce.

XXIV.

Hay distante en el mar un risco, enfrente

De las riberas que la espuma baña:

Cuando el Cielo se entolda, el mar furente

Concentra allí su bramadora sana:

Mas a erguirse el peñón torna imponente

Cuando duerme la líquida campaña,

Y da en flanco espacioso al ágil mergo

P ra enjugarse al sol plácido albergo.

XXV.

Allí una meta de frondosa encina

Enéas pone, a donde el nauta vaya

A doblar la carrera, y si lo atina,

En bajel vencedor torne a la playa.

La suerte a los caudillos determina

Puesto; cada uno en alta popa raya

Por la vestida púrpura y el oro,

Y a lo lejos esplende su tesoro.

XXVI.

Bañados con aceite reluciente

Las desnudas espaldas, y ceñidos

Con ramaje de álamo la frente,

Al banco acuden los demas, fornidos

Y, la mano en los remos impaciente,

L A E N E I D A

183

Y atentos al anuncio los oídos,

Codicia de loor, sed de combate

Les hinche el corazón, que duda y late.

XXVII.

El clarín resonó; y en un momento

Todos del puesto arrancan a porfía:

Retiembla el mar, retumba el firmamento

Con el náutico estruendo y gritería:

Abren los brazos al batir violento

Surcos iguales y espumosa vía,

Y a un tiempo remos y tridentes proras

Las aguas por doquier rompen sonoras.

XXVIII.

No en el estadio así se precipita

Carro de dos corceles que se arroja

La palma a arrebatar, ni tal se agita

El conductor, que la tardanza enoja;

El cual el volador tiro concita

Sacudiendo sobre él la brida floja;

Blande el azote, y a blandirlo atento,

Parece, de encorvado, ir por el viento.

XXIX.

Clamores suenan por el bosque umbría

De grupos en el triunfo interesados;

Vuelve herida la playa el vocerío,

Y le vuelven en ecos los collados.

Entre gente y rumor Gias con brío

Hendió el primero los salobres vados;

Cloanto a par, mejor en remos, viene,

Bien que el peso la nave te detiene.

V I R G I L I O

184

XXX.

Priste y Centauro en pos a una se lanzan,

Y cada cual adelantarse espera:

Alternativamente ora se alcanzan

Cuando alguna tomó la delantera;

Ora las proas ateniendo, avanzan

Con larga quilla en rápida carrera;

Ya al escollo llegando iban, en suma,

Resuelto el ponto en albicante espuma.

XXXI.

He aquí entre todos victorioso Gias

A su piloto reprendiendo, exclama:

«¿Por qué a derecha desviar porfías?

Toma, Menétes, do el honor nos llama:

Las otras por el mar rueden baldías;

Nuestra nave el peñón deja que lama!»

Tal dice; mas temiendo ímpio bajío

Tuerce hacia el mar Menétes el navío.

XXXII.

Y otra vez Gias con furor le intima:

«Torna, Menétes, a la izquierda!» En esto

Siente a Cloanto que le viene encima

Y a ganarle de mano acude presto:

Ya a las rocas sonantes se aproxima

Entre ellas y él lanzándose interpuesto,

Y a ambos atras dejándolos de pronto,

En bajel triunfador boga en el ponto.

XXXIII.

Al mancebo en la faz saltóle el lloro,

Y hasta los huesos le mordió la ira:

Ni oye la voz del personal decoro

L A E N E I D A

185

Ni de los suyos la salud ya mira;

Mas de alta popa al piélago sonoro

Brusco a Menétes de cabeza tira;

Y activo en su lugar, exhorta, empeña,

Y, rigiendo el timón, va hacia la peña.

XXXIV.

Menétes, de los años abatido,

Salir apenas del abismo pudo;

Y sacudiendo el húmedo vestido

Trepa, a secarse en el peñón desnudo.

Rió la juventud cuando le vido

Hundirse de cabeza al golpe rudo;

Bregar luego, y después que brega y nada,

Revesar la onda que tragó salada.

XXXV.

Viendo a Gias, Mnesteo la esperanza

Cobra de rebasarle. Al par rebosa

Sergesto en ella, y, el primero, alanza

Su nave hacia el peñasco presurosa:

Esta, mitad a su rival se avanza,

Mitad, la Priste su costado acosa;

Y en fuerza del peligro y del deseo,

Recorriendo el bajel habló Mnesteo:

XXXVI.

«Soldados de Héctor, que la patria mía

Miró a mi lado en la final pelea!

Como en las sirtes gétulas fue un día,

En este lance vuestro aliento sea;

Cual ya en el jonio mar, vuestra osadía,

O en las rápidas ondas de Malea.

Ni aspiro a ser primero. ¡Oh, si pudiese...

No; a quien lo dío Neptuna, el triunfo es de ése!

V I R G I L I O

186

XXXVII.

»Mas no el pudor postreros ir consiente;

Lo que honor manda, compañeros, pido.»

Calla; saca, a su voz, vigor su gente;

Cruje la popa al golpe repetido;

Huye la mar; anhélito frecuente

Brotan las secas fauces con sonido;

Los cuerpos dobla agitación extraña,

Y abundante sudor sus miembros baña.

XXXVIII.

He aquí vencer les dio súbito caso;

Y fue así que forzando espacio estrecho,

Metió Sergesto el imprudente vaso

Entre las peñas a encallar derecho:

La roca retembló con el fracaso;

Se oyó el remo crujir cuasi deshecho

En puntas de coral, do sin defensa

Entró la proa y se aferró suspensa.

XXXIX.

Los marinos con alto clamoreo

Hacen, si al pronto yertos, de ferrados

Chuzos y picas oportuno empleo

Por desclavar los remos quebrantados.

Gozoso en tanto, a buen remar, Mnesteo,

Propicios ya los vientos y los hados,

Tiende el rumbo a do el piélago declina,

Y raudo y libre por el mar camina.

LX.

Cual vuela por el campo, alborotada

Con el pavor de súbito estallido,

L A E N E I D A

187

La paloma que tiene en la albarrada

Su dulce imperio y su amoroso nido;

Bate sobre su rústica morada

Las plumas, al salir, con recio ruido,

Y después remontándose en el cielo

Las alas tiende en silencioso vuelo:

XLI.

Así la Pristé, que fatiga tanta

Tomaba forcejando la postrera,

Con ímpetu espontáneo se levanta

Y huyendo por las ondas va ligera.

Lo primero, a Sergesto se adelanta

Con su nave entre escollos prisionera.

Y allí haciendo le deja vanos votos

E ideando volar con remos rotos.

XLII.

Tras Gias sigue, y a su nao pujante,

Falta ya de piloto, desafía:

Vence; sólo Cloanto va delante;

Y vuela en pos, creciendo su osadía:

Redóblasela grita estimulante

De los espectadores, que a porfía

Roncos aplauden su feliz carrera,

Y los ecos en torno hinchen la esfera.

XLIII.

Los unos, que triunfantes se creyeran,

Ya en riesgo el triunfo, coronarlo ansían:

Incompleto, la palma no quisieran;

Completo, por la palma morirían:

Los otros eso mismo osan y esperan;

Porque triunfando van, triunfar confían,

V I R G I L I O

188

Y pudieran juntándose ambas proras

Partir el premio a un tiempo vencedoras.

XLIV.

Mas a orar atinó de esta manera

Cloanto, ambas las manos extendiendo:

»¡Oh Númenes que el piélago venera,

Cuyos dominios con mi nave hiendo!

Si el triunfo me cumplís, en la ribera

Un blanco toro en vuestro honor ofrendo;

Tiraré sus entrañas a estos mares,

Y néctar bañará vuestros altares.»

XLV.

Dijo; y a par oyó de Forco anciano

La virgen Panopea sus acentos;

Y el coro de Nercidas soberano

Condolióse en sus huecos aposentos:

Movió la nao Portumno con su mano,

Y fugaz como soplo de los vientos,

Y no menos veloz que alada flecha,

El hondo puerto penetró derecha.

XLVI.

Los combatientes por sus nombres llama

Enéas, y sus triunfos galardona;

A voz de heraldo resonante aclama

Vencedor a Cloanto, y le corona:

Ciñe, en suma, a su sien la verde rama;

Y a cada nave tres becerros dona,

Y que lleven les da vino abundante,

O una pieza de plata a su talante.

XLVII.

Y a cada jefe añade su presea:

L A E N E I D A

189

Clámide áurea al principal ofrece,

De púrpura ceñida melibea

Que en doble orla gira y la guarnece,

Retejido en el fondo la hermosea

De Ida el regio garzón, que allí aparece

La espesura cruzando nemorosa,

Y leves ciervos con el dardo acosa.

XLVIII.

Figúrase allí mismo en el momento

En que robado, al parecer anhela:

La armígera de Jove al firmamento

Le arrebata feroz, y encima vuela:

Muestra uñas corvas la ave por el viento;

Viejos que hacen al niño centinela,

Tienden palmas al aire; el aire mudo

Hieren los canes con furor agudo.

XLIX.

Loriga de oro y triple y fina malla

Relucía en los dones del trofeo:

Usóla ya en los campos de batalla,

Campos que riega el Símois, Demoleo:

Mal consiguen en hombros sustentalla

Dos esclavos, Sagáris y Fegeo;

Y así y todo, el jayan con ella un día

Fugitivos Troyanos perseguía.

L.

Y en campos la ganó que el Símois riega

Enéas ya, cabe Ilion divino;

Y ahora la otorga al que segundo llega,

Arma al par y ornamento peregrino.

Dos calderas, después, de bronce entrega,

V I R G I L I O

190

Tercer presente a quien tercero vino;

Y dos vasos de argento, muestra rara,

Que el cincel de figuras abultara.

LI.

Ya iban todos premiados, con diadema

De púrpura ceñidos, placenteros;

Cuando Sergesto, que su industria extrema,

Salir logró de los escollos fieros:

Con una banda escueta afana y rema,

Quebrantados costado y marineros;

Y en medio de la befa que le humilla,

Pide el tardo bajel la ingrata orilla.

LII.

Tal sesga sierpe, en el camino hollada

De veloz rueda, o por viador, que herida

La deja, y medio muerta, de pedrada,

El cuerpo tuerce por lograr salida;

Con lengua ardiente, con feroz mirada

Yérguese, en parte, rebosando vida,

Y, en parte, de dolor se arrastra llena,

Y en sus propios anillos se encadena.

LIII.

Mas la nave que en remos flaqueaba,

Las velas descogiendo a puerto viene.

Enéas de Sergesto el arte alaba

Conque gente y bajel salvar obtiene,

Y le da el galardón: era una esclava

De Creta oriunda, que por nombre tiene

Foloe; en artes de Minerva, diestra;

Al seno puestos dos infantes muestra

LIV.

L A E N E I D A

191

Así acabada la naval porfia,

A un sitio ameno de hierbosos prados

Enéas se adelanta: en torno había

Corvas selvas, umbríferos collados:

Del valle el fondo en círculo se amplía;

Teatro natural forman sus lados;

Y allá la multitud vuela contenta,

Y en medio el Rey con majestad se asienta

LV.

Y con premios invita lisonjeros

A competir en rápida corrida:

Teucros, Sicanos, a su voz ligeros

Saltan a par a do el honor convida.

Van Euriálo y Niso los primeros:

Radíante el uno en juventud, florida,

Insigne el otro por su casta llama;

Bello Euríalo es; Niso le ama.

LVI.

Vino, sangre de Príamo, Diores;

Y Patron luego y Salio juntamente

Aquéste de tegeos genitores,

Esotro de Acarnania procedente.

Compañeros de Acéstes, cazadores,

Mancebos de gallardo continente,

Van Helimo y Panópes enseguida;

Y otros de nombre que la fama olvida.

LVII.

«Al campo, adolescentes, os convido,

El Rey dijo a la gente congregada

«Y a promesa gustosa dad oído:

Nadie sin don saldrá de la estacada.

V I R G I L I O

192

He aquí dos dardos de metal buído,

Cretenses, y de argento nielada

Una hacha de dos filos: ved en esto

El común premio a cada cual propuesto.

LVIII.

»Al más aventajado combatiente

Daráse encima, amén de la corona,

Un noble potro con jaez luciente:

Al segundo, una aljaba de amazona,

Provista, y, de áureo tahalí pendiente

Que gruesa perla cual botón tachona:

Al tercero, este hermoso yelmo argivo;

Y los tres ceñirán ramas de olivo.»

LIX.

Dijo, y puestos eligen; y al instante

Que señal de partir dio la trompeta,

Cual ráfagas de viento resonante

De la raya mirando huyen la meta.

Niso, fuerte y veloz, sale adelante

Como alado relámpago o saeta;

Corre Salio después, distante empero;

Euríalo, lo mismo, va tercero.

LIX.

Sigue a Euríalo Helimo en su carrera;

Helimo pie con pie sigue Diores;

Ya, ya al hombro le hostiga, y si se abriera

Más campo a sus intrépidos furores,

Del que último volaba el lauro fuera

O en balanza quedaran los honores.

Ya el término llegando iban en suma,

Y el esfuerzo los músculos abruma.

L A E N E I D A

193

LXI.

He aquí casi triunfante (¡infausto caso!)

En verde grama que la suerte quiso

Hubiese matizado humor escaso

De inmolados becerros, pisó Niso:

Tratara en vano de afianzar el paso

Titubeante en suelo húmedo y liso;

Llega veloz, veloz resbala, y todo

Tinto en sangre quedó, y envuelto en lodo,

LXII.

No allí Niso olvidó su amistad bella;

Mas álzase en el pérfido terreno;

Salio síguele incauto, se atropella,

Y yéndose de pies rueda en el cieno.

Eurialo veloz como centella

Adelante de todos, de ardor lleno,

Entre aplausos sin número se lanza,

Y, merced de amistad, el lauro alcanza,

LXIII.

Llega Helimo después, y en fin Diores.

Salio a engaño se llama, visto aquello;

Pide el prez, y a la flor de espectadores

Con su aplauso da en cara a voz en cuello.

A Euríalo protegen, sin clamores,

Virtud llena de gracia en rostro bello,

Virtud que encanta y pundonor que llora,

Y el sufragio de un pueblo que le adora.

LXIV.

Favorécenle a par altas razones

Que hace Diores, que su palma espera:

Palma, si Salio de los grandes dones

V I R G I L I O

194

Ninguno ha de llevar, suya y postrera.

Y dijo Enéas: «No temáis, garzones:

El orden de los premios nadie altera;

Ni vuestros fueros mi amistad lesiona

Si al valor desgraciado galardona.»

LXV.

Y una piel de león da a Salio, armada

Con áureas garras y hórridas guedejas.

Niso entonces habló con voz turbada:

«Si ese honor a vencidos aparejas

Y tanto un contratiempo te apiada,

Para Niso, señor, ¿qué premio dejas?

Mio es el triunfo, si la suerte esquiva

Que a Salio hirió después, no me derriba. »

LXVI.

Habla, y del golpe el afeante signo

Muestra, hablando, en el cuerpo y triste cara.

Oyóle el Rey y sonrió benigno,

Y un rico escudo le ordenó llevara:

Fue éste del mozo egregio premio digno:

Lo hizo Didameon con arte rara,

Y al templo de Neptuno do pendía,

Argivo brazo lo arrancara un día.

LXVII.

Cesó la competencia de esta suerte;

Y Enéas señalando férreo guante:

«Ahora», dijo, «el que se sienta, fuerte,

Ceñido el puño indómito levante.

Lucio novillo al que a vencer acierte,

Con cintas y oro el asta rutilante,

Daré por galardón: gentil celada,

L A E N E I D A

195

Por consuelo, al vencido, y una espada.»

LXVIII.

Con murmullo del vulgo circunstante,

Lleno Dáres alzóse de ufanía:

Él solo, en Troya, a Paris arrogante

A contrastar lidiando se atrevía;

Y él solo a Bútes, triunfador gigante,

Que, de origen bebricio, pretendía

Llevar sangre de Amico, invicto en guerra,

Cabe el túmulo de Héctor echó a tierra.

LXIX.

Tanto como en la fúnebre palestra

Soberbio entonces levantarse pudo

Cuando dejó al jayan sola su diestra

Tendido en la sangrienta arena y mudo,

Soberbio ahora se levanta, y muestra

Los hombros fornidísimos desnudo;

Y un brazo y otro vigoroso extiende,

Y los aires azota por do hiende.

LXX.

En medio del innumero gentío

Otro igual campeón se busca en vano:

Nadie a aceptar se atreve el desafío,

Nadie del cesto a rodear la mano.

El, sin par, a su juicio, en poderío,

Saluda a Enéas y prosigue ufano

Sin que en mudo homenaje instantes pierda,

De una asta asiendo al toro con la izquierda:

LXXI.

«¿Qué más quieres que aguarde, hijo de Diosa?

V I R G I L I O

196

El don se me adjudique, pues ninguno

Su fuerza con mis fuerzas medir osa.«

Los Teucros barbotaban de consuno

Apoyando la súplica orgullosa.

Con ruego en tanto Acéstes importuno

Reprende, incita a Entelo, que a su lado

Yace en el verde césped reclinado:

LXXII.

«Tu nombre de valiente entre valientes

¿Qué sirve, Entelo, sin tan buenos dones

Con tanta calma en paz llevar consientes?

Hoy de Erice divino y sus lecciones

¿No es deber patrio que el honor sustentes?

La fama que asombraba estas regiones

¿A dónde se oscurece? ¿Qué se han hecho

Los despojos pendientes de tu techo?»

LXXIII.

Entelo respondió: «No son extraños

Valor y amor de gloria al pecho mío;

Mas siento ya de la vejez los daños,

Mis miembros ciñe ya rígido frío.

Yo si hoy tuviese el que en mis verdes años,

Cual le goza ese audaz, ardiente brío,

No el premio disputara, si la palma;

Que ocupe el premio vi, lo llevo en calma.«

LXXIV.

Habló Entelo; y volviendo por sus fueros,

Se alza, y dos cestos en el campo lanza

Conque Érice ostentara en golpes fieros

Con los ligados brazos su pujanza.

Ven los siete boyunos recios cueros

Graves de plomo y hierro a hercúlea usanza,

L A E N E I D A

197

Y todos se imaginan con asombro

Del buey la talla, y del atleta el hombro.

LXXV

Más que de paso el mismo Dáres cía,

Y mudo con la mano el grande Enéas

El enorme volúmen revolvía

De los gruesos anillos y correas,

Y díjole el anciano: «¿Qué sería

Si de Hércules las armas giganteas

Hubieses visto, y la espantosa hazaña

Que hizo estas playas funeral campaña?

LXXVI.

»Fue hijo Érice, cual tú, de Venus, y esos

Los correones son que usaba en lides:

¿Esparcidos los ves de sangre y sesos?

Los mismos son con que paró ante Alcídes;

Y yo también con vigorosos huesos

Los blandí contra fuertes adalides

Cuando aún lejos la edad miraba ingrata

Que ambas mis sienes esmaltó de plata.»

LXXVII.

Y a Dáres retorciendo la mirada:

«Mas si rehuyes, campeón troyano,»

Prosigue; «si a tu Rey piadoso agrada,

Y al mío, que combate por mi mano,

Fuerzas equiparar en la estacada,

Gustoso a justos términos me allano:

¡Ea! las armas de Érice te cedo;

Las troyanas depon, y pon el miedo.»

LXXVIII.

V I R G I L I O

198

Aún bien no lo hubo dicho, se adelanta,

Y del doble ropaje se desnuda,

Y en pecho, brazos, músculos, espanta

Ver su nerviosa robustez membruda:

Ya, en medio el campo, colosal se planta;

Y dando Enéas término a la duda,

Trae de iguales cestos sendos pares,

Y a Entelo de ellos arma y arma a Dáres.

LXXIX.

Y en simultáneo arranque de osadía

Ya éste en puntas de pies y aquel se adreza;

Los brazos uno y otro el aire envía,

Cautelosa hacia atras la alta cabeza.

Trábanse por las manos; a porfía

Crecen amagos, y la lucha empieza

Entre el púgil que mueve ágil la planta

Y el jayan que disforme se levanta,

LXXX.

Va el jóven en su edad esperanzado;

Fia el viejo en su mole, aunque flaquean

Las rodillas y el cuerpo treme helado;

Y ambos con vano afán tiran, golpean:

Hiérense aprisa al cóncavo costado:

Ronco el pecho resuella: menudean

Por orejas y sienes las puñadas:

Las mandíbulas crujen martilladas.

LXXXI.

Firme está Entelo; mas con pronta vista

Ve por do heridas, ladeando, ahorre;

El otro el campo mide, y por do embista

Entradas busca, a embestir acorre:

L A E N E I D A

199

Tal tropa audaz, de máquinas provista,

Soberbio muro o enriscada torre

Que medite arruinar, asalta, embiste;

Torna a atacar, y el torreón resiste.

LXXXII.

El brazo Entelo, amenazando estrago,

Alza descomunal; mas ve de arriba

Venir, Dáres, con tiempo, el fiero amago,

Y hurta el cuerpo veloz y el golpe esquiva:

Hirió el furioso combatiente en vago,

Y enorme por su peso se derriba,

Cual rueda hueco pino, dando espanto,

En bosques de Ida o cumbres de Erimanio.

LXXXIII.

Levántanse ambos campos con ruido,

Y un grito al cielo lanzan simultáneo:

Acude Acéstes, viéndole caído,

A ayudar al amigo y coetáneo:

Surge él sin quiebra de ánimo o sentido;

Antes fuego de cólera espontáneo

Arde en su pecho, el pundonor le pica,

Y el probado valor fuerzas duplica.

LXXXIV.

Y ya en rápida fuga, impetuoso,

Tirando golpes de una y otra mano,

Sin parada, sin vado, sin reposo

Persigue a Dáres por el ancho llano;

Cual turbión que los techos fragoroso

Azota con granizo, el héroe insano

Hiere a ciegas con furia borrascosa,

Y a Dáres acomete, envuelve, acosa.

V I R G I L I O

200

LXXXV.

No sufre Enéas que adelante siga

La encarnizada obstinación de Entelo,

Y del campo, ya muerto de fatiga

Saca a Dáres con voces de consuelo:

«¿Demente estabas? ¡Ah, infeliz! te hostiga

No humana fuerza, pero el mismo Cielo;

Cedes a un Dios; rendirte no te pese.»

Dijo; y manda su voz que la lid cese.

LXXXVI.

En torno del vencido en ese instante

Llega fiel uno y otro camarada,

Y, flacas sus rodillas, vacilante

La cabeza, la boca ensangrentada

Y el ornato dental roto y nadante,

Llévanle al puerto. Morrión y espada

Reciben advertidos, y se alejan,

Y el toro al vencedor y el lauro dejan.

LXXXVII.

El cual del lauro y con su toro ufano,

«Ved, pues, ahora, y ponderad,» decía,

«¡Oh hijo de Diosa! ¡oh ejército troyano!

Cuál en mi juventud la fuerza mía

Hubo de ser, y Dáres de mi mano

Cuál muerte, a no salvarlo, probaría.»

Dijo, y plantóse del novillo enfrente,

En alto puesto el brazo prepotente;

LXXXVIII.

Y a plomo entre ambos cuernos, guarnecida

La mano descargó cual duro hierro:

Húndese el cráneo, y trémulo, sin vida,

L A E N E I D A

201

En tierra con su mole da el becerro.

«¡Salve, Erice inmortal!» clamó enseguida:

«Puestas las armas, conque triunfos cierro,

Más bien que la de Dáres, en memoria,

Yo do y consagro esta ánima a tu gloria.»

LXXXIX.

Luego al juego del arco el Rey troyano

Invita, y premios pone. De la nave

Que Seresto gobierna, con su mano

Va él mismo y fuerte arbola el mástil grave;

Y aligera paloma al aire vano

En el tope suspende (atada el ave

A una cuerda, la cuerda al mástil fija)

A donde el tiro el flechador dirija.

XC.

Llegan de ellos; y un casco que reciba

Las suertes, traen en medio. La primera,

La de Hipocon, el de Hírtaco, con viva

Aclamación del vulgo, saltó fuera.

Coronado la sien de verde oliva,

Reciente prez de la naval carrera,

Oyó, en segundo término, Mnesteo

Grato sonar su nombre a su deseo.

XCI.

Tocóle a Euritión salir tercero:

Hermano tuyo, oli Pándaro divino,

(¡Tú que al campo de Aquivos, el primero,

Lanzaste, compelido del destino,

El dardo de discordia mensajero!)

Del fondo del almete al aire vino,

Postrer nombre, el de Acéstes, que ahora ufano

V I R G I L I O

202

En lid de mozos a terciar va anciano.

XCII.

Todos con brazo en arco arman pujante,

Y sacan primas flechas del aliaba:

Ante todas, del nervio rechinante

Arrancó la que el de Hírtaco ajustaba:

Hiere el viento, y al mástil que delante

Mira, parte veloz, y en el se clava:

Al golpe tembló el palo; alas agita

Medrosa el ave, y el concurso grita.

XCIII.

Tendió el arco avanzándose forzudo

Mnesteo, vuelto a lo alto ojos y flecha;

Mas no tanto que al ave hiriese, pudo

La férrea punta encaminar derecha:

Rompió empero la cuerda y líneo nudo;

Y libre el pie de la atadura estrecha,

La paloma veloz sacude el vuelo

Entre nubes plomizas por el Cielo.

XCIV.

Euritión, ya el arco apercibido,

Tiró, invocando a Pándaro en su ayuda,

Al ave que de nublo opaco vido

Salir aleteando, flecha aguda:

Alcanzóla en su vuelo envanecido;

Ella el hincado astil trayendo muda,

Dejando por allá la dulce vida,

Al suelo vino en mísera caída.

XCV.

Solo Acéstes quedaba, ya baldío,

Y la palma perdida y la esperanza;

L A E N E I D A

203

Mas del brazo ostentando el arte y brío

Y del arco sonante la pujanza,

Vuelta la faz al ámbito vacío,

Aunta en vago, la saeta lanza,

Y ocasiona, no entonces entendido,

Milagro aéreo de infeliz sentido.

XCVI.

Confirmaron después con voz tardía

Adustos vates el infausto agüero:

Y fue así que inflamado discurría

Entre celajes el volante acero;

Con fuego señaló su etérea vía

Y apagóse en los aires; cual lucero

Que vaga desquiciado por la esfera

Arrastrando su ardiente cabellera.

XCVII.

Al Cielo los medrosos corazones

Ambos pueblos levantan juntamente;

Mas no igualó con fúnebres visiones

El gran Enéas la visión presente;

Antes sonríe cumulando dones,

Y a Acéstes abrazando, al par riente,

Aunque grave el semblante, de alegría,

«Lleva, ilustre monarca,» le decía:

XCVIII.

«Lleva esta copa, de labores rica

(Que del Olimpo el reinador, no en vano

Con esa aparición me significa

El honor que te debo soberano):

Mi anciano genitor te la dedica;

Recíbela, don suyo, de mi mano:

V I R G I L I O

204

A él el tracio Ciseo antes la diera

Insigne prenda de amistad sincera.«

XCIX.

Dice; y ciñe a su sien envejecida

Verde rama, y triunfante le pregona.

A Euritión, que disputar no cuida,

Cual pudo, muerta el ave, la corona,

Premió inferior a Acéstes. Enseguida

Al que nudos deshizo galardona;

Y a aquel con recompensa honra postrera

Que la flecha en el palo hincó primera.

C.

Enéas, no el cértamen concluído,

Llamado había al de Epito a su lado,

Tutor del tierno Yulo, y a su oído,

Fiel a secretos, confió un recado:

«Vé, corre; a Ascanio dí que si instruido

Tiene y a la carrera adeliñado

Su escuadrón de muchachos, más no tarde,

Y honre al abuelo con vistoso alarde.»

CI.

Él mismo a la esparcida concurrencia

Manda dejar los campos escombrados:

Llegan ya, y con gallarda continencia,

En caballos del freno bien guíados,

Avanzan de sus padres en presencia

Niños de hoja menuda coronados;

Y al verlos desfilar, rumor que halaga

A un tiempo en ambos pueblos sordo vaga.

CII.

L A E N E I D A

205

Dos de agreste cerezo jabalinas

Con punta herrada llevan todos ellos:

Aljaba al hombro, algunos: de oro finas

Cadenas caen de los ceñidos cuellos.

Despártense en tres bandas peregrinas,

Doce en cada una, los garzones bellos;

Y, en competencia igual de su edad tierna,

Ágil cada una un capitán gobierna.

CIII.

¿Veislo? mandando va su compañía,

Hijo, Polítes, tuyo, el pequeñuelo

Príamo, que del nombre se gloría

(Cual de él ítalos nietos) de su abuelo:

Monta un corcel de los que Tracia cría,

Gallardo, bicolor, que el duro suelo

Con alba mano denodado huella,

Y lleva en la alta frente alba una estrella.

CIV.

Por segundo caudillo Átis figura,

Claro abolengo vuestro, Acios romanos:

Iguales en la edad y la ternura

Andan Atis y Ascanio cual hermanos.

Llega éste al fin, primero en la hermosura,

En un potro de climas africanos:

A él la cándida Dido antes lo diera

Insigne prenda de afición sincera.

CV.

Los demás en sicanos pisadores

Vienen, del viejo Acéstes, cabalgantes.

Agólpanse en tropel espectadores

Troyanos, desfilando los infantes;

Y al ver a éstos de antiguos genitores

V I R G I L I O

206

Los semblantes copiando en sus semblantes

Que la esperanza y el temor demudan,

Con estruendo de aplausos los saludan.

CVI.

Luego que el circo hubieron recorrido

Tal que viese cada uno al que aguardara,

El de Epito de lejos un silbido

Dio de repente, y sacudió su vara:

A galope lanzándose, al chasquido,

Cada banda, del centro se separa;

Mas, no bien la segunda seña oída,

Vuelven, blandiendo el dardo, fácil brida.

CVII.

Y a hacer tornando lo que hicieron antes

Las cuadrillas se apartan, se avecinan;

Vueltas dan y revueltas elegantes;

Giros, tornos, enredan y combinan:

Y en juegos a combates semejantes,

Ya dan la espalda; ya a volver atinan,

Y amagando, venablos abalanzan;

Ya, hechas las paces, de concierto avanzan,

CVIII.

Como hienden delfines la onda fría;

Nadando, al mar Carpacio, en varios modos,

Cual marañada, inextricable vía

En la alta Creta con sus mil recodos

El laberinto pérfido tejía

Porque, en calando, se perdiesen todos;

Así los pequeñuelos se cruzaban

Y tal madeja, entrando, huyendo, traban.

L A E N E I D A

207

CIX.

Estas fiestas a imágen de batallas

Fue Ascanio el que en los campos italianos

Primero instituyó, cuando en murallas

Ciñó a Alba Lenga y protegió sus llanos.

Enseñados pudieron practicallas

Los Latinos, y luego los Albanos:

Hoy de Troya apellido el juego toma

Y el escuadrón que lo, ejercita en Roma.

CX.

Niño entonces Ascanio todavía,

Con esotros mozuelos sus iguales

Al glorioso abuelo estos hacía

Honores, si festivos, funerales:

Celebraba la alegre compañía

En los sículos campos juegos tales;

Mas trocó la Fortuna en un instante

Con torvo ceño el plácido semblante.

CXI.

Fue así que en ese medio, rencorosa,

Mal sanada la llaga que encubría,

Juno del Cielo a fris vaporosa

A las naves ilíacas envía:

A la húmida ninfa la gran Diosa

Impetu añade en la región vacía

Y del arco la adorna de colores,

Mientras vuelve en secreto sus dolores.

CXII.

Ella parte invisible, vuela aprisa,

Ve el inmenso concurso, tuerce al puerto;

Las anchas playas vacilante pisa

V I R G I L I O

208

Y todo siente estar mudo y desierto:

Al fin las damas de Ilion divisa

Que en cóncavo remoto, al mar abierto,

Honrando a Anquíses lágrimas le daban,

Y en el lóbrego mar la vista clavan.

CXIII.

Y así, con mustia faz y ojos inmotos,

Con una voz, la que el dolor les presta,

«Mares cruzamos ya,» dicen, «ignotos;

¡Oh, y cuánto de agua por salvar nos resta!»

Por lograr firme asiento elevan votos;

Hablar de un más allá, pesar les cuesta;

Y he aquí, mientras derraman sus querellas,

Iris astuta se desliza entre ellas.

CXIV.

Veste aérea y gentil fisonomía

Poniendo la Deidad, la frente anciana

De Beroe usurpó, que, esposa un día

Del ismario Doriclo, andaba ufana

Con su nombre, su prole y su hidalguía;

Y, entre ancianas ilustres falsa anciana,

«¿Qué aguardamos, ah míseras! » les dien:

«¡Pobre generación! ¡suerte infelice!

CXV.

»Fortuna impía del acero griego

Nos reservó para mayores males:

Cumplidos van, desde que a Troya el fuego

Devoró, siete Círculos añales:

La tierra hemos corrido, el ponto ciego,

Y medido los cercos siderales

Y aún vamos por el mar, nao combatida,

A Italia que burlando nos convida.

L A E N E I D A

209

CXVI.

»Érice fraternal está presente;

Aquí Acéstes bondoso nos ampara;

Y podemos en base permanente

La Patria restaurar. ¡Oh Patria cara!

¡Oh Dioses rescatados vanamente!

¡Qué! ¿y nunca el patrio muro, nunca un ara

Troyana hemos de ver, ni un Janto amigo?

¡Venid! ¡Las naves incendiad conmigo!

CXVII.

»Yo en sueños ví que antorchas esgrimia

La sombra ilustre de Casandra fiera,

Y, «A Troya aquí reedificad!» decía:

«Ésta, ésta es nuestra patria verdadera.»

No consiente demoras, a fe mía,

Tan gran visión, ni la ocasión da espera.

He aquí ofrezco a Neptuno cuatro altares:

¡Hachas dános y ardor, Dios de los mares!»

CXVIII.

Dice, y de fuego resplandece armada;

Alza la mano, y de piedad desnudo

Flamígero tizón lanza a la armada;

Pásmanse todas con asombro mudo.

Pirgo, entre ellas en años avanzada,

Que a la prole de Príamo fue escudo,

Nodriza a tantos hijos oficiosa,

«No es de Doriclo,» dice, «no, la esposa;

CXIX.

»Ni es ser mortal, matronas, lo que veo:

Notad de insigne majestad señales,

V I R G I L I O

210

El porte, de la vista el centelleo,

Voz divina y fragancias celestiales.

La retea Beroe su deseo

De hacer a Anquíses honras funerales

Con nosotras aquí, distante ahora

(Yo enferma la dejé) frustrado llora.»

CXX.

Ellas perplejas a la flota en tanto

Revuelven maliciosas las miradas:

El interpuesto mar les causa espanto,

Mas las llaman regiones anunciadas.

Oscilan entre amor y deber santo,

Cuando fris de repente a sus miradas

Toma vuelo, y una ala y otra ala,

Trazando un arco inmenso, abre e iguala.

CXXI.

En frenesí convierten sus arrojos

Con la visión espléndida las damas:

Teas clamando lanzan, y, despojos

Del consagrado altar, hojas y ramas:

Van ministros de estrago los manojos;

Y dando rienda a las voraces llamas

Remos trepa y escálamos Vulcano,

Cruje y las gayas popas lame ufano.

CXXII.

Llevó al anfiteatro y sepultura

Santa de Anquíses, la noticia Eumelo;

Vuelven luego a mirar, y en nube oscura

Ven trémulas pavesas ir al Cielo.

Tuerce al campo de horror y desventura

De su alegre carrera Ascanio el vuelo;

L A E N E I D A

211

Con vano afán por detenerle, al paso

Salen sus ayos con aliento escaso.

CXXII.

Y él, «¡Desgraciadas! ¿qué furor extraño,

Qué error,» les dice, «os precipita ciego?

¿Pensáis que a argivos campos haceis daño?

¡Oh, a vuestras esperanzas pegáis fuego!

Yo vuestro Ascanio soy: ved si os engaño.»

Dice, y el morrión, disfraz del juego,

Deposita a sus plantas, y les muestra

La faz amiga y la inocente diestra.

CXXIV.

En pos de Ascanio presurosos tiran

Su padre mismo y los demas Troyanos.

Mas ya las tristes en lo que hacen miran,

Y a ocultar su vergüenza, por los llanos

Que extiende la ribera, mustias giran

Huecas peñas buscando: a sus hermanos,

Vueltas en sí conocen, y les pesa,

Libres de Juno, de la aleve empresa.

CXXV.

Pero el voraz incendía, aún no contento,

Sus indómitos ímpetus no afloja:

De las húmedas tablas el asiento

Arde estoposo, y grueso humo arroja;

Consume las carenas fuego lento:

Vana es la onda esparcida que las moja,

Ni hay ya luchar con la arraigada llama,

Cuando he aquí suplicante el Rey exclama:

CXXVI.

V I R G I L I O

212

«¡Oh Júpiter supremo! Si de humanos

Males, cual usas, aún piedad hoy tienes;

Si no en uno maldices los Troyanos,

Esta última porción de nuestros bienes

Salva de azar cruel, fuegos insanos:

Mas si a muerte merezco me condenes,

Destruye de una vez nuestra esperanza,

Y húndame el rayo aquí de tu venganza!»

CXXVII.

Rasgado de sus hombros el vestido

Y ambas las manos extendiendo al Cielo,

Así Enéas con férvido alarido,

O muerte o salvación pide en su duelo;

Y aún bien no hablara, cuando nublos vido

Conque el aire oprimir amaga al suelo;

La esfera en un momento se ennegrece,

Ronco trueno las cumbres estremece.

CXXVIII.

Y ya sin más tardar, de los collados,

Acompañados del fragor del viento

Rios descienden a inundar los prados

Furiosos con hinchado movimiento:

Ciego a los buques va medio abrasadas,

Las popas cubre el rápido elemento,

Y oprimiendo el vapor, que al fin apaga,

Libra las naves de la peste aciaga.

CXXIX.

Cuatro había el incendio devorado:

Con cuyo acerbo caso que intimida,

Enéas vacilante, acobardado,

No sabe por cuál rumbo se decida:

L A E N E I D A

213

Si en Sicilia su nido asiente, al hado

Mal sumiso, que lejos le convida,

O si a Italia persiga, al hado atento;

Y la duda tenaz le da tormento.

CXXX.

Náutes entonces, venerable anciano

Por la tritonia Pálas adivino,

A quien ella dotó con larga mano

De ingenio insigne y de infalible tino,

Interrogado respondió, no en vano,

Ya sobre muestras del furor divino,

Ya lo que el hado inevitable ordena,

Y al héroe hablando, su inquietud serena:

CXXXI.

«¡Hijo de Diosa! al fin llegar porfía

Que una vez y otra vez marcó tu sino.

Tenaz luchando un día y otro día,

Vencerás los rigores del destino.

Ahí Acéstes está que se gloría

De su origen superno: en tu camino

Te de su luz, y a su favor sincero

Los restos fia del estrago fiero.

CXXXII.

»Quienquier de tu alta empresa lleve enfado,

Las matronas, cansadas de los mares,

Los ancianos; en fin, cuanto a tu lado

Mezquino, flojo, inválido notares,

Quede todo de Acéstes al cuidado:

Funden ellos aquí muros y altares,

Y de Acéstes merced, de Aceita el nombre

Al nido que afiancen, grato asombre.»

V I R G I L I O

214

CXXXIII.

Alentó el sabio al Rey; mas le destroza

Con nuevas dudas que a su mente inspira.

Y ya la húmida Noche en su carroza

Que negra copia de caballos tira,

Ocupa el firmamento. En esto goza

Ensueño seductor el héroe, y mira

La apariencia bajar del padre amado

Que a hablarle empieza con benigno agrada:

CXXXIV.

«Hijo, más caro que mi propia vida

Mientras las auras respiré vitales;

Tú, a quien prueba Fortuna encrudecida,

A partir de Ilion, con tantos males!

Jove en tu auxilio de enviarme cuida;

Jove, que de las sedes celestiales

Del afán se conduele que te aqueja,

Y el voraz fuego de la flota aleja.

CXXXV.

»Vé, y cumple sin temblar las prevenciones

Que anciano consultor te hace sinceras:

Flor de mancebos, recios corazones

Llevar debes de Italia a las riberas:

Allí con tus valientes campeones

Gentes has de postrar duras, guerreras:

Mas antes avendrá que te regales,

Bajando a las moradas infernales.

CXXXVI.

»Harás, en pos de mí yendo, hijo mío,

Cruzando el hondo Averno, oficio grato

L A E N E I D A

215

Que yo no habito el Tártaro sombrío,

Mas los campos Elíseos rnoro y trato,

Deliciosa comarca, gremio pio:

Una maga de púdico recato,

Si hartas víctimas negras inmolares,

Te llevará a los místicos lugares.

CXXXVII.

»Y la prole y ciudad que te destina

Fortuna, entonces mirarás presente.

Mas ahora, adios: la Noche ya declina.

Y con soplos me acosa el Oriente

De sus potros fogosos, que avecina.»

Así hablaba la sombra, y de repente

Húrtase al hijo y a su amante empeño

Cual humo vano o fábrica de un sueño.

CXXXVIII.

Y él, «¿Por qué de mis brazos se desliza,

Tu imágen? ¿no te curas de mi ruego?

¿Huyes? ¿me dejas?» clama; y la ceniza

Resucitando incontinente, el fuego

Que aletargado dormitaba, atiza:

Sacra masa y colmado incienso luego

Al Dios ofrece que a su pueblo ampara,

Y humilde a la alma Vesta honra en el ara.

CXXXIX.

Consumó el sacrificio, y convocados

Sus amigos, Acéstes el primero,

Repite los oráculos sagrados

De su padre, de Jove mensajero;

La voluntad pronuncia de los hados

Y su propia intención franco y sincero:

V I R G I L I O

216

No hay a sus planes quien demoras teja;

Acéstes coronarlos aconseja.

CXL.

Madres se alistan que en los nuevos techos

Fundar asientos de familias deban:

Quédanse a par cuantos vulgares pechos

De grandes cosas ambición no llevan.

Tostados bancos, mástiles deshechos,

Vuelan los otros a mudar; renuevan

Remos, jarcias, con mano diligente;

Número escaso, mas resuelta gente.

CXLI.

Marca el troyano Rey con el arado

De la ciudad el ámbito; sortea

Los solares del campo rodeado

Para edificios, y esto manda sea

Troya, y eso Ilion. Alborozado,

Cordial troyano, Acéstes, a la idea

Del nuevo reino, tribunal y plaza

Designa, y al Senado fueros traza.

CXLII

Luego a Venus, Idalia, venerada

De su pueblo, en el vértice Ericino

Dedica, por pacífica morada,

Un templo de los astros convecino:

De Anquíses al sepulcro hace se añada

Culto, y ministro, y bosque peregrino;

Y banquetes ordena, y alegrías,

Y piadosos oficios nueve días.

CXLIII.

L A E N E I D A

217

Ya llegaba el momento: el Austro insistia

Convidando a la mar blanda y serena:

Alzase lloro femenil, y triste

La corva playa con lamentos suena:

En el abrazo último resiste

Amor a desatar dulce cadena:

Las madres mismas que la mar temían,

Ni aún la osaban nombrar, partir querrán.

CXLIV.

Cuantos han de quedarse, en sus fatigas

Parte al troyano Rey piden ahora:

El con palabras los consuela amigas,

Hijos a Acéstes los entrega, y llora.

Manda a las Tempestades enemigas

Matar una cordera; a Erice adora;

Tres becerros también manda le maten,

Y que en orden los cables se desaten.

CXLV.

Yérguese él en la prora, coronado

De hojas menudas de sagrada oliva:

Un vaso empuña, al piélago salado

Intestinos arroja, y néctar liba

En popa aura terral hiere de grado

Alejando las naves de la riba;

Bogan el remo, y al batir contino

Cubren de espuma el líquido camino.

CXLVI.

No halla en tanto a su afán Venus sosiego

Vuela a Neptuno, y «El que Juno abriga

Odio irreconciliable, » gime, «al ruego,

Neptuno ilustre, a descender me obliga;

V I R G I L I O

218

Que no su ira cruel, su rencor ciego

Amansan años ni piedad mitiga,

Ni lo que ordena el hado a Jove manda

Su indómita ambición quiebra ni ablanda.

CXLVII.

»Eterno es el furor que su alma siente;

Que no bastó a su cólera sombría

Baber talado, la ciudad potente

Que en la ancha Frigia dominaba un día,

Ni arrastrar las reliquias de su gente

Por senda de martirio. Todavía

Al pueblo hundido en perseguir no cesa

En sus huesos nadantes y pavesa!

CXLVIII.

»La causa ella sabrá de tanta saña:

Yo sé, y las ondas líbicas tú mismo

Viste cómo a manera de montaña

Encrespó amenazando cataclismo;

De Eolo en el favor fió; se engaña;

Mas era su intención cielo y abismo

En uno confundir; y así la impía

Insolente tus reinos invadía.

CXLIX.

»Hoy, ¡qué horror!a las hembras roba el tino,

Y las naves ardiendo a los Troyanos,

Fuerza a Enéas, cerrándole el camino,

A dejar en destierro a sus hermanos.

Haz siquiera que al Tibre laurentino

Estos últimos restos lleguen sanos,

Si ya al muro las Parcas prometido

No han de negarles; si lo justo pido.»

L A E N E I D A

219

CL.

Respondió el Dios que el ponto señorea:

«Pon confianza en el imperio mío,

Que en mis reinos naciste, Citerea,

Y ya a Enéas mostró mi afecto pio:

Yo mil veces, por él, si el mar ondea

Las nubes conjurando a estrago impío,

Serené la amenaza; y no hice menos

En tierra que del piélago en los senos.

CLI.

»Janto y Símois me saquen verdadero:

Cuando Aquíles con furia impetuosa

Por la espada inmoló tanto guerrero

Que contra el muro de Ilion acosa;

Cuando, enfrenando su ímpetu ligero

El álveo, que en cadáveres rebosa,

El Janto por las márgenes gemía,

Ni hallar lograba hacia mis reinos vía;

CLII.

»Yo a tu hijo entonces arranqué a la muerte

En nube con que entorno le rodeo,

Viéndole menos bienhadado y fuerte

Combatir con el hijo de Peleo;

Ni vacilé en librarle de esa suerte

A pesar del furor de mi deseo,

Que hundir yo ansiaba la ciudad perjura,

Ya (¡mal pecado!) de mi mano hechura.

CLIII.

»¿Qué dudas, pues? ¿qué temes por Enéas?

Yo lo mismo que entonces, ahora siento:

V I R G I L I O

220

El al puerto de Averno que deseas

Llegará con su gente a: salvamento:

Habrá sólo uno que anegarse veas,

Escogido holacausto.» Así el aliento

Neptuno a Venus vuelve; y ya bizarro

Con arreos de oro orna su carro.

CLIV.

Pone a los brutos el bañado freno,

Dales con fácil mano suelta brida,

Y por el mar, magnífico y sereno,

En su carroza va de azul teñida:

Tiéndese igual sobre el materno seno

Bajo el eje tonante la onda erguida,

Y cuanto nublo encapotó la esfera

Su fuga por los aires acelera.

CLV.

Acompañan en torno al Dios marino

Grandes cetos y rápidos tritones;

Glauco y su coro, y Palemon de Ino,

Y Forco y sus revueltos escuadrones:

Hienden a izquierda el reino cristalino

Las hijas de sus húmidas mansiones;

Talla allí, Cimódoce campea,

Tétis, Melite, y blanda Panopea.

CLVI.

En la mente de Enéas indecisa

Bullen en tanto imágenes amenas:

Manda arbolar los mástiles aprisa

Y las velas tender por la entenas:

No hay, lonas al izar, mano remisa;

Ya a este, lado, ya a aquél las sueltan llenas;

L A E N E I D A

221

Tuercen cabos, retuércenlos a una;

Mueve mientras la escuadra aura oportuna.

CLVII.

Palinuro adelante firme guía

La flota, que a su espalda se aglomera:

Marchan, y a la órden obediente, fia

Cada nave en la nave delantera.

Casi la vaporosa Noche había

Tocado a la mitad de su carrera;

Y al pie del remo, de temor seguros,

Duermen los nautas en los bancos duros.

CLVIII.

Dejó en esto las célicas regiones

Ligero un Sueño que las sombras hiende;

Mudo vuela, y fatídicas visiones

Trayendo, ¡oh Palinuro! a tí desciende:

Sentado en la alta popa, las facciones

De Fórbas toma, y seducirte emprende:

¡Mísero! que con voces de dulzura

Ya el falso diosecillo te conjura:

CLIX.

«¡Hijo de Yasio, Palinuro mío!

Mira cómo resbala blandamente

Llevado de las ondas el navío;

¡Qué propicio que espira el manso ambiente!

Un rato al soporífero rocío

Inclina ya la fatigada frente;

Hora es de descansar: duerme sin miedo,

Que yo en tanto por tí velando quedo.»

CLX.

V I R G I L I O

222

Alzó el otro los, párpados apenas

Y dijo: «¿Lo que vale la semblanza,

Quieres que olvide yo, de olas serenas?

¿Que ponga en monstruo aleve confianza

Pretendes por ventura? ¿Me encadenas

Porque entregue mi Rey a la mudanza

De mar y viento, de quien tantas veces

Probé las veleidades y dobleces?»

CLXI.

Dice, e inmóvil se afianza, y traba

Del gobernalle con ahincado empeño;

Mira a los astros, y en los astros clava

Los mustios ojos resistiendo al sueño.

Mas ya una y otra sien le golpeaba

El Dios con su balsámico beleño

En las aguas del Lete humedecido,

Y los ojos le anega en alto olvido.

CLXII.

No bien los miembros el sopor le afloja

Cuando el sueño sobre é1 se precipita;

Mas no del gobernalle le despoja

Ni de su asida posición le quita,

Antes al mar con el timón le arroja

Y aún parte de la popa: llama, grita

Cayendo el triste; nadie oyó su acento;

Y el Dios aleteando huye en el viento.

CLXIII.

Segura, empero, prosiguió la flota

Del favor de Neptuno protegida.

Mas he aquí ya se acercalen su derrota

A la roca, otro tiempo tan temida,

L A E N E I D A

223

De las Sirenas, que la mar azota,

De albos huesos de náufragos guarida;

Y lejos con monótonos bramidos

Resuenan los escollos combatidos.

CLXIV.

Notó Enéas entonces que a la armada

Falta el piloto y perecer podría;

Y con mano acudiendo acelerada

La noche toda él mismo el timón guía;

Y entonces exclamó con voz ahogada:

«¡Pobre amigo! ¡fiaste en demasía

De cielo bonancible y mar serena;

Yacerás insepulto en triste arena!»

V I R G I L I O

224

LIBRO SEXTO.

I.

Así hablaba y lloraba juntamente.

Ya, riendas dando, por el mar navegan,

Y a las costas de Cúmas (cuya gente

De Eubea vino) sin tardanza llegan.

Tornan proas al mar: con tenaz diente

La ancla fija el bajel, y a tierra apegan

Las corvas popas, que en la orilla alzadas

La bordan de colores variadas.

II.

Ledos embisten en hesperia tierra:

Quién hiere el pedernal, que en sus entrañas

De la llama los gérmenes encierra;

Quién penetra las ásperas montañas

Y leños corta, o por su seno yerra,

Intrincada guarida de alimañas,

Y vuelte, y dando de placer señales

Enseña los hallados manantiales,

III.

Mas Enéas piadoso a las alturas

En que Apolo descuella, se encamina,

Y las cuevas recónditas, oscuras,

L A E N E I D A

225

Busca de la terrífica adivina

Que, inflamada del Dios, cosas futuras

En estro rebosando vaticina:

¿Veisle? entrando con otros va derecho

Ora el bosque avernal, ya el áureo techo,

IV.

Dédalo de comarcas sanguinosas

Huyendo, es fama, y del furor de Mínos,

Fiarse osó con alas vagarosas

A los reinos del aura cristalinos:

A la región helada de las Osas

Su vuelo por insólitos caminos

Tendió, y moviendo las nadantes, plumas,

Fue en el alcázar a parar de Cúmas.

V.

Por vez primera allí devuelto al suelo,

Grato, Apolo, al favor, logró ofrecerte

Sanas las alas que bogó en su vuelo

Y un templo dedicarte hermoso y fuerte.

En las puertas, de Andrógeo el fin, el duelo

Grabó de los Cecrópidas, que a muerte

Siete hijos tributaban cada un año;

La urna ciega allí está do sale el daño.

VI.

Enfrente, en medio al mar, se representa

Creta: allí lo cruel de sus amores,

Del toro esclava, Pasifae ostenta;

Monumento de estúpidos furores

Allí el biforme Minotauro asienta

La planta; con sus vueltas, sus errores,

Incierto entorno el laberinto gira,

V I R G I L I O

226

Y a la amante princesa horror inspira.

VII.

Cediendo de la triste a la porfía,

Allí Dédalo mismo de Teseo

El paso indocto con el hilo guía:

Ícaro, y tú también lograras, creo,

Insigne asiento en la áurea galería;

Mas de padre el dolor ganó al deseo

Del artífice audaz, que, el brazo alzando,

Caer dos veces le dejó, llorando.

VIII.

Enéas con su gente asaz tuviera

En cada cuadro la mirada fija,

Si, enviado adelante, no volviera

Turbando Acátes su atención prolija:

Con Acates, graciosa compañera,

Deífobe llegó, de Glauco hija,

Intérprete de Apolo y de Diana;

Que vuelta al Rey de la nación troyana,

IX.

«No es sazón de admirar primores

Le dice: «importa que inmolar decidas

De grey vacuna siete recentales

Y a par siete ovejuelas escogidas.»

Esto dijo: Troyanos principales

Van a cumplir las ordenes oídas;

Y mostrándoles sigue ella el camino

Al elevado templo Sibilino.

X.

Hay en la roca eubea un lado hendido,

L A E N E I D A

227

Antro de cien entradas y cien puertas

Que cien voces arrojan con ruido,

De la eculta Deidad respuestas ciertas.

Cuando llegaban al umbral temido,

«¡Tiempo es que el ruego a consultar conviertas

Tus hados, huésped!» la doncella exclama;

Heaquí el Dios, he aquí el Dios! mi mente inflama.»

XI.

Estola virgen pronunció en la entrada

De la inmensa caverna: en ese instante

Tartamudea, la color mudada,

Crespo el cabello, atónito el semblante:

Enfurecida, aérea, agigantada,

Hínchale el Dios el seno jadeante,

Y ya llena del númen soberano,

Vibré puro su acento aún más que humano:

XII.

«¡Enéas! ¿no será que al Númen santo

Con tus votos y súplicas regales?

No han de abrirse a tus pasos entretanto

Del pavoroso templo los umbrales.»

Calló: los Teucros con glacial espanto

Oyeron resonar palabras tales,

Y postrándose el Rey, con hondo acento

Oro así en religioso arrobamiento:

XIII.

«Febo, que de infortunios y pesares

De los hijos de Troya te apiadas;

Tú que al cuerpo del de Éaco, de Paris

Las flechas dirigiste enherboladas:

Salvo, merced es tuya, hendí anchos mares

V I R G I L I O

228

Que a ceñir van regiones apartadas;

Yo he cruzaclo las costas africanas;

Yo las hórridas sirtes vi cercanas.

XIV.

»Hoy piso en fin el límite italiano,

Tierra de promisión que antes huía;

¡Así el signo maléfico troyano

Haya hasta aquí llegado en su porfía!

Y ¡oh cuantos con furor visteis insano

Crecer la gloria de mi patria un día!

¡Dioses todos y diosas! sin enojos

Volved ya en fin a Troya vuestros ojos!

XV.

»Y ¡oh tú que en siglos ves aún no llegados,

Santa sacerdotisa! (yo no pido

Imperio no ofrecido por mis hados)

Da a mis Teucros gozar reposo y nido

Con los Dioses de Troya fatigados;

Y a Hécate y a Apolo, agradecido,

De mármol fundaré templo y altares

Y fiestas en su honor apolinares.

XVI.

»Tú en mi reino también ilustre asiento

Tendrás, y tus sagradas predicciones

Guardando con solemne acatamiento,

Tu culto servirán dignos varones.

Mas oye: a la merced irán del viento

Tus palabras si en hojas las dispones;

Canta tú misma lo que cierto veas.»

Aquí dio fin a su oración Enéas.

XVII.

L A E N E I D A

229

En tanto la Sibila aún se subleva

Por sacudir el númen que la oprime,

Y feroz se revuelve en la ancha cueva:

Fogoso corazón, labio que gime

El Dios le doma, que sobre ellos lleva

Hasta grabarla, inspiración sublime;

Y dan su voz en ecos las cien puertas

Todas a un tiempo sin esfuerzo abiertas.

XVIII.

Diciendo: «¡Oh tú hasta ahora libertado

De los riesgos del piélago marino,

Hoy de riesgos de tierra amenazado!

Venirá tu gente al reino de Lavino

(No temas, no, que lo revoque el hado);

Mas tiempo habrá que llore porque vino;

Guerras, ásperas guerras estoy viendo;

Miro al Tibre ondear, de sangre horrendo.

XIX.

»Otro Janto, otro Símois, y otra hogaño

Campaña cual la griega rigurosa

Verás, que el Lacio cría ya en tu daño

Otro Aquíles feroz hijo de Diosa;

Ni faltará a tu gente en suelo extraño

De Juno el odio que Jamas reposa;

Y en tanto, ¿qué ciudades, ni qué playas

Habrá infeliz, donde a rogar no vayas?

XX.

»Y otra vez bodas en foráneo suelo

Llorarán los Troyanos; y esa esposa

¡Cuánto traerá de afán! ¡cuánto de duelo!

¡A tí ya tus vasallos cuán costosa!

V I R G I L I O

230

Tú, hasta do el hado sufra, insta en tu anhelo,

Y lograrás, mudanza milagrosa,

Que antes que no otra, a próspero destino

Una griega ciudad te abra camino.»

XXI.

Tal desde su antro la Sibila fiera,

Con voz que infunde admiración y espanto,

Hechos desvuelve, edades acelera,

Y en sombras la verdad brilla en su canto;

Tal de su labio el ímpetu modera

El Dios que el corazón le aguija en tanto;

Mas serenada al fin su ira espumante,

A hablarle torna el héroe suplicante:

XXII.

«Aún no me has anunciado ¡oh virgen! nada

O nuevo,o imprevisto de mi vida.

Mas oye: si hay aquí al Averno entrada,

Si aqui está la laguna tan mida,

Con sobras de Aqueronte sustentada,

Concede que un favor solo te pida:

Mi padre anhelo ver; guía mi planta,

Y dígnate de abrir la puerta santa.

XXIII.

»¡Mi padre! Yo de en medio al enemigo

Entre llamas y dardos libertélo;

Yo le puse en mis hombros, y él conmigo

Fue dándome doquier fuerza y consuelo:

El fue en mis viajes mi mejor amiga,

El los rigores de la mar y el cielo

Con generosas muestras de osadía,

L A E N E I D A

231

Milagrosa en su edad, llevar solía.

XXIV.

»Y él, é1 me persuadió que reverente

Llegase, y suplicante, a tus umbrales:

¡Oh! del padre y del hijo juntamente

Te apiaden los trabajos inmortales;

Que tú eres, virgen santa, omnipotente,

Y de los negros bosques infernales

La pavorosa Hécate no en vano

El cetro aterrador puso en tu mano.

XXV.

»La prenda de su amor el tracio Orfeo,

Luego que hondo el Erebo la devora,

A salvar acertó, felice empleo

Haciendo de su cítara sonora:

Pólux, merced de enérgico deseo,

Librar logró al hermano a quien adora,

Y partiendo con él su ser divino

Pasa y repasa el lóbrego camino.

XXVI.

»Callaré de Teseo; del tremendo

Alcídes callo y su potente maza:

¡Yo, Yo también de Júpiter desciendo!»

Pronuncia el héroe, y al altar se abraza,

Otra vez la adivina respondiendo,

«Troyano hijo de Anquíses, de la raza

De los supernos Dioses procedente,

Oyeme,» dice, «y grábalo en tu mente.

XXVII.

V I R G I L I O

232

»Fácil es del Averno la bajada;

De día y noche a la región oscura

Patente está la pavorosa entrada;

Mas volver y elevarse al aura pura,

Esa es la parte trabajosa, osada:

Muy pocos a quien Jove con ternura

Vio, o que ardiente virtud,al Cielo eleva,

Vencieron, raza de héroes, la ardua prueba.

XXVIII.

»Cubren selvas espesas y sombrías

El centro del Averno; a la redonda

Carcomiendo el Cocito ciegas vías

Con su torpe caudal callado ronda.

Mas si forzar e1 Tártaro porfías

Y dos veces cruzar la estigia onda,

Si en esto gozas que a, otros acobarda,

Cómo has de comenzar escucha y guarda.,

XXIX.

»En medio de estas selvas donde moro

Oculto un ramo está que el tallo tierno

Tiene, y las, hojas trémulas, de oro,

Consagrado a la Juno del Infierno:

Cierra en su seno el fúlgido tesoro

Hojoso un árbol entra el bosque etexno,

Y de valles en torno guarnecido,

La amiga lobreguez le hurta al sentido.

XXX.

»Y nadie ya la subterránea ruta

Pudo emprender a do el amor te llama,

Si antes no desgajó la rica fruta:

La hermosa Proserpina esa áurea rama

L A E N E I D A

233

Apropiada a su gloria la reputa,

Y es el obsequio que entre todos ama:

Segado el tallo, el gérmen no, perece;

Retoña, y la áurea yema amarillece.

XXXI.

»Ve, y de alto en torno el árbol investiga

Con atenta mirada, y avistado,

Allá tiende la mano; que si amiga

La suerte rie, con sensible agrado

Al punto hará que el vástago te siga;

Pero si adusto te rechaza el hado,

No habrá fuerte segur ni ahincado empeño

Que el ramo aparte del materno, leño.

XXXII.

»Mas ¡ah! mientras al sacro umbral se inclina

Tu oído, atento al deseado indulto,

Un cadáver tus tropas contamina;

Fue tu amigo y le ignoras insepulto:

A honrarle ovejas negras Y¿ y destina:

Su cuerpo vé a librar de odioso insulto;

Y así, en fin, a estas lóbregas moradas

Bajarás, ho a vivientes franqueadas.»

XXXIII.

Cesó, y quedóse la adivina muda.

La medrosa caverna el héroe deja;

Mirando al suelo va, y acerba duda

Le roe el corazón. Con él se aleja

Acátes, fiel amigo: igual la aguda

Pena que a Enéas, al andar le aqueja:

¿Quién será, cada cual finge y cavila,

El que muerto nos canta la Sibila?

V I R G I L I O

234

XXXIV.

Hablando, pues, del mal que les espwa,

De dolor y ansiedad el pecho lleno,

Allá tirado en la árida ribera

Cadáver infeliz ven a Miseno:

Miseno, hijo de Eolo, a quien diera

Natura el arte de excitar al bueno

A los combates, y el guerrero bando

Llenar de fuego, su clarin tocando.

XXXV.

Él, cuando Troya, acompafiado habia

A H¿ctor: los campos él, de Héctor al lado,

Con su trompa y su lanza recorria

En la lanza y la trompa ejercitado;

DESPUÉS, cuando de la alma luz del día

H¿ctor fué por Aquíles despojado,

De Enéas al mandar el fl el guerrero

(Partido no inferior) puso-suacero.

XXXVI.

Mas ahora,~úe insensato en la ribera

Retaba al són de cóncava bocina

Al númen,que a emularle se atreviera,

Envidíando Titon su arte divina

(Si no miente la fama vocinglera)

Ahogóle en la espumosa onda marina.

Cercándole los suyos danle en tanto,

En ¿as sobre todo, amargo llanto.

XXXVII.

Y llorando-, el ságrado mandamiento

A.cumplir van, y fúnebres altares

L A E N E I D A

235

Con árboles a alzar al firmamento:

Van a una antigua selva, hondos hogares

De fieras: al herir de hachas violento,

Los fresnos y los pinos seculares

Vacilan, los hendibles robles gimen,

Y los olmos rodando el bosque oprimen.

XXXVIII.

A los suyos el héroe,'apercíbído

D.- iguales armas, guía en la faena

Con la voz y el ejemplo, y con gemido

Dice, el gran bosque al ver que en torno suena:

«Ya el presagio cruel está cumplido

En tí, amigo infeliz, ¡oh cruda pena!

¡Así a mis ojos se mostrase ahora

El árbol que áureos frutos atesora!»

XXXIX.

Así exhala plegarias y querellas,

Cuando a su vista, sobre el manso viento,

Llegan iguales dos palomas bellas

Abatiendo el suave movimiento

A posarse en el césped verde. En ellas

Mira Enéas atónito y atento,

Las mensajeras de su madre, y clama,

Con el acento del que espera y ama:

XL.

«¡Oh aves misteriosas! si camino

Abre el hado, marcadle con el vuelo;

Id al ramo que en torno peregrino

Con rica sombra ampara el fértil suelo!

Y tú en esta sazón, felice tino

Concede, ¡oh madre! y el favor que anhelo.»

V I R G I L I O

236

Calla; y qué auguren al picar la hierba,

O a do tiendan las aves, fijo observa.

XLI.

Hasta do el ojo va, la copia alada

Sigue el volar, sigue el volar rastrero;

Mas asomando a la hedionda entrada

De Averno, se alza en ímpetu ligero

Buscan las dos la copa deseada,

Y a un tiempo ocupan el feliz madero,

Do entre pardos verdores amarillo

El ramo desigual muestra su brillo.

XLII.

Como en: bosques que invierno heló, enverdece

El visco, y con la prole de que abunda,

No hija del árbol a que asido crece,

El tronco protector blondo circunda;

Tal la ráfaga de oro resplandece;

Tal, herida del aura vagabunda,

Treme y cruje la lámina divina

En medio allá de la copuda encina.

XLIII.

Del ramo inerte el Rey ase impaciente

Y vuela a, la mansión de la adivina.

Sigue entretanto la llorosa gente

Tristes honras haciendo en la marina

A la insensible víctima presente:

De maderas copiosas en resina,

Y duros troncos de que rajas llevan,

Ingente pira desde luego elevan.

XLIV.

L A E N E I D A

237

Y de mustias guirnaldas guarnecida

Y de rectos cipreses custodiada,

De adorno sobrepónenle enseguida

El limpio arnes y 1a desnuda espada.

En calderas de bronce recogida

Llegan agua a la lumbre aderezada,

Y antes de que las llamas lo consuman

E1 cuerpo helado lavan y perfuman.

XLV.

Unos, en medio del común gemido,

Le extienden sobre el fúnebre tablado,

De su lujosa púrpura ceñido;

Otros (¡penoso ministerio!) a un lado

Vuelto el rostro, por rito establecido,

Pegan la antorcha al féretro enlutado:

Viandas, incienso, aceite rebosante,

Todo el fuego lo envuelve en un instante,

XLVI.

Cuando en pavesas descansó la llama,

Corineo balsámica ambrosía

En las reliquias cálidas derrama,

Y a una urna de metal los huesos fia:

De noble olivo consagrada rama

Blandiendo leve, a los demas rocía

Con lustral aspersión que hace tres veces,

Llora, y pronuncia las finales preces.

XLVII.

El Rey, de gratitud y piedad lleno,

Manda erigir soberbia sepultura;

Y, «Al túmulo fijar,» les dice, «ordeno

Su clarin y su remo y su armadura.»

V I R G I L I O

238

Se hizo al pie de un peñón, que de Miseno

Recibió el nombre que inmortal le dura.

Enéas a cumplir vuela, tras eso,

El sagrado mandato en su alma impresa.

XLVIII.

Hay en aquel confin una honda sima,

Vasta caverna de escabrosa roca:

Negro bosque, que en torno se arracima,

Guarda, y medroso lago, la gran boca.

No impune el ave que revuele encima

El torpe aire con sus alas toca

Que en columna de fétidos vapores

Sale a infestar los cercos superiores.

XLIX.

Trajo allí el Rey de la troyana gente

Cuatro negros novillos, a quien riega

Con vino la, Sibila la alta frente;

Entre las astas elegido siega

Vellon cerdoso, que a la llama ardiente,

Don primerizo y breve pasto, entrega;

Y a Hécate a grandes voces llama, Diosa

En Cielo y en Averno poderosa.

L

Quién apresta al degüello la cuchilla;

Quién vasos llena en sangre que chorrea:

Enéas mismo con su espada humilla

Lucía cordera cuya piel negrea,

Porque la Noche, de furial cuadrilla

Madre, y su hermana al par, fácil le sea;

Inmolando después estéril vaca,

Tu númen, Proserpina, honra y aplaca.

L A E N E I D A

239

LI.

Nocturnas aras enseguida eleva

Al Rey estigio: enteras a la llama

De los novillos las entrañas lleva,

Y encima óleo abundante les derrama.

"Y he aquí, antes de rayar aurora nueva

Treme la tierra, su hondo seno brama,

Oscilan selvas y vecinos cerros,

Y en la sombra ulular se oyen los perros

LII.

Ya llega la Deidad. Con voz sonora

Grita la profetisa. .« ¡Huid, profanos!

Desamparad la selva; y solo ahora

Ven tú conmigo, ¡oh Rey de los Troyanos.

¡Ven, desnuda la espada vencedora,

Rodeado de alientos sobrehumanos!»

Dijo y hundióse: a su furente guía

Enéas con pie intrépido seguía.

LIII.

¡Oh los que de las almas inmortales

Tenéis, Dioses, el cetro y monarquía!

¡Cáos! ¡Flegeton! ¡Tinieblas sepulcrales!

¡Lugares de silencio y noche umbría!

¡Concededme salvar vuestros umbrales.

Y que al orbe revele la voz mía

Lo que ví, lo que oí, cuanto misterio

Guarda vuestro hondo, funeral imperio:

LIV.

Oparos bajo noche alta, desierta,

Cruzando iban, los dos, reinos vacíos

V I R G I L I O

240

Que allende yacen de la odiosa puerta:

Tal en bosques callados y sombríos

Al viajero señala senda incierta

Maligna luna con sus rayos fríos,

Cuando atristan el Cielo alas nublosas

Y hosca el color la noche hurta a las cosas.

LV.

Ante el mismo vestíbulo, manida

Hicieron las Congojas vengadoras,

Las Dolencias de faz descolorida,

Y tú, arada Vejez con ellas moras:

Dolor, Terror, Necesidad raída,

Hambre, que induce a criminales horas:

Todos ellos, terríficas figuras,

Guardan las fauces del Averno oscuras.

LVI.

Y el Trabajo, y la Muerte y compañero

El Sueño de la Muerte, su impía hermana,

Vense, avanzando hacia el umbral frontero,

Y malos Goces de la mente humana:

De las Furias los tálamos de acero

Allá están, Guerra atroz, Discordia insana:

Esta (¡qué horror!) con sanguinosas hebras

Crina en torno su frente de culebras.

LVII.

Lleno de años, con sombras halagueño

Convida un olmo en la mitad; y es fama

Que acude en derredor del firme leño

Aerio enjambre que el silencio ama:

Subsiste asido un mentiroso ensueño

En cada hoja fugaz de, cada rama;

L A E N E I D A

241

Y en torno hórridas fieras, monstruos viles

Tienen cabe las puertas sus cubiles.

LVIII.

Centauros hay allí; silbante y fiera

Hidra; Scilas biformes que el mar cría;

Briareo, el de cien brazos; la Quimera

Que de llamas armada desafía;

Con sus hermanas Górgona guerrera,

on sus iguales pestilentie Arpía.

Con tres cabezas Gerion gigante.

¿Quién habrá que los mire y no se espante?

LIX.

Sintió Enéas pavor: el fuerte acero

Esgrime osado, y con su punta amaga

Al escuadrón de monstruos, que severo

Llega delante o revolando vaga:

Que sombras son sin cuerpo verdadero

Prudente a tiempo le advirtió la maza.

Él, a no detener la voz su brío

Hiriera ciego el ámbito vacío,

LX.

Parte de allí para Aqueron camino

Vasto abismo que en lecho hondo de cieno

Hierve, y en el Cocito de contino

El arena descarga de su seno.

Guardián del territorio convecino,

El mustio rio y márgen inameno

El barquero Caron adusto cuida

Con ceño horrible y faz descolorida.

LXI.

V I R G I L I O

242

El cual sucia caer al pecho deja

La blanca barba; es fuego su mirada;

Cuélgale de los hombros rota y vieja

Con un nudo su túnica enlazada;

Con tardas velas y un varal maneja

El ferrugíneo barco en que traslada

Los muertos: es su edad, si bien anciana,

Vejez propia de un Dios, recia y lozana.

LXII.

Allí, nube de imágenes ligera,

Cuantos dejan del suelo las mansiones

Vuelan sobre la fúnebre ribera:

Austeras madres; nobles campeones;

Virgenes que en su dulce primavera

Segadas fueron; cándidos garzones

A quienes ya cabe la alzada pira

Lloró el padre infeliz que arder les mira,

LXIII.

Tantos van los espíritus y tales,

Como las hojas que en la selva, al hielo

De los últimos días otoñales

Ruedan precipitadas por el suelo;

O cual, climas buscando más geniales,

A traves de la mar en largo vuelo,

Del tiránico invierno desterradas,

Huir vemos las aves en bandadas.

LXIV.

Y he aquí la turba que llegó primera

Pasar quiere, antes que otros, lago allende;

Con vivo amor de la ulterior ribera

Esfuerza ruegos y las palmas tiende.

L A E N E I D A

243

Caron, de tanta multitud que espera,

Ya a éste toma, ya a aquel; a nadie atiende;.

Mas a muchos también, ¡desventurados!

Lejos rechaza de los tristes vados.

LXV.

Viendo el tropel, «¡Oh virgen veneranda!«

Dice asombrado Enéas-, «¿a qué llegan

A este rio las almas? ¿Qué demanda,

Esa gran multitud? ¿Por qué navegan

Ledos los unos hacia la otra banda,

Y éstos, exclusos, en dolor se anegan?

¿Qué los distingue? di.» Y así de prisa

Respondió la senil sacerdotisa

LXVI.

«Hijo de Anquíses, semidios troyano!

El lago Estigio y lóbrego Cocito

Mirando estás, por quien jurar en vano

Temen los Dioses como gran delito.

A éstos no honró, al morir, piadosa mano,

Turba doliente en número infinito:

Ese es Caron; trasporta a opuestos lados

Los que fueron en muerte sepultados.

LXVII.

»Ni el linde ingrato y aguas murmurantes.

Logran salvar las, ánimas que vagan

Desprovistas de honores, sin que antes

Enterrados en paz sus huesos yagan;

O cien años arreo andando errantes

Sobre esta zona, su esperanza halagan;

Y al cabo de ellos admitidas, vuelan

A ver, en fin, los sitios por que anhelan.»

V I R G I L I O

244

LXVIII.

Paróse con doliente fantasía

Enéas, y en la gente desechada

Ve a Leucáspis, ve a Oronte, antiguo guía

Del bajel licio en la troyana armada:

Con él salieron de Ilion un día,

Y bogando a par de él, a su mirada

Los hundió en crespas ondashustro impío

Que al nauta sacudió, volcó el navío.

LXIX.

He aquí de entre éstos viene Palinuro,

Aquel que en la reciente travesía

Por el líbico golfo, al mar oscuro

Cayó, cuando en mirar se embebecia

Los altos astros de temor seguro.

Así que Enéas en la niebla umbría

Reconció al llorado compañero,

Tornóse a condoler, y habló él primero.

LXX.

«¿Cuál Dios,» le dice, «Palinuro amado,

Ahogándote con mano traicionera

Te vino a arrebatar de nuestro lado?

Faltóme en cuanto a ti, por vez primera,

Fiel antes siempre Apolo a lo anunciado,

Prometiendo que salvo a la ribera

Deseada de Italia tocarías:

Mal coronó las esperanzas mías!»

LXXI.

La sombra respondió: «Ni fraudulento

Fue contigo el oráculo divino,

¡Oh hijo de Anquíses! ni en el mar sedienta

L A E N E I D A

245

Númen odioso a sepultarme vino.

Yendo yo, en vela, a mi deber atento,

Casual golpe en la popa sobrevino,

Y en medio de las ondas, sin soltalle,

Caí con el fiado gobernalle.

LXXII.

»Y juro por la negra mar, Rey mío,

Que, perdido el asiento, el timón roto,

Más que por mí cuidé que tu navío,

Privado de defens a y de piloto,

Mal pudiese del piélago bravío

Los golpes contrastar. Violento Noto

Tres noches borrascosas de ardua brega

Me arrastró lejos sobre la onda ciega.

LXXIII.

»Vi las costas de Italia al cuarto día,

Encumbrado por hórrida oleada:

Poco a poco nadaba, y salvo habría

Holdo, en fin, la playa deseada;

Mas, ¡triste! como a presa de valía

Me embiste horda feroz blandiendo espada

No bien de húmedas ropas agobiado

Trepaba, uñas hincando, agrio collado,

LXXIV.

»Hoy, desecho del mar, en sus riberas

Vientos me azotan. Por la luz del cielo

Y las auras que aún gozas placenteras,

Por tu hijo amado, y por su ilustre abuelo,

Si a éste das honras quede aquel esperas,

Tu invicta mano de tan grande duelo

En el puerto de Velia me redima

V I R G I L I O

246

Piadosa arena derramando encima.

LXXV.

»O ya, supuesto que, de Olimpo santo

Por favor especial, bajado hayas

A visitar los reinos del espanto

Y de tu madre encaminado vayas,

La diestra alarga, si merezco tanto,

Y arrástrame contigo a opuestas playas,

Porque al cabo, rendido de fatiga,

En muerte al menos reposar consiga.»

LXXVI.

Y dijo la adivina: «¿Estás demente,

Oh sombra temeraria? ¿Por ventura

Querrás el lago Estigio, la corriente

Pasar de las Euménides oscura,

Tú que no ostentas divinal presente

Ni gozas en la tierra sepultura?

¡Triste! no esperes a poder de ruegos

Los hados ablandar sordos y ciegos.

LXXVII.

»Mas escucha mi voz, y tus dolores

Consuela recordando anuncios tales:

Habrá de ancha región habitadores

Que, en fuerza de prodigios celestiales,

Tu sombra aplacarán, daránte honores,

Te alzarán monumentos sepulcrales;

Y el sitio, Palinuro, que te guarde

Hará por siglos de tu nombre alarde.»

LXXVIII.

Al son de estas palabras, un momento

L A E N E I D A

247

Mitigó Palinuro su agonía,

Y fuese, revolviendo el pensamiento

Que un país de su nombre se gloría.

Ellos siguen en tanto a paso lento.

Caron su barca a la sazon movía,

Y de en medio del lago divisólos

La muda selva atravesando solos.

LXXIX.

Y en recia voz prorumpe: «Tú, quienquiera

Que armado invades mis dominios, tente,

Y qué quieres, dí luego, en mi ribera.

Aquí en horror profundo eternamente

Moran los Sueños y la Noche impera:

No admite el bote estigio alma viviente;

Ni de atinado, si exenté, me loo,

Ya a Alcídes, ya a Teseo y Piritoo.

LXXX.

»En su abono, su origen sobrehumano

Mostraban, cierto, y generoso brío:

¡Ah, y aquel ante el trono del tirano

Fue el guarda a encadenar del reino umbrío,

Y temblando arrastróle con su mano;

Y estotros en furioso desvarío

Por robar nuestra Reina, ¿quién tal osa?

El tálamo invadieron de la Diosa!»

LXXXI.

En breves frases respondió prudente

La inspirada de Anfriso: «Insidías viles

No temas, no, que anide nuestra mente,

Ni armas contemplas a tu imperio hostiles:

El encovado can salvo amedrente

Con eternos baladros sombras miles:

V I R G I L I O

248

Hécate, sin temor de agravio impío,

Casta guarde el umbral del regio tío.

LXXXII.

»Y es que Enéas de Troya, a quien la fama

En piedad, en valor, no dio segundo,

Tan sólo el padre a ver que tanto ama

Viene al riñón del Érebo profundo:

Si eres sordo a tan bello amor, la rama

Mira en que justas esperanzas fundo.»

Y diciendo y haciendo, el tallo santo

Sacaba de los pliegues de su manto.

LXXXIII.

Al ver, tras largos años, que áureo brilla

El don que misterioso el labio nombra,

Manso el barquero su altivez humilla,

Cesa el debate, y con placer se asombra:

Tuerce el batel cerúleo, y a la orilla.

Vuelto ya, do saliera el londo escombra,

Las tenues almas,arrojando fuera

Que sentadas bogaban en hilera.

LXXXIV.

Recibe, en fin, la cavidad vacía

Al fuerte huésped. Rechinando opreso,

Ya anchas grietas al agua negra abría

Flaco el esquife para humano peso.

Mas el barquero con tenaz porfía

A par que a la Sibila, al héroe ileso

Trasporta, y abordando, le enajena

Sobre ovas verdes y movible arena.

LXXXV.

L A E N E I D A

249

Enfrente a do saltaron, guarecido

En la ancha gruta en que a placer se extiende,

El can trifauce con feroz ladrido

Los ámbitos atruena que defiende:

Viéndole que de víboras ceñido

Sacude el cuello y ya en furor se enciende,

Narcótico manjar con miel dorado

Echa la maga al monstruo espeluznado.

LXXXVI.

El cual tragó la torta engañadora

Con triple boca y con voraz garganta,

Y, largo cuanto el antro donde mora,

Le abate el sueño. Con ligera planta.

Aprovechando la oportuna hora,

A las puertas Enéas se adelanta,

Y traspone volando la ribera

Deaguas que nadie repasar espera.

LXXXVII.

En esto empiezan el común vagido

De almas de niños a sentir; las cuales,

Lejos, muy lejos del suave nido,

Sollozan de ese mundo en los umbrales:

De tierna infancia en el verdor florido

Negra un hora a los brazos maternales

Arrebatólos, y a la luz del Cielo,

¡Ay! para hundirlos en acerbo duelo.

LXXXVIII.

Están después los que, torciendo el fuero,

Testimonio falaz llevó a la muerte;

Mas no a sus puestos van sin que primero

Tornen sentencia a dar Justicia y Suerte:

V I R G I L I O

250

Mínos preside el tribunal severo;

La urna alcatoria agita; indaga, advierte,

Convoca al vulgo que delante calla;

Pesa los cargos, y las causas falla.

LXXXIX.

Arrepentidos yacen, enseguida,

Los que movidos de tedioso enfado

Quitarse osaron sin razón la vida.

Hoy, por volver al mundo, ¡con qué agrado

Trabajos y pobreza aborrecida

Subieran a sufrir! Lo veda el hado;

Cierra el Estigio el paso a sus suspiros

Con nueve vallas en oblicuos giros.

CX.

Tendidos campos se abren luego, aquellos

Que la fama llorosos apellida:

Los que doblaron al amor los cuellos,

Los que murieron de amorosa herida

Vienen allí; y entre sus mirtos bellos

El bosque cruzan que les da guarida,

Por veredas ocultas. ¡Ay! los hieren

Penas de amor que ni en la muerte mueren,

XCI.

Muéstranse al héroe entre la selva umbría

Fedra, Prócris; Erífile doliente,

Cuyo seno aún la llaga descubría

Que el hijo vengador abrió inclemente;

Evadne, Pasifae, Laodamía;

Cénis, mancebo un tiempo floreciente,

Y ahora, por decreto del destino,

Vuelto al sexo primero femenino.

L A E N E I D A

251

XCII.

En medio de ellas la fenicia Dido,

Su herida aún fresca, andaba en la espesura.

Cuando la hubo al pasar reconocido

Mal cierto Enéas en la sombra oscura,

Como el que alzarse entre nublados vido

La luna nueva, o verlo se figura,

Así a hablarle empezó con tierno acento

Y lágrimas que brota el sentimiento:

XCIII.

«¡Infeliz Dido! ¿Conque no mentía

En nuevas que me trajo funerales

La fama? ¿Tú empuñaste daga impía?

¿Yo causa hube de ser de tantos males?

Mas por todos los astros, Reina mía,

Te juro, y por los Dioses celestiales,

Y por estas mansiones justicieras,

Que partí a mi pesar de tus riberas.

XCIV.

»La férrea voluntad del Cielo santo

Que a esta abismosa eternidad me envía,

Lo mismo allá, con invencible encanto

Me arrancó de tu lado y compañía.

Ni pensé nunca que a delirio tanto

Te pudiese arrastrar la ausencia mía.

¡Mas ten! ¡vuelve! ¿a quién huyes? ¡Ley severa

Permite vernos por la vez postrera!»

XCV.

Tal dice el héroe a la infelice amante,

Por si en su ánimo airado tierno cava

V I R G I L I O

252

O amansa su mirada centellante;

Las razones el llanto entrecortaba.

Mas ella, vuelto el tétrico semblante,

Torvos los ojos en el suelo clava,

Y tanto muestra que la voz la toca

Cual si ya mármol fuese o firme roca.

XCVI.

Y de pronto indignada huye y se esconde

En la parte del bosque más espesa,

Entre acopados árboles, en donde

Al renovado amor que le profesa,

Siqueo como de antes corresponde.

Enéas, de piedad el alma opresa,

A la sombra siguió por trecho largo

Llorando para sí su lloro amargo.

XCVII.

Mas andando el camino, a los postreros

Campos llegaban cuya igual alfombra

Van a solas hollando los guerreros

A quien la fama por sus hechos nombra.

Entre los capitanes que primeros

Al paso Enéas encontró, la sombra

Vio del pálido Adrastro, vio a Tideo,

Vio al ínclito en la lid Partenopeo.

XCVIII.

Vio también los Troyanos que segados

En duras lizas los soberbios cuellos,

Fueron con llanto de la patria honrados,

Glauco, Medon, Trsíloco; y con ellos

Los tres hijos de Anténor afamados;

Y Polifétes, que tus dones bellos

L A E N E I D A

253

Honró, Céres; e Ideo, que aún regía

El carro y armas que rigiera un día.

XCIX.

Tantas, sombras al ver en larga hilera

Enéas, conociéndolas, suspira;

Mas a izquierda y derecha se aglomera

La multitud, que con pasión le mira;

Ni a su curiosidad satisficiera

Mirarle sólo, a detenerle aspira,

Y mil ánimas llegan voladoras

Con sus preguntas a tejer demoras.

C.

Entanto viendo al héroe, y la armadura

Del héroe, que cruzando centellea

El vacuo espacio de su estancia oscura,

Tiemblan los cabos de la gente aquea:

Tratan unos de huir, cual con pavura

Ya al mar lo hicieron en campal pelea;

Gritan otros, y a medias sólo acierta

Clamor tenue a exhalar la boca abierta.

CI.

Sigue; y he aquí, las manos mutiladas,

Llagado el cuerpo y con la faz hendida,

Ambas sienes de orejas despojadas,

Y rota la nariz con torpe herida,

Deífobo se ofrece a sus miradas;

Y al ver que triste, avergonzado cuida

De ocultar de su afrenta las señales,

Hablóle en tono amigo y voces tales:

CII.

V I R G I L I O

254

«¡Valeroso Deífobo, esperanza

De Troya, hijo de reyes! ¿Quién fue osado

En tí a ejercer insólita venganza?

¿Quién consumó tan bárbaro atentado?

Oí que de combate y de matanza

Aquella horrenda noche tú cansado,

Sobre enemigos que humilló tu acero

Caído habías a morir postrero.

CIII.

»¡Mísero amigo! Yo en la playa nuestra

Te alcé entonces funéreo monumento

Que aún hoy tus armas y tu nombre muestra

Tres veces te llamé con alto acento.

Mas ¡ay! ni verte pude, ni mi diestra

En suelo de la patria acogimiento

Mullir a tu ceniza.» Enéas dijo;

Y de Príamo así respondió el hijo:

CIV.

«Tú hiciste tu deber; yo estoy pagado

Y agradecido estoy. Suerte inhumana

Es la que me hunde en tan horrible estado

Y el crímen de la pérfida Espartana:

¡Éste, éste es de la pérfida el legado!

Recordarás en la alegría insana

Que pasámos la noche postrimera;

¿Quién no ha de recordarlo aunque no quiera

CV.

»Entonces, cuando el monstruo de madera

De armas grave los muros dividía,

Hembras ella ordenaba la primera

En libre danza y bulliciosa orgía;

L A E N E I D A

255

Y una antorcha blandiendo traicionera

Conque iba en torno al coro, falsa guía,

De la alta torre en nuestro daño ¡ay ciegos!

Señas hacía a los atentos Griegos.

CVI.

»Yo en mi tálamo infausto, sin cuidado

Ya al cansancio buscando dulce olvido,

Caí en brazos de un sueño regalado

A una plácida muerte parecido.

Mi noble esposa al punto de mi lado

Las armas de mi estancia sin ruido

Aleja: de mi lecho a la testera

Ella mi espada hurtó, fiel compañera;

CVII.

»Las puertas abre, y obsequiosa llama

A Menelao, por si de mal la eximen

Crímenes nuevos, y la negra fama

A absolver bastan del antiguo crímen:

El Eó1ida a par, que ardides trama,

Acude: salvan de mi alcoba el límen...

¡Dioses, si justas súplicas os mueven,

Lo que entonces probé los Griegos prueben!

CVIII.

»Mas ¿a que me detengo en mis pesares?

Tú aquí, es posible? y con vital aliento?

¿Juguete de los vientos de los mares

Vienes, o por divino mandamiento?

¿Qué toques de fortuna singulares

Te traen, el profundo apartamiento

A visitar de la región sombría

Que nunca vio la claridad del día?»

V I R G I L I O

256

CIX.

En medio, de estas pláticas, ligera

En su rósea cuadriga y gentil vuelo

La Aurora la mitad de su carrera

Traspuesto había por el alto cielo;

Y acaso el héroe consumido hubiera

En estéril hablar y acerbo duelo

El plazo volador, si no le echara

La virgen con afán su olvido en cara:

CX.

«Nosotros ¡ay! mientras la noche avanza,

Gastamos mudo el tiempo en lloro vano!

La senda aquí se parte, y en balanza

Está la suerte; de Plutón tirano

Lleva la diestra a la valiente estanza,

Y al encantado Elíseo: a izquierda mano

Caen los muros do la gente impía

En eterno sus crímenes expía.»

CXI.

«Perdón,» dice Deífobo, «si muevo

Tu enojo, profetisa soberana!

El número fatal que llenar debo

Torno a llenar doliente sombra y vana.

Tú ve en paz, gloriosísimo renuevo,

¡Oh luz, oh prez de la nación troyana!

Goza suerte mejor que fue la mía.»

Y así diciendo a su ángulo volvía.

CXII.

Tornó Enéas a ver, y a izquierda mira

Cerrada una ciudad de triple muro

L A E N E I D A

257

Al pie de una alta roca: en torno gira

Con lenguas Flegeton de fuego puro,

Y revuelca peñascos en su ira:

Frente, gran puerta, de diamante duro

Las jambas, cual ni de hombres quebrantado

Ni aún de Dioses lo fuera por la espada.

CXIII.

Férrea una torre despreciando el viento

Avánzase orgullosa: allí sentada,

Ceñida un manto de color sangriento

Guarda insomne Tisífone la entrada.

Ruido de barras, en aquel momento,

Y música de azotes despiadada

A oírse empieza, y voces de horror llenas,

Y el pesado arrastrar de las cadenas.

CXIV.

«¿Qué gritos de dolor hieren mi oído?»

Dice Enéas parándose asombrado:

«¿Quiénes llevan allí su merecido?

»¿Cuál es ¡ay! su suplicio y su pecado?»

Y la Sibila respondió: «No ha sido

Nunca a justos varones otorgado,

Magnánimo caudillo, entrar las puertas

Sólo al delito por la pena abiertas.

CXV.

»Mas yo, cuando los bosques infernales

Por Hécate guardaba, del espanto

Vi el reino y sus tormentos eternales:

Tiene el cetro el cretense Radamanto,

Que interroga a las almas criminales,

Castiga sus delitos, y de cuanto

V I R G I L I O

258

Ocultó hasta la muerte astucia fría,

A hacer les fuerza confesión tardía.

CXVI.

»Y, nunca de venganzas satisfecha,

Con la izquierda azuzando sus serpientes

Y del látigo armada la derecha,

Corre los sentenciados delincuentes

Tisífone a azotar, y los estrecha,

Llamando sus hermanas inclementes;

Y ábrense a devorarlos, y crujiendo

Giran las sacras puertas con estruendo.

CXVII.

»Contempla a la cruel, que allí se asienta

Y el vestíbulo guarda de ese mundo:

¿Qué, si vieses, abiertas las cincuenta

Negras fauces, el monstruo sin segundo,

La Hidra feroz que adentro guarda atenta?

Luego el Tártaro se abre, tan profundo

Al medio de su abismo, cuanto dista

El alto Olimpo de la humana vista.

CXVIII.

»Allí, humilladas las soberbias vidas,

Los antiguos engendros de la Tierra

Revuélvense en recónditas guaridas

A donde el rayo su ambición encierra:

Vi a par los dos enormes Aldidas

Que el Cielo con sus manos, ¡loca guerra!

Descargar intentaron, y en su encono

A Jove mismo derrocar del trono.

CXIX.

L A E N E I D A

259

»Vi allí también yacer, de angustias lleno,

A Salmoneo, por su error insano,

Que de Jove el relámpago, y el trueno

Quiso imitar de Olimpo soberano:

De cuatro brutos gobernando el freno.

Y antorchas sacudiendo con su mano,

A Elis cruzó, y en su triunfal camino

Culto pedía como a ser divino.

CXX.

»Fingir quiso el demente (¡mal pecado!)

Al sentar de sus potros con ruido

Los cascos, con el bronce golpeado,

Inimitable luz, sacro estampido:

Envuelto Joye en lóbrego nublado

Venablo duro le lanzó ofendido,

No humosa tea ni exhalada llama,

Y a la sima arrojóle donde brama.

CXXI.

»Yugadas nueve allí cubriendo yace,

Alumno de la Tierra creadora,

Ticio: el hígado eterno le renace,

Pasto al buitre cruel que le devora,

No le consume, y sus entrañas pace

Y fiero en lo hondo de su pecho mora:

Ni el corvo pico en el roer se amansa,

Ni de brotar la víscera se cansa.

CXXII.

»¿Qué, si a Ixion y Piritoo a cuento

Trajese? ¿o los que roca ven colgante

Pronta siempre a caer? Áureo aposento,

Plegalado festín miran delante;

V I R G I L I O

260

Mas la Furia mayor vela de asiento

Al lado, y como alguno se levante

Las mesas a tocar, corre, y vocea,

Y airada amaga con su horrible tea.

CXXIII.

»Allí gimiendo están los que al hermano

Profesaron, en vida, odio demente;

Los que hicieron ultraje al padre anciano.

Los que en fraude envolvieron al cliente;

Allí los solitarios que, la mano

Cerrada siempre al mísero pariente,

Sobre el oro enterrado hicieron nido:

Infame grey en número crecido.

CXXIV.

»Y allí aguardan castigo los que amores

Adúlteros pagaron con la vida;

Los que hicieron traición a sus señores;

Los que en guerra se alzaron fratricida:

No cures de su pena los horrores

Ni las causas saber de su caída.

Quién vuelca enorme risco; atado esotro,

Gira en rueda veloz, su eterno potro.

CXXV.

»Está sentado y en perpetuo duelo

Tesco lo estará.-Mirad si presta

La justicia ultrajar, reir del Cielo!

Flégias clamando a todos amonesta

Entre las sombras. El nativo suelo

Este por oro enajenó, funesta

Tiranía elevando: esotro puso

A precio de la ley uso y desuso.

L A E N E I D A

261

CXXVI.

»Y aún hubo ya con ciego desatiento

Quien de su hija el tálamo invadiera.

Todos formaron criminal intento

Y corona ciñeron en su esfera.

No si cien bocas yo, si lenguas ciento

Tuviese y férrea voz, contar pudiera

Las especies sin fin de los delitos,

Los nombres de las penas infinitos.»

CXXVII.

Así la anciana profetisa había

Hablado, y «¡Sús!» añade: «hora es precioso

Que el paso abrevies, y por esta vía

A cumplir tu deber vayas sumiso:

Los muros que los Cíclopes un día

Sacaron de su fragua, allá diviso;

Ya, bajó el arco que se eleva enfrente,

Las puertas veo de Plutón potente

CXXVIII.

»Vé; obsequios debes al dintel frontero»

Tal dijo, y con el héroe se adelanta,

Y el intermedio espacio, y el sendero

Sin luz, dejan atras con ágil planta.

Acércanse a las puertas: él primero

Entra el zaguan; con gotas de agua,

Casto los miembros a rociar atiende,

Y el áurea rama en el portal suspende.

CXXIX.

Puesto el don a la Diosa, y alongados

Del sitio, ya pisaban los amenos

V I R G I L I O

262

Jardines y los bosques fortunados

Donde con grande paz miran los buenos,

Abrense allí sobre inocentes prados

Tintos en rósea luz cielos serenos;

Regiones siempre iguales, siempre bellas,

Tienen su sol y tienen sus estrellas.

CXXX.

Aquéllos juegan en verjel florido;

Éstos combaten en la roja arena;

Otros saltan en coros, y el sonido

De sus cantos el ánimo, enajena:

El tracio vate, con talar vestido,

Los siete tonos de su lira suena,

Moviendo acordes con su voz canora

Ya el plectro de marfíl, los dedos ora.

CXXXI.

Brilla de Teucro allí la estirpe clara

Robustez ostentando y lozanía:

Egregios héroes a quien ver tocara

En siglo más feliz la luz del día.

A Ilo, a Asáraco, a Dárdano repara

Autor de la troyana monarquía,

Enéas, y armas lejos ve, y baldíos

Carros que honraron ya marciales bríos.

CXXXII.

Hincados por el campo ve lanzones,

Y que arrogantes la verdura pacen

Por acá y por allá sueltos bridones.

¡Oh! los que en mundo subterráneo yacen

No renuncian sus viejas aficiones:

Armas y carros sus delicias hacen

L A E N E I D A

263

Si armas, carros amaron: cuidan fieles,

Si los criaron ya, regios corceles.

CXXXIII.

Luego a izquierda y derecha, ve adelante

Los que a dulces festínes se abandonan

Tendidos en la hierba verdeante;

Los que en honor de Apolo himnos entonan

Intrincando los pasos en fragante

Bosque, a quien cimas de laurel coronan,

Donde brota y por selva amplia y risueña

Eridano soberbio se despeña.

CXXXIV.

Están allí los que a la patria amaron,

Y heridas por, la patria recibieron;

Allí los sacerdotes que guardaron

Austera castidad mientras vivieron;

Vates dignos que a Febo interpretaron;

Maestros que el vivir embellecieron

Con artes nuevas; los que haciendo bienes

Vencieron del olvido los desdenes.

CXXXV.

Todos éstos con ínfulas nevadas

Ceñidos van las sienes y cabellos.

Con los cuales confunde sus pisadas

La profetisa por sus campos bellos;

Y volviendo la voz y las miradas

A Museo ante todos, que alza entre ellos

Con majestad serena la cabeza

De muchos rodeado, a hablar empieza:

CXXXVI.

V I R G I L I O

264

«Oíd, almas felices, ruegos pios;

Y tú, máximo vate, ¿dó se esconde

Anquíses, por quien ya los grandes rias

Cruzamos del Erebo; dínos, dónde?

¡Ah! ¿qué sitios repuestos y sombríos

Nos le ocultan?» Museo la responde:

«Aquí moramos bajo hojosos techos,

Y son márgenes blandas nuestros lechos;

CXXXVII.

»Frescos prados tratamos por recreo,

Y a nadie se fijó mansión segura;

Mas pues tanto interes traer os veo,

Venid conmigo a la vecina altura

Y camino hallará vuestro deseo.»

Dice; ante ellos los pasos apresura,

Y horizontes de luz les manifiesta:

De ahí, descienden de la erguida cresta.

CXXXVIII.

En un valle cubierto de verdura,

Anquíses, en el fondo, atento vía

Guardadas almas que del aura pura

Subirán a gozar llegado el día;

Allí en sombra numera su futura

Cara prole, y mirando se extasía

La fortuna y valor hereditarios,

Glorias, triunfos, virtudes, lances varios.

CXXXIX.

Y viendo que hacia allá se, dirigía

Hollando Enéas el gramoso prado,

Abre Anquíses los brazos, de alegría

Lágrimas vierte y clama enajenado:

L A E N E I D A

265

«¿Conque venciste intransitable vía,

Hijo, a fuerza de amor? ¿Conque a mi lado

Hoy tornas? ¿Es posible que consigo

Verte, oirte, tocarte, hablar contigo?

CXL.

»Yoi tiempos computando, aqueste día

Fausto acercarse ví: cumplióse el voto.

¡Mas cuánta extraña tierra en tu porfía

Habrás medido, y cuánto mar ignoto,

Y qué de riesgos arrostrado, en vía

De confin tan profundo y tan remoto!

De los líbicos pueblos, hijo amado,

¡Cuánto temblé por tí funesto hado!»

CXLI.

Enéas contestóle en tal manera:

«Tu imágen veneranda, padre mío,

Siguiéndome doliente por doquiera,

Forzóme a visitar el reino umbrío.

Ocupan mis bajeles la ribera

Tirrena. Mas tú ahora, con desvío

No a mi mano, señor, robes la tuya;

No a mi abrazo filial tu cuello huya.»

CXLII.

Dice, y llorando, con amante empeño

Tres veces va a abrazar al padre anciano;

Cual humo huye la sombra o como sueño

Y él tres veces aprieta el aire vano.

Tornó a mirar, y un bosque vio risueño

En un valle repuesto comarcano:

Gárrulo bosque, plácido retiro

Que manso baña el Lete en blanco giro.

V I R G I L I O

266

CXLIII.

En torno vagan del durmiente rio

Gentes, pueblos, enjambres voladores,

Y cual abejas que en sereno estío

Rondan fugaces peregrinas flores,

Y a los lirios de cándido atavío

Asedían, confundiendo sus rumores,

Tal llenando de estruendo la campiña

La aérea multitud vuela y se apiña.

CXLIV.

Maravillado de la extraña escena,

Medroso Enéas a entender aspíra

Qué es aquella corriente tan serena;

Quién la infinita multitud que gira

A par del rio y sus florestas llena.

El padre Anquíses respondióle: «Mira:

Antiguas almas a quien guarda el hado

Nuevos velos corpóreos, nuevo estado,

CXLV.

»Esas son las que afluyen al Leteo

Y en raudal bienhechor beben olvido.

Tiempos hace, hijo amado, que deseo

Mostrarte mi linaje esclarecido

En estas sombras que delante veo,

Porque, absorto en destino tan subido,

De haber llegado a la que aún mal conoces,

Itálica región, conmigo goces.»

CXLVI.

«Mas ¿es creible que al sabido cielo«

Enéas contristado así murmura,

L A E N E I D A

267

«Alguna alma de aquí remonte el vuelo

Y a informar torne la materia oscura?

¡Mísera humanidad! ¡Qué inmenso anhelo

De vida y goces! ¡qué cruel locura!»

Anquíses acudiendo a su sorpresa,

Ordenadas razones así expresa:

CLXVII.

«Porque en luz de verdad tu mente aclares,

Hijo, escucha: En los cielos y en la tierra,

Y en las líquidas capas de los mares,

En la alba luna que inconstante yerra,

Y en el sol y en los grandes luminares,

Espíritu eternal dentro se encierra:

Todo hínchelo él, vago y profundo;

Alma y centro común, é1 mueve el mundo.

CXLVIII.

»Y en él tiene su origen el humano,

Y el bruto, el ave, y cuanto monstruo cria

En sus senos marmóreos Océano.

Centella celestial, ígnea energía

Vida a esos seres da, gérmen temprano,

En cuanto no los rinden a porfía,

El fardo de la carne, los mortales

Órganos y ataduras mundanales.

CLXIX.

»De ahí es que ansian y temen, y o padecen

O envueltos gozan ens u cárcel dura:

No ven la luz; ni quedan, si fallecen,

Limpios del todo de la mancha impura

De las miserias que al mortal empecen.

¡Pobres almas! la sombra en ellas dura

V I R G I L I O

268

De usos viles en años adquiridos

En su lucha y su unión con los sentidos.

CL.

»Por eso corren del dolor los grados,

Y vicios propios cada cual expía:

Hay unas que, purgando sus pecados,

Expuestas penden en region vacía;

Otras al fuego o en profundos vados

Residuos sueltan que la culpa cría:

Y así los Manes, por diversos modos,

Merecida pasión sufrimos todos.

CLI.

»Al Elíseo de ahí se nos envía,

A pocos alcanzamos los amenos

Campos de llena paz y alma alegría;

Que no se ganan por ventura, a menos

Que (cediendo a la, edad, llegado el día,

El postrer resto de hábitos terrenos)

El alma, redimida a la materia,

Torne a ser mente pura y lumbre aeria,

CLII.

»Consumados mil años, al Leteo

Almas acuden en tropel nutrido:

Arrástralas un Dios, porque el deseo

Nazca en ellas, envuelto en alto olvida,

De volver a vestir corpóreo arreo,

De subir a habitar terreno nido.»

Tal dice, y lleva al héroe y la Sibila

Entre el ruidoso pueblo que desfila.

CLIII.

L A E N E I D A

269

Y porque logre, al avanzar la hilera,

Ver de frente lo digno de memoria,

Le conduce a un collado, y, «Considera,

Hijo,» le dice, «la sublime gloria

Que a la raza de Dárdano le espera;

Oye los claros nombres que en la historia

Nos guarda Italia; entre futuras gentes

Mira pasar tus,dignos descendientes.

CLIV.

»Ese, de asta de paz y augusto porte.

Que a la luz va por suerte el más cercano,

Será el primero que a la vida aporte,

Con sangre mixta y con renombre albana

Mira, es Silvio: Lavinia tu consorte

A luz darále, de tu amor, ya anciano,

Póstumo don: le criará su madre

Rey en las selvas, y de reyes padre.

CLV.

»De, ahí en Italia empezará el reinado

De Troya. Honor de la Troyana gente,

Prócas luego aparece, y,a su lado

A Cápis ves y a Numitor presente;

Y al otro Silvio, a quien tu nombre añado,

Enéas, ya en virtudes eminente,

Ya en armas, si reinare en Alba un día:

¡Qué máncebos! ¡qué heroica bizarría!

CLVI.

»Contempla aquésos cuya sien serena

Asombra en derredor cívica encina

Cuáles de ellos a Gabía y a Fidena

Te alzarán, y la villa Nomentina;

V I R G I L I O

270

Y de ellos cuáles una y otra almena

Fundarán sobre, montes Colatina,

y a Pomocio y a, Inuo, a Bole y Cora;

Nombre a campos darán sin nombre ahora.

CLVII.

»Ve a Rómulo, hijo de Ilia, descendiente

De Troya, hijo de Marte, que al abuelo

Sigue; y mira ondear sobre su frente

Crestones dobles con gallardo vuelo:

Marca el padre, en,su noble continente

Su propia, alta misión. Por é1 al cielo

Levantará la frente pensadora

Roma, del orbe, militar señora.

CLVIII.

»La cual de siete alcázares murada,

Con viriles renuevos en que abunda

Rie, como en su carro alborazada

De Berecinto la Deidad fecunda

Por las Frigias ciudades torreada

Va, y su prole celeste la circunda:

Cien nietos que amamanta, y, queja adoran;

Todos son Dioses y entre Dioses moran.

CLIX.

»Los ojos torna: a tu nación atento

Contempla en Roma; a César mira; advierte

Los racimos de Yulo tu sarmiento,

Que a luz cabal predestinó la suerte.

Éste es, éste es el que una vez y ciento

Oíste a altos anuncios prometerte,

César Augusto, hijo de, un Dios, que al mundo

El áureo siglo volverá fecundo.

L A E N E I D A

271

CLX.

»Él a Italia honrará con tales dones

Cual ya Saturno; y llevará su imperio

Del Indo y Garamanta a las naciones,

Su valor fatigando al hemisferio;

Y abriránse a su paso las regiones

Que allende el Sol se embozan en misterio,

A do el cielo con astros rutilante

Rueda en los hombros del eterno Atlante.

CLXI.

»Ya ven los Caspios reinos su venida,

Por anuncios, con ánimo intranquilo;

Ya la tierra Meótica trepida,

Sus siete brazos estremece el Nilo.

Tigres guiando con pampínea brida

Y de Nisa impeliendo, excelso asilo,

Su carro victorioso, Baco empero

Llegar no pudo a ese último lindero.

CLXII.

»No corrió Alcídes mismo espacio tanto,

Aunque prendió con rápida saeta

La cierva pies de bronce, y de Erimanto

Impuso paces, en la selva inquieta,

Y el lerneo confin cubrió de espanto.

¿Y dudamos vencer adversa meta

Nuestra gloria ensanchando? ¿Harán temores

Que no hollemos la Ausonia triunfadores?

CLXIII.

»¿Quién es aquél que coronado asoma

De insigne oliva, y que con propia mano

V I R G I L I O

272

Ya sobre, si sacras ofrendas toma?

Su barba anuncia y su cabello cano

Al primer rey legislador de Roma,

Que de su humilde Cúres, aldeano,

Y de su hogar, desnudo, imperio grande

Saldrá a regir cuando el deber lo mande.

CLXIV.

»Tulo va en pos, que moverá a pelea,

La paz quebrando, a ejércitos vecinos

Ya al prez no usados que el valor granjea,

Y Anco después, que aún hoy en sus caminos

El aura popular vano desea.

¿O quieres ver los príncipes Tarquinos,

De Bruto vengador el alma fiera

Y los fasces que al pueblo recupera?

CLXV.

»Bruto duras segures el primero

Cobrará, y el honor del consulado;

Y al ver que nuevo plan traman guerrero,

El de la bella libertad prendado,

Muerte a sus hijos mandará severo.

En él vencieron (¡padre infortunado!)

Cualquier fallo que espere a su mernoria,

Amor de, patria y ambición de gloria.

CLXVI.

»Brillar Decios y Drusos vé lejanos;

Torcuato, que levanta el hacha impía;

Camilo, que del triunfo, con romanos

Rescatados pendones, se gloría.

Esas dos almas que cual dos hermanos

En sombra armadas ves, rayando él día

L A E N E I D A

273

¿Qué guerra no se harán? ¡Cuánto de estragos!

¡Qué grandes huestes y sangrientos, lagos!

CLXVII.

»De los Alpes el suegro se abalanza;

Convoca sus legiones de Oriente

El enojado yerno a la venganza.

¡Hijos! ¡no, hirais el seno a la inocente

Patria! mo eterniceis bárbara usanza!

¡Tú, el primero, de Olimpo procedente,

Oh sangre mía, de rencores libre,

No ya esa arma, cruel tu mano vibre!

CLXVIII.

»Aquél, cuando a Corinto a su talante

Haya tratado y al orgullo aquivo,

Al Capitolio correrá triunfante;

Éste, el país de Agamemnon nativo

Subyugará, y en Pérses arrogante

Verá a un nieto de Aquíles fugitivo:

Tales, desquites a Ilion reserva

Y al profanado templo de Minerva.

CLXIX.

»No al gran Caton olvidaré, no a Coso;

Ni ya a los Gracos, ni a los dos Scipiones,

Relámpagos de guerra, pavoroso

Apellido a las líbicas regiones.

Fabricio, en tu pobreza poderoso,

¡Salve! y tú, el oro en rústicos terrones

Esparciendo, oh Serrano! ¡Salve, oh Fabios!

No, aunque cansado, os callarán mis labios.

CLXX.

»Máximo, con tardanzas tú prudentes

V I R G I L I O

274

Salvarás la Nación. Y esto adivino:

Otros con más primor vultos vivientes

Harán de bronce duro o mármol fino;

Oradores habrá más elocuentes;

Sabios podrán con más seguro tino

El cielo escudriñar y las estrellas,

Y los cercos medir y el poder de ellas;-

CLXXI.

»Tú, Romano, regir debes el mundo;

Esto, y paces dictar, te asigna el hado,

Humillando al soberbio, al iracundo,

Levantando al rendido, al desgraciado.»

Habla Anquíses, y atiéndenle en profundo.

Silencio. «Ved,» añade, «señalado

Con opimos despojos a Marcelo,

Que alza entre todos vencedor su vuelo.

CLXXII.

»En mar revuelta armado caballero

Librará al pueblo de infeliz destino,

Venciendo al Galo, al Peno, y el tercero

Será que ofrenda igual cuelgue a Quirino»

Viendo Enéas que, aquél por compañero

Trae a un jóven de aspecto peregrino

Y brillante armadura, mas la frente

Mustia casi, ojos bajos, faz doliente;

CLXXIII.

«¿Y quién es el doncel, ¡oh padre!» exclama,

«Qué le sigue en amiga competencia?

Hijo suyo será, o acaso rama

Remota de su ilustre descendencia?

L A E N E I D A

275

¿Qué son de córte en torno se

¡Cuán parecido en la marcial presencia!

¡Mas ay! que en torno de su frente vaga

Odiosa noche con su sombra aciaga!»

CLXXIV.

Con lágrimas Anquíses respondía:

«¿Quieres anticipar de los Romanos

El eterno dolor? Fortuna un día

Ese jóven mostrando a los humanos

Tornarále a ocultar en sombra impía.

Tal vez, tal vez, oh Dioses soberanos,

Si este don inmortal nos franqueara,

El trance vuestra diestra recelara!

CLXXV.

»Del Campo Marcio a la romana plaza

¡Cuántos gemidos herirán los cielos!

Y si ya tu onda su sepulcro abraza,

¿Qué, oh Tibre, no verás de acerbos duelos?

Ningun mancebo de troyana raza

Tanto alzará, como él, de los abuelos

Latinos la esperanza; hijo más bueno

Nunca otro criarás, Roma, a tu seno.

CLXXVI.

»¡Oh tipo de fe antigua y piedad rara!

¡Oh, qué brazo invencible en lid guerrera!

Ninguno, si viviese, le retara

Impune, o ya a pie firme combatiera

O caballo brioso espoleara.

Mas ¿qué suerte llorosa no le espera?

¡Ah! lograses trocar males por bienes!

Tú un Marcelo serás, sombra que vienes!

V I R G I L I O

276

CLXXVII.

»Azucenas me dad con mano larga;

Que, a ilustre nieto fáciles honores,

Cortos alivios de esparanza amarga,

Quiero esparcir sobre su frente flores.»

Dice, y la voz en lágrimas se embarga.

Tal los campos hollando encantadores

En que benigna luz mágica oscila,

Míranlo todo el héroe y la Sibila.

CLXXVIII.

Y luego que hubo el padre al hijo atento

Aventuras y sitios explicado,

Avivando en su pecho el patrio aliento

Y ambición santa de futuro estado,

Nuevas guerras le anuncia, de Laurento

Pueblos y muros do le cita el hado:

Y maneras le enseña como eluda

Ya caso extraño, ya fatiga ruda.

CLXXIX.

Allá en confines de misterio eterno

El Sueño volador tiene dos puertas,

Una de albo marfil, otra de cuerno,

A ensueños varios a la vez abiertas.

Transitan la primera, del Averno

Fábricas de ilusión, sombras inciertas;

Las visiones e imágenes reales

Cruzan de la segunda los umbrales

CLXXX.

Yendo hablando los tres, he aquí despide

Anquíses a los dos por el abierto

L A E N E I D A

277

Pórtico de marfil. Enéas mide

Arrancando de allí, camino cierto

Hacia amigos y naves, y decide

Ir tierra a tierra de Cayeta al puerto.

Ya, por fin, proa afuera áncoras tiran;

Las popas en la costa alzar se miran.

V I R G I L I O

278

LIBRO SÉPTIMO.

I.

Tú, del troyano capitán nodriza,

También, Cayeta, a nuestras playas nombre

Impusiste muriendo, que eterniza,

Tu fama, y hace que al lugar asombre:

El sepulcro que guarda tu ceniza

En la Hesperia mayor, aquel renombre

Lejos te avisa y firme le señala,

Y con póstuma gloria te regala.

II.

Hechos, pues, los piadosos funerales,

Erigido de tierra un monumento,

Las altas olas contemplando iguales

Tornó Enéas al líquido elemento.

Ministras de la noche las geniales

Auras la anuncian con creciente aliento,

Y sendas alumbrando a la fortuna

Rielan sobre el mar rayos de luna,

III.

No distante de allí la costa yace

Do Circe, hija del Sol, potente mora;

Y ya de día con sus cantos hace

Sonar sus altos bosques; ya a deshora

L A E N E I D A

279

Su alcázar regio iluminar le place

Con el cedro oloroso que atesora,

Y ella misma tejiendo se desvela

Con el peine sonoro rica tela.

IV.

Allí rugen leónes, que furiosos

En la noche reluchan en cadena:

Allí erizados jabalíes, y osos,

En jaula que sus ímpetus enfrena,

Se embravecen: aullidos dolorosos

Horribles lobos dan; el bosque suena:

¡Ay! ¡hombres fueron ya, monstruos ahora!

Con hierbas los mudó la encantadora.

V.

Neptuno que tan duro mal probasen

Los piadosos Troyanos no querría,

No, que a esas playas pérfidas tocasen,

Un viento largo a la sazón envía,

Y así concede que volando pasen

Tras el hórrido golfo. Nuevo día

En su carro gentil la rubia Aurora

Anuncia en tanto, y horizontes dora.

VI.

Calláronse las auras de repente,

Muda y sólida calma sobrevino;

Clavados en el mármol resistente

Bregan los remos por abrir camino.

Vido Enéas en esto un bosque ingente,

Y al Tibre, que por él al mar vecino,

Bullente en ondas, rojo con la arena,

V I R G I L I O

280

Trae, sus aguas en corriente amena.

VII.

Por cima allí y a par de las orillas

Cantan con dulce pico alborozadas

Y al bosque vuelan miles de avecillas

Que en la sombra recatan sus moradas.

Holgóse Enéas, y mandó las quillas

Inclinar a las playas deseadas;

Y alegre de ocuparlas, al umbrío

Hospicio acude ya del bello río.

VIII.

De los reyes del Lacio tú la lista

Muéstrame, Erato: lo que el Lacio era,

Tiempo es ya que presentes a mi vista,

Aun antes que a sus playas extranjeras

Nave arribase. Tú de la conquista

El origen descubre, y yo esa era,

Yo esa historia marcial diré en mi canto,

¡Musa! si ya a mi voz concedes tanto.

IX.

Guerras, hórridas guerras y legiones

He de cantar: de furia el pecho lleno,

Convertidos los reyes en leónes:

Congregado el ejercito Tirreno:

Volando de la Hesperia los varones

A las armas: de Hesperia rojo el seno.

Nuevo cuadro a mis ojos resplandece;

Crece el asunto y la osadía crece

X.

Campos, ciudades florecer veía

L A E N E I D A

281

Anciano, en paz antigua, el rey Latino

Él de Fauno y Marica procedía,

Ninfa aquella de origen laurentino

Pico de Fauno padre sido había,

Y de Pico el origen fue divino;

Tú, Saturno, su padre: por primero

Autor te aclaman del linaje entero.

XI.

No fue el monarca, si felice, abuelo

Ni padre de varones: muerte fiera

Quitóle en flor por voluntad del cielo

El único varón que le naciera.

Daba a Latino en su vejez consuelo,

De sus reinos opimos heredera,

Sola una hija en su estancia poderosa,

Ya en sazón llena para ser esposa.

XII.

Del Lacio y toda Ausonia, a la doncella

Muchos pretenden. A su afecto tierno

Aspira, y bizarrísimo descuella

Turno entre todos, del blasón paterno

Opulento heredero. Para ella

Le quiere esposo, y ya elegido yerno

Le ve la Reina; mas proyectos tales

Tropiezan con visiones funerales.

XIII.

Al raso, en medio del palacio, había

Rico en sacro follaje un lauro anciano,

Que en años veneró la gente pía.

Es fama que Latino por su mano

En dedicarle a Febo holgóse un día

V I R G I L I O

282

No bien le halló, cuando en el campo llano

Echaba a sus alcázares cimiento;

Y de ahí a la ciudad nombró Laurento.

XIV.

He aquí, de este árbol a ocupar la cima,

Mil abejas bajaron de repente,

Y, por los pies trabadas, se arracima,

El ruidoso tropel, y así pendiente

Quedó de un ramo. «A nuestra costa arrima

Varón extraño con armada gente»,

Cantó un augur: «de do el enjambre vino,

Vendrá, la muerte del poder latino.»

XV.

Yendo otra vez, y el genitor con ella,

En el ara a enceder con mano pura

Místicas luces la real doncella,

Viose súbita chispa que fulgura

Sobre el suelto cabello, y baja y huella,

No sin ruido, la blanca vestidura,

Y el velo regio y la diadema ardía

Opulenta del oro y pedrería.

XVI.

En humo envuelta y rojos resplandores

Esparce ella después lampos de llama

Por muros, techos. Fúnebres temores

El suceso en los ánimos derrama;

Que si aquellos prodigios superiores

A ella prometen dizque gloria y fama,

Guerra amenazan a la Patria. En eso

Cava Latino, de terror opreso.

L A E N E I D A

283

XVII.

Fauno ocurre a su mente: el Rey la planta

Mueve al gran bosque en cuyas sombras cela

Su armonioso raudal la Albúnea santa,

Mefítico vapor en torno vuela:

Que allí del tiempo venidero canta

El vatidico padre, y lo revela;

Italia, Enotria toda, allí sus pasos

Guían en tristes dudas y arduos casos.

XVIII.

De noche el sacerdote que sus dones

Allí a ofrecer acude reverente,

Si al descanso, tendiéndose en vellones

De inmoladas ovejas, da la mente,

Ve en sueños revolarle apariciones

Peregrinas; delgadas voces siente;

Habla con Dioses, y su mudo acento

Penetra de Aqueronte el hondo asiento.

XIX.

Fue allí sus dudas a calmar Latino;

Y habiendo, según rito, degollado,

En obsequio al oráculo divino,

Cien lanudas ovejas, acostado

En sus pieles dormía; cuando vino

Súbita y misteriosa voz del lado

Más secreto del bosque: «¡Prole mía!

De ajustados enlaces desconfía.

XX.

»Tú de una hija la mano a descendiente

Itálico no des. Foráneo yerno,

Su linaje empalmando con tu gente,

V I R G I L I O

284

Hará nuestro renombre sempiterno.

El nación fundará grande y potente;

Tal, que el espacio que en dominio alterno

Sobre un mar y otro mar el sol rodea,

Todo a sus pies se humille y suyo sea.»

XXI.

Latino mismo estos avisos, dados

En la callada noche, no recata;

Y de Ausonia por campos y poblados

Ya la alígera Fama los dilata:

Ella daba la vuelta a los Estados

Del Rey, en los momentos en que ata

La juventud troyana el hueco leño

Al promontorio aquél verde y risueño.

XXII.

Enéas, los caudillos principales

Y Ascanio yacen en la sombra amiga

Conque, sus ramos prolongando iguales,

Árbol excelso la campaña abriga,

Tortas de flor extienden, cereales

Manteles (Jove mismo les instiga)

Que con frutas silvestres luego acrecen,

Para encima poner viandas que cuecen.

XXIII.

Mas no al hambre la cena satisface;

Ojos se van y manos tras la manda

Delgada Céres que tendida yace:

Voraz diente a los panes la redonda

Margen y abiertos cuartos roe y pace,

Que significación entrañan honda;

Y «¡Aun las mesas se come el hambre aguda!»

L A E N E I D A

285

Yulo clamó, sin que al misterio aluda.

XXIV.

Fue esta voz primer nuncio que declara

A los Teucros ventura. El padre al hijo

La palabra quitóle; mas se para

Con asombro, un instante, y regocijo,

Y recobrado, «¡Salve, Tierra cara!»

Y «¡oh Penates de Troya, gracias!» dijo:

«Cumplióse el voto: el lance aquí me muestra

La anunciada heredad, la patria nuestra!

XXV.

»Ya de estos milagrosos accidentes

Mi amado genitor me dio la clave:

«Cuando el hambre aguzando edades dientes

»(Pegada a playa incógnita tu nave)

»Haga que tras las viandas te apacientes

»De las mesas, tu voz al Cielo alabe,

»Que patria hallaste; y con alegre pecho

»Pon allí muro propio y dulce techo.»

XXVI.

»He aquí el hambre temida: de cuidados

Término justo y de cruel destino.

Animo, pues: del sueño recreados,

Con el albor primero matutino

De aquí saldremos por diversos lados

El país a explorar circunvecino:

Quiénes son de estos términos los amos;

Qué campos pueblan, qué ciudad, sepamos.

XXVII.

»Hora en honor de Júpiter clemente

V I R G I L I O

286

Bebed; a Anquíses invocad; más vino!»

Hablaba Enéas, y la noble frente

Ceñida ostenta en ramo peregrino.

Primero a la alma Tierra, y del presente

Lugar invoca al Protector divino;

Las Ninfas a que el bosque da guaridas;

Ríos sin nombre y fuentes escondidas.

XXVIII.

A la Noche después y sus fanales,

A Cibéles y a Júpiter de Ida;

A sus padres, que moran inmortales

Cielo y Erebo, en orden apellida.

Jove tres veces, en momentos tales,

Desde lo alto del cielo truena, y cuida

Mostrar en medio del fragor sonoro

Nubes de fuego y ráfagas de oro.

XXIX.

Al Dios el pueblo atónito veía

Blandir él propio el nimbo rutilante.

Rumor que de fundar llegó ya el día

La anhelada ciudad, en un instante

Circula y crece. Todos a porfía,

Orgullosos de agüero tan brillante,

Renuevan las gozosas libaciones

Y con flores de Baco ornan los dones.

XXX.

Con el primer albor del nuevo día

Van, costa y lindes a explorar: los vados

Estos son de Numicio; ésta es la ría

Del Tibre: campos éstos son poblados

Por los fuertes Latinos. Cauto envía

L A E N E I D A

287

Cerca del Rey augusto cien legados

Enéas, que en sus tercios selecciona;

Y ya el árbol de Pálas les corona.

XXXI.

Cargados de presentes, mensajeros

De paz, que da a sus sienes verde gala,

A la vecina capital ligeros

Marchan. Enéas mismo allí se instala;

Y ya con zanja humilde los linderos

De la futura población señala,

Y cual ciñiendo un campamento, ordena

Tender la empalizada, alzar la almena.

XXXII.

Ya los nuncios, al fin de su jornada,

Ven las casas y torres presumidas,

Y ascienden a los muros. A la entrada

Y en torno a la ciudad, corre en partidas

Alegre juventud: regir le agrada,

Potros y carros con mañosas bridas;

Y con rígidos arcos y ligeras

Flechas, tiros ensayan y carreras.

XXXIII.

Tomó uno de a caballo a su cuidado

Trasmitir nuevas tales al oído

Del viejo Rey: acorre; haber llegado

Unos hombres, anuncia, con vestido

Peregrino, de cuerpo agigantado.

Que a su presencia vengan, comedido

Latino manda. «Al punto,» dice, «oírelos;»

Y va el trono a ocupar de sus abuelos.

XXXIV.

V I R G I L I O

288

Fábrica en cien columnas sustentada,

Grande, augusta, soberbia, en una altura

De la ciudad descuella; consagrada

Por religión antigua y selva oscura.

De Pico Laurentino real morada

Fue antaño. Por presagio de ventura

Allí los nuevos reyes recogían

El cetro y fasces que al poder se fían.

XXXV.

Templo era y tribunal: en sus altares

Corderos inmolando, los señores

De la corte a gustar sacros manjares

Sentábanse en continuos cenadores.

Cada príncipe vio las tutelares

Imágenes allí de sus mayores

El vestibulo ornar, nobles y enhiestas,

Obras de antiguo cedro, en orden puestas,

XXXVI.

Ítalo allí; y aquel que al italiano

Suelo trajo la vid, el buen Sabino,

A quien, aún hora, figurado anciano,

La corva hoz le asoma, autor del vino:

El gran Saturno y el bifronte Jano

Muestran callando, su poder divino.

Otros reyes les siguen, con heridas

Marciales, por la patria recibidas.

XXXVII

De antiguos triunfos testimonios mudos,

Hay en los sacros postes mil despojos:

Armaduras suspensas, penachudos

L A E N E I D A

289

Yelmos, corvas segures ven los ojos:

Ven sin número allí dardos y escudos,

Ven de puertas grandísimos cerrojos;

Cautivos carros, y espolones graves.

Quitdos por valientes a las naves.

XXXVIII.

Pico, de potros domador ufano,

Con trábea corta, allí también se muestra;

Báculo quirinal tiene en la mano,

Sentado, y Sacra adarga en la siniestra:

Pico, a quien ya, de ardor tocada insano,

Hirió con vara de oro maga diestra,

Circe, amante cruel; con hierbas malas

Mudóle en ave y le pintó las alas.

XXXIX.

En este, pues, de Dioses templo digno,

De sus abuelos en el rico trono,

El Rey audiencia concedió benigno.

Entraron los legados, y é1 con tono

Manso y afable, de clemencia signo,

«Hablad, Dardanios; vuestro ruego abono,»

Les dice: «antes que vistos anunciados,

Yo vuestro oriente sé, sé vuestros hados.

XL.

»Mas ¿cuál deliberada causa, o ciega

Necesidad a nuestra costa impele

Y a puerto ausonio vuestra escuadra apega?

¿Fue que el rumbo perdisteis? ¿O, cual suele

Avenir al que en alta mar navega,

Tras rodear tan largo, al leño imbele

Embistió ronca tempestad? Propicio,

V I R G I L I O

290

Siempre, tendréis en nuestra casa hospicio.

XLI.

»A los Latinos apreciad: lejanos

De pacto escrito y de penal violencia,

En dulce paz cultivan como hermanos,

Antiguos usos, de Saturno herencia.

Y ya entre los Auruncos hallé ancianos

Que, si bien entre sombras (influencia

Envidiosa del tiempo, en la memoria

Aun guardasen de Dárdano la historia.

XLII.

»Fue de ésta, dicen, suya, a patria ajena;

Fue a las frigias ciudades, cabe el Ida,

Y de la tracia Sárnos el arena,

Honró, que hoy Samotracia se apellida;

Dejó a Corito y su mansión tirrena;

Y en el celeste alcázar ya le anida

Aureo solio que esmaltan luminares,

Y goza él, nuevo Dios, culto y altares.»

XLIII.

«Sangre ilustre de Fauno, gran Latino!»,

Palabras tales respondio Ilioneo:

«No aquí impelida nuestra flota vino

Por rudo soplo en agitado ondeo

Estrella no torció nuestro camino,

Ribera no engañó nuestro deseo:

Trajo nuestros bajeles a esta rada

Concorde voluntad nunca arredrada.

XLIV.

»De la nación mayor que peregrino

Viniendo de los límites de Oriente

L A E N E I D A

291

El sol miraba, nos lanzó el destino.

Tiene en Jove principio nuestra gente;

La juventud dardania del divino

Abolengo se precia. A aquella fuente,

El que a ti nos envía está cercano,

Hijo de Diosa, Enéas, Rey troyano.

XLV.

»Cuántas nubes de muerte de Micénas

A asolar fueron la ciudad troyana;

Cuál lucharon al pie de sus almenas

Asia y Europa con crueza insana,

Lo sabe el que las últimas arenas

Pisa do va a quebrarse espuma cana;

Lo sabe a quien la zona ancha intermedia

Aísla, y sol abrasador asedia.

XLVI.

»Después de aquel diluvio y largo viaje.

Sobrio asilo en tus costas, lo que asombre

Nuestros Dioses, pedimos, y hospedaje:

El aire y agua, propiedad del hombre.

No será al reino nuestro ingreso ultraje;

Crecerá nuestro amor y tu renombre:

¡Si a Troya, Ausonios, vuestro seno abriga,

No la veréis ingrata ni enemiga!

XLVII.

»Y esto lo juro por lo que es Enéas;

Por su diestra, no menos ya probada

En sellar pactos que en vencer peleas.

Muchos pueblos -tenemos en nonada

Excusa, ¡oh Rey! aunque extender nos veas

V I R G I L I O

292

En las manos la oliva; aunque embajada

De súplicas traigamos -gentes muchas

Ligas nos propusieron y no luchas.

XLVIII.

»Mas por divina voluntad guiados

A los bordes venimos de tu imperio:

A la cuna de Dárdano los hados

Traen los nietos de Dárdano. Con serio

Ordenamiento, a los tirrenos prados

Que honra el Tibre, y, envueltas en misterio,

Nos mueve a las vertientes de Numico,

El sabio, Apolo, de promesas rico.

XLIX.

»Que en prenda de concordia aceptes fía

Los breves restos de la Patria cara,

Memorias de otra edad, quien los envía:

Ve en qué oro libó Anquíses en el ara;

Mira cuáles, si al pueblo reunía,

En su alto tribunal cetro y tiara

Príamo usaba, y el bordado arreo

Por damas de Ilion.» Habló Ilioneo.

L.

Suspenso el Rey le escucha; mas no tanto,

Mientras, bajos los ojos, con prolija

Pausa los vuelve, en el purpúreo manto,

Ni en el cetro real la atención fija;

Ideas tales no le ocupan, cuanto

El proyectado enlace de la hija;

Y la voz del oráculo elocuente

Revuelve pensativo allá en su mente,

L A E N E I D A

293

LI.

«Que éste es,» se dice, «el anunciado yerno

Con quien mi cetro he de partir, medito;

El que hará de su raza el nombre, eternos

Y de su imperio el ámbito, infinito»

«Vos el augurio que feliz discierno,»

Exclama luego con gozoso gritos

«Dioses, sellad, y coronad mi idea!

Troyano, en lo que a ti cual pides sea.

LII.

»Ni menosprecio el don. Mientras Latino

Impere, no de fértiles terrenos

Opimos frutos, de Ilion divino

Magnificencias no echareis de menos

Y ¡oh! si unir con el nuestro su destino,

Si hospedaje leal, días serenos

Anhela vuestro Rey, ¿por qué me niega

De verle el gozos y ante mí no llega?

LIII.

»Ojos amigos le verán; y en muestra

De la alianza que firmar decido,

Estrecharé su diestra con mi diestra.

Id, y en mi nombre referidle, os pido,

Que una hija tengo que en la patria nuestra,

Hallar no puede para sí marido;

Con profética voz glorioso abuelo,

Con visiones de horror lo impide el Cielo.

LIV.

»Vendrá yerno extranjero a mi palacio;

Me le anuncia infalible profecía:

En él sus esperanzas finca el Lacio;

V I R G I L I O

294

Y él, su raza empalmando con la mía,

De nuestro nombre llenará el espacio:

Por tal el hado a vuestro Rey me envía;

Créolo, y si es verdad lo que adivino,

Lo anhela el corazón.» Habló Latino.

LV.

Y manda que, uno a uno, a los Troyanos

Lleven sendos caballos: de trescientos

Que en reales cuadras hay, los más lozanos.

Con púrpura y bordados paramentos

Y colleras riquísimas ufanos

Van los ágiles brutos, opulentos

Con el profuso aurífero tesoro.

Y el bocado volviendo, muerden oro.

LVI.

Hermoso carro para el Rey ausente,

Y dos potros con él, despacha luego,

Que, renuevos de eléctrica simiente,

Por la abierta nariz despiden fuego:

Los bridones del Sol secretamente

Sagaz con yegua oculta a fértil juego

Circe movio: fruto éstos de esa traza,

Bastardos brotes son de etérea raza.

LVII.

Así, en regios corceles caballeros

Y de regias mercedes abrumados,

Portadores de paz, ya mensajeros,

Tornaban a su campo los legados.

Partiendo, a la sazón, de los linderos

Argivos, con los céfiros alados

Volando va de Júpiter la esposa

L A E N E I D A

295

En su carro gentil soberbia Diosa.

LVIII.

Y lejos, desde el sículo Paquino,

Ve ledo a Enéas; ve a su gente, dada,

En la tierra a quien fía su destino,

Bases a echar de sólida morada,

Las naves olvidando. En su camino

Paróse adolorida y asombrada

La Diosa, y meneando la cabeza,

Sola consigo a razonar empieza:

LIX.

«¡Oh raza aborrecida! ¡Oh frigios hados,

Por siempre opuestos a los hados míos!

¡Qué! ¿Cautivos quedar, y no estorbados?

¿Eso logran? ¿Sin fuerza, y no sin bríos?

¿Ilesos de sus muros abrasados

Salir, y de las hondas de sus ríos?

¿Y entre aceros y llamas, ruina y muerte,

Hallar camino y restaurar la suerte?

LX.

»¡A bien que de venganzas satisfecha

Yo, o cansada de odiar, desistiría!

Luego que el hado de Ilion los echa,

Prófugos restos, a la mar bravía,

Mi cólera en las olas los estrecha,

Les cierro a toda empresa toda vía,

Y armada, último golpe, les afronto

Con las iras del cielo y las del ponto!

LXI.

»¿Qué me sirvió Caribdis vasta, o Scila,

V I R G I L I O

296

Ni qué las Sirtes? La nación troyana

Libre del mar, respecto a mí tranquila,

Ya el Tibre deseado ocupa ufana.

¡Y a los Lápitas fieros aniquila

Marte! ¡y en manos pone de Diana

Jove a los Calidonios por perdellos!

¿Cuál el gran crimen fue de éstos o aquellos?

LXII.

»¡Y yo, esposa de Júpiter, que empleo

Cuanto recurso da el furor; que ensayo

Cuanto plan dicta el odio, ¿qué granjeo?

¡Ser de Enéas vencida!... ¡Aun no desmayo!

Ajena mano, si en la lid flaqueo,

Irá a encender de mi venganza el rayo;

Y si el Cielo a mover mi voz no alcanza,

Empeñaré al Averno en mi venganza!

LXIII.

»No ya el imperio del país latino,

Ni de Lavinia la ofrecida mano

(Si así inflexible lo ordenó el destino),

Quitar pretendo al príncipe troyano.

Mas yo estorbos sin cuento en su camino,

Yo pondré entre ambas razas odio insano;

A ambos reyes tan caro así les cueste

Ser yerno éste de aquél, suegro aquél de éste!

LXIV.

»La sangre de dos pueblos es tu dote,

Y madrina a tu unión Belona asiste,

Virgen!... Hacha nupcial que incendios brote,

Hécuba, no tú sola concebiste;

Que también de dos pueblos para azote,

De Paris ominoso copia triste,

L A E N E I D A

297

Nació el hijo de Venus. Boda nueva

Ya a Troya renaciente estragos lleva.»

LXV.

Dijo, y el carro la soberbia Diosa

Con rápido descenso inclina a tierra;

Y de aquella región que tenebrosa

Las hermanas frenéticas encierra,

Evoca a la impía Alecto, que rebosa

En fraudes, iras y rencor de guerra;

Que todo crimen e intención dañada

Tiene en ella su nido y su morada.

LXVI.

Horrible es entre monstruos infernales;

Plutón mismo su padre, y las hermanas

Tartáreas la detestan; ¡visos tales

Y tantas apariencias inhumanas

Toma y muda, afligiendo a los mortales

¡En serpientes tan ásperas e insanas

El crin le abunda que su cuello eriza!

Juno a hablarle empezó, y así la atiza:

LXVII.

«Tú sola, hija de la Noche, puedes

Conseguir lo que imploro; ¡oh virgen! fío

Que en tan estrecha coyuntura, vedes

Que sucumba mi honor y el poder mío:

No dejes, tu que, entre nupciales redes

de Latino envolviendo, el albedrío,

A mansalva el troyano río aventurero

Los ítalos confines tome artero.

V I R G I L I O

298

LXVIII.

»Tu ardiente azote altera y tu veneno

Públicos y domésticos enlaces,

Por ti hermanos unánimes, terreno

Sangriento van a disputar: falaces

Tienes mil nombres, artes mil. Tú el seno

Astuto anima, pues: juradas paces

Rompe; discordias siembra: audaz asome

La juventud; pida armas, armas tome!»

LXIX.

Al punto, el, corazón y las miradas

Infectas de ponzoña medusina,

Del Rey a detenerse en las moradas,

Alecto vuela a la región latina:

Mueve en silencio a Amata sus pisadas:

Amata a la llegada repentina

De los Troyanos, y a la ansiada boda

De Turno, su atención dedica toda.

LXX.

En congojas y lloros femeniles

Se abrasaba la Reina, cuando vino

La Furia a su mansión con pasos viles:

Tírale del cabello serpentino

Uno de sus ceruleos reptiles,

Y se lo hunde en el seno, porque el tino

Pierda, y corra el palacio, y a el trasmita

Todo el furor del monstruo que la agita.

LXXI.

Y ya el áspid sutil por entre el bello

Seno y las ropas de la Reina gira;

Ya, sin que la infeliz se cure de ello,

L A E N E I D A

299

Víbora, alma de víbora le inspira:

Crece, y dorada alhaja orna su cuello;

Crece, y cinta elegante atar se mira

Sus cabellos y sienes; crece, y blanda

Hincha sus venas, por sus miembros anda.

LXXII.

Mientras el virus primero que destila.

De la ponzoña húmida, resbala

Por los sentidos timido, y vacila

El fuego oculto que los huesos cala;

Mientras no oprime al ánima intranquila

Toda la fuerza del incendio, exhala

La dolorida Reina, quejas tales

A estilo y en acentos maternales:

LXXIII.

«¿Tú nuestra única hija» (y largo lloro

Por la hija y frigias bodas derramaba,

Así hablándole al Rey), «nuestro tesoro

Darás a advenedizos? ¿Ni hallas traba

En su suerte, en mi amor, en tu decoro?

Haya viento propicio, ¡y por esclava

Llevárasela a bordo, y dejárame

En duelo eterno el robador infame!

LXXIV.

»Ejemplo toma del pastor troyano,

Que de Esparta a Ilion llevóse a Elena.

¿Qué? ¿y tus santas promesas son en vano,

Tu patriótico zelo? ¿Harás ajena

Esa que veces mil paterna mano

Tendiste a Turno ya de afecto llena?

Oigo me arguyes, que forzoso agüero

V I R G I L I O

300

Subyuga el Lacio a príncipe extranjero.

LXXV.

»Si Fauno así sobre tu mente impera,

No se rinde par eso mi deseo;

Región independiente es forastera,

Que a esto los Dioses aludieran creo:

El origen de Turno considera:

Ínaco, Acrisio, entre los nombres leo

Que, honrando patria extraña, honran su gente;

Y la clara Micénas fue su oriente.»

LXXVI.

En balde hablaba así la Reina: mira

Que en Latino sus voces no hacen mella;

Y ya, quemando sus entrañas, gira

El veneno furial por toda ella:

Movida, en fin, de ponzoñosa ira,

Fantasmas ve, respetos atropella,

Y por la ancha ciudad el paso ciego

Abrevia con febril desasosiego.

LXXVII.

Cual peonza que en plaza despejada

De juguetones mozos circuida,

Va, del torcido látigo azotada,

Que hace que, vueltas dando, espacios mida;

A ver el boj tornátil de pasada

Necia, curiosa ociosidad convida

Absorta turba; y ni el herir se aplaca,

Ni él menos bríos de los golpes saca:

LXXVIII.

Por medio a la ciudad, y entre sus gentes

L A E N E I D A

301

Indómitas, el paso precipita

La Reina así con ímpetus ardientes,

Nuevas furias concibe ya, medita

Escándalo. mayor: en accidentes

Convulsivos, semeja que la agita

Interno Baco, a selva hojosa, inculta,

Lleva a la hija consigo; allí la oculta.

LXXIX.

Tal eludir o deshacer aquella

Boda intenta que teme y que desama:

Y gritando ¡Evohé! de la doncella

Unico digno a ti, Baco, proclama;

Que por ti, dice, en tiernas hojas ella

Viene a vestir tu predilecta rama;

Por ti, ofrecida a ti, danzando en coro,

Suelta de, sus, cabellos el tesoro.

LXXX.

Corro la nueva; y del furor tocadas

«Ya todas las matronas, desparcidas

Las melenas al viento, sus moradas

Dejan, buscando insólitas guaridas:

Astas vibran de pámpanos ornadas,

Y de rústicas pieles van vestidas;

Otras dan voces de dolor. Blandea

Amata en medio improvisada tea,

LXXXI.

Y anuncia a voces, con mirar de llama,

De Lavinia y de Turno el himeneo;

Y «¡Oid!» en brozno acento,. «Oid,» exclama,

«Oh matronas del Lacio, mi deseo:

Si aún a la triste Reina amáis que os ama,

V I R G I L I O

302

Si honráis fueros, maternos, el arreo

De las sienes al punto desatando

Que orgías conmigo celebréis os mando.»

LXXXII.

Así en los bosques, en feral desierto.

Con estímulos báquicos incita

Alecto a Amata; y como mira cierto

Prender la llama que atizó maldita,

Y en conflicto por ende y desconcierto

Ve la real casa, y lo que el Rey medita,

Hacia el rútulo audaz la Diosa triste

Va en negras alas que su cuerpo viste.

LXXXIII.

Tiende ella el vuelo a la ciudad que él ama,

La cual Dánae, traída a la ribera

Al ímpetu del Noto, fundó, es fama,

Con acrisios colonos. Ardea era

Floreciente el lugar, Ardea hoy se llama

Cambió la suerte, el nombre persevera.

Allí, mediada ya la noche umbría,

En su excelsa mansión Turno dormía.

LXXXIV.

Deja Alecto su cuerpo horrible, deja

Su apariencia furial; la toma humana;

Ara con rugas mustia faz de vieja;

Con venda ciñe la melena cana

Y con rama de oliva; y ya semeja

A Cálibe, al andar, ministra anciana

De Juno y de su templo. De esta suerte

Muéstrase a Turno, y voces tales vierte:

L A E N E I D A

303

LXXXV.

«¡Turno! ¿y así permitirás que nada

Te sirvan tantos méritos, y lleve

Huésped dardanio en mengua de tu espada

El cetro que en justicia se te debe?

Aquel enlace y dote conquistada

Por ti con sangre, el Rey te niega aleve:

Y a un extranjero en tu lugar convida.

¡Ve, y por ingrato! luego expon tu vida!

LXXXVI.

»Ve, y los Tirrenos debelando fuerte,

La paz a los Latinos asegura!

Estos avisos mándame traerte

Entre el descanso de la noche oscura,

Saturnia poderosa. ¡Sus! despierte

Tu ardor la juventud, y la conjura

Los muros a dejar, de armas provista,

Y haz que a los Frigios animosa embista!

LXXXVII.

»Tú a ésos, que yacen junto al bello río,

Y a sus pintadas naves fiero hostiga

Con rayo abrasador. El labio mío

Te enseña lo que el cielo a hacer te obliga.

Latino propio si en infiel desvío

Niega el pactado enlace, como amiga

Probó tu mano ya, pruébela ahora

Justiciera también y vengadora!»

LXXXVIII.

Burlándose el doncel de la adivina,

«No ha faltado» contesta, «cual supones;

Nuncio que a la ribera tiberina

V I R G I L I O

304

Me avise que llegaron galeónes.

¿Mas tú a notificarme de ruina

A que vienes con lúgubres ficciones!

No ha puesto la alta Juno todavía

En olvido mortal la causa mía.

LXXXIX.

»Ya: decrépita edad, y asombradiza

De suyo la vejez, tu mente, ¡oh buena

Mujer! con temorcillos martiriza,

Y de especies fatídicas te llena

Viendo entre reyes la empeñada liza.

Cuidar las aras tu deber te ordena;

Hazlo, y deja del reino a los magnates

Acordar treguas o librar combates.»

XC.

En cólera creciente se inflamaba.

Alecto oyendo a Turno; y Turno, yerta

Par6 la vista, aún bien de hablar no acaba:

Espantosa visión le desconcierta,

Convulsivo terror sus miembros traba.

¡Así disforme a demostrarse acierta

La Furia, al propio ser vuelta de lleno!

¡Tanto silban las hidras de su seno!

XCI.

Y ya con vista que abrasando mata,

Al joven, que algo, en la ocasión estrecha,

En balde de añadir medroso trata,

Sus ojos tuerce y la intención desecha;

Y dos gemelos áspides desata

De la crin ruda de serpientes hecha,

Chasquéalos su mano, ira, rebosa

L A E N E I D A

305

Y esto agrega con boca ponzoñosa:

XCII.

«¡Mira la ilusa aquí, la asombradiza;

A quien el peso de los años, buena,

Mujer, con temorcillos martiriza!

¡La que de especies vanas anda llena

Viendo entre reyes empeñada liza!

Torna, torna a mirar, si no te apena:

Furia soy de los reinos infernales;

Guerras llevo en la mano y fieros males»

XCIII.

Así diciendo, vengativa tea

Al joven lanza, en cuyo triste pecho

Ya con negro fulgor hundida humea.

En sudor copiosísimo deshecho,

Que brota y cala, pavorosa idea

Su letargo interrumpe; y ya en el lecho,

Ya fuera, con voz ronca y mano brusca,

Armas pide frenético, armas busca.

XCIV.

Y en sed de sangre criminal, en fiera

Rabia arde loco. Así en sonante llama

Los costados de férvida caldera

Cerca y envuelve allegediza rama:

Siente el agua el ardor, bulle ligera,

Y enciéndese, y borbota, y se derrama

La desbordada espuma, y vuelto nube

El cálido vapor al aire sube.

XCV.

He aquí a tus nobles contra el rey Latino,

Rompida entre ambos pueblos la alianza,

V I R G I L I O

306

Turno señala militar camino,

Y armados los convoca a la venganza:

A Italia defender es su destino,

Y rechazar al invasor; que alcanza

Por sí sola, dice él, la fuerza suya,

A que el Latino ceje, el Teucro huya:

XCVI.

Hecho a los suyos Turno estas razones,

Y a los Dioses pedido fuerza y guía,

Entre sí los rutulios corazones

A la lid se estimulan, a porfía:

Corren unos a armarse campeones

Ricos de juventud y lozanía;

Quiénes fieros con sangre regia, y quienes

Con brazo ilustre y triunfadoras sienes.

XCVII.

Turno inflama a los Rútulos; y vuela

A los Teucros en tanto Alecto impía:

Con nueva traza, al margen va do anhela

Tras las fieras Ascanio o las espía;

Y con violento ardor hace que huela

Rastros de ciervo la salaz jauría

Que Ascanio lleva. Rústicos furores

Aquí nacieron; y después, horrores.

XCVIII.

Con altos cuernos y gentil figura,

Temprano hurtado, al maternal sustento,

Hubo un ciervo a quien daban con ternura

De Tirreo los hijos alimento-

Tirreo, aquel que en campos de verdura

L A E N E I D A

307

Custodiaba del Rey greyes sin cuento; -

Mas si querido a los mancebos era,

Silvia ante todos en su amor se esmera.

XCIX.

Ama él su servidumbre, ella le adora:

Plácida joven, la enastada frente

Con suaves guirnaldas le decora,

Peina a su ciervo y lávale en la fuente

Manso a la mesa va de su señora,

Ledo caricias de su mano siente;

Ociosas horas en la selva pasa,

Mas de noche, aunque tarde, vuelve a casa

C.

De la querencia, a la sazón, distante,

Ansioso el ciervo de apacible frío,

Sesteaba en la playa verdeante,

Nadando a tiempos a merced del río.

Los podencos de Ascanio, allí cazante,

Fieros le avientan con ardiente brío;

Y a impulso Ascanio de ambición inquieta,

Lanza del combo arco una saeta.

CI.

Y dio acierto fortuna a su descuido;

Que a herirle los ijares, por el viento

Volando al ciervo fue con gran raído

La flecha aguda. El triste huye sangriento

A la usada mansión, y con, gemido

Como quien llora y llama en su lamento,

Entra en su establo, y los contornos llena,

Con los ecos dolientes de su pena.

V I R G I L I O

308

CII.

Con las palmas los brazos se golpea,

Y alza Silvia tristísimos clamores;

Fue el primer, llamamiento que a pelea

Convoc6 los fornidos labradores.

Ellos (pues ya invisible la ímpia Dea

Sembrara en, la agria selva, sus ardores)

Al punto comparecen: éste saca

Tizón agudo; aquel ñudosa estaca.

CIII

Cuanto ha tomado, en armas lo convierte

La rabia, y toma cuanto a mano mira.

Con recias cuñas, con empuje fuerte,

Tirreo a la sazón a hender aspira

Un roble colosal. Y como advierte

Amenazas venir, fuego respira

Del hacha asiendo arrebatado, y llama

Los suyos, a su lado y los inflama.

CIV.

Volando en esto la terrible Diosa,

Que alta el momento de dañar espía

Precipitase audaz, y el ala posa

En la cumbre mayor de la alquería;

Y desde allí la seña sonorosa.

Que d pastores reúne, al aire fia,

Y por el campo, con el corvo cuerno,

Hace sonar los ecos del Averno.

CV.

Y el campo se estremece y la arboleda,

Y atónita retumba selva anciana

En son profundo; y aunque lejos queda,

L A E N E I D A

309

Oye el clamor el lago de Diana,

Y el Velino, Y el Nar, que blanco rueda

Pues de vertientes sulfurosas mana;

Trémulas madres, al rumor del trueno,

Apretaron los hijos contra el seno.

CVI.

Corren al son de la bocina insana

Los rústicos, tomando armas a tiento;

Corre, a auxiliar a Ascanio, la troyana

Juventud en abierto campamento.

Ordénanse las haces: no es villana

Riña Ya, ni se ostenta el ardimiento

Con macizas estacas o tizones;

No; que blanden el hierro, y son legiones.

CVII.

Oscura miés de puntas encontradas

El campo cubre, y en dudosa liza

Reflejan en las nubes las espadas

Del sol los rayos. Tal primero eriza

El pielago sus ondas, y encrespadas,

Más y más cada vez se encoleriza,

Y encumbrándose, en fin, desde su asiento,

Esforzado amenaza al firmamento.

CVIII.

He aquí, lidiando en avanzada hilera,

Crujiente flecha a su garganta asida

Almon cayó, que entre los hijos era

De Tirreno, el mayor. La cruda herida

Con la ferviente sangre que aglomera,

La húmida voz y la delgada vida

Extinguió del mancebo, a cuyos lados

V I R G I L I O

310

Muchos otros sucumben derribados.

CIX.

Allí murió Galeso, que. intervino

Medianero de paz, ¡infortunado!

Rico en tierras, cual no otro convecino,

Él, viejo ilustre, y de virtud dechado:

Contaba en sus dehesas de contino

Rebaños cinco de mayor ganado

Y cinco greyes de lanosa cría;

Y el campo con cien yuntas revolvía.

CX.

Mientras pugnaban con incierto marte,

Firme en cumplir lo que a su fe, se fia

Habiendo Alecto por su fuerza y arte,

Comprometido en bélica porfía

Y funeral destrozo a cada parte,

Arrebola con sangre su alegría,

Deja a Italia, veloz cruza la esfera,

Y a Juno en voz de triunfo dice fiera:

CXI.

«Lo que ansiaste, atroz guerra, odios insanos,

Te doy: sangre ha corrido: ahora, si puedes,

¡Ve, reconcilia a Ausonios y Troyanos!

Más allá iré, si gracia me concedes:

Azuzaré los pueblos comarcanos,

Y atraeré sus auxilios con mis redes

Al incendiado campo de la guerra:

De armas, si faltan, sembraré la tierra! »

CXII.

«Basta de ardides y traspasos; tente!

L A E N E I D A

311

Juno así respondió: «robusta nace

Esta guerra por sí: sangre reciente

Tiñe las armas que el furor les hace,

Y trábalos él mismo en lid patente.

Que a tan ardiente unión y estrecho enlace

Venga de Venus la famosa casta

Y el rey Latino mismo, esto me basta.

CXIII.

»¡Y véte al punto! El que en Olimpo impera

No ya en paz que siguieses llevaría

Vagante Furia en superior esfera:

Si aún hay algo que hacer, a mí lo fia.»

Mientras hablaba así Juno altanera,

Con áspides Alecto descogía

Las bramadoras alas, deja el cielo,

Y al Cocito veloz despeña el vuelo.

CXIV.

Hay en mitad de Italia, sojuzgado,

De montes, noble sitio, por la fama

En apartadas tierras celebrado

A quien valle Omnisanto el Vulgo llama:

Selva le ciñe de uno y otro lado

Con medrosa negrura y densa rama;

Y entre rocas, en óndico tumulto,

Por el bosque un torrente suena oculto.

CXV.

Horrenda cueva allí la vista espanta,

A Plutón y sus reinos abertura:

Roto Aqueronte, férvida garganta

Gran vorágine abre, y nube oscura

De vapores pestíferos, levanta;-

V I R G I L I O

312

Allí el odioso Númen su figura

Escondio derribándose al profundo,

Y su serenidad devuelve al mundo.

XCVI.

Entretanto a los bélicos furores

Juno cuida poner última mano.

A la ciudad los miséros pastores

Acorren, y sin vida a Almon, lozano

Exponen; y esforzando los clamores,

Hendido el rostro de Galeso anciano

Enseñan; y cobrando la esperanza

A los Dioses y al Rey piden venganza.

XCVII.

En medio al alegato se presenta

Turno feroz, el cual de sangre y llama,

El terror con sus voces acrecienta:

Que a reinar a los Teucros se les llama,

Que frigia raza en su lugar se asienta,

Y a él se pone a las puertas, dice, y brama,

Y hacen parte con él hijos de aquellas

Que de Amata en furor siguen las huellas.

CXVIII.

Mientras las madres en vinosa danza

Atropellan florestas y collados,

(¡De una reina el ejemplo tanto alcanza!)

Ellos de un númen infernal tocados,

Convocan en tropel a la matanza,

Contra el querer del Cielo y de los hados,

Contra el temor de oráculos y agüeros;

Y las puertas del Rey asedian fieros.

L A E N E I D A

313

CXIX.

Cual peñón en los mares, él resiste;

Coma el peñón a quien con golpe rudo,

En fragor recio el oleaje embiste,

Y él las ondas ladrantes oye mudo,

Y escollos, rocas que la espuma viste

Hirviente en derredor, los ve desnudo,

Y firme mira, en sus costados rota,

Ir y venir el alga que le azota.

CXX.

Yendo las cosas a merced de Juno,

Al fin el mal consejo halló camino;

Tal que, habiendo a los Dioses uno a uno

Y a los vientos aligeros Latino

Conjurado con votos importuno,

«En ondas,» dice, «adversas el Destino

Nos arrastra. Vosotros, homicidas,

La impiedad pagaréis con vuestras vidas.

CXXI.

»A ti está reservado acerbo filo;

Tarde a los Dioses volverás tu ruego,

¡Oh Turno desdichado! Yo al asilo

Que abre la tumba a mi esperanza¡ llego;

Sólo me privas de morir tranquilo! »

Habló Latino, y encerrose luego,

Y a tristes pensamientos entregado,

Las riendas abandona del Estado.

CXXII.

Fue en el Lacio costumbre; -los albanos

Pueblos la honraron luego; y la gran Roma,

Hoy si a, los Getas lleva o los Hircanos

V I R G I L I O

314

Luto, o sobre los Arabes asoma,

O a Oriente o a los Indos va lejanos,

O enseñas propias a los Partos toma,

Roma, abriendo a sus triunfos la carrera,

En la misma costumbre persevera;-

CXXIII.

Y es así, que dos puertas tiene iguales

El templo que renombran de la Guerra,

Por ritos consagrado inmemoriales,

Y por Mavorte que sangriento aterra

Guarnécenle cien barras, y son tales

El bronce y hierro que lo mura y cierra,

Que el tiempo destructor los muerde en vano,

Y firme los umbrales guarda Jano:

CXXIV.

Y apenas el Senado la balanza

Inclina por la guerra, ya, ceñida,

Romúlea toga a la gabina usanza,

Vistoso, el Cónsul presentarse cuida;

Las chilladoras puertas abre, y lanza

El grito que venganzas apellida:

Le sigue el pueblo, y la guerrera pompa

El clangor solemniza de la trompa.

CXXV.

Estas puertas de lúgubre destino,

Rebelde chusma con furor tirano,

Siguiendo la costumbre, al buen Latino

Mandaba abrir contra el poder troyano;

Mas a alargar el Padre no se avino

Al ministerio vil la regia mano,

Y en sombras ocultose. El vacuo puesto

La Reina, de los Dioses llena presto.

L A E N E I D A

315

CXXVI.

La cual del cielo rápida desciende,

Y ella misma las puertas rechinantes

Empuja, y los ferrados postes hiende.

Italia, al punto adormecida en antes,

En bélico furor toda se enciende:

Quiénes a pie se ensayan; arrogantes,

Quiénes, en polvo envueltos, potros doman;

Ya todos piden armas, armas toman.

CXXVII.

Y a las hachas dan filo, y pulimento

A los lisos escudos y saetas;

Quieren banderas tremolar al viento,

Que el viento hieran voces y trompetas:

Renuevan pues al yunque el armamento

Cinco ciudades, a porfía inquietas:

Ardea, Atina potente, Crustumero,

Y Antena torreada y Tíbur fiero.

CXXVIII.

Aperciben las cóncavas celadas,

De cabezas reparo; adargas nuevas

De varillas de sauce conformadas,

Y corazas metálicas y grevas,

Hecho el argento, láminas delgadas;

Y nadie ya ni en hoces ni en estevas

Ocupa el pensamiento; que humillado

Yace y se esconde el arte del arado.

CXXIX.

¿No ves cuál de sus padres los aceros

V I R G I L I O

316

Reforjan en el horno? El clarín suena;

Pasa de mano en mano entre guerreros

El símbolo marcial: aquel estrena

Yelmo arrumbado en casa; aqueste fieros

Potros a desusado yugo enfrena;

Y la de triple franja, áurea loriga,

Toma, el escudo fiel, la espada amiga.

CXXX.

¡Hora, Musas, abridme el Helicona,

Mi númen sed! Que jefes principales

Corrieron a ganar triunfal corona

Decid, que gentes los siguieron; cuáles

Nobles varones en la hesperia zona

Ya florecían: honras desiguales

Da Fama oscura a tan insignes hombres;

Vosotras los sabeis, dictad sus nombres!

CXXXI.

Mezencio de los términos tirrenos,

De los Dioses reidor, primero vino,

Y armó los suyos de coraje llenos:

Lauso con él, mancebo peregrino,

El cual gallardo sobre todos, menos

Turno, se ostenta, y de otro rango dino;

Hábil jinete y cazador de fieras:

¡Nunca hijo de Mezencio, ay triste fueras!

CXXXII.

De Agilina mil hombres sacó en vano

Lauso infeliz. En pos de estas legiones

Noble Aventino en el gramoso llano

Su carro y sus indómitos bridones

Lanza, con palmo triunfadora ufano:

L A E N E I D A

317

De Hércules la hermosura y los blasones

Heredó, y a su escudo da ornamento

Hidra ceñida de culebras ciento.

CXXXIII.

Diole a luz en las sombras del collado

Que, como él, goza el nombre de Aventino,

Rea, sacetotiza, que al agrado

Cedio, débil mujer, de un ser divino,

Luego que, habiendo a Gerion postrado,

A las regiónes de Laurento vino

El semidios y en tiberinas olas

En paz lavó sus vacas españolas.

CXXXIV.

Trae el hijo de Alcídes su vestido,

Que ancho los hombros y hórrido cubriendo

Arrastra en puntas a los pies partido:

Piel que muestra, a su frente adorno horrendo,

Los albos dientes de un león vencido

Tal a su regio alcázar va tremendo

Aventino marchando sus peones,

Menean fieros dardos y rejones;

CXXXV.

Y la sabina pica aterradora

Blandiendo van. Tras éstos, dos hermanos

Dejan, Catilo y el fogoso Cora,

Argiva copia, jóvenes lozanos,

Los tiburtinos muros que decora

Nombre fraterno; y a lidiar insanos

Acorren, y con armas delanteras

A romper del contrario las hileras.

V I R G I L I O

318

CXXXVI.

Hijos de nubes dos Centauros, cuando

De níveas cumbres rápidos descienden.

Así, ancho espacio abriendo, resonando,

Arbustos postran y la selva hienden.

También Céculo vino con su bando,

Fundador de Penestre, el cual entienden

Todos los siglos, que entre vil ganado

Nació, y fue pronto junto al fuego hallado.

CXXXVII.

De todas partes campesina hueste

Al, Rey se adscribe que engendró Vulcano:

Los que tratan las cimas de Preneste,

Los que de Gabia, a Juno grata, el llano;

Los que el gélido Anio, y el agreste

Hérnico monte con arroyos cano;

Los que las tierras de la rica Anaña;

Padre Amaseno, y las que tu onda baña,

CXXXVIII.

No armados todos van de firme hoja,

Ni hacen ellos sonar carro y escudo:

Gente es que en balas pardo plomo arroja;

Algunos blanden doble dardo agudo:

De piel de lobo capellina roja

Les defiende la sien: de cuero crudo

Lleva el derecho pie cerrada abarca;

Desnudas huellas el izquierdo marca.

CXXXIX.

Gran domador de potros vino luego

Mesapo, el hijo de Neptuno: el hado

Le protege, y ni a espada ni con fuego

L A E N E I D A

319

Su sacra vida vulnerar es dado.

Él a su pueblo, en secular sosiego

A pacíficas artes avezado,

A la guerra de súbito apellida,

Empuñando el primero arma homicida.

CXL.

Forman la multitud que le acompaña

Los que el suelo Falísco y Fescenino,

Los que el alto Soracte, y la campaña

Flavinia, y lago y bosques de Cimino

Tratan, y de Capena la montaña.

Más que terrestre, ejército marino,

No de hombres, sino de aves le creyeras,

Movidas con estruendo a las riberas.

CXLI.

En ordenadas filas los loores

Cantando de su Rey marchaban ellos,

Cual entre húmedas nubes sus candores

Muestran los cisnes de Caistro bellos

Cuando vuelven del pasto, y triunfadores

Cantos exhalan de los largos cuellos;

Y el río suena y los asianos vados,

De la celeste música agitados.

CXLII.

Guiando Clauso va grandes legiones,

Igual él mismo a una legión potente;

Clauso, ilustre varón, de los varones

Antiguos de Sabinia procedente,

Del cual por las latinas poblaciones,

Tribu admitida al fin, la Claudia gente

Se propagó, desde que Roma dada

V I R G I L I O

320

Fue en parte a los Sabinos por morada.

CXLIII.

Los de Amiterna, innumerable cuento,

Los de Cúres y Ereto habitadores

A Clauso unirse veo en un momento:

La olivosa Mutusca guerreadores

Da a su turno, y la villa de Nomento,

Y el campo de Velino, rico en flores;

Y van los que en Severo desabrido

Y en las Tétricas cumbres hacen nido.

CXLIV.

Y la Casperia y Forunila gente,

Y la que Himela en sus riberas cría;

La que bebe del Tibre en la corriente,

Y en las aguas de Fábaris: la fría

Nursia y Orcoa también su contingente,

Y el latino país el suyo envía;

También arma sus hijos la campaña

Que Alia (¡nombre nefasto!) cruza y baña.

CXLV.

En número a las ondas van iguales

Que ruedan en el pielago africano

Si triste se hunde en aguas invernales

Orión; o a las que de Hermo en fértil llano

O en las mieses de Licia candeales

Espigas densas tuesta rayo insano;

Y suenan los escudos, y la tierra

Treme, do pies batida, en son de guerra.

CXLVI.

Griego¡ Haleso odía a Troya: sus bridones

L A E N E I D A

321

Unce al carro, y a Turno, a lid dispuestas

Arrastra mil valientes poblaciones:

Aquellos que del Másico en las cuestas

Cultivan, Baco, tus preciosos dones;

Los que enviaron de sus agrias crestas

Los Auruncos ancianos; los vecinos

De los húmedos campos Sidicinos;

CXLVII.

Y los que a Cáles dejan y las bravas

Satículas guaridas, y el asiento

Que tú, Volturno, con tus ondas lavas;

Llegan al par los Oscos ciento a ciento:

Todos redondas y erizadas clavas

Prendidas llevan con flexible amiento:

Adarga, que la izquierda cubre enseñan

Y el corvo alfanje con que en lid, se empeñan.

CXLVIII.

Ni a ti en mis versos dejaré en olvido

En la ninfa Sebétide engendrado,

Ebalo, por Telón, cuando adquirido

Hubo de los Telebos el reinado,

Y en Cáprea, anciano ya, sentó su nido.

Estrecho el hijo en el paterno estado,

A los campos Sarrastes le dilata,

Y a los llanos también que el Sarno trata.

CXLIX.

Y de Bátulo y Rúfras las regiónes

Le obedecen, y el valle de Celena,

Y la que Abela entre altos torreones

Campiña mira al pie de pomas llena.

V I R G I L I O

322

Tercian la pica a guisa de Teutones:

Almete de alcornoque la melena

Ciñe en torno: de acero cicaladas

Brillan las peltas, brillan las espadas.

CL.

Dichoso en lides, rico en gloria, Ufente,

A ti a la guerra Nersa montuosa

También te diputó. La esquiva gente

De los Ecuos te sigue, que escabrosa

Tierra ocupa, y de asaltos impaciente

En la caza de monte no reposa:

Siempre a nuevos despojos se aperciben,

Armados andan y de presas viven.

CLI.

También, marruvio sacerdote, vino

Umbrón a combatir; moviole a tanto

El rey Arquipo: sobre yelmo fino

Tiende sus hojas el olivo santo.

El los monstruos del reino serpentino

Con el tacto dornaba y con el canto;

Iras durmiendo de dragón furente

Manso paraba el ponzoñoso diente.

CLII.

¡Mísero sabio! no será que vede

El paso a la troyana arma homicida

Tu canto soporífero; ni puede

Hierba sanar la inevitable herida

Si en Marsos montes se buscase adrede.

El bosque te lloró que Anguicia cuida,

Y las diáfanas olas de Fucino;

Vivos lagos lloraron tu destino.

L A E N E I D A

323

CLIII.

Luego, prole de Hipólito, dechado

Llegó, Virbio, de garbo y lozanía:

Con la prístina gloria señalado

Materna Aricia a pelear le envía

Del fondo de la selva en que educado

Fue por Egeria, cabe la onda fría,

A par del ara ilustre de Diana,

Rica en votos, no tinta en sangre humana.

CLIV.

Es fama que después que sin ventura,

Por traza infame de madrastra fiera

Y de padre cruel sentencia dura,

Fue Hipólito arrastrado en la ribera

Por caballos sin freno, al aura pura

Tornóse a alzar y a la superna esfera,

Por merced de Diana y su cuidado

Con médicas raíces reanimado.

CLV.

Miró indignado el Padre Omnipotente

Que un hombre de los reinos infernales

Volviese así con apacible frente

A la luz y a los hálitos vitales,

Y ráfaga flechó de fuego ardiente

Contra el de ciencia tanta y hierbas tales

Sabio descubridor, hijo de Apolo,

Y en las estigias aguas sepultólo.

CLVI.

Compadecida entonces la alma Diosa

A Hipólito tendio su mano pía,

V I R G I L I O

324

Y en morada le oculta nemorosa

Y allí a la ninfa Egeria le confía:

Oscuro así y en soledad dichosa

Una vida ingloriosa viviría

Por las selvas itálicas, cual hombre

Nuevo, de Virbio bajo el nuevo nombre.

CLVII.

Al templo y a los bosques de Diana

Por eso a los cornípedos corceles

Llegar no es dado, pues la mar cercana

Huyendo, y monstruos de la mar crueles,

Tiraron mozo y carro en fuga insana.

El no menos audaz, ellos más fieles,

Sus potros en el campo el hijo incita,

Y su carro a la guerra precipita.

CLVIII.

Revuélvese ante todos corpulento

Y sobre todos la cabeza eleva

Armado Turno, cuyo almete al viento

Triple penacho ofrece, y alta lleva

Quimera que respira etneo aliento:

Ella su ardor al parecer renueva

Envuelta en tristes llamas, a medida

Que la lid se ensangrienta embravecida.

CLIX.

Con altos cuernos y relieves de oro

En tanto el terso escudo abulta Io,

Prole aparente de cerdoso toro

(Nobiliaria leyenda); Argos impío

Custodio allí de virginal tesoro

Osténtase también; también un río

L A E N E I D A

325

Figurado de líquida abundancia

De la urna cincelada Ínaco escancia.

CLX.

Con trabadas rodelas en los llanos

Una nube le sigue de peones:

Allí van los Argivos, los Sicanos

Antiguos, en cerrados batallones,

Y Rútulos, y Auruncos, y Sacranos;

Los Labicos, que pintan sus blasones;

Los que te explotan, Tibre, en bosques rico,

Y tus sagradas márgenes, Numico.

CLXI.

Y las gentes que rútulos collados

Cultivan; las que tratan la colina

Circea; las que campos sojuzgados

A Júpiter Anxur, y el que domina

Holgándose en sus verdes arbolados

Feronia; las que la húmeda Pontina

Laguna, y hondos valles por do Ufente

Helado va en el mar a hundir la frente.

CLXII.

Con gallardo escuadrón la marcha cierra

Honor, Camila, de la Volsca gente:

Sus jinetes temblar hacen la tierra

Acorazados de metal luciente.

No a hilar, no a tejer mimbres, mas en guerra

A lidiar y a sufrir, manos y mente

Dio la animosa virgen, que en su vuelo

Vence al aura y apenas toca el suelo.

CLXIII.

V I R G I L I O

326

Sobre campos y mieses pasaría

Sin mover las aristas la doncella

En su rápido curso; cruzaría

Con planta enjuta y fugitiva huella

Hinchadas olas de la mar bravía

Como sus pensa aparición. Por vella,

Mozos; hembras, en campos y poblados,

Acuden a su paso embelesados.

CLXIV.

Y aún de lejos admiran cómo vuela

Gentil; cómo con púrpura los bellos

Hombros, terciando regio manto, vela;

Y cómo los undívagos cabellos

En auríferos hilos encairela;

Cómo con licia aliaba da destellos;

Y cuál blande con noble desenfado

El mirto pastoral de hierro armado.

LIBRO OCTAVO.

I.

Así que de la guerra el estandarte

Turno en su alcázar tremoló en Laurento,

Y con ronca trompeta a toda parte

El alarma llevó, y en movimiento

Sus potros puso y el tropel de Marte,

Los ánimos se turban al momento,

L A E N E I D A

327

Todo el Lacio a su voz tiembla y le imita,

Toda la juventud arde y se agita.

II.

Por sumos jefes van Mesapo, Ufente,

Y aquel que de los Dioses se reía

Mezencio audaz: de agricultora gente

La campaña doquier dejan vacía,

Recursos rebatando. Incontinente

A Venulo sagaz allá se envía

Do el gran Diomédes asentó su corte,

Que anuncios lleve y de él favor reporte.

III.

Cómo con frigias naves ha llegado

Al Lacio; cómo ocupa la ribera

Con sus vencidos Dioses, y del hado

Corona y triunfos en el Lacio espera

El troyano adalid; cómo a su lado ti

Muchos corren, y, nuncio a su bandera,

Toma el dardanio nombre alas de fuego:

Esto el embajador dirale al Griego.

IV.

Más que el rey Turno y más que el rey Latino,

Dirale, en fin, mirar el mismo debe

A dónde a ese invasor, si con destino

Propicio entrare, fácil es le lleve,

De ambiciosas conquistas el camino.

Sabe en tanto que el Lacio se conmueve,

Y fluctúa en revuelto mar de ideas

Con zozobrante afán mísero Enéas.

V I R G I L I O

328

V.

Va, y viene, y torna el ánimo agitado,

Tienta todo y no para en una cosa:

Así un rayo de luz del sol dorado

O la alba luna, vibra y no reposa

Sobre jarrón de bronce reflejado,

En que diáfano líquido rebosa;

Trémulo, acá se anima y allá muere,

Sube, y los altos artesones hiere.

VI.

Es de noche, en los árboles y en tierra

Mudas yacen las aves y ganados;

Letárgico placer sus ojos cierra.

En tanto Enéas, presa de cuidados,

Lleno del pensamiento de la guerra,

Rindio a tardío sueño los cansados

Miembros, del cielo bajo el dombo frío,

En las amenas márgenes del río.

VII.

Y he aquí de entre la plácida corriente

Y pompa de los álamos umbría

Al Dios que guarda el Tibre, el Rey durmiente

Vio alzarse venerable, y que vestía

Cendal verdoso, y en su anciana frente

A las húmedas crines retejía

Oscuras juncias. Habla, y de esta suerte

Consuelo el Númen y esperanzas vierte:

VIII.

«¡Hijo de diva estirpe soberana,

Salve! tú, que arrancada al enemigo

Nos restituyes la ciudad troyana,

L A E N E I D A

329

Y a Pérgamo inmortal llevas contigo!

Ya sus muros a ti Laurento allana,

Y a ti sus campos abre el Lacio amigo.

Nada temas de próximos combates;

Que patria al fin tendreis tú y tus Penates,

IX.

»Calmóse de los cielos la tormenta,

Y hechos abonan la palabra mía;

Que aquí una hembra de cerdo corpulenta

Pronto verás entre robleda umbría,

Con treinta lechoncillos que alimenta,

Alba, en torno a sus ubres la alba cría;

Y aquí podrás, alzando al patrio muro,

De afánes tantos descansar seguro.

X.

»Treinta años pasarán, y Ascanio ufano

Fundará, coronando tu destino,

La ilustre basa del poder albano.

Apacibles verdades adivino;

Ilusiones no son de sueño vano.

Mas cómo por ahora abrir camino

Te cabe de tu triunfo al cumplimiento,

Diré en breves razones; oye atento:

XI.

»Los Arcades habitan este suelo,

Que nietos de Palante, acompañaron

Aquí a Evandro, su rey, con fiel anhelo

Siguiendo su pendón: sitio adoptaron,

Y con nombre sacado del abuelo

La ciudad Palantina edificaron

Sobre los montes. Ellos de contino

V I R G I L I O

330

En guerra están con el poder latino.

XII.

»Tu campo hermana con el suyo, y liga

Trata con ellos de amistad sincera.

Fácil a par de mi ribera amiga

Yo he de llevarte en dirección certera,

Tal que venzan subiendo sin fatiga

Tus remos mi raudal. Tú a la primera

Luz del día, con votos y con preces

Ve de Juno a amansar las altiveces.

XIII.

»Cuando conquistes del valor la rama

Gracias tributarás al poder mío.

Yo soy aquel que hoy miras cuál derrama

Su caudal sobre fértil señorío;

Soy el cerúleo Tibre, ilustre en fama

Y de los Dioses predilecto río:

Aquí en grandioso alcázar me solazo;

Nobles ciudades en mi cuna abrazo.»

XIV.

Dijo el río, y se hundio cual, si buscara

El hondo, lecho. A un tiempo se retira

La noche en ese instante, y desampara

El sueño a. Enéas. Yérguese él, y mira

Ya en oriente del sol la lumbre clara;

Y agua cogiendo (Religión le inspira)

Álzala de las palmas en el hueco,

Y así con llena voz anima el eco:

XV.

«¡Vos, Ninfas de Laurento (en quien los ríos

L A E N E I D A

331

Hallan, raza gentil, su ilustre oriente)

Y oh padre Tibre de raudales píos,

A Enéas acoged, y de su frente

Clementes apartad golpes impíos!

Doquier escondas tu sagrada fuente,

Doquiera, ¡oh bello Dios! secreto mores,

Tú apiadado calmaste mis dolores.

XVI.

»De mi! por siempre en himnos bendecido

Serás, y honrado con perpetuos dones,

Tú, de cuernos undívagos ceñido,

Rey de ríos de Italia en las regiónes!

Sólo espero me asistas, sólo pido

Que ratifiques ya tus prediciones.»

Dijo; y dos barcos de su flota alista,

Y gente hecha a bogar, de armas provista.

XVII.

En este punto; (¡oh místicas señales!)

Cándida hembra de cerdo con sus crías

Enéas ve, que, en la color iguales,

Se han tendido en las márgenes umbrías

Sobre la verde hierba. Ofrendas tales

El troyano adalid con manos pías

Te hará, ¡máxima Juno! Ya ante el ara

Dones presenta, y con la grey se para.

XVIII.

Y el Tibre, que bajó la noche entera

Hinchado, su corriente a la mañana

Con reflujo suavísimo modera

Y como estanque plácido la allana,

Y abre a las quillas próspera carrera.

V I R G I L I O

332

Con gozoso rumor la caravana

Ya remos bate, y sobre el fondo quieto

Fugaz resbala el embreado abeto

XIX.

Los árboles se asombran de la orilla

Viendo venir por el cristal sereno

La pintoresca copia, y cómo brilla

Distante con las armas de su seno.

Día y noche bogando la escuadrilla

El río sube de recodos lleno;

En selvas laberínticas se pierde,

Y cruza en ledo giro el bosque verde.

XX.

En medio ya de su radiante vuelo

Ardía el sol, cuando avistó el Troyano

Muros y alcázar, blanco a su desvelo,

Y casas esparcidas, que el romano

Poder más tarde levantó hasta el cielo;

Que era Evandro modesto soberano,

Y modesta su corte. Apriesa inclinan

Las proras ya, y a la ciudad caminan.

XXI.

Solemnes por ventura en aquel día

El Rey árcade honores tributaba,

Antes de la ciudad, en selva umbría,

Al semidios de la invencible clava.

Allí Palante, hijo del Rey, se via,

Rudo senado y juventud no esclava,

Incesando a los Númenes. Gotea

Caliente sangre y ante el ara humea.

L A E N E I D A

333

XXII.

Ellos, viendo que fáciles ascienden

Por entre el bosque opaco altos navíos,

Y hombres que, al parecer, los brazos tienden

Sobre los remos con callados bríos,

La ceremonia con temor suspenden;

Levántanse. Culpables descarríos

Palante audaz reprime, y el acero

Empuña, y al peligro va ligero.

XXIII.

Ya de un alto estas voces firme envía:

«¿Quiénes, mancebos, sois? ¿Cuál clima esconde

Vuestra cuna y origen? ¿Quién por vía

Tan desusada os impelió, y a, dónde?

¿Paz, o guerra traéis ¿Qué intento os guía?»

En pie sobre la popa así responde

Enéas a Palante, y en la diestra

Rama de oliva, alegre anuncio, muestra:

XXIV.

Hijos somos de Troya peregrinos,

Y aquestas armas que confuso admiras,

Armas contrarias son a los Latinos,

Que nos rechazan con rebeldes iras.

Ver ansiamos a Evandro: a sus destinos

Unir los nuestros, con leales miras

Proponemos Dardanios principales.

Tal pedimos; tú lleva anuncios tales.»

XXV.

Pásmale el nombre que oye, y, «¡Ven conmigo. »

Palante dice, «ven, quienquier tú seas,

Donde hables a mi padre, y al abrigo

V I R G I L I O

334

De mis Penates hospedado seas.)

Tómale de la mano y como amigo

En las suyas retiene la de Enéas;

Y enselvándose juntos se desvían

Del Tibre, y hacia el Rey los pasos guían.

XXVI.

Manso a Evandro habló Enéas: «Ofrecerte

La verde rama de ínfulas vestida,

¡Oh el mejor de los Griegos! hoy la suerte

Me depara feliz. Ni me intimida

Arcade y jefe a ti de Dánaos verte

Y consanguíneo de uno y otro Atrida.

Hanme traído oráculos sagrados,

y mi propio querer y el de los hados;

XXVII.

»Y tu fama también, que espacio luengo

Discurre por el mundo; y la lejana

Común raíz que con tu raza tengo:

Padre y autor de la ciudad troyana,

Hijo Dárdano fue, nuestro abolengo,

De Electra (en Grecia tradición anciana

Lo acredita); hija Electra fue de Atlante,

Que a cuestas lleva el fuego rutilante.

XXVIII.

»Mercurio, de otro lado, es vuestro abuelo,

Que de Maya gentil nacido un día,

Por vez primera de la luz del cielo

Goz6 en la cumbre de Cilene fría;

Y, si ya sin incrédulo recelo

En arraigada tradición se fia,

Hija Maya es de Atlante, el mismo Atlante

L A E N E I D A

335

Que a cuestas lleva el cielo rutilante.

XXIX.

»Así un tronco en dos vástagos se parte,

Y una sangre tenemos. Con legados

No me anuncié, por eso, ni con arte

Pretendí tu amistad tentando vados;

Mas yo mismo en persona, aquí a obligarte

Ocurro al corazón de tus Estados.

Y es común nuestro honor: la Daunia gente

Tu y yo tenemos enemiga enfrente.

XXX.

»¿Y quién no ve que si ella nos extraña,

El territorio entero a la coyunda

Humillará de su arrogante saña,

Y el mar que a Hesperia superior inunda

Suyo será, y el que inferior la baña?

Mutua fe dos ejércitos confunda:

Por mí, aporto a la unión de ambos pendones,

Sufridos y valientes corazones.»

XXXI.

Habló Enéas: Evandro larga pieza,

Mientras hablaba, con afán prolijo

Mírale de los pies a la cabeza,

Y «¡Oh el más valiente de los Teucros!» dijo:

«¡Con qué placer (pues con cabal certeza

Quién eres contemplándote colijo)

Te doy mis brazos! En tu faz, tu acento

Miro a tu ilustre padre, a Anquíses siento.

XXXII.

»Yo recuerdo que a Hesíone su hermana

V I R G I L I O

336

Visitando, y su corte, en Salamina,

Por la Arcadía pasar, de nieves cana,

Príamo quiso. Con su flor divina

Me arrebolaba juventud temprana,

¡Cuánto a la comitiva peregrina

Admiré entonces! Mas Anquíses era,

Entre nobles figuras la primera.

XXXIII.

»Yo hablarle y estrechar su mano ansiaba,

Joven el alma y de entusiasmo henchida;

Llegué, y al muro que el Feneo lava,

Oficioso llévele. A su partida

Licias saetas y una insigne aliaba

Y una clámide de oro entretejida,

Y dos frenos me dio, también de oro,

Que hoy de Palante son gala y tesoro.

XXXIV.

»En fin, cual lo pedís, la mano mía

Os doy en prenda de amistad sincera.

Y a fe que al primo albor del nuevo día

Iréis con los auxilios que mi esfera

Consiente. Con participe alegría

(Pues dilatarlo más delito fuera)

A celebrar en tanto yo os convido

Este anual sacrificio interrumpido.

XXXV.

»Y desde hora a un festín y a unos altares

Mostraos a concurrirá nuestro lado.»

Dijo; alejados vasos y manjares

Pide; céspedes da de herboso estrado

Por sillas a los nuevos auxiliares;

Y a Enéas en lugar privilegiado

L A E N E I D A

337

Rústico solio de arce y piel lanuda

De soberbio león, brindar no duda.

XXXVI.

Y jóvenes selectos, y del ara

Canos ministros, traen enseguida

Entrañas que el divino fuego asara,

Cestas do con su don Céres convida,

Tazas do su caudal Baco depara.

Enéas y su guardia, allí tendida,

Lomos de un buey entero, trozos hacen,

Y consagrados intestinos pacen.

XXXVII.

Calmada el hambre, que ávida devora,

Evandro dijo así: «No rito vano,

No vil superstición, despreciadora

De antiguos dioses, fue, huésped troyano,

Quien el solemne altar que ves ahora

Y, estas mesas alzó por nuestra mano;

Fue justa gratitud: piadoso culto

Rendimos, salvos ya de fiero insulto.

XXXVIII.

»¿Ves esa roca en peñas sustentada

Y tanta piedra en torno desparcida,

Y desierta del monte la morada?

¿El estrago no ves que en su avenida

Hicieron recias moles? Tu mirada

Contempla la recóndita guarida,

El antro hondo de quien huésped era

Caco, mitad humano, mitad fiera.

V I R G I L I O

338

XXXIX.

»No visitó su lóbrego recinto

El sol: siempre de víctimas recientes

Estaba el suelo con la sangre tinto;

Y en las puertas terríficas pendientes

Gustaba ver su criminal instinto

Torvas cabezas. De su boca ardientes

Humos lanzaba, de Vulcano prole

El monstruo, al menear su inmensa mole.

XL.

»Trayéndonos, al fin, un ser divino,

El tiempo coronó nuestro deseo:

Máximo vengador, después que al trino

Gerión humilló, con el trofeo

Riquísimo ufanado, Alcídes vino

Rigiendo en victorioso pastoreo

Ganado hermoso, y vímosle guialle

A par de este almo río, en este valle.

XLI.

»Cuatro toros proceros, porque nada

Sin ensayar dejase en fraude o crimen,

Y cuatro vacas hurta a la majada

Caco sagaz, y de su cueva al limen

Tíralos por la cola: revesada

La senda, huellas sin concierto imprimen;

Así, quienquiera que a buscarlos pruebe,

Rastro no habrá que a término le lleve.

XLII.

»Entre tanto a partir apercibido,

Amenazaba Alcídes su ganado

Repleto asaz, que con mayor bramido

L A E N E I D A

339

Ya aqueste deja atrás, ya aquel collado:

Estremece los bosques el gemido

Por quejumbrosos ecos dilatado,

Y una novilla en la caverna honda

Da un gran mugido que a la grey responda.

XLIII.

»Así un lamento de la res esclava

La esperanza burló, turbó el sosiego

Del tirano raptor. En furia brava

Hércules todo enardecióse, y ciego

Arrebatando1a nudosa clava,

A la cumbre del monte corre luego;

Y por primera vez Caco en los ojos

Mostró terrores en lugar de enojos.

XLIV.

»Y huye, vuela al sagrado de su gruta

Más que el Euro veloz; de alas le dota

Los pies el miedo que la faz le inmuta:

Huye, y se esconde, la cadena rota

Que a la entrada suspende piedra bruta:

(Merced del padre, que en edad remota

Forjó los eslabones); y la puerta

El soltado peñón deja cubierta.

XLV.

»Murado el monstruo, el héroe que el camino

Le seguía, llegó de rabia insano;

Mira acá, torna allá, perdido el tino,

Los dientes cruje, y su furor es vano.

Él tres veces da vuelta al Aventino,

Tres veces él con vengadora mano

Entrada busca sin que modo halle,

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340

Y tres rendido se sentó en el valle.

XLVI.

»El dorso coronando de la cueva

Hubo a dicha una roca agreste, aguda,

Que a los ojos altísima se eleva

De contornos simétricos desnuda:

Infausto alado ejército la aprueba

Porque a hacer nidos en su cumbre acuda;

Y ella propia hacia la onda tiberina,

Que a izquierda huyendo va, mira y se inclina.

XLVII.

»Fuerte y mafioso, por el diestro lado

Opuesto Alcídes al peñón, ensaya

Moverlo, y de raíz desencajado,

Ya sin que estorbos a sus fuerzas haya,

Empújalo: con eco prolongado

El aire en torno retumbó; la playa

Tiembla oprimida por la enorme piedra

Y medroso el raudal salta y se arredra.

XLVIII.

»En su palacio y lóbrega caverna

Caco al punto aparece a descubierto,

Cual sí en su fondo la región inferna

Mostrase el suelo de repente abierto,

Y las sombras de aquella Noche eterna

Que aborrecen los Númenes, incierto

De luz un rayo penetrara, y ése

A los Manes de asombro estremeciese.

XLIX.

»Sorprendido en su cóncavo agujero,

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341

Viendo la claridad que se derrama

Intempestiva a denunciarle, fiero

En modo inusitado Caco brama:

Tírale dardos Hércules ligero

Del borde, y armas en su auxilio llama

De toda especie, porque al monstruo oprima:

Ramos, disformes piedras le echa encima.

L.

»Ya perdida de fuga la esperanza,

Caco (¡nuevo prodigio!) en su defensa

Columnas de humo de las fauces lanza,

Y el ámbito entoldando en nube inmensa.

Roba a los ojos cuanto a ver se alcanza.

Y une fuego siniestro y sombra densa

En caótico horror. Mas sus ardides

No acobardaron el valor de Alcídes.

LI.

»Antes él donde ve que más agita

Ondas el humo, y más su hervor encienda

El negro abismo, allí se precipita

Con salto audaz: entre sus brazos prende

Al que incendios inútiles vomita,

Y vigoroso le comprime, y hiende

Seca de sangre la feroz garganta

Y los hórridos ojos le quebranta.

LII.

»Y volcada la puerta, al claro día

Las reses y rapiñas que el perjuro

Guardaba y pertinaz negado había,

Salen: crece el concurso: al aire puro

Arrastran por los pies la mole fría;

V I R G I L I O

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Ni se hartan de mirar el rostro, el duro

Gesto, y pecho cerdoso cual de fiera,

Y extinta la garganta que fue hoguera.

LIII.

»Desde entonces, cual ves, el beneficio

Grata celebra en cada universario

Cada generación. Autor Poticio

Fue del culto de Alcídes, y el Penario

Linaje guarda el religioso oficio.

El puso en este hojoso santuario

Esa ara, que por máxima tenemos

Siempre, y siempre por máxima tendremos.

LIV.

»¡Ea! de hojas ceñida la cabeza,

Alzad los vasos y verted del vino,

Honrando, amigos, la feliz proeza,

E invocad todos a Hércules divino

Que a todos cubre con igual largueza.»

Dijo el Rey; y entre verde y blanquecino,

Caro, el álamo, al Dios, vistió las frentes

Con sombra circular y hojas pendientes.

LV.

Y llenando la diestra el cáliz santo,

Liban todos con rostro placentero,

Y a los Dioses invocan. Entre tanto

El Héspero, rodando el hemisfero,

Enciende su fanal. Y ya con manto

De piel, los sacerdotes (el primero

Poticio) marchan, por ritual costumbre

Llevando en hachas la sagrada lumbre.

L A E N E I D A

343

LVI.

Renuévase el banquete: los presentes

De gratísimos dones y manjares

Segundas mesas cubren, y con fuentes

Rebosantes coronan los altares;

Y cercando las aras relucientes,

A entonar ya sus plácidos cantares

Los Salios van, a quien con sacro adorno

El álamo la sien guarnece en torno.

LVII.

De mancebos un coro, otro de ancianos,

De Hércules cantan los gloriosos hechos:

Cómo dejó con infantiles manos

Los dos gemelos áspides deshechos

Que envio su madrina; los troyanos

Cómo hundio luego y los ecalios techos,

Y pruebas mil un día y otro día

Venció bajo agrio Rey y Diosa impía:

LVIII.

«Trajiste, invicto, al hierro de la muerte

Nubígenas biformes, Folo, Hileo:

Monstruos en Creta domeñaste fuerte,

Y entre sus rocas al león Nemeo:

Tiemblan las aguas del Estigio al verte;

Y del Orco el guardián inmundo y feo

Tembló en su hórrido antro, donde allega

Huesos roídos que con sangre riega.

LIX.

»No se halló sombra que cejarte hiciera,

Ni aún Tifeo, y armado y corpulento,

Ni vio turbarse tu razón, la fiera

V I R G I L I O

344

Hidra, al sitiarte con cabezas ciento.

¡Salve, prole de Jove verdadera

¡Al coro divinal nuevo ornamento!

A los tuyos, aquí, y al sacrificio,

Ven con fáciles pasos, ven propicio.»

LX.

Cantaba el coro así: la áspera roca

De Caco, en fin, su lóbrega guarida

Conmemora, y al monstruo, por la boca

Fuego arrojando, aliento de su vida.

Mueve el canto a la selva, y lo revoca

El eco por los montes. Enseguida

Las sacras ceremonias ya acabadas,

A la ciudad dirigen las pisadas.

LXI.

A un lado el hijo, el huésped a otro lado,

Caduco en ambos sostenido iba

El buen Rey, y el camino el variado.

Hablar recrea. La mirada viva,

Pasa de cosa en cosa, embelesado

Enéas con la amena perspectiva,

Y pide, a cada antiguo monumento,

Para ojos y oídos alimento.

LXII.

Y Evandro, rey que a, alcázares romanos

Echó la basa, de este modo empieza.

«Oye: indígenas Ninfas y Silvanos

Poblaban de estos bosques la aspereza,

Y unos hijos de robles, medio humanos,

Ni a poseer hacienda, ni riqueza

A llegar avezados, ni a uncir bueyes;

L A E N E I D A

345

Gentes duras, sin hábitos ni leyes.

LXIII.

»Cruda caza y el árbol más vecino

Nutríanlos. Saturno fue el primero

Que a, esta región desde el Olimpo vino

De Jove huyendo el vengativo acero:

Destronado en el cielo, peregrino

En 1.a tierra, el linaje aquel grosero,

Disperso en la selvática fragura,

Trajo a obediencia y a civil cultura.

LXIV.

»Lacio quiso llamar al suelo hesperio

Que dio refugio a su deidad latente;

Y vio bajo su sacro magisterio

Lucir de oro la edad la humana gente:

En paz ejerció el Dios su blando imperio,

Hasta que en cambio vino lentamente

Siglo menos hermoso, germinando

Amor de lucro y ambición de mando.

LXV.

»Al Lacio entonces las Ausonías gentes

Vinieron, y vinieron los Sicanos;

Y de nombre mudó veces frecuentes

La tierra de Saturno; y de tiranos

Fue regida: uno de ellos, el de ingentes,

Miembros, Tibris feroz; los Italianos

Trasladamos al Tibre su apellido,

Que antaño Albula fue: nombre perdido.

LXVI.

»Yo del país que vio rodar mi cuna

V I R G I L I O

346

Fugitivo, a marítimos azares

Lánceme, omnipotente la fortuna

Y el hado incontrastable aquí mis lares

Plantaron de raíz. Con oportuna

Inspiración Apolo en altos mares,

Y mi madre Carmenta con tremenda

Profética lección, me abrieron senda.»

LXVII.

Dice; y andando, al rey de los Troyanos

Señala el ara y puerta que, en memoria

De aquella Ninfa que explicando arcanos

El arte ejercitó, divinatoria,

Carmental apellidan los Romanos:

Ella de los Enéadas la gloria

Profetizó sobre el país latino,

Y el futuro esplendor del Palatino.

LXVIII.

Y el bosque ingente enséñale que un día

Tornó en asilo Rómulo guerrero;

Y el Lupercal bajo la roca fría,

Así nombrado como Pan lobero

Por costumbre que entre Arcades regía;

De Argos, su huésped, cuenta el caso fiero,

Y de Argileto el sacro umbroso abrigo

Muestra, y toma el paraje por testigo,

LXIX.

Y la roca Tarpeya, en el camino,

De ahí, y el Capitolio Evandro ensena,

Hoy mole rica y oro peregrino,

Mustio collado ayer y áspera breña:

Aun entonces el vulgo campesino

L A E N E I D A

347

Reverenciaba el bosque y tosca peña,

Tocado ya del religioso miedo

Que reina del sagrado sitio en ruedo,

LXX.

«¿Ese collado ves, que señorea

Frondosa cima?» dice Evandro; «mora

En ese bosque una deidad; cuál sea

El misterioso Dios sólo se, ignora:

Al mismo Jove ya, cuando menea

La negra egida en diestra vengadora

Y a tempestad el cielo todo mueve

Jura haber visto no una vez la plebe.

LXXI.

»Repara luego este y aquel anciano,

Monumento; esparcidos los pedrones

Contempla: ves reliquias de lejano

Imperio y de antiquísimos varones.

Una fundó Saturno y otra Jano

De esas dos arruinadas poblaciones;

Janículo por ello ésta se nombra,

Y Saturnio apellido a aquélla asombra.»

LXXII.

Hablan; y ajena al esplendor del oro

Tienen delante la real morada;

Y donde asombran hoy Romano Foro

Y espléndidas Carenas, ven manada,

Tranquila vagueando, y manso toro

Oyen mugir. Evandro, ya a la entrada,

«Pasando estos umbrales,» dijo, «Alcides

Bajó la frente victoriosa en lides.

V I R G I L I O

348

LXXIII.

»Él tuvo por palacio el hogar mío:

Anímate, y tú mismo a un Dios te iguala;

Tesoros menosprecia, y sin desvío

Ven, huésped bueno, a una mansión sin gala.»

Dice; y entrando, con afecto pío

Da a Enéas corpulento estrecha sala,

Y en un lecho de hojas le reposa

Con piel cubierto de africana osa.

LXXIV.

Rueda entretanto, y con su sombra parda

La noche abraza al mundo. Y Venus bella,

Que, a punto mira de que en guerras arda

Laurento, el azorado afán que en ella

Trabaja, ya no enfrena, y más no tarda,

Y en el lecho de oro donde sella

Vulcano su afición, frases enhila

En que miel de divino amor destila:

LXXV.

«Cuando Ilion sin esperanza alguna

Dilataba tan sólo su caída,

Y más que de altos reyes, de Fortuna

Iba a ser Troya en llamas destruida,

No a ti para los tristes, importuna

Pedí entonces, esposo de mi vida

Armas; en ejercicio de tu arte

No quise inútilmente fatigarte.

LXXVI.

»Callé prudente, aunque debía tanto

De Príamo a los hijos, y a menudo

De Enéaslos esfuerzos, no sin llanto,

L A E N E I D A

349

Ví frustrarse. Hoy que al fin llegar él pudo

Con el favor de Jove, ¡oh númen santo!

Al país de lor Rútulos, yo acudo

A ti, yo a ti mis súplicas dirijo;

Y madre, armas te pido para un hijo.

LXXVII.

»Vencerte supo la hija de Nereo

Y con su llanto la Titonia esposa;

¡Y yo... ! ¿Esas gentes que en marcial arreo

Hierros forjan, en liga poderosa

Ves? ¡En muros cerrados yo las veo

Mi ruina maquinar!» Habló la Diosa,

Y con sus brazos de aparente nieve

Blanda al lento marido ciñe y mueve.

LXXVIII.

En medio del letargo, de repente

Recibe el Dios la conocida llama,

Y el calor que le llaga dulcemente

Rápido por sus huesos se derrama:

Así cuando en relámpago fulgente

La ennegrecida atmósfera se inflama,

Con lumbre devorante cruza inquieta

El seno de las nubes ígnea grieta.

LXXIX.

Cuánto el poder de su hermosura obliga

Conoció Venus en el buen suceso

De la añagaza. Respondióle, en liga

De inacabable amor Vulcano preso:

«De argüir con recuerdos, la fatiga

Excusa; ¿en mí no fias? Si antes eso

Que hoy piensas, me dijeses, los Troyanos

V I R G I L I O

350

Armas, Diosa, llevaran de mis manos.

LXXX.

»Ni Jove omnipotente ni el Destino

Troya ni a su Rey negado habría

Vivir diez años más. Y pues te vino

En gustos hoy guerrear, y hay tal porfia,

Cuanto con hierro o con electro fino

Labrar es dado, cuanto el arte mía

Consigue laboriosa, cuanto puedo.

En suma, concederte, lo concedo.

LXXXI.

»El aire y fuego me obedece: en duda

No pongas la eficacia de tu ruego;

Todo lo alcanza, y mi poder te ayuda.»

Así razona cortésmente, y luego

Rendido a la beldad Vulcano anuda

Los vínculos de amor, de amores ciego,

Y dichoso en los brazos de su dueño

Se deja poseer de un manso sueño.

LXXXII.

Cual matrona obligada que granjea

Con la rueca y labores delicadas

El sustento a la vida, la tarea

Al desvelo añadiendo, aletargadas

Cenizas se alza a reanimar, y emplea

En la obra a la lumbre sus criadas,

Y así el lecho que el cónyuge le fia

Guarda sin mancha, y los hijuelos cría;

LXXXIII.

No menos listo y a la misma hora

L A E N E I D A

351

(Cuando va en la mitad de su carrera

La Noche, y al alado Sueño azora,

Gustada apenas la quietud primera),

Del estrado en que Venus le enamora

Alzase el Dios que sobre el fuego impera,

Y del cielo a la tierra en. que trabaja,

Vulcania en nombre y obediencia, baja.

LXXXIV.

Esta a la eolia Lípara se arrima

Y a la sícula costa, isla ardua: humea

De riscos erizada: en honda sima

Truena la ancha caverna ciclopea,

Etna nuevo que el negro oficio lima:

Golpe duro los yunques martillea;

El candente metal no da sosiego,

Zumba el aire, en la fragua aceza el fuego

LXXXV.

Bronte, Esteropo y Piracmon desnudo,

Ciclopes esforzados, a porfía

En la vasta oficina un rayo agudo,

De aquellos que en ardiente lluvia envía

Jove del alto Olimpo al orbe mudo,

Fabricaban. El rayo aparecía,

Al arribo del Padre ignipotente,

Pulido en parte, en parte deficiente.

LXXXVI.

Tres dardos de granizo en la obra bella,

Tres de agua etérea, tres de alado viento,

Tres de fuego que fúlgido destella,

Mezclado habían; y en aquel momento

Tonante voz, terrífica centella

V I R G I L I O

352

Añadían, y sordo aturdimiento

E incendio vengador. En otra parte

Ruedas labran prestísimas a Marte:

LXXXVII.

Ruedas labran al carro en que alborota

Al mundo el Dios que guerras siembra y llamas;

Y a Pálas más allá, broquel y cota

En que esplenden auríferas escamas,

Tersan también, donde el que mira nota

De hidras feroces peregrinas tramas

Y, apto a que el pecho a la deidad defienda,

Segado vulto de mirada horrenda.

LXXXVIII.

«Alzad,» dijo llegando el Dios herrero,

«Cuanto empezado habéis, Cíclopes míos,

Alzad; y atentos escuchadme: quiero

Armas para un varón de grandes bríos.

Manos pujantes y exquisito esmero

Aquí todos poned, y aquí lucíos

De magistral destreza haciendo alarde:

Sus! la obra empiece, y en salir no tarde'»

LXXXIX.

Dice; y al punto la labor partida,

A ella corren con ímpetu ligero:

Bullen torrentes de oro; se liquida

En la ancha fragua el llagador acero:

Y escudo ingente, impenetrable egida.

Que contraste al latino campo entero,

Al paladino los Cíclopes trazan

Con siete discos que entre sí se abrazan.

L A E N E I D A

353

XC.

Cuáles, en medio a la común fagina,

Suenan los sopladores fuelles; cuáles

Zabullen en el agua allí vecina

Con estridor fogoso los metales:

Gime de heridos yunques la oficina:

Alzando con gran fuerza el brazo, iguales

Alternos golpes dan; tenaza emplean

Mordaz, y el hierro sin cesar voltean.

XCI.

En tanto que así brega el buen Vulcano

En su antro humoso, en su tranquilo lecho

La luz bendita y gorjear temprano

De las aves que triscan en el techo

A Evandro despertaban. El anciano,

La túnica vistiendo al fuerte pecho,

El nuevo día a saludar se alza;

Las sandalias tirreñas ciñe y calza;

XCII.

Del hombro abajo acomodar no olvida

Al cinto puesta la tegea espada,

Y del izquierdo lado desprendida

Tercia una de leopardo piel manchada;

Y ya dos canes que en su guarda cuida

Y parejos anuncian su llegada,

No bien de su alto nido los umbrales

Ha traspuesto, con él saltan leales.

XCIII.

De las habidas pláticas, no en vano

Recuerda el prometido contingente

El Rey, y con su huésped mano a mano

V I R G I L I O

354

Anhela de partir secretamente.

Pues no menos que el Arcade, el Troyano

Madrugador anduvo y diligente:

Hace a Enéas Acátes compañía;

Evandro con Palante el paso guía.

XCIV.

Ya las diestras se estrechan; ya convida

El uno al otro a la interior morada;

Siéntanse en soledad apetecida,

Y así el Rey empezó con voz pausada:

«¡Oh ilustre capitán, que a nueva vida

Alzas contigo tu nación postrada!

No por mi fama y por las glorias, tuyas

Grande el auxilio que te ofrezco arguyas.

XCV.

»Flaco es nuestro poder; que de una parte

Jurisdicción nos quita el tusco río;

De otra, el Rútulo audaz con fuerza y arte

Brama en torno a los muros. Mas yo fio

Con un pueblo magnánimo asociarte,

Fuerte en recursos y apazguado mío:

Propicia la ocasión te anuncia bienes;

Al llamamiento de los hados vienes.

XCVI.

»De aquí trecho no grande Agila dista,

Ciudad fundada en secular cimiento,

Que de la Lidia gente fue conquista

Cuando en montes de Etruria hizo ella asiento,

De armas que suele el triunfo honrar, provista.

Años muchos de paz tuvo y contento,

Hasta que al rey Mezencio dar le plugo

L A E N E I D A

355

Muestras de amo cruel y atroz verdugo.

XCVII.

»¿Quién sus maldades hay que en fiel trasunto

Describa? ¡Mal contadas al tirano

Le sean, y a sus hijos! A un difunto

Cuerpo atar le era fiesta un cuerpo sano,

Diestra con diestra, el rostro al rostro junto,

(Oh de martirizar modo inhumano!)

Y en duro abrazo y entre inmunda baba

Así a un mezquino muerte lenta daba.

XCVIII.

»Alzóse un día armado el pueblo: afronta,

Cansado de sufrir, al Rey: su casa

Sitia, hervidero de maldades: pronta

Muerte a los suyos da: ya el techo abrasa

El fuego, que enojado se remonta.

En medio del estrago huye él, y pasa.

Al campo de los Rútulos: le asila

Turno, y el hierro en su defensa afila.

XCIX.

»En justa indignación toda se enciende

Etruria, y de rebato a la cuchilla

El cuello criminal traer pretende.

Tú a esos miles de bravos acaudilla,

¡Oh Enéas! te abriré camino; atiende:

Empavesada hervía ya en la orilla

La densa escuadra, cuando oyó de un viejo

Arúspice el fatídico consejo:

C.

«¡Meonia juventud, flor y corona

V I R G I L I O

356

»De antigua raza! Apruebo que a Mezencio

»Siga el justo furor que le destrona,»

Dice, «mas en Italia no hay, sentencio,

»Tan gran pueblo a vencer, capaz persona;

»Buscad jefe extranjero!» Hondo silencio

Al divino pronóstico sucede,

Y aterrado el Etrusco retrocede.

CI.

»Hoy la acampada hueste a mi se fia:

Cetro, diadema, insignias imperiales

Con legados aquí Tarcon me envía,

Y que vaya me pide a sus reales

Y ejército gobierne y monarquía.

Flojas mis fuerzas son a empresas tales,

Flacos mis hombros a tan grave carga,

Fría e inerte senectud me embarga,

CII.

Y no a Palante en mi lugar envío;

Que en lo extranjero no es cabal; sabina

Madre altera su origen. Esto, y brío

Juvenil, tienes tú, y una divina

Voz te llama. No tardes, huésped mío;

¡A su gloria dos pueblos encamina!

Yo este buen hijo, de mi edad caduca

Gloria y solaz, te allego; tú le educa.

CIII.

»Edúcale en las armas: tu dechado,

Tú en armas le serás ejemplo y guía.

Aprenda desde mozo a ir a tu lado,

Paciencia ejercitando y valentía.

Jinetes además, lo más granado,

L A E N E I D A

357

Te doy doscientos de la gente mía;

Y otros doscientos de ánimo arrogante

En nombre suyo aportará Palante.»

CIV.

Dijo. Enéas sin voz, sin movimiento,

Y Acátes, duda amarga, triste idea

Revuelven en el alma. En tal momento

Dales a cielo abierto Citerea

Clarísima señal. El firmamento

Con subitáneo estruendo centellea,

Y que cruje parece y se derrumba,

Y de tirrena trompa el eco zumba.

CV.

Alzan los ojos: se oye el estallido

Otra vez y otra, y por región serena

Ven en convoy de nubes conducido

Un haz de armas lumbrosas, y que suena

Sienten de, lejos el metal herido.

Pásmanse todos. Mas la voz que truena

Conoce Enéas, y que cumple, entiende,

Venus su alta promesa y le defiende.

CVI.

«No escrutes, noble valedor,» exclama,

«El prodigioso agüero; en mí confía:

Esa voz del Olimpo a mí me llama;

Es fausto anuncio que mi madre envía,

Mi madre, alta deidad. Cuando la llama;

Marcial prendiese, me ofreció daría

Esa señal: su protectora mano

Armas me trae que forjó Vulcano.

V I R G I L I O

358

CVII.

«¡Y oh qué gran mortandad miro presente

Al malhadado campo Laurentino!

Al polvo, Turno, inclinarás la frente

Y tú cuánto broquel, Tibre divino,

Cuánto yelmo darás en tu corriente,

Y derribado cuerpo al mar vecino!

¡Vengan ahora a desplegar sus haces;

Vengan, y rompan las juradas paces«

CVIII.

Dice; y del alto solio se levanta:

El muerto fuego a Alcídes consagrado

Devoto anima sobre el ara santa;

Al Lar después, la víspera obsequiado

Y a los Penates húmiles la planta

Mueve: Evandro y los Teucros, lado a lado,

Por fuero y religión inmemoriales

Inmolan escogidos recentales.

CIX.

Encamínase luego hacia las naves

El dux troyano a revistar su gente:

Para la dura guerra y trances, graves

Lo más lucido elige y más valiente:

En blando flote y vueltas van suaves

Los otros, a merced de la corriente;

Con éstos enviar al hijo quiso

De sí mismo y su empresa fausto aviso.

CX.

La marcha, al par, terrestre se acelera:

Caballos danse al héroe y su mesnada;

La alfana que a él le traen cubre entera

L A E N E I D A

359

Piel de león roja de uñas de oro armada,

Ya la exigua ciudad sabe y pondera

Que al Rey tirreno vuela una brigada:

Doblan votos las madres: creces toma

Al susto el riesgo; inmenso Marte asoma.

CXI.

Al hijo estrecha el Rey, su mano asida,

Y «¡Oh! hicierame volver favor celeste

A los pasados años de mi vida,

Cuando eché a tierra lo primera hueste»

Dice en larga llorosa despedida

«Aquí mismo, en el valle de Preneste,

Y los escudos de las rotas filas

Quemé triunfante en levantadas pilas!

CXII.

»A Herilo allí, descomunal guerrero,

Tumbó esta diestra al Tártaro profundo;

De su madre Feronia (¡caso fiero!)

Tres formas recibió viniendo al mundo:

Rey de alma triple y desdoblado acero,

Muerto un tronco, quedábale el segundo

Y otro después. Mas a los golpes míos

Rindió sus armas y agotó sus bríos.

CXIII.

»Fuese así, no a mis brazos te arrancaras;

Buen hijo; ni insultando la frontera

Con mengua mía, tantas vidas caras

Mezencio criminal segado hubiera;

¡Desolada ciudad, no así lloraras!...

Vosotros, ¡oh! de superior esfera

Dioses! ¡gran Jove, reinador supremo!

V I R G I L I O

360

A vuestro númen recurrir no temo.

CXIV.

»¡Oh! ;del arcade Rey el desconsuelo

Os mueva a compasión, y de un anciano

Padre las preces escuchad! ¡Si el Cielo

Ha de volverme mi Palante sano;

Si él algún día alegrará mi duelo;

Si firme unirle a mí no espero en vano

El término alargad de mi partida.

Trabajos sufriré; quiero la vida!

CXV.

»Mas si un hado cruel fúnebres lazos

A mi esperanza tiende y mi deseo,

Lícito sea fenecer los plazos

De esta mísera vida, hora que aún veo

Incierto lo futuro, y que en mis brazos

Te tengo, hijo, y en verte me recreo,

¡Tú, tan tarde gozado y tan querido!

Nunca nueva fatal hiera mi oído!»

CXVI.

Tal sus adioses últimos plañia

El Rey; y enajenado de sentido,

En brazos sus criados a porfía

Le restituyen al desierto nido.

Y sale la veloz caballería

Por las abiertas puertas con ruido:

En primer línea Enéas va y Acátes;

Otros siguen en pos teucros magnates.

CXVII.

Con rica sobreveste gallardea

L A E N E I D A

361

Ostentando en sus armas sus blasones

Entre todos Palante: así campea

El lucero que en líquidas regiones

Se baña, cuyo fuego Citerea

Ama sobre el de cien constelaciones,

Cuando su faz divina alza en el cielo

Y rasga de la triste noche el velo.

CXVIII.

Desde el muro las madres aterradas

Ven las nubes de polvo cuál se extienden,

Y siguen con atónitas miradas

Las bandas que con tanto acero esplenden.

Por desechas de zarzas erizadas,

Abreviando camino, armados hienden,

Y en escuadrón que clamoroso cierra

Galopando a compás baten la tierra.

CXIX.

Cabe el helado Ceretano río

Hay un gran bosque; y mucho negro abeto

Que alturas forma en torno, hácele umbrio;

Le consagró tradicional respeto.

Es fama que a Silvano, númen pío,

Apropiaron aquel lugar secreto

Los antiguos Pelasgos, los primeros

Que ocuparon del Lacio los linderos:

CXX.

El sitio al Dios de campos y ganados

Le dedicaron, y un solemne día.

No lejos de estas selvas sus soldados

Tarcon apercibidos guarecía;

Y podíase ya de los collados

V I R G I L I O

362

Altivos, contemplar en lejanía

La legión que en los llanos acampaba,

Y dónde empieza, ver, y dónde acaba.

CXXI.

Al bosque ameno acuden, que recrea

La fatiga a caballo y caballero.

Venus que a la sazón, radiante Dea,

En voladora nube el don guerrero

Traía al paladín, no bien le otea

Cabe el frío raudal, solo y señero

En un repuesto valle, ante él parece,

Y la hadada armadura así le ofrece:

CXXII.

«Cata, hijo, aquí las armas inmortales

Que sola de mi esposo el arte traza:

Las prometidas armas con las cuales

Arrostrarás de Turno la amenaza

Y el soberbio furor de sus parciales«

Dice, y al hijo Citerea abraza,

Y de una encina al pie, que estaba enfrente,

Deposita el arnes resplandeciente.

CXXIII.

Reconocido el adalid y ufano

Por la honra excelsa y recibida gracia,

El tesoro contempla soberano

Y la vista sobre él gozosa espacia:

Las piezas, ya en el brazo y ya en la mano,

Revuelve, y de mirarlas no se sacia:

La espada incontrastable, la garzota,

El yelmo aterrador que incendios brota.

CXXIV.

L A E N E I D A

363

Ya en la enorme loriga brilladora,

Recia en el bronce, en el matiz sangrienta

Como nube cerúlea a quien colora

Fogoso el sol, los ojos apacienta;

Ya de las pulcras grevas se enamora,

De electro y oro que al más fino afrenta;

La lanza admira, y el labrado escudo,

Que humano idioma describir no pudo.

CXXV.

Los ítalos orígenes, las glorias

En él grabó de la romana gente,

No desconocedor de las historias

Venideras, el Dios ignipotente:

De Ascanio y su linaje las victorias

Dispuso de uno en otro descendiente,

Y tanta famosísima batalla,

Quien contempla el escudo, en orden halla.

CXXVI.

Allí el antro de Marte se descubre,

De una parida fiera verde alcoba:

Dos risueños rapaces, que el salubre

Sustento solicitan de la loba,

Cuélganse en torno a la materna ubre;

Y ella con mansa lengua los adoba,

Ya a éste volviendo en su común cariño

La robusta cerviz, ya al otro niño.

CXXVII.

Viene tras esto la naciente Roma;

Y las sabinas asaltadas, tales

Aparecen allí como las toma

V I R G I L I O

364

La ocasión de los juegos Consuales;

Y nueva guerra y súbita, que asoma

De Rómulo a la vez a los parciales,

Y a los Curites y al anciano Tacio,

Pueblo viril de corazón rehacio.

CXXVIII.

Con sus armas, y en pie, y allí cercanos,

Depuestas ya las mutuas amenazas,

Ambos reyes ostentan en las manos

De Jove ante el altar sagradas tazas;

Una cerda que inmolan cual hermanos

Acredita la unión de entrambas razas;

Y de Rómulo brilla recién hecho

Tosco palacio de pajizo techo.

CXXIX.

Luego en diversas direcciones Mecio

De rápida cuadriga por el llano

Arrebatar se mira; -así en desprecio

No tuvieses tu fe, mísero Albano!

Arrastrar al follón (¡castigo recio!)

Manda implacable el vencedor romano;

Y entre zarzas pasando y entre abrojos

Rastro dejan de sangre los despojos.

CXXX.

Tú, Pórsena, a tu vez, por el proscrito

Tarquino instando, la ciudad bloqueas;

Y ya de libertad corren al grito

Espadas a blandir nietos de Enéas:

En el ceño el furor llevas escrito,

Y que amagas advierto, como veas

Que osó el puente hundir Cócles, y que libra

L A E N E I D A

365

Clelia ya de prisión, trasnada el Tibre.

CXXXI.

En lo alto del escudo está presente

Manlio, guardián de la Tarpeya roca,

Que en defensa del templo, el eminente

Capitolio ocupando, se coloca;

Y vese allí que de la Gala gente

Que a los umbrales en silencio toca,

Volando avisa con clamor sonoro

Argénteo ganso en pórticos de oro.

CXXXII.

Entre matas la hueste avanza artera,

Y ya de aquella deseada altura,

Ya casi entre las sombras se apodera,

Dádiva todo de la noche oscura:

Les luce de oro a par la cabellera,

De oro abunda la gaya vestidura,

Y el blanco cuello, que a la leche iguala,

Ciñe, de oro también, maciza gala;

CXXXIII.

Y llevando ante sí largos escudos,

Blande cada uno doble dardo alpino.

El de Salios danzantes, y desnudos

Lupercos, a este grupo está vecino:

Señálanse los ápices lanudos

Y el ancil sacro que del cielo vino;

Y matronas, que insignias venerandas

Honestas llevan en carrozas blandas.

CXXXIV.

El mundo de las penas, la alta boca

Del Tártaro también la arte divina

V I R G I L I O

366

Grabó lejos de allí. Tú de una roca

Que amenazando está siempre ruina,

Apareces pendiente, y la ira loca

Temblando de las Furias, Catilina.

Más allá de los justos las mansiones,

A quien dicta Caton sabias lecciones.

CXXXV.

En medio a estas escenas, mar hinchado,

Un pielago de oro se dilata,

Que en vivo movimiento simulado

Copos de espuma albísimos desata:

En circulo nadando dilatado

Tersos delfines de luciente plata

Girando van, y con alzadas colas

Barrer parecen las hirvientes olas.

CXXXVI.

Cautiva en medio al ponto las miradas

De Accio el conflicto, el próximo remate

Incierto aún: en orden las armadas

Con férreas proas van; hierve Leucate:

Sus ítalas legiones arriscadas

Conduce Augusto César al combate;

Yérguese en popa; el Pueblo y el Senado

Tiene, y los Dioses de la Patria, al lado.

CXXXVII.

Yérguese en la alta popa: fuego alienta

Radiante cada sien; su coronilla

La estrella Julia fúlgida susterita.

Agripa, que sus tropas acaudilla,

Enhiesto en otra parte se presenta:

L A E N E I D A

367

Dioses y vientos le cortejan: brilla

Sobre su frente la rostral corona

Que navales hazañas galardona.

CXXXVIII.

Allí Antonio a su vez bárbara hueste

Manda, con vario militar arreo:

Triunfante la región que la celeste

Aurora ilustra y pielago Eritreo

Ha dejado, y ejércitos del Este

Trae: al Egipcio acompañarle veo,

Y al remoto Bactriano; y (¡mancha odiosa!)

También le sigue forastera esposa.

CXXXIX.

Precipítanse a un tiempo las galeras

Hacia alta mar; y cúbrenla de espuma

Revolviéndola toda, las guerreras

Proras y remos con violencia suma.

Ver bogando las Cícladas creyeras

O montes que, éste a aquél, cayendo, abruma;

¡Tanto estrechan la lid! ¡con mole tanta

Un torreado buque a otro quebranta!

CXL.

Volante hierro y encendida estopa

Caen doquier: la atroz carnicería

En sangre el campo de Neptuno arropa.

Con el egipcio sistro desafía

Cleopatra; y, armados en su popa,

A Anúbis labrador, y a cuantas cría

Feas deidades su país, reserva

Contra Neptuno y Venus y Minerva.

V I R G I L I O

368

CXLI.

Ella mirar no ha osado todavía

Los dos zagueros áspides. En tanto

Arde Mavorte en medio a la porfía,

Tallado en hierro; y esparciendo espanto

Bajan tras él por la región vacía

Las Furias: corre con rasgado manto

Riendo la Discordia; y hiere al viento

Belona en pos con látigo sangriento.

CXLII.

Apolo Accio, que dudoso mira

El trance, desde lo alto el arco tiende;

A Indo y a Egipcio horror mortal inspira:

El Árabe, el Sabeo fuga emprende;

Todos vuelven espaldas a su ira.

Ni d más la Reina espavorida atiende:

Ya, ya jarcias afloja, da la vela,

Vientos convida, por el golfo vuela.

CLXIII.

Grabó a la triste el Dios ignipotente

Con el Yápiga huyendo, a quien invoca

Entre el estrago, pálida la frente

Al soplo de la muerte que la toca;

Y puso al caudaloso Nilo enfrente,

Que abriendo en su dolor séptupla boca,

A su seno cerúleo y honda cama

Con suelta ropa a los vencidos llama.

CXLIV

Y luego en triple triunfo a los romanos

Muros César avánzase opulento:

Máximos a los Dioses italianos

L A E N E I D A

369

Santuarios fundar tres veces ciento

En Roma, ofrece, y sus alzadas manos

Expresan el eterno juramento.

Y plazas vense y calles en festivas

Danzas bullir y en jubilosos vivas.

CXLV.

Tiene aras cada templo, y centenares

Reúne de matronas: sacrifica

Reses el sacerdote en los altares.

César, de Febo en la albicante y rica

Entrada, las ofrendas populares

Reconoce, a las puertas las aplica;

Y ante él desfilan las vencidas gentes

En veste, armas y lengua diferentes.

CXLVI.

Allí el Nómade, el Áfrico, a. ligeros

Trajes usado; y Lélegas en fila

Vense, y Carios allí; diestros arqueros

Los Gelones; Eufrátes, más tranquila

Su corriente arrastrando; y los postreros

Morinos; y el que doble cuerno estila,

Reno undoso; y los Dabas renuentes,

Y Aráxes, no enseñado a sufrir puentes.

CLVII.

Tales asuntos el sin par Vulcano

En el escudo figurado había.

De su madre el obsequio soberano

Contempla el paladín, y se extasía

En sus primores; con anhelo vano

Enigma tanto descifrar porfía,

Y de futuros nietos y de Roma

V I R G I L I O

370

Gloria y poder sobre sus hombros toma.

L A E N E I D A

371

LIBRO NOVENO.

I.

Mientras Fortuna en el etrusco suelo

En tal manera los sucesos guía,

Hacia el osado Turno desde el cielo

Juno, hija de Saturno, a Iris envía.

En el bosque de un valle que el abuelo

Pilumno consagró, Turno yacía,

Y así empiezala a hablar puesta delante,

Con róseos labios la hija de Taumante:

II.

«Lo que deidad ninguna, por corona

A humano ruego, prometer osara,

Por sus pasos el tiempo te ocasiona,

Turno, y ansa de triunfos te depara:

Sus proyectados muros abandona,

Y flota y compañeros desampara

Enéas, y de Evandro palantino

Al poder y amistad tienta camino.

III.

Y aún más: en las etruscas poblaciones

Penetra, incita la nación tirrena,

Levas hace de rústicos peones.

V I R G I L I O

372

Corta demoras tú: sazón es buena

Para armar carros, para uncir trotones;

¡Ve, y su campo turbado desordena!»

Dice, y huyendo con parejas alas,

Entre nubes de su arco abre las galas.

IV.

Conocióla el mancebo, tiende iguales

Las manos a la virgen, y en su vuelo

Lejos la sigue con palabras tales:

«Iris, nuncia gentil, joya del cielo!

¿Quién así de los cercos siderales

Envuelta en nubes te redujo al suelo?

¿Qué imprevista estación? ¿qué cambio es éste?

Aléjase la bóveda celeste,

V.

»Y en el éter erráticas estrellas

Contemplo. Ya el belísono mandato

Que con agüero de esplendores sellas,

Quienquier tú fueres, obediente acato.»

Dice, a las aguas se encamina, y de ellas

Toma en las palmas, y a los Dioses grato

Sus nombres invocando muchas veces,

Hinche la esfera de devotas preces.

VI.

Ya las armadas tropas a porfía

Marchando en los abiertos campos veo,

Ufanas con veloz caballería

Y ricas de oro y de vistoso arreo:

Mesapo las primeras haces guía;

Las últimas, los hijos de Tirreo:

En medio alto adalid Turno campea,

L A E N E I D A

373

Y a todos corpulento señorea.

VII.

Así el Gánges en plácida creciente

En siete brazos silencioso fluye;

Y el Nilo, cuando a, su álveo la corriente,

Conque inunda los campos, restituye,

Así avanza también calmosamente.

Ya la nube de polvo, que circuye

Al ejército, han visto los Troyanos

Negra formarse en los tendidos llanos.

VIII.

Y de frontera alcor así el primero

Gritó Caíco: «¿A quién horror y grima

No pondrá, ciudadanos, ese fiero

Tenebroso turbión que se aproxima?

¡Sús! ¡dardos hay aquí! ¡venga el acero!

¡Y a los muros trepemos, que está encima

El enemigo!» Y con clamor ingente

Cierra las puertas la troyana gente.

IX.

Que Enéas, sabio capitán, el día

Que partió, de apariencias lisonjeras

No fiarse jamás mandado había,

Ni salidas hacer: que las trincheras

Guardasen, dijo, con tenaz porfía.

Sus puestos a ocupar corren ligeras

Las armadas legiones; y es en vano

Que ira en contra, y pudor se den la mano;

X.

En vano, que encendida en ellos arda

V I R G I L I O

374

La muchedumbre por lanzarse: cuida

De obedecer primero, y densa aguarda

Y firme en huecas torres la avenida.

Turno, en tanto, a su hueste en pasos tarda,

Adelántase audaz, suelta la brida,

Con veinte caballeros de alta cuenta,

E improviso ante el muro se presenta.

XI.

Sobre un cordel de Tracia lozanea

Que blancas manchas luce; cresta roja

Sobre el dorado morrión ondea.

«¿Quién de vosotros, a, mi ejemplo, enoja

Con fiero reto a los contrarios? ¡Ea!»

Dice, y blandiendo un dardo, alto le arroja,

Nuncio marcial, y el potro que sofrena

Con garbosa altivez lanza a la arena.

XII.

Síguenle en clamoroso movimiento...

Mas ¿quién de ellos pensara lo que mira?

El Troyano, en inerte encogimiento,

No igual lid a empeñar armado aspira,

A cobijar su campo sólo atento.

Los muros registrando Turno gira

Furioso en su corcel, y abrir espera,

Por donde entradas no hay, de entrar manera.

XIII.

Cual, llena, asedia un lobo a una, majada

En alta noche; y vientos y aguaceros

Arrostra, y por la cerca tienta entrada;

Balan bajo las madres los corderos;

El ruje, y ya en su presa, aún no tocada,

L A E N E I D A

375

Ceba sus apetitos carniceros;

Que el hambre acumulada le atormenta

Y arde, áridas sus fauces, sed sangrienta:

XIV.

El Rútulo adalid, de igual manera,

Mirando los reales y los muros

En ímpetu fogoso se exaspera,

Derrítele el dolor los huesos duros:

Penetrara en la plaza si pudiera;

Y piensa cómo a los que ve seguros

Encerrados Troyanos, fuera llame

Y a igual lid en los campos los derrame.

XV.

Con surtas popas la troyana armada

En la orilla contigua a los reales,

Yacía de trincheras resguardada,

Con foso, en derredor, de aguas fluviales.

Abalánzase Turno a la estacada:

A los suyos, que llegan con triunfales

Aplausos, al incendio alienta, excita;

El mismo un inflamado pino agita.

XVI.

De Turno en pos la juventud se arroja,

Que del jefe el ejemplo la espolea;

Los hogares intrépida despoja,

Y ármase cada cual de negra tea:

Con densas nubes sobre llama roja

Ya aquel, ya este tizón arde y humea;

Y al cielo remontándose Vulcano

Las pavesas esparce al aire vano.

V I R G I L I O

376

XVII.

¡Musa! ¿cuál Dios de la troyana flota

Apartó, dí, la vencedora llama?

La evidencia del hecho está remota,

Mas tradición eterna lo proclama.

Cuando leños del Ida a mar ignota

Enéas iba a confiar, es fama

Que al poderoso Júpiter, su hijo,

La alma Diosa Cibéles así dijo.

XVIII.

«Sé propicio a mi ruego y mi querella,

Ya que el cetro me debes con la vida:

Tuve yo una floresta que descuella

Entre pinares, coronando el Ida;

Muchas ofrendas recibí yo en ella,

Largos años por mí favorecida:

Huecos sagrarios, con la sombra oscuros

De pinos resinosos y arces duros.

XIX.

»Yo he cedido estos árboles de grado

Al dardanio mancebo, de bajeles

Menesteroso. Hoy roedor cuidado

Me aflige: tú le ahuyenta; tú a Cibéles-

Filial premío a sus preces reservado-

Da que sus tablas nunca hundan crueles

Viento ni mar, señuelos ni embestidas;

¡Válgales en mis montes ser nacidas!»

XX.

«¿Qué pretendes,» responde, «madre mía!«

El que mueve los cercos siderales:

«¿A naves, obra de un mortal, cabría

L A E N E I D A

377

El fuero de las cosas inmortales?

¿Andar seguro por incierta vía

El troyano adalid? ¿Caprichos tales

Habían de alterar leyes del Hado?

¿Tal poder a cuál Dios jamás fue dado?

XXI.

»Concedo, empero, por calmar tus penas,

Que al fin -cuando por líquidos caminos

Hayan a las itálicas arenas

Llegado, y en los campos laurentinos

Puesto a su capitán, de mal ajenas

Su ser mortal las naves de tus pinos

Pierdan, y cada cual se trueque en Dea,

Cual Doto de Nereo o Galatea,

XXII.

»Y esotras que, del mar húmedas Diosas,

Cortan con pecho de marfil liviano

Del pielago las capas espumosas.»

Por las riberas del Estigio hermano

Con torrentes de pez vortiginosas

Juró lo dicho el Númen soberano;

La frente inclina, y del Olimpo ducho,

El Olimpo estremece con su ceño.

XXIII.

Cumplido el plazo por las Parcas fuera,

Llegaba, en fin, el prometido día.

De la flota a apartar la llama fiera

Turno a, la Diosa en su feroz porfia

Constriñe. En esto iluminó la esfera

Nueva luz; nube inmensa Oriente envía,

Cruzar la ven el ámbito sereno

V I R G I L I O

378

Y, que coros del Ida hinchen su seno.

XXIV.

Y una voz resonó tremenda y clara

Que a Rútulos envuelve y a Troyanos:

«¡Teucros! a defender mi flota cara

Alados no acudais ni armeis las manos;

Cual si los mares a incendiar probara,

Saldrán de Turno los intentos vanos.

Huid, diosas del mar! ¡Cada una horra

Vuestra madre os lo manda -el ponto corral».

XXV.

Y suéltase cada una en tal momento

Del cable que la tuvo prisionera;

Y de proa zabullen, y el asiento

Solicitan del pielago, a manera

De nadantes delfines; y ¡oh portento!

¡Oh pasmo! cuantas vido la ribera

De bronce en, su recinto ancladas proras,

Tantas virgenes surgen bullidoras.

XXVI.

Los Rútulos temblaron: del espanto

Mesapo mismo poseer se deja

Que a sus caballos alborota; en tanto

Que, formando sus ondas ronca queja,

No a, impelerlas se anima el Tibre santo,

Medroso, y de la, mar la planta aleja.

Mas del audace Turno nada alcanza

A abatir la soberbia confianza.

XXVII.

Antes enciende, y entusiasmo inspira

L A E N E I D A

379

Con su elocuencia: «Este prodigio,» exclama,

«A los Troyanos solamente mira

Infausto. Si es que Júpiter los ama,

Hoy su auxilio a las claras les retira;

Ya sobra nuestro acero y nuestra llama,

¿En el mar qué les queda ni en la tierra?

Sendas de salvación el mar les cierra:

XXVIII.

»Nada esperan allá, y en nuestras manos

Acá la tierra ven; que mil legiones

Itálicas la cubren. Hoy, hoy vanos

Esos presagios son y predicciones

Que orgullosos ostentan los Troyanos;

¡Qué! ¿de Ausonia en las fértiles regiones

Ya no surgieron? Con lo cual sobrado

A Venus diose y a la ley del Hado.

XXIX.

»Yo también tengo mi inmutable sino:

A una gente de esposas robadora

Destruir por la espalda es mi destino!

De los Atridas el dolor, yo ahora

Lo pruebo: ni a Micénas sola avino

Ser de justa venganza ejecutora!...

¿Qué capital castigo una vez basta?...

¿Mas si la ruina la maldad no gasta?

XXX.

»¡Esos golpes mortales de la Suerte

Lección han sido que enseñar podía

Contra toda mujer odios de muerte!

¡Demente obstinación! Ved como fía

En valla y foso, contra golpe fuerte

V I R G I L I O

380

Breve retardo, la nación que un día,

Aunque obra de Neptuno mal seguros

Vio en llamas perecer sus altos muros!

XXXI.

»¿Quién ahora, elegidos compañeros,

De vosotros, vendrá a meter conmigo

El hacha en esos frágiles maderos?

¿Quién a invadir ese tremente abrigo?

No; ni armas de Vulcano, ni guerreros

Buques mil, contra mísero enemigo

He menester; y porque más se aneguen,

Que todos los Etruscos se les lleguen!

XXXII.

»Ni teman de nosotros, cual del Griego

Que robó el Paladión, cobarde, oscuro,

Cruel asalto, ni que al vientre ciego

De un caballo trepemos; no: les juro

Que en pleno sol y cara a cara, el fuego

En torno llevaremos de su muro;

¡Y así, que con los Dánaos no pelean

Que Héctor diez años entretuvo, vean!

XXXIII.

»Mas la parte mejor pasó del día;

Y porque bien habéis entrado, el resto

Justo es dar al descanso y la alegría,

Y esperad nueva lid con nuevo arresto.»

Así habló Turno; y a Mesapo fia

El dar, enfrente a las salidas, puesto

A vigilantes tropas delanteras,

Y las murallas rodear de hogueras.

XXXIV.

L A E N E I D A

381

Toca a catorce jefes escogidos

El cerco de la plaza; cien soldados

Atentos a cada uno dan oídos:

Y ya con roja pluma empenachados

Rondan, en oro espléndido ceñidos:

Remúdanse: en la hierba recostados

Encomiéndanse a Baco, Y se solaza

Vaciando cada cual su henchida taza.

XXXV.

Hacen guardia al fulgor de las hogueras,

Y jugando entretienen el desvelo.

Desde lo alto, a la vez, de sus trincheras

Mirando están el ocupado suelo

Los Troyanos; y puertas y barreras

Requieren, no sin tímido recelo;

Y las torres con puentes relacionan,

Y las ceñidas armas no abandonan.

XXXVI.

Mnesteo, y el intrépido Seresto

Dirigen la defensa. Para cuando

Sobreviniese temporal funesto,

Enéas, al partir, a ambos el mando

Encomendó de aquella gente. Puesto

Cada cual, los peligros sorteando,

Con solícito afán a ocupar vuela,

Y hacen todos por turno centinela.

XXXVII.

Niso una puerta a la sazón guardaba,

Niso, el hijo de Hírtaco, guerrero

Terrible, a quien el Ida, cuna brava,

V I R G I L I O

382

Selvática mansión, por compañero

A Enéas envió, con llena aliaba

Y firme dardo cazador ligero:

Euríalo con él, gallardo mozo

A quien apenas apuntaba el bozo.

XXXVIII.

Más que Euríalo hermoso, armas troyanas

Mancebo no vistió; verle enamora:

Fueron en paz y en guerra almas hermanas

Los dos; común deber los junta ahora.

«¡Euríalo! ¿algún Dios a las humanas

Mentes dará este afán que me devora?»

Niso dice: «¿o su propio terco anhelo

Cada uno juzgará voz del Cielo?

XXXIX.

»A la lid, o a algo grande, arduo, me instiga

Implacable hace rato el pensamiento.

¿Cuál confianza el Rútulo no abriga?

¿Ves? rara luz alumbra el campamento:

Los vence el vino, y ya el sopor los liga,

Ningún rumor se siente o movimiento

En la vasta extensión. Mi interna lucha

Contempla ahora, y lo que pienso escucha:

XL.

»Quieren todos, el Pueblo y el Senado,

Llamar a Enéas, y enviarle quienes

Hagan fiel relación de nuestro estado.

Si me prometen lo que pida, y vienes

Tú en llevarlo (yo quedo asaz pagado

Si glorioso suceso honra mis sienes),

Iré; que al pie de aquel collado, creo,

L A E N E I D A

383

Hay senda cierta al monte Palanteo.»

XLI.

Quedó atónito Euríalo con esta

Revelación; y ya con sed de fama

El ánimo encendido, así contesta

Al noble amigo que en su ardor le inflama.

«Niso, tu ingenio a conquistar se arresta

Tanta gloria, ¿y contigo al que te ama

No has de llevar? ¿Y yo sin compañía

Tanto riesgo arrostrar te dejaría?

XLII.

»¡No! a más nobles acciones fui criado

Cuando, naciendo entre el marcial ruido

Y las desgracias de mi Patria, alzado

Me hubo en brazos Oféltes, aguerrido

Varón, mi padre; y luego acá, a tu lado,

A más altos objetos he venido,

Mientras siga por áspero sendero

Al buen Rey mío hasta el confin postrero.

XLIII.

»Hay aquí un alma que la vida en nada

Aprecia ante la gloria. Con mi vida

Yo tu gloria daré por bien comprada.»

Niso a esto replicó: «Jamás temida

Fue por mi en pecho heroico acción menguada;

¡No! así Jove, así el Dios que en mi partida

Haya de ser de mi intención testigo,

A los brazos me vuelva del amigo!

XLIV.

»Mas atiende: si ya fortuna loca,

Desdichada ocasión, deidad esquiva

V I R G I L I O

384

(Que a casos tantos mi ambición se aboca,

Cual ves), en este lance me derriba;

De ambos, a ti sobrevivir te toca,

Que no a mí, por tus años: sobreviva

Quien mi cuerpo, del campo del combata

Traído, o recobrado por rescate

XLV.

»Mande a la tierra; -ú honras y, vacía;

Me dedique una tumba, si es que fiera

Niega aquello la suerte... ¿Y yo sería

Quien, causando fracaso igual, hiriera

El tierno pecho de una madre pía

Que, excepción entre ancianas, va doquiera

Siguiéndote, garzón, en nuestras huestes,

Y el regio hospicio despreció de Acéstes?»

XLVI.

«Vanas razones en tejer porflas«

Interrumpe el intrépido mancebo:

«Abreviemos el paso; no en mis días

Me apartarás de la intención que llevo.»

Y diciendo, despierta a los vigías,

Que por orden acuden al relevo.

Sigue Euríalo a Niso; a andar empiezan,

Y al príncipe los pasos enderezan.

XLVII.

Por los campos los otros animales

Ya anegaban en sueño sus cuidados

Y la ingrata memoria de sus males.

Trataban a ese tiempo, congregados,

De la ardua situación los principales

L A E N E I D A

385

Caudillos y la flor de los soldados:

¿Qué haremos, dicen, en angustia tanta?

¿Quién hacia Enéas moverá la planta?

XLVIII.

En pie están, en mitad del campamento,

Apoyado cada uno en luenga lanza,

Puesto al brazo el escudo. En tal momento

Llegaron, y agitados de esperanza,

Los dos piden audiencia: un pensamiento

Anuncian, que con creces la tardanza

Resarcirá que causen. Acogida

Les da Ascanio, y a Niso a hablar convida.

XLIX.

El cual les dice: «Sin injusto ceño,

Nobles jefes, oíd nuestras razones;

Ni por la edad juzgueis de nuestro empeño.

Yacen los enemigos escuadrones

Entorpecidos del licor y el sueño:

Campo a nuestras astutas intenciones

Propicio) allí se ofrece, do la puerta

Que mira al mar, dos sendas abre incierta.

L.

»Negro vapor al cielo enviando, humea

A largos trechos, moribundo fuego.

Si permitiereis que ensayado sea

Por nuestras manos de fortuna el juego,

Y a la ciudad vayamos Palantea

A buscar nuestro jefe, luego, luego

Terrible con la sangre y los despojos

Le gozarán presente vuestros ojos.

V I R G I L I O

386

LI.

»Y no temáis que entre el silencio mudo

Andando de la noche, un extravío

Avenga: en estos sitios a menudo

Hemos cazado, y desde valle umbrío

Descubrir la ciudad la vista pudo,

Y explorado tenemos todo el río.»

Calló Niso; y Alétes, noble viejo,

Sabio varón de magistral consejo,

LII.

«Númenes, cuyo brazo patrocina

A Troya!» exclama: «a fe que a los Troyanos

No preparáis una total ruina

Cuando así en años suscitáis tempranos

Ímpetus tales de virtud divina!»

Y a ambos ciñe los hombros, y las manos

Estréchales, y en llanto de alegría

El rostro humedeciendo, proseguía:

LIII.

«Premíos a vuestros méritos iguales,

Mancebos, ¿do hallaré que os galardonen?

Lo primero, los Dioses inmortales

Y las propias conciencias os coronen!

Apreciadores de servicios tales,

Segunda recompensa a fe que os donen,

Enéas hoy, y cuando llegue el día

Ascanio, que olvidaros mal podría.»

LIV.

«Más digo,» Ascanio interrumpiendo exclama;

«Por los Lares de Asáraco, y el fuego

De Vesta inextinguible, y cuantos ama

L A E N E I D A

387

Grandes Dioses mi casa, Niso, os ruego

Volváis el padre al hijo que lo llama,

Que se cuenta sin él perdido y ciego:

Mis esperanzas y el destino mío

Yo en vuestros pechos sin reserva fío.

LV.

»Venga él, y en gozos trocará lamentos,

Y el hado amansará que nos maltrata.

Dos vasos de abultados ornamentos,

Que é ya ganó en Arisba, obra de plata,

Dos trípodes también, y dos talentos

Grandes de oro, os dará mi mano grata;

Ni añadir una antigua taza olvido

Que recibí de la sidonia Dido

LVI.

»Que si el hado me otorga que conquiste.

El itálico suelo, y se sortea

Espléndido botín, óyeme: ¿viste

El caballo en que Turno gallardea

Y las doradas armas que se viste?

Tuyo el caballo con las amas sea,

Exentos, Niso, del común despojo;

Tuyo el escudo y el penacho rojo.

LVII.

»Que, añadirá mi padre a dones tales

Doce hermosas esclavas, adivino;

Luego, doce cautivos, con marciales

Arreos cada cual; y de Latino,

En fin, los predios rústicos reales.

En cuanto a ti, mancebo peregrino,

A quien mi edad sigue el alcance, lazos

V I R G I L I O

388

Anudando de amor te doy mis brazos;

LVIII.

»Mi corazón te doy, y te recibo

Desde aquí por perpetuo compañero:

De hoy más, sin ti gozosas no concibo

Glorias, que dividir contigo quiero.

Ya el laurel me corone o ya el olivo,

En todas ocasiones tú el primero

Amigo, a quien el alma nada esconde,

Mío serás,» Euríalo responde:

LIX.

«Nunca, nunca será que yo desdiga

De este animoso arranque; así la suerte

Amiga se presente... ¡o enemiga!

Mas qué ante todo premío pido, advierte:

Tengo una madre, de la estirpe antiga

De Príamo, a quien no razón tan fuerte,

Ni patrio sol, ni regio hospicio, nada

Hubo que de seguirme la disuada.

LX.

»Yo parto sin hablarla; ella, ¡ay! No sabe

Cuántos riesgos el hijo desafía!

Por la noche y tu diestra! que no cabe

En mí a su llanto resistencia impía;

Venciérame. Consuelo tú suave

Sé, y arrimo, a la pobre madre mía!

Si en ti fincar esta esperanza puedo,

Iré al peligro con mayor denuedo.»

LXI.

Con lágrimas responden de ternura

L A E N E I D A

389

Los Troyanos presentes. Renovado

El recuerdo del padre, Ascanio apura

Su afecto en él; y el rostro hermoseado

Con llanto, dice: «En esta ardua aventura,

Euríalo, no ternas resultado

Que a tan glorioso acometer no cuadre;

Sí, tu madre también será mi madre.

LXII.

»Llamarase Creusa, y madre fuera

Mía del todo: en cambio es madre, tuya,

No pequeño renombre. Como quiera

Que esta empresa magnánima concluya,

(Jurolo por mi vida, a la manera

Que antes mi padre), o ya te restituya,

O no, próspera suerte, honra no escasa

Siempre daré a tu madre y a tu casa.»

LXIII.

Dice Ascanio llorando, Y desanuda

Del hombro al punto una dorada espada,

No de su vaina de marfil desnuda,

De Licaon cretense obra extremada:

Una, de león despojos, piel velluda

Mnesteo a Niso da: con él colada

Permuta Alétes. De metal cubiertos

Marchan los dos, con hados ¡ay! inciertos.

LXIV.

Los siguen los caudillos principales

Hasta las puertas, jóvenes y ancianos

Con votos y plegarias. Bríos tales

Ascanio ostenta y pensamientos canos

No ya cual de su edad; y mil filiales

Mensajes encomienda: ¡intentos vanos!

V I R G I L I O

390

Las fugaces palabras recogían

Vientos que a sordas nubes las confían.

LXV.

Salen, pues, y los fosos ya salvados,

Envueltos en la sombra, la carrera

Encaminan a campos malhadados

En que a muchos la muerte antes espera:

Ven rendidos a trechos los soldados

Y los carros en alto en la ribera;

Entre armas, ruedas, bridas, vino y todo

Mudo yace el ejército beodo.

LXVI

Habló el hijo de Hírtaco primero:

«¡Euríalo! osar mucho importa ahora;

Propicia es la ocasión, y éste el sendero.

Tú, no se alce tal vez mano traidora

A hacernos por la espalda un desafuero,

Ten alerta la vista indagadora;

Que yo dando la tala en torno mío

Por ancha brecha conducirte fío.»

LXVII.

Dice, y hace silencio, y a Ramnete

Que en su alta tienda y cama entapizada

Daba roncos bufidos, arremete

Con brazo firme y con desnuda espada.

Rey a un tiempo y augur, a quien somete

El rey Turno sus dudas, fue; mas nada

Valieron artes al dormido mago

Contra el poder de un invisible amago.

L A E N E I D A

391

LXVIII.

A tres pajes que entre armas, mezcla ciega,

Yacen, y al escudero y al auriga

De Remo, al pie de sus caballos, llega

Y las flojas cabezas les desliga

A hierro; al amo, en pos, el cuello siega,

Y el tronco deja que abortando siga

Raudales: de cadáveres sembrada

En cálido cruor la tierra nada.

LXIX.

Y a Lamo oprime, a Lámiro, a Serrano,

Mozo éste de gentil fisonomía

Que hasta tarde despierto estuvo, en vano,

Con el mucho jugar; ya en fin dormía

Puesto en brazos de un sueño asaz temprano,

Con el mucho beber. ¡Feliz si al día

Aguardase! si, hurtándose al sosiego,

Igualara la noche con el juego!

LXX.

Como león que, en el furor agudo

De hambre voraz, entre el rebaño vaga

Tierno de carnes y en su espanto mudo,

Que hinche el aprisco, y ya le aferra y traga;

Brama su boca ensangrentada: crudo

Así Niso se ceba: irle a la zaga

Euríalo no quiere, y muertes hace

En la ignorada grey que en torno yace.

LXXI.

Él a Ábaris y a Fado asalto fiero

Y a Herbeso y Reto dio: Reto, que en vela

Todo viéndolo está; medroso empero

V I R G I L I O

392

Tras una jarra enorme el bulto cela:

En su pecho, al erguirse, entra el acero

Que, sacado, mortal caso revela:

Vierte el triste la vida, y sangre y vino;

Y el nocturno agresor, se abre camino.

LXXII.

Ya al cuartel de Mesapo va, do, espira

Sin pábulo la lumbre: allí la hierba

Paciendo atados los bridones mira.

Niso en breves palabras (pues observa

Cuán lejos va llevándolos la ira

Que matando se enciende y exacerba)

Dijo: «La odiosa luz próxima advierto:

No más sangre; ancha senda hemos abierto«

LXXIII.

Mucha arma allí, mucha maciza plata,

Mucho vaso y riquísimo tapete

Abandonan. Euríalo, arrebata

Para sí de Mesapo el justo almete,

Que al viento plumas de color desata;

Después que los galones de Ramnete

Y el cinto, que áureos clavos ornamentan,

Alzó: en vano sus hombros los sustentan!

LXXIV.

(De Cédico opulento éstas un día

Galas fueron; el cual al tiburtino

Rémulo como prenda las envía

De alma hospitalidad y afecto fino:

En legado, al morir, éste las fía

Al nieto, y con su muerte, en guerra, vino

A manos de los Rútulos la rica

Herencia, y al más fuerte se adjudica).

L A E N E I D A

393

LXXV.

Salen ambos del campo, y ya por vía

Segura echan a andar. En tal momento

Respuestas para Turno conducía

Parte de una legión: tres veces ciento

Jinetes son; -atrás la infantería

A marchar se apercibe: -de Laurento

Salieron adelante, y a su frente

Va, con broquel cual los demás, Volcente.

LXXVI.

Llegan ya al campo y muro, cuando aquellos

Bultos miran que a izquierda mano, tienden.

El yelmo de Mesapo da destellos

Que entre el nocturno clarear ofenden

La vista a quien observe: huyes, mas ellos,

Desmemoriado Euríalo, te venden!

«No equívoca visión mi mente inflama,»

De en medio del tropel Volcente clama.

LXXVII.

Y«¡Alto!» intima: «¿quién sois? decid; ¿de dónde

O a dónde os dirigís? ¿A qué bandera

Adscritos militáis?» Nadie responde:

Uno y otro a los bosques acelera

El paso, y a la noche, que le esconde

Fiado huyendo va. Sin más espera

cierran al bosque entradas y retretes

En alas desplegados los jinetes.

LXXVIII.

Selva de encinas negras y jarales

V I R G I L I O

394

Tendíase ancha allí, de agrios abrojos

Ceñida, y de espesísimos breñales:

Rara trillada senda ven los ojos

En medio de sus calles naturales.

Euríalo, a quien pesan sus despojos,

Y los ramos asombran del recinto,

Pierdese en el confuso laberinto.

LXXIX.

Niso huye, huye impróvido, y ya fuera

Ya del alcance de enemiga mano,

El campo atrás dejando en su carrera

Que por Alba después nombróse Albano:

(Campo del rey Latino entonces era,

Y en él grandes majadas). ¡Ay! en vano,

Cuando hubo de parar, buscó al ausente

Amigo, y dijo al fin con voz doliente:

LXXX.

«¡Euríalo infeliz! ¡yo te he dejado!

¿Por dónde, ¡ay triste! he de seguirte ahora),

¿Dónde hallarte?» Y con rumbo retrogrado

Otra vez de la selva engañadora

Intríncase en el seno enmarañado;

Sus propias huellas afligido explora,

Y entre las matas ásperas camina

En que silencio funeral domina.

LXXXI.

Caballos siente, oye el tropel, escucha

De borda perseguidora el alto aullido;

Ni de tiempo medio distancia mucha

Cuando nuevo clamor hiere su oído,

Y a Euríalo distingue, que relucha

L A E N E I D A

395

En vano, de contrarios sorprendido:

Turbóle senda ambigua y sombra ingrata;

Y fuerza superior ya le arrebata.

LXXXII.

¿Cómo será que al mísero liberte?

¿Con qué armas defender podrá al amigo?

¿Entre heridas buscando honrosa muerte,

Arrojaráse en medio al enemigo?

¿Qué hará? Blande un astil con brazo fuerte,

Y a la Luna tomando por testigo,

Que alto su carro a la sazón regía,

En voz sumisa esta plegaria envía:

LXXXIII.

«¡Honor de los celestes luminares,

Custodia de los bosques, sacra Luna!

Si a Hírtaco, mi padre, en tus altares

Poner viste en mi nombre ofrenda alguna;

Si, cazador en selvas seculares,

Tu gloria acrecenté con mi fortuna

Tus bóvedas colgando de despojos,

Compasiva a mi afán vuelve los ojos!

LXXXIV.

»¡Oh! dame que ese grupo desordene

Y a este dardo en el aire abre sendero!»

Orando así, con cuantas fuerzas tiene

Arroja el arma. En ímpetu ligero

El asta parte despedida, y viene,

Hendiendo sombras, a Sulmon frontero,

Y rómpese en su espalda, y la madera

Hecha astillas las vísceras lacera.

V I R G I L I O

396

LXXXV.

Agobiado Sulmon rueda al instante,

Y con hondo estertor, trémulo, frío,

Las entrañas fatiga, agonizante,

Y de encendida sangre vierte un río.

No hay quien no torne a ver, quien no se espante

Niso, entretanto, renovando el brío,

Puesto el brazo a la altura de la oreja,

A asestar otro tiro se apareja.

LXXXVI.

Temblando están del invisible amago

Todos, cuando otra vez dardo estridente

Llega, que ambas las sienes pasa a Tago

Y en su hendido cerebro hincase ardiente.

El causador no indaga del estrago

Llevado de la cólera Volcente,

Ni en quién le cumpla desfogarse mira;

Ciego salta, y bramando estalla en ira:

LXXXVII.

« Tu sangre ha de correr, quienquier que él sea;

Y en ti de entrambos tomaré venganza!«

Así diciendo, el hierro ya menea

Desnudo, y sobre Euríalo se lanza.

Lleno, a par, de terror, Niso vocea;

Fuera, también, de sí, Niso se avanza:

Más tiempo oculto estar no lo tolera

El duro trance, ni él callar pudiera.

LXXXVIII.

«¡Acá, acá, revolved! ¡yo soy!« les dice;

«¡Contra mi pecho encaminad la espada!

Oh Rútulos! mirad que ese infelice

L A E N E I D A

397

Nada osó hacer, ni hacer pudiera nada.

Todo yo lo tracé, todo lo hice.

Por los astros lo juro y la morada

Celeste. Fue su culpa, demasiado

A un sin ventura amigo haber amado.»

LXXXIX.

Mientras en vano así Niso clamaba,

Ya la amenazadora punta llega,

Y al costado de Euríalo se clava

Y el tierno pecho le destroza ciega.

Cae el triste, y la vida se le acaba:

Roja sangre sus blancos miembros riega,

Y, doblándose lánguida,

Sobre los hombros la cerviz hermosa.

XC.

Tal flor purpúrea a quien tronchó el arado

Desfallece a morir; tal la amapola

Sobre su débil vástago doblado

Inclina mustia la gentil corola

Que la lluvia agobió. Desesperado

Niso penetra el escuadrón, y a sola

La persona, entre todos, de Volcente

Solicita su cólera impaciente.

XCI.

Acá y allá, ya aquel, ya este guerrero,

Le resisten y estorban: él no cia,

Antes a todos lados el acero

Fulmíneo revolviendo ábrese vía;

Hasta que al fin al Rútulo, que fiero

Gritando a la sazón la boca abría,

Por ella adentro le escondió la lanza:

V I R G I L I O

398

Próximo así a morir tomó venganza;

XCII.

Y encima se desploma herido, inerme,

Del muerto amigo a quien unió su historia,

Y en paz allí su último sueño duerme.

¡Oh, felices los dos! si alguna gloria

Puedo yo de mis versos prometerme,

Siglos no eclipsarán vuestra memoria

Mientras sustente inmoble el Capitolio

El prez de Enéas y de Jove el solio!

XCIII.

Vencedores los Rútulos en tanto

Recogido el botín, al campamento

Exánime a Volcente van con llanto

Conduciendo. Menor no es el lamento

Que en los reales cunde, y el espanto,

Cuando a Ramnete ven sin movimiento,

Y tanto noble jefe a quien abruma

Común calamidad: Serrano, Numa.....

XCIV.

Cerca a los que o difuntos o mortales

Están, acude multitud ingente:

Ven de espumosa sangre los raudales

Y tibio aún de mortandad reciente

El campo. Reconocen los marciales

Despojos: de Mesapo allí el luciente

Casco; allí el cinto, recobrado a un muerto,

El rico cinto, de sudor cubierto.

XCV.

El áureo lecho de Titón la Aurora

Tímida deja, entre celajes raya,

L A E N E I D A

399

Y ya su lumbre que horizontes dora

Secretos descubriendo, el sol explaya

Por el mundo. Con voz animadora

Turno, no sin que él mismo armado vaya,

Cual suele, de los pies a la cabeza,

Al arma a todos a llamar empieza.

XCVI.

A su voz cada jefe sus legiones.

Ferradas, en batalla ordena: ceban

La rabia vomitando maldiciones;

¿Qué más? en astas que en el aire elevan,

De los dos degollados campeones

Los rostros clavan, y, a doquier los muevan.

¡Oh espectáculo! ¡oh bárbaro trofeo,

Síguelos de la plebe el clamoreo.

XCVII.

De sus muros, en tanto, a la siniestra

Los sufridos Troyanos aparecen;

Protegidos del río, a mano diestra,

Sus anchas fosas a la par guarnecen.

¡Ah! de sus altas torres pasan muestra

Al campo, ¡y cuán de veras se entristecen

Viendo (ni cabe engaño) aquellos vultos

Horribles con la sangre y blanco a insultos!

XCVIII.

Alada en la ciudad la fama rueda,

Y a la madre de Euríalo al oído

Tristes cosas murmura. Ella se queda

Pálida, sin calor y sin sentido:

Va la aguja a los pies, se desenreda

Cayendo de las manos el tejido.

V I R G I L I O

400

Mesando luego la melena blanca,

Altos gemidos de su pecho arranca;

XCIX.

Y al muro, a la falange delantera

Frenética ella corre, ella no cuida

Que entre armas y varones acelera

El paso, ni el peligro la intimida;

Y de quejas después hinche la esfera:

«¡Que así te miro, ay hijo de mi vida!

Tú, arrimó a mi vejez mísera y triste,

¡Cruel! ¿dejarme en soledad pudiste?

C.

»Pues riesgos ibas a correr tan graves,

¿Cómo no me avisaste la ardua empresa,

Ni oí palabras de tu amor suaves?

¡No que hora en tierra ignota yaces, presa

A los latinos perros y a las aves!

Ni honrar me es dado, Euríalo, tu huesa;

Que recoger no pude tus despojos,

Tus heridas lavar, cerrar tus ojos.

CI.

Ni la ropa vestirte que de día

Yo y de noche labraba, mis pesares

Consolando en la edad caduca mía.

¡Ay! ¿a dónde seguirte? ¿en qué lugares

Tu destrozado cuerpo quedaría?

¿Y para esto por tierras y por mares

Anduve acompañándote? ¿y es esta

Visión cruel cuanto de ti me resta?

CII.

L A E N E I D A

401

»¡Rútulos! si tenéis piedad alguna,

Todos aquí asestad; yo la primera

Caiga; ¡matadme!... o tú de mi fortuna

Duélete, ¡Padre de los Dioses! Hiera,

Hiérame un rayo tuyo: esta importuna

Memoria acabe: el Tártaro me espera;

Precipítame allá, pues de otra suerte

No es dado a esta infeliz que halle la muerte!»

CIII.

Lloran todos con ella; y ya al deseo

De combatir, con el común quebranto

Las fuerzas van faltando. Actor e Ideo

A la triste, que enciende duelo tanto,

Acuden, por mandato de Ilioneo,

Y de Yulo, que vierte largo llanto;

Sustentándola en brazos se encaminan

A su hogar, y en el lecho la reclinan.

CIV.

Óyese del clarín el son agudo;

El canoro metal de alarma llena,

Los campos, y ya el aire, en antes mudo,

Con los ecos terríficos resuena,

Formada ya la militar testudo

De Volscos el ejército se ordena,

Y a cubrir apercíbese en batalla

El ancho foso y a arrancar la valla.

CV.

Buscan unos entrada, y por escalas

A trepar se dirigen a la parte

Do las haces parece estar más ralas

Que coronan el muro y baluarte.

V I R G I L I O

402

Se arman los Teucros a su vez; tan malas

Armas no habrá que no utilice el arte,

En que ya los formó la patria tierra,

De guardar plaza fuerte en larga guerra.

CVI.

Picas vibran, y aún vuelcan ya pedrones

Cuyo peso del Rútulo consiga

Romper los defendidos batallones.

¿Y qué? ¿será que conllevando él siga

Tan rudos golpes sin sufrir lesiones

Bajo la densa concha que lo abriga?

No; ni el número basta. ¿Veis do ileso

Marchando viene el pelotón más grueso?

CVII.

Pues ya a esa parte misma risco horrendo

Los Troyanos arriman, ruedan: postra

Anchamente a los Rútulos cayendo

Y desbarata su ferrada costra.

La muchedumbre audaz retrocediendo,

Tal lluvia en ciego asalto más no arrostra,

Y a los sitiados a ofender aspira

Sólo con flechas que de lejos tira.

CVIII.

Ostentando a su vez, Mezencio insano

Su catadura amenazante y fea,

Viene por otra parte, y en su mano

Etrusco pino tenebroso humea.

Mesapo, prole de Neptuno, ufano

Porque indómitos potros señorea,

El vallado también romper decide

Y escalas ya para los muros pide.

L A E N E I D A

403

CIX.

¡Oh Calíope! ¡oh Musas celestiales!

¡Inspirad al cantor! Cuántos encierra:

Estragos ese campo funerales,

Decid; a quiénes Turno echó por tierra,

Y otros a otros también, cuáles a cuáles;

Desenrollad el libro de la guerra,

Y mi vista contemple aquellos hombres:

¡Vosotros los sabéis, decid sus nombres!

CX.

Con arduos puentes a asombrosa altura

En oportuno sitio al aire vano

Erguíase una torre. Se conjura

A embestirla el ejército italiano

Con extremado alarde de bravura.

En agolpados grupos el Troyano

Defiéndela con piedras, y a porfía

Por troneras abajo armas envía:

CXI.

Turno osado, primero en los primeros,

Tira una hacha encendida, que se pega

A un lado de la torre: a los maderos,

Acrecentada por el viento, llega

La llama devorante. Los guerreros

Que adentro ven el gran peligro, en ciega

Confusión a salvar corren la vida,

Buscando en vano y de tropel salida.

CXII.

Y en tanto que se agolpan, en su anhelo,

A un punto ajeno al fuego, se derrumba

V I R G I L I O

404

Súbito por su peso el fuerte: el cielo

Con fragoroso estrépito retumba:

Y vienen, medio exánimes, al suelo,

No sin que la alta mole en pos sucumba,

Transfijos por sus armas los soldados

Y de duras astillas lastimados.

CXIII.

A todos el tremendo golpe acaba,

Salvo a Helénor y a Lico. En años era

Tierno aquél: en secreto, de la esclava

Licimnia, al rey Meonio le naciera;

A la guerra de Troya, aunque le estaba

Vedada, ella envióle. De ligera

Armado, iba inglorioso, con desnudo

Acero, y sin divisa el limpio escudo.

CXIV.

El cual mirando acá, y allá, y doquiera,

Mil haces que le estorban la salida,

Determina morir. Como la fiera

Que de perseguidores circuida

En densa red, contra la opuesta hilera

Se embravece en furiosa arremetida,

Y de un salto sin miedo ni esperanza,

Por cima de los dardos se abalanza;

CXV.

Así Helénor se arroja, y donde advierte

Más densa la erizada tropa, fiero

Entrando por allí corre a la muerte.

Lico mientras, más que él de pies ligero,

A una fuga veloz fía su suerte

Entre tanto enemigo hórrido acero;

L A E N E I D A

405

Trepa al muro, cubierto de Troyanos,

Y alto asidero busca, amigas manos.

CXVI.

A la carrera Turno con la lanza

Habiéndole seguido, ya cercano

Le mira, ya sobre él victoria alcanza.

«¡Qué! ¿de librarte de mi fuerte mano

Concebiste, demente, la esperanza?»

Dice, y cogiendo al que trepaba en vano,

No sin parte del muro a que se aferra

A síle trae y le derriba en tierra.

CXVII

Con uñas corvas por el vago viento

A blanco cisne, así, o a liebrezuela,

La armígera de Jove al firmamento

Arrebata feroz, y encima vuela;

Y al corderillo así, que anduvo a tiento,

Por quien la baladora madre anhela,

Roba el fiero animal que sirve a Marte.

Ya clama el sitiador por toda parte;

CXVIII.

Corre y los fosos terraplena, y pega

Antorchas a los muros, con desprecio

Del peligro de muerte a que se entrega.

A las puertas terrífico Lucecio

Llamas vibrando amenazante llega.

Venir le mira, y un peñasco recio,

Como roca de monte desprendida,

Lanzó Ilioneo, y él rindió la vida.

CXIX.

V I R G I L I O

406

Ligro en Ematio, Asila en Corineo

(Hábil uno en lanzar venablo fuerte,

Otro, falaz saeta) atroz deseo

Sacian. Ceneo a Ortigio da la muerte;

Turno derriba al vencedor Geneo,

Y a Itis, a Dioxipo deja inerte,

Y a Prómolo, y a Clonio, y a Sagares,

Y a Ida, que guardaba altos lugares.

CXX.

A Priverno quitó Capis la vida.

Habíale primero rasguñado

Temílas con su lanza. Él, que a la herida

Fue la mano a llevar desacordado

Tira el escudo. En alas conducida

Vino una flecha, y al izquierdo lado

Clava su mano, entra, la entraña hiere

Que aire recibe y da, y el triste muere.

CXXI.

Arcencio, el de figura señalada,

Allí, de ibera púrpura luciente,

Su rico arnes y clámide bordada

Mostraba. (Le envió su padre Arcente

De la selva a la madre consagrada,

Do le criara, a par de la corriente

Del Simeto, que ve en ofrendas rico

El altar propiciable de Palico.)

CXXII.

Así como tan bellas galas mira,

Dardos suelta Mezencio, honda estridente

Toma, y tres veces Ya sacude y gira.

En torno a su cabeza, y al de Arcente

L A E N E I D A

407

Encaminando la amenaza tira

Bala, forjada ya de plomo ardiente,

Y ambas sienes le pasa, y de la almena

Le hace caer a la tendida arena.

CXXIII.

Entonces dicen que por vez primera

Arco y flechas el príncipe troyano,

Temidas ya de fugitiva fiera,

Usó en guerra homicida; y por su mano

Mató a un fuerte guerrero, de quien era

Rémulo sobrenombre al de Numano,

Y por mujer, de Turno, poco hacía,

A la hermana menor tomado había.

CXXIV.

El cual amenazando horrenda tala

Ya delantero, y del reciente enlace

Haciendo y de sus fuerzas muestra y gala;

Y clama audaz cuanto decir le place:

«¡Oh pobres Frigios, los de suerte mala!

¿Tercer asedio enrojecer no os hace?

¿Y pensáis que os serán reparo fuerte

Frágiles tablas contra instante muerte?

CXXV.

¡Y tal linaje en actitud guerrera

Nuestras esposas pide, o nuestras vidas!

¿Qué Dios os trajo, ¡míseros! qué fiera

Demencia a Italia? Aquí no halláis Atridas

Ni enlabiador Ulíses os espera;

Antes lo habréis con gentes aguerridas

Que su prole, al nacer, al río llevan,

Y de agua y hielo en el rigor la prueban.

V I R G I L I O

408

CXXVI.

»Juventud es la nuestra que se emplea,

Fatigando los montes, en la caza;

Que en manejar el arco se recrea,

Que en domeñar caballos se solaza.

No hay duro empeñó a que inferior se vea:

Sobria, sufrida, inquebrantable raza,

O con rastro tenaz doma la tierra

O bate muros en abierta guerra.

CXXVII.

»Hierro es en todo tiempo nuestra usanza:

Si movemos la tierra, al buey tardío

Con el cuento aguijamos de la lanza:

Ni gustos muda ni el nativo brío,

Edad proyecta a quebrantar alcanza;

Yelmos dan a las canas atavío:

Mozo y viejo a la par conquistas hacen

Y en vivir de despojos se complacen.

CXXVIII.

»Vosotros, los de ropas en que arde

Con el zafran el múrice de Oriente,

Tenéis por dentro un corazón cobarde:

Es vuestra ocupación ocio indolente,

Voluptuosa danza es vuestro alarde:

Con el frigio tocado ornáis la frente,

De cintas rodeándola y de lazos,

Y en blandos pliegues enredáis los brazos.

CXXIX.

»¡Oh Frigias, más que Frigios! ¡Id! Guarida

Alta el Díndimo os abre: a sus parciales

L A E N E I D A

409

La flauta berecintia allá convida

Con la usual melodía; ¿y los timbales

No oís de la Deidad que reina en Ida?

Id al báquico estruendo, y las marciales

Luchas dejad a varoniles pechos;

A llevar armas no aleguéis derechos!«

CXXX.

A vueltas de sus fieros y blasones

No en calma Ascanio a tolerar se avino

Del jayan los dicterios y baldones:

Tiende el arco y atrae el nervio equino,

Los brazos en contrarias direcciones

Esforzando; mas, antes que camino

De su mano a la flecha, voladora,

Los ojos alza y reverente ora.

CXXXI

«¡Oh Jove omnipotente! así me ampares

Y premies con el éxito que imploro

Mi empeño audaz; y ofrezco a tus altares

En sacrificio un joven y albo toro

Que ya a las astas de su madre, pares

Yerga las suyas, retocadas de oro,

Que muestre corneando su ardimiento

Y polvo con los pies esparza al viento!

CXXXII.

Oyóle el Padre complacido, y truena

A izquierda mano, despejado el cielo.

Descargándose al punto el arco suena,

Y disparado el homicida telo

De la cuerda tirante se enajena,

El aire rasga en estridente vuelo,

V I R G I L I O

410

Llega, y traspasa con el hierro insano

Las sienes cavernosas a Numano.

CXXXIII.

«¡Anda, soberbio, y al valor regala

Con burlas que el castigo desafían!

Los pobres Frigios, los de suerte mala,

Esta respuesta a tu arrogancia envían.»

Conciso Ascanio así su furia exhala.

Los Teucros, que admirados le veían,

En aplauso triunfal su nombre elevan

Y al cielo la esperanza en alas llevan.

CXXXIV.

Desde un punto sereno de la esfera

En una nube, sobre el aura pura,

Apolo, el de la hermosa cabellera,

Miraba en ese instante por ventura

El fiero asalto y la defensa fiera,

Y a Yulo vencedor as! conjura:

«,Bien hayas, joven de inmortal destino!

¡Sigue! ¡ése es de los astros el camina!

CXXXV.

»Bien h ayas, nieto ya, y futuro abuelo

De Dioses! Cuanta guerra el hambre enciende»

Trocarse en paz verá dichoso el suelo

Reinando tu familia. A ti no extiende

Troya su hado cruel.» Dice, y del cielo,

Rasgando el aire vibrador, desciende

A Ascanio, y de sus formas se desnuda,

Y el rostro en el del vicio Bútes muda.

CXXXVI.

L A E N E I D A

411

El cual de¡ noble Anquíses escudero

Y su fiel guardapuertas fuera un día;

Tiempos después lo dio por compañero

A Ascanío Enéas, y por útil guía.

En la blanca cabeza y ceño austero

Apolo, andando, a Bútes contrahacía,

Y en la voz y el color y la apostura,

Y en el bronco sonar de la armadura.

CXXXVII.

Y a Yulo enardecido, «¡Hijo de Enéas!

¡Basta!» dícele el Dios, «basta a tu gloria

Que así a Numano castigado veas

Bajo tu brazo. Esta primer victoria

Apolo te concede, y, que le seas

Émulo ya en el arma venatoria,

No mira, no, con voluntad avíesa.

Mas tú ya en el combate, ¡oh niño! cesa«

CXXXVIII.

Trunco el discurso, y la mortal figura

Deponiendo, a los ojos se evapora

El Dios, raudo cruzando el aura pura.

Descubrióse en la fuga voladora:

Leve han visto los jefes su armadura,

Y aún su aljaba alejarse oyen sonora;

Y obedécenle ya: de la pelea

Apartan al garzón, que la desea;

CXXXIX.

Y al peligro otra vez sus corazones

Presentan. Por los muros va en aumento

El bélico clamor. Fuertes varones

Tienden el arco, o del revuelto amiento

V I R G I L I O

412

Tiran sus jabalinas y lanzones.

Todo de armas se cubre el campamento.

Huecos yelmos doquier suenan y escudos

Con choques leves y con golpes rudos.

CXL.

Arrecia por momentos la batalla.

Naciendo las Cabrillas, de Occidente

Así también azotadora estalla

La lluvia; con granizo así estridente

Fiero turbión el pielago avasalla

Cuando el Eter, con austros inminente,

Empuja acuosa tempestad, y el trueno

A las cóncavas nubes rompe, el seno.

CXLI.

Pándaro y Bícias, de Alcanor de Ida

Hijos, criados por la agreste Hiera

En la selva de Jove (en tal guarida

Ni arduo abeto ni cumbre hubo altanera

Que a aquellos mozos superior se mida),

La puerta que a guardar el Rey les diera

Abren; y en su gran fuerza ambos seguros,

Retan al enemigo a entrar los muros.

CXLII.

A un lado y a otro armados aparecen

Adentro, a fuer de torres, con cimera

En que altivos plumajes resplandecen.

Tal orillas del Po, o a la ribera

Del Atesis ameno, iguales crecen

Dos encinas de intonsa cabellera,

Y, él pie afirmando en el bañado suelo,

Mueven la vana cresta allá en el cielo.

L A E N E I D A

413

CXLIII.

Los Rútulos, la entrada al ver patente.

Se lanzan. Cada cual con su cohorte,

Sin más tardar avanzan ya: Quercente,

Y Aquícolo, en las armas y en el porte

Hermoso, y Tmaro, de ánimo vehemente

Y Hemon, alumno del feroz Mayorte:

Estréllanse en su arrojo, y los primero«

Dejan en el umbral vidas y aceros

CXLIV.

Y, siguiendo a sus jefes los soldados,

Ya espaldas vuelven los que atrás venían;

Mas cobra la ira hostil mayores grados,

Y otra vez atacar tal vez porfían. .

Por su parte los Teucros, agolpados

Hacia aquel punto, más y más confían;

Y salen, y alejados de la puerta,

Persiguen al contrario en liza abierta.

CXLV.

El rey Turno que, en otra parte, insano

El espanto y la muerte a muchos lleva,

Oye que encarnizándose el Troyano

A abrir sus puertas orgulloso prueba;

Del asalto emprendido alzando mano,

Con ira que sus ímpetus renueva

Acude, acorre a la patente entrada

Por gemelos gigantes custodiada.

CXLVI.

Y a Antifate ante todos, que gallardo

Ante todos también la planta mueve

V I R G I L I O

414

(Del alto Sarpedon hijo bastardo

Que le nació de una mujer de Tebe),

De itálico cerezo arroja un dardo

Que en su garganta, hendiendo el aura leve,

Va a, hundirse: ancha la herida brota un río,

Y arde, hincado al pulmón, el hierro impío.

CXLVII.

A Afidno luego, a Mérope, e Erimante

Rinde, y a Bícias, que amenazas para

Rugiente, con mirada centellante;

Contra venablos el arnes le ampara.

Ni azagaya lanzó Turno al gigante;

Con zumbadoras cuerdas le dispara

Falárica mortal cual rayo fiero:

A su empuje el taurino doble cuero,

CXLVIII.

Y aún con dobles escamas de oro fino

La fiel loriga resistir no pudo:

Desmayado el gran cuerpo al suelo vino,

Tembló la tierra y retumbó el escudo.

Con golpe así y estruendo repentino

Yerto pilar que giganteo y mudo

En antes dominara el mar de Bayas,

Cae tal vez en las soberbias playas,

CXLIX.

Y rueda así con ímpetu y ruina

Y en el fondo del pielago se ensena:

Toda se turba la extensión marina

Al impulsó, y resurte negra arena;

Y estremécese Prácida vecina

Desde su asiento, y con espanto truena;

L A E N E I D A

415

Truena el áspero lecho de Inarime,

Donde a Tifeo Júpiter oprime.

CL.

Entonces Marte armipotente asiste

Y enérgicos estimulos añade

A los Latinos, y de ardor los viste

(A los Troyanos a la vez invade

Con Pavor tenebroso y Fuga triste);

Y ya, porque en sus almas se persuade

El Dios guerrero y a la lid los guía,

Invasores acuden a porfía.

CLI.

Como, postrado el cuerpo y la faz muerta,

Al hermano infeliz Pándaro mira

Y el mal suceso ve, cierra la puerta;

Ella al empuje vigoroso gira:

Con sus hombros anchísimos cubierta

El la tiene por dentro, y en su ira

A muchos de su gente allende el muro

Mezclados deja en el combate duro.

CLII.

A otros, empero, de tropel, consigo

Adentro recibió. ¡Ciego y demente!

Que no ha echado de ver cómo al abrigo

De aquella confusión, entre la gente

El jefe del ejército enemigo

Siguiendo impetuoso la corriente

Penetra, como tigre despiadado

En medio de pacífico ganado.

CLIII.

V I R G I L I O

416

Entran, pues. Mas de súbito a sus ojos

Brilla extraña visión altos se mecen

Sobre yelmo gentil crestones rojos;

Crujen hórridas armas que estremecen,

Y luz fiero broquel viera a manojos...

Al punto aquel semblante que aborrecen,

Y aquel brazo feroz que temen tanto,

Los Teucros reconocen con espanto.

CLIV.

Pándaro, en el furor a que la muerte

De su mísero hermano le arrebata,

Alzase entonces corpulento y fuerte,

Y «El palacio dotal no ves de Amata,»

Exclama, «ni Ardea es ésta que a tenerte

Abre el recinto de sus muros, grata

A un hijo vencedor. ¡Turno! has entrado

En campo hostil, y ya salir no es dado!»

CLV.

Y Turno, con sonrisa de bonanza:

«Mide, pues, esa diestra con la mía,

Y a Príamo dirás que en mi pujanza

Otro Aquíles topó tu cortesía!»

Con nudos y corteza áspera lanza

Pándaro desembraza; la desvía

Juno en su vuelo: a herir el hierro acierta

Los aires sólo, y se clavó en la puerta.

CLVI.

«No será cual la tuya inobediente

Arma de esta mi diestra manejada,

Ni ella sus golpes eludir consiente,»

Dice Turno; y se empina, alta la espada,

L A E N E I D A

417

Y en la mitad descarga de la frente

A Pándaro tan recia cuchillada,

Que no paró sin que con ancha herida

Las impubes quijadas le divida.

CLVII.

Cae el jayan; y el suelo en son profundo

Treme, no acostumbrado a golpes tales,

Con sangre y sesos el arnes inmundo

Tiende en tierra, y a par descomunales

Sus miembros, el coloso moribundo;

A hierro en partes dividida iguales

Cuélgale la cabeza a entrambos lados;

Y cuantos miran esto huyen turbados

CLVIII.

Si al vencedor al punto se ocurriera

A sus parciales franquear la entrada,

Rompiendo con su mano la barrera,

Fuera aquella ocasión postrer jornada

A la emprendida lid, y luz postrera

A la raza, de Príamo cuitada;-

Mas de sangre la sed, que sangre huele

De los que huyen en pos loco le impele.

CLIX.

Y a Fáleris, y a Gíges, un jarrete

Habiéndole en la fuga herido, alcanza:

Con picas de éstos a otros acomete;

Juno el fuego le da de su venganza.

Clavó a Fégeo en su escudo, y arremete

Tras de Hális, y hacia aquellos ya se lanza

Que están desde los muros braveando:

Prítanis, y Halio, y Noemon, y Alcrando...

V I R G I L I O

418

CLX.

¡Tristes! no le aguardaban. Se le aboca

Linceo, empero, entre ellos avisado,

Y contra él, aunque tarde, los convoca:

Turno se le adelanta, en un vallado

Se apoya, el hierro esgrime, y le derroca

De un tajo, con el yelmo destroncado

La segada cabeza. Y luego a Amico,

Postra, en despojos de la selva rico,

CLXI.

Cazador que cual nadie el arte y dolo

De enherbolar saetas conocía.

Mató después a Clicio, hijo de Eolo;

Y a Creteo, a quien fue la compañía

Fiel de las Musas su deleite sólo,

Su ejercicio el laud, la poesía

Su amor. Carros marciales, lides bravas

Siempre, ¡vate infeliz! cantando estabas.

CLXII.

Oyen los jefes que el peligro llama:

Mnesteo y el intrépido Seresto

Allá acuden, y al ver que se derrama

Medrosa turba ante invasor enhiesto

Que aterra la ciudad, Mnesteo exclama:

«¿A do huís, insensatos? Más repuesto

¿Qué otro sitio hallareis ni más seguro?

¿O qué muro buscáis allende el muro?

CLXIII.

»¿Un hombre triunfará de mil Troyanos

Aun en medio de vallas y de aceros?

L A E N E I D A

419

¿Y él solo entre vosotros, ciudadanos,

Correrá haciendo impune estragos fieros?

¿Y para el Orco segarán sus manos

La flor de nuestros jóvenes guerreros?

¡Qué! ¿Dioses, Patria, Rey nada os merecen,

Ni os inspiran piedad ni os enrojecen?»

CLXIV.

Encorajados con palabras tales

Rehácense, y en densa infantería

Avanzan ya. Con armas desiguales

Pausadamente del combate cia

Turno, y hacia la parte en que fluviales

Ondas besan el muro, se desvía,

Mientras con nuevo ardor y altos clamores

Auméntanse sobre él los ofensores.

CLXV.

Cual león de monteros acosado,

Que los venablos contrapuestos mira

Receloso, y a paso retrogrado

Con miradas sañudas se retira:

El valor en su raza vinculado

Huir no le permite, ni la ira;

Mas por medio de la áspera barrera

Romper no puede, aunque romper quisiera;

CLXVI.

Así Turno también dudoso y lento

Retrocediendo va; mas no desmaya,

Y arde en vivo furor su Pensamiento.

Embestir una vez y aún otra ensaya,

Y una vez y otra su ímpetu violento

Pone a muchos en fuga, a otros a raya;

V I R G I L I O

420

Pero al fin en su daño se congregan

Cuantos hay en el campo y juntos llegan.

CLXVII.

Ni ya la hija de Saturno osa

Confortar al ahijado en su porfía

Con nuevo aliento; que a Iris vaporosa

Júpiter mismo desde el cielo envía,

Y, encaminados a su regia esposa,

Mensajes no suaves le confía,

Que abandonar a Turno ordenan, caso

Que de los muros él no arredre el paso.

CLXVIII.

Nada el mancebo, pues, con el escudo,

Nada ya con la armada diestra puede;

¡Tanto el asalto arrecia áspero y rudo!

Hace que en torno de sus sienes ruede

Ruido asordante, el incesante, agudo

Repiquete del yelmo: ábrese, y cede

La armadura de bronce a, las pedradas;

Las rojas plumas vuelan arrancadas.

CLXIX.

Contra nube de dardos enemiga

¿Qué hará la copa de un broquel? Circunda

A Turno ya la multitud; le hostiga

Mnesteo con su lanza furibunda:

Mana el sudor copioso en su fatiga;

Raudal como de pez su cuerpo inunda:

Fáltale aire vital; convulso aliento

Al moribundo pecho da tormento.

CLXX.

L A E N E I D A

421

¡Ved! con todas sus armas de repente,

Como último arranque de su brío,

Arrójase a las aguas. Blandamente

En su rojo regazo el sacro río

Recíbele, y sumido en su corriente,

Sangre, polvo y sudor le lava pío,

Y devuélvele en ondas sosegadas

Hermoso de su gente a las miradas.

V I R G I L I O

422

LIBRO DÉCIMO.

I.

El palacio de Olimpo omnipotente

Se abre entretanto. El Padre de inmortales

Y Rey supremo de la humana gente

A concilio en las salas siderales

Convoca. El desde allá ve el continente,

Y las huestes del Lacio, y los reales

Troyanos. Altos Númenes asoman,

Y en el amplio cónclave sillas toman.

II.

«¡Celícolas ilustres!» Jove empieza;

«¿Por qué mudais de acuerdo? ¿Por qué insanos

Os dais a pelear con tal crueza?

Yo vedara que Italia a los Troyanos

Resistiese; ¿en qué cóleras tropieza

Mi voluntad? ¿Por qué terrores vanos

Acá el uno, allá el otro a lid se lanza

Y va el hierro a empuñar de la venganza?

III.

»Ya la hora sonará de las batallas

(No el tiempo aceleréis), cuando Cartago

Rompa el Alpe, y de Roma a las murallas

Descargue por la brecha horrendo estrago.

Podréis entonces desbordar sin vallas

Hasta rapaces, triunfos vuestro amago:

Hora enfrenadle, y con semblante amigo

Benditas paces afianzad conmigo.»

IV.

Conciso Jove habló. Menos somera

Fue la espléndida Venus, que en su duelo

L A E N E I D A

423

Vuelta al Padre razona en tal manera:

«¡Rey y eterno Señor de tierra y cielo,

Divina, Majestad! ¿ni en quién pudiera,

Sino en ti, mi dolor hallar consuelo?

Los Rútulos me insultan: ¡mira, mira

Cómo entre ellos soberbio Turno gira!

V.

»Ya con propicio Marte hinchado llega

Al cerco; audaz le invade: mal seguros

Traban los Teucros áspera refriega

Puertas adentro y en sus propios muros;

Su misma sangre ya los fosos ciega.

Enéas, ¡ay! sus míseros apuros

Ausente ignora. ¿Y contra el duro asedio

Nunca tú, nunca ya darás remedio?

VI.

»Renace Troya, mas con ella nace

Otro ejército hostil como el aqueo;

Ni se alza en pie, sin que, saliendo audace

De Arpos etolia, el hijo de Tideo

Otra vez a sus muros amenace.

No han de cerrarse ya mis llagas, creo;

Armas que a esta hija tuya antes hirieran,

Mortales armas, hoy también me esperan!

VII.

»Si a hurto ya de ti, o a tu despecho,

Fueron a Italia los Troyanos, lleven

La justa pena del culpado fecho;

¡No tus furores, tu justicia prueben!

Mas si camino solamente han hecho.

A do Dioses y Manes a ir los mueven

V I R G I L I O

424

Una vez y otra vez, ¿quién tus mandados

Torcer intenta y reformar los hados?

VIII.

»¿Quién? ¿Ya no has visto en sicilianos mares

Nuestras naves arder?... ¿No desencierra

Eolo sus alados auxiliares?...

¿Iris no baja con misión de guerra?...

Y hoy, porque aún parte tomen los hogares

Independientes de Plutón, a tierra

Sale Alecto, de allá abortada, y cruza

A Italia, y cual bacante iras azuza!...

IX.

»Del prometido imperio nada alego;

¡Pude esperarle en hora más dichosa!...

¡Venza hoy quien quieras! Mas si en su odio ciego

A mis Teucros negar juró tu esposa

Todo terreno hospicio, esto te ruego

Por Troya hundida y su reliquia humosa,

¡Sálvese Ascanio del feral combate;

Al nieto, ¡oh Padre! tu favor rescate¡

X.

»Torne Enéas al mar, y rumbos déle

Voltaria Suerte en ondas ignoradas.

Mas este niño... verle me conduele;

Yo lo quiero librar de las espadas:

Yo a Citera o a Páfos llevaréle,

O a Idalia y sus pacíficas moradas,

Donde robado al militar ruido

Consuma el tiempo en inglorioso olvido.

XI.

L A E N E I D A

425

»Y reinen, si te place, hijas de Tiro;

Cartago a, Ausonia oprima en férreo mando;

Y de este infante y su feliz retiro

Nada teman... ¡Mas oh remate infando!

¿A los Teucros para eso en largo giro,

El hierro y fuego asolador burlando,

Que venciesen dejaste mil azares

Por tantas tierras y por tantos mares?

XII.

»¿Y hoy que a Troya restauren en el Lacio

Consientes, porque caiga en nueva guerra?

¡Valiera más que en el yermado espacio

Que de sus padres la ceniza encierra

A alzar tornasen imperial palacio!

Su Janto y Símois, su nativa tierra

Vuélveles, ¡ay! Si a muerte los destinas,

Perezcan de la patria en las ruinas!»

XIII.

Habló a su vez con ímpetu iracundo

La reina Juno: «La, ocasión me obliga

Un silencio a romper largo y profundo,

Y el gran dolor a divulgar que abriga

Secreto el corazón. ¿Quién ya en el mundo,

Di, mortal o inmortal, es el que. instiga

A Enéas a la ofensa? ¿Quién le mueve,

A que al buen rey Latino guerras lleve?

XIV.

«¿Hados a Italia le impelieron? Cierto:

¡Casandra en su furor le abrió la, vía!

Mas si hoy deja su campo, ¿el desacierto

Que en dejarle comete, es culpa mía?

¿Eslo, si da su vida a un soplo incierto,

V I R G I L I O

426

Y el mando militar a un niño fia?

¿Que así la fe tirrena solicite,

Y quietos pueblos sedicioso agite?

XV.

» Pues si él de propio acuerdo torpe yerra,

¿Hay decir que a su mal Juno le acosa,

Y que Iris baja con misión de guerra?

¡Oh! ¡en el ítalo pueblo indigna cosa

Es llevar llamas con que a Troya encierra

Naciente; indigna en Turno (a quien la Diosa

Venilia madre fue, Pilumno abuelo)

Que en paz ocupe su nativo suelo!

XVI.

«¡Y cosa no ha de ser indigna y fea

En el Troyano, si una tierra extraña

Invadiendo feroz con negra tea

Tala y subyuga en torno la campaña!

No, si el suegro se apropia que desea

Y ajena esposa en el hogar apaña;

Ni ha de ser vergonzoso en frigias tropas

Mentir sus manos paz y armar sus popas!

XVII.

»Tú sí que a Enéas en peligros graves

Aun de las manos de los Griegos puedes

Redimirle, y al cuerpo echarle sabes

De aire y niebla sutil propicias redes;

Tú en Ninfas de la mar truecas sus naves:

¡Y a fuero haciendo estás tantas mercedes,

Y yo a tuerto he de obrar si en lado opuesto

Un corto auxilio a mis parciales presto!

L A E N E I D A

427

XVIII.

»Ignore Enéas lo que ausente ignora,

Y tú olvídale en Páfos o en Citera,

O en tus grutas de Idalia. No que ahora

En daño suyo, a una nación guerrera

Provocas, y a una raza vencedora!

¿Quién de frigias reliquias acelera

El fin: yo, o el que a los Griegos dando paso,

Causó de Troya misma el gran fracaso?

XIX.

»¿Rompiendo antigua Paz con rapto insano,

Yo a Europa y Asia en militar. porfía

Comprometí? ¿Yo al forzador troyano,

Cuando a Esparta asaltó, serví de guía?

¿Armas y amores ministró mi, mano

Al grande incendio? ¡Entonces te cumplía

Por los tuyos mirar! ¡Al aire entregas

Injustas quejas hoy, hoy tarde llegas!»

XX.

Tal Juno declamaba. Asentimiento

Mostraban las Deidades sordo y vario

Murmurando entre sí; cual suele el viento,

Cuyos soplos el bosque centenario

Erizan en templado movimiento,

Y rondando el hojoso santuario

Crecen luego en rumores murmurantes,

Nuncios de tempestad a navegantes.

XXI.

Habló entonces el Padre omnipotente

El que todo lo rige y lo compasa

Con cetro universal. Profundamente

V I R G I L I O

428

Enmudece a su voz el alta casa

De los Dioses; el éter eminente

Calla; tiembla la tierra en su ancha basa;

Encogidos los Zéfiros no alientan;

Los mares su encrespada pompa asientan.

XXII.

«Atentos escuchadme, y lo que os diga

Tened presente. Pues traer no es dado

Teucros y Ausonios a amistosa liga,.

Ni tregua admite vuestro encono airado;

Ya bogue el uno en esperanza amiga,

Ya fie el otro en su presente estado,

O Rútulo adalid o Teucro sea,

No ha de ser, no, que yo parcial los vea.

XXIII.

»Ora arribado hubiere a extraño, suelo

Por suerte adversa al ítalo, o por vano

Error de patria y seductor señuelo,

A resistir embates el Troyano,

Ni a él redimo ni al otro o gloria o duelo

Lábrele a cada cual su propia mano:

El cetro universal yo a nadie inclino;

Por sí los hados se abrirán camino.»

XXIV.

Por las riberas del Estigio hermano,

Vorágines de negro ardiente lodo,

Juró éldicho el Númen soberano:

La frente inclina, y al moverla, todo

Tiembla el Olimpo. A aquel debate vano

Término dando en tan solemne modo,

Se alzó del áureo solio: a los umbrales

L A E N E I D A

429

Condúcenle entre sí los inmortales.

XXV.

El asedio estrechando a la muralla

Instan a la sazón por toda parte

Los Rútulos, cuidosos de tomalla

Con llamas vivas y sangriento Marte.

El troyano gentío entre su valía

Vese acosado, y de salir no hay arte:

¡Ay tristes de sus nobles campeones

Que las torres defienden y bastiones!

XXVI.

En ya ralo cordón cubren guerreros

El muro. Ambos Asáracos en vano

Se ofrecen, peleando en los primeros;

Timete Hicetaonio, Timbre anciano,

Y Asio, y Castor. Les fueron compañeros

De Sarpedon el uno y otro hermano,

Claro a par y Temon, a aquella guerra

Venidos desde Licia, noble tierra.

XXVII.

Veis al lirnesio Acmon, que arrastra inerte

Mole, parte de monte no pequeña,

Y, cual su hermano Menesteo, fuerte,

Y cual Clicio su padre, la despeña,

Todo el cuerpo tendiendo. De esta suerte

El agredido en arrojar se empeña

Ya volador astil, ya piedra grande;

Y hachas el agresor y dardos blande.

XXVIII.

Como perla de fúlgido destello

V I R G I L I O

430

En rojo oro engarzada, cuyo oficio

Es dar adorno ya a la sien, ya al cuello

O bien como con clásico artificio

Embutido marfil esplende bello

En terso boj o terebinto oricio,

Tal Ascanio entre todos resplandece;

Tal descubierta la cabeza ofrece

XXIX.

El digno barragan que Venus ama,

Y hermoso así por su cerviz de nieve

El tendido cabello se derrama,

Que a su frente hilo de oro ciñe leve.

Mnesteo allí también (a quien la fama,

Porque a él de Turno la expulsión se debe,

Ha engrandecido) a la defensa asoma,

Y Cápis, de quien Capua nombre toma.

XXX.

También allí lidiando, los arpones

Lanzaste que homicidas enherbolas

A vista de magnánimas legiones,

Tú, que tu nombre, ¡oh Ismaro! arrebolas

De ilustre origen lidio con blasones,

Hijo de aquel país donde con olas

Doradas el Pactolo se desliza

Y cultivados campos fertiliza.

XXXI.

Así unos y otros, sin ganar terreno,

Recia lid pelearon todo el día.

Y en tanto Enéas a la mar el seno,

Bogándo en medio de la noche, hendía.

Pues él, dejado a Evandro, y al tirreno

L A E N E I D A

431

Campamento venido, hablado había

Al jefe: nombre y patria le revela;

Lo que ofrece le dice, y lo que anhela;

XXXII.

Y los recursos le describe luego

Que ha asociado Mezencio a su venganza;

Píntale a Turno en sus enojos ciego;

Pondérale cuán poca confianza

Merece humano cálculo; y el ruego

Añade a la razón. A la alianza

Tarcón se inclina, y, sin que instantes pierda.

Sus fuerzas une y ya la marcha acuerda.

XXXIII.

A un extranjero príncipe obediente,

Librada así del veto de los hados,

Entrégase a la mar la etrusca gente,

En los buque! subiendo aderezados.

La real nave de Enéas en la frente

Muestra frigios leónes sojuzgados,

En tanto que en su popa se alza el Ida,

Imagen a expatriados tan querida.

XXXIV.

Allí, en la popa, el ánimo constante

Con pensamientos bélicos fatiga

El grande Enéas. Muévele Palante,

A su izquierda sentado, a que le diga

Ya los astros que rumbo al nauta errante

En noche opaca dan con lumbre amiga,

Ya de su propia vida los azares,

Cuantos corrió por tierras y por mares.

XXXV.

V I R G I L I O

432

¡Hora, Musas, abridme el Helicona!

¡Inspirad al cantor! Decidme, cuáles

Nobles salieron de la etrusca zona

En auxilio de Enéas; qué navales

Fuerzas ganosas de triunfal corona

Corrieron a los líquidos cristales.

Abrió Másico el rumbo: nao ferrada,

Ante todas su Tigre sobrenada.

XXXVI.

Mil jóvenes reúne su bandera

Que de Clusio vinieron y de Cosas,

Y con aliaba al hombro andan ligera,

Con arco audaz y flechas sanguinosas.

Lanza su nave a par de esta primera,

Con lucido escuadrón de armas vistosas

Abante adusto, y un Apolo de oro

Presta a su popa tutelar decoro.

XXXVII.

Populonia, su patria, con seiscientos

Mancebos le acudió para la guerra,

No de experiencia militar exentos;

Elba, que hierro inagotable encierra,

Isla famosa, le envió trescientos.

Adivino del cielo y de la tierra

A quien tierra ni cielo nada oculta,

Tercer caudillo, Asila, al mar insulta.

XXXVIII.

Él interpreta lo que parla un ave,

Ve lo que abierta entraña significa,

Y de los astros los secretos sabe,

Y presagos relámpagos explica.

L A E N E I D A

433

En masa hórrida y densa, tras su nave,

Arrastra mozos mil que calan pica:

Ciudad los reclutó que de Elis viene,

Nueva Pisa, y toscano asiento tiene.

XXIX.

Sígueles de hermosura y de esplendores

Vestido Astur; Astur, que va fiado

En su potro y sus armas de colores:

Con voluntad unánime, de grado

Le acompañan trescientos guerreadores

Que su nativa Cérete han dejado,

Y a Gravisca insalubre, y la campaña

Que Pirgo ilustra y la que Minio baña.

XL.

También, Cínira, a ti nombrarte cuido,

¡Oh de Ligures capitán valiente!

Ni a ti, Cupavo, dejaré en olvido,

Que llevas por insignia de tu frente

Un plumaje de cisne, envanecido

Penacho tuyo y de tu electa gente:

Amor fue vuestra culpa; vuestra gloria

Eternizar del padre la memoria.

XLI.

Pues Cisne amó a Faeton, le honró con llanto;

Y entre álamos frondosos, en su duelo,

De las hermanas a la sombra, en tanto

Que daba, dicen, al pesar consuelo

Con la música dulce de su canto,

Vistió de ancianidad el cano hielo,

Blandas plumas tornó, y alzóse en ellas,

Tendiendo en su clamor a las estrellas.

V I R G I L I O

434

XLII.

El hijo a sus paisanos sigue ahora

Con pequeño cortejo: monta el grande

Centauro, y de los remos avigora

El movimiento, porque el monstruo ande:

El cual representado está en, la prora;

Un asido peñón la arma es que blande,

Sobre el agua amagando lo suspende,

Y ya con larga quilla el ponto hiende.

XLIII.

Ocno también de su natal ribera

Una legión levó para la armada:

Del tusco río y Manto la agorera

Hijo famoso: aquel que a tu morada

Muros y nombre (el de su madre) diera,

¡Oh ciudad en abuelos bien dotada

Que no de una, de triple estirpe vienes,

Y tribus cuatro en cada raza tienes!

XLIV.

Centro es común a tan diversas gentes

Mantua; mas de su fuerza y poderío

En la sangre toscana están las fuentes.

Rencores granjeó Mezencio impío

Allí también: quinientos combatientes

Mincio conduce en vengador navío

Dende el padre Benaco al mar salado,

De verdes espadañas coronado.

XLV.

Marchando va majestuoso y lento

Auléstes; con cien árboles azota

El mar en levantado movimiento,

L A E N E I D A

435

Y la masa de mármol hierve rota:

Es su nave un Tritón, que corpulento

Con su concha los senos, alborota

Del pielago cerúleo, y el semblante

Cerdoso imita de un jayan nadante.

XLVI.

Tiene el monstruo los miembros desiguales,

Busto viril y vientre de ballena;

Y, hendiendo con el pecho los cristales,

Medio hombre, medio pez, la espuma suena.

En treinta buques con caudillos tales

Así, en fin, el ejército se ordena

Que en pro de Troya por los mares vino

Con pies de bronce en líquido camino.

XLVII.

Desamparó los cielos aquel día;

Ya en alto la alma Febe el hemisferio

En su carro noctívago impelia.

Enéas desvelado, al ministerio

De las velas atiende él mismo, y guía

Firme el timón., En esto, en coro aerio,

Ninfas, que fueron ya sus compañeras,

Mira venir festivas y ligeras.

XLVIII.

Ninfas, de húmidos reinos moradoras

Por superior mandato de Cibéles,

Que de la mar transfiguró en señoras

Tablas que fueron en la mar bajeles.

Juntas bullen, y tantas como proras

Férreas orlaron la ribera: fieles

V I R G I L I O

436

Reconocen de léjos a su dueño,

Y le cortejan en tropel risueño.

XLIX.

Llegó jovial la que entre todas sabe

Las gracias del decir, Cimodocea;

Con la diestra la popa ase a la nave

Cuyo dorso ella misma señorea,

La izquierda boga en mudo afán suave,

Y nuevas dando a aquel que las desea,

«¿Velas,» le dice, «hijo de Dioses? Vela!

Y sus! con alas desplegadas vuela!

L.

»Troncos fuimos nosotras ya en el Ida,

Naves tuyas después, del Océano

Ninfas hoy. Como aleve a nuestra vida

El Rútulo atentó con fuego insano,

Nuestra divina Madre condolida

Mudónos: cables que anud6 tu mano,

Mal de grado rompimos; y ella Diosas

hizo de las mares espumosas.

LI.

»De ti, Enéas, venimos, en demanda,

Entre muros y fosos, y en aceros

Envuelto Ascanio, arrostra con su banda

Del Latino los ímpetus guerreros.

Ya el sitio ocupan que tu voz les manda

Arcades y toscanos caballeros;

Mas no sin que abocar Turno se apreste

Entre ellos y el real su armada hueste.

LII.

L A E N E I D A

437

»Animo, pues; y al despuntar temprano

De la próxima luz llama tu gente

Al arma; y el escudo que Vulcano,

Invicto don de diestra ignipotente,

Te dio, con cercos de oro, embraza ufano.

Si tú confías que mi voz no miente,

De Rútulos atroz carnicería

Verá en pilas alzada el nuevo día.»

LIII.

Dice; y como quien sabe el modo, y tasa

La fuerza, da a la popa, al irse, un tiento,

Y la despide, como astil que pasa,

Por hábil mano disparado, al viento:

Todas la imitan; la onda apenas rasa

Alígera la flota. El gran portento

Al punto Enéas vio con mente absorta;

Fausto agüero le juzga, y se conhorta.

LIV.

Y a la celeste bóveda serena

Vuelto, «¡Oh del Ida alma Deidad! »,exclama;

«Madre que honras el Díndimo, y almena

Triunfal te ciñes, y al león que brama

Trajiste a la coyunda que le enfrena!

Ven, ven propicia al pueblo que te llama!»

No dijo más. La Noche en tanto huía;

Y ya de lleno resplandece el día.

LV.

Manda a, su gente el adalid que apronte

Los aceros, que a bélicas señales

Preste el sentido, y al peligro afronte

Fuerzas cobrando a la ocasión iguales.

V I R G I L I O

438

En pie él mismo en la popa, el horizonte

Domina, y a su vista los reales

Troyanos tiene. Con la izquierda luego

En alto embraza su broquel de fuego.

LVI.

Lo vio el pueblo sitiado, y de los muros

Unánime clamor el aire envía;

Lanzan todas las manos dardos duros,

Creciendo la esperanza en osadía:

Tal grullas de Estrimon nublos oscuros

Cruzan con ruido en la región vacía

De los Austros huyendo, y libres de ellos

Gritan gozosas con acordes cuellos.

LVII.

Oyó la voz que el entusiasmo exhala

Pasmado el sitiador, que tal no espera;

Hasta que, a ver tornando, mira en ala

Las popas arrimarse a la ribera.

Y que en velas envuelto el mar resbala.

Ardele al héroe la gentil cimera,

ígnea lengua en el aire es su garzota,

Y el escudo de oro incendios brota.

LVIII.

Así tal vez en noche vaga y pura

A los mortales pechos amedrenta

Fúnebre desatando allá en la altura

Cometa asolador su crin sangrienta;

Y así también terrífico fulgura

Fogoso Sirio en estación sedienta,

Y de hambre y peste amenazando al suelo

Con su présaga luz contrista el cielo.

L A E N E I D A

439

LIX.

Turno audaz aún por eso no desmaya,

A los que llegan repeler emprende

Antecogiendo la interpuesta playa,

Y así en su ardor los ánimos enciende:

« ¡Mancebos! de las manos no se os vaya

La ocasión codiciada que os atiende:

En campo abierto, igual a cada parte,

Ya, ya podemos reducir a Marte.

LX.

»Recuerde cada cual lo que a su esposa

Y a su familia debe amenazadas,

Y a ejemplo tome tanta acción famosa

Que honró de sus mayores las espadas.

¡Sus! al agua corramos mientras posa

Inciertas en la arena las pisadas

El invasor: atrevimiento pido;

Asiste la fortuna al atrevido!»

LXI.

Tal dice; y vacilante considera

A quiénes dejará los bloqueados

Muros, con quiénes él a la ribera

Correrá. Por escalas sus soldados

Desde las altas popas echa fuera

Enéas a su vez. Cuál a los vados

A saltar se aventura, donde mira

Que el pielago desmaya y se retira;

LXII.

Cuál por los remos a bajarse afána.

Tarcón la playa explora, y do serena

V I R G I L I O

440

Entrada observa, que ni espuma cana

Quebrantada murmura, ni el arena

Rehierve allí, mas en creciente plana

Se desliza la mar calmosa y llena,

Súbito a ese lugar proas convierte,

Y exhorta a sus guerreros de esta suerte:

LXIII.

«¡Selecta juventud! sobre esa orilla

Lanzad, lanzad con ímpetu de guerra

El robusto espolón a dividilla!

Batid el remo: en enemiga tierra

Abrase surco nuestra misma quilla!

¡Oh! si el suelo una vez mi mano aferra,

Nada me importa que en el punto mismo

Rompido mi bajel vaya al abismo.»

LXIV.

Dijo; y aquellos que con él navegan

Mueven el remo, y con acordes bríos

Por hender los latinos campos bregan

Impeliendo espumosos los navíos,

Hasta que a descansar las proras llegan,

Sin contraste de escollos ni bajíos,

En lo enjuto. No así, Tarcón, tu popa,

Que en un banco de arena áspero topa.

LXV.

Y allí en el agrio dorso, entre los vados,

Pende, y después de vacilar instantes,

Fatigando las ondas sus costados,

Abierta enajenó los navegantes

Sobre las aguas. Remos destrozados

Les impiden, y escaños fluctuantes,

L A E N E I D A

441

De los brazos la acción, y retrogradas

Los enredan de pies las oleadas.

LXVI.

Ni a Turno embarazó torpe tardanza;

Toda su hueste arrebatando fiero,

Sobre los Teucros retador se lanza.

Sonó el clarín. Enéas el primero

Contra la agreste muchedumbre avanza,

Y a hijos vence del Lacio (¡fausto agüero!)

A su encuentro, de todos adelante,

Vino Teon, descomunal gigante.

LXVII.

Al cual, del ácerado coselete,

Y túnica con oro retesada,

Enéas las junturas rompe, y mete

Por el costado adentro honda la espada.

Con ella luego a Lícas acomete,

Quien, ya en el claustro maternal salvada,

Infante, ¡oh Febo! te ofrendó su vida;

Fuéle piadoso el hierro, hoy homicida!

LXVIII.

Mató después a Gias corpulento

Y al fornido Ciseo, cuyas clavas

Peones derribaban ciento a ciento;

Ni altos brazos ni hercúleas armas bravas

Les valieron, ni haberte el grande aliento

Heredado, ¡oh Melampo! a ti que andabas

Un tiempo al lado del invicto Alcídes,

Participe en sus suertes y en sus lides.

LXIX.

V I R G I L I O

442

Veis a Faro, que voces da impotente;

Enéas crudo acero hunde en su boca.

Y tú, Cidon, que el blanco más reciente

Sigues de tu pasión de mozos loca

Siguiendo a Clicio, a quien la faz riente

Temprana edad de blando bello toca,

También a golpes de dardania mano

Allí yacieras con tu ardor vesano;-

LXX.

Mas no; que cuando herirte se promete,

Aquella mano, en ala en torno densa

Los siete hijos de Forco dardos siete

Lanzan, cada uno el suyo, en tu defensa:

En el divino escudo y el almete

Parte rebotan sin causar ofensa;

Parte van a la piel, y entrado habría

El hierro, cuando Venus lo desvía.

LXXI.

Y al fiel Acátes vuelto dijo Enéas:

«¡Oh! dame, dame el arma que solía

Los cuerpos erizar de las aqueas

Postrada s huestes en mi patria un día,

Y a fe que contra Rútulos no veas

Golpe, con ella errar la diestra mía!»

Dice, y a la venganza lisonjero,

Fornida lanza toma al escudero.

LXXII.

Voló el hierro que el héroe desembraza,

Y el escudo a Meon y la loriga

Atraviesa, y su pecho despedaza.

Acudiendo Alcanor con diestra amiga,

L A E N E I D A

443

Al hermano al caer sostiene, abraza.

Mas su ímpetu furioso no mitiga

El asta, y sanguinosa en su carrera

Pasa el brazo a Alcanor, y aún sale afuera.

LXXIII.

Quedóle al infeliz pendiente y flaca,

Mal atada a los músculos, la mano.

Acude entonces Numitor, y saca

Del lacerado cuerpo del hermano

El venablo de Enéas, con que ataca

A Enéas mismo. Fue su arrojo en vano;

Que sólo a rasguñar un muslo alcanza

Al grande Acátes la sesgada lanza.

LXXIV.

De Cúres con los suyos Clauso vino

Presumido en su edad y lozanía.

Rígida lanza este adalid sabino

Desde lejos a Driopes envía:

Bajo la barba abriendo hondo camino

Entra ella, y vida y voz róbale impía:

Su roltro enmudecido el suelo besa,

Y sangre de, su boca mana espesa.

LXXV.

Sigue Clauso, y en modo vario atierra

Tres Tracios, de la estirpe enaltecida

De Bóreas; y otros tantos que a la guerra

Enviaron el padre de ellos, Ida,

E Ismara su patria. Haleso cierra,

Y cierran los Auruncos enseguida,

Y Mesapo, aquel hijo de Neptuno,

En caballos insigne cual ninguno.

V I R G I L I O

444

LXXVI.

Cada uno a su adversario al mar cercana

Lanzar intenta con ardiente brío:

Confin de Ausonía aquel humilde llano

Fue cerrado palenque al desafío,

Donde latino ejército y troyano

Disputan de la tierra el señorío:

Y a en pugna cada vez más densa y brava,

Brazo con brazo, pie con pie se traba.

LXXVII.

No de otra suerte en la región vacía

En desapoderado afán los vientos

Alzan tal vez descomunal porfía

Con fuerza igual de opuestos movimientos;

Y ni los nublos ni la mar bravía,

Ni entre sí los contrarios elementos

Ceden: larga es la lid, y en fiel persiste;

Todo, en conflicto universal, resiste.

LXXVIII.

Entre tanto los árcades soldados

Han venido a un lugar donde el terreno

Dejó un crecido arroyo de arrancados

Arboles, y rodadas piedras, lleno:

Soltando los trotones, mal hallados

En tan fragoso sitio a usar del freno,

Si supiesen, a pie combatirían;

Mas principiaron mal, y pronto cian.

LXXIX.

Palante dar les ve la espalda, y luego

Mira al Latino que les va al alcance,

L A E N E I D A

445

Y con voces ya amargas, ya de ruego

(Postrer recurso en tan difícil trance),

«¡Compañeros!» les dice, «¿un pavor ciego

Será que a fuga ignominiosa os lance?

Por tanto paso en que adquiristeis gloria,

Por tanta, conquistada alta victoria,

LXXX.

»Por nuestro rey Evandro, y la esperanza

Que en vosotros cifró la ambición mía,

Émula de mi padre a la alabanza,

¡Oh! ¡volved caras! Hay que abrirnos vía

Entre enemigos a poder de lanza;

Y donde grupo hostil nos desafía

Más denso, por allí la Patria manda

Que atraviese Palante con su banda!

LXXXI.

»¡No hay Dioses en la lid! somos mortales,

Y es mortal el contrario que os aterra;

Brazos tenemos y ánimos iguales.

O a Troya o a la mar: la mar nos cierra

El paso con sus moles colosales;

Troya nos llama; efugio no hay por tierra:

Amigos, elegid sin más tardanza!»

Dice, y entre el tumulto se abalanza.

LXXXII.

El primero en ponérsele delante

(A quien malaventura su ruina

Aconseja) fue Lago: en el instante

Que un gran guijarro a desraigar se inclina.

Venablo duro voleó Palante,

E híncaselo allí donde la espina

V I R G I L I O

446

Por medio las costillas demarcaba;

Ya adherido a los huesos, lo desclava.

LXXXIII.

Mientras él a cobrar el arma atiende,

En venganza se arroja y en relevo

Del muerto amigo, Hisbon, y airado emprende

Sobrecoger el árcade mancebo.

Inútil fue su arrojo; le sorprende,

Mal prevenido contra golpe nuevo,

Palante, revolviendo de contado,

Y húndele el hierro en el pulmón hinchado.

LXXXIV.

Y a Estenio, y a Anquemolo, de la gente

De Reto antigua originario, embiste,

El cual de la madrastra osó impudente

Manchar el lecho, y hoy a Turno asiste.

Al filo de su acero juntamente

Caíste tú, Laride, y tú caíste,

Mísero Timbro, en los rutulios llanos:

Hijos de Dauco, idénticos hermanos.

LXXXV.

¡Cuán dulce el confundir los dos gemelos

Fue a sus padres! Con arma hora los pide

Que el suyo le ciñó, Palante; ¡y hélos,

Qué atroz desemejanza los divide!

Pues rodó tu cabeza por los suelos,

¡Oh Timbro! y dueño busca en ti, Laride,

Semiviva tu diestra cercenada,

Y aún los dedos crispando, ase la espada.

LXXXVI.

L A E N E I D A

447

Sigue Palante, y penetrando el vienta.

Con un fiero lanzón que a Ilo dispara,

Clava a Reteo, que a la fuga atento

Su carro de dos potros alanzara

En medio a éste y aquél. Por un momento

Ilo así, sin pensarlo, el golpe para;

Cayó el otro, y asurcan sus talones

El campo de las rútulas legiones.,

LXXXVII.

Y fue así que Reteo en ese instante

De ti, gran Teutra, y de tu digno hermano

Tires, dábase a huir; que de Palante

Ya entonces el ejemplo no era en vano:

No; que a su voz, a su ímpetu arrogante

El dolor y el pudor se dan la mano

A armar las de los Arcades, que anhelan

Venganza, y de él en torno densos vuelan.

LXXXVIII.

Tal, por diversos puntos, en verano

Pastor cuidoso un bosque incendia, y tales

Con el viento las haces de Vulcano

Vencen los interpuestos matorrales

Y unidas corren sobre el ancho llano:

Él, en alto sentado. los triunfales

Esfuerzos de las llamas y su ira

Con victoriosa complacencia mira.

LXXXIX.

Haleso, de otro lado, en armas fuerte,

Embebido en las suyas se adelanta,

Y a Féres, a Demódoco da muerte,

Y a Ladon. A Estrimonio, que levanta

V I R G I L I O

448

El brazo, un tajo asesta, y cae inerte

La mano que amagaba a su garganta.

Con piedra hunde a Toante el cráneo, y huesos

Mezclados esparció de sangre y sesos.

XC.

Cuidó en las selvas ocultar temprano

A Haleso, de desgracias agorero

Su padre; mas no bien cerró, ya anciano,

Los blancos ojos al sopor postrero,

Las Parcas, salteando al hijo arcano,

De Evandro le consagran al acero.

Contra él Palante, antes que el dardo libre,

En sumisa oración invoca al Tibre:

XCI.

«¡Padre Tibre! murmura, «porque hiera

Al duro Haleso el corazón, envío

Esta arma voladora: en su carrera

Tú concede fortuna al hierro mío-

Y colgar¿ a una encina en tu ribera

El despojo marcial.» Oyóle el río;

Y Haleso, a punto en que a Imaon guarnece,

El pecho al golpe arcadio inerme ofrece.

XCII.

Al gran fracaso del sin par guerrero

Temiendo que se arredre y desbarate

El ejército, avánzase ligero

Lauso, en la guerra alto poder: su embate

De frente Abante recibió el primero,

Que era el nudo y firmeza del combate;

Y sucumben tras él árcades gentes,

Y sucumben tirrenos combatientes,

L A E N E I D A

449

XCIII.

Y aún vos, reliquias del rebato griego,

¡Oh Teucros! Ya ambas huestes férreos lazo»

Con caudillos iguales, igual fuego

Traban, y abrevian de la lid los plazos:

Apremian lo s de atrás; el tropel ciego

Menear no permite armas ni brazos;

Y a un punto acorren con vigor pujante

Contrarios entre sí Lauso y Palante.

XCIV.

En edad uno y otro floreciente,

Ambos son en belleza singulares,

Emulos en fortuna, ¡ay! que inclemento

Tornar les veda a los nativos lares;

Mas el Rey del Olimpo no consiente

Que lleguen a medir sus fuerzas pares,

A mayor enemigo reservados

Marchan los dos bajo terribles hados.

XCV.

A Turno su divina hermana exhorta

A que salte, y auxilio a Lauso preste;

Y él, a su voz arrebatado, corta

En carro volador la armada hueste,

Y, a los suyos mirando, dice: «Importa,

Que treguas deis: yo lidiaré; sea éste

Combate singular; Palante es mío.

¡Así viese su padre el desafío!»

XCVI.

Dijo, y campo la turba le franquea

Pasmado oyendo aquel audaz mandato,

V I R G I L I O

450

Y viendo el pronto obedecer, rodea

Palante a Turno con la vista un rato;

Por su cuerpo gigántico pasea

Los ojos: rabia muda en ceño ingrato

Muestra a distancia: al fin, sin más respeto,

Sale, y contesta del tirano el reto:

XCVII.

«Despojo opimo arrancará, mi espada,

O, con gloria también, daré la vida.

Aún caso y a otro apercibido, nada

Del padre ausente el ánimo intimida.

Modera tu soberbia desbocada!»

Dice, y avanza a do sus fuerzas mida:

El árcade escuadrón tiembla y recela;

En los pechos la sangre el pavor hiela.

XCVIII.

De su carro a la vez Turno se apea,

De dos brutos tirado; y marcha al duelo

En silencio y a pie. Cual león, que otea

En lontananza a un toro audaz que el suelo

Escarbando se apresta a la pelea,

Y a él de su alta guarida acude a vuelo,

Tal fue del adalid la semejanza

En el momento en que a lidiar se avanza.

XCIX.

Ya que Palante a Turno estar advierte

A tiro de asta, él desde luego embiste,

Por si, premiando al más audaz, la suerte

Al menos esforzado fausta asiste;

Y antes al aire inmenso de esta suerte

Oró: «Tú, Aleídes, si de Evandro fuiste

L A E N E I D A

451

Huésped, y amigo te sentó a su mesa,

¡Oh! dame ayuda en mi arriesgada empresa!

C.

»Haz que Turno me mire a él moribundo

Arrancarle las armas en despojos,

Sangrientas; y al cerrarlos hoy al mundo

Haz que me sufran vencedor sus ojos!»

Oyó Alcídes su voz, y en lo profundo

Del pecho comprimió tristes enojos

Haciendo inútil llanto. Jove al hijo

Estas palabras de consuelo dijo.

CI.

«A cada cual fijado está su día;

De la vida los términos estrechos

Mortal ninguno traspasar podría;

Mas la fama extender con grandes hechos

Es dado a la virtud. ¿Hora sombría

A cuántos no abatió, gloriosos pechos

De sangre diva, al pie de la alta Troya?

Aun mi hijo Sarpedon se hundió en la hoya.

CII.

»Turno mismo a la meta señalada

Ya llega: el hado inevitable gira

Sobre su frente.» Dice, y la mirada

Del campo de los Rútulos retira.

Palante a esta sazón su lanza osada

Con grande esfuerzo a su adversario tira,

Y arranca de la vaina incontinente

La espada, que en su mano arde luciente.

CIII.

V I R G I L I O

452

Allí el asta fue a dar donde eminente

La armadura protege al hombro, y pudo

Rasguño leve, al fin, al cuerpo ingente

De Turno hacer, después que de su escudo

Las orlas penetró. Calmosamente

Fornido azcón que acaba en hierro agudo

Blandiendo Turno estuvo rato largo,

Y estas voces lanzaba en tono amargo:

CIV.

»Tú ahora probarás si es más certero

Mi dardo, y más que el tuyo penetrante»

Dijo; y aunque de láminas de acero

Cubierto, y férreas planchas, de Palante

El broquel, y aforrado en recio cuero,

Por medio hendió la punta con vibrante

Empuje, y dividiendo la trabada

Loriga, el ancho pecho al triste horada.

CV.

El cual, en vano, arráncase caliente

El hierro de la llaga; sangre y vida

Huyen por una senda juntamente.

Agobiado cayó sobre la herida;

Aquel suelo enemigo con la frente

Ensangrentada hirió, y en su caída

Las armas resonaron. En voz alta

Así clamando Turno encima salta:

CVI.

«ld Árcades; y a Evandro en nombre mío

Diréis que al hijo, en la manera aciaga

Que por su culpa granjeó, le envío.

Que los honores últimos le haga

L A E N E I D A

453

Permítole, consuelo, ¡ay de él! tardío,

Pues caro siempre el hospedaje paga

De Enéas.» Calla, y con la planta izquierda

Hace al yerto adalid que el polvo muerda.

CVII.

Del rico talabarte le despoja

Al mismo tiempo, el cual ostenta impresos

Cincuenta infaustos tálamos que moja

Sangre de esposos míseros, opresos

Por viles fembras, en mortal congoja

Vuelto el gozo nupcial: fieros sucesos

Que en chapas de oro ayer Clonio esculpiera;

Hoy de ello Turno ufano se apodera!

CVIII.

Mas lay1 alucinada fantasía

Del hombre, que la suerte venidera

No conoce jamás; jamás, el día

De la dicha, sus ímpetus modera!

Tiempo será en que Turno compraría

La vida de Palante si pudiera,

Nunca manos pusiera en él, y a enojos

Este triunfo tendrá y estos despojos!

CIX.

Los Árcades, con gran gemido y llanto,

A Palante sacaron de la arena

Puesto sobre un escudo. ¡Ay triste! ¡cuánto

De gloria al genitor, cuánto de pena

Llevas! Róbate envuelto en alto espanto

El día mismo que en la lid te estrena;

Mas no sin que antes dejes de hombres muertos

Los campos de los Rútulos cubiertos!

V I R G I L I O

454

CX.

En tanto a Enéas, no el susurro llega,

Sí mensajero cierto del fracaso;

Que es perdida, le dice, la refriega,

Si él no acude. A su voz se lanza, y paso

Se abre a filo de espada; en torno siega

Cabezas, ancho campo deja raso,

Y a Turno, que en su triunfo se encarniza,

Ardiente busca en la revuelta liza.

CXI.

No se apartan un punto de su mente

Palante, Evandro: aquellos fraternales

Banquetes a que huésped fue presente,

Aquellas diestras que estrech6 leales.

Cuatro hijos de Sulmón, cuatro que Ufente

Nutriera, coge vivos, a los cuales

La amada sombra honrando él mismo hiera,

Y su cautiva sangre dé a la hoguera.

CXII.

De lejos lanza airada arroja luego

A Mago, que mañoso el golpe esquiva

Y a sus rodillas con lloroso apego

(Por encima la lanza fugitiva

Pasó vibrando) exhala humilde ruego:

«Deja que a un padre yo, que a un hijo viva;

Hazlo en amor de ese hijo en quien esperas,

Por la sombra del padre a quien veneras!

CXIII.

»Rescate ofrezco: tengo una alta casa,

Y allí de plata, en sótano profundo,

L A E N E I D A

455

Cincelados talentos, y sin tasa

De oro labrado y sin labrar abundo.

¿O piensas que a tu campo el triunfo pasa

Porque esta alma mezquina huya del mundo?

¿Qué gaje para ti, qué gloria es ésta?»

Enéas irritado le contesta:

CXIV.

«Libre herede tu prole, de oro y plata

Ese caudal que tu palacio encierra;

Turno, muerto Palante, el fuero mata

De los pactos y trueques de la guerra.

Esta es al padre, ésta es al hijo grata

Sentencia.» Dice; con la izquierda aferra

El yelmo, y hasta el puño en la doblada

Cerviz del suplicante hunde la espada.

CXV.

Ved al hijo de Semon que se avecina,

Sacerdote de Febo y de Diana:

Honra sus sienes la ínfula divina,

Y todo él resplandece, de galana

Ropa cubierto y de armadura fina.

Cierra Enéas con él, con furia insana

Le echa a tierra, y sobre él se regocija,

Y con sombra de muerte le cobija.

CXVI.

Recoge en hombros el soberbio arreo

Seresto: a ti, que el campo en sangre bañas,

Alzarle ha, rey Gradivo, por trofeo.

Ya en contra veo a Umbron (que las montañas

De los Marsos dejó), con él ya veo

Restablecer la lid con sus hazañas

V I R G I L I O

456

A Céculo, hijo ardiente de Vulcano.

A ellos se lanza el adalid troyano.

CXVII.

El cual de un tajo derribado había

A Anxur la izquierda mano y, del escudo

El cerco ponderoso (Anxur, que fía

En cierta frase mágica, y desnudo

Por ella de temor, ya al cielo erguía

El pensamiento, y prometerse pudo

Edad prolija y venerables canas:

¡Todo error grande y esperanzas vanas!);

CXVIII.

Cuando, con armadura refulgente,

De Fauno que en las selvas habitaba

Y la ninfa Driope procedente,

Tarquito arrostra audaz su furia brava:

A éste la cota y el paves ingente

Con su asta misma él de través entraba,

Y la cabeza al que, rogando, aún iba

Mil cosas a decir, hiere y derriba.

CXIX.

Y el caliente cadáver impeliendo,

Con pecho rencoroso dice encima:

«Madre aquí no vendrá, ¡jayan tremendo!

Que tu cuerpo con blanda tierra oprima,

Ni habrás patrio sepulcro. Te encomiendo

A las aves de presa, o a la sima

Te lleven de la mar sus ondas vagas

Y peces gusten tus sangrientas llagas..»

CXX.

L A E N E I D A

457

Luego a Anteo y a Luca se convierte,

Avanguardia de Turno, al bravo Numa;

Y al hijo de Volcente, aquel Camerte

De faz bermeja, a quien riqueza suma

De tierras entre Ausonios cupo en suerte,

Y reinó en la callada Amicla, abruma;

Caliente ya su acero, en la campaña

Desborda el héroe inatajable saña.

CXXI.

No de otra suerte contra el cielo un día

Cien brazos Egeon y manos ciento

Ejercitaba en dura rebeldía,

Y de sus pechos inflamado aliento

Por las cincuenta bocas despedía,

Y de Jove a los rayos igual cuento

Contrapuso de escudos y de puntas,

Todos crujiendo, y amagando juntas.

CXXII.

Ya é los cuatro caballos se encamina,

Que briosos avanzan, de Nifeo;

Ven que los dientes con furor rechina,

Venle acercarse a paso giganteo,

Y temieron, y en fuga repentina

Dan al carro hacia atrás brusco rodeo:

Quedó en tierra tirado el triste auriga,

Y vuela al mar la alígera cuadriga.

CXXIII.

Al campo en esto, rebosando en ira,

En carro llegan Líger y Lucago

Que alba pareja de caballos tira:

Las riendas rige aquél; haciendo estrago

V I R G I L I O

458

Este la espada fulminante gira.

No sufrió Enéas el soberbio amago;

Y ya a los dos hermanos firme avanza,

Gigantesco de verse, alta la lanza,

CXXIV.

«Caballos de Diomédes frigia tierra

Aquí no ves hollar, ni aquesta brida

De Aquíles rige el carro: aquí la guerra

Acabará, y acabará tu vida!»

Esto Líger diciendo, ¡cuánto yerra!

Lejos voló su necio hablar. Ni cuida

Enéas con razones contestalle;

Con arma, sí, que de terror le acalle.

CXXV.

A aguijar los trotones, se doblega

Lucago, y en sazón que echa adelante

El pie siniestro, a lid dispuesto, llega

Y la orla baja del broquel brillante,

Y la ingle izquierda luego, el asta ciega

Taládrale. Rodando en el instante

Moribundo se arrastra el infelice;

Y en tono amargo el vencedor le dice:

CXXVI.

«No de enemiga fila espectro vano,

Ni ya de tus bridones tardo el vuelo,

Lucago, te entregó. Saltaste al llano

Sobre las ruedas por tu propio anhelo.».

Dice, y ase del tiro. El triste hermano

Del carro mismo se escurrierra al suelo

Y las inermes palmas extendía,

Y esta plegaria balbuciente envía:

L A E N E I D A

459

CXXVII.

«Por ti, y aquellos a quien es debido

Tu ser, ¡que con piedad, señor, me veas,

Y esta vida me dejes que te pido!»

Rogando sigue; y replicóle Enéas:

«No así hablabas en antes, fementido;

Ve, y fiel hermano con tu hermano seas!

Y con la espada el pecho vengadora,

Santuario del alma, hondo le explora.

CXXVIII.

Por el campo con ímpetu creciente

El dardanio adalid destrozos tales

Hacía, cual horrísono torrente

o cual negra legión de vendavales

Enfurecido. Y ved que, de repente

Salen, desamparando los reales,

El infantil caudillo y sus soldados

Con dicha a dura extremidad llegados.

CXXIX.

«Amadísima esposa y dulce hermana»

Así Jove entre tanto dice a Juno,

A ella vuelto de grado: «no fue vana

Tu previsión; auxilio da oportuno

Venus sin duda a la nación troyana:

Ni ánimo ellos viril ni ardor alguno

Tienen para la guerra (bien dijiste);

Ni fuerza ni constancia les asiste!»

CXXX.

Sumisa contestó la excelsa Diosa:

«Hermosísimo esposo de mi vida!

V I R G I L I O

460

¿Por qué haces en esta ánima, medrosa

De tus duros mandatos, nueva herida?

Si aún dieses, cual debieras, a tu esposa

De aquel antiguo amor llena medida,

No me negaras, soberano dueño,

Sacar a Turno del sangriento empeño.

CXXXI.

»Y yo a Dauno su padre le tornara

Incólume... ¡Pues no! ¡ruede en el suelo,

Y en su sangre inocente enmienda cara

Tornen los Teucros! Por tercero abuelo

Cuente en vano a Pilumno; su preclara

Estirpe en vano se remonte al cielo,

¿Qué te importa? y de ofrendas mil en vano

Haya ornado tus pórticos su mano»

CXXXII.

M entonces le dio respuesta breve

El Señor del etéreo alcázar: «¿Plazo

Quieres mayor para el doncel que debe

Caer al fin bajo enemigo brazo?

Si eso, te basta, no será que pruebe

Tu justo anhelo en mí duro rechazo:

Prófugo a Turno saca del combate,

Y que el golpe inminente se dilate.

CXXXIII.

»Y nada más: si a vueltas de tu ruego

Halagas encubierta confianza

De reprimir de la discordia el fuego

Y en los hados hacer total mudanza,

Hasta ese, punto en mi poder no llego,

Y alimentas inútil esperanza.»

L A E N E I D A

461

Tornó Juno, los ojos hechos fuente,

A hablar, y dijo así con voz doliente:

CXXXIV.

»¡Si lo mismo, Señor, que aún no deparas

En voz expresa, el corazón queriendo

Lo acordase, y la vida aseguraras

Que hoy a Turno perdonas! ¡No que horrendo

Fin le espera inculpable! ¿O a las claras

Yo, de asustada, la verdad no entiendo?

Ojalá que me engañe, y dé tu Alteza

Rumbo mejor a lo que a ser empieza!»

CXXXV.

Dijo, y de lo alto se lanzó del cielo

Moviendo tempestoso torbellino,

Cubierta en torno de nimboso velo

A las haces troyanas y al latino

Campamento encamina recto el vuelo;

Luego, a imagen de Enéas (¡oh divino

Prodigio!), de sutil vapor su mano

Un espectro fabrica hueco y vano.

CXXXVI.

Y de imitado arnes y falso escudo

Reviste a aquel fantasma; de la hadada

Cabeza del Troyano el penachudo

Morrion le finge, y la dardania espada;

Voz vana, acento de intención desnudo

Le da, y remedo de viril pisada;

Cual soñada visión, o aparecida,

Que se alza, dicen, al faltar la vida.

CXXXVII.

V I R G I L I O

462

Ya el fingido guerrero sale a plaza,

Y acicalado a vista gallardea

De las primeras filas, y amenaza

Al contrario, y le llama a la pelea

Encárasele Turno, y desembraza

Desde lejos la lanza que blandea,

Silbante la fantástica figura

Vuelve la espalda y huye con presura.

CXXXVIII.

Cayó Turno en la red; y a la esperanza

De acabar con Enéas, aire toda,

El alma, lisonjero a la venganza,

Abri6sedienta, de placer beoda.

Y «¿A dónde, Enéas, vas?» grita, y se lanza;

«No, no abandones la ajustada boda!

Tierra que, hendiendo el mar, buscando vienes,

Te la dará mí diestra; aquí la tienes!»

CXXXIX.

Tales clamores, insensato, exhalas

Vibrando el hierro vengador, que envía

Centellas; ¡y no ves que el viento en alas

Tu deseo se lleva y tu alegría!

Echado el puente y puestas las escalas,

Pegada a un alto escollo estar se vía

La nao en que de Clusio el rey Osinio

Llegara allí con militar dominio.

CXL.

A ella la sombra, tímida y ligera,

Corre a ocultarse. No se desconhorta

Turno, demoras vence, de carrera

Los altos puentes salta, al barco aporta.

L A E N E I D A

463

Mas no bien de la proa se apodera,

Juno invisible ya la amarra corta,

Al lance atenta, y de la orilla suelto

El casco arrastra sobre el mar revuelto.

CXLI.

Ni ya el fantasma de ocultarse trata,

Mas alzándose en forma inconsistente

Oscura nube al aire se dilata.

Y mientras busca a su rival ausente

En medio Enéas de la liza, y mata

A cuantos por do pasa le hacen frente,

Envuelto en impensado torbellino

Ya Turno de alta mar lleva camino.

CXLII.

Ingrato a un beneficio que no entiende

Tornó a mirar, y con doliente grito

Entrambas manos hacia el cielo extiende:

«¡Omnipotente padre! ¿Qué delito

Cometí, que tu saña así se enciende

Y mal tan grande sobre mí concito?

¿Qué es de mí? ¿dónde estoy? ¿Qué fuerza nuqva

A dónde, en fuga, y como quién me lleva?

CXLIII.

»¿Acaso hacia Laurento rumbo sigo?

¿o volver¿ por suerte a mis reales?

¿Y qué dirán aquellos que conmigo

Vinieron a la guerra, y a los cuales

(¿Es verdad?, ¡oh vergüenza!) al enemigo

Abandoné y a horrores funerales?

Ya, ya los veo que dispersos mueren;

¡Ay! ¡sus lamentos mis oídos hieren!

V I R G I L I O

464

CXLIV.

»¡Abriese, a devorarme, una honda boca

La tierra! o vos, más bien, al ruego mío

Venid, ¡oh vientos! contra dura roca

Arrebatad piadosos mi navío;

Esperanzado en vos Turno os invoca!

¡Allá estrelladme en áspero bajío,

Do Rútulos no lleguen, ni importuna

Fama me siga ni memoria alguna!»

CXLV.

Dice, y en zozobrante afán no sabe

Entre intentos dudosos qué decida:

O si ya, enloquecido por tan grave

Afrenta, el pecho sin piedad divida

Con frenético acero; o de la nave

Se arroje, y a poder de brazos pida

En su bélico ardor la orilla corva

Venciendo el ponto que lidiar le estorba.

CXLVI.

Tres veces. uno y otro pensamiento

Traer a ejecución el triste ensaya,

Y tres veces también su osado intento

La Diosa que le asiste puso a raya,

Condolida; y en blando movimiento

Hace que en brazos resbalando vaya

De hirviente espuma a términos seguros:

Del padre Dauno a los antiguos muros.

CXLVII.

Mezencio a esta sazón, por sugestiones

De Jove, suple del que huyó la falta,

Y con valor sereno las legiones

L A E N E I D A

465

Teucras invade, a quien el triunfo exalta;

Embisten los tirrenos escuadrones

Al odiado adalid que al campo salta;

Contra él, todos contra él vuelven sus miras

Con densas armas y comunes iras.

CXLVIII.

Mas él, como alto escollo, inmoble, osado,

Que reina sobre el mar, y combatido

Por las ondas y vientos, sin cuidado

Oye de hondas y vientos el bramido,

Así resiste a un lado y a otro lado.

A Hebro Dolicaonio, sin sentido

Echa a tierra, y a Látago derriba,

Y a Palmo en su carrera fugitiva.

CXLIX.

No a estos dos de una suerte; que de roca

Con un pedazo enorme se adelanta

A Látago, y le aplasta rostro y boca;

Mas a Palmo una corva le quebranta,

Y déjale arrastrar, mientras coloca

La ganada armadura, que levanta,

En los hombros a Lauso, y en la frente

El crestón del rendido combatiente.

CL.

Mat6 luego Mezencio al frigio Evante;

Y a Mimante, que a París compañía

Hizo, en edad y en gustos semejante:

Hécuba el hacha que soñado había

Dio a luz la noche misma en que Mimante

A Arnico de Teana le nacía:

Aquel reposa bajo el patrio cielo;

V I R G I L I O

466

Cae éste oscuro en peregrino suelo.

CLI.

Cual jabalí que en anos se aposenta

Allá en Vésulo, entre alto y alto pino,

O de selvosas cañas se apacienta

Oculto en el pantano Laurentino;

El cual feroz se para, y nadie intenta

De cerca herirle, si a las redes vino

A colmilladas de uno y otro perro;

Los dientes cruje, eriza frente y cerro,

CLII.

Y a todo lado impávido amenaza;

Y a distancia dan voces y se airan

Los monteros en torno, y él rechaza

En sus lomos los chuzos que le tiran:

Contra Mezencio en semejante traza

Los que con justa indignación, le miran,

Muestran, no cuerpo a cuerpo, sus furores,

Sino a trechos, con dardos y clamores.

CLIII.

Vino ganoso de marcial trofeo

De la antigua Corito Acron, de griega

Raza, que por su fuga, su himeneo

Dejó sin consumar. En la refriega

Con ricas plumas y purpúreo arreo

Que su novia le dio, luciente llega.

Mezencio en un tropel aquella roja

Vislumbre vio, y alegre allá se arroja.

CLIV.

Tal, cuando altas majadas importuno

L A E N E I D A

467

Ha rondado un león con rabia hambrienta,

Si alguna cabra huyente o ciervo alguno

Divisó de engreída cornamenta,

Salta a su presa, y, largo tiempo ayuno,

Abre ancha boca, crespa crin avienta,

Y a las entrañas con ardor se clava,

Y en negra sangre el rostro horrendo lava.

CLV.

Cayó el mísero Acron, y semivivo,

Batiendo con los pies la odiosa tierra,

Roto dardo ensangrienta. Fugitivo

Iba Oródes; pero hecho a franca guerra

Más que él, y menos que él a plan furtivo,

No quiso herirle a salva mano, y cierra

Mezencio pecho a pecho, y le derriba,

Y con el pie y la lanza en él estriba.

CLVI.

Y dice: «¿A Oródes el de insigne fama

Visteis, amigos, en la lid? ¡Pues helo

Bajo mis pies!» Con él la turba clama,

Y el grito de victoria sube al cielo.

Quienquier seas, también, también te llama,»

Repuso el moribundo, «aqueste suelo.

No harás impune de mi muerte alarde,

Ni será, no, que la venganza tarde! »

CLVII.

Mezencio, con sonrisa que señales

De ira disfraza, replicó: «¡Tú muere!

El Señor de mortales e inmortales

Disponga allá de mí como quisiere.»

Pronunciando feroz palabras tales

V I R G I L I O

468

La lanza arranca, sin que a más espere:

A eterna noche al mísero destierra

El férreo sueño que sus ojos cierra.

CLVIII.

Sacrator sin piedad a Hidaspe trata;

Triunfante a Alcato Cédico acomete;

Rapo a Partenio y a Orses, que recata

Gran fuerza, humilla; a Cronio y a Erícete,

Hijo de Licaori, Mesapo mata:

A aquél tendido en tierra, audaz jinete

Por su bridón indómito arrojado;

A éste pugnando a pie, de a pie soldado.

CLIX.

Ágis de Licia a estos combates vino,

También como peón: con él Valerer

Cierra, y le vence, insigne paladino

De prístinas virtudes heredero.

Salio a Tronio; Neálces, que camino

A flechas alevosas da certero,

A Salio hirió a su vez. Tal iba Marte

Mezclando el campo, igual a cada parte.

CLX.

Todo era estrago y confusión: calan

Vencidos a la par y vencedores,

Y ni los tinos ni los otros cian.

De Jove en los altivos miradores

Pensar duele a los Dioses cuál porfian

Los hombres tan sin fruto en sus furores;

Vetius acá, allá Junó ven la riza;

Pálida Furia en medio se encarniza.

L A E N E I D A

469

CLXI.

Viene Mezencio amenazante y feo

Gran lanza sacudiendo, como esguaza,

Orion a pie los golfos de Nereo

Con mole descollante, cual de caza

Tornando de los montes giganteo

Añoso fresno empuña a fuer de maza,

Corren sus pies sobre la humilde brota

Y allá entre nubes la cabeza emboza.

CLXII.

Tal va con grandes armas el tirreno;

Y Enéas, que veloz llegar quisiera,

Con los ojos le busca, de ardor lleno,

Allí a lo largo de enemiga hilera:

Firme el otro en su basa ve sereno

Al osado adversario a quien espera;

Mide el tiro a la lanza con la vista,

Y «¡Así esta diestra, que es mi Dios, me asista,

CLXIII.

»Y aqueste hierro que vibrante a Enéas,»

Dice, «en castigo a su insolencia arrojo!

¡Y a fe, Lauso, y a fe que con preseas

Que a ese bandido arrancaré en despojo,

Trofeo vivo de mi triunfo seas!»

Calla, y tira de lejos en su enojo

La silbadora lanza. Ella el escudo

Troyano hiere, mas entrar no pudo;

CLXIV.

Y a distancia en su vuelo rechazada,

Ya de allí al noble Antor, y hondo camino

Le abre entre las costillas y la ijada.

Compañero de Alcídes, de Argos vino

V I R G I L I O

470

Antor, y a Evandro unido, hizo morada

En ítala ciudad. Hoy ¡triste sino!

Cae de extraviado golpe: al cielo mira,

Y su Argos dulce recordando, espira.

CLXV.

Tocó a Enéas su vez: su lanza vuela,

Y lienzos, bronce triple y triple cuero

Traspasa a la ancha y cóncava rodela

De Mezencio; va a la ingle; pierde empero

Su fuerza allí: brota la sangre: vela

Gozoso él agresor; tira ligero

De la espada, pendiente al muslo, y salta

Sobre el herido, a quien la fuerza falta.

CLXVI.

De dolor y de amor lanzó un gemido

Y dejó por su faz correr el llanto

Lauso, en viendo 4 su padre mal herido.

¡Mancebo memorable! no en mi canto

Callar¿ tu alabanza; ni en olvido

Caerán (si a una virtud de precio tanto

Crédito ha de prestar la edad futura)

Tus nobles hechos y tu muerte dura.

CLXVII.

Perdido ya el vigor, la acción perdida,

Pasos Mezencio daba atrás doliente,

Trayendo en el broquel la asta homicida

Interpusose entonces impaciente

El mancebo, y haciendo que divida

La atención el troyano combatiente,

Entretiene la furia de la daga

L A E N E I D A

471

Conque éste, alta la diestra, ávido amaga.

CLXVIII.

Así del vencedor el movimiento

Lauso embarga; y con alta gritería

Apóyanle los suyos, mientras lento

El padre resguardado se desvía

Por la pelta del hijo. Armas sin cuento

Sobre Enéas la turba en tanto envía

De lejos; y él, ardiendo en furia nueva,

Firme y guarnido el choque sobrelleva.

CLXIX

¿Quién vio tal vez en recio pedrisquero

Romper las nubes y azotar la tierra?

Huyen los labradores; y el viajero,

Como en alcázar natural, se encierra

En cava umbrosa o sólido aguero

Que algun río le ofrece o agria sierra;

Y aguarda allí para seguir su vía,

Que calme la tormenta y abra el día.

CLXX.

Así de todas partes asaltado

Enéas se recoge y acoraza

Mientras escampa el áspero nublado;

Y a solo Lauso increpa, a él amenaza,

Diciéndole: «¿Do vas, do vas, cuitado?

¿Qué audaz resolución incauta abraza

Tu voluntad? A tanto no eres fuerte;

Tu atolondrado amor corre a la muerte!

CLXXI.

V I R G I L I O

472

No por eso el mancebo se modera;

¡Y cuál sube de punto y se derrama

Del Troyano el furor! Parca severa

A Lauso no perdona: de su trama

Vital recoge ya la hebra postrera.

¡Demente! él mismo el golpe adverso llama:

Vibrando Enéas el brioso acero

Por medio al infeliz lo esconde entero.

CLXXII.

Pasó el hierro la pelta (asaz ligera

Arma a tanta arrogancia) y la loriga

Que de hilos de oro tierna madre hiciera;

Llenola en sangre; y triste se desliga

El alma, y a otro mundo huye ligera.

Ni pudo Enéas ya como a, enemiga

Aquella faz mirar, faz moribunda

Que extraña palidez baña y circunda.

CLXXIII.

Tan bello ejemplo de filial ternura

Movióle a compasión, tiende la diestra

Y dice a Lauso: «¡Ay joven sin ventura!

¿Ya el pío Enéas qué ha de darte en muestra

De homenaje a virtud tan noble y pura?

Al menos tu ceniza él no secuestra;

¡Oh! si algo valen fúnebres honores

Al lado dormirás de tus mayores!

CLXXIV.

»Lleva esas armas, tu delicia enantes,

Y este consuelo en tu forzosa muerte,

Que caíste, no a manos infamantes,

Del grande Enéas bajo el brazo fuerte!»

L A E N E I D A

473

Dijo, y a los parciales vacilantes

De tardos riñe, y alza a, Lauso inerte.

¡Mísero Lauso! en sangre mancha aquellos

Que a la usanza aliñó pulcros cabellos.

CLXXV.

Entretanta a la margen tiberina

Fuerzas cobrando el genitor doliente,

Con la linfa restaña cristalina

De la herida cruel la abierta fuente,

Y de un árbol al tronco el cuerpo inclina.

De un ramo más allá se ve pendiente

El yelmo duro, y el arnes pesado

Ocioso está sobre el tapiz del prado.

CLXXVI.

Flor de mozos guerreros le rodea:

Él anhelante, sin vigor que rija

Sus acciones, el cuello que flaquea

Apoya; y cubre el pecho con prolija

Rizada barba. Oír nuevas desea

De Lauso, en Lauso está su mente fija;

Y mensajeros de su afán cuitado

Envía, que le vuelvan a su lado.

CLXXVII.

Mas ya sobre sus armas extendido,

Ingente él mismo y con ingente llaga,

Traen a Lauso, haciendo gran plañido,

Sus soldados. De tanto mal presaga

El alma lejos entendió el gemido;

Y sus canas manchando en polvo, halaga

Mezencio su dolor; las palmas tiende

Al cielo; el hijo entre sus brazos prende.

V I R G I L I O

474

CLXXVIII.

«¿Tanto el halago de existir convida,»

Dice, «y tanto obró en mí, que al enemigo

Te, entregué en mi lugar, prenda querida?

¡Y yo (¡padre infeliz!) viviendo sigo!

¡El hijo que engendré me da esta vida,

Yo la muerte le doy! Siento y maldigo

El peso horrendo de mi suerte ingrata;

¡Esta sí es honda herida, esto sí mata!

CLXXIX.

»¡Y tu nombre también con mi pecado,

Hijo del alma, yo manché, del trono

De mis padres, por odios arrojado!

¡Así de mis vasallos al encono

Con muertos mil hubiese allá pagado

Mi crimen! ¡No que en mísero abandono

Sobrevivo! ¿Y no dejo todavía

Los hombres y la odiosa luz del día?...

CLXXX.

¡Dejaréla» Y diciendo se levanta

Sobre el enfermo muslo: aunque le impido

Fiero dolor mover la torpe planta,

Animo cobra, y su caballo, pide

Que con bien le sacó de guerra tanta

En él su gloria y su afición reside,

Noble consolador, fiel compañero.

Al afligido bruto habló el guerrero:

CLXXI.

«Hemos vivido a fe tiempo sobrado,

Rebo, yo y tú, si mucho tiempo dura

L A E N E I D A

475

Cosa alguna mortal o ensangrentado

Hoy el vulto traerás y la armadura

De Enéas, y a mi Lauso harás vengado,

0 si todo camino cierra dura

La desgracia al valor, caerás! Te digo

Que has de vencer o de morir conmigo.

CLXXXII.

»Que tú, digno bridon, nunca a villanos

Yugos el cuello inclinarás; ¿ni cómo

Habrías de admitir amos troyanos?»

Dice, y monta el corcel, que humilla el lomo

A recibirle; se llenó las manos

De agudos dardos, y asentóse a plomo:

Guarnecida de bronce centellea

Su frente; áspera crin encima ondea.

CLXXIII.

Rápido a los contrarios se abalanza;

En el pecho le hierven a porfía

Ímpetus de vergüenza y de venganza,

Y del herido amor la frenesía

Y el probado valor de su pujanza.

Llama a Enéas, y a, lid le desafía,

Con grande voz tres veces. El Troyano

Reconocióle, pues, y exclama ufano.

CLXXXIV.

«¡De los Dioses el Padre así lo quiera!

¡Quiéralo el alto Apolo! -Ya contigo

Soy en batalla.» Hablando en tal manera

Con fatídica lanza a su enemigo

Ocurre, El cual replica: «¡Cruda fiera!

Lo acertó tu crueldad; la luz maldigo;

V I R G I L I O

476

Mátasme un hijo y la esperanza, ¿y quieres

Después de eso asustarme? ¡Necio eres¡

CLXXXV.

»Amenaza no habrá con que me espantes:

No hay Dios a quien respete: no me inspira

Miedo el morir; vengo a morir; mas antes

Estos dones te traigo.» Dice, y tira

Un dardo, y otro, y otros: incesantes

Lanzándolos, en vasto cerco gira

Volando' en torno al campeón, que al rudo

Asalto opone firme el áureo escudo.

CLXXXVI.

Tres veces dio la vuelta el caballero

Sobre la izquierda, armas lanzando a mano;

Y tres cubierto todo en fino acero,

Movió consigo el adalid troyano

Aquel de hincadas puntas bosque entero:

Desclavar tanta flecha, empeño es vano;

Y Enéas lleva a mal que se dilate,

Urgente ya, tan desigual combate.

CLXXXVII.

Meonra: al fin en presto movimiento,

A do las huecas sienes le divida,

Dispara al bruto de guerrero aliento

Su lanza. El cual, no bien sintió la herida,

Estribando en los pies azota el viento

Con las manos, y sigue en su caída

Al enredado caballero, y rueda

De bruces, y él bajo sus lomos queda.

CLCXXXVIII.

Ambos campos el cielo a grito herido

L A E N E I D A

477

Encienden. Vuela Enéas, y el acero

Desnudando sobre él, «¿A dónde es ido

Aquel Mezencio,» dice, «antes tan fiero?

¿Qué se ha hecho ese arrojo tan temido?»

Apenas el exánime guerrero

Cobró, volviendo al cielo la mirada,

La luz perdida y la razón turbada,

CLXXXIX.

Y responde: «¡Acerbísimo enemigo!

¿A qué suspendes sobre mi la muerte?

¿Qué me increpas si a nada yo te obligo?

Libre eres de matarme; ni moverte

Con ruegos vine aquí, ni ya contigo

Pactos hizo mi Lauso de esa suerte.

Mas si aún queda piedad para el vencido,

Una sola merced muriendo pido:

CXC.

«¡Da que sea mi cuerpo sepultado!

Vengativas escucho en torno mío

Rugir las olas de mi pueblo airado;

¡Sálvame tú de ese furor impío!

Pueda de un hijo reposar al lado!»

Esto dijo no más, y sin desvío

Entregó ¡a garganta a la honda herida.

Y en sangre envuelta derramó la vida.

V I R G I L I O

478

LIBRO UNDÉCIMO.

I.

En este medio alzándose la Aurora

Del Océano las regiones deja.

Enéas, aunque el ansia le devora,

Conque a dar sepultura se apareja

A sus aliados, y consigo llora,

Y el dolor de las pérdidas le aqueja;

Sus votos, vencedor, cumple primero,

Con el albor del matinal lucero.

II.

Cúmplelos; y en la cima de, un collado

Hace hincar luego una robusta encina,

Habiéndola de ramas desnudado;

En ella la armadura diamantina

De Mezencio pondrá: trofeo alzado

Al Dios que en guerras triunfador domina.

Ya le acomoda el yelmo, ya la cota,

Por doce partes perforada y rota.

III.

Truncos vuelve sus dardos al guerrero

En efigie, y su cresta ensangrentada?

Préndele a izquierda el gran broquel de acero

L A E N E I D A

479

A su hombro cuelga de marfil la espada.

Y él, entre los aliados el primero,

A hablarles se alza luego: en apiñada

Y silenciosa turba su persona

Los jefes cercan ya; y así razona.

IV.

«Ya lo difícil acabasteis: llano,

Soldados, lo que falta os adivino.

Ved los despojos del cruel tirano;

Ricas primicias son: ¡en esto vino

Mezencio a dar por obra de mi mano!

Sabed que a la ciudad del rey Latino

Marchad nos cumple. En el marcial intento

Ocupad desde ahora el, pensamiento.

V.

Prevenidos estad, porque llegada

La hora que darán a mi ventura

Los Dioses, de mover el campo, nada

Los ánimos sorprenda, ni a pavura

O a dañosa demora los persuada.

A los muertos en tanto sepultura

Demos: único honor que a ellos alcanza

Del Aqueronte en la profunda estanza.

VI.

»Sí, a egregias almas que este patrio nido

Con su sangre nos dan generadora,

Que últimas honras tributeis os pido,

Palante al patrio pueblo que le llora

Sea en fúnebre pompa conducido:

Virtud no le fált6: funesta un hora

Robóle a nuestro amor, robóle al suelo,

V I R G I L I O

480

¡Ay? para hundirle en sempiterno duelo!»

VII.

Y llora, y al umbral los pasos guía

Donde Acétes, anciano y fiel guerrero,

De Palante infeliz custodia hacía

Al tendido cadáver. Escudero

El del parrasio Evandro fuera un día,

Y vino en esta vez por compañero

De aquel amado alumno, con auspicios,

Cual antes no lo fueron, impropicios.

VIII.

En torno ostentan en común su duelo

Turba troyana y mustia servidumbre,

Y damas, suelto al aire el rico pelo

En señal de dolor, cual fue costumbre.

Entró Enéas al pórtico, y al cielo

Alza inmenso clamor la muchedumbre;

En gran lamentación hiérense el pecho,

Y suena con el llanto el regio techo.

IX.

Él, viendo de Palante sostenida

La frente, y blanco el rostro a par de muerto,

Y en aquel pecho hermoso la ancha herida

Que ausonia lanza abriera, y sin que acierte

El llanto a contener, «¿Tú aquí sin vida,»

Clama, «amigo infeliz? Cuando la suerta

Más propicia a mis armas sonreía,

¡Ay! de mi lado te arrebata impía!

X.

»No quiso la cruel que el triunfo mío

L A E N E I D A

481

Vieses, y vencedor entre marciales

Pompas volvieses al solar natio!

No hice a tu padre, no, promesas tales

Cuando, enviándome a excelso poderío,

Al darme en tierno abrazo tristes vales

Me advirtió receloso que lo habría

Con gentes bravas en tenaz porfía

XI.

»¡Y él hora por ventura se complace,

En trocar a esperanzas sus temores,

Y ofrendas en el ara y votos hace,

Mientras damos estériles honores

Al joven que, pues ya sin vida yace,

Nada debe a los Dioses superiores!

¡Por ti, padre infeliz, cuánto me aflijo!

¡Tú el cruel funeral verás de un hijo!

XII.

»¿Y éste es el triunfo ansiado ¿éste el festivo

Regreso? ¿ésta mi fe tan engreida?

Mas no le viste, Evandro, fugitivo

Ni echado de la lid con torpe herida;

Ni por qué preferir tendrás, él vivo,

Acerbo trance, ¡oh padre! a infame vida.

¡Cuánto pierdes en él, Ausonia, y cuánto

Tú, hijo mío!» Así habló vertiendo llanto.

XIII.

Que el mísero cadáver se levante

Ordena; y eligiendo mil guerreros

Entre toda la hueste, de Palante

La fúnebre custodía y postrimeros

Honores les encarga: que delante

V I R G I L I O

482

Lleguen de Evandro, y tristes mensajeros,

Consuelo den, pequefio a duelo tanto,

Mas a un padre debido en tal quebranto.

XIV.

Otros, en este medio, con presteza

De encina y de madroño acopian rama

Pon que féretro blando se adereza

Hecho de zarzos en flexible trama:

Verde toldo de rústica maleza

Forman después a la funérea cama,

Y los miembros del jóven delicado

Tienden en fin sobre el hojoso estrado,

XV.

Cual flor, por dedo virginal cogida,

De muelle viola o de jacinto tierno,

Que aún formas guarda y esplendor de vida

Falta de jugo y del favor materno.

Dos túnicas Enéas enseguida

Saca, ¡que en leda ostentación de interno

Afecto dio, labradas de su mano,

La excelsa Dido al capitán troyano.

XVI.

Triste él con una y otra (de ambas era

Grana el fondo, que fino oro recama)

Cubrió el cuerpo, y la hermosa cabellera

Velo, que pronto abrasará la llama.

Cautivas armaduras aglomera

Que de Palante son conquista y fama,

Y en larga serie desfilar ordena

Cuantos ganó despojos en la arena.

L A E N E I D A

483

XVII.

Allí arneses, caballos. Sordo al ruego

Ya las manos atras ligado habia

A los mancebos cuya sangre al fuego

Dará, en obsequio que al finado envía.

Manda a los mismos capitanes luego

Arboles lleven que a la luz del día

El nombre ostente del que fue vencido

Por trofeo, y sus armas por vestido.

XVIII.

Bajo la carga de la edad maltrecho

Acétes miserable en pos se lleva,

Y ora a golpes ofende el flaco pecho,

Ora uñas fieras en su rostro ceba,

O de la tierra sobre el duro lecho

Largo se extiende, y su dolor renueva.

El carro de Palante ya aparece

Que con rútula sangre se enrojece.

XIX.

Y Eton, su buen corcel, a su mesnada

Se avanza, del marcial jaez desnudo,

La faz en gruesas lágrimas bañada,

¡Que tanto en él el sentimiento pudo!

Otros su asta y morrion (cinto y espada

Turno se reservó) llevan, y mudo

El ejército a pie la marcha cierra,

El cuento de las lanzas vuelto a tierra.

XX.

Paróse Enéas, cuando en larga hilera

La pompa funeral pasó adelante,

Y dio en alto gemido su postrera

V I R G I L I O

484

Despedida al cadáver ya distante:

«La misma de la guerra ley severa

A otros llantos, ¡oh máximo Palante!

Y a nuevo afán nos llama. ¡Salve, amigo,

Por siempre, y para siempre adios te digo.»

XXI.

Calló, y a sus reales se encamina

Tendiendo al alto muro. Allí, entre tanto,

Llegados son de la ciudad latina

Embajadores, que de olivo santo

Con la rama adornados peregrina

Piden tregua, en la cual los que sin llanto

Honroso a fil de espada yacen muertos,

Sean de tierra por piedad cubiertos.

XXII.

Tregua piden y paz con los finados,

Y que armisticio Enéas a varones

Conceda, a quienes diera ya dictados

De huéspedes y suegros. Las razones

El Troyano aprobó de los legados,

Y añade, al otorgar tan justos dones:

«¡Latinos! ¿qué fortuna indigna os cierra

En estos lazos de forzada guerra?

XXIII.

»¿Por qué a nuestra amistad fuisteis esquivos?

Paz para aquellos me pedís que muertos

Han sido en el combate; -aún a los vivos

Quisiera yo otorgarla! A vuestros puertos

No vine con intentos ofensivos,

Mas sumiso al mandato de hados ciertos

Mansion perpétua a establecer. Tampoco

L A E N E I D A

485

A guerra yo vuestra nación provoco.

XXIV.

»De la hospitalidad faltando al fuero

El rey Latino en Turno armado fía.

Que Turno a estrago tal, solo y señero

Se expusiese, ¿más justo no sería?

Pues quiere echarnos, y a poder de acero

La guerra terminar, aquí debia

Renir conmigo; de los dos viviera

A quién Dios o su brazo se la diera!

XXV.

»Hora los compañeros malhadados

Id a imponer enla funérea pira.»

Dijo. Atónitos callan los legados;

Cada uno, vuelto el rostro, al otro mira.

Dránces, que lustros ya cuenta avanzados,

Que contra el joven Turno odios respira

Y en daño suyo acusaciones vierte

Responde, al fin, por todos de esta suerte:

XXVI.

«¡Oh tú, máximo en lid, rico en blasones!

¿Cómo sabré a los cielos ensalzarte?

¿Cuál te honra más, lo justo en las acciones,

O lo sufrido en el rigor de Marte?

Gratos, príncipe, a ti, de tus razones

A la patria ciudad daremos parte;

Y si a ello la Fortuna abre camino,

Te enlazaremos con el rey Latino.

XXVII.

»Turno otro auxilio busque entonces: juro

V I R G I L I O

486

Que a cuestas hemos de llevar de grado

Para cimiento del troyano muro,

Piedras que cumplan lo que manda el Hado!»

A estas palabras con murmullo oscuro

Asienten los demás. Quedó pactado,

Que dure, de los muertos en servicio,

Seis días y otros seis el armisticio.

XXVIII.

Viéronse en él mezclarse los soldados;

Y vagando a la par teucro y latino,

Con hachas abatir por los collados

Fresno que herido cruje o yerto pino,

Y los cedros rajar de olor cargados,

Con cuñas, y los robles, de contino,

Y quejigos de agreste cabellera

En plaustros gemebundos sacar fuera.

XXIX.

Entretanto la Fama voladora,

Que ya a Palante vencedor mentia,

De lúgubres alarmas nuncia ahora

En torno a Evandro va, llenando impía

Muros y techos donde Evandro mora.

Los Arcades acorren a porfía

Hacia las puertas, y segun costumbre

Antorchas asen de funérea lumbre.

XXX.

Brilla de luces prolongada hilera

Despartiendo los campos que ilumina.

La frigia turba, en tanto, plañidera

A los muros sus pasos encamina.

Reúnense ambos pueblos; ya la entera

L A E N E I D A

487

Procesión a los techos se avecina:

Las matronas la ven, y altos lamentos

Por la triste ciudad dan a los vientos

XXXI.

A moderar a Evandro no es bastante

Fuerza humana. Allá vuela, allá se arroja,

Y deteniendo el féretro, a Palante

Postrado abraza, en lágrimas le moja,

Contra el seno le estrecha sollozante.

Cuando hAo apénas la mortal congoja

Dado paso a la voz, gimiendo dice:

«¡Ay hijo de mi alma! ¡ay infelice!

XXXII.

»En vano me ofreciste cautelarte

Del peligro fatal. Yo bien sabía

Cuánto en la guerra a seducir es parte

De la gloria el sabor; con qué energía

En el primer conflicto arrastra Marte.

La juvenil ardiente fantasía!

¡Tristes primicias do, tu edad lozana!

¡Dura preparación de lid cercana!

XXXIII.

»¡Ay! que mis votos y mis preces nada

Me valieron. Y tú, bendita esposa,

No a tan fieros dolores reservada,

¡Cuánto fuiste, muriendo, venturosa

Por modo opuesto, yo de mi jornada

He vencido la senda trabajosa,

De las pruebas triunfé del hado esquivo,

Y ya ¡padre infeliz! me sobrevivo.

XXXIV.

V I R G I L I O

488

»¡Hubiera yo seguido los reales

Troyanos, y los Rútulos me hubiesen

A dardos abrumado, y pompas tales

A mí, no a mi Palante, aquí trajesen!

Mas aquellos banquetes fraternales,

¡Oh Teucros! no temais que hora me pesen,

En que la diestra os di como aliado;

¡Golpe era aquéste a mi vejez guardado!

XXXV.

»Que si fue tu destino en tan tempranos

Años caer, cayeras a los menos

Muertos antes mil Volscos a tus manos

Guiando al Lacio el paso de tan buenos

Compañeros! Piadoso el Rey troyano,

Nobles Frigios y en masa los Tirrenos

Te han hecho, sí, muníficos honores;

Yo mismo no te hiciera otros mayores.

XXXVI.

»Traer les miro en árboles triunfales

Armados cuerpos que humill6 tu acero.

Las fuerzas de la edad fuesen iguales,

Y gran tronco llegaras tú el primero,

Turno! -Mas ¡ay de mí! ¿por qué, mis males

Llorando, os privo del laurel guerrero?

Id ya, y a vuestro Rey en nombre mío

Llevad estas palabras que le envío:

XXXVII.

» Causa eres tú que yo viviendo siga,

Muerto Palante, en este odioso suelo;

Pues nos debes de Turno la enemiga

L A E N E I D A

489

Cabeza a mí y a él. De ti en mi duelo

Y de Fortuna esta esperanja abriga

Mipecho. Para mí ya no har consuelo,

Humano; mas a un hijo en su honda estanza

¡Vuevas quiero llevar de su venganja!»

XXXVIII.

Despierta con sus rayos celestiales

El nuevo día, que en oriente raya,

Al usado ejercicio a los mortales.

Ya el padre Enéas, ya en la corva playa

Tarcon ha alzado piras, en las cuales

Vaya el Troyano y el Tirreno vaya

A colocar los muertos de su bando,

Los patrios ritos cada cual guardando.

XXXIX.

Arde la lumbre lúgubre, y oscura

Nube envuelve del cielo las regiones.

Revestidos de espléndida armadura

Tres veces han marchado los peones

En derredor del fuego que fulgura;

Y tres los de a caballo en sus bridones

Lustran la triste funeral hoguera,

Y lanzan de dolor voz lastimera.

XL.

Plañendo de consuno, el largo lloro

Riega el suelo y al par las armas riega:

De las trompetas el clangor sonoro

Y el clamor de la gente al cielo llega.

Quién a las llamas el marcial tesoro

A los Latinos arrancado, entrega:

Finos yelmos, magníficas espadas;

V I R G I L I O

490

Frenos y ruedas, a encenderse usadas.

XLI.

Otro tal vez a la funérea pira,

Prendas notorias de los que ella abrasa,

Los escudos y aquellas armas tira

Que antes ciñeron con fortuna escasa.

Mucho novillo en cerco arder se mira,

Híspidos cerdos, víctimas sin tasa

Traídas de los campos: hierro fuerte

Las rinde al fuego y las consagra a Muerte,

XLII.

Caros cuerpos por toda la ribera

Vense humear; y nadie se retira

De la que guarda medio extinta hoguera,

En tanto que en silencio húmeda gira

Tachonada de luces la alta esfera.

Y allá también innumerable pira

(Que allá gimen también tristes destinos)

Han alzado en su campo los Latinos.

XLIII.

Y a sus muertos, en parte, acogimiento

Bajo la tierra con piadosas manos

Mullen; otros envían a Laurento,

Llevan otros a predios comarcanos;

Y los dernas sin distinción ni cuento

Hacinados consumen. Ya los llanos

En su vasta extensión lucen doquiera

Con el émulo ardor de tanta hoguera.

XLIV.

Así como ahuyentó con luz serena

Gélidas sombras el tercero día,

L A E N E I D A

491

Ruedan la alta ceniza, y tibia arena

A los revueltos huesos que envolvia

Encima acopian... Mas oíd cuál suena,

En esta de dolor larga porfía,

La ciudad y su alcázar opulento

Con mayor alarido y movimiento.

XLV.

Madres allí, ternísimas hermanas,

Y huérfanos y viudas la homicida

Guerra maldicen en querellas vanas,

Y la boda de Turno prometida:

Que las armas él solo empuñe insanas,

Que él solo, exclaman, con las armas pida

El imperio de Italia y la corona,

Y los sumos honores que ambiciona!

XLVI.

De las hembras dolientes el dictamen

Fiero apoyando Dránces, acredita

Que a Turno emplaza a singular certámen

El Troyano, y a solo Turno cita.

Parciales hay también que a Turno aclaman,

Ya abogando por él, ya en ronca grita:

Con cien trofeos triunfador le nombra

Voz popular; le da la Reina sombra.

XLVII.

En medio a tan ardientes altercados,

De vuelta de Argiripa floreciente

Veis aquí se presentan los legados

Que allá marcharon; y, con triste frente,

Que tan grandes trabajos empleados

V I R G I L I O

492

Empeño fueron, dicen, impotente:

Nada han valido con el jefe griego

Dádivas, oro, ni apremiante ruego.

XLVIII.

O a otra alianza, pues, tentar camino

O proponer las paces al Troyano

Será forzoso. El mismo rey Latino

En profunda aflicción cayó. No en vano

Las claras muestras del furor divino,

Y los alzados túmulos del llano

Que recientes se ofrecen a la vista,

Incontrastable anuncian la conquista.

XLIX.

Y así el Rey de su corte a los primeros

Varones, en sus altos penetrales

Cita a solemne junta. Ellos ligeros

Van, llenando avenidas y portales.

Venerable entre tantos consejeros

Por sus canas o insignias imperiales,

Grave en medio: de todos él se asienta;

Ni es ledo aspecto el que su faz ostenta.

L.

Y luego a los legados que, cumplido

El cargo, han vuelto del etolio estado,

Manda que de tan grave cometido

Cuenten punto por punto el resultado.

Cesa ya de las lenguas el ruido,

Y obediente del príncipe al mandado,

«Virnos, conciudadanos, a Diomédes,»

Venulo dice, «y sus argivas sedes.

L A E N E I D A

493

LI.

»Asperezas vencimos del camino.

Y a término llegando, aquella mano

Tan temida tocamos por quien vino

A tierra un día el gran poder troyano.

Triunfante el Rey, con próspero destino,

En los campos del yápigo Gargano

Echaba de Argiripa, el fundamento,

Ciudad que así nombró del patrio asiento.

LII.

»Así que entrado hubimos, y licencia

Se otorgó, a las palabras, nuestros dones

Ofrecimos, y nombre y procedencia

Declaramos al Griego: las razones

Expusimos después, que a su presencia

Nos llevaron; la guerra que varones

Extranjeros nos mueven. Manso oyónos,

Y habló a su turno en apacibles tonos:

LIII.

«Antigua raza, Ausonios fortunados,

»Que en paz gozáis de la saturnia tierra,.

»¿Qué os instiga, viviendo sosegados,

»A provocar desconocida guerra

»Y en demanda a correr de nuevos hados?

»¡Oh! quién eso pretende, ¡cuánto yerra!

»Nosotros profanámos con el hierro

»A Troya; y ved nuestro ejemplar destierro!

LIV.

»No en las pérdidas sólo que nos cuesta

»El largo sitio, mi escarmiento fundo;

»Ni sólo el frigio Simois me amonesta

V I R G I L I O

494

»De cadáveres lleno. Andando el mundo

»¿Qué atroz suplicio por sufrir nos resta?

»Doliera al mismo Príamo. Iracundo

»El astro de Minerva, y Cafereo

»Cruel lo sabe, y el peñón Eubeo.

LV.

»A otra zona lanzados, Troya hundida,

»Llegó hasta las Columnas de Proteo

»Peregrinando Menelao Atrida;

»Llegó Ulíses, al antro Ciclopeo.

»¿Recordaré de Pirro la caída,

»Derribado el altar de Idomeneo,

»Y la locrina juventud, ahora

»De las líbicas costas pobladora?

LVI.

»El mismo miceneo Rey, que un día

»De los grandes Aquivos tuvo el mando,

»Fue, entre su mismo penetral, de impía

»Consorte muerto bajo el brazo infando;

»Venció así a quien vencido a Troya habia,

»Villano burlador. Y yo, tornando

»Al patrio hogar, la deseada esposa

»No hube de ver ni a Calidonia hermosa.

LVII.

»¡Iras del cielo! Y aún aquí sombríos

»Me siguen y fatídicos portentos:

»Mudados ya los compañeros míos

»En aves, cruzan los delgados vientos,

»Siguen el curso a los desiertos ríos

»(¡Inaudita expiación! ¡fieros tormentos!)

»Y con fúnebres ecos de gemidos

L A E N E I D A

495

»Hinchen ¡ay! los escollos maldecidos.

LVIII.

»Temer debí tan espantosos males

»Desde que en liza desigual, insano

»Pude atentar a cuerpos celestiales,

»Y a Venus ofendí la diestra mano

»Con sacrilega herida. Horrores tales

»Finaron ya: con el poder troyano

»Guerra no tengo; ni mi antigua gloria

»Renuevo con placer en la memoria.

LIX.

»Yo, pues, en vuestro intento no conspiro:

»Antes bien, que volvais a Enéas cabe

»Esos presentes que traer os miro

»De la patria. Ya golpe a golpe, en grave

»Conflicto ya, de lejos, tiro a tiro,

»Probé yo mismo el arte con que sabe

»Empinar el broquel; la gran pujanza

»Conque él menea la fulminea lanza.

LX.

»Fiad por tanto en la experiencia mía.

»Si el suelo ideo producido hubiera

»Dos héroes más como él, llegado habría

»A inaquios reinos el Dardanio, y viera

»Grecia en duelo trocada su alegría.

»¿Quién, sino Héctor y Enéas, de guerrera

»Inmensa muchedumbre opuso terco

»Antemural al estrechante cerco?

LXI.

»Ambos hicieron con su fuerte diestra

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496

»Que un año, y otro, y diez, día tras día,

»Retrocediese la victoria nuestra:

»Iguales en esfuerzo y bizarría,

»Este en virtudes superior se muestra.

»¡Oh! paz haced con él, donde ella os ría;

»Y huíd toda ocasion que en lid acabe

»Y con sus armas vuestras armas trabe.»

LXII.

»Esto, ¡oh máximo Rey! en la ardua empresa

Falla el, Griego y responde. » Habló; y creciente

Rumor, pasada la primer sorpresa,

Corre de boca en boca entre la gente,

Como raudal, en natural represa

De rocas detenido, que impaciente

Murmullo forma, y la ribera brama

Con el agua que bulle y se derrama.

LXIII.

Cuando cesó la agitación primera

El anciano monarca abrió su boca,

Y habló de su alto solio en tal manera,

Después que a las Deidades pio invoca:

«Quise yo que en sazón se definiera

Esta causa, ¡oh Latinos! Hoy que toca

Armado el enemigo a nuestras puertas,

Tarde a civil consejo están abiertas.

LXIV.

»En guerra nos hallamos importuna

Con recia, diva gente, que fatiga

No recibió jamás de lucha alguna,

Ni las armas depone, aunque enemiga

Redoble adversos golpes la Fortuna.

Nadie en extraños esperando siga;

L A E N E I D A

497

Faltónos la alianza del Etolo:

Cada cual en sí mismo espere sólo.

LXV.

»Dicho está, ciudadanos, cuánto sea

Esta esperanza individual mezquina;

¿Mas quién hay que no palpe luego y vea

Que amenazado de fatal ruina

El público edificio tambalea?

A nadie vuestro príncipe acrimina:

Ha hecho el valor cuanto al valor es dado;

Todas sus fuerzas concentró el Estado.

LXVI.

»Qué ocurre ahora a mi indecisa mente

Atended; breve soy; aquesto creo:

Un territorio a par de la corriente

Tusca, de antiguo, cual sabeis, poseo,

Que hasta el confin sicano hacia occidente

Se dilata. A labranza y pastoreo

Dan Rútulos y Auruncos sus collados.

Parte bravíos, parte cultivados.

LXVII.

»Cedamos por la paz a los Troyanos

Esa áspera región, cuan larga yace,

Con los montes piníferos cercanos.

Iguales leyes de concorde enlace

Les daremos, y parte como a hermanos

En el reino. Pues tanto les aplace

Aqueste suelo, de temor seguros

En él se arraiguen y establezcan muros.

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498

LXVIII.

»Mas si han de ir, y él destino lo tolera,

A otras playas, es bien que les labremos,

Veinte cascos de! itálica madera,

O más que alcancen a ocupar: tenemos

Sobrado material en la ribera.

Brazos daré, espolones, jircias, remos,

Y de las naves el equipo todo;

Fijen ellos el número y el modo.

LXIX.

»Además, a su campo cien varones

Vayan, eximios en la gente nuestra,

Que les lleven de paz proposiciones

-El sacro olivo en la inocente diestra

Y por mí sellen pactos. Ricos dones

De oro y marfil conducirán, en muestra

De mi amistad, y silla y trábea, emblema

De esta que ejerzo autoridad suprema,

LXX.

»¡Ea! el remedio decretad que implora

La afligida nación que en vos espera!»

Dránces entonces se alza, a quien devora

Por la gloria de Turno, torticera

Emulación y envidia roedora.

Fuerte en recursos y en palabras era,

No en armas: en consejos, de prudente

Fama gozaba, agitador potente:

LXXI.

Bi en que de padre incógnito, debía

Nobleza ilustre a la materna rama.

Alzóse entonces, pues, y así a porfia

L A E N E I D A

499

Cargos amontonando iras inflama:

« ¡Benigno Reyl propones, a fe mía,

Cuestión que, a nadie oscura, no reclama

Mi voz. La causa del común fracaso

Todos la saben: mas la dicen paso.

LXXII.

»¡De libertad de hablar, y enfrene el vuelo

A su orgullo, el fatal ductor que hace

Con funestos auspicios -sí, dirélo,

Y siquiera de muerte me amenace!

Tanto prócer caer, y sume en duelo

A la ciudad, mientras con pie fugace

Del enemigo'campo se desvía

Y al asordado cielo desafía!

LXXIII.

»¡Ojalá que esa espléndida embajada,

¡Oh el mejor de los reyes! y esos dones

Muchos y grandes que enviar te agrada,

Con uno solo y principal corones!

No del justo dictámen te disuada

Rebelde encono de émulas pasiones:

Da tu hija en digna boda a agregio yerno,

Y afirma así esta paz con lazo eterno!

LXXIV.

»Vam os a él mismo a suplicarle, empero,

Si tanto miedo embarga a los Latinos,

Que ceda, y deje al Príncipe su fuero

Natural ejercer, y los destinos

Comtemple con piedad de un pueblo entero.

-Tú, sola causa a nuestros males, dínos,

¿Los tristes ciudadanos,de esa, suerte

Arrastrarás de nuevo a horrenda muerte?

V I R G I L I O

500

LXXV.

»La guerra de salud no da esperanza.

Todos pedimos paz, dánosla luego

Con la prenda inviolable que la afianza!

Soy el primero que a pedirla llego,

Yo, a quien émulo finges; ni hay tardanza

En mí -vesme a tus plantas- para el ruego:

¡Ten piedad de los tuyos, pon la ira,

Y lejos derrotado, te retira!

LXXVI.

»¡Cuánta muerte hemos visto! ¡cuánto estrago!

¿Qué tala en vastos campos no hemos hecho?...

Mas si es que ejerce irresistible halago

La fama en ti, si escondes en el pecho

Tanto valor, y de tu afán en pago

Esperas como dote regio techo

Que no has de renunciar, entonces, ¡ea!

Afronta a tu enemigo en la pelea.

LXXVII.

»Para que el regio enlace Turno ufano

Goce, ¿sólo a nosotros por ventura,

Sin lágrimas ni honores, en el llano

Nos toca sucumbir, caterva oscura?

Tú también, tú también, si no es en vano

Fama heredera de marcial bravura,

Sál luego al campo, y con la frente erguida

Contempla al que a batalla te apellida!»

LXXVIII.

Turno, impaciente ya, lanzó un gemido,

L A E N E I D A

501

Y voces tales de lo más profundo

Del pecho arranca, en cólera encendido:

«Tú el primero en llegar, tú el más facundo

En los consejos, Dránces, siempre has sido.

Brazos pida la patria, ardor fecundo

Jamás el labio vocinglero sellas.

¡Palabras! ¿y a qué el aula henchir con ellas?

LXXIX.

»Pomposas a volar las das'seguro

Mientras sangre los fosos aún no llena

Y aún para al agresor trabado muro.

Por tanto en tu oración, cual sueles, truena,

Trátame, oh Dránces, de guerrero oscuro,

Ya que tú de cadáveres la arena

Cubrir supiste, y por tu diestra veo

Alzado acá y allá tanto trofeo.

LXXX.

»Gala hacer de valor te es dado en guerra

Ni habrás por enemigos de afánarte

Yendo a buscarlos en remota tierra;

Cercándonos están por toda parte.

¡A ellos, pues, a ellos! ¡cierra, cierra!

¿Qué aguardas?... ¿O los ímpetus de Marte

Tú jamás de, otra suerte los conoces

Que en tu gárrula lengua y pies veloces!

LXXXI.

»¡Yo derrotado! ¿Quién de derrotado

Me acusará, vil monstruo, cuando vea

Que el Tibre por mi diestra acrecentado

Con la troyana sangre rojo ondea;

Que Evandro con su casa y con su estocio

V I R G I L I O

502

Sacudido de asiento bambolea,

Y que en fuga los árcades guerreros

Arrojan en el campo los aceros?

LXXXII.

»No, no tal me probaron en su día

Pándaro y Bícias, con su gran pujanza,

Y otros mil cuyas almas a porfía

Hundió mi diestra en la tartárea estanzo

Cuando ejército hostil me circuia!

¡La guerra de salud no da esperanza!

Al régulo dardanio, a tus parciales

Ve, agorero, a cantar presagios tales!

LXXXIII.

»¡Alienta en tu alarmante clamoreo

A gente no una vez vencida, y pisa

Las esperanzas de la nuestran. Veo

Que huyendo ya con azorada prisa

Los Mirmidones van, y el de Tideo

(¡Tanto alcanzas!) y Aquíles de Larisa,

Y vuelve su corriente espavorido

De las ondas adriáticas Anfido!

LXXXIV.

»Luego, que amenazante le intimidé

Simula, y es el miedo de la muerte

De que astuto se ostenta poseído,

Nueva ponzoña que en sus tiros vierte.

Jamás en mi diestra, fementido.

-Escucha en paz; no has, no, poe qué moverte-

Esa alma vil te arrancará del pecho

Donde su nido y su morada ha hecho!

L A E N E I D A

503

LXXXV.

»A ti y a las consultas que propones,

Ahora, oh Padre, la atención convierto.

Si nada de tus fieles campeones

Aguardas ya, si la esperanza ha muerto,

Si nunca la Fortuna a dar sus dones

Volvió, cuando en la guerra el desconcierta

Pudo una vez señorear las almas,

Tendamos luego las inertes palmas,

LXXXVI.

»E imploremos la paz; -aunque ¡ah! si hubiera

Algun resto en nosotros todavía

De la virtud antigua!... ¡yo dijera

Entre todos egregio en bizarría,

Y en la coronación de su carrera

Feliz, al que dejó la luz del día

De una vez, por no ver tamaña afrenta,

Mordiendo el polvo de la lid sangrienta!

LXXVII.

»Mas si hay recursos, si hay a lid dispuesta

Intacta juventud; si pueblo tanto,

Tanta ciudad itálica nos presta

Oportuno favor; si sangre y llanto

A los Trovanos su victoria cuesta,

Y asolación igual, igual espanto

Allá domina, ¿ante el umbral primero

Rendiremos cobardes el acero?

LXXXVIII.

» ¡Temblar de miembros, cuando a u n no ha sonado,

La retadora trompa! En su porfía

Vuelve las cosas a mejor estado

V I R G I L I O

504

El tiempo, huyendo un día y otro día.

¿Fortuna qué de veces no ha sentado

En firme basa al que burlara impía)

Ni a extremo caso hemos llegado; sólo

El auxilio nos falta del Etolo:

LXXXIX.

»Nobles jefes diputan los vecinos:

Ved al fausto Tolumnio en los primeros,

Ved a Mesapo. Triunfos no mezquinos

Ganará, sí, la flor de los guerreros

Del Lacio y de los campos laurentinos!

Acaudilla también sus caballeros,

Honor, Camila, de la volsca gente,

Acorazados de metal luciente.

XC.

»Mas ya que a lid me citan decisiva

Los Teucros, si esto agrada, y tanto impido

La pública salud, no así huye esquiva

La victoria de mí, que tal partido

No abrace ante tan grata perspectiva.

Sí; con Enéas sin temor me mido:

Cual otro Aquíles venga si le place,

Y armas como hechas por Vulcano, embrace!

XCI.

»Ya lo he jurado, y con placer me inmolo

(Que a mis mayores en virtud no cedo)

A vos y al Rey mi suegro.-A Turno solo

Emplaza Enéas? Pues admito ledo

El singular combate. ¿Permitiólo

El Cielo por castigo? No haya miedo

Que Dránces lo padezca; -¿en nuestra gloria?

L A E N E I D A

505

Coger no espere el lauro de victoria! »

XCII.

De esta suerte en recíproca porfía

Altercan sobre el arduo tema, cuando

Ved que Enéas su ejército movía.

Corre el palacio, y va terror sembrando

Por la ciudad con alta vocería

Un mensajero: Que el troyano bando

Ha dejado la márgen tiberina;

Que la tirrena hueste al par camina;

XCIII.

Que vienen en ecncorde movimiento

Cubriendo las campiñas dilatadas.

Los ánimos se turban al momento:

Renuevan, con imperio estimuladas,

Las populares iras su ardimiento;

Frenéticos bramando, a las espadas

Los jovenes se arrojan; los ancianos

Quejas murmuran entre lloros vanos.

XCIV.

La grita de la gente hiere al cielo

Creciendo acá y allá varía y confusa,

Como en los bosques al posar el vuelo

Clamar el coro de las aves usa

Entre el hojoso y apiñado velo;

0 como en el pecífero Padusa

Miles de cisnes que le habitan, suenan

En roncas voces, y el canal atruenan.

XCV.

De la ocasión asiendo que los hados

Le dan, «;Bien, ciudadanos!» Turno grita:

V I R G I L I O

506

«Consejo celebrad, y haced sentados

Las alabanzas deja paz bendita,

Mientras sobre nosotros descuidados

El taimado invasor se precipita!»

Puertas afucia de la regia estanza,

Sin esperar a más, raudo se lanza.

XCVI.

«Haz que el volsco escuadrón se ordene ufano

De sus señas en pos, Voluso, y gula

Tú a los Rútulos,» dice;-«y en el llano

Desplegad la veloz caballería,

Oh Mesapo, y tú, Córas, con tu hermano.

Avenidas y torres a porfía

Defiendan otros; y conmigo ande

Armado el resto a do mi voz lo mande.»

XC.

Correr se ve la población entera

A la muralla. Al mismo Rey ancian,

Obliga el triste lance a que ciñera

Aquel consejo, comenzado en vano,

Y sus grandes debates. Que no hubiera

Llamado en tiempo al adalid troyano

Al reino, y reditándole por yerno,

Mucho se culpa con lenguaje iriterno.

XCVIII.

Quiénes ante las puertas cavan fosas,

Quiénes mueven estacas, y acarrean

Piedras a empuje. A lides sanguinosos

Instrumentos horrísonos vocean.

Y ya, en vario cordon, madres y esposas,

Y niños de tropel, largo rodean

L A E N E I D A

507

El muro. A todos en aqueste día

Lláma el último trance y agonía.

CXIX.

Hacia el templo de Pálas, entretanto,

Que entre sacros alcázares descuella,

Se encamina la Reina: haciendo llanto

Numerosas matronas van con ella

Sus dones a ofrecer al Númen santo:

Marcha a su lado la real doncella,

Que inocente causó tantos enojos,

Y no levanta los hermosos ojos.

C.

Inciensan, en subiendo a los umbrales,

El templo, y el dolor que el pecho encierra

Exhalan, de allí mismo en voces tales:

«¡Arbitra omnipotente de la guerra!

¡Mira, oh vírgen Tritonia, a nuestro males!

Al Frigio salteador derriba en tierra,

Quiebra en su mano tu la arma homicida,

Y ante esas puertas él la arena mida!»

CI.

Turno airado a su vez se arma a batalla:

Con escamas de bronce a maravilla

Cubierta, viste la rutulia malla;

De áureas grevas ornó la pantorrilla

(La sien aún no ha cuidado resguardalla);

Ciñóse espada, y todo es oro, y brilla

Bajando airoso del alcázar alto

A anticiparse al enemigo asalto;

CII.

V I R G I L I O

508

Cual, rotos los ronzales, sin que nada

Se oponga en campo abierto a su albedrío,

Vuela el corcel al pasto y la yeguada

Huyendo del pesebre; o hacia el río

En que los miembros re frescarle agrada,

Erguida la cerviz, con ágil brío,

Bufando va, y en ondas sobre el cuello

Le juega, y por los brazos, el cabello.

CIII.

Acompañada de la volsca gente

Camila al paladino se atraviesa

Al paso, y ya en las puertas, reverenta

A tierra salta la gentil princesa:

Dóciles a su ejemplo, incontinente

Se apean los demas con fácil priesa;

Y a hablar ella principia de esta suertc:

«Turno, si un pecho que se siente fuerte.

CIV.

»Si un ánimo resuelto confianza

Poner puede en sus fuerzas, yo de lleng

Contrastar del Troyano la pujanza

Prometo, y sola arrostraré al Tirreno.

Deja que vaya a ejecutar venganza

Mi diestra, y de peligros fausto estreno

Haga esta vez en el combate duro;

Y tú con los de a pie guarnece el muro»

CV.

«¡Ornamento de Italia! ¡denodada

Virgen!» Turno a su vez exclama puesta

En la fiera doncella la mirada:

«¿Qué gracias dignas, qu¿ cortés respuesta

L A E N E I D A

509

Podré dar, a tu mérito adecuada?

Mas ya que a todo riesgo estás dispuesta,

Obremos de consuno. Enéas -sélo

Por espías, y es voz que toma vuelo-

CVI.

»Ese Enéas malvado, en la llanura

Gente a caballo, armada a la ligera,

Mandó a escaramuzar; mas él la altura

Solitaria del monte en tanto espera

Vencer, y a la ciudad llegar procura.

Yo en los senos del bosque una certera

Emboscada pondréle, con soldados

El sendero asedíando a entrambos lados,

CVII.

»Tú al Tirreno, reuniendo tus pendones

-Ve, y el fuerte Mesapo allá te siga,

Te sigan los latinos escuadrones

Y las bandas del Tibur: la fatiga

Partiremos del mando.» Con razones

Tales como éstas a Mesapo instiga

También, y a sus aliados capitanes;

Y marcha él mismo a coronar sus planes.

CVIII.

Hay del bosque en las vueltas, y al que tienda

Celada allí, promete buen suceso,

Un valle a quien con sombra apremia horrenda

De un lado y otro matorral espeso:

Conduce al valle una delgada senda,

Angosta boca y peligroso acceso,

Y le domina incógnita y secreta

En la cima del monte una meseta.

V I R G I L I O

510

CIX.

De alcázar sirve aquesta y de guarida

Para bélico asalto, o darlo quieras

A derecha y a izquierda una salida

Inopinada1aciendo, o ya prefieras

Rodar guijarros de la cumbre erguida.

Turno a aquellas regiónes traicioneras

Por caminos que él sabe, vuela, y presto

Metiéndose en la selva toma puesto.

CX.

En tanto con la faz bañada en lloro,

Allá en la altura la hija de Latona

A Opis veloce, ninfa de su coro,

Interesa en su afán, y así razona:

«;Doncella! de mis armas el tesoro

Ciñe en vano Camila, y se abandona

A una guerra cruel Camila, aquella

Que amo ante todas en mi corte bella!

CXI.

»Ni afecto es nuevo el que Diana abriga

Y así a dulzura singular la mueve.

A su hija tierna de Priverno antiga

Sacó, huyendo el furor de airada plebe.

El tirano Metabo: amor le obliga

A que por medio del tropel la lleve

Consigo; y alterando de Casmila,

Su madre, el nombre, la llamó Camila.

CXII.

»El destronado Rey por compañera

En su destierro la llevó consigo:

L A E N E I D A

511

Conduciéndola en brazos va doquiera;

Con ella de agrios montes sin abrigo

Las yertas cimas prófugo supera.

Le estrecha en torno armado el enemigo:

Recorriendo los Volseos la campaña

Por víctima le buscan de su saña.

CXIII.

»He aquí que en medio de su fuga un dio

A la margen llegó del Amaseno:

El agua rebosaba; tanta había

Caído en recia lluvia. El turbio seno

Quiso a nado pasar; mas, ¡ay! temía

Por su carga preciosa: de afán lleno

Todo a un tiempo lo piensa, y de repente

Osado arbitrio avasalló su mente.

CXIV.

»Iba empuñando, a la guerrera usanza,

Con nudos, y de sólida firmeza

Que el humo examinó, disforme lanza:

De silvestre alcornoque en la corteza

Metió a la niña, al medio la afianza

Del asta, y para el vuelo la adereza:

Blande en mano robusta el arma al viento,

Y esta plegaria eleva al firmamento:

CXV.

«¡Oh de los bosques, tú, frecuentadora,

Alma virgen Latonia! esta hija mía

»Consagro a tu servicio desde ahora:

»Ella a dudosas auras hoy se fía

»Perseguida y volando huye y te implora:

»Tuya es, lleva tus armas; tú la guía,

V I R G I L I O

512

»Sálvala tú!» Y aquí con gran pujanza

Doblando el brazo despidió la lanza.

CXVI.

»Suenan las ondas, y la pobre infante

Pasa sobre la rápida corriente

No en vano asida al asta rechinante.

Metabo, que ya encima el tropel siente,

Arrójase a las aguas, y triunfante,

A un césped que vistió grama riente

(¡Gran merced de la Diosa, alta fortuna!)

Arranca el dardo con la intacta cuna.

L A E N E I D A

513

CXVII.

»Vaga, y ni aldea ni ciudad le asila;

Ni sufriera favor su índole brava:

Al modo rudo que el pastor estila,

Solitario en los montes habitaba;

Y con feral sustento a su Camila

En madrigueras hórridas criaba:

Allí en sus tiernos labios, de bravia

Yegua las ubres exprimir solía.

CXVIII.

»Y aún los pasos primeros no ha pisado

Con vacilante pie la tierna niña,

Sin que a sus palmas él dardo aguzado

De, y al hombro carcaj y arco le ciña;

No, sin que en vez del manto y del tocado

De oro que el lujo cortesano aliña,

Desde la coronilla le suspenda

Sobre la espalda, piel de tigre horrenda.

CXIX.

»¡Y qué era ver la bella cazadora

Venablos inipeler con breve mano,

O en torno de las sienes zumbadora

El honda sacudir, y al cisne cano

O ya la grulla derribar que mora

Orillas de Estrimon! En vano, en vano

Cien tirrenas matronas para nuera

Quisieron detenerla en su carrera.

CXX.

»Contenta con el culto de Mana,

Ni de las armas la atención desvía,

Ni la virginidad jamás profana

V I R G I L I O

514

A cuyo eterno amor su gloria fía.

Oh! ¡quién me diera que en contienda insana

No hubiese ella de entrar en este día

Con los Troyanos, y, a mi pecho cara,

Con vosotras aquí me acompañara!

CXXI.

Mas pues su acerba suerte se acelera,

¡Ea! cruzando la región vacía

Tú al latino país baja ligera,

Ve al campo donde lid se enciende impía

Bajo auspicios infaustos, y quienquiera

Sea el que ofenda de la ninfa mía

Las carnes sacras, ítalo o Troyano,

Pague el hecho a mis armas y a tu mano.

CXXII.

»Recíbelas al punto, y de esta aljaba

Saca la flecha vengadora. A vuelo

Yo el cuerpo de la triste en nube cava,

Antes que le despojen, volverélo

A la tierra que de hija tal se alaba,

Y tumba le daré.» Dijo; y del cielo

Opis se lanza en negro torbellino

Y estruendosa en el aire abre camino.

CXXIII.

He aquí a los muros el unido bando

De etruscos y troyanos caballeros

En ordenadas haces va marchando:

Huellan el campo indómitos y fieros

Sacudiendo las bridas y bufando

Los sofrenados brutos. ¡Cuál de aceros

Erizados los llanos se estremecen,

L A E N E I D A

515

Y en puntas mil y mil arder parecen!

CXXIV.

Mesapo, en esto, enfrente a los Troyanos

Asoma con los rápidos, Latinos,

Y el ala de Camila, y los hermanos

Que mandan la legión de Tiburtinos:

Van apretando en recoaidas manos

Largas lanzas, Y blanden dardos finos:

Acércanse, el furor que espiran crece,

Y el bramar de los potros se enardece.

CXXV.

Cuando uno y otro ejército venido

Hubo a tiro de dardo, ambos se paran

De ambas partes en súbito alarido

Prorumpen, y al encuentro se preparan:

Cada uno a su corcel de ardor henchido

Anima con la voz; todos disparan

Arrojadizas armas a porfía

Cual densa nieve, y se oscurece el día

CXXVI.

Ante todos, Tirreno y el ardido

Acónteo uno para otro van derecho,

Lanza en ristre, y en hórrido estampida

Estréllanse los dos. Pecho con pecho

Este y aquel caballo en choque herido

Se despedazan. Rueda a largo trecho

Acónteo, de violenta sacudida,

Y exhala al viento la infelice vida.

CXXVII.

Tal piedra que arrojó mural tormento

Cae, así el rayo que estallando asuela.

V I R G I L I O

516

Turbáronse las haces al momento:

Echá cada Latino su rodela

A la espalda, y, cambiando el movimiento.

El bando urbano hacia sus muros vuela:

Como caudillo principal, Asílas

En pos impele las troyanas filas.

CXXVIII.

Y ya llegaban a las puertas, cuando

Véis que a la carga los Latinos gritan,

De los brutos volviendo el cuello blando:

A su turno los otros ejercitan

I.a fuga, y vuelan rienda suelta dando.

Dos veces los Toscanos precipitan

Contra el muro a los rútulos guerreros,

Dos, cubriendo la espalda, huyen ligeros.

CXXIX.

Lo mismo en el vaiven de la marea

El ponto, ora se avanza a la campaña,

Altos escollos espumoso albea,

Apartadas arenas crespo baña;

Ora retrocediendo rauda ondea,

Y riscos, que rodó su hirviente saña

Torna a sorber bajando, y se repliega,

Y las húmedas playas desanega.

CXXX.

Mas así que principian el tercero

Encuentro, cada cual toma adversario,

Y entra en calcada pugna el campo entero:

Entonces fue el gemir, confuso y vario,

Los que mueren; y arnes y caballero

L A E N E I D A

517

Nadar entre el estrago sanguinario

Confundidos; y a par de los varones

Semiánimes sucumben los bridones.

CXXXI.

Arrecia el batallar duro y ardiente.

Orsíloco del miedo se aconseja

De combatir con Rémulo de frente,

Y tirando al trotón, bajo la oreja

Híncale un dardo. Empínase impaciente

Con el acerbo hierro que le aqueja,

Y de uno y otro brazo el aire azota

Furioso el animal, y al dueño bota.

CXXXII.

Mata a Yólas Catilo; a Herminio mata,

Alma grande armas graves, cuerpo ingente;

Desnudos cuello y hombros, se desata

Undoso encima el oro de su frente:

Golpes su cuerpo de esquivar no trata:

¡Tanto a la ofensa espacio da patente!

Temblando en su ancha espalda el asta hundida

Doblóle, de dolor, la larga herida.

CXXXIII.

Sangre acá y acullá negra se vierte,

Nada el acero talador perdona,

Y todos entre golpes van la muerte

Buscando, que gloriosa los corona.

En medio a tanto horror, activa y fuerte

Ufánase Camila, de Amazona,

La de aliaba gentil, la que desnudo

Presenta un pecho en el combate rudo.

V I R G I L I O

518

CXXXIV.

Y ya esparza la virgen animosa

Tantos astiles con que el aire llena,

Ya el hacha de dos filos poderosa

Esgrima, siempre a su hombro el arco suena,

El arco de oro y armas de la Diosa.

Ella, aún huyendo en la tendida arena,

Vuelto el arco descárgale a deshora,

Hiriendo atras con flecha, voladora.

CXXXV.

Dan a la semidiosa compañía

Flor de Italia y su corte, la doncella

Larina, y Tula, y la que en liza impía

La ferrada segur, hiriendo, amella,

Tarpeya audaz; a quienes ella habia

Para formar su comitiva bella

Elegido por damas auxiliares,

Fuese en paz, fuese en bélicos azares.

CXXXVI.

Tal se ostenta, ya bata el Termodonte

Helado, ya el peligro en la pelea

Con armas vistosísimas afronte,

La tracia hueste de Amazonas; sea

Que a Hipólita circunden, o que monte

En su carro triunfal Pentesilea;

La tropa femenil saltando agita

Lunadas peltas, y en tumulto grita.

CXXXVII.

¿A quién, oh virgen de marcial talante,

Primero acometiste, a quién postrero?

¿Cuántos tu diestra derribó triunfante?-

Fue Euneo, hijo de Clícío, a quien, primero,

L A E N E I D A

519

Largo abeto en el pecho por delante

Ella hundió. Cae el mísero guerrero,

Muerde el polvo, y muriendo, en sangre propia

Revuélcase, vertida en larga copia.

CXXXVIII.

Luego a Líris embiste y a Pagaso

Aquél, mientras la brida asir pretender

Con su troton cayendo; estotro, al paso

Que acude, y al caido amigo tiende

La inerme diestra, en súbito fracaso

Ruedan: sobre ambos a la par desciende

Golpe rnortal. Camila con su lanza

A Amastro, hijo de Hipota, en pos alcanza.

CXXXIX.

Tendiendo todo el cuerpo, amaga, estrecha

A Harpálico enseguida y a Terco,

Y a Cromo y Demofonte. Cuanta flecha

Ella envía, obediente a su deseo

Mata un Frigio, ya a izquierda, ya a derecha.

Allá lejos en tanto a Órnito veo

En su caballo yápigo de caza

Moverse, armado en desusada traza.

CXL.

Cubre sus anchos hombros recio cuero

De novillo: encajadas las ingentes

Fauces de un lobo, nuevo aspecto y fiero,

Con las quijadas y albicantes dientes,

Dan a su rostro. Un esparón grosero

Menea. Entre los otros combatientes

Revuélvese, y a todos su cabeza

V I R G I L I O

520

Sobra, abultada de animal fiereza.

CXLI.

Cogió ella al cazador, ni afán le cuesta

En hueste desbandada. «¡Y qué, Tirreno!

¿Piensas,» dice, «que aquí cazar te es fiesta

Monstruos, cual de las selvas en el seno?

Tiempo es que de armas de mujer respuesta

Lleven tus voces. Ni de gloria ajeno

Vas a la sombra de tu padre: dila

Que a manos sucumbiste de Camila.

CXLII.

Habló así, mal contenta su venganza

Con traspasarle el pecho. Y luego humilla,

Troyanos ambos de feroz pujanza,

A Orsíloco y a Bútes. Donde brilla

La tez del cuello, que a cubrir no alcanza

Pendiente a izquierda del broquel la orilla,

Entre el yelmo y loriga del jinete,

Allí a Bute, en su fuga, el hierro mete.

CXLIII.

Busca ambicioso en circular corrida

Orsíloco, a su vez, a la guerrera:

Sigue ella al mismo de quien es seguida,

En órbita menor huyendo artera;

Y descarga sobre él, volviendo erguida,

Hacha tremenda: ruegos él reitera;

Golpes ella, y las armas parte y huesos;

Cubren la hendida faz calientes sesos.

CXLIV.

A parar cerca de ella entonces vino,

L A E N E I D A

521

Y espantado suspéndese, el guerrero

Hijo de Auno, habitante de Apenino,

Que entre Ligures ya no fue el postrero

Mientras sus fraudes protegió el destino.

Ve que huir no le es dado el trance fiero,

Y ve también que de apartar no hay traza

A la Reina cruel que le amenaza.

CXLV.

Arbitrios a idear comienza astuto,

Y dice: «Quien te aplaude, ¡oh cuánto yerra!

No tú, mujer, mas tu arrogante bruto

Autor es de tu gloria. Ven; mas cierra

El camino a la fuga: a pie disputo

Con las armas el campo: ambos a tierra

Saltemos, y veamos, frente a frente,

Si esa gárrula fama triunfa o miente!»

CXLVI.

Sintió del pundonor punzada aguda

Camila; da el caballo a una escudera,

E igualando las armas, con desnuda

Espada, y parma sin divisa, espera.

El mancebo del exito no duda

De su artificio, y huye: de ligera

Riendas ha vuelto, y con la espuela dura

Al veloz alazan volando apura.

CXLVII.

«¡Falso figur! en vano el triunfo cantas,

De las perfidias que aprendiste! en vano

Soberbio esperas que artimañas tantas

A tu padre falaz te vuelvan sano!»

Dijo la virgen; con aladas,plantas

V I R G I L I O

522

Pasa, cual rayo, al fugitivo, y mano,

Delante del caballo que volaba,

Al freno pone, y del jinete traba.

CXLVIII.

Y allí en la sangre de él venganza, toma,

Con la facilidad con que en el cielo,

Desde alto pico abalanzado, asoma,

Ave sagrada, el gavilán, y a vuelo

Alcance da a la timida paloma

Sobre las nubes: cae la sangre al suelo,

Mientras él las rapantes uñas ceba,

Y las plumas que, arranca, el viento lleva.

CXLIX.

No con ojos en tanto indiferentes,

Sentado en alto en el Olimpo, mira

Trabados en la lid los combatientes

El Padre universal; ya nueva ira

Mueve a Tarcon, que en ímpetus furentes

Arde, a caballo entre el estrago gira,

Y viéndolas cejar, habla a sus bandas

En voces ora fieras y ora blandas.

CL.

Por suj nombres ya a aquél, ya a éste apellida,

Y el desigual combate restablece.

«¡Tirrenos sin pudor! ¿qué os intimida?

¿Nunca será que a demostrarse empiece

Nuestro viejo furor? Que de vencida

Os lleve una mujer ¿no os enrojece?

Sí para huir vinistéis, compafieros,

¿A qué empuñar inútiles aceros?

L A E N E I D A

523

CLI.

»No así de Venus combatir os cuesta

En la nocturna lid. ¡Cuán de otro modo,

Saltáis de Baco en la ruidosa fiesta

Al son de corva flauta! ¡Id -si ese es todo

Vuestro placer, si vuestra gloria es ésta

Rondad las mesas del festin beodo,

Mientras bien el augur os pronostica,

Y os llama al alto bosque la hostia rica! »

CLII.

Dijo así, y a morir con gloria atento,

Pica el caballo, en el tropel se lanza,

Y a Venulo arremete turbulento:

Con poderosa diestra le afianza,

Y, arrancando al jinete de su asiento,

Abrázale ante sí con gran pujanza.

Vuela. Gritos de asombro el aire híenden,

Y allá, todos allá la vista tienden.

CLIII.

Vuela, armado llevándose un guerrero,

Flamígero Tarcon por la llanura;

Y tróncale la lanza, y va ligero

Resquicios requiriendo a la armadura

Por do llegue de muerte al prisionero.

Mas éste rebelándose procura

Apartar de su cuello la amenaza,

Fuerza opone y la fuerza hostil rechaza.

CLIV.

Como al dragón que se arrastraba en tierra

Fiera arrebata un águila rojiza,

Y vuela en alto, y con los pies le aferra,

V I R G I L I O

524

Y las sangrientas garras encarniza;

Llagado el monstruo se retuerce, y cierra

Las nudíferas roscas, y se eriza

Con rígidas escamas, y su boca

Silba, y erguido a su opresor provoca;

CLV.

El ave en tanto de afligir no cesa

Con corvo pico a la hidra reluchante,

Y el aire con las alas bate ilesa:

Arrancando con ímpetu triunfante

Del tiburtino campo, así su presa

El tirreno Tarcon lleva delante.

Movidos de su ejemplo y suerte buena

Tornan los Lidios a la ardiente arena.

CLVI.

Arrunte, a quien por suyo el hado sella,

Ganándola de mano, hábil espía

Con dardo a punto a la veloz doncella,

Y busca al golpe fiero fácil vía.

Si furiosa enemigos atropella

En medio de la bélica porfía,

Él vuelve allá solícitas miradas

Y le sigue callando las pisadas;

CLVII.

Y si es que ella a su campo victoriosa,

Torna el paso, tras recias embestidas,

El entonces allá con insidiosa

Mano convierte las ligeras bridas.

En su mañera ronda no reposa,

Las entradas tentando y las salidas

En largo giro, y con secreto gozo

Blande el asta certera el cauto mozo.

L A E N E I D A

525

CLVIII.

En tal sazón en medio a los tropeles

Con frigias armas luce rico y fiero

Cloreo, consagrado ya a Cibeles,

En bridon espumoso caballero:

En oro entretejidas cubren pieles,

Emplumadas de láminas de acero,

Su caballo; y él mismo se engalana

Con los esmaltes de extranjera grana.

CLIX.

Cretenses flechas lanza cuando tiende

El arco licio: al hombro el arco de oro

Tiémblale al vate, y de oro el casco esplende;

Su clámide amarilla, y el sonoro

Undívago ropaje anuda y prende

En áurea joya; bárbaro tesoro

Muslo y pierna guarnece, y de la aguja

La arte sutil su túnica dibuja.

CLX.

Tras éste corre, pues, la virgen, ora

Colgar quiera sus armas por trofeo

Al templo, o ya vestir, de cazadora,

Cautivo el oro del vistoso arreo.

Mujeril impaciencia la devora,

Y en manos, infeliz! de su deseo,

En la confusa lid con alma y ojos

Tras esa presa va y esos despojos.

CLXI.

Arrunte, la ocasión llegada al dolo,

V I R G I L I O

526

El dardo aparejado, oró ferviente:

«¡Oh tú, a quien los Hirpinos como a solo

Dios del Soracte protector, la frente

Humildes inclinamos, almo Apolo!

Tú en cuyo honor cien pinos luz viviente

En piras dan; y a cuya sombra santa

Ascuas hollamos con syura planta!

CLXII.

»¡Númen de alto poder! préstame oído:

Matar a esa, mujer, que es nuestra afrenta,

Concede a nuestras armas. Nada pido

Del triunfo para mi: ni tengo cuenta

Con los despojos¡ ni del prez me cuido;

Mi nombre de otros hechos se alimenta.

¡Ella caiga, ella muera, más no anhelo;

Y vuelva, yo, inglorioso al patrio suelob

CLXIII.

Parte oyó, y a la alada ventolina

Parte de la plegaria Febo entrega:

Que con muerte el mancebo repentina

Postre a la virgen arrojada y ciega,

A eso la oreja y voluntad inclina:

Que d su alta patria torne, eso le niega

Al suplicante, y este dulce voto

La borrasca le alzó, robóle el Noto.

CLXIV.

Silba el dardo en el viento. En ese instanto

Todos los Volscos con espanto mudo

Fijan de su señora en el semblante

Ojos y mente. Ella saber no pudo

De viento, silbo, ni asta amenazante,

L A E N E I D A

527

¡Ay! hasta que llegó bajo el desnudo

Izquierdo pecho a hincarse el hierro aleve,

Y la virgínea sangre entrando bebe.

CLXV.

A recibir acuden a porfía

A la Reina temblando sus doncellas.

Con mezcla de terror y de alegría

Se hurta, ante todos, a la vista de ellas

Arrunte desalado: ya no ansía

Astuto perseguir ajenas huellas;

Sin que de más que de escapar se acuerdo,

En medio del tum ulto huye y se pierde

CXLVI.

Así aquel lobo que en el campo deja

A un gran novillo, o al pastor, sin vida,

Cobarde al punto del lugar se aleja,

El alcance temiendo, en presta huída;

La conciencia del hecho audaz le aqueja;

Medrosa bajo el vientre recogida

Vuelve la cola, y sin mirar por dónde

Enmaranada selva entra y se esconde.

CLXVII.

Entre tanto la virgen moribunda

Arranca con la diestra el dardo hundido;

¡En vano! entre los huesos con profunda

Llaga se ceba el hierro encrudecido.

Sombra de muerte su mirada inunda,

Fáltale ya la sangre y el sentido,

Y la color que tuvo purpurina

Desaparece de su faz divina.

V I R G I L I O

528

CLXVIII.

Ser llegada sintió su hora postrera,

Y d Acca se vuelve, de su corte dama,

En leales afectos la primera,

En cuya fe su corazón derrama.

«¡Acca!» dice, «imi dulce compañera!

Ya se acabó de mí vivir la llama,

A esta llaga no esperes que resista;

¡Toda es en torno oscuridad mi vista!

CLXIX.

»Ve, y dí a Turno mi anhelo postrimero:

Que ocupe mi lugar, y a los Troyanos

De la ciudad repela.-¡Adiós! ¡yo muero!»

Calla, y huyen las riendas de sus manos;

Fría ya, desmayado el cuerpo entero,

Sucumbe renunciando a esfuerzos vanos,

Y el blando cuello y la sagrada frente

Reposa alfin la virgen falleciente.

CLXX.

Al reino de las sombras con gemido

Huyó el, alma indignada. En tal momento

Se alza del campo unísono alarido

Las estrellas a herir del firmamento.

Al caer la heroína, más reñido

Empéñase el combate. Ciento a ciento

Embisten a una vez con altas voces

Teucros, Tirrenos, Arcades veloces.

CLXXI.

De la Diosa trinistra. vigilarilo,

Impávida testigo de la liza

Sentada en alto monte allá distante

L A E N E I D A

529

ópis mirando está la horrenda riza.

Mas viendo en el tropel vociferante

La sentenciada Ninfa que agoniza,

Su conmovido pecho no consiente

Moderación, y clarna en voz doliente:

CLXXII.

«¡Pobrecita de ti! porque contraste

Hacer quisiste a la nación troyana,

¡Oh, en qué modo cruel tu error pagaste!

¡Cuán cara te costó la guerra insana!

¡En vano desde niña fiel honraste

En solitarias grutas a Díana!

¡En vano por las selvas dando asombro

Nuestro arco y flechas suspendiste al hombro!

CLXXII.

»Consuélate; no a muerte desastrosa

A ti tu Reina abandonar pudiera;

De gente en gente sonarás famosa,

Y la mancha de inulta no te espera:

Gloria y venganza te dará la Diosa,

Gloria y pronta venganza; ¡oh, sí! quienquiera

Que haya sido el autor de tu desgracia,

Yo vengo al campo a castigarsu audacia!»

CLXXIV.

La tumba de Derceno, de Laurento

Antiguo rey del monte al pie se empina

En que Ópis vigilaba, monumento

De amontonada tierra, que una encina

Con sombra amiga cubre. En un momento

Su vuelo gentilísimo declina

Agil la Diosa allá, y en lo alto puesta

V I R G I L I O

530

A Arrunte busca con mirada presta.

CLXXV.

Con su marcial espléndido atavío

Marchar le ha visto, en vanagloria hinchado;

Y «¿A dónde, a dónde vas con tal desvío?

Revuelve,» dice; « ¡aquí te llama el hado!

Matador de Camila, yo te fío

Que llevarás el galardón ganado;

A ti, también a ti se ha dado en suerte

De armas divinas recibir la muerte!»

CLXXVI

Y habiendo del carcaj, que de oro es hecho,

Sacado una saeta alada, apunta

No sin ira la Ninfa, a largo trecho

Tendiendo el arco, hasta que comba y junta

Entre sí los extremos ante el pecho,

Y, ambas manos en línea igual, la punta

Tocando está del hierro con la izquierda,

Y el seno con la diestra y con la cuerda.

CLXXVII.

El disparado arpon que rasga viento

Sintió Arrunte, y a par del establo,

En sus carnes el hierro entrar violento.

No alcanzó de los suyos sino olvido,

Que en medio de revuelto campamento

Lanzar le dejan el postrer gemido

Sobre el polvo ignorado. Alzando el vuelo

Ópis veloz restituyóse al cielo.

CLXXVIII.

De Camila la banda a triste huida

L A E N E I D A

531

Se entrega: ya los Rútulos turbados,

Ya Atina, el valeroso, ha vuelto brida.

Sin jefes, sin enseñas los soldados

Al muro corren a buscar guarida,

A escape por los Teucros acosados,

De muerte perseguidos. No hay quien mueva

Armas en contra ni a esperar se atreva.

CLXXIX.

Aliento, sólo para echar, les queda,

Al hombro el arco laxo: el suelo duro

Baten los cascos voladores: rueda

Del campo a la ciudad turbión oscuro.

Las matronas la infausta polvareda

Ven, rompiéndose el pecho, desde el muro,

Agudo sube el femenil lamento

Las estrellas a herir del firmamento.

CLXXX.

Aquellos mismos que patente entrada

Hallan, yendo adelante, no por eso

Evitan de la turba encarnizada

Que envuelta en el tropel los sigue, el peso.

Tal hubo a quien alcance dio la espada

Ya en el umbral, a donde llegaba ileso,

Y en la patria ciudad, recién llagado,

Va a morir de su hogar en el sagrado.

CXXXI.

Mas de la plaza al ver los guardadores

Que amigos y enemigos junto llegan,

Puertas danse a cerrar, y a los clamores

No osan ceder de los que ansiosos ruegan.

Nacieron del terror ciegos furores:

V I R G I L I O

532

Estos, armas en mano, el paso niegan;

Con las suyas abrirlo aquéllos quieren,

Y en choque horrendo asaz matan y mueren.

CLXXXII.

Los exclusos, que en vano buscan senda

(Espectáculo fiero a los llorosos

Padres), o urgidos de presión tremenda

Caen despeñados en los hondos fosos,

0 contra la muralla a toda rienda

Arrójanse a estrellarse impetuosos,

Y los ferrados postes acomete

La ciega masa con furor de ariete.

CLXXXIII.

Desde el muro matronas y doncellas

Negras púas y recios leños tiran,

Si aceros faltan, y a seguir las huellas

De la Amazona intrépidas aspiran.

Puro amor de la Patria tanto en ellas

Hace, que sólo a defenderla miran

Tendiendo el cuerpo, y cada cual espero

Morir en el empeño la primera.

CLXXXIV.

En este medio allá en los escondidos

Senos del bosque a Turno desconcierta

Nueva cruel que lleva a sus oídos

Acca en gran turbación: -Camila, muerta:

Los Volscos, destrozados, destruidos:

Del enemigo la victoria, cierta;

Suyo el abandonado campamento:

El terror a las puertas de Laurento.

L A E N E I D A

533

CLXXXV.

El mancebo al instante ardiendo en ira

(No sin que a ello en su daño le persuada

La voluntad de Jove) se retira

Del agrio bosque y pérfida celada.

A tiempo que él de nuevo a sus pies mira

Dilatarse los llanos, la evacuada

Montaña Enéas penetró, la altura

Supera, y sale de la selva oscura.

CLXXXVI.

Raudo uno y otro a la ciudad camina;

No muchos pasos entre sí distantes

Y en orden van. La hueste laurentina

Y de polvo los campos humeantes

Delante Enéas ve: que él se avecina

Turno advierte a su vez; de los infantes

Ha sentido el concorde movimiento

Y de los potros el fogoso aliento.

CLXXXVII.

Y al combate principio allí se diera,

Si, a par que el hemisferio desampara,

No ya el rosado Febo en la onda ibera

Sus cansados cabellos recreara.

Abriendo de la noche la carrera

Fallece el día, y sin su lumbre clara

Deja a entrambos ejércitos, los cuales

Cercando el muro asientan sus reales.

V I R G I L I O

534

LIBRO DUODÉCIMO.

I.

Turno, como a las haces de Laurento

Bajo impropicio Marte debeladas

Perder contemple el primitivo aliento,

Y que en torno solícitas miradas

De su palabra audaz al cumplimiento

Le empeñan, mudamente en él clavadas.

Implacable de suyo se enardece

Y con sus iras su arrogancia crece.

II.

Corno león que en la africana arena,

Si le han herido cazadores, arde

En rabia, que su roto pecho llena

Por grados; y ya, en fin, con fiero alarde

Armas mueve; sacude la melena

Sobre el fornido cuello, y el cobarde

Dardo rompiendo que llevó prendido,

Da con labio sangriento un gran rugido:

III.

No de otra suerte el fuego de venganza

En el alma de Turno se acrecienta.

Va luego a hablar al Rey, sin que templanza

L A E N E I D A

535

Sufra en el tono su pasión violenta:

«¡Señor!» dícele, «en Turno no hay tardanza,

Ni hay por qué de lo dicho se arrepienta

El vil Dardanio o lo pactado altere;

Soy con él en batalla, si esto quiere.

IV.

»Tú en la forma ritual el desafío

Propón con esta ley, augusto anciano:

O ha de lanzar al Tártaro sombrío

A ese prófugo de Asia aquesta mano,

Y sentado contemple el campo mío,

Que por la honra común mi ardor no es vano;

O él a todos en mí vencidos vea,

Suya Lavinia con el triunfo sea.»

V.

Latino respondió palabras tales

Con grave y reposado continente:

< Lo mismo que entre todos sobresales,

Mancebo audaz de corazón valiente,

Por tus feroces ímpetus marciales,

Más que todos me cumple ser prudente>

Y es bien que todo yo lo pese y mida,

Consejos oiga y en sazón decida.

VI.

»Villas ganadas por tu esfuerzo tienes,

Y tienes de tu padre el real palacio;

Latino, como Dauno, abunda en bienes

Y en liberal afecto. Hay en el Lacio

Otras beldades de virgíneas sienes,

Nobles también. Perdona si me espacio

En ideas amargas: lo que siento

V I R G I L I O

536

Te diré sin disfraz; estáme atento:

VII.

»A antiguos pretendientes la hija mía

No he debido otorgar; a tal partido

Hombres y Dioses oponerse vía.

Vencido de mi amor a ti, vencido

Fui del deudo, y del llanto y frenesía

De la regia consorte: al recibido

Yerno quito su bien, todos los lazos

Rompo, y de impía guerra echóme en brazos.

VIII.

»De entonces cuántas bélicas faenas

Me envuelven, sabes, Turno; ¿y qué no hallas,

Tú mismo, tú el que más, de ímprobas penas?

Perdimos en el campo dos batallas;

Las esperanzas de la Patria apenas

Guarecemos ahora entre murallas:

Aun cálido con sangre el Tibre ondea

Aun de osamentas la llanura albea.

IX.

»¡Ay! ¿a qué instable acuerdos tomo y mudo?

¿Qué demencia me impele y me desvía?

¿Por qué la guerra a suspender no acudo

De una vez, vivo tú, si, muerto, habría

De atar con ellos amistoso nudo?

¡Ser no puede mi suerte tan impía

Que, porque mi hija y sociedad me pides,

A exponerte me fuerce a horrendas lides!

X.

»Los consanguíneos Rútulos ¿qué hubieran

L A E N E I D A

537

De decir? ¿qué la Italia toda?... Mira

Los altibajos que al que lidia, esperan!...

¿Piedad tu viejo padre no te inspira

Si pesares su término aceleran?

¡En Ardea, ausente tú, por ti suspira!

Habló. Turno a razones no se inclina;

Es estimulo al mal la medicina.

XI.

Insiste en sus propósitos; y luego

Que pudo desatar la voz, turbado

De aquel furor inexorable y ciego,

«¡Monarca venerable! ese cuidado

Que tomas», dice, «por mi bien, te ruego

Te dignes por mi bien echarle a un lado.

¡Permite que aún a costa de mi vida,

Conquiste yo la gloria apetecida!

XII.

»Sí, que no es tan inválido mi acero,

Ni golpes da mi diestra tan en vago:

¡También hienden mis armas cuando hiero,

Y allí brota la sangre donde llago!

No acudirá esta vez tan de ligero

Diva madre a librarle del amago;

Seránle contra mí defensa flaca

Femíneos velos entre nube opaca!»

XIII.

La Reina, en tanto, a quien temblar hacía

Aquel nuevo combate, a Turno ardiente,

Su electo yerno, detener porfía;

Y ya entre sí mortal despecho siente:

<¡Óyeme!> dice, «¡tú, esperanza mía,

V I R G I L I O

538

Consuelo solo a mi vejez doliente!

Columna del Estado gloriosa;

Mi casa entera en tu favor reposa.

XIV.

»¡Oh Turno! por mi bien y mi decoro,

Si algún respeto y atención me debes,

Te ruego, y por las lágrimas que lloro,

Que con los Teucros tu valor no pruebes;

¡Es la única merced de ti que imploro!

Mío será cualquiera fin que lleves;

Pues yerno a Enéas no veré cautiva:

¡No pienses ¡ah! que yo te sobreviva! »

XV.

Oye a su madre, Y lágrimas derrama

Lavinia, y harto dice su mejilla;

Vivo rubor la baña de la llama

Que en los huesos empieza a consumilla:

Marfil semeja el rostro de la dama

Que en múrice sangriento tinto brilla,

Ó albo lirio a quien da profusa rosa,

Con él mezclada, su color fogosa.

XVI.

Turbado, en la beldad que le enamora

Ha fijado los ojos el guerrero,

Y arde más por lidiar. «¿Y a qué, señora»

Conciso dice a Amata, «el triste agüero

Me ofreces de tus lágrimas, ahora

Que de Marte me arrojo al lance fiero?

¡Cesa, te ruego! A Turno, madre pía,

Parar no es dado de su muerte el día.

L A E N E I D A

539

XVII.

»Y tú al frigio tirano, Idmon, ve y lleva,

Mal que le suene, este mensaje: «Luego

Que haya asomado al mundo Aurora nueva

Sobre sus ruedas de matiz de fuego,

Contra el mío su ejército él no mueva,

Guarden Teucros y Rútulos sosiego:

Sea con nuestra sangre disputada

Lavinia, en ese campo, espada a espada! »

XVIII.

Dice, y va a su mansión. ¡Con qué alegría,

Pidiendo sus caballos, ve que atentos

Bufan ante é1 con noble bizarría!

Blancos cual nieve, rápidos cual vientos

A Pilumno ofrendólos Oritía.

Aurigas les cortejan: los contentos

Pechos la palma en hueco son golpea,

Y el crin les peina que revuelto ondea.

XIX.

Ensáyase a los hombros la coraza,

Toda de oro erizada y de blanquizo

Oricalco; el escudo fino embraza;

Prende la espada y el creston rojizo:

Espada aquella de divina traza

Que el Dios del fuego por sus manos hizo,

Candente la templó en la estigia ola,

Y al padre Dauno él mismo reservóla.

XX.

En medio al edificio puesto había

La recta lanza contra gran coluna:

Arrebátala airado -arma que un día

V I R G I L I O

540

Ganó al aurunco Actor su alta fortuna-.

Y en furibunda voz: «,Ven, lanza mía,

Nunca sorda a mis votos! Oportuna

Ocasión es llegada: Actor el grande

Ya te supo blandir; Turno hoy te blande!

XXI.

»¡Ven!.(dice, y fulminante la menea)

«¡OhI dáme que a ese Frigio afeminado

Bajo tus botes confundido vea;

Que la tersa loriga, mal su grado,

Rota, arrancada, destrozada sea,

Y el cabello gentil todo empolvado

Que unge en mirra y con hierro ardiente riza!»

Turno así delirando se encarniza.

XXII.

Y ya al rostro el incendio que le agita

Brota, y siniestro en su mirar chispea.

Así también sus armas ejercita

El toro que se ensaya a la pelea;

Terríficos mugidos da, se irrita

Contra el tronco de un árbol, y en idea,

Hiriendo al aire, a su contrario llama,

Y el escarbado polvo desparrama.

XXIII.

No menos fiero Enéas por su lado

Anímase a la lid, la lid anhela,

De las maternas armas rodeado.

Admite el reto, apláudele. Revela

A sus amigos el querer del hado,

Y al afligido Ascanio así consuela.

Nobles envía que a Latino lleven

L A E N E I D A

541

Leal respuesta y el concierto aprueben.

XXIV.

Apenas con el rayo rubicundo

Las crestas de los montes se teñían

(A la hora en que, del piélago profundo

Los caballos del Sol saliendo, envían

Por las altas narices luz al mundo),

Y Rútulos y Teucros ya acudían

Campo a medir, ante la gran muralla,

Donde se dé la singular batalla.

XXV.

Unos, de grama, en medio del arena,

A los Dioses comunes ponen aras;

Otro, el limo vestido, y de verbena

Orlado, fuego trae y linfas claras.

El ejército ausonio a puerta plena

Sale, con picas uniforme; y raras

Y varias armas a su vez mostrando,

Viene el troyano y el tirreno bando.

XXVI.

¿Quién lid recia y de muertos altas pilas

No augurara de aquel marcial arreo?

Pasar volando en medio de las filas

A los insignes capitanes veo

Radiantes de oro y grana: el fuerte Asílas,

Nieto ilustre de Asáraco Mnesteo,

Y Mesapo, aquel hijo de Neptuno,

Domador de caballos cual ninguno.

XXVII.

Cada cual a su sitio vuelve, y mudos,

V I R G I L I O

542

A una seña obedientes, en el suelo

Hincan lanzas y arriman los escudos.

Las madres ya, con zozobrante anhelo,

Y los ancianos, de vigor desnudos,

Y plebe inerme, a presenciar el duelo

Agólpanse a los techos y a las yertas

Torres, ú ocupan las altivas puertas.

XXVIII.

Juno en tanto, de vivo afán llevada,

Se ha posado en la cima del Albano

Monte sin nombre a la sazón, pues nada

Al sitio daba gloria; -y sobre el llano

Solícita dirige la mirada,

Registra el horizonte, y el troyano

Ejército a la vez y el laurentino

Contempla, y la ciudad del rey Latino.

XXIX.

Tornóse a hablar la Diosa de repente

A la hermana de Turno: semidea

Que, puesta de aguas dulces a la frente,

Tal vez en limpio estanque se recrea,

Tal en sonora despeñada fuente:

El alto Rey que el éter señorea

Su virginal honor robado había,

Y premióla con esta primacía.

XXX.

«¡Ninfa, honor de las ondas cristalinas,

Carísima ante todas a mi pecho!»

(Juno la dice) «a ti entre las Latinas

Que Júpiter infiel subió a, mi lecho

Sola amé y elegí, y en las divinas

L A E N E I D A

543

Mansiones a ocupar te di derecho

Glorioso asiento. Oye tu mal ahora,

Yuturna, en el afán que me devora.

XXXI.

»¡Oh! ¡no me inculpes! Por do ví camino

De la Suerte y las Parcas mal cerrado

A la esperanza del poder latino,

Por allí a Turno y tu ciudad de grado

Siempre auxilié. Con inferior destino

Hoy al caro adalid miro abocado

A horrendo lance, y acercarse siento

¡Ay! de las Parcas el fatal momento!

XXXII.

»No sufren, no, mis ojos esa lucha

Ni esa paz. Tú el favor que darse pueda

(Caso es urgente, y pide audacia mucha)

Corre a dársele a Turno: acaso ceda

La adversa suerte.» Atónita la escucha

Yuturna, y llanto por su rostro rueda;

Tres, cuatro veces en herir se agrada

El seno hermoso con la diestra airada.

XXXIII.

«No es tiempo» (insiste la saturnia Diosa)

«De llorar. A tu hermano Y¿ y liberta,

Si hay medio, de la muerte que le acosa;-

O provoca un conflicto, y desconcierta

El pacto celebrado: ¡elige y osa!

Te doy mi autoridad.» Fuese, ¿ incierta

Ha dejado a la Ninfa y confundida,

Con aquella en el alma triste herida.

XXXIVI

V I R G I L I O

544

Salen los Reyes ya. Con mole ingente

Viene Latino de su campo; tiran

Cuatro brutos su carro, y de su frente

Doce áureos rayos en redor se miran,

Del Sol su abuelo emblema refulgente.

Turno va en ruedas que arrastradas giran

De dos caballos blancos, y su diestra

Dos dardos de ancha hoja en alto muestra.

XXXV.

De acá, origen de Roma, el Rey troyano

Marcha, y con armas célicas fulgura

Y con sideréo escudo. Al par galano

Avanza Ascanio, en quien feliz se augura

Otra esperanza del poder romano.

El sacerdote en alba vestidura

Un lechón y una intonsa corderilla

Conduce al ara donde el fuego brilla.

XXXVI.

Vuelven los ojos hacia el sol naciente,

La mola esparcen, con el hierro siegan

En la testa a la víctima presente

Breves mechones que a la llama entregan,

Y las tazas alzando juntamente

Con el sacro licor las aras riegan.

Empuña Enéas el desnudo acero,

Y así sus preces pronunció el primero:

XXXVII.

<¡Sol! ¡de mi juramento sé testigo!

¡Y tú, a donde el hado al fin me da que aporto

Después de afanes tantos, suelo amigo!

L A E N E I D A

545

¡Y oh Rey omnipotente y real consorte,

Alma hija de Saturno, ya conmigo

Menos severa, oídme! !Y tú, Mavorte,

Que sobre el haz de la anchurosa tierra

Haces rodar el carro de la guerra!

XXXVIII.

»¡También las sacras fuentes y los ríos,

Y cuanto númen sobre el aire impere

Y en la cerúlea mar, me escuchen píos!

Marcharán, si de Turno el triunfo fuere,

De Evandro a la ciudad Yulo y los míos;

El vencedor del campo, se apodere,

Ni terna que a este reino los Troyanos

Vuelvan infieles con armadas manos.

XXXIX.

»Mas si a mí el triunfo Marte da -lo espero,

Y ¡oh! confirmen los Dioses mi esperanza

No haré que humille, mísero pechero,

El ítalo, al Troyano su pujanza,

Ni optaré el cetro soberano. Quiero

Que, invictos ambos pueblos, de alianza

Nudos estrechen que perpetuos duren,

E iguales leyes como hermanos juren.

XL.

»Yo los ritos daré, daré el divino

Culto; su alto poder conserve entero

Y el derecho de guerra el rey Latino;

Muro a mí los Troyanos duradero,

Que por Lavinia se dirá Lavino,

Alzarán.» Así Enéas el primero

Habló; luego Latino, la mirada

V I R G I L I O

546

Vuelta al cielo, y la diestra levantada:

XLI.

«También, ¡oh Enéas! por el Éter puro.

Y por la Tierra y líquido Océano,

Y por los hijos de Latona juro;

A ambos invoco, y al bifronte Jano:

Por las Deidades del Averno oscuro

Y el santuario de Plutón tirano;

Y oiga mi voz el Padre omnipotente

Que pactos sella con su rayo ardiente!

XLII.

»Toco el ara, y el almo fuego alzado

En medio de los dos, testigo sea:

¡Oh! cualquiera que fuere nuestro estados

No llegue día en que romper se vea

Esta paz en Italia, este tratado!

Que anegue el orbe fuerza gigantea

Y al Tártaro derribe el firmamento

¡No hará volver atrás mi juramento!

XLIII.

» Como este cetro la palabra mía:

Falto del jugo vegetal materno,

Segado en brazos y melena umbría,

Ya verdor no dará frondoso y tierno:

Hierro al bosque arrancóle árbol un día;

El arte en bronce le embutió, y eterno

Emblema de los reyes de mi casa,

De mano en mano incorruptible pasa»

XLIV.

Tal dice, y muestra al par en las reales

Manos el cetro venerado. Sellan

L A E N E I D A

547

Ambos sus votos con razones tales

En medio de los próceres. Degüellan

Ante el fuego después los animales

Sagrados, palpitantes los desuellan,

Y encima de las aras las calientes

Entrañas ponen en colmadas fuentes.

XLV.

Tiempo ha ya que las rútulas legiones

Del iniciado pacto auguran males;

Un secreto pavor sus corazones

Ocupa, y más cuando a los dos rivales

Próximos ven, y de ambos campeones

Consideran las fuerzas desiguales.

El modo infausto como Turno avanza

Crece la popular desconfianza.

XLVI.

Mudo y a lento paso comparece

A doblar ante el ara la rodilla;

Su juvenil figura palidece,

Baja la vista, mustia la mejilla.

Ve la Ninfa. al hermano, y ve cuál crece

En sordas voces la naciente hablilla,

Turbados pechos vacilar advierte;

Y entre ellos, disfrazada de Camerte-

XLVII.

Era éste un lidiador que gala hacía

De su antigua nobleza, y cuya espada

De su padre a la clara nombradía

En el ardor de bélica jornada

Correspondió con noble bizarría

V I R G I L I O

548

Entre ellos, de Camerte disfrazada,

Yuturna, pues, astuta el pie desliza,

Y rumores sembrando el fuego atiza:

XLVIII.

«¿Que al invasor se oponga, no es vergüenza,

Rútulos, sola un alma? ¿o de él, insanos,

Tembláis que en fuerza o multitud nos venza?

Ved: Arcades, y Teucros y Toscanos,

Hueste a Turno fatal: allí comienza,

Y allí acaba; están todos: si a las manos

Con dos nuestros solo uno de ellos viene,

No temo que su número se llene.

XLIX.

»Subirá de los Númenes al lado

Él, que ahora a sus aras reverente

Se ofrenda; en alas de la fama alzado

Cobrará vida en boca de la gente;

Mientras nosotros, pueblo vil, sentado

A mirarle con ojo indiferente,

Quedaremos sin patria: el tiempo acerba

Y justa servidumbre nos reclama!»

L.

Así exalta las almas. Por instantes

Se agrandan, vueltas dando, los rumores.

No son los Laurentinos cual en antes;

Aun los mismos Latinos, que de horrores

El término esperaban anhelantes,

Abren súbito el pecho a los furores,

De Turno el caso indigno les conduele,

Y arden ya porque el pacto se cancele.

L A E N E I D A

549

LI.

Atenta a la ocasión que la convida, -

Vuturna entonces da en el alto cielo

Gran señal que los ánimos decida

Y engañe de los ítalos el celo.

Esforzaba en la atmósfera encendida

Tras ribereños pájaros el vuelo

La roja ave de Júpiter, y puso

En triste fuga al escuadrón confuso.

LII.

A las olas de súbito se cala,

De un cisne hermoso aferra, y por el viento

Con ímpetu feroz remonta el ala.

Los ítalos la observan; y ¡oh portento!

Clamor acorde el bando aéreo exhala,

Y en densa nube ¿ inverso movimiento

Persigue a la cruel de quien huía;

Bajo sus plumas se oscurece el día.

LIII.

Tanto la han acosado, y tal le pesa

Su nueva mole al águila, que al río

Floja la garra al fin suelta la presa,

Y piérdese en el ámbito vacío.

En júbilo Trocando la sorpresa

Los ítalos, y en alto vocerío

Rompiendo, la simbólica apariencia

Saludan, y a las manos dan licencia.

LIV.

Tolumnio el adivino habló el primero:

«¡Oh! lo que tanto ansié cúmplese ahora

Me dan los Dioses favorable agüero.

V I R G I L I O

550

A mi ejemplo, a mi voz, sin más demora

Requerid, desgraciados, el acero

Contra ese advenedizo que os azara.

Que con tímidas aves os iguala

Y vuestras costas ominoso tala!

LV.

»A salvar nuestro Rey de uñas feroces

Venid, las filas estrechad: yo os fío

Que fugitivo el robador, veloces

Las alas soltará de su navío

A perderse en los mares.» Tales voces

Lanza el augur, y con resuelto brío

Corre adelante, y una lanza tira

A los contrarios que a su alcance mira

LVI.

Inevitable el asta huye y rechina;

Suena inmenso clamor; tumultuosa

Agitación los órdenes domina

De bancos, y en los ánimos rebosa.

Nueve hijos, de belleza peregrina,

Que al árcade Gilipo etrusca esposa

Dio, fiel cuanto fecunda, hizo el Destino

Que estuviesen enfrente al adivino.

LVII.

A uno de ellos, gallardo a maravilla,

Y vestido de fúlgida armadura,

Por medio al vientre, donde usado brilla

Tahalí cuyos cabos asegura

En la parte central dentada hebilla,

Por allí a traspasarle se apresura

El crudo hierro, y sus costillas hienden,

L A E N E I D A

551

Y en el rojo arenal yerto le tiende.

LVIII.

Enciéndese mortal resentimiento

En los hermanos: arma arrojadiza

Uno toma, otro espada empuña; a tiento

La animosa legión corre a la liza.

Vuela en contra la hueste de Laurento

Va en pro, con armas que el blasón matiza,

El Arcade, y con él, ardiendo en saña,

Teucro y Etrusco inundan la campaña.

LIX.

Así a todos aguija un mismo anhelo,

El de reñir: a despojar se atreven

Las aras: se oscurece todo el cielo

Con los dardos innúmeros que llueven.

En tanto los ministros, en su duelo,

Vasos, sacros hogares 1ejos mueven;

Huye, en viendo deshechos los tratados,

Latino con sus Dioses ultrajados.

LX.

Aquél engancha un tiro, mientras éste

Monta de un salto en su bridón guerrero,

No sin que el hierro centellante apreste.

Romper ansiando el pacto, a caballero

Mesapo va contra el tirreno Auleste,

Rey él mismo y, de insignias regias fiero,

Quien en las aras, al ciar, tropieza,

Y hunde entre ellas, rodando, hombro y cabeza.

LXI.

Encima el agresor se precipita,

V I R G I L I O

552

Y enhiesto, en su corcel, lanzón horrendo

Sobre el postrado príncipe ejercita;

Rogaba en vano el infeliz gimiendo,

«¡Cayó, y ante el altar!» Mesapo grita;

«Gran víctima a los Númenes ofrendo!»

Caliente aún, los ítalos en torno

Quitan al cuerpo noble el rico adorno.

LXII.

Corinco un tizon tomó del ara,

Y como Ebuso herirle amenazase,

Fulminóle las llamas en la cara:

Arde y luce la luenga barba, y dase

Ingrata a oler. Mas él aquí no para,

Y al que ofuscó, por los cabellos ase,

Y, poniéndole encima la rodilla,

Su flanco hiere con atroz cuchilla.

LXIII.

A Also, el pastor, por entre armada gente

En las primeras filas daba caza

Podalirio; mas vuélvese el huyente

Súbito, y al que al hombro le amenaza,

Con su hacha frente y barba de un fendiente

Parte, y riégale en sangre la coraza.

A eterna noche al mísero destierra

El 1rreo sueño que sus ojos cierra.

LXIV.

Enéas, la cabeza descubierta,

Tendiendo inerme está la diestra pía,

Y «¿A dónde, a dónde vais? ¿qué¿ os desconcierta?»

Exclama en voces que a su gente envía.

«¡Oh, enfrenad esas iras! Firme y cierta

L A E N E I D A

553

Está mi voluntad: la lid es mía,

Nada romper podrá las condiciones:

No, no al temor rindáis los corazones!

LXV.

»Dejadme, y esta mano valedero

Hará el sellado pacto. Sacros ritos

A Turno deben a mi solo acero.»

En medio a estas razones y altos gritos,

He aquí silbando en ímpetu ligero,

En la nube de hierros infinitos

Que al impasible paladín respeta,

A herirle vino alígera saeta.

LXVI.

¿Qué fuerza la condujo? ¿de cuál mano

Partió? ¿Qué acaso, o númen escondido

Di6 tal gloria a los Rútulos? Arcano.

Hondo fue. No se holgó de haber herido

Mortal ninguno al capitán troyano.

Mas cuando a Enéas alejarse vido

Y advirtió de sus nobles la mudanza,

Turno abre el pecho a férvida esperanza,

LXVII.

Y los trotones pide y las tremendas

Armas; de un salto sobre el carro, altivo

Monta, impaciente por regir las riendas.

Vuela: ya a éste, ya a esotro, semivivo

Vuelca, a la Muerte acumulando ofrendas;

O arroja sobre el bando fugitivo

Lanzones que arrebata, o atropella

Filas, y en curso abrumador las huella.

V I R G I L I O

554

LXVIII.

Cual cerca al Hebro helado, con sangriento

Ardor bate su escudo en son de guerra

Marte, sus potros de encendido aliento

Lanzando al llano desde la alta sierra;

Delante corren del alado viento,

Gime bajo sus pies la tracia tierra,

Cien formas de Terror, de Insidía y Saña

Cortejo son que en torno le acompaña:

LXIX.

Así el Rútulo impele sus caballos

Todos cubiertos de sudor que humea;

Y a hombres sin fin, después de derriballos,

Con ímpetu furial en la pelea,

Concúlcalos cruel: los duros callos

Sangre desparcen que la crin gotea,

Y en ruidoso tropel, por donde pasan,

Con sangre el polvo de la lid amasan.

LXX.

Rindió de cerca a Folo y a Tamiro,

A Esténelo dio muerte, aunque lejano;

También a Glauco de distante tiro

Mata, ya Lade al par, de Glauco hermano:

Formó a estos dos para la lid, ya en giro

De carro volador, ya mano a mano

En el palenque, con igual pericia,

Su padre Imbraso en la materna Licia.

LXXI.

Mézclase en otra parte en la porra

Eumédes, prole de Dolon, preclara

En guerra: el nombre del abuelo había

L A E N E I D A

555

Tomado; en alma y brazos se equipara

Al padre -aquél que ya, como de espía

Al campo griego a entrar se aventurara,

Los caballos del hijo de Peleo

Pidi6 en premio; otro dióle el de Tideo!

LXXII.

Seguía, al aire libre, en campo abierto.

Turno a Eumédes, con leve dardo: enfrena

Su carro, salta, llega; semimuerto

Al fugitivo halló sobre la arena:

El pie al cuello le pone; al puño yerto

Le arranca hoja luciente, y se la ensena,

Tiñéndola hasta el pomo, en la garganta.

Y fiero así sobre él victoria canta:

LXXIII.

«¡Troyano! el suelo hesperio que sangriento

Tu planta holló, mejor ya mides, creo:

Esta es mi paga al que a lidiar me tienta;

Estos los muros que te alzó el deseo.»

Sus dardos luego a Asbute, a Dare avienta,

A Tersíloco, Síbaris, Cloreo,

Y a Timete, a quien potro asombradizo

Cerviz abajo descender le hizo.

LXXIV.

Cual bate ronco Bóreas el Egeo,

Y la mar, a sus soplos paralela

Rueda a la playa en levantado ondeo;

Alta nube en el aire huyendo vuela:

Tal densas haces arrolladas veo

Doquier que sus bridones Turno impela;

Envuélvele su propio movimiento,

V I R G I L I O

556

Y sus plumas agita hendido el viento.

LXXV.

Tanto alarde de bárbara pujanza

Fegeo no sufrió: con mano loca

Los fieros brutos a atajar se avanza

Del freno asiendo en la espumante boca.

Arrástranle indomables; ancha lanza

Su cuerpo, aunque sedienta, apenas toca

Bajo la triple malla, por do hiende

A salvo, mientras él del yugo pende.

LXXVI.

Mirando a su adversario, en vano embraza

Su escudo, en vano por socorro grita

Esgrimiendo la daga; le amenaza

El eje y rueda que veloz se agita.

Cayó. Por entre el yelmo y la coraza

Turno, que ya sobre él se precipita,

De un tajo la cabeza le cercena,

Y tronco informe déjale en la arena.

LXXVII.

En tanto que con ímpetus furiales

Corriendo la campaña Turno hacía

En carro vencedor destrozos tales,

Bañado de la sangre que vertía

Van a Enéas llevando a sus reales

Fiel Acate y Mnesteo; compañía

Le da Ascanío, y él mismo en su asta larga

Cada segundo paso el cuerpo carga.

LXXVIII.

Roto el cabo, la punta que le hiere

L A E N E I D A

557

El héroe trata de arrancar; se irrita

Su impaciencia; algún medio, aquel que fuero

Brevísimo entre todos, solicita:

Que abra los bordes de la llaga quiere

Ancha espada, y los senos que visita

Hondo el hierro, descubra; tal su ruego,

Y que a lidiar le restituyan luego.

LXXIX.

He aquí venido había a su presencia

Yápix, hijo de Yaso, aquel que Febo

Señaló con gloriosa preferencia:

Sí, que a él, estando aún tierno mancebo,

Comunicó sus dones y alta ciencia

El Dios, llevado de amoroso cebo;

De los agüeros enseñóle el arte,

Y en su cítara y arco diole parte.

LXXX.

Mas él, que al caro padre desahuciado

Sólo pensaba en prolongar la vida,

De sanitarias plantas el callado

Estudio cultivó por escondida

Senda. En su lanza Enéas apoyado

Está, y a sordas brama, y de crecida

Juventud que le cerca, el vago espanto

Contempla inmóvil y del hijo el llanto.

LXXXI.

Remángase la veste él buen anciano

Al uso de Peon; y con discreta

En balde aplica y diligente mano

Hierbas divinas de virtud secreta;

El encarnado hierro tienta en vano;

V I R G I L I O

558

Con tenaza mordaz tal vez lo aprieta.

¡Ah! no da el almo Apolo traza alguna,

Ni encamina el conato la Fortuna.

LXXXII.

Y ya el pavor invade el campamento,

Espantosa amenaza se aproxima,

En polvo se condensa el firmamento,

Tropel de caballeros se oye encima;

Y mil dardos y mil cruzando el viento

Van doquiera a caer, y ponen grima

Al par de combatientes y de heridos

Voces de rabia y de dolor gemidos.

LXXXIII.

Venus, en tanto, del afán movida

Que el corazón materno le atormenta

Díctamo coge en el cretense Ida-

Hierba que allí lozana se presenta,

De pubescentes hojas revestida;

Flores la cubren de color sangrienta

Y pace de ella la silvestre cabra

Si cruda flecha su espinazo labra.

LXXXIV.

La raíz salutífera recata

Encubierta la Diosa en nube umbría,

Llega, y en modo oculto el agua trata

Que en limpísimos vasos puesta, hervía;

Virtud comúnicándola, desata

El díctamo, y el zumo de ambrosía

Que las fuerzas vivífico recrea,

Esparce, y odorante panacea.

L A E N E I D A

559

LXXXV.

Con esta linfa Yápix, que no sabe

La merced de la Diosa recibida,

Lava la llaga: al punto, pues, el grave

Dolor huye del cuerpo; en la honda herida

Restáñase la sangre; ya suave

Tras la mano la flecha no traída

Saliendo va; y el adalid doliente

Todas sus fuerzas reintegrarse siente.

LXXXVI.

«¡Armadle, armadle, que lidiar desea!»

Ante todos así Yápix inflama

El turbado concurso a la pelea.

«Y tú, ilustre caudillo, » luego exclama,

«No pienses que este triunfo humano sea;

Mi Í arte, mi diestra nada obró: te llama

Fuerza más alta, voluntad divina

Que a mayores objetos te destina!»

LXXXVII.

Mas él héroe tardanzas no consiente:

De acá y de allá. a la pierna sobrelaza

Las grebas de oro, él mismo; ase impaciente

De la fulmínea lanza, la coraza

Viste, toma el broquel resplandeciente;

Y las armas tendiendo en torno, abraza

Y fugaz por el yelmo besa al hijo:

«De mi firme virtud, tesón prolijo,

LXXXVIII.

»Quiero que aprendas; de dichosa suerte

Otros» le dice, «te darán lecciones.

Hora vuelo en la lid a protegerte,

Voy a guiarte a sus preciados dones:

V I R G I L I O

560

Cuando llegues a edad adulta y fuerte

Recoge mis gloriosas tradiciones,

Y de ellas memorioso, Ascanio mío,

Sigue a Enéas tu Padre, a Héctor tu tío!»

LXXXIX.

Dicho esto, por las puertas dilatadas

Blandiendo el asta enorme, giganteo

Arrójase adelante: sus pisadas

Mnesteo sigue, síguelas Anteo.

He aquí de los reales a oleadas

Toda la turba desbordarse veo;

En ciego polvo el ámbito se cierra,

Y herida de los píes treme la tierra.

XC.

Turno en esta, sazón desde, un. frontero

Alcor aquella nube ha visto; véla

El escuadrón de Ausonios;, el, guerroro,

Ímpetu encogen, el pavor los hiela.

Fue entre todos Yuturna quien primero,

Oyó el ruido, y lo entiende, y se hurta, y vuela

Medrosa. Arrastra, el, capitán, troyano.

Su negra hueste en el abierto llano.

XCI.

Cual, turbando los aires repentina,

Tempestad, a la tierra nimbo aciago,

Por medio de los, mares se encamina;

A mieses y arboredos ¡cuánto estrago

Traerá! ¡cómo la plebe campesina

Tiembla de lejos el tremendo amago!

A anunciarlo en las, playas, adelante

Los vientos van con soplo resonante.

L A E N E I D A

561

XCII.

Tal aparece el adalid reteo;

A defenderse la, asustada gente

Fórmase densa en ángulos. Timbreo

Al fuerte Osíris da mortal, fendiente:

Derriba a Arcecio en el tropel Mnesteo,

Acátes a Epulon, Gías a Ufente;

Y cae allá Tolumnio, el agorero,

Que el dardo impío disparó primero.

XCIII.

Un grito de terror álzase al cielo,

Y a su turno los Rútulos aviva

Fuga se dan en polvoroso vuelo.

Enéas a la turba fugitiva

Muerte no da, ni aún contrapuesto telo

O pecho firme su ímpetu cautiva;

Entre la nube que la vista ofusca

A Turno, solo anhela, a Turno busca.

XCIV.

Ve Yuturna el peligro, y atosiga

Su viril corazón fiera congoja:

Muda a Metisco va, de Turno auriga,

Le arranca, y lejos del timón le arroja;

Puesta ella en su lugar, el tiro instiga,

Y ondea a su placer la rienda floja:

En la voz, en las armas y el semblante

Osténtase a Metisco semejante.

XCV.

Cual acude, al, castillo de opulento

Señor, y excelsos atrios la traviesa

V I R G I L I O

562

Negruzca golondrina ronda, el viento

Hiriendo ufana con versátil priesa;

Partículas recoge de alimento

A gárrulos polluelos dulce presa;

Ya visita los pórticos vacíos,

Ya en torno trisca de los lagos fríos:

XCVI.

Así volando la marcial doncella

Alanza entre enemiga muchedumbre

Los caballos, y todo lo atropella

De su carro veloz la pesadumbre:

Ora en esta región, ora en aquélla,

Muestra al hermano entre fulmínea lumbre;

Mas asir la ocasión jamás le deja,

Y siempre volteando huye y le aleja.

XCVII.

No menos diligente las pisadas

En largo giro el héroe le rastrea,

Y en medio de las huestes destrozadas

Con grande voz le llama a la pelea.

Cuantas veces le hallaron sus miradas

Y los halados potros ya en idea

Alcanzaba, volando en pos, la ruta

Tantas torció también la Ninfa astuta.

XCVIII.

¡Mísero en golfo de agitados vientos

Fluctúa en balde; hacia contrarios lados

Le arrastran diferentes sentimientos.

Contra él, en ese tiempo, reservados,

Mesapo, listo siempre en movimientos,

Llevaba en la siniestra dos ferrados

Astiles: con certera puntería

L A E N E I D A

563

Uno de ellos blandiendo, allá lo envía.

XCIX.

Hincando una rodilla, con su escudo

Enéas guarecióse: el asta empero

Rehilando sobre el casco penachudo

Voló las altas alas del plumero.

Tener su indignación él más no pudo,

Salteado otra vez tan contra fuero,

Al sentir que en revuelta fugitiva

El carro volador su encuentro esquiva.

C.

Y el altar que violaron por testigo

Tomando de su fe desobligada,

A Júpiter juró; y al enemigo

Se precipita ya, con ciega espada

A ejercitar sobre él común castigo.

Con favorable Marte ha entrado, y nada

Perdona, y hace mortandad horrenda;

¡Ay! que da a sus furores larga rienda!

CI.

¿Cuál Dios ahora inspirará mi canto?

¿Quién me dará que recordar emprenda

Tantos destrozos, y caudillo tanto

Sacrificado en una y otra senda

Por Enéas y Turno?... ¡Jove santo!

¿Y plugo que a tan áspera contienda

Concurriesen naciones que algún día

Para siempre la paz unir debía?

CII.

V I R G I L I O

564

Al Rútulo Sucron, al pase hallado

(Fue esta pugna, aunque breve, la primera

Que en sitio a combatir determinado

Paró a los Teucros en su audaz carrera),

La espada Enéas envasóle a un lado,

Y allí por do la muerte es más ligera,

Bien las costillas y del pecho pudo

Pasar las tramas el acero crudo.

CIII.

En tanto a dos hermanos guerreadores

Ambos a pie (pues uno del trotero

Cayera), inmola Turno a sus furores:

A Amico, que venía hacia él primero,

Con larga lanza recibió; Diores

Espiró en pos al filo de su acero.

Al carro ambos segados vultos cuelga,

Y en llevarlos manando sangre, huelga.

CIV.

De un golpe Enéas a la Muerte envía

A Tánais y a Talan y al gran Cetego,

Y a Onite, el de habitual melancolía,

Hirió después, en su ira siempre ciego;

Hijo era de Equion y Peridía.

Turno otros dos hermanos postra luego,

Que de Licia vinieron, noble tierra,

Y de apolíneos campos a la guerra.

CV.

Rindió también u, árcade Menédes:

En vano el infelice, odiando a Marte,

Al pecífero Lerna a echar sus redes

Tranquilo acostumbróse: tal: su arte;

L A E N E I D A

565

Allí, su pobre choza; en las mercedes

De los grandes jamás tocóle parte;

Mientras su padre, en ya provectos años,

Cultivaba alquilados aledaños.

CVI.

Como invaden de puntos diferentes

La árida selva y lauros restallantes

Voraces llamas; o cual dos torrentes

Que hacen destrozos entre sí distantes,

Y al mar desde las cumbres eminentes

Arrebatan sus hondas espumantes,

Así Enéas y Turno el campo talan

Que corren, y en estragos lo señalan.

CVII.

Ya la interna pasión los espolea;

Ya estallan sus invictos corazones;

¡Con toda el alma a la mortal pelea

Vuelan ya! -De las glorias y blasones

De sus antepasados alardea

En medio de las fieros escuadrones

Murrano: su ducal genealogía

Por los latinos Reyes descendía.

CVIII.

Vióle Enéas; su furia vengativa

Comunica a un pedron que enorme alanza

Y de cabeza al mísero derriba:

En las riendas envuelto so la lanza

Del carro, ya le aplasta fugitiva

La rueda; puesto el dueño en olvidanza,

Por cima sus indómitos caballos

Baten veloces los sonoros callos.

V I R G I L I O

566

CIX.

Hilo feroz, verboso, amenazante

Entrara en lid: a su aureada frente

Poniéndosele Turno por delante

Asesta un dardo, que al cerebro, ardiente

Clavóse, bajo el yelmo relumbrante.

Caíste y tú, Creteo, el más valiente

De los Grayos; de Turno a libertarte

Tu diestra poderosa no fue parte.

CX.

Ni a ti tus propios Dioses al Troyano

Te supieron hurtar, Cupenco. ¡Ay triste!

Puesto el pecho a sus golpes, es en vano

El broquel acerado que le asiste.

Y tú también al laurentino llano,

Eolo ilustre, a sucumbir viniste;

También debían estos arenales '

Tus espaldas medir descomunales!

CXI.

Tú del triunfante Aquíles, tú del peso

De la argiva falange tan temida,

Luchando cual leal, saliste ileso;

¡Y aquí estaba la meta de tu vida!

Gran palacio tuviste allá en Lirneso,

Gran palacio gozaste bajo el Ida;

¡Y ya te reservaba tu destino

Un sepulcro en el campo laurentino!

CXII.

Latinos y dardanios campeones,

Mnesteo y el intrépido Seresto,

L A E N E I D A

567

Y domador Mesapo de bridones,

Y Asílas, siempre en la refriega enhiesto,

Y las etruscas y árcades legiones,

Ya todos a encontrarse, en vuelo presto

Corren: batalla universal, suprema,

Se libra; cada cual su esfuerzo extrema,

CXIII.

No hay reposo, no hay vado: el choque dura

Igual de cada parte. En tal momento

A sugerir a Enéas: se apresura

Su hermosísima madre un pensamiento:

Que a los muros acorra, le conjura,

Que lleve su escuadrón sobre Laurento

De improviso, y con golpes repentinos

Ponga espanto mortal en los Latinos.

CXIV.

Después que sobre el campo en giro vario

Él ha echado solícita ojeada

Acá y allá buscando a su contrario,

Convierte a la ciudad fija mirada:

Inmune y en sosiego solitario

En presencia de lid tan ensañada,

La observa; y en imagen, de repente,

Mayor combate enardeció su mente.

CXV.

A Mnesteo al instante y a Sergesto,

Con quienes parte de la hueste el mando

Convoca, y al intrépido Seresto:

Ocupa una eminencia; de su bando,

Al verle, en torno de ella acude el resto:

Densos, picas y escudos no soltando,

V I R G I L I O

568

Todos esperan que los labios abra,

Y oyóse así de lo alto su palabra:

CXVI.

«¡No haya, mi voluntad impedimento!

Aunque de pronto concebida empresa

Menos listos no os halle; a Jove cuento

De nuestra parte. Hoy mismo, hoy mismo, si ésa

Militar madriguera y regio asiento,

Que es nuestra la victoria no confiesa,

No admite el freno y rinde vasallaje,

Haré en su seno asolador ultraje;

CXVII.

»Hundiré en polvo el más altivo techo

Envuelto en llamas! ¿Quién vendrá por justo

Que el tornar, ya vencido, a campo estrecho,

Espere yo que a Turno venga en gusto?

No: ¡cumpla la ciudad el pacto hecho!

Nefando monumento, centro adusto

De la guerra ella ha sido: ¡sús! con teas

Lo que debe pidamos!» Habló Enéas.

CXVIII.

Ya, formándase en cúneo a la batalla,

Animosa la tropa se encamina.

Escalas de improviso en la muralla

Se ven, y el fuego la cabeza empina.

Quién a las puertas acudiendo, acalla

A los guardias con muerte repentina;

Quién, armas empuñando, trepa: al cielo

Tejen mil dardos tenebroso velo.

CXIX.

L A E N E I D A

569

He aquí entre los primeros, extendiendo

La diestra Enéas a la faz del muro,

Increpa al re y Latino con tremendo

Clamor. Que vez. segunda al trance duro

Le compelen los ítalos, rompiendo

La nueva ley, y en su furor perjuro

Se revuelven contra él como enemigos,

Grita, y toma a los Dioses por testigos.

CXX.

Discordes entre sí los ciudadanos,

Unos las puertas franquear querrían

Y de paz recibir a los Troyanos,

Y al muro al mismo Rey llevar porfían;

Otros empero con armadas manos

Al sitiador bizarros desafían.

Así tal vez en cavernosa piedra

Silvestre enjambre se guarece y medra;

CXXI.

Y así el pastor por despojarlo, llena

De humo amargo el recinto, y las turbadas

Hijas de la recóndita colmena

Discurren por las céricas moradas:

Rumor confuso por la roca suena,

Bramando aguzan iras enconadas;

El sofocante olor penetra, y sube

Suelta en ondas al aire la hosca nube.

CXXII.

En tanto a los sitiados sobrevino

Calamidad que alto estupor derrama

Y el resto extingue del valor latino.

Vio la Reina que al muro se encarama,

V I R G I L I O

570

Trayendo, el agresor, triunfal camino,

Vio el acero a las puertas, vio la llama;

Ni Rútulos allí, ni allí la hueste

De Turno, que el asalto contrareste:

CXXIII.

Dando al joven por muerto la mezquina.

Sola causa del mal, única rea

Proclámase; y gimiendo desatina

Enajenada en su doliente idea;

Desgárrase la veste purpurina,

Lúgubre frenesí la aguijonea,

A yerta viga ató ominoso nudo,

Y fue aquello un morir fiero y sañudo,

CXXIV.

Hiere a las damas la nefasta nueva:

Mesándose Lavinia los floridos

Cabellos, las airadas manos ceba

En la s róseas mejillas: con gemidos

Responde su cortejo; el eco lleva

Por las amplias mansiones los plañidos;

Y ya por la ciudad su vuelo explaya

El rumor, y los ánimos desmaya.

CXXV.

En polvo, vil la blanca cabellera

Mancha, rasga su veste el Rey anciano,

Vaga sin rumbo, y viendo desespera

De una infeliz, consorte. el fin insano

Y la ruina de un pueblo! Que no hubiera

Llamado en tiempo al adalid troyano

Al reino, acreditándole por yerno,

Mucho se culpa con lenguaje interno.

L A E N E I D A

571

CXXVI.

Turno batallador allá, en lejano

Límite en tanto, cada vez; más lento,

Menos y menos cada vez ufano

Del de sus potros decadente aliento.

A pocos, aún dispersos en el llano,

Ensaya perseguir. El vago viento

Ya hacia aquella, región lleva a oleadas

Extraño son de voces apagadas.

CXXVII.

Aguzando el mancebo los oídos

Fatídico clamor distinto siente,

Oye de la ciudad los alaridos,

«¡Ay de mí! ¿Qué gran duelo está presente

A los muros? ¿Qué fúnebres sonidos

De tan diverso punto la corriente,

Del aire arrastra?» Dice, y de la brida

Tira atónito, y para la corrida.

CXXVIII.

Sagaz la Ninfa que usurpó el semblante

Del auriga Metisco, y los trotones

Y carro y riendas guía, en ese instante

Al hermano anticípase, y razones,

Tales vierte: «Sigamos adelante,

¡Oh Turno! y a enemigo no perdones;

¡Adelante sigamos! La Victoria

Abrió esta senda y nos anuncia gloria,

CXXIX.

»Los muros defender, a otros compete.

¿Y tú, cuando a los Ítalos Enéas

V I R G I L I O

572

En reñido conflicto compromete,

Contra los Teucros tu poder no empleas?

¡Animo! a los que, restan acomete,

Y a fe que ni, inferior salir te veas

En número, ni en lauros menos rica

La diestra ostentarás» Turno replica:

CXXX.

«¡Oh! ¡tu influjo en mi bien jamás reposa?

Sentílo ya en el campo, hermana mía,

Del punto en que el tratado poderosa

Fuiste a romper usando de artería;

Y ahora mismo vanamente, oh Diosa,

Encubres tu beldad. Mas ¿quién te envía

Quién, dime, de la sedes celestiales

Tanto mal al palpar y horrores tales?

CXXXI.

»¿Mirar querrás los míseros despojos

De tu hermano?... ¿Y qué espero? ¿Cuál reparo

Me ofrece la fortuna? Por mis ojos

Vi a Murrano caer: otro más caro

Amigo no me queda: oí sus flojos

Acentos, tarde ya, pedirme amparo;

Yo la he visto ¡ay dolor! rendir la vida,

Ingente él mismo y bajo ingente herida.

CXXXII.

»Por no mirar nuestro baldon inulto

Presa en miembros y en armas cayó Ufente,

¿Y hora entregados a feroz tumulto

Nuestros hogares sufriré paciente?

¡Ah! ¡nos faltaba este postrero insulto¡

¿Y a la furia de Dránces maldiciente

L A E N E I D A

573

No podré contestar con mis hazañas?

¿Espaldas volveré? ¿Y estas campañas

CXXXIII.

»Contemplarán a Turno fugitivo?

¡Qué! ¿el morir es odioso a tanto grado?

Si de supernos Dioses no recibo

Ni piedad ni justicia, con agrado

Mi ruego, ¡oh Manes! acoged votivo:

No indigno de altos padres, consagrado

Mi espíritu desciende a vuestro límen,

Puro, si, puro de afrentoso crimen!»

CXXXIV.

No bien en estas voces prorumpiera

Cuando venir vio a Sáces, ve su boca

Que reciente flechazo dilacera:

Su espumante bridon, que apenas toca

El campo hostil, lo rompe hilera a hilera;

Mas él desaforado a Turno invoca:

«¡Turno, última esperanza en nuestros males,

Habe ya compasión de tus parciales!

CXXXV.

» Rayos a los alcázares fulmina

Enéas con su ejército, y amaga

Al poder de los ítalos ruina

Sobre los techos el incendio vaga.

En ti pone sus ojos la latina

Gente, a ti vuelve su clamor. Qué hago

No sabe el Rey, y en su ánima medita

Cuál yerno adopte, qué alianza admita.

CXXXVI.

V I R G I L I O

574

»A la Reina, por ti tan decidida,

Acaso extremo sus terrores mueven;

¡Ay! ¡por su mano se quitó la vida!

Bajo las puertas a arrostrar se atreven

Sólo Atina y Mesapo la embestida.

De un lado y otro los contrarios llueven.

Tantas puntas esgrime la enemiga

Hueste, que miés ferrada el campo espiga.

CXXXVII.

»¡Y a este tiempo en el más remoto prado

Turno su carro vagaroso guía! »...

Guardó torvo silencio el increpado,

Y en el pecho le hierven a porfía,

Con tantos contratiempos, alterado,

Ya del herido amor la frenesía,

Ya el probad o valor de su pujanza,

Fuego de pundonor, voz de venganza.

CXXXVIII.

Así que a los destellos renacientes

De la razón, la nube se retira

Que le envolvió en horrenda noche ardientes

Los globos de sus ojos rueda, y mira

Con demudada faz los eminentes

Muros desde su carro. En roja espira

Ve el fuego que tablajes señorea

Y al cielo enderezado libre ondea.

CXXXIX.

Turno mismo, de sólida madera,

Con altos puentes guarnecida, alzara

Trabada torre; de ella se apodera

Aquel voraz turbión. «¡Hermana cara!

L A E N E I D A

575

¿Ves, ves,» clama el cuitado, «que doquiera

El hado nos arrolla? Me pesara

Que en cerrarme insistieses el camino

Que un Dios señala y mi cruel destino!

CXL.

»¡Allá! ¡no más tardanzas! ¡Mano a mano

Lucharé con Enéas! ¡Con la muerte

Cuanto hay de acerbo a padecer me allano!

¡Trocar déjame en gloria este ocio inerte,

Y arder, mientras aliente, en fuego insano!,»

Dice, y salta veloz del carro, y fuerte

Entre hombres y armas por el campo embiste,

A Yuturna dejando muda y triste.

CXLI.

Cual rueda enorme montaraz fragmento,

Ya recia lluvia o huracán lo bata,

0 sea ya que el no sentido y lento

Trabajar de los años lo desata;

Impetuosa desde su alto asiento

Al abismo la mole se arrebata,

Y en los saltos que da desmesurados

Arboles vuelca y hombres y ganados:

CXLII.

Turno, echándose así del carro afuera,

Rompe los escuadrones, los divide,

Y por entre ellos en veloz carrera

De la magna ciudad los muros pide.

Allá en sangre empapado ve doquiera

El suelo, y ve que el aire todo estride

Con dardos borrascoso. Hizo señales

Su mano, y él lanzó clamores tales:

V I R G I L I O

576

CXLIII.

«¡Paso, oh Rútulos, dad al paladino!

¡Y vos cesad en la marcial porfía,

Valientes del ejército latino!

Dejadme el campo; la aventura es mía.

Por vosotros lidiar es mi destino;

Mi ánima sola por el pueblo expía

El sellado concierto.» La amenaza

Todos paran al punto, y danle plaza.

CXLIV.

Aun bien Enéas de sentir no acaba

Aquel nombre de Turno, se apareja

Al singular combate, toda traba

Rompe impaciente, y de las obras ceja

Del fiero asalto que a los muros daba

Déjalos ya, las altas torres deja,

Y desciende saltando de alegría,

Truenan sus armas y el espanto cría.

CXLV.

Cual Atos o cual Érice aparece,

o del padre Apenino a semejanza,

Que sus tersas encinas estremece,

Y de la nívea cúspide que lanza

A la región del rayo, se envanece.

Movidos de tan súbita mudanza

Allá Rútulos miran y Troyanos

Y todos a una vez los Italianos.

CXLVI.

Los que ocupaban el adarve enhiesto

Como aquellos que al pie de la muralla

L A E N E I D A

577

Batían, de sus hombros han depuesto

Las armas, y uno y otro campo calla.

Latino mismo en asombrado gesto

Mira que al fin a singular batalla

Fortísimos concurren, de regiones

Van diversas, aquellos dos varones.

CXLVII.

Corriendo ellos al campo que la guerra

Suspensa abre a sus ímpetus, distantes

Arr6janse las lanzas; luego cierra

Uno y otro adalid, con los sonantes

Escudos de metal. Gime la tierra;

Golpes dan y redoblan las tajantes

Espadas; y de un lado y de otro, a una

Asisten el esfuerzo y la fortuna.

CXLVIII.

Como en el vasto Sila o gran Taburno,

Marchando a combatir dos toros fieros,

Aquél a éste, éste a aquél hiere a su turno;

Retíranse medrosos los vaqueros;,

El rebaño contempla taciturno;

Cuál se alce de los dos con regios fueros

Sobre el hato en los campos y en la sierras,

No saben pensativas las becerras;

CXLIX.

Ellos, en tanto, con vigor tremendo

Cuernos traban y heridas menudean,

Sus cuellos y sus brazos envolviendo

Los arroyos de sangre que chorrean;

Repite el ancho bosque el sordo estruendo

Chocando los broqueles tal pelean

V I R G I L I O

578

El troyano y el daunio combatiente;

E hinche los aires el fragor creciente.

CL.

Dos balanzas en fiel Júpiter tiene,

Y de ambos héroes los diversos hados

Poniendo, aguarda a ver a quién condene

El lance extremo, y cuál de aquellos lados

Con peso agobiador la Muerte llene.

Sin temer de su ardor los resultados,

Turno entonces alzó su espada larga,

Todo el cuerpo esforzando, y la descarga.

CLI.

Irguiéndose ambos campos a la hora

Prorumpen en confusa vocería.

Quebróse en medio al golpe la traidora

Hoja, y abandonado Turno había

Finado allí, si a fuga voladora

No acude. Más ligero se desvía

Que alado viento, cuando el cabo asido

Desconoció, y su diestra inerme vido.

CLII.

Fama es que ya, cuando de pronto uncidos

Los caballos, a lid montó ligero,

Tomó, en su afán turbados los sentidos,

El de su auriga, y no el paterno acero:

A los Teucros, con él, despavoridos

Pudo acosar gran tiempo; ahora, empero

Hierro mortal, cual hielo quebradizo,

Dando en armas divinas, se deshizo.

CLIII.

L A E N E I D A

579

Brillan los trozos en la roja arena.

Él entretanto huye y se retira

A otra parte del campo; le enajena,

El terror, y en inciertas vueltas gira:

Denso cordón que su esperanza enfrena

Formar donde quiera, a los Troyanos mira;

Allá el paso le impide ancho pantano,

Acá el cerco mural limita el llano.

CLIV.

Enéas el alcance no descuida,

Y aunque a tiempos retarda dolorosa

Sus rodillas aún la fresca herida,

Al que temblando va férvido acosa

Pie con pie. Tal hallarse sin salida

Suele un ciervo infeliz; corriente undosa

Acá le ataja, allá le pone miedo

De plumas de color pérfido ruedo;

CLV.

Y así umbrino ventor pieza levanta,

En pos labrando en rápida carrera;

Hace y deshace el triste, a quien espanta

El rojo valladar, la alta ribera,

Círculos mil con voladora planta:

Insta el fiero sabueso; se dijera

Que con los dientes vencedor le toca,

Y aún muerde en vago su burlada boca.

CLVI.

Alz6óse en esto un gran clamor, que llega

Confuso al cielo, y de él retumba herida

La laguna, cuan ancha el campo anega

Rabioso Turno, sin templar la huida,

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580

A los Rútulos clama, nombra, ruega

Que la espada le traigan conocida.

Enéas, a su vez, muerte inminente

A aquel intima que mediar intente;

CLVII.

Y a todos aterrando los conmina

Con asolar los muros; y aunque herido,

No desiste: corriendo a la contina

Cinco órbitas agota en un sentido,

Cinco en opuesta dirección camina,

Que no es, a, fe, lo en lid comprometido

Circense premio ni trivial presea,

Por la sangre de Turno se pelea!

CLVIII.

Viejo acebuche allí se alzaba un día

Con sus amargas hojas: el marino

El firme leño venerar solía,

Que a Fauno estaba dedicado; y vino

Muchas veces en él su ofrenda pía

A colocar, y, al Númen laurentino

Cumpliendo el voto, a la sagrada copa

Náufrago suspendió la húmida ropa.

CLIX.

Este árbol divinal sin miramiento,

Por despejar el campo al desafío,

Cortaron los Troyanos de su asiento.

En la raíz fibrosa que el vacío

Sitio guardaba, atravesando el viento

Cae y se enclava con pujante brío

El asta del Dardanio. Echó él su lanza,

Ya que a hacer presa por sus pies no alcanza.

L A E N E I D A

581

CLX.

Y el tiro a segundar corre, y porfia

La punta en desasir que honda se aferra.,

Entonces Turno esta plegaria envía

Ante el peligro que su mente aterra:

«¡Duélete, oh Fauno, de la suerte mía,

Y tú esa arma retén, óptima Tierra,

Si fiel siempre os rendí el antiguo culto

Que el Troyano abatió con fiero insulto!»

CLXI.

Fácil el Númen al favor se inclina.

Pugnó Enéas gran pieza, y fuerza o traza

Util no halló; que la raíz divina

El hierro aprieta cual mordaz tenaza.

Mientras él en vencerla insta y se obstina,

Otra vez de Metisco se disfraza

La daunia Diosa, y al hermano llega,

Y el acero vulcánico le entrega.

CLXII.

Ardiendo Venus de que a tales grados

Llegase de la Ninfa la osadía,

Acude, y de los senos intrincados

La pica destrabó que aún resistía.

En sus armas y fuerzas reintegrados,

Uno en su espada, el otro en su asta fía,

Y a la lid anhelosa y furibunda

Avánzanse arrogantes vez segunda.

CLXIII.

Ved al Rey del Olimpo omnipotente

Cómo habla en tanto a Juno, que atendía

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582

Sentada en una nube refulgente

Al singular combate: «¡Esposa mía!

¿Que haya fin esta guerra, no consiente

Tu pecho? ¿Ya qué falta? Al cielo un día

Se alzará Enéas como ser divino

Que debe a las estrellas el Destino.

CLXIV.

»Harto lo sabes, ¿y aún tu mente espera?

¿Y ahí en gélidas nubes aún te agrada

Nuevos planes trazar? ¿Justo es que hiera

A un cuerpo sacro arma mortal? ¿que espada

Recobre Turno, y fuerza extraña adquiera

Ya a punto de rendirse? A tanto osada

Sin ti una débil Ninfa ser no puede.

Tu error conoce, y a mis ruegos cede!

CLXV.

»Llegamos ya al final. En mar, en tierra

A les Troyanos agitar pudiste,

Te fue dado mover infanda guerra,

Y alta casa afligir, y en duelo triste

Envolver regia boda. El paso hoy cierra

Mi mano a nuevas cóleras;-desiste!»

Esto Júpiter dijo; reverente

Juno así respondió, baja la frente:

CLXVI.

«¡Ah! bien conozco, real esposo mío,

Tu augusta voluntad: a ella me entrego,

Y de Turno y del suelo me desvío.

Sin eso, no en cruel desasosiego

Aquí me hallaras en el éter frío

Sufriendo solitaria: armada en fuego,

L A E N E I D A

583

En medio del combate, las hileras

Del enemigo provocar me vieras!

CLXVII.

»Yo a Yuturna, es verdad, di aliento y mano

Para salvar a Turno de inminente

Golpe; no ya para que el arco insano

Tendiese. Te lo juro por la fuente

Inaplacable del Estigio hermano

(Rito, único entre todos, que imponente

A los Dioses obliga). Y ahora cejo,

Y fatigada asaz las guerras dejo.

CLXVIII.

»Mas yo una gracia (el hado no la veda)

Que de los tuyos Y el poder latino

Redunde, en majestad, pedirte pueda;

Hacer sólidas paces el Destino

Y alegres bodas colebrar conceda,

Yo desde ahora a su querer me inclino;

Muéstrese, empero, el natural del Lacio

Su viejo nombre en mantener, rehacio.

CLXIX.

»No ellos Teucros se llamen ni Troyanos,

Ni de vestido muden ni de idioma:

Viva el Lacio; haya príncipes albanos,

Nada por siglos su poder carcoma;

Y derive de pechos italianos

Virtud pujante la futura Roma.

Muerta es Troya; su nombre aborrecido

Yazga con ella en perdurable olvido!»

CLXX.

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584

Sonriendo el Autor de hombres y cosas,

«De Jove hermana y de Saturno hija

Te ostentas» dice, «cuando aún no reposas,

Y dentro el pecho en ansiedad prolija,

Esas iras revuelves procelosas!

Cálmalas, ya. Ni mudo afán te aflija,

Ni me torne a asestar tristes querellas

Tu dulce boca, ejercitada en ellas.

CLXXI.

»¡Oh, sí, que te daré cuanto has pedido;

Yo todo tuyo soy, Sus tradiciones,

Su popular lenguaje y su apellido

Conservarán de Ausonia los varones:

El vencedor uniéndose al vencido

Refundiráse en él. Yo instituciones

Sacras, yo ritos les daré divinos:

Una el habla será; todos, Latinos!

CLXXII.

»Formarán ambas razas de consuno

Un pueblo que a mortales y a inmortales

Susperará en virtud; y pueblo alguno

Te dará cultos a su culto iguales.»

Sus pensamientos serenando Juno

La frente inclina ante razones tales;

De los aéreos ámbitos se aleja

Al mismo tiempo, y el nublado, deja.

CLXXIII.

Así aquella acordanza concluida,

Su mente sabia el Padre soberano

Vuelve a otro. punto, y a Yuturna cuida

Apartar de las lides del hermano.

L A E N E I D A

585

Hay dos plagas que Diras apellida

La Fama: a entrambas ya, por modo arcano,

De sí Noche abismosa lanzó fuera,

Aun tiempo, al par que a. la infernal Megera.

CLXXIV.

De iguales serpentíferas espiras

La madre arm6las, y de fuertes alas,

Conque aparecen las gemelas Diras

Del Dios tremendo ante las regias salas

Prestas mueven, ministras de sus iras,

Miedo a las gentes, si a ciudades malas

El amenaza desolar con guerra,

O peste y mortandad manda a la tierra.

CLXXV.

Jove a una de ellas desde lo alto envía

Porque lleve a Yuturna infausto agüero.

Voló la Furia, y la región vacía

En torbellino atravesó ligero.

Cual flecha, armada de ponzoña impía,

Que el Parto o el Cidon de arco certero

Ha tirado, y, silbando, la interpuesta

Nube traspasa, incógnita y funesta;

CLXXVI.

Tal rápido a la tierra se abalanza

Aquel aborto de la Noche oscura.

Y así que a ambos ejércitos alcanza

A divisar, abrevia su figura,

Y del pájaro toma la semblanza

Que en cementerio o solitaria altura

En la noche callada aciago asiste

Turbando el aire con su canto triste.

V I R G I L I O

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CLXXVII.

Tiende a Turno, de forma tan provista,

El ominoso vuelo y se alborota

Pasando y repasando ante su vista,

Y con las alas el broquel le azota.

Terror secreto al mísero contrista

Y de los miembros el vigor le embota;

El cabello erizado se levanta,

Anúdase la voz en su garganta.

CLXXVIII.

Luego que hubo Yuturna, en el sonido

Y en el batir fatídico del ala,

De éjos a la Euménide sentido,

De hermosas crenchas la esparcida gala

Rasga, hiérese el pecho dolorido,

Y el rostro ofende, y su dolor exhala

En voces tales: «¡Ay! en vano, en vano

Ya ayudarte querré, mísero hermano!

CLXXIX.

»¡Cruel fuerzanme a ser! De hoy más, ¿qué espero?

Y qué! ¿de prolongar, Turno, tus días

Arbitrio no me queda? ¿Aqueste agüero

Deshacer no podrán las fuerzas mías?...

Cesad, cesad en vuestro azote fiero;

Ese vuelo, ese grito, aves sombrías,

Harto conozco y me atormentan harto!

Ya os obedezco, y de la lid me aparto.

CLXXX.

»Sí, que en vosotras el imperio siento

Del magnánimo Jove! ¿El precio es ése

L A E N E I D A

587

De mi virginidad? ¿Qué a mi contento

Presta eterno vivir? ¡Nunca él hubiese

De la ley del común fenecimiento

Exentado mi ser! Mortal yo fuese,

Fin diera a mi penar, y huyendo haría

A la fraterna sombra compañía!

CLXXXI.

«,Héme ahora inmortal! ¡Oh hermano mío!

¿Qué habrá sin ti que enojos no me sea?

¿Y dónde mi doliente desvarío

Abismo tan profundo cual desea

Que me trague hallará, y en el umbrío

Reino sepulte a esta infelice dea?»

Dice, y llora, y cubierta un glauco velo,

En hondas linfas escondió su duelo.

CLXXXII.

Enéas entretanto con la grande

Arbórea lanza a su contrario acosa;

Hace el hierro brillar mientras la blande,

Y habla; en su voz la indignación rebosa:

«¡Qué! ¿y será que tu planta se desmande

Turno, a nueva tardanza vergonzosa?

Con bravas armas ya, no en triste huida,

Brazo a brazo el combate se decida!...

CLXXXIII.

»¡Ve, toma formas mil! Cuantos el arte,

Cuantos recursos la pujanza encierra,

Ensaya: vuela al cielo a refugiarte,

O en los cóncavos senos de la tierra»

Sacude la cabeza, y «No, no es parte

Tu ira a aterrarme, ¡oh bárbaro! me aterra,»,

Turno dice, <la cólera divina;

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588

Júpiter, sí, que labra mi ruina.»

CLXXXIV.

Más no dijo; y rodando la mirada

Sobre el campo, una piedra vido ingente,

Ingente, antigua piedra, colocada

Porque allí señalase permanente

La linde de dos predios disputada.

Cargaran peso tan difícilmente,

Tendiendo fuertes cuellos a porfía,

Doce hombres de los que hoy la, tierra cría.

CLXXXV.

Arrebata el pedron con mano presta

Turno, y con él, cuanto en sus fuerzas cabe,

Empínase, y veloz corre, y lo asesta.

Turbado el héroe, que acudió no sabe,

Ni que asi6 del peñasco, ni que enhiesta

Mueve' su mano aquella mole grave;

¡Ay de él a sus rodillas falta brío,

Cuaja su sangre de la muerte el frío.

CLXXXVI.

Arrojado del brazo prepotente,

Rodando el risco en la región vacía,

No completó su giro, inobediente

Al recibido impulso que lo guía.

Y cual finge terrores el durmiente

En el regazo de la noche umbría,

Por lánguido sopor ligado, y sueña

Que ansiosa, fuga en alargar se empeña,

CLXXXVII.

Y siente en sus conatos que desmaya,

L A E N E I D A

589

Del antiguo vigor privado, y yerta

La lengua en vano desatar ensaya,

Y voz ni grito a producir acierta;

Por dondequiera, así, que Turno vaya

A entrar brioso en la que senda abierta

Ha imaginado, allí la Diosa dura

El éxito a estorbarle se apresura.

CLXXXVIII.

Ya naufraga en angustias su esperanza.

Ha tornado a los Rútulos la vista

Y a la ciudad; mas la apremiante lanza

El pie le ataja, el ánimo le atrista:

Ni con qué traza escape se le alcanza,

Ni por cuál modo al enemigo embista;

Rastrea en torno, y su ojeada es vana,

Que ni el carro aparece ni la hermana.

CLXXXIX.

Dudar ve a Turno, y su asta fulminante

Vibra Enéas, propicio punto cata

Con los ojos, y arrójala distante,

Y entero en ella su poder desata.

No con ímpetu suele semejante

Piedra que de ballesta se arrebata

Terrífica zumbar; ni así, encendido,

Estalla el rayo en hórrido estampido.

CXC.

Fiero estrago llevando, el hierro crudo

Vuela a guisa de negro torbellino,

Y por lo bajo rompe del escudo

Hasta el séptimo cerco diamantino,

Y el halda abriendo a la loriga, pudo

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Crujiente en medio al muslo hacer camino,

Al fiero golpe, que de acción le priva,

Turno enorme de hinojos se derriba.

CXCI.

Alzándose, en doliente vocería

Los Rútulos prorumpen; gime el viento,

Y tiembla en torno el monte, y a porfía

Vuelven los altos bosques el lamento.

El, hincado, la diestra dirigía

Y miradas de humilde sentimiento

A Enéas: «He mi suerte merecido,

Y nada,» exclama, «para mí te pido.

CXCII.

»¡Venciste! todo en mí te pertenece;

Me han visto los Ausonios prosternado

Tender las palmas. Si piedad merece

Un padre (fuélo Anquíses) desdichado,

La ancianidad de Dauno compadece,

Y vivo, o muerto, cual te venga en grado,

Este hijo tu piedad le restituya.

¡Oh! cese tu rencor; ¡Lavinia es tuya»

CXCIII.

Paróse armado el héroe encrudecido,

Y revolviendo los ardientes ojos

La diestra reprimió: ya del rendido

El discurso amansaba sus enojos,

Cuando el infausto talabarte vido

De Palante asomar, ricos despojos

Que echó sobre sus hombros Turno ufano,

Muerto el mancebo, y con sangrienta mano.

CXCIV.

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591

Han resaltado las que el cinto lleva

Lucientes inequívocas labores.

Conforme Enéas las miradas ceba

En aquel monumento de dolores

Insanables, la cólera renueva,

Y clama así, terrible en sus furores:

«¿Con tan queridas prendas te atavías,

Y escapar de mis manos presumías?

CXCV.

»Palante es quien te hiere; oí, Palante

Quien te inmola, y se venga en tu culpada

Sangre!» Dice, y al pecho que delante

Tiene, encamina la fulmínea espada

Enardecido. Turno en ese instante

A manos siente de la muerte helada

Sus miembros desatarse, y gemebundo

Su espíritu indignado huye al profundo.

FIN