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LIBRO PRIMERO.

I.

Canto asunto marcial; al héroe canto

Que, de Troya lanzado, a Italia vino;

Que ora en mar, ora en tierra, sufrió tanto

De Juno rencorosa y del destino;

Que en guerras luego padeció quebranto,

Conquistador en el país latino,

Hasta fundar, en fin, con alto ejemplo,

Muro a sus armas, y a sus dioses templo.

II.

De allá trajo su ser el trono albano,

Su nombre el pueblo a quien el orbe admira,

Roma de allá su cetro soberano...

Mas tú a mi osado verso, Musa, inspira!

Abre de estos sucesos el arcano;

¿Qué ofensa suscitó la excelsa ira

Que a la errante virtud sigue y quebranta?

¿Cupo en celestes pechos furia tanta?

III.

En frente, aunque a distancia, de la riba

Donde el Tibre en el mar su onda derrama,

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Tiria de origen, opulenta, altiva,

Alzóse la ciudad que Juno ama.

Más que a Sámos la Diosa vengativa

La amó: Cartago la ciudad se llama:

En ella la armadura pavorosa,

El carro en ella estuvo de la Diosa.

IV.

Y ya anhela ÉI Juno y pretendía

Hacer del orbe a esta ciudad señora

Si consintiese el hado. Oido habia

Que, corriendo los tiempos, en mal hora

Para alcázares tirios, se alzaria

De troyana raíz, dominadora

Nación potente, en los combates fiera,

Que así lo urdido por las Parcas era.

V.

Eso la Diosa recelaba; y luego

De irritantes recuerdos ocupada,

Ella no olvida que a vengar al Griego

Fue la primera en desnudar la espada:

Del troyano pastor el fallo ciego;

Su ofendida beldad, la raza odíada,

El alto honor a Ganimédes hecho,

Memorias son para afligir su pecho.

VI.

Por eso avienta a términos distantes

Del ítalo confín, a los que a vida

Dejó incendio voraz, salvados antes

Del acero de Aquíles homicida.

Por largos años sobre el ponto errantes,

Cerrando el paso a su virtud sufrida

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E1 hado vengador ¿dónde no asoma?

¡Fue empresa colosal fundar a Roma!

VII.

Haciendo nueva tentativa ahora

De la orilla zarpando siliciana,

Ya a la vela se daban; ya la prora

cortando iba veloz la espuma cana.

Mas la llaga cruel que la devora

Guardaba fresca la deidad tirana

En el fondo del alma; y sin testigo

Así comienza a razonar consigo:

VIII.

»¿Y será que vencida retroceda

En la intentada empresa? ¿y que al troyano

Aborrecido príncipe no pueda

Lejos tener del límite italiano?

¿Conque adverso el destino me lo veda?

Pálas un día, del insulto insano

Tan sólo de Áyax ofendida, airada,

¿No hundió a los Griegos y abrasó su armada?

IX.

»Ella misma del cerco nebuloso

Vibró de Jove la veloz centella,

Y alteró de los mares el reposo

Y dispersó los navegantes; ella

En torbellino súbito, furioso,

Arrebatando al infeliz, lo estrella,

Cuando aun abierto el pecho llameaba,

Contra un agrio peñon, y allí le clava.

X.

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»Y yo, que entre los Númenes campeo

De los Númenes todos soberana;

Yo, que los altos títulos poseo

De consorte de Júpiter y hermana,

Ya tantos años ha que en lid me empleo

Con solo un pueblo, y mi insistencia es vana!

¿Y habrá de hoy más quien me venere? ¿alguno

Que humilde ofrende en el altar de Juno?»

XI.

Tal medita la Diosa, y sus sollozos

Ahogando en su furor, a Eolia vuela,

Región, nublada en lóbregos embozos,

Región que aborta la hórrida, procela:

Eolo allí en inmensos calabozos

Las roncas tempestades encarcela

Y los batalladores aquilones,

Y hace pesar su imperio en sus prisiones.

XII.

Ellos dentro la hueca pesadumbre

Ruedan bramando, amenazando estrago;

Él, cetro en mano, sobre la alta cumbre,

Resuelve, en aire el comprimido amago,

Que si aquella legión de servidumbre

Salir lograse, por el éter vago

La tierra el mar, el ámbito profundo

Rauda barriera aniquilando el mundo.

XIII.

El alto Jove recelando eso,

Al ejército aéreo abrió esta sima,

Y ahí en tinieblas le envolvió, y el peso

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De altísimos collados le echó encima;

Y un rey impuso al elemento opreso

Que con tacto severo, ya reprima,

Ya dé medida libertad. Ahora

Juno ante él llega, y su favor implora:

XIV.

ȃolo, a quien el Rey de cielo y tierra

Calmar concede y sublevar los mares,

Oye: aquel pueblo a quien juré la guerra

Surca el Tirreno, y sus vencidos lares

Lleva, y su imperio, a Italia. Desencierra,

Eolo, tus alados auxiliares,

Y envíalos con ímpetus violentos

A romper naves y a esparcir fragmentos.

XV.

»Catorce Ninfas sírvenme doncellas,

De hermosura dotadas milagrosa;

La que en encantos sobresale entre ellas,

Deyopeya gentil, será tu esposa:

Eternas gozarás sus gracias bellas;

Yo te la doy, porque de prole hermosa

Afortunado fundador te haga;

Y así el favor mi gratitud te paga»

XVI.

Éolo reverente la responde:

«Reina, escudriña cuanto ansiar pudieres,

Dí cuanto oculta voluntad esconde,

Pues son tus voluntades mis deberes.

De ti no fuesen dádivas, ¿de dónde

Mi cetro, mi privanza, mis poderes?

Tú en las mesas olímpicas me sientas;

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Rey por ti soy de rayos y tormentas!»

XVII.

Dice; y la hueca mole con el cuento

Hiere del cetro, y la voltea a un lado;

Y al ver el ancha puerta, cada viento

Quiere salir primero alborotado;

Y Noto a un tiempo, y Euro, y turbulento,

Abrego con borrascas, monte y prado

Corren, barren el suelo, al mar se entregan,

y ondas abultan que la playa anegan.

XVIII.

Y remueven el ponto, el ponto gime;

Y silban cuerdas y la gente clama;

Roba las formas y la luz suprime

La oscuridad que en torno se derrama;

Noche tremenda el horizonte oprime;

El éter cruza intermitente llama;

Truena el polo, y suspenso el navegante

La pompa del terror tiene delante.

XIX.

En este instante de la muerte el hielo

Siente Enéas que embarga sus sentidos,

Y entrambas manos extendiendo al cielo,

Clama con voz ahogada entre gemidos:

¡Dichosos, ay, los que en el patrio suelo,

Al pie del alto muro, en liza heridos,

A vista de sus padres espiraron,

Y allí cual buenos su misión finaron!

XX.

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»¡Oh tú entre aquivos héroes el primero,

Diomédes esforzado! ¿que ímpia suerte

Me negó bajo el filo de tu acero

En los campos de Troya hallar la muerte?

Do al ímpetu de Aquíles Héctor fiero

Cayó; do el grande Sarpedon; do inerte

Tanto noble adalid, rota armadura,

El Símois vuelca en su corriente oscura!»

XXI.

Cállale aquí borrasca bramadora

Que hosca en las velas da, la onda agiganta;

Quiébranse remos, tuércese la prora,

La onda el costado del bajel quebranta:

Alzase el agua en cimas y a deshora

R6mpese: quién en vago se levanta;

Quién la ola henderse ve que lo encadena,

Y ve el fondo mostrarse, hervir la arena.

XXII.

Noto tres buques a su cargo toma

Y en adustos escollos los estrella

(Cuya espalda a flor de agua inmensa asoma,

Y ara el nauta la nombra, y huye de ella).

Sobre otros tres rugiente se desploma

Euro (¡escena de horror!), los atropella,

Y dales, entre puntas destrozados,

Tumba de arena en los hirvientes vados.

XXIII.

Al bajel que a los Licios aportaba,

El mismo en que el leal Oróntes iba,

Súbito hiere en popa una ola brava

Descargada con ímpetu de arriba.

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Enéas el embate viendo estaba

Que de un vuelco el piloto al mar derriba;

Tres vueltas da el bajel, la angustia crece,

Y el vórtice lo traga, y desaparece.

XXIV.

Vense dispersos que en lo inmenso nadan;

Maderos y reliquias de combates,

Y troyanas riquezas sobrenadan.

De Ilioneo, aunque fuerte, a los embates

La nave ya, y las de Abas se anonadan,

Del viejo Alétes y el valiente Acátes;

Que, hondas las grietas, desligado el brío,

Abren su seno al elemento impío.

XXV.

En tanto los rumores, los bramidos,

La inmensa agitación Neptuno siente;

Siente los hondos sótanos movidos,

Y alza alarmado la serena frente

Por cima de las ondas. Esparcidos

Los buques ve de la troyana gente,

Por todas partes maltratada y rota,

Que el cielo la acribilla, el mar la azota.

XXVI.

Ni ya de Juno se ocultó al hermano,

Industrioso el rencor que horrores trama;

Y al punto con acento soberano

Al Céfiro y al Euro a cuentas llama;

«¿Y así,» les dice, «os ciega orgullo vano?

Ya hundís los cielos sin mi venia, y brama

El agua en cerros que encrespais gigantes;

¡Guay!... Mas el mar apacigüemos antes.

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XXVII.

¡Huid, vientos! ¡huid avergonzados;

Ni esperéis de piedad segunda muestra;

Y a vuestro Rey decidle que los hados

No el tridente pusieron en su diestra:

Los reinos de la mar son mis estados!

Riscos él tiene allá, guarida vuestra;

Que respetoso a ajenos elementos,

Reine guardián de encadenados vientos! »

XXVIII.

Dice; nubes disuelve, el sol desnuda,

Y pone en paz las olas que batallan:

Cimotoe y Triton de roca aguda

Los míseros navíos desencallan;

Con su tridente él mismo les ayuda,

Las sirtes abre, y cielos y aguas callan;

Y por cima del mar, que apenas riza,

En levísimo carro se desliza.

XXIX.

¿Quién vio tal vez con la rabiosa ira

Que la plebe en motín ruge y revienta?

Teas, guijarros por el aire tira;

La fuerza del enojo armas inventa:

Mas si a un prócer piadoso alzarse mira

Se contiene, se acalla, escucha atenta;

Sola esa voz los ánimos ablanda,

Lleva la paz, y la obediencia manda.

XXX.

Neptuno así de una mirada enfrena

Del pielago insolente los furores,

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Y gira por la atmósfera serena

Dóciles sus caballos voladores.

Entre tanto, de la áspera faena

Cansados los troyanos viadores,

A las vecinas, líbicas orillas

Vuelven prudentes las cascadas quillas.

XXXI.

Vese allí en una cómoda ensenada

Formando puerto, una isla: a sus costados

Del pielago se rompe la oleada.

Y rota, entra a morir por ambos lados.

Guardando opuestos émulos la entrada,

Dos peñones, remate de collados,

Torvos se empinan: plácidas, a solas,

Tiéndense al pie las sombreadas olas.

XXXII.

Luego, al entrar, divísase eminente,

Del sol quebrando el trémulo destello,

Hórrido bosque, y negro, y grande; en frente

Cóncava peña cierra un antro bello.

Y allí hay bancos de piedra; allí una fuente

De agua dulce; es de Ninfas gruta aquello!

No aquí el cansado esquife ata la amarra;

No del áncora el garfio el fondo agarra.

XXXIII.

Saca Enéas, en suma, a salvamento

Siete naves. La gente, que desea

De la tierra el materno acogimiento,

Salta al césped que el céfiro recrea,

Y allí a los miembros húmidos da asiento.

Acátes hiere el pedernal; chispea;

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Hoja menuda allega, adusta, rama,

Y, el fómes atizando, arde la llama.

XXXIV.

Mojados sacan las cansadas manos

El don de Céres y su tren; y aprestan

Piedras allí para moler los granos

Que en seco extienden y que al fuego tuestan.

Sube Enéas a un pico, y los lejanos

Horizontes registra, por si enhiestan

Las popas de Caico allá su arreo,

bien sus velas el bajel de Anteo;

XXXV.

Ó ya a remo avanzando los navíos

Frigios parecen, o el de Cápis. Nada

Por los ecuóreos límites vacíos

Descubre a su esperanza su mirada.

Mas tres ciervos divisa que baldíos

Recorren la ribera la manada,

Al sabroso pacer vagando atenta,

Por acá y por allá los sigue lenta.

XXXVI.

El arco y leves flechas, al instante,

Armas del fiel Acátes, arrebata

Enéas; y a los tres que van delante

Con orgullosa cornamenta, mata;

A tiros luego el escuadrón restante

Entre el frondoso bosque desbarata,

Ni desiste hasta ver de los venados

Siete grandes por tierra derribados.

XXXVII.

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Así el número iguala al de bajeles;

Al puerto vuelve, do el botín divida

Entre sus tristes compañeros fieles;

Y con vino, de aquél que a su partida

De las riberas sículas, toneles

Bondoso Acéstes les hinchió, convida;

Y cura consolar los corazónes

El obsequio apoyando con razones:

XXXVIII.

«¡Antiguos, compañeros! sabedores

Antes de ahora de aventuras tales:

Ya visteis acabar otros mayores,

Dios dará fin a los presentes males.

De Scila atroz escollos ladradores:

De impios Ciclopes playas funerales:

¿Qué no habéis arrostrado? Alzad la frente.

Y ahogue su pena el corazón valiente!

XXXIX.

»Desgracias de hoy, mañana son memorias

Que despiertan secretas simpatías:

Senda de rudas pruebas transitorias

Nos lleva al Lacio y sus riberas pias:

Renacerán nuestras antiguas glorias;

Sufrid, guardáos para, mejores días!»

Dice; ríe esperanzas, y hondamente

Sella el fiero dolor que el alma siente.

XL.

Presta la gente a aderezar la caza

Pieles arranca, entrañas desaloja;

Quién la carne, que a miembros apedaza,

Fija en el asador, tremente y roja;

Quién da en la orilla a las calderas plaza,

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Y fuego allega; y ya en el musgo y hoja

Cobran tendidos el vigor postrado

Con vino añejo y nutridor bocado.

XLI.

Calla el hambre; y locuaz la fantasía

Recuerda a los ausentes: teme; alienta;

Y ya salvos, ya en la última agonía,

Ya sordos al clamor los representa.

Consigo Enéas, de la suerte impía

Del animoso Oróntes se lamenta,

Y de Amico, y de Licio, y de héroe tanto;

Del grande Gias del gran Cloanto.

XLII.

Tarde era va, cuando del alto cielo

Oteando el olímpico monarca,

Tierras y costas, el tendido suelo,

Y el mar de velas erizado, abarca

De una mirada, que con vivo anhelo

Fijó, en fin, en la líbica comarca;

Y, los ojos brillando humedecidos,

Venus así le hablaba con gemidos:

XLIII.

«¡Padre y señor de dioses y mortales;

Rey, cuyo brazo con el rayo aterra!

¡Oh! mira al hado, tras acerbos males,

Cuál a mi Enéas y a los Teucros cierra,

No del país que guarda, los umbrales,

Mas los ángulos todos de la tierra!

Para sufrir contrariedad tan fuerte,

¿Con qué crímen pudieron ofenderte?

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XLIV

»Tú prometiste que de aquí, algún día-

¿Lo recuerdas?- de aquí, de la troyana

Estirpe restaurada, se alzaría

Reina del mundo la nación romana.

¿Qué nuevo plan la ejecución desvía?

Yo usaba con las dichas del mañana,

Del ayer y sus ruinas consolarme;

Mas ¿vemos hoy que el hado se desarme?

XLV.

»No; que se ensaña cada vez más crudo!

¿Término a tanto mal darás al cabo,

Grande y buen rey? Con invisible escudo,

Del Adria entrando por el golfo bravo,

Al riñón mismo de Liburnia pudo

Anténor penetrar, y del Timavo

Las cabezas venció; de argiva hueste

Salvado en antes por favor celeste.

XLVI.

»Y en aquella región donde desata,

Los cerros atronando, mar rugiente

Por siete bocas su raudal de plata,

Y los campos inunda en su corriente,

Allí a Padua fundó: morada grata

En ella, y patrio nombre dio a su gente,

Y de Troya las armas; y tranquilo

Bajó a dormir en sepulcral asilo.

XLVII.

»¿Y a nosotros, tus hijos, a quien silla

Previenes celestial, se nos traiciona?

¿Y anegadas las naves, ¡oh mancilla!

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Porque de alguien el odio lo ambiciona,

Tocar nos vedas la latina orilla?

¿Así nos vuelves la imperial corona?

¿0 premio es éste de virtudes digno?»

Oyóla el Padre, y sonrió benigno;

XLVIII,

Y con la faz la besa con que el cielo

Serenar suele en tempestad oscura;

Y «Calma,» dice, «Citerea, el duelo;

De los tuyos el hado eterno dura.

Verás alzarse a coronar tu anhelo

La ciudad de Lavinio: a etérea altura

Tu heroico Enéas subirás un día,

Ni nuevo plan la ejecución desvía.

XLIX.

ȃl (pues voy a tu pecho, aun mal seguro,

A revelar recónditos arcanos)

Él hará guerra larga; el cuello duro

Domará de los pueblos italianos;

Dará a los suyos circundante muro,

Y fundará costumbres. Tres veranos

Contará de los Rútulos triunfante;

Y tres inviernos le verán reinante.

L.

»Y su hijo Ascanio, que festivo y tierno

Con renombre de Yulo se engalana,

(llo nombróse en el solar paterno

Cuando alzaba Ilion la frente ufana),

Treinta años llenará con su gobierno

Mes a mes; y la sede soberana

Mudando de Lavinio, hará a Alba Longa

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Robusta en fuerzas que al asalto oponga.

LI.

»De manos de la hectórea dinastía,

No habrá en tres siglos quien el cetro aparte:

llia, real sacerdotisa, un día

Hijos gemelos parirá de Marte:

Con la piel de la loba que los cría

Ya al mayor miro ufano; baluarte

Alzará eterno, y porque al mundo asombre,

Rómulo a su nación dará su nombre."

LII.

»Y término, ni linde, ni parada

Fijo al poder de Roma: eterno sea!

Juno misma, que alarma exasperada

Cuanto baña la mar y el sol rodea;

Con nuevo acuerdo, a la nación togada

Que al mundo, acerca el hado, señorea,

Vendrá por fin en proteger conmigo;

Y así se cumplirá cual yo lo digo.

LIII.

»Y siglo traerá el tiempo en que cadenas

De la casa de Asáraco a la argiva;

A Ptia vencerá; verá a Micénas,

Si antes gloriosa, ya a sus pies cautiva.

Tan noble sangre llevará en las venas

Julio- por nombre que de atrás deriva,

César- con gloria que'hasta el cielo alcanza,

Él cuyo imperio sobre el mar se avanza.

LIV.

»Y tú, segura de contrario insulto,

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Cargado con despojos de Oriente

Le cogerás en el Olimpo; y culto

Le dará el hombre en votos afluente,

Y, sosegado el militar tumulto,

La férrea edad se tornará clemente:

Fe anciana reinará y amor divino,

Y en unión fraternal Remo y Quirino.

LV.

»Y por fin con estrechas cerraduras

Y de hierro cargadas, de la Guerra

Cegadas quedarán las puertas duras:

El malvado Furor, que allí se encierra,

Sentado sobre rotas armaduras,

Con las manos atrás, que el bronce aferra

De cien cadenas, lanzará bramidos,

Los dientes rechinando enrojecidos.»

LVI.

Dice, y al punto del Olimpo envía

Al alígero dios hijo de Maya,

Que a allanar a los náufragos la vía

Y el muro de Cartago a abrirles vaya;

Pues de Dido recela, que podría

Alejarlos tal vez de aquella playa

Si los altos designios ignorase.

Oyele el nuncio, y por el éter vase.

LVII.

Y la pluma batiendo fujitiva

En la región inmensa, por do hiende,

Presto a las costas líbicas arriba,

Y a cumplir el mandato sólo atiende

Y ya los Penos su rudez nativa,

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Por él, remiten; y ante todo enciende

En Dido un vago y tierno sentimiento,

Prenda de hospitalario acogimiento.

LVIII.

Enéas, que la noche pasó entera

Cavilando, aun no bien la luz celeste

Mira nacer al mundo placentera,

Ya ansioso sale a ver qué clima es éste

Do el viento le ha arrojado: si hombre ó fiera

Habita en él, según le ve de agreste:

Todo saberlo, averiguarlo intenta,

Y a los suyos tornar a darles cuenta.

LIX.

La flota deja so el peñón antiguo

Que las aguas socavan sin estruendo,

Y de las corvas selvas al abrigo

Con sombra en torno de negror horrendo

Sólo a Acátes llevándose consigo,

Cada cual ancha pica entra blandiendo:

Ya en medio el bosque, Venus, de sorpresa

Vestida de espartana se atraviesa.

LX.

Por su aire y armas lo parece; ó nueva

Harpálice gentil, que de vencida

A sus caballos en su esfuerzo lleva

Y al Euro alado en su veloz corrida:

Cual puesto al hombro a cazadores prueba,

Cuelga el arco; el cabello al aura olvida;

Y deja la rodilla ver desnuda

Do undosos pliegues lazo breve anuda.

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LXI.

«¡Hola! Mancebos,» díceles la Diosa:

«¿A una de mis hermanas por ventura

Visto habéis por ahí, que vagarosa

Lleva aliaba, y pintada vestidura

De piel de lince? ó que tal vez acosa

A un jabalí soberbio en la espesura

Con agudo clamor?» Tal Venus dijo;

Y de Venus, así respondió el hijo:

LXII.

«En verdad no hemos visto aquella hermana

Tuya, a quien buscas, ni sabemos de ella.

Mas ¿cuál te nombraré? nos es cosa humana

Lo que suena tu voz, tu faz destella.

¿Eres alguna Ninfa? ¿eres Díana?

Yo diosa te presumo, y fausta estrella,

Quienquier fueres, mí, labio te saluda:

¡Oh! da propicia a náufragos tu ayuda!

LXIII.

»Y por piedad, qué clima es éste, dinos,

Ó qué zona del mundo, qué campaña;

Que sin saber ni gentes ni caminos,

Vamos perdidos en región extraña

A donde, infortunados peregrinos,

De olas y vientos nos lanzó la saña,

Y, grata a recibidos beneficios,

Mi mano hará en tus aras sacrificios.»

LXIV.

«No merezco ese honor,» Venus contesta:

«Siempre de Tirias fue, si os maravilla,

De aljaba ornadas vaguear, cual ésta,

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Con borceguí purpúreo a la rodilla.

Púnico imperio aquí se os manifiesta

Pueblos fenicios, de Agenor. la villa;

Empero, esta región parte fronteras

Con las tribus del Africa altaneras.

LXV.

»De Tiro vino huyendo del hermano,

La que reina hoy aquí, por nombre Dido.-

El largo drama a desflorar me allano:-

Esta tuvo a Siqueo por marido,

Rico en tierras cual no otro comarcano;

Con vivo amor de la infeliz querido;

A quien, bella con gracias virginales,

La unió el padre en primeros esponsales.

LXVI.

»Su hermano en Tiro entonces dominaba,

Pigmalion, el más feroz malvado:

Enemistad entre los dos se traba,

Y él a Siqueo, ante el altar sagrado,

Sacrílego y traidor a hierro acaba,

Y también de codicia estimulado;

Y a la sencilla enamorada hermana

Oculta el crímen de su diestra insana.

LXVII.

»Y con ficciones la entretiene en duda,

Y su amor de esperanzas alimenta;

Cuando en sueños por fin a la viuda

De Siqueo insepulto se presenta

La sombra misma, alzando la faz muda

Con tétrico misterio macilenta;

Y el ara le señala enrojecida,

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El pecho abierto y la profunda herida.

LXVIII.

»Y el arcano espantoso que contrista

Y un rincón recataba, muestra entero;

Y la excita a buscar con planta lista

Más humano país, clima extranjero:

Para ayuda de viaje, abre a su vista

En sótano ignorado, de dinero

Antiguo y vasto acopio. Conmovida

Dido despierta a apercibir la huida.

LXIX.

»Busca auxiliares; llegan a porfia

Quiénes que temen del cruel tirano,

Quiénes que odían la infame tiranía;

Apañan, cargan de oro las que a mano

Naves dispuestas por ventura habia;

Y ya cruza los campos de Océano

De Pigmalion avaro la riqueza;

Y una débil mujer va a la cabeza

LXX.

»Y aquí al sitio pararon do ahora vese

Muralla colosal; do se levanta

La fortaleza de Cartago: en ese

Sitio compraron tanta tierra cuanta

La piel de un buey en derredor cogiese; -

De Brisa el nombre la aventura canta.-

Mas ¿quiénes sois? ¿de dónde vuestra flota,

a dónde encaminaba la derrota?»

LXXI.

Enéas respondiéndola, doliente

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24

La voz, arranca, y con suspiro dice:

«¡Diosa! si de su origen al presente,

La serie de mis lances infelice

Narro a tu corazón condescendiente,

Primero que mi labio finalice,

-Su luz robando al mundo y su alegría

Habrá su giro completado el día,

LXXII.

»De Troya procedentes (si ya sabes

Lo que fue un tiempo la ciudad que digo),

Tras largas vueltas y fatigas graves

Golpe de airados vientos enemigo

Lanzó sobre estas costas nuestras naves.

Yo soy el pio Enéas, que conmigo

Voy llevando doquier, del mar por medio,

Dioses salvados de voraz asedio.

LXXIII.

»Enéas, en las célicas esferas

Famoso ya; que por el mundo ando

De la Italia por patria, las riberas,

Y el linaje de Júpiter buscando:

Confié al frigio mar veinte galeras,

El camino mi madre señalando,

Yo su enseñanza celestial siguiendo;

¿Qué hallamos? bravo mar y Euro tremendo.

LXXIV.

»Y he aquí con siete buques mal librados,

Llego al cabo, ignorado, desvalido,

Del África a correr los despoblados,

Ya del Asía y Europa repelido! »...

Mas aquí, con afectos reavivados,

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Venus interrumpióle en su gemido:

«Tú, quíenquier seas, que a Cartago vienes,

Las simpatías de los Dioses tienes.

LXXV.

»Ellos dan que los hálitos vitales

Respires para bien: feliz sendero

De la reina te lleva a los umbrales.

Vendrán a puerto nave y marinero,

Vueltos en su favor los vendavales;

Y si no falta el arte del agüero

En que hubieron mis padres de instruirme,

No dudes tú lo que mi labio afirme.

LXXVI.

»Vé esos cisnes, en número de doce,

Del éter, donde Júpiter la asila,

A darles caza el águila veloce

Se lanzó por la atmósfera tranquila:

De alegre libertad vueltos al goce,

Míralos descender en larga fila;

Ya del campo se adueñan los primeros,

Ya a flor de tierra asoman los postreros.

LXXVII.

»Cual el cielo cubrieron en bandada,

Y baten ora las festivas aves

La ala ruidosa, y cantan su llegada;

Tal la flor de los tuyos, tal tus naves

0 entran al puerto, ó llegan ya a la entrada

Con vela abierta y céfiros suaves.

Tú sigue en tanto; y por do aquesta vía

Conduciéndote va, los pasos guía.»

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LXXVIII.

Tal Venus dice; y vuélvese, y el cuello

Con el matiz le brilla de la rosa;

Y partiéndose en ondas, el cabello

Mana esencia de cielo deliciosa:

Cae la veste a los pies, sublime sello;

Y, andando, ser mostró de veras diosa

El héroe, al descubrir su madre en ella,

Clamando sigue la fugace huella:

LXXIX.

«¿Y así burlado una vez más me dejas,

¡Oh madre mía! con falaz semblanza,

Tú también, tú cruel? ¿Y así te alejas

Sin que hablemos con dulce confianza

Ni estrechemos las manos?» Tal sus quejas

Al aire da, y a la ciudad se avanza,

Y ella, esparciendo opaca niebla en tanto,

Los ciñe en torno de nubloso manto.

LXXX.

Y así los cubre porque nadie pueda

Ni verlos ni ofenderlos en mal hora,

Ni curioso se cruce en la vereda

Con sus, preguntas a tejer demora;

Y por los aires se remonta, y leda

Vuela al templo de Páfos, donde mora,

Do aras ciento en su honor mezclan olores

De arabio incienso ardiente y tiernas flores.

LXXXI.

Ellos con planta intríneanse ligera

Por do advierte la senda, y la colina

Coronan ya, que a la ciudad fronterd,

L A E N E I D A

27

De lleno allá sus cúpulas domina.

Enéas con asombro considera

La fábrica estupenda y peregrina

Do un tiempo fueron chozas; y suspenso,

Puertas ve, y calles, y el bullicio inmenso,

LXXXII.

No descansan los Tirlos: ó se empleen

En alzar el alcázar y dirijan

El giro a la muralla, y acarreen

Gruesos cantos a empuje; ó puesto elijan

Para casa, y con zanja le rodeen:

Sobre traza soberbia sitio fijan

Propio al legislador, al magistrado,

Y al augusto recinto del Senado.

LXXXIII.

Quiénes, formando un muelle, cavan fosas;

Quiénes, para un teatro, anchos solados

Extienden, y columnas prodigiosas

Cortan, adorno a escénicos tablados.

Tales, en suma suelen oficiosas

Ir las abejas por floridos prados

Cuando sacan al sol adultas crias

De estacion bella en los primeros días;

LXXXIV.

Tales la miel fabrican rica; y llena

Las celdillas al cabo el néctar blando

Y ya salen de paz, la carga ajena

A recibir ufanas; ya cerrando

En trabado escuadron, de la colmena

Los zánganos alejan, torpe bando:

Con afán vario la labor se enciende,

V I R G I L I O

28

Y a tomillo vivaz la miel trasciende.

LXXXV.

«¡Qué gran dicha a unos hombres se depara

Que alzarse ven el suspirado muro!»

Dice Enéas a tiempo que repara

En las altas techumbres; y seguro,

Gracias, ¡oh rnaravilla! a que la ampara

Contino en derredor celaje oscuro,

Entra por la ciudad con paso listo;

Anda entre todos, y de nadie es visto.

LXXXVI.

Antiguo bosque de frescor ameno

Había en medio a la imperial Cartago:

Lanzados ya los Tirios a su seno

De ondas y vientos por furioso amago,

Hallaron en las capas del terreno

De un corcel la cabeza, don presago

Que allí Juno les puso de victoria,

Prenda de salvación, señal de gloria.

LXXXVII.

Grata la Reina a auxilios singulares,

Alzaba allí a la Diosa un templo extenso,

Que a la vez ilustraba sus altares

Con favor sacro y con devoto incienso:

Escalonado el atrio entre pilares

Y trabes bronceadas, daba ascenso

A la alta puerta de metal bruñido

Que el quicio oprime, y gira con ruido.

LXXXVIII.

En este bosque el héroe al pecho laso

L A E N E I D A

29

Halló aliento, a sus penas lenitivo,

Y alta lección de que en adverso caso

Hay siempre de esperanza algun motivo;

Pues, ya en el templo suntuoso, al paso

Que todo lo registra pensativo,

Y aguardando a la Reina, allá en su mente

Mide el poder de la ciudad naciente;

LXXXIX.

Mientras nota a un plan mismo convertidas

Manos de artistas y el primor del arte,

Por órden halla en cuadros repartidas

Leyendas de Ilion, lances de Marte,

Que al orbe ocupan ya. Ve a los Atridas,

Ve a Príamo, e igual a cada parte

Aquíles en los rayos de su ira;

Párase aquí, y con lágrimas suspira.

XC.

«¡Acátes! ¿qué región, de nuestra fama

No hay ya en el mundo, ó nuestros hechos, llena?

Míra a Príam: aquí la gloria llama

Al que allá injusta adversidad condena:

El sentimiento aquí llantos derrama,

Y aquí se siente en la desgracia ajena!

Animo, pues; nuestro renombre claro

Presta esperanzas de feliz reparo.»

XCI.

Dice, y con mil recuerdos embebece

En la inerte pintura los sentidos,

Y mudo llanto el rostro le humedece;

Que en ella, muro afuera, en lid tejides,

Ya la troyana juventud parece,

V I R G I L I O

30

Que a los Griegos acosa espavoridos;

Ya a los Frigios, Aquíles, que bizarro

Con plumaje gentil vuela en su carro.

XCII.

Reconoce con lágrimas, tras eso,

Las tiendas, con sus lonas cual de nieve,

Que Diomédes taló, vendido Reso

Del primer sueño en el regazo aleve:

Allí el cruel en sanguinario exceso

Huelga; y medroso de que alguno pruebe

Pastos de Troya ó en el Janto beba,

Los caballos indómitos se lleva.

XCIIII.

Tróilo en pos viene: juvenil locura

Ha hecho que fuerzas inferiores mida

Con Aquíles: perdida la armadura,

Derribado de espaldas, de la brida

Traba, que al vacuo carro le asegura:

Tiran los potros en veloz corrida;

Arrastra el cuello y cabellera suelta,

Y el polvo fácil marca el asta vuelta.

XCIV.

Más allá al templo de Minerva, en tanto,

Teucras matronas a ofrecerle llegan,

Por vencer su rigor, un regio manto:

El tendido cabello al aire entregan;

Hieren el seno en muestra de quebranto

Las palmas; los humildes ojos ruegan:

Sorda la Diosa a la oración prolija,

Torvas miradas en el suelo fija.

L A E N E I D A

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XCV.

Enéas adelante a Aquíles halla

Volviendo, a trueco de oro, el insepulto

Cadáver que en redor de la muralla

Tres veces arrastró con fiero insulto:

Hondo gemido de su pecho estalla

El muerto amigo viendo allí de bulto

Y el carro vencedor y los despojos,

E inerme suplicando el Rey de hinojos.

XCVI.

Él mismo en noble puesto allá campea

Par del negro Memnon, que con su banda

De Oriente, cierra. Al fin Pentesilea

Las huestes amazónicas comanda

De corvo escudo: el cíngulo rodea

Aureo so el pecho descubierto; y anda

Furiosa entre los gruesos escuadrones,

Y hembra y todo, armas hace con varones.

XCVII.

Mientras con viva admiración encuentra

Tales cuadros el héroe, y cada asunto

Le detiene, y la vista reconcentra

Luego y la admiración toda en un punto;

Dido, la hermosa Dido al templo entra,

La cual doquiera penetrando, junto

Con damas de copiosa comitiva,

La labor colosal risueña activa.

XCVIII.

Tal del Eurótas por la vega umbría

Ó ya del Cinto por el halda amena,

Gentil Díana leves coros guía

V I R G I L I O

32

la aliaba pendiente al hombro suena

Ninfas en torno ágrúpanse a porfía,

Y a todas ella en majestad serena

Se aventaja al andar: delicia vaga

El seno de Latona oculta halaga.

XCIX.

Ya a las puertas la Reina se presenta

De do la Diosa estableció morada,

Y en el trono magnífico se asienta

Que el ámbito promedía de la arcada:

Rodéanla sus guardías: ello, atenta,

En dar la ley y hacer la paz se agrada;

Y ya a cada uno igual la carga mide,

Ya, echando suertes, la labor divide.

C.

Mas entre inmensa multitud, que en esto

Ansiosa al paso acude, al templo santo

Ha columbrado Eneas que Sergesto

Y Anteo viene, con el gran Cloanto,

Y otros que oscuro el Ábrego interpuesto,

Lanzó a playas distintas. Con espanto

Entremezclado de alborozo vivo,

Ven los dos del embozo el fausto arribo.

CI.

Y aunque las manos estrechar anhelan.

Mas lo raro del caso los detiene,

Y en la cóncava nube se cautelan,

Do a los que llegan atender conviene,

Que dó surgieron digan, ó qué, apelan,

Pues embajada forman en que viene

De cada nave un noble personaje,

L A E N E I D A

33

Y audiencia al palo claman y hospedaje.

CII.

Como entraron, y el real asentimiento

Logrado hubieron de que alguno hable,

«¡Salve, oh Reina!» empezó con grave acento

Ilioneo, entre todos venerable:

«Tú, a quien fundar concede ilustre asiento

Jove, y justa regir gente intratable,

Hijos de Troya ves, ya há largos años

Agitados en pielagos extraños.

CIII.

»Hoy de incendio amenaza gente osada

Nuestros bajeles: tu poder lo impida!

De un pueblo religioso te apiada

Que con su historia tu amistad convida!

No a hacer risa venimos por la espada

En comarca a tu imperio sometida,

No a la costa a volver con rica presa;

Ni es de vencidos tan soberbia empresa.

CIV.

»Hay de antiguo un país, con apellido

De Hespería por los Griegos señalado,

Pueblo en trances de guerra asaz temido,

Tierra asaz grata a la labor de arado:

Fue primero de Enotrios poseído;

Y hora Italia se nombra, por dictado

De famoso caudillo procedente,

Si ya constante tradición no miente.

CV.

»Bogaban para allá nuestros navíos

V I R G I L I O

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Cuando Orion, que cóleras desata,

Surge infausto del mar, y entre bajos

Con subitáneo golpe nos maltrata;

Y servido a placer de austros impíos,

Entre espuma y fragor nos arrebata

Por todo el mar. Muy pocos, cuasi a nado

Habemos a tus costas arribado.

CVI.

»Mas ¿qué raza cruel, señora, es ésta?

¿No rige ley que su barbarie elida?

Que aún no bien nos divisa, a lid dispuesta,

Conjúrase a estorbarnos la acogida

Que a náufrago infeliz la arena presta.

Oh! si a hombre no temeis que cuenta os pida,

Que hay Dioses recordad que nunca mueren,

Y premian la virtud y al crímen hieren!

CVII.

»Rey nuestro fue, de príncipes modelo,

Enéas, que otro igual no vio la tierra,

Quier en la paz por su piadoso celo,

Quier por su brazo poderoso en guerra.

Que si aun aura vital le otorga el Cielo,

Si hado adusto en tinieblas no le encierra,

Acabóse el temor, y a ti en agrado

Vendrá, fio, el favor anticipado,.

CVIII.

»Mas oye: en la poblada, en la guerrera

Comarca siciliana poseemos

De Acéstes el favor, que en ella impera,

Y troyana es su sangre. Que arrimemos

Nuestros restos, consiente, a la ribera,

L A E N E I D A

35

Y en tus bosques cortar tablaje y remos,

Y a Italia iremos, nuestro Rey al frente,

Si salva el hado vuelve nuestra gente.

CIX.

»Mas si ya feneció nuestra ventura;

Si ya, ¡oh amado Rey de los Troyanos!

Te dan líbicas olas sepultura,

Ni a Ascanlo logran nuestros votos vanos;

Buscaremos siquier mansión segura

Navegando a los términos sicanos,

De do ya nuestra flota el vuelo alzara,

Que allí Acéstes bondoso nos ampara.»

CX.

Dice, y todos barbotan de consumo

Oscura frase que el asenso explica;

Y con modestia y dignidad en uno

La culta Reina al orador replica:

«¡Troyanos! desterrad el que importuna

Vago recelo el alma os mortifica:

Mis fronteras guardar por fuerza debo;

Dura es mi situación, y el reino es nuevo.,

CXI.

»Mas ¿quién no sabe a Troya y sus varones?

No de tantas virtudes el tesoro,

Los nombres de tan nobles campeones,

Ni ya esa guerra gigantesca ignoro:

No solemos los Penos corazónes

Tan incultos llevar; ni al carro do oro

Sus caballos el Sol tan lejos ata

De una ciudad que, vuestra gloria acata.

V I R G I L I O

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CXII.

»Quier vuestro anhelo la región prefiera

De Hesperia, y campos que Saturno escuda.

Quier la de Érice os llame lisonjera,

A do el favor de Acéstes os acuda;

Doquiera ir presumais, ireis doquiera

Seguros con mi amparo y con mi ayuda.

¿0 hacer mansión conmigo os acomoda?

Esta ciudad que fundo, es vuestra toda.

CXIII.

»Meted la fiota: un mismo tratamiento,

Tendrá el Teucro en Cartago y el de Tiro,

Y ¡oh si arribase con el propio viento

El héroe que nombró vuestro suspiro!

Pues yo daré a emisarios mandamiento

Que exploren la comarca en largo gíro,

Por si, náufrago Enéas, rnueve acaso,

O en el poblado, incierto el paso.

CXIV.

De la arenga tocados, rato habia

Los de la nube ansiaban salir fuera;

Y, a Enéas vuelto, Acátel le decía:

«Falta el que hundirse viste en la onda fiera,

Cúmplese en lo demas la profecía,

Hijo de Venus, que tu madre hiciera:

¿Qué aguardas?» Suelta en esto se evapora

La opaca nube en la aura brilladora.

CXV.

Y el héroe apareció, de luz cercado,

A un Dios en aire y en miembros semejante;

Pues le había su madre aderezado,

L A E N E I D A

37

La copia de cabellos arrogante;

Bañó sus ojos de inefable agrado,

Y dio luz rósea al juvenil semblante,

Bien cual bruñe el marfil, ó mármol pario

Ó argento engasta en oro el lapidario.

CXVI.

«Ved salvo al que buscais; yo soy Enéas!»

Dice; y a Dido se convierte luego:

«Tú, sensible mujer, dichosa seas,

Sensible a nuestra historia, a nuestro ruego;

Que reino y casa a náufragos franqueas,

De la espada reliquias y del fuego,

Juguetes de la mar, de la fortuna,

Ya sin arrimo ni esperanza alguna!

CXVII.

»Señora, a tu largueza, a tu hidalguía

Corresponder nosotros mal podremos,

Ni cuantos restos de la patria mía

Errantes van del orbe en los extremos.

Mas si hay Dioses que ven con simpatía

La virtud; si aún justicia conocemos;

Si el tribunal de la conciencia es algo,

El Cielo premiará tu porte hidalgo!

CXVIII.

»¡Oh feliz hora en que la luz primera

Viste del cielo! ¡oh ilustres genitores!

Mientras amen del monte la ladera

Las sombras; mientras corran bramadores

Los rios a la mar; mientras la esfera

Alimente sus trémulos fulgores,

Durará tu alabanza y tu memoria:

V I R G I L I O

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Doquier yo aliente, vivirá tu gloria.»

CXIX.

Dice; y adelantándose del puesto

Las manos da regocijado: en tanto

Que una ofrece a Ilioneo, otra a Seresto,

Y al gran Gias, de ahí, y al gran Cloanto,

Y a todos a la vez. Dido de presto,

Enmudeció de admiración y encanto:

Al presentarse el héroe, con su brillo;

Luego, al abrir los labios, con oillo.

CXX.

Recobrada, expresó razones tales:

«¡Oh! ¿qué impía mano perseguirte osa

Al traves de contrarios temporales?

¿Quién, ilustre mortal, hijo de Diosa,

A estas playas te impele inhospitales?

¿No eres tú a quien de Anquíses Cipria hermosa,

Del frigio Símois en el valle ameno,

Concibió grata en su amoroso seno?

CXXI.

»Recuerdo a Teucro, que en Sidon venido,

Trocaba con destierro el patrio clima,

Ya de mi padre Belo protegido,

Que imperaba triunfante en Chipre opima.

Troya y Grecia de entonces en mi oido

Sonaron con tu nombre. En alta estima

El tenía a los tuyos, si contrario,

Y aun de Troya alabóse originario.

CXXII.

»¡Mas venid luego a mi real morada,

L A E N E I D A

39

Mancebos! Cual vosotros combatida

De ruda suerte y varia, al fin cansada,

Donde agora os la doy, logré acogida

De mis propias desgracias enseñada

Miro por los que sufren condolida.»

Dice; y honrando a la Piedad divina,

Con el héroe a palacio se encamina.

CXXXIII.

Y próvido tendiendo el pensamiento,

A los que quedan en la playa; envía

Veinte toros allá, por bastimento,

Cien gruesos cuerpos de cerdosa cría,

Y cien ovejas y corderos ciento;

Y el don de alegre Dios, por granjería;

En tanto que el palacio se adereza

Con vario alarde de imperial riqueza.

CXXIV.

Ya en el seno interior del edificio

Previénese el opíparo convite:

Lucen vestes, do el clásico artificio

Con,la soberbia púrpura compite;

Brilla de plata sólido servicio,

Y copas de oro, do el buril repite,

Desde era inmemorial las patrias glorias,

Y los Reyes en serie, y sus historias.

CXXV.

En este medio Enéas (no tolera

Amor, pecho de padre sosegado)

A Acates manda que en veloz carrera

Lleve a Ascanio el obsequio, y a su lado

Venga Ascanio;- que Ascanio cobra entera.

V I R G I L I O

40

La ternura del padre y su cuidado.-

Y traiga cuanta rica prenda y joya

A los escombros se arrancó de Troya.

CXXVI.

Acuérdale la veste de oro llena,

Con sólidas figuras y labores,

Y el rico velo de la argíva Elena

Que de amarillo acanto esmaltan flores;

El mesmo que ella, de rubor ajena,

Volando en pos de ilícitos amores,

Don de Leda su madre peregrino,

Trujo de Grecia cuando a Troya vino.

CXXVII.

Reliquias con que a par venir dispone

El noble cetro que regir solía,

Hija mayor de Príamo, Ilione,

Y el collar de menuda pedrería,

Y el díadema do el oro se compone

Con finas perlas en igual porfía.

Acátes, que cumplir el cargo anhela

Camino de las naves corre, vuela.

CXXVIII.

Nuevas trazas en tanto Citerea,

Nueva industria medita: que Cupido

Tome de Ascanio la figura, idea,

Y que, atenta al obsequio, obsequie a Dido;

Con que tocada de un incendio sea

Que el corazón le invada inadvertido;

Ca ese mixto hospedaje bajo un techo

Teme, y dos amistades en un pecho.

L A E N E I D A

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CXXIX.

Y, a su idea presente sin desvío

Juno cruel que la robara el sueño,

«Tú a quien debo mi fuerza y señorío,»

Dice, humilde apelando a Amor risueno:

«T ú, el único que ves, dulce hijo mio,

Libre y seguro de mi Padre el ceño

Que de Titanes quebrantó el arrojo!

Merced vengo a pedir, y a tí me acojo.

CXXX.

»Enéas sabes tú cuánto ha sufrido;

Cuál Juno en oprimirle atroz persiste,

De todo viento en todo mar barrido;

Que aun de él conmigo hermano te doliste:

Huésped agora la sidonia Dido

Con regio halago liberal le asiste;

Mas temo que a inclinarse en contra emplea,

Hospedaje que a Juno a par se ofrece.

CXXXI.

»Que no su odiosidad terná arrendada

En tan ardua ocasion. Y así primero

Poner de Dido al corazón celada

Y de mi llama rodealle quiero;

Porque otra inspiracion no la disuada,

Y, con afecto al cabo verdadero

Asida a Enéas, de mi lado quede:

Oye cuál finjo que lograrse puede.

CXXXII.

«El infante real la voz de Enéas

Va a seguir, y de Acátes las pisadas,

V I R G I L I O

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A Cartago llevando las preseas

De Troya, al fuego y a la mar ganadas.

Porque él nada presuma, y de él no seas

Turbado de la Reina en las moradas,

A Citera ó a Idalia llevaréle,

Do sacra oscuridad su sueño cele.

CXXXIII.

»Toma esta noche su figura, y lazo,

Niño en disfraz de niño, a armar vé a Dido;

Que ella habrá de acogerte en su regazo

Gozosa entre los bríndis y el rüido;

y tú a vueltas podrás del blando abrazo,

En la miel de sus ósculos, Cupido,

Depositarla punta que a su seno

Oculto del amor lleve el veneno.»

CXXXIV.

Manso a la tierna madre Amor da oidos,

Y marcha, a Ascanio igual, depuesta el ala;

Mientras de Ascanio Venus los sentidos

Con plácido sopor vence y regala;

Y abrigado en su seno, a los erguidos

Idalios bosques llévale, do exhala

Suaroma, y con sus sombras le guarece

El blando almoraduj que allí florece.

CXXXV.

En tanto de Cartago en seguimiento,

Obediente de Venus al mandado,

Cupido va con dones opulento,

Con el favor de Acátes bien hallado.

Cuando llegado hubieron, fue el momento

En que en el centro de grandioso estrado

L A E N E I D A

43

Dido en cojines recamados de oro

Se reclinaba con gentil decoro.

CXXXVI.

Enéas, que tras ella se,avecina,

Entra, y con él la juventud troyana,

Que en orden se desparte, y se reclina

En muelles lechos de soberbia grana.

Agua da para manos cristalina

La servidumbre, y de suave lana

Toallas brinda, y de la rubia Dea

El don en canastillos acarrea.

CXXXVII.

Cincuenta esclavas dentro, los manjares,

Puestas en fila, en sazonar se emplean,

Y con incienso en propiciar los Lares;

Copas, ministran, viandas acarrean

Otras, cien, y en la, edad cien mozos pares,

Entran, llamados, Tirios que pasean

Densos en 1os alegres corredores,

Y los lechos ocupan de colores.

CXXXVIII.

Admiran de los dones la hermosura,

Admiran al garzon, su faz que brilla,

Y de su falsa labia la dulzura;

Ven la áurea veste, el oro que amarilla

La flor de acanto con primor figura:

Mas Dido en especial se maravilla,

Y de gozar no acaba;- ella, ¡ay! no sueña

Que a un abismo, gozando, se despeña!

CXXXIX.

V I R G I L I O

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Y en el niño y los dones se recrea,

Los mira, y cuanto mira, eso se inflama.

¿Qué hace el rapaz? Al cuello se rodea

Del héroe, que en su error hijo le llama;

Mas luego que feliz le lisonjea,

Déjale en paz, y con su activa llama

Va a Dido, que en su error, niño inocente

Jovial le invita: con risueña frente.

CXL.

¡Ay! ya al seno le estrecha dulce y blanda

¡Y es un gran Dios lo que en su seno anidal

De la Reina en el seno, lo que manda

La gran Diosa, su madre, Amor no olvida:

De Síqueo la imágen veneranda

Sin sentir borra, y sin sentir convida

Con nuevo halago a nueva lid a un alma

Que retirada ha tiempo vive en calma.

CXLI.

Hubo el primer banquete terminado,

Y la mesa se sirve de licores,

Y festejan el vino regalado

Los hondos vasos adornando en flores.

Cien arañas del áureo artesonado,

Penden: crecen sonando los clamores;

Y las hachas con luces triunfadoras

Quitan el campo a las nocturnas horas.

CXLII.

En este instante la sidonia Dido

La copa demandó que usar solia

Belo, que en orden desde allá traido

Cada progenitor usado habia:

L A E N E I D A

45

Copa del oro sustentada, unido,

Con finas piedras en igual porfía;

Y de vino la llena, y al momento

Calla el concurso a su palabra atento:

CXLIII.

«¡Júpiter! si ya diste a los humanos

De la hospitalidad el sacro fuero,

Haz este día a Tirios y a Troyanos

Grato por siempre y, de felice agüero

Lo aplaudan nuestros nietos más lejanos:

Benigna Juno y Baco placentero,

Lo honren presentes; y en gozoso grito,

Tírios, a saludarlo ahora os invito.»

CXLIV.

Dice; y sobre la mesa el néctar liba

Que generoso desbordaba, y luego

La taza al labio toca fugitiva:

La alarga a Bícias con señal de ruego;

Toma, empínala e1 con ansia viva,

Y el espumoso vino agota ciego:

Alzan todos los próceres sus copas,

y el canto empieza del crinado Yópas.

CXLV.

El cual describe con laud divino

Lo que Atlas le enseñó por gran fortuna;

Cómo el sol desfallece en su camino;

Por qué altera su faz la móvil luna;

Deónde la bestia de los campos vino;

Cuál fue del hombre la primera cuna;

Qué fuente al mundo suministra el agua;

Dó está de los relámpagos la fragua.

V I R G I L I O

46

CXLVI.

Canta eso mismo a Arturo, las dos Osas,

Y las Híadas tristes. el arcano

Que las noches alarga perezosas;

Por qué los soles del invierno cano

Con ruedas se despeñan presurosas

A bañarse en el líquido Océano.

Cesa; y acogen su cantar sonoro

Tirios y Teucros aplaudiendo en coro.

CXLVII.

Y vuela el tiempo en pláticas sabrosas,

Y Dido, platicando, amor apura;

Mil cosas sobre Príamo, y mil cosas

A preguntar sobre Héctor se apresura:

Ya qué huestes trujera pavorosas

EI hijo de la Aurora, oir procura;

Ya la historia saber de los gentiles

Potros de Raso, ó el poder de Aquíles.

CXLVIII.

«¿Que en fin,» exclama, «por ventura mía

Desde el principio en relatar vinieses

Los pasos de la griega alevosía,

Huésped, y vuestras glorias y reveses!

También tus viajes entender querría,

Ya que contemplas los estivos meses

Tornar séptima vez desde que yerras

Mares cruzando y extranjeras tierras.»

L A E N E I D A

47

LIBRO SEGUNDO.

I.

Todos callan; y Enéas, que cautiva

De todos la atención, desde alto lecho

Comienza: «¡Oh Reina! mandas que reviva

Inefable dolor mi herido pecho;

Que cómo a manos de la hueste aquíva

El troyano poder cayó deshecho

Recuerde: horrores que podré pintarte,

De ello testigo y no pequeña parte.

II.

«Mas ¿quién, ya que secuaz de Ulíses fuera,

Si a tan largo dolor velos levanto,

Qué Mirmidon, qué Dólope lo oyera

Sin dar, a su pesar, tributo en llanto?

Acercándose al fin de su carrera

Hé aquí la húmeda Noche rueda en tanto,

Y extinguiendo en la mar sus luces bellas

A descanso convidan las estrellas.

III.

»Mas pues tu noble corazón consiente

En ser de este dolor particionero;

Pues mandas que de Pérkarno te cuente

V I R G I L I O

48

El afán congojoso postrimero

En breve narración; aunque se siente

Horrorizado el ánimo, y del fiero

Espectáculo aparta la memoria,

Principiaré la miseranda historia.

IV.

»Yacian con el cerco prolongado

Rotos los jefes de la hueste aquea,

Maltrechos siempre del adverso hado;

Cuando Minerva en su favor emplea

Artificio sagaz. Por su mandado,

Hueca mole fabrican gigantesca

Que gran caballo al parecer figura,

De recia tablazon y contextura.

V.

»Simulan y propalan que se eleva

Por voto a Pálas hecho, de tranquilo

Viaje en demanda: por doquier la hueva

Mentirosa se esparce; y en sigilo,

Echadas suertes entre gente a prueba,

A ocupar suben e1 oscuro asilo

Del vasto seno y cóncavos costados,

Provistos de sus armas los llamados.

VI.

»Frontera a Troya Ténedos se ostenta.

Que otro tiempo gozó de nombradía:

Isla famosa, fértil, opulenta

Durante la troyana monarquía:

En su abandono y soledad presenta

Hora a las naves pérfida bahía:

A sombra de sus costas sin testigo

L A E N E I D A

49

Los bajeles ensena el enemigo.

VII.

»Pensamos que, la vela dada al viento,

Bogando irian por la mar serena

Para la patria: el largo abatimiento

La ciudad de sus hijos enajena:

Las puertas abre; al griego acampamento

Rápida corre de alborozo llena

La multitud, y visitar le agrada

Yermo el campo, la playa abandonada.

VIII.

»Aquí los batallones del furioso,

Del fuerte Aquíles; acullá su tienda:

Allí tomaban plácido reposo,

Acá trabámos áspera contienda.

Así van discurriendo; y el coloso

Infausto, reputado por ofrenda

A la casta, Minerva, hace que, muda

De Asombro, turba inmensa en ruedo acuda,

IX.

»Fuese traición, ó que la adversa suerte

Para entonces el golpe reservase,

Timétes clama que la mole al fuerte

Se lleve al punto, y las murallas pase.

Cápis, empero, que el peligro advierte,

Aconseja con otros que la abrase

Fuego voraz, y la vecina ondal

El sospechoso don, trague y esconda;

X.

»O que,el oscuro seno se barrene

V I R G I L I O

50

Para indagar lo, que en el fondo encela.

Indecisa la turba se mantiene.

En esto de la excelsa ciudadela

Con numerosa muchedumbre viene

Laoconte, al campo a rebatado vuela,

Y, «¡Oh desgraciados! » desde lejos grita:

«¿Qué demencia a la muerte os precipita?

XI.

»¿Pensais que el enemigo nuestra tierra

»Dejó? ¿Fiaís en sus mentidos dones?

»¿Cuán poco a Ulíses conoceis? ó encierra

»Esta fábrica aquivos campeones,

»0 artificíosa máquina de guerra

»Es: nuestra situación y habitaciones

»Por cima intentan registrar del muro,

»Para luego caer sobre seguro.

XII.

»Ello, hay engano, ¡Oh Teucros, confianza

»Negad a ese caballo! Como quiera,

»Yo temo de los Griegos la asechanza

»A vuelta de sus dones traicionera.»

Dijo; y desembrazó fornida lanza

Hacia un lado del cóncavo; certera

Vuela, clávase, vibra: conmovido

Dio el seno cavernoso hondo bramido.

XIII.

»¡Ay! a no ser por la fortuna impía

Que nos robaba libertad y acierto,

Laoconte en su furor logrado habría

Que pusiésemos luego en descubierto,

Hendiendo la armazon, la alevosía.

L A E N E I D A

51

Aun hoy tu alcázar descollara yerto,

¡Oh Patria! ¡al filo de traidora espada

No cayera tu pompa derribada!

XIV.

»Frigios pastores con tumulto y grita,

Atras ambas las manos, prisionero

Traen ante el Rey un mozo. Audaz medita

Abrir el muro con ardid artero

A los suyos; ni el ánimo le quita

El peligro de infame paradero;

Resuelto a todo, el pérfido se hizo

Con aquellos pastores topadizo.

XV.

»La multitud agólpase, y denuesta

Al prisionero que curiosa mira.

(Reina, las artes de los Griegos de esta

Traición colige; su maldad admira.)

Inerme se detiene, manifiesta

Medrosa turbación: los ojos gira

La turba rodeando que le oprime,

Abre los labios, y temblando gime:

XVI.

«¡Cielos! ¿a dónde me arrojais? ¿qué puerto

»Queda ya a mi infortunio? La cadena

»Del Griego a quebrantar aún bien no acierto,

»Y ya el Troyano a muerte me condena.»

Compone a su gemido el desconcierto

La multitud, el ímpetu serena,

Y con instancia a declarar le mueve

Patria, linaje, y la intencion que lleve.

V I R G I L I O

52

XVII.

»Títulos aguardamos con que abone

Palabras de cautivo. Reparado

De la sorpresa, el impostor repone:

«¡Rey! la verdad confesaré de grado:

»No a mi labio veraz candado pone,

»Aunque adverso me fuere, el resultado:

»Yo Griego soy, no ocultaré mi cuna;

»Me hizo infeliz, no falso, la fortuna.

XVIII.

»Quizá en conversación por accidente,

»De Palamédes, generosa rama

»Del linaje de Belo floreciente,

»Llegó a tu oído el claro nombre y fama.

»Porque la guerra no aprobó, demente

»Llamóle el pueblo, y con indigna trama

»Trájole al hierro de la muerte: ahora

»Inmaculado le confiesa y llora.

XIX.

»Mi padre, escasa el arca de dinero,

»Guerrero aventuróme, y al cuidado

»De aquel varon fióme, compañero

»Antiguo nuestro y próximo allegado.

»Tomámos de esta playa el derrotero

»Muy al principio. Prosperó el Estado

»Miéntras honrarle y atenderle supo,

»Y parte a mí de su esplendor me cupo.

XX.

»Mas el término vi de mi contento

»Cuando de sus manejos el astuto

»Itacense, el infame acabamiento

L A E N E I D A

53

»De Palamédes recogió por fruto.

»Notorio el caso fue. Yo en aislamiento

»Dime a vivir y en miserable luto:

»Pensaba siempre en mí inocente amigo,

»Y eterna indignación iba conmigo.

XXI.

»Ni pudiendo tener contino a raya,

»Demente ya, mi cólera sombría,

»Clamé, juré que si a la amada playa

»Tornase vencedor, me vengaría.

»Odios que Ulíses en silencio ensaya

»Hubo de acarrearme la osadía

»De mis palabras: sin enmienda aquello

»Vino a poner a mi desgracia el sello.

XXII.

»De entonces más, calumnias el aleve

»Ideó nuevas: comenzó rumores

»Vagos a propalar entre la plebe;

»Ni pudo sosegar en los terrores

»Conque el crímen persigue, hasta que en breve

»Con Cálcas, el augur, a sus rencores...

»Mas ¿a qué, derramando el pensamiento,

»Así os fatigo, y mi dolor aumento?

XXIII.

»Ya os dije, Griego soy: ¿qué más indicio,

»Si a todos nos nivela vuestra saña?

»Ea, pues: ¡consumad el sacrificio!

»Bien los de Atreo os pagarán la hazaña;

»Su triunfo, el Itacense.» El artificio

No vemos con que a fuer de Griego engaña;

Antes le instamos a explicarlo todo.

V I R G I L I O

54

Con fina astucia y misterioso modo,

XXIV.

«Los Griegos,» sigue, «no una vez la prora

»Volver pensaron, y soltar la clava,

»Del asedio cansados. En mal hora

»Tornábalos a puerto la onda brava

»Y el ala de los vientos bramadora.

»Mas esa estatua al ver, que en pie se alzaba,

»Con ira nueva y general tronido

»Resonó el cielo en llamas encendido.

XXV.

»Eurípilo, que hicimos acudiera

»Al apolíneo oráculo, tornando

»Trajo esta, en solución, voz lastimera:

»Griegos: los vientos aplacasteis, cuando

»Marchabais a Ilión la vez primera,

»En el ara una virgen inmolando:

»Si en la vuelta anhelais propicia calma,

»Sangre verted, sacrificad un alma.

XXVI.

»La voz a oidos de las gentes vino

»Moviendo al corazón mortal recelo,

»Todos el rigor tiemblan del destino;

»Cuaja a todos la sangre torpe hielo.

»En tal crisis a Cálcas adivino

»Saca Ulíses con ímpetu y anhelo,

»Y de la hueste aquéjale en presencia

»A interpretar la funeral sentencia.

XXVII.

»Ya de aquel pecho de piedad desnudo

L A E N E I D A

55

»Sondando muchos el ardid secreto,

»Me auguraban mal fin. Diez días mudo

»Difirió Cálcas el fatal decreto.

.»Cediendo al cabo al clamoreo agudo,

»Y a la mente ajustando del inquieto

»Instigador el fallo, lo pronuncia:

»Yo la víctima soy; mi nombre anuncia.

XXVIII.

»Place a todos; y el golpe que temía

»Cada uno enantes en su mal, en cuanto

»Sobre un triste desciende, en alegría

»Pública trueca el general quebranto.

»Ya se acercaba el tenebroso día

»De la degollación: con gozo, en, tanto,

»La salsamola alistan, y disponen

»Fúnebres vendas que mi sien coronen.

XXIX.

»Liberteme, es verdad, de la atadura;

»Y de un pantano entre la juncia y cieno

»Logré ocultarme con la noche oscura,

»Aguardando partiesen, si sereno

»Lo comportaba el mar por mi ventura.

»Mas la esperanza huyó de ver el seno

»Antiguo de la patria, y a mi lado

El hijo dulce, el padre deseado.

V I R G I L I O

56

XXX.

»Ellos, blanco al furor de mis tiranos,

»Por mí habrán de lastar en roja piral

»Por los dioses del cielo soberanos

»Que apartan la verdad de la mentira,

»Por la noble lealtad, si ya en humanos

»Pechos cupo lealtad, la suerte mira

»No merecida, ¡oh Rey! que en mi se ceba;

»Tanto infortunio a compasion te mueva!»

XXXI.

La piedad que con lágrimas demanda,

Con lágrimas le dan los corazónes.

Abogamos por él. Al punto manda

Que los lazos le suelten y prisiones

El Rey, y así le dice con voz blanda:

«Olvida ya las bárbaras legiones,

»Mancebo, y sus malvados procederes:

»De hoy más, quienquier tú seas, nuestro eres.

XXXII.

»Mas la verdad declara sin rebozo:

»¿Quién inventó esta mole? ¿Con qué intento?

»¿Máquina amenazante de destrozo

»Es? ¿ó bien relialoso monumento?»

Dice el buen Rey; y el atrevido mozo

Mostrado, a usanza griega, al fingimiento,

Exclama así, las manos desatadas

Volviendo al cielo, y húmidas miradas:

XXXIII.

»¡Astros eternos! ¡Dioses que castigos

»Al dolo reservais! ¡Cuchilla! ¡velo!

»¡Aras del sacrificio! sed testigos

L A E N E I D A

57

»Del derecho cabal con que cancelo

» Antiguos pactos: odio a los que amigos

»Pude llamar; ¡sus crímenes revelo!

»Mas ¡oh! ¡si en mi tú salvación se apoya,

»Guárdate fiel a tus promesas, Troya!

XXXIV.

»Los Griegos de Minerva en el robusto

»Auxilio descansaron confiados

»Hasta que el hijo de Tideo injusto

»Y fraguador Ulíses de atentados,

»Su estatua milagrosa al templo augusto

»Se aunaron a robar; y, degollados

»Los guardías del castillo, con sangrienta,

»Mano asieron de la alba vestimenta.

XXXV.

»Cayó miedo en los ánimos: su ayuda.

»Cambió, la Diosa en no dudoso amago;

»Que, al campo apenas se llevó, ceñuda

»Los ojos clava con fulgor aciago;

»¡Raro prodigio! humor amargo suda,

»Y del suelo tres veces se alza en vago,

»El escudo flamígero delante,

»Y el asta blandeando retemblante

XXXVI.

»Incontinente Cálcas determina

»Que el sitio los guerreros abandonen;

»Diz que en vano de Troya la ruina,

»Por bien que la expugnaren, presuponen.

»Si, tornando a cruzar la onda marina,

»En Árgos los auspicios no reponen,

»A la Diosa aplacando en sus desvíos

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»Que cuidaron llevar en los navíos.

XXXVII.

»A Micénas ahora encaminados

»(De Cálcas los auspicios tal declaran),

»Prevenidos mejor y apertrechados,

»La vuelta a dar de asalto se preparan,

»Mas antes que partiesen, avisados,

»En.igual de la que ímpios enojaran

»Robada estatua, edificaron ésta

»Para purgar la violación funesta.

XXXVIII.

»Plúgole a Cálcas, además, que fuese

»De trabes poderosas guarnecida

»Y que las nubes con la frente hiriese,

»Porque su peso y altitud impida

»Que por las puertas quepa, y atraviesa

»Las murallas, no avenga que presida

»A la ciudad, del Paladion viuda,

»Y con la antigua protección la acuda.

XXXIX.

»Que si este don violais -el agorero

»Pronostica (primero se convierta

»En quiebra suya el malhadado agüero!)-

»Troya vencida quedará y desierta:

»¿Qué es Troya? ¡el Asia! ¡Triunfareis, empero,

»Si le internareis, la muralla abierta,

»Y a las aguas de Grecia vuestras proras

»Irán, andando el tiempo, vencedoras!»

XL.

»Así en un punto entre sus lloros viles,

L A E N E I D A

59

Caza Sinon con pérfidos amaños

En red de muerte a los que el grande Aquíles,

Ni el hijo de Tideo, ni diez años

De terca opugnación, ni naves miles

Pudieron domeñar. Tras sus engaños,

Con espanto de todos repentino,

Oye el paso cruel que sobrevino.

XLI.

»Sacerdote por suerte designado

A honrar al Dios del húmedo elemento,

Era Laoconte: ante el altar sagrado

Degollábale un toro corpulento.

Súbito a la sazón venir a nado

Vemos (de horror estremecerme siento),

De la ínsula vecina procedentes,

Por sobre el mar tranquilo dos serpientes.

XLII.

»El pecho entrambas enhestando iguales,

Con encarnada cresta gallardean,

Y en ruedas, al andar, descomúnales

El largo cuerpo sobre el ponto arquean:

Rotos gimen los líquidos cristales

Por do hienden: abordan ya y campean,

La vista en sangre y rayos encendida:

Todos huímos, la color perdida.

XLIII.

»Lamiéndose las bocas sibilantes

Con la vibrante lengua, van derecho

Para Laoconte: mas sus hijos antes,

Tiernos gemelos, en abrazo estrecho

Aferran, y sus miembros palpitantes

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Apedazan, devoran. Pecho a pecho

Y meneando la aguzada hoja,

Encima el genitor se les arroja.

XLIV.

»¡Vano auxilio! ¡arduo afán! Ellas le abrazan

Con doble, firme vuelta la cintura;

Los escamados lomos le relazan

A la garganta, y a mayor altura

Sobrealzando las crestas, amenazan.

Con ambas manos él entre la impura

Ponzoña que las ínfulas le afea,

Por sacudir los ñudos forcejea.

XLV.

Descoyuntado al fin, y cual pudiera

El toro que del ara huyendo herido,

De hacha insegura libertado hubiera

Su manchada cerviz, en alarido

Rompe horrible. Las sierpes de carrera

Parten al templo de Minerva, y nido

A los pies de la Diosa encrudecida

Hallan seguro bajo el ancha egida.

XLVI.

»Nuevo motivo de terror asalta

Los ánimos, que el miedo señorea;

Supone el vulgo que Laoconte, al alta

Estatua encaminando el asta rea,

Mereció el golpe que siguió a su falta:

Que el caballo se interne, clamorea,

Y que a la Diosa con devotas preces

Se Persuada a poner sus altiveces.

L A E N E I D A

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XLVII.

»Presto aportillan el adarve: toma

Movimiento el coloso: iguales giran

Ruedas que al pie le ajustan: con majoma,

Atando el cuello,a competencia tiran.

Ya grave de armas sobre el inuro asoma:

Todos, con ansia a la labor conspiran:

Garzones y doncellas entre tanto,

Alzan en torno religiosocanto.

XLVIII.

»Ya entra bamboneando, a tu firmeza

Cierta amenaza, ¡oh Troya! ¡oh patria! ¡estancia

Antigua de altos Dioses! ¡fortaleza

Do vio un pueblo estrellarse su arrogancia!

Sigue, y tres veces al umbral tropieza

Con ronco són que retumbó a distancia;

Mas insta el vulgo en su porfía loca,

Y al fin en el alcázar le coloca.

XLIX.

»Vanamente Casandra entusiasmada

Esforzando la voz -su voz divina,

Por castigo de un Dios menospreciada-

Grandes calamidades vaticina.

¡Ay! sus anuncios estimando en nada,

Al borde ya de la común ruina,

Nosotros sólo en decorar pensamos

Templos y altares con festivos ramos.

L.

»Gira mientras la esfera, y vase alzando

La noche de las ondas, el desvelo

Y fraudes, enemigos ocultando

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En espantoso horror, la tierra, el cielo.

Yacen mudos los Teucros: sueño blando

Acá y allá los encadena. A vuelo

Torna entre tanto la pelasga flota

A las sabidas playas la derrota.

LI.

»A sordas con la luna y el sosiego

De la noche, que muda las arropa,

Marchan las naves ya, que ha dado el fuego,

Concertada señal, la regia popa.

Sinon, a quien, en daño Questro ciego

El hado guía, la escondida tropa

Acude a libertar, y la honda cava

Abre que tenebrosa los guardaba.

LII.

Y por cables que lanzan de ligero;

Desguíndanse de la bórrida guarida

Esténelo, Tisándro, Ulíses fiero,

Tornando a respirar aura de vida:

Menelao; Macaon, que fue el primero,

Y Acamante y Toanie de seguida,

Y Neoptólemo audaz el de Peleo,

Y el trazador del artificio, Epeo.

LIII.

»A entrar la muchedumbre se acelera

En la ciudad, que yace en sueño y vino,

Y matandolas guardías, carnicera,

Y las puertas abriendo, da camino

Y se une a, los que abordan. Tiempo era

En que el suefio primero don divino,

Los cuerpos sosegando fatigados

L A E N E I D A

63

Envuelve en manso olvidó los cuidados.

LIV.

»En medio del silencio, a la imprevista,

Reputándolo yo por caso cierto,

Héctor en sueños muéstrase a mi vista

De polvo vil y amarillez cubierto:

Mustia la faz, que el ánimo contrista,

Mustia y llorosa; y, cual después de muerto

Y arrastrado por rápidos bridones,

Taladrados los pies de correones.

LV.

»¡Cuán trocado de aquél que a nuestros ojos

Resplandeció tras recias embestidas,

O de Aquíles trujese los despojos

O incendíase las naves combatidas!

Yerta barba; cuajados los manojos

Del pelo en sangre; vivas las heridas

Que en torno recibió de la muralla;-

Y aquí en sueños mi voz en llanto estalla:

LVI.

«Gran Héctor que de gloria y de consuelo.

»Astro por siempre a los Troyanos fuiste!

»¿De cuál remoto y olvidado suelo

»Tornas al fin a nuestra playa triste?

»¿Y tras fatiga tanta, estrago, duelo,

»Hoy de nuevo tu brazo nos asiste?

»¿Mas por qué herido así? Tu faz serena

»¿Por qué se cubre de sangrienta arena? »

LVII.

»Nada contesta: con mortal gemido

V I R G I L I O

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«¡Vuela! ¡huye!» exclama: «el Griego se apodera

»De la ciudad: incendio embravecido

»Estalla: ¡Troya se desploma entera!

»Mucho a, la patria y al monarca ha sido

»Sacrificado: si algo la valiera,

»Salvárala este brazo: en su agonía,

»Su culto, hijo de Venus, te confía.

LVIII.

»Mansión busca a sus Dioses tutelares

»Que fundarás, y grande, finalmente,

»Audaz cruzando procelosos mares.»

Y mientras habla entrégame impaciente

La alma Vesta que arranca a los altares,

Y los velos y el fuego indeficiente.

`Por la ciudad en tanto se extendía

El estruendo confuso y vocería.

LIX.

»Y aunque distante de la puerta Esce

Yacía de mi padre la morada,

Opaca de un jardín que la rodea,

De la invasora muchedumbre armada

Llega sordo el rumor; mi sien golpea;

Salto veloz, el ánima azorada,

Y a la azotea trepo, y al ruido

Que crece más ymás, tiendo el oido

LX.

»Tal cuando en mieses subitánea llama,

Soplando el Austro, enfurecida prende,

o bien si desbordado se derrama

Y valles, surcos y sembrados hiende

Bravo raudal, y en remolinos brama

L A E N E I D A

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Árboles arrastrando que desprende;

Sobre un peñón, de la tormenta aquella

Testigo inmóvil el pastor descuella.

LXI.

»Bien a mis ojos lo que en torno pasa,

Bien la aviesa traición se patentiza.

Con estampido el gran palacio arrasa

De Deifobo, el fuego, y se encarniza

Sin detenerse, en la contigua casa

De Ucalegonte, y de su luz rojiza

Parece arder abierto el mar Sigeo:

Suenan trompetas, cunde el clamoreo,

LXII.

»Echo mano a las armas alterado,

Y a discurrir no acierto a mi albedrío:

Al alcázar volar con un puñado

De compañeros, en confuso ansío;

Mal ciego de furor, desatentado

En manos de la muerte la honra fio;-

Cuando al Otrida, del altar febeo

Ministro en el alcázar, llegar veo.

LXIII.

ȃl los Dioses vencidos, casi a vuelo

Trae, y sacros adjuntos que a la saña

Hurtó enemiga supiadoso celo;

Y un nieto pequeñuelo le acompaña.

«¡Panto!» al verle clamé con vivo anhélo:

«¡Habla! ¿qué pide adversidad tamaña?

»¿En dónde haremos la defensa? ¿en dónde?

Dando un hondo gemido me responde;

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LXIV.

« La hora que los hados previnieron

»Llegó de asolación! ¡Jove inclemente

»Trastorna la balanza! Fueron, fueron

»Troya, su gloria, su esplendor potente?

»Todo los enemigos lo invadieron:

»Del caballo intramuros eminente

»Griegos brotan armados: triunfante

»Sinon propaga el fuego devorante.

LXV.

»Por las ya francas puertas a oleadas

»Cuantos vinieron de la gran Micénas

»Tantos que entran parece: están tomadas

»Las avenidas: de reposo ajenas

»Amenazan fulgentes sus espadas

»La primer guarnición ensaya apenas

»Al tropel oponerse que la embiste,

»Y en ciega riña desigual resiste.»

LXVI.

»Ardo a su voz: el corazón me inflama

No sé cuál Dios o aliento sobrehumano:

Do la ira impele, do el rumor me llama

Corro el hierro a arrostrar y el fuego insano.

A la luz vaporosa que derrama

La blanca luna, de Ífito el anciano,

De Hípanis, de Dímas Rifeo,

Que se me allegan, los semblantes veo.

LXVII.

»Corebo, el hijo de Migdon, partido

Tomó también y se nos puso al lado.

Estaba en Rion recién venido,

L A E N E I D A

67

Con pasión de Casandra enamorado;

Y de Príamo yerno prometido,

Su espada nos brindó como aliado.

¡Ay! ¡cuán diverso su destino fuera

Si a la inspirada profetisa oyera!

LXVIII.

»Yo así a todos les dije en el momento

Que en órden los vi puestos de pelea:

« ¡Mancebos de alma grande, que de aliento

«Heróico, pero estéril, se rodea!

»Si seguir pretendeís mi osado intento,

»Igualad el peligro con la idea:

»Los Dioses que este reino custodíarán

»Hoy altares y templos desamparan,

LXIX.

»A una ciudad, oh pechos denodados,

»Acorreis que en pavesas se convierte:

»La muerte, pues, busquemos, y arrojados

.»Entre enemigos, generosa muerte;

»¡Quien con el cielo lucha y con los hados

»Sólo desnudo de esperanza es fuerte!»

Así exaltado les hablé, y mi acento

Su denuedo redobla y su ardimiento.

LXX.

»Cual del hambre al furor lobos rapaces,

Miéntras que los cachorros por su vuelta

Anhelan, seca la garganta, audaces

Corren en sombras la campaña envuelta;

Por medio de los hierros y las haces

Enemigas así la planta suelta,

De la muerte lanzados al encuentro

V I R G I L I O

68

Tocamos ya de la ciudad al centro.

LXXI.

»La noche miéntras con su negro manto

Nos cobijaba ¡Oh noche de tormentos!

¿Quién podrá darte el merecido llanto

o el número decir de tus lamentos?

¡La alta, antigua ciudad, de lauro tanto

Coronada, flaquea en sus cimientosl

Por calles, plazas, templos invadidos,

Cadáveres se ven yacer tendidos.

LXXII.

»Mas no toda la sangre que se vierte

Sangre es troyana. Amenazante aviva

Tal vez el antes abatido; inerte

El vencedor en tanto se derriba.

Igual a entrambas partes la ímpia suerte

Terror, desolación sembrando iba

Por acá y por allá: la muerte toma

Miles semblantes, y doquier se asoma.

LXXIII.

»Al paso Andrógeo nos salió el primero

Con gente mucha entre la sombra espesa,

Y creyéndonos suyos, delantero,

«Amigos,» dice, «¿qúé indolencia es ésa?

»¡Apresurad! Cuando Ilion entero

»Es ya ceniza y dividida presa

»Al ímpetu feliz de nuestras tropas,

»¿Vos apenas dejáis las altas popas?»

LXXIV.

»Haber caído entre enemiga gente

L A E N E I D A

69

Nuestra respuesta adviértele indecisa,

Y cortando el discurso de repente,

Arredra el pie con azorada prisa;

Bien cual trémulo salta el que serpiente

Inesperada entre malezas pisa,

Que se le vuelve enfurecida de ello

Y enhiesta ensancha el azulino cuello.

LXXV.

»Andrógeo,así despavorido huía;

Y a su tropa nosotros con denuedo

Cargámos, que el lugar desconocía,

Y a más temblaba en vergonzoso miedo:

Cargámosla, y en ellos a porfía,

Matar pudimos. Animoso y ledo

Al aura de fortuna Sionjera,

Corebo razonó de esta manera:

LXXVI.

«Bien la fortuna apunta, amigos; ea!

»El camino sigamos que señala:

»Con los Griegos cambiemos de librea;

»En mal del enemigo, ¿quién no iguala:

»Fuerza y astucia? ¡El mismo armas provea

Dice, y ciñe el estoque argivo y cala:

El almete de Andrógeo, penachudo,

Y ornado de blasón prende el escudo.

LXXVII.

Rifeo le imitó; ni hacerlo dudan,

Dímas al punto y los demás presentes:

Todos en armaduras propias inudan

Los trofeos magníficos recientes.

Así ajenos, auspicios nos escudan

V I R G I L I O

70

Y oscuro el aire: a su favor frecuentes

Choques de paso alventurando a tiento,

Despeñamos al Orco almas sin cuento.

LXXVIII.

»Cuáles en tanto, de peligro ajenos,

Merced de presta fuga, en la ribera

Se acogen a las naves: cuáles llenos

De vil temor, del monstruo de madera

En los profundos conocidos senos

Trepan a guarecerse. Mas ¿qué espera

El mortal infeliz, o en qué confía,

Si al brazo de los Dioses desafía?

LXXIX.

»He aquí entre ásperas puntas, falleciente,

Casandra, hija de Príamo, iba envuelta.

Del sagrario de Pálas por furente

Ciego invasor arrebatada: suelta

La cabellera; al cielo vanamente

Con vivísimo ardor los ojos vuelta...

¡Los ojos, ay, que las hermosas manos

Con cadena oprimieron los villanos!

LXXX.

»No tal sufrió Corebo arrebatado,

Y entre el tumulto, de morir sediento,

Precipitóse: en escuadrón cerrado

Seguimos los demas su movimiento.

Mas, ¡ay dolor! los nuestros del terrado

Del templo, observan en fatal momento

Nuestro arreo y crestones, y en su engaño

Presto nos hacen lastimoso daño.

L A E N E I D A

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LXXXI.

»Como vientos alígeros que en roto

Torbellino se encuentran frente a frente,

Y Zéfiro combate, y Euro, y Noto,

-Euro, que en,sus bridones del Oriente

Va ufano; -y gime estremecido el soto,

Y, de espumas cubierto el gran tridente,

Nereo en su furor no da reposo,

Y mueve desde el fondo el mar undoso:

LXXXII.

»Así brama, con fiera arremetida

Correspondiendo a nuestro audaz embata

Caterva que a vengar salta ofendida

De la doncella el súbito rescate:

Ayax violento, y tino y otro Atrida,

Y los Dólopes todos. En combate

Entran también los que esparcido había

Por la oscura ciudad nuestra artería.

LXXXIII.

»Tornan éstos a hallarnos cara a cara,

Y el habla que nos oyen diferente

El disfraz de las armas les declara.

Al número sucumbe, en fin, mí gente.

Peneleo a Corebo al pie del ara

Inmoló de la Diosa armipotente;

¡Ay! de los suyos recibiendo heridas

Rinden Dímas é Hípanis las vidas.

LXXXIV.

»Ni tu piedad ni el apolíneo velo

Te hurtaron, Panto, a la enemiga hueste

Y el justo, el santo del troyano suelo,

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Rifeo, cae, sin que amparo preste

A su virtud (¡misterio grande!) el Cielo.

Conmigo Ífito y Pélias quedan: éste

Mal herido de Ulíses, tardo el paso;

Esotro por la edad de fuerza escaso.

LXXXV.

»Con ellos en forzosa retirada

Abandoné la desigual porfía.

¡Oh pira extrema de mi Patria amada,

Sacras cenizas de la gente mia!

Testigos sed que en la infeliz jornada

Tanto arrostré cuanto arrostrar debía,

Y, a consentirlo el fallo de la suerte,

Ganara por mi mano honrosa muerte.

LXXXVI.

»Torcemos al estruendo sin tardanza

Al palacio del Rey, do tan horrenda

Refriega hallamos, cual si aquella estanza

Fuese el único campo a la contienda;

¡Tal era el brío y la marcial pujanza!

¡Así en masa a los Griegos estupenda

Precipitarse vemos, y la entrada

Asedíar bajo densa empavesada!

LXXXVII.

»De un lado y otro el edificio ascienden.

Por pilares y escalas; con los brazos,

El escudo al izquierdo, se defienden

De pedradas sin cuento y saetazas;

Suelto el derecho, en el remate prenden

Del edificio altísimo. En pedazos

En tanto los troyanos campeones

L A E N E I D A

73

Las techumbres derruecan y bastiones.

LXXXVIII.

»De tales armas su defensa flan,

Aureas trabes lanzando en su despecho

Que de antiguos monarcas dado habían

Noble decoro al admirado techo.

Otros abajo, a resguardar se alían

Las puertas, y tras ellas en estrecho

Grupo, puñal en mano, se aglomeran,

Y apercibidos la avenida esperan.

LXXXIX.

»Al palacio escalado se convierte

Mi atención toda: diligente acudo

A esforzar a quienquier se desconcierta

Y alientos dar contra el asalto crudo.

Un portillo hubo atras, que a buena suerte

Al ciego sitiador hurtarse pudo;

Tras él los tramos,del palacio unía

Tránsito oscuro, oculta galería.

XC.

»Por allí sola Andrómaca en su duelo,

Cuando aún cetro empuñaba el Rey anciano,

Ir solía a sus suegros, y al abuelo

Llevaba el hijo tierno de la mano.

A entrar por allí mismo ahora yo vuelo;

Calo el postigo, y la eminencia gano,

Do abajo (¡vano ardor!) los Teucros echan

Cuanto a la mano ven, cuanto destechan.

XCI.

»A plomo allí con la pared se erguía

V I R G I L I O

74

Excelsa torre en la región del viento,

Que toda la ciudad mandaba un día

Y la enemiga armada y campamento.

Por do fácil de herir aparecia

Batímosla en redor: del alto asiento

Al combinado impulso desprendida,

Cede, y precipitamos su caída.

XCII.

»Ella rodando con fragoso estruendo

En fragmentos veloz se despedaza,

Y abajo amplio escuadrón tapa cayendo,

Que otro, cual ola súbita, reemplaza.

Sigue sin tregua el combatir tremendo.

Ya ante el mismo vestíbulo amenaza

Pirro animoso, en el umbral primero,

Con metálica luz radíante y fiero;

XCIII.

»Cual dragón que aterido, soterrado,

De venenosas hierbas se sustenta,

Mas de nuevo arreándose, en el prado

Sale a campar cuando el calor le alienta:

Voluble el lomo en roscas arrollado

Miles colores con la luz ostenta;

Al sol mirando, el cuello al aire libra,

Y la trisulca lengua hórrido vibra.

XCIV.

»Automedonte, que de Aquíles fuera

Auriga, ora escudero, y Perifante

Corpulento acomete, y la guerrera

Esciria juventud, y a un mismo instante

Llama arrojan que al aire va ligera:

L A E N E I D A

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Pirro, hacha en mano, abócase adelante,

Quiciales estremece, vigas raja,

Y las ferradas puertas desencaja.

XCV.

»Las trabes a su empuje crujen, ruedan;

Enorme boqueron dan los tablones,

Ni cosa abrigan que ocultarle puedan

Dentro los vastos atrios y salones,

De los antiguos soberanos quedan

Francas y descubiertas las mansienes,

Y afuera comparecen los soldados

Que las Duertas guardaban atropados.

XCVI.

»¡Oh cuánta turbación adentro! ¡oh cuánto

Terror! Los huecos artesones llena

Femenil alarido, ronco planto,

Grita, confusa y vária al cielo suena.

Cruzan matronas con afán y espanto

Las anchas salas que el rumor atruena,

Y las colunas a abrazar se arrojan,

Las besan, y en sus lágrimas las mojan.

XCVII.

»Mas Pirro igual al padre se adelanta.

¿Qué arma, qué brazo atajará el pujante

Hierro esgrimido con braveza tanta?

Postes ni cerraduras son bastante;

Ferrada maza a golpes los quebranta.

Plaza abre a fuerza: a quien le va delante

Atierra, Y su cohorte furibunda

A la redonda el edificio inunda.

V I R G I L I O

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XCVIII.

»Así de altiva cumbre se desata

De pronto hinchado un espumoso rio,

Y oleadas horrísonas dilata

Hundiendo el malecón, creciendo en brío;

Y establos y ganados arrebata

Impetuoso. Yo, yo vi al impío

Cebarse airado en el estrago horrendo;

Ví a los, Atridas el umbral cubriendo.

L A E N E I D A

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XCIX.

»Vi a Hécuba y sus hijas, sus amores

Vi a Príamo, del ara en el sagrado,

El fuego que adoraron sus mayores

Matar en sangre suya mal su grado;

Vi los cincuenta lechos, que de flores

Había la esperanza engalanado

En pro del trono, y las soberbias puertas

De oro y rico botin rodar cubiertas.

C.

»Griegos el campo ocupan que aun da el fuego.

-Mas ya ansiosa querrás, augusta Dido,

De Príamo saber. Príamo, luego

Que de las puertas oye el estallido,

Y encima siente al desbordado Griego,

Ciñe al endeble cuerpo envejecido

Inútil hierro y olvidada malla,

Y aguija a perecer en la batalla.

CI.

»Al raso en medio del palacio había

Ancho altar, y por cima un lauro anciano

Asombrando a los Lares, descogía

Denso follaje de verdor lozano.

Hécuba en la marmórea gradería

Con sus hijas los Dioses ciñe en vano,

Bien cual palomas que en bandada avienta

El repentino son de la tormenta.

CII.

»Como a recursos el Monarca apele

Ya ajenos a su edad, «¿Qué desvarío,»

Hécuba clama, «a perdición te impele?

V I R G I L I O

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»Hoy de mi Héctor la fuerza y poderío

»Fuera en vano; pues ¿qué ese brazo imbele

»Hará en el caso extremo? Esposo mío,

»Ven: este altar refugio a todos sea,

»O a todos juntos sucumbir nos vea.»

CIII.

»Dice; a su lado le reduce, y puesto

Sobre las losas a ocupar le obliga.

Desacordado y jadeante, en esto,

Polítes, de ellos hijo, a quien hostiga

Pírro desaforado, el pie, tan presto

Como lo sufre su mortal fatiga,

Por los vacíos atrios acelera,

Y señala con sangre su carrera.

CIV.

»Ya con la pica por detras le toca,

Ya entre las manos el cruel le mira,

Cuando en faz de sus padres desemboca,

Y dando en tierra ensangrentado espira.

El venerable viejo, a quien provoca

El duro lance a generosa ira,

No en lo sumo del riesgo el labio sella,

Mas respetos y amagos atropella:

CV.

»Si justo el cielo de los hombres cura

»Dáranos, » dice, »por tamaña ofensa,

»A mi venganza a colmo; larga y dura

»A ti la merecida recompensa!

»Poner te place al padre en angostura

»De ver caído al hijo sin defensa,

»Y no acatando encanecidas sienes

L A E N E I D A

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»A darle en rostro con su sangre vienes.

CVI.

»Calla de hijo de Aquíles el dictado,

»Que le desmiente tu cobarde encono:

ȃl supo dar la mano al que postrado

»Miró a sus pies en mísero abandono;

»Tornóme el hijo muerto, que enterrade

»Fuese en fúnebre pompa, y a mi trono

»Me concedió volver.» Dijo, y con tardo

»Aliento el Rey de allí soltóle un dardo

CVII.

»Que rebotado al punto con sonido

Ronco, al tocar el defendido acero,

Quedó en el centro del broquel prendido.

Pirro repuso con sarcasmo fiero:

« ¡Sí,vé a mi padre, y que su ejemplo olvidé

»Dile; que de su sangre degenero

» Que orpbio eterno de mi porte espere;

»Eso y más dile; y por ahora muere!»

CVIII.

»Y diciendo y haciendo, el inhumano

Al mismo altar impávido arrastraba

Al noble Rey, que, trémulo de anciano,

En la sangre del hijo resbalaba:

Le ase del pelo con la izquierda mano,

Y con la diestra a su placer le clava

Hasta el pomo la daga en el costado,

Fúlgida en alto habiéndola vibrado.

CIX.

»Tal rodó su corona refulgente;

Tal vino a ver su antigua fortaleza

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Humo y polvo tornarse de repente,

Aquél que al esplendor de su grandeza

Miró a cien pueblos inclinar la frente!

Su cuerpo, tronco informe, la cabeza

Cercenada por bárbara cuchilla,

Yace sin nombre en solitaria orilla.

CX.

»Horror profundo allí por vez primera

Sobrecogióme, viendo la agonía

Penosa de mi Rey, y la manera

Como el postrero anhélito rendía.

Mi padre, que cuanto él anciano era,

Delante me fingió la fantasía:

La dulce esposa, el hijo tierno, a rudo

Ultraje abandonados sin escudo.

CXI.

»Por ver con quiénes cuento, en torno paso

Las miradas; a nadie ya diviso:

Dieron unos al fuego el cuerpo laso,

Arrojáronse otros de alto piso.

Así todo oteándolo de paso,

Al claror de las llamas, de improviso

Observo un bulto en el umbral de Vesta;

Erase Elena en lo escondido puesta.

CXII.

»Esa ahora a las aras acogida,

Furia que al mundo le nació ominosa,

De Troyanos y Griegos maldecida,

De Griegos y Troyanos temerosa,

Salvar tentaba la infelice vida

L A E N E I D A

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Huéspeda ingrata, amancillada esposa;

Matar pensé la infame advenediza

Por vengar de la Patria la ceniza:

CXIII.

»¿Cómo? ¿habrá de salvarse la menguada

»Rastrándose en oscuros escondrijos?

»¿Y en Micénas y Esparta hará su entrada

»Reina ella entre marciales regocijos,

»De troyanos esclavos acatada

»Tornando a ver esposo, padres, hijos?

»¿Y Troya en bravas llamas consumida?

»¿Y triunfante el acero regicida?

CXIV.

»¿Y para esto tornada ardiente lago

»Tantas veces la playa en sangre nuestra?

»¡Oh! ¡no! que si en matar una hembra, no hago

»De varonil valor gloriosa muestra,

»Dar a tal monstruo el merecido pago

»Hazaña es justa y digna de mi diestra:

»No ya sedienta al envainar mi espada,

»Más de una sombra dejaré vengada!»

CXV.

»Rugía yo con voz tempestuosa

Cuando espléndida toda de hermosura,

Me apareció mi madre bondadosa

Radíante entre la sombra de luz pura,

Con el encanto y majestad de Diosa

Conque se muestra en la celeste altura;

Súbito el vengador brazo me toca,

Y abre entre aromas la purpúrea boca:

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CXVI.

«¡Cálmate, hijo! ¡tus palabras mide;

»Tu pecho hirviente su ímpetu reporte!

»Dí, ¿será justo que el rencor te olvide

»De la familia nuestra, y no te importe

»Saber si el genitor, a quien impide

»Vejez cansada, el hijo, la consorte

»Vivos están? ¿No ves que los circunda

»La multitud que la ciudad inunda?

CXVII.

»Por mil, el hierro su sangre no devora;

»Por mí, el fuego sus huesos no calcina.

»Y a qué la faz baldonas seductora

»De esa Lacedemonia que abomina

»Tu corazón? Y a Paris a deshora

»¿Por qué oprobias? No tiene la ruina

»De Troya la opulenta humano origen;

»Airados Dioses son quienes la afligen.

CXVIII.

»Es fuerza superior la que derriba

»Sus altos techos. Si cejar te duele,

¡Yo esa que lenta en derredor te priva

»De luz, haré que de tus ojos vuele,

»Húmida, opaca niebla, y la cautiva

»Vista dilates. Quién, verás, demuele

»Aquestos muros, y al materno aviso

»La frente inclinarás grato y sumiso.

CXIX.

»Allá, do envuelto en polvo el humo ondea,

»Y en pie no hoy mole ya ni canto alguno,

»La ciudad en su asiento bambalea

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»A golpes del tridente que Neptuno

»Sacude. Acá sobre la puerta Escea

»Ante todos safiuda avanza Juno,

»Y audaz, cubierta de acerada escama,

»La amiga tropa de las naves llama.

CXX.

»Torna, torna a mirar: Pálas cruenta

»Ya los altos alcázares domina.

»Y envuelta en nimbo centelloso, ostenta

»La terrible cabeza serpentina.

»A los Dánaos el Padre mismo alienta,

»El Padre universal, y en la divina

»Legión contra tu Patria iras enciende.

»Tú el hierro envaina, pues; la fuga emprende.

CXXI.

»Nada temas: tu planta irá segura

»De la paterna casa a los umbrales;

»¡Contigo soy!» Y bajo sombra oscura

Encubrióse, al decir palabras tales.

Entonces la terrífica figura

Vi de adversas deidades colosales;

La hoguera vi donde Ilion se abrasa;

Y Troya conmovida por su basa,

CXXII.

»Cual viejo fresno que la ufana frente

Señorease sobre el monte enantes,

Y hora en redor la campesina gente

Le diese al tronco hachazos incesantes;

Que la alta copa temerosamente

Estremece a los golpes resonantes,

Y amenaza, y restalla, y de la cumbre

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Desploma con fragor su pesadumbre.

CXXIII.

»Desciendo, en fin; mis pies mi madre guía;

Campo las armas dan, receja el fuego.

Mas no bien de la antigua casa mía

A los umbrales anhelante llego,

Mi padre, ¡ay! el primero a quien quería

Fuera llevarme, niégase a mi ruego.

Pues sobre tantas ruinas apellida

Vil el destierro y mísera la vida:

CXXIV.

«¡Huid los que en lozana primavera

»Corazón abrigais esperanzado:

»No así el Cielo mi nido destruyera

»Si fuese mi existencia de su agrado!

»¿Qué aguarda el que la Patria ya a extranjera

»Cadena vio doblarse? demasiado

«Sobrevivo al estrago de los mios;

»¡Oh! ¡dadme el adiós último, y partíos!

CXXV.

»Avara del botin, condolecida

»De mi miseria, el fin dará que aguardo

»Alguna mano a mi cansada vida;

»Ni por falta de tumba me acobardo.

»A mi inútil vejez, aborrecida

»De los Dioses, el término retardo

»Desde que plugo al brazo omnipotente

»Lanzarme un rayo y aturdir mi mente.»

CXXVI.

»Mi padre así tendido en tierra dijo;

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Y vanamente en lágrimas bañados

Yo, mi Creusa, mi inocente hijo,

Todos le suplicamos apiñados

No así mal tanto consumase, fijo

En afrontar los inminentes hados;

Mas él, sordo al solícito lamento,

Mantiénese en su puesto y firme intento.

CXXVII.

»Torno a las armas, y el arnes requiero,

Y a morir batallando me preparo;

Ni más alivio a mi dolor espero,

Ni otra salida, ni mejor reparo.

«¡Oh padre mío!» en mi dolor profiero;

«¿Y pudiste idear que en desamparo

»Te abandonase por salvarme? ¿Agravios

»Vierten cual éste paternales labios?

CXXVIII.

»Si es que completa asolación previene

»A Troya el Cielo en su insaciable enojo,

»Si la medida quieres que se llene

»Con nuestros restos, cumplirás tu antojo:

»Ya vendrá Pirro; franco el paso tiene:

»Pirro con sangre del Monarca rojo,

»De cuyo brazo matador no ampara

»Ni al hijo el padre, ni al anciano el ara.

CXXIX.

»¿Y a ésto sólo me sacas, alma Dea,

»Salvo por medio del adverso bando?

»¿A que testigo en mis hogares sea,

»No ya en la lid, de su rencor infando?

»¿A que, uno entre la sangre de otro, vea

V I R G I L I O

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»Hijo, padre y esposa agonizando?

»¡Al arma! ¡al arma! ¡La postrera hora

»Llama al vencido, amigos, vengadora!

CXXX.

»¡Tornar dejadme a la ardua lid! Mi diestra,

»Renovará el conflicto: al fin, vengada

»Corra, si ha de correr, la sangre nuestra.»

Dije, a la cinta acomodé la espada,

Y el escudo embrazando a la siniestra,

Ya iba a salir, cuando mi esposa amada ,

Se echa a mis pies en el umbral de hinojos,

Y nuestro dulce hijo alza a mis ojos.

CXXXI.

«Si es morir lo que atentas,».me decía,

«Todos iremos a morir contigo;

»Mas sí aun tu brazo de las armas fia,

»Primero es que defiendas este abrigo.

»¡Cómo! tu hijo, tu padre la que un día,

»Buena esposa llamaste, ¿al enemigo

»Así vas a entregar?» Tal su desgracia

Gime; el eco en los ámbitos se espacia.

L A E N E I D A

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CXXXII.

»Súbita maravilla sorprendente

De todos luego las miradas llama:

En medio del abrazo y el doliente

Coloquio paternal, brota una llama

De Ascanio en la corona, y por su frente

E ilesos rizos mansa se derrama:

Quién, al verle, el cabello le sacude;

Quién ya con agua, en su temor, le acude.

CXXXIII.

»Mas mi padre con plácida alegría

El rostro augusto eleva; ambas las manos

Tiende, y al cielo esta plegaria envía:

«¡Omnipotente Júpiter, si humanos

»Ruegos te mueven a clemencia pia,

»Una mirada compasiva dános!

»Sí merecemos protección, propicio

»Sénos, y sella el venturoso auspicio.»

CXXXIV.

»A estas voces en súbita estampida

Tronó a la izquierda; y por el vago cielo

Rápida estrella de esplendor vestida

Hendió a la noche el nebuloso velo:

Llegaba hacia nosotros, cuando al Ida,

Alumbrando el camino, tuerce el vuelo;

Su luengo sulco blanda luz señala,

Y humo sulfúreo al esconderse exhala.

CXXXV.

»Convéncese mi padre, se levanta,

Da gracias a los Númenes, y adora

La luz divina. «Gobernad mi planta,»

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Dice: «no más suscitaré demora.-

»Y ¡oh patrios Dioses! vuestra mano santa

»Reconozco que a Troya cubre ahora:

»¡Mi familia guardad, guardad mi nieto!

»Partamos, hijo; la Deidad respeto.»

CXXXVI.

»Mas ya el calor sofoca; ya se escucha

Más y más cerca el fuego turbulento

Que con los muros y edificios lucha

Su furor avivando y movimiento.

«Sube en mis hombros, padre: a fe que mucha

»No ha de serles la carga: en todo evento

»Uno sea el peligro a entrambos; una,

»O piadosa o adversa, la fortuna.

CXXXVII.

»Ascanio venga de su padre al lado,

»Tú, Creusa, seguir mis huellas cuida;

»Y todos en los ánimos grabado

»Tened lo que os encargo en esta huida:

»Bien sabéis, servidores, de un collado

»Que está de la ciudad a la salida,

»Do de Céres ruinoso un templo antiguo

»A un vetusto cipres yace contiguo:

CXXXVIII.

»Cipres que nuestros padres reverentes

»Honraron siempre en sus felices días;-

»Allí nos juntaremos, diligentes

»Sendereando por diversas vias.

»Toma, ¡oh padre! los Dioses: yo de ardientes

»Refriegas salgo; si las manos mías

»Pusiese en ellos, en corriente clara

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»No lustradas aún, los profanara.»

CXXXIX.

»Callo; y encima del común vestido,

Con una piel bermeja leonina

Los anchos hombros encubrirme cuido,

Y al grato peso mi cerviz se inclina.

El tierno Ascanio, de mi mano asido,

Conmigo a paso desigual camina:

Quedóse atras mi esposa: opaca niebla

En torno nuestro los espacios puebla.

CXL.

»Mas yo que en la ciudad momentos antes

No temí de la lid el alto estruendo,

No las armas, no griegos batallantes

Remolinados en tropel horrendo,

Ahora al sonar las auras oscilantes,

Al más leve ruido me suspendo,

No temeroso por la vida mía,

Si por mi dulce carga y compañía.

CXLI.

»Parecíame ya llegar seguro

Al deseado fin, cuando repente

Cual de veloces pies que el suelo duro

Batiesen, sordo estrépito se siente;

Y mi padre mirando de lo oscuro,

«Hijo, » dice, «huye, hijo; asoma gente:

Desvía; el temeroso centelleo

De las rodelas y corazas veo.»

CXLII.

»,Ah! en tanto que mi pie medroso, excusa

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Por ignoradas vueltas el camino,

No sé qué ínvido Dios, mi ya confusa

Razón de lleno a desquiciarme vino:

No supe más que fue de mi Creusa;

Si la detuvo mi cruel destino,

Si erró la vía, o se sentó cansada;

De entonces más, a mi clamor negada.

CXLIII.

»Ni la eché menos hasta haber llegado

Todos los míos, con turbada huella,

Al templo antiguo y salvador collado:

Reunímonos; ¡faltaba sola ella!

Faltaba a su hijo, en lágrimas bañado;

Faltaba a mí, que en áspera querella,

¡Oh entre males tamaños mal supremo!

De hombres y Dioses con furor blasfemo.

CXLIV.

»Hijo, y padre, y penates encomiendo,

Puestos y ocultos en profundo valle,

A mis amigos: despechado emprendo

La ciudad recorrer hasta que halle

La infelice consorte; y no temiendo

Volver a abrirme entre enemigos calle,

Me ciño de la fúlgida armadura,

Y entrégome al dolor y a la ventura.

CXLV.

»Llego primero al murallón oscuro,

Puerta y umbral por do pasado había;

Esfuérzome a mirar, y mal seguro

Sigo por rastros una y otra vía.

Horror, silencio en el desierto muro

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Sólo hallar pude. A la morada mía

Acudo, por si allá mi compañera

Tal vez, tal vez la planta dirigiera.

CXLVI.

»Mas de los enemigos mi morada

Presa era ya: la llama devorante

Por el Ábrego rápido aventada,

Crece, sube, revuélvese ondeante.

Enderezo al alcázar, y en la entrada

Del sagrario de Juno (en lo restante

Abandonada ya la ciudadela),

Hacen Fénix y Ulíses centinela:

CXLVII.

»De los templos tornados en pavesas

Custodían el espléndido tesoro,

Vestes sacerdotales, sacras mesas,

Macizos vasos de luciente oro.

Víanse en torno de las ricas presas

Niños sumidos en confuso lloro,

Mustias las madres que el dolor embarga,

Cautiva muchedumbre en rueda larga.

CXLVIII.

»Allí sin fruto y por doquier demando

El bien perdido: una vez y otra al viento

Su nombre doy, los ámbitos llenando

Con la cascada voz de mi lamento.

Así por las sombrías calles ando

En su busca con ciego desatiento,

Cuando al paso atraviésase y me nombra,

Pálido, alto fantasma; -era su sombra.

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CXLIX.

»Tiémblame el corazón, se me eneriza

El cabello, la sangre se me hiela:

Mas ella hablando así me tranquiliza

Y futuros destinos me revela:

«¿Por qué tu corazón se martiriza,

»O a do tu loca fantasía vuela?

»Templa el furor: no temerario oses

»Al imperio oponerte de los Dioses.

CL.

»Vencer no pienses mi eternal reposo,

»No contigo llevarme a otra ribera:

»Védalo aquél que todopoderoso

»En las sedes olímpicas impera.

»Vasto mar que surcar, amado esposo,

»Largo destierro que cumplir te espera;

»Mucho errarás; empero, finalmente,

»Llegarás a las playas de Occidente:

CLI.

»A Hesperia, patria de ínclitos varones,

»A donde ameno y dilatado ondea

»El lidio Tibre, que en besar los dones

»De sus fértiles ribas se recrea.

»Ancho imperio, magníficos blasones,

»Régia consorte encontrarás; ni sea

»Mi memoria a tu pecho dolorosa:

»Harto has llorado a tu apartada esposa.

CLII.

»Que no a la nuera de la cipria Diva,

»La hija del frigio Rey, reduce el hado

»A sierva humilde de matrona aquiva:

L A E N E I D A

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»¡No irá a ver, no, del vencedor airado

»Soberbios techos mísera cautiva!

»La madre de los Dioses a su lado

»Me azcoge. ¡Adiós! por nuestro Ascanio vela;

»¡Amale slempre, y tu dolor consuela! »

CLIII.

»Yo que la oía en lágrimas deshecho,

Mil cosas fui a decir, cuando en sombríos

Celajes se encubrió. Tres veces le echo

Al cuello los amantes brazos míos,

Y tres veces, ¡oh pena! los estrecho

Contra el burlado corazón vacíos,

Desvanecida a mi anheloso empeño

Cual humo vano o fábrica de un sueño.

CLIV.

»La noche terminó con mi porfía,

Y torné. Con portátiles haberes

Notable multitud llegado había,

Ausente yo, cabe, el altar de Céres.

Apellídanme todos jefe y guía:

«Contigo,» dicen, «a doquier esperes

»¡Ay! alejarnos del confin troyano,

»Rostro haremos al lóbrego Oceano.»

V I R G I L I O

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CLV.

»Allí varones y hembras, niños, viejos,

Y larga y miserable muchedumbre.

Y ya anunciaban pálidos reflejos

Al sol, del Ida sobre la ardua cumbre.

Ocupadas las puertas a lo lejos,

Huye de auxilio la postrer vislumbre:

Cedo a la suerte: a recibir me inclino

Mi padre, y a los montes,me encamino.

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LIBRO TERCERO

I.

«Después que el Cielo la inculpada gente

De Príamo y troyana monarquía

Derribó en tierra, y la ciudad potente

En círculos de humo perecía;

También por alta inspiración presente,

Mas sin saber por dónde el hado guía

O do hemos de parar, labramos pinos

Que a otras playas, nos lleven peregrinos.

II.

ȃramos cabe Antandro congregados

Al pie de Ida, y no bien pintó el estío,

Manda mi padre en brazos de los hados

Soltar velas del viento al albedrío.

Con llanto el puerto dejo, y los amados

Campos do Troya fue; y a la onda fio

Mi pueblo, y prole, y Dioses tutelares,

Y empiezome a engolfar en altos mares.

III.

»Cae por allá un país que Marte ampara

Y el austero Licurgo rigió un día;

Extensas tierras son que el Trace ara,

V I R G I L I O

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A quien ley de hospedaje nos unía;

Y viéronse sus Dioses en un ara

Con los Dioses de Troya en compañía

Cuando imperio feliz fuimos: ahora

Allí arribamos con humilde prora.

IV.

»Fundé en su corva orilla la primera

Ciudad, y a sus colonos apellido,

En mi memoria, Enéadas; mas era

Infausto el punto. Mal correspondido,

A mi madre: la Diosa de Citera,

Y a los electos Númenes convido;

Y en balde un toro albo, como a solo

Rey de los Dioses, al Saturnio inmolo.

V.

»Era allí un cerro, y en su cima había

De puntas erizado un mirto: atento

La ara a vestir de verde lozanía,

Acudo, y ramas arrancar, intento.

Mientras raíces desvolver porfía

Mi mano (¡oh singular, oh atroz, portento!)

Brotar contemplo de las ramas rotas

Sangre que el suelo empapa en negras goras.

VI.

»De espanto helado el corazón flaquea;

Mas recobrado tiro de otra rama

Por descubrir lo que el prodigio sea,

Y otra vez sangre el vástago derrama.

Confuso, dando de una en otra idea,

Ya a Marte invoco que a los Getas ama,

Ya a las huéspedas Ninfas de la selva

L A E N E I D A

97

Porque el signo de horror fausto se vuelva.

VII.

»Con esta mira y con esfuerzo nuevo

Tercera rama desraigar decido;

Mas cuando, hincada la rodilla, pruebo,

Su rigor a vencer, siento un sonido

(No sé si ose decir, o callar debo):

Una voz funeral hiere mi oído:

«¡Ay! ¿por qué Enéas, las entrañas mías

»Rompes? ¡No manches más tus manos pias!

VIII.

»Hijo yo fui de la nación troyana,

»¿Y al que ya conociste ofendes muerto?

»¡Esa sangre no es de árboles do mana!

» ¡Ah! ¡quede esta región, huyas te advierto;

»Aurívora región, playa inhumana!

»Yo Polidoro soy: yace cubierto

»Mi cuerpo aquí de flechas homicidas,

»Ahora en ásperas ramas convertidas.»

IX.

»Adolorido, absorto me suspendo,

Sin voz, yerto el cabello. ¡Polidoro!

El mismo ¡ay! a quien Príamo, sintiendo

Vacilar en su mano el cetro de oro

Al amago de ejército tremendo,

Fió en secreto espléndido tesoro,

Y a que ajeno creciese a la desgracia,

A cargo le envió del Rey de Tracia.

X.

»Mas el perverso príncipe, copiando

V I R G I L I O

98

En su porte mudanzas de la suerte,

Triunfante al ver de Agamemnon el bando

En contra del caído se convierte;

Y todo fuero: con furor nefando

Atropella, y al mísero da muerte,

Y le asalta el caudal. ¿Qué de maldades,

Sacrílega sed de oro, no persuades?

XI.

»Vuelto en mí del espanto que me hiela

Hablo a mi padre, y a los jefes junto,

Lo que voz misteriosa me revela,

Narro, y el parecer común pregunto.

Todos proponen darnos a la vela

"Y aquel sitio de horror dejar al punto;

No sin que al desdichado compatricio

Pagado hayamos el postrer oficio.

XII.

»Túmulo, pues, alzámosle de arena,

Y a los manes dos aras que guarnecen

Cipres y tristes fajas; la melena

Sueltan matronas que en redor parecen.

Altos vasos que o leche tibia llena,

sangre consagrada, allí se ofrecen:

La tumba al alma errante da acogida,

Y clamamos la eterna despedida.

XIII.

»Así las sacras ceremonias, graves

Cumplido habiendo, a la señal primera

Que el Austro da con hálitos suaves

De que onda masa nuestra flota espera,

Corremos a la mar: sacan las naves

L A E N E I D A

99

Mis compañeros, cubren la ribera;

Cruzamos ya los líquidos desiertos,

Y atrás irse miramos playas, puertos.

XIV.

»Allá en mitad de los Egeos mares

Hay una isla entre todas la más grata,

Que, Númenes por siempre tutelares,

A Dóris bella y a Neptuno acata:

Ella un tiempo rondaba los lugares

Convecinos; ya errante el mar no trata;

Apolo entre las Cíclades fijóla,

Y allí inmóvil contrasta viento y ola.

XV.

»Allí abordamos, y el dichoso abrigo

Gozamos con que el puerto nos convida;

Mientras de Apolo la ciudad bendigo,

A darnos sale el Rey franca acogida.

Anio en mi padre abraza a un viejo amigo;

Anio, a quien, porque al par que le apellida

Ministro un Dios, un pueblo Rey le nombra,

Con la ínfula e1 laurel la sien le asombra.

XVI.

»Yo al templo secular devoto llego:

«¡Buen Dios!» exclamó, «¡término seguro

»Dá a, nuestro error, a nuestro afán sosiego,

»Dá fundar feliz prole y propio muro!

»Nueva Troya lo llames o del fuego

»Hurtados restos y de Aquíles duro,

»Salva el tesoro, tú, que va conmigo;

»Dí, ¿cuál norte, cuál voz, cuál rumbo sigo?

V I R G I L I O

100

XVII.

»Señal dá, en fin, y a nuestra mente envía

»Tu inspiración.» Callé, y en tal momento

Ya el pórtico, ya el lauro se movía,

Y el nijnte en torno retembló en su asiento.

El velo que la trípode cubría

Gimió, abrióse el sagrarlo: al pavimento

Inclinamos las frentes confundidos,

Y sacra voz hirió nuestros oídos:

XVIII.

«¡Fuertes Troyanos! ved que la fortuna

»Hinchado el seno de la patria os muestra

»Que a vuestra raza fomentó en la cuna;

»¡Buscad, buscad la antigua madre vuestra!

»Id; allí Enéas, sin mudanza alguna,

»Cimentará su casa, y de su diestra

»El cetro heredarán sobre las gentes

»Hijos, nietos, lejanos descendientes.»

XIX.

»Habló Apolo; y llenó los corazónes,

Amargada por dudas, la alegría,

Pues «¿Dó aquellas están patrias regiónes?»

Preguntábamos todos a porfía.

Mi padre ya de viejas tradiciones

Recuerdos en su mente revolvía:

«¡Oíd, nobles!» prorumpe; «yo el secreto,

»A vuestras esperanzas interpreto.

XX.

»Hay una isla en el mar, Creta nombrada,

»Cuna ya nuestra, con su monte Ida,

»Cuna también de Júpiter sagrada,

L A E N E I D A

101

»De cien ricas ciudades guarnecida.

»Trocó el gran Teucro esa feliz morada

»Con la retea costa: a su venida

»Ni allí a Pérgamo halló, ni halló poblados,

»Sino hombres por los valles derramados.

XXI.

»Él, si éstas que aprendí no son infieles

»Memorias, los cimientos sociales

»De Troya echó, y el culto de Cibéles

»Trajo, con sus misterios y atabales,

»Los carros con leones por corceles,

»Los bosques sacros, y aún en nombre iguales,

»¡Partamos! el oráculo dichoso

»Allá nos llama, a la región de Gnoso.

XXII.

»Ni estamos lejos de su orilla grata;

»Tres luces gastaremos. Falta sólo

»Que aplaquen dones al que el mar maltrata,

»Que amparo preste el que serena el polo.»

Dice, y en la ara sendos toros mata

A Neptuno y a ti, divino Apolo;

Sendas ovejas al Invierno negra,

Blanca a Favonio que la mar alegra.

XXIII.

»La voz se esparce que del patrio suelo

Proscrito Idomenco huído había,

Que a huéspedes librando de recelo,

Creta sus puertas solitaria abria.

Y así a Ortigia dejando, hendiendo a vuelo

El mar, a Náxos báquica y sombría

Costeando vencemos, a Oleáros,

V I R G I L I O

102

Verde Donisa y albicante Páros.

XXIV.

»Entrambos por las Cíclades ligeros

el mar corremos de islas esparcido,

Y emúlanse, al pasar, mis compañeros

Con clamores y náutico ruido;

«¡A Creta! ¡a Creta!» gritan vocingleros;

«¡A nuestra patria, a nuestro antiguo nido»

E hiriéndonos en popa aura serena,

Al fin tocamos la anhelada arena.

XXV.

»Fundé una villa, mi dorado sueño,

Que Pérgamo llamé: del nombre ufanos

A los colonos miro, y los empeño

A alzar el muro y a arraigarse hermanos.

Yace en la enjuta orilla el hueco leño:

Yo dicto común ley, reparto llanos;

Y a cultivar se entregan los mancebos

Nuevos lazos de amor y campos nuevos.

XXVI.

»He aquí, el aire infestando de repente,

El contagio cruel sacude el ala;

Infausto nuncio de estación doliente,

Los arboredos y sembrados tala:

La vida va arrastrando falleciente

Quien ya el aliento último no exhala.

El Can ardiente estrago sordo hace:

Marchito el lustre de los campos yace.

XXVII.

»Y, sustento negando yermo el suelo,

L A E N E I D A

103

Mi padre del oráculo divino

Manda que vamos a implorar consuelo

Tornando a abrirnos por el mar camino:

Que cuál término, diga, al mustio duelo

De este pueblo reserva peregrino;

A quién habemos de acudir; a dónde

Enderezar el rumbo corresponde.

XXVIII.

»Era alta noche y muda: en mi retiro

Yacía yo, la mente aletargada,

Cuando delante a los Penates miro

Que hurté al incendio en la fatal jornada.

Por mis ventanas, en su errante giro

Lograba a la sazón la luna entrada,

Y del brillo bañados macilento

Ellos me hablaban con benigno acento:

XXIX.

«No temas,» me decían; «pues de parte

»De Apolo, que oficioso nos envía,

»Los destinos venimos a anunciarte

»Que el, volviendo tú allá, te anunciaría.

»Tu brazo,nos salvó de adverso Marte,

»Librónos tu piedad de llama impia;

»Hemos seguido tu fortuna, y fieles

»Navegamos contigo en tus bajeles.

XXX.

»En grato premio a tu favor, mañana

»Al cielo hemos de alzar tus descendientes;

»Mas hoy, a esa ciudad que soberana

»Herencia haremos de invencibles gentes

»(Que esto es tuyo, no nuestro), el paso allana.

V I R G I L I O

104

»Lo harás, si en largo viaje no consientes

»Reposo: asiento muda: el Dios profeta

»No te brindó con descansar en Creta.

XXXI.

»Hay de antiguo un país, con apellido

»De Hesperia por los Griegos señalado,

»Pueblo en trances de guerra asaz temido,

»Tierra asaz grata a la labor de arado.

»Fue primero de Enotrios poseído,

»Y hoy Italia se nombra, por dictado

»De famoso caudillo procedente,

»Si ya constante tradición no miente.

XXXII.

»¡Ésta, ésta es nuestra patria verdadera!

»Que allí Dárdano y Yasio nacimiento

»Tuvieron; aquel Dárdano, Primera

»Cepa de nuestra raza. Tú contento

»Ve, y de ello al viejo genitor entera

»Por cierto. Y de Corito en seguimiento

»A los ausonios términos navega.

»Mansión en Dicte Júpíter te niega.»

XXXIII.

»Comó esto vi y oí (no en sueños vanos

Eran; que bien las, tienes discernía

Veladas, y los rostros soberanos,

Y aún bañaba en sudor mi frente fría),

Salto del lecho atónito: las manos

Extiéndo suplicante; ofrezco pia

Libación en mi hogar: de ahí contento

Corro a mi padre, y la visión, le cuento.

L A E N E I D A

105

XXXIV.

»Del doble orígen la falacia siente

Él, y confiesa que sufrido había

Con, la antigua seria1error reciente,

« Hijo,» así hablaba, «a quien la suerte

»Burla cruel! Casandra solamente

»Hizo de estos sucesos, profecía;

»Y a menudo se oyó, recuerdo ahora,

»¡Hesperia! ¡Italia! de su voz sonora.

XXXV.

»Mas quién iba a pensar que a Hesperia iría

»Nuestra gente jamás? ¿Ni quién pudiera

»A Casandra creer? ¡Hoy, hoy nos guía

»Voz infalible que, partir impera!»

Tal dijo, y aplaudimos, a porfía.

Quedan algunos en la infiel ribera;

Y el áncora levando y la esperanza

El hueco leño, al pielago se lanza,

XXXVI.

»Cuando ya nos hubimos engolfado,

Y entre agua y cielo, al fin, no vemos cosa

Sino el cielo y el agua, azul nublado

Sobre mi nave sólido se posa

De lobreguez y tempestad cargado;

Con tristes amenazas espantosa

La ecuórea inmensidad se entenebrece,

Esfuérzanse huracanes, la onda crece,

XXXVII.

»¡Tristes! que arrebatándonos el viento

Y entre la vasta extensión, a golpe duro,

V I R G I L I O

106

Relámpagos cruzando el firmamento,

Ciegos erramos sobre el ponto oscuro.

Todo es horror el húmedo elemento:

¿Es día? ¿es noche? el mismo Palinuro

Nada distingue; en negro torbellino

Sacudido del rumbo, perdió el tino.

XXXVIII.

»Ya tres días llevábamos enteros

Y tres noches a oscuras, desmandados,

Cuando lejos notamos placenteros

Visos de tierra, y asomar collados,

Y humo al cielo subir. Los marineros

Las antenal calando arrebatados,

Asen del remo, y al batir contino

Cubren de espuma el líquido camino.

XXXIX

»Al suyo las Estrófades, del seno

Librados de las ondas, nos invitan:

Ínsulas son que con renombre heleno

En el vasto mar Jonio se acreditan.

Allí, allí la terrífica Celeno

Y las arpías de su casta habitan,

Del timpo en que de Fineo y sus moradas

Las alejó del temor, nunca saciadas.

XL.

»¡Arpías, horda atroz, monstruos furiales,

Generación igual jamás vio el mundo

Ni peste más cruel a los mortales

Envió el cielo ni abortó el profundo:

Alado el cuerpo, rostros virginales;

Arroja el seno vil vestigio inmundo;

L A E N E I D A

107

Corvas manos y pies, garfios rapantes

Pálidos siempre de hambre los semblantes.

XLI.

Aun no bien nuestra flota anclado había,

Cuando notamos por allí ganados

Vacunos y lanares, ir sin guía,

Ledos paciendo en abundosos prados.

Hicimos en la grey carnicería;

Brindamos con los fáciles bocados

A los Dioses, a Júpiter; y a priesa

Aderezamos la campestre mesa.

XLII.

»Ya el manjar suculento en sillas blandas

De céspedes gustábamos. En ésto

Dejan sus montes las aéreas bandas

Con ala resonante y salto presto;

Nos rapan de revuelo las viandas;

Todo lo manchan con su aliento infesto;

Y fuera de ofender vista y olfato,

El viento hieren con aullido ingrato.

XLIII.

»De ahí en el hueco de un peñón antigo

Otra vez el banquete cauto extiendo,

De corvas selvas al repuesto abrigo

Con sombra en torno de negror horrendo.

Ya ponía en el ara el fuego amigo,

Y otra vez de cien partes con estruendo,

Baja improviso el escuadrón nefando,

Y royendo revuela y escarbando.

XLIV.

V I R G I L I O

108

»Al arma llamo; en la soez canalla

Hacer estrago, en cuanto vuelva, ordeno:

Y ocultamos a intento de batalla

Entre las hojas y el verdor ameno

Cuchillas y broqueles. Todo calla...

Mas ya que por la orilla vio Miseno

Que acuden en tropel, de una alta roca

Do atalayaba, su bocina toca.

XLV.

»Corremos a la seña, en lid no usada

La impia raza a extirpar del mar salida

Mas ¡vano esfuerzo! que lesión la espada

No hace en las plumas, ni en el cuerpo herida.

Infectan cuanto muerden de pasada,

Y hedor esparcen en su impune huida;

Y una de ellas, Celenó, en yerta altura

Infausta así, con voz siniestra augura:

XLVI.

«Vinisteis a matar nuestros rebaños,

«Hijos,de Laomedon! ¡manos impías!

»Y en guerra de sus patrios aledaños

»Quereis lanzar, sin culpa, a las Arpías!

»¡Pues oid y temblad horribles daños!

»Catad, lo que os anuncio en profecías

»La mayor de las Furias: trasmitiólo

»A Febo Jove, y a Celeno Apolo.

XLVII.

»Buscáis a Italia con errante quilla,

»Y cierto que con vientos aplacados

»Ireis a ltalia,,y cobrareia rilla

»Que os, diputan. benévolos los hados;

L A E N E I D A

109

»Mas no podréis la deseada villa

» Ceñir, sin que a expiar desaguisados

»Con fuerza antes os mueva el hambre aciaga

»Tal, que aún las mesas devorar os haga. »

XLVIII.

»Dijo, y al bosque aleteando vuela.

A influjo de su voz mis compañeros,

A quien la sangre de terror se hiela,

Con el brío deponen los aceros.

Ya con votos, con súplicas se apela

A pedir paz y a deshacer agüeros,

Ora malvadas y aves ominosas

Sean aquellas, o terribles Diosas.

XLIX.

Y vuelto Anquíses hacia el mar, las manos

Extiende, y con solemnes sacrificios

Los Númenes invoca soberanos:

«¡Dioses!» clama, (¡torced tales auspicios!

»¡Dioses! ¡tales anuncios haced vanos!

» ¡A un pueblo justo defended propicios!»

Dice, y cables soltar en el momento

Manda, y las lonas descoger al viento.

L.

»Cumplióse lo mandado; y ya hincha el Noto

Las velas que a sus soplos confiamos;

Merced suya, y en manos del piloto,

Entre espumosas ondas navegamos:

Zacinto se aparece, ameno soto,

En medio de la mar: Duliquio, Sámos;

Ardua y fragosa Néritos se ostenta,

Ítaca con escollos fraudulenta.

V I R G I L I O

110

LI.

»Huimos de ellos, y del patrio clima

De Ulíses maldecimos. Adelante

Léticates yergue su nuilosa cima,

Apolo hace temblar al navegante.

Allá torcemos: fatigada arrima

A la humilde ciudad la flota errante;

Ya a proa el marinero anclas arroja;

Ociosos cascos la ribera aloja.

LII.

»En no soñado asilo aras enciendo

Do mis votos a Júpiter desato;

Y en tierra de Accio, celebrar emprendo

Juegos de Frigia. El patrio pugilato

Todos, desnudo el cuerpo, el cuerpo ungiendo,

Renuevan con ardor. Recuerdo es grato

Haber vencido riesgos y fatigas

Entre tantas ciudades enemigas.

LIII.

»El sol a la sazon su añal carrera

Concluía, y con hálitos glaciales

El cierzo aborregaba la onda fiera.

Fijé a un poste, del templo a los umbrales,

Como escudo que el grande Abas trajera,

Y del caso en memoria, letras tales:

MONUMENTO GANADO A LAS AQUEAS

TRIUNFANTES HUESTES: CONSAGRÓLO ENÉAS.

LIV.

»Llamé al remo; y dejamos, con suspiro

Del batido oleaje, las arenas;

L A E N E I D A

111

Pronto las cumbres de Feacia miro,

Y tórnanse a esconder, vistas apenas.

Llegamos al Caonio puerto, a Epiro

Costeando, y pedimos las almenas

Excelsas de Butroto. Aquí una nueva

Dichosa hallamos que increíble eleva.

LV.

»Oigo que en griego territorio impera

Heleno, hijo de Príamo, debido

A ser de la Viuda y heredera

De Pirro, nieto de Éaco, marido;

Que así el antiguo rango recupera

Andrómaca. Turbado, conmovido,

De amor llevado, de ansiedades lleno,

La playa dejo y flota, y voy a Heleno.

LVI.

»He aquí con sacros funerales dones.

Antes de la ciudad, en selva umbría,

Cabe un fingido Simois, libaciones

Al caro polvo Andrómaca ofrecía;

Y los manes con tristes oraciones

A la tumba llamaba, que vacía

De verde césped, a Héctor dedicara.

Y una, motivo al llanto, doble ara.

LVII.

»Tal Andrómaca estaba en el instante

En que, subiendo yo por el camino,

A mi propio y las armas delirante

Vio de Troya; y del caso peregrino

Pasmada al punto queda: vacilante,

Perdió el rostro el color, la planta el tino;

V I R G I L I O

112

Y solo a obra de tiempo el labio mudo

Articular sueltas palabras pudo:

LVIII.

«¿Qué en fin te miro en corporal figura?

»¡Hijo de Venus! ¿mensajero cierto

»Me apareces? ¿aún gozas la aura pura?.

»¡Ah! ¿y Héctor dónde está, si ya eres muerto?.»

Esto dijo llorando, y la espesura

Llenaba su clamor. Su desconcierto

Febril, dejóme sin respuesta; al cabo

Mal breves frases anheloso trabo:

LIX.

»No dudes palpas realidades.Vivo,

»Y a cien peligros arrojé mi vida;

»Mas véme: salvo a tu presencia arribo.

»¡Ah! ¡y de tan gran varón destituida,

»Pobre mujer! ¿Te vuelve el hado esquivo

»Algo de tu ventura merecida?

»Tú, la Andrómaca de Héctor venturosa,

»¿Yaces aún avasallada esposa?

LX.

»Ella el rostro inclinando, recobrada,

Con voz sumisa su dolor expresa:

«¡Oh entre todas nosotras fortunada

»Tú, inocente beldad, jóven princesa,

»Que al pie del patrio muro, por la espada

»Fuiste a morir sobre enemiga huesa!

»Que ni suertes sacaste a tu despecho,

»Ni de amo vencedor serviste al lecho!

L A E N E I D A

113

LXI.

»No así la que incendíados sus hogares,

»Sufrió a un duro jayan, de raza altiva

»Sufrió el rigor, y por remotos mares

»Anduvo errante, y concibió cautiva!

»Y después que probé tantos azares,

»El tirano raptor en llama viva

»Por Hermíone ardió, nieta de Leda,

»Y a Esparta corre do en su amor se enreda.

LXII.

»Entonces a un esclavo dio su esclava;

»Cedióme a Heleno. Oréstes que veía

»Quitársele su esposa, se abrasaba

»De amor, de ardor furial, de rabia impía;

»Y ante el paterno altar a hierro acaba

»Desprevenido a su rival un día;

»Conque Heleno, de siervo que antes era,

»Cobró aquestas regiónes en que impera.

LXIII.

ȃl, de entonce a sus campos y poblados

»Apropió de Caonia el apellido,

»En honor de Caon; y en los collados

»Que ves, segundo Pérgamo se ha erguido

»Favorables de guía te han servido?

»¿Qué aura feliz, cuál misteriosa fuerza

»Causa es, que acá tu nave el rumbo tuerza?

LXIV.

»¿Qué se hizo Ascanio? ¿vive, aún? Y aquella

»Que en la noche fatal ... ? ¡Destino impío¡.

»Pobre niño, ¿recuerdosguarda de ella?

V I R G I L I O

114

»¿Le anima a la virtud, al patrio brío,

»Ver cuál dejan de si brillante huella

»Enéas, su buen padre, Héctor,su tío?»

Así hablaba llorando, y vanamente

Corría de sus lágrimas la fuente.

LXV.

»Heleno, que hacia allí bajando vino

Con gran cortejo, nos conoce en tanto,

Y a la ciudad nos guía, y de camino

Nos habla con palabras y con llanto.

Yo, andando, reconozco o adivino

Nueva Troya, otro Pérgamo, otro Janto,

Bien que aquel breve y pobre aquéste sea,

Y abrazo en mi ilusión la puerta Escea.

LXVI.

»Cual propia, en la ciudad mis compañeros

Entran: pórticos que amplios los reciban

Les abre Heleno, y de ellos los primeros

En fuentes, tazas de oro, comen, liban;

Llenas copas empinan placenteros,

Y resuena el salón. Así se iban

Corriendo un día y otro. El soplo austrino

Ya hinchaba, voceando, el vago lino.

LXVII.

Antes, empero, de soltarlas naves,

Yo a Heleno interpelé con tales voces:

«Tú que de Febo los misterios sabes,

»Y sus lauros y trípodes conoces;

»Tue entiendes los astros, y las aves

»Con su canto augural y alas veloces;

L A E N E I D A

115

»Troyano vate, intérprete del Cielo,

»Con alta inspiración calma mi anhelo!

LXVIII.

»Profecías, oráculos, deidades

»Trázanme rumbo de asechanza ajeno,

»Señalando repuestas heredades,

»Nombrando a Italia. Sola ya Celeno

»Cruda hambre anuncia, acerbas novedades;

» ¡Arpía atroz! ¡aviso de horror lleno!

»Tú, ¿cuál riesgo evitar me importa, y cómo,

»Dí, amagos frustro y contratiempos domo?»

LXIX.

ȃl toros antes, como el rito manda,

Inmola; desciñó la venda pia;

El favor de los Númenes demanda,

Y por la mano hacia el altar me guía.

¡Oh Febo! en tu presencia veneranda

Temor yo entonces y temblor sentía,

Cuando comienza, sacerdote sabio,

Heledo a hablar con inspirado labio:

LXX.

«¡Hijo de Venus! no del prez receles

»Que te anuncian auspicios celestiales:

»Tal es la voluntad de Jove, y fieles

»Tal la necesidad, tus hados tales.

»Empero, porque rueden tus bajeles

»En tu navegación ahorrando males,

»Y firme gozo al aferrar te quepa,

»Tus destinos, de hoy más, tu mente sepa.

LXXI.

V I R G I L I O

116

»Cosas hay que decillas Juno, es cierto,

»O sabellas tal vez las Parcas vedan;

»Mas yo entre mucho lo esencial te advierto

»Y anuncios doy que aprovecharte, puedan.

»Ante todo, a esa Italia, vega y puerto

»Que a tu corto entender cercanos quedan,

»Aun de tí la separan, a fe mía,

»Largo espacio interpuesto y larga vía.

LXXII.

»Y A fe que el rezno blandear se vea

»Del mar Trinacrio y Tusco en los cristales,

»Y la ínsula de Circe, hija de Ea

»Visites, y los lagos infernales,

»Tiempo antes que de tí fundado sea

»Estable muro. Agora las señales

»Escucha de la tierra prometida,

»Y en la memoria conservarlas cuida.

LXXIII.

»Cuando oculto randal con planta lenta

»Rondando fueres caviloso un día,

»Si allí una hembra de cerdo corpulenta

»Al margen ves entre robleda umbría,

»Con treinta lechoncillos que alimenta,

»Alba, en torno a sus ubres la alba cría,

»Esa es la seña: allí podrás, te auguro,

»De afánes tantos descansar seguro.

LXXIV.

»Ni el pronóstico tiembles de comeros

»Hasta las mesas: os oirá benino

»Apolo, y a cumplirse los agüeros

»Vendrán sin daño por mejor camino.

L A E N E I D A

117

»Mas de la ítala costa a, do con fieros

»Tumbos va a desbravarse el mar vecino,

»Huye, que todas por ahí moradas

»Son, de pérfidos Griegos habitadas.

LXXV.

»Fundada por los Locros aparece

»Naricio allá: con militar arreo

»Los campos Salentinos, que enaltece

»Procedente de Licto Idomeneo:

»Allá humilde Petilia, a quien guarnece

»Filoctétes, caudillo melibeo:

»Huye en suma y traspuestos esos mares,

»Grato, saltando en tierra, eleva altares.

LXXVI.

»El voto entonces cumplirás, la frente

»Cubriendo en torno de purpúreo velo,

»No sea que ante el fuego sacro, ardiente

»En honor de los Númenes del Cielo,

»Hostil presencia, súbito accidente

»Al rito dañe. Con piadoso celo

»Guardad esta costumbre los Troyanos;

»La guarden vuestros nietos más lejanos!

LXXVII.

»Ya que al confin te impela siciliano

»El viento, y de Peloro el paso estrecho

»Más ancho mires cuanto más cercano,

»Entonces rodeando, largo trecho

»El rumbo sigue hacia la izquierda mano;

»Trata el siniestro lado, huye el derecho.

»Y vé en ese pasaje tú pondera

»Cuál la avanzada edad todo altera.

V I R G I L I O

118

LXXVIII.

»Eran en uno entrambos continentes;

»Mas vino el mar con ímpetu y ruina

»Y con sus olas separó rugientes

»De la sícula costa la vecina.

»Opónense de entonces diferentes,

»Y opresa en el canal la onda marina,

»Tal vez muros, tal vez fértil camparia,

»Acá y allá con sus espumas baña.

LXXIX.

»El paso asedían, por el diestro lado

»Scila, Caríbdis en la parte opuesta:

»Tres veces en su abismo exacerbado

»Las aguas con hervor se sorbe ésta,

»Y escúpelas al Cielo de contado;

»Mientras, de oscura cavidad repuesta

»Saca por tiempos la ancha boca aciaga

»Scila entre escollos y los buques traga.

LXXX.

»Es humano su aspecto, y peregrino

»Le lava un seno de mujer la ola;

»Monstruo en el resto osténtase marino,

»Vientre de lobo y de delfín la cola.

»Doblar prefiere el cabo de Paquino

»En tarda vuelta, a ver una vez sola

»Al encorvado semipez horrendo,

»Con sus canes cerúleos y alto estruendo.

LXXXI.

»Tú, si fías de Heleno, ¡hijo de Diosa!

»Si de Apolo el oráculo obedeces

L A E N E I D A

119

»Que Heleno anuncia, aún óyeme: una cosa

»Te intimo y te encarezco una y mil veces:

»Que hábil de Juno triunfes poderosa

»Con votos y con dones y con preces:

»Triunfante has de ir, porque seguro vayas

»Las sículas dejando, a ítalas playas.

LXXXII.

»Verás, llegando a Cúmas, los sagrados

»Lagos, y Averno que entre bosques suena

»Y cantando una maga ocultos hados

»En hueca roca, de entusiasmo llena:

»Nombres ésta y caracteres grabados

»En hojas tiene; lo que grava ordena;

»Y el antro aquel las misteriosas notas

»Guarda, cada una en su lugar, inmotas.

LXXXIII.

»El orden luce en la mansión tranquila;

»Mas si gira la puerta, y cala el viento

»Y entre las hojas frágiles oscila,

»Que Caducas esparce con su aliento,

»Ni sus versos recuerda la Sibila,

»Ni a adornar torna el cóncavo aposento

»Con las reliquias; y si ansioso vino,

»Maldiciente se aleja el peregrino.

LXXXIV.

»Guarte no allí te asuste útil demora:

»Ten calma, aunque los tuyos te den prisa,

»Aunque el rumbo marcando bullidora

»Haga fuerza a los mástiles la brisa;

»Ten calma, y los oráculos implora,

»Acude a consultar la profetisa,

V I R G I L I O

120

»Que persuadida de tus ruegos ella

»Cantará los semblantes de tu estrella.

LXXXV.

»Y los pueblos, y gentes venideras

»De Italia te dirá, guerras futuras;

»Y de llevar te enseñará maneras,

»O tal vez de eludir fatigas duras;

»Caminos te abrirá, si la veneras,

»Y prósperas hará tus aventuras

»No me es lícito más. Vé ahora, y constante,

»A Troya al Cielo tu virtud levante.»

LXXXVI.

»Tonos usando de,amistad suaves,

Así consejos dábame prudentes

El vate; y que llevasen a las naves

Mandó luego magníficos presentes:

Aureos adornos los hicieran graves

Y de elefante elaborados dientes:

Y de plata riquezas amontona,

Y vasos nos regala de Dodona.

LXXXVII.

»Y de triples metales fabricada

Y de anillos de oro guarnecida,

Una cota me da, y una celada

Con espléndido airon enriquecida,

De Pirro enantes armadura usada:

Ni dones él para mi padre olvida.

De caballos, de guías, de,remeros

Nos abastece y suministra aceros.

LXXXVIII.

L A E N E I D A

121

»Manda mi padre que a zarpar se aliste

La escuadra al espirar del fresco viento;

Cuando el profeta a quien Apolo asiste

Háblale así. con obsequioso acento:

«¡Anquíses! ¡tú que digno hallado fuiste

»Del tálamo de Venus opulento!

» ¡Tú, objeto caro a la bondad divina,

»Salvo dos veces de común ruina!

LXXXIX.

» He ahí del mar Italia se levanta!

»¡Vé arrebatarla de tu flota al vuelo!...

»Ten; que allende, al olor de gloria tanta,

»Ha de rondar paciente vuestro anhelo;

»De Ausonia la región que Apolo canta,

»Aun lejos cae. ¡Te defienda el Cielo,

»Padre feliz por la filial ternura!

»Basta: ¡el Austro os convida, y ya murmura.»

XC.

»Andrómaca a su vez, banada en lloro,

Una ausencia eternal viendo cercana,

Ropas presenta, recamadas de oro

Y una clámide a Ascanio da troyana;

De ornadas telas de sutil tesoro

Empieza a desvolver la pompa ufana,

Y, «Guarda estas labores de mis manos,»

Dice, excusando cumplimientos vanos:

XCI.

»¡Acuérdete la veste que te ciño

»De Andrómaca el amor, de Héctor esposa!

» ¡Postrer don de los tuyos lleva, oh niño,

»Tú, única imágen de mi prenda hermosa!

V I R G I L I O

122

»En ti me representa mi cariño

»Sus ojos, su ademan, su habla amorosa:

»Hoy podría vivir; hoy si viviera,

»A par contigo florecer le viera!»

XCII.

»¡Yo gimiendo les daba adioses tales

«¡Oh! ¡dichosos quedad, pues la fortuna

»Fijasteis! ¡Arrostramos temporales

»Nosotros: vos no hendeis ola importuna

»Ni a playas vais que os huyan desleales!

»La paz se os concedió. De un Janto y una

»Troya gozais que hicieron vuestras manos:

»¡Así auspicios la quepan más humanos!

XCIII.

¡Así los Griegos la atalayen menos!

»Si al Tibre arribo y campos comarcanos

»Que hace del Tibre la corriente amenos,

»Y alzo el muro que espero a mis Troyanos,

»Lacio y Epiro, de recuerdos llenos,

»Sólo una Troya compondrán hermanos:

»Tales el Cielo cumpla nuestros votos;

»Tal gocen nuestros nietos más rernotos!»

CXIV.

»De allí hacia los Ceraunios, desde donde

Puede a Italia pasarse sin fatiga,

Navegámos. En tanto, el sol se esconde,

Y la sombra los montes cubre amiga.

Ya en tierra, a qué remeros corresponde

Velar, hacemos que la suerte diga;

Solaz cobramos en orilla grata,

Y manso el sueño nuestros miembros ata.

L A E N E I D A

123

XCV.

»La noche aún no medíaba su carrera

De las horas llevada, y Palinuro

Ya se alza, y a la brisa más ligera,

Oídos tiende, entre el silencio oscuro:

De una ojeada al rodear la esfera,

Ve en paz los astros declinar; ve a Arturo,

Y las Híadas tristes y las Osas,

Y áureo con armas Orión lumbrosas.

XCVI.

»Visto en el cielo plácidas señales,

Nos dio la suya de hacia el mar sonora;

A cuya voz movemos los reales,

Y velas descogemos a la hora.

Hendíamos los líquidos cristales;

Rósea los astros ahuyentó la Aurora,

Y al teñir de su luz los horizontes,

He aquí avistamos nebulosos montes.

XCVII.

»Italia lejos honda aparecía;

«¡Italia!» Acátes exclamó el primero,

Y todos repitieron a porfía

El saludo de «¡Italia! placentero.

Colma Anquíses de vino, en su alegría,

Un alto vaso que adornó primero

De hojas festivas, y en la popa erguido

Con preces tales dominó el ruido:

XCVIII.

«¡Oh grandes Dioses de la mar y el suelo!

»¡Arbitros de los vientos! Dad que aprisa

»Avancen nuestras naves en su vuelo;

V I R G I L I O

124

» ¡Merced hacednos de oportuna brisa! »

Y el aura, anticipándose a su anhelo,

Arreciaba amorosa. Se divisa

Cercano arrimo; y de Minerva un templo

En yerta cumbre descollar contemplo.

XCIX.

»El velámen cogiendo incontinente

Damos fondo a las proras. Arqueado

El puerto a impulsos de oriental corriente,

Le oculta y ciñe natural vallado.

Yertos escollos guárdanle de frente

Que azota encanecido el mar salado;

Y como a entrar el leño se aproxima,

Semeja huir la consagrada cima.

C.

»Cuatro potros vi allí, primer agüero,

Níveos rozando la menuda grama;

A cuya vista, «¡Oh suelo forastero!

»Tu hospedaje es de guerra,» Anquíses clama;

« ¡Guerras ama el corcel; nuncio es guerrero!

»Mas también el corcel los juegos ama;

»Tiempo ha que, dócil copia, carros tira;

»El presagio, a esta cuenta, paz respira.»

CI.

»Pálas, la diosa de armas resonantes,

Fue, a quien gracias rendimos, la primera

Que allí Troyanos hospedó triunfantes:

Con la púrpura frigia, en su ribera,

Cubrimos ante el ara los semblantes;

Y, lo que Heleno tanto encareciera,

Con pompa ritual a Juno argiva

L A E N E I D A

125

Hicimos sacrificio y rogativa.

CII.

»Todo en orden cumplido, el mar convida;.

Torcemos la asta a la vestida entena,

Y la costa dejamos, por guarida

De aleves Griegos, de asechanzas llena,

El golfo de Tarento vi enseguida;

Fundo de Hércules ya, si no condena

La verdad a la fama. Preeminente,

Sacra Lacinia se aparece enfrente.

CIII.

»Y ya asoma Caulonia, y Scilaceo

Que naufraga infamó reliquia tanta;

Y ya el sículo Etna lejos veo

Que, al parecer, de la onda se levanta;

Y oigo roto en la playa el clamoreo

Del mar que en peñas su furor quebranta;

Enríscase la espuma, y el arena

Arrebatada en remolino suena.

CIV.

»Y mi padre gritaba: «Ésta es, sin duda,

»Caríbdis abismosa, y éstos, éstos

»Los arrecifes, ¡amenaza aguda!

»Que Heleno ya nos anunció funestos.

»¡Ea! Cada uno con el remo acuda

»Tanto riesgo a evitar! » Acuden prestos;

Palinuro, el primero, a izquierda vira,

Y gimiendo la proa en la onda gira.

CV.

»Y todos, a poder de brazo y viento,

izquierda tuercen. Súbita oleada

V I R G I L I O

126

Acércanos, erguida, al firmamento,

Y luego a los abismos, aplanada.

Se oye tres veces el hervor violento

De la riscosa cóncava morada,

Y tres veces la espuma se alborota,

Y una pluma del agua el aire azota.

CVI.

»El sol ya declinaba hacia su ocaso,

El aura tenue falleciendo iba,

E incierto el rumbo y el aliento escaso,

Dimos de los Ciclopes en la riba.

Sereno el puerto se dilata, y paso

Niega a asaltos del mar la rada esquiva;

Mas no lejos de allí con torva saña

Etna ruge atronando la campaña.

CVII.

»Ya pez negra y cenizas albicantes

Etna, en turbion de nubes, fuera bota,

Y en globos que carcomen vacilantes

El brillo sideral, incendios brota;

Ya peñascos alanza fulminantes,

Toscos fragmentos de su entraña rota,

Y lava arracimada, a son de trueno,

Y sordo hierve el cavernoso seno.

CVIII.

»Del rayo a medías calcinado, es fama

Que Encélado padece en la honda sima:

Deja a veces por grietas ver la llama

Etna descomúnal sentado encima;

Y cuando, preso en la insufrible cama,

A ladearse el réprobo le anima,

L A E N E I D A

127

Trinacria toda retemblar parece,

Y envuelto en humo el Cielo se oscurece.

CIX.

»Sobrecogidos de pavor pasámos

La noche bajo amago tan tremendo,

En hueca selva de tejidos ramos,

Ignorantes la causa del estruendo;

Que ni brillar un astro divisamos,

Ni el éter nos bañó, su luz cerniendo,

Mas la noche con sombras importuna

En triste nimbo arrebozó la luna.

CX.

»Ya se alzaba a anunciar un nuevo día

El matinal lucero en oriente,

Y ahuyentando tras é1 la niebla fra

Risueña el alba coloró el ambiente;

Cuando un bulto que humano parecía,

Cadavérico aspecto, aire doliente,

Saliendo de los bosques más cercanos,

Tiende a la playa las inermes manos.

CXI.

»Faz de dolor y gesto de gemido,

Ostentaba su rostro extenuado:

Grifos su barba; andrajos su vestido,

Con espinas sujeto de pescado.

Vuelta, el caso cruel mi gente vido,

Y quedó absorta. En lo demás, soldado

Haber sido de aquellos parecía

Que envió Grecia contra Troya un día.

CXII.

V I R G I L I O

128

»Él, como arreos columbró troyanos,

Paróse, dando de terror señales;

Vuela luego a la orilla, y en insanos

Lloros prorumpe y en palabras tales:

«¡Por los Dioses del Cielo soberanos,

»Por esta santa luz y auras vitales,

»Oid, hijos de Troya, mi gemido:

»Arrancadme a esta playa; es cuanto pido.

CXIII.

»Yo la verdad confesaré de grado:

»Griego hice ya contra Ilion campaña:

»Si perdón no os merece mi pecado,

»Fin poner presto a adversidad tamaña.

»¡Ea! ¡heridme, matadme; destrozado

»Al mar lanzadme a sosegar su saña!

»Pues del hado el rigor quiere que muera,

»A manos de hombres moriré siquiera.»

CXIV.

»Habla, y nuestras rodillas adherido

Abraza, de rodillas derribado:

Movémosle a que diga su apellido,

Su linaje, y mudanzas de su estado.

Calló breves momentos, y dolido

Mi padre Anquíses, con benigno agrado

La diestra ilustre tiende al magro jóven,

Y añade muestras que el temor le roben.

CXV.

«Yo Aqueménides soy,» dijo sincero

El afán serenando que le aterra:

«Fui del mísero Ulíses compañero,

»A Itaca tuve por nativa tierra.

»Mi padre, escasa el arca de dinero,

L A E N E I D A

129

»Me aventuró a los lances de la guerra:

Llamábase Adamasto. ¡Ah, siempre el hado

»Me mantuviese de mi padre al lado!

CXVI.

»Mientras huir de esta ímpia costa emprende

He aquí mi gente me dejó en olvido,

En un antro que lóbrego se extiende

De manjares sangrientos esparcido:

El antro de un Cíclope. El monstruo hiende

«Oh, qué monstruo cien veces maldecido!)

Las nubes, si la frente alza espantosa;

Y nadie hablarle ni aún mirarle osa.

CXVII.

»Crudos devora a cuantos tristes caza.

»Tendido en medio al antro donde espía,

»Con la mano feroz con que atenaza

»Asir dos de los nuestros vile un día:

»A golpe en un peñon los despedaza;

»El umbral de la sangre se mecía;

»Vi humor los miembros destilar, y ardiente

»Tremer la carne al dar diente con diente.

CXVIII.

»No tal Ulíses soportó; ni en ese

»Trance a su fama desmintió su pecho;

»Mas aguardó a que el monstruo se rindiese

»De manjares y vino satisfecho:

»Rindióse al fin, doblando el cuello, y fuése

»Adurmiendo en la cueva, su amplio lecho;

»Y su boca brotaba entre rumores,

»Trozos de vianda, y de licor vapores.

V I R G I L I O

130

CXIX.

»A los Dioses llamando en nuestra ayuda,

»Sorteado el peligro, a un mismo instante

»Corremos en redor, y una asta aguda

»Clavamos en el ojo del gigante:

»Ojo, al metal que a Argivos combo escuda,

»O al gran disco de Febo semejante;

»Ojo único, bajo hosca ruga oculto;-

»Y así vengamos su brutal insulto.

CXX.

»¡Huid, tristes, huid! todo os conjura!

»Cortad los cables sin perder momento;

»Pues como ese, que agora por ventura

»Ordeña, consolando su tormento,

» Su grey lanosa en su caverna oscura,

»Como ese horrendo Polifemo, hay ciento,

»Y en magna procesión la prole infanda

»Ronda esta costa, y por los montes anda.

CXXI

»Ya por tercera vez brillar he visto

»Las fases de la luna renovadas,

»Desde que en esta soledad existo

»Y a las fieras disputo sus moradas.

»Cauto los monstruos de una peña avisto,

»Y su voz tiemblo y tiemblo sus pisadas;

»Y zonzas nutren mi existencia acerba

»Silvestres bayas y arrancada hierba.

CXXII.

»Vi llegar vuestra flota a esta ribera,

»Miéntras miradas de ansiedad dirijo

»Cuan lejos logro; y fuese lo que fuera,

L A E N E I D A

131

»PaIpitando volé de regocijo.

»Ya, ya estoy libre de esta raza fiera:

»¡Ahora matadme si quereis!» Tal dijo;

Y ya un bulto, aún no bien de hablar acaba,

En los vecinos montes descollaba.

CXXIII.

»Obeso Polifemo se movía

En medio del lanígero ganado,

Y a la usada ribera el paso guía:

¡Gran monstruo, informe, atroz, de luz privado!

Hácenle sus ovejas compañía

Consuelo solo de su adverso estado,

Sírvele de bastón desnudo un pino,

Y con resuelto pie cata el camino.

CXXIV.

»Llega a la playa de su ruta al cabo;

Y al mar entrando, con sus ondas lava

Del ojo, herido del ardiente clavo,

La sangre que grumosa chorreaba.

Crujir los dientes le hace el dolor bravo

Que el mal renueva y el enojo agvava;

Y más y más se interna en la agua, ésta

Le moja apenas la cintura enhiesta.

CXXV.

»Temblando, y a par nuestro recibido

El que, eso visto, la verdad decía,

Las amarras soltamos sin ruido,

Y el mar los remos barren a porfía.

Sintió el gigante, y se volvió al sonido;

Mas vio que con el brazo no podía

Tocarnos ya, ni competir tampoco

Con las jónicas ondas, de ira loco.

V I R G I L I O

132

CXXVI.

»Gimió entonces: el ponto se estremece

Al inmenso clamor, el viento zumba;

Italia toda retemblar parece;

Etna en sus hornos cóncavos, retumba.

Y de montes y selvas se aparece,

Al son de alarma, la feroz balumba

De los otros Ciclopes, que se ordenan

En largas filas, y las playas llenan.

CXXVII.

»Yo los ví, yo, los étneos hermanos,

En pie, con sendos ojos imponentes,

¡Junta horrenda! mirándonos insanos,

Al cielo alzadas las soberbias frentes.

Tales inmoble ostentan los ancianos

Cipreses y los robles eminentes

Cima piramidal o copa vana,

En los bosques de Jove o de Díana.

CXXVIII.

»Con el vivo,temor que nos aguija,

Al sacudir el cable, al dar la vela,

Torcemos a do el viento nos dirija,

Y a do el viento sopló, la nave vuela.

Mas porque no el azote nos aflija

Entre Scila y Caríbdis, que revela

La voz de Heleno, que a evitarlo exhorta,

Volver y el rumbo enderezar importa.

CXXIX

»Bóreas en tanto de la estrecha boca

De Peloro enviado, nos ampara.

L A E N E I D A

133

El Pantágias pasamos, que entre roca

Viva desagua; el seno de Megara,

Y Tapso humilde. Nuestra quilla toca

En sitios que Aqueménides declara;

Que en rumbo inverso los corrió primero,

Ya del mísero Ulíses compañero.

CXXX.

»Hay en el golfo siciliano, en frente

Del undoso Plemirío, una isla bella,

Y quiso ya la primitiva gente

Con el nombre de Ortigia noble hacella.

Fama es que Alfeo de Élide, latente

Vino y errante bajo el mar a ella;

Y ya unido, Aretusa! a,tus raudales

Vuela ufano a los sículos cristales.

CXXXI.

»Habiendo allí los Númenes honrado.

Y el campo atrás dejado peregrino

Que el Heloro fecunda remansado,

Los salientes peñascos de Paquino

Raemos. Lejos aparece el vado

Que un Dios vedó moviesen Camarino;

Y el gran pueblo de Gela, y su campaña,

A quien dio nombre el rio que lo baña.

CXXXII.

»Tierra de nobles potros afamada,

Acragas enseguida se presenta,

Y de lejos fijó nuestra rnirada

El ancho muro de que está opulenta.

Selínos, la de palmas coronada,

Ya atrás te quedas: la onda fraudulenta

V I R G I L I O

134

Del rocalloso Lilibeo corto,

Y a Drépano ¡ay, llorosa playa! aporto.

CXXXIII.

»Tras tanto afán, en extranjero suelo,

El hado a Anquíses me robó tirano;

Era en mis penas mi único consuelo,

Él daba aliento a mi cansada mano.

¡Oh padre bondadoso! ¡oh acerbo duelo!

¡De cuántos riesgos escapaste en vano!

No me anunció, entre tanto mal, Heleno

Desgracia tal, ni la cruel Celeno!

CXXXIV.

»Meta de viajes, causa de gemidos

En Drópano encontré. De ahí del viento

Vinimos por el piélago impelidos,

Merced de un Dios, a vuestro ilustre asiento.»-

Tal sucesos del Cielo dirigidos

Narraba el héroe al auditorio atento,

Contratiempos, errores y peleas:

Calló, en fin, y descanso tomó Enéas.

LIBRO CUARTO.

I.

Herida en breve de dolencia aciaga,

Pábulo da la Reina en cada hora

L A E N E I D A

135

Al placer mismo de enconar la llaga,

Y de fuego secreto se devora:

Del héroe, su valor, su alcurnia, halaga

El pensamiento, y de su voz sonora

El eco, y de su faz guarda el trasunto;

Y tregua el vivo afán no sufre un punto.

II.

Húmida el alba sonrió, y el día

Con luz roja entre nieblas despuntaba,

Cuando a su amante hermana el paso guía

Dido, y con ella así coloquio traba:

«¿Qué sueño tentador, querida mía,

El sueño fue que de agitarme acaba?

Mas este huesped que tenemos, díme,

¿Cuál corazón habrá que no le estime?

III.

»¿Qué brío a su alma y brazo no acompaña?

¡Cuál se pinta en su frente su destino!

Yo, si mis ojos la ilusión no engaña,

Que desciende de Dioses adivino;

Pues torpe miedo que el semblante empaña,

Siempre delata al corazón mezquino;

Y él, tras tanto conflicto y prueba tanta,

¡Qué de combates concluidos canta!

IV.

»Eterno, irrevocable es mi desvío

De un nuevo enlace al criminal deseo;

Que mi esperanza en flor y el amor mío,

Yacen con las cenizas de Siqueo.

Mas si a mis ojos sin fulgor sombrío

V I R G I L I O

136

Pudiese arder la antorcha de Himeneo,

ólo de este héroe la gentil presencia

Capaz fuera a vencer mi resistencia.

V.

»Confesártelo quiero: desde el día

Que el doméstico altar fue enrojecido,

Por la venganza del hermano impía.

Con la inocente sangre del marido,

Sólo aqueste extranjero a simpatía

Ha logrado moverme, y su latido

Volver al corazón, que ya se inflama;

El calor siento de la extinta llama.

VI.

»Mas hiéndase y sepúlteme en su seno

La tierra; el padre del Olimpo santo

Me precipite al retumbar del trueno

En la mansión de noche eterna y llanto,

Si es ¡oh pudor! que mi deber no lleno,

Si tu sagrado código quebranto.

Pues de todo mi amor hice a él promesa,

Amar debo su sombra, honrar su huesa! »

VII.

Dice; y baña en sus lágrimas, vencida,

El seno amigo. Respondióle Ana:

«Tú, a quien más amo que mi propia vida,

Qué, ¿pasarás la juventud lozana

Sin coger flores con que amor convida,

Sin lograr frutos de que amor se ufana?

¿Piensas que de los vivos los cuidados

Van el sueño a inquietar de los finados?

L A E N E I D A

137

VIII.

»Fuese así, ¿qué les debes? No hubo amante»

Ni hoy en esta nación, ni antes en Tiro,

Que tu pecho ablandase de díamante:

A Yárbas desdeñaste, y el suspiro

De tantos de que al África arrogante,

Claros guerreros, alabarse miro.

¿Mas a tu amor y utilidad te opones?

Oye a ese amor y mira a estas regiónes.

IX.

»Las gétulas ciudades aguerridas

De una parte amenazan al Estado;

Ves allá los indómitos Numidas,

La Sirte inhospital: por otro lado,

Los Barceos errantes y homicidas,

El árido desierto y abrasado;

¿Y lo que ha de venir de Tiro sabes?

¿Qué, si el airado hermano apresta naves?

X.

»Fue de los, Dioses voluntad, no dudo,

Favor de Juno, que en tu bien se esmera,

Que frigios buques tras embate rudo

Saludasen al fin nuestra ribera.

¿Qué no promete tan dichoso nudo?

Con la troyana juventud guerrera

¡Cuánto en gloria y poder la patria gana!

¡Qué gran nación la que verás mañana!

XI.

»En tanto a la Deidad en los altares

Inclina en tu favor con sacrificios,

Mientras al extranjero en tus hogares

V I R G I L I O

138

Obligas con benévolos oficios.

Causas proponle de aguardar: los mares

Agitados de vientos impropicios,

La flota inhábil para alzar el vuelo,

El pluvioso Oríon y ambiguo el cielo.»

XII.

Ana habló así; y el reprimido fuego

Torna de Dido en llamas encendidas,

Y en esperanzas del amor más ciego

Las timideces de pudor nacidas.

Juntas, altares visitando, el ruego

Cantan de paz, y ovejas escogidas

Ofrecen, segun rito, a Febo, a Céres

Que leyes da, y al Dios de los placeres

XIII.

Más que a, todos a Juno, la que enlaza

Cuellos de amantes con feliz cadena

La Reina acude, y si ofrecerle traza

Blanca novilla, que inmolar ordena,

Entre uno y otro cuerno ella la taza

De sagrado licor derrama llena;

Y si, ornado el altar, favores pide,

La sacra ceremonia ella preside

XIV.

Torna a iniciar con cada nueva aurora

Nueva fiesta. Con labios anhelantes

Su destino en las víctimas explora

Consultando las fibras palpitantes.

La ciencia del augur ¡oh cuánto ignoral

Ni cuál rito sanó pechos amantes?

Consume fuego halagador la vida,

Fresca recata el corazón su herida.

L A E N E I D A

139

XV.

Tal la Reina abrasada incierta gira:

Así también en la selvosa Creta

Algun vago pastor de lejos tira

A cierva incauta rápida saeta;

El que clavó el arpón tal vez no mira;

Ella en bosques y valles huye inquieta,

Y en vano huyendo de librarse trata,

Que va con ella el dardo que la mata.

XVI.

Y ya a Enéas a ver los muros guía

Y primores le enseña por do viene;

Empezados proyectos le confía,

Va a hablar tal vez, y al pronto se detiene;

O ya en festines, en cayendo el día,

Con preguntas, cual antes, le entretiene;

Que lances torne a referir le agrada,

Y torna a oírle, de su voz colgada.

XVII.

También a veces la infeliz, hallando

El semblante del héroe en su semblante,

Estrecha a Ascanio contra el seno blando,

Por si engañado Amor duerme un instante.

Y cuando todos se retiran, cuando

Su móvil faz, a trechos radiante,

Con velo funeral cubre la luna

Y se hunden las estrellas una a una;

XVIII.

Cuando todo a los vivos aconseja

V I R G I L I O

140

Tomar descanso, en la desierta sala

Pasea sus congojas, y honda queja,

Consigo a solas, de su pecho exhala;

O en el lecho tal vez caer se deja

Que ocupó en el festín, y se regala

Con el amado, que al amado ausente

Presente le ve allí; le oye, le siente,

XIX.

Suspensa en tanto la común tarea,

Ni en ejercicios de armas se solaza

La juventud, ni en concluir se emplea

Nadie ya el puerto, ni en murar la plaza:

No se alza más la torre gigantea;

Inconcluso, ruinas amenaza

Todo el muro, y la máquina que osa.

Hasta el cielo empinarse, asombra ociosa,

XX.

La hija de Saturno, la que al lado

Reina de Jove, ha visto a la infelice;

Ve que al amor inmola ya el cuidado

De su fama, y a Venus llega, y dice:

«Rica presa hijo y madre habéis logrado;

Que una mujer la planta en red deslice

Que dos Dioses le armaron de concierto,

¡Es gran conquista y memorable, cierto!

XXI.

»Mal pudiera ignorar que sospechosas

Tú de Cartago las mansiones hallas;

Yo sé que en tus recelos no reposas

Cuando ves de Cartago las murallas.

Mas ¿no habrá fin a tan acerbas cosas?

L A E N E I D A

141

¿Siempre hemos de reñir duras batallas?

Justo es ya que finquemos, si te place,

Eterna paz en venturoso enlace.

XXII.

»Cuanto pudo halagar tu fantasía,

Todo lo tienes a sabor cumplido:

Dido muere de amor: la llama impía

Cala y consume el corazón de Dido.

Que esta nación rijamos tuya y mía

Con igual potestad, es lo que pido:

Dido al Troyano obedecer se vea;

Dote fiada a ti Cartago sea. »

XXIII.

Venus, cual si no hubiese en sus razones

La mira penetrado traicionera

De llevar a las líbicas regiónes

El reinado feliz que a Italia espera,

«Acojo,» respondió «lo que propones;

Que en vez de ello altercar, demencia fuera.

Falta sólo que el vínculo que dices

Efectos logre, cual prevés, felices.

XXIV.

»Yo, yo temo del Hado los arcanos;

Ni decir sé si Júpiter se paga

De que, uniéndose Tirios y Troyanos,

Solo un pueblo la unión de entrambos, haga.

Mas tú los pensamientos soberanos

De1mismo Jove suplicante indaga;

Que es derecho de esposa; y de consuno

Obraremos DESPUÉS.» Respondió Juno:

V I R G I L I O

142

XXV.

«Fíalo a mi prudencia, que lo aplaza

Para su tiempo. A lo que está primero

Por el pronto atendamos: con qué traza

Lograremos el fin, decirte quiero.

Salir han concertado al monte a caza

Dido y Enéas: que saldrán espero

Cuando el sol tienda desde la alta cumbre

Los primeros destellos de su lumbre.

XXVI.

»Yo, en viendo las garzotas de colores

Agitarse, y que empiezan la espesura

Con cuerdas a ceñir los cazadores,

Recia borrasca moveré en la altura,

El cielo en torno asordaré a rumores,

Granizo lanzaré de nube oscura;

Dispersos correrán, y a todos lados

Con ciega sombra toparán cerrados.

XXVII.

»Dido y el Rey de la troyana gente

En una grata entences a deseo

Reparo buscarán: seré presente,

Y haré, si tu favor cordial poseo,

Que a consorcio se obliguen permanente,

Y el juramento sellará Himeneo.»

Tal su ardid Juno expone a Venus; y ésta

Sonrisa de adhesion dio por respuesta.

XXVIII.

Aurora en tanto de la mar salía

Hermosa; y redes ya de claros hilos

La alegre multitud trae a porfía,

L A E N E I D A

143

Y lonas, y venablos de anchos filos:

A la vez llegan con sagaz jauría

A caballo los ágiles Masilos;

Y a Dido, que en la regia alcoba aún tarda,

Región florida en el umbral aguarda.

XXIX.

Soberbio de oro y grana, el campo huella,

Y espumoso un bridon tasca el bocado:

Ya ella sale a montarle, y va con ella

El juvenil cortejo alborozado.

Su clámide purpúrea franja bella

Pinta; es áureo el carcaj que lleva al lado;

La veste ciñe en áureo broche; en oro

Coge de sus cabellos el tesoro.

XXX.

Asoma ya la juventud troyana;

Gozoso llega Ascanio, Enéas llega

Radiante de hermosura soberana,

Y las bandas, cual príncipe, congrega.

No en gentileza o majestad le gana

Apolo, cuando hurtándose a la vega

Del Janto, o a la Licia envuelta en hielos,

Fiestas instaura en la materna Délos:

XXXI.

Honran al Dios, su altar ciñendo santo,

Y Cretenses y Dríopes en coro,

Y abigarrados Agatirsos, canto

Mezclando y danzas en tropel sonoro;

El de Cinto en las cumbres vaga en tanto;

Orna el suelto cabello, a par del oro,

Con tiernas hojas de gentil guirnalda,

V I R G I L I O

144

Y los dardos retiemblan a la espalda.

XXXII.

Cuando al monte llegaron y al sagrado

De hojosos laberintos, a deshora

Del risco descolgándose empinado

Ven la silvestre cabra trepadora.

Mueve a los ciervos súbito cuidado,

Y la manada al campo voladora

Cruza; nube de polvo en torno crece,

Y los montes dejando, desaparece.

XXXIII.

Ascanio revolviendo va a doquiera

Su brioso caballo por el Rano,

Y ya a los unos en veloz carrera,

Ora a los otros se adelanta ufano.

Entre inermes rebaños, aplaudiera

Un jabalí espumoso haber a mano,

Y ruega que del áspero boscaje

Algun rojo león al campo baje.

XXXIV.

He aquí el cielo amenaza, óyense truenos,

Sigue granizo y tempestad oscura;

Y, Tirios y Troyanos de afán llenos,

Cada cual por su lado huir procura:

Ni de Venus al nieto acosa menos

El cielo: albergues van por la llanura

Buscando: de las sierras eminentes

Se despeñan las aguas a torrentes.

XXXV.

Iba el troyano capitán con Dido,

L A E N E I D A

145

Y a una gruta se acogen a deseo:

Presagia la alma Tierra con ruido,

Y Juno, al rito atenta, el himeneo:

El cielo en los misterios instruido,

Alumbró con siniestro centelleo;

Las Ninfas a que el monte da moradas,

Gimieron en las cumbres elevadas.

XXXVI.

¡Oh raíz de infortunio, hora funesta!

No alimenta en su amor furtiva llama

La Reina ya, ni miramiento presta

A lo que honor o la opinión reclama.

Por velo da a su culpa manifiesta

Nombre de matrimonio. Y ya la Fama

Por cuantas villas Africa numera

Canta con voz los hechos pregonera.

XXXVII.

Fama aquella malvada se apellida

Que es veloz como igual no ha visto el cielo

En su movilidad está su vida,

Y le crecen las fuerzas con el vuelo:

En los primeros pasos va encogida;

Luego se alza ambiciosa: por el suelo

Humildemente rateando empieza;

Luego esconde en las nubes la cabeza.

XXXVIII.

Llena de ardor contra los Dioses, creo,

La Tierra hubo a la Fama hija postrera,

Póstuma hermana a Encélado y a Ceo,

Agil de miembros y de pies ligera.

Cuantas plumas, enorme monstruo y feo,

V I R G I L I O

146

Ciñendo al cuerpo va, ¿quién tal creyera?

Tantos debajo oculta ojos despiertos,

Tantas bocas y oídos siempre abiertos.

XXXIX.

Estridente en la sombra mueve el ala

De noche, y entre tierra y cielo vuela;

Nunca el sueño sus párpados regala!

De día, misterioso centinela,

En techo o torre altísima se instala,

Y asombro dando a las ciudades, vela,

Y con ardor igual, doquier que gira,

Divulga la verdad y la mentira.

XL.

Lo mismo ahora, ufana, diligente,

Mezcla verdades y ficciones vanas,

Y esparciéndolas vuela entre la gente

Corriendo las provincias comarcanas:

Que ha arribado, de Troya procedente,

Enéas a las playas africanas;

Que le acoge, y consiente en ser su esposa,

La soberana de Cartago hermosa;

XLI.

Más: que olvidando públicos cuidados.

En la red del placer entretenidos,

Gozan los días del invierno helados,

Por amor, lo que duren, encendidos:

La ímpia Diosa por campos y poblados

Va esto poniendo en bocas y en oídos,

Y al rey Yárbas torciendo, llega en breve,

Le inflama el alma, y a furor le mueve.

L A E N E I D A

147

XLII.

Robó a la ninfa Garamanta un día

Jove Amon; de éstos hijo Yárbas era;

El cual cien templos dedicado había,

En los vastos dominios en que impera,

A su padre, y cien aras, donde ardía

Velador fuego que morir no espera:

El suelo en sangre víctimas coloran;

Tiernas guirnaldas el dintel decoran.

XLIII.

El rumor revolviendo que le aqueja

Yárbas allí, entre estatuas tutelares,

Gime alzando las palmas; ni se aleja

Sin fatigar con ruegos los altares:

«¡Oh Jove omnipotente, a quien festeja

Con obsequios del Dios de los lagares

La gente maura en recamados lechos!

¿Ves, dí, la iniquidad de humanos pechos?

XLIV.

«¿Ves? ¿o cuando a las nubes rompe el seno

El fuego, y tiembla el hombre, asombro es vano?

¿No es voz de tu furor el ronco trueno?

¿Ciegos salen los rayos de tu mano?

Vino aquí errante una mujer: terreno

Compró para ciudad pequeña: un llano

La di que cultivado la abastase;

A su dominación yo eché la base.

XLV.

»Y ella ayer desechóme por marido;

¡Ah! ¡y ella un huésped hoy sienta a, su lado!

Y éste que unge el cabello y va servido

V I R G I L I O

148

De eunucos, nuevo Paris, y el tocado

Meonio ciñe, en vergonzoso olvido,

Gozando libre está de un bien robado;

¡Y yo, que en darte culto no reposo,

Llevo infeliz renombre de dichoso!»

XLVI.

Tal, asido al altar, Yárbas gemía;

Y oyendo el Padre su clamor prolijo

Vio la copia, de amantes que yacía

En torpes lazos, y a Mercurio dijo:

«Oyeme, y cruza la región vacía;

Los céfiros te ayuden, vuela, hijo;

Vé al Rey troyano que en Cártago olvida

Mansiones do Fortuna le convida.

XLVII.

»¡Que no así, le dirás, su madre hermosa

Me le ofreció; ni para fin tan triste,

Cuando la muerte entre la lid le acosa,

Una vez y otra a remediarle asiste;

Mas para que su raza gloriosa

Restaure, y entre a Italia, y la conquiste

Henchida de poder, hirviente en guerra,

Y leyes dicte al orbe de la tierra!

XLVIII.

»Que si no le da impulsos la memoria

De sus altos destinos, ni se afana

Por ceñirse el laurel de la victoria,

Débele a Ascanio la ciudad romana.

¿Y querrá a un hijo defraudar su gloria?

¿O qué entre gente a su misión profana

Proyecta? ¿Por lo suyo no suspira?

L A E N E I D A

149

¿Ni allá los campos de Lavinio mira?

XLIX.

»¡Tú vé; intímale, pues, mi mandamiento.

Yo mando, en conclusión, se haga a la vela, »

Dijo; a su voz el mensajero atento,

Cumplir el cargo presuroso anhela;

Y la sandalia calza en el momento,

La áurea sandalia con que alado vuela

Cual soplo de los céfiros, lo mismo

Sobre la tierra y sobre undoso abismo.

L.

Cobra enseguida el Dios su caduceo:

Con él las sombras pálidas evoca

Que yacen en el Orco, y al Leteo

Lleva también las ánimas: provoca

Y disipa los sueños a deseo;

Los mustios ojos abre si los toca:

Con él nublados trata, auras domina;

Y ya volando a Atlante se avecina.

LI.

El cual con pinos hórrida levanta,

Y de hoscas nubes guarnecida ostenta

Su anciana frente, estriba en firme planta,

Y el alto cielo sobre sí sustenta:

Nieve arropa sus hombros; se quebranta

En sus flancos rugiendo la tormenta,

Y a trechos en arroyos se desliza

El bronco hielo que su barba eriza.

LII.

Allí el cilenio Dios descanso toma;

V I R G I L I O

150

Paz da a las alas que al igual batía,

Y luego al mar con fuerza se desploma;

Y cual ave que al pez la gruta espía

Y en las playas, rasando el alga, asoma,

Tal a las costas líbicas venía,

Distante en breve del materno abuelo,

Entre agua y tierra el Dios a salto y vuelo.

LIII.

No bien chozas tocó su planta alada.

Muros trazando y casas al caudillo

Troyano ve, cuya ceñida espada

Puntas de jaspe esmaltan de amarillo,

Y a quien clámide en púrpura bañada

Los hombros cubre con ardiente brillo:

Obsequios de la rica soberana

Que con oro sutil bordó la grana,

LIV.

Fue uno verle y ponérsele delante:

«¿Tú a echar las bases de Cártago atento?

¿Tú ornando esta ciudad, postrado amante?

¿Tú de tus hados sordo al llamamiento:

Pues díme -que de Olimpo radiante

Me envía a ti por sobre el raudo viento

El que el mundo gobierna y las esferas

¿Qué es lo que en Libia descuidado esperas?

LV.

»Que si no te da impulsos la memoria

De tus altos destinos, ni te afanas

Por ceñirte el laurel de la victoria,

Mira a Ascanio crecer: las italianas

Comarcas son su herencia; allí su gloria,

L A E N E I D A

151

¿De un hijo harás las esperanzas vanas?...

Calló, y la vista deslumbrada deja,

Y cual sombra en el aire huye y se aleja.

LVI.

Quedó Enéas absorto, híspido el pelo,

Hecha un nudo la voz en la garganta.

Ya en dejar piensa aquel amado suelo,

Que la divina inspiración le espanta.

Mas ¡duro trance! ¡amargo desconsuelo!

¡Ir a anunciar que el áncora levanta

A aquella que por él de amor fallece!...

Cómo, no sabe, ni por donde empiece.

LVII.

Propónese mil cosas, y cuan presto

Se fija en una, a esotra vuelve en tanto;

Vacila: al fin resuelve, y a Sergesto

Y a Mnesteo convoca, y a Cloanto:

Que hagan, les manda, sin rumor apresto

De embarcaciones; que su gente a canto

Reunan de zarpar; armas prevengan,

Y sus intentos bajo sello tengan.

LVIII.

Que é1entre tanto con mesura y tiento

Pues la espléndida Dido nada sabe,

Ni espera que en eterno alejamiento

Aquel tan grande amor tan presto acabe

Para hablarle, buscando irá momento

El más propicio, y modo el más suave:

Esta es su voluntad. Todos aprueban,

Y alegres el mandato a cabo llevan.

V I R G I L I O

152

LIX.

¿Cómo engañar a un corazón que ama?

Ella todo lo sabe, lo adivina;

Fue quien primero descubrió la trama,

Y, aún en horas serenas, de ruina

Amagos presintió. ¿Qué más? La Fama

Sus ocultos recelos amotina,

Maligna susurrando que aparejan

Naves los Teucros; que a Cártago dejan.

LX.

Fuera de tino la soberbia amante

Corre por la ciudad, como se agita

En las órgias solemnes la bacante

Cuando oye en torno la vinosa grita,

Y los tirsos descubre, y resonante

A sus misterios Citeron la invita:

Tal va la Reina, y tal sin más recato

Vuela a afrentar al amador ingrato.

LXI.

«¿Disimular ¡oh pérfido! esperaste

Tu malvada intención, tu felonía?

¿Y tu nave en mi puerto imaginaste

Que en silencio las velas soltaria?

¿Cosa no habrá que a disuadirte baste?

¿Ni mi amor, ni la fe jurada un día?

¿Ni reparar en Dido sin ventura,

Que por ti morirá de muerte dura?

LXII.

»¡Y que en lo crudo de hibernales meses

Quieras de presto aderezar tu flota!

¡Que tanto en levar ferro te intereses

L A E N E I D A

153

Cuando más Aquilon la espuma azota!

Dime, cruel, si en lejanía vieses.

No extraños campos, no ciudad ignota,

Mas renaciente a Troya, ¿a tus hogares

Cruzando irias procelosos mares?

LXIII.

»¡Huyes de mí! Mas nuestra unión te pido

Que recuerdes; y este único tesoro

Que reservé, mi corazón herido,

Mírale aquí, y las lágrimas que lloro!

Si algo te merecí, si hallaste en Dido

Algo de amable, tu clemencia imploro!

¿Mi trono hundirse ves sin sentimiento?

¡Ah! ¡si aún vale rogar, muda de intento!

LXIV.

»Nómades reyes, gentes confinantes

Me odian por tí; mi pueblo me desama;

Por tí inmolé el pudor, y la que antes

Me alzaba a las estrellas, limpia fama.

¡Oh huésped! en mis últimos instantes

Me abandonas; y ¿a quién? Mi voz te llama

Huésped; fuiste mi esposo. Mas ¿qué tardo?

¿Al extranjero o al hermano aguardo?

LXV.

»¿Yárbas feroz, que mi persona aprese?

¿Pigmalion, que mi nación arrase?

¡Oh! ¡si antes de esa fuga al menos de ese

Amor alguna prenda me quedase:

Un tierno Enéas que en mi hogar corriese

Que en su rostro infantil tu faz copiase!

No tan desamparada me vería;

V I R G I L I O

154

No fuera tan cruel tu acción impía»

LXVI.

Él, que de Jove, miéntras ella hablaba,

Guarda en su mente el mandamiento impreso,

Fijos los ojos en el suelo clava,

Mudo resiste del dolor al peso.

«Mi gratitud tu esplendidez alaba,»

Esto al fin dijo apenas; «y confieso

Que si arguyes ¡oh Reina! con mercedes,

Muchas y grandes recordarme puedes.

LXVII.

»Yo llevaré al recuerdo de esos dones

La imagen tuya dulcemente unida,

Mientras guarde mis propias tradiciones,

Mientras mi pecho aliente aura de vida.

Mas oye, en la cuestión, breves razones:

No pensaba ocultarte mi partida,

Ni de unión conyugal te hice promesa;

No así te engañes: mi misión no es ésa.

LXVIII.

»¿No ves que si el destino me otorgara

Guíar las cosas, reparando males,

Ya hubiera visto por mi patria cara?

¡Podría de sus héroes los mortales

Restos honrar; al golpe de mi vara

Se alzaran sus alcázares reales,

Y poderosa, como en antes era,

Troya de sus cenizas renaciera:

LXIX.

»Mas ¡ay! la voz de oráculo divino

L A E N E I D A

155

Fuerza mi voluntad, Febo me guía;

Navegar para Italia es mi destino,

Ya éste es mi amor, y esta es la patria mía!

Cual hoy Troyano a Ausonia me encamino,

Tiria a Cártago tú viniste un día;

Ya en paz la riges: en igual manera

Buscamos, do reinar, zona extranjera.

LXX.

»Mi padre Anquíses, cuando en alto vuelo

La noche entolda el orbe de la tierra

Y brillan las estrellas por el cielo,

En sueños me habla, y su actitud me aterra:

Mi hijo Ascanio me es causa de desvelo,

Y en él mirando, el corazón se cierra;

Que aquí, distante del confin hesperio,

Yo le defraudo el prometido imperio.

LXXI.

»No ha mucho el nuncio de los Dioses vino;

Por vida de ambos que le vi te juro,

Enviado por Júpiter, camino

Por los aires abrir, y entrar el muro:

Estoy mirando su esplendor divino;

Oyendo estoy su mandamiento duro!

No me des más, no más te des tormento;

Llévanme a Italia, y con dolor me ausento!»

LXXII.

Mientras hablaba, fiera y desdeñosa

Con ardiente inquietud ella le mira;

Mirándole en silencio, ira rebosa,

Y luego a voces se desata en ira:

«No fue tu madre, ¡pérfido! una Diosa,

V I R G I L I O

156

Que desciendes de Dárdano es mentira;

Cáucaso te engendró entre hórridos lechos,

Hircana tigre te crió a sus pechos!

LXXIII.

»Ya ¿qué hay que disfrazar? ¿qué más espero?

Ve llorando a su amanter, ¿y se contrista?

¿Le merecí una lágrima, un ligero

Signo de compasión? ¿volvió la vista?

¡Cielos! ¿Qué agravio acusaré primero?

¿Cuál Dios habrá que a vindicarme asista?

Ni Juno ya, ni Jove, ¡oh desengaño!

Con justa indignación miran mi daño.

LXXIV.

»¡Oh justicia! ¡oh lealtad!, ¡nombres vacíos!

¡Yo náufrago, desnudo, falleciente

Le recogí, le abrí los reinos míos,

El imperio con él partí demente!

Yo los restos salvé de sus navíos,

Yo libré de morir su triste gente!..

¿A dónde me despeña el pensamiento?

¡Llevada de furor, arder me siento!

LXXV.

» ¡Y ahora la voz de oráculo! divino

Fuerza su voluntad! ¡Febo le guía!

Ni ha mucho el nuncio de los Dioses vino,

¡Y es heraldo que Júpiter le envía!

¡Y en los aires abriéndose camino

Le trae la orden fatal! ¡Quién pensaría

Que hubiesen de alterar cuidados tales

La alta paz de los Dioses inmortales!

L A E N E I D A

157

LXXVI.

»Nada te objeto, ni partir te impido:

Vé, y por medio del mar, en seguimiento

Camina de ese imperio prometido;

¡Busca esa Italia con favor del viento!

Mas si justas deidades, fementido,

Algo pueden, te juro que el tormento

Hallarás, entre escollos, que mereces,

Y a Dido por su nombre allí mil veces

LXXVII.

»Invocarás; y Dido abandonada,

Con tea humósa aterrará tu mente;

Y cuando a manos de la muerte helada

Salga del cuerpo esta ánima doliente,

Yo, vengadora sombra, a tu mirada

En todas partes estaré presente!

Tu crímen pagarás; sabráse, oirélo:

¡Eso en el Orco irá a acallar mi duelo!»

LXXVIII.

Ella súbito aquí la voz detiene,

Y huye la luz odiosa con gemido;

El, que a oponer razones se previene,

Queda atónito, absorto, atontecido.

Y he aquí un grupo de esclavas la sostiene

En brazos; y la llevan sin sentido

A1 tálamo, de mármoles labrado,

Y la reclinan sobre el regio estrado.

LXXIX.

Cierto que con palabras de dulzura

El religioso príncipe quisiera

Mitigar de la triste la amargura

V I R G I L I O

158

Y el dolor suavizar que la exaspera.

Gime él de corazón su desventura,

Que amor le oprime con angustia fiera;

Todo, empero, lo vence, y determina

Recto cumplir la voluntad divina.

LXXX.

Ya a revistar su armada acude al puerto,

Y ya las altas popas de la orilla

Los Troyanos alanzan de concierto;

Flota liviana la embreada quilla.

Remos y tablas da, de hoja cubierto

Tronco informe, aún no bien la hacha le humilla

Y en este afán por coronar la empresa,

Salen de la ciudad todos de priesa.

LXXXI.

Tal las hormigas próvidas saquean

Riquezas que en sus antros acumulan;

Y, en la hierba cruzándose, negrean,

Y en senda angosta, por do van, pululan:

Unas a empuje granos acarrean,

Otras, a la que tarda ora estimulan,

Corrigen ora a la que pierde el tino;

Con tanta agitación hierve el camino.

LXXXII.

¡Tu pobre corazón qué sentiría!

¡Cuán grande hubo de ser, Dido, tu pena,

Cuando hirviente la playa en lejanía

Atalayabas desde la alta almena!

¡Qué, al sentir, la confusa vocería

Conque al mar asordaba la faena!...

Tú ¿a qué un alma no obligas, amor ciego?

Por ti ella al lloro vuelve, y vuelve al ruego.

L A E N E I D A

159

LXXXIII.

Con interpuestas súplicas ensaya

Ir a amansar rebeldes sentimientos;

Que morir no es prudente sin que haya

Esforzado los últimos intentos:

«¡Ay, Ana! ¿ves bullir toda la playa?

Míralos: corren, vuelan; ya contentos

Las popas adornaron de coronas;

Ya convidan al céfiro sus lonas.

LXXXIV.

»Yo que pude esperar dolor tan fiero

Lo sabré soportar, hermana mía.

Este único favor te pido, empero:

Pues te preciaba en tanto, y ser solía

El pérfido contigo verdadero,

Ytú hallabas sazón de entrarle y vía,

Anda, y doblar con súplicas procura

Esa cerviz cual de enemigo dura.

LXXXV.

»Que no con Griegos, le dirás, la guerra

Juré en Aulide, naves a hacer riza,

No envié a Troya, no moví la tierra

Que cubre de su padre la ceniza.

¿Pues por qué oídos a mi llanto cierra?

¿Qué huye azorado así? ¿Quién le hostiliza?

Buen viento espere y que la mar se ablande:

Es gracia, y la postrera que demande.

LXXXVI.

»No ya que vuelva por la fe de esposo

Ni a ese Lacio renuncie tan querido,

V I R G I L I O

160

Que le costara asaz, pedirle oso,

Tiempo (nada le cuesta) es cuanto pido!

¡Tregua al dolor, momentos de reposo

Dé, en que el pecho a sufrir se avece herido!

Esto ruego; sé, hermana, compasiva;

Haz esto, y soy tu esclava mientras viva.»

LXXXVII.

Tal la triste con lágrimas decía;

Tal a Enéas con lágrimas la hermana

Habla, y vuelve, y retorna, y su porfía

(No hay con él argüir) fatiga es vana;

Que ni por llantos su intención varía,

Ni a ruegos ya su voluntad se allana;

Rigor del hado: al penetrar su oído

Embota un Dios la fuerza del gemido.

LXXXVIII.

Cual recio, antiguo roble a quien trabada

Legion de vientos en el Alpe embiste;

Braman; cruje la rama atormentada

Y de hola el suelo en derredor se viste;

Mas él, asido de peñascos, nada

Teme, y a opuestos ímpetus resiste,

Y el cielo con su copa hiriendo altiva,

Con raíz honda en el Averno estriba;

LXXXIX.

Él así, de querellas golpeado,

Cuando su angustia divertir no pueda

Tenaz resiste de constancia armado;

Inútil llanto de los ojos rueda.

Mas Dido, a quien temblar hace su hado,

L A E N E I D A

161

Morir quiere que el cielo la conceda;

Ni la bóveda espléndida celeste

Forna a mirar sin que pesar le cueste.

XC.

Fortuna, que en su daño se encruelece,

Porque su infausto fin seguro sea

Hace que a tiempo que devota ofrece

Dones en la ara do el incienso humea,

Note el agua lustral que se ennegrece

Y en sangre el vino corromperse vea.

¡Oh Vista horrible! Atónita, confusa,

Aún a su hermana declararlo excusa.

XCI.

Dedicado a Siqueo un templo había,

Todo de mármol, al palacio adjunto:

Ella le ama, ella le honra, y le atavía

Con velos blancos como nieve, junto

Con tiernas ramas. En la noche umbría

Parecióle que el cónyuge difunto

La llama, del oscuro monumento

Con misteriosa voz, con hondo acento.

XCII.

Oyó a un buho también que se lamenta

Solitario en los altos torreones

Con lloroso clamor; su duelo aumenta

El recuerdo de aciagas predicciones.

Enéas mismo en sueños la atormenta;

Y por largo camino, por regiones

Aridas, siempre sola, peregrina,

Ir buscando a los suyos se imagina.

V I R G I L I O

162

XCIII.

Tal las huestes de Euménides Penteo

Y dos soles, dos Tébas mira insano;

Tal Oréstes con ciego devaneo

Comparece en la escena huyendo en vano:

Con fuego y sierpes tras el hijo reo

Arma una sombra la terrible mano,

Y vengadoras Furias las entradas

Sitian del templo, en el umbral sentadas.

XCIV.

El dolor la ha vencido; la despeña

El furor: el partido extremo abraza;

Y en su mente los trámites diseña,

Acuerda el modo, y el momento aplaza.

Su intento oculta, y con la faz risueña

Dice a la triste hermana: «Hallé la traza

Como al ingrato a reducir acierte,

O de él mi atado corazón liberte.

XCV.

»Me des la enhorabuena, hermana, espero;

Mas oye el caso. En el país lejano

Que ve del sol el resplandor postrero

Y el límite final del Océano,

Allí demora el último lindero

Que posee atezado el Africano;

Allí en cielo con fuego rutilante

Rueda en lo hombros del eterno Atlante.

XCVI.

»Hija de esos incógnitos confines,

Con fuerte encanto vindicarme fia

Negra maga que el templo y los jardines

L A E N E I D A

163

Guardó de las Hespérides un día:

Ella daba sustento a los mastines,

Y el árbol milagroso defendía,

Y de amapola soporosa, y blanda

Miel, esparcia la eficaz vianda.

XCVII.

»Que ardores hiela con sus cantos jura,

Y da al helado fuego en que se queme;

Ataja los torrentes, y en la altura

Suspenso el astro sus hechizos teme;

Sombras evoca entre la noche oscura,

Y oirás bajo sus pies cuál muje y treme

La tierra; y cuál, verás, los fresnos bajan,

Que al conjuro, del monte se descuajan.

XCVIII.

»Tú, en lo interior, si mi salud deseas,

Alza al raso una hoguera sin testigo

{Séalo el Cielo, y tú, mi bien, lo seas,

Que a usar de esta arte a mi pesar me obligo).

La espada que dejó pendiente Enéas,

El lecho que en mi mal nos fuera amigo,

Ponlo allá todo; la adivina aguarda

Que no quede reliquia sin que arda.»

XCIX.

En sus labios aquí se heló la risa,

Y ocupa el rostro palidéz funesta;

Mas ¡ay! en balde en su silencio avisa

Que un nuevo estilo funerario apresta;

Ana ciega aún no en Dido aquel divisa

Mental furor; ni la imagina expuesta

A golpe más cruel, dolor más crudo

V I R G I L I O

164

Que en muerte del marido estarlo pudo.

C.

Y así ignorante la infeliz jornada

Va a preparar. La Reina, en cuanto mira

Al cielo descubierto levantada

En el patio interior la triste pira,

Con leños resinosos solidada

Y con rajas de roble, en torno gira

Tendiendo hojosa amenidad, y al muro

Guirnaldas cuelga de verdor oscuro.

CI.

Y sobre el lecho, con fingido intento

La efigie y armas del traidor coloca:

En torno hay aras: con horrible acento

La hechicera, en cabello, al Cielo toca;

Y deidades allí tres veces ciento,

Y al negro Caos y al Erebo invoca,

Y, virgen en tres fases conocida,

En tres formas a Hécate apellida.

CII.

Con aguas ya que del Averno el cieno

Mustias figuran, libación se hizo;

Y alléganse, cargados de veneno,

La hierba pubescente, el tallo rizo

Que de la luna al esplendor sereno

Cortó segur de cobre; y el hechizo

Que, hurtado a la cerviz de potro tierno,

Falto dejole del amor materno.

CIII.

Dido misma la sal ofrenda y trigo,

Un pie descalzo, desceñido el manto,

L A E N E I D A

165

E invoca a las estrellas, por testigo

Tomando de su fin al Cielo santo:

Ellas su historia saben, y si amigo

Hubo algun Dios a quien moviese el llanto

De amantes mal pagados, ése pide

Vea en su causa y de vengarla cuide.

CIV.

Era la noche: al medio del camino

Iban los astros por el alto Cielo;

Calla el bosque y el piélago marino;

Yacen los brutos que sustenta el suelo:

Ni en breñas ni por lago cristalino

Se ve de ave esmaltada salto o vuelo:

Todo está en calma, y todo mal se olvida;

Naturaleza yace adormecida.

CV.

Só1o Dido sus penas no adormece;

No se hizo el sueño para angustia tanta

Ni sus ojos ni su alma favorece

Muda la noche con su sombra santa:

Amor entre su pecho se embravece

Y nuevas olas sin cesar levanta;

Y de ellas combatida, de esta suerte

Torna consigo a disputar su muerte:

CVI.

«¿Qué he de hacer? ¡Oh tormentos inhumanos!

¿Buscaré mis antiguos amadores?

¿Iré humilde a los reyes, comarcanos?

¡Yo pisé su esperanza y sus amores!

¿Seguiré, triste sierva, a los Troyanos?

¡Harto gratos han sido a mis favores!

V I R G I L I O

166

¿Ni a bordo su altivez me sufriría?

Qué ¿aún no he probado bien la alevosía

CVII.

»De esa de Laomedonte infame raza?

¿Sola iré tras su pompa? ¿ó con los míos

Volaré armada en pos a darles caza?

Mas si a éstos de sus términos natío.

Arranqué a viva fuerza, ¿con qué trazo

Los moveré a tornar a los navíos?

No, no; mi salvación la muerte sea;

¡Calle a hierro el dolor de una alma rea!

CVIII.

»¡Tú, hermana, tú a mis llantos indulgente,

Margen diste a tan grande pesadumbre,

Tú doblaste al amor mi dócil frente!...

¡Yo que pude, ejerciendo la costumbre

De la bestia del campo independiente,

Libre vagar de acerba servidumbre!...

Muere, infiel de tu esposo a la ceniza! ... »

Querellándose así, Dido agoniza.

CIX.

En tanto Enéas, todo ya dispuesto,

Ajeno él mismo de temor, dormido

Quedóse en la alta popa: al Dios en esto

Torna a mirar, que en las murallas vido:

Con la propia actitud, la voz, el gesto

Viene, en todo a Mercurio parecido;

Aureo cabello y juvenil belleza

Ornan sus blandas formas, y así empieza.

CX.

L A E N E I D A

167

«En mal punto en sus brazos te entretiene

El sueño, hijo de Venus! ¡Alza y mira,

Torna el daño a mirar que sobreviene,

Y oye a Favonio que oportuno espira!

¿Los lazos sabes tú que ella previene?

Fragua es su pecho de furente ira;

Y ya, de perecer determinada,

Nada respeta, ni le espanta nada.

CXI.

»¿Y no será que por el ponto vueles

Ganando estos momentos? ¡Guay si esperas

A la luz de la aurora! ¡Hachas crueles

Arder verás, y levantarse hogueras,

Y en la mar encontrarse los bajeles,

Y ocupar el incendio las riberas!

¡Acude, iza la vela, corta el cable!

Ser vario es la mujer siempre y mudable.»

CXII.

Dijo; y si antes radioso, se incorpora

En las lóbregas sombras. El durmiente

Con la total oscuridad se azora,

Abre los ojos y álzase impaciente.

«¡Sús,» clama, «compañeros! ¡A la hora

Acorred a los bancos! ¡No consiente

Tardanzas la ocasión: las velas pronto

Dad a los vientos, y la flota al ponto

CXIII.

»¡Otra vez de los reinos celestiales

Esto nos manda santo mensajero:

Quienquier seas ¡oh Númen! con triunfales

Aplausos otra vez el fausto agüero

Seguimos de tu voz. ¡Así señales

V I R G I L I O

168

El deseado rumbo al marinero!

¡Así hagas por el Cielo que nos rían

Las lumbres bellas que al errante guían!»

CXIV.

Dice; y vuela, y la amarra del navío

Corta de un tajo de fulmínea espada;

A su ejemplo, a su impulso, el mismo brío

A los pechos de todos se traslada.

Ya arrancan, ya se llevan; ya vacío

Quedó el playón: debajo de la armada

La mar se oculta, y al batir contino

Cubren de espuma el líquido camino.

CXV.

El áureo lecho de Titon la aurora

Tímida deja, entre celajes raya,

Y ya su lumbre, que horizontes dora,

Ve la Reina infeliz de la atalaya;

Ve la armada alejarse voladora

Con las velas parejas; ve la playa

Desamparada, y el desnudo puerto,

Y todo siente estar mudo y desierto.

CXVI.

Y el tierno pecho ofende y los cabellos.

«¿Y esos advenedizos mi esperanza

Burlarán,» dice, «con erguidos cuellos?

¿Impune al ponto el pérfido se lanza?

¿No corre en armas mi ciudad a ellos?

¿Naves no parten a tomar venganza?

¡Id, hachas menead, asid los remos!

¡Soltad las velas! ¡por el mar volemos!

L A E N E I D A

169

CXVII.

»¿Qué digo? ¿Dónde estoy? ¿Qué desvarío

rastorna mi razón? ¡Dido infelice!

Ya el peso sientes de tu síno impío!

Cuando partija de mi cetro hice,

Convino este furor; ya, ya es tardío!

¡Traidor! ¡Y luego de él que va se dice

Con los patrios Penates; que de escombros

Salvo al anciano padre sacó en hombros!

CXVIII.

»¡Ah! ¡sus cuerpos hacer trozos sin cuento

Pude, y de ellos sembrar la onda bravía!

Matar al hijo, y el manjar sangriento

Pude al padre servir; ¿quién lo impedía?

Peligro, ¿cuál? ¡Morir era mi intento!

¡Yo a sus tiendas llevara llama impía;

Yo al padre, al hijo, a todos, muerte fiera!

¡Yo los matara allí; luego, muriera!

CXIX.

»¡Sol, cuya luz los ámbitos visita,

Tú que todo descubres, nada ignoras!

Juno, que viste mi amorosa cuita

Nacer, y hoy mides mis finales horas!

¡Hécate, a quien en calle tripartita.

Claman de noche! ¡Furias vengadoras!

¡Oh Dioses, cuantos véis mi afán postrero!

¡Yo imploro compasión, justicia espero!

CXX.

»Mi ruego oid: si firme persevera

El hado que a ese infame lleva a puerto,

V I R G I L I O

170

Si en esto Jove su querer no altera,

Que el fijado confin le aguarde cierto,

Mas tribu audaz contrástele siquiera,

Y en peligro se mire y desconcierto,

Y parta, el corazón vuelto pedazos,

Del dulce nido y los filiales brazos.

CXXI.

»Y vague, auxilios mendigando; y vea

Cómo a los suyos la fortuna humilla;

Ni el reino goce y calma que desea

Paz ajustando, a su valor mancilla.

¡Herido sin sazón de muerte sea.

¡Yazga insepulto en solitaria orilla!

Esto, ¡oh Númenes! pido; ved en ello:

Yo mi demanda con mi sangre sello.

CXXII.

»Vosotros, cual leales corazones,

Tirios, haced de vuestros odios prueba

Sobre esa raza en cien generaciones,

Y honra tan grande mi ceniza os deba.

Nunca amistad entre las dos naciónes;

No haya quien pactos de concordia mueva;

Mas nacerá sobre mi tumba, fio,

Quien aplaque la sed del furor mío.

CXXIII.

»Alzate, vengador amenazante,

Acelera los tiempos; y ahora, y luego,

Tu sombra por do vayan los espante;

Arróllalos feroz a sangre y fuego.

Y muro contra muro se levante;

Y un mar contra otro mar se ensañe ciego;

Y pueblo contra pueblo alce la frente;

L A E N E I D A

171

Y guerra eterna mi rencor sustente!»

CXXIV.

Dice; y buscando al ánima salida,

A todas partes la atención convierte;

Y de Siqueo a la nutriz convida

Al misterio, que encubre, de su muerte:

(De Siqueo; la suya, reducida

Yace ha tiempo en la patria a polvo inerte).

«Barce, mi fiel nodriza, vuelal» exclama:

«Vé, y al sacro festín mi hermana llama,

CXXV.

»Con agua rociándose primero,

Que traiga, dí, las víctimas, y ofrenda

Cual pide la expiación: así la espero;

Y tú ciñe a la sien piadosa venda.

Ya celebrar la ceremonia quiero

Que a Plutón ofrecí: mi pena horrenda

Hoy debe de acabar; que de ese injusto

Hoy tiro al fuego el ominoso busto.»

CXXVI.

Dice; y mover esotra el paso intenta

Con senil priesa. Mas la audaz amante,

Terrible con la idea que apacienta,

Temblorosa la faz, la vista errante,

Torva en el ceño, en el mirar sangrienta,

Jaspeado de visos el semblante,

Pálida de la muerte ya cercana

Vuela al recinto funeral insana.

CXXVII.

V I R G I L I O

172

La alta hoguera con fiero desenfado

Monta; la espada desnudó con ira

(Don no a tal ministerio destinado);

Mas cuando el lecho y los vestidos mira,

Memorias, ¡ay! de tiempo fortunado,

Repórtase y con lágrimas suspira;

Y arranca así, postrándose en el lecho,

Los últimos sollozos de su pecho:

CXXVIII.

«¡Oh dulces prendas con mejor fortuna!

¡Dulces por siempre cuando Dios queria!

Mi espíritu os entrego, y mi importuna

Memoria cese con la vida mía!

La senda anduve que emprendí en la cuna;

Viví las horas que vivir debía:

Hoy, fin logrando a, míseros afanes,

Van a otro mundo mis augustos manes.

CXXIX.

»Fundé yo una ciudad, ciudad preclara,

Murallas propias coronó mi mano;

Vengué la sombra del esposo cara;

Yo tomé enmienda del malvado hermano,

¡Feliz, harto feliz si no tocara

Mis costas, nada más, bajel troyano!»

Y aquí, a par que en el lecho el rostro imprime,

»¿Moriré inulta? ¡mas muramos!» gime.

CXXX.

«¡Así a la eternidad partir me agrada!

El Dárdanlo este fuego a ver acierte

Volviendo de la mar una mirada,

Y el triste agüero lleve de mi muerte!»

L A E N E I D A

173

Dijo; y, herida en esto, derribada,

La mano en sangre tinta, el hierro fuerte

Manando sangre las doncellas notan,

Y el palacio a gemidos alborotan.

CXXXI.

Ya la Fama fatídicos rumores

Ya furiosa esparciendo en giro vago;

Todo es lamento y llantos y clamores;

Todo es alarma de espantoso estrago.

Parece cual si entrasen vencedores

La antigua Tiro o la imperial Cártago,

O que incendio voraz llamas crueles

Tendiese por los altos capiteles.

CXXXII.

Oye el caso la hermana, y rostro y pecho

Desesperada hiere en modo rudo

Al lúgubre lugar vuela derecho,

Y a Dido llama con lamento agudo:

«¡Y esto significaba el ara, el lecho!

¡Esto intentabas! ¡Y ofenderte pudo

Que te hiciese en la muerte compañía!

¡Tú me engañabas, ah! ¡yo te creía!

CXXXIII.

»¿Por que no me invitaste, a ley de hermanos?

¡Contigo a un tiempo con placer muriera!

No que hora abandonada... ¡Y por mis manos

Yo propia, ¡ay infeliz! alcé esta hoguera!

¡Yo invocaba a los Dioses soberanos

Porque, espirando tú, yo lejos fuera!

¡Te perdí; me perdí: Pueblo, Senado,

Patria, todo lo hundí! ¡Nada ha quedado!

V I R G I L I O

174

CXXXIV.

»Agua traed y lavaré la herida;

Yo sus heridas lavaré... ¡Si errante

Vaga en su labio un hálito de vida,

Yo le recoja con mi labio amante!»

Ya en el estrado fúnebre subida

Tal dice; y a la hermana agonizante

Ella al seno fomenta entre gemidos,

Ella aplica a la sangre sus vestidos.

CXXXV.

Los mustios ojos con fatiga vana

Trata de alzar la moribunda Dido:

Fáltanle ya las fuerzas; sangre mana

Del pecho abierto con cruel sonido.

El codo apoya, y por alzar se afana

Tres veces, y tres veces sin sentido

Cae sobre el lecho. Con errante vista

Busca la luz, y al verla se contrista.

CXXXVI.

La excelsa Jurio de mirarse duele

El largo padecer, la ardua agonía,

Y porque a desatar vínculos vuele

Que aún detienen el alma, a Iris envía.

¡Ah! loco amor a perecer te impele,

No el hado; éste, infeliz, no era tu día!

Proserpina tu rubia cabellera

Aún no ha cortado, ni Plutón te espera.

CXXXVII.

Vuela Iris vaporosa, y en su vuelo

Brillan las plumas, con el sol enfrente;

L A E N E I D A

175

Y posándose encima: «Manda el Cielo

Que esta ofrenda a Plutón quite a tu frente,

¡Alma, sal fuera!» dice; el rizo pelo

Corta aquí con la diestra, y juntamente

El calor cesa que en el seno mora

Y la vida en los aires se evapora.

LIBRO QUINTO.

I.

Ya salvo Enéas con sus naves hiende,

Merced del Aquilon, la mar oscura,

Y tornando a mirar, su vista ofende

La dejada ciudad, que arde y fulgura:

La causa no se ve; mas ¿quién no entiendo

Cuánto puede en mujer venganza dura

Y obstinada pasión? Y así el viajero

Terror concibe de funesto agüero.

II.

Después que ya se hubieron engolfado,

Y entre agua, al fin, y cielo no ven cosa

Sino el cielo y el agua, azul nublado

Sobre las naves sólido se posa

De lobreguez y tempestad cargado:

Con tristes amenazas espantosa

La ecuórea inmensidas se entenebrece;

V I R G I L I O

176

Esfuérzanse huracanes, la onda crece.

III.

Y en alta popa el pálido piloto,

«Qué oscuridad,» exclama, «el polo llena!

¡Cuánto mal nos previene;s'no 1 remoto,

Oh gran padre Neptuno! » Y luego ordena

Los aparejos recoger; al Noto

Torcida vuelve la crujiente, antena,

Y haciendo al remador nuevo conjuro,

Prosigue así gimiendo, Palinuro:

IV.

«¡Oh magnánimo Enéas! ¡oh rey mío!

No, si me enviase celestial consuelo

El mismo Jove, saludar confío

A Italia nunca con aqueste cielo.

¿No ves cómo del véspero sombrío

Los vientos se alzan, y en contrario vuelo

Vienen furiosos a estrellarse, y cómo

Condensa el aire cerrazón de plomo?

V.

»No es dado resistir ni ir adelante:

Lidiemos no con fuerza, más con maña,

Cediendo a la Fortuna, que constante

Ruta nos marca a nuestro rumbo extraña,

Erice fraternal no está distante,

Si ya el catado cielo no me engaña;

Y así pronto, al torcer, será que veas

El sículo confin.» Respondió Enéas:

VI.

L A E N E I D A

177

«Ya he visto al temporal que nos maltrata,

Eso pedir, y resistir tú en vano:

Rodeos tienta, a la Fortuna acata,

Y miremos al término sicano.

¿Y habría tierra para mí más grata

Que la en que reina Acéstes, nuestro hermano,

Y el caro genitor llorando yace?

Allá mi escuadra guarecer me place.»

VII.

Viró el piloto: céfiros que implora

Hinchen los lienzos, y la flota vuela

Ya rauda hendiendo por el mar la prora

Al puerto arriba por que el nauta anhela,

Y a abordar acertaron a la hora

En que amiga vio Acéstes ser la vela

Que desde alto peñón lejos divisa,

Y al puerto, alborozado, baja aprisa.

VIII.

A él, a quien Ninfa concibió troyana

Que el dios Crimiso requestó de amores,

Tornar a ver los huéspedes le ufana

Que ama fiel en amor de sus mayores.

Hórrido anda con piel de osa africana,

Pertrechado de dardos voladores;

Y en pompa agreste y rústico atavío

Hospedaje les brinda franco y pío.

IX.

Enéas, convocando el pueblo entero,

En un collado hablóles eminente

Del nuevo día al esplendor primero:

«¡Oh dardania nación! ¡oh diva gente!

V I R G I L I O

178

Desde que al padre a quien deidad venero

Sepultamos aquí, y ara doliente

Pusimos en su honor, si no me engaño

Cabal su curso ha concluído un año.

X.

»Éste es el día, y éstos los lugares:

Triste, quísolo Dios, y sacro día

Que yo solemne, levantando altares,

Do quier me hallase, allí celebraría

Que o ya me viese en los argivos mares,

Ya en las gétulas sirtes, ya en la impía

Micenas, o cautivo o expulsado

Siempre honraría al genitor llorado.

XI.

»Hénos hoy las cenizas paternales

A honrar dispuestos en amigo suelo,

Traídos a rendir obsequios tales

No sin visible ordenación del Cielo.

Honradlas, pues; pedid vientos iguales,

Y que él, fundada la ciudad que anhelo,

En templo que en su honor alzado sea

Votos añales renovar nos vea.

XII.

»Acéstes, que de Teucro, se gloría,

Por cada nao dos bueyes os da ahora:

Vengan a este festín en compañía

Nuestros Penates don los que él adora;

Que después, si con rayos de alegría

Ciñere al orbe la novena aurora,

Por mí a vosotros cual primeras fiestas

Regatas en la mar serán propuestas.

L A E N E I D A

179

XIII.

»El que en la lucha, en la veloz carrera

O al duro cesto a competir se atreve

El que con mano a disparar certera

El dardo agudo y la saeta leve,

Concurran a la lid que los espera,

Y quien ganare el premio, ése le lleve.

Orad en tanto, compañeros míos,

Y de hoja en derredor la sien cubríos.»

XIV.

Calla; el materno mirto orna su frente:

Lo imita Helimo, y en su edad florida

Ascanio, y en la suya decadente

Acéstes, y otros y otros enseguida.

Ya él al sepulcro entre infinita gente,

Y por sacra costumbre establecida,

Sanguínea libación en taza doble

Ofrece, y fresca leche, y néctar noble.

XV.

Y luego el ara de purpúreas rosas

Esparce en torno con su propia mano;

Y «¡Salve, oh padre!» clama, «y vos, preciosas

Cenizas a mi amor vueltas en vano!

¡Salve, oh ánima y sombra milagrosas!

¡No te dio, oh padre, el Cielo soberano

Llegar a Italia y cabe el Tibre amigo

La anunciada heredad gozar conmigo!»

XVI.

Tersa, en esta sazón salir se mira

Del fondo sepulcral sierpe que ondea

V I R G I L I O

180

Y en siete roscas de alongada espira

Con manso halago el túmulo rodea:

Cerúleas manchas, al compás que gira,

Desvuelve, con que el lomo se hermosea,

Y semejan las puntas de la escama

Aureos destellos y matiz de llama.

XVII.

Tal, mirándola, el sol, fris destella

Y de luz entre nublos se matiza.

Visto el héroe la sierpe, el labio sella

Absorto; mas recelos tranquiliza,

Que inocente entre pulcras tazas ella,

Gustando los manjares, se desliza,

Y en doméstico giro placentero

Torna a ocultarse do salió primero.

XVIII.

O genio tutelar de Anquíses fuere

La sierpe, o númen que el lugar ampara,

Enéas fausto augurio de ello infiere

Y con nuevo fervor dones repara:

Dos ovejas, segun usanza, hiere,

Dos cerdos, dos novillos ante el ara,

Novillos de negral cerviz; al paso

Que néctar liba en espumante viaso.

XIX.

Con esto de las 1óbregas regiones

Salvos los manes de su padre evoca;

Y, todos imitando sus acciones,

Hace cada uno lo que hacer le toca:

Quién acude al altar con oblaciones,

O en orden a la lumbre ollas coloca;

L A E N E I D A

181

Quién en la hierba víctimas destriza,

Quién tuesta entrañas o la llama atiza.

XX.

Ya los caballos de Faeton lozanos

Traen sereno el deseado día:

Con el nombre de Acéstes, montes, llanos

El anuncio feliz corrido había;

Y así acuden los pueblos comarcanos

En tropel rebosante de alegría,

Ya a verlos espectáculos propuestos,

Ya el prez también a disputar dispuestos.

XXI.

En medio el circo iluminó la aurora

Copia de premios a los ojos grata;

El verde ramo y palma triunfadora,

Preciado honor del que mejor combata:

Y armas, trípodes, vestes que decora

Purpúreo ardor, talentos de oro y plata

Y de alto sitio súbito la trompa

Manda sonando que la lid se rompa.

XXII.

Y a par la rompen con igual arreo

Cuatro naves selectas, en la armada:

Con remeros briosos, por Mnesteo

Va la rápida Priste gobernada

(Mnesteo, a quien después ítalo veo,

Del cual, ¡oh Memio! descender te agrada):

Guías toma a su cargo la Quimera,

Que ciudad, más que nave, se creyera:

XXIII.

V I R G I L I O

182

En triple orden de remos a ésta mueve

Con gran vigor la juventud troyana:

Sargesto generoso (a quien le debe

La gente Sergia su renombre ufana)

El gran Centauro a dirigir se atreve:

Cloanto (a quien por tronco la romana

Familia de Cluento reconoce)

La Scila azul turquí monta veloce.

XXIV.

Hay distante en el mar un risco, enfrente

De las riberas que la espuma baña:

Cuando el Cielo se entolda, el mar furente

Concentra allí su bramadora sana:

Mas a erguirse el peñón torna imponente

Cuando duerme la líquida campaña,

Y da en flanco espacioso al ágil mergo

P ra enjugarse al sol plácido albergo.

XXV.

Allí una meta de frondosa encina

Enéas pone, a donde el nauta vaya

A doblar la carrera, y si lo atina,

En bajel vencedor torne a la playa.

La suerte a los caudillos determina

Puesto; cada uno en alta popa raya

Por la vestida púrpura y el oro,

Y a lo lejos esplende su tesoro.

XXVI.

Bañados con aceite reluciente

Las desnudas espaldas, y ceñidos

Con ramaje de álamo la frente,

Al banco acuden los demas, fornidos

Y, la mano en los remos impaciente,

L A E N E I D A

183

Y atentos al anuncio los oídos,

Codicia de loor, sed de combate

Les hinche el corazón, que duda y late.

XXVII.

El clarín resonó; y en un momento

Todos del puesto arrancan a porfía:

Retiembla el mar, retumba el firmamento

Con el náutico estruendo y gritería:

Abren los brazos al batir violento

Surcos iguales y espumosa vía,

Y a un tiempo remos y tridentes proras

Las aguas por doquier rompen sonoras.

XXVIII.

No en el estadio así se precipita

Carro de dos corceles que se arroja

La palma a arrebatar, ni tal se agita

El conductor, que la tardanza enoja;

El cual el volador tiro concita

Sacudiendo sobre él la brida floja;

Blande el azote, y a blandirlo atento,

Parece, de encorvado, ir por el viento.

XXIX.

Clamores suenan por el bosque umbría

De grupos en el triunfo interesados;

Vuelve herida la playa el vocerío,

Y le vuelven en ecos los collados.

Entre gente y rumor Gias con brío

Hendió el primero los salobres vados;

Cloanto a par, mejor en remos, viene,

Bien que el peso la nave te detiene.

V I R G I L I O

184

XXX.

Priste y Centauro en pos a una se lanzan,

Y cada cual adelantarse espera:

Alternativamente ora se alcanzan

Cuando alguna tomó la delantera;

Ora las proas ateniendo, avanzan

Con larga quilla en rápida carrera;

Ya al escollo llegando iban, en suma,

Resuelto el ponto en albicante espuma.

XXXI.

He aquí entre todos victorioso Gias

A su piloto reprendiendo, exclama:

«¿Por qué a derecha desviar porfías?

Toma, Menétes, do el honor nos llama:

Las otras por el mar rueden baldías;

Nuestra nave el peñón deja que lama!»

Tal dice; mas temiendo ímpio bajío

Tuerce hacia el mar Menétes el navío.

XXXII.

Y otra vez Gias con furor le intima:

«Torna, Menétes, a la izquierda!» En esto

Siente a Cloanto que le viene encima

Y a ganarle de mano acude presto:

Ya a las rocas sonantes se aproxima

Entre ellas y él lanzándose interpuesto,

Y a ambos atras dejándolos de pronto,

En bajel triunfador boga en el ponto.

XXXIII.

Al mancebo en la faz saltóle el lloro,

Y hasta los huesos le mordió la ira:

Ni oye la voz del personal decoro

L A E N E I D A

185

Ni de los suyos la salud ya mira;

Mas de alta popa al piélago sonoro

Brusco a Menétes de cabeza tira;

Y activo en su lugar, exhorta, empeña,

Y, rigiendo el timón, va hacia la peña.

XXXIV.

Menétes, de los años abatido,

Salir apenas del abismo pudo;

Y sacudiendo el húmedo vestido

Trepa, a secarse en el peñón desnudo.

Rió la juventud cuando le vido

Hundirse de cabeza al golpe rudo;

Bregar luego, y después que brega y nada,

Revesar la onda que tragó salada.

XXXV.

Viendo a Gias, Mnesteo la esperanza

Cobra de rebasarle. Al par rebosa

Sergesto en ella, y, el primero, alanza

Su nave hacia el peñasco presurosa:

Esta, mitad a su rival se avanza,

Mitad, la Priste su costado acosa;

Y en fuerza del peligro y del deseo,

Recorriendo el bajel habló Mnesteo:

XXXVI.

«Soldados de Héctor, que la patria mía

Miró a mi lado en la final pelea!

Como en las sirtes gétulas fue un día,

En este lance vuestro aliento sea;

Cual ya en el jonio mar, vuestra osadía,

O en las rápidas ondas de Malea.

Ni aspiro a ser primero. ¡Oh, si pudiese...

No; a quien lo dío Neptuna, el triunfo es de ése!

V I R G I L I O

186

XXXVII.

»Mas no el pudor postreros ir consiente;

Lo que honor manda, compañeros, pido.»

Calla; saca, a su voz, vigor su gente;

Cruje la popa al golpe repetido;

Huye la mar; anhélito frecuente

Brotan las secas fauces con sonido;

Los cuerpos dobla agitación extraña,

Y abundante sudor sus miembros baña.

XXXVIII.

He aquí vencer les dio súbito caso;

Y fue así que forzando espacio estrecho,

Metió Sergesto el imprudente vaso

Entre las peñas a encallar derecho:

La roca retembló con el fracaso;

Se oyó el remo crujir cuasi deshecho

En puntas de coral, do sin defensa

Entró la proa y se aferró suspensa.

XXXIX.

Los marinos con alto clamoreo

Hacen, si al pronto yertos, de ferrados

Chuzos y picas oportuno empleo

Por desclavar los remos quebrantados.

Gozoso en tanto, a buen remar, Mnesteo,

Propicios ya los vientos y los hados,

Tiende el rumbo a do el piélago declina,

Y raudo y libre por el mar camina.

LX.

Cual vuela por el campo, alborotada

Con el pavor de súbito estallido,

L A E N E I D A

187

La paloma que tiene en la albarrada

Su dulce imperio y su amoroso nido;

Bate sobre su rústica morada

Las plumas, al salir, con recio ruido,

Y después remontándose en el cielo

Las alas tiende en silencioso vuelo:

XLI.

Así la Pristé, que fatiga tanta

Tomaba forcejando la postrera,

Con ímpetu espontáneo se levanta

Y huyendo por las ondas va ligera.

Lo primero, a Sergesto se adelanta

Con su nave entre escollos prisionera.

Y allí haciendo le deja vanos votos

E ideando volar con remos rotos.

XLII.

Tras Gias sigue, y a su nao pujante,

Falta ya de piloto, desafía:

Vence; sólo Cloanto va delante;

Y vuela en pos, creciendo su osadía:

Redóblasela grita estimulante

De los espectadores, que a porfía

Roncos aplauden su feliz carrera,

Y los ecos en torno hinchen la esfera.

XLIII.

Los unos, que triunfantes se creyeran,

Ya en riesgo el triunfo, coronarlo ansían:

Incompleto, la palma no quisieran;

Completo, por la palma morirían:

Los otros eso mismo osan y esperan;

Porque triunfando van, triunfar confían,

V I R G I L I O

188

Y pudieran juntándose ambas proras

Partir el premio a un tiempo vencedoras.

XLIV.

Mas a orar atinó de esta manera

Cloanto, ambas las manos extendiendo:

»¡Oh Númenes que el piélago venera,

Cuyos dominios con mi nave hiendo!

Si el triunfo me cumplís, en la ribera

Un blanco toro en vuestro honor ofrendo;

Tiraré sus entrañas a estos mares,

Y néctar bañará vuestros altares.»

XLV.

Dijo; y a par oyó de Forco anciano

La virgen Panopea sus acentos;

Y el coro de Nercidas soberano

Condolióse en sus huecos aposentos:

Movió la nao Portumno con su mano,

Y fugaz como soplo de los vientos,

Y no menos veloz que alada flecha,

El hondo puerto penetró derecha.

XLVI.

Los combatientes por sus nombres llama

Enéas, y sus triunfos galardona;

A voz de heraldo resonante aclama

Vencedor a Cloanto, y le corona:

Ciñe, en suma, a su sien la verde rama;

Y a cada nave tres becerros dona,

Y que lleven les da vino abundante,

O una pieza de plata a su talante.

XLVII.

Y a cada jefe añade su presea:

L A E N E I D A

189

Clámide áurea al principal ofrece,

De púrpura ceñida melibea

Que en doble orla gira y la guarnece,

Retejido en el fondo la hermosea

De Ida el regio garzón, que allí aparece

La espesura cruzando nemorosa,

Y leves ciervos con el dardo acosa.

XLVIII.

Figúrase allí mismo en el momento

En que robado, al parecer anhela:

La armígera de Jove al firmamento

Le arrebata feroz, y encima vuela:

Muestra uñas corvas la ave por el viento;

Viejos que hacen al niño centinela,

Tienden palmas al aire; el aire mudo

Hieren los canes con furor agudo.

XLIX.

Loriga de oro y triple y fina malla

Relucía en los dones del trofeo:

Usóla ya en los campos de batalla,

Campos que riega el Símois, Demoleo:

Mal consiguen en hombros sustentalla

Dos esclavos, Sagáris y Fegeo;

Y así y todo, el jayan con ella un día

Fugitivos Troyanos perseguía.

L.

Y en campos la ganó que el Símois riega

Enéas ya, cabe Ilion divino;

Y ahora la otorga al que segundo llega,

Arma al par y ornamento peregrino.

Dos calderas, después, de bronce entrega,

V I R G I L I O

190

Tercer presente a quien tercero vino;

Y dos vasos de argento, muestra rara,

Que el cincel de figuras abultara.

LI.

Ya iban todos premiados, con diadema

De púrpura ceñidos, placenteros;

Cuando Sergesto, que su industria extrema,

Salir logró de los escollos fieros:

Con una banda escueta afana y rema,

Quebrantados costado y marineros;

Y en medio de la befa que le humilla,

Pide el tardo bajel la ingrata orilla.

LII.

Tal sesga sierpe, en el camino hollada

De veloz rueda, o por viador, que herida

La deja, y medio muerta, de pedrada,

El cuerpo tuerce por lograr salida;

Con lengua ardiente, con feroz mirada

Yérguese, en parte, rebosando vida,

Y, en parte, de dolor se arrastra llena,

Y en sus propios anillos se encadena.

LIII.

Mas la nave que en remos flaqueaba,

Las velas descogiendo a puerto viene.

Enéas de Sergesto el arte alaba

Conque gente y bajel salvar obtiene,

Y le da el galardón: era una esclava

De Creta oriunda, que por nombre tiene

Foloe; en artes de Minerva, diestra;

Al seno puestos dos infantes muestra

LIV.

L A E N E I D A

191

Así acabada la naval porfia,

A un sitio ameno de hierbosos prados

Enéas se adelanta: en torno había

Corvas selvas, umbríferos collados:

Del valle el fondo en círculo se amplía;

Teatro natural forman sus lados;

Y allá la multitud vuela contenta,

Y en medio el Rey con majestad se asienta

LV.

Y con premios invita lisonjeros

A competir en rápida corrida:

Teucros, Sicanos, a su voz ligeros

Saltan a par a do el honor convida.

Van Euriálo y Niso los primeros:

Radíante el uno en juventud, florida,

Insigne el otro por su casta llama;

Bello Euríalo es; Niso le ama.

LVI.

Vino, sangre de Príamo, Diores;

Y Patron luego y Salio juntamente

Aquéste de tegeos genitores,

Esotro de Acarnania procedente.

Compañeros de Acéstes, cazadores,

Mancebos de gallardo continente,

Van Helimo y Panópes enseguida;

Y otros de nombre que la fama olvida.

LVII.

«Al campo, adolescentes, os convido,

El Rey dijo a la gente congregada

«Y a promesa gustosa dad oído:

Nadie sin don saldrá de la estacada.

V I R G I L I O

192

He aquí dos dardos de metal buído,

Cretenses, y de argento nielada

Una hacha de dos filos: ved en esto

El común premio a cada cual propuesto.

LVIII.

»Al más aventajado combatiente

Daráse encima, amén de la corona,

Un noble potro con jaez luciente:

Al segundo, una aljaba de amazona,

Provista, y, de áureo tahalí pendiente

Que gruesa perla cual botón tachona:

Al tercero, este hermoso yelmo argivo;

Y los tres ceñirán ramas de olivo.»

LIX.

Dijo, y puestos eligen; y al instante

Que señal de partir dio la trompeta,

Cual ráfagas de viento resonante

De la raya mirando huyen la meta.

Niso, fuerte y veloz, sale adelante

Como alado relámpago o saeta;

Corre Salio después, distante empero;

Euríalo, lo mismo, va tercero.

LIX.

Sigue a Euríalo Helimo en su carrera;

Helimo pie con pie sigue Diores;

Ya, ya al hombro le hostiga, y si se abriera

Más campo a sus intrépidos furores,

Del que último volaba el lauro fuera

O en balanza quedaran los honores.

Ya el término llegando iban en suma,

Y el esfuerzo los músculos abruma.

L A E N E I D A

193

LXI.

He aquí casi triunfante (¡infausto caso!)

En verde grama que la suerte quiso

Hubiese matizado humor escaso

De inmolados becerros, pisó Niso:

Tratara en vano de afianzar el paso

Titubeante en suelo húmedo y liso;

Llega veloz, veloz resbala, y todo

Tinto en sangre quedó, y envuelto en lodo,

LXII.

No allí Niso olvidó su amistad bella;

Mas álzase en el pérfido terreno;

Salio síguele incauto, se atropella,

Y yéndose de pies rueda en el cieno.

Eurialo veloz como centella

Adelante de todos, de ardor lleno,

Entre aplausos sin número se lanza,

Y, merced de amistad, el lauro alcanza,

LXIII.

Llega Helimo después, y en fin Diores.

Salio a engaño se llama, visto aquello;

Pide el prez, y a la flor de espectadores

Con su aplauso da en cara a voz en cuello.

A Euríalo protegen, sin clamores,

Virtud llena de gracia en rostro bello,

Virtud que encanta y pundonor que llora,

Y el sufragio de un pueblo que le adora.

LXIV.

Favorécenle a par altas razones

Que hace Diores, que su palma espera:

Palma, si Salio de los grandes dones

V I R G I L I O

194

Ninguno ha de llevar, suya y postrera.

Y dijo Enéas: «No temáis, garzones:

El orden de los premios nadie altera;

Ni vuestros fueros mi amistad lesiona

Si al valor desgraciado galardona.»

LXV.

Y una piel de león da a Salio, armada

Con áureas garras y hórridas guedejas.

Niso entonces habló con voz turbada:

«Si ese honor a vencidos aparejas

Y tanto un contratiempo te apiada,

Para Niso, señor, ¿qué premio dejas?

Mio es el triunfo, si la suerte esquiva

Que a Salio hirió después, no me derriba. »

LXVI.

Habla, y del golpe el afeante signo

Muestra, hablando, en el cuerpo y triste cara.

Oyóle el Rey y sonrió benigno,

Y un rico escudo le ordenó llevara:

Fue éste del mozo egregio premio digno:

Lo hizo Didameon con arte rara,

Y al templo de Neptuno do pendía,

Argivo brazo lo arrancara un día.

LXVII.

Cesó la competencia de esta suerte;

Y Enéas señalando férreo guante:

«Ahora», dijo, «el que se sienta, fuerte,

Ceñido el puño indómito levante.

Lucio novillo al que a vencer acierte,

Con cintas y oro el asta rutilante,

Daré por galardón: gentil celada,

L A E N E I D A

195

Por consuelo, al vencido, y una espada.»

LXVIII.

Con murmullo del vulgo circunstante,

Lleno Dáres alzóse de ufanía:

Él solo, en Troya, a Paris arrogante

A contrastar lidiando se atrevía;

Y él solo a Bútes, triunfador gigante,

Que, de origen bebricio, pretendía

Llevar sangre de Amico, invicto en guerra,

Cabe el túmulo de Héctor echó a tierra.

LXIX.

Tanto como en la fúnebre palestra

Soberbio entonces levantarse pudo

Cuando dejó al jayan sola su diestra

Tendido en la sangrienta arena y mudo,

Soberbio ahora se levanta, y muestra

Los hombros fornidísimos desnudo;

Y un brazo y otro vigoroso extiende,

Y los aires azota por do hiende.

LXX.

En medio del innumero gentío

Otro igual campeón se busca en vano:

Nadie a aceptar se atreve el desafío,

Nadie del cesto a rodear la mano.

El, sin par, a su juicio, en poderío,

Saluda a Enéas y prosigue ufano

Sin que en mudo homenaje instantes pierda,

De una asta asiendo al toro con la izquierda:

LXXI.

«¿Qué más quieres que aguarde, hijo de Diosa?

V I R G I L I O

196

El don se me adjudique, pues ninguno

Su fuerza con mis fuerzas medir osa.«

Los Teucros barbotaban de consuno

Apoyando la súplica orgullosa.

Con ruego en tanto Acéstes importuno

Reprende, incita a Entelo, que a su lado

Yace en el verde césped reclinado:

LXXII.

«Tu nombre de valiente entre valientes

¿Qué sirve, Entelo, sin tan buenos dones

Con tanta calma en paz llevar consientes?

Hoy de Erice divino y sus lecciones

¿No es deber patrio que el honor sustentes?

La fama que asombraba estas regiones

¿A dónde se oscurece? ¿Qué se han hecho

Los despojos pendientes de tu techo?»

LXXIII.

Entelo respondió: «No son extraños

Valor y amor de gloria al pecho mío;

Mas siento ya de la vejez los daños,

Mis miembros ciñe ya rígido frío.

Yo si hoy tuviese el que en mis verdes años,

Cual le goza ese audaz, ardiente brío,

No el premio disputara, si la palma;

Que ocupe el premio vi, lo llevo en calma.«

LXXIV.

Habló Entelo; y volviendo por sus fueros,

Se alza, y dos cestos en el campo lanza

Conque Érice ostentara en golpes fieros

Con los ligados brazos su pujanza.

Ven los siete boyunos recios cueros

Graves de plomo y hierro a hercúlea usanza,

L A E N E I D A

197

Y todos se imaginan con asombro

Del buey la talla, y del atleta el hombro.

LXXV

Más que de paso el mismo Dáres cía,

Y mudo con la mano el grande Enéas

El enorme volúmen revolvía

De los gruesos anillos y correas,

Y díjole el anciano: «¿Qué sería

Si de Hércules las armas giganteas

Hubieses visto, y la espantosa hazaña

Que hizo estas playas funeral campaña?

LXXVI.

»Fue hijo Érice, cual tú, de Venus, y esos

Los correones son que usaba en lides:

¿Esparcidos los ves de sangre y sesos?

Los mismos son con que paró ante Alcídes;

Y yo también con vigorosos huesos

Los blandí contra fuertes adalides

Cuando aún lejos la edad miraba ingrata

Que ambas mis sienes esmaltó de plata.»

LXXVII.

Y a Dáres retorciendo la mirada:

«Mas si rehuyes, campeón troyano,»

Prosigue; «si a tu Rey piadoso agrada,

Y al mío, que combate por mi mano,

Fuerzas equiparar en la estacada,

Gustoso a justos términos me allano:

¡Ea! las armas de Érice te cedo;

Las troyanas depon, y pon el miedo.»

LXXVIII.

V I R G I L I O

198

Aún bien no lo hubo dicho, se adelanta,

Y del doble ropaje se desnuda,

Y en pecho, brazos, músculos, espanta

Ver su nerviosa robustez membruda:

Ya, en medio el campo, colosal se planta;

Y dando Enéas término a la duda,

Trae de iguales cestos sendos pares,

Y a Entelo de ellos arma y arma a Dáres.

LXXIX.

Y en simultáneo arranque de osadía

Ya éste en puntas de pies y aquel se adreza;

Los brazos uno y otro el aire envía,

Cautelosa hacia atras la alta cabeza.

Trábanse por las manos; a porfía

Crecen amagos, y la lucha empieza

Entre el púgil que mueve ágil la planta

Y el jayan que disforme se levanta,

LXXX.

Va el jóven en su edad esperanzado;

Fia el viejo en su mole, aunque flaquean

Las rodillas y el cuerpo treme helado;

Y ambos con vano afán tiran, golpean:

Hiérense aprisa al cóncavo costado:

Ronco el pecho resuella: menudean

Por orejas y sienes las puñadas:

Las mandíbulas crujen martilladas.

LXXXI.

Firme está Entelo; mas con pronta vista

Ve por do heridas, ladeando, ahorre;

El otro el campo mide, y por do embista

Entradas busca, a embestir acorre:

L A E N E I D A

199

Tal tropa audaz, de máquinas provista,

Soberbio muro o enriscada torre

Que medite arruinar, asalta, embiste;

Torna a atacar, y el torreón resiste.

LXXXII.

El brazo Entelo, amenazando estrago,

Alza descomunal; mas ve de arriba

Venir, Dáres, con tiempo, el fiero amago,

Y hurta el cuerpo veloz y el golpe esquiva:

Hirió el furioso combatiente en vago,

Y enorme por su peso se derriba,

Cual rueda hueco pino, dando espanto,

En bosques de Ida o cumbres de Erimanio.

LXXXIII.

Levántanse ambos campos con ruido,

Y un grito al cielo lanzan simultáneo:

Acude Acéstes, viéndole caído,

A ayudar al amigo y coetáneo:

Surge él sin quiebra de ánimo o sentido;

Antes fuego de cólera espontáneo

Arde en su pecho, el pundonor le pica,

Y el probado valor fuerzas duplica.

LXXXIV.

Y ya en rápida fuga, impetuoso,

Tirando golpes de una y otra mano,

Sin parada, sin vado, sin reposo

Persigue a Dáres por el ancho llano;

Cual turbión que los techos fragoroso

Azota con granizo, el héroe insano

Hiere a ciegas con furia borrascosa,

Y a Dáres acomete, envuelve, acosa.

V I R G I L I O

200

LXXXV.

No sufre Enéas que adelante siga

La encarnizada obstinación de Entelo,

Y del campo, ya muerto de fatiga

Saca a Dáres con voces de consuelo:

«¿Demente estabas? ¡Ah, infeliz! te hostiga

No humana fuerza, pero el mismo Cielo;

Cedes a un Dios; rendirte no te pese.»

Dijo; y manda su voz que la lid cese.

LXXXVI.

En torno del vencido en ese instante

Llega fiel uno y otro camarada,

Y, flacas sus rodillas, vacilante

La cabeza, la boca ensangrentada

Y el ornato dental roto y nadante,

Llévanle al puerto. Morrión y espada

Reciben advertidos, y se alejan,

Y el toro al vencedor y el lauro dejan.

LXXXVII.

El cual del lauro y con su toro ufano,

«Ved, pues, ahora, y ponderad,» decía,

«¡Oh hijo de Diosa! ¡oh ejército troyano!

Cuál en mi juventud la fuerza mía

Hubo de ser, y Dáres de mi mano

Cuál muerte, a no salvarlo, probaría.»

Dijo, y plantóse del novillo enfrente,

En alto puesto el brazo prepotente;

LXXXVIII.

Y a plomo entre ambos cuernos, guarnecida

La mano descargó cual duro hierro:

Húndese el cráneo, y trémulo, sin vida,

L A E N E I D A

201

En tierra con su mole da el becerro.

«¡Salve, Erice inmortal!» clamó enseguida:

«Puestas las armas, conque triunfos cierro,

Más bien que la de Dáres, en memoria,

Yo do y consagro esta ánima a tu gloria.»

LXXXIX.

Luego al juego del arco el Rey troyano

Invita, y premios pone. De la nave

Que Seresto gobierna, con su mano

Va él mismo y fuerte arbola el mástil grave;

Y aligera paloma al aire vano

En el tope suspende (atada el ave

A una cuerda, la cuerda al mástil fija)

A donde el tiro el flechador dirija.

XC.

Llegan de ellos; y un casco que reciba

Las suertes, traen en medio. La primera,

La de Hipocon, el de Hírtaco, con viva

Aclamación del vulgo, saltó fuera.

Coronado la sien de verde oliva,

Reciente prez de la naval carrera,

Oyó, en segundo término, Mnesteo

Grato sonar su nombre a su deseo.

XCI.

Tocóle a Euritión salir tercero:

Hermano tuyo, oli Pándaro divino,

(¡Tú que al campo de Aquivos, el primero,

Lanzaste, compelido del destino,

El dardo de discordia mensajero!)

Del fondo del almete al aire vino,

Postrer nombre, el de Acéstes, que ahora ufano

V I R G I L I O

202

En lid de mozos a terciar va anciano.

XCII.

Todos con brazo en arco arman pujante,

Y sacan primas flechas del aliaba:

Ante todas, del nervio rechinante

Arrancó la que el de Hírtaco ajustaba:

Hiere el viento, y al mástil que delante

Mira, parte veloz, y en el se clava:

Al golpe tembló el palo; alas agita

Medrosa el ave, y el concurso grita.

XCIII.

Tendió el arco avanzándose forzudo

Mnesteo, vuelto a lo alto ojos y flecha;

Mas no tanto que al ave hiriese, pudo

La férrea punta encaminar derecha:

Rompió empero la cuerda y líneo nudo;

Y libre el pie de la atadura estrecha,

La paloma veloz sacude el vuelo

Entre nubes plomizas por el Cielo.

XCIV.

Euritión, ya el arco apercibido,

Tiró, invocando a Pándaro en su ayuda,

Al ave que de nublo opaco vido

Salir aleteando, flecha aguda:

Alcanzóla en su vuelo envanecido;

Ella el hincado astil trayendo muda,

Dejando por allá la dulce vida,

Al suelo vino en mísera caída.

XCV.

Solo Acéstes quedaba, ya baldío,

Y la palma perdida y la esperanza;

L A E N E I D A

203

Mas del brazo ostentando el arte y brío

Y del arco sonante la pujanza,

Vuelta la faz al ámbito vacío,

Aunta en vago, la saeta lanza,

Y ocasiona, no entonces entendido,

Milagro aéreo de infeliz sentido.

XCVI.

Confirmaron después con voz tardía

Adustos vates el infausto agüero:

Y fue así que inflamado discurría

Entre celajes el volante acero;

Con fuego señaló su etérea vía

Y apagóse en los aires; cual lucero

Que vaga desquiciado por la esfera

Arrastrando su ardiente cabellera.

XCVII.

Al Cielo los medrosos corazones

Ambos pueblos levantan juntamente;

Mas no igualó con fúnebres visiones

El gran Enéas la visión presente;

Antes sonríe cumulando dones,

Y a Acéstes abrazando, al par riente,

Aunque grave el semblante, de alegría,

«Lleva, ilustre monarca,» le decía:

XCVIII.

«Lleva esta copa, de labores rica

(Que del Olimpo el reinador, no en vano

Con esa aparición me significa

El honor que te debo soberano):

Mi anciano genitor te la dedica;

Recíbela, don suyo, de mi mano:

V I R G I L I O

204

A él el tracio Ciseo antes la diera

Insigne prenda de amistad sincera.«

XCIX.

Dice; y ciñe a su sien envejecida

Verde rama, y triunfante le pregona.

A Euritión, que disputar no cuida,

Cual pudo, muerta el ave, la corona,

Premió inferior a Acéstes. Enseguida

Al que nudos deshizo galardona;

Y a aquel con recompensa honra postrera

Que la flecha en el palo hincó primera.

C.

Enéas, no el cértamen concluído,

Llamado había al de Epito a su lado,

Tutor del tierno Yulo, y a su oído,

Fiel a secretos, confió un recado:

«Vé, corre; a Ascanio dí que si instruido

Tiene y a la carrera adeliñado

Su escuadrón de muchachos, más no tarde,

Y honre al abuelo con vistoso alarde.»

CI.

Él mismo a la esparcida concurrencia

Manda dejar los campos escombrados:

Llegan ya, y con gallarda continencia,

En caballos del freno bien guíados,

Avanzan de sus padres en presencia

Niños de hoja menuda coronados;

Y al verlos desfilar, rumor que halaga

A un tiempo en ambos pueblos sordo vaga.

CII.

L A E N E I D A

205

Dos de agreste cerezo jabalinas

Con punta herrada llevan todos ellos:

Aljaba al hombro, algunos: de oro finas

Cadenas caen de los ceñidos cuellos.

Despártense en tres bandas peregrinas,

Doce en cada una, los garzones bellos;

Y, en competencia igual de su edad tierna,

Ágil cada una un capitán gobierna.

CIII.

¿Veislo? mandando va su compañía,

Hijo, Polítes, tuyo, el pequeñuelo

Príamo, que del nombre se gloría

(Cual de él ítalos nietos) de su abuelo:

Monta un corcel de los que Tracia cría,

Gallardo, bicolor, que el duro suelo

Con alba mano denodado huella,

Y lleva en la alta frente alba una estrella.

CIV.

Por segundo caudillo Átis figura,

Claro abolengo vuestro, Acios romanos:

Iguales en la edad y la ternura

Andan Atis y Ascanio cual hermanos.

Llega éste al fin, primero en la hermosura,

En un potro de climas africanos:

A él la cándida Dido antes lo diera

Insigne prenda de afición sincera.

CV.

Los demás en sicanos pisadores

Vienen, del viejo Acéstes, cabalgantes.

Agólpanse en tropel espectadores

Troyanos, desfilando los infantes;

Y al ver a éstos de antiguos genitores

V I R G I L I O

206

Los semblantes copiando en sus semblantes

Que la esperanza y el temor demudan,

Con estruendo de aplausos los saludan.

CVI.

Luego que el circo hubieron recorrido

Tal que viese cada uno al que aguardara,

El de Epito de lejos un silbido

Dio de repente, y sacudió su vara:

A galope lanzándose, al chasquido,

Cada banda, del centro se separa;

Mas, no bien la segunda seña oída,

Vuelven, blandiendo el dardo, fácil brida.

CVII.

Y a hacer tornando lo que hicieron antes

Las cuadrillas se apartan, se avecinan;

Vueltas dan y revueltas elegantes;

Giros, tornos, enredan y combinan:

Y en juegos a combates semejantes,

Ya dan la espalda; ya a volver atinan,

Y amagando, venablos abalanzan;

Ya, hechas las paces, de concierto avanzan,

CVIII.

Como hienden delfines la onda fría;

Nadando, al mar Carpacio, en varios modos,

Cual marañada, inextricable vía

En la alta Creta con sus mil recodos

El laberinto pérfido tejía

Porque, en calando, se perdiesen todos;

Así los pequeñuelos se cruzaban

Y tal madeja, entrando, huyendo, traban.

L A E N E I D A

207

CIX.

Estas fiestas a imágen de batallas

Fue Ascanio el que en los campos italianos

Primero instituyó, cuando en murallas

Ciñó a Alba Lenga y protegió sus llanos.

Enseñados pudieron practicallas

Los Latinos, y luego los Albanos:

Hoy de Troya apellido el juego toma

Y el escuadrón que lo, ejercita en Roma.

CX.

Niño entonces Ascanio todavía,

Con esotros mozuelos sus iguales

Al glorioso abuelo estos hacía

Honores, si festivos, funerales:

Celebraba la alegre compañía

En los sículos campos juegos tales;

Mas trocó la Fortuna en un instante

Con torvo ceño el plácido semblante.

CXI.

Fue así que en ese medio, rencorosa,

Mal sanada la llaga que encubría,

Juno del Cielo a fris vaporosa

A las naves ilíacas envía:

A la húmida ninfa la gran Diosa

Impetu añade en la región vacía

Y del arco la adorna de colores,

Mientras vuelve en secreto sus dolores.

CXII.

Ella parte invisible, vuela aprisa,

Ve el inmenso concurso, tuerce al puerto;

Las anchas playas vacilante pisa

V I R G I L I O

208

Y todo siente estar mudo y desierto:

Al fin las damas de Ilion divisa

Que en cóncavo remoto, al mar abierto,

Honrando a Anquíses lágrimas le daban,

Y en el lóbrego mar la vista clavan.

CXIII.

Y así, con mustia faz y ojos inmotos,

Con una voz, la que el dolor les presta,

«Mares cruzamos ya,» dicen, «ignotos;

¡Oh, y cuánto de agua por salvar nos resta!»

Por lograr firme asiento elevan votos;

Hablar de un más allá, pesar les cuesta;

Y he aquí, mientras derraman sus querellas,

Iris astuta se desliza entre ellas.

CXIV.

Veste aérea y gentil fisonomía

Poniendo la Deidad, la frente anciana

De Beroe usurpó, que, esposa un día

Del ismario Doriclo, andaba ufana

Con su nombre, su prole y su hidalguía;

Y, entre ancianas ilustres falsa anciana,

«¿Qué aguardamos, ah míseras! » les dien:

«¡Pobre generación! ¡suerte infelice!

CXV.

»Fortuna impía del acero griego

Nos reservó para mayores males:

Cumplidos van, desde que a Troya el fuego

Devoró, siete Círculos añales:

La tierra hemos corrido, el ponto ciego,

Y medido los cercos siderales

Y aún vamos por el mar, nao combatida,

A Italia que burlando nos convida.

L A E N E I D A

209

CXVI.

»Érice fraternal está presente;

Aquí Acéstes bondoso nos ampara;

Y podemos en base permanente

La Patria restaurar. ¡Oh Patria cara!

¡Oh Dioses rescatados vanamente!

¡Qué! ¿y nunca el patrio muro, nunca un ara

Troyana hemos de ver, ni un Janto amigo?

¡Venid! ¡Las naves incendiad conmigo!

CXVII.

»Yo en sueños ví que antorchas esgrimia

La sombra ilustre de Casandra fiera,

Y, «A Troya aquí reedificad!» decía:

«Ésta, ésta es nuestra patria verdadera.»

No consiente demoras, a fe mía,

Tan gran visión, ni la ocasión da espera.

He aquí ofrezco a Neptuno cuatro altares:

¡Hachas dános y ardor, Dios de los mares!»

CXVIII.

Dice, y de fuego resplandece armada;

Alza la mano, y de piedad desnudo

Flamígero tizón lanza a la armada;

Pásmanse todas con asombro mudo.

Pirgo, entre ellas en años avanzada,

Que a la prole de Príamo fue escudo,

Nodriza a tantos hijos oficiosa,

«No es de Doriclo,» dice, «no, la esposa;

CXIX.

»Ni es ser mortal, matronas, lo que veo:

Notad de insigne majestad señales,

V I R G I L I O

210

El porte, de la vista el centelleo,

Voz divina y fragancias celestiales.

La retea Beroe su deseo

De hacer a Anquíses honras funerales

Con nosotras aquí, distante ahora

(Yo enferma la dejé) frustrado llora.»

CXX.

Ellas perplejas a la flota en tanto

Revuelven maliciosas las miradas:

El interpuesto mar les causa espanto,

Mas las llaman regiones anunciadas.

Oscilan entre amor y deber santo,

Cuando fris de repente a sus miradas

Toma vuelo, y una ala y otra ala,

Trazando un arco inmenso, abre e iguala.

CXXI.

En frenesí convierten sus arrojos

Con la visión espléndida las damas:

Teas clamando lanzan, y, despojos

Del consagrado altar, hojas y ramas:

Van ministros de estrago los manojos;

Y dando rienda a las voraces llamas

Remos trepa y escálamos Vulcano,

Cruje y las gayas popas lame ufano.

CXXII.

Llevó al anfiteatro y sepultura

Santa de Anquíses, la noticia Eumelo;

Vuelven luego a mirar, y en nube oscura

Ven trémulas pavesas ir al Cielo.

Tuerce al campo de horror y desventura

De su alegre carrera Ascanio el vuelo;

L A E N E I D A

211

Con vano afán por detenerle, al paso

Salen sus ayos con aliento escaso.

CXXII.

Y él, «¡Desgraciadas! ¿qué furor extraño,

Qué error,» les dice, «os precipita ciego?

¿Pensáis que a argivos campos haceis daño?

¡Oh, a vuestras esperanzas pegáis fuego!

Yo vuestro Ascanio soy: ved si os engaño.»

Dice, y el morrión, disfraz del juego,

Deposita a sus plantas, y les muestra

La faz amiga y la inocente diestra.

CXXIV.

En pos de Ascanio presurosos tiran

Su padre mismo y los demas Troyanos.

Mas ya las tristes en lo que hacen miran,

Y a ocultar su vergüenza, por los llanos

Que extiende la ribera, mustias giran

Huecas peñas buscando: a sus hermanos,

Vueltas en sí conocen, y les pesa,

Libres de Juno, de la aleve empresa.

CXXV.

Pero el voraz incendía, aún no contento,

Sus indómitos ímpetus no afloja:

De las húmedas tablas el asiento

Arde estoposo, y grueso humo arroja;

Consume las carenas fuego lento:

Vana es la onda esparcida que las moja,

Ni hay ya luchar con la arraigada llama,

Cuando he aquí suplicante el Rey exclama:

CXXVI.

V I R G I L I O

212

«¡Oh Júpiter supremo! Si de humanos

Males, cual usas, aún piedad hoy tienes;

Si no en uno maldices los Troyanos,

Esta última porción de nuestros bienes

Salva de azar cruel, fuegos insanos:

Mas si a muerte merezco me condenes,

Destruye de una vez nuestra esperanza,

Y húndame el rayo aquí de tu venganza!»

CXXVII.

Rasgado de sus hombros el vestido

Y ambas las manos extendiendo al Cielo,

Así Enéas con férvido alarido,

O muerte o salvación pide en su duelo;

Y aún bien no hablara, cuando nublos vido

Conque el aire oprimir amaga al suelo;

La esfera en un momento se ennegrece,

Ronco trueno las cumbres estremece.

CXXVIII.

Y ya sin más tardar, de los collados,

Acompañados del fragor del viento

Rios descienden a inundar los prados

Furiosos con hinchado movimiento:

Ciego a los buques va medio abrasadas,

Las popas cubre el rápido elemento,

Y oprimiendo el vapor, que al fin apaga,

Libra las naves de la peste aciaga.

CXXIX.

Cuatro había el incendio devorado:

Con cuyo acerbo caso que intimida,

Enéas vacilante, acobardado,

No sabe por cuál rumbo se decida:

L A E N E I D A

213

Si en Sicilia su nido asiente, al hado

Mal sumiso, que lejos le convida,

O si a Italia persiga, al hado atento;

Y la duda tenaz le da tormento.

CXXX.

Náutes entonces, venerable anciano

Por la tritonia Pálas adivino,

A quien ella dotó con larga mano

De ingenio insigne y de infalible tino,

Interrogado respondió, no en vano,

Ya sobre muestras del furor divino,

Ya lo que el hado inevitable ordena,

Y al héroe hablando, su inquietud serena:

CXXXI.

«¡Hijo de Diosa! al fin llegar porfía

Que una vez y otra vez marcó tu sino.

Tenaz luchando un día y otro día,

Vencerás los rigores del destino.

Ahí Acéstes está que se gloría

De su origen superno: en tu camino

Te de su luz, y a su favor sincero

Los restos fia del estrago fiero.

CXXXII.

»Quienquier de tu alta empresa lleve enfado,

Las matronas, cansadas de los mares,

Los ancianos; en fin, cuanto a tu lado

Mezquino, flojo, inválido notares,

Quede todo de Acéstes al cuidado:

Funden ellos aquí muros y altares,

Y de Acéstes merced, de Aceita el nombre

Al nido que afiancen, grato asombre.»

V I R G I L I O

214

CXXXIII.

Alentó el sabio al Rey; mas le destroza

Con nuevas dudas que a su mente inspira.

Y ya la húmida Noche en su carroza

Que negra copia de caballos tira,

Ocupa el firmamento. En esto goza

Ensueño seductor el héroe, y mira

La apariencia bajar del padre amado

Que a hablarle empieza con benigno agrada:

CXXXIV.

«Hijo, más caro que mi propia vida

Mientras las auras respiré vitales;

Tú, a quien prueba Fortuna encrudecida,

A partir de Ilion, con tantos males!

Jove en tu auxilio de enviarme cuida;

Jove, que de las sedes celestiales

Del afán se conduele que te aqueja,

Y el voraz fuego de la flota aleja.

CXXXV.

»Vé, y cumple sin temblar las prevenciones

Que anciano consultor te hace sinceras:

Flor de mancebos, recios corazones

Llevar debes de Italia a las riberas:

Allí con tus valientes campeones

Gentes has de postrar duras, guerreras:

Mas antes avendrá que te regales,

Bajando a las moradas infernales.

CXXXVI.

»Harás, en pos de mí yendo, hijo mío,

Cruzando el hondo Averno, oficio grato

L A E N E I D A

215

Que yo no habito el Tártaro sombrío,

Mas los campos Elíseos rnoro y trato,

Deliciosa comarca, gremio pio:

Una maga de púdico recato,

Si hartas víctimas negras inmolares,

Te llevará a los místicos lugares.

CXXXVII.

»Y la prole y ciudad que te destina

Fortuna, entonces mirarás presente.

Mas ahora, adios: la Noche ya declina.

Y con soplos me acosa el Oriente

De sus potros fogosos, que avecina.»

Así hablaba la sombra, y de repente

Húrtase al hijo y a su amante empeño

Cual humo vano o fábrica de un sueño.

CXXXVIII.

Y él, «¿Por qué de mis brazos se desliza,

Tu imágen? ¿no te curas de mi ruego?

¿Huyes? ¿me dejas?» clama; y la ceniza

Resucitando incontinente, el fuego

Que aletargado dormitaba, atiza:

Sacra masa y colmado incienso luego

Al Dios ofrece que a su pueblo ampara,

Y humilde a la alma Vesta honra en el ara.

CXXXIX.

Consumó el sacrificio, y convocados

Sus amigos, Acéstes el primero,

Repite los oráculos sagrados

De su padre, de Jove mensajero;

La voluntad pronuncia de los hados

Y su propia intención franco y sincero:

V I R G I L I O

216

No hay a sus planes quien demoras teja;

Acéstes coronarlos aconseja.

CXL.

Madres se alistan que en los nuevos techos

Fundar asientos de familias deban:

Quédanse a par cuantos vulgares pechos

De grandes cosas ambición no llevan.

Tostados bancos, mástiles deshechos,

Vuelan los otros a mudar; renuevan

Remos, jarcias, con mano diligente;

Número escaso, mas resuelta gente.

CXLI.

Marca el troyano Rey con el arado

De la ciudad el ámbito; sortea

Los solares del campo rodeado

Para edificios, y esto manda sea

Troya, y eso Ilion. Alborozado,

Cordial troyano, Acéstes, a la idea

Del nuevo reino, tribunal y plaza

Designa, y al Senado fueros traza.

CXLII

Luego a Venus, Idalia, venerada

De su pueblo, en el vértice Ericino

Dedica, por pacífica morada,

Un templo de los astros convecino:

De Anquíses al sepulcro hace se añada

Culto, y ministro, y bosque peregrino;

Y banquetes ordena, y alegrías,

Y piadosos oficios nueve días.

CXLIII.

L A E N E I D A

217

Ya llegaba el momento: el Austro insistia

Convidando a la mar blanda y serena:

Alzase lloro femenil, y triste

La corva playa con lamentos suena:

En el abrazo último resiste

Amor a desatar dulce cadena:

Las madres mismas que la mar temían,

Ni aún la osaban nombrar, partir querrán.

CXLIV.

Cuantos han de quedarse, en sus fatigas

Parte al troyano Rey piden ahora:

El con palabras los consuela amigas,

Hijos a Acéstes los entrega, y llora.

Manda a las Tempestades enemigas

Matar una cordera; a Erice adora;

Tres becerros también manda le maten,

Y que en orden los cables se desaten.

CXLV.

Yérguese él en la prora, coronado

De hojas menudas de sagrada oliva:

Un vaso empuña, al piélago salado

Intestinos arroja, y néctar liba

En popa aura terral hiere de grado

Alejando las naves de la riba;

Bogan el remo, y al batir contino

Cubren de espuma el líquido camino.

CXLVI.

No halla en tanto a su afán Venus sosiego

Vuela a Neptuno, y «El que Juno abriga

Odio irreconciliable, » gime, «al ruego,

Neptuno ilustre, a descender me obliga;

V I R G I L I O

218

Que no su ira cruel, su rencor ciego

Amansan años ni piedad mitiga,

Ni lo que ordena el hado a Jove manda

Su indómita ambición quiebra ni ablanda.

CXLVII.

»Eterno es el furor que su alma siente;

Que no bastó a su cólera sombría

Baber talado, la ciudad potente

Que en la ancha Frigia dominaba un día,

Ni arrastrar las reliquias de su gente

Por senda de martirio. Todavía

Al pueblo hundido en perseguir no cesa

En sus huesos nadantes y pavesa!

CXLVIII.

»La causa ella sabrá de tanta saña:

Yo sé, y las ondas líbicas tú mismo

Viste cómo a manera de montaña

Encrespó amenazando cataclismo;

De Eolo en el favor fió; se engaña;

Mas era su intención cielo y abismo

En uno confundir; y así la impía

Insolente tus reinos invadía.

CXLIX.

»Hoy, ¡qué horror!a las hembras roba el tino,

Y las naves ardiendo a los Troyanos,

Fuerza a Enéas, cerrándole el camino,

A dejar en destierro a sus hermanos.

Haz siquiera que al Tibre laurentino

Estos últimos restos lleguen sanos,

Si ya al muro las Parcas prometido

No han de negarles; si lo justo pido.»

L A E N E I D A

219

CL.

Respondió el Dios que el ponto señorea:

«Pon confianza en el imperio mío,

Que en mis reinos naciste, Citerea,

Y ya a Enéas mostró mi afecto pio:

Yo mil veces, por él, si el mar ondea

Las nubes conjurando a estrago impío,

Serené la amenaza; y no hice menos

En tierra que del piélago en los senos.

CLI.

»Janto y Símois me saquen verdadero:

Cuando Aquíles con furia impetuosa

Por la espada inmoló tanto guerrero

Que contra el muro de Ilion acosa;

Cuando, enfrenando su ímpetu ligero

El álveo, que en cadáveres rebosa,

El Janto por las márgenes gemía,

Ni hallar lograba hacia mis reinos vía;

CLII.

»Yo a tu hijo entonces arranqué a la muerte

En nube con que entorno le rodeo,

Viéndole menos bienhadado y fuerte

Combatir con el hijo de Peleo;

Ni vacilé en librarle de esa suerte

A pesar del furor de mi deseo,

Que hundir yo ansiaba la ciudad perjura,

Ya (¡mal pecado!) de mi mano hechura.

CLIII.

»¿Qué dudas, pues? ¿qué temes por Enéas?

Yo lo mismo que entonces, ahora siento:

V I R G I L I O

220

El al puerto de Averno que deseas

Llegará con su gente a: salvamento:

Habrá sólo uno que anegarse veas,

Escogido holacausto.» Así el aliento

Neptuno a Venus vuelve; y ya bizarro

Con arreos de oro orna su carro.

CLIV.

Pone a los brutos el bañado freno,

Dales con fácil mano suelta brida,

Y por el mar, magnífico y sereno,

En su carroza va de azul teñida:

Tiéndese igual sobre el materno seno

Bajo el eje tonante la onda erguida,

Y cuanto nublo encapotó la esfera

Su fuga por los aires acelera.

CLV.

Acompañan en torno al Dios marino

Grandes cetos y rápidos tritones;

Glauco y su coro, y Palemon de Ino,

Y Forco y sus revueltos escuadrones:

Hienden a izquierda el reino cristalino

Las hijas de sus húmidas mansiones;

Talla allí, Cimódoce campea,

Tétis, Melite, y blanda Panopea.

CLVI.

En la mente de Enéas indecisa

Bullen en tanto imágenes amenas:

Manda arbolar los mástiles aprisa

Y las velas tender por la entenas:

No hay, lonas al izar, mano remisa;

Ya a este, lado, ya a aquél las sueltan llenas;

L A E N E I D A

221

Tuercen cabos, retuércenlos a una;

Mueve mientras la escuadra aura oportuna.

CLVII.

Palinuro adelante firme guía

La flota, que a su espalda se aglomera:

Marchan, y a la órden obediente, fia

Cada nave en la nave delantera.

Casi la vaporosa Noche había

Tocado a la mitad de su carrera;

Y al pie del remo, de temor seguros,

Duermen los nautas en los bancos duros.

CLVIII.

Dejó en esto las célicas regiones

Ligero un Sueño que las sombras hiende;

Mudo vuela, y fatídicas visiones

Trayendo, ¡oh Palinuro! a tí desciende:

Sentado en la alta popa, las facciones

De Fórbas toma, y seducirte emprende:

¡Mísero! que con voces de dulzura

Ya el falso diosecillo te conjura:

CLIX.

«¡Hijo de Yasio, Palinuro mío!

Mira cómo resbala blandamente

Llevado de las ondas el navío;

¡Qué propicio que espira el manso ambiente!

Un rato al soporífero rocío

Inclina ya la fatigada frente;

Hora es de descansar: duerme sin miedo,

Que yo en tanto por tí velando quedo.»

CLX.

V I R G I L I O

222

Alzó el otro los, párpados apenas

Y dijo: «¿Lo que vale la semblanza,

Quieres que olvide yo, de olas serenas?

¿Que ponga en monstruo aleve confianza

Pretendes por ventura? ¿Me encadenas

Porque entregue mi Rey a la mudanza

De mar y viento, de quien tantas veces

Probé las veleidades y dobleces?»

CLXI.

Dice, e inmóvil se afianza, y traba

Del gobernalle con ahincado empeño;

Mira a los astros, y en los astros clava

Los mustios ojos resistiendo al sueño.

Mas ya una y otra sien le golpeaba

El Dios con su balsámico beleño

En las aguas del Lete humedecido,

Y los ojos le anega en alto olvido.

CLXII.

No bien los miembros el sopor le afloja

Cuando el sueño sobre é1 se precipita;

Mas no del gobernalle le despoja

Ni de su asida posición le quita,

Antes al mar con el timón le arroja

Y aún parte de la popa: llama, grita

Cayendo el triste; nadie oyó su acento;

Y el Dios aleteando huye en el viento.

CLXIII.

Segura, empero, prosiguió la flota

Del favor de Neptuno protegida.

Mas he aquí ya se acercalen su derrota

A la roca, otro tiempo tan temida,

L A E N E I D A

223

De las Sirenas, que la mar azota,

De albos huesos de náufragos guarida;

Y lejos con monótonos bramidos

Resuenan los escollos combatidos.

CLXIV.

Notó Enéas entonces que a la armada

Falta el piloto y perecer podría;

Y con mano acudiendo acelerada

La noche toda él mismo el timón guía;

Y entonces exclamó con voz ahogada:

«¡Pobre amigo! ¡fiaste en demasía

De cielo bonancible y mar serena;

Yacerás insepulto en triste arena!»

V I R G I L I O

224

LIBRO SEXTO.

I.

Así hablaba y lloraba juntamente.

Ya, riendas dando, por el mar navegan,

Y a las costas de Cúmas (cuya gente

De Eubea vino) sin tardanza llegan.

Tornan proas al mar: con tenaz diente

La ancla fija el bajel, y a tierra apegan

Las corvas popas, que en la orilla alzadas

La bordan de colores variadas.

II.

Ledos embisten en hesperia tierra:

Quién hiere el pedernal, que en sus entrañas

De la llama los gérmenes encierra;

Quién penetra las ásperas montañas

Y leños corta, o por su seno yerra,

Intrincada guarida de alimañas,

Y vuelte, y dando de placer señales

Enseña los hallados manantiales,

III.

Mas Enéas piadoso a las alturas

En que Apolo descuella, se encamina,

Y las cuevas recónditas, oscuras,

L A E N E I D A

225

Busca de la terrífica adivina

Que, inflamada del Dios, cosas futuras

En estro rebosando vaticina:

¿Veisle? entrando con otros va derecho

Ora el bosque avernal, ya el áureo techo,

IV.

Dédalo de comarcas sanguinosas

Huyendo, es fama, y del furor de Mínos,

Fiarse osó con alas vagarosas

A los reinos del aura cristalinos:

A la región helada de las Osas

Su vuelo por insólitos caminos

Tendió, y moviendo las nadantes, plumas,

Fue en el alcázar a parar de Cúmas.

V.

Por vez primera allí devuelto al suelo,

Grato, Apolo, al favor, logró ofrecerte

Sanas las alas que bogó en su vuelo

Y un templo dedicarte hermoso y fuerte.

En las puertas, de Andrógeo el fin, el duelo

Grabó de los Cecrópidas, que a muerte

Siete hijos tributaban cada un año;

La urna ciega allí está do sale el daño.

VI.

Enfrente, en medio al mar, se representa

Creta: allí lo cruel de sus amores,

Del toro esclava, Pasifae ostenta;

Monumento de estúpidos furores

Allí el biforme Minotauro asienta

La planta; con sus vueltas, sus errores,

Incierto entorno el laberinto gira,

V I R G I L I O

226

Y a la amante princesa horror inspira.

VII.

Cediendo de la triste a la porfía,

Allí Dédalo mismo de Teseo

El paso indocto con el hilo guía:

Ícaro, y tú también lograras, creo,

Insigne asiento en la áurea galería;

Mas de padre el dolor ganó al deseo

Del artífice audaz, que, el brazo alzando,

Caer dos veces le dejó, llorando.

VIII.

Enéas con su gente asaz tuviera

En cada cuadro la mirada fija,

Si, enviado adelante, no volviera

Turbando Acátes su atención prolija:

Con Acates, graciosa compañera,

Deífobe llegó, de Glauco hija,

Intérprete de Apolo y de Diana;

Que vuelta al Rey de la nación troyana,

IX.

«No es sazón de admirar primores

Le dice: «importa que inmolar decidas

De grey vacuna siete recentales

Y a par siete ovejuelas escogidas.»

Esto dijo: Troyanos principales

Van a cumplir las ordenes oídas;

Y mostrándoles sigue ella el camino

Al elevado templo Sibilino.

X.

Hay en la roca eubea un lado hendido,

L A E N E I D A

227

Antro de cien entradas y cien puertas

Que cien voces arrojan con ruido,

De la eculta Deidad respuestas ciertas.

Cuando llegaban al umbral temido,

«¡Tiempo es que el ruego a consultar conviertas

Tus hados, huésped!» la doncella exclama;

Heaquí el Dios, he aquí el Dios! mi mente inflama.»

XI.

Estola virgen pronunció en la entrada

De la inmensa caverna: en ese instante

Tartamudea, la color mudada,

Crespo el cabello, atónito el semblante:

Enfurecida, aérea, agigantada,

Hínchale el Dios el seno jadeante,

Y ya llena del númen soberano,

Vibré puro su acento aún más que humano:

XII.

«¡Enéas! ¿no será que al Númen santo

Con tus votos y súplicas regales?

No han de abrirse a tus pasos entretanto

Del pavoroso templo los umbrales.»

Calló: los Teucros con glacial espanto

Oyeron resonar palabras tales,

Y postrándose el Rey, con hondo acento

Oro así en religioso arrobamiento:

XIII.

«Febo, que de infortunios y pesares

De los hijos de Troya te apiadas;

Tú que al cuerpo del de Éaco, de Paris

Las flechas dirigiste enherboladas:

Salvo, merced es tuya, hendí anchos mares

V I R G I L I O

228

Que a ceñir van regiones apartadas;

Yo he cruzaclo las costas africanas;

Yo las hórridas sirtes vi cercanas.

XIV.

»Hoy piso en fin el límite italiano,

Tierra de promisión que antes huía;

¡Así el signo maléfico troyano

Haya hasta aquí llegado en su porfía!

Y ¡oh cuantos con furor visteis insano

Crecer la gloria de mi patria un día!

¡Dioses todos y diosas! sin enojos

Volved ya en fin a Troya vuestros ojos!

XV.

»Y ¡oh tú que en siglos ves aún no llegados,

Santa sacerdotisa! (yo no pido

Imperio no ofrecido por mis hados)

Da a mis Teucros gozar reposo y nido

Con los Dioses de Troya fatigados;

Y a Hécate y a Apolo, agradecido,

De mármol fundaré templo y altares

Y fiestas en su honor apolinares.

XVI.

»Tú en mi reino también ilustre asiento

Tendrás, y tus sagradas predicciones

Guardando con solemne acatamiento,

Tu culto servirán dignos varones.

Mas oye: a la merced irán del viento

Tus palabras si en hojas las dispones;

Canta tú misma lo que cierto veas.»

Aquí dio fin a su oración Enéas.

XVII.

L A E N E I D A

229

En tanto la Sibila aún se subleva

Por sacudir el númen que la oprime,

Y feroz se revuelve en la ancha cueva:

Fogoso corazón, labio que gime

El Dios le doma, que sobre ellos lleva

Hasta grabarla, inspiración sublime;

Y dan su voz en ecos las cien puertas

Todas a un tiempo sin esfuerzo abiertas.

XVIII.

Diciendo: «¡Oh tú hasta ahora libertado

De los riesgos del piélago marino,

Hoy de riesgos de tierra amenazado!

Venirá tu gente al reino de Lavino

(No temas, no, que lo revoque el hado);

Mas tiempo habrá que llore porque vino;

Guerras, ásperas guerras estoy viendo;

Miro al Tibre ondear, de sangre horrendo.

XIX.

»Otro Janto, otro Símois, y otra hogaño

Campaña cual la griega rigurosa

Verás, que el Lacio cría ya en tu daño

Otro Aquíles feroz hijo de Diosa;

Ni faltará a tu gente en suelo extraño

De Juno el odio que Jamas reposa;

Y en tanto, ¿qué ciudades, ni qué playas

Habrá infeliz, donde a rogar no vayas?

XX.

»Y otra vez bodas en foráneo suelo

Llorarán los Troyanos; y esa esposa

¡Cuánto traerá de afán! ¡cuánto de duelo!

¡A tí ya tus vasallos cuán costosa!

V I R G I L I O

230

Tú, hasta do el hado sufra, insta en tu anhelo,

Y lograrás, mudanza milagrosa,

Que antes que no otra, a próspero destino

Una griega ciudad te abra camino.»

XXI.

Tal desde su antro la Sibila fiera,

Con voz que infunde admiración y espanto,

Hechos desvuelve, edades acelera,

Y en sombras la verdad brilla en su canto;

Tal de su labio el ímpetu modera

El Dios que el corazón le aguija en tanto;

Mas serenada al fin su ira espumante,

A hablarle torna el héroe suplicante:

XXII.

«Aún no me has anunciado ¡oh virgen! nada

O nuevo,o imprevisto de mi vida.

Mas oye: si hay aquí al Averno entrada,

Si aqui está la laguna tan mida,

Con sobras de Aqueronte sustentada,

Concede que un favor solo te pida:

Mi padre anhelo ver; guía mi planta,

Y dígnate de abrir la puerta santa.

XXIII.

»¡Mi padre! Yo de en medio al enemigo

Entre llamas y dardos libertélo;

Yo le puse en mis hombros, y él conmigo

Fue dándome doquier fuerza y consuelo:

El fue en mis viajes mi mejor amiga,

El los rigores de la mar y el cielo

Con generosas muestras de osadía,

L A E N E I D A

231

Milagrosa en su edad, llevar solía.

XXIV.

»Y él, é1 me persuadió que reverente

Llegase, y suplicante, a tus umbrales:

¡Oh! del padre y del hijo juntamente

Te apiaden los trabajos inmortales;

Que tú eres, virgen santa, omnipotente,

Y de los negros bosques infernales

La pavorosa Hécate no en vano

El cetro aterrador puso en tu mano.

XXV.

»La prenda de su amor el tracio Orfeo,

Luego que hondo el Erebo la devora,

A salvar acertó, felice empleo

Haciendo de su cítara sonora:

Pólux, merced de enérgico deseo,

Librar logró al hermano a quien adora,

Y partiendo con él su ser divino

Pasa y repasa el lóbrego camino.

XXVI.

»Callaré de Teseo; del tremendo

Alcídes callo y su potente maza:

¡Yo, Yo también de Júpiter desciendo!»

Pronuncia el héroe, y al altar se abraza,

Otra vez la adivina respondiendo,

«Troyano hijo de Anquíses, de la raza

De los supernos Dioses procedente,

Oyeme,» dice, «y grábalo en tu mente.

XXVII.

V I R G I L I O

232

»Fácil es del Averno la bajada;

De día y noche a la región oscura

Patente está la pavorosa entrada;

Mas volver y elevarse al aura pura,

Esa es la parte trabajosa, osada:

Muy pocos a quien Jove con ternura

Vio, o que ardiente virtud,al Cielo eleva,

Vencieron, raza de héroes, la ardua prueba.

XXVIII.

»Cubren selvas espesas y sombrías

El centro del Averno; a la redonda

Carcomiendo el Cocito ciegas vías

Con su torpe caudal callado ronda.

Mas si forzar e1 Tártaro porfías

Y dos veces cruzar la estigia onda,

Si en esto gozas que a, otros acobarda,

Cómo has de comenzar escucha y guarda.,

XXIX.

»En medio de estas selvas donde moro

Oculto un ramo está que el tallo tierno

Tiene, y las, hojas trémulas, de oro,

Consagrado a la Juno del Infierno:

Cierra en su seno el fúlgido tesoro

Hojoso un árbol entra el bosque etexno,

Y de valles en torno guarnecido,

La amiga lobreguez le hurta al sentido.

XXX.

»Y nadie ya la subterránea ruta

Pudo emprender a do el amor te llama,

Si antes no desgajó la rica fruta:

La hermosa Proserpina esa áurea rama

L A E N E I D A

233

Apropiada a su gloria la reputa,

Y es el obsequio que entre todos ama:

Segado el tallo, el gérmen no, perece;

Retoña, y la áurea yema amarillece.

XXXI.

»Ve, y de alto en torno el árbol investiga

Con atenta mirada, y avistado,

Allá tiende la mano; que si amiga

La suerte rie, con sensible agrado

Al punto hará que el vástago te siga;

Pero si adusto te rechaza el hado,

No habrá fuerte segur ni ahincado empeño

Que el ramo aparte del materno, leño.

XXXII.

»Mas ¡ah! mientras al sacro umbral se inclina

Tu oído, atento al deseado indulto,

Un cadáver tus tropas contamina;

Fue tu amigo y le ignoras insepulto:

A honrarle ovejas negras Y¿ y destina:

Su cuerpo vé a librar de odioso insulto;

Y así, en fin, a estas lóbregas moradas

Bajarás, ho a vivientes franqueadas.»

XXXIII.

Cesó, y quedóse la adivina muda.

La medrosa caverna el héroe deja;

Mirando al suelo va, y acerba duda

Le roe el corazón. Con él se aleja

Acátes, fiel amigo: igual la aguda

Pena que a Enéas, al andar le aqueja:

¿Quién será, cada cual finge y cavila,

El que muerto nos canta la Sibila?

V I R G I L I O

234

XXXIV.

Hablando, pues, del mal que les espwa,

De dolor y ansiedad el pecho lleno,

Allá tirado en la árida ribera

Cadáver infeliz ven a Miseno:

Miseno, hijo de Eolo, a quien diera

Natura el arte de excitar al bueno

A los combates, y el guerrero bando

Llenar de fuego, su clarin tocando.

XXXV.

Él, cuando Troya, acompafiado habia

A H¿ctor: los campos él, de Héctor al lado,

Con su trompa y su lanza recorria

En la lanza y la trompa ejercitado;

DESPUÉS, cuando de la alma luz del día

H¿ctor fué por Aquíles despojado,

De Enéas al mandar el fl el guerrero

(Partido no inferior) puso-suacero.

XXXVI.

Mas ahora,~úe insensato en la ribera

Retaba al són de cóncava bocina

Al númen,que a emularle se atreviera,

Envidíando Titon su arte divina

(Si no miente la fama vocinglera)

Ahogóle en la espumosa onda marina.

Cercándole los suyos danle en tanto,

En ¿as sobre todo, amargo llanto.

XXXVII.

Y llorando-, el ságrado mandamiento

A.cumplir van, y fúnebres altares

L A E N E I D A

235

Con árboles a alzar al firmamento:

Van a una antigua selva, hondos hogares

De fieras: al herir de hachas violento,

Los fresnos y los pinos seculares

Vacilan, los hendibles robles gimen,

Y los olmos rodando el bosque oprimen.

XXXVIII.

A los suyos el héroe,'apercíbído

D.- iguales armas, guía en la faena

Con la voz y el ejemplo, y con gemido

Dice, el gran bosque al ver que en torno suena:

«Ya el presagio cruel está cumplido

En tí, amigo infeliz, ¡oh cruda pena!

¡Así a mis ojos se mostrase ahora

El árbol que áureos frutos atesora!»

XXXIX.

Así exhala plegarias y querellas,

Cuando a su vista, sobre el manso viento,

Llegan iguales dos palomas bellas

Abatiendo el suave movimiento

A posarse en el césped verde. En ellas

Mira Enéas atónito y atento,

Las mensajeras de su madre, y clama,

Con el acento del que espera y ama:

XL.

«¡Oh aves misteriosas! si camino

Abre el hado, marcadle con el vuelo;

Id al ramo que en torno peregrino

Con rica sombra ampara el fértil suelo!

Y tú en esta sazón, felice tino

Concede, ¡oh madre! y el favor que anhelo.»

V I R G I L I O

236

Calla; y qué auguren al picar la hierba,

O a do tiendan las aves, fijo observa.

XLI.

Hasta do el ojo va, la copia alada

Sigue el volar, sigue el volar rastrero;

Mas asomando a la hedionda entrada

De Averno, se alza en ímpetu ligero

Buscan las dos la copa deseada,

Y a un tiempo ocupan el feliz madero,

Do entre pardos verdores amarillo

El ramo desigual muestra su brillo.

XLII.

Como en: bosques que invierno heló, enverdece

El visco, y con la prole de que abunda,

No hija del árbol a que asido crece,

El tronco protector blondo circunda;

Tal la ráfaga de oro resplandece;

Tal, herida del aura vagabunda,

Treme y cruje la lámina divina

En medio allá de la copuda encina.

XLIII.

Del ramo inerte el Rey ase impaciente

Y vuela a, la mansión de la adivina.

Sigue entretanto la llorosa gente

Tristes honras haciendo en la marina

A la insensible víctima presente:

De maderas copiosas en resina,

Y duros troncos de que rajas llevan,

Ingente pira desde luego elevan.

XLIV.

L A E N E I D A

237

Y de mustias guirnaldas guarnecida

Y de rectos cipreses custodiada,

De adorno sobrepónenle enseguida

El limpio arnes y 1a desnuda espada.

En calderas de bronce recogida

Llegan agua a la lumbre aderezada,

Y antes de que las llamas lo consuman

E1 cuerpo helado lavan y perfuman.

XLV.

Unos, en medio del común gemido,

Le extienden sobre el fúnebre tablado,

De su lujosa púrpura ceñido;

Otros (¡penoso ministerio!) a un lado

Vuelto el rostro, por rito establecido,

Pegan la antorcha al féretro enlutado:

Viandas, incienso, aceite rebosante,

Todo el fuego lo envuelve en un instante,

XLVI.

Cuando en pavesas descansó la llama,

Corineo balsámica ambrosía

En las reliquias cálidas derrama,

Y a una urna de metal los huesos fia:

De noble olivo consagrada rama

Blandiendo leve, a los demas rocía

Con lustral aspersión que hace tres veces,

Llora, y pronuncia las finales preces.

XLVII.

El Rey, de gratitud y piedad lleno,

Manda erigir soberbia sepultura;

Y, «Al túmulo fijar,» les dice, «ordeno

Su clarin y su remo y su armadura.»

V I R G I L I O

238

Se hizo al pie de un peñón, que de Miseno

Recibió el nombre que inmortal le dura.

Enéas a cumplir vuela, tras eso,

El sagrado mandato en su alma impresa.

XLVIII.

Hay en aquel confin una honda sima,

Vasta caverna de escabrosa roca:

Negro bosque, que en torno se arracima,

Guarda, y medroso lago, la gran boca.

No impune el ave que revuele encima

El torpe aire con sus alas toca

Que en columna de fétidos vapores

Sale a infestar los cercos superiores.

XLIX.

Trajo allí el Rey de la troyana gente

Cuatro negros novillos, a quien riega

Con vino la, Sibila la alta frente;

Entre las astas elegido siega

Vellon cerdoso, que a la llama ardiente,

Don primerizo y breve pasto, entrega;

Y a Hécate a grandes voces llama, Diosa

En Cielo y en Averno poderosa.

L

Quién apresta al degüello la cuchilla;

Quién vasos llena en sangre que chorrea:

Enéas mismo con su espada humilla

Lucía cordera cuya piel negrea,

Porque la Noche, de furial cuadrilla

Madre, y su hermana al par, fácil le sea;

Inmolando después estéril vaca,

Tu númen, Proserpina, honra y aplaca.

L A E N E I D A

239

LI.

Nocturnas aras enseguida eleva

Al Rey estigio: enteras a la llama

De los novillos las entrañas lleva,

Y encima óleo abundante les derrama.

"Y he aquí, antes de rayar aurora nueva

Treme la tierra, su hondo seno brama,

Oscilan selvas y vecinos cerros,

Y en la sombra ulular se oyen los perros

LII.

Ya llega la Deidad. Con voz sonora

Grita la profetisa. .« ¡Huid, profanos!

Desamparad la selva; y solo ahora

Ven tú conmigo, ¡oh Rey de los Troyanos.

¡Ven, desnuda la espada vencedora,

Rodeado de alientos sobrehumanos!»

Dijo y hundióse: a su furente guía

Enéas con pie intrépido seguía.

LIII.

¡Oh los que de las almas inmortales

Tenéis, Dioses, el cetro y monarquía!

¡Cáos! ¡Flegeton! ¡Tinieblas sepulcrales!

¡Lugares de silencio y noche umbría!

¡Concededme salvar vuestros umbrales.

Y que al orbe revele la voz mía

Lo que ví, lo que oí, cuanto misterio

Guarda vuestro hondo, funeral imperio:

LIV.

Oparos bajo noche alta, desierta,

Cruzando iban, los dos, reinos vacíos

V I R G I L I O

240

Que allende yacen de la odiosa puerta:

Tal en bosques callados y sombríos

Al viajero señala senda incierta

Maligna luna con sus rayos fríos,

Cuando atristan el Cielo alas nublosas

Y hosca el color la noche hurta a las cosas.

LV.

Ante el mismo vestíbulo, manida

Hicieron las Congojas vengadoras,

Las Dolencias de faz descolorida,

Y tú, arada Vejez con ellas moras:

Dolor, Terror, Necesidad raída,

Hambre, que induce a criminales horas:

Todos ellos, terríficas figuras,

Guardan las fauces del Averno oscuras.

LVI.

Y el Trabajo, y la Muerte y compañero

El Sueño de la Muerte, su impía hermana,

Vense, avanzando hacia el umbral frontero,

Y malos Goces de la mente humana:

De las Furias los tálamos de acero

Allá están, Guerra atroz, Discordia insana:

Esta (¡qué horror!) con sanguinosas hebras

Crina en torno su frente de culebras.

LVII.

Lleno de años, con sombras halagueño

Convida un olmo en la mitad; y es fama

Que acude en derredor del firme leño

Aerio enjambre que el silencio ama:

Subsiste asido un mentiroso ensueño

En cada hoja fugaz de, cada rama;

L A E N E I D A

241

Y en torno hórridas fieras, monstruos viles

Tienen cabe las puertas sus cubiles.

LVIII.

Centauros hay allí; silbante y fiera

Hidra; Scilas biformes que el mar cría;

Briareo, el de cien brazos; la Quimera

Que de llamas armada desafía;

Con sus hermanas Górgona guerrera,

on sus iguales pestilentie Arpía.

Con tres cabezas Gerion gigante.

¿Quién habrá que los mire y no se espante?

LIX.

Sintió Enéas pavor: el fuerte acero

Esgrime osado, y con su punta amaga

Al escuadrón de monstruos, que severo

Llega delante o revolando vaga:

Que sombras son sin cuerpo verdadero

Prudente a tiempo le advirtió la maza.

Él, a no detener la voz su brío

Hiriera ciego el ámbito vacío,

LX.

Parte de allí para Aqueron camino

Vasto abismo que en lecho hondo de cieno

Hierve, y en el Cocito de contino

El arena descarga de su seno.

Guardián del territorio convecino,

El mustio rio y márgen inameno

El barquero Caron adusto cuida

Con ceño horrible y faz descolorida.

LXI.

V I R G I L I O

242

El cual sucia caer al pecho deja

La blanca barba; es fuego su mirada;

Cuélgale de los hombros rota y vieja

Con un nudo su túnica enlazada;

Con tardas velas y un varal maneja

El ferrugíneo barco en que traslada

Los muertos: es su edad, si bien anciana,

Vejez propia de un Dios, recia y lozana.

LXII.

Allí, nube de imágenes ligera,

Cuantos dejan del suelo las mansiones

Vuelan sobre la fúnebre ribera:

Austeras madres; nobles campeones;

Virgenes que en su dulce primavera

Segadas fueron; cándidos garzones

A quienes ya cabe la alzada pira

Lloró el padre infeliz que arder les mira,

LXIII.

Tantos van los espíritus y tales,

Como las hojas que en la selva, al hielo

De los últimos días otoñales

Ruedan precipitadas por el suelo;

O cual, climas buscando más geniales,

A traves de la mar en largo vuelo,

Del tiránico invierno desterradas,

Huir vemos las aves en bandadas.

LXIV.

Y he aquí la turba que llegó primera

Pasar quiere, antes que otros, lago allende;

Con vivo amor de la ulterior ribera

Esfuerza ruegos y las palmas tiende.

L A E N E I D A

243

Caron, de tanta multitud que espera,

Ya a éste toma, ya a aquel; a nadie atiende;.

Mas a muchos también, ¡desventurados!

Lejos rechaza de los tristes vados.

LXV.

Viendo el tropel, «¡Oh virgen veneranda!«

Dice asombrado Enéas-, «¿a qué llegan

A este rio las almas? ¿Qué demanda,

Esa gran multitud? ¿Por qué navegan

Ledos los unos hacia la otra banda,

Y éstos, exclusos, en dolor se anegan?

¿Qué los distingue? di.» Y así de prisa

Respondió la senil sacerdotisa

LXVI.

«Hijo de Anquíses, semidios troyano!

El lago Estigio y lóbrego Cocito

Mirando estás, por quien jurar en vano

Temen los Dioses como gran delito.

A éstos no honró, al morir, piadosa mano,

Turba doliente en número infinito:

Ese es Caron; trasporta a opuestos lados

Los que fueron en muerte sepultados.

LXVII.

»Ni el linde ingrato y aguas murmurantes.

Logran salvar las, ánimas que vagan

Desprovistas de honores, sin que antes

Enterrados en paz sus huesos yagan;

O cien años arreo andando errantes

Sobre esta zona, su esperanza halagan;

Y al cabo de ellos admitidas, vuelan

A ver, en fin, los sitios por que anhelan.»

V I R G I L I O

244

LXVIII.

Paróse con doliente fantasía

Enéas, y en la gente desechada

Ve a Leucáspis, ve a Oronte, antiguo guía

Del bajel licio en la troyana armada:

Con él salieron de Ilion un día,

Y bogando a par de él, a su mirada

Los hundió en crespas ondashustro impío

Que al nauta sacudió, volcó el navío.

LXIX.

He aquí de entre éstos viene Palinuro,

Aquel que en la reciente travesía

Por el líbico golfo, al mar oscuro

Cayó, cuando en mirar se embebecia

Los altos astros de temor seguro.

Así que Enéas en la niebla umbría

Reconció al llorado compañero,

Tornóse a condoler, y habló él primero.

LXX.

«¿Cuál Dios,» le dice, «Palinuro amado,

Ahogándote con mano traicionera

Te vino a arrebatar de nuestro lado?

Faltóme en cuanto a ti, por vez primera,

Fiel antes siempre Apolo a lo anunciado,

Prometiendo que salvo a la ribera

Deseada de Italia tocarías:

Mal coronó las esperanzas mías!»

LXXI.

La sombra respondió: «Ni fraudulento

Fue contigo el oráculo divino,

¡Oh hijo de Anquíses! ni en el mar sedienta

L A E N E I D A

245

Númen odioso a sepultarme vino.

Yendo yo, en vela, a mi deber atento,

Casual golpe en la popa sobrevino,

Y en medio de las ondas, sin soltalle,

Caí con el fiado gobernalle.

LXXII.

»Y juro por la negra mar, Rey mío,

Que, perdido el asiento, el timón roto,

Más que por mí cuidé que tu navío,

Privado de defens a y de piloto,

Mal pudiese del piélago bravío

Los golpes contrastar. Violento Noto

Tres noches borrascosas de ardua brega

Me arrastró lejos sobre la onda ciega.

LXXIII.

»Vi las costas de Italia al cuarto día,

Encumbrado por hórrida oleada:

Poco a poco nadaba, y salvo habría

Holdo, en fin, la playa deseada;

Mas, ¡triste! como a presa de valía

Me embiste horda feroz blandiendo espada

No bien de húmedas ropas agobiado

Trepaba, uñas hincando, agrio collado,

LXXIV.

»Hoy, desecho del mar, en sus riberas

Vientos me azotan. Por la luz del cielo

Y las auras que aún gozas placenteras,

Por tu hijo amado, y por su ilustre abuelo,

Si a éste das honras quede aquel esperas,

Tu invicta mano de tan grande duelo

En el puerto de Velia me redima

V I R G I L I O

246

Piadosa arena derramando encima.

LXXV.

»O ya, supuesto que, de Olimpo santo

Por favor especial, bajado hayas

A visitar los reinos del espanto

Y de tu madre encaminado vayas,

La diestra alarga, si merezco tanto,

Y arrástrame contigo a opuestas playas,

Porque al cabo, rendido de fatiga,

En muerte al menos reposar consiga.»

LXXVI.

Y dijo la adivina: «¿Estás demente,

Oh sombra temeraria? ¿Por ventura

Querrás el lago Estigio, la corriente

Pasar de las Euménides oscura,

Tú que no ostentas divinal presente

Ni gozas en la tierra sepultura?

¡Triste! no esperes a poder de ruegos

Los hados ablandar sordos y ciegos.

LXXVII.

»Mas escucha mi voz, y tus dolores

Consuela recordando anuncios tales:

Habrá de ancha región habitadores

Que, en fuerza de prodigios celestiales,

Tu sombra aplacarán, daránte honores,

Te alzarán monumentos sepulcrales;

Y el sitio, Palinuro, que te guarde

Hará por siglos de tu nombre alarde.»

LXXVIII.

Al son de estas palabras, un momento

L A E N E I D A

247

Mitigó Palinuro su agonía,

Y fuese, revolviendo el pensamiento

Que un país de su nombre se gloría.

Ellos siguen en tanto a paso lento.

Caron su barca a la sazon movía,

Y de en medio del lago divisólos

La muda selva atravesando solos.

LXXIX.

Y en recia voz prorumpe: «Tú, quienquiera

Que armado invades mis dominios, tente,

Y qué quieres, dí luego, en mi ribera.

Aquí en horror profundo eternamente

Moran los Sueños y la Noche impera:

No admite el bote estigio alma viviente;

Ni de atinado, si exenté, me loo,

Ya a Alcídes, ya a Teseo y Piritoo.

LXXX.

»En su abono, su origen sobrehumano

Mostraban, cierto, y generoso brío:

¡Ah, y aquel ante el trono del tirano

Fue el guarda a encadenar del reino umbrío,

Y temblando arrastróle con su mano;

Y estotros en furioso desvarío

Por robar nuestra Reina, ¿quién tal osa?

El tálamo invadieron de la Diosa!»

LXXXI.

En breves frases respondió prudente

La inspirada de Anfriso: «Insidías viles

No temas, no, que anide nuestra mente,

Ni armas contemplas a tu imperio hostiles:

El encovado can salvo amedrente

Con eternos baladros sombras miles:

V I R G I L I O

248

Hécate, sin temor de agravio impío,

Casta guarde el umbral del regio tío.

LXXXII.

»Y es que Enéas de Troya, a quien la fama

En piedad, en valor, no dio segundo,

Tan sólo el padre a ver que tanto ama

Viene al riñón del Érebo profundo:

Si eres sordo a tan bello amor, la rama

Mira en que justas esperanzas fundo.»

Y diciendo y haciendo, el tallo santo

Sacaba de los pliegues de su manto.

LXXXIII.

Al ver, tras largos años, que áureo brilla

El don que misterioso el labio nombra,

Manso el barquero su altivez humilla,

Cesa el debate, y con placer se asombra:

Tuerce el batel cerúleo, y a la orilla.

Vuelto ya, do saliera el londo escombra,

Las tenues almas,arrojando fuera

Que sentadas bogaban en hilera.

LXXXIV.

Recibe, en fin, la cavidad vacía

Al fuerte huésped. Rechinando opreso,

Ya anchas grietas al agua negra abría

Flaco el esquife para humano peso.

Mas el barquero con tenaz porfía

A par que a la Sibila, al héroe ileso

Trasporta, y abordando, le enajena

Sobre ovas verdes y movible arena.

LXXXV.

L A E N E I D A

249

Enfrente a do saltaron, guarecido

En la ancha gruta en que a placer se extiende,

El can trifauce con feroz ladrido

Los ámbitos atruena que defiende:

Viéndole que de víboras ceñido

Sacude el cuello y ya en furor se enciende,

Narcótico manjar con miel dorado

Echa la maga al monstruo espeluznado.

LXXXVI.

El cual tragó la torta engañadora

Con triple boca y con voraz garganta,

Y, largo cuanto el antro donde mora,

Le abate el sueño. Con ligera planta.

Aprovechando la oportuna hora,

A las puertas Enéas se adelanta,

Y traspone volando la ribera

Deaguas que nadie repasar espera.

LXXXVII.

En esto empiezan el común vagido

De almas de niños a sentir; las cuales,

Lejos, muy lejos del suave nido,

Sollozan de ese mundo en los umbrales:

De tierna infancia en el verdor florido

Negra un hora a los brazos maternales

Arrebatólos, y a la luz del Cielo,

¡Ay! para hundirlos en acerbo duelo.

LXXXVIII.

Están después los que, torciendo el fuero,

Testimonio falaz llevó a la muerte;

Mas no a sus puestos van sin que primero

Tornen sentencia a dar Justicia y Suerte:

V I R G I L I O

250

Mínos preside el tribunal severo;

La urna alcatoria agita; indaga, advierte,

Convoca al vulgo que delante calla;

Pesa los cargos, y las causas falla.

LXXXIX.

Arrepentidos yacen, enseguida,

Los que movidos de tedioso enfado

Quitarse osaron sin razón la vida.

Hoy, por volver al mundo, ¡con qué agrado

Trabajos y pobreza aborrecida

Subieran a sufrir! Lo veda el hado;

Cierra el Estigio el paso a sus suspiros

Con nueve vallas en oblicuos giros.

CX.

Tendidos campos se abren luego, aquellos

Que la fama llorosos apellida:

Los que doblaron al amor los cuellos,

Los que murieron de amorosa herida

Vienen allí; y entre sus mirtos bellos

El bosque cruzan que les da guarida,

Por veredas ocultas. ¡Ay! los hieren

Penas de amor que ni en la muerte mueren,

XCI.

Muéstranse al héroe entre la selva umbría

Fedra, Prócris; Erífile doliente,

Cuyo seno aún la llaga descubría

Que el hijo vengador abrió inclemente;

Evadne, Pasifae, Laodamía;

Cénis, mancebo un tiempo floreciente,

Y ahora, por decreto del destino,

Vuelto al sexo primero femenino.

L A E N E I D A

251

XCII.

En medio de ellas la fenicia Dido,

Su herida aún fresca, andaba en la espesura.

Cuando la hubo al pasar reconocido

Mal cierto Enéas en la sombra oscura,

Como el que alzarse entre nublados vido

La luna nueva, o verlo se figura,

Así a hablarle empezó con tierno acento

Y lágrimas que brota el sentimiento:

XCIII.

«¡Infeliz Dido! ¿Conque no mentía

En nuevas que me trajo funerales

La fama? ¿Tú empuñaste daga impía?

¿Yo causa hube de ser de tantos males?

Mas por todos los astros, Reina mía,

Te juro, y por los Dioses celestiales,

Y por estas mansiones justicieras,

Que partí a mi pesar de tus riberas.

XCIV.

»La férrea voluntad del Cielo santo

Que a esta abismosa eternidad me envía,

Lo mismo allá, con invencible encanto

Me arrancó de tu lado y compañía.

Ni pensé nunca que a delirio tanto

Te pudiese arrastrar la ausencia mía.

¡Mas ten! ¡vuelve! ¿a quién huyes? ¡Ley severa

Permite vernos por la vez postrera!»

XCV.

Tal dice el héroe a la infelice amante,

Por si en su ánimo airado tierno cava

V I R G I L I O

252

O amansa su mirada centellante;

Las razones el llanto entrecortaba.

Mas ella, vuelto el tétrico semblante,

Torvos los ojos en el suelo clava,

Y tanto muestra que la voz la toca

Cual si ya mármol fuese o firme roca.

XCVI.

Y de pronto indignada huye y se esconde

En la parte del bosque más espesa,

Entre acopados árboles, en donde

Al renovado amor que le profesa,

Siqueo como de antes corresponde.

Enéas, de piedad el alma opresa,

A la sombra siguió por trecho largo

Llorando para sí su lloro amargo.

XCVII.

Mas andando el camino, a los postreros

Campos llegaban cuya igual alfombra

Van a solas hollando los guerreros

A quien la fama por sus hechos nombra.

Entre los capitanes que primeros

Al paso Enéas encontró, la sombra

Vio del pálido Adrastro, vio a Tideo,

Vio al ínclito en la lid Partenopeo.

XCVIII.

Vio también los Troyanos que segados

En duras lizas los soberbios cuellos,

Fueron con llanto de la patria honrados,

Glauco, Medon, Trsíloco; y con ellos

Los tres hijos de Anténor afamados;

Y Polifétes, que tus dones bellos

L A E N E I D A

253

Honró, Céres; e Ideo, que aún regía

El carro y armas que rigiera un día.

XCIX.

Tantas, sombras al ver en larga hilera

Enéas, conociéndolas, suspira;

Mas a izquierda y derecha se aglomera

La multitud, que con pasión le mira;

Ni a su curiosidad satisficiera

Mirarle sólo, a detenerle aspira,

Y mil ánimas llegan voladoras

Con sus preguntas a tejer demoras.

C.

Entanto viendo al héroe, y la armadura

Del héroe, que cruzando centellea

El vacuo espacio de su estancia oscura,

Tiemblan los cabos de la gente aquea:

Tratan unos de huir, cual con pavura

Ya al mar lo hicieron en campal pelea;

Gritan otros, y a medias sólo acierta

Clamor tenue a exhalar la boca abierta.

CI.

Sigue; y he aquí, las manos mutiladas,

Llagado el cuerpo y con la faz hendida,

Ambas sienes de orejas despojadas,

Y rota la nariz con torpe herida,

Deífobo se ofrece a sus miradas;

Y al ver que triste, avergonzado cuida

De ocultar de su afrenta las señales,

Hablóle en tono amigo y voces tales:

CII.

V I R G I L I O

254

«¡Valeroso Deífobo, esperanza

De Troya, hijo de reyes! ¿Quién fue osado

En tí a ejercer insólita venganza?

¿Quién consumó tan bárbaro atentado?

Oí que de combate y de matanza

Aquella horrenda noche tú cansado,

Sobre enemigos que humilló tu acero

Caído habías a morir postrero.

CIII.

»¡Mísero amigo! Yo en la playa nuestra

Te alcé entonces funéreo monumento

Que aún hoy tus armas y tu nombre muestra

Tres veces te llamé con alto acento.

Mas ¡ay! ni verte pude, ni mi diestra

En suelo de la patria acogimiento

Mullir a tu ceniza.» Enéas dijo;

Y de Príamo así respondió el hijo:

CIV.

«Tú hiciste tu deber; yo estoy pagado

Y agradecido estoy. Suerte inhumana

Es la que me hunde en tan horrible estado

Y el crímen de la pérfida Espartana:

¡Éste, éste es de la pérfida el legado!

Recordarás en la alegría insana

Que pasámos la noche postrimera;

¿Quién no ha de recordarlo aunque no quiera

CV.

»Entonces, cuando el monstruo de madera

De armas grave los muros dividía,

Hembras ella ordenaba la primera

En libre danza y bulliciosa orgía;

L A E N E I D A

255

Y una antorcha blandiendo traicionera

Conque iba en torno al coro, falsa guía,

De la alta torre en nuestro daño ¡ay ciegos!

Señas hacía a los atentos Griegos.

CVI.

»Yo en mi tálamo infausto, sin cuidado

Ya al cansancio buscando dulce olvido,

Caí en brazos de un sueño regalado

A una plácida muerte parecido.

Mi noble esposa al punto de mi lado

Las armas de mi estancia sin ruido

Aleja: de mi lecho a la testera

Ella mi espada hurtó, fiel compañera;

CVII.

»Las puertas abre, y obsequiosa llama

A Menelao, por si de mal la eximen

Crímenes nuevos, y la negra fama

A absolver bastan del antiguo crímen:

El Eó1ida a par, que ardides trama,

Acude: salvan de mi alcoba el límen...

¡Dioses, si justas súplicas os mueven,

Lo que entonces probé los Griegos prueben!

CVIII.

»Mas ¿a que me detengo en mis pesares?

Tú aquí, es posible? y con vital aliento?

¿Juguete de los vientos de los mares

Vienes, o por divino mandamiento?

¿Qué toques de fortuna singulares

Te traen, el profundo apartamiento

A visitar de la región sombría

Que nunca vio la claridad del día?»

V I R G I L I O

256

CIX.

En medio, de estas pláticas, ligera

En su rósea cuadriga y gentil vuelo

La Aurora la mitad de su carrera

Traspuesto había por el alto cielo;

Y acaso el héroe consumido hubiera

En estéril hablar y acerbo duelo

El plazo volador, si no le echara

La virgen con afán su olvido en cara:

CX.

«Nosotros ¡ay! mientras la noche avanza,

Gastamos mudo el tiempo en lloro vano!

La senda aquí se parte, y en balanza

Está la suerte; de Plutón tirano

Lleva la diestra a la valiente estanza,

Y al encantado Elíseo: a izquierda mano

Caen los muros do la gente impía

En eterno sus crímenes expía.»

CXI.

«Perdón,» dice Deífobo, «si muevo

Tu enojo, profetisa soberana!

El número fatal que llenar debo

Torno a llenar doliente sombra y vana.

Tú ve en paz, gloriosísimo renuevo,

¡Oh luz, oh prez de la nación troyana!

Goza suerte mejor que fue la mía.»

Y así diciendo a su ángulo volvía.

CXII.

Tornó Enéas a ver, y a izquierda mira

Cerrada una ciudad de triple muro

L A E N E I D A

257

Al pie de una alta roca: en torno gira

Con lenguas Flegeton de fuego puro,

Y revuelca peñascos en su ira:

Frente, gran puerta, de diamante duro

Las jambas, cual ni de hombres quebrantado

Ni aún de Dioses lo fuera por la espada.

CXIII.

Férrea una torre despreciando el viento

Avánzase orgullosa: allí sentada,

Ceñida un manto de color sangriento

Guarda insomne Tisífone la entrada.

Ruido de barras, en aquel momento,

Y música de azotes despiadada

A oírse empieza, y voces de horror llenas,

Y el pesado arrastrar de las cadenas.

CXIV.

«¿Qué gritos de dolor hieren mi oído?»

Dice Enéas parándose asombrado:

«¿Quiénes llevan allí su merecido?

»¿Cuál es ¡ay! su suplicio y su pecado?»

Y la Sibila respondió: «No ha sido

Nunca a justos varones otorgado,

Magnánimo caudillo, entrar las puertas

Sólo al delito por la pena abiertas.

CXV.

»Mas yo, cuando los bosques infernales

Por Hécate guardaba, del espanto

Vi el reino y sus tormentos eternales:

Tiene el cetro el cretense Radamanto,

Que interroga a las almas criminales,

Castiga sus delitos, y de cuanto

V I R G I L I O

258

Ocultó hasta la muerte astucia fría,

A hacer les fuerza confesión tardía.

CXVI.

»Y, nunca de venganzas satisfecha,

Con la izquierda azuzando sus serpientes

Y del látigo armada la derecha,

Corre los sentenciados delincuentes

Tisífone a azotar, y los estrecha,

Llamando sus hermanas inclementes;

Y ábrense a devorarlos, y crujiendo

Giran las sacras puertas con estruendo.

CXVII.

»Contempla a la cruel, que allí se asienta

Y el vestíbulo guarda de ese mundo:

¿Qué, si vieses, abiertas las cincuenta

Negras fauces, el monstruo sin segundo,

La Hidra feroz que adentro guarda atenta?

Luego el Tártaro se abre, tan profundo

Al medio de su abismo, cuanto dista

El alto Olimpo de la humana vista.

CXVIII.

»Allí, humilladas las soberbias vidas,

Los antiguos engendros de la Tierra

Revuélvense en recónditas guaridas

A donde el rayo su ambición encierra:

Vi a par los dos enormes Aldidas

Que el Cielo con sus manos, ¡loca guerra!

Descargar intentaron, y en su encono

A Jove mismo derrocar del trono.

CXIX.

L A E N E I D A

259

»Vi allí también yacer, de angustias lleno,

A Salmoneo, por su error insano,

Que de Jove el relámpago, y el trueno

Quiso imitar de Olimpo soberano:

De cuatro brutos gobernando el freno.

Y antorchas sacudiendo con su mano,

A Elis cruzó, y en su triunfal camino

Culto pedía como a ser divino.

CXX.

»Fingir quiso el demente (¡mal pecado!)

Al sentar de sus potros con ruido

Los cascos, con el bronce golpeado,

Inimitable luz, sacro estampido:

Envuelto Joye en lóbrego nublado

Venablo duro le lanzó ofendido,

No humosa tea ni exhalada llama,

Y a la sima arrojóle donde brama.

CXXI.

»Yugadas nueve allí cubriendo yace,

Alumno de la Tierra creadora,

Ticio: el hígado eterno le renace,

Pasto al buitre cruel que le devora,

No le consume, y sus entrañas pace

Y fiero en lo hondo de su pecho mora:

Ni el corvo pico en el roer se amansa,

Ni de brotar la víscera se cansa.

CXXII.

»¿Qué, si a Ixion y Piritoo a cuento

Trajese? ¿o los que roca ven colgante

Pronta siempre a caer? Áureo aposento,

Plegalado festín miran delante;

V I R G I L I O

260

Mas la Furia mayor vela de asiento

Al lado, y como alguno se levante

Las mesas a tocar, corre, y vocea,

Y airada amaga con su horrible tea.

CXXIII.

»Allí gimiendo están los que al hermano

Profesaron, en vida, odio demente;

Los que hicieron ultraje al padre anciano.

Los que en fraude envolvieron al cliente;

Allí los solitarios que, la mano

Cerrada siempre al mísero pariente,

Sobre el oro enterrado hicieron nido:

Infame grey en número crecido.

CXXIV.

»Y allí aguardan castigo los que amores

Adúlteros pagaron con la vida;

Los que hicieron traición a sus señores;

Los que en guerra se alzaron fratricida:

No cures de su pena los horrores

Ni las causas saber de su caída.

Quién vuelca enorme risco; atado esotro,

Gira en rueda veloz, su eterno potro.

CXXV.

»Está sentado y en perpetuo duelo

Tesco lo estará.-Mirad si presta

La justicia ultrajar, reir del Cielo!

Flégias clamando a todos amonesta

Entre las sombras. El nativo suelo

Este por oro enajenó, funesta

Tiranía elevando: esotro puso

A precio de la ley uso y desuso.

L A E N E I D A

261

CXXVI.

»Y aún hubo ya con ciego desatiento

Quien de su hija el tálamo invadiera.

Todos formaron criminal intento

Y corona ciñeron en su esfera.

No si cien bocas yo, si lenguas ciento

Tuviese y férrea voz, contar pudiera

Las especies sin fin de los delitos,

Los nombres de las penas infinitos.»

CXXVII.

Así la anciana profetisa había

Hablado, y «¡Sús!» añade: «hora es precioso

Que el paso abrevies, y por esta vía

A cumplir tu deber vayas sumiso:

Los muros que los Cíclopes un día

Sacaron de su fragua, allá diviso;

Ya, bajó el arco que se eleva enfrente,

Las puertas veo de Plutón potente

CXXVIII.

»Vé; obsequios debes al dintel frontero»

Tal dijo, y con el héroe se adelanta,

Y el intermedio espacio, y el sendero

Sin luz, dejan atras con ágil planta.

Acércanse a las puertas: él primero

Entra el zaguan; con gotas de agua,

Casto los miembros a rociar atiende,

Y el áurea rama en el portal suspende.

CXXIX.

Puesto el don a la Diosa, y alongados

Del sitio, ya pisaban los amenos

V I R G I L I O

262

Jardines y los bosques fortunados

Donde con grande paz miran los buenos,

Abrense allí sobre inocentes prados

Tintos en rósea luz cielos serenos;

Regiones siempre iguales, siempre bellas,

Tienen su sol y tienen sus estrellas.

CXXX.

Aquéllos juegan en verjel florido;

Éstos combaten en la roja arena;

Otros saltan en coros, y el sonido

De sus cantos el ánimo, enajena:

El tracio vate, con talar vestido,

Los siete tonos de su lira suena,

Moviendo acordes con su voz canora

Ya el plectro de marfíl, los dedos ora.

CXXXI.

Brilla de Teucro allí la estirpe clara

Robustez ostentando y lozanía:

Egregios héroes a quien ver tocara

En siglo más feliz la luz del día.

A Ilo, a Asáraco, a Dárdano repara

Autor de la troyana monarquía,

Enéas, y armas lejos ve, y baldíos

Carros que honraron ya marciales bríos.

CXXXII.

Hincados por el campo ve lanzones,

Y que arrogantes la verdura pacen

Por acá y por allá sueltos bridones.

¡Oh! los que en mundo subterráneo yacen

No renuncian sus viejas aficiones:

Armas y carros sus delicias hacen

L A E N E I D A

263

Si armas, carros amaron: cuidan fieles,

Si los criaron ya, regios corceles.

CXXXIII.

Luego a izquierda y derecha, ve adelante

Los que a dulces festínes se abandonan

Tendidos en la hierba verdeante;

Los que en honor de Apolo himnos entonan

Intrincando los pasos en fragante

Bosque, a quien cimas de laurel coronan,

Donde brota y por selva amplia y risueña

Eridano soberbio se despeña.

CXXXIV.

Están allí los que a la patria amaron,

Y heridas por, la patria recibieron;

Allí los sacerdotes que guardaron

Austera castidad mientras vivieron;

Vates dignos que a Febo interpretaron;

Maestros que el vivir embellecieron

Con artes nuevas; los que haciendo bienes

Vencieron del olvido los desdenes.

CXXXV.

Todos éstos con ínfulas nevadas

Ceñidos van las sienes y cabellos.

Con los cuales confunde sus pisadas

La profetisa por sus campos bellos;

Y volviendo la voz y las miradas

A Museo ante todos, que alza entre ellos

Con majestad serena la cabeza

De muchos rodeado, a hablar empieza:

CXXXVI.

V I R G I L I O

264

«Oíd, almas felices, ruegos pios;

Y tú, máximo vate, ¿dó se esconde

Anquíses, por quien ya los grandes rias

Cruzamos del Erebo; dínos, dónde?

¡Ah! ¿qué sitios repuestos y sombríos

Nos le ocultan?» Museo la responde:

«Aquí moramos bajo hojosos techos,

Y son márgenes blandas nuestros lechos;

CXXXVII.

»Frescos prados tratamos por recreo,

Y a nadie se fijó mansión segura;

Mas pues tanto interes traer os veo,

Venid conmigo a la vecina altura

Y camino hallará vuestro deseo.»

Dice; ante ellos los pasos apresura,

Y horizontes de luz les manifiesta:

De ahí, descienden de la erguida cresta.

CXXXVIII.

En un valle cubierto de verdura,

Anquíses, en el fondo, atento vía

Guardadas almas que del aura pura

Subirán a gozar llegado el día;

Allí en sombra numera su futura

Cara prole, y mirando se extasía

La fortuna y valor hereditarios,

Glorias, triunfos, virtudes, lances varios.

CXXXIX.

Y viendo que hacia allá se, dirigía

Hollando Enéas el gramoso prado,

Abre Anquíses los brazos, de alegría

Lágrimas vierte y clama enajenado:

L A E N E I D A

265

«¿Conque venciste intransitable vía,

Hijo, a fuerza de amor? ¿Conque a mi lado

Hoy tornas? ¿Es posible que consigo

Verte, oirte, tocarte, hablar contigo?

CXL.

»Yoi tiempos computando, aqueste día

Fausto acercarse ví: cumplióse el voto.

¡Mas cuánta extraña tierra en tu porfía

Habrás medido, y cuánto mar ignoto,

Y qué de riesgos arrostrado, en vía

De confin tan profundo y tan remoto!

De los líbicos pueblos, hijo amado,

¡Cuánto temblé por tí funesto hado!»

CXLI.

Enéas contestóle en tal manera:

«Tu imágen veneranda, padre mío,

Siguiéndome doliente por doquiera,

Forzóme a visitar el reino umbrío.

Ocupan mis bajeles la ribera

Tirrena. Mas tú ahora, con desvío

No a mi mano, señor, robes la tuya;

No a mi abrazo filial tu cuello huya.»

CXLII.

Dice, y llorando, con amante empeño

Tres veces va a abrazar al padre anciano;

Cual humo huye la sombra o como sueño

Y él tres veces aprieta el aire vano.

Tornó a mirar, y un bosque vio risueño

En un valle repuesto comarcano:

Gárrulo bosque, plácido retiro

Que manso baña el Lete en blanco giro.

V I R G I L I O

266

CXLIII.

En torno vagan del durmiente rio

Gentes, pueblos, enjambres voladores,

Y cual abejas que en sereno estío

Rondan fugaces peregrinas flores,

Y a los lirios de cándido atavío

Asedían, confundiendo sus rumores,

Tal llenando de estruendo la campiña

La aérea multitud vuela y se apiña.

CXLIV.

Maravillado de la extraña escena,

Medroso Enéas a entender aspíra

Qué es aquella corriente tan serena;

Quién la infinita multitud que gira

A par del rio y sus florestas llena.

El padre Anquíses respondióle: «Mira:

Antiguas almas a quien guarda el hado

Nuevos velos corpóreos, nuevo estado,

CXLV.

»Esas son las que afluyen al Leteo

Y en raudal bienhechor beben olvido.

Tiempos hace, hijo amado, que deseo

Mostrarte mi linaje esclarecido

En estas sombras que delante veo,

Porque, absorto en destino tan subido,

De haber llegado a la que aún mal conoces,

Itálica región, conmigo goces.»

CXLVI.

«Mas ¿es creible que al sabido cielo«

Enéas contristado así murmura,

L A E N E I D A

267

«Alguna alma de aquí remonte el vuelo

Y a informar torne la materia oscura?

¡Mísera humanidad! ¡Qué inmenso anhelo

De vida y goces! ¡qué cruel locura!»

Anquíses acudiendo a su sorpresa,

Ordenadas razones así expresa:

CLXVII.

«Porque en luz de verdad tu mente aclares,

Hijo, escucha: En los cielos y en la tierra,

Y en las líquidas capas de los mares,

En la alba luna que inconstante yerra,

Y en el sol y en los grandes luminares,

Espíritu eternal dentro se encierra:

Todo hínchelo él, vago y profundo;

Alma y centro común, é1 mueve el mundo.

CXLVIII.

»Y en él tiene su origen el humano,

Y el bruto, el ave, y cuanto monstruo cria

En sus senos marmóreos Océano.

Centella celestial, ígnea energía

Vida a esos seres da, gérmen temprano,

En cuanto no los rinden a porfía,

El fardo de la carne, los mortales

Órganos y ataduras mundanales.

CLXIX.

»De ahí es que ansian y temen, y o padecen

O envueltos gozan ens u cárcel dura:

No ven la luz; ni quedan, si fallecen,

Limpios del todo de la mancha impura

De las miserias que al mortal empecen.

¡Pobres almas! la sombra en ellas dura

V I R G I L I O

268

De usos viles en años adquiridos

En su lucha y su unión con los sentidos.

CL.

»Por eso corren del dolor los grados,

Y vicios propios cada cual expía:

Hay unas que, purgando sus pecados,

Expuestas penden en region vacía;

Otras al fuego o en profundos vados

Residuos sueltan que la culpa cría:

Y así los Manes, por diversos modos,

Merecida pasión sufrimos todos.

CLI.

»Al Elíseo de ahí se nos envía,

A pocos alcanzamos los amenos

Campos de llena paz y alma alegría;

Que no se ganan por ventura, a menos

Que (cediendo a la, edad, llegado el día,

El postrer resto de hábitos terrenos)

El alma, redimida a la materia,

Torne a ser mente pura y lumbre aeria,

CLII.

»Consumados mil años, al Leteo

Almas acuden en tropel nutrido:

Arrástralas un Dios, porque el deseo

Nazca en ellas, envuelto en alto olvida,

De volver a vestir corpóreo arreo,

De subir a habitar terreno nido.»

Tal dice, y lleva al héroe y la Sibila

Entre el ruidoso pueblo que desfila.

CLIII.

L A E N E I D A

269

Y porque logre, al avanzar la hilera,

Ver de frente lo digno de memoria,

Le conduce a un collado, y, «Considera,

Hijo,» le dice, «la sublime gloria

Que a la raza de Dárdano le espera;

Oye los claros nombres que en la historia

Nos guarda Italia; entre futuras gentes

Mira pasar tus,dignos descendientes.

CLIV.

»Ese, de asta de paz y augusto porte.

Que a la luz va por suerte el más cercano,

Será el primero que a la vida aporte,

Con sangre mixta y con renombre albana

Mira, es Silvio: Lavinia tu consorte

A luz darále, de tu amor, ya anciano,

Póstumo don: le criará su madre

Rey en las selvas, y de reyes padre.

CLV.

»De, ahí en Italia empezará el reinado

De Troya. Honor de la Troyana gente,

Prócas luego aparece, y,a su lado

A Cápis ves y a Numitor presente;

Y al otro Silvio, a quien tu nombre añado,

Enéas, ya en virtudes eminente,

Ya en armas, si reinare en Alba un día:

¡Qué máncebos! ¡qué heroica bizarría!

CLVI.

»Contempla aquésos cuya sien serena

Asombra en derredor cívica encina

Cuáles de ellos a Gabía y a Fidena

Te alzarán, y la villa Nomentina;

V I R G I L I O

270

Y de ellos cuáles una y otra almena

Fundarán sobre, montes Colatina,

y a Pomocio y a, Inuo, a Bole y Cora;

Nombre a campos darán sin nombre ahora.

CLVII.

»Ve a Rómulo, hijo de Ilia, descendiente

De Troya, hijo de Marte, que al abuelo

Sigue; y mira ondear sobre su frente

Crestones dobles con gallardo vuelo:

Marca el padre, en,su noble continente

Su propia, alta misión. Por é1 al cielo

Levantará la frente pensadora

Roma, del orbe, militar señora.

CLVIII.

»La cual de siete alcázares murada,

Con viriles renuevos en que abunda

Rie, como en su carro alborazada

De Berecinto la Deidad fecunda

Por las Frigias ciudades torreada

Va, y su prole celeste la circunda:

Cien nietos que amamanta, y, queja adoran;

Todos son Dioses y entre Dioses moran.

CLIX.

»Los ojos torna: a tu nación atento

Contempla en Roma; a César mira; advierte

Los racimos de Yulo tu sarmiento,

Que a luz cabal predestinó la suerte.

Éste es, éste es el que una vez y ciento

Oíste a altos anuncios prometerte,

César Augusto, hijo de, un Dios, que al mundo

El áureo siglo volverá fecundo.

L A E N E I D A

271

CLX.

»Él a Italia honrará con tales dones

Cual ya Saturno; y llevará su imperio

Del Indo y Garamanta a las naciones,

Su valor fatigando al hemisferio;

Y abriránse a su paso las regiones

Que allende el Sol se embozan en misterio,

A do el cielo con astros rutilante

Rueda en los hombros del eterno Atlante.

CLXI.

»Ya ven los Caspios reinos su venida,

Por anuncios, con ánimo intranquilo;

Ya la tierra Meótica trepida,

Sus siete brazos estremece el Nilo.

Tigres guiando con pampínea brida

Y de Nisa impeliendo, excelso asilo,

Su carro victorioso, Baco empero

Llegar no pudo a ese último lindero.

CLXII.

»No corrió Alcídes mismo espacio tanto,

Aunque prendió con rápida saeta

La cierva pies de bronce, y de Erimanto

Impuso paces, en la selva inquieta,

Y el lerneo confin cubrió de espanto.

¿Y dudamos vencer adversa meta

Nuestra gloria ensanchando? ¿Harán temores

Que no hollemos la Ausonia triunfadores?

CLXIII.

»¿Quién es aquél que coronado asoma

De insigne oliva, y que con propia mano

V I R G I L I O

272

Ya sobre, si sacras ofrendas toma?

Su barba anuncia y su cabello cano

Al primer rey legislador de Roma,

Que de su humilde Cúres, aldeano,

Y de su hogar, desnudo, imperio grande

Saldrá a regir cuando el deber lo mande.

CLXIV.

»Tulo va en pos, que moverá a pelea,

La paz quebrando, a ejércitos vecinos

Ya al prez no usados que el valor granjea,

Y Anco después, que aún hoy en sus caminos

El aura popular vano desea.

¿O quieres ver los príncipes Tarquinos,

De Bruto vengador el alma fiera

Y los fasces que al pueblo recupera?

CLXV.

»Bruto duras segures el primero

Cobrará, y el honor del consulado;

Y al ver que nuevo plan traman guerrero,

El de la bella libertad prendado,

Muerte a sus hijos mandará severo.

En él vencieron (¡padre infortunado!)

Cualquier fallo que espere a su mernoria,

Amor de, patria y ambición de gloria.

CLXVI.

»Brillar Decios y Drusos vé lejanos;

Torcuato, que levanta el hacha impía;

Camilo, que del triunfo, con romanos

Rescatados pendones, se gloría.

Esas dos almas que cual dos hermanos

En sombra armadas ves, rayando él día

L A E N E I D A

273

¿Qué guerra no se harán? ¡Cuánto de estragos!

¡Qué grandes huestes y sangrientos, lagos!

CLXVII.

»De los Alpes el suegro se abalanza;

Convoca sus legiones de Oriente

El enojado yerno a la venganza.

¡Hijos! ¡no, hirais el seno a la inocente

Patria! mo eterniceis bárbara usanza!

¡Tú, el primero, de Olimpo procedente,

Oh sangre mía, de rencores libre,

No ya esa arma, cruel tu mano vibre!

CLXVIII.

»Aquél, cuando a Corinto a su talante

Haya tratado y al orgullo aquivo,

Al Capitolio correrá triunfante;

Éste, el país de Agamemnon nativo

Subyugará, y en Pérses arrogante

Verá a un nieto de Aquíles fugitivo:

Tales, desquites a Ilion reserva

Y al profanado templo de Minerva.

CLXIX.

»No al gran Caton olvidaré, no a Coso;

Ni ya a los Gracos, ni a los dos Scipiones,

Relámpagos de guerra, pavoroso

Apellido a las líbicas regiones.

Fabricio, en tu pobreza poderoso,

¡Salve! y tú, el oro en rústicos terrones

Esparciendo, oh Serrano! ¡Salve, oh Fabios!

No, aunque cansado, os callarán mis labios.

CLXX.

»Máximo, con tardanzas tú prudentes

V I R G I L I O

274

Salvarás la Nación. Y esto adivino:

Otros con más primor vultos vivientes

Harán de bronce duro o mármol fino;

Oradores habrá más elocuentes;

Sabios podrán con más seguro tino

El cielo escudriñar y las estrellas,

Y los cercos medir y el poder de ellas;-

CLXXI.

»Tú, Romano, regir debes el mundo;

Esto, y paces dictar, te asigna el hado,

Humillando al soberbio, al iracundo,

Levantando al rendido, al desgraciado.»

Habla Anquíses, y atiéndenle en profundo.

Silencio. «Ved,» añade, «señalado

Con opimos despojos a Marcelo,

Que alza entre todos vencedor su vuelo.

CLXXII.

»En mar revuelta armado caballero

Librará al pueblo de infeliz destino,

Venciendo al Galo, al Peno, y el tercero

Será que ofrenda igual cuelgue a Quirino»

Viendo Enéas que, aquél por compañero

Trae a un jóven de aspecto peregrino

Y brillante armadura, mas la frente

Mustia casi, ojos bajos, faz doliente;

CLXXIII.

«¿Y quién es el doncel, ¡oh padre!» exclama,

«Qué le sigue en amiga competencia?

Hijo suyo será, o acaso rama

Remota de su ilustre descendencia?

L A E N E I D A

275

¿Qué son de córte en torno se

¡Cuán parecido en la marcial presencia!

¡Mas ay! que en torno de su frente vaga

Odiosa noche con su sombra aciaga!»

CLXXIV.

Con lágrimas Anquíses respondía:

«¿Quieres anticipar de los Romanos

El eterno dolor? Fortuna un día

Ese jóven mostrando a los humanos

Tornarále a ocultar en sombra impía.

Tal vez, tal vez, oh Dioses soberanos,

Si este don inmortal nos franqueara,

El trance vuestra diestra recelara!

CLXXV.

»Del Campo Marcio a la romana plaza

¡Cuántos gemidos herirán los cielos!

Y si ya tu onda su sepulcro abraza,

¿Qué, oh Tibre, no verás de acerbos duelos?

Ningun mancebo de troyana raza

Tanto alzará, como él, de los abuelos

Latinos la esperanza; hijo más bueno

Nunca otro criarás, Roma, a tu seno.

CLXXVI.

»¡Oh tipo de fe antigua y piedad rara!

¡Oh, qué brazo invencible en lid guerrera!

Ninguno, si viviese, le retara

Impune, o ya a pie firme combatiera

O caballo brioso espoleara.

Mas ¿qué suerte llorosa no le espera?

¡Ah! lograses trocar males por bienes!

Tú un Marcelo serás, sombra que vienes!

V I R G I L I O

276

CLXXVII.

»Azucenas me dad con mano larga;

Que, a ilustre nieto fáciles honores,

Cortos alivios de esparanza amarga,

Quiero esparcir sobre su frente flores.»

Dice, y la voz en lágrimas se embarga.

Tal los campos hollando encantadores

En que benigna luz mágica oscila,

Míranlo todo el héroe y la Sibila.

CLXXVIII.

Y luego que hubo el padre al hijo atento

Aventuras y sitios explicado,

Avivando en su pecho el patrio aliento

Y ambición santa de futuro estado,

Nuevas guerras le anuncia, de Laurento

Pueblos y muros do le cita el hado:

Y maneras le enseña como eluda

Ya caso extraño, ya fatiga ruda.

CLXXIX.

Allá en confines de misterio eterno

El Sueño volador tiene dos puertas,

Una de albo marfil, otra de cuerno,

A ensueños varios a la vez abiertas.

Transitan la primera, del Averno

Fábricas de ilusión, sombras inciertas;

Las visiones e imágenes reales

Cruzan de la segunda los umbrales

CLXXX.

Yendo hablando los tres, he aquí despide

Anquíses a los dos por el abierto

L A E N E I D A

277

Pórtico de marfil. Enéas mide

Arrancando de allí, camino cierto

Hacia amigos y naves, y decide

Ir tierra a tierra de Cayeta al puerto.

Ya, por fin, proa afuera áncoras tiran;

Las popas en la costa alzar se miran.

V I R G I L I O

278

LIBRO SÉPTIMO.

I.

Tú, del troyano capitán nodriza,

También, Cayeta, a nuestras playas nombre

Impusiste muriendo, que eterniza,

Tu fama, y hace que al lugar asombre:

El sepulcro que guarda tu ceniza

En la Hesperia mayor, aquel renombre

Lejos te avisa y firme le señala,

Y con póstuma gloria te regala.

II.

Hechos, pues, los piadosos funerales,

Erigido de tierra un monumento,

Las altas olas contemplando iguales

Tornó Enéas al líquido elemento.

Ministras de la noche las geniales

Auras la anuncian con creciente aliento,

Y sendas alumbrando a la fortuna

Rielan sobre el mar rayos de luna,

III.

No distante de allí la costa yace

Do Circe, hija del Sol, potente mora;

Y ya de día con sus cantos hace

Sonar sus altos bosques; ya a deshora

L A E N E I D A

279

Su alcázar regio iluminar le place

Con el cedro oloroso que atesora,

Y ella misma tejiendo se desvela

Con el peine sonoro rica tela.

IV.

Allí rugen leónes, que furiosos

En la noche reluchan en cadena:

Allí erizados jabalíes, y osos,

En jaula que sus ímpetus enfrena,

Se embravecen: aullidos dolorosos

Horribles lobos dan; el bosque suena:

¡Ay! ¡hombres fueron ya, monstruos ahora!

Con hierbas los mudó la encantadora.

V.

Neptuno que tan duro mal probasen

Los piadosos Troyanos no querría,

No, que a esas playas pérfidas tocasen,

Un viento largo a la sazón envía,

Y así concede que volando pasen

Tras el hórrido golfo. Nuevo día

En su carro gentil la rubia Aurora

Anuncia en tanto, y horizontes dora.

VI.

Calláronse las auras de repente,

Muda y sólida calma sobrevino;

Clavados en el mármol resistente

Bregan los remos por abrir camino.

Vido Enéas en esto un bosque ingente,

Y al Tibre, que por él al mar vecino,

Bullente en ondas, rojo con la arena,

V I R G I L I O

280

Trae, sus aguas en corriente amena.

VII.

Por cima allí y a par de las orillas

Cantan con dulce pico alborozadas

Y al bosque vuelan miles de avecillas

Que en la sombra recatan sus moradas.

Holgóse Enéas, y mandó las quillas

Inclinar a las playas deseadas;

Y alegre de ocuparlas, al umbrío

Hospicio acude ya del bello río.

VIII.

De los reyes del Lacio tú la lista

Muéstrame, Erato: lo que el Lacio era,

Tiempo es ya que presentes a mi vista,

Aun antes que a sus playas extranjeras

Nave arribase. Tú de la conquista

El origen descubre, y yo esa era,

Yo esa historia marcial diré en mi canto,

¡Musa! si ya a mi voz concedes tanto.

IX.

Guerras, hórridas guerras y legiones

He de cantar: de furia el pecho lleno,

Convertidos los reyes en leónes:

Congregado el ejercito Tirreno:

Volando de la Hesperia los varones

A las armas: de Hesperia rojo el seno.

Nuevo cuadro a mis ojos resplandece;

Crece el asunto y la osadía crece

X.

Campos, ciudades florecer veía

L A E N E I D A

281

Anciano, en paz antigua, el rey Latino

Él de Fauno y Marica procedía,

Ninfa aquella de origen laurentino

Pico de Fauno padre sido había,

Y de Pico el origen fue divino;

Tú, Saturno, su padre: por primero

Autor te aclaman del linaje entero.

XI.

No fue el monarca, si felice, abuelo

Ni padre de varones: muerte fiera

Quitóle en flor por voluntad del cielo

El único varón que le naciera.

Daba a Latino en su vejez consuelo,

De sus reinos opimos heredera,

Sola una hija en su estancia poderosa,

Ya en sazón llena para ser esposa.

XII.

Del Lacio y toda Ausonia, a la doncella

Muchos pretenden. A su afecto tierno

Aspira, y bizarrísimo descuella

Turno entre todos, del blasón paterno

Opulento heredero. Para ella

Le quiere esposo, y ya elegido yerno

Le ve la Reina; mas proyectos tales

Tropiezan con visiones funerales.

XIII.

Al raso, en medio del palacio, había

Rico en sacro follaje un lauro anciano,

Que en años veneró la gente pía.

Es fama que Latino por su mano

En dedicarle a Febo holgóse un día

V I R G I L I O

282

No bien le halló, cuando en el campo llano

Echaba a sus alcázares cimiento;

Y de ahí a la ciudad nombró Laurento.

XIV.

He aquí, de este árbol a ocupar la cima,

Mil abejas bajaron de repente,

Y, por los pies trabadas, se arracima,

El ruidoso tropel, y así pendiente

Quedó de un ramo. «A nuestra costa arrima

Varón extraño con armada gente»,

Cantó un augur: «de do el enjambre vino,

Vendrá, la muerte del poder latino.»

XV.

Yendo otra vez, y el genitor con ella,

En el ara a enceder con mano pura

Místicas luces la real doncella,

Viose súbita chispa que fulgura

Sobre el suelto cabello, y baja y huella,

No sin ruido, la blanca vestidura,

Y el velo regio y la diadema ardía

Opulenta del oro y pedrería.

XVI.

En humo envuelta y rojos resplandores

Esparce ella después lampos de llama

Por muros, techos. Fúnebres temores

El suceso en los ánimos derrama;

Que si aquellos prodigios superiores

A ella prometen dizque gloria y fama,

Guerra amenazan a la Patria. En eso

Cava Latino, de terror opreso.

L A E N E I D A

283

XVII.

Fauno ocurre a su mente: el Rey la planta

Mueve al gran bosque en cuyas sombras cela

Su armonioso raudal la Albúnea santa,

Mefítico vapor en torno vuela:

Que allí del tiempo venidero canta

El vatidico padre, y lo revela;

Italia, Enotria toda, allí sus pasos

Guían en tristes dudas y arduos casos.

XVIII.

De noche el sacerdote que sus dones

Allí a ofrecer acude reverente,

Si al descanso, tendiéndose en vellones

De inmoladas ovejas, da la mente,

Ve en sueños revolarle apariciones

Peregrinas; delgadas voces siente;

Habla con Dioses, y su mudo acento

Penetra de Aqueronte el hondo asiento.

XIX.

Fue allí sus dudas a calmar Latino;

Y habiendo, según rito, degollado,

En obsequio al oráculo divino,

Cien lanudas ovejas, acostado

En sus pieles dormía; cuando vino

Súbita y misteriosa voz del lado

Más secreto del bosque: «¡Prole mía!

De ajustados enlaces desconfía.

XX.

»Tú de una hija la mano a descendiente

Itálico no des. Foráneo yerno,

Su linaje empalmando con tu gente,

V I R G I L I O

284

Hará nuestro renombre sempiterno.

El nación fundará grande y potente;

Tal, que el espacio que en dominio alterno

Sobre un mar y otro mar el sol rodea,

Todo a sus pies se humille y suyo sea.»

XXI.

Latino mismo estos avisos, dados

En la callada noche, no recata;

Y de Ausonia por campos y poblados

Ya la alígera Fama los dilata:

Ella daba la vuelta a los Estados

Del Rey, en los momentos en que ata

La juventud troyana el hueco leño

Al promontorio aquél verde y risueño.

XXII.

Enéas, los caudillos principales

Y Ascanio yacen en la sombra amiga

Conque, sus ramos prolongando iguales,

Árbol excelso la campaña abriga,

Tortas de flor extienden, cereales

Manteles (Jove mismo les instiga)

Que con frutas silvestres luego acrecen,

Para encima poner viandas que cuecen.

XXIII.

Mas no al hambre la cena satisface;

Ojos se van y manos tras la manda

Delgada Céres que tendida yace:

Voraz diente a los panes la redonda

Margen y abiertos cuartos roe y pace,

Que significación entrañan honda;

Y «¡Aun las mesas se come el hambre aguda!»

L A E N E I D A

285

Yulo clamó, sin que al misterio aluda.

XXIV.

Fue esta voz primer nuncio que declara

A los Teucros ventura. El padre al hijo

La palabra quitóle; mas se para

Con asombro, un instante, y regocijo,

Y recobrado, «¡Salve, Tierra cara!»

Y «¡oh Penates de Troya, gracias!» dijo:

«Cumplióse el voto: el lance aquí me muestra

La anunciada heredad, la patria nuestra!

XXV.

»Ya de estos milagrosos accidentes

Mi amado genitor me dio la clave:

«Cuando el hambre aguzando edades dientes

»(Pegada a playa incógnita tu nave)

»Haga que tras las viandas te apacientes

»De las mesas, tu voz al Cielo alabe,

»Que patria hallaste; y con alegre pecho

»Pon allí muro propio y dulce techo.»

XXVI.

»He aquí el hambre temida: de cuidados

Término justo y de cruel destino.

Animo, pues: del sueño recreados,

Con el albor primero matutino

De aquí saldremos por diversos lados

El país a explorar circunvecino:

Quiénes son de estos términos los amos;

Qué campos pueblan, qué ciudad, sepamos.

XXVII.

»Hora en honor de Júpiter clemente

V I R G I L I O

286

Bebed; a Anquíses invocad; más vino!»

Hablaba Enéas, y la noble frente

Ceñida ostenta en ramo peregrino.

Primero a la alma Tierra, y del presente

Lugar invoca al Protector divino;

Las Ninfas a que el bosque da guaridas;

Ríos sin nombre y fuentes escondidas.

XXVIII.

A la Noche después y sus fanales,

A Cibéles y a Júpiter de Ida;

A sus padres, que moran inmortales

Cielo y Erebo, en orden apellida.

Jove tres veces, en momentos tales,

Desde lo alto del cielo truena, y cuida

Mostrar en medio del fragor sonoro

Nubes de fuego y ráfagas de oro.

XXIX.

Al Dios el pueblo atónito veía

Blandir él propio el nimbo rutilante.

Rumor que de fundar llegó ya el día

La anhelada ciudad, en un instante

Circula y crece. Todos a porfía,

Orgullosos de agüero tan brillante,

Renuevan las gozosas libaciones

Y con flores de Baco ornan los dones.

XXX.

Con el primer albor del nuevo día

Van, costa y lindes a explorar: los vados

Estos son de Numicio; ésta es la ría

Del Tibre: campos éstos son poblados

Por los fuertes Latinos. Cauto envía

L A E N E I D A

287

Cerca del Rey augusto cien legados

Enéas, que en sus tercios selecciona;

Y ya el árbol de Pálas les corona.

XXXI.

Cargados de presentes, mensajeros

De paz, que da a sus sienes verde gala,

A la vecina capital ligeros

Marchan. Enéas mismo allí se instala;

Y ya con zanja humilde los linderos

De la futura población señala,

Y cual ciñiendo un campamento, ordena

Tender la empalizada, alzar la almena.

XXXII.

Ya los nuncios, al fin de su jornada,

Ven las casas y torres presumidas,

Y ascienden a los muros. A la entrada

Y en torno a la ciudad, corre en partidas

Alegre juventud: regir le agrada,

Potros y carros con mañosas bridas;

Y con rígidos arcos y ligeras

Flechas, tiros ensayan y carreras.

XXXIII.

Tomó uno de a caballo a su cuidado

Trasmitir nuevas tales al oído

Del viejo Rey: acorre; haber llegado

Unos hombres, anuncia, con vestido

Peregrino, de cuerpo agigantado.

Que a su presencia vengan, comedido

Latino manda. «Al punto,» dice, «oírelos;»

Y va el trono a ocupar de sus abuelos.

XXXIV.

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288

Fábrica en cien columnas sustentada,

Grande, augusta, soberbia, en una altura

De la ciudad descuella; consagrada

Por religión antigua y selva oscura.

De Pico Laurentino real morada

Fue antaño. Por presagio de ventura

Allí los nuevos reyes recogían

El cetro y fasces que al poder se fían.

XXXV.

Templo era y tribunal: en sus altares

Corderos inmolando, los señores

De la corte a gustar sacros manjares

Sentábanse en continuos cenadores.

Cada príncipe vio las tutelares

Imágenes allí de sus mayores

El vestibulo ornar, nobles y enhiestas,

Obras de antiguo cedro, en orden puestas,

XXXVI.

Ítalo allí; y aquel que al italiano

Suelo trajo la vid, el buen Sabino,

A quien, aún hora, figurado anciano,

La corva hoz le asoma, autor del vino:

El gran Saturno y el bifronte Jano

Muestran callando, su poder divino.

Otros reyes les siguen, con heridas

Marciales, por la patria recibidas.

XXXVII

De antiguos triunfos testimonios mudos,

Hay en los sacros postes mil despojos:

Armaduras suspensas, penachudos

L A E N E I D A

289

Yelmos, corvas segures ven los ojos:

Ven sin número allí dardos y escudos,

Ven de puertas grandísimos cerrojos;

Cautivos carros, y espolones graves.

Quitdos por valientes a las naves.

XXXVIII.

Pico, de potros domador ufano,

Con trábea corta, allí también se muestra;

Báculo quirinal tiene en la mano,

Sentado, y Sacra adarga en la siniestra:

Pico, a quien ya, de ardor tocada insano,

Hirió con vara de oro maga diestra,

Circe, amante cruel; con hierbas malas

Mudóle en ave y le pintó las alas.

XXXIX.

En este, pues, de Dioses templo digno,

De sus abuelos en el rico trono,

El Rey audiencia concedió benigno.

Entraron los legados, y é1 con tono

Manso y afable, de clemencia signo,

«Hablad, Dardanios; vuestro ruego abono,»

Les dice: «antes que vistos anunciados,

Yo vuestro oriente sé, sé vuestros hados.

XL.

»Mas ¿cuál deliberada causa, o ciega

Necesidad a nuestra costa impele

Y a puerto ausonio vuestra escuadra apega?

¿Fue que el rumbo perdisteis? ¿O, cual suele

Avenir al que en alta mar navega,

Tras rodear tan largo, al leño imbele

Embistió ronca tempestad? Propicio,

V I R G I L I O

290

Siempre, tendréis en nuestra casa hospicio.

XLI.

»A los Latinos apreciad: lejanos

De pacto escrito y de penal violencia,

En dulce paz cultivan como hermanos,

Antiguos usos, de Saturno herencia.

Y ya entre los Auruncos hallé ancianos

Que, si bien entre sombras (influencia

Envidiosa del tiempo, en la memoria

Aun guardasen de Dárdano la historia.

XLII.

»Fue de ésta, dicen, suya, a patria ajena;

Fue a las frigias ciudades, cabe el Ida,

Y de la tracia Sárnos el arena,

Honró, que hoy Samotracia se apellida;

Dejó a Corito y su mansión tirrena;

Y en el celeste alcázar ya le anida

Aureo solio que esmaltan luminares,

Y goza él, nuevo Dios, culto y altares.»

XLIII.

«Sangre ilustre de Fauno, gran Latino!»,

Palabras tales respondio Ilioneo:

«No aquí impelida nuestra flota vino

Por rudo soplo en agitado ondeo

Estrella no torció nuestro camino,

Ribera no engañó nuestro deseo:

Trajo nuestros bajeles a esta rada

Concorde voluntad nunca arredrada.

XLIV.

»De la nación mayor que peregrino

Viniendo de los límites de Oriente

L A E N E I D A

291

El sol miraba, nos lanzó el destino.

Tiene en Jove principio nuestra gente;

La juventud dardania del divino

Abolengo se precia. A aquella fuente,

El que a ti nos envía está cercano,

Hijo de Diosa, Enéas, Rey troyano.

XLV.

»Cuántas nubes de muerte de Micénas

A asolar fueron la ciudad troyana;

Cuál lucharon al pie de sus almenas

Asia y Europa con crueza insana,

Lo sabe el que las últimas arenas

Pisa do va a quebrarse espuma cana;

Lo sabe a quien la zona ancha intermedia

Aísla, y sol abrasador asedia.

XLVI.

»Después de aquel diluvio y largo viaje.

Sobrio asilo en tus costas, lo que asombre

Nuestros Dioses, pedimos, y hospedaje:

El aire y agua, propiedad del hombre.

No será al reino nuestro ingreso ultraje;

Crecerá nuestro amor y tu renombre:

¡Si a Troya, Ausonios, vuestro seno abriga,

No la veréis ingrata ni enemiga!

XLVII.

»Y esto lo juro por lo que es Enéas;

Por su diestra, no menos ya probada

En sellar pactos que en vencer peleas.

Muchos pueblos -tenemos en nonada

Excusa, ¡oh Rey! aunque extender nos veas

V I R G I L I O

292

En las manos la oliva; aunque embajada

De súplicas traigamos -gentes muchas

Ligas nos propusieron y no luchas.

XLVIII.

»Mas por divina voluntad guiados

A los bordes venimos de tu imperio:

A la cuna de Dárdano los hados

Traen los nietos de Dárdano. Con serio

Ordenamiento, a los tirrenos prados

Que honra el Tibre, y, envueltas en misterio,

Nos mueve a las vertientes de Numico,

El sabio, Apolo, de promesas rico.

XLIX.

»Que en prenda de concordia aceptes fía

Los breves restos de la Patria cara,

Memorias de otra edad, quien los envía:

Ve en qué oro libó Anquíses en el ara;

Mira cuáles, si al pueblo reunía,

En su alto tribunal cetro y tiara

Príamo usaba, y el bordado arreo

Por damas de Ilion.» Habló Ilioneo.

L.

Suspenso el Rey le escucha; mas no tanto,

Mientras, bajos los ojos, con prolija

Pausa los vuelve, en el purpúreo manto,

Ni en el cetro real la atención fija;

Ideas tales no le ocupan, cuanto

El proyectado enlace de la hija;

Y la voz del oráculo elocuente

Revuelve pensativo allá en su mente,

L A E N E I D A

293

LI.

«Que éste es,» se dice, «el anunciado yerno

Con quien mi cetro he de partir, medito;

El que hará de su raza el nombre, eternos

Y de su imperio el ámbito, infinito»

«Vos el augurio que feliz discierno,»

Exclama luego con gozoso gritos

«Dioses, sellad, y coronad mi idea!

Troyano, en lo que a ti cual pides sea.

LII.

»Ni menosprecio el don. Mientras Latino

Impere, no de fértiles terrenos

Opimos frutos, de Ilion divino

Magnificencias no echareis de menos

Y ¡oh! si unir con el nuestro su destino,

Si hospedaje leal, días serenos

Anhela vuestro Rey, ¿por qué me niega

De verle el gozos y ante mí no llega?

LIII.

»Ojos amigos le verán; y en muestra

De la alianza que firmar decido,

Estrecharé su diestra con mi diestra.

Id, y en mi nombre referidle, os pido,

Que una hija tengo que en la patria nuestra,

Hallar no puede para sí marido;

Con profética voz glorioso abuelo,

Con visiones de horror lo impide el Cielo.

LIV.

»Vendrá yerno extranjero a mi palacio;

Me le anuncia infalible profecía:

En él sus esperanzas finca el Lacio;

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294

Y él, su raza empalmando con la mía,

De nuestro nombre llenará el espacio:

Por tal el hado a vuestro Rey me envía;

Créolo, y si es verdad lo que adivino,

Lo anhela el corazón.» Habló Latino.

LV.

Y manda que, uno a uno, a los Troyanos

Lleven sendos caballos: de trescientos

Que en reales cuadras hay, los más lozanos.

Con púrpura y bordados paramentos

Y colleras riquísimas ufanos

Van los ágiles brutos, opulentos

Con el profuso aurífero tesoro.

Y el bocado volviendo, muerden oro.

LVI.

Hermoso carro para el Rey ausente,

Y dos potros con él, despacha luego,

Que, renuevos de eléctrica simiente,

Por la abierta nariz despiden fuego:

Los bridones del Sol secretamente

Sagaz con yegua oculta a fértil juego

Circe movio: fruto éstos de esa traza,

Bastardos brotes son de etérea raza.

LVII.

Así, en regios corceles caballeros

Y de regias mercedes abrumados,

Portadores de paz, ya mensajeros,

Tornaban a su campo los legados.

Partiendo, a la sazón, de los linderos

Argivos, con los céfiros alados

Volando va de Júpiter la esposa

L A E N E I D A

295

En su carro gentil soberbia Diosa.

LVIII.

Y lejos, desde el sículo Paquino,

Ve ledo a Enéas; ve a su gente, dada,

En la tierra a quien fía su destino,

Bases a echar de sólida morada,

Las naves olvidando. En su camino

Paróse adolorida y asombrada

La Diosa, y meneando la cabeza,

Sola consigo a razonar empieza:

LIX.

«¡Oh raza aborrecida! ¡Oh frigios hados,

Por siempre opuestos a los hados míos!

¡Qué! ¿Cautivos quedar, y no estorbados?

¿Eso logran? ¿Sin fuerza, y no sin bríos?

¿Ilesos de sus muros abrasados

Salir, y de las hondas de sus ríos?

¿Y entre aceros y llamas, ruina y muerte,

Hallar camino y restaurar la suerte?

LX.

»¡A bien que de venganzas satisfecha

Yo, o cansada de odiar, desistiría!

Luego que el hado de Ilion los echa,

Prófugos restos, a la mar bravía,

Mi cólera en las olas los estrecha,

Les cierro a toda empresa toda vía,

Y armada, último golpe, les afronto

Con las iras del cielo y las del ponto!

LXI.

»¿Qué me sirvió Caribdis vasta, o Scila,

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296

Ni qué las Sirtes? La nación troyana

Libre del mar, respecto a mí tranquila,

Ya el Tibre deseado ocupa ufana.

¡Y a los Lápitas fieros aniquila

Marte! ¡y en manos pone de Diana

Jove a los Calidonios por perdellos!

¿Cuál el gran crimen fue de éstos o aquellos?

LXII.

»¡Y yo, esposa de Júpiter, que empleo

Cuanto recurso da el furor; que ensayo

Cuanto plan dicta el odio, ¿qué granjeo?

¡Ser de Enéas vencida!... ¡Aun no desmayo!

Ajena mano, si en la lid flaqueo,

Irá a encender de mi venganza el rayo;

Y si el Cielo a mover mi voz no alcanza,

Empeñaré al Averno en mi venganza!

LXIII.

»No ya el imperio del país latino,

Ni de Lavinia la ofrecida mano

(Si así inflexible lo ordenó el destino),

Quitar pretendo al príncipe troyano.

Mas yo estorbos sin cuento en su camino,

Yo pondré entre ambas razas odio insano;

A ambos reyes tan caro así les cueste

Ser yerno éste de aquél, suegro aquél de éste!

LXIV.

»La sangre de dos pueblos es tu dote,

Y madrina a tu unión Belona asiste,

Virgen!... Hacha nupcial que incendios brote,

Hécuba, no tú sola concebiste;

Que también de dos pueblos para azote,

De Paris ominoso copia triste,

L A E N E I D A

297

Nació el hijo de Venus. Boda nueva

Ya a Troya renaciente estragos lleva.»

LXV.

Dijo, y el carro la soberbia Diosa

Con rápido descenso inclina a tierra;

Y de aquella región que tenebrosa

Las hermanas frenéticas encierra,

Evoca a la impía Alecto, que rebosa

En fraudes, iras y rencor de guerra;

Que todo crimen e intención dañada

Tiene en ella su nido y su morada.

LXVI.

Horrible es entre monstruos infernales;

Plutón mismo su padre, y las hermanas

Tartáreas la detestan; ¡visos tales

Y tantas apariencias inhumanas

Toma y muda, afligiendo a los mortales

¡En serpientes tan ásperas e insanas

El crin le abunda que su cuello eriza!

Juno a hablarle empezó, y así la atiza:

LXVII.

«Tú sola, hija de la Noche, puedes

Conseguir lo que imploro; ¡oh virgen! fío

Que en tan estrecha coyuntura, vedes

Que sucumba mi honor y el poder mío:

No dejes, tu que, entre nupciales redes

de Latino envolviendo, el albedrío,

A mansalva el troyano río aventurero

Los ítalos confines tome artero.

V I R G I L I O

298

LXVIII.

»Tu ardiente azote altera y tu veneno

Públicos y domésticos enlaces,

Por ti hermanos unánimes, terreno

Sangriento van a disputar: falaces

Tienes mil nombres, artes mil. Tú el seno

Astuto anima, pues: juradas paces

Rompe; discordias siembra: audaz asome

La juventud; pida armas, armas tome!»

LXIX.

Al punto, el, corazón y las miradas

Infectas de ponzoña medusina,

Del Rey a detenerse en las moradas,

Alecto vuela a la región latina:

Mueve en silencio a Amata sus pisadas:

Amata a la llegada repentina

De los Troyanos, y a la ansiada boda

De Turno, su atención dedica toda.

LXX.

En congojas y lloros feme