L A E N E I D A
V I R G I L I O
L A E N E I D A
3
LIBRO PRIMERO.
I.
Canto asunto marcial; al héroe canto
Que, de Troya lanzado, a Italia vino;
Que ora en mar, ora en tierra, sufrió tanto
De Juno rencorosa y del destino;
Que en guerras luego padeció quebranto,
Conquistador en el país latino,
Hasta fundar, en fin, con alto ejemplo,
Muro a sus armas, y a sus dioses templo.
II.
De allá trajo su ser el trono albano,
Su nombre el pueblo a quien el orbe admira,
Roma de allá su cetro soberano...
Mas tú a mi osado verso, Musa, inspira!
Abre de estos sucesos el arcano;
¿Qué ofensa suscitó la excelsa ira
Que a la errante virtud sigue y quebranta?
¿Cupo en celestes pechos furia tanta?
III.
En frente, aunque a distancia, de la riba
Donde el Tibre en el mar su onda derrama,
V I R G I L I O
4
Tiria de origen, opulenta, altiva,
Alzóse la ciudad que Juno ama.
Más que a Sámos la Diosa vengativa
La amó: Cartago la ciudad se llama:
En ella la armadura pavorosa,
El carro en ella estuvo de la Diosa.
IV.
Y ya anhela ÉI Juno y pretendía
Hacer del orbe a esta ciudad señora
Si consintiese el hado. Oido habia
Que, corriendo los tiempos, en mal hora
Para alcázares tirios, se alzaria
De troyana raíz, dominadora
Nación potente, en los combates fiera,
Que así lo urdido por las Parcas era.
V.
Eso la Diosa recelaba; y luego
De irritantes recuerdos ocupada,
Ella no olvida que a vengar al Griego
Fue la primera en desnudar la espada:
Del troyano pastor el fallo ciego;
Su ofendida beldad, la raza odíada,
El alto honor a Ganimédes hecho,
Memorias son para afligir su pecho.
VI.
Por eso avienta a términos distantes
Del ítalo confín, a los que a vida
Dejó incendio voraz, salvados antes
Del acero de Aquíles homicida.
Por largos años sobre el ponto errantes,
Cerrando el paso a su virtud sufrida
L A E N E I D A
5
E1 hado vengador ¿dónde no asoma?
¡Fue empresa colosal fundar a Roma!
VII.
Haciendo nueva tentativa ahora
De la orilla zarpando siliciana,
Ya a la vela se daban; ya la prora
cortando iba veloz la espuma cana.
Mas la llaga cruel que la devora
Guardaba fresca la deidad tirana
En el fondo del alma; y sin testigo
Así comienza a razonar consigo:
VIII.
»¿Y será que vencida retroceda
En la intentada empresa? ¿y que al troyano
Aborrecido príncipe no pueda
Lejos tener del límite italiano?
¿Conque adverso el destino me lo veda?
Pálas un día, del insulto insano
Tan sólo de Áyax ofendida, airada,
¿No hundió a los Griegos y abrasó su armada?
IX.
»Ella misma del cerco nebuloso
Vibró de Jove la veloz centella,
Y alteró de los mares el reposo
Y dispersó los navegantes; ella
En torbellino súbito, furioso,
Arrebatando al infeliz, lo estrella,
Cuando aun abierto el pecho llameaba,
Contra un agrio peñon, y allí le clava.
X.
V I R G I L I O
6
»Y yo, que entre los Númenes campeo
De los Númenes todos soberana;
Yo, que los altos títulos poseo
De consorte de Júpiter y hermana,
Ya tantos años ha que en lid me empleo
Con solo un pueblo, y mi insistencia es vana!
¿Y habrá de hoy más quien me venere? ¿alguno
Que humilde ofrende en el altar de Juno?»
XI.
Tal medita la Diosa, y sus sollozos
Ahogando en su furor, a Eolia vuela,
Región, nublada en lóbregos embozos,
Región que aborta la hórrida, procela:
Eolo allí en inmensos calabozos
Las roncas tempestades encarcela
Y los batalladores aquilones,
Y hace pesar su imperio en sus prisiones.
XII.
Ellos dentro la hueca pesadumbre
Ruedan bramando, amenazando estrago;
Él, cetro en mano, sobre la alta cumbre,
Resuelve, en aire el comprimido amago,
Que si aquella legión de servidumbre
Salir lograse, por el éter vago
La tierra el mar, el ámbito profundo
Rauda barriera aniquilando el mundo.
XIII.
El alto Jove recelando eso,
Al ejército aéreo abrió esta sima,
Y ahí en tinieblas le envolvió, y el peso
L A E N E I D A
7
De altísimos collados le echó encima;
Y un rey impuso al elemento opreso
Que con tacto severo, ya reprima,
Ya dé medida libertad. Ahora
Juno ante él llega, y su favor implora:
XIV.
ȃolo, a quien el Rey de cielo y tierra
Calmar concede y sublevar los mares,
Oye: aquel pueblo a quien juré la guerra
Surca el Tirreno, y sus vencidos lares
Lleva, y su imperio, a Italia. Desencierra,
Eolo, tus alados auxiliares,
Y envíalos con ímpetus violentos
A romper naves y a esparcir fragmentos.
XV.
»Catorce Ninfas sírvenme doncellas,
De hermosura dotadas milagrosa;
La que en encantos sobresale entre ellas,
Deyopeya gentil, será tu esposa:
Eternas gozarás sus gracias bellas;
Yo te la doy, porque de prole hermosa
Afortunado fundador te haga;
Y así el favor mi gratitud te paga»
XVI.
Éolo reverente la responde:
«Reina, escudriña cuanto ansiar pudieres,
Dí cuanto oculta voluntad esconde,
Pues son tus voluntades mis deberes.
De ti no fuesen dádivas, ¿de dónde
Mi cetro, mi privanza, mis poderes?
Tú en las mesas olímpicas me sientas;
V I R G I L I O
8
Rey por ti soy de rayos y tormentas!»
XVII.
Dice; y la hueca mole con el cuento
Hiere del cetro, y la voltea a un lado;
Y al ver el ancha puerta, cada viento
Quiere salir primero alborotado;
Y Noto a un tiempo, y Euro, y turbulento,
Abrego con borrascas, monte y prado
Corren, barren el suelo, al mar se entregan,
y ondas abultan que la playa anegan.
XVIII.
Y remueven el ponto, el ponto gime;
Y silban cuerdas y la gente clama;
Roba las formas y la luz suprime
La oscuridad que en torno se derrama;
Noche tremenda el horizonte oprime;
El éter cruza intermitente llama;
Truena el polo, y suspenso el navegante
La pompa del terror tiene delante.
XIX.
En este instante de la muerte el hielo
Siente Enéas que embarga sus sentidos,
Y entrambas manos extendiendo al cielo,
Clama con voz ahogada entre gemidos:
¡Dichosos, ay, los que en el patrio suelo,
Al pie del alto muro, en liza heridos,
A vista de sus padres espiraron,
Y allí cual buenos su misión finaron!
XX.
L A E N E I D A
9
»¡Oh tú entre aquivos héroes el primero,
Diomédes esforzado! ¿que ímpia suerte
Me negó bajo el filo de tu acero
En los campos de Troya hallar la muerte?
Do al ímpetu de Aquíles Héctor fiero
Cayó; do el grande Sarpedon; do inerte
Tanto noble adalid, rota armadura,
El Símois vuelca en su corriente oscura!»
XXI.
Cállale aquí borrasca bramadora
Que hosca en las velas da, la onda agiganta;
Quiébranse remos, tuércese la prora,
La onda el costado del bajel quebranta:
Alzase el agua en cimas y a deshora
R6mpese: quién en vago se levanta;
Quién la ola henderse ve que lo encadena,
Y ve el fondo mostrarse, hervir la arena.
XXII.
Noto tres buques a su cargo toma
Y en adustos escollos los estrella
(Cuya espalda a flor de agua inmensa asoma,
Y ara el nauta la nombra, y huye de ella).
Sobre otros tres rugiente se desploma
Euro (¡escena de horror!), los atropella,
Y dales, entre puntas destrozados,
Tumba de arena en los hirvientes vados.
XXIII.
Al bajel que a los Licios aportaba,
El mismo en que el leal Oróntes iba,
Súbito hiere en popa una ola brava
Descargada con ímpetu de arriba.
V I R G I L I O
10
Enéas el embate viendo estaba
Que de un vuelco el piloto al mar derriba;
Tres vueltas da el bajel, la angustia crece,
Y el vórtice lo traga, y desaparece.
XXIV.
Vense dispersos que en lo inmenso nadan;
Maderos y reliquias de combates,
Y troyanas riquezas sobrenadan.
De Ilioneo, aunque fuerte, a los embates
La nave ya, y las de Abas se anonadan,
Del viejo Alétes y el valiente Acátes;
Que, hondas las grietas, desligado el brío,
Abren su seno al elemento impío.
XXV.
En tanto los rumores, los bramidos,
La inmensa agitación Neptuno siente;
Siente los hondos sótanos movidos,
Y alza alarmado la serena frente
Por cima de las ondas. Esparcidos
Los buques ve de la troyana gente,
Por todas partes maltratada y rota,
Que el cielo la acribilla, el mar la azota.
XXVI.
Ni ya de Juno se ocultó al hermano,
Industrioso el rencor que horrores trama;
Y al punto con acento soberano
Al Céfiro y al Euro a cuentas llama;
«¿Y así,» les dice, «os ciega orgullo vano?
Ya hundís los cielos sin mi venia, y brama
El agua en cerros que encrespais gigantes;
¡Guay!... Mas el mar apacigüemos antes.
L A E N E I D A
11
XXVII.
¡Huid, vientos! ¡huid avergonzados;
Ni esperéis de piedad segunda muestra;
Y a vuestro Rey decidle que los hados
No el tridente pusieron en su diestra:
Los reinos de la mar son mis estados!
Riscos él tiene allá, guarida vuestra;
Que respetoso a ajenos elementos,
Reine guardián de encadenados vientos! »
XXVIII.
Dice; nubes disuelve, el sol desnuda,
Y pone en paz las olas que batallan:
Cimotoe y Triton de roca aguda
Los míseros navíos desencallan;
Con su tridente él mismo les ayuda,
Las sirtes abre, y cielos y aguas callan;
Y por cima del mar, que apenas riza,
En levísimo carro se desliza.
XXIX.
¿Quién vio tal vez con la rabiosa ira
Que la plebe en motín ruge y revienta?
Teas, guijarros por el aire tira;
La fuerza del enojo armas inventa:
Mas si a un prócer piadoso alzarse mira
Se contiene, se acalla, escucha atenta;
Sola esa voz los ánimos ablanda,
Lleva la paz, y la obediencia manda.
XXX.
Neptuno así de una mirada enfrena
Del pielago insolente los furores,
V I R G I L I O
12
Y gira por la atmósfera serena
Dóciles sus caballos voladores.
Entre tanto, de la áspera faena
Cansados los troyanos viadores,
A las vecinas, líbicas orillas
Vuelven prudentes las cascadas quillas.
XXXI.
Vese allí en una cómoda ensenada
Formando puerto, una isla: a sus costados
Del pielago se rompe la oleada.
Y rota, entra a morir por ambos lados.
Guardando opuestos émulos la entrada,
Dos peñones, remate de collados,
Torvos se empinan: plácidas, a solas,
Tiéndense al pie las sombreadas olas.
XXXII.
Luego, al entrar, divísase eminente,
Del sol quebrando el trémulo destello,
Hórrido bosque, y negro, y grande; en frente
Cóncava peña cierra un antro bello.
Y allí hay bancos de piedra; allí una fuente
De agua dulce; es de Ninfas gruta aquello!
No aquí el cansado esquife ata la amarra;
No del áncora el garfio el fondo agarra.
XXXIII.
Saca Enéas, en suma, a salvamento
Siete naves. La gente, que desea
De la tierra el materno acogimiento,
Salta al césped que el céfiro recrea,
Y allí a los miembros húmidos da asiento.
Acátes hiere el pedernal; chispea;
L A E N E I D A
13
Hoja menuda allega, adusta, rama,
Y, el fómes atizando, arde la llama.
XXXIV.
Mojados sacan las cansadas manos
El don de Céres y su tren; y aprestan
Piedras allí para moler los granos
Que en seco extienden y que al fuego tuestan.
Sube Enéas a un pico, y los lejanos
Horizontes registra, por si enhiestan
Las popas de Caico allá su arreo,
bien sus velas el bajel de Anteo;
XXXV.
Ó ya a remo avanzando los navíos
Frigios parecen, o el de Cápis. Nada
Por los ecuóreos límites vacíos
Descubre a su esperanza su mirada.
Mas tres ciervos divisa que baldíos
Recorren la ribera la manada,
Al sabroso pacer vagando atenta,
Por acá y por allá los sigue lenta.
XXXVI.
El arco y leves flechas, al instante,
Armas del fiel Acátes, arrebata
Enéas; y a los tres que van delante
Con orgullosa cornamenta, mata;
A tiros luego el escuadrón restante
Entre el frondoso bosque desbarata,
Ni desiste hasta ver de los venados
Siete grandes por tierra derribados.
XXXVII.
V I R G I L I O
14
Así el número iguala al de bajeles;
Al puerto vuelve, do el botín divida
Entre sus tristes compañeros fieles;
Y con vino, de aquél que a su partida
De las riberas sículas, toneles
Bondoso Acéstes les hinchió, convida;
Y cura consolar los corazónes
El obsequio apoyando con razones:
XXXVIII.
«¡Antiguos, compañeros! sabedores
Antes de ahora de aventuras tales:
Ya visteis acabar otros mayores,
Dios dará fin a los presentes males.
De Scila atroz escollos ladradores:
De impios Ciclopes playas funerales:
¿Qué no habéis arrostrado? Alzad la frente.
Y ahogue su pena el corazón valiente!
XXXIX.
»Desgracias de hoy, mañana son memorias
Que despiertan secretas simpatías:
Senda de rudas pruebas transitorias
Nos lleva al Lacio y sus riberas pias:
Renacerán nuestras antiguas glorias;
Sufrid, guardáos para, mejores días!»
Dice; ríe esperanzas, y hondamente
Sella el fiero dolor que el alma siente.
XL.
Presta la gente a aderezar la caza
Pieles arranca, entrañas desaloja;
Quién la carne, que a miembros apedaza,
Fija en el asador, tremente y roja;
Quién da en la orilla a las calderas plaza,
L A E N E I D A
15
Y fuego allega; y ya en el musgo y hoja
Cobran tendidos el vigor postrado
Con vino añejo y nutridor bocado.
XLI.
Calla el hambre; y locuaz la fantasía
Recuerda a los ausentes: teme; alienta;
Y ya salvos, ya en la última agonía,
Ya sordos al clamor los representa.
Consigo Enéas, de la suerte impía
Del animoso Oróntes se lamenta,
Y de Amico, y de Licio, y de héroe tanto;
Del grande Gias del gran Cloanto.
XLII.
Tarde era va, cuando del alto cielo
Oteando el olímpico monarca,
Tierras y costas, el tendido suelo,
Y el mar de velas erizado, abarca
De una mirada, que con vivo anhelo
Fijó, en fin, en la líbica comarca;
Y, los ojos brillando humedecidos,
Venus así le hablaba con gemidos:
XLIII.
«¡Padre y señor de dioses y mortales;
Rey, cuyo brazo con el rayo aterra!
¡Oh! mira al hado, tras acerbos males,
Cuál a mi Enéas y a los Teucros cierra,
No del país que guarda, los umbrales,
Mas los ángulos todos de la tierra!
Para sufrir contrariedad tan fuerte,
¿Con qué crímen pudieron ofenderte?
V I R G I L I O
16
XLIV
»Tú prometiste que de aquí, algún día-
¿Lo recuerdas?- de aquí, de la troyana
Estirpe restaurada, se alzaría
Reina del mundo la nación romana.
¿Qué nuevo plan la ejecución desvía?
Yo usaba con las dichas del mañana,
Del ayer y sus ruinas consolarme;
Mas ¿vemos hoy que el hado se desarme?
XLV.
»No; que se ensaña cada vez más crudo!
¿Término a tanto mal darás al cabo,
Grande y buen rey? Con invisible escudo,
Del Adria entrando por el golfo bravo,
Al riñón mismo de Liburnia pudo
Anténor penetrar, y del Timavo
Las cabezas venció; de argiva hueste
Salvado en antes por favor celeste.
XLVI.
»Y en aquella región donde desata,
Los cerros atronando, mar rugiente
Por siete bocas su raudal de plata,
Y los campos inunda en su corriente,
Allí a Padua fundó: morada grata
En ella, y patrio nombre dio a su gente,
Y de Troya las armas; y tranquilo
Bajó a dormir en sepulcral asilo.
XLVII.
»¿Y a nosotros, tus hijos, a quien silla
Previenes celestial, se nos traiciona?
¿Y anegadas las naves, ¡oh mancilla!
L A E N E I D A
17
Porque de alguien el odio lo ambiciona,
Tocar nos vedas la latina orilla?
¿Así nos vuelves la imperial corona?
¿0 premio es éste de virtudes digno?»
Oyóla el Padre, y sonrió benigno;
XLVIII,
Y con la faz la besa con que el cielo
Serenar suele en tempestad oscura;
Y «Calma,» dice, «Citerea, el duelo;
De los tuyos el hado eterno dura.
Verás alzarse a coronar tu anhelo
La ciudad de Lavinio: a etérea altura
Tu heroico Enéas subirás un día,
Ni nuevo plan la ejecución desvía.
XLIX.
ȃl (pues voy a tu pecho, aun mal seguro,
A revelar recónditos arcanos)
Él hará guerra larga; el cuello duro
Domará de los pueblos italianos;
Dará a los suyos circundante muro,
Y fundará costumbres. Tres veranos
Contará de los Rútulos triunfante;
Y tres inviernos le verán reinante.
L.
»Y su hijo Ascanio, que festivo y tierno
Con renombre de Yulo se engalana,
(llo nombróse en el solar paterno
Cuando alzaba Ilion la frente ufana),
Treinta años llenará con su gobierno
Mes a mes; y la sede soberana
Mudando de Lavinio, hará a Alba Longa
V I R G I L I O
18
Robusta en fuerzas que al asalto oponga.
LI.
»De manos de la hectórea dinastía,
No habrá en tres siglos quien el cetro aparte:
llia, real sacerdotisa, un día
Hijos gemelos parirá de Marte:
Con la piel de la loba que los cría
Ya al mayor miro ufano; baluarte
Alzará eterno, y porque al mundo asombre,
Rómulo a su nación dará su nombre."
LII.
»Y término, ni linde, ni parada
Fijo al poder de Roma: eterno sea!
Juno misma, que alarma exasperada
Cuanto baña la mar y el sol rodea;
Con nuevo acuerdo, a la nación togada
Que al mundo, acerca el hado, señorea,
Vendrá por fin en proteger conmigo;
Y así se cumplirá cual yo lo digo.
LIII.
»Y siglo traerá el tiempo en que cadenas
De la casa de Asáraco a la argiva;
A Ptia vencerá; verá a Micénas,
Si antes gloriosa, ya a sus pies cautiva.
Tan noble sangre llevará en las venas
Julio- por nombre que de atrás deriva,
César- con gloria que'hasta el cielo alcanza,
Él cuyo imperio sobre el mar se avanza.
LIV.
»Y tú, segura de contrario insulto,
L A E N E I D A
19
Cargado con despojos de Oriente
Le cogerás en el Olimpo; y culto
Le dará el hombre en votos afluente,
Y, sosegado el militar tumulto,
La férrea edad se tornará clemente:
Fe anciana reinará y amor divino,
Y en unión fraternal Remo y Quirino.
LV.
»Y por fin con estrechas cerraduras
Y de hierro cargadas, de la Guerra
Cegadas quedarán las puertas duras:
El malvado Furor, que allí se encierra,
Sentado sobre rotas armaduras,
Con las manos atrás, que el bronce aferra
De cien cadenas, lanzará bramidos,
Los dientes rechinando enrojecidos.»
LVI.
Dice, y al punto del Olimpo envía
Al alígero dios hijo de Maya,
Que a allanar a los náufragos la vía
Y el muro de Cartago a abrirles vaya;
Pues de Dido recela, que podría
Alejarlos tal vez de aquella playa
Si los altos designios ignorase.
Oyele el nuncio, y por
el éter vase.LVII.
Y la pluma batiendo fujitiva
En la región inmensa, por do hiende,
Presto a las costas líbicas arriba,
Y a cumplir el mandato sólo atiende
Y ya los Penos su rudez nativa,
V I R G I L I O
20
Por él, remiten; y ante todo enciende
En Dido un vago y tierno sentimiento,
Prenda de hospitalario acogimiento.
LVIII.
Enéas, que la noche pasó entera
Cavilando, aun no bien la luz celeste
Mira nacer al mundo placentera,
Ya ansioso sale a ver qué clima es éste
Do el viento le ha arrojado: si hombre ó fiera
Habita en él, según le ve de agreste:
Todo saberlo, averiguarlo intenta,
Y a los suyos tornar a darles cuenta.
LIX.
La flota deja so el peñón antiguo
Que las aguas socavan sin estruendo,
Y de las corvas selvas al abrigo
Con sombra en torno de negror horrendo
Sólo a Acátes llevándose consigo,
Cada cual ancha pica entra blandiendo:
Ya en medio el bosque, Venus, de sorpresa
Vestida de espartana se atraviesa.
LX.
Por su aire y armas lo parece; ó nueva
Harpálice gentil, que de vencida
A sus caballos en su esfuerzo lleva
Y al Euro alado en su veloz corrida:
Cual puesto al hombro a cazadores prueba,
Cuelga el arco; el cabello al aura olvida;
Y deja la rodilla ver desnuda
Do undosos pliegues lazo breve anuda.
L A E N E I D A
21
LXI.
«¡Hola! Mancebos,» díceles la Diosa:
«¿A una de mis hermanas por ventura
Visto habéis por ahí, que vagarosa
Lleva aliaba, y pintada vestidura
De piel de lince? ó que tal vez acosa
A un jabalí soberbio en la espesura
Con agudo clamor?» Tal Venus dijo;
Y de Venus, así respondió el hijo:
LXII.
«En verdad no hemos visto aquella hermana
Tuya, a quien buscas, ni sabemos de ella.
Mas ¿cuál te nombraré? nos es cosa humana
Lo que suena tu voz, tu faz destella.
¿Eres alguna Ninfa? ¿eres Díana?
Yo diosa te presumo, y fausta estrella,
Quienquier fueres, mí, labio te saluda:
¡Oh! da propicia a náufragos tu ayuda!
LXIII.
»Y por piedad, qué clima es éste, dinos,
Ó qué zona del mundo, qué campaña;
Que sin saber ni gentes ni caminos,
Vamos perdidos en región extraña
A donde, infortunados peregrinos,
De olas y vientos nos lanzó la saña,
Y, grata a recibidos beneficios,
Mi mano hará en tus aras sacrificios.»
LXIV.
«No merezco ese honor,» Venus contesta:
«Siempre de Tirias fue, si os maravilla,
De aljaba ornadas vaguear, cual ésta,
V I R G I L I O
22
Con borceguí purpúreo a la rodilla.
Púnico imperio aquí se os manifiesta
Pueblos fenicios, de Agenor. la villa;
Empero, esta región parte fronteras
Con las tribus del Africa altaneras.
LXV.
»De Tiro vino huyendo del hermano,
La que reina hoy aquí, por nombre Dido.-
El largo drama a desflorar me allano:-
Esta tuvo a Siqueo por marido,
Rico en tierras cual no otro comarcano;
Con vivo amor de la infeliz querido;
A quien, bella con gracias virginales,
La unió el padre en primeros esponsales.
LXVI.
»Su hermano en Tiro entonces dominaba,
Pigmalion, el más feroz malvado:
Enemistad entre los dos se traba,
Y él a Siqueo, ante el altar sagrado,
Sacrílego y traidor a hierro acaba,
Y también de codicia estimulado;
Y a la sencilla enamorada hermana
Oculta el crímen de su diestra insana.
LXVII.
»Y con ficciones la entretiene en duda,
Y su amor de esperanzas alimenta;
Cuando en sueños por fin a la viuda
De Siqueo insepulto se presenta
La sombra misma, alzando la faz muda
Con tétrico misterio macilenta;
Y el ara le señala enrojecida,
L A E N E I D A
23
El pecho abierto y la profunda herida.
LXVIII.
»Y el arcano espantoso que contrista
Y un rincón recataba, muestra entero;
Y la excita a buscar con planta lista
Más humano país, clima extranjero:
Para ayuda de viaje, abre a su vista
En sótano ignorado, de dinero
Antiguo y vasto acopio. Conmovida
Dido despierta a apercibir la huida.
LXIX.
»Busca auxiliares; llegan a porfia
Quiénes que temen del cruel tirano,
Quiénes que odían la infame tiranía;
Apañan, cargan de oro las que a mano
Naves dispuestas por ventura habia;
Y ya cruza los campos de Océano
De Pigmalion avaro la riqueza;
Y una débil mujer va a la cabeza
LXX.
»Y aquí al sitio pararon do ahora vese
Muralla colosal; do se levanta
La fortaleza de Cartago: en ese
Sitio compraron tanta tierra cuanta
La piel de un buey en derredor cogiese; -
De Brisa el nombre la aventura canta.-
Mas ¿quiénes sois? ¿de dónde vuestra flota,
a dónde encaminaba la derrota?»
LXXI.
Enéas respondiéndola, doliente
V I R G I L I O
24
La voz, arranca, y con suspiro dice:
«¡Diosa! si de su origen al presente,
La serie de mis lances infelice
Narro a tu corazón condescendiente,
Primero que mi labio finalice,
-Su luz robando al mundo y su alegría
Habrá su giro completado el día,
LXXII.
»De Troya procedentes (si ya sabes
Lo que fue un tiempo la ciudad que digo),
Tras largas vueltas y fatigas graves
Golpe de airados vientos enemigo
Lanzó sobre estas costas nuestras naves.
Yo soy el pio Enéas, que conmigo
Voy llevando doquier, del mar por medio,
Dioses salvados de voraz asedio.
LXXIII.
»Enéas, en las célicas esferas
Famoso ya; que por el mundo ando
De la Italia por patria, las riberas,
Y el linaje de Júpiter buscando:
Confié al frigio mar veinte galeras,
El camino mi madre señalando,
Yo su enseñanza celestial siguiendo;
¿Qué hallamos? bravo mar y Euro tremendo.
LXXIV.
»Y he aquí con siete buques mal librados,
Llego al cabo, ignorado, desvalido,
Del África a correr los despoblados,
Ya del Asía y Europa repelido! »...
Mas aquí, con afectos reavivados,
L A E N E I D A
25
Venus interrumpióle en su gemido:
«Tú, quíenquier seas, que a Cartago vienes,
Las simpatías de los Dioses tienes.
LXXV.
»Ellos dan que los hálitos vitales
Respires para bien: feliz sendero
De la reina te lleva a los umbrales.
Vendrán a puerto nave y marinero,
Vueltos en su favor los vendavales;
Y si no falta el arte del agüero
En que hubieron mis padres de instruirme,
No dudes tú lo que mi labio afirme.
LXXVI.
»Vé esos cisnes, en número de doce,
Del éter, donde Júpiter la asila,
A darles caza el águila veloce
Se lanzó por la atmósfera tranquila:
De alegre libertad vueltos al goce,
Míralos descender en larga fila;
Ya del campo se adueñan los primeros,
Ya a flor de tierra asoman los postreros.
LXXVII.
»Cual el cielo cubrieron en bandada,
Y baten ora las festivas aves
La ala ruidosa, y cantan su llegada;
Tal la flor de los tuyos, tal tus naves
0 entran al puerto, ó llegan ya a la entrada
Con vela abierta y céfiros suaves.
Tú sigue en tanto; y por do aquesta vía
Conduciéndote va, los pasos guía.»
V I R G I L I O
26
LXXVIII.
Tal Venus dice; y vuélvese, y el cuello
Con el matiz le brilla de la rosa;
Y partiéndose en ondas, el cabello
Mana esencia de cielo deliciosa:
Cae la veste a los pies, sublime sello;
Y, andando, ser mostró de veras diosa
El héroe, al descubrir su madre en ella,
Clamando sigue la fugace huella:
LXXIX.
«¿Y así burlado una vez más me dejas,
¡Oh madre mía! con falaz semblanza,
Tú también, tú cruel? ¿Y así te alejas
Sin que hablemos con dulce confianza
Ni estrechemos las manos?» Tal sus quejas
Al aire da, y a la ciudad se avanza,
Y ella, esparciendo opaca niebla en tanto,
Los ciñe en torno de nubloso manto.
LXXX.
Y así los cubre porque nadie pueda
Ni verlos ni ofenderlos en mal hora,
Ni curioso se cruce en la vereda
Con sus, preguntas a tejer demora;
Y por los aires se remonta, y leda
Vuela al templo de Páfos, donde mora,
Do aras ciento en su honor mezclan olores
De arabio incienso ardiente y tiernas flores.
LXXXI.
Ellos con planta intríneanse ligera
Por do advierte la senda, y la colina
Coronan ya, que a la ciudad fronterd,
L A E N E I D A
27
De lleno allá sus cúpulas domina.
Enéas con asombro considera
La fábrica estupenda y peregrina
Do un tiempo fueron chozas; y suspenso,
Puertas ve, y calles, y el bullicio inmenso,
LXXXII.
No descansan los Tirlos: ó se empleen
En alzar el alcázar y dirijan
El giro a la muralla, y acarreen
Gruesos cantos a empuje; ó puesto elijan
Para casa, y con zanja le rodeen:
Sobre traza soberbia sitio fijan
Propio al legislador, al magistrado,
Y al augusto recinto del Senado.
LXXXIII.
Quiénes, formando un muelle, cavan fosas;
Quiénes, para un teatro, anchos solados
Extienden, y columnas prodigiosas
Cortan, adorno a escénicos tablados.
Tales, en suma suelen oficiosas
Ir las abejas por floridos prados
Cuando sacan al sol adultas crias
De estacion bella en los primeros días;
LXXXIV.
Tales la miel fabrican rica; y llena
Las celdillas al cabo el néctar blando
Y ya salen de paz, la carga ajena
A recibir ufanas; ya cerrando
En trabado escuadron, de la colmena
Los zánganos alejan, torpe bando:
Con afán vario la labor se enciende,
V I R G I L I O
28
Y a tomillo vivaz la miel trasciende.
LXXXV.
«¡Qué gran dicha a unos hombres se depara
Que alzarse ven el suspirado muro!»
Dice Enéas a tiempo que repara
En las altas techumbres; y seguro,
Gracias, ¡oh rnaravilla! a que la ampara
Contino en derredor celaje oscuro,
Entra por la ciudad con paso listo;
Anda entre todos, y de nadie es visto.
LXXXVI.
Antiguo bosque de frescor ameno
Había en medio a la imperial Cartago:
Lanzados ya los Tirios a su seno
De ondas y vientos por furioso amago,
Hallaron en las capas del terreno
De un corcel la cabeza, don presago
Que allí Juno les puso de victoria,
Prenda de salvación, señal de gloria.
LXXXVII.
Grata la Reina a auxilios singulares,
Alzaba allí a la Diosa un templo extenso,
Que a la vez ilustraba sus altares
Con favor sacro y con devoto incienso:
Escalonado el atrio entre pilares
Y trabes bronceadas, daba ascenso
A la alta puerta de metal bruñido
Que el quicio oprime, y gira con ruido.
LXXXVIII.
En este bosque el héroe al pecho laso
L A E N E I D A
29
Halló aliento, a sus penas lenitivo,
Y alta lección de que en adverso caso
Hay siempre de esperanza algun motivo;
Pues, ya en el templo suntuoso, al paso
Que todo lo registra pensativo,
Y aguardando a la Reina, allá en su mente
Mide el poder de la ciudad naciente;
LXXXIX.
Mientras nota a un plan mismo convertidas
Manos de artistas y el primor del arte,
Por órden halla en cuadros repartidas
Leyendas de Ilion, lances de Marte,
Que al orbe ocupan ya. Ve a los Atridas,
Ve a Príamo, e igual a cada parte
Aquíles en los rayos de su ira;
Párase aquí, y con lágrimas suspira.
XC.
«¡Acátes! ¿qué región, de nuestra fama
No hay ya en el mundo, ó nuestros hechos, llena?
Míra a Príam: aquí la gloria llama
Al que allá injusta adversidad condena:
El sentimiento aquí llantos derrama,
Y aquí se siente en la desgracia ajena!
Animo, pues; nuestro renombre claro
Presta esperanzas de feliz reparo.»
XCI.
Dice, y con mil recuerdos embebece
En la inerte pintura los sentidos,
Y mudo llanto el rostro le humedece;
Que en ella, muro afuera, en lid tejides,
Ya la troyana juventud parece,
V I R G I L I O
30
Que a los Griegos acosa espavoridos;
Ya a los Frigios, Aquíles, que bizarro
Con plumaje gentil vuela en su carro.
XCII.
Reconoce con lágrimas, tras eso,
Las tiendas, con sus lonas cual de nieve,
Que Diomédes taló, vendido Reso
Del primer sueño en el regazo aleve:
Allí el cruel en sanguinario exceso
Huelga; y medroso de que alguno pruebe
Pastos de Troya ó en el Janto beba,
Los caballos indómitos se lleva.
XCIIII.
Tróilo en pos viene: juvenil locura
Ha hecho que fuerzas inferiores mida
Con Aquíles: perdida la armadura,
Derribado de espaldas, de la brida
Traba, que al vacuo carro le asegura:
Tiran los potros en veloz corrida;
Arrastra el cuello y cabellera suelta,
Y el polvo fácil marca el asta vuelta.
XCIV.
Más allá al templo de Minerva, en tanto,
Teucras matronas a ofrecerle llegan,
Por vencer su rigor, un regio manto:
El tendido cabello al aire entregan;
Hieren el seno en muestra de quebranto
Las palmas; los humildes ojos ruegan:
Sorda la Diosa a la oración prolija,
Torvas miradas en el suelo fija.
L A E N E I D A
31
XCV.
Enéas adelante a Aquíles halla
Volviendo, a trueco de oro, el insepulto
Cadáver que en redor de la muralla
Tres veces arrastró con fiero insulto:
Hondo gemido de su pecho estalla
El muerto amigo viendo allí de bulto
Y el carro vencedor y los despojos,
E inerme suplicando el Rey de hinojos.
XCVI.
Él mismo en noble puesto allá campea
Par del negro Memnon, que con su banda
De Oriente, cierra. Al fin Pentesilea
Las huestes amazónicas comanda
De corvo escudo: el cíngulo rodea
Aureo so el pecho descubierto; y anda
Furiosa entre los gruesos escuadrones,
Y hembra y todo, armas hace con varones.
XCVII.
Mientras con viva admiración encuentra
Tales cuadros el héroe, y cada asunto
Le detiene, y la vista reconcentra
Luego y la admiración toda en un punto;
Dido, la hermosa Dido al templo entra,
La cual doquiera penetrando, junto
Con damas de copiosa comitiva,
La labor colosal risueña activa.
XCVIII.
Tal del Eurótas por la vega umbría
Ó ya del Cinto por el halda amena,
Gentil Díana leves coros guía
V I R G I L I O
32
la aliaba pendiente al hombro suena
Ninfas en torno ágrúpanse a porfía,
Y a todas ella en majestad serena
Se aventaja al andar: delicia vaga
El seno de Latona oculta halaga.
XCIX.
Ya a las puertas la Reina se presenta
De do la Diosa estableció morada,
Y en el trono magnífico se asienta
Que el ámbito promedía de la arcada:
Rodéanla sus guardías: ello, atenta,
En dar la ley y hacer la paz se agrada;
Y ya a cada uno igual la carga mide,
Ya, echando suertes, la labor divide.
C.
Mas entre inmensa multitud, que en esto
Ansiosa al paso acude, al templo santo
Ha columbrado Eneas que Sergesto
Y Anteo viene, con el gran Cloanto,
Y otros que oscuro el Ábrego interpuesto,
Lanzó a playas distintas. Con espanto
Entremezclado de alborozo vivo,
Ven los dos del embozo el fausto arribo.
CI.
Y aunque las manos estrechar anhelan.
Mas lo raro del caso los detiene,
Y en la cóncava nube se cautelan,
Do a los que llegan atender conviene,
Que dó surgieron digan, ó qué, apelan,
Pues embajada forman en que viene
De cada nave un noble personaje,
L A E N E I D A
33
Y audiencia al palo claman y hospedaje.
CII.
Como entraron, y el real asentimiento
Logrado hubieron de que alguno hable,
«¡Salve, oh Reina!» empezó con grave acento
Ilioneo, entre todos venerable:
«Tú, a quien fundar concede ilustre asiento
Jove, y justa regir gente intratable,
Hijos de Troya ves, ya há largos años
Agitados en pielagos extraños.
CIII.
»Hoy de incendio amenaza gente osada
Nuestros bajeles: tu poder lo impida!
De un pueblo religioso te apiada
Que con su historia tu amistad convida!
No a hacer risa venimos por la espada
En comarca a tu imperio sometida,
No a la costa a volver con rica presa;
Ni es de vencidos tan soberbia empresa.
CIV.
»Hay de antiguo un país, con apellido
De Hespería por los Griegos señalado,
Pueblo en trances de guerra asaz temido,
Tierra asaz grata a la labor de arado:
Fue primero de Enotrios poseído;
Y hora Italia se nombra, por dictado
De famoso caudillo procedente,
Si ya constante tradición no miente.
CV.
»Bogaban para allá nuestros navíos
V I R G I L I O
34
Cuando Orion, que cóleras desata,
Surge infausto del mar, y entre bajos
Con subitáneo golpe nos maltrata;
Y servido a placer de austros impíos,
Entre espuma y fragor nos arrebata
Por todo el mar. Muy pocos, cuasi a nado
Habemos a tus costas arribado.
CVI.
»Mas ¿qué raza cruel, señora, es ésta?
¿No rige ley que su barbarie elida?
Que aún no bien nos divisa, a lid dispuesta,
Conjúrase a estorbarnos la acogida
Que a náufrago infeliz la arena presta.
Oh! si a hombre no temeis que cuenta os pida,
Que hay Dioses recordad que nunca mueren,
Y premian la virtud y al crímen hieren!
CVII.
»Rey nuestro fue, de príncipes modelo,
Enéas, que otro igual no vio la tierra,
Quier en la paz por su piadoso celo,
Quier por su brazo poderoso en guerra.
Que si aun aura vital le otorga el Cielo,
Si hado adusto en tinieblas no le encierra,
Acabóse el temor, y a ti en agrado
Vendrá, fio, el favor anticipado,.
CVIII.
»Mas oye: en la poblada, en la guerrera
Comarca siciliana poseemos
De Acéstes el favor, que en ella impera,
Y troyana es su sangre. Que arrimemos
Nuestros restos, consiente, a la ribera,
L A E N E I D A
35
Y en tus bosques cortar tablaje y remos,
Y a Italia iremos, nuestro Rey al frente,
Si salva el hado vuelve nuestra gente.
CIX.
»Mas si ya feneció nuestra ventura;
Si ya, ¡oh amado Rey de los Troyanos!
Te dan líbicas olas sepultura,
Ni a Ascanlo logran nuestros votos vanos;
Buscaremos siquier mansión segura
Navegando a los términos sicanos,
De do ya nuestra flota el vuelo alzara,
Que allí Acéstes bondoso nos ampara.»
CX.
Dice, y todos barbotan de consumo
Oscura frase que el asenso explica;
Y con modestia y dignidad en uno
La culta Reina al orador replica:
«¡Troyanos! desterrad el que importuna
Vago recelo el alma os mortifica:
Mis fronteras guardar por fuerza debo;
Dura es mi situación, y el reino es nuevo.,
CXI.
»Mas ¿quién no sabe a Troya y sus varones?
No de tantas virtudes el tesoro,
Los nombres de tan nobles campeones,
Ni ya esa guerra gigantesca ignoro:
No solemos los Penos corazónes
Tan incultos llevar; ni al carro do oro
Sus caballos el Sol tan lejos ata
De una ciudad que, vuestra gloria acata.
V I R G I L I O
36
CXII.
»Quier vuestro anhelo la región prefiera
De Hesperia, y campos que Saturno escuda.
Quier la de Érice os llame lisonjera,
A do el favor de Acéstes os acuda;
Doquiera ir presumais, ireis doquiera
Seguros con mi amparo y con mi ayuda.
¿0 hacer mansión conmigo os acomoda?
Esta ciudad que fundo, es vuestra toda.
CXIII.
»Meted la fiota: un mismo tratamiento,
Tendrá el Teucro en Cartago y el de Tiro,
Y ¡oh si arribase con el propio viento
El héroe que nombró vuestro suspiro!
Pues yo daré a emisarios mandamiento
Que exploren la comarca en largo gíro,
Por si, náufrago Enéas, rnueve acaso,
O en el poblado, incierto el paso.
CXIV.
De la arenga tocados, rato habia
Los de la nube ansiaban salir fuera;
Y, a Enéas vuelto, Acátel le decía:
«Falta el que hundirse viste en la onda fiera,
Cúmplese en lo demas la profecía,
Hijo de Venus, que tu madre hiciera:
¿Qué aguardas?» Suelta en esto se evapora
La opaca nube en la aura brilladora.
CXV.
Y el héroe apareció, de luz cercado,
A un Dios en aire y en miembros semejante;
Pues le había su madre aderezado,
L A E N E I D A
37
La copia de cabellos arrogante;
Bañó sus ojos de inefable agrado,
Y dio luz rósea al juvenil semblante,
Bien cual bruñe el marfil, ó mármol pario
Ó argento engasta en oro el lapidario.
CXVI.
«Ved salvo al que buscais; yo soy Enéas!»
Dice; y a Dido se convierte luego:
«Tú, sensible mujer, dichosa seas,
Sensible a nuestra historia, a nuestro ruego;
Que reino y casa a náufragos franqueas,
De la espada reliquias y del fuego,
Juguetes de la mar, de la fortuna,
Ya sin arrimo ni esperanza alguna!
CXVII.
»Señora, a tu largueza, a tu hidalguía
Corresponder nosotros mal podremos,
Ni cuantos restos de la patria mía
Errantes van del orbe en los extremos.
Mas si hay Dioses que ven con simpatía
La virtud; si aún justicia conocemos;
Si el tribunal de la conciencia es algo,
El Cielo premiará tu porte hidalgo!
CXVIII.
»¡Oh feliz hora en que la luz primera
Viste del cielo! ¡oh ilustres genitores!
Mientras amen del monte la ladera
Las sombras; mientras corran bramadores
Los rios a la mar; mientras la esfera
Alimente sus trémulos fulgores,
Durará tu alabanza y tu memoria:
V I R G I L I O
38
Doquier yo aliente, vivirá tu gloria.»
CXIX.
Dice; y adelantándose del puesto
Las manos da regocijado: en tanto
Que una ofrece a Ilioneo, otra a Seresto,
Y al gran Gias, de ahí, y al gran Cloanto,
Y a todos a la vez. Dido de presto,
Enmudeció de admiración y encanto:
Al presentarse el héroe, con su brillo;
Luego, al abrir los labios, con oillo.
CXX.
Recobrada, expresó razones tales:
«¡Oh! ¿qué impía mano perseguirte osa
Al traves de contrarios temporales?
¿Quién, ilustre mortal, hijo de Diosa,
A estas playas te impele inhospitales?
¿No eres tú a quien de Anquíses Cipria hermosa,
Del frigio Símois en el valle ameno,
Concibió grata en su amoroso seno?
CXXI.
»Recuerdo a Teucro, que en Sidon venido,
Trocaba con destierro el patrio clima,
Ya de mi padre Belo protegido,
Que imperaba triunfante en Chipre opima.
Troya y Grecia de entonces en mi oido
Sonaron con tu nombre. En alta estima
El tenía a los tuyos, si contrario,
Y aun de Troya alabóse originario.
CXXII.
»¡Mas venid luego a mi real morada,
L A E N E I D A
39
Mancebos! Cual vosotros combatida
De ruda suerte y varia, al fin cansada,
Donde agora os la doy, logré acogida
De mis propias desgracias enseñada
Miro por los que sufren condolida.»
Dice; y honrando a la Piedad divina,
Con el héroe a palacio se encamina.
CXXXIII.
Y próvido tendiendo el pensamiento,
A los que quedan en la playa; envía
Veinte toros allá, por bastimento,
Cien gruesos cuerpos de cerdosa cría,
Y cien ovejas y corderos ciento;
Y el don de alegre Dios, por granjería;
En tanto que el palacio se adereza
Con vario alarde de imperial riqueza.
CXXIV.
Ya en el seno interior del edificio
Previénese el opíparo convite:
Lucen vestes, do el clásico artificio
Con,la soberbia púrpura compite;
Brilla de plata sólido servicio,
Y copas de oro, do el buril repite,
Desde era inmemorial las patrias glorias,
Y los Reyes en serie, y sus historias.
CXXV.
En este medio Enéas (no tolera
Amor, pecho de padre sosegado)
A Acates manda que en veloz carrera
Lleve a Ascanio el obsequio, y a su lado
Venga Ascanio;- que Ascanio cobra entera.
V I R G I L I O
40
La ternura del padre y su cuidado.-
Y traiga cuanta rica prenda y joya
A los escombros se arrancó de Troya.
CXXVI.
Acuérdale la veste de oro llena,
Con sólidas figuras y labores,
Y el rico velo de la argíva Elena
Que de amarillo acanto esmaltan flores;
El mesmo que ella, de rubor ajena,
Volando en pos de ilícitos amores,
Don de Leda su madre peregrino,
Trujo de Grecia cuando a Troya vino.
CXXVII.
Reliquias con que a par venir dispone
El noble cetro que regir solía,
Hija mayor de Príamo, Ilione,
Y el collar de menuda pedrería,
Y el díadema do el oro se compone
Con finas perlas en igual porfía.
Acátes, que cumplir el cargo anhela
Camino de las naves corre, vuela.
CXXVIII.
Nuevas trazas en tanto Citerea,
Nueva industria medita: que Cupido
Tome de Ascanio la figura, idea,
Y que, atenta al obsequio, obsequie a Dido;
Con que tocada de un incendio sea
Que el corazón le invada inadvertido;
Ca ese mixto hospedaje bajo un techo
Teme, y dos amistades en un pecho.
L A E N E I D A
41
CXXIX.
Y, a su idea presente sin desvío
Juno cruel que la robara el sueño,
«Tú a quien debo mi fuerza y señorío,»
Dice, humilde apelando a Amor risueno:
«T ú, el único que ves, dulce hijo mio,
Libre y seguro de mi Padre el ceño
Que de Titanes quebrantó el arrojo!
Merced vengo a pedir, y a tí me acojo.
CXXX.
»Enéas sabes tú cuánto ha sufrido;
Cuál Juno en oprimirle atroz persiste,
De todo viento en todo mar barrido;
Que aun de él conmigo hermano te doliste:
Huésped agora la sidonia Dido
Con regio halago liberal le asiste;
Mas temo que a inclinarse en contra emplea,
Hospedaje que a Juno a par se ofrece.
CXXXI.
»Que no su odiosidad terná arrendada
En tan ardua ocasion. Y así primero
Poner de Dido al corazón celada
Y de mi llama rodealle quiero;
Porque otra inspiracion no la disuada,
Y, con afecto al cabo verdadero
Asida a Enéas, de mi lado quede:
Oye cuál finjo que lograrse puede.
CXXXII.
«El infante real la voz de Enéas
Va a seguir, y de Acátes las pisadas,
V I R G I L I O
42
A Cartago llevando las preseas
De Troya, al fuego y a la mar ganadas.
Porque él nada presuma, y de él no seas
Turbado de la Reina en las moradas,
A Citera ó a Idalia llevaréle,
Do sacra oscuridad su sueño cele.
CXXXIII.
»Toma esta noche su figura, y lazo,
Niño en disfraz de niño, a armar vé a Dido;
Que ella habrá de acogerte en su regazo
Gozosa entre los bríndis y el rüido;
y tú a vueltas podrás del blando abrazo,
En la miel de sus ósculos, Cupido,
Depositarla punta que a su seno
Oculto del amor lleve el veneno.»
CXXXIV.
Manso a la tierna madre Amor da oidos,
Y marcha, a Ascanio igual, depuesta el ala;
Mientras de Ascanio Venus los sentidos
Con plácido sopor vence y regala;
Y abrigado en su seno, a los erguidos
Idalios bosques llévale, do exhala
Suaroma, y con sus sombras le guarece
El blando almoraduj que allí florece.
CXXXV.
En tanto de Cartago en seguimiento,
Obediente de Venus al mandado,
Cupido va con dones opulento,
Con el favor de Acátes bien hallado.
Cuando llegado hubieron, fue el momento
En que en el centro de grandioso estrado
L A E N E I D A
43
Dido en cojines recamados de oro
Se reclinaba con gentil decoro.
CXXXVI.
Enéas, que tras ella se,avecina,
Entra, y con él la juventud troyana,
Que en orden se desparte, y se reclina
En muelles lechos de soberbia grana.
Agua da para manos cristalina
La servidumbre, y de suave lana
Toallas brinda, y de la rubia Dea
El don en canastillos acarrea.
CXXXVII.
Cincuenta esclavas dentro, los manjares,
Puestas en fila, en sazonar se emplean,
Y con incienso en propiciar los Lares;
Copas, ministran, viandas acarrean
Otras, cien, y en la, edad cien mozos pares,
Entran, llamados, Tirios que pasean
Densos en 1os alegres corredores,
Y los lechos ocupan de colores.
CXXXVIII.
Admiran de los dones la hermosura,
Admiran al garzon, su faz que brilla,
Y de su falsa labia la dulzura;
Ven la áurea veste, el oro que amarilla
La flor de acanto con primor figura:
Mas Dido en especial se maravilla,
Y de gozar no acaba;- ella, ¡ay! no sueña
Que a un abismo, gozando, se despeña!
CXXXIX.
V I R G I L I O
44
Y en el niño y los dones se recrea,
Los mira, y cuanto mira, eso se inflama.
¿Qué hace el rapaz? Al cuello se rodea
Del héroe, que en su error hijo le llama;
Mas luego que feliz le lisonjea,
Déjale en paz, y con su activa llama
Va a Dido, que en su error, niño inocente
Jovial le invita: con risueña frente.
CXL.
¡Ay! ya al seno le estrecha dulce y blanda
¡Y es un gran Dios lo que en su seno anidal
De la Reina en el seno, lo que manda
La gran Diosa, su madre, Amor no olvida:
De Síqueo la imágen veneranda
Sin sentir borra, y sin sentir convida
Con nuevo halago a nueva lid a un alma
Que retirada ha tiempo vive en calma.
CXLI.
Hubo el primer banquete terminado,
Y la mesa se sirve de licores,
Y festejan el vino regalado
Los hondos vasos adornando en flores.
Cien arañas del áureo artesonado,
Penden: crecen sonando los clamores;
Y las hachas con luces triunfadoras
Quitan el campo a las nocturnas horas.
CXLII.
En este instante la sidonia Dido
La copa demandó que usar solia
Belo, que en orden desde allá traido
Cada progenitor usado habia:
L A E N E I D A
45
Copa del oro sustentada, unido,
Con finas piedras en igual porfía;
Y de vino la llena, y al momento
Calla el concurso a su palabra atento:
CXLIII.
«¡Júpiter! si ya diste a los humanos
De la hospitalidad el sacro fuero,
Haz este día a Tirios y a Troyanos
Grato por siempre y, de felice agüero
Lo aplaudan nuestros nietos más lejanos:
Benigna Juno y Baco placentero,
Lo honren presentes; y en gozoso grito,
Tírios, a saludarlo ahora os invito.»
CXLIV.
Dice; y sobre la mesa el néctar liba
Que generoso desbordaba, y luego
La taza al labio toca fugitiva:
La alarga a Bícias con señal de ruego;
Toma, empínala e1 con ansia viva,
Y el espumoso vino agota ciego:
Alzan todos los próceres sus copas,
y el canto empieza del crinado Yópas.
CXLV.
El cual describe con laud divino
Lo que Atlas le enseñó por gran fortuna;
Cómo el sol desfallece en su camino;
Por qué altera su faz la móvil luna;
Deónde la bestia de los campos vino;
Cuál fue del hombre la primera cuna;
Qué fuente al mundo suministra el agua;
Dó está de los relámpagos la fragua.
V I R G I L I O
46
CXLVI.
Canta eso mismo a Arturo, las dos Osas,
Y las Híadas tristes. el arcano
Que las noches alarga perezosas;
Por qué los soles del invierno cano
Con ruedas se despeñan presurosas
A bañarse en el líquido Océano.
Cesa; y acogen su cantar sonoro
Tirios y Teucros aplaudiendo en coro.
CXLVII.
Y vuela el tiempo en pláticas sabrosas,
Y Dido, platicando, amor apura;
Mil cosas sobre Príamo, y mil cosas
A preguntar sobre Héctor se apresura:
Ya qué huestes trujera pavorosas
EI hijo de la Aurora, oir procura;
Ya la historia saber de los gentiles
Potros de Raso, ó el poder de Aquíles.
CXLVIII.
«¿Que en fin,» exclama, «por ventura mía
Desde el principio en relatar vinieses
Los pasos de la griega alevosía,
Huésped, y vuestras glorias y reveses!
También tus viajes entender querría,
Ya que contemplas los estivos meses
Tornar séptima vez desde que yerras
Mares cruzando y extranjeras tierras.»
L A E N E I D A
47
LIBRO SEGUNDO.
I.
Todos callan; y Enéas, que cautiva
De todos la atención, desde alto lecho
Comienza: «¡Oh Reina! mandas que reviva
Inefable dolor mi herido pecho;
Que cómo a manos de la hueste aquíva
El troyano poder cayó deshecho
Recuerde: horrores que podré pintarte,
De ello testigo y no pequeña parte.
II.
«Mas ¿quién, ya que secuaz de Ulíses fuera,
Si a tan largo dolor velos levanto,
Qué Mirmidon, qué Dólope lo oyera
Sin dar, a su pesar, tributo en llanto?
Acercándose al fin de su carrera
Hé aquí la húmeda Noche rueda en tanto,
Y extinguiendo en la mar sus luces bellas
A descanso convidan las estrellas.
III.
»Mas pues tu noble corazón consiente
En ser de este dolor particionero;
Pues mandas que de Pérkarno te cuente
V I R G I L I O
48
El afán congojoso postrimero
En breve narración; aunque se siente
Horrorizado el ánimo, y del fiero
Espectáculo aparta la memoria,
Principiaré la miseranda historia.
IV.
»Yacian con el cerco prolongado
Rotos los jefes de la hueste aquea,
Maltrechos siempre del adverso hado;
Cuando Minerva en su favor emplea
Artificio sagaz. Por su mandado,
Hueca mole fabrican gigantesca
Que gran caballo al parecer figura,
De recia tablazon y contextura.
V.
»Simulan y propalan que se eleva
Por voto a Pálas hecho, de tranquilo
Viaje en demanda: por doquier la hueva
Mentirosa se esparce; y en sigilo,
Echadas suertes entre gente a prueba,
A ocupar suben e1 oscuro asilo
Del vasto seno y cóncavos costados,
Provistos de sus armas los llamados.
VI.
»Frontera a Troya Ténedos se ostenta.
Que otro tiempo gozó de nombradía:
Isla famosa, fértil, opulenta
Durante la troyana monarquía:
En su abandono y soledad presenta
Hora a las naves pérfida bahía:
A sombra de sus costas sin testigo
L A E N E I D A
49
Los bajeles ensena el enemigo.
VII.
»Pensamos que, la vela dada al viento,
Bogando irian por la mar serena
Para la patria: el largo abatimiento
La ciudad de sus hijos enajena:
Las puertas abre; al griego acampamento
Rápida corre de alborozo llena
La multitud, y visitar le agrada
Yermo el campo, la playa abandonada.
VIII.
»Aquí los batallones del furioso,
Del fuerte Aquíles; acullá su tienda:
Allí tomaban plácido reposo,
Acá trabámos áspera contienda.
Así van discurriendo; y el coloso
Infausto, reputado por ofrenda
A la casta, Minerva, hace que, muda
De Asombro, turba inmensa en ruedo acuda,
IX.
»Fuese traición, ó que la adversa suerte
Para entonces el golpe reservase,
Timétes clama que la mole al fuerte
Se lleve al punto, y las murallas pase.
Cápis, empero, que el peligro advierte,
Aconseja con otros que la abrase
Fuego voraz, y la vecina ondal
El sospechoso don, trague y esconda;
X.
»O que,el oscuro seno se barrene
V I R G I L I O
50
Para indagar lo, que en el fondo encela.
Indecisa la turba se mantiene.
En esto de la excelsa ciudadela
Con numerosa muchedumbre viene
Laoconte, al campo a rebatado vuela,
Y, «¡Oh desgraciados! » desde lejos grita:
«¿Qué demencia a la muerte os precipita?
XI.
»¿Pensais que el enemigo nuestra tierra
»Dejó? ¿Fiaís en sus mentidos dones?
»¿Cuán poco a Ulíses conoceis? ó encierra
»Esta fábrica aquivos campeones,
»0 artificíosa máquina de guerra
»Es: nuestra situación y habitaciones
»Por cima intentan registrar del muro,
»Para luego caer sobre seguro.
XII.
»Ello, hay engano, ¡Oh Teucros, confianza
»Negad a ese caballo! Como quiera,
»Yo temo de los Griegos la asechanza
»A vuelta de sus dones traicionera.»
Dijo; y desembrazó fornida lanza
Hacia un lado del cóncavo; certera
Vuela, clávase, vibra: conmovido
Dio el seno cavernoso hondo bramido.
XIII.
»¡Ay! a no ser por la fortuna impía
Que nos robaba libertad y acierto,
Laoconte en su furor logrado habría
Que pusiésemos luego en descubierto,
Hendiendo la armazon, la alevosía.
L A E N E I D A
51
Aun hoy tu alcázar descollara yerto,
¡Oh Patria! ¡al filo de traidora espada
No cayera tu pompa derribada!
XIV.
»Frigios pastores con tumulto y grita,
Atras ambas las manos, prisionero
Traen ante el Rey un mozo. Audaz medita
Abrir el muro con ardid artero
A los suyos; ni el ánimo le quita
El peligro de infame paradero;
Resuelto a todo, el pérfido se hizo
Con aquellos pastores topadizo.
XV.
»La multitud agólpase, y denuesta
Al prisionero que curiosa mira.
(Reina, las artes de los Griegos de esta
Traición colige; su maldad admira.)
Inerme se detiene, manifiesta
Medrosa turbación: los ojos gira
La turba rodeando que le oprime,
Abre los labios, y temblando gime:
XVI.
«¡Cielos! ¿a dónde me arrojais? ¿qué puerto
»Queda ya a mi infortunio? La cadena
»Del Griego a quebrantar aún bien no acierto,
»Y ya el Troyano a muerte me condena.»
Compone a su gemido el desconcierto
La multitud, el ímpetu serena,
Y con instancia a declarar le mueve
Patria, linaje, y la intencion que lleve.
V I R G I L I O
52
XVII.
»Títulos aguardamos con que abone
Palabras de cautivo. Reparado
De la sorpresa, el impostor repone:
«¡Rey! la verdad confesaré de grado:
»No a mi labio veraz candado pone,
»Aunque adverso me fuere, el resultado:
»Yo Griego soy, no ocultaré mi cuna;
»Me hizo infeliz, no falso, la fortuna.
XVIII.
»Quizá en conversación por accidente,
»De Palamédes, generosa rama
»Del linaje de Belo floreciente,
»Llegó a tu oído el claro nombre y fama.
»Porque la guerra no aprobó, demente
»Llamóle el pueblo, y con indigna trama
»Trájole al hierro de la muerte: ahora
»Inmaculado le confiesa y llora.
XIX.
»Mi padre, escasa el arca de dinero,
»Guerrero aventuróme, y al cuidado
»De aquel varon fióme, compañero
»Antiguo nuestro y próximo allegado.
»Tomámos de esta playa el derrotero
»Muy al principio. Prosperó el Estado
»Miéntras honrarle y atenderle supo,
»Y parte a mí de su esplendor me cupo.
XX.
»Mas el término vi de mi contento
»Cuando de sus manejos el astuto
»Itacense, el infame acabamiento
L A E N E I D A
53
»De Palamédes recogió por fruto.
»Notorio el caso fue. Yo en aislamiento
»Dime a vivir y en miserable luto:
»Pensaba siempre en mí inocente amigo,
»Y eterna indignación iba conmigo.
XXI.
»Ni pudiendo tener contino a raya,
»Demente ya, mi cólera sombría,
»Clamé, juré que si a la amada playa
»Tornase vencedor, me vengaría.
»Odios que Ulíses en silencio ensaya
»Hubo de acarrearme la osadía
»De mis palabras: sin enmienda aquello
»Vino a poner a mi desgracia el sello.
XXII.
»De entonces más, calumnias el aleve
»Ideó nuevas: comenzó rumores
»Vagos a propalar entre la plebe;
»Ni pudo sosegar en los terrores
»Conque el crímen persigue, hasta que en breve
»Con Cálcas, el augur, a sus rencores...
»Mas ¿a qué, derramando el pensamiento,
»Así os fatigo, y mi dolor aumento?
XXIII.
»Ya os dije, Griego soy: ¿qué más indicio,
»Si a todos nos nivela vuestra saña?
»Ea, pues: ¡consumad el sacrificio!
»Bien los de Atreo os pagarán la hazaña;
»Su triunfo, el Itacense.» El artificio
No vemos con que a fuer de Griego engaña;
Antes le instamos a explicarlo todo.
V I R G I L I O
54
Con fina astucia y misterioso modo,
XXIV.
«Los Griegos,» sigue, «no una vez la prora
»Volver pensaron, y soltar la clava,
»Del asedio cansados. En mal hora
»Tornábalos a puerto la onda brava
»Y el ala de los vientos bramadora.
»Mas esa estatua al ver, que en pie se alzaba,
»Con ira nueva y general tronido
»Resonó el cielo en llamas encendido.
XXV.
»Eurípilo, que hicimos acudiera
»Al apolíneo oráculo, tornando
»Trajo esta, en solución, voz lastimera:
»
Griegos: los vientos aplacasteis, cuando»Marchabais a Ilión la vez primera,
»En el ara una virgen inmolando:
»Si en la vuelta anhelais propicia calma,
»Sangre verted, sacrificad un alma.
XXVI.
»La voz a oidos de las gentes vino
»Moviendo al corazón mortal recelo,
»Todos el rigor tiemblan del destino;
»Cuaja a todos la sangre torpe hielo.
»En tal crisis a Cálcas adivino
»Saca Ulíses con ímpetu y anhelo,
»Y de la hueste aquéjale en presencia
»A interpretar la funeral sentencia.
XXVII.
»Ya de aquel pecho de piedad desnudo
L A E N E I D A
55
»Sondando muchos el ardid secreto,
»Me auguraban mal fin. Diez días mudo
»Difirió Cálcas el fatal decreto.
.»Cediendo al cabo al clamoreo agudo,
»Y a la mente ajustando del inquieto
»Instigador el fallo, lo pronuncia:
»Yo la víctima soy; mi nombre anuncia.
XXVIII.
»Place a todos; y el golpe que temía
»Cada uno enantes en su mal, en cuanto
»Sobre un triste desciende, en alegría
»Pública trueca el general quebranto.
»Ya se acercaba el tenebroso día
»De la degollación: con gozo, en, tanto,
»La salsamola alistan, y disponen
»Fúnebres vendas que mi sien coronen.
XXIX.
»Liberteme, es verdad, de la atadura;
»Y de un pantano entre la juncia y cieno
»Logré ocultarme con la noche oscura,
»Aguardando partiesen, si sereno
»Lo comportaba el mar por mi ventura.
»Mas la esperanza huyó de ver el seno
»Antiguo de la patria, y a mi lado
El hijo dulce, el padre deseado.
V I R G I L I O
56
XXX.
»Ellos, blanco al furor de mis tiranos,
»Por mí habrán de lastar en roja piral
»Por los dioses del cielo soberanos
»Que apartan la verdad de la mentira,
»Por la noble lealtad, si ya en humanos
»Pechos cupo lealtad, la suerte mira
»No merecida, ¡oh Rey! que en mi se ceba;
»Tanto infortunio a compasion te mueva!»
XXXI.
La piedad que con lágrimas demanda,
Con lágrimas le dan los corazónes.
Abogamos por él. Al punto manda
Que los lazos le suelten y prisiones
El Rey, y así le dice con voz blanda:
«Olvida ya las bárbaras legiones,
»Mancebo, y sus malvados procederes:
»De hoy más, quienquier tú seas, nuestro eres.
XXXII.
»Mas la verdad declara sin rebozo:
»¿Quién inventó esta mole? ¿Con qué intento?
»¿Máquina amenazante de destrozo
»Es? ¿ó bien relialoso monumento?»
Dice el buen Rey; y el atrevido mozo
Mostrado, a usanza griega, al fingimiento,
Exclama así, las manos desatadas
Volviendo al cielo, y húmidas miradas:
XXXIII.
»¡Astros eternos! ¡Dioses que castigos
»Al dolo reservais! ¡Cuchilla! ¡velo!
»¡Aras del sacrificio! sed testigos
L A E N E I D A
57
»Del derecho cabal con que cancelo
» Antiguos pactos: odio a los que amigos
»Pude llamar; ¡sus crímenes revelo!
»Mas ¡oh! ¡si en mi tú salvación se apoya,
»Guárdate fiel a tus promesas, Troya!
XXXIV.
»Los Griegos de Minerva en el robusto
»Auxilio descansaron confiados
»Hasta que el hijo de Tideo injusto
»Y fraguador Ulíses de atentados,
»Su estatua milagrosa al templo augusto
»Se aunaron a robar; y, degollados
»Los guardías del castillo, con sangrienta,
»Mano asieron de la alba vestimenta.
XXXV.
»Cayó miedo en los ánimos: su ayuda.
»Cambió, la Diosa en no dudoso amago;
»Que, al campo apenas se llevó, ceñuda
»Los ojos clava con fulgor aciago;
»¡Raro prodigio! humor amargo suda,
»Y del suelo tres veces se alza en vago,
»El escudo flamígero delante,
»Y el asta blandeando retemblante
XXXVI.
»Incontinente Cálcas determina
»Que el sitio los guerreros abandonen;
»Diz que en vano de Troya la ruina,
»Por bien que la expugnaren, presuponen.
»Si, tornando a cruzar la onda marina,
»En Árgos los auspicios no reponen,
»A la Diosa aplacando en sus desvíos
V I R G I L I O
58
»Que cuidaron llevar en los navíos.
XXXVII.
»A Micénas ahora encaminados
»(De Cálcas los auspicios tal declaran),
»Prevenidos mejor y apertrechados,
»La vuelta a dar de asalto se preparan,
»Mas antes que partiesen, avisados,
»En.igual de la que ímpios enojaran
»Robada estatua, edificaron ésta
»Para purgar la violación funesta.
XXXVIII.
»Plúgole a Cálcas, además, que fuese
»De trabes poderosas guarnecida
»Y que las nubes con la frente hiriese,
»Porque su peso y altitud impida
»Que por las puertas quepa, y atraviesa
»Las murallas, no avenga que presida
»A la ciudad, del Paladion viuda,
»Y con la antigua protección la acuda.
XXXIX.
»Que si este don violais -el agorero
»Pronostica (primero se convierta
»En quiebra suya el malhadado agüero!)-
»Troya vencida quedará y desierta:
»¿Qué es Troya? ¡el Asia! ¡Triunfareis, empero,
»Si le internareis, la muralla abierta,
»Y a las aguas de Grecia vuestras proras
»Irán, andando el tiempo, vencedoras!»
XL.
»Así en un punto entre sus lloros viles,
L A E N E I D A
59
Caza Sinon con pérfidos amaños
En red de muerte a los que el grande Aquíles,
Ni el hijo de Tideo, ni diez años
De terca opugnación, ni naves miles
Pudieron domeñar. Tras sus engaños,
Con espanto de todos repentino,
Oye el paso cruel que sobrevino.
XLI.
»Sacerdote por suerte designado
A honrar al Dios del húmedo elemento,
Era Laoconte: ante el altar sagrado
Degollábale un toro corpulento.
Súbito a la sazón venir a nado
Vemos (de horror estremecerme siento),
De la ínsula vecina procedentes,
Por sobre el mar tranquilo dos serpientes.
XLII.
»El pecho entrambas enhestando iguales,
Con encarnada cresta gallardean,
Y en ruedas, al andar, descomúnales
El largo cuerpo sobre el ponto arquean:
Rotos gimen los líquidos cristales
Por do hienden: abordan ya y campean,
La vista en sangre y rayos encendida:
Todos huímos, la color perdida.
XLIII.
»Lamiéndose las bocas sibilantes
Con la vibrante lengua, van derecho
Para Laoconte: mas sus hijos antes,
Tiernos gemelos, en abrazo estrecho
Aferran, y sus miembros palpitantes
V I R G I L I O
60
Apedazan, devoran. Pecho a pecho
Y meneando la aguzada hoja,
Encima el genitor se les arroja.
XLIV.
»¡Vano auxilio! ¡arduo afán! Ellas le abrazan
Con doble, firme vuelta la cintura;
Los escamados lomos le relazan
A la garganta, y a mayor altura
Sobrealzando las crestas, amenazan.
Con ambas manos él entre la impura
Ponzoña que las ínfulas le afea,
Por sacudir los ñudos forcejea.
XLV.
Descoyuntado al fin, y cual pudiera
El toro que del ara huyendo herido,
De hacha insegura libertado hubiera
Su manchada cerviz, en alarido
Rompe horrible. Las sierpes de carrera
Parten al templo de Minerva, y nido
A los pies de la Diosa encrudecida
Hallan seguro bajo el ancha egida.
XLVI.
»Nuevo motivo de terror asalta
Los ánimos, que el miedo señorea;
Supone el vulgo que Laoconte, al alta
Estatua encaminando el asta rea,
Mereció el golpe que siguió a su falta:
Que el caballo se interne, clamorea,
Y que a la Diosa con devotas preces
Se Persuada a poner sus altiveces.
L A E N E I D A
61
XLVII.
»Presto aportillan el adarve: toma
Movimiento el coloso: iguales giran
Ruedas que al pie le ajustan: con majoma,
Atando el cuello,a competencia tiran.
Ya grave de armas sobre el inuro asoma:
Todos, con ansia a la labor conspiran:
Garzones y doncellas entre tanto,
Alzan en torno religiosocanto.
XLVIII.
»Ya entra bamboneando, a tu firmeza
Cierta amenaza, ¡oh Troya! ¡oh patria! ¡estancia
Antigua de altos Dioses! ¡fortaleza
Do vio un pueblo estrellarse su arrogancia!
Sigue, y tres veces al umbral tropieza
Con ronco són que retumbó a distancia;
Mas insta el vulgo en su porfía loca,
Y al fin en el alcázar le coloca.
XLIX.
»Vanamente Casandra entusiasmada
Esforzando la voz -su voz divina,
Por castigo de un Dios menospreciada-
Grandes calamidades vaticina.
¡Ay! sus anuncios estimando en nada,
Al borde ya de la común ruina,
Nosotros sólo en decorar pensamos
Templos y altares con festivos ramos.
L.
»Gira mientras la esfera, y vase alzando
La noche de las ondas, el desvelo
Y fraudes, enemigos ocultando
V I R G I L I O
62
En espantoso horror, la tierra, el cielo.
Yacen mudos los Teucros: sueño blando
Acá y allá los encadena. A vuelo
Torna entre tanto la pelasga flota
A las sabidas playas la derrota.
LI.
»A sordas con la luna y el sosiego
De la noche, que muda las arropa,
Marchan las naves ya, que ha dado el fuego,
Concertada señal, la regia popa.
Sinon, a quien, en daño Questro ciego
El hado guía, la escondida tropa
Acude a libertar, y la honda cava
Abre que tenebrosa los guardaba.
LII.
Y por cables que lanzan de ligero;
Desguíndanse de la bórrida guarida
Esténelo, Tisándro, Ulíses fiero,
Tornando a respirar aura de vida:
Menelao; Macaon, que fue el primero,
Y Acamante y Toanie de seguida,
Y Neoptólemo audaz el de Peleo,
Y el trazador del artificio, Epeo.
LIII.
»A entrar la muchedumbre se acelera
En la ciudad, que yace en sueño y vino,
Y matandolas guardías, carnicera,
Y las puertas abriendo, da camino
Y se une a, los que abordan. Tiempo era
En que el suefio primero don divino,
Los cuerpos sosegando fatigados
L A E N E I D A
63
Envuelve en manso olvidó los cuidados.
LIV.
»En medio del silencio, a la imprevista,
Reputándolo yo por caso cierto,
Héctor en sueños muéstrase a mi vista
De polvo vil y amarillez cubierto:
Mustia la faz, que el ánimo contrista,
Mustia y llorosa; y, cual después de muerto
Y arrastrado por rápidos bridones,
Taladrados los pies de correones.
LV.
»¡Cuán trocado de aquél que a nuestros ojos
Resplandeció tras recias embestidas,
O de Aquíles trujese los despojos
O incendíase las naves combatidas!
Yerta barba; cuajados los manojos
Del pelo en sangre; vivas las heridas
Que en torno recibió de la muralla;-
Y aquí en sueños mi voz en llanto estalla:
LVI.
«Gran Héctor que de gloria y de consuelo.
»Astro por siempre a los Troyanos fuiste!
»¿De cuál remoto y olvidado suelo
»Tornas al fin a nuestra playa triste?
»¿Y tras fatiga tanta, estrago, duelo,
»Hoy de nuevo tu brazo nos asiste?
»¿Mas por qué herido así? Tu faz serena
»¿Por qué se cubre de sangrienta arena? »
LVII.
»Nada contesta: con mortal gemido
V I R G I L I O
64
«¡Vuela! ¡huye!» exclama: «el Griego se apodera
»De la ciudad: incendio embravecido
»Estalla: ¡Troya se desploma entera!
»Mucho a, la patria y al monarca ha sido
»Sacrificado: si algo la valiera,
»Salvárala este brazo: en su agonía,
»Su culto, hijo de Venus, te confía.
LVIII.
»Mansión busca a sus Dioses tutelares
»Que fundarás, y grande, finalmente,
»Audaz cruzando procelosos mares.»
Y mientras habla entrégame impaciente
La alma Vesta que arranca a los altares,
Y los velos y el fuego indeficiente.
`Por la ciudad en tanto se extendía
El estruendo confuso y vocería.
LIX.
»Y aunque distante de la puerta Esce
Yacía de mi padre la morada,
Opaca de un jardín que la rodea,
De la invasora muchedumbre armada
Llega sordo el rumor; mi sien golpea;
Salto veloz, el ánima azorada,
Y a la azotea trepo, y al ruido
Que crece más ymás, tiendo el oido
LX.
»Tal cuando en mieses subitánea llama,
Soplando el Austro, enfurecida prende,
o bien si desbordado se derrama
Y valles, surcos y sembrados hiende
Bravo raudal, y en remolinos brama
L A E N E I D A
65
Árboles arrastrando que desprende;
Sobre un peñón, de la tormenta aquella
Testigo inmóvil el pastor descuella.
LXI
.»Bien a mis ojos lo que en torno pasa,
Bien la aviesa traición se patentiza.
Con estampido el gran palacio arrasa
De Deifobo, el fuego, y se encarniza
Sin detenerse, en la contigua casa
De Ucalegonte, y de su luz rojiza
Parece arder abierto el mar Sigeo:
Suenan trompetas, cunde el clamoreo,
LXII.
»Echo mano a las armas alterado,
Y a discurrir no acierto a mi albedrío:
Al alcázar volar con un puñado
De compañeros, en confuso ansío;
Mal ciego de furor, desatentado
En manos de la muerte la honra fio;-
Cuando al Otrida, del altar febeo
Ministro en el alcázar, llegar veo.
LXIII.
ȃl los Dioses vencidos, casi a vuelo
Trae, y sacros adjuntos que a la saña
Hurtó enemiga supiadoso celo;
Y un nieto pequeñuelo le acompaña.
«¡Panto!» al verle clamé con vivo anhélo:
«¡Habla! ¿qué pide adversidad tamaña?
»¿En dónde haremos la defensa? ¿en dónde?
Dando un hondo gemido me responde;
V I R G I L I O
66
LXIV.
« La hora que los hados previnieron
»Llegó de asolación! ¡Jove inclemente
»Trastorna la balanza! Fueron, fueron
»Troya, su gloria, su esplendor potente?
»Todo los enemigos lo invadieron:
»Del caballo intramuros eminente
»Griegos brotan armados: triunfante
»Sinon propaga el fuego devorante.
LXV.
»Por las ya francas puertas a oleadas
»Cuantos vinieron de la gran Micénas
»Tantos que entran parece: están tomadas
»Las avenidas: de reposo ajenas
»Amenazan fulgentes sus espadas
»La primer guarnición ensaya apenas
»Al tropel oponerse que la embiste,
»Y en ciega riña desigual resiste.»
LXVI.
»Ardo a su voz: el corazón me inflama
No sé cuál Dios o aliento sobrehumano:
Do la ira impele, do el rumor me llama
Corro el hierro a arrostrar y el fuego insano.
A la luz vaporosa que derrama
La blanca luna, de Ífito el anciano,
De Hípanis, de Dímas Rifeo,
Que se me allegan, los semblantes veo.
LXVII.
»Corebo, el hijo de Migdon, partido
Tomó también y se nos puso al lado.
Estaba en Rion recién venido,
L A E N E I D A
67
Con pasión de Casandra enamorado;
Y de Príamo yerno prometido,
Su espada nos brindó como aliado.
¡Ay! ¡cuán diverso su destino fuera
Si a la inspirada profetisa oyera!
LXVIII.
»Yo así a todos les dije en el momento
Que en órden los vi puestos de pelea:
« ¡Mancebos de alma grande, que de aliento
«Heróico, pero estéril, se rodea!
»Si seguir pretendeís mi osado intento,
»Igualad el peligro con la idea:
»Los Dioses que este reino custodíarán
»Hoy altares y templos desamparan,
LXIX.
»A una ciudad, oh pechos denodados,
»Acorreis que en pavesas se convierte:
»La muerte, pues, busquemos, y arrojados
.»Entre enemigos, generosa muerte;
»¡Quien con el cielo lucha y con los hados
»Sólo desnudo de esperanza es fuerte!»
Así exaltado les hablé, y mi acento
Su denuedo redobla y su ardimiento.
LXX.
»Cual del hambre al furor lobos rapaces,
Miéntras que los cachorros por su vuelta
Anhelan, seca la garganta, audaces
Corren en sombras la campaña envuelta;
Por medio de los hierros y las haces
Enemigas así la planta suelta,
De la muerte lanzados al encuentro
V I R G I L I O
68
Tocamos ya de la ciudad al centro.
LXXI.
»La noche miéntras con su negro manto
Nos cobijaba ¡Oh noche de tormentos!
¿Quién podrá darte el merecido llanto
o el número decir de tus lamentos?
¡La alta, antigua ciudad, de lauro tanto
Coronada, flaquea en sus cimientosl
Por calles, plazas, templos invadidos,
Cadáveres se ven yacer tendidos.
LXXII.
»Mas no toda la sangre que se vierte
Sangre es troyana. Amenazante aviva
Tal vez el antes abatido; inerte
El vencedor en tanto se derriba.
Igual a entrambas partes la ímpia suerte
Terror, desolación sembrando iba
Por acá y por allá: la muerte toma
Miles semblantes, y doquier se asoma.
LXXIII.
»Al paso Andrógeo nos salió el primero
Con gente mucha entre la sombra espesa,
Y creyéndonos suyos, delantero,
«Amigos,» dice, «¿qúé indolencia es ésa?
»¡Apresurad! Cuando Ilion entero
»Es ya ceniza y dividida presa
»Al ímpetu feliz de nuestras tropas,
»¿Vos apenas dejáis las altas popas?»
LXXIV.
»Haber caído entre enemiga gente
L A E N E I D A
69
Nuestra respuesta adviértele indecisa,
Y cortando el discurso de repente,
Arredra el pie con azorada prisa;
Bien cual trémulo salta el que serpiente
Inesperada entre malezas pisa,
Que se le vuelve enfurecida de ello
Y enhiesta ensancha el azulino cuello.
LXXV.
»Andrógeo,así despavorido huía;
Y a su tropa nosotros con denuedo
Cargámos, que el lugar desconocía,
Y a más temblaba en vergonzoso miedo:
Cargámosla, y en ellos a porfía,
Matar pudimos. Animoso y ledo
Al aura de fortuna Sionjera,
Corebo razonó de esta manera:
LXXVI.
«Bien la fortuna apunta, amigos; ea!
»El camino sigamos que señala:
»Con los Griegos cambiemos de librea;
»En mal del enemigo, ¿quién no iguala:
»Fuerza y astucia? ¡El mismo armas provea
Dice, y ciñe el estoque argivo y cala:
El almete de Andrógeo, penachudo,
Y ornado de blasón prende el escudo.
LXXVII.
Rifeo le imitó; ni hacerlo dudan,
Dímas al punto y los demás presentes:
Todos en armaduras propias inudan
Los trofeos magníficos recientes.
Así ajenos, auspicios nos escudan
V I R G I L I O
70
Y oscuro el aire: a su favor frecuentes
Choques de paso alventurando a tiento,
Despeñamos al Orco almas sin cuento.
LXXVIII.
»Cuáles en tanto, de peligro ajenos,
Merced de presta fuga, en la ribera
Se acogen a las naves: cuáles llenos
De vil temor, del monstruo de madera
En los profundos conocidos senos
Trepan a guarecerse. Mas ¿qué espera
El mortal infeliz, o en qué confía,
Si al brazo de los Dioses desafía?
LXXIX.
»He aquí entre ásperas puntas, falleciente,
Casandra, hija de Príamo, iba envuelta.
Del sagrario de Pálas por furente
Ciego invasor arrebatada: suelta
La cabellera; al cielo vanamente
Con vivísimo ardor los ojos vuelta...
¡Los ojos, ay, que las hermosas manos
Con cadena oprimieron los villanos!
LXXX.
»No tal sufrió Corebo arrebatado,
Y entre el tumulto, de morir sediento,
Precipitóse: en escuadrón cerrado
Seguimos los demas su movimiento.
Mas, ¡ay dolor! los nuestros del terrado
Del templo, observan en fatal momento
Nuestro arreo y crestones, y en su engaño
Presto nos hacen lastimoso daño.
L A E N E I D A
71
LXXXI.
»Como vientos alígeros que en roto
Torbellino se encuentran frente a frente,
Y Zéfiro combate, y Euro, y Noto,
-Euro, que en,sus bridones del Oriente
Va ufano; -y gime estremecido el soto,
Y, de espumas cubierto el gran tridente,
Nereo en su furor no da reposo,
Y mueve desde el fondo el mar undoso:
LXXXII.
»Así brama, con fiera arremetida
Correspondiendo a nuestro audaz embata
Caterva que a vengar salta ofendida
De la doncella el súbito rescate:
Ayax violento, y tino y otro Atrida,
Y los Dólopes todos. En combate
Entran también los que esparcido había
Por la oscura ciudad nuestra artería.
LXXXIII.
»Tornan éstos a hallarnos cara a cara,
Y el habla que nos oyen diferente
El disfraz de las armas les declara.
Al número sucumbe, en fin, mí gente.
Peneleo a Corebo al pie del ara
Inmoló de la Diosa armipotente;
¡Ay! de los suyos recibiendo heridas
Rinden Dímas é Hípanis las vidas.
LXXXIV.
»Ni tu piedad ni el apolíneo velo
Te hurtaron, Panto, a la enemiga hueste
Y el justo, el santo del troyano suelo,
V I R G I L I O
72
Rifeo, cae, sin que amparo preste
A su virtud (¡misterio grande!) el Cielo.
Conmigo Ífito y Pélias quedan: éste
Mal herido de Ulíses, tardo el paso;
Esotro por la edad de fuerza escaso.
LXXXV.
»Con ellos en forzosa retirada
Abandoné la desigual porfía.
¡Oh pira extrema de mi Patria amada,
Sacras cenizas de la gente mia!
Testigos sed que en la infeliz jornada
Tanto arrostré cuanto arrostrar debía,
Y, a consentirlo el fallo de la suerte,
Ganara por mi mano honrosa muerte.
LXXXVI.
»Torcemos al estruendo sin tardanza
Al palacio del Rey, do tan horrenda
Refriega hallamos, cual si aquella estanza
Fuese el único campo a la contienda;
¡Tal era el brío y la marcial pujanza!
¡Así en masa a los Griegos estupenda
Precipitarse vemos, y la entrada
Asedíar bajo densa empavesada!
LXXXVII.
»De un lado y otro el edificio ascienden.
Por pilares y escalas; con los brazos,
El escudo al izquierdo, se defienden
De pedradas sin cuento y saetazas;
Suelto el derecho, en el remate prenden
Del edificio altísimo. En pedazos
En tanto los troyanos campeones
L A E N E I D A
73
Las techumbres derruecan y bastiones.
LXXXVIII.
»De tales armas su defensa flan,
Aureas trabes lanzando en su despecho
Que de antiguos monarcas dado habían
Noble decoro al admirado techo.
Otros abajo, a resguardar se alían
Las puertas, y tras ellas en estrecho
Grupo, puñal en mano, se aglomeran,
Y apercibidos la avenida esperan.
LXXXIX.
»Al palacio escalado se convierte
Mi atención toda: diligente acudo
A esforzar a quienquier se desconcierta
Y alientos dar contra el asalto crudo.
Un portillo hubo atras, que a buena suerte
Al ciego sitiador hurtarse pudo;
Tras él los tramos,del palacio unía
Tránsito oscuro, oculta galería.
XC.
»Por allí sola Andrómaca en su duelo,
Cuando aún cetro empuñaba el Rey anciano,
Ir solía a sus suegros, y al abuelo
Llevaba el hijo tierno de la mano.
A entrar por allí mismo ahora yo vuelo;
Calo el postigo, y la eminencia gano,
Do abajo (¡vano ardor!) los Teucros echan
Cuanto a la mano ven, cuanto destechan.
XCI.
»A plomo allí con la pared se erguía
V I R G I L I O
74
Excelsa torre en la región del viento,
Que toda la ciudad mandaba un día
Y la enemiga armada y campamento.
Por do fácil de herir aparecia
Batímosla en redor: del alto asiento
Al combinado impulso desprendida,
Cede, y precipitamos su caída.
XCII.
»Ella rodando con fragoso estruendo
En fragmentos veloz se despedaza,
Y abajo amplio escuadrón tapa cayendo,
Que otro, cual ola súbita, reemplaza.
Sigue sin tregua el combatir tremendo.
Ya ante el mismo vestíbulo amenaza
Pirro animoso, en el umbral primero,
Con metálica luz radíante y fiero;
XCIII.
»Cual dragón que aterido, soterrado,
De venenosas hierbas se sustenta,
Mas de nuevo arreándose, en el prado
Sale a campar cuando el calor le alienta:
Voluble el lomo en roscas arrollado
Miles colores con la luz ostenta;
Al sol mirando, el cuello al aire libra,
Y la trisulca lengua hórrido vibra.
XCIV.
»Automedonte, que de Aquíles fuera
Auriga, ora escudero, y Perifante
Corpulento acomete, y la guerrera
Esciria juventud, y a un mismo instante
Llama arrojan que al aire va ligera:
L A E N E I D A
75
Pirro, hacha en mano, abócase adelante,
Quiciales estremece, vigas raja,
Y las ferradas puertas desencaja.
XCV.
»Las trabes a su empuje crujen, ruedan;
Enorme boqueron dan los tablones,
Ni cosa abrigan que ocultarle puedan
Dentro los vastos atrios y salones,
De los antiguos soberanos quedan
Francas y descubiertas las mansienes,
Y afuera comparecen los soldados
Que las Duertas guardaban atropados.
XCVI.
»¡Oh cuánta turbación adentro! ¡oh cuánto
Terror! Los huecos artesones llena
Femenil alarido, ronco planto,
Grita, confusa y vária al cielo suena.
Cruzan matronas con afán y espanto
Las anchas salas que el rumor atruena,
Y las colunas a abrazar se arrojan,
Las besan, y en sus lágrimas las mojan.
XCVII.
»Mas Pirro igual al padre se adelanta.
¿Qué arma, qué brazo atajará el pujante
Hierro esgrimido con braveza tanta?
Postes ni cerraduras son bastante;
Ferrada maza a golpes los quebranta.
Plaza abre a fuerza: a quien le va delante
Atierra, Y su cohorte furibunda
A la redonda el edificio inunda.
V I R G I L I O
76
XCVIII.
»Así de altiva cumbre se desata
De pronto hinchado un espumoso rio,
Y oleadas horrísonas dilata
Hundiendo el malecón, creciendo en brío;
Y establos y ganados arrebata
Impetuoso. Yo, yo vi al impío
Cebarse airado en el estrago horrendo;
Ví a los, Atridas el umbral cubriendo.
L A E N E I D A
77
XCIX.
»Vi a Hécuba y sus hijas, sus amores
Vi a Príamo, del ara en el sagrado,
El fuego que adoraron sus mayores
Matar en sangre suya mal su grado;
Vi los cincuenta lechos, que de flores
Había la esperanza engalanado
En pro del trono, y las soberbias puertas
De oro y rico botin rodar cubiertas.
C.
»Griegos el campo ocupan que aun da el fuego.
-Mas ya ansiosa querrás, augusta Dido,
De Príamo saber. Príamo, luego
Que de las puertas oye el estallido,
Y encima siente al desbordado Griego,
Ciñe al endeble cuerpo envejecido
Inútil hierro y olvidada malla,
Y aguija a perecer en la batalla.
CI.
»Al raso en medio del palacio había
Ancho altar, y por cima un lauro anciano
Asombrando a los Lares, descogía
Denso follaje de verdor lozano.
Hécuba en la marmórea gradería
Con sus hijas los Dioses ciñe en vano,
Bien cual palomas que en bandada avienta
El repentino son de la tormenta.
CII.
»Como a recursos el Monarca apele
Ya ajenos a su edad, «¿Qué desvarío,»
Hécuba clama, «a perdición te impele?
V I R G I L I O
78
»Hoy de mi Héctor la fuerza y poderío
»Fuera en vano; pues ¿qué ese brazo imbele
»Hará en el caso extremo? Esposo mío,
»Ven: este altar refugio a todos sea,
»O a todos juntos sucumbir nos vea.»
CIII.
»Dice; a su lado le reduce, y puesto
Sobre las losas a ocupar le obliga.
Desacordado y jadeante, en esto,
Polítes, de ellos hijo, a quien hostiga
Pírro desaforado, el pie, tan presto
Como lo sufre su mortal fatiga,
Por los vacíos atrios acelera,
Y señala con sangre su carrera.
CIV.
»Ya con la pica por detras le toca,
Ya entre las manos el cruel le mira,
Cuando en faz de sus padres desemboca,
Y dando en tierra ensangrentado espira.
El venerable viejo, a quien provoca
El duro lance a generosa ira,
No en lo sumo del riesgo el labio sella,
Mas respetos y amagos atropella:
CV.
»Si justo el cielo de los hombres cura
»Dáranos, » dice, »por tamaña ofensa,
»A mi venganza a colmo; larga y dura
»A ti la merecida recompensa!
»Poner te place al padre en angostura
»De ver caído al hijo sin defensa,
»Y no acatando encanecidas sienes
L A E N E I D A
79
»A darle en rostro con su sangre vienes.
CVI.
»Calla de hijo de Aquíles el dictado,
»Que le desmiente tu cobarde encono:
ȃl supo dar la mano al que postrado
»Miró a sus pies en mísero abandono;
»Tornóme el hijo muerto, que enterrade
»Fuese en fúnebre pompa, y a mi trono
»Me concedió volver.» Dijo, y con tardo
»Aliento el Rey de allí soltóle un dardo
CVII.
»Que rebotado al punto con sonido
Ronco, al tocar el defendido acero,
Quedó en el centro del broquel prendido.
Pirro repuso con sarcasmo fiero:
« ¡Sí,vé a mi padre, y que su ejemplo olvidé
»Dile; que de su sangre degenero
» Que orpbio eterno de mi porte espere;
»Eso y más dile; y por ahora muere!»
CVIII.
»Y diciendo y haciendo, el inhumano
Al mismo altar impávido arrastraba
Al noble Rey, que, trémulo de anciano,
En la sangre del hijo resbalaba:
Le ase del pelo con la izquierda mano,
Y con la diestra a su placer le clava
Hasta el pomo la daga en el costado,
Fúlgida en alto habiéndola vibrado.
CIX.
»Tal rodó su corona refulgente;
Tal vino a ver su antigua fortaleza
V I R G I L I O
80
Humo y polvo tornarse de repente,
Aquél que al esplendor de su grandeza
Miró a cien pueblos inclinar la frente!
Su cuerpo, tronco informe, la cabeza
Cercenada por bárbara cuchilla,
Yace sin nombre en solitaria orilla.
CX.
»Horror profundo allí por vez primera
Sobrecogióme, viendo la agonía
Penosa de mi Rey, y la manera
Como el postrero anhélito rendía.
Mi padre, que cuanto él anciano era,
Delante me fingió la fantasía:
La dulce esposa, el hijo tierno, a rudo
Ultraje abandonados sin escudo.
CXI.
»Por ver con quiénes cuento, en torno paso
Las miradas; a nadie ya diviso:
Dieron unos al fuego el cuerpo laso,
Arrojáronse otros de alto piso.
Así todo oteándolo de paso,
Al claror de las llamas, de improviso
Observo un bulto en el umbral de Vesta;
Erase Elena en lo escondido puesta.
CXII.
»Esa ahora a las aras acogida,
Furia que al mundo le nació ominosa,
De Troyanos y Griegos maldecida,
De Griegos y Troyanos temerosa,
Salvar tentaba la infelice vida
L A E N E I D A
81
Huéspeda ingrata, amancillada esposa;
Matar pensé la infame advenediza
Por vengar de la Patria la ceniza:
CXIII.
»¿Cómo? ¿habrá de salvarse la menguada
»Rastrándose en oscuros escondrijos?
»¿Y en Micénas y Esparta hará su entrada
»Reina ella entre marciales regocijos,
»De troyanos esclavos acatada
»Tornando a ver esposo, padres, hijos?
»¿Y Troya en bravas llamas consumida?
»¿Y triunfante el acero regicida?
CXIV.
»¿Y para esto tornada ardiente lago
»Tantas veces la playa en sangre nuestra?
»¡Oh! ¡no! que si en matar una hembra, no hago
»De varonil valor gloriosa muestra,
»Dar a tal monstruo el merecido pago
»Hazaña es justa y digna de mi diestra:
»No ya sedienta al envainar mi espada,
»Más de una sombra dejaré vengada!»
CXV.
»Rugía yo con voz tempestuosa
Cuando espléndida toda de hermosura,
Me apareció mi madre bondadosa
Radíante entre la sombra de luz pura,
Con el encanto y majestad de Diosa
Conque se muestra en la celeste altura;
Súbito el vengador brazo me toca,
Y abre entre aromas la purpúrea boca:
V I R G I L I O
82
CXVI.
«¡Cálmate, hijo! ¡tus palabras mide;
»Tu pecho hirviente su ímpetu reporte!
»Dí, ¿será justo que el rencor te olvide
»De la familia nuestra, y no te importe
»Saber si el genitor, a quien impide
»Vejez cansada, el hijo, la consorte
»Vivos están? ¿No ves que los circunda
»La multitud que la ciudad inunda?
CXVII.
»Por mil, el hierro su sangre no devora;
»Por mí, el fuego sus huesos no calcina.
»Y a qué la faz baldonas seductora
»De esa Lacedemonia que abomina
»Tu corazón? Y a Paris a deshora
»¿Por qué oprobias? No tiene la ruina
»De Troya la opulenta humano origen;
»Airados Dioses son quienes la afligen.
CXVIII.
»Es fuerza superior la que derriba
»Sus altos techos. Si cejar te duele,
¡Yo esa que lenta en derredor te priva
»De luz, haré que de tus ojos vuele,
»Húmida, opaca niebla, y la cautiva
»Vista dilates. Quién, verás, demuele
»Aquestos muros, y al materno aviso
»La frente inclinarás grato y sumiso.
CXIX.
»Allá, do envuelto en polvo el humo ondea,
»Y en pie no hoy mole ya ni canto alguno,
»La ciudad en su asiento bambalea
L A E N E I D A
83
»A golpes del tridente que Neptuno
»Sacude. Acá sobre la puerta Escea
»Ante todos safiuda avanza Juno,
»Y audaz, cubierta de acerada escama,
»La amiga tropa de las naves llama.
CXX.
»Torna, torna a mirar: Pálas cruenta
»Ya los altos alcázares domina.
»Y envuelta en nimbo centelloso, ostenta
»La terrible cabeza serpentina.
»A los Dánaos el Padre mismo alienta,
»El Padre universal, y en la divina
»Legión contra tu Patria iras enciende.
»Tú el hierro envaina, pues; la fuga emprende.
CXXI.
»Nada temas: tu planta irá segura
»De la paterna casa a los umbrales;
»¡Contigo soy!» Y bajo sombra oscura
Encubrióse, al decir palabras tales.
Entonces la terrífica figura
Vi de adversas deidades colosales;
La hoguera vi donde Ilion se abrasa;
Y Troya conmovida por su basa,
CXXII.
»Cual viejo fresno que la ufana frente
Señorease sobre el monte enantes,
Y hora en redor la campesina gente
Le diese al tronco hachazos incesantes;
Que la alta copa temerosamente
Estremece a los golpes resonantes,
Y amenaza, y restalla, y de la cumbre
V I R G I L I O
84
Desploma con fragor su pesadumbre.
CXXIII.
»Desciendo, en fin; mis pies mi madre guía;
Campo las armas dan, receja el fuego.
Mas no bien de la antigua casa mía
A los umbrales anhelante llego,
Mi padre, ¡ay! el primero a quien quería
Fuera llevarme, niégase a mi ruego.
Pues sobre tantas ruinas apellida
Vil el destierro y mísera la vida:
CXXIV.
«¡Huid los que en lozana primavera
»Corazón abrigais esperanzado:
»No así el Cielo mi nido destruyera
»Si fuese mi existencia de su agrado!
»¿Qué aguarda el que la Patria ya a extranjera
»Cadena vio doblarse? demasiado
«Sobrevivo al estrago de los mios;
»¡Oh! ¡dadme el adiós último, y partíos!
CXXV.
»Avara del botin, condolecida
»De mi miseria, el fin dará que aguardo
»Alguna mano a mi cansada vida;
»Ni por falta de tumba me acobardo.
»A mi inútil vejez, aborrecida
»De los Dioses, el término retardo
»Desde que plugo al brazo omnipotente
»Lanzarme un rayo y aturdir mi mente.»
CXXVI.
»Mi padre así tendido en tierra dijo;
L A E N E I D A
85
Y vanamente en lágrimas bañados
Yo, mi Creusa, mi inocente hijo,
Todos le suplicamos apiñados
No así mal tanto consumase, fijo
En afrontar los inminentes hados;
Mas él, sordo al solícito lamento,
Mantiénese en su puesto y firme intento.
CXXVII.
»Torno a las armas, y el arnes requiero,
Y a morir batallando me preparo;
Ni más alivio a mi dolor espero,
Ni otra salida, ni mejor reparo.
«¡Oh padre mío!» en mi dolor profiero;
«¿Y pudiste idear que en desamparo
»Te abandonase por salvarme? ¿Agravios
»Vierten cual éste paternales labios?
CXXVIII.
»Si es que completa asolación previene
»A Troya el Cielo en su insaciable enojo,
»Si la medida quieres que se llene
»Con nuestros restos, cumplirás tu antojo:
»Ya vendrá Pirro; franco el paso tiene:
»Pirro con sangre del Monarca rojo,
»De cuyo brazo matador no ampara
»Ni al hijo el padre, ni al anciano el ara.
CXXIX.
»¿Y a ésto sólo me sacas, alma Dea,
»Salvo por medio del adverso bando?
»¿A que testigo en mis hogares sea,
»No ya en la lid, de su rencor infando?
»¿A que, uno entre la sangre de otro, vea
V I R G I L I O
86
»Hijo, padre y esposa agonizando?
»¡Al arma! ¡al arma! ¡La postrera hora
»Llama al vencido, amigos, vengadora!
CXXX.
»¡Tornar dejadme a la ardua lid! Mi diestra,
»Renovará el conflicto: al fin, vengada
»Corra, si ha de correr, la sangre nuestra.»
Dije, a la cinta acomodé la espada,
Y el escudo embrazando a la siniestra,
Ya iba a salir, cuando mi esposa amada ,
Se echa a mis pies en el umbral de hinojos,
Y nuestro dulce hijo alza a mis ojos.
CXXXI.
«Si es morir lo que atentas,».me decía,
«Todos iremos a morir contigo;
»Mas sí aun tu brazo de las armas fia,
»Primero es que defiendas este abrigo.
»¡Cómo! tu hijo, tu padre la que un día,
»Buena esposa llamaste, ¿al enemigo
»Así vas a entregar?» Tal su desgracia
Gime; el eco en los ámbitos se espacia.
L A E N E I D A
87
CXXXII.
»Súbita maravilla sorprendente
De todos luego las miradas llama:
En medio del abrazo y el doliente
Coloquio paternal, brota una llama
De Ascanio en la corona, y por su frente
E ilesos rizos mansa se derrama:
Quién, al verle, el cabello le sacude;
Quién ya con agua, en su temor, le acude.
CXXXIII.
»Mas mi padre con plácida alegría
El rostro augusto eleva; ambas las manos
Tiende, y al cielo esta plegaria envía:
«¡Omnipotente Júpiter, si humanos
»Ruegos te mueven a clemencia pia,
»Una mirada compasiva dános!
»Sí merecemos protección, propicio
»Sénos, y sella el venturoso auspicio.»
CXXXIV.
»A estas voces en súbita estampida
Tronó a la izquierda; y por el vago cielo
Rápida estrella de esplendor vestida
Hendió a la noche el nebuloso velo:
Llegaba hacia nosotros, cuando al Ida,
Alumbrando el camino, tuerce el vuelo;
Su luengo sulco blanda luz señala,
Y humo sulfúreo al esconderse exhala.
CXXXV.
»Convéncese mi padre, se levanta,
Da gracias a los Númenes, y adora
La luz divina. «Gobernad mi planta,»
V I R G I L I O
88
Dice: «no más suscitaré demora.-
»Y ¡oh patrios Dioses! vuestra mano santa
»Reconozco que a Troya cubre ahora:
»¡Mi familia guardad, guardad mi nieto!
»Partamos, hijo; la Deidad respeto.»
CXXXVI.
»Mas ya el calor sofoca; ya se escucha
Más y más cerca el fuego turbulento
Que con los muros y edificios lucha
Su furor avivando y movimiento.
«Sube en mis hombros, padre: a fe que mucha
»No ha de serles la carga: en todo evento
»Uno sea el peligro a entrambos; una,
»O piadosa o adversa, la fortuna.
CXXXVII.
»Ascanio venga de su padre al lado,
»Tú, Creusa, seguir mis huellas cuida;
»Y todos en los ánimos grabado
»Tened lo que os encargo en esta huida:
»Bien sabéis, servidores, de un collado
»Que está de la ciudad a la salida,
»Do de Céres ruinoso un templo antiguo
»A un vetusto cipres yace contiguo:
CXXXVIII.
»Cipres que nuestros padres reverentes
»Honraron siempre en sus felices días;-
»Allí nos juntaremos, diligentes
»Sendereando por diversas vias.
»Toma, ¡oh padre! los Dioses: yo de ardientes
»Refriegas salgo; si las manos mías
»Pusiese en ellos, en corriente clara
L A E N E I D A
89
»No lustradas aún, los profanara.»
CXXXIX.
»Callo; y encima del común vestido,
Con una piel bermeja leonina
Los anchos hombros encubrirme cuido,
Y al grato peso mi cerviz se inclina.
El tierno Ascanio, de mi mano asido,
Conmigo a paso desigual camina:
Quedóse atras mi esposa: opaca niebla
En torno nuestro los espacios puebla.
CXL.
»Mas yo que en la ciudad momentos antes
No temí de la lid el alto estruendo,
No las armas, no griegos batallantes
Remolinados en tropel horrendo,
Ahora al sonar las auras oscilantes,
Al más leve ruido me suspendo,
No temeroso por la vida mía,
Si por mi dulce carga y compañía.
CXLI
.»Parecíame ya llegar seguro
Al deseado fin, cuando repente
Cual de veloces pies que el suelo duro
Batiesen, sordo estrépito se siente;
Y mi padre mirando de lo oscuro,
«Hijo, » dice, «huye, hijo; asoma gente:
Desvía; el temeroso centelleo
De las rodelas y corazas veo.»
CXLII.
»,Ah! en tanto que mi pie medroso, excusa
V I R G I L I O
90
Por ignoradas vueltas el camino,
No sé qué ínvido Dios, mi ya confusa
Razón de lleno a desquiciarme vino:
No supe más que fue de mi Creusa;
Si la detuvo mi cruel destino,
Si erró la vía, o se sentó cansada;
De entonces más, a mi clamor negada.
CXLIII.
»Ni la eché menos hasta haber llegado
Todos los míos, con turbada huella,
Al templo antiguo y salvador collado:
Reunímonos; ¡faltaba sola ella!
Faltaba a su hijo, en lágrimas bañado;
Faltaba a mí, que en áspera querella,
¡Oh entre males tamaños mal supremo!
De hombres y Dioses con furor blasfemo.
CXLIV.
»Hijo, y padre, y penates encomiendo,
Puestos y ocultos en profundo valle,
A mis amigos: despechado emprendo
La ciudad recorrer hasta que halle
La infelice consorte; y no temiendo
Volver a abrirme entre enemigos calle,
Me ciño de la fúlgida armadura,
Y entrégome al dolor y a la ventura.
CXLV.
»Llego primero al murallón oscuro,
Puerta y umbral por do pasado había;
Esfuérzome a mirar, y mal seguro
Sigo por rastros una y otra vía.
Horror, silencio en el desierto muro
L A E N E I D A
91
Sólo hallar pude. A la morada mía
Acudo, por si allá mi compañera
Tal vez, tal vez la planta dirigiera.
CXLVI.
»Mas de los enemigos mi morada
Presa era ya: la llama devorante
Por el Ábrego rápido aventada,
Crece, sube, revuélvese ondeante.
Enderezo al alcázar, y en la entrada
Del sagrario de Juno (en lo restante
Abandonada ya la ciudadela),
Hacen Fénix y Ulíses centinela:
CXLVII.
»De los templos tornados en pavesas
Custodían el espléndido tesoro,
Vestes sacerdotales, sacras mesas,
Macizos vasos de luciente oro.
Víanse en torno de las ricas presas
Niños sumidos en confuso lloro,
Mustias las madres que el dolor embarga,
Cautiva muchedumbre en rueda larga.
CXLVIII.
»Allí sin fruto y por doquier demando
El bien perdido: una vez y otra al viento
Su nombre doy, los ámbitos llenando
Con la cascada voz de mi lamento.
Así por las sombrías calles ando
En su busca con ciego desatiento,
Cuando al paso atraviésase y me nombra,
Pálido, alto fantasma; -era su sombra.
V I R G I L I O
92
CXLIX.
»Tiémblame el corazón, se me eneriza
El cabello, la sangre se me hiela:
Mas ella hablando así me tranquiliza
Y futuros destinos me revela:
«¿Por qué tu corazón se martiriza,
»O a do tu loca fantasía vuela?
»Templa el furor: no temerario oses
»Al imperio oponerte de los Dioses.
CL.
»Vencer no pienses mi eternal reposo,
»No contigo llevarme a otra ribera:
»Védalo aquél que todopoderoso
»En las sedes olímpicas impera.
»Vasto mar que surcar, amado esposo,
»Largo destierro que cumplir te espera;
»Mucho errarás; empero, finalmente,
»Llegarás a las playas de Occidente:
CLI.
»A Hesperia, patria de ínclitos varones,
»A donde ameno y dilatado ondea
»El lidio Tibre, que en besar los dones
»De sus fértiles ribas se recrea.
»Ancho imperio, magníficos blasones,
»Régia consorte encontrarás; ni sea
»Mi memoria a tu pecho dolorosa:
»Harto has llorado a tu apartada esposa.
CLII.
»Que no a la nuera de la cipria Diva,
»La hija del frigio Rey, reduce el hado
»A sierva humilde de matrona aquiva:
L A E N E I D A
93
»¡No irá a ver, no, del vencedor airado
»Soberbios techos mísera cautiva!
»La madre de los Dioses a su lado
»Me azcoge. ¡Adiós! por nuestro Ascanio vela;
»¡Amale slempre, y tu dolor consuela! »
CLIII.
»Yo que la oía en lágrimas deshecho,
Mil cosas fui a decir, cuando en sombríos
Celajes se encubrió. Tres veces le echo
Al cuello los amantes brazos míos,
Y tres veces, ¡oh pena! los estrecho
Contra el burlado corazón vacíos,
Desvanecida a mi anheloso empeño
Cual humo vano o fábrica de un sueño.
CLIV.
»La noche terminó con mi porfía,
Y torné. Con portátiles haberes
Notable multitud llegado había,
Ausente yo, cabe, el altar de Céres.
Apellídanme todos jefe y guía:
«Contigo,» dicen, «a doquier esperes
»¡Ay! alejarnos del confin troyano,
»Rostro haremos al lóbrego Oceano.»
V I R G I L I O
94
CLV.
»Allí varones y hembras, niños, viejos,
Y larga y miserable muchedumbre.
Y ya anunciaban pálidos reflejos
Al sol, del Ida sobre la ardua cumbre.
Ocupadas las puertas a lo lejos,
Huye de auxilio la postrer vislumbre:
Cedo a la suerte: a recibir me inclino
Mi padre, y a los montes,me encamino.
L A E N E I D A
95
LIBRO TERCERO
I.
«Después que el Cielo la inculpada gente
De Príamo y troyana monarquía
Derribó en tierra, y la ciudad potente
En círculos de humo perecía;
También por alta inspiración presente,
Mas sin saber por dónde el hado guía
O do hemos de parar, labramos pinos
Que a otras playas, nos lleven peregrinos.
II.
ȃramos cabe Antandro congregados
Al pie de Ida, y no bien pintó el estío,
Manda mi padre en brazos de los hados
Soltar velas del viento al albedrío.
Con llanto el puerto dejo, y los amados
Campos do Troya fue; y a la onda fio
Mi pueblo, y prole, y Dioses tutelares,
Y empiezome a engolfar en altos mares.
III.
»Cae por allá un país que Marte ampara
Y el austero Licurgo rigió un día;
Extensas tierras son que el Trace ara,
V I R G I L I O
96
A quien ley de hospedaje nos unía;
Y viéronse sus Dioses en un ara
Con los Dioses de Troya en compañía
Cuando imperio feliz fuimos: ahora
Allí arribamos con humilde prora.
IV.
»Fundé en su corva orilla la primera
Ciudad, y a sus colonos apellido,
En mi memoria, Enéadas; mas era
Infausto el punto. Mal correspondido,
A mi madre: la Diosa de Citera,
Y a los electos Númenes convido;
Y en balde un toro albo, como a solo
Rey de los Dioses, al Saturnio inmolo.
V.
»Era allí un cerro, y en su cima había
De puntas erizado un mirto: atento
La ara a vestir de verde lozanía,
Acudo, y ramas arrancar, intento.
Mientras raíces desvolver porfía
Mi mano (¡oh singular, oh atroz, portento!)
Brotar contemplo de las ramas rotas
Sangre que el suelo empapa en negras goras.
VI.
»De espanto helado el corazón flaquea;
Mas recobrado tiro de otra rama
Por descubrir lo que el prodigio sea,
Y otra vez sangre el vástago derrama.
Confuso, dando de una en otra idea,
Ya a Marte invoco que a los Getas ama,
Ya a las huéspedas Ninfas de la selva
L A E N E I D A
97
Porque el signo de horror fausto se vuelva.
VII.
»Con esta mira y con esfuerzo nuevo
Tercera rama desraigar decido;
Mas cuando, hincada la rodilla, pruebo,
Su rigor a vencer, siento un sonido
(No sé si ose decir, o callar debo):
Una voz funeral hiere mi oído:
«¡Ay! ¿por qué Enéas, las entrañas mías
»Rompes? ¡No manches más tus manos pias!
VIII.
»Hijo yo fui de la nación troyana,
»¿Y al que ya conociste ofendes muerto?
»¡Esa sangre no es de árboles do mana!
» ¡Ah! ¡quede esta región, huyas te advierto;
»Aurívora región, playa inhumana!
»Yo Polidoro soy: yace cubierto
»Mi cuerpo aquí de flechas homicidas,
»Ahora en ásperas ramas convertidas.»
IX.
»Adolorido, absorto me suspendo,
Sin voz, yerto el cabello. ¡Polidoro!
El mismo ¡ay! a quien Príamo, sintiendo
Vacilar en su mano el cetro de oro
Al amago de ejército tremendo,
Fió en secreto espléndido tesoro,
Y a que ajeno creciese a la desgracia,
A cargo le envió del Rey de Tracia.
X.
»Mas el perverso príncipe, copiando
V I R G I L I O
98
En su porte mudanzas de la suerte,
Triunfante al ver de Agamemnon el bando
En contra del caído se convierte;
Y todo fuero: con furor nefando
Atropella, y al mísero da muerte,
Y le asalta el caudal. ¿Qué de maldades,
Sacrílega sed de oro, no persuades?
XI.
»Vuelto en mí del espanto que me hiela
Hablo a mi padre, y a los jefes junto,
Lo que voz misteriosa me revela,
Narro, y el parecer común pregunto.
Todos proponen darnos a la vela
"Y aquel sitio de horror dejar al punto;
No sin que al desdichado compatricio
Pagado hayamos el postrer oficio.
XII.
»Túmulo, pues, alzámosle de arena,
Y a los manes dos aras que guarnecen
Cipres y tristes fajas; la melena
Sueltan matronas que en redor parecen.
Altos vasos que o leche tibia llena,
sangre consagrada, allí se ofrecen:
La tumba al alma errante da acogida,
Y clamamos la eterna despedida.
XIII.
»Así las sacras ceremonias, graves
Cumplido habiendo, a la señal primera
Que el Austro da con hálitos suaves
De que onda masa nuestra flota espera,
Corremos a la mar: sacan las naves
L A E N E I D A
99
Mis compañeros, cubren la ribera;
Cruzamos ya los líquidos desiertos,
Y atrás irse miramos playas, puertos.
XIV.
»Allá en mitad de los Egeos mares
Hay una isla entre todas la más grata,
Que, Númenes por siempre tutelares,
A Dóris bella y a Neptuno acata:
Ella un tiempo rondaba los lugares
Convecinos; ya errante el mar no trata;
Apolo entre las Cíclades fijóla,
Y allí inmóvil contrasta viento y ola.
XV.
»Allí abordamos, y el dichoso abrigo
Gozamos con que el puerto nos convida;
Mientras de Apolo la ciudad bendigo,
A darnos sale el Rey franca acogida.
Anio en mi padre abraza a un viejo amigo;
Anio, a quien, porque al par que le apellida
Ministro un Dios, un pueblo Rey le nombra,
Con la ínfula e1 laurel la sien le asombra.
XVI.
»Yo al templo secular devoto llego:
«¡Buen Dios!» exclamó, «¡término seguro
»Dá a, nuestro error, a nuestro afán sosiego,
»Dá fundar feliz prole y propio muro!
»Nueva Troya lo llames o del fuego
»Hurtados restos y de Aquíles duro,
»Salva el tesoro, tú, que va conmigo;
»Dí, ¿cuál norte, cuál voz, cuál rumbo sigo?
V I R G I L I O
100
XVII.
»Señal dá, en fin, y a nuestra mente envía
»Tu inspiración.» Callé, y en tal momento
Ya el pórtico, ya el lauro se movía,
Y el nijnte en torno retembló en su asiento.
El velo que la trípode cubría
Gimió, abrióse el sagrarlo: al pavimento
Inclinamos las frentes confundidos,
Y sacra voz hirió nuestros oídos:
XVIII.
«¡Fuertes Troyanos! ved que la fortuna
»Hinchado el seno de la patria os muestra
»Que a vuestra raza fomentó en la cuna;
»¡Buscad, buscad la antigua madre vuestra!
»Id; allí Enéas, sin mudanza alguna,
»Cimentará su casa, y de su diestra
»El cetro heredarán sobre las gentes
»Hijos, nietos, lejanos descendientes.»
XIX.
»Habló Apolo; y llenó los corazónes,
Amargada por dudas, la alegría,
Pues «¿Dó aquellas están patrias regiónes?»
Preguntábamos todos a porfía.
Mi padre ya de viejas tradiciones
Recuerdos en su mente revolvía:
«¡Oíd, nobles!» prorumpe; «yo el secreto,
»A vuestras esperanzas interpreto.
XX.
»Hay una isla en el mar, Creta nombrada,
»Cuna ya nuestra, con su monte Ida,
»Cuna también de Júpiter sagrada,
L A E N E I D A
101
»De cien ricas ciudades guarnecida.
»Trocó el gran Teucro esa feliz morada
»Con la retea costa: a su venida
»Ni allí a Pérgamo halló, ni halló poblados,
»Sino hombres por los valles derramados.
XXI.
»Él, si éstas que aprendí no son infieles
»Memorias, los cimientos sociales
»De Troya echó, y el culto de Cibéles
»Trajo, con sus misterios y atabales,
»Los carros con leones por corceles,
»Los bosques sacros, y aún en nombre iguales,
»¡Partamos! el oráculo dichoso
»Allá nos llama, a la región de Gnoso.
XXII.
»Ni estamos lejos de su orilla grata;
»Tres luces gastaremos. Falta sólo
»Que aplaquen dones al que el mar maltrata,
»Que amparo preste el que serena el polo.»
Dice, y en la ara sendos toros mata
A Neptuno y a ti, divino Apolo;
Sendas ovejas al Invierno negra,
Blanca a Favonio que la mar alegra.
XXIII.
»La voz se esparce que del patrio suelo
Proscrito Idomenco huído había,
Que a huéspedes librando de recelo,
Creta sus puertas solitaria abria.
Y así a Ortigia dejando, hendiendo a vuelo
El mar, a Náxos báquica y sombría
Costeando vencemos, a Oleáros,
V I R G I L I O
102
Verde Donisa y albicante Páros.
XXIV.
»Entrambos por las Cíclades ligeros
el mar corremos de islas esparcido,
Y emúlanse, al pasar, mis compañeros
Con clamores y náutico ruido;
«¡A Creta! ¡a Creta!» gritan vocingleros;
«¡A nuestra patria, a nuestro antiguo nido»
E hiriéndonos en popa aura serena,
Al fin tocamos la anhelada arena.
XXV.
»Fundé una villa, mi dorado sueño,
Que Pérgamo llamé: del nombre ufanos
A los colonos miro, y los empeño
A alzar el muro y a arraigarse hermanos.
Yace en la enjuta orilla el hueco leño:
Yo dicto común ley, reparto llanos;
Y a cultivar se entregan los mancebos
Nuevos lazos de amor y campos nuevos.
XXVI.
»He aquí, el aire infestando de repente,
El contagio cruel sacude el ala;
Infausto nuncio de estación doliente,
Los arboredos y sembrados tala:
La vida va arrastrando falleciente
Quien ya el aliento último no exhala.
El Can ardiente estrago sordo hace:
Marchito el lustre de los campos yace.
XXVII.
»Y, sustento negando yermo el suelo,
L A E N E I D A
103
Mi padre del oráculo divino
Manda que vamos a implorar consuelo
Tornando a abrirnos por el mar camino:
Que cuál término, diga, al mustio duelo
De este pueblo reserva peregrino;
A quién habemos de acudir; a dónde
Enderezar el rumbo corresponde.
XXVIII.
»Era alta noche y muda: en mi retiro
Yacía yo, la mente aletargada,
Cuando delante a los Penates miro
Que hurté al incendio en la fatal jornada.
Por mis ventanas, en su errante giro
Lograba a la sazón la luna entrada,
Y del brillo bañados macilento
Ellos me hablaban con benigno acento:
XXIX.
«No temas,» me decían; «pues de parte
»De Apolo, que oficioso nos envía,
»Los destinos venimos a anunciarte
»Que el, volviendo tú allá, te anunciaría.
»Tu brazo,nos salvó de adverso Marte,
»Librónos tu piedad de llama impia;
»Hemos seguido tu fortuna, y fieles
»Navegamos contigo en tus bajeles.
XXX.
»En grato premio a tu favor, mañana
»Al cielo hemos de alzar tus descendientes;
»Mas hoy, a esa ciudad que soberana
»Herencia haremos de invencibles gentes
»(Que esto es tuyo, no nuestro), el paso allana.
V I R G I L I O
104
»Lo harás, si en largo viaje no consientes
»Reposo: asiento muda: el Dios profeta
»No te brindó con descansar en Creta.
XXXI.
»Hay de antiguo un país, con apellido
»De Hesperia por los Griegos señalado,
»Pueblo en trances de guerra asaz temido,
»Tierra asaz grata a la labor de arado.
»Fue primero de Enotrios poseído,
»Y hoy Italia se nombra, por dictado
»De famoso caudillo procedente,
»Si ya constante tradición no miente.
XXXII.
»¡Ésta, ésta es nuestra patria verdadera!
»Que allí Dárdano y Yasio nacimiento
»Tuvieron; aquel Dárdano, Primera
»Cepa de nuestra raza. Tú contento
»Ve, y de ello al viejo genitor entera
»Por cierto. Y de Corito en seguimiento
»A los ausonios términos navega.
»Mansión en Dicte Júpíter te niega.»
XXXIII.
»Comó esto vi y oí (no en sueños vanos
Eran; que bien las, tienes discernía
Veladas, y los rostros soberanos,
Y aún bañaba en sudor mi frente fría),
Salto del lecho atónito: las manos
Extiéndo suplicante; ofrezco pia
Libación en mi hogar: de ahí contento
Corro a mi padre, y la visión, le cuento.
L A E N E I D A
105
XXXIV.
»Del doble orígen la falacia siente
Él, y confiesa que sufrido había
Con, la antigua seria1error reciente,
« Hijo,» así hablaba, «a quien la suerte
»Burla cruel! Casandra solamente
»Hizo de estos sucesos, profecía;
»Y a menudo se oyó, recuerdo ahora,
»¡Hesperia! ¡Italia! de su voz sonora.
XXXV.
»Mas quién iba a pensar que a Hesperia iría
»Nuestra gente jamás? ¿Ni quién pudiera
»A Casandra creer? ¡Hoy, hoy nos guía
»Voz infalible que, partir impera!»
Tal dijo, y aplaudimos, a porfía.
Quedan algunos en la infiel ribera;
Y el áncora levando y la esperanza
El hueco leño, al pielago se lanza,
XXXVI.
»Cuando ya nos hubimos engolfado,
Y entre agua y cielo, al fin, no vemos cosa
Sino el cielo y el agua, azul nublado
Sobre mi nave sólido se posa
De lobreguez y tempestad cargado;
Con tristes amenazas espantosa
La ecuórea inmensidad se entenebrece,
Esfuérzanse huracanes, la onda crece,
XXXVII.
»¡Tristes! que arrebatándonos el viento
Y entre la vasta extensión, a golpe duro,
V I R G I L I O
106
Relámpagos cruzando el firmamento,
Ciegos erramos sobre el ponto oscuro.
Todo es horror el húmedo elemento:
¿Es día? ¿es noche? el mismo Palinuro
Nada distingue; en negro torbellino
Sacudido del rumbo, perdió el tino.
XXXVIII.
»Ya tres días llevábamos enteros
Y tres noches a oscuras, desmandados,
Cuando lejos notamos placenteros
Visos de tierra, y asomar collados,
Y humo al cielo subir. Los marineros
Las antenal calando arrebatados,
Asen del remo, y al batir contino
Cubren de espuma el líquido camino.
XXXIX
»Al suyo las Estrófades, del seno
Librados de las ondas, nos invitan:
Ínsulas son que con renombre heleno
En el vasto mar Jonio se acreditan.
Allí, allí la terrífica Celeno
Y las arpías de su casta habitan,
Del timpo en que de Fineo y sus moradas
Las alejó del temor, nunca saciadas.
XL.
»¡Arpías, horda atroz, monstruos furiales,
Generación igual jamás vio el mundo
Ni peste más cruel a los mortales
Envió el cielo ni abortó el profundo:
Alado el cuerpo, rostros virginales;
Arroja el seno vil vestigio inmundo;
L A E N E I D A
107
Corvas manos y pies, garfios rapantes
Pálidos siempre de hambre los semblantes.
XLI.
Aun no bien nuestra flota anclado había,
Cuando notamos por allí ganados
Vacunos y lanares, ir sin guía,
Ledos paciendo en abundosos prados.
Hicimos en la grey carnicería;
Brindamos con los fáciles bocados
A los Dioses, a Júpiter; y a priesa
Aderezamos la campestre mesa.
XLII.
»Ya el manjar suculento en sillas blandas
De céspedes gustábamos. En ésto
Dejan sus montes las aéreas bandas
Con ala resonante y salto presto;
Nos rapan de revuelo las viandas;
Todo lo manchan con su aliento infesto;
Y fuera de ofender vista y olfato,
El viento hieren con aullido ingrato.
XLIII.
»De ahí en el hueco de un peñón antigo
Otra vez el banquete cauto extiendo,
De corvas selvas al repuesto abrigo
Con sombra en torno de negror horrendo.
Ya ponía en el ara el fuego amigo,
Y otra vez de cien partes con estruendo,
Baja improviso el escuadrón nefando,
Y royendo revuela y escarbando.
XLIV.
V I R G I L I O
108
»Al arma llamo; en la soez canalla
Hacer estrago, en cuanto vuelva, ordeno:
Y ocultamos a intento de batalla
Entre las hojas y el verdor ameno
Cuchillas y broqueles. Todo calla...
Mas ya que por la orilla vio Miseno
Que acuden en tropel, de una alta roca
Do atalayaba, su bocina toca.
XLV.
»Corremos a la seña, en lid no usada
La impia raza a extirpar del mar salida
Mas ¡vano esfuerzo! que lesión la espada
No hace en las plumas, ni en el cuerpo herida.
Infectan cuanto muerden de pasada,
Y hedor esparcen en su impune huida;
Y una de ellas, Celenó, en yerta altura
Infausta así, con voz siniestra augura:
XLVI.
«Vinisteis a matar nuestros rebaños,
«Hijos,de Laomedon! ¡manos impías!
»Y en guerra de sus patrios aledaños
»Quereis lanzar, sin culpa, a las Arpías!
»¡Pues oid y temblad horribles daños!
»Catad, lo que os anuncio en profecías
»La mayor de las Furias: trasmitiólo
»A Febo Jove, y a Celeno Apolo.
XLVII.
»Buscáis a Italia con errante quilla,
»Y cierto que con vientos aplacados
»Ireis a ltalia,,y cobrareia rilla
»Que os, diputan. benévolos los hados;
L A E N E I D A
109
»Mas no podréis la deseada villa
» Ceñir, sin que a expiar desaguisados
»Con fuerza antes os mueva el hambre aciaga
»Tal, que aún las mesas devorar os haga. »
XLVIII.
»Dijo, y al bosque aleteando vuela.
A influjo de su voz mis compañeros,
A quien la sangre de terror se hiela,
Con el brío deponen los aceros.
Ya con votos, con súplicas se apela
A pedir paz y a deshacer agüeros,
Ora malvadas y aves ominosas
Sean aquellas, o terribles Diosas.
XLIX.
Y vuelto Anquíses hacia el mar, las manos
Extiende, y con solemnes sacrificios
Los Númenes invoca soberanos:
«¡Dioses!» clama, (¡torced tales auspicios!
»¡Dioses! ¡tales anuncios haced vanos!
» ¡A un pueblo justo defended propicios!»
Dice, y cables soltar en el momento
Manda, y las lonas descoger al viento.
L.
»Cumplióse lo mandado; y ya hincha el Noto
Las velas que a sus soplos confiamos;
Merced suya, y en manos del piloto,
Entre espumosas ondas navegamos:
Zacinto se aparece, ameno soto,
En medio de la mar: Duliquio, Sámos;
Ardua y fragosa Néritos se ostenta,
Ítaca con escollos fraudulenta.
V I R G I L I O
110
LI.
»Huimos de ellos, y del patrio clima
De Ulíses maldecimos. Adelante
Léticates yergue su nuilosa cima,
Apolo hace temblar al navegante.
Allá torcemos: fatigada arrima
A la humilde ciudad la flota errante;
Ya a proa el marinero anclas arroja;
Ociosos cascos la ribera aloja.
LII.
»En no soñado asilo aras enciendo
Do mis votos a Júpiter desato;
Y en tierra de Accio, celebrar emprendo
Juegos de Frigia. El patrio pugilato
Todos, desnudo el cuerpo, el cuerpo ungiendo,
Renuevan con ardor. Recuerdo es grato
Haber vencido riesgos y fatigas
Entre tantas ciudades enemigas.
LIII.
»El sol a la sazon su añal carrera
Concluía, y con hálitos glaciales
El cierzo aborregaba la onda fiera.
Fijé a un poste, del templo a los umbrales,
Como escudo que el grande Abas trajera,
Y del caso en memoria, letras tales:
MONUMENTO GANADO A LAS AQUEAS
TRIUNFANTES HUESTES: CONSAGRÓLO ENÉAS.
LIV.
»Llamé al remo; y dejamos, con suspiro
Del batido oleaje, las arenas;
L A E N E I D A
111
Pronto las cumbres de Feacia miro,
Y tórnanse a esconder, vistas apenas.
Llegamos al Caonio puerto, a Epiro
Costeando, y pedimos las almenas
Excelsas de Butroto. Aquí una nueva
Dichosa hallamos que increíble eleva.
LV.
»Oigo que en griego territorio impera
Heleno, hijo de Príamo, debido
A ser de la Viuda y heredera
De Pirro, nieto de Éaco, marido;
Que así el antiguo rango recupera
Andrómaca. Turbado, conmovido,
De amor llevado, de ansiedades lleno,
La playa dejo y flota, y voy a Heleno.
LVI.
»He aquí con sacros funerales dones.
Antes de la ciudad, en selva umbría,
Cabe un fingido Simois, libaciones
Al caro polvo Andrómaca ofrecía;
Y los manes con tristes oraciones
A la tumba llamaba, que vacía
De verde césped, a Héctor dedicara.
Y una, motivo al llanto, doble ara.
LVII.
»Tal Andrómaca estaba en el instante
En que, subiendo yo por el camino,
A mi propio y las armas delirante
Vio de Troya; y del caso peregrino
Pasmada al punto queda: vacilante,
Perdió el rostro el color, la planta el tino;
V I R G I L I O
112
Y solo a obra de tiempo el labio mudo
Articular sueltas palabras pudo:
LVIII.
«¿Qué en fin te miro en corporal figura?
»¡Hijo de Venus! ¿mensajero cierto
»Me apareces? ¿aún gozas la aura pura?.
»¡Ah! ¿y Héctor dónde está, si ya eres muerto?.»
Esto dijo llorando, y la espesura
Llenaba su clamor. Su desconcierto
Febril, dejóme sin respuesta; al cabo
Mal breves frases anheloso trabo:
LIX.
»No dudes palpas realidades.Vivo,
»Y a cien peligros arrojé mi vida;
»Mas véme: salvo a tu presencia arribo.
»¡Ah! ¡y de tan gran varón destituida,
»Pobre mujer! ¿Te vuelve el hado esquivo
»Algo de tu ventura merecida?
»Tú, la Andrómaca de Héctor venturosa,
»¿Yaces aún avasallada esposa?
LX.
»Ella el rostro inclinando, recobrada,
Con voz sumisa su dolor expresa:
«¡Oh entre todas nosotras fortunada
»Tú, inocente beldad, jóven princesa,
»Que al pie del patrio muro, por la espada
»Fuiste a morir sobre enemiga huesa!
»Que ni suertes sacaste a tu despecho,
»Ni de amo vencedor serviste al lecho!
L A E N E I D A
113
LXI.
»No así la que incendíados sus hogares,
»Sufrió a un duro jayan, de raza altiva
»Sufrió el rigor, y por remotos mares
»Anduvo errante, y concibió cautiva!
»Y después que probé tantos azares,
»El tirano raptor en llama viva
»Por Hermíone ardió, nieta de Leda,
»Y a Esparta corre do en su amor se enreda.
LXII.
»Entonces a un esclavo dio su esclava;
»Cedióme a Heleno. Oréstes que veía
»Quitársele su esposa, se abrasaba
»De amor, de ardor furial, de rabia impía;
»Y ante el paterno altar a hierro acaba
»Desprevenido a su rival un día;
»Conque Heleno, de siervo que antes era,
»Cobró aquestas regiónes en que impera.
LXIII.
ȃl, de entonce a sus campos y poblados
»Apropió de Caonia el apellido,
»En honor de Caon; y en los collados
»Que ves, segundo Pérgamo se ha erguido
»Favorables de guía te han servido?
»¿Qué aura feliz, cuál misteriosa fuerza
»Causa es, que acá tu nave el rumbo tuerza?
LXIV.
»¿Qué se hizo Ascanio? ¿vive, aún? Y aquella
»Que en la noche fatal ... ? ¡Destino impío¡.
»Pobre niño, ¿recuerdosguarda de ella?
V I R G I L I O
114
»¿Le anima a la virtud, al patrio brío,
»Ver cuál dejan de si brillante huella
»Enéas, su buen padre, Héctor,su tío?»
Así hablaba llorando, y vanamente
Corría de sus lágrimas la fuente.
LXV.
»Heleno, que hacia allí bajando vino
Con gran cortejo, nos conoce en tanto,
Y a la ciudad nos guía, y de camino
Nos habla con palabras y con llanto.
Yo, andando, reconozco o adivino
Nueva Troya, otro Pérgamo, otro Janto,
Bien que aquel breve y pobre aquéste sea,
Y abrazo en mi ilusión la puerta Escea.
LXVI.
»Cual propia, en la ciudad mis compañeros
Entran: pórticos que amplios los reciban
Les abre Heleno, y de ellos los primeros
En fuentes, tazas de oro, comen, liban;
Llenas copas empinan placenteros,
Y resuena el salón. Así se iban
Corriendo un día y otro. El soplo austrino
Ya hinchaba, voceando, el vago lino.
LXVII.
Antes, empero, de soltarlas naves,
Yo a Heleno interpelé con tales voces:
«Tú que de Febo los misterios sabes,
»Y sus lauros y trípodes conoces;
»Tue entiendes los astros, y las aves
»Con su canto augural y alas veloces;
L A E N E I D A
115
»Troyano vate, intérprete del Cielo,
»Con alta inspiración calma mi anhelo!
LXVIII.
»Profecías, oráculos, deidades
»Trázanme rumbo de asechanza ajeno,
»Señalando repuestas heredades,
»Nombrando a Italia. Sola ya Celeno
»Cruda hambre anuncia, acerbas novedades;
» ¡Arpía atroz! ¡aviso de horror lleno!
»Tú, ¿cuál riesgo evitar me importa, y cómo,
»Dí, amagos frustro y contratiempos domo?»
LXIX.
ȃl toros antes, como el rito manda,
Inmola; desciñó la venda pia;
El favor de los Númenes demanda,
Y por la mano hacia el altar me guía.
¡Oh Febo! en tu presencia veneranda
Temor yo entonces y temblor sentía,
Cuando comienza, sacerdote sabio,
Heledo a hablar con inspirado labio:
LXX.
«¡Hijo de Venus! no del prez receles
»Que te anuncian auspicios celestiales:
»Tal es la voluntad de Jove, y fieles
»Tal la necesidad, tus hados tales.
»Empero, porque rueden tus bajeles
»En tu navegación ahorrando males,
»Y firme gozo al aferrar te quepa,
»Tus destinos, de hoy más, tu mente sepa.
LXXI.
V I R G I L I O
116
»Cosas hay que decillas Juno, es cierto,
»O sabellas tal vez las Parcas vedan;
»Mas yo entre mucho lo esencial te advierto
»Y anuncios doy que aprovecharte, puedan.
»Ante todo, a esa Italia, vega y puerto
»Que a tu corto entender cercanos quedan,
»Aun de tí la separan, a fe mía,
»Largo espacio interpuesto y larga vía.
LXXII.
»Y A fe que el rezno blandear se vea
»Del mar Trinacrio y Tusco en los cristales,
»Y la ínsula de Circe, hija de Ea
»Visites, y los lagos infernales,
»Tiempo antes que de tí fundado sea
»Estable muro. Agora las señales
»Escucha de la tierra prometida,
»Y en la memoria conservarlas cuida.
LXXIII.
»Cuando oculto randal con planta lenta
»Rondando fueres caviloso un día,
»Si allí una hembra de cerdo corpulenta
»Al margen ves entre robleda umbría,
»Con treinta lechoncillos que alimenta,
»Alba, en torno a sus ubres la alba cría,
»Esa es la seña: allí podrás, te auguro,
»De afánes tantos descansar seguro.
LXXIV.
»Ni el pronóstico tiembles de comeros
»Hasta las mesas: os oirá benino
»Apolo, y a cumplirse los agüeros
»Vendrán sin daño por mejor camino.
L A E N E I D A
117
»Mas de la ítala costa a, do con fieros
»Tumbos va a desbravarse el mar vecino,
»Huye, que todas por ahí moradas
»Son, de pérfidos Griegos habitadas.
LXXV.
»Fundada por los Locros aparece
»Naricio allá: con militar arreo
»Los campos Salentinos, que enaltece
»Procedente de Licto Idomeneo:
»Allá humilde Petilia, a quien guarnece
»Filoctétes, caudillo melibeo:
»Huye en suma y traspuestos esos mares,
»Grato, saltando en tierra, eleva altares.
LXXVI.
»El voto entonces cumplirás, la frente
»Cubriendo en torno de purpúreo velo,
»No sea que ante el fuego sacro, ardiente
»En honor de los Númenes del Cielo,
»Hostil presencia, súbito accidente
»Al rito dañe. Con piadoso celo
»Guardad esta costumbre los Troyanos;
»La guarden vuestros nietos más lejanos!
LXXVII.
»Ya que al confin te impela siciliano
»El viento, y de Peloro el paso estrecho
»Más ancho mires cuanto más cercano,
»Entonces rodeando, largo trecho
»El rumbo sigue hacia la izquierda mano;
»Trata el siniestro lado, huye el derecho.
»Y vé en ese pasaje tú pondera
»Cuál la avanzada edad todo altera.
V I R G I L I O
118
LXXVIII.
»Eran en uno entrambos continentes;
»Mas vino el mar con ímpetu y ruina
»Y con sus olas separó rugientes
»De la sícula costa la vecina.
»Opónense de entonces diferentes,
»Y opresa en el canal la onda marina,
»Tal vez muros, tal vez fértil camparia,
»Acá y allá con sus espumas baña.
LXXIX.
»El paso asedían, por el diestro lado
»Scila, Caríbdis en la parte opuesta:
»Tres veces en su abismo exacerbado
»Las aguas con hervor se sorbe ésta,
»Y escúpelas al Cielo de contado;
»Mientras, de oscura cavidad repuesta
»Saca por tiempos la ancha boca aciaga
»Scila entre escollos y los buques traga.
LXXX.
»Es humano su aspecto, y peregrino
»Le lava un seno de mujer la ola;
»Monstruo en el resto osténtase marino,
»Vientre de lobo y de delfín la cola.
»Doblar prefiere el cabo de Paquino
»En tarda vuelta, a ver una vez sola
»Al encorvado semipez horrendo,
»Con sus canes cerúleos y alto estruendo.
LXXXI.
»Tú, si fías de Heleno, ¡hijo de Diosa!
»Si de Apolo el oráculo obedeces
L A E N E I D A
119
»Que Heleno anuncia, aún óyeme: una cosa
»Te intimo y te encarezco una y mil veces:
»Que hábil de Juno triunfes poderosa
»Con votos y con dones y con preces:
»Triunfante has de ir, porque seguro vayas
»Las sículas dejando, a ítalas playas.
LXXXII.
»Verás, llegando a Cúmas, los sagrados
»Lagos, y Averno que entre bosques suena
»Y cantando una maga ocultos hados
»En hueca roca, de entusiasmo llena:
»Nombres ésta y caracteres grabados
»En hojas tiene; lo que grava ordena;
»Y el antro aquel las misteriosas notas
»Guarda, cada una en su lugar, inmotas.
LXXXIII.
»El orden luce en la mansión tranquila;
»Mas si gira la puerta, y cala el viento
»Y entre las hojas frágiles oscila,
»Que Caducas esparce con su aliento,
»Ni sus versos recuerda la Sibila,
»Ni a adornar torna el cóncavo aposento
»Con las reliquias; y si ansioso vino,
»Maldiciente se aleja el peregrino.
LXXXIV.
»Guarte no allí te asuste útil demora:
»Ten calma, aunque los tuyos te den prisa,
»Aunque el rumbo marcando bullidora
»Haga fuerza a los mástiles la brisa;
»Ten calma, y los oráculos implora,
»Acude a consultar la profetisa,
V I R G I L I O
120
»Que persuadida de tus ruegos ella
»Cantará los semblantes de tu estrella.
LXXXV.
»Y los pueblos, y gentes venideras
»De Italia te dirá, guerras futuras;
»Y de llevar te enseñará maneras,
»O tal vez de eludir fatigas duras;
»Caminos te abrirá, si la veneras,
»Y prósperas hará tus aventuras
»No me es lícito más. Vé ahora, y constante,
»A Troya al Cielo tu virtud levante.»
LXXXVI.
»Tonos usando de,amistad suaves,
Así consejos dábame prudentes
El vate; y que llevasen a las naves
Mandó luego magníficos presentes:
Aureos adornos los hicieran graves
Y de elefante elaborados dientes:
Y de plata riquezas amontona,
Y vasos nos regala de Dodona.
LXXXVII.
»Y de triples metales fabricada
Y de anillos de oro guarnecida,
Una cota me da, y una celada
Con espléndido airon enriquecida,
De Pirro enantes armadura usada:
Ni dones él para mi padre olvida.
De caballos, de guías, de,remeros
Nos abastece y suministra aceros.
LXXXVIII.
L A E N E I D A
121
»Manda mi padre que a zarpar se aliste
La escuadra al espirar del fresco viento;
Cuando el profeta a quien Apolo asiste
Háblale así. con obsequioso acento:
«¡Anquíses! ¡tú que digno hallado fuiste
»Del tálamo de Venus opulento!
» ¡Tú, objeto caro a la bondad divina,
»Salvo dos veces de común ruina!
LXXXIX.
» He ahí del mar Italia se levanta!
»¡Vé arrebatarla de tu flota al vuelo!...
»Ten; que allende, al olor de gloria tanta,
»Ha de rondar paciente vuestro anhelo;
»De Ausonia la región que Apolo canta,
»Aun lejos cae. ¡Te defienda el Cielo,
»Padre feliz por la filial ternura!
»Basta: ¡el Austro os convida, y ya murmura.»
XC.
»Andrómaca a su vez, banada en lloro,
Una ausencia eternal viendo cercana,
Ropas presenta, recamadas de oro
Y una clámide a Ascanio da troyana;
De ornadas telas de sutil tesoro
Empieza a desvolver la pompa ufana,
Y, «Guarda estas labores de mis manos,»
Dice, excusando cumplimientos vanos:
XCI.
»¡Acuérdete la veste que te ciño
»De Andrómaca el amor, de Héctor esposa!
» ¡Postrer don de los tuyos lleva, oh niño,
»Tú, única imágen de mi prenda hermosa!
V I R G I L I O
122
»En ti me representa mi cariño
»Sus ojos, su ademan, su habla amorosa:
»Hoy podría vivir; hoy si viviera,
»A par contigo florecer le viera!»
XCII.
»¡Yo gimiendo les daba adioses tales
«¡Oh! ¡dichosos quedad, pues la fortuna
»Fijasteis! ¡Arrostramos temporales
»Nosotros: vos no hendeis ola importuna
»Ni a playas vais que os huyan desleales!
»La paz se os concedió. De un Janto y una
»Troya gozais que hicieron vuestras manos:
»¡Así auspicios la quepan más humanos!
XCIII.
¡Así los Griegos la atalayen menos!
»Si al Tibre arribo y campos comarcanos
»Que hace del Tibre la corriente amenos,
»Y alzo el muro que espero a mis Troyanos,
»Lacio y Epiro, de recuerdos llenos,
»Sólo una Troya compondrán hermanos:
»Tales el Cielo cumpla nuestros votos;
»Tal gocen nuestros nietos más rernotos!»
CXIV.
»De allí hacia los Ceraunios, desde donde
Puede a Italia pasarse sin fatiga,
Navegámos. En tanto, el sol se esconde,
Y la sombra los montes cubre amiga.
Ya en tierra, a qué remeros corresponde
Velar, hacemos que la suerte diga;
Solaz cobramos en orilla grata,
Y manso el sueño nuestros miembros ata.
L A E N E I D A
123
XCV.
»La noche aún no medíaba su carrera
De las horas llevada, y Palinuro
Ya se alza, y a la brisa más ligera,
Oídos tiende, entre el silencio oscuro:
De una ojeada al rodear la esfera,
Ve en paz los astros declinar; ve a Arturo,
Y las Híadas tristes y las Osas,
Y áureo con armas Orión lumbrosas.
XCVI.
»Visto en el cielo plácidas señales,
Nos dio la suya de hacia el mar sonora;
A cuya voz movemos los reales,
Y velas descogemos a la hora.
Hendíamos los líquidos cristales;
Rósea los astros ahuyentó la Aurora,
Y al teñir de su luz los horizontes,
He aquí avistamos nebulosos montes.
XCVII.
»Italia lejos honda aparecía;
«¡Italia!» Acátes exclamó el primero,
Y todos repitieron a porfía
El saludo de «¡Italia! placentero.
Colma Anquíses de vino, en su alegría,
Un alto vaso que adornó primero
De hojas festivas, y en la popa erguido
Con preces tales dominó el ruido:
XCVIII.
«¡Oh grandes Dioses de la mar y el suelo!
»¡Arbitros de los vientos! Dad que aprisa
»Avancen nuestras naves en su vuelo;
V I R G I L I O
124
» ¡Merced hacednos de oportuna brisa! »
Y el aura, anticipándose a su anhelo,
Arreciaba amorosa. Se divisa
Cercano arrimo; y de Minerva un templo
En yerta cumbre descollar contemplo.
XCIX.
»El velámen cogiendo incontinente
Damos fondo a las proras. Arqueado
El puerto a impulsos de oriental corriente,
Le oculta y ciñe natural vallado.
Yertos escollos guárdanle de frente
Que azota encanecido el mar salado;
Y como a entrar el leño se aproxima,
Semeja huir la consagrada cima.
C.
»Cuatro potros vi allí, primer agüero,
Níveos rozando la menuda grama;
A cuya vista, «¡Oh suelo forastero!
»Tu hospedaje es de guerra,» Anquíses clama;
« ¡Guerras ama el corcel; nuncio es guerrero!
»Mas también el corcel los juegos ama;
»Tiempo ha que, dócil copia, carros tira;
»El presagio, a esta cuenta, paz respira.»
CI.
»Pálas, la diosa de armas resonantes,
Fue, a quien gracias rendimos, la primera
Que allí Troyanos hospedó triunfantes:
Con la púrpura frigia, en su ribera,
Cubrimos ante el ara los semblantes;
Y, lo que Heleno tanto encareciera,
Con pompa ritual a Juno argiva
L A E N E I D A
125
Hicimos sacrificio y rogativa.
CII.
»Todo en orden cumplido, el mar convida;.
Torcemos la asta a la vestida entena,
Y la costa dejamos, por guarida
De aleves Griegos, de asechanzas llena,
El golfo de Tarento vi enseguida;
Fundo de Hércules ya, si no condena
La verdad a la fama. Preeminente,
Sacra Lacinia se aparece enfrente.
CIII.
»Y ya asoma Caulonia, y Scilaceo
Que naufraga infamó reliquia tanta;
Y ya el sículo Etna lejos veo
Que, al parecer, de la onda se levanta;
Y oigo roto en la playa el clamoreo
Del mar que en peñas su furor quebranta;
Enríscase la espuma, y el arena
Arrebatada en remolino suena.
CIV.
»Y mi padre gritaba: «Ésta es, sin duda,
»Caríbdis abismosa, y éstos, éstos
»Los arrecifes, ¡amenaza aguda!
»Que Heleno ya nos anunció funestos.
»¡Ea! Cada uno con el remo acuda
»Tanto riesgo a evitar! » Acuden prestos;
Palinuro, el primero, a izquierda vira,
Y gimiendo la proa en la onda gira.
CV.
»Y todos, a poder de brazo y viento,
izquierda tuercen. Súbita oleada
V I R G I L I O
126
Acércanos, erguida, al firmamento,
Y luego a los abismos, aplanada.
Se oye tres veces el hervor violento
De la riscosa cóncava morada,
Y tres veces la espuma se alborota,
Y una pluma del agua el aire azota.
CVI.
»El sol ya declinaba hacia su ocaso,
El aura tenue falleciendo iba,
E incierto el rumbo y el aliento escaso,
Dimos de los Ciclopes en la riba.
Sereno el puerto se dilata, y paso
Niega a asaltos del mar la rada esquiva;
Mas no lejos de allí con torva saña
Etna ruge atronando la campaña.
CVII.
»Ya pez negra y cenizas albicantes
Etna, en turbion de nubes, fuera bota,
Y en globos que carcomen vacilantes
El brillo sideral, incendios brota;
Ya peñascos alanza fulminantes,
Toscos fragmentos de su entraña rota,
Y lava arracimada, a son de trueno,
Y sordo hierve el cavernoso seno.
CVIII.
»Del rayo a medías calcinado, es fama
Que Encélado padece en la honda sima:
Deja a veces por grietas ver la llama
Etna descomúnal sentado encima;
Y cuando, preso en la insufrible cama,
A ladearse el réprobo le anima,
L A E N E I D A
127
Trinacria toda retemblar parece,
Y envuelto en humo el Cielo se oscurece.
CIX.
»Sobrecogidos de pavor pasámos
La noche bajo amago tan tremendo,
En hueca selva de tejidos ramos,
Ignorantes la causa del estruendo;
Que ni brillar un astro divisamos,
Ni el éter nos bañó, su luz cerniendo,
Mas la noche con sombras importuna
En triste nimbo arrebozó la luna.
CX.
»Ya se alzaba a anunciar un nuevo día
El matinal lucero en oriente,
Y ahuyentando tras é1 la niebla fra
Risueña el alba coloró el ambiente;
Cuando un bulto que humano parecía,
Cadavérico aspecto, aire doliente,
Saliendo de los bosques más cercanos,
Tiende a la playa las inermes manos.
CXI.
»Faz de dolor y gesto de gemido,
Ostentaba su rostro extenuado:
Grifos su barba; andrajos su vestido,
Con espinas sujeto de pescado.
Vuelta, el caso cruel mi gente vido,
Y quedó absorta. En lo demás, soldado
Haber sido de aquellos parecía
Que envió Grecia contra Troya un día.
CXII.
V I R G I L I O
128
»Él, como arreos columbró troyanos,
Paróse, dando de terror señales;
Vuela luego a la orilla, y en insanos
Lloros prorumpe y en palabras tales:
«¡Por los Dioses del Cielo soberanos,
»Por esta santa luz y auras vitales,
»Oid, hijos de Troya, mi gemido:
»Arrancadme a esta playa; es cuanto pido.
CXIII.
»Yo la verdad confesaré de grado:
»Griego hice ya contra Ilion campaña:
»Si perdón no os merece mi pecado,
»Fin poner presto a adversidad tamaña.
»¡Ea! ¡heridme, matadme; destrozado
»Al mar lanzadme a sosegar su saña!
»Pues del hado el rigor quiere que muera,
»A manos de hombres moriré siquiera.»
CXIV.
»Habla, y nuestras rodillas adherido
Abraza, de rodillas derribado:
Movémosle a que diga su apellido,
Su linaje, y mudanzas de su estado.
Calló breves momentos, y dolido
Mi padre Anquíses, con benigno agrado
La diestra ilustre tiende al magro jóven,
Y añade muestras que el temor le roben.
CXV.
«Yo Aqueménides soy,» dijo sincero
El afán serenando que le aterra:
«Fui del mísero Ulíses compañero,
»A Itaca tuve por nativa tierra.
»Mi padre, escasa el arca de dinero,
L A E N E I D A
129
»Me aventuró a los lances de la guerra:
Llamábase Adamasto. ¡Ah, siempre el hado
»Me mantuviese de mi padre al lado!
CXVI.
»Mientras huir de esta ímpia costa emprende
He aquí mi gente me dejó en olvido,
En un antro que lóbrego se extiende
De manjares sangrientos esparcido:
El antro de un Cíclope. El monstruo hiende
«Oh, qué monstruo cien veces maldecido!)
Las nubes, si la frente alza espantosa;
Y nadie hablarle ni aún mirarle osa.
CXVII.
»Crudos devora a cuantos tristes caza.
»Tendido en medio al antro donde espía,
»Con la mano feroz con que atenaza
»Asir dos de los nuestros vile un día:
»A golpe en un peñon los despedaza;
»El umbral de la sangre se mecía;
»Vi humor los miembros destilar, y ardiente
»Tremer la carne al dar diente con diente.
CXVIII.
»No tal Ulíses soportó; ni en ese
»Trance a su fama desmintió su pecho;
»Mas aguardó a que el monstruo se rindiese
»De manjares y vino satisfecho:
»Rindióse al fin, doblando el cuello, y fuése
»Adurmiendo en la cueva, su amplio lecho;
»Y su boca brotaba entre rumores,
»Trozos de vianda, y de licor vapores.
V I R G I L I O
130
CXIX.
»A los Dioses llamando en nuestra ayuda,
»Sorteado el peligro, a un mismo instante
»Corremos en redor, y una asta aguda
»Clavamos en el ojo del gigante:
»Ojo, al metal que a Argivos combo escuda,
»O al gran disco de Febo semejante;
»Ojo único, bajo hosca ruga oculto;-
»Y así vengamos su brutal insulto.
CXX.
»¡Huid, tristes, huid! todo os conjura!
»Cortad los cables sin perder momento;
»Pues como ese, que agora por ventura
»Ordeña, consolando su tormento,
» Su grey lanosa en su caverna oscura,
»Como ese horrendo Polifemo, hay ciento,
»Y en magna procesión la prole infanda
»Ronda esta costa, y por los montes anda.
CXXI
»Ya por tercera vez brillar he visto
»Las fases de la luna renovadas,
»Desde que en esta soledad existo
»Y a las fieras disputo sus moradas.
»Cauto los monstruos de una peña avisto,
»Y su voz tiemblo y tiemblo sus pisadas;
»Y zonzas nutren mi existencia acerba
»Silvestres bayas y arrancada hierba.
CXXII.
»Vi llegar vuestra flota a esta ribera,
»Miéntras miradas de ansiedad dirijo
»Cuan lejos logro; y fuese lo que fuera,
L A E N E I D A
131
»PaIpitando volé de regocijo.
»Ya, ya estoy libre de esta raza fiera:
»¡Ahora matadme si quereis!» Tal dijo;
Y ya un bulto, aún no bien de hablar acaba,
En los vecinos montes descollaba.
CXXIII.
»Obeso Polifemo se movía
En medio del lanígero ganado,
Y a la usada ribera el paso guía:
¡Gran monstruo, informe, atroz, de luz privado!
Hácenle sus ovejas compañía
Consuelo solo de su adverso estado,
Sírvele de bastón desnudo un pino,
Y con resuelto pie cata el camino.
CXXIV.
»Llega a la playa de su ruta al cabo;
Y al mar entrando, con sus ondas lava
Del ojo, herido del ardiente clavo,
La sangre que grumosa chorreaba.
Crujir los dientes le hace el dolor bravo
Que el mal renueva y el enojo agvava;
Y más y más se interna en la agua, ésta
Le moja apenas la cintura enhiesta.
CXXV.
»Temblando, y a par nuestro recibido
El que, eso visto, la verdad decía,
Las amarras soltamos sin ruido,
Y el mar los remos barren a porfía.
Sintió el gigante, y se volvió al sonido;
Mas vio que con el brazo no podía
Tocarnos ya, ni competir tampoco
Con las jónicas ondas, de ira loco.
V I R G I L I O
132
CXXVI.
»Gimió entonces: el ponto se estremece
Al inmenso clamor, el viento zumba;
Italia toda retemblar parece;
Etna en sus hornos cóncavos, retumba.
Y de montes y selvas se aparece,
Al son de alarma, la feroz balumba
De los otros Ciclopes, que se ordenan
En largas filas, y las playas llenan.
CXXVII.
»Yo los ví, yo, los étneos hermanos,
En pie, con sendos ojos imponentes,
¡Junta horrenda! mirándonos insanos,
Al cielo alzadas las soberbias frentes.
Tales inmoble ostentan los ancianos
Cipreses y los robles eminentes
Cima piramidal o copa vana,
En los bosques de Jove o de Díana.
CXXVIII.
»Con el vivo,temor que nos aguija,
Al sacudir el cable, al dar la vela,
Torcemos a do el viento nos dirija,
Y a do el viento sopló, la nave vuela.
Mas porque no el azote nos aflija
Entre Scila y Caríbdis, que revela
La voz de Heleno, que a evitarlo exhorta,
Volver y el rumbo enderezar importa.
CXXIX
»Bóreas en tanto de la estrecha boca
De Peloro enviado, nos ampara.
L A E N E I D A
133
El Pantágias pasamos, que entre roca
Viva desagua; el seno de Megara,
Y Tapso humilde. Nuestra quilla toca
En sitios que Aqueménides declara;
Que en rumbo inverso los corrió primero,
Ya del mísero Ulíses compañero.
CXXX.
»Hay en el golfo siciliano, en frente
Del undoso Plemirío, una isla bella,
Y quiso ya la primitiva gente
Con el nombre de Ortigia noble hacella.
Fama es que Alfeo de Élide, latente
Vino y errante bajo el mar a ella;
Y ya unido, Aretusa! a,tus raudales
Vuela ufano a los sículos cristales.
CXXXI.
»Habiendo allí los Númenes honrado.
Y el campo atrás dejado peregrino
Que el Heloro fecunda remansado,
Los salientes peñascos de Paquino
Raemos. Lejos aparece el vado
Que un Dios vedó moviesen Camarino;
Y el gran pueblo de Gela, y su campaña,
A quien dio nombre el rio que lo baña.
CXXXII.
»Tierra de nobles potros afamada,
Acragas enseguida se presenta,
Y de lejos fijó nuestra rnirada
El ancho muro de que está opulenta.
Selínos, la de palmas coronada,
Ya atrás te quedas: la onda fraudulenta
V I R G I L I O
134
Del rocalloso Lilibeo corto,
Y a Drépano ¡ay, llorosa playa! aporto.
CXXXIII.
»Tras tanto afán, en extranjero suelo,
El hado a Anquíses me robó tirano;
Era en mis penas mi único consuelo,
Él daba aliento a mi cansada mano.
¡Oh padre bondadoso! ¡oh acerbo duelo!
¡De cuántos riesgos escapaste en vano!
No me anunció, entre tanto mal, Heleno
Desgracia tal, ni la cruel Celeno!
CXXXIV.
»Meta de viajes, causa de gemidos
En Drópano encontré. De ahí del viento
Vinimos por el piélago impelidos,
Merced de un Dios, a vuestro ilustre asiento.»-
Tal sucesos del Cielo dirigidos
Narraba el héroe al auditorio atento,
Contratiempos, errores y peleas:
Calló, en fin, y descanso tomó Enéas.
LIBRO CUARTO.
I.
Herida en breve de dolencia aciaga,
Pábulo da la Reina en cada hora
L A E N E I D A
135
Al placer mismo de enconar la llaga,
Y de fuego secreto se devora:
Del héroe, su valor, su alcurnia, halaga
El pensamiento, y de su voz sonora
El eco, y de su faz guarda el trasunto;
Y tregua el vivo afán no sufre un punto.
II.
Húmida el alba sonrió, y el día
Con luz roja entre nieblas despuntaba,
Cuando a su amante hermana el paso guía
Dido, y con ella así coloquio traba:
«¿Qué sueño tentador, querida mía,
El sueño fue que de agitarme acaba?
Mas este huesped que tenemos, díme,
¿Cuál corazón habrá que no le estime?
III.
»¿Qué brío a su alma y brazo no acompaña?
¡Cuál se pinta en su frente su destino!
Yo, si mis ojos la ilusión no engaña,
Que desciende de Dioses adivino;
Pues torpe miedo que el semblante empaña,
Siempre delata al corazón mezquino;
Y él, tras tanto conflicto y prueba tanta,
¡Qué de combates concluidos canta!
IV.
»Eterno, irrevocable es mi desvío
De un nuevo enlace al criminal deseo;
Que mi esperanza en flor y el amor mío,
Yacen con las cenizas de Siqueo.
Mas si a mis ojos sin fulgor sombrío
V I R G I L I O
136
Pudiese arder la antorcha de Himeneo,
ólo de este héroe la gentil presencia
Capaz fuera a vencer mi resistencia.
V.
»Confesártelo quiero: desde el día
Que el doméstico altar fue enrojecido,
Por la venganza del hermano impía.
Con la inocente sangre del marido,
Sólo aqueste extranjero a simpatía
Ha logrado moverme, y su latido
Volver al corazón, que ya se inflama;
El calor siento de la extinta llama.
VI.
»Mas hiéndase y sepúlteme en su seno
La tierra; el padre del Olimpo santo
Me precipite al retumbar del trueno
En la mansión de noche eterna y llanto,
Si es ¡oh pudor! que mi deber no lleno,
Si tu sagrado código quebranto.
Pues de todo mi amor hice a él promesa,
Amar debo su sombra, honrar su huesa! »
VII.
Dice; y baña en sus lágrimas, vencida,
El seno amigo. Respondióle Ana:
«Tú, a quien más amo que mi propia vida,
Qué, ¿pasarás la juventud lozana
Sin coger flores con que amor convida,
Sin lograr frutos de que amor se ufana?
¿Piensas que de los vivos los cuidados
Van el sueño a inquietar de los finados?
L A E N E I D A
137
VIII.
»Fuese así, ¿qué les debes? No hubo amante»
Ni hoy en esta nación, ni antes en Tiro,
Que tu pecho ablandase de díamante:
A Yárbas desdeñaste, y el suspiro
De tantos de que al África arrogante,
Claros guerreros, alabarse miro.
¿Mas a tu amor y utilidad te opones?
Oye a ese amor y mira a estas regiónes.
IX.
»Las gétulas ciudades aguerridas
De una parte amenazan al Estado;
Ves allá los indómitos Numidas,
La Sirte inhospital: por otro lado,
Los Barceos errantes y homicidas,
El árido desierto y abrasado;
¿Y lo que ha de venir de Tiro sabes?
¿Qué, si el airado hermano apresta naves?
X.
»Fue de los, Dioses voluntad, no dudo,
Favor de Juno, que en tu bien se esmera,
Que frigios buques tras embate rudo
Saludasen al fin nuestra ribera.
¿Qué no promete tan dichoso nudo?
Con la troyana juventud guerrera
¡Cuánto en gloria y poder la patria gana!
¡Qué gran nación la que verás mañana!
XI.
»En tanto a la Deidad en los altares
Inclina en tu favor con sacrificios,
Mientras al extranjero en tus hogares
V I R G I L I O
138
Obligas con benévolos oficios.
Causas proponle de aguardar: los mares
Agitados de vientos impropicios,
La flota inhábil para alzar el vuelo,
El pluvioso Oríon y ambiguo el cielo.»
XII.
Ana habló así; y el reprimido fuego
Torna de Dido en llamas encendidas,
Y en esperanzas del amor más ciego
Las timideces de pudor nacidas.
Juntas, altares visitando, el ruego
Cantan de paz, y ovejas escogidas
Ofrecen, segun rito, a Febo, a Céres
Que leyes da, y al Dios de los placeres
XIII.
Más que a, todos a Juno, la que enlaza
Cuellos de amantes con feliz cadena
La Reina acude, y si ofrecerle traza
Blanca novilla, que inmolar ordena,
Entre uno y otro cuerno ella la taza
De sagrado licor derrama llena;
Y si, ornado el altar, favores pide,
La sacra ceremonia ella preside
XIV.
Torna a iniciar con cada nueva aurora
Nueva fiesta. Con labios anhelantes
Su destino en las víctimas explora
Consultando las fibras palpitantes.
La ciencia del augur ¡oh cuánto ignoral
Ni cuál rito sanó pechos amantes?
Consume fuego halagador la vida,
Fresca recata el corazón su herida.
L A E N E I D A
139
XV.
Tal la Reina abrasada incierta gira:
Así también en la selvosa Creta
Algun vago pastor de lejos tira
A cierva incauta rápida saeta;
El que clavó el arpón tal vez no mira;
Ella en bosques y valles huye inquieta,
Y en vano huyendo de librarse trata,
Que va con ella el dardo que la mata.
XVI.
Y ya a Enéas a ver los muros guía
Y primores le enseña por do viene;
Empezados proyectos le confía,
Va a hablar tal vez, y al pronto se detiene;
O ya en festines, en cayendo el día,
Con preguntas, cual antes, le entretiene;
Que lances torne a referir le agrada,
Y torna a oírle, de su voz colgada.
XVII.
También a veces la infeliz, hallando
El semblante del héroe en su semblante,
Estrecha a Ascanio contra el seno blando,
Por si engañado Amor duerme un instante.
Y cuando todos se retiran, cuando
Su móvil faz, a trechos radiante,
Con velo funeral cubre la luna
Y se hunden las estrellas una a una;
XVIII.
Cuando todo a los vivos aconseja
V I R G I L I O
140
Tomar descanso, en la desierta sala
Pasea sus congojas, y honda queja,
Consigo a solas, de su pecho exhala;
O en el lecho tal vez caer se deja
Que ocupó en el festín, y se regala
Con el amado, que al amado ausente
Presente le ve allí; le oye, le siente,
XIX.
Suspensa en tanto la común tarea,
Ni en ejercicios de armas se solaza
La juventud, ni en concluir se emplea
Nadie ya el puerto, ni en murar la plaza:
No se alza más la torre gigantea;
Inconcluso, ruinas amenaza
Todo el muro, y la máquina que osa.
Hasta el cielo empinarse, asombra ociosa,
XX.
La hija de Saturno, la que al lado
Reina de Jove, ha visto a la infelice;
Ve que al amor inmola ya el cuidado
De su fama, y a Venus llega, y dice:
«Rica presa hijo y madre habéis logrado;
Que una mujer la planta en red deslice
Que dos Dioses le armaron de concierto,
¡Es gran conquista y memorable, cierto!
XXI.
»Mal pudiera ignorar que sospechosas
Tú de Cartago las mansiones hallas;
Yo sé que en tus recelos no reposas
Cuando ves de Cartago las murallas.
Mas ¿no habrá fin a tan acerbas cosas?
L A E N E I D A
141
¿Siempre hemos de reñir duras batallas?
Justo es ya que finquemos, si te place,
Eterna paz en venturoso enlace.
XXII.
»Cuanto pudo halagar tu fantasía,
Todo lo tienes a sabor cumplido:
Dido muere de amor: la llama impía
Cala y consume el corazón de Dido.
Que esta nación rijamos tuya y mía
Con igual potestad, es lo que pido:
Dido al Troyano obedecer se vea;
Dote fiada a ti Cartago sea. »
XXIII.
Venus, cual si no hubiese en sus razones
La mira penetrado traicionera
De llevar a las líbicas regiónes
El reinado feliz que a Italia espera,
«Acojo,» respondió «lo que propones;
Que en vez de ello altercar, demencia fuera.
Falta sólo que el vínculo que dices
Efectos logre, cual prevés, felices.
XXIV.
»Yo, yo temo del Hado los arcanos;
Ni decir sé si Júpiter se paga
De que, uniéndose Tirios y Troyanos,
Solo un pueblo la unión de entrambos, haga.
Mas tú los pensamientos soberanos
De1mismo Jove suplicante indaga;
Que es derecho de esposa; y de consuno
Obraremos DESPUÉS.» Respondió Juno:
V I R G I L I O
142
XXV.
«Fíalo a mi prudencia, que lo aplaza
Para su tiempo. A lo que está primero
Por el pronto atendamos: con qué traza
Lograremos el fin, decirte quiero.
Salir han concertado al monte a caza
Dido y Enéas: que saldrán espero
Cuando el sol tienda desde la alta cumbre
Los primeros destellos de su lumbre.
XXVI.
»Yo, en viendo las garzotas de colores
Agitarse, y que empiezan la espesura
Con cuerdas a ceñir los cazadores,
Recia borrasca moveré en la altura,
El cielo en torno asordaré a rumores,
Granizo lanzaré de nube oscura;
Dispersos correrán, y a todos lados
Con ciega sombra toparán cerrados.
XXVII.
»Dido y el Rey de la troyana gente
En una grata entences a deseo
Reparo buscarán: seré presente,
Y haré, si tu favor cordial poseo,
Que a consorcio se obliguen permanente,
Y el juramento sellará Himeneo.»
Tal su ardid Juno expone a Venus; y ésta
Sonrisa de adhesion dio por respuesta.
XXVIII.
Aurora en tanto de la mar salía
Hermosa; y redes ya de claros hilos
La alegre multitud trae a porfía,
L A E N E I D A
143
Y lonas, y venablos de anchos filos:
A la vez llegan con sagaz jauría
A caballo los ágiles Masilos;
Y a Dido, que en la regia alcoba aún tarda,
Región florida en el umbral aguarda.
XXIX.
Soberbio de oro y grana, el campo huella,
Y espumoso un bridon tasca el bocado:
Ya ella sale a montarle, y va con ella
El juvenil cortejo alborozado.
Su clámide purpúrea franja bella
Pinta; es áureo el carcaj que lleva al lado;
La veste ciñe en áureo broche; en oro
Coge de sus cabellos el tesoro.
XXX.
Asoma ya la juventud troyana;
Gozoso llega Ascanio, Enéas llega
Radiante de hermosura soberana,
Y las bandas, cual príncipe, congrega.
No en gentileza o majestad le gana
Apolo, cuando hurtándose a la vega
Del Janto, o a la Licia envuelta en hielos,
Fiestas instaura en la materna Délos:
XXXI.
Honran al Dios, su altar ciñendo santo,
Y Cretenses y Dríopes en coro,
Y abigarrados Agatirsos, canto
Mezclando y danzas en tropel sonoro;
El de Cinto en las cumbres vaga en tanto;
Orna el suelto cabello, a par del oro,
Con tiernas hojas de gentil guirnalda,
V I R G I L I O
144
Y los dardos retiemblan a la espalda.
XXXII.
Cuando al monte llegaron y al sagrado
De hojosos laberintos, a deshora
Del risco descolgándose empinado
Ven la silvestre cabra trepadora.
Mueve a los ciervos súbito cuidado,
Y la manada al campo voladora
Cruza; nube de polvo en torno crece,
Y los montes dejando, desaparece.
XXXIII.
Ascanio revolviendo va a doquiera
Su brioso caballo por el Rano,
Y ya a los unos en veloz carrera,
Ora a los otros se adelanta ufano.
Entre inermes rebaños, aplaudiera
Un jabalí espumoso haber a mano,
Y ruega que del áspero boscaje
Algun rojo león al campo baje.
XXXIV.
He aquí el cielo amenaza, óyense truenos,
Sigue granizo y tempestad oscura;
Y, Tirios y Troyanos de afán llenos,
Cada cual por su lado huir procura:
Ni de Venus al nieto acosa menos
El cielo: albergues van por la llanura
Buscando: de las sierras eminentes
Se despeñan las aguas a torrentes.
XXXV.
Iba el troyano capitán con Dido,
L A E N E I D A
145
Y a una gruta se acogen a deseo:
Presagia la alma Tierra con ruido,
Y Juno, al rito atenta, el himeneo:
El cielo en los misterios instruido,
Alumbró con siniestro centelleo;
Las Ninfas a que el monte da moradas,
Gimieron en las cumbres elevadas.
XXXVI.
¡Oh raíz de infortunio, hora funesta!
No alimenta en su amor furtiva llama
La Reina ya, ni miramiento presta
A lo que honor o la opinión reclama.
Por velo da a su culpa manifiesta
Nombre de matrimonio. Y ya la Fama
Por cuantas villas Africa numera
Canta con voz los hechos pregonera.
XXXVII.
Fama aquella malvada se apellida
Que es veloz como igual no ha visto el cielo
En su movilidad está su vida,
Y le crecen las fuerzas con el vuelo:
En los primeros pasos va encogida;
Luego se alza ambiciosa: por el suelo
Humildemente rateando empieza;
Luego esconde en las nubes la cabeza.
XXXVIII.
Llena de ardor contra los Dioses, creo,
La Tierra hubo a la Fama hija postrera,
Póstuma hermana a Encélado y a Ceo,
Agil de miembros y de pies ligera.
Cuantas plumas, enorme monstruo y feo,
V I R G I L I O
146
Ciñendo al cuerpo va, ¿quién tal creyera?
Tantos debajo oculta ojos despiertos,
Tantas bocas y oídos siempre abiertos.
XXXIX.
Estridente en la sombra mueve el ala
De noche, y entre tierra y cielo vuela;
Nunca el sueño sus párpados regala!
De día, misterioso centinela,
En techo o torre altísima se instala,
Y asombro dando a las ciudades, vela,
Y con ardor igual, doquier que gira,
Divulga la verdad y la mentira.
XL.
Lo mismo ahora, ufana, diligente,
Mezcla verdades y ficciones vanas,
Y esparciéndolas vuela entre la gente
Corriendo las provincias comarcanas:
Que ha arribado, de Troya procedente,
Enéas a las playas africanas;
Que le acoge, y consiente en ser su esposa,
La soberana de Cartago hermosa;
XLI.
Más: que olvidando públicos cuidados.
En la red del placer entretenidos,
Gozan los días del invierno helados,
Por amor, lo que duren, encendidos:
La ímpia Diosa por campos y poblados
Va esto poniendo en bocas y en oídos,
Y al rey Yárbas torciendo, llega en breve,
Le inflama el alma, y a furor le mueve.
L A E N E I D A
147
XLII.
Robó a la ninfa Garamanta un día
Jove Amon; de éstos hijo Yárbas era;
El cual cien templos dedicado había,
En los vastos dominios en que impera,
A su padre, y cien aras, donde ardía
Velador fuego que morir no espera:
El suelo en sangre víctimas coloran;
Tiernas guirnaldas el dintel decoran.
XLIII.
El rumor revolviendo que le aqueja
Yárbas allí, entre estatuas tutelares,
Gime alzando las palmas; ni se aleja
Sin fatigar con ruegos los altares:
«¡Oh Jove omnipotente, a quien festeja
Con obsequios del Dios de los lagares
La gente maura en recamados lechos!
¿Ves, dí, la iniquidad de humanos pechos?
XLIV.
«¿Ves? ¿o cuando a las nubes rompe el seno
El fuego, y tiembla el hombre, asombro es vano?
¿No es voz de tu furor el ronco trueno?
¿Ciegos salen los rayos de tu mano?
Vino aquí errante una mujer: terreno
Compró para ciudad pequeña: un llano
La di que cultivado la abastase;
A su dominación yo eché la base.
XLV.
»Y ella ayer desechóme por marido;
¡Ah! ¡y ella un huésped hoy sienta a, su lado!
Y éste que unge el cabello y va servido
V I R G I L I O
148
De eunucos, nuevo Paris, y el tocado
Meonio ciñe, en vergonzoso olvido,
Gozando libre está de un bien robado;
¡Y yo, que en darte culto no reposo,
Llevo infeliz renombre de dichoso!»
XLVI.
Tal, asido al altar, Yárbas gemía;
Y oyendo el Padre su clamor prolijo
Vio la copia, de amantes que yacía
En torpes lazos, y a Mercurio dijo:
«Oyeme, y cruza la región vacía;
Los céfiros te ayuden, vuela, hijo;
Vé al Rey troyano que en Cártago olvida
Mansiones do Fortuna le convida.
XLVII.
»¡Que no así, le dirás, su madre hermosa
Me le ofreció; ni para fin tan triste,
Cuando la muerte entre la lid le acosa,
Una vez y otra a remediarle asiste;
Mas para que su raza gloriosa
Restaure, y entre a Italia, y la conquiste
Henchida de poder, hirviente en guerra,
Y leyes dicte al orbe de la tierra!
XLVIII.
»Que si no le da impulsos la memoria
De sus altos destinos, ni se afana
Por ceñirse el laurel de la victoria,
Débele a Ascanio la ciudad romana.
¿Y querrá a un hijo defraudar su gloria?
¿O qué entre gente a su misión profana
Proyecta? ¿Por lo suyo no suspira?
L A E N E I D A
149
¿Ni allá los campos de Lavinio mira?
XLIX.
»¡Tú vé; intímale, pues, mi mandamiento.
Yo mando, en conclusión, se haga a la vela, »
Dijo; a su voz el mensajero atento,
Cumplir el cargo presuroso anhela;
Y la sandalia calza en el momento,
La áurea sandalia con que alado vuela
Cual soplo de los céfiros, lo mismo
Sobre la tierra y sobre undoso abismo.
L.
Cobra enseguida el Dios su caduceo:
Con él las sombras pálidas evoca
Que yacen en el Orco, y al Leteo
Lleva también las ánimas: provoca
Y disipa los sueños a deseo;
Los mustios ojos abre si los toca:
Con él nublados trata, auras domina;
Y ya volando a Atlante se avecina.
LI.
El cual con pinos hórrida levanta,
Y de hoscas nubes guarnecida ostenta
Su anciana frente, estriba en firme planta,
Y el alto cielo sobre sí sustenta:
Nieve arropa sus hombros; se quebranta
En sus flancos rugiendo la tormenta,
Y a trechos en arroyos se desliza
El bronco hielo que su barba eriza.
LII.
Allí el cilenio Dios descanso toma;
V I R G I L I O
150
Paz da a las alas que al igual batía,
Y luego al mar con fuerza se desploma;
Y cual ave que al pez la gruta espía
Y en las playas, rasando el alga, asoma,
Tal a las costas líbicas venía,
Distante en breve del materno abuelo,
Entre agua y tierra el Dios a salto y vuelo.
LIII.
No bien chozas tocó su planta alada.
Muros trazando y casas al caudillo
Troyano ve, cuya ceñida espada
Puntas de jaspe esmaltan de amarillo,
Y a quien clámide en púrpura bañada
Los hombros cubre con ardiente brillo:
Obsequios de la rica soberana
Que con oro sutil bordó la grana,
LIV.
Fue uno verle y ponérsele delante:
«¿Tú a echar las bases de Cártago atento?
¿Tú ornando esta ciudad, postrado amante?
¿Tú de tus hados sordo al llamamiento:
Pues díme -que de Olimpo radiante
Me envía a ti por sobre el raudo viento
El que el mundo gobierna y las esferas
¿Qué es lo que en Libia descuidado esperas?
LV.
»Que si no te da impulsos la memoria
De tus altos destinos, ni te afanas
Por ceñirte el laurel de la victoria,
Mira a Ascanio crecer: las italianas
Comarcas son su herencia; allí su gloria,
L A E N E I D A
151
¿De un hijo harás las esperanzas vanas?...
Calló, y la vista deslumbrada deja,
Y cual sombra en el aire huye y se aleja.
LVI.
Quedó Enéas absorto, híspido el pelo,
Hecha un nudo la voz en la garganta.
Ya en dejar piensa aquel amado suelo,
Que la divina inspiración le espanta.
Mas ¡duro trance! ¡amargo desconsuelo!
¡Ir a anunciar que el áncora levanta
A aquella que por él de amor fallece!...
Cómo, no sabe, ni por donde empiece.
LVII.
Propónese mil cosas, y cuan presto
Se fija en una, a esotra vuelve en tanto;
Vacila: al fin resuelve, y a Sergesto
Y a Mnesteo convoca, y a Cloanto:
Que hagan, les manda, sin rumor apresto
De embarcaciones; que su gente a canto
Reunan de zarpar; armas prevengan,
Y sus intentos bajo sello tengan.
LVIII.
Que é1entre tanto con mesura y tiento
Pues la espléndida Dido nada sabe,
Ni espera que en eterno alejamiento
Aquel tan grande amor tan presto acabe
Para hablarle, buscando irá momento
El más propicio, y modo el más suave:
Esta es su voluntad. Todos aprueban,
Y alegres el mandato a cabo llevan.
V I R G I L I O
152
LIX.
¿Cómo engañar a un corazón que ama?
Ella todo lo sabe, lo adivina;
Fue quien primero descubrió la trama,
Y, aún en horas serenas, de ruina
Amagos presintió. ¿Qué más? La Fama
Sus ocultos recelos amotina,
Maligna susurrando que aparejan
Naves los Teucros; que a Cártago dejan.
LX.
Fuera de tino la soberbia amante
Corre por la ciudad, como se agita
En las órgias solemnes la bacante
Cuando oye en torno la vinosa grita,
Y los tirsos descubre, y resonante
A sus misterios Citeron la invita:
Tal va la Reina, y tal sin más recato
Vuela a afrentar al amador ingrato.
LXI.
«¿Disimular ¡oh pérfido! esperaste
Tu malvada intención, tu felonía?
¿Y tu nave en mi puerto imaginaste
Que en silencio las velas soltaria?
¿Cosa no habrá que a disuadirte baste?
¿Ni mi amor, ni la fe jurada un día?
¿Ni reparar en Dido sin ventura,
Que por ti morirá de muerte dura?
LXII.
»¡Y que en lo crudo de hibernales meses
Quieras de presto aderezar tu flota!
¡Que tanto en levar ferro te intereses
L A E N E I D A
153
Cuando más Aquilon la espuma azota!
Dime, cruel, si en lejanía vieses.
No extraños campos, no ciudad ignota,
Mas renaciente a Troya, ¿a tus hogares
Cruzando irias procelosos mares?
LXIII.
»¡Huyes de mí! Mas nuestra unión te pido
Que recuerdes; y este único tesoro
Que reservé, mi corazón herido,
Mírale aquí, y las lágrimas que lloro!
Si algo te merecí, si hallaste en Dido
Algo de amable, tu clemencia imploro!
¿Mi trono hundirse ves sin sentimiento?
¡Ah! ¡si aún vale rogar, muda de intento!
LXIV.
»Nómades reyes, gentes confinantes
Me odian por tí; mi pueblo me desama;
Por tí inmolé el pudor, y la que antes
Me alzaba a las estrellas, limpia fama.
¡Oh huésped! en mis últimos instantes
Me abandonas; y ¿a quién? Mi voz te llama
Huésped; fuiste mi esposo. Mas ¿qué tardo?
¿Al extranjero o al hermano aguardo?
LXV.
»¿Yárbas feroz, que mi persona aprese?
¿Pigmalion, que mi nación arrase?
¡Oh! ¡si antes de esa fuga al menos de ese
Amor alguna prenda me quedase:
Un tierno Enéas que en mi hogar corriese
Que en su rostro infantil tu faz copiase!
No tan desamparada me vería;
V I R G I L I O
154
No fuera tan cruel tu acción impía»
LXVI.
Él, que de Jove, miéntras ella hablaba,
Guarda en su mente el mandamiento impreso,
Fijos los ojos en el suelo clava,
Mudo resiste del dolor al peso.
«Mi gratitud tu esplendidez alaba,»
Esto al fin dijo apenas; «y confieso
Que si arguyes ¡oh Reina! con mercedes,
Muchas y grandes recordarme puedes.
LXVII.
»Yo llevaré al recuerdo de esos dones
La imagen tuya dulcemente unida,
Mientras guarde mis propias tradiciones,
Mientras mi pecho aliente aura de vida.
Mas oye, en la cuestión, breves razones:
No pensaba ocultarte mi partida,
Ni de unión conyugal te hice promesa;
No así te engañes: mi misión no es ésa.
LXVIII.
»¿No ves que si el destino me otorgara
Guíar las cosas, reparando males,
Ya hubiera visto por mi patria cara?
¡Podría de sus héroes los mortales
Restos honrar; al golpe de mi vara
Se alzaran sus alcázares reales,
Y poderosa, como en antes era,
Troya de sus cenizas renaciera:
LXIX.
»Mas ¡ay! la voz de oráculo divino
L A E N E I D A
155
Fuerza mi voluntad, Febo me guía;
Navegar para Italia es mi destino,
Ya éste es mi amor, y esta es la patria mía!
Cual hoy Troyano a Ausonia me encamino,
Tiria a Cártago tú viniste un día;
Ya en paz la riges: en igual manera
Buscamos, do reinar, zona extranjera.
LXX.
»Mi padre Anquíses, cuando en alto vuelo
La noche entolda el orbe de la tierra
Y brillan las estrellas por el cielo,
En sueños me habla, y su actitud me aterra:
Mi hijo Ascanio me es causa de desvelo,
Y en él mirando, el corazón se cierra;
Que aquí, distante del confin hesperio,
Yo le defraudo el prometido imperio.
LXXI.
»No ha mucho el nuncio de los Dioses vino;
Por vida de ambos que le vi te juro,
Enviado por Júpiter, camino
Por los aires abrir, y entrar el muro:
Estoy mirando su esplendor divino;
Oyendo estoy su mandamiento duro!
No me des más, no más te des tormento;
Llévanme a Italia, y con dolor me ausento!»
LXXII.
Mientras hablaba, fiera y desdeñosa
Con ardiente inquietud ella le mira;
Mirándole en silencio, ira rebosa,
Y luego a voces se desata en ira:
«No fue tu madre, ¡pérfido! una Diosa,
V I R G I L I O
156
Que desciendes de Dárdano es mentira;
Cáucaso te engendró entre hórridos lechos,
Hircana tigre te crió a sus pechos!
LXXIII.
»Ya ¿qué hay que disfrazar? ¿qué más espero?
Ve llorando a su amanter, ¿y se contrista?
¿Le merecí una lágrima, un ligero
Signo de compasión? ¿volvió la vista?
¡Cielos! ¿Qué agravio acusaré primero?
¿Cuál Dios habrá que a vindicarme asista?
Ni Juno ya, ni Jove, ¡oh desengaño!
Con justa indignación miran mi daño.
LXXIV.
»¡Oh justicia! ¡oh lealtad!, ¡nombres vacíos!
¡Yo náufrago, desnudo, falleciente
Le recogí, le abrí los reinos míos,
El imperio con él partí demente!
Yo los restos salvé de sus navíos,
Yo libré de morir su triste gente!..
¿A dónde me despeña el pensamiento?
¡Llevada de furor, arder me siento!
LXXV.
» ¡Y ahora la voz de oráculo! divino
Fuerza su voluntad! ¡Febo le guía!
Ni ha mucho el nuncio de los Dioses vino,
¡Y es heraldo que Júpiter le envía!
¡Y en los aires abriéndose camino
Le trae la orden fatal! ¡Quién pensaría
Que hubiesen de alterar cuidados tales
La alta paz de los Dioses inmortales!
L A E N E I D A
157
LXXVI.
»Nada te objeto, ni partir te impido:
Vé, y por medio del mar, en seguimiento
Camina de ese imperio prometido;
¡Busca esa Italia con favor del viento!
Mas si justas deidades, fementido,
Algo pueden, te juro que el tormento
Hallarás, entre escollos, que mereces,
Y a Dido por su nombre allí mil veces
LXXVII.
»Invocarás; y Dido abandonada,
Con tea humósa aterrará tu mente;
Y cuando a manos de la muerte helada
Salga del cuerpo esta ánima doliente,
Yo, vengadora sombra, a tu mirada
En todas partes estaré presente!
Tu crímen pagarás; sabráse, oirélo:
¡Eso en el Orco irá a acallar mi duelo!»
LXXVIII.
Ella súbito aquí la voz detiene,
Y huye la luz odiosa con gemido;
El, que a oponer razones se previene,
Queda atónito, absorto, atontecido.
Y he aquí un grupo de esclavas la sostiene
En brazos; y la llevan sin sentido
A1 tálamo, de mármoles labrado,
Y la reclinan sobre el regio estrado.
LXXIX.
Cierto que con palabras de dulzura
El religioso príncipe quisiera
Mitigar de la triste la amargura
V I R G I L I O
158
Y el dolor suavizar que la exaspera.
Gime él de corazón su desventura,
Que amor le oprime con angustia fiera;
Todo, empero, lo vence, y determina
Recto cumplir la voluntad divina.
LXXX.
Ya a revistar su armada acude al puerto,
Y ya las altas popas de la orilla
Los Troyanos alanzan de concierto;
Flota liviana la embreada quilla.
Remos y tablas da, de hoja cubierto
Tronco informe, aún no bien la hacha le humilla
Y en este afán por coronar la empresa,
Salen de la ciudad todos de priesa.
LXXXI.
Tal las hormigas próvidas saquean
Riquezas que en sus antros acumulan;
Y, en la hierba cruzándose, negrean,
Y en senda angosta, por do van, pululan:
Unas a empuje granos acarrean,
Otras, a la que tarda ora estimulan,
Corrigen ora a la que pierde el tino;
Con tanta agitación hierve el camino.
LXXXII.
¡Tu pobre corazón qué sentiría!
¡Cuán grande hubo de ser, Dido, tu pena,
Cuando hirviente la playa en lejanía
Atalayabas desde la alta almena!
¡Qué, al sentir, la confusa vocería
Conque al mar asordaba la faena!...
Tú ¿a qué un alma no obligas, amor ciego?
Por ti ella al lloro vuelve, y vuelve al ruego.
L A E N E I D A
159
LXXXIII.
Con interpuestas súplicas ensaya
Ir a amansar rebeldes sentimientos;
Que morir no es prudente sin que haya
Esforzado los últimos intentos:
«¡Ay, Ana! ¿ves bullir toda la playa?
Míralos: corren, vuelan; ya contentos
Las popas adornaron de coronas;
Ya convidan al céfiro sus lonas.
LXXXIV.
»Yo que pude esperar dolor tan fiero
Lo sabré soportar, hermana mía.
Este único favor te pido, empero:
Pues te preciaba en tanto, y ser solía
El pérfido contigo verdadero,
Ytú hallabas sazón de entrarle y vía,
Anda, y doblar con súplicas procura
Esa cerviz cual de enemigo dura.
LXXXV.
»Que no con Griegos, le dirás, la guerra
Juré en Aulide, naves a hacer riza,
No envié a Troya, no moví la tierra
Que cubre de su padre la ceniza.
¿Pues por qué oídos a mi llanto cierra?
¿Qué huye azorado así? ¿Quién le hostiliza?
Buen viento espere y que la mar se ablande:
Es gracia, y la postrera que demande.
LXXXVI.
»No ya que vuelva por la fe de esposo
Ni a ese Lacio renuncie tan querido,
V I R G I L I O
160
Que le costara asaz, pedirle oso,
Tiempo (nada le cuesta) es cuanto pido!
¡Tregua al dolor, momentos de reposo
Dé, en que el pecho a sufrir se avece herido!
Esto ruego; sé, hermana, compasiva;
Haz esto, y soy tu esclava mientras viva.»
LXXXVII.
Tal la triste con lágrimas decía;
Tal a Enéas con lágrimas la hermana
Habla, y vuelve, y retorna, y su porfía
(No hay con él argüir) fatiga es vana;
Que ni por llantos su intención varía,
Ni a ruegos ya su voluntad se allana;
Rigor del hado: al penetrar su oído
Embota un Dios la fuerza del gemido.
LXXXVIII.
Cual recio, antiguo roble a quien trabada
Legion de vientos en el Alpe embiste;
Braman; cruje la rama atormentada
Y de hola el suelo en derredor se viste;
Mas él, asido de peñascos, nada
Teme, y a opuestos ímpetus resiste,
Y el cielo con su copa hiriendo altiva,
Con raíz honda en el Averno estriba;
LXXXIX.
Él así, de querellas golpeado,
Cuando su angustia divertir no pueda
Tenaz resiste de constancia armado;
Inútil llanto de los ojos rueda.
Mas Dido, a quien temblar hace su hado,
L A E N E I D A
161
Morir quiere que el cielo la conceda;
Ni la bóveda espléndida celeste
Forna a mirar sin que pesar le cueste.
XC.
Fortuna, que en su daño se encruelece,
Porque su infausto fin seguro sea
Hace que a tiempo que devota ofrece
Dones en la ara do el incienso humea,
Note el agua lustral que se ennegrece
Y en sangre el vino corromperse vea.
¡Oh Vista horrible! Atónita, confusa,
Aún a su hermana declararlo excusa.
XCI.
Dedicado a Siqueo un templo había,
Todo de mármol, al palacio adjunto:
Ella le ama, ella le honra, y le atavía
Con velos blancos como nieve, junto
Con tiernas ramas. En la noche umbría
Parecióle que el cónyuge difunto
La llama, del oscuro monumento
Con misteriosa voz, con hondo acento.
XCII.
Oyó a un buho también que se lamenta
Solitario en los altos torreones
Con lloroso clamor; su duelo aumenta
El recuerdo de aciagas predicciones.
Enéas mismo en sueños la atormenta;
Y por largo camino, por regiones
Aridas, siempre sola, peregrina,
Ir buscando a los suyos se imagina.
V I R G I L I O
162
XCIII.
Tal las huestes de Euménides Penteo
Y dos soles, dos Tébas mira insano;
Tal Oréstes con ciego devaneo
Comparece en la escena huyendo en vano:
Con fuego y sierpes tras el hijo reo
Arma una sombra la terrible mano,
Y vengadoras Furias las entradas
Sitian del templo, en el umbral sentadas.
XCIV.
El dolor la ha vencido; la despeña
El furor: el partido extremo abraza;
Y en su mente los trámites diseña,
Acuerda el modo, y el momento aplaza.
Su intento oculta, y con la faz risueña
Dice a la triste hermana: «Hallé la traza
Como al ingrato a reducir acierte,
O de él mi atado corazón liberte.
XCV.
»Me des la enhorabuena, hermana, espero;
Mas oye el caso. En el país lejano
Que ve del sol el resplandor postrero
Y el límite final del Océano,
Allí demora el último lindero
Que posee atezado el Africano;
Allí en cielo con fuego rutilante
Rueda en lo hombros del eterno Atlante.
XCVI.
»Hija de esos incógnitos confines,
Con fuerte encanto vindicarme fia
Negra maga que el templo y los jardines
L A E N E I D A
163
Guardó de las Hespérides un día:
Ella daba sustento a los mastines,
Y el árbol milagroso defendía,
Y de amapola soporosa, y blanda
Miel, esparcia la eficaz vianda.
XCVII.
»Que ardores hiela con sus cantos jura,
Y da al helado fuego en que se queme;
Ataja los torrentes, y en la altura
Suspenso el astro sus hechizos teme;
Sombras evoca entre la noche oscura,
Y oirás bajo sus pies cuál muje y treme
La tierra; y cuál, verás, los fresnos bajan,
Que al conjuro, del monte se descuajan.
XCVIII.
»Tú, en lo interior, si mi salud deseas,
Alza al raso una hoguera sin testigo
{Séalo el Cielo, y tú, mi bien, lo seas,
Que a usar de esta arte a mi pesar me obligo).
La espada que dejó pendiente Enéas,
El lecho que en mi mal nos fuera amigo,
Ponlo allá todo; la adivina aguarda
Que no quede reliquia sin que arda.»
XCIX.
En sus labios aquí se heló la risa,
Y ocupa el rostro palidéz funesta;
Mas ¡ay! en balde en su silencio avisa
Que un nuevo estilo funerario apresta;
Ana ciega aún no en Dido aquel divisa
Mental furor; ni la imagina expuesta
A golpe más cruel, dolor más crudo
V I R G I L I O
164
Que en muerte del marido estarlo pudo.
C.
Y así ignorante la infeliz jornada
Va a preparar. La Reina, en cuanto mira
Al cielo descubierto levantada
En el patio interior la triste pira,
Con leños resinosos solidada
Y con rajas de roble, en torno gira
Tendiendo hojosa amenidad, y al muro
Guirnaldas cuelga de verdor oscuro.
CI.
Y sobre el lecho, con fingido intento
La efigie y armas del traidor coloca:
En torno hay aras: con horrible acento
La hechicera, en cabello, al Cielo toca;
Y deidades allí tres veces ciento,
Y al negro Caos y al Erebo invoca,
Y, virgen en tres fases conocida,
En tres formas a Hécate apellida.
CII.
Con aguas ya que del Averno el cieno
Mustias figuran, libación se hizo;
Y alléganse, cargados de veneno,
La hierba pubescente, el tallo rizo
Que de la luna al esplendor sereno
Cortó segur de cobre; y el hechizo
Que, hurtado a la cerviz de potro tierno,
Falto dejole del amor materno.
CIII.
Dido misma la sal ofrenda y trigo,
Un pie descalzo, desceñido el manto,
L A E N E I D A
165
E invoca a las estrellas, por testigo
Tomando de su fin al Cielo santo:
Ellas su historia saben, y si amigo
Hubo algun Dios a quien moviese el llanto
De amantes mal pagados, ése pide
Vea en su causa y de vengarla cuide.
CIV.
Era la noche: al medio del camino
Iban los astros por el alto Cielo;
Calla el bosque y el piélago marino;
Yacen los brutos que sustenta el suelo:
Ni en breñas ni por lago cristalino
Se ve de ave esmaltada salto o vuelo:
Todo está en calma, y todo mal se olvida;
Naturaleza yace adormecida.
CV.
Só1o Dido sus penas no adormece;
No se hizo el sueño para angustia tanta
Ni sus ojos ni su alma favorece
Muda la noche con su sombra santa:
Amor entre su pecho se embravece
Y nuevas olas sin cesar levanta;
Y de ellas combatida, de esta suerte
Torna consigo a disputar su muerte:
CVI.
«¿Qué he de hacer? ¡Oh tormentos inhumanos!
¿Buscaré mis antiguos amadores?
¿Iré humilde a los reyes, comarcanos?
¡Yo pisé su esperanza y sus amores!
¿Seguiré, triste sierva, a los Troyanos?
¡Harto gratos han sido a mis favores!
V I R G I L I O
166
¿Ni a bordo su altivez me sufriría?
Qué ¿aún no he probado bien la alevosía
CVII.
»De esa de Laomedonte infame raza?
¿Sola iré tras su pompa? ¿ó con los míos
Volaré armada en pos a darles caza?
Mas si a éstos de sus términos natío.
Arranqué a viva fuerza, ¿con qué trazo
Los moveré a tornar a los navíos?
No, no; mi salvación la muerte sea;
¡Calle a hierro el dolor de una alma rea!
CVIII.
»¡Tú, hermana, tú a mis llantos indulgente,
Margen diste a tan grande pesadumbre,
Tú doblaste al amor mi dócil frente!...
¡Yo que pude, ejerciendo la costumbre
De la bestia del campo independiente,
Libre vagar de acerba servidumbre!...
Muere, infiel de tu esposo a la ceniza! ... »
Querellándose así, Dido agoniza.
CIX.
En tanto Enéas, todo ya dispuesto,
Ajeno él mismo de temor, dormido
Quedóse en la alta popa: al Dios en esto
Torna a mirar, que en las murallas vido:
Con la propia actitud, la voz, el gesto
Viene, en todo a Mercurio parecido;
Aureo cabello y juvenil belleza
Ornan sus blandas formas, y así empieza.
CX.
L A E N E I D A
167
«En mal punto en sus brazos te entretiene
El sueño, hijo de Venus! ¡Alza y mira,
Torna el daño a mirar que sobreviene,
Y oye a Favonio que oportuno espira!
¿Los lazos sabes tú que ella previene?
Fragua es su pecho de furente ira;
Y ya, de perecer determinada,
Nada respeta, ni le espanta nada.
CXI.
»¿Y no será que por el ponto vueles
Ganando estos momentos? ¡Guay si esperas
A la luz de la aurora! ¡Hachas crueles
Arder verás, y levantarse hogueras,
Y en la mar encontrarse los bajeles,
Y ocupar el incendio las riberas!
¡Acude, iza la vela, corta el cable!
Ser vario es la mujer siempre y mudable.»
CXII.
Dijo; y si antes radioso, se incorpora
En las lóbregas sombras. El durmiente
Con la total oscuridad se azora,
Abre los ojos y álzase impaciente.
«¡Sús,» clama, «compañeros! ¡A la hora
Acorred a los bancos! ¡No consiente
Tardanzas la ocasión: las velas pronto
Dad a los vientos, y la flota al ponto
CXIII.
»¡Otra vez de los reinos celestiales
Esto nos manda santo mensajero:
Quienquier seas ¡oh Númen! con triunfales
Aplausos otra vez el fausto agüero
Seguimos de tu voz. ¡Así señales
V I R G I L I O
168
El deseado rumbo al marinero!
¡Así hagas por el Cielo que nos rían
Las lumbres bellas que al errante guían!»
CXIV.
Dice; y vuela, y la amarra del navío
Corta de un tajo de fulmínea espada;
A su ejemplo, a su impulso, el mismo brío
A los pechos de todos se traslada.
Ya arrancan, ya se llevan; ya vacío
Quedó el playón: debajo de la armada
La mar se oculta, y al batir contino
Cubren de espuma el líquido camino.
CXV.
El áureo lecho de Titon la aurora
Tímida deja, entre celajes raya,
Y ya su lumbre, que horizontes dora,
Ve la Reina infeliz de la atalaya;
Ve la armada alejarse voladora
Con las velas parejas; ve la playa
Desamparada, y el desnudo puerto,
Y todo siente estar mudo y desierto.
CXVI.
Y el tierno pecho ofende y los cabellos.
«¿Y esos advenedizos mi esperanza
Burlarán,» dice, «con erguidos cuellos?
¿Impune al ponto el pérfido se lanza?
¿No corre en armas mi ciudad a ellos?
¿Naves no parten a tomar venganza?
¡Id, hachas menead, asid los remos!
¡Soltad las velas! ¡por el mar volemos!
L A E N E I D A
169
CXVII.
»¿Qué digo? ¿Dónde estoy? ¿Qué desvarío
rastorna mi razón? ¡Dido infelice!
Ya el peso sientes de tu síno impío!
Cuando partija de mi cetro hice,
Convino este furor; ya, ya es tardío!
¡Traidor! ¡Y luego de él que va se dice
Con los patrios Penates; que de escombros
Salvo al anciano padre sacó en hombros!
CXVIII.
»¡Ah! ¡sus cuerpos hacer trozos sin cuento
Pude, y de ellos sembrar la onda bravía!
Matar al hijo, y el manjar sangriento
Pude al padre servir; ¿quién lo impedía?
Peligro, ¿cuál? ¡Morir era mi intento!
¡Yo a sus tiendas llevara llama impía;
Yo al padre, al hijo, a todos, muerte fiera!
¡Yo los matara allí; luego, muriera!
CXIX.
»¡Sol, cuya luz los ámbitos visita,
Tú que todo descubres, nada ignoras!
Juno, que viste mi amorosa cuita
Nacer, y hoy mides mis finales horas!
¡Hécate, a quien en calle tripartita.
Claman de noche! ¡Furias vengadoras!
¡Oh Dioses, cuantos véis mi afán postrero!
¡Yo imploro compasión, justicia espero!
CXX.
»Mi ruego oid: si firme persevera
El hado que a ese infame lleva a puerto,
V I R G I L I O
170
Si en esto Jove su querer no altera,
Que el fijado confin le aguarde cierto,
Mas tribu audaz contrástele siquiera,
Y en peligro se mire y desconcierto,
Y parta, el corazón vuelto pedazos,
Del dulce nido y los filiales brazos.
CXXI.
»Y vague, auxilios mendigando; y vea
Cómo a los suyos la fortuna humilla;
Ni el reino goce y calma que desea
Paz ajustando, a su valor mancilla.
¡Herido sin sazón de muerte sea.
¡Yazga insepulto en solitaria orilla!
Esto, ¡oh Númenes! pido; ved en ello:
Yo mi demanda con mi sangre sello.
CXXII.
»Vosotros, cual leales corazones,
Tirios, haced de vuestros odios prueba
Sobre esa raza en cien generaciones,
Y honra tan grande mi ceniza os deba.
Nunca amistad entre las dos naciónes;
No haya quien pactos de concordia mueva;
Mas nacerá sobre mi tumba, fio,
Quien aplaque la sed del furor mío.
CXXIII.
»Alzate, vengador amenazante,
Acelera los tiempos; y ahora, y luego,
Tu sombra por do vayan los espante;
Arróllalos feroz a sangre y fuego.
Y muro contra muro se levante;
Y un mar contra otro mar se ensañe ciego;
Y pueblo contra pueblo alce la frente;
L A E N E I D A
171
Y guerra eterna mi rencor sustente!»
CXXIV.
Dice; y buscando al ánima salida,
A todas partes la atención convierte;
Y de Siqueo a la nutriz convida
Al misterio, que encubre, de su muerte:
(De Siqueo; la suya, reducida
Yace ha tiempo en la patria a polvo inerte).
«Barce, mi fiel nodriza, vuelal» exclama:
«Vé, y al sacro festín mi hermana llama,
CXXV.
»Con agua rociándose primero,
Que traiga, dí, las víctimas, y ofrenda
Cual pide la expiación: así la espero;
Y tú ciñe a la sien piadosa venda.
Ya celebrar la ceremonia quiero
Que a Plutón ofrecí: mi pena horrenda
Hoy debe de acabar; que de ese injusto
Hoy tiro al fuego el ominoso busto.»
CXXVI.
Dice; y mover esotra el paso intenta
Con senil priesa. Mas la audaz amante,
Terrible con la idea que apacienta,
Temblorosa la faz, la vista errante,
Torva en el ceño, en el mirar sangrienta,
Jaspeado de visos el semblante,
Pálida de la muerte ya cercana
Vuela al recinto funeral insana.
CXXVII.
V I R G I L I O
172
La alta hoguera con fiero desenfado
Monta; la espada desnudó con ira
(Don no a tal ministerio destinado);
Mas cuando el lecho y los vestidos mira,
Memorias, ¡ay! de tiempo fortunado,
Repórtase y con lágrimas suspira;
Y arranca así, postrándose en el lecho,
Los últimos sollozos de su pecho:
CXXVIII.
«¡Oh dulces prendas con mejor fortuna!
¡Dulces por siempre cuando Dios queria!
Mi espíritu os entrego, y mi importuna
Memoria cese con la vida mía!
La senda anduve que emprendí en la cuna;
Viví las horas que vivir debía:
Hoy, fin logrando a, míseros afanes,
Van a otro mundo mis augustos manes.
CXXIX.
»Fundé yo una ciudad, ciudad preclara,
Murallas propias coronó mi mano;
Vengué la sombra del esposo cara;
Yo tomé enmienda del malvado hermano,
¡Feliz, harto feliz si no tocara
Mis costas, nada más, bajel troyano!»
Y aquí, a par que en el lecho el rostro imprime,
»¿Moriré inulta? ¡mas muramos!» gime.
CXXX.
«¡Así a la eternidad partir me agrada!
El Dárdanlo este fuego a ver acierte
Volviendo de la mar una mirada,
Y el triste agüero lleve de mi muerte!»
L A E N E I D A
173
Dijo; y, herida en esto, derribada,
La mano en sangre tinta, el hierro fuerte
Manando sangre las doncellas notan,
Y el palacio a gemidos alborotan.
CXXXI.
Ya la Fama fatídicos rumores
Ya furiosa esparciendo en giro vago;
Todo es lamento y llantos y clamores;
Todo es alarma de espantoso estrago.
Parece cual si entrasen vencedores
La antigua Tiro o la imperial Cártago,
O que incendio voraz llamas crueles
Tendiese por los altos capiteles.
CXXXII.
Oye el caso la hermana, y rostro y pecho
Desesperada hiere en modo rudo
Al lúgubre lugar vuela derecho,
Y a Dido llama con lamento agudo:
«¡Y esto significaba el ara, el lecho!
¡Esto intentabas! ¡Y ofenderte pudo
Que te hiciese en la muerte compañía!
¡Tú me engañabas, ah! ¡yo te creía!
CXXXIII.
»¿Por que no me invitaste, a ley de hermanos?
¡Contigo a un tiempo con placer muriera!
No que hora abandonada... ¡Y por mis manos
Yo propia, ¡ay infeliz! alcé esta hoguera!
¡Yo invocaba a los Dioses soberanos
Porque, espirando tú, yo lejos fuera!
¡Te perdí; me perdí: Pueblo, Senado,
Patria, todo lo hundí! ¡Nada ha quedado!
V I R G I L I O
174
CXXXIV.
»Agua traed y lavaré la herida;
Yo sus heridas lavaré... ¡Si errante
Vaga en su labio un hálito de vida,
Yo le recoja con mi labio amante!»
Ya en el estrado fúnebre subida
Tal dice; y a la hermana agonizante
Ella al seno fomenta entre gemidos,
Ella aplica a la sangre sus vestidos.
CXXXV.
Los mustios ojos con fatiga vana
Trata de alzar la moribunda Dido:
Fáltanle ya las fuerzas; sangre mana
Del pecho abierto con cruel sonido.
El codo apoya, y por alzar se afana
Tres veces, y tres veces sin sentido
Cae sobre el lecho. Con errante vista
Busca la luz, y al verla se contrista.
CXXXVI.
La excelsa Jurio de mirarse duele
El largo padecer, la ardua agonía,
Y porque a desatar vínculos vuele
Que aún detienen el alma, a Iris envía.
¡Ah! loco amor a perecer te impele,
No el hado; éste, infeliz, no era tu día!
Proserpina tu rubia cabellera
Aún no ha cortado, ni Plutón te espera.
CXXXVII.
Vuela Iris vaporosa, y en su vuelo
Brillan las plumas, con el sol enfrente;
L A E N E I D A
175
Y posándose encima: «Manda el Cielo
Que esta ofrenda a Plutón quite a tu frente,
¡Alma, sal fuera!» dice; el rizo pelo
Corta aquí con la diestra, y juntamente
El calor cesa que en el seno mora
Y la vida en los aires se evapora.
LIBRO QUINTO
.I.
Ya salvo Enéas con sus naves hiende,
Merced del Aquilon, la mar oscura,
Y tornando a mirar, su vista ofende
La dejada ciudad, que arde y fulgura:
La causa no se ve; mas ¿quién no entiendo
Cuánto puede en mujer venganza dura
Y obstinada pasión? Y así el viajero
Terror concibe de funesto agüero.
II.
Después que ya se hubieron engolfado,
Y entre agua, al fin, y cielo no ven cosa
Sino el cielo y el agua, azul nublado
Sobre las naves sólido se posa
De lobreguez y tempestad cargado:
Con tristes amenazas espantosa
La ecuórea inmensidas se entenebrece;
V I R G I L I O
176
Esfuérzanse huracanes, la onda crece.
III.
Y en alta popa el pálido piloto,
«Qué oscuridad,» exclama, «el polo llena!
¡Cuánto mal nos previene;s'no 1 remoto,
Oh gran padre Neptuno! » Y luego ordena
Los aparejos recoger; al Noto
Torcida vuelve la crujiente, antena,
Y haciendo al remador nuevo conjuro,
Prosigue así gimiendo, Palinuro:
IV.
«¡Oh magnánimo Enéas! ¡oh rey mío!
No, si me enviase celestial consuelo
El mismo Jove, saludar confío
A Italia nunca con aqueste cielo.
¿No ves cómo del véspero sombrío
Los vientos se alzan, y en contrario vuelo
Vienen furiosos a estrellarse, y cómo
Condensa el aire cerrazón de plomo?
V.
»No es dado resistir ni ir adelante:
Lidiemos no con fuerza, más con maña,
Cediendo a la Fortuna, que constante
Ruta nos marca a nuestro rumbo extraña,
Erice fraternal no está distante,
Si ya el catado cielo no me engaña;
Y así pronto, al torcer, será que veas
El sículo confin.» Respondió Enéas:
VI.
L A E N E I D A
177
«Ya he visto al temporal que nos maltrata,
Eso pedir, y resistir tú en vano:
Rodeos tienta, a la Fortuna acata,
Y miremos al término sicano.
¿Y habría tierra para mí más grata
Que la en que reina Acéstes, nuestro hermano,
Y el caro genitor llorando yace?
Allá mi escuadra guarecer me place.»
VII.
Viró el piloto: céfiros que implora
Hinchen los lienzos, y la flota vuela
Ya rauda hendiendo por el mar la prora
Al puerto arriba por que el nauta anhela,
Y a abordar acertaron a la hora
En que amiga vio Acéstes ser la vela
Que desde alto peñón lejos divisa,
Y al puerto, alborozado, baja aprisa.
VIII.
A él, a quien Ninfa concibió troyana
Que el dios Crimiso requestó de amores,
Tornar a ver los huéspedes le ufana
Que ama fiel en amor de sus mayores.
Hórrido anda con piel de osa africana,
Pertrechado de dardos voladores;
Y en pompa agreste y rústico atavío
Hospedaje les brinda franco y pío.
IX.
Enéas, convocando el pueblo entero,
En un collado hablóles eminente
Del nuevo día al esplendor primero:
«¡Oh dardania nación! ¡oh diva gente!
V I R G I L I O
178
Desde que al padre a quien deidad venero
Sepultamos aquí, y ara doliente
Pusimos en su honor, si no me engaño
Cabal su curso ha concluído un año.
X.
»Éste es el día, y éstos los lugares:
Triste, quísolo Dios, y sacro día
Que yo solemne, levantando altares,
Do quier me hallase, allí celebraría
Que o ya me viese en los argivos mares,
Ya en las gétulas sirtes, ya en la impía
Micenas, o cautivo o expulsado
Siempre honraría al genitor llorado.
XI.
»Hénos hoy las cenizas paternales
A honrar dispuestos en amigo suelo,
Traídos a rendir obsequios tales
No sin visible ordenación del Cielo.
Honradlas, pues; pedid vientos iguales,
Y que él, fundada la ciudad que anhelo,
En templo que en su honor alzado sea
Votos añales renovar nos vea.
XII.
»Acéstes, que de Teucro, se gloría,
Por cada nao dos bueyes os da ahora:
Vengan a este festín en compañía
Nuestros Penates don los que él adora;
Que después, si con rayos de alegría
Ciñere al orbe la novena aurora,
Por mí a vosotros cual primeras fiestas
Regatas en la mar serán propuestas.
L A E N E I D A
179
XIII.
»El que en la lucha, en la veloz carrera
O al duro cesto a competir se atreve
El que con mano a disparar certera
El dardo agudo y la saeta leve,
Concurran a la lid que los espera,
Y quien ganare el premio, ése le lleve.
Orad en tanto, compañeros míos,
Y de hoja en derredor la sien cubríos.»
XIV.
Calla; el materno mirto orna su frente:
Lo imita Helimo, y en su edad florida
Ascanio, y en la suya decadente
Acéstes, y otros y otros enseguida.
Ya él al sepulcro entre infinita gente,
Y por sacra costumbre establecida,
Sanguínea libación en taza doble
Ofrece, y fresca leche, y néctar noble.
XV.
Y luego el ara de purpúreas rosas
Esparce en torno con su propia mano;
Y «¡Salve, oh padre!» clama, «y vos, preciosas
Cenizas a mi amor vueltas en vano!
¡Salve, oh ánima y sombra milagrosas!
¡No te dio, oh padre, el Cielo soberano
Llegar a Italia y cabe el Tibre amigo
La anunciada heredad gozar conmigo!»
XVI.
Tersa, en esta sazón salir se mira
Del fondo sepulcral sierpe que ondea
V I R G I L I O
180
Y en siete roscas de alongada espira
Con manso halago el túmulo rodea:
Cerúleas manchas, al compás que gira,
Desvuelve, con que el lomo se hermosea,
Y semejan las puntas de la escama
Aureos destellos y matiz de llama.
XVII.
Tal, mirándola, el sol, fris destella
Y de luz entre nublos se matiza.
Visto el héroe la sierpe, el labio sella
Absorto; mas recelos tranquiliza,
Que inocente entre pulcras tazas ella,
Gustando los manjares, se desliza,
Y en doméstico giro placentero
Torna a ocultarse do salió primero.
XVIII.
O genio tutelar de Anquíses fuere
La sierpe, o númen que el lugar ampara,
Enéas fausto augurio de ello infiere
Y con nuevo fervor dones repara:
Dos ovejas, segun usanza, hiere,
Dos cerdos, dos novillos ante el ara,
Novillos de negral cerviz; al paso
Que néctar liba en espumante viaso.
XIX.
Con esto de las 1óbregas regiones
Salvos los manes de su padre evoca;
Y, todos imitando sus acciones,
Hace cada uno lo que hacer le toca:
Quién acude al altar con oblaciones,
O en orden a la lumbre ollas coloca;
L A E N E I D A
181
Quién en la hierba víctimas destriza,
Quién tuesta entrañas o la llama atiza.
XX.
Ya los caballos de Faeton lozanos
Traen sereno el deseado día:
Con el nombre de Acéstes, montes, llanos
El anuncio feliz corrido había;
Y así acuden los pueblos comarcanos
En tropel rebosante de alegría,
Ya a verlos espectáculos propuestos,
Ya el prez también a disputar dispuestos.
XXI.
En medio el circo iluminó la aurora
Copia de premios a los ojos grata;
El verde ramo y palma triunfadora,
Preciado honor del que mejor combata:
Y armas, trípodes, vestes que decora
Purpúreo ardor, talentos de oro y plata
Y de alto sitio súbito la trompa
Manda sonando que la lid se rompa.
XXII.
Y a par la rompen con igual arreo
Cuatro naves selectas, en la armada:
Con remeros briosos, por Mnesteo
Va la rápida Priste gobernada
(Mnesteo, a quien después ítalo veo,
Del cual, ¡oh Memio! descender te agrada):
Guías toma a su cargo la Quimera,
Que ciudad, más que nave, se creyera:
XXIII.
V I R G I L I O
182
En triple orden de remos a ésta mueve
Con gran vigor la juventud troyana:
Sargesto generoso (a quien le debe
La gente Sergia su renombre ufana)
El gran Centauro a dirigir se atreve:
Cloanto (a quien por tronco la romana
Familia de Cluento reconoce)
La Scila azul turquí monta veloce.
XXIV.
Hay distante en el mar un risco, enfrente
De las riberas que la espuma baña:
Cuando el Cielo se entolda, el mar furente
Concentra allí su bramadora sana:
Mas a erguirse el peñón torna imponente
Cuando duerme la líquida campaña,
Y da en flanco espacioso al ágil mergo
P ra enjugarse al sol plácido albergo.
XXV.
Allí una meta de frondosa encina
Enéas pone, a donde el nauta vaya
A doblar la carrera, y si lo atina,
En bajel vencedor torne a la playa.
La suerte a los caudillos determina
Puesto; cada uno en alta popa raya
Por la vestida púrpura y el oro,
Y a lo lejos esplende su tesoro.
XXVI.
Bañados con aceite reluciente
Las desnudas espaldas, y ceñidos
Con ramaje de álamo la frente,
Al banco acuden los demas, fornidos
Y, la mano en los remos impaciente,
L A E N E I D A
183
Y atentos al anuncio los oídos,
Codicia de loor, sed de combate
Les hinche el corazón, que duda y late.
XXVII.
El clarín resonó; y en un momento
Todos del puesto arrancan a porfía:
Retiembla el mar, retumba el firmamento
Con el náutico estruendo y gritería:
Abren los brazos al batir violento
Surcos iguales y espumosa vía,
Y a un tiempo remos y tridentes proras
Las aguas por doquier rompen sonoras.
XXVIII.
No en el estadio así se precipita
Carro de dos corceles que se arroja
La palma a arrebatar, ni tal se agita
El conductor, que la tardanza enoja;
El cual el volador tiro concita
Sacudiendo sobre él la brida floja;
Blande el azote, y a blandirlo atento,
Parece, de encorvado, ir por el viento.
XXIX.
Clamores suenan por el bosque umbría
De grupos en el triunfo interesados;
Vuelve herida la playa el vocerío,
Y le vuelven en ecos los collados.
Entre gente y rumor Gias con brío
Hendió el primero los salobres vados;
Cloanto a par, mejor en remos, viene,
Bien que el peso la nave te detiene.
V I R G I L I O
184
XXX.
Priste y Centauro en pos a una se lanzan,
Y cada cual adelantarse espera:
Alternativamente ora se alcanzan
Cuando alguna tomó la delantera;
Ora las proas ateniendo, avanzan
Con larga quilla en rápida carrera;
Ya al escollo llegando iban, en suma,
Resuelto el ponto en albicante espuma.
XXXI.
He aquí entre todos victorioso Gias
A su piloto reprendiendo, exclama:
«¿Por qué a derecha desviar porfías?
Toma, Menétes, do el honor nos llama:
Las otras por el mar rueden baldías;
Nuestra nave el peñón deja que lama!»
Tal dice; mas temiendo ímpio bajío
Tuerce hacia el mar Menétes el navío.
XXXII.
Y otra vez Gias con furor le intima:
«Torna, Menétes, a la izquierda!» En esto
Siente a Cloanto que le viene encima
Y a ganarle de mano acude presto:
Ya a las rocas sonantes se aproxima
Entre ellas y él lanzándose interpuesto,
Y a ambos atras dejándolos de pronto,
En bajel triunfador boga en el ponto.
XXXIII.
Al mancebo en la faz saltóle el lloro,
Y hasta los huesos le mordió la ira:
Ni oye la voz del personal decoro
L A E N E I D A
185
Ni de los suyos la salud ya mira;
Mas de alta popa al piélago sonoro
Brusco a Menétes de cabeza tira;
Y activo en su lugar, exhorta, empeña,
Y, rigiendo el timón, va hacia la peña.
XXXIV.
Menétes, de los años abatido,
Salir apenas del abismo pudo;
Y sacudiendo el húmedo vestido
Trepa, a secarse en el peñón desnudo.
Rió la juventud cuando le vido
Hundirse de cabeza al golpe rudo;
Bregar luego, y después que brega y nada,
Revesar la onda que tragó salada.
XXXV.
Viendo a Gias, Mnesteo la esperanza
Cobra de rebasarle. Al par rebosa
Sergesto en ella, y, el primero, alanza
Su nave hacia el peñasco presurosa:
Esta, mitad a su rival se avanza,
Mitad, la Priste su costado acosa;
Y en fuerza del peligro y del deseo,
Recorriendo el bajel habló Mnesteo:
XXXVI.
«Soldados de Héctor, que la patria mía
Miró a mi lado en la final pelea!
Como en las sirtes gétulas fue un día,
En este lance vuestro aliento sea;
Cual ya en el jonio mar, vuestra osadía,
O en las rápidas ondas de Malea.
Ni aspiro a ser primero. ¡Oh, si pudiese...
No; a quien lo dío Neptuna, el triunfo es de ése!
V I R G I L I O
186
XXXVII.
»Mas no el pudor postreros ir consiente;
Lo que honor manda, compañeros, pido.»
Calla; saca, a su voz, vigor su gente;
Cruje la popa al golpe repetido;
Huye la mar; anhélito frecuente
Brotan las secas fauces con sonido;
Los cuerpos dobla agitación extraña,
Y abundante sudor sus miembros baña.
XXXVIII.
He aquí vencer les dio súbito caso;
Y fue así que forzando espacio estrecho,
Metió Sergesto el imprudente vaso
Entre las peñas a encallar derecho:
La roca retembló con el fracaso;
Se oyó el remo crujir cuasi deshecho
En puntas de coral, do sin defensa
Entró la proa y se aferró suspensa.
XXXIX.
Los marinos con alto clamoreo
Hacen, si al pronto yertos, de ferrados
Chuzos y picas oportuno empleo
Por desclavar los remos quebrantados.
Gozoso en tanto, a buen remar, Mnesteo,
Propicios ya los vientos y los hados,
Tiende el rumbo a do el piélago declina,
Y raudo y libre por el mar camina.
LX.
Cual vuela por el campo, alborotada
Con el pavor de súbito estallido,
L A E N E I D A
187
La paloma que tiene en la albarrada
Su dulce imperio y su amoroso nido;
Bate sobre su rústica morada
Las plumas, al salir, con recio ruido,
Y después remontándose en el cielo
Las alas tiende en silencioso vuelo:
XLI.
Así la Pristé, que fatiga tanta
Tomaba forcejando la postrera,
Con ímpetu espontáneo se levanta
Y huyendo por las ondas va ligera.
Lo primero, a Sergesto se adelanta
Con su nave entre escollos prisionera.
Y allí haciendo le deja vanos votos
E ideando volar con remos rotos.
XLII.
Tras Gias sigue, y a su nao pujante,
Falta ya de piloto, desafía:
Vence; sólo Cloanto va delante;
Y vuela en pos, creciendo su osadía:
Redóblasela grita estimulante
De los espectadores, que a porfía
Roncos aplauden su feliz carrera,
Y los ecos en torno hinchen la esfera.
XLIII.
Los unos, que triunfantes se creyeran,
Ya en riesgo el triunfo, coronarlo ansían:
Incompleto, la palma no quisieran;
Completo, por la palma morirían:
Los otros eso mismo osan y esperan;
Porque triunfando van, triunfar confían,
V I R G I L I O
188
Y pudieran juntándose ambas proras
Partir el premio a un tiempo vencedoras.
XLIV.
Mas a orar atinó de esta manera
Cloanto, ambas las manos extendiendo:
»¡Oh Númenes que el piélago venera,
Cuyos dominios con mi nave hiendo!
Si el triunfo me cumplís, en la ribera
Un blanco toro en vuestro honor ofrendo;
Tiraré sus entrañas a estos mares,
Y néctar bañará vuestros altares.»
XLV.
Dijo; y a par oyó de Forco anciano
La virgen Panopea sus acentos;
Y el coro de Nercidas soberano
Condolióse en sus huecos aposentos:
Movió la nao Portumno con su mano,
Y fugaz como soplo de los vientos,
Y no menos veloz que alada flecha,
El hondo puerto penetró derecha.
XLVI.
Los combatientes por sus nombres llama
Enéas, y sus triunfos galardona;
A voz de heraldo resonante aclama
Vencedor a Cloanto, y le corona:
Ciñe, en suma, a su sien la verde rama;
Y a cada nave tres becerros dona,
Y que lleven les da vino abundante,
O una pieza de plata a su talante.
XLVII.
Y a cada jefe añade su presea:
L A E N E I D A
189
Clámide áurea al principal ofrece,
De púrpura ceñida melibea
Que en doble orla gira y la guarnece,
Retejido en el fondo la hermosea
De Ida el regio garzón, que allí aparece
La espesura cruzando nemorosa,
Y leves ciervos con el dardo acosa.
XLVIII.
Figúrase allí mismo en el momento
En que robado, al parecer anhela:
La armígera de Jove al firmamento
Le arrebata feroz, y encima vuela:
Muestra uñas corvas la ave por el viento;
Viejos que hacen al niño centinela,
Tienden palmas al aire; el aire mudo
Hieren los canes con furor agudo.
XLIX.
Loriga de oro y triple y fina malla
Relucía en los dones del trofeo:
Usóla ya en los campos de batalla,
Campos que riega el Símois, Demoleo:
Mal consiguen en hombros sustentalla
Dos esclavos, Sagáris y Fegeo;
Y así y todo, el jayan con ella un día
Fugitivos Troyanos perseguía.
L.
Y en campos la ganó que el Símois riega
Enéas ya, cabe Ilion divino;
Y ahora la otorga al que segundo llega,
Arma al par y ornamento peregrino.
Dos calderas, después, de bronce entrega,
V I R G I L I O
190
Tercer presente a quien tercero vino;
Y dos vasos de argento, muestra rara,
Que el cincel de figuras abultara.
LI.
Ya iban todos premiados, con diadema
De púrpura ceñidos, placenteros;
Cuando Sergesto, que su industria extrema,
Salir logró de los escollos fieros:
Con una banda escueta afana y rema,
Quebrantados costado y marineros;
Y en medio de la befa que le humilla,
Pide el tardo bajel la ingrata orilla.
LII.
Tal sesga sierpe, en el camino hollada
De veloz rueda, o por viador, que herida
La deja, y medio muerta, de pedrada,
El cuerpo tuerce por lograr salida;
Con lengua ardiente, con feroz mirada
Yérguese, en parte, rebosando vida,
Y, en parte, de dolor se arrastra llena,
Y en sus propios anillos se encadena.
LIII.
Mas la nave que en remos flaqueaba,
Las velas descogiendo a puerto viene.
Enéas de Sergesto el arte alaba
Conque gente y bajel salvar obtiene,
Y le da el galardón: era una esclava
De Creta oriunda, que por nombre tiene
Foloe; en artes de Minerva, diestra;
Al seno puestos dos infantes muestra
LIV.
L A E N E I D A
191
Así acabada la naval porfia,
A un sitio ameno de hierbosos prados
Enéas se adelanta: en torno había
Corvas selvas, umbríferos collados:
Del valle el fondo en círculo se amplía;
Teatro natural forman sus lados;
Y allá la multitud vuela contenta,
Y en medio el Rey con majestad se asienta
LV.
Y con premios invita lisonjeros
A competir en rápida corrida:
Teucros, Sicanos, a su voz ligeros
Saltan a par a do el honor convida.
Van Euriálo y Niso los primeros:
Radíante el uno en juventud, florida,
Insigne el otro por su casta llama;
Bello Euríalo es; Niso le ama.
LVI.
Vino, sangre de Príamo, Diores;
Y Patron luego y Salio juntamente
Aquéste de tegeos genitores,
Esotro de Acarnania procedente.
Compañeros de Acéstes, cazadores,
Mancebos de gallardo continente,
Van Helimo y Panópes enseguida;
Y otros de nombre que la fama olvida.
LVII.
«Al campo, adolescentes, os convido,
El Rey dijo a la gente congregada
«Y a promesa gustosa dad oído:
Nadie sin don saldrá de la estacada.
V I R G I L I O
192
He aquí dos dardos de metal buído,
Cretenses, y de argento nielada
Una hacha de dos filos: ved en esto
El común premio a cada cual propuesto.
LVIII.
»Al más aventajado combatiente
Daráse encima, amén de la corona,
Un noble potro con jaez luciente:
Al segundo, una aljaba de amazona,
Provista, y, de áureo tahalí pendiente
Que gruesa perla cual botón tachona:
Al tercero, este hermoso yelmo argivo;
Y los tres ceñirán ramas de olivo.»
LIX.
Dijo, y puestos eligen; y al instante
Que señal de partir dio la trompeta,
Cual ráfagas de viento resonante
De la raya mirando huyen la meta.
Niso, fuerte y veloz, sale adelante
Como alado relámpago o saeta;
Corre Salio después, distante empero;
Euríalo, lo mismo, va tercero.
LIX.
Sigue a Euríalo Helimo en su carrera;
Helimo pie con pie sigue Diores;
Ya, ya al hombro le hostiga, y si se abriera
Más campo a sus intrépidos furores,
Del que último volaba el lauro fuera
O en balanza quedaran los honores.
Ya el término llegando iban en suma,
Y el esfuerzo los músculos abruma.
L A E N E I D A
193
LXI.
He aquí casi triunfante (¡infausto caso!)
En verde grama que la suerte quiso
Hubiese matizado humor escaso
De inmolados becerros, pisó Niso:
Tratara en vano de afianzar el paso
Titubeante en suelo húmedo y liso;
Llega veloz, veloz resbala, y todo
Tinto en sangre quedó, y envuelto en lodo,
LXII.
No allí Niso olvidó su amistad bella;
Mas álzase en el pérfido terreno;
Salio síguele incauto, se atropella,
Y yéndose de pies rueda en el cieno.
Eurialo veloz como centella
Adelante de todos, de ardor lleno,
Entre aplausos sin número se lanza,
Y, merced de amistad, el lauro alcanza,
LXIII.
Llega Helimo después, y en fin Diores.
Salio a engaño se llama, visto aquello;
Pide el prez, y a la flor de espectadores
Con su aplauso da en cara a voz en cuello.
A Euríalo protegen, sin clamores,
Virtud llena de gracia en rostro bello,
Virtud que encanta y pundonor que llora,
Y el sufragio de un pueblo que le adora.
LXIV.
Favorécenle a par altas razones
Que hace Diores, que su palma espera:
Palma, si Salio de los grandes dones
V I R G I L I O
194
Ninguno ha de llevar, suya y postrera.
Y dijo Enéas: «No temáis, garzones:
El orden de los premios nadie altera;
Ni vuestros fueros mi amistad lesiona
Si al valor desgraciado galardona.»
LXV.
Y una piel de león da a Salio, armada
Con áureas garras y hórridas guedejas.
Niso entonces habló con voz turbada:
«Si ese honor a vencidos aparejas
Y tanto un contratiempo te apiada,
Para Niso, señor, ¿qué premio dejas?
Mio es el triunfo, si la suerte esquiva
Que a Salio hirió después, no me derriba. »
LXVI.
Habla, y del golpe el afeante signo
Muestra, hablando, en el cuerpo y triste cara.
Oyóle el Rey y sonrió benigno,
Y un rico escudo le ordenó llevara:
Fue éste del mozo egregio premio digno:
Lo hizo Didameon con arte rara,
Y al templo de Neptuno do pendía,
Argivo brazo lo arrancara un día.
LXVII.
Cesó la competencia de esta suerte;
Y Enéas señalando férreo guante:
«Ahora», dijo, «el que se sienta, fuerte,
Ceñido el puño indómito levante.
Lucio novillo al que a vencer acierte,
Con cintas y oro el asta rutilante,
Daré por galardón: gentil celada,
L A E N E I D A
195
Por consuelo, al vencido, y una espada.»
LXVIII.
Con murmullo del vulgo circunstante,
Lleno Dáres alzóse de ufanía:
Él solo, en Troya, a Paris arrogante
A contrastar lidiando se atrevía;
Y él solo a Bútes, triunfador gigante,
Que, de origen bebricio, pretendía
Llevar sangre de Amico, invicto en guerra,
Cabe el túmulo de Héctor echó a tierra.
LXIX.
Tanto como en la fúnebre palestra
Soberbio entonces levantarse pudo
Cuando dejó al jayan sola su diestra
Tendido en la sangrienta arena y mudo,
Soberbio ahora se levanta, y muestra
Los hombros fornidísimos desnudo;
Y un brazo y otro vigoroso extiende,
Y los aires azota por do hiende.
LXX.
En medio del innumero gentío
Otro igual campeón se busca en vano:
Nadie a aceptar se atreve el desafío,
Nadie del cesto a rodear la mano.
El, sin par, a su juicio, en poderío,
Saluda a Enéas y prosigue ufano
Sin que en mudo homenaje instantes pierda,
De una asta asiendo al toro con la izquierda:
LXXI.
«¿Qué más quieres que aguarde, hijo de Diosa?
V I R G I L I O
196
El don se me adjudique, pues ninguno
Su fuerza con mis fuerzas medir osa.«
Los Teucros barbotaban de consuno
Apoyando la súplica orgullosa.
Con ruego en tanto Acéstes importuno
Reprende, incita a Entelo, que a su lado
Yace en el verde césped reclinado:
LXXII.
«Tu nombre de valiente entre valientes
¿Qué sirve, Entelo, sin tan buenos dones
Con tanta calma en paz llevar consientes?
Hoy de Erice divino y sus lecciones
¿No es deber patrio que el honor sustentes?
La fama que asombraba estas regiones
¿A dónde se oscurece? ¿Qué se han hecho
Los despojos pendientes de tu techo?»
LXXIII.
Entelo respondió: «No son extraños
Valor y amor de gloria al pecho mío;
Mas siento ya de la vejez los daños,
Mis miembros ciñe ya rígido frío.
Yo si hoy tuviese el que en mis verdes años,
Cual le goza ese audaz, ardiente brío,
No el premio disputara, si la palma;
Que ocupe el premio vi, lo llevo en calma.«
LXXIV.
Habló Entelo; y volviendo por sus fueros,
Se alza, y dos cestos en el campo lanza
Conque Érice ostentara en golpes fieros
Con los ligados brazos su pujanza.
Ven los siete boyunos recios cueros
Graves de plomo y hierro a hercúlea usanza,
L A E N E I D A
197
Y todos se imaginan con asombro
Del buey la talla, y del atleta el hombro.
LXXV
Más que de paso el mismo Dáres cía,
Y mudo con la mano el grande Enéas
El enorme volúmen revolvía
De los gruesos anillos y correas,
Y díjole el anciano: «¿Qué sería
Si de Hércules las armas giganteas
Hubieses visto, y la espantosa hazaña
Que hizo estas playas funeral campaña?
LXXVI.
»Fue hijo Érice, cual tú, de Venus, y esos
Los correones son que usaba en lides:
¿Esparcidos los ves de sangre y sesos?
Los mismos son con que paró ante Alcídes;
Y yo también con vigorosos huesos
Los blandí contra fuertes adalides
Cuando aún lejos la edad miraba ingrata
Que ambas mis sienes esmaltó de plata.»
LXXVII.
Y a Dáres retorciendo la mirada:
«Mas si rehuyes, campeón troyano,»
Prosigue; «si a tu Rey piadoso agrada,
Y al mío, que combate por mi mano,
Fuerzas equiparar en la estacada,
Gustoso a justos términos me allano:
¡Ea! las armas de Érice te cedo;
Las troyanas depon, y pon el miedo.»
LXXVIII.
V I R G I L I O
198
Aún bien no lo hubo dicho, se adelanta,
Y del doble ropaje se desnuda,
Y en pecho, brazos, músculos, espanta
Ver su nerviosa robustez membruda:
Ya, en medio el campo, colosal se planta;
Y dando Enéas término a la duda,
Trae de iguales cestos sendos pares,
Y a Entelo de ellos arma y arma a Dáres.
LXXIX.
Y en simultáneo arranque de osadía
Ya éste en puntas de pies y aquel se adreza;
Los brazos uno y otro el aire envía,
Cautelosa hacia atras la alta cabeza.
Trábanse por las manos; a porfía
Crecen amagos, y la lucha empieza
Entre el púgil que mueve ágil la planta
Y el jayan que disforme se levanta,
LXXX.
Va el jóven en su edad esperanzado;
Fia el viejo en su mole, aunque flaquean
Las rodillas y el cuerpo treme helado;
Y ambos con vano afán tiran, golpean:
Hiérense aprisa al cóncavo costado:
Ronco el pecho resuella: menudean
Por orejas y sienes las puñadas:
Las mandíbulas crujen martilladas.
LXXXI.
Firme está Entelo; mas con pronta vista
Ve por do heridas, ladeando, ahorre;
El otro el campo mide, y por do embista
Entradas busca, a embestir acorre:
L A E N E I D A
199
Tal tropa audaz, de máquinas provista,
Soberbio muro o enriscada torre
Que medite arruinar, asalta, embiste;
Torna a atacar, y el torreón resiste.
LXXXII.
El brazo Entelo, amenazando estrago,
Alza descomunal; mas ve de arriba
Venir, Dáres, con tiempo, el fiero amago,
Y hurta el cuerpo veloz y el golpe esquiva:
Hirió el furioso combatiente en vago,
Y enorme por su peso se derriba,
Cual rueda hueco pino, dando espanto,
En bosques de Ida o cumbres de Erimanio.
LXXXIII.
Levántanse ambos campos con ruido,
Y un grito al cielo lanzan simultáneo:
Acude Acéstes, viéndole caído,
A ayudar al amigo y coetáneo:
Surge él sin quiebra de ánimo o sentido;
Antes fuego de cólera espontáneo
Arde en su pecho, el pundonor le pica,
Y el probado valor fuerzas duplica.
LXXXIV.
Y ya en rápida fuga, impetuoso,
Tirando golpes de una y otra mano,
Sin parada, sin vado, sin reposo
Persigue a Dáres por el ancho llano;
Cual turbión que los techos fragoroso
Azota con granizo, el héroe insano
Hiere a ciegas con furia borrascosa,
Y a Dáres acomete, envuelve, acosa.
V I R G I L I O
200
LXXXV.
No sufre Enéas que adelante siga
La encarnizada obstinación de Entelo,
Y del campo, ya muerto de fatiga
Saca a Dáres con voces de consuelo:
«¿Demente estabas? ¡Ah, infeliz! te hostiga
No humana fuerza, pero el mismo Cielo;
Cedes a un Dios; rendirte no te pese.»
Dijo; y manda su voz que la lid cese.
LXXXVI.
En torno del vencido en ese instante
Llega fiel uno y otro camarada,
Y, flacas sus rodillas, vacilante
La cabeza, la boca ensangrentada
Y el ornato dental roto y nadante,
Llévanle al puerto. Morrión y espada
Reciben advertidos, y se alejan,
Y el toro al vencedor y el lauro dejan.
LXXXVII.
El cual del lauro y con su toro ufano,
«Ved, pues, ahora, y ponderad,» decía,
«¡Oh hijo de Diosa! ¡oh ejército troyano!
Cuál en mi juventud la fuerza mía
Hubo de ser, y Dáres de mi mano
Cuál muerte, a no salvarlo, probaría.»
Dijo, y plantóse del novillo enfrente,
En alto puesto el brazo prepotente;
LXXXVIII.
Y a plomo entre ambos cuernos, guarnecida
La mano descargó cual duro hierro:
Húndese el cráneo, y trémulo, sin vida,
L A E N E I D A
201
En tierra con su mole da el becerro.
«¡Salve, Erice inmortal!» clamó enseguida:
«Puestas las armas, conque triunfos cierro,
Más bien que la de Dáres, en memoria,
Yo do y consagro esta ánima a tu gloria.»
LXXXIX.
Luego al juego del arco el Rey troyano
Invita, y premios pone. De la nave
Que Seresto gobierna, con su mano
Va él mismo y fuerte arbola el mástil grave;
Y aligera paloma al aire vano
En el tope suspende (atada el ave
A una cuerda, la cuerda al mástil fija)
A donde el tiro el flechador dirija.
XC.
Llegan de ellos; y un casco que reciba
Las suertes, traen en medio. La primera,
La de Hipocon, el de Hírtaco, con viva
Aclamación del vulgo, saltó fuera.
Coronado la sien de verde oliva,
Reciente prez de la naval carrera,
Oyó, en segundo término, Mnesteo
Grato sonar su nombre a su deseo.
XCI.
Tocóle a Euritión salir tercero:
Hermano tuyo, oli Pándaro divino,
(¡Tú que al campo de Aquivos, el primero,
Lanzaste, compelido del destino,
El dardo de discordia mensajero!)
Del fondo del almete al aire vino,
Postrer nombre, el de Acéstes, que ahora ufano
V I R G I L I O
202
En lid de mozos a terciar va anciano.
XCII.
Todos con brazo en arco arman pujante,
Y sacan primas flechas del aliaba:
Ante todas, del nervio rechinante
Arrancó la que el de Hírtaco ajustaba:
Hiere el viento, y al mástil que delante
Mira, parte veloz, y en el se clava:
Al golpe tembló el palo; alas agita
Medrosa el ave, y el concurso grita.
XCIII.
Tendió el arco avanzándose forzudo
Mnesteo, vuelto a lo alto ojos y flecha;
Mas no tanto que al ave hiriese, pudo
La férrea punta encaminar derecha:
Rompió empero la cuerda y líneo nudo;
Y libre el pie de la atadura estrecha,
La paloma veloz sacude el vuelo
Entre nubes plomizas por el Cielo.
XCIV.
Euritión, ya el arco apercibido,
Tiró, invocando a Pándaro en su ayuda,
Al ave que de nublo opaco vido
Salir aleteando, flecha aguda:
Alcanzóla en su vuelo envanecido;
Ella el hincado astil trayendo muda,
Dejando por allá la dulce vida,
Al suelo vino en mísera caída.
XCV.
Solo Acéstes quedaba, ya baldío,
Y la palma perdida y la esperanza;
L A E N E I D A
203
Mas del brazo ostentando el arte y brío
Y del arco sonante la pujanza,
Vuelta la faz al ámbito vacío,
Aunta en vago, la saeta lanza,
Y ocasiona, no entonces entendido,
Milagro aéreo de infeliz sentido.
XCVI.
Confirmaron después con voz tardía
Adustos vates el infausto agüero:
Y fue así que inflamado discurría
Entre celajes el volante acero;
Con fuego señaló su etérea vía
Y apagóse en los aires; cual lucero
Que vaga desquiciado por la esfera
Arrastrando su ardiente cabellera.
XCVII.
Al Cielo los medrosos corazones
Ambos pueblos levantan juntamente;
Mas no igualó con fúnebres visiones
El gran Enéas la visión presente;
Antes sonríe cumulando dones,
Y a Acéstes abrazando, al par riente,
Aunque grave el semblante, de alegría,
«Lleva, ilustre monarca,» le decía:
XCVIII.
«Lleva esta copa, de labores rica
(Que del Olimpo el reinador, no en vano
Con esa aparición me significa
El honor que te debo soberano):
Mi anciano genitor te la dedica;
Recíbela, don suyo, de mi mano:
V I R G I L I O
204
A él el tracio Ciseo antes la diera
Insigne prenda de amistad sincera.«
XCIX.
Dice; y ciñe a su sien envejecida
Verde rama, y triunfante le pregona.
A Euritión, que disputar no cuida,
Cual pudo, muerta el ave, la corona,
Premió inferior a Acéstes. Enseguida
Al que nudos deshizo galardona;
Y a aquel con recompensa honra postrera
Que la flecha en el palo hincó primera.
C.
Enéas, no el cértamen concluído,
Llamado había al de Epito a su lado,
Tutor del tierno Yulo, y a su oído,
Fiel a secretos, confió un recado:
«Vé, corre; a Ascanio dí que si instruido
Tiene y a la carrera adeliñado
Su escuadrón de muchachos, más no tarde,
Y honre al abuelo con vistoso alarde.»
CI.
Él mismo a la esparcida concurrencia
Manda dejar los campos escombrados:
Llegan ya, y con gallarda continencia,
En caballos del freno bien guíados,
Avanzan de sus padres en presencia
Niños de hoja menuda coronados;
Y al verlos desfilar, rumor que halaga
A un tiempo en ambos pueblos sordo vaga.
CII.
L A E N E I D A
205
Dos de agreste cerezo jabalinas
Con punta herrada llevan todos ellos:
Aljaba al hombro, algunos: de oro finas
Cadenas caen de los ceñidos cuellos.
Despártense en tres bandas peregrinas,
Doce en cada una, los garzones bellos;
Y, en competencia igual de su edad tierna,
Ágil cada una un capitán gobierna.
CIII.
¿Veislo? mandando va su compañía,
Hijo, Polítes, tuyo, el pequeñuelo
Príamo, que del nombre se gloría
(Cual de él ítalos nietos) de su abuelo:
Monta un corcel de los que Tracia cría,
Gallardo, bicolor, que el duro suelo
Con alba mano denodado huella,
Y lleva en la alta frente alba una estrella.
CIV.
Por segundo caudillo Átis figura,
Claro abolengo vuestro, Acios romanos:
Iguales en la edad y la ternura
Andan Atis y Ascanio cual hermanos.
Llega éste al fin, primero en la hermosura,
En un potro de climas africanos:
A él la cándida Dido antes lo diera
Insigne prenda de afición sincera.
CV.
Los demás en sicanos pisadores
Vienen, del viejo Acéstes, cabalgantes.
Agólpanse en tropel espectadores
Troyanos, desfilando los infantes;
Y al ver a éstos de antiguos genitores
V I R G I L I O
206
Los semblantes copiando en sus semblantes
Que la esperanza y el temor demudan,
Con estruendo de aplausos los saludan.
CVI.
Luego que el circo hubieron recorrido
Tal que viese cada uno al que aguardara,
El de Epito de lejos un silbido
Dio de repente, y sacudió su vara:
A galope lanzándose, al chasquido,
Cada banda, del centro se separa;
Mas, no bien la segunda seña oída,
Vuelven, blandiendo el dardo, fácil brida.
CVII.
Y a hacer tornando lo que hicieron antes
Las cuadrillas se apartan, se avecinan;
Vueltas dan y revueltas elegantes;
Giros, tornos, enredan y combinan:
Y en juegos a combates semejantes,
Ya dan la espalda; ya a volver atinan,
Y amagando, venablos abalanzan;
Ya, hechas las paces, de concierto avanzan,
CVIII.
Como hienden delfines la onda fría;
Nadando, al mar Carpacio, en varios modos,
Cual marañada, inextricable vía
En la alta Creta con sus mil recodos
El laberinto pérfido tejía
Porque, en calando, se perdiesen todos;
Así los pequeñuelos se cruzaban
Y tal madeja, entrando, huyendo, traban.
L A E N E I D A
207
CIX.
Estas fiestas a imágen de batallas
Fue Ascanio el que en los campos italianos
Primero instituyó, cuando en murallas
Ciñó a Alba Lenga y protegió sus llanos.
Enseñados pudieron practicallas
Los Latinos, y luego los Albanos:
Hoy de Troya apellido el juego toma
Y el escuadrón que lo, ejercita en Roma.
CX.
Niño entonces Ascanio todavía,
Con esotros mozuelos sus iguales
Al glorioso abuelo estos hacía
Honores, si festivos, funerales:
Celebraba la alegre compañía
En los sículos campos juegos tales;
Mas trocó la Fortuna en un instante
Con torvo ceño el plácido semblante.
CXI.
Fue así que en ese medio, rencorosa,
Mal sanada la llaga que encubría,
Juno del Cielo a fris vaporosa
A las naves ilíacas envía:
A la húmida ninfa la gran Diosa
Impetu añade en la región vacía
Y del arco la adorna de colores,
Mientras vuelve en secreto sus dolores.
CXII.
Ella parte invisible, vuela aprisa,
Ve el inmenso concurso, tuerce al puerto;
Las anchas playas vacilante pisa
V I R G I L I O
208
Y todo siente estar mudo y desierto:
Al fin las damas de Ilion divisa
Que en cóncavo remoto, al mar abierto,
Honrando a Anquíses lágrimas le daban,
Y en el lóbrego mar la vista clavan.
CXIII.
Y así, con mustia faz y ojos inmotos,
Con una voz, la que el dolor les presta,
«Mares cruzamos ya,» dicen, «ignotos;
¡Oh, y cuánto de agua por salvar nos resta!»
Por lograr firme asiento elevan votos;
Hablar de un más allá, pesar les cuesta;
Y he aquí, mientras derraman sus querellas,
Iris astuta se desliza entre ellas.
CXIV.
Veste aérea y gentil fisonomía
Poniendo la Deidad, la frente anciana
De Beroe usurpó, que, esposa un día
Del ismario Doriclo, andaba ufana
Con su nombre, su prole y su hidalguía;
Y, entre ancianas ilustres falsa anciana,
«¿Qué aguardamos, ah míseras! » les dien:
«¡Pobre generación! ¡suerte infelice!
CXV.
»Fortuna impía del acero griego
Nos reservó para mayores males:
Cumplidos van, desde que a Troya el fuego
Devoró, siete Círculos añales:
La tierra hemos corrido, el ponto ciego,
Y medido los cercos siderales
Y aún vamos por el mar, nao combatida,
A Italia que burlando nos convida.
L A E N E I D A
209
CXVI.
»Érice fraternal está presente;
Aquí Acéstes bondoso nos ampara;
Y podemos en base permanente
La Patria restaurar. ¡Oh Patria cara!
¡Oh Dioses rescatados vanamente!
¡Qué! ¿y nunca el patrio muro, nunca un ara
Troyana hemos de ver, ni un Janto amigo?
¡Venid! ¡Las naves incendiad conmigo!
CXVII.
»Yo en sueños ví que antorchas esgrimia
La sombra ilustre de Casandra fiera,
Y, «A Troya aquí reedificad!» decía:
«Ésta, ésta es nuestra patria verdadera.»
No consiente demoras, a fe mía,
Tan gran visión, ni la ocasión da espera.
He aquí ofrezco a Neptuno cuatro altares:
¡Hachas dános y ardor, Dios de los mares!»
CXVIII.
Dice, y de fuego resplandece armada;
Alza la mano, y de piedad desnudo
Flamígero tizón lanza a la armada;
Pásmanse todas con asombro mudo.
Pirgo, entre ellas en años avanzada,
Que a la prole de Príamo fue escudo,
Nodriza a tantos hijos oficiosa,
«No es de Doriclo,» dice, «no, la esposa;
CXIX.
»Ni es ser mortal, matronas, lo que veo:
Notad de insigne majestad señales,
V I R G I L I O
210
El porte, de la vista el centelleo,
Voz divina y fragancias celestiales.
La retea Beroe su deseo
De hacer a Anquíses honras funerales
Con nosotras aquí, distante ahora
(Yo enferma la dejé) frustrado llora.»
CXX.
Ellas perplejas a la flota en tanto
Revuelven maliciosas las miradas:
El interpuesto mar les causa espanto,
Mas las llaman regiones anunciadas.
Oscilan entre amor y deber santo,
Cuando fris de repente a sus miradas
Toma vuelo, y una ala y otra ala,
Trazando un arco inmenso, abre e iguala.
CXXI.
En frenesí convierten sus arrojos
Con la visión espléndida las damas:
Teas clamando lanzan, y, despojos
Del consagrado altar, hojas y ramas:
Van ministros de estrago los manojos;
Y dando rienda a las voraces llamas
Remos trepa y escálamos Vulcano,
Cruje y las gayas popas lame ufano.
CXXII.
Llevó al anfiteatro y sepultura
Santa de Anquíses, la noticia Eumelo;
Vuelven luego a mirar, y en nube oscura
Ven trémulas pavesas ir al Cielo.
Tuerce al campo de horror y desventura
De su alegre carrera Ascanio el vuelo;
L A E N E I D A
211
Con vano afán por detenerle, al paso
Salen sus ayos con aliento escaso.
CXXII.
Y él, «¡Desgraciadas! ¿qué furor extraño,
Qué error,» les dice, «os precipita ciego?
¿Pensáis que a argivos campos haceis daño?
¡Oh, a vuestras esperanzas pegáis fuego!
Yo vuestro Ascanio soy: ved si os engaño.»
Dice, y el morrión, disfraz del juego,
Deposita a sus plantas, y les muestra
La faz amiga y la inocente diestra.
CXXIV.
En pos de Ascanio presurosos tiran
Su padre mismo y los demas Troyanos.
Mas ya las tristes en lo que hacen miran,
Y a ocultar su vergüenza, por los llanos
Que extiende la ribera, mustias giran
Huecas peñas buscando: a sus hermanos,
Vueltas en sí conocen, y les pesa,
Libres de Juno, de la aleve empresa.
CXXV.
Pero el voraz incendía, aún no contento,
Sus indómitos ímpetus no afloja:
De las húmedas tablas el asiento
Arde estoposo, y grueso humo arroja;
Consume las carenas fuego lento:
Vana es la onda esparcida que las moja,
Ni hay ya luchar con la arraigada llama,
Cuando he aquí suplicante el Rey exclama:
CXXVI.
V I R G I L I O
212
«¡Oh Júpiter supremo! Si de humanos
Males, cual usas, aún piedad hoy tienes;
Si no en uno maldices los Troyanos,
Esta última porción de nuestros bienes
Salva de azar cruel, fuegos insanos:
Mas si a muerte merezco me condenes,
Destruye de una vez nuestra esperanza,
Y húndame el rayo aquí de tu venganza!»
CXXVII.
Rasgado de sus hombros el vestido
Y ambas las manos extendiendo al Cielo,
Así Enéas con férvido alarido,
O muerte o salvación pide en su duelo;
Y aún bien no hablara, cuando nublos vido
Conque el aire oprimir amaga al suelo;
La esfera en un momento se ennegrece,
Ronco trueno las cumbres estremece.
CXXVIII.
Y ya sin más tardar, de los collados,
Acompañados del fragor del viento
Rios descienden a inundar los prados
Furiosos con hinchado movimiento:
Ciego a los buques va medio abrasadas,
Las popas cubre el rápido elemento,
Y oprimiendo el vapor, que al fin apaga,
Libra las naves de la peste aciaga.
CXXIX.
Cuatro había el incendio devorado:
Con cuyo acerbo caso que intimida,
Enéas vacilante, acobardado,
No sabe por cuál rumbo se decida:
L A E N E I D A
213
Si en Sicilia su nido asiente, al hado
Mal sumiso, que lejos le convida,
O si a Italia persiga, al hado atento;
Y la duda tenaz le da tormento.
CXXX.
Náutes entonces, venerable anciano
Por la tritonia Pálas adivino,
A quien ella dotó con larga mano
De ingenio insigne y de infalible tino,
Interrogado respondió, no en vano,
Ya sobre muestras del furor divino,
Ya lo que el hado inevitable ordena,
Y al héroe hablando, su inquietud serena:
CXXXI.
«¡Hijo de Diosa! al fin llegar porfía
Que una vez y otra vez marcó tu sino.
Tenaz luchando un día y otro día,
Vencerás los rigores del destino.
Ahí Acéstes está que se gloría
De su origen superno: en tu camino
Te de su luz, y a su favor sincero
Los restos fia del estrago fiero.
CXXXII.
»Quienquier de tu alta empresa lleve enfado,
Las matronas, cansadas de los mares,
Los ancianos; en fin, cuanto a tu lado
Mezquino, flojo, inválido notares,
Quede todo de Acéstes al cuidado:
Funden ellos aquí muros y altares,
Y de Acéstes merced, de Aceita el nombre
Al nido que afiancen, grato asombre.»
V I R G I L I O
214
CXXXIII.
Alentó el sabio al Rey; mas le destroza
Con nuevas dudas que a su mente inspira.
Y ya la húmida Noche en su carroza
Que negra copia de caballos tira,
Ocupa el firmamento. En esto goza
Ensueño seductor el héroe, y mira
La apariencia bajar del padre amado
Que a hablarle empieza con benigno agrada:
CXXXIV.
«Hijo, más caro que mi propia vida
Mientras las auras respiré vitales;
Tú, a quien prueba Fortuna encrudecida,
A partir de Ilion, con tantos males!
Jove en tu auxilio de enviarme cuida;
Jove, que de las sedes celestiales
Del afán se conduele que te aqueja,
Y el voraz fuego de la flota aleja.
CXXXV.
»Vé, y cumple sin temblar las prevenciones
Que anciano consultor te hace sinceras:
Flor de mancebos, recios corazones
Llevar debes de Italia a las riberas:
Allí con tus valientes campeones
Gentes has de postrar duras, guerreras:
Mas antes avendrá que te regales,
Bajando a las moradas infernales.
CXXXVI.
»Harás, en pos de mí yendo, hijo mío,
Cruzando el hondo Averno, oficio grato
L A E N E I D A
215
Que yo no habito el Tártaro sombrío,
Mas los campos Elíseos rnoro y trato,
Deliciosa comarca, gremio pio:
Una maga de púdico recato,
Si hartas víctimas negras inmolares,
Te llevará a los místicos lugares.
CXXXVII.
»Y la prole y ciudad que te destina
Fortuna, entonces mirarás presente.
Mas ahora, adios: la Noche ya declina.
Y con soplos me acosa el Oriente
De sus potros fogosos, que avecina.»
Así hablaba la sombra, y de repente
Húrtase al hijo y a su amante empeño
Cual humo vano o fábrica de un sueño.
CXXXVIII.
Y él, «¿Por qué de mis brazos se desliza,
Tu imágen? ¿no te curas de mi ruego?
¿Huyes? ¿me dejas?» clama; y la ceniza
Resucitando incontinente, el fuego
Que aletargado dormitaba, atiza:
Sacra masa y colmado incienso luego
Al Dios ofrece que a su pueblo ampara,
Y humilde a la alma Vesta honra en el ara.
CXXXIX.
Consumó el sacrificio, y convocados
Sus amigos, Acéstes el primero,
Repite los oráculos sagrados
De su padre, de Jove mensajero;
La voluntad pronuncia de los hados
Y su propia intención franco y sincero:
V I R G I L I O
216
No hay a sus planes quien demoras teja;
Acéstes coronarlos aconseja.
CXL.
Madres se alistan que en los nuevos techos
Fundar asientos de familias deban:
Quédanse a par cuantos vulgares pechos
De grandes cosas ambición no llevan.
Tostados bancos, mástiles deshechos,
Vuelan los otros a mudar; renuevan
Remos, jarcias, con mano diligente;
Número escaso, mas resuelta gente.
CXLI.
Marca el troyano Rey con el arado
De la ciudad el ámbito; sortea
Los solares del campo rodeado
Para edificios, y esto manda sea
Troya, y eso Ilion. Alborozado,
Cordial troyano, Acéstes, a la idea
Del nuevo reino, tribunal y plaza
Designa, y al Senado fueros traza.
CXLII
Luego a Venus, Idalia, venerada
De su pueblo, en el vértice Ericino
Dedica, por pacífica morada,
Un templo de los astros convecino:
De Anquíses al sepulcro hace se añada
Culto, y ministro, y bosque peregrino;
Y banquetes ordena, y alegrías,
Y piadosos oficios nueve días.
CXLIII.
L A E N E I D A
217
Ya llegaba el momento: el Austro insistia
Convidando a la mar blanda y serena:
Alzase lloro femenil, y triste
La corva playa con lamentos suena:
En el abrazo último resiste
Amor a desatar dulce cadena:
Las madres mismas que la mar temían,
Ni aún la osaban nombrar, partir querrán.
CXLIV.
Cuantos han de quedarse, en sus fatigas
Parte al troyano Rey piden ahora:
El con palabras los consuela amigas,
Hijos a Acéstes los entrega, y llora.
Manda a las Tempestades enemigas
Matar una cordera; a Erice adora;
Tres becerros también manda le maten,
Y que en orden los cables se desaten.
CXLV.
Yérguese él en la prora, coronado
De hojas menudas de sagrada oliva:
Un vaso empuña, al piélago salado
Intestinos arroja, y néctar liba
En popa aura terral hiere de grado
Alejando las naves de la riba;
Bogan el remo, y al batir contino
Cubren de espuma el líquido camino.
CXLVI.
No halla en tanto a su afán Venus sosiego
Vuela a Neptuno, y «El que Juno abriga
Odio irreconciliable, » gime, «al ruego,
Neptuno ilustre, a descender me obliga;
V I R G I L I O
218
Que no su ira cruel, su rencor ciego
Amansan años ni piedad mitiga,
Ni lo que ordena el hado a Jove manda
Su indómita ambición quiebra ni ablanda.
CXLVII.
»Eterno es el furor que su alma siente;
Que no bastó a su cólera sombría
Baber talado, la ciudad potente
Que en la ancha Frigia dominaba un día,
Ni arrastrar las reliquias de su gente
Por senda de martirio. Todavía
Al pueblo hundido en perseguir no cesa
En sus huesos nadantes y pavesa!
CXLVIII.
»La causa ella sabrá de tanta saña:
Yo sé, y las ondas líbicas tú mismo
Viste cómo a manera de montaña
Encrespó amenazando cataclismo;
De Eolo en el favor fió; se engaña;
Mas era su intención cielo y abismo
En uno confundir; y así la impía
Insolente tus reinos invadía.
CXLIX.
»Hoy, ¡qué horror!a las hembras roba el tino,
Y las naves ardiendo a los Troyanos,
Fuerza a Enéas, cerrándole el camino,
A dejar en destierro a sus hermanos.
Haz siquiera que al Tibre laurentino
Estos últimos restos lleguen sanos,
Si ya al muro las Parcas prometido
No han de negarles; si lo justo pido.»
L A E N E I D A
219
CL.
Respondió el Dios que el ponto señorea:
«Pon confianza en el imperio mío,
Que en mis reinos naciste, Citerea,
Y ya a Enéas mostró mi afecto pio:
Yo mil veces, por él, si el mar ondea
Las nubes conjurando a estrago impío,
Serené la amenaza; y no hice menos
En tierra que del piélago en los senos.
CLI.
»Janto y Símois me saquen verdadero:
Cuando Aquíles con furia impetuosa
Por la espada inmoló tanto guerrero
Que contra el muro de Ilion acosa;
Cuando, enfrenando su ímpetu ligero
El álveo, que en cadáveres rebosa,
El Janto por las márgenes gemía,
Ni hallar lograba hacia mis reinos vía;
CLII.
»Yo a tu hijo entonces arranqué a la muerte
En nube con que entorno le rodeo,
Viéndole menos bienhadado y fuerte
Combatir con el hijo de Peleo;
Ni vacilé en librarle de esa suerte
A pesar del furor de mi deseo,
Que hundir yo ansiaba la ciudad perjura,
Ya (¡mal pecado!) de mi mano hechura.
CLIII.
»¿Qué dudas, pues? ¿qué temes por Enéas?
Yo lo mismo que entonces, ahora siento:
V I R G I L I O
220
El al puerto de Averno que deseas
Llegará con su gente a: salvamento:
Habrá sólo uno que anegarse veas,
Escogido holacausto.» Así el aliento
Neptuno a Venus vuelve; y ya bizarro
Con arreos de oro orna su carro.
CLIV.
Pone a los brutos el bañado freno,
Dales con fácil mano suelta brida,
Y por el mar, magnífico y sereno,
En su carroza va de azul teñida:
Tiéndese igual sobre el materno seno
Bajo el eje tonante la onda erguida,
Y cuanto nublo encapotó la esfera
Su fuga por los aires acelera.
CLV.
Acompañan en torno al Dios marino
Grandes cetos y rápidos tritones;
Glauco y su coro, y Palemon de Ino,
Y Forco y sus revueltos escuadrones:
Hienden a izquierda el reino cristalino
Las hijas de sus húmidas mansiones;
Talla allí, Cimódoce campea,
Tétis, Melite, y blanda Panopea.
CLVI.
En la mente de Enéas indecisa
Bullen en tanto imágenes amenas:
Manda arbolar los mástiles aprisa
Y las velas tender por la entenas:
No hay, lonas al izar, mano remisa;
Ya a este, lado, ya a aquél las sueltan llenas;
L A E N E I D A
221
Tuercen cabos, retuércenlos a una;
Mueve mientras la escuadra aura oportuna.
CLVII.
Palinuro adelante firme guía
La flota, que a su espalda se aglomera:
Marchan, y a la órden obediente, fia
Cada nave en la nave delantera.
Casi la vaporosa Noche había
Tocado a la mitad de su carrera;
Y al pie del remo, de temor seguros,
Duermen los nautas en los bancos duros.
CLVIII.
Dejó en esto las célicas regiones
Ligero un Sueño que las sombras hiende;
Mudo vuela, y fatídicas visiones
Trayendo, ¡oh Palinuro! a tí desciende:
Sentado en la alta popa, las facciones
De Fórbas toma, y seducirte emprende:
¡Mísero! que con voces de dulzura
Ya el falso diosecillo te conjura:
CLIX.
«¡Hijo de Yasio, Palinuro mío!
Mira cómo resbala blandamente
Llevado de las ondas el navío;
¡Qué propicio que espira el manso ambiente!
Un rato al soporífero rocío
Inclina ya la fatigada frente;
Hora es de descansar: duerme sin miedo,
Que yo en tanto por tí velando quedo.»
CLX.
V I R G I L I O
222
Alzó el otro los, párpados apenas
Y dijo: «¿Lo que vale la semblanza,
Quieres que olvide yo, de olas serenas?
¿Que ponga en monstruo aleve confianza
Pretendes por ventura? ¿Me encadenas
Porque entregue mi Rey a la mudanza
De mar y viento, de quien tantas veces
Probé las veleidades y dobleces?»
CLXI.
Dice, e inmóvil se afianza, y traba
Del gobernalle con ahincado empeño;
Mira a los astros, y en los astros clava
Los mustios ojos resistiendo al sueño.
Mas ya una y otra sien le golpeaba
El Dios con su balsámico beleño
En las aguas del Lete humedecido,
Y los ojos le anega en alto olvido.
CLXII.
No bien los miembros el sopor le afloja
Cuando el sueño sobre é1 se precipita;
Mas no del gobernalle le despoja
Ni de su asida posición le quita,
Antes al mar con el timón le arroja
Y aún parte de la popa: llama, grita
Cayendo el triste; nadie oyó su acento;
Y el Dios aleteando huye en el viento.
CLXIII.
Segura, empero, prosiguió la flota
Del favor de Neptuno protegida.
Mas he aquí ya se acercalen su derrota
A la roca, otro tiempo tan temida,
L A E N E I D A
223
De las Sirenas, que la mar azota,
De albos huesos de náufragos guarida;
Y lejos con monótonos bramidos
Resuenan los escollos combatidos.
CLXIV.
Notó Enéas entonces que a la armada
Falta el piloto y perecer podría;
Y con mano acudiendo acelerada
La noche toda él mismo el timón guía;
Y entonces exclamó con voz ahogada:
«¡Pobre amigo! ¡fiaste en demasía
De cielo bonancible y mar serena;
Yacerás insepulto en triste arena!»
V I R G I L I O
224
LIBRO SEXTO.
I.
Así hablaba y lloraba juntamente.
Ya, riendas dando, por el mar navegan,
Y a las costas de Cúmas (cuya gente
De Eubea vino) sin tardanza llegan.
Tornan proas al mar: con tenaz diente
La ancla fija el bajel, y a tierra apegan
Las corvas popas, que en la orilla alzadas
La bordan de colores variadas.
II.
Ledos embisten en hesperia tierra:
Quién hiere el pedernal, que en sus entrañas
De la llama los gérmenes encierra;
Quién penetra las ásperas montañas
Y leños corta, o por su seno yerra,
Intrincada guarida de alimañas,
Y vuelte, y dando de placer señales
Enseña los hallados manantiales,
III.
Mas Enéas piadoso a las alturas
En que Apolo descuella, se encamina,
Y las cuevas recónditas, oscuras,
L A E N E I D A
225
Busca de la terrífica adivina
Que, inflamada del Dios, cosas futuras
En estro rebosando vaticina:
¿Veisle? entrando con otros va derecho
Ora el bosque avernal, ya el áureo techo,
IV.
Dédalo de comarcas sanguinosas
Huyendo, es fama, y del furor de Mínos,
Fiarse osó con alas vagarosas
A los reinos del aura cristalinos:
A la región helada de las Osas
Su vuelo por insólitos caminos
Tendió, y moviendo las nadantes, plumas,
Fue en el alcázar a parar de Cúmas.
V.
Por vez primera allí devuelto al suelo,
Grato, Apolo, al favor, logró ofrecerte
Sanas las alas que bogó en su vuelo
Y un templo dedicarte hermoso y fuerte.
En las puertas, de Andrógeo el fin, el duelo
Grabó de los Cecrópidas, que a muerte
Siete hijos tributaban cada un año;
La urna ciega allí está do sale el daño.
VI.
Enfrente, en medio al mar, se representa
Creta: allí lo cruel de sus amores,
Del toro esclava, Pasifae ostenta;
Monumento de estúpidos furores
Allí el biforme Minotauro asienta
La planta; con sus vueltas, sus errores,
Incierto entorno el laberinto gira,
V I R G I L I O
226
Y a la amante princesa horror inspira.
VII.
Cediendo de la triste a la porfía,
Allí Dédalo mismo de Teseo
El paso indocto con el hilo guía:
Ícaro, y tú también lograras, creo,
Insigne asiento en la áurea galería;
Mas de padre el dolor ganó al deseo
Del artífice audaz, que, el brazo alzando,
Caer dos veces le dejó, llorando.
VIII.
Enéas con su gente asaz tuviera
En cada cuadro la mirada fija,
Si, enviado adelante, no volviera
Turbando Acátes su atención prolija:
Con Acates, graciosa compañera,
Deífobe llegó, de Glauco hija,
Intérprete de Apolo y de Diana;
Que vuelta al Rey de la nación troyana,
IX.
«No es sazón de admirar primores
Le dice: «importa que inmolar decidas
De grey vacuna siete recentales
Y a par siete ovejuelas escogidas.»
Esto dijo: Troyanos principales
Van a cumplir las ordenes oídas;
Y mostrándoles sigue ella el camino
Al elevado templo Sibilino.
X.
Hay en la roca eubea un lado hendido,
L A E N E I D A
227
Antro de cien entradas y cien puertas
Que cien voces arrojan con ruido,
De la eculta Deidad respuestas ciertas.
Cuando llegaban al umbral temido,
«¡Tiempo es que el ruego a consultar conviertas
Tus hados, huésped!» la doncella exclama;
Heaquí el Dios, he aquí el Dios! mi mente inflama.»
XI.
Estola virgen pronunció en la entrada
De la inmensa caverna: en ese instante
Tartamudea, la color mudada,
Crespo el cabello, atónito el semblante:
Enfurecida, aérea, agigantada,
Hínchale el Dios el seno jadeante,
Y ya llena del númen soberano,
Vibré puro su acento aún más que humano:
XII.
«¡Enéas! ¿no será que al Númen santo
Con tus votos y súplicas regales?
No han de abrirse a tus pasos entretanto
Del pavoroso templo los umbrales.»
Calló: los Teucros con glacial espanto
Oyeron resonar palabras tales,
Y postrándose el Rey, con hondo acento
Oro así en religioso arrobamiento:
XIII.
«Febo, que de infortunios y pesares
De los hijos de Troya te apiadas;
Tú que al cuerpo del de Éaco, de Paris
Las flechas dirigiste enherboladas:
Salvo, merced es tuya, hendí anchos mares
V I R G I L I O
228
Que a ceñir van regiones apartadas;
Yo he cruzaclo las costas africanas;
Yo las hórridas sirtes vi cercanas.
XIV.
»Hoy piso en fin el límite italiano,
Tierra de promisión que antes huía;
¡Así el signo maléfico troyano
Haya hasta aquí llegado en su porfía!
Y ¡oh cuantos con furor visteis insano
Crecer la gloria de mi patria un día!
¡Dioses todos y diosas! sin enojos
Volved ya en fin a Troya vuestros ojos!
XV.
»Y ¡oh tú que en siglos ves aún no llegados,
Santa sacerdotisa! (yo no pido
Imperio no ofrecido por mis hados)
Da a mis Teucros gozar reposo y nido
Con los Dioses de Troya fatigados;
Y a Hécate y a Apolo, agradecido,
De mármol fundaré templo y altares
Y fiestas en su honor apolinares.
XVI.
»Tú en mi reino también ilustre asiento
Tendrás, y tus sagradas predicciones
Guardando con solemne acatamiento,
Tu culto servirán dignos varones.
Mas oye: a la merced irán del viento
Tus palabras si en hojas las dispones;
Canta tú misma lo que cierto veas.»
Aquí dio fin a su oración Enéas.
XVII.
L A E N E I D A
229
En tanto la Sibila aún se subleva
Por sacudir el númen que la oprime,
Y feroz se revuelve en la ancha cueva:
Fogoso corazón, labio que gime
El Dios le doma, que sobre ellos lleva
Hasta grabarla, inspiración sublime;
Y dan su voz en ecos las cien puertas
Todas a un tiempo sin esfuerzo abiertas.
XVIII.
Diciendo: «¡Oh tú hasta ahora libertado
De los riesgos del piélago marino,
Hoy de riesgos de tierra amenazado!
Venirá tu gente al reino de Lavino
(No temas, no, que lo revoque el hado);
Mas tiempo habrá que llore porque vino;
Guerras, ásperas guerras estoy viendo;
Miro al Tibre ondear, de sangre horrendo.
XIX.
»Otro Janto, otro Símois, y otra hogaño
Campaña cual la griega rigurosa
Verás, que el Lacio cría ya en tu daño
Otro Aquíles feroz hijo de Diosa;
Ni faltará a tu gente en suelo extraño
De Juno el odio que Jamas reposa;
Y en tanto, ¿qué ciudades, ni qué playas
Habrá infeliz, donde a rogar no vayas?
XX.
»Y otra vez bodas en foráneo suelo
Llorarán los Troyanos; y esa esposa
¡Cuánto traerá de afán! ¡cuánto de duelo!
¡A tí ya tus vasallos cuán costosa!
V I R G I L I O
230
Tú, hasta do el hado sufra, insta en tu anhelo,
Y lograrás, mudanza milagrosa,
Que antes que no otra, a próspero destino
Una griega ciudad te abra camino.»
XXI.
Tal desde su antro la Sibila fiera,
Con voz que infunde admiración y espanto,
Hechos desvuelve, edades acelera,
Y en sombras la verdad brilla en su canto;
Tal de su labio el ímpetu modera
El Dios que el corazón le aguija en tanto;
Mas serenada al fin su ira espumante,
A hablarle torna el héroe suplicante:
XXII.
«Aún no me has anunciado ¡oh virgen! nada
O nuevo,o imprevisto de mi vida.
Mas oye: si hay aquí al Averno entrada,
Si aqui está la laguna tan mida,
Con sobras de Aqueronte sustentada,
Concede que un favor solo te pida:
Mi padre anhelo ver; guía mi planta,
Y dígnate de abrir la puerta santa.
XXIII.
»¡Mi padre! Yo de en medio al enemigo
Entre llamas y dardos libertélo;
Yo le puse en mis hombros, y él conmigo
Fue dándome doquier fuerza y consuelo:
El fue en mis viajes mi mejor amiga,
El los rigores de la mar y el cielo
Con generosas muestras de osadía,
L A E N E I D A
231
Milagrosa en su edad, llevar solía.
XXIV.
»Y él, é1 me persuadió que reverente
Llegase, y suplicante, a tus umbrales:
¡Oh! del padre y del hijo juntamente
Te apiaden los trabajos inmortales;
Que tú eres, virgen santa, omnipotente,
Y de los negros bosques infernales
La pavorosa Hécate no en vano
El cetro aterrador puso en tu mano.
XXV.
»La prenda de su amor el tracio Orfeo,
Luego que hondo el Erebo la devora,
A salvar acertó, felice empleo
Haciendo de su cítara sonora:
Pólux, merced de enérgico deseo,
Librar logró al hermano a quien adora,
Y partiendo con él su ser divino
Pasa y repasa el lóbrego camino.
XXVI.
»Callaré de Teseo; del tremendo
Alcídes callo y su potente maza:
¡Yo, Yo también de Júpiter desciendo!»
Pronuncia el héroe, y al altar se abraza,
Otra vez la adivina respondiendo,
«Troyano hijo de Anquíses, de la raza
De los supernos Dioses procedente,
Oyeme,» dice, «y grábalo en tu mente.
XXVII.
V I R G I L I O
232
»Fácil es del Averno la bajada;
De día y noche a la región oscura
Patente está la pavorosa entrada;
Mas volver y elevarse al aura pura,
Esa es la parte trabajosa, osada:
Muy pocos a quien Jove con ternura
Vio, o que ardiente virtud,al Cielo eleva,
Vencieron, raza de héroes, la ardua prueba.
XXVIII.
»Cubren selvas espesas y sombrías
El centro del Averno; a la redonda
Carcomiendo el Cocito ciegas vías
Con su torpe caudal callado ronda.
Mas si forzar e1 Tártaro porfías
Y dos veces cruzar la estigia onda,
Si en esto gozas que a, otros acobarda,
Cómo has de comenzar escucha y guarda.,
XXIX.
»En medio de estas selvas donde moro
Oculto un ramo está que el tallo tierno
Tiene, y las, hojas trémulas, de oro,
Consagrado a la Juno del Infierno:
Cierra en su seno el fúlgido tesoro
Hojoso un árbol entra el bosque etexno,
Y de valles en torno guarnecido,
La amiga lobreguez le hurta al sentido.
XXX.
»Y nadie ya la subterránea ruta
Pudo emprender a do el amor te llama,
Si antes no desgajó la rica fruta:
La hermosa Proserpina esa áurea rama
L A E N E I D A
233
Apropiada a su gloria la reputa,
Y es el obsequio que entre todos ama:
Segado el tallo, el gérmen no, perece;
Retoña, y la áurea yema amarillece.
XXXI.
»Ve, y de alto en torno el árbol investiga
Con atenta mirada, y avistado,
Allá tiende la mano; que si amiga
La suerte rie, con sensible agrado
Al punto hará que el vástago te siga;
Pero si adusto te rechaza el hado,
No habrá fuerte segur ni ahincado empeño
Que el ramo aparte del materno, leño.
XXXII.
»Mas ¡ah! mientras al sacro umbral se inclina
Tu oído, atento al deseado indulto,
Un cadáver tus tropas contamina;
Fue tu amigo y le ignoras insepulto:
A honrarle ovejas negras Y¿ y destina:
Su cuerpo vé a librar de odioso insulto;
Y así, en fin, a estas lóbregas moradas
Bajarás, ho a vivientes franqueadas.»
XXXIII.
Cesó, y quedóse la adivina muda.
La medrosa caverna el héroe deja;
Mirando al suelo va, y acerba duda
Le roe el corazón. Con él se aleja
Acátes, fiel amigo: igual la aguda
Pena que a Enéas, al andar le aqueja:
¿Quién será, cada cual finge y cavila,
El que muerto nos canta la Sibila?
V I R G I L I O
234
XXXIV.
Hablando, pues, del mal que les espwa,
De dolor y ansiedad el pecho lleno,
Allá tirado en la árida ribera
Cadáver infeliz ven a Miseno:
Miseno, hijo de Eolo, a quien diera
Natura el arte de excitar al bueno
A los combates, y el guerrero bando
Llenar de fuego, su clarin tocando.
XXXV.
Él, cuando Troya, acompafiado habia
A H¿ctor: los campos él, de Héctor al lado,
Con su trompa y su lanza recorria
En la lanza y la trompa ejercitado;
DESPUÉS, cuando de la alma luz del día
H¿ctor fué por Aquíles despojado,
De Enéas al mandar el fl el guerrero
(Partido no inferior) puso-suacero.
XXXVI.
Mas ahora,~úe insensato en la ribera
Retaba al són de cóncava bocina
Al númen,que a emularle se atreviera,
Envidíando Titon su arte divina
(Si no miente la fama vocinglera)
Ahogóle en la espumosa onda marina.
Cercándole los suyos danle en tanto,
En ¿as sobre todo, amargo llanto.
XXXVII.
Y llorando-, el ságrado mandamiento
A.cumplir van, y fúnebres altares
L A E N E I D A
235
Con árboles a alzar al firmamento:
Van a una antigua selva, hondos hogares
De fieras: al herir de hachas violento,
Los fresnos y los pinos seculares
Vacilan, los hendibles robles gimen,
Y los olmos rodando el bosque oprimen.
XXXVIII.
A los suyos el héroe,'apercíbído
D.- iguales armas, guía en la faena
Con la voz y el ejemplo, y con gemido
Dice, el gran bosque al ver que en torno suena:
«Ya el presagio cruel está cumplido
En tí, amigo infeliz, ¡oh cruda pena!
¡Así a mis ojos se mostrase ahora
El árbol que áureos frutos atesora!»
XXXIX.
Así exhala plegarias y querellas,
Cuando a su vista, sobre el manso viento,
Llegan iguales dos palomas bellas
Abatiendo el suave movimiento
A posarse en el césped verde. En ellas
Mira Enéas atónito y atento,
Las mensajeras de su madre, y clama,
Con el acento del que espera y ama:
XL.
«¡Oh aves misteriosas! si camino
Abre el hado, marcadle con el vuelo;
Id al ramo que en torno peregrino
Con rica sombra ampara el fértil suelo!
Y tú en esta sazón, felice tino
Concede, ¡oh madre! y el favor que anhelo.»
V I R G I L I O
236
Calla; y qué auguren al picar la hierba,
O a do tiendan las aves, fijo observa.
XLI.
Hasta do el ojo va, la copia alada
Sigue el volar, sigue el volar rastrero;
Mas asomando a la hedionda entrada
De Averno, se alza en ímpetu ligero
Buscan las dos la copa deseada,
Y a un tiempo ocupan el feliz madero,
Do entre pardos verdores amarillo
El ramo desigual muestra su brillo.
XLII.
Como en: bosques que invierno heló, enverdece
El visco, y con la prole de que abunda,
No hija del árbol a que asido crece,
El tronco protector blondo circunda;
Tal la ráfaga de oro resplandece;
Tal, herida del aura vagabunda,
Treme y cruje la lámina divina
En medio allá de la copuda encina.
XLIII.
Del ramo inerte el Rey ase impaciente
Y vuela a, la mansión de la adivina.
Sigue entretanto la llorosa gente
Tristes honras haciendo en la marina
A la insensible víctima presente:
De maderas copiosas en resina,
Y duros troncos de que rajas llevan,
Ingente pira desde luego elevan.
XLIV.
L A E N E I D A
237
Y de mustias guirnaldas guarnecida
Y de rectos cipreses custodiada,
De adorno sobrepónenle enseguida
El limpio arnes y 1a desnuda espada.
En calderas de bronce recogida
Llegan agua a la lumbre aderezada,
Y antes de que las llamas lo consuman
E1 cuerpo helado lavan y perfuman.
XLV.
Unos, en medio del común gemido,
Le extienden sobre el fúnebre tablado,
De su lujosa púrpura ceñido;
Otros (¡penoso ministerio!) a un lado
Vuelto el rostro, por rito establecido,
Pegan la antorcha al féretro enlutado:
Viandas, incienso, aceite rebosante,
Todo el fuego lo envuelve en un instante,
XLVI.
Cuando en pavesas descansó la llama,
Corineo balsámica ambrosía
En las reliquias cálidas derrama,
Y a una urna de metal los huesos fia:
De noble olivo consagrada rama
Blandiendo leve, a los demas rocía
Con lustral aspersión que hace tres veces,
Llora, y pronuncia las finales preces.
XLVII.
El Rey, de gratitud y piedad lleno,
Manda erigir soberbia sepultura;
Y, «Al túmulo fijar,» les dice, «ordeno
Su clarin y su remo y su armadura.»
V I R G I L I O
238
Se hizo al pie de un peñón, que de Miseno
Recibió el nombre que inmortal le dura.
Enéas a cumplir vuela, tras eso,
El sagrado mandato en su alma impresa.
XLVIII.
Hay en aquel confin una honda sima,
Vasta caverna de escabrosa roca:
Negro bosque, que en torno se arracima,
Guarda, y medroso lago, la gran boca.
No impune el ave que revuele encima
El torpe aire con sus alas toca
Que en columna de fétidos vapores
Sale a infestar los cercos superiores.
XLIX.
Trajo allí el Rey de la troyana gente
Cuatro negros novillos, a quien riega
Con vino la, Sibila la alta frente;
Entre las astas elegido siega
Vellon cerdoso, que a la llama ardiente,
Don primerizo y breve pasto, entrega;
Y a Hécate a grandes voces llama, Diosa
En Cielo y en Averno poderosa.
L
Quién apresta al degüello la cuchilla;
Quién vasos llena en sangre que chorrea:
Enéas mismo con su espada humilla
Lucía cordera cuya piel negrea,
Porque la Noche, de furial cuadrilla
Madre, y su hermana al par, fácil le sea;
Inmolando después estéril vaca,
Tu númen, Proserpina, honra y aplaca.
L A E N E I D A
239
LI.
Nocturnas aras enseguida eleva
Al Rey estigio: enteras a la llama
De los novillos las entrañas lleva,
Y encima óleo abundante les derrama.
"Y he aquí, antes de rayar aurora nueva
Treme la tierra, su hondo seno brama,
Oscilan selvas y vecinos cerros,
Y en la sombra ulular se oyen los perros
LII.
Ya llega la Deidad. Con voz sonora
Grita la profetisa. .« ¡Huid, profanos!
Desamparad la selva; y solo ahora
Ven tú conmigo, ¡oh Rey de los Troyanos.
¡Ven, desnuda la espada vencedora,
Rodeado de alientos sobrehumanos!»
Dijo y hundióse: a su furente guía
Enéas con pie intrépido seguía.
LIII.
¡Oh los que de las almas inmortales
Tenéis, Dioses, el cetro y monarquía!
¡Cáos! ¡Flegeton! ¡Tinieblas sepulcrales!
¡Lugares de silencio y noche umbría!
¡Concededme salvar vuestros umbrales.
Y que al orbe revele la voz mía
Lo que ví, lo que oí, cuanto misterio
Guarda vuestro hondo, funeral imperio:
LIV.
Oparos bajo noche alta, desierta,
Cruzando iban, los dos, reinos vacíos
V I R G I L I O
240
Que allende yacen de la odiosa puerta:
Tal en bosques callados y sombríos
Al viajero señala senda incierta
Maligna luna con sus rayos fríos,
Cuando atristan el Cielo alas nublosas
Y hosca el color la noche hurta a las cosas.
LV.
Ante el mismo vestíbulo, manida
Hicieron las Congojas vengadoras,
Las Dolencias de faz descolorida,
Y tú, arada Vejez con ellas moras:
Dolor, Terror, Necesidad raída,
Hambre, que induce a criminales horas:
Todos ellos, terríficas figuras,
Guardan las fauces del Averno oscuras.
LVI.
Y el Trabajo, y la Muerte y compañero
El Sueño de la Muerte, su impía hermana,
Vense, avanzando hacia el umbral frontero,
Y malos Goces de la mente humana:
De las Furias los tálamos de acero
Allá están, Guerra atroz, Discordia insana:
Esta (¡qué horror!) con sanguinosas hebras
Crina en torno su frente de culebras.
LVII.
Lleno de años, con sombras halagueño
Convida un olmo en la mitad; y es fama
Que acude en derredor del firme leño
Aerio enjambre que el silencio ama:
Subsiste asido un mentiroso ensueño
En cada hoja fugaz de, cada rama;
L A E N E I D A
241
Y en torno hórridas fieras, monstruos viles
Tienen cabe las puertas sus cubiles.
LVIII.
Centauros hay allí; silbante y fiera
Hidra; Scilas biformes que el mar cría;
Briareo, el de cien brazos; la Quimera
Que de llamas armada desafía;
Con sus hermanas Górgona guerrera,
on sus iguales pestilentie Arpía.
Con tres cabezas Gerion gigante.
¿Quién habrá que los mire y no se espante?
LIX.
Sintió Enéas pavor: el fuerte acero
Esgrime osado, y con su punta amaga
Al escuadrón de monstruos, que severo
Llega delante o revolando vaga:
Que sombras son sin cuerpo verdadero
Prudente a tiempo le advirtió la maza.
Él, a no detener la voz su brío
Hiriera ciego el ámbito vacío,
LX.
Parte de allí para Aqueron camino
Vasto abismo que en lecho hondo de cieno
Hierve, y en el Cocito de contino
El arena descarga de su seno.
Guardián del territorio convecino,
El mustio rio y márgen inameno
El barquero Caron adusto cuida
Con ceño horrible y faz descolorida.
LXI.
V I R G I L I O
242
El cual sucia caer al pecho deja
La blanca barba; es fuego su mirada;
Cuélgale de los hombros rota y vieja
Con un nudo su túnica enlazada;
Con tardas velas y un varal maneja
El ferrugíneo barco en que traslada
Los muertos: es su edad, si bien anciana,
Vejez propia de un Dios, recia y lozana.
LXII.
Allí, nube de imágenes ligera,
Cuantos dejan del suelo las mansiones
Vuelan sobre la fúnebre ribera:
Austeras madres; nobles campeones;
Virgenes que en su dulce primavera
Segadas fueron; cándidos garzones
A quienes ya cabe la alzada pira
Lloró el padre infeliz que arder les mira,
LXIII.
Tantos van los espíritus y tales,
Como las hojas que en la selva, al hielo
De los últimos días otoñales
Ruedan precipitadas por el suelo;
O cual, climas buscando más geniales,
A traves de la mar en largo vuelo,
Del tiránico invierno desterradas,
Huir vemos las aves en bandadas.
LXIV.
Y he aquí la turba que llegó primera
Pasar quiere, antes que otros, lago allende;
Con vivo amor de la ulterior ribera
Esfuerza ruegos y las palmas tiende.
L A E N E I D A
243
Caron, de tanta multitud que espera,
Ya a éste toma, ya a aquel; a nadie atiende;.
Mas a muchos también, ¡desventurados!
Lejos rechaza de los tristes vados.
LXV.
Viendo el tropel, «¡Oh virgen veneranda!«
Dice asombrado Enéas-, «¿a qué llegan
A este rio las almas? ¿Qué demanda,
Esa gran multitud? ¿Por qué navegan
Ledos los unos hacia la otra banda,
Y éstos, exclusos, en dolor se anegan?
¿Qué los distingue? di.» Y así de prisa
Respondió la senil sacerdotisa
LXVI.
«Hijo de Anquíses, semidios troyano!
El lago Estigio y lóbrego Cocito
Mirando estás, por quien jurar en vano
Temen los Dioses como gran delito.
A éstos no honró, al morir, piadosa mano,
Turba doliente en número infinito:
Ese es Caron; trasporta a opuestos lados
Los que fueron en muerte sepultados.
LXVII.
»Ni el linde ingrato y aguas murmurantes.
Logran salvar las, ánimas que vagan
Desprovistas de honores, sin que antes
Enterrados en paz sus huesos yagan;
O cien años arreo andando errantes
Sobre esta zona, su esperanza halagan;
Y al cabo de ellos admitidas, vuelan
A ver, en fin, los sitios por que anhelan.»
V I R G I L I O
244
LXVIII.
Paróse con doliente fantasía
Enéas, y en la gente desechada
Ve a Leucáspis, ve a Oronte, antiguo guía
Del bajel licio en la troyana armada:
Con él salieron de Ilion un día,
Y bogando a par de él, a su mirada
Los hundió en crespas ondashustro impío
Que al nauta sacudió, volcó el navío.
LXIX.
He aquí de entre éstos viene Palinuro,
Aquel que en la reciente travesía
Por el líbico golfo, al mar oscuro
Cayó, cuando en mirar se embebecia
Los altos astros de temor seguro.
Así que Enéas en la niebla umbría
Reconció al llorado compañero,
Tornóse a condoler, y habló él primero.
LXX.
«¿Cuál Dios,» le dice, «Palinuro amado,
Ahogándote con mano traicionera
Te vino a arrebatar de nuestro lado?
Faltóme en cuanto a ti, por vez primera,
Fiel antes siempre Apolo a lo anunciado,
Prometiendo que salvo a la ribera
Deseada de Italia tocarías:
Mal coronó las esperanzas mías!»
LXXI.
La sombra respondió: «Ni fraudulento
Fue contigo el oráculo divino,
¡Oh hijo de Anquíses! ni en el mar sedienta
L A E N E I D A
245
Númen odioso a sepultarme vino.
Yendo yo, en vela, a mi deber atento,
Casual golpe en la popa sobrevino,
Y en medio de las ondas, sin soltalle,
Caí con el fiado gobernalle.
LXXII.
»Y juro por la negra mar, Rey mío,
Que, perdido el asiento, el timón roto,
Más que por mí cuidé que tu navío,
Privado de defens a y de piloto,
Mal pudiese del piélago bravío
Los golpes contrastar. Violento Noto
Tres noches borrascosas de ardua brega
Me arrastró lejos sobre la onda ciega.
LXXIII.
»Vi las costas de Italia al cuarto día,
Encumbrado por hórrida oleada:
Poco a poco nadaba, y salvo habría
Holdo, en fin, la playa deseada;
Mas, ¡triste! como a presa de valía
Me embiste horda feroz blandiendo espada
No bien de húmedas ropas agobiado
Trepaba, uñas hincando, agrio collado,
LXXIV.
»Hoy, desecho del mar, en sus riberas
Vientos me azotan. Por la luz del cielo
Y las auras que aún gozas placenteras,
Por tu hijo amado, y por su ilustre abuelo,
Si a éste das honras quede aquel esperas,
Tu invicta mano de tan grande duelo
En el puerto de Velia me redima
V I R G I L I O
246
Piadosa arena derramando encima.
LXXV.
»O ya, supuesto que, de Olimpo santo
Por favor especial, bajado hayas
A visitar los reinos del espanto
Y de tu madre encaminado vayas,
La diestra alarga, si merezco tanto,
Y arrástrame contigo a opuestas playas,
Porque al cabo, rendido de fatiga,
En muerte al menos reposar consiga.»
LXXVI.
Y dijo la adivina: «¿Estás demente,
Oh sombra temeraria? ¿Por ventura
Querrás el lago Estigio, la corriente
Pasar de las Euménides oscura,
Tú que no ostentas divinal presente
Ni gozas en la tierra sepultura?
¡Triste! no esperes a poder de ruegos
Los hados ablandar sordos y ciegos.
LXXVII.
»Mas escucha mi voz, y tus dolores
Consuela recordando anuncios tales:
Habrá de ancha región habitadores
Que, en fuerza de prodigios celestiales,
Tu sombra aplacarán, daránte honores,
Te alzarán monumentos sepulcrales;
Y el sitio, Palinuro, que te guarde
Hará por siglos de tu nombre alarde.»
LXXVIII.
Al son de estas palabras, un momento
L A E N E I D A
247
Mitigó Palinuro su agonía,
Y fuese, revolviendo el pensamiento
Que un país de su nombre se gloría.
Ellos siguen en tanto a paso lento.
Caron su barca a la sazon movía,
Y de en medio del lago divisólos
La muda selva atravesando solos.
LXXIX.
Y en recia voz prorumpe: «Tú, quienquiera
Que armado invades mis dominios, tente,
Y qué quieres, dí luego, en mi ribera.
Aquí en horror profundo eternamente
Moran los Sueños y la Noche impera:
No admite el bote estigio alma viviente;
Ni de atinado, si exenté, me loo,
Ya a Alcídes, ya a Teseo y Piritoo.
LXXX.
»En su abono, su origen sobrehumano
Mostraban, cierto, y generoso brío:
¡Ah, y aquel ante el trono del tirano
Fue el guarda a encadenar del reino umbrío,
Y temblando arrastróle con su mano;
Y estotros en furioso desvarío
Por robar nuestra Reina, ¿quién tal osa?
El tálamo invadieron de la Diosa!»
LXXXI.
En breves frases respondió prudente
La inspirada de Anfriso: «Insidías viles
No temas, no, que anide nuestra mente,
Ni armas contemplas a tu imperio hostiles:
El encovado can salvo amedrente
Con eternos baladros sombras miles:
V I R G I L I O
248
Hécate, sin temor de agravio impío,
Casta guarde el umbral del regio tío.
LXXXII.
»Y es que Enéas de Troya, a quien la fama
En piedad, en valor, no dio segundo,
Tan sólo el padre a ver que tanto ama
Viene al riñón del Érebo profundo:
Si eres sordo a tan bello amor, la rama
Mira en que justas esperanzas fundo.»
Y diciendo y haciendo, el tallo santo
Sacaba de los pliegues de su manto.
LXXXIII.
Al ver, tras largos años, que áureo brilla
El don que misterioso el labio nombra,
Manso el barquero su altivez humilla,
Cesa el debate, y con placer se asombra:
Tuerce el batel cerúleo, y a la orilla.
Vuelto ya, do saliera el londo escombra,
Las tenues almas,arrojando fuera
Que sentadas bogaban en hilera.
LXXXIV.
Recibe, en fin, la cavidad vacía
Al fuerte huésped. Rechinando opreso,
Ya anchas grietas al agua negra abría
Flaco el esquife para humano peso.
Mas el barquero con tenaz porfía
A par que a la Sibila, al héroe ileso
Trasporta, y abordando, le enajena
Sobre ovas verdes y movible arena.
LXXXV.
L A E N E I D A
249
Enfrente a do saltaron, guarecido
En la ancha gruta en que a placer se extiende,
El can trifauce con feroz ladrido
Los ámbitos atruena que defiende:
Viéndole que de víboras ceñido
Sacude el cuello y ya en furor se enciende,
Narcótico manjar con miel dorado
Echa la maga al monstruo espeluznado.
LXXXVI.
El cual tragó la torta engañadora
Con triple boca y con voraz garganta,
Y, largo cuanto el antro donde mora,
Le abate el sueño. Con ligera planta.
Aprovechando la oportuna hora,
A las puertas Enéas se adelanta,
Y traspone volando la ribera
Deaguas que nadie repasar espera.
LXXXVII.
En esto empiezan el común vagido
De almas de niños a sentir; las cuales,
Lejos, muy lejos del suave nido,
Sollozan de ese mundo en los umbrales:
De tierna infancia en el verdor florido
Negra un hora a los brazos maternales
Arrebatólos, y a la luz del Cielo,
¡Ay! para hundirlos en acerbo duelo.
LXXXVIII.
Están después los que, torciendo el fuero,
Testimonio falaz llevó a la muerte;
Mas no a sus puestos van sin que primero
Tornen sentencia a dar Justicia y Suerte:
V I R G I L I O
250
Mínos preside el tribunal severo;
La urna alcatoria agita; indaga, advierte,
Convoca al vulgo que delante calla;
Pesa los cargos, y las causas falla.
LXXXIX.
Arrepentidos yacen, enseguida,
Los que movidos de tedioso enfado
Quitarse osaron sin razón la vida.
Hoy, por volver al mundo, ¡con qué agrado
Trabajos y pobreza aborrecida
Subieran a sufrir! Lo veda el hado;
Cierra el Estigio el paso a sus suspiros
Con nueve vallas en oblicuos giros.
CX.
Tendidos campos se abren luego, aquellos
Que la fama llorosos apellida:
Los que doblaron al amor los cuellos,
Los que murieron de amorosa herida
Vienen allí; y entre sus mirtos bellos
El bosque cruzan que les da guarida,
Por veredas ocultas. ¡Ay! los hieren
Penas de amor que ni en la muerte mueren,
XCI.
Muéstranse al héroe entre la selva umbría
Fedra, Prócris; Erífile doliente,
Cuyo seno aún la llaga descubría
Que el hijo vengador abrió inclemente;
Evadne, Pasifae, Laodamía;
Cénis, mancebo un tiempo floreciente,
Y ahora, por decreto del destino,
Vuelto al sexo primero femenino.
L A E N E I D A
251
XCII.
En medio de ellas la fenicia Dido,
Su herida aún fresca, andaba en la espesura.
Cuando la hubo al pasar reconocido
Mal cierto Enéas en la sombra oscura,
Como el que alzarse entre nublados vido
La luna nueva, o verlo se figura,
Así a hablarle empezó con tierno acento
Y lágrimas que brota el sentimiento:
XCIII.
«¡Infeliz Dido! ¿Conque no mentía
En nuevas que me trajo funerales
La fama? ¿Tú empuñaste daga impía?
¿Yo causa hube de ser de tantos males?
Mas por todos los astros, Reina mía,
Te juro, y por los Dioses celestiales,
Y por estas mansiones justicieras,
Que partí a mi pesar de tus riberas.
XCIV.
»La férrea voluntad del Cielo santo
Que a esta abismosa eternidad me envía,
Lo mismo allá, con invencible encanto
Me arrancó de tu lado y compañía.
Ni pensé nunca que a delirio tanto
Te pudiese arrastrar la ausencia mía.
¡Mas ten! ¡vuelve! ¿a quién huyes? ¡Ley severa
Permite vernos por la vez postrera!»
XCV.
Tal dice el héroe a la infelice amante,
Por si en su ánimo airado tierno cava
V I R G I L I O
252
O amansa su mirada centellante;
Las razones el llanto entrecortaba.
Mas ella, vuelto el tétrico semblante,
Torvos los ojos en el suelo clava,
Y tanto muestra que la voz la toca
Cual si ya mármol fuese o firme roca.
XCVI.
Y de pronto indignada huye y se esconde
En la parte del bosque más espesa,
Entre acopados árboles, en donde
Al renovado amor que le profesa,
Siqueo como de antes corresponde.
Enéas, de piedad el alma opresa,
A la sombra siguió por trecho largo
Llorando para sí su lloro amargo.
XCVII.
Mas andando el camino, a los postreros
Campos llegaban cuya igual alfombra
Van a solas hollando los guerreros
A quien la fama por sus hechos nombra.
Entre los capitanes que primeros
Al paso Enéas encontró, la sombra
Vio del pálido Adrastro, vio a Tideo,
Vio al ínclito en la lid Partenopeo.
XCVIII.
Vio también los Troyanos que segados
En duras lizas los soberbios cuellos,
Fueron con llanto de la patria honrados,
Glauco, Medon, Trsíloco; y con ellos
Los tres hijos de Anténor afamados;
Y Polifétes, que tus dones bellos
L A E N E I D A
253
Honró, Céres; e Ideo, que aún regía
El carro y armas que rigiera un día.
XCIX.
Tantas, sombras al ver en larga hilera
Enéas, conociéndolas, suspira;
Mas a izquierda y derecha se aglomera
La multitud, que con pasión le mira;
Ni a su curiosidad satisficiera
Mirarle sólo, a detenerle aspira,
Y mil ánimas llegan voladoras
Con sus preguntas a tejer demoras.
C.
Entanto viendo al héroe, y la armadura
Del héroe, que cruzando centellea
El vacuo espacio de su estancia oscura,
Tiemblan los cabos de la gente aquea:
Tratan unos de huir, cual con pavura
Ya al mar lo hicieron en campal pelea;
Gritan otros, y a medias sólo acierta
Clamor tenue a exhalar la boca abierta.
CI.
Sigue; y he aquí, las manos mutiladas,
Llagado el cuerpo y con la faz hendida,
Ambas sienes de orejas despojadas,
Y rota la nariz con torpe herida,
Deífobo se ofrece a sus miradas;
Y al ver que triste, avergonzado cuida
De ocultar de su afrenta las señales,
Hablóle en tono amigo y voces tales:
CII.
V I R G I L I O
254
«¡Valeroso Deífobo, esperanza
De Troya, hijo de reyes! ¿Quién fue osado
En tí a ejercer insólita venganza?
¿Quién consumó tan bárbaro atentado?
Oí que de combate y de matanza
Aquella horrenda noche tú cansado,
Sobre enemigos que humilló tu acero
Caído habías a morir postrero.
CIII.
»¡Mísero amigo! Yo en la playa nuestra
Te alcé entonces funéreo monumento
Que aún hoy tus armas y tu nombre muestra
Tres veces te llamé con alto acento.
Mas ¡ay! ni verte pude, ni mi diestra
En suelo de la patria acogimiento
Mullir a tu ceniza.» Enéas dijo;
Y de Príamo así respondió el hijo:
CIV.
«Tú hiciste tu deber; yo estoy pagado
Y agradecido estoy. Suerte inhumana
Es la que me hunde en tan horrible estado
Y el crímen de la pérfida Espartana:
¡Éste, éste es de la pérfida el legado!
Recordarás en la alegría insana
Que pasámos la noche postrimera;
¿Quién no ha de recordarlo aunque no quiera
CV.
»Entonces, cuando el monstruo de madera
De armas grave los muros dividía,
Hembras ella ordenaba la primera
En libre danza y bulliciosa orgía;
L A E N E I D A
255
Y una antorcha blandiendo traicionera
Conque iba en torno al coro, falsa guía,
De la alta torre en nuestro daño ¡ay ciegos!
Señas hacía a los atentos Griegos.
CVI.
»Yo en mi tálamo infausto, sin cuidado
Ya al cansancio buscando dulce olvido,
Caí en brazos de un sueño regalado
A una plácida muerte parecido.
Mi noble esposa al punto de mi lado
Las armas de mi estancia sin ruido
Aleja: de mi lecho a la testera
Ella mi espada hurtó, fiel compañera;
CVII.
»Las puertas abre, y obsequiosa llama
A Menelao, por si de mal la eximen
Crímenes nuevos, y la negra fama
A absolver bastan del antiguo crímen:
El Eó1ida a par, que ardides trama,
Acude: salvan de mi alcoba el límen...
¡Dioses, si justas súplicas os mueven,
Lo que entonces probé los Griegos prueben!
CVIII.
»Mas ¿a que me detengo en mis pesares?
Tú aquí, es posible? y con vital aliento?
¿Juguete de los vientos de los mares
Vienes, o por divino mandamiento?
¿Qué toques de fortuna singulares
Te traen, el profundo apartamiento
A visitar de la región sombría
Que nunca vio la claridad del día?»
V I R G I L I O
256
CIX.
En medio, de estas pláticas, ligera
En su rósea cuadriga y gentil vuelo
La Aurora la mitad de su carrera
Traspuesto había por el alto cielo;
Y acaso el héroe consumido hubiera
En estéril hablar y acerbo duelo
El plazo volador, si no le echara
La virgen con afán su olvido en cara:
CX.
«Nosotros ¡ay! mientras la noche avanza,
Gastamos mudo el tiempo en lloro vano!
La senda aquí se parte, y en balanza
Está la suerte; de Plutón tirano
Lleva la diestra a la valiente estanza,
Y al encantado Elíseo: a izquierda mano
Caen los muros do la gente impía
En eterno sus crímenes expía.»
CXI.
«Perdón,» dice Deífobo, «si muevo
Tu enojo, profetisa soberana!
El número fatal que llenar debo
Torno a llenar doliente sombra y vana.
Tú ve en paz, gloriosísimo renuevo,
¡Oh luz, oh prez de la nación troyana!
Goza suerte mejor que fue la mía.»
Y así diciendo a su ángulo volvía.
CXII.
Tornó Enéas a ver, y a izquierda mira
Cerrada una ciudad de triple muro
L A E N E I D A
257
Al pie de una alta roca: en torno gira
Con lenguas Flegeton de fuego puro,
Y revuelca peñascos en su ira:
Frente, gran puerta, de diamante duro
Las jambas, cual ni de hombres quebrantado
Ni aún de Dioses lo fuera por la espada.
CXIII.
Férrea una torre despreciando el viento
Avánzase orgullosa: allí sentada,
Ceñida un manto de color sangriento
Guarda insomne Tisífone la entrada.
Ruido de barras, en aquel momento,
Y música de azotes despiadada
A oírse empieza, y voces de horror llenas,
Y el pesado arrastrar de las cadenas.
CXIV.
«¿Qué gritos de dolor hieren mi oído?»
Dice Enéas parándose asombrado:
«¿Quiénes llevan allí su merecido?
»¿Cuál es ¡ay! su suplicio y su pecado?»
Y la Sibila respondió: «No ha sido
Nunca a justos varones otorgado,
Magnánimo caudillo, entrar las puertas
Sólo al delito por la pena abiertas.
CXV.
»Mas yo, cuando los bosques infernales
Por Hécate guardaba, del espanto
Vi el reino y sus tormentos eternales:
Tiene el cetro el cretense Radamanto,
Que interroga a las almas criminales,
Castiga sus delitos, y de cuanto
V I R G I L I O
258
Ocultó hasta la muerte astucia fría,
A hacer les fuerza confesión tardía.
CXVI.
»Y, nunca de venganzas satisfecha,
Con la izquierda azuzando sus serpientes
Y del látigo armada la derecha,
Corre los sentenciados delincuentes
Tisífone a azotar, y los estrecha,
Llamando sus hermanas inclementes;
Y ábrense a devorarlos, y crujiendo
Giran las sacras puertas con estruendo.
CXVII.
»Contempla a la cruel, que allí se asienta
Y el vestíbulo guarda de ese mundo:
¿Qué, si vieses, abiertas las cincuenta
Negras fauces, el monstruo sin segundo,
La Hidra feroz que adentro guarda atenta?
Luego el Tártaro se abre, tan profundo
Al medio de su abismo, cuanto dista
El alto Olimpo de la humana vista.
CXVIII.
»Allí, humilladas las soberbias vidas,
Los antiguos engendros de la Tierra
Revuélvense en recónditas guaridas
A donde el rayo su ambición encierra:
Vi a par los dos enormes Aldidas
Que el Cielo con sus manos, ¡loca guerra!
Descargar intentaron, y en su encono
A Jove mismo derrocar del trono.
CXIX.
L A E N E I D A
259
»Vi allí también yacer, de angustias lleno,
A Salmoneo, por su error insano,
Que de Jove el relámpago, y el trueno
Quiso imitar de Olimpo soberano:
De cuatro brutos gobernando el freno.
Y antorchas sacudiendo con su mano,
A Elis cruzó, y en su triunfal camino
Culto pedía como a ser divino.
CXX.
»Fingir quiso el demente (¡mal pecado!)
Al sentar de sus potros con ruido
Los cascos, con el bronce golpeado,
Inimitable luz, sacro estampido:
Envuelto Joye en lóbrego nublado
Venablo duro le lanzó ofendido,
No humosa tea ni exhalada llama,
Y a la sima arrojóle donde brama.
CXXI.
»Yugadas nueve allí cubriendo yace,
Alumno de la Tierra creadora,
Ticio: el hígado eterno le renace,
Pasto al buitre cruel que le devora,
No le consume, y sus entrañas pace
Y fiero en lo hondo de su pecho mora:
Ni el corvo pico en el roer se amansa,
Ni de brotar la víscera se cansa.
CXXII.
»¿Qué, si a Ixion y Piritoo a cuento
Trajese? ¿o los que roca ven colgante
Pronta siempre a caer? Áureo aposento,
Plegalado festín miran delante;
V I R G I L I O
260
Mas la Furia mayor vela de asiento
Al lado, y como alguno se levante
Las mesas a tocar, corre, y vocea,
Y airada amaga con su horrible tea.
CXXIII.
»Allí gimiendo están los que al hermano
Profesaron, en vida, odio demente;
Los que hicieron ultraje al padre anciano.
Los que en fraude envolvieron al cliente;
Allí los solitarios que, la mano
Cerrada siempre al mísero pariente,
Sobre el oro enterrado hicieron nido:
Infame grey en número crecido.
CXXIV.
»Y allí aguardan castigo los que amores
Adúlteros pagaron con la vida;
Los que hicieron traición a sus señores;
Los que en guerra se alzaron fratricida:
No cures de su pena los horrores
Ni las causas saber de su caída.
Quién vuelca enorme risco; atado esotro,
Gira en rueda veloz, su eterno potro.
CXXV.
»Está sentado y en perpetuo duelo
Tesco lo estará.-
Mirad si prestaLa justicia ultrajar, reir del Cielo!
Flégias clamando a todos amonesta
Entre las sombras. El nativo suelo
Este por oro enajenó, funesta
Tiranía elevando: esotro puso
A precio de la ley uso y desuso.
L A E N E I D A
261
CXXVI.
»Y aún hubo ya con ciego desatiento
Quien de su hija el tálamo invadiera.
Todos formaron criminal intento
Y corona ciñeron en su esfera.
No si cien bocas yo, si lenguas ciento
Tuviese y férrea voz, contar pudiera
Las especies sin fin de los delitos,
Los nombres de las penas infinitos.»
CXXVII.
Así la anciana profetisa había
Hablado, y «¡Sús!» añade: «hora es precioso
Que el paso abrevies, y por esta vía
A cumplir tu deber vayas sumiso:
Los muros que los Cíclopes un día
Sacaron de su fragua, allá diviso;
Ya, bajó el arco que se eleva enfrente,
Las puertas veo de Plutón potente
CXXVIII.
»Vé; obsequios debes al dintel frontero»
Tal dijo, y con el héroe se adelanta,
Y el intermedio espacio, y el sendero
Sin luz, dejan atras con ágil planta.
Acércanse a las puertas: él primero
Entra el zaguan; con gotas de agua,
Casto los miembros a rociar atiende,
Y el áurea rama en el portal suspende.
CXXIX.
Puesto el don a la Diosa, y alongados
Del sitio, ya pisaban los amenos
V I R G I L I O
262
Jardines y los bosques fortunados
Donde con grande paz miran los buenos,
Abrense allí sobre inocentes prados
Tintos en rósea luz cielos serenos;
Regiones siempre iguales, siempre bellas,
Tienen su sol y tienen sus estrellas.
CXXX.
Aquéllos juegan en verjel florido;
Éstos combaten en la roja arena;
Otros saltan en coros, y el sonido
De sus cantos el ánimo, enajena:
El tracio vate, con talar vestido,
Los siete tonos de su lira suena,
Moviendo acordes con su voz canora
Ya el plectro de marfíl, los dedos ora.
CXXXI.
Brilla de Teucro allí la estirpe clara
Robustez ostentando y lozanía:
Egregios héroes a quien ver tocara
En siglo más feliz la luz del día.
A Ilo, a Asáraco, a Dárdano repara
Autor de la troyana monarquía,
Enéas, y armas lejos ve, y baldíos
Carros que honraron ya marciales bríos.
CXXXII.
Hincados por el campo ve lanzones,
Y que arrogantes la verdura pacen
Por acá y por allá sueltos bridones.
¡Oh! los que en mundo subterráneo yacen
No renuncian sus viejas aficiones:
Armas y carros sus delicias hacen
L A E N E I D A
263
Si armas, carros amaron: cuidan fieles,
Si los criaron ya, regios corceles.
CXXXIII.
Luego a izquierda y derecha, ve adelante
Los que a dulces festínes se abandonan
Tendidos en la hierba verdeante;
Los que en honor de Apolo himnos entonan
Intrincando los pasos en fragante
Bosque, a quien cimas de laurel coronan,
Donde brota y por selva amplia y risueña
Eridano soberbio se despeña.
CXXXIV.
Están allí los que a la patria amaron,
Y heridas por, la patria recibieron;
Allí los sacerdotes que guardaron
Austera castidad mientras vivieron;
Vates dignos que a Febo interpretaron;
Maestros que el vivir embellecieron
Con artes nuevas; los que haciendo bienes
Vencieron del olvido los desdenes.
CXXXV.
Todos éstos con ínfulas nevadas
Ceñidos van las sienes y cabellos.
Con los cuales confunde sus pisadas
La profetisa por sus campos bellos;
Y volviendo la voz y las miradas
A Museo ante todos, que alza entre ellos
Con majestad serena la cabeza
De muchos rodeado, a hablar empieza:
CXXXVI.
V I R G I L I O
264
«Oíd, almas felices, ruegos pios;
Y tú, máximo vate, ¿dó se esconde
Anquíses, por quien ya los grandes rias
Cruzamos del Erebo; dínos, dónde?
¡Ah! ¿qué sitios repuestos y sombríos
Nos le ocultan?» Museo la responde:
«Aquí moramos bajo hojosos techos,
Y son márgenes blandas nuestros lechos;
CXXXVII.
»Frescos prados tratamos por recreo,
Y a nadie se fijó mansión segura;
Mas pues tanto interes traer os veo,
Venid conmigo a la vecina altura
Y camino hallará vuestro deseo.»
Dice; ante ellos los pasos apresura,
Y horizontes de luz les manifiesta:
De ahí, descienden de la erguida cresta.
CXXXVIII.
En un valle cubierto de verdura,
Anquíses, en el fondo, atento vía
Guardadas almas que del aura pura
Subirán a gozar llegado el día;
Allí en sombra numera su futura
Cara prole, y mirando se extasía
La fortuna y valor hereditarios,
Glorias, triunfos, virtudes, lances varios.
CXXXIX.
Y viendo que hacia allá se, dirigía
Hollando Enéas el gramoso prado,
Abre Anquíses los brazos, de alegría
Lágrimas vierte y clama enajenado:
L A E N E I D A
265
«¿Conque venciste intransitable vía,
Hijo, a fuerza de amor? ¿Conque a mi lado
Hoy tornas? ¿Es posible que consigo
Verte, oirte, tocarte, hablar contigo?
CXL.
»Yoi tiempos computando, aqueste día
Fausto acercarse ví: cumplióse el voto.
¡Mas cuánta extraña tierra en tu porfía
Habrás medido, y cuánto mar ignoto,
Y qué de riesgos arrostrado, en vía
De confin tan profundo y tan remoto!
De los líbicos pueblos, hijo amado,
¡Cuánto temblé por tí funesto hado!»
CXLI.
Enéas contestóle en tal manera:
«Tu imágen veneranda, padre mío,
Siguiéndome doliente por doquiera,
Forzóme a visitar el reino umbrío.
Ocupan mis bajeles la ribera
Tirrena. Mas tú ahora, con desvío
No a mi mano, señor, robes la tuya;
No a mi abrazo filial tu cuello huya.»
CXLII.
Dice, y llorando, con amante empeño
Tres veces va a abrazar al padre anciano;
Cual humo huye la sombra o como sueño
Y él tres veces aprieta el aire vano.
Tornó a mirar, y un bosque vio risueño
En un valle repuesto comarcano:
Gárrulo bosque, plácido retiro
Que manso baña el Lete en blanco giro.
V I R G I L I O
266
CXLIII.
En torno vagan del durmiente rio
Gentes, pueblos, enjambres voladores,
Y cual abejas que en sereno estío
Rondan fugaces peregrinas flores,
Y a los lirios de cándido atavío
Asedían, confundiendo sus rumores,
Tal llenando de estruendo la campiña
La aérea multitud vuela y se apiña.
CXLIV.
Maravillado de la extraña escena,
Medroso Enéas a entender aspíra
Qué es aquella corriente tan serena;
Quién la infinita multitud que gira
A par del rio y sus florestas llena.
El padre Anquíses respondióle: «Mira:
Antiguas almas a quien guarda el hado
Nuevos velos corpóreos, nuevo estado,
CXLV.
»Esas son las que afluyen al Leteo
Y en raudal bienhechor beben olvido.
Tiempos hace, hijo amado, que deseo
Mostrarte mi linaje esclarecido
En estas sombras que delante veo,
Porque, absorto en destino tan subido,
De haber llegado a la que aún mal conoces,
Itálica región, conmigo goces.»
CXLVI.
«Mas ¿es creible que al sabido cielo«
Enéas contristado así murmura,
L A E N E I D A
267
«Alguna alma de aquí remonte el vuelo
Y a informar torne la materia oscura?
¡Mísera humanidad! ¡Qué inmenso anhelo
De vida y goces! ¡qué cruel locura!»
Anquíses acudiendo a su sorpresa,
Ordenadas razones así expresa:
CLXVII.
«Porque en luz de verdad tu mente aclares,
Hijo, escucha: En los cielos y en la tierra,
Y en las líquidas capas de los mares,
En la alba luna que inconstante yerra,
Y en el sol y en los grandes luminares,
Espíritu eternal dentro se encierra:
Todo hínchelo él, vago y profundo;
Alma y centro común, é1 mueve el mundo.
CXLVIII.
»Y en él tiene su origen el humano,
Y el bruto, el ave, y cuanto monstruo cria
En sus senos marmóreos Océano.
Centella celestial, ígnea energía
Vida a esos seres da, gérmen temprano,
En cuanto no los rinden a porfía,
El fardo de la carne, los mortales
Órganos y ataduras mundanales.
CLXIX.
»De ahí es que ansian y temen, y o padecen
O envueltos gozan ens u cárcel dura:
No ven la luz; ni quedan, si fallecen,
Limpios del todo de la mancha impura
De las miserias que al mortal empecen.
¡Pobres almas! la sombra en ellas dura
V I R G I L I O
268
De usos viles en años adquiridos
En su lucha y su unión con los sentidos.
CL.
»Por eso corren del dolor los grados,
Y vicios propios cada cual expía:
Hay unas que, purgando sus pecados,
Expuestas penden en region vacía;
Otras al fuego o en profundos vados
Residuos sueltan que la culpa cría:
Y así los Manes, por diversos modos,
Merecida pasión sufrimos todos.
CLI.
»Al Elíseo de ahí se nos envía,
A pocos alcanzamos los amenos
Campos de llena paz y alma alegría;
Que no se ganan por ventura, a menos
Que (cediendo a la, edad, llegado el día,
El postrer resto de hábitos terrenos)
El alma, redimida a la materia,
Torne a ser mente pura y lumbre aeria,
CLII.
»Consumados mil años, al Leteo
Almas acuden en tropel nutrido:
Arrástralas un Dios, porque el deseo
Nazca en ellas, envuelto en alto olvida,
De volver a vestir corpóreo arreo,
De subir a habitar terreno nido.»
Tal dice, y lleva al héroe y la Sibila
Entre el ruidoso pueblo que desfila.
CLIII.
L A E N E I D A
269
Y porque logre, al avanzar la hilera,
Ver de frente lo digno de memoria,
Le conduce a un collado, y, «Considera,
Hijo,» le dice, «la sublime gloria
Que a la raza de Dárdano le espera;
Oye los claros nombres que en la historia
Nos guarda Italia; entre futuras gentes
Mira pasar tus,dignos descendientes.
CLIV.
»Ese, de asta de paz y augusto porte.
Que a la luz va por suerte el más cercano,
Será el primero que a la vida aporte,
Con sangre mixta y con renombre albana
Mira, es Silvio: Lavinia tu consorte
A luz darále, de tu amor, ya anciano,
Póstumo don: le criará su madre
Rey en las selvas, y de reyes padre.
CLV.
»De, ahí en Italia empezará el reinado
De Troya. Honor de la Troyana gente,
Prócas luego aparece, y,a su lado
A Cápis ves y a Numitor presente;
Y al otro Silvio, a quien tu nombre añado,
Enéas, ya en virtudes eminente,
Ya en armas, si reinare en Alba un día:
¡Qué máncebos! ¡qué heroica bizarría!
CLVI.
»Contempla aquésos cuya sien serena
Asombra en derredor cívica encina
Cuáles de ellos a Gabía y a Fidena
Te alzarán, y la villa Nomentina;
V I R G I L I O
270
Y de ellos cuáles una y otra almena
Fundarán sobre, montes Colatina,
y a Pomocio y a, Inuo, a Bole y Cora;
Nombre a campos darán sin nombre ahora.
CLVII.
»Ve a Rómulo, hijo de Ilia, descendiente
De Troya, hijo de Marte, que al abuelo
Sigue; y mira ondear sobre su frente
Crestones dobles con gallardo vuelo:
Marca el padre, en,su noble continente
Su propia, alta misión. Por é1 al cielo
Levantará la frente pensadora
Roma, del orbe, militar señora.
CLVIII.
»La cual de siete alcázares murada,
Con viriles renuevos en que abunda
Rie, como en su carro alborazada
De Berecinto la Deidad fecunda
Por las Frigias ciudades torreada
Va, y su prole celeste la circunda:
Cien nietos que amamanta, y, queja adoran;
Todos son Dioses y entre Dioses moran.
CLIX.
»Los ojos torna: a tu nación atento
Contempla en Roma; a César mira; advierte
Los racimos de Yulo tu sarmiento,
Que a luz cabal predestinó la suerte.
Éste es, éste es el que una vez y ciento
Oíste a altos anuncios prometerte,
César Augusto, hijo de, un Dios, que al mundo
El áureo siglo volverá fecundo.
L A E N E I D A
271
CLX.
»Él a Italia honrará con tales dones
Cual ya Saturno; y llevará su imperio
Del Indo y Garamanta a las naciones,
Su valor fatigando al hemisferio;
Y abriránse a su paso las regiones
Que allende el Sol se embozan en misterio,
A do el cielo con astros rutilante
Rueda en los hombros del eterno Atlante.
CLXI.
»Ya ven los Caspios reinos su venida,
Por anuncios, con ánimo intranquilo;
Ya la tierra Meótica trepida,
Sus siete brazos estremece el Nilo.
Tigres guiando con pampínea brida
Y de Nisa impeliendo, excelso asilo,
Su carro victorioso, Baco empero
Llegar no pudo a ese último lindero.
CLXII.
»No corrió Alcídes mismo espacio tanto,
Aunque prendió con rápida saeta
La cierva pies de bronce, y de Erimanto
Impuso paces, en la selva inquieta,
Y el lerneo confin cubrió de espanto.
¿Y dudamos vencer adversa meta
Nuestra gloria ensanchando? ¿Harán temores
Que no hollemos la Ausonia triunfadores?
CLXIII.
»¿Quién es aquél que coronado asoma
De insigne oliva, y que con propia mano
V I R G I L I O
272
Ya sobre, si sacras ofrendas toma?
Su barba anuncia y su cabello cano
Al primer rey legislador de Roma,
Que de su humilde Cúres, aldeano,
Y de su hogar, desnudo, imperio grande
Saldrá a regir cuando el deber lo mande.
CLXIV.
»Tulo va en pos, que moverá a pelea,
La paz quebrando, a ejércitos vecinos
Ya al prez no usados que el valor granjea,
Y Anco después, que aún hoy en sus caminos
El aura popular vano desea.
¿O quieres ver los príncipes Tarquinos,
De Bruto vengador el alma fiera
Y los fasces que al pueblo recupera?
CLXV.
»Bruto duras segures el primero
Cobrará, y el honor del consulado;
Y al ver que nuevo plan traman guerrero,
El de la bella libertad prendado,
Muerte a sus hijos mandará severo.
En él vencieron (¡padre infortunado!)
Cualquier fallo que espere a su mernoria,
Amor de, patria y ambición de gloria.
CLXVI.
»Brillar Decios y Drusos vé lejanos;
Torcuato, que levanta el hacha impía;
Camilo, que del triunfo, con romanos
Rescatados pendones, se gloría.
Esas dos almas que cual dos hermanos
En sombra armadas ves, rayando él día
L A E N E I D A
273
¿Qué guerra no se harán? ¡Cuánto de estragos!
¡Qué grandes huestes y sangrientos, lagos!
CLXVII.
»De los Alpes el suegro se abalanza;
Convoca sus legiones de Oriente
El enojado yerno a la venganza.
¡Hijos! ¡no, hirais el seno a la inocente
Patria! mo eterniceis bárbara usanza!
¡Tú, el primero, de Olimpo procedente,
Oh sangre mía, de rencores libre,
No ya esa arma, cruel tu mano vibre!
CLXVIII.
»Aquél, cuando a Corinto a su talante
Haya tratado y al orgullo aquivo,
Al Capitolio correrá triunfante;
Éste, el país de Agamemnon nativo
Subyugará, y en Pérses arrogante
Verá a un nieto de Aquíles fugitivo:
Tales, desquites a Ilion reserva
Y al profanado templo de Minerva.
CLXIX.
»No al gran Caton olvidaré, no a Coso;
Ni ya a los Gracos, ni a los dos Scipiones,
Relámpagos de guerra, pavoroso
Apellido a las líbicas regiones.
Fabricio, en tu pobreza poderoso,
¡Salve! y tú, el oro en rústicos terrones
Esparciendo, oh Serrano! ¡Salve, oh Fabios!
No, aunque cansado, os callarán mis labios.
CLXX.
»Máximo, con tardanzas tú prudentes
V I R G I L I O
274
Salvarás la Nación. Y esto adivino:
Otros con más primor vultos vivientes
Harán de bronce duro o mármol fino;
Oradores habrá más elocuentes;
Sabios podrán con más seguro tino
El cielo escudriñar y las estrellas,
Y los cercos medir y el poder de ellas;-
CLXXI.
»Tú, Romano, regir debes el mundo;
Esto, y paces dictar, te asigna el hado,
Humillando al soberbio, al iracundo,
Levantando al rendido, al desgraciado.»
Habla Anquíses, y atiéndenle en profundo.
Silencio. «Ved,» añade, «señalado
Con opimos despojos a Marcelo,
Que alza entre todos vencedor su vuelo.
CLXXII.
»En mar revuelta armado caballero
Librará al pueblo de infeliz destino,
Venciendo al Galo, al Peno, y el tercero
Será que ofrenda igual cuelgue a Quirino»
Viendo Enéas que, aquél por compañero
Trae a un jóven de aspecto peregrino
Y brillante armadura, mas la frente
Mustia casi, ojos bajos, faz doliente;
CLXXIII.
«¿Y quién es el doncel, ¡oh padre!» exclama,
«Qué le sigue en amiga competencia?
Hijo suyo será, o acaso rama
Remota de su ilustre descendencia?
L A E N E I D A
275
¿Qué son de córte en torno se
¡Cuán parecido en la marcial presencia!
¡Mas ay! que en torno de su frente vaga
Odiosa noche con su sombra aciaga!»
CLXXIV.
Con lágrimas Anquíses respondía:
«¿Quieres anticipar de los Romanos
El eterno dolor? Fortuna un día
Ese jóven mostrando a los humanos
Tornarále a ocultar en sombra impía.
Tal vez, tal vez, oh Dioses soberanos,
Si este don inmortal nos franqueara,
El trance vuestra diestra recelara!
CLXXV.
»Del Campo Marcio a la romana plaza
¡Cuántos gemidos herirán los cielos!
Y si ya tu onda su sepulcro abraza,
¿Qué, oh Tibre, no verás de acerbos duelos?
Ningun mancebo de troyana raza
Tanto alzará, como él, de los abuelos
Latinos la esperanza; hijo más bueno
Nunca otro criarás, Roma, a tu seno.
CLXXVI.
»¡Oh tipo de fe antigua y piedad rara!
¡Oh, qué brazo invencible en lid guerrera!
Ninguno, si viviese, le retara
Impune, o ya a pie firme combatiera
O caballo brioso espoleara.
Mas ¿qué suerte llorosa no le espera?
¡Ah! lograses trocar males por bienes!
Tú un Marcelo serás, sombra que vienes!
V I R G I L I O
276
CLXXVII.
»Azucenas me dad con mano larga;
Que, a ilustre nieto fáciles honores,
Cortos alivios de esparanza amarga,
Quiero esparcir sobre su frente flores.»
Dice, y la voz en lágrimas se embarga.
Tal los campos hollando encantadores
En que benigna luz mágica oscila,
Míranlo todo el héroe y la Sibila.
CLXXVIII.
Y luego que hubo el padre al hijo atento
Aventuras y sitios explicado,
Avivando en su pecho el patrio aliento
Y ambición santa de futuro estado,
Nuevas guerras le anuncia, de Laurento
Pueblos y muros do le cita el hado:
Y maneras le enseña como eluda
Ya caso extraño, ya fatiga ruda.
CLXXIX.
Allá en confines de misterio eterno
El Sueño volador tiene dos puertas,
Una de albo marfil, otra de cuerno,
A ensueños varios a la vez abiertas.
Transitan la primera, del Averno
Fábricas de ilusión, sombras inciertas;
Las visiones e imágenes reales
Cruzan de la segunda los umbrales
CLXXX.
Yendo hablando los tres, he aquí despide
Anquíses a los dos por el abierto
L A E N E I D A
277
Pórtico de marfil. Enéas mide
Arrancando de allí, camino cierto
Hacia amigos y naves, y decide
Ir tierra a tierra de Cayeta al puerto.
Ya, por fin, proa afuera áncoras tiran;
Las popas en la costa alzar se miran.
V I R G I L I O
278
LIBRO SÉPTIMO.
I.
Tú, del troyano capitán nodriza,
También, Cayeta, a nuestras playas nombre
Impusiste muriendo, que eterniza,
Tu fama, y hace que al lugar asombre:
El sepulcro que guarda tu ceniza
En la Hesperia mayor, aquel renombre
Lejos te avisa y firme le señala,
Y con póstuma gloria te regala.
II.
Hechos, pues, los piadosos funerales,
Erigido de tierra un monumento,
Las altas olas contemplando iguales
Tornó Enéas al líquido elemento.
Ministras de la noche las geniales
Auras la anuncian con creciente aliento,
Y sendas alumbrando a la fortuna
Rielan sobre el mar rayos de luna,
III.
No distante de allí la costa yace
Do Circe, hija del Sol, potente mora;
Y ya de día con sus cantos hace
Sonar sus altos bosques; ya a deshora
L A E N E I D A
279
Su alcázar regio iluminar le place
Con el cedro oloroso que atesora,
Y ella misma tejiendo se desvela
Con el peine sonoro rica tela.
IV.
Allí rugen leónes, que furiosos
En la noche reluchan en cadena:
Allí erizados jabalíes, y osos,
En jaula que sus ímpetus enfrena,
Se embravecen: aullidos dolorosos
Horribles lobos dan; el bosque suena:
¡Ay! ¡hombres fueron ya, monstruos ahora!
Con hierbas los mudó la encantadora.
V.
Neptuno que tan duro mal probasen
Los piadosos Troyanos no querría,
No, que a esas playas pérfidas tocasen,
Un viento largo a la sazón envía,
Y así concede que volando pasen
Tras el hórrido golfo. Nuevo día
En su carro gentil la rubia Aurora
Anuncia en tanto, y horizontes dora.
VI.
Calláronse las auras de repente,
Muda y sólida calma sobrevino;
Clavados en el mármol resistente
Bregan los remos por abrir camino.
Vido Enéas en esto un bosque ingente,
Y al Tibre, que por él al mar vecino,
Bullente en ondas, rojo con la arena,
V I R G I L I O
280
Trae, sus aguas en corriente amena.
VII.
Por cima allí y a par de las orillas
Cantan con dulce pico alborozadas
Y al bosque vuelan miles de avecillas
Que en la sombra recatan sus moradas.
Holgóse Enéas, y mandó las quillas
Inclinar a las playas deseadas;
Y alegre de ocuparlas, al umbrío
Hospicio acude ya del bello río.
VIII.
De los reyes del Lacio tú la lista
Muéstrame, Erato: lo que el Lacio era,
Tiempo es ya que presentes a mi vista,
Aun antes que a sus playas extranjeras
Nave arribase. Tú de la conquista
El origen descubre, y yo esa era,
Yo esa historia marcial diré en mi canto,
¡Musa! si ya a mi voz concedes tanto.
IX.
Guerras, hórridas guerras y legiones
He de cantar: de furia el pecho lleno,
Convertidos los reyes en leónes:
Congregado el ejercito Tirreno:
Volando de la Hesperia los varones
A las armas: de Hesperia rojo el seno.
Nuevo cuadro a mis ojos resplandece;
Crece el asunto y la osadía crece
X.
Campos, ciudades florecer veía
L A E N E I D A
281
Anciano, en paz antigua, el rey Latino
Él de Fauno y Marica procedía,
Ninfa aquella de origen laurentino
Pico de Fauno padre sido había,
Y de Pico el origen fue divino;
Tú, Saturno, su padre: por primero
Autor te aclaman del linaje entero.
XI.
No fue el monarca, si felice, abuelo
Ni padre de varones: muerte fiera
Quitóle en flor por voluntad del cielo
El único varón que le naciera.
Daba a Latino en su vejez consuelo,
De sus reinos opimos heredera,
Sola una hija en su estancia poderosa,
Ya en sazón llena para ser esposa.
XII.
Del Lacio y toda Ausonia, a la doncella
Muchos pretenden. A su afecto tierno
Aspira, y bizarrísimo descuella
Turno entre todos, del blasón paterno
Opulento heredero. Para ella
Le quiere esposo, y ya elegido yerno
Le ve la Reina; mas proyectos tales
Tropiezan con visiones funerales.
XIII.
Al raso, en medio del palacio, había
Rico en sacro follaje un lauro anciano,
Que en años veneró la gente pía.
Es fama que Latino por su mano
En dedicarle a Febo holgóse un día
V I R G I L I O
282
No bien le halló, cuando en el campo llano
Echaba a sus alcázares cimiento;
Y de ahí a la ciudad nombró Laurento.
XIV.
He aquí, de este árbol a ocupar la cima,
Mil abejas bajaron de repente,
Y, por los pies trabadas, se arracima,
El ruidoso tropel, y así pendiente
Quedó de un ramo. «A nuestra costa arrima
Varón extraño con armada gente»,
Cantó un augur: «de do el enjambre vino,
Vendrá, la muerte del poder latino.»
XV.
Yendo otra vez, y el genitor con ella,
En el ara a enceder con mano pura
Místicas luces la real doncella,
Viose súbita chispa que fulgura
Sobre el suelto cabello, y baja y huella,
No sin ruido, la blanca vestidura,
Y el velo regio y la diadema ardía
Opulenta del oro y pedrería.
XVI.
En humo envuelta y rojos resplandores
Esparce ella después lampos de llama
Por muros, techos. Fúnebres temores
El suceso en los ánimos derrama;
Que si aquellos prodigios superiores
A ella prometen dizque gloria y fama,
Guerra amenazan a la Patria. En eso
Cava Latino, de terror opreso.
L A E N E I D A
283
XVII.
Fauno ocurre a su mente: el Rey la planta
Mueve al gran bosque en cuyas sombras cela
Su armonioso raudal la Albúnea santa,
Mefítico vapor en torno vuela:
Que allí del tiempo venidero canta
El vatidico padre, y lo revela;
Italia, Enotria toda, allí sus pasos
Guían en tristes dudas y arduos casos.
XVIII.
De noche el sacerdote que sus dones
Allí a ofrecer acude reverente,
Si al descanso, tendiéndose en vellones
De inmoladas ovejas, da la mente,
Ve en sueños revolarle apariciones
Peregrinas; delgadas voces siente;
Habla con Dioses, y su mudo acento
Penetra de Aqueronte el hondo asiento.
XIX.
Fue allí sus dudas a calmar Latino;
Y habiendo, según rito, degollado,
En obsequio al oráculo divino,
Cien lanudas ovejas, acostado
En sus pieles dormía; cuando vino
Súbita y misteriosa voz del lado
Más secreto del bosque: «¡Prole mía!
De ajustados enlaces desconfía.
XX.
»Tú de una hija la mano a descendiente
Itálico no des. Foráneo yerno,
Su linaje empalmando con tu gente,
V I R G I L I O
284
Hará nuestro renombre sempiterno.
El nación fundará grande y potente;
Tal, que el espacio que en dominio alterno
Sobre un mar y otro mar el sol rodea,
Todo a sus pies se humille y suyo sea.»
XXI.
Latino mismo estos avisos, dados
En la callada noche, no recata;
Y de Ausonia por campos y poblados
Ya la alígera Fama los dilata:
Ella daba la vuelta a los Estados
Del Rey, en los momentos en que ata
La juventud troyana el hueco leño
Al promontorio aquél verde y risueño.
XXII.
Enéas, los caudillos principales
Y Ascanio yacen en la sombra amiga
Conque, sus ramos prolongando iguales,
Árbol excelso la campaña abriga,
Tortas de flor extienden, cereales
Manteles (Jove mismo les instiga)
Que con frutas silvestres luego acrecen,
Para encima poner viandas que cuecen.
XXIII.
Mas no al hambre la cena satisface;
Ojos se van y manos tras la manda
Delgada Céres que tendida yace:
Voraz diente a los panes la redonda
Margen y abiertos cuartos roe y pace,
Que significación entrañan honda;
Y «¡Aun las mesas se come el hambre aguda!»
L A E N E I D A
285
Yulo clamó, sin que al misterio aluda.
XXIV.
Fue esta voz primer nuncio que declara
A los Teucros ventura. El padre al hijo
La palabra quitóle; mas se para
Con asombro, un instante, y regocijo,
Y recobrado, «¡Salve, Tierra cara!»
Y «¡oh Penates de Troya, gracias!» dijo:
«Cumplióse el voto: el lance aquí me muestra
La anunciada heredad, la patria nuestra!
XXV.
»Ya de estos milagrosos accidentes
Mi amado genitor me dio la clave:
«Cuando el hambre aguzando edades dientes
»(Pegada a playa incógnita tu nave)
»Haga que tras las viandas te apacientes
»De las mesas, tu voz al Cielo alabe,
»Que patria hallaste; y con alegre pecho
»Pon allí muro propio y dulce techo.»
XXVI.
»He aquí el hambre temida: de cuidados
Término justo y de cruel destino.
Animo, pues: del sueño recreados,
Con el albor primero matutino
De aquí saldremos por diversos lados
El país a explorar circunvecino:
Quiénes son de estos términos los amos;
Qué campos pueblan, qué ciudad, sepamos.
XXVII.
»Hora en honor de Júpiter clemente
V I R G I L I O
286
Bebed; a Anquíses invocad; más vino!»
Hablaba Enéas, y la noble frente
Ceñida ostenta en ramo peregrino.
Primero a la alma Tierra, y del presente
Lugar invoca al Protector divino;
Las Ninfas a que el bosque da guaridas;
Ríos sin nombre y fuentes escondidas.
XXVIII.
A la Noche después y sus fanales,
A Cibéles y a Júpiter de Ida;
A sus padres, que moran inmortales
Cielo y Erebo, en orden apellida.
Jove tres veces, en momentos tales,
Desde lo alto del cielo truena, y cuida
Mostrar en medio del fragor sonoro
Nubes de fuego y ráfagas de oro.
XXIX.
Al Dios el pueblo atónito veía
Blandir él propio el nimbo rutilante.
Rumor que de fundar llegó ya el día
La anhelada ciudad, en un instante
Circula y crece. Todos a porfía,
Orgullosos de agüero tan brillante,
Renuevan las gozosas libaciones
Y con flores de Baco ornan los dones.
XXX.
Con el primer albor del nuevo día
Van, costa y lindes a explorar: los vados
Estos son de Numicio; ésta es la ría
Del Tibre: campos éstos son poblados
Por los fuertes Latinos. Cauto envía
L A E N E I D A
287
Cerca del Rey augusto cien legados
Enéas, que en sus tercios selecciona;
Y ya el árbol de Pálas les corona.
XXXI.
Cargados de presentes, mensajeros
De paz, que da a sus sienes verde gala,
A la vecina capital ligeros
Marchan. Enéas mismo allí se instala;
Y ya con zanja humilde los linderos
De la futura población señala,
Y cual ciñiendo un campamento, ordena
Tender la empalizada, alzar la almena.
XXXII.
Ya los nuncios, al fin de su jornada,
Ven las casas y torres presumidas,
Y ascienden a los muros. A la entrada
Y en torno a la ciudad, corre en partidas
Alegre juventud: regir le agrada,
Potros y carros con mañosas bridas;
Y con rígidos arcos y ligeras
Flechas, tiros ensayan y carreras.
XXXIII.
Tomó uno de a caballo a su cuidado
Trasmitir nuevas tales al oído
Del viejo Rey: acorre; haber llegado
Unos hombres, anuncia, con vestido
Peregrino, de cuerpo agigantado.
Que a su presencia vengan, comedido
Latino manda. «Al punto,» dice, «oírelos;»
Y va el trono a ocupar de sus abuelos.
XXXIV.
V I R G I L I O
288
Fábrica en cien columnas sustentada,
Grande, augusta, soberbia, en una altura
De la ciudad descuella; consagrada
Por religión antigua y selva oscura.
De Pico Laurentino real morada
Fue antaño. Por presagio de ventura
Allí los nuevos reyes recogían
El cetro y fasces que al poder se fían.
XXXV.
Templo era y tribunal: en sus altares
Corderos inmolando, los señores
De la corte a gustar sacros manjares
Sentábanse en continuos cenadores.
Cada príncipe vio las tutelares
Imágenes allí de sus mayores
El vestibulo ornar, nobles y enhiestas,
Obras de antiguo cedro, en orden puestas,
XXXVI.
Ítalo allí; y aquel que al italiano
Suelo trajo la vid, el buen Sabino,
A quien, aún hora, figurado anciano,
La corva hoz le asoma, autor del vino:
El gran Saturno y el bifronte Jano
Muestran callando, su poder divino.
Otros reyes les siguen, con heridas
Marciales, por la patria recibidas.
XXXVII
De antiguos triunfos testimonios mudos,
Hay en los sacros postes mil despojos:
Armaduras suspensas, penachudos
L A E N E I D A
289
Yelmos, corvas segures ven los ojos:
Ven sin número allí dardos y escudos,
Ven de puertas grandísimos cerrojos;
Cautivos carros, y espolones graves.
Quitdos por valientes a las naves.
XXXVIII.
Pico, de potros domador ufano,
Con trábea corta, allí también se muestra;
Báculo quirinal tiene en la mano,
Sentado, y Sacra adarga en la siniestra:
Pico, a quien ya, de ardor tocada insano,
Hirió con vara de oro maga diestra,
Circe, amante cruel; con hierbas malas
Mudóle en ave y le pintó las alas.
XXXIX.
En este, pues, de Dioses templo digno,
De sus abuelos en el rico trono,
El Rey audiencia concedió benigno.
Entraron los legados, y é1 con tono
Manso y afable, de clemencia signo,
«Hablad, Dardanios; vuestro ruego abono,»
Les dice: «antes que vistos anunciados,
Yo vuestro oriente sé, sé vuestros hados.
XL.
»Mas ¿cuál deliberada causa, o ciega
Necesidad a nuestra costa impele
Y a puerto ausonio vuestra escuadra apega?
¿Fue que el rumbo perdisteis? ¿O, cual suele
Avenir al que en alta mar navega,
Tras rodear tan largo, al leño imbele
Embistió ronca tempestad? Propicio,
V I R G I L I O
290
Siempre, tendréis en nuestra casa hospicio.
XLI.
»A los Latinos apreciad: lejanos
De pacto escrito y de penal violencia,
En dulce paz cultivan como hermanos,
Antiguos usos, de Saturno herencia.
Y ya entre los Auruncos hallé ancianos
Que, si bien entre sombras (influencia
Envidiosa del tiempo, en la memoria
Aun guardasen de Dárdano la historia.
XLII.
»Fue de ésta, dicen, suya, a patria ajena;
Fue a las frigias ciudades, cabe el Ida,
Y de la tracia Sárnos el arena,
Honró, que hoy Samotracia se apellida;
Dejó a Corito y su mansión tirrena;
Y en el celeste alcázar ya le anida
Aureo solio que esmaltan luminares,
Y goza él, nuevo Dios, culto y altares.»
XLIII.
«Sangre ilustre de Fauno, gran Latino!»,
Palabras tales respondio Ilioneo:
«No aquí impelida nuestra flota vino
Por rudo soplo en agitado ondeo
Estrella no torció nuestro camino,
Ribera no engañó nuestro deseo:
Trajo nuestros bajeles a esta rada
Concorde voluntad nunca arredrada.
XLIV.
»De la nación mayor que peregrino
Viniendo de los límites de Oriente
L A E N E I D A
291
El sol miraba, nos lanzó el destino.
Tiene en Jove principio nuestra gente;
La juventud dardania del divino
Abolengo se precia. A aquella fuente,
El que a ti nos envía está cercano,
Hijo de Diosa, Enéas, Rey troyano.
XLV.
»Cuántas nubes de muerte de Micénas
A asolar fueron la ciudad troyana;
Cuál lucharon al pie de sus almenas
Asia y Europa con crueza insana,
Lo sabe el que las últimas arenas
Pisa do va a quebrarse espuma cana;
Lo sabe a quien la zona ancha intermedia
Aísla, y sol abrasador asedia.
XLVI.
»Después de aquel diluvio y largo viaje.
Sobrio asilo en tus costas, lo que asombre
Nuestros Dioses, pedimos, y hospedaje:
El aire y agua, propiedad del hombre.
No será al reino nuestro ingreso ultraje;
Crecerá nuestro amor y tu renombre:
¡Si a Troya, Ausonios, vuestro seno abriga,
No la veréis ingrata ni enemiga!
XLVII.
»Y esto lo juro por lo que es Enéas;
Por su diestra, no menos ya probada
En sellar pactos que en vencer peleas.
Muchos pueblos -tenemos en nonada
Excusa, ¡oh Rey! aunque extender nos veas
V I R G I L I O
292
En las manos la oliva; aunque embajada
De súplicas traigamos -gentes muchas
Ligas nos propusieron y no luchas.
XLVIII.
»Mas por divina voluntad guiados
A los bordes venimos de tu imperio:
A la cuna de Dárdano los hados
Traen los nietos de Dárdano. Con serio
Ordenamiento, a los tirrenos prados
Que honra el Tibre, y, envueltas en misterio,
Nos mueve a las vertientes de Numico,
El sabio, Apolo, de promesas rico.
XLIX.
»Que en prenda de concordia aceptes fía
Los breves restos de la Patria cara,
Memorias de otra edad, quien los envía:
Ve en qué oro libó Anquíses en el ara;
Mira cuáles, si al pueblo reunía,
En su alto tribunal cetro y tiara
Príamo usaba, y el bordado arreo
Por damas de Ilion.» Habló Ilioneo.
L.
Suspenso el Rey le escucha; mas no tanto,
Mientras, bajos los ojos, con prolija
Pausa los vuelve, en el purpúreo manto,
Ni en el cetro real la atención fija;
Ideas tales no le ocupan, cuanto
El proyectado enlace de la hija;
Y la voz del oráculo elocuente
Revuelve pensativo allá en su mente,
L A E N E I D A
293
LI.
«Que éste es,» se dice, «el anunciado yerno
Con quien mi cetro he de partir, medito;
El que hará de su raza el nombre, eternos
Y de su imperio el ámbito, infinito»
«Vos el augurio que feliz discierno,»
Exclama luego con gozoso gritos
«Dioses, sellad, y coronad mi idea!
Troyano, en lo que a ti cual pides sea.
LII.
»Ni menosprecio el don. Mientras Latino
Impere, no de fértiles terrenos
Opimos frutos, de Ilion divino
Magnificencias no echareis de menos
Y ¡oh! si unir con el nuestro su destino,
Si hospedaje leal, días serenos
Anhela vuestro Rey, ¿por qué me niega
De verle el gozos y ante mí no llega?
LIII.
»Ojos amigos le verán; y en muestra
De la alianza que firmar decido,
Estrecharé su diestra con mi diestra.
Id, y en mi nombre referidle, os pido,
Que una hija tengo que en la patria nuestra,
Hallar no puede para sí marido;
Con profética voz glorioso abuelo,
Con visiones de horror lo impide el Cielo.
LIV.
»Vendrá yerno extranjero a mi palacio;
Me le anuncia infalible profecía:
En él sus esperanzas finca el Lacio;
V I R G I L I O
294
Y él, su raza empalmando con la mía,
De nuestro nombre llenará el espacio:
Por tal el hado a vuestro Rey me envía;
Créolo, y si es verdad lo que adivino,
Lo anhela el corazón.» Habló Latino.
LV.
Y manda que, uno a uno, a los Troyanos
Lleven sendos caballos: de trescientos
Que en reales cuadras hay, los más lozanos.
Con púrpura y bordados paramentos
Y colleras riquísimas ufanos
Van los ágiles brutos, opulentos
Con el profuso aurífero tesoro.
Y el bocado volviendo, muerden oro.
LVI.
Hermoso carro para el Rey ausente,
Y dos potros con él, despacha luego,
Que, renuevos de eléctrica simiente,
Por la abierta nariz despiden fuego:
Los bridones del Sol secretamente
Sagaz con yegua oculta a fértil juego
Circe movio: fruto éstos de esa traza,
Bastardos brotes son de etérea raza.
LVII.
Así, en regios corceles caballeros
Y de regias mercedes abrumados,
Portadores de paz, ya mensajeros,
Tornaban a su campo los legados.
Partiendo, a la sazón, de los linderos
Argivos, con los céfiros alados
Volando va de Júpiter la esposa
L A E N E I D A
295
En su carro gentil soberbia Diosa.
LVIII.
Y lejos, desde el sículo Paquino,
Ve ledo a Enéas; ve a su gente, dada,
En la tierra a quien fía su destino,
Bases a echar de sólida morada,
Las naves olvidando. En su camino
Paróse adolorida y asombrada
La Diosa, y meneando la cabeza,
Sola consigo a razonar empieza:
LIX.
«¡Oh raza aborrecida! ¡Oh frigios hados,
Por siempre opuestos a los hados míos!
¡Qué! ¿Cautivos quedar, y no estorbados?
¿Eso logran? ¿Sin fuerza, y no sin bríos?
¿Ilesos de sus muros abrasados
Salir, y de las hondas de sus ríos?
¿Y entre aceros y llamas, ruina y muerte,
Hallar camino y restaurar la suerte?
LX.
»¡A bien que de venganzas satisfecha
Yo, o cansada de odiar, desistiría!
Luego que el hado de Ilion los echa,
Prófugos restos, a la mar bravía,
Mi cólera en las olas los estrecha,
Les cierro a toda empresa toda vía,
Y armada, último golpe, les afronto
Con las iras del cielo y las del ponto!
LXI.
»¿Qué me sirvió Caribdis vasta, o Scila,
V I R G I L I O
296
Ni qué las Sirtes? La nación troyana
Libre del mar, respecto a mí tranquila,
Ya el Tibre deseado ocupa ufana.
¡Y a los Lápitas fieros aniquila
Marte! ¡y en manos pone de Diana
Jove a los Calidonios por perdellos!
¿Cuál el gran crimen fue de éstos o aquellos?
LXII.
»¡Y yo, esposa de Júpiter, que empleo
Cuanto recurso da el furor; que ensayo
Cuanto plan dicta el odio, ¿qué granjeo?
¡Ser de Enéas vencida!... ¡Aun no desmayo!
Ajena mano, si en la lid flaqueo,
Irá a encender de mi venganza el rayo;
Y si el Cielo a mover mi voz no alcanza,
Empeñaré al Averno en mi venganza!
LXIII.
»No ya el imperio del país latino,
Ni de Lavinia la ofrecida mano
(Si así inflexible lo ordenó el destino),
Quitar pretendo al príncipe troyano.
Mas yo estorbos sin cuento en su camino,
Yo pondré entre ambas razas odio insano;
A ambos reyes tan caro así les cueste
Ser yerno éste de aquél, suegro aquél de éste!
LXIV.
»La sangre de dos pueblos es tu dote,
Y madrina a tu unión Belona asiste,
Virgen!... Hacha nupcial que incendios brote,
Hécuba, no tú sola concebiste;
Que también de dos pueblos para azote,
De Paris ominoso copia triste,
L A E N E I D A
297
Nació el hijo de Venus. Boda nueva
Ya a Troya renaciente estragos lleva.»
LXV.
Dijo, y el carro la soberbia Diosa
Con rápido descenso inclina a tierra;
Y de aquella región que tenebrosa
Las hermanas frenéticas encierra,
Evoca a la impía Alecto, que rebosa
En fraudes, iras y rencor de guerra;
Que todo crimen e intención dañada
Tiene en ella su nido y su morada.
LXVI.
Horrible es entre monstruos infernales;
Plutón mismo su padre, y las hermanas
Tartáreas la detestan; ¡visos tales
Y tantas apariencias inhumanas
Toma y muda, afligiendo a los mortales
¡En serpientes tan ásperas e insanas
El crin le abunda que su cuello eriza!
Juno a hablarle empezó, y así la atiza:
LXVII.
«Tú sola, hija de la Noche, puedes
Conseguir lo que imploro; ¡oh virgen! fío
Que en tan estrecha coyuntura, vedes
Que sucumba mi honor y el poder mío:
No dejes, tu que, entre nupciales redes
de Latino envolviendo, el albedrío,
A mansalva el troyano río aventurero
Los ítalos confines tome artero.
V I R G I L I O
298
LXVIII.
»Tu ardiente azote altera y tu veneno
Públicos y domésticos enlaces,
Por ti hermanos unánimes, terreno
Sangriento van a disputar: falaces
Tienes mil nombres, artes mil. Tú el seno
Astuto anima, pues: juradas paces
Rompe; discordias siembra: audaz asome
La juventud; pida armas, armas tome!»
LXIX.
Al punto, el, corazón y las miradas
Infectas de ponzoña medusina,
Del Rey a detenerse en las moradas,
Alecto vuela a la región latina:
Mueve en silencio a Amata sus pisadas:
Amata a la llegada repentina
De los Troyanos, y a la ansiada boda
De Turno, su atención dedica toda.
LXX.
En congojas y lloros feme