Ivanhoe

 

Walter Scott


 

CAPÍTULO PRIMERO

 

 

 

Así los dos departen caminando

y los cochinos a despecho guían;

más de esto el gruñir y tardo paso

que van a su pesar sobrado indican.

                                 ODISEA.

 

En aquel hermoso cantón de la dichosa Inglaterra bañado por las cristalinas aguas del río Don se extendía antiguamen­te una inmensa floresta que ocultaba la mayor parte de los valles y montañas que se encuentran entre Sheffield y la encantadora ciudad de Doncaster. Aún existen considerables restos de aquel bosque en las magníficas posesiones de Went­wort, Warncliffe-Park y en las cercanías de Rotherdham. Este fue, según la tradición, el Teatro de los estragos ejecutados por el fabuloso dragón de Wantley; allí se dieron algunas batallas libradas en las guerras civiles, cuando peleó la rosa encarnada contra la rosa blanca, y allí también campearon las partidas de valientes proscriptos, tan celebrados por sus haza­ñas en las populares canciones de Inglaterra.

Este es el principal sitio de la escena de nuestra historia, cuya fecha se refiere a los postreros años del reinado de Ricar­do I, Corazón de León; época en que los deseos de sus vasa­llos, más bien que fundadas esperanzas, hacían creer que regresaría del cautiverio en que le había encerrado la perfidia al volver de Palestina. La nobleza, cuyo poder no conocía freno en el reinado de Esteban, y de la cual toda la gran pru­dencia de Enrique II sólo pudo lograr que conservase cierta muestra de sumisión a la Corona, recobró de pronto su anti­gua insolencia, entregándose a ella con el más imprudente desenfreno. La intervención del Consejo de Estado era mira­da por los nobles con el más alto desprecio: ellos reforzaban sus tropas; fortificaban sus castillos aumentando el número de sus posesiones a costa de los pacíficos vecinos, que, reduci­dos a un estado de vasallaje, ponían el mayor conato para lograr el mando de algunas fuerzas suficientes, a fin de adqui­rir cierto carácter de importancia en la civil discordia por que estaba ya el país amenazado. La Nobleza que seguía a la de los grandes barones, y que, según las leyes de Inglaterra, debía estar a cubierto de la tiranía feudal, llegó a verse en la posición más precaria y expuesta; y los nobles que en catego­ría seguían a los barones eran designados con el nombre de franklines. Estos comúnmente se ponían bajo la protección de algún poderoso vecino, o tal vez aceptaban algún cargo feu­dal en sus castillos, o bien se comprometían a ayudarle en sus proyectos por medio de un tratado de alianza que garantizaba del modo posible su tranquilidad durante cierto término, aun­que a costa de su independencia y de tener que figurar en las arriesgadas empresas que tomaran a su cargo sus protectores; empresas siempre dictadas por el orgullo, la arrogancia o la temeridad. Los franklines, que deseaban librarse de la despó­tica autoridad de los grandes barones observando una con­ducta pacífica y descansando en las leyes del país, aunque holladas las más veces en aquella azarosa época, se veían con­tinuamente perseguidos y arruinados; llegaba la tiranía de los señores feudales a oprimirlos por todos los medios, no faltán­doles nunca pretexto para vejarlos, aunque jamás le hallaban para favorecerlos.

Después de la conquista de Inglaterra por Guillermo, duque de Normandía, seguían la misma conducta opresora; y cuatro generaciones transcurridas no bastaron a mezclar entre sí la sangre de los normandos con la de los anglosajones, ni a inspirarles un mismo lenguaje, ni a unir los intereses de las dos razas enemigas: la una estaba engreída con el orgullo de la victoria, en tanto que la otra lloraba y se abatía por el des­honor del vencimiento. Los nobles normandos se habían hecho dueños del mando después de la famosa batalla de Has­tings, y, según refieren los historiadores, no hicieron de su autoridad el mejor uso. La raza de los príncipes y de nobles sajones había sido despojada o destruida y apenas se encon­traba un sajón que conservara algún dominio de segunda o tercera clase en el país de sus antepasados. La política de Gui­llermo y de sus sucesores fue oprimir y debilitar cada vez más a los antiguos habitantes bien fuese por medios legales o vio­lentos, pues, con justa razón, sólo eran mirados como irre­conciliables enemigos del partido vencedor. Los soberanos de raza normanda, no sólo distinguían con la mayor predilección a los vasallos normandos, sino que introducían a cada momento nuevas leyes sobre la caza y sobre mil otros objetos importantes, que contrariaban visiblemente al antiguo código sajón mucho más benigno, y que manifestaban cuánto era el deseo que tenían de agravar todo lo posible la pesadumbre del yugo que oprimía a los habitantes conquistados. En la corte, en los castillos de la alta nobleza, que era un mezquino reme­do de aquélla, no se hablaba otro idioma que el francés, y este mismo se usaba en los tribunales y juicios; el uso del lengua­e sajón, harto más expresivo y varonil, había quedado sólo para los campesinos y demás clases inferiores, mientras que el francés era el idioma predilecto de la Caballería y de la Justi­cia. Pero la necesidad de comunicarse y entenderse los seño­res del país y los que le cultivaban produjo un dialecto que participaba del francés y del sajón y éste fue el origen verda­dero del actual idioma inglés. En él afortunadamente se con­fundieron los idiomas del pueblo vencedor y del vencido, enriqueciéndose siempre por grados con las adquisiciones que hiciera tomándolas de las lenguas clásicas y alguna vez de las que usan los pueblos del mediodía de Europa.

Esta era exactamente la situación del Estado en la época de que vamos hablando; habiendo durado la memoria de las distinciones nacionales entre los conquistadores y vencidos hasta el reinado de Eduardo III, permanecían sin cicatrizarse las profundas heridas que dejara la conquista, y existía la línea que separaba a los descendientes de los normandos de los sajones.

Caminaba el Sol hacia su ocaso, y hería con sus postreros rayos un hermoso claro descubierto del bosque que indicamos al principio de este capítulo. Millares de antiguas encinas que contaban muchos siglos de antigüedad y que, probablemente, habrían sido testigos de las triunfales marchas de las legiones romanas, extendían sus nudosas ramas sobre una encantadora alfombra de verde césped; con ellas se mezclaban las de los abedules, acebos y otras infinitas de varios árboles altos, cuyo tejido impenetrable interceptaba el paso a la luz. En otros parajes inmediatos se separaban los unos de los otros forman­do largas calles de alamedas en cuyas revueltas se perdía la vista agradablemente y a la imaginación le parecían rústicos senderos que guiaban a otros parajes aún más silvestres y sombríos. Los purpúreos rayos del sol poniente perdían sus fulgidos matices al quebrarse en el verde ramaje, en tanto que, llegando sin obstáculo, en otros sitios más claros brillaban con todo su esplendor. Notábase además abierto un conside­rable espacio que sirvió tal vez en otro tiempo a las supersti­ciosas ceremonias de los druidas, pues sobre la cima de una colina cuya regularidad dejaba entrever la mano industriosa del hombre se divisaba un círculo de toscas piedras sin puli­mento. Siete de ellas estaban colocadas en su antiguo lugar, y las demás probablemente habrían sido arrancadas y dispersas por el celo de los primeros neófitos del cristianismo: sólo una de las mayores llegaba hasta la parte más baja e interceptaba el paso a un arroyuelo cuyas ligeras ondas al superar aquel obstáculo, causaban un dulce murmullo de que antes carecía.

Animaban el rústico paisaje dos personas cuyo porte y vestidos indicaban cierto aire selvático y agreste, con el cual eran distinguidos en tan remotos tiempos los habitantes de los bosques del condado de York en su parte más occidental. El más entrado en años parecía un tosco y grosero aldeano ves­tido muy sencillamente; vestía un gabán con mangas hecho de piel curtida, pero el uso y el roce le habían hecho perder el pelo que en un principio tenía, por lo cual no era fácil calcu­lar a qué especie de animal había pertenecido. Le llegaba desde el cuello a la rodilla, supliendo a lo demás destinado a cubrir el cuerpo del hombre. Tenía el gabán una abertura en la parte superior, por donde pasaba la cabeza, y sin duda se ves­tía del mismo modo que en el día una camisa o en otro tiem­po una cota de malla. Cubrían sus pies unas abarcas sujetas con correas de cuero de jabalí, y otras dos más delgadas subí­an hasta la mitad de las piernas y dejaban descubiertas las rodillas, según lo estilan hoy día los montañeses de Escocia.

Esta especie de gabán estaba ceñido al cuerpo por un cin­turón de cuero cerrado con una hebilla de cobre, y pendiente del cinturón llevaba un saquito y un cuerno de carnero con­vertido en bocina; y asimismo pendía de su cinto un largo cuchillo de monte de ancha hoja, puño de asta, y que fué, sin duda, fabricado en Sheffield. El hombre que vamos descri­biendo tenía la cabeza desnuda y los cabellos partidos en trenzas muy menudas, que la continua acción del Sol había vuelto de color rojo encendido y que contrastaban notable­mente con su barba, de tinte amarillo igual al del ámbar. Sólo falta añadir una circunstancia, que es demasiado importante para olvidarla: lucía un collar de cobre semejante al que usan los perros alrededor del cuello; pero no tenía ninguna abertu­ra, y estaba perpetuamente fijo, aunque bastante holgado para no impedir la respiración ni los movimientos de cabeza. No obstante esto, era imposible abrirle sin recurrir a una lima. En él había grabada esta inscripción en caracteres sajones: "Gurth, hijo de Beowulph, esclavo nato de Cedric de Rother­wood".

Junto a aquel guardián de cerdos (tal era la ocupación de Gurt) estaba sentado en una de las druídicas piedras un hom­bre que aparentaba tener diez años menos, y cuyo vestido, muy semejante por su forma al de su compañero, era más rico y de una extraña apariencia; su túnica era de vivo color de úrpura, y sobre tal fondo se había ensayado su dueño en pin­tar ciertos adornos grotescos de diversos colores. Llevaba además una capa corta que solamente le llegaba hasta la mitad muslo, y era de color carmesí, algo manchada y con ribe­tes amarillos; tan pronto se la colocaba en un hombro como en el otro, o se cubría con ella todo el cuerpo, y atendido su poco vuelo, formaba un ropaje raro y caprichoso. Llevaba adornados  los brazos con unos brazaletes de plata, y tenía un collar exactamente igual al de Gurth, sólo que era del mismo Metal que los brazaletes, y en él se leían estas palabras: "Wamba, hijo de Witless, esclavo de Cedric de Rotherwood.» SU sandalias eran semejantes a las de Gurth; pero en vez de llevar, como éste, las piernas cubiertas con correas entrelaza­das,-llevaba una polaina encarnada y otra amarilla; en la cabe­za tenía una caperuza llena de cascabeles como los que se ponen a los halcones en el cuello de modo que a cada movi­miento que hacía sonaban los cascabeles, y él nunca estaba un minuto en una misma postura. La parte inferior de la caperu­zaestaba guarnecida de una ancha correa cortada en pico, que formaba una especie de corona. Su traje, su fisonomía, que denotaba tanta malicia como atolondramiento, hacían ver que Wamba era uno de aquellos clowns o bufones domésticos que las grandes señores mantenían a su lado para pasar con menos fastidio las horas en que precisamente tenían que habitar sus palacios. De la cintura de Wamba pendía un saquito igual al de Gurth; pero no llevaba bocina ni cuchillo de monte, por el inminente peligro de confiar armas a un hombre de tal espe­cie; así es que en vez del cuchillo llevaba un sable de madera parecido al que usan los arlequines en sus juegos y pantomi­mas.

El aspecto del primer siervo de Cedric era muy diverso de la fisonomía del segundo; la frente de Gurth denotaba estar abatida a fuerza de disgustos; llevaba la cabeza baja, repre­Sentando la indiferencia de un hombre apático, a no ser por el fuego que centelleaba en sus ojos al levantarlos, que indicaba demasiado cuánto sentía la pesadumbre del yugo que le opri­mfa y que alentaba un vehemente deseo de sacudirle. La fiso­nomía de Wamba anunciaba solamente una vaga curiosidad, una necesidad de cambiar de postura continuamente, y su completa satisfacción por el puesto que ocupaba y por la cos­tumbre de que se hallaba revestido.

Hablaban ambos en anglosajón lenguaje que como ya hemos indicado sólo usaban las clases inferiores, a excepción de los soldados normandos y las personas destinadas al servi­cio de la nobleza feudal.

-¡La maldición de San Witholdo caiga sobre esta desdi­chada piara! -dijo Gurth después de haber sonado infinitas veces la bocina para reunir los dispersos cochinos, que sólo contestaban a esta señal con sonidos igualmente melodiosos; pero a pesar de haber oído los llamamientos de su guardián, no por eso dejaron el suntuoso banquete que les ofrecían los fabucos y bellotas con que se cebaban y un lodazal en que se revolcaban deliciosamente.

-¡Sí; la maldición de San Witholdo caiga sobre ellos y sobre mí! ¡Si algún lobo de dos pies no me atrapa parte de la piara esta tarde, consiento en perder el nombre que tengo! ¡Por aquí, Fangs, por aquí! -gritaba a un perro grande, mes­tizo de mastín y lebrel, que corría como para ayudar a su amo a fin de reunir el insubordinado rebaño; pero entonces o por mal enseñado, o porque no llegase a comprender las señas de su amo y se dejara llevar de un ciego furor acosaba en distin­tas direcciones a los cerdos, y aumentaba el desorden, en lugar de remediarle. -¡El Diablo te haga saltar los dientes - continuó Gurth-, y que el padre del mal confunda al guarda­bosque que arranca a nuestros perros sus zarpas delanteras dejándolos inhábiles para hacer su deber!. ¡Wamba, vamos; levántate y ven a ayudarme! Pasa por detrás de la montaña toma la delantera a mi ganado y entonces podremos llevarlos delante como corderillos.

-¿De veras? -respondió Wamba sin mudar de posi­ción-. He consultado a mis piernas acerca de tan delicado asunto, y una y otra son de parecer que no debo exponer mis pomposos vestidos al riesgo de mancharse en ese lodazal, pues eso sería un acto de deslealtad contra mi soberana per­sona y real guardarropa. Te aconsejo, Gurth, que llames nue­vamente a Fangs y que abandones la piara a su destino; por­que, sea que ella caiga en manos de una partida de soldados, de una bandada de contrabandistas o de una caravana de pere­grinos, los animales confiados a tu custodia estarán mañana convertidos en normandos, y esta circunstancia será induda­biemente un consuelo para ti.

-¡Convertidos mis cerdos en normandos! Explícame ese enigma, porque no tengo bastante sutil el entendimiento ni tranquila la cabeza para adivinar misterios.

-¿Qué nombre das a estos animales que gruñen y andan en cuatro pies?

-¡El de cerdos, loco, el de cerdos! Y no hay loco que no diga otro tanto.

-Cerdo es palabra sajona; mas cuando el cerdo está degollado, chamuscado, hecho cuartos y colgado de un gan­cho como un traidor, ¿cómo le llamas en sajón?

-Tocino.

¡Estoy encantado! Y no hay loco que no diga lo mismo, como indicaste hablando de la palabra cerdo. Pero como los normandos denominan tocino a estos animalitos, muertos o vivos, y los sajones sólo los llaman así cuando están muertos, se vuelven normandos en el momento en que se dan prisa a degollarlos para servir en los palacios en los festines de los nobles. ¿Qué piensas de esto, amigo Gurth?

-Que es la pura verdad, tal como ha pasado por tu cabe­za de loco. Sí; es una triste verdad. ¡Por San Dustán, que esto es ya insufrible! Apenas nos queda otra cosa que el aire que respiramos y creo que si los normandos nos dejan respirar, es con el sólo objeto de que sintamos la insoportable carga con que abruman nuestra humillada espalda! Los manjares más delicados y ricos son para sus mesas; para ellos son los recre­os y goces, al paso que nuestra valiente juventud es reclutada para servir en sus ejércitos y en un país lejano, en el cual deja el esqueleto; de modo que apenas se encuentra una persona que pueda y quiera defender al desgraciado sajón. ¡Bendiga Dios a nuestro amo Cedric! Él ha sostenido siempre su rango como un verdadero sajón. Mas Reginaldo "Frente de buey" va a llegar a este país de un día a otro, y hará ver que Cedric se ha tomado tantas fatigas bien inútilmente. ¡Por aquí, por aquí! ¡Bien, Fangs, bien! ¡Has hecho perfectamente tu deber! ¡AI `fin se halla toda la piara reunida!

-Gurth, es preciso que me tengas por un verdadero loco, pues de otro modo no te atreverías a meter la cabeza en la boca del león. Si yo dijese a Reginaldo "Frente de buey" o a Felipe de Malvoisin una sola palabra de las que acaban de pronunciar tus labios, te evitaría el cuidado de conducir al pasto tu piara, porque te colocarían pendiente de la más alta rama de una encina, para que en ti escarmentasen los que se atreven a hablar mal de tan ilustres potentados.

-¡Perro! ¿Serás capaz de hacerme traición, después de haberme puesto tú mismo en el caso de hablar en contra mía?

-¡Hacerte traición! No; esa acción sería de un hombre cuerdo, y un loco no sabe hacer tan buenos servicios. Pero ¿qué cabalgata es la que viene hacia nosotros?

Empezaba a sentirse a lo lejos el ruido que ocasionan las pisadas de varias caballerías reunidas.

-¡Yo no me cuido de eso!-contestó Gurth, que veía reunida su piara, y que con el auxilio de su favorito Fangs la hacía entrar en una de las hermosas alamedas que ya hemos descrito.

-Quiero ver quiénes son esos caballeros: puede que ven­gan del país de las brujas a traernos algún mensaje del rey Oberón.

-¡Mala fiebre te consuma! ¿Tienes ánimo para hablar de semejante cosa cuando nos vemos amenazados de una horri­ble tempestad? ¿No oyes el sordo ruido de los truenos a pocas millas de nosotros? ¿No has visto el brillante resplandor del relámpago, y la lluvia que empieza a desprenderse de las nubes? ¡En verdad que nunca vi más gruesas gotas! No se siente un pequeño soplo de viento, sino el melancólico ruido que hacen las encinas, y que es el más cierto presagio del furioso huracán. Quédate, si quieres continuar haciendo el discreto; pero créeme una vez por todas, y emprendamos el camino, porque va a hacer una noche muy poco a propósito para pasarla en el campo.

Sintió Wamba toda la fuerza de este razonamiento, y acompañando a su camarada, se internó en el bosque después de haber cogido un enorme garrote que encontró al paso. El nuevo Eumeo, precedido por su gruñidora piara, marchó a lar­gos pasos hacia la morada de su dueño.

 

 

 

 

 

II

 

Era un prior no más; pero cualquiera

de ser mitrado le creyera digno.

CHAUCER.

 

A pesar de las continuas reconvenciones de Gurth, Wamba seguía su marcha lentamente, porque cuando oyó que la cabalgata se acercaba a ellos, deseando ver quiénes venían, empezó a aprovechar cualquiera ocasión de detenerse que se >Je presentaba; como a coger alguna avellana no bien madura, o a hablar a cualquiera aldeana que encontraba en el camino.

 

No tardaron en alcanzarlos los caminantes, que eran diez. Al frente de la cabalgata iban dos personas, al parecer de alta importancia, y las otras ocho componían la comitiva de las imeras.

 

Muy fácil era conocer el estado y calidad de uno de los personajes, pues a primera vista se divisaba que era un ecle­siástico de alto rango. Vestía el hábito de la Orden del Cister; ero más fino de lo que sus estrictas reglas permitían, pues era de paño de Flandes. La fisonomía del religioso era regular, y jodo su exterior sumamente agradable, si bien tenía un aspec­to más mundano que místico. Su profesión y su rango habían hecho formar en él una costumbre de dominar su altiva mira­da y su jovial fisonomía, a la que sabía dar cuando lo juzgaba oportuno un aire de solemne gravedad.

Aquel digno eclesiástico montaba una mula perfectamen­te enjaezada y adornada con cascabeles de plata, según la poda de entonces. No iba en la silla con el descuido de un religioso ni con la gallardía de un caballero adiestrado; pare­cía también que había adoptado aquella cabalgadura vulgar por más comodidad para el camino, porque un lego conducía a poca distancia por la brida un hermoso potro andaluz, que Ios chalanes hacían llegar, no sin muchos riesgos, hasta allí; venderlos a gran precio a las personas de distinción. Iba el potro cubierto con un paramento que llegaba a la tierra, y en él estaban bordados diferentes emblemas religiosos. Otro conducía una mula cargada con efectos de su superior, y otros dos monjes de la misma Orden seguían a retaguardia.

El otro personaje que acompañaba al eclesiástico tendría unos cuarenta años de edad, y era flaco, alto, muy vigoroso y de formas atléticas; pero los trabajos y riesgos que debía de haber sufrido y dominado le habían reducido a tal extremo de flaqueza exterior, que sólo aparentaba tener los huesos, los nervios y la piel. Llevaba en la cabeza un gorro de grana forrado en pieles, de manera que nada impedía que se le viese completamente el rostro, capaz de imponer respeto, y aun temor. Sus facciones, muy pronunciadas, estaban enteramen­te atezadas a consecuencia de haber resistido mil veces el sol de los trópicos; se le hubiera creído exento de pasiones, si las gruesas venas de su frente y la velocidad con que convulsiva­mente movía a la menor emoción el labio superior, cubierto de un negro y espeso bigote, no hubieran revelado cuán fácil era suscitar en su corazón el impetuoso huracán de la ira. Sus ojos negros, que arrojaban miradas penetrantes, indicaban cuán grande era su deseo de encontrar obstáculos, para tener el gusto de dominarlos; y una profunda cicatriz, unida a la bizca dirección de la mirada, daba a su cara un aspecto duro y feroz.

Vestía una larga capa de grana, y sobre el hombro dere­cho llevaba una cruz de paño blanco de forma particular: debajo se veía una cota de malla con sus mangas y manoplas tejidas con mucho arte, y que se prestaban con tal flexibilidad a todos los movimientos que parecía de fina seda. Aquella armadura y unas planchas de metal que llevaba en los muslos a manera de las escamas de un reptil completaban sus armas defensivas. En punto a ofensivas, sólo llevaba un largo puñal pendiente de la cintura; montaba un potro, y no una mula, como su compañero, con el fin, sin duda, de reservar su exce­lente caballo de batalla, que conducía un escudero de la rien­da enjaezado como en un día de combate, pues llevaba un frontal de acero que remataba en punta. De un lado de la silla iba pendiente un hacha de armas ricamente embutida, y del otro un yelmo adornado con vistosas plumas, y una larga espada propia de la época. Uno de sus escuderos llevaba la lanza de su dueño con una banderola encarnada, y en ella la blanca cruz, igual a la de la capa; y otro conducía un escudo triangular cubierto con un tapete que impedía ver la divisa del caballero.

A estos escuderos seguían otros dos, cuyo color broncea­do, blanco turbante y vestidos orientales hacían conocer que habían visto la primera luz en el Asia. En fin, el porte y las maneras del caballero y de su comitiva tenían alguna cosa de extraordinario. El vestido de los escuderos era suntuoso, y lle­vaban collares y brazaletes de plata, con unos círculos del mismo metal que tenían en torno de las piernas; éstas en lo demás iban descubiertas desde el tobillo hasta la pantorrilla, como también lo estaban los brazos hasta el codo. Eran sus vestidos de seda, cuya riqueza revelaba la de su amo y hacía claro contraste con la sencillez del traje de aquél. Pendían de se cintura unos sables muy corvos, con empuñadura de oro, sostenidos en ricos tahalíes bordados del mismo metal, y un par de puñales turcos de delicado trabajo. Sobre el arzón de la silla se veían dos manojos de venablos muy acerados por la punta, cuya longitud sería de cuatro pies; arma terrible de que hacían frecuente uso los sarracenos, que aun hoy día sirve en el Oriente para el marcial ejercicio conocido con el nombre de jerrid.

Los corceles en que cabalgaban los escuderos parecían tan extranjeros como los jinetes, pues eran del mismo país, y, por consiguiente, de origen árabe. Su- cuerpo fino y hermosa estampa, sus largas y pobladas crines, sus rápidos y desemba­razados movimientos, formaban un hermoso contraste con los poderosos caballos cuya raza se conocía en Flandes y Nor­mandía para el servicio de los hombres de armas en una época en que el corcel y el caballero iban cubiertos desde el pie a la cabeza con una pesada armadura de acero; de manera que aquellos caballos al lado de los orientales parecían el cuerpo y la sombra.

El aire particular de la cabalgata llamó la atención de Wamba, y aun la de su compañero, hombre más pensador. Este conoció al momento en la persona del monje al prior de la abadía de Jorvaulx, famoso ya muchas leguas en contorno, amante de la caza, de la buena mesa y de las diversiones, a pesar de su estado. No obstante esto, era bien reputado, pues su carácter franco y jovial le hacían bien quisto y le daban franca entrada en todos los palacios de los nobles, entre los cuales tenía no pocos parientes, pues era noble y normando. Las señoras le apreciaban particularmente, porque era decidi­do admirador del bello sexo, y también porque poseía mil recursos para alejar el tedio que se sentía a menudo bajo el elevado techo de un palacio feudal. Ningún cazador seguía con más ardor una pieza, y era conocido porque poseía los halcones más diestros y la jauría mejor de todo el North­Riding; ventaja que le hacía ser buscado por los jóvenes de la primera Nobleza. Las rentas de fa abadía sùfragaban sus gastos, y aun le permitían ser liberal con los pobres y con los aldeanos, cuya miseria socorría a menudo.

Los dos siervos sajones saludaron respetuosamente al prior. Aquéllos se sorprendieron al contemplar de cerca el talante semi-guerrero y semi-monacal del caballero del Tem­ple, así como les chocaron al extremo las armas y el porte oriental de los escuderos; y fué tanta su admiración, que no comprendieron al prior de Jorvaulx, que les preguntó si encontraría por allí dónde alojarse con su compañero y comi­tiva. Pero es tan probable que el lenguaje normando que el prior usó para hacer su pregunta sonase muy mal a los oídos de dos sajones, como dudoso que dejasen de entenderle.

-Os pregunto, hijos míos -volvió a decir el Prior usan­do el dialecto que participaba de los dos idiomas y que ya usa­ban unos y otros para poder entenderse-, si habrá por estos contornos alguna persona que por Dios y por nuestra santa madre la Iglesia quiera acoger y sustentar por esta noche a dos de sus más humildes siervos con su comitiva.

El tono que usó el prior Aymer estaba muy poco confor­me con las humildes palabras de que se sirvió. Wamba levan­tó la vista y dijo:

-Si vuestras reverencias quieren encontrar buen hospe­daje, pueden dirigirse pocas millas de aquí al priorato de Brinxworth, donde atendida vuestra calidad, no podrán menos de recibiros honoríficamente; pero si prefieren consagrar la noche a la penitencia pueden tomar aquel sendero, que con­duce derechamente a la ermita de Copmanhurts, donde halla­rán un piadoso anacoreta que les dará hospitalidad y el auxi­lio de sus piadosas oraciones.

-Amigo mío -contestó el prior-, si el ruido continuo de los cascabeles que guarnecen tu caperuza no tuviera tras­tornados tus sentidos, omitirías semejantes consejos, y sabrí­as aquello de clericus clericum non decimat; es decir, que las personas de la Iglesia no se reclaman mutuamente la hospita­lidad, prefiriendo pedirla a los demás para proporcionarles la ocasión de hacer una obra meritoria honrando a los servidores de Dios.

-Es verdad -repuso Wamba-: disimulad mi inadver­tencia, pues aunque no soy más que un asno, tengo el honor de llevar cascabeles como la mula de vuestra reverencia.

-¡Basta de insolencias, atrevido! -dijo con tono áspero el caballero del Temple-. Dinos pronto, si puedes, el camino que debemos tomar para... ¿Cuál es el nombre de vuestro  franklin, prior Aymer?

-Cedrid -respondió-, Cedrid el Sajón. Dime, amigo: ¿estamos a mucha distancia de su morada? ¿Puedes indicar­nos el camino?

-No es fácil encontrar el camino -dijo Gurt, rompien­do por la primera vez el silencio-. Además, la familia de Cedric se recoge muy temprano.

-¡Buena razón! -contestó el caballero-. La familia de Cedric se tendrá por muy honrada en levantarse para servir y obsequiar a unos viajeros tales como nosotros, que hacemos demasiado en humillarnos a solicitar una hospitalidad que podemos exigir de derecho.

-Yo no sé -dijo Gurt incomodado- si debo indicar el camino del castillo de mi amo a una persona que reclama como derecho el asilo que tantos otros solicitan como un favor.

-¿Te atreves a disputar conmigo, esclavo?

Y aplicando el caballero las espuelas a su caballo, le hizo dar media vuelta; y levantando la varita que le servía de fusta, se dispuso a castigar lo que él miraba como insolencia propia de un villano.

Gurt, sin cejar un solo paso, llevó la mano a su cuchillo de monte, mirando al mismo tiempo al templario con aire feroz; pero el Prior evitó la contienda interponiéndose entre los dos y diciendo a su compañero.

-¡Por Santa María, hermano Brian! ¿Imagináis estar aún en Palestina, en medio de los turcos y sarracenos, entre paga­nos e infieles? Nosotros los insulares no sufrimos que nadie nos maltrate. Dime tú, querido mío, -dijo a Wamba apoyan­do su elocuencia con una moneda de plata; dime el sendero que hemos de tomar para llegar a la morada de Cedric el Sajón. No puedes ignorarlo, y es un deber dirigir fielmente al viajero extraviado, aun cuando fuese de un rango inferior al nuestro.

-En verdad, reverendo padre mío, que la cabeza sarra­cena de vuestro compañero ha trastornado de tal modo la mía, que han desaparecido de mi memoria todas las señas del camino. Creo que a mí mismo me será imposible llegar esta noche.

-¡Vamos, vamos; yo sé que si tú quieres, puedes guiar­nos! Mi venerable hermano ha empleado toda su vida en com­batir con los sarracenos para libertar la tierra santa: es caba­llero de la Orden del Temple, de que tú habrás oído hablar; es decir que es mitad monje y mitad soldado.

-Si es sólo medio monje, no debería ser tan poco razo­nable con los que encuentra al paso cuando éstos no se pres­tan a responder a preguntas que no les conciernen.

-Te perdono la agudeza, a condición de indicarnos la morada de Cedric.

-Sigan vuesas reverencias-dijo el bufón- esta misma vereda hasta llegar a una cruz que llaman caída, sin duda por­que amenaza ruina; en llegando a ella, tomaréis el camino de la izquierda, porque os advierto que hay cuatro que en aquel sitio se cruzan y en seguida llegaréis al término de vuestro viaje por esta noche. Deseo que estéis a salvo antes de que estalle la próxima tempestad.

El Prior dio las gracias a Wamba, y la comitiva partió a galope, como gente que desea verse a cubierto de la intempe­rie en noche rigurosa. Cuando apenas se sentían las pisadas de los caballos, Gurth dijo a su compañero:

-Muy dichosos serán los reverendos si llegan a Rother­wood antes de bien entrada la noche.

-¡Quién lo duda! Y cuando no, pueden llegar a Sheffield, si no encuentran tropiezo, que es un buen sitio para ellos. No soy yo cazador de los que indican al perro donde se esconde el gamo cuando no tienen humor de perseguirlo.

-Haces bien. No fuera razón que ese templario viese a lady Rowena, y peor tal vez sería si con él se trabase de pala­bras Cedric. No obstante esto, nosotros como buenos criados, debemos ver, oír y callar.

En cuanto se alejaron los caminantes continuaron su con­versación en idioma normando-francés, que era entonces la lengua de moda, excepto entre unos cuantos que se jactaban de su origen sajón. El templario dijo al Prior después de un rato de silencio:

-¿Qué significa la insolencia de esos esclavos? ¿Por qué me habéis impedido que los castigase?

-Hermano Brian, con respecto a uno de ellos sería difí­cil daros razón de las locuras que hace, porque es un insensa­to de profesión; en punto al otro sabed que pertenece a esa raza feroz, salvaje e indomable de que os he hablado repeti­das veces, y de la cual todavía se encuentran varios individuos entre los descendientes de los sajones conquistados. Estos rústicos tienen la mayor satisfacción en demostrar por todos los medios su aversión a los conquistadores.

-¡Muy pronto les enseñaría yo a tener cortesía! ¡Soy muy práctico en el manejo de tales salvajes! Los cautivos tur­cos son tan indómitos y rebeldes como pudiera serlo el mismo Odín, y, no obstante, en llevando dos meses de vivir bajo la férula del mayoral de mis esclavos se ponen más man­sos que corderillos, sumisos, serviciales y dóciles a cuanto se les manda. No penséis por eso que desconocen el manejo del puñal y del veneno, y que escrupulizan para echar mano de cualquiera de los dos arbitrios si les dejan ocasión.

-No os digo que no; pero en cada tierra, su uso. Ade­más de que con dar de golpes a ese hombre nada hubiéramos adelantado con respecto a encontrar la casa de Cedric, porque en hallándole os hubiera armado una quimera por haber apa­leado a un vasallo. No apartéis nunca de vuestra imaginación lo que os tengo dicho de ese opulento hidalgo: es altivo, vano, envidioso e irritable en sumo grado; se las apuesta al más encumbrado, y aun a sus dos vecinos, Reginaldo Frente de Buey y Felipe de Malvoisin, que no creo sean ranas en el asunto. El nombre del Sajón, con que generalmente se le designa, procede de la tenacidad con que sostiene y defiende los privilegios de su alcurnia, y de la vanagloria con que hace alarde de su descendencia por línea recta de Hereward, famo­so guerrero en tiempo de los reyes sajones. Se alaba a cara descubierta de pertenecer a una nación cuya procedencia nadie se atreve a confesar por miedo de experimentar la suer­te a que están expuestos los vencidos.

-Prior Aymer, hablando de la hermosa sajona, hija de Cedric, os digo que aunque en punto a belleza seáis tan buen voto como un galán trovador, muy linda debe ser lady Rowe­na para reducirme a guardar la necesaria tolerancia de que debo echar mano a fin de granjearme el favor del indómito Cedric, su padre.

-No, Cedric no es padre de Rowena: es pariente, y no muy cercano. En la actualidad es su tutor, según creo, y ama con tal extremo a la pupila, que no tendría más cariñosa defe­rencia con ella si fuera hija propia. Pero es aún más ilustre la sangre de Rowena; y en cuanto a su hermosura, pronto juz­garéis por vista de ojos. Yo os aseguro que si la belleza de Rowena y la blanda y majestuosa expresión de sus suaves y hermosos ojos azules no aventajan a las beldades de Palesti­na, consiento en que jamás deis crédito a mis palabras.

-Si no corresponde su hermosura a vuestros encomios, mía es la apuesta.

-Mi collar de oro contra diez pipas de vino de Scio; y las tengo por tan mías como si ya estuviesen en las bodegas de mi convento y bajo la llave de nuestro despensero.

-Yo debo juzgar por mí mismo, y convencerme de que no he visto más hermosa mujer desde un año antes de Pente­costés. ¿Son éstas nuestras condiciones? ¡Vuestro collar peli­gra, prior Aymer, y espero que le veáis resplandecer sobre mi gola en el torneo de Ashby de la Zouche!

-Engalanaos en buena hora con él, si le ganáis lealmen­te diciendo sin reserva vuestro parecer y asegurándolo a fe de caballero. De todos modos, hermano Brian, exijo y espero que miréis estas cosas como una inocente diversión. Y pues os empeñáis en llevarla a cabo, seguiré adelante puramente por complaceros, pues no es apuesta que conviene con mi natural circunspección y ministerio. Seguid mis consejos y refrenad la lengua, cuidando de las miradas que dirigís a Rowena: olvi­dad el natural predominio que queréis ejercer sobre todo el mundo de resultas de haber supeditado a tanto mahometano, porque si Cedric el Sajón se enfada, es muy a propósito para plantarnos en medio de la selva sin mirar a nuestro distingui­do carácter. Sobre todo, cuidado con Rowena, a quien él res­peta extraordinariamente. Se dice que ha echado de casa a su hijo único porque se atrevió a declararle su cariño.... quiere que la adoren; pero que sea desde lejos.

-Bastante me habéis dicho, y por esta noche podéis con­tar con mi circunspección y reserva, pues he de estar tan reca­tado y modesto como una doncellita delante de Cedric y su pupila. En cuanto a que nos arroje de su casa, yo, mis escu­deros y mis dos esclavos Hamet y Abdala somos bastante para evitaros esa afrenta. No tengáis duda de que sentaremos nues­tros reales y sabremos defenderlos.

-Con todo, no le demos ocasión para enojarse y... Pero ésta es, sin duda, la cruz caída o ruinosa de que nos habló el bufón; y está tan oscura la noche, que no se puede divisar el camino que nos indicó. ¿No dijo que tomásemos a la izquierda?

-A la derecha, si mal no me acuerdo.

-¡No, no; a la izquierda! Por cierto que designó el cami­no con su espada de madera.

-Pues ahí está vuestro error, porque él tenía la espada en la mano izquierda, y señaló con ella hacia el lado opuesto.

Después de haber sostenido ambos su opinión con tena­cidad llamaron a los de la comitiva para que decidiesen; pero ninguno de ellos había estado a distancia suficiente para oír las señas que el bufón diera. Al fin el templario observó lo que le había impedido ver la oscuridad del crepúsculo.

-Alguien hay -dijo dormido o muerto al pie de la cruz- ¡Hugo, despiértale con el asta de tu lanza!

Apenas puso Hugo en ejecución el mandato de su amo  cuando se puso en pie el que estaba dormido, y dijo en buen francés:

¡Quienquiera que seáis, pasad adelante en vuestro camino, y advertir que no es cortesía distraerme de tal modo de mis pensanientos!

-Sólo deseamos saber -dijo el Prior- cuál es el cami­no de Rotherwood, la hacienda de Cedric el Sajón.

-Precisamente a ella me dirijo en este momento. Si me proporcionáis un caballo, os serviré de conductor por este camino, que, aunque le conozco perfectamente, no deja de ser intrincado y difícil.

-Nos harás un gran servicio, y no te arrepentirás de ello.

En seguida dispuso que uno de los legos montase en el potro andaluz y diera su caballo al peregrino que iba a servir­les de guía. Este tomó el camino opuesto al que Wamba había indicado, con la idea, sin duda, de alejarlos de la morada de Cedric. Concluyó la vereda en una espesísima maleza, des­pués de varios arroyos cuyo paso era bastante peligroso por los muchos pantanos que por allí atravesaban; mas el extran­jero conocía perfectamente los sitios más cómodos y los vados menos expuestos. Por fin, gracias a su extraordinario tino, los caminantes llegaron a un terreno ancho y más agra­dable que los anteriores, y en cuanto estuvieron en él divisa­ron un edificio bajo e irregular, aunque vasto.

-Allí -dijo el peregrino señalando la gran casa­ tenéis a Rotherwood: aquella es la morada de Cedric el Sajón.

Ninguna noticia pudiera complacer más en aquella oca­sión al Prior. Sus nervios eran harto delicados y sensibles para que no se resintiesen con los continuos peligros que en el camino habían superado: tan preocupada llevaba la imagina­ción por el miedo, que no había osado preguntar una palabra a su conductor.

Mas en el momento que vio el término de su viaje olvidó su pavor, y preguntó al luía cuál era su oficio o profesión.

-Soy un peregrino que llego de visitar los Santos Luga­res.

-¿Y cómo conocés tan perfectamente estas intrincadas veredas después de una ausencia tan dilatada?

-Nací en estos contornos.

Al decir estas palabras se paró el peregrino a la puerta de la residencia de Cedric la cual constaba de un edificio de desordenada estructura, que ocupaba enorme cantidad de terreno y estaba rodeado de vastos cercados. Sus dimensiones anunciaban la opulencia de su dueño, si bien carecía del gusto que con profusión se vea en los castillos de los normandos, flanqueados de torres según el nuevo estilo arquitectónico que empezaba ya a dominar  en aquella época.

No obstante esto, Rotherwood no dejaba de tener defen­sa, puesto que en aquella época de revueltas y disturbios no había vivienda que no tuviese alguna, so pena de ser saquea­da o incendiada. En tomo de la casa había un gran foso o zanja, que era llenado con el agua de un vecino arroyo. Tenía dicho foso su correspondiente estacada, y en la parte occiden­tal de su circuito había un puente levadizo que comunicaba con la interior defensa. Para proteger esta comunicación se habían fabricado unos ángulos salientes por los cuales podía ser flanqueado con ballesteros y fundibularios en caso de necesidad.

El caballero del Temple tocó con fuerza la bocina colo­cada en la puerta, y la c4balgata se introdujo apresuradamen­te en la casa de Cedric, porque el agua empezaba a caer con extraordinaria violencia.

 

                                                          

                                                         III

 

 

Yo conozco esta costa árida y fría

donde nace el sajón, robusto y fuerte.

THOMSOM.

 

En un salón de dimensiones desproporcionadas había una gran mesa de encina hecha de enormes tablas poco menos tos­cas que en el tiempo en que fueron cortadas del bosque por la robusta mano del leñador, y encima de ella se veía todo pre­parado para la cena de Cedric el Sajón. El techo, formado de gruesas vigas y estacas, servía muy poco para preservarse de Ia intemperie, a pesar del ramaje que estaba entretejido con la armazón. En cada extramo de la sala había una gran chimenea tan mal construida, que el humo se esparcía por la sala en mayor cantidad que la que salía por el conducto; de suerte que el techo estaba del mismo modo que si le hubieran cubierto con un barniz negro. Pendían de las paredes varios instru­mentos de caza y guerra, y en cada ángulo había una puerta que daba entrada a las habitaciones interiores de aquel vasto edificio.

En toda la casa se divisaba la primitiva sencillez de los sajones; sencillez a que se conformaba Cedric, y aun se vanagloriaba de conservarla. El pavimento estaba hecho con una mezcla de tierra y cal, tan compacta y endurecida, que semejaba al estuco. En un lado estaba más alto el piso, for­mando un estrado que ocupaba la cuarta parte de la sala, sitio al cual se le daba el nombre de dosel, que sólo podía ser ocu­pado por los principales miembros de la familia, y alguna vez por las personas que iban a visitar a aquélla y que por su carácter eran dignas de que se les dispensara tal honor. Con este objeto había una mesa colocada a lo ancho de la plata­forma y cubierta con un rico tapete de grana, y del centro salía otra más larga que ocupaba toda la longitud de la sala, y'estaba destinada para los huéspedes de clase inferior y los criados de más rango. La construcción de las dos mesas representaba la forma de una T, y eran totalmente iguales a las que aún se conservan en los antiguos colegios de Oxford y de Cambridge. Sobre el estrado estaban colocados volumi­nosos sillones de encina groseramente esculpidos y cubiertos por un_ verdadero dosel de paño colocado en el sitio de pre­ferencia para defender de la lluvia a los que en él se coloca­ban, pues el agua se colaba a través de techo tan mal cons­truido.

Las paredes de la sala donde estaba colocada la platafor­ma se hallaban adornadas con una tapicería toscamente bor­dada y de encendidos colores; el resto de las paredes, como también el suelo, estaba desnudo; la mesa inferior no tenía mantel de ninguna especie, y los asientos que la rodeaban eran bancos de tablones sin pulir.

El medio del estrado estaba ocupado por dos sillones de mayor tamaño que los demás, para el amo y ama dela casa; que presidían siempre aquella escena de hospitalidad, por cuya razón eran llamados los repartidores del pan. Delante de cada sillón había un escabel ricamente incrustado y guarneci­do de marfil, y en los demás asientos no había distinción de ninguna especie. Cedric el Sajón ocupaba su puesto ya hacía largo rato, y su impaciencia era grande por la tardanza que notaba en servirle la cena.

Bastaba ver la fisonomía de Cedric para conocer que tenía carácter franco, pero al mismo tiempo vivo e impetuoso. Era de mediana talla, ancho de espaldas, de largos brazos, for­nido y robusto como hombre acostumbrado a desafiar los peligros y fatigas de la guerra y de la caza. Sus ojos eran azu­les; sus facciones, abiertas; bella la dentadura, y todo su aspecto indicaba, en fin, que muchas veces era dominado por el buen humor que generalmente acompaña a los genios vivos. Casi siempre sus miradas inspiraban orgullo y recelo, nacido de la precisión en que toda su vida se había encontra­do de defender con las armas sus derechos, invadidos a menu­do en aquella época de desorden: de aquí resultaba que su carácter vivo y resuelto estaba siempre alerta y pronto a entrar en combate. Sus largos cabellos rubios estaban divididos por la parte superior de la cabeza desde la frente, cayéndole por ambos lados sobre los hombros. Tenía muy pocas canas, a pesar de que frisaba su edad en los sesenta.

Su traje se componía de una túnica verde, cuyo cuello y mangas estaban guarnecidos de una piel como de ardilla ceni­cienta.

Este ropaje carecía de botones y estaba colocado sobre otro de grana, pero más estrecho. Los calzones eran de lo mismo, y sólo llegaban hasta medio muslo, dejando descu­bierta la rodilla. Las sandalias eran iguales en su forma a las de la gente inferior, pero hechas de materiales mucho más finos, y ajustadas con broches de oro: de igual metal eran los brazaletes y una ancha argolla que adornaba su cuello. Por cinturón llevaba un rico talabarte adornado costosamente con diversas piedras preciosas, y de él pendía un largo puñal pun­tiagudo y de dos filos. Sobre el respaldo de su sillón colgaba una capa de grana forrada de pieles, y un gorro también de grana y pieles con vistosos bordados; estas dos prendas com­pletaban el traje de calle del opulento Thané. En el mismo sillón estaba apoyada una aguda jabalina, que así le servía de arma como de bastón, según lo exigían las circunstancias.

Los vestidos de los criados eran un término medio entre los ricos de Cedric y los harto humildes que Gurth el porque­ro usaba: todos se dedicaban en aquel momento a espiar los movimientos de su amo, para servirle con la prontitud que exigía. Los de escalera arriba estaban colocados sobre la pla­taforma, y en la parte inferior de la sala había varios, también en expectativa. A'n había en el salón otros empleados de menos distinción, tales como dos o tres descomunales masti­nes que cazaban maravillosamente los ciervos y zorros, igual número de perros de menos corpulencia, muy notables por su enorme cabeza y largas orejas, y un par de ellos mucho más pequeños que sólo servían para meter bulla y ensuciarlo todo.

Esperaban los perros la cena con tanta impaciencia como el que más; pero se mantenían quietos y sin mostrarla, sin duda por respeto a un cierto látigo que acompañaba a la jaba­lina que indicamos: indudablemente, mantenía los deseos a raya, pues Cedric lo usaba a menudo para rechazar las impor­tunidades de sus cortesanos canes, y éstos, con la sagacidad y conocimiento fisonómico peculiar a esta raza de animales, conocieron por el sombrío silencio de su amo que el momen­to no era oportuno para quejas y reclamaciones. Solamente un perro viejo, el decano, probablemente, entre tantos, se toma­ba la libertad, propia de un favorito, de colocarse junto al sillón de Cedric, y de rato en rato osaba distraerle poniendo la cabeza sobre la rodilla de aquél. El ceñudo amo sólo respon­día: «Abajo, Balder; abajo, que no estoy para fiestas!»

Es cierto que le dominaba el mal humor. Acababa de llegar lady Rowena, que había ido a vísperas a una iglesia dis­tante, y venía inundada por el aguacero que siguió a la tor­menta que estalló cuando atravesaba el largo camino. Se ignoraba el destino de la piara confiada a Gurth, porque tar­daba demasiado en regresar, y en aquellos tiempos nada de extraño tenía que o bien los bandidos o cualquiera barón poderoso se hubiera apropiado la hacienda de Cedric, porque en época tan triste no había más derecho de propiedad que la fuerza. La tardanza de Gurth le desazonaba tanto más, cuanto que la riqueza de los hidalgos sajones consistía muy princi­palmente en grandes piaras, especialmente en los países mon­tuosos y abundantes del pasto que los cerdos necesitan.

También aumentaba su fastidio la falta de su favorito Wamba, cuyas bufonadas daban siempre animación y acom­pañaban a los copiosos tragos de vino con que Cedric regaba la cena. Añádase además que el franklin no había probado nada desde mediodía, y esto es terrible para un noble de aldea. Expresaba su desagrado con palabras entrecortadas que pro­nunciaba entre dientes, las cuales se dirigían generalmente a los criados. El copero le presentaba de rato en rato una gran copa de vino, que, sin duda, le administraba como poción cal­mante. Cedric aceptaba sin repugnancia la medicina, y des­pués de apurar la copa exclamaba:

-Pero ¿por qué tarda tanto lady Rowena?

-Está mudándose los vestidos --contestó una camarera con toda la satisfacción de una favorita-. ¿Queríais por ventura que asistiese a la cena con la gorra de noche? ¡Pues a fe que en todo el condado no hay una dama más viva para ves­tirse que mi señorita!

A tan concluyentes razones el Thané sólo respondió con una interjección, a la que añadió:

-Espero que si su devoción la llama otra vez a la iglesia de San Juan, elegirá tiempo más a propósito. Pero ¡con dos mil diablos! -continuó, volviéndose hacia el copero, y valiéndose de aquella ocasión para hacer estallar su cólera-. ¡Con dos mil diablos! ¿Qué hace Gurth? ¿Qué razón puede tener para estar a estas horas fuera de casa? ¡Mala cuenta dará hoy de la piara! Siempre ha sido fiel y cuidadoso, y yo le había destinado para mejor puesto. Tal vez una plaza de guar­da...

-Aun no es muy tarde -contestó modestamente Oswal­do-: apenas hace una hora que ha sonado el cubre fuego.

-¡El Diablo se lleve al cubre fuego, al bastardo que le inventó, y al degenerado esclavo que pronuncia tal palabra en sajón y delante de sajones! ¡El cubre fuego, sí; el cubre fuego, el toque que obliga a que los hombres de bien apaguen su fuego y sus luces, para que los asesinos y salteadores puedan "hacer sus infamias bajo el patrocinio de las tinieblas! ¡El cubre fuego! ¡Reginaldo "Frente de buey" y Felipe de Mal­voisin saben perfectamente el significado de tan odiosas palabras! ¡Sí; tan bien como Guillermo el Bastardo y como los demás aventureros que pelearon en Hasting! Yo apuesto cuanto poseo a que mis bienes han pasado ya a manos de algunos bandidos que son harto protegidos por los conquista­dores, y que no tienen otro recurso para no morirse de hambre que el del cubre fuego. Mi fiel vasallo habrá perecido a sus manos; mis ganados desaparecieron, y... ¿Wamba? ¿Dónde está Wamba? ¿Quien ha dicho que había salido en compañía de Gurth?

-Así es -respondió Oswaldo.

-¡Mejor que mejor! ¡Bueno es que un loco de un rico sajón vaya a divertir a un señor normando! ¡En verdad que demasiado locos somos nosotros en estarles sumisos; y a'n somos más dignos de desprecio, puesto que los sufrimos estando en nuestros cinco sentidos! ¡Más yo me vengaré! - dijo lleno de cólera y empuñando la jabalina-. ¡Yo elevaré mi queja al Gran Consejo, en el cual tengo amigos y partida­rios! ¡Desafiaré uno a uno a los normandos, y pelearé cuerpo a cuerpo con ellos! ¡Que vengan, si quieren, con sus cotas de malla, sus cascos de hierro y con todo lo demás que puede dar valor a la misma cobardía! ¡Obstáculos infinitamente mayo­res he vencido yo con una jabalina igual a la que tengo en la mano! ¡Sí; con una igual he traspasado planchas más espesas que sus armaduras! ¡Me creen viejo, sin duda; mas ellos verán que la sangre de Hereward circula aún por las venas de Cedric! ¡Ah, Wilfredo, Wilfredo! -dijo en tono muy bajo y como hablando consigo mismo-. ¡Si hubieras sabido refre­nar tu insensata pasión, no se vería tu padre abandonado-en su vejez, como en medio del bosque la solitaria encina, oponien­do solamente contra la violencia del impetuoso huracán sus débiles ramas!

 

Estas últimas ideas cambiaron en tristeza la cólera de Cedric, dejó la jabalina donde antes estaba, se recostó en su sillón, y al parecer, dio libre curso a sus melancólicas refle­xiones.

De pronto se oyó el sonido de una trompa, el cual distra­jo a Cedric de sus pensamientos: los aullidos de todos los infi­nitos perros que había en el salón contestaron a la llamada, unidos a los de otros treinta más que guardaban exteriormen­te el edificio. Al fin la canina insurrección se calmó mediante la poderosa influencia del látigo, que no anduvo ocioso duran­te aquella escena de estrépito.

-¡Corred a la puerta todos! -exclamó Cedric luego que se restableció el silencio- ¡Sin duda, vienen a noticiarme algún robo cometido en mis posesiones!

A poco tiempo volvió uno de sus guardas, y le anunció que Aymer, prior de Jorvaulx, y el caballero Brian de Bois­Guilbert, comendador de la valiente Orden de los Templarios, con una pequeña comitiva, solicitaban hospitalidad por aque­lla noche, pues iban al siguiente día a dirigirse al torneo que se preparaba en Ashby de la Zouche.

-¡Aymer; el prior Aymer! ¡Brian de Bois -Guilbert! murmuró Cedric-. Los dos son normandos. ¡No importa! ¡Sean sajones o normandos, la hospitalidad de Cedric a todos se extiende! Sean bien llegados; y pues desean descansar, aquí pasarán la noche.... aunque estimaría más que fueran a pasarla a otra parte. Pero no murmuremos por lo que no lo merece; al menos, estos normandos que van a ser favoreci­dos por un sajón serán comedidos y prudentes. Marcha, Hun­deberto, -dijo al mayordomo, que estaba a espaldas del sillón con una varita blanca en la mano; toma seis criados, y sal a recibir a esos extranjeros: llévalos a la hospedería. Cui­dad de sus caballos y de sus mulas, y que no se extravíe cosa alguna de sus equipajes. Dadles ropa para mudarse si la necesitan, poned buen fuego en las chimeneas de sus respec­tivos cuartos, y ofrecedles refrescos. A los cocineros, que aumenten la cena con todo lo que puedan, y que la mesa esté pronta para cuando ellos bajen a cenar. Diles, Hundeberto, que Cedric les saluda y que siente no poder presentarse a darles la bienvenida, pues un voto le obliga a no adelantar tres pasos más allá del dosel para recibir a quien no tenga sangre sajona en las venas. Anda; cuida de todo, y que nunca puedan decir que el Sajón ha dado muestras de miseria y avaricia.

Salió el mayordomo con los seis criados para obedecer puntualmente las órdenes de su amo.

-¡El prior Aymer! -dijo Cedric mirando a Oswaldo-. Hermano si no me engaño, de Gil de Mauleverer, hoy señor de Milddleham.

Oswaldo inclinó con respeto la cabeza, como para dar a entender que así era. Cedric continuó:

-Su hermano ocupa el sitio y usurpa el patrimonio de aquel Ulfar de Middleham que era de mucho mejor raza que la suya. Pero ¿qué lord normando no hace otro tanto? Dicen que el Prior es jovial y más amigo de la trompa de caza que de otras cosas. ¡Vamos, que lleguen en buena hora a mis Esta­dos! ¿Y cómo se llama ese templario?

-Brian de Bois -Guilbert.

-¡Bois-Guilbert! -dijo Cedric con tono distraído, pues, como acostumbrado a vivir con inferiores, parecía más bien que hablaba consigo mismo, y no que dirigía la palabra a otro-. El nombre de Bois Guilbert es conocido, y de tal templario se dice mucho malo y mucho bueno. Dicen que es valiente como el que más lo sea entre los templarios; más es también altivo, orgulloso, arrogante, cruel, desarreglado de costumbres, de corazón empedernido, y que nada teme ni res­peta en la Tierra y en el Cielo: esto es lo que dicen de él los pocos caballeros que han regresado de la Tierra Santa. Pero ¡cómo ha de hacerse! Al fin, es solo por una noche. ¡Sea tam­bién bien venido! Oswaldo, taladrad el mejor tonel de vino añejo, preparad el mejor hidromiel, la sidra más espumosa, el morado y el picante más oloroso. Colocad en la mesa las mayores copas, porque los viajeros gustan de lo fino y de la mayor medida, mucho más si son templarios y priores, como gente de rango. Elgitha, di a lady Rowena que si no quiere asistir al banquete, puede cenar en su aposento.

-Antes bajará con mucho gusto -respondió pronta­mente la camarera-. Su mayor deseo es enterarse de las últi­mas noticias de Palestina.

Cedric lanzó una fulminante mirada a la atrevida Elgitha, y se contentó con esto porque lady Rowena y cuanto le perte­necía gozaba de los mayores privilegios en la casa y estaba a salvo de su cólera.

-¡Silencio -le dijo-, y enseñad a vuestra lengua a ser discreta! ¡Dad mi recado, y haga vuestra señora lo que guste! ¡En esta casa, al menos, reina sin obstáculos la descendiente de Alfredo!

Elgitha se retiró sin replicar.

-¡Palestina, Palestina! ¡Con cuánto interés se escuchan las nuevas que de allá nos traen los enviados y peregrinos! También yo debiera escucharlas con ardiente interés. ¡Pero no! ¡El hijo que me desobedece, no es mi hijo! ¡Su suerte me interesa menos que la del último de los cruzados!

Una sombría nube cubrió el rostro de Cedric; bajó la cabeza, y clavó en el suelo sus abatidas miradas. A poco rato se abrió la puerta principal del salón, y los huéspedes entraron en él, precedidos por los criados con hachas encendidas y el mayordomo con tu varita blanca.

  

 

 

 

IV

 

 

...Para alegrar la fiesta,

llenan la copa de espumante vino.

ODISEA,

 

 

                                                                 XXI

 

El prior había aprovechado aquella ocasión en que tenía necesidad de mudarse de ropa, para ponerse cierta túnica de un tejido finísimo y costoso, y encima de ella, un manto mag­níficamente bordado. Llevaba una rica sortija, símbolo de su dignidad, y un crecido número de anillos de oro y preciosas piedras cubrían además sus dedos. Las sandalias eran de finí­simo cuero de España; estaba su barba dispuesta en trenzas menudas del tamaño que la Orden del Coster permitía, y lle­vaba la tonsura cubierta con una gorra o capucha de grana bordada.

El caballero del Temple había dejado el traje de camino para ponerse otro más rico y elegante. En vez del camisote de malla vestía una túnica de color de púrpura guarnecida de ricas pieles, y encima de aquélla, el albo manto de su Orden con la cruz de ocho puntas y de terciopelo negro. Llevaba la cabeza desnuda y poblada de espesos rizos como el azabache: su persona y sus modales eran majestuosos, si bien los afeaba algún tanto su habitual orgullo, nacido del ejercicio de una autoridad ilimitada.

Los dos personajes iban seguidos de sus respectivas comitivas, y a mayor distancia iba el desconocido que les había seguido de guía. En su aspecto nada se notaba de parti­cular sino el regular atavío de un peregrino. Vestía un ropón negro de sarga muy tosca, una esclavina y sandalias atadas con cuerdas, un sombrero con varias conchas colocadas en sus grandes alas, largo bordón con regatón de hierro, y un pedazo de palma en la parte superior. Entró en el salón en ade­mán modesto detrás de los últimos criados, y observando que apenas había puesto libre en la mesa inferior, eligió otro en una de las chimeneas, a cuyo calor benéfico se puso a secar sus ropas, aguardando que el caritativo mayordomo le envia­se algún alimento a aquel sitio, que por humildad había toma­do.

Se levantó Cedric con afable semblante y descendió tres pasos más allá de la plataforma, deteniéndose allí para aguar­dar a que los huéspedes llegasen.

-Siento mucho, reverendo prior, que mis votos me impi­dan llegar hasta la puerta de la mansión de mis padres para recibir a tan dignos y respetables huéspedes como vos y ese valiente caballero del Temple. Mi mayordomo os habrá hecho presente la causa de esa aparente descortesía. Os ruego tam­bién que me perdonéis si hablo en mi lengua natal y si os pido que en ella nie contestéis, si no os es desconocida: en este últi­mo caso, yo entiendo el normando, y podré, me parece, res­ponderos a lo que me preguntéis.

-Los votos -contestó el prior- deben cumplirse  escrupulosamente; y en punto al idioma de que hemos de ser­virnos, usaré el mismo que mi respetable abuela Hilda de  Middleham.

Cuando el prior concluyó estas conciliadoras palabras dijo el templario con enfático tono:

-Yo hablo siempre el francés, que es el idioma que usa el rey Ricardo y su Nobleza; pero conozco el inglés lo sufi­ciente para poder entender y contestar a los naturales del país.

Cedric arrojó sobre él una mirada de fuego y de cólera, excitada por la odiosa comparación de las dos naciones riva­les; mas como recordara los deberes de la hospitalidad, con­tuvo su resentimiento y señaló a sus huéspedes los puestos que debían ocupar, que eran inferiores, pero inmediatos al suyo: en seguida mandó a los criados que sirviesen la cena.

En tanto que los criados se ocupaban en obedecer a su dueño con prontitud, divisó a lo lejos a Gurth con su com­pañero Wamba, que acababan de asomar a la puerta del salón.

-¡Enviadme aquí esos malandrines! -gritó el Sajón­ ¿Cómo es esto, villanos? ¿Qué habéis hecho fuera de casa hasta tan tarde? Y tú, bellaco, ¿qué has hecho de la piara? ¿La has dejado en manos de los bandidos?

-Salvo vuestro mejor parecer, la piara está segura y entera.

-¡Mi mejor parecer hubiera sido que no me tuvieses aquí tres horas pensando vengarme de unos vecinos que en nada me han ofendido! ¡Yo te aseguro que el cepo y los gri­llos castigarán la primera de éstas que vuelvas a hacerme!

Gurth, que conocía el fuerte carácter de su amo, no quiso disculpar su falta; mas Wamba, que gracias a su destino de bufón contaba con la indulgencia de su amo, tomó la palabra por y a nombre de su compañero.

-Por cierto, tío Cedric, que no dais muestras de ser sabio y razonable... por esta noche.

-¡Silencio, Wamba! ¡Si continúas tomándote esas liber­tades, yo te enviaré alojado al cuarto del portero, donde reci­birás una buena zurra!

-Dígame tu sabiduría si es justo que los unos paguen las culpas de otros.

-No, ciertamente.

-Pues si no es justo, tampoco lo es que el pobre Gurth sufra la pena, cuando el delito es de su perro Fangs. Y por cierto que no hemos perdido un instante de tiempo en el cami­no después que la piara estuvo reunida, y Fangs no había podido acabar esta operación cuando sonó el último toque de completas.

-Si es la falta de Fangs, mátale, Gurth, y provéete de otro perro mejor.

-Con vuestro permiso, tío nuestro: también eso será injusto -añadió el bufón-. Fangs es inocente, puesto que está cojo e inútil para correr tras el ganado. Quien tiene la culpa de todo es quien le arrancó las uñas delanteras. ¡Y a fe, a fe que si hubieran consultado al mismo Fangs acerca de tan caritativa operación, creo que hubiera votado en contra!

-¡Estropear a un perro de mi esclavo! -exclamó furio­so Cedric-. ¿Quién ha osado hacerme semejante ultraje?

-¿Quién puede ser, sino el viejo Huberto, guardabosque de sir Felipe de Malvoisin? Halló al perro en el coto de su amo, y le castigó por tamaño desacato.

-¡Lleve el Diablo a Malvoisin y a su guardabosque! ¡Yo les haré ver que la vigente Ordenanza de montes no habla con su coto! ¡Basta por ahora! Anda a tu puesto. Y tú, Gurth, toma otro perro para la piara; y si el guarda se atreve a tocarle el pelo, nos veremos las caras. ¡Mil maldiciones caigan sobre mí  si no le corto el dedo pulgar de la diestra y le impido que vuel­va lanzar una flecha! Dispensadme, mis dignos huéspedes: aquí nos vemos rodeados de infieles, peores tal vez que los fue habéis visto en la Tierra Santa, señor caballero. La cena nos aguarda: servíos y supla la buena voluntad a la pobreza del banquete.

Sin embargo, la cena tal cual era no necesitaba excusa, los platos que cubrían la mesa contenían jamón adereza­ de varios modos, gallinas, venado, cabra, liebre, distintos pescados, pan, tortas de harina y dulces, compotas, pasteles de caza y otros diversos postres hechos, como compotas de fru­tas y miel. Además de los platos que hemos indicado andaban a la redonda unos grandes asadores en los cuales iban enroscadas infinitas clases de pájaros delicados, de los cuales cada uno tomaba a su gusto. Delante de cada persona de distinción había un gran vaso de plata; los de clase inferior bebían en copas debasta.

Empezaban a cenar, cuando el mayordomo, levantando la blanca vara y alzando la voz, dijo:

-¡Plaza a lady Rowena!

           En seguida se abrió una puerta lateral y penetró en el salón lady Rowena, acompañada de cuatro camareras. A pesar de que recibió gran disgusto con la aparición de su pupila ante aquellos extranjeros, Cedric se adelantó a recibirla, y la acom­pañó con toda ceremonia y cortesía al asiento destinado a la dueña de la casa, que era el sillón colocado a la derecha del de Cedric. Todos se pusieron en pie, y ella respondió con una graciosa reverencia al universal saludo; pero a'n no había lle­gado a ocupar el sillón, cuando el templario dijo al Prior:

           -¡No llevaré yo vuestra cadena de oro en el torneo! ¡Es vuestro el vino de Scio!

-¿No os lo decía yo? ¡Más moderaos, que el Franklin nos observa!

Acostumbrado Bois-Guilbert a dar libre curso a los impulsos de su voluntad, se hizo sordo a la advertencia de Aymer, y continuó con los ojos fijos en la noble sajona, cuya hermosura le parecía más sublime porque en nada se aseme­jaba a la de las sultanas de Levante.

Era Rowena de elevada estatura, aunque no excesiva, de proporciones exquisitas y conformes a las que generalmente gustan más en las personas de su sexo. Tenía el cabello rubio; pero el majestuoso perfil de la cabeza y facciones corregía la insipidez de que adolecen la mayor parte de las que son rubias. El azul claro de sus ojos y las graciosas pestañas, de color más subido que el cabello, realzaban su hermosura y daban una interesante expresión a las miradas, con las cuales inflamaba y dulcificaba los corazones, mandaba con imperio o suplicaba con ternura. La amabilidad estaba pintada en su noble sem­blante, si bien el ejercicio habitual de la superioridad y la cos­tumbre de recibir homenajes le habían hecho adquirir un aire de elevación y dignidad que armonizaba perfectamente con el que había recibido de la Naturaleza. Esta tenía tanta parte en los profusos rizos que adornaban su cabeza como el arte de la hábil camarera, que los había entrelazado con piedras precio­sas; el resto del cabello iba suelto, tanto para demostrar el alto nacimiento cono la libre condición de la doncella. Pendía de su cuello una hermosa cadena de oro con un pequeño relicario del mismo metal, y llevaba los brazos desnudos, adornados con ricos brazaletes. Vestía unas enaguas y vaquero verde mar, y encima un ancho y larguísimo traje. Las mangas de éste eran muy cortas, y todo él de exquisito tejido de lana. Llevaba pen­diente de la cintura un velo de seda y oro que podía servirle de mantilla a la española si quería cubrirse el rostro y el pecho, o, en el caso contrario, adornar el traje con airosos pabellones en derredor de su-talle.

Cuando observó lady Rowena la fija atención con que la miraba el caballero del Temple, no agradándole una libertad que pasaba de la raya, se cubrió con el velo, dando a entender con su ademán majestuoso cuánto la ofendía la poco atenta manera de aquel extranjero. Cedrid, que notó lo que pasaba, le dijo:

-Señor templario, las mejillas de nuestras nobles sajo­nas están tan poco acostumbradas al Sol, que no pueden tole­rar a gusto las miradas de un cruzado.

-Os pido perdón si en algo he faltado; es decir, pido per­dón a esta dama, porque mi humildad no puede extenderse más allá.

-Lady Rowena -dijo Aymer- nos castiga a todos, cuando sólo mi amigo es el culpable. Yo espero que no sea tan rigurosa cuando honre con su presencia el torneo de Ashby.

-Aun no se sabe si iremos -contestó Cedric-; porque, a decir verdad, no me gustan esas vanidades, ignoradas en tiempo de mis padres, cuando Inglaterra era libre.

-Tal vez -añadió el Prior-os decidiréis, aprovechan­do la ocasión de ir acompañado. No estando los caminos seguros, es muy digna de aprecio la escolta de un caballero como sir Brian de Bois-Guilbert.

-Señor Prior-dijo el Sajón-, siempre que he viajado por esta tierra he ido sin más escolta que mis criados y sin otro auxilio que mi espada. Si acaso me determinara a asistir al torneo de Ashby de la Zouche, iré en compañía de mi veci­no y compatriota Athelstane de Coningsburgh, y no haya miedo que nos asalten bandidos ni barones enemigos. Bebo a vuestra salud, padre Prior, y os doy gracias por vuestra cor­tesía; haced la razón, que yo espero no os desagrade este licor.

-Y yo -dijo el caballero del Temple llenando su vaso- bebo a la salud de lady Rowena; porque desde que tal nombre es conocido en Inglaterra, ninguna señora le ha lleva­do que merezca más dignamente este tributo. Bajo mi palabra aseguro que perdono al desgraciado que perdió su honor y su reino por la antigua Rowena, si tenía solamente la mitad de atractivos que reúne la moderna.

-Os dispenso de tanta galantería, señor caballero -dijo lady Rowena con gravedad y sin levantar el velo-; o por mejor decir, deseo que deis una prueba de vuestra compla­cencia refiriéndonos las últimas noticias de Palestina. Este asunto es mucho más interesante para los oídos ingleses que los cumplimientos que os hace prodigar vuestra urbanidad francesa.

-Poca cosa puedo deciros-continuó Bois-Guilbert, porque no hay de importante sino la confirmación de las tre­guas con Saladino.

-AI llegar a este punto el templario fué interrumpido por Wamba, que estaba sentado en su sillón poco más atrás que su amo: éste le alargaba las viandas de su propio plato, favor que compartía el bufón con los perros favoritos. Tenía Wamba una mesita delante, y él se sentaba en su sillón en cuyo respaldo había dos grandes orejas de asno; apoyaba los talones en uno de los travesaños de la silla, y comía resonando las hundidas mandíbulas, semejantes a dos cascapiñones: entrecerraba los ojos, y mostraba poner la mayor atención a cuanto se habla­ba, para aprovechar la primera coyuntura que se le presentase de ejercer su desatinado ministerio.

-Esas treguas con los infieles -dijo, sin hacer caso de la brusca manera con que interrumpía al caballero- me hacen más viejo de lo que yo creía ser.

-¿Que quieres decir, loco? -preguntó Cedric, pero de manera que indicaba que no llevaría a mal cualquier bufo­nada.

-Ya he conocido tres, y cada una de ellas era de cin­cuenta años. Por consiguiente, si mi cálculo no falla, tengo a la hora presente ciento cincuenta años..., largos de talle.

-Y yo os juro -dijo el templario, reconociendo en Wamba a su amigo del bosque- que no haréis los huesos vie­jos ni moriréis en vuestra cama si dirigís a todos los viajeros extraviados del mismo modo que al Prior y a mí.

-¿Cómo es eso, miserable? -exclamó Cedric-, ¡Engañar a los viajeros que preguntan por el camino! ¡Azotes has de llevar, porque eso es un rasgo de bellaco, y no de loco!

-¡Por Dios, tío nuestro; permitidme que la locura ampa­re en este momento a la bellaquería! Yo sólo he padecido una inocente equivocación tomando mi mano derecha por la izquierda; y si esto es extraño, más lo es, sin comparación, que dos cuerdos tomen por guía a un loco.

A este punto llegaba la conversación, que fue interrumpi­da por uno de los pajes de portería....ste anunció que se halla­ba a la puerta un extranjero que pedía hospitalidad.

-Hacedle entrar -dijo Cedric-, sin reparar en quién sea. En una noche tan horrorosa como ésta, hasta las fieras buscan la protección del hombre, su mortal enemigo, antes que morir victimas de los desencadenados elementos ¡Oswal­do, cuidad de que nada falte!

El mayordomo salió del salón para obedecer las órdenes de su amo.

 

 

 

V

 

 

Un judío tiene ojos, manos y los mismos órganos,

sentidos, afectos y pasiones que otro mortal cualquiera.

¿Qué diferencia hay entre él y uno de nosotros?

¿No le hieren las mismas armas? ¿No está sujeto

a las mismas enfermedades? ¿No le sanan los mismos

remedios?.....................................................

                              SHAKESPEARE: El mercader de Venecia.

 

Oswaldo tardó poco en volver, y acercándose a Cedric, le dijo al oído:

-Es un judío llamado Isaac de York. ¿Le hago entrar en esta sala?

-Encarga a Gurth que desempeñe tus funciones -con­testó Wamba con su ordinario atrevimiento-. Un guardián de puercos es el introductor más a propósito para un hebreo.

-¿Un perro judío -exclamó el templario- ha de apro­ximarse a un defensor del Santo Sepulcro?

-Sabed, mis nobles huéspedes -dijo Cedric-, que mi hospitalidad no debe regirse por vuestras antipatías. Si el Cielo ha soportado una nación entera de infieles obstinados durante tan dilatado número de años, ¿no podremos nosotros sufrir la presencia de un judío por algunas horas? Yo no obli­go a nadie a que hable o coma con él. Póngasele mesa aparte, y en ella cuanto le sea necesario, a no ser que quieran entrar en sociedad con él esos señores de los turbantes.

-Señor franklin -contestó el templario,-mis esclavos sarracenos son verdaderos muslimes; por consiguiente, huyen de rozarse con los judíos tanto como los cristianos.

-Wamba -continuó Cedric- se sentará en tu mesa: que un bribón no está mal situado junto a un loco.

-Pero el loco dijo Wamba levantando los restos de un pernil-elevará este baluarte entre él y el bribón.

-¡Silencio!- --dijo Cedric-. ¡Ya está aquí!

Dicho esto se vio entrar y acercarse al último lugar de la mesa a un hombre de avanzada edad y aventajada estatura, que disminuía a fuerza de reverencias y contorsiones. Fue introducido con tan poca ceremonia, que se presentó turbado, indeciso y haciendo humildes cortesías. Eran sus facciones, bastante bien proporcionadas y algún tanto expresivas; tenía  nariz aguileña, ojos negros y penetrantes, frente elevada simétrica, y la nevada barba, igual al cabello, daba cierto aire majestuoso a su fisonomía, que desaparecía al notar en él el peculiar aspecto de su raza.

El traje del judío, que mostraba haber sido muy maltrata­do por la tormenta, consistía en una capa muy plegada, y debajo de ella una túnica de color de púrpura muy subido. Calzaba botas muy altas guarnecidas de pieles, y llevaba tam­bién un cinturón, del que sólo pendían una navaja o pequeño cuchillo y un recado completo de escribir. Su gorro era alto, cuadrado, amarillo y de forma extraña; pero todos los judíos estaban obligados a gastarlo igual para distinguirse de los cristianos. Isaac había dejado el suyo a la puerta, sin duda por respeto.

La acogida que dieran al judío de York fue tal como si todos los presentes hubieran sido sus enemigos personales: el mismo Cedric se contentó con responder a las reiteradas reve­rencias del hebreo bajando ligeramente la cabeza y señalán­dole al mismo tiempo el último lugar de la mesa. Pero ningu­no le hizo sitio: antes al contrario, todos los huéspedes, y aun los criados, ensanchaban los brazos para que el desgraciado no viera sitio vacío, y devoraban con ansia los manjares, sin curarse del hambre que debía de fatigar al recién llegado. Hasta los musulmanes, viendo que Isaac se acercaba a ellos, comenzaron a retorcerse los bigotes y echaron mano a los puñales, indicando que no repararían en apelar al último extremo para evitar el contacto con un judío.

Es probable que Cedric hubiera hecho mejor acogida al hebreo, puesto que lo recibió a despecho de sus huéspedes, si no estuviera ocupado a la sazón en sostener una disputa acer­ca de la cría e índole de los perros de caza. Este asunto era para él de suma gravedad y harto más importante que el enviar a la cama a un judío sin haber probado la cena. En tanto que Isaac se encontraba expulsado de aquella concurrencia, como lo está su nación de las demás de la Tierra, buscando con la vista un rostro compasivo que le permitiese gozar de un palmo de banco y de algún refrigerio, el peregrino, que había permanecido junto a la chimenea, le cedió su asiento y le dijo­

-Buen viejo, mi ropa está enjuta, y mi hambre satisfe­cha: tu ropa está mojada, y tú en ayunas.

Al decir esto añadió leña y arregló un buen fuego, tomó de la giran mesa un plato de potaje y otro de asado, y los colo­có delante del judío; en seguida, sin aguardar a que el hebreo le diese las gracias, se marchó a ocupar un sitio al extremo opuesto, aunque no se sabe si su intención fué alejarse de Isaac o acercarse más a los distinguidos personajes que esta­ban al testero de la mesa.

Si en aquella época se hubiera encontrado un pintor capaz de desempeñar un asunto como éste, le hubiera ofre­cido un excelente modelo para personificar el invierno aquel judío encogido de frío delante del fuego y acercando a él sus trémulas y entumecidas manos. Satisfecha esta primera necesidad, se acercó a la mesilla y devoró lo que el peregri­no le había presentado, con un ansia y satisfacción que sólo puede conocer a fondo el que ha padecido una larga absti­nencia.

Mientras, Cedric hablaba con el Prior acerca de la mon­tería, lady Rowena conversaba con las danas de su servi­dumbre, y el altanero Bois-Guilbert dirigía sus fijas miradas a la bella sajona unas veces y al viejo judío otras: ambos obje­tos llamaban su atención, y parecía que excitaban en él sumo interés.

-Me sorprende, digno Cedric -dijo el Prior-, que a pesar de vuestra predilección por vuestro enérgico idioma, no hayáis adoptado de buena voluntad el francés normando, a lo menos en lo que pueda proporcionar tantas y tan variadas expresiones para este alegre arte.

-Buen padre prior -respondió Cedric-, creed que semejante novación no aumenta en manera alguna el placer que experimento en la caza; y aun os aseguro que tan bien se corren liebres y venados hablando francos normando como sirviéndose del anglosajón. Para hacer sonar mi corneta de caza, no necesito tocar precisamente las sonatas de reivillée o de mort. perfectamente animar a mis perros y descuartizar una pieza sin apelar a las palabras curée, nombles, arbor, etc.

-El francés -añadió el templario con el tono de pre­sunción y superioridad que le era habitual- es el idioma natural de la caza, y lo es igualmente de la guerra y del amor: con él se gana el corazón de las damas, y con él se desafía al enemigo en la pelea.

-Llenad vuestras copas, señores, y permitid que os recuerde sucesos que datan de treinta años atrás. Entonces Cedric el Sajón no necesitaba adornos franceses, pues con su idioma natal se hacía lugar entre las damas: el campo de Nort­hallerton puede decir si en la jornada del santo estandarte se oían tan de lejos las bélicas aclamaciones del ejército escocés como el cri de guerre de los más valientes barones norman­dos. ¡A la memoria de los héroes que combatieron en tan glo­riosa jornada! ¡Haced la razón, nobles huéspedes!

Apuró la copa, y al dejarla sobre la mesa anudó su dis­curso, siguiendo la peroración con el mayor ardor y entusias­mo.

-¡Día de gloria fue aquél, en que sólo se escuchaba el choque de las armas y broqueles, en que cien banderas caye­ron sobre la cabeza de los que las defendían, y en que la san­gre corría como el agua, pues por doquiera se miraba la muer­te, y en ninguna parte la fuga! Un bardo sajón llamó a aquel combate la fiesta de las espadas, y por cierto, señores, que los sajones parecían una bandada de águilas que se lanzaban a la presa. ¡Qué estrépito producido por las armas sobre los yel­mos y escudos! ¡QuE ruido de voces, mil veces más alegre que el de un día de himeneo! ¡Mas no existen ya nuestros bar­dos; el recuerdo de nuestros famosos hechos se desvanece en la fama de otro pueblo; nuestro enérgico idioma, y hasta nues­tros nombres se oscurecen, y nadie, nadie llora tales infortu­nios, sino un pobre anciano solitario! ¡Copero, llenad las copas! ¡Vamos, señor templario; brindemos a la salud del más valiente de cuantos han desnudado el acero en Palestina en defensa de la sagrada Cruz, sea cualquiera su origen, su patria y su idioma!

-No me está bien -dijo el templario- corresponder a vuestro brindis. Porque ¿a quiEn puede concederse el laurel entre todos los defensores del Santo Sepulcro, sino a mis compañeros los campeones jurados del Temple?

-Perdonad -repuso el Prior-, a los caballeros hospi­talarios yo tengo un hermano en esa Orden.

-No trato de atacar su bien sentada reputación; pero...

-Yo creo, tío nuestro -dijo Wamba-, que si Ricardo Corazón de León fuese bastante sabio para seguir los conse­jos de un loco, debía estar aquí con sus bravos ingleses, y reservar el honor de libertar a Jerusalén a estos valientes caballeros, que son los más interesados.

-¿Es posible -añadió lady Rowena- que no se encuentre en todo el ejército inglés un sólo caballero que pueda competir con los del Temple y los de San Juan?

-No os digo, señora -contestó el templario-, que      t deje de haberlos. El rey Ricardo llevó a Palestina una hueste de famosos guerreros que de cuantos han blandido una lanza en defensa del Santo Sepulcro sólo ceden a mis hermanos de armas, que siempre han sido el perpetuo baluarte de la Tierra Santa.

-¡Que a nadie cedieron jamás! --exclamó con fuerza el peregrino, que se había acercado algún tanto y escuchaba esta conversación con visible impaciencia.

Todos los circunstantes se volvieron hacia donde había sonado tan inesperada voz.

-Sostengo -continuó con firme y decidida voz- que a los caballeros ingleses que formaban la escolta de Ricardo I no aventaja ninguno de cuantos han blandido el acero en defensa de Sión! ¡Y añado, porque lo he visto, que el rey Ricardo en persona y cinco caballeros más sostuvieron un torneo después de la toma de San Juan de Acre, contra cuan­tos se presentaron! Digo además que aquel mismo día cada caballero corrió tres carreras e hizo morder el polvo a sus tres antagonistas; y aseguro, por último, que de los vencidos siete eran caballeros del Temple. Presente está sir Brian de Bois­-Guilbert, que sabe mejor que nadie si hablo verdad!

Es imposible hallar expresiones bastante enérgicas para dar a conocer cumplidamente cuánta fue la ira que suscitó en el corazón del templario la relación del peregrino. En la mez­cla de confusión y furor que le turbaba, llevó maquinalmen­te la diestra al puño de espada, y sólo le contuvo la justa reflexión que hizo considerando que tal atentado no quedaría impune en casa de Cedric. Este, lleno de buena fe y candor, no daba cabida en su imaginación a dos objetos a la vez, y atendiendo a los encomios que hizo el peregrino del valor de los ingleses, no observó el hostil movimiento del caballero.

-¡Peregrino --dijo Cedric-, tuyo es este brazalete de oro si designas los nombres de esos valientes caballeros que tan dignamente sostuvieron el honor de las armas de Inglaterra!

-Con el mayor placer os daré gusto sin que me deis galardón. Mis votos me prohiben tocar oro con las manos.

-Yo llevaré por vos el brazalete -interrumpió Wamba-, si gustáis hacerme un poder.

-El primero en honor, en dignidad y heroísmo-dijo el peregrino- fue el valiente rey de Inglaterra, Ricardo I.

-¡Yo le perdono -repuso Cedric- el ser descendiente del tirano duque Guillermo!

-El conde de Leicéster fue el segundo; el tercero, sir Tomás Multon de Gilsland.

-¡De familia sajona! -exclamó Cedric entusiasmado.

-Sir Foulk Doilly, el cuarto.

-¡También sajón, al menos por parte de madre! -dijo Cedric, cuya satisfacción llegaba a tal extremo, que olvidaba su odio a los normandos porque veía sus triunfos unidos a los de Ricardo y sus isleños-, ¿y el quinto? -preguntó.

-Sir Edwin Turneham.

-¡Legítimo sajón, por el alma de Hengisto! -exclamó

Cedric transportado de alegría-. ¿Y el último?

-El último... -respondió el peregrino después de haberse detenido como si reflexionase-, el último era un caballero de menos fama, que fue admitido en tan ilustre compañía para completar el número más bien que para ayu­dar a la hazaña. ¡No recuerdo su nombre!

-Señor peregrino -dijo sir Brian de Bois-Guilbert-, después de tantos y tan exactos pormenores, viene muy fuera de tiempo esa falta de memoria, y de nada os sirve en la oca­sión presente. Yo os recordaré el nombre del caballero ante el cual quedé vencido... por falta de fortuna y por culpa de mi lanza y de mi caballo. Fué el caballero de Ivanhoe, y para su juvenil edad, ninguno de los otros cinco le aventajaba en renombre por su valor. Y digo francamente que si estuviera ahora en Inglaterra y se determinara a repetir en Ashby de la Zouche el reto de San Juan de Acre, montado y armado cono actualmente lo estoy, le daría cuantas ventajas quisiere, y no temería el resultado del combate.

-Si estuviera a vuestro lado Ivanhoe -dijo el peregri­no-, no necesitariais hacer esfuerzos para que aceptara vues­tro desafío. No alteremos ahora la paz de este castillo con una contienda inútil y con bravatas que están fuera de lugar, pues el combate de que hablais no puede efectuarse al presente. Pero si vuestro antagonista regresa de Palestina, él mismo irá a buscaros: yo respondo de ello.

-¡Buen fiador! -exclamó el templario-. ¿Y qué segu­ridad dais?

-Este relicario -dijo sacando del pecho una cajita de marfil-, el cual contiene un pedazo de la verdadera Cruz, tra­ído del monte Carmelo.

El prior de Jorvaulx hizo la señal de la cruz, y a su ejem­plo se santiguaron todos los presentes, menos el judío y los dos mahometanos. El templario, quitándose del cuello una cadena de oro, la arrojó sobre la mesa y dijo:

-Recoja el peregrino su prenda, que sólo es propia para recibir adoraciones, y deposite el prior Aymer la mía en testi­monio de que cuando regrese sir Wilfredo de Ivanhoe respon­derá al reto de sir Brian de Bois-Guilbert; y de no hacerlo así, le proclamaré como cobarde en cuantos castillos de los caba­lleros del Temple existen en Europa.

-No necesitaréis, señor caballero, tomaros esa molestia -dijo lady Rowena-. Y si en esta sala no hay nadie que tome la defensa del caballero de Ivanhoe, ausente, yo la tomaré a mi cargo. Afirmo que aceptará vuestro desafío, y si fuera necesa­rio añadir alguna fianza a la que ha prestado ese buen peregri­no, con mi nombre y fama respondo de que sir Wilfredo bus­cará a ese arrogante caballero y medirá con él sus armas.

Terrible fué el combate interior que sostuvo Cedric durante esta conversación. Permanecía en silencio, porque el orgullo satisfecho, el resentimiento y el embarazo ofuscaban sus ojos, sucediéndose un afecto a otro como las nubes reco­rren rápidas los cielos obligadas por el viento impetuoso. Todos los criados que escucharon el nombre de Ivanhoe se alarmaron, porque produjo en ellos un afecto eléctrico, y fija­ron sus atentos ojos en el rostro de Cedric, a quien sacó de su distracción la voz de lady Rowena.

-Señora, ese lenguaje no es conveniente. Si fuera nece­saria otra fianza, yo, aunque agraviado, garantizaría con mi honor el de mi hijo Ivanhoe. Pero nada falta a la legalidad y formalidades del duelo, aun según el ritual de la Caballería normanda. ¿No es cierto, prior Aymer?

-SI, sin duda. Y ahora, noble Cedrid, nos permitiréis beber el último brindis por lady Rowena, y nos retiraremos a gozar de algún reposo.

-¡Yo os creía más firme! ¿No podéis habéroslas conmi­go? En mi tiempo, un sajón de doce años, hubiera resistido más la partida.

El prior obraba con gran prudencia siguiendo su sistema de sobriedad, a que le obligaban su profesión y su carácter. Mediaba en todas las disputas, porque las odiaba con todo su corazón; y en aquella ocasión tenía serios recelos, porque temía al irritable sajón y al orgulloso templario, y no dudaba que había de concluir muy mal la cena. Por estas justas razo­nes insistió cortésmente en su propósito, alegando jovialmen­te que era arduo negocio disputar con un sajón en una con­tienda de mesa; y haciendo después algunas insinuaciones, aunque ligeras, respecto a la dignidad de su carácter, conclu­yó pidiendo de nuevo permiso para retirarse.

Tomaron la copa de despedida, y los huéspedes, después de saludar con respeto a lady Rowena, se levantaron de su sitio y se retiraron por diversas puertas que los amos de la casa.

-¡Perro descreído! -dijo el templario al judío al pasar por su lado-. ¿Vas tú también al torneo?

-Ese es mi intento, respetable señor, si no lo lleva a mal vuestra señoría.

-¡Para devorar con tus usuras a los infelices y sacar el corazón a las curiosas arruinando sus bolsillos por cuatro frus­lerías! ¡Apuesto cualquiera cosa a que llevas debajo de tu manto un gran gato de buenos skekele!

-¡Ni uno solo -respondió el judío inclinándose con los brazos cruzados-; ni una sola pieza de plata! ¡Pongo por tes­tigo al Dios de Abraham! Me dirijo a Ashby para implorar la caridad de los hermanos de mi tribu a fin de que me ayuden a pagar la contribución que de mí exige el echiquier de los judí­os. ¡Jacob sea en mi ayuda! ¡Soy un hombre arruinado, perdi­do! ¡Aun no podría abrigarme si Rubén de Tadcáster no me hubiera prestado la gabardina que llevo puesta!

El templario se sonrió irónicamente y le dijo:

-¡El Cielo te maldiga, imprudente embustero!

Dicho esto se separó de Isaac como si se desdeñase de hablar largo rato con él, y volviéndose a los mahometanos, les habló en un idioma extranjero. El judío quedó petrificado al escuchar las últimas palabras que le dirigió el templario; y había éste salido de la sala, cuando estaba el israelita encorvado, permaneciendo en su humilde postura. Cuando se resolvió a levantar la cabeza parecía un hombre a cuyos pies ha caído el rayo y escucha aún en sus oídos el eco que saliera de la nube al arrojarlo.

Los ilustres viajeros fueron conducidos a sus dormitorios respectivos por el mayordomo y el copero: iban precedidos por algunos criados con hachas, y seguidos por otros con sal­villas de refrescos. Los criados de rango inferior indicaron a los demás huéspedes el lugar en que cada uno debía pasar la noche.

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                             VI

 

El me salva vida y oro;

compensarle debo yo.

Si lo acepta ¡qué remedio!

Y si no..., ¡tanto mejor!

                  SHAKESPEARE: El mercader de Venecia.

 

El peregrino seguía a un criado que iba alumbrando el camino por el intrincado laberinto de salas y corredores que componían tan vasta como desordenada casa. De pronto se llegó a él el copero y le dijo:

-Si no tenéis inconveniente en beber una copa de hidro­miel, podéis acompañarme adonde nos esperan reunidos los principales criados de Cedric: tienen grandes deseos de saber noticias de la Tierra Santa, y particularmente las que tengan relación con el caballero de Ivanhoe.

-Debéis venir-dijo Wamba, que llegaba a la sazón-, y yo os aseguro que un vaso de hidromiel después de media noche vale más que tres después del cubre fuego.

El peregrino, sin disputar doctrina fundada en tan grave autoridad, dio gracias a ambos y se excusó diciendo:

-Perdonad: tengo hecho voto de no hablar nunca en la cocina acerca de lo que no quieren hablar los amos en el estrado.

-¡Pobres criados -dijo Wamba- si todos hiciesen vuestro mismo voto!

No agradó mucho al copero semejante respuesta, y vol­viéndose a Wamba le dijo:

-Iba a alojarle en la mejor cámara; pero ya que es tan poco complaciente con los cristianos, que vaya a pasar la noche con el judío ¡Anwold -gritó el copero llamando a un criado-, conduce al peregrino adonde tú sabes! Señor pere­grino, deseo que paséis muy buena noche: os quedo tan agra­decido como vuestra cortesía y complacencia merecen.

-¡Buena noche, y que la Virgen nuestra madre os ben­diga!

Así dijo el peregrino con mesura, y siguió a Anwold; pero al llegar a una estrecha antecámara a la que daban diversas piezas interiores alumbradas por una lámpara de hierro, fue nuevamente interrumpido por una camarera de lady Rowena, la cual en tono de autoridad dijo al peregrino que su señora deseaba hablarle; y diciendo y haciendo, quitó a Anwold la luz de la mano, y le mandó que aguardase en aquel sitio. En seguida con una señal indicó al peregrino que la siguiese. Este no creyó oportuno negarse a tal invitación, como había hecho con la de los criados, porque aunque mostró en el semblante j que el mensaje le parecía extraño, obedeció sin la menor resistencia.

Después de haber pasado un tránsito angosto que termi­naba en siete escalones cada uno de los cuales era un sólido pedazo de encina, entró en la sala, cuya tosca magnificencia correspondía al respeto con que Cedric trataba a la hermosa Rowena. Grandes colgaduras cubrían las paredes, y sobre las telas se veían bordadas mil proezas de montería, en las cuales habían agotado su ingenio los artistas de aquella época; los bordados eran de seda de diversos colores, de plata y oro. La tapicería que cubría la cama era igual a la de las paredes, y tenía además cortinas de color de púrpura. Los sillones correspondían a los demás adornos: sólo uno era más elevado que los otros, y tenía delante un escabel de marfil de un tra­bajo esmerado.

Estaba la sala iluminada por cuatro bujías colocadas en igual número de candeleros de plata. Pero, no obstante, nues­tras damas no deben envidiar el lujo de la princesa sajona. Estaba tan mal construida la habitación, que las colgaduras se agitaban dentro de la sala cuando en el campo hacía viento; y a pesar de una especie de biombo que defendía las luces, éstas ondeaban del mismo modo que las banderolas de las lanzas de los paladines. El conjunto era magnífico, y aun tenía ciertos vislumbres de buen gusto; y si bien faltaban algunas como­didades, como éstas eran desconocidas, no se sentía su ausencia.

Lady Rowena estaba colocada en su elevado sillón, y tres criadas le arreglaban el cabello despojándole de las ricas joyas que lo adornaban. Era su aspecto lindo y majestuoso, y pare­cía nacida para recibir el homenaje de cuantos la viesen: el peregrino conoció que debía rendirle el suyo, y puso una rodi­lla en tierra respetuosamente, hasta que lady Rowena le dijo con amable sonrisa:

-¡Levantad, peregrino! El que toma a su cargo la defen­sa del ausente adquiere un derecho a ser distinguido por todos los que aman la verdad, el honor y el valor. Retiraos todas, excepto Elgitha; dijo a sus camareras-. Deseo hablar a solas con este peregrino.

Sin salir del mismo salón, las camareras se sentaron en un banco empotrado en el muro y colocado a la extremidad opuesta de aquella estancia. Allí permanecieron mudas, repre­sentando estatuas vivientes; y aunque no habían salido de la pieza donde estaba lady Rowena y el peregrino, no podían oír nada de lo que éstos decían, y aun pudieran ellas hablar sin que las oyesen: tal era la extensión de la sala.

-Peregrino -dijo lady Rowena después de un rato de silencio, en el cual parecía que reflexionaba la manera de empezar la conversación-, habéis pronunciado esta noche un nombre..., un nombre que debiera ser acogido de otro modo en una casa donde la Naturaleza y el parentesco reclaman grandes derechos en favor del que lo lleva. No obstante eso, tal es el decreto de la suerte, que aunque varios corazones han palpitado en esta casa al escuchar el nombre de... Ivanhoe - dijo al fin haciendo un poco de esfuerzo,- yo soy sola la que osa preguntares en qué situación quedaba cuando regresasteis de Palestina. Algunos han dicho que permaneció allí después de la retirada de las tropas inglesas a causa de su mala salud, y que después ha sido perseguido por la facción francesa, a la cual son adictos los templarios.

-Yo conozco muy poco y tengo menos noticias del caballero de Ivanhoe -dijo el peregrino con la cabeza baja y voz hueca y temblorosa- aunque me hubiera informado mucho mejor si hubiera sabido el interés que os tomáis en su suerte. Tengo entendido que ha salido bien de todas las per­secuciones de sus enemigos, y que regresará de un momen­to a otro a Inglaterra, donde vos, bella señora, debéis de saber mucho mejor que yo la dicha o desventura que le aguarda.

Lady Rowena exhaló un profundo suspiro, y preguntó al peregrino muy por menor cuando regresaría a su patria el caballero de Ivanhoe, y si se expondría en su viaje a nuevos riesgos. El peregrino respondió que a punto fijo no podía señalar la época del regreso de Ivanhoe, y que no creía que tuviese accidente alguno en el camino, porque probablemen­te, haría el viaje por Venecia y Génova, pasando por Francia a Inglaterra.

-Ivanhoe -añadió- está muy familiarizado con el idioma y usos de los franceses: por eso no creo que le suceda ninguna desgracia en el camino.

-¡Quiera Dios que llegue, y... ojalá hubiese llegado ya y estuviera en estado de manejar las armas en el próximo tor­neo, en el cual todos los caballeros de Inglaterra van a probar su valor y destreza. Si Athelstane de Coningsburgh vence, poca satisfacción puede esperar Ivanhoe a su regreso. ¿Qué aspecto tenía la última vez que le visteis? ¿Habrá abatido la enfermedad su bella presencia?

-Algo más flaco y atezado me pareció que cuando llegó de Chipre en la escolta de Ricardo Corazón de León. Estaba pensativo y apesadumbrado; pero le vi de lejos, pues no le conozco de trato.

-No me parece que en su patria hallará motivos para disipar la tristeza que le agobia. ¡Gracias, buen peregrino, por las noticias que me habéis dado del compañero de mi infan­cia! Acercaos -dijo a sus camareras-, y ofreced a este santo hombre la copa del reposo: no es justo que le detenga más tiempo.

Elgitha presentó a su señora una copa de plata llena de cierta bebida compuesta de vino, miel y especias. Lady Rowena la aplicó a sus labios, y se la entregó al peregrino: éste probó apenas el licor y saludó respetuosamente a lady Rowena.

-Aceptad -le dijo la hermosa señora- esta limosna, amigo, en premio a vuestras romerías y como testimonio del respeto que me inspiran los santos lugares que habéis visitado.

El peregrino tomó la moneda de oro, hizo otra inclina­ción, y salió del aposento precedido por Elgitha.

Encontró a Anwold, que, tomando la luz de mano de la camarera, condujo al peregrino sin ceremonia a la parte exte­rior del edificio. En un corredor había gran número de piezas en forma de pequeñas celdas destinadas para dormitorios de los criados inferiores y de los huéspedes de menos rango.

-¿En que pieza de éstas duerme el judío?-preguntó el peregrino.

-El perro del israelita duerme en la celda inmediata a la vuestra. ¡Por San Dustán que necesitará mucho barrido antes que pueda servir para alojar un solo cristiano!

-¿Y donde duerme Gurth, el porquero?

-Gurth duerme al otro lado de vuestra celda: servís de separación entre el circuncidado y la abominación de las doce tribus. Hubierais pasado en mejor alojamiento la noche si hubieseis aceptado el convite de Oswaldo.

-Aquí la pasaré perfectamente, porque ningún contagio atravesará por un tabique maestro.

Cuando hubo concluido este diálogo entró en su mezqui­no y reducido cuarto, colocó la luz, y dio gracias al criado y las buenas noches. Cerró la puerta, y examinó el aposento, cuyos muebles eran harto sencillos y toscos: consistían en una tarima llena de fresca paja y cubierta de pieles de carnero que servían de mantas.

Apagó la luz el peregrino y se acostó, sin desnudarse, en su humilde cama. En ella descansó de las fatigas de la víspe­ra hasta que los rayos de la primera luz se introdujeron por la ventanilla que daba entrada al aire y a la luz en tan modesta morada. Cada celda tenía una ventana igual: el peregrino rezó sus oraciones de la mañana, se ajustó la túnica y pasó al cuar­to del judío, en cuya celdilla se introdujo con la mayor pre­caución.

Isaac estaba dominado por una terrible pesadilla, sobre un lecho exactamente igual a aquel en que pasaba la noche el peregrino. Todas las diversas piezas de que se componían sus vestiduras estaban colocadas en torno suyo con mucha pre­caución, por si le ocurría alguna sorpresa. Tenía retratada en su rostro la imagen de un hombre agobiado por la más peno­sa agonía. Sus manos y brazos se agitaban convulsivamente, y pronunciaban varias exclamaciones en hebreo, hasta que por último dijo en normando inglés:

-¡Por el Dios de Abraham, tened piedad de un infeliz anciano! ¡Soy un miserable, estoy pobre, pobrísimo! ¡Aunque me hagáis cuartos, no podréis sacar de mí un solo shekel!

El peregrino, sin querer aguardar el fin de la pesadilla de Isaac, le tocó con el bordón. Esta brusca manera de despertar acabó de cerciorar al judío de que estaba en manos de sus per­seguidores: se irguió de repente, se le erizaron los cabellos, y apoderándose de los vestidos que le servían de almohada, como el halcón que afianza las garras en su presa, fijó en el peregrino una mirada penetrante que revelaba el mayor terror. El peregrino le dijo:

-¡No temas, Isaac; vengo como amigo!

-¡El Dios de Israel os recompense! -dijo el judío empezando a respirar gradualmente-. Soñaba; pero, gracias al padre Abraham, sólo fue un sueño. -Aquí empezó a arre­glar su desordenado traje-. ¿Y qué negocio tenéis que tratar tan de mañana con el pobre judío?

-Vengo a prevenirte que si no marchas al instante y a paso largo, vas a tener muy mal rato en el camino.

-¡Dios de Moisés! ¿Y quién puede tener interés en hacer daño a un desgraciado como yo?

-Mejor debes de saberlo tú que yo: lo único que puedo decirte es que anoche, cuando el templario se levantó de cenar, habló a sus esclavos en idioma árabe, que yo entiendo y hablo tan bien como el inglés y el francés, y le oí que les mandaba que te cogiesen y llevasen al castillo de Reginaldo "Frente de buey", o al de Felipe de Malvoisin.

Es imposible describir el terror que agobió el corazón del judío cuando hubo oído tan desgraciada nueva. Dejó caer con languidez los brazos, dobló la cabeza sobre el pecho, aflojó las rodillas, y todos los músculos y nervios de su cuerpo que­daron sin vigor, sin elasticidad. Por último, se postró a los pies del peregrino, aunque no como un hombre que implora la pro­tección y trata de excitar pasión en otro, sino con el abati­miento del que cede a un poder invisible que le postra con terrible golpe.

-¡Poderoso Dios de Abraham! -Estas fueron las pri­meras palabras que pronunciaron sus labios elevando al cielo los trémulos brazos, aunque sin levantar la cabeza-. ¡Oh, santo Moisés, oh, bienaventurado Aarón! ¡Se realizaron mis sueños de agonía! ¡Sí; aún siento el hierro que penetra por mis entrañas! ¡Mis huesos crujen como los de los hijos de Ammbu y los hombres de Rabbah cuando sentían en su cuerpo las sie­rras, hachas y flechas enemigas!

-¡Levántate, Isaac, y escúchame! Debes tener motivos para temblar, puesto que tus hermanos han sido cruelmente tratados y despojados de sus riquezas por los poderosos de la Tierra. Pero levántate, repito: yo te proporcionaré los medios de frustrar los designios de Bois-Guilbert. Sal inmediatamen­te de este castillo en tanto que los huéspedes duermen merced a los vapores de la cena. Yo te conduciré por secretas veredas que me son conocidas como a los guardabosques que las cus­todian, y te ofrezco no dejarte hasta que te ponga en poder de algún barón o caballero que vaya al torneo, cuyo favor podrás granjearte con los medios que indudablemente posees.

Al vislumbrar el judío los rayos de esperanza que le deja­ba entrever el peregrino, fue elevándose del suelo poco a poco y pulgada por pulgada, hasta que se puso derecho. Entonces se echó atrás la blanca cabellera que le cubría el rostro, fijó la penetrante mirada en el peregrino, y en ella mostró la espe­ranza, el temor y las sospechas que le animaban. Pero cuando oyó las últimas palabras del peregrino le asaltaron de nuevo sus agitaciones pasadas.

-¡Qué medios he de poseer para granjearme la voluntad de nadie! ¡Ay de mí! ¡Qué puede hacer un miserable más pobre que Lázaro! -Detúvose aquí, y venciendo en su cora­zón la sospecha del terror, continuó-: Por amor de Dios, no me engañéis! ¡Por el Padre Omnipotente de todos los nacidos, sean judíos, cristianos, israelitas o ismaelitas, no me hagáis traición! ¡No puedo asegurarme la voluntad del último de los cristianos si hubiera de costarme un solo maravedí!

Al concluir estas palabras cogió la extremidad de la túni­ca del peregrino con ademán rendido y suplicante; pero él se la arrancó de las manos como si temiera contaminarse, y le dijo:

-Aunque sobre ti llevases todas las riquezas de tu tribu, ¿qué interés había yo de tener en engañarte? Mis vestidos anuncian el voto de pobreza que he hecho, y no lo cambiaría por la más preciosa alhaja, excepto por una armadura y un caballo de batalla. No imagines que puedo tener el menor interés en acompañarte, ni que espere de ello ventaja alguna. Quédate, pues, y colócate bajo la salvaguardia de Cedric el Sajón.

-¡Ah! ¿Cómo queréis que me deje viajar en su compa­ñía? Normandos y sajones se avergüenzan de admitir en su compañía a un israelita. ¿Qué será de mí si llego a verme solo en medio de las posesiones de Malvoisin o de "Frente de buey" ¡Buen joven, partiremos juntos! ¡Vamos; aprisa: no os detengáis un minuto! ¡Tomad vuestro bordón! ¿A qué os paráis?

-No me paro: estoy considerando cual es el medio mejor para salir de aquí. ¡Sígueme!

Ambos pasaron a la pieza inmediata, en la cual dormía el porquero.

-¡Arriba! -le dijo el peregrino-. ¡Gurth, abre la puer­ta y déjanos salir al judío y a mí!

Gurth desempeñaba funciones tan despreciables en nues­tros días como importantísimas durante la dominación de los sajones en Inglaterra, pues eran en un todo igual a las de Eumeo en Itaca. Por esta razón se ofendió al escuchar el tono de familiar franqueza, acompañado de cierto aire imperioso, con que le habló el peregrino. Gurth se incorporó en la cama, se apoyó sobre un codo, los miró atentamente y dijo:

-¡El judío y el peregrino quieren salir juntos y tan de mañana de la hacienda!

-¡El judío y el peregrino! -dijo Wamba, que entraba a la sazón-. ¡No me espantara más si viera al primero esca­parse de casa con una lonja de tocino bajo la gabardina!

-Sea lo que quiera -dijo Gurth volviendo a acostarse­ bueno será que judíos y cristianos aguarden a que se abra la puerta principal de Rotherwood. ¡No podemos consentir que los huéspedes se ausenten tan temprano y como furtivamente!

-¡Ni yo puedo consentir -replicó imperiosamente el peregrino- que rehúses hacer lo que te digo!

Al concluir estas palabras se inclinó hacia Gurth y le habló al oído en sajón. Entonces Gurth se levantó precipita­damente, como cediendo a irresistible poder. El peregrino se puso un dedo en los labios en señal de silencio, y le dijo:

-¡Gurth, cuenta con lo que haces! Tú sabes ser prudente cuando quieres: abre un postigo, y dentro de poco sabrás más.

Obedeció Gurth al extranjero con tanta prontitud como gozo, y manifestaba tan a las claras su satisfacción, que Wamba y el judío no sabían a qué atribuir tan rápida mudanza.

-¡Mi mula, mi mula! -gritó Isaac cuando llegaba ya al postigo.

-Dale su mula -dijo el peregrino-, y dame otra a mí para que pueda acompañarle hasta el fin del bosque. En Ashby se la devolveré a la comitiva de Cedric. Y tú... lo que dijo después fue en voz tan baja, que ninguno de los circuns­tantes pudo oír nada.

-Lo haré cono mandáis -respondió Gurth; y partió a toda prisa.

-Desearía saber -dijo Wamba- qué es lo que apren­den los peregrinos en Tierra Santa.

-Aprenden a encomendarse a Dios, a arrepentirse de sus pecados y a modificar su cuerpo con ayunos, vigilias y ora­ciones.

-Alguna otra cosa debéis de aprender, por fuerza. ¿Son vuestras oraciones las que han determinado a Gurth a que os abra la poterna? ¿Son los ayunos y las mortificaciones los que le han decidido a prestaros la mula de su amo? Si no hubierais tenido otros medios de obligarle, tanto os valiera haberos diri­gido al gran marrano negro de la piara, su favorito.

-¡Anda; no eres más que un loco sajón!

-¡Tenéis razón! Si yo hubiera nacido normando, como creo que vos lo sois, tendría, sin duda, ciencia infusa.

 

Gurth se presentó a este tiempo con las dos mulas al otro lado del foso. Le atravesaron el peregrino y el judío, pasando por un estrecho puente levadizo compuesto de dos tablas apo­yadas en el postigo interior y en otro exterior que daba salida al bosque. El judío montó trémulo y apresurado, sacó de deba­jo de la túnica un saco de barragán azul, y al colocarlo con gran cuidado sobre el albardón lo cubrió esmeradamente con la capa, diciendo al peregrino:

-¡Es una muda de ropa, una sola muda!

El peregrino montó con más lentitud que Isaac; después presentó aquél la mano a Gurth, y éste la besó con el mayor respeto y veneración. El porquerizo permaneció observando a los caminantes hasta que se ocultaron en los frondosos circui­tos del bosque. Viendo Wamba la distracción de Gurth, le llamó la atención diciéndole:

-¿Sabes, mi amigo Gurth, que eres muy cortés y piado­so en estas mañanas de otoño? ¡Ojalá fuese yo un descalzo peregrino, para aprovecharme de tu esmerado celo! Si así fuera, puedes estar seguro de que no me contentaría con darte a besar la mano.

-Tú no eres demasiado loco, Wamba; al menos juzgas por las apariencias, que es todo lo que pueden hacer los más discretos. Pero entremos en casa, que por ahora lo que más interesa es cumplir con nuestra obligación.

Entretanto los caminantes continuaron su jornada avivan­do el paso cuanto podían; sobre todo Isaac, cuyos justos temo­res le obligaban a andar con más velocidad de la que su edad permitía. El peregrino conocía perfectamente todos los sende­ros de la selva, y llevaba a su compañero por veredas más apartadas y sinuosas, de suerte que más de una vez excitó las sospechas del judío, pues llegó a recelar que el peregrino le entregase a alguna emboscada de enemigos.

Estas sospechas no carecían de fundamento, porque en la época de que vamos hablando no había raza alguna sobre la tierra, en las aguas o en los aires que fuera perseguida con más encarnecimiento que la de los desdichados hijos de Abraham. El más ligero y descabellado pretexto, la acusación más absurda e infundada bastaban para desposeer de sus bienes a cualquier israelita, y aun para entregarlo al furor del más desenfrenado populacho. Sajones y normandos, bretones y daneses, aunque entre sí mortales enemigos, se aunaban para aborrecer y perseguir a los hebreos, disputándose la ventaja de envilecerlos, saquearlos, despreciarlos y perseguirlos. Los reyes de la dinastía normanda y los nobles independientes que deseaban imitar a aquellos en todo, seguían una persecución metodizada, exactamente fundada en los cálculos que les sugería su codicia y en las ventajas que imaginaban tener vejando a los israelitas. Bastante conocida es la historia del rey Juan, quien dispuso que se encerrase a un opulento judío y mandaba arrancarle un diente cada día, hasta que el infeliz proscrito, que miraba perdida la mitad de su dentadura, por conservar los pocos dientes que le quedaban consistió en pagar una atroz suma en metálico, que era el único objeto del Monarca. El poco dinero que circulaba en el país estaba reconcentrado en las gavetas de los perseguidos israelitas: y esta era la razón de que los nobles, a ejemplo del Soberano, emplearan todos los medios imaginables, sin exceptuar la más atroz violencia, y hasta la misma tortura, para sacarles alguna suma. Los judíos sufrían con impasible valor estas tropelías, inspirados por el ansia de ganar, y se desquitaban completa­mente con sus usuras y con los enormes provechos que sabí­an realizar en un país que abundaba en riquezas naturales. A pesar de tal cúmulo de calamidades que debían desanimarlos y abatirlos, y a despecho del tribunal denominado el echiquier de los judíos, éstos acumulaban riquezas sobre riquezas, las cuales trasferían de una mano a otra por medio de letras de cambio, cuya invención se les atribuye, que, indudablemente, era el mejor medio de enviar sus tesoros fuera del país en que tantos infortunios les aquejaban.

La obstinación y la avaricia de los hijos de Israel lucha­ban con la tiranía de los poderosos, y aumentaban en propor­ción a sus padecimientos. Sus cuantiosos tesoros les propor­cionaban muchos peligros; pero en cambio, les aseguraban muchas veces protección, y aun influjo. Esta era la situación en que se hallaban los judíos en aquella época: su carácter estaba vaciado en el molde de las circunstancias, y eran, por consiguiente, tímidos, suspicaces, obstinados, egoístas, duros y diestros en evitar los peligros que de continuo les amenaza­ban.

Después de haber atravesado rápidamente nuestros cami­nantes algunos senderos solitarios, el peregrino rompió el silencio diciendo al judío:

-¿Ves aquella añosa encina? Pues allí concluyen las posesiones de "Frente de buey", y las de Malvoisin hace tiem­po las dejamos atrás. Isaac, nada debes temer de tus enemi­gos.

-¡El Dios de Abraham permita que las ruedas de sus carros se hagan mil pedazos, como las de los del Faraón, para que no puedan alcanzarme! ¡Pero no os separéis de mí, buen peregrino! ¡Acordaos del altivo templario y de sus esclavos sarracenos! ¡Considerad, buen joven, que semejante gente no respeta término ni jurisdicción!

-Aquí debemos separarnos, porque no me es dado per­manecer más tiempo en compañía de un israelita. Por otra parte, ¿de qué puede servirte un pacifico peregrino contra paganos armados?

-¡Oh no me abandonéis! ¡Yo sé que podéis defenderme si queréis! Aunque soy un pobre miserable, no dejaré de manifestaros mi agradecimiento. No será con dinero, por­que... ¡así no me falte la protección de Abraham, como es cierto que no poseo un maravedí! No obstante...

-Te he dicho que no quiero de ti dinero ni recompensa alguna, sea de la especie que quiera. Puedo servirte de con­ductor, y tal vez de defensa, porque no es acción indigna de un cristiano defender a un judío contra dos musulmanes. Por eso, israelita, puedes contar conmigo hasta que lleguemos a Sheffield, en cuya ciudad te será fácil incorporarte con algu­no de tu tribu que pueda socorrerte y ampararte.

-¡La bendición de Jacob os siga por doquiera! En Shef­field habita mi  pariente Zareth, que me proporcionará medios de seguir mi jornada con seguridad.

-Vamos, pues, a Sheffield, y allí nos separaremos: den­tro de media hora habremos visto sus muros.

Pasó la media hora, y durante ella ninguno rompió el silencio, pues el peregrino evitaba hablar con un judío, y éste no se determinaba a dirigir la palabra a un hombre que venía de visitar los Santos Lugares, peregrinación que le daba cier­to carácter solemne. Al fin dijo aquél al judío.

-Aquí nos separamos: he allí Sheffield.

-¡Dejad primero que el pobre judío os dé gracias por tanta bondad! Si me atreviera a más, os rogaría que vinieseis conmigo a la casa de Zareth, mi pariente, que me proporcio­nará los medios necesarios para daros ¡ajusta recompensa.

-¿Cuántas veces he de decirte que ni espero ni quiero recompensa de ninguna especie? Si en la dilatada lista de tus deudores cuentas, como es probable, el nombre de algún cris­tiano, ahórrale los grillos y el calabozo, y me creeré con eso muy recompensado.

-¡Esperad, esperad! -dijo Isaac levantando las faldillas de su gabardina-. He de hacer, de todos modos, alguna cosa por vos; por vos precisamente, y no en favor de otro. ¡Dios sabe si soy pobre! ¡El mendigo de mi tribu! Pero perdonad si me atrevo a pensar que deseáis en este momento una cosa más que cualquiera otra.

-Si, en efecto, lo has adivinado, conocerás que no pue­des satisfacer mi deseo, aunque fueses tan rico como misera­ble te supones;

-¡Como me supongo! ¡Bien podéis creerme! ¡Es la pura verdad! ¡Me han dejado desnudo y lleno de deudas! ¡Soy el último de los infelices! ¡He sido despojado de mis riquezas, de mis navíos, de...! Pero, al caso. Vos deseáis una hermosa armadura y un soberbio caballo de batalla: uno y otro puedo proporcionaros.

-¿Quién ha podido inspirarte semejante conjetura? -Sea como quiera, mi flecha ha dado en el blanco, y lo

que importa es que tengáis lo que tanta falta os hace. -¿Como has podido creer que con el traje que visto, y...?

Por otra parte, mis votos, mi carácter...

-¡Oh; yo conozco muy bien a los cristianos, y sé que el más noble entre todos ellos no desdeña vestir una esclavina, empuñar un bordón y calzar sandalias para visitar el sepulcro de Aquél!

-¡Judío! -exclamó con airada voz el peregrino-. ¡No blasfemes!

-¡Perdonadme! He hablado inconsideradamente; pero anoche y esta mañana os he oído ciertas palabras que me han revelado lo que sois, como descubren las chispas al pedernal. Debajo de esa esclavina se esconde una cadena de oro igual a la que llevan los caballeros: yo la he visto brillar esta mañana cuando os inclinasteis sobre mi lecho.

El peregrino no pudo menos de sonreír, y dijo a Isaac:

-Si la curiosa vista de algún investigador pudiese pene­trar bajo tu vestimenta, ¡qué de descubrimientos haría!

-¡No digáis eso! -repuso el judío mudando el color; y sacando apresuradamente la portátil escribanía, tomó una hoja de papel arrollado, y sobre el cuello de la mula escribió algu­nos renglones. Estaban en idioma hebreo, y luego que con­cluyó dijo al peregrino entregándole el papel-: En toda la ciudad de Leicester es conocido el rico judío Kirgath Jairam de Lombardía: presentadle mi carta, y él os enseñará seis arneses de Milán tales, que el peor de ellos es digno de una testa coronada. Tiene asimismo diez magníficos caballos de batalla, y el peor puede servir a un rey para reconquistar su trono: elegid de ellos y de las armaduras lo que más os con­venga y agrade, y además otras dos y sus correspondientes caballos para reserva. Todo lo dicho, y lo demás que pudié­rais necesitar para el torneo de Ashby, os lo facilitará por medio de esta carta sin exigiros nada. Concluido el torneo, le devolveréis armaduras y caballos, a menos que os hallaseis en estado de pagárselas y quedaros con ellas.

-Pero, Isaac, considera que las armas y el caballo del vencido quedan a disposición del vencedor. Puedo ser des­graciado en el combate, y entonces, ni podré restituir ni pagar.

El judío, pálido, desencajado al pensar en la posibilidad del vencimiento, hizo un esfuerzo sobre su codicia y excla­mó:

-¡No; no puede ser! ¡Yo quiero daros esa muestra de agradecimiento! Además, creo que estará con vos la bendi­ción del Padre celestial de todas las criaturas, y entonces vuestra lanza será tan fuerte como la vara de Moisés.

Dicho esto volvió a su mula las riendas en ademán de partir, cuando el peregrino le detuvo diciéndole:

-Aún no te lo he dicho todo, Isaac. Cuando estoy en la liza o en el campo, sobre el caballo y lanza en ristre no soy hombre que tenga consideración con jinete, con armas o con caballo. Puede quedar todo esto derrotado, y entonces, ¿qué haremos? Porque tus paisanos no dan nada por nada, y yo deberé al fin pagarle alguna cosa si...

Isaac se tendió sobre el arzón delantero manifestando en su rostro la angustia de un hombre acometido por un violen­to cólico; pero por esta vez sus buenos sentimientos triunfa­ron de la codicia y exclamó:

-¡No importa! ¡Dejadme partir! Si tuviérais alguna des­gracia, no os costará nada; ¡nada! Kirgath Jairam os perdo­nará el alquiler en compensación de lo que por su pariente hicisteis, y aun os prestará dinero sin interés, por amor a su hermano. Lo que os encargo es que tengáis mucho tino; que

no os engolféis demasiado en la pelea, porque... ¡Pero no; no creáis que este consejo se dirige a que miréis con alguna con­sideración las armas y el caballo! Yo os lo prevengo porque no peligre la vida de tan excelente y recomendable joven. ¡Adiós; que os ventura!

-¡Gracias Isaac, por tu consejo! Me serviré de tu oferta,

y mal han de andar las cosas para que no pueda satisfacerte. Dicho esto se separaron, y cada uno se dirigió a Sheffield  por distinto camino.

 

 

VII

 

 

¡A las armas, caballeros!

¡Suena el bélico clarín!

¡Venid, venid; un renombre

allí podéis adquirir!

¡A Ias armas, caballeros!

¡ El fiero instante llegó!

¡El corcel el freno tasca!

¡Gloria al fuerte vencedor!

DRIDEN.

 

La situación del pueblo de Inglaterra era en aquel tiempo harto desgraciada. Estaba ausente y prisionero el rey Ricardo, en poder del pérfido, aleve y cruel duque de Austria. No podría designarse el punto donde el rey gemía cautivo, y sus vasallos solamente tenían muy vagas noticias acerca de la suerte de tan apreciado monarca, en tanto que sufría toda clase de vejacion1s y la más inaudita prisión.

El príncipe Juan Sin Tierra, coligado con Felipe de Fran­cia, enemigo mortal de Ricardo, procuraba, sin omitir medio alguno, que el duque de Austria prolongase al extremo el cau­tiverio de su hermano Ricardo Corazón de León, a quien tan­tos favores debía. Estaba el príncipe Juan consolidando su facción en Inglaterra para disputar el trono a Arturo, duque de Bretaña e hijo de Godofredo Plantagenet, hermano mayor de Juan y heredero del trono si el Rey falleciese. Todos saben que esta usurpación llegó a consumarse más tarde. El carácter de tan mal príncipe era ligero, pérfido y disoluto: por eso se unieron a él todos los que por su conducta temían la vuelta de Ricardo, y también todos los cruzados que habían regresado de Palestina no habiendo sido bastante poderosos para dejar de acostumbrarse a todos los vicios de Oriente; y como se hallaran sin bienes ni recursos de ninguna especie y llenos de arrojo y temeridad, deseaban la guerra civil porque carecían de toda esperanza de mejor fortuna habiendo un buen Gobier­no en Inglaterra.

Se reunían a estas causas de miedo y desconfianza las partidas de salteadores, las cuales, obligadas por la desespera­ción que ocasionaba la atroz tiranía de la Nobleza feudal y la severa ejecución de las Ordenanzas de montes, se habían reu­nido para habitar en los bosques y desafiar la autoridad de los magistrados del país. Cada noble, fortificado en su castillo, se convertía en soberano de sus dominios y acaudillaba otras partidas tan ilegales y opresoras como las anteriores; y para mantener a sus secuaces y sostener el lujo que les aconsejaba su soberbia, necesitaban de los proscritos judíos, de quienes tomaban prestadas cuantiosas sumas a un interés crecidísimo. Los israelitas al fin se apoderaban de los Estados de sus deu­dores, y estos, para evitar la ruina, procuraban encontrar cual­quier pretexto para deshacerse de sus acreedores a costa de toda violencia

El pueblo inglés sufría cuantas calamidades puede origi­nar el estado de disolución que llevamos descrito; pero a'n eran más terribles las que les reservaba el porvenir. Para         el  colmo de desgracias, se declaró en el país una enfermedad contagiosa cuyo carácter era en extremo peligroso y maligno. El poco aseo, los alimentos malos y la peor disposición de las habitaciones de los pobres hicieron que la enfermedad agra­vase el peligro de los invadidos por ella: y tal era la esperan­za que los ingleses tenían, que los que sucumbían al rigor de Ia pestifera dolencia eran envidiados por los que sobrevivían a ella.

A pesar de todo, y en medio de tan azarosas circunstan­cias, al anuncio de algún torneo todos acudían presurosos, pues era la fiesta más deseada en aquellos tiempos, y a la que acudían solícitos y alegres pobres y ricos, plebeyos y nobles. Ni las precisas obligaciones, ni aun las enfermedades mismas, eran bastante poderosas para impedir que asistiesen a los tor­neosjóvenes y ancianos. El paso de armas que iba a celebrar­se en Ashby, pueblo del condado de Leicester había alarmado Ia general curiosidad, porque cuantos campeones trataban de tomar parte en él eran de gran nombradía, reuniéndose ade­más la circunstancia duque había de autorizarle el príncipe Juan Sin Tierra. El concurso que acudía de todas partes y de todas categorías era inmenso, y había invadido el sitio del combate antes que despuntase el alba.

Inmediato a un bosque que apenas distaba una milla de la ciudad de Ashby había una vasta pradera cubierta de espeso y verde césped, limitada de un lado por el último de la selva, y del otro por una hilera de aisladas encinas, de las cuales algu­nas eran de extraordinaria corpulencia. El terreno no pudiera ser más a propósito para la justa de armas si de intento le hubiesen preparado: descendía gradualmente y del modo más suave hasta formar una llanura que guarnecían fuertes empa­lizadas; su espacio tendría un cuarto de milla de longitud y medio de latitud; su forma era cuadrada, a excepción de los ángulos, que estaban artificiosamente redondeados para mayor comodidad de los espectadores. A los lados del Norte y del Sur había anchas puertas, a propósito para que por ellas entrasen dos jinetes de frente, y estas estaban designadas para entradas de los combatientes.

Había en cada una de ellas dos heraldos con seis trompe­tas e igual número de asistentes, apoyados por un destaca­mento de hombres de armas que estaban destinados para con­servar el orden, así como los primeros lo estaban. para examinar la condición de los caballeros que quisiesen justar.

A la entrada del Sur, y sobre una plataforma que estaba formada por la natural elevación del terreno, estaban coloca­dos cinco pabellones magníficos adornados con pendones pardos y negros, colores que habían adoptado los caballeros mantenedores para entrar en la lid. Delante de cada uno de los pabellones estaba colocado el escudo del caballero que le ocu­paba, guardado por un escudero disfrazado según el capricho de su amo y el papel que éste deseaba representar durante la fiesta. El pabellón de en medio, señalado como de mayor dig­nidad, se había destinado a sir Brian de Bois-Guilbert, a quien los demás caballeros habían recibido con la mayor satisfac­ción por su caudillo, tanto por sus relaciones con los demás caballeros como por el nombre que le bahía dado su conocido valor. A un costado del pabellón de Bois-Guilbert estaban los de Reginaldo "Frente de buey" y Felipe de Malvoisin. y al otro, el de Hugo de Grantmesnil, noble barón de aquellos con­ tornos, cuyo abuelo había sido mayordomo mayor de Palacio en tiempo de la conquista, y el de Ralfo de Vipont, caballero del orden de San Juan de Jerusalén y poseedor de los antiguos dominios de Heather, cerca de Ashby de la Zouche. Desde la entrada del palenque hasta la plataforma en que estaban los pabellones había un suave declive de diez varas de ancho guarnecido por ambos lados con una fuerte empalizada, del mismo modo que la explanada que daba frente a las tiendas. Todo el circuito estaba cubierto por hombres de armas. En el  lado del Norte estaban colocados diversos pabellones; unos para los caballeros que acudiesen a tomar parte en la lid, otros para los que desearan descansar o tomar cualquier género de manjares o refrescos de que estaban abundantemente provis­tos, y otros para las fraguas de los herreros destinados a la recomposición de armas ofensivas y defensivas, así como también para los herradores y demás artesanos cuyos conoci­mientos pudieran ser necesarios.

Por encima de las barreras descollaban inmensas galerías cubiertas de ricas alfombras y provistas de almohadones para comodidad de las damas y de los nobles que de todas partes a la marcial fiesta acudían. Debajo de estas galerías había otras destinadas a los espectadores de menor elevación, aunque mayor que la del vulgo, y que desde ellas dominaban perfec­tamente la palestra. Los curiosos de menor condición ocupa­han las montañas vecinas, las ramas de los árboles, y aun el campanario de una iglesia inmediata.

Para completar este cuadro general sólo nos resta descri­bir el último tablado dispuesto en el centro del lado Oriente del palenque, frente al punto en que habían de encontrarse los combatientes, que estaba adornado con mayor profusión y con las reales armas de Inglaterra, coronadas por un elegante dosel. Alrededor de este sitio, destinado al príncipe Juan y a los caballeros de su comitiva, se han colocado sus pajes, escu­deros y demás individuos de la real servidumbre en traje de gran gala. Frente al dosel había otro en un tablado que se ele­vaba a igual altura, adornado con más elegancia, si bien con menos riqueza que el del Príncipe. Estaba rodeado de pendo­nes y gallardetes, y en ellos representados los emblemas de los triunfos de Cupido, sin olvidar los corazones inflamados, carcajes, flechas y una inscripción en caracteres de oro que decía: A la reina de la belleza y de los amores. ¿Y quién debía ser esta reina? Nadie podía calcularlo.

En tanto, los espectadores de todas edades y condiciones se apresuraban a tomar puesto en el lugar que según su rango les pertenecía, y de aquí se originaban muchas disputas que los hombres de armas transigían con los mangos de sus ala­bardas, a cuya irresistible elocuencia cedían sin dificultad los contendientes. En punto a las dificultades que se suscitaban entre las personas de mayor jerarquía, se observaba otro orden, y sólo podían mediar en ellas los mariscales del torneo, llamado el uno Guillermo de Wyvil y Esteban de Martival el otro, que armados de punta en blanco recorrían a caballo la palestra para acudir adonde el orden fuese perturbado.

Poco a poco se llenaron las galerías de nobles y caballe­ros, cuyos hermosos trajes hacían un vistoso contraste con los elegantes adornos de las damas, cuyo número excedía al de los hombres; porque, a pesar de ser aquel espectáculo de suyo peligroso y sangriento, las señoras de aquella época concurrí­an a él con particular gusto. El espacio más bajo lo ocuparon también muy pronto muchos hacendados, ricos pecheros y otras personas que no aspiraban a los sitios de preferencia, por modestia o por pobreza: de consiguiente, allí eran muy fre­cuentes los altercados.

-¡Perro judío! -dijo un anciano cuya túnica raída indi­caba la pobreza, al propio tiempo que su espada, daga y cade­na anunciaban la jerarquía de caballero-. ¡Hijo de una loba! ¿Te atreves a tocar a un cristiano? ¿A un hidalgo normando de la alcurnia de los Montdidier?

Este enérgico discurso se dirigía nada menos que a nues­tro antiguo amigo Isaac de York, el cual, costosamente vesti­do con una gabardina forrada de magníficas pieles, procuraba adquirir dos asientos en primera línea debajo de la galería, para él y para su hija, la hermosa Rebeca, que había ido a bus­car a su padre a Ashby con objeto de asistir al torneo. Isaac pugnaba por cumplir su deseo, mientras su linda hija le tenía asido del brazo, y temblaba al observar el general desagrado que excitaba la presunción de su padre. Pero si en otras oca­siones hemos visto a Isaac tímido y sumiso, en aquélla no, porque conocía que nada debía temer y que su persona no corría riesgo alguno. En las numerosas concurrencias ningún noble se hubiera atrevido a ofenderle en nada, por muy ven­gativo y ambicioso que fuera: en tales casos los judíos estaban bajo la salvaguardia de la ley general; y si esto no era sufi­ciente, rara vez faltaba algún barón poderoso que por su mismo interés los amparaba y defendía a toda costa. Además de las razones ya dichas, Isaac de York sabía que el príncipe Juan trataba de negociar un empréstito con todos los judíos del mismo condado, y que les daba en prendas o fianzas varias tierras y joyas. A Isaac le correspondía tomar una parte muy principal en aquel asunto, y de aquí nacía su íntima convic­ción de que el Príncipe se mostraría propicio, favorable, y aun su defensor, por lo mucho que le interesaba terminar feliz­mente el empréstito con los judíos de York.

Fiado en tan justas consideraciones siguió Isaac dispu­tando, y atropellando por entre la muchedumbre empujó al  noble normando, sin tener en cuenta su clase y alcurnia. Las quejas del noble y anciano caballero excitaron la indignación de cuantos rodeaban. Uno de ellos, hombre de extremada cor­pulencia y de gran robustez, con doce dardos pendientes del cinturón, un arco de seis pies en la mano, y con un semblante en que muy al vivo estaban retratadas la cólera y la indigna­ción sobre unas facciones duras y curtidas por la acción del sol y por toda clase de intemperie, se volvió hacia el judío y le dijo:

-¡No olvides nunca que todas las infinitas riquezas que has atesorado chupando la sangre a tus desgraciadas víctimas no han hecho otra cosa que hincharte como una araña de quien nadie se cura en tanto que permanece en su agujero, pero que cualquiera la aplasta con el pie si se atreve a presen­tarse en medio del día!

Este enérgico y terminante discurso, pronunciado en anglonormando y con voz terrible y poderosa, atajó los pasos del israelita, y es probable que se hubiera alejado de tan terri­ble vecino si la entrada en el circo del príncipe Juan, rodeado de su numerosa comitiva, no hubiera llamado la general aten­ción.

Entró rodeado el Príncipe de todos los caballeros sus cor­tesanos oficiales de la Corona y de algunos eclesiásticos, entre los cuales se distinguía el Prior de Jorvaulx, vestido con la magnificencia que le permitía su estado, y distinguiéndose por la desmesurada longitud de las puntas de sus botas; longitud que obligaba a que algunos se las atasen a las rodillas. Pero las del Prior, más extravagantes aún, iban atadas a la cintura, de modo que le obligaban a llevar los pies fuera de los estribos. Este inconveniente no era de poca consideración para el prior de Jorvaulx, que era muy afecto a lucir su destreza en la equi­tación. El resto de los cortesanos que rodeaban al Príncipe eran los jefes de sus tropas mercenarias, varios barones aven­tureros, diversos personajes de infame conducta, y algunos caballeros del Temple y de San Juan de Jerusalén, Urdenes ambas que se habían declarado abiertamente contra Ricardo, puesto que habían tomado partido por Felipe de Francia en los disturbios que entre ambos reyes ocurrieron en Palestina. Las consecuencias subsiguientes a estas reyertas hicieron inútiles las victorias de Ricardo y las heroicas tentativas que hizo con­tra Jerusalén, parando todas sus hazañas y su inolvidable glo­ria en una dudosa tregua con el sultán Saladino.

Siguiendo los caballeros templarios y los hospitalarios la misma política en Inglaterra y en Normandía que la que habían usado en Tierra Santa, se habían unido a la facción de Juan Sin Tierra, y no podían desear el regreso de su rey Ricardo I, ni aun la sucesión de Arturo, su legítimo heredero. Esta era la razón más poderosa que tenía el príncipe Juan para aborrecer y despreciar a las pocas familias sajonas que existían en Ingla­terra; y cuanto mayor era la importancia de éstas, tanto más se complacía el Regente en abatirlas con toda clase de vilipen­dios. Las dichas familias miraban al príncipe Juan con el mayor desafecto, porque sólo esperaban usurpaciones y tira­nía de un soberano tan disoluto y tan arbitrario.

Seguido de su brillante acompañamiento y vestido de seda y oro se presentó en el circo Juan "Sin Tierra" sobre un poderoso caballo, con un halcón en la mano, cubierta la cabe­za con gorra de magníficas pieles y piedras preciosas, y (le­vando la cabellera rizada y caída con gracia sobre los hom­bros. El Príncipe hizo caracolear a su tordo palafrén alrededor de la liza precediendo a sus alegres cortesanos, con los cuales iba hablando y riendo con descompasados gritos, sin dejar por eso de observar como buen juez en el asunto, las bellezas que ornaban la galería.

Llevaba el Príncipe retratadas sobre su frente la audacia y la disolución que le eran habituales, unidas a una altanería sin límites y una total indiferencia con respecto a los males ajenos; pero, a pesar de todo, su continente agradaba, porque sus facciones naturalmente bellas y su urbanidad habían dado a su rostro una cierta expresión risueña que anunciaba la más honrada franqueza, como si verdaderamente fuera esta prenda natural de su carácter. Esta clase de fisonomías se atribuyen generalmente a una índole franca y ajena a todo disfraz, no siendo en realidad otra cosa que el retrato del descaro, fruto propio del libertinaje, unido al que da también el rango, la riqueza y otras ventajas que no tienen en sí un mérito verda­dero y sólido. La ignorante plebe, igual en todas partes, no trató de examinar a fondo esta cuestión, y recibió al Príncipe con estrepitosos aplausos, debidos a la pedrería que llevaba en la gorra, a las magníficas pieles que adornaban su capa, a las elegantes botas de tafilete con espuelas de oro, y a la gracia y resolución con que manejaba su hermoso palafrén.

Recorría el circo el Príncipe, cuando le llamó la atención el alboroto suscitado por el empeño del judío, que a toda costa deseaba obtener dos asientos delanteros. La vista penetrante del Príncipe conoció inmediatamente a Isaac, aunque se fijó con más gusto en la hermosa Rebeca, que, aterrada por el tumultuoso alboroto, apretaba en silencio el brazo de su anciano padre.

La figura de la hija del judío podía competir con la de la beldad más célebre de toda Inglaterra, aun a los mismos ojos del Príncipe, conocedor célebre. La elegante y perfecta sime­tría de sus formas brillaba más con el traje oriental que usa­ban todas las mujeres de su nación. Llevaba un turbante de seda amarilla que hacía hermoso,juego con el color moreno de su rostro: cl brillo de sus negros ojos, los arcos elegantes que formaban sus cejas sobre una nariz aguileña, sus dientes blan­cos como las más finas perlas de su nación, sus profusas tren­zas negras, caídas graciosamente sobre su cuello, el magnífi­co traje de seda de Persia, en cuyas llores y ramas se retrataba el brillo de la naturaleza misma: todo, en fin, formaba un con­junto de elegancia y hermosura que eclipsaba a todas las bellezas que hasta entonces se habían presentado en el torneo. Completaba su rico atavío un collar riquísimo de diamantes con sus pendientes de lo mismo, diversos broches de perlas y oro que sujetaban el traje desde el cuello a la cintura, y de los cuales estaban abiertos los tres superiores a causa del calor, y una magnífica pluma de avestruz sujeta al turbante por un botón de diamantes y perlas. Tal era, pues, el traje de la hebrea, que podía graduarse cono incalculable su valor. Las j damas que estaban en la superior galería aparentaban el más F alto desprecio hacia la judía, al paso que envidiaban su her­mosura y sus ricas galas.

-¡Por la calva cabeza de Abraham! -dijo el Príncipe-  ¡Aquella judía debe de ser el retrato de la que volvió el juicio más sabio de los reyes! ¿Qué os parece prior Aymer'?

-¡La rosa de Sharon y el lirio de los valles! -contestó el prior en tono de chanza-. Pero tenga presente vuestra alte­za que es una judía.

-¡Si -prosiguió el Príncipe-; y es lástima que el barón de los Bezantes y el duque los Shekels estén disputando un sitio con esos descamisados que no tienen una sola moneda j cuya cruz impida que el Diablo baile en sus bolsillos! ¡Por el cuerpo de San Marcos! ¡Mi proveedor de dinero y su hermo­sa hebrea han de tomar puesto en la galería! Isaac, ¿quién es esa joven? ¿Es tu hermana, tu mujer o... alguna de las huríes?

-Mi hija Rebeca -respondió Isaac haciendo una reve­rencia, pero sin el menor embarazo, y no dando valor al dis­curso del Príncipe, en el cual había tanta cortesanía como burla, por lo menos.

            -¡Mejor para tí! -dijo el Príncipe con una gran carca­jada, que imitaron en coro sus cortesanos-. ¡Pero hija, mujer o lo que sea, obtendrá un lugar cual corresponde a su mérito y hermosura! ¿Quiénes son aquéllos'? -continuó, fijando la vista en la galería-. ¡Villanos sajones! ¡Fuera con ellos! ¡Que dejen sitio al príncipe de los usureros y a su hermosa hija! ¡Es necesario que aprendan esos rústicos que el mejor asiento en la sinagoga es de aquellos a quienes de derecho les pertenece!

Esta injuriosa y poco cortés arenga se dirigía nada menos que a la familia de Cedric el Sajón, la cual ocupaba una parte de la galería en unión con la de su fiel aliado Athelstane de Coningsburgh, personaje venerado por todos los sajones, por traer su origen del último monarca de la raza que ocupó el trono de la nación inglesa. Era, como todos los de su familia, de agradable aspecto, membrudo y fuerte, y a la sazón estaba en la flor de sus años; pero tenía una fisonomía sin expresión, una mirada fría, y todos sus movimientos eran lentos y flojos, siendo tal su irresolución, que al nombre le agregaban el epí­teto de desapercibido. Tenía muchos amigos, entre ellos Cedric, que decían en abono de Athelstane que no carecía de valor ni de talento, sino que la indolencia procedía de su habi­tual indecisión, y tal vez del hereditario vicio de la embria­guez, que había embotado sus facultades mentales. Asegura­ban, por último, que el pasivo valor y la suavidad de su carácter indicaban cuán grande y generoso pudiera haber sido si el placer de la mesa no le hubiera despojado de sus más nobles y apreciables cualidades.

A este personaje tan respetado por todos los sajones se dirigió principalmente el mandato de Juan Sin Tierra. Athels­tane, confuso al oír unas palabras que envolvían el más terri­ble insulto, opuso solamente a la voluntad del Príncipe la fuerza de inercia tan propia de su carácter. Se mantuvo inmó­vil y fijó sus grandes y espantados ojos en el Príncipe, pero de una manera harto grotesca y ridícula.

-¡EI puerco sajón duerme, o no hace caso de mi! ¡De Bracy, púnzale con tu lanza!

Este Mauricio de Bracy era el jefe de una compañía fran­ca, especie de tropa cuyos soldados eran conocidos por con­dottieri, lo que es igual a decir mercenarios, pues entraban al servicio del primer príncipe que les pagaba.

La orden de Juan excitó algunos murmullos entre los caballeros de su comitiva; pero De Bracy, a quien su profesión absolvía de toda especie de escrúpulo, levantó la lanza diri­giéndola hacia la galería donde estaba Athelstane el desaper­cibido, y hubiera ejecutado la orden del Príncipe antes que aquél hubiera tratado de evitarla, si Cedric, tan vivo y enérgi­co como su amigo era lento y desidioso, no hubiera desnuda­do la espada con la rapidez del relámpago y de un solo, pero decisivo golpe no hubiera separado el hierro del asta.

El rostro del Príncipe se vio en un instante inflamado de cólera; echó varios juramentos de los más horribles que usaba, y hubiera dado aun más evidentes pruebas de su enojo a no haber sido por sus cortesanos, que trataron de disuadirle, y por la universal aclamación que excitó en todo el concurso la brillante acción de Cedric. El Príncipe recorrió con su irri­tada vista toda la plaza, desde la valla hasta el fin de la gale­ría, buscando en quién desahogar la cólera que le cegaba.

Por casualidad se fijó en el arquero de las doce flechas de quien ya hemos hablado, el cual aplaudía a gritos con toda la fuerza de sus robustos pulmones, sin hacer caso del sañudo gesto de Juan Sin Tierra....ste, lleno de ira, le dijo:

-¿Qué significan esas aclamaciones?

-Yo aplaudo siempre cuando veo un golpe de destreza o cuando una flecha atraviesa el blanco.

-¡Apuesto a que eres un diestro tirador! -¡A cualquier distancia!

El Príncipe, a'n más irritado con las respuestas del monte­ro y con las alusiones que algunos del pueblo hicieron al odio que le profesaba la nación, se contentó con mandar a un hom­bre de armas que no perdiese de vista al de las doce flechas.

-¡Por Dios -añadió-, que hemos de ver si este fanfa­rrón es tan buen tirador como dice!

-¡Veremos!

Así contestó el montero, con la misma frialdad y desem­barazo que había mostrado durante el anterior diálogo. En seguida se dirigió el Príncipe al paraje en que se hallaba Cedric, y dijo:

-¡Vosotros, villanos sajones, levantaos; que por el sol que nos alumbra, aseguro que ha de sentarse el judío entre vosotros!

-¡No, príncipe, no; con perdón de Vuestra Alteza! - dijo el judío Isaac-. ¡No está bien que los hombres de mi clase alternen con los magnates del país!

 

El hebreo no tuvo inconveniente en atropellar a un vásta­go de la casa de Montdidier; pero no se determinó a hacerlo así con los opulentos sajones.

-¡Haz lo que te mando! -dijo el Príncipe-. ¡Obedece, perro infiel, o mando desollarte y curtir tu piel para hacerla correas del arnés de mi caballo!

El judío, sumiso y pronto a condescender con tan cariñosa insinuación, empezó a subir la estrecha escalera de la galería.

¡Veremos si hay quien se atreva a detenerlo! -dijo el Príncipe fijando la vista en Cedric, que se dispuso a cerrar el paso al hijo de Abraham.

Pero Wamba evitó el conflicto interponiéndose de un brinco entre el judío y Cedric.

-¡Yo me atrevo! -dijo el bufón al Príncipe; y agitando su espadón de madera sobre la cabeza del israelita, le presen­tó con la mano izquierda un semipernil, a guisa de broquel, que había llevado al torneo por si éste duraba más tiempo del que su estómago quisiera.

El judío retrocedió horrorizado al considerar cuán cerca estaba de contaminarse con el objeto de la abominación de su  tribu, y comenzó a bajar la escalera con cuanta prisa podía, en tanto que Wamba seguía hostigándole orgullosamente con cl pernil y el espadón de palo, cual un guerrero que pone en ver­gonzosa huida a su rival. Los espectadores celebraron con grandes carcajadas tan risible escena, y aun el Príncipe y sus cortesanos rieron, sin poder pasar por otro punto.

-¡Dame el laurel de la victoria, primo Juan! --dijo el bufón-. ¡He vencido a mi antagonista en batalla campal, con broquel y espada! -dijo esto levantando el pernil y el sable de palo.

-¿Y quién eres tú, noble campeón? -preguntó Juan riendo todavía.

-¡Un loco por todos cuatro costados! Yo soy Wamba, hijo de Wittes, nieto de Weaherbrain, bisnieto de un aldermán.

¡Vamos! -erijo el Príncipe celebrando encontrar un pre­texto para revocar su primera orden-. ¡Haced sitio al judío en la galería inferior! ¡No sería justo colocar al vencido al lado del vencedor!

-¡Ni el loco junto al truhán, ni el tocino al lado del        judío! -repuso Wamba.

-¡Gracias, amigo; mucho me gustas! Oye, Isaac: présta­me un puñado de bezantes.

En tanto el judío, despavorido al oír una orden que no quería obedecer ni se determinaba a rehusar, calculaba con la mano dentro de un saco cuantas monedas podían caber en un puñado. El Príncipe le sacó oportunamente de dudas, pues inclinando el cuerpo sobre el fuste delantero alargó la mano, y arrebató de las suyas el bolsón al atónito Isaac. Sacó unas cuantas piezas de oro se las alargó a Wamba, y siguió su paseo a caballo alrededor del palenque, dejando al judío que sirvie­se de blanco a la burla general, y recibiendo él tantos aplausos como si su acción hubiera sido magnánima y digna de los mayores encomios.

 

 

III

 

 

Lanza en ristre, ya se miran

con furor los campeones,

            y a sus caballos oprimen

            con los férreos talones,

                                   DRIDEN.

 

 

El príncipe Juan refrenó repentinamente su palafrén, y llamando al prior de Jorvaulx, le dijo:

-¡Por la virgen María señor Prior que hemos olvidado la principal circunstancia  de la fiesta! Hemos olvidado nombrar la reina de la hermosura y de los amores por cuyas blan­cas manos han de ser distribuidos los laureles de la victoria. Por lo que a mí toca, soy generoso en mis ideas, y no haré escrúpulo de dar mi voto a los negros ojos de la linda Rebeca.

 

-¡Virgen Santa! -exclamó el Prior-. ¡Una judía! ¡Mereceríamos ser echados ignominiosamente de este sitio! Por otra parte, juro por mi santo fundador que la hermosa sajona Rowena no es menos bella que la hija del israelita.

-Sajona o judía -dijo el Príncipe-, ¿qué importa? Yo quiero nombrar a Rebeca, aunque no sea más que por dar en ojos a esos villanos sajones.

 

Tales expresiones excitaron murmullos de desaprobación en la comitiva del Príncipe. 
                
-¡Eso pasaría de chanza! -dijo De Bracy-. ¿Qué
caballero habia de poner lanza en ristre después de semejante elección?

-¡Seria insultar a vuestros caballeros! -dijo Waldemar Fitzurse, el mas antiguo de los cortesanos del principe Juan-. Y si Vuestra Alteza persiste en llevar a cabo ese proyecto, tra­bajara solo para arruinar sus designios.

-¡Baron -repuso el Principe con altaneria-, os pago para que me sigais, no para que me aconsejeis!

-Pero los que siguen a Vuestra Alteza por los caminos que transita -le dijo en voz baja Fitzurse- han adquirido cierto derecho a aconsejaros, puesto que tienen comprometi­dos sus intereses, su honor y su vida.

Juan perdon6o al cortesano esta reflexi6n en gracia del tono con que la había hecho, y añadió:

-¡He querido chancearme, y todos se irritan cual si fue­ran víboras pisadas! ¡Nombrad, con mil diablos, la que más os acomode y no me rompáis la cabeza con vuestras observacio­nes!

-Yo creo -dijo De Bracy- que seria lo mas oportuno dejar vacante el trono hasta que, publicado el nombre del ven­cedor, este elija la bella que ha de ocuparle. De ese modo el triunfo será más satisfactorio, y todas las damas apreciaran el homenaje de los caballeros que están en posición de elevarlas a tan alta dignidad.

-Si venciese Bois-Guilbert -dijo el Prior-, no dudo quien será la reina de los amores y de la hermosura.

-Buena lanza es Bois-Guilbert -repuso De Bracy-; pero hay otras en el torneo que no le ceden en nada.

-¡Silencio, señores -dijo Fitzurse-, que es ya hora de que el Principe ocupe su trono! Los caballeros y espectadores están impacientes, pasa el tiempo, y debe empezar la funci6n.

El Príncipe, aunque no era todavía monarca, encontraba en Waldemar Fitzurse todos los inconvenientes de un favori­to que sirve a su soberano, pero a su manera y segun sus favo­ritas ideas y caprichos. El carácter de Juan Sin Tierra era obs­tinado hasta en las más triviales frioleras. Ocup6 su trono rodeado de sus cortesanos, y orden6 a los heraldos que publi­casen las leyes del torneo, que, poco más o menos eran las siguientes:

Primera. Los cinco caballeros mantenedores debían acep­tar el combate con todos los caballeros que se presentaran.

Segunda. Todo caballero tendría derecho a elegir un anta­gonista particular entre los mantenedores, para lo cual basta­ría tocar su escudo. Si le tocase con el cuento o extremo infe­rior de la lanza, el combate sería con el hierro de Ia lanza embotado en una plancha de madera, combate que se llama de armas corteses; pero si el caballero tocase el escudo de su antagonista con el hierro, el combate sería a muerte, como en una verdadera batalla.

Tercera. Cuando los caballeros mantenedores hubieran cumplido su voto rompiendo cinco lanzas cada uno, el Prín­cipe declararía el vencedor del primer día, el cual recibiría en premio un magnífico caballo de batalla, de perfecta estampa y de todo vigor e intrepidez, y además de este galardón ten­dría cl honroso derecho de elegir la reina de la belleza y de los amores, a Ia cual correspondía dar el premio del segundo día.

Cuarta. Dicho segundo día habría un torneo general, en el que todos los caballeros que gustasen podrían tomar parte; pero aquéllos serían distribuidos en dos partes iguales, Ias cuales combatirían hasta que el Príncipe arrojase a la palestra su bastón de mando. Entonces la reina de la belleza y de los amores coronaría con el laurel de la victoria al vencedor del segundo día. La corona sería de oro, y sus hojas imitando a las del laurel. Desde aquel momento cesarían los juegos de Caba­Ilería.

En estas leyes nada se hablaba de los juegos del tercer día, por no pertenecer a aquellos en que la Nobleza se ejerci­taba. Debían de consistir en corridas de toros, tiro de arco al blanco, y otras diversiones de este estilo propias para recreo del vulgo. De esta suerte quería el Príncipe atraer a sí el afec­to del pueblo, que cada día lo miraba con más aborrecimien­to por Ias continuas violencias con que le oprimía.

Cuando los heraldos concluyeron de leer Ias leyes del tor­neo ofrecía la palestra el más magnífico espectáculo. En Ias galerías estaban Ias tàmilias más nobles y poderosas, Ias damas más bellas del Norte y del centro de Inglaterra. El exquisito lujo de tan ilustres espectadores proporcionaban una vista tan alegre cono espléndida. El espacio inferior le ocu­paban los ricos labradores y honrados plebeyos en trajes más sencillos, que formaban una especie de guarnición de colores más opacos, y que hacían un excelente contraste con el luci­do esplendor de Ia parte de arriba de las galerías.

Los heraldos terminaron su proclamación con los acos­tumbrados gritos: ¡Generosidad, generosidad, valientes caba­Heros! Y en el momento se desprendió de todas las galerías una copiosa lluvia de monedas de oro y plata, porque todos los caballeros de aquellos tiempos deseaban demostrar a com­petencia su prodigalidad con aquellos empleados, que enton­ces eran al mismo tiempo secretarios y cronistas del honor. A tal liberalidad contestaron los heraldos: ¡Amor a Ias damas, honor a los generosos y gloria a los valientes! El pueblo con­testó a estas aclamaciones con gritos de regocijo, mezclados con el belicoso eco de multitud de clarines. Luego que hubo cesado este marcial estrépito salieron los heraldos de Ia liza en vistoso orden, permaneciendo en él los maestres de campo, armados de punta en blanco, tan inmóvil como estatuas y fija en los extremos de la palestra.

A este tiempo estaban ya colocados en el lado del Norte muchos caballeros, deseosos de medir sus armas con Ias de los mantenedores. AI curioso observador le presentaba este espectáculo la vista de un mar de ondeantes plumas, brillan­tes yelmos, elevadas lanzas y elegantes pendones, que impul­sados por un viento suave unían a la de los penachos su tré­mula agitación, formando una escena tan vistosa como animada y lucida.

AI fin se abrieron Ias vallas, y entraron lentamente en la liza cinco caballeros a quienes había tocado la suerte de entrar primero en el combate: uno iba delante, el cual era seguido por los otros cuatro dos a dos. Iban los cinco caballeros mag­níficamente armados, y el manuscrito sajón de Wardour de donde hemos sacado estos detalles hace una circunstanciada descripción de los colores, divisas, armas, gualdrapas y arre­os con que se presentaron en Ia palestra caballeros y caballos. Nos ha parecido oportuno omitir estas particularidades, por­que, como dice un poeta de aquel tiempo,

 

Ya son polvo los valientes,

y orín sus nobles aceros;

aquéllos en paz descansan

en las mansiones del cielo.

 

Sus armas y escudos se desprendieron ya de los sólidos muros de sus fortalezas: éstas sólo son en el día un montón de ruinas, o terrenos cubiertos de verde césped, y su memoria desapareció de los sitios que antes ocupaban, porque después han desaparecido también muchas generaciones de encima de la Tierra, que los ha olvidado, y en la cual ejercieran tiránica­mente toda la plenitud de su poder feudal. ¿Qué necesidad tiene el lector de saber, pues, sus nombres ni los caducos sím­bolos de su jerarquía?

Pero olvidados en aquel momento los caballeros de que sus nombres y hazañas habían de caer en el olvido, entraron en el palenque reprimiendo el ardor de sus fogosos corceles y obligándolos a moverse con graciosa lentitud, para ostentar así la destreza de los jinetes. Cuando llegaron al sitio del com­bate rompieron el aire los ecos de una marcha oriental tocada por instrumentos bélicos traídos de Tierra Santa y colocados a espaldas de Ias tiendas de los mantenedores. Este marcial estrépito, entre el cual se distinguían los platillos y campani­llas, servía a un tiempo de bienvenida y amenaza a los caba­lleros recién llegados. Los espectadores fijaron la vista en ellos en el momento en que separándose fueron cada uno hacia los escudos de los mantenedores, tocando ligeramente en ellos con el cuento de la lanza. No faltaron espectadores, entre ellos algunas damas, que se disgustaron al ver elegir a los caballeros Ias armas corteses, porque el sentimiento que causan las muertes y catastrofes que ocurren en et día en nues­tras tragedias producen Ia misma impresión en el ánimo de nuestros espectadores que en el de aquéllos Ias desgracias efectivas ocurridas en los torneos.

Luego que manifestaron de este modo sus pacíficas inten­ciones se retiraron a la extremidad opuesta, formándose en línea. A poco rato salieron los mantenedores a caballo de sus respectivas tiendas, capitaneados por Brian de Bois-Guilbert, y bajaron de la plataforma para colocarse cada uno de ellos delante del caballero que había tocado su escudo.

AI sonido de trompetas y clarines partieron a galope ten­dido unos contra otros, siendo tal suerte y destreza de los mantenedores, que al primer encuentro fueron rodando por la arena los contrarios de Bois-Guilbert, Malvoisin y Frente de buey. El antagonista de Hugo de Grand-Mesnil, en vez de asestar su golpe al crestón o al escudo de su enemigo, equi­vocó en tales términos la dirección que rompió la lanza, hiriéndole de refilón en un costado de la armadura. Esta cir­cunstancia era reputada por más deshonrosa que la de quedar desmontado; porque ésta pudiera ser hija de un desgraciado accidente, al paso que aquélla sólo era el resultado de una completa impericia en el manejo de Ias armas. El quinto de los caballeros fué el único que sostuvo el honor de su cuadri­lla, pues no solamente se mantuvo firme ante el caballero de Vipont, sino que rompió con él tres lanzas, sin poder decidir que el uno ganase una ventaja de consideración sobre el otro

Se oyó de nuevo la marcial armonía, que, mezclada con los gritos de los espectadores y Ias aclamaciones de los heral­dos anunciaba la derrota de los vencidos y el triunfo de los mantenedores. Estos se retiraron a sus respectivos pabello­nes, en tanto que aquéllos, izándose de la arena, salieron de la liza avergonzados para tratar con los vencedores acerca del rescate de Ias armas y caballos, que de derecho les pertenecí­an según las leyes del torneo. El último campeón fue el que se detuvo más tiempo en la palestra, a fin de recibir los aplau­sos de la muchedumbre, para mayor confusión de sus com­pañeros.

Otras dos cuadrillas pidieron sucesivamente campo, y se mantuvieron firmes en Ias sillas en diferentes encuentros, aunque inútilmente, pues al fin se declaró la victoria por los mantenedores. Las repetidas victorias por éstos arredraron a los demás campeones, y sólo se presentaron tres, que obtu­vieron igual resultado. Esto hizo que pasara largo rato sin que nadie se presentase en la palestra. La detención causó mal efecto en la concurrencia, porque consideraban seguro el triunfo de Malvoisin y "Frente de buey", los cuales eran abo­rrecidos en el país por su altanería, y los demás, excepto Gran-Mesnil, eran extranjeros.

Pero ninguno manifestó más claramente su disgusto que Cedric el Sajón, que sólo consideraba en cada triunfo de un normando una nueva humillación para Inglaterra. No había sido afecto, ni aun en su juventud, a los ejercicios de Ia Caba­llería; pero, no obstante, había defendido con valor y con las armas en Ia mano los derechos que le legaron sus abuelos.

Viendo el triunfo de sus contrarios, dirigió ansiosamente la vista a su amigo Athelstane, experto en el manejo de las armas normandas, procurando invitarle en silencio a salir de una inacción que consideraba como culpable, puesto que no trata­ba de arrancar la victoria de manos del orgulloso templario. Pero Athelstane era harto indeciso para corresponder al ins­tante a la insinuación de Cedric.

-Milord -le dijo Cedric-, la suerte está declarada contra nosotros. ¿No tratáis de tomar una lanza?

-Mañana tomaré parte en la melée... ¡El torneo de hoy no merece que uno se incomode en ponerse la armadura!

Cedric recibió una nueva mortificación con esta respues­ta, tanto por la palabra normanda melée que usó Athelstane, y que tan mal sonaba en boca de un sajón, como por el poco interés que tomaba en la derrota de sus compatric¡os. Pero era Athelstane, y el profundo respeto con que Cedric lo miraba ahogó el justo resentimiento que este incidente suscitó en el ánimo del fogoso Cedric. Iba a contestar; pero lo impidió Wamba diciendo:

-¡Sin duda que es mucho más glorioso ser el primero entre ciento que entre dos!

Athelstane tomó como un elogio tan irónicó insulto; pero Cedric, a quien no se escondió la malicia del bufón, le lanzó una severa mirada; y no le dio más evidente prueba de su desagrado en consideración al sitio y a la ocasión.

Seguía Ia pausa del torneo, sin otra interrupción que Ias voces de los heraldos, que gritaban: ¡Amor a Ias damas; quié­brense lanzas; ánimo, valientes caballeros; los ojos de Ias her­mosas os contemplan! A estas aclamaciones respondió la música marcial dando señales de triunfo desde las tiendas de campaña, y con sus bárbaros ecos continuaban anunciando el reto, que nadie aceptaba. Todos murmuraban, y particular­mente los ancianos caballeros, que lo hacían en voz baja, acerca de Ia decadencia del valor en la generación moderna, tan poco conforme con el valor que en sus tiempos reinaba en la juventud. Pero esta falta de espíritu marcial la achacaban a la escasez de damas hermosas, que antes abundaban para coronar con sus lindas manos la frente de sus vencedores.

Ya determinó el Príncipe Juan adjudicar el premio a Brian de Bois-Guilbert y disponer que se sirviese el banquete de costumbre, porque encontró más razón en su favor, pues sin mudar lanza desmontó tres caballeros.

Acababa la banda oriental una de sus sonatas de guerra, cuando un solo clarín contestó a la llamada de desafío. Todos los ojos se dirigieron al lado de donde salió el eco del clarín para ver quien era el nuevo campeón que se presentaba en Ia liza. Se abrieron las barreras, y entró en la palestra un guerre­ro, el cual, por lo que parecía, a pesar de Ia armadura, era un hombre de mediana corpulencia y no muy fuerte ni robusto. Vestía una magnífica armadura de brillante acero embutida en oro, y en su escudo llevaba por divisa una tierna encina desa­rraigada, con un mote español que decía: desheredado. Mon­taba un hermoso y fuerte caballo negro, y al dar la vuelta alre­dedor del circo saludó al Príncipe y a las damas bajando la lanza hasta la arena con la mayor gracia y soltura.

La destreza con que manejaba el brioso corcel y cierto aire juvenil que denotaba su talante, le granjearon el favor de la mayoría de los espectadores; tanto, que muchos de ellos, particularmente entre las clases inferiores, le gritaban: ¡Tocad el escudo de Ralfo de Vipont, del caballero hospitalario! ¡Es el menos firme en la silla! ¡Con ése podrás salir mejor libra­do!

En medio de estas advertencias marchaba el desheredado hacia la plataforma, y, con asombro de los espectadores, se dirigió al pabellón del centro e hirió con la punta de la lanza el escudo del caballero Brian de Bois-Guilbert: esto indicaba que el combate debía ser a muerte. Al resonar eI golpe en los cuatro ángulos de la palestra manifestaron todos los especta­dores el mayor asombro, el cual, a pesar de ser tan grande, no pudo llegar al del mismo caballero retado por tan hostil señal a combate de muerte.

-¿Os habéis confesado? -preguntó el templario con amarga sonrisa-. ¿Habéis oído misa esta mañana, vos que con tan poca ceremonia venís a exponer la vida?

-Mejor dispuesto vengo a morir que podéis estar vos - contestó el desheredado, que sólo con este nombre se hizo inscribir en los libros del torneo.

-¡En ese caso, ve a tomar tu puesto, y contempla el sol por última vez, que esta noche has de dormir en el Paraíso!

-Agradezco tu cortesía, y, en cambio, te aconsejo que tomes otra lanza y nuevo caballo, pues yo te juro por mi honor que has menester ambas cosas.

Después de haber dicho estas palabras con tono sereno y confiado fue a tomar puesto en la palestra haciendo que su caballo bajase hacia atrás todo el espacio de la plataforma hasta la liza, la cual recorrió del mismo modo hasta el ángulo del Norte, en el cual se detuvo para esperar a su antagonista. El público aplaudió con el mayor entusiasmo aquella prueba evidente de la destreza que en equitación poseía el deshereda­do.

El templario empezó a prepararse para el combate; y si bien estaba frenético de cólera, no por eso dejó de tomar las precauciones que le aconsejara su adversario. Estaba tan com­prometido su honor que no podía desatenderse de ninguna cir­cunstancia que pudiera ayudarle a vencer a un competidor tan presuntuoso. Por tales razones mudó de caballo, tomando uno brioso e intrépido, se hizo llevar la más fuerte lanza del asti­llero, y, por último, sus escuderos le pusieron en las manos un nuevo escudo, porque en el torneo se había abollado algún tanto el que anteriormente le había servido. El primero lleva­ba pintado por divisa un caballo con dos jinetes, emblema que representa la humildad y primitiva pobreza de los templarios, y el segundo llevaba por emblema un cuervo a vuelo desple­gado, con un cráneo en las garras, y un mote que decía: ¡Guar­da el cuervo!

Luego que ambos caballeros estuvieron frente a frente los espectadores guardaron un profundo y universal silencio, mirando a los dos con una atención tan ansiosa que es impo­sible describirla. Todos los espectadores hacían votos por el desheredado; pero ninguno creía que venciese a Brian de Bois- Guilbert

Apenas se oyó el canto de guerra de los clarines, cuando los dos caballeros partieron de su puesto con la rapidez del relámpago y se encontraron en el centro de la palestra, con tan horroroso golpe, que sólo puede compararse al estampido del trueno. Las lanzas volaron por los aires en menudas piezas, y aun los jinetes amenazaron ruina; pues los corceles, sin poder resistir tan desaforado golpe, se replegaron y doblaron sobre el cuarto trasero. Pero ambos caballeros se sirvieron tan dies­tramente de la brida y las espuelas, que hicieron recobrar a sus caballos el puesto que les correspondía. Los dos rivales se miraron con ojos que arrojaban fuego por las rejillas de las viseras de los yelmos, y, como de común acuerdo, volvieron riendas y fueron a ocupar nuevos puestos, en los cuales toma­ron de mano de los asistentes nuevas lanzas.

Unánimes aclamaciones poblaron los aires con sus ecos, e hicieron ver el interés que todos tomaban por tan bizarro encuentro. De pronto se suspendió el alegre estrépito y el tre­molar de fajas y pañuelos, quedando en un repentino silencio todo el concurso. Esta era señal de que los combatientes esta­ban en su puesto respectivo; y apenas habían transcurrido algunos minutos, durante los cuales no pudieron recobrarse del encuentro pasado, cuando, haciendo nueva señal el Prín­cipe con su bastón de mando y dando los clarines por segun­da vez el toque de ataque, con la misma velocidad y destreza que ese primer encuentro se unieron los campeones en medio de la palestra; pero con diverso resultado.

En este segundo choque el templario dirigió su lanza al centro mismo del broquel del desheredado, hiriéndole con tanta exactitud y fuerza, que la lanza saltó pulverizada, siendo tal el empuje de Bois-Guilbert, que su adversario cedió hacia la grupa del caballo, pero sin la silla. También el campeón desconocido asestó su golpe al broquel o escudo del templa­rio; nias cambiando repentinamente de dirección en el mismo momento del choque, la dirigió al yelmo, punto infinitamente más difícil de acertar; pero que, una vez acertado, inutilizaba al contrario con la fuerza de su empuje. A pesar de tan nota­ble desventaja sostuvo el templario su alta reputación, pues aunque se bamboleó en la silla, no la hubiera tal vez perdido si no hubiesen estallado las cinchas con la violencia del porra­zo, de cuya circunstancia resultó que caballo y caballero fue­ron rodando por la arena.

Desembarazarse de los estribos y caballo y estar de pie amenazando con la espada a su contrario, fue para el caballe­ro del Temple obra de un minuto: tal era la confusión que en él ocasionaba su derrota y las aclamaciones que por todas par­tes prodigaban a su contrario. El caballero desheredado echó pie a tierra y desenvainó su acero; empero los maestres de campo, apretando las espuelas a sus caballos, se interpusieron, recordándoles que las leyes del torneo no permitían en aque­lla ocasión y sitio aquel género de combate.

-¡Ya nos encontraremos en parte que no haya quien pueda dividirnos! -dijo el templario arrojando sobre su adversario una mirada de fuego, intérprete fiel de la ira y el odio que le inspiraba.

-No será culpa mía si eso no se verifica -contestó el desheredado-. ¡A pie, a caballo, con hacha, espada o lanza, siempre me hallarás dispuesto a combatir contigo!

Siguieran en su acalorado diálogo, a no ser porque los maestres de campo cruzaron entre los dos sus lanzas y los obligaron a separarse. El desheredado fué a ocupar su puesto, y Bois-Guilbert se retiró a su tienda, en la cual permaneció el resto del día entregado a la más atroz desesperación.

Sin bajarse del caballo, el vencedor pidió un vaso de vino, y desatando el barboquejo o parte inferior del yelmo, dijo en voz alta:

-¡Yo brindo a la salud de los verdaderos ingleses, y a la confusión de la tiranía extranjera!

En seguida mandó tocar una llamada de desafio, y encara un heraldo que manifestase a los mantenedores que su intención era justar con todos ellos sucesivamente, en el orden que quisieran presentarse.

Fiado "Frente de buey" en su fuerza y en su gigantesca estatura, pidió salir el primero a la palestra. Llevaba un fuer­te escudo con una cabeza negra de buey sobre campo de plata, muy deteriorado por el prodigioso número de golpes que había recibido. Encima de ella se divisaba el arrogante mote, que en latín decía: Cave adsum; es decir, ¡Cuidado; heme aquí! El desheredado obtuvo sobre este caballero una ventaja ligera, pero decisiva: los dos quebraron lanzas con gallardía y acierto; mas Frente de buey fue declarado vencido, porque perdió un estribo en uno de los encuentros.

No fue más desgraciado el desconocido caballero en su combate con sir Felipe de Malvoisin, a quien hirió tan fuerte­mente en el yelmo que saltaron las hebillas, y si no llegó a medir la tierra, fue porque, libre del yelmo, pudo manejar con menos dificultad su caballo; pero quedó vencido.

Donde demostró el desheredado qué era tan cortés como valiente fue en el encuentro que tuvo con sir Hugo de Grand ­Mesnil. El caballo de éste era un fogoso potro, el cual arran­có su carrera con tan extraordinaria violencia, que le fue impo­sible al caballero hacer uso de su lanza, ni aun darle dirección. El desheredado, bien lejos de aprovechar tan desgraciada cir­cunstancia para su contrario, alzó su lanza, pasándola por encima del yelmo de su adversario, y dando a entender con tan noble acción que no había querido herirle. Volvió a su puesto, desde el cual invitó al caballero de Grand-Mesnil por medio de un heraldo a un segundo encuentro; pero aquel caballero lo rehusó, diciendo que se confesaba tan vencido por destreza como por la cortesía de su adversario.

Raub de Vipont fue el último que se presentó en la pales­tra, y salió de la silla del mismo modo que el pastor arroja con mortal silbido la piedra de la honda. Comenzó a arrojar san­gre por boca y narices, y sus escuderos lo condujeron a su tienda sin sentido.

Con entusiásticas aclamaciones recibió el público la noti­cia de que el Príncipe y los mariscales del torneo habían declarado unánimemente que el caballero desheredado era el único que merecía el honor de aquel día, por lo cual fue nom­brado vencedor.

 

 

IX

 

Su porte majestuoso

por reina del torneo la proclama.

 D.

 

Los maestres de campo, Guillermo de Wyvil y Esteban de Martival pasaron los primeros a felicitar al caballero deshere­dado, rogándole al mismo tiempo que les permitiese desabro­charle el yelmo, o al menos alzarle la visera, para ser condu­cido a recibir de mano del Príncipe Juan el premio del torneo, que tan bien había ganado. El vencedor rehusó ambas cosas con la mayor cortesía, recordándoles las razones que había expuesto a los heraldos antes de entrar en la liza. Los maes­tros de campo se dieron por satisfechos con esta respuesta, porque en aquellos tiempos era muy común entre los caballe­ros la promesa de vivir incógnitos durante cierto tiempo o hasta llevar a cabo alguna aventura. Por eso no insistieron los maestros en su demanda, y pasaron a anunciar al Príncipe Juan que el vencedor deseaba no ser conocido, y pidieron per­miso para presentarlo a Su Alteza.

Este misterio excitó vivamente la curiosidad del Príncipe, que, disgustado de antemano porque habían sido derrotados todos los caballeros sus favoritos por un solo y desconocido, miraba a éste con cierta prevención. Por esta sola razón dijo con altanería a los maestros del campo:

-¡Por la Santa Virgen, que el tal caballero parece tan escaso de cortesía como de bienes de fortuna! Milores -aña­dió hablando a los personajes de su comitiva-, ¿no podréis adivinar quién sea ese caballero que con tan extraña manera se conduce?

-No seré yo quien acierte -contestó De Bracy-, por­ que nunca entró en mis cálculos que se hallara en medio de los cuatro mares que circundan a Inglaterra un campeón capaz de vencer a los cinco mantenedores. ¡Por mi fe, que no puedo olvidar la manera con que arrojó al suelo a Ralfo de Vipont! ¡Como piedra despedida de la honda salió de la silla el pobre hospitalario!

-¡No alabéis ese golpe -repuso un caballero de San Juan-, porque no fue más dulce la suerte de vuestro amigo el  templario! ¡Tres veces le vi rodar, y a fe mía que tomaba a puñados la arena!

De Bracy era partidario de los caballeros del Temple, por lo que hubiera replicado, a no haberse interpuesto el Príncipe diciendo:

-¡Silencio, caballeros! ¿A qué viene ese inútil debate? -El vencedor -dijo de Wyvil- espera la voluntad de Vuestra Alteza.

-Mi voluntad es... que espere hasta que encontremos una persona que pueda decirnos su nombre y condición. Des­pués de la faena que ha traído toda la mañana, bien puede aguardar hasta la noche sin temor de constiparse.

-Vuestra Alteza -dijo Fitzurse- no honrará debida­mente al vencedor si le detiene hasta adquirir noticias que no son fáciles de encontrar. AI menos yo no encuentro dato algu­no para fundar mis conjeturas. Como no sea el desconocido alguna buena lanza de Ias que acompañaron al rey Ricardo a la Tierra Santa... Porque ya van regresando a Inglaterra.

-Tal vez será el conde de Salisbury -dijo De Bracy-, que es de la misma estatura que el desheredado.

-Más bien será sir Tomás de Multou, el caballero de Gisland -replicó Fitzurse-. Salisbury es mucho más corpu­lento.

-Puede haber enflaquecido en Palestina -repuso De Bracy.

-¿Si será el Rey en persona? -dijo una voz que    nadie notó de donde había salido-. ¿Si será el mismo Corazón de León?

-¡No lo quiera Dios! -exclamó involuntariamente el Príncipe, pálido como la muerte y tembloroso cual si le hubie­ra aterrado el terrible fragor de repentino trueno-. ¡Walde­mar, De Bracy -prosiguió-, valientes caballeros, os recuer­do Ias promesas de manteneros firmes y leales!

-Por ahora estamos fuera de todo riesgo. ¿Habéis olvi­dado Ias atléticas y membrudas formas de vuestro hermano? ¿Podéis pensar que el cuerpo de Ricardo quepa en los límites estrechos de aquella armadura? De Wyvil, Martival, acercad el vencedor al trono del Príncipe para desvanecer Ias dudas que le han hecho salir al rostro los colores. Mírele de cerca Vuestra Alteza, y notará que tiene tres pulgadas menos de estatura, y que asimismo le faltan seis para ser tan ancho de hombros como el Rey. No hubiera aguantado el caballo del desheredado más de una carrera si hubiera llevado por jinete al rey Ricardo.

Aun estaba hablando Waldemar, cuando llegó el caballe­ro conducido por los maestres de campo. Tan turbado estaba el Príncipe al considerar que era posible que hubiera regresa­do ya a Inglaterra un hermano a quien tantos favores debía y con quien tan fementido e ingrato se había mostrado, que no quedó convencido a pesar de ver comprobadas las razones que le diera Fitzurse. Al tiempo que pronunciaba ciertas bre­ves palabras alabando el valor del desheredado y mandaba que le entregasen el caballo que servía de galardón, temblaba extraordinariamente, temiendo que de la visera saliese la sonora voz del formidable Corazón de León.

Mas el caballero vencedor no pronunció palabra alguna, contentándose con hacer al Príncipe una profunda reverencia.

Dos escuderos magníficamente vestidos condujeron el caballo, cubierto con un suntuosísimo arnés militar; pero este rico adorno nada aumentaba el precio del magnífico caballo. El desheredado puso la mano sobre el arzón delantero, y de un salto se puso sobre la silla, sin servirse del estribo; en seguida blandió la lanza con la mayor destreza, y recorriendo dos veces el círculo que formaba la palestra hizo lucir la hermo­sura y el vigor del magnífico corcel con toda la inteligencia de un perfecto jinete.

Pudiera atribuirse esta ostentación al deseo de hacer bri­llar su destreza en la equitación; pero todos creyeron que el único objeto que se propuso el caballero al dar aquella públi­ca muestra de su pericia fue hacer lucir la munificencia del Príncipe, que con tan rico presente le había favorecido. Por ambas razones, sin duda, aplaudieron con el mayor extremo al desheredado.

A este tiempo habló ciertas palabras el prior Aymer al oído del Príncipe, a fin de recordarle que el campeón debía dar una prueba de su buen gusto eligiendo entre tanta hermo­sa dama la que debía ocupar durante aquellas fiestas el trono de la belleza y de los amores, reina que debía coronar por su mano al vencedor del segundo día. Con este oportuno recuer­do, el Príncipe hizo una seña con su bastón de mando al tiem­po que iba a pasar por delante de él el caballero desheredado. Este paró de pronto, bajó hasta al suelo el hierro de su lanza, y pasó repentinamente del estado de una extraordinaria agita­ción al de una estatua ecuestre.

Los espectadores no pudieron menos de repetir estrepito­sos aplausos por la admirable fuerza y prontitud con que supo reducir al fogoso caballo de la violencia del galope tendido a un estado de absoluta inmovilidad.

-Señor caballero desheredado -dijo el Príncipe-, puesto que es éste el único título que por ahora puedo daros: una prerrogativa de vuestro triunfo es Ia de elegir Ia bella dama que debe presidir Ia fiesta de mañana como reina del amor y de Ia belleza. Si sois extranjero en este país, no lleva­réis a mal que os indique que lady Alicia, hija de nuestro valiente caballero Waldemar Fitzurse, es la belleza que ocupa el primer puesto en nuestra corte hace largo tiempo. No obs­tante esta advertencia, como es prerrogativa vuestra el dar esta corona a quien mejor os agrade, será completa y admiti­da Ia elección que hagáis, sea cualquiera la noble dama en quien recaiga. Levantad vuestra lanza.

Obedeció el caballero, y el Príncipe colocó en la punta una elegante diadema con un círculo de oro, sembrado alter­nativamente de corazones y puntas de flechas, a guisa de ias bolitas y hojas de fresa que ornan la corona ducal.

Al indicar el Príncipe al caballero que podía elegir a la hija de Waldemar Fitzurse dejó manifiesta la mezcla de pre­sunción, astucia, desidia y bajeza propias de su carácter. Por una parte quiso hacer olvidar a los cortesanos sus chanzas poco decentes acerca de Ia judía Rebeca, y por otra quiso lisonjear Ia vanidad del altivo Fitzurse, de quien tenía des­confianza, y aun temor, porque era su más necesario favorito y había varias veces desaprobado Ia conducta del Príncipe en Ias ocurrencias de aquella mañana. También deseaba captarse el afecto de lady Alicia, porque no era menos licencioso que afecto a la ambición. Pero el deseo que le dominó completa­mente al hacer aquella advertencia al desheredado, a quien miraba con involuntaria repugnancia, fue el de suscitar contra el campeón el resentimiento de Fitzurse, si, como era muy fácil, no elegía Ia dama que le había sido indicada porei Prín­cipe.

En efecto; el valiente campeón pasó por delante de lady Alicia de Fitzurse, que mostraba entonces todo el orgullo de una beldad que no teme que la eclipse otra alguna. El caba­llero iba sujetando el paso del precioso caballo, y examinan­do detenidamente una por una ias damas que formaban tan hermoso conjunto.

Eran dignos de notarse los ademanes de las ladies que adornaban Ia galería. Unas manifestaban en su rostro el más vivo carmín; otras se armaban de una seriedad imperturbable; otras fijaban la vista a larga distancia, como si no hubieran reparado en el campeón, y algunas sonreían con afectada indi­ferencia. No faltaron algunas que ocultaron el rostro con el velo; pero, según el manuscrito que nos suministra estos deta­lles, eran hermosuras añejas, que habían recibido aquellos homenajes en su primera juventud, por lo cual renunciaban sus derechos al trono en favor de las nuevas hermosas.

Por fin el vencedor detuvo su caballo delante del balcón en que se hallaba lady Rowena, y los ojos de todos los cir­cunstantes se fijaron al momento en ella.

Es preciso convenir en que si el caballero hubiera podido conocer los votos que en su favor formaban los que ocupaban aquel balcón, esta sola circunstancia le hubiera hecho preferir a aquella dama. Porque Cedric el Sajón, fuera de sí de gozo al ver el desastre de sus desatentos vecinos Malvoisin y Frente de buey, así cono también el de Brian de Bois-Guilbert, había estado durante los reiterados encuentros con la mitad del cuer­po fuera de la barandilla, siguiendo con sus miradas y adema­nes todos los movimientos del héroe que los había derrotado. El interés de lady Rowena no había sido menos vehemente, aunque más disimulado; y aun el indolente Athelstane había mostrado algo más de energía apurando una gran copa de generoso vino en honor del caballero desheredado.

Debajo de aquella galería se divisaba un grupo que no había dado menos pruebas de inquietud durante el combate.

-¡Padre Abraham! -dijo Isaac de York al encontrarse el templario con el desheredado-. ¡De qué modo trata al pobre caballo! ¡El es, hija mía! Observa el porte noble y valiente de ese nazareno pero ¡qué poco cuida de un caballo que a tanta costa ha sido conducido desde las arenas de la Arabia! ¡Lo mismo le trata que si le hubiera hallado en medio de un camino! ¡Y la costosa armadura que tantos cequíes ha costado a José de Pereira, el de Milán, sin contar el setenta por ciento de ganancia!

-Pero, padre mío -dijo Rebeca-, ¿cómo queréis que tenga cuidado de su armadura y caballo, cuando tanto necesi­ta con su cuerpo, expuesto a tan terribles golpes?

-¡Hija -contestó Isaac-, tú no entiendes de eso! Los miembros de su cuerpo son suyos, y puede hacer de ellos lo que le acomode; pero el caballo y la armadura son de... ¡Bie­naventurado Jacob! ¿Qué es lo que yo iba a decir? ¡No, no; excelente mancebo! Observa, Rebeca: ahora va a pelear con el filisteo. ¡Ruega a Dios que le saque con bien, y... también a su caballo y armadura! ¡Dios de Moisés! ¡Ganó y el filisteo incircunciso ha cedido al empuje de su lanza, como Og, rey de Bashan, y Sihon, rey de los Amonitas, sucumbieron bajo las armas de nuestros padres! ¡No hay duda; suyos son los despojos del vencido! ¡El oro, la plata, el caballo, la armadu­ra de bronce y acero!

Con igual ansiedad observó el judío todas las demás ocu­rrencias del torneo, sin perder ocasión de calcular la ganancia que podía resultarle al desheredado de cada combate en que salía victorioso.

Sea por efecto de indecisión o por otro motivo, el cam­peón se mantuvo inmóvil por espacio de algún tiempo, en  tanto que sin respirar observaban los espectadores el más imperceptible de sus movimientos. Poco después se adelantó respetuosa y lentamente hacia el balconcillo y colocó la coro­na que llevaba en el hierro de la lanza a los pies de la hermo­sa lady Rowena. Al momento resonaron los clarines, y los heraldos proclamaron a la bella sajona reina de los amores y de la hermosura para la fiesta del siguiente día, amenazando con graves penas a los que no acatasen debidamente su momentánea autoridad. En seguida exclamaron; ¡Generosi­dad, generosidad, valientes caballeros! Cedric fue el primero que, lleno de orgullo y satisfacción, derramó profusamente el oro y la plata, Athelstane le imitó; pero tardó algo más en decidirse.

El triunfo de lady Rowena excitó murmullos entre las damas normandas, que nunca habían sido pospuestas a las sajonas, así como los caballeros de igual descendencia no estaban acostumbrados a sucumbir bajo la lanza de un sajón en los heroicos ejercicios inventados por los mismos norman­dos. Pero este descontento quedó ahogado entre los populares gritos de: ¡Viva lady Rowena legítima reina del amor y de la belleza!; y aun añadieron: ¡Vivan los príncipes sajones! ¡Viva la ilustre familia del inmortal Alfredo!

A pesar de lo desagradable de estas voces para los oídos del príncipe Juan y sus cortesanos, le fue forzado confirmar el nombramiento del vencedor. En seguida montó en un sober­bio caballo, y acompañado de su comitiva entró en el palen­que; cuando llegó al sitio que ocupaba lady Alicia le dirigió algunos galantes cumplimientos, y dijo a los que le rodeaban:

-¡Por el santo de mi nombre, que si las hazañas de ese caballero prueban que es hombre de valor, su elección mani­fiesta claramente su propio gusto!

En esta ocasión, como en toda su vida, tuvo el Príncipe la desgracia de no conocer el carácter de aquellos cuyo afecto deseaba granjearse. Waldemar Fitzurse se mortificó al escu­char la franqueza con que Juan Sin Tierra emitió su opinión con respeto al desaire que su hija Alicia había recibido; así es que contestó al Príncipe:

-De todos los derechos que da la Caballería, ninguno hay más preciso ni más inviolable que el que tiene cada caba­llero de fijar todos sus pensamientos en la dama que ha sabi­do cautivar su corazón. No tiene mi hija privilegio alguno de que las otras damas no puedan disfrutar; pero su jerarquía y esfera no la tendrá expuesta a mendigar los homenajes que le son debidos.

El Príncipe nada contestó a tan disimulada reconvención; apretó las espuelas a su caballo tratando de ocultar su bochor­no, y de un ligero salto se colocó en la galería que ocupaba lady Rowena, la cual tenía aún a los pies la corona del mismo modo que la dejara el caballero vencedor.

-Recibid -le dijo-, hermosa señora, el emblema de vuestra soberanía, que nadie con más sinceridad que yo reve­rencia y acata. Si os dignáis honrar el banquete que hemos dispuesto en el palacio de Ashby, en compañía de vuestro noble padre y amigo, tendremos el honor de admirar más cerca los atractivos de la soberana a quien hemos de dedicar mañana nuestros servicios.  Rowena nada contestó; más Cedric respondió en sajón lo siguiente:

-Lady Rowena desconoce el idioma en que debiera con­ testar a vuestra cortesía y presentarse dignamente al banquete a que os dignáis invitarla. El noble Athelstane y yo no cono­cemos tampoco otro idioma que el de nuestros padres: por consiguiente, no podemos aceptar vuestro favor. No obstante esto, mañana ocupará lady Rowena el puesto que ha sido lla­mada por la libre y espontánea elección del caballero vence­dor, que ha sido confirmada por las reiteradas aclamaciones del pueblo.

Dicho esto levantó la diadema, y la colocó en las sienes de la bella sajona en señal de que aceptaba la autoridad de reina del torneo.

-¿Qué ha dicho? -preguntó el Príncipe afectando que desconocía la lengua sajona, a pesar de que la hablaba tan bien como la normanda.

Varios de sus cortesanos se apresuraron a repetirle en francés las palabras de Cedric.

-¡Está bien! -contestó-. ¡Mañana colocaremos en el trono a esta reina muda! Y vos, señor caballero, ¿tendréis la bondad de acompañarme en la mesa?

El caballero desheredado rompió por primera vez el silencio, y con voz haja y breves razones rehusó cortésmen­te la oferta del Príncipe, alegando la mucha fatiga que le habían ocasionado los reiterados encuentros de aquel día, y que deseaba descansar para hallarse dispuesto al combate del siguiente.

-Como gustéis -respondió el Príncipe con visible enejo-. No estoy acostumbrado a sufrir tanta repulsa. Sin embargo, procuraré comer bien, aunque no se dignen acom­pañarme el campeón victorioso ni la electa soberana.

Al momento salió de las barreras seguido de su numero­sa y brillante comitiva, y el concurso empezó a dispersarse.

Los resentimientos inseparables del orgullo ofendido agi­taban terriblemente el espíritu del Príncipe, a'n más amargos cuando se encuentran unidos al conocimiento de las propias faltas.

-Pocos pasos había caminado, cuando fijó sus ceñudas miradas en el arquero que por la mañana le había irritado, y dirigiéndose al centinela que más cerca estaba, le dijo:

-¡Cuidado; no le dejes escapar!

El robusto montero toleró la irritada vista del Príncipe con la misma inalterable firmeza que había manifestado por la mañana.

-No tengo ánimo -dijo- de marchar de Ashby hasta pasado mañana. Deseo ver cómo se portan los tiradores del país, porque los hay buenos.

-¡Veremos -contestó el Príncipe dirigiéndose a los de su comitiva- cómo se porta él mismo! ¡Y cara ha de costar­le la función si su habilidad no es tanta como su insolencia!

-¡Ya no es tiempo -dijo De Bracy- de hacer un ejem­plar con esos villanos!

Waldemar Fitzurse, que probablemente conocía cuán mal efecto producían en el pueblo inglés estas imprudencias del hermano de Ricardo, guardó silencio y se contentó con enco­gerse de hombros. El Príncipe siguió su camino hacia el pala­cio de Ashby, y un cuarto de hora después se había dispersa­do totalmente el concurso.

Cruzaban los espectadores la llanura en cuadrillas más o menos numerosas, según los puntos a que se dirigían. La mayor parte encaminaban sus pasos a la ciudad de Ashby, porque muchos eran distinguidos personajes que al ir al tor­neo habían cuidado de tener dispuesto alojamiento en el cas­tillo o en Ias casas de los principales habitantes de la ciudad.

A esta clase pertenecían algunos de los caballeros que habían tomado parte en el torneo de aquel día y varios de los que se disponían a pelear en el siguiente: todos hablaban de las ocurrencias de la justa, y eran saludados por el pueblo con entusiasmo. También vitorearon al príncipe Juan, porque el número y brillantez de su acompañamiento deslumbraba.

Más sinceros, generales y bien merecidos fueron los aplausos que de todas partes prodigaban al caballero vence­dor; tanto, que, deseoso de evitar Ias curiosas miradas del público, entró en uno de los pabellones colocado a la extre­midad de la palestra, cuyo uso había sido ofrecido con Ia mayor cortesía por los maestres de campo.

Entonces se retiraron desesperados los curiosos que le habían seguido con el objeto de examinarle de cerca y formar conjeturas acerca de quién podía ser tan misterioso caballero.

AI extraordinario alboroto ocasionado por tanta diversi­dad de gentes reunidas en un solo punto sucedió el distante y confuso murmullo de Ias familias y amigos que reunidos se alejaban por todos los caminos. A este sordo rumor sucedió un sepulcral silencio, interrumpido por los operarios que reco­gían las alfombras y almohadones de Ias galerías, y que ale­gremente dividían los restos de los manjares y refrescos de que se habían provisto los espectadores.

A cierta distancia de Ias barreras se habían erigido algu­nas fraguas, y al anochecer comenzó a sentirse el martilleo de los armeros que habían de ocuparse toda la noche en reparar Ias armaduras que habían sufrido en los encuentros de aquel día y habían de resistir algunos más en el torneo del siguien­te.

Un grueso destacamento de hombres de armas se releva­ba de dos en dos horas, el cual se mantuvo toda la noche cus­todiando el lugar del combatte.

 

 

 

 

 

 

X

 

Sobre el lecho de muerte

el agorero búho

esparce negro duelo

con su canto nocturno.

 

Apenas había entrado en su tienda el caballero deshere­dado, cuando se le presentaron gran número de pajes y escu­deros ofreciéndole su asistencia, nueva armadura y lo necesa­rio para tornar un baño. Tal vez la curiosidad los hacía manifestarse a'n más celosos de servirle, pues era general el deseo de conocer al incógnito héroe que tantos triunfos había conseguido, y que ni aun por ambición de gloria había alzado la visera para que le conociesen. Más quedó sin efecto su obsequiosa oficiosidad. El caballero rehusó sus servicios, contentándose con su escudero, que parecía tan incógnito como su amo, puesto que, vestido con una grotesca túnica, ocultaba el rostro con un gran gorro de pieles a la normanda.

Cuando salieron de la tienda los escuderos y pajes empezó el caballero a aligerarse de las duras piezas, ayudado por el nor­mando escudero; luego tomó algunos manjares y vino, de que tenía no poca necesidad después de tanta fatiga y esfuerzo.

Aún no había acabado de tomar el ligero refrigerio, cuan­do el escudero le dijo que cinco hombres que llevaban del diestro cinco caballos pedían permiso para hablarle. El caba­llero estaba completamente desarmado; pero vestía una sobre­vesta con capucha como la que usaban todos los sujetos de su clase. La noche iba ya entrando, y él, a pesar de esto, se cubrió el rostro con la capucha y mandó que pasaran a su tienda los que verle deseaba.

En el momento que los vio conoció por las libreas pardas y negras que eran los cinco escuderos de los caballeros man­tenedores. Cada uno conducía por la brida el caballo de su res­pectivo señor, y sobre el dorso de cada corcel iba colocada la armadura que les había servido en el combate.

-Conforme a las leyes de la Caballería-dijo el prime­ro-, yo Balduino de Oilcy, escudero del temible caballero Brian de Bois-Guithert, os presento a vos, que os denomináis el caballero desheredado, el caballo y armadura que han ser­vido a dicho señor en el paso de armas de este día, dejando a vuestra voluntad el quedaron con uno y otro y fijar su rescate, según os dicte vuestro noble ánimo. Tal es la ley de las armas.

Los otros cuatro repitieron igual mensaje.

-A vosotros cuatro os daré una misma respuesta- con­testó el caballero-. Decid a vuestros nobles y valientes seño­res que me encomiendo a su estimación, y que nunca será mi intención privarlos de sus armas y caballos, que no podrán estar empleados en más dignos y valientes caballeros. Aquí quisiera terminar mi discurso; pero soy verdaderamente un caballero desheredado, como indica mi divisa: por tanto, me veo en la necesidad de suplicarles que rescaten caballos y armaduras según su cortesía les dicte, porque ni aun puedo decir que es mía la que he usado en el torneo.

-Estamos autorizados -dijo el escudero de "Frente de buey"- para ofreceros cada uno cien cequíes.

-La mitad de la suma hasta para satisfacer mis necesi­dades más urgentes. La otra mitad se dividirá en dos partes; una para vosotros, y otra para los heraldos, músicos y demás asistentes del torneo.

Los escuderos saludaron respetuosamente al caballero dándole gracias por su generosidad, poco común entre los campeones. Enseguida el desheredado se dirigió al escudero Balduino de Oiley y le dijo:

-No acepto armas ni rescate de vuestro amo el caballe­ro Brian de Bois-Guilbert. Decidle de mi parte que nuestro combate no está terminado, ni puede estarlo sino cuando hayamos combatido con lanza y espada, puesto que habién­dome él desafiado a un combate a muerte, no puedo olvidar­lo; y decidle además que no lo miro como a sus cuatro com­pañeros, pues con éstos alternaré en todos los actos de cortesía, sino como a un hombre a quien debo considerar como mortal enemigo.

-Mi amo -respondió Balduino- sabe pagar un des­precio con otro desprecio; una cortesía con otra cortesía. Pues que rehusáis recibir de mi amo el mismo rescate que habéis admitido de los otros caballeros, dejaré aquí su caballo y su armadura, porque estoy muy seguro de que nunca querrá ser­virse de ésta ni montar aquél.

-Habéis hablado, escudero, muy bien y con la firmeza que corresponde a quien habla en nombre de su señor ausen­te. Mas, sin embargo, no dejéis el caballo ni las armas; vol­vedlas a vuestro amo; si rehusare recobrarlas, guardadlas para vos pues que habiéndolas conquistado yo os la regalo.

Balduino hizo un reverente saludo al caballero deshere­dado y se retiró con sus compañeros.

-Y bien, Gurth -dijo el caballero-; ya ves que he sus­tentado la gloria de los caballeros ingleses.

-Y yo -replicó Gurth-, aunque soy un pobre guarda­puercos, ¿no he desempeñado perfectamente el papel de escu­dero normando?                                                                   

-Muy bien; pero temo mucho que ese aire y esas mane­ras que te son naturales te descubran alguna vez.

-¡Bah! El único que podrá reconocerme será mi cama­rada Wamba, y ése no sé si es más loco que maligno. Entre­tanto, no he podido menos de reírme cuando vi pasar cerca de mí a mi antiguo amo, al considerar que está tan creído de que Gurth se halla cuidando sus ganados en los bosques de Rot­herwood. Pero si soy descubierto...

-Ya sabes, Gurth, lo que te he prometido.

-Aunque me costara la vida, no faltaré a un amigo. Tengo tan dura la piel como un verraco, y no me asustan los palos.

-Creeme, Gurth: yo te recompensaré del riesgo que corres por tu lealtad, y entretanto, toma esas diez piezas de oro.

-¡Un millón de gracias! -respondió Gurth guardando el oro en el bolsillo y exclamando-: ¡Estoy más rico que lo estuvo nunca un guardapuercos!

-Toma -le dijo el caballero- ese talego; marcha a Ashby, averigua dónde vive Isaac de York, entrégale el caballo que me proporcionó prestado, y dile que se pague del importe de la armadura, que también me dieron bajo su palabra.

-¡No, por San Dustán; no haré tal!

-¡Cómo, Gurth! ¿Desobedecerás mis órdenes?

-No, señor, cuando sean justas, razonables, tales que pueda un cristiano ejecutarlas; y nada de eso tiene la que aca­báis de darme. ¡Bueno fuera permitir que un judío se pague por su mano! Eso no sería justo; sería engañar a mi amo. Y ved aquí cómo no es ni razonable, ni justo, ni cristiano, pues sería lo mismo que despojar a un fiel creyente para enriquecer a un judío.

-Ten presente que quiero tenerlo contento.

-¡Confiad en mí! -replicó Gurth poniendo el talego debajo de su capa y saliendo de la tienda-. ¡Malhaya yo si no le contento dándole la cuarta parte de lo que me pida!

Y diciendo esto se dirigió con toda diligencia a Ashhy, dejando al caballero desheredado en libertad de entregarse a serias y desagradables reflexiones, de que ahora no es oportu­no hablar.

Trasladaremos la escena a Ashby, o más bien, a una casa de campo inmediata, perteneciente a un rico judío, en la que Rebeca y sus criadas habían establecido su alojamiento con­forme a la hospitalidad que ejercen mutuamente entre sí los judíos con tanta generosidad cuanta es, por el contrario, la ambición con que tratan a los cristianos.

En un cuarto reducido, pero magníficamente amueblado al gusto oriental, estaba Rebeca sobre almohadones bordados colocados en una tarima poco elevada que rodeaba la sala, y formaban una especie de sillas de respaldo al estilo español. Desde aquel punto Rebeca seguía con miradas llenas de ter­nura filial los movimientos de su padre, que paseaba la sala con aire abatido y consternado tan pronto juntando Ias manos, tan pronto mirando al cielo como hombre que se halla agita­do por gran pesadumbre.

-¡Bienaventurado Jacob! -exclamó--. ¡Oh vosotros, los santos patriarcas, padres de nuestra nación! ¡Qué desgra­cia para un hombre que constantemente ha cumplido con la más rígida escrupulosidad la ley de Moisés! ¡Cincuenta cequíes arrancados de un golpe por Ias uñas de un tirano!

-Pero, padre mío -dijo Rebeca-, me parece que habéis dado por vuestra voluntad ese dinero al Príncipe.

-¡Voluntariamente! ¡Caigan sobre él todas Ias plagas de Egipto! ¡Voluntariamente! ¡Sí; de tan buena gana como arro­jaba por mis manos al mar en el golfo de Lión mis mercancí­as por aligerar el navío en que veníamos para que no se sumergiese! ¡Mis telas de sedas preciosas tapizaban Ias olas, y mis vasos preciosos de oro y plata fueron a aumentar Ias riquezas del fondo del mar! ¿No era aquel un momento de angustia inexplicable, aunque por mis propias manos hacía el sacrificio?

-Pero se trataba, padre mío, de salvar nuestra vida, y después ha bendecido el Dios de Israel vuestros intereses y os ha colmado de riquezas.

-Pero si el tirano vuelve a meter la mano, como lo hizo esta mañana despojándome enterãmente, y me obliga a reír... ¡Oh hija mía! Somos una raza errante y desheredada; pero la mayor de nuestras desgracias es que cuando nos injurian, cuando nos roban, todos se ríen, y no nos queda otro recurso que la paciencia y la humildad, aunque debíamos vengarnos con valor y firmeza.

-¡No digáis eso, padre mío! También tenemos nuestras ventajas. Estos gentiles tan implacables y tan crueles depen­den en alguna manera de los hijos de Sión, tan despreciados y perseguidos. Sin el recurso de nuestras riquezas, no podrían hacer frente a los gastos de una guerra ni a los triunfos de la paz: el dinero que les prestamos vuelve con ganancia a nues­tros cofres. Somos como el césped, que nunca está más flori­do que cuando se ve atropellado. Buena prueba es la fiesta de hoy, que no hubiera podido celebrarse sin el auxilio de los pobres judíos que han prestado el dinero para los gastos.

-¡Acabas, hija mía, de tocar una cuerda que suena muy mal en mis oídos! ¡Ese hermoso caballo, esa rica armadura son parte de mis ganancias en el negocio que he hecho por mitad con Kirgath Jairam, de Leicester, y constituyen la tota­lidad de mis utilidades de una semana; es decir, el intervalo de uno a otro sábado! ¡Quién sabe si tendrá tan mal resultado como los electos que tuve que arrojar al mar! ¡Pérdida sobre pérdida! ¡Ruina sobre ruina! Sin embargo, acaso acabará mejor este negocio, porque ese hombre me parece caballero de honor.

-Sin duda, padre mío. ¿Os habéis olvidado el beneficio que os dispensó ese caballero extranjero?

-Yo lo creo, hija mía, y creo también en la reconstruc­ción de Jerusalén; pero con tanta razón puedo esperar ver con mis propios ojos las paredes del nuevo templo, como ver a un cristiano... al mejor de todos los cristianos... pagar una deuda a un judío sin tener antes a la vista el temor de la prisión y de los cerrojos.

Continuaba agitado su ánimo; y viendo Rebeca que sus esfuerzos para consolarle sólo servían para darle nuevos moti­vos de sentimiento, calló por prudencia: conducta muy sabía que aconsejamos a todos los que quieran consolar o aconsejar a otros.

Acababa de anochecer, cuando un criado judío entró en el cuarto y puso sobre la mesa dos lámparas de plata llenas de aceite perfumado, entretanto que otros dos criados llevaban una mesa de ébano negro incrustrada de adornos de plata y cubierta con refrescos y vinos exquisitos; porque los judíos de ningún modo a sus solas son enemigos del lujo.

Uno de aquellos dos criados anunció al mismo tiempo que un nazareno (así nombran los judíos a los cristianos) que­ría hablarle; y como todo el tiempo del comerciante es del público, dejó Isaac sobre la mesa, sin haberla tocado, la copa llena de vino de Grecia que tenía en la mano, y encargando a Rebeca que se echase el velo, mandó que entrase el que lo buscaba.

Apenas Rebeca tuvo tiempo de cubrirse su rostro encan­tador con el velo de gasa de plata que bajaba hasta los pies, cuando se abrió la puerta y se presentó Gurth embozado en su gran capa normanda. Parecía algo sospechoso, porque su exterior no le favorecía, pues en vez de quitarse el sombrero, se le encasquetó más.

-¿Sois -preguntó Gurth- el judío Isaac de York?

-Si -respondió Isaac, también en idioma sajón, porque su comercio le había obligado a aprender todos los que se hablaban en Inglaterra-. ¿Cómo os llamáis? -dijo a Gurth.

-¡Mi nombre no os importa!

-Yo necesito saberlo, como vos habéis querido saber el mío, porque sin este conocimiento no puedo tratar con vos ningún negocio.

-Yo no vengo a tratar de negocios: vengo a pagar una deuda, y está muy en el orden que sepa si entrego el dinero al acreedor legítimo, mientras que a vos no os importa saber el nombre del que os lo trae.

-¿Venís a pagarme una deuda? ¡Oh; eso es otra cosa! ¡Bienaventurado Abraham! ¿Y de parte de quién venís a pagarme?

-De parte del caballero desheredado, del vencedor del torneo que acaba de celebrarse. Traigo el precio de la arma­dura que por vuestra recomendación le vendió fiada Kirgath Jairam, de Leicester. El caballo lo he dejado en la caballeriza de esta casa. ¿Cuánto debo por el resto de todo?

-¡Bien decía yo que era un caballero honrado! -excla­mó Isaac lleno de júbilo- ¡No os hará mal un vaso de vino!-dijo presentando al guardapuercos de Cedric una copa de plata cincelada llena de un licor que jamás había gusta­do.- ¿Y cuánto dinero me traes? -añadió.

-¡Virgen Santa! -exclamó Gurth-. ¡Y qué néctar beben estos perros infieles, mientras que los buenos cristia­nos, como yo, no tienen casi nunca otra bebida que una cer­veza turbia, tan espesa cono la levadura que damos a los puercos! ¡Es verdad que no he venido aquí con las manos vacías, y vos, aunque, judío, debéis de tener conciencia!

-Vuestro amo -dijo Isaac- ha hecho hoy un gran negocio. Cinco hermosos caballos, cinco ricas armaduras ha ganado con la punta de su lanza y la fuerza de su brazo.

Decidle de mi parte que me envíe todos esos trofeos y los tomaré en pago, volviéndole el exceso que haya en su favor.

-Ya ha dispuesto de ellos -dijo Gurth.

-¡Ha hecho mal, muy mal! ¡Ya se conoce que no tiene práctica de mundo! No hay aquí un cristiano que pueda com­prar tantos caballos y armaduras, y no ha podido hallar un judío que le dé la mitad de lo que yo le hubiera dado. Pero veamos. ¡Ya habrá cien cequíes en este talego! -dijo Isaac desembozando a Gurth-. ¡Pesa, pesa!

-Es que tiene en el fondo hierros para armar las flechas -repuso Gurth sin detenerse.

-Y bien; si me doy por satisfecho con ochenta cequíes por esa armadura, aunque no me dejaría de ganancia más que una pieza de oro, ¿traerías con que pagarme?

-¡Justamente; y de ese modo quedará mi amo sin un sueldo! Pero ¡ya bajaréis algo!

-Bebed ahora una copa de este exquisito vino. ¡Ah; ochenta cequíes no es gran cantidad! He hablado sin reflexio­nar. No puedo dejar esta hermosa armadura sin el menor beneficio. Por otra parte, ese hermoso caballo acaso estará estropeado con la gran fatiga que ha sufrido. ¡Qué carreras! ¡Qué combates! En los torneos los caballeros y los caballos se lanzan y arrojan sobre sus competidores con tanto furor como los toros bravos de Basán, y por esta causa ha debido de per­der mucho ese caballo.

-Yo os digo que está sano y salvo en la caballeriza, y vos mismo podéis verlo. En cuanto a la armadura, con sesen­ta piezas de oro está muy bien pagada. La palabra de un cris­tiano vale, cuando menos, tanto como la de un judío; y si no os acomodan las sesenta piezas -dijo haciéndolas sonar-, me volveré con el talego.

-¡Vamos, vamos; dejémonos de conversación y contad­me los ochenta cequíes, que es lo menos que puedo llevar! Vos mismo debéis de conocer que me porto generosamente con vuestro amo.

Gurth entonces, acordándose de que su señor quería que el judío quedase contento, no insistió más. Le contó ochenta cequíes sobre la mesa, y el judío le dio la solvencia del precio de la armadura. Isaac volvió a contar el dinero por segunda vez, y al guardarlo en el bolsillo le temblaba de gozo la mano. Tardó mucho tiempo en contar las monedas; a cada una que tomaba se detenía, como reflexionando, antes de echarla a la bolsa. Parecía que luchaba su avaricia con otra pasión que le forzaba a embolsar los cequíes uno por uno en desquite de la generosidad que le había empeñado en rebajar una parte del precio a su bienhechor.

Conforme iba contando, interrumpía la cuenta diciendo en estos términos, poco más o menos:

-¡Setenta y dos!... ¡Vuestro amo es un excelente suje­to!... ¡Setenta y tres!... ¡Muy buen sujeto!... ¡Setenta y cua­tro!... ¡Esta moneda está muy mohosa!... ¡Eso no importa!.. ¡Setenta y cinco!... ¡...sta me parece falsa!... ¡Setenta y seis!... ¡Cuando vuestro amo necesite dinero, que trate con Isaac de York!... ¡Setenta y siete!... ¡Pero, se entiende, con las garantí­as convenientes!... ¡Setenta y ocho!... ¡Sois un buen mozo!... ¡Setenta y nueve!... ¡Merecéis una recompensa!

El judío tenía aún en las manos la última moneda, e hizo en la conversación una gran pausa. Su intención era, proba­blemente, dársela de guantes a Gurth, y sin duda lo hubiera hecho si el cequí hubiera tenido los defectos que dijo; pero, desgraciadamente para Gurth, era una moneda recién acuña­da, y reconociéndola Isaac en todos sentidos, no pudo hallar­le defecto, y aun le parecía de más peso que el de ley: así, no pudo resolverse a separarla.

-¡Ochenta! -dijo al fin; y la envió a la bolsa a hacer compañía a las setenta y nueve-. Está bien la cuenta, y espe­ro -dijo- que vuestro amo os lo recompensará generosa­mente. ¿Os queda alguna otra pieza en el talego?

Al oír esto Gurth hizo un gesto como acostumbrado cuan­to quería sonreírse, diciendo al judío que le quedaba otro tanto como lo que acababa de contar con tanta escrupulosidad; y tomando el papel de solvencia dijo a Isaac:

-Si éste no está en debida forma, vos responderéis.

Seguidamente tomó la botella, llenó por tercera vez un cubilete sin esperar que le convidaran, y habiéndolo apurado se marchó sin despedirse.

-¡Rebeca -dijo Isaac-, este israelita me parece un poco desvergonzado! Su amo es muy buen caballero, y estoy muy alegre de que haya ganado tanto en ese torneo, gracias a su caballo, a su armadura y a la fuerza de su brazo, capaz de batirse con el de Goliat.

Viendo que Rebeca no le respondía se volvió, y observó que había desaparecido en tanto que hablaba con Gurth.

Ya éste había bajado la escalera, y al llegar a una antecá­mara poco iluminada, mientras buscaba la puerta, vio una mujer vestida de blanco y con una lámpara de plata en la mano que le hacía señas para que la siguiese a un cuarto, cuya puerta ella misma acababa de entreabrir.

Gurth sentía alguna repugnancia en seguirla, pues aunque atrevido e impetuoso como el jabalí ante el peligro, estaba preocupado con las supersticiones que alimentan los sajones con respeto a espectros, fantasmas y apariciones, y aquella mujer vestida de blanco era para él objeto de inquietud en la casa de un judío cuya raza, por una preocupación general, está notada entre otras costumbres de ser muy afecta a la cábala y a la nigromancia; pero a pesar de todo, después de un momen­to de duda siguió a su conductora a un cuarto donde estaba Rebeca.

-Mi padre -le dijo- ha querido chancearse conmigo. Debe a tu amo diez veces más que el precio de su armadura ¿Cuánto dinero has dado a mi padre?

-Ochenta cequíes -respondió Gurth, sorprendido de la pregunta.

-Ciento contiene este bolsillo -replicó Rebeca-. Tómalo, vuelve a tu amo lo que le corresponde, y guarda para ti lo sobrante. ¡Date prisa a marchar! No pierdas el tiempo en darme gracias, y ve con mucho cuidado al atravesar la ciudad, no sea que te quiten el dinero y la vida. ¡Rubén, alumbra a ese forastero, y cuida de dejar bien cerrada la puerta cuando salga!

Rubén, israelita de barba y cejas negras, obedeció a su ama. Llevando una bujía en la mano condujo a Gurth hasta la puerta de la casa, cerrándola en seguida con cadenas y cerrojos que podían muy bien servir para una cárcel.

-¡Por San Dustán! dijo Gurth al salir-, ¡Esta joven no es una judía: es un ángel que ha bajado del Cielo! ¡Diez cequíes de mi amo generoso, y veinte de esta perla de Sión! ¡Dichosa jornada! ¡Ah Gurth, te verás en estado de recobrar tu libertad pagando el rescate, y serás tan libre en tus acciones como otro cualquiera! ¡Vamos; despidámonos de los marra­nos! ¡Pun! ¡Arrojo mi corneta y mi garrote de porquero, tomo la espada y eI escudo, y sigo a mi joven amo hasta la muerte, sin ocultar mi nombre y mi rostro!

 

XI

 

          PRIMER SALTEADOR.

¡Alto ahí! ¡La bolsa o la vida o temed

que usemos de la fuerza!

          SPEED.

¡Somos perdidos! ¡Estos son los salteadores

que tanto temen los viajeros!

          VALENTIN.

¡Amigos míos!

          PRIMER SALTEADOR.
           ¡Nosotros no somos vuestros amigos

somos vuestros enemigos!

          SEGUNDO SALTEADOR.

 ¡Paciencia! ¡Es preciso escucharle!

              TERCER SALTEADOR.

¡Sí, por vida mía; es preciso escucharle!

¡Parece un hombre de calidad!

             SHAKESPEARE: Los dos caballeros de Verona.

 

No habían llegado a su término las aventuras nocturnas de Gurth....I mismo empezaba a tener un poco de aprensión cuando, después de haber atravesado la ciudad de Ashby y pasado cerca de unos caseríos, se halló en un camino abierto entre dos alturas cubiertas de avellanos y bogues mezclados con algunos robles que extendían sus ramas por la huella que Gurth seguía. Por otra parte, era muy escabroso el camino y estaba lleno de carriles hondos por los carruajes de toda espe­cie que recientemente habían transitado por él conduciendo los materiales necesarios para la construcción de las galerías alrededor de la liza del torneo. Además, estaba muy oscura la ruta, porque los árboles ofuscaban la poca claridad que podía dar la Luna.

Se oía a Io lejos el ruido de las diversiones de la ciudad: cantos alegres, carcajadas, el sonido de los instrumentos; todo lo cual recordando a Gurth la multitud de militares y personas de todas clases que se hallaban entonces en Ashby, le tenía con bastante inquietud.

-¡Razón tenía la judía, por el Cielo y por San Dustán! ¡A fe mía que quisiera que mi persona y mi tesoro estuvieran ya en seguridad bajo la tienda de mi amo! Hay aquí tantos, no diré ladrones, pero caballeros, escuderos errantes, menestra­les, juglares, arqueros y otros vagos, que el hombre que lleve un peso duro en bolsillo no puede estar sosegado! ¡Con cuán­ta más razón yo, que llevo una carga de cequíes! ¡Ya quisiera haber llegado al término de este camino infernal para percibir            con tiempo a los emisarios de San Nicolás antes de que se me echen encima!

Y con esta razón apresuraba Gurth el paso para llegar al llano a que conducía aquel camino escabroso. En el paraje donde el bosque que cubría las dos columnas era más espeso, avanzaron hacia él cuatro hombres, dos a cada lado del cami­no, y le sujetaron de tal modo, que hubiera sido inútil toda resistencia, aun cuando fuera posible.

-¡La bolsa! -le dijo uno de ellos-. Nosotros somos muy serviciales: aligeramos de la carga a los caminantes para que no les incomode en la marcha.

-No me despojaréis tan fácilmente si me dejáis defen­derme -dijo Gurth, a quien ningún peligro imponía silencio.

-¡Ahora lo veremos! -replicó el ladrón- ¡No hay cosa más fácil que verte robado y molido a palos! ¡Que le lleven - dijo a sus compañeros- a lo intrincado del bosque!

Y poniendo inmediatamente en ejecución esta orden, se vio Gurth precisado a repechar la altura del lado izquierdo del camino, y se halló en un pequeño bosque que se extendía hasta el llano. Aquí le hicieron marchar de grado o por fuerza hasta lo más espeso, donde había una especie de claridad, a medio alumbrar por la Luna, y allí hicieron alto; se unieron a los cuatro bandidos otros dos enmascarados, circunstancia que observó Gurth, y no le hubiera dejado duda del modo de vivir de aquella gente, si hubiese recordado del modo que le detuvieron.

-¿Cuanto dinero tenéis? -le preguntó uno de los que se habían unido con los cuatro primeros.

-Treinta cequíes me pertenecen -respondió con mucha resolución.

-¡Mentira, mentira! -gritaron los ladrones-. Un sajón con treinta cequíes no saldría de la ciudad sin estar borracho.

¡Imposible! ¡Se le debe confiscar lo que lleva!

-Los conservo para comprar mi libertad -replicó Gurth. -¡Eres un asno! -replicó uno de los ladrones-. Tres cuartillos de cerveza bien cargada te hubieran hecho tan libre o más que tu amo, aunque sea sajón, como tú.

-Eso es una triste verdad -dijo Gurth-; pero si trein­to cequies son bastantes para contentaros, soltadme y al ins­tante os los daré.

-¡Un momento! -dijo uno de los dos que habían llega­do últimamente, y que parecía tener autoridad sobre los otros-. El talego que llevas debajo del capote tiene más dine­ro que lo que has dicho.

-Pertenece a un caballero muy valiente -respondió Hurta-, de quien no os hablaría si os hubierais contactado con mis treinta cequies.

-¡Eres un buen mozo a fe mía! Aunque somos tan afec­tos a San Nicolás, puedes salvar tus treinta cequies, si quieres ser franco y sincero con nosotros. Pero entretanto desembara­zate del peso que te fatiga.

Al mismo tiempo le cogio un talego de cuero en el cual estaban el bolsillo de Rebeca y ce resto de los cequies que lle­vaba; y continuando su interrogatorio.

-¿Quién es tu amo? -le pregunto:

-El caballero desheredado, cuya valiente lanza ha gana­do hoy el premio.

-¿Cual es su nombre y su familia?

-No quiere que se sepa, y no os te dire.

-¿Y tú, como te llamas?

-Si os dijera mi nombre, seria lo mismo que deciros el de mi amo.

-¡Eres un fiel criado! Pero este dinero, ¿por que perte­nece a tu amo? ¿Es por herencia o por cual titulo?

-Por el derecho que le ha dado su valiente lanza. Este talego contiene el precio del rescate de cuatro hermosos caba­llos y otras tantas hermosas armaduras.

-Y bien; ¿cuanto dinero tiene el talego?

-Doscientos treinta cequies de mi amo y los treinta míos.

-¿No mas'? ¡Ha sido tu amo muy generoso con los ven­cidos! ¡Se han rescatado a buen precio! Nómbrame los que han pagado este rescate.

Gurth obedeció.

-Pero nada me hablas del templario-replico el jefe de los bandidos-. Ya ves que no puedes engañarme. ¿Que res­cate ha pagado sir Brian de Bois-Guilbert?

-Ninguno ha querido de el mi amo; solo quiere su san­gre. Existe entre los dos un odio mortal, y entre ellos no puede haber relación alguna de cortesía.

-Sí -dijo el jefe; y después de un momento de refle­xión-: ¿Por qué casualidad te has hallado en Ashby con una cantidad tan considerable?

-Iba a pagar al judío Isaac de York el precio de una armadura que había prestado a mi amo para el torneo.

-¿Y cuánto le has pagado? Si se ha de juzgar por el peso, este talego contiene la suma entera.

-Le pagué ochenta cequíes, y él me ha hecho reembol­sar ciento.

-¡Imposible! ¡Imposible! -gritaron todos los bandidos a un tiempo-. ¿Cómo te atreves a querer engañarnos con embustes tan inverosímiles?

-Tanta verdad es -replicó Gurth- lo que os he dicho, como lo es que podéis ver la Luna: hallaréis los cien cequíes en una bolsa de seda aparte del resto del dinero.

-Ten presente que hablas de un judío, de un israelita, tan incapaz de soltar el oro que una vez ha tocado, como lo son las arenas del desierto de devolver el agua que ha derramado en ellas el viajero.

-Un judío -dijo otro- no conoce la piedad más que un alguacil a quien no se ha gratificado.

Lo que os digo es una verdad -replicó Gurth.

-Que enciendan una tea ---dijo el jefe-; quiero recono­cer esta bolsa. Si este gracioso no nos engaña, la generosidad de este judío es tan gran milagro como haber brotado un manantial del centro de un peñasco para sus antepasados.

Se encendió la tea, y en tanto que el jefe desataba la bolsa para examinarla, los otros le rodearon; y los que tení­an sujeto a Gurt por los brazos, participando de la curiosidad de los demás, alargaban el pescuezo para ver el oro. Sin­tiéndose Gurth menos sujeto aprovechó el descuido para recobrar la libertad con un movimiento repentino, y se hubiera escapado si hubiese renunciado a la resolución deci­dida de salvar el dinero de su amo. Pero, no obstante, arran­có a un bandido su garrote y le descargó sobre el jefe, al cual, como no esperaba el golpe, se le cayó la bolsa, y cuan­do iba Gurth a cogerla le oprimieron y sujetaron más que antes.

-¡Necio! -le dijo el jefe-. Si hubieras dado con otro, ya estaría castigada tu insolencia; pero dentro de muy poco sabrás tu suerte. Ahora vamos a tratar de tu amo, pues muy puesto en razón tratar sus negocios antes que del tuyo, según todas Ias reglas de la Caballería. No te muevas en tanto, por­que si haces el menor movimiento no podrás dar un paso. Camaradas -dijo-, esta bolsa está bordada con caracteres hebreos; contiene cien piezas y todo persuade de que éste no nos engaña. No debemos exigir el oro de su amo, porque tiene bastante semejanza con nosotros; y es sabido que los perros no atacan a los perros interim hay lobos y zorros en los bosques.

-¿Se nos parece?-dijo uno de los bandidos-. Quisie­ra saber en qué.

-¿En qué? -replicó el jefe-. ¿No es pobre y deshere­dado como nosotros? ¿No ha batido a "Frente de Buey" y a Malvoisin, como hubiéramos hecho nosotros si nos hubiése­mos hallado en el caso? ¿No es enemigo mortal de Brian de Bois-Guilbert, como lo somos nosotros? Y además, ¿te pare­ce que nosotros tengamos menos conciencia que un infiel, que un perro judío?

-¡No, no! -replicó el mismo bandido-. Sin embargo que no teníamos conciencia tan delicada cuando servíamos en la cuadrilla del viejo Gandelyn. Pero ¿se irá este insolente pai­sano sin que le hayamos siquiera arañado?

-Eso depende de ti -replicó el jefe-. Vamos, gracio­so; acércate. ¿Sabes manejar el palo?

-¡Me parece que os he dado una buena prueba de que sé manejarlo!

-¡Cierto! Te confieso que aplicaste bien el golpe. Ea, pues; dale otro como aquél a este valiente, y marcharás libre de toda molestia, no obstante que eres tan fiel a tu amo, que me parece que en todo caso, seré yo quien pague tu rescate. Vamos, Miller; toma tu garrote, y trata de defenderte y de ata­car: tú deja a ese mozo en libertad; y dadle un palo. Ya hay bastante luz para este combate.

Los dos combatientes, armados cada uno con un palo igual en largo y grueso, avanzaron al medio del llano algo claro para tener más libertad en sus movimientos y aprove­charse de la claridad de la Luna. Los demás bandidos los rodearon riendo y gritando a su camarada:

-¡Cuidado; no pagues tú el tributo de pasaje!

Este, tomando su palo por el nudo, le hacía revolotear sobre la cabeza remedando el juego del molino que hacen los franceses, queriendo engañar a Gurth.

-¡Avanza -le decía-; avanza, y probarás el pulso de mis puños!

-Si tú eres molinero de profesión -respondió Gurth-, eres por dos razones ladrón; pero verás que no te temo.

Y al mismo tiempo se puso a jugar el garrote de dos pun­tas, con tanta destreza como su competidor.

Se atacaron entonces los dos, y por espacio de algunos minutos mostraron igual valor, fuerza y pericia, tirando y parando los golpes con tanta celeridad como destreza; y era tal el ruido que hacían los palos redoblados con los golpes que se tiraban, que a alguna distancia se hubiera creído que eran seis combatientes de cada lado.

Otras lides menos obstinadas y no tan peligrosas han merecido ser celebradas en verso heroico, pero la de Gurth y el molinero no ha tenido igual fortuna. Entretanto, aunque los combates con garrotes de dos puntas no estén en uso, haremos cuanto nos sea posible para hacer justicia en humilde prosa a estos bizarros combatientes.

Se batieron mucho tiempo sin que se apreciara ventaja alguna por una ni por otra parte. El molinero empezaba a irri­tarse del firme brazo y del valor de su competidor, y a'n más de oír las risas de sus camaradas, que observaban la inutilidad de sus esfuerzos, como suele suceder en tales casos. Este género de impaciencia no favorece en combates de esta clase, pues requieren mucha serenidad, y ésta fue la que le dio a Gurth, que poseía un carácter firme y resuelto, los medios de vencer que aprovechó con mucha prudencia.

El molinero atacaba con una impetuosidad furiosa: los k dos extremos de su garrote golpeaban sin cesar y estrechaban rápidamente a su enemigo. Este, haciendo el molinete con velocidad, se cubría la cabeza y el cuerpo, paraba los golpes y estaba con firmeza a la defensiva, dando alguna vez un paso atrás, pero siempre tenía fija la vista y la atención en su adver­sario, hasta que, notándole muy fatigado, le tiró un golpe con la mano derecha hacia la cabeza, y en tanto el molinero quiso pararle, agarrando su rejón velozmente con la otra mano, le dirigió un golpe tan terrible por el costado derecho, que le echó a tierra.

-¡Victoria! ¡Victoria! -gritaron los bandidos-. ¡Bra­vamente se ha peleado! ¡Viva la vieja Inglaterra! ¡El sajón ha salvado su dinero y su pellejo! ¡El molinero se ha encontrado con la horma de su zapato!

-Puedes marchar ya, valiente mozo -le dijo el jefe, uniendo su voto a la aclamación de otros cinco-. Haré que te conduzcan dos de mis camaradas hasta que llegues a dar vista a la tienda de tu amo, no sea que encuentres en el camino algunos paseantes nocturnos cuya conciencia no sea tan escrupulosa como la nuestra; porque en noches como ésta, no faltan emboscados. -Pero arrugando las cejas añadió-: Acuérdate de que no has querido decirnos tu nombre. ¡Guár­date, pues de querer saber los nuestros y de averiguar quienes somos, ten muy presente esta advertencia si quieres evitarte una desgracia.

Recibió Gurth su apreciable talego de manos del capitán, y le dió mil gracias; asegurándole que no olvidaría sus adver­tencias. Dos de los bandidos se armaron con sus garrotes y le acompañaron; haciéndole atravesar el bosque por una senda muy obstruida con ramas, y que dada mil vueltas y revueltas. AI salir de aquella senda se hallaron con dos hombres que les salieron al encuentro; pero la escolta de Gurth les habló al oído, y se retiraron al instante. Entonces conoció Gurth cuán conveniente había sido la precaución del jefe, y de aquí infi­rió que era numerosa la cuadrilla y que tenía bien guarnecido el sitio de su reunión.

Llegaron a campo raso; pero Gurth desconocía el camino, pues no era el mismo que había llevado. Sus dos guías le acompañaron hasta una pequeña altura desde la cual, a favor de la Luna, podían distinguir el sitio del torneo, las tiendas colocadas a cada lado, los pabellones que las adornaban movidos por el viento, y se oía también el canto de los centi­nelas, con el cual procuraban pasar alegremente el tiempo de su vigilancia.

En aquel sitio se despidieron de Gurth los guías, dicién­dole que no podían pasar más adelante, y reiterándole que no olvidara los consejos que le habían dado y que guardara el secreto sobre todo Io ocurrido en la noche pasada, si quería evitarse una desgracia que le sería inevitable en otro caso, y de la cual no estaría seguro ni aún en la Torre de Londres.

-¡Muchísimas gracias, bravos compañeros! -dijo Gurth-. No soy un imprudente, y me lisonjeo de poder deci­ros, sin ofenderos, que os deseo por gratitud una vida más honrada y menos peligrosa.

Dicho esto se despidieron: los bandidos se volvieron por el mismo camino que habían llevado, y Gurth se dirigió a la tienda de su amo, al cual refirió su aventura nocturna, a pesar del silencio que tanto le habían recomendado.

El caballero desheredado se quedó sorprendido de la generosidad de Rebeca, y también de la de los bandidos, tan extraña como impropia de su profesión, que suscitó en su ánimo varias reflexiones, interrumpidas por la necesidad de reponerse de las fatigas del torneo y recobrar nuevas fuerzas para la mañana siguiente.

El caballero se echó sobre una rica cama que habían pre­parado, y el fiel Gurth, tendiéndose en el suelo cubierto con una piel de oso, se colocó al través de la tienda, de manera que nadie pudiera entrar sin despertarle.

 

 

 

 

 

 

 

XII

 

Reconocen la liza atentamente

los graves reyes de armas, y les siguen

con muestras de dolor los caballeros:

el eco se oye del clarín sonoro,

de la espuela aguijado el corcel corre,

aturde el golpear en los escudos,

refleja el sol en las lucientes armas...

y un torrente de sangre inunda el suelo.

                          CHAUCER

 

Amaneció el día plácido y sereno, y se veía en la llanura la agitación y prisa con que los espectadores buscaban los mejores sitios para disfrutar del. torneo. Se presentaron los mariscales al momento, acompañados por los heraldos, para anotar el nombre de los caballeros que se presentaran a tomar parte en la lid y saber bajo qué bandera querían combatir; pre­caución indispensable a fin de establecer la posible igualdad entre los dos bandos combatientes.

Era práctica corriente que el vencedor en el último torneo fuera jefe de uno de los bandos, y, de consiguiente, fué elegi­do para mandar uno de ellos el caballero Desheredado; para el otro lo fué Brian de Bois-Guilbert, por haber llevado mayor prez en el torneo después del caballero desheredado.

Al lado de Brian se colocaron todos los que el día ante­rior habían combatido con él, a excepción de Ralfo de Vipont, a quien la caída que sufrió no le permitía vestir armadura. Concurrieron además otros muchos caballeros para combatir en cualquier bando, porque aunque un torneo general en que todos los caballeros pelean a un tiempo ofrece más peligros que un combate singular, generalmente lo preferían al otro.

Ya se habían inscrito cerca de cincuenta caballeros para entrar en la arena, cuando declararon los mariscales que no se admitían más con mucho disgusto de los que llegaron tarde.

A las dos ya estaba cubierto de espectadores y de damas a pie o a caballo, y luego se oyó el ruido de trompetas que anunciaban la llegada del príncipe Juan y su comitiva, rodea­do por la mayor parte de los caballeros que se preparaban a entrar en el combate y por los que no trataban de tomar parte en él.

 

Llegó al momento Cedric el Sajón con lady Rowena, sin la compañía de Athelstane, el cual, para poder colocarse entre los combatientes, se vistió una armadura y se colocó al lado del caballero del Temple, cosa que extrañó mucho Cedric. Cuantas reflexiones le hizo éste sobre la elección de jefe fue­ron inútiles, pues sólo le dio respuestas evasivas propias del  que se obstina en llevar a cabo lo que una vez ha resuelto, aunque no pueda alegar razón que la justifique. Sin embargo, Athelstane tenía una para colocarse al lado de Brian de Bóis­Guilbert; pero tuvo la prudencia de no revelarla, y aunque su carácter apático no le permitía hacer los obsequios y galante­rías propias para obtener la gracia de lady Rowena, se enga­ñaba ésta en creer que era insensible a sus gracias encantado­ras; y, por otra parte, consideraba su enlace como un negocio irrevocablemente decidido, pues tenía el consentimiento de Cedric y el de los amigos que había consultado lady Rowena. Por eso le costaba mucho no dejar asomar alguna señal de su descontento cuando vio la víspera que el vencedor del torneo proclamó a lady Rowena reina de la hermosura y de los amo­res, y para castigarle por haber distinguido a la dama cuya mano ambicionaba, engreído con las lisonjas de los adulado­res, creía poder esperar más que otro obtener el triunfo en el torneo, y había resuelto, no sólo privar del auxilio de su pode­roso brazo al caballero Desheredado, sino hacerle sentir, si la ocasión se presentaba, el contundente peso de su hacha de armas.

Bracy y otros caballeros de la comitiva del príncipe Juan se habían inscrito en el bando contrario obedeciendo las órde­nes de su príncipe, porque éste nada quiso omitir para asegu­rar la victoria al bando de Brian de Bois-Guilbert, y otros muchos caballeros, así normandos como ingleses, se declara­ron contra aquéllos con tanto más interés, cuanto que estaban muy orgullosos con tener por jefe un caballero tan valiente como el Desheredado.

Inmediatamente llegó la que debía ser reina aquel día, el Príncipe Juan, que lo observó, salió a su encuentro con las maneras más cultas de cortesía que usaba tan oportunamente cuando quería, y levantando la rica toca que cubría la cabeza de la reina, se apeó del caballo y presentó la mano a lady Rowena para que bájase de su palafrén, en tanto que los prin­cipales señores de su corte se acercaban a la dama con la cabeza descubierta como el Príncipe.

-Somos los primeros -dijo éste- en dar ejemplo del respeto que debe tributarse a la reina de la hermosura y de los amores, y nos apresuramos a servirle de escolta hasta el trono que hoy debe ocupar. Vosotras, señoras -añadió-, acompa­ñad a vuestra reina y rendirle los honores y obsequios que, sin duda, os tributarán algún día.

Y diciendo esto condujo el Príncipe a Lady Rowena al sitio de honor que le estaba destinado enfrente del trono del Príncipe, en tanto que las damas más celebradas por su her­mosura y por su cuna se apresuraban a colocarse en la mayor proximidad posible a su reina.

Apenas se había sentado lady Rowena, se oyeron voces y aclamaciones de la multitud. El Sol brillaba en todo su esplen­dor; sus rayos se reflejaban en las brillantes armaduras de los caballeros que, colocados a las dos extremidades de la liza, rodeaban a sus jefes respectivos y se ponían de acuerdo sobre el modo de disponer su línea de batalla y de sostener los ata­ques de los adversarios.

Ya los heraldos imponían silencio para que se oyesen las reglas del torneo, concebidas de manera que disminuían cuan­to era posible los peligros del combate, lo cual era tanto más necesario, cuanto que se había de hacer uso de espadas y de lanzas afiladas.

Según estas leyes, podía un caballero servirse, si quería, de maza o de hacha de armas; pero nunca de daga o puñal, armas que se prohibían formalmente.

El caballero que perdía la silla podía renovar a pie el combate, con otro que se hallara en el mismo caso; pero nin­gún caballero montado podría entonces atacarle. Cuando un caballero rechazara y llevara a su contrario a la extremidad de la liza hasta tocar la empalizada, no podía dirigirle la punta de la espada al pecho, y sólo le sería permitido tocar­le de plano con la hoja: éste estaba obligado a confesarse vencido, sin poder volver a tomar parte en el combate, y su armadura y caballo eran trofeo del vencedor. Si un caballero fuese derribado y quedara sin poder levantarse, podría su escudero o un paje entrar en la liza y sacar del recinto al caballero; en tal caso se le declaraba vencido, con pérdida del caballo y de las armas. El combate cesaría tan luego como el Príncipe tirase a la liza el bastón de mando; precau­ción usada para impedir la efusión de sangre cuando el com­bate se prolongaba.

El caballero que violara estas leyes o faltase a Ias de Caballería en cualquier modo, podría ser despojado de sus armas y obligado a sentarse en Ia barra de la empalizada para ser objeto de Ias burlas de los espectadores en castigo de su desleal conducta. Concluida Ia publicación de estas leyes ter­minaron sus funciones los heraldos exhortando a todos los buenos caballeros a cumplir su deber y merecer el favor de la reina de la hermosura y de los amores: hecho esto, se retira­ron y se colocaron en su puesto. Los caballeros de cada bando se adelantaron al paso de un lado al otro de la liza, y el jefe de cada bando debía estar en el centro de la primera fila después de haber revistado sus tropas y señalado al caballero el lugar que debía ocupar.

Era un espectáculo imponente y terrible ver tantos gue­rreros valientes vestidos con ricas armaduras, montados en hermosos y generosos caballos, prepararse a un combate mor­tal a veces, esperando la señal de ataque con tanta ansia como sus caballos, que mostraban impaciencia relinchando y escar­bando con furor Ia tierra; brillaban las puntas de sus lanzas, y las banderolas que Ias adornaban ondeaban bajo los penachos que hacían sombra a los cascos, permaneciendo en esta posi­ción hasta que los mariscales del torneo hubieron recorrido las filas con la mayor atención y asegurándose de que era igual en ambos partidos el número de combatientes. En seguida se retiraron de la arena, y William de Wyvil gritó fuertemente:

¡Partid! AI mismo tiempo se oyeron los clarines, los caballe­ros bajaron Ias lanzas, Ias pusieron en ristre, y dieron de espuela a sus caballos. Las primeras filas de los dos partidos se lanzaron al galope una con otra, y fué tan terrible el cho­que, que se oyó el ruido a más de una milla de distancia. Por algunos instantes no pudieron los espectadores conocer el resultado, por la gran polvareda que levantaron los caballos, y que tardó en disiparse. Entonces vieron que de cada bando quedaron desarmados la mitad de los caballeros, vencidos unos por la habilidad y la destreza, y otros por la fuerza: unos en tierra, y otros en un estado tan deplorable, que era muy dudoso que pudieran levantarse; algunos a pie estrechaban a sus contrarios, que se hallaban también desmontados, entre­tanto que otros dos o tres, heridos gravemente, se cubrían con las bandas Ias heridas y se apartaban con trabajo del combate. Los caballeros que habían sostenido el choque sin perder la silla, cuyas lanzas se habían hecho pedazos, tiraron de la espa­da, y gritando fuertemente atacaban y estrechaban a sus con­trarios con el mismo furor que si el honor y la vida dependie­sen del éxito de Ia lucha.

Crecía la confusión, y al mismo tiempo salió de cada bando la segunda fila que servía de reserva, y se arrojó en medio de la pelea gritando la tropa de Brian de Bois-Guilbert: ¡Ah! ¡La bien parecida, la bien parecida! ¡Por el Temple, por el Temple!; y sus contrarios respondían: ¡El Desheredado! ¡El Desheredado!, que era el grito de guerra que tenían por divi­sa y que estaba grabado en el escudo de su jefe.

La victoria estaba indecisa entre los partidos, animados de un mismo grado de entusiasmo, no siendo posible presagiar cuál obtendría el laurel. El ruido de las armas y los gritos de los caballeros, mezclados con los de las trompetas, sofocaban los gemidos de los que sucumbían y caían sin sentido a los pies de los caballos. El brillo con que antes lucían las armas estaba obscurecido con la sangre y el polvo, y se hacían pedazos por los golpes reiterados de las hachas de armas; los penachos blancos de los cascos ondeaban por todas partes cual si fueran copos de nieve había ya desaparecido cuanto hay de brillante y delicioso en la Caballería, y todo lo que se veía entonces ins­piraba terror o piedad; pero, sin embargo, la fuerza de la cos­tumbre hacía que no sólo la gente vulgar, que naturalmente se complace en las escenas feroces, sino que también el bello sexo, que ocupaba las galerías, aunque algo conmovido, no apartara Ia vista de un espectáculo tan terrible. Se veía, en ver­dad, alguna vez que en la púrpura de Ias mejillas asomaba la palidez; se oía algún suspiro si un amante, un hermano o un esposo recibían una herida o caían a tierra; pero, en lo general, las damas animaban a los combatientes, no sólo con palmadas, sino gritando: ¡Brava lanza, buena espada!, cuando cualquier caballero se distinguía por un rasgo de valor o de osadía. Puede muy bien graduarse el interés que tomaría el sexo varonil en estos casos, cuando el débil estaba tan animado. Los hombres hacían conocer su interés con las aclamaciones más estrepito­sas cuando la fortuna favorecía a su partido, y tenían tan fija la vista en la arena, que se hubiera creído que daban y recibían los golpes que estaban admirando. A cada instante de suspensión que se notaba en los combatientes se oía a los heraldos decir: ¡Animo, esforzados y valientes! ¡El hombre muere, mas la glo­ria vive! ¡Valor: la muerte es preferible a la derrota! ¡Animo, pues! ¡No olvidéis que peleáis a los ojos de la hermosura!

En medio de los azares del combate todos los espectado­res buscaban con la vista a los jefes de cada partido, los cua­les, arrojándose en lo más recio de la pelea, animaban con la voz y con el ejemplo a los de su partido. Los dos jefes osten­taban el más alto valor; tanto, que no le tenía igual ninguno de los combatientes. Excitados por una animosidad mutua, con­vencidos de que la derrota de uno de los dos jefes decidiría infaliblemente la victoria, intentaron mil veces afrontarse a un combate singular; pero fueron por mucho tiempo inútiles sus conatos, porque siempre se hallaban separados por otros caba­lleros que ansiaban medir sus fuerzas con el jefe del partido opuesto.

Pero luego que disminuyó considerablemente el número de los caballeros porque, vencidos unos, se vieron precisados a retirarse a la extremidad de la arena, y otros por las heridas que recibieron quedaron fuera de combate, se vieron frente a frente el templario y el caballero desheredado, y se atacaron con furia inspirada por una mortal animosidad y una insacia­ble sed de gloria. Dieron tantas pruebas de destreza en los ata­ques y en la defensa, que los espectadores no cesaban de aplaudirlos a una voz; pero en aquel momento la tropa del caballero desheredado llevaba lo peor de la batalla, porque el         brazo gigantesco de "Frente de buey", por una parte, y, por otra, la tuerza prodigiosa de Athelstane, habían echado por tierra a cuantos se presentaron al alcance de sus golpes; y viéndose estos dos caballeros libres de todos sus enemigos inmediatos, dirigieron sus miradas a unirse con el templario para acabar con su rival, atacándole el caballero normando por un costado y el sajón por otro. Hubiera sido imposible al caballero Desheredado sostener por un solo instante tan desi­gual combate, si los espectadores, que no podían menos de interesarse vivamente por un guerrero tan sublime atacado de improviso por tres caballeros a un tiempo, no le hubiesen advertido el peligro gritándole de todas partes, lo cual le hizo conocer la crítica posición en que se hallaba. Con un valor muy sereno descargó un terrible golpe sobre la armadura del templario, y al mismo tiempo hizo recular a su caballo para evitar el doble asalto de Athelstane y de Frente de buey, que se adelantaban con ímpetu tan violento, que pasaron por medio de los dos combatientes sin poder contener a sus caba­llos. Pero consiguieron por fin reunirse al templario para ven­cer al Desheredado. Este, gracias a la agilidad de su generoso corcel, precio de la victoria que había ganado la víspera, no sucumbió: supo aprovechar la ventaja de hallarse herido el caballo de Bois-Cuilbert, y los de Athelstane y Frente de buey fatigados con el peso de los jinetes y sus armaduras, y mane­jó tan diestramente el suyo, que durante algunos minutos con­siguió hacerse respetar por sus tres enemigos, separándolos cuanto le era posible, cayendo ya contra uno, ya contra otro, descargando una lluvia de estocadas y golpes, y poniéndose al instante fuera del alcance de sus contrarios.

Extremos tales de valor y destreza arrancaban aplausos unánimes de los espectadores, pero no podían librar al héroe del inminente peligro de ser vencido o muerto; y por eso los seño­res que estaban al lado del Príncipe le instaban a una voz a que tirase a la arena el bastón de mando, para evitar que tan valien­te caballero fuese vencido por la desigualdad del número.

-¡No, por la luz del Sol! -respondió el Príncipe-. Este caballero, que se obstina en ocultar su nombre y se desdeña de admitir hospitalidad que le he ofrecido, ha obtenido ya una victoria! Deje pues; que a otro le llegue su turno.

Pero en tanto que el Príncipe hablaba, un incidente impre­visto cambió el aspecto del combate.

Se hallaba en la pequeña tropa del caballero Deshereda­do un guerrero vestido con armadura negra, que montaba un caballo morcillo. No llevaba divisa alguna en el escudo, y hasta entonces no había dado muestras de tomar interés en el combate; sólo se le veía rechazar a los que le atacaban; pero ni perseguía ni provocaba. En una palabra, hacía el papel de espectador, más bien que el de mantenedor, y le nombraban el caballero Ocioso; pero cuando vió al jefe de su partido en posición tan crítica, salió de repente de su apatía y partió como un rayo a su socorro, gritándole: ¡Desheredado, a repo­nerte!; y fué muy a tiempo, porque mientras éste estrechaba de cerca al templario, Frente de buey se acercó con la espada en alto para herirle, cuando llegó el caballero negro, le atacó, y en un momento Frente de buey y su caballo cayeron rodan­do al suelo; revolvió el caballero Ocioso sobre Athelstane de Coningsbugh, y como había roto la espada sobre la armadura de Frente de buey, arrebató de manos del Sajón aturdido el hacha de armas con que iba a herirle, y le tiró un golpe tan terrible, que cayó Athelstane al lado de su compañero.

Después de estas dos proezas, tan aplaudidas como ines­peradas, el caballero Ocioso volvió a su indiferencia anterior y se retiró a la extremidad de la arena, dejando a su jefe medir sus fuerzas con Brian de Bois-Guilbert. No duró mucho este combate singular, porque el caballo del templario estaba gra­vemente herido y cayó al primer golpe. Brian de Bois cayó engargantado el pie en el estribo, sin poder desenredarse, y su adversario saltó a tierra sobre él intimidándole la rendición. Entonces' el Príncipe Juan, más afectado por el peligro del templario que por el que sufrió antes su rival, quiso ahorrarle la confusión de ser vencido, y tiró el bastón de mando a la arena, poniendo fin al combate.

Sin esto ya iba a terminarse, porque del corto número de caballeros que restaban en la liza, la mayor parte por un con­sentimiento tácito, habían resuelto que los dos jefes decidie­ran por sí mismos la victoria.

Los escuderos que habían creído dudoso y de peligro acercarse a sus caballeros, entraron apresuradamente en el recinto para asistir a los que estaban heridos y llevarlos a las tiendas inmediatas o a los alojamientos que les estaban prepa­rados en la ciudad.

Así terminó el memorable paso de armas de Ashby de la Zouche, torneo el más brillante de su siglo; porque si cuatro caballeros solamente perecieron en la arena, de los cuales uno sofocado por el calor de su armadura; hubo más de trein­ta heridos gravemente, y cuatro o cinco murieron pocos días después, razón por la cual siempre se le nombra, según las crónicas antiguas, eI bizarro y noble paso de armas de Ashhy.

Ya se estaba en el caso de nombrar el caballero que se había señalado por sus más brillantes hazañas, y el príncipe Juan decidió que este honor pertenecía al caballero nombra­do el Negro ocioso. Hicieron presente al Príncipe que el honor del torneo correspondía de justicia al caballero Deshe­redado que había triunfado de seis caballeros que por su pro­pia mano había tirado al suelo, y había terminado el comba­te desmontando al jefe del partido contrario; pero el Príncipe persistió en su fallo, a pretexto de que el caballero deshere­dado y sus caballeros hubieran sido vencidos sin el poderoso auxilio del caballero Negro al cual pertenecía la prez de la batalla.

En consecuencia de esta declaración se le proclamó ven­cedor; pero no se presentó, porque inmediatamente que se concluyó la batalla se retiró de la arena, dirigiéndose hacia el bosque con la misma calma y con el mismo aire de indife­rencia que le había merecido el sobrenombre de Negro Ocio­so. Las trompetas le llamaron dos veces, y otras tantas los reyes de armas le proclamaron; y por su ausencia fué preciso nombrar otro caballero que recibiera los honores del torneo, viéndose precisado el príncipe Juan a reconocer el derecho del caballero Desheredado y a declararle vencedor.

En medio de una arena resbaladiza por la sangre derra­mada en ella cubierta de pedazos de armaduras y de caballos muertos o heridos, condujeron de nuevo al vencedor al pie del trono del príncipe Juan, y éste, dirigiéndole la palabra, le dijo:

-Caballero desheredado -pues queréis que así se os apellide-, os declaramos merecedor de los honores del triun­fo y con derecho a reclamar y recibir de manos de la reina de la hermosura y de los amores la corona de honor que vuestro valor ha merecido.

A lo cual nada respondió al vencedor, que se retiró haciendo una profunda reverencia.

En tanto que los heraldos a grandes voces proclamaban: ¡Honor a los valientes, gloria a los vencedores! y las damas saludaban con sus pañuelos blancos y sus velos bordados, y el pueblo aturdía con sus gritos, los heraldos condujeron al ven­cedor al pie del trono que ocupaba lady Rowena.

Arrodillado en la última grada el caballero que en todas sus acciones y movimientos hasta el fin del combate parecía que sólo obraba por el impulso de los que le rodeaban, se observó que vacilaba cuando atravesaba la segunda vez el campo del torneo. Cuando, bajando del trono con tanta gracia cono dignidad, lady Rowena iba a colocar por su mano la corona en el casco del vencedor, los heraldos gritaron: ¡No, no, que se descubra! El caballero entonces profirió en sumisa voz algunas palabras que apenas se entendieron. Sólo se com­prendió que deseaba no quitarse el casco; pero ya fuese por no violar las leyes del ceremonial, o por curiosidad, los marisca­les del torneo no hicieron caso y le quitaron el casco, descu­briendo el rostro de un joven de veinticinco años, de agrada­ble fisonomía, pero tostada del sol; pálido como un difunto, y con rastros de sangre en el cuerpo.

Apenas le reconoció lady Rowena ahogó un grito lla­mando en su auxilio toda la energía de su carácter para reco­brarse, y si bien temblando por la súbita conmoción que le causó la vista del caballero desheredado, puso sobre su cabe­za la corona y dijo con una voz clara y distinta:

-Señor caballero, te doy esta corona, recompensa al valor que has mostrado en el torneo.

Se detuvo un momento, y luego añadió con voz firme y entera:

-¡Nunca se ha colocado una corona de caballero sobre cabeza más digna de ceñirla!

El caballero inclinó la cabeza, y cayó sin sentido a los pies de lady Rowena, dando motivo a una general consternación.

Cedric; que se había sorprendido a la vista de su hijo, se dirigió a él con precipitación, como para separarlo de lady Rowena; pero los mariscales del torneo se adelantaron; adivi­nando la causa del desmayo de Ivanhoe se apresuraron a desarmarle, y repararon que un bote de lanza le había herido en un costado.

Apenas se oyó el nombre de Ivanhoe, cuando voló de boca en boca hasta los oídos del Príncipe.

Al oírlo se inmutó su semblante, notándose el esfuerzo que hacía para disimular su turbación, y miró a todas partes con desdén.

-Milores -dijo-, y principalmente vos, señor prior, ¿qué juzgáis acerca de la doctrina que los antepasados nos han transmitido sobre atracción y simpatía innatas? Según lo que yo siento, adivino el favorito de mi hermano.

-"Frente de buey" no tiene más que disponerse a rendir su tributo a Ivanhoe -dijo Bracy, que después de haber lle­nado su deber en el torneo fue, desarmado, a reunirse con la comitiva que rodeaba al Príncipe.

-Sí -añadió Waldemar Fitzurse-; es muy probable que este joven vencedor reclame el castillo y los bienes que Ricardo le había asignado y vuestra alteza ha concedido des­pués a "Frente de buey".

-Pero éste -replicó el Príncipe- está más dispuesto a recibir feudos que a soltar uno. Creo, señores -prosiguió-, que nadie me disputaría el derecho de conferir los feudos de la Corona a tos súbditos prontos a reemplazar a los que aban­donando su patria pelean en países extranjeros y no pueden por esta causa prestarle servicios.

Todos los que rodeaban al Príncipe estaban muy interesa­dos en confirmarle en esta opinión, y por eso inmediatamente prorrumpieron:

-¡Oh príncipe generoso! ¡Oh magnífico señor, que se impo­ne a sí mismo la obligación de recompensar a sus fieles súbditos!

Así se expresaban porque todos, como "Frente de buey", habían obtenido ya feudos y dominios considerables.

El prior Aymer, de acuerdo con ellos, sólo dijo que en sentido cristiano no podía reputarse Jerusalén como país extranjero, puesto que era la madre común de los cristianos; pero el caballero Ivanhoe no podía hacer valer esta excusa, pues el Prior sabía de buen original que los cruzados al mando de Ricardo no habían pasado de Ascalón, y es sabido que esta plaza es una ciudad de los filisteos a la que no puede alcanzar ningún privilegio de los de la ciudad santa.

Waldemar, que sólo por curiosidad se había acercado al sitio en que estaba Ivanhoe, volvió al lado del Príncipe dicién­dole:

-No puede incomodar el joven héroe a vuestra alteza ni disputar a "Frente de buey" la posesión del feudo, porque está gravemente herido.

-Sea lo que sea -replicó el Príncipe-, él es vencedor del torneo; y aunque fuere el mayor enemigo nuestro, debe­mos prodigarle todos los auxilios que reclama su posición. Voy a mandar-dijo con cierta sonrisa maligna-que le asis­ta mi primer médico.

Y Waldemar Fitzurse, casi sin dejarle acabar, dijo que ya los amigos de Ivanhoe se lo habían llevado de la liza, aña­diendo:

-No he podido resistir la sensación que inspiraba la reina de la hermosura y de los amores, cuyo reinado ha ter­minado infaustamente. No soy hombre que se rinda con faci­lidad a las lágrimas de las damas; pero lady Rowena ha sabi­do reprimir su dolor con tanta dignidad, que me ha admirado su firmeza y su valor, cuando, juntas sus dos hermosas manos, fijó con serenidad la vista en el cuerpo inanimado que veía a sus pies.

-¿Quién es -dijo el Príncipe- esa lady Rowena, de quien continuamente oigo hablar?

-Es una heredera sajona que posee bienes considerables -respondió el prior Aymer-: una rosa de belleza, una joya de riqueza, la más hermosa entre mil; es un vaso de mirra y de aromas.

-Pues yo cuidaré de consolarla uniéndola en matrimo­nio a un normando. Es huérfana, sin duda, y me corresponde por esa razón cuidar de su establecimiento. ¿Qué decís a esto, De Bracy? ¿No os animáis a imitar el ejemplo del conquista­dor casándoos con una sajona que os traiga con su mano dominios considerables?

-Si el dominio me agrada, será muy difícil que rehúse casarme; y si por esta generosidad quiere vuestra alteza cum­plir la promesa que ha hecho a este su fiel súbdito, será eter­no mi agradecimiento.

-Veremos -dijo el Príncipe-; y para poner manos a la obra inmediatamente, decid al senescal que vaya a convidar a lady Rowena y a toda su casa, esto es, a su tutor rústico y al otro especie de buey, a aquel que el caballero negro tiró al suelo, que vengan a honrar con su presencia el banquete. De Biyot -añadió dirigiéndose a su senescal-, cuidad de hacer el convite con todo el respeto y atención posibles para satis­facer el orgullo de esos agrestes sajones, quitándoles todo pre­texto de excusa, no obstante, ¡por las reliquias de San Beket!, que gastar cumplimientos con esa gente es echar margaritas a puercos.

Apenas acabó de hablar, y cuando iba a dar la orden de mar­char, un criado de su comitiva puso en sus manos un billete. -¿De dónde es? -le preguntó.

-Lo ignoro, señor -respondió-, aunque me parece que es de país extranjero. Le trae un francés que ha caminado día y noche.

Examinó el Príncipe con cuidado el sobre, después el sello, y reparó que llevaba tres llores de lis. Abrió precipita­damente el billete con una agitación que aumentó notable­mente cuando leyó estas palabras, que eran todo su contenido: Vivid con cuidado, porque el diablo anda suelto, las cuales le causaron una palidez, mortal. Miró a la tierra, levantó la vista al cielo cual si hubiera escuchado la sentencia de su muerte, y volviendo luego sobre sí llamó aparte a Waldemar Fitzurse y a Bracy, y les comunicó sucesivamente el contenido del billete.

-Tal vez será una alarma falsa -dijo De Bracy.

-No -replicó el Príncipe-; conozco muy bien la letra y el sello del rey de Francia.

-Es preciso y urgente -dijo Fitzurse- reunir nuestros partidarios en York o en cualquier otro punto del centro. El menor retardo puede ser funesto. Dejemos estos juegos pueri­les, y pensemos en negocios más serios ante los peligros que nos amenazan.

-Es, sin embargo, muy conveniente -repuso De Bracy- no descontentar a los aldeanos, a los comunes, pri­vándolos de la diversión que esperan.

-Me parece -replicó Waldemar- que todo puede con­ciliarse. El día no está muy adelantado; podría verificarse ahora mismo la pelea de los arqueros, y adjudicar en seguida el premio al vencedor. Por este medio vuestra alteza cumple su oferta y quita todo motivo de queja a este rebaño de sier­vos sajones.

-¡Excelente idea! -dijo el Príncipe-. Por otra parte me acuerdo ahora que tengo que pagar una deuda a ese paisa­no insolente que nos insultó ayer. Esta noche se celebrará el banquete que he dispuesto, y aunque fuera esa la última hora de mi poder, quiero consagrarla a la venganza y al placer. ¡Quédense para mañana los cuidados!

Acordado en esta forma, se oyeron luego las trompetas, a cuyo sonido volvieron a reunirse los espectadores que habían empezado a retirarse, y los reyes de armas publicaron que el Príncipe, por motivos de alta importancia, no podía presenciar los juegos aplazados para la mañana siguiente; pero no que­riendo tampoco que tantos valientes se separasen sin hacer a su vista ostentación de la destreza de su profesión, había orde­nado que se celebrasen al instante los juegos señalados para el día siguiente. El premio asignado al vencedor consistía en una bocina de caza montada en plata, un tahalí bordado de seda, y un medallón con la efigie de San Huberto, patrón de los jue­gos campestres.

Inmediatamente se presentaron más de treinta aldeanos para disputar el premio, la mayor parte guardas forestales y tenientes de guardas de los bosques reales de Newood y de Charnwood; pero al instante que se reconocieron unos a otros se retiraron algunos, no queriendo exponer al sonrojo de verse vencidos indudablemente, pues era entonces tan conocida a muchas leguas de la comarca la habilidad de cada tirador como las cualidades de un caballo expuesto en la feria de New-Market lo son hoy a los que frecuentan aquel paraje. Quedó el número de competidores reducido definitivamente a treinta. El príncipe Juan bajó de su trono para examinar de cerca los arqueros elegidos, que por la mayor parte estaban vestidos de librea real; y después de satisfecha esta curiosidad examinó todo el contorno buscando con la vista el objeto de su resentimiento. Consiguió al fin verle de pie derecho en el mismo sitio y con la misma frescura que le había visto la vís­pera.

-Tenía duda de que tu destreza correspondiera a tu orgu­llo, que serías un partidario castizo de la ballesta -le dijo el Príncipe-, y que no te atreverías a medir tu habilidad con estos concurrentes.

-Con respeto a vuestra alteza -dijo el campesino-, tengo otra razón más fuerte que el recelo de ser vencido para estar en observación.

-¿Y cuál es? -preguntó el Príncipe, impaciente de curiosidad.

-La razón que tengo --contestó el aldeano- es que así estos arqueros como yo no estamos hechos a tirar a un mismo blanco; y, además, que no será del agrado de vuestra alteza ver ganar un premio a cualquiera que sin querer haya incurri­do en la desgracia de vuestra alteza.

-¿Cómo te llamas? -preguntó el Príncipe abochorna­do.

-Locksley -respondió.

-Ahora bien, Locksley; luego que estos arqueros hayan dado muestras de su habilidad, tirarás tú cuando te toque. Si ganas el premio, le añadiré veinte nobles; pero si lo pierdes, haré que te desnuden de tu traje y que te echen del campo a latigazos con la cuerda de un arco, para castigar y humillar tu soberbia.

-¿Y si no admito el desafío en esas condiciones? - replicó Locksley- vuestra alteza, apoyado aquí por tantos hombres diestros en las armas, puede maltratarme, despojar­me de mis vestidos; pero todo eI poder de vuestra alteza no alcanza a obligarme a tender el arco, si yo no quiero.

-Si rehúsas mi oferta -dijo el Príncipe-, el Preboste hará pedazos tu arco y tus flechas, y te echará del campo como a un cobarde.

-Lo mismo es eso que obligarme a medir mi habilidad con los más diestros arqueros de los condados de Sttaford y Leicester, a trueque de sufrir los tratamientos más ignominio­sos si soy vencido; más, a pesar de todo, obedeceré a vuestra alteza.

-Guardas, no le perdáis de vista -dijo el Príncipe-. Me parece que ha de faltarle ánimo; pero no quiero que se escape de la prueba a que le he comprometido. Vosotros, ami­gos, valor: sostened vuestra reputación. Está ya prevenida una bota de vino y un cabritillo montés para que merendéis en la tienda más inmediata en cuanto se haya adjudicado el premio.

Se fijó un escudo al fin de la avenida que por la parte del Mediodía conducía al sitio del torneo, dejando bastante dis­tancia entre el escudo y el paraje desde donde habían de hacer puntería los arqueros. La suerte decidió el turno entre los aspi­rantes, y cada arquero debía tirar tres flechas. Regló el orden de los juegos un oficial de grado inferior a los reyes de armas, titulado Persevante, porque éstos hubieran creído degradar su rango si hubieran presidido unos juegos campestres: Los arqueros tiraron uno tras otro con fuerza y habilidad: de vein­ticuatro flechas que tiraron sucesivamente, diez dieron en el blanco, y las demás se acercaron tanto, que, vista la gran dis­tancia que mediaba, merecieron aplausos, habiéndose distin­guido entre todos Hubert, guarda de los bosques de Malvoi­sin: dos de sus flechas se clavaron en el círculo trazado en el centro del escudo, y le proclamaron vencedor.

-Y bien, Locksley -dijo el Príncipe al arquero a quien quería humillar-; ¿te atreves todavía a competir con Hubert, o te confesarás vencido, entregando tu arco, tus flechas y tu escudo al Persevante?

-Ya que no hay otro remedio, tentaré fortuna con la con­dición de que cuando hubiere tirado tres flechas al que se me señale, ha de tirar Hubert una al que yo le proponga.

-Está muy puesto en razón -dijo el Príncipe- Huber, si vences a este fanfarrón, te llenaré de sueldos de plata la bocina que está destinada para el vencedor.

-Haré todo lo posible -respondió Hubert ; mi bisa­buelo llevaba un arco famoso en la batalla de Hastings, y espero mostrarme digno de él.

En esto se cambió el escudo que servía de blanco, se puso otro de las mismas dimensiones, y Hubert, que como vence­dor de la primera prueba, tenía derecho a tirar el primero, apuntó detenidamente, calculó la distancia entretanto que tenía el arco encorvado, y puesta en su lugar la flecha, se avanzó un paso, levantó el arco al nivel de la frente, tiró con fuerza de la cuerda hasta su oreja, y disparó la flecha claván­dola casi en medio del escudo.

-No has atendido al viento -le dijo su competidor-, pues, en otro caso, hubieras acertado al blanco con más exac­titud.

Diciendo esto, y sin detenerse a mirar, se situó Locksley en el paraje indicado, y disparó con tan poco cuidado, al pare­cer, cuando a'n estaba hablando, que casi parecía no haber mirado al blanco; pero, no obstante, su flecha se clavó dos pulgadas más inmediata al centro que la de Hubert.

-¡Voto al Cielo! -exclamó el príncipe Juan-. Si te dejas vencer de Locksley (mirando a Hubert), mereces ir a galeras.

-Aunque vuestra alteza mande ahorcarme, no haré más que lo que pueda: mi bisabuelo llevaba un arco.

-¡Maldito sea tu bisabuelo y toda su casta! -dijo el Príncipe interrumpiéndole-. ¡Prepara tu arco, desgraciado; apunta lo mejor que puedas, o pobre de ti!

Hubert bajo la presión de estas amenazas, se situó de nuevo en su puesto y acordándose de la advertencia de Locks­ley, calculó el efecto del viento sobre la flecha, y la disparó con tanta destreza que dió en medio del blanco.

-¡Viva Hubert! ¡Viva Hubert! -gritó entusiasmado todo el pueblo, mostrando más interés por su paisano que por el arquero desconocido-: ¡Viva Hubert!

-iNo harás mejor disparo, Locksley! -dijo el Príncipe con una sonrisa maligna.

-Yo haré que la flecha que voy a disparar despedace la de Hubert.

Y apuntando con un poco más de atención que la vez pri­mera, tiró e hizo mil pedazos la de Hubert.

Al ver esto, sorprendidos los arqueros se decían unos a otros:

-¡Este no es hombre, es un diablo! ¡Nunca se ha visto tal puntería desde que se maneja el arco en Inglaterra!

-Ahora pido yo a vuestra alteza -dijo Locksley- per­miso para colocar un blanco como los que se usan en el Norte; y llévese toda la gloria el arquero que venga a disputarme el premio para obtener una sonrisa amorosa de su amada.

Dio algunos pasos en ademán de alejarse, diciendo al Príncipe:

-Haced, señor, que me sigan algunos guardias: voy a cortar una rama de aquel sauce.

En efecto; el Príncipe hizo señal de que le acompañasen, pero revocó la orden en vista del disgusto que ante su decisión mostró el pueblo.

Volvió Locksley al instante con la rama de sauce, recta y de una pulgada de grueso, y empezó a descortezarla con mucho sosiego diciendo al mismo tiempo que el blanco que anteriormente habían puesto hacía poco favor a su destreza, porque en su país sería lo mismo que poner la mesa redonda del rey Artur, en la que se sentaban sesenta caballeros. Y mar­chando con mucha resolución hasta el extremo de la avenida, clavó en tierra la vara, exclamando sin jactancia:

-AI que acierte este blanco a treinta pasos, le proclama­ré arquero digno de ostentar el arco y el carcaj delante de un rey, aunque sea el mismo Ricardo.

-Mi bisabuelo -dijo Huber- tiró en la batalla de Has­tings una flecha que le hizo célebre; pero nunca pensó tomar por blanco un objeto como éste, ni yo tampoco. Si este arque­ro toca a la rama, me confieso vencido, porque será preciso que tenga el diablo en el cuerpo. Yo no tiraré, porque estoy seguro de no acertar; mejor quisiera apuntar al corte de un cuchillo, a una paja de cebada o a un rayo del sol, que a esa rama y movediza que apenas puedo distinguir.

-¡Perro! -gruñó el Príncipe-. Y tú, Locksley, tira tu flecha; si da en la rama, diré que eres el mejor arquero que he visto; pero quiero antes ver esta prueba de tu destreza.

-Haré lo que pueda, como dice Hubert -respondió Locksley.

Armó de nuevo su arco, le examinó escrupulosamente mudó la cuerda, que había servido ya muchas veces, quitó Io que no se hallaba ya en buen estado, apuntó con cuidado, calculó la distancia, tiró la flecha, y hendió la rama, justifi­cando con esta prueba la reputación de su gran destreza y arrancando de los espectadores tales aclamaciones, que el mismo Príncipe no pudo menos de desprenderse de sus injustas preocupaciones y de admirar la grande habilidad de Locksley.

-Tuyos son estos veinte nobles y la bocina de caza. Ahora mismo te doy otros cincuenta si quieres sentar plaza de arquero de mi guardia.

-Perdonad, señor -repuso Locksley-: he jurado que si llegase alguna vez a servir, sería sólo al hermano de vues­tra alteza, al rey Ricardo. Yo cedo a Hubert estos veinte nobles, pues hoy se ha distinguido no menos que su bisabue­lo en la batalla de Hastings. Si su modestia no le hubiera acon­sejado rehusar el desafío, estoy seguro de que hubiera acerta­do tan bien como yo al blanco.

Hubert recibió con cierta repugnancia los veinte nobles, y Locksley, para evitar que fijasen en él la atención, se confun­dió entre la multitud.

Tal vez no se hubiera sustraído a la vigilancia del Prínci­pe si éste no hubiera tenido el ánimo preocupado con nego­cios de muy alta importancia, Y así llamó a su camarero mayor cuando éste daba a los espectadores la señal de retirar­se, y le mandó que marchase a Ashby a buscar por todas par­tes al judío Isaac.

-Encárgale mucho -le dijo- a ese perro judío que antes de ponerse el sol me envíe dos mil escudos. Ya está enterado de Ias garantías que le doy, y puedes entregarle este anillo en prenda. Dile que antes de seis días ha de ponerme en Idrek el resto de la cantidad que se ha comprometido a pres­tarme; y si falta ese infiel a su palabra, le haré cortar Ia cabe­za. Acaso encontrarás a Isaac en el camino; pues no puede estar muy lejos, ya que ha asistido al torneo.

Y diciendo esto montó a caballo, y seguido por un gran número de caballeros marchó por el camino de Ashby.

 

 

XIII

 

En tanto que los nobles caballeros

la pompa de sus lides ostentaban,

el eco bronco del clarín

sonoro al festín convocaba

solícito a los bravos,

y a las bellas de aureo cabello y de pupilas claras

WARTON.

 

 

El convite que anunció el príncipe Juan se celebró en el castillo de Ashby, que en nada se parecía a aquellos cuyas res­petables ruinas todavía interesan al viajero. Fue construido por lord Hastings, camarlengo mayor de Inglaterra y una de las primeras víctimas de la tiranía de Ricardo III, más conoci­do como uno de los héroes de Shakespeare que por su fama histórica. Pertenecían entonces el castillo y la villa de Ahhby a Rogerio de Quinei, conde de Winchester que se hallaba en Tierra Santa, y durante su ausencia el príncipe Juan disponía sin escrúpulo alguno de su castillo y de sus dominios como si fueran propios.

Queriendo, pues, el Príncipe Juan alucinar a los convi­dados ostentando cl más suntuoso lujo, había dado órdenes estrechísimas para que nada se omitiera de cuanto podía ima­ginarse para que el banquete fuese espléndido hasta el extre­mo. Autorizados con estas órdenes los proveedores, que en tales circunstancias abusan de las facultades que se les dan, habían arrebatado en los contornos de Ashby con todo lo que podía satisfacer el orgullo fastuoso del Príncipe en el banque­te, al que había convidado a muchas personas; y como las cir­cunstancias en que se hallaba exigían que procurara granjear­se el favor general, convidó no sólo a las familias normandas que vivían en las cercanías sino a otras muchas de la raza sajo­na y danesa que gozaban en el país de gran consideración, pues por más que en otras ocasiones los despreciase eran muchos los anglosajones para no inspirar temor si tomaban parte en las turbulencias próximas a estallar, y esta consideración aconse­jaba atraer a sus jefes. Consecuente, pues, el Príncipe con esta idea se propuso tratar a los convidados que no veía común­mente a su mesa con una política y afabilidad a que no estaban acostumbrados; pero aunque no reparaba en sacrificar su opi­nión a su interés y en fingir sentimientos que no tenía, podía temerse que su ligereza y petulancia le hicieran perder en un momento todo el fruto de su disimulo.

Ya tenía dada una prueba convincente de su atolondra­miento y de su ligereza cuando le envió su padre Enrique II a Irlanda con el fin de conciliarse el afecto de sus naturales des­pués de reunida Irlanda a Inglaterra, pues habiéndose apresu­rado los jefes de Irlanda a presentarse a tributar su homenaje y respeto, en vez de recibirlos con la consideración debida a su categoría y a la importancia del asunto, él y sus cortesanos, tan locos como él, los asieron por sus largas barbas, excitan­do justamente tal insulto un resentimiento de consecuencias muy fatales a la nación inglesa respecto a su dominación en Irlanda. Se ha citado este ejemplo para que no se sorprenda el lector de la conducta que observó en el banquete.

Perseverando en la idea que había formado en un momento de reflexión, recibió a Cedric y Athelstane con mucha consideración y cortesía; y asimismo le manifestó el disgusto que experimentaba cuando Cedric le dijo que la indisposición de lady Rowena no le permitía asistir al ban­quete. Cedric y Athelstane se presentaron con el traje antiguo de sajón que, sin ser ridículo en sí, era tan diferente del de los demás convidados que el Príncipe tuvo mucho trabajo en con­tener la risa excitada por tan ridículo y fantástico vestido en relación con la moda del aquel tiempo.

No obstante un ánimo imparcial hubiéralos visto sin sor­presa y hasta reputado la túnica corta y el largo manto de los sajones por más graciosos y más cómodos que el traje de los normandos, cuyo jubón era tan largo que parecía casacón de carretero y llevaban a la espalda una capita corta que no pre­servaba del trío ni del agua ni tenía otra ventaja, al parecer, que presentar a la vista los forros y bordaduras; defectos que observó ya Carlo Magno y sin embargo continuaron siendo de moda hasta Ia época de que hablamos, sobre todo entre los príncipes de la Casa de Anjou.

Se colocaron todos los convidados en una mesa rica y abundantemente preparada. La multitud de cocineros que seguían al Príncipe en sus viajes habían desplegado todo el arte y talento imaginables para variar Ia forma de los diferen­tes platos, y consiguieron tan perfectamente como los cocine­ros modernos robar a Ias salsas más simples su apariencia natural. Las pastas y las gelatinas, que entonces sólo se serví­an en las mesas de los nobles, deleitaban Ia vista por su varie­dad, y los vinos más exquisitos colocados de distancia en dis­tancia coronaban la magnificencia del festín.

No era Ia intemperancia el defecto más noble en los nor­mandos; más melindrosos que glotones buscaban delicadeza en los manjares evitando cuidadosamente cualquier exceso, en lo que no se les parecían los sajones. El príncipe Juan y los que por hacerle la corte imitaban sus defectos gustaban algo más los placeres de Ia mesa. Es sabido que murió de una indi­gestión de pescado y de cerveza nueva; pero era excepción de Ia regla en las costumbres de sus compatriotas. Observaban, pues, los caballeros normandos con circunspección maligna, interrumpida sólo por algunos gestos de valor entendido, los defectos que cometían los sajones en el banquete contra Ias reglas de Ia etiqueta, que les eran desconocidas, pues los nor­mandos disimularían más bien cualquiera grosería contra el decoro de Ia sociedad que Ia ignorancia de Ias reglas de la rigurosa urbanidad Cedric, por ejemplo, en lugar de esperar que sus manos se enjugasen agitándolas naturalmente al aire, se Ias limpiaba en una servilleta, y hacía un papel más ridícu­lo que Athelstane por haber cogido un pastelón relleno de todo lo que en aquel tiempo se miraba como más fino y deli­cado; y se supo que el Thane de Coningsburgh (o Franklin. como dicen los normandos) no sabía de qué se componía un plato que había devorado con Ia mayor avidez creyendo que los tordos y los ruiseñores eran pichones; de modo que su ignorancia fue en esta parte motivo de la burla, más bien que su glotonería.

Terminado el banquete, y en tanto 'que Ias copas iban y venían entre los convidados, empezaron éstos a hablar del tor­neo y de los hechos de armas de cada caballero, del vencedor desconocido que había obtenido el premio en el combate del arco, del caballero Negro, que se había sustraído a los hono­res merecidos, y, en fin, del valiente Ivanhoe, que había adquirido a tanta costa la gloria dei triunfo. Se discurría con franqueza verdaderamente militar, y sólo el príncipe Juan no participaba de la alegría general agitado por penosos pensa­mientos, hasta que uno de los cortesanos le llamó la atención: entonces se levantó de repente, y llenando su copa Ia apuró de un golpe como para reanimar su espíritu abatido, y tomó parte en la conversación con alguna que otra palabra suelta.

-¡Brindemos-exclamó el Príncipe-a Ia salud de Wilfrido de Ivanhoe, vencedor del torneo! Nos es muy sensible que sus heridas no le hayan permitido honrar este banquete con su asistencia. ¡Todo el mundo tome interés en su salud, especialmente Cedric de Rotherdham, digno padre de un hijo de tan bellas esperanzas!

-¡No, Príncipe! -exclamó Cedric levantándose y dejando en la mesa la copa, sin llegarla a los labios-. Yo no doy el nombre de hijo al que ha despreciado mis órdenes y rehúsa Ias costumbres y los usos de sus padres!

-Es posible-replicó el Príncipe sorprendido-que un caballero tan valiente sea un hijo indócil y rebelde?

-Lo es Ivanhoe -dijo Cedric-. Abandonó Ia casa paterna para ir a la corte de vuestro hermano, en la cual se adiestró en esos juegos de agilidad que llamáis proezas y que tanto admiráis. Se ausentó contra mi voluntad, a pesar de mis órdenes; conducta que en el reinado de Alfredo se hubiera reputado como una desobediencia y se hubiera castigado con el mayor rigor.

-¡Ah! -dijo el Príncipe lanzando un suspiro afectado­

¡Si vuestro hijo ha estado en la corte de mi hermano, excusa­do es preguntar dónde ha aprendido a desobedecer a su padre!

Olvidó el Príncipe cuando hablaba así de que si su padre Enrique II tenía motivos de queja más o menos graves de sus hijos, él se había distinguido entre todos sus hermanos por su rebelión y su ingratitud.

Siguiendo el Príncipe después de un momento de silen­cio, dijo:

-Mi hermano, sin duda, se habrá propuesto donar a su favorito el rico dominio de Ivanhoe.

-Se le ha concedido efectivamente -respondió Cedric-, y esa es una de las quejas más fuertes que tengo contra mi hijo, porque se ha humillado a recibir en calidad de vasallo los mismos dominios que pertenecen de derecho a sus ascendientes, poseyéndolos siempre sin dependencia alguna.

-Entonces, no llevaréis a mal, noble Cedric -dijo el Príncipe-, que concedamos ese feudo a una persona que no se creerá humillada teniendo un dominio como ese de la coro­na de Inglaterra. Sir Reginaldo "Frente de buey" -añadió mirándole-, no dudo que sabréis conservar esa baronía de manera que Wilfrido pierda la esperanza de volver a poseerla.

-¡Por San Antonio -gritó el gigante arrugando el sobrecejo-. Consiento que se me tenga por sajón, si Wilfri­do, Cedric o cualquiera de su estirpe me arranca el presente que Vuestra Alteza acaba de concederme!

-Cualquiera que os llamara sajón -dijo Cedric ofendido por una expresión que los normandos usaban por despre­cio a los sajones- os haría un honor tan grande como poco  merecido.

Iba a responder "Frente de buey"; pero cortó el lance la petulancia del Príncipe, diciendo que Cedric había hablado verdad, pues que él y todo su linaje podía adelantarse a todos, no sólo por la antigüedad, sino también por lo muy largo de sus capas.

-Sí -dijo Malvoisin-; ellos nos preceden en los com­bates, como preceden los corzos a los perros que los persiguen.

-¡Qué de razones no tienen para pretender la preferen­cia! -dijo el prior Aymer-. Aunque no sea más que por sus maneras nobles y cortesanas.

-Y también por su templanza -añadió Bracy, olvidán­dose de que iba a desposarse con una sajona.

-Y por el valor que desplegaron en la batalla de Has­tings y en otras -dijo Brian de Bois-Guilbert.

Entretanto que los cortesanos sonriéndose seguían el ejemplo de su Príncipe y cada uno buscaba el modo de herir a Cedric con alguna zumba ridícula, el Sajón con el rostro encendido y brotando cólera recorría con miradas terribles los semblantes de todos, como si el diluvio de injurias de que se veía oprimido le impidieran contestar con mesura a cada uno por su orden, o como un toro acorralado por perros, que no sabe por donde empezar a vengarse; pero al fin rompió el silencio con lengua balbuciente, y dirigiéndose al príncipe Juan, como principal autor de los insultos que le hacían, le dijo:

-Sean los que se quieran los defectos y los vicios de que se acusa a nuestra raza, hubiera sido altamente menosprecia­do el sajón que en su propia casa y a su misma mesa hubiese tratado a un huésped que en nada le había ofendido como Vuestra Alteza ha consentido que me hayan insultado; y por muy grandes que hayan sido los reveses que nuestros aseen­dientes probaron en Ia llanura de Hastings, por lo menos algu­nos que están presentes (mirando a "Frente de buey" y al tem­plarlo) deberían enmudecer, porque hace pocas horas que la lanza de un sajón les ha hecho perder la silla y los estribos.

-A fe mía-dijo el Príncipe-, es la frase intencionada. ¿Qué os parece, señores? Nuestros súbditos sajones poseen un talento y valor sobresalientes: son tan animosos como apaci­bles en estos tiempos turbulentos. Creo, señores, que Io mejor es embarcarnos al momento para Normandía.

-¿,Por miedo a los sajones? -dijo Bracy riéndose-. ¡Bueno sería eso cuando para acorralar en sus bosques a estos jabalíes nos sobran los venablos de caza!

Fitzurse, más prudente, trató de que se pusiera término a Ias burlas insinuando al Príncipe que sería muy oportuno que publicara por sí mismo que no se había tenido intención de insultar a Cedric con ellas; pero el Príncipe no accedió: antes bien, dijo que iba a brindar a la salud de Cedric, ya que éste no había querido brindar a la de su hijo. Con efecto: la copa fué pasando de mano en mano en medio de los aplausos pér­fidos de los cortesanos; pero Cedric no se dejó alucinar por aquellas falsas demostraciones, pues aunque tenía poca pene­tración, era necesario que fuese un mentecato para que el lisonjero cumplimiento que le ofrecía el Príncipe le hiciese olvidar los insultos que le había prodigado. Se mantuvo en silencio, y en tanto el Príncipe propuso un brindis, a la salud de Athelstane de Coningsburgh, el cual inclinó la cabeza y correspondió a este honor apurando de un golpe la copa que tenía en la mano.

El Príncipe, cuya cabeza estaba ya bien caliente con los vapores del vino, manifestó que, ya que se había hecho honor a sus huéspedes, era justo que estos correspondiesen, y diri­giéndose a Cedric le dijo que nombrase cualquier normando, el que menos repugnase a sus sentimientos, ahogando toda la aversión que le tuviese en la copa de vino. En tanto que habla­ba el Príncipe se ocultó Fitzurse detrás del Sajón, y le insinuó que aprovechase la bella ocasión de sofocar toda animosidad entre las dos razas nombrando al príncipe Juan; pero el Sajón, levantándose y llenando la copa hasta el borde, dirigió al Prín­cipe estas palabras:

-Vuestra Alteza quiere que yo nombre un normando, el que menos repugne; y aunque eso es lo mismo que mandara un esclavo elogiar a su dueño, o a un vencido oprimido por todos los males que trae consigo la conquista que cante y aplauda al conquistador, nombraré un normando, el primero por su categoría y por su valor, el mejor, el más noble de toda su estirpe, y a cualquiera que rehúse repetir su nombre le ten­dré desde ahora mismo por cobarde vil, sin sentimiento algu­no de honor. Yo Io digo y lo sostendré a riesgo de mi vida. ¡Caballeros, a la salud de Ricardo Corazón de León!

Este golpe, inesperado para el Príncipe que creía que iba a oír su nombre en la boca del Sajón, le hizo estremecerse y le desconcertó de tal manera, que tan pronto llevaba la copa a los labios, tan pronto la volvía a la mesa, absorto al observar el efecto que hacía en los convidados la proposición inespera­da del Sajón. Los cortesanos más prácticos en la política de Palacio imitaban fielmente la afectada distracción del Prínci­pe; otros, por impulsos más generosos, repitieron con entu­siasmo el nombre de Ricardo, manifestando su deseo de verle en el trono. Y otros, entre los cuales estaban Frente de buey y el templario, no tocaron sus copas, permaneciendo inmóviles como estatuas y dejando observar en su semblante desdén o indiferencia; pero ninguno se opuso al brindis de Cedric, el cual dijo a su compañero:

-¡Vámonos, Athelstane! ¡Bastante tiempo hemos estado aquí pues que hemos correspondido dignamente a las aten­ciones con que el príncipe Juan ha desempeñado respecto a nosotros la hospitalidad! Vengan a observar nuestras costum­bres en el hogar de nuestros antepasados, de los que no nos ausentaremos jamás; llevamos al menos un conocimiento práctico de lo que es un banquete regio y a lo que se reduce la I política y la civilización de los normandos.

Siguieron a Cedric y Athelstane otros sajones, ofendidos también por los sarcasmos del príncipe Juan y de sus cortesa­nos; y éste, luego que aquellos partieron, no pudo menos de decir que se habían retirado los sajones con mucho honor y triunfantes.

-Hemos bebido y gritado -dijo el Prior-: ya es hora de dejar Ias botellas.

-¿Esperáis algún penitente para confesarle`? -dijo Bracy.

-No: tengo que andar mucho para llegar a mi casa.

-Nos deban, y el primero este prior poltrón -dijo el Príncipe.

Pero Waldemar le animó asegurándole que los haría reu­nirse en Zoreck con todos los que debían hallarse en la asam­blea.

Observando el Príncipe que todos los convidados se habí­an retirado, excepto sus cortesanos, dijo con enfado a Fitzur­se:

-Ved aquí el resultado de vuestros consejos. Me he visto desafiado en mi misma mesa por un sajón ebrio, y al solo nombre de mi hermano todos huyen de como de un lepro­so.

-A vuestra ligereza y petulancia debéis culpar, Príncipe, y no a mí. No es oportuno gastar el tiempo en reconvenciones inútiles. Bracy y yo buscaremos a esos cobardes y los hare­mos entender que han avanzado demasiado para que puedan retroceder.

-Es en vano -replicó el Príncipe paseando descompa­sadamente por la sala-. Han visto, como Baltasar, escrita en Ia pared la sentencia; han visto ya las huellas del león en la arena; han oído resonar en la selva sus rugidos, y nada los rea­nimará.

-¡Quiera Dios -dijo Fitzurse a Bracy- que se reanime el valor del Príncipe, tan decaído, que sólo al oír el nombre de su hermano le ha acometido una fiebre!

 

 

XIV

 

No conoce mi ánimo, si piensa

que me ha de dominar como a un esclavo.

Ya verá bien que en medio del trastorno,

de la gran rebelión que le amenaza

sé tomar el partido conveniente.

 ¿Y quién podrá culparme...?

JOAANNE BAILLIE: Basile; tragedia.

 

El afán y esfuerzo penoso con que Waldemar Fitzurse tra­bajó para reunir a los partidarios del príncipe Juan sólo pue­den compararse con la fatiga que cuesta a la araña reparar su tela cuando se han roto o desordenado sus hilos. Conocía Fit­zurse que algunos de los adictos al Príncipe lo eran por incli­nación, mas no por estimación personal, y por eso les recor­daba Ias ventajas que habían logrado con la protección del Príncipe y les dejaba entrever un porvenir más lisonjero: ofre­cía a los jóvenes libertinos completo desenfreno en los place­res, seducía a los ambiciosos con la esperanza de honores y dignidades, lisonjeaba a los avarientos con el goce de pingües dominios y riquezas, y, por último, ofrecía mayor gratifica­ción a los,lefes de Ias partidas mercenarias, que era para ellos el resorte más poderoso, y si bien distribuía profusamente promesas, daba poco dinero; pero nada olvidó de cuanto podía decidir los ánimos vacilantes.

Hablaba de la vuelta de Ricardo como de un suceso fuera de la probabilidad; mas observando por el semblante y la ambigüedad de Ias respuestas de los oyentes que su ánimo estaba temeroso de que se verificase, les dijo con la osadía más decidida que aun cuando Ricardo volviera no debía variarse el cálculo político, porque sería para enriquecer a sus cruzados hambrientos y miserables a costa de los que no le habían seguido a Tierra Santa, para exigir una cuenta terrible a los que durante su ausencia habían infringido Ias leyes del país o los privilegios de la Corona, para castigar a los templa­rios y a los hospitalarios por la preferencia que habían dado a Felipe de Francia durante la guerra Palestina, y, en fin, para tratar como rebeldes a todos los amigos y adictos al príncipe Juan.

-Si teméis el poder de Ric en el siglo del rey Arthur, en que un solo campeón desafiaba a todo un ejército. Si vuelve Ricardo volverá solo, porque sus valientes soldados han perecido en Ias llanuras de Palestina y los pocos que han escapado han vuelto como verdaderos men­digos cual Wilfrido de Ivanhoe y no pueden inspirar temor. Tampoco el derecho de primogenitura debe detener a los escrupulosos, porque no es más fuerte y sagrado en Ricardo para la corona de Inglaterra que lo era en el duque Roberto de Normandía, primogénito del Conquistador. Guillermo el Rojo y Enrique, sus hermanos menores, fueron sucesivamente pre­feridos a aquél por el võto de Ia nación; y esto teniendo Rober­to todas Ias cualidades que pueden hacerse valer a favor del rey Ricardo, porque era valiente caballero, de gran talento, gene­roso con sus amigos y con Ia Iglesia, y también cruzado, como Ricardo, y había conquistado el Santo Sepulcro, y esto no obs­tante, murió ciego y preso en el castillo de Cardiff porque no quiso someterse a la voluntad del pueblo, que rehusaba reco­nocerle como rey. Además, tenemos el derecho de elegir entre la Familia Real el que sea más a propósito para sostener los intereses de la Nobleza. Bien puede ser que el príncipe Juan sea algo inferior a Ricardo, en las cualidades personales; pero si se reflexiona que Ricardo viene ansioso de venganza, al paso que el príncipe Juan nos ofrece privilegios, honores y riquezas, no puede ser dudoso el partido que se debe tomar.

Estos razonamientos y otros que empleaba el astuto con­sejero del príncipe Juan adaptándose al carácter y circunstan­ciás particulares de los que le escuchaban, consiguieron al fin decidir a la mayor parte a reunirse en la asamblea que debía verificarse en Zoreck para deliberar y acordar los medios de colocar la corona en Ias sienes del hermano del rey legítimo.

Empezaba a anochecer cuando Fitzurse fatigado por los esfuerzos que había hecho, pero contento del resultado, llega­ha al castillo de Ashby; y encontrando a Bracy disfrazado en traje de arquero, le preguntó qué significaba aquel disfraz, que indicaba ocuparse de locuras en el momento crítico en que iba a decidirse el destino del príncipe Juan, en lugar de tratar de asegurar y afirmar, como él lo había hecho, el ánimo de los irresolutos y tímidos, a quienes el sólo nombre de Ricardo helaba la sangre en las venas.

-Pienso, Fitzurse, en mi negocio, como tú en el tuyo.

-¿Como yo en el mío? -dijo Fitzurse-. Yo sólo me he ocupado en los del príncipe Juan, nuestro señor común.

-¡Muy bien, Waldemar! Pero ¿cuál es el motivo de esa solicitud? Tu interés personal. ¡Vamos, vamos; sabes que ya nos conocemos! La ambición dirige todas tus acciones; Ias mías están sujetas a los placeres, y esto consiste en la dife­rencia de la edad. En cuanto al Príncipe, somos de una misma opinión. Los dos estamos persuadidos de que es muy flojo para ser un rey firme, muy déspota para ser buen rey, muy insolente y presuntuoso para ser amado, y, en fin, muy incons­tante y muy tímido para conservar por largo tiempo la corona. Seguimos su partido porque sólo en el reinado de un príncipe como éste podemos hacer nuestra fortuna, y por eso le ayuda­mos: tú con tu política, y yo con mi compañía franca.

 

-Tengo en ti un auxiliar que promete mucho -dijo Fit­zurse como incomodado-; un hombre que se dedica a hacer locuras en el momento más critico. Y bien; ¿cuál es el moti­vo de ese disfraz en ocasión tan seria?

 

-Quiero -respondió Bracy con mucha calma- adqui­rir una mujer a la manera de la tribu de Benjamín. -No te entiendo.

-,No estabas presente ayer cuando, después de oír la canción de aquel trovador, nos refirió el prior Aymer que habiéndose suscitado en otro tiempo en Palestina cierta dife­rencia muy acalorada entre el jefe de la tribu de Benjamín y el resto del pueblo de Israel tomaron Ias armas, y en la bata­lla quedó destrozada toda Ia fuerza del jefe de la tribu de Ben­jamín, y el vencedor juró que a ninguno de los que se habían salvado del general destrozo les permitiría casarse con muje­res de su linaje, y los de la tribu de Benjamín, siguiendo el consejo de la Santa Sede, a la cual recurrieron sobre este negocio, dieron un convite magnífico, y en lo más alegre de la mesa arrebataron todas Ias damas que se hallaban presen­tes, y se casaron con ellas sin pedir permiso a nadie?

-Hago memoria de eso, aunque me parece que o el Prior habéis hecho algunas variaciones; pero...

 

-Lo que te digo es que voy a proporcionarme una espo­sa a la manera que las tomó Ia tribu de Benjamín. Con este disfraz caeré sobre esa manada de sajones que vuelven del castillo, y robaré a la hermosa lady Rowena.

-¿Estás loco, Bracy? ¿Olvidas que esos sajones son    f ricos, poderosos, y tanto más respetados por sus conciudada­nos, cuanto que la riqueza y el poder son patrimonio de un reducido número de entre ellos?

-Tal vez ninguno se hallará con éstos, y completaré la grande obra de mi conquista.

            -No es ahora oportuno pensar en eso, porque el momen­tocrítico que se acerca hace indispensable que el príncipe Juan adquiera el partido del pueblo, y no podrá dispensarse de hacer justicia al que se la reclame.

-¡Bien; hágalo si se atreve! ¡Pronto verá la diferencia que hay entre la lanza de mi compañía y esa reunión confusa y desordenada de miserables sajones! Además, tú no sabes que toda la indignación de esta aventura ha de recaer precisamen­te sobre esas cuadrillas de salteadores que infestan los bosques del condado de York. Con este disfraz parezco uno de ellos; se que dormirán esta noche en el convento de San Wittold... ¡Wit­told! No sé si este zafio santo sajón está al lado de Burton-on­Tren. Por Ia mañana caeremos sobre ellos como el halcón sobre su presa, y presentándome como un verdadero caballero desempeñaré este papel, arrancando de entre sus manos a lady Rowena, Ia llevaré al castillo de "Frente de buey" o a Nor­mandía, y no volverá al seno de su familia sino después que sea esposa o dama de Mauricio de Bracy.

-¡Admirable y sabio plan! Dudo que sea enteramente formado por ti. ¡Vamos; con franqueza! ¿Quién te lo ha suge­rido y te auxiliará para llevarle a cabo? Con tu compañía no puede ser, porque está en York.

-Te lo diré todo. El templario Brian de Bois-Guilbert ha trazado el plan sobre la aventura de la tribu de Benjamín.

ÉI debe auxiliarme poniéndose a la cabeza de su gente, que harán el papel de salteadores, y yo arrebataré de sus manos Ia dama luego que haya mudado de traje.

-¡Bravo plan; digno por cierto de tu talento y del de tu compañero! Tu imprudencia, Bracy, al confiar Ia dama en Ias manos del templario me admira. No dudo que logres arreba­tarla de los sajones; pero será muy difícil que la arranques de las uñas de Bois-Guilbert porque es un halcón muy diestro en agarrar su presa y no la dejará escapar a dos tirones.

-No puede ser rival mío; los estatutos de la Orden que profesa no le permiten casarse con lady Rowena. Podría tener acaso ideas ilegítimas acerca de esa dama; pero en todo caso, aun cuando valiera él solo tanto como un capítulo de su Orden, no se atrevería a hacerme tamaño insulto.

-Ya que no puedo apartarte, Bracy, de esa locura en que te veo obstinado, haz lo que gustes; pero a lo menos que no haya tanta prisa en ejecutarla, porque es mal elegido el momento.

-Es negocio de pocas horas, Fitzurse. Pasado mañana me veréis en York a la cabeza de mi compañía, pronto a eje­cutar cuanto os sugiera vuestra política. ¡Adiós, que me aguardan mis camaradas, y voy a conquistar como buen caba­llero una bella!

-¡Como buen caballero! -repitió Waldemar viéndole partir-. ¡Como loco rematado diría mejor, o como niño que descuida lo más serio para correr tras una mariposa! ¡Y son éstos los agentes de que he de servirme para llevar a cabo los planes de nti política! ¿Y en beneficio de quién? ¡De un prín­cipe tan imprudente como impetuoso, que, probablemente, será tan ingrato rey como ha sido hijo rebelde y es hermano desleal! ¡Pero también tengo que manejarle como a los otros; y por orgulloso que sea, si presume separar sus intereses de los míos, pronto sabrá lo que le aguarda!

Las meditaciones del político Fitzurse fueron interrumpi­das por la voz del Príncipe, que le llamaba desde su cámara. El presunto canciller de Inglaterra, porque tal era el alto puesto a que el orgulloso normando aspiraba, acudió gorra en mano y a toda prisa a recibir Ias órdenes de su futuro monarca.

El curioso lector no puede haber olvidado que el éxito del torneo se debió al oportuno socorro de un caballero descono­cido, al cual dieron los espectadores el nombre del Negro ocioso, por alusión a su armadura y a la conducta pasiva e indiferente que había observado. Aquel caballero salió de repente del campo inmediatamente después de Ia victoria; y cuando fue llamado para recibir el galardón que su valor merecía nadie pudo descubrir su paradero. En tanto que le emplazaban los heraldos y Ias trompetas, el caballero se había internado en los bosques hacia el Norte de Ia ciudad de Ashby, evitando los caminos frecuentados y tomando los atajos y Ias veredas más cortas. Pasó Ia noche en una mala venta donde se reunieron algunos viajeros, entre ellos un trovador que le llevó Ias últimas noticias del torneo.

A Ia mañana siguiente salió temprano, con ánimo de hacer una larga jornada: su caballo no necesitaba de mucho reposo, porque, como ya hemos visto, no había trabajado con exceso durante la batalla. Sin embargo, no pudo realizar su designio, por haberse extraviado más de una vez en los tor­tuosos laberintos de Ia selva; de modo que al anochecer se encontró en la frontera occidental del condado de York. Ya a

Ia sazón estaban harto molidos jinete y caballo, y fue preciso pensar seriamente en buscar algún albergue donde pasar la noche que a toda prisa se acercaba.

El sitio en que el viajero se hallaba cuando le asaltaron estas reflexiones no era el más propio para el logro de los fines que deseaba; y ya vió que no le quedaba otro recurso que el de los caballeros andantes, los cuales en semejantes oca­siones dejan pastar al caballo Ia menuda hierba y se echan debajo de una encina a meditar a sus anchas en la dama de sus pensamientos. Pero el Ocioso no tenía siquiera este recurso de que echar mano: tan insensible al amor como indiferente había parecido en los combates, no podía darse a reflexiones melancólicas sobre la crueldad de alguna princesa empeder­nida y sorda a sus ayes. El amor, por consiguiente, no podía satisfacer su apetito, ni aliviar su cansancio, ni suplir la falta de cama y cena. Vióse con harta pesadumbre en medio de ásperas malezas en que sólo se distinguían estrechísimas vere­das, formadas, sin duda, por los numerosos rebaños que pas­taban por aquellos bosques, por las liebres y venados que los habitaban y por los cazadores que los perseguían.

 

 

 

 

 

 

 

 

XV

 

Aquellas soledades habitaba

 venerable ermitaño de faz grave:

 Tenía por morada, cueva mísera;

césped, por lecho; por abrigo, el aire;

por alimento, frutas; por bebida,

el agua del arroyo murmurante;

su única ocupación, orar ferviente;

y Dios su solo amor, su amor más grande.

                                     PARNELL.

 

El sol, que hasta entonces había dirigido en su rumbo al caballero, acababa de ocultarse detrás de Ias colinas de la izquierda, y en aquellas circunstancias cada paso que diera podía extraviarle más y más en la espesura. En vano procuró dirigirse por los sitios menos quebrados creyendo que de este modo llegaría al rancho de algún pastor o a la choza de algún guardabosque; pero viendo que nada favorable resultaba de sus diversas tentativas, resolvió entregarse al instinto de su caballo porque la experiencia le había demostrado la admira­hle sagacidad con que estos animales sacan a los viajeros de tan incómodos apuros.

El corcel empezaba ya a sentir la fatiga de tan larga jor­nada y el peso de un jinete que llevaba encima algunas libras de hierro; mas apenas conoció por la flojedad de las riendas los designios de su amo, cobró nueva fuerza y vigor, y en lugar del mal humor y del áspero gruñido con que hasta entonces había respondido a la espuela, envanecido con la confianza que se le dispensaba, enderezó las orejas y apretó el paso con indicios de satisfacción y seguridad. Tomó al princi­pio una dirección contraria a la que el jinete había seguido hasta entonces; mas éste no quiso oponerse a lo que su instin­to le dictaba.

El éxito justificó sus esperanzas, porque a poco trecho se presentó un sendero algo más ancho y hollado que los ante­riores, y no tardó en oírse el sonido de una campana, lo cual indicaba la proximidad de alguna ermita o capilla.

En efecto; llegó muy en breve a un espacio cubierto de menudo césped, en cuya extremidad y al pie de una suave ele­vación se alzaba una roca solitaria y escabrosa. Ceñíanla por un lado frondosas colgaduras de hiedra, y por otros enmaraña­dos grupos de encinas y matorrales, cuyas raíces, buscando la humedad de un profundo barranco, pendían desnudas al borde del precipicio, como la pluma del crestón de un guerrero que engalana lo que despierta ideas de destrucción y de peligro. En uno de los senos del risco se distinguía tosca y grosera cabaña apoyada en aquel muro natural y construida con los troncos que la selva vecina suministraba, unidos con pegotes de musgo y greda. Un retoño de encina despojado de sus ramas con otro pedazo de madera atado hacia su extremidad superior adornaba la entrada sirviendo de rústico emblema de la Santa Cruz. A poca distancia y a la mano derecha de la choza, se veía salir de la roca un manantial de agua cristalina que caía en una excavación labrada en la piedra viva, aunque sin gran artificio ni primor. Desprendíase de ella y corría por el cauce que con su mismo impulso había formado, y atrave­sando en tortuosos giros la llanura se perdía entre Ias frondo­sidades del bosque.

Alzábanse junto a la fuente las ruinas de una humilde capilla cuyo techo había desaparecido en parte. Nunca tuvo en sus mejores tiempos aquel edificio más de dieciséis pies de largo y doce de ancho: el techo era proporcionalmente bajo, y  se apoyaba en cuatro arcos céntricos que arrancaban de los cuatro ángulos, sostenido cada uno en una corta y gruesa pilastra. Dos de estos arcos existían aún, pero sin la bóveda que habían sostenido; la de los otros dos se conservaba ente­ra. La entrada de aquel antiguo santuario era un corredor estrecho y abovedado con algunas molduras como las que se ven todavía en los antiguos edificios sajones. Cuatro pilares de reducida elevación formaban el campanario que se erguía sobre el pórtico, y de él colgaba la verdosa y enmohecida campana cuyos ecos hirieron poco antes los oídos del caba­llero de la negra armadura.

Tal era la pacífica y retirada escena que iluminaban aún los vislumbres del crepúsculo y que prometía al viajero un albergue tranquilo para aquella noche, pues era obligación de los ermitaños que habitaban los bosques ejercer la hospitali­dad con todos los caminantes que llamaban a sus puertas.

El caballero Ocioso, que no se había detenido a examinar menudamente todos los pormenores que acabamos de describir, dio gracias muy sinceras a San Julián, patrón de los viandantes, por haberle deparado tan buena hospedería; bajó del caballo, y llamó a la puerta de la ermita con el regatón de la lanza.

Algún tiempo estuvo sin oír respuesta alguna, y la que oyó al cabo no era muy satisfactoria por cierto.

-¡Sigue tu camino, quienquiera que seas --dijo una voz agria y destemplada, que parecía salir de lo profundo de un sótano-, y no turbes mis devociones!

-¡Padre mío -respondió el caballero- aquí está un pobre caminante que se ha extraviado en medio de estos bos­ques, y que os ofrece una ocasión de ejercer la hospitalidad y la caridad cristiana!

-¡Hermano -repuso el habitante de la ermita-, yo recibo la caridad ajena, y no puedo ejercerla! No tengo un mendrugo de pan en esta pobre cueva, ni más cama que la que usan los más humildes animales. ¡Sigue, pues, tu camino, y que Dios te dé su santa gracia!

-¿Y cómo he de hallar el camino -repuso el de las negras armas- en medio de estos matorrales y en una noche tan obscura? Os ruego que abráis la puerta, o, a lo menos, que me enseñéis el camino.

-¡Y yo te ruego, hermano -dijo el anacoreta-, que no me molestes!

-¡Enseñadme el camino --dijo el caballero-, ya que no pueda esperar otra cosa!

-Fácilmente lo encontrarás si quieres -respondió el ermitaño-. Esa vereda del bosque atraviesa un pantano, y pasado éste, hallarás un río que se puede vadear ahora que han pasado las lluvias. Ten cuidado cuando pases a la orilla izquierda, que es algo escabrosa y resbaladiza. También creo que hay algunos agujeros más allá del río, aunque no los he visto, porque raras veces me alejo de esta santa capilla. Sigue después adelante, y...

-¡Un pantano, un vado, unos agujeros! -dijo el caba­llero interrumpiéndole Señor ermitaño, dígote que aunque seas más santo que todos los anacoretas juntos, no me obliga­rás a moverme de aquí en toda la noche. El que vive de la cari­dad, aunque tú no la mereces en verdad, no debe negar el abri­go de su techo a un caminante extraviado. ¡Abre la puerta, o voto a tantos, que la hecho al suelo y entro a tu pesar!

-¡No seas importuno, buen amigo! -repuso el ermita­ño-. Si me obligas a valerme de las armas carnales, cara te ha de costar la fiesta!

Hacía algún rato que el caballero oía algunos ladridos; pero en aquel momento llegaron a ser tan furiosos, que no pudo menos de atribuir al ermitaño la intención de ponerse en defensa llamando a su socorro a una jauría entera que, sin duda, había estado hasta entonces en algún distante escondri­jo.

Estos preparativos hostiles aumentaron su mal humor en términos que dió una terrible patada a la puerta, haciendo temblar todo aquel frágil edificio.

El anacoreta no tuvo por conveniente exponerse a otro ataque.

-¡Ten un poco de paciencia, buen caminante! -le dijo con voz algo más suave que al principio-. Voy a darte entra­da, aunque sé que hallarás poca satisfacción en esta miserable choza.

Abrióse la puerta, y se presentó a la vista del caballero un hombre fuerte y robusto, con su túnica y su capucha, un cinto de cuerda, una tea encendida en una mano, y en la otra un cayado que podía muy bien desempeñar las funciones de garrote; dos corpulentos y peludos mastines estaban prontos a arrojarse sobre el caminante inmediatamente que se abriese la puerta; pero el reflejo de la luz en el peto del caballero hizo mudar de propósito al ermitaño, el cual reprimió el furor de aquellos animales, y cambiando su aspereza en urbana soca­rronería, invitó al caballero a entrar en su choza, alegando como excusa de lo que antes había hecho, la multitud de ladrones y forajidos que andaban por aquellos alrededores y que ni respetaban a San Dustán ni a los varones piadosos que se consagraban a su servicio.

Harta defensa contra los ladrones es la pobreza de vues­tra choza -respondió el caballero al ver que no contenía otros muebles que un montón de paja, una mesa coja y dos banquillos-. Además que vuestros perros bastan para agotar al ciervo más vigoroso, cuanto más a un hombre.

-El buen guardabosque -continuó el anacoreta- me ha permitido el uso de estos animales para que me guarden en esta soledad hasta que mejoren los tiempos.

Dicho esto fijó la tea en un pedazo de hierro que le servía de candelero, colocó la mesa delante del fuego reanimándolo con algunas ramas, y sentándose en uno de los banquillos junto a una de las extremidades de la mesa, convidó al foras­tero a que hiciera lo mismo.

Sentáronse, y se miraron con gravedad diciéndose cada uno en su interior que raras veces había visto una persona más atlética y fornida que la que tenía enfrente.

-Reverendo ermitaño -dijo el caballero después de haber mirado y remirado a su huésped-, si no temiera inte­rrumpir vuestras santas meditaciones, os rogaría queme infor­maseis de tres cosas que me importa mucho saber: primera, dónde he de colocar el caballo; segunda, que es lo que me daréis de cenar; y tercera, dónde he de descansar esta noche.

-Te responderé por señas -dijo el ermitaño-, que es mi regla cuando puedo excusar palabras.

Y en seguida apuntó con los dedos a los dos rincones de la pieza.

-Aquél es tu establo -hijo-, ésta tu cama, y ésta tu cena.

La última se reducía a un puñado de judías secas que el ermitaño sacó de la alacena en una mala escudilla.

El pobre caminante se encogió de hombros al ver tan tris­tes preparativos. Alzóse sin embargo de su asiento, salió de la cabaña, llevó el caballo, que hasta entonces había estado atado a una encina, lo desaparejó con el mayor esmero y lo cubrió con su capa.

Quizás excitaron algún interés en el ánimo del anacoreta el cuidado y la destreza con que el caballero atendía a las necesidades del animal; lo cierto es que dijo algo acerca de un pienso que se había dejado allí el buen guardabosque y sacó de un rincón un copioso haz de heno, que extendió debajo del caballo, y otro más fresco con una buena cantidad de grano. El caballero le dió gracias por su cortesía; hecho lo cual, cada uno volvió a ocupar su puesto,junto a la mesa, sobre la cual estaban colocadas las intactas judías. Después de una larga oración, que fué latín en su origen y que sólo conservaba de él tal cual terminación sonora y retumbante, el ermitaño dió el ejemplo a su huésped introduciendo dos o tres judías en su anchísima boca, guarnecida de blancos y afilados dientes que podrían competir con los del oso más montaraz: ¡triste molienda para tan excelente molino!

Antes de hacer lo mismo el caballero se quitó el yelmo, el peto y otras piezas de la armadura, dejando descubierta una cabeza bien poblada, facciones expresivas, ojos azules, notablemente animados y vivos, boca bien formada, espesos bigotes algo más oscuros que el cabello, y todo el aspecto de un hombre animoso, intrépido y emprendedor, como lo indi­caba también su sólida corpulencia.

Como si quisiera corresponder a la confianza del viaje­ro, el ermitaño se bajó la capucha y descubrió una cabeza redonda, que ostentaba la lozanía de la juventud. Nada se notaba en sus facciones que indicase la austeridad monástica ni las privaciones ascéticas propias de su estado: todo lo con­trario se leía en su faz rolliza y apelmazada, en su poblado y negro entrecejo, en su mórbida y bien proporcionada frente, y en sus mejillas, redondas y encendidas como las de un trompetero, de las que pendía la barba en ensortijados y loza­nos tufos. Aquel rostro justamente con sus membrudas for­mas, daba a entender que el anacoreta gustaba más de lomos y torreznos que de raíces y judías. No dejó de sacar el hués­ped esta natural consecuencia. Después que con gran dificul­tad hubo concluido la ardua masticación de algunas de aque­llas acartonadas legumbres, se halló en la absoluta necesidad de pedir al solitario alguna bebida con que suavizar su empe­dernida dureza; a lo que respondió el anacoreta colocando sobre la mesa un jarro de agua purísima que manaba de la fuente.

-Esta agua, hijo mío -dijo el anacoreta-, es del pozo de San Dustán, en el cual bautizó de sol a sol quinientos paga­nos daneses y bretones. ¡Santo mío de mi alma!

Y aplicando al borde sus negras barbas, bebió de aquel precioso licor un trago que en su moderada cantidad no correspondía al encomio que acababa de pronunciar.

-Figúraseme reverendo padre-dijo el caballero-, que los frugales bocados con que os alimentáis y ese maravilloso aunque frío licor que bebéis os han sentado prodigiosamente. Parecéis hombre más a propósito para empuñar la lanza o domar un toro que para gastar el tiempo en estas asperezas rezando oraciones y viviendo de judías duras y agua fresca.

-Señor caballero -respondió el solitario-, vuestros pensamientos, como los del vulgo ignorante, son carnales y, cono tales, bajos y mezquinos. El cielo ha sido servido de bendecir la pobre pitanza con que sostengo mi humanidad, así como el Dios de Israel bendijo el agua y las raíces que Sidrac, Misac y Abdenago prefirieron a los manjares que el rey de los sarracenos les ofrecía.

-Santo padre -dijo el caballero-, puesto que la Provi­dencia divina se ha dignado obrar en vos tan admirable por­tento, permitid a este pecador que cometa el arrojo de pre­guntaron vuestro nombre.

-Puedes darme -dijo el huésped- el de Ermitaño de Copnanhurst, porque así es como me llaman en estas cerca­nías. Algunos, es verdad, suelen añadir a este dictado el de santo; más yo me reconozco indigno de tan encumbrado títu­lo. Y ahora quisiera yo saber como se llama mi noble hués­ped.

-Por ahí -respondió- me conocen por el nombre de caballero Negro. Algunos añaden el sobrenombre de Ocioso; nias yo no pongo gran empeño en que se me dé ese distintivo.

El ermitaño no pudo menos de reírse al oír esta afirma­ción.

-Ya veo -dijo el ermitaño de Copmanhurst- que eres hombre de seso, y además que no te acomoda mi pobre y monástica ración, por estar acostumbrado al desorden de los palacios y de los campamentos y al lujo y finura de las ciuda­des. Ahora mismo caigo en que cuando el buen guardabosque dejó aquí esos perros y esos haces de heno dejó también algu­na vianda, que por no ser propia de mi uso, había desapareci­do enteramente de mi memoria y no te la ofrecí en medio de mis graves meditaciones.

-Desde que os quitasteis la capucha -dijo el caballero Negro-, me dio en la nariz que tendríais algo mejor que darme que esas malditas judías y Dios me perdone. El guar­dabosque debe ser un hombre de bien, y no hay quien merez­ca ese dictado si puede ver con indiferencia que os llenáis el cuerpo con esa broza y que humedecéis el gaznate con ese líquido insustancial. Vamos a ver los frutos de la caridad de vuestro bienhechor.

El ermitaño lanzó a su huésped una expresiva mirada que manifestaba ciertos recelos y dudas acerca de la confianza que podría hacer en su prudencia y discreción. Sin embargo, el rostro del caballero indicaba toda la franqueza y jovialidad que pueden pintarse en la fisonomía de un hombre. Su sonri­sa era la de la lealtad y la buena fe; de modo que el ermitaño congenió con él, y empezó a tratarle sin tanta afectación como al principio.

Después de haberse mirado recíprocamente los dos comensales, el ermitaño pasó a uno de los rincones de su apo­sento y abrió una puertecilla que estaba disimulada con gran cuidado y no poco artificio. Del seno del obscuro escondite a que daba entrada sacó un gran pastel colocado en una desme­surada fuente de peltre. Púsola delante del huésped, el cual, valiéndose de su puñal, no tardó en informarse de lo que den­tro se ocultaba.

-¿Cuánto tiempo hace que estuvo aquí la última vez el buen guardabosque? -preguntó el caballero después de haber engullido algunos fragmentos menudos que se despren­dieron del pastel al tiempo de cortarlo.

-Hará cosa de dos meses -respondió inadvertidamente el anacoreta.

-¡Por la luz de los cielos -dijo el caballero-, que todo lo que veo aquí es milagroso! ¡Juraría que el cabrito montés cuyos miembros llenan lo interior del pastel corría por estos bosques hace pocos días!

Quedó algo confuso el ermitaño al oír esta  reflexión y por otro lado ponía algo fruncido el gesto al ver la disminu­ción del pastel, en que el caballero estaba haciendo terrible estrago, operación en la cual no podía acompañarle después de todo cuanto había dicho acerca de su abstinencia y fruga­lidad.

-Yo he estado en Palestina, padre mío -dijo el caballe­ro haciendo una ligera pausa-, y me acuerdo de una costum­bre que allí reina; y es que todo el que da de comer a un extra­ño, para seguridad y confianza de éste, come de cuantos manjares le sirve. Lejos estoy yo de creer que sois hombre capaz de criminales designios; sin embargo, tendría satisfac­ción en que participaseis de mi cena.

-Para tranquilizar vuestros escrúpulos, quiero daros ese gusto y salir por una vez de mi regla.

Esto dijo el ermitaño; y como el tenedor era utensilio des­conocido en aquella época, clavó inmediatamente los dedos en el pastel.

Una vez rota la valla, parecía que iban los dos a compe­tencia en dar cabo al cabrito y a la masa que le envolvía, y aun­que probablemente el caballero era el que había estado más tiempo en ayunas, su huésped le venció en aquel combate.

-Santo varón -dijo el caballero cuando estuvo satisfe­cho su apetito-, apuesto mi caballo contra un cequí a que ese honrado guardabosque a cuya caridad debes el cabrito que ya no existe, dejó también, como su digno aliado, algún pellejo de vino o cosa semejante. ...sta sin duda sería una circuns­tancia indigna de fijarse en la memoria de tan santo anacore­ta; pero creo que si buscaras otra vez en tu escondite hallarí­as algo que confirmara mis conjeturas.

El ermitaño respondió con un gruñido, y volviendo al sitio de dónde había sacado el pastel, sacó una bota de cuero que contenía sus cuatro cuartillos. También puso en la mesa dos grandes copas de cuerno engastadas en plata; y creyendo que todo escrúpulo y ceremonia sería en adelante inútil, las llenó ambas, y brindando a la salud de su huésped, vació la suya de un sorbo.

-¡A la tuya! -respondió el caballero; e hizo la razón con la misma prontitud.

-Buen ermitaño -continuó-, no ceso de maravillarme de que un hombre de tus puños y de tu vigor, y que además gusta de los buenos bocados, se haya sepultado vivo en estas soledades. Debieras estar en un fuerte o castillo comiendo de lo bueno y bebiendo de lo fino, más bien que manteniéndote de hierba y agua, y cuando más, de los regalos del guarda­bosque. A lo menos si yo me hallara en tu pellejo había de pasar la vida de un rey a costa de las reses que pastan en estas cercanías. No faltan por cierto en el bosque, y nadie echaría de menos un venado si era para la mesa del servidor de San Dustán.

-Señor caballero Ocioso -respondió el ermitaño-, cuenta con lo que se habla, que las paredes tienen oídos. Soy un pobre anacoreta fiel al rey y a la ley; y si osara tocar a la caza del señor de este coto no había de libertarme de la cárcel y ni aun quizás de la horca.

-Sin embargo -repuso el Ocioso-, si yo fuera tú, me aprovecharía de las noches de Luna, y mientras los guardas están en siete sueños me saldría por esas encrucijadas, y de cuando en cuando dejaría caer una flecha en una manada de ciervos. ¿Cuánto va a que algunas veces te has entretenido en ese pasatiempo'?

-Amigo Ocioso -dijo el ermitaño-, ya has cenado y bebido que es todo lo que deseabas, y mucho más de Io que merece quien entra por la fuerza en un alojamiento. Mejor es gozar de la tranquilidad que Dios nos envía que meterse en averiguar por donde viene. Llena la copa, y buen provecho te haga. No me obligues con tu impertinente curiosidad a demostrarte que si se me hubiera puesto en las mientes, no te hubiera sido tan fácil introducirte aquí de golpe y porrazo.

-¡Por el Santo de mi nombre -dijo el caballero-, que lo que has dicho aumenta más y más mi curiosidad! Eres el más misterioso de cuantos ermitaños he visto; y algo más he de saber de ti antes de ponerme en camino. En cuanto a tus amenazas, sabe que mi oficio es buscar peligros y arrostrarlos.

-Señor caballero Ocioso -repuso el ermitaño-, a tu salud. Mucho respeto tu valor; pero en cuanto a tu discreción, es harina de otro costal. Si quieres tomar armas iguales con­migo, en buena paz y amistad, se entiende, he de darte tan severa penitencia, que has de estar un año entero pagando la pena de tu curiosidad.

El caballero respondió que estaba pronto, y que sólo deseaba saber las armas que escogía.

-C ualquiera-respondió el ermitaño-, porque desde las tijeras de Dalila y el clavo de Jael hasta la cimitarra de Goliat, no hay arma alguna que no me atreva a manejar con­tigo. Pero en caso de elegir, ¿qué dices de estas frioleras?

-Al decir estas palabras abrió otro escondite y sacó de él dos anchas espadas y dos escudos como los que usaba en aquel tiempo la gente del estado llano. El caballero, que observaba atentamente todos sus movimientos, descubrió en el mismo sitio una ballesta, dos o tres arcos, bodoques para la primera y flechas para los segundos, además de un arpa y otros varios objetos nada propios de la vida eremítica.

-Te doy palabra -dijo- de no incomodarte con pre­guntas indiscretas. Lo que contiene esa alacena satisface com­pletamente mi curiosidad, y allí estoy mirando un arma-aña­dió tomando en sus manos el arpa-en la cual quisiera medir mis fuerzas contigo más bien que de otro modo.

-No creo -repuso el ermitaño- que hayas dado moti­vo al epíteto de Ocioso con que te distinguen. Confieso que he sospechado injustamente de ti. Veo que eres hombre de armas tomar; pero, según reglas de cortesía, debo aceptar Ias que me propongas. Siéntate, pues, llena Ia copa, bebamos, cantemos, y viva la alegría. Siempre que quieras echar un trago y cantar una cópia, no te faltará un pedazo de pastel en Copmanhurst, a lo menos mientras yo sirva la capilla de San Dustán, que será hasta que cambie la túnica de paño burdo por un agujero en la tierra. Echa un trago mientras yo procuro templar el arpa. Nada aclara Ia voz ni aguza los oídos como el vino. Por lo que a toca, quiero que me salga por los dedos antes de tomar el instrumento en Ias manos.

A pesar de Ia receta del bien humorado ermitaño y de la docilidad con que el caballero la puso en práctica, no era tan fácil poner en tono las cuerdas del arpa.

-Creo -dijo el caballero- que le falta una cuerda, y que Ias otras están harto rozadas.

-¡Bien se conoce que lo entiendes!-dijo el ermitaño.­ ¡El vino tiene la culpa! Le dije a Allan-a-Dale que echaría a perder el arpa si le ponía Ias manos encima después de la sép­tima copa; pero es hombre que no escucha razones. ¡Amigo, a tu salud!

AI decir esto bebió una copa, sacudiendo la cabeza como en desaprobación de la destemplanza del tal Allan-a-Dale.

El caballero apretó algunas clavijas, y después de un lige­ro preludio quiso saber del huésped qué clase de música era la que más le gustaba.

-Cualquier cosa -dijo el anacoreta-, con tal que sea inglés puro. Vosotros, los que por esos mundos de Dios corréis a caza de aventuras, gustáis de lucir en los estrados las novedades que aprendéis en vuestras caravanas; pero en mi  celda no se ha de cantar nada que no sea fruta de mi tierra.

-Vamos a ello -dijo el caballero-; oirás una canción que me enseñó un músico sajón en Palestina. Muy pronto se echó de ver que, aunque el de la negra armadura no era hombre consumado en los primores de la  gaga ciencia, tenía gusto y había recibido buenas lecciones. El arte, suavizando una voz áspera y de poca extensión, había hecho cuanto podía hacer para que halagase los oídos llegase al alma. Cualquier inteligente más profundo que el ermitaño hubiera aplaudido su ejecución, enérgica a veces y a veces llena de melancólico entusiasmo, que daba nuevo realce a los versos que cantó, los cuales decían:

 

 

LA VUELTA DEL CABALLERO CRUZADO

 

De Egipto, y a su despecho,

vuelve el valiente cruzado.

Hierro turco ha destrozado

la cruz que le adorna el pecho.

Lanza le abolló el broquel,

 y cimitarra el crestón;

mas no llegó al corazón

que es enamorado y fiel.

Corre al llegar a la arena

(tanto amor su pecho incita)

a la mansión donde habita

la hermosura por quien pena.

El balcón cerrado mira,

por ser ya la noche entrada,

y esta amorosa tonada

con trémula voz suspira:

De vuelta está el que es vasallo

de tu divina belleza,

sin más joya ni riqueza

que la lanza y el caballo,

y la esperanza gustosa

que su celo le asegura,

de ver toda su ventura

en esos labios de rosa.

Norte has sido en mis hazañas:

tu nombre no irá al olvido,

que es por ellas conocido

en Ias naciones extrañas.

 Enemigo y aliado

exclamarán sólo al verte:

-¡Por Esa arrostró la muertes

sir Palmerín el Cruzado!

La pasión le inspiró brío,

y tu memoria ardimiento,

con que dio tanto escarmiento

al hijo de Islam impío.

Consiguió más de un trofeo,

ganó más de una victoria;

más no le incitó la gloria,

sino amoroso deseo.

Abre, pues, noble doncella,

la puerta que está cerrada:

dame en tu mansión entrada,

que yo no sabré ofenderla.

Cede al ruego, bella dama,

de quien se muere de amores;

 paga con risa y favores

 al que te da prez y fama.

 

 

Escuchó atentamente el ermitaño, como uno de los cono­cedores de nuestro tiempo cuando asiste a la representación de una ópera nueva. Se reclinó en su banco con los ojos a medio cerrar, cruzó las manos, y de cuando en cuando lleva­ba el compás con todo el cuerpo. A veces, creyendo que la voz del caballero no bastaba a terminar un trino o un calde­rón, le ayudada a la sordina con la suya, como hombre que lo entendía y sabía hasta dónde llegaban las fuerzas del cantor. Cuando éste terminó, el reverendo declaró con énfasis y gra­vedad que la canción era buena y que había sido bien ejecu­tada.

-Sin embargo -dijo-, ya veo que los sajones se van contaminando con las melancolías y deliquios de los norman­dos ¿Qué diablos tenía que hacer ese cruzado fuera de su tie­rra? ¿Qué otra cosa podía esperar a su vuelta sino encontrar a su dama mano a mano con otro caballero? Por cierto que el mismo caso haría de su canción que de los aullidos del gato que maulla en el tejado del vecino. Sin embargo, buen caba­llero, a tu salud y a la de todos los amantes finos, aunque no creo que seas tú uno de ellos.

Dijo esto extrañado que el huésped, acalorado algún tanto con la música, se hubiese tirado a pechos un jarro de agua.

-¿No has dicho -preguntó el caballero- que esta agua es del pozo del bendito San Dustán?

-Así es -respondió el ermitaño-; y a centenares han sido bautizados los paganos en sus linfas cristalinas, aunque no creo que se atracasen de ella. Cada cosa debe tener su uso particular en este mundo.

Dicho esto, tomó el arpa y entonó Ias siguientes coplas:

 

CANTO DEL BRACONERO

 

Tiro la aguda flecha,

suelto el carcaz y el arco florentino,

pues hórrida y deshecha

del piélago vecino

súbita tempestad bramando vino.

Ya rasga fulgurosa

Ia densa nube el tenebroso seno;

ya de luz pavorosa veo mi albergue lleno;

ya... ya resuena el retumbante trueno.

¡Cual! ¡ay!, se precipita

desde alta cumbre

el vencedor torrente, y furioso se irrita,

y amenaza a la gente

ronco, veloz, indómito y valiente!

¿Cuándo será que vuelva

la linda flor, y un rápido momento

 brille en la verde selva,

y en vez de airado viento

de aura gentil el aromoso aliento?

¿De mil graciosas ninfas

cuándo oiráse el cántico sonoro,

 y de las claras linfas el solitario lloro

al rodar limpias por arenas de oro?

Astuto braconero

entonces salgo por la selva umbría,

y con arco certero lucho en gentil

porfía con brutos de pujanza y de osadía.

Persígolos altivo;

arrogante y sereno los combato;

búrlome fugitivo tal vez de su arrebato,

y de repente vuélvome y los mato.

Ufano, receloso,

cargo en mis hombros

la sangrienta fiera y vuelvo silencioso

a mi dulce ribera.

¿Quién, ¡ay!, el cielo serenar pudiera?

En noche tormentosa

mísero braconero así cantaba,

en tanto que horrorosa tempestad resonaba,

y el firmamento cóncavo temblaba.

 

-¡Voto a tantos, -dijo el caballero-, que cantas bien y con gusto, y que has encomiado dignamente Ias alabanzas de tu profesión!

Los dos compañeros estuvieron largo rato cantando y bebiendo, hasta que interrumpió su diversión un apresurado golpeteo que se oyó a la puerta de la ermita.

Para poner al lector al corriente de esta interrupción es necesario que volvamos a tomar el hilo de la historia de otros personajes que hace mucho tiempo hemos perdido de vista, porque a guisa del buen Ariosto, no gustamos de acompañar largo rato a los lectores de nuestro drama.

 

 

 

XVI

 

 

Vamos a recorrer valles y bosques,

donde a su madre el cervatillo sigue,

donde Ia encina con sus anchas ramas

al sol mal que le pese entrar impide.

Partamos, que este sitio retirado

infunde a los viajeros pavor triste,

cuando Cintia sus pálidos fulgores

hacia la Tierra a su pesar dirige...

EL BOSQUE DE ETTRICK.

 

Cuando Cedric eI Sajón vio caer a su hijo sin sentido en el torneo de Ashby, su primer impulso fue mandar que le suministraran socorro; pero se le ahogaron Ias palabras en la garganta, y no pudo resolverse a reconocer delante de tan numeroso concurso al hijo a quien había despedido y deshe­redado. Mandó, sin embargo, a Oswaldo que no le perdiese de vista y que le condujera con dos de sus siervos a Ia ciudad inmediata cuando se hubiera dispersado Ia muchedumbre. Oswaldo no pudo ejecutar las órdenes de su amo, porque cuando se disolvió la turba Ivanhoe había desaparecido.

En vano le buscó el fiel copero por todas aquellas cerca­nías; vió la sangre que había arrojado al caer a los pies de lady Rowena; pero no pudo volver a ver su persona. Parecía que algún nigromante le había arrebatado por los aires. Quizás Oswaldo, supersticioso como todos los sajones, lo hubiera asegurado así a Cedric atribuyendo a aquel prodigio la ¡uti­lidad de sus diligencias y la desaparición del caballero, a no haber echado la vista casualmente a un hombre vestido como escudero, y en cuyas facciones reconoció a su compañero Gurth. Ansioso de saber la suerte de su amo y extraordinaria­mente inquieto por no poder descubrirle en ninguna parte, el fiel porquerizo continuaba sus indagaciones, olvidando los riesgos que él mismo corría al presentarse sin precaución alguna en medio del concurso. Oswaldo le echó mano como fugitivo cuya sentencia debía pronunciar Cedric.

Sin embargo, el copero prosiguió tomando cuantas noti­cias podía acerca de la suerte de Ivanhoe, y lo único que pudo averiguar fue que le habían tomado en brazos unos lacayos muy bien vestidos y conducídole a la litera de una dama de Ias del torneo, en la cual se había alejado inmediatamente de la vista de los espectadores. Oswaldo comunicó esta noticia al padre sin pérdida de tiempo y presentándole también a Gurth, a quien consideraba como desertor del servicio de su amo.

El corazón de Cedric estaba atosigado por las más amar­gas inquietudes acerca del paradero de Ivanhoe: la Naturaleza había recobrado sus derechos, a pesar de la resistencia que le oponía el estoicismo patriótico. Mas apenas supo el Sajón que su hijo estaba en manos seguras, y probablemente en las de algún amigo, la ansiedad paterna que sus dudas habían exci­tado cedió al resentimiento del orgullo agraviado y a la memoria de lo que en su opinión había sido un acto de rebel­día y desobediencia.

-Vaya adonde quiera, cúrenle los que tienen la culpa de sus heridas, una vez que prefiere las mojigangas de los nor­mandos a la fama y al honor de sus abuelos.

-Si para sostener la gloria de su familia -dijo lady Rowena, que estaba presente en esta conversación- basta ser intrépido en el combate y prudente en el consejo, valiente entre los valientes y galán entre los galanes, solo el padre de Ivanhoe podrá decir...

-¡Basta, lady Rowena! -dijo Cedric-....se es el único punto, en que no estamos de acuerdo. Preparaos para el festín que da el Príncipe, al cual estamos convidados con extraordinarias demostraciones de honor. Por más que los normandos no acostumbran a tener esas urbanidades con los sajones desde la catástrofe de Hastings, debemos ir, aunque no sea más que por manifestar a esos bárbaros cuán poca mella hace en el corazón de un sajón la suerte de un hijo que sabe vencer a los más encopetados de tan perversa raza.

-Pues yo os declaro -dijo lady Rowena- que no iré a la fiesta del Príncipe; y os ruego que consideréis que eso que en vuestra opinión es valor y abnegación puede atribuirse por los otros a crueldad y falta de sentimientos naturales.

-Quédate, pues, en casa, ingrata doncella; tú eres la cruel, que te places en sacrificar la suerte de un pueblo opri­mido a un cariño imprudente y que nunca tendrá mi aproba­ción. Athelstane y yo iremos al banquete de Juan de Anjou.

Y, en efecto, como ya ha visto el lector, los sajones asis­tieron al convite, cuyos principales sucesos hemos menciona­do. Volvieron a casa desde el castillo del Príncipe y montaron a caballo con sus guardias y criados, y entonces fue cuando Cedric vio por primera vez al pobre Gurth. Como la cena le había dado tan mal humor, se aprovechó del primer pretexto que tuvo para estallar.

-¿Y por qué no le habéis cargado de cadenas, perros villanos? -exclamó en el primer ímpetu de su cólera.

Sin atreverse a replicar, los criados de Cedric ataron a Gurth, el cual se sometió humildemente a esta operación, lan­zando una mirada expresiva a su amo, y diciéndole al mismo tiempo:

-¡...ste es el pago que recibo por amar vuestra sangre más que la mía propia!

-¡A caballo y marchemos! -dijo Cedric.

-Ya es tiempo -dijo Athelstane-, y si no andamos aprisa, causaremos gran inquietud al padre Abad, que nos aguarda esta noche con impaciencia.

Los viajeros, sin embargo, apretaron tanto el paso, que llegaron al monasterio de San Witholdo antes que se realiza­se el temor de Athelstane. El Abad, que era de familia sajona, trató a sus huéspedes con aquella profusión que caracterizaba entonces a la gente de su país. La segunda cena duró hasta muy tarde, o por mejor decir, no concluyó hasta el siguiente día; sin embargo de lo cual los viajeros almorzaron opípara­mente antes de ponerse en camino.

AI tiempo de salir del patio del convento ocurrió un inci­dente funesto a los ojos de los sajones. Estos se distinguían a la sazón entre todos los pueblos de Europa por su ciega cre­encia en agüeros y presagios, a cuyo origen debe atribuirse los restos de estas supersticiones que se encuentran en las anti­guallas populares de Inglaterra. Los normandos se habían cru­zado con otras razas y naciones y tenían ideas algo más sanas, comparadas con el estado de ilustración general. Olvidaron los errores que sus abuelos trajeron de Escandinavia, y se jac­taban de pensar con más juicio en semejantes materias.

Lo que asustó a los acompañantes de Cedric en el acto de salir del convento en que habían pasado la noche fue nada menos que un perro negro, tan largo como flaco y extenuado, que comenzó a lanzar lastimeros aullidos cuando los cami­nantes se pusieron en marcha, ladrando después con obstina­do ahínco, corriendo de un lado a otro y procurando agregar­se a la cabalgata.

-No me gusta esa música, padre mío -dijo Athelstane a Cedric, a quien estaba acostumbrado a dar este respetuoso título.

-Ni a mí tampoco, tío -dijo Wamba-; y mucho me temo que nos cueste la torta un pan.

-Paréceme -dijo Athelstane, a quien había hecho mucha impresión la excelente cerveza del Abad- que sería mucho mejor quedarnos en el convento hasta la tarde. Una liebre y un perro que aúllan son de malísimo agüero al princi­pio de la jornada. Lo que se hace en estos casos es volver atrás, y no ponerse en camino hasta después de haber comido otra vez.

-¡Tontería! -dijo Cedric con impaciencia-. Los días son ya demasiado cortos, y la jornada de hoy es larga. El perro es el de ese bribón de Gurth, tan buena alhaja como su amo.

Dicho esto se afianzó en los estribos, resuelto a proseguir el viaje, lanzó la jabalina al pobre Fangs, el cual había segui­do a su amo al torneo, donde le perdió en medio de la bulla, y habiendo al fin dado con él a la puerta del monasterio, estaba celebrando a su modo tan agradable encuentro. La jabalina entró en la espalda del animal, y poco faltó para dejarle cla­vado al suelo. Fangs huyó de la presencia del irritado sajón repitiendo sus aullidos, y Gurth sintió partírsele el corazón como si llegasen más a lo vivo los males de su perro que los suyos propios. Habiendo procurado en vano alzar las manos a los ojos para enjugárselos, y viendo que Wamba, temeroso de la cólera de Cedric, se había colocado prudentemente a reta­guardia:

-Ruégote -le dijo- que me limpies los ojos, que el polvo me hace daño y estas ligaduras no me permiten el uso de los miembros que Dios me ha dado.

Wamba satisfizo su demanda, y los dos caminaron juntos algún rato guardando triste silencio. Al fin Gurth no pudo reprimir los sentimientos que le ahogaban.

-Amigo Wamba -dijo a su compañero-, de todos cuantos locos estamos al servicio de Cedric, tú eres el único cuyas locuras son bien recibidas. Anda, y dile de mi parte que no cuente conmigo, puesto que ni de grado ni por fuerza logrará que permanezca bajo su autoridad. ¡Que me arranque el pellejo a latigazos, que me cargue de grillos y cadenas, que me corte la cabeza si quiere; pero servirle, ¡eso no! ¡Anda, y díselo!

-Loco soy -dijo Wamba-, y por loco paso; más no lo bastante para encargarme de tu comisión. Cedric tiene otra jabalina en la cintura, y es hombre que no yerra tiro.

 

-¡Pues que me tire, con dos mil de a caballo! -dijo Gurth-. Ayer dejó a su hijo, a mi pobre y bravo Wilfrido, bañado en sangre: hoy ha querido matar a la única criatura viviente que me tiene algún cariño. ¡Por San Edmundo, San Dustán, San Withold, San Eduardo el Confesor, y todos los santos sajones del calendario que no se lo perdono!

Es de advertir que Cedric no juraba nunca sino por los santos que habían tenido sangre sajona en sus venas, y todos sus criados imitaban la misma práctica.

-En mi entender-dijo el bufón, que estaba acostumbra­do a ser el pacitïcador de los disturbios domésticos-, Cedric no tuvo intención de matar a Fangs, sino de asustarle. El perro dió un salto en aquel momento, y recibió el golpe; más no te cuidado, que yo le curaré con un ochavo de cerote.

-Si así fuera... -dijo Gurth-. ¡Pero no! Vi que apun­taba bien con el dardo, y le oí silbar por el aire con toda la rabiosa malevolencia del que le arrojaba. ¿No viste que se mordía los puños de furia cuando el pobre animal echó a correr? Lo que quiso fue dejarle en el sitio. ¡Por la vida de mi padre, que no vuelvo a obedecerle en mi vida!

-El indignado porquerizo volvió a guardar silencio, y no fueron parte a sacarle de él todos los esfuerzos que hizo para ello el bufón.

AI mismo tiempo Cedric y Athelstane, que iban a la cabe­za de la comitiva, hablaban sobre el estado de los negocios, Ias disensiones de la familia real, los feudos y disputas de los nobles normandos, y la probabilidad de que los sajones pudie­ran sacudir el yugo que les oprimía o recobrar al menos su independencia y poder durante Ias revueltas civiles, que por todas partes amenazaban. Cedric no hablaba nunca de seme­jantes asuntos sin animarse extraordinariamente. El restable­cimiento de la independencia de su nación era el anhelo de su alma, al cual había sacrificado voluntariamente su ventura doméstica y los intereses de su propio hijo. Pero el pueblo conquistado no podía llevar a cabo tan ardua empresa sin estar íntimamente unido entre y sin obedecer a un caudillo. Era, pues, necesario escogerle entre los altos personajes que des­cendían de la casa real sajona, y en esto hallábanse de acuer­do todos aquellos a quienes Cedric había confiado secreta­mente sus designios y sus esperanzas.

Athelstane se hallaba en aquel caso, y aunque sus pren­das mentales no eran las que tan delicado puesto requería, tenía buen aspecto, no carecía de valor, se había acostumbra­do a los ejercicios marciales, y parecía dispuesto a seguir los consejos de hombres más expertos y sensatos. Sobre todo gozaba gran reputación de generoso y liberal, y todos le creí­an hombre de buena índole. A pesar de todas estas circuns­tancias tan favorables para constituirle jefe de la Nobleza sajona, otros muchos de la misma nación preferían los títulos y derechos de lady Rowena que descendía del rey Alfredo y cuyo padre había sido un caudillo famoso por su prudencia, su valor y su generosidad, altamente estimado por sus oprimidos compatriotas.

No hubiera sido difícil a Cedric, si tales hubieran sido sus intenciones, colocarse a Ia cabeza de otro partido no menos formidable que los de que hemos hecho mención. En lugar de ascendencia real tenía intrepidez, actividad, energía y sobre todo un celo ardiente e inquebrantable en favor de Ia causa, por cuya razón había merecido el sobrenombre de Sajón. Su alcurnia no cedía a ninguna sino a la de su pupila y a Ia de Athelstane. No eclipsaba estas prendas el más ligero vislum­bre de egoísmo: en lugar de debilitar más de lo que lo estaba el partido con nuevas divisiones, sólo procuraba extinguir Ias que ya reinaban; y éste era el objeto que se había propuesto en el proyectado enlace de Athelstane con lady Rowena. Presen­tóse muy en breve un gran obstáculo a este designio en Ia mutua inclinación de Rowena y de Ivanhoe, y de aquí el des­tierro de éste de la casa paterna.

Cedric había puesto en ejecución tan severa medida con la esperanza de que, durante Ia ausencia de Ivanhoe, Rowena le borraría poco a poco de su memoria y se hallaría mejor dis­puesta a recibir Ia mano de Athelstane; mas el éxito frustró sus planes. Cedric, para quien el nombre de Alfredo era poco

menos que el de Ia Divinidad, había tratado al único retoño que existía de su raza con una veneración igual a la que se tri­butaba en aquellos tiempos a las princesas reconocidas. La voluntad de Rowena era ley suprema en casa de su tutor; y Cedric, como si quisiera que la soberanía de aquella dama fuese venerada por todos los que de él dependían, se envane­cía en obedecerla y acatarla como el primero de sus súbditos. Acostumbrada de este modo, no sólo al pleno ejercicio de su voluntad sino al de una autoridad despótica, Rowena había aprendido durante su educación a irritarse contra todo lo que se oponía a sus deseos; por consiguiente reclamó con energía su independencia en aquel paso decisivo de la vida de la mujer en que la doncella más obediente y más tímida suele rebelarse contra la autoridad de los padres y superiores. Con­fesaba abiertamente sus opiniones acerca de este asunto, y Cedric, que no podía apartarse del giro que había tomado, no sabía a veces de qué medios echar mano para ejercer sus dere­chos de tutor.

En vano procuró deslumbrarla con el aspecto de un trono ideal. Rowena, que juzgaba de las cosas con sensatez, no creía que pudieran realizarse aquellos planes ni por su parte lo deseaba. Sin curarse de ocultar su inclinación a Wilfrido de Ivanhoe, declaraba que, poniendo aparte este sentimiento, antes se encerraría toda su vida en un convento que ocupar un trono con Athelstane a quien siempre había mirado con des­precio y ya empezaba a mirar con odio de resultas del enojo que le causaba su galanteo.

Sin embargo, Cedric, que no tenía una alta opinión de la constancia de las mujeres, persistía en emplear todos los medios que estaban a su alcance para reducirla a consentir en aquella unión con la cual se imaginaba hacer un importante servicio a la causa de los sajones. La repentina e inesperada aparición de su hijo en el torneo de Ashby fue un golpe mor­tal para sus designios y esperanzas. Es verdad que el amor paterno domeñó por algunos instantes su orgullo y su patrio­tismo; pero recobraron de consuno mayor brío y le impulsa­ron a apresurar sus diligencias para realizar el enlace de Rowena y de Athelstane, así como para tomar otras medidas que parecían necesarias al restablecimiento de la independen­cia de los sajones.

De este asunto iba conversando con su amigo al principio del viaje, lamentándose secretamente, de cuando en cuando, de que estuviese tan noble y honorífica empresa en manos de un hombre que más que sangre parecía tener hielo en las venas. El ilustre sajón no carecía de vanidad; y gustaba de que le lisonjearan con los recuerdos de su prosapia y de sus legí­timos derechos al homenaje y a la soberanía; pero bastaban a satisfacer su mezquino orgullo los obsequiosos rendimientos de sus vasallos y de los sajones que le trataban con frecuen­cia. Sabía arrostrar el peligro; pero no quería tomarse el tra­bajo de ir en su busca. Convenía con Cedric en los principios generales acerca de los derechos que los sajones tenían a sacudir las cadenas que la conquista les había impuesto, y mucho más en los suyos al que se estableciese después de haber conseguido aquella emancipación; pero cuando se tra­taba de ejecutar los medios de tan importante designio sólo se descubrían en él la irresolución, la lentitud y la flojedad que le habían acarreado el sobrenombre de Desapercibido. Las ardientes y vigorosas exhortaciones de Cedric producían en su alma el mismo efecto que en el mar la bala roja, la cual des­pués de hacer un poco de espuma y ruido se hunde y se apaga.

Si dejando aquel empeño, que era lo mismo que macha­car el hierro frío o espolear a una mula cansada, Cedric vol­vía riendas al caballo y pasaba a conversar algún rato con lady Rowena, experimentaba nuevas incomodidades y contradic­ciones porque su presencia interrumpía la plática que tenía aquella noble dama con Elgitha, su confidente, acerca del valor y galantería de Wilfrido; y la astuta criada, para vengar­se y para vengar a su señora sacaba al instante la caída y derrota de Athelstane en el torneo, que era lo más desagrada­ble que podía llegar a los oídos de Cedric. De modo que por todos estilos la fiesta había sido para él un encadenamiento de sinsabores, y no cesaba de maldecir interiormente el torneo, al que le había organizado, y su propia necedad por haber con­currido a tan endiablado recreo.

Llegó la hora del mediodía, y Athelstane fue de opinión que sestease la comitiva en un bosquecillo agradable por el cual vagaba susurrando un arroyo cristalino. Allí descansaron y pastaron las cabalgaduras, y los viajeros dieron fin de las abundosas provisiones debidas a la hospitalidad del prelado. Duraron largo rato estas operaciones, de modo que les pare­ció imposible llegar al Rotherwood sin caminar una parte de la noche. Montaron a caballo, y empezaron, pues, a caminar algo más aprisa que hasta entonces.

Llegaron los viajeros a las cercanías de un terreno que­brado y montuoso, y ya iban internándose en su hojoso y espeso laberinto, peligroso como todos los bosques en aquel tiempo, por el número de bandidos a quienes la opresión y la pobreza habían dado las armas de la desesperación y que for­maban numerosas cuadrillas que arrostraban, sin temor, el vano aparato de la autoridad pública. No obstante que se apro­ximaba la noche, Cedric y Athelstane se creían seguros por tener nada menos que diez criados en su escolta, sin contar a Gurth y a Wamba de los cuales nada se podía esperar por ir el uno amarrado y ser el otro bufón, y por consiguiente, cobar­de. También les daba mucha confianza en medio de aquellas tinieblas y soledades su origen sajón y el respeto con que sus compatriotas los miraban, porque la mayor parte de los ban­didos a quienes las Ordenanzas de montes habían reducido a abrazar aquella vida desalmada eran campesinos y cazadores sajones que, por lo común, no se atrevían a las personas ni a las propiedades de los que tenían su mismo origen.

Ya se habían internado algún trecho en la espesura de la selva, cuando llegaron a sus oídos los gritos de una persona que con acento de terror pedía auxilio a todo el que alcanzase a oírla. Al acercarse al lugar de donde aquellas voces salían vieron con sorpresa una litera puesta en el suelo, y junto a ella una mujer joven, ricamente vestida al uso de las judías, y, a cierta distancia, un anciano cuyo gorro amarillo denotaba ser del mismo origen, el cual se paseaba desalentadamente con gestos de amarga desesperación y agitando la manos en señal de haberle ocurrido alguna grave desventura.

A las preguntas de Athelstane y de Cedric el judío res­pondió al principio lanzando exclamaciones con que invoca­ba la protección de todos los patriarcas del Viejo Testamento contra los hijos de Ismael, que le habían asesinado sin piedad. Cuando empezó a reponerse un poco de su angustia y de su terror, Isaac de York (pues este era el apesadumbrado hebreo) refirió como pudo que había tomado en Ashby una escolta de seis hombres y dos mulas para llevar la litera de un amigo suyo, enfermo a la sazón. La escolta se había obligado a acompañarle hasta Doncáster. Habían llegado sin encuentro ni tropiezo al punto en que se hallaban; pero habiendo sabido por un leñador que en el bosque inmediato había una gavilla de salteadores, la escolta le había abandonado; llevándose además la mulas de la litera y dejándole con su hija sin medios de defensa ni de retirada, expuestos a ser robados y asesinados por aquellos bandoleros a quienes por momentos aguardaban.

-Si os dignareis, nobles señores -añadió el judío con el tono de la humildad-, permitir que estos pobres judíos conti­nuaran su jornada bajo vuestra protección, juro por las tablas de Moisés que nunca habrá sido concedido mayor favor a un isra­elita desde los días de nuestro cautiverio y que el agradeci­miento corresponderá a su grandeza y a vuestra misericordia.

-¡Perro judío -exclamó Athelstane, que era hombre de los que sólo conservan en la memoria las ofensas, y sobre todo la más mezquinas y despreciables-, bien cara pagas ahora tu insolencia en la galería del torneo de Ashby! ¡Huye, o-pelea, o compónte con los bandidos como quieras, que si ellos se contentan con robar a los que roban a todo el género humano, digo que son hombres de bien y que merecen recom­pensa!

Cedric no aprobó la repulsa de su compañero.

-Mejor será-dijo-dejarles dos criados y dos caballos para que los conduzcan hasta la aldea inmediata. Poco nos importa llevar dos criados más o menos: con vuestra espada y los otros que nos quedan harto será que puedan intimidamos veinte de esos bribones.

Rowena, a quien había sobresaltado la noticia de la pro­ximidad de los ladrones en número considerable, insistió fuer­temente contra la opinión de su tutor. Pero Rebeca, saliendo del abatimiento en que hasta entonces había permanecido y abriéndose camino por entre los criados que rodeaban el pala­frén de la sajona, se echó de rodillas y le besó la guarnición del traje, como se acostumbra en Oriente cuando se dirige la palabra a personas de superior jerarquía. Púsose en pie, y echándose atrás el velo le rogó encarecidamente que tuviera compasión de su padre y de ella y que les permitiese ir en su acompañamiento.

-No lo pido por mí -decía- ni por ese pobre anciano. Conozco que los agravios y males que se hacen a los judíos son faltas leves, sino ya acciones loables, a los ojos de los cristianos. ¿Qué importa que nos roben o nos maltraten en la ciudad, en el campo o en el desierto? Lo pido por uno en cuya suerte se interesan muchos, quizás vos misma. Disponed que ese enfermo sea trasportado con cuidado y esmero bajo vues­tra protección. Si negáis esta gracia, el daño que le sobreven­ga de sus resultas emponzoñará hasta el último instante de vuestra existencia.

La gravedad y mesura con que Rebeca pronunció estas palabras excitaron vivamente el anhelo de Rowena.

-EI judío es viejo y débil -dijo a su tutor-; la hija, joven y hermosa; su amigo está enfermo de peligro. Judíos son; empero nosotros no podemos, a fuer de cristianos, abandonarlos en esta situación. Los dos caballos de mano  podrán servir para el padre y la hija; sus mulas llevarán la litera, y la carga que ellas llevan se colocará en las acémilas de los criados.

Cedric dio su consentimiento a todas estas disposiciones; Amelstane no se atrevió a exigir otra cosa sino que los judíos marcharían a retaguardia, donde Wamba podría defenderlos y asistirlos con el escudo de piel de jabalí.

 

- Mi escudo - respondió Wamba- se quedo tirado por el suelo en la palestra de la justa como ha sucedido a los de otros caballeros más valientes que yo.

Subiéronsele los colores a la cara a Athelstane al oír esta alusión a la suerte que había experimentado en el torneo. Rowena celebró interiormente la ocurrencia del bufón, y para aumentar el enojo de Athelstane dijo a Rebeca que no se sepa­rase de su lado durante la marcha.

-No conviene que sea así -respondió Rebeca con humilde majestad-, puesto que mi compañía dará deshonra a mi protectora.

A la sazón los criados habían concluido precipitadamen­te la mudanza de las cargas, porque a la voz ¡ladrones! todo el mundo se había puesto alerta; mucho más, empezando ya a oscurecer. En medio de esta operación fue preciso que Gurth echara pie a tierra para colocar parte de la carga en la grupa de su caballo, y consiguió del bufón que le aflojase la cuerda que le aprisionaba. Con intención o sin ella, Wamba lo hizo de tal modo que el porquerizo no halló dificultad en desembara­zarse en un todo; y hecho así se escabulló entre la maleza y se separó de la comitiva.

Como el trastorno había sido general, pasó largo rato antes que se echara de menos al preso pues iba detrás bajo la custodia de un criado y nadie se preocupó de él. Cuando empezó a susurrarse que Gurth había desaparecido, todos tenían fija la atención en los bandidos y no hizo gran impre­sión el suceso.

Entre tanto los caminantes se hallaron en una vereda tan estrecha, que sólo podían transitar por ella dos hombres de frente. La vereda bajaba a una hondonada bañada por un arro­yo cuyas orillas ásperas y quebradas estaban cubiertas de sau­ces enanos. Cedric y Athelstane, que marchaban siempre a la cabeza, conocieron cuán peligroso era aquel desfiladero; más, poco prácticos en las maniobras de la guerra, el único medio que se les ocurrió de evitar el riesgo fue apretar cuanto más podían el paso. Adelantáronse por tanto sin mucho orden, y apenas habían cruzado el arroyo con alguno de los suyos, cuando fueron atacados de frente, flancos y retaguardia con un ímpetu al que, en su desordenada distribución no podían ni oponer la menor resistencia. Los gritos de guerra de que usa­ban en todo encuentro los sajones se oyeron al mismo tiempo en ambas cuadrillas porque los agresores eran de aquella misma nación, y su ataque fue tan pronto y simultáneo que parecían más de los que eran en realidad.

Los dos jefes sajones fueron hechos prisioneros al mismo tiempo y con circunstancias análogas a la índole de cada uno. Al verse atacado por un enemigo, Cedric le arrojó la jabalina con mucho más acierto que a Fangs, y le dejó clavado a una encina que detrás se hallaba. En seguida apretando espuelas al caballo se dirigió a otro, sacó al mismo tiempo la espada, y le atacó con tanta furia que la hoja dio en una rama de árbol a cuyo violento golpe le saltó el acero de las manos. Al punto se apoderaron de él dos o tres bandidos y le obligaron a des­montar. Otro había tomado por la brida al caballo de Athels­tane, el cual se vio en tierra antes de haber podido sacar la espada o tomado alguna precaución de defensa.

Embarazados por las acémilas, aterrados y sorprendidos al ver la suerte de sus amos, los criados cayeron sin dificultad en poder de los salteadores; lady Rowena, que iba en medio de todos, y el hebreo y su hija, que marchaban detrás, sufrie­ron la desventura.

Uno solo escapó de toda la comitiva, y éste fué Wamba el cual manifestó en aquella ocasión más presencia de ánimo que los que creían aventajarle en sensatez. Apoderándose de la espada de uno de los criados, que no sabía qué hacer con ella, se adelantó como un león hacia los malvados, echó al suelo a los que se le acercaron, e hizo valientes aunque inúti­les esfuerzos para socorrer a su señor. Convencido entonces de la superioridad del número de los bandidos, bajó con pron­titud del caballo, se metió en los matorrales y quedó fuera del campo de batalla.

Más al verse libre y seguro el intrépido bufón tuvo más de una vez la tentación de volver atrás y participar de la cau­tividad de un amo a quien miraba con sincero afecto.

-Los hombres no cesan de charlar de los bienes que aca­rrea la libertad; más yo quisiera saber quE he de hacer a esta hora con la mía.

AI pronunciar estas palabras oyó detrás una voz que le llamaba con mucha cautela; al mismo tiempo le saltó encima un perro, lamiéndole y festejándole. El perro era Fangs, y detrás estaba el porquerizo el cual al oír que Wamba le llama­ba con la misma precaución, salió de las matas y se presentó a su vista.

-¿Qué es esto? -dijo Gurth con no pocas muestras de sobresalto-. ¿Qué significan esos gritos y ese martilleo de espadas?

-Una chanza de estos tiempos -respondió el bufón-: todos están prisioneros.

-¿Quiénes? -exclamó Gurth con impaciencia. -Milord, Milady, Athelstane, Hundeberto y Oswaldo. ¿Qué quiere decir todos?

-¡Por Dios santo! -dijo el porquerizo-. ¿Cómo ha sido eso? ¿Quiénes han sido los agresores`?

-El amo --dijo Wamba- se dió mucha prisa a pelear; Athelstane lo tomó con mucha calma, y ninguno de los otros estaba prevenido. Las tropas contrarias llevan gabanes verdes y mascarillas negras. Todos están tendidos en el suelo cono las algarrobas que echas a los gorrinos. ¡Y voto a sanes, que el lance me haría reír si no fuera porque tengo más gana de llorar!

Al decir esto derramaba lágrimas de sincero dolor.

-Wamba -dijo Gurth arrojando fuego por los ojos-, armado estás y tu corazón ha sido siempre mejor que tu cabe­za. Somos dos; pero dos hombres resueltos pueden mucho. ¡Sígueme!

-¿Adónde -respondió el bufón-, y con qué objeto? -¡A rescatar a Cedric!

-¿Tú -exclamó Wamba-, que no hace mucho renun­ciaste a su servicio?

-Entonces -dijo Gurth- Cedric era feliz, ¡Sígueme, te digo!

Wamba iba a seguir los pasos de su compañero, cuando se presentó en escena otro personaje, que les mandó detener so pena de la vida. Al ver su traje y armamento le hubieran tenido por uno de los de la cuadrilla que había acometido a sus amos; pero además de no llevar máscara, por el vistoso tahalí que le adornaba el pecho y por el cuerno que de él pen­día, y por la majestuosa expresión de su voz y de sus moda­les, conocieron a pesar de la oscuridad que era Locksley, el montero que había ganado el premio de blanco en el torneo.

-¿Qué alboroto es éste? -pregunto-. ¿Quiénes son los que atacan y hacen prisioneros en estas selvas?

-Mira de cerca sus gabanes -dijo Wamba-, y dime si no son los de tus hijos: porque, ¡voto a sanes, que se parecen al tuyo como un guisante verde a otro guisante verde!

-No tardaré en saberlo -dijo Locksley ; y os mando, si queréis conservar la vida, que no os apartéis de este sitio hasta que yo vuelva. Obedecedme, y os saldrá la cuenta a vosotros y a vuestros amos. Voy a disfrazarme para mezclar­me con ellos.

Al decir esto se despojó del tahalí y del cuerno, se quitó una pluma de la gorra, y lo puso todo en manos de Wamba; sacó una mascarilla, y repitiéndoles sus encargos de no ale­jarse de allí, marchó a ejecutar el reconocimiento

-¿Nos vamos o nos quedamos? -dijo Wamba al verse a solas con su amigo-. ¡O mienten las señas o las suyas son de un ladrón que trae el vestuario en el bolsillo!

-¡Sea el mismo Luzbel, si quiere! -respondió Gurth­

Por aguardar su vuelta no hemos de estar peor que estamos. Si es de los de la gavilla, a la hora esta les habrá dado el aviso, y de nada ha de servirnos echar a correr. Además, que yo he experimentado hace poco que los ladrones de caminos no son la peor gente del mundo.

El montero volvió al cabo de algunos minutos.

-Amigo Gurth -le dijo-, ya sé quiénes son, quién les paga y adónde se encaminan. Por ahora no creo que haya que temer que cometan ninguna violencia con vuestros amos. Tra­tar de atracarles siendo nosotros no más que tres, sería locura; porque has de saber que son hombres aguerridos, y, como tales, han puesto centinelas para que den el alarma en caso de necesidad. Más no tardaremos en recoger bastante fuerza para burlarnos de todas sus precauciones. Vosotros sois dos servi­dores de Cedric, y fieles, según creo. Cedric el Sajón es el defensor de los derechos de los ingleses, y no faltarán manos inglesas que acudan a su auxilio. Venid conmigo, ya veréis.

Dicho esto se internó en el bosque a paso acelerado seguido por el porquerizo y el bufón, el cual, como saben ya nuestros lectores, no era hombre que podía estar mucho tiem­po sin mover la lengua.

-Creo -dijo mirando al tahalí y al cuerno que todavía llevaba- que antes de ahora he visto yo al dueño de estas alhajas, y no creo que haya sido muy distante de Navidad.

-Y yo -dijo Gurth- apostaría la manada de cerdos, si fuera mía, que he oído la voz de ese montero de día y de noche, y que el sol no se ha puesto arriba de tres veces desde entonces.

-Amigos míos -respondió el montero-, quienquiera que yo sea, no es del caso ahora. Si logro rescatar a vuestro amo, bien podéis decir que soy el mejor amigo que habéis tenido en la vida. Llámeme como me llamare, tire o no bien el arco, guste de andar de día o de noche, son negocios que no os atañen y, por consiguiente, no tenéis que calentaros la cabeza en averiguarlos.

-¡Nuestra cabeza está en la boca del león! -dijo Wamba a Gurth al oído-. ¡Salgamos del paso cono poda­mos!

-¡Silencio! -dijo Gurth-. No le ofendas con tus locu­ras, y todo irá bien.

Después de haber andado tres horas a paso ligero llega­ron los sirvientes de Cedric con su misterioso guía a un sitio descubierto en medio del cual se alzaba una robusta encina que esparcía pomposamente sus ramas por una vasta circun­ferencia. Junto al tronco estaban echados por tierra cuatro o cinco monteros, y otro se paseaba a la luz de la Luna a guisa de centinela'.

Al oír los pasos que se acercaban, la centinela dió el  alar­ma, los otros se alzaron con gran prontitud y apercibieron los arcos. Apuntáronse inmediatamente seis flechas al punto de donde venía el ruido de los caminantes, cuyo conductor fué reconocido y saludado por los otros con todas las demostra­ciones de afecto y sumisión. Desaparecieron, por consiguien­te, todos los preparativos hostiles.

-¿Dónde está el molinero? -fue su primera pregunta. -En el camino de Rotherdham.

-¿Con cuántos? -preguntó el jefe, que tal lo parecía. -Con seis hombres, y buenas esperanzas de botín. -¿Y dónde está Allan-a-Dale? -dijo Locksley.

-Ha ido a echar una ojeada al padre prior de Jorvaulx. -¡Bien pensado! -continuó el capitán-. ¿Y el hermano? -En su ermita.

-Allá voy yo -dijo Locksley-. Dispersaos todos y buscad a vuestros compañeros. Recoged cuanta fuerza podáis, porque hay caza en el monte y es menester perseguirla. Estad aquí todos al romper el día... ¡Deteneos! ¡Lo más importante se me olvidaba! Vayan dos de vosotros tan aprisa cono pue­dan hacia el castillo de "Frente de Buey" que por allí anda una cuadrilla de galanes disfrazados cono nosotros y se llevan consigo algunos prisioneros. Observad de cerca, porque aun­que lleguen al castillo antes que podamos reunirnos, nuestro honor exige que los castiguemos, y así será por vida mía. Ved lo que hacen, y despachad al más ligero para que lleve las nuevas a todos los amigos.

Los monteros dieron a entender que obedecerían, y se separaron por distintos caminos. Al mismo tiempo el capitán con sus dos compañeros, que ya no miraban sólo con respeto, sino con miedo, tomaron la dirección de la capilla de Cop­manhurts.

Cuando llegaron a la llanura, en cuya extremidad se alza­ba la venerable aunque arruinada capilla y la selvática choza que tanto convidaban al recogimiento, Wamba dijo en voz baja a Gurth:

-Si son ladrones, verdad es el refrán que dice que detrás de la Cruz está el Diablo. ¡Y por las barbas de mi padre que no me engaño! ¡Oye, oye qué coplas están cantando los de adentro!

En efecto; el anacoreta y su huésped se desgañitaban repitiendo a dúo el estribillo de una antigua canción que decía así:

 

Choquen vasos, y a raudales y a torrentes caiga el vino; por beber se pierda el tino. ¿Quién no rabia por beber? ¡Vino es dicha a los mortales: vino anima los amores; vino ahoga los dolores; vino es padre del placer!

 

-¡Y no lo hacen mal! -continuó Wamba, que había acompañado las cadencias del coro, aunque sin atreverse a echar toda la voz-. ¿Quién diantres había de aguardar seme­jante canción en una ermita y a media noche?

-Cualquiera dijo Gurth- que sepa lo que es el ermi­taño de Copmanhurst, el cual es conocido en toda esta comar­ca, y así mata venados como canta maitines. Hay quien dice que la mitad de la caza que roban al amo del coto va a parar a su celda, y que el guardabosque se ha quejado al amo, y que han de arrancarle del cuerpo el sayal si no se enmienda.

Durante esta conversación Locksley, con los repetidos golpes que dio a la puerta del ermitaño, interrumpió la grave ocupación a que estaban entregados él y su huésped. -¡Por San Fustán -dijo el ermitaño parándose de repente en medio de un gorgorito-, que tenemos más cami­nantes extraviados a la puerta, y no quisiera por todo el oro del mundo que me vieran en esta disposición! Cada cual tiene sus enemigos, señor caballero Ocioso; y al vernos aquí mano a mano al cabo de tres horas, con esta pobreza que he podido ofreceros, como la caridad lo manda, no faltarían malvados que lo atribuyesen a borrachera y a comilona, vicios tan opuestos a mi carácter como a la natural disposición de mi índole.

-¡Son unas malas lenguas -repuso el caballero-, y yo he de darles su merecido! Verdad es, padre mío, que cada cual tiene sus enemigos; y hombre hay en estas cercanías con quien yo quisiera más bien hablar a través de las barras del yelmo que cara a cara,

-Ponte el tuyo, amigo Ocioso -dijo el ermitaño-, tan aprisa como te lo permita la índole que tu sobrenombre deno­ta, mientras yo guardo estos jarros de peltre cuyo contenido está alborotándome los cascos. Para que no oigan de afuera el ruido, cantemos lo que quieras, cualquiera cosa. ¡No importa! ¡Sobre que no sé lo que hago!

En seguida entonó con recia voz un devoto De profundis, con cuyo estrépito ahogó el retintín de los jarros y de los otros restos del convite. Entretanto el caballero se armaba y procu­raba hacer el dúo al anacoreta, en cuanto se lo permitía la risa que le retozaba en el cuerpo.

-¿Qué diantres de maitines son esos a estas horas? -­dijo una voz a la puerta.

-¡Dios te asista, buen caminante! --dijo el ermitaño, a quien el ruido que él mismo hacía, y quizás también los efec­tos del vino, no permitían reconocer una voz que, ciertamen­te, no le era extraña-¡prosigue tu camino en nombre de Dios y de San Dustán, y no nos interrumpas a mi venerable herma­no y a mí en nuestras devotas oraciones!

 

 

-¿Locksley estás loco? -continuó el de afuera-. ¡Abre a -¡Seguros estamos; todo va bien! --dijo el ermitaño a su compañero.

-Pero ¿quién es? -respondió el caballero-. Me importa saberlo.

-¿Quién es? -replicó el anacoreta-. ¡Dígote que es un amigo!

-Pero ¿qué amigo? Porque puede ser amigo tuyo, y no mío.

-¿Qué amigo? -dijo el ermitaño-. Más fácil es hacer esa pregunta que responderla. ¿Qué amigo? Ese honrado guardabosque de quien te he hablado.

-¡Tan honrado como tú penitente! -dijo el caballero­

¡No lo dudo! Pero abre la puerta antes que la eche abajo a golpes.

Los perros, que al principio del ruido exterior habían hecho una salva espantosa de ladridos, conocieron, sin duda, la voz del que llamaba, pues mudaron de tono, y acercándose a la puerta y meneando la cola parecían interceder en favor del que estaba aguardando.

-¿Qué es esto, ermitaño? -dijo el montero cuando le abrieron la puerta-. ¿Quién es este compañero?

-Un hermano de la Orden -respondió el ermitaño con gesto misterioso-. Toda la noche hemos estado en oración.

-Sin duda -dijo Locksley-, es algún individuo de la Orden militante; y como él hay muchos por ahí fuera. Lo que importa es que dejes el rosario y tomes el garrote. Ha llegado el caso de echar mano de todos nuestros amigos. Pero ¿estás en tus cinco sentidos? ¿Así admites a un caballero a quien no conoces? ¿Has olvidado nuestras reglas?

-¡Que no le conozco! -respondió el ermitaño-. ¡Como a ti; ni más ni menos!

-¿Cómo se llama?-preguntó el montero.

-¿Cómo se llama? -respondió el anacoreta sin dete­nerse-. Sir Antonio de Scrabelstone. ¡Como si yo me senta­ra a beber con un hombre sin saber cómo se llama!

-Has bebido más de lo que puedes -dijo Locksley-, y quizás hablado más de lo que debes.

-Buen montero -dijo el caballero-, no os enfadéis con mi honrado huésped. No ha hecho más que darme la hos­pitalidad que yo le hubiera exigido por fuerza si me la hubie­ra negado.

¿Por fuerza? -repuso el ermitaño-. Deja que trueque la túnica por un gabán verde; y si te defiendes de doce golpes de mi garrote, digo que no soy hombre de pro.

Al decir esto se despojó de su grosero saco y quedó en coleto y calzones de gamuza, sobre lo cual se puso con la mayor prontitud el gabán verde y calzones del mismo color.

-Atame esas agujetas -dijo a Wamba-, y tendrás un vaso de vino seco por tu trabajo.

-¡Gracias por el vino seco! -respondió el bufón-, Pero ¿no crees tú que es caso de conciencia ayudar a conver­tir a un santo varón en un pecador mundano?

-¡No tengas cuidado! -dijo el ermitaño.

-¡Así sea! -respondió Wamba, y acabó la operación de atar los innumerables cordones del nuevo ropaje que el ana­coreta había vestido, y entretanto Locksley hablaba con el caballero.

-No podéis negarlo; vos sois el caballero de la negra armadura que decidió el combate en favor de los ingleses y en contra de los extranjeros el segundo día del paso de armas.

-¿Y qué se inferiría de eso, en caso de ser así? -pre­guntó el Ocioso.

-Si es así -respondió el montero-, contaríamos con vuestro socorro en favor del débil.

-Mi obligación es socorrer al necesitado -replicó el caballero-, y no creo que hay razón para pensar de mí otra cosa.

-Convendría, sin embargo, saber -dijo Locksley- si sois tan buen inglés como buen caballero; porque el negocio que tenemos entre manos atañe a todo hombre de bien pero más particularmente a los que tienen sangre inglesa en las venas.

-A nadie pueden ser más caras Inglaterra y la vida de todo inglés que a -exclamó con entusiasmo el caballero.

-¡Quiera Dios que así sea -respondió el montero-, pues nunca ha necesitado tanto Inglaterra del apoyo de los que la aman corno ahora! Y voy a hablaron de la empresa en la que si sois realmente lo que decís podréis tomar honrosa parte. Una cuadrilla de malsines, adoptando el traje de los que valen más que ellos, se han hecho dueños de la persona de un noble inglés, llamado Cedric el Sajón, de su hija y de su amigo Athelstane de Coningsburgh, y los han llevado a uno de los castillos inmediatos. Dime ahora si como buen caballero y buen inglés quieres y puedes ayudarnos a rescatarlos de sus enemigos

-Mis votos me obligan a ello -dijo el caballero-. Pero ¿quién eres tú, que tan a pecho tomas este negocio?

-Yo no tengo nombre -dijo el montero-; pero amo a mi patria y a todos los que la aman. Bástate saber esto de mí por ahora, puesto que debe bastarnos a nosotros lo que de ti has querido decir. Cree, sin embargo, que cuando empeño mi palabra es tan inviolable como si calzara espuelas de oro.

-No lo dudo -respondió el caballero-, porque estoy acostumbrado a leer en la fisonomía de los hombres, y en la tuya estoy leyendo la honradez y la resolución. Nada más quiero saber sino ayudarte a poner en libertad a esos cautivos; después nos conoceremos mejor uno a otro y creo que sere­mos amigos.

-¿Conque tenemos un nuevo aliado? -dijo Wamba, que habiendo acabado de vestir al ermitaño, se había acerca­do a Locksley y oído las últimas palabras de la conversa­ción-. ¡Mucho me alegro, porque el valor de este paladín es metal más fino que la capucha del ermitaño y que la honradez del montero, el cual tiene trazas de ser un cazador nocturno, como el anacoreta las tiene de socarrón camandulero!

-¡Calla, Wamba! -dijo Gurth-. Poco importa que sean fundadas tus sospechas. Cristiano viejo soy, y creo en Dios a puño cerrado; pero si el mismo Satanás se ofreciera a darnos ayuda en este aprieto, temo que la aceptaría.

El ermitaño estaba ya completamente armado de espada, broquel, arco, flechas y una gran partesana al hombro: salió de la celda a la cabeza de la partida, echó la llave, y la dejó debajo de la puerta.

-¿Estás en aptitud de hacer algo bueno -le pregunto Lócksley- o corren todavía en tu mollera los raudales de vino de la canción?

-Algo me hormiguean los cascos -respondió el anaco­reta-, y a decir verdad las piernas no están muy seguras; pero el agua de San Dustán hace prodigios, y ya verás cuán pronto se me pasa.

Dicho esto se aproximó a la concavidad de la roca en que borbollaban los cristales de la fuente, y se echó a pechos un trago, que a poco más la deja exhausta.

-¿Cuánto tiempo ha que no haces otro tanto? -pregun­tó el de la negra armadura.

-Dos meses justos -dijo el ermitaño-, que fue cuan­do se reventó la bota y se fue lo que contenía, y sólo me quedó para apaciguar la sed esta prodigiosa fuente producto de un milagro del santo bendito.

Después de haber bebido, se lavó el rostro y las manos para purificarse de todos los restos de la francachela. Enarbolando entonces la partesana como si se hallara enfrente del enemigo.

-¿Dónde están -exclamó- esos follones opresores de la inocencia y robadores de nobles doncellas? ¡Lléveme Luz­bel si no basto yo solo para una docena de ellos!

-¡Cómo juras, hermano! -dijo el caballero.

-¡No me hermanees más -respondió-, que harto her­maneado estoy cuando tengo el saco al hombro! ¡Por San Jorge y el dragón, que cuando visto el gabán verde me las apuesto a jurar, a beber y a enamorar con el mejor montero de estas cercanías!

-¡Al negocio; y callemos -dijo Locksley-, que eres más ruidoso que una mujer! ¡Y vosotros, amigos, no os entre­tengáis con sus dicharachos! Vamos a reunir nuestras fuerzas, que no necesitamos de muchas para apoderarnos del castillo de Reginaldo "Frente de buey".

-¿Frente de buey? -exclamó el Ocioso- ¿El noble normando se ha echado al camino? ¿Ladrón y opresor le tene­mos?

-Opresor -dijo Locksley- siempre lo ha sido.

-Y en cuanto a ladrón -añadió el ermitaño-, ya qui­siera él tener la mitad de la conciencia que algunos ladrones que yo conozco.

-¡Anda y calla! -dijo Locksley-. Mejor fuera que nos dirigieras al punto de reunión y te dejaras de hablar con tanta imprudencia.

 

 

                                                              

XVII

 

Cuántas horas y meses, cuántos años

perdiéronse en la noche de los tiempos,

sin ver juntarse en esta sala,

amables y gentiles caballeros!...

No se oye ya cabe las viejas bóvedas,

bajo los arcos góticos del techo,

de lo pasado el eco recordando

las puras glorias de los nobles muertos

                     JOANNA Orra, tragedia.

 

En tanto que se tomaban estas disposiciones para rescatar a Cedric y a los suyos, los malvados que los conducían pro­curaban llegar cuanto antes al sitio que iba a servirles de pri­sión. Pero sobrevino la noche, y los bandidos no eran muy prácticos en los senderos de la selva. Paráronse muchas veces, y otras volvieron atrás para tomar el camino de que se habían extraviado. Lució la mañana antes que pudieran marchar con seguridad y certeza; pero los rayos del día les dieron confian­za, y con su auxilio aligeraron el paso. Entretanto los dos jefes de la cuadrilla conversaban entre sí del modo Mauricio siguiente:

-Ya es tiempo de que nos dejes, templario a Bracy- y de que vayas a prepararte para la segunda jornada de la comedia. Anda a vestirte para hacer el papel de libertador.

-He mudado de parecer -dijo el aventurero-, y no quiero abandonar la presa hasta dejarla segura en el castillo de "Frente de buey". Allí me presentaré sin disfraz a lady Rowe­na, y espero que perdone mi arrojo en favor de la pasión que me ha conducido a tanto extremo.

-¿Y que es lo que te ha hecho mudar de plan?-  pregunto Brian.

-¡Poco te importa! -respondió el aventurero.

-No creo que hayan hecho impresión en tu ánimo--dijo el templario- las sospechas que ha procurado inspirarte Wal­demar de Fitzurse.      

-¡Eso se queda para mí! -repuso Bracy-. el demonio se ríe cuando un ladrón roba a otro ladrón; y yo sé que no hay fuerza humana que detenga a un caballero como tú en la prosecución de sus designios.           

-No es extraño -replicó el templario- que compañeros libres sospechen de un amigo, de un camarada, de todo el mundo, cuando todo el mundo sospecha de ellos, y con, razón.

-No es ocasión ésta de reconvenciones -dijo Bracy-: haste decir que conozco tus escrúpulos, y que no quiero darte ocasión de arrebatarme la presa que tantos riesgos me ha cos­tado.

-¿Qué tienes que temer? -observó Brian-. Las pro­mesas me atan las manos.

-¡Y tan bien corno las cumples! -replicó Bracy-. Desengañémonos, señor templario: Ias leyes de la galantería se interpretan algo relajadamente en nuestros tiempos; y en negocios como éste, no me fío de tu conciencia!

-¿Quieres que te diga la verdad? --dijo el templario-. No son los ojos azules de tu dama los que más golpe me han dado entre los que vienen en la comitiva.

-¿Qué? -preguntó Bracy-. ¿Te gusta más la criada?

-No, señor caballero -respondió el templario-. Entre Ias cautivas hay una que no cede en nada a la sajona.

-¡Por las barbas de mi padre -dijo Bracy- que te ha dado flechazo la hebrea!

-Y aun cuando así fuera -replicó Brian de Bois-Guil­bert-: ¿Quién puede oponerse a ello?

-Nadie que yo sepa-dijo Bracy-. Mejor que yo sabes tus intereses; mas yo hubiera jurado que echabas el ojo más bien al saco del padre que a la hermosura de la hija.

-Los dos me acomodan -respondió Brian-; a más de que el saco del viejo usurero es mitad para y mitad para Frente de buey, que no presta su castillo a humo de pajas. Quiero tener alguna prenda para solo en el botín y ningu­na me conviene tanto como la judía. Mas, ahora que sabes mis intenciones y que nada tienes que temer de mí, ¿por qué no sigues tu primer designio? Ya ves que no corremos los dos la misma liebre.

-No importa -contestó Bracy-; lo dicho, dicho. Ver­dad será lo que me cuentas; pero yo no fío en tu conciencia.

Durante todo este diálogo Cedric procuraba sacar de los que le custodiaban algunas noticias acerca de quiénes eran y del objeto que se proponían.

-Si sois ingleses -les decía-, ¿por qué os apoderáis de vuestros compatriotas como podrían hacer los normandos? Si sois mis vecinos, ¿cómo ignoráis mis principios y mi modo de pensar? Hasta los bandidos experimentan los frutos de mi pro­tección, porque nadie más que yo compadece sus males y maldice la tiranía de sus opresores. ¿Que queréis de mí? ¿Y de qué puede serviros vuestro silencio? ¡Peores sois que los brutos indómitos en vuestras acciones, y hasta los imitáis en vuestro silencio!

En vano exhortaba Cedric a sus guardias, los cuales tení­an razones muy poderosas para no ceder a súplicas ni amena­zas. Continuaron a su lado caminando cuanto más aprisa podían; hasta que al fin de una calle de añosos árboles se des­cubrió el musgoso y antiguo castillo de Frente de buey. Era una fortaleza de mediana extensión, en medio de la cual se alzaba un torreón cuadrado rodeado de edificios de menor altura, y éstos de un vasto cercado guarnecido con un foso profundo al que suministraba sus aguas un arroyo inmediato. Frente de buey, que por la perversidad de su carácter se había puesto en guerra abierta con todos sus vecinos, había aumen­tado la fortificación de su residencia construyendo en los muros torres elevadas que flanqueaban sus ángulos. La entra­da, como la de todos los castillos de aquel tiempo, era una barbacana abovedada, especie de obra exterior que terminaba en dos torrecillas. Apenas divisó Cedric las pardas y verdosas almenas del castillo de "Frente de buey", que se erguían entre los espesos bosques que las rodeaban, conoció la causa real del infortunio en que se hallaba sumergido.

¡Injusto fui -dijo- para con los ladrones y forajidos de estas selvas cuando les atribuí tamaño desacato! ¡Tanto montaría confundir a los lobos de estos montes con las vora­ces zorras de Francia! Decidme, perros: ¿qué es lo que vues­tro amo quiere de mí: mi vida o mi caudal? ¿No será lícito a dos nobles sajones como Athelstane y yo poseer las tierras que sus padres les dejaron? ¡Acabad con nosotros, y consu­mad vuestra tiranía quitándonos la vida como nos habéis qui­tado la libertad! ¡Si Cedric el Sajón no puede rescatar a Ingla­terra, morirá en la demanda! ¡Decid a vuestro cruel anjo que lo único que le pido es que deje libre y sin deshonra a lady Rowena! Es mujer, y no tiene por qué temerla. Cuando falte­ mos Athelstane y yo nadie tomará las armas en su defensa. Los de la escolta permanecieron tan sordos a este discur­so como al primero, y así llegaron a la puerta del castillo. Bracy tocó tres veces la trompa y los ballesteros que guarne­cían las torres echaron inmediatamente el puente levadizo y le dieron entrada. Los enmascarados obligaron a los prisioneros a echar pie a tierra, y les condujeron a un aposento en el cual encontraron algunos manjares, de los que sólo se sintió dis­puesto a comer Athelstane. Sin embargo, el descendiente de los reyes sajones no pudo saborear largo tiempo las provisio­nes de sus carceleros, porque inmediatamente se les dió a entender que él y Cedric debían ocupar una habitación sepa­rada de la de lady Rowena. Era inútil resistir; así es que siguieron a sus conductores por una gran sala cuyas bóvedas sostenían gruesas pilastras de arquitectura sajona como las que se ven en los refectorios y salas capitulares de los anti­guos monasterios de Inglaterra.

Lady Rowena fue separada de sus doncellas, con cortesía en verdad, pero sin consultar su gusto, y llevada a un aposen­to distante. La misma sospechosa distinción se hizo a Rebeca a despecho de las súplicas de su padre, que llegó hasta a ofre­cer dinero en aquella angustiosa extremidad porque la dejaran a su lado.

-¡Perro infiel! -respondió uno de los conductores-. ¡Cuando hayas visto la habitación que se te ha señalado, no querrás ver en ella a tu hija!

Y sin más ceremonia fué arrebatado por diferente camino que los otros prisioneros. Después de haber sido desarmados y registrados con el mayor rigor, los criados pasaron a otra sala del castillo, y Rowena no pudo conseguir el único favor que pidió que fué la compañía de su camarera Elgitha.

 

 

 

 

XVIII

 

 

 

Si el fuego de mi amor fundir no logra

la endurecida nieve de tu pecho,

a fe de gentilhombre te lo juro:

como rudo soldado procediendo

Intentaré el asalto decidido

y cobraré tu amor a sangre y fuego.

               SHAKESPEARE:.. Los dos caballeros de Verona.

 

El aposento que se había destinado a lady Rowena con­servaba algunos restos de ornato y magnificencia, de modo que debía considerarse como una distinción y señal de respe­to de que no habían sido dignos los otros cautivos. Hacía mucho tiempo que había muerto la mujer de sir Reginaldo para quien se amuebló en otra época, y el descuido y el aban­dono habían degradado todos sus adornos. La tapicería pendía en varias partes dividida en jirones y fragmentos, y en otras el sol y el tiempo habían borrado sus colores y dibujo. A pesar de su decadencia, aquélla era la única pieza de la casa que había parecido digna de servir de habitación a la heredera sajona, a quien dejaron sola entregada a las meditaciones que su suerte tenía que inspirarle hasta hallarse preparados los actores que iban a tomar parte en aquel infame drama. Todas estas disposiciones habían sido trazadas en una conferencia que tuvieron Frente de buey, el Templario y Bracy, en la cual, después de largo y acalorado debate sobre las ventajas pecu­liares que cada uno quería sacar de la parte que había tomado en la empresa, quedaron al fin de acuerdo respecto a la suerte de sus desventuradas víctimas.

Era ya cerca de la hora de mediodía cuando Bracy, en cuyo favor se había fraguado en su principio aquel atentado, empezó a poner en ejecución los designios que había conce­bido para apoderarse de la mano y de los bienes de lady Rowena.

Sin embargo no estuvo todo el intervalo de que hemos hecho mención en el consejo de los caudillos, porque Bracy había empleado algún tiempo en adornarse con todos los pri­mores de la moda que entonces reinaba. Habían desaparecido la mascarilla y el gabán verde. Su larga cabellera caía en tren­zas sobre las pieles del vestido, el cual era una túnica que no pasaba de las rodillas sujeta con un cinturón cubierto de bor­dados y realces de oro, de la cual pendía una espada de extra­ordinarias dimensiones. Ya hemos hecho mención de la extra­vagante hechura de los zapatos que usaban los galanes de aquel tiempo, y las puntas de los de Mauricio de Bracy podí­an apostárselas con las astas de ciervo más largas y retorcidas. Tal era el gusto reinante; y en la ocasión de que vamos hablando realzaban el efecto del atavío la buena presencia y el gallardo continente del que lo llevaba, cuyos modales tení­an la gracia de un cortesano y la franqueza de un soldado.

Saludó a lady Rowena quitándose el gorro de terciopelo, al que servía de broche un medallón que representaba a San Miguel hollando la cerviz del Príncipe de las Tinieblas, y con el mismo hizo seña a la dama de que tomara asiento; mas como ella permanecía en pie, el caballero se quitó el guante de la mano derecha, y se la presentó en ademán de conducir­la a un sillón inmediato. Rowena rehusó con gesto majestuo­so la oferta.

-Si estoy -dijo- en presencia de mi carcelero, cono no puedo dudarlo, me conviene permanecer en esta situación hasta saber la suerte que me está reservada.

-¡Ah, hermosa Rowena! -dijo Bracy-. Estáis en pre­sencia de vuestro cautivo que no de vuestro opresor, y esos lindos ojos son los que han de decidir la ventura de mi vida.

-No os conozco -respondió la dama con toda la altivez de una noble ofendida y de una hermosa insultada-. No os conozco, y la insolente familiaridad con que me dirigís esa algarabía de coplero, no justifica en manera alguna la violen­cia que conmigo habéis usado.

-Tuya es la culpa, hermosa doncella -continuó el aventurero en el mismo tono con que había empezado la con­versación-: tuya, y de tus prendas hechiceras, si he traspasa­do la línea del respeto cuando estoy mirando en ti la reina de mi corazón y la estrella de mis ojos.

-Os repito, señor caballero, que no os conozco, y que ningún hombre que calza espuela dorada y lleva cadena al cuello se introduce corno vos lo habéis hecho en presencia de una dama indefensa.

-Mi desgracia es que no me conozcáis -dijo el aventu­rero-, aunque debo lisonjearme con la idea de que el nombre de Bracy ha llegado a vuestros oídos; si alguna vez oísteis a los poetas y a los heraldos celebrar las hazañas del campo y del torneo.

-Heraldos y poetas -dijo lady Rowena- canten, si quieren, vuestros encomios, más propios de sus labios que de los míos. ¿Cuál de ellos recordará en sus trovas o en los libros de justa la memorable victoria de esta noche, ganada contra un anciano y unos pocos tímidos siervos y de la cual ha sido botín una infeliz doncella arrebatada mal de su grado al casti­llo de su raptor'?

-Sois por demás injusta, lady Rowena-dijo el caballe­ro mordiéndose confuso los labios y hablando en tono más análogo a su índole que el de galantería que hasta entonces había adoptado-. Desconocéis la fuerza de la pasión y no podéis excusar sus extravíos aunque los inspiró vuestra her­mosura.

-Os ruego-dijo lady Rowena-que dejéis ese lengua­je de juglar tan impropio en boca de un caballero. Sin duda me obligaréis a tomar asiento si proseguís con esa cáfila de nece­dades, de que no hay mancebo de barbería que no tenga sufi­ciente acopio para estar charlando de aquí a Navidad.

-Doncella orgullosa -respondió Bracy, despechado al ver el menosprecio que le había granjeado su galantería-, también es orgulloso el hombre que está en tu presencia. Sabe, pues, que el modo con que he sostenido mis pretensio­nes es el más propio de tu índole, ya que prefieres la fuerza franca a los medios pacíficos y a la cortesía.

-Cortesía en la lengua erijo lady Rowena- y ruindad en las acciones, es talabarte de caballero en pechos de un despre­ciable villano. No me admiro de que te desconcierten la reserva y el decoro. Más convendría a tu honor haber conservado el traje y el habla de un bandido que disfrazar los sentimientos del que realmente lo es con modales y palabras de galantería.

-¡Bien me aconsejas! -dijo el caballero-. Y en pocas y terminantes palabras, que son las que convienen a acciones resueltas, te declaro que no saldrás de este castillo sino como esposa de Mauricio de Bracy. No soy hombre que se pare fácilmente a la mitad de sus empresas, ni debe detenerse un noble normando en justificar su conducta para con una don­cella sajona a quien honra y distingue con la oferta de su mano. Bueno es que mi mujer sea orgullosa, como tú lo eres. ¿Qué recurso te queda para subir a un puesto elevado y a las cortes de los príncipes, sino tu alianza conmigo'? ¿Cómo podrías salir de las tapias de un cortijo en que el Sajón vive con la piara que constituye su hacienda, y tomar asiento en había considerado todavía cuán inminente y cuán serio era el peligro que la amenazaba. Su índole era la que los fisonomis­tas atribuyen a la beldad perfecta, es decir, suave, tímida y blanda; pero su educación y los sucesos de su juventud la habían alterado y fortalecido. Acostumbraba a que todos los que la rodeaban cedieran a sus deseos, hasta el mismo Cedric que no dejaba de ser arbitrario y dominante con los otros, había adquirido aquella confianza y seguridad que resulta de la docilidad ajena. Apenas podía concebir la posibilidad de que la desobedeciesen y mucho menos la de que la trataran sin respeto ni deferencia.

Su altanería, su hábito de dominar, habían formado en ella un carácter opuesto a la naturaleza, el cual no pudo por consiguiente sostenerse cuando descubrió de pronto el peligro en que se hallaban ella misma, su amado y su tutor, objetos en que todos sus afectos se encerraban, y cuando vio que su voluntad, hasta entonces con la más ligera indicación obede­cida y respetada, tenía que doblegarse ante un hombre de índole firme, altiva y determinada que poseía la fuerza y esta­ba resuelto a usarla.

Después de haber mirado en torno de sí buscando auxilio que nadie podía darle alzó las manos al cielo y se entregó a todos los extremos del dolor y del despecho. Era imposible mirar a tan hermosa criatura, devorada por aquella cruel angustia, sin compadecerla y aliviarla. Bracy no pudo ser insensible a aquel espectáculo, aunque su perplejidad era mayor que su compasión. Había adelantado en demasía y no le era dado retroceder; mas conoció que en la situación en que se hallaba Rowena tan inútiles serían las razones como las amenazas. Dio algunos pasos por el aposento ora exhortando a la hermosa doncella y procurando tranquilizarla ora cavi­lando lo que debería de hacer en aquel apuro.

-Si me dejo llevar-decía en su interior- por las lágri­mas de esta desconsolada criatura, ¿qué habré sacado de los riesgos que he corrido, sino la pérdida de mis esperanzas y la hurla y la rechifla del príncipe Juan y de sus alegres cortesa­nos? Por otra parte, ¿cómo he de salir del paso en que me he comprometido? No puedo mirar con serenidad ese hermoso rostro desfigurado por las contorsiones del terror, ni esos ojos divinos bañados en llanto. ¡Ojalá hubiera conservado su pri­mera altivez, y ojalá tuviera yo un corazón de bronce como el de Reginaldo!

Agitado por estos pensamientos, lo único que pudo hacer fue decir algunas palabras de consuelo a la bella cautiva, ase­gurándole que no había motivo para que se lamentara con tan terrible desesperación. Pero en medio de este discurso llega­ron a sus oídos los ecos penetrantes de una trompeta que ya había sobresaltado a los otros habitantes del castillo, y este incidente interrumpió los planes de su ambición y de su bru­tal galantería. Quizás celebró aquella interrupción más que su desventurada prisionera porque su conferencia con ésta había llegado a un punto en que ni sabía continuar ni abandonar la empresa comenzada.

 

 

XIX

 

Como el león enamora a su leona.

J. HOME: Douglas.

 

Mientras ocurría la escena que acabamos de describir en el castillo, la judía Rebeca estaba aguardando la suerte que se le deparaba en lo interior de una torrecilla algo distante de las principales alas del edificio. Allí la habían conducido dos de sus enmascarados raptores, y al entrar en la pieza se halló con una vieja sibila que cantaba una antigua trova sajona, llevan­do el compás con los giros que daba su huso por el suelo. Alzó la vista la vieja cuando oyó el ruido, y la fijó en la judía con la maligna envidia que excita siempre en la decrepitud y en la fealdad, sobre todo cuando se le agrega una perversa condi­ción, el aspecto de la juventud y de la hermosura.

-¡Marcha de aquí, bruja! -dijo uno de los enmascarados­

¡El amo lo manda! ¡Deja tu puesto a quien vale más que tú!

-¡Ah! -respondió la vieja-. ¡Cómo se pagan mis ser­vicios! ¡Acuérdome de cuando una sola palabra de mi boca bastaba para echar al suelo al jinete más intrépido, y ahora estoy a disposición del más ruin de los lacayos!

-Señora Urfricda -dijo otro de los desconocidos-, no perdáis el tiempo en palabras, sino dejad libre el puesto. Lo que manda el amo se obedece sin chistar. Pasaron tus tiempos, amiga, y hace ya largos años que se puso el sol en tu horizon­te. Eres como el caballo que fue bueno en su tiempo y ahora pasta como un asno ruin la hierba del prado. Anduviste y corriste como la mejor; pero ya cojeas. ¡Vamos; afuera, coje­ando o como puedas!

-¡Malditos perros! -exclamó la tal-. ¡Sea vuestro sepulcro una pocilga, y Satanás cargue con mis huesos uno a uno si salgo de aquí antes de haber hilado el copo de mi rueca!

-Anda a decirlo al amo, si quieres -dijo el hombre; y se retiró-, dejando a Rebeca en compañía de la vieja, ante la cual tan contra su gusto había sido llevada.

-¿Qué mil diablos es esto? -decía entre dientes, echan­do de cuando en cuando una mirada maliciosa a Rebeca ­¡Pero ya caigo! ¡Bellos ojos, cabellos negros, y una tez blan­ca como la nieve! ¡Fácil es adivinar para qué la envían a esta torre, donde bien puede gritar y chillar, que así la oirán en el castillo como si estuviera a cien varas debajo de tierra! Lechu­zas tendrás por vecinas, hija mía; y con tanto respeto oirán y tanto caso harán esos hombres de sus aullidos como de tus lamentos. ¡Y es extranjera la buena moza! -añadió obser­vando el ropaje y el turbante de Rebeca-. ¿Y de qué tierra eres? ¿Sarracena'? ¿Egipcia? Qué, ¿no respondes? ¿Lloras y no sabes hablar?

-No os enfadéis, buena mujer-dijo Rebeca.

-¡Basta, hasta -repuso Urfrieda-, que así se conocen los judíos por el habla como la zorra por la huella!

-¡Por Dios santo te pido -exclamó Rebeca- que me digas qué es lo que puedo aguardar de la violencia que con­migo se ha usado! ¿Van a quitarme la vida? ¡Háganlo cuando quieran!

-¿Tu vida, perla? -respondió la sibila-. ¿De qué puede servirles tu vida? ¡Nada temas por esa parte! Lo que van a hacer contigo es lo que hacían antes con las doncellas sajonas. Aquí me tienes a mí; joven era yo, y dos veces más hermosa que tú cuando "Frente de buey", padre de ese Regi­naldo, tomó por asalto este castillo a la cabeza de sus nor­mandos. Mi padre y sus siete hijos defendieron su casa sola­riega piso por piso y aposento por aposento. No había un ladrillo, no había un escalón que no estuviera cubierto de san­gre. Murieron en la demanda; todos ellos perecieron, y antes que estuviesen fríos sus cadáveres y seca la sangre que habí­an derramado, había yo caído en manos del vencedor y era escarnio de todos los suyos.

-¿No hay de dónde esperar socorro? ¿No hay medio ninguno de escapar de aquí?-dijo Rebeca.- ¡Cuenta con un cuantioso galardón!

-No pienses en eso -dijo la vieja-. De aquí nadie escapa, si no es por las puertas de la muerte; y éstas siempre se abren tarde -añadió sacudiendo su blanca cabellera-. Con todo, puede servirte de consuelo que los que quedan detrás han de experimentar la misma suerte. Pásalo bien, judía. Judía o cristiana, no importa: todas pasan por el aro. ¡Hombres son éstos con tanto escrúpulo como compasión! ¡Pásalo bien, hija; que ya he hilado mi copo! Se acabó mi tarea, y ahora empieza la tuya.

-¡Detente, detente por el Dios de los Cielos! -exclamó la judía-. ¡Detente, aunque sea para maldecirme y despre­ciarme! ¡Tu presencia puede protegerme!

-¡Mi presencia! -respondió la vieja-. ¡De maldita la cosa te serviría la de la reina más encumbrada!

Dijo estas palabras saliendo de la pieza y riéndose con espantosas contorsiones, que realzaban su fealdad. Cerró la puerta, y bajó lentísimamente la escalera echando mil maldi­ciones en cada escalón.

A Rebeca le aguardaba una suerte más desventurada que la de Rowena; porque si ésta podía esperar alguna sombra de respeto y cortesía, ¿qué probabilidad había de que usaran de algún comedimiento con una mujer de nación tan perseguida y despreciada? Sin embargo, la hebrea tenía la ventaja de que sus pensamientos habituales y la firmeza natural de su índole la habían dispuesto a hacer frente a peligros como los que en aquella ocasión la amenazaban. Desde sus más tiernos años había tenido un carácter serio y observador; la pompa y rique­za que su padre ostentaba en lo interior de su casa y que veía reinar en las de los otros judíos opulentos, no la habían aluci­nado; nunca había perdido de vista la situación precaria de sus compatriotas ni los riesgos que continuamente corrían. Como Damocles en su famoso banquete, Rebeca en medio de toda aquella profusión y magnificencia que la rodeaban veía siem­pre sobre la cabeza del judío la espada que colgaba de un cabello. Estas reflexiones le habían dado cierta madurez y templanza, y suavizado en ella la altanería y la obstinación que quizá en otras circunstancias hubieran sido las cualidades sobresalientes de su índole.

El ejemplo y las lecciones de su padre le habían enseña­do a tratar con urbanidad y blandura a todos los que se le acer­caban. No podía imitar los excesos de humillación de Isaac porque no cabían en su alma la mezquindad de intenciones ni el sobresalto habitual que le dictaba aquella conducta: en su humildad se notaban algunos vislumbres de soberbia, como si se sometiera a los males a que la condenaba su origen, con la certeza de ser acreedora por su mérito personal a la estima­ción pública.

Preparada de este modo a las circunstancias adversas que pudieran sobrevenir, había adquirido la magnanimidad y la firmeza necesarias para hacerles frente. La posición en que a la sazón se hallaba, requería gran presencia de ánimo, y ella echó mano de todas las determinaciones capaces de sostener el suyo.

Su primer diligencia fue examinar el aposento que le había destinado y halló que casi no había esperanza de soco­rro ni de fuga. No había en el pasadizo ni comunicación con otra pieza. Las únicas interrupciones del muro, que era el mismo que formaba la torre, consistían en la puerta por donde había entrado y en una ventana o postigo. La puerta carecía de cerrojo y de pestillo en la parte interior: la ventana daba a un espacio circular o azotea, la cual a primera vista le dió algu­nas esperanzas de poder escaparse por allí, nias en breve des­cubrió que aquella parte del edificio no tenía comunicación con el resto de la fortaleza, sino que era un puesto aislado, asegurado, según costumbre de aquellos tiempos, por un para­peto con almenas en que podían colocarse algunos balleste­ros, no sólo para defender la torre sino para flanquear el muro del castillo.

No le quedaba, pues, otro recurso que su propia fortaleza y la vehemente confianza en el Todopoderoso, premiados de la virtud y protector de la inocencia. Todas las circunstancias de su situación le anunciaban que se considerase como en una crisis de castigo, y sufrirlo sin contaminar su alma con el pecado. Dispuesta de este modo a la resignación que convie­ne a una víctima, sus reflexiones la llevaron a la firme resolu­ción de someterse sin murmurar a cuantos infortunios pudie­ra encontrar en el camino de la vida, resistiendo al mismo tiempo a todo lo que pudiera manchar la pureza de su cora­zón.

Sin embargo, la cautiva tembló y mudó de color al oír pasos en la escalera, y mucho más al ver que la puerta se abría lentamente y que la cerraba por dentro con llave la persona que entraba, que era un hombre de alta estatura, vestido como los bandoleros que la habían atacado en el camino. La gorra le cubría la mitad del rostro y la otra mitad el embozo de la capa. De este modo, y como si le avergonzase a él mismo el crimen que estaba resuelto a cometer, el desconocido se ade­lantó hacia donde estaba la judía y se paró enfrente de ella. A pesar de lo que indicaba su traje parecía que no acertaba a explicar el motivo que allí le conducía. Esforzándose en cuanto le permitía su turbación, Rebeca le sacó de su perple­jidad. Hablase desabrochado dos costosos brazaletes y un collar, y se los presentó al supuesto bandido, creyendo sin duda que con satisfacer su codicia podría granjearse su pro­tección.

-¡'Toma estas frioleras -dijo-, buen amigo, y por Dios ten piedad de mí y de mi anciano padre! Las alhajas que te doy son de algún valor; pero con mucho más puedes contar si nos sacas de este castillo libre y sin daño.

-Hermosa Rebeca -respondió el bandido-, esas per­las son de Oriente, y no llegan en albor a las de tu dentadura; finos son esos diamantes, y el esplendor de tus ojos los eclip­sa. Yo no hago caso de la riqueza.

-¡No sea así en la ocasión presente! -dijo Rebeca­-Se compasivo y pide rescate! Con el dinero se compra el bie­nestar y con ofender al desvalido sólo se compra remordi­miento. Mi padre satisfará todos tus deseos, y si obras con cordura, nuestro rescate te bastará para restituirte a la socie­dad, para lograr el perdón de tus errores pasados y para pre­servarte de la necesidad de cometer otros nuevos.

-¡Bien hablas! -dijo el embozado en lengua francesa, siéndole quizás difícil seguir la conversación en la sajona, en que Rebeca la había empezado-; pero sabe, brillante lirio del valle, que tu padre está ya en manos de un poderoso alqui­mista que sabe convertir en oro y plata las barras de hierro del fogón de un calabozo. El venerable Isaac se halla a la hora ésta en un alambique que le hará destilar gota a gota todo lo que más ama en la Tierra, sin que puedan valerle mi media­ción ni tus súplicas, Tu rescate debe pagarse en amor y en her­mosura y no acepto otra moneda.

-No eres bandolero --dijo Rebeca en el mismo lengua­je de que se había servido el disfrazado- porque ningún bandolero sabe rehusar ofertas como las que acabo de hacer­te. Los de esta tierra no conocen el idioma en que me hablas; eres normando y quizás de noble nacimiento. Sé también noble en tus acciones y arroja esa máscara que oculta desig­nios de ultraje y de violencia.

-Y tú, que tan bien sabes adivinar -dijo el extranjero desenbozándose-, no eres verdadera hija de Israel sino una hechicera en todo, salvo en juventud y en hermosura. Verdad es que no soy bandolero, lindísima rosa; soy uno que lejos de privarte de esos adornos que tan bien te sientan, quisiera cubrirte el cuello con todos los diamantes y perlas de Tur­quía.

-¿Qué quieres de mí -preguntó Rebeca-, si no es mi, riqueza?, nada puede haber de común entre los dos. Tú eres cris­tiano, y yo judía. ¿Qué relaciones puede haber entre los dos?

-Las de puro amor, y no más, y así quiero amarte. Soy caballero templario. Mira la cruz de mi Orden.

-¿Te atreves a ostentarla en una ocasión como ésta? - dijo la israelita-. ¿Quieres injuriar a un mismo tiempo a tu religión, a tu estado y a tu persona? ¿No te horrorizas de pre­sentar el símbolo más sagrado para los cristianos en el mismo instante en que intentas obrar como hombre irreligioso y vil esclavo? Qué, ¿tan poco te importan tu honor, tus votos y tus promesas?

Al oír esta reconvención se inflamaron de cólera los ojos del templario.

-Oye, Rebeca -le dijo-: hasta ahora te he hablado con dulzura; de ahora en adelante te hablaré como vencedor. Eres mi cautiva, y te he conquistado con mis armas. Estás sujeta a mi voluntad por la ley general de las naciones, y no cederé una pulgada de mi derecho, ni hay poder humano que me impida tomar por fuerza lo que reh'ses a mis súplicas.

-¡Detente! -dijo Rebeca-. ¡Detente, y óyeme antes de arrojarte a cometer ese horrible pecado! Podrás abusar de mi fuerza, pues que Dios creó débil a la mujer; pero mi voz te proclamará villano y malsín de un cabo a otro de Europa. Si hay quien mire con indiferencia la deshonra de una doncella inocente, nadie mirará sin horror el crimen que meditas.

El templario conocía la verdad de cuanto decía Rebeca.

-No te falta penetración, judía -le dijo después de haber reflexionado en sus últimas expresiones-; pero mucho has de gritar para que tu voz llegue a oídos de alma viviente. Quejas, lamentos, insultos, invocaciones a ]a justicia; todo se queda aquí dentro: nada sale del recinto de estos muros. Una sola cosa puede salvarte, Rebeca. Sométete a la suerte, y yo te pondré en tal estado que las más encopetadas normandas ten­gan que humillarse ante la amante de la mejor lanza.

-¡Someterme a mi suerte! -exclamó Rebeca-. ¡Sagrados Cielos! ¿A qué suerte? ¡Cobarde guerrero, yo te escupo a la cara tu vileza y no temo tus amenazas! ¡El Señor, que protege la inocencia, ha acudido al socorro de su hija y me saca de este abismo de infamia! Al decir estas palabras abrió las celosías de la ventana, que daba como hemos dicho a una elevada plataforma, y en o instante se colocó en el borde del parapeto, colgada, digá­moslo así, del precipicio. Bois-Guilbert que hasta entonces no había hecho movimiento alguno y que estaba muy lejos de aguardar aquella desesperada resolución, no tuvo tiempo de detenerla. Adelantóse hacia Rebeca, la cual exclamó:

-¡No te muevas, orgulloso templario; o si lo prefieres, acércate! ¡Si das un solo paso más, me arrojo! ¡Mi cuerpo será destrozado, perderé hasta la forma de criatura humana en las piedras del patio antes que ser víctima de tu barbarie!

Al mismo tiempo juntó las manos y las alzó al cielo, como si implorase su misericordia antes de consumar el sacrificio. Quedó atónito y vacilante el templario, y aquel hombre feroz que nunca había cedido a la compasión y a la amenaza, empe­zó a ceder a la admiración que le causaba tanta fortaleza.

-¡Vuelve atrás -dijo-, mujer temeraria! ¡Juro por el Cielo y por la Tierra que no he de hacerte daño!

            -¡No me fío de tu palabra -respondió Rebeca- ; harto me has dado a conocer tus intenciones! Faltarías a ese nuevo juramento, reputándolo por falta leve. ¿Y qué te importaría a ti el honor o el deshonor de una miserable judía?

-Sobrado injusta eres conmigo -dijo el templario-­Te juro por el nombre que llevo, por la cruz que tengo a los pechos, por la espada que ciño, por los antiguos timbres de mi padre, que no he de hacerte la menor ofensa. ¡Apártate de esa horrible situación, si no por ti, por tu padre a lo menos! Seré su amigo, y en este castillo necesita de uno que sea poderoso.

-¡Ah! -respondió Rebeca-. ¡Demasiado lo sé!... Pero ¿podré confiar en tu palabra cuando huellas la buena fama de tantos y tan nobles caballeros como cuenta tu Orden?

-¡Deshónrense mis armas y mi nombre -dijo Brian de Bois-Guilbert- si doy lugar a tus quejas! Muchas leyes y muchas obligaciones he violado; pero mi palabra, nunca.

-Cedo -dijo Rebeca-; pero no más que hasta aquí.

Y bajando del parapeto se apoyó en una de las almenas que la guarnecían.

-De aquí no me muevo. Quédate tú donde estás; y si pre­tendes abreviar con un paso solo la distancia que nos separa verás que la doncella judía prefiere la muerte a la deshonra.

Mientras hablaba Rebeca en estos términos su noble y magnánima resolución, que también correspondía a su eleva­do y majestuoso continente, daba a sus movimientos y mira­das una dignidad casi sobrehumana. El terror que debía de dominarla en tan formidable crisis no alteró la serenidad de sus ojos ni el color de sus mejillas; al contrario, éstas se son­rosaron, y aquéllos se encendieron a impulso del orgullo con que contemplaba que su suerte estaba en sus manos y que nada podía estorbarle la muerte, que prefería mil veces a la infamia. Bois-Guilbert, que era altivo y arrojado, creyó no haber visto nunca una hermosura tan animada y resuelta.

-¡Haya paz entre nosotros, Rebeca! --dijo el templario.

--¡Húyala-respondió la judía-; pero desde lejos!

-No tienes por qué temerme-continuó Brian.

-¡Temerte! -dijo Rebeca-. ¡Gracias al que alzó esta torre a tanta altura, que es imposible caer de ella sin hallar la muerte, estoy muy lejos de temerte!

-¡Basta de injusticia -dijo el templario-, porque juro al Cielo que eres sobrado injusta conmigo! No soy yo natu­ralmente lo que en mí estás viendo: duro, implacable, egoísta. Mujer fue la que me enseñó la crueldad, y con mujeres la he ejercido desde entonces; más no con las de tu temple. "yeme, Rebeca: ningún caballero excedió nunca a Brian de Bois­-Guilbert en amar a la dama de sus pensamientos. Era hija de un oscuro barón sin más Estados que una torrecilla, una viña estéril y algunas leguas de arena en las áridas estepas de Bur­deos, y su nombre era sin embargo conocido doquier se esgri­mían armas, y mucho más que los de las más encumbradas princesas. ¡Sí! -continuó, paseándose agitadamente y como si hubiera olvidado la presencia de Rebeca-. ¡Sí; mis haza­ñas, mis peligros, mi sangre, propagaron el nombre de Ade­laida de Monteurare desde la corte de Castilla hasta la de Bizancio! ¿Y como recompensó tanto amor? Volví cargado de laureles y gloria, adquirida con la sangre de mis venas y con los esfuerzos de mi brazo, y la encontré casada con un escu­dero gascón cuyo nombre no había salido nunca de los muros de su cortijo. Mucho la amé, y cruelmente vengué la fe viola­da; pero la venganza cayó sobre mí. ¡Desde aquel día me separé de la vida y de todos sus vínculos; renuncié para siem­pre, a los placeres de la vida doméstica, al afecto de una espo­sa.tierna, a los consejos suaves que aligeran el peso de los años! ¡Yaceré en una tumba solitaria, sin dejar en pos de mí quien conserve el antiguo nombre de Bois-Guilbert!

Se paró un momento al terminar estas palabras, y añadió:

-Rebeca, la mujer que prefiere la muerte a la deshonra, tiene un alma superior y exaltada. Mía has de ser... ¡Aguarda! no te asustes. Mía, con tu consentimiento y con las condicio­nes que quieras dictar. Parte conmigo mis esperanzas, más extendidas que las que alcanzan a verse desde los tronos de los monarcas. "yeme antes de responder; y juzga por ti misma antes de negar. El templario pierde sus derechos corno hom­bre, su poder como agente libre; pero es miembro y parte de un cuerpo formidable, ante el cual tiemblan los dueños del mundo como la gota de agua que se desgaja del cielo llega a ser parte del irresistible Océano, que mina las rocas y traga potentes armadas. Tal es el imperio de mi Orden. En ella no soy un oscuro individuo, y puedo aspirar algún día a empuñar el bastón de mando. Los pobres soldados de mi Orden no sólo pisan el cuello de los magnates, sino que con nuestro camiso­te de malla subimos las gradas del poder y con nuestro guan­telete de acero arrancamos sus insignias. Durante toda mi vida he estado buscando un corazón intrépido y generoso con quien partir mi ambición, y el tuyo es el único que he encon­trado. Pero no es esta ocasión de alzar el velo que cubre mis designios. Esa trompeta anuncia algún negocio importante que requiere mi presencia. Piensa bien lo que te he dicho: no te ruego me perdones la violencia que he usado. porque ha sido necesaria para conocer tu carácter. El oro no se conoce sino cuando se aplica a la piedra de toque. Volveré pronto y hablaremos.

El templario, que durante esta conversación se había colocado en la plataforma, aunque a cierta distancia de la almena en que Rebeca se apoyaba, volvió a entrar en el apo­sento de la torre y bajó precipitadamente la escalera dejando a la judía menos asustada del peligro de una muerte horroro­sa a que acababa de verse expuesta que de la ambición furio­sa y de la profunda maldad del hombre en cuyo poder se hallaba. Cuando volvió a su prisión, lo primero en que pensó fué en dar gracias al Dios de Jacob por la protección que le había concedido, rogándole que continuara dispensándosela tanto a ella como a su padre. Otro nombre pronunciaron sus labios en aquella fervorosa súplica, y fue el del cristiano heri­do a quien su mala suerte había llevado a manos de aquellos enemigos sedientos de su sangre. A la verdad, no dejó de sen­tir algún escrúpulo por haber mezclado en sus devociones el nombre de uno con quien no podía tener la menor relación: un nazareno, un enemigo de su nación. Pero la plegaria había salido de su boca, y las mezquinas preocupaciones de su secta no pudieron inducirla a revocarla.

 

 

XX

 

 

¡Diabólico es el escrito! ¡Garabatos de esa especie

por Dios que no había visto!

GOLDSMITH: Humillarse para vencer.

 

Cuando el templario llegó al salón del castillo ya estaba  en él Bracy.

-Tu galanteo -dijo éste- ha sido, sin duda, interrum­pido, como el mío, por este intempestivo llamamiento. Pero tú vienes más despacio que yo y de peor gana, de lo que infiero que no han sido tan malhadados como los míos tus amores.

-Conque, según eso -dijo el templario -, ¿No te han salido las cuentas como pensabas?

-No por cierto -respondió Bracy-: lady Rowena ha conocido que me es imposible ver llorar a una mujer.

-¡Qué vergüenza! -dijo Brian-. ¡El jefe de una com­pañía de aventureros hace caso de esas niñerías! Lágrimas de mujer son gotas de agua que animan las llamas de la tea del amor.

-¡Si no hubieran sido más que gotas! -contestó Bracy-. Pero la pobre muchacha ha vertido un raudal capaz de extinguir cien hogueras. Nunca se vieron tantos retortijones de manos, ni tantos soponcios ni chillidos desde los días de Niobe. ¡Te digo que la sajona tiene el Diablo en el cuerpo!

-Y yo te digo -repuso el templario- que la judía no tiene un diablo solo, sino una legión entera: ¡sólo así hubiera podido salir del lance con tan indomable orgullo y resolución! Pero ¿dónde está "Frente de buey"? ¿Qué significa esa trom­peta que con tanta prisa toca?

-Supongo que estará negociando con el judío --dijo el normando-, y que los aullidos de éste no le permitirán oír lo que pasa afuera. Un judío que se separa de sus talegos y con las suaves condiciones de Frente de buey, es capaz de ahogar con sus gritos todas las trompetas del ejército de la Cruzada. Decid a los criados que le busquen.

No tardó en presentarse Reginaldo "Frente de buey", que había sido interrumpido en su diabólica tarea por el mismo incidente que suspendió los galanteos de sus dos amigos, y que se había detenido para tomar algunas disposiciones acer­ca de aquella inesperada novedad.

-Veamos la causa de este maldito trompeteo -dijo "Frente de buey"-. Aquí tenemos una carta, y está en sajón, si no me engaño.

El Barón miró y remiró la carta y la volvió por todos lados, como si las diferentes posiciones del mensaje pudieran hacerle entender su contenido. Viendo que sus esfuerzos eran inútiles, se la entregó a Bracy.

-Puede ser -dijo éste- que sean garabatos de nigro­mante; pero yo no los entiendo. El capellán de casa se empe­ñó en enseñarme a escribir; pero viendo que mis letras eran como hierros de lanza, tuvo que desistir de la tarea.

Bracy era en efecto tan ignorante como la mayor parte de los caballeros de su época y de su nación.

-Dádmela -dijo Brian de Bois-Guilbert-, que al menos los templarios tenemos la ventaja de reunir la sabidu­ría al valor.

-Aprovechémonos pues -dijo Bracy-, de tu reveren­do saber. ¿Qué dice el papel?

-¡Es un desafío hecho y derecho -respondió el templa­rio-; pero, por Dios, que, si no es chasco, es el reto mas extraordinario que pasó jamás por el puente levadizo del cas­tillo de un barón!

-¿Chasco? -exclamó Frente de buey-, ¡Cara le ha de costar la fiesta a cualquiera que se meta en chanzas conmigo sobre asuntos de esta especie! ¡Leed, sir Brian!

El templario leyó en estos términos: "Wamba, hijo de Witless, bufón del noble Cedric, conocido por el sobrenombre del Sajón, y Gurth, hijo de Beowolf, porquerizo..."

-¿Estás loco? -dijo "Frente de buey" interrumpiéndole,

-¡Por San Lucas, que así está escrito! Oíd lo que sigue:"Y Gurth, hijo de Beowolf, porquerizo de dicho Cedric,la ayuda y asistencia de nuestros aliados y confederados que hacen causa común con nos en este feudo, a saber: el buen caballero, llamado por la presente, el Negro Ocioso, avos Reginaldo "Frente de buey" y a vuestros aliados y cómplices, sean los que fueren, sabed: que habiéndoos, sin previa decía ración de feudo, ni otra causa conocida, apoderado maliciosa mente a mano armada de la persona de nuestro señor y amo, el susodicho Cedric, alias el Sajón, como también de la persona de la noble doncella lady Rowena de Hargottstandstede; como también de la persona del noble Athelstane de Conings, burgh; como también de las personas de otros hombres libres, guardias de los arriba dichos; cono también de la persona de algunos siervos de las mismos; y de cierto judío llamado Isaac de York; y de cierta judía, hija del dicho judío; y de ciertos caballos y mulas; cuyas nobles personas, con sus dichos guar­dias y siervos y dichos caballos y mulas, caminaban en pazy quietud por camino real: por tanto, os requerimos y demanda­mos que las dichas nobles personas, a saber: Cedric, alias el Sajón, Rowena de Hargottstandstede y Athelstane de Coningsburgh, con sus sirvientes, guardias y otros acompa­ñantes, y los caballos y mulas, y los referidos judío y judía, con todas las monedas y efectos de su pertenencia, nos sean entregados en el término de una hora después del recibo de ésta, a nos, o a la persona o personas que para ello designare­mos sin daño corporal ni menoscabo de bienes de las dichas nobles personas, criados y guardias, judío y judía, mulas y caballos. Y os damos por requeridos y demandados; y de no cumplir con este nuestro requerimiento y demanda os decla­ramos ladrones, malsines y traidores desleales, y pelearemos contra vos en batalla o sitio, o de otro modo, haciendo todo lo que pueda contribuir a vuestro daño y destrucción. Dios os guarde muchos años. Fecho y firmado por nos en la víspera de San Withold, bajo la encina grande de Harthill, y escrito por el que se titula ermitaño de Copmanhurst".

Al pie de este precioso documento se veía, en primer lugar, un tosquísimo bosquejo de una cabeza de gallo con su cresta, con un mote que expresaba ser el jeroglífico del infras­crito Wamba; hijo de Witless. Debajo de aquel curioso emble­ma estaba la cruz que servía de firma a Gurth, hijo de Beowolf. En otro lado se leía en enormes y mal formadas letras el nombre  del Caballero Ocioso, y por conclusión había una flecha bastante bien dibujada, símbolo del montero Locksley.

Los caballeros oyeron la lectura de este extraordinario documento desde la cruz a la fecha, y se miraron unos a otros inciertos, atónitos, como si ninguno de ellos pudiera decidir si era negocio serio o de burlas. Bracy fue el primero que rom­pió el silencio con estrepitosas carcajadas, que repitió, aunque tan de veras, el templario. "Frente de buey" lejos de reírse, daba indicios de desaprobar aquella inoportuna alegría.

-Yo os aseguro, caballeros -dijo el Barón-, que más convendría pensar maduramente en los efectos que puede pro­ducir este escrito que reírse fuera de propósito de las neceda­des que contiene.

 -Frente de buey" -dijo Bracy a Brian de Bois-Guilbert-no ha recobrado sus sentidos desde el último batacazo. La idea de un desafío hace temblar todos los huesos de su cuerpo, aunque venga de un bufón y de un porquerizo.

-¡Por San Miguel! -respondió "Frente de buey"- que quisiera verte cargar con todas las consecuencias del negocio! Esos majaderos no se atreverían a cometer tan increíble desa­cato a no estar sostenidos por alguna gavilla numerosa. Har­tos forajidos hay en esos bosques, llenos de resentimiento contra mí por las ganas que les tienen a mis liebres y a mis venados. Uno fue sorprendido con las astas de un ciervo en la mano, y no tardó cinco minutos en pagar con la vida, de cuyas resultas me tienen disparadas más flechas sus compañeros que las que se tiraron al blanco en el torneo de Ashby. ¡Hola - dijo, llamando a un criado-. ¿Se sabe cuánta es la gente que trata de sostener ese precioso desafío?

-Habrá a lo menos unos doscientos hombres en la selva -respondió un escudero.

-¡Buena la hemos hecho! -dijo "Frente de buey"­¡Esto es lo que resulta de prestar mi castillo a gentes que no se contentan con un negocio, sino que me traen esa bandada de tábanos que me zumben los oídos!

-¿Tábanos? -repuso el aventurero-. Llámalos más bien zánganos sin aguijón; holgazanes que se van al monte a destruir la caza ajena, en lugar de destripar terrones para ganar un pedazo de pan.

-Sus aguijones -dijo el Barón- son flechas largas como pinos; y a fe que no se les escapa una mosca cuando apuntan.

-¿No os caéis muerto de vergüenza, señor Barón? dijo el templario-. ¡Congregad a los vuestros, y vamosi ellos! ¡Un caballero, un escudero solo basta para veinte de esa canalla!

-Basta y sobra -dijo Bracy-; y vergüenza me dieu enristrar la lanza contra semejantes enemigos.

-No creáis, señor templario -dijo "Frente de buey", ­ que sean turcos ni agarenos; ni vos, valiente Bracy, os imaginéis que se parecen en nada a los campesinos franceses. Soe monteros ingleses, contra los cuales no tenemos otra ventaja que las armas y los caballos; todo lo cual nos aprovecha de' muy poco en los rodeos y espesuras del monte. ¿Salir contra ellos? Apenas tenemos gente para defender el castillo los más valientes de los míos están en York; también están allí tus lanceros, Bracy. Lo más que está a nuestra disposición son veinte hombres, a más de los que nos han ayudado en esta bella hazaña.

-¿Crees tú -dijo el templario- que puedan reunirse en número suficiente para asaltar el castillo?

-Eso no --dijo "Frente de buey"-. Esos bandidos tie­nen un jefe intrépido y arrojado; pero carecen de máquinas, de escalas y de todo lo que se necesita para un asalto. Dentro de los muros del castillo nada tenemos que temer.

-Pedid socorro a vuestros vecinos -dijo el templario­

Que se junten todos ellos y vengan a rescatar a tres caballe­ros sitiados por un bufón y un porquerizo en el castillo de la haronía de Frente de buey.

-¡Mis vecinos -repuso el Barón-. ¿Quienes son? Malvoisin está a la sazón en York con su gente; allí están todos mis otros aliados, y allí estaría yo con ellos si no hubie­ra sido por esta infernal empresa.

-Pues enviad un hombre a York -dijo Bracy-, y acu­dan todos nuestros amigos. Si esos bandidos resisten a mis lanceros, digo que merecen calzar espuela dorada.

-¿Y quién ha de llevar el mensaje? -dijo Frente de buey-. Esos hombres conocen las veredas, y se echarán sobre todo el que salga del castillo. ¡Ahora se me ocurre una cosa! -dijo parándose algunos instantes-. Templario, tú sabes leer y apuesto a que sabes escribir. Si pudiéramos encontrar el tintero del capellán, que murió hace un año...

-La tía Bárbara -dijo el escudero, que aguardaba las órdenes de su amo- lo tiene guardado en un rincón en memoria del capellán, que según dice fue el último hombre que la trató con alguna cortesía.

-Anda y tráele, Engelredo -dijo el Barón-, y el tem­plario nos escribirá cuatro renglones en respuesta a ese desa­fio

-¡De mejor gana lo haría con la punta de la espada que con la pluma! -dijo el templario-. Pero sea como gustes. - Sentóse Brian, y escribió en lengua francesa lo siguien­te:

"Sir Reginaldo "Frente de buey" y sus nobles y valientes alados y confederados no reciben retos de manos de escla­vos, siervos f fugitivos. Si la persona que se llama el caba­llero Negro tiene en realidad derecho a los honores de la caballería, debe saber que se envilece en esa compañía y nada puede requerir de gente noble y de ilustre sangre. Tocante a los prisioneros que hemos hecho, en virtud de lo que nos manda la caridad cristiana os aconsejamos que enviéis un sacerdote que los confiese y reconcilie con Dios, puesto que tenemos la firme intención de decapitarlos esta mañana antes de mediodía, para que sus cabezas, puestas en las almenas de este castillo, os manifiesten el caso que hace­mos de los que vienen en su socorro. Por tanto, os requeri­mos que les enviéis un eclesiástico, que es el único favor que podéis hacerles.

El escudero se hizo cargo de la carta y la entregó al men­sajero que estaba fuera de los muros del castillo aguardando la respuesta.

Cumplido su encargo el montero, volvió a los cuarteles generales de los aliados, establecidos a la sazón debajo de una decrépita encina a tres tiros de distancia del castillo. Allí esperaban con impaciencia la respuesta a su intimación Wamba y Gurth con sus confederados, el caballero Negro, Locksley y el jovial anacoreta. En torno y a cierta distancia de ellos se notaban muchos hombres armados cuyos gabanes verdes y rostros curtidos a la intemperie denotaban su géne­ro de vida. Más de doscientos estaban ya reunidos y otros muchos acudían sin cesar. Los jefes y capitanes estaban ves­tidos, armados y equipados como los otros: sólo se distinguí­an de ellos por una pluma que llevaban en la gorra.

Además de estas gavillas se habían congregado muchos sajones habitantes de los pueblos inmediatos, y no pocos siervos de los vastos estados de Cedric; y aunque el intento que los animaba era el mismo, éstos no formaban una fuerza tan ordenada ni tan bien armada como los monteros, o si se quiere bandidos. Su armamento consistía en los instrumentos rústicos que la necesidad convierte a veces en medios de ven­ganza y de destrucción. Llevaban hoces, picas y garrotes: ni podían echar mano de otra cosa, porque los normandos según el estilo común de los conquistadores no permitían a los veci­nos sajones la posesión ni el uso de ninguna especie de armas. De resultas de lo cual esta fuerza no era tan formida­ble a los sitiados como hubiera podido serlo en otras cir­cunstancias, considerado su número, su vigor físico y la intrepidez que suele inspirar la defensa de una causa justa. Tal era el ejército a cuyos jefes fue entregada la carta de Brian de Bois-Guilbert.

Inmediatamente fue puesto el papel en manos del supuesto ermitaño para que se hiciera cargo de su contenido.

-¡Por vida de mi padre! -dijo éste-. ¡Juro que no puedo explicaros esta jerigonza, la cual, sea arábiga o fran­cesa, está fuera de mis alcances!

El anacoreta entregó la carta a Gurth, el cual se encogió de hombros y la pasó a Wamba. El bufón la examinó atenta­mente con ademanes de afectada inteligencia, y después de muchos gestos misteriosos, como si le hiciera gran impresión lo que leía, se la dió a Locksley diciendo que no había enten­dido una palabra.

-Si las letras grandes fueran arcos -dijo el montero­y las pequeñas fueran flechas, algo podría alcanzar en el asunto; pero tan seguro está el contenido de mi comprensión como de mis manos un ciervo a doce millas de distancia.

-Yo voy a sacaros de apuro -dijo el caballero Negro­; y habiendo leído la carta para sí, la explicó después en sajón a sus compañeros.

-No, amigo mío -dijo el de las negras armas-. Os he referido puntualmente lo que contiene la carta.

-¡Por Dios -dijo Gurth-, que hemos de hacer añicos el castillo!

-¿Y con qué? -replicó Wamba-. ¿Con las manos? Las mías no pueden servir para amasar yeso.

-Todo eso es astucia para ganar tiempo -dijo Locks­ley-. No se atreverán a cometer un atentado que tan caro puede costarles.

-Lo mejor sería -dijo el caballero Negro- que uno de nosotros se introdujera en el castillo para saber lo que pasa den­tro. Una vez que piden un sacerdote, este buen ermitaño podría ejercer su ministerio y darnos las noticias que deseamos.

¡Antes ciegues que tal veas! -respondió el fingido ermitaño-. Has de saber, caballero Ocioso, que no quiero exponerme tan tontamente.

-Si hubiera uno entre nosotros --continuó el caballe­ro- que pudiera entrar en el castillo...

Todos se miraron unos a otros sin responder.

-Ya estoy viendo -dijo Wamba-que esto ha de venir a parar en que el loco haga una locura y caiga en la ratonera, mientras los cuerdos se quedan en salvo. Présteme el buen anacoreta su saco y veréis como sé desempeñar este encargo.

-¿Crees tú -preguntó el caballero a Gurth- que es hombre a quien se puede confiar este encargo?

-No sé -dijo Gurth-; pero si no sale con ella, será la primera vez que le haya faltado el ingenio para sacar prove­cho de su locura.

-¡Vamos pronto, buen amigo-dijo el caballero-, que Dios nos perdone este atrevimiento! Ponte ese sayal, y sepa­mos cuál es la actual situación de tu amo en el castillo. No deben de ser muchos los que lo defienden; harto será que no podamos apoderarnos de sus muros por medio de un ataque pronto y decisivo.

-Y al mismo tiempo -dijo Locksley-, de tal modo sitiaremos la plaza, que ni una mosca ha de salir de su recin­to. ¡Manos a la obra, buen amigo! -dijo dirigiéndose a Wamba-. Y bien puedes asegurar a esos tiranos que pagarán con su persona cualquier violencia que cometan con las de los cautivos.

-iPax vobiscum! -dijo Wamba-, disfrazado ya con la túnica del ermitaño; y marchando con gravedad, se encaminó al castillo a desempeñar su misión.

 

 

 

XXI

 

 

Excitar conviene a veces

al corcel fogoso y noble;

sujetar otras precisa

al alquilón cuando corre.

A veces también el loco,

trocando de genio y porte,

toma prestada la voz,

hábito y rosario al monje.

                  BALADA ANTIGUA.

 

Cuando el bufón, calada la capucha y metidas las manos en las mangas, se paró a la puerta del castillo de Frente de buey, el guardia que la custodiaba le preguntó quién era y que objeto le llevaba.

-¡Pax vobiscum! -respondió Wamba-. Soy un humil­de religioso, y vengo a administrar los auxilios espirituales a los pobres presos de este castillo.

-Hace veinte años -dijo el guardia- que no entra por sus puertas un hombre de vuestro carácter.

-Id, hermano -dijo el tingido fraile-, y anunciad mi venida al señor de esta fortaleza, que ya veréis la acogida que me da, correspondiente al hábito que, aunque indignamente, visto.

-Pero si no es así -dijo el guardia- y el amo las ha conmigo, no os irá muy bien.

El guardia dejó su puesto después de haber proferido esta amenaza, y entró en el salón del castillo, donde después de haber despachado su comisión recibió, con gran sorpresa suya, la orden de su amo de darle entrada sin pérdida de tiem­po. Volvió a la puerta, y tomadas las precauciones necesarias obedeció el mandato del Barón. La extraña presunción con que Wamba se encargó de comisión tan ardua y tan difícil, no bastó casi a sostener su ánimo cuando se halló en presencia de un hombre tan temible y tan temido como "Frente de Buey"; y al dirigirle el pax vobiscum, que era la fórmula con que debía empezar a representar su papel, conoció en las piernas y en la voz cierta vacilación no muy propia de su carácter. Pero "Frente de buey" estaba acostumbrado a ver temblar a gentes de todas jerarquías; así es que la timidez del fingido eclesiás­tico no le inspiró ni podía inspirarle la menor sospecha.

-¿Quién eres, padre, y de dónde vienes? -le preguntó.

-¡Pax vobiscum! -repitió Wamba-. Soy un pobre reli­gioso que, viajando por estas asperezas, he caído en manos de ladrones, quidam viator incidit in latrones; los cuales ladrones me han enviado a este castillo para ejercer mi ministerio con ciertos reos condenados a muerte por vuestra justicia.

-¡Bien! -dijo "Frente de buey"-. ¿Y puedes decirme, reverendo padre, cuántos serán esos forajidos?

-Valiente caballero -respondió Wamba-, nomen illis legio. Tantos son, que forman una legión entera.

-Dime sin preámbulos cuántos son -repuso el Barón.

-¡Ah! -respondió el fingido ermitaño-. Creo que, entre monteros y campesinos, podrán ser unos quinientos hombres.

-¿Qué? -dijo el templario, entrando a la sazón en la sala.

-¿Todo ese enjambre se ha reunido en torno de noso­tros? ¡Preciso es exterminarlos a toda costa!-En seguida, lla­mando aparte a "Frente de buey":-¿Conoces a ese fraile?­le preguntó.

-Es forastero -respondió-, y debe de ser de algún convento muy distante de aquí. No sé quién es.

-Entonces -continuó Brian- no debemos confiarle nada de palabra. Démosle una carta para los lanceros de Bracy mandándoles que acudan así sin pérdida de tiempo. Para mayor disimulo, a fin de que no sospechen nada, bueno será dejarle ir al cuarto de los sajones antes de enviarlos al matadero.

En virtud de esta opinión del templario, "Frente de buey" mandó a un criado que acompañase al ermitaño a la pieza en que estaban encerrados Cedric y Athelstane.

El encierro de Cedric, en lugar de disminuir había aumen­tado su impaciencia. Paseábase de un lado a otro de la sala con tanto denuedo y precipitación como si saliera al encuen­tro de su enemigo o como si fuera a saltar a la brecha de una plaza sitiada. Unas veces hablaba a solas, otras dirigía la pala­bra al estoico Athelstane, el cual aguardaba tranquilo el éxito de aquella aventura digiriendo entretanto los manjares de que tan abundantemente había comido a mediodía. Interesábale poco la duración de su cautiverio, considerándole como uno de los infinitos males que experimenta el hombre en esta vida, y que hallan luego el galardón en la otra.

-¡Pax vobiscum! -dijo el bufón al entrar en la pieza­¡La bendición de San Dustán y de todos los santos del Cielo sea con vosotros!

-¡Salvete et vos! -respondió Cedric-. ¿Qué se os ofrece?

-Vengo a prepararos para el último trance -respondió Wamba.

-¡Es imposible! -exclamó el Sajón-. ¡Por infames que sean mis enemigos, no creo que se atrevan a cometer tan cruel atentado!

-¡Ah! -dijo el bufón-. Los sentimientos de humani­dad y de compasión son para ellos lo que un freno de seda para un caballero desbocado. Recordad, pues, noble Cedric y valiente Athelstane vuestras flaquezas y pecados, porque este, día será el de vuestro examen en otro tribunal.

-¿Oyes esto, Athelstane? -dijo Cedric-. Si ha de ser, apercibámonos a sufrir el golpe con valor y dignidad: más vale morir como hombres que vivir como esclavos.

-Siempre he guardado lo peor de esa gente -respon­dió Athelstane-, y tan sereno iré a la muerte cono a un con­vite.

-Vamos, pues, a lo principal -dijo Cedric-. Empezad, padre mío, a desempeñar vuestro ministerio.

-¡Poco a poco, tío Cedric! -dijo Wamba en su tono natural-. El salto es grande, y debes mirarte bien en ello.

-¡A fe mía-dijo Cedric-, que esa voz no me es des­conocida!

-Es la de vuestro fiel siervo y bufón -dijo Wamba bajándose la capucha-. Si hubierais tomado el consejo de un loco, no os hallaríais aquí a esta hora. Si lo tomáis ahora, pronto estaréis fuera de aquí.

-¿Qué estás diciendo, mentecato? -preguntó Cedric.

-Lo que digo es -respondió Wamba- que tomes este saco y esta cuerda, que son todas las órdenes que tengo enci­na, y que te vayas paso entre paso de ese castillo, dejándome tu capa y tus atavíos; y no tengas cuidado, que si es menester dar el salto, yo lo daré por ti.

-¡Dejarte en mi lugar! -dijo admirado Cedric-. ¿Sabes que te cuelgan si te descubren?

-Más vale que cuelguen a un villano que a un noble el Wamba;-a menos que tengas a mengua que mi villanía ocupe el lugar destinado a tu nobleza.

-Está bien, Wamba -dijo Cedric-. Acepto tu oferta, con una condición: que en lugar de cambiar de ropa conmigo, sea con lord Athelstane.

-¡Eso no, por San Dustán! -dijo el bufón- que no sería proceder con cordura! Bueno es que el hijo de Witless sufra la muerte por el hijo de Hereward; pero sería malísimo que muriese por el hijo de padres con quien nada tiene ni ha tenido nunca que ver.

-¡Bellaco! -dijo Cedric-. ¡Los padres de Athelstane fueron monarcas de Inglaterra!

            -Sean lo que fueren -repuso Wamba-; pero mi pes­cuezo está demasiado sujeto a mis hombros, y no se separa de ellos a humo de pajas. Por tanto mi buen amo, o aceptad mi roposición, o permitidme que vaya por donde he venido. -Dejemos en pie el árbol antiguo -dijo Cedric-, y no se perderán las esperanzas. Salva al ilustre Athelstane, amigo Wamba, que tal es la obligación de todo el que tiene sangre sajona en las venas. Tú y yo resistiremos aquí la rabia de nuestros injustos opresores, mientras él libre y seguro suscita el brío y el entusiasmo de todos los nuestros y vienen con ellos a redimirnos.

-¡No, padre Cedric -dijo Athelstane dando un golpe en la mesa; porque en ciertas ocasiones sus hechos y sus palabras no eran indignos de su alto nacimiento-; antes consentiría en pasar una semana a pan y agua en los muros de este castillo que privarte de la oportunidad que tu siervo te proporciona!

-Vosotros os creéis hombres de seso -dijo el bufón-, y me llamáis loco; pero, tío Cedric, primo Athelstane, el loco va a decidir esta cuestión y os ahorrará el trabajo de haceros tantos cumplimientos. Yo soy como la yegua de Juan Duck que no consiente que nadie la monte si no es su amo. Vine a salvar al mío, y si no acomoda, santas pascuas: ofertas de esa especie no son pelotas que van de mano en mano. ¡Por nadie me dejo ahorcar sino por mi dueño legítimo!

-Idos, noble Cedric -dijo Athelstane-; no desperdi­ciéis esta ocasión. Vuestra presencia basta para reunir a todos vuestros amigos y hacerlos venir a darnos libertad. Si perma­necéis aquí, todo se pierde.

-¿Y hay alguna esperanza de socorro por ahí fuera? - preguntó Cedric al bufón.

-¿Esperanza? -respondió Wamba-. Cuando vistas mi sayal, es como si te pusieras la casaca de un general en jefe.

Quinientos hombres están a cien pasos de aquí, y yo era esta mañana uno de sus caudillos. Mi gorra de bufón era un casco; mi espada de madera, un bastón de comandante. Veamos qué efecto produce el cambio de un cuerdo por un loco: quizás ganarán en prudencia lo que pierdan en valor. ¡Manos a la obra, y cuidado cómo tratas al pobre Gurth y a su compañero Fangs! Si me tuercen esos pícaros el pescuezo, colgad todos los emblemas de mi oficio en la sala de Rotherwood en memoria de que sacrifiqué mi vida por mi amo como siervo fiel, aunque loco.

Wamba pronunció estas últimas palabras entre chanzas y veras, y los ojos de Cedric se llenaron de lágrimas.

-¡Tu memoria---dijo Cedric- durará entre los hombres mientras haya quien aprecie el afecto y la fidelidad!; pero no nos atajamos antes de tiempo, pues no dudo que hallaré medios de salvar a lady Rowena, a tí, noble Athelstane, y a ti también pobre Wamba.

Hízose el cambio de los vestidos, y Cedric se detuvo, habiéndosele ocurrido una duda de pronto.

-Yo no sé otra lengua que la mía -dijo- y algunas pocas palabras del normando. ¿Cómo he de salir de este apuro?

-Con dos palabras tienes cuanto basta y sobra -res­pondió Wamba-. ¡Pax vobiscum! es una respuesta general para toda especie de preguntas. Con el ¡Pax vobiscum! pue­des entrar y salir, comer y beber, hablar de veras o de chanza. No tienes más que hacer sino ponerte muy entonado y recal­carte al pronunciar ¡Pax vobiscum! Es cosa irresistible. Cen­tinelas y guardabosques, caballeros y escuderos, infantes y jinetes, todos te obedecerán. Creo que si me llevan al palo mañana, como es muy posible que lo hagan, he de aturrullar al verdugo con un sonoro ¡Pax vobiscum!

-Si no es más que eso -dijo Cedric-, pronto se apren­de el oficio. ¡Pax vobiscum! ¡No haya miedo que se me olvi­de! ¡Adiós, noble Athelstane; adiós, amigo Wamba! ¡Tu cora­zón vale más que tu cabeza! Mi intención es venir a salvaros a todos o volver a morir en vuestra compañía. La sangre real de Sajonia no ha de ser derramada mientras la de Cedric cir­cule en sus venas, ni habrá quien toque a un cabello de este leal servidor, si la vida de Cedric puede estorbarlo. ¡Adiós!

-iAdiós, tío! -dijo Wamba-. Y cuidado con ¡Pax vobiscum!

Cedric dejó a sus amigos y se puso en marcha para llevar a cabo la proyectada empresa. No tardó mucho en hallar oca­sión de poner en práctica los consejos del bufón, porque al lle­gar a un pasadizo obscuro y abovedado, por el cual creía poder pasar al salón del castillo le salió al encuentro una mujer.

-¡Pax vobiscum! -dijo el fingido fraile sin hacer caso de aquella desconocida y procurando desembarazarse cuanto antes de ella, cuando oyó que te respondía con voz suave:

-¡Et vobis quaeso, domine reverendissime, pro miseri­cordia vestra!

-Soy sordo -dijo Cedric en buen sajón renegando en su interior de las instrucciones que el bufón le había dado, puesto que tan cortado se hallaba en el primer encuentro-. Pero en aquellos tiempos la sordera al idioma latino era harto común entre clérigos y frailes; y no lo ignoraba la persona que acababa de hablar a Cedric, pues inmediatamente le dirigió la palabra en sajón.

-Ruégoos encarecidamente, reverendo padre -le dijo-, que os dignéis visitar y suministrar los socorros espi­rituales a un prisionero que está herido en este castillo, y que os apiadéis de su situación, como vuestro santo ministerio os lo manda: en cambio tendréis una copiosa limosna para vues­tro convento.

-Hija -respondió Cedric, muy embarazado y confu­so-, el tiempo que se me ha concedido para permanecer en esta fortaleza no me permite satisfacer a todos los que necesi­tan las obligaciones de mi ministerio. No puedo detenerme un instante sin exponerme a perder la vida.

-¡Por los votos que habéis pronunciado -repuso la mujer-, os pido que no dejéis sin consuelo al desventurado!

Cedric masculló entre dientes algunas expresiones de impaciencia y mal humor que le sacaron del embarazo en que se hallaba; y probablemente hubiera partido por medio qui­tándose enteramente la máscara, si no hubiera llegado a la sazón, y cuando ya iba a estallar su enojo, la vieja Urfrieda, a quien dejamos en la escalera de la torrecilla.

-¿Qué es eso, mi alma? -dijo con agria voz y asperísi­mo tono la que estaba hablando con Cedric-. ¿Así pagas las bondades que he tenido contigo? ¿Abandonando al pobre herido que puse a tu cuidado y obligando a este santo varón a que se ponga como una furia para desembarazarse de las importunidades de una judía?

-¿Judía? -exclamó Cedric, aprovechándose de aquella ocasión para salir más pronto del paso, ¡Apártate, mujer; apártate pronto! ¡Tu sola presencia mancilla!

-Venid por aquí, padre mío -dijo la vieja-, que no sabéis las entradas y salidas del castillo, ni podéis dar un paso en él sin conductor. Venid, que tengo que hablaros. Y tú hija de raza maldita, vuelve al cuarto del enfermo y aguárdame allí. ¡Pobre de ti si te apartas de su lado sin mi permiso!

Rebeca obedeció a la vieja, de quien a fuerza de importu­nidades, había conseguido antes que la dejara salir de la torre, y Urfrieda, creyendo imponerle una tarea enojosa, la obligó a cuidar al prisionero herido; encargo que la hebrea aceptó con mucho gusto. Convencida de la crítica situación en que éste se hallaba, y deseosa de aprovecharse de todos los medios que se le ofreciesen para mejorar su suerte común, Rebeca aguarda­ha el auxilio del religioso que, según las noticias dadas por Urfrieda, había penetrado en el ominoso castillo. Salió al pasadizo para esperarle e inducirle a que entrase en el apo­sento de Ivanhoe; y ya hemos visto como se frustraron sus intenciones.

Cuando, a fuerza de gritos y amenazas, Urfrieda hubo reducido a la judía a volver a la nueva prisión que le había señalado, condujo a Cedric, aunque contra la voluntad de éste, a otra pieza, cuya puerta cerró por dentro con gran misterio y precaución. En seguida, sacó de una alacena dos copas y un jarro de vino, y dijo, más bien en tono de afirmación que de pregunta.

-Padre, tú eres sajón: no puedes negarlo -y continuó, viendo que Cedric no se daba prisa en responderle-: Los acentos de mi lengua nativa son suaves a mi oído, aunque raras veces los oigo sino en boca de esos miserables siervos, a quienes los feroces normandos abruman de cadenas y de ignominia. Eres sajón y hombre libre, salvo el servicio de Dios. Tus acentos me llegan al alma.

-¿Nunca vienen eclesiásticos sajones a este castillo? - preguntó Cedric-. Obligación suya es socorrer y amparar a sus desventurados compatriotas, oprimidos por el yugo de los conquistadores.

-No vienen -respondió la vieja-; o si vienen, es muy rara vez. Digo esto porque lo he oído, que yo por mi parte no he visto aquí otro eclesiástico que el capellán normando; pero
ya hace muchos años que murió. Dejemos esto, y pues eres sajón, como no puedo dudarlo, deja que te haga una pregunta. -Soy sajón --dijo Cedric- pero indigno del título desacerdote. Nada puedo decir, y es inútil que te molestes en preguntarme. Déjame pues salir de aquí lo más pronto que pueda: no tardaré en volver o en enviarte un compañero mío, si tal es tu deseo.

-Detente, que no abusaré de tu paciencia -dijo Urfrie­da-_ La tierra fría ahogará muy en breve mi voz y no quiero bajar a su lóbrega morada sin dejar quien conserve mi memo­ria y refiera mis sucesos. Horribles son, espantosos, y necesi­to cobrar fuerzas para contarlos.

Al decir esto llenó una copa de vino, y la bebió con tanta avidez como si la aquejara el ardor de una fiebre violenta.

-Embrutece -dijo después de haber bebido-, pero no alegra. Echa un trago, padre mío si quieres oírme sin que se te ericen los cabellos.

Cedric hubiera rehusado de buena gana aquel convite; mas no se atrevió a resistir a los gestos violentos que la vieja le hacía, bebió una copa llena, y Urfrieda, algo más tranquila con esta condescendencia, volvió a tomar la palabra:

-No he nacido, padre mío, en la miserable condición en que me ves ahora. Fui libre, feliz, amada, y amada muy de veras. Ahora soy una esclava desventurada y envilecida. Serví de juguete a las pasiones de mis opresores mientras fui hermosa: ahora soy objeto de su desprecio y de su rencor. ¿Es de extrañar que aborrezca al género humano, y sobre todo a la raza execrable que me ha trasformado de lo que fui en lo que soy? ¿Puede olvidar la mísera decrépita que tienes a la vista y cuya rabia sólo puede exhalarse en impotentes maldiciones, que su padre fué el dueño de este castillo, el señor de Torquilstone, ante quien temblaban millares de vasallos?

-¿Tú, hija de Torquil? -dijo Cedric horrorizado-. ¿Tú hija de aquel noble sajón, amigo y compañero de armas de mi padre?

-¿El amigo de tu padre? -repitió Urfrieda-. ¿Luego eres Cedric, a quien todos conocen por el dictado del Sajón?

Porque el noble Hereward de Rotherwood no tuvo más que un hijo, cuyo nombre es conocido de todos los que tienen sangre sajona en las venas. Y si eres Cedric de Rotherwood, ¿qué significa ese hábito religioso? ¿Has perdido toda esperanza de salvar a tu patria, y has huido de la opresión acogiéndote a la sombra del claustro?

-¡Nada te importa saberlo! -respondió Cedric-. Pro­sigue tu deplorable historia, que supongo será un tejido de crí­menes y de iniquidades. ¡Sobrado crimen es ya tu existencia en esta mansión!

-¡Razón tienes! -dijo la desventurada sàjona-. Crí­menes hay en mi historia tan negros y tan espantosos, que todos los fuegos del infierno no bastarán a purificarlos. ¡Sí, noble Cedric; en estos salones, manchados con la sangre de mi padre y de mis hermanos, he vivido como manceba de su asesino, como esclava y partícipe de su desenfreno y esto basta para que cada una de las respiraciones que exhalo sea crimen y maldición!

-¡En lazos ilegítimos -respondió la vieja-, pero no en los del amor; que el amor huye de estas infames bóve­das como de las cavernas infernales! ¡No; de esa culpa estoy exenta a lo menos! La pasión que ha reinado y reina inextinguible en mi alma, es el odio a "Frente de buey" y a su familia, y con igual furor reinaba en los momentos en que participa del extravío de mi opresor.

-¿Le odiabas, y vivías? -dijo Cedric-. ¿No tenías a tu disposición un puñal, una cuerda? Pues apreciabas seme­jante vida, ¡fortuna tuya ha sido que los secretos de una for­taleza normanda sean como los del sepulcro; porque si hubie­ra yo llegado a soñar que la hija de Torquil era concubina del verdugo de su padre mi acero te hubiera atravesado el cora­zón en los brazos del perverso!

-¿Hubieras osado vengar de ese modo la fama de Tor­quil? -preguntó Ulrica (que éste era su nombre verdadero, y no el de Urfrieda)-. Ahora conozco que eres digno del renombre que con tu patriotismo has ganado; renombre que ha llegado a estos muros, empapados en delitos. Y yo aunque envilecida y degradada palpitaba de gozo al saber que existía quien pensaba en rescatar a mi infeliz nación. ¡No; no se ha extinguido en mí el deseo de venganza que animaba al que me dió el ser! ¡Venganza! ¡Yo he gustado sus delicias, yo he fomentado las discordias de nuestros enemigos y los he exci­tado al combate en medio de los desórdenes de la embria­guez; he visto correr su sangre, he oído los ayes de su ago­nía! ¡Mírame Cedric! ¿No notas en estas facciones marchitas alguna semejanza con las del amigo de tu padre?

-¡No me lo preguntes, Ulrica -dijo Cedric, tan compa­decido como aterrado de lo que oía-. Tu semejanza con Tor­quil es como la del cadáver que sale de la tumba reanimado por el ángel de las tinieblas.

-¡Angel de luz -dijo Ulrica- era yo cuando armé el brazo fiel hijo contra el padre! La oscuridad del Averno debe­ría ocultar lo que vas a oír; pero la venganza alzará el velo que cubre este misterio de iniquidad. Largo tiempo había reinado la desunión entre "Frente de buey" y el brutal Reginaldo, su hijo; largo tiempo estuve yo fomentándola. Al fin estalló en medio de los vapores del vino, y mi opresor cayó sobre la mesa a manos del que le debía la vida: tales son los secretos que estos muros ocultan. ¡Abríos -exclamó alzando la vista al techo-; abríos, bóvedas de abominación, y confundid en vuestras ruinas a todos los que saben tan espantoso arcano!

-Y tú -dijo Cedric-, monstruo de iniquidad y de des­ventura, ¿qué suerte has tenido desde la muerte del autor de tus males?

-Adivínalo -respondió Ulrica-, y no lo preguntes. ¡Aquí, aquí he vivido hasta que la vejez prematura estampó en mi rostro su sello mortífero y helado; insultada y escupida donde antes todos me obedecían y acataban; obligada a satis­facer la venganza, que antes recogió tan amplia cosecha, con vanos murmullos e infructuosas maldiciones; condenada a oír desde mi torrecilla solitaria los gritos del banquete en que tan­tas veces resonaron los míos, o los quejidos y sollozos de las nuevas víctimas de la opresión.

-Ulrica-dijo Cedric,-con un corazón que echa de menos el galardón de sus crímenes y los crímenes que le merecieron aquel galardón. ¿Osas dirigir la palabra a quien viste un hábito como el mío? ¿Qué podría hacer por ti el santo Eduardo si se presentase a tu vista en carne mortal? ¡El pia­doso rey obtuvo del Cielo la gracia de curar las úlceras del cuerpo; mas sólo Dios puede sanar la lepra del alma!

-¡No me abandones aún -dijo Ulrica-, infausto pro­feta de condenación! Dime, si puedes, adónde me conducirán los nuevos impulsos que me agitan en esta soledad. ¿Por qué se despiertan en mi pecho con nuevos e irresistibles horrores los pensamientos de mi malhadada juventud? ¿Cuál es la suerte que reserva la tumba a la que ha sido en la Tierra obje­to de la cólera celeste? Atorméntenme con crueles suplicios Woden, Herta, Zernebock, Mista y Scogula, más bien que sufrir los negros presagios que me angustian durante las lar­gas horas de la noche!

-No soy sacerdote -dijo Cedric apartándose con horror de aquella triste pintura del crimen, de la miseria y de la desesperación-. No soy sacerdote, aunque lo parezca por mi traje.

-Sacerdote o lego -dijo Ulrica-; eres el único mortal temeroso de Dios y honrado por los hombres que mis ojos han visto durante estos últimos veinte años. ¿Quieres conducirme al despecho?

-No al despecho -respondió Cedric-, sino al arrepen­timiento de tus culpas. Encomiéndate a Dios, haz penitencia y procura que sea aceptada la ofrenda de tu contricción. Pero ni puedo ni debo detenerme.

-¡Un solo instante -dijo Ulrica-, si no quieres que vengue en ti el desprecio y la dureza con que me tratas! ¿Pien­sas que duraría muchas horas la vida de Cedric el Sajón si le hallase "Frente de buey" en este castillo y con ese disfraz? Ya se han recreado en ti sus miradas cono las del halcón en la paloma.

-¡Venga -dijo Cedric-, y destróceme con picos y garras, más bien que profanar mis labios con palabras que mi corazón no aprueba! ¡Moriré cono sajón, con la verdad en la boca y la honradez en el pecho! ¡No me toques ni me deten­gas! ¡La presencia de Reginaldo es menos odiosa a mis ojos que la de tu infamia y miseria!

-Sea así dijo Ulrica, desistiendo de su empeño-. Vete si quieres, y olvida en tu insolente superioridad que la desgraciada a quien has visto es la hija del amigo de tu padre. ¡Vete, Cedric! ¡Si me separan mis males de todo el género humano y me hacen odiosa a los ojos de aquellos de quienes debía esperar algún auxilio, también me separé de todo el inundo en mi venganza! ¡Nadie me ayudará; pero se estreme­cerán los hombres al oír la ejecución del designio que abrigo en mi corazón! ¡Adiós! ¡Tu desprecio ha roto el último vín­culo que me ligaba con los hombres, puesto que ni aun siquie­ra me queda la esperanza de que mis compatriotas se apiaden de mis males!

-¡Ulrica -dijo Cedric, algo movido a compasión-, has podido vivir en ese abismo de crímenes y de infortunios, y ahora te das a la desesperación, cuando debieras abrir los ojos y entregarte al arrepentimiento!

-Cedric -respondió Ulrica-, bien veo que no cono­ces el corazón humano. El amor desenfrenado del placer, el deseo insaciable de venganza, el orgullo inseparable de la jerarquía en que nací: tales han sido los móviles de mi con­ducta. ¡Y por cierto que estos venenosos ingredientes aluci­nan hartas veces la razón e imponen silencio a la voz de la conciencia! La vejez no tiene placeres, las arrugas no tienen influjo, y hasta la venganza muere en impotentes maldicio­nes. Entonces es cuando el remordimiento se presenta arma­do de víboras; entonces se echa de menos lo pasado, y sólo ofrece lo porvenir desesperación. Las pasiones se callan, y el culpable, semejante al Demonio, es víctima del remordi­miento, pero no sabe arrepentirse, tus palabras han reanima­do mi abatido espíritu. ¡Bien has dicho; nada es imposible para quien sabe y se atreve a morir! Tú me has enseñado el camino de la venganza, y yo le seguiré hasta el fin. La ven­ganza ha residido en mi alma con otras pasiones: de hoy más vivirá sola en ella, y tú mismo dirás que si Ulrica ha vivido culpable, su muerte fue digna de la hija de Torquil. Ya sé que este castillo está sitiado por fuerzas enemigas. Date prisa; diles que estrechen el asedio, y cuando veas ondear una ban­dera roja en la torrecilla del ángulo oriental de la fortaleza, entonces los sajones podrán pelear sin recelo. Poco les que­dará que hacer: suyos serán estos muros, a despecho de toda la resistencia que les opongan los malvados. No pierdas tiempo: sigue tu suerte, que yo sé lo que me aguarda que hacer.

Cedric hubiera querido saber los pormenores del desig­nio que Ulrica anunciaba de un modo tan enfático y terrible; pero en aquel momento se oyó la formidable voz de Reginal­do "Frente de buey".

-¿Donde diablos se oculta ese fraile? ¡Por mi vida, que no le valdrá ser fraile si viene a sembrar traición entre mis gentes!

-¡Qué buen profeta -dijo Ulrica- es una mala con­ciencia! No te detengas: sal como puedas de sus manos y vuelve a tus sajones. Que canten el himno de guerra, y que no tarden en venir a consumar el sacrificio.

Dijo, y se escapó por una puerta oculta, al mismo tiem­po que "Frente de buey" entró en el aposento. Cedric, aunque con repugnancia, hizo una profunda reverencia al altanero Barón, a la cual respondió éste inclinando ligeramente la cabeza.

-Tus penitentes, padre, han hecho una larga confesión; y a fe que lo aciertan, puesto que es la última que han de hacer en su vida. ¿Están dispuestos a morir?

-Aguardan lo peor-dijo Cedric, explicándose en fran­cés lo menos mal que podía-. Saben que estando en tus manos, no tienen que esperar misericordia.

-Conozco en tu acento -dijo "Frente de buey"- que eres sajón.

-Soy -dijo Cedric- del convento de San Witholdo de Burton.

-Mejor fuera y más me convendría que fueras norman­do -dijo el Barón-; pero la necesidad no tiene ley. Tu con­vento es un nido de pájaros dañinos; pero día llegará en que ni la capucha baste para proteger a la canalla sajona.

-¡Hágase la voluntad de Dios! -dijo Cedric temblando de cólera, aunque "Frente de buey" lo atribuyó a miedo.

-Ya se te figura -dijo el Barón- que ves entrar a mis alabarderos por las puertas del refectorio; pero si desempeñas el encargo que voy a darte, puedes estar seguro y dormir tan tranquilo en tu celda como el caracol en su concha.

-Manda lo que gustes -dijo Cedric comprimiendo su agitación.

-Sígueme --dijo el Barón- por este pasadizo, y saldrás del castillo por la poterna.

"Frente de buey" echó a andar delante de Cedric, instru­yéndole al mismo tiempo en el encargo que intentaba con­fiarle.

-Ya ves, fraile -le decía-, esa bandada de marranos sajones que se han atrevido a presentarse delante de mis alme­nas; diles lo que has visto de las fuerzas de estos muros, y no creo que después de oírte se detengan mucho tiempo en tan inú­til empresa. Toma este papel; pero antes de todo, ¿sabes leer?

-Nada, respetable señor -respondió Cedric.

-¡Mejor que mejor! Lleva este papel al castillo de Feli­pe de Malvoisin: dile que va de mi parte, que lo ha escrito Brian de Bois-Guilbert, y que le ruego que lo envíe a York, aunque sea reventando un caballo. Asegúrale al mismo tiem­po que nos encontrará firmes detrás de nuestras almenas. ¿No sería una vergüenza que nos intimidara ese puñado de vaga­bundos, que tiemblan cuando ven tremolar mis pendones y oyen relinchar mis caballos? Mucho me alegraría de que, echando mano de algún artificio, los redujeses a permanecer enfrente del castillo hasta la venida de nuestras lanzas. Mi venganza está despierta y es como el halcón, que no duerme hasta tener lleno el buche.

-¡Por el santo de mi nombre -dijo Cedric con la ener­gía propia de su carácter -y por todos los santos del calen­dario, que serán obedecidas vuestras órdenes! Ni un sajón se ha de apartar de estas cercanías si yo puedo ejercer algún influjo en ellos!

-¡Hola! -dijo el Barón-. ¿Parece que mudas de tono y que hablas como quien no gusta mucho de esa gente? ¿No eres tú también del mismo ganado?

Cedric no era muy práctico en las artes del disimulo, y algo hubiera dado en aquel momento por tener a su disposi­ción alguna de las ingeniosas ocurrencias de Wamba; pero la necesidad aguza el entendimiento, y para justificar su enojo echó mano del odio que debían de inspirar a todo religioso aquellos malsines descomulgados.

-Tienes razón -dijo "Frente de buey"-; lo mismo despachan a un padre prior que a un villano.

-¡Hombres desalmados! -dijo Cedric.

"Frente de buey" llegó a la poterna, y pasando el foso por una tabla llegó a una pequeña barbacana que comunica­ba con el campo por medio de un portalón fuerte y bien defendido.

-Despáchate -dijo el Barón-; y si ejecutas bien mi encargo y vuelves aquí dentro de pocos días, hallarás la carne sajona más barata que la de jabalí en el mercado de Sheffield. Parece que eres hombre de buen humor. Déjame despachar a estos bellacos, y ven a verme después que te recompensaré largamente.

-¡Yo te prometo que hemos de vernos, y pronto! -dijo Cedric.

-Vaya eso por ahora -dijo "Frente de buey" poniendo a Cedric una pieza de oro en la mano. Abrió la poterna, y dejó salir al fingido fraile, diciéndole- ¡Cuenta con cumplir la palabra que me ha dado!

-¡Licencia te doy para que me arranques el pellejo si cuando vuelva a verte no merezco algo más que el cumpli­miento de tu amenaza!

Esto dijo Cedric echando a correr por el campo; y vol­viéndose de pronto hacia el castillo arrojó la moneda de oro a la puerta exclamando:

-¡Traidor, impío! ¡Satanás cargue contigo y con tu dinero!

"Frente de buey" oyó, aunque imperfectamente, estas últimas palabras y pareciéndole sospechosa la acción, gritó a los ballesteros de las almenas que disparasen algunas flechas al fraile. Arrepintióse en seguida y revocó la orden, creyendo que el fraile no se atrevería a desobedecerle.

-En todo caso -dijo-, más vale tratar del rescate de estos berracos sajones. ¡Hola! ¿Dónde está Gil el carcelero? ¡Que traiga a mi presencia a Cedric y a Athelstane, o como se llame, que hasta los nombres de esa gente saben a tocino y ensucian los labios de un normando! ¡Quiero lavar los míos con vino, como dice el príncipe Juan! ¡Poned un jarro en la mesa de la armería, y conducid allí a los cautivos!

Los mandatos del Barón fueron inmediatamente obedeci­dos; y al entrar en aquel gótico aposento, de cuyos muros pen­dían los despojos ganados por el valor de su padre y por el suyo, vió el jarro de vino en la enorme mesa de madera de encina, y a los dos sajones que acababan de entrar custodia­dos por cuatro alabarderos. "Frente de buey" empezó por refrescarse el paladar con un buen trago, y en seguida dirigió la palabra a los prisioneros. No echó de ver desde luego la transformación de Cedric en su bufón, porque éste se había calado hasta las cejas el gorro de su amo y porque la pieza estaba algo oscura. Además de que el Barón no había exami­nado nunca atentamente las facciones de Cedric, creyendo que se degradaría su dignidad si fijaba la vista en el rostro de un sajón; así es que al principio de la entrevista no concibió la menor sospecha de la fuga de su principal enemigo.

-¡Valientes paladines! -dijo "Frente de buey"-, ¿Qué tal os sienta el aire de este castillo? ¿Os acordáis de la inso­lencia y de la altanería con que os portasteis en el banquete de un príncipe de la Casa de Anjou? ¿Cuándo merecisteis voso­tros sentaros a la mesa del príncipe Juan? ¡Por Dios y por San Dionisio, que si no estrujáis la bolsa hasta el último bezante, habéis de estar colgados por los pies a las rejas del castillo hasta que os hayan comido los cuervos! ¡Vamos, explicaos! ¿Cuánto dais por vuestro indigno pellejo? ¿Qué dices tú, viejo de Rotherwood?

-Yo no doy media blanca por mi persona -dijo Wamba-; y en cuanto a colgarme por los pies, has de saber que desde que me pusieron el primer capillo en la cabeza tengo, según dicen, trastornados los cascos, y puede ser que con la colgadura vuelvan a su sitio natural.

-¡Santa Genoveva! -exclamó "Frente de buey"-. ¿Quién es este que habla?

Y al decir esto quitó el gorro de Cedric de la cabeza de Wamba, y descubrió en el cuello la argolla de plata que indi­caba su condición de siervo.

-¡Gil, Clemente, perros vasallos! -exclamó furioso el normando-. ¿Quién es éste que me habéis traído?

-Yo os lo diré -respondió Bracy, que entró a la sazón-. Este es el bufón de Cedric, que pegó tan terrible chasco a Isaac de York en el torneo.

-¡No importa! -respondió "Frente de buey"-. ¡Los dos, colgarán de la misma cuerda, a menos que Cedric y este marrano de Coningsburgh paguen cuanto se les ha dejado poseer hasta ahora! Y no solo esto, sino que han de quitarnos de enfrente ese enjambre de malvados, y han de firmar una renuncia formal de sus privilegios, obligándose a vivir desde hoy mas como nuestros siervos y vasallos. Id-dijo a dos de los guardias que estaban a la puerta,- traedme al verdadero Cedric, y os perdono por esta vez vuestra equivocación: ade­más, que no hay mucha diferencia entre un loco y un hidalgo sajón.

-Cierto es -respondió Wamba-; pero vuestra sabidu­ría ignora que han quedado más locos que hidalgos en el cas­tillo.

-¿Qué dice ese majadero? -Dijo el Barón a los guar­dias, los cuales en sus miradas daban a entender que si aquel no era el verdadero Cedric, no había quedado otro en el apo­sento que le había servido de prisión.

-¿Qué quieres apostar -dijo Bracy- que Cedric ha tomado las de Villadiego con la túnica del fraile?

-¡Bestia de mi! -dijo "Frente de buey"-. ¡Yo mismo le abrí la poterna y le di libertad con mis manos! ¡Bien está, señor bufón! Tu locura ha podido más que la vigilancia de estos animales que me sirven; pero, una vez que te gusta el estado religioso; ¡yo te daré las órdenes sagradas y te pondré como nuevo! ¡Hola; arrancad a ese tunante el pellejo de la cabeza, y echadle de las almenas abajo! Tu oficio es chance­ar. ¿Tienes ganas de chancear ahora?

-Digo -respondió Wamba-, sin que turbara su buen humor el aspecto de la muerte,-digo que tus hechos valen más que tus palabras, pues en lugar de hacerme simple religioso me das el birrete encarnado, que es distintivo de cardenal. -Ya veo -dijo Bracy- que quiere morir en su oficio. ¡Dejadle vivir, "Frente de buey"! Más vale que se venga con­migo y sirva de diversión a mis lanceros. ¿Qué dices a esto, bufón?

-Digo -respondió Wamba- que tengo una argolla al cuello, y que no puedo quitármela sin permiso de mi amo.

-La lima normanda -dijo "Frente de buey"- sabe romper las argollas sajonas.

-Y aun por eso -dijo Wamba- queremos tan sincera­mente nosotros los sajones a vosotros los normandos. Vues­tras sierras cortan nuestras encinas, vuestro yugo oprime nuestro cuello, vuestras cucharas agotan nuestro potaje. ¿Cuándo querrá Dios que salgamos de una vez de vuestras uñas?

-Bien haces, Bracy, en divertirte con los dislates de este necio cuando estamos amenazados por todas partes. ¿No ves que se han burlado de nosotros, y que nuestra proyectada comunicación con nuestros amigos ha sido frustrada por este mismo a quien quieres proteger? ¿Qué podemos aguardar, sino un ataque general pronto?

-Vamos, pues, a las murallas -dijo Bracy-. ¿Me has visto alguna vez detenerme cuando llega la ocasión de dar y recibir golpes? Venga también el templario, y que pelee por su vida como ha peleado antes por su Orden. Haz tú lo que puedas con tu gente, y yo os ayudaré en cuanto esté a mi alcance; y aseguro que tan fácilmente escalarán los sajones este castillo como las nubes. Si queremos tratar con los ban­didos, ¿por qué no emplearemos la mediación de este buen hidalgo, que con tan devota atención está contemplando el jarro de vino? ¡Vamos, sajón -dijo a Athelstane presentán­dole una copa de vino-; refréscate el gaznate con este sobe­rano licor, y dinos qué es lo que puedes hacer para conseguir tu libertad!

-Lo que un hombre puede hacer -respondió Athelsta­ne-, con tal que no sea lo que pueda deshonrarle. Dejadme ir libre con mis compañeros, y pagaré un rescate de mil mar­cos.

-Y, además -dijo "Frente de buey"-, has de asegu­rarnos la retirada de esa vil canalla que asedia el castillo con­tra todas las leyes divinas y humanas.

-Haré cuanto pueda -repuso Athelstane-, y creo que lo conseguiré; además que Cedric me ayudará en la empresa.

-Estamos de acuerdo -dijo "Frente de buey"-; tú y los tuyos quedaréis en libertad, y habrá paz entre nosotros por esos mil marcos de plata. Esto es una friolera, sajón, y bien puedes agradecer la moderación de la demanda. Pero cuenta que el judío no entra en el trato.

-Ni la judía tampoco -dijo Brian de Bois-Guilbert-, que a la sazón entraba en el aposento.

-Ninguno de los dos -dijo "Frente de buey"- son de la comitiva de los dos sajones.

-Además -dijo Athelstane-, que yo sería indigno del nombre cristiano si tuviera roce alguno con un perro de esa secta.

-Ni tampoco -dijo el Barón- se incluye en el trato a ese bufón, a quien guardo en mi poder para que sirva de ejem­plo a todos los que quieran usar de chanzas pesadas conmigo.

-Ni el rescate comprende tampoco a lady Rowena - dijo Bracy-, que es la parte que me toca en el botín, y no estoy de humor de dejarla ir tan fácilmente de entre las manos.

-Lady Rowena -dijo Athelstane con noble arrogan­cia- es la prometida esposa de Athelstane de Coningsburgh; y Athelstane de Coningsburgh antes se dejará tirar por cuatro caballos furiosos que salir de este castillo sin esta ilustre dama. El siervo Wamba ha salvado hoy la vida de Cedric, a quien miro como padre, y yo quiero perder la vida antes que se le toque a un cabello.

-,Tu prometida esposa? ¿Lady Rowena esposa de un esclavo? -exclamó Bracy-. ¡Sajón, tú has soñado que estás todavía en los tiempos de San Eduardo el confesor! Dígote, si no lo sabes, que los príncipes de la Casa de Anjou no dan esa clase de pupilas a hombres de tu alcurnia.

-Mi alcurnia, altivo normando -respondió Athelsta­ne-, proviene de un manantial algo más puro y antiguo que la de un vagabundo francés que sólo vive vendiendo la san­gre de los ladrones que se alistan bajo el trapo de su pendón. Reyes fueron mis antepasados, fuertes en campaña y sabios en consejo, y festejaban en sus salones a tantos centenares de magnates cuantos tú puedes contar derrotados lanceros en tu escuadrón: reyes cuyos nombres han sido encomiados por los poetas, cuyas leyes han sido conservadas por los doctos; reyes cuyos huesos fueron enterrados en medio de las oraciones de los santos, y sobre cuya tumba se han edificado monasterios.

-¡Bravo, Bracy! -dijo "Frente de buey", que veía con satisfacción el bochorno del aventurero-. ¡El sajón no se muerde la lengua!

-Justo es -dijo Bracy- que tenga la lengua suelta quien tiene los brazos atados. Diga lo que quiera: no por eso conseguirá la libertad de lady Rowena.

Athelstane, que acababa de pronunciar uno de los más largos discursos que habían salido de sus labios en toda su vida, no replicó a las nuevas injurias del normando; pero la conversación fue interrumpida por la llegada de un criado con el aviso de que un fraile estaba en la poterna y pedía entrada en el castillo.

-¡Por San Benito! -dijo "Frente de buey"-, ¿Tendre­mos aquí otro impostor, o un fraile real y verdadero? Regis­tradle antes de abrirle la puerta; pero si introducís aquí otro disfrazado, juro por los cielos que he de mandar sacaros los ojos y que habéis de morir con la planta de los pies en un bra­sero encendido

-Descargad sobre mí toda vuestra cólera -erijo Gil el carcelero- si éste no es un verdadero religioso. Vuestro escu­dero Jocelyn le conoce, y yo aseguro que es fray Ambrosio, lego asistente de Jorvaulx.

-Que entre al instante-dijo "Frente de buey"-, pues, sin duda, nos trae noticias interesantes. ¡El Diablo anda suel­to estos días por todos estos alrededores! Llevaos estos pri­sioneros; y tú sajón piensa en lo dicho.

-Reclamo -dijo- un cautiverio honroso con la debida asistencia, cual corresponde a mi jerarquía y al que está tra­tando de su rescate. Además, requiero al mejor de entre voso­tros que me responda, cuerpo a cuerpo y con las armas en la mano, por esta agresión contra mi libertad. Ya te he enviado este desafió por tu maestresala, y no he recibido respuesta. Aquí está mi guante.

-Yo no respondo -dijo Frente de buey- al desafío de un prisionero, ni tú debes aceptarle tampoco, Bracy. Gil, cuelga el guante de este sajón de una escarpia del castillo: allí que­dará hasta que sea hombre libre. Si le pide antes o si quiere ale­gar que ha sido hecho prisionero villanamente o a traición, se las entenderá conmigo, que no soy hombre que se niega a pele­ar a pie ni a caballo, mucho menos con él, aunque traiga en pos a todos los vasallos sajones de sus Estados.

Los guardias se llevaron a los prisioneros, y al mismo tiempo entró fray Ambrosio, cuyo aspecto denotaba la mayor turbación.

-¡Este es el verdadero Pax vobiscum! -dijo Wamba al pasar junto al fraile-. Todos los demás han sido moneda falsa.

-¡Dios mío de mi alma! -dijo fray Ambrosio al verse en presencia de los dos normandos-. ¿Estoy al fin entre cris­tianos?

-Estás seguro -dijo Bracy-. Aquí tienes a Reginaldo Frente de buey que nada aborrece tanto como a un judío, y al caballero Brian de Bois-Guilbert, que tiene por oficio matar agarenos. Si éstas no son buenas señales, digo que no sé dónde las hallarás mejores.

-Ya veo que estoy entre amigos y aliados de nuestro reverendo padre Aymer, prior de Jorvaulx -dijo el fraile, sin hacer caso del tono burlón con que le había hablado Bracy­. Como tales, le debéis asistencia de caballeros y caridad de cristianos.

-Dejémonos de preámbulos -dijo "Frente de buey"-, y dinos lo que tengas que decir; y que sea pronto, porque no estamos ahora para perder el tiempo.

-¡María Santísima! -dijo fray Ambrosio-. ¡Cuán pronto se enciende la cólera en estos seglares! Sabed, pues, que unos bandidos desalmados, sin temor a Dios y sin respe­to a nuestra religión...

-Fraile -dijo "Frente de buey"-, dinos en plata si el Prior está en manos de los bandoleros, o qué le ha sucedido.

-Seguramente -dijo fray Ambrosio-, está en manos de esos hombres de Belial que infestan los bosques de estas cercanías.

-¡Tú que no puedes, llévame a cuestas! ---dijo Frente de buey, volviéndose a sus compañeros.

-¡Conque en lugar de darnos socorro el Prior, nos lo pide! ¡Buenos estamos para sacar de apuros a su reverencia! Y en dos palabras: ¿qué es lo que el Prior quiere de nosotros?

-Con vuestro perdón -dijo fray Ambrosio-; habiendo sido impuestas manos violentas en mi reverendo prelado, y habiéndose atrevido esos hombres de Belial a despojarle de sus ropas y alhajas y de doscientos marcos de oro fino y puro, y exigido además mayor cantidad por su rescate, el reverendo padre espera que vosotros, como sus leales amigos, facilitéis esta suma o acudáis a libertarle con vuestras armas, según mejor os dicte vuestra prudencia.

-¿Quién ha dicho a tu amo -dijo Frente de buey- que un barón normando anoja la bolsa para rescatar a un fraile?

¿Y cómo podemos emplear nuestras armas en su defensa, cuando a cada instante estamos aguardando que nos asalten esos forajidos?

-De eso iba a hablar --dijo fray Ambrosio-; pero vuestra precipitación me ha cortado el hilo. Además, que soy viejo, y este lance me ha trastornado el sentido. Os diré, pues, que ya se acercan a vuestras murallas.

-¡A las almenas -dijo Bracy-, y veamos qué es toque intentan!

Y al decir esto abrió una ventana que daba a la fortaleza exterior, y llamó inmediatamente a sus dos compañeros:

-¡Por San Dionisio, que el anciano tiene razón! ¡Mante­letes traen y paveses, y los flecheros que se divisan en el bos­que forman una nube densa que amenaza borrasca!

Reginaldo "Frente de buey" miró también por la ventana, y en seguida tocó la trompeta y mandó congregar toda su gente.

-Bracy -dijo-, cuida de la parte de Oriente. Noble Brian, tú entiendes el ataque y la defensa, y estarás mejor en la parte opuesta; yo tomo a mi cargo la barbacana. Pero no nos fijemos en un punto solo: acudamos adonde sea mayor la necesidad, y con nuestra presencia excitemos el valor de los nuestros dondequiera que sea más fuerte el ataque. Somos pocos; pero la actividad y el valor suplirán al número, puesto que los que atacan son villanos sin jefe y sin disciplina.

-Pero, nobles caballeros -exclamó fray Ambrosio en medio del alboroto y confusión que ocasionaban aquellos pre­parativos de defensa-, ¿no habrá ninguno entre vosotros que quiera oír el mensaje del reverendo padre Aymer, prior de Jor­vaulx? ¡Oidme por Dios, noble sir Reginaldo!

-Dirigid vuestras plegarias al Cielo -repuso "Frente de buey",-que en la Tierra poco tiempo tenernos de escucharos. ¡Anselmo, pronto; aceite y pez hirviendo para bautizar a los primeros que se acerquen! ¡Que no pierdan tiro los balleste­ros! ¡Enarbolad mi bandera sobre la puerta! ¡Pronto sabrán esos infames que tienen que habérselas conmigo!

-¡Pero, noble señor -continuó el fraile, perseverando en su intento de que le prestasen atención-, considerad mi voto de obediencia, y que a la hora ésta no he desempeñado el encargo de mi superior!

-iDejadme en paz-dijo "Frente de buey"-, y retiraos cuanto antes!

El templario había estado observando los movimientos de los sitiadores con alguna más atención que sus insensatos compañeros.

-¡Por la Orden que profeso -dijo-, que estos hombres se acercan con más disciplina que yo aguardaba! Mirad cómo saben aprovechar las desigualdades del terreno y ponerse a cubierto de los tiros de las ballestas. No distingo bandera ni pendón, y, sin embargo, apuesto mi cadena de oro a  que los dirige algún noble caballero u otro guerrero diestro en esta clase de ataques.

-Si no me engaño -dijo Bracy-, se columbra entre la turba un crestón de caballero y el resplandor de una armadu­ra. ¡No veis a un hombre alto y con armas negras, que parece ocupado en distribuir la gente y arreglarla? ¡Por San Dionisio, que es el Negro Ocioso, que echó al suelo a "Frente de buey" en el torneo de Ashby!

-¡Tanto mejor -dijo el Barón- pues viene a que le dé el desquite! Algún pájaro de cuenta debe de ser, puesto que no se atrevió a reclamar el premio que logró por acaso. ¡Parece que no es hombre que guste de acompañarse con gente de calidad, y por Dios que me alegro de verle entre tan misera­bles combatientes!

Las demostraciones de inmediato ataque que por todas partes hacía el enemigo obligaron a los caballeros a poner tér­mino a la conversación.

Cada uno de ellos acudió al puesto que se le había designado a la cabeza de las fuerzas de que podían disponer; y aún­ que éstas no bastaban para la defensa de la fortificación, los caudillos aguardaron con serenidad el asalto que les amena­zaba.

 

 

 

XXII

 

 

Estos seres, divididos

del resto de los humanos,

tienen contra todos males

miles de secretos varios;

en los desiertos y bosques,

en las selvas y en los prados

yerbas y flores diversas

se presentan a su paso,

que los demás consideran

con menosprecio marcado,

y ellos su valor acrecen

con hábil y diestra mano.

                 EL JUDÍO DE MALTA.

 

 

Ya habrán adivinado los más discretos que cuando el caballero de Ivanhoe cayó desmayado a los pies de lady Rowena y parecía abandonado de todo el mundo, obtuvo socorro y asistencia de la hermosa judía Rebeca.

Ivanhoe fue llevado por orden suya a la casa que Isaac había tomado a las puertas de Ashby, y ella misma examinó y curó las heridas del caballero.

Tomó la bebida que le administró, y como era narcótica y calmante le proporcionó una noche tranquila y sueños agra­dables. A la mañana siguiente, Rebeca le encontró libre de todo síntoma de calentura y capaz de soportar las fatigas del viaje.

Ivanhoe fue colocado en la misma litera en que salió del torneo, y no se omitió ninguna de las precauciones necesarias a su comodidad. Lo único que no pudieron conseguir las ins­tancias de Rebeca fue que se caminara despacio, como lo juz­gaba indispensable para la conveniencia del herido; porque Isaac, semejante al viajero rico de que habla Juvenal en su sátira décima, temía siempre ver aparecer una cuadrilla de sal­teadores, sabiendo que tanto los nobles normandos como los bandidos sajones tendrían la mayor satisfacción en despojar­le. Por tanto caminó a paso acelerado, haciendo cortas para­das y más cortas comidas, de modo que se adelantó a Cedric y Athelstane, que habían salido muchas horas antes que él, pero que se habían detenido largo tiempo a la mesa del abad de San Whitoldo. Sin embargo, gracias a la eficaz virtud del bálsamo de Miriam y a la robusta constitución de Ivanhoe, no tuvo de aquella precipitada marcha las malas consecuencias que Rebeca auguraba.

Con todo, desde otro punto vista, la prisa de Isaac las pro­dujo fatales, porque de resultas de ella se suscitaron grandes disensiones entre él y los hombres que había tomado para que le sirviesen de escolta. Eran sajones y no estaban exentos de Ja afición a los pecados que los normandos les echaban en cara: pereza y glotonería. Habían aceptado la proposición del judío con la esperanza de que éste haría una opípara provisión para la marcha; mas la precipitación de ésta frustró todas sus esperanzas. También se quejaban del daño que sufrían los caballos, que iban siempre al trote y que sólo descansaban algunos minutos; por último, la cantidad de vino y de cerveza que había de consumirse en cada comida fué otro gran moti­vo de reconvenciones y disputas entre Isaac y su escolta. De todo esto resultó que cuando llegó la hora del peligro y sobre­vino a Isaac la calamidad que con tanta razón temía, se vió abandonado por aquellos en cuya defensa confiaba, porque nada había hecho para granjearse su afecto.

Así fue como Cedric y los suyos encontraron al judío, a su hija y al herido, y así fué como todos ellos cayeron en manos de Bracy y de sus confederados. Al principio nadie hizo alto en la litera, y quizás nadie hubiera sabido lo que con­tenía, si no fuera porque Bracy quiso examinarla, creyendo que iba dentro lady Rowena, la cual no se había alzado el velo que la cubría. No fué poca la admiración del aventurero cuan­do descubrió un herido, el cual, creyéndose en manos de ban­didos sajones que conocían y respetaban su nombre, confesó francamente ser Wilfrido de Ivanhoe.

Las ideas del honor caballeresco, que no habían abando­nado enteramente a Bracy a pesar de su maldad y ligereza, no le permitieron vender 'a un hombre herido e indefenso, porque sabía que Frente de buey no tendría el menor escrúpulo en dar muerte inmediatamente al que iba a disputarle el feudo de Ivanhoe. Por otra parte, dar libertad a un rival favorecido por lady Rowena, como los denotaba lo ocurrido en el torneo, y como lo aseguraba la voz pública, que atribuía a estos amores el destierro de Wilfrido de la casa paterna, era un esfuerzo demasiado superior a la generosidad del normando. Adoptó en estas circunstancias un término medio entre los dos que se le ofrecían, y fue mandar a dos de sus escuderos que no se apartasen de la litera ni permitieran que nadie se acercase a  ella. Si alguien preguntaba quién iba dentro de la litera, debí­an responder que era un escudero de Bracy que había sido herido en el primer encuentro. AJ llegar a) castillo, mientras "Frente de buey" y el Templario se ocupaban en llevar ade­lante sus planes, el uno contra la bolsa del hebreo y el otro contra su hija, los escuderos llevaron a Ivanhoe, continuando la ficción de hacerlo aparecer cono uno de sus compañeros, a un aposento distante. Y está misma explicación dieron a `Frente de buey" cuando éste les preguntó por qué no acudí­an a la defensa de las murallas.

-¡Un compañero herido! -exclamó furioso el Barón­

¡No es extraño que los villanos y los bandidos asedien los castillos de los nobles y que los bufones y los porquerizos los desafíen, puesto que los lanceros de Bracy se están a la cabe­cera de un enfermo mientras estamos aguardando de un momento a otro que nos asalten! ¡A las almenas, cobardes; a las almenas, si no queréis que convierta vuestros huesos en astillas!

Los escuderos respondieron que de buena gana acudirí­an a la defensa de la fortaleza, con tal que los relevasen del encargo que su amo les había dado de cuidar aquel mori­bundo.

-¿Moribundo nada menos? -dijo el Barón-. ¡Yo os aseguro que todos nos veríamos en la misma situación si nos estuviéramos aquí mano sobre mano! Yo pondré una persona que cuide del enfermo ¡Urfrida, vieja de los Infiernos, ven acá con tus huesos; asiste a este hombre, ya que hemos de tener este nuevo engorro en medio de tantos embarazos! ¡Y voso­tros, escuderos, aquí tenéis ballestas y bodoques! ¡A la barba­cana, y que no quede sajón con vida!

Los escuderos, que, como todos los partidarios de Bracy, no gustaban de la inacción, sino de la vida guerrera y de las empresas aventuradas a que estaban acostumbrados, se diri­gieron alegremente al punto que les había señalado Frente de buey. Ivanhoe quedó confiado a Urfrida; mas ésta, que sólo pensaba en llevar a cabo sus proyectos de venganza, dejó al enfermo en manos de Rebeca.

 

 

XXIII

 

 

 

Sube, valiente soldado,

a lo alto de aquesa almena;

mira y dinos cómo va

el reñir de la pelea.

                SCHILLER: La doncella de Orleans.

 

Los momentos de peligro suelen ser también momentos de franqueza, en que el cariño se muestra sin disfraz: la agita­ción general de los sentimientos rompe los lazos del disimulo ' descubre lo que la prudencia oculta en tiempos más tran­quilos. Al hallarse de nuevo junto a Ivanhoe, Rebeca observó con extrañeza el placer que experimentaba en medio de tantas escenas de males y peligros. Cuando le tomó el pulso y le pre­guntó por su salud, sus movimientos y palabras indicaban un interés mucho más vivo que el que ella hubiera querido mani­festar abiertamente. Sintióse agitada por un temblor extraor­dinario.

-¿Eres tú, hermosa doncella? -le dijo indiferente Ivan­hoe. Esta pregunta la hizo volver en sí recordándole que el sentimiento que abrigaba en su corazón no podía ni debía ser correspondido.

Escapósele un suspiro en que Ivanhoe no hizo alto, y las preguntas que le dirigió acerca de su salud fueron hechas en el tono de la amistad. Ivanhoe le respondió en pocas palabras que su salud se hallaba lo menos mal que podía hallarse en aquellas circunstancias.

-Y eso -añadió- gracias a tu habilidad, querida Rebeca.

-Me llama querida -se decía a sí misma Rebeca-; ¡pero con cuanto desdén y con cuánta indiferencia! ¡Su caba­llo y sus podencos son más preciosos a sus ojos que la pobre y humillada judía!

-Mi espíritu --continuó Ivanhoe- está más enfermo de ansiedad que mi cuerpo de la dolencia que le aqueja. Por lo que he oído a esos hombres que me han custodiado hasta ahora, he venido en conocimiento de que estoy privado de libertad; y, si no me engaña la voz áspera y terrible que los ha echado de aquí, mi prisión es el castillo de "Frente de buey". Si es así, ¿cómo acabará todo esto y cómo podré proteger a lady Rowena y a mi padre?

-¡Ni aun siquiera se acuerda del judío y de la judía! - decía interiormente Rebeca-. ¿Por qué nos hemos de intere­sar en su suerte? ¡Oh, cuán justamente me castigan los cielos por haber puesto en él mis pensamientos!

Después de esta acusación interior, pasó a noticiar a Ivan­hoe todo lo que sabía: que el templario Brian de Bois-Guilbert y el barón "Frente de buey" mandaban las fuerzas del castillo, y que éste se hallaba sitiado por gentes que ella no conocía. Añadió, por último, que había en la fortaleza un eclesiástico, que quizás podría darle noticias más seguras.

-¿Un eclesiástico? -preguntó el caballero-. Tráele si puedes inmediatamente, Rebeca. Dile que hay aquí un enfer­mo que necesita de sus socorros espirituales; dile lo que quie­ras con tal que me lo traigas. Es preciso hacer algo para salir de este apuro; pero ¿qué he de hacer sin saber lo que pasa?

En cumplimiento del encargo de Ivanhoe, Rebeca hizo cuanto pudo para que el fingido eclesiástico pasara al aposen­to del enfermo; pero lo estorbó como hemos visto Urfrida que también deseaba hablarle, y Rebeca volvió a dar cuenta a Ivanhoe de la inutilidad de sus diligencias.

No tuvieron mucho tiempo para lamentarse de esta falta de noticias ni para imaginar nuevos medios de adquirirlas por­que el ruido que ocasionaban los preparativos de defensa cre­cía por momentos y llegó a ser verdadero alboroto. El paso de los guardias y ballesteros que iban a ocupar las almenas reso­naba en los pasadizos y escaleras que conducían a los dife­rentes puntos de la fortificación.

Oíanse al mismo tiempo las voces de los caudillos que animaban a sus partidarios y que dictaban todas las providen­cias que la defensa de la plaza requería, y en seguida el estré­pito de las armas y los clamores y vocería de los soldados. Aunque todos estos anuncios eran terribles como presagios de una catástrofe espantosa había en el conjunto de aquellos sonidos cierta sublimidad que penetró en el alma de Rebeca. Animáronse sus ojos, encendiéronse sus mejillas y medio agitado por el temor, medio reanimado por el entusiasmo, repitió a su compañero estas palabras:

-Suena el estrépito de las aljabas, de las lanzas y de los bro­queles, y las voces de los capitanes y la gritería de los soldados.

Pero Ivanhoe era como el caballo de que hace mención el sublime pasaje, y el cual ardía de impaciencia por correr a la pelea que aquellos rumores anunciaban.

-¡Si yo pudiera -decía- acercarme a esa ventana y ver lo que pasa en los muros; si tuviera un arco; un hacha para dar un solo golpe en nuestra defensa!... ¡Pero es inútil! ¡Las fuerzas me abandonan!

-No te agites, noble caballero -le decía Rebeca-: el ruido ha cesado, y quizás no llegará el caso de que vengan a las manos.

-Poco se te alcanza de estas cosas -respondió Ivan­hoe-. Esa pausa indica que los hombres están en sus puestos  aguardando el momento del ataque. Lo que hemos oído hasta ahora era la amenaza lejana de la tormenta: pronto estallará con toda su furia. ¡Que no pueda yo acercarme a esa ventana!

-No lo intentes -dijo Rebeca-, si no quieres que se abra tu herida.

Y observando la extraordinaria impaciencia del caballe­ro, exclamó:

-Yo me pondré a la ventana -y te daré cuenta de todo lo que observe.

-¡No lo harás; no lo permito -dijo Ivanhoe-. Cada ventana cada abertura de este castillo será muy en breve blan­co de la furia de los sitiadores. Una flecha perdida...

-¡Venga en buen hora! -murmuró en voz haja Rebe­ca-. Y en seguida subió con paso firme los dos o tres esca­lones para llegar a la ventana.

¡Rebeca, querida Rebeca, no son éstos pasatiempos de muchachas! !No te expongas a la muerte ni me hagas infeliz para siempre por haber yo sido la causa de tu desgracia! A lo menos, guarécete con ése broquel viejo que está en el suelo, y descubre lo menos que puedas de tu persona.

Rebeca siguió el consejo de Ivanhoe, y parapetándose con un gran broquel que estaba abandonado en un rincón del aposento, pudo ser testigo de todos los sucesos del primer ata­que, y referirlos al herido a medida que iban ocurriendo. Su situación era muy favorable, porque la ventana estaba en un ángulo del edificio principal, y desde ella se descubría no sólo el recinto de la fortaleza, sino una obra exterior que, proba­blemente, sería el primer objeto del ataque. Era una especie de baluarte de poca elevación y de no mucha solidez, que servía de defensa a la poterna por donde "Frente de buey" había des­pedido a Cedric. El foso del castillo le dividía del resto de la fortaleza; así es que en caso de caer en manos del enemigo, era fácil cortar su comunicación con ésta retirando el puente levadizo. En el baluarte había un rastrillo que correspondía con la poterna, y toda la obra estaba guarnecida de una empalizada. Rebeca conoció por el gran número de hombres que defendían aquel punto que era el que más recelo inspi­raba a los sitiados, y por los movimientos de los sitiadores se echaba de ver que era el primero a que se dirigían.

Inmediatamente puso en noticia de Ivanhoe lo que hasta entonces había observado añadiendo que el bosque estaba lleno de gente, aunque sólo se divisaba fuera de los árboles corto número de monteros.

-¿Y distingues su bandera? -preguntó el caballero. -No se ve ninguna-respondió la judía.

-¡Extraña novedad! -dijo Ivanhoe-. ¡Aproximarse  al asalto de una fortaleza sin desplegar bandera ni pendón! ¿Alcanzas a ver al que hace de caudillo?

-El que más sobresale entre ellos -dijo Rebeca- es un caballero armado de punta en blanco. Su armadura en negra; está sólo, y parece que dirige todas las operaciones. -¿Que divisa lleva en su escudo? -dijo Ivanhoe. -A manera de una barra de hierro -contestó Rebe­ca-, y un candado azul en campo negro.

-No sé quien puede llevar esa divisa -dijo Ivanhoe­ aunque sé muy bien que pudiera ser la mía en las circuns­tancias presentes. ¿No columbras el mote?

-A esta distancia -dijo Rebeca- es imposible; pero la divisa se ve claramente cuando dan en el broquel los rayos del sol.

-¿No ves otros caudillos? -dijo Ivanhoe.

-Ningún otro que parezca hombre de distinción -dijo Rebeca-, pero sin duda hay más gente hacia la otra parte del castillo. Ahora se disponen al ataque. ¡Dios de Sión, ten piedad de nosotros! ¡Qué horrible espectáculo! Los que vie­nen delante traen enormes broqueles y unas defensas de tablazón. Los que vienen detrás están preparando los arcos. Ya los alzan y apuntan. ¡Dios de Moisés, perdona a tus cria­turas!

La descripción de la judía fue interrumpida por la señal de ataque que dió el sonido de una aguda trompeta, al que respondieron desde las almenas los tambores y clarines de los normandos. Siguieron los gritos de los partidos opuestos. Los sitiadores clamaban: ¡San Jorge, Inglaterra!, y los sitia­dos, ¡En avant, de Bracy; Sus-Briant; Front-de-Baeuf a la rescousse!, según los gritos de guerra adoptados por cada uno de los caudillos.

Ni unos ni otros, sin embargo, se contentaron con gritos y aclamaciones, sino que el furioso ataque de los sajones fue vigorosamente resistido por los normandos. Los monteros, acostumbrados en sus pasatiempos y ejercicios al manejo del arco, en que eran sobresalientes, hicieron una descarga cerra­da, de la que no escapó ninguno de los que tenían alguna parte de su cuerpo fuera de las almenas.

De resultas de estas descargas, que duraron algún tiempo a manera de aguacero, murieron dos o tres de la guarnición y quedaron muchos heridos, porque cada flecha tenía un blanco particular y no quedó tronera, abertura ni ventana a que no se dirigiese un tiro.

Los partidarios de "Frente de buey" y sus aliados, fiados en sus fuertes armaduras y en los parapetos de la fortificación respondieron obstinadamente con otra descarga de ballestas, arcos y hondas haciendo considerable estrago en los enemi­gos, que casi se presentaban a cuerpo descubierto.

El silbido de las flechas, piedras y bodoques era sólo inte­rrumpido por los clamores de los combatientes de uno y otro lado cuando notaban algún daño considerable en el partido  opuesto.

-¡Que tenga yo que estar aquí encerrado como un fraile en su celda-dijo Ivanhoe- mientras otros están jugando mi libertad o mi muerte! Mira otra vez por la ventana, Rebeca; pero cuenta no te descarguen un tiro. Mira otra vez, y dime si se aproximan al asalto.

Rebeca, con el nuevo brío que le habían dado sus actos de devoción, volvió a colocarse en la ventana abroquelándose de modo que era imposible que la vieran desde abajo.

-¿Qué estás viendo? -preguntó Ivanhoe.

-Nada: una nube de flechas que oculta a los que las dis­paran.

-¡Esto no puede durar! --dijo Ivanhoe-. Si no vienen en dirección a tomar el castillo a viva fuerza, sus flechas poca mella han de hacer en las piedras de los baluartes. Mira si dis­tingues al caballero del Candado y qué tal se porta en esta  coyuntura, porque los soldados no pelean si no les da ejemplo el caudillo.

-No le veo -respondió la judía.

-¡Malsín cobarde! -exclamó Ivanhoe- ¡Ahora deja el timón cuando más aprieta la borrasca!

-¡No lo deja, no lo deja! -dijo Rebeca-. Ahora le veo, Se dirige con una partida considerable hacia la barrera de la barbacana. Están echando abajo las estacadas y las empaliza­das con hachas, y en medio de todos se distingue el plumero negro del caballero del Candado, a guisa de cuervo entre las arenas de la playa. Ya han hecho una brecha con la estacada; corren a ella, pero vuelven atrás. "Frente de buey" defiende la brecha con las suyas. ¡Cómo descuella su enorme estatura entre los que le siguen! Los sitiadores la atacan de nuevo, y se disputan el paso hombre a hombre. ¡Dios de Jacob, parece el choque de dos océanos impulsados por vientos contrarios!

Rebeca apartó el rostro de la ventana, como si le fuera imposible soportar la vista de tan terrible escena.

-Mira otra vez, Rebeca -dijo Ivanhoe, que atribuyó a otra causa este movimiento-. No es regular que tiren flechas ahora, puesto que pelean mano a mano. No tengas miedo.

             Rebeca volvió a la ventana y exclamó inmediatamente:

-¡Santos profetas de la ley! ¡"Frente de buey" y el caba­llero de la negra armadura pelean ahora cuerpo a cuerpo en la brecha! Parece que los de uno y otro partido contemplan con ansia este terrible encuentro. ¡El Cielo defienda la causa del oprimido y del preso! ¡Dios mío -gritó de pronto con el mayor sobresalto-, cayó a los pies de su enemigo!

-¿Quién cayó? -preguntó Ivanhoe-. ¡Por Dios santo, que no me tengas en esta inquietud!

-¡El caballero Negro! -dijo Rebeca casi desfallecida; en seguida gritó con júbilo-: ¡No! ¡Bendito sea el Dios de los ejércitos! Está otra vez en pie y peleando como si tuviera la fuerza de veinte hombres en su brazo! Se le rompió la espa­da; pero ha tomado el hacha de un montero. ¡Dios mío, cuan­tos golpes descarga a su enemigo! El gigante vacila como la encina a los hachazos del leñador. ¡Ya cayó... al suelo!

-¿Frente de buey"? -preguntó Ivanhoe.

-Frente de buey" -dijo la judía-; y los suyos, capita­neados por el templario, acuden a su socorro. El campeón se detiene, viendo que le acometen tantos. Ya han retirado al Barón, y le traen a las murallas.

-¿Han tomado los sitiadores las barreras? -preguntó Ivanhoe.

-Las han tomado-dijo Rebeca-, y ya estrechan a los sitiados en los muros. Algunos aplican escalas, y otros se agolpan y se precipitan para subir por ellas como ovejas. De arriba les echan piedras, vigas y troncos de árboles. Los que caen heridos se retiran y otros vuelven a ocupar sus pues­tos. ¡Santo Dios! ¿Has dado tu imagen al hombre para que se la maltrate y desfigure tan horriblemente por su propio hermano?

-¡No pienses en eso -dijo Ivanhoe-, que ahora no estamos en tiempo de reflexiones! ¿Quién cede? ¿Quién ade­lanta?

-Ya no hay escalas en el muro -dijo Rebeca-; Todas han caído al suelo. Los pobres sitiadores ruedan como repti­les. Los sitiados ganan.

-¡San Jorge sea con nosotros! -dijo Ivanhoe-. ¿Posi­ble es que esos villanos se amedrenten?

-No -respondió Rebeca-, que se rehacen y pelean con valor. El caballero Negro se acerca a la poterna con un hacha formidable en la mano. Bien puedes oír los golpes que le descarga. Los del muro le arrojan vigas y piedras; mas él las aparta como si fueran plumas.

¡Por San Juan de Acre -exclamó Ivanhoe incorporán­dose con grandes muestras de alegría-, no hay más que un hombre en Inglaterra que sea capaz de semejante hazaña!

-¡La poterna cede -dijo Rebeca-; ya cruje, ya está hecha astillas! ¡La barbacana es nuestra! ¡Oh Dios! ¡Los nor­mandos dejan el parapeto! ¡Ya están en el foso! ¡Hombres, si hombres sois en verdad, perdonad al rendido!

-¡El puente! -dijo Ivanhoe-. ¡Observa el puente que comunica con el castillo! ¿Le han pasado los sitiadores?

-No -dijo Rebeca-; el templario le ha destruido, y se retira al castillo con algunos pocos. Los otros... ya oyes sus quejidos lastimeros. ¡Cierto es que la victoria es mucho más cruel que el combate!

-¿Qué hacen ahora? -dijo Ivanhoe-. Observa bien, que no es ocasión ésta de espantarse al ver muertos y heridos.

-Todo está suspenso -dijo Rebeca- los nuestros se fortifican en la barbacana, y en ella se parapetan de los pocos tiros que les disparan de cuando en cuando los de adentro; y creo que es más bien para incomodarlos que para hacerles daño.

-Los nuestros -dijo Ivanhoe- no abandonaran una empresa que han empezado tan gloriosamente y que con tanta felicidad han llevado a cabo. No, por cierto; apostaría la vida a que no cede ese buen caballero que ha echado abajo las barras de hierro y las tablas de encina de la poterna. ¡Cosa extraña! No hay dos hombres en la cristiandad capaces de tamaño arrojo. Pero ¿qué significan el cerrojo y el candado azul en campo negro? Rebeca, mira si puedes distinguir algu­na otra particularidad en su persona.

-Nada absolutamente -respondió Rebeca-; su arma­dura y ,ropaje, el caballero y sus arneses, todos es igual, y negro como las alas de un cuervo. Pero estoy segura de que podría distinguirle de ahora en adelante entre mil guerreros. Con la misma serenidad acude al peligro que si fuera a un banquete. Parece que cada golpe que da lleva en sí todo el espíritu que le anima. ¡Dios le perdone el pecado de haber derramado la sangre de su hermano! ¡Terrible cosa es, pero sublime al mismo tiempo, ver a un hombre solo triunfar de tantos enemigos!

-Rebeca ---dijo Ivanhoe-, tú has hecho la pintura de un héroe. Seguramente, ese intervalo es para tomar algún des­canso y preparar los medios de pasar el foso; porque con un caudillo como ése no hay demoras, ni contemplaciones, ni descuidos. Mientras más peligros, más gloria. ¡Juro por el honor de mi casa y por el nombre de la dama de mis pensa­mientos, que pasaría diez años de cautiverio sólo por pelear un día al lado de ese buen caballero en una causa tan justa como ésta!

-¡Ah! dijo Rebeca quitándose de la ventana y acer­cándose al lecho del herido-. Esos movimientos de impa­ciencia, esta lucha con vuestra actual debilidad, no hacen otra cosa que retardar vuestro alivio. ¿Cómo podréis hacer heridas a los otros si no se curan las vuestras?

-Rebeca -dijo el caballero-, tú no puedes imaginarte cuán difícil es para el que está acostumbrado a la guerra y a los hechos de caballería permanecer tranquilo mientras otros pelean a poca distancia. El amor de la batalla es el aliento que nos anima; el polvo de la refriega es el alimento que nos con­forta. No vivimos ni deseamos vivir en tanto que no somos victoriosos y nombrados. Tales son las leyes de la Caballería que hemos jurado obedecer, y las cuales sacrificamos cuanto más apreciamos en el mundo.

-¡Ah! -dijo la judía-. ¿Qué es eso, sino sacrificar al ídolo de la vanagloria después de haberse consumido en el fuego de Moloc? ¿Qué os queda en galardón de toda la san­gre que habéis vertido, de todos los males que habéis sufrido, de todas las lágrimas que habéis hecho derramar, cuando la muerte hiela el brazo del guerrero y detiene la carrera de su caballo.

-¿Qué queda? -dijo Ivanhoe-. ¡La gloria, que es el brillo que dora nuestro sepulcro y el bálsamo que conserva nuestro nombre!

-La gloria -dijo Rebeca- es una armadura vieja cubierta de orín que cuelga sobre el sepulcro del guerrero; es la inscripción borrada que apenas puede leer el erudito para satisfacer la curiosidad del pasajero. ¿Es suficiente recom­pensa de tantos afectos sacrificados y de una vida miserable empleada en hacer miserables a los otros? ¿Qué virtud tienen las trovas de un bardo que baste a suplir la falta del amor doméstico, de los sentimientos suaves, de la paz y de la ven­tura? La gloria, señor caballero, en los tiempos en que vivi­mos, no es más que la fama que se adquiere en las tabernas cuando un cantor vagabundo celebra ante un concurso de villanos ebrios las hazañas de los que ya no existen.

-¡Por el alma de mi abuelo -dijo Ivanhoe-, que estás hablando de lo que no entiendes y ajando el esplendor de la Caballería, que es lo único que distingue al noble del plebe­yo, al caballero del pícaro o del villano! ¡Lo único que real­za el honor sobre la vida, nos hace vencedores de los traba­os y fatigas, y nos enseña a no temer otro mal si no es la deshonra! Tú no eres cristiana, Rebeca, y, por consiguiente, desconoces la dulzura que experimenta el corazón de una dama cuando su amante ha inmortalizado su brazo con algu­na noble y atrevida hazaña. La caballería es la cuna de los afectos puros y generosos, el apoyo de los oprimidos, la ven­gadora de los agravios, el yugo que doma el poder del tirano. Sin ella, nobleza es palabra sin significación, y su lanza y su espada son la mejor defensa de la libertad y de la indepen­dencia.

-Mi nación -dijo Rebeca- hizo prodigios de valor en defensa de la patria; mas nunca tomó las armas sino por expre­so mandato del Dios de Israel o para rechazar la opresión. El sonido de la trompeta no despierta ya a Judá de su sueño, y sus despreciados hijos se presentan como víctimas que gimen bajo el peso de una esclavitud más larga aún que la de Babilonia. Bien has dicho, caballero: no está bien que una doncella hebrea hable de guerras ni batallas, mientras el Dios de Jacob no suscite un nuevo Gedeón, un segundo Macabeo.

La orgullosa doncella concluyó estas palabras entono de dolor y amargura que expresaba su despecho al considerarlì degradación de su pueblo. Alligíala también la idea de que Ivanhoe la juzgase indigna de dar su voto en puntos de honor - y de abrigar en su alma sentimientos exaltados y generosos.

-¡Cuán mal me conoce -decía- si cree que la censo­ra que he hecho de la extravagancia caballeresca de los naza­renos procede de bajeza y cobardía! ¡Ojalá mi sangre derra­mada gota a gota pudiese redimir la cautividad de Judá! ¡Ojalá pudiera pagar la libertad de mi padre y de su bienhe­chor! ¡Entonces vería el cristiano si una hija de Israel no es tan arrojado y valiente cono la soberbia doncella nazarena, envanecido con los pergaminos de su raza y con poseer algún mal castillo entre los hielos áridos del Norte!

AI terminar estas reflexiones Rebeca fijó los ojos en el  caballero herido.

-Duerme -dijo- la naturaleza fatigada de tanta inquietud y agitación, se aprovecha del primer intervalo de reposo para reparar con su sueño benéfico las fuerzas perdi­das. ¡Ah, quizás mis ojos le contemplan por última vez; qui­zás dentro de pocos momentos desaparecerá del rostro esa expresión generosa y valiente que aun durante el sueño le anima; quizás no tardarán en marchitarse sus facciones con el hielo de la muerte, y el más ruin villano de este odioso casti­llo hollará con desdén el cuerpo en que se alberga tan noble espíritu! Él, en tanto, reposa tranquilo, sin que le asuste el golpe que le amenaza. ¿Y mi padre? ¡Oh padre mío! ¿Es posi­ble que tu hija olvide tus canas por los rubios rizos de un extranjero? ¡Oh Dios de mi pueblo! Los males que me rodean no son más que las amenazas de tu cólera contra la hija ingrata que piensa en el cautiverio del infiel antes que en las calamidades que atosigan la vida de su padre, que no se cuida de la desolación de Judá, y fija sus pensamientos en la genti­leza de ese joven! ¡Arranquemos esta quimera del corazón aunque sea destrozando todas sus fibras!

Rebeca se cubrió con un velo y se sentó a cierta distancia de Ivanhoe, volviéndole la espalda y procurando fortificar su espíritu no sólo contra los riesgos que circundaban su vida y su honor, sino también contra los amorosos pensamientos que iban echando raíces en su alma.

Durante el intervalo de suspensión de hostilidades que siguió al primer triunfo de los sitiadores, mientras éstos se disponían a estrechar el asedio y los sitiados fortificaban sus medios de defensa, el Templario y Bracy tuvieron una breve conferencia en el salón del castillo.

-¿Dónde está "Frente de buey"? -pregunto Bracy que había dirigido la acción en la parte opuesta a la que el Barón defendía-. Por ahí corren voces de su muerte.

--Vive -dijo el Templario-. Vive aún; pero aunque hubiera tenido la cabeza de buey que lleva en las armas, y diez planchas de hierro encima, difícil hubiera sido resistir al hacha de su enemigo. Dentro de pocas horas "Frente de buey" estará en compañía de sus padres; y cierto que es una gran pérdida para la empresa del príncipe Juan.

-Y un gran refuerzo para el reino de Satanás -dijo Bracy-. ¡Estos son los frutos de sus blasfemias contra los ángeles y de sus chanzas y amenazas de echar las estatuas de los santos por las almenas abajo!

-¡Anda, loco! -repuso el Templario-. ¡Tu impiedad y la del Barón corren parejas!

. -¡Gracias, señor templario! -dijo Bracy-. Sólo te ruego que no olvides el refrán: quien tiene tejado de vidrio... Ya sabes lo demás. Lo que te digo es que soy mejor cristiano que tú; pues si no miente la fama no eres de los mejores.

-Poco me importa lo que digan -respondió Brian-: lo que importa ahora es defender el castillo y que no seamos el escarnio de esos malsines. ¿Cómo han peleado los que tenías enfrente?

-Como leones -respondió el aventurero-. Agolpá­banse a los muros a guisa de abejas furiosas, acaudillados por el villano que ganó el premio del blanco en el torneo de Ashby, a quien conocí fácilmente por el tahalí y el cuerno. Estas son las consecuencias de la decantada política de Fit­zurse: envalentonar a esos perros para que se rebelen contra sus señores. Siete veces me apuntó el villano con tan poco reparo como si fuera un gamo de esas selvas. Cada abertura de mi armadura recibió una flecha de una vara de largo, que rebotaba en mis costillas como si hubieran sido de bronce. Gracias al camisote de malla de España que llevo debajo del peto; que a no ser así, hubiera dado cuenta de mi persona.

-Pero, a lo menos -dijo el Templario-, tú has conser­vado tu puesto, y nosotros perdimos el nuestro.

-Malo es eso -dijo Bracy-; los villanos se guarecerán en la obra exterior, atacarán más de cerca el castillo, y si no tenemos mucho cuidado se aprovecharán de algún rincón de torre o de alguna ventana olvidada, y los tendremos encima en un santiamén. Somos poquísimos para una línea de defensa tan extendida: los nuestros dicen que no pueden asomar la cabeza sin recibir un tiro. "Frente de buey" se muere y se acabó el socorro que nos daban su fuerza brutal y su genio indomable. ¿Qué hemos de hacer ahora? ¿No sería bueno hacer de la necesidad virtud, y entendernos con esos bellacos para el rescate de nuestros cautivos?   

-¡Qué vergüenza! -exclamó el Templario-. ¡Nos  hemos apoderado de noche de unos caminantes indefensos, y no podemos conservarlos en una fortaleza porque nos ataca una gavilla de salteadores! ¿Qué se diría de nosotros? ¡Que cedemos a un puñado de bufones, porquerizos y otra canalla inmunda que es la hez de la especie humana! ¿No te cubres de bochorno, Mauricio de Bracy? ¡Enterrémonos en las ruinas de este castillo antes de consentir en tanta humillación!

-Pues corramos a los muros -dijo Bracy-, que ni turco ni templario despreció tanto la vida como yo la despre­cio. Creo, sin embargo, que no hay deshonra que desear que se presenten en el campo cuarenta siquiera de mis valientes compañeros. ¿Oh lanceros de Bracy? ¿Si supierais los apuros de vuestro capitán, cuán pronto ondearía mi bandera entre los árboles de ese bosque, y cuán poco se detendría a esperaros esa cuadrilla de vagabundos?

-Desea cuanto quieras -dijo el Templario-, y saque­mos el mejor partido posible de los hombres que tenemos a nuestra disposición. Casi todos son partidarios de "Frente de buey", aborrecidos en estos alrededores por su insolencia y tiranía.

-¡Tanto mejor! -dijo Bracy-. ¡Con eso se mantendrán firmes y derramarán hasta la última gota de sangre!

-¡A las murallas! -gritó el Templario-; y los dos cau­dillos se presentaron inmediatamente en las almenas para dis­poner todo cuanto podían dictarla destreza militar y el valor en defensa de la plaza.

No tardaron en conocer que el punto más peligroso era el opuesto a la barbacana, de que se habían apoderado los sitia­dores. Es cierto que el foso que mediaba entre ella y el casti­llo era un gran obstáculo que no podía vencerse con facilidad, y de otro modo era imposible atacar la puerta principal; pero Bracy y el Templario fueron de parecer que los sitiadores podrían llamar la atención de la guarnición hacia aquella parte por medio de un ataque violento y repentino, y al mismo tiem­po aprovecharse de cualquier otro punto descuidado. Para frustrar este plan sólo les quedaba el recurso de colocar centi­nelas en todo el recinto de la plaza, que pudieran comunicar entre y dar el grito de alarma en caso necesario. También se dispuso que Bracy tomara el mando de la puerta y que el Tem­plario se colocaría a cierta distancia con un cuerpo de veinte hombres, a fin de acudir en todo caso a los puntos amenaza­dos. La pérdida de la barbacana tenía también el gran incon­veniente de que a pesar de la considerable altura de la mura­lla los sitiados no podían observar tan completamente como antes las operaciones y movimientos del enemigo porque la maleza del bosque llegaba hasta la obra exterior, y de este modo podían introducirse en ella nuevas fuerzas, no sólo a cubierto, pero sin noticia de la guarnición. Inciertos por tanto del punto en que reventaría la borrasca, Bracy y su compañe­ro debían estar prevenidos para hacer frente en todo el circui­to de los muros; pero los escuderos y soldados empezaban a desmayar, viéndose cercados por todas partes por enemigos furiosos que podían escoger a sus anchas el punto y la hora del ataque.

 

 

XXIV

 

 

Entra, y mira en el lecho mortuorio,

cómo un alma se marcha en raudo vuelo

de lágrimas y duelo acompañada,

y al Cielo sube a recibir el premio.

                 ANTIGUA TRAGEDIA.

 

Entretanto el dueño del castillo yacía en cama atormentado por los dolores que le ocasionaban sus heridas y por la angustia y despecho que más y más las irritaban. Ni siquiera tenía el recurso que aletarga el alma sin tranquilizarla, como el opio calma los dolores sin detener los progresos de la enfermedad, pero que, a lo menos, era preferible a las horro­rosas agonías de la desesperación y de la rabia. La avaricia era el vicio dominante de "Frente de buey", y lejos de dar limosna a los establecimientos piadosos había muchas veces arrostrado la indignación de los eclesiásticos y usurpando sus haciendas y caudales. Más era llegado el momento en que la Tierra y todos sus tesoros iban a desvanecerse para siempre a sus ojos.

-¿Dónde están ahora -decía el Barón- esos curas? ¿Dónde están esos carmelitas, a quienes mi padre fundó un convento dándoles prados y tierra de labor? ¡Estarán sin duda a la cabecera de algún villano moribundo! ¡Y yo moriré como un perro; yo, hijo del que les dio el pan que comen! ¿No dicen que es bueno rezar? A lo menos para rezar no se necesita el favor ajeno; pero yo... rezar... ¡No me atrevo!

-¿No te atreves? ¿Cuándo has dicho otro tanto, "Frente de buey"? -exclamó junto a la cabecera del barón una voz trémula y aguda.

Trastornado por su mala conciencia y por la agitación de sus nervios "Frente de buey" creyó que aquella interrupción de su soliloquio procedía de alguno de aquellos ángeles per­versos que habían acudido para distraer sus meditaciones y estorbarle pensar en el gran negocio de su salvación. Estre­mecióse, y miró por todas partes, y recogiendo todas sus fuer­zas exclamo:

-¿Quién está ahí? ¿Quién repite mis palabras? ¿Quién eres tú que graznas en mis oídos? ¡Ponte delante de mí, para que yo pueda verte!

-¡Soy el Demonio que te persigue! -respondió la voz.

-Déjate ver en forma corpórea -dijo "Frente de  buey"-, y verás como no te temo! ¡Por las cavernas del infierno, que si pudiera luchar con estos fantasmas que me atormentan como con un enemigo de carne y hueso, había de burlarme de ti y de todas tus legiones!

-Piensa en tus pecados -siguió la voz-: en la rebeldía, en la rapiña, en el asesinato. ¿Quién indujo al licencioso prín­eipe Juan a tomar las armas contra el anciano que le dió la vida, contra el generoso hermano que le prodigó tantos beneficios?

¡Mientes, demonio, hechicero o quienquiera que seas! -respondió "Frente de buey". -¡Mientes como un villano! ¡No fui yo solo; fuimos cincuenta caballeros y barones, los mejores que han enristrado lanza, la flor de la Nobleza de Inglaterra! ¿He de responder yo de los pecados ajenos? ¡Falso tus morir enemigo, paz, si eres mortal, y si no lo eres, todavía no ha lle­gado tu hora!

-¡No morirás en paz! -repitió la voz-. ¡No, que tu muerte será emponzoñada por el recuerdo de tus homicidios, por el eco de los alaridos que han retumbado en estas bóvedas, por la sangre que ha inundado estos pavimentos!

-¡No me impones silencio con tus cargos! -respondió el Barón con amarga y violenta sonrisa-. ¡El judío ha expe­rimentado la suerte que merece! Y por lo que hace a los sajo­nes que han muerto a mis manos, eran enemigos de mi patria, de mi linaje y de mi soberano. Ya ves que estoy bien parape­tado contra tus tiros. ¿Te has ido, o por qué callas?

-¡No, infame parricida! -repuso la voz-. ¡Acuérdate de tu padre y de su muerte; acuérdate de la sala del banquete, regada con su sangre, que acababa de verter la mano de su hijo!

-¡Ah! -exclamó el barón después de haberse parado algún rato-. ¡Yo creía que ese secreto estaba depositado sólo en mi pecho y en el de Ia que fue mi cómplice! Anda y busca a la bruja sajona Urfrida, que podrá decirte lo que sólo ella y yo vimos. Ella fue la que lavó las heridas, amortajó el cadá­ver y propagó la noticia de que el viejo había muerto de cóli­co; ella fue la que me puso en el resbaladero, y debe tener su parte en el castigo. ¡Anda y hazle saborear los tormentos pre­cursores del Infierno!

-Ya los saboreó de antemano -dijo Urfrida poniéndo­se de pronto enfrente del barón-. Ya he apurado la copa, y sólo ha podido dulcificarme su amargura la esperanza de ver lo que estoy viendo ahora. ¿De qué te sirve apretar los dien­tes y echarme esas miradas furibundas? ¿De qué te sirven esos gestos de amenaza? ¡Esa mano, que, como la del padre que adquirió el nombre que llevas hubiera podido en otro tiempo partir la cabeza de un toro indómito, está ahora tan enervada y tan débil como la mía!

-¡Vil saco de huesos! -exclamó Frente de buey-, ¡Detestable lechuza! ¿Ahora vienes a deleitarte en las ruinas del edificio que has echado al suelo?

-¡Reginaldo "Frente de buey" -repuso la vieja- ésta es la hija del asesinado Torquil de Wolfgauger; ésta es la her­mana de sus hijos degollados; ésta es la que te pide padre, familia, nombre, fama: todo lo que ha perdido a manos de un "Frente de buey"! ¡Tales son los males que he sufrido!... ¿Te atreverás a negarlo? Pues bien; si hasta ahora has sido el demonio de mi persecución, ahora lo soy yo de la tuya; ¡y te perseguiré y te atormentaré hasta el último momento de un infame existencia!

-¡Eso es lo que no verán tus ojos, furia aborrecible! - respondió "Frente de buey"-. Hola, Gil, Clemente, Eusta­quio, Esteban, Mauro; acudid y arrojad a esa maldita de cabe­za por una tronera del castillo! ¡Nos ha vendido a los sajones! ¿Por qué tardáis, pícaros?

-Llámalos más recio -dijo Urfrida con sonrisa burlo­na-. Llama a todos tus vasallos y amenázales con el azote y el calabozo. Sabe, orgulloso caudillo -añadió mudando de tono- que ni te darán respuesta ni auxilio. Oye, oye esos espantosos sonidos -dijo, deteniéndose para que el Barón escuchase el rumor del combate, que estaba a la sazón en su mayor encarnizamiento-. Esos gritos son los precursores de la ruina de tu casa y de tu familia. El edificio de la prosperi­dad de "Frente de buey", cimentado en crímenes y en sangre, va a desmoronarse ante sus más despreciados enemigos. I 1 Sajón, Reginaldo, el Sajón asalta tus murallas, y tú yaces amilanado en tu cama, mientras él se prepara a hollar tus timbres y tu soberbia.

-¡Que no tenga yo -dijo "Frente de buey"- un momento de vigor para ir a recibir a esos menguados como se merecen!

-No pienses en eso, noble y valiente guerrero -dijo Urfrida-. Tu muerte no será la del soldado: ¡morirás como la zorra en la guarida cuando los pastores ponen fuego a la male­za que la circunda!

¡Execrable fantasma, mientes! -repuso "Frente de buey”

-¡Mis soldados pelean con brío; mis compañeros sostie­nen el honor de sus armas! Ya oigo desde aquí los gritos ani­mosos de Bracy y del Templario, y yo te juro por mi honor que cuando encendamos la hoguera con que hemos de cele­brar nuestro triunfo, sus llamas han de consumir tus huesos y tu pellejo. He de vivir con la satisfacción de haberte enviado del fuego terreno al fuego infernal, que nunca habrá consumi­do un ser más diabólico que tú.

-Vive en esa esperanza -dijo Urfrida- hasta que la realices. ¡Pero no! Quiero que sepas desde ahora la suerte que te aguarda; y aunque preparada por estas débiles y trémulas manos, no son parte a evitarla tu fuerza, tu poder ni tu valor. ¿No ves ese vapor espeso que se alza por todo el aposento? ¿Lo has atribuido quizás a la turbación? No, "Frente de buey", de otra causa procede. ¿Te acuerdas del pajar que está en el piso bajo de esta torre?

-¡Mujer! -exclamó furioso el Barón-. ¿Le has pega­do fuego? ¡Pero sí... ya veo... ya veo las llamas!...

-Sí -dijo la vieja- ya suben, ya se acercan al sitio en que estás. Esas llamas sirven de aviso a los sajones para que vengan a apagarlas. Adiós, Frente de buey. Asístante en tu agonía Mista, Skogula y Zernebock, divinidades de mi pue­blo. En sus manos te dejo; pero sabe, si esto puede servirte de consuelo, que Urfrida va a embarcarse contigo y a ser la com­pañera de tu castigo, como lo ha sido de tu culpa. ¡Adiós, parricida! Pluguiese al cielo que hubiera cien lenguas en cada piedra de este edificio y que no cesasen de repetir este dicta­do, durante los pocos instantes que te quedan de vida.

Dichas estas palabras salió del aposento, y "Frente de buey" oyó el tremendo ruido de los cerrojos y llaves que ella aseguraba con el mayor esmero a fin de quitarle hasta la más remota esperanza.

-¡Esteban, Mauro, Clemente, Gil! -exclamaba en los últimos extremos del terror y la desesperación-. ¡Venid, que me quemo! ¡Venid a mi ayuda, valiente Bois-Guilbert, intré­pido Bracy! ¡"Frente de buey" os llama, traidores vasallos! ¡Vuestro amigo, perjuros y falsos caballeros! ¡Caigan sobre vosotros todas las maldiciones del Infierno si me dejáis pere­cer tan miserablemente! ¿No me oís? No, no pueden oírme. Ni voz se confunde en el estrépito de la batalla. El humo se agolpa cada vez más; las llamas calientan ya el piso. Venga un soplo de aire, aunque sea a costa de mi aniquilación.

El perverso, enajenado por el frenesí de su despecho, repetía los gritos de los combatientes, y después prorrumpía en maldiciones espantosas contra sí mismo, contra los hom­bres, contra todo lo más sagrado que ellos respetan.

-¡Las llamas me rodean! -gritaba-. ¡El demonio mar­cha contra mí en medio de su propio elemento! ¡Perverso espíritu, huye de aquí! ¡No, no me llevarás solo! ¡Vengan con­migo mis compañeros! ¡Todos son tuyos; tuyos son también los muros de mi fortaleza! ¿Han de quedarse aquí el inmoral templario, el licencioso Bracy? ¡Urfrida, vieja endemoniada, los hombres que me han ayudado en esta empresa, los perros sajones y los malditos judíos mis prisioneros, todos, todos ire­mos juntos! ¡Cómo hemos de divertirnos en el camino!

"Frente de buey", prorrumpió en ruidosas carcajadas, cuyos ecos resonaron en las bóvedas del aposento.

-¿Quién se ríe? -exclamó-. ¿Eres tú, Urfrida? ¡Habla, y te perdono! ¡Sólo tú o Satanás pueden reírse en oca­sión como ésta!

Pero corramos el velo; sería una impiedad repetir las últi­mas palabras del blasfemo parricida.

 

                                                   XXV

 

 

¡Vamos, bravos amigos, a la brecha!

¡Sírvannos de muralla los que han muerto,

en el fuerte clavemos la bandera,

y que digan al verla nuestros nietos

que dignos hijos somos de Inglaterra!

                     SHAKESPEARE: El rev Enrique V

 

Aunque Cedric no confiaba mucho en la ejecución de los planes; de Urfrida, no dejó de comunicar su promesa al caba­llero del Candado y a Locksley. Estos supieron con satisfac­ción que tenían en la plaza un aliado que podría facilitarles la entrada en caso conveniente, y acordaron con el Sajón la necesidad de aventurar el ataque, cualesquiera que fueran sus inconvenientes, como el único medio que les quedaba de libertar a los cautivos de las manos del cruel "Frente de buey".

-¡Rescatemos la sangre real de Alfredo! -decía Cedric.

¡Salvemos el honor de una hermosa dama! -decía el caballero.

-¡Y por San Cristóbal bendito -decía el valiente mon­tero, -aunque no hubiera otro motivo que el libertar a ese pobre Wamba, todos debíamos perecer antes que dejarle en poder de esos impíos.

-Yo digo lo mismo -añadió el fingido ermitaño-. Un loco que con sus ocurrencias hace tan buen paladar a una copa de vino como una lonja de jamón, ¡no carecerá jamás de mi auxilio mientras yo pueda blandir una partesana!

-Razón tenéis, hermano -dijo el caballero del Canda­do-. Habéis hablado como hombre de juicio. Y ahora decid­me, amigo Locksley: ¿No sería bueno que el noble Cedric tomara el mando del asalto?

-¡Ni por pienso! -dijo Cedric-. Yo no he aprendido a defender ni atacar esas mansiones del poder tiránico erigidas por los normandos en mi desventurada patria. Pelearé como el que más; pero todos mis vecinos saben que no estoy acos­tumbrado a la disciplina de la guerra, y mucho menos a dar estocadas a las piedras de los castillos.

-En ese caso, noble Cedric -dijo Locksley-, tomaré con mucho gusto a mi cargo la dirección de los flecheros; ¡y que me cuelguen del árbol más alto de estas selvas si asoma uno solo de los sitiados en el torneo de Ashby!

-¡Bien dicho! -respondió el caballero Negro-. Si me creéis digno de tener algún mando en esta empresa y hay algunos entre vuestros bravos monteros que quieran seguir los pasos de un caballero, que así puedo llamarme, pronto estoy con lo que la experiencia me ha enseñado a conducirlos al ata­que de esos muros.

Distribuidos de este modo los respectivos cargos de los jefes, empezaron el primer asalto en los términos de que ya está informado el lector.

Cuando los sitiadores tomaron la barbacana, el caballero Negro envió la noticia de tan feliz suceso al montero Locks­ ley, previniéndole que aquella era la ocasión de observar más de cerca y con más vigilancia que nunca el castillo, a fin de evitar que los sitiados congregaran todas sus fuerzas, hiciesen una salida repentina y volvieran a apoderarse del puesto de que habían sido arrojados. El caballero tenía gran empeño en estorbar semejante designio porque sabía que los hombres que mandaba, alistados con precipitación imperfectamente armados y poco acostumbrados a obedecer, tenían que pelear con gran desventaja con los soldados veteranos de los nor­mandos que estaban bien provistos de armas ofensivas y que para contrarrestar el celo y la intrepidez de los sitiadores con­taban con la superioridad que dan los hábitos militares y el diestro manejo de la espada y del broquel.

El caballero empleó la suspensión que siguió a la toma de la barbacana en dirigir la construcción de un gran tablado o puente volante, por cuyo medio esperaba pasar el foso a des­pecho de toda la resistencia que podrían oponer los enemigos. Esta operación exigía algún tiempo; mas esto no era gran inconveniente para los sitiadores, los cuales esperaban que entretanto Urfrida ejecutara su proyecto.

Cuando el puente estuvo concluido:

-No podemos perder tiempo -dijo el caballero del Candado-: el sol declina, y yo no podré pasar aquí el día de mañana. Milagro será además que no vengan lanceros de York al socorro de esa gente y en tal caso no nos será tan fácil llevar a cabo la empresa. Vaya uno de vosotros a Locksley, y dígale que ahora es la ocasión de disparar una descarga cerra­da de flechas por el lado opuesto y hacer todas las demostra­ciones de asaltar por aquella parte; y vosotros, valientes ingle­ses, manteneos firmes a mi lado y disponeos a echar el puente sobre el foso inmediatamente que se abra la poterna. Seguid­me cuando yo empiece a pasar el puente, y me ayudaréis a echar abajo la puerta principal del castillo. Los que no quie­ran emplearse en este servicio o no estén bien armados para desempeñarlo, colóquense sobre la barbacana, preparen los arcos, y no dejen hombre con vida en las almenas. Noble Cedric, ¿queréis tomar el mando de los que formen la reser­va?

-¡No, por cierto! -dijo Cedric-. Eso de mandar no está en mis libros: ¡pero maldígame toda mi posterioridad si no te sigo valientemente adonde quiera que vayas! La causa es mía y mío debe ser el mayor peligro.

-Considera -dijo el caballero-, noble Cedric, que no tienes más que un yelmo, una espada y un mal broquel, y que careces de peto y espaldar.

-¡Mucho mejor! -respondió Cedric: ¡Así estaré más ligero para subir a las murallas! Y perdona que te hable con alguna vanidad; mas hoy verás, señor caballero, que el echo desnudo de un sajón sabe oponerse a los tiros con tanta intrepidez como la armadura de acero del mejor paladín nor­mando.

-Empecemos en nombre de Dios! -dijo el caballero­

¡Abrid la puerta y echad el puente!

            Inmediatamente se abrió el portalón de la barbacana que daba al foso y que correspondía con la puerta principal del castillo; en seguida los monteros empujaron el puente, que formaba entre la fortaleza y la obra exterior un paso resbala­dizo y peligroso, por el cual sólo podían marchar dos hombres de frente. Conociendo la importancia de tomar el punto por sorpresa, el caballero Negro, seguido por Cedric, pasó el puente y llegó al lado opuesto empezando a dar terribles gol­pazos con el hacha en la puerta del castillo. Protegíanle en parte de los tiros de los sitiados las ruinas del puente antiguo que el Templario había cortado al retirarse de la barbacana dejando un enorme contrapeso pendiente de la parte superior de la portada. Los monteros que siguieron al caballero no tenían este defensivo: dos murieron inmediatamente a los tiros de la guarnición; otros dos cayeron en el foso; los otros se retiraron.

Entonces fue sumamente peligrosa la situación del caba­llero y de Cedric, y más lo hubiera sido a no haber mostrado la mayor tenacidad los monteros de la barbacana en molestar con incesantes descargas a los sitiados, distrayendo de este modo su atención e impidiendo que cayera sobre los dos caba­lleros la borrasca de vigas y piedras que desde arriba podían arrojarles; no obstante lo cual crecían por instantes los peli­gros que los rodeaban.

-¿No os caéis muertos de vergüenza? -dijo Bracy a los soldados que estaban sobre la puerta-: ¿Os llamáis balleste­ros, y permitís que esos dos bellacos se burlen de nosotros? i Vengan acá manos, picas y palancas, y descarguémosles encima esa parte de la cornisa!

Dijo esto señalando a un grandísimo cantón que sobresa­lía del muro, sirviendo de cornisa entre éste y las troneras

Pero en aquel instante los sitiadores vieron tremolar una bandera roja en la torre que Urfrida había designado a Cedric, El buen montero Locksley fue el primero que descubrió esta señal de próxima victoria cuando lleno de impaciencia y dese­oso de apresurar el asalto se dirigía a la barbacana con el designio de observar de cerca los progresos que el caballero y Cedric hacían.

-¡San Jorge! -exclamó-. ¡Viva Inglaterra! ¡AI ataque, monteros! ¡No dejemos al buen caballero y al noble Cedric solos en el lance más crítico! ¡Ermitaño, veamos si eres tan diestro en la pelea como supones! ¡Arriba, valientes amigos; nuestro es el castillo, puesto que tenemos amigos dentro! ¿Veis la bandera? Esa es la señal del triunfo de la buena causa! ¡Honor y despojos nos aguardan; gloria y botín! ¡Hagamos un esfuerzo, y la plaza es nuestra!

Al decir esto apuntó el arco y disparó una flecha al pecho de un soldado que bajo la dirección de Bracy estaba descar­nando con un barra uno de los ángulos de la cornisa para pre­cipitarla sobre Cedric y el Caballero del Candado. Otro sol­dado ocupó el lugar del muerto tomándole la barra de las manos para continuar la operación, y ya sus golpes habían conseguido que la cornisa comenzase a ceder cuando recibió una flecha en el yelmo y cayó muerto de las almenas al foso. Los otros que estaban en los muros parecían amedrentados porque veían que no había armadura que pudiera resistir a los golpes de aquel formidable tirador.

-¿Ya perdéis ánimo, cobardes? -exclamó Bracy-. ¡Dadme la barra, y veréis!

Y tomándola con intrepidez y firmeza empujó con cuan­to vigor pudo el canto de la cornisa, cuyo peso era suficiente no sólo para arrebatar los restos del puente antiguo bajo el cual estaban guarecidos Cedric y el caballero sino para hundir el puente nuevo y sepultar con él a los que lo ocupaban. Los Sajones vieron el peligro, y los más atrevidos, incluso el ermi­taño, no se atrevieron a poner el pie en las tablas. Tres veces disparó Locksley a Bracy, y tres flechas fueron rechazadas por su excelente armadura.

-¡Maldiga Dios el acero de España! -dijo despechado el montero-. ¡Hubiera forjado un herrero ingles, y así lo atravesaran mis flechas como si fuera tafetán! ¡Camaradas, amigos, noble Cedric, atrás o si no, perecéis!

Los tremendos golpes que el caballero del Candado des­cargaba en la poterna hubieran ahogado el rumor de veinte trompetas; así es que los gritos de Locksley no llegaron a sus oídos ni a los de Cedric. El fiel Gurth se aventuró a pasar el puente para retirar a su amo de aquel inminentísimo riesgo o para morir a su lado. Pero ya resbala la piedra, y el celo de aquel excelente servidor hubiera sido infructuoso y Bracy hubiera llevado a cabo su propósito si no hubiera oído en aquel instante la voz del Templario.

-¡Todo se ha perdido, Bracy! -gritó Brian-. ¡El casti­llo arde!

¿Estás loco? -dijo Bracy.

-¡Las llamas consumen toda el ala del lado Poniente! ¡Vanos han sido todos los esfuerzos que he hecho para apa­garlas!

Brian de Bois-Guilbert dió esta noticia con la inalterable frialdad que formaba una de las bases principales de su carác­ter; más no la recibió del mismo nodo su compañero.

-¡Santos del cielo! -dijo Bracy-. ¿Qué hemos de hacer ahora? ¡Ofrezco un candelero de oro a San Nicolás de Limoges!...

¡Buenos estamos para votos! -repuso el Templario­-"yeme, y sigue mis consejos. Reúne tus hombres como si fueras a hacer una salida, abre la poterna, empuja al foso los dos solos hombres que están en el puente volante y hazte camino hasta la barbacana. Al mismo tiempo yo saldré por la puerta principal y atacaré la barbacana por el lado opuesto. Si volvemos a apoderarnos del punto, nos defenderemos en él hasta recibir socorro; si no, a lo menos capitularemos con honor.

-¡Bien pensado! -dijo Bracy-. Yo haré cuanto pueda; ¡pero Templario, no me faltes!

-¡Mano y guante! -dijo Bois Guilbert-; date prisa, en nombre de Dios!

Bracy reunió sus hombres, corrió a la poterna, y la abrió de par en par; pero apenas lo había hecho, cuando la fuerte portentosa del caballero del Candado echó a tierra a cuanta' quisieron estorbarle la entrada. Dos de los primeros cayeron e  inmediatamente; los otros cedieron, a pesar de todos los esfuerzos que su jefe hacía para detenerlos.

-¡Perros! -exclamó Bracy-. ¡Dos hombres basto para arrollaros!

-¡Es el Demonio! -dijo un veterano retirándose cubierto de contusiones y cardenales.

-¡Y aunque lo fuera! -respondió el normando-. ¿Huiríais de él hasta la boca del infierno? ¡El castillo está ardien­do, villano! ¡Si no tenéis valor, haga sus veces la desespera­ción! ¡Dejadme habérmelas con ese valiente campeón!

Bracy sostuvo valientemente la fama que había adquirido en las guerras civiles de aquella época...con su espada, y su enemigo con su hacha, hicieron retemblar el pasadizo abo­vedado que terminaba en la poterna, a fuerza de desesperados y repetidos golpes. Al fin el normando recibió uno que, aun­que amortiguado algún tanto por el escudo, sin el cual hubiera dado fin de su vida, cayó tan de lleno y con tanta violencia  sobre el crestón, que no fue dado resistirlo y dio con su cuer­po en tierra.

-¡Ríndete, Bracy! -dijo el vencedor apoyando una rodilla sobre el peto del vencido y presentándole delante de las barras del yelmo la daga con que los caballeros mataban a sus enemigos y que se llamaba en aquellos tiempos la daga de misericordia-. Ríndete a discreción, Mauricio de Bracy, o mueres!

-¡No me rindo a un vencedor desconocido! -dijo con voz apagada el normando-. Di como te llamas, o haz de mí lo que quieras. ¡Nunca se dirá que Mauricio de Bracy se ha entregado a un guerrero sin nombre!

El caballero del Candado se inclinó y dijo algunas pala­bras al oído de Bracy.

-¡Soy tu prisionero, y me rindo a discreción! -dijo el normando cambiando su tono altanero y obstinado en el de la más profunda sumisión.

-Pasa a la barbacana -dijo el guerrero-, y aguarda allí mis órdenes.

-Deja que te informe antes -dijo Mauricio de Bracy de lo que te importa saber. Wilfrido de Ivanhoe está herido y  prisionero en este castillo y perecer en las llamas si no acu­des a su socorro.

-¿Wilfrido de Ivanhoe? -exclamo el de las negras armas-. ¿Wilfrido expuesto a perecer? ¡La vida de cuantos están en el castillo me respondes del menor daño que le sobrevenga! ¡Enséñame donde ests!

-Esa escalera que tienes enfrente -dijo Bracy- con­duce a su aposento. ¡Quieres que te guie?

-No -respondió el caballero-; repitote que vayas a la barbacana. ¡No me fio de ti, Mauricio!

Durante este combate y la breve conversacion que le siguió, Cedric, a la cabeza de algunos de los suyos entre los cuales se distinguía el ermitaño, penetro por el pasadizo cuan­do vio abierta la poterna arrollando a los desanimados parti­darios de Bracy, de los cuales unos pedían cuartel, otros pre­sentaban debilidad e inútil resistencia, y los más huyeron despavoridos. Bracy se alzo como pudo del suelo y echo una triste mirada al que le habia vencido.

-¡No se fia de mi! -dijo--. ¿Y acaso he merecido yo su confianza?

Recogio su espada, se quito el yelmo en señal de sumi­sión, y encaminándose a la barbacana entrego la espada a Locksley, a quien encontró en el camino. Entretanto aumentaha el incendio, y ya penetraban las llamas en el aposento en que estaban Ivanhoe y Rebeca. Ivan­hoe había despertado de su sueno oyendo el estrépito de la batalla; su enfermera, cada vez mas ansiosa y mas inquieta, había vuelto a ponerse en la ventana para observar las ocu­rrencias del ataque y dar cuenta de ellas al herido; pero el humo que se alzaba por todo el circuito de la fortaleza le impedía ver lo que pasaba. Al fin las ráfagas que se introducían en el aposento y los gritos de ¡agua, agua! que por todas partes se oían, le dieron a conocer el nuevo peligro que la amenazaba.

-¡Arde el castillo! -exclamo la judía-. ¿Que hemos de hacer para escapar?

-¡Huye, Rebeca-dijo Wilfrido-: huye, y salva tu vida!

-¡Huir! ¡No! -respondió la generosa doncella- ¡Huiré contigo o pereceré a tu lado! ¡Dios mío! ¿Y mi padre? ¿Cual será su suerte?

-¡Por Dios te pido que huyas! -repitió Ivanhoe-. Salva tu vida, puesto que no hay poder humano que pueda   preservar la mía.

En aquel momento se abrió la puerta, y se presentó el Templario, rota y sangrienta la armadura, y deshecho en parte y en parte quemado el plumero de su morrión.

-¡Al fin te encuentro! -dijo a Rebeca-. ¡Vengo a pro­barte que mi espada es capaz de sacarte de los más inminen­tes peligros! No hay más que un camino para salvarte: yo le he abierto a través de mil riesgos. ¡Sígueme sin detenerte!

-No te seguiré sola -respondió denodadamente Rebe­ca-. Si te dio la vida una mujer, y no una fiera de estos mon­tes; si hay la menor sombra de caridad en tu corazón, si tu alma no tiene la misma dureza que tu armadura salva a mi padre, salva a este caballero herido.

-El caballero herido -respondió Brian con su frialdad acostumbrada- tomará el tiempo como venga; y debe serle indiferente morir en las llamas o a los filos del acero. Y en cuanto a tu padre, ¿quién diablos ha de dar a esta hora con el judío?

-¡Fiera implacable! -exclamó la doncella-. ¡Antes morir mil veces en el incendio que recibir la vida de tus manos!

-Eso no depende de ti -dijo Brian-. Una vez te has burlado de mí; pero dos, nadie lo ha hecho.

Y al decir estas palabras se apoderó de la aterrada judía y a despecho de su resistencia, de sus gritos y de sus lágrimas la arrebató del aposento.

-¡Vil templario! -le decía Ivanhoe-. ¡Baldón y denuesto de tu Orden, deja libre a esa infeliz! ¡Traidor Brian, Ivanhoe te lo manda, y él sabrá beber tu sangre!

-¡Si no gritas, no doy contigo! -dijo el caballero Negro, que a la sazón entraba en la pieza en que pasaba esta terrible escena.

-¡Si eres caballero -le dijo Ivanhoe-, no pienses en mí! ¡Sigue a ese malvado, salva a Cedric y a lady Rowena!

-¡A su tiempo! -respondió el del Candado-. Pero tú eres antes.

Cargó entonces con Ivanhoe tan fácilmente como el Templario con Rebeca, bajó precipitadamente la escalera, llegó a la poterna, y habiendo dejado a su amigo en manos de dos monteros volvió al castillo para salvar a los otros prisio­neros.

Una de las torres de la fortaleza estaba ya casi completa­mente incendiada, y las llamas salían a torrentes por todas las  ventanas y troneras. Pero en los otros puntos la gran solidez de los muros de piedra y de las bóvedas pudo resistir a sus progresos, y allí era donde dominaba el incendio de las pasio­nes más terrible quizás y más devorador que el que había sus­citado la cruel venganza de Urfrida.

Los sitiadores persiguieron a sus enemigos de salón en salón y de aposento en aposento, saciando la rabia que por espacio de tanto tiempo los había animado contra el sangrien­to "Frente de buey" y contra los instrumentos de su tiranía. La mayor parte de los sitiados resistieron hasta morir; pocos pidieron cuartel: ninguno lo obtuvo. Resonaban por doquiera los ayes de los heridos y el estrépito de la pelea. El suelo esta­ba cubierto de la sangre de las víctimas.

Cedric atravesó esta horrorosa escena en busca de su pupila. Seguíale el fiel porquerizo, olvidando su propia segu­ridad y parando los golpes que asestaban a su dueño. El noble y valeroso Sajón tuvo la buena dicha de llegar al aposento de su pupila justamente cuando ya había perdido toda esperanza, con un crucifijo en las manos estaba resignadamente aguar­dando el último instante de su vida. La entregó a Gurth para que la condujese a la barbacana, camino que estaba libre de enemigos y distante de los puntos incendiados. En seguida corrió a buscar a su amigo Athelstane, determinado a salvar a toda costa a aquel vástago de la sangre real de Sajonia. Mas antes que Cedric llegase al salón en que le había dejado, y que también a él había servido de prisión, el ingenio fecundo de Wamba había encontrado medios de escaparse con su ilustre compañero.

Cuando el ruido exterior daba a entender que la pelea estaba en su mayor encarnecimiento, el bufón empezó a gritar con toda la fuerza de sus pulmones;

-¡San Jorge y el dragón! ¡Viva Inglaterra! ¡Nuestro es el castillo!

Al mismo tiempo hacía cuanto estrépito podía con algunas piezas de viejas armaduras que estaban esparcidas por el suelo.

El centinela que estaba en la pieza inmediata, y a quien habían sobresaltado extraordinariamente los gritos que por todas partes sonaban, creyó al oír los de Wamba que los sitia­dores se habían apoderado del salón. Corrió a dar esta noticia al Templario, y los dos prisioneros no hallaron la menor difi­cultad en salir de allí ni en pasar al patio del castillo, que era a la sazón la última escena de la lucha.

Allí estaba a caballo el feroz Brian de Bois-Guilbett, rodeado por muchos de los sitiados, que se le habían unido con la esperanza de retirarse defendiéndose o de esquivarçl peligro teniendo a la cabeza un caudillo tan famoso. Por sus órdenes se había echado el puente levadizo; más le habías cerrado el paso los monteros, los cuales, después de haber disparado innumerables descargas a la fortificación, apenas vieron el incendio y el puente echado se agolparon a su entrada, tanto para estorbar la salida de la guarnición, como para asegurar una parte del botín antes que las llamas hubieras consumido enteramente el edificio. Por otra parte, los sitiadores que habían entrado por la poterna desembocabas entonces en el patio y atacaban con furor los restos de la guarnición comprometidos a un tiempo por el frente y por la retaguardia.

Animados sin embargo por la desesperación y sostenidos por el ejemplo de su indómito jefe, los que rodeaban al Templario peleaban con inflexible valor. Estaban bien armados, y aunque inferiores en número más de una vez lograron reclta, zar a sus enemigos. Rebeca a caballo en el de uno de los esclavos sarracenos de Brian se hallaba en medio de la pelea; y éste, a pesar de la confusión del encuentro, atendía incesan­temente a su seguridad. Púsose muchas veces a su lado, y des­cuidando su propia defensa cubría a la hebrea con su broquel triangular; después volvía al ataque, abatía al más arrojado de los enemigos y se colocaba de nuevo junto a la que se había apoderado de su corazón.

Athelstane, que como ya sabe el lector era lento e irreso­luto, pero no cobarde, viendo una mujer protegida con tanto esmero por el Templario, no dudó que sería lady Rowena, y suponiendo que se había apoderado por fuerza de ella y que procuraba llevársela consigo a toda costa resolvió salvarla.

-¡Por San Eduardo -dijo-, que la arrancaré de sus manos, y él morirá a las mías!

-¡Pensadlo bien antes -le dijo el bufón-, que muchas veces el cazador apresurado mata gato por liebre! Cualquier cosa apuesto a que no es lady Rowena. ¿No veis aquellas tren­zas negras? Si no sabéis distinguir lo negro de lo blanco, bien podéis ir solo a esa empresa que no seré yo quien os siga. ¡No se rompen mis huesos a humo de pajas ni sin saber por quiEn! Y estáis sin armadura. Ved que gorra de seda no aguanta tajo ni revés; y no se diga por vos aquello de tú lo quisiste fraile mostén. ¡Deus vobiscum, temerario caballero! -añadió, viendo que Athelstane se le escapaba de las manos, con que lista entonces le había tenido asido.

Tomar un hacha que alguno de los guerreros muertos en la acción había dejado por el suelo, y abrirse camino hacia el Templario, echando a tierra de cada golpe a uno de los que le rodeaban, fue obra de un momento para el noble sajón cuya fuerza natural cobraba mayor empuje con el furor que a la sazón le animaba. Muy en breve se colocó a pocos pasos de Brian, a quien desafió en los términos más violentos.

-¡Deja, falso templario, a esa dama, que no eres digno de tocar! ¡Déjala, capitán de una cuadrilla de ladrones y ase­sinos!

-¡Perro! -exclamó el Templario apretando los dien­tes. ¡Yo te enseñaré a blasfemar de mi Orden!

Y con estas palabras dirigió y apretó el caballo hacia el sajón; y empinándose sobre los estribos para aprovecharse de la bajada del caballo, que había dado una corveta, descargó un terrible golpe sobre la cabeza de Athelstane.

Bien decía Wamba que el gorro de seda no preserva de tajo ni de revés. Tan agudo era el tilo de la espada del templa­rio, que partió cono si fuera una vara de sauce el mango del hacha con que el sajón había tratado de parar el golpe, y pene­trándole en la cabeza le abatió al suelo cubierto de sangre.

-¡Así perezcan -dijo el Templario- todos los enemi­gos de mi Orden!

Y aprovechándose del terror que había producido la muerte del sajón, gritó a los suyos que le siguiera el que qui­siera escapar con vida; y partió a la carrera hacia el puente levadizo, dispersando a los enemigos que le hacían frente. Detrás pasaron sus esclavos sarracenos y algunos pocos de los soldados de la guarnición a caballo.

Su retirada fué algo peligrosa, por el gran número de fle­chas que los monteros les dispararon; mas, a pesar de todo, llegaron al pie de la barbacana, de que Brian suponía que Bracy había tomado posesión, según el plan concertado entre ellos anteriormente.

- ¡Bracy, Mauricio de Bracy! -gritó el Templario ¿Estás ahí?

-¡Aquí estoy -respondió el normando-; pero soy pri­sionero!

-¿Puedo libertarte? -le preguntó el Templario.

-¡No -repuso Bracy-; me he rendido a discreción, y seré fiel a mi palabra! ¡Escapa como puedas, que hay moros en la costa! Pon la mar de por medio, y no puedo decirte más por ahora.

-Está bien -dijo Brian-; y si no volvemos a vernos, acuérdate de que he cumplido mi palabra. ¡Haya moros en la costa y venga si quiere toda la morería, que a fe que no me alcanzarán en el castillo del Temple! ¡Allá voy volando como el pájaro al nido!

Dicho esto echó a correr con sus esclavos, Rebeca y los pocos de la guarnición que se le habían agregado.

Los que habían quedado en la fortaleza por falta de caba­llos continuaron resistiendo desesperadamente a los sitiadores después de la fuga del Templario, vendiendo cara la vida, pues sabían que no les sería perdonada. El fuego cundía rápi­damente por todas las partes del castillo, y Urfrida, que lo había encendido, apareció en lo alto de una de las torres, semejante a una de las furias infernales.

Ya el incendio había vencido todos los obstáculos, y alza­ba hasta los cielos una masa inmensa de esplendor que ilumi­naba muchas millas a la redonda. Las torres se desplomaban una a una, y sus ruinas y el maderaje encendido que caía al patio arrojaron de él a los guerreros que aún lo ocupaban. Los pocos vencidos que habían escapado de la destrucción uni­versal huyeron a los bosques inmediatos. Los vencedores reu­nidos en numerosas cuadrillas miraban con asombro y no sin algún temor aquel espantoso fuego. Durante gran rato se vie­ron las frenéticas contorsiones de Urfrida, que se mantenía en la misma torre en que al principio se había colocado, alzando los brazos en señal de júbilo, cono si se enseñorease sobre las llamas que su venganza había producido. AI fin hundióse la torre con fragoroso estrépito, y la insana pereció en el mismo fuego que había consumido a su opresor. Siguióse a esta catástrofe un silencio de horror durante el cual los monteros permanecieron inmóviles. La voz de Locksley fué la primera que se oyó.

-¡Amigos -exclamó-, ya no existe la caverna de la tiranía! ¡Apodérese cada cual de los despojos que pueda, y vayan todos a la encina grande que es el punto general de reu­nión! ¡Mañana al romper el día se hará el justo reparto entre nosotros y los valientes aliados que nos han ayudado en tan honorífica empresa!

Los primeros albores del día penetraban ya entre las vaci­lantes sombras de la espesura, brillaban en las frondosas ramas las perlas del rocío matinal, la cierva conducía al cer­vatillo de la enmarañada maleza al herboso y florido prado, y el venado, sin temor a la hecha del cazador, se paseaba orgu­lloso a la cabeza de la alegre manada.

Los monteros estaban ya reunidos debajo de la gran enci­na donde habían pasado la noche; los unos entregados al sueño, los otros en torno de la bota de vino; aquéllos refirien­do los sucesos y proezas del día anterior, y éstos calculando la parte que les tocaría del botín que estaba ya en manos y a dis­posición del capitán.

Los despojos habían sido ciertamente cuantiosos, porque, aunque mucho se había perdido en las llamas, los monteros a quienes no detenía ningún peligro cuando tenían a la vista la esperanza de algún galardón habían recogido una gran canti­dad de plata labrada, de ricas piezas de armadura y de telas costosas y exquisitas. Sin embargo, tan estrechas eran las leyes y prácticas de su sociedad que ninguno osó apropiarse la parte más pequeña del botín del cual se había hecho una masa general para ser distribuida por el caudillo.

 

 

 

 

 

 

 

 

XXVI

 

No hay Estado sin ley que lo regule;

todos en este mundo, aun los bandidos,

acatan de una ley el firme yugo;

que los hijos de Adán el poderío

crearon de las leyes, y a su amparo

creyeron vivir quietos y tranquilos.

                    COMEDIA ANTIGUA.

 

El punto de reunión, como ya hemos dicho, era una añosa encina; no la misma a que Locksley había conducido a Wamba y a Gurth en su primer encuentro, sino otra que esta­ba en el centro de un frondoso anfiteatro a media milla de dis­tancia de la demolida fortaleza de Frente de buey. Allí tomó asiento Locksley en un trono de césped erigido bajo las ramas del árbol. Rodeábanle sus compañeros, y él colocó al caballe­ro del Candado a su mano derecha, y a Cedric a su izquierda.

-Perdonad esta libertad, nobles señores -dijo el mon­tero-; mas debéis de saber que yo soy monarca en estos dominios, y mis ásperos y agrestes vasallos dejarían muy pronto de obedecerme si me viesen ceder a otro hombre el puesto a que ellos me han elevado. Ahora bien, señores; ¿dónde está nuestro capellán? ¿Dónde está el anacoreta? ¿Nadie ha visto al ermitaño de Copmanhurst? ¡No quiera Dios, que se haya dormido junto a la bota de vino! ¿Quién le ha 1 visto después de la toma del castillo?

-Yo le vi -dijo el molinero- a la puerta de la bodega de "Frente de buey" jurando que había de probar del vino de Borgoña del Barón.

-¡Los santos del cielo-dijo Locksley- le hayan liber­tado de la hora en que se desplomaron las ruinas de la forta­leza! Vamos, molinero, toma contigo algunos hombres y bús­cale por todas partes. Saca agua del foso y viértela hacia el sitio en que le viste. Si es preciso, hemos de levantar todas las piedras del castillo hasta dar con él.

La docilidad conque se prestaron el molinero y los que le acompañaban a ejecutar las órdenes del capitán en el momento interesante de repartirse los despojos manifestaba cuánto se interesaban todos los de la cuadrilla por su digno compañero.

-No perdamos el tiempo -continúa Locksley-, por­que cuando se propague la fama de esos sucesos, las partidas de Bracy, de Malvoisin y de los otros amigos de "Frente de buey" acudirán a vengar este agravio y ya será tiempo de pen­sar en nuestra seguridad. Noble Cedric -añadió volviéndose al Sajón-, este despojo está dividido en dos porciones: elige la que más te acomode para recompensar a tus vasallos que nos han ayudado en esta empresa.

-Buen montero -respondió Cedric- mi corazón está oprimido de dolor. El ilustre Athelstane de Coningsburgh no existe y era el último retoño de la real familia de Eduardo. Con él han perecido esperanzas que no volverán a florecer. La cen­tella que ha apagado su sangre no volverá a encenderse. Mi gente, excepto los pocos que están aquí conmigo, aguardan mi presencia para transportar sus restos mortales al último domi­cilio. Lady Rowena desea con impaciencia volver a Rother­wood, y tiene que ser escoltada con fuerza suficiente. Ya hubiera yo debido ponerme en camino; sólo aguardaba, no la distribución del botín, porque así Dios me ayude ni yo ni nin­guno de los míos tocará el valor de un besante; aguardaba la ocasión de darle las más sinceras gracias a ti y a esos valien­tes monteros por la vida y el honor que me habéis salvado.

-Nosotros no hemos hecho nada más que la mitad de la obra -dijo Locksley-; vuestros vecinos y criados deben tener también su recompensa.

Gracias a Dios --dijo Cedric-, tengo con qué recom­pensarles sin privaros de vuestro galardón.

-Y algunos -dijo Wamba- se han recompensado por sus manos; no todos se vuelven a sus casas con los bolsillos vacíos; no todos llevan gorra con cascabeles.

-Han hecho bien -repuso el montero-. El rigor de nuestras leyes no habla más que con nosotros.

-Pero a ti, fiel servidor -dijo Cedric volviéndose a Wamba-, ¿cómo podré pagarte debidamente? ¡A ti, que has presentado las manos a las cadenas y te has expuesto a la muerte por salvarme! ¡Todos me abandonaban y tú te sacrifi­cabas por mí!

Al decir estas palabras asomaron las lágrimas a los ojos de Cedric, señal de ternura que ni aun la muerte de su amigo Athelstane le había arrancado.

Pero en la impremeditada lealtad del bufón había cierta cándida sensibilidad que le llegó al corazón mucho más que el dolor y la pesadumbre.

-Si con tus lágrimas excitas las mías -erijo Wamba esquivándose de las caricias de su amo-, me verás hacer pucheros, y entonces se acabaron mis bufonadas y tendré dejar el oficio. Pero tío, si quieres realmente hacerme, favor, concede un perdón generoso a mi camarada Gurth te ha robado una semana de servicio para consagrarse al de hijo.

-¡Perdonarle! -exclamó el Sajón-. No por cierto ¡Recompensarle como lo merece! Arrodíllate Gurth. porquerizo obedeció inmediatamente-. Ya no eres siervo vasallo -dijo Cedric tocándole con una vara-. Hombre libre eres en poblado y despoblado; en la pradera y en el bosque,  dueño de una hacienda que te doy y concedo en mis estados de Walbrugham, para ti y para tu descendencia de generación en generación, ¡y maldiga Dios al que a esto se oponga!

Gurth se alzó del suelo y dió tres saltos en señal de alegría por el beneficio que acababa de recibir.

-¡Venga una lima! -exclamó-. No más argolla en d cuello de un hombre libre. Noble Cedric, doble fuerza medí la libertad y con doble valor pelearé en defensa tuya y de la tuyos. Este corazón nació para la libertad; ahora se halla en su elemento. Fangs, ¿me conoces?-dijo al fiel can, que viendo tan alegre a su amo se puso a saltar y ladrar como en celebridad de su buena dicha.

-Fangs y yo --dijo Wamba- te conocemos todavía aunque uno y otro llevamos argolla al pescuezo. Dentro de poco ni tú conocerás a nadie ni te conocerás a ti mismo.

-Antes me olvidaré de mí mismo que de ti, -dijo Gurth-. Y si fueras capaz de hacer uso de tu libertad, estoy seguro de que nuestro buen amo te la concedería.

-No -dijo Wamba-, no creas que te la envidio. El siervo se calienta al hogar, mientras el libre da y recibe porrazos en el campo; y, como dice el sastre de mi lugar, mejor está el necio en el banquete que el cuerdo en la batalla.

Oyéronse a la sazón pasos de caballos, y apareció lady Rowena en medio de un gran acompañamiento de jinetes y de otra más numerosa escolta de infantes, que anunciaron su llegada con el choque de las picas y de los arcos. Iba magnífica­mente vestida, y montaba un palafrén alazán, sobre el cual lucía su majestuosa persona, notándose tan sólo en sus mejillas la palidez que sus últimos padecimientos le habían producido.

Leíase en su frente, con los restos de su pasada agitación, la vivificante esperanza del porvenir y la satisfacción de verse libre de tantos infortunios. Sabía que Ivanhoe estaba seguro y que Athelstane había muerto. La primera noticia había llenado corazón de alegría; y si no le causaba una viva satisfacción  la  segunda, a lo menos debe perdonársele que celebrara verse exenta de importunidades y disgustos en el único punto sobre el cual sus ideas no convenían con las de su tutor Cedric.

Cuando Rowena dirigió su caballo hacia el sitio en que estaba Locksley con sus compañeros, todos se levantaron impulsados por un instinto de respeto y cortesía. La noble doncella los saludó inclinándose repetidas veces, sus doradas trenzas se mezclaron con la ondeante crina de su caballo. La gratitud y el júbilo enrojecieron sus mejillas. Expresó en pocas y comedidas palabras su agradeci­miento a todos los que habían contribuido a su rescate.

-¡Dios os bendiga! -díjoles al concluir-. ¡Dios y la Virgen os bendigan, os galardonen de los riesgos que habéis tenido por acudir a la defensa de los agraviados! Si alguno de nosotros tiene hambre, Rowena le dará pan; si tiene sed, Rowena le dará vino y cerveza; si los normandos os arrojan de estos bosques, Rowena tiene cotos en que todos podréis cazar a vuestras anchas.

¡Gracias, noble dama -dijo Locksley-; gracias en nombre de mis compañeros y en el mío! La mayor de nuestras recompensas es haber contribuido a vuestra seguridad. Muchos desaguisados hemos hecho en estas malezas; mas no dudamos que nos sean perdonadas en premio del servicio con que os hemos probado nuestro afecto.

Rowena les hizo otra cortesía y volvió riendas con ánimo de ponerse en camino hacia Rotherwood; pero detúvose un momento mientras Cedric se despedía de los monteros, y se halló inesperadamente cerca del prisionero Bracy. Estaba debajo de un árbol entregado a tristes meditaciones, cruzados los brazos, y tan distraído, que ella pasó a su lado creyendo que no la había visto. Mas el normando alzó los ojos y no pudo menos de cubrirse de rubor al verla tan cerca. Quedó tur­bado y sin saber qué hacer; al fin se adelantó, detuvo al caba­llo por la rienda e hincó una rodilla en tierra.

-¿No se digna lady Rowena -dijo- echar una mirada a un caballero sin libertad y a un soldado sin honor?

-Señor caballero -respondió la doncella sajona-, empresas como la vuestra deshonran más si se llevan a cabo que si se frustran.

-Sin embargo -respondió Bracy-, la victoria echa un velo sobre las faltas que le han precedido. Sólo deseo saberá lady Rowena quiere perdonar un atentado hijo de una pasión fatal, y asegurarle que pronto sabrá si Bracy es capaz de emplearse en empresas más nobles.

-Os perdono -dijo lady Rowena-; mas lo que no per­dono es la miseria y la desolación que vuestro desacuerdo ha ocasionado.

-¡Deja esas riendas! -dijo Cedric, que a la sazón se aproximaba.

¡Por el sol que nos alumbra si no fuera mengua había de clavarte al suelo con una jabalina; pero día llegará, Mauricio de Bracy, en que las pagues todas juntas!

-Bien puede amenazar a sus anchas -respondió el normando- quien amenaza a un cautivo. ¡Proeza digna de un sajón!

Retiróse al decir esto y dejó pasar a Rowena.

Antes de separarse de sus aliados, Cedric manifestó su especial agradecimiento al caballero del Candado y le hizo las más vivas instancias para que le acompañase a Rotherwood..

-Bien -le dijo- que vosotros los caballeros andan., tes no queréis más fortuna que la que os adquiere la punta de la lanza y que no os curáis de bienes ni de haciendas. Pero Ia guerra es una dama caprichosa, y bueno es tener un rincón donde meterse en caso de que haya descalabro en las aventuras. En Rotherwood tienes uno a tu disposición, noble guerre­ro. Cedric posee lo bastante para reparar las injusticias de la suerte, y todo lo suyo es de sus libertadores: Ven, pues, a mi piorada, no cono huésped, sino como hijo, como hermano,

-Harto bien me habéis hecho -respondió el de las negras armas- mostrándome las virtudes que abriga el pecho de un sajón. Iré a Rotherwood, y pronto; mas por ahora melo impiden negocios graves y urgentes. Quizás cuando nos vea. mos en tu morada te pediré una gracia que pondrá a prueba tu generosidad.

-Antes que la pidas cuenta con todo lo que de pue. das desear -respondió el Sajón apretando en sus manos le del caballero-. Cuenta con ello, aunque importe la mitad de, mi hacienda.

-No empeñes tan ligeramente tu palabra -dijo el paladín-, aunque espero conseguir mi demanda sin comprometer tus bienes ni honor. ¡Adiós hasta entonces!

-Sólo me queda que decirte -añadió Cedric- que durante las exequias del noble Athelstane fijaré mi residencia en el castillo de Coningsburgh. Aquellas puertas estarán abiertas a todo el que quiera participar del fúnebre banquete y no se cerrarán para quien tan animosamente se esforzó, aun­ que en vano, por salvar al ilustre joven de las cadenas y del hierro de los normandos. Dígolo en nombre de la noble Edita, madre del difunto Príncipe.

-Y cuenta -dijo Wamba que ya había tomado el pues­to acostumbrado junto a su señor- cuenta que el convite será suntuoso, y es lástima que no asista a él Athelstane.

Esta chanza hubiera costado cara al bufón si Cedric no hubiera tenido presente los últimos servicios que le había hecho.

Rowena saludó cortésmente al del Candado, Cedric le repitió sus ofertas, y toda la comitiva tomó a paso acelerado el camino de Rotherwood.

Apenas se habían separado del sitio en que quedaban sus amigos, cuando vieron una procesión que marchaba en la misma dirección que ellos por entre las verdes calles de la selva. Eran los monjes de un monasterio inmediato, que acompañaban el cadáver de Athelstane entonando los salmos yoraciones que la Iglesia dedica al sufragio de las almas. Lle­vaban el ataúd los servidores de la ilustre familia, y se enca­minaban al castillo de Coningsburgh para depositar los restos mortales del Barón en la misma bóveda en que reposaban los de su progenitor Engisto. AI saber la noticia de su muerte cauchos de sus vasallos se habían unido al triste acompaña­miento y seguían al ataúd dando muestras del dolor que aque­lla pérdida les ocasionaba. Los monteros se pusieron en pie, tributando a la muerte el mismo homenaje espontáneo y res­petuoso que antes habían tributado a la hermosura. El canto pausado y melancólico de los religiosos les trajo a la memo­ria los compañeros que habían perdido en los combates del día anterior; pero semejantes recuerdos no duran mucho en hombres acostumbrados a una vida de aventuras y peligros y  que el eco de los himnos fúnebres se hubieran perdido en los circuitos de la espesura, los monteros estaban de nuevo ocupados en la distribución de su botín.

-Valiente y noble caballero -dijo Locksley al del Can­dado-, esforzado adalid, sin cuyo buen corazón y generosa intrepidez no hubiéramos conseguido, el triunfo de que goza­mos; ¿,Os dignáis escoger entre estos despojos lo que más pueda conveniros, siquiera para que os sirva de recuerdo de los humildes monteros que han tenido la honra de peleara vuestro lado?

-Acepto la oferta -dijo el caballero- con la misma franqueza que la dictas: permitidme disponer de sir Mauricio de Bracy.

-Tuyo es -respondió Locksley-; y bien puede darte las gracias que a no ser por tu mediación, él y todos los com­pañeros libres que cayeron en nuestras manos penderían de esas encinas como bellotas. Pero es tu prisionero, y está segu­ro y lo estaría aunque hubiera dado muerte a mi padre.

-Mauricio de Bracy -dijo el caballero-, eres libre y puedes irte cuando quieras. El que tiene tu suerte en sus manos es demasiado altivo para vengarse de lo pasado, pero cuenta con lo porvenir si quieres evitar un castigo algo más severo. Mauricio, ten presente esta lección. Bracy se inclinó profundamente sin despegar los labios y se retiró del grupo que formaban los monteros, los cuales pro­rrumpieron en un grito general de burla y de execración. El orgulloso normando se volvió a ellos, y con su acostumbrada actitud de soberbia y altanería:

-¡Callad-les dijo-, cobardes podencos  que ladráis al ciervo herido y os morís de miedo cuando le veis correr por el bosque! ¡Bracy desprecia vuestros aullidos, copio hubiera tenido a menos merecer vuestros aplausos! ¡Volved a las cavernas, ladrones desalmados, y no despleguéis los labios si se pronuncia el nombre de un caballero a una legua a la redon­da de vuestras guaridas!

Este importuno desafío hubiera granjeado al normando una descarga cerrada de flechas, a no haberlo estorbado el capitán de la cuadrilla. El caballero tomó por la brida a uno de los caballos que se habían cogido en las cuadras de "Frente de buey", montó en él apresuradamente, y echó a correr por la primera vereda que encontró.

Cuando se apaciguó el rumor que aquel incidente había ocasionado, Locksley se despojó del rico tahalí y del cuerno que había ganado en el tiro al blanco del torneo de Ashby.

-Noble caballero -dijo al del Candado-, si no miras con desdén una prenda de m¡ uso, ruégote que conserves ésta para recuerdo del valor que has manifestado en tan memora­ble aventura; y si consientes en ello y, cono sucede ordina­riamente a los de tu profesión, te hallas en algún lance apura­do en estos alrededores, toca estas palabras con el cuerno. Así: Wa-sa-hoa, y quizás no faltará quien acuda a tu socorro.

Entonces aplicó el cuerno a los labios y repitió muchas veces el toque, hasta que el caballero lo hubo aprendido.

-Con todo mi corazón te agradezco tu regalo --lijo el caballero-. No podré recibir auxilio más eficaz ni más de mi gusto que el que me deis tú y tus arrojados monteros.

En seguida tocó el cuerno del mismo modo que se lo había enseñado Locksley.

-Perfectamente -dijo éste-. Bien se echa de ver que tanto entiendes de montería cono de guerra. Apuesto a que has sido buen cazador en tu tiempo. Camaradas, acordaos de este toque que es desde ahora en adelante propio y peculiar del caballero del Candado. El que lo oiga y no acuda inme­diatamente será azotado por mis manos con la cuerda de mi arco.

-¡Viva nuestro capitán! -gritaron con entusiasmo todos los monteros-. ¡Viva el caballero Negro del candado, y quiera Dios que se sirva de nosotros cuanto antes para que vea si acudimos en su ayuda!

Locksley procedió en seguida a la distribución del botín, lo que ejecutó con la más escrupulosa imparcialidad. Puso a un lado la décima parte para el tesoro público; otra porción fué destinada a un fondo común de reserva; otra para las viu­das e hijos de los que habían perecido en la acción y para el entierro y sufragios de los que no habían dejado familia. Lo demás se repartió entre los bandidos según la clase y servicios de cada cual. Cuando sobrevenía alguna- duda, el capitán deci­día con gran madurez y prudencia, y su decisión era recibida con sumisión y sin réplica. El caballero Negro observaba con extrañeza y admiración la equidad y justicia que reinaba en aquellos hombres desalmados; y todo cuanto oía y notaba aumentaba la idea que ya había formado del ingenio y sensa­tez de su jefe.

Cada uno de los monteros se apoderó de la parte que le correspondía. El que hacía de tesorero, acompañado de cuatro hombres, llevó la porción del fondo común al sitio en que solían ocultarlo.

-¿Dónde -dijo Locksley- estará nuestro ermitaño?

No suele estar ausente cuando cada uno debe tomar lo que le toca. A su cargo debe correr esta parte. También nos hallamos con un monje prisionero que no tardará en venir, y quisiera que nuestro ermitaño estuviera aquí para tratarle con el debi­do respeto. Dudo que vuelva a aparecer.

-Mucho lo sentiría -dijo el del Candado-, puesto que le soy deudor de una noche de alegre hospitalidad. Vamos todos a las ruinas del castillo y quizás sabremos algo de su paradero.

Al terminar esta conversación se oyó una gritería que anunciaba la llegada del mismo cuya ausencia causaba tanta inquietud, y no tardó en resonar la voz estrepitosa del ermitaño de Copmanhurst mucho antes que se descubriese su persona.

-¡Plaza, plaza, buena gente! -gritó-. ¡Plaza a vuestro ermitaño y a su prisionero! ¡Ya estoy con los míos, y vengo como un águila con la presa en las garras! -Y al decir esto penetró por el círculo de monteros que le habían salido al encuentro. Y se presentó echando plantas delante del capitán, con la partesaria en una mano y en la otra una cuerda con que conducía atado por el cuello al abatido y desventurado judío Isaac de York-. ¿Dónde está Allan-a-Dale, nuestro juglar? ¡Por San Hermenegildo, que merezco ser inmortalizado en uno de sus cantos!

-¡Hombre del Diablo -dijo Locksley-, apuesto a que ya habrás echado un trago esta mañana! Pero ¿quién es ese que traes contigo?

-Un cautivo -respondió-de mi espada y de mi lanza; o por mejor decir, de mi arco y de mi partesana; cautivo, es verdad, pero redimido por mí de peor cautiverio. Responde judío: ¿no te he rescatado de las garras de Satanás? ¿No me prometiste que te harías ermitaño?

-¡Por amor de Dios! -exclamó el hebreo-. ¿No hay quien me saque de las manos de este loco... quiero decir, de este respetable varón?

-¿Cómo es eso? -dijo el ermitaño-. ¿Volvemos a las andadas? ¿Quieres que te friamos en una sartén como infiel relapso? ¡Vamos, Isaac; no nos andemos en chanzas y acuér­date de mis consejos!

-¡Dejémonos de profanar las cosas santas! --ordenó Locksley-. Dinos dónde has encontrado ese prisionero.

-¿Dónde había de ser, sino en la bodega?-dijo el ermi­taño-. Allí se dirigieron mis primeros pasos, con designio de libertar del incendio los preciosos huéspedes de tan respetable sitio; y en efecto ya había puesto a salvo un pellejo de vino añejo e iba a llamar a alguna de estas buenas alhajas, que siempre están listos en tales ocasiones, para que me ayudaran en tan importante obra cuando di con una puerta cerrada que me llamó la atención. Aquí está, sin duda, dije para mi sayo, lo más rico y escogido de la cueva; y el bribón del mayordo­mo asustado con la pelotera se ha dejado la llave en la cerra­dura. Abro, ¿y qué encuentro? Varias colgaduras de cadenas mohosas y este perro judío que inmediatamente se entregó a discreción. No hice más que echar dos o tres tragos con el hebreo para recobrar las fuerzas que en la batalla había perdi­do y traté de sacarle de allí para ponerle en vuestras manos, cuando... izas!..., la torre se vino abajo con horrible estruen­do, las ruinas se amontonaron a la puerta y me dejaron sin tener por dónde salir. Tras aquélla cayó otra y crecieron los obstáculos. Viéndome sin esperanza y no pareciéndome hon­roso salir de este mundo en compañía de un judío alcé la par­tesana para despacharle; pero compadecido de sus canas pre­ferí atacarle con las armas espirituales. ¡Gracias a San Dustán bendito, la semilla ha caído en buen terreno! Bien es verdad que le hablé con irresistible elocuencia. Sin embargo, al fin me sentí bastante intercadente; o si no, ahí están Gilberto y Wibaldo que no me dejarán mentir.

-Verdad es -asintió Gilberto-. Cuando, con la ayuda de Dios y de nuestros puños desembarazamos los escombros y pudimos entrar en la bodega, el cuero estaba medio agota­do; el judío, medio muerto, y el amigo, más que medio inter­cadente, como él dice.

-¡Mientes y remientes! -dijo el ermitaño-. Vosotros fuisteis los que os bebisteis la mitad del cuero, diciendo que era para matar el gusano. ¿No lo habría yo reservado para regalo de vuestro capitán? Pero todo esto importa poco. Lo cierto es que el judío entiende todo lo que le he explicado.

-Judío -preguntó el capitán-, ¿es eso verdad?

-¡Así os apiadeis de mi suerte -dijo Isaac- como no he entendido ni una sola palabra de lo que ese hombre ha esta­do explicándome durante toda esta terrible noche! ¡El miedo, el espanto, el dolor se habían apoderado de mi alma en térmi­nos que aunque el padre Abraham hubiera venido a exhortar­me, me hubiera encontrado sordo a sus avisos!

-¡También tú mientes y remientes, hebreo! -replicó el ermitaño-. Mis palabras hicieron mella en ti; y por más señas, que prometiste cederme todos tus bienes.

-¡Así logre yo lo que deseo -exclamó el judío, más asustado que nunca- como es cierto que semejantes palabras no han salido de mis labios! ¿Qué ha de dar quien nada tiene? ¡Quizás ni aun mi hija tengo a la hora presente! ¡Compadece­os de mi suerte, buenos señores, y dejadme ir a llorar mis cu l tas!

-No --dijo el ermitaño-; si no cumples tu promesa fió tenéis que hacer penitencia.

Y diciendo estas palabras alzó la alabarda, y ya iba a des­cargarla sobre el pobre Isaac, cuando le detuvo el caballero del Candado.

-¡Por Santo Tomás de Canterbury -exclamó el fingido ï. ermitaño, resentido por esta acción-, que yo te enseñaré a meterte en negocios ajenos, por más fuerte que sea esa olla que te cubre los cascos!

-¡No te enfades -respondió el caballero-; ya sabes que somos compañeros y amigos!

-¡No hay más amigos! -dijo el ermitaño.

-¿Cómo es eso? -repuso el caballero, que parecía tener gusto particular en provocar a su huésped-. ¿Has olvidado que yo fui quien te indujo a quebrantar el voto de abstinencia con el pastel y el pellejo de marras?

-¡Es verdad! -dijo el ermitaño-. Y si entonces te hice aquel regalo, ahora estoy dispuesto a hacerte otro que no ha de saberte a almendras.

Y diciendo esto le amenazó con el puño cerrado.

-No lo acepto -replicó el de lo negro-, a menos que tú resistas mi golpe si yo resisto el tuyo.

-¡Manos a la obra! -dijo el ermitaño.

-¡Hola! -gritó el capitán-. ¿Peleas debajo de la enci­na que es nuestro cuartel general?

-No es pelea -dijo el caballero-, sino una chanza amistosa. ¡Vaya, amigo; da si te atreves, y aguanta si pue­des!

-¡Gran ventaja tienes en el puchero que te guarece la cabeza -gruñó el ermitaño-; pero de nada te valdría, aun­que fuese el mismo Goliat!

Al decir esto se desnudó el brazo, y haciendo un vigoro­so esfuerzo lanzó al caballero un puñetazo que hubiera podi­do derribar a un toro. Mas su adversario se mantuvo firme como una roca. Los monteros admiraron y aplaudieron su extraordinaria fortaleza.

-Ahora -dijo el del Candado quitándose el guantelete de acero-, si te llevé alguna ventaja en la cabeza, no quiero tenerla en la mano. Toma esta friolera, y no te dobles si puedes.

¡Genam meam dedi vapulatori! -contestó el anacore­ta  ¡Es decir, que he caído en las garras del lobo! ¡Da recio, y si me tumbas, tuyo es el rescate del judío!

Esto dijo el ermitaño, y se preparó a recibir el ataque de su antagonista; el cual, aunque se las había con un hombre robustísimo y acostumbrado a semejantes hazañas, no tardó en hacerle medir el suelo con su persona. Los bandidos con­fesaron unánimemente que había pocos hombres en Inglaterra capaces de hacer otro tanto. El ermitaño se alzó sin muestras de resentimiento.

Terminado este episodio, tan propio de las costumbres de aquellos tiempos y de la vida de aquellas gentes, se notificó con toda formalidad al judío que pensara seriamente en su rescate.

-Retírate a un lado -le dijo Locksley- a consultar con tu bolsillo, en tanto que examinamos a un prisionero de dife­rente naturaleza.

-¿Es quizás alguno de los partidarios de "Frente de buey"? -preguntó el caballero.

-No, por cierto -repuso Locksley-; ninguno de ellos era digno de los honores del rescate. Todos han sido despedi­dos, con licencia de ir a buscar nuevo amo. Aquella guarida de desalmados ha desaparecido para siempre; y harta venganza y harto botín han recogido sus vencedores. El cautivo de que hablo es de más quilates. ¡Silencio, que ya le tenemos aquí!

Al decir esto se presentó entre dos monteros, ante el trono selvático de Locksley, nuestro antiguo amigo el prior Aymer de Jorvaulx.

En las facciones en los ademanes del prelado cautivo se leía el temor.

-¿Qué es esto? -exclamó con voz alterada-. ¿Qué leyes son las que sigue esa gente? ¿Sois acaso turcos, o infie­les que desconocen el respeto debido a un sacerdote? ¡Habéis saqueado mis maletas! Otro cualquiera en mi lugar hubiera ya hecho un ejemplar castigo; pero yo soy manso e indulgente y tengo piedad de vosotros. Os ofrezco un perdón generoso y que no se hable más de esta calaverada, con tal que me devol­váis mi ropa y dejéis libres a mis compañeros.

-Venerable señor Prior -dijo el capitán-, mucho me pesa que hayáis sido tratado por alguno de mis compañeros en términos poco dignos de vuestro carácter y dignidad, como debo inferirlo de vuestra reprensión.

-El trato que he recibido -continuó el Prior, animado por esta arenga- sería cruel para con una fiera de estos montes, cuanto más para con un cristiano, con un sacerdote, con el prelado de la respetable comunidad de Jorvaulx. Un tal Allan. a-Dale, borracho y coplero de profesión, ha tenido el arrojo de amenazarme con un castigo corporal, y aun con la muerte, si no le pagaba doscientas coronas de rescate, además de todo lo que me ha robado, que no es una bagatela.

-Imposible me parece -replicó el capitán- que Allan­a-Dale haya cometido tantos desacatos con una persona tan conocida en estos alrededores por su virtud.

-Tan cierto es lo que digo -repuso el Prior- como ahora nos alumbra el sol. Hizo más: juró que había de colgar­ me del roble más alto de estas selvas.

-¿Lo juró? -dijo Locksley-. Pues mal habéis hecho en no cumplir con su demanda; porque Allan-a-Dale antes se dejará cortar las orejas que faltar a un juramento.

-¡Ya veo que estáis de buen humor!-murmuró Aymer, procurando hacer de la necesidad virtud-. A mí no me disgustan las chanzas, y por cierto que el chasco es ingenioso.

Pero he estado de camino toda la noche, y ya es tiempo de descansar.

-Pues muy de veras os anuncio -dijo Locksley- que paguéis un buen rescate, o escribáis a vuestros monjes que pro­cedan a nueva elección; porque si no aflojáis la bolsa se me figura que no volveréis a ocupar la silla prioral del monasterio.

-¿Sois cristianos -preguntó Aymer-, y así respetáis a los ministros del Señor?

-Cristianos somos -respondió Locksley-; pero no pudiendo robar a los gentiles, robamos a nuestros hermanos. ¡A ver, ermitaño, acercaos, y explicad a este reverendo padre los textos latinos relativos al negocio!

El ermitaño, cuya intercadencia no se había disipado enteramente, se caló un jirón de hábito sobre el gabán, y recordando los latinajos que había aprendido en casa del dómine de su lugar.

-Venerable prelado -dijo- Deus salvam faciat benig­nitatem vestram; quiero decir, que seáis bien venido. -¿Qué farsa es ésta? -exclamó el Prior-. Amigo, si eres en efecto de la Iglesia, más te convendría indicarme el modo de escapar de las manos de estos gentiles, que divertir­le en hacer contorsiones como un bailarín de mojiganga.

-Bien decís -respondió el ermitaño-; y para que veáis que me aprovecho de vuestra amonestación, os digo que no hay más que un medio de escapar de aquí con vida. Hoy es día de pagar el diezmo.

-Las personas de mi clase no lo pagan -replicó el prior.

-Todo el mundo -dijo el ermitaño- nos lo paga a nosotros, como cada hijo de vecino. Conque, así, facite vobis amicos de Mammone iniquitatis. Haceos amigos de los hom­bres de bien, y si no, nulla est redemptio.

-Yo soy aficionadísimo a la montería y a los monteros -dijo Aymer-, y, por consiguiente, merezco que me tratéis con alguna consideración. Tan bien sé tocar el cuerno cono el mejor. ¡Vaya, tratadme como amigo!

-Dadle un cuerno -mandó el capitán-, y veremos qué tal lo hace.

El prior Aymer tocó el cuerno, y Locksley sacudió la cabeza.

-Padre prior -dijo-, eso no paga vuestro rescate. Algo más vale esa persona que aire y sonido. Además, que ya se echa de ver a qué nación perteneces. Los buenos cazadores ingleses no gustan de esos gorgoritos introducidos por los normandos. Las últimas notas de tu toque aumentan cincuen­ta coronas a tu rescate, como corrupción de la antigua monte­ría nacional.

-Sobre gustos no hay disputas -afirmó el Prior-. Des­pachemos pronto, que me están aguardando en casa. ¿Cuánto queréis por dejarme libre?

-¿No fuera bueno -dijo aparte el teniente de la gavilla al capitán- que el judío designase el rescate del prior, y el prior el del judío?

-¡Loca ocurrencia! -asintió Locksley-. Pero, al fin, nos divertiremos. ¡Ven acá, judío! El que está en tu presencia es el padre Aymer, prior de la rica abadía de Jorvaulx. Dinos ahora cuánto debemos pedirle por su rescate, puesto que debes de conocer las rentas del monasterio.

-¡Y tanto como las conozco! -dijo Isaac-. Muchas veces he tratado con los buenos padres, y les he comprado el trigo y la cebada de sus oteros, los frutos de sus huertos y la lana de sus rebaños. ¡Oh; son muy ricos, muy ricos! ¡Si yo tuviera la mitad de sus rentas, había de pagar una gran suma por mi rescate!

-¡Judío --exclamó el Prior-, nadie sabe mejor que tú las deudas de nuestra casa! ¡Todavía no hemos podido pagar las cuentas del año pasado!

-Ni la última provisión de vino de Gascuña -repuso Isaac-; pero eso son friolerillas.

-Te engañas, hebreo -dijo el Prior-; esos vinos de que hablas entraron...

-De poco aprovecha todo eso -insistió Locksley-. Isaac, resuelve pronto esta duda, y no te andes en comenta­rios.

-El padre prior -afirmó el judío- puede muy bien daros seiscientas coronas y volverse muy tranquilo a su celda.

-¿Seiscientas coronas? ¡Que me place! -dijo Locks­ley-. ¡Has hablado como hombre de seso! ¡Prior, ya has oído tu sentencia!

-¡Tiene razón! -exclamaron los monteros.

-¿Estáis en vuestro juicio'?---dijo el Prior-. ¿Dónde he de ir yo por ese montón de dinero? -¡Aunque vendiera las alhajas del monasterio no podría juntar ni la mitad! Os daré una buena suma, os lo prometo; nias para eso es necesario que yo vaya en persona a proporcionármela. Dejadme ir a Jor­vaulx, y guardad en rehenes a mis dos compañeros.

-¡Ni por pienso! -dijo Locksley-. Tus compañeros irán por las seiscientas del pico, y tú te quedarás con nosotros y cuenta que si gustas de montería, ya verás la provisión que tenemos.

-Otra cosa puede hacerse -observó el judío, queriendo granjearse el favor de los monteros-. Yo puedo enviar a York por las seiscientas coronas, de cierto depósito que está en mi poder, si el reverendo Padre tiene la bondad de firmar un reci­bo.

-Firmará lo que tú quieras -dijo el capitán-: y tú pagarás el rescate del Padre y el tuyo al mismo tiempo.

-¿Mi rescate? ¡Ah, valientes guerreros! -exclamó el judío-. ¿Qué rescate queréis del que no tiene sobre qué caer­se muerto? Si me pedís cincuenta coronas, tengo que ir con un báculo en la mano mendigando de puerta en puerta.

-El Prior decidirá la cuestión -insinuó Locksley-. ¿Cuánto crees, padre Aymer, que puede pagar el judío?

-¿Cuánto? -respondió el Prelado-. Isaac de York tiene en sus arcas lo que bastaría para redimir a las diez tribus de Israel del cautiverio de los asirios. Pocos negocios he teni­do con él; pero el mayordomo de casa ha tenido muchos, y dicen que el oro y la plata que hay en la habitación de ese perro son la ignominia de una nación cristiana. Todos los hombres de bien se escandalizan de' ver que se permite a esas sabandijas chupar la sangre del Estado, y aun la de la Iglesia. con sus usuras y extorsiones.

-¡Poco a poco, padre mío! -dijo Isaac-. Aplacad algún tanto vuestro colérico humor. Vuestra reverencia ha de saber que yo no pongo a nadie el puñal al pecho para que tome mis escudos. Cuando el eclesiástico y el lego, el prínci­pe y el barón, el prior y el caballero llaman a la puerta de Isaac para pedirle dinero prestado, no usan de esos términos des­corteses. "Amigo Isaac sácame de este apuro; cuenta con el pago. Isaac, buen Isaac, soy hombre perdido si no acudes en mi socorro". Pero cuando llega el término del pagaré y voy a pedir lo mío, entonces son los denuestos y las maldiciones de Egipto, y perro judío, y los demás primores.

-Prior -exclamó el capitán- judío o no judío, lo que ha dicho es la verdad pura. Pronuncia tú su sentencia, como él ha pronunciado la tuya. y hasta de injurias y vituperios.

-A no ser un latro famosus -dijo el prior- palabras que os explicaré en otro tiempo y lugar, no osaríais colocar en la misma línea a un judío y a un cristiano. Más, puesto que debo apreciar la libertad de ese hombre, digo redondamente que perjudicáis gravemente vuestros intereses si le dejáis ir por un besante menos de mil coronas.

-¡Fallo definitivo! ---exclamaron los bandidos.

-Y sin apelación -dijo el capitán.

-¡El Dios de mis padres me socorra! -gritó Isaac-. ¿Queréis arruinarme de un golpe como el castillo de Frente de buey? He perdido a mi hija, ¿Y queréis que pierda hasta el último bocado de pan?

-Si has perdido a tu hija -replicó el prior- tendrás menos bocas que mantener.

-¡Ah, reverendo prelado -protestó Isaac- el estado que profesas no te permite saber lo que es amor de padre! ¡Oh Rebeca! ¡Hija de mi bien amada Raquel! ¡Si tuviera a mi dis­posición tantos cequíes cuantas hojas hay en estos árboles, todos los daría por saber si vives y si has escapado de las garras de aquel impío!

-¿No es pelinegra tu hija? -le preguntó uno de los ban­didos-. ¿No llevaba un velo bordado de plata?

-Sí; esa es -respondió el anciano temblando de inquietud, como antes había temblado de miedo-. ¡Bendi gate Jacob si puedes darme alguna noticia de la prenda de mi alma!

-Lo único que puedo decirte -continuó el montero-­es que el templario la sacó del último encuentro, y que ya yo le había apuntado con la flecha cuando me detuvo el temor de herir a la dama.

 

-¡Ojalá -dijo el judío- la  hubieses disparado aunque hubieses atravesado el corazón de la  desventurada Rebeca! ¡Antes yazga en el sepulcro de mis padres que en los brazos del licencioso y sanguinario Bois-Guilbert!

 

-Amigos --exclamó el capitán- aunque ese hombre no es más que un judío, su angustia me llega al corazón. Di la verdad, Isaac; ¿has de quedar completamente arruinado si pagas mil coronas del rescate?

 

Isaac, volviendo a la consideración de su dinero, cuya afi­ción a fuerza de un hábito inveterado luchaba en su alma con los impulsos del amor paterno, quedó pálido y confuso al oír esta pregunta; mas al fin no pudo menos de confesar que le quedaría algún sobrante.

-No importa -insistió Locksley- contigo no repara­remos en pelillos; además, que, sin el auxilio de buenos sacos de escudos, tan difícil te será sacar a tu hija de las manos de Brian, como matar un ciervo con pelotas de lana. Pagarás la misma suma que el prior o, por mejor decir, cien coronas menos, las cuales serán disminuidas de la parte que me toca en tu rescate. Con eso evitaremos poner al judío en la misma clase que al prelado, y tendrás seiscientas coronas para tratar de libertar a tu hija. Bois-Guilbert es tan aficionado a los ojos negros como a la plata acuñada; date prisa a tentar la codicia de Brian antes que suceda alguna catástrofe. Según las noti­cias que me han traído mis compañeros, le encontrarás a pocas millas de aquí, en el castillo de su orden. ¿He dicho bien, amigos?

Los monteros expresaron su aprobación a las medidas tomadas por el jefe. Isaac, aliviado en parte de sus temores por los datos que había adquirido acerca del paradero de Rebeca y por la esperanza de rescatarla, se arrojó a los pies del generoso bandido, y quiso besar la guarnición de su gabán; más el capitán retrocedió, no sin darle muestras de desprecio.

¡Alzate desdichado! -le dijo-. Yo he nacido en Inglaterra, y no gusto de esas postraciones a la turca. Arrodí­llate delante de Dios y no delante de un pobre pecador, como o soy.

-Aquí tienes a uno -insinuó el prior- que puede mucho con Brian de Bois-Guilbert. Entendámonos, y haré cuanto pueda porque te sea devuelta tu hija.

Isaac lanzó un profundo suspiro, alzó las manos al cielo y se entregó a los excesos de su dolor. Locksley lo llamó aparte.

-Piensa bien -le dijo- lo que vas a hacer con este negocio. Si quieres seguir mis consejos, habla al prior. Es ambicioso, o a lo menos necesita tener barro a barro para sus profusiones. Fácilmente podrás satisfacerle, pues no creas que me alucinas con esa fingida pobreza. Conozco hasta las barras del arcón de hierro en que guardas las talegas. ¿Qué es del manzano que tienes en el jardín de York y de la piedra que está debajo, y que sirve de entrada a un escondrijo?

Al oír esto, el judío quedó pálido como la muerte.

-Pero nada ternas -continuó el capitán-. Años hace que nos conocemos. ¿Te acuerdas del montero que tu hermo­sa hija sacó de la cárcel de York, y que estuvo en tu casa hasta que restableció su salud? ¿Te acuerdas de la pieza de oro que le pusiste en la mano cuando se despidió de ti? Aunque eres un afortunado usurero, nunca empleaste tus fondos a más altos intereses pues aquella corta cantidad te ha producido hoy nada menos que quinientas coronas.

-¿Eres tú Dicón Tira-el-arco'?-preguntó Isaac-. ¡Por el Dios de Israel, que me pareció haber conocido tu voz!

-Yo soy Dicón Tira-el-arco -respondió el capitán- y soy Locksley, y todavía tengo otro nombre mejor que todos esos.

-Pero antes de todo -dijo el judío- debe decirte que te engañas en cuanto a lo de la piedra y el manzano. ¡Así me ayuden los profetas como es cierto que allí no hay más que algunas frioleras de poco valor! Si quieres, las partiré de buena gana contigo: cien varas de paño verde para gabanes como los que usa tu gente; cien estacas de boj de España y cien cuerdas de seda, duras, fuertes y bien torcidas. Dispón a tu gusto de todo eso, con tal que no hables a alma viviente del manzano ni de la piedra, querido Dicón.

-No desplegaré los labios sobre el asunto -prometió el capitán- y en cuanto a tu hija, cree que me duele su situa­ción. Pero ¿qué he de hacer? Las lanzas de los templarios pue­den más que nuestras flechas, y lo mismo nos barrerían que telarañas. Algo hubiéramos hecho por tu hija si antes hubié­ramos sabido su aventura; más ahora sólo puedes salvarla con política. ¿Quieres que me entienda con el prior?

-Haz lo que quieras, buen Dicón -repuso el judío ­con tal de que me restituyas mi amada Rebeca.

-No vengas a interrumpirme -dijo el montero- con tu importuna codicia, y haré cuanto me sea dado en tu favor.

Locksley se separó del judío, mas éste le siguió como si fuera la sombra de su cuerpo.

-Prior Aymer-exclamó Locksley- dos palabras apar­te. Por ahí dicen que eres jovial y caritativo; lo cierto es que nadie ha dicho de ti que seas opresor o tiránico. Aquí tienes a Isaac, que podrá desempeñar tu casa si consigues del Templa­rio la libertad de su hija.

-¡Poco a poco! -dijo Isaac.-Ha de volver libre y tan honrada como cuando se separó de mí; si no, no hay nada de lo dicho.

-Isaac -dijo el montero- o callas, o se acabó mi mediación. ¿Qué dices a esto, prior Aymer?

-Digo -respondió el prelado- que el negocio es con­dicional porque si por un lado hago bien, por otro contribuyo a la felicidad de un judío, lo cual es contra mi conciencia. Sin embargo, si el israelita quiere contribuir a la reedificación de nuestro arruinado monasterio, tomaré a mi cargo la negocia­ción del rescate de su hija.

-No nos paremos -dijo Locksley- (¡estáte quieto, Isaac!) en cuarenta marcos más o menos.

-¡Pero, por el Dios de los cielos -observó el judío­-buen Tira-el-arco!

-¡Buen judío, buen diablo de los infiernos! -dijo el montero perdiendo la paciencia-. ¿Quieres poner tus talegos miserables en la misma balanza que el honor y la libertad de tu hija? ¡Por las barbas de mi padre, que he de despojarte del último maravedí si sigues molestándome!

Isaac se cruzó de brazos y bajó la cabeza. El Prior pre­guntó.

-¿Y quien me sale garante de vuestras promesas? -Cuando Isaac haya salido bien con su empresa por tu mediación -repuso el capitán-juro por San Huberto que he de verle con mis ojos pagar lo estipulado; y si no, las habrá conmigo. Más le valdría en este caso, haber pagado diez veces otro tanto.

-Bien está, judío -contestó Aymer-. Puesto que debo tomar cartas en el asunto, dame recado de escribir. Pero qué, ¿no hay pluma?

-En cuanto a pluma -dijo Locksley- yo podré facili­tarte cuantas quieras.

Y viendo revolotear sobre su cabeza una bandada de ána­des, apuntó al que iba delante, el cual cayó inmediatamente atravesado por una flecha.

-Aquí hay plumas -continuó- más de las que bastan para la provisión de tu monasterio por espacio de un siglo.

El Prior se sentó debajo de un árbol, y escribió con gran sosiego una epístola a su amigo; y habiéndola cerrado, se la entregó al judío, diciéndole:

-Esto te servirá de salvoconducto para Templestowe, y probablemente lograrás por su medio el rescate de la mucha­cha. Más cuenta con las proposiciones que haces para conse­guirlo, porque el buen caballero Bois-Guilbert no hace nada sin cuenta y razón.

-¡A otra cosa! -dijo el montero-. Ya no tienes que hacer nada aquí, si no es firmar el recibo de las quinientas coronas de tu rescate. El judío será mi tesorero; y si llego a tener la menor noticia de que rehusas el pago, juro que he de poner fuego al monasterio y todos vosotros habréis de ser reducidos a cenizas, aunque sepa que han de ahorcarme diez años antes.

El prior se puso a escribir de nuevo, aunque no de tan buena gana como antes, y extendió y firmó un recibo por valor de las quinientas coronas que el judío había de dar por su rescate, obligándose a pagar leal y exactamente.

-Y ahora -exclamó el Prior- tendréis la bondad de restituirme las mulas y palafrenes y los monjes que me acom­pañan, juntamente con las alhajas y ropa de mi uso, lo cual se halla comprendido en mi rescate.

-En cuanto a los monjes -dijo Locksley-, ahora mismo van a ser puestos en libertad, porque sería injusto dete­nerlos; también se te devolverán las mulas y palafrenes, con alguna plata menuda para que puedas continuar tu jornada. Mas por lo que hace a las ropas y alhajas, has de saber que somos hombres de conciencia, y no podemos permitir que un hombre de tu carácter lleve consigo esas vanidades mundanas.

-Mírate bien en ello -observó el Prior-, y considera que son bienes de un sacerdote y que se expone a terrible cas­tigo todo seglar que los toque.

-Yo cuidaré de eso, reverendo padre -afirmó el ermi­taño-, y tus alhajas, vendrán a mi poder.

-Hermano, o amigo, o lo que quiera que seas -dijo Aymer-, si en efecto has recibido órdenes sagradas, no sé quE cuentas darás a tu prelado de la parte que has tenido en esta fechoría.

-Amigo Aymer -respondió el anacoreta-, has de saber que toda la comunidad de mi convento se reduce a mi persona. y que nada tengo que ver con el arzobispo de York, ni con el abad de Jorvaulx y todo su capítulo.

-Eres irregular -dijo el prior-, y en ti estoy viendo uno de los muchos que se dan por eclesiásticos sin serlo, pro­fanando los santos ritos, perdiendo las almas de los fieles, y dándoles piedras en lugar de pan.

-¡Dime lo que quieras! -repuso el ermitaño.

-¡Basta! -ordenó Locksley-. ¡Haya paz entre voso­tros! Tú, prior, si quieres escapar con vida, no provoques la cólera de nuestro ermitaño; y tú, buena alhaja, no detengas más al reverendo Prelado.

Este consideró al fin que comprometía su dignidad dis­putando con el capellán de una gavilla de ladrones; juntóse con los otros monjes de su acompañamiento, y montó a caba­llo con menos pompa que cuando cayó en manos de los ban­didos.

Sólo quedaba que arreglar la fianza que había de dar el judío, tanto por su rescate cono por el de Aymer. Viendo que era indispensable esta formalidad, firmó y selló una orden a uno de sus compañeros de York mandándole que pagase mil  coronas al portador, entregándole al mismo tiempo las mer­cancías especificadas en la nota que iba junta.

-Mi hermano Sheva -dijo arrojando un profundo sus­piro- tiene la llave de todos mis almacenes.

-¿Y la de la piedra que está debajo del manzano?-pre­guntó Locksley.

-¡Dios me libre -respondió Isaac- y no permita que se descubra jamás ese secreto!

-No será por mi boca-dijo Locksley-, con tal que ese papel produzca el efecto deseado. Pero ¿qué haces, Isaac? ¿Estás lelo? ¿No piensas en el peligro de tu hija?

-Sí -dijo el judío saliendo de la suspensión en que le había puesto la firma que acababa de echar-. Me voy sin detenerme. ¡Adiós, tú, a quien quisiera llamar buen hombre, y a quien ni quiero ni debo llamar malvado!

Antes que Isaac se separase de la cuadrilla el capitán le dio el consejo siguiente:

-Sé liberal en tus ofertas, Isaac, no te pares en dinero, si quieres sacar a tu hija de las garras de Brian de Bois-Guilbert. Créeme; el oro que reh'ses por libertarla te ha de dar con el tiempo más tormentos que si cayera derretido en tu garganta.

Isaac convino con harto dolor de su corazón en la verdad de estas observaciones, y se puso en camino con dos monte­ros que debían guiarle y custodiarle en su jornada.

El caballero Negro, que había estado observando con el mayor interés todos estos procedimientos, se despidió de Locksley para marchar adonde sus arduos negocios le llama­ban, y no pudo menos de expresar la sorpresa que le causaba el ver reinar tanto orden y disciplina entre gentes fuera de la protección ordinaria y del influjo de las leyes.

-El mal árbol, señor caballero -respondió el bandi­do--, suele dar frutos sazonados, y los malos tiempos traen consigo algunas buenas cosas. Entre los que ejercen esta vida desalmada y expuesta, creed que hay algunos moderados sen­timientos y otros que lloran amargamente las circunstancias que les han obligado a tomar un partido tan contrario a sus principios.

-Quizás -replicó el caballero- estoy hablando con uno de esos últimos de que habéis hecho mención.

-Señor caballero -objetó el capitán- cada cual tiene sus secretos. Libre sois de formar de mí la opinión que gustéis y las conjeturas que más os agraden; pero ninguna de las fle­chas llegará al blanco. Yo no trato de penetrar en vuestros arcanos y no debéis ofenderos si no os descubro los míos.

-Vuestra reconvención es justa -dijo el caballero-, y os ruego que me perdonéis mi indiscreción. Quizás volvere­mos a vernos, y entonces será sin disfraces. Entretanto, creo que nos separamos buenos amigos.

-Aquí está mi mano en prenda -replicó Locksley-, y puedo decir que es la mano de un buen inglés, aunque bandi­do por ahora.

-Aquí está la mía -respondió el caballero-, y tengo a honra haberla apretado con la tuya. El que obra bien teniendo medios ilimitados de obrar mal, merece loor, no sólo por el bien que hace sino por el mal que evita., felicidades, y adiós, buen montero. Así se separaron aquellos dos aliados, y el de las negras bosque armas a caballo y desapareció en los circuitos del .

 

 

XXVII

 

El rey Juan:

Es cual serpiente

te digo

hidra que evitar no puedo,

Y que presente a mi vista

en todos sitios la tengo.

        SHAKESPEARE: El rei Juan

 

 

Dábase un espléndido banquete en el castillo de York, a que el príncipe Juan había convidado a todos los prelados, nobles y caudillos con cuyo socorro esperaba realizar sus miras ambiciosas y ocupar el trono de Ricardo Corazón de león. Waldemar Fitzurse, su diestro agente político, era el resorte secreto de toda aquella máquina y el que sostenía entre todos los partidarios el valor que era necesario para hacer una declaración pública de los intentos del Príncipe. Pero había sido forzoso diferir el último golpe por la ausencia de algunos miembros importantes de la confederación. El brío empren­dedor e irresistible, aunque brutal e imprudente, de "Frente de buey"; el arrojo y la ambición de Mauricio de Bracy; la saga­cidad, la pericia militar y el acreditado valor de Brian de Bois-Cuilbert, eran elementos indispensables para el buen éxito del plan, y mientras maldecían en secreto su importuna ausencia ni Juan, ni su favorito osaban dar un paso adelante sin su ayuda. También había desaparecido Isaac de York, y con él la esperanza de ciertas sumas que debían suministrar en virtud del contrato celebrado con el Príncipe. Todas estas cir­cunstancias eran fatales a su partido en tan crítica y decisiva urgencia.

A la mañana del día siguiente de la destrucción del casti­llo de Frente de buey empezó a susurrarse en la ciudad de York que el Barón, Bracy, Brian y sus confederados habían perecido o caído en manos de sus contrarios. Waldemar fue el que dio la primera noticia al Príncipe Juan, indicándole sus temores de que tamaña desgracia hubiese provenido del ata­  que planteado por Bracy contra el Sajón y su familia. En otras circunstancias el Príncipe no hubiera visto en aquel atentado más que una risible niñería; pero como entonces se oponía, o a lo menos retardaba, la ejecución de sus miras, se puso a cla­ mar violentamente contra los agresores, deplorando la infrac­ción de las leyes y del orden público como hubiera podido hacerlo el mismo rey Alfredo.

-¡Inicuos raptores! -decía el Príncipe-. ¡Si llego a sentarme en el trono de Inglaterra, por las barbas de mi padre que he de colgarlos de las puertas de sus castillos!

-Para sentaros en el trono de Inglaterra -dijo Fitzur­se-, es necesario no sólo que vuestra alteza pase por alto esos atentados, sino que conceda su protección a los que los cometen, a pesar de ese celo laudable en favor de las leyes que ellos están acostumbrados a quebrantar. ¡Buenos estarían nuestros negocios si los bellacos sajones vieran convertidas en horcas las puertas de los castillos de los barones norman­dos! Eso es lo que desean Cedric y todos sus partidarios. Vuestra alteza conoce que no podemos retroceder del punto a que hemos llegado; pero bien ve cuán peligroso sería un paso cuando nos faltan tan útiles cooperadores.

El Príncipe oyó con impaciencia estas observaciones, y se puso a pasear por el aposento con todos los síntomas de la inquietud y del despecho.

-¡Villanos! -decía-. ¡Traidores! ¡Haberme abandona­do en este apuro!

-Locos y desacordados más bien merecen llamarse - dijo Waldemar-; insensatos que se divierten en frioleras, y dejan el negocio más importante.

-¿Qué hemos de hacer? -dijo el Príncipe parándose delante del consejero.

-No sé que se pueda hacer otra cosa -respondió éste­que lo que ya he dispuesto. Ni soy hombre de los que se ponen a declamar contra la mala suerte antes de haber hecho todo lo posible para mejorarla.

-¡Eres el ángel de mi guarda -dijo el Príncipe-, y si tengo la dicha de que no me falten tus consejos, el reinado de Juan será famoso en los anales de esta isla! Refiéreme las dis­posiciones que has tomado.

-He dado orden a Luis Winkelbrand, teniente de Mauri­cio, que toque a botasillas, tremole el pendón y marche al cas­tillo de Frente de buey a dar cuanto socorro pueda a nuestros amigos.

El príncipe Juan enrojeció de cólera, como si acabara de recibir un insulto.

-¡Por la Virgen Santa -dijo-, te has atrevido a mucho! ¡Tocar clarín y desplegar bandera en una ciudad en que se halla el príncipe Juan, y sin su consentimiento!

-Pido a vuestra alteza mil perdones -replicó Fitzurse, maldiciendo interiormente la pueril vanidad de su protector-; pero cuando urgen tanto las circunstancias, y cuando puede ser tan fatal la pérdida de un minuto, no he vacilado en tomar a mi cargo esta disposición, que he juzgado necesaria a vues­tros intereses.

-Te perdono, Fitzurse -dijo el Príncipe-, porque conozco la rectitud de tus intenciones. Mas ¿quiEn es Este que se acerca? ¡Bracy es, voto a tantos; y cierto que viene en buen estado!

Era Bracy, en efecto, y su persona y su atavío denotaban Ia borrasca anterior. Iba cubierto de lodo desde el crestón hasta la espuela, rota y ensangrentada la armadura, sin espada al cinto, y con todas las señales de un guerrero que ha salva­do la vida a expensas del honor o de la libertad. Se quitó el yelmo de la cabeza, lo colocó sobre un mueble, y se mantuvo algún rato en silencio como si necesitara cobrar aliento para referir las tristes nuevas de que era portador.

-Bracy -exclamo el Príncipe-, ¿qué significa todo eso? ¿Se han rebelado los sajones? ¿Qué te ha sucedido?

-¡Habla, Bracy! -dijo Fitzurse casi al mismo tiempo que el príncipe-. ¿Eres hombre, o gallina? ¿Dónde están "Frente de buey" y el Templario?

-El Templario -contestó Bracy- ha huido; "Frente de buey" ha muerto asado en las llamas que han consumido su cas­tillo. Yo sólo he escapado con pellejo para traeros las noticias.

-¡Y bien frío me dejan -repuso el Príncipe-, aunque tanto hablas de incendio y de llamas!

-Aún no sabéis lo peor -respondió Bracy; y acercán­dose al Príncipe, le dijo en voz haja y enfática-: ¡Ricardo está en Inglaterra! ¡Le he visto y he hablado con él!

El Príncipe quedó pálido como la cera y se apoyó en el espaldar de un sillón como si acabase de recibir un dardo en el pecho.

-¡Sueñas, Bracy! -exclamó Fitzurse-. ¡No puede ser!

-Es tan verdad como la verdad misma -respondió el normando-: He hablado con él, y he sido su prisionero.

-¿Con Ricardo Plantagenet? -preguntó Fitzurse.

-Con Ricardo Plantagenet -replicó Bracy-; con Ricardo Corazón de león, con Ricardo de Inglaterra.

-¿Y has sido su prisionero? -repuso Waldemar ­¿Conque tiene fuerzas a su mando?

-No: algunos monteros estaban con él, pero no le conocí­an. Le oí decir que iba a separarse de ellos muy en breve, pues­to que sólo se les unió para atacar el castillo de Reginaldo.

-Esa es la manía de Ricardo -observó Fitzurse-; caba­llero andante, errando de aventura en aventura y fiándolo todo a la punta de la espada como Tirante el Blanco o Palmerín de Inglaterra, mientras peligran su persona y los negocios del Estado. Y tú, ¿qué piensas hacer, Mauricio?

-¿Yo? Ofrecí el servicio de mis lanceros a Ricardo, y no quiso admitirlos. Mi proyecto es apretar espuelas con los míos hacia el puerto más próximo, y no parar hasta Flandes. Gra­cias a Dios todo está revuelto en Europa, y un hombre como yo sabe aprovecharse de estas tormentas. Créeme, Waldemar, tu cabeza pende de un hilo. Deja aparte la política, empuña el acero  y vente conmigo a ver lo que la suerte nos depara.

-Soy viejo, Mauricio -objetó Fitzurse-, y tengo una hija.

-Dámela en casamiento -repuso el normando-, y yo la mantendré como merece su condición con la ayuda de mi lanza.

-¡Ni por pienso! -dijo Fitzurse-. Cuando llueve es necesario ponerse al abrigo; y yo marcho cuanto antes a la Iglesia de San Pedro, cuyo arzobispo es amigo y casi herma­no mío.

Durante esta conversación el príncipe Juan fue saliendo poco a poco del abatimiento en que le había puesto la inespe­rada noticia del arribo de su hermano, y escuchó con la mayor atención lo que decían aquellos dos apoyos de su partido.

-¡Me dejan! -decía en sus adentros-. ¡Se desprenden de mí, como la hoja marchita que separa del árbol el soplo más ligero! ¿No podré yo hacer nada por mí mismo cuando esos bellacos me abandonen?

Paróse al terminar estas consideraciones, y prorrumpie­ron en una risa forzada, que dió a su fisonomía una expresión diabólica.

-¡Milores! -agregó-: Por el santo de mi nombre que sois hombres tan constantes en vuestros designios como inge­niosos en vuestros planes! ¡Qué diablos! Riqueza, placer, honor, todo lo que nuestra empresa prometía, lo arrojáis por la ventana justamente cuando no se necesita más que un golpe para coger el fruto de tantos afanes.

-No os entiendo -replicó Fitzurse-. Ricardo tardará en estar a la cabeza de un ejército lo que tarde en saberse en Inglaterra su llegada y entonces se acabó esto. Lo que os acon­sejo es que os embarquéis para Francia, o que imploréis la protección de la reina madre.

-¡Yo no me curo de mi seguridad! -dijo cl Príncipe-. Basta una palabra que yo diga a Ricardo para tenerla. Pero aunque tú, Bracy, y tú, Fitzurse, os mostráis tan apresurados por separaros de mí, no por eso se escapará vuestro pescuezo del hacha del verdugo! ¿Piensas tú, Waldemar, que el Arzo­bispo estorbará que te arranquen de su lado si llega a hacer la paz con Ricardo? ¿Y qué estás tú hablando de embarcarte, Mauricio? ¿Por dónde te dirigirás a la mar que no encuentres a Roberto Estoteville con todas sus fuerzas, y quizás al conde de Essex, que está recogiendo las suyas? Si nos hacían som­bra estos armamentos antes de la llegada de Ricardo, ¿qué será cuando se sepa que éste ha pisado las playas de Inglaterra? Estoteville hasta para echarte a ti y a todos tus lanceros de cabeza en el río Humber.

Waldemar y Bracy se miraron uno a otro con no poco sobresalto al oír tan fatales nuevas.

-¿Queréis que os diga francamente lo que pienso? - continuó el Príncipe, arrugando el entrecejo como si no osara confesar el atroz designio que ocultaba en su corazón-. Ese objeto de nuestro terror viaja solo: es necesario salirle al encuentro.

-¡No seré yo -protestó el normando--- quien toque a una pluma de su cinera! Fui su cautivo, me entregué a discre­ción, y el me dió libertad.

-¿Quién habla de hacerle daño? -dijo el Príncipe con violenta sonrisa-. ¡Capaz eres de creer que voy a mandarle asesinar! No; un castillo será su habitación. En Inglaterra o en Austria, ¿qué importa? Las cosas quedarán cono al principio de nuestra empresa: entonces se trató como condición indis­pensable que Ricardo quedara prisionero en manos del Archi­duque. ¿Qué tiene eso de extraño? Mi tío Roberto vivió y murió en el castillo de Cardiff.

-Sí -confesó Waldemar-; pero su hermano Enrique se sentó en un trono mas sólido que puede serlo el vuestro. No hay mejor prisión que la que hace el enterrador, ni mejor cas­tillo que la bóveda de la parroquia. Esta es mi opinión.

-Prisión o sepulcro -afirmó Bracy-, yo me lavo las manos y no me meto en esas honduras.

-¡Villano! -saltó el Príncipe-. ¿Vas a vendernos?

-Yo no vendo a nadie -exclamó Mauricio-, ni sufro que se junte el nombre de villano con el mío.

-¡Silencio, Bracy! -dijo Fitzurse-. Y vos, señor, no extrañéis los escrúpulos de un valiente caballero. Creo que no tardaré en disiparlos.

-¡No alcanza a tanto tu elocuencia! -observó el nor­mando.

-Sir Mauricio -continuó el astuto cortesano, no os asustéis como venado perseguido sin conocer el objeto de vuestro terror. ¿No decíais hace tres días que toda vues­tra ambición quedaría satisfecha si hallarais ocasión de pelear de hombre a hombre o a la cabeza de vuestros lance­ros con ese mismo Ricardo cuyo nombre os hace temblar ahora? Mil veces lo habéis dicho en presencia de los ami­gos de su alteza.

-Cuerpo a cuerpo o a la cabeza de mis valientes -repu­so el normando-; tú lo has dicho. Pero atacar de buenas a primeras a un hombre solo en medio de una selva, ¿cuándo ha salido de mis labios semejante designio'?

-No eres buen caballero si esto te causa escrúpulo - observó Waldemar-. ¿Cómo ganaron fama Tristán y Lanza­rote? No fue, por cierto, presentándose frente a frente de sus enemigos, sino saltándoles encima en lo oscuro de una emboscada, como el lobo a la oveja.

-Ni Lanzarote ni Tristán -ohjetó Mauricio- hubieran osado hacer otro tanto con Ricardo Plantagenet.

-¿Has perdido el seso? --dijo Waldemar-. ¿No estás al servicio del príncipe Juan? ¿No ha comprado éste con mone­da contante tu valor y tu lanza y el valor y las lanzas de los compañeros libres de tu escuadrón? Tenemos el enemigo a la vista, ¡y te paras en escrúpulos cuando tu honor, tu vida y la de todos nosotros está pendiente de un cabello!

-Ricardo -afirmó Bracy- pudo matarme, y no lo hizo. Es verdad que me despidió de su presencia y que no admitió mis servicios: por consiguiente no le debo vasallaje ni sumisión; pero ponerle las manos encima... ¡Eso no!

-¡Ni es menester tampoco! -observó Fitzurse-: envía a uno de tus oficiales con veinte lanzas.

-¡Hartos asesinos tenéis en vuestros tercios! -respon­dió Bracy-. En el mío no hay hombres de esa calaña.

-¡Que seas tan obstinado! -exclamó el Príncipe-. ¿Qué se ha hecho de tantas protestas de celo y de lealtad?

-Yo haré por vuestra alteza -dijo el normando- todo lo que corresponde a un caballero; pero echarme a ladrón de caminos...

-Waldemar -suspiró el Príncipe-, ¡qué desgraciado soy! Mi padre, el rey Enrique, tuvo cuantos fieles servidores necesitó para afianzar su dominio. Apenas dio a entender que le molestaba un obispo, cuando la sangre de Tomás regó los escalones del altar, y era un santo canonizado después. ¡Tracy, Morville, Brito, hombres fieles y decididos, ya no existe el espíritu que os animaba! Reginaldo Fitzurse ha dejado un hijo, pero sin su valor y sin su fidelidad.

-El hijo de Reginaldo es tan valiente y tan fiel como su padre -dijo Fitzurse-; y pues que no hay otro arbitrio, yo tomo a m¡ cargo esta peligrosa empresa. Caro le costó a mi padre el celo que acreditó en favor de su amo, y, sin embargo, lo que hizo por Enrique es algo diferente de lo que yo voy a hacer en vuestro favor. porque más valdría atacar a una legión de demonios que poner la lanza en ristre contra Corazón de León. Bracy, quédate aquí para sostener el ánimo de los nues­tros y para custodiar al Príncipe. Si recibís las noticias que espero enviaros, todo mudará de aspecto y ya no habrá dudas sobre el éxito de nuestros planes. Paje, marcha a casa, y di a los armeros que tengan pronta la mejor de mis armaduras; a Wetherel, a Toresby y a las tres lanzas de Spyinghow, que se preparen a marchar; a Hugo, el correo, lo mismo. ¡Adiós, ilus­tre príncipe; hasta más ver!

Dijo, y salió apresuradamente de la cámara.

-Con tanta serenidad echará el guante a mi hermano - declaró el príncipe Juan- como si fuera un hidalgo sajón. Espero, sin embargo, que obedecerá mis órdenes y tratará a mi querido hermano con el respeto debido.

Bracy respondió con una maliciosa sonrisa.

-¡Por Santiago de Galicia -protestó el príncipe-, que mis órdenes son terminantes! Quizás tú no las oirías por estar algo lejos. Positivamente, le mandé que respetase la vida de Ricardo, ¡y pobre de Waldemar si así no lo hiciere!

-Mejor será -dijo Bracy- que vayas a recordárselo; pues así como yo no oí esas órdenes de que habláis, así pudo él no haberlas oído.

-¡No, no! -repuso el Príncipe impacientándose-. Estoy seguro que las oyó. Mauricio, ven acá: dame el brazo y paseémonos.

Bracy presentó el brazo al Príncipe, y los dos se pasearon por el aposento como dos íntimos amigos.

A poco se retiró el normando, y el Príncipe mando llamar a Hugo el correo, que era también el jefe de sus espías. Inte­rin venía, Juan se paseaba con la mayor agitación.

-Hugo -le dijo-, ¿qué te ha mandado Waldemar?

-Me pidió dos hombres resueltos, diestros en las vere­das y escondrijos de los bosques de estas cercanías y en seguir las huellas de hombres y caballos.

-¿Se los has proporcionado?

-Y de los buenos -respondió el confidente-. Uno de ellos se ha empleado toda su vida en rastrear ladrones, y ha llevado más hombres a la horca que gotas de agua tiene el Támesis. El otro es cazador furtivo y conoce cuantas cuevas y barrancos hay de aquí a Richemond.

¡Bien! -preguntó el Príncipe-. ¿Están listos?

-Al instante van a ponerse en camino.

-¡Basta! -ordenó el Príncipe; y después de haber pen­sado algún rato-. Hugo -añadió-importa a mi servicio que sigas los pasos a Mauricio de Bracy de modo que él no lo observe. Sepamos de cuando en cuando lo que hace, con quién habla y de qué asuntos habla. ¡Cuidado con esto y con tu cabeza!

Hugo hizo una cortesía y se retiró.

Si Mauricio me engaña -murmuró el Príncipe- como me lo temo, ¡por los santos del Cielo, que ha de perder la vida, aunque estuviese Ricardo a las puertas de York!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XXVIII

 

Ni el carnicero tigre en el desierto,

ni el león, si la presa que devora

osa alguien disputarle,

son más fieros que el fanatismo

atroz que se desborda.

                    ANÓNIMO.

 

Volvamos al judío Isaac de York, el cual, montado en una mula que le había facilitado el capitán de los bandidos, y acompañado por dos de éstos que le servían de guías y escol­ta, se encaminaba a Templestowe con el objeto de negociar el rescate de su hija. Aquel edificio distaba sólo una jornada del demolido castillo de "Frente de buey", y el judío esperaba lle­gar al término de su viaje antes de anochecer. Despidió a los monteros a la salida del bosque, les dió una pieza de plata para que echaran un trago, y empezó a dar espuelas a la mula, en cuanto se lo permitía su abatimiento físico y moral.

Pero casi desfalleció cuando llegó a cuatro millas de dis­tancia del castillo; empezó a sentir dolores agudos en todos sus miembros, y aumentaban considerablemente su padecer las penas e inquietudes que agobiaban su espíritu. Al fin le fué imposible pasar de un pueblecillo que estaba en el camino y en que residía un rabino de su tribu, antiguo conocido suyo y muy diestro en el arte de curar. Natán Ben Israel acogió a su dolorido compatriota con todo el afecto que su ley prescribía, y que los judíos se manifestaban siempre recíprocamente. Lo primero que le ordenó fue el reposo, y en seguida le aplicó los remedios más eficaces para cortar los progresos de la fiebre que el miedo, el cansancio y la pesadumbre habían acarreado al mísero hebreo.

Al día siguiente Isaac quiso levantarse y continuar la marcha; y aunque Natán se opuso a esta determinación como médico y cono amigo, diciéndole que aquella locura podría costarle la vida, no logró reducirle a quedarse pues Isaac ase­guraba que más que la vida le importaba el negocio que le lle­vaba a Templestowe.

-¿A Templestowe? -preguntó el rabino sorprendido; y volviendo a tomarle el pulso decía entre sí-: El pulso ha bajado; Pero ha dejado huellas la fiebre en el cerebro.

-¿Y por qué no? -dijo Isaac-. Yo bien sé que allí ani­dan los más crueles enemigos que tuvieron nunca los hijos de Israel; pero ya sabes que los negocios del tráfico son imperio­sos, y que a veces tenemos que acudir a los preceptorios de los templarios y a las encomiendas de los de San Juan, como si no fueran el azote de nuestro pueblo.

-Lo sé -replicó Natán--; pero quizás no ha llegado a tu noticia que Lucas de Beaumanoir, jefe de los templarios o gran maestre, como ellos dicen, se halla a la hora esta en Tem­plestowe.

-Lejos estaba de figurármelo -respondió Isaac-, por­que las últimas cartas de nuestros hermanos de París decían que a la sazón se hallaba en aquella ciudad implorando soco­rros de Felipe contra el sultán Saladino.

-Hace pocos días, en efecto, que ha llegado a Inglaterra, cuando menos le aguardaban sus hermanos; y viene armado de cólera y de venganza a corregir y a castigar. Está furioso contra todos los de su Orden que han faltado a las reglas de ella, y esos caballeros tiemblan cono la hoja en el árbol. ¿No has oído hablar de Lucas de Beaunanoir?

-¡Y tanto! -contestó Isaac-. Los cristianos le aplau­den corno al más celoso observador de todos los puntos de la ley nazarena; y nuestros hermanos le llaman feroz destructor de sarracenos y tirano de los hijos de Israel.

-Y no se engañan -afirmó el rabino-. Otros templa­rios ceden a los placeres mundanos o a las promesas de oro y plata; pero ese Beaumanoir es hombre de otra clase. Odia la sensualidad, desprecia el dinero y sólo aspira a morir matan­do sarracenos. Ese hombre ha cobrado tal ojeriza al pueblo de Israel, que con razón debemos temerle. Dice cosas impías y falsas de la virtud de nuestras medicinas, como si fueran ensalmos y amaños de Satanás. ¡El Señor le confunda!

-Sin embargo -repuso Isaac-, tengo que ir a Tem­plestown aunque los que le habitan me echen en un horno ardiendo.

Entonces explicó a Natán el motivo de su expedición. El rabino le oyó con interés, y manifestó el dolor que le produ­cía aquella desgracia del modo como solían hacerlo los de su creencia: desgarrando sus vestiduras y exclamando:

-¡Oh hija mía, hija mía! ¡Oh hija de Sión! ¡Oh cautive­rio de Israel!

-Ya ves -dijo Isaac- que el negocio urge y que no puedo detenerme. Quizás la presencia de Lucas de Beauma­noir, que es el jefe, retraerá a Brian de Bois-Guilbert de los atentados que medita y le inducirá a restituirme la prenda que me ha robado.

-¡Ponte en camino, hermano -aconsejó el rabino-, y ten prudencia, que fue la que salvó a Daniel en la cueva de los leones! ¡Quiera el Dios de Abraham que todo salga a medida de tus deseos! En todo caso, huye de la presencia de Lucas de Beaumanoir que tiene particular deleite en ultrajar y vilipen­diar a los israelitas. Habla a solas con ese Bois-Guilbert y qui­zás lograrás reducirle, porque la gente dice que esos nazare­nos del preceptorio están divididos en bandos. ¡Dios desbarate sus consejos! Pero cuenta con que vuelvas a referir­me el éxito de tu empresa, y que mires siempre esta casa como la de tu padre. ¡Pobre Rebeca, la discípula de la sabia Miriam, de cuyas medicinas decían esos desacordados nazarenos que eran obras de nigromancia!

Isaac de York se despidió de su huésped, y al cabo de una hora de marcha se halló a las puertas del preceptorio.

Este establecimiento de los templarios ocupaba el centro de unas vastas praderas que el fundador había legado a la Orden. Estaba bien fortificado, porque los templarios nunca descuidaban esta precaución, que a la sazón era de suma importancia, estando tan agitada y revuelta Inglaterra. Dos alabarderos vestidos de negro guardaban el puente levadizo, y otros dos, con el mismo traje, se paseaban a pasos mesurados sobre la muralla, semejantes a espectros más que a hombres. Tal era el uniforme de los empleados inferiores de la Orden desde que el uso del ropaje blanco, igual que el de los caba­lleros y escuderos, había dado origen en las montañas de Palestina a la formación de unos falsos templarios que habían acarreado gran deshonra a los verdaderos. De cuando en cuando atravesaba el patio un caballero de la Orfien, con su manto blanco, la cabeza inclinada y los brazos cruzados. Si se encontraban dos, se saludaban en silencio con una profunda cortesía, porque tal eran las reglas que se observaban, funda­da quizás en lo que dice la Escritura: "Pecado hay en muchas palabras, y la vida y la muerte están en tu lengua". En fin, la severa disciplina de Lucas de Beaumanoir había hecho rena­cer el ascético rigor de los tiempos primitivos del Temple, en lugar del desorden en que por tanto tiempo había vivido aque­lla Orden militante.

Isaac se paró a la puerta, sin saber cómo podría introdu­cirse en el preceptorio, porque sabía que la nueva severidad de los templarios no era menos funesta a los de la nación hebrea que su antiguo desarreglo y que a la sazón la ley que profesaba le exponía a la persecución de los caballeros, como en otra época su riqueza le había expuesto a las extorsiones de su implacable tiranía.

Entretanto Lucas de Beaumanior se paseaba por un pequeño jardín del preceptorio situado dentro de las murallas, y conversaba triste y confidencialmente con uno de los caba­lleros de la Orden que había ido en su compañía a Tierra Santa.

El Gran Maestre era un hombre de avanzada edad, como lo denotaba el color de su larga barba y de las pobladas cejas que sombreaban sus ojos; mas los años no habían apagado el fuego que en ellos centelleaba. Sus facciones ásperas y la expresión de fiereza que en ellas se leía anunciaban el guerre­ro intrépido y formidable, en tanto que la palidez de su rostro y el orgullo de sus miradas daban a conocer su valor y ente­reza y la secreta satisfacción del que se juzga superior a cuan­tos le rodean. En medio de estos rasgos peculiares de su fiso­nomía se notaba en ella cierto aire de nobleza y magnanimidad, debido sin duda, a su trato frecuente con prín­cipes y soberanos y al ejercicio de la autoridad suprema en una sociedad de guerreros ligados no menos por las leyes del honor que por las reglas de su instituto. Su estatura era eleva­da, y a pesar de los años y de los trabajos, erguida y majes­tuosa. El corte y hechura de su manto eran los mismos que prescribía la Orden de San Bernardo, y se componía de un paño común ajustado al cuerpo, con la cruz peculiar a la Orden, de paño color de grana, sobre el hombro izquierdo. No adornaban este atavío los armiños con que se engalanaban los prelados de otras Ordenes religiosas; pero en consideración a su edad se había aprovechado del permiso que le daba la regla, y llevaba la túnica forrada de piel de cordero, con la lana hacia fuera, que era el mayor lujo que su conciencia le permitía usar, en vez de los ricos forros de pieles extrañas, tan a la moda en aquellos siglos. Tenía en la mano un báculo correspondiente a su dignidad. Llamábase abaco, y terminaba por la parte superior en una placa redonda en que estaba gra­bada en medio de una orla la cruz octangular de la Orden. Su compañero estaba vestido del mismo modo; pero el profundo respeto con que le hablaba daba a entender que nada era igual entre ellos sino el traje. Aunque preceptor o superior de una de las casas de la Orden, no marchaba de frente con él, sino de manera que el Gran Maestre pudiera dirigirle la palabra sin volver la cabeza.

-Conrado -decía Lucas de Beaumanior-, querido amigo y compañero en mis batallas y peligros, en tu fiel cora­zón puedo desahogar las cuitas que atosigan el mío. Sólo en ti puedo depositar mis ardientes deseos de reunirme con los jus­tos. Ninguno de los objetos que se han presentado hasta ahora a mis ojos en Inglaterra me ha servido más que de tormento y de mortificación, salvo las tumbas de nuestros hermanos que aún adornan la iglesia de la Orden de la orgullosa capital. ¡Oh valiente Roberto de Ros!, exclamaba yo interiormente al ver Ias estatuas de aquellos buenos soldados de la Cruz recostadas en sus sepulcros. ¡Oh digno Guillermo de Mareschal! ¡Abrid vuestras moradas de mármol y admitid a un hermano cansado de la vida, que más bien quiere pelear contra cien paganos que ser testigo de la decadencia de su santa Orden!

-¡Es cierto -respondió Conrado Mont-Fichet-; es demasiado cierto! Las irregularidades de nuestros hermanos de Inglaterra son mucho peores que las de los de Francia.

-Porque son mas ricos -prosiguió el Gran Maestre-. No es por alabarme; pero ya sabes la vida que he llevado, mi celo en cumplir hasta los ápices de nuestra regla, mi tesón en pelear con gentes endiabladas y perversas, mi incansable ardor en acometer al león rugiente, que gira en torno buscan­do a quien devorar. Buen caballero y eclesiástico devoto: a esto he aspirado en el curso de mi larga experiencia. Mi divi­sa ha sido la que dice nuestro padre San Bernardo en el capí­tulo cuarenta y cinco de nuestra constitución: Ut leo samper feriatur. Este es el ardor que ha devorado mi substancia y mi jugo vital, y hasta mis nervios y la médula de mis huesos. ¡Pero por el Santo Temple te juro que, si no eres tú y algunos pocos que conservan la severidad del instituto no veo entre nuestros hermanos sino hombres indignos del hábito que vis­ten! ¡Qué diferencia entre lo que prescribe nuestra regla y el modo que tienen de observarla los templarios del día! Se les prohíbe usar galas profanas, crestón en el yelmo, oro en el freno y en los estribos. ¿Y acaso hay caballeros que se pre­senten con tanto lujo y esplendor en los campamentos y jus­tas como los humildes soldados del Temple? Se les prohibe el ejercicio de la cetrería, la caza con arco y ballesta, toda diver­sión campestre y destructora, todos los desórdenes a que ellas dan lugar. ¿Y dónde están los más acreditados cazadores, y los halcones más famosos, y las jaurías más nombradas, sino en nuestros preceptorios? Se les prohíbe leer, salvo los libros que los superiores les permitan, y las vidas de los santos, en las horas de refectorio; se les recomienda que empleen todos sus esfuerzos en extirpar la magia y la herejía, y todo el mundo los acusa de estudiar los malditos secretos cabalísticos de los judíos, y la nigromancia de los sarracenos. Se les pres­cribe una rigurosa abstinencia, comidas sencillas y frugales, como raíces, potaje, frutas, carne sólo tres veces a la semana, porque el uso diario de las substancias animales trae corrup­ción al alma y al cuerpo, y sus convites son tan delicados y opíparos como los de los monarcas más poderosos. La bebida de nuestros antepasados era el agua pura de la fuente; y hoy, cuando se quiere exagerar el destemple de un bebedor, se dice comúnmente que se las apuesta con un templario. Este jardín en que estamos, hermoseado con árboles peregrinos y plantas curiosas de los climas mas remotos, ¿no es más propio del serrallo de un emir que del humilde retiro de los siervos del verdadero Dios? ¡Ah, Conrado! ¡Y si no fuera más que esto! ¡Si se redujeran a estas prácticas viciosas la relajación de nuestra disciplina y la corrupción de nuestras costumbres! Ya sabes que no nos es lícito recibir a aquellas devotas mujeres que en los primeros tiempos se asociaban como hermanas de la Orden, porque, como dice el capítulo cuarenta y seis, el enemigo se vale de la compañía de las mujeres para apartar a muchos del verdadero camino. Y, además, en el último libro, que es como la cúpula del edificio glorioso alzado por el santo fundador, se nos prohíbe hasta dar el ósculo de cariño a nues­tras madres y nuestras hermanas: Ut omnium mulierum oscu­la fugiantur. ¿Y cómo se observan estos preciosos preceptos? ¡Me avergüenzo, amigo mío; me lleno de rubor al reflexionar en la corrupción, en la liviandad que se nota en nuestros com­pañeros! ¡Estos males turban y molestan, en medio de las delicias celestiales de que están gozando, a las almas de nues­tros puros fundadores, de Hugo de Payen, de Godofredo de S. Orner, y de los otros siete bienaventurados que se les unieron para consagrar su vida al servicio y custodia del Templo santo. Yo los he visto, Conrado, en los éxtasis y raptos de mi espíritu; los he visto llorar lágrimas amargas al considerar los pecados y locuras de sus hijos; ese lujo frenético, ese espíritu mundano que los pierde y alucina. `Beaumanoir-me decían aquellos varones angélicos-, dormidos están; despierta. Mira esa mancha que afea los muros del Temple; esa mancha, semejante a la que deja la lepra en las paredes del leproso. Los soldados de la Cruz, que deberían huir de las miradas de la mujer como de las del basilisco, viven en pecado; no sólo con  las de su propia creencia, sino con las hijas del maldito paga­no y con las del mucho más maldito hebreo. ¡Beaumanoir, sal de tu letargo; venga la causa de la Orden! ¡Mata, destruye a los pecadores; no distingas de sexo ni de religión!» Esto me dijo aquella visión; ya estaba yo despierto, y aún oía el ruido de la armadura de aquellos santos guerreros, y de sus mantos, tan albos y tan puros como su espíritu. ¡Sí, sabré obedecerlos; purificaré la fábrica del Temple! ¡Las piedras empapadas en crímenes caerán al suelo a impulso de mi brazo!

-¡Cautela, sobre todo, reverendo padre! --observó Mont-Fichet-. El tiempo y la costumbre han arraigado pro­fundamente el mal. La reforma es justa y necesaria; pero debe ser prudente.

-¡No, sino pronta y terrible! -dijo el Gran Maestre-. ¡La Orden está a la orilla de precipicio! ¡La sobriedad, el celo, la piedad de nuestros predecesores, les granjearon poderosos amigos; nuestra presunción, nuestra riqueza, nuestro lujo, nos han acarreado enemigos formidables. Despojémonos de esa opulencia, que tanta envidia causa a los príncipes de Europa; de ese orgullo, que los ofende y exaspera; de esas costumbres licenciosas, que son el escándalo de todo el mundo cristiano! Conrado, oye esta predicción: la Orden del Temple será com­pletamente destruida; las naciones de la tierra no conocerán el sitio en que estuvieron sus cimientos.

-¡Dios aparte de nosotros tamaña calamidad! -excla­mó el Preceptor.

-¡Amén! -dijo el Gran Maestre con tono grave y devo­to-. Más para que Dios nos asista, debemos hacernos dignos de su misericordia. Conrado ni el Cielo ni la Tierra pueden sufrir con paciencia la maldad de esta generación. La tierra sobre la cual se alza el edificio de nuestro poder está ya mina­da: cuanto añadamos al engrandecimiento de su estructura servirá tan solo para precipitar su ruina. ¡Si queremos evitar esta catástrofe, retrocedamos de la carrera de la iniquidad, mostrémonos fieles campeones de la Cruz, sacrifiquemos a nuestra vocación no sólo nuestra sangre y nuestra vida, sino nuestro reposo, nuestros afectos naturales; y hasta los place­res y recreos que pueden ser legítimos en otros, pero que son vedados a los guerreros y defensores del Templo del Señor!

Apenas había concluido el Gran Maestre su declamatoria homilía, se presentó en el jardín un escudero vestido con el humilde traje que usaban los aspirantes de la Orden, los cua­les durante el noviciado no podían usar el ropaje ni la arma­dura de los caballeros. Hizo una profunda reverencia, y se mantuvo en pie sin desplegar los labios aguardando que el Superior le diese licencia de hablar.

-Aquí tienes a Damián --dijo Lucas de Beaumanoir­ con el atavío correspondiente a la humildad cristiana y en el ademán respetuoso y modesto que conviene al que se halla en presencia de su prelado; y no hace tres días que estaba tan engalanado como un saltarín y que andaba a brincos y pirue­tas como si estuviera en un estrado. ¡Habla, Damián! ¿Qué ha ocurrido?

-Un judío está a la puerta de las murallas, noble y reve­rendo padre, y pide licencia para hablar con el hermano Brian de Bois-Guilbert.

-Has hecho bien en prevenírmelo -contestó el Gran Maestre-. El hermano Brian de Bois-Guilbert es preceptor de la Orden; mas en mi presencia no es más que los otros her­manos. Me importa observar la conducta de ese Brian -aña­dió, volviéndose a su amigo.

-Todos dicen que es un valiente caballero -respondió Conrado.

-En punto a valor, no hemos degenerado de nuestros predecesores los héroes de la Cruz. Pero Brian vino a la Orden cuando se habían frustrado sus esperanzas mundanas; renun­ció al siglo, no con la sinceridad de su alma, sino a impulsos del despecho y del enojo. Desde entonces no ha sido más que un agitador activo, un revoltoso, un hombre inquieto y desa­sosegado, el jefe de todos los que resisten a mi autoridad y murmuran de mis reformas. Es menester que sepa el tal Brian y todos los que se le parecen que la Providencia divina ha puesto en mis manos el cayado y la vara: aquél, para apoyar al débil y al enfermo; ésta, para corregir al delincuente y al díscolo. ¡Damián, venga el judío a mi presencia!

Damián hizo otra reverencia y salió del jardín. A los pocos minutos volvió a presentarse conduciendo a Isaac de York. El esclavo desnudo que parece ante un implacable tira­no de Oriente y aguarda a cada instante la señal que ha de segar su cabeza, no experimenta un terror más profundo que el que se apoderó del judío cuando se vio enfrente del formi­dable Gran Maestre de los templarios. Llegado que hubo a distancia de tres varas de Lucas de Beaumanoir, éste le hizo seña con el báculo que no pasase más adelante.

El judío se arrodilló, besó la tierra en señal de reverencia, y levantándose trémulo y confuso, quedó en pie con los bra­zos cruzados y los ojos fijos en el suelo.

-Damián -dijo el Gran Maestre-, retírate, y ten una guardia lista para recibir mis órdenes. No permitas que nadie entre en el jardín hasta que yo llame.

El escudero obedeció el mandato de su jefe.

-Judío --dijo el anciano-, óyeme: ni yo gusto de per­der el tiempo con palabras, ni conviene tener larga conversa­ción contigo. Sé breve, por tanto, a las preguntas que yo te haga, y sobre todo no digas más que la verdad. Si te atreves a engañarme, he de hacer que te arranquen la lengua.

El judío ¡ha a responder; más el Gran Maestre le detuvo.

-¡Silencio! -ordenó Beaumanoir-. ¡No hables sino para responder a mis preguntas! ¿Cuáles son tus negocios con el hermano Brian de Bois-Guilbert?

Isaac no sabía salir de aquel lance. Si refería la verdad, temía escandalizar al inflexible Gran Maestre, de lo cual podrían originársele fatales consecuencias. Si ocultaba el objeto que allí le llevaba, ¿qué esperanza le quedaba de res­catar a su hija? Beaumanoir conoció su embarazo, y se dignó dirigirle algunas palabras benignas y templadas.

-Nada temas -le dijo- si obras con rectitud. Respon­de sin disfraz, y declara los negocios que tienes con Brian de Bois-Gui Ibert.

-Soy portador de una carta -respondió el judío con voz trémula y agitada- que el prior Aymer, de la abadía de Jor­vaulx, dirige al buen caballero Brian de Bois-Guilbert.

-¡En qué tiempos estamos, Conrado! --dijo el Maes­tre-. ¡Un prior de la Orden del Cister escribe a un soldado del Temple, y no encuentra mensajero más a propósito que un perro judío! ¡Dame esa carta!

Isaac desató temblando la cubierta del gorro armenio que usaba, en la cual, para mayor seguridad, había guardado la carta del Prior; y ya iba a acercarse al Maestre extendiendo el brazo y encorvando el cuerpo a fin de abreviarlo menos posi­ble la distancia respetuosa en que se había colocado.

¡Atrás, impío! -exclamó el Gran Maestre-. ¡Yo no loco a la gente de tu casta si no es con la punta de mi acero! ¡Conrado, toma ese papel y entrégamelo!

Beaumanoir examinó el sobrescrito, y empezó a desatar el hilo que lo aseguraba.

-Reverendo padre -dijo Conrado interrumpiéndole, aunque con ademán respetuoso-, ¿vais a romper el sello?

-¿Y por qué no? -dijo Beaumanoir-. ¿No está escri­to en el capítulo cuarenta y dos De lectione literarum que ningún templario puede recibir cartas, aunque sea de su padre, sin permiso del Gran Maestre, ni leerlas sino en su presencia?

Beaumanoir leyó precipitadamente la carta de Aymer con grandes gestos de horror y de sorpresa; volvió a leerla más despacio, se la entregó a Conrado con una mano y dándole una palmada en el hombro con la otra.

-¡He aquí -le dijo- una correspondencia digna de dos cristianos! ¿Cuándo -añadió con voz pausada y alzando los ojos al Cielo-, cuándo vendrás con el bieldo a limpiar esta era de mies corrompida?

Mont-Fichet tomó la carta, e iba a leerla en voz haja.

-Léala en alto -dijo el Gran Maestre-; y tú, judío, escucha atentamente, que es cosa que te atañe.

Conrado leyó lo siguiente:

"Aymer, por la gracia de Dios prior de la casa cistercien­se de Santa María de Jorvaulx, a sir Brian de Bois-Guilbert, caballero de la santa Orden del Temple. Salud: sabed, carísi­mo hermano, que nuestra presente condición no es de las más agradables, puesto que nos hallamos en manos de ciertos desalmados bandidos que han detenido nuestra persona y nos exigen rescate; y en esta situación hemos tenido noticia de la desgracia de Frente de buey y de vuestro escape con la judía. Nos hemos alegrado sinceramente de saber que estáis libres de todo peligro. Sin embargo, por lo que respecta a la hebrea, corren voces de que vuestro Gran Maestre viene de Norman­día con el designio de ajustaros las cuentas; por tanto, habién­dome rogado el rico judío su padre Isaac de York que interce­da en su favor, no he tenido inconveniente en hacerlo, aconsejándoos que se la restituyáis mediante un buen rescate, con el cual bien podréis proporcionaros cincuenta muchachas a menos riesgo, tocándome, como espero, una parte en vues­tra primera francachela.

"Hasta que nos veamos, en mejores circunstancias que las presentes. Dado en esta caverna de ladrones, después de la madrugada.- Aviner, Pr. S.M. Jorvaulciense."

«Postscriptum-. Vuestra cadena de oro ha caído en manos de esta gente: ahora mismo estoy viéndola al cuello de un forajido, el cual con el precioso pito guarnecido de perlas se divierte en llamar a sus lebreles.»

-¿Qué dices a esto, Conrado? -dijo el Gran Maestre-. ¡Caverna de ladrones! ¡Qué mansión tan diga de un religioso! ¡No es extraño que la mano de Dios nos oprima ni que perda­mos la Tierra Santa a palmos por el alfanje del agareno! ¿Y qué quiere decir esto de la judía?

Conrado conocía algo mejor que su superior aquel len­guaje; así que pudo explicarle el pasaje que tan oscuro le pare­cía, diciendo que eran alusiones a negocios de amor.

-Hay más en esto que lo que tú piensas, Conrado. Tu sencillez no alcanza a penetrar en este abismo de iniquidades. Esta Rebeca de York es discípula de la famosa Miriam, que tanto ruido ha hecho en el mundo: verás cómo el mismo judío lo confiesa-. Y volviéndose a Isaac-: ¿Conque tu hija-le pre­guntó-es prisionera de Brian de Bois-Guilbert?

-Sí, reverendo y valeroso señor -respondió Isaac-; y todo lo que puedo pagar con mi nobleza por su rescate..

-¡Basta! -dijo el Maestre-. Creo que esa hija tuya entiende algo de medicina.

-Sí, ilustre señor: caballeros y campesinos, escuderos y vasallos bendicen el don con que los Cielos se han digna­do favorecerla. Muchos hay en estas cercanías que han reco­brado la salud de sus manos, después de haberlos abandona­do los médicos; pero Rebeca ha recibido la bendición de Jacob.

Beaumanoir se volvió a Mont-Fichet, y le dijo:

-Mira, hermano, los engaños del enemigo: observa cómo alucina y pierde a los hombres ofreciéndoles un breve espacio de vida en la Tierra y privándoles de la eterna ventu­ra celestial. ¡Bien dice nuestra santa regla: acometamos al león, destruyamos al que todo lo destruye!

Y diciendo estas palabras blandía el báculo, símbolo de su dignidad, como si tuviese delante a un enemigo y fuese a batallar con él.

-Tu hija -añadió- hace sin duda esas curas prodigiosas por medio de palabras y ensalmos y otras prácticas cabalísticas.

-No, reverendo y bravo caballero -dijo Isaac-. Lo que más comúnmente emplea es un bálsamo de raras virtudes, cuyo secreto posee.

-¿Quién le descubrió ese secreto?

-Miriam, sabia matrona de nuestra tribu.

-¡Ah, falso judío! -exclamó el Gran Maestre-. ¿Miriam, la hechicera abominable, cuyos sortilegios llenaron el mundo de horror y escándalo? Pues bien; esa perversa murió en una hoguera, y sus cenizas fueron esparcidas a los vientos. ¡Quiera Dios que suceda lo mismo a la Orden de los templarios si la discípula no experimenta la suerte de la maestra! ¡Yo le enseñaré a usar encantos con los soldados del Temple! ¡Damián, echa a ese judío por la puerta de la fortaleza, y déja­le muerto si vuelve o si hace la menor resistencia! Con su hija tomaremos las medidas que corresponden a nuestra dignidad.

El pobre Isaac fue arrojado del preceptorio: sus ofertas, sus súplicas fueron infructuosas. Volvió a casa del rabino a consultar con él sobre el partido que debía abrazar en tan terri­ble apuro. Hasta entonces sólo le había inspirado recelo el honor de Rebeca; mas ya se trataba de su vida. El Gran Maes­tre mandó llamar al preceptor de Templestowe.

Alberto Malvoisin, presidente, o según el lenguaje técni­co de la Orden de los templarios, preceptor de la casa de Tem­plestown, era hermano de Felipe de Malvoisin, de quien ya se ha hecho mención en esta historia, y, como aquél, barón, amigo íntimo y aliado de Brian de Bois-Guilbert.

Alberto sobresalía entre los hombres disolutos y perver­sos de aquella época; pero se diferenciaba de Brian en que sabía echar a sus vicios y a su ambición el velo de la hipocre­sía. Si no hubiera sido tan repentina la llegada del Gran Maes­tre, nada hubiera notado en Templestowe que no fuera con­forme a la severidad primitiva del instituto; y aun a pesar del descubierto en que se halló a los ojos del rigurosísimo Beau­manoir, oyó con tanto respeto y contrición sus amonestacio­nes y se dió tanta prisa en reformar los desórdenes que domi­naban en el preceptorio introduciendo las exterioridades del orden donde acababa de reinar el desarreglo, que Lucas de Beaumanoir empezó a mejorar la mala opinión que de él había formado al principio, y a creer que era hombre de sana moral y de buenos y nobles sentimientos.

Pero estas favorables ideas se disiparon en gran parte cuando el Gran Maestre llegó a entender que Alberto había hospedado en el preceptorio a una cautiva hebrea, la cual según todas las apariencias, había sido arrebatada de los bra­zos de su padre; así que cuando el Preceptor compareció ante el Gran Maestre, lo primero que éste hizo fue lanzarle una terrible mirada.

-En esta casa, dedicada a los altos fines de la Orden de los caballeros del Temple-dijo con tono severo Lucas de Beaumanoir,-se halla a la hora presente una mujer judía traí­da a su respetable recinto por uno de nuestros hermanos, y con vuestro consentimiento, señor preceptor.

Alberto quedó inmóvil y aterrado, porque la infeliz Rebe­ca había sido alojada en un ala secreta y remota del edificio y se habían tomado además todas las precauciones necesarias para apartarla de las miradas de los curiosos. Leyó en los ojos del Gran Maestre la ruina de Bois-Guilbert y la suya propia si no conseguía alejar la tempestad que los amenazaba.

-¿Por qué callas? -dijo Beaumanoir.

-¿Me es lícito justificarme? -preguntó el Preceptor con hipócrita humildad, aunque con el solo objeto de ganar tiempo, a fin de imaginar alguna respuesta que pudiese dar el colorido de la prudencia y de la regularidad a su conducta.

-Licencia tienes: habla --lijo el Gran Maestre-. Habla, y dime si tienes noticia de nuestro instituto.

-Seguramente, reverendo padre -respondió el Precep­tor-. No he subido al alto puesto que ocupo en la Orden sin estar penetrado de tan importantes preceptos.

-Pues ¿cómo has permitido que profane y contamine estos sagrados muros una mujer, y mucho más siendo judía y hechicera?

-¿Una judía hechicera? -exclamó Alberto de Malvoi­sin-. ¡Dios nos libre!

-Sí, hermano; una judía hechicera. ¿Te atreves a negar que esa Rebeca es hija del usurero Isaac de York y discípula de la perversa y maldita Miriam?

-Vuestra sabiduría, reverendo padre-dijo el Preceptor­

ha disipado las tinieblas de mi entendimiento. Extraño es, en efecto, que Bois-Guilbert esté tan prendado de la hermosura de esa mujer; mas no es extraño que yo haya procurado poner estorbos insuperables a esa pasión. Con este objeto la he recibi­do en esta casa; pues mi intención era evitar que hubiese el menor trato entre ellos dando a nuestro hermano el tiempo de volver en sí y de considerar el abismo en que iba a precipitarse.

-¿Ha pasado algo entre ellos -dijo el Gran Maestre  ­contrario a los votos que profesamos?

-¡Qué! ¿Bajo los techos del preceptorio? -exclamó Malvoisin-. Dios nos ampare y defienda! No, reverendo padre: si he faltado en abrir las puertas a esa mujer, ha sido para evitar mayores males. La pasión de Bois-Guilbert me ha parecido efecto de locura más bien que de perversidad, y he creído que podría curarse más eficazmente por medio de la blandura que con reconvenciones y castigos. Mas puesto que tu sabiduría ha descubierto que la hebrea está iniciada en las artes diabólicas quizás deberemos atribuir a su influjo la des­ventura de nuestro hermano.

-¡No hay duda, no hay duda! --dijo Beaumanoi­Observa, Conrado, cuán peligroso es ceder a los primeros halagos del enemigo. Nos complacemos en mirar a una mujer para satisfacer una vana curiosidad y para deleitarnos en esa flor engañosa que se llama hermosura: de esta criminal fla­queza se vale Satanás para completar con sus artes infernales la perdición que tuvo origen en la indiscreción y en la ociosi­dad. Puede ser que nuestro hermano merezca más compasión que castigo, y el apoyo del báculo más bien que el golpe de la vara. ¡Quiera Dios que podamos restituirle al seno de sus her­manos y al conocimiento de la verdad!

-Fuera lástima, por cierto-dijo Conrado Mont-Fichet­ que la Orden perdiera una de sus mejores lanzas cuando más necesita el apoyo de todos sus hijos. Trescientos sarracenos han perecido a manos de Brian de Bois-Guilbert.

-Tienes razón -dijo el Gran Maestre-; procuremos deshacer el encanto de que es víctima ese desgraciado. El favor del Cielo romperá los lazos de esta Dalila, como Sansón rompió las cuerdas con que le habían atado los filisteos, y Brian quedará libre de sus cadenas, y volverá a verter a rau­dales la sangre de los infieles. Mas por lo que hace a esa maga aborrecible que se ha atrevido a ejercer sus hechizos con un soldado del Temple, la impía morirá.

-¿Y las leyes de Inglaterra? -dijo Malvoisin, el cual, aunque miraba con placer que la cólera de su superior hubie­ra tomado una dirección diferente de la que él temía, procura­ba moderarla a fin de que no llegara al extremo.

-Las leyes de Inglaterra -dijo el Gran Maestre- per­miten y mandan a cada uno juzgar y ejecutar justicia en los límites de su jurisdicción. El barón menos ilustre puede pren­der, sentenciar y condenar a una hechicera que ha delinquido en sus dominios. ¿Y no tendrá la misma facultad el Gran Maestre de los templarios en los muros de un preceptorio? ¡Sí: la juzgaremos, y pronunciaremos sentencia! La hechicera pagará con la vida, y el descarrío de Brian será perdonado. Dispón la sala del castillo para el juicio. Alberto Malvoisin hizo una reverencia y se retiró, no a dar las disposiciones que el Gran Maestre le había mandado,  sino a buscar a Bois-Guilbert y a darle cuenta de todo lo que pasaba. No tardó en encontrarle pateando de rabia de resultas de los nuevos desaires que le había hecho Ia judía.

¡Ingrata! -decía-. ¡Perversa, a quien en medio de las llamas y de la sangre salvé la vida arriesgando la mía propia!

¡Te juro que por arrancarla de aquel peligro me detuve en el castillo de Frente de buey hasta que ya crujían las vigas sobre mi cabeza! Fui blanco de cien flechas, que golpeaban sobre ni¡ armadura como el granizo en un techo de plomo, y sólo me serví de mi escudo para protegerla. Esto he hecho por ella; ¡y ahora la infame me maldice porque no la dejé perecer en el incendio! Y no sólo no quiere darme la más pequeña señal de agradecimiento, si no ni aun la más remota esperanza de que llegue el día en que me trate con menos crueldad! ¡El Diablo se ha apoderado de su persona!

-¡El Diablo -dijo el Preceptor- se ha apoderado, según estoy viendo, de su persona y de la tuya! ¿Cuántas veces te he recomendado la precaución, ya que es inútil pre­dicarte cautela? ¡Por las órdenes que tengo, creo que Lucas de Beaumanoir tiene razón cuando dice que esa doncella te ha trastornado con maleficios!

-¿Lucas de Beaumanoir? -dijo Brian de Boi- Guil­bert-. ¿Esas son tus precauciones, Malvoisin? ¿Has permiti­do que ese hombre sepa que Rebeca está en el preceptorio?

-¿He podido estorbarlo acaso? -dijo Malvoisin-. Nada he omitido para que ese secreto quede entre los dos; pero nos han vendido, y sólo puede haber sido el Diablo. Sin embargo, no te azores: la cosa está mejor de lo que yo temí al principio, y no tienes nada que temer si renuncias a tu pro­yecto. Eres digno de piedad, según dice Beaumanoir; te han hechizado. Rebeca es nigromante, y como tal, debe morir.

-¡No morirá! -exclamó Bois-Guilbert ni yo podemos salvarla. Lucas de -respondió jurado la muerte de la israelita y no ignoras sus deseos y su poder de ejecutar su intento.

-¿Creerán los siglos futuros que haya podido existir en el nuestro tan estúpida crueldad? -decía Brian de Bois-Guil­bert paseándose agitadamente por la pieza.

-Crean -dijo el Preceptor- lo que les dé la gana; lo que yo creo es que en el siglo en que vivimos, de los ciento, los noventa y nueve responderán amén a la sentencia del Gran Maestre.

-¡No importa! -dijo Brian-. Alberto, tú eres mi amigo: deja escapar a la hermosa Rebeca, y yo la haré llevar a un sitio secreto y seguro.

-Aunque quisiera, no puedo -dijo el Preceptor-: la casa está llena de criados y asistentes del Gran Maestre y de templarios que están a su devoción. Si quieres que sea franco contigo, aunque supiera salir bien con la empresa no me atre­vería a engolfarme en tantas honduras. ¡Harto me he compro­metido por darte gusto! No estoy de humor de tener a cuestas una sentencia de degradación, ni de perder el preceptorio por los ojos negros de una judía. Si quieres guiarte por mi conse­jo, echa el halcón a otra parte. Piénsalo bien, Brian: tu digni­dad actual, tu engrandecimiento futuro, todo depende de la opinión que goces en la Orden. Si te obstinas en retener a Rebeca, das ocasión a Beaumanoir para que te eche del Tem­ple; y es hombre que no sabrá desperdiciarla. Tiene sobrado apego al báculo que su trémula mano empuña, y ya ha sospe­chado que aquel es el término de tus miras. Te arruinará cuan­do le ofrezcas el menor pretexto, y no es friolera esto, de pro­teger a una judía; ítem más, hechicera. Cédele en este asunto, puesto que no te queda otro arbitrio.

-Malvoisin -dijo Bois Guilbert-, alabo tu serenidad.

-Brian -respondió el Preceptor-, un amigo sereno y de sangre fría es el único que puede darte consejos saludables. No te canses en dar coces contra el aguijón: por más que hagas, no puedes salvar a Rebeca. Más te digo: te expones a perecer con ella. Echate a los pies del Gran Maestre...

-¡Echarme a sus pies! -exclamó con ojos iracundos el altivo e indómito templario-. ¡No, Alberto! ¡Iré a verle, y le diré en sus barbas...!

-Pues bien -continuó Malvoisin-; dile en sus barbas que estás loco de amor por la judía, y verás la prisa que se da en despacharla. Y tú, cogido con las manos en la masa, en un delito contrario a nuestro instituto, no puedes contar con el socorro de tus hermanos: abandonando todas las quimeras de poder y de ambición tendrás que alistarte como un lancero mercenario y tomar parte en las revueltas de Flandes y Bor­goña.

-¡Dices bien, Malvoisin! -respondió Brian después de haber reflexionado algunos momentos-. No quiero que Beaumanoir se ría de mí; y por lo que hace a Rebeca, la tengo por indigna de que yo exponga mi vida: y mi honor en bien suyo. Debo abandonarla y dejarla seguir su suerte.

-No te arrepentirás de esa resolución. Las mujeres son juguetes que nos divierten en los ratos perdidos: el negocio principal de la vida es la ambición. ¡Perezcan mil veces todas Ias hermosas antes que tú vuelvas el pie atrás en la brillante carrera que has emprendido! Adiós, que no conviene prolon­gar esta conversación. Voy a preparar todo lo necesario para el juicio.

-¡Qué! ¿Tan pronto? -dijo Bois-Guilbert.

-Sí -respondió el Preceptor-; el juicio va deprisa, y ya está pronunciada la sentencia de antemano.

-¡Rebeca! -dijo Bois-Guilbert cuando quedó solo-. ¡Qué cara me cuestas! ¿Por qué no me es dado abandonarte a tu suerte, como este frío hipócrita me aconseja? Haré un esfuerzo por salvarte; pero, ¡ay de ti si continúas ingrata a mis beneficios! ¡Mi venganza será entonces igual ay mi amor! ¡Bois-Guilbert no arriesga el honor y la vida para tener en galardón injurias y desprecios!

Apenas hubo dado el Preceptor las órdenes necesarias, cuando Conrado Mont-Fichet fue a notificarle que el Gran Maestre había decidido proceder al juicio sin pérdida de tiem­po.

-¿Qué delirios son éstos? -dijo Alberto de Malvoisin-. Toda Europa está llena de físicos hebreos; y por cierto que nadie atribuye sus curas portentosas al arte mágico ni a los sortilegios.

-El Gran Maestre -respondió Conrado- piensa de otro modo; y, Alberto, hablemos claro: hechicera o no, más vale que esta judía perezca que ver la Orden dividida por disensiones y bandos o privada de un guerrero como Brian. Ya sabes que su reputación es grande, y que la merece; mas de nada le serviría si el Gran Maestre le creyera cómplice, y no víctima de la hebrea. Aunque pereciera con ella todo el pueblo de Israel, mejor es eso que no perder nosotros un miembro útil, y con él la fama de nuestra gran familia.

-Hasta ahora he estado batallando con él y persuadién­dole que la abandone -dijo Malvoisin-; pero seamos jus­tos: ¿hay motivos suficientes para condenar a esa infeliz como hechicera? ¿Qué dirá el Gran Maestre cuando vea que la acu­sación carece de pruebas?

-No carecerá --dijo Conrado-: sobrarán pruebas irre­sistibles para condenarla.

-Pero ¿no se nos da tiempo para preparar la máquina?­respondió Malvoisin.

-Prepárala lo más aprisa que puedas-dijo Conrad- y te saldrá la cuenta. Templestowe es un pobre preceptorio: el de la casa de Dios tiene rentas dobles y otras muchas ventajas. Encárgate de disponer los pormenores del proceso, y ya sabes que yo puedo mucho con Beaumanoir. ¿Quieres ser preceptor de la casa de Dios en el fértil condado de Kent? ¿Qué dices?

-Entre los que han venido con Brian-dijo Malvoisin ­hay dos hombres que me son muy conocidos, porque estuvie­ron mucho tiempo al servicio de mi hermano Felipe, y de él pasaron al de Frente de buey. Puede ser que ellos sepan algo acerca de Rebeca.

-Búscalos inmediatamente-dijo Conrado de Mont­Fichet-, y si algunos besantes pueden refrescarles la memo­ria, no te pares en eso.

-Despáchate, que el juicio ha de empezar a las doce. Nunca he visto a Lucas tan apresurado desde que condenó al relapso Hamet Alfagi.

La sonora campana del castillo había acabado de dar la señal de mediodía, cuando Rebeca oyó pasos en la escalera secreta del aposento que le habían destinado. El ruido indica­ba la llegada de muchas personas, y esta circunstancia le causó alegría, porque más temía las visitas privadas del feroz y apasionado Bois-Guilbert que todos los otros males que pudieran sobrevenirle. Las puertas del aposento se abrieron, y entraron Conrado, el Preceptor y cuatro alabarderos vestidos de negro.

-¡Hija de una raza maldita-dijo Alberto de Malvoi­sin-, levántate y síguenos!

-¿Adónde-dijo Rebeca-, y para qué?

-¡Mujer--dijo Conrado-, no te toca preguntar, sino obedecer! Sabe, sin embargo, que vas a ser presentada ante el tribunal del Gran Maestre de nuestra Orden, para responder a los cargos que se te hagan.

-¡Bendito sea el Dios de Abraham! -dijo Rebeca cru­zando las manos-. El nombre de juez es para mí como el de protector. ¡De buena gana te sigo! Permíteme tan sólo que me cubra con el velo.

Rebeca bajó pausadamente la escalera y atravesó una larga galería, al fin de la cual por una puerta entró en el salón principal del preceptorio, donde Lucas de Beaumanoir había reunido el tribunal de que era presidente nato como Gran Maestre de la Orden de los templarios.

La parte inferior de aquel vasto salón estaba llena de escuderos y gente de los alrededores, que con gran dificultad hicieron calle a Rebeca, la cual se presentó en medio de los dos preceptores y seguida por los cuatro alabarderos....stos la condujeron al sitio que le estaba destinado. Al pasar por la muchedumbre con los brazos cruzados y la cabeza inclinada sintió que le habían puesto un papel en la mano; mas ella con­tinuó, sin examinar su contenido. La idea de tener en aquel concurso alguna persona que se interesaba en su suerte le dio algún aliento. Alzando los ojos echó una mirada al sitio en que se hallaba, y cierto que le causó gran extrañeza la escena que procuraremos describir en el capítulo siguiente.

 

 

 

XXIX

 

 

«...el fanatismo que implacable y ciego

si alguna cosa a comprender no alcanza,

con necio encono la condena al fuego...»

LA EDAD MEDIA.

 

El tribunal para el proceso de la inocente y desgraciada Rebeca había sido instalado en la plataforma que, como hemos dicho anteriormente, llenaba el testero de los salones de las casas de aquella época, y servía tan sólo para los due­ños de la mansión y personas distinguidas.

Enfrente de la acusada se alzaba el dosel del Gran Maes­tre, el cual estaba vestido con el ropaje de gala de la Orden y tenía en la mano el báculo místico, símbolo de su autoridad. A sus pies había una mesa, y a ella dos secretarios que tenían el encargo de poner por escrito todos los procedimientos de la causa. Las túnicas negras de estos dos clérigos, su cabeza des­nuda y sus miradas graves y humildes, contrastaban con el aparato guerrero de los caballeros templarios que asistían al juicio, ora como miembros del preceptorio, ora como indivi­duos de la comitiva de Lucas de Beaumanoir. Había cuatro preceptores en la audiencia y ocupaban sitios inferiores al del Gran Maestre y algo más elevados que el piso inferior. Los bancos de los caballeros estaban al pie del tribunal y a la misma distancia de los preceptores que Estos del Gran Maes­tre. Detrás de ellos, pero en la misma plataforma se habían colocado los escuderos con ropajes blancos, diferentes en hechura de los que usaban los otros individuos del Temple. Todo el concurso presentaba el aspecto de una gravedad majestuosa. En el rostro de los caballeros se notaba el aire militar correspondiente a su profesión unido a la severidad y al recogimiento propio de unos hombres consagrados al ser­vicio de Dios: esta última circunstancia era indispensable en presencia de un jefe como Beaumanoir.

En los otros puntos de la sala había guardias armados con partesanas y otras muchas gentes, atraídas por la curiosidad y por el deseo de ver a una judía hechicera y al Gran Maestre de los templarios. La mayor parte de aquellos espectadores eran dependientes de la Orden, como lo denotaban sus negros ropa­jes. Pero no se había negado la entrada a los habitantes de los pueblos y campos circunvecinos, porque Lucas de Beauma­noir tenía particular satisfacción en dar la mayor publicidad al edificante espectáculo de la administración de la justicia.

Inflamáronse sus grandes ojos azules al considerar aquel aparato, como si le envaneciera el papel que iba a representar y la superioridad que le daban su puesto y su mérito. Abrióse Ia sesión con un salmo, que él mismo entonó con voz suave, pero más firme y segura de lo que correspondía a su edad. Era el mismo que los templarios cantaban antes de atacar al enemigo, y que Beaumanoir juzgó más oportuno en aquella oca­sión.

Aquellos ecos majestuosos, repetidos por cien voces acostumbradas a entonar los loores al Altísimo, subieron a las bóvedas del salón y se esparcieron entre sus arcos con un ruido semejante al que produce una remota cascada.

Cuando cesaron los cantos, el Gran Maestre echó otra mirada en torno del concurso y observó que uno de los asien­tos de los preceptores estaba vacío. Brian de Bois-Guilbert, que debía ocuparlo, se había colocado en la extremidad de uno de los bancos destinados a los caballeros. Ocultábase en parte el rostro con un pliegue de su manto, y con la otra mano empuñaba la espada, divirtiéndose a veces en escribir con la punta envainada en la tablazón del pavimento.

-¡Hombre desventurado! -dijo el Gran Maestre des­pués de haberle lanzado una mirada de compasión-. ¡Ya ves, Conrado, cuánto le abruma esta obra! ¡Mira a qué estado se halla reducido un valiente y digno caballero por las miradas de una mujer a quien ha prestado su sabiduría el enemigo común! Ni se atreve a mirarnos ni osa fijar los ojos en la que ha causado su ruina. ¿Sabes lo que está formando con la punta de la espada? Letras cabalísticas que le sugiere el demonio. Quizás sea un pacto fraguado contra mi vida; pero yo lo miro con desprecio.

Después de este diálogo que el Gran Maestre tuvo aparte con su confidente y amigo Contado de Mont-Fichet, alzó la voz y dirigió estas palabras a la asamblea:

-Reverendos y valientes hombres, caballeros, precepto­res y compañeros de esta santa Orden, hijos míos y hermanos: vosotros, bien nacidos y piadosos escuderos que aspiráis a (le­var la honrosa distinción de la cruz, y vosotros, cristianos, mis hermanos en el Señor: seaos notorio que tenemos suficiente autoridad y jurisdicción para proceder al acto solemne de que vais a ser testigos, porque, aunque indignos de tanto honor, se nos ha conferido con este bastón la facultad de juzgar y sen­tenciar en todo lo relativo a la conservación de nuestra santa Orden. En estas reuniones es nuestra obligación oír el dicta­men de nuestros hermanos y proceder según nuestro propio juicio; pero cuando el lobo se ha introducido en el rebaño y arrebatado una de las ovejas, el buen pastor reúne a todos sus compañeros para que aperciban arcos y hondas y arrojen y destruyan al enemigo, lo cual está de acuerdo con la divisa de nuestra Orden, que nos manda atacar sin cesar al león rugien­te. Por tanto, hemos mandado comparecer en nuestra presen­cia a una mujer judía llamada Rebeca, hija de Isaac de York; mujer infame por sus sortilegios y hechizos, con los cuales ha echado un maleficio y trastornado el espíritu de un caballero; no de un caballero seglar, sino de uno que se ha consagrado al servicio del Temple; no de un caballero compañero, sino de un preceptor, primero en honor y en dignidad. Nuestro her­mano Brian de Bois-Guilbert, a quien todos los presentes conocen como digno campeón de nuestra Orden, se ha hecho famoso por sus hazañas en Palestina, purificando aquel sagra­do suelo con la sangre de los sarracenos que lo habían conta­minado. La sagacidad y prudencia de nuestro hermano no son menos notorias que su valor y pericia militar; y tanto es su mérito que los caballeros de las regiones orientales y occi­dentales le consideran digno de empuñar este bastón cuando la divina Providencia se digne aliviarnos de su peso. Cuando ese caballero tan honrado y tan digno de serlo olvida las con­sideraciones debidas a su carácter, a sus votos, a sus herma­nos y a su engrandecimiento futuro uniéndose con una judía, vagando por ella por sitios remotos y solitarios, y defendien­do la vida de esa mujer con peligro de la suya propia; cuando un hombre de tan eminentes prendas se alucina hasta el extre­mo de conducir a esta perversa al sagrado asilo de un precep­torio, ¿qué podremos decir, si no es que algún espíritu malig­no se ha apoderado de su alma, o que ésta se halla aprisionada o seducida por algún ensalmo infernal? Si así no fuera, ni su dignidad, ni su valor, ni ninguna otra consideración terrena le pondría a salvo del justo castigo que hubiera merecido. Muchos y muy graves son los delitos comprendidos en el que da lugar a este proceso.

 

 

 

 

XXXIII.

 

»Primero. Nuestro hermano ha salido de los muros del preceptorio sin nuestro especial permiso contra el capítulo

»Segundo. Ha tenido comunicación con una judía; capítulo LVII.

»Tercero. Ha conversado con mujeres extrañas, contra la regla.

»Cuarto. Ha solicitado los ósculos de una mujer.

»Por cuyos odiosos delitos Brian de Bois-Guilbert saldría expulso de la Orden, aun cuando fuera su brazo derecho.

El Gran Maestre interrumpió aquí su discurso. Los jóve­nes de la asamblea casi no pudieron contener la risa al oír el último cargo; pero sus miradas severas les impusieron mode­ración, y todo el concurso continuó escuchando con el mayor silencio.

-Tal y tan rigurosa sería la suerte de un caballero tem­plario si hubiera infringido nuestras reglas en materias de tanta gravedad. Pero cuando, por medio de encantos y hechi­zos, Satanás ha conseguido dominarle y oprimirle, quizás por haber mirado con criminal ligereza los ojos de una mujer, le juzgamos mas digno de compasión que de castigo; y reser­vándonos la imposición de la penitencia que baste a purificar­le de su culpa, debemos dirigir el filo de la espada contra el maldito instrumento de tan infernal operación. Preséntense los testigos de la causa y depongan de los hechos que han pre­senciado, a fin de que podamos pronunciar sentencia según los méritos del proceso.

En seguida fueron llamados los testigos para probar los riesgos que Brian había corrido en el incendio y la toma del castillo por libertar a Rebeca de los tiros y de las llamas; las declaraciones fueron tan exageradas como debía de esperarse de unos hombres groseros e ignorantes, en quienes hace gran­de impresión todo lo extraordinario, y cuya vanidad se halla­ba al mismo tiempo lisonjeada por la satisfacción que daban sus dichos al personaje principal de aquel solemne acto. Pin­taron como portentosos los esfuerzos del caballero templario en aquel crítico lance; su celo en defensa de la judía, como digno de los héroes antiguos; su sumisión a todo lo que ella decía, como absolutamente inexplicable en un sujeto de tan elevado carácter y tan altiva índole.

Después fue examinado el preceptor de Templestowe acerca de la entrada de Brian en el preceptorio. Alberto de Malvoisin procuró astutamente justificar a su amigo ocultan­do todas las circunstancias que podían hacer más odioso su delito; pero en su declaración se echaba de ver que atribuía la fogosa pasión de Bois-Guilbert a un extravío mental que sólo podía proceder de causa sobrenatural y diabólica. Lanzó pro­fundos suspiros y se dio de golpes en los pechos al confesar que había tenido la flaqueza de admitir a la judía en los muros del preceptorio.

-Sírvame de defensa lo que he dicho anteriormente al muy reverendo padre Gran Maestre. ...I sabe que, aunque mi conducta fue irregular, mis motivos fueron justos y loables. Con la mayor alegría me someteré a la penitencia que se digne imponerme.

-¡Bien has dicho! -respondió el Gran Maestre-. Tu intención fue buena, puesto que sólo aspirabas a detener a tu hermano en el borde del precipicio; pero tu conducta fué erra­da, como la del que detiene al caballo desbocado, no por el freno, sino por los estribos; de lo que resulta que él mismo se expone a morir sin conseguir el fin que se proponía. Tres veces a la semana se permite al templario comer carne, pero tú te abstendrás durante los siete días. Seis semanas es el tér­mino que señalo a esta penitencia, y quedarás absuelto.

El Preceptor, con aire de hipócrita sumisión, hizo una profunda reverencia y volvió a ocupar su puesto.

-Bueno sería, hermanos-dijo el Gran Maestre- que tomásemos algunos informes acerca de la vida anterior de esta mujer; porque si resulta que es una de las iniciadas en las artes mágicas y sobrenaturales podremos más fácilmente averiguar la causa del descarrío de nuestro hermano.

Herman de Goodalricke era uno de los preceptores que asistían al juicio; los otros eran Conrado, Malvoisin y el mismo Brian de Bois Guilbert. Hermán era un veterano, cuyo rostro estaba notablemente desfigurado por heridas de cimita­rra turca, y gozaba de gran preponderancia en la Orden. Se levantó e hizo una gran reverencia al Gran Maestre, el cual le concedió licencia para hablar.

-Quisiera saber, reverendo padre, cómo responde a tan espantosos cargos nuestro valiente hermano Brian de Bois­Guilbert, y bajo qué aspecto consideraba él mismo sus rela­ciones con esa judía.

-Brian de Bois Guilbert-dijo el Gran Maestre-, ya oyes las preguntas que quiere hacerte este venerable Precep­tor, hermano nuestro. Te mando que le respondas.

Brian volvió la cabeza hacia el Gran Maestre, pero sin desplegar los labios.

-¡Brian, habla, yo te conjuro! -dijo el Gran Maestre.

Brian hizo cuanto pudo por contener la indignación yel desprecio que todo aquello le inspiraba.

-No acostumbro a responder a cargos infundados. Si alguien ataca mi honor, sabré defenderlo con mi brazo y con la espada que tantas veces he esgrimido en defensa del Tem­ple.

-Te perdono, hermano Brian-dijo el Gran Maestre-.Esa jactancia, esa vanagloria que ostentas en presencia de tu superior es una nueva tentación del enemigo. Digo que te per­dono porque considero que no es Bois-Guilbert quien habla, sino el espíritu maligno que se ha apoderado de su alma. Inflamarónse de cólera las mejillas de Brian al oír estas expresiones; más no se dignó darles respuesta.

-Y puesto continuó Beaumanoir-que la pregunta del muy reverendo preceptor ha quedado imperfectamente satis­fecha, procedamos adelante, hermanos míos, y con los auxi­lios de nuestro fundador procuremos descubrir este misterio de iniquidad. Comparezcan a mi vista los que han sido testi­gos de la vida y de las operaciones de esa mujer.

AI decir esto se notó alguna confusión en el auditorio. El Gran Maestre preguntó la causa, y supo que se hallaba entre los espectadores un hombre que había estado impedido y gafo por espacio de muchos años, a quien la judía había restituido la salud con el uso de un bálsamo milagroso.

El pobre campesino sajón fue presentado al tribunal, y todo su aspecto indicaba el terror que le producía la idea de los grandes castigos que iban a imponerle por haber recibido la salud de manos de una israelita. Conservaba aún grandes reliquias de la parálisis, como se echaba de ver en las dos muletas que le sostenían. Manifestó gran repugnancia a dar su declaración, y no la dio sin verter muchas lágrimas: resultan­do de ella que dos años antes, hallándose en York trabajando en su oficio de carpintero por cuenta de Isaac, se vio de pron­to acometido de una dolencia que le privó del uso de sus miembros; que había permanecido largo tiempo en aquella penosa situación, hasta que Rebeca le aplicó varios remedios; y que el que más había contribuido a su alivio era un bálsamo fortificante, cuyo olor era fuerte y aromático. Además, dijo que Rebeca le había dado una pequeña vasija de aquella pre­ciosa medicina y una pieza de oro para restituirse a su casa paterna, que no distaba de Templestowe.

 -Y con permiso de vuestra paternidad dijo el sajón-, no creo que la doncella tuviera intención de hacerme el menor daño, aunque ha tenido la desgracia de nacer judía.

¡Silencio, villano y retírate! -dijo el Gran Maestre-. ¡Propio es de brutos irracionales como tú fiarse de brujerías y estar al salario de esos infieles! ¿Tienes ese ungüento de que hablas?

El pobre sajón metió su trémula mano en el bolsillo y sacó de él una cala de plomo en que había grabados algunos caracteres hebreos, lo que, según el voto unánime de la asam­blea, era una prueba segura de que el Diablo se había metido a, boticario. Beaumanoir tomó la caja en las manos; y como era muy versado en casi todas las lenguas orientales, leyó con facilidad el epígrafe, que decía: El león de la tribu de Judá ha vencido.

 

 

-¿No hay algún médico en la audiencia que pueda descu­brir los ingredientes de que se compone esa droga? -preguntó:

Dos personas que se daban el título de médicos compare­cieron inmediatamente a este llamamiento del Maestre. El uno era herrador veterinario, y el otro, barbero. Ambos exa­minaron con mil aspavientos y visajes el bálsamo, y declara­ron que no conocían los simples de que se había formado, salvo que olía mucho a mirra y alcanfor, los cuales, en su opi­nión, eran medicinas orientales. Pero animados por el odio  común de los físicos ignorantes a todos los que saben más que ellos, indicaron que, puesto que aquella composición no esta­ba a sus alcances, debía de ser obra de la farmacopea del Averno; añadiendo que aunque no eran nigromantes, poseían todos los ramos del arte que profesaban, en cuanto las leyes se lo permitían. Terminado el informe de estos profundos e imparciales doctores, el sajón pidió que le devolvieran su medicina, que le había producido tan saludables efectos; mas el Gran Maestre le preguntó con un gesto terrible:

-¿Cómo te llamas, villano?

--¡Higg, hijo de Snell-contestó el de las muletas.

-Higg, hijo de Snell-repuso Beaumanoir-, más vale pasar toda la vida impedido en la cama que aceptar la salud de  manos impías; más vale despojar a los infieles de lo que pose­ en con la fuerza de las armas, que recibir de ellos dones y aun salarios! ¡Anda, y vive prevenido!

-¡Ah! -dijo el sajón-. La lección viene tarde, puesto que soy un hombre inútil; pero dos hermanos míos que sirven al rico rabino Natán Ben Samuel sabrán que vuestra reveren­cia dice que más vale robarle que servirle fielmente.

-¡Echad fuera a ese bellaco! -dijo Beaumanoir, que no estaba preparado a refutar esta aplicación práctica de sus con­sejos.

Higg, hijo de Snell, se retiró; pero interesado en la suerte de su bienhechora, se ocultó entre la muchedumbre y aguardó a que se pronunciara la sentencia, a pesar del terror que le ins­piraban el gesto furibundo y la voz amenazadora del Gran Maestre.

Tales eran los trámites que se habían seguido en la causa, cuando Beaumanoir mandó a la judía que se descubriese. Abriendo entonces por primera vez los labios respondió sumi­samente, pero con dignidad, que las hijas de su pueblo no se descubrían cuando estaban solas en una reunión de extranjeros. La suavidad de su voz excitó en la audiencia un movimiento de interés y de compasión. Pero Beaumanoir que se jactaba de saber comprimir todos los sentimientos naturales opuestos en su entender al cumplimiento de su obligación, repitió con tono severo el mismo mandato. Los guardias iban a arrancar el velo a la judía, y ésta se dirigió al Gran Maestre y le dijo:

-No por el amor de vuestras hijas, porque ya sé que no las tenéis; pero por el amor de vuestra madre y hermanas, y por el honor de su sexo, no permitáis que pongan esos hom­bres las manos en una pobre doncella indefensa. Os obedece­ré-añadió con una expresión de paciencia y de amargura que casi suavizó el corazón del mismo Beaumanoir-. Vosotros sois los ancianos de vuestro pueblo, y, por consiguiente, los defensores del inocente y del oprimido.

Se quitó el velo, y miró a sus jueces con rubor, pero con dignidad. Su extraordinaria belleza excitó un murmullo de admiración; y las miradas que se echaban unos a otros los caballeros jóvenes daban a entender que la justificación de Brian consistía más bien en las gracias de la acusada que en sus sortilegios. Pero Higg, el hijo de Snell, no pudo resistir a la impresión que hizo en él la vista de la que le había restitui­do la salud.

-¡Dejadme salir-decía a los guardias de las puertas-; dejadme salir, que yo he tenido parte en su pérdida, y no puedo fijar los ojos en ella!

-¡Silencio, buen hombre! --exclamó Rebeca al oír estas palabras-. No puedes hacerme daño, puesto que no has dicho más que la verdad, ni salvarme con tus quejas y lamentacio­nes. Silencio; retírate, y piensa en tu seguridad.

Aún no habían sido oídas las deposiciones de los dos partidarios de Frente de buey a quienes Malvoisin había dado de antemano las instrucciones necesarias. Aunque eran hom­bres toscos y endurecidos en la vida militar, dieron muestras de vacilar en su propósito cuando vieron la juventud y her­mosura de aquella desventurada; pero una seña expresiva del preceptor de Templestowe les hizo volver en sí. Dieron su declaración con una independencia que hubiera sido sospe­chosa a jueces de otro temple, refiriendo circunstancias comunes y naturales en sí mismas, pero capaces de inspirar dudas y recelos al tribunal y al auditorio, tanto por los exa­gerados pormenores, como por los siniestros comentarios que les añadían. Los hechos de que dieron cuenta eran indi­ferentes y comunes, o físicamente imposibles; mas unos y otros tenían que causar grande impresión en una época en que tan profundamente arraigadas estaban la ignorancia y el fanatismo. De los primeros resultaba que Rebeca había mur­murado algunas palabras en una lengua extraña y desconoci­da; que había entonado cantos tan singulares y patéticos, que resonaban de un modo extraordinario en los oídos y agitaban el corazón; que hablaba a solas y alzaba los ojos, como si aguardase respuesta de un sitio elevado; que la forma de su ropaje no era semejante a la que usaban las mujeres en aquel país y aquel tiempo; que en sus sortijas se veían símbolos cabalísticos, y que el bordado de su velo representaba figuras y caracteres desconocidos.

Estas trivialidades tan inocentes y tan sencillas fueron admitidas como pruebas, o a lo menos como graves indicios de las ciencias sobrenaturales que se atribuían a la acusada.

Mas a esto se agregaron testimonios nada equívocos que aunque increíbles, hallaron asenso en el concurso o a lo menos en la mayor parte de las personas que lo componían. Uno de los soldados dijo que la había visto curar a uno de los heridos del castillo de "Frente de buey".

Lo primero que hizo (tal era la relación del testigo) fue trazar algunas figuras con la mano y pronunciar sobre la heri­da algunas palabras misteriosas que nadie pudo entender: al instante se desprendió la flecha por sí sola, se estancó la san­gre, se cerró la herida, y el paciente, que poco antes se halla­ba en el artículo de la muerte, echó a andar por las murallas,  ayudo al testigo a manejar una maquina que servia para arrojar piedras a los sitiadores.

Esta historia se fundaba, probablemente, en la asistencia que Rebeca habia dado a Ivanhoe durante la estancia de este en el castillo de "Frente de buey". La deposici6n de aquel hombre era tan absolutamente irrebatible, cuanto que para darle mayor apoyo saco y presento al tribunal y al auditorio la misma flecha que tan milagrosamente se habia desprendido del cuerpo del soldado. Pesaba una onza, y por tanto nadie pudo dudar de tan maravilloso suceso. Su compañero había visto desde una tronera inmediata la escena entre el templario y Rebeca cuando esta iba a precipitarse de lo alto de la torre. Para no quedarse atrás en punto a ponderación, el testigo refi­rio que la judía se lanzo en efecto del parapeto de la torre y tomando la forma de un cisne blanquísimo volo tres veces alrededor del castillo, despues de lo cual aparecio de nuevo sobre el parapeto en su forma natural.

Menos de la mitad de esta portentosa relacion hubiera bastado para condenar a una vieja pobre y fea, aunque no hubiera sido judía. Pero esta última circunstancia unida a tan formidable testimonio, debía de ser fatal a Rebeca; y lo fue, en efecto, a pesar de su exquisita belleza y de su juventud.

El Gran Maestre recogió los votos de los preceptores y caballeros, y pregunto a Rebeca con voz pausada y majestuo­sa si tenía algo que alegar contra la sentencia que iba a impo­nerle.

-Tan solo implorar vuestra compasión-dijo la amable judía, trémula y conmovida; aunque creo que es débil argu­mento, y no dudo que será infructuoso. Tampoco me servir a probar que la cura de los enfermos y heridos de otra nación no puede ser desagradable a los ojos del Padre Universal. No me cansare en demostrar que muchos de los hechos que esos hombres (¡Dios los perdone!) han relatado son enteramente imposibles y absurdos, y digo que no rebatire esta acusación, porque veo que le habéis dado entero crédito. ¿De que me serviría decir que mi traje, mi idioma y mis usos son los de todo mi pueblo? Quisiera decir de mi patria; pero no hay patria para mi ni para mis desgraciados compañeros. No me justifi­care a expensas de mi opresor, que esta oyendo todas esas patrañas y ficciones en actitud más propia de victima que de tirano. Dios juzgara entre Brian y Rebeca. Lo que si aseguro es que antes sufriría mil muertes, las mas horrorosas que podáis imaginar, que dar oídos a las solicitaciones de ese hombre perverso; solicitaciones dirigidas a una mujer aban­donada de todo el mundo, cautiva suya y privada de toda defensa. Pero es vuestro compañero, y una sola palabra que pronuncie pesa más en la balanza de vuestra justicia que las protestas más solemnes de una desventurada judía. Estoy lejos de querer acusarle de los delitos que se me imputan; pero apelare a su honor y a su conciencia. Di, Brian de Bois-Guil­bert: ¿ no son falsas esas acusaciones? ¿No son tan quiméricas y calumniosas como terribles y fatales?

A estas palabras de la judía siguió un silencio universal y profundo. Todas las miradas se fijaron en Bois-Guilbert, el cual permaneció inmóvil y callado.

-Habla-continuo la judía-: si eres cristiano, si eres hombre, habla. Te lo ruego por el habito que vistes, por el nombre que has heredado, por la Orden de Caballería que has recibido, por el honor de tu madre, por la tumba en que repo­san los huesos de tu padre. Di si son falsas o verdaderas esas acusaciones.

-Respóndele, hermano--exclamo el Gran Maestre-, si tu lo permite el enemigo que te domina.

En efecto; Bois-Guilbert estaba agitadisimo y trémulo a impulso de las pasiones que lidiaban en su coraz6n. Solo pudo  pronunciar, mirando a Rebeca y con voz ahogada:

-¡papel!, el papel!

-¿Lo veis? -dijo Beaumanoir-. Ese papel de que había es, sin duda, el pacto diab6lico en virtud del cual esta condenado al silencio.

Pero Rebeca interpreto de otra manera la exclamaci6n que el Gran Maestre había arrancado a su opresor, y aprove­chandose de la atención con que todo el concurso le miraba, echo la vista sobre el papel que le habían entregado de un modo tan misterioso y Iey6 estas palabras escritas en lengua arábiga: Pide un campeón. Mientras todos los espectadores se ocupaban en comentar de diversos modos la extraña cuanto inesperada respuesta del templario, Rebeca hizo mil pedazos el papel, sin que nadie te observara. Cuando ceso el rumor ocasionado por aquel incidente, el Gran Maestre volvi6 a tomar la palabra.

-Rebeca, de ningún provecho te sirve el testimonio de este caballero, puesto que esta poseído por el espíritu de las tinieblas. ¡Tienes algo mas que decir?

--Sólo puede quedarme una esperanza de vida-dijo la judía-, y lo que voy a proponer es conforme a vuestras Ieyesy a vuestros usos. Mi vida ha sido miserable, sobre todo la úli ma parte de ella; pero yo debo conservar en cuanto mesa posible el don de mi Creador, y aprovecharme de todos Ml medios de defensa que su bondad me facilita. Niego los cargos que se me hacen, sostengo mi inocencia, declaro falsa y calumniosa la acusación; pero pido y reclamo el privilegiodd juicio de Dios, y compareceré en él por medio de un campeón

-¿Y quién-objetó Beaumanoir- enristrará la lanza en defensa de una judía?

-Dios me suscitará defensor-replicó Rebeca-. En la noble Inglaterra, en esta tierra libre, generosa y benéfica donde hay tantos que exponen la vida por el honor, no faltará quien quiera exponerla por la justicia. Basta por ahora que yo reclame al derecho que no puede serme negado: aquí está prenda.

Al decir esto tomó un guante, y lo arrojó delante del Gran Maestre con un ademán sencillo y majestuoso que excitó generalmente la admiración y la sorpresa.

La conducta de Rebeca durante el proceso interesó viva. mente a todos los que lo habían presenciado, y hasta al mismo Lucas de Beaumanoir. Su índole no era naturalmente cruel ni severa; pero con pasiones frías y con una idea exaltada de sus deberes, su corazón se había endurecido lentamente a fuerza de combates y del hábito de ejercer un poder sin límites. Ablandóse notablemente la aspereza de su fisonomía al con­siderar aquella hermosa criatura, sola, desamparada, y que, sin embargo, se había defendido con tanto valor y firmeza. Dos veces se levantó como para preservarse de aquellos impulsos de ternura tan impropios de un corazón que en semejantes circunstancias solía revestirse de la dureza de la roca.

-Mujer-dijo-, grande es tu desacato si la compasión que me inspiras es efecto de las artes que ejerces. Pero más bien quiero atribuirlo al sentimiento natural que debe produ­cir la consideración de que sea vaso de perdición una persona tan favorecida por el Hacedor Supremo. Arrepiéntete, hija mía, confiesa el delito que has cometido de pacto diabólico y nigromancia, abandona los errores de tu secta, abraza este santo emblema que tengo en las manos, y serás feliz ahora y siempre. En el asilo de algún claustro religioso podrás consa­grarse a la oración y a la penitencia, al arrepentimiento y a la ciencia del verdadero Dios. Sigue mis consejos y vivirás. ¿Que razón tienes para morir por la ley de Moisés?

-Es la ley de mis padres---observó Rebeca-; fue dada del monte Sinaí entre truenos y relámpagos, entre fuego y nubes

-Venga el capellán del preceptorio--ordenó Beauma­noir-, y haga ver a esa obstinada infiel...

-Perdonad que os interrumpa-insinuó Rebeca- Yo no argüir por mi religión; pero puedo morir por ella. Respon­dedme a la demanda que he hecho de un campeón.

-¡Dadme el guante de esa mujer! -dijo Beaumanoir-. Prenda es ésta-añadió, considerando la delicadeza de su teji­do y la pequeñez de la forma-, prenda es ésta demasiado leve para negocio de tanta gravedad. Rebeca, tu causa, com­parada con la de nuestra Orden que es la que tú desafías, es como este guante frágil y delicado comparado con nuestros guanteletes de acero, que tan poderosas armas empuñan y a ratitos valientes enemigos confunden y aterran.

-Pon mi inocencia en la balanza-replicó Rebeca-, y el guante de seda pesará más que todos los guanteletes de un ejército entero.

-¿Con que persistes en negar tu culpa y en pedir el jui­cio por combate?

-Persisto, noble señor-respondió Rebeca.

-Hágase, pues, en nombre de Dios-mandó el Gran Maestre-, y declárese su justicia en favor de la razón y de la verdad.

-¡Así sea! -respondieron los preceptores.

-¡Así sea! -respondieron todos los oyentes.

-Hermanos-dijo Beaumanoir-, bien os consta que hubiéramos podido negar a esa mujer el privilegio que demanda; pero aunque incrédula judía, es extranjera y está indefensa. No permita Dios que yo la prive de la benéfica pro­tección de nuestras leyes. Además, que somos caballeros y soldados, a la par que eclesiásticos y religiosos, y sería denuesto de nuestra fama rehusar el combate que se nos ofre­ce. Ahora se presenta una cuestión que debo someter a vues­tro juicio. Rebeca, hija de Isaac de York, en virtud de muchas circunstancias sospechosas parece culpable ante vuestros ojos por haber ejercitado artes ilícitas y diabólicas en la persona de un noble caballero de nuestra Orden; se ofrece a probar su inocencia por medio del combate, cono nuestras leyes se lo permiten. ¿A quién deberemos entregar, según vuestra opi­nión, la prenda de batalla? ¿Quién será el campeón de la Orden de los templarios en este duelo?

-Este cargo-observó el preceptor de Goodalricke ­atañe de derecho a Brian de Bois-Guilbert. Además, que él es el único que puede saber la verdad en esta materia.

-¿Y si nuestro hermano Bois-Guilbert-repuso el Gran Maestre- se halla sometido al influjo maligno de sus sortile­gios? Digo esto por vía de precaución; porque si no fuera por tan extraordinaria ocurrencia, a nadie podría confiarse tan dignamente la defensa de nuestra Orden como a ese valiente y acreditado hermano no hay pacto, ni ensalmo, ni brujería que baste a encadenar el brazo de un guerrero que pelea en el juicio de Dios. La prueba del combate, como todas las que se ejecutan en seme­jantes casos, no es más que el medio de conocer la sentencia de la Sabiduría Divina, en materias contenciosas que la débil razón del hombre no es parte a decidir; y la Sabiduría Divina no depende de las diabluras de una mujer supersticiosa.

-Tienes razón-contestó Lucas de Beaumanoir-. Alberto de Malvoisin, entrega la prenda del reto a Brian de Bois-Guilbert. -Y dirigiendo la palabra a éste-: Herma­no-agregó- en virtud de la autoridad que ejerzo, aunque indignamente, en nuestra Orden, os mando tomar las armas en este duelo, recomendándoos que peleéis con valor y confian­za, y no dudéis que con el favor de Dios triunfará la buena causa. Y tú, Rebeca, ten entendido que el duelo se verificará dentro de tres días, y para entonces debe estar apercibido tu campeón.

-Es harto breve ese término-objetó Rebeca- para que una extranjera pueda encontrar un guerrero de religión contraria a la suya que quiera exponer vida y honor en su defensa.

-No podemos ampliarlo dijo el Gran Maestre el duelo ha de verificarse en nuestra presencia, y negocios de la mayor importancia nos obligan a salir de aquí dentro de pocos días.

-¡Hágase la voluntad de Dios! -respondió la judía-. Mi confianza está en Él, pues lo mismo salva en siglos que en instantes.

-Bien has dicho mujer-continuó el Gran Maestre ­Quédanos por designar el sitio del combate y quizás de la eje­cución. ¿Dónde está el preceptor de esta casa?

Alberto de Malvoisin, que aún tenía en las manos el guante de Rebeca, estaba a la sazón hablando con calor y en voz baja con Brian de Bois-Guilbert.

-¡Qué! -preguntó Lucas de Beaumanoir-. ¿No quie­re aceptar la prenda del reto?

-La acepta, reverendo padre-dijo Malvoisin ocultando el guante en la túnica-; y por lo que hace al sitio del combate, paréceme que podría disponerse el campo de San Jorge que pertenece a este preceptorio, y sirve comúnmente para los ejercicios militares de sus individuos.

-Está bien-contestó el Gran Maestre-. Rebeca, allí deberá presentarse tu campeón. Si así no lo efectúa, o si el que se presente en tu nombre es vencido en el juicio de Dios, morirás de muerte conforme a tu sentencia. Regístrese nues­tro fallo, y léase en alta voz para que nadie pueda alegar igno­rancia.

Uno de los que hacían las funciones de secretario del Capítulo escribió Ia sentencia en un grueso volumen que con­tenía las actas de las reuniones solemnes de los caballeros templarios del preceptorio de Templestowe. Terminada esta operación, el otro secretario leyó en público la sentencia, que, traducida fielmente de la lengua normando-francesa, dice así: "La judía Rebeca, hija de Isaac de York, es acusada de sorti­legios, seducción y otras artes criminales y pervesas, ejecuta­das con un caballero de la Orden del Tample; y niega los car­gos hechos en la causa, y dice que las deposiciones de los testigos que le acusan son falsas y calumniosas, y que no sién­dole posible presentarse en persona al combate que reclama, mediante el privilegio del juicio de Dios, comparecerá en su nombre y defensa un caballero campeón, el cual peleará bien y lealmente, según las reglas de la Caballería, con armas lega­les y permitidas y a su costa y riesgo. Y, por tanto, ha dado la prenda correspondiente, la cual ha sido entregada al noble señor y caballero Brian de Bois-Guilbert, de la orden del Tem­ple, nombrado para este duelo por superior autoridad caballe­ro campeón en defensa de la dicha Orden, y de su misma per­sona, como ofendida y agraviada por las malas artes de la apelante. En vista de todo lo cual, el muy reverendo padre y poderoso señor Lucas, Marqués de Beaumanoir, concede a la apelante el privilegio del combate en Juicio de Dios, que reclama, y la facultad de comparecer en él por medio de un campeón; y señala para este acto el día tercero después de la fecha, y el cercado llamado de San Jorge, lindero con los muros de este preceptorio de Templestowe. Y el dicho Gran Maestre manda y requiere que la apelante comparezca por medio de campeón, so pena de ser condenada a la muerte que merece como convicta de sortilegio y nigromancia, y también al demandado que comparezca por sí mismo, so pena de ser tenido por malsín cobarde y mal caballero; y el Noble Señor y muy Reverendo Padre manda que el combate se verifique en su presencia y en los términos legales y acostumbrados en semejantes ocasiones. Dios ayude y proteja la buena causa.»

-Amén-dijo el Gran Maestre y repitió el concurso.

-Rebeca no desplegó los labios: alzó los ojos al cielo, cruzó los brazos y en esta actitud se mantuvo algunos minutos. Después pidió con gran modestia al Gran Maestre que se le permitiera escribir a sus amigos a fin de enterarles de lo que pasaba, y de que le proporcionasen algún campeón, según los términos de la sentencia.

El Gran Maestre, no pudiendo negarse a petición tan justa y tan legal. le permitió nombrar un mensajero, el cual podría entrar y salir de la prisión hasta el día del combate.

-¿Hay alguna persona en este concurso-preguntó Rebeca- que en bien de la buena causa, o por el precio que pida, quiera encargarse de llevar una carta?

Nadie respondió a esta pregunta, porque cada cual temía que el Gran Maestre le sospechase de judaísmo si manifesta­ba el menor interés en defensa de la acusada. Ni aun la esperanza de una buena recompensa pudo disipar este temor.

Después de haber aguardado con ansiosa inquietud que alguien se ofreciese a servirla, Rebeca exclamó:

-¿Será posible? ¿No habrá en esta tierra de nobleza y generosidad quien se interese en la suerte de una doncella ¡no­cente y perseguida? ¿Se me negará lo que se concede al peor de los criminales?

Higg, hijo de Snell, alzó entonces la voz.

-Estoy privado-dijo- del libre uso de mis miembros; pero a ella debo la salud, poca o mucha, de que gozo. Yo lle­varé la carta-continuó, dirigiéndose a Rebeca-, y haré cuanto puede hacer un cojo. ¡Ojalá tuviera alas para reparar el daño ocasionado con mi lengua! ¡Lejos estaba yo de creer que cuando hablaba de su caridad estaba preparando su ruina!

-Dios-respondió Rebeca- es el que dispone de nues­tra suerte. El puede redimir mi cautividad por los medios más humildes; y para llevar este mensaje tan bueno es el caracol corno el águila. Busca a Isaac de York, y aquí tienes para hombres y caballos. Entrégale este billete. Yo no sé si me ins­pira el espíritu de Dios, pero confío en no morir de resultas de esta causa, y que no faltará quien tome a su cargo mi defensa, ¡Adiós; de ti depende mi muerte o mi vida!

El sajón tomó el billete que contenía algunas líneas para el•bebreo. Muchos de los presentes quisieron disuadirle de su propósito; pero el hijo de Snell estaba resuelto a servir a su bienhechora. Le había dado la salud del cuerpo, y el buen hombre quería servir de instrumento para salvarla.

-Mi vecino Buthan-decía- me prestará su yegua, y estaré en York en menos que canta un gallo.

Más no tuvo necesidad de ir tan lejos, porque a un cuarto de milla del preceptorio de Templestowe encontró dos hom­bres a caballo, que conoció ser de la nación hebrea, por su traje y por sus gorras amarillas. Se acercó a ellos, y distinguió a su antiguo amo Isaac de York. El otro era el rabino Ben Samuel. Los dos se encaminaban al preceptorio, por tener ya noticia de que el Gran Maestre había convocado el Capítulo para la causa de una judía.

-Hermano Ben Samuel-suspiró Isaac-, mi alma está inquieta, y no se por qué. Estas acusaciones de nigromancia sirven para perseguirnos y hacernos odiosos.

-Ten ánimo, hermano-le respondió el rabino-; tú tie­nes con qué comprar el favor de esas gentes. El dinero es el que domeña los ánimos de esos hombres crueles. Pero ¿quién es ese de las muletas que se dirige hacia nosotros? Parece que quiere hablarnos. Amigo continuó el físico, hablando con Higg de Snell-, no te reh'so los socorros de mi arte; pero yo no curo a vagabundos que viven de pedir limosna por los caminos. Si estás paralítico de las piernas ¿por qué no trabajas con las manos? No todos pueden ser pastores, ni correos, ni soldados: mil ocupaciones hay que no necesitan el uso de los pies.

El rabino interrumpió su arenga viendo que Isaac, después de haber leído apresuradamente el billete que cogió de manos del cojo, cayó de la mula abajo como si le hubiera privado de la vida un rayo del Cielo.

El rabino desmontó con gran inquietud y precipitación, y aplicó a su compañero los remedios que creyó oportunos. Ya había sacado la lanceta del estuche y se disponía a ejecutar una obra maestra de flebotomía, cuando Isaac recobró el uso de los sentidos. Lo primero que hizo fue arrojar la gorra al suelo y cubrirse de polvo las canas. El médico al principio atribuyó aquella acción a la turbación ocasionada por el desmayo o a un ataque repentino de delirio, y continuando en su propósito dis­ponía lo necesario para la operación; mas pronto le desengañó el desventurado anciano.

-¡Hija de mi dolor! -exclamó--. ¡Bien podrías llamarte Benoni en lugar de Rebeca! ¿Por qué me obliga tu muerte a mal­decir la fe de mi pueblo? ¿Por qué no bajo contigo al sepulcro?

-Hermano-interrogó con la mayor sorpresa el rabino Ben Samuel-, ¿eres padre en Israel y te atreves a pronunciar esas palabras? ¿Ha muerto tu hija, la sabia y hermosa Rebeca?

-¡Vive-dijo Isaac-; pero vive como Daniel, llamado Balthashazzar, cuando estaba en la cueva de los leones! ¡Es cautiva, y será víctima de la crueldad! ¡Era la corona de pal­mas de mi frente, y ahora va a perecer! ¡Hija de mi amor! ¡Consuelo de mi vejez! ¡Oh Rebeca! ¡Hija de Raquel! ¡Ya se acercan las tinieblas de la noche eterna en que vas a sumergir­te!

-¡Vuelve a leer esa carta-observó el rabino-; quizás hallarás aluna esperanza de salvación!

-¡Léela tú, hermano Ben Samuel-respondió Isaac-, porque mis ojos están hechos dos fuentes de lágrimas!

El médico leyó en lengua hebrea el contenido de la carta, que decía así:

"A Isaac, hijo de Adonikam, a quien los cristianos llaman Isaac de York: paz y la bendiciones multiplicadas de la pro­misión. Padre, estoy condenada a morir por un delito cuya naturaleza ignoro; a saber: por magia o nigromancia. Si encuentras un hombre fuerte y aguerrido que quiera enristrar lanza y esgrimir espada a mi favor, según las leyes y usos de los nazarenos, y presentarse en el preceptorio de los templa­rios dentro de tercero día, quizás nuestro padre Dios le dará vigor para defender a la inocente y a la desamparada. Si no puede ser así, lloren por mí las vírgenes de mi pueblo, como ciervo herido por el cazador y flor cortada por la hoz del jar­dinero. Mira pues, lo que puedes hacer para rescatarme de esta tribulación. Quizás se movería a compasión de mi suerte el guerrero nazareno que tú y yo conocemos: Wilfrido, hijo de Cedric, que los gentiles llaman Ivanhoe; mas puede ser que a esta hora no le sea dado todavía soportar el peso de la arma­dura. Sin embargo, escríbele o hazle saber lo que pasa, porque goza de mucho favor y estima entre la gente de su pueblo, y si se acuerda de que fue nuestro compañero en la cautividad, acaso encontrará otro guerrero que quiera tomar armas en mi defensa. Y en todo caso, le dirás al mismo Wilfrido, hijo de Cedric, que, muerta o viva, soy inocente del crimen que se me imputa. Y si es la voluntad de Dios que seas privado de tu hija, no te detengas en esta tierra de sangre y de crueldad, sino ve a Córdoba donde tu hermano vive seguro bajo el amparo del trono sarraceno, porque menos crueles son los moros con la raza de Jacob que los nazarenos de Inglaterra».

Isaac escuchó con toda la atención posible la carta que el rabino Ben Samuel había leído, y después se entregó a todos los extremos de su dolor, desgarrándose los vestidos, cubrién­dose de polvo la cabeza a guisa de los orientales, y exclamó con la más amarga aflicción:

-¡Hija mía, carne de mis carnes y hueso de mis huesos!

-¡Cobra ánimo, Isaac-replicó el rabino-, que de nada aprovecha la desesperación! Date prisa, y busca a ese Wilfrido, hijo de Cedric. Quizás te dará consejo y apoyo, porque el joven goza de la privanza y del favor de Ricardo, a quien los nazare­nos llaman Corazón de León, y todo el mundo dice que ya ha vuelto de sus romerías. Puede ser que consiga del rey una carta con su sello mandando a esos hombres sanguinarios que se abs­tengan de proceder adelante en su inhumano designio.

-Sí-afirmó Isaac-; voy a buscarle sin pérdida de tiempo, porque es un buen mancebo y se compadece del des­tierro de los hijos de Jacob. Pero está herido y no puede usar la armadura, ¿y quién otro osará encargarse de la defensa de la hija de Sión?

-Hablas-objetó el rabino- como si no conocieras a esas gentes. Con el oro comprarás su valor como compras tu seguridad. No desmayes ni te detengas, que yo también me emplearé en tu bien, pues sería pecado dejarte abandonado en tamaña calamidad. Voy a la ciudad de York, donde hay reuni­dos ahora con motivo de las presentes revueltas muchos gue­rreros y soldados, y no dudo que encontraré uno que quiera pelear por tu hija. El oro es el Dios de esta nación, y por el oro empeñará la vida, como empeña las alhajas y haciendas.

Supongo que no tendrá inconveniente en cumplir el contrato que yo celebre en tu nombre.

-No lo dudes, hermano-afirmó Isaac de York-; y el Cielo quiera darme socorro en esta aflicción. Sin embargo, no prometas lo que te pidan, desde luego, porque ya sabes que esta maldita gente pide por arrobas, y luego, si es preciso, toma por adarmes. Pero haz lo que quieras, porque yo no sé lo que digo con esta atroz pesadumbre. ¿Y de qué me servirían todos los tesoros del mundo si he de perder a la joya de mi familia y de mi pueblo?

-¡Adiós-dijo el rabino-, y suceda todo a medida de tus deseos!

Los dos amigos se abrazaron tiernamente y se separaron, tomando distintos caminos. El cojo Higg estuvo algún tiempo contemplándolos.

-¡Estos perros judíos! -decía Higg, hijo de Snell-. ¡El mismo caso hacen de mí que si fuera un esclavo o un montón de estiércol! ¿Qué les hubiera costado echarme en la gorra algunos besantes? ¿Ni qué obligación tenía yo de traer y lle­var recados, exponiéndome a otro hechizo como el del tem­plario, según todos me han dicho? Es verdad que la doncella me dió una pieza de oro; pero... ¡ya veremos! Item más, que la gente del lugar dirá que soy correo de judíos, y me queda­ré con el apodo. ¿Si me habrá echado la judía algún sortilegio, o como se llame? Pero con todos los que se le acercan sucede lo mismo, y, no obstante, creo que daría la tienda y las herra­mientas por salvarle la vida.

 

 

XXX

 

 

Tu orgullo sé, y tu desdén,

tu frialdad y tu desprecio;

mas sabe que igual fiereza

terrible alberga mi pecho.

                     SEWARD.

 

Al anochecer del día en que se había celebrado el juicio, si así puede llamarse, de Rebeca, se oyeron algunos golpes pausados a la puerta de su prisión. No por eso interrumpió la doncella las oraciones de la tarde que su religión prescribía, volvieron a sonar los golpes cautelosos que antes había oído a la puerta.

-Entra-respondió-, si eres amigo; y si eres enemigo, ¿porqué llamas?

-Soy yo-dijo entrando en el aposento Brian de Bois­-Guilbert-, amigo o enemigo, según quieras tú misma, y según resulte de esta entrevista.

Asustada al ver a aquel hombre, a cuya licenciosa pasión atribuía Rebeca, y con sobrados motivos, todos los infortu­nios que la rodeaban, la infeliz doncella dio algunos pasos atrás no aparentando miedo, sino recelo y precaución, y se retiró al lado opuesto de la pieza, resuelta a huir en cuanto se lo permitieran las circunstancias, y en todo caso a oponer una resistencia inflexible a la osadía de su perseguidor. Púsose en actitud firme y decidida, no como quien provoca el ataque, sino como quien está dispuesto a recibir al enemigo apercibi­do a la resistencia más desesperada.

-No tienes razón para temerme, Rebeca-afirmó el Templario- o a lo menos, no la tienes para temerme ahora.

Ni ahora ni nunca-respondió la hebrea, aunque la agita­ción con que respiraba desmentía en parte el heroísmo de su resolución-. Confío en quien es más fuerte que tú. ¡No, no creas que te temo!

-Haces bien-siguió el Templario con gravedad y com­postura-. Ni creas que puedo entregarme en la ocasión presen­te a los frenéticos ímpetus de mi pasión. A poca distancia de aquí hay una guardia, que seguramente no hará caso de mis mandatos. Es la que ha de conducirte al patíbulo; mas no por eso permitiría que se te hiciera el menor daño, ni aun respetaría mi carácter si a tanto llegase mi locura, que así puedo llamarla.

-¡Gracias al cielo dijo Rebeca-, la muerte es lo que menos temo en medio de tantas aflicciones!

-Sí-repuso el templario-; la idea de la muerte ni espanta al ánimo valeroso cuando viene pronto y sin rodeos Un tajo, una estocada, son cosas despreciables para mí. Tú puedes precipitarte de una torre y aguardar tranquila el golpe del puñal; pero ¿qué es eso comparado con la deshonra, cor la infamia, con un nombre envilecido? Oye atentamente lo que voy a decirte. Quizás mis ideas sobre el honor no sean menos exaltadas que las tuyas; lo cierto es que sabré morir antes que desmentirlas.

-¡Hombre infeliz! -exclamó Rebeca-. ¡Morir en defensa de unos principios que odias en lo íntimo de tu cora­zón! Enajenas un tesoro a cambio de una paja; mas no creas que yo pienso del mismo modo. Tu resolución fluctuará en las mudables y agitadas olas de las opiniones humanas: la mía se apoya en la roca de los siglos.

-De poco te aprovechan esas ideas y propósitos-dijo Brian de Bois-Guilbert-. La muerte que te aguarda no es suave ni pronta, como la que desea el desgraciado, como la que prefiere la desesperación; sino lenta, amarguísima, pro­longada por los tormentos, cual corresponde al crimen que los hombres te atribuyen.

-¿Y a quién se la debo dijo Rebeca-, sino al que me condujo a esta odiosa mansión para satisfacer un deseo vil y brutal, y ahora, por motivos que no comprendo, está exage­rando la suerte que él mismo me ha preparado?

-No creas-dijo Bois-Guilbert- que yo soy el autor de tu desgracia. Yo te hubiera servido de escudo contra ella, del mismo modo y con tanto celo como cuando expuse la vida y recibí los tiros que amenazaban la tuya.

-Si tu objeto hubiera sido la protección de una mujer indefensa e inocente-dijo Rebeca-, yo hubiera sabido mos­trarte mi gratitud; pero puesto que tantas veces me has echa­do en cara ese patrocinio, debo decirte que en nada estimo la vida comprada al precio que has querido exigirme por ella.

-¡Basta de jactancia! -dijo el templario-. ¡Hartas pesadumbres me abruman en este momento, y no necesito que las aumentes con tus reconvenciones!

-¿Qué es, pues, lo que intentas?-dijo Rebeca-. Dilo, y sea pronto. Si vienes a contemplar las desgracias y miserias que me has ocasionado, complácete en ellas y déjame en paz.

El tránsito del tiempo a la eternidad es corto, pero terrible, y yo no tengo sobrado espacio para prepararme a él.

            -Conozco dijo el templario- que no cesarás de atri­buirme tus desventuras, que de todo mi corazón hubiera que­rido evitarte.

-Señor caballero-dijo Rebeca-, no es esta ocasión de quejas; pero lo cierto es que mi muerte se debe a tu desorde­nada pasión.

-¡Te engañas, te engañas! -dijo Brian con grandes muestras de impaciencia-. Me imputas lo que no he podido prever ni evitar. ¿Quién había de pensar en la inesperada venida del Gran Maestre, a quien algunos rasgos de valor han elevado al puesto que ocupa?

-Y, sin embargo-dijo Rebeca-, tomas asiento entre mis jueces, y aunque sabes que soy inocente, apruebas con tu silencio mi sentencia; y si no me engaño, vas a empuñar las armas para defender mi culpa y asegurar mi pérdida.

-¡Ten paciencia! -dijo Brian-. Nadie mejor que el judío sabe contemporizar con la suerte y navegar a todos vientos.

-¡Malhaya la hora-dijo la hebrea- en que la casa de Israel aprendió esa ciencia de envilecimiento y de ignominia! Pero la adversidad dobla el corazón, como el fuego dobla los metales más duros. ¿Y qué ha de hacer el que no tiene suelo, ni patria, ni hogar? ¿Qué ha de hacer el que ha sido arrojado de la mansión paterna, sino someterse al extranjero a cuya merced se impone? Sin duda, nuestros pecados y los de nues­tros padres nos han acarreado la maldición que hoy nos opri­me; pero tú, que te jactas de tu libertad y del lustre de tu cuna, ¡cuánto más vil no es tu humillación, puesto que cedes a las preocupaciones ajenas, obrando contra lo que tu convicción te dicta?

-Amargas son tus acusaciones-dijo Brian-; mas yo no vengo a reñir ni a disputar. Sabe que Bois-Guilbert no cede a hombre alguno, aunque las circunstancias le obliguen a veces a diferir la ejecución de sus planes. Su resolución es como el arroyo de la montaña, que puede rodear al descender de una peña, pero que, por más estorbos que encuentre, va a parar al Océano. ¿De quién piensas que procedía aquel papel en que se te aconsejaba que pidieses campeón, si no es de Brian de Bois-Guilbert? ¿De quién podrías esperar tanto inte­rés y tan saludable consejo?

-Para suspender un momento una muerte inevitable- dijo Rebeca-. ¿Es eso todo lo que podías hacer por mí, des­pués de haberme sumido en el abismo de mi perdición?

-No-dijo el templario-, no es eso todo lo que me pro­pongo hacer. Si no hubiera sido por la intervención del Gri Maestre y de Goodalrike, que se jacta de pensar y sentir segúa Ias reglas ordinarias de la humanidad, el oficio de campeón defensor correspondía, no a un preceptor, sino a un compañero de la Orden. En este caso, yo mismo (tal era mi propósito) me hubiera presentado en el palenque al primer sonido de la trompeta, disfrazado como un caballero errante que va a cara de aventuras y a probar con el primero que se presenta la fuer­za de su espada y de su lanza. Y entonces, aunque Beaumanoir hubiera escogido dos, tres, cuatro caballeros de los más valientes de la Orden, yo te aseguro que nada hubiera tenido que temer; entonces hubiera sido declarada tu inocencia, y quedaría a cargo de tu gratitud el galardón de tanto riesgo y de tanto sacrificio.

-Os estáis vanagloriando dijo Rebeca- de lo que hubierais hecho a no haber tenido por más conveniente obrar de otro modo. Habéis recibido mi guante, y mi campeón, si una criatura tan desgraciada puede encontrar quien la defien. da, tendrá que lidiar con vos cuerpo a cuerpo. ¡Aun os atre­véis a Ilamaros mi protector y mi amigo!

-Y lo seré-respondió el templario-, pero observa el riesgo, o, por mejor decir, la certeza del deshonor que me aguarda, y no extrañes que estipule algunas condiciones antes de exponer lo que siempre he apreciado más que la vida.

-Habla-dijo Rebeca-, que no te entiendo.

-Te hablaré-dijo el templario- con la misma franqueza que el penitente al confesor. Si no me presento en el com­bate, como se me ha mandado, pierdo para siempre la fama y Ia dignidad que ocupo, cosas que son para nosotros como el aliento que respiramos, pierdo la estimación de mis hermanos y las esperanzas, bien fundadas, de subir a la suprema autori­dad que hoy ocupa Lucas de Beaumanoir. Tal será mi suerte si no salgo armado a combatir por tu causa. ¡Maldito sea el preceptor que me armó este lazo, y maldito Alberto de Mal­voisin, que me impidió arrojar tu guante al rostro de aquellas gentes que dan oídos a una acusación tan absurda contra una criatura tan perfecta como tú!

-De poco sirven ahora los cumplimientos y las lison­jas-dijo la judía-. Tú has escogido entre la sangre de una inocente y tu vanidad y tus esperanzas mundanas. ¿De qué
sirve hablar sobre lo que no tiene remedio? Has tomado tu partido

-No lo he tomado aún-dijo el templario en tono más suave y acercándose a Rebeca-. Tú eres quien debes deci­dítme. Si me presento al combate, debo mantener la reputa­ción que he sabido granjearme en la carrera de las armas; y en ese caso, tengas o no tengas campeón, mueres en la hoguera, porque hasta ahora no he cedido a nadie, salvo a Corazón de León y a su favorito Ivanhoe. Ivanhoe, como sabes, no se allá en estado de vestir armadura, Ricardo está preso en tie­rra extraña. No hay remedio: si salgo al palenque, mueres,  aunque tus gracias exciten a algún joven de ánimo a tomar el campo en tu favor.

-¿A qué viene repetir lo mismo tantas veces? -dijo Rebeca.

-Sirve de mucho, porque conviene que consideres tu suerte bajo todos sus aspectos.

-Entonces-repuso la judía-, vuelve la medalla y vea­mos el reverso.

-Si no me presento al combate, me degradan, me des­honran, me acusan de magia y de sortilegio. El nombre ilustre que llevo, y que he sabido conservar, llegará a ser un dictado de vilipendio. Todo lo pierdo: fama, honor, esperanzas, ambición; y mi ambición, Rebeca, es como las montañas con que los gigantes quisieron escalar el Olimpo. Y, sin embargo, esta gran­deza que sacrifico, esta fama a que renuncio, este poder que abandono, aun teniéndole casi seguro, no son nada a mis ojos si Rebeca se digna decir: ¡Brian, te doy mi corazón!

-No pienses en esas locuras, señor caballero dijo Rebeca-. Acude al Regente y al príncipe Juan, los cuales, si en algo aprecian la dignidad de la Corona de Inglaterra, no podrán permitir esa autoridad que el Gran Maestre se arroga. De ese modo podrás protegerme sin hacer sacrificios y sin tener pretextos que alegar para exigírmelos.

-Nada tengo que ver con ellos-dijo Brian-; a ti sola me dirijo, y en tus manos pongo tu suerte y la mía: la muerte es mi rival, y en caso de escoger, más valgo yo que ella.

-Yo no hago esa comparación-dijo Rebeca, temerosa de exasperar más al caballero, pero resuelta a no dar acogida  a su pasión, y aun a no fingir que le daba-. Sé hombre y sé cristiano. Si eres noble y generoso, sálvame de esta horrible muerte sin exigir un galardón que convertiría tu heroísmo mi villanía.

-¡No! -dijo el templario, volviendo a su acostumbrada  actitud de orgullo y altanería-. ¡No es tan fácil abusar de n credulidad! Si pierdo toda mi ventura, por ti la pierdo y con­tigo he de dividir la suerte que me aguarda. Mira, Rebeca-añadió suavizando la voz-: Inglaterra, Europa, no son el mundo entero. Regiones hay bastantes anchas para mi ambi­ción: en ellas podremos vivir y ser felices. Iremos a Palestina; allí está Conrado de Monserrate, mi amigo íntimo. Allí sabel encontrar nuevos caminos al engrandecimiento. La Europa oirá los pasos del que ha arrojado de su seno. Los millones de cruzados que ella envía no pueden hacer tanto en defensa de Palestina, ni los sables de los ejércitos sarracenos pueden cimentar tan sólidamente su dominio en aquella tierra, objeto de tantos combates, como yo y algunos de mis hermanos que están unidos conmigo para todo cuanto exija yo de ellos. Serás reina; colocaré en aquellas tierras el trono que habré sabido conquistar para ti, y en lugar de ese bastón que tanto tiempo he deseado, empuñaré un cetro que hará temblar al mundo entero.

-Eso es soñar-dijo Rebeca-; pero aunque fueran rea­lidades tus quimeras, no creas que bastarían a conmover mi resolución. No tengo en tan poco a la patria y a la religión que pueda mirar con aprecio al que rompe tan sagrados vínculos y sacude el yugo de una Orden a la cual le ligan sus juramentos, para satisfacer la pasión que le ha inspirado una extraña. No pongas precio a mi libertad; no vendas la protección; defien­de al oprimido por caridad, no en vista de ventajas perecede­ras. Implora el amparo del trono de Inglaterra: Ricardo aco­gerá mi apelación contra esos hombres crueles.

-¡Eso no, Rebeca! -dijo el templario-. Si renuncio a mi Orden, por ti la renuncio. Si tu amor no me recompensa, a lo menos conservaré mi ambición; que lo contrario sería per­derlo todo a un tiempo. ¡Humillarme ante Ricardo! ¡Pedir gra­cia a aquel modelo de soberbia y de orgullo! ¡No, Rebeca; jamás se humillará tanto la Orden de los templarios en mi per­sona! ¡Puedo salir de su seno, pero no cubrirla de ignominia!

-Pues Dios tenga piedad de mí-dijo Rebeca- ya que en los hombres no puedo hallarla.

 

-No, por cierto-dijo el templario-. Eres altiva, y has dado con quien no lo es menos que tú. Si llego a entrar en el palenque con la lanza en ristre, no hay consideración humana que, me impida hacer todo lo que puedo en semejantes casos: en el resultado. Sufrirás una muerte horrorosa, como el peor de los criminales; serás consumida por las llamas: ni un átomo quedará de esa estructura preciosa, dotada ahora de vida, de movimiento, de genio, de pasiones. ¡No; no hay mujer que pueda soportar la perspectiva de tan espantoso por­venir! ¡Rebeca, cederás a mis súplicas!    

-Bois-Guilbert-respondió la judía- no conoces la índole de la mujer, o sólo has tratado con las que han perdido los nobles sentimientos con que nos ha distinguido la Natura­leza. Sabe, arrogante caballero, que no has ostentado tanto valor en las más encarnizadas batallas como el que posee una mujer resuelta a sufrir antes que sacrificar su afecto o su obli­gación. Soy mujer, y criada con la mayor blandura, y natural­mente temerosa del peligro. Nunca he visto de cerca la des­gracia, y, por consiguiente, no sé sufrirla; pero cuando entremos en el campo de batalla, tú a pelear y yo a morir, mi corazón me dice que te excederé en valor, en firmeza y en resolución. ¡Adiós; no perdamos el tiempo en palabras vanas! El poco de que puedo disponer en la Tierra debe ser emplea­do de  muy distinto modo. Voy a buscar al padre de las misericordias que no niega sus consuelos al que busca con since­ridad y candor.      

-Separémonos--dijo el templario- y ójala nunca nos hubiéramos visto, o a lo menos hubieras nacido noble y cris­tiana! ¡Por el Cielo santo, que cuando te contemplo y consi­dero las circunstancias en que hemos de volver a vernos, qui­siera haber nacido en tu desgraciado pueblo, y entender más bien de mercancías y de cequíes que de espadas y broqueles! Entonces estaría acostumbrado a doblar la cabeza ante los nobles y poderosos, y sólo serían terribles mis miradas para mis deudores. Sólo puedo formar semejantes deseos por estar más cerca de ti en la vida, y por evitar el golpe horrible que me prepara tu muerte.

-Hablas del judío según ahora estás contemplándole. El Cielo en su cólera le ha arrojado del suelo natal; pero su industria le ha abierto el camino del poder y de la riqueza, que han querido cerrarle las naciones. Lee la historia antigua del  pueblo de Dios, y dime si aquellos en cuyo favor obró Jehová tantos prodigios entre las naciones eran una cuadrilla de míse­ros usureros. Y sabe que podemos contar muchos nombres, junto a los cuales los nobles que tanto orgullo os inspiran son lo mismo que el hisopo comparado con el cetro, nombres cuyo catálogo sube a los tiempos venturosos en que la presencie divina se mostró en un trono de querubines; nombres que derivan su esplendor, no de una raza terrena, sino de aquella voz formidable que congregó a nuestros padres para que fueran testigos de las visiones celestes. Tales fueron los príncipes de Ia casa de Jacob.

Encendiéronse las mejillas de Rebeca al referir las glorias de su pueblo; pero muy en breve se cubrieron de palidez al añadir dando un suspiro:

-Tales eran los príncipes de Jacob; pero no son así en el día. Han sido hollados como la hierba marchita, y mezclados con la arena del camino. Sin embargo, judíos hay que no se avergüenzan de tan alta genealogía, y de este número es la hija de Isaac, hijo de Adonikam. ¡Adiós! No te envidio tus san­grientos honores, no te envidio tu bárbaro origen de los paga­nos del norte; no te envidio esa fe que siempre está en tus labios y nunca en tu corazón ni en tus obras.

-¡Por Dios, que estoy verdaderamente hechizado! -dijo Brian-. ¡El Gran Maestre tiene razón: y la repugnancia con que me separo de ti parece obra de un poder sobrenatural! ¡Hermosa criatura! -dijo acercándose a la judía-. ¡Tan joven, tan linda, tan impávida en presencia de la muerte, y con­denada a morir con infamia y en medio de horribles tormen­tos! ¿Quién no llorará tu suerte? Veinte años hace que no se asoman lágrimas a mis ojos, y ahora se humedecen al contem­plarte. Pero debe ser: nada es capaz de salvar tu vida. y yo somos ciegos instrumentos de alguna fatalidad irresistible que nos empuja y arrastra como a los barcos en la tormenta cuan­do las olas los sacuden y sepultan en el abismo de las aguas. Perdóname, y separémonos amigos. En vano he querido disua­dirte de tu resolución, pero la mía es inapelable como los decretos del Destino.

-Así es-dijo Rebeca- cómo los hombres achacan al Destino lo que es efecto de sus indómitas pasiones. Yo te per­dono, Bois-Guilbert, aunque eres el autor de mi muerte terre­na. No puedo negar que hay gérmenes nobles en ese ánimo atrevido; pero es como el jardín del perezoso, en el cual las raí­ces se han apoderado del terreno desfigurando su belleza y ahogando las plantas útiles.

-Así soy como me has pintado-dijo el templario-: áspero, indómito y envanecido con la independencia y con la fuerza que me han hecho tan superior a esos necios casquiva­nos que me rodean. La guerra ha sido mi educación, y a ella debo la elevación de mis miras y la inflexible tenacidad que empleo en alcanzarlas. Tal es mi carácter, y tal será siempre. Lo probaré con hechos que causarán admiración al mundo. Pero ¿es cierto que me perdonas?

-Como la víctima al sacrificador-dijo Rebeca.

¡Adiós! -dijo el templario; y salió del aposento.

El preceptor Alberto aguardaba con impaciencia en una pieza inmediata el regreso de Bois-Guilbert.

-Mucho has tardado-le dijo-, y te aseguro que ya estaba sobre ascuas. ¿Qué hubiera sido de nosotros si hubie­ra venido el Gran Maestre o su amigo Conrado? ¡Cara me hubiera costado mi condescendencia! Pero ¿qué tienes, her­mano? ¿Qué significa ese ceño terrible? ¡Apenas puedes sos­tenerte!

-Estoy-respondió Brian- como el que sabe que va a morir dentro de una hora, y quizás peor, porque hay muchos van al cadalso como si fueran a mudar de ropa. ¡Mal­voisin, esa muchacha me hace en realidad perder el juicio! Poco me faltó para ir a ver al Gran Maestre, abjurar de la Orden en sus barbas, y negarme a ejecutar la cruel obligación que me ha impuesto.

-¿Has perdido el seso? -dijo Malvoisin-. ¿Y que sacarías de tamaño dislate? Perderte para siempre, sin salvar la vida de esa mujer, que es de tanto precio a tus ojos. Beau­manoir nombrará otro individuo de la Orden que tome las armas, y la judía perecerá como si tú hubieras hecho lo que se te ha mandado.

-¡Pues bien; saldré a su defensa-dijo Brian con resolu­ción y orgullo-, y veremos si hay en la Orden quien resista al empuje de mi lanza! ¡La judía es inocente: yo seré su cam­peón!

-Pero has olvidado que no tienes tiempo ni oportunidad de poner en ejecución tan desatinado proyecto. Di a Beauma­noir que renuncias al voto de obediencia, y verás cuánto tarda en ponerte entre cuatro paredes. No habrán acabado de salir las palabras de tu boca, cuando te hallarás a cien pies debajo de tierra, en el calabozo del preceptorio.

-¡Huiré, amigo Malvoisim-dijo Brian de Bois Guil­bert-; huiré a países remotos! ¡Ni una gota de sangre de esa hermosa criatura será derramada por mi intervención ni con mi consentimiento.

-No podrás huir-dijo el Preceptor-, porque ya tu con­ducta ha excitado sospechas, y te será imposible salir del recinto de estas murallas. Haz la prueba: preséntate a la puerta, manda que echen el puente, y verás lo que te responden. Ya veo que esta noticia te sorprende y agravia; pero ¿no es mucho mejor para ti que así sea? ¿Cuáles serían las conse­cuencias de tu fuga? La deshonra de tus armas, el envileci­miento de tu nombre y de tu familia, la pérdida de tu digni­dad. ¿Dónde podrán ocultarse tus compañeros de armas cuando Brian de Bois-Guilbert, la mejor lanza de la Orden, sea proclamado infiel y cobarde en medio del escarnio y de las risas del populacho?

-Malvoisin, te doy las gracias-dijo Brian-; has toca­do la cuerda más sensible de mi corazón. ¡Venga lo que vinie­re, el dictado de cobarde no se agregará jamás al nombre de Bois-Guilbert! ¡Ojalá se presentara al combate el mismo Ricardo o alguno de sus favoritos! ¡Lo peor es que nadie acu­dirá a defender a esa infeliz; nadie se expondrá a romper una lanza por la inocente abandonada!

-Mejor para ti si así sucede-dijo el Preceptor-. Si Rebeca no tiene campeón, no es culpa tuya, ni se te puede atribuir su muerte, sino al Gran Maestre.

-Si no hay campeón-dijo Bois-Guilbert-, todo el papel que tengo que representar es salir a caballo en medio del palenque; pero sin tener parte alguna en lo que se hará des­pués. Me mantengo en lo dicho: me ha despreciado, me ha rechazado, me ha cubierto de dicterios. ¿Y por qué le he de sacrificar la opinión en que los otros me tienen? Alberto, acu­diré al combate; no lo dudes.

Al decir esto salió del aposento, y Malvoisin le siguió para observarle de cerca y confirmarle en sus resoluciones. Interesábase en la suerte de su amigo, no sólo por lo que de él esperaba, sino por la recompensa que aguardaba en virtud de las promesas de Mont-Fichet si contribuía celosamente al pro­ceso de Rebeca.

 

 

 

XXXI

 

 

¡Sombras, dejad a Ricardo,

que vuelve ya a ser lo que era

 resuelto abriéndose paso!

                     SHAKESPEARE: Ricardo IIl.

 

Volvamos a tomar el hilo de las aventuras del caballero de Ia negra armadura, el cual, habiéndose separado del generoso bandido, se dirigió en derechura a un pobre convento de las inmediaciones, al que había sido trasladado Ivanhoe después de tomado el castillo por el fiel Gurth y el magnánimo Wamba. Es inútil por ahora entrar en pormenores de lo que pasó entre Wilfrido y su libertador: haste decir que después de una larga e interesante conversación el prior de San Botolph despachó mensajeros a diferentes puntos, y que al día siguien­te el caballero negro se dispuso a continuar su marcha, sir­viéndole el bufón de guía.

-Nos veremos-dijo el de lo negro- en el castillo de Coningsburgh, puesto que tu padre va a celebrar en él las exe­quias de su noble pariente Athelstane. Allí veré a tu parentela y nos conoceremos unos a otros. No faltes a esta cita, y yo me encargo de reconciliarte con Cedric.

Dicho esto se despidió afectuosamente de Wilfrido, el cual manifestó los más vivos deseos de acompañarle; mas el caballero no quiso dar oídos a semejante proposición.

-Pasa aquí el día de hoy; y aun Dios sabe si tendrás mañana bastantes fuerzas para ponerte en camino. No quiero tener más guía que el honrado Wamba, el cual sabe hacer el cuerdo y el loco según se presenta la ocasión.

-Y yo te acompañaré de mil amores-dijo el bufón-; pero no quisiera faltar al convite del día del entierro, porque si todo no está en orden, es capaz el muerto de salir de la tumba y armar una pelotera con el cocinero y el mayordomo; y cierto que sería cosa de ver. En todo caso, señor caballero, tu valor me servirá de padrino si Cedric desaprueba esta romería.

-Y si tu ingenio no basta a justificarte, ¿de qué servirá mi valor?

-El ingenio-dijo el bufón- puede mucho. Es un truhán astuto que sabe aprovecharse del flanco del enemigo y ponerse a sotavento cuando más fuerte soplan sus pasiones. Pero el valor es una calavera aturdida que parte por medio y hace astillas cuanto se le presenta. Navega contra viento y marea, y siempre va adelante. Por tanto, más seguro es con­fiar en tu valor que en mi ingenio.

-Señor Caballero del Candado-dijo Wilfredo- ya que no permites que se te dé nombre, no sé si te acomodá un guía tan inquieto y parlanchín; pero, a lo menos, no hay caza. dor que sepa mejor que él todas las veredas y atajos de estas selvas y matorrales. Por lo demás, motivos tienes para saber que es más fiel que el oro.

-Condúzcame él-dijo el caballero- por el camino más corto y más seguro, y diga, si quiere, cuantas locuras se le presenten a la imaginación. ¡Adiós, buen Wilfrido; cuida de tu salud y no te pongas en camino hasta mañana!

Dicho esto presentó la mano a Wilfrido, el cual se la besó respetuosamente; se despidió del Prior, montó a caballo, y empezó a caminar siguiendo los pasos del bufón. Ivanhoe I estuvo mirándolos hasta que desaparecieron en las sombras del bosque.

Pero poco después del toque de maitines mandó llamar al Prior. El anciano acudió inmediatamente y le preguntó por el estado de su salud.

-Mucho mejor-respondió Wilfrido- de lo que hubie­ra podido espera ¿O la herida no es tan considerable como lo daba a entender la gran efusión de sangre, o ese bálsamo ha hecho en mí un efecto prodigioso. Se me figura que puedo armarme sin inconveniente; y creed que me alegro, porque están pasándome por la imaginación cosas que me hacen inso­portables la inacción y el reposo.

-¡No permitan los santos del cielo-dijo el prior-que el hijo de Cedric salga de este convento sin estar perfecta­mente curado! Sería deshonra de nuestra profesión.

-Ni yo quisiera tampoco, reverendo padre dijo Ivan­hoe- dejar la hospitalidad que tan generosamente me habéis ofrecido, si no me sintiera capaz de soportar la jornada y si no me creyera obligado a emprenderla.

-¿Y qué motivos podéis tener-dijo el prior-para tan repentina marcha?

-¿No has sentido nunca-dijo Wilfrido- vagos presen­timientos de una calamidad próxima y sin causa conocida? ¿No has tenido nunca obscurecido el espíritu, a manera de los campos cuando las nubes les anuncian la cercanía de la tem­pestad? ¿Y no crees que son dignos de atención semejantes impulsos, como avisos celestes de peligro que nos amenaza?

-No puedo negar-dijo el prior- que se han visto gran­des ejemplos de esos testimonios de la protección divina; pero siempre tienen un fin visiblemente útil y saludable. Mas tú estás herido y no puedes defender a tu amigo en caso de verse atacado.

Prior-dijo Ivanhoe-, te engañas. Todavía tengo suficiente fuerza en los puños para ajustar la cuenta a todo el que me provoque; pero aunque así no fuera, no sólo puede uno servir a su amigo con el vigor de sus brazos. Sabido es el odio que los sajones tienen a los normandos; ¿y quién sabe adónde puede llevarlos la exasperación que ha producido la muerte de Athelstane, y más cuando ha hecho su efecto el vino que va a distribuirse en el castillo después de las exe­quias? La ocasión en que ese hombre va a presentarse en medio de gentes que detestan a los de su raza es en extremo peligrosa, y yo estoy resuelto a evitarle toda especie de mal o a sufrirlo con él. Proporcióname un caballo cuyo paso sea más suave que el del mío.

-Te daré mi yegua-dijo el prior-, e irás en ella como en un colchón de plumas. ¡Es mucho animal Malkin! ¡En tu vida has montado bestia más noble ni más segura!

-Pues bien, reverendo padre-dijo Ivanhoe-; manda aparejar a Malkin, y di a Gurth que me prepare las armas.

-¡Eso no, amigo! -dijo el Prior-. Malkin es tan pací­fica como su amo, y no sufrirá que la montes con todo ese aparato de peto y espaldar. No consiente encima más peso que aquel a que está acostumbrada. El otro día, al despedir­me del abad de San Canuto, me prestó un tomo de Fructus temporum; pero Malkin no quiso moverse de la puerta hasta que devolví aquel grueso volumen y quedé sin otro equipaje que el Breviario.

-No creáis-dijo Wilfrido- que le molestará mi peso; y si quiere habérselas conmigo difícil será que salga con la suya.

Ivanhoe pronunció estas últimas palabras mientras Gurth le calzaba un par de espuelas doradas capaz de convencer al caballo más rebelde de que el mejor partido que podía abra­zar era someterse a la voluntad del jinete.

Arrepentido el Prior de su cortes oferta al ver las puntas enormes de las espuelas de Ivanhoe, le dijo algo confuso y apesadumbrado:

-Buen caballero, Malkin no está acostumbrada a sufrir hierro en los ijares. Mejor fuera enviar por el caballo capón  del proveedor del convento, que puede estar aquí dentro de una hora y es mucho más manso y tratable pues que está hecho a traer cargas de leña y nunca prueba grano.

-Os doy gracias-dijo Ivanhoe-; pero vuestra primera oferta me acomoda mucho más. Malkin está ya a la puerta, según estoy viendo desde aquí, y no quiero hacerle ese desai­re. Gurth llevará mi armadura, y no tengáis recelo, que la yegua volverá a vuestro poder sin menoscabo.

Ivanhoe bajó la escalera más aprisa de lo que podía espe­rarse en su situación, y montó en la yegua, deseando verse libre de las instancias del Prior. El buen viejo se mantuvo a su lado hasta el último momento, ora ponderando el mérito de Malkin ora recomendando a Ivanhoe que la cuidase y la trata­ra con blandura.

-Está en los quince años-decía riéndose de su propio chiste-, que es edad tan peligrosa para yeguas como para doncellas.

Ivanhoe, que tenía otras cosas en qué pensar que la yegua del Prior, no prestó gran atención a sus consejos y prevencio­nes; y dispuesto a marchar, y mandando a su escudero (que éste era el título que Gurth se daba) que no se separase de su lado echó a andar por el mismo camino que había tomado el caballero Negro mientras el Prior se mantenía a la puerta del convento mirándole de hito en hito exclamando:

-¡Dios mío, qué aprisa caminan estos caballeros! Mucho siento haber puesto en sus manos al pobre animalito porque si queda inservible, ¿qué ha de ser de mí con este reu­matismo que Dios me ha dado? Sin embargo, yo estoy pron­to a emplear mis pobres y débiles miembros en defensa de la causa de Inglaterra, y bueno es que Malkin emplee los suyos en la misma. Quizás si ganan los nuestros se acordarán de este convento, que bien lo necesita, o a lo menos enviarán un buen caballo de regalo al Prior. Si así no lo hicieren, porque los grandes suelen olvidar los favores de los pequeños, me servi­rá de recompensa la satisfacción de haber cumplido con mi deber. ¡Pero ya es hora de mandar tocar a refectorio para el almuerzo!

El Prior pasó, en efecto, al refectorio, donde estaban sir­viendo ya a la comunidad el bacalao y la cerveza que ordina­riamente le servía de desayuno. Sentóse a la testera, y pro­nunció algunas palabras sobre los grandes beneficios que podrían resultar al convento de cierto servicio importante que acababa de hacer a persona de alto bordo y que en otra época hubiera hecho gran ruido en el mundo.

Entretanto el caballero Negro y su guía atravesaban ale­gres y contentos los laberintos del bosque, cuando éste dijo: - ya hace rato que estoy viendo relumbrar un morrión entre aquellos árboles de enfrente. Si fueran hombres de bien, ven­drían por el camino; pero aquella maleza es muy frecuentada de ladrones.

-¡Voto a tantos-dijo el caballero-, que tienes razón!

Y ya era tiempo de apercibirse, porque apenas había pro­nunciado estas palabras, cuando se dispararon del sitio sospe­choso tres flechas que fueron a dar en su yelmo; y una de ellas le hubiera atravesado las sienes, a no haberla rechazado el filo de la visera. Las otras dos dieron en la gola y en el escudo que el paladín llevaba colgado al cuello.

-¡Gracias al armero! -dijo sin alterarse el del Canda­do-. ¡A ellos, amigo Wamba!

Y al decir esto se dirigieron a todo escape al punto de la emboscada. Saliéronles al encuentro seis hombres armados, con lanza en ristre, y también a carrera tendida. Las tres pri­meras lanzas que le atacaron se hicieron astillas, como si hubieran dado contra una torre de bronce. Los ojos del caba­llero despedían centellas a través de las barras de la visera. Alzóse sobre los estribos con noble altivez, y exclamó:

-¿Qué significa esto, camaradas?

A lo cual los desconocidos respondieron sacando las espadas, acometiéndole todos a un tiempo, y gritando:

-¡Muera el tirano!

-¡San Jorge! ¡San Eduardo! -exclamó el caballero derribando un hombre a cada invocación-. ¡Traidores sois, que no bandidos!

Aunque desesperados y resueltos, los acometedores tuvieron algún miedo de un brazo que a cada golpe despacha­ba un enemigo. Ya iba el terror a decidir la victoria cuando un caballero armado de azul que hasta entonces había permaneci­do detrás de los otros, apretó espuelas y dirigiendo la lanza, no al jinete, sino al caballo, hirió mortalmente al noble animal.

-¡Traidor, cobarde! -exclamó el del Candado cayendo al suelo con el generoso compañero de sus hazañas.

En aquel momento Wamba tocó el cuerno: no había podi­do hacerlo antes, por no haberle dado tiempo tan repentino ataque. Este incidente hizo retroceder a los asesinos, y Wamba, aunque tan mal armado como ya hemos visto, corrió hacia el caballero, y le ayudó a ponerse en pie.

-¡Cobardes! -dijo entonces el de las armas azules, que parecía el caudillo de los otros-. ¿Huís del sonido de un cuerno tocado por un bufón?

Animados por estas palabras, los desconocidos volvieron a atacar con nuevo furor al caballero, el cual, apoyada la espalda contra una encina, se defendía valerosamente con su espada. El de lo azul, que había tomado otra lanza, aprove­chando el momento en que su enemigo se hallaba en los mayores apuros, corrió hacia él con el designio de clavarle al árbol de un lanzazo; mas el bufón supo frustrar su intento. Valiéndose de toda su ligereza y presencia de ánimo, Wamba, en quien no habían reparado los asesinos, que tenían toda la atención fija en el caballero, cortó la carrera al caudillo y tiró una terrible estocada al caballo, el cual dió en tierra con el jinete. Sin embargo, la situación del caballero del Candado era cada instante más crítica y peligrosa porque se las había con hombres armados de punta en blanco, y ya empezaba a cansarle la necesidad de parar continuamente los golpes que en todas direcciones le asestaban; pero de pronto cayó uno atravesado por una flecha, y en seguida se presentó una cua­drilla de monteros capitaneados por Locksley y por el ermita­ño. Presentarse estos valientes y dejar muertos o mal heridos a todos los contrarios fue obra de un momento. El caballero de las negras armas dio gracias a sus libertadores con majes­tuosa dignidad, que hasta entonces no habían reparado en su continente, el cual parecía más bien el de un soldado intrépi­do que el de una persona de alto nacimiento.

-Lo que más importa-dijo-, aun antes que mostraros mi gratitud, es averiguar quiénes son estos enemigos encu­biertos. Wamba, abre la visera de ese de lo azul, que parece ser el capitán de esos villanos.

El bufón se acercó al instante al jefe de los asesinos, que entumido por el golpe y embarazado pon el peso del caballo herido, no podía huir ni hacer la menor resistencia.

-¡Vamos, valiente guerrero-díjole Wamba-; vues­tro escudero he sido, y ahora seré vuestro armero! Os he ayudado a desmontar, y ahora os despojaré de vuestra arma­dura.

Dicho esto arrancó y tiró por el suelo con no mucha blan­dura ni cortesía el yelmo del de lo azul, y el caballero del Can­dado reconoció a Waldemar de Fitzurse, a quien seguramente no esperaba ver en aquella ocasión.

-¡Waldemar! -dijo con espanto el caballero-. ¿Con tus canas y con tus altos empleos? ¿Quién ha podido excitar­te a tan loco designio?

-Ricardo-dijo el cautivo alzando la vista al sobera­no-, no conoces a los hombres si ignoras adónde pueden conducir a cada hijo de Adán la ambición y el deseo de ven­ganza.

¿Venganza?-dijo el caballero Negro-. ¿Qué daño te he hecho, y por qué deseas vengarte de mí?

-Despreciaste la mano de mi hija, y nunca podrá olvidar esta afrenta un noble normando, tan ilustre como tú.

-¡Tu hija! Cierto que no aguardaba tanta enemistad por tan leve motivo. Amigos-dijo a los monteros-, retiraos             algunos pasos que quiero hablarle a solas. Waldemar Fitzurse, dime la verdad: confiesa quién te ha instigado a este desacato.

-El hijo de tu padre-respondió Fitzurse-, que castiga de este modo lo que tú hiciste con el que te dio la vida.

Los ojos de Ricardo centelleaban de indignación; mas ésta cedió muy en breve a impulsos de su bondad natural. Púsose la mano en la frente, y permaneció algún rato contem­plando al vencido barón en cuyo rostro luchaba el orgullo con la vergüenza.

-¿No me pides la vida? -dijo el Rey.

-Sería inútil-respondió Fitzurse-, puesto que está en las garras del león.

-El león-dijo Ricardo- no ensangrienta sus uñas en bestias rendidas. Vive; pero sal dentro de tres días de Inglate­rra: ve a ocultar tu infamia en tu castillo de Normandía, y guárdate de dar a entender la parte que ha tenido mi hermano en esta villanía. Si te detienes un momento después del térmi­no concedido, mueres; si pronuncias una palabra que manche el honor de mi familia, ni el templo de Dios ha de preservar­te de mis iras. ¡Por San Jorge, que has de estar colgado de tus almenas hasta que los cuervos hayan dado fin de ti! Locksley, proporciona a este hombre uno de los caballos de sus cómpli­ces, desármale y déjale ir en paz.

-Ya veo-respondió el bandido- que estoy hablando con uno a quien no puedo ni debo desobedecer; pero soy de opinión de ahorrar a ese villano el trabajo de hacer una larga  jornada.

-Tienes un corazón inglés-dijo el caballero-, y él e ha dicho que debes someterte a mis mandatos. Yo soy Ricardo de Inglaterra.

A estas palabras, pronunciadas con majestad digna de un monarca y de los elevados sentimientos de Corazón de León, los monteros se arrodillaron a un tiempo, reconociéndole por su soberano y pidiéndole el perdón de sus delitos.

-¡Alzaos, amigos! -dijo Ricardo con la mayor afabilidad.

Notáhase ya en su rostro la expresión habitual de buen humor y franqueza; había desaparecido toda señal de resenti­miento, y sólo en las sonrosadas mejillas se veían algunas hue­llas de los esfuerzos hechos durante tan desesperado conflicto.

-¡Alzaos, amigos! -repitió-. Vuestros excesos y des­carríos no valen tanto como el leal servicio que habéis hecho a mi causa en el castillo de "Frente de buey" y el socorro que habéis dado este día a vuestro soberano. Alzaos, y sed buenos vasallos de ahora en adelante. Y tú, valiente Locksley...

-No me deis ese nombre-dijo el capitán-, sino el mío verdadero, que quizás la fama habrá llevado a vuestros oídos. Yo soy Robin Hood, del bosque de Sherwood.

-¡Rey de los bandidos y príncipe de la gente de bronce! -exclamó el Rey-. ¿Quién no habrá oído la fama de tus proezas, puesto que han llegado a Palestina? ¡Pero nada temas! El velo del olvido cubrirá todo lo que ha pasado en mi ausencia y durante las revueltas a que ella ha dado lugar.

-Bien dice la copla-exclamó Wamba- interrumpien­do al Rey, aunque no con su acostumbrada petulancia:

Faltó Zapirón, y al punto arman gresca los ratones.

-¡Qué! ¿Estás aquí, Wamba? -dijo el Rey-. Como hace tanto tiempo que no oigo tu voz, creí que habías tomado las afufas.

-¿Cuando se separó la locura del valor? -dijo Wamba­

Aquí está el trofeo de mi espada-añadió señalando al caba­llo de Fitzurse-; ¡y ojalá estuviera el buen animal lleno de vida y de salud, con tal que el amo ocupara su lugar! Estas son todas mis hazañas, porque el gabán no resiste a los golpes como un peto de acero. Mas si no te he igualado en el mane­jo de la espada, no podrás negar que sé manejar el cuerno diestramente.

-¡Y muy a propósito! -dijo el Monarca-. ¡No olvida­ré tus buenos servicios!

-¡Confiteor!- dijo entonces una voz trémula y compun­gida-. Confiteor, que es todo el latín de que me acuerdo! Confieso mi delito, y pido la absolución antes de subir al palo!

Ricardo volvió la vista y descubrió al ermitaño, que esta­ba de rodillas, y había tirado al suelo el garrote el cual no había estado ocioso durante la acción. Hacía cuanto podía por dar a sus facciones la expresión de la contrición más profun­da: tenía clavados los ojos en el Cielo, e inclinadas hacia abajo las extremidades de los labios como los cordones de una bolsa, según la comparación de Wamba; pero en medio de este aparato de santidad, bien se echaba de ver su natural des­fachatez y truhanería. En una palabra, su aspecto era más bien el de un astuto hipócrita que el de un verdadero arrepentido.

-¿Por qué tanto abatimiento? -dijo Ricardo-. ¿Temes que llegue a oídos de tu diocesano la fama de las virtudes que ejercitas en tu ermita y del modo que tienes de servir a San Dustán? ¡No tengas miedo; Ricardo sabe guardar los secretos que se sellan con el jarro!

-No, benigno soberano-respondió el anacoreta (el cual es muy conocido en las historias con el nombre de hermano Tuck, y fue compañero y amigo de Robin Hood)-. No temo al báculo, sino al cetro. ¿Cómo no he de temblar si considero que mi sacrílego puño ha osado tocar al ungido del Señor?

-Ya se me había olvidado-dijo Ricardo-, aunque es cierto que estuvieron zumbándome los oídos todo el día. Pero si el golpe fue bien dado, que digan todos los presentes si no fué bien devuelto. Y en cuanto a penitencia, si he de decir lo que siento, mejor sería para ti que entraras a servir en los monteros de mi guardia custodiando mi persona, como hasta ahora has custodiado la de San Dustán.

-Señor-dijo Tuck-. Perdone vuestra alteza si no acepto su favor. San Dustán y yo nos avenimos perfectamen­te. Gran honor sería sin duda para vestir el uniforme de los monteros de vuestra guardia más si me entretengo acaso en consolar a una viuda o en tirar cuatro tiros en la selva, ¿qué de njurias no lloverán sobre mí?

-¡Ya entiendo! -respondió el monarca-. Si quieres continuar tu vida penitente en mi coto de Warncliffe, no te fal­tarán venados y diversión. Licencia te doy de matar tres cada otoño. Si matas treinta en lugar de tres, no reñiremos por eso.

-Vuestra alteza crea-dijo el ermitaño- que sabré mul­tiplicar los dones de su generosidad.

-No lo dudo, hermano-dijo el Rey-; y como la carne de venado es comida dura, mi bodeguero tendrá orden de darte cada año una bota de vino seco, un pellejo de malvasia y tres barriles de cerveza de la mejor. Si eso no basta para apa­garte la sed, ven a la corte y hazte amigo del mayordomo.

-¿Y para San Dustán?-dijo Tuck.

-No chanceemos con las cosas santas-dijo el Rey-, no sea que Dios se ofenda de ver que pensamos más en nues­tras locuras que en su servicio.

El anacoreta, temeroso de abusar de la paciencia del Rey con sus jocosidades y burlas, riesgo a que se exponen los que conversan con poderosos, hizo una profunda reverencia y se retiró.

Al mismo tiempo entraron en escena dos nuevos perso­najes.

 

 

XXXII

 

Honra a los poderosos de la tierra.

Más grandes que nosotros son, es cierto,

mas ¿son quizás por ello más dichosos?

Vengan a nuestros bosques, y en su suelo,

de verde y fresca hierba tapizados,

verán nuestros solaces y recreos.

                                       MACDONALD.

 

 

Eran Wilfrido de Ivanhoe, montado en la yegua del prior de Botolph y Gurth, en el caballo de batalla de su amo. No puede describirse la sorpresa del caballero al ver la armadura del Rey salpicada de sangre y los muertos y despojos que cubrían el campo de batalla. Ni extrañó menos ver a Ricardo circundado de bandidos y ladrones, que no son por cierto la escolta más segura para un monarca perseguido. No sabía si dirigirle la palabra como a un caballero errante o como a su señor y monarca legítimo. Ricardo conoció su perplejidad.

-Nada temas, Wilfrido-dijo el Rey-; háblame como a Ricardo de Plantagenet. Estoy rodeado de verdaderos ingle­ses, a quienes quizás el estado de la nación ha hecho cometer algunos pecados veniales que ya están perdonados.

-Sir Wilfrido de Ivanhoe-dijo el jefe de los bandidos­ de nada serviría lo que yo dijera después de lo que habés  oíido; séame lícito sin embargo, añadir que, aunque hemos sufrido mucho y estamos privados de la protección de las leyes, el rey de Inglaterra no tiene vasallos más leales que los que en este instante le rodean.

-No lo dudo, puesto que tú los mandas-dijo Wilfrido de Ivanhoe-. ¿Pero qué significan estas señales de discordia y de muerte? ¿Qué significan esos cadáveres y esas manchas de sangre en la armadura de mi príncipe?

-La traición, amigo Ivanhoe-dijo el Monarca- acaba de hacer una de las suyas; pero ha recibido la pena que mere­cia, gracias al celo y a la fidelidad de estos valientes. ¡Pero ahora caigo-añadió sonriéndose- en que tú también eres traidor y desobediente a las órdenes de tu monarca! ¿No te mandé permanecer en el convento de Botolph hasta que estu­viera curada tu herida?

-Lo está, señor-dijo Ivanhoe-; y lo que tengo es como arañazo de gato travieso. Pero ¿será posible que deis tanta inquietud a los que os aman y sirven exponiendo vues­tra vida en estas correrías y aventuras, como si no fuera más preciosa que la de un caballero errante sin más dominios ni fama que los que la lanza y la espada le proporcionen?

-Ricardo de Plantagenet no ambiciona más gloria ni más imperios que los que con su espada y su lanza sepa adqui­rir; y en más alto precio tiene llevar a cabo una aventura con Ia fuerza de su brazo que ganar una batalla a la cabeza de cien mil hombres armados.

-Pero señor--dijo Ivanhoe-, la disolución y la guerra civil amenazan a vuestro reino. ¿Qué será de vuestros vasallos si perecéis en uno de esos peligros que continuamente estáis arrostrando? No hace mucho que os habéis visto expuesto a perder la vida en la soledad de un bosque.

-¡Mi reino y mis vasallos! -dijo el Rey-. Sabe que ninguno de ellos tiene más juicio que yo. Por ejemplo, mi fiel servidor Wilfrido de Ivanhoe acaba de faltar a mis preceptos, y ahora me predica porque no he seguido los suyos. Pero por esta vez, te perdono. Ya te he dicho en el convento que debo permanecer oculto para dar tiempo a que los nobles que se han mantenido fieles a mi causa reúnan sus fuerzas y se aper­ciban a la defensa de mis derechos. Ricardo no debe presen­tarse a la nación inglesa si no es a la cabeza de un ejército numeroso que baste a frustrar los planes de sus enemigos sin necesidad de desenvainar el acero. Estoteville y Bohun necesitan todavía veinticuatro horas antes de poder presentarse delante de York. A'n no recibí noticias de los progresos que hacen Salisbury, Beauchamp y Multon. Tengo que contar con Londres, y de esto se ha encargado el Canciller. Mi aparición repentina me expondría a peligros mayores que los que puedo vencer con mi espada y con mi lanza, aun cuando vinieran en mi socorro Robin con su arco, Tuck con su garrote y Wamba con su cuerno.

Ivanhoe se inclinó respetuosamente y no quiso persistir en sus reconvenciones; sabía que era invencible la afición del Rey a los peligros y aventuras caballerescas, aunque conocía cuán imperdonable era semejante arrojo en el jefe del Estado. Así pues lanzó un suspiro y no rompió el silencio; mientras Ricardo, satisfecho de haber puesto término a sus objeciones, si bien no podía menos de reconocer su justicia, entró en con­versación con Robin Hood.

-Rey de los monteros-le dijo con la mayor afabilidad el Monarca-, ¿no tienes un pedazo de carne que ofrecer a otra testa coronada? Porque esos desalmados me cogieron en ayunas, y las estocadas me han abierto el apetito.

-Sería pecado engañar a vuestra alteza-respondió el bandido-; nuestra despensa se halla suficientemente provis­ta de...

-¿De venado? -dijo Ricardo-. Como un Rey no puede estar todo el día en el monte matando la caza que han de servirle a la mesa, bueno es que haya quien se la tenga muerta y guisada.

-Si vuestra alteza se digna honrar con su presencia uno de nuestros puntos de reunión, no faltará carne de venado; y aun quizás le ofreceremos un buen trago de cerveza y otro de vino seco.

Robin se puso en camino, seguido por el alegre Monarca, más satisfecho con el encuentro de aquel célebre bandido que si estuviera presidiendo un banquete real a la cabeza de los nobles y pares de Inglaterra.

La novedad tenía grandes atractivos para el corazón de Ricardo, y mucho más después de haber vencido y arrostra­do peligros y contratiempos. Aquel monarca realizaba el ideal de los caballeros andantes, héroes de tantas novelas y romances. La gloria personal adquirida por su intrepidez y valor le era mucho más grata que la que hubiera podido gran­jearse por medio de una política sabia y juiciosa. Su reinado fue como uno de esos brillantes y rápidos meteoros que cru­zan la inmensidad de los cielos esparciendo portentosas ráfa­gas de luz, y que al instante se confunden en la obscuridad del espacio. Sus proezas sirvieron de texto inagotable a los trovadores de su siglo, sin proporcionar a su reino ninguno de aquellos beneficios que la Historia perpetúa en sus anales para ejemplo de la posteridad.

En la ocasión presente, sin embargo, sirvió mucho a Ricardo su espíritu arrojado y caballeresco, porque le granjeó el afecto de aquellos hombres indómitos y emprendedores, entre los cuales se mostró franco, alegre y bondadoso. El valor era a sus ojos la primera de las virtudes, y apreciaba a todo el que lo poseía, cualesquiera que fuesen su clase y con­dición.

Se sentó el rey de Inglaterra debajo de una frondosa encina al rústico banquete que le habían preparado aquellos hombres, poco antes perseguidos por las leyes de su reino, y que a la sazón componían toda su corte y toda su guardia.

A medida que daba vueltas el jarro, los bandidos empe­zaron a perder el terror que al principio les había inspirado la presencia de su Soberano. Hubo chanzas y canciones, y mientras cada cual refería sus hazañas, todos olvidaban que éstas eran otras tantas infracciones de las leyes, cuyo protec­tor natural estaba oyéndolos. El Monarca reía y chanceaba como ellos prescindiendo de su dignidad y poniéndose al nivel de sus huéspedes. Robin Hood, sin embargo, que era hombre de sana razón, temía que ocurriese algún disgusto y que se turbara la buena armonía que hasta entonces había rei­nado en el banquete. Aumentaron sus recelos cuando obser­vó la inquietud de Wilfrido de Ivanhoe. Llamó aparte al Barón, y le dijo:

-Gran honor es para nosotros la presencia de nuestro Soberano; pero los negocios de su reino son muy urgentes, y es lástima que pierda un tiempo tan precioso.

-Tienes razón, Robin-dijo Ivanhoe-; y sabe además que los que se familiarizan con la majestad, aun cuando ésta olvide lo que vale, juegan con un león que saca las garras y destroza cuando menos se piensa.

-Habéis dado en la verdadera causa de mis recelos: esos hombres son ásperos de suyo y violentos por hábito, y el Rey, aunque de buen humor, suele tener sus arranques. La menor cosa puede dar motivo a que se le ofenda, y Dios sabe adónde llegarían las consecuencias. Tiempo es de separarnos.

-Procura tú hacerlo con maña y delicadeza-dijo Iva­hoe-, porque yo he dicho algunas indirectas y todas han sido inútiles.

-Señor-dijo Robin Hood a Ricardo-, voy a exponer­me al enojo de vuestra alteza; pero, ¡por San Cristóbal que es por su bien, y que he de hacerlo aunque nunca me perdone! Bernardo-dijo luego llamando aparte a un montero-, corre a esas malezas de la izquierda sin que te observe ninguno de los presentes y toca el cuerno a la manera de los normandos: si te detienes un instante, te parto por medio.

Bernardo se separó con el mayor disimulo de la concu­rrencia, y obedeció exactamente las órdenes de su capitán. Aquel inesperado sonido dejó suspensos a todos los asisten­tes.

-Ese es el toque de Malvoisin-dijo el molinero apode­rándose del arco.

El ermitaño dejó caer el jarro y empuñó el garrote. Wamba suspendió sus carcajadas y echó mano de la espada y del broquel. Todos los demás se pusieron en pie y tomaron las armas.

Hombres de vida tan precaria y borrascosa pasan sin alte­rarse de la alegría del banquete al peligro de la batalla.

Para Ricardo esta transición era un recreo. Pidió el yelmo y las piezas principales de la armadura, y mientras Gurth se Ias ajustaba, mandó expresamente a Wilfrido de Ivanhoe, so pena de su perpetuo enojo, que no tomase parte en el encuen­tro.

-Hartas veces has peleado por mí-le dijo el Monar­ca-; ahora serás espectador, y verás cómo sabe pelear Ricar­do por su vasallo y por su amigo.

Entretanto Robin Hood había enviado algunos monteros en diferentes direcciones como para reconocer al enemigo, y cuando vio que todos estaban en pie y separados, y el Rey completamente armado y dispuesto a marchar, se echó a sus pies y le pidió perdón.

-¿De qué, buen montero? -dijo Ricardo-. ¿No basta el perdón general que ya os he concedido? ¿Piensas que mi pala­bra es una pluma que el viento lleva a discreción? ¿O has cometido desde entonces algún nuevo desaguisado?

-Sí, señor-respondió Robin Hood-; he cometido una falta, si así puede llamarse un engaño que redunda en bien de vuestra alteza. El toque que habéis oído no es de Malvoisin, Sino dado por orden mía. Mi objeto ha sido poner término a este banquete, en el cual se está perdiendo un tiempo que  puede ser más útilmente empleado.

 

Levantóse al concluir estas palabras, se cruzó de brazos, actitud más respetuosa que sumisa aguardó la respuesta del Rey, como quien conoce la falta que ha cometido y confía en la rectitud de los motivos que le han impulsado. Asomó la cólera a los ojos del Rey; pero este movimiento instantáneo cedió a la justicia natural de su carácter.

El rey de los bosques-dijo- tiene miedo de que Ricardo dé fin de su venado y de su vino seco; yo te convidaré a comer en Londres, y no te echaré tan pronto de mi mesa. Tienes razón, Robin, ¡A caballo, y marchemos! Hace una hora que estoy leyendo la inquietud en los ojos de Wilfrido. Dime: ¿no tienes en tu cuadrilla algún buen amigo que, no contento con estar predicando todo el día, observa tus movimientos y se pone de mal humor cuando haces lo que se te antoja?

-Si, señor-respondió Robin Hood-; esa es justamente la condición de mi teniente Juanito, que está ahora de expedi­ción en los confines de Escocia; y aseguro a vuestra alteza que algunas veces me molestan las libertades que toma. Pero, bien reflexionado, no puedo enfadarme contra quien se aflige por mi bien y se inquieta por mis peligros.

-Bien has dicho-contestó Ricardo-: y si yo tuviera por un lado a Ivanhoe para dirigirme con sus graves consejos y amonestaciones, y a ti por otro para que me engañases en lo que crees conveniente a mi servicio, pronto me vería tan libre en mis acciones como el esclavo atado a una cadena. ¡Vamos gente honrada; a Coningsburgh, y no hablemos más del asun­to!

Robin notició al Rey y a su amigo que había enviado una partida de descubierta al camino, y que, sin duda, si había alguna emboscada pronto se tendría aviso. Les dijo que por entonces no temía el menor peligro; pero que, en todo caso, él y los suyos no se separarían de aquellos alrededores y acudi­rían, como ya lo habían hecho, a la menor novedad.

Las prudentes y solícitas precauciones adoptadas por el bandido para su seguridad enternecieron el corazón generoso de Ricardo y disiparon todas las sospechas que hubiera podi­do inspirarle el artificio de que había echado mano. Le pre­sentó otra vez la suya, reiterándole su perdón y su protección y dándole palabra de suavizar las Ordenanzas de montes y otras leyes tiránicas y opresivas que tenían a muchos y bue­nos ingleses en perpetuo estado de rebeldía. Frustró las bue­nas intenciones del Monarca su muerte desgraciada y prema­tura, y las leyes de montería fueron abolidas después a despecho de Juan cuando éste sucedió a su heroico hermano. En cuanto a las otras aventuras de Robin Hood que termina­ron por una muerte traidora, los lectores podrán consultar las innumerables relaciones de la historia de este famoso bandi­do que corren impresas en Inglaterra.

Volvamos a Ricardo Corazón de León, el cual, en com­pañía de Ivanhoe, de Gurth y de Waniba, llegó sin obstáculo ni tropiezo, como Robin lo había predicho, a vista del castillo de Coningsburgh antes que el Sol se ocultara en el Occidente.

 

 

 

XXXIII

 

 

Seguían el cadáver de Marcelo

cantando salmos y devotas preces,

suspirando, y mil lágrimas vertiendo.

Antigua comedia.

 

La entrada de la torre principal del castillo de Conings­burgh era tan singular en su estructura como correspondía a la tosca sencillez de los tiempos en que fue erigida. Por unos escalones tan estrechos y empinados que más bien merecían el nombre de precipicio, se entraba a un portal bajo situado en la parte sur de la torre por el cual el curioso anticuario puede aún pasar, o podía a lo menos hace pocos años, a la escalera construida en el espesor del muro que conducía al piso terce­ro del edificio. Los dos inferiores se componían de piezas abovedadas, sin otra luz ni ventilación que la que recibían por un agujero cuadrado, el cual, por medio de una escala de mano, servía de comunicación con los aposentos altos. Los pisos eran cuatro y la escalera principal que conducía de unos a otros se apoyaba en los asperones de que ya hemos hecho mención.

El rey Ricardo, en compañía de Ivanhoe, pasó por esta complicada y difícil entrada, y fue introducido en el aposento circular que ocupaba todo el tercer piso. Wilfrido se subió cuanto pudo el embozo de la capa porque no juzgaba oportu­no presentarse a su padre hasta que se lo mandase el Rey.

 

En aquel aposento y en torno de una gran mesa de encina estaban sentados doce de los más distinguidos representantes de las familias sajonas residentes en los condados circunveci­nos. Todos eran de edad avanzada, o a lo menos algo más que madura, porque los jóvenes habían seguido con gran senti­miento de sus padres el ejemplo de Ivanhoe y roto las barre­ras que por más de medio siglo habían separado a los vence­dores de los vencidos sajones. Las miradas graves y abatidas de aquellos hombres venerables presentaban una escena algo diferente al bullicio y alegría de los huéspedes externos del castillo. Cualquiera hubiera dicho al ver aquellas cabelleras, aquellas barbas que llegaban hasta la cintura, juntamente con Ias túnicas antiguas y las anchas capas negras, que los perso­najes reunidos en tan singular y tosco aposento eran sacerdo­tes del templo de Wooden recién salidos de sus sepulcros para deplorar la pérdida de su gloria nacional.

Cedric, aunque sentado sin distinción en medio de sus compañeros, parecía ejercer por consentimiento de ellos las veces de presidente de aquella reunión. Se levantó con ade­mán majestuoso cuando vio entrar a Ricardo, a quien sólo conocía por el título de caballero del Candado, y le saludó con la fórmula ordinaria ¡Waes hael!, alzando al mismo tiempo una copa hasta la frente. El Rey, que no desconocía las cos­tumbres de sus vasallos, devolvió el saludo con las palabras de estilo, Drinc hael, y bebió de la copa que le presentó el copero. La misma formalidad se usó con Ivanhoe, el cual res­pondió con una cortesía, temeroso de que le descubriera el sonido de su voz.

Terminada esta ceremonia de introducción, Cedric se separó de sus compañeros, presentó la mano a Ricardo, y le condujo a una pequeña capilla labrada a pico en uno de los asperones que rodeaban exteriormente la cúpula. Una estre­chísima claraboya era la única abertura que se notaba en la pared; mas a la rojiza y opaca luz de los dos cirios se distin­guían la techumbre abovedada, los muros desnudos y un tosco altar de piedra con un crucifijo de lo mismo.

Delante del altar estaba colocado el ataúd, entre dos frai­les arrodillados que rezaban en voz baja con aspecto devoto y compungido. La madre del difunto pagaba una buena propina al convento de San Edmundo por la asistencia de aquellos religiosos, y a fin de dar mayor esplendor a la ceremonia la comunidad entera se había trasladado a Coningsburgh. Seis sacerdotes estaban constantemente de guardia en la capilla. Ponían todo su empeño en no interrumpir un solo instante sus devotas oraciones; también cuidaban de que ningún lego toca­se el paño de tumba que había servido en igual ocasión al ben­dito San Edmundo.

Ricardo y Wilfrido entraron en la capilla mortuoria con­ducidos por Cedric, el cual les señaló con gesto grave y melancólico el ataúd de su amigo. Los tres se santiguaron devotamente y dijeron una breve oración por el reposo de su alma.

Concluido este acto de piadosa caridad, Cedric hizo a sus huéspedes seña de que le siguiesen. Salió con pasos silencio­sos de la capilla, y después de subir algunos escalones abrió con precaución la puerta de un pequeño oratorio contiguo. Era una pieza de ocho pies en cuadro, abierta como la capilla, en la misma piedra del muro, y alumbrada también por una cla­raboya; mas ésta daba al Occidente, y estando el sol a la sazón en el ocaso, un rayo de su luz que en aquel momento penetró en el opaco recinto descubrió a los ojos de los dos extranjeros una dama de gravísimo aspecto, cuyo rostro conservaba nota­bles restos de majestuosa hermosura. Su pomposo y ancho traje de luto y la guirnalda de fúnebre ciprés que le sombrea­ba la frente realzaban la blancura de su complexión y el esplendor de su rubia cabellera que ondeaba esparcida por el cuello y por los hombros sin que los años la hubiesen aún pla­teado y disminuido. La expresión de su fisonomía era la del más profundo dolor, comprimido por la resignación y por la humildad. En la mesa de piedra que tenía enfrente había un crucifijo de marfil y un misal con primorosas viñetas y bro­ches y placas de oro.

-Noble Edita-dijo Cedric después de haber permane­cido algún rato en silencio, como para dar tiempo a los extran­jeros a que examinaran el aposento de la dama-, aquí están dos dignos caballeros que vienen a tomar parte en vuestra aflicción....ste, particularmente, es el valiente guerrero que peleó con tanto arrojo por la libertad del que hoy lloramos.

-Reciba su valor el tributo de mi agradecimiento-res­pondió la dama-, aunque la voluntad divina dispuso que lo empleara tan infructuosamente. También agradezco su corte­sía y la de su compañero, por haber venido a acompañar a la viuda de Adeling y a la madre de Athelstane en los días de su mayor pena y amargura. A vuestra amistad y vigilancia los encomiendo, y espero que no carecerán de la hospitalidad que esta triste mansión puede ofrecerles. Los dos caballeros la saludaron con una humilde reve­rencia y se retiraron en compañía de su oficioso conductor.

Este los introdujo por una escalera en una pieza de las mismas dimensiones que la que acababan de visitar situada sobre ella, y de la cual salía una armoniosa melancólica y pau­sada. Cuando entraron en aquel aposento se hallaron en pre­sencia de veinte matronas y doncellas de las más ilustres famílias sajonas. Cuatro de las últimas, dirigidas por lady Rowena, entonaban una canción fúnebre.

Después de haber sido introducidos en las diferentes par­tes del edificio en que se celebraban de diversos modos las exequias del noble sajón, los dos caballeros conducidos siem­pre por Cedric pasaron a otro aposento destinado a los foras­teros de distinción que por su conexión con la familia quisie­ra ir a acompañarla en la fúnebre solemnidad. Cedric les aseguró que podrían residir allí como en sus propias moradas, y ya iba a retirarse, cuando el caballero de las negras armas le detuvo por la mano.

-Ahora es la ocasión de recordarte, noble Cedric-le dijo-, que cuando nos separamos después de la toma del cas­tillo de "Frente de buey" me prometiste una gracia en galar­dón de los servicios que tuve la fortuna de emplear en tu defensa.

-Está concedida de contado-dijo Cedric-; pero en esta triste ocasión...

-Bien sé--dijo Ricardo- que no es la más oportuna; pero el tiempo urge; y no creo tampoco que sea fuera de pro­pósito cuando se cierra ia tumba de un amigo depositar en ella todo resentimiento y enemistad.

-Señor caballero del Candado-dijo Cedric poniéndose encendido-, la gracia que te he prometido es para ti, y no para otra persona; ni puedo permitir que un extranjero tome parte en lo concerniente al honor de mi familia.

-Ni yo quiero tomarla-dijo el Rey- sino en lo que peculiarmente me interesa. Hasta ahora sólo he sido a tus ojos el caballero del Candado. ¿Conoces a Ricardo Plantagenet?

-¿,Ricardo de Anjou? -exclamó Cedric- dando un paso atrás atónito y confuso.

-No, noble Cedric; Ricardo de Inglaterra, cuyo más vivo interés, cuyo más vehemente deseo es ver unidos a todos los que la Providencia ha colocado bajo su protección. Y qué, ¿no doblas la rodilla a tu soberano?

-¡Jamás se dobló ante la sangre normanda! -respondió Cedric.

-Reserva, pues, tu homenaje-dijo el Rey- para cuan­do veas que mi protección abraza igualmente a normandos y a ingleses.

-Príncipe-respondió Cedric-, siempre he hecho justi­cia a tu valor y a tu magnanimidad, y no ignoro los derechos que alegas a la de Inglaterra por tu descendencia de Matilde, sobrina de Edgar Atheling e hija de Malconi de Escocia. Pero Matilde, aunque de sangre real sajona, no era la inmediata heredera del trono.

-No vengo a disputar contigo mis derechos--dijo el Monarca-, sólo te pido que veas si encuentras otros que poner en la balanza.

-¿Y has venido a este castillo para decírmelo, para amargarme con los recuerdos de nuestra degradación y mise­ria, cuando aún no está cerrada la tumba del último vástago de la familia real de Sajonia?

-No, por cierto dijo el Rey-; te hablo con la confian­za que un hombre de bien puede tener en otro, sin que ningu­no de los dos deba temer las consecuencias.

-Tienes razón, señor Rey-dijo Cedric-; porque rey eres, y rey serás a despecho de mi débil oposición. Y cree que no soy capaz de aprovecharme de la ocasión que tú mismo me ofreces de estorbártelo, por grande que sea la tentación.

-Volvamos a la gracia que me has concedido-dijo el Rey-, y no presumas que confío menos en tu palabra por la repugnancia que muestras a reconocerme por tu soberano. Exijo de ti como hombre de honor y de palabra, so pena de declararte desleal y villano mal nacido, que restituyas tu afec­to paternal al buen caballero Wilfrido de Ivanhoe. Confieso que estoy interesado en esta reconciliación, tanto por la ven­tura de mi amigo como por la concordia que deseo ver esta­blecida entre todos mis vasallos.

-¿Y es éste Wilfrido? -preguntó Cedric- señalando a su hijo.

-Yo soy-respondió Ivanhoe echándose a los pies de Cedric-. ¡Padre mío, perdóname!

-Te perdono-dijo Cedric alzando del suelo a Ivan­hoe-. El hijo de Hereward sabe cumplir su palabra, aunque haya sido empeñada a un normando; pero si quieres que esta reconciliación sea sólida, no has de usar de ahora en adelan­te otro traje ni practicar otros usos ni costumbres que la de tus abuelos. ¡No más ropillas cortas, no más gorras engala­nadas, no más plumajes ni mojigangas! El hijo de Cedric ha de ser inglés, y no más que inglés.¡Detente; ya se lo que vas a decir! Lady Rowena debe llevar el luto por espacio de dos años, como prometida esposa del que ya no existe. ¿Qué dirí­an nuestros abuelos si tratásemos de nuevo enlace antes de que estuviera seca la tumba del que tan digno era de su mano por su nacimiento como por sus virtudes? La sombra de Athelstane rompería sus ensangrentados ligamentos y ven­dría a impedir que deshonrásemos su memoria.

Como si las palabras de Cedric tuvieran la virtud que se atribuye a las artes diabólicas de evocar los muertos de sus sepulcros, apenas las hubo pronunciado cuando se presentó a su vista el mismo Athelstane, pálido, desgreñado y con el atavío sepulcral con que debía ir a la mansión de su eterno reposo.

No es posible describir la sensación que produjo esta aparición en los que la presenciaron. Cedric retrocedió preci­pitadamente hasta la pared, y quedó apoyado en ella como si no bastaran sus propias fuerzas -a sostenerle, fija la mirada, entreabiertos los labios, e incapaz de respirar y de moverse. Ivanhoe se santiguaba todo lo más de prisa que podía, y reci­taba cuantas oraciones se presentaron a su memoria en sajón, en latín y en francés. Ricardo luchando entre sus sentimien­tos religiosos y su imperturbable valor, empezó por un salmo y acabó con un terrible juramento.

Al mismo tiempo se oyó en las piezas inferiores una con­fusa gritería.

-¡En nombre de Dios-dijo Cedric al que creía espectro de su difunto amigo-, si eres mortal, habla, si eres espíritu, dinos por qué causa vuelves a la Tierra o que podemos hacer para asegurar tu eterno reposo! ¡Vivo o muerto, noble Athels­tane, habla a tu amigo Cedric!

-Hablaré--dijo el espectro sin alterarse- cuando me dejes hablar y cuando cobre aliento. ¿Que si estoy vivo? Tanto como puede considerarse así el que ha estado en ayunas porque espacio de dos días, que me han parecido dos siglos. ¡Si, padre Cedric; así Dios me salve! ¡Y providencia de Dios ha sido que pueda contarlo!

-¿Cómo es posible? -dijo Ricardo-. Yo mismo te vi caer bajo la espada del feroz templario poco después del asal­to del castillo, y creí, como luego me aseguró Wamba, que te había partido el cráneo hasta los dientes.

Te engañaste, señor caballero-dijo Athelstane-, y Wamba mintió como villano: mis dientes están como estaban y espero probarlo cuando me den de cenar. No fue la culpa del templario, sino de su espada, que se le torció en las manos y cayó de plano sobre mi cabeza. A no haber estado sin morrión, ni aun hubiera sentido el golpe, y el templario hubie­ra ido a contarlo al otro mundo. Pero estaba descubierto, y caí aturdido, aunque sin daño considerable. En seguida cayeron sobre mí cinco o seis entre muertos y heridos, todo lo cual prolongó mi muerte aparente. Cuando recobré los sentidos me hallé dentro de un ataúd, que por fortuna estaba abierto, enfrente del altar de San Edmundo. Estornudé repetidas veces, me quejé, desperté del todo, y ya iba a levantarme, cuando el sacristán y el Abad acudieron al ruido aterrado y confuso, tomándome por un espectro. Así que echaron a correr y me quedé solo. El sitio estaba envuelto en la más pro­funda obscuridad. Era, sin duda, el cementerio de su conven­to. Ocurriéronme extraños pensamientos acerca de todo lo que me había pasado.

-Cobrad aliento, noble Athelstane-dijo Ricardo-, para referir vuestra historia, ¡que por las barbas de mi padre tiene algo de novela!

-No hay novela que valga-replicó Athelstane,

-En nombre de la Virgen Santísima-dijo Cedric tomando la mano a su amigo-; ¿cómo pudiste escapar de tan inminente peligro?

-Porque tuve la fortuna de que el sacristán cerrase la puerta en falso.

Athelstane se sintió cansado de hablar y con la lengua seca. Pidió de beber, y quiso que sus huéspedes le hiciesen la razón. Entretanto Edita, después de haber dado ciertas dispo­siciones que le parecieron prudentes en tan extraordinaria ocurrencia, siguió los pasos del resucitado y entró en el cuar­to de los extranjeros Acudieron inmediatamente cuantos huéspedes cabían en tan reducida pieza. Otros se agolparon a la escalera, y la historia de Athelstane corrió de boca en boca, con tantas alteraciones y comentarios que cuando llegó a los que estaban fuera del castillo en nada se parecía a la realidad.

El muerto entretanto continuó del modo siguiente la relación de sus aventuras:

-Pocos esfuerzos bastaron para levantarme de mi emba­razosa posición. Libre ya, subí las escaleras con la ligereza que me permitía el peso que llevaba encima, y sin saber adón­de dirigirme seguí el sonido de un alegre romance que llegó a mis oídos. Bajé a las cuadras, y encontré en una de ellas a mi propio caballo, que, sin duda, el Abad se había reservado para su uso particular. Púseme en camino aguijoneándole cuanto más podía, y asustando con mi sepulcral presencia a cuantos alcanzaban a verme a una milla de distancia. Ni aun en mi propio castillo hubiera hallado entrada, a no ser porque los de la puerta me tomaron por uno de los bufones que están divir­tiendo ahí fuera a los que han venido a mis exequias; y exe­quias más alegres en mi vida las he visto. Fuime en derechu­ra a ver a mi madre, y he venido en seguida a buscaros, noble amigo.

-Y aquí me encuentras-dijo Cedric-, pronto a soste­nerte en el camino de la gloria y de la libertad. Las circunstan­cias no pueden ser más favorables, y nunca hallarás mejor dis­puesto el terreno para libertar a la ilustre raza de los sajones.

-No me hables de libertar a nadie-repuso Athelstane-, que harto he hecho con libertarme a mí mismo.

-¿Es posible-dijo Cedric- que pienses de ese modo cuando tienes abierta la carrera de la gloria? Ve aquí al prín­cipe normando Ricardo de Anjou: dile que aunque tiene un corazón de león en el pecho, trabajo ha de costarle subir al trono de Alfredo ínterin exista un descendiente del santo con­fesor que se lo dispute.

-¡Qué! -exclamó Athelstane-. ¿Este es el noble rey Ricardo?

-Este es Ricardo de Plantagenet-dijo Cedric-, cuya vida y libertad están seguras en nuestras manos, puesto que ha venido por su propia voluntad a ser nuestro huésped. El noble Athelstane de Coningsburgh sabrá respetar los derechos de la hospitalidad.

-Y también los de la soberanía-agregó Athelstane-: como rey le reconozco con mano y palabra.

-¡Hijo mío! -exclamó Edita indignada-. ¿Así olvidas la sangre que tienes en las venas?

-¡Príncipe degenerado! -añadió Cedric-. ¿Así aban­donas la libertad de Inglaterra?

-¡Madre, amigo, --dijo Athelstane-, no más recon­venciones! Un cementerio y dos días de ayuno son poderosos agentes para humillar la ambición. El sepulcro me ha dado el juicio y la sensatez que me faltaban. Esta ocurrencia ha disi­pado las locuras que me calentaban el cerebro. Me ha dado una buena lección, y no la echaré en saco roto. Desde que ando en toda esa baraúnda de planes y proyectos de restable­cimiento, y de libertad, y de patriotismo, sólo he sacado en limpio indigestiones, golpes y porrazos, cautiverio y hambre. ¿En qué vendrían a parar todos nuestros castillos en el aire? En la muerte de algunos millares de inocentes que se curan muy poco de nuestro engrandecimiento y de nuestra dignidad. No, señor; rey seré, pero no más allá de mis estados: y el pri­mer acto de mi soberanía será apoderarme del sepulturero del convento y retorcerle el gaznate.

-¿Y mi pupila Rowena?-preguntó Cedric.

-Padre Cedric-continuó el sajón-, hablemos claro. Lady Rowena no piensa en mí, ni ha pensado nunca. Más aprecia ella un dedo del piano de mi primo Wilfrido que toda mi persona. Aquí está ella, que no me dejará mentir. No te avergüences, parienta: todos sabemos que un caballero cor­tesano vale más que un hidalgo destripaterrones. ¿Te ríes, Rowena? ¡Y es cierto que una mortaja y un rostro de fantas­ma como el mío son cosas de risa! Pues si estás de humor de divertirte yo te proporcionaré diversión. Dame tu mano, o por mejor decir préstamela por algunos instantes, que sólo te la pido como amigo. ¡Hola, primo Wilfrido de Ivanhoe! En tu favor renuncio y abjura ¿Dónde diablos se ha escabullido? O el ayuno me ha puesto telarañas en la vista, o no hace un minuto que estaba aquí a mi lado.

Wilfrido de Ivanhoe había desaparecido en efecto.

Buscáronle por todas partes, y al fin se supo que había ido a buscarle un judío, que después de una breve conversación mandó llamar a Gurth, pidió la armadura, montó a caballo, y se fue a todo escape del castillo.

-Hermosa prima -dijo Athelstane-, si no creyera que esa salida-repentina ha sido ocasionada por motivos urgentes y poderosos, con tu permiso retractaría...

No pudo acabar la frase, pues echó de ver que también había desaparecido Rowena, la cual, valiéndose de una situa­ción tan extraña y delicada, salió del aposento sin que nadie lo notase.

-¡Lo que son las mujeres! -exclamó Athelstane-. ¡No hay peores bichos en la Tierra! ¡Cuando esperaba que me diera las gracias por mi generosidad, y quizás... quizás un beso de gratitud, desaparece también como una sombra! ¡Esta mortaja tiene, sin duda la virtud de hacer huir de mi presencia a todo el género humano! Pero tú, noble rey Ricardo, a quien repito mi homenaje...

Alzó los ojos y se encontró sin el Rey. Este había bajado al patio del castillo cuando supo las nuevas de la partida de Wilfrido de Ivanhoe. Habló con el judío, pidió a toda prisa un caballo, obligó al israelita a montar en otro, y los dos tomaron el trote.

-Zernebock -dijo Atheistane- se ha apoderado de mí y de mi castillo. Cosas se han visto en estos pocos días que podían llenar muchas historias. Muertos resucitados, reyes, damas, caballeros que se hunden como por escotillón. Pero pensemos en lo principal. Amigos míos, los que todavía no se hayan convertido en humo, que me sigan al comedor. Allí estaréis todos seguros. Algunos restos habrán quedado de la comilona fúnebre de un noble sajón. No nos detengamos, por­que ¿quién sabe si no habrá cargado el diablo con la cena?

 

 

XXXIV

 

 

Que de Mombray los crímenes sin cuento

 recarguen su corcel, y en el momento

el caballo al sentirlo, desbocado,

arroje al suelo al monstruo detestado.

               SHAKESPEARE: Ricardo II

 

Figúrense nuestros lectores que están a la vista del casti­llo o preceptorio de Templestowe una hora poco más o menos antes de librarse el sangriento combate del cual dependía la vida o la muerte de la interesante y desgraciada Rebeca. Hahí­ase agolpado a presenciar tan terrible escena, como a divertir­se en una feria o romería, un numeroso concurso de habitan­tes de los pueblos circunvecinos. Mas la curiosidad que excitan los espectáculos crueles no es peculiar de los siglos bárbaros. Los duelos solemnes y legales en que un guerrero perdía la vida a manos de otro en presencia de una gran muchedumbre y con tantas formalidades religiosas y jurídicas como si fuera el lance más inocente, eran entonces comunísi­mos y formaban parte de las costumbres públicas. Pero en nuestros días, con todos los progresos que hemos hecho en la civilización, con todas las teorías que ilustran y fortifican los principios morales, ¿no vemos acorrer hombres y mujeres a millares a presenciar la ejecución de una sentencia de muer­te? ¿No hay todavía corridas de toros en España y combates a puñetazos en Inglaterra?

El tropel que rodeaba el preceptorio se había dividido en dos porciones. Los unos estaban enfrente de la puerta aguar­dando la procesión que debía dar principio a las solemnidades del día; los otros, en mayor número, habían ido a tomar pues­to alrededor del campo de batalla. Era éste un vasto cercado inmediato al edificio y nivelado con el mayor esmero para que sirviese a los ejercicios militares de los caballeros del Temple. Ocupaba el pie de una suave eminencia, y estaba rodeado de fuertes empalizadas y barreras; y como los templarios gusta­ban de lucir su destreza en el manejo de armas y caballos, había dispuestas en torno suficientes galerías para admitir un gran número de espectadores.

En la ocasión presente se había erigido un trono en uno de los lados del palenque para el Gran Maestre de los templa­rios, y puestos de distinción para los caballeros y preceptores de la Orden. Tremolaba sobre este aparato el estandarte sagra­do llamado Le Bausean, que era la insignia, como su nombre era el grito de guerra, de aquella Orden militar.

Enfrente del trono se alzaba la pira fúnebre, dispuesta alrededor de una estacada, de modo que quedaba en medio un espacio vacío para la víctima que las llamas debían consumir. De la estacada pendían las cadenas destinadas a sujetarla. Custodiaban esta horrible armazón cuatro esclavos africanos, cuyo color y facciones, que a la sazón no eran muy comunes en Inglaterra, llenaban de terror a la muchedumbre. Mirában ­los espectadores como demonios verdaderos y dignos eje­cutores del infernal ministerio que se les había encargado. Aquellos hombres estaban inmóviles como estatuas, y sólo daban señales de vida cuando el que hacía de jefe les manda­ba echar leña en la hoguera. Parecían insensibles a todo lo que les rodeaba y sólo atentos al desempeño de su odiosa obliga­ción. Cuando hablaban entre sí, los movimientos de sus pro­minentes labios y la blancura de los dientes que descubrían aumentaban la extrañeza y el horror de los que los observa­ban. Hubo quien dijo que eran los espíritus familiares de la hebrea, convocados por ella con sus ensalmos y brujerías para asistirla en el lance terrible que la aguardaba. Esta opinión dio lugar a grandes comentarios sobre las hechuras de Luzbel en aquellos tiempos de crímenes y de revueltas; y por cierto que se le atribuyeron cosas en que no tuvo la menor parte.

-¿Has oído decir, tío Dionisio -preguntó un patán a otro avanzado en años-, que el diablo ha cargado con Athelstane, el señor del castillo de Coningsburgh?

-SI -respondió Dionisio-; pero ya le ha devuelto, gracias a Dios y a San Dustán.

-¿Cómo es eso? -preguntó un joven de gallarda pre­sencia, vestido con gabán verde bordado en oro, y acompaña­do por un muchacho que llevaba el arpa, símbolo de su pro­fesión.

Este maestro de la gaya ciencia parecía hombre de algu­na distinción, porque además del esplendor de su traje lleva­ba al cuello una cadena de plata de la que pendía la llave que le servía para templar el instrumento. Tenía en el brazo dere­cho una placa del mismo metal, en la cual, en lugar de la divi­sa o escudo del señor feudal a quien pertenecía, sólo se nota­ba grabada de realce la palabra Sherwood.

-¿Cómo es eso? -volvió a preguntar el alegre arpista tomando parte en la conversación de los dos campesinos-. Justamente vengo a buscar asunto para un romance, ¡y por la Virgen que me alegro de hallarme con dos! ¡Una judía que­mada por los templarios y un barón arrebatado por los demo­nios!

-Es bien sabido -dijo el viejo Dionisio- que Athels­tane de Coningsburgh, después de haber estado muerto cuatro semanas...

-¡No puede ser! -exclamó el trovador-. Porque yo le vi lleno de vida y salud en el paso de armas de Ashby de la Zouche.

-Muerto estaba-dijo el campesino Joven-o en poder de Satanás, que es lo mismo para el caso. Yo mismo oí a los  frailes de San Edmundo cuando le cantaban el responso. Y, además, que el castillo de Coningsburgh ha estado lleno de gente estos días, y ha habido pernil por barba, como era regu­lar. Yo no hubiera faltado si no fuera porque le dió un torozón al mulo.

-Muerto estaba-repitió el tío Dionisio-, y es lástima, porque era el último de los...

-¡Vamos al caso! -interrumpió el músico con alguna impaciencia.

-¡Acabad con dos mil santos el cuento! -dijo un cor­pulento frailote que se había acercado a la sazón, y que se apoyaba en un palo grueso, capaz de desempeñar, en caso necesario, las funciones de garrote y de bordón de peregri­no-. Acabad el cuento, que no tenemos mucho tiempo que perder.

-Con perdón de vuestra reverencia -continuó Dioni­sio-, diré que vino un monje, borracho, a visitar al sacristán de San Edmundo...

-¡No gusta mi reverencia -respondió el religioso- de que haya monjes borrachos en el mundo! ¡Sed comedido y bien hablado, hermano, y no digáis que estaba borracho, sino arrobado en algún éxtasis, que a veces hace flaquear las pier­nas como si estuviera el estómago lleno de vino nuevo! ¡Lo sé por experiencia!

-Puede ser así -dijo el labrador-; pero lo cierto es que el tal, que como iba diciendo vino a visitar un sacristán de San Edmundo, es el que mata la mitad de los venados que se roban en esos cotos; hombre que gusta más del jarro que de la cam­panilla, y más de una lonja de jamón que del Breviario. Por lo demás, es un buen hombre (mis palabras no le ofendan), capaz de manejar el palo como el mejor montero de estos alre­dedores,

-Tus últimas palabras -dijo el trovador- te han liber­tado de tener dos costillas hundidas. Al cuento, y dejémonos de floreos.

-Pues, como digo-continuó Dionisio-, cuando ente­rraron a Athelstane de Coningsburgh en el convento de San Edmundo...

-¡Qué le habían de enterrar -dijo el otro- si yo le vi en cuerpo y alma caminar hacia su castillo!

-Busca quien te más noticias-gruñó el viejo-, can­sado de tan repetidas interrupciones. Pero cedió a Ias instan­cias de su compañero y del trovador, y volvió a tomar el hilo de su historia.

-Los dos santos varones, ya que este reverendo padre no quiere que se les dé otro título, estaban piadosamente ocupa­dos en vaciar una bota de cerveza, cuando oyeron cadenas y gemidos y vieron entrar por la puerta el alma en pena de Atheistane, que les dijo con voz terrible y echando fuego por los ojos: ¡En nombre de Dios!

-¡No dijo tal cosa! -repuso el fraile.

-¡Tuck de Barrabás! -dijo el músico llamando aparte al ermitaño-. ¿Cómo quieres que componga el romance si a cada paso estás quitando a ese hombre las palabras de la boca?

-Dígote, Allan-a Dale-contestó Tuck-, que yo vi con mis ojos a Athelstane de Coningsburgh, como estoy viéndote a ti. Estaba amortajado y apestaba a difunto. Una arroba de vino seco no bastará a borrarle de mi memoria.

-¡Qué ganas tienes de chancearte! -dijo Allan-a Dale.

-Por más señas-continuó Tuck-, que le di un garrotazo capaz de derribar a un toro de ocho años; pero el mismo efec­to le hizo en el cuerpo que si hubiera sido de humo.

-¡Por San Huberto-interrumpió el arpista-, que es cosa maravillosa y digna de ponerse en romance!

-¡Si yo lo canto dijo el fraile-, que me ahorquen de una encina! ¿Quieres que se aparezca el muerto y me dé otro susto como el pasado? ¡No, hijo mío; esas son chanzas pesa­das!

Al decir esto, la poderosa campana de la iglesia de San Miguel de Templestowe, venerable edificio situado en una aldea inmediata al preceptorio, interrumpió su conversación. Uno a uno llegaron a sus oídos aquellos repiques majestuosos dejando apenas tiempo a que uno se desvaneciese en los ecos distantes cuando el bronce conmovía de nuevo los aires. Era la señal del principio de la ceremonia. Los espectadores que­daron suspensos y ansiosos, y todas las miradas se fijaron en la puerta del preceptorio aguardando la salida del Gran Maes­tre, de la judía y de su campeón.

Echaron el puente levadizo, abrióse la puerta y se presen­tó un caballero con el gran guión de la Orden, precedido por seis trompetas y seguido por los preceptores, que marchaban dos a dos, y a quienes precedía el Gran Maestre, montado en un soberbio caballo enjaezado con la mayor sencillez.

Detrás iba Brian de Bois-Guilbert, brillantemente armado de punta en blanco. Dos escuderos llevaban su escudo, su lanza y su espada. Aunque el pomposo plumero del morrión le ocultaba parte del rostro, bien se echaba de ver en sus fac­ciones alteradas y descompuestas que el orgullo y la irresolu­ción luchaban obstinadamente en su alma. La palidez de su rostro indicaba que había pasado muchas noches sin gozar de sueño ni de reposo; mas, sin embargo, manejaba el caballo con la destreza y gracia propias de la mejor lanza del Temple. Su continente era, como siempre, noble y majestuoso; pero el que le observaba con atención leía en sus ojos sentimientos y pasiones en que no queremos fijarnos.

A los dos lados del campeón de los templarios iban Con­rado de Mont-Fichet y Alberto de Malvoisin, que hacían de padrinos en el duelo, y que vestían el traje de paz o manto blanco de la Orden. Seguíanles los caballeros compañeros y una gran comitiva de pajes y escuderos que aspiraban a los mismos grados.

Detrás de estos neófitos marchaba una guardia de alabar­deros, entre cuyas aceradas puntas se divisaba el pálido rostro de Rebeca. Su aspecto denotaba aflicción, pero no abatimien­to. La habían despojado de todos sus adornos, por miedo de que hubiese entre ellos algún talismán u otra prenda diabólica dada por el enemigo de las almas para privarla de la facultad de confesar sus pecados, aun en medio de las agonías y de los horrores de la muerte.

En lugar de su vistoso y espléndido traje oriental, llevaba uno de grosera tela blanca y de sencillísima forma; pero tan irre­sistible era la expresión del valor y resignación que se leía en sus miradas que, aun en aquel tosco atavío y sin otra gala que las lar­gas trenzas de sus negros cabellos, inspiró la más tierna compa­sión a cuantos la veían. Hasta los hombres más empedernidos deploraban su muerte, lamentando que criatura tan favorecida por la Providencia hubiese caído en las redes del ángel de las tinieblas y fuera destinada a ser vaso de reprobación.

Seguían a la víctima todos los dependientes del precepto­rio, que marchaban en buen orden con los brazos cruzados y la vista en el suelo.

Subió la procesión a la altura próxima a la escena del combate; entró en el palenque; dio una vuelta por él de dere­cha a izquierda y concluida, hizo alto. El Gran Maestre y todos los que le acompañaban, excepto el campeón y los dos padrinos, desmontaron de sus caballos, y éstos salieron inme­diatamente de las barreras, conducidos por los pajes que con este objeto les seguían.

Una desgraciada Rebeca pasó en medio de la guardia a un banquillo cubierto de negro y próximo al sitio de la eje­cución. Al echar una ojeada a los horrorosos preparativos de la muerte que le estaba destinada, tan espantosa por los agu­dos tormentos que debían acompañarla se estremeció, cerró los ojos, y el movimiento de sus labios denotó que sus pri­meros pensamientos en tan amargo trance se dirigían al Padre de las misericordias. Abrió sin embargo los ojos después de algunos instantes, miró atentamente a la pira como para familiarizarse con su aspecto, y volvió sin afectación la cabeza a otro lado.

Entretanto el Gran Maestre ocupó su sitio; y cuando todos los individuos de la Orden se acomodaron en los que correspondían a sus grados y dignidades, las trompetas anun­ciaron la apertura solemne del juicio. Malvoisin entonces, como padrino del campeón, tomó el guante de la judía y lo arrojó a los pies del Gran Maestre.

Valeroso señor y reverendo padre-dijo-, aquí está el buen caballero Brian de Bois-Guilbert, preceptor de la Orden del Temple, que al aceptar la prenda de batalla que presento a los pies de vuestra reverencia se ha obligado a hacer su deber en el combate de este día y a mantener que la mujer judía lla­mada Rebeca merece la sentencia pronunciada contra ella por el Capítulo de esta santa orden del Tempie, condenándola como hechicera. Aquí está, vuelvo a decir, el caballero cam­peón de la Orden para pelear como tal y como hombre de honor, si tal es vuestra noble y santa voluntad.

-¿Ha hecho juramento-preguntó el Gran Maestre-de ser justa y honrosa la causa que defiende? Traed el cáliz y la patena.

-Señor y muy reverendo padre-dijo Malvoisin-, nuestro hermano, que está presente, ha jurado ya la verdad de su acusación en manos del buen caballero Conrado de Mont­-Fichet, y no puede celebrarse de otro modo esta formalidad, en vista de que la parte contraria no puede jurar por ser infiel.El astuto Alberto había imaginado este subterfugio por estar convencido de la gran dificultad o, por mejor decir, de la imposibilidad absoluta de reducir a Bois-Guilbert a pronun­ciar delante de aquel vasto concurso un juramento tan contra­rio a sus sentimientos y opiniones. El Gran Maestre quedó satisfecho, y Malvoisin libre de aquella verdadera dificultad. Beaumanoir mandó entonces a los heraldos que hicieran su deber. Tocáronse de nuevo las trompetas, y un heraldo, pre­sentándose en medio del campo de batalla, proclamó el duelo en los siguientes términos:

-¡Oíd, oíd, oíd! Aquí está el buen caballero sir Brian de Bois-Guilbert, pronto y apercibido a pelear cuerpo a cuerpo con todo caballero de sangre ilustre que salga a la defensa de la judía Rebeca, en virtud de la facultad que se le ha conce­dido de presentarse por medio de otra persona en este juicio de Dios en que debe ser juzgada; y al caballero que salga al duelo como campeón de la dicha Rebeca, el reverendo y valeroso Gran Maestre de la muy santa Orden de los templa­rios, que está aquí presente, concede campo libre e igual par­tición de sol y aire, y todos los demás requisitos de un com­bate legal.

Volvieron a sonar las trompetas, y siguieron algunos minutos de suspensión y silencio.

Ningún campeón se presenta por la apelante-dijo el Gran Maestre-. Heraldo, pregunta a la judía Rebeca si aguarda que se presente algún caballero que tome las armas en su defensa.

El heraldo se encaminó hacia la judía, y Bois-Guilbert, volviendo de pronto las riendas de su caballo, a despecho de Ias amonestaciones de sus dos padrinos, se dirigió al mismo punto, y llegó a él casi al mismo tiempo que el heraldo.

-¿Es esto conforme a las reglas del combate judicial?­preguntó Alberto de Malvoisin al Gran Maestre.

-Sí, hermano -respondió Lucas de Beaumanoir-, porque en esta apelación al juicio de Dios no debemos impe­dir que las partes comuniquen entre sí, a fin de no dificultar ninguno de los medios que puedan conducirnos al descubri­miento de la verdad y de la justicia.

Entretanto el heraldo habló a Rebeca en estos términos:

-Doncella, el honorable y reverendo Gran Maestre te pregunta si estás advertida de algún campeón que sostenga tu parte en la pelea, o si reconoces la justicia de la sentencia y te sometes a la pena que te impone.

-Di al Gran Maestre-respondió Rebeca- que persis­to en declarar mi inocencia; y protesto y debo protestar con­tra el fallo pronunciado, so pena de ser homicida de mí misma. Dile además que le pido y requiero me conceda todo el término que las formalidades del juicio permitan, a ver si Dios que socorre al hombre en las últimas extremidades, me suscita un libertador; y si ese término pasa, hágase su santa voluntad.

El heraldo se retiró a llevar esta respuesta al Gran Maestre.
           
-¡No permita Dios-dijo Lucas de Beaumanoir- que falte yo a la .justicia, aunque sea judío o pagano quien la demande! Hasta que Ias sombras sean arrojadas de Poniente a Levante, aguardaremos a ver si se presenta algún campeón en favor de esta cuitada.

El heraldo comunicó la resolución del gran Maestre a Rebeca, la cual inclinó respetuosamente la cabeza, cruzó los brazos y miró a los cielos, como si esperase de su bondad el favor que ya no podía aguardar de los hombres. Durante este terrible intervalo llegó a sus oídos la voz de Bois-Guilbert. Aunque apenas podía entender sus palabras, aquel sonido le hizo más impresión que si fuera el de un trueno espantoso.

-¿Me oyes, Rebeca? -le dijo el templario.

-¡Nada tienes que decirme, hombre cruel y empederni­do! -respondió la desgraciada.

-Dime si entiendes mis palabras-dijo Brian-, porque yo mismo no me entiendo. Apenas sé dónde estoy ni con qué objeto me han traído aquí. Esas barreras, ese asiento enlutado, esos haces de leña, ¿qué significan? ¡Ah, ya sé, ya conozco la triste realidad! Pero ¿es realidad o ilusión? ¡Ilusión tenebrosa que espanta mi fantasía y no convence mi razón!

-Mi razón y mi fantasía-contestó Rebeca- no son parte a desvanecer la realidad de mi suerte. Esos haces de leña van a consumir mi existencia terrena; van a abrirme un trán­sito doloroso, pero breve, a la eternidad.

-¡Óyeme, Rebeca! -continuó con extraño anhelo. ­Más esperanzas de vida y libertad puedes tener que las que esos insensatos se figuran. Monta en la grupa de mi caballo, de mi valiente Zamor, que nunca abandona a su jinete. Des­pojo es del soldán de Trebizonda, a quien vencí en singular combate. ¡Monta, digo; y dentro de pocas horas te burlarás de esos encarnizados perseguidores; un nuevo mundo de place­res se abrirá a tu vista, y a mí, nueva carrera de ambición y fama! ¡Pronuncien contra mí sus anatemas; y los desprecio!

¡Borren el nombre de Bois-Guilbert del catálogo de los suyos; yo borraré con sangre de ellos cualquiera mancha que osen echar en mi escudo!

-¡Huye de mí, tentador! -dijo Rebeca-. Tus ofertas no bastan a conmover mi resolución, aun estando como estoy al borde del sepulcro. Me veo rodeada de enemigos; pero tú eres el peor y el más implacable. ¡Apártate en nombre de Dios!

Alberto de Malvoisin, a quien inquietaba sobremanera esta conversación, la interrumpió acercándose a su amigo.

-¿Ha confesado su culpa-le preguntó-, o está resuel­ta a negarla?

Esta resuelta-respondió enfáticamente Bois Guilbert.

Pues, entonces-dijo Malvoisin-, debes volver a tu puesto y esperar a tu enemigo, si es que alguno se presenta. El término señalado se aproxima. Brian de Bois-Guilbert, tú eres la esperanza de la Orden del Temple, y pronto peras su caudi­llo.

Dijo estas palabras con tono suave y amistoso; pero al mismo tiempo echo mano al freno del caballo de su amigo, como para guiarle al puesto que debía ocupar.

-¡Villano, falso amigo! --exclamo Bois-Guilbert-­ ¿Como tu atreves a apoderarte de la brida de mi caballo

Y en seguida, arrancandose de las manos de su compañero echo a correr hacia el lado opuesto del palenque.

-Todavía -dijo Alberto a Conrado- hay brío en su corazón. ¡Lastima es que lo emplee tan desacordadamente!

Ya hacia dos horas que los jueces aguardaban en vano al campeón de Rebeca.

-¿Quien ha de querer esgrimir la espada en favor de una judía? -dijo Tuck a su amigo el cantor-.Sin embargo, por las barbas de mi padre, es lastima que tan joven y tan hermo­sa vaya a perecer en las llamas sin haber quien de un golpe en su favor! Aunque fuera diez veces bruja, con tal que tuviera algo de cristiano en su cuerpo, por Dios santo que el templa­rio y yo nos veríamos las caras! ¡Y yo le aseguro que un garrotazo descargado por mi en su gorra de acero había de quitarle las ganas de llevar el asunto adelante!

La opinión general de los espectadores era, en efecto, que ningún cristiano se decidiría a montar a caballo por una hechi­cera judía. Los templarios, excitados por Malvoisin, hablaban ya entre side dar por finada la causa y de pasar a la ejecución de la sentencia cuando se vio venir un caballero a todo esca­pe por la llanura inmediata al campo de batalla.

-¡Un campeón, un campeón! -gritaron a un mismo tiempo todos los espectadores.

Y a despecho de la preocupaci6n general y de los errores que dominaban en aquella época de tinieblas, la presencia del desconocido excito los aplausos de la muchedumbre. Sin embargo, pronto perdieron toda esperanza los que se interesa­ban en la suerte de Rebeca. El caballo del forastero que sin duda había hecho una larga jornada parecía fatigadísimo, y el jinete, sea por cansancio, por debilidad o por ambas cosas jun­tas, apenas podía mantenerse sobre la silla.

A las preguntas de los heraldos acerca de su nombre y clase y del objeto que allí le llevaba, el caballero respondió con firmeza y prontitud:

-Soy un noble y buen caballero que vengo a sostener con la lanza y con la espada la justa causa de Rebeca, hija de  Isaac de York, contra la sentencia pronunciada en su juicio, la que declaro falsa e inicua, y a desafiar a sir Brian de Bois­-Guilbert como traidor, homicida y embustero. Y lo probare en este campo de batalla con mis armas y con la ayuda de Dios, de la Virgen y de San Jorge el buen caballero.

-El forastero debe probar ante todo-dijo Malvoisin­ que ha sido armado caballero y que es de noble linaje. Los campeones del Temple no pelean con desconocidos.

-Mi nombre-replico el caballero izando la visera-es más noble y mi linaje más puro que el tuyo, Malvoisin. Yo soy Wilfrido de Ivanhoe.

-¡No seré yo quien pelee contigo! -observo Brian demudado y trémulo-. Cúrate las heridas, toma mejor caballo, y puede ser que recibas una lección de mi mano por esa pue­ril fanfarronada.

-Bien podías tener presente--dijo Ivanhoe- que dos veces has cedido al impulso de mi lanza. ¡Orgulloso templario, acuérdate del torneo de San Juan de Acre; acuérdate del paso de armas de Ashhy; acuérdate de tu insensata jactancia en el salón de Cedric, cuando diste tu cadena de oro contra mi reli­cario en prenda de que pelearías con Ivanhoe y que recobrarías el honor de que te despojo su brazo! ¡Por aquel bendito reli­cario, por la santa reliquia que contiene, juro que te declararé cobarde en todas las cortes de Europa, en todos los precepto­rios de tu Orden, si no tomas las armas inmediatamente!

Bois-Guilbert volvió la vista hacia Rebeca con todas las señales de la irresolución; después echo una mirada feroz a Ivanhoe, y exclamo:

-¡Perro sajón, toma la lanza y prepárate a la muerte que te has acarreado!

-Gran Maestre -preguntó Ivanhoe-, ¿me concedéis el campo?

-No puedo negarlo--dijo Lucas de Beaumanoir-, con tal de que la acusada te acepte por campeón. Duéleme, sin embargo, que vengas a este combate con tan mala salud y con tan pocas fuerzas. Siempre has sido enemigo de nuestra Orden; mas no quisiera que pelearas con desventaja.

 

-Así he de pelear -insistió Ivanhoe-, y no de otro modo. Es el juicio de Dios. A su santa guardia me encomien­do. Rebeca-dijo después de haberse aproximado a la judía­ -¿me aceptas por tu campeón?

-Te acepto -contestó con turbación que el miedo de la muerte no le había ocasionado-. Te acepto por el campeón que los Cielos me han enviado. ¡Pero no! ¡Tus heridas están abiertas! ¡No te expongas al furor de ese malvado! ¿Has de perecer tú también?

Ivanhoe no oyó estas últimas palabras, porque ya estaba en su puesto, visera calada y lanza en ristre. Brian de Bois­-Guilbert hizo lo mismo y su escudero observó al tiempo de darle el escudo que su rostro, aunque se había mantenido páli­do como el de un cadáver durante todas las agitaciones del día, se encendió extraordinariamente en aquel momento crítico.

El heraldo entonces, viendo a los dos combatientes en su puestos respectivos, pronunció tres veces en alta voz: ¡Faites votre devoir, preux chevaliers! Después del tercer grito se acercó a las barreras, y pregonó que ninguno se atreviese, so pena de la vida, a interrumpir el combate de obra ni de pala­bra. El Gran Maestre, que tenía en la vano el guante de Rebe­ca, prenda del desafío, lo arrojó al campo de batalla y pro­nunció las palabras: ¡Laissez aller!

Sonaron las trompetas, y los dos adalides partieron uno contra otro a carrera tendida. El caballo de Ivanhoe y su jine­te cayeron al suelo, como todos temían, ante la formidable lanza y el vigoroso trotero del templario; pero aunque la lanza del primero no hizo más que tocar el broquel del segundo, Bois Guilbert, con asombro general de los concurrentes, des­pués de haber titubeado en la silla perdió los estribos y cayó del caballo.

Ivanhoe, desembarazándose del suyo, se puso inmediata­mente en pie con designio de reparar su mala suerte con la espada; pero su antagonista no se levantó. Wilfrido, plantán­dole el pie en el pecho y colocando la punta de la espada en la garganta, le gritó.

-¡Ríndete, o mueres!

Bois -Guilhert no dió respuesta alguna.

-¡No le mates, señor caballero! -dijo Beaumanoir-.¡Esta sin confesión; ten piedad de su alma! ¡Le damos por vencido; tuya es la victoria!

El Gran Maestre bajó al campo, y mandó descubrir al campeón vencido. Sus ojos estaban cerrados, sus mejillas encendidas. Mientras todos le observaban con espanto, abrió los ojos; pero estaban helados y fijos. La palidez de la muer­te se esparció al instante por su rostro. No le había tocado la lanza de su enemigo: murió víctima de la violencia de sus pasiones.

-¡Este es el juicio de Dios! -exclamó Lucas de Beau­manoir alzando los ojos al Cielo-. ¡Fiat voluntas tua!

Cuando pasaron los primeros momentos de sorpresa y de agitación que este inesperado suceso había producido, Wilfri­do de Ivanhoe preguntó al Gran Maestre, como juez de campo, si había cumplido bien y legalmente su deber en el combate.

-Bien y legalmente lo has hecho -respondió Lucas de Beaumanoir-. Declaro a la doncella absuelta y libre. Las armas y el cuerpo del caballero vencido quedan al arbitrio del vencedor.

-No le despojaré de sus armas-dijo Wilfrido de Ivan­hoe-, ni privaré de sepultura a quien tantas veces se expuso en defensa de la cristiandad. La mano de Dios le ha vencido, no mi lanza. Lo único que exijo es que sean privadas sus exe­quias, puesto que en esta ocasión peleó por una causa injusta; y en cuanto a la doncella...

Interrumpió la voz del caballero el estrépito de gran número de caballos los cuales se aproximaban con tanta rapi­dez que hacían temblar la Tierra.

 

 

XXXV

 

 

Concluyó, pues, como cuento de vieja.

WEBSTER.

 

 

En efecto; no tardó en presentarse en el campo de batalla el caballero Negro capitaneando una gran cuadrilla de guerre­ros y caballeros en completa armadura.

-¡Vengo tarde! -dijo el de lo negro mirando a todas partes-. Venía a tomar posesión de la persona de Bois-Guil­bert y a excusarle el trabajo de morir por ahora. ¿Es regular, sir Wilfrido, que os metáis en aventuras cuando apenas podéis sosteneros a caballo?

-El Cielo, señor, -repuso Ivanhoe-, lo ha dispuesto así, señalando su justicia con la muerte de este hombre; ni aun siquiera era digno de vuestro enojo.

-¡Dios tenga piedad de su alma! -exclamó el Rey mirando atentamente el cadáver-. Era valiente, y ha muerto vestido de acero, como mueren los hombres de pro. Pero no perdamos el tiempo. ¡Bohun, haz tu oficio!

Al mandato del Rey salio de su comitiva un caballero, y poniendo la mano en el homhro de Malvoisin, le dijo:

-Alberto de Malvoisin, date preso como reo de alta trai­ción.

El Gran Maestre había mirado con suma extrañeza la repentina aparición de aquella gente armada. Entonces rom­pio el silencio.

-¿Quien se atreve-dijo- a prender a un caballero del Temple dentro de la jurisdiccion de su preceptorio y delante del Gran Maestre de la Orden? ¿Por mandato de quien se comete ese atentado?

-Yo me apodero de su persona-replico el caballero-, yo, Enrique Bohun, conde de Essex, lord Gran Condestable de Inglaterra.

-Y quien lo ha mandado-dijo el Rey alzándose la visera- es Ricardo de Plantagenet, que esta presente. ¡Con­rado Mont-Fichet, valgate no haber nacido en mis Estados! ¡Y tú, Malvoisin, morirás antes de una semana con tú her­mano Felipe!

-¡Protesto contra esa violencia! -grito Lucas de Beau­manoir-. Es en vano, orgulloso templario-dijo el Rey-. Alza los ojos a los muros de tú preceptorio y veras tremolan­do en ellos el estandarte real de Inglaterra. Ten prudencia, y no hagas una resistencia infructuosa. Estas en la boca del león.

-¡Apelare a la cristiandad-insistió el Gran Maestre ­contra esa usurpación de los privilegios de mi Orden!

-Haz lo que quieras -dijo el Rey-; pero no hables de usurpación por ahora, si no quieres pasarlo mal. Disuelve tú Capitulo y retirate con tú comitiva al primer preceptorio que encuentres, si acaso hay alguno que no haya sido teatro de traidoras conspiraciones contra el rey de Inglaterra. O si quie­res quedarte en casa, gozaras de mi hospitalidad y presencia­ras mi justicia.

-¿Ser huésped donde he sido amo? -replico el templa­rio-. ¡Nunca! ¡Hermanos, entonad el salmo Quare fremue­runt gentes! ¡Caballeros, escuderos, dependientes de la santa Orden de los caballeros del Temple, preparaos a seguir la ban­dera de Bausean!

El Gran Maestre habló con una dignidad que sorprendió a Ricardo y excitó las esperanzas y el valor de los templarios. Todos acudieron cerca de su persona como las ovejas al perro que las guarda cuando oyen el aullido del lobo. Mas no imi­taron la timidez del rebaño indefenso: sus gestos y miradas indicaban los deseos que tenían de venir a las manos con un enemigo a quien, sin embargo, no osaban provocar de otro modo. Formaron en breve un espeso bosque de lanzas en que sobresalían los mantos blancos de los caballeros por entre el negro conjunto de sus subalternos, como los bordes de una nube tenebrosa cuando reflejan los rayos del sol. La muche­dumbre, que desde el principio de esta escena había alzado el grito contra los templarios, miró con algún terror aquel for­midable cuerpo de guerreros experimentados, a quienes había insultado tan temerariamente. El tropel enmudeció y se retiró a cierta distancia.

Cuando el conde de Essex los vio formados con tanto orden y en tan considerable número, apretó espuelas al caba­llo y corrió por todas partes dando las órdenes que creyó nece­sarias a fin de evitar una sorpresa. Ricardo, solo, como si se complaciera en el peligro que había provocado, se adelantó hacia los templarios, gritándoles:

-¿Qué es eso, señores templarios? ¿No hay uno entre vosotros que quiera romper una lanza con Ricardo de Inglate­rra? ¡En poco tenéis a vuestras damas si rehusáis pelear con­migo por su honor!

El Gran Maestre se separó de los suyos, salió al encuen­tro a Ricardo y le dijo:

-Los hermanos del temple no pelean por tan profanos motivos. En mi presencia no peleará contigo ninguno de mis súbditos. Los príncipes de Europa decidirán entre y yo, y ellos te harán saber si conviene a un monarca cristiano adop­tar la causa por la cual has querido pronunciarte. Nos retira­mos sin ofender a nadie, si no somos ofendidos. A tu honor confío las armas y otros efectos que dejamos en el precepto­rio, y a tu conciencia el encargo de responder del escándalo a la cristiandad.

AI decir esto, y sin esperar contestación, el Gran Maestre dio la orden de marchar, y las trompetas tocaron una marcha oriental, que era la señal de ataque de que usaban ordinaria­mente los templarios. Cambiaron la formación de línea en columna y se pusieron en movimiento con suma lentitud, como si dieran a entender que se retiraban sólo por obedecer a su superior y no por temor de sus enemigos.

-¡Por la Virgen nuestra señora -dijo Ricardo-, que es lástima que esos templarios no sean tan leales como discipli­nados y valientes!

El concurso, a guisa de gozque tímido y cauteloso que sólo ladra cuando se aleja el objeto de su terror, prorrumpió en denuestos e injurias apenas había vuelto la espalda el ague­rrido escuadrón.

Durante el alboroto a que dio lugar la retirada de los tem­plarios, Rebeca no oyó ni vio nada de lo que ocurría. Estaba aprisionada en los brazos de su padre, aturdida y enajenada por efecto de las violentas sensaciones que había experimen­tado en tan rápida mudanza de circunstancias. Las palabras de Isaac la hicieron volver en sí.

-¡Vamos, hija mía, -le decía el viejo-, tesoro restitui­do; vamos a echarnos a los pies de ese valiente joven!

-¡No, no! -respondió su hija-. ¡No tengo bastantes fuerzas para hablarle en este momento! Quizás diría más .. ¡No, padre mío; alejémonos cuanto antes de este horroroso sitio!

-Pero, hija mía-replicó Isaac-, ¿hemos de salir de aquí sin manifestar nuestra gratitud al que ha expuesto su vida por salvar la tuya, siendo hija de un pueblo extraño? Ese ser­vicio merece algún agradecimiento.

-Merece todo el agradecimiento que puede caber en el corazón humano: merece más todavía; pero ahora me es imposible. ¡Padre mío, ten piedad de la hija de tu amor!

-¿Qué dirán de nosotros? -observó Isaac-. ¡Dirán que somos unos perros ingratos!

-¡En presencia de Ricardo! -exclamó Rebeca.

-Tienes razón -dijo Isaac-, y eres más prudente que tu padre, ¡Vámonos, vámonos pronto! Ricardo está falto de dinero; ¡como que viene de Palestina, y aun dicen que ha sufrido un penoso cautiverio! No le faltarán pretextos para arrancarme hasta el último maravedí si sabe mis negocios con su hermano Juan. ¡Salgamos de aquí cuanto antes!

Isaac y Rebeca salieron inmediatamente del palenque, y en las acémilas que el hebreo tenía preparadas pasaron a casa del rabino Nathán.

La judía, cuya suerte había sido objeto del interés general en los diferentes sucesos de aquel día, pudo retirarse sin que nadie lo echase de ver, porque la atención de todos los espec­tadores se había fijado en la llegada repentina y el belicoso acompañamiento del caballero de las negras armas. Recono­cido ya por el pueblo, oyéronse por todas partes ruidosas acla­maciones.

-¡Viva Ricardo de Inglaterra, Corazón de León! ¡Mue­ran los usurpadores templarios!

-A pesar de todas estas demostraciones de afecto y lealtad -dijo Ivanhoe al conde de Essex-, bien ha hecho el Rey en venir en tu compañía y en la de tus fieles y valientes partidarios.

El Conde se sonrió, como si conviniera en la observación de Wilfrido; sin embargo, no quiso confesar que fueran justos sus recelos.

-Conociendo tan a fondo a nuestro señor-le respon­dió-, ¿le juzgas capaz de tomar esas precauciones? La casualidad ha querido que cuando me dirigía a York por tener noticias del armamento del príncipe Juan encontrase a Ricar­do solo como un caballero andante; y creo que su intención era acometer esta aventura de la judía del templario.

-¿Y qué noticias tenemos de York? -pregunto Ivan­hoe-. ¿Crees tú, noble conde, que nos resistirán los traidores?

-Como la nieve resiste al fuego-respondió Essex-. Ya se están dispersando como bandada de aviones. ¿Sabes quién ha venido en posta a traernos la noticia? El mismo prín­cipe Juan.

-¡Felón, desagradecido, insolente traidor! -exclamó Wilfrido-. ¿No le mandó echar Ricardo una cadena de veinte arrobas?

-No, por cierto-dijo el Conde-. Lo mismo le recibió que si le hubiera dado cita para correr liebres.

-¿Y no hubo más? -preguntó Ivanhoe-. No parece sino que Ricardo convida a los rebeldes con su clemencia.

-Como el hombre-respondió Essex- convida a la muerte cuando pelea teniendo abiertas sus heridas.

-Ya te entiendo, señor conde--dijo Ivanhoe-; pero yo no expongo más que mi vida, y Ricardo expone la seguridad de su reino.

-Los que desprecian su vida-objetó el conde de Essex- no suelen tener en mucho las de los otros. Pero vamos al castillo. Ricardo piensa castigar a muchos de los que han tomado parte en la conspiración, aunque ya están perdo­nados algunos de los jefes principales.

El manuscrito de que hemos sacado los sucesos de esta historia refiere muy por menor los procedimientos judiciales a que dio lugar el plan tramado contra los derechos legítimos de Ricardo Plantagenet. Nos limitaremos por ahora a poner en noticia de nuestros lectores que Bracy huyó a Francia y se alistó al servicio del rey Felipe; que Alberto Malvoisin, pre­ceptor de Templestown, y su hermano el Barón murieron en el cadalso; que Waldemar de Fitzurse, a pesar de haber sido resorte principal de la conspiración, fue tratado con más blan­dura, y salió desterrado del reino; y que el príncipe Juan, cuya ambición había dado lugar a tantos crímenes y trastornos, no recibió la menor reconvención de su bondadoso hermano. No hubo un inglés que se apiadara de los dos hermanos Malvoi­sin: todos confesaban que habían merecido la muerte por sus innumerables perfidias, tiranías y crueldades.

Poco después de terminado el combate judicial, Cedric el Sajón fue llamado a presencia de Ricardo, el cual, con el obje­to de apaciguar los condados más turbulentos, había estable­cido su corte en la ciudad de York. Cedric hizo mil aspavien­tos al recibir este mensaje; más no se atrevió a desobedecer al Monarca. En efecto; el regreso de este príncipe había desba­ratado enteramente las esperanzas y proyectos de restablecer la dinastía sajona en el trono de Inglaterra.

Por otra parte, Cedric conocía a pesar suyo que la unión del partido sajón por medio del casamiento de lady Rowena con Athelstane no podía tener efecto en virtud de la repug­nancia de las partes interesadas. El buen viejo, lleno siempre de entusiasmo en favor de la causa que defendía, no había previsto esta ocurrencia, y aun después de desengañado, le costaba mucho trabajo comprender que dos sajones de sangre real renunciasen a una alianza tan necesaria al bien general de su nación. Mas era preciso ceder a la realidad; lady Rowe­na se había manifestado opuesta al proyectado consorcio, y Athelstane, desde la aventura del entierro, no había cesado de declarar en los términos más positivos que renunciaba para siempre a sus antiguas pretensiones.

Quedaban, sin embargo, que vencer dos grandes obstácu­los en el ánimo de Cedric para realizar los deseos de los dos amantes; a saber: su tenacidad característica y el odio con que miraba a la dinastía normanda. El primero fue cediendo poco a poco a las instancias de Rowena y al orgullo que le inspiraba la fama de su hijo. Cedric tenía además a mucha honra la alianza de su familia con la de aquella ilustre dama, a pesar de todo el empeño que había manifestado en unirla con el único descen­diente de Eduardo el Confesor, También se enfrió considera­blemente su aversión a los conquistadores de Inglaterra. Consi­deraba que era imposible despojarlos del trono en que habían sabido cimentarse, y contribuyó a suavizarle la bondad que le manifestaba Ricardo, el cual se divertía con sus francas y natu­rales ocurrencias. Lo cierto es que a los siete días de su perma­nencia en la corte del Monarca, el noble sajón dió su consenti­miento al enlace de Rowena y Wilfrido.

Obtenida la venia de su padre, las bodas de nuestro héroe se celebraron en la augusta y magnífica catedral de York. Las honró aquel príncipe con su asistencia, y la afabilidad con que entonces y en otras muchas ocasiones trató a los abatidos y desgraciados compatriotas de Cedric le granjeó mayores auxilios para la defensa de sus legítimos derechos que los que hubiera podido esperar de las vicisitudes de la guerra civil. La iglesia se hermoseó para aquella solemnidad con toda la pompa y esplendor del culto católico.

Gurth, vistosamente engalanado, acompañó a su amo en calidad de escudero, y tuvo en gran precio este galardón de sus fieles servicios. El magnánimo Wamba concurrió tam­bién a la ceremonia luciendo un ruidoso atavío de campani­llas de plata. Habían sido compañeros de Ivanhoe en sus infortunios, y desde entonces fueron, como debían esperarlo, partícipes de su prosperidad.

Las bodas de Wilfrido y Rowena dieron lugar a un numeroso concurso de familias normandas y sajonas de todas clases y jerarquías. Unas y otras miraron aquel enlace como prenda de la íntima unión de los dos pueblos, los cuales desde aquella época han ido mezclándose y confundiéndose en términos que ya no los separa ninguna distinción. Cedric vivió bastante para alcanzar los últimos anuncios de la com­pleta unión de ambos pueblos, porque ya en su tiempo empe­zaban a ligarse sajones y normandos con los vínculos del matrimonio: los unos perdían sus modales altivos, y los otros su natural grosería y aspereza; pero hasta el reinado de Eduardo III no se habló en la corte de Londres la lengua mixta llamada inglesa, y entonces fue también cuando sajo­nes y normandos llegaron a formar una sola familia.

Dos días después de su casamiento Rowena supo por su camarera Elgitha que una doncella extranjera y bien parecida deseaba hablarle a solas. La esposa de Wilfrido recibió con sorpresa este mensaje, vaciló acerca de la respuesta que había de dar y, cediendo por fin a la curiosidad, mandó que le die­sen entrada.

Presentóse a su vista una persona de noble y majestuoso talante cubierta con un gran velo blanco que, lejos de ocultar­la, realzaba la gracia de su talle. Su aspecto indicaba respetuo­so comedimiento, con algunos visos de temor, o más bien de deseos de conciliarse indulgencia y buena voluntad. Rowena estaba siempre naturalmente dispuesta a compadecer y aliviar los males ajenos. Se levantó e iba a dar asiento a la hermosa extranjera, pero reparó en Elgitha, a quien hizo seña de reti­rarse. Cuando ésta la hubo obedecido, no sin alguna repug­nancia, la desconocida hincó una rodilla en tierra, se puso las dos manos en la frente, la inclinó hasta el suelo, y a pesar de la resistencia de lady Ivanhoe, le besó la guarnición del vestido.

-¿Qué significa esto'? -preguntó la dama con la mayor sorpresa-. ¿Qué significa tan extraordinaria demostración de homenaje?

-Lady Rowena-dijo Rebeca levantándose y volviendo a tomar su modesta y grave actitud-, vengo a pagaros la deuda que he contraído con vuestro esposo. Perdonadme si os ha ofendido la expresión de veneración y agradecimiento usada en mi pueblo. Yo soy la desgraciada judía por quien el caballero de Ivanhoe arrostró tan inminentes peligros en el campo de batalla de Templestowe.

-Doncella-siguió Rowena-, Wilfrido de Ivanhoe no hizo más ni aun tanto como debía por quien con tanta caridad le asistió en sus heridas e infortunios. Decidme si todavía podemos mi esposo y yo hacer algo en vuestro obsequio.

-Nada-respondió la judía-. Sólo os pido que le deis en mi nombre el último adiós.

-¿Os vais de Inglaterra? -dijo Rowena, aun no bien repuesta de la sorpresa que le causaba aquella visita.

-Saldré de Inglaterra antes que esta luna termine su giro. Mi padre tiene un hermano que goza favor de Mohammed Boabdil, rey de Granada. Allí podemos gozar de paz y pro­tección en cambio del tributo que aquel monarca exige de nuestro pueblo.

-¿No estáis bastante protegidos en Inglaterra? -inte­rrogó Rowena-. Mi esposo merece mucho favor de Ricardo, el cual es además tan generoso como justo.

-No lo dudo-repuso Rebeca-; pero los ingleses son hombres turbulentos y arrojados, discordes entre sí y con sus vecinos, dispuestos siempre a esgrimir las armas unos contra otros. Los hijos de mi pueblo no pueden vivir en tan inquieto asilo. Durante su peregrinación, Israel no puede fijar sus tien­das en una mansión de sangre y de disturbios, rodeada de enemigos y dividida en facciones encarnizadas.

-¿Qué tienes que temer? -prosiguió lady Rowena-. La que consoló a Ivanhoe en su desventura, la que curó sus heridas-añadió con entusiasmo-, puede vivir tranquila en Inglaterra, donde sajones y normandos se esmerarán en prote­gerla y honrarla.

-Dulces son tus palabras-contestó Rebeca- y más dulces tus sentimientos; pero no puede ser. Sobrado profundo es el golfo que nos separa. La educación y la fe no nos per­miten atravesarlo a unos ni a otros. ¡Adiós! Pero antes de irme quiero pedirte una gracia. Alza el velo nupcial que te cubre, y déjame contemplar esa hermosura de que tanto dice la fama.

-La fama pondera como acostumbra-respondió Rowe­na-; pero consiento lo que me pides, con tal que me conce­das el mismo favor.

Descubrióse la dama, y sea por modestia y timidez, sea por vanidad, enrojeció de tal manera, que el pecho y el rostro se le cubrieron de un carmín subidísimo.

También enrojeció la judía al despojarse de su velo; mas sólo duró su rubor un instante, pasando ligeramente por su fisonomía, como los tintes encendidos de la nube que muda de color cuando el sol se hunde en el horizonte.

-Noble dama-dijo Rebeca-, las facciones que os habéis dignado mostrarme vivirán largo tiempo en mi memo­ria. En ellas reinan la gentileza y la bondad; y si no está exen­ta su amable expresión del orgullo que traen consigo las vani­dades mundanas, ¿qué extraño es que lo que es de tierra conserva su color original? Nunca olvidaré lo que ahora he visto. Y gracias a Dios que mi generoso libertador ha conse­guido ya...

Detúvose al decir estas palabras, vertió algunas lágrimas, lanzó un profundo suspiro y viendo que lady Rowena se inquietaba creyéndola indispuesta, prosiguió

-¡No os asustéis! Estoy buena; pero me estremezco al recordar los sucesos del castillo de Frente de buey y del pre­ceptorio de los templarios. Sólo me queda que molestaron con otra pequeña súplica. Aceptad este cofrecito, y no os sorpren­dáis al ver lo que contiene.

Entonces presentó un cofre de ébano guarnecido de plata a lady Rowena, la cual lo abrió, y vio en él un collar de dia­mantes y otras piedras preciosas que parecían de gran valor.

-¡Es imposible! -objetó lady Rowena devolviendo el cofre a la judía-. ¡Me es imposible aceptar un don de esta especie!

-No me neguéis esta prueba de benevolencia-dijo Rebeca-. Vosotros los nazarenos tenéis el poder, las digni­dades, la autoridad y el influjo; nosotros los hebreos tenemos la riqueza, que es el origen de nuestra fuerza y de nuestros males. Aunque el valor de esas frioleras fuera mil veces más subido, no podría tanto en Inglaterra como el más fugaz de tus deseos. Lo que te doy es de poco precio para ti: para mí, de mucho menos. No pienses tan bajamente de mi nación como la mayor parte de tus compatriotas. ¿Crees que estimo más esos brillantes, fragmentos de piedra, que mi libertad? ¿Crees que ni padre los tiene en más que mi honor y mi vida? ¡Acép­talos! Inútiles son para mí, puesto que nunca adornaré con joyas mi persona.

-¡Muy desgraciada debes de ser! -exclamó Rowena­ a quien hicieron extraña impresión las últimas palabras de la judía-. ¡Quédate con nosotros! Los consejos de los hombres sabios y piadosos te apartarán de los errores de tu creencia, y yo seré tu hermana.

-No. señora, -repuso la judía con tono de voz y expre­sión de melancolía y abatimiento-. ¡Es imposible! Yo no puedo abandonar mi fe como si fuera un ropaje que no se usa en la tierra en que vivo. Seré desgraciada, pero no tanto. Aquel a quien he consagrado mi vida será quien me consuele ¡Hágase su voluntad! `

-¿Tenéis conventos en vuestra religión? ¿Piensas reti­rarte a alguno de ellos?

-No, señora, -dijo Rebeca-; pero desde los tiempos de Abraham hasta los presentes ha habido en la nación hebrea mujeres desengañadas y piadosas que han dedicado sus pen­samientos a las verdades eternas y al ejercicio de la caridad ocupándose en curar al enfermo, en dar de comer al ham­briento y en socorrer al desvalido: tal será mi destino de ahora en adelante. Decidlo así a vuestro esposo, si alguna vez se digna preguntar por aquella desgraciada a quien salvó la vida.

El temblor involuntario que se apoderó de Rebeca al pro­nunciar estas palabras, y el tono suave y afectuoso de su voz expresaban más de lo que ella quería. Dióse prisa a retirarse diciendo:

-¡Adiós, noble dama! ¡El que dio la vida a judíos y a cristianos derrame sobre vos la plenitud de sus bendiciones!

Rebeca desapareció del aposento, dejando tan sorprendi­da a Rowena como si hubiera pasado ante sus ojos una visión sobrenatural. La hermosa sajona refirió esta extraña conferen­cia a su esposo, a quien dio mucho que pensar.

Rowena e Ivanhoe vivieron largos y felices años, porque los ligaban vínculos que se estrecharon en su infancia, y por­que nunca olvidaron los obstáculos que se habían opuesto a su unión. No sería prudente, sin embargo, averiguar si el recuer­do de la hermosura y de la magnanimidad de Rebeca se pre­sentaba a la imaginación de Ivanhoe con más frecuencia de la que convenía a la tranquilidad de la bella nieta de Alfredo.

Ivanhoe se distinguió en el servicio de Ricardo y mereció nuevas prendas de su favor. Mayor hubiera sido su elevación, a no haberla interrumpido la muerte prematura del heroico Corazón de León ocurrida en el asedio del Castillo de Chaluz, cerca de Ligomes. Con la vida de su magnánimo, pero teme­rario y novelesco protector, perecieron todos los proyectos que su generosa ambición había formado. Pueden aplicársele con alguna alteración, estos versos, compuestos por un poeta inglés a Carlos XII, rey de Suecia.

Destino fue del héroe que cantamos coger laureles en remotas tierras. Tuvo humilde castillo y pecho audace, y un vate obscuro celebró sus prendas. Su nombre fue terror del enemigo y dio asunto moral a esta novela.

 

 

                                              FIN