Ivanhoe

 

Walter Scott


 

CAPÍTULO PRIMERO

 

 

 

Así los dos departen caminando

y los cochinos a despecho guían;

más de esto el gruñir y tardo paso

que van a su pesar sobrado indican.

                                 ODISEA.

 

En aquel hermoso cantón de la dichosa Inglaterra bañado por las cristalinas aguas del río Don se extendía antiguamen­te una inmensa floresta que ocultaba la mayor parte de los valles y montañas que se encuentran entre Sheffield y la encantadora ciudad de Doncaster. Aún existen considerables restos de aquel bosque en las magníficas posesiones de Went­wort, Warncliffe-Park y en las cercanías de Rotherdham. Este fue, según la tradición, el Teatro de los estragos ejecutados por el fabuloso dragón de Wantley; allí se dieron algunas batallas libradas en las guerras civiles, cuando peleó la rosa encarnada contra la rosa blanca, y allí también campearon las partidas de valientes proscriptos, tan celebrados por sus haza­ñas en las populares canciones de Inglaterra.

Este es el principal sitio de la escena de nuestra historia, cuya fecha se refiere a los postreros años del reinado de Ricar­do I, Corazón de León; época en que los deseos de sus vasa­llos, más bien que fundadas esperanzas, hacían creer que regresaría del cautiverio en que le había encerrado la perfidia al volver de Palestina. La nobleza, cuyo poder no conocía freno en el reinado de Esteban, y de la cual toda la gran pru­dencia de Enrique II sólo pudo lograr que conservase cierta muestra de sumisión a la Corona, recobró de pronto su anti­gua insolencia, entregándose a ella con el más imprudente desenfreno. La intervención del Consejo de Estado era mira­da por los nobles con el más alto desprecio: ellos reforzaban sus tropas; fortificaban sus castillos aumentando el número de sus posesiones a costa de los pacíficos vecinos, que, reduci­dos a un estado de vasallaje, ponían el mayor conato para lograr el mando de algunas fuerzas suficientes, a fin de adqui­rir cierto carácter de importancia en la civil discordia por que estaba ya el país amenazado. La Nobleza que seguía a la de los grandes barones, y que, según las leyes de Inglaterra, debía estar a cubierto de la tiranía feudal, llegó a verse en la posición más precaria y expuesta; y los nobles que en catego­ría seguían a los barones eran designados con el nombre de franklines. Estos comúnmente se ponían bajo la protección de algún poderoso vecino, o tal vez aceptaban algún cargo feu­dal en sus castillos, o bien se comprometían a ayudarle en sus proyectos por medio de un tratado de alianza que garantizaba del modo posible su tranquilidad durante cierto término, aun­que a costa de su independencia y de tener que figurar en las arriesgadas empresas que tomaran a su cargo sus protectores; empresas siempre dictadas por el orgullo, la arrogancia o la temeridad. Los franklines, que deseaban librarse de la despó­tica autoridad de los grandes barones observando una con­ducta pacífica y descansando en las leyes del país, aunque holladas las más veces en aquella azarosa época, se veían con­tinuamente perseguidos y arruinados; llegaba la tiranía de los señores feudales a oprimirlos por todos los medios, no faltán­doles nunca pretexto para vejarlos, aunque jamás le hallaban para favorecerlos.

Después de la conquista de Inglaterra por Guillermo, duque de Normandía, seguían la misma conducta opresora; y cuatro generaciones transcurridas no bastaron a mezclar entre sí la sangre de los normandos con la de los anglosajones, ni a inspirarles un mismo lenguaje, ni a unir los intereses de las dos razas enemigas: la una estaba engreída con el orgullo de la victoria, en tanto que la otra lloraba y se abatía por el des­honor del vencimiento. Los nobles normandos se habían hecho dueños del mando después de la famosa batalla de Has­tings, y, según refieren los historiadores, no hicieron de su autoridad el mejor uso. La raza de los príncipes y de nobles sajones había sido despojada o destruida y apenas se encon­traba un sajón que conservara algún dominio de segunda o tercera clase en el país de sus antepasados. La política de Gui­llermo y de sus sucesores fue oprimir y debilitar cada vez más a los antiguos habitantes bien fuese por medios legales o vio­lentos, pues, con justa razón, sólo eran mirados como irre­conciliables enemigos del partido vencedor. Los soberanos de raza normanda, no sólo distinguían con la mayor predilección a los vasallos normandos, sino que introducían a cada momento nuevas leyes sobre la caza y sobre mil otros objetos importantes, que contrariaban visiblemente al antiguo código sajón mucho más benigno, y que manifestaban cuánto era el deseo que tenían de agravar todo lo posible la pesadumbre del yugo que oprimía a los habitantes conquistados. En la corte, en los castillos de la alta nobleza, que era un mezquino reme­do de aquélla, no se hablaba otro idioma que el francés, y este mismo se usaba en los tribunales y juicios; el uso del lengua­e sajón, harto más expresivo y varonil, había quedado sólo para los campesinos y demás clases inferiores, mientras que el francés era el idioma predilecto de la Caballería y de la Justi­cia. Pero la necesidad de comunicarse y entenderse los seño­res del país y los que le cultivaban produjo un dialecto que participaba del francés y del sajón y éste fue el origen verda­dero del actual idioma inglés. En él afortunadamente se con­fundieron los idiomas del pueblo vencedor y del vencido, enriqueciéndose siempre por grados con las adquisiciones que hiciera tomándolas de las lenguas clásicas y alguna vez de las que usan los pueblos del mediodía de Europa.

Esta era exactamente la situación del Estado en la época de que vamos hablando; habiendo durado la memoria de las distinciones nacionales entre los conquistadores y vencidos hasta el reinado de Eduardo III, permanecían sin cicatrizarse las profundas heridas que dejara la conquista, y existía la línea que separaba a los descendientes de los normandos de los sajones.

Caminaba el Sol hacia su ocaso, y hería con sus postreros rayos un hermoso claro descubierto del bosque que indicamos al principio de este capítulo. Millares de antiguas encinas que contaban muchos siglos de antigüedad y que, probablemente, habrían sido testigos de las triunfales marchas de las legiones romanas, extendían sus nudosas ramas sobre una encantadora alfombra de verde césped; con ellas se mezclaban las de los abedules, acebos y otras infinitas de varios árboles altos, cuyo tejido impenetrable interceptaba el paso a la luz. En otros parajes inmediatos se separaban los unos de los otros forman­do largas calles de alamedas en cuyas revueltas se perdía la vista agradablemente y a la imaginación le parecían rústicos senderos que guiaban a otros parajes aún más silvestres y sombríos. Los purpúreos rayos del sol poniente perdían sus fulgidos matices al quebrarse en el verde ramaje, en tanto que, llegando sin obstáculo, en otros sitios más claros brillaban con todo su esplendor. Notábase además abierto un conside­rable espacio que sirvió tal vez en otro tiempo a las supersti­ciosas ceremonias de los druidas, pues sobre la cima de una colina cuya regularidad dejaba entrever la mano industriosa del hombre se divisaba un círculo de toscas piedras sin puli­mento. Siete de ellas estaban colocadas en su antiguo lugar, y las demás probablemente habrían sido arrancadas y dispersas por el celo de los primeros neófitos del cristianismo: sólo una de las mayores llegaba hasta la parte más baja e interceptaba el paso a un arroyuelo cuyas ligeras ondas al superar aquel obstáculo, causaban un dulce murmullo de que antes carecía.

Animaban el rústico paisaje dos personas cuyo porte y vestidos indicaban cierto aire selvático y agreste, con el cual eran distinguidos en tan remotos tiempos los habitantes de los bosques del condado de York en su parte más occidental. El más entrado en años parecía un tosco y grosero aldeano ves­tido muy sencillamente; vestía un gabán con mangas hecho de piel curtida, pero el uso y el roce le habían hecho perder el pelo que en un principio tenía, por lo cual no era fácil calcu­lar a qué especie de animal había pertenecido. Le llegaba desde el cuello a la rodilla, supliendo a lo demás destinado a cubrir el cuerpo del hombre. Tenía el gabán una abertura en la parte superior, por donde pasaba la cabeza, y sin duda se ves­tía del mismo modo que en el día una camisa o en otro tiem­po una cota de malla. Cubrían sus pies unas abarcas sujetas con correas de cuero de jabalí, y otras dos más delgadas subí­an hasta la mitad de las piernas y dejaban descubiertas las rodillas, según lo estilan hoy día los montañeses de Escocia.

Esta especie de gabán estaba ceñido al cuerpo por un cin­turón de cuero cerrado con una hebilla de cobre, y pendiente del cinturón llevaba un saquito y un cuerno de carnero con­vertido en bocina; y asimismo pendía de su cinto un largo cuchillo de monte de ancha hoja, puño de asta, y que fué, sin duda, fabricado en Sheffield. El hombre que vamos descri­biendo tenía la cabeza desnuda y los cabellos partidos en trenzas muy menudas, que la continua acción del Sol había vuelto de color rojo encendido y que contrastaban notable­mente con su barba, de tinte amarillo igual al del ámbar. Sólo falta añadir una circunstancia, que es demasiado importante para olvidarla: lucía un collar de cobre semejante al que usan los perros alrededor del cuello; pero no tenía ninguna abertu­ra, y estaba perpetuamente fijo, aunque bastante holgado para no impedir la respiración ni los movimientos de cabeza. No obstante esto, era imposible abrirle sin recurrir a una lima. En él había grabada esta inscripción en caracteres sajones: "Gurth, hijo de Beowulph, esclavo nato de Cedric de Rother­wood".

Junto a aquel guardián de cerdos (tal era la ocupación de Gurt) estaba sentado en una de las druídicas piedras un hom­bre que aparentaba tener diez años menos, y cuyo vestido, muy semejante por su forma al de su compañero, era más rico y de una extraña apariencia; su túnica era de vivo color de úrpura, y sobre tal fondo se había ensayado su dueño en pin­tar ciertos adornos grotescos de diversos colores. Llevaba además una capa corta que solamente le llegaba hasta la mitad muslo, y era de color carmesí, algo manchada y con ribe­tes amarillos; tan pronto se la colocaba en un hombro como en el otro, o se cubría con ella todo el cuerpo, y atendido su poco vuelo, formaba un ropaje raro y caprichoso. Llevaba adornados  los brazos con unos brazaletes de plata, y tenía un collar exactamente igual al de Gurth, sólo que era del mismo Metal que los brazaletes, y en él se leían estas palabras: "Wamba, hijo de Witless, esclavo de Cedric de Rotherwood.» SU sandalias eran semejantes a las de Gurth; pero en vez de llevar, como éste, las piernas cubiertas con correas entrelaza­das,-llevaba una polaina encarnada y otra amarilla; en la cabe­za tenía una caperuza llena de cascabeles como los que se ponen a los halcones en el cuello de modo que a cada movi­miento que hacía sonaban los cascabeles, y él nunca estaba un minuto en una misma postura. La parte inferior de la caperu­zaestaba guarnecida de una ancha correa cortada en pico, que formaba una especie de corona. Su traje, su fisonomía, que denotaba tanta malicia como atolondramiento, hacían ver que Wamba era uno de aquellos clowns o bufones domésticos que las grandes señores mantenían a su lado para pasar con menos fastidio las horas en que precisamente tenían que habitar sus palacios. De la cintura de Wamba pendía un saquito igual al de Gurth; pero no llevaba bocina ni cuchillo de monte, por el inminente peligro de confiar armas a un hombre de tal espe­cie; así es que en vez del cuchillo llevaba un sable de madera parecido al que usan los arlequines en sus juegos y pantomi­mas.

El aspecto del primer siervo de Cedric era muy diverso de la fisonomía del segundo; la frente de Gurth denotaba estar abatida a fuerza de disgustos; llevaba la cabeza baja, repre­Sentando la indiferencia de un hombre apático, a no ser por el fuego que centelleaba en sus ojos al levantarlos, que indicaba demasiado cuánto sentía la pesadumbre del yugo que le opri­mfa y que alentaba un vehemente deseo de sacudirle. La fiso­nomía de Wamba anunciaba solamente una vaga curiosidad, una necesidad de cambiar de postura continuamente, y su completa satisfacción por el puesto que ocupaba y por la cos­tumbre de que se hallaba revestido.

Hablaban ambos en anglosajón lenguaje que como ya hemos indicado sólo usaban las clases inferiores, a excepción de los soldados normandos y las personas destinadas al servi­cio de la nobleza feudal.

-¡La maldición de San Witholdo caiga sobre esta desdi­chada piara! -dijo Gurth después de haber sonado infinitas veces la bocina para reunir los dispersos cochinos, que sólo contestaban a esta señal con sonidos igualmente melodiosos; pero a pesar de haber oído los llamamientos de su guardián, no por eso dejaron el suntuoso banquete que les ofrecían los fabucos y bellotas con que se cebaban y un lodazal en que se revolcaban deliciosamente.

-¡Sí; la maldición de San Witholdo caiga sobre ellos y sobre mí! ¡Si algún lobo de dos pies no me atrapa parte de la piara esta tarde, consiento en perder el nombre que tengo! ¡Por aquí, Fangs, por aquí! -gritaba a un perro grande, mes­tizo de mastín y lebrel, que corría como para ayudar a su amo a fin de reunir el insubordinado rebaño; pero entonces o por mal enseñado, o porque no llegase a comprender las señas de su amo y se dejara llevar de un ciego furor acosaba en distin­tas direcciones a los cerdos, y aumentaba el desorden, en lugar de remediarle. -¡El Diablo te haga saltar los dientes - continuó Gurth-, y que el padre del mal confunda al guarda­bosque que arranca a nuestros perros sus zarpas delanteras dejándolos inhábiles para hacer su deber!. ¡Wamba, vamos; levántate y ven a ayudarme! Pasa por detrás de la montaña toma la delantera a mi ganado y entonces podremos llevarlos delante como corderillos.

-¿De veras? -respondió Wamba sin mudar de posi­ción-. He consultado a mis piernas acerca de tan delicado asunto, y una y otra son de parecer que no debo exponer mis pomposos vestidos al riesgo de mancharse en ese lodazal, pues eso sería un acto de deslealtad contra mi soberana per­sona y real guardarropa. Te aconsejo, Gurth, que llames nue­vamente a Fangs y que abandones la piara a su destino; por­que, sea que ella caiga en manos de una partida de soldados, de una bandada de contrabandistas o de una caravana de pere­grinos, los animales confiados a tu custodia estarán mañana convertidos en normandos, y esta circunstancia será induda­biemente un consuelo para ti.

-¡Convertidos mis cerdos en normandos! Explícame ese enigma, porque no tengo bastante sutil el entendimiento ni tranquila la cabeza para adivinar misterios.

-¿Qué nombre das a estos animales que gruñen y andan en cuatro pies?

-¡El de cerdos, loco, el de cerdos! Y no hay loco que no diga otro tanto.

-Cerdo es palabra sajona; mas cuando el cerdo está degollado, chamuscado, hecho cuartos y colgado de un gan­cho como un traidor, ¿cómo le llamas en sajón?

-Tocino.

¡Estoy encantado! Y no hay loco que no diga lo mismo, como indicaste hablando de la palabra cerdo. Pero como los normandos denominan tocino a estos animalitos, muertos o vivos, y los sajones sólo los llaman así cuando están muertos, se vuelven normandos en el momento en que se dan prisa a degollarlos para servir en los palacios en los festines de los nobles. ¿Qué piensas de esto, amigo Gurth?

-Que es la pura verdad, tal como ha pasado por tu cabe­za de loco. Sí; es una triste verdad. ¡Por San Dustán, que esto es ya insufrible! Apenas nos queda otra cosa que el aire que respiramos y creo que si los normandos nos dejan respirar, es con el sólo objeto de que sintamos la insoportable carga con que abruman nuestra humillada espalda! Los manjares más delicados y ricos son para sus mesas; para ellos son los recre­os y goces, al paso que nuestra valiente juventud es reclutada para servir en sus ejércitos y en un país lejano, en el cual deja el esqueleto; de modo que apenas se encuentra una persona que pueda y quiera defender al desgraciado sajón. ¡Bendiga Dios a nuestro amo Cedric! Él ha sostenido siempre su rango como un verdadero sajón. Mas Reginaldo "Frente de buey" va a llegar a este país de un día a otro, y hará ver que Cedric se ha tomado tantas fatigas bien inútilmente. ¡Por aquí, por aquí! ¡Bien, Fangs, bien! ¡Has hecho perfectamente tu deber! ¡AI `fin se halla toda la piara reunida!

-Gurth, es preciso que me tengas por un verdadero loco, pues de otro modo no te atreverías a meter la cabeza en la boca del león. Si yo dijese a Reginaldo "Frente de buey" o a Felipe de Malvoisin una sola palabra de las que acaban de pronunciar tus labios, te evitaría el cuidado de conducir al pasto tu piara, porque te colocarían pendiente de la más alta rama de una encina, para que en ti escarmentasen los que se atreven a hablar mal de tan ilustres potentados.

-¡Perro! ¿Serás capaz de hacerme traición, después de haberme puesto tú mismo en el caso de hablar en contra mía?

-¡Hacerte traición! No; esa acción sería de un hombre cuerdo, y un loco no sabe hacer tan buenos servicios. Pero ¿qué cabalgata es la que viene hacia nosotros?

Empezaba a sentirse a lo lejos el ruido que ocasionan las pisadas de varias caballerías reunidas.

-¡Yo no me cuido de eso!-contestó Gurth, que veía reunida su piara, y que con el auxilio de su favorito Fangs la hacía entrar en una de las hermosas alamedas que ya hemos descrito.

-Quiero ver quiénes son esos caballeros: puede que ven­gan del país de las brujas a traernos algún mensaje del rey Oberón.

-¡Mala fiebre te consuma! ¿Tienes ánimo para hablar de semejante cosa cuando nos vemos amenazados de una horri­ble tempestad? ¿No oyes el sordo ruido de los truenos a pocas millas de nosotros? ¿No has visto el brillante resplandor del relámpago, y la lluvia que empieza a desprenderse de las nubes? ¡En verdad que nunca vi más gruesas gotas! No se siente un pequeño soplo de viento, sino el melancólico ruido que hacen las encinas, y que es el más cierto presagio del furioso huracán. Quédate, si quieres continuar haciendo el discreto; pero créeme una vez por todas, y emprendamos el camino, porque va a hacer una noche muy poco a propósito para pasarla en el campo.

Sintió Wamba toda la fuerza de este razonamiento, y acompañando a su camarada, se internó en el bosque después de haber cogido un enorme garrote que encontró al paso. El nuevo Eumeo, precedido por su gruñidora piara, marchó a lar­gos pasos hacia la morada de su dueño.

 

 

 

 

 

II

 

Era un prior no más; pero cualquiera

de ser mitrado le creyera digno.

CHAUCER.

 

A pesar de las continuas reconvenciones de Gurth, Wamba seguía su marcha lentamente, porque cuando oyó que la cabalgata se acercaba a ellos, deseando ver quiénes venían, empezó a aprovechar cualquiera ocasión de detenerse que se >Je presentaba; como a coger alguna avellana no bien madura, o a hablar a cualquiera aldeana que encontraba en el camino.

 

No tardaron en alcanzarlos los caminantes, que eran diez. Al frente de la cabalgata iban dos personas, al parecer de alta importancia, y las otras ocho componían la comitiva de las imeras.

 

Muy fácil era conocer el estado y calidad de uno de los personajes, pues a primera vista se divisaba que era un ecle­siástico de alto rango. Vestía el hábito de la Orden del Cister; ero más fino de lo que sus estrictas reglas permitían, pues era de paño de Flandes. La fisonomía del religioso era regular, y jodo su exterior sumamente agradable, si bien tenía un aspec­to más mundano que místico. Su profesión y su rango habían hecho formar en él una costumbre de dominar su altiva mira­da y su jovial fisonomía, a la que sabía dar cuando lo juzgaba oportuno un aire de solemne gravedad.

Aquel digno eclesiástico montaba una mula perfectamen­te enjaezada y adornada con cascabeles de plata, según la poda de entonces. No iba en la silla con el descuido de un religioso ni con la gallardía de un caballero adiestrado; pare­cía también que había adoptado aquella cabalgadura vulgar por más comodidad para el camino, porque un lego conducía a poca distancia por la brida un hermoso potro andaluz, que Ios chalanes hacían llegar, no sin muchos riesgos, hasta allí; venderlos a gran precio a las personas de distinción. Iba el potro cubierto con un paramento que llegaba a la tierra, y en él estaban bordados diferentes emblemas religiosos. Otro conducía una mula cargada con efectos de su superior, y otros dos monjes de la misma Orden seguían a retaguardia.

El otro personaje que acompañaba al eclesiástico tendría unos cuarenta años de edad, y era flaco, alto, muy vigoroso y de formas atléticas; pero los trabajos y riesgos que debía de haber sufrido y dominado le habían reducido a tal extremo de flaqueza exterior, que sólo aparentaba tener los huesos, los nervios y la piel. Llevaba en la cabeza un gorro de grana forrado en pieles, de manera que nada impedía que se le viese completamente el rostro, capaz de imponer respeto, y aun temor. Sus facciones, muy pronunciadas, estaban enteramen­te atezadas a consecuencia de haber resistido mil veces el sol de los trópicos; se le hubiera creído exento de pasiones, si las gruesas venas de su frente y la velocidad con que convulsiva­mente movía a la menor emoción el labio superior, cubierto de un negro y espeso bigote, no hubieran revelado cuán fácil era suscitar en su corazón el impetuoso huracán de la ira. Sus ojos negros, que arrojaban miradas penetrantes, indicaban cuán grande era su deseo de encontrar obstáculos, para tener el gusto de dominarlos; y una profunda cicatriz, unida a la bizca dirección de la mirada, daba a su cara un aspecto duro y feroz.

Vestía una larga capa de grana, y sobre el hombro dere­cho llevaba una cruz de paño blanco de forma particular: debajo se veía una cota de malla con sus mangas y manoplas tejidas con mucho arte, y que se prestaban con tal flexibilidad a todos los movimientos que parecía de fina seda. Aquella armadura y unas planchas de metal que llevaba en los muslos a manera de las escamas de un reptil completaban sus armas defensivas. En punto a ofensivas, sólo llevaba un largo puñal pendiente de la cintura; montaba un potro, y no una mula, como su compañero, con el fin, sin duda, de reservar su exce­lente caballo de batalla, que conducía un escudero de la rien­da enjaezado como en un día de combate, pues llevaba un frontal de acero que remataba en punta. De un lado de la silla iba pendiente un hacha de armas ricamente embutida, y del otro un yelmo adornado con vistosas plumas, y una larga espada propia de la época. Uno de sus escuderos llevaba la lanza de su dueño con una banderola encarnada, y en ella la blanca cruz, igual a la de la capa; y otro conducía un escudo triangular cubierto con un tapete que impedía ver la divisa del caballero.

A estos escuderos seguían otros dos, cuyo color broncea­do, blanco turbante y vestidos orientales hacían conocer que habían visto la primera luz en el Asia. En fin, el porte y las maneras del caballero y de su comitiva tenían alguna cosa de extraordinario. El vestido de los escuderos era suntuoso, y lle­vaban collares y brazaletes de plata, con unos círculos del mismo metal que tenían en torno de las piernas; éstas en lo demás iban descubiertas desde el tobillo hasta la pantorrilla, como también lo estaban los brazos hasta el codo. Eran sus vestidos de seda, cuya riqueza revelaba la de su amo y hacía claro contraste con la sencillez del traje de aquél. Pendían de se cintura unos sables muy corvos, con empuñadura de oro, sostenidos en ricos tahalíes bordados del mismo metal, y un par de puñales turcos de delicado trabajo. Sobre el arzón de la silla se veían dos manojos de venablos muy acerados por la punta, cuya longitud sería de cuatro pies; arma terrible de que hacían frecuente uso los sarracenos, que aun hoy día sirve en el Oriente para el marcial ejercicio conocido con el nombre de jerrid.

Los corceles en que cabalgaban los escuderos parecían tan extranjeros como los jinetes, pues eran del mismo país, y, por consiguiente, de origen árabe. Su- cuerpo fino y hermosa estampa, sus largas y pobladas crines, sus rápidos y desemba­razados movimientos, formaban un hermoso contraste con los poderosos caballos cuya raza se conocía en Flandes y Nor­mandía para el servicio de los hombres de armas en una época en que el corcel y el caballero iban cubiertos desde el pie a la cabeza con una pesada armadura de acero; de manera que aquellos caballos al lado de los orientales parecían el cuerpo y la sombra.

El aire particular de la cabalgata llamó la atención de Wamba, y aun la de su compañero, hombre más pensador. Este conoció al momento en la persona del monje al prior de la abadía de Jorvaulx, famoso ya muchas leguas en contorno, amante de la caza, de la buena mesa y de las diversiones, a pesar de su estado. No obstante esto, era bien reputado, pues su carácter franco y jovial le hacían bien quisto y le daban franca entrada en todos los palacios de los nobles, entre los cuales tenía no pocos parientes, pues era noble y normando. Las señoras le apreciaban particularmente, porque era decidi­do admirador del bello sexo, y también porque poseía mil recursos para alejar el tedio que se sentía a menudo bajo el elevado techo de un palacio feudal. Ningún cazador seguía con más ardor una pieza, y era conocido porque poseía los halcones más diestros y la jauría mejor de todo el North­Riding; ventaja que le hacía ser buscado por los jóvenes de la primera Nobleza. Las rentas de fa abadía sùfragaban sus gastos, y aun le permitían ser liberal con los pobres y con los aldeanos, cuya miseria socorría a menudo.

Los dos siervos sajones saludaron respetuosamente al prior. Aquéllos se sorprendieron al contemplar de cerca el talante semi-guerrero y semi-monacal del caballero del Tem­ple, así como les chocaron al extremo las armas y el porte oriental de los escuderos; y fué tanta su admiración, que no comprendieron al prior de Jorvaulx, que les preguntó si encontraría por allí dónde alojarse con su compañero y comi­tiva. Pero es tan probable que el lenguaje normando que el prior usó para hacer su pregunta sonase muy mal a los oídos de dos sajones, como dudoso que dejasen de entenderle.

-Os pregunto, hijos míos -volvió a decir el Prior usan­do el dialecto que participaba de los dos idiomas y que ya usa­ban unos y otros para poder entenderse-, si habrá por estos contornos alguna persona que por Dios y por nuestra santa madre la Iglesia quiera acoger y sustentar por esta noche a dos de sus más humildes siervos con su comitiva.

El tono que usó el prior Aymer estaba muy poco confor­me con las humildes palabras de que se sirvió. Wamba levan­tó la vista y dijo:

-Si vuestras reverencias quieren encontrar buen hospe­daje, pueden dirigirse pocas millas de aquí al priorato de Brinxworth, donde atendida vuestra calidad, no podrán menos de recibiros honoríficamente; pero si prefieren consagrar la noche a la penitencia pueden tomar aquel sendero, que con­duce derechamente a la ermita de Copmanhurts, donde halla­rán un piadoso anacoreta que les dará hospitalidad y el auxi­lio de sus piadosas oraciones.

-Amigo mío -contestó el prior-, si el ruido continuo de los cascabeles que guarnecen tu caperuza no tuviera tras­tornados tus sentidos, omitirías semejantes consejos, y sabrí­as aquello de clericus clericum non decimat; es decir, que las personas de la Iglesia no se reclaman mutuamente la hospita­lidad, prefiriendo pedirla a los demás para proporcionarles la ocasión de hacer una obra meritoria honrando a los servidores de Dios.

-Es verdad -repuso Wamba-: disimulad mi inadver­tencia, pues aunque no soy más que un asno, tengo el honor de llevar cascabeles como la mula de vuestra reverencia.

-¡Basta de insolencias, atrevido! -dijo con tono áspero el caballero del Temple-. Dinos pronto, si puedes, el camino que debemos tomar para... ¿Cuál es el nombre de vuestro  franklin, prior Aymer?

-Cedrid -respondió-, Cedrid el Sajón. Dime, amigo: ¿estamos a mucha distancia de su morada? ¿Puedes indicar­nos el camino?

-No es fácil encontrar el camino -dijo Gurt, rompien­do por la primera vez el silencio-. Además, la familia de Cedric se recoge muy temprano.

-¡Buena razón! -contestó el caballero-. La familia de Cedric se tendrá por muy honrada en levantarse para servir y obsequiar a unos viajeros tales como nosotros, que hacemos demasiado en humillarnos a solicitar una hospitalidad que podemos exigir de derecho.

-Yo no sé -dijo Gurt incomodado- si debo indicar el camino del castillo de mi amo a una persona que reclama como derecho el asilo que tantos otros solicitan como un favor.

-¿Te atreves a disputar conmigo, esclavo?

Y aplicando el caballero las espuelas a su caballo, le hizo dar media vuelta; y levantando la varita que le servía de fusta, se dispuso a castigar lo que él miraba como insolencia propia de un villano.

Gurt, sin cejar un solo paso, llevó la mano a su cuchillo de monte, mirando al mismo tiempo al templario con aire feroz; pero el Prior evitó la contienda interponiéndose entre los dos y diciendo a su compañero.

-¡Por Santa María, hermano Brian! ¿Imagináis estar aún en Palestina, en medio de los turcos y sarracenos, entre paga­nos e infieles? Nosotros los insulares no sufrimos que nadie nos maltrate. Dime tú, querido mío, -dijo a Wamba apoyan­do su elocuencia con una moneda de plata; dime el sendero que hemos de tomar para llegar a la morada de Cedric el Sajón. No puedes ignorarlo, y es un deber dirigir fielmente al viajero extraviado, aun cuando fuese de un rango inferior al nuestro.

-En verdad, reverendo padre mío, que la cabeza sarra­cena de vuestro compañero ha trastornado de tal modo la mía, que han desaparecido de mi memoria todas las señas del camino. Creo que a mí mismo me será imposible llegar esta noche.

-¡Vamos, vamos; yo sé que si tú quieres, puedes guiar­nos! Mi venerable hermano ha empleado toda su vida en com­batir con los sarracenos para libertar la tierra santa: es caba­llero de la Orden del Temple, de que tú habrás oído hablar; es decir que es mitad monje y mitad soldado.

-Si es sólo medio monje, no debería ser tan poco razo­nable con los que encuentra al paso cuando éstos no se pres­tan a responder a preguntas que no les conciernen.

-Te perdono la agudeza, a condición de indicarnos la morada de Cedric.

-Sigan vuesas reverencias-dijo el bufón- esta misma vereda hasta llegar a una cruz que llaman caída, sin duda por­que amenaza ruina; en llegando a ella, tomaréis el camino de la izquierda, porque os advierto que hay cuatro que en aquel sitio se cruzan y en seguida llegaréis al término de vuestro viaje por esta noche. Deseo que estéis a salvo antes de que estalle la próxima tempestad.

El Prior dio las gracias a Wamba, y la comitiva partió a galope, como gente que desea verse a cubierto de la intempe­rie en noche rigurosa. Cuando apenas se sentían las pisadas de los caballos, Gurth dijo a su compañero:

-Muy dichosos serán los reverendos si llegan a Rother­wood antes de bien entrada la noche.

-¡Quién lo duda! Y cuando no, pueden llegar a Sheffield, si no encuentran tropiezo, que es un buen sitio para ellos. No soy yo cazador de los que indican al perro donde se esconde el gamo cuando no tienen humor de perseguirlo.

-Haces bien. No fuera razón que ese templario viese a lady Rowena, y peor tal vez sería si con él se trabase de pala­bras Cedric. No obstante esto, nosotros como buenos criados, debemos ver, oír y callar.

En cuanto se alejaron los caminantes continuaron su con­versación en idioma normando-francés, que era entonces la lengua de moda, excepto entre unos cuantos que se jactaban de su origen sajón. El templario dijo al Prior después de un rato de silencio:

-¿Qué significa la insolencia de esos esclavos? ¿Por qué me habéis impedido que los castigase?

-Hermano Brian, con respecto a uno de ellos sería difí­cil daros razón de las locuras que hace, porque es un insensa­to de profesión; en punto al otro sabed que pertenece a esa raza feroz, salvaje e indomable de que os he hablado repeti­das veces, y de la cual todavía se encuentran varios individuos entre los descendientes de los sajones conquistados. Estos rústicos tienen la mayor satisfacción en demostrar por todos los medios su aversión a los conquistadores.

-¡Muy pronto les enseñaría yo a tener cortesía! ¡Soy muy práctico en el manejo de tales salvajes! Los cautivos tur­cos son tan indómitos y rebeldes como pudiera serlo el mismo Odín, y, no obstante, en llevando dos meses de vivir bajo la férula del mayoral de mis esclavos se ponen más man­sos que corderillos, sumisos, serviciales y dóciles a cuanto se les manda. No penséis por eso que desconocen el manejo del puñal y del veneno, y que escrupulizan para echar mano de cualquiera de los dos arbitrios si les dejan ocasión.

-No os digo que no; pero en cada tierra, su uso. Ade­más de que con dar de golpes a ese hombre nada hubiéramos adelantado con respecto a encontrar la casa de Cedric, porque en hallándole os hubiera armado una quimera por haber apa­leado a un vasallo. No apartéis nunca de vuestra imaginación lo que os tengo dicho de ese opulento hidalgo: es altivo, vano, envidioso e irritable en sumo grado; se las apuesta al más encumbrado, y aun a sus dos vecinos, Reginaldo Frente de Buey y Felipe de Malvoisin, que no creo sean ranas en el asunto. El nombre del Sajón, con que generalmente se le designa, procede de la tenacidad con que sostiene y defiende los privilegios de su alcurnia, y de la vanagloria con que hace alarde de su descendencia por línea recta de Hereward, famo­so guerrero en tiempo de los reyes sajones. Se alaba a cara descubierta de pertenecer a una nación cuya procedencia nadie se atreve a confesar por miedo de experimentar la suer­te a que están expuestos los vencidos.

-Prior Aymer, hablando de la hermosa sajona, hija de Cedric, os digo que aunque en punto a belleza seáis tan buen voto como un galán trovador, muy linda debe ser lady Rowe­na para reducirme a guardar la necesaria tolerancia de que debo echar mano a fin de granjearme el favor del indómito Cedric, su padre.

-No, Cedric no es padre de Rowena: es pariente, y no muy cercano. En la actualidad es su tutor, según creo, y ama con tal extremo a la pupila, que no tendría más cariñosa defe­rencia con ella si fuera hija propia. Pero es aún más ilustre la sangre de Rowena; y en cuanto a su hermosura, pronto juz­garéis por vista de ojos. Yo os aseguro que si la belleza de Rowena y la blanda y majestuosa expresión de sus suaves y hermosos ojos azules no aventajan a las beldades de Palesti­na, consiento en que jamás deis crédito a mis palabras.

-Si no corresponde su hermosura a vuestros encomios, mía es la apuesta.

-Mi collar de oro contra diez pipas de vino de Scio; y las tengo por tan mías como si ya estuviesen en las bodegas de mi convento y bajo la llave de nuestro despensero.

-Yo debo juzgar por mí mismo, y convencerme de que no he visto más hermosa mujer desde un año antes de Pente­costés. ¿Son éstas nuestras condiciones? ¡Vuestro collar peli­gra, prior Aymer, y espero que le veáis resplandecer sobre mi gola en el torneo de Ashby de la Zouche!

-Engalanaos en buena hora con él, si le ganáis lealmen­te diciendo sin reserva vuestro parecer y asegurándolo a fe de caballero. De todos modos, hermano Brian, exijo y espero que miréis estas cosas como una inocente diversión. Y pues os empeñáis en llevarla a cabo, seguiré adelante puramente por complaceros, pues no es apuesta que conviene con mi natural circunspección y ministerio. Seguid mis consejos y refrenad la lengua, cuidando de las miradas que dirigís a Rowena: olvi­dad el natural predominio que queréis ejercer sobre todo el mundo de resultas de haber supeditado a tanto mahometano, porque si Cedric el Sajón se enfada, es muy a propósito para plantarnos en medio de la selva sin mirar a nuestro distingui­do carácter. Sobre todo, cuidado con Rowena, a quien él res­peta extraordinariamente. Se dice que ha echado de casa a su hijo único porque se atrevió a declararle su cariño.... quiere que la adoren; pero que sea desde lejos.

-Bastante me habéis dicho, y por esta noche podéis con­tar con mi circunspección y reserva, pues he de estar tan reca­tado y modesto como una doncellita delante de Cedric y su pupila. En cuanto a que nos arroje de su casa, yo, mis escu­deros y mis dos esclavos Hamet y Abdala somos bastante para evitaros esa afrenta. No tengáis duda de que sentaremos nues­tros reales y sabremos defenderlos.

-Con todo, no le demos ocasión para enojarse y... Pero ésta es, sin duda, la cruz caída o ruinosa de que nos habló el bufón; y está tan oscura la noche, que no se puede divisar el camino que nos indicó. ¿No dijo que tomásemos a la izquierda?

-A la derecha, si mal no me acuerdo.

-¡No, no; a la izquierda! Por cierto que designó el cami­no con su espada de madera.

-Pues ahí está vuestro error, porque él tenía la espada en la mano izquierda, y señaló con ella hacia el lado opuesto.

Después de haber sostenido ambos su opinión con tena­cidad llamaron a los de la comitiva para que decidiesen; pero ninguno de ellos había estado a distancia suficiente para oír las señas que el bufón diera. Al fin el templario observó lo que le había impedido ver la oscuridad del crepúsculo.

-Alguien hay -dijo dormido o muerto al pie de la cruz- ¡Hugo, despiértale con el asta de tu lanza!

Apenas puso Hugo en ejecución el mandato de su amo  cuando se puso en pie el que estaba dormido, y dijo en buen francés:

¡Quienquiera que seáis, pasad adelante en vuestro camino, y advertir que no es cortesía distraerme de tal modo de mis pensanientos!

-Sólo deseamos saber -dijo el Prior- cuál es el cami­no de Rotherwood, la hacienda de Cedric el Sajón.

-Precisamente a ella me dirijo en este momento. Si me proporcionáis un caballo, os serviré de conductor por este camino, que, aunque le conozco perfectamente, no deja de ser intrincado y difícil.

-Nos harás un gran servicio, y no te arrepentirás de ello.

En seguida dispuso que uno de los legos montase en el potro andaluz y diera su caballo al peregrino que iba a servir­les de guía. Este tomó el camino opuesto al que Wamba había indicado, con la idea, sin duda, de alejarlos de la morada de Cedric. Concluyó la vereda en una espesísima maleza, des­pués de varios arroyos cuyo paso era bastante peligroso por los muchos pantanos que por allí atravesaban; mas el extran­jero conocía perfectamente los sitios más cómodos y los vados menos expuestos. Por fin, gracias a su extraordinario tino, los caminantes llegaron a un terreno ancho y más agra­dable que los anteriores, y en cuanto estuvieron en él divisa­ron un edificio bajo e irregular, aunque vasto.

-Allí -dijo el peregrino señalando la gran casa­ tenéis a Rotherwood: aquella es la morada de Cedric el Sajón.

Ninguna noticia pudiera complacer más en aquella oca­sión al Prior. Sus nervios eran harto delicados y sensibles para que no se resintiesen con los continuos peligros que en el camino habían superado: tan preocupada llevaba la imagina­ción por el miedo, que no había osado preguntar una palabra a su conductor.

Mas en el momento que vio el término de su viaje olvidó su pavor, y preguntó al luía cuál era su oficio o profesión.

-Soy un peregrino que llego de visitar los Santos Luga­res.

-¿Y cómo conocés tan perfectamente estas intrincadas veredas después de una ausencia tan dilatada?

-Nací en estos contornos.

Al decir estas palabras se paró el peregrino a la puerta de la residencia de Cedric la cual constaba de un edificio de desordenada estructura, que ocupaba enorme cantidad de terreno y estaba rodeado de vastos cercados. Sus dimensiones anunciaban la opulencia de su dueño, si bien carecía del gusto que con profusión se vea en los castillos de los normandos, flanqueados de torres según el nuevo estilo arquitectónico que empezaba ya a dominar  en aquella época.

No obstante esto, Rotherwood no dejaba de tener defen­sa, puesto que en aquella época de revueltas y disturbios no había vivienda que no tuviese alguna, so pena de ser saquea­da o incendiada. En tomo de la casa había un gran foso o zanja, que era llenado con el agua de un vecino arroyo. Tenía dicho foso su correspondiente estacada, y en la parte occiden­tal de su circuito había un puente levadizo que comunicaba con la interior defensa. Para proteger esta comunicación se habían fabricado unos ángulos salientes por los cuales podía ser flanqueado con ballesteros y fundibularios en caso de necesidad.

El caballero del Temple tocó con fuerza la bocina colo­cada en la puerta, y la c4balgata se introdujo apresuradamen­te en la casa de Cedric, porque el agua empezaba a caer con extraordinaria violencia.

 

                                                          

                                                         III

 

 

Yo conozco esta costa árida y fría

donde nace el sajón, robusto y fuerte.

THOMSOM.

 

En un salón de dimensiones desproporcionadas había una gran mesa de encina hecha de enormes tablas poco menos tos­cas que en el tiempo en que fueron cortadas del bosque por la robusta mano del leñador, y encima de ella se veía todo pre­parado para la cena de Cedric el Sajón. El techo, formado de gruesas vigas y estacas, servía muy poco para preservarse de Ia intemperie, a pesar del ramaje que estaba entretejido con la armazón. En cada extramo de la sala había una gran chimenea tan mal construida, que el humo se esparcía por la sala en mayor cantidad que la que salía por el conducto; de suerte que el techo estaba del mismo modo que si le hubieran cubierto con un barniz negro. Pendían de las paredes varios instru­mentos de caza y guerra, y en cada ángulo había una puerta que daba entrada a las habitaciones interiores de aquel vasto edificio.

En toda la casa se divisaba la primitiva sencillez de los sajones; sencillez a que se conformaba Cedric, y aun se vanagloriaba de conservarla. El pavimento estaba hecho con una mezcla de tierra y cal, tan compacta y endurecida, que semejaba al estuco. En un lado estaba más alto el piso, for­mando un estrado que ocupaba la cuarta parte de la sala, sitio al cual se le daba el nombre de dosel, que sólo podía ser ocu­pado por los principales miembros de la familia, y alguna vez por las personas que iban a visitar a aquélla y que por su carácter eran dignas de que se les dispensara tal honor. Con este objeto había una mesa colocada a lo ancho de la plata­forma y cubierta con un rico tapete de grana, y del centro salía otra más larga que ocupaba toda la longitud de la sala, y'estaba destinada para los huéspedes de clase inferior y los criados de más rango. La construcción de las dos mesas representaba la forma de una T, y eran totalmente iguales a las que aún se conservan en los antiguos colegios de Oxford y de Cambridge. Sobre el estrado estaban colocados volumi­nosos sillones de encina groseramente esculpidos y cubiertos por un_ verdadero dosel de paño colocado en el sitio de pre­ferencia para defender de la lluvia a los que en él se coloca­ban, pues el agua se colaba a través de techo tan mal cons­truido.

Las paredes de la sala donde estaba colocada la platafor­ma se hallaban adornadas con una tapicería toscamente bor­dada y de encendidos colores; el resto de las paredes, como también el suelo, estaba desnudo; la mesa inferior no tenía mantel de ninguna especie, y los asientos que la rodeaban eran bancos de tablones sin pulir.

El medio del estrado estaba ocupado por dos sillones de mayor tamaño que los demás, para el amo y ama dela casa; que presidían siempre aquella escena de hospitalidad, por cuya razón eran llamados los repartidores del pan. Delante de cada sillón había un escabel ricamente incrustado y guarneci­do de marfil, y en los demás asientos no había distinción de ninguna especie. Cedric el Sajón ocupaba su puesto ya hacía largo rato, y su impaciencia era grande por la tardanza que notaba en servirle la cena.

Bastaba ver la fisonomía de Cedric para conocer que tenía carácter franco, pero al mismo tiempo vivo e impetuoso. Era de mediana talla, ancho de espaldas, de largos brazos, for­nido y robusto como hombre acostumbrado a desafiar los peligros y fatigas de la guerra y de la caza. Sus ojos eran azu­les; sus facciones, abiertas; bella la dentadura, y todo su aspecto indicaba, en fin, que muchas veces era dominado por el buen humor que generalmente acompaña a los genios vivos. Casi siempre sus miradas inspiraban orgullo y recelo, nacido de la precisión en que toda su vida se había encontra­do de defender con las armas sus derechos, invadidos a menu­do en aquella época de desorden: de aquí resultaba que su carácter vivo y resuelto estaba siempre alerta y pronto a entrar en combate. Sus largos cabellos rubios estaban divididos por la parte superior de la cabeza desde la frente, cayéndole por ambos lados sobre los hombros. Tenía muy pocas canas, a pesar de que frisaba su edad en los sesenta.

Su traje se componía de una túnica verde, cuyo cuello y mangas estaban guarnecidos de una piel como de ardilla ceni­cienta.

Este ropaje carecía de botones y estaba colocado sobre otro de grana, pero más estrecho. Los calzones eran de lo mismo, y sólo llegaban hasta medio muslo, dejando descu­bierta la rodilla. Las sandalias eran iguales en su forma a las de la gente inferior, pero hechas de materiales mucho más finos, y ajustadas con broches de oro: de igual metal eran los brazaletes y una ancha argolla que adornaba su cuello. Por cinturón llevaba un rico talabarte adornado costosamente con diversas piedras preciosas, y de él pendía un largo puñal pun­tiagudo y de dos filos. Sobre el respaldo de su sillón colgaba una capa de grana forrada de pieles, y un gorro también de grana y pieles con vistosos bordados; estas dos prendas com­pletaban el traje de calle del opulento Thané. En el mismo sillón estaba apoyada una aguda jabalina, que así le servía de arma como de bastón, según lo exigían las circunstancias.

Los vestidos de los criados eran un término medio entre los ricos de Cedric y los harto humildes que Gurth el porque­ro usaba: todos se dedicaban en aquel momento a espiar los movimientos de su amo, para servirle con la prontitud que exigía. Los de escalera arriba estaban colocados sobre la pla­taforma, y en la parte inferior de la sala había varios, también en expectativa. A'n había en el salón otros empleados de menos distinción, tales como dos o tres descomunales masti­nes que cazaban maravillosamente los ciervos y zorros, igual número de perros de menos corpulencia, muy notables por su enorme cabeza y largas orejas, y un par de ellos mucho más pequeños que sólo servían para meter bulla y ensuciarlo todo.

Esperaban los perros la cena con tanta impaciencia como el que más; pero se mantenían quietos y sin mostrarla, sin duda por respeto a un cierto látigo que acompañaba a la jaba­lina que indicamos: indudablemente, mantenía los deseos a raya, pues Cedric lo usaba a menudo para rechazar las impor­tunidades de sus cortesanos canes, y éstos, con la sagacidad y conocimiento fisonómico peculiar a esta raza de animales, conocieron por el sombrío silencio de su amo que el momen­to no era oportuno para quejas y reclamaciones. Solamente un perro viejo, el decano, probablemente, entre tantos, se toma­ba la libertad, propia de un favorito, de colocarse junto al sillón de Cedric, y de rato en rato osaba distraerle poniendo la cabeza sobre la rodilla de aquél. El ceñudo amo sólo respon­día: «Abajo, Balder; abajo, que no estoy para fiestas!»

Es cierto que le dominaba el mal humor. Acababa de llegar lady Rowena, que había ido a vísperas a una iglesia dis­tante, y venía inundada por el aguacero que siguió a la tor­menta que estalló cuando atravesaba el largo camino. Se ignoraba el destino de la piara confiada a Gurth, porque tar­daba demasiado en regresar, y en aquellos tiempos nada de extraño tenía que o bien los bandidos o cualquiera barón poderoso se hubiera apropiado la hacienda de Cedric, porque en época tan triste no había más derecho de propiedad que la fuerza. La tardanza de Gurth le desazonaba tanto más, cuanto que la riqueza de los hidalgos sajones consistía muy princi­palmente en grandes piaras, especialmente en los países mon­tuosos y abundantes del pasto que los cerdos necesitan.

También aumentaba su fastidio la falta de su favorito Wamba, cuyas bufonadas daban siempre animación y acom­pañaban a los copiosos tragos de vino con que Cedric regaba la cena. Añádase además que el franklin no había probado nada desde mediodía, y esto es terrible para un noble de aldea. Expresaba su desagrado con palabras entrecortadas que pro­nunciaba entre dientes, las cuales se dirigían generalmente a los criados. El copero le presentaba de rato en rato una gran copa de vino, que, sin duda, le administraba como poción cal­mante. Cedric aceptaba sin repugnancia la medicina, y des­pués de apurar la copa exclamaba:

-Pero ¿por qué tarda tanto lady Rowena?

-Está mudándose los vestidos --contestó una camarera con toda la satisfacción de una favorita-. ¿Queríais por ventura que asistiese a la cena con la gorra de noche? ¡Pues a fe que en todo el condado no hay una dama más viva para ves­tirse que mi señorita!

A tan concluyentes razones el Thané sólo respondió con una interjección, a la que añadió:

-Espero que si su devoción la llama otra vez a la iglesia de San Juan, elegirá tiempo más a propósito. Pero ¡con dos mil diablos! -continuó, volviéndose hacia el copero, y valiéndose de aquella ocasión para hacer estallar su cólera-. ¡Con dos mil diablos! ¿Qué hace Gurth? ¿Qué razón puede tener para estar a estas horas fuera de casa? ¡Mala cuenta dará hoy de la piara! Siempre ha sido fiel y cuidadoso, y yo le había destinado para mejor puesto. Tal vez una plaza de guar­da...

-Aun no es muy tarde -contestó modestamente Oswal­do-: apenas hace una hora que ha sonado el cubre fuego.

-¡El Diablo se lleve al cubre fuego, al bastardo que le inventó, y al degenerado esclavo que pronuncia tal palabra en sajón y delante de sajones! ¡El cubre fuego, sí; el cubre fuego, el toque que obliga a que los hombres de bien apaguen su fuego y sus luces, para que los asesinos y salteadores puedan "hacer sus infamias bajo el patrocinio de las tinieblas! ¡El cubre fuego! ¡Reginaldo "Frente de buey" y Felipe de Mal­voisin saben perfectamente el significado de tan odiosas palabras! ¡Sí; tan bien como Guillermo el Bastardo y como los demás aventureros que pelearon en Hasting! Yo apuesto cuanto poseo a que mis bienes han pasado ya a manos de algunos bandidos que son harto protegidos por los conquista­dores, y que no tienen otro recurso para no morirse de hambre que el del cubre fuego. Mi fiel vasallo habrá perecido a sus manos; mis ganados desaparecieron, y... ¿Wamba? ¿Dónde está Wamba? ¿Quien ha dicho que había salido en compañía de Gurth?

-Así es -respondió Oswaldo.

-¡Mejor que mejor! ¡Bueno es que un loco de un rico sajón vaya a divertir a un señor normando! ¡En verdad que demasiado locos somos nosotros en estarles sumisos; y a'n somos más dignos de desprecio, puesto que los sufrimos estando en nuestros cinco sentidos! ¡Más yo me vengaré! - dijo lleno de cólera y empuñando la jabalina-. ¡Yo elevaré mi queja al Gran Consejo, en el cual tengo amigos y partida­rios! ¡Desafiaré uno a uno a los normandos, y pelearé cuerpo a cuerpo con ellos! ¡Que vengan, si quieren, con sus cotas de malla, sus cascos de hierro y con todo lo demás que puede dar valor a la misma cobardía! ¡Obstáculos infinitamente mayo­res he vencido yo con una jabalina igual a la que tengo en la mano! ¡Sí; con una igual he traspasado planchas más espesas que sus armaduras! ¡Me creen viejo, sin duda; mas ellos verán que la sangre de Hereward circula aún por las venas de Cedric! ¡Ah, Wilfredo, Wilfredo! -dijo en tono muy bajo y como hablando consigo mismo-. ¡Si hubieras sabido refre­nar tu insensata pasión, no se vería tu padre abandonado-en su vejez, como en medio del bosque la solitaria encina, oponien­do solamente contra la violencia del impetuoso huracán sus débiles ramas!

 

Estas últimas ideas cambiaron en tristeza la cólera de Cedric, dejó la jabalina donde antes estaba, se recostó en su sillón, y al parecer, dio libre curso a sus melancólicas refle­xiones.

De pronto se oyó el sonido de una trompa, el cual distra­jo a Cedric de sus pensamientos: los aullidos de todos los infi­nitos perros que había en el salón contestaron a la llamada, unidos a los de otros treinta más que guardaban exteriormen­te el edificio. Al fin la canina insurrección se calmó mediante la poderosa influencia del látigo, que no anduvo ocioso duran­te aquella escena de estrépito.

-¡Corred a la puerta todos! -exclamó Cedric luego que se restableció el silencio- ¡Sin duda, vienen a noticiarme algún robo cometido en mis posesiones!

A poco tiempo volvió uno de sus guardas, y le anunció que Aymer, prior de Jorvaulx, y el caballero Brian de Bois­Guilbert, comendador de la valiente Orden de los Templarios, con una pequeña comitiva, solicitaban hospitalidad por aque­lla noche, pues iban al siguiente día a dirigirse al torneo que se preparaba en Ashby de la Zouche.

-¡Aymer; el prior Aymer! ¡Brian de Bois -Guilbert! murmuró Cedric-. Los dos son normandos. ¡No importa! ¡