Ivanhoe

 

Walter Scott


 

CAPÍTULO PRIMERO

 

 

 

Así los dos departen caminando

y los cochinos a despecho guían;

más de esto el gruñir y tardo paso

que van a su pesar sobrado indican.

                                 ODISEA.

 

En aquel hermoso cantón de la dichosa Inglaterra bañado por las cristalinas aguas del río Don se extendía antiguamen­te una inmensa floresta que ocultaba la mayor parte de los valles y montañas que se encuentran entre Sheffield y la encantadora ciudad de Doncaster. Aún existen considerables restos de aquel bosque en las magníficas posesiones de Went­wort, Warncliffe-Park y en las cercanías de Rotherdham. Este fue, según la tradición, el Teatro de los estragos ejecutados por el fabuloso dragón de Wantley; allí se dieron algunas batallas libradas en las guerras civiles, cuando peleó la rosa encarnada contra la rosa blanca, y allí también campearon las partidas de valientes proscriptos, tan celebrados por sus haza­ñas en las populares canciones de Inglaterra.

Este es el principal sitio de la escena de nuestra historia, cuya fecha se refiere a los postreros años del reinado de Ricar­do I, Corazón de León; época en que los deseos de sus vasa­llos, más bien que fundadas esperanzas, hacían creer que regresaría del cautiverio en que le había encerrado la perfidia al volver de Palestina. La nobleza, cuyo poder no conocía freno en el reinado de Esteban, y de la cual toda la gran pru­dencia de Enrique II sólo pudo lograr que conservase cierta muestra de sumisión a la Corona, recobró de pronto su anti­gua insolencia, entregándose a ella con el más imprudente desenfreno. La intervención del Consejo de Estado era mira­da por los nobles con el más alto desprecio: ellos reforzaban sus tropas; fortificaban sus castillos aumentando el número de sus posesiones a costa de los pacíficos vecinos, que, reduci­dos a un estado de vasallaje, ponían el mayor conato para lograr el mando de algunas fuerzas suficientes, a fin de adqui­rir cierto carácter de importancia en la civil discordia por que estaba ya el país amenazado. La Nobleza que seguía a la de los grandes barones, y que, según las leyes de Inglaterra, debía estar a cubierto de la tiranía feudal, llegó a verse en la posición más precaria y expuesta; y los nobles que en catego­ría seguían a los barones eran designados con el nombre de franklines. Estos comúnmente se ponían bajo la protección de algún poderoso vecino, o tal vez aceptaban algún cargo feu­dal en sus castillos, o bien se comprometían a ayudarle en sus proyectos por medio de un tratado de alianza que garantizaba del modo posible su tranquilidad durante cierto término, aun­que a costa de su independencia y de tener que figurar en las arriesgadas empresas que tomaran a su cargo sus protectores; empresas siempre dictadas por el orgullo, la arrogancia o la temeridad. Los franklines, que deseaban librarse de la despó­tica autoridad de los grandes barones observando una con­ducta pacífica y descansando en las leyes del país, aunque holladas las más veces en aquella azarosa época, se veían con­tinuamente perseguidos y arruinados; llegaba la tiranía de los señores feudales a oprimirlos por todos los medios, no faltán­doles nunca pretexto para vejarlos, aunque jamás le hallaban para favorecerlos.

Después de la conquista de Inglaterra por Guillermo, duque de Normandía, seguían la misma conducta opresora; y cuatro generaciones transcurridas no bastaron a mezclar entre sí la sangre de los normandos con la de los anglosajones, ni a inspirarles un mismo lenguaje, ni a unir los intereses de las dos razas enemigas: la una estaba engreída con el orgullo de la victoria, en tanto que la otra lloraba y se abatía por el des­honor del vencimiento. Los nobles normandos se habían hecho dueños del mando después de la famosa batalla de Has­tings, y, según refieren los historiadores, no hicieron de su autoridad el mejor uso. La raza de los príncipes y de nobles sajones había sido despojada o destruida y apenas se encon­traba un sajón que conservara algún dominio de segunda o tercera clase en el país de sus antepasados. La política de Gui­llermo y de sus sucesores fue oprimir y debilitar cada vez más a los antiguos habitantes bien fuese por medios legales o vio­lentos, pues, con justa razón, sólo eran mirados como irre­conciliables enemigos del partido vencedor. Los soberanos de raza normanda, no sólo distinguían con la mayor predilección a los vasallos normandos, sino que introducían a cada momento nuevas leyes sobre la caza y sobre mil otros objetos importantes, que contrariaban visiblemente al antiguo código sajón mucho más benigno, y que manifestaban cuánto era el deseo que tenían de agravar todo lo posible la pesadumbre del yugo que oprimía a los habitantes conquistados. En la corte, en los castillos de la alta nobleza, que era un mezquino reme­do de aquélla, no se hablaba otro idioma que el francés, y este mismo se usaba en los tribunales y juicios; el uso del lengua­e sajón, harto más expresivo y varonil, había quedado sólo para los campesinos y demás clases inferiores, mientras que el francés era el idioma predilecto de la Caballería y de la Justi­cia. Pero la necesidad de comunicarse y entenderse los seño­res del país y los que le cultivaban produjo un dialecto que participaba del francés y del sajón y éste fue el origen verda­dero del actual idioma inglés. En él afortunadamente se con­fundieron los idiomas del pueblo vencedor y del vencido, enriqueciéndose siempre por grados con las adquisiciones que hiciera tomándolas de las lenguas clásicas y alguna vez de las que usan los pueblos del mediodía de Europa.

Esta era exactamente la situación del Estado en la época de que vamos hablando; habiendo durado la memoria de las distinciones nacionales entre los conquistadores y vencidos hasta el reinado de Eduardo III, permanecían sin cicatrizarse las profundas heridas que dejara la conquista, y existía la línea que separaba a los descendientes de los normandos de los sajones.

Caminaba el Sol hacia su ocaso, y hería con sus postreros rayos un hermoso claro descubierto del bosque que indicamos al principio de este capítulo. Millares de antiguas encinas que contaban muchos siglos de antigüedad y que, probablemente, habrían sido testigos de las triunfales marchas de las legiones romanas, extendían sus nudosas ramas sobre una encantadora alfombra de verde césped; con ellas se mezclaban las de los abedules, acebos y otras infinitas de varios árboles altos, cuyo tejido impenetrable interceptaba el paso a la luz. En otros parajes inmediatos se separaban los unos de los otros forman­do largas calles de alamedas en cuyas revueltas se perdía la vista agradablemente y a la imaginación le parecían rústicos senderos que guiaban a otros parajes aún más silvestres y sombríos. Los purpúreos rayos del sol poniente perdían sus fulgidos matices al quebrarse en el verde ramaje, en tanto que, llegando sin obstáculo, en otros sitios más claros brillaban con todo su esplendor. Notábase además abierto un conside­rable espacio que sirvió tal vez en otro tiempo a las supersti­ciosas ceremonias de los druidas, pues sobre la cima de una colina cuya regularidad dejaba entrever la mano industriosa del hombre se divisaba un círculo de toscas piedras sin puli­mento. Siete de ellas estaban colocadas en su antiguo lugar, y las demás probablemente habrían sido arrancadas y dispersas por el celo de los primeros neófitos del cristianismo: sólo una de las mayores llegaba hasta la parte más baja e interceptaba el paso a un arroyuelo cuyas ligeras ondas al superar aquel obstáculo, causaban un dulce murmullo de que antes carecía.

Animaban el rústico paisaje dos personas cuyo porte y vestidos indicaban cierto aire selvático y agreste, con el cual eran distinguidos en tan remotos tiempos los habitantes de los bosques del condado de York en su parte más occidental. El más entrado en años parecía un tosco y grosero aldeano ves­tido muy sencillamente; vestía un gabán con mangas hecho de piel curtida, pero el uso y el roce le habían hecho perder el pelo que en un principio tenía, por lo cual no era fácil calcu­lar a qué especie de animal había pertenecido. Le llegaba desde el cuello a la rodilla, supliendo a lo demás destinado a cubrir el cuerpo del hombre. Tenía el gabán una abertura en la parte superior, por donde pasaba la cabeza, y sin duda se ves­tía del mismo modo que en el día una camisa o en otro tiem­po una cota de malla. Cubrían sus pies unas abarcas sujetas con correas de cuero de jabalí, y otras dos más delgadas subí­an hasta la mitad de las piernas y dejaban descubiertas las rodillas, según lo estilan hoy día los montañeses de Escocia.

Esta especie de gabán estaba ceñido al cuerpo por un cin­turón de cuero cerrado con una hebilla de cobre, y pendiente del cinturón llevaba un saquito y un cuerno de carnero con­vertido en bocina; y asimismo pendía de su cinto un largo cuchillo de monte de ancha hoja, puño de asta, y que fué, sin duda, fabricado en Sheffield. El hombre que vamos descri­biendo tenía la cabeza desnuda y los cabellos partidos en trenzas muy menudas, que la continua acción del Sol había vuelto de color rojo encendido y que contrastaban notable­mente con su barba, de tinte amarillo igual al del ámbar. Sólo falta añadir una circunstancia, que es demasiado importante para olvidarla: lucía un collar de cobre semejante al que usan los perros alrededor del cuello; pero no tenía ninguna abertu­ra, y estaba perpetuamente fijo, aunque bastante holgado para no impedir la respiración ni los movimientos de cabeza. No obstante esto, era imposible abrirle sin recurrir a una lima. En él había grabada esta inscripción en caracteres sajones: "Gurth, hijo de Beowulph, esclavo nato de Cedric de Rother­wood".

Junto a aquel guardián de cerdos (tal era la ocupación de Gurt) estaba sentado en una de las druídicas piedras un hom­bre que aparentaba tener diez años menos, y cuyo vestido, muy semejante por su forma al de su compañero, era más rico y de una extraña apariencia; su túnica era de vivo color de úrpura, y sobre tal fondo se había ensayado su dueño en pin­tar ciertos adornos grotescos de diversos colores. Llevaba además una capa corta que solamente le llegaba hasta la mitad muslo, y era de color carmesí, algo manchada y con ribe­tes amarillos; tan pronto se la colocaba en un hombro como en el otro, o se cubría con ella todo el cuerpo, y atendido su poco vuelo, formaba un ropaje raro y caprichoso. Llevaba adornados  los brazos con unos brazaletes de plata, y tenía un collar exactamente igual al de Gurth, sólo que era del mismo Metal que los brazaletes, y en él se leían estas palabras: "Wamba, hijo de Witless, esclavo de Cedric de Rotherwood.» SU sandalias eran semejantes a las de Gurth; pero en vez de llevar, como éste, las piernas cubiertas con correas entrelaza­das,-llevaba una polaina encarnada y otra amarilla; en la cabe­za tenía una caperuza llena de cascabeles como los que se ponen a los halcones en el cuello de modo que a cada movi­miento que hacía sonaban los cascabeles, y él nunca estaba un minuto en una misma postura. La parte inferior de la caperu­zaestaba guarnecida de una ancha correa cortada en pico, que formaba una especie de corona. Su traje, su fisonomía, que denotaba tanta malicia como atolondramiento, hacían ver que Wamba era uno de aquellos clowns o bufones domésticos que las grandes señores mantenían a su lado para pasar con menos fastidio las horas en que precisamente tenían que habitar sus palacios. De la cintura de Wamba pendía un saquito igual al de Gurth; pero no llevaba bocina ni cuchillo de monte, por el inminente peligro de confiar armas a un hombre de tal espe­cie; así es que en vez del cuchillo llevaba un sable de madera parecido al que usan los arlequines en sus juegos y pantomi­mas.

El aspecto del primer siervo de Cedric era muy diverso de la fisonomía del segundo; la frente de Gurth denotaba estar abatida a fuerza de disgustos; llevaba la cabeza baja, repre­Sentando la indiferencia de un hombre apático, a no ser por el fuego que centelleaba en sus ojos al levantarlos, que indicaba demasiado cuánto sentía la pesadumbre del yugo que le opri­mfa y que alentaba un vehemente deseo de sacudirle. La fiso­nomía de Wamba anunciaba solamente una vaga curiosidad, una necesidad de cambiar de postura continuamente, y su completa satisfacción por el puesto que ocupaba y por la cos­tumbre de que se hallaba revestido.

Hablaban ambos en anglosajón lenguaje que como ya hemos indicado sólo usaban las clases inferiores, a excepción de los soldados normandos y las personas destinadas al servi­cio de la nobleza feudal.

-¡La maldición de San Witholdo caiga sobre esta desdi­chada piara! -dijo Gurth después de haber sonado infinitas veces la bocina para reunir los dispersos cochinos, que sólo contestaban a esta señal con sonidos igualmente melodiosos; pero a pesar de haber oído los llamamientos de su guardián, no por eso dejaron el suntuoso banquete que les ofrecían los fabucos y bellotas con que se cebaban y un lodazal en que se revolcaban deliciosamente.

-¡Sí; la maldición de San Witholdo caiga sobre ellos y sobre mí! ¡Si algún lobo de dos pies no me atrapa parte de la piara esta tarde, consiento en perder el nombre que tengo! ¡Por aquí, Fangs, por aquí! -gritaba a un perro grande, mes­tizo de mastín y lebrel, que corría como para ayudar a su amo a fin de reunir el insubordinado rebaño; pero entonces o por mal enseñado, o porque no llegase a comprender las señas de su amo y se dejara llevar de un ciego furor acosaba en distin­tas direcciones a los cerdos, y aumentaba el desorden, en lugar de remediarle. -¡El Diablo te haga saltar los dientes - continuó Gurth-, y que el padre del mal confunda al guarda­bosque que arranca a nuestros perros sus zarpas delanteras dejándolos inhábiles para hacer su deber!. ¡Wamba, vamos; levántate y ven a ayudarme! Pasa por detrás de la montaña toma la delantera a mi ganado y entonces podremos llevarlos delante como corderillos.

-¿De veras? -respondió Wamba sin mudar de posi­ción-. He consultado a mis piernas acerca de tan delicado asunto, y una y otra son de parecer que no debo exponer mis pomposos vestidos al riesgo de mancharse en ese lodazal, pues eso sería un acto de deslealtad contra mi soberana per­sona y real guardarropa. Te aconsejo, Gurth, que llames nue­vamente a Fangs y que abandones la piara a su destino; por­que, sea que ella caiga en manos de una partida de soldados, de una bandada de contrabandistas o de una caravana de pere­grinos, los animales confiados a tu custodia estarán mañana convertidos en normandos, y esta circunstancia será induda­biemente un consuelo para ti.

-¡Convertidos mis cerdos en normandos! Explícame ese enigma, porque no tengo bastante sutil el entendimiento ni tranquila la cabeza para adivinar misterios.

-¿Qué nombre das a estos animales que gruñen y andan en cuatro pies?

-¡El de cerdos, loco, el de cerdos! Y no hay loco que no diga otro tanto.

-Cerdo es palabra sajona; mas cuando el cerdo está degollado, chamuscado, hecho cuartos y colgado de un gan­cho como un traidor, ¿cómo le llamas en sajón?

-Tocino.

¡Estoy encantado! Y no hay loco que no diga lo mismo, como indicaste hablando de la palabra cerdo. Pero como los normandos denominan tocino a estos animalitos, muertos o vivos, y los sajones sólo los llaman así cuando están muertos, se vuelven normandos en el momento en que se dan prisa a degollarlos para servir en los palacios en los festines de los nobles. ¿Qué piensas de esto, amigo Gurth?

-Que es la pura verdad, tal como ha pasado por tu cabe­za de loco. Sí; es una triste verdad. ¡Por San Dustán, que esto es ya insufrible! Apenas nos queda otra cosa que el aire que respiramos y creo que si los normandos nos dejan respirar, es con el sólo objeto de que sintamos la insoportable carga con que abruman nuestra humillada espalda! Los manjares más delicados y ricos son para sus mesas; para ellos son los recre­os y goces, al paso que nuestra valiente juventud es reclutada para servir en sus ejércitos y en un país lejano, en el cual deja el esqueleto; de modo que apenas se encuentra una persona que pueda y quiera defender al desgraciado sajón. ¡Bendiga Dios a nuestro amo Cedric! Él ha sostenido siempre su rango como un verdadero sajón. Mas Reginaldo "Frente de buey" va a llegar a este país de un día a otro, y hará ver que Cedric se ha tomado tantas fatigas bien inútilmente. ¡Por aquí, por aquí! ¡Bien, Fangs, bien! ¡Has hecho perfectamente tu deber! ¡AI `fin se halla toda la piara reunida!

-Gurth, es preciso que me tengas por un verdadero loco, pues de otro modo no te atreverías a meter la cabeza en la boca del león. Si yo dijese a Reginaldo "Frente de buey" o a Felipe de Malvoisin una sola palabra de las que acaban de pronunciar tus labios, te evitaría el cuidado de conducir al pasto tu piara, porque te colocarían pendiente de la más alta rama de una encina, para que en ti escarmentasen los que se atreven a hablar mal de tan ilustres potentados.

-¡Perro! ¿Serás capaz de hacerme traición, después de haberme puesto tú mismo en el caso de hablar en contra mía?

-¡Hacerte traición! No; esa acción sería de un hombre cuerdo, y un loco no sabe hacer tan buenos servicios. Pero ¿qué cabalgata es la que viene hacia nosotros?

Empezaba a sentirse a lo lejos el ruido que ocasionan las pisadas de varias caballerías reunidas.

-¡Yo no me cuido de eso!-contestó Gurth, que veía reunida su piara, y que con el auxilio de su favorito Fangs la hacía entrar en una de las hermosas alamedas que ya hemos descrito.

-Quiero ver quiénes son esos caballeros: puede que ven­gan del país de las brujas a traernos algún mensaje del rey Oberón.

-¡Mala fiebre te consuma! ¿Tienes ánimo para hablar de semejante cosa cuando nos vemos amenazados de una horri­ble tempestad? ¿No oyes el sordo ruido de los truenos a pocas millas de nosotros? ¿No has visto el brillante resplandor del relámpago, y la lluvia que empieza a desprenderse de las nubes? ¡En verdad que nunca vi más gruesas gotas! No se siente un pequeño soplo de viento, sino el melancólico ruido que hacen las encinas, y que es el más cierto presagio del furioso huracán. Quédate, si quieres continuar haciendo el discreto; pero créeme una vez por todas, y emprendamos el camino, porque va a hacer una noche muy poco a propósito para pasarla en el campo.

Sintió Wamba toda la fuerza de este razonamiento, y acompañando a su camarada, se internó en el bosque después de haber cogido un enorme garrote que encontró al paso. El nuevo Eumeo, precedido por su gruñidora piara, marchó a lar­gos pasos hacia la morada de su dueño.

 

 

 

 

 

II

 

Era un prior no más; pero cualquiera

de ser mitrado le creyera digno.

CHAUCER.

 

A pesar de las continuas reconvenciones de Gurth, Wamba seguía su marcha lentamente, porque cuando oyó que la cabalgata se acercaba a ellos, deseando ver quiénes venían, empezó a aprovechar cualquiera ocasión de detenerse que se >Je presentaba; como a coger alguna avellana no bien madura, o a hablar a cualquiera aldeana que encontraba en el camino.

 

No tardaron en alcanzarlos los caminantes, que eran diez. Al frente de la cabalgata iban dos personas, al parecer de alta importancia, y las otras ocho componían la comitiva de las imeras.

 

Muy fácil era conocer el estado y calidad de uno de los personajes, pues a primera vista se divisaba que era un ecle­siástico de alto rango. Vestía el hábito de la Orden del Cister; ero más fino de lo que sus estrictas reglas permitían, pues era de paño de Flandes. La fisonomía del religioso era regular, y jodo su exterior sumamente agradable, si bien tenía un aspec­to más mundano que místico. Su profesión y su rango habían hecho formar en él una costumbre de dominar su altiva mira­da y su jovial fisonomía, a la que sabía dar cuando lo juzgaba oportuno un aire de solemne gravedad.

Aquel digno eclesiástico montaba una mula perfectamen­te enjaezada y adornada con cascabeles de plata, según la poda de entonces. No iba en la silla con el descuido de un religioso ni con la gallardía de un caballero adiestrado; pare­cía también que había adoptado aquella cabalgadura vulgar por más comodidad para el camino, porque un lego conducía a poca distancia por la brida un hermoso potro andaluz, que Ios chalanes hacían llegar, no sin muchos riesgos, hasta allí; venderlos a gran precio a las personas de distinción. Iba el potro cubierto con un paramento que llegaba a la tierra, y en él estaban bordados diferentes emblemas religiosos. Otro conducía una mula cargada con efectos de su superior, y otros dos monjes de la misma Orden seguían a retaguardia.

El otro personaje que acompañaba al eclesiástico tendría unos cuarenta años de edad, y era flaco, alto, muy vigoroso y de formas atléticas; pero los trabajos y riesgos que debía de haber sufrido y dominado le habían reducido a tal extremo de flaqueza exterior, que sólo aparentaba tener los huesos, los nervios y la piel. Llevaba en la cabeza un gorro de grana forrado en pieles, de manera que nada impedía que se le viese completamente el rostro, capaz de imponer respeto, y aun temor. Sus facciones, muy pronunciadas, estaban enteramen­te atezadas a consecuencia de haber resistido mil veces el sol de los trópicos; se le hubiera creído exento de pasiones, si las gruesas venas de su frente y la velocidad con que convulsiva­mente movía a la menor emoción el labio superior, cubierto de un negro y espeso bigote, no hubieran revelado cuán fácil era suscitar en su corazón el impetuoso huracán de la ira. Sus ojos negros, que arrojaban miradas penetrantes, indicaban cuán grande era su deseo de encontrar obstáculos, para tener el gusto de dominarlos; y una profunda cicatriz, unida a la bizca dirección de la mirada, daba a su cara un aspecto duro y feroz.

Vestía una larga capa de grana, y sobre el hombro dere­cho llevaba una cruz de paño blanco de forma particular: debajo se veía una cota de malla con sus mangas y manoplas tejidas con mucho arte, y que se prestaban con tal flexibilidad a todos los movimientos que parecía de fina seda. Aquella armadura y unas planchas de metal que llevaba en los muslos a manera de las escamas de un reptil completaban sus armas defensivas. En punto a ofensivas, sólo llevaba un largo puñal pendiente de la cintura; montaba un potro, y no una mula, como su compañero, con el fin, sin duda, de reservar su exce­lente caballo de batalla, que conducía un escudero de la rien­da enjaezado como en un día de combate, pues llevaba un frontal de acero que remataba en punta. De un lado de la silla iba pendiente un hacha de armas ricamente embutida, y del otro un yelmo adornado con vistosas plumas, y una larga espada propia de la época. Uno de sus escuderos llevaba la lanza de su dueño con una banderola encarnada, y en ella la blanca cruz, igual a la de la capa; y otro conducía un escudo triangular cubierto con un tapete que impedía ver la divisa del caballero.

A estos escuderos seguían otros dos, cuyo color broncea­do, blanco turbante y vestidos orientales hacían conocer que habían visto la primera luz en el Asia. En fin, el porte y las maneras del caballero y de su comitiva tenían alguna cosa de extraordinario. El vestido de los escuderos era suntuoso, y lle­vaban collares y brazaletes de plata, con unos círculos del mismo metal que tenían en torno de las piernas; éstas en lo demás iban descubiertas desde el tobillo hasta la pantorrilla, como también lo estaban los brazos hasta el codo. Eran sus vestidos de seda, cuya riqueza revelaba la de su amo y hacía claro contraste con la sencillez del traje de aquél. Pendían de se cintura unos sables muy corvos, con empuñadura de oro, sostenidos en ricos tahalíes bordados del mismo metal, y un par de puñales turcos de delicado trabajo. Sobre el arzón de la silla se veían dos manojos de venablos muy acerados por la punta, cuya longitud sería de cuatro pies; arma terrible de que hacían frecuente uso los sarracenos, que aun hoy día sirve en el Oriente para el marcial ejercicio conocido con el nombre de jerrid.

Los corceles en que cabalgaban los escuderos parecían tan extranjeros como los jinetes, pues eran del mismo país, y, por consiguiente, de origen árabe. Su- cuerpo fino y hermosa estampa, sus largas y pobladas crines, sus rápidos y desemba­razados movimientos, formaban un hermoso contraste con los poderosos caballos cuya raza se conocía en Flandes y Nor­mandía para el servicio de los hombres de armas en una época en que el corcel y el caballero iban cubiertos desde el pie a la cabeza con una pesada armadura de acero; de manera que aquellos caballos al lado de los orientales parecían el cuerpo y la sombra.

El aire particular de la cabalgata llamó la atención de Wamba, y aun la de su compañero, hombre más pensador. Este conoció al momento en la persona del monje al prior de la abadía de Jorvaulx, famoso ya muchas leguas en contorno, amante de la caza, de la buena mesa y de las diversiones, a pesar de su estado. No obstante esto, era bien reputado, pues su carácter franco y jovial le hacían bien quisto y le daban franca entrada en todos los palacios de los nobles, entre los cuales tenía no pocos parientes, pues era noble y normando. Las señoras le apreciaban particularmente, porque era decidi­do admirador del bello sexo, y también porque poseía mil recursos para alejar el tedio que se sentía a menudo bajo el elevado techo de un palacio feudal. Ningún cazador seguía con más ardor una pieza, y era conocido porque poseía los halcones más diestros y la jauría mejor de todo el North­Riding; ventaja que le hacía ser buscado por los jóvenes de la primera Nobleza. Las rentas de fa abadía sùfragaban sus gastos, y aun le permitían ser liberal con los pobres y con los aldeanos, cuya miseria socorría a menudo.

Los dos siervos sajones saludaron respetuosamente al prior. Aquéllos se sorprendieron al contemplar de cerca el talante semi-guerrero y semi-monacal del caballero del Tem­ple, así como les chocaron al extremo las armas y el porte oriental de los escuderos; y fué tanta su admiración, que no comprendieron al prior de Jorvaulx, que les preguntó si encontraría por allí dónde alojarse con su compañero y comi­tiva. Pero es tan probable que el lenguaje normando que el prior usó para hacer su pregunta sonase muy mal a los oídos de dos sajones, como dudoso que dejasen de entenderle.

-Os pregunto, hijos míos -volvió a decir el Prior usan­do el dialecto que participaba de los dos idiomas y que ya usa­ban unos y otros para poder entenderse-, si habrá por estos contornos alguna persona que por Dios y por nuestra santa madre la Iglesia quiera acoger y sustentar por esta noche a dos de sus más humildes siervos con su comitiva.

El tono que usó el prior Aymer estaba muy poco confor­me con las humildes palabras de que se sirvió. Wamba levan­tó la vista y dijo:

-Si vuestras reverencias quieren encontrar buen hospe­daje, pueden dirigirse pocas millas de aquí al priorato de Brinxworth, donde atendida vuestra calidad, no podrán menos de recibiros honoríficamente; pero si prefieren consagrar la noche a la penitencia pueden tomar aquel sendero, que con­duce derechamente a la ermita de Copmanhurts, donde halla­rán un piadoso anacoreta que les dará hospitalidad y el auxi­lio de sus piadosas oraciones.

-Amigo mío -contestó el prior-, si el ruido continuo de los cascabeles que guarnecen tu caperuza no tuviera tras­tornados tus sentidos, omitirías semejantes consejos, y sabrí­as aquello de clericus clericum non decimat; es decir, que las personas de la Iglesia no se reclaman mutuamente la hospita­lidad, prefiriendo pedirla a los demás para proporcionarles la ocasión de hacer una obra meritoria honrando a los servidores de Dios.

-Es verdad -repuso Wamba-: disimulad mi inadver­tencia, pues aunque no soy más que un asno, tengo el honor de llevar cascabeles como la mula de vuestra reverencia.

-¡Basta de insolencias, atrevido! -dijo con tono áspero el caballero del Temple-. Dinos pronto, si puedes, el camino que debemos tomar para... ¿Cuál es el nombre de vuestro  franklin, prior Aymer?

-Cedrid -respondió-, Cedrid el Sajón. Dime, amigo: ¿estamos a mucha distancia de su morada? ¿Puedes indicar­nos el camino?

-No es fácil encontrar el camino -dijo Gurt, rompien­do por la primera vez el silencio-. Además, la familia de Cedric se recoge muy temprano.

-¡Buena razón! -contestó el caballero-. La familia de Cedric se tendrá por muy honrada en levantarse para servir y obsequiar a unos viajeros tales como nosotros, que hacemos demasiado en humillarnos a solicitar una hospitalidad que podemos exigir de derecho.

-Yo no sé -dijo Gurt incomodado- si debo indicar el camino del castillo de mi amo a una persona que reclama como derecho el asilo que tantos otros solicitan como un favor.

-¿Te atreves a disputar conmigo, esclavo?

Y aplicando el caballero las espuelas a su caballo, le hizo dar media vuelta; y levantando la varita que le servía de fusta, se dispuso a castigar lo que él miraba como insolencia propia de un villano.

Gurt, sin cejar un solo paso, llevó la mano a su cuchillo de monte, mirando al mismo tiempo al templario con aire feroz; pero el Prior evitó la contienda interponiéndose entre los dos y diciendo a su compañero.

-¡Por Santa María, hermano Brian! ¿Imagináis estar aún en Palestina, en medio de los turcos y sarracenos, entre paga­nos e infieles? Nosotros los insulares no sufrimos que nadie nos maltrate. Dime tú, querido mío, -dijo a Wamba apoyan­do su elocuencia con una moneda de plata; dime el sendero que hemos de tomar para llegar a la morada de Cedric el Sajón. No puedes ignorarlo, y es un deber dirigir fielmente al viajero extraviado, aun cuando fuese de un rango inferior al nuestro.

-En verdad, reverendo padre mío, que la cabeza sarra­cena de vuestro compañero ha trastornado de tal modo la mía, que han desaparecido de mi memoria todas las señas del camino. Creo que a mí mismo me será imposible llegar esta noche.

-¡Vamos, vamos; yo sé que si tú quieres, puedes guiar­nos! Mi venerable hermano ha empleado toda su vida en com­batir con los sarracenos para libertar la tierra santa: es caba­llero de la Orden del Temple, de que tú habrás oído hablar; es decir que es mitad monje y mitad soldado.

-Si es sólo medio monje, no debería ser tan poco razo­nable con los que encuentra al paso cuando éstos no se pres­tan a responder a preguntas que no les conciernen.

-Te perdono la agudeza, a condición de indicarnos la morada de Cedric.

-Sigan vuesas reverencias-dijo el bufón- esta misma vereda hasta llegar a una cruz que llaman caída, sin duda por­que amenaza ruina; en llegando a ella, tomaréis el camino de la izquierda, porque os advierto que hay cuatro que en aquel sitio se cruzan y en seguida llegaréis al término de vuestro viaje por esta noche. Deseo que estéis a salvo antes de que estalle la próxima tempestad.

El Prior dio las gracias a Wamba, y la comitiva partió a galope, como gente que desea verse a cubierto de la intempe­rie en noche rigurosa. Cuando apenas se sentían las pisadas de los caballos, Gurth dijo a su compañero:

-Muy dichosos serán los reverendos si llegan a Rother­wood antes de bien entrada la noche.

-¡Quién lo duda! Y cuando no, pueden llegar a Sheffield, si no encuentran tropiezo, que es un buen sitio para ellos. No soy yo cazador de los que indican al perro donde se esconde el gamo cuando no tienen humor de perseguirlo.

-Haces bien. No fuera razón que ese templario viese a lady Rowena, y peor tal vez sería si con él se trabase de pala­bras Cedric. No obstante esto, nosotros como buenos criados, debemos ver, oír y callar.

En cuanto se alejaron los caminantes continuaron su con­versación en idioma normando-francés, que era entonces la lengua de moda, excepto entre unos cuantos que se jactaban de su origen sajón. El templario dijo al Prior después de un rato de silencio:

-¿Qué significa la insolencia de esos esclavos? ¿Por qué me habéis impedido que los castigase?

-Hermano Brian, con respecto a uno de ellos sería difí­cil daros razón de las locuras que hace, porque es un insensa­to de profesión; en punto al otro sabed que pertenece a esa raza feroz, salvaje e indomable de que os he hablado repeti­das veces, y de la cual todavía se encuentran varios individuos entre los descendientes de los sajones conquistados. Estos rústicos tienen la mayor satisfacción en demostrar por todos los medios su aversión a los conquistadores.

-¡Muy pronto les enseñaría yo a tener cortesía! ¡Soy muy práctico en el manejo de tales salvajes! Los cautivos tur­cos son tan indómitos y rebeldes como pudiera serlo el mismo Odín, y, no obstante, en llevando dos meses de vivir bajo la férula del mayoral de mis esclavos se ponen más man­sos que corderillos, sumisos, serviciales y dóciles a cuanto se les manda. No penséis por eso que desconocen el manejo del puñal y del veneno, y que escrupulizan para echar mano de cualquiera de los dos arbitrios si les dejan ocasión.

-No os digo que no; pero en cada tierra, su uso. Ade­más de que con dar de golpes a ese hombre nada hubiéramos adelantado con respecto a encontrar la casa de Cedric, porque en hallándole os hubiera armado una quimera por haber apa­leado a un vasallo. No apartéis nunca de vuestra imaginación lo que os tengo dicho de ese opulento hidalgo: es altivo, vano, envidioso e irritable en sumo grado; se las apuesta al más encumbrado, y aun a sus dos vecinos, Reginaldo Frente de Buey y Felipe de Malvoisin, que no creo sean ranas en el asunto. El nombre del Sajón, con que generalmente se le designa, procede de la tenacidad con que sostiene y defiende los privilegios de su alcurnia, y de la vanagloria con que hace alarde de su descendencia por línea recta de Hereward, famo­so guerrero en tiempo de los reyes sajones. Se alaba a cara descubierta de pertenecer a una nación cuya procedencia nadie se atreve a confesar por miedo de experimentar la suer­te a que están expuestos los vencidos.

-Prior Aymer, hablando de la hermosa sajona, hija de Cedric, os digo que aunque en punto a belleza seáis tan buen voto como un galán trovador, muy linda debe ser lady Rowe­na para reducirme a guardar la necesaria tolerancia de que debo echar mano a fin de granjearme el favor del indómito Cedric, su padre.

-No, Cedric no es padre de Rowena: es pariente, y no muy cercano. En la actualidad es su tutor, según creo, y ama con tal extremo a la pupila, que no tendría más cariñosa defe­rencia con ella si fuera hija propia. Pero es aún más ilustre la sangre de Rowena; y en cuanto a su hermosura, pronto juz­garéis por vista de ojos. Yo os aseguro que si la belleza de Rowena y la blanda y majestuosa expresión de sus suaves y hermosos ojos azules no aventajan a las beldades de Palesti­na, consiento en que jamás deis crédito a mis palabras.

-Si no corresponde su hermosura a vuestros encomios, mía es la apuesta.

-Mi collar de oro contra diez pipas de vino de Scio; y las tengo por tan mías como si ya estuviesen en las bodegas de mi convento y bajo la llave de nuestro despensero.

-Yo debo juzgar por mí mismo, y convencerme de que no he visto más hermosa mujer desde un año antes de Pente­costés. ¿Son éstas nuestras condiciones? ¡Vuestro collar peli­gra, prior Aymer, y espero que le veáis resplandecer sobre mi gola en el torneo de Ashby de la Zouche!

-Engalanaos en buena hora con él, si le ganáis lealmen­te diciendo sin reserva vuestro parecer y asegurándolo a fe de caballero. De todos modos, hermano Brian, exijo y espero que miréis estas cosas como una inocente diversión. Y pues os empeñáis en llevarla a cabo, seguiré adelante puramente por complaceros, pues no es apuesta que conviene con mi natural circunspección y ministerio. Seguid mis consejos y refrenad la lengua, cuidando de las miradas que dirigís a Rowena: olvi­dad el natural predominio que queréis ejercer sobre todo el mundo de resultas de haber supeditado a tanto mahometano, porque si Cedric el Sajón se enfada, es muy a propósito para plantarnos en medio de la selva sin mirar a nuestro distingui­do carácter. Sobre todo, cuidado con Rowena, a quien él res­peta extraordinariamente. Se dice que ha echado de casa a su hijo único porque se atrevió a declararle su cariño.... quiere que la adoren; pero que sea desde lejos.

-Bastante me habéis dicho, y por esta noche podéis con­tar con mi circunspección y reserva, pues he de estar tan reca­tado y modesto como una doncellita delante de Cedric y su pupila. En cuanto a que nos arroje de su casa, yo, mis escu­deros y mis dos esclavos Hamet y Abdala somos bastante para evitaros esa afrenta. No tengáis duda de que sentaremos nues­tros reales y sabremos defenderlos.

-Con todo, no le demos ocasión para enojarse y... Pero ésta es, sin duda, la cruz caída o ruinosa de que nos habló el bufón; y está tan oscura la noche, que no se puede divisar el camino que nos indicó. ¿No dijo que tomásemos a la izquierda?

-A la derecha, si mal no me acuerdo.

-¡No, no; a la izquierda! Por cierto que designó el cami­no con su espada de madera.

-Pues ahí está vuestro error, porque él tenía la espada en la mano izquierda, y señaló con ella hacia el lado opuesto.

Después de haber sostenido ambos su opinión con tena­cidad llamaron a los de la comitiva para que decidiesen; pero ninguno de ellos había estado a distancia suficiente para oír las señas que el bufón diera. Al fin el templario observó lo que le había impedido ver la oscuridad del crepúsculo.

-Alguien hay -dijo dormido o muerto al pie de la cruz- ¡Hugo, despiértale con el asta de tu lanza!

Apenas puso Hugo en ejecución el mandato de su amo  cuando se puso en pie el que estaba dormido, y dijo en buen francés:

¡Quienquiera que seáis, pasad adelante en vuestro camino, y advertir que no es cortesía distraerme de tal modo de mis pensanientos!

-Sólo deseamos saber -dijo el Prior- cuál es el cami­no de Rotherwood, la hacienda de Cedric el Sajón.

-Precisamente a ella me dirijo en este momento. Si me proporcionáis un caballo, os serviré de conductor por este camino, que, aunque le conozco perfectamente, no deja de ser intrincado y difícil.

-Nos harás un gran servicio, y no te arrepentirás de ello.

En seguida dispuso que uno de los legos montase en el potro andaluz y diera su caballo al peregrino que iba a servir­les de guía. Este tomó el camino opuesto al que Wamba había indicado, con la idea, sin duda, de alejarlos de la morada de Cedric. Concluyó la vereda en una espesísima maleza, des­pués de varios arroyos cuyo paso era bastante peligroso por los muchos pantanos que por allí atravesaban; mas el extran­jero conocía perfectamente los sitios más cómodos y los vados menos expuestos. Por fin, gracias a su extraordinario tino, los caminantes llegaron a un terreno ancho y más agra­dable que los anteriores, y en cuanto estuvieron en él divisa­ron un edificio bajo e irregular, aunque vasto.

-Allí -dijo el peregrino señalando la gran casa­ tenéis a Rotherwood: aquella es la morada de Cedric el Sajón.

Ninguna noticia pudiera complacer más en aquella oca­sión al Prior. Sus nervios eran harto delicados y sensibles para que no se resintiesen con los continuos peligros que en el camino habían superado: tan preocupada llevaba la imagina­ción por el miedo, que no había osado preguntar una palabra a su conductor.

Mas en el momento que vio el término de su viaje olvidó su pavor, y preguntó al luía cuál era su oficio o profesión.

-Soy un peregrino que llego de visitar los Santos Luga­res.

-¿Y cómo conocés tan perfectamente estas intrincadas veredas después de una ausencia tan dilatada?

-Nací en estos contornos.

Al decir estas palabras se paró el peregrino a la puerta de la residencia de Cedric la cual constaba de un edificio de desordenada estructura, que ocupaba enorme cantidad de terreno y estaba rodeado de vastos cercados. Sus dimensiones anunciaban la opulencia de su dueño, si bien carecía del gusto que con profusión se vea en los castillos de los normandos, flanqueados de torres según el nuevo estilo arquitectónico que empezaba ya a dominar  en aquella época.

No obstante esto, Rotherwood no dejaba de tener defen­sa, puesto que en aquella época de revueltas y disturbios no había vivienda que no tuviese alguna, so pena de ser saquea­da o incendiada. En tomo de la casa había un gran foso o zanja, que era llenado con el agua de un vecino arroyo. Tenía dicho foso su correspondiente estacada, y en la parte occiden­tal de su circuito había un puente levadizo que comunicaba con la interior defensa. Para proteger esta comunicación se habían fabricado unos ángulos salientes por los cuales podía ser flanqueado con ballesteros y fundibularios en caso de necesidad.

El caballero del Temple tocó con fuerza la bocina colo­cada en la puerta, y la c4balgata se introdujo apresuradamen­te en la casa de Cedric, porque el agua empezaba a caer con extraordinaria violencia.

 

                                                          

                                                         III

 

 

Yo conozco esta costa árida y fría

donde nace el sajón, robusto y fuerte.

THOMSOM.

 

En un salón de dimensiones desproporcionadas había una gran mesa de encina hecha de enormes tablas poco menos tos­cas que en el tiempo en que fueron cortadas del bosque por la robusta mano del leñador, y encima de ella se veía todo pre­parado para la cena de Cedric el Sajón. El techo, formado de gruesas vigas y estacas, servía muy poco para preservarse de Ia intemperie, a pesar del ramaje que estaba entretejido con la armazón. En cada extramo de la sala había una gran chimenea tan mal construida, que el humo se esparcía por la sala en mayor cantidad que la que salía por el conducto; de suerte que el techo estaba del mismo modo que si le hubieran cubierto con un barniz negro. Pendían de las paredes varios instru­mentos de caza y guerra, y en cada ángulo había una puerta que daba entrada a las habitaciones interiores de aquel vasto edificio.

En toda la casa se divisaba la primitiva sencillez de los sajones; sencillez a que se conformaba Cedric, y aun se vanagloriaba de conservarla. El pavimento estaba hecho con una mezcla de tierra y cal, tan compacta y endurecida, que semejaba al estuco. En un lado estaba más alto el piso, for­mando un estrado que ocupaba la cuarta parte de la sala, sitio al cual se le daba el nombre de dosel, que sólo podía ser ocu­pado por los principales miembros de la familia, y alguna vez por las personas que iban a visitar a aquélla y que por su carácter eran dignas de que se les dispensara tal honor. Con este objeto había una mesa colocada a lo ancho de la plata­forma y cubierta con un rico tapete de grana, y del centro salía otra más larga que ocupaba toda la longitud de la sala, y'estaba destinada para los huéspedes de clase inferior y los criados de más rango. La construcción de las dos mesas representaba la forma de una T, y eran totalmente iguales a las que aún se conservan en los antiguos colegios de Oxford y de Cambridge. Sobre el estrado estaban colocados volumi­nosos sillones de encina groseramente esculpidos y cubiertos por un_ verdadero dosel de paño colocado en el sitio de pre­ferencia para defender de la lluvia a los que en él se coloca­ban, pues el agua se colaba a través de techo tan mal cons­truido.

Las paredes de la sala donde estaba colocada la platafor­ma se hallaban adornadas con una tapicería toscamente bor­dada y de encendidos colores; el resto de las paredes, como también el suelo, estaba desnudo; la mesa inferior no tenía mantel de ninguna especie, y los asientos que la rodeaban eran bancos de tablones sin pulir.

El medio del estrado estaba ocupado por dos sillones de mayor tamaño que los demás, para el amo y ama dela casa; que presidían siempre aquella escena de hospitalidad, por cuya razón eran llamados los repartidores del pan. Delante de cada sillón había un escabel ricamente incrustado y guarneci­do de marfil, y en los demás asientos no había distinción de ninguna especie. Cedric el Sajón ocupaba su puesto ya hacía largo rato, y su impaciencia era grande por la tardanza que notaba en servirle la cena.

Bastaba ver la fisonomía de Cedric para conocer que tenía carácter franco, pero al mismo tiempo vivo e impetuoso. Era de mediana talla, ancho de espaldas, de largos brazos, for­nido y robusto como hombre acostumbrado a desafiar los peligros y fatigas de la guerra y de la caza. Sus ojos eran azu­les; sus facciones, abiertas; bella la dentadura, y todo su aspecto indicaba, en fin, que muchas veces era dominado por el buen humor que generalmente acompaña a los genios vivos. Casi siempre sus miradas inspiraban orgullo y recelo, nacido de la precisión en que toda su vida se había encontra­do de defender con las armas sus derechos, invadidos a menu­do en aquella época de desorden: de aquí resultaba que su carácter vivo y resuelto estaba siempre alerta y pronto a entrar en combate. Sus largos cabellos rubios estaban divididos por la parte superior de la cabeza desde la frente, cayéndole por ambos lados sobre los hombros. Tenía muy pocas canas, a pesar de que frisaba su edad en los sesenta.

Su traje se componía de una túnica verde, cuyo cuello y mangas estaban guarnecidos de una piel como de ardilla ceni­cienta.

Este ropaje carecía de botones y estaba colocado sobre otro de grana, pero más estrecho. Los calzones eran de lo mismo, y sólo llegaban hasta medio muslo, dejando descu­bierta la rodilla. Las sandalias eran iguales en su forma a las de la gente inferior, pero hechas de materiales mucho más finos, y ajustadas con broches de oro: de igual metal eran los brazaletes y una ancha argolla que adornaba su cuello. Por cinturón llevaba un rico talabarte adornado costosamente con diversas piedras preciosas, y de él pendía un largo puñal pun­tiagudo y de dos filos. Sobre el respaldo de su sillón colgaba una capa de grana forrada de pieles, y un gorro también de grana y pieles con vistosos bordados; estas dos prendas com­pletaban el traje de calle del opulento Thané. En el mismo sillón estaba apoyada una aguda jabalina, que así le servía de arma como de bastón, según lo exigían las circunstancias.

Los vestidos de los criados eran un término medio entre los ricos de Cedric y los harto humildes que Gurth el porque­ro usaba: todos se dedicaban en aquel momento a espiar los movimientos de su amo, para servirle con la prontitud que exigía. Los de escalera arriba estaban colocados sobre la pla­taforma, y en la parte inferior de la sala había varios, también en expectativa. A'n había en el salón otros empleados de menos distinción, tales como dos o tres descomunales masti­nes que cazaban maravillosamente los ciervos y zorros, igual número de perros de menos corpulencia, muy notables por su enorme cabeza y largas orejas, y un par de ellos mucho más pequeños que sólo servían para meter bulla y ensuciarlo todo.

Esperaban los perros la cena con tanta impaciencia como el que más; pero se mantenían quietos y sin mostrarla, sin duda por respeto a un cierto látigo que acompañaba a la jaba­lina que indicamos: indudablemente, mantenía los deseos a raya, pues Cedric lo usaba a menudo para rechazar las impor­tunidades de sus cortesanos canes, y éstos, con la sagacidad y conocimiento fisonómico peculiar a esta raza de animales, conocieron por el sombrío silencio de su amo que el momen­to no era oportuno para quejas y reclamaciones. Solamente un perro viejo, el decano, probablemente, entre tantos, se toma­ba la libertad, propia de un favorito, de colocarse junto al sillón de Cedric, y de rato en rato osaba distraerle poniendo la cabeza sobre la rodilla de aquél. El ceñudo amo sólo respon­día: «Abajo, Balder; abajo, que no estoy para fiestas!»

Es cierto que le dominaba el mal humor. Acababa de llegar lady Rowena, que había ido a vísperas a una iglesia dis­tante, y venía inundada por el aguacero que siguió a la tor­menta que estalló cuando atravesaba el largo camino. Se ignoraba el destino de la piara confiada a Gurth, porque tar­daba demasiado en regresar, y en aquellos tiempos nada de extraño tenía que o bien los bandidos o cualquiera barón poderoso se hubiera apropiado la hacienda de Cedric, porque en época tan triste no había más derecho de propiedad que la fuerza. La tardanza de Gurth le desazonaba tanto más, cuanto que la riqueza de los hidalgos sajones consistía muy princi­palmente en grandes piaras, especialmente en los países mon­tuosos y abundantes del pasto que los cerdos necesitan.

También aumentaba su fastidio la falta de su favorito Wamba, cuyas bufonadas daban siempre animación y acom­pañaban a los copiosos tragos de vino con que Cedric regaba la cena. Añádase además que el franklin no había probado nada desde mediodía, y esto es terrible para un noble de aldea. Expresaba su desagrado con palabras entrecortadas que pro­nunciaba entre dientes, las cuales se dirigían generalmente a los criados. El copero le presentaba de rato en rato una gran copa de vino, que, sin duda, le administraba como poción cal­mante. Cedric aceptaba sin repugnancia la medicina, y des­pués de apurar la copa exclamaba:

-Pero ¿por qué tarda tanto lady Rowena?

-Está mudándose los vestidos --contestó una camarera con toda la satisfacción de una favorita-. ¿Queríais por ventura que asistiese a la cena con la gorra de noche? ¡Pues a fe que en todo el condado no hay una dama más viva para ves­tirse que mi señorita!

A tan concluyentes razones el Thané sólo respondió con una interjección, a la que añadió:

-Espero que si su devoción la llama otra vez a la iglesia de San Juan, elegirá tiempo más a propósito. Pero ¡con dos mil diablos! -continuó, volviéndose hacia el copero, y valiéndose de aquella ocasión para hacer estallar su cólera-. ¡Con dos mil diablos! ¿Qué hace Gurth? ¿Qué razón puede tener para estar a estas horas fuera de casa? ¡Mala cuenta dará hoy de la piara! Siempre ha sido fiel y cuidadoso, y yo le había destinado para mejor puesto. Tal vez una plaza de guar­da...

-Aun no es muy tarde -contestó modestamente Oswal­do-: apenas hace una hora que ha sonado el cubre fuego.

-¡El Diablo se lleve al cubre fuego, al bastardo que le inventó, y al degenerado esclavo que pronuncia tal palabra en sajón y delante de sajones! ¡El cubre fuego, sí; el cubre fuego, el toque que obliga a que los hombres de bien apaguen su fuego y sus luces, para que los asesinos y salteadores puedan "hacer sus infamias bajo el patrocinio de las tinieblas! ¡El cubre fuego! ¡Reginaldo "Frente de buey" y Felipe de Mal­voisin saben perfectamente el significado de tan odiosas palabras! ¡Sí; tan bien como Guillermo el Bastardo y como los demás aventureros que pelearon en Hasting! Yo apuesto cuanto poseo a que mis bienes han pasado ya a manos de algunos bandidos que son harto protegidos por los conquista­dores, y que no tienen otro recurso para no morirse de hambre que el del cubre fuego. Mi fiel vasallo habrá perecido a sus manos; mis ganados desaparecieron, y... ¿Wamba? ¿Dónde está Wamba? ¿Quien ha dicho que había salido en compañía de Gurth?

-Así es -respondió Oswaldo.

-¡Mejor que mejor! ¡Bueno es que un loco de un rico sajón vaya a divertir a un señor normando! ¡En verdad que demasiado locos somos nosotros en estarles sumisos; y a'n somos más dignos de desprecio, puesto que los sufrimos estando en nuestros cinco sentidos! ¡Más yo me vengaré! - dijo lleno de cólera y empuñando la jabalina-. ¡Yo elevaré mi queja al Gran Consejo, en el cual tengo amigos y partida­rios! ¡Desafiaré uno a uno a los normandos, y pelearé cuerpo a cuerpo con ellos! ¡Que vengan, si quieren, con sus cotas de malla, sus cascos de hierro y con todo lo demás que puede dar valor a la misma cobardía! ¡Obstáculos infinitamente mayo­res he vencido yo con una jabalina igual a la que tengo en la mano! ¡Sí; con una igual he traspasado planchas más espesas que sus armaduras! ¡Me creen viejo, sin duda; mas ellos verán que la sangre de Hereward circula aún por las venas de Cedric! ¡Ah, Wilfredo, Wilfredo! -dijo en tono muy bajo y como hablando consigo mismo-. ¡Si hubieras sabido refre­nar tu insensata pasión, no se vería tu padre abandonado-en su vejez, como en medio del bosque la solitaria encina, oponien­do solamente contra la violencia del impetuoso huracán sus débiles ramas!

 

Estas últimas ideas cambiaron en tristeza la cólera de Cedric, dejó la jabalina donde antes estaba, se recostó en su sillón, y al parecer, dio libre curso a sus melancólicas refle­xiones.

De pronto se oyó el sonido de una trompa, el cual distra­jo a Cedric de sus pensamientos: los aullidos de todos los infi­nitos perros que había en el salón contestaron a la llamada, unidos a los de otros treinta más que guardaban exteriormen­te el edificio. Al fin la canina insurrección se calmó mediante la poderosa influencia del látigo, que no anduvo ocioso duran­te aquella escena de estrépito.

-¡Corred a la puerta todos! -exclamó Cedric luego que se restableció el silencio- ¡Sin duda, vienen a noticiarme algún robo cometido en mis posesiones!

A poco tiempo volvió uno de sus guardas, y le anunció que Aymer, prior de Jorvaulx, y el caballero Brian de Bois­Guilbert, comendador de la valiente Orden de los Templarios, con una pequeña comitiva, solicitaban hospitalidad por aque­lla noche, pues iban al siguiente día a dirigirse al torneo que se preparaba en Ashby de la Zouche.

-¡Aymer; el prior Aymer! ¡Brian de Bois -Guilbert! murmuró Cedric-. Los dos son normandos. ¡No importa! ¡Sean sajones o normandos, la hospitalidad de Cedric a todos se extiende! Sean bien llegados; y pues desean descansar, aquí pasarán la noche.... aunque estimaría más que fueran a pasarla a otra parte. Pero no murmuremos por lo que no lo merece; al menos, estos normandos que van a ser favoreci­dos por un sajón serán comedidos y prudentes. Marcha, Hun­deberto, -dijo al mayordomo, que estaba a espaldas del sillón con una varita blanca en la mano; toma seis criados, y sal a recibir a esos extranjeros: llévalos a la hospedería. Cui­dad de sus caballos y de sus mulas, y que no se extravíe cosa alguna de sus equipajes. Dadles ropa para mudarse si la necesitan, poned buen fuego en las chimeneas de sus respec­tivos cuartos, y ofrecedles refrescos. A los cocineros, que aumenten la cena con todo lo que puedan, y que la mesa esté pronta para cuando ellos bajen a cenar. Diles, Hundeberto, que Cedric les saluda y que siente no poder presentarse a darles la bienvenida, pues un voto le obliga a no adelantar tres pasos más allá del dosel para recibir a quien no tenga sangre sajona en las venas. Anda; cuida de todo, y que nunca puedan decir que el Sajón ha dado muestras de miseria y avaricia.

Salió el mayordomo con los seis criados para obedecer puntualmente las órdenes de su amo.

-¡El prior Aymer! -dijo Cedric mirando a Oswaldo-. Hermano si no me engaño, de Gil de Mauleverer, hoy señor de Milddleham.

Oswaldo inclinó con respeto la cabeza, como para dar a entender que así era. Cedric continuó:

-Su hermano ocupa el sitio y usurpa el patrimonio de aquel Ulfar de Middleham que era de mucho mejor raza que la suya. Pero ¿qué lord normando no hace otro tanto? Dicen que el Prior es jovial y más amigo de la trompa de caza que de otras cosas. ¡Vamos, que lleguen en buena hora a mis Esta­dos! ¿Y cómo se llama ese templario?

-Brian de Bois -Guilbert.

-¡Bois-Guilbert! -dijo Cedric con tono distraído, pues, como acostumbrado a vivir con inferiores, parecía más bien que hablaba consigo mismo, y no que dirigía la palabra a otro-. El nombre de Bois Guilbert es conocido, y de tal templario se dice mucho malo y mucho bueno. Dicen que es valiente como el que más lo sea entre los templarios; más es también altivo, orgulloso, arrogante, cruel, desarreglado de costumbres, de corazón empedernido, y que nada teme ni res­peta en la Tierra y en el Cielo: esto es lo que dicen de él los pocos caballeros que han regresado de la Tierra Santa. Pero ¡cómo ha de hacerse! Al fin, es solo por una noche. ¡Sea tam­bién bien venido! Oswaldo, taladrad el mejor tonel de vino añejo, preparad el mejor hidromiel, la sidra más espumosa, el morado y el picante más oloroso. Colocad en la mesa las mayores copas, porque los viajeros gustan de lo fino y de la mayor medida, mucho más si son templarios y priores, como gente de rango. Elgitha, di a lady Rowena que si no quiere asistir al banquete, puede cenar en su aposento.

-Antes bajará con mucho gusto -respondió pronta­mente la camarera-. Su mayor deseo es enterarse de las últi­mas noticias de Palestina.

Cedric lanzó una fulminante mirada a la atrevida Elgitha, y se contentó con esto porque lady Rowena y cuanto le perte­necía gozaba de los mayores privilegios en la casa y estaba a salvo de su cólera.

-¡Silencio -le dijo-, y enseñad a vuestra lengua a ser discreta! ¡Dad mi recado, y haga vuestra señora lo que guste! ¡En esta casa, al menos, reina sin obstáculos la descendiente de Alfredo!

Elgitha se retiró sin replicar.

-¡Palestina, Palestina! ¡Con cuánto interés se escuchan las nuevas que de allá nos traen los enviados y peregrinos! También yo debiera escucharlas con ardiente interés. ¡Pero no! ¡El hijo que me desobedece, no es mi hijo! ¡Su suerte me interesa menos que la del último de los cruzados!

Una sombría nube cubrió el rostro de Cedric; bajó la cabeza, y clavó en el suelo sus abatidas miradas. A poco rato se abrió la puerta principal del salón, y los huéspedes entraron en él, precedidos por los criados con hachas encendidas y el mayordomo con tu varita blanca.

  

 

 

 

IV

 

 

...Para alegrar la fiesta,

llenan la copa de espumante vino.

ODISEA,

 

 

                                                                 XXI

 

El prior había aprovechado aquella ocasión en que tenía necesidad de mudarse de ropa, para ponerse cierta túnica de un tejido finísimo y costoso, y encima de ella, un manto mag­níficamente bordado. Llevaba una rica sortija, símbolo de su dignidad, y un crecido número de anillos de oro y preciosas piedras cubrían además sus dedos. Las sandalias eran de finí­simo cuero de España; estaba su barba dispuesta en trenzas menudas del tamaño que la Orden del Coster permitía, y lle­vaba la tonsura cubierta con una gorra o capucha de grana bordada.

El caballero del Temple había dejado el traje de camino para ponerse otro más rico y elegante. En vez del camisote de malla vestía una túnica de color de púrpura guarnecida de ricas pieles, y encima de aquélla, el albo manto de su Orden con la cruz de ocho puntas y de terciopelo negro. Llevaba la cabeza desnuda y poblada de espesos rizos como el azabache: su persona y sus modales eran majestuosos, si bien los afeaba algún tanto su habitual orgullo, nacido del ejercicio de una autoridad ilimitada.

Los dos personajes iban seguidos de sus respectivas comitivas, y a mayor distancia iba el desconocido que les había seguido de guía. En su aspecto nada se notaba de parti­cular sino el regular atavío de un peregrino. Vestía un ropón negro de sarga muy tosca, una esclavina y sandalias atadas con cuerdas, un sombrero con varias conchas colocadas en sus grandes alas, largo bordón con regatón de hierro, y un pedazo de palma en la parte superior. Entró en el salón en ade­mán modesto detrás de los últimos criados, y observando que apenas había puesto libre en la mesa inferior, eligió otro en una de las chimeneas, a cuyo calor benéfico se puso a secar sus ropas, aguardando que el caritativo mayordomo le envia­se algún alimento a aquel sitio, que por humildad había toma­do.

Se levantó Cedric con afable semblante y descendió tres pasos más allá de la plataforma, deteniéndose allí para aguar­dar a que los huéspedes llegasen.

-Siento mucho, reverendo prior, que mis votos me impi­dan llegar hasta la puerta de la mansión de mis padres para recibir a tan dignos y respetables huéspedes como vos y ese valiente caballero del Temple. Mi mayordomo os habrá hecho presente la causa de esa aparente descortesía. Os ruego tam­bién que me perdonéis si hablo en mi lengua natal y si os pido que en ella nie contestéis, si no os es desconocida: en este últi­mo caso, yo entiendo el normando, y podré, me parece, res­ponderos a lo que me preguntéis.

-Los votos -contestó el prior- deben cumplirse  escrupulosamente; y en punto al idioma de que hemos de ser­virnos, usaré el mismo que mi respetable abuela Hilda de  Middleham.

Cuando el prior concluyó estas conciliadoras palabras dijo el templario con enfático tono:

-Yo hablo siempre el francés, que es el idioma que usa el rey Ricardo y su Nobleza; pero conozco el inglés lo sufi­ciente para poder entender y contestar a los naturales del país.

Cedric arrojó sobre él una mirada de fuego y de cólera, excitada por la odiosa comparación de las dos naciones riva­les; mas como recordara los deberes de la hospitalidad, con­tuvo su resentimiento y señaló a sus huéspedes los puestos que debían ocupar, que eran inferiores, pero inmediatos al suyo: en seguida mandó a los criados que sirviesen la cena.

En tanto que los criados se ocupaban en obedecer a su dueño con prontitud, divisó a lo lejos a Gurth con su com­pañero Wamba, que acababan de asomar a la puerta del salón.

-¡Enviadme aquí esos malandrines! -gritó el Sajón­ ¿Cómo es esto, villanos? ¿Qué habéis hecho fuera de casa hasta tan tarde? Y tú, bellaco, ¿qué has hecho de la piara? ¿La has dejado en manos de los bandidos?

-Salvo vuestro mejor parecer, la piara está segura y entera.

-¡Mi mejor parecer hubiera sido que no me tuvieses aquí tres horas pensando vengarme de unos vecinos que en nada me han ofendido! ¡Yo te aseguro que el cepo y los gri­llos castigarán la primera de éstas que vuelvas a hacerme!

Gurth, que conocía el fuerte carácter de su amo, no quiso disculpar su falta; mas Wamba, que gracias a su destino de bufón contaba con la indulgencia de su amo, tomó la palabra por y a nombre de su compañero.

-Por cierto, tío Cedric, que no dais muestras de ser sabio y razonable... por esta noche.

-¡Silencio, Wamba! ¡Si continúas tomándote esas liber­tades, yo te enviaré alojado al cuarto del portero, donde reci­birás una buena zurra!

-Dígame tu sabiduría si es justo que los unos paguen las culpas de otros.

-No, ciertamente.

-Pues si no es justo, tampoco lo es que el pobre Gurth sufra la pena, cuando el delito es de su perro Fangs. Y por cierto que no hemos perdido un instante de tiempo en el cami­no después que la piara estuvo reunida, y Fangs no había podido acabar esta operación cuando sonó el último toque de completas.

-Si es la falta de Fangs, mátale, Gurth, y provéete de otro perro mejor.

-Con vuestro permiso, tío nuestro: también eso será injusto -añadió el bufón-. Fangs es inocente, puesto que está cojo e inútil para correr tras el ganado. Quien tiene la culpa de todo es quien le arrancó las uñas delanteras. ¡Y a fe, a fe que si hubieran consultado al mismo Fangs acerca de tan caritativa operación, creo que hubiera votado en contra!

-¡Estropear a un perro de mi esclavo! -exclamó furio­so Cedric-. ¿Quién ha osado hacerme semejante ultraje?

-¿Quién puede ser, sino el viejo Huberto, guardabosque de sir Felipe de Malvoisin? Halló al perro en el coto de su amo, y le castigó por tamaño desacato.

-¡Lleve el Diablo a Malvoisin y a su guardabosque! ¡Yo les haré ver que la vigente Ordenanza de montes no habla con su coto! ¡Basta por ahora! Anda a tu puesto. Y tú, Gurth, toma otro perro para la piara; y si el guarda se atreve a tocarle el pelo, nos veremos las caras. ¡Mil maldiciones caigan sobre mí  si no le corto el dedo pulgar de la diestra y le impido que vuel­va lanzar una flecha! Dispensadme, mis dignos huéspedes: aquí nos vemos rodeados de infieles, peores tal vez que los fue habéis visto en la Tierra Santa, señor caballero. La cena nos aguarda: servíos y supla la buena voluntad a la pobreza del banquete.

Sin embargo, la cena tal cual era no necesitaba excusa, los platos que cubrían la mesa contenían jamón adereza­ de varios modos, gallinas, venado, cabra, liebre, distintos pescados, pan, tortas de harina y dulces, compotas, pasteles de caza y otros diversos postres hechos, como compotas de fru­tas y miel. Además de los platos que hemos indicado andaban a la redonda unos grandes asadores en los cuales iban enroscadas infinitas clases de pájaros delicados, de los cuales cada uno tomaba a su gusto. Delante de cada persona de distinción había un gran vaso de plata; los de clase inferior bebían en copas debasta.

Empezaban a cenar, cuando el mayordomo, levantando la blanca vara y alzando la voz, dijo:

-¡Plaza a lady Rowena!

           En seguida se abrió una puerta lateral y penetró en el salón lady Rowena, acompañada de cuatro camareras. A pesar de que recibió gran disgusto con la aparición de su pupila ante aquellos extranjeros, Cedric se adelantó a recibirla, y la acom­pañó con toda ceremonia y cortesía al asiento destinado a la dueña de la casa, que era el sillón colocado a la derecha del de Cedric. Todos se pusieron en pie, y ella respondió con una graciosa reverencia al universal saludo; pero a'n no había lle­gado a ocupar el sillón, cuando el templario dijo al Prior:

           -¡No llevaré yo vuestra cadena de oro en el torneo! ¡Es vuestro el vino de Scio!

-¿No os lo decía yo? ¡Más moderaos, que el Franklin nos observa!

Acostumbrado Bois-Guilbert a dar libre curso a los impulsos de su voluntad, se hizo sordo a la advertencia de Aymer, y continuó con los ojos fijos en la noble sajona, cuya hermosura le parecía más sublime porque en nada se aseme­jaba a la de las sultanas de Levante.

Era Rowena de elevada estatura, aunque no excesiva, de proporciones exquisitas y conformes a las que generalmente gustan más en las personas de su sexo. Tenía el cabello rubio; pero el majestuoso perfil de la cabeza y facciones corregía la insipidez de que adolecen la mayor parte de las que son rubias. El azul claro de sus ojos y las graciosas pestañas, de color más subido que el cabello, realzaban su hermosura y daban una interesante expresión a las miradas, con las cuales inflamaba y dulcificaba los corazones, mandaba con imperio o suplicaba con ternura. La amabilidad estaba pintada en su noble sem­blante, si bien el ejercicio habitual de la superioridad y la cos­tumbre de recibir homenajes le habían hecho adquirir un aire de elevación y dignidad que armonizaba perfectamente con el que había recibido de la Naturaleza. Esta tenía tanta parte en los profusos rizos que adornaban su cabeza como el arte de la hábil camarera, que los había entrelazado con piedras precio­sas; el resto del cabello iba suelto, tanto para demostrar el alto nacimiento cono la libre condición de la doncella. Pendía de su cuello una hermosa cadena de oro con un pequeño relicario del mismo metal, y llevaba los brazos desnudos, adornados con ricos brazaletes. Vestía unas enaguas y vaquero verde mar, y encima un ancho y larguísimo traje. Las mangas de éste eran muy cortas, y todo él de exquisito tejido de lana. Llevaba pen­diente de la cintura un velo de seda y oro que podía servirle de mantilla a la española si quería cubrirse el rostro y el pecho, o, en el caso contrario, adornar el traje con airosos pabellones en derredor de su-talle.

Cuando observó lady Rowena la fija atención con que la miraba el caballero del Temple, no agradándole una libertad que pasaba de la raya, se cubrió con el velo, dando a entender con su ademán majestuoso cuánto la ofendía la poco atenta manera de aquel extranjero. Cedrid, que notó lo que pasaba, le dijo:

-Señor templario, las mejillas de nuestras nobles sajo­nas están tan poco acostumbradas al Sol, que no pueden tole­rar a gusto las miradas de un cruzado.

-Os pido perdón si en algo he faltado; es decir, pido per­dón a esta dama, porque mi humildad no puede extenderse más allá.

-Lady Rowena -dijo Aymer- nos castiga a todos, cuando sólo mi amigo es el culpable. Yo espero que no sea tan rigurosa cuando honre con su presencia el torneo de Ashby.

-Aun no se sabe si iremos -contestó Cedric-; porque, a decir verdad, no me gustan esas vanidades, ignoradas en tiempo de mis padres, cuando Inglaterra era libre.

-Tal vez -añadió el Prior-os decidiréis, aprovechan­do la ocasión de ir acompañado. No estando los caminos seguros, es muy digna de aprecio la escolta de un caballero como sir Brian de Bois-Guilbert.

-Señor Prior-dijo el Sajón-, siempre que he viajado por esta tierra he ido sin más escolta que mis criados y sin otro auxilio que mi espada. Si acaso me determinara a asistir al torneo de Ashby de la Zouche, iré en compañía de mi veci­no y compatriota Athelstane de Coningsburgh, y no haya miedo que nos asalten bandidos ni barones enemigos. Bebo a vuestra salud, padre Prior, y os doy gracias por vuestra cor­tesía; haced la razón, que yo espero no os desagrade este licor.

-Y yo -dijo el caballero del Temple llenando su vaso- bebo a la salud de lady Rowena; porque desde que tal nombre es conocido en Inglaterra, ninguna señora le ha lleva­do que merezca más dignamente este tributo. Bajo mi palabra aseguro que perdono al desgraciado que perdió su honor y su reino por la antigua Rowena, si tenía solamente la mitad de atractivos que reúne la moderna.

-Os dispenso de tanta galantería, señor caballero -dijo lady Rowena con gravedad y sin levantar el velo-; o por mejor decir, deseo que deis una prueba de vuestra compla­cencia refiriéndonos las últimas noticias de Palestina. Este asunto es mucho más interesante para los oídos ingleses que los cumplimientos que os hace prodigar vuestra urbanidad francesa.

-Poca cosa puedo deciros-continuó Bois-Guilbert, porque no hay de importante sino la confirmación de las tre­guas con Saladino.

-AI llegar a este punto el templario fué interrumpido por Wamba, que estaba sentado en su sillón poco más atrás que su amo: éste le alargaba las viandas de su propio plato, favor que compartía el bufón con los perros favoritos. Tenía Wamba una mesita delante, y él se sentaba en su sillón en cuyo respaldo había dos grandes orejas de asno; apoyaba los talones en uno de los travesaños de la silla, y comía resonando las hundidas mandíbulas, semejantes a dos cascapiñones: entrecerraba los ojos, y mostraba poner la mayor atención a cuanto se habla­ba, para aprovechar la primera coyuntura que se le presentase de ejercer su desatinado ministerio.

-Esas treguas con los infieles -dijo, sin hacer caso de la brusca manera con que interrumpía al caballero- me hacen más viejo de lo que yo creía ser.

-¿Que quieres decir, loco? -preguntó Cedric, pero de manera que indicaba que no llevaría a mal cualquier bufo­nada.

-Ya he conocido tres, y cada una de ellas era de cin­cuenta años. Por consiguiente, si mi cálculo no falla, tengo a la hora presente ciento cincuenta años..., largos de talle.

-Y yo os juro -dijo el templario, reconociendo en Wamba a su amigo del bosque- que no haréis los huesos vie­jos ni moriréis en vuestra cama si dirigís a todos los viajeros extraviados del mismo modo que al Prior y a mí.

-¿Cómo es eso, miserable? -exclamó Cedric-, ¡Engañar a los viajeros que preguntan por el camino! ¡Azotes has de llevar, porque eso es un rasgo de bellaco, y no de loco!

-¡Por Dios, tío nuestro; permitidme que la locura ampa­re en este momento a la bellaquería! Yo sólo he padecido una inocente equivocación tomando mi mano derecha por la izquierda; y si esto es extraño, más lo es, sin comparación, que dos cuerdos tomen por guía a un loco.

A este punto llegaba la conversación, que fue interrumpi­da por uno de los pajes de portería....ste anunció que se halla­ba a la puerta un extranjero que pedía hospitalidad.

-Hacedle entrar -dijo Cedric-, sin reparar en quién sea. En una noche tan horrorosa como ésta, hasta las fieras buscan la protección del hombre, su mortal enemigo, antes que morir victimas de los desencadenados elementos ¡Oswal­do, cuidad de que nada falte!

El mayordomo salió del salón para obedecer las órdenes de su amo.

 

 

 

V

 

 

Un judío tiene ojos, manos y los mismos órganos,

sentidos, afectos y pasiones que otro mortal cualquiera.

¿Qué diferencia hay entre él y uno de nosotros?

¿No le hieren las mismas armas? ¿No está sujeto

a las mismas enfermedades? ¿No le sanan los mismos

remedios?.....................................................

                              SHAKESPEARE: El mercader de Venecia.

 

Oswaldo tardó poco en volver, y acercándose a Cedric, le dijo al oído:

-Es un judío llamado Isaac de York. ¿Le hago entrar en esta sala?

-Encarga a Gurth que desempeñe tus funciones -con­testó Wamba con su ordinario atrevimiento-. Un guardián de puercos es el introductor más a propósito para un hebreo.

-¿Un perro judío -exclamó el templario- ha de apro­ximarse a un defensor del Santo Sepulcro?

-Sabed, mis nobles huéspedes -dijo Cedric-, que mi hospitalidad no debe regirse por vuestras antipatías. Si el Cielo ha soportado una nación entera de infieles obstinados durante tan dilatado número de años, ¿no podremos nosotros sufrir la presencia de un judío por algunas horas? Yo no obli­go a nadie a que hable o coma con él. Póngasele mesa aparte, y en ella cuanto le sea necesario, a no ser que quieran entrar en sociedad con él esos señores de los turbantes.

-Señor franklin -contestó el templario,-mis esclavos sarracenos son verdaderos muslimes; por consiguiente, huyen de rozarse con los judíos tanto como los cristianos.

-Wamba -continuó Cedric- se sentará en tu mesa: que un bribón no está mal situado junto a un loco.

-Pero el loco dijo Wamba levantando los restos de un pernil-elevará este baluarte entre él y el bribón.

-¡Silencio!- --dijo Cedric-. ¡Ya está aquí!

Dicho esto se vio entrar y acercarse al último lugar de la mesa a un hombre de avanzada edad y aventajada estatura, que disminuía a fuerza de reverencias y contorsiones. Fue introducido con tan poca ceremonia, que se presentó turbado, indeciso y haciendo humildes cortesías. Eran sus facciones, bastante bien proporcionadas y algún tanto expresivas; tenía  nariz aguileña, ojos negros y penetrantes, frente elevada simétrica, y la nevada barba, igual al cabello, daba cierto aire majestuoso a su fisonomía, que desaparecía al notar en él el peculiar aspecto de su raza.

El traje del judío, que mostraba haber sido muy maltrata­do por la tormenta, consistía en una capa muy plegada, y debajo de ella una túnica de color de púrpura muy subido. Calzaba botas muy altas guarnecidas de pieles, y llevaba tam­bién un cinturón, del que sólo pendían una navaja o pequeño cuchillo y un recado completo de escribir. Su gorro era alto, cuadrado, amarillo y de forma extraña; pero todos los judíos estaban obligados a gastarlo igual para distinguirse de los cristianos. Isaac había dejado el suyo a la puerta, sin duda por respeto.

La acogida que dieran al judío de York fue tal como si todos los presentes hubieran sido sus enemigos personales: el mismo Cedric se contentó con responder a las reiteradas reve­rencias del hebreo bajando ligeramente la cabeza y señalán­dole al mismo tiempo el último lugar de la mesa. Pero ningu­no le hizo sitio: antes al contrario, todos los huéspedes, y aun los criados, ensanchaban los brazos para que el desgraciado no viera sitio vacío, y devoraban con ansia los manjares, sin curarse del hambre que debía de fatigar al recién llegado. Hasta los musulmanes, viendo que Isaac se acercaba a ellos, comenzaron a retorcerse los bigotes y echaron mano a los puñales, indicando que no repararían en apelar al último extremo para evitar el contacto con un judío.

Es probable que Cedric hubiera hecho mejor acogida al hebreo, puesto que lo recibió a despecho de sus huéspedes, si no estuviera ocupado a la sazón en sostener una disputa acer­ca de la cría e índole de los perros de caza. Este asunto era para él de suma gravedad y harto más importante que el enviar a la cama a un judío sin haber probado la cena. En tanto que Isaac se encontraba expulsado de aquella concurrencia, como lo está su nación de las demás de la Tierra, buscando con la vista un rostro compasivo que le permitiese gozar de un palmo de banco y de algún refrigerio, el peregrino, que había permanecido junto a la chimenea, le cedió su asiento y le dijo­

-Buen viejo, mi ropa está enjuta, y mi hambre satisfe­cha: tu ropa está mojada, y tú en ayunas.

Al decir esto añadió leña y arregló un buen fuego, tomó de la giran mesa un plato de potaje y otro de asado, y los colo­có delante del judío; en seguida, sin aguardar a que el hebreo le diese las gracias, se marchó a ocupar un sitio al extremo opuesto, aunque no se sabe si su intención fué alejarse de Isaac o acercarse más a los distinguidos personajes que esta­ban al testero de la mesa.

Si en aquella época se hubiera encontrado un pintor capaz de desempeñar un asunto como éste, le hubiera ofre­cido un excelente modelo para personificar el invierno aquel judío encogido de frío delante del fuego y acercando a él sus trémulas y entumecidas manos. Satisfecha esta primera necesidad, se acercó a la mesilla y devoró lo que el peregri­no le había presentado, con un ansia y satisfacción que sólo puede conocer a fondo el que ha padecido una larga absti­nencia.

Mientras, Cedric hablaba con el Prior acerca de la mon­tería, lady Rowena conversaba con las danas de su servi­dumbre, y el altanero Bois-Guilbert dirigía sus fijas miradas a la bella sajona unas veces y al viejo judío otras: ambos obje­tos llamaban su atención, y parecía que excitaban en él sumo interés.

-Me sorprende, digno Cedric -dijo el Prior-, que a pesar de vuestra predilección por vuestro enérgico idioma, no hayáis adoptado de buena voluntad el francés normando, a lo menos en lo que pueda proporcionar tantas y tan variadas expresiones para este alegre arte.

-Buen padre prior -respondió Cedric-, creed que semejante novación no aumenta en manera alguna el placer que experimento en la caza; y aun os aseguro que tan bien se corren liebres y venados hablando francos normando como sirviéndose del anglosajón. Para hacer sonar mi corneta de caza, no necesito tocar precisamente las sonatas de reivillée o de mort. perfectamente animar a mis perros y descuartizar una pieza sin apelar a las palabras curée, nombles, arbor, etc.

-El francés -añadió el templario con el tono de pre­sunción y superioridad que le era habitual- es el idioma natural de la caza, y lo es igualmente de la guerra y del amor: con él se gana el corazón de las damas, y con él se desafía al enemigo en la pelea.

-Llenad vuestras copas, señores, y permitid que os recuerde sucesos que datan de treinta años atrás. Entonces Cedric el Sajón no necesitaba adornos franceses, pues con su idioma natal se hacía lugar entre las damas: el campo de Nort­hallerton puede decir si en la jornada del santo estandarte se oían tan de lejos las bélicas aclamaciones del ejército escocés como el cri de guerre de los más valientes barones norman­dos. ¡A la memoria de los héroes que combatieron en tan glo­riosa jornada! ¡Haced la razón, nobles huéspedes!

Apuró la copa, y al dejarla sobre la mesa anudó su dis­curso, siguiendo la peroración con el mayor ardor y entusias­mo.

-¡Día de gloria fue aquél, en que sólo se escuchaba el choque de las armas y broqueles, en que cien banderas caye­ron sobre la cabeza de los que las defendían, y en que la san­gre corría como el agua, pues por doquiera se miraba la muer­te, y en ninguna parte la fuga! Un bardo sajón llamó a aquel combate la fiesta de las espadas, y por cierto, señores, que los sajones parecían una bandada de águilas que se lanzaban a la presa. ¡Qué estrépito producido por las armas sobre los yel­mos y escudos! ¡QuE ruido de voces, mil veces más alegre que el de un día de himeneo! ¡Mas no existen ya nuestros bar­dos; el recuerdo de nuestros famosos hechos se desvanece en la fama de otro pueblo; nuestro enérgico idioma, y hasta nues­tros nombres se oscurecen, y nadie, nadie llora tales infortu­nios, sino un pobre anciano solitario! ¡Copero, llenad las copas! ¡Vamos, señor templario; brindemos a la salud del más valiente de cuantos han desnudado el acero en Palestina en defensa de la sagrada Cruz, sea cualquiera su origen, su patria y su idioma!

-No me está bien -dijo el templario- corresponder a vuestro brindis. Porque ¿a quiEn puede concederse el laurel entre todos los defensores del Santo Sepulcro, sino a mis compañeros los campeones jurados del Temple?

-Perdonad -repuso el Prior-, a los caballeros hospi­talarios yo tengo un hermano en esa Orden.

-No trato de atacar su bien sentada reputación; pero...

-Yo creo, tío nuestro -dijo Wamba-, que si Ricardo Corazón de León fuese bastante sabio para seguir los conse­jos de un loco, debía estar aquí con sus bravos ingleses, y reservar el honor de libertar a Jerusalén a estos valientes caballeros, que son los más interesados.

-¿Es posible -añadió lady Rowena- que no se encuentre en todo el ejército inglés un sólo caballero que pueda competir con los del Temple y los de San Juan?

-No os digo, señora -contestó el templario-, que      t deje de haberlos. El rey Ricardo llevó a Palestina una hueste de famosos guerreros que de cuantos han blandido una lanza en defensa del Santo Sepulcro sólo ceden a mis hermanos de armas, que siempre han sido el perpetuo baluarte de la Tierra Santa.

-¡Que a nadie cedieron jamás! --exclamó con fuerza el peregrino, que se había acercado algún tanto y escuchaba esta conversación con visible impaciencia.

Todos los circunstantes se volvieron hacia donde había sonado tan inesperada voz.

-Sostengo -continuó con firme y decidida voz- que a los caballeros ingleses que formaban la escolta de Ricardo I no aventaja ninguno de cuantos han blandido el acero en defensa de Sión! ¡Y añado, porque lo he visto, que el rey Ricardo en persona y cinco caballeros más sostuvieron un torneo después de la toma de San Juan de Acre, contra cuan­tos se presentaron! Digo además que aquel mismo día cada caballero corrió tres carreras e hizo morder el polvo a sus tres antagonistas; y aseguro, por último, que de los vencidos siete eran caballeros del Temple. Presente está sir Brian de Bois­-Guilbert, que sabe mejor que nadie si hablo verdad!

Es imposible hallar expresiones bastante enérgicas para dar a conocer cumplidamente cuánta fue la ira que suscitó en el corazón del templario la relación del peregrino. En la mez­cla de confusión y furor que le turbaba, llevó maquinalmen­te la diestra al puño de espada, y sólo le contuvo la justa reflexión que hizo considerando que tal atentado no quedaría impune en casa de Cedric. Este, lleno de buena fe y candor, no daba cabida en su imaginación a dos objetos a la vez, y atendiendo a los encomios que hizo el peregrino del valor de los ingleses, no observó el hostil movimiento del caballero.

-¡Peregrino --dijo Cedric-, tuyo es este brazalete de oro si designas los nombres de esos valientes caballeros que tan dignamente sostuvieron el honor de las armas de Inglaterra!

-Con el mayor placer os daré gusto sin que me deis galardón. Mis votos me prohiben tocar oro con las manos.

-Yo llevaré por vos el brazalete -interrumpió Wamba-, si gustáis hacerme un poder.

-El primero en honor, en dignidad y heroísmo-dijo el peregrino- fue el valiente rey de Inglaterra, Ricardo I.

-¡Yo le perdono -repuso Cedric- el ser descendiente del tirano duque Guillermo!

-El conde de Leicéster fue el segundo; el tercero, sir Tomás Multon de Gilsland.

-¡De familia sajona! -exclamó Cedric entusiasmado.

-Sir Foulk Doilly, el cuarto.

-¡También sajón, al menos por parte de madre! -dijo Cedric, cuya satisfacción llegaba a tal extremo, que olvidaba su odio a los normandos porque veía sus triunfos unidos a los de Ricardo y sus isleños-, ¿y el quinto? -preguntó.

-Sir Edwin Turneham.

-¡Legítimo sajón, por el alma de Hengisto! -exclamó

Cedric transportado de alegría-. ¿Y el último?

-El último... -respondió el peregrino después de haberse detenido como si reflexionase-, el último era un caballero de menos fama, que fue admitido en tan ilustre compañía para completar el número más bien que para ayu­dar a la hazaña. ¡No recuerdo su nombre!

-Señor peregrino -dijo sir Brian de Bois-Guilbert-, después de tantos y tan exactos pormenores, viene muy fuera de tiempo esa falta de memoria, y de nada os sirve en la oca­sión presente. Yo os recordaré el nombre del caballero ante el cual quedé vencido... por falta de fortuna y por culpa de mi lanza y de mi caballo. Fué el caballero de Ivanhoe, y para su juvenil edad, ninguno de los otros cinco le aventajaba en renombre por su valor. Y digo francamente que si estuviera ahora en Inglaterra y se determinara a repetir en Ashby de la Zouche el reto de San Juan de Acre, montado y armado cono actualmente lo estoy, le daría cuantas ventajas quisiere, y no temería el resultado del combate.

-Si estuviera a vuestro lado Ivanhoe -dijo el peregri­no-, no necesitariais hacer esfuerzos para que aceptara vues­tro desafío. No alteremos ahora la paz de este castillo con una contienda inútil y con bravatas que están fuera de lugar, pues el combate de que hablais no puede efectuarse al presente. Pero si vuestro antagonista regresa de Palestina, él mismo irá a buscaros: yo respondo de ello.

-¡Buen fiador! -exclamó el templario-. ¿Y qué segu­ridad dais?

-Este relicario -dijo sacando del pecho una cajita de marfil-, el cual contiene un pedazo de la verdadera Cruz, tra­ído del monte Carmelo.

El prior de Jorvaulx hizo la señal de la cruz, y a su ejem­plo se santiguaron todos los presentes, menos el judío y los dos mahometanos. El templario, quitándose del cuello una cadena de oro, la arrojó sobre la mesa y dijo:

-Recoja el peregrino su prenda, que sólo es propia para recibir adoraciones, y deposite el prior Aymer la mía en testi­monio de que cuando regrese sir Wilfredo de Ivanhoe respon­derá al reto de sir Brian de Bois-Guilbert; y de no hacerlo así, le proclamaré como cobarde en cuantos castillos de los caba­lleros del Temple existen en Europa.

-No necesitaréis, señor caballero, tomaros esa molestia -dijo lady Rowena-. Y si en esta sala no hay nadie que tome la defensa del caballero de Ivanhoe, ausente, yo la tomaré a mi cargo. Afirmo que aceptará vuestro desafío, y si fuera necesa­rio añadir alguna fianza a la que ha prestado ese buen peregri­no, con mi nombre y fama respondo de que sir Wilfredo bus­cará a ese arrogante caballero y medirá con él sus armas.

Terrible fué el combate interior que sostuvo Cedric durante esta conversación. Permanecía en silencio, porque el orgullo satisfecho, el resentimiento y el embarazo ofuscaban sus ojos, sucediéndose un afecto a otro como las nubes reco­rren rápidas los cielos obligadas por el viento impetuoso. Todos los criados que escucharon el nombre de Ivanhoe se alarmaron, porque produjo en ellos un afecto eléctrico, y fija­ron sus atentos ojos en el rostro de Cedric, a quien sacó de su distracción la voz de lady Rowena.

-Señora, ese lenguaje no es conveniente. Si fuera nece­saria otra fianza, yo, aunque agraviado, garantizaría con mi honor el de mi hijo Ivanhoe. Pero nada falta a la legalidad y formalidades del duelo, aun según el ritual de la Caballería normanda. ¿No es cierto, prior Aymer?

-SI, sin duda. Y ahora, noble Cedrid, nos permitiréis beber el último brindis por lady Rowena, y nos retiraremos a gozar de algún reposo.

-¡Yo os creía más firme! ¿No podéis habéroslas conmi­go? En mi tiempo, un sajón de doce años, hubiera resistido más la partida.

El prior obraba con gran prudencia siguiendo su sistema de sobriedad, a que le obligaban su profesión y su carácter. Mediaba en todas las disputas, porque las odiaba con todo su corazón; y en aquella ocasión tenía serios recelos, porque temía al irritable sajón y al orgulloso templario, y no dudaba que había de concluir muy mal la cena. Por estas justas razo­nes insistió cortésmente en su propósito, alegando jovialmen­te que era arduo negocio disputar con un sajón en una con­tienda de mesa; y haciendo después algunas insinuaciones, aunque ligeras, respecto a la dignidad de su carácter, conclu­yó pidiendo de nuevo permiso para retirarse.

Tomaron la copa de despedida, y los huéspedes, después de saludar con respeto a lady Rowena, se levantaron de su sitio y se retiraron por diversas puertas que los amos de la casa.

-¡Perro descreído! -dijo el templario al judío al pasar por su lado-. ¿Vas tú también al torneo?

-Ese es mi intento, respetable señor, si no lo lleva a mal vuestra señoría.

-¡Para devorar con tus usuras a los infelices y sacar el corazón a las curiosas arruinando sus bolsillos por cuatro frus­lerías! ¡Apuesto cualquiera cosa a que llevas debajo de tu manto un gran gato de buenos skekele!

-¡Ni uno solo -respondió el judío inclinándose con los brazos cruzados-; ni una sola pieza de plata! ¡Pongo por tes­tigo al Dios de Abraham! Me dirijo a Ashby para implorar la caridad de los hermanos de mi tribu a fin de que me ayuden a pagar la contribución que de mí exige el echiquier de los judí­os. ¡Jacob sea en mi ayuda! ¡Soy un hombre arruinado, perdi­do! ¡Aun no podría abrigarme si Rubén de Tadcáster no me hubiera prestado la gabardina que llevo puesta!

El templario se sonrió irónicamente y le dijo:

-¡El Cielo te maldiga, imprudente embustero!

Dicho esto se separó de Isaac como si se desdeñase de hablar largo rato con él, y volviéndose a los mahometanos, les habló en un idioma extranjero. El judío quedó petrificado al escuchar las últimas palabras que le dirigió el templario; y había éste salido de la sala, cuando estaba el israelita encorvado, permaneciendo en su humilde postura. Cuando se resolvió a levantar la cabeza parecía un hombre a cuyos pies ha caído el rayo y escucha aún en sus oídos el eco que saliera de la nube al arrojarlo.

Los ilustres viajeros fueron conducidos a sus dormitorios respectivos por el mayordomo y el copero: iban precedidos por algunos criados con hachas, y seguidos por otros con sal­villas de refrescos. Los criados de rango inferior indicaron a los demás huéspedes el lugar en que cada uno debía pasar la noche.

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                             VI

 

El me salva vida y oro;

compensarle debo yo.

Si lo acepta ¡qué remedio!

Y si no..., ¡tanto mejor!

                  SHAKESPEARE: El mercader de Venecia.

 

El peregrino seguía a un criado que iba alumbrando el camino por el intrincado laberinto de salas y corredores que componían tan vasta como desordenada casa. De pronto se llegó a él el copero y le dijo:

-Si no tenéis inconveniente en beber una copa de hidro­miel, podéis acompañarme adonde nos esperan reunidos los principales criados de Cedric: tienen grandes deseos de saber noticias de la Tierra Santa, y particularmente las que tengan relación con el caballero de Ivanhoe.

-Debéis venir-dijo Wamba, que llegaba a la sazón-, y yo os aseguro que un vaso de hidromiel después de media noche vale más que tres después del cubre fuego.

El peregrino, sin disputar doctrina fundada en tan grave autoridad, dio gracias a ambos y se excusó diciendo:

-Perdonad: tengo hecho voto de no hablar nunca en la cocina acerca de lo que no quieren hablar los amos en el estrado.

-¡Pobres criados -dijo Wamba- si todos hiciesen vuestro mismo voto!

No agradó mucho al copero semejante respuesta, y vol­viéndose a Wamba le dijo:

-Iba a alojarle en la mejor cámara; pero ya que es tan poco complaciente con los cristianos, que vaya a pasar la noche con el judío ¡Anwold -gritó el copero llamando a un criado-, conduce al peregrino adonde tú sabes! Señor pere­grino, deseo que paséis muy buena noche: os quedo tan agra­decido como vuestra cortesía y complacencia merecen.

-¡Buena noche, y que la Virgen nuestra madre os ben­diga!

Así dijo el peregrino con mesura, y siguió a Anwold; pero al llegar a una estrecha antecámara a la que daban diversas piezas interiores alumbradas por una lámpara de hierro, fue nuevamente interrumpido por una camarera de lady Rowena, la cual en tono de autoridad dijo al peregrino que su señora deseaba hablarle; y diciendo y haciendo, quitó a Anwold la luz de la mano, y le mandó que aguardase en aquel sitio. En seguida con una señal indicó al peregrino que la siguiese. Este no creyó oportuno negarse a tal invitación, como había hecho con la de los criados, porque aunque mostró en el semblante j que el mensaje le parecía extraño, obedeció sin la menor resistencia.

Después de haber pasado un tránsito angosto que termi­naba en siete escalones cada uno de los cuales era un sólido pedazo de encina, entró en la sala, cuya tosca magnificencia correspondía al respeto con que Cedric trataba a la hermosa Rowena. Grandes colgaduras cubrían las paredes, y sobre las telas se veían bordadas mil proezas de montería, en las cuales habían agotado su ingenio los artistas de aquella época; los bordados eran de seda de diversos colores, de plata y oro. La tapicería que cubría la cama era igual a la de las paredes, y tenía además cortinas de color de púrpura. Los sillones correspondían a los demás adornos: sólo uno era más elevado que los otros, y tenía delante un escabel de marfil de un tra­bajo esmerado.

Estaba la sala iluminada por cuatro bujías colocadas en igual número de candeleros de plata. Pero, no obstante, nues­tras damas no deben envidiar el lujo de la princesa sajona. Estaba tan mal construida la habitación, que las colgaduras se agitaban dentro de la sala cuando en el campo hacía viento; y a pesar de una especie de biombo que defendía las luces, éstas ondeaban del mismo modo que las banderolas de las lanzas de los paladines. El conjunto era magnífico, y aun tenía ciertos vislumbres de buen gusto; y si bien faltaban algunas como­didades, como éstas eran desconocidas, no se sentía su ausencia.

Lady Rowena estaba colocada en su elevado sillón, y tres criadas le arreglaban el cabello despojándole de las ricas joyas que lo adornaban. Era su aspecto lindo y majestuoso, y pare­cía nacida para recibir el homenaje de cuantos la viesen: el peregrino conoció que debía rendirle el suyo, y puso una rodi­lla en tierra respetuosamente, hasta que lady Rowena le dijo con amable sonrisa:

-¡Levantad, peregrino! El que toma a su cargo la defen­sa del ausente adquiere un derecho a ser distinguido por todos los que aman la verdad, el honor y el valor. Retiraos todas, excepto Elgitha; dijo a sus camareras-. Deseo hablar a solas con este peregrino.

Sin salir del mismo salón, las camareras se sentaron en un banco empotrado en el muro y colocado a la extremidad opuesta de aquella estancia. Allí permanecieron mudas, repre­sentando estatuas vivientes; y aunque no habían salido de la pieza donde estaba lady Rowena y el peregrino, no podían oír nada de lo que éstos decían, y aun pudieran ellas hablar sin que las oyesen: tal era la extensión de la sala.

-Peregrino -dijo lady Rowena después de un rato de silencio, en el cual parecía que reflexionaba la manera de empezar la conversación-, habéis pronunciado esta noche un nombre..., un nombre que debiera ser acogido de otro modo en una casa donde la Naturaleza y el parentesco reclaman grandes derechos en favor del que lo lleva. No obstante eso, tal es el decreto de la suerte, que aunque varios corazones han palpitado en esta casa al escuchar el nombre de... Ivanhoe - dijo al fin haciendo un poco de esfuerzo,- yo soy sola la que osa preguntares en qué situación quedaba cuando regresasteis de Palestina. Algunos han dicho que permaneció allí después de la retirada de las tropas inglesas a causa de su mala salud, y que después ha sido perseguido por la facción francesa, a la cual son adictos los templarios.

-Yo conozco muy poco y tengo menos noticias del caballero de Ivanhoe -dijo el peregrino con la cabeza baja y voz hueca y temblorosa- aunque me hubiera informado mucho mejor si hubiera sabido el interés que os tomáis en su suerte. Tengo entendido que ha salido bien de todas las per­secuciones de sus enemigos, y que regresará de un momen­to a otro a Inglaterra, donde vos, bella señora, debéis de saber mucho mejor que yo la dicha o desventura que le aguarda.

Lady Rowena exhaló un profundo suspiro, y preguntó al peregrino muy por menor cuando regresaría a su patria el caballero de Ivanhoe, y si se expondría en su viaje a nuevos riesgos. El peregrino respondió que a punto fijo no podía señalar la época del regreso de Ivanhoe, y que no creía que tuviese accidente alguno en el camino, porque probablemen­te, haría el viaje por Venecia y Génova, pasando por Francia a Inglaterra.

-Ivanhoe -añadió- está muy familiarizado con el idioma y usos de los franceses: por eso no creo que le suceda ninguna desgracia en el camino.

-¡Quiera Dios que llegue, y... ojalá hubiese llegado ya y estuviera en estado de manejar las armas en el próximo tor­neo, en el cual todos los caballeros de Inglaterra van a probar su valor y destreza. Si Athelstane de Coningsburgh vence, poca satisfacción puede esperar Ivanhoe a su regreso. ¿Qué aspecto tenía la última vez que le visteis? ¿Habrá abatido la enfermedad su bella presencia?

-Algo más flaco y atezado me pareció que cuando llegó de Chipre en la escolta de Ricardo Corazón de León. Estaba pensativo y apesadumbrado; pero le vi de lejos, pues no le conozco de trato.

-No me parece que en su patria hallará motivos para disipar la tristeza que le agobia. ¡Gracias, buen peregrino, por las noticias que me habéis dado del compañero de mi infan­cia! Acercaos -dijo a sus camareras-, y ofreced a este santo hombre la copa del reposo: no es justo que le detenga más tiempo.

Elgitha presentó a su señora una copa de plata llena de cierta bebida compuesta de vino, miel y especias. Lady Rowena la aplicó a sus labios, y se la entregó al peregrino: éste probó apenas el licor y saludó respetuosamente a lady Rowena.

-Aceptad -le dijo la hermosa señora- esta limosna, amigo, en premio a vuestras romerías y como testimonio del respeto que me inspiran los santos lugares que habéis visitado.

El peregrino tomó la moneda de oro, hizo otra inclina­ción, y salió del aposento precedido por Elgitha.

Encontró a Anwold, que, tomando la luz de mano de la camarera, condujo al peregrino sin ceremonia a la parte exte­rior del edificio. En un corredor había gran número de piezas en forma de pequeñas celdas destinadas para dormitorios de los criados inferiores y de los huéspedes de menos rango.

-¿En que pieza de éstas duerme el judío?-preguntó el peregrino.

-El perro del israelita duerme en la celda inmediata a la vuestra. ¡Por San Dustán que necesitará mucho barrido antes que pueda servir para alojar un solo cristiano!

-¿Y donde duerme Gurth, el porquero?

-Gurth duerme al otro lado de vuestra celda: servís de separación entre el circuncidado y la abominación de las doce tribus. Hubierais pasado en mejor alojamiento la noche si hubieseis aceptado el convite de Oswaldo.

-Aquí la pasaré perfectamente, porque ningún contagio atravesará por un tabique maestro.

Cuando hubo concluido este diálogo entró en su mezqui­no y reducido cuarto, colocó la luz, y dio gracias al criado y las buenas noches. Cerró la puerta, y examinó el aposento, cuyos muebles eran harto sencillos y toscos: consistían en una tarima llena de fresca paja y cubierta de pieles de carnero que servían de mantas.

Apagó la luz el peregrino y se acostó, sin desnudarse, en su humilde cama. En ella descansó de las fatigas de la víspe­ra hasta que los rayos de la primera luz se introdujeron por la ventanilla que daba entrada al aire y a la luz en tan modesta morada. Cada celda tenía una ventana igual: el peregrino rezó sus oraciones de la mañana, se ajustó la túnica y pasó al cuar­to del judío, en cuya celdilla se introdujo con la mayor pre­caución.

Isaac estaba dominado por una terrible pesadilla, sobre un lecho exactamente igual a aquel en que pasaba la noche el peregrino. Todas las diversas piezas de que se componían sus vestiduras estaban colocadas en torno suyo con mucha pre­caución, por si le ocurría alguna sorpresa. Tenía retratada en su rostro la imagen de un hombre agobiado por la más peno­sa agonía. Sus manos y brazos se agitaban convulsivamente, y pronunciaban varias exclamaciones en hebreo, hasta que por último dijo en normando inglés:

-¡Por el Dios de Abraham, tened piedad de un infeliz anciano! ¡Soy un miserable, estoy pobre, pobrísimo! ¡Aunque me hagáis cuartos, no podréis sacar de mí un solo shekel!

El peregrino, sin querer aguardar el fin de la pesadilla de Isaac, le tocó con el bordón. Esta brusca manera de despertar acabó de cerciorar al judío de que estaba en manos de sus per­seguidores: se irguió de repente, se le erizaron los cabellos, y apoderándose de los vestidos que le servían de almohada, como el halcón que afianza las garras en su presa, fijó en el peregrino una mirada penetrante que revelaba el mayor terror. El peregrino le dijo:

-¡No temas, Isaac; vengo como amigo!

-¡El Dios de Israel os recompense! -dijo el judío empezando a respirar gradualmente-. Soñaba; pero, gracias al padre Abraham, sólo fue un sueño. -Aquí empezó a arre­glar su desordenado traje-. ¿Y qué negocio tenéis que tratar tan de mañana con el pobre judío?

-Vengo a prevenirte que si no marchas al instante y a paso largo, vas a tener muy mal rato en el camino.

-¡Dios de Moisés! ¿Y quién puede tener interés en hacer daño a un desgraciado como yo?

-Mejor debes de saberlo tú que yo: lo único que puedo decirte es que anoche, cuando el templario se levantó de cenar, habló a sus esclavos en idioma árabe, que yo entiendo y hablo tan bien como el inglés y el francés, y le oí que les mandaba que te cogiesen y llevasen al castillo de Reginaldo "Frente de buey", o al de Felipe de Malvoisin.

Es imposible describir el terror que agobió el corazón del judío cuando hubo oído tan desgraciada nueva. Dejó caer con languidez los brazos, dobló la cabeza sobre el pecho, aflojó las rodillas, y todos los músculos y nervios de su cuerpo que­daron sin vigor, sin elasticidad. Por último, se postró a los pies del peregrino, aunque no como un hombre que implora la pro­tección y trata de excitar pasión en otro, sino con el abati­miento del que cede a un poder invisible que le postra con terrible golpe.

-¡Poderoso Dios de Abraham! -Estas fueron las pri­meras palabras que pronunciaron sus labios elevando al cielo los trémulos brazos, aunque sin levantar la cabeza-. ¡Oh, santo Moisés, oh, bienaventurado Aarón! ¡Se realizaron mis sueños de agonía! ¡Sí; aún siento el hierro que penetra por mis entrañas! ¡Mis huesos crujen como los de los hijos de Ammbu y los hombres de Rabbah cuando sentían en su cuerpo las sie­rras, hachas y flechas enemigas!

-¡Levántate, Isaac, y escúchame! Debes tener motivos para temblar, puesto que tus hermanos han sido cruelmente tratados y despojados de sus riquezas por los poderosos de la Tierra. Pero levántate, repito: yo te proporcionaré los medios de frustrar los designios de Bois-Guilbert. Sal inmediatamen­te de este castillo en tanto que los huéspedes duermen merced a los vapores de la cena. Yo te conduciré por secretas veredas que me son conocidas como a los guardabosques que las cus­todian, y te ofrezco no dejarte hasta que te ponga en poder de algún barón o caballero que vaya al torneo, cuyo favor podrás granjearte con los medios que indudablemente posees.

Al vislumbrar el judío los rayos de esperanza que le deja­ba entrever el peregrino, fue elevándose del suelo poco a poco y pulgada por pulgada, hasta que se puso derecho. Entonces se echó atrás la blanca cabellera que le cubría el rostro, fijó la penetrante mirada en el peregrino, y en ella mostró la espe­ranza, el temor y las sospechas que le animaban. Pero cuando oyó las últimas palabras del peregrino le asaltaron de nuevo sus agitaciones pasadas.

-¡Qué medios he de poseer para granjearme la voluntad de nadie! ¡Ay de mí! ¡Qué puede hacer un miserable más pobre que Lázaro! -Detúvose aquí, y venciendo en su cora­zón la sospecha del terror, continuó-: Por amor de Dios, no me engañéis! ¡Por el Padre Omnipotente de todos los nacidos, sean judíos, cristianos, israelitas o ismaelitas, no me hagáis traición! ¡No puedo asegurarme la voluntad del último de los cristianos si hubiera de costarme un solo maravedí!

Al concluir estas palabras cogió la extremidad de la túni­ca del peregrino con ademán rendido y suplicante; pero él se la arrancó de las manos como si temiera contaminarse, y le dijo:

-Aunque sobre ti llevases todas las riquezas de tu tribu, ¿qué interés había yo de tener en engañarte? Mis vestidos anuncian el voto de pobreza que he hecho, y no lo cambiaría por la más preciosa alhaja, excepto por una armadura y un caballo de batalla. No imagines que puedo tener el menor interés en acompañarte, ni que espere de ello ventaja alguna. Quédate, pues, y colócate bajo la salvaguardia de Cedric el Sajón.

-¡Ah! ¿Cómo queréis que me deje viajar en su compa­ñía? Normandos y sajones se avergüenzan de admitir en su compañía a un israelita. ¿Qué será de mí si llego a verme solo en medio de las posesiones de Malvoisin o de "Frente de buey" ¡Buen joven, partiremos juntos! ¡Vamos; aprisa: no os detengáis un minuto! ¡Tomad vuestro bordón! ¿A qué os paráis?

-No me paro: estoy considerando cual es el medio mejor para salir de aquí. ¡Sígueme!

Ambos pasaron a la pieza inmediata, en la cual dormía el porquero.

-¡Arriba! -le dijo el peregrino-. ¡Gurth, abre la puer­ta y déjanos salir al judío y a mí!

Gurth desempeñaba funciones tan despreciables en nues­tros días como importantísimas durante la dominación de los sajones en Inglaterra, pues eran en un todo igual a las de Eumeo en Itaca. Por esta razón se ofendió al escuchar el tono de familiar franqueza, acompañado de cierto aire imperioso, con que le habló el peregrino. Gurth se incorporó en la cama, se apoyó sobre un codo, los miró atentamente y dijo:

-¡El judío y el peregrino quieren salir juntos y tan de mañana de la hacienda!

-¡El judío y el peregrino! -dijo Wamba, que entraba a la sazón-. ¡No me espantara más si viera al primero esca­parse de casa con una lonja de tocino bajo la gabardina!

-Sea lo que quiera -dijo Gurth volviendo a acostarse­ bueno será que judíos y cristianos aguarden a que se abra la puerta principal de Rotherwood. ¡No podemos consentir que los huéspedes se ausenten tan temprano y como furtivamente!

-¡Ni yo puedo consentir -replicó imperiosamente el peregrino- que rehúses hacer lo que te digo!

Al concluir estas palabras se inclinó hacia Gurth y le habló al oído en sajón. Entonces Gurth se levantó precipita­damente, como cediendo a irresistible poder. El peregrino se puso un dedo en los labios en señal de silencio, y le dijo:

-¡Gurth, cuenta con lo que haces! Tú sabes ser prudente cuando quieres: abre un postigo, y dentro de poco sabrás más.

Obedeció Gurth al extranjero con tanta prontitud como gozo, y manifestaba tan a las claras su satisfacción, que Wamba y el judío no sabían a qué atribuir tan rápida mudanza.

-¡Mi mula, mi mula! -gritó Isaac cuando llegaba ya al postigo.

-Dale su mula -dijo el peregrino-, y dame otra a mí para que pueda acompañarle hasta el fin del bosque. En Ashby se la devolveré a la comitiva de Cedric. Y tú... lo que dijo después fue en voz tan baja, que ninguno de los circuns­tantes pudo oír nada.

-Lo haré cono mandáis -respondió Gurth; y partió a toda prisa.

-Desearía saber -dijo Wamba- qué es lo que apren­den los peregrinos en Tierra Santa.

-Aprenden a encomendarse a Dios, a arrepentirse de sus pecados y a modificar su cuerpo con ayunos, vigilias y ora­ciones.

-Alguna otra cosa debéis de aprender, por fuerza. ¿Son vuestras oraciones las que han determinado a Gurth a que os abra la poterna? ¿Son los ayunos y las mortificaciones los que le han decidido a prestaros la mula de su amo? Si no hubierais tenido otros medios de obligarle, tanto os valiera haberos diri­gido al gran marrano negro de la piara, su favorito.

-¡Anda; no eres más que un loco sajón!

-¡Tenéis razón! Si yo hubiera nacido normando, como creo que vos lo sois, tendría, sin duda, ciencia infusa.

 

Gurth se presentó a este tiempo con las dos mulas al otro lado del foso. Le atravesaron el peregrino y el judío, pasando por un estrecho puente levadizo compuesto de dos tablas apo­yadas en el postigo interior y en otro exterior que daba salida al bosque. El judío montó trémulo y apresurado, sacó de deba­jo de la túnica un saco de barragán azul, y al colocarlo con gran cuidado sobre el albardón lo cubrió esmeradamente con la capa, diciendo al peregrino:

-¡Es una muda de ropa, una sola muda!

El peregrino montó con más lentitud que Isaac; después presentó aquél la mano a Gurth, y éste la besó con el mayor respeto y veneración. El porquerizo permaneció observando a los caminantes hasta que se ocultaron en los frondosos circui­tos del bosque. Viendo Wamba la distracción de Gurth, le llamó la atención diciéndole:

-¿Sabes, mi amigo Gurth, que eres muy cortés y piado­so en estas mañanas de otoño? ¡Ojalá fuese yo un descalzo peregrino, para aprovecharme de tu esmerado celo! Si así fuera, puedes estar seguro de que no me contentaría con darte a besar la mano.

-Tú no eres demasiado loco, Wamba; al menos juzgas por las apariencias, que es todo lo que pueden hacer los más discretos. Pero entremos en casa, que por ahora lo que más interesa es cumplir con nuestra obligación.

Entretanto los caminantes continuaron su jornada avivan­do el paso cuanto podían; sobre todo Isaac, cuyos justos temo­res le obligaban a andar con más velocidad de la que su edad permitía. El peregrino conocía perfectamente todos los sende­ros de la selva, y llevaba a su compañero por veredas más apartadas y sinuosas, de suerte que más de una vez excitó las sospechas del judío, pues llegó a recelar que el peregrino le entregase a alguna emboscada de enemigos.

Estas sospechas no carecían de fundamento, porque en la época de que vamos hablando no había raza alguna sobre la tierra, en las aguas o en los aires que fuera perseguida con más encarnecimiento que la de los desdichados hijos de Abraham. El más ligero y descabellado pretexto, la acusación más absurda e infundada bastaban para desposeer de sus bienes a cualquier israelita, y aun para entregarlo al furor del más desenfrenado populacho. Sajones y normandos, bretones y daneses, aunque entre sí mortales enemigos, se aunaban para aborrecer y perseguir a los hebreos, disputándose la ventaja de envilecerlos, saquearlos, despreciarlos y perseguirlos. Los reyes de la dinastía normanda y los nobles independientes que deseaban imitar a aquellos en todo, seguían una persecución metodizada, exactamente fundada en los cálculos que les sugería su codicia y en las ventajas que imaginaban tener vejando a los israelitas. Bastante conocida es la historia del rey Juan, quien dispuso que se encerrase a un opulento judío y mandaba arrancarle un diente cada día, hasta que el infeliz proscrito, que miraba perdida la mitad de su dentadura, por conservar los pocos dientes que le quedaban consistió en pagar una atroz suma en metálico, que era el único objeto del Monarca. El poco dinero que circulaba en el país estaba reconcentrado en las gavetas de los perseguidos israelitas: y esta era la razón de que los nobles, a ejemplo del Soberano, emplearan todos los medios imaginables, sin exceptuar la más atroz violencia, y hasta la misma tortura, para sacarles alguna suma. Los judíos sufrían con impasible valor estas tropelías, inspirados por el ansia de ganar, y se desquitaban completa­mente con sus usuras y con los enormes provechos que sabí­an realizar en un país que abundaba en riquezas naturales. A pesar de tal cúmulo de calamidades que debían desanimarlos y abatirlos, y a despecho del tribunal denominado el echiquier de los judíos, éstos acumulaban riquezas sobre riquezas, las cuales trasferían de una mano a otra por medio de letras de cambio, cuya invención se les atribuye, que, indudablemente, era el mejor medio de enviar sus tesoros fuera del país en que tantos infortunios les aquejaban.

La obstinación y la avaricia de los hijos de Israel lucha­ban con la tiranía de los poderosos, y aumentaban en propor­ción a sus padecimientos. Sus cuantiosos tesoros les propor­cionaban muchos peligros; pero en cambio, les aseguraban muchas veces protección, y aun influjo. Esta era la situación en que se hallaban los judíos en aquella época: su carácter estaba vaciado en el molde de las circunstancias, y eran, por consiguiente, tímidos, suspicaces, obstinados, egoístas, duros y diestros en evitar los peligros que de continuo les amenaza­ban.

Después de haber atravesado rápidamente nuestros cami­nantes algunos senderos solitarios, el peregrino rompió el silencio diciendo al judío:

-¿Ves aquella añosa encina? Pues allí concluyen las posesiones de "Frente de buey", y las de Malvoisin hace tiem­po las dejamos atrás. Isaac, nada debes temer de tus enemi­gos.

-¡El Dios de Abraham permita que las ruedas de sus carros se hagan mil pedazos, como las de los del Faraón, para que no puedan alcanzarme! ¡Pero no os separéis de mí, buen peregrino! ¡Acordaos del altivo templario y de sus esclavos sarracenos! ¡Considerad, buen joven, que semejante gente no respeta término ni jurisdicción!

-Aquí debemos separarnos, porque no me es dado per­manecer más tiempo en compañía de un israelita. Por otra parte, ¿de qué puede servirte un pacifico peregrino contra paganos armados?

-¡Oh no me abandonéis! ¡Yo sé que podéis defenderme si queréis! Aunque soy un pobre miserable, no dejaré de manifestaros mi agradecimiento. No será con dinero, por­que... ¡así no me falte la protección de Abraham, como es cierto que no poseo un maravedí! No obstante...

-Te he dicho que no quiero de ti dinero ni recompensa alguna, sea de la especie que quiera. Puedo servirte de con­ductor, y tal vez de defensa, porque no es acción indigna de un cristiano defender a un judío contra dos musulmanes. Por eso, israelita, puedes contar conmigo hasta que lleguemos a Sheffield, en cuya ciudad te será fácil incorporarte con algu­no de tu tribu que pueda socorrerte y ampararte.

-¡La bendición de Jacob os siga por doquiera! En Shef­field habita mi  pariente Zareth, que me proporcionará medios de seguir mi jornada con seguridad.

-Vamos, pues, a Sheffield, y allí nos separaremos: den­tro de media hora habremos visto sus muros.

Pasó la media hora, y durante ella ninguno rompió el silencio, pues el peregrino evitaba hablar con un judío, y éste no se determinaba a dirigir la palabra a un hombre que venía de visitar los Santos Lugares, peregrinación que le daba cier­to carácter solemne. Al fin dijo aquél al judío.

-Aquí nos separamos: he allí Sheffield.

-¡Dejad primero que el pobre judío os dé gracias por tanta bondad! Si me atreviera a más, os rogaría que vinieseis conmigo a la casa de Zareth, mi pariente, que me proporcio­nará los medios necesarios para daros ¡ajusta recompensa.

-¿Cuántas veces he de decirte que ni espero ni quiero recompensa de ninguna especie? Si en la dilatada lista de tus deudores cuentas, como es probable, el nombre de algún cris­tiano, ahórrale los grillos y el calabozo, y me creeré con eso muy recompensado.

-¡Esperad, esperad! -dijo Isaac levantando las faldillas de su gabardina-. He de hacer, de todos modos, alguna cosa por vos; por vos precisamente, y no en favor de otro. ¡Dios sabe si soy pobre! ¡El mendigo de mi tribu! Pero perdonad si me atrevo a pensar que deseáis en este momento una cosa más que cualquiera otra.

-Si, en efecto, lo has adivinado, conocerás que no pue­des satisfacer mi deseo, aunque fueses tan rico como misera­ble te supones;

-¡Como me supongo! ¡Bien podéis creerme! ¡Es la pura verdad! ¡Me han dejado desnudo y lleno de deudas! ¡Soy el último de los infelices! ¡He sido despojado de mis riquezas, de mis navíos, de...! Pero, al caso. Vos deseáis una hermosa armadura y un soberbio caballo de batalla: uno y otro puedo proporcionaros.

-¿Quién ha podido inspirarte semejante conjetura? -Sea como quiera, mi flecha ha dado en el blanco, y lo

que importa es que tengáis lo que tanta falta os hace. -¿Como has podido creer que con el traje que visto, y...?

Por otra parte, mis votos, mi carácter...

-¡Oh; yo conozco muy bien a los cristianos, y sé que el más noble entre todos ellos no desdeña vestir una esclavina, empuñar un bordón y calzar sandalias para visitar el sepulcro de Aquél!

-¡Judío! -exclamó con airada voz el peregrino-. ¡No blasfemes!

-¡Perdonadme! He hablado inconsideradamente; pero anoche y esta mañana os he oído ciertas palabras que me han revelado lo que sois, como descubren las chispas al pedernal. Debajo de esa esclavina se esconde una cadena de oro igual a la que llevan los caballeros: yo la he visto brillar esta mañana cuando os inclinasteis sobre mi lecho.

El peregrino no pudo menos de sonreír, y dijo a Isaac:

-Si la curiosa vista de algún investigador pudiese pene­trar bajo tu vestimenta, ¡qué de descubrimientos haría!

-¡No digáis eso! -repuso el judío mudando el color; y sacando apresuradamente la portátil escribanía, tomó una hoja de papel arrollado, y sobre el cuello de la mula escribió algu­nos renglones. Estaban en idioma hebreo, y luego que con­cluyó dijo al peregrino entregándole el papel-: En toda la ciudad de Leicester es conocido el rico judío Kirgath Jairam de Lombardía: presentadle mi carta, y él os enseñará seis arneses de Milán tales, que el peor de ellos es digno de una testa coronada. Tiene asimismo diez magníficos caballos de batalla, y el peor puede servir a un rey para reconquistar su trono: elegid de ellos y de las armaduras lo que más os con­venga y agrade, y además otras dos y sus correspondientes caballos para reserva. Todo lo dicho, y lo demás que pudié­rais necesitar para el torneo de Ashby, os lo facilitará por medio de esta carta sin exigiros nada. Concluido el torneo, le devolveréis armaduras y caballos, a menos que os hallaseis en estado de pagárselas y quedaros con ellas.

-Pero, Isaac, considera que las armas y el caballo del vencido quedan a disposición del vencedor. Puedo ser des­graciado en el combate, y entonces, ni podré restituir ni pagar.

El judío, pálido, desencajado al pensar en la posibilidad del vencimiento, hizo un esfuerzo sobre su codicia y excla­mó:

-¡No; no puede ser! ¡Yo quiero daros esa muestra de agradecimiento! Además, creo que estará con vos la bendi­ción del Padre celestial de todas las criaturas, y entonces vuestra lanza será tan fuerte como la vara de Moisés.

Dicho esto volvió a su mula las riendas en ademán de partir, cuando el peregrino le detuvo diciéndole:

-Aún no te lo he dicho todo, Isaac. Cuando estoy en la liza o en el campo, sobre el caballo y lanza en ristre no soy hombre que tenga consideración con jinete, con armas o con caballo. Puede quedar todo esto derrotado, y entonces, ¿qué haremos? Porque tus paisanos no dan nada por nada, y yo deberé al fin pagarle alguna cosa si...

Isaac se tendió sobre el arzón delantero manifestando en su rostro la angustia de un hombre acometido por un violen­to cólico; pero por esta vez sus buenos sentimientos triunfa­ron de la codicia y exclamó:

-¡No importa! ¡Dejadme partir! Si tuviérais alguna des­gracia, no os costará nada; ¡nada! Kirgath Jairam os perdo­nará el alquiler en compensación de lo que por su pariente hicisteis, y aun os prestará dinero sin interés, por amor a su hermano. Lo que os encargo es que tengáis mucho tino; que

no os engolféis demasiado en la pelea, porque... ¡Pero no; no creáis que este consejo se dirige a que miréis con alguna con­sideración las armas y el caballo! Yo os lo prevengo porque no peligre la vida de tan excelente y recomendable joven. ¡Adiós; que os ventura!

-¡Gracias Isaac, por tu consejo! Me serviré de tu oferta,

y mal han de andar las cosas para que no pueda satisfacerte. Dicho esto se separaron, y cada uno se dirigió a Sheffield  por distinto camino.

 

 

VII

 

 

¡A las armas, caballeros!

¡Suena el bélico clarín!

¡Venid, venid; un renombre

allí podéis adquirir!

¡A Ias armas, caballeros!

¡ El fiero instante llegó!

¡El corcel el freno tasca!

¡Gloria al fuerte vencedor!

DRIDEN.

 

La situación del pueblo de Inglaterra era en aquel tiempo harto desgraciada. Estaba ausente y prisionero el rey Ricardo, en poder del pérfido, aleve y cruel duque de Austria. No podría designarse el punto donde el rey gemía cautivo, y sus vasallos solamente tenían muy vagas noticias acerca de la suerte de tan apreciado monarca, en tanto que sufría toda clase de vejacion1s y la más inaudita prisión.

El príncipe Juan Sin Tierra, coligado con Felipe de Fran­cia, enemigo mortal de Ricardo, procuraba, sin omitir medio alguno, que el duque de Austria prolongase al extremo el cau­tiverio de su hermano Ricardo Corazón de León, a quien tan­tos favores debía. Estaba el príncipe Juan consolidando su facción en Inglaterra para disputar el trono a Arturo, duque de Bretaña e hijo de Godofredo Plantagenet, hermano mayor de Juan y heredero del trono si el Rey falleciese. Todos saben que esta usurpación llegó a consumarse más tarde. El carácter de tan mal príncipe era ligero, pérfido y disoluto: por eso se unieron a él todos los que por su conducta temían la vuelta de Ricardo, y también todos los cruzados que habían regresado de Palestina no habiendo sido bastante poderosos para dejar de acostumbrarse a todos los vicios de Oriente; y como se hallaran sin bienes ni recursos de ninguna especie y llenos de arrojo y temeridad, deseaban la guerra civil porque carecían de toda esperanza de mejor fortuna habiendo un buen Gobier­no en Inglaterra.

Se reunían a estas causas de miedo y desconfianza las partidas de salteadores, las cuales, obligadas por la desespera­ción que ocasionaba la atroz tiranía de la Nobleza feudal y la severa ejecución de las Ordenanzas de montes, se habían reu­nido para habitar en los bosques y desafiar la autoridad de los magistrados del país. Cada noble, fortificado en su castillo, se convertía en soberano de sus dominios y acaudillaba otras partidas tan ilegales y opresoras como las anteriores; y para mantener a sus secuaces y sostener el lujo que les aconsejaba su soberbia, necesitaban de los proscritos judíos, de quienes tomaban prestadas cuantiosas sumas a un interés crecidísimo. Los israelitas al fin se apoderaban de los Estados de sus deu­dores, y estos, para evitar la ruina, procuraban encontrar cual­quier pretexto para deshacerse de sus acreedores a costa de toda violencia

El pueblo inglés sufría cuantas calamidades puede origi­nar el estado de disolución que llevamos descrito; pero a'n eran más terribles las que les reservaba el porvenir. Para         el  colmo de desgracias, se declaró en el país una enfermedad contagiosa cuyo carácter era en extremo peligroso y maligno. El poco aseo, los alimentos malos y la peor disposición de las habitaciones de los pobres hicieron que la enfermedad agra­vase el peligro de los invadidos por ella: y tal era la esperan­za que los ingleses tenían, que los que sucumbían al rigor de Ia pestifera dolencia eran envidiados por los que sobrevivían a ella.

A pesar de todo, y en medio de tan azarosas circunstan­cias, al anuncio de algún torneo todos acudían presurosos, pues era la fiesta más deseada en aquellos tiempos, y a la que acudían solícitos y alegres pobres y ricos, plebeyos y nobles. Ni las precisas obligaciones, ni aun las enfermedades mismas, eran bastante poderosas para impedir que asistiesen a los tor­neosjóvenes y ancianos. El paso de armas que iba a celebrar­se en Ashby, pueblo del condado de Leicester había alarmado Ia general curiosidad, porque cuantos campeones trataban de tomar parte en él eran de gran nombradía, reuniéndose ade­más la circunstancia duque había de autorizarle el príncipe Juan Sin Tierra. El concurso que acudía de todas partes y de todas categorías era inmenso, y había invadido el sitio del combate antes que despuntase el alba.

Inmediato a un bosque que apenas distaba una milla de la ciudad de Ashby había una vasta pradera cubierta de espeso y verde césped, limitada de un lado por el último de la selva, y del otro por una hilera de aisladas encinas, de las cuales algu­nas eran de extraordinaria corpulencia. El terreno no pudiera ser más a propósito para la justa de armas si de intento le hubiesen preparado: descendía gradualmente y del modo más suave hasta formar una llanura que guarnecían fuertes empa­lizadas; su espacio tendría un cuarto de milla de longitud y medio de latitud; su forma era cuadrada, a excepción de los ángulos, que estaban artificiosamente redondeados para mayor comodidad de los espectadores. A los lados del Norte y del Sur había anchas puertas, a propósito para que por ellas entrasen dos jinetes de frente, y estas estaban designadas para entradas de los combatientes.

Había en cada una de ellas dos heraldos con seis trompe­tas e igual número de asistentes, apoyados por un destaca­mento de hombres de armas que estaban destinados para con­servar el orden, así como los primeros lo estaban. para examinar la condición de los caballeros que quisiesen justar.

A la entrada del Sur, y sobre una plataforma que estaba formada por la natural elevación del terreno, estaban coloca­dos cinco pabellones magníficos adornados con pendones pardos y negros, colores que habían adoptado los caballeros mantenedores para entrar en la lid. Delante de cada uno de los pabellones estaba colocado el escudo del caballero que le ocu­paba, guardado por un escudero disfrazado según el capricho de su amo y el papel que éste deseaba representar durante la fiesta. El pabellón de en medio, señalado como de mayor dig­nidad, se había destinado a sir Brian de Bois-Guilbert, a quien los demás caballeros habían recibido con la mayor satisfac­ción por su caudillo, tanto por sus relaciones con los demás caballeros como por el nombre que le bahía dado su conocido valor. A un costado del pabellón de Bois-Guilbert estaban los de Reginaldo "Frente de buey" y Felipe de Malvoisin. y al otro, el de Hugo de Grantmesnil, noble barón de aquellos con­ tornos, cuyo abuelo había sido mayordomo mayor de Palacio en tiempo de la conquista, y el de Ralfo de Vipont, caballero del orden de San Juan de Jerusalén y poseedor de los antiguos dominios de Heather, cerca de Ashby de la Zouche. Desde la entrada del palenque hasta la plataforma en que estaban los pabellones había un suave declive de diez varas de ancho guarnecido por ambos lados con una fuerte empalizada, del mismo modo que la explanada que daba frente a las tiendas. Todo el circuito estaba cubierto por hombres de armas. En el  lado del Norte estaban colocados diversos pabellones; unos para los caballeros que acudiesen a tomar parte en la lid, otros para los que desearan descansar o tomar cualquier género de manjares o refrescos de que estaban abundantemente provis­tos, y otros para las fraguas de los herreros destinados a la recomposición de armas ofensivas y defensivas, así como también para los herradores y demás artesanos cuyos conoci­mientos pudieran ser necesarios.

Por encima de las barreras descollaban inmensas galerías cubiertas de ricas alfombras y provistas de almohadones para comodidad de las damas y de los nobles que de todas partes a la marcial fiesta acudían. Debajo de estas galerías había otras destinadas a los espectadores de menor elevación, aunque mayor que la del vulgo, y que desde ellas dominaban perfec­tamente la palestra. Los curiosos de menor condición ocupa­han las montañas vecinas, las ramas de los árboles, y aun el campanario de una iglesia inmediata.

Para completar este cuadro general sólo nos resta descri­bir el último tablado dispuesto en el centro del lado Oriente del palenque, frente al punto en que habían de encontrarse los combatientes, que estaba adornado con mayor profusión y con las reales armas de Inglaterra, coronadas por un elegante dosel. Alrededor de este sitio, destinado al príncipe Juan y a los caballeros de su comitiva, se han colocado sus pajes, escu­deros y demás individuos de la real servidumbre en traje de gran gala. Frente al dosel había otro en un tablado que se ele­vaba a igual altura, adornado con más elegancia, si bien con menos riqueza que el del Príncipe. Estaba rodeado de pendo­nes y gallardetes, y en ellos representados los emblemas de los triunfos de Cupido, sin olvidar los corazones inflamados, carcajes, flechas y una inscripción en caracteres de oro que decía: A la reina de la belleza y de los amores. ¿Y quién debía ser esta reina? Nadie podía calcularlo.

En tanto, los espectadores de todas edades y condiciones se apresuraban a tomar puesto en el lugar que según su rango les pertenecía, y de aquí se originaban muchas disputas que los hombres de armas transigían con los mangos de sus ala­bardas, a cuya irresistible elocuencia cedían sin dificultad los contendientes. En punto a las dificultades que se suscitaban entre las personas de mayor jerarquía, se observaba otro orden, y sólo podían mediar en ellas los mariscales del torneo, llamado el uno Guillermo de Wyvil y Esteban de Martival el otro, que armados de punta en blanco recorrían a caballo la palestra para acudir adonde el orden fuese perturbado.

Poco a poco se llenaron las galerías de nobles y caballe­ros, cuyos hermosos trajes hacían un vistoso contraste con los elegantes adornos de las damas, cuyo número excedía al de los hombres; porque, a pesar de ser aquel espectáculo de suyo peligroso y sangriento, las señoras de aquella época concurrí­an a él con particular gusto. El espacio más bajo lo ocuparon también muy pronto muchos hacendados, ricos pecheros y otras personas que no aspiraban a los sitios de preferencia, por modestia o por pobreza: de consiguiente, allí eran muy fre­cuentes los altercados.

-¡Perro judío! -dijo un anciano cuya túnica raída indi­caba la pobreza, al propio tiempo que su espada, daga y cade­na anunciaban la jerarquía de caballero-. ¡Hijo de una loba! ¿Te atreves a tocar a un cristiano? ¿A un hidalgo normando de la alcurnia de los Montdidier?

Este enérgico discurso se dirigía nada menos que a nues­tro antiguo amigo Isaac de York, el cual, costosamente vesti­do con una gabardina forrada de magníficas pieles, procuraba adquirir dos asientos en primera línea debajo de la galería, para él y para su hija, la hermosa Rebeca, que había ido a bus­car a su padre a Ashby con objeto de asistir al torneo. Isaac pugnaba por cumplir su deseo, mientras su linda hija le tenía asido del brazo, y temblaba al observar el general desagrado que excitaba la presunción de su padre. Pero si en otras oca­siones hemos visto a Isaac tímido y sumiso, en aquélla no, porque conocía que nada debía temer y que su persona no corría riesgo alguno. En las numerosas concurrencias ningún noble se hubiera atrevido a ofenderle en nada, por muy ven­gativo y ambicioso que fuera: en tales casos los judíos estaban bajo la salvaguardia de la ley general; y si esto no era sufi­ciente, rara vez faltaba algún barón poderoso que por su mismo interés los amparaba y defendía a toda costa. Además de las razones ya dichas, Isaac de York sabía que el príncipe Juan trataba de negociar un empréstito con todos los judíos del mismo condado, y que les daba en prendas o fianzas varias tierras y joyas. A Isaac le correspondía tomar una parte muy principal en aquel asunto, y de aquí nacía su íntima convic­ción de que el Príncipe se mostraría propicio, favorable, y aun su defensor, por lo mucho que le interesaba terminar feliz­mente el empréstito con los judíos de York.

Fiado en tan justas consideraciones siguió Isaac dispu­tando, y atropellando por entre la muchedumbre empujó al  noble normando, sin tener en cuenta su clase y alcurnia. Las quejas del noble y anciano caballero excitaron la indignación de cuantos rodeaban. Uno de ellos, hombre de extremada cor­pulencia y de gran robustez, con doce dardos pendientes del cinturón, un arco de seis pies en la mano, y con un semblante en que muy al vivo estaban retratadas la cólera y la indigna­ción sobre unas facciones duras y curtidas por la acción del sol y por toda clase de intemperie, se volvió hacia el judío y le dijo:

-¡No olvides nunca que todas las infinitas riquezas que has atesorado chupando la sangre a tus desgraciadas víctimas no han hecho otra cosa que hincharte como una araña de quien nadie se cura en tanto que permanece en su agujero, pero que cualquiera la aplasta con el pie si se atreve a presen­tarse en medio del día!

Este enérgico y terminante discurso, pronunciado en anglonormando y con voz terrible y poderosa, atajó los pasos del israelita, y es probable que se hubiera alejado de tan terri­ble vecino si la entrada en el circo del príncipe Juan, rodeado de su numerosa comitiva, no hubiera llamado la general aten­ción.

Entró rodeado el Príncipe de todos los caballeros sus cor­tesanos oficiales de la Corona y de algunos eclesiásticos, entre los cuales se distinguía el Prior de Jorvaulx, vestido con la magnificencia que le permitía su estado, y distinguiéndose por la desmesurada longitud de las puntas de sus botas; longitud que obligaba a que algunos se las atasen a las rodillas. Pero las del Prior, más extravagantes aún, iban atadas a la cintura, de modo que le obligaban a llevar los pies fuera de los estribos. Este inconveniente no era de poca consideración para el prior de Jorvaulx, que era muy afecto a lucir su destreza en la equi­tación. El resto de los cortesanos que rodeaban al Príncipe eran los jefes de sus tropas mercenarias, varios barones aven­tureros, diversos personajes de infame conducta, y algunos caballeros del Temple y de San Juan de Jerusalén, Urdenes ambas que se habían declarado abiertamente contra Ricardo, puesto que habían tomado partido por Felipe de Francia en los disturbios que entre ambos reyes ocurrieron en Palestina. Las consecuencias subsiguientes a estas reyertas hicieron inútiles las victorias de Ricardo y las heroicas tentativas que hizo con­tra Jerusalén, parando todas sus hazañas y su inolvidable glo­ria en una dudosa tregua con el sultán Saladino.

Siguiendo los caballeros templarios y los hospitalarios la misma política en Inglaterra y en Normandía que la que habían usado en Tierra Santa, se habían unido a la facción de Juan Sin Tierra, y no podían desear el regreso de su rey Ricardo I, ni aun la sucesión de Arturo, su legítimo heredero. Esta era la razón más poderosa que tenía el príncipe Juan para aborrecer y despreciar a las pocas familias sajonas que existían en Ingla­terra; y cuanto mayor era la importancia de éstas, tanto más se complacía el Regente en abatirlas con toda clase de vilipen­dios. Las dichas familias miraban al príncipe Juan con el mayor desafecto, porque sólo esperaban usurpaciones y tira­nía de un soberano tan disoluto y tan arbitrario.

Seguido de su brillante acompañamiento y vestido de seda y oro se presentó en el circo Juan "Sin Tierra" sobre un poderoso caballo, con un halcón en la mano, cubierta la cabe­za con gorra de magníficas pieles y piedras preciosas, y (le­vando la cabellera rizada y caída con gracia sobre los hom­bros. El Príncipe hizo caracolear a su tordo palafrén alrededor de la liza precediendo a sus alegres cortesanos, con los cuales iba hablando y riendo con descompasados gritos, sin dejar por eso de observar como buen juez en el asunto, las bellezas que ornaban la galería.

Llevaba el Príncipe retratadas sobre su frente la audacia y la disolución que le eran habituales, unidas a una altanería sin límites y una total indiferencia con respecto a los males ajenos; pero, a pesar de todo, su continente agradaba, porque sus facciones naturalmente bellas y su urbanidad habían dado a su rostro una cierta expresión risueña que anunciaba la más honrada franqueza, como si verdaderamente fuera esta prenda natural de su carácter. Esta clase de fisonomías se atribuyen generalmente a una índole franca y ajena a todo disfraz, no siendo en realidad otra cosa que el retrato del descaro, fruto propio del libertinaje, unido al que da también el rango, la riqueza y otras ventajas que no tienen en sí un mérito verda­dero y sólido. La ignorante plebe, igual en todas partes, no trató de examinar a fondo esta cuestión, y recibió al Príncipe con estrepitosos aplausos, debidos a la pedrería que llevaba en la gorra, a las magníficas pieles que adornaban su capa, a las elegantes botas de tafilete con espuelas de oro, y a la gracia y resolución con que manejaba su hermoso palafrén.

Recorría el circo el Príncipe, cuando le llamó la atención el alboroto suscitado por el empeño del judío, que a toda costa deseaba obtener dos asientos delanteros. La vista penetrante del Príncipe conoció inmediatamente a Isaac, aunque se fijó con más gusto en la hermosa Rebeca, que, aterrada por el tumultuoso alboroto, apretaba en silencio el brazo de su anciano padre.

La figura de la hija del judío podía competir con la de la beldad más célebre de toda Inglaterra, aun a los mismos ojos del Príncipe, conocedor célebre. La elegante y perfecta sime­tría de sus formas brillaba más con el traje oriental que usa­ban todas las mujeres de su nación. Llevaba un turbante de seda amarilla que hacía hermoso,juego con el color moreno de su rostro: cl brillo de sus negros ojos, los arcos elegantes que formaban sus cejas sobre una nariz aguileña, sus dientes blan­cos como las más finas perlas de su nación, sus profusas tren­zas negras, caídas graciosamente sobre su cuello, el magnífi­co traje de seda de Persia, en cuyas llores y ramas se retrataba el brillo de la naturaleza misma: todo, en fin, formaba un con­junto de elegancia y hermosura que eclipsaba a todas las bellezas que hasta entonces se habían presentado en el torneo. Completaba su rico atavío un collar riquísimo de diamantes con sus pendientes de lo mismo, diversos broches de perlas y oro que sujetaban el traje desde el cuello a la cintura, y de los cuales estaban abiertos los tres superiores a causa del calor, y una magnífica pluma de avestruz sujeta al turbante por un botón de diamantes y perlas. Tal era, pues, el traje de la hebrea, que podía graduarse cono incalculable su valor. Las j damas que estaban en la superior galería aparentaban el más F alto desprecio hacia la judía, al paso que envidiaban su her­mosura y sus ricas galas.

-¡Por la calva cabeza de Abraham! -dijo el Príncipe-  ¡Aquella judía debe de ser el retrato de la que volvió el juicio más sabio de los reyes! ¿Qué os parece prior Aymer'?

-¡La rosa de Sharon y el lirio de los valles! -contestó el prior en tono de chanza-. Pero tenga presente vuestra alte­za que es una judía.

-¡Si -prosiguió el Príncipe-; y es lástima que el barón de los Bezantes y el duque los Shekels estén disputando un sitio con esos descamisados que no tienen una sola moneda j cuya cruz impida que el Diablo baile en sus bolsillos! ¡Por el cuerpo de San Marcos! ¡Mi proveedor de dinero y su hermo­sa hebrea han de tomar puesto en la galería! Isaac, ¿quién es esa joven? ¿Es tu hermana, tu mujer o... alguna de las huríes?

-Mi hija Rebeca -respondió Isaac haciendo una reve­rencia, pero sin el menor embarazo, y no dando valor al dis­curso del Príncipe, en el cual había tanta cortesanía como burla, por lo menos.

            -¡Mejor para tí! -dijo el Príncipe con una gran carca­jada, que imitaron en coro sus cortesanos-. ¡Pero hija, mujer o lo que sea, obtendrá un lugar cual corresponde a su mérito y hermosura! ¿Quiénes son aquéllos'? -continuó, fijando la vista en la galería-. ¡Villanos sajones! ¡Fuera con ellos! ¡Que dejen sitio al príncipe de los usureros y a su hermosa hija! ¡Es necesario que aprendan esos rústicos que el mejor asiento en la sinagoga es de aquellos a quienes de derecho les pertenece!

Esta injuriosa y poco cortés arenga se dirigía nada menos que a la familia de Cedric el Sajón, la cual ocupaba una parte de la galería en unión con la de su fiel aliado Athelstane de Coningsburgh, personaje venerado por todos los sajones, por traer su origen del último monarca de la raza que ocupó el trono de la nación inglesa. Era, como todos los de su familia, de agradable aspecto, membrudo y fuerte, y a la sazón estaba en la flor de sus años; pero tenía una fisonomía sin expresión, una mirada fría, y todos sus movimientos eran lentos y flojos, siendo tal su irresolución, que al nombre le agregaban el epí­teto de desapercibido. Tenía muchos amigos, entre ellos Cedric, que decían en abono de Athelstane que no carecía de valor ni de talento, sino que la indolencia procedía de su habi­tual indecisión, y tal vez del hereditario vicio de la embria­guez, que había embotado sus facultades mentales. Asegura­ban, por último, que el pasivo valor y la suavidad de su carácter indicaban cuán grande y generoso pudiera haber sido si el placer de la mesa no le hubiera despojado de sus más nobles y apreciables cualidades.

A este personaje tan respetado por todos los sajones se dirigió principalmente el mandato de Juan Sin Tierra. Athels­tane, confuso al oír unas palabras que envolvían el más terri­ble insulto, opuso solamente a la voluntad del Príncipe la fuerza de inercia tan propia de su carácter. Se mantuvo inmó­vil y fijó sus grandes y espantados ojos en el Príncipe, pero de una manera harto grotesca y ridícula.

-¡EI puerco sajón duerme, o no hace caso de mi! ¡De Bracy, púnzale con tu lanza!

Este Mauricio de Bracy era el jefe de una compañía fran­ca, especie de tropa cuyos soldados eran conocidos por con­dottieri, lo que es igual a decir mercenarios, pues entraban al servicio del primer príncipe que les pagaba.

La orden de Juan excitó algunos murmullos entre los caballeros de su comitiva; pero De Bracy, a quien su profesión absolvía de toda especie de escrúpulo, levantó la lanza diri­giéndola hacia la galería donde estaba Athelstane el desaper­cibido, y hubiera ejecutado la orden del Príncipe antes que aquél hubiera tratado de evitarla, si Cedric, tan vivo y enérgi­co como su amigo era lento y desidioso, no hubiera desnuda­do la espada con la rapidez del relámpago y de un solo, pero decisivo golpe no hubiera separado el hierro del asta.

El rostro del Príncipe se vio en un instante inflamado de cólera; echó varios juramentos de los más horribles que usaba, y hubiera dado aun más evidentes pruebas de su enojo a no haber sido por sus cortesanos, que trataron de disuadirle, y por la universal aclamación que excitó en todo el concurso la brillante acción de Cedric. El Príncipe recorrió con su irri­tada vista toda la plaza, desde la valla hasta el fin de la gale­ría, buscando en quién desahogar la cólera que le cegaba.

Por casualidad se fijó en el arquero de las doce flechas de quien ya hemos hablado, el cual aplaudía a gritos con toda la fuerza de sus robustos pulmones, sin hacer caso del sañudo gesto de Juan Sin Tierra....ste, lleno de ira, le dijo:

-¿Qué significan esas aclamaciones?

-Yo aplaudo siempre cuando veo un golpe de destreza o cuando una flecha atraviesa el blanco.

-¡Apuesto a que eres un diestro tirador! -¡A cualquier distancia!

El Príncipe, a'n más irritado con las respuestas del monte­ro y con las alusiones que algunos del pueblo hicieron al odio que le profesaba la nación, se contentó con mandar a un hom­bre de armas que no perdiese de vista al de las doce flechas.

-¡Por Dios -añadió-, que hemos de ver si este fanfa­rrón es tan buen tirador como dice!

-¡Veremos!

Así contestó el montero, con la misma frialdad y desem­barazo que había mostrado durante el anterior diálogo. En seguida se dirigió el Príncipe al paraje en que se hallaba Cedric, y dijo:

-¡Vosotros, villanos sajones, levantaos; que por el sol que nos alumbra, aseguro que ha de sentarse el judío entre vosotros!

-¡No, príncipe, no; con perdón de Vuestra Alteza! - dijo el judío Isaac-. ¡No está bien que los hombres de mi clase alternen con los magnates del país!

 

El hebreo no tuvo inconveniente en atropellar a un vásta­go de la casa de Montdidier; pero no se determinó a hacerlo así con los opulentos sajones.

-¡Haz lo que te mando! -dijo el Príncipe-. ¡Obedece, perro infiel, o mando desollarte y curtir tu piel para hacerla correas del arnés de mi caballo!

El judío, sumiso y pronto a condescender con tan cariñosa insinuación, empezó a subir la estrecha escalera de la galería.

¡Veremos si hay quien se atreva a detenerlo! -dijo el Príncipe fijando la vista en Cedric, que se dispuso a cerrar el paso al hijo de Abraham.

Pero Wamba evitó el conflicto interponiéndose de un brinco entre el judío y Cedric.

-¡Yo me atrevo! -dijo el bufón al Príncipe; y agitando su espadón de madera sobre la cabeza del israelita, le presen­tó con la mano izquierda un semipernil, a guisa de broquel, que había llevado al torneo por si éste duraba más tiempo del que su estómago quisiera.

El judío retrocedió horrorizado al considerar cuán cerca estaba de contaminarse con el objeto de la abominación de su  tribu, y comenzó a bajar la escalera con cuanta prisa podía, en tanto que Wamba seguía hostigándole orgullosamente con cl pernil y el espadón de palo, cual un guerrero que pone en ver­gonzosa huida a su rival. Los espectadores celebraron con grandes carcajadas tan risible escena, y aun el Príncipe y sus cortesanos rieron, sin poder pasar por otro punto.

-¡Dame el laurel de la victoria, primo Juan! --dijo el bufón-. ¡He vencido a mi antagonista en batalla campal, con broquel y espada! -dijo esto levantando el pernil y el sable de palo.

-¿Y quién eres tú, noble campeón? -preguntó Juan riendo todavía.

-¡Un loco por todos cuatro costados! Yo soy Wamba, hijo de Wittes, nieto de Weaherbrain, bisnieto de un aldermán.

¡Vamos! -erijo el Príncipe celebrando encontrar un pre­texto para revocar su primera orden-. ¡Haced sitio al judío en la galería inferior! ¡No sería justo colocar al vencido al lado del vencedor!

-¡Ni el loco junto al truhán, ni el tocino al lado del        judío! -repuso Wamba.

-¡Gracias, amigo; mucho me gustas! Oye, Isaac: présta­me un puñado de bezantes.

En tanto el judío, despavorido al oír una orden que no quería obedecer ni se determinaba a rehusar, calculaba con la mano dentro de un saco cuantas monedas podían caber en un puñado. El Príncipe le sacó oportunamente de dudas, pues inclinando el cuerpo sobre el fuste delantero alargó la mano, y arrebató de las suyas el bolsón al atónito Isaac. Sacó unas cuantas piezas de oro se las alargó a Wamba, y siguió su paseo a caballo alrededor del palenque, dejando al judío que sirvie­se de blanco a la burla general, y recibiendo él tantos aplausos como si su acción hubiera sido magnánima y digna de los mayores encomios.

 

 

III

 

 

Lanza en ristre, ya se miran

con furor los campeones,

            y a sus caballos oprimen

            con los férreos talones,

                                   DRIDEN.

 

 

El príncipe Juan refrenó repentinamente su palafrén, y llamando al prior de Jorvaulx, le dijo:

-¡Por la virgen María señor Prior que hemos olvidado la principal circunstancia  de la fiesta! Hemos olvidado nombrar la reina de la hermosura y de los amores por cuyas blan­cas manos han de ser distribuidos los laureles de la victoria. Por lo que a mí toca, soy generoso en mis ideas, y no haré escrúpulo de dar mi voto a los negros ojos de la linda Rebeca.

 

-¡Virgen Santa! -exclamó el Prior-. ¡Una judía! ¡Mereceríamos ser echados ignominiosamente de este sitio! Por otra parte, juro por mi santo fundador que la hermosa sajona Rowena no es menos bella que la hija del israelita.

-Sajona o judía -dijo el Príncipe-, ¿qué importa? Yo quiero nombrar a Rebeca, aunque no sea más que por dar en ojos a esos villanos sajones.

 

Tales expresiones excitaron murmullos de desaprobación en la comitiva del Príncipe. 
                
-¡Eso pasaría de chanza! -dijo De Bracy-. ¿Qué
caballero habia de poner lanza en ristre después de semejante elección?

-¡Seria insultar a vuestros caballeros! -dijo Waldemar Fitzurse, el mas antiguo de los cortesanos del principe Juan-. Y si Vuestra Alteza persiste en llevar a cabo ese proyecto, tra­bajara solo para arruinar sus designios.

-¡Baron -repuso el Principe con altaneria-, os pago para que me sigais, no para que me aconsejeis!

-Pero los que siguen a Vuestra Alteza por los caminos que transita -le dijo en voz baja Fitzurse- han adquirido cierto derecho a aconsejaros, puesto que tienen comprometi­dos sus intereses, su honor y su vida.

Juan perdon6o al cortesano esta reflexi6n en gracia del tono con que la había hecho, y añadió:

-¡He querido chancearme, y todos se irritan cual si fue­ran víboras pisadas! ¡Nombrad, con mil diablos, la que más os acomode y no me rompáis la cabeza con vuestras observacio­nes!

-Yo creo -dijo De Bracy- que seria lo mas oportuno dejar vacante el trono hasta que, publicado el nombre del ven­cedor, este elija la bella que ha de ocuparle. De ese modo el triunfo será más satisfactorio, y todas las damas apreciaran el homenaje de los caballeros que están en posición de elevarlas a tan alta dignidad.

-Si venciese Bois-Guilbert -dijo el Prior-, no dudo quien será la reina de los amores y de la hermosura.

-Buena lanza es Bois-Guilbert -repuso De Bracy-; pero hay otras en el torneo que no le ceden en nada.

-¡Silencio, señores -dijo Fitzurse-, que es ya hora de que el Principe ocupe su trono! Los caballeros y espectadores están impacientes, pasa el tiempo, y debe empezar la funci6n.

El Príncipe, aunque no era todavía monarca, encontraba en Waldemar Fitzurse todos los inconvenientes de un favori­to que sirve a su soberano, pero a su manera y segun sus favo­ritas ideas y caprichos. El carácter de Juan Sin Tierra era obs­tinado hasta en las más triviales frioleras. Ocup6 su trono rodeado de sus cortesanos, y orden6 a los heraldos que publi­casen las leyes del torneo, que, poco más o menos eran las siguientes:

Primera. Los cinco caballeros mantenedores debían acep­tar el combate con todos los caballeros que se presentaran.

Segunda. Todo caballero tendría derecho a elegir un anta­gonista particular entre los mantenedores, para lo cual basta­ría tocar su escudo. Si le tocase con el cuento o extremo infe­rior de la lanza, el combate sería con el hierro de Ia lanza embotado en una plancha de madera, combate que se llama de armas corteses; pero si el caballero tocase el escudo de su antagonista con el hierro, el combate sería a muerte, como en una verdadera batalla.

Tercera. Cuando los caballeros mantenedores hubieran cumplido su voto rompiendo cinco lanzas cada uno, el Prín­cipe declararía el vencedor del primer día, el cual recibiría en premio un magnífico caballo de batalla, de perfecta estampa y de todo vigor e intrepidez, y además de este galardón ten­dría cl honroso derecho de elegir la reina de la belleza y de los amores, a Ia cual correspondía dar el premio del segundo día.

Cuarta. Dicho segundo día habría un torneo general, en el que todos los caballeros que gustasen podrían tomar parte; pero aquéllos serían distribuidos en dos partes iguales, Ias cuales combatirían hasta que el Príncipe arrojase a la palestra su bastón de mando. Entonces la reina de la belleza y de los amores coronaría con el laurel de la victoria al vencedor del segundo día. La corona sería de oro, y sus hojas imitando a las del laurel. Desde aquel momento cesarían los juegos de Caba­Ilería.

En estas leyes nada se hablaba de los juegos del tercer día, por no pertenecer a aquellos en que la Nobleza se ejerci­taba. Debían de consistir en corridas de toros, tiro de arco al blanco, y otras diversiones de este estilo propias para recreo del vulgo. De esta suerte quería el Príncipe atraer a sí el afec­to del pueblo, que cada día lo miraba con más aborrecimien­to por Ias continuas violencias con que le oprimía.

Cuando los heraldos concluyeron de leer Ias leyes del tor­neo ofrecía la palestra el más magnífico espectáculo. En Ias galerías estaban Ias tàmilias más nobles y poderosas, Ias damas más bellas del Norte y del centro de Inglaterra. El exquisito lujo de tan ilustres espectadores proporcionaban una vista tan alegre cono espléndida. El espacio inferior le ocu­paban los ricos labradores y honrados plebeyos en trajes más sencillos, que formaban una especie de guarnición de colores más opacos, y que hacían un excelente contraste con el luci­do esplendor de Ia parte de arriba de las galerías.

Los heraldos terminaron su proclamación con los acos­tumbrados gritos: ¡Generosidad, generosidad, valientes caba­Heros! Y en el momento se desprendió de todas las galerías una copiosa lluvia de monedas de oro y plata, porque todos los caballeros de aquellos tiempos deseaban demostrar a com­petencia su prodigalidad con aquellos empleados, que enton­ces eran al mismo tiempo secretarios y cronistas del honor. A tal liberalidad contestaron los heraldos: ¡Amor a Ias damas, honor a los generosos y gloria a los valientes! El pueblo con­testó a estas aclamaciones con gritos de regocijo, mezclados con el belicoso eco de multitud de clarines. Luego que hubo cesado este marcial estrépito salieron los heraldos de Ia liza en vistoso orden, permaneciendo en él los maestres de campo, armados de punta en blanco, tan inmóvil como estatuas y fija en los extremos de la palestra.

A este tiempo estaban ya colocados en el lado del Norte muchos caballeros, deseosos de medir sus armas con Ias de los mantenedores. AI curioso observador le presentaba este espectáculo la vista de un mar de ondeantes plumas, brillan­tes yelmos, elevadas lanzas y elegantes pendones, que impul­sados por un viento suave unían a la de los penachos su tré­mula agitación, formando una escena tan vistosa como animada y lucida.

AI fin se abrieron Ias vallas, y entraron lentamente en la liza cinco caballeros a quienes había tocado la suerte de entrar primero en el combate: uno iba delante, el cual era seguido por los otros cuatro dos a dos. Iban los cinco caballeros mag­níficamente armados, y el manuscrito sajón de Wardour de donde hemos sacado estos detalles hace una circunstanciada descripción de los colores, divisas, armas, gualdrapas y arre­os con que se presentaron en Ia palestra caballeros y caballos. Nos ha parecido oportuno omitir estas particularidades, por­que, como dice un poeta de aquel tiempo,

 

Ya son polvo los valientes,

y orín sus nobles aceros;

aquéllos en paz descansan

en las mansiones del cielo.

 

Sus armas y escudos se desprendieron ya de los sólidos muros de sus fortalezas: éstas sólo son en el día un montón de ruinas, o terrenos cubiertos de verde césped, y su memoria desapareció de los sitios que antes ocupaban, porque después han desaparecido también muchas generaciones de encima de la Tierra, que los ha olvidado, y en la cual ejercieran tiránica­mente toda la plenitud de su poder feudal. ¿Qué necesidad tiene el lector de saber, pues, sus nombres ni los caducos sím­bolos de su jerarquía?

Pero olvidados en aquel momento los caballeros de que sus nombres y hazañas habían de caer en el olvido, entraron en el palenque reprimiendo el ardor de sus fogosos corceles y obligándolos a moverse con graciosa lentitud, para ostentar así la destreza de los jinetes. Cuando llegaron al sitio del com­bate rompieron el aire los ecos de una marcha oriental tocada por instrumentos bélicos traídos de Tierra Santa y colocados a espaldas de Ias tiendas de los mantenedores. Este marcial estrépito, entre el cual se distinguían los platillos y campani­llas, servía a un tiempo de bienvenida y amenaza a los caba­lleros recién llegados. Los espectadores fijaron la vista en ellos en el momento en que separándose fueron cada uno hacia los escudos de los mantenedores, tocando ligeramente en ellos con el cuento de la lanza. No faltaron espectadores, entre ellos algunas damas, que se disgustaron al ver elegir a los caballeros Ias armas corteses, porque el sentimiento que causan las muertes y catastrofes que ocurren en et día en nues­tras tragedias producen Ia misma impresión en el ánimo de nuestros espectadores que en el de aquéllos Ias desgracias efectivas ocurridas en los torneos.

Luego que manifestaron de este modo sus pacíficas inten­ciones se retiraron a la extremidad opuesta, formándose en línea. A poco rato salieron los mantenedores a caballo de sus respectivas tiendas, capitaneados por Brian de Bois-Guilbert, y bajaron de la plataforma para colocarse cada uno de ellos delante del caballero que había tocado su escudo.

AI sonido de trompetas y clarines partieron a galope ten­dido unos contra otros, siendo tal suerte y destreza de los mantenedores, que al primer encuentro fueron rodando por la arena los contrarios de Bois-Guilbert, Malvoisin y Frente de buey. El antagonista de Hugo de Grand-Mesnil, en vez de asestar su golpe al crestón o al escudo de su enemigo, equi­vocó en tales términos la dirección que rompió la lanza, hiriéndole de refilón en un costado de la armadura. Esta cir­cunstancia era reputada por más deshonrosa que la de quedar desmontado; porque ésta pudiera ser hija de un desgraciado accidente, al paso que aquélla sólo era el resultado de una completa impericia en el manejo de Ias armas. El quinto de los caballeros fué el único que sostuvo el honor de su cuadri­lla, pues no solamente se mantuvo firme ante el caballero de Vipont, sino que rompió con él tres lanzas, sin poder decidir que el uno ganase una ventaja de consideración sobre el otro

Se oyó de nuevo la marcial armonía, que, mezclada con los gritos de los espectadores y Ias aclamaciones de los heral­dos anunciaba la derrota de los vencidos y el triunfo de los mantenedores. Estos se retiraron a sus respectivos pabello­nes, en tanto que aquéllos, izándose de la arena, salieron de la liza avergonzados para tratar con los vencedores acerca del rescate de Ias armas y caballos, que de derecho les pertenecí­an según las leyes del torneo. El último campeón fue el que se detuvo más tiempo en la palestra, a fin de recibir los aplau­sos de la muchedumbre, para mayor confusión de sus com­pañeros.

Otras dos cuadrillas pidieron sucesivamente campo, y se mantuvieron firmes en Ias sillas en diferentes encuentros, aunque inútilmente, pues al fin se declaró la victoria por los mantenedores. Las repetidas victorias por éstos arredraron a los demás campeones, y sólo se presentaron tres, que obtu­vieron igual resultado. Esto hizo que pasara largo rato sin que nadie se presentase en la palestra. La detención causó mal efecto en la concurrencia, porque consideraban seguro el triunfo de Malvoisin y "Frente de buey", los cuales eran abo­rrecidos en el país por su altanería, y los demás, excepto Gran-Mesnil, eran extranjeros.

Pero ninguno manifestó más claramente su disgusto que Cedric el Sajón, que sólo consideraba en cada triunfo de un normando una nueva humillación para Inglaterra. No había sido afecto, ni aun en su juventud, a los ejercicios de Ia Caba­llería; pero, no obstante, había defendido con valor y con las armas en Ia mano los derechos que le legaron sus abuelos.

Viendo el triunfo de sus contrarios, dirigió ansiosamente la vista a su amigo Athelstane, experto en el manejo de las armas normandas, procurando invitarle en silencio a salir de una inacción que consideraba como culpable, puesto que no trata­ba de arrancar la victoria de manos del orgulloso templario. Pero Athelstane era harto indeciso para corresponder al ins­tante a la insinuación de Cedric.

-Milord -le dijo Cedric-, la suerte está declarada contra nosotros. ¿No tratáis de tomar una lanza?

-Mañana tomaré parte en la melée... ¡El torneo de hoy no merece que uno se incomode en ponerse la armadura!

Cedric recibió una nueva mortificación con esta respues­ta, tanto por la palabra normanda melée que usó Athelstane, y que tan mal sonaba en boca de un sajón, como por el poco interés que tomaba en la derrota de sus compatric¡os. Pero era Athelstane, y el profundo respeto con que Cedric lo miraba ahogó el justo resentimiento que este incidente suscitó en el ánimo del fogoso Cedric. Iba a contestar; pero lo impidió Wamba diciendo:

-¡Sin duda que es mucho más glorioso ser el primero entre ciento que entre dos!

Athelstane tomó como un elogio tan irónicó insulto; pero Cedric, a quien no se escondió la malicia del bufón, le lanzó una severa mirada; y no le dio más evidente prueba de su desagrado en consideración al sitio y a la ocasión.

Seguía Ia pausa del torneo, sin otra interrupción que Ias voces de los heraldos, que gritaban: ¡Amor a Ias damas; quié­brense lanzas; ánimo, valientes caballeros; los ojos de Ias her­mosas os contemplan! A estas aclamaciones respondió la música marcial dando señales de triunfo desde las tiendas de campaña, y con sus bárbaros ecos continuaban anunciando el reto, que nadie aceptaba. Todos murmuraban, y particular­mente los ancianos caballeros, que lo hacían en voz baja, acerca de Ia decadencia del valor en la generación moderna, tan poco conforme con el valor que en sus tiempos reinaba en la juventud. Pero esta falta de espíritu marcial la achacaban a la escasez de damas hermosas, que antes abundaban para coronar con sus lindas manos la frente de sus vencedores.

Ya determinó el Príncipe Juan adjudicar el premio a Brian de Bois-Guilbert y disponer que se sirviese el banquete de costumbre, porque encontró más razón en su favor, pues sin mudar lanza desmontó tres caballeros.

Acababa la banda oriental una de sus sonatas de guerra, cuando un solo clarín contestó a la llamada de desafío. Todos los ojos se dirigieron al lado de donde salió el eco del clarín para ver quien era el nuevo campeón que se presentaba en Ia liza. Se abrieron las barreras, y entró en la palestra un guerre­ro, el cual, por lo que parecía, a pesar de Ia armadura, era un hombre de mediana corpulencia y no muy fuerte ni robusto. Vestía una magnífica armadura de brillante acero embutida en oro, y en su escudo llevaba por divisa una tierna encina desa­rraigada, con un mote español que decía: desheredado. Mon­taba un hermoso y fuerte caballo negro, y al dar la vuelta alre­dedor del circo saludó al Príncipe y a las damas bajando la lanza hasta la arena con la mayor gracia y soltura.

La destreza con que manejaba el brioso corcel y cierto aire juvenil que denotaba su talante, le granjearon el favor de la mayoría de los espectadores; tanto, que muchos de ellos, particularmente entre las clases inferiores, le gritaban: ¡Tocad el escudo de Ralfo de Vipont, del caballero hospitalario! ¡Es el menos firme en la silla! ¡Con ése podrás salir mejor libra­do!

En medio de estas advertencias marchaba el desheredado hacia la plataforma, y, con asombro de los espectadores, se dirigió al pabellón del centro e hirió con la punta de la lanza el escudo del caballero Brian de Bois-Guilbert: esto indicaba que el combate debía ser a muerte. Al resonar eI golpe en los cuatro ángulos de la palestra manifestaron todos los especta­dores el mayor asombro, el cual, a pesar de ser tan grande, no pudo llegar al del mismo caballero retado por tan hostil señal a combate de muerte.

-¿Os habéis confesado? -preguntó el templario con amarga sonrisa-. ¿Habéis oído misa esta mañana, vos que con tan poca ceremonia venís a exponer la vida?

-Mejor dispuesto vengo a morir que podéis estar vos - contestó el desheredado, que sólo con este nombre se hizo inscribir en los libros del torneo.

-¡En ese caso, ve a tomar tu puesto, y contempla el sol por última vez, que esta noche has de dormir en el Paraíso!

-Agradezco tu cortesía, y, en cambio, te aconsejo que tomes otra lanza y nuevo caballo, pues yo te juro por mi honor que has menester ambas cosas.

Después de haber dicho estas palabras con tono sereno y confiado fue a tomar puesto en la palestra haciendo que su caballo bajase hacia atrás todo el espacio de la plataforma hasta la liza, la cual recorrió del mismo modo hasta el ángulo del Norte, en el cual se detuvo para esperar a su antagonista. El público aplaudió con el mayor entusiasmo aquella prueba evidente de la destreza que en equitación poseía el deshereda­do.

El templario empezó a prepararse para el combate; y si bien estaba frenético de cólera, no por eso dejó de tomar las precauciones que le aconsejara su adversario. Estaba tan com­prometido su honor que no podía desatenderse de ninguna cir­cunstancia que pudiera ayudarle a vencer a un competidor tan presuntuoso. Por tales razones mudó de caballo, tomando uno brioso e intrépido, se hizo llevar la más fuerte lanza del asti­llero, y, por último, sus escuderos le pusieron en las manos un nuevo escudo, porque en el torneo se había abollado algún tanto el que anteriormente le había servido. El primero lleva­ba pintado por divisa un caballo con dos jinetes, emblema que representa la humildad y primitiva pobreza de los templarios, y el segundo llevaba por emblema un cuervo a vuelo desple­gado, con un cráneo en las garras, y un mote que decía: ¡Guar­da el cuervo!

Luego que ambos caballeros estuvieron frente a frente los espectadores guardaron un profundo y universal silencio, mirando a los dos con una atención tan ansiosa que es impo­sible describirla. Todos los espectadores hacían votos por el desheredado; pero ninguno creía que venciese a Brian de Bois- Guilbert

Apenas se oyó el canto de guerra de los clarines, cuando los dos caballeros partieron de su puesto con la rapidez del relámpago y se encontraron en el centro de la palestra, con tan horroroso golpe, que sólo puede compararse al estampido del trueno. Las lanzas volaron por los aires en menudas piezas, y aun los jinetes amenazaron ruina; pues los corceles, sin poder resistir tan desaforado golpe, se replegaron y doblaron sobre el cuarto trasero. Pero ambos caballeros se sirvieron tan dies­tramente de la brida y las espuelas, que hicieron recobrar a sus caballos el puesto que les correspondía. Los dos rivales se miraron con ojos que arrojaban fuego por las rejillas de las viseras de los yelmos, y, como de común acuerdo, volvieron riendas y fueron a ocupar nuevos puestos, en los cuales toma­ron de mano de los asistentes nuevas lanzas.

Unánimes aclamaciones poblaron los aires con sus ecos, e hicieron ver el interés que todos tomaban por tan bizarro encuentro. De pronto se suspendió el alegre estrépito y el tre­molar de fajas y pañuelos, quedando en un repentino silencio todo el concurso. Esta era señal de que los combatientes esta­ban en su puesto respectivo; y apenas habían transcurrido algunos minutos, durante los cuales no pudieron recobrarse del encuentro pasado, cuando, haciendo nueva señal el Prín­cipe con su bastón de mando y dando los clarines por segun­da vez el toque de ataque, con la misma velocidad y destreza que ese primer encuentro se unieron los campeones en medio de la palestra; pero con diverso resultado.

En este segundo choque el templario dirigió su lanza al centro mismo del broquel del desheredado, hiriéndole con tanta exactitud y fuerza, que la lanza saltó pulverizada, siendo tal el empuje de Bois-Guilbert, que su adversario cedió hacia la grupa del caballo, pero sin la silla. También el campeón desconocido asestó su golpe al broquel o escudo del templa­rio; nias cambiando repentinamente de dirección en el mismo momento del choque, la dirigió al yelmo, punto infinitamente más difícil de acertar; pero que, una vez acertado, inutilizaba al contrario con la fuerza de su empuje. A pesar de tan nota­ble desventaja sostuvo el templario su alta reputación, pues aunque se bamboleó en la silla, no la hubiera tal vez perdido si no hubiesen estallado las cinchas con la violencia del porra­zo, de cuya circunstancia resultó que caballo y caballero fue­ron rodando por la arena.

Desembarazarse de los estribos y caballo y estar de pie amenazando con la espada a su contrario, fue para el caballe­ro del Temple obra de un minuto: tal era la confusión que en él ocasionaba su derrota y las aclamaciones que por todas par­tes prodigaban a su contrario. El caballero desheredado echó pie a tierra y desenvainó su acero; empero los maestres de campo, apretando las espuelas a sus caballos, se interpusieron, recordándoles que las leyes del torneo no permitían en aque­lla ocasión y sitio aquel género de combate.

-¡Ya nos encontraremos en parte que no haya quien pueda dividirnos! -dijo el templario arrojando sobre su adversario una mirada de fuego, intérprete fiel de la ira y el odio que le inspiraba.

-No será culpa mía si eso no se verifica -contestó el desheredado-. ¡A pie, a caballo, con hacha, espada o lanza, siempre me hallarás dispuesto a combatir contigo!

Siguieran en su acalorado diálogo, a no ser porque los maestres de campo cruzaron entre los dos sus lanzas y los obligaron a separarse. El desheredado fué a ocupar su puesto, y Bois-Guilbert se retiró a su tienda, en la cual permaneció el resto del día entregado a la más atroz desesperación.

Sin bajarse del caballo, el vencedor pidió un vaso de vino, y desatando el barboquejo o parte inferior del yelmo, dijo en voz alta:

-¡Yo brindo a la salud de los verdaderos ingleses, y a la confusión de la tiranía extranjera!

En seguida mandó tocar una llamada de desafio, y encara un heraldo que manifestase a los mantenedores que su intención era justar con todos ellos sucesivamente, en el orden que quisieran presentarse.

Fiado "Frente de buey" en su fuerza y en su gigantesca estatura, pidió salir el primero a la palestra. Llevaba un fuer­te escudo con una cabeza negra de buey sobre campo de plata, muy deteriorado por el prodigioso número de golpes que había recibido. Encima de ella se divisaba el arrogante mote, que en latín decía: Cave adsum; es decir, ¡Cuidado; heme aquí! El desheredado obtuvo sobre este caballero una ventaja ligera, pero decisiva: los dos quebraron lanzas con gallardía y acierto; mas Frente de buey fue declarado vencido, porque perdió un estribo en uno de los encuentros.

No fue más desgraciado el desconocido caballero en su combate con sir Felipe de Malvoisin, a quien hirió tan fuerte­mente en el yelmo que saltaron las hebillas, y si no llegó a medir la tierra, fue porque, libre del yelmo, pudo manejar con menos dificultad su caballo; pero quedó vencido.

Donde demostró el desheredado qué era tan cortés como valiente fue en el encuentro que tuvo con sir Hugo de Grand ­Mesnil. El caballo de éste era un fogoso potro, el cual arran­có su carrera con tan extraordinaria violencia, que le fue impo­sible al caballero hacer uso de su lanza, ni aun darle dirección. El desheredado, bien lejos de aprovechar tan desgraciada cir­cunstancia para su contrario, alzó su lanza, pasándola por encima del yelmo de su adversario, y dando a entender con tan noble acción que no había querido herirle. Volvió a su puesto, desde el cual invitó al caballero de Grand-Mesnil por medio de un heraldo a un segundo encuentro; pero aquel caballero lo rehusó, diciendo que se confesaba tan vencido por destreza como por la cortesía de su adversario.

Raub de Vipont fue el último que se presentó en la pales­tra, y salió de la silla del mismo modo que el pastor arroja con mortal silbido la piedra de la honda. Comenzó a arrojar san­gre por boca y narices, y sus escuderos lo condujeron a su tienda sin sentido.

Con entusiásticas aclamaciones recibió el público la noti­cia de que el Príncipe y los mariscales del torneo habían declarado unánimemente que el caballero desheredado era el único que merecía el honor de aquel día, por lo cual fue nom­brado vencedor.

 

 

IX

 

Su porte majestuoso

por reina del torneo la proclama.

 D.

 

Los maestres de campo, Guillermo de Wyvil y Esteban de Martival pasaron los primeros a felicitar al caballero deshere­dado, rogándole al mismo tiempo que les permitiese desabro­charle el yelmo, o al menos alzarle la visera, para ser condu­cido a recibir de mano del Príncipe Juan el premio del torneo, que tan bien había ganado. El vencedor rehusó ambas cosas con la mayor cortesía, recordándoles las razones que había expuesto a los heraldos antes de entrar en la liza. Los maes­tros de campo se dieron por satisfechos con esta respuesta, porque en aquellos tiempos era muy común entre los caballe­ros la promesa de vivir incógnitos durante cierto tiempo o hasta llevar a cabo alguna aventura. Por eso no insistieron los maestros en su demanda, y pasaron a anunciar al Príncipe Juan que el vencedor deseaba no ser conocido, y pidieron per­miso para presentarlo a Su Alteza.

Este misterio excitó vivamente la curiosidad del Príncipe, que, disgustado de antemano porque habían sido derrotados todos los caballeros sus favoritos por un solo y desconocido, miraba a éste con cierta prevención. Por esta sola razón dijo con altanería a los maestros del campo:

-¡Por la Santa Virgen, que el tal caballero parece tan escaso de cortesía como de bienes de fortuna! Milores -aña­dió hablando a los personajes de su comitiva-, ¿no podréis adivinar quién sea ese caballero que con tan extraña manera se conduce?

-No seré yo quien acierte -contestó De Bracy-, por­ que nunca entró en mis cálculos que se hallara en medio de los cuatro mares que circundan a Inglaterra un campeón capaz de vencer a los cinco mantenedores. ¡Por mi fe, que no puedo olvidar la manera con que arrojó al suelo a Ralfo de Vipont! ¡Como piedra despedida de la honda salió de la silla el pobre hospitalario!

-¡No alabéis ese golpe -repuso un caballero de San Juan-, porque no fue más dulce la suerte de vuestro amigo el  templario! ¡Tres veces le vi rodar, y a fe mía que tomaba a puñados la arena!

De Bracy era partidario de los caballeros del Temple, por lo que hubiera replicado, a no haberse interpuesto el Príncipe diciendo:

-¡Silencio, caballeros! ¿A qué viene ese inútil debate? -El vencedor -dijo de Wyvil- espera la voluntad de Vuestra Alteza.

-Mi voluntad es... que espere hasta que encontremos una persona que pueda decirnos su nombre y condición. Des­pués de la faena que ha traído toda la mañana, bien puede aguardar hasta la noche sin temor de constiparse.

-Vuestra Alteza -dijo Fitzurse- no honrará debida­mente al vencedor si le detiene hasta adquirir noticias que no son fáciles de encontrar. AI menos yo no encuentro dato algu­no para fundar mis conjeturas. Como no sea el desconocido alguna buena lanza de Ias que acompañaron al rey Ricardo a la Tierra Santa... Porque ya van regresando a Inglaterra.

-Tal vez será el conde de Salisbury -dijo De Bracy-, que es de la misma estatura que el desheredado.

-Más bien será sir Tomás de Multou, el caballero de Gisland -replicó Fitzurse-. Salisbury es mucho más corpu­lento.

-Puede haber enflaquecido en Palestina -repuso De Bracy.

-¿Si será el Rey en persona? -dijo una voz que    nadie notó de donde había salido-. ¿Si será el mismo Corazón de León?

-¡No lo quiera Dios! -exclamó involuntariamente el Príncipe, pálido como la muerte y tembloroso cual si le hubie­ra aterrado el terrible fragor de repentino trueno-. ¡Walde­mar, De Bracy -prosiguió-, valientes caballeros, os recuer­do Ias promesas de manteneros firmes y leales!

-Por ahora estamos fuera de todo riesgo. ¿Habéis olvi­dado Ias atléticas y membrudas formas de vuestro hermano? ¿Podéis pensar que el cuerpo de Ricardo quepa en los límites estrechos de aquella armadura? De Wyvil, Martival, acercad el vencedor al trono del Príncipe para desvanecer Ias dudas que le han hecho salir al rostro los colores. Mírele de cerca Vuestra Alteza, y notará que tiene tres pulgadas menos de estatura, y que asimismo le faltan seis para ser tan ancho de hombros como el Rey. No hubiera aguantado el caballo del desheredado más de una carrera si hubiera llevado por jinete al rey Ricardo.

Aun estaba hablando Waldemar, cuando llegó el caballe­ro conducido por los maestres de campo. Tan turbado estaba el Príncipe al considerar que era posible que hubiera regresa­do ya a Inglaterra un hermano a quien tantos favores debía y con quien tan fementido e ingrato se había mostrado, que no quedó convencido a pesar de ver comprobadas las razones que le diera Fitzurse. Al tiempo que pronunciaba ciertas bre­ves palabras alabando el valor del desheredado y mandaba que le entregasen el caballo que servía de galardón, temblaba extraordinariamente, temiendo que de la visera saliese la sonora voz del formidable Corazón de León.

Mas el caballero vencedor no pronunció palabra alguna, contentándose con hacer al Príncipe una profunda reverencia.

Dos escuderos magníficamente vestidos condujeron el caballo, cubierto con un suntuosísimo arnés militar; pero este rico adorno nada aumentaba el precio del magnífico caballo. El desheredado puso la mano sobre el arzón delantero, y de un salto se puso sobre la silla, sin servirse del estribo; en seguida blandió la lanza con la mayor destreza, y recorriendo dos veces el círculo que formaba la palestra hizo lucir la hermo­sura y el vigor del magnífico corcel con toda la inteligencia de un perfecto jinete.

Pudiera atribuirse esta ostentación al deseo de hacer bri­llar su destreza en la equitación; pero todos creyeron que el único objeto que se propuso el caballero al dar aquella públi­ca muestra de su pericia fue hacer lucir la munificencia del Príncipe, que con tan rico presente le había favorecido. Por ambas razones, sin duda, aplaudieron con el mayor extremo al desheredado.

A este tiempo habló ciertas palabras el prior Aymer al oído del Príncipe, a fin de recordarle que el campeón debía dar una prueba de su buen gusto eligiendo entre tanta hermo­sa dama la que debía ocupar durante aquellas fiestas el trono de la belleza y de los amores, reina que debía coronar por su mano al vencedor del segundo día. Con este oportuno recuer­do, el Príncipe hizo una seña con su bastón de mando al tiem­po que iba a pasar por delante de él el caballero desheredado. Este paró de pronto, bajó hasta al suelo el hierro de su lanza, y pasó repentinamente del estado de una extraordinaria agita­ción al de una estatua ecuestre.

Los espectadores no pudieron menos de repetir estrepito­sos aplausos por la admirable fuerza y prontitud con que supo reducir al fogoso caballo de la violencia del galope tendido a un estado de absoluta inmovilidad.

-Señor caballero desheredado -dijo el Príncipe-, puesto que es éste el único título que por ahora puedo daros: una prerrogativa de vuestro triunfo es Ia de elegir Ia bella dama que debe presidir Ia fiesta de mañana como reina del amor y de Ia belleza. Si sois extranjero en este país, no lleva­réis a mal que os indique que lady Alicia, hija de nuestro valiente caballero Waldemar Fitzurse, es la belleza que ocupa el primer puesto en nuestra corte hace largo tiempo. No obs­tante esta advertencia, como es prerrogativa vuestra el dar esta corona a quien mejor os agrade, será completa y admiti­da Ia elección que hagáis, sea cualquiera la noble dama en quien recaiga. Levantad vuestra lanza.

Obedeció el caballero, y el Príncipe colocó en la punta una elegante diadema con un círculo de oro, sembrado alter­nativamente de corazones y puntas de flechas, a guisa de ias bolitas y hojas de fresa que ornan la corona ducal.

Al indicar el Príncipe al caballero que podía elegir a la hija de Waldemar Fitzurse dejó manifiesta la mezcla de pre­sunción, astucia, desidia y bajeza propias de su carácter. Por una parte quiso hacer olvidar a los cortesanos sus chanzas poco decentes acerca de Ia judía Rebeca, y por otra quiso lisonjear Ia vanidad del altivo Fitzurse, de quien tenía des­confianza, y aun temor, porque era su más necesario favorito y había varias veces desaprobado Ia conducta del Príncipe en Ias ocurrencias de aquella mañana. También deseaba captarse el afecto de lady Alicia, porque no era menos licencioso que afecto a la ambición. Pero el deseo que le dominó completa­mente al hacer aquella advertencia al desheredado, a quien miraba con involuntaria repugnancia, fue el de suscitar contra el campeón el resentimiento de Fitzurse, si, como era muy fácil, no elegía Ia dama que le había sido indicada porei Prín­cipe.

En efecto; el valiente campeón pasó por delante de lady Alicia de Fitzurse, que mostraba entonces todo el orgullo de una beldad que no teme que la eclipse otra alguna. El caba­llero iba sujetando el paso del precioso caballo, y examinan­do detenidamente una por una ias damas que formaban tan hermoso conjunto.

Eran dignos de notarse los ademanes de las ladies que adornaban Ia galería. Unas manifestaban en su rostro el más vivo carmín; otras se armaban de una seriedad imperturbable; otras fijaban la vista a larga distancia, como si no hubieran reparado en el campeón, y algunas sonreían con afectada indi­ferencia. No faltaron algunas que ocultaron el rostro con el velo; pero, según el manuscrito que nos suministra estos deta­lles, eran hermosuras añejas, que habían recibido aquellos homenajes en su primera juventud, por lo cual renunciaban sus derechos al trono en favor de las nuevas hermosas.

Por fin el vencedor detuvo su caballo delante del balcón en que se hallaba lady Rowena, y los ojos de todos los cir­cunstantes se fijaron al momento en ella.

Es preciso convenir en que si el caballero hubiera podido conocer los votos que en su favor formaban los que ocupaban aquel balcón, esta sola circunstancia le hubiera hecho preferir a aquella dama. Porque Cedric el Sajón, fuera de sí de gozo al ver el desastre de sus desatentos vecinos Malvoisin y Frente de buey, así cono también el de Brian de Bois-Guilbert, había estado durante los reiterados encuentros con la mitad del cuer­po fuera de la barandilla, siguiendo con sus miradas y adema­nes todos los movimientos del héroe que los había derrotado. El interés de lady Rowena no había sido menos vehemente, aunque más disimulado; y aun el indolente Athelstane había mostrado algo más de energía apurando una gran copa de generoso vino en honor del caballero desheredado.

Debajo de aquella galería se divisaba un grupo que no había dado menos pruebas de inquietud durante el combate.

-¡Padre Abraham! -dijo Isaac de York al encontrarse el templario con el desheredado-. ¡De qué modo trata al pobre caballo! ¡El es, hija mía! Observa el porte noble y valiente de ese nazareno pero ¡qué poco cuida de un caballo que a tanta costa ha sido conducido desde las arenas de la Arabia! ¡Lo mismo le trata que si le hubiera hallado en medio de un camino! ¡Y la costosa armadura que tantos cequíes ha costado a José de Pereira, el de Milán, sin contar el setenta por ciento de ganancia!

-Pero, padre mío -dijo Rebeca-, ¿cómo queréis que tenga cuidado de su armadura y caballo, cuando tanto necesi­ta con su cuerpo, expuesto a tan terribles golpes?

-¡Hija -contestó Isaac-, tú no entiendes de eso! Los miembros de su cuerpo son suyos, y puede hacer de ellos lo que le acomode; pero el caballo y la armadura son de... ¡Bie­naventurado Jacob! ¿Qué es lo que yo iba a decir? ¡No, no; excelente mancebo! Observa, Rebeca: ahora va a pelear con el filisteo. ¡Ruega a Dios que le saque con bien, y... también a su caballo y armadura! ¡Dios de Moisés! ¡Ganó y el filisteo incircunciso ha cedido al empuje de su lanza, como Og, rey de Bashan, y Sihon, rey de los Amonitas, sucumbieron bajo las armas de nuestros padres! ¡No hay duda; suyos son los despojos del vencido! ¡El oro, la plata, el caballo, la armadu­ra de bronce y acero!

Con igual ansiedad observó el judío todas las demás ocu­rrencias del torneo, sin perder ocasión de calcular la ganancia que podía resultarle al desheredado de cada combate en que salía victorioso.

Sea por efecto de indecisión o por otro motivo, el cam­peón se mantuvo inmóvil por espacio de algún tiempo, en  tanto que sin respirar observaban los espectadores el más imperceptible de sus movimientos. Poco después se adelantó respetuosa y lentamente hacia el balconcillo y colocó la coro­na que llevaba en el hierro de la lanza a los pies de la hermo­sa lady Rowena. Al momento resonaron los clarines, y los heraldos proclamaron a la bella sajona reina de los amores y de la hermosura para la fiesta del siguiente día, amenazando con graves penas a los que no acatasen debidamente su momentánea autoridad. En seguida exclamaron; ¡Generosi­dad, generosidad, valientes caballeros! Cedric fue el primero que, lleno de orgullo y satisfacción, derramó profusamente el oro y la plata, Athelstane le imitó; pero tardó algo más en decidirse.

El triunfo de lady Rowena excitó murmullos entre las damas normandas, que nunca habían sido pospuestas a las sajonas, así como los caballeros de igual descendencia no estaban acostumbrados a sucumbir bajo la lanza de un sajón en los heroicos ejercicios inventados por los mismos norman­dos. Pero este descontento quedó ahogado entre los populares gritos de: ¡Viva lady Rowena legítima reina del amor y de la belleza!; y aun añadieron: ¡Vivan los príncipes sajones! ¡Viva la ilustre familia del inmortal Alfredo!

A pesar de lo desagradable de estas voces para los oídos del príncipe Juan y sus cortesanos, le fue forzado confirmar el nombramiento del vencedor. En seguida montó en un sober­bio caballo, y acompañado de su comitiva entró en el palen­que; cuando llegó al sitio que ocupaba lady Alicia le dirigió algunos galantes cumplimientos, y dijo a los que le rodeaban:

-¡Por el santo de mi nombre, que si las hazañas de ese caballero prueban que es hombre de valor, su elección mani­fiesta claramente su propio gusto!

En esta ocasión, como en toda su vida, tuvo el Príncipe la desgracia de no conocer el carácter de aquellos cuyo afecto deseaba granjearse. Waldemar Fitzurse se mortificó al escu­char la franqueza con que Juan Sin Tierra emitió su opinión con respeto al desaire que su hija Alicia había recibido; así es que contestó al Príncipe:

-De todos los derechos que da la Caballería, ninguno hay más preciso ni más inviolable que el que tiene cada caba­llero de fijar todos sus pensamientos en la dama que ha sabi­do cautivar su corazón. No tiene mi hija privilegio alguno de que las otras damas no puedan disfrutar; pero su jerarquía y esfera no la tendrá expuesta a mendigar los homenajes que le son debidos.

El Príncipe nada contestó a tan disimulada reconvención; apretó las espuelas a su caballo tratando de ocultar su bochor­no, y de un ligero salto se colocó en la galería que ocupaba lady Rowena, la cual tenía aún a los pies la corona del mismo modo que la dejara el caballero vencedor.

-Recibid -le dijo-, hermosa señora, el emblema de vuestra soberanía, que nadie con más sinceridad que yo reve­rencia y acata. Si os dignáis honrar el banquete que hemos dispuesto en el palacio de Ashby, en compañía de vuestro noble padre y amigo, tendremos el honor de admirar más cerca los atractivos de la soberana a quien hemos de dedicar mañana nuestros servicios.  Rowena nada contestó; más Cedric respondió en sajón lo siguiente:

-Lady Rowena desconoce el idioma en que debiera con­ testar a vuestra cortesía y presentarse dignamente al banquete a que os dignáis invitarla. El noble Athelstane y yo no cono­cemos tampoco otro idioma que el de nuestros padres: por consiguiente, no podemos aceptar vuestro favor. No obstante esto, mañana ocupará lady Rowena el puesto que ha sido lla­mada por la libre y espontánea elección del caballero vence­dor, que ha sido confirmada por las reiteradas aclamaciones del pueblo.

Dicho esto levantó la diadema, y la colocó en las sienes de la bella sajona en señal de que aceptaba la autoridad de reina del torneo.

-¿Qué ha dicho? -preguntó el Príncipe afectando que desconocía la lengua sajona, a pesar de que la hablaba tan bien como la normanda.

Varios de sus cortesanos se apresuraron a repetirle en francés las palabras de Cedric.

-¡Está bien! -contestó-. ¡Mañana colocaremos en el trono a esta reina muda! Y vos, señor caballero, ¿tendréis la bondad de acompañarme en la mesa?

El caballero desheredado rompió por primera vez el silencio, y con voz haja y breves razones rehusó cortésmen­te la oferta del Príncipe, alegando la mucha fatiga que le habían ocasionado los reiterados encuentros de aquel día, y que deseaba descansar para hallarse dispuesto al combate del siguiente.

-Como gustéis -respondió el Príncipe con visible enejo-. No estoy acostumbrado a sufrir tanta repulsa. Sin embargo, procuraré comer bien, aunque no se dignen acom­pañarme el campeón victorioso ni la electa soberana.

Al momento salió de las barreras seguido de su numero­sa y brillante comitiva, y el concurso empezó a dispersarse.

Los resentimientos inseparables del orgullo ofendido agi­taban terriblemente el espíritu del Príncipe, a'n más amargos cuando se encuentran unidos al conocimiento de las propias faltas.

-Pocos pasos había caminado, cuando fijó sus ceñudas miradas en el arquero que por la mañana le había irritado, y dirigiéndose al centinela que más cerca estaba, le dijo:

-¡Cuidado; no le dejes escapar!

El robusto montero toleró la irritada vista del Príncipe con la misma inalterable firmeza que había manifestado por la mañana.

-No tengo ánimo -dijo- de marchar de Ashby hasta pasado mañana. Deseo ver cómo se portan los tiradores del país, porque los hay buenos.

-¡Veremos -contestó el Príncipe dirigiéndose a los de su comitiva- cómo se porta él mismo! ¡Y cara ha de costar­le la función si su habilidad no es tanta como su insolencia!

-¡Ya no es tiempo -dijo De Bracy- de hacer un ejem­plar con esos villanos!

Waldemar Fitzurse, que probablemente conocía cuán mal efecto producían en el pueblo inglés estas imprudencias del hermano de Ricardo, guardó silencio y se contentó con enco­gerse de hombros. El Príncipe siguió su camino hacia el pala­cio de Ashby, y un cuarto de hora después se había dispersa­do totalmente el concurso.

Cruzaban los espectadores la llanura en cuadrillas más o menos numerosas, según los puntos a que se dirigían. La mayor parte encaminaban sus pasos a la ciudad de Ashby, porque muchos eran distinguidos personajes que al ir al tor­neo habían cuidado de tener dispuesto alojamiento en el cas­tillo o en Ias casas de los principales habitantes de la ciudad.

A esta clase pertenecían algunos de los caballeros que habían tomado parte en el torneo de aquel día y varios de los que se disponían a pelear en el siguiente: todos hablaban de las ocurrencias de la justa, y eran saludados por el pueblo con entusiasmo. También vitorearon al príncipe Juan, porque el número y brillantez de su acompañamiento deslumbraba.

Más sinceros, generales y bien merecidos fueron los aplausos que de todas partes prodigaban al caballero vence­dor; tanto, que, deseoso de evitar Ias curiosas miradas del público, entró en uno de los pabellones colocado a la extre­midad de la palestra, cuyo uso había sido ofrecido con Ia mayor cortesía por los maestres de campo.

Entonces se retiraron desesperados los curiosos que le habían seguido con el objeto de examinarle de cerca y formar conjeturas acerca de quién podía ser tan misterioso caballero.

AI extraordinario alboroto ocasionado por tanta diversi­dad de gentes reunidas en un solo punto sucedió el distante y confuso murmullo de Ias familias y amigos que reunidos se alejaban por todos los caminos. A este sordo rumor sucedió un sepulcral silencio, interrumpido por los operarios que reco­gían las alfombras y almohadones de Ias galerías, y que ale­gremente dividían los restos de los manjares y refrescos de que se habían provisto los espectadores.

A cierta distancia de Ias barreras se habían erigido algu­nas fraguas, y al anochecer comenzó a sentirse el martilleo de los armeros que habían de ocuparse toda la noche en reparar Ias armaduras que habían sufrido en los encuentros de aquel día y habían de resistir algunos más en el torneo del siguien­te.

Un grueso destacamento de hombres de armas se releva­ba de dos en dos horas, el cual se mantuvo toda la noche cus­todiando el lugar del combatte.

 

 

 

 

 

 

X

 

Sobre el lecho de muerte

el agorero búho

esparce negro duelo

con su canto nocturno.

 

Apenas había entrado en su tienda el caballero deshere­dado, cuando se le presentaron gran número de pajes y escu­deros ofreciéndole su asistencia, nueva armadura y lo necesa­rio para tornar un baño. Tal vez la curiosidad los hacía manifestarse a'n más celosos de servirle, pues era general el deseo de conocer al incógnito héroe que tantos triunfos había conseguido, y que ni aun por ambición de gloria había alzado la visera para que le conociesen. Más quedó sin efecto su obsequiosa oficiosidad. El caballero rehusó sus servicios, contentándose con su escudero, que parecía tan incógnito como su amo, puesto que, vestido con una grotesca túnica, ocultaba el rostro con un gran gorro de pieles a la normanda.

Cuando salieron de la tienda los escuderos y pajes empezó el caballero a aligerarse de las duras piezas, ayudado por el nor­mando escudero; luego tomó algunos manjares y vino, de que tenía no poca necesidad después de tanta fatiga y esfuerzo.

Aún no había acabado de tomar el ligero refrigerio, cuan­do el escudero le dijo que cinco hombres que llevaban del diestro cinco caballos pedían permiso para hablarle. El caba­llero estaba completamente desarmado; pero vestía una sobre­vesta con capucha como la que usaban todos los sujetos de su clase. La noche iba ya entrando, y él, a pesar de esto, se cubrió el rostro con la capucha y mandó que pasaran a su tienda los que verle deseaba.

En el momento que los vio conoció por las libreas pardas y negras que eran los cinco escuderos de los caballeros man­tenedores. Cada uno conducía por la brida el caballo de su res­pectivo señor, y sobre el dorso de cada corcel iba colocada la armadura que les había servido en el combate.

-Conforme a las leyes de la Caballería-dijo el prime­ro-, yo Balduino de Oilcy, escudero del temible caballero Brian de Bois-Guithert, os presento a vos, que os denomináis el caballero desheredado, el caballo y armadura que han ser­vido a dicho señor en el paso de armas de este día, dejando a vuestra voluntad el quedaron con uno y otro y fijar su rescate, según os dicte vuestro noble ánimo. Tal es la ley de las armas.

Los otros cuatro repitieron igual mensaje.

-A vosotros cuatro os daré una misma respuesta- con­testó el caballero-. Decid a vuestros nobles y valientes seño­res que me encomiendo a su estimación, y que nunca será mi intención privarlos de sus armas y caballos, que no podrán estar empleados en más dignos y valientes caballeros. Aquí quisiera terminar mi discurso; pero soy verdaderamente un caballero desheredado, como indica mi divisa: por tanto, me veo en la necesidad de suplicarles que rescaten caballos y armaduras según su cortesía les dicte, porque ni aun puedo decir que es mía la que he usado en el torneo.

-Estamos autorizados -dijo el escudero de "Frente de buey"- para ofreceros cada uno cien cequíes.

-La mitad de la suma hasta para satisfacer mis necesi­dades más urgentes. La otra mitad se dividirá en dos partes; una para vosotros, y otra para los heraldos, músicos y demás asistentes del torneo.

Los escuderos saludaron respetuosamente al caballero dándole gracias por su generosidad, poco común entre los campeones. Enseguida el desheredado se dirigió al escudero Balduino de Oiley y le dijo:

-No acepto armas ni rescate de vuestro amo el caballe­ro Brian de Bois-Guilbert. Decidle de mi parte que nuestro combate no está terminado, ni puede estarlo sino cuando hayamos combatido con lanza y espada, puesto que habién­dome él desafiado a un combate a muerte, no puedo olvidar­lo; y decidle además que no lo miro como a sus cuatro com­pañeros, pues con éstos alternaré en todos los actos de cortesía, sino como a un hombre a quien debo considerar como mortal enemigo.

-Mi amo -respondió Balduino- sabe pagar un des­precio con otro desprecio; una cortesía con otra cortesía. Pues que rehusáis recibir de mi amo el mismo rescate que habéis admitido de los otros caballeros, dejaré aquí su caballo y su armadura, porque estoy muy seguro de que nunca querrá ser­virse de ésta ni montar aquél.

-Habéis hablado, escudero, muy bien y con la firmeza que corresponde a quien habla en nombre de su señor ausen­te. Mas, sin embargo, no dejéis el caballo ni las armas; vol­vedlas a vuestro amo; si rehusare recobrarlas, guardadlas para vos pues que habiéndolas conquistado yo os la regalo.

Balduino hizo un reverente saludo al caballero deshere­dado y se retiró con sus compañeros.

-Y bien, Gurth -dijo el caballero-; ya ves que he sus­tentado la gloria de los caballeros ingleses.

-Y yo -replicó Gurth-, aunque soy un pobre guarda­puercos, ¿no he desempeñado perfectamente el papel de escu­dero normando?                                                                   

-Muy bien; pero temo mucho que ese aire y esas mane­ras que te son naturales te descubran alguna vez.

-¡Bah! El único que podrá reconocerme será mi cama­rada Wamba, y ése no sé si es más loco que maligno. Entre­tanto, no he podido menos de reírme cuando vi pasar cerca de mí a mi antiguo amo, al considerar que está tan creído de que Gurth se halla cuidando sus ganados en los bosques de Rot­herwood. Pero si soy descubierto...

-Ya sabes, Gurth, lo que te he prometido.

-Aunque me costara la vida, no faltaré a un amigo. Tengo tan dura la piel como un verraco, y no me asustan los palos.

-Creeme, Gurth: yo te recompensaré del riesgo que corres por tu lealtad, y entretanto, toma esas diez piezas de oro.

-¡Un millón de gracias! -respondió Gurth guardando el oro en el bolsillo y exclamando-: ¡Estoy más rico que lo estuvo nunca un guardapuercos!

-Toma -le dijo el caballero- ese talego; marcha a Ashby, averigua dónde vive Isaac de York, entrégale el caballo que me proporcionó prestado, y dile que se pague del importe de la armadura, que también me dieron bajo su palabra.

-¡No, por San Dustán; no haré tal!

-¡Cómo, Gurth! ¿Desobedecerás mis órdenes?

-No, señor, cuando sean justas, razonables, tales que pueda un cristiano ejecutarlas; y nada de eso tiene la que aca­báis de darme. ¡Bueno fuera permitir que un judío se pague por su mano! Eso no sería justo; sería engañar a mi amo. Y ved aquí cómo no es ni razonable, ni justo, ni cristiano, pues sería lo mismo que despojar a un fiel creyente para enriquecer a un judío.

-Ten presente que quiero tenerlo contento.

-¡Confiad en mí! -replicó Gurth poniendo el talego debajo de su capa y saliendo de la tienda-. ¡Malhaya yo si no le contento dándole la cuarta parte de lo que me pida!

Y diciendo esto se dirigió con toda diligencia a Ashhy, dejando al caballero desheredado en libertad de entregarse a serias y desagradables reflexiones, de que ahora no es oportu­no hablar.

Trasladaremos la escena a Ashby, o más bien, a una casa de campo inmediata, perteneciente a un rico judío, en la que Rebeca y sus criadas habían establecido su alojamiento con­forme a la hospitalidad que ejercen mutuamente entre sí los judíos con tanta generosidad cuanta es, por el contrario, la ambición con que tratan a los cristianos.

En un cuarto reducido, pero magníficamente amueblado al gusto oriental, estaba Rebeca sobre almohadones bordados colocados en una tarima poco elevada que rodeaba la sala, y formaban una especie de sillas de respaldo al estilo español. Desde aquel punto Rebeca seguía con miradas llenas de ter­nura filial los movimientos de su padre, que paseaba la sala con aire abatido y consternado tan pronto juntando Ias manos, tan pronto mirando al cielo como hombre que se halla agita­do por gran pesadumbre.

-¡Bienaventurado Jacob! -exclamó--. ¡Oh vosotros, los santos patriarcas, padres de nuestra nación! ¡Qué desgra­cia para un hombre que constantemente ha cumplido con la más rígida escrupulosidad la ley de Moisés! ¡Cincuenta cequíes arrancados de un golpe por Ias uñas de un tirano!

-Pero, padre mío -dijo Rebeca-, me parece que habéis dado por vuestra voluntad ese dinero al Príncipe.

-¡Voluntariamente! ¡Caigan sobre él todas Ias plagas de Egipto! ¡Voluntariamente! ¡Sí; de tan buena gana como arro­jaba por mis manos al mar en el golfo de Lión mis mercancí­as por aligerar el navío en que veníamos para que no se sumergiese! ¡Mis telas de sedas preciosas tapizaban Ias olas, y mis vasos preciosos de oro y plata fueron a aumentar Ias riquezas del fondo del mar! ¿No era aquel un momento de angustia inexplicable, aunque por mis propias manos hacía el sacrificio?

-Pero se trataba, padre mío, de salvar nuestra vida, y después ha bendecido el Dios de Israel vuestros intereses y os ha colmado de riquezas.

-Pero si el tirano vuelve a meter la mano, como lo hizo esta mañana despojándome enterãmente, y me obliga a reír... ¡Oh hija mía! Somos una raza errante y desheredada; pero la mayor de nuestras desgracias es que cuando nos injurian, cuando nos roban, todos se ríen, y no nos queda otro recurso que la paciencia y la humildad, aunque debíamos vengarnos con valor y firmeza.

-¡No digáis eso, padre mío! También tenemos nuestras ventajas. Estos gentiles tan implacables y tan crueles depen­den en alguna manera de los hijos de Sión, tan despreciados y perseguidos. Sin el recurso de nuestras riquezas, no podrían hacer frente a los gastos de una guerra ni a los triunfos de la paz: el dinero que les prestamos vuelve con ganancia a nues­tros cofres. Somos como el césped, que nunca está más flori­do que cuando se ve atropellado. Buena prueba es la fiesta de hoy, que no hubiera podido celebrarse sin el auxilio de los pobres judíos que han prestado el dinero para los gastos.

-¡Acabas, hija mía, de tocar una cuerda que suena muy mal en mis oídos! ¡Ese hermoso caballo, esa rica armadura son parte de mis ganancias en el negocio que he hecho por mitad con Kirgath Jairam, de Leicester, y constituyen la tota­lidad de mis utilidades de una semana; es decir, el intervalo de uno a otro sábado! ¡Quién sabe si tendrá tan mal resultado como los electos que tuve que arrojar al mar! ¡Pérdida sobre pérdida! ¡Ruina sobre ruina! Sin embargo, acaso acabará mejor este negocio, porque ese hombre me parece caballero de honor.

-Sin duda, padre mío. ¿Os habéis olvidado el beneficio que os dispensó ese caballero extranjero?

-Yo lo creo, hija mía, y creo también en la reconstruc­ción de Jerusalén; pero con tanta razón puedo esperar ver con mis propios ojos las paredes del nuevo templo, como ver a un cristiano... al mejor de todos los cristianos... pagar una deuda a un judío sin tener antes a la vista el temor de la prisión y de los cerrojos.

Continuaba agitado su ánimo; y viendo Rebeca que sus esfuerzos para consolarle sólo servían para darle nuevos moti­vos de sentimiento, calló por prudencia: conducta muy sabía que aconsejamos a todos los que quieran consolar o aconsejar a otros.

Acababa de anochecer, cuando un criado judío entró en el cuarto y puso sobre la mesa dos lámparas de plata llenas de aceite perfumado, entretanto que otros dos criados llevaban una mesa de ébano negro incrustrada de adornos de plata y cubierta con refrescos y vinos exquisitos; porque los judíos de ningún modo a sus solas son enemigos del lujo.

Uno de aquellos dos criados anunció al mismo tiempo que un nazareno (así nombran los judíos a los cristianos) que­ría hablarle; y como todo el tiempo del comerciante es del público, dejó Isaac sobre la mesa, sin haberla tocado, la copa llena de vino de Grecia que tenía en la mano, y encargando a Rebeca que se echase el velo, mandó que entrase el que lo buscaba.

Apenas Rebeca tuvo tiempo de cubrirse su rostro encan­tador con el velo de gasa de plata que bajaba hasta los pies, cuando se abrió la puerta y se presentó Gurth embozado en su gran capa normanda. Parecía algo sospechoso, porque su exterior no le favorecía, pues en vez de quitarse el sombrero, se le encasquetó más.

-¿Sois -preguntó Gurth- el judío Isaac de York?

-Si -respondió Isaac, también en idioma sajón, porque su comercio le había obligado a aprender todos los que se hablaban en Inglaterra-. ¿Cómo os llamáis? -dijo a Gurth.

-¡Mi nombre no os importa!

-Yo necesito saberlo, como vos habéis querido saber el mío, porque sin este conocimiento no puedo tratar con vos ningún negocio.

-Yo no vengo a tratar de negocios: vengo a pagar una deuda, y está muy en el orden que sepa si entrego el dinero al acreedor legítimo, mientras que a vos no os importa saber el nombre del que os lo trae.

-¿Venís a pagarme una deuda? ¡Oh; eso es otra cosa! ¡Bienaventurado Abraham! ¿Y de parte de quién venís a pagarme?

-De parte del caballero desheredado, del vencedor del torneo que acaba de celebrarse. Traigo el precio de la arma­dura que por vuestra recomendación le vendió fiada Kirgath Jairam, de Leicester. El caballo lo he dejado en la caballeriza de esta casa. ¿Cuánto debo por el resto de todo?

-¡Bien decía yo que era un caballero honrado! -excla­mó Isaac lleno de júbilo- ¡No os hará mal un vaso de vino!-dijo presentando al guardapuercos de Cedric una copa de plata cincelada llena de un licor que jamás había gusta­do.- ¿Y cuánto dinero me traes? -añadió.

-¡Virgen Santa! -exclamó Gurth-. ¡Y qué néctar beben estos perros infieles, mientras que los buenos cristia­nos, como yo, no tienen casi nunca otra bebida que una cer­veza turbia, tan espesa cono la levadura que damos a los puercos! ¡Es verdad que no he venido aquí con las manos vacías, y vos, aunque, judío, debéis de tener conciencia!

-Vuestro amo -dijo Isaac- ha hecho hoy un gran negocio. Cinco hermosos caballos, cinco ricas armaduras ha ganado con la punta de su lanza y la fuerza de su brazo.

Decidle de mi parte que me envíe todos esos trofeos y los tomaré en pago, volviéndole el exceso que haya en su favor.

-Ya ha dispuesto de ellos -dijo Gurth.

-¡Ha hecho mal, muy mal! ¡Ya se conoce que no tiene práctica de mundo! No hay aquí un cristiano que pueda com­prar tantos caballos y armaduras, y no ha podido hallar un judío que le dé la mitad de lo que yo le hubiera dado. Pero veamos. ¡Ya habrá cien cequíes en este talego! -dijo Isaac desembozando a Gurth-. ¡Pesa, pesa!

-Es que tiene en el fondo hierros para armar las flechas -repuso Gurth sin detenerse.

-Y bien; si me doy por satisfecho con ochenta cequíes por esa armadura, aunque no me dejaría de ganancia más que una pieza de oro, ¿traerías con que pagarme?

-¡Justamente; y de ese modo quedará mi amo sin un sueldo! Pero ¡ya bajaréis algo!

-Bebed ahora una copa de este exquisito vino. ¡Ah; ochenta cequíes no es gran cantidad! He hablado sin reflexio­nar. No puedo dejar esta hermosa armadura sin el menor beneficio. Por otra parte, ese hermoso caballo acaso estará estropeado con la gran fatiga que ha sufrido. ¡Qué carreras! ¡Qué combates! En los torneos los caballeros y los caballos se lanzan y arrojan sobre sus competidores con tanto furor como los toros bravos de Basán, y por esta causa ha debido de per­der mucho ese caballo.

-Yo os digo que está sano y salvo en la caballeriza, y vos mismo podéis verlo. En cuanto a la armadura, con sesen­ta piezas de oro está muy bien pagada. La palabra de un cris­tiano vale, cuando menos, tanto como la de un judío; y si no os acomodan las sesenta piezas -dijo haciéndolas sonar-, me volveré con el talego.

-¡Vamos, vamos; dejémonos de conversación y contad­me los ochenta cequíes, que es lo menos que puedo llevar! Vos mismo debéis de conocer que me porto generosamente con vuestro amo.

Gurth entonces, acordándose de que su señor quería que el judío quedase contento, no insistió más. Le contó ochenta cequíes sobre la mesa, y el judío le dio la solvencia del precio de la armadura. Isaac volvió a contar el dinero por segunda vez, y al guardarlo en el bolsillo le temblaba de gozo la mano. Tardó mucho tiempo en contar las monedas; a cada una que tomaba se detenía, como reflexionando, antes de echarla a la bolsa. Parecía que luchaba su avaricia con otra pasión que le forzaba a embolsar los cequíes uno por uno en desquite de la generosidad que le había empeñado en rebajar una parte del precio a su bienhechor.

Conforme iba contando, interrumpía la cuenta diciendo en estos términos, poco más o menos:

-¡Setenta y dos!... ¡Vuestro amo es un excelente suje­to!... ¡Setenta y tres!... ¡Muy buen sujeto!... ¡Setenta y cua­tro!... ¡Esta moneda está muy mohosa!... ¡Eso no importa!.. ¡Setenta y cinco!... ¡...sta me parece falsa!... ¡Setenta y seis!... ¡Cuando vuestro amo necesite dinero, que trate con Isaac de York!... ¡Setenta y siete!... ¡Pero, se entiende, con las garantí­as convenientes!... ¡Setenta y ocho!... ¡Sois un buen mozo!... ¡Setenta y nueve!... ¡Merecéis una recompensa!

El judío tenía aún en las manos la última moneda, e hizo en la conversación una gran pausa. Su intención era, proba­blemente, dársela de guantes a Gurth, y sin duda lo hubiera hecho si el cequí hubiera tenido los defectos que dijo; pero, desgraciadamente para Gurth, era una moneda recién acuña­da, y reconociéndola Isaac en todos sentidos, no pudo hallar­le defecto, y aun le parecía de más peso que el de ley: así, no pudo resolverse a separarla.

-¡Ochenta! -dijo al fin; y la envió a la bolsa a hacer compañía a las setenta y nueve-. Está bien la cuenta, y espe­ro -dijo- que vuestro amo os lo recompensará generosa­mente. ¿Os queda alguna otra pieza en el talego?

Al oír esto Gurth hizo un gesto como acostumbrado cuan­to quería sonreírse, diciendo al judío que le quedaba otro tanto como lo que acababa de contar con tanta escrupulosidad; y tomando el papel de solvencia dijo a Isaac:

-Si éste no está en debida forma, vos responderéis.

Seguidamente tomó la botella, llenó por tercera vez un cubilete sin esperar que le convidaran, y habiéndolo apurado se marchó sin despedirse.

-¡Rebeca -dijo Isaac-, este israelita me parece un poco desvergonzado! Su amo es muy buen caballero, y estoy muy alegre de que haya ganado tanto en ese torneo, gracias a su caballo, a su armadura y a la fuerza de su brazo, capaz de batirse con el de Goliat.

Viendo que Rebeca no le respondía se volvió, y observó que había desaparecido en tanto que hablaba con Gurth.

Ya éste había bajado la escalera, y al llegar a una antecá­mara poco iluminada, mientras buscaba la puerta, vio una mujer vestida de blanco y con una lámpara de plata en la mano que le hacía señas para que la siguiese a un cuarto, cuya puerta ella misma acababa de entreabrir.

Gurth sentía alguna repugnancia en seguirla, pues aunque atrevido e impetuoso como el jabalí ante el peligro, estaba preocupado con las supersticiones que alimentan los sajones con respeto a espectros, fantasmas y apariciones, y aquella mujer vestida de blanco era para él objeto de inquietud en la casa de un judío cuya raza, por una preocupación general, está notada entre otras costumbres de ser muy afecta a la cábala y a la nigromancia; pero a pesar de todo, después de un momen­to de duda siguió a su conductora a un cuarto donde estaba Rebeca.

-Mi padre -le dijo- ha querido chancearse conmigo. Debe a tu amo diez veces más que el precio de su armadura ¿Cuánto dinero has dado a mi padre?

-Ochenta cequíes -respondió Gurth, sorprendido de la pregunta.

-Ciento contiene este bolsillo -replicó Rebeca-. Tómalo, vuelve a tu amo lo que le corresponde, y guarda para ti lo sobrante. ¡Date prisa a marchar! No pierdas el tiempo en darme gracias, y ve con mucho cuidado al atravesar la ciudad, no sea que te quiten el dinero y la vida. ¡Rubén, alumbra a ese forastero, y cuida de dejar bien cerrada la puerta cuando salga!

Rubén, israelita de barba y cejas negras, obedeció a su ama. Llevando una bujía en la mano condujo a Gurth hasta la puerta de la casa, cerrándola en seguida con cadenas y cerrojos que podían muy bien servir para una cárcel.

-¡Por San Dustán! dijo Gurth al salir-, ¡Esta joven no es una judía: es un ángel que ha bajado del Cielo! ¡Diez cequíes de mi amo generoso, y veinte de esta perla de Sión! ¡Dichosa jornada! ¡Ah Gurth, te verás en estado de recobrar tu libertad pagando el rescate, y serás tan libre en tus acciones como otro cualquiera! ¡Vamos; despidámonos de los marra­nos! ¡Pun! ¡Arrojo mi corneta y mi garrote de porquero, tomo la espada y eI escudo, y sigo a mi joven amo hasta la muerte, sin ocultar mi nombre y mi rostro!

 

XI

 

          PRIMER SALTEADOR.

¡Alto ahí! ¡La bolsa o la vida o temed

que usemos de la fuerza!

          SPEED.

¡Somos perdidos! ¡Estos son los salteadores

que tanto temen los viajeros!

          VALENTIN.

¡Amigos míos!

          PRIMER SALTEADOR.
           ¡Nosotros no somos vuestros amigos

somos vuestros enemigos!

          SEGUNDO SALTEADOR.

 ¡Paciencia! ¡Es preciso escucharle!

              TERCER SALTEADOR.

¡Sí, por vida mía; es preciso escucharle!

¡Parece un hombre de calidad!

             SHAKESPEARE: Los dos caballeros de Verona.

 

No habían llegado a su término las aventuras nocturnas de Gurth....I mismo empezaba a tener un poco de aprensión cuando, después de haber atravesado la ciudad de Ashby y pasado cerca de unos caseríos, se halló en un camino abierto entre dos alturas cubiertas de avellanos y bogues mezclados con algunos robles que extendían sus ramas por la huella que Gurth seguía. Por otra parte, era muy escabroso el camino y estaba lleno de carriles hondos por los carruajes de toda espe­cie que recientemente habían transitado por él conduciendo los materiales necesarios para la construcción de las galerías alrededor de la liza del torneo. Además, estaba muy oscura la ruta, porque los árboles ofuscaban la poca claridad que podía dar la Luna.

Se oía a Io lejos el ruido de las diversiones de la ciudad: cantos alegres, carcajadas, el sonido de los instrumentos; todo lo cual recordando a Gurth la multitud de militares y personas de todas clases que se hallaban entonces en Ashby, le tenía con bastante inquietud.

-¡Razón tenía la judía, por el Cielo y por San Dustán! ¡A fe mía que quisiera que mi persona y mi tesoro estuvieran ya en seguridad bajo la tienda de mi amo! Hay aquí tantos, no diré ladrones, pero caballeros, escuderos errantes, menestra­les, juglares, arqueros y otros vagos, que el hombre que lleve un peso duro en bolsillo no puede estar sosegado! ¡Con cuán­ta más razón yo, que llevo una carga de cequíes! ¡Ya quisiera haber llegado al término de este camino infernal para percibir            con tiempo a los emisarios de San Nicolás antes de que se me echen encima!

Y con esta razón apresuraba Gurth el paso para llegar al llano a que conducía aquel camino escabroso. En el paraje donde el bosque que cubría las dos columnas era más espeso, avanzaron hacia él cuatro hombres, dos a cada lado del cami­no, y le sujetaron de tal modo, que hubiera sido inútil toda resistencia, aun cuando fuera posible.

-¡La bolsa! -le dijo uno de ellos-. Nosotros somos muy serviciales: aligeramos de la carga a los caminantes para que no les incomode en la marcha.

-No me despojaréis tan fácilmente si me dejáis defen­derme -dijo Gurth, a quien ningún peligro imponía silencio.

-¡Ahora lo veremos! -replicó el ladrón- ¡No hay cosa más fácil que verte robado y molido a palos! ¡Que le lleven - dijo a sus compañeros- a lo intrincado del bosque!

Y poniendo inmediatamente en ejecución esta orden, se vio Gurth precisado a repechar la altura del lado izquierdo del camino, y se halló en un pequeño bosque que se extendía hasta el llano. Aquí le hicieron marchar de grado o por fuerza hasta lo más espeso, donde había una especie de claridad, a medio alumbrar por la Luna, y allí hicieron alto; se unieron a los cuatro bandidos otros dos enmascarados, circunstancia que observó Gurth, y no le hubiera dejado duda del modo de vivir de aquella gente, si hubiese recordado del modo que le detuvieron.

-¿Cuanto dinero tenéis? -le preguntó uno de los que se habían unido con los cuatro primeros.

-Treinta cequíes me pertenecen -respondió con mucha resolución.

-¡Mentira, mentira! -gritaron los ladrones-. Un sajón con treinta cequíes no saldría de la ciudad sin estar borracho.

¡Imposible! ¡Se le debe confiscar lo que lleva!

-Los conservo para comprar mi libertad -replicó Gurth. -¡Eres un asno! -replicó uno de los ladrones-. Tres cuartillos de cerveza bien cargada te hubieran hecho tan libre o más que tu amo, aunque sea sajón, como tú.

-Eso es una triste verdad -dijo Gurth-; pero si trein­to cequies son bastantes para contentaros, soltadme y al ins­tante os los daré.

-¡Un momento! -dijo uno de los dos que habían llega­do últimamente, y que parecía tener autoridad sobre los otros-. El talego que llevas debajo del capote tiene más dine­ro que lo que has dicho.

-Pertenece a un caballero muy valiente -respondió Hurta-, de quien no os hablaría si os hubierais contactado con mis treinta cequies.

-¡Eres un buen mozo a fe mía! Aunque somos tan afec­tos a San Nicolás, puedes salvar tus treinta cequies, si quieres ser franco y sincero con nosotros. Pero entretanto desembara­zate del peso que te fatiga.

Al mismo tiempo le cogio un talego de cuero en el cual estaban el bolsillo de Rebeca y ce resto de los cequies que lle­vaba; y continuando su interrogatorio.

-¿Quién es tu amo? -le pregunto:

-El caballero desheredado, cuya valiente lanza ha gana­do hoy el premio.

-¿Cual es su nombre y su familia?

-No quiere que se sepa, y no os te dire.

-¿Y tú, como te llamas?

-Si os dijera mi nombre, seria lo mismo que deciros el de mi amo.

-¡Eres un fiel criado! Pero este dinero, ¿por que perte­nece a tu amo? ¿Es por herencia o por cual titulo?

-Por el derecho que le ha dado su valiente lanza. Este talego contiene el precio del rescate de cuatro hermosos caba­llos y otras tantas hermosas armaduras.

-Y bien; ¿cuanto dinero tiene el talego?

-Doscientos treinta cequies de mi amo y los treinta míos.

-¿No mas'? ¡Ha sido tu amo muy generoso con los ven­cidos! ¡Se han rescatado a buen precio! Nómbrame los que han pagado este rescate.

Gurth obedeció.

-Pero nada me hablas del templario-replico el jefe de los bandidos-. Ya ves que no puedes engañarme. ¿Que res­cate ha pagado sir Brian de Bois-Guilbert?

-Ninguno ha querido de el mi amo; solo quiere su san­gre. Existe entre los dos un odio mortal, y entre ellos no puede haber relación alguna de cortesía.

-Sí -dijo el jefe; y después de un momento de refle­xión-: ¿Por qué casualidad te has hallado en Ashby con una cantidad tan considerable?

-Iba a pagar al judío Isaac de York el precio de una armadura que había prestado a mi amo para el torneo.

-¿Y cuánto le has pagado? Si se ha de juzgar por el peso, este talego contiene la suma entera.

-Le pagué ochenta cequíes, y él me ha hecho reembol­sar ciento.

-¡Imposible! ¡Imposible! -gritaron todos los bandidos a un tiempo-. ¿Cómo te atreves a querer engañarnos con embustes tan inverosímiles?

-Tanta verdad es -replicó Gurth- lo que os he dicho, como lo es que podéis ver la Luna: hallaréis los cien cequíes en una bolsa de seda aparte del resto del dinero.

-Ten presente que hablas de un judío, de un israelita, tan incapaz de soltar el oro que una vez ha tocado, como lo son las arenas del desierto de devolver el agua que ha derramado en ellas el viajero.

-Un judío -dijo otro- no conoce la piedad más que un alguacil a quien no se ha gratificado.

Lo que os digo es una verdad -replicó Gurth.

-Que enciendan una tea ---dijo el jefe-; quiero recono­cer esta bolsa. Si este gracioso no nos engaña, la generosidad de este judío es tan gran milagro como haber brotado un manantial del centro de un peñasco para sus antepasados.

Se encendió la tea, y en tanto que el jefe desataba la bolsa para examinarla, los otros le rodearon; y los que tení­an sujeto a Gurt por los brazos, participando de la curiosidad de los demás, alargaban el pescuezo para ver el oro. Sin­tiéndose Gurth menos sujeto aprovechó el descuido para recobrar la libertad con un movimiento repentino, y se hubiera escapado si hubiese renunciado a la resolución deci­dida de salvar el dinero de su amo. Pero, no obstante, arran­có a un bandido su garrote y le descargó sobre el jefe, al cual, como no esperaba el golpe, se le cayó la bolsa, y cuan­do iba Gurth a cogerla le oprimieron y sujetaron más que antes.

-¡Necio! -le dijo el jefe-. Si hubieras dado con otro, ya estaría castigada tu insolencia; pero dentro de muy poco sabrás tu suerte. Ahora vamos a tratar de tu amo, pues muy puesto en razón tratar sus negocios antes que del tuyo, según todas Ias reglas de la Caballería. No te muevas en tanto, por­que si haces el menor movimiento no podrás dar un paso. Camaradas -dijo-, esta bolsa está bordada con caracteres hebreos; contiene cien piezas y todo persuade de que éste no nos engaña. No debemos exigir el oro de su amo, porque tiene bastante semejanza con nosotros; y es sabido que los perros no atacan a los perros interim hay lobos y zorros en los bosques.

-¿Se nos parece?-dijo uno de los bandidos-. Quisie­ra saber en qué.

-¿En qué? -replicó el jefe-. ¿No es pobre y deshere­dado como nosotros? ¿No ha batido a "Frente de Buey" y a Malvoisin, como hubiéramos hecho nosotros si nos hubiése­mos hallado en el caso? ¿No es enemigo mortal de Brian de Bois-Guilbert, como lo somos nosotros? Y además, ¿te pare­ce que nosotros tengamos menos conciencia que un infiel, que un perro judío?

-¡No, no! -replicó el mismo bandido-. Sin embargo que no teníamos conciencia tan delicada cuando servíamos en la cuadrilla del viejo Gandelyn. Pero ¿se irá este insolente pai­sano sin que le hayamos siquiera arañado?

-Eso depende de ti -replicó el jefe-. Vamos, gracio­so; acércate. ¿Sabes manejar el palo?

-¡Me parece que os he dado una buena prueba de que sé manejarlo!

-¡Cierto! Te confieso que aplicaste bien el golpe. Ea, pues; dale otro como aquél a este valiente, y marcharás libre de toda molestia, no obstante que eres tan fiel a tu amo, que me parece que en todo caso, seré yo quien pague tu rescate. Vamos, Miller; toma tu garrote, y trata de defenderte y de ata­car: tú deja a ese mozo en libertad; y dadle un palo. Ya hay bastante luz para este combate.

Los dos combatientes, armados cada uno con un palo igual en largo y grueso, avanzaron al medio del llano algo claro para tener más libertad en sus movimientos y aprove­charse de la claridad de la Luna. Los demás bandidos los rodearon riendo y gritando a su camarada:

-¡Cuidado; no pagues tú el tributo de pasaje!

Este, tomando su palo por el nudo, le hacía revolotear sobre la cabeza remedando el juego del molino que hacen los franceses, queriendo engañar a Gurth.

-¡Avanza -le decía-; avanza, y probarás el pulso de mis puños!

-Si tú eres molinero de profesión -respondió Gurth-, eres por dos razones ladrón; pero verás que no te temo.

Y al mismo tiempo se puso a jugar el garrote de dos pun­tas, con tanta destreza como su competidor.

Se atacaron entonces los dos, y por espacio de algunos minutos mostraron igual valor, fuerza y pericia, tirando y parando los golpes con tanta celeridad como destreza; y era tal el ruido que hacían los palos redoblados con los golpes que se tiraban, que a alguna distancia se hubiera creído que eran seis combatientes de cada lado.

Otras lides menos obstinadas y no tan peligrosas han merecido ser celebradas en verso heroico, pero la de Gurth y el molinero no ha tenido igual fortuna. Entretanto, aunque los combates con garrotes de dos puntas no estén en uso, haremos cuanto nos sea posible para hacer justicia en humilde prosa a estos bizarros combatientes.

Se batieron mucho tiempo sin que se apreciara ventaja alguna por una ni por otra parte. El molinero empezaba a irri­tarse del firme brazo y del valor de su competidor, y a'n más de oír las risas de sus camaradas, que observaban la inutilidad de sus esfuerzos, como suele suceder en tales casos. Este género de impaciencia no favorece en combates de esta clase, pues requieren mucha serenidad, y ésta fue la que le dio a Gurth, que poseía un carácter firme y resuelto, los medios de vencer que aprovechó con mucha prudencia.

El molinero atacaba con una impetuosidad furiosa: los k dos extremos de su garrote golpeaban sin cesar y estrechaban rápidamente a su enemigo. Este, haciendo el molinete con velocidad, se cubría la cabeza y el cuerpo, paraba los golpes y estaba con firmeza a la defensiva, dando alguna vez un paso atrás, pero siempre tenía fija la vista y la atención en su adver­sario, hasta que, notándole muy fatigado, le tiró un golpe con la mano derecha hacia la cabeza, y en tanto el molinero quiso pararle, agarrando su rejón velozmente con la otra mano, le dirigió un golpe tan terrible por el costado derecho, que le echó a tierra.

-¡Victoria! ¡Victoria! -gritaron los bandidos-. ¡Bra­vamente se ha peleado! ¡Viva la vieja Inglaterra! ¡El sajón ha salvado su dinero y su pellejo! ¡El molinero se ha encontrado con la horma de su zapato!

-Puedes marchar ya, valiente mozo -le dijo el jefe, uniendo su voto a la aclamación de otros cinco-. Haré que te conduzcan dos de mis camaradas hasta que llegues a dar vista a la tienda de tu amo, no sea que encuentres en el camino algunos paseantes nocturnos cuya conciencia no sea tan escrupulosa como la nuestra; porque en noches como ésta, no faltan emboscados. -Pero arrugando las cejas añadió-: Acuérdate de que no has querido decirnos tu nombre. ¡Guár­date, pues de querer saber los nuestros y de averiguar quienes somos, ten muy presente esta advertencia si quieres evitarte una desgracia.

Recibió Gurth su apreciable talego de manos del capitán, y le dió mil gracias; asegurándole que no olvidaría sus adver­tencias. Dos de los bandidos se armaron con sus garrotes y le acompañaron; haciéndole atravesar el bosque por una senda muy obstruida con ramas, y que dada mil vueltas y revueltas. AI salir de aquella senda se hallaron con dos hombres que les salieron al encuentro; pero la escolta de Gurth les habló al oído, y se retiraron al instante. Entonces conoció Gurth cuán conveniente había sido la