Sir Walter Scott
La guerre est ma patrie;
Mon harmois, ma maison;
Et en toute saison
Combattre, c'est ma vie.
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El escenario de esta novela se remonta al siglo XV, cuando el sistema feudal, que había sido la base de la defensa nacional y del espíritu caballeresco, por el cual, como por alma vivificadora, estaba animado ese sistema, comenzaba a modificarse y a ser reemplazado por esos grandes personajes que cifraban toda su felicidad en procurarse los objetos personales en los que habían puesto su apego exclusivo. El mismo egoísmo se había manifestado en tiempos aun más primitivos; pero era ahora por primera vez confesado sin tapujos, como un principio de acción a seguir. El espíritu caballeresco presentaba en sí la excelente cualidad de que, por muy exageradas y fantásticas que podamos juzgar sus doctrinas, estaban todas fundadas en generosidad y abnegación, las cuales, si desapareciesen de la faz de la tierra, harían difícil concebir la existencia de la virtud en la especie humana.
Entre aquellos que fueron los primeros en ridiculizar y abandonar los principios de abnegación en que se instruyeron de jóvenes con todo esmero, figura en primer término Luis XI de Francia. Este soberano era de un carácter tan exclusivamente egoísta, tan incapaz de alimentar ningún propósito desligado de su ambición, codicia y deseo de goce egoísta, que casi parece una encarnación del propio demonio, al que le reconocemos la cualidad de hacer todo lo posible para corromper de raíz nuestras ideas sobre el honor. No hay que olvidar que Luis poseía gran dosis de ese ingenio mordaz que es capaz de poner en ridículo todo lo que un hombre hace en provecho de otro, y estaba, por consiguiente, muy calificado para representar el papel de amigo burlón e insensible.
Desde este punto de vista, la concepción de Goethe del carácter y modo de razonar de Mefistófeles, del espíritu de tentación con que aparece en el Fausto, la tengo por más feliz que la debida a Byron, y aun que el Satanás de Milton. Estos dos grandes autores han concedido al Principio del Mal algo que eleva y dignifica su maldad: una resistencia sostenida e inconquistable contra la propia Omnipotencia, un desdén sublime del sufrimiento antes que someterse, y todos esos puntos de atracción en el autor del mal que han inducido a Burns y a otros a considerarle como el héroe del Paraíso perdido. El gran poeta alemán, por el contrario, ha pintado su espíritu seductor como el de un ser que, desprovisto de toda pasión, parece haber sólo existido para el propósito de incrementar, con sus persuasiones y tentaciones, la cantidad de depravación moral, y para despertar con sus seducciones esas pasiones dormidas que de otro modo podían haber permitido al ser humano, objeto de las asechanzas del Espíritu Maligno, deslizarse por la vida con sosiego. Para este fin está dotado Mefistófeles, como Luis XI, con un espíritu despierto de desprecio y de ingenio mordaz, que se emplea incesantemente en rebajar y envilecer todas las acciones.
Aun al autor de obras de mero entretenimiento puede permitírsele ponerse serio por un momento con el fin de condenar toda política, de carácter público o privado, que tenga por fundamento los principios de Maquiavelo o la conducta de Luis XI.
Las crueldades, los perjurios, las sospechas de este príncipe aparecían aún más detestables por la degradante superstición que constantemente practicaba. La devoción a los santos de la Corte celestial, de la que tanto alarde hacía, podía compararse a la miserable práctica de algún mezquino comisario que intenta ocultar o atenuar las malversaciones de que es culpable con dádivas liberales a aquellos cuyo deber es observar su conducta, y trata de sostener un sistema de fraude con un intento de corromper lo incorruptible. No de otro modo podernos considerar su idea de hacer a la Virgen María condesa y coronel de su guardia, o la astucia con que atribuía a una o dos formas particulares de juramento la fuerza de una obligación ineludible, que negaba a todas las demás, manteniendo estrictamente el secreto, cuya forma de juramento tenía, en realidad, como obligatoria y en la categoría de uno de los misterios más valiosos del Estado.
A una falta total de escrúpulo, o, como aparecía, a toda carencia de sentido moral, añadía Luis XI una gran firmeza natural y una sagacidad de carácter, con un sistema de política tan sumamente refinado, si se considera los tiempos en que vivió, que a veces se sobrepasó a sí mismo cediendo a sus dictados.
No hay retrato tan obscuro que por lo general carezca de contrastes. El rey comprendió los intereses de Francia, y se dedicó a defenderlos mientras pudo identificarlos con el suyo. Condujo al país con seguridad a través de la crisis peligrosa de la guerra denominada «por el bien público», desuniendo y dispersando esta grande y peligrosa alianza de los vasallos de la gran corona de Francia contra el soberano. Un rey de un carácter menos precavido y contemporizador y de una disposición más atrevida y menos habilidosa que Luis XI hubiera fracasado con toda probabilidad. Luis tenía además algunas prendas personales no contradictorias con su carácter en público. Era alegre o ingenioso en sociedad; acariciaba a su víctima, como el gato que acaricia cuando está dispuesto a hacer una dolorosa herida, y nadie fué más hábil para sostener y enaltecer la superioridad de las razones toscas y egoístas con las que trataba de suplir esos motivos más nobles para el esfuerzo, que sus antecesores habían encontrado en el elevado espíritu caballeresco.
De hecho, este espíritu se estaba anticuando, y tuvo, aun en su perfección, algo tan forzado y fantástico en sus principios, que lo hizo objeto especial del ridículo cuando, como otras modas antiguas, comenzó a perder reputación y pudieron emplearse contra él las armas de la murmuración, sin excitar el disgusto y horror con que hubieran sido rechazadas en un período temprano, cual una especie de blasfemia. Habían surgido en el siglo XIV una pandilla de burladores que pretendían reemplazar lo que era naturalmente útil en lo caballeresco por otros recursos, y arrojar el ridículo sobre los principios exclusivos y extravagantes del honor y la virtud, que se consideraban a todas luces como absurdos, porque en realidad estaban fundidos en un molde de perfección demasiado elevada para la práctica de seres falibles. Si un joven ingenuo y de noble espíritu se proponía mantenerse dentro de los principios de honor de su padre, era objeto de irrisión como si hubiese presentado en la palestra al bueno y anciano caballero Durindarte o lo hiciese el mismo con una espada de doble empuñadura, ridícula por su hechura antigua y estilo, aunque su hoja tuviese el temple del Ebro, y sus adornos fuesen de oro puro.
De análoga manera fueron echados a un lado los principios caballerescos, y su ayuda se suplió con estimulantes más villanos. En vez del espíritu elevado que impulsaba a cada hombre a la defensa de su país, Luis XI utilizó los esfuerzos de todo soldado mercertario dispuesto, y persuadió a sus súbditos, entre los que comenzaba a destacarse la clase mercantil, que era mejor dejar a los mercenarios los riesgos y trabajos de la guerra, y proporcionar a la Corona los medios de pagarles, que exponerse a los peligros en defensa de su propia substancia. Los mercaderes fueron fácilmente convencidos por este modo de razonar. No llegó la hora, en los días de Luis XI, en que la clase media afincada y la nobleza pudieran, de análogo modo, ser excluidas de ir a las filas combatientes; pero el monarca voluntarioso comenzó ese sistema, que, mantenido por sus sucesores, acabó por poner toda la defensa militar del Estado en manos de la Corona.
Se había adelantado igualmente a modificar los principios que por costumbre regulaban el intercambio de los sexos. Las doctrinas de la caballerosidad habían establecido, en teoría al menos, un sistema en que la Belleza era la divinidad que gobernaba y recompensaba y el Valor su esclavo, que se crecía en su presencia, y daba su vida por prestarlo el menor servicio. Es cierto que este sistema era propicio a extravagancias fantásticas, y con frecuencia se originaban casos de escándalo. Sin embargo, eran generalmente de aquellos, como los mencionados por Burke, en que la flaqueza estaba privada de la mitad de su culpa, resultando purificada de toda su grosería. En la práctica de Luis XI sucedían las cosas de otro modo. Era un voluptuoso de categoría inferior, buscando el placer sin sentimiento y despreciando el sexo del que deseaba obtenerlo; sus queridas eran de rango inferior, tan poco comparables con el carácter elevado, aunque defectuoso de Inés Sorel, como Luis a su heroico padre, que libró a Francia del yugo de Inglaterra. Seleccionando, de igual modo, sus favoritos y ministros entre las heces del pueblo, Luis demostró la poca consideración que guardaba a la cuna selecta y a la posición preeminente; y aunque esto pudiese no sólo ser excusable, sino meritorio, en el caso de que la voluntad del monarca hiciese conocer al talento oculto, o llamase al hombre modesto de valía, era muy diferente citando el rey hacía su favorito a hombres como Tristán l'Hermite, el jefe de su Marshalsea o policía; y era evidente que príncipe semejante no podía por más tiempo ser como su descendiente Francisco se designaba elegantemente a sí mismo, «el primer caballero en sus dominios».
Tampoco eran los dichos y acciones de Luis en público o en privado de un género que pudiesen redimir tales ofensas contra el carácter de un hombre de honor. Su palabra, que debía ser tenida como la prueba más sagrada del carácter de un hombre, y cuyo menor incumplimiento es una ofensa capital en el código del honor, era despreciada con el menor motivo, y su olvido era acompañado a menudo con la comisión de los crímenes más enormes. Si quebrantaba su palabra empeñada, no trataba al público con más ceremonia. El envío de una persona inferior disfrazada de heraldo a Eduardo IV era en aquellos días, en los que se consideraban a los heraldos como los sagrados depositarios de la fe pública y nacional, una imposición atrevida, de la que pocos, excepto este príncipe sin escrúpulos, se hacían culpables (1).
En una palabra, las maneras, sentimientos y acciones de Luis XI eran de tal índole, que resultaban incompatibles con los principios de caballerosidad, y su ingenio cáustico se aplicaba a ridiculizar un sistema en lo que consideraba como la más absurda de todas sus bases, ya que estaba fundado en el principio de dedicar esfuerzos, talento y tiempo a la consecución de objetos de los que, dada la naturaleza de los mismos, ninguna ventaja personal podía lograrse.
Es más que probable que al prescindir casi abiertamente de los lazos de religión, honor y ética, por los que los seres humanos se sienten en general influídos, buscaba Luis obtener grandes ventajas en sus negociaciones con partidos que se consideraban a sí mismos obligados, mientras él gozaba de libertad. Podía imaginarse que partía hacia la meta como el corredor de caballos que se ve libre de los pesos que aun entorpecen a sus competidores y espera ganar la carrera. Pero la Providencia parece siempre mezclar la existencia de un peligro peculiar con alguna circunstancia que puede poner en guardia a aquéllos expuestos a dicho peligro. La constante sospecha que se tiene de cualquier hombre público que adquiere mala fama por faltar a su palabra es para él lo que el cascabel a la culebra de este nombre; y los hombres acaban por calcular no tanto por lo que dice su antagonista, sino por lo que es probable que haga, grado este de desconfianza que tiende a frustrar las intrigas de un carácter desleal con predominio sobre la ventaja de verse libre de los escrúpulos de los hombres de conciencia. El ejemplo de Luis XI produjo disgusto y sospecha más que un deseo de imitación entre otras naciones de Europa, y la circunstancia de considerarse más listo que algunos de sus contemporáneos sirvió para poner en guardia a los otros. Aun el sistema caballeresco, si bien mucho menos extendido que antiguamente, sobrevivió al reinado de este relajado monarca, que tanto hizo para empañar su lustro, y mucho tiempo después de la muerte de Luis XI inspiró al Caballero Sin Miedo y Sin Tacha y al galante Francisco I.
Si bien el reinado de Luis tuvo tanto éxito desde el punto de vista político como él pudo desear, el espectáculo de su lecho de muerte pudo ser un aviso contra la seducción de su ejemplo. Sospechando de todos, pero principalmente de su propio hijo, se encerró entre las paredes del castillo de Plessis, confiando exclusivamente su persona a la fidelidad dudosa de sus mercenarios escoceses. No salía nunca de su habitación, no admitía a nadie en ella, y abrumaba al cielo y a todos los santos con rezos no para lograr el perdón de sus pecados, sino la prolongación de su vida. Con una pobreza de espíritu del todo contradictoria con su aguda sagacidad mundana, importunaba a sus médicos, hasta que estos acabaron por insultarlo y saquearle. En su extrema ansiedad por la vida envió a buscar en Italia unas supuestas reliquias y mandó venir a un campesino ignorante y alelado, el cual, probablemente por pereza, se había encerrado en una cueva y renunciado a la carne, pescado, huevos, o a los productos derivados de la leche. A este hombre, que no poseía el menor barniz de ilustración, reverenciaba Luis como si hubiese sido el propio Papa, y para ganar su afecto fundó dos claustros.
No era la menor circunstancia singular de este ser supersticioso que los únicos objetos que parecían interesarle eran su salud corporal y la felicidad terrestre. Estaba estrictamente prohibido el hacer la menor referencia de sus pecados cuando se hablaba del estado de su salud, y cuando, a sus ruegos, un sacerdote rezó una oración a San Eutropio, en la que rogaba por la salud del rey, tanto corporal como espiritual, Luis dispuso que se omitiese la última palabra, diciendo que no era prudente importunar al santo bendito con demasiados ruegos de una vez. Quizá pensase que no proclamando sus crímenes podía suceder que no los recordasen los patronos celestiales, cuya ayuda invocaba para su cuerpo.
Tan grandes fueron las torturas bien merecidas de este tirano en su lecho de muerte, que Felipe de Comines pudo establecer una comparación entre ellas y las numerosas crueldades infligidas a otros por orden suya, y considerando ambas llegó a expresar la opinión que las angustias y agonía experimentadas por Luis fueron tales que podían compensar los crímenes que había cometido, y que después de una razonable cuarentena en el purgatorio podía misericordiosamente ser destinado a las regiones superiores.
Fenelón también dejó su testimonio adverso a este príncipe, cuyo modo de vivir y gobernar ha descrito en el siguiente notable pasaje:
«Pigmalión, atormentado por una sed insaciable de riquezas, se hace cada vez más miserable y odioso a sus súbditos. Es un crimen en Tiro tener grandes bienes; la avaricia le hace desconfiado, sospechoso, cruel; persigue a los ricos y teme a los pobres.
Es un crimen aun mayor en Tiro ser virtuoso, porque Pigmalión sospecha que los buenos no pueden sufrir sus injusticias y sus infamias; la virtud lo condena, se encoleriza e irrita contra ella. Todo le agita, le inquieta, le preocupa; tiene miedo de su sombra; no duerme ni de día ni de noche; los dioses, para anonadarle, le colman de tesoros de los que no puede gozar. Lo que busca para ser dichoso es precisamente lo que le impide serlo. Siente todo lo que da, y teme siempre perder; se atormenta para ganar.
No se le ve casi nunca; está solo, triste, abatido en el fondo de su palacio; sus propios amigos no se atreven a abordarle por miedo de hacérsele sospechosos. Una guardia terrible provista de espadas desenvainadas y de picas patrulla alrededor de su casa. Treinta cámaras que se comunican entre sí, cada una de las cuales tiene una puerta de hierro con seis grandes cerrojos, constituyen el lugar de su encierro, y se asegura que no se acuesta jamás dos noches seguidas en la misma por miedo de ser degollado. No conoce ni los dulces placeres ni la amistad, todavía más dulce. Si se le habla de buscar la alegría, siente que ésta huye lejos de él y que rehúsa entrar en su corazón. Sus ojos hundidos lanzan miradas siniestras; sin cesar los mueve en todas direcciones; presta atención al menor ruido y se asusta en cuanto lo apercibe; está pálido, abatido, y las más serias preocupaciones se reflejan en su rostro, siempre con arrugas. Se calla, suspira, lanza profundos suspiros, y no puede ocultar los remordimientos que laceran sus entrañas. Los alimentos más exquisitos le desagradan. Sus hijos, en vez de ser su esperanza, son causa de su terror; ha hecho de ellos sus más peligrosos enemigos. No tiene ni un momento de tranquilidad; no se conserva sino a fuerza de derramar la sangre de todos aquellos a los que teme. ¡Insensato, que no ya que su crueldad, en la cual confía, le hará perecer! Cualquiera de sus domésticos, tan sanguinario como él, se apresurará a librar al mundo de este monstruo.»
La ejemplar pero conmovedora escena de los sufrimientos del tirano tuvo por fin término con la muerte, acaecida el 30 de agosto de 1485.
El haber escogido a este notable personaje como el principal de la novela -pues fácilmente se comprenderá que la pequeña intriga de amor de Quintín sirve sólo como medio de presentación de la historia- proporcionó grandes facilidades al autor. Toda Europa, durante el siglo XV, estaba agitada con disensiones de origen tan vario que se hubiera requerido casi un discurso para haber inculcado en el lector inglés un espíritu perfectamente despierto y preparado para admitir la posibilidad de las escenas extrañas que se le presentaban.
En tiempo de Luis XI tenían lugar conmociones extraordinarias a través de toda Europa. Las guerras civiles de Inglaterra estaban concluídas más en apariencia que en realidad por el breve influjo de la Casa de York. Suiza proclamaba esa libertad que después tan bravamente defendió. En el Imperio, y en Francia, los grandes vasallos de la Corona procuraban emanciparse de su gobierno, mientras Carlos de Borgoña, por la fuerza, y Luis, más arteramente, por medios indirectos, laboraban para someterlos a su servicio en sus respectivas soberanías. Luis, mientras con una mano embaucaba y sometía a sus propios vasallos rebeldes, trabajaba secretamente con la otra para ayudar y alentar a las grandes ciudades comerciales de Flandes a rebelarse en contra del duque de Borgoña, a lo que la prosperidad o irritabilidad de dichas ciudades naturalmente las disponía. En la mayoría de los distritos forestales de Flandes el duque de Gueldres y Guillermo de la Marck, llamado por su ferocidad el Jabalí Salvaje de las Ardenas, estaban prescindiendo de los hábitos de los caballeros, para practicar las violencias y brutalidades de bandidos comunes.
Cien secretas combinaciones existían en las diferentes provincias de Francia y Flandes; numerosos emisarios privados del inquieto Luis, bohemios, peregrinos, mendigos, o agentes disfrazados de tales, estaban propagando por todas partes el descontento que por política lo convenía mantener en los dominios de la Borgoña.
Entre materiales tan varios y abundantes era difícil seleccionar los que más comprendiese e interesase al lector, y el autor tiene que lamentar que, aunque hizo uso con liberalidad del poder de apartarse de la realidad de la historia, no se siente en modo alguno confiado de haber dado a esta historia una forma agradable, compacta y suficientemente comprensible. El móvil principal de la trama es tal, que todo el que conozca un poco del sistema feudal puede comprenderlo fácilmente, aunque los hechos sean pura inventiva. Uno de los derechos de un jefe feudal más universalmente reconocidos era la facultad de poder impedir el matrimonio de un vasallo hembra. Esto puede juzgarse en contradicción con la ley civil y canónica, la que declara que el matrimonio será libre, mientras la jurisprudencia feudal o municipal, en el caso de que un feudo pase a una hembra, reconoce el derecho del que otorga el feudo a dictaminar en la elección del esposo de aquélla. Ello se fundaba en el principio de que el personaje feudal, por su merced, era el otorgador original del feudo, y estaba interesado en que el matrimonio de la hembra vasallo no introdujese a un enemigo del soberano feudal. Por otra parte, puede razonablemente defenderse que este derecho de imponer a una hembra vasallo, dentro de ciertos límites, la elección del marido sólo compete al personaje feudal del que procede el feudo. No es, pues, muy improbable que una hembra vasallo de Borgoña acuda presurosa a buscar la protección del rey de Francia, de quien el propio duque de Borgoña era un vasallo, ni es muy inverosímil el afirmar que Luis, con toda su carencia de escrúpulos, hubiese proyectado traicionar a la fugitiva con una alianza que podía resultar inconveniente, cuando no peligrosa, para su pariente y vasallo de Borgoña.
Debo añadir que la historia de QUINTÍN DURWARD, que alcanzó una popularidad en Inglaterra más extendida que las anteriores novelas, encontró también un éxito no corriente en el Continente, en el que las alusiones históricas despertaban ideas más familiares.
Abbotsford, 1 diciembre 1831
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(2)
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Y uno que ha tenido pérdidas -se va. |
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Mucho ruido y pocas nueces. |
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SHAKESPEARE. |
Cuando el honrado Dogberry recapitula y recita todos los derechos que tiene a ser respetado, y que, en su opinión, debían haberle eximido del trato injurioso que le había infligido el caballero Conrado, es digno de notarse que no sacase más partido de su doble toga (asunto de alguna importancia en cierta capital que yo conozco), o de ser «un individuo apuesto, como cualquiera de Mesina», o del argumento concluyente de ser un hombre «lo suficientemente rico» y en cambio hiciese hincapié en ser uno que ha tenido pérdidas.
He observado siempre que a los que les sonríe la fortuna, bien por ocultar el nimbo brillante de su esplendor de aquellos a los que el hado ha tratado con más aspereza, o porque el medrar, luchando con la adversidad, es tan honroso para ellos como lo es para una fortaleza el resistir a un asedio, sea por lo que sea, he observado que semejantes personas nunca dejan de referirle a uno los perjuicios que sufren con la dureza de los tiempos. Es raro comer en una mesa bien provista sin que los intervalos entre el Champagne, el Borgoña y el Hock se dediquen, si el que os convida a comer es hombre adinerado, a comentar la disminución del interés del capital y la dificultad de encontrar inversión para el dinero, que resulta estar, por consiguiente, en poder del anfitrión sin producir nada; o si éste es un propietario de tierras, sin que se expongan detalles angustiosos de los atrasos en los pagos y de las rentas disminuídas. Esto surte sus efectos. Los huéspedes suspiran y mueven sus cabezas a compás de la del anfitrión, miran el aparador repleto de vajilla, prueban una vez más los ricos vinos que fluyen alrededor de ellos en rápida circulación y piensan en la genuina benevolencia, que aunque constreñida en sus medios, prodiga aún todo lo que posee en hospitalidad, y lo que aun es más halagador, en la riqueza, que sin disminuir por esas pérdidas, resiste siempre sin mella, como el tesoro inagotable del generoso Aboulcasem, sangrías tan copiosas.
Este espíritu quejumbroso tiene, sin embargo, sus límites, como los hay para el que se queja por agravios recibidos, pasatiempo encantador que todos los viejos conocen, ya que en el fondo no tienen de qué quejarse y lo hacen por sistema. Pero nunca oí hablar a un hombre, cuyo crédito comenzase a decaer, de la disminución de sus ventas, y mi amable o inteligente médico me asegura que es cosa rara que los que sufren con una fiebre alta o un desorden por el estilo saquen a relucir sus sufrimientos como tema agradable de conversación.
Después de considerar con atención estas cosas no soy capaz de ocultar por más tiempo a mis lectores que no soy tan despreocupado ni tan falto de medios de fortuna para no participar en las desgracias que afligen al presente a los intereses de dinero y rentas de las tierras de estos reinos. Vosotros, los autores que vivís de chuletas de cordero, podéis alegraros que hayan bajado a tres peniques la libra, y si tenéis niños, podéis congratularos que los bollos se den más baratos; pero nosotros, que pertenecemos a la tribu que resulta arruinada por la paz y la abundancia -nosotros, que poseemos tierras y ganado vacuno y vendemos lo que estos pobres rebuscadores pueden comprar-, estamos desesperados ante los mismos hechos que harían iluminar todos los áticos de Grub Street si esta calle pudiese economizar cabos de vela para este fin. Por eso tengo a gala reclamar mi parte en las desgracias que sólo afectan a la riqueza y decir de mí, con Dogberry, «que soy lo bastante rico», pero, sin embargo, «que soy uno que ha tenido pérdidas».
Con el mismo generoso espíritu de emulación he recurrido últimamente al remedio universal contra la falta de dinero de que me quejo: una breve residencia en un clima meridional, con lo que no sólo me he ahorrado muchas carretadas de carbón, sino que también he experimentado el placer de excitar la simpatía general por mis circunstancias adversas entre aquéllos, quienes, en el caso de haber continuado gastando mis rentas entre ellos, se hubiesen preocupado poco si me hubiesen ahorcado. Así, mientras bebo vin ordinaire, mi cervecero ve disminuída la venta de sus vasos de cerveza; mientras compro mi frasco de cinq fracs, mi ración de Oporto no sale de las manos de mi proveedor de vinos; mientras mi côtelette à la Maintenon humea en mi plato, el macizo solomillo cuelga de su gancho en la tienda de mi amigo de la ciudad con el delantal azul. Todo, en una palabra, de lo que gasto aquí se pierde en casa, y los pocos sous ganados por el garçon perruquier, y hasta el mendrugo de pan duro que doy a su perrito de ojos colorados y nalgas sin pelos, resultan perdidos para mi viejo amigo el barbero, y el honrado Trusty, el perro mastín del corral. De suerte que tengo la dicha de saber que en todo momento mi ausencia es echada de menos y lamentada por aquellos que se preocuparían poco de mí si estuviese yo en el ataúd en el caso de estar seguros de la manera de pensar de mis albaceas. Sin embargo, exceptúo solemnemente de esta acusación de egoísmo e indiferencia a Trusty, el perro del corral, cuyas cortesías conmigo tengo razón para pensar eran de un carácter más desinteresado que las de cualquier otra persona que me ayudó a gastar la renta de mis bienes.
Mas la ventaja, ¡ay de mí!, de excitar tantas simpatías en casa no se consigue sin sufrir considerables inconveniencias personales. «Si quieres que llore, dice Horacio, debes primero derramar lágrimas»; y en realidad, podría a veces lamentarme del cambio que he hecho en las comodidades domésticas, que la costumbre había hecho necesarias, por los substitutos forasteros que el capricho y el amor al cambio han puesto de moda. Confesaré con vergüenza que mi estómago casero echa de menos el asado de buey genuino, según la costumbre de la casa Dolly, caliente del asador, tostado por fuera y escarlata, una vez que se aplica el cuchillo, por dentro, cuya falta no suplen todas las delicadezas de la carte de Very, con sus miles ortografías variadas de Bifticks de Mouton. El hijo de mi madre no se acostumbra a deleitarse con bebidas ligeras, y en estos tiempos en que la malta se obtiene por nada, preferiría un buen bock de cerveza a la bebida ácida e insubstancial que aquí lleva el honroso nombre de vino, aunque en su esencia y cualidades es muy similar al agua del Sena. Los vinos de marca son bastante aceptables -no hay nada que decir en contra del Chateau Margot o el Sillery, y no obstante no puedo menos de recordar las generosas cualidades del saludable y viejo Oporto. Y en cuanto al garçon y su perro, aunque son ambos animales divertidos, había, sin embargo, más sano humor en los guiños con los que nuestro peluquero acompañaba las novedades de la mañana, y simpatía más humana y perruna en el meneo del rabo del viejo Trusty que en su rival Touton, aunque se hubiese puesto de pie sobre sus patas traseras durante un año.
Estas señales de arrepentimiento llegaron quizá un poco tarde, y confieso (pues no debo ocultar nada a mi querido amigo el Público) que maduraron en cierto modo por la conversión de mi sobrina Cristina al catolicismo, gracias a los oficios de un astuto clérigo vecino nuestro, y por el matrimonio de mi tía Dorotea con un capitán de caballería, miembro de la Legión de Honor, y que, según nos asegura, hubiera ya llegado a ser mariscal de campo si nuestro antiguo amigo Bonaparte hubiese continuado viviendo y triunfando. En lo que se refiere a Cristina, debo reconocer que retornó con tanta facilidad a Edimburgo con sólo cinco pláticas nocturnas, que aunque desconfié algo de los medios y forma de su conversión, me alegró al mismo tiempo de ver que por fin tenía un pensamiento serio en su vida; además, perdía poco en el asunto, pues pasó al convento saliendo de una pensión. Pero el matrimonio terrenal de la tía Dorotea era cuestión muy diferente de los esponsales celestiales de Cristina. En primer lugar, se originaban grandes pérdidas en intereses para mi familia, pues ¿quién diablo hubiese pensado que mi tía Dorotea pudiese casarse? Y sobre todo, ¿quién hubiese imaginado que una mujer con cincuenta años de experiencia se casase con ejemplar tan curioso de la anatomía francesa, que sus miembros inferiores correspondían con los superiores como si un par de compases de brazos medio abiertos se hubiesen colocado uno a continuación de otro, mientras el cuerpo podía representarse con holgura por el espacio que ocupaban dichas cabezas? Todo el resto de su persona era bigote, capote de piel y calzones de algodón. Podía ella haber contratado una polca en 1815 a los cosacos reales por la mitad del dinero que entregó a este espantajo militar. No hay nada más que decir del asunto, especialmente si se tiene en cuenta que ella citó a Rousseau para explicar su debilidad sentimental; así es que dejémoslo pasar.
Habiendo, pues, desahogado mi bilis contra una tierra que es, a pesar de todo, un país muy alegre, y que no puedo censurar porque yo lo busqué, y no él a mí, me ocuparé del objeto más importante de esta introducción, y el cual, mis lectores queridos, si no me hago demasiadas ilusiones de seguir contando con vuestros favores, me resarcirá quizá con exceso de los daños y perjuicios que he sufrido por traer a mi tía Dorotea al país de las pantorrillas gruesas, de los tobillos delgados, de los negros bigotes, de las extremidades sin tronco (le aseguro que el sujeto es como mi amigo lord L... dijo, una perfecta urraca, toda patas y alas) y de los finos sentimientos. Si hubiese escogido entre los militares un escocés bullanguero o un hijo intrépido de Erin, nunca hubiera mencionado el caso; pero tal como el hecho ha sucedido, es casi imposible dejar de sentir ese saqueo gratuito de los herederos y albaceas legales de mi tía. Pero callemos o invitemos al Público a escuchar un tema más agradable para nosotros y más interesante para los demás.
A fuerza de beber líquidos ácidos, como antes dije, y de fumar cigarros, en lo que no soy novato, deberé participar a mis lectores que gradualmente fui conociendo a un homme comme il faut, a uno de los pocos ejemplares de nobleza antigua que aun se encuentran en Francia, los cuales, como las estatuas mutiladas de un culto anticuado y en desuso, aun engendran cierto temor y estimación en aquellos que no rinden voluntariamente culto ni al uno ni a la otra.
Al visitar el café de la población me llamó la atención, desde luego, la singular dignidad y gravedad de los modales de este caballero, su apego asiduo a los zapatos y medias, con desprecio de las botas y los pantalones, la croix de Saint Louis en el ojal y una pequeña escarapela blanca en la presilla de su anticuado shakoo. Había algo interesante en su persona, y además, su gravedad, confrontada con el grupo animado que le rodeaba, resultaba, como la sombra de un árbol en el resplandor de un paisaje soleado, más interesante por su rareza. Hice todos los avances para conocerle como lo permitían las circunstancias del lugar y las costumbres del país, lo que quiere decir que me aproximé a él, fumó mi cigarro con chupetones intermitentes y sosegados, que apenas se apercibían, y le pregunté las pocas cosas que en cualquier parte la buena crianza, pero con especialidad en Francia, permite hacer a los forasteros sin que se les pueda tildar de impertinentes. El marqués de Hautlieu, pues tal era su rango, era tan lacónico y sentencioso como le permitía la cortesía francesa: contestaba todas las preguntas, pero no hacía ninguna y no alentaba para nuevos avances.
La verdad era que, poco accesible para los forasteros de cualquier país, o aun para los extraños entre sus propios paisanos, resultaba el marqués particularmente tímido con los ingleses. Podía dictar este sentimiento un resto de antiguo prejuicio nacional o podía provenir de su idea de que son altaneros y orgullosos de su dinero, y que en ellos el rango, unido a medios limitados de fortuna, suscita por igual su desprecio y su conmiseración, o, finalmente, cuando reflexionase en ciertos acontecimientos recientes, podía quizá sentirse mortificado como francés, aun por aquellos éxitos que habían restaurado a su amo en el trono y a él a una propiedad disminuída y a un castillo dilapidado. Su desgano no asumió nunca, sin embargo, forma más activa que su alejamiento de la sociedad inglesa. Citando los asuntos de los forasteros requerían la interposición de su influencia en favor de ellos, era sistemáticamente concedida con la cortesía de un caballero francés que conoce lo que se debe a sí mismo y a la hospitalidad nacional.
A la postre, por alguna casualidad, hizo el marqués el descubrimiento que el nuevo comensal de su café era un natural de Escocia; circunstancia que le dispuso mucho en mi favor. Algunos de sus ascendientes, según me dijo, habían sido de origen escocés, y creía que su casa tenía aún algunos parientes en la provincia de Hanguisse, de ese país. El parentesco había sido reconocido por ambos lados desde el comienzo del siglo anterior, y una vez estuvo decidido, durante su destierro (pues cabe suponer que el marqués se había unido a los partidarios de Condé y compartido todas las fatigas y miserias de la emigración), a hacer valer su parentesco para pedir la protección de sus amigos escoceses. Pero, pensándolo mejor, no quiso presentarse ante ellos en circunstancias que pudieran favorecerle poco, y que podían hasta imaginar que traerían consigo alguna pequeña carga y quizá también alguna pequeña desgracia. De suerte que pensó que lo mejor era confiarse a la Providencia y sostenerse por sí como mejor pudiese. Cómo lo consiguió, nunca lo supe; pero estoy seguro de que no fué a costa de nada que pudiera ser en descrédito del buen hombre, que sostenía con firmeza sus opiniones y su lealtad contra viento y marea, hasta que el tiempo le devolvió, anciano, indigente y con el ánimo decaído, al país que había dejado en la flor de su juventud y en plena salud, y colmado de paciencia con los años en vez de adoptar un tono de vivo resentimiento, que prometiese rápida venganza contra los que le expulsaron. Podía haberme reído de algunos de los rasgos del carácter del marqués, de sus prejuicios, tanto de alcurnia como en política, si lo hubiese encontrado en circunstancias más prósperas; pero en su situación actual, aunque no hubiesen sido prejuicios sanos y lícitos, no inspirados por motivos rastreros ni interesados, había que respetarle como respetamos al confesor o al mártir de una religión que no es precisamente la nuestra.
Poco a poco nos hicimos buenos amigos: bebimos juntos nuestro café, fumamos nuestro cigarro y tomamos nuestro bavariose durante más de seis semanas, con pequeñas interrupciones, motivadas por ocupaciones de uno y otro. Habiendo logrado averiguar, por una coincidencia afortunada, que la provincia de Hanguisse sólo podía ser nuestro condado de Angus, estuve en condiciones de contestar a la mayoría de sus preguntas relativas a sus parientes de modo más o menos satisfactorio, y me sorprendí mucho de ver que el marqués conocía la genealogía de algunas de las familias distinguidas de ese país mucho mejor de lo que podía lógicamente imaginarme.
Por su parte, fué tan grande su satisfacción con nuestro trato, que acabó por decidirse a invitarme a comer al castillo de Hautlieu, que justificaba bien su nombre, ya que se erguía en una eminencia del terreno a orillas del Loira. Este edificio quedaba a unas tres millas de distancia de la población en la que había establecido mi residencia temporal, y cuando lo visité por primera vez pude fácilmente perdonar los sentimientos de mortificación que el propietario demostró por recibir a un huésped en el asilo que se había formado con las ruinas del palacio de sus padres. Gradualmente, con mucha alegría, que evidentemente ocultaba un sentimiento más profundo, me preparó respecto al lugar que iba a visitar, y para esto tuvo una buena oportunidad mientras me conducía en su pequeño cabriolet, arrastrado por un pesado caballo normando, hacia el antiguo edificio.
Sus restos se desparraman sobre una hermosa terraza que domina al río Loira, y al cual está ligado por una sucesión de escalinatas, muy adornadas con estatuas, labores de piedra y otros embellecimientos artificiales, que descienden de una terraza en otra hasta alcanzar la propia orilla del río. Toda esta decoración arquitectónica, con el aditamento de parterres de hermosas flores y arbustos exóticos, había sido substituida desde hacía muchos años por un escenario mucho más provechoso de labores de viñas; no obstante, los restos, muy sólidos para ser destruídos, son aun invisibles, y con las diversas rampas y niveles artificiales del terreno son una demostración perfecta de la intensidad con que aquí se aplicó el Arte para decorar la Naturaleza.
Pocos de estos escenarios quedan aun incólumes, pues la volubilidad de la moda ha realizado en Inglaterra el cambio total que la devastación y la furia popular han producido en los lugares de recreo de Francia. Por lo que a mí se refiere, me satisface suscribir la opinión del juez más calificado de nuestro tiempo (3), que piensa que hemos llevado a un límite nuestro gusto por la sencillez y que la vecindad de una casa señorial requiere ornatos más bellos que los que se logran con sólo la presencia de hierba y grava. Una situación muy romántica puede resultar degradada con un ataque a tales ornamentos artificiales, pues en la mayoría de los sitios parece necesaria la intervención de una decoración más arquitectónica de la que ahora se estila para hacer desaparecer la timidez manifiesta de una casa grande, colocada por sí en medio de una pradera, en donde aparece tan desligada de sus alrededores como si se hubiera escapado del pueblo dando un paseo. Es bastante incomprensible cómo el gusto ha cambiado tan absoluta y repentinamente, a no ser que nos lo expliquemos por la misma razón por la que los tres amigos del padre, en la comedia de Molière, recomendaban una cura para la melancolía de su hija, que debía poner en las habitaciones de ella, bien pinturas, bien tapices, bien porcelanas, según las diversas obras de arte en que comerciaba cada uno de ellos. Razonando de modo semejante, quizá descubramos que, de antiguo, el arquitecto proyectó el jardín y los terrenos de recreo en las proximidades de la mansión, y era natural que desplegase su arte en estatuas y vasos de adorno, en terrazas pavimentadas y escalinatas, con balaustradas adornadas, mientras el jardinero, subordinado suyo, procurase que el reino vegetal correspondiese al gusto dominante y cortase los setos en forma de paredes verdeantes, con torres y murallas almenadas, y los árboles aislados, a semejanza de estatuas. Pero el tiempo ha pasado, y el jardinero paisajista, como se le llama, se ha puesto a la altura del arquitecto, y por eso se hace un empleo algo exagerado y liberal de la pala y del azadón y se convierten las labores ostentosas del arquitecto para hacer una ferme ornée, en algo tan poco diferente de la sencillez que la Naturaleza despliega en los terrenos próximos, que apenas se distingue de ellos por los paseos convenientes y limpios que el confort exige en las vecindades de la residencia de un caballero.
Dando por terminada esta digresión, que ha dado tiempo al cabriolet del marqués para ascender la colina por un camino en zig zag, ahora muy deteriorado, llegamos a distinguir una larga hilera de edificios sin techo, unidos con el extremo occidental del castillo, que estaba totalmente en ruinas. «Debo hacerle resaltar -me dijo-, como inglés que es usted, el gusto de mis antepasados al unir esa hilera de cuadras con el castillo. Sé que en su país es costumbre ponerla a cierta distancia; pero mi familia tenía un orgullo hereditario por los caballos, y le gustaba visitarlos con más frecuencia que si hubieran estado albergados a mayor distancia. Antes de la Revolución tenía treinta caballos finos en esa hilera ruinosa de edificios.»
Estos recuerdos de su pasada grandeza se le escaparon por casualidad, pues era parco, por lo general, en alusiones a su pasado esplendor. Habló con sosiego, sin afectación por la importancia dada a una riqueza pasada y sin aparentar exigir simpatía por la desaparición de ésta. Despertaron, sin embargo, reflexiones desagradables, y permanecimos ambos silenciosos hasta que apareció una paysanne francesa en un rincón, en parte reparado, de lo que había sido alojamiento de un portero, con ojos negros como el azabache y brillantes como diamantes, con una sonrisa en el rostro que dejaba ver una doble hilera de dientes, que una duquesa hubiese envidiado, y acercándose al carruaje se hizo cargo de las riendas.
«Madelon debe actuar hoy de groom -dijo el marqués, después de inclinar elegantemente la cabeza para corresponder a la profunda reverencia de ella a su acompañante-, pues su marido ha ido al mercado; y en cuanto a La Jeunesse, está muy ocupado con sus diversos menesteres. Madelon -continuó, mientras avanzábamos bajo el arco de entrada, coronado con el escudo de armas, mutilado, de anteriores lores, ahora medio obscurecido por el musgo y la grama y por algunas ramas sueltas de arbustos sin podar-, Madelon era ahijada de mi mujer y fué educada para ser doncella de mi hija.»
Esta indicación discreta de ser un marido viudo y un padre sin hijos aumentó mi respeto por el desgraciado noble, a quien todo lo concerniente con su actual situación era motivo, sin duda, de melancólica reflexión. Prosiguió, después de una pausa instantánea, con tono más alegre: «Se entretendrá usted con mi pobre La Jeunesse -dijo-, que, dicho sea de paso, es diez años más viejo que yo (el marqués rebasa los sesenta); me recuerda al personaje en el Roman comique que representa un juguete entero con sólo su persona: insiste en ser maître d'hôtel, maître de cuisine, valet de chambre, toda una serie de servidores con sólo su modesta individualidad. A veces me hace acordarme de un personaje en The Bridle of Lammermoore (4), que debe usted de haber leído, ya que es la obra de uno de sus gens de lettres, qu'on appelle, je crois, le Chevalier Scott.»
«¿Presumo que se refiere a sir Walter?»
«Sí, al mismo, al mismo -contestó el marqués.
Nos desviamos por el momento de más recuerdos dolorosos, pues tenía que aclarar dos extremos a mi amigo el francés. Logré convencerle del primero con alguna dificultad, pues aunque no le gustaba al marqués el idioma inglés, presumía, sin embargo, por haber estado tres meses en Londres, de entender las mayores dificultades de nuestro lenguaje, y recurría al testimonio de todos los diccionarios, desde el Florio para abajo, que la palabra bride (novia) debía traducirse por bridle (brida). Tan escéptico se mostró en esta cuestión de filología, que cuando le afirmé que en toda la historia no aparecían ni por casualidad bridas algunas, él, con gran mesura y sin saber a quién hablaba, echó toda la culpa de semejante absurdo al desgraciado autor. Luego tuve el gran candor de informar a mi amigo, por razones que nadie mejor que yo podía conocer, que mi distinguido literato y paisano, de quien siempre hablaré con el respeto que su talento merece, no era responsable de las obras triviales que el buen humor de la gente le había atribuido, demasiado generosa y atrevidamente. Sorprendido por el arranque del momento, podía haber seguido adelante y presentado una prueba evidente de mi afirmación, confesando a mi interlocutor que no era posible que nadie hubiese escrito esas obras, ya que yo mismo era el autor, cuando me vi libre de esa salida extemporánea al oír la tranquila respuesta del marqués, que decía alegrarse de saber que esas trivialidades no fueron escritas por una persona distinguida. «Las leemos -dijo- lo mismo que escuchamos los chistes de un comediante o como nuestros antepasados prestaban oídos a los de un bufón profesional, divirtiéndonos mucho, lo que no obsta para que sintiéramos que esa diversión nos la proporcionase uno que tuviese título preferente para figurar en nuestra sociedad.»
Con esta declaración recuperé por completo mi prudencia habitual, y temí tanto descubrirme que ni intenté explicar a mi aristocrático amigo que el caballero que había citado debía su prosperidad, por lo que había oído, a cierta obra suya, que podía compararse sin menoscabo a ciertos romances en rima.
La verdad era que, entre otros prejuicios injustos, que ya he citado, el marqués había contraído horror, mezclado con desprecio, por casi todas las variedades de autores, comparable al de aquel que compone un volumen en folio sobre leyes o teología y contempla al autor de un romance, novela, poema o pieza de crítica, como se mira a un reptil venenoso, con miedo y repugnancia a la vez. El abuso de la Prensa, sostenía él, en especial de cierta clase de ella, había envenenado toda la moralidad de Europa, y una vez más y gradualmente volvía a ganar una influencia que la voz de la guerra había hecho acallar. Imaginaba a todos los escritores, con raras excepciones, dedicados a esta mala causa, desde Rousseau y Voltaire hasta Pigault le Brun y el autor de las Novelas Escocesas; y aunque las leía pour passer le temps, sin embargo, como Pistol comiendo su puerro, no dejaba de execrar la tendencia de la obra que escogía mientras devoraba su contenido.
Habiendo observado esta peculiaridad, varié la conversación y di pie al marqués para nuevas observaciones sobre la mansión de sus antepasados. «Allí -dijo- estaba el teatro; mi padre se agenciaba una orden especial para que trabajasen algunos de los principales actores de la Comedie Française cuando el rey y madame Pompadour le visitaban en este lugar, lo que hicieron más de una vez; allá, más hacia el centro, estaba el hall del barón, en el que se ejercía su jurisdicción feudal cuando los criminales tenían que ser juzgados por el señor o su alguacil, pues teníamos, como vuestros antiguos nobles escoceses, el derecho de horca y fosa, o fossa cum furca, como le llaman los jurisconsultos; debajo está la cámara de las preguntas o de la tortura, y realmente deploro que un derecho que tanto se presta al abuso estuviese al arbitrio de ninguna persona viviente. Pero -añadió, con un sentimiento de dignidad que derivaba de las atrocidades que sus antecesores habían cometido debajo de las ventanas enrejadas, a las que señalaba- es tal el efecto de la superstición, que hasta hoy día los campesinos no se atreven a aproximarse a los calabozos, en los que, según se dice, la cólera de mis ascendientes se desahogó cruelmente en tiempos pretéritos.»
A medida que nos aproximábamos a una de las ventanas, y mientras experimentaba cierta curiosidad para ver este lugar terrorífico, surgieron de este abismo subterráneo unas carcajadas agudas que fácilmente descubrimos eran producidas por un grupo de niños jugando, que habían hecho lugar de esparcimiento de las abandonadas bóvedas.
El marqués quedó algo desconcertado y tuvo que recurrir a su tabatière; pero reponiéndose en seguida, observó que se trataba de los niños de Madelon, que estaban familiarizados con los supuestos terrores de los rincones subterráneos. «Además -añadió-, para ser sinceros, hay que decir que estas pobres criaturas han nacido después del período de supuesta iluminación, que disipa al mismo tiempo nuestra superstición y nuestra religión, y esto me obliga a recordarle que hoy es un jour maigre. Mi único invitado, a más de usted, es el cura de la parroquia, y no ofenderé voluntariamente sus opiniones. Por otra parte -continuó más valerosamente y dando a un lado a su reserva-, la adversidad me ha sugerido pensamientos distintos sobre estos asuntos de los que la prosperidad dictaba, y doy gracias a Dios de que no me avergüenzo confesar que practico los preceptos de mi Iglesia.»
Me precipité a contestar que, aunque podían diferir de los de la mía, tenía el máximo respeto por los preceptos religiosos de toda comunidad cristiana, percatado de que adorábamos al mismo Dios, bajo el mismo gran principio de la salvación, aunque con formas diferentes, cuya variedad de culto, de no haber sido permitida por el Todopoderoso, hubiera conducido a que nuestros deberes religiosos no hubieran sido prescritos tan categóricamente como lo son en la ley de Moisés.
El marqués no acostumbraba a dar la mano; pero en la ocasión presente agarró la mía y la sacudió amablemente, único modo de aquiescencia con mis sentimientos, que quizá un católico celoso podía o debía manifestar en tal ocasión.
Durante dos o tres vueltas sobre la larga terraza surgieron otras consideraciones a la vista de las extensas ruinas, y luego nos sentamos durante un cuarto de hora en un pabellón abovedado, de piedra de sillería, decorado con el escudo de armas del marqués, y cuyo techo, aunque abierto en alguno de sus arcos, se conservaba aún entero. «Aquí -dijo, adoptando el tono de su anterior conversación-, me gusta sentarme, bien al mediodía, cuando en este interior me encuentro resguardado del calor, o a la caída de la tarde, cuando los rayos de sol se extinguen sobre la amplia superficie del Loira. Aquí, según las palabras de vuestro gran poeta, con quien, a pesar de ser francés, estoy más íntimamente compenetrado que la mayoría de los ingleses, me gusta descansar.
Showing the code of sweet and bitter fancy
Tuve buen cuidado de no protestar contra esta manera de expresar un pasaje bien conocido de Shakespeare, pues sospeché que el excelso poeta, hubiera desmerecido ante la opinión de juez tan delicado como el marqués si hubiese querido demostrarle que aquél había escrito chewing the cud (5), según todas las autoridades en la materia están conformes. Además, ya había tenido bastante con nuestra anterior disputa, estando convencido desde hacía tiempo (aunque no hasta transcurridos diez años después de que dejó el colegio de Edimburgo) que lo principal en la conversación no consiste en exhibir el superior conocimiento de uno en asuntos sin importancia, sino en incrementar, mejorar y corregir la información que uno posee por la autoridad de los otros. Por eso dejé al marqués en su error y fui recompensado con una erudita disquisición sobre el estilo florido de arquitectura introducido en Francia durante el siglo XVII. Señaló sus méritos y sus defectos con gran acierto, y habiendo tocado asuntos similares a los que antes fueron motivo para mí de reflexiones, hizo un llamamiento a favor de ellos de género diferente fundado en los recuerdos que despertaban. «¿Quién -dijo- destruiría voluntariamente las terrazas del castillo de Sully, ya que no se las puede pisar sin recordar la imagen de ese hombre de Estado, que se distinguió a la vez por una integridad severa y por una sagacidad de espíritu firme e infalible? En el caso de alterar sus contornos, su disposición, ¿podríamos aún imaginárnoslas el escenario de sus reflexiones patrióticas? ¿Sería escenario adecuado una casa vulgar para el duque, sentado en un sillón y la duquesa en un tabouret, dando allí lecciones de valor y fidelidad a sus hijos, de modestia y sumisión a sus hijas, de rígida moralidad a ambos, mientras el círculo de los jóvenes nobles escuchaba con oídos atentos y los ojos fijos con modestia en el suelo, de pie, sin replicar ni sentarse sin el mandato expreso de su príncipe y padre? No, señor -dijo con entusiasmo-; destruid el pabellón principesco en que tenía lugar esta edificante escena familiar y se quita de la imaginación la verosimilitud, la veracidad de toda la escena. ¿O puede su imaginación suponer a este distinguido par y patriota paseando en un jardin anglois? En ese caso, también cabría figurárselo vestido con una levita azul y un chaleco blanco en vez de su casaca a lo Enrique IV y su chapeau à plumes. Considere cómo se hubiera desplazado en el laberinto tortuoso de lo que usted ha llamado ferme ornée, con sus dos filas habituales de guardas suizos precediéndole y el mismo número siguiéndole. Al recordar su cara con su barba, sus haut-de-chausses à canon, unidas a su justillo con innumerables aiguilettes y nudos de cinta, no podría usted, suponiéndole en un jardin anglois moderno, distinguirle de algún viejo loco que ha tenido la humorada de vestirse como su tatarabuelo y a quien un destacamento de gens d'armes conduce al Hôpital des Fous. Pero contemple la extensa y magnífica terraza, si aun existe, por la que el exaltado y leal Sully acostumbraba a pasear, solitario, dos veces al día, mientras reflexionaba en los planes patrióticos que acariciaba para aumentar la gloria de Francia, o, en un período posterior y más triste de su vida, meditaba en su señor asesinado y en el sino de su alocado país; coloque ese noble fondo de arcadas, vasos, imágenes, urnas y de todo lo que pueda expresar la vecindad del palacio ducal, y el paisaje se hace idóneo de nuevo. Los factionnaires, con sus arcabuces, situados en las extremidades del largo y nivelado paseo, anuncian la presencia del príncipe feudal, así como la guardia de honor que le precede y le sigue, con las alabardas erectas, porte firme y marcial, como ante el enemigo, y que se mueve al unísono con su superior jerárquico, educando sus pasos para acompañarle, deteniéndose cuando él se detiene, acomodando sus pasos a las pequeñas irregularidades de pausa y avance dictadas por las fluctuaciones de sus fantasías, y caminando, con precisión militar, delante y detrás de él, que semeja el centro y principio animado de sus filas armadas, como el corazón que da vida y energía al cuerpo humano. O si sonríe usted -añadió el marqués, mirando con duda a mi rostro- con un paseo tan poco en consonancia con la libertad frívola de las costumbres modernas, ¿podría usted imaginarse demolida esa otra terraza hoyada por la fascinadora marquesa de Sevigné, a la que están ligados tantos recuerdos referentes a pasajes en sus encantadoras cartas?»
Un poco cansado con esta disquisición, en la que el marqués insistía para exaltar las bellezas naturales de su propia terraza, que, derruida como estaba, no requería tanta recomendación, informé a mi compañero que acababa de recibir de Inglaterra un diario de viaje hecho por el sur de Francia por un joven amigo mío, poeta, dibujante y estudiante, en el que da una descripción tan interesante y tan a lo vivo del Cháteau Grignan, mansión de la hija adorada de madame de Sevigné, y a menudo lugar habitado por ella misma, que nadie que lea el libro y que se encuentre en la región del castillo dejará de ir en peregrinación al lugar. El marqués sonrió muy complacido, y preguntó el título de la obra en cuestión, y escribiendo a mi dictado Un itinerario en Provenza y el Ródano, hecho en el año de 1819 por Juan Hughes, A. U., de Oriel College, Oxford, hizo la observación que ahora no podía adquirir libros para su castillo, pero que recomendaría que el Itinerario fuese encargado en la librería a la que estaba abonné, en la población próxima. «Y aquí -dijo- viene el cura para ahorrarnos nuevas disquisiciones, y veo a La Jeunesse en torno al viejo pórtico de la terraza, con la intención de tocar la campana llamándonos a comer; ceremonia de las más innecesarias para reunir a tres personas, pero que sería motivo de desazón para el viejo hombre si la tuviese que abandonar. No se fije en él ahora, ya que le gusta desempeñar de incógnito los deberes de los departamentos inferiores; cuando la campana haya cesado de sonar, aparecerá ante nosotros en su papel de mayordomo.»
Mientras el marqués hablaba, había avanzado hacia la extremidad oriental del castillo, que era la única parte del edificio que aún permanecía habitable.
«La Bande Noire -dijo el marqués-, cuando destruyó el resto de la casa, buscando el plomo, la madera y otros materiales, me hizo, sin intención, el favor de reducirla a dimensiones más adecuadas a las circunstancias de su propietario. Ha quedado lo bastante para que la oruga hile su capullo, ¿y qué le importa que los reptiles hayan devorado el resto del arbusto?»
Mientras hablaba así llegamos a la puerta, en la que apareció La Jeunesse, con aire desde luego de profundo respeto y actitud servicial y un rostro que, aunque surcado por muchas arrugas, estaba dispuesto a responder a la primera palabra amable de su amo con una sonrisa, que mostraba su blanca hilera de dientes firme y hermosos a pesar de los años y del sufrimiento. Sus medias blancas de seda, lavadas hasta que su tinte se había vuelto amarillento; su coleta, sujeta con una roseta; el menudo rizo gris a cada lado de sus descarnadas mejillas; la casaca, color perla, sin cuello; el solitario, el jabot, los puños de la camisola ostensibles en las muñecas y el chapeau brass, todo anunciaba que La Jeunesse consideraba la llegada de un huésped al castillo como un acontecimiento desusado, al que había que corresponder con un despliegue de magnificencia y aparato por su parte.
Mientras miraba al fiel, aunque fantástico, servidor del marqués, el cual indudablemente heredó sus prejuicios así como sus ropas de desecho, no podía por menos de reconocer en mi interior la semejanza señalada por el marqués entre La Jeunesse y mi Caleb, el fiel escudero del señor de Ravenswood. Pero un francés, un méteme en todo por naturaleza, puede, con mucha más facilidad y ductilidad, realizar una variedad de servicios y bastarse por sí solo para desempeñarlos todos que un escocés con su formalidad y lentitud. Superior en destreza a Caleb, aunque no en celo, parecía multiplicarse La Jeunesse con las necesidades del momento y efectuar sus diversos cometidos con una prontitud y asiduidad que no se echaba de menos ni se deseaba servicios aparte de los suyos.
La comida, en particular, fué exquisita. La sopa, aunque fué calificada de maigre, término que los ingleses emplean con desprecio, tenía un sabor muy delicado, y el matelot de lucio y anguilas me reconcilió, a pesar de ser escocés, con las últimas. Había también un petit plat de bouilli para el hereje, tan exquisitamente sazonado que retenía todos los jugos, y al mismo tiempo tan blando que no cabía nada más delicado. El potage, con otra pequeña fuente o dos, estaban asimismo bien preparados. Pero lo que el viejo maître d'hôtel apreciaba como algo soberbio, sonriendo de satisfacción y con el goce de mi sorpresa, mientras lo colocaba sobre la mesa, fué una inmensa assiette de espinacas no dispuesta en una superficie uniforme, como por nuestros cocineros del otro lado del Canal, sino presentando colinas y valles, sobre los que marchaba pomposamente un ciervo gallardo, perseguido por una jauría de sabuesos en plena algarabía y un noble conjunto de jinetes con cuernos de caza y látigos enhiestos, y blandiéndolos a guisa de espadas; sabuesos, cazadores y ciervo hechos todos muy hábilmente con pan tostado. Gozando con las alabanzas que no dejé de otorgar a esta chef-d'oeuvre, confesó el buen hombre que casi le había llevado dos días el llevarlo a tal punto de perfección, y añadió, honrando al que debía, que idea tan brillante no era del todo suya, ya que el propio señor se había tomado la molestia de hacerle algunas indicaciones valiosas y aun había condescendido en ejecutar algunas de las figuras más importantes. El marqués se ruborizó un poco con esta eclaircissement, que probablemente hubiera deseado ver suprimida; pero reconoció que había deseado sorprenderme con una escena de un poema popular de mi país, Miladi Lac. Le contesté que un cortège tan espléndido se parecía mucho más a una gran chasse de Luis XIV que al de un pobre rey de Escocia, y que el paysage era más bien el de Fontainebleau que el de los yermos de Callauder. Se inclinó graciosamente en respuesta a este cumplido, y confesó que el recuerdo de los trajes de la antigua corte francesa, en época de su esplendor, podía haber alucinado su imaginación, y con esto la conversación pasó a otros temas.
El postre fué delicioso: el queso, las frutas, la ensalada, las aceitunas, los cerneaux y el exquisito vino blanco, cada uno en su estilo, eran impayables, y el buen marqués, con aire de gran satisfacción, observó que su huésped rendía sincero homenaje a sus méritos. «Después de todo -dijo-, y aunque sea confesar una tonta debilidad, sólo placer me produce el verme capacitado para ofrecer a un forastero una clase de hospitalidad que parece agradarle. Créame, no es sólo por orgullo por lo que nosotros, pauvres revenants, vivimos tan retirados y evitamos los deberes de la hospitalidad. Es verdad que muchos de nosotros recorren los halls de nuestros padres más bien como fantasmas de sus difuntos propietarios que como hombres vivos vueltos a instalar en sus posesiones; es, sin embargo, más bien por culpa vuestra que no de nuestra manera de pensar por lo que no cultivamos la sociedad de nuestros visitantes extranjeros. Tenemos la idea que vuestra opulenta nación gusta particularmente del faste y de vivir a lo grand chère, y los medios de vida a nuestro alcance son tan limitados, en la mayoría de los casos, que nos sentimos del todo excluídos de tanto gasto y ostentación. Nadie gusta ofrecer lo mejor que tiene cuando tiene fundamento para pensar que no ha de agradar; y como ustedes acostumbran a publicar en los periódicos notas de sociedad, monsieur le Marquis no se vería probablemente recompensado con ver la modesta comida que pudo ofrecer a milord Anglois registrada en letras de molde.»
Interrumpí al marqués para decirle que, en el caso de querer yo ver publicada una referencia del agasajo, sería con el único objeto de conservar el recuerdo de la mejor comida que había disfrutado en mi vida. Correspondió a mi frase con una inclinación de cabeza y dijo que, o yo disentía mucho del gusto nacional, o las referencias que él tenía de éste eran muy exageradas. Le satisfacía mucho poderme dar pruebas de lo que rendían las posesiones que aún le quedaban. «Lo útil -dijo- ha sobrevivido a lo suntuoso en Hautlieu como en otras partes. Grutas, estatuas, invernaderos de plantas exóticas, el templo y la torre se han venido abajo; pero la viña, el potager, los árboles frutales, el etang aun subsisten»; y, una vez más, mostró su satisfacción y su alegría por ver que con los productos combinados de sus tierras podía presentarse una comida que resultaba tolerable para un bretón. «Sólo espero -continuó- que me convenza de la sinceridad de sus cumplidos, aceptando la hospitalidad del château de Hautlieu tan a menudo como otros compromisos mejores lo permitan, durante su estancia en esta región.»
Prometí, desde luego, aceptar una invitación ofrecida con tanta gracia que hacía aparecer al invitado como la persona que honraba al marqués.
La conversación derivó entonces a la historia del castillo y sus alrededores, asunto en el que pisaba terreno firme el marqués, aunque no era muy aficionado al conocimiento de las cosas antiguas, ni aun historiador profundo, cuando se discutían otros temas. El cura, sin embargo, resultó ser perito en ambos asuntos, y además, hombre agradable y conversador, con aire de prevenance, y muy comunicativo, detalle éste característico de los clérigos católicos según he podido comprobar. Por él me enteré que aún existían los restos de una escogida biblioteca en el château de Hautlieu. El marqués se encogió de hombros mientras el cura me hacía esta indicación, miraba de un lado a otro y demostraba la misma clase de desasosiego que no había podido refrenar cuando La Jeunesse intervino para aclarar su intervención en los menesteres de la cuisine.
-Me gustaría poder enseñar los libros -dijo-; pero están tan desordenados y tan estropeados, que me avergüenza enseñárselos a nadie.
-Perdóneme, querido señor -dijo el cura-; usted sabe que permitió al gran bibliófilo inglés doctor Dibdin consultar sus curiosas reliquias y sabe lo muy bien que habló de ellas.
-¿Qué podía hacer, mi querido amigo? -dijo el marqués- El buen doctor había escuchado algún informe exagerado de los restos de lo que en otra época fué una biblioteca; él mismo se instaló en el auberge de ahí abajo decidido a realizar su propósito o a morir bajo las paredes. Aun oí decir que midió la altura de la torrecilla para proveerse de escaleras de mano. ¿No hubiera usted querido que fuese yo la causa de tal acto de desesperación por parte de un sacerdote, aunque perteneciendo a otra Iglesia? No podía, en conciencia, consentirlo.
-Pero usted sabe además, señor marqués -continuó el cura-, que el doctor Dibdin estaba tan indignado con la dilapidación que había sufrido su biblioteca, que abiertamente envidió los poderes de nuestra Iglesia con sus facultades para lanzar anatema contra los promotores del daño, y que hubiera él lanzado de muy buena gana.
-Su resentimiento estuvo en proporción con su desengaño, supongo -dijo nuestro anfitrión.
-En modo alguno -dijo el cura-; pues estaba tan entusiasmado con el valor de lo que quedaba, que estoy convencido que únicamente su ruego insistente en contra fué la causa de que el château de Hautlieu no llenase por lo menos veinte páginas en esa espléndida obra, de la que nos envió un ejemplar, y que será un monumento perdurable de su celo y erudición.
-El doctor Dibdin es muy amable -dijo el marqués-, y cuando hayamos tomado nuestro café (aquí llega) iremos a la torrecilla; y espero que ya que el señor no ha despreciado mi pobre comida, perdonará el estado de mi revuelta librería, y yo seré muy feliz si puedo proporcionarle algo que le sirva de entretenimiento. En realidad -añadió-, usted, mi querido padre, es el que tiene todos los derechos sobre libros que, sin su intervención, nunca hubieran vuelto a su propietario.
Aunque este acto adicional de cortesía fué con toda evidencia motivado por la inoportunidad del cura y dicho por el marqués a la forzosa, ya que su deseo de ocultar lo desmantelado del lugar y la extensión de sus pérdidas parecía siempre luchar con su tendencia a mostrarse cortés, no pude menos de aceptar su ofrecimiento, que, en estricta cortesía, debía quizá haber rehusado. Pero tratándose de los restos de una colección tan interesante que había inspirado a nuestro amigo el bibliófilo el deseo de hacer un escalo al ver frustradas sus esperanzas, hubiera sido una insensatez el haber declinado la oportunidad de verla. La Jeunesse trajo café, tal como nosotros sólo lo tomamos en el Continente, sobre una bandeja do plata, cubierto con una servilleta, y chasse-caffé de la Martinica en otra.
Concluída nuestra comida, el marqués nos condujo por un escalier derobé a un salón muy grande y bien de proporciones, de cerca de cien pies de longitud, pero tan destrozado que mantuve la vista fija en el suelo por temor de que mi amable acompañante se considerase obligado a excusarse por cuadros rotos y tapices desgarrados, y lo que era peor, por marcos de ventana que en uno o dos casos habían sido víctimas del cruel embite.
-Hemos intentado hacer más habitable la torrecilla -dijo el marqués, mientras avanzaba rápido por el cuarto de la desolación-. Esto fué la galería de pinturas en tiempos pretéritos, y en el boudoir de más allá, que ahora dedicarnos a depósito de libros, había guardados algunos cuadros curiosos, cuyo pequeño tamaño exigía que se les contemplase de cerca.
Mientras hablaba, apartaba algunos de los tapices mencionados, y entramos en la habitación a la que se refería. Era octógona, correspondiendo a la forma externa de la torre cuyo interior ocupaba. Cuatro de los lados tenían ventanas de celosía, desde las que se disfrutaban las más hermosas perspectivas sobre el majestuoso Loira y la comarca colindante; y los marcos estaban rellenos de cristales de colores, y a través de dos de ellos, en que se reflejaba el resplandor del sol poniente, aparecía un conjunto brillante de emblemas religiosos y escudos de armas, que era imposible mirar sin deslumbrarse; pero las otras dos ventanas, de las que se habían retirado los rayos solares, podían examinarse atentamente y se veía que las celosías estaban cubiertas con cristales coloreados, que no pertenecieron a ellas desde un principio, sino, como luego me enteré, a la profanada capilla del castillo. Durante varios meses el marqués se había entretenido en realizar este rifacciamento con la ayuda del cura y del indispensable La Jeunesse, y aunque se habían limitado a ensamblar fragmentos, que en muchos sitios eran minúsculos, resultaba el conjunto de un efecto muy agradable cuando se lo miraba con atención y con el espíritu de un amante de las cosas viejas.
Los lados de la habitación no ocupados por las celosías estaban, excepto el espacio para la pequeña puerta, provistos de armarios y estantes, algunos de nogal, curiosamente esculpidos, y que con el tiempo habían tomado un color obscuro que se asemejaba al del castaño, y otros, de madera corriente, colocados para suplir y reparar las deficiencias ocasionadas por la violencia y la devastación. En estos estantes estaban depositados los restos, o más bien las preciosas reliquias, de la más espléndida librería.
El padre del marqués había sido un hombre instruido, y su abuelo fué famoso, aun en la corte de Luis XIV, en la que la literatura corría las alternativas de la moda por la extensión de sus conocimientos. Estos dos propietarios, de grandes fortunas y acostumbrados a satisfacer sus caprichos, hicieron tales adiciones a una curiosa y antigua biblioteca gótica que provenía de sus antepasados, que había pocas colecciones en Francia que pudieran compararse con la de Hautlieu. Había sido del todo desparramada a consecuencia de un malhadado intento del presente marqués en 1790 para defender su castillo contra una muchedumbre amotinada. Afortunadamente, el cura, que por su conducta moderada y caritativa y sus virtudes evangélicas poseía gran ascendiente entre los campesinos de los alrededores, consiguió comprar a muchos de ellos, por la reducida cantidad de unos pocos sous, y a veces al ínfimo precio de una copa de aguardiente, volúmenes que habían costado mucho dinero, pero que habían sido arrebatados, sólo por el afán de hacer daño, por los rufianes que habían saqueado el castillo. El mismo había adquirido cuantos libros le habían permitido sus medios económicos, y a su interés era debido el que fuesen colocados de nuevo en la torrecilla en que los encontró. No era, pues, de sorprender que el buen cura tuviese cierto orgullo y placer en enseñar la colección a los extranjeros.
A pesar de los volúmenes descabalados, de las imperfecciones y de las demás mortificaciones que un amateur experimenta al examinar una biblioteca mal tenida, había muchos ejemplares en la de Hautlieu calculados, como Bayes dice, «para elevar y sorprender» al bibliómano. Había raros misales profusamente iluminados, manuscritos de 1380, 1320 y aun anteriores, y obras en tipo gótico, impresas en los siglos XV y XVI. Pero de éstas proyecto dar más detenida cuenta si el marqués me da permiso.
Mientras tanto, bastará decir que, encantado del día que había pasado en Hautlieu, repetí con frecuencia mi visita, y que la llave de la torre rectangular estaba siempre a mi disposición. En esas horas me sentí profundamente enamorado de parte de la historia de Francia, la cual, aunque la más importante en general para la de Europa, e ilustrada por un inimitable antiguo historiador, nunca había estudiado suficientemente. Al mismo tiempo, para corresponder a los sentimientos de mi excelente patrón, me ocupé en alguna ocasión en examinar algunos memoriales familiares, que afortunadamente se conservaban, y que contenían algunos detalles curiosos relativos al parentesco con escoceses, que me valió la simpatía del marqués de Hautlieu por vez primera.
Reflexioné en estas cosas, more meo, hasta mi regreso a Inglaterra, a mis asados de buey y fuego de carbón de piedra, cambio de residencia que tuvo lugar una vez que compuse estos recuerdos gálicos. Por fin, el resultado de mis meditaciones tomó la forma, que mis lectores, si no están asustados de este prefacio, podrán juzgar por sí. Si el público los acoge con favor, no sentiré haberme ausentado por corto tiempo.
El contraste
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Contempla este cuadro y este otro, |
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Imágenes falsificadas de dos hermanos. |
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Hamlet. |
La última parte del siglo XV preparó una serie de futuros hechos que terminó con la elevación de Francia a esa situación de poderío tan formidable, que desde entonces y periódicamente ha sido siempre el principal motivo de celos de las otras naciones europeas. Antes de ese período tuvo que luchar por su propia existencia contra los ingleses, que ya poseían sus más hermosas provincias, mientras los máximos esfuerzos de su rey y la bizarría del pueblo apenas bastaban para proteger las restantes de un yugo extranjero. No era este sólo su único peligro. Los príncipes que poseían los grandes feudos de la corona, y en particular los duques de Borgoña y de Bretaña, habían decidido aflojar tanto sus lazos feudales, que no sentían escrúpulos en levantar estandarte en contra de su señor soberano, el rey de Francia, con el más fútil motivo. En tiempos de paz reinaban como príncipes absolutos en sus propias provincias; y la casa de Borgoña, poseedora del distrito de ese nombre, además de la parte más hermosa y rica de Flandes, era de por sí tan poderosa y tan rica, que no cedía a la corona ni en esplendor ni en poder.
A imitación de los grandes feudatarios, cada vasallo inferior de la corona se revestía de tanta independencia como su distancia del poder soberano, la extensión de su feudo o la fortaleza de su castillo le permitían adoptar; y estos tiranuelos, que se burlaban del imperio de la ley, perpetraban con impunidad los más salvajes excesos de opresión fantástica y crueldad. Sólo en Auvernia se hizo un cómputo de más de trescientos de estos nobles independientes, para los que el incesto, el asesinato y la rapiña eran las acciones más corrientes y familiares.
Aparte de estos peligros, otro, que provenía de las guerras prolongadas entre Francia o Inglaterra, añadía no poca miseria al quebrantado reino. Numerosos conjuntos de soldados, agrupados en bandas, bajo el mando de oficiales escogidos por ellos mismos entre los más bravos y afortunados aventureros, se habían formado en varias partes de Francia con la repulsa de las demás regiones. Estos combatientes mercenarios vendían su espada durante cierto tiempo al mejor postor; y cuando no lograban ese servicio, hacían la guerra por su cuenta, apoderándose de castillos y torres, que utilizaban como sitios de su retirada; haciendo prisioneros y rescatándoles, imponiendo tributos en villas indefensas y en el país alrededor de las mismas, y logrando, con toda clase de rapiñas, los epítetos apropiados de Tondeurs y Ecorcheurs; esto es: Esquiladores y Desolladores.
En medio de los horrores y miserias que producían un estado tan revuelto de los asuntos públicos, gastos profusos y sin cuento caracterizaban las cortes de los nobles de menor categoría, así como a las de los príncipes de superior alcurnia, y sus subordinados, imitándoles, gastaban con ostentación brutal, pero magnífica, los bienes que habían arrebatado al pueblo. Una galantería de tono romántico y caballeroso (que, sin embargo, resultaba a veces estropeada por un libertinaje sin freno) caracterizaba el trato entre hombres y mujeres; y el lenguaje de la caballería andante aun se empleaba, y sus leyes se practicaban, aunque el espíritu de amor honorable y de empresa benévola que inculcaba había dejado de caracterizar y de aminorar sus extravagancias. Las justas y torneos, los entretenimientos y festines, que cada corte minúscula celebraba, invitaban a venir a Francia a todo aventurero sin rumbo fijo; y rara vez sucedía que al llegar allí dejase de emplear su valor temerario y espíritu emprendedor en acciones para las que su país nativo, más feliz, no proporcionaba ocasión oportuna.
En este período, y como para salvar su bello reino de los diversos enemigos que le amenazaban, ascendió al trono vacilante Luis XI, cuyo carácter depravado, como era de por sí, hizo frente, combatió, y en gran parte neutralizó, los males de la época: como los venenos de efectos contrarios, según dicen los libros antiguos de medicina, tienen la facultad de neutralizarse mutuamente.
Bastante valiente para todo fin útil y político, no tenía Luis un adarme de valor romántico, ni del orgullo generalmente asociado a éste, que lucha por puntillo de honor cuando se ha logrado con creces utilidad. Calmoso, astuto y profundamente atento a su propio interés, hacía todo sacrificio, tanto de orgullo como de pasión, que pudiese perjudicar a éste. Cuidaba mucho de disfrazar sus sentimientos y propósitos verdaderos con todo el que se aproximaba, y empleaba frecuentemente las expresiones «que no era rey que supiese reinar aquel que no sabía disimular; y que en cuanto a él, pensaba que si su capote conociese sus secretos, lo echaría al fuego». Nadie como él en su tiempo, ni en tiempo alguno, supo aprovecharse mejor de las flaquezas de los demás, ni le igualó en evitar dar ninguna ventaja con una condescendencia inesperada suya.
Era por naturaleza cruel y vengativo, hasta el extremo de encontrar placer en las frecuentes ejecuciones que ordenaba. Pero así como ningún sentimiento de misericordia le inducía a perdonar, cuando podía impunemente condenar, tampoco ningún sentimiento de venganza le estimuló a una venganza prematura. Rara vez saltaba sobre su presa hasta que estaba bien dentro de su alcance y hasta que era ilusoria toda esperanza de rescate; y sus movimientos estaban tan mañosamente disimulados, que su triunfo era lo que generalmente anunciaba primero a la gente el fin que con sus maniobras había estado persiguiendo.
De análoga manera, la avaricia de Luis se transformaba en prodigalidad excesiva cuando era necesario sobornar al favorito o al ministro de un príncipe rival para frustrar un ataque inminente o deshacer cualquier alianza combinada contra él. Era aficionado al placer y al libertinaje, pero ni las mujeres ni la caza, aunque eran ambas pasiones dominantes en él, le apartaban nunca de prestar atención metódica a los asuntos públicos y a los negocios del reino. Su conocimiento de las personas era profundo, y lo había alcanzado en sus andanzas privadas por la vida social, en la que a menudo se mezclaba personalmente, y aunque orgulloso y altanero por naturaleza, no dudaba, despreciando las divisiones arbitrarias de la sociedad que ya se consideraba como algo muy poco natural, en elevar de las categorías más inferiores a hombres que empleaba en los deberes de mayor importancia, y sabía tan bien escogerlos, que rara vez se engañaba respecto a sus cualidades.
No obstante, había contradicciones en el carácter de este monarca hábil y cauteloso, pues la naturaleza humana rara vez es uniforme. A pesar de ser el más falso e insincero de los hombres, algunos de los mayores errores de su vida provinieron de confiarse demasiado en el honor e integridad de los otros. Cuando cometía estos errores, parecían ser debidos a un sistema de política refinado que inducía a Luis a asumir la apariencia de confianza absoluta en aquellos que deseaba engañar, pues en su conducta general era tan celoso y suspicaz como cualquier tirano.
Otros dos extremos deben hacerse resaltar para completar la descripción de este formidable carácter, gracias al cual se elevó entre los monarcas rudos y caballerosos del período, al rango de un domador de fieras salvajes quien por su superior conocimiento y táctica, con la distribución de alimentos y la disciplina del látigo, acaba por dominar sobre aquellos que, de no estar sometidos a este trato, acabarían, por su mayor fuerza, en hacerle pedazos.
Era el primero de estos atributos la excesiva superstición de Luis, plaga con que el cielo aflige a menudo a aquellos que se niegan a escuchar los dictados de la religión. Nunca trató Luis de aquietar el remordimiento que le producían sus malas acciones con el pretexto de sus estratagemas maquiavélicas, sino que se esforzaba, en vano, en calmar y callar ese doloroso sentimiento con prácticas supersticiosas, penitencias severas y dádivas abundantes a los eclesiásticos. La segunda cualidad, con la que la primera se encuentra a veces extrañamente unida, era una disposición a los bajos placeres y al libertinaje encubierto. No obstante ser el más sabio, o por lo menos el más listo de los soberanos de su época, era aficionado a la vida inferior, y como era un hombre de espíritu, gozaba con las bromas y agudezas de la conversación social más de lo que podía esperarse de otros rasgos de su carácter. Llegaba a mezclarse en las aventuras cómicas de la intriga obscura, con una despreocupación poco en consonancia con la desconfianza habitual y siempre en guardia de su carácter; y era tan aficionado a este género de baja galantería, que dió lugar a que sus anécdotas alegres y licenciosas se agrupasen en una colección bien conocida de los coleccionadores de libros, para los que (y la obra no está indicada para nadie más) la verdadera edición es muy apreciada (6).
Por medio del carácter dominante y prudente, y poco amable de este monarca, se sirvió la Providencia, que actúa tanto por los métodos violentos como por los suaves, para restaurar en la gran nación francesa los beneficios del gobierno civil, que al tiempo de su ascenso al trono había casi perdido.
Antes de ocupar éste, había dado más pruebas Luis de sus vicios que de sus talentos. Su primera mujer, Margarita de Escocia, fué la comidilla de la gente murmuradora, y esto ocurría en la corte de su marido, donde, si no hubiera sido por el consentimiento de éste, ni una palabra se hubiera dicho en contra de esa amable e inspirada princesa. Había sido un hijo ingrato y rebelde, conspirando en una ocasión para apoderarse de la persona de su padre, y en otra, declarándole guerra franca. Por la primera ofensa fué desterrado a su infantazgo del Delfinado, donde gobernó con mucha sagacidad; por la segunda, fué condenado a destierro absoluto y forzado a entregarse a la merced, y casi a la caridad, del duque de Borgoña y su hijo, donde gozó de hospitalidad -después pagada con indiferencia- hasta la muerte de su padre en 1461.
Al comienzo de su reinado fué Luis casi dominado por una liga formada contra él por grandes vasallos de Francia, con el duque de Borgoña, o más bien su hijo, el conde de Charalois, a la cabeza.
Levantaron un poderoso ejército, bloquearon París, dieron una batalla de resultado dudoso bajo sus murallas y colocaron la Monarquía francesa en peligro de desaparecer. Generalmente ocurre en esos casos que el más sagaz de los dos generales saca el mejor provecho de la contienda, aunque quizá no gane renombre militar. Luis, que había demostrado un gran valor personal durante la batalla de Montl'héry, fué capaz, con su prudencia, de aprovecharse del carácter dudoso del combate como si hubiese sido una victoria por su parte. Contemporizó hasta que el enemigo deshizo la coalición, y demostró tal destreza en sembrar rivalidades entre aquellos grandes poderes, que su alianza «por el bien público», como ellos la llamaban, pero en realidad para la ruina de todo menos de la apariencia externa de la Monarquía francesa, se disolvió por sí sola, y nunca jamás se rehizo de una manera tan formidable. A partir de entonces, Luis, libre de todo peligro del lado de Inglaterra, con sus guerras civiles de York y Láncaster, se dedicó durante varios años, como médico cruel pero hábil, a curar las heridas del cuerpo político, o más bien a detener, ya con remedios suaves, ya a sangre y fuego, el progreso de esas gangrenas mortales, de las que estaba infectado; y a fuerza de atención constante, aumentó gradualmente su autoridad real o disminuyó la de aquellos que le hacían sombra.
Sin embargo, el rey de Francia estaba cercado por la duda y el peligro. Los miembros de la liga «por el bien público», aunque no muy unidos, existían, y como una culebra cortada, podían reunirse y ser peligrosos de nuevo. Pero un peligro peor era el aumento de poderío del duque de Borgoña, por entonces uno de los más grandes príncipes de Europa, y cuyo rango resultaba disminuído un poco por la dependencia -muy aligerada desde luego- de su ducado de la corona de Francia.
Carlos, denominado el Temerario, o más bien el Audaz, pues su valor iba acompañado de audacia y coraje, ostentaba la corona ducal de Borgoña, que anhelaba convertir en una corona real independiente. El carácter del duque era en todos sentidos completamente opuesto al de Luis XI.
Este último era calmoso, aficionado a deliberar y astuto, sin proseguir nunca una empresa desesperada ni abandonar jamás alguna que pudiera resultar, por muy alejado que estuviese el éxito. El genio del duque era enteramente contrario. Se precipitaba en el peligro porque le gustaba, y en las dificultades porque las despreciaba. Así como Luis nunca sacrificaba su interés a su pasión, Carlos, por el contrario, nunca sacrificaba su pasión, ni aun su capricho, a consideración alguna. A pesar del parentesco cercano que existía entre ambos y la ayuda que el duque y su padre habían proporcionado a Luis en su destierro cuando era delfín, sólo había entre ellos odio y mutuo desprecio. El duque de Borgoña despreciaba la política cautelosa del rey, y atribuía a falta de valor el que buscase con ligas, compras y otros medios indirectos, aquellas ventajas que, en su lugar, el duque hubiera arrebatado con la espada en la mano. Asimismo odiaba al rey no sólo por la ingratitud con que había correspondido a su anterior amabilidad y por injurias personales y acusaciones que los embajadores de Luis le habían hecho cuando aun vivía su padre, sino también, y muy especialmente, por la ayuda que en secreto había proporcionado a los ciudadanos descontentos de Gante, Lieja y otras grandes poblaciones de Flandes. Estas ciudades turbulentas, celosas de sus privilegios y orgullosas de sus riquezas, estaban en estado frecuente de insurrección contra sus señores soberanos los duques de Borgoña, y nunca dejaban de encontrar apoyo secreto en la corte de Luis, que aprovechaba toda oportunidad de fomentar disturbios dentro de los dominios de su vasallo, demasiado crecido.
El desprecio y el odio del duque eran correspondidos por Luis con igual energía, aunque usaba un velo más espeso para ocultar sus sentimientos. Era imposible para un hombre de su profunda sagacidad el no despreciar la obstinación contumaz que nunca cejaba en su propósito, por muy fatal que esa perseverancia pudiera resultar a la postre, y la impetuosidad temeraria que desarrollaba, sin parar mientes en los obstáculos que pudieran encontrarse. Con todo, el rey odiaba más a Carlos que lo despreciaba, y su odio y desdén eran más intensos porque se mezclaban con miedo, pues sabía que la arremetida del toro furioso, con quien comparaba al duque de Borgoña, debía de ser formidable, aunque el animal embistiese con los ojos cerrados. No era sólo las riquezas de las provincias de Borgoña, la disciplina de sus habitantes belicosos y la masa de la densa población lo que el rey temía, pues las cualidades personales de su caudillo tenían mucho en sí de peligrosas. Carlos el Temerario, encarnación de la bravura, que llegaba a los límites de la temeridad, y por añadidura pródigo en sus gastos, espléndido en su corte, su persona y su séquito, en los que desplegaba la magnificencia hereditaria de la casa de Borgoña, enroló en su servicio a todos los espíritus fogosos de su época cuyos temperamentos congeniaban con el suyo; y Luis vió demasiado claro lo que podía intentarse y realizarse con semejante conjunto de aventureros decididos siguiendo a un caudillo de carácter tan ingobernable como el suyo.
Había aún otra circunstancia que aumentaba la animosidad de Luis hacia su poderoso vasallo: le debía favores que nunca pensó en devolverle, y se veía frecuentemente en la necesidad de contemporizar con él y aun de soportar arrebatos de insolencia descarada, injuriosos para la dignidad real, sin ser capaz de tratarle de otro modo que como su «buen primo de Borgoña».
Era por el año 1468, cuando sus contiendas estaban en su apogeo, a pesar de que una tregua dudosa y sin consistencia, como a menudo ocurría, había sido establecida entre ellos, cuando comienza la presente historia. Se juzgará quizá que la persona que entra la primera en escena resulta de un rango y condición para el que no precisa una disertación como ésta sobre la posición relativa de los dos grandes príncipes; pero las pasiones de los grandes, sus luchas y sus reconciliaciones comprometen el sino de todos los que se les acercan; y se verá, al proseguir nuestra historia, que es necesario este capítulo preliminar para comprender la historia del individuo cuyas aventuras vamos a relatar.
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El caminante
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El mundo es mi ostra, que abro con |
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la espada. |
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Ancient Pistol. |
En una deliciosa mañana de verano, y antes de que el sol recobrase su poder de abrasar, y mientras las gotas de rocío refrescaban y perfumaban el ambiente, un joven que procedía del Nordeste se aproximaba al vado de un pequeño río, o más bien arroyo grande, tributario del Cher, cerca del castillo real de Plessis-les-Tours, cuyas murallas obscuras y almenadas destacaban en el fondo del paisaje del extenso bosque que las rodeaba. Este arbolado constituía un parque real o terreno de caza, cercado por una tapia, denominada en el latín de la Edad Media Plexitium, que da el nombre de Plessis a tantas aldeas de Francia. El castillo y la aldea a los que ahora nos referimos se llamaban Plessis-les-Tours para distinguirlo de otros, y estaba construído a unas dos millas al sudoeste de la bella población de ese nombre, la capital de la antigua Turena, cuyo rico llano había sido denominado el Jardín de Francia.
En la orilla del mencionado arroyo, opuesta a la que se acercaba el viajero, dos hombres, que sostenían animada conversación, parecían, de vez en cuando, vigilar sus movimientos, ya que por su situación, mucho más elevada, podían verle a considerable distancia.
La edad del joven viajero oscilaría entre los diecinueve y veinte años, y su cara y su persona, que no eran vulgares, indicaban que no pertenecía al país en que ahora estaba. Su corta capa gris y calzones eran más bien de estilo flamenco que francés, mientras la elegante gorra azul, con una sola ramita de acebo y una pluma de águila, denunciaban el cubrecabezas escocés. Su traje estaba muy limpio y arreglado con la precisión de un joven consciente de poseer una figura fina. Llevaba a la espalda un morral que parecía contener algunos objetos indispensables, una manopla de cetrería en su mano izquierda, aunque no llevaba pájaro alguno, y en su mano derecha una buena vara de cazador. Sobre su hombro izquierdo colgaba una banda bordada que sostenía una bolsita de terciopelo escarlata, como las que entonces usaban los cazadores de aves distinguidos para llevar el alimento de su halcón, y otras cosas pertenecientes a ese sport tan admirado. Esta banda estaba cruzada por un tahalí, del que pendía un cuchillo de caza. En vez de las botas de la época llevaba borceguíes de piel de ciervo a medio curtir.
Aunque su cuerpo aún no había adquirido su pleno desarrollo, era alto y activo, y la ligereza de su paso demostraba que la forma pedestre de viajar era más bien un placer para él que una mortificación. Era rubio, a pesar de su cutis ligeramente ennegrecido por el sol extranjero, o quizá por la constante exposición al aire en su propio país.
Sus facciones, sin ser enteramente perfectas, eran francas, abiertas y agradables. Una media sonrisa, que parecía provenir de una feliz exuberancia de vida, mostraba, a intervalos, sus dientes bien colocados y tan blancos como el marfil, mientras sus brillantes ojos azules, con alegría manifiesta, tenían una mirada apropiada para cada objeto que encontraban, expresando buen humor, corazón animoso y firme resolución.
Recibía y devolvía los saludos de los pocos viajeros que frecuentaban los caminos en esos peligrosos tiempos en que cada cual hacía lo que le convenía. El vagabundo lancero, medio soldado, medio bandido, medía al joven con la vista, como queriendo apreciar si la perspectiva de botín merecería la pena de encontrar una resistencia desesperada, y leía tan claras indicaciones de esta última en la mirada sin miedo del viajero, que trocaba su propósito rufián por un áspero «Buenos días, camarada», que el joven escocés contestaba con un tono tan marcial, aunque menos desabrido. El caminante peregrino, o el fraile mendicante contestaban a su respetuoso saludo con una bendición paternal; y la joven campesina de ojos obscuros lo seguía con la vista un buen rato después de cruzarse y cambiar entre sí una salutación y una sonrisa. En una palabra, había una atracción en su porte que no dejaba de llamar la atención, y que provenía de la mezcla de franqueza intrépida y buen humor, con miradas alegres, y una cara y un cuerpo hermosos. Parecía también como si toda su manera de ser fuese el de uno que entra en la vida sin aprensión de los peligros de los que está llena y con pocos medios para luchar contra sus adversidades, excepto un espíritu despierto y un temperamento valeroso; y es con esos caracteres con los que más fácilmente simpatiza la juventud y por los que principalmente la edad y la experiencia sienten un interés apasionado y compasivo.
El joven que hemos descrito hacía tiempo que era visible para las dos personas que pasaban el tiempo en el lado opuesto del riachuelo que le separaba del parque y del castillo; pero al verle descender la escabrosa orilla que conducía al borde del agua con la soltura de un corzo que acude a la fuente, el más joven de los dos dijo al otro:
-¡Es nuestro hombre, es el bohemio! Si intenta cruzar el vado es hombre perdido; hay mucha agua y el vado es impracticable.
-Déjale que haga el descubrimiento por sí solo -dijo el personaje de más edad-; quizá salve el obstáculo.
-Le conozco por la gorra azul -dijo el otro-, pues no distingo su cara. ¡Mire, señor! Nos grita para averiguar si el agua es profunda.
-Nada vale lo que la experiencia en este mundo -contestó el otro-; déjale probar.
Mientras tanto, el joven viajero, no recibiendo ninguna indicación en contrario e interpretando el silencio de aquellos a quienes se dirigía como un estímulo para proseguir, penetró en la corriente sin más dilación que la indispensable para quitarse sus borceguíes. La persona de más edad le gritó en ese momento que tuviese cuidado, diciendo en tono más bajo a su compañero:
-Mortdieu, compadre, te has equivocado de nuevo; éste no es el charlatán bohemio.
Pero la indicación al joven llegó demasiado tarde. O no la oyó o no pudo aprovecharse de ella, encontrándose ya en la corriente profunda. Para uno menos ducho en el ejercicio de natación la muerte hubiera sido segura, pues el arroyo era a un tiempo impetuoso y profundo.
-¡Por Santa Ana! Es un joven de una vez -dijo el de más edad-. Corre y sácale, si puedes, de su error, ayudándole. Pertenece a los tuyos; si el viejo refrán dice verdad, el agua no podrá ahogarle.
Efectivamente, el joven caminante nadaba con tanto vigor y salvaba los remolinos tan bien, que, no obstante la fuerza de la corriente, sólo resultó un poco desviado del sitio ordinario de tomar tierra.
En el ínterin, el más joven de los desconocidos se precipitaba a la orilla para prestarle auxilio, mientras el otro le seguía a un paso más mesurado, diciéndose a sí mismo mientras se aproximaba: «Sabía que el agua nunca podría ahogar a ese joven individuo. ¡Cáspita, ya está en tierra y empuña su vara! Si no me doy prisa pegará a mi compadre por la única acción caritativa que le vi realizar, o intentar realizar, en toda su vida.»
Había alguna razón para augurar que tal sería la conclusión de la aventura, pues el gallardo escocés había ya saludado al joven samaritano, que se apresuraba a socorrerle, con estas coléricas palabras:
-¡Perro grosero! ¿Por qué no contestaste cuando llamé para saber si el paso podía intentarse en buenas condiciones? Aunque me condene, te he de enseñar el respeto debido a los forasteros para otra ocasión.
Esto fué acompañado de ese significativo manejo de su vara que se llama le moulinet, porque el artista, cogiéndola por en medio, mueve los dos extremos en todas direcciones, como las aspas de un molino de viento en movimiento. Su contrario, viéndose así amenazado, echó mano a su espada, porque era uno de esos que en todas las ocasiones están más dispuestos para la acción que para el discurso; pero su compañero, más considerado, que acababa de llegar, le mandó que se contuviese, y volviéndose al joven viajero, le acusó de precipitación por sumergirse en el vado crecido y de violencia inmoderada por regañar con un hombre que se precipitaba en su auxilio.
El joven, al verse reprendido de este modo por un hombre de edad avanzada y de apariencia respetable, bajó en el acto su arma y dijo que sentía el haber sido injusto; pero que, en realidad, le había parecido como si hubiesen consentido que su vida corriese peligro al no avisarle a tiempo, y esa acción no era digna de hombres honrados ni de buenos cristianos, y mucho menos de respetables burgueses, como parecían serlo.
-Joven rubio -dijo la persona de más edad-, parece usted, por su acento y tipo, un extranjero, y debería recordar que su dialecto no es fácilmente comprendido por nosotros, como quizá lo es para usted el pronunciarlo.
-Bien -contestó el joven-; no le doy gran importancia al zambullido que me he dado, y le perdonaré desde luego el haber tenido en parte la culpa, siempre que me encamine a algún sitio en que puedan secarse mis ropas, pues es mi único traje y deseo conservarlo decente.
-¿Por quién nos toma usted, joven rubio? -dijo el individuo mayor en respuesta a su proposición.
-Por burgueses legítimos, sin duda alguna -dijo el joven-, o quién sabe si usted, señor, es un chamarilero o un mercader de granos y este hombre un carnicero o un ganadero.
-Ha acertado nuestros oficios por casualidad -dijo el anciano sonriendo-. Mi oficio es, en verdad, comerciar con el dinero, y los menesteres de mi compadre tienen puntos de contacto con los de un carnicero. Intentaremos servirle en sus deseos; pero primero debo conocer quién es usted y adónde va, pues en estos tiempos que corren, los caminos están llenos de viajeros a pie y a caballo que tienen de todo en la cabeza menos honradez y temor de Dios.
El joven lanzó otra mirada intensa y penetrante al que había hablado y a su silencioso compañero, como dudoso si ellos por su parte merecían la confianza que pedían, y el resultado de su observación fué el que sigue:
El mayor y más digno de consideración de estos hombres, por su apariencia y traje, se asemejaba al mercader o tendero de la época. Su coleto sin mangas, calzones y capa eran de un color obscuro uniforme; pero tan raídos, que el astuto joven escocés se imaginó que el portador de esas prendas debía ser muy rico o muy pobre, probablemente esto último. El estilo del traje era cerrado y corto; género de vestimenta que no se tenía entonces por decoroso entre la nobleza o hasta en la clase superior de ciudadanos, los que generalmente gastaban vestiduras sueltas, que descendían más abajo de la mitad de la pierna.
La expresión del rostro de este hombre era en parte atractiva y en parte aborrecible. Sus facciones acentuadas, carrillos y ojos hundidos tenían, sin embargo, una expresión de astucia en consonancia con el carácter del joven aventurero. Pero al mismo tiempo, esos mismos ojos hundidos, bajo la cubierta de espesas cejas negras, tenían algo en ellos que era a la vez siniestro y dominante. Quizá fuese aumentado este efecto por la gorra de piel, muy aplastada en la frente, y que aumentaba la sombra, desde la que miraban esos ojos de soslayo; pero lo cierto es que el joven extranjero encontraba alguna dificultad en reconciliar sus miradas con la humildad de su apariencia en otros detalles. Su gorra, en particular, en la que todos los hombres de alguna valía ostentaban bien un broche de plata o de oro, estaba adornada con una imagen mezquina de la Virgen, de plomo, semejante a la que los peregrinos más pobres traen de Loreto.
Su camarada era un hombre fornido, de mediana edad y unos diez años más joven que su compañero, con un rostro despreciable y una sonrisa siniestra cuando, por casualidad, sonreía, lo que nunca sucedía, excepto para replicar a ciertos signos secretos que se cambiaban entre él y el hombre de más edad. Este individuo iba armado con una espada y una daga, y debajo de su traje sencillo observó el escocés que ocultaba un jazeran, o camisa flexible de cota de malla, la cual, usada ordinariamente por aquellos, aun de profesiones tranquilas, que precisaban en aquellos tiempos peligrosos estar con frecuencia de viaje, confirmó al joven en su conjetura que el que ahora la llevaba era carnicero, ganadero o algo por el estilo, que le obligaba a estar mucho fuera.
El joven extranjero comprendió con una sola mirada el resultado de la observación que a nosotros nos ha exigido algún tiempo exponer, y después de un momento de silencio respondió:
-Ignoro a quiénes tengo el honor de dirigirme -haciendo una reverencia al mismo tiempo-; pero no me es indiferente que se sepa que soy un joven escocés y que vengo a Francia a probar fortuna, o a cualquier otro país, según la costumbre de mis paisanos.
-¡Pasques-dieu!, bonita costumbre -dijo el mayor de los amigos-. Eres un joven simpático y en la edad conveniente para medrar entre los hombres o las mujeres. Soy mercader y necesito un muchacho para que me ayude en mi negocio. ¿Qué dices? Supongo que eres demasiado caballero para ayudarme en una faena tan vil.
-Señor -contestó el joven-, si su ofrecimiento es en serio, de lo que tengo mis dudas, sólo me queda darle las gracias por él; pero me temo que no sirva para auxiliarle.
-¡Es natural! -dijo el señor-. Apuesto a que sabes manejar mejor el arco y la flecha que manejar a un acreedor; que sabes coger mejor una espada que una pluma.
-Soy, señor -contestó el joven escocés-, un arquero. Pero a más de eso he estado en un convento, en donde los buenos padres me enseñaron a leer y a escribir y aun a contar.
-¡Pasques-dieu! Magnífico -dijo el comerciante-. ¡Por Nuestra Señora de Embrum, eres un prodigio!
-Contenga su alegría, buen señor -dijo el joven, que no estaba muy satisfecho de la jocosidad de su nuevo conocido-. Debo antes secarme que continuar aquí de pie, chorreando y contestando a preguntas.
El comerciante rió aún con más fuerza mientras aquél hablaba, y contestó:
-¡Pasques-dieu! Nunca falla el proverbio fier connue un ecossois; pero ven, joven, eres de un país que merece mi consideración, pues en un tiempo comercié en Escocia; son los escoceses gente honrada, y si quieres venir con nosotros a la población, te obsequiaré con una copa de vino y un almuerzo caliente, para compensarte de tu remojón. Pero, ¡tête-bleau!, ¿qué haces con un guante de cetrería en la mano? ¿No sabes que está prohibido la caza con halcón en una posesión real?
-Me enteré de ello -contestó el joven- por un infame guardabosque del duque de Borgoña. Hice volar al halcón que traje conmigo de Escocia, sólo con el fin de hacerme algo notorio, contra una garza cerca de Peronne, y el desvergonzado mató mi pájaro de un flechazo.
-¿Qué hiciste entonces? -preguntó el mercader.
-Apalearle -contestó el joven blandiendo su vara-, como todo hombre pundonoroso hubiera hecho en mi caso.
-¿Sabías -dijo el burgués- que de haber caído en manos del duque de Borgoña hubieras sido ahorcado?
-Me enteré que está tan dispuesto a disponer que funcione la horca como el rey de Francia. Pero como esto sucedió cerca de Peronne, traspasé de un salto la frontera y me burlé de él. Si no hubiera sido tan impulsivo, quizá le hubiera propuesto prestar servicio con él.
-Echará de menos a un paladín como tú si la tregua se quebranta -dijo el comerciante, lanzando una mirada a su compañero, que contestó con una de esas sonrisas forzadas que animaban su rostro como un meteoro que pasa e ilumina el cielo de invierno.
El joven escocés se detuvo de pronto, se echó la gorra sobre su ceja derecha en actitud de uno que no consiente que se burlen de él, y dijo con firmeza:
-Señores míos, y especialmente usted, señor, que por su edad debería ser el más prudente, supondrá que no puedo consentir ninguna burla a costa mía. No me gusta, desde luego, el tono de su conversación. Puedo aguantar una broma de cualquiera y una amonestación también de mis mayores, y dar las gracias si reconozco que es merecida; pero no me gusta ser traído al retortero como un chiquillo cuando, gracias a Dios, me siento con energías para entendérmelas con ambos si me provocan demasiado.
El mayor de los hombres pareció ahogarse de risa con esta actitud del joven; su compañero, en cambio, deslizó la mano a la empuñadura de su espada, lo que visto por el joven, le propinó un golpe en la muñeca que le incapacitó para cogerla, mientras el júbilo de su compañero aumentaba con este incidente.
-¡Basta, basta -gritó-, bravo escocés, aunque no sea más que por consideración a tu querido país! Y tú, compadre, abandona esa mirada amenazadora. ¡Pasques-dieu!, seamos sólo comerciantes y saldemos la mojadura con el golpe en la muñeca, que fué dado con tanta gracia y rapidez. Y mira, joven amigo -dijo al escocés, con mirada seria, que a pesar de la influencia de sus pocos años le calmó y sobrecogió-, no más violencia. No soy materia adecuada a ello, y mi compadre, como puedes ver, ya tiene bastante de ella. Dime tu nombre.
-Responderé con urbanidad a una pregunta hecha en debida forma -dijo el joven-, y guardaré a usted las consideraciones propias de su edad si no me busca las cosquillas con burlas. Desde que estoy en Francia y Flandes los hombres me han llamado, caprichosamente, el «mozo de la bolsa de terciopelo» a causa de esta bolsa para la caza con halcón que llevo a un costado; pero mi verdadero nombre, cuando estoy en mi país, es Quintín Durward.
-¡Durward! -dijo el que preguntaba-. ¿Es ése un apellido de caballero?
-Que se lleva en nuestra familia hace quince generaciones -dijo el joven-, y eso me retrae de seguir oficio distinto al de las armas.
-¡Eres un verdadero escocés! Con abundancia de sangre azul, plétora de orgullo y una gran carencia de escudos. Bien, compadre -dijo a su compañero-, adelántate y diles que tengan preparado algo de comer allá en la alameda de Mulberry, pues este joven le hará tantos honores como un ratón hambriento a un queso. Y en cuanto al bohemio, escucha con atención.
Su camarada contestó con una sonrisa triste, pero inteligente, y echó a andar a un buen paso, mientras el más anciano continuó, dirigiéndose al joven Durward:
-Tú y yo seguiremos mesuradamente hacia adelante y oiremos una misa en la capilla de San Humberto, en nuestro camino por el bosque, pues no es bueno pensar en nuestras necesidades corporales antes que en las espirituales.
Durward, como buen católico, no tuvo nada que objetar contra esta proposición, aunque probablemente hubiera deseado, en primer lugar, tener seca su ropa y reponer sus fuerzas. Pronto perdieron de vista a su compañero, aunque continuaron siguiendo la misma senda que él había tomado, que les condujo a un bosque de altos árboles, que alternaban con espesuras y matorrales, atravesado por largas avenidas, por las que se veían en lontananza a ciervos trotando en pequeños rebaños con una seguridad que indicaba su convencimiento de estar bien protegidos.
-¿Me preguntó usted si era un buen arquero? -dijo el joven escocés-. Deme un arco y un par de flechas y tendrá usted un venado en un momento.
-¡Pasques-dieu!, joven amigo -dijo su compañero-, ten cuidado con lo que dices; mi compadre tiene un ojo especial para los ciervos; están a su cuidado y sabe guardarlos bien.
-Más tiene aire de un carnicero que el de un alegre guardabosque -contestó Durward-. No puedo creer que ese camastrón pueda guardar nada a nadie que conozca las reglas por las que se rige la guardería.
-Mi joven amigo -contestó su compañero-, mi compadre tiene algo que no predispone al pronto a su favor; pero aquellos que le tratan nunca se quejan de él.
Quintín Durward encontró algo desagradable y particular en el tono con que esto fué dicho, y, mirando de repente a su interlocutor, pensó que había algo en su rostro, en la ligera sonrisa que fruncía su labio superior y en el guiño simultáneo de su ojo obscuro, que justificaba su sorpresa desagradable. «He oído hablar de ladrones -pensó para su capote- y de astutos bribones y cortacuellos. ¿Qué de particular sería que ese individuo que se ha adelantado fuese un asesino y este viejo pillo su señuelo? Estaré prevenido; poco lograrán de mí, como no sea buenos puñetazos escoceses.»
Mientras así reflexionaba llegaron a una cañada, en la que aparecían más separados entre sí los grandes árboles del bosque y en la que el terreno, limpio de arbustos y de monte bajo, estaba revestido de una alfombra de verde suave y agradable que, protegido de los rayos ardientes del sol, resultaba aquí más tierno que el que generalmente se ve en Francia. Los árboles, en este sitio apartado, eran en su mayoría hayas y olmos de grandes dimensiones, que se elevaban en el aire como grandes colinas de hojas. Entre estos magníficos hijos de la tierra asomaba, en el sitio más despejado de la cañada, una capilla baja de techo, cerca de la cual murmuraba un riachuelo. Su arquitectura era del género más rudimentario y sencillo, y había un alojamiento muy pequeño junto a ella para albergue de un ermitaño, que permanecía allí para desempeñar el servicio del altar con regularidad. En un pequeño nicho, sobre el arco de la puerta de entrada, había una imagen de piedra de San Humberto, con el cuerno de caza colgado a su cuello y una traílla de galgos a sus pies. La situación de la capilla en medio de un parque o cazadero tan repleto de caza justificaba el que estuviese bajo la advocación del santo cazador (7).
Hacia esta capilla dirigió el anciano sus pasos, seguido por el joven Durward, y al aproximarse apareció el sacerdote revestido de los ornamentos sacerdotales que se disponía a marchar de su celda a la capilla para el desempeño, sin duda, de su sagrado oficio. Durward se inclinó reverentemente ante el sacerdote, como lo exigía el respeto debido a su sagrado ministerio, mientras su compañero, con apariencia de mayor devoción aún, se arrodilló, doblando una pierna, para recibir la bendición del sacerdote, y después le siguió a la capilla con paso y aire expresivos de contrición y humildad sincera.
El interior de la capilla estaba adornado en un estilo adaptado a la ocupación del santo mientras fué seglar. Las más ricas pieles de los animales que son objeto de cacería en los diferentes países suplían el sitio de tapices y colgaduras alrededor del altar, y otros emblemas de cacería rodeaban las paredes y alternaban con cabezas de ciervo, lobos y otros animales considerados como bestias de sport. El conjunto de la decoración tenía un carácter silvestre y apropiado, y la misma misa, considerablemente acortada, resultó de ese género que se llama misa de cacería, que se reza ante los nobles y poderosos, que mientras asisten a la solemnidad desean, impacientes, comenzar su sport favorito.
Durante la breve ceremonia el compañero de Durward parecía guardar la más estricta y escrupulosa atención, mientras Durward, no tan embebido en pensamientos religiosos, no podía por menos de reprocharse de haber tenido sospechas de un hombre tan bueno y humilde. Lejos de tenerle ya por un compañero y cómplice de ladrones, le faltaba poco para considerarle ahora como un santo.
Al terminar la misa se retiraron juntos de la capilla y el mayor dijo al joven camarada:
-Hay poco trecho desde aquí a la población; ahora puedes quebrantar tu ayuno con una conciencia tranquila; sígueme.
Volviendo a la derecha y siguiendo a lo largo de una senda que parecía gradualmente subir recomendó a su compañero que no abandonase por nada el sendero, sino que, al contrario, se mantuviese lo mejor que pudiese en el eje de él. Durward no pudo por menos de preguntar qué razones había para esta precaución.
-Estás cerca de la corte, joven -contestó su guía-, y, ¡Pasques-dieu!, hay alguna diferencia entre pasear por esta región o en sus montañas llenas de brezos. Cada yarda de este terreno, excepto el sendero que seguimos, es peligroso y casi impracticable por estar lleno de trampas y cepos, provistas de hojas de guadaña, que siegan las piernas del pasajero desprevenido en un abrir y cerrar de ojos, y abrojos de hierro que atraviesan los pies, y hoyas lo bastante profundas para quedar para siempre enterrado en ellas, pues ahora te encuentras dentro del recinto de la posesión real y pronto veremos el frente del castillo.
-Si fuese yo rey de Francia -dijo el joven-, no me tomaría la molestia de instalar trampas y cepos, y en su lugar trataría de gobernar tan bien que ningún hombre se atreviese a acercarse a mi morada con mala intención; y para los que llegasen hasta ella en paz y buena voluntad, cuantos más fuesen más contento me pondría.
Su compañero miró a su alrededor con mirada de zozobra y alarma, y dijo:
-¡Cállate, cállate, mozo de la bolsa de terciopelo! Pues me olvidé decirte que uno de los peligros de estos contornos es que las propias hojas de los árboles tienen oídos que llevan al propio gabinete del rey todo lo que se habla.
-Me importa eso poco -contestó Quintín Durward- Llevo una lengua escocesa en mi boca lo bastante atrevida para decirle lo que pienso al rey Luis en su cara; Dios le bendiga; y en cuanto a los oídos de que me habla, si logro ver que crecen en una cabeza humana los cercenaré de ella con mi cuchillo de monte.
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El castillo
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Justo en el medio, se eleva un macizo edificio, |
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Con puertas enrejadas, que impiden el paso a todo invasor. |
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Fuertes y robustas surgen las murallas almenadas, |
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Y el foso se hunde en la profundidad. Lenta alrededor |
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De la fortaleza, corre el agua perezosa, |
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Y altas en el aire, lucen las torrecillas vigilantes. |
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Anónimo. |
Mientras así hablaban Durward y su nuevo conocido dieron vista a todo el frente del castillo de Plessis-les-Tours, que aun en aquellos peligrosos tiempos en que los poderosos se veían obligados a residir en lugares de gran fortaleza se distinguía por el extremo y celoso cuidado con que se le vigilaba y defendía.
Desde el lindero del bosque en que el joven Durward se detuvo con su compañero, con el fin de tornar una vista de esta residencia real, se extendía, o más bien se elevaba, aunque con pendiente muy suave, una explanada abierta desprovista de árboles y arbustos, excepto una gigantesca y medio seca encina muy vieja. Este espacio quedaba despejado, según las reglas de la fortificación en todas las épocas, con el fin de que el enemigo no pudiese aproximarse a las murallas bajo cubierto o sin ser visto desde las almenas, y detrás de él se elevaba el castillo.
Había tres murallas exteriores, almenaradas y con torrecillas de trecho en trecho, y en cada esquina; el segundo recinto se elevaba más alto que el primero y estaba hecho de modo que dominase la defensa exterior en el caso de ser ganado aquél por el enemigo, y estando a su vez, de análoga manera, dominado por la barrera tercera y más interna.
Alrededor de la muralla exterior, según le informó el francés a su joven compañero (pues como se encontraban más bajos que los cimientos de la muralla no podían verlo), corría un foso de unos veinte pies de profundidad, al que proveía de agua una presa situada en el río Cher, o más bien en uno de sus afluentes. Enfrente de la segunda muralla, dijo, había otro foso, y un tercero, ambos de las mismas desusadas dimensiones, abierto entre el segundo y tercer recinto. Al borde, tanto del circuito más interno como más externo, estaba fuertemente fortificado con empalizadas de hierro, que cumplían la finalidad de lo que en la fortificación moderna se llama chevauxde-frise, estando la parte superior de cada empalizada erizada de agudas púas que debían costarle la vida al que intentase saltar sobre ellas.
En el interior del recinto tercero se elevaba el castillo, que se componía de edificios de diferentes períodos, dispuestos alrededor y unidos con la antigua e imponente torre del Homenaje, que era anterior a todos ellos, y se elevaba como gigantesco etíope negro, erguida en el aire, mientras la ausencia de ventanas, ya que las que había no eran mayores que agujeros de tirador dispuestos para la defensa irregularmente, comunicaban al espectador la misma desagradable impresión que experimentamos al contemplar un hombre ciego. Las otras construcciones no parecían mejor dispuestas para los fines del confort, pues las ventanas daban a un patio cerrado o interior, de suerte que el conjunto del frente exterior se asemejaba mucho más a una prisión que a un palacio. El actual rey había aumentado este efecto, pues deseoso de que las adiciones que él había dispuesto en las fortificaciones fuesen de un estilo que no se diferenciase fácilmente del edificio original (como muchas personas celosas, no le gustaba que se percatasen de sus temores), se utilizó el ladrillo y la piedra de sillería de tonos los más obscuros y se mezcló hollín con la cal para dar a todo el castillo el mismo tinte uniforme de antigüedad remota y tosca.
Este lugar formidable sólo tenía una entrada, por lo menos Durward no distinguió ninguna otra a lo largo del frente espacioso, excepto en el centro del primer recinto más exterior, donde se erguían dos sólidas torres, que indicaban ser defensas de un paso al interior; y pudo observar su acompañamiento obligado, rastrillo y puente levadizo, de los que el primero estaba bajado y el segundo levantado. Torres de entrada similares se veían en la segunda y tercera muralla, pero no en línea con las del circuito exterior, a causa de que el paso no cortaba en línea recta los tres recintos, sino, por el contrario, aquellos que entraban tenían que recorrer unas treinta yardas entre la primera y la segunda muralla, expuestos, si sus propósitos eran hostiles, a ser blanco de las armas arrojadizas desde ambas, y de nuevo, al ser traspuesto el segundo recinto, tenían que hacer una desviación similar de la línea recta para poder llegar al pórtico del tercer recinto, más interior; de suerte que, antes de alcanzar el patio exterior que corría a lo largo del frente del edificio, había que atravesar dos estrechos y peligrosos desfiladeros bajo las descargas de flanco de la artillería, y tres puertas, defendidas con la mayor eficacia conocida en la época, tenían que ser forzadas sucesivamente.
Viniendo de un país asolado a su vez por guerras exteriores y luchas internas, país también cuya superficie desigual y montañosa, que abunda en precipicios y torrentes, proporciona tantas posiciones ventajosas para el combate, el joven Durward estaba bastante familiarizado con los variados artificios con los que los hombres, en aquella edad ruda, procuraban asegurar sus moradas; pero francamente confesó a su compañero que no se imaginaba que el arte tuviese tales recursos de defensa donde la Naturaleza había hecho tan poco, ya que la fortaleza, como hemos indicado, estaba en la cima de una suave eminencia, a la que se ascendía desde el sitio donde se encontraban.
Para aumentar su sorpresa, su compañero le contó que los alrededores del castillo, excepto la única senda en zigzag por la que se podía llegar con seguridad a la portada, estaban, como las espesuras que habían atravesado, llenos de toda clase de trampas ocultas y cepos para atrapar al desgraciado que se aventurase por allí sin un guía; que en las murallas había dispuestas ciertas cunas de hierro, llamadas nidos de golondrinas, desde las que los centinelas, que estaban allí apostados por lo general, podían, sin exponerse a riesgo ninguno, apuntar con seguridad a cualquiera que intentase entrar sin la señal, o santo y seña del día, y que los arqueros de la guardia real hacían ese servicio de día y de noche, por lo que recibían una buena paga, ricos trajes y mucho honor y beneficio de parte de Luis XI.
-Y ahora di, joven -continuó-, ¿viste nunca una fortaleza tan fuerte y crees que hay hombres lo bastante valientes para asaltarla?
El joven miró un rato con atención al lugar, cuya vista le atraía tanto que olvidó, en medio de su curiosidad juvenil, la humedad de su ropa. La expresión de su mirada y el color que le subió
a los carrillos le asemejaban a un hombre atrevido que medita una acción honrosa al contestar:
-Es un castillo resistente y muy bien defendido; pero no hay imposibles para hombres valientes.
-¿Hay alguien en tu país capaz de semejante hazaña? -preguntó el anciano con algo de sorna.
-No afirmaré tal cosa -contestó el joven-; pero hay miles que por una buena causa intentarían hazaña tan atrevida.
-¡Bah! -dijo el otro-. ¿Quizá seas tú el atrevido?
-Faltaría a la verdad si me jactase que no existe peligro -contestó el joven Durward-; pero mi padre ha hecho un acto de valentía semejante, y estoy seguro de no ser bastardo.
-Bien -dijo su compañero sonriendo-; puedes igualar a tu padre en el intento, pues los arqueros escoceses de la Guardia de Corps del rey Luis están de centinela en aquellas murallas; trescientos caballeros de la mejor alcurnia de tu país.
-Y si yo fuese el rey Luis -respondió el joven- confiaría mi seguridad a la lealtad de los trescientos caballeros escoceses, demolería las murallas para llenar los fosos, llamaría a mis nobles pares y paladines y viviría como me correspondía, entre quiebras de lanzas en torneos lucidos, con festivales de día con los nobles y danzas de noche con las damas, y no tendría más miedo del enemigo que de una mosca.
Su compañero sonrió de nuevo, y volviendo la espalda al castillo, al que observó se habían acercado demasiado, tornó otra vez al camino por una senda más ancha y más transitada que la que antes habían seguido.
-Esta -dijo- nos conducirá a la población de Plessis, donde tú, como forastero, encontrarás acomodo razonable y decente. A unas dos millas más allá está la bonita ciudad de Tours, que da nombre a este condado rico y hermoso. Pero la población de Plessis, o Plessis del Parque, como a veces la llaman, por su vecindad a la residencia real y de la caza que está rodeada, te proporcionará hospitalidad más próxima y adecuada.
-Le agradezco, amable señor, su información -dijo el escocés; pero mi estancia aquí será tan corta que si no necesitase un pedazo de carne y un trago de algo mejor que agua pasaría de largo por Plessis.
-Creía -contestó su compañero- que tenías que ver a algún amigo en este sitio.
-Y así es: a un hermano de mi madre -contestó Durward.
-¿Cómo se llama? -preguntó el anciano-. Lo averiguaremos, pues no es conveniente que subas al castillo, donde podían tomarte por un espía.
-¡Por la salud de mi padre! -dijo el joven-. ¡Yo tornado por un espía! ¡Que se condene quien me acuse de semejante falsedad! ¡No tengo por qué ocultar el apellido de mi tío! ¡Es Lesly; Lesly, apellido noble y honrado!
-Así lo será, no lo dudo -dijo el anciano-; pero hay tres con ese apellido en la Guardia escocesa.
-Mi tío se llama Ludovico Lesly -dijo el joven.
-De los tres Leslys -contestó el comerciante-, dos se llaman Ludovico.
-Llaman a mi pariente Ludovico el de la Cicatriz -dijo Quintín-. Nuestros nombres familiares son tan comunes en una casa escocesa, que cuando no se poseen tierras usamos siempre el apodo.
-Un nom de guerre supongo querrá decir -contestó su compañero-; y al hombre de quien hablas nosotros le llamamos Le Balafré por la cicatriz que ostenta en su cara: un hombre como es debido y un buen soldado. Me gustaría poderte facilitar una entrevista con él, pues pertenece a una tanda de caballeros cuyas obligaciones son estrictas, y que no salen con frecuencia fuera de su guarnición a no ser en servicio inmediato de la persona del rey. Y ahora, joven, contéstame a una pregunta. Apostaría algo a que deseas entrar a servir con tu tío en la Guardia escocesa. Si ese es tu propósito, es una intención loable, pero algo extemporánea, pues eres demasiado joven y se necesitan algunos años de práctica para el alto cargo a que aspiras.
-¡Quién sabe si alguna vez pensé semejante cosa! -dijo Quintín descuidadamente-; pero si lo hice, deseché ya mi fantasía.
-¿Cómo es eso, joven? -dijo el francés algo sorprendido -¿Hablas así de un cargo que tantos aspirantes tiene entre los más nobles de tus paisanos?
-Que gocen con él es mi deseo -dijo Quintín con mesura-. Hablando sin rodeos, me hubiera gustado estar al servicio del rey de Francia; pero por muy bien vestido y alimentado que me encontrase, amo más el espacio libre que el estar confinado en una jaula o nido de golondrina, allá, como llama usted a esas cajas enrejadas. Además -añadió en voz más baja-, y para ser sincero, no me gusta el castillo cuando el covintree (8) tiene las bellotas de aquel de allá.
-Adivino a lo que te refieres -dijo el francés-; pero habla con más claridad.
-Para hablar con más claridad -respondió el joven-, le diré que allá crece una hermosa encina, a un tiro de ballesta aproximadamente del castillo, y en esa encina cuelga un hombre con un coleto gris parecido a éste que llevo.
-¿De verdad? -dijo el francés- ¡Pasques-dieu! ¡Mira lo que vale tener ojos jóvenes! Yo veo algo, pero lo tomé por un cuervo entre las ramas. Mas el espectáculo no es una novedad, joven; cuando el verano cede el paso al otoño, y las noches de luna son largas, y los caminos se hacen peligrosos, puede verse un manojo de diez y hasta de veinte de tales bellotas colgando en esa vieja encina. Son a modo de estandartes desplegados para espantar a los bribones, y por cada malvado que del árbol cuelgue, un hombre honrado puede calcular que habrá un ladrón, un traidor, un salteador de caminos, un pilleur y opresor del pueblo menos en Francia. Estos, joven, son muestra de nuestra soberana justicia.
-Yo les hubiera colgado más lejos de mi palacio de haber sido el rey Luis -dijo el joven-. En mi país colgamos los cuervos muertos en donde rondan los cuervos vivos, pero no en nuestros jardines o palomares. La peste de la carne corrompida, ¡qué asco!, llega a mis narices a la distancia en que nos encontramos.
-Si vives para servidor honrado y leal de tu príncipe, buen joven -contestó el francés-, aprenderás que no hay perfume que iguale al olor de un traidor muerto.
-No me gustará vivir para perder el olfato de mi nariz o la vista de mis ojos -dijo el escocés-. Muéstreme un traidor vivo, y aquí están mi mano y mi arma; pero una vez muerto, no debe subsistir el odio. Pero me parece que llegamos a una población en donde espero demostrarle que ni la zambullida ni el disgusto me han quitado el apetito para almorzar. Así es que, mi buen amigo, vayamos a la hostería con toda la velocidad posible. Antes, sin embargo, de aceptar su hospitalidad déjeme saber por qué nombre atiende.
-Los hombres me llaman maese Pedro -contestó su compañero-. No poseo títulos. Soy un hombre corriente que vivo por mi cuenta. Ese es mi destino.
-Así sea, maese Pedro -contestó Quintín-, y me alegro de que mi buena suerte nos haya juntado, pues necesito consejos oportunos, que sabré agradecer.
Mientras así hablaban, la torre de la iglesia y un alto crucifijo de madera, que se elevaba por encima de los árboles, les cercioraron que estaban a la entrada de la población.
Pero maese Pedro, desviándose un poco del camino, que ahora se había unido a una calzada abierta y pública, dijo a su compañero que la posada donde pensaba llevarle estaba algo retirada y sólo se recibía en ella a los viajeros más distinguidos.
-Si quiere usted dar a entender aquellos que viajan con la bolsa bien repleta -contestó el escocés-, yo no soy del número, ¡y prefiero que me despojen en la carretera que en una posada!
-¡Pasques-dieu! -dijo su guía-. ¡Qué cautos son los oriundos de Escocia! Un inglés entra decidido en una taberna, come y bebe de lo mejor y nunca piensa en la cuenta hasta que tiene la tripa llena. Pero te olvidas, señorito Quintín, que te debo un almuerzo por la mojadura que mi equivocación te proporcionó. Es el castigo por haberte ofendido.
-En realidad -contestó el animoso muchacho- ya había olvidado mojadura, ofensa, castigo y todo. Mis ropas se han secado con el paseo, o poco les falta; pero no rehusaré su amable ofrecimiento, pues mi comida de ayer fué frugal, y no cené. Usted parece un viejo y respetable burgués y no veo razón para no aceptar su ofrecimiento.
El francés se rió a escondidas, pues se percató plenamente que el joven, a pesar de estar medio muerto de hambre, encontraba alguna dificultad para reconciliarse con la idea de comer a costa de un extraño e intentaba someter su orgullo interior con la reflexión de que al aceptar cortesía tan ligera daba gusto al anciano.
Mientras tanto, descendieron por una calle estrecha sombreada por altos olmos, al fondo de la cual un pórtico les dió entrada en el patio de una posada de dimensiones no corrientes, calculada para el alojamiento de los nobles y sus cortejos que tenían asuntos en el vecino castillo, donde raras veces y únicamente cuando semejante hospitalidad era inevitable, permitía Luis XI que estuviese albergado alguno en su corte. Un escudo de armas, que ostentaba la flor de lis, se veía sobre la puerta principal del irregular y vasto edificio; pero no había ni en el patio ni en los locales ese bullicio que en aquellos días, cuando se alojaba a huéspedes en establecimientos públicos y privados, indicaba que había negocios y movimiento de viajeros. Parecía como si el carácter hosco y poco sociable de la mansión real de la vecindad hubiese comunicado parte de su melancolía solemne y terrorífica a un sitio al que se consideraba, según la costumbre universal, por templo de la sociedad alegre y de buen humor.
El maese Pedro, sin llamar a nadie y sin aproximarse siquiera a la entrada principal, levantó el picaporte de una puerta lateral y se dirigió a una amplia habitación en la que un haz de leña crepitaba en el hogar y se veían preparativos para un substancial almuerzo.
-Mi compadre ha cuidado de todo -dijo el francés al escocés-. Debes de tener frío, y ha encargado un fuego; tienes que sentir hambre, y ahora almorzarás.
Silbó, y entró el posadero; contestó al bon jour de maese Pedro con una reverencia, pero en modo alguno demostró aquella charlatanería característica de los posaderos franceses de todas edades.
-Esperaba que un caballero -dijo maese Pedro- hubiese encargado un almuerzo. ¿Lo ha hecho?
En respuesta, sólo se inclinó el posadero, y mientras continuaba trayendo y disponiendo sobre la mesa los distintos platos de un reconfortante almuerzo no se preocupó de ensalzar sus méritos con una sola palabra. Y, sin embargo, este almuerzo merecía los elogios que los mesoneros franceses acostumbran a otorgar a sus banquetes, como el lector verá en el siguiente capítulo.
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El almuerzo
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¡Santo Dios! ¡Qué masticadores! |
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¡Qué pan! |
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Viajes de Yorick. |
Hemos dejado a nuestro joven forastero en Francia en una situación más confortable de la que hasta ahora había encontrado desde que penetró en los territorios de los antiguos galos. El almuerzo, según indicamos al final del último capítulo, fué admirable. Hubo una pâte de Perigord, con la que un gastrónomo hubiera deseado vivir y morir, como los comedores de lotus de Homero, olvidados de parientes, país natal y cualquiera especie de obligaciones sociales. Sus vastas murallas de magnífica costra parecían puestas, cual baluartes de rica ciudad, como demostración de la riqueza que tienen que proteger. Había un delicado ragout, con aquella petit point de l'ail que los gascones aman y los escoceses no odian. Había además un delicado pernil que no hacía mucho había pertenecido a un noble jabalí en los bosques vecinos de Mountrichart. Había el pan blanco más exquisito, hecho en forma de panecillos redondos llamados boules (de donde los panaderos toman en Francia el nombre de boulangers), cuya corteza era tan tentadora que aun sólo con agua sería un bocado exquisito. Pero no sólo había agua, pues también había un frasco de cuero llamado bottrine que contenía medio azumbre aproximado, de un exquisito vin de Beaulne. Tantas buenas cosas hubieran despertado el apetito a un muerto. ¿Qué efecto, pues, no había de producir en un joven de veinte años escasos, quien (debemos decir la verdad) apenas había comido en los dos últimos días, excepto la escasa fruta madura que por casualidad acertaba a coger y una ración muy exigua de pan de cebada? Se arrojó sobre el ragout y dió fin de la fuente; atacó al magnífico pastel, ahondó en las entrañas del mismo, y rociando su abundante comida con copas de vino, volvió una y otra vez a la carga, con el asombro del posadero y el regocijo de maese Pedro.
El último, probablemente por ser el autor de una acción más amable de lo que había pensado, parecía encantado con el apetito del joven escocés; y cuando, por fin, observó que sus esfuerzos comenzaban a languidecer, trató de estimularlo a nuevos esfuerzos, ordenando confituras, darioles y otras golosinas menudas que pensaba podían incitarle a continuar su comida. Mientras se entretenía de este modo, el rostro de maese Pedro expresaba cierto género de buen humor, que casi reflejaba benevolencia, y que parecía muy distanciado de su carácter ordinario, severo, cáustico y astuto. Los ancianos casi siempre simpatizan con las alegrías de los jóvenes y con sus esfuerzos de toda clase cuando el espíritu del espectador permanece en su equilibrio natural y no está perturbado por la envidia o por la emulación.
Quintín Durward, también, y mientras estaba tan agradablemente ocupado, no podía hacer otra cosa que descubrir que la cara del que le había convidado, que al principio encontró tan poco atrayente, mejoraba cuando era vista bajo la influencia del vin de Beaulne, y había amabilidad en el tono con que reprochaba a maese Pedro que se divirtiese con él burlándose de su apetito sin comer él nada.
-Estoy haciendo penitencia -dijo maese Pedro- y no puedo comer nada antes del mediodía, excepto algún dulce y una copa de agua. Dígale a aquella señora -añadió volviéndose al posadero- que me lo traiga aquí.
El posadero salió de la habitación, y maese Pedro prosiguió:
-Bien; ¿he cumplido mi palabra respecto al almuerzo que te prometí?
-La mejor comida que he comido -dijo el joven- desde que dejé Glen-Houlakin.
-¿Glen qué? -preguntó maese Pedro-. ¿Vas a invocar al demonio con el empleo de palabras tan largas?
-Glen-Houlakin -replicó Quintín de buen humor-, que quiere decir Cañada del Midges, nombre de nuestro antiguo patrimonio, mi buen señor. Ha comprado el derecho de reírse con la palabra si gusta.
-No tengo la menor intención de ofender -dijo el anciano-; mas iba a decir, ya que has gozado tanto con esta comida, que los arqueros escoceses de la guardia comen una tan buena como ésta, o aun mejor, todos los días.
-No me sorprende -dijo Durward-, pues, si tienen que estar encerrados toda la noche en los nidos de golondrina deben de sentir gran apetito por la mañana.
-Y lo suficiente para dejarles satisfechos, -dijo maese Pedro-. No necesitan, como los borgoñeses, montar a pelo para tener la tripa llena; visten como condes y comen como abates.
-Que les aproveche -dijo Durward.
-¿Y por qué no quieres entrar aquí de servicio, joven? Tu tío podía, estoy seguro, procurarte una plaza en filas cuando ocurra una vacante. Y, presta atención, yo mismo tengo una poca de influencia y podía serte de alguna utilidad. ¿Puedes montar a caballo, presumo, que tan bien como manejar el arco?
-Los de mi país son tan buenos jinetes como el que más y sé que podía aceptar su amable, ofrecimiento. Sin embargo, fíjese en que el alimento y el vestido son necesarios; pero en mi caso los hombres piensan en honores, progresos y hechos bravos de armas. Vuestro rey Luis, Dios le bendiga, pues es un amigo y aliado de Escocia, sólo vive aquí en el castillo o se dirige a caballo de una plaza fortificada a otra; y gana ciudades y provincias con embajadas políticas y no en lucha franca. En cuanto a mí, opino como Douglass, que siempre está en el campo porque prefiere oír cantar a la alondra que chillar al ratón.
-Joven -dijo maese Pedro-, no juzgues tan atrevidamente las acciones de los soberanos. Luis trata de ahorrar la sangre de sus súbditos y no se preocupa por la suya. Se portó como un hombre valeroso en Montl'Hery.
-Ya; pero eso fué hace doce años o más -contestó el joven-. Me gustaría seguir a un amo que mantuviese su honor tan brillante como su escudo y que se aventurase siempre en el tropel de la batalla.
-¿Por qué no te detuviste entonces en Bruselas con el duque de Borgoña? Te hubiera puesto en camino de romperte los huesos a diario, y antes de quedarse atrás, hubiera hecho la tarea por ti mismo, especialmente si llega a enterarse que habían pegado a su guardabosque.
-Verdaderamente -dijo Quintín-, mi sino desgraciado me ha cerrado esa puerta.
-Sin embargo, hay abundancia fuera de aquí de osados con los que los jóvenes alocados encontrarían servicio -dijo su consejero-. ¿Qué piensas, por ejemplo, de Guillermo de la Marck?
-¡Cómo! -exclamó Durward-. ¿Servir al de la Barba, servir al Jabalí de las Ardenas, a un capitán de pillos y asesinos, que mataría a un hombre por lo que vale su capa y que asesina a frailes y peregrinos como si fuesen caballeros armados y gente de guerra? Sería un borrón eterno en el escudo de mi padre.
-Bien, joven ardoroso -replicó maese Pedro-; si juzgas al sanglier demasiado cruel, ¿por qué no sigues al joven duque de Gueldres? (9).
-¿Seguir a esa furia? -dijo Quintín-. No hay quien le aguante. ¡Le están esperando en el infierno! Dice la gente que puso prisionero a su propio padre y que llegó a pegarle. ¿Puede usted creerlo?
Maese Pedro pareció algo desconcertado con el horror innato con que el joven escocés hablaba de ingratitud filial, y contestó:
-No sabes, joven, qué poco subsisten los lazos de parentesco entre los de elevada alcurnia.
Después cambió el tono en el que había comenzado a hablar, y añadió alegremente:
-Además, si el duque ha pegado a su padre, te aseguro que su padre le había pegado antes; así es que sólo era un ajuste de cuentas.
-Me maravilla oírle hablar de ese modo -dijo el escocés, rojo de indignación-; las canas como las suyas deberían buscar objetos más adecuados para bromear. Si el anciano duque pegó a su hijo en su niñez, no le pegó bastante, pues era preferible que hubiese muerto a estacazos que vivir para hacer que el mundo cristiano se avergonzase de que semejante monstruo haya sido bautizado.
-A este tenor -dijo maese Pedro-, y dado cómo juzgas los caracteres de cada príncipe y jefe,
pienso que sería mejor que te erigieses a ti mismo en capitán, pues ¿dónde uno tan sabio encontraría jefe digno de que le mandase?
-Se ríe usted de mí, maese Pedro -dijo el joven, de buen humor-, y quizá tiene usted razón; pero no ha nombrado a un hombre que es un jefe valiente y sostiene aquí una brava partida, en la que un hombre podría muy bien querer alistarse.
-No acierto adivinar a quién te refieres.
-¿Cómo? Pues a aquel que cuelga como el ataúd de Mahoma (maldito sea Mahoma) entre dos imanes; a aquel a quien nadie llama francés o borgoñés, pero que sabe guardar el equilibrio entre ambos y les hace temerle y servirle por lo buen príncipe que es.
-No puedo acertar a quién señalas -dijo, pensativo, maese Pedro.
-¿Pues a quién he de referirme sino al noble Luis de Luxemburgo, conde de Saint Paul, el gran condestable de Francia? Allá se sostiene, con su pequeño y esforzado ejército, con la cabeza tan erguida como el rey Luis o el duque Carlos, y en equilibrio entre ambos, como el niño que está de pie en el centro de un tablón mientras otros dos se balancean en los extremos opuestos (10).
-Está en peligro de correr la peor suerte de los tres -dijo maese Pedro-. Y escucha, joven amigo, ya que juzgas el saqueo crimen tan grande, ¿sabes que tu político, el conde de Saint Paul fué el primero en dar el ejemplo de quemar el país durante el tiempo de guerra? ¿Y que antes de realizar su vergonzosa devastación, ciudades y aldeas abiertas, que no hicieron resistencia, fueron siempre perdonadas?
-Entonces, si así ha sucedido -dijo Durward-, empezaré a creer que ninguno de esos grandes hombres es mucho mejor que los otros, y que el escoger entre ellos es como buscar un árbol de donde ahorcarse. Pero este conde de Saint Paul, este condestable, se apoderó con buenas artes de la población que lleva el nombre de mi santo y honorable patrón, San Quintín (11) (al nombrarle se santiguó), y me parece que si viviese allí, mi santo patrón hubiese cuidado de mí (no hay tantos que lleven su nombre, al contrario de lo que pasa con vuestros santos más populares), y sin embargo, debe haberme olvidado, pobre Quintín Durward, su hijo espiritual, ya que me ha dejado marchar un día sin alimento, y me deja a la mañana siguiente al amparo de San Julián y a la cortesía casual de un desconocido, lograda al azar por un chapuzón en el renombrado río Cher, o uno de sus afluentes.
-No blasfemes de los santos, mi joven amigo -dijo maese Pedro-. San Julián es el fiel patrón de los viajeros, y quizá el bendito San Quintín ha hecho más por ti de lo que te imaginas.
Mientras hablaba, se abrió la puerta, y una muchacha, que más bien tenía más que menos de quince años, entró con una fuente cubierta con un damasco, en la que había colocado un platillo con las ciruelas secas, que tanta fama habían dado siempre a Tours, y una copa de la curiosa vajilla que el orífice de aquella ciudad tenía desde antiguo fama de trabajar, con una delicadeza de detalles que las distinguía de las de otras ciudades de Francia, y aun excedía en habilidad de ejecución a las de la metrópoli. La forma de la copa era tan elegante, que Durward no pensó en observar de cerca si el material era de plata o, como la que tenía delante de él, de un metal inferior, pero tan bien bruñido que parecía de un metal más rico.
Pero la presencia de la joven persona que realizó este servicio atrajo mucho más la atención de Durward que los pequeños detalles del menester que realizaba.
Pronto descubrió que largas trenzas negras, las cuales, según la costumbre de las jóvenes de su país, no tenían adorno alguno, excepto una sola guirnalda, hecha con hojas de yedra, formaban un marco a un rostro que con sus facciones regulares, ojos obscuros y expresión pensativa, se asemejaba al de Melpómene, aunque había un débil color en los carrillos y una inteligencia en su mirada que hacían vislumbrar que la alegría no era extraña a una cara tan expresiva, aunque no fuese su expresión más habitual. Quintín llegó a pensar que había circunstancias deprimentes, causa de que un rostro tan joven y adorable estuviese más serio de lo que es natural en una belleza temprana; y como la imaginación romántica de la juventud es rápida para sacar conclusiones de premisas ligeras, le agradó inferir de lo que sigue que la suerte de esta hermosa visión estaba envuelta en silencio y misterio.
-¿Qué tal, Jacqueline? -dijo maese Pedro cuando ella entró en la habitación-. ¿Por qué esto? ¿No deseo que dame Perette traiga lo que necesito? ¡Pasques-dieu! ¿No está ella, o se cree demasiado buena para servirme?
-Mi parienta está enferma y descansa -contestó Jacqueline en un tono precipitado pero humilde-; está enferma y no sale de su cuarto.
-¿Es eso cierto? -replicó maese Pedro con cierto énfasis-; soy perro viejo, y no soy de aquellos que creen en enfermedades fingidas.
Jacqueline se puso pálida y aun tembló con la respuesta de maese Pedro; porque hay que reconocer que su voz y sus miradas, en todo tiempo ásperas, cáusticas y desagradables, tenían, cuando quería expresar cólera o sospecha, un efecto a la vez siniestro y alarmante.
La caballerosidad montaraz de Quintín Durward se despertó en el momento y se precipitó a acercarse a Jacqueline y a librarla de la carga que llevaba, y que ella pasivamente le entregó, mientras con una mirada tímida y ansiosa vigilaba el rostro del enfadado burgués. No era natural resistir a la expresión penetrante y llena de compasión de sus miradas, y maese Pedro prosiguió no sólo con aire de enfado aminorado, sino con tanta gentileza como podía manifestar en su rostro y modales:
-No te censuro, Jacqueline, y eres demasiado joven para ser (lo que es lástima pensar serás algún día) una cosa falsa y traicionera, como el resto de tu inconstante sexo. Nadie que frecuente el trato de gente pierde la oportunidad de conoceros a todas (12). Aquí está un caballero escocés que te dirá lo mismo.
Jacqueline miró por un instante al joven extranjero como si obedeciese a maese Pedro; pero la mirada, con ser rápida, se le representó a Durward, como una llamada patética en busca de ayuda y simpatía, y con la rapidez dictada por los sentimientos de la juventud y la veneración romántica por el sexo bello, inspirada por su educación, contestó rápido: «Que retaba a cualquier adversario, de igual rango y edad, que se atreviese a decir que semejante rostro como el que ahora contemplaban podía dejar de estar inspirado por el espíritu más puro y sincero.»
La muchacha se puso densamente pálida, y echó una mirada de temor a maese Pedro, a quien la bravata del joven gallardo sólo pareció incitar a risa más desdeñosa que aprobatoria. Quintín, cuyos segundos pensamientos generalmente corregían los primeros, aunque algún tiempo después de haberlos emitido, se ruborizó intensamente por haber proferido palabras que podían considerarse como una jactancia inoportuna en presencia de un anciano de profesión pacífica; y como penitencia justa y adecuada resolvió pacientemente someterse al ridículo en que había incurrido. Ofreció la copa y el plato de ciruelas a maese Pedro con sonrojo y rostro humillado, que trataba de disimular con una sonrisa forzada.
-Eres un joven tonto -dijo maese Pedro-, y sabes tan poco de las mujeres como de príncipes, cuya vida -dijo, santiguándose con devoción- Dios guarde muchos años.
-¿Y quién guarda la de las mujeres? - dijo Quintín, resuelto, si podía evitarlo, a no ser vencido por la supuesta superioridad de este extraordinario anciano, cuya manera de ser, altiva y tranquila, tenían un ascendiente sobre él, del que se sentía avergonzado.
-Me temo que esa pregunta te la tenga que responder otro -dijo maeso Pedro sin alterarse.
Quintín fué otra vez vencido, pero no se sintió muy ofendido. «Seguramente -se dijo para su interior- no correspondo a este burgués de Tours con la deferencia debida, a cambio de la miserable deuda de un almuerzo, aunque haya sido bueno y substancioso. Los perros y los halcones están adictos a uno sólo por la comida; el hombre debe ser amable si se le quiere ligar con los lazos del afecto y la obligación. Pero es una persona extraordinaria; y esa preciosa aparición, una cosa tan bonita, no encaja en este sitio humilde, no debe pertenecer al comerciante acaparador de dinero, aunque parezca ejercer autoridad sobre ella, como indudablemente la ejerce sobre todo aquel que la suerte interpone en su camino. Es sorprendente qué importancia dan estos flamencos y franceses a la riqueza; mucha más de la que ésta merece, hasta el punto de que creo que este viejo comerciante cree que el respeto que debo a su edad es debido a su dinero; ¡yo, un caballero escocés de sangre y escudo de armas, y él, un artesano de Tours!»
Tales eran las ideas que atravesaban raudas por la mente del joven Durward, mientras maese Pedro decía, con una sonrisa y golpeando suavemente al mismo tiempo la cabeza de Jacqueline, de la que colgaban las largas trenzas:
-Este joven me servirá, Jacqueline; debes retirarte. Diré a la negligente parienta que hace mal en exponerte a que te vean sin necesidad.
-Sólo fué para servirle -dijo la doncella-. Le aseguro que no tiene motivos para enfadarse con mi parienta, ya que...
-¡Pasques-dieu! -dijo el comerciante, interrumpiéndola, pero no abruptamente- ¿Malgastas palabras conmigo, rapaza, o sigues aquí para mirar a este joven? ¡Vete! Es noble y sus servicios me bastarán.
Jacqueline desapareció; y tanto se interesó Quintín Durward en su repentina desaparición, que perdió el hilo de sus anteriores reflexiones, y actuó mecánicamente cuando maese Pedro le dijo en tono de uno acostumbrado a ser obedecido, mientras se recostaba en una cómoda butaca:
-Coloca esa bandeja junto a mí.
El comerciante entornó entonces sus perspicaces ojos, de modo que apenas eran visibles y sólo lanzaban de vez en cuando rápida y penetrante mirada, comparable a los rayos del sol poniente detrás de una nube obscura, a través de la cual son aquellos lanzados, pero sólo por un instante.
-Esta es una criatura bonita -dijo por fin el viejo, levantando la cabeza y mirando con fijeza a Quintín, mientras añadía-: una joven adorable para ser criada de un auberge. Estaría mejor en el hogar de un honrado burgués; pero es de origen villano y carece de educación.
A veces ocurre que un dicho oportuno mata una ilusión, y el que la poseía se indispone un poco con el que la echa abajo, aunque el daño inferido sea involuntario por parte del ofensor. Quintín se vió desilusionado, y estaba dispuesto a enfadarse, él mismo no sabía por qué, con este anciano por haberle participado que esta hermosa criatura no era ni más ni menos que lo que su ocupación anunciaba: la criada de un auberge, una criada de superior categoría, probablemente sobrina del dueño o algo parecido; pero siempre una doméstica, obligada a soportar los modales de los parroquianos, y particularmente a maese Pedro, que probablemente tenía muchos caprichos y bastante dinero para estar tan seguro de verlos satisfechos.
El pensamiento, el obsesionante pensamiento, de nuevo volvió a él, de que debía hacer comprender al anciano caballero la diferencia entre sus condiciones, y hacerle notar que por muy rico que fuese, sus riquezas no le ponían a la altura de un Durward de Glen-Houlakin. Sin embargo, cuando miró al rostro de maese Pedro con tal intención, halló en él, no obstante la mirada baja, las facciones apretadas y traje humilde y pobre, algo que impidió al joven afirmar la superioridad que creía poseer sobre el comerciante. Por el contrario, cuanto más y con más fijeza le miraba Quintín, aumentaba su curiosidad para saber quién o qué era en la actualidad este hombre; y se le figuró ser un síndico o un alto magistrado de Tours, o uno que, de un modo o de otro, tenía la costumbre inveterada de exigir y ser tratado con deferencia.
En el ínterin, el comerciante parecía de nuevo absorto en alguna idea fija, de la que se desprendió levantándose y santiguándose devotamente para comer alguna fruta seca con un pedazo de bizcocho. Hizo entonces señas a Quintín para que le diese la copa, añadiendo mientras éste se la daba:
-¿Dices que eres noble?
-Seguramente lo soy -replicó el escocés-, si quince generaciones pueden hacerme noble, como antes le dije. Pero no se preocupe por esa cuestión, maese Pedro; siempre me enseñaron que es el deber de los jóvenes ayudar a los de más edad.
-Excelente máxima -dijo el comerciante, aprovechándose de la ayuda del joven al presentarle la copa y llenándola del contenido de un jarro que parecía ser del mismo material que la copa, sin ninguno de esos escrúpulos por su manera de proceder que quizá Quintín había esperado despertar.
«Que el diablo cargue con la confianza y familiaridad de este viejo artesano ciudadano», se dijo una vez más para su capote Durward; «se aprovecha de la ayuda de un noble caballero escocés con tan poca ceremonia como si hubiese sido yo un cualquiera».
Habiendo concluído entretanto el comerciante su copa de agua, dijo a su compañero:
-Por las ganas con que pareces haber saboreado el vin de Beaulne me imagino que no me harías la competencia con este licor natural. Pero poseo un elixir que convierte el agua de manantial en los más ricos vinos de Francia.
Mientras hablaba, sacó una bolsa grande de su pecho, hecha de piel de foca, y volcó una lluvia de pequeñas monedas de plata en la copa, hasta que ésta, que era pequeña, quedó llena hasta más de la mitad.
-Tienes motivos para mostrarte más agradecido, joven -dijo maese Pedro-, tanto a tu patrón San Quintín como a San Julián, de lo que hasta ahora has sido. Te aconsejo que des limosnas en su nombre. Permanece en esta posada hasta que veas a tu pariente, Le Balafré, que saldrá de guardia esta tarde. Procuraré que se entere que aquí le puedes encontrar, pues tengo asuntos en el castillo.
Quintín Durward quiso decir algo para excusarse por aceptar los generosos ofrecimientos de su nuevo amigo; pero maese Pedro, arqueando las cejas e irguiendo su encorvada figura en una actitud de mayor dignidad de la que hasta ahora le había visto asumir, dijo en tono autoritario:
-No repliques, joven, y haz lo que se te ordena.
Con estas palabras salió de la habitación, haciendo una indicación al partir para que Quintín no le siguiese.
El joven escocés quedóse atónito y no sabía qué pensar del particular. Su primer impulso, el más natural, aunque quizá no el más digno, le indujo a mirar en el interior de la copa que, con seguridad, estaba más que promediada de monedas de plata, que sumaban varias veintenas, de las que Quintín, con toda probabilidad, nunca había llegado a tener por suyas ni siquiera veinte en toda su vida. ¿Pero podía reconciliar con su dignidad como caballero el aceptar así el dinero de este rico plebeyo? Era ésta una ardua cuestión, pues aunque había logrado un buen almuerzo, no era una gran reserva para viajar, bien hacia Dijon, en el caso de querer arriesgar la cólera y entrar al servicio del duque de Borgoña, o a San Quintín, si prefería el del condestable de Saint Paul, pues a uno de estos potentados, ya que no al rey de Francia, estaba decidido a ofrecer sus servicios. Quizá tomó la resolución más prudente en estas circunstancias al resolverse a tomar el consejo de su tío, y mientras tanto colocó el dinero en su bolsa de cacería y llamó al dueño de la casa para devolver la copa de plata, resolviendo al mismo tiempo hacerle algunas preguntas sobre este comerciante liberal y autoritario.
El posadero apareció a poco, y si no más comunicativo, estuvo al menos más locuaz que anteriormente. Positivamente rehusó hacerse cargo de la copa de plata. No era suya, dijo, sino de maese Pedro, que la había regalado a su convidado. Poseía cuatro hanaps de plata, que le había dejado su abuela, de feliz memoria; pero ninguna con el cincelado como la que su convidado tenía en la mano; era una de las famosas copas de Tours, trabajada por Martín Dominique, un artista que podía hombrearse con los de París.
-Y dígame, por favor, ¿quién es este maese Pedro -dijo Durward interrumpiéndole- que hace a los forasteros regalos tan valiosos?
-¿Que quién es maese Pedro? -dijo el posadero, dejando caer las palabras lentamente de su boca, como si las hubiera estado destilando.
-Sí -dijo Durward, rápida y perentoriamente-, ¿quién es este maese Pedro y por qué prodiga su bondad de este modo? ¿Y quién es ese individuo, con aspecto de carnicero, que envió por delante para ordenar el almuerzo?
-Señor, usted mismo debía haberle preguntado a maese Pedro quién es; y en cuanto al caballero que encargó preparasen el almuerzo, ¡Dios nos libre de tratarle íntimamente!
-Hay algo misterioso en todo esto -dijo el joven escocés-. Este maese Pedro me dijo que era un comerciante.
-Si eso le dijo -dijo el posadero-, seguramente es un comerciante.
-¿En qué géneros trafica?
-En cosas muy distintas -dijo el hostelero-, y especialmente ha montado aquí unas manufacturas de seda que compiten con esos fardos que los venecianos traen de la India y Cathay. Pudo usted ver la fila de moreras al venir aquí, todas plantadas por disposición de maese Pedro para alimentar los gusanos de seda.
-Y esa joven que entró con las ciruelas, ¿quién es, mi buen amigo? -dijo Quintín.
-Señor, mi huésped, con su haya, una especie de tía o parienta -contestó el posadero.
-¿Pero es que de ordinario utiliza a sus huéspedes para servirse unos a los otros? -dijo Durward-. Pues observé que maese Pedro no tomó nada de su mano de usted o de la de su sirviente.
-Los hombres ricos tienen sus caprichos, pues pueden pagarlos -dijo el mesonero-; no es la primera vez que maese Pedro ha encontrado el procedimiento para que la gente bien nacida le sirva a una señal suya.
El joven escocés se sintió algo ofendido con la insinuación; pero ocultando su resentimiento, preguntó si le podían proporcionar en la casa una habitación por un día y quizá más.
-Ciertamente -replicó el posadero-, por todo el tiempo que desee estar.
-¿Podía entonces permitírseme -preguntó- presentar mis respetos a las damas de quien voy a ser compañero de hospedaje?
El posadero dudó un momento.
-No salen de casa -dijo-, y no reciben a nadie en ella.
-¿Con la excepción, supongo, de maese Pedro? -dijo Durward.
-No me es permitido citar ninguna excepción -contestó el hombre, firme, pero respetuosamente.
Quintín, que exageraba demasiado la noción de su propia importancia, si se considera lo huérfano que se encontraba de medios para sostenerla, algo mortificado con la respuesta del posadero, no dudó en valerse de una práctica bastante corriente en aquella época.
-Lleve a las damas -dijo- un frasco de Auvernat, con mis respetos, y diga que Quintín Durward, de la casa de Glen-Houlakin, caballero escocés, y ahora su huésped, desea lograr permiso para presentarle su homenaje en una entrevista personal.
El mensajero partió y volvió casi en el acto, haciendo constar el agradecimiento de las damas, que, por vivir en privado, no podían aceptar la visita del caballero escocés.
Quintín se mordió el labio y tomó una copa del rechazado Auvernat, que el patrón había colocado en la mesa.
«¡Vive el cielo, que ésta es una extraña comarca - se dijo a sí mismo-, en la que comerciantes y artesanos practican los modales y munificencia de los nobles, y damiselas viajeras, que hacen de una posada su corte y mantienen un rango cual princesas disfrazadas! Veré de nuevo a la doncella de rostro moreno o muy difícil la cosa será.»
Y después de tomar esta resolución pidió ser conducido a la habitación que le destinaban.
El posadero le condujo por una escalera de una torrecilla y después por una galería con muchas puertas que daban a ella, como las de las celdas de un convento, semejanza que nuestro joven héroe, que recordaba con gran fastidio una prueba temprana de vida monástica, estaba lejos de admirar.
El patrón se detuvo en el extremo de la galería, escogió una llave del gran manojo que pendía de su cinturón, abrió la puerta y mostró a su huésped el interior de una habitación en una torrecilla pequeña, limpia y aislada, y que, aunque provista de cama y otros muebles muy bien dispuestos, podía considerarse como una habitación de un palacete.
-Espero encontrará agradable esta habitación, señor -dijo el mesonero-. Tengo deber de complacer a todo amigo de maese Pedro.
-¡Oh, bendito chapuzón! -exclamó Quintín Durward, haciendo cabriolas tan pronto como su patrón se hubo retirado-. Nunca la buena suerte se presentó de mejor manera. Estoy satisfecho con mi buena estrella.
Mientras así hablaba se adelantó a la ventanita, la cual, como la torrecilla, sobresalía bastante de la fachada del edificio; no sólo dominaba su precioso jardín, algo extenso, que pertenecía a la posada, sino que permitía ver más allá de su límite un atrayente bosquecillo de esas moreras que había plantado maese Pedro para fomentar la cría del gusano de seda. Además, apartando la vista de estos objetos más remotos y mirando de costado a lo largo de la pared, resultaba opuesta la torre de Quintín a otra torre, y la pequeña ventana en que estaba permitía ver otra ventanita similar en un saliente correspondiente del edificio. Hubiera sido difícil para un hombre veinte años mayor que Quintín saber por qué esta torrecilla le interesaba más que el agradable jardín o el bosquecillo de moreras, pues ojos que cuentan con más de cuarenta años de uso miran con indiferencia a las ventanas de una torrecilla, aunque la celosía esté medio abierta para dejar paso al aire, mientras el postigo está medio cerrado para impedir el sol o quizá una mirada demasiado curiosa, y aunque en un costado de la ventana cuelgue un laúd en parte cubierto por un ligero velo de seda verde mar. Pero a la feliz edad de Durward tales accidentes, como un pintor los llamaría, son base suficiente para múltiples visiones y conjeturas misteriosas, a cuyo recuerdo el hombre maduro sonríe mientras suspira, y suspira mientras sonríe.
Como habrá de suponerse que nuestro amigo Quintín deseaba saber algo más de su bella vecina, la propietaria del laúd y del velo; como puede imaginarse que, por lo menos, estaba interesado en cerciorarse si no resultaría ser la misma persona a quien había visto servir humildemente a maese Pedro, se sobrentiende que no mostró un rostro curioso ni su persona de lleno en el marco de su ventana. Durward conocía bien el arte de cazar pájaros, y debió al hecho de mantenerse a un lado de su ventana, mientras miraba a través de la celosía, el placer de ver un brazo blanco, redondo y bello que descolgaba el instrumento, y el que sus oídos participasen, regocijados, con su diestro manejo.
La doncella de la torrecilla, del velo y del laúd cantaba precisamente la misma tonada que suponemos acostumbraba a fluir de los labios de las damas de linaje cuando caballeros y trovadores escuchaban y languidecían.
La letra no tenía tanto sentido, ingenio o fantasía como para distraer la atención de la música, ni la música tanto arte como para ahogar todo significado de las palabras. La una parecía amoldarse a la otra, y si el canto se hubiese recitado sin notas o la música interpretada sin palabras, no se hubiera notado el hecho. Por eso, apenas puede justificarse el repetir versos no compuestos para ser dichos o leídos y sólo para cantarlos. Pero tales restos de antigua poesía siempre han ejercido en nosotros una especie de fascinación, y como la música se ha perdido para siempre, a no ser que Bishop logre encontrar la notas o alguna alondra enseñe a Esteban a cantar la tonada, arriesgaremos nuestro crédito y el gusto de la doncella del laúd, conservando los versos, simples y rudos como son:
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¡Ah! Conde Guy, la hora se acerca; |
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El sol ha dejado la llanura; |
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La flor del naranjo perfuma el jardín; |
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La brisa sopla hacia el mar. |
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La alondra, que se pasó el día cantando, |
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Aguarda silenciosa la llegada de su pareja; |
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Brisa, pájaro y flor confiesan la hora; |
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Pero ¿dónde está el conde Guy? |
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La doncella de la aldea se desliza en la sombra |
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Para escuchar los cortejos de su zagal; |
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A una belleza tímida, tras alta reja, |
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Canta el caballero de alcurnia. |
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La estrella del amor, dominando a las estrellas, |
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Reina ya sobre cielos y tierra, |
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Y altos y bajos están bajo su influencia; |
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Pero ¿dónde está el conde Guy? |
Cualquiera que sea la idea que el lector se forme de esta letra sencilla, ejerció un gran efecto en Quintín, pues, unida a melodías celestiales, y cantada por una voz dulce y pastosa, llegando las notas mezcladas con las suaves brisas perfumadas del jardín, y permaneciendo oculta la casa de la cantante, aparecía todo ello envuelto en un velo de misteriosa fascinación.
Al final de la tonada, el joven no pudo contenerse en mostrarse más arriesgado que hasta ahora e hizo un rápido movimiento para ver más de lo que hasta entonces había podido descubrir. La música cesó al momento, cerraron la ventana, y una cortina obscura, echada por dentro, puso fin a todo nuevo intento de observación por parte del vecino en la torrecilla próxima.
Durward se molestó y quedó sorprendido de la consecuencia de su precipitación; pero se consoló con la esperanza de que la dama del laúd no podría tan fácilmente olvidar la práctica de un instrumento que tan familiar le parecía ni resolverse a renunciar al placer del aire puro y a una ventana abierta con el único fin egoísta de reservar para su propio oído los dulces sonidos que producía. Había quizá, y mezclado con estas consoladoras reflexiones, un ligero sentimiento de vanidad personal. Si, como astutamente sospechaba, había una doncella de hermosas trenzas negras en una de las torrecillas, no podía menos de percatarse que un galán hermoso, joven, atrayente e ingenioso, un caballero de suerte, era el que ocupaba la otra; y los romances, esos instructores prudentes, le habían enseñado de más joven que si las doncellas son tímidas, no carecen de curiosidad ni les falta interés para los asuntos de sus vecinos.
Mientras Quintín estaba embebido en estas sabias reflexiones, una especie de servidor o camarero de la posada le informó que un caballero que estaba abajo deseaba hablar con él.
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El guerrero
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Con extraños juramentos, y armado como el leopardo, |
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Buscando la falsa reputación |
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Aun en la boca del cañón. |
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As you like (13) it. (Como tú quieras.) |
El caballero que esperaba la bajada de Quintín Durward a la habitación en que había almorzado era uno de los que Luis XI había dicho hacía tiempo que tenían en sus manos la suerte de Francia, ya que a ellos estaba encomendada la custodia y protección directa de la persona real.
Carlos VI había fundado este célebre Cuerpo, los arqueros de la Guardia escocesa, como se llamaban, con mejor motivo del generalmente alegado para establecer junto al trono una guardia de tropas forasteras y mercenarias. Las divisiones, que le habían arrebatado más de la mitad de Francia, junto con la fidelidad inconstante e incierta de la nobleza, que aun reconocía su derecho, hacían poco político e inseguro el confiar su seguridad personal a la custodia de aquélla. La nación escocesa era el enemigo hereditario de los ingleses, antiguos y, al parecer, naturales aliados de Francia. Eran los escoceses pobres, valerosos y fieles; sus filas con seguridad estaban bien servidas con la población superabundante de su propio país, ya que ningún otro en Europa los enviaba más aventureros ni más valientes. Sus altas pretensiones de linaje les daba también mejor título para acercarse a la persona de un monarca que a otras tropas, mientras el número, relativamente restringido, de ellos prevenía la posibilidad de que se rebelasen y se hiciesen amos donde debían actuar de servidores.
Por otro lado, los monarcas franceses seguían la política de lograr el afecto de este selecto cuerpo de extranjeros, concediéndoles honores y privilegios y buena paga, de la que la mayoría de ellos disponían con liberalidad militar en sostener su supuesto rango. Cada uno de ellos estaba considerado como un caballero en su profesión, y su proximidad a la persona del rey les dignificaba a sus propios ojos, así como les daba importancia ante la nación francesa. Estaban suntuosamente armados, equipados y montados, y todos tenían autorización para tener un escudero, un criado, un paje y dos ayudantes, uno de los cuales era llamado coutelier, por el gran cuchillo que llevaba para dar cuenta de aquellos que en la mêlée habían sido arrojados a tierra por su amo. Con este séquito y su correspondiente equipaje resultaba un arquero de la Guardia escocesa persona de calidad e importancia; y como las vacantes se proveían generalmente con aquellos que se habían impuesto en el servicio como pajes o criados, los jóvenes de las mejores familias escocesas eran enviados a menudo para servir con algún amigo y pariente en esos menesteres hasta que les tocase un turno de ingreso.
El coutelier y su compañero, al no ser nobles ni susceptibles de ser ascendidos de ese modo, se reclutaban entre personas de inferior categoría; pero como su paga y gajes eran excelentes, sus amos podían fácilmente escoger entre sus compatriotas sin colocación los más fuertes y valerosos para que les sirvieran en esta profesión.
Ludovico Lesly o, como más frecuentemente le llamaremos, Le Balafré, por cuyo nombre se le conocía de ordinario en Francia, rebasaba los seis pies de estatura y era robusto, de cuerpo macizo y de rostro feo, cuyo detalle resultaba más manifiesto por una espantosa cicatriz que, comenzando en la frente y dejando, por milagro, a salvo su ojo derecho, había dejado al descubierto el pómulo y descendía por allí casi al lóbulo de la oreja, produciendo un profundo costurón, que unas veces estaba escarlata, en ocasiones azul y otras casi negro, pero siempre repugnante, pues variaba a tono con la expresión del rostro en cualquier estado en que éste se encontrase, bien agitado o tranquilo.
Su traje y armas eran espléndidos. Llevaba la gorra nacional, coronada con un penacho de plumas y con un broche de plata maciza con la Virgen María. Estos broches habían sido regalados a la Guardia escocesa por deseo del rey, en uno de sus accesos de piedad supersticiosa, que consagró las espadas de su guardia al servicio de la Santa Virgen, y según algunos dicen, llevó el asunto tan lejos, que nombró capitana generala a Nuestra Señora. La gola, armadura y manopla del arquero eran del acero más fino, con incrustaciones de plata, y su cota de malla era tan clara y brillante como la capa de escarcha de una mañana de invierno sobre los helechos. Llevaba una casaca o sobrevesta suelta, de rico terciopelo azul, abierto en los costados, como la de un heraldo, con una gran cruz blanca de San Andrés, de plata, bordada por delante y por detrás; sus rodillas y piernas estaban protegidas con calzones de malla y zapatos de acero; un ancho y fuerte puñal (llamado la Mercy of God) colgaba del costado derecho; la banda para la espada, de doble empuñadura, ricamente bordada, colgaba de su hombro izquierdo; pero por comodidad llevaba en aquella ocasión en la mano aquella pesada arma, que el reglamento le impedía poner aparte.
Aunque Quintín Durward, como los jóvenes escoceses de aquella época, estaba desde pequeño acostumbrado a las cosas militares, pensó que nunca había visto un militar de aspecto más marcial o mejor equipado que el que ahora le saludaba personificado en su tío y llamado Ludovico el de la Cicatriz o Le Balafré; no obstante, no pudo por menos de impresionarse un poco con la disforme expresión de su rostro, mientras con sus ásperos bigotes rozaba primero uno y luego el otro carrillo de su pariente, daba la bienvenida a Francia a su sobrino y preguntaba al mismo tiempo qué noticias tenía de Escocia.
Pocas noticias buenas, querido tío -replicó el joven Durward-; pero me alegra ver que me reconoció en seguida.
-Te hubiera conocido, muchacho, en las landes de Bordeaux si te hubiera encontrado marchando como una grulla sobre un par de zancos (14). Pero siéntate, siéntate; si hay penas que oír, encargaremos vino para ayudarnos a sobrellevarlas. ¡Eh, viejo tacaño, nuestro buen patrón, tráiganos del mejor y al instante!
El acento bien perceptible del francés hablado por un escocés era tan familiar en las tabernas cerca de Plessis como el del francés de un suizo en las modernas guingettes de París; y pronto, con la rapidez, ¡ay!, del miedo y el azoramiento, fué oído y obedecido. Una botella de champagne fué puesta ante ellos, de la que el mayor tomó un trago, mientras el sobrino se ayudaba con un sorbo moderado, para corresponder a la cortesía de su tío, dando por excusa que ya había bebido vino por la mañana.
-Eso hubiera sido una buena excusa en boca de tu hermana, querido sobrino -dijo Le Balafré-; temerías menos al vino si gastases barba y te alistases como soldado. Pero vamos, vamos, destapa tu saco de noticias escocesas; hábleme de Glen-Houlakin. ¿Cómo está mi hermana?
-Muerta, querido tío -contestó con tristeza Quintín.
-¡Muerta! -repitió su tío con tono más de sorpresa que de simpatía-. Y era cinco años más joven que yo, y nunca en mi vida estuve mejor. ¡Muerta! La cosa parece imposible. Nunca padecí más allá de una jaqueca después de haber pillado borracheras en compañía de mis hermanos de carrera durante los dos o tres días de licencia. ¡Y mi pobre hermana está muerta! Y tu padre, querido sobrino, ¿se ha casado de nuevo?
Y antes que el joven pudiese responder leyó la respuesta en su sorpresa a la pregunta, y dijo:
-¡Cómo! ¿No? Hubiera jurado que Allan Durward no era hombre para vivir sin una esposa. Le gustaba tener su casa en orden; amaba también cuidar de una bonita mujer, y al mismo tiempo era metódico para vivir; todo esto lo tenía en el matrimonio. Ahora bien; a mí me importan poco estas comodidades, y puedo mirar a una mujer bonita sin pensar en el sacramento del matrimonio; no soy lo bastante bueno para merecerlo.
-¡Ay, querido tío! Mi madre quedó viuda hace un año, cuando Glen-Houlakin fué robado por los Ogilvies. Mi padre, mis dos tíos, y mis dos hermanos mayores, siete de mis parientes, y el arpista, y el mayordomo, y seis más de los nuestros murieron defendiendo el castillo, y no hay hogar encendido ni piedra en pie en todo Glen-Houlakin.
-¡Cruz de San Andrés! -dijo Le Balafré- ¡Eso es una verdadera carnicería! ¡Ay, esos Ogilvies fueron siempre malos vecinos de Glen-Houlakin! Fué mala suerte; pero azares de la guerra, al cabo. ¿Cuándo ocurrió esta desgracia, querido sobrino?
Diciendo esto tomó un buen trago de vino y movió su cabeza con mucha solemnidad cuando su pariente respondió que su familia había sido aniquilada en la fiesta última de San Judas celebrada.
-Escucha -dijo el soldado-; dije que fué cuestión de suerte; en ese mismo día, yo y veinte de mis camaradas asaltamos el castillo de Rochenoir y lo conquistamos a Amaury Bras-de-fer, un capitán de lanceros voluntario, de quien habrás oído hablar. Yo le maté en la misma entrada y gané el suficiente oro para mandar hacer esta hermosa cadena, que antes era de doble longitud que ahora; y esto me recuerda que tengo que enviar parte de ella en un mensaje sagrado. ¡Venga, Andrés, Andrés!
Andrés, su ayudante, entró, vestido como el mismo arquero en general, pero sin armadura para las extremidades; la del cuerpo era de manufactura más basta, la gorra no tenía pluma y la casaca estaba hecha de sarga o tela ordinaria en vez de rico terciopelo. Desenrollando de su cuello la cadena de oro, Balafré separó unas cuantas pulgadas de uno de sus extremos con sus firmes y bien dispuestos dientes, y dijo a su ayudante:
-Andrés, lleva esto a mi compadre, el rollizo padre Bonifacio, el monje de San Martín. Salúdale en mi nombre y dile que mi hermano y hermana y otros cuantos de mi casa están todos muertos, y que le ruego diga misas por sus almas hasta donde permita el valor de estos eslabones, y que haga cuanto sea necesario para librarles del purgatorio. Y adviértele que, como era gente buena y libres de toda herejía, es probable que estén próximos a salir ya del purgatorio, de modo que con poco se verán libres de sus tormentos; y en ese caso le dices que deseo que lo que sobre del oro entregado se emplee en maldiciones sobre una generación llamada los Ogilvies, de Angusshire, en la forma en que mejor la Iglesia juzgue oportuno. ¿Comprendes todo lo que te digo?
El coutelier afirmó que sí.
-Entonces, procura que ninguno de los eslabones vayan a parar a la taberna antes de que el monje los toque, pues si eso sucediese probarás el gusto de unos correazos hasta que te veas despellejado como San Bartolomé. Detente, sin embargo; veo tus ojos fijos en la copa de vino, y no te marcharás sin probarlo.
Al decir esto, llenó para él hasta el borde una copa, que el coutelier bebió, retirándose después para cumplimentar el encargo de su jefe.
-Y ahora, querido sobrino, déjame escuchar cuál fué tu suerte en este asunto desgraciado.
-Peleé junto a aquellos que eran más viejos y fuertes que yo, hasta que todos caímos -dijo Durward-, y recibí una cruel herida.
-No sería peor que la que yo recibí hace diez años -dijo Le Balafré-. Mira ahora a esto, querido sobrino -señalando a la cicatriz rojo obscura impresa en su cara-. Una espada de los Ogilvies nunca trazó un surco tan profundo.
-Trazaron bastantes -contestó Quintín tristemente-; pero se cansaron al final, y los ruegos de mi madre lograron clemencia para mí cuando me encontraron con señales de vida; pero aunque un monje erudito de Aberbrothick, que teníamos casualmente de huésped en la ocasión fatal, y por milagro se salvó de no ser muerto en la refriega, le fué permitido que vendase mis heridas y luego me trasladase a un sitio seguro, fué sólo bajo promesa, dada a la vez por mi madre y él, que me haría monje.
-¡Monje! -exclamó el tío- ¡Bendito San Andrés, eso nunca me sucedió! Nadie desde mi niñez soñó con hacerme monje. Y, sin embargo, me admiro con sólo la idea, pues estarás conforme en que, exceptuando la lectura y la escritura, que nunca pude aprender, y los salmos, que nunca pude soportar, y el traje, que es el de un mendigo loco, ¡la Virgen me perdone! -al decir esto se santiguó-, y sus ayunos, que no armonizan con mi apetito, hubiera hecho un monje tan bueno como mi pequeño compadre allá en San Martín. Pero no sé por qué nadie me propuso nunca semejante cosa. Bien; tenías que hacerte monje, ¿y por qué, me puedes decir?
-Para que concluyese la casa de mi padre, bien en el claustro o en la tumba -contestó Quintín con profundo sentimiento.
-Ya veo -contestó su tío-, comprendo. ¡Pillos redomados, muy pillos! Podían, sin embargo, resultar chasqueados, pues yo mismo recuerdo, querido sobrino, al canónigo Robersart, que había hecho los votos, y después salió del claustro y llegó a ser capitán de los compañeros voluntarios. Tuvo una querida, la moza más linda que recuerdo, y tres niños preciosos. No hay que fiarse de los monjes, querido sobrino; no fiarse de ellos; pueden hacerse soldados y padres cuando menos lo espera uno; pero sigue con tu historia.
-Poco más tengo que decir -dijo Durward-, excepto que, considerando que mi pobre madre respondía en cierto modo por mí, me decidí a vestir el hábito de novicio y a resignarme a las reglas del claustro, y aun aprendí a leer y escribir.
-¡A leer y escribir! -exclamó Le Balafré, que pertenecía a esa clase de individuos que juzgan milagroso toda clase de conocimientos que excedan de los suyos- ¡A escribir, dices, y a leer! No puedo creerlo; nunca pudo un Durward escribir su nombre, que yo sepa, ni los Lesly tampoco. Puedo responder de uno de ellos: me es tan imposible escribir como volar. Ahora dime, ¡por San Luis!, ¿cómo te enseñaron?
-Fué trabajoso al principio -dijo Durward-, pero con la costumbre se hizo más fácil; yo estaba débil de mis heridas y pérdida de sangre y deseoso de corresponder a mi salvador, el padre Pedro, y así me dediqué con más asiduidad a mi tarea. Pero después de varios meses de decaimiento mi buena madre murió, y como mi salud estaba ya recuperada de lleno, comuniqué a mi bienhechor, que era también subprior del convento, mi repugnancia a hacer los votos, y convinimos, ya que mi vocación no me llamaba al claustro, que retornase al mundo a buscar fortuna, y para evitar al subprior que incurriese en la cólera de los Ogilvies mi partida tendría la apariencia de una fuga, y para más propiedad llevé conmigo el halcón del abad. Pero fuí despedido con arreglo a los cánones, según lo comprueba la escritura y el sello del propio abad.
-Eso está bien, eso está bien -dijo su tío-. Nuestro rey se preocupa poco de cualquier otro robo que hayas podido cometer; pero tiene horror a nada que se parezca a un quebrantamiento de clausura. Y aseguraría que no dispones de mucho dinero para subvenir a tus gastos.
-Sólo unas cuantas piezas de plata -dijo el joven-, pues a vos, querido tío, debo hacer una confesión sincera.
-¡Ay! -replicó Le Balafré-, eso es triste. Ahora bien; aunque no atesoro mi paga, porque no resulta tener deudas contraídas en estos tiempos peligrosos, siempre dispongo, y te aconsejo sigas mi ejemplo, de alguna buena cadena de oro, o brazalete o collar de piedras preciosas, que sirve para el ornato de mi persona, y pueden, en caso necesario, suprimiendo uno o dos eslabones superfluos o una piedra sobrante, satisfacer con su venta a una necesidad perentoria. Pero puedes preguntar, querido pariente, qué has de hacer para lograr juguetes como éste -agitó su cadena con complacencia manifiesta-. No cuelgan en todos los arbustos; no crecen en los campos, como los narcisos, con cuyos tallos los niños hacen collares de caballeros. ¿Dónde entonces? Puedes lograrlo como yo lo logré, al servicio del buen rey de Francia, donde siempre se encuentra riqueza si un hombre tiene corazón para buscarla, arriesgando un poco su vida.
-Tengo entendido -dijo Quintín, evadiendo una decisión para la que aún se sentía apenas competente- que el duque de Borgoña mantiene un Estado más noble que el rey de Francia, y que hay más honra que ganar bajo sus banderas, que allí se dan buenos golpes y se realizan hechos de armas, mientras el cristianísimo rey, según dicen, gana sus victorias con las palabras de sus embajadores.
-Hablas como un niño tonto, querido sobrino -contestó el de la cicatriz-; y, sin embargo, pienso que cuando vine aquí era lo mismo de simple: no podía pensar nunca en un rey sin suponerle bien sentado bajo un alto dosel y festejándose entre encopetados vasallos y paladines, comiendo blackmanger, con una gran corona de oro sobre su cabeza, o bien cargando a la cabeza de las tropas, como Carlomagno en los romances, o como Roberto Bruce o Guillermo Wallace en nuestras propias leyendas, tales como Barbour y el Trovador. Escucha atento, hombre; todo son reflejos de la luna en el agua. Política, política para todo. ¿Pero qué es política?, dirás. Es un arte que este nuestro rey francés ha inventado para luchar con las espadas de otros hombres y para pagar sus soldados con el dinero de otros hombres. ¡Ah!, es el príncipe más sabio que gastó púrpura en su espalda, y, no obstante, no acostumbra a prodigarla; le veo a menudo ir más sencillo de lo que a mí mismo me hubiera parecido prudente aparentar.
-Pero no se pone usted en mi caso, querido tío -contestó el joven Durward- Prestaría servicio, ya que tengo que servir en tierra extranjera, en algún sitio en el que tuviese ocasión de realizar una brava hazaña que me diese un nombre.
-Te comprendo, querido sobrino -dijo el guerrero a las órdenes del rey-, comprendo tu deseo; pero no estás bien enterado de lo que ocurre. El duque de Borgoña es un hombre impetuoso, violento, testarudo e imprudente. Carga a la cabeza de sus nobles y caballeros, sus vasallos de Artois y Hainault. ¿Piensas que si estuvieses allí, o yo mismo estuviera, podríamos aventajar en el ataque al duque y a todos los bravos nobles de su país? Si no estuviésemos a su altura teníamos probabilidad de ser entregados en manos del capitán preboste, por negligencia; si les igualamos, se nos juzgaría bien y se pensaría que merecíamos nuestras pagas, y en el caso de distinguirme mucho en el frente, lo que es a la vez difícil y peligroso en tal mêlée, en la que todos hacen lo que puedan, mi lord el duque diría, en su lengua flamenca, cuando viese dar un buen golpe: «¡Ah, gut getrofen!, buena lanzada, bravo escocés; denle un florín para que beba a nuestra salud»; pero ni rangos, ni tierras, ni tesoros logra el extranjero en tal servicio. Todo va a los hijos del país.
-¿Y adónde debería ir, querido tío? -preguntó el joven Durward.
-Al que protege a los hijos del país -dijo Balafré estirando su gigantesca figura-. Así habla el rey Luis: «Mi buen aldeano francés, mi honrado Jacques Bonhomme, dedícate a tus herramientas, a tu arado, a tu rastrillo, a tu podadera y a tu azada; aquí está mi valiente escocés, que luchará por ti, y sólo tendrás la molestia de pagar por él. Y vosotros, mi serenísimo duque, mi ilustre conde y mi poderoso marqués, reserven su fiero valor hasta que haga falta, pues es posible que se desmande y vaya contra su dueño; aquí están mis compañías aguerridas, aquí mis guardias franceses, aquí, sobre todo, mis arqueros escoceses y mi honrado Ludovico el de la Cicatriz, que pelearán, tan bien o mejor que vosotros, con todo ese valor indisciplinado que en tiempo de vuestros padres malgastaron Cressy y Agincour.» Ahora, ¿no llegas a ver en cuál de estos Estados un caballero de suerte alcanza el más alto rango y percibe el máximo honor?
-Me parece entenderle, querido tío -contestó el sobrino-; pero, a mi modo de ver, el honor no se puede ganar donde no hay riesgo. Seguramente resulta -le ruego me perdone- una vida fácil y casi perezosa montar una guardia junto a un hombre de edad a quien nadie juzga capaz de hacer daño; pasar los días de verano y las noches de invierno en aquellas murallas, y encerrado todo el tiempo en cobijos de hierro por temor de que uno deserte su puesto, tío, tío, eso es comparable al halcón sobre su percha, que nunca vuela libre sobre los campos.
-¡Por San Martín de Tours, el niño tiene coraje! Síntoma legítimo de ser un Lesly; se parece mucho a mí, aunque siempre con algo más de bobería. Escucha, joven -viva largos años el rey de Francia-: apenas pasa día sin que haya que desempeñar una comisión, en la que alguno de sus partidarios ganen a una crédito y dinero. No pienses que las hazañas más bravas y peligrosas son hechas a la luz del día. Podría enumerarte algunas, tales como escalo de castillos, captura de prisioneros y hechos parecidos, en las que un innominado corre mayor peligro y alcanza mayor favor que cualquier desesperado en el séquito del alocado Carlos de Borgoña. Y si a Su Majestad le agrada quedarse atrás, a retaguardia, mientras se realizan tales acciones, dispone de más tranquilidad de espíritu para admirar, y de mayor liberalidad para recompensar a los aventureros, cuyos peligros, quizá, y cuyos hechos de armas puede mejor juzgar que si él mismo hubiese participado personalmente en ellos. ¡Oh, es un monarca sagaz y eminentemente político!
Su sobrino calló unos momentos, y luego dijo en tono bajo pero impresionante:
-El buen padre Pedro acostumbraba a decirme que podía haber mucho peligro en hazañas con las que se lograba poca gloria. No necesito decirle, querido tío, que no quiero dudar que estas comisiones secretas deben de ser honrosas.
-¿Por quién o por qué me tomas, querido sobrino? -dijo Balafré algo en serio-; no he sido educado en el claustro ni sé leer ni escribir. Pero soy el hermano de tu madre; soy un Lesly leal. ¿Crees que sería capaz de recomendarte nada indigno? El primer caballero de Francia, el propio Du Gueselin, si viviese, estaría orgulloso de clasificar mis hazañas entre sus hechos de armas.
-No puedo dudar de su buena fe, querido tío -dijo el joven-; es usted el único consejero que la adversidad me ha dejado. ¿Pero es verdad, como se dice, que este rey tiene aquí en este castillo de Plessis una corte reducida? Sin nobles ni cortesanos, sin que le acompañe ninguno de sus grandes feudatarios, ninguno de los altos oficiales de la corona; con sports medio solitarios, compartidos sólo con los sirvientes de su servidumbre; con Consejos secretos, a los que sólo son invitados hombres obscuros y de baja categoría; en la que la nobleza y el rango son despreciados, y los hombres elevados desde los orígenes más modestos al favor real; todo esto parece irregular, no se asemeja a las costumbres de su padre, el noble Carlos, que arrancó de las garras del león inglés este reino de Francia ya casi conquistado.
-Hablas como un niño veleidoso -dijo Le Balafré-, y aun como niño, insistes en los mismos temas desde puntos de vista diferentes. Mira: si el rey emplea a Oliver Dain, su barbero, para hacer lo que Oliver puede hacer mejor que ninguno de los pares, ¿no es el rey el ganancioso? Si pide a su fornido capitán-preboste, Tristán, que arreste a tal o cual vecino sedicioso, que se apodere de tal o cual noble turbulento, el hecho se realiza, y se acabó; mientras que si la comisión fuese dada a un duque o par de Francia, quizá correspondiese éste desafiando al rey. Si, de nuevo, al rey le agrada dar al sencillo Ludovico Le Balafré una comisión que éste ejecuta, en lugar de emplear al gran condestable, que quizá la traicione, ¿no demuestra en ello sabiduría? Sobre todo, ¿no conviene mejor un monarca de estas condiciones a caballeros de fortuna, que pueden acudir adonde mejor sean apreciados sus servicios y en donde con más frecuencia sean requeridos? No, no, niño; te digo que Luis sabe cómo escoger sus confidentes y qué encargarles, sabiendo adjudicar a cada uno lo suyo. No es como el rey de Castilla, que se ahogaba de sed porque el gran despensero no estaba junto a él para alargarle su copa. Pero oigo la campana de San Martín. Debo volver de prisa al castillo. Adiós, que te cuides, y mañana a las ocho de la mañana preséntate delante del puente levadizo y pregunta al centinela por mí. ¡Ten cuidado de no desviarte de la senda frecuentada al aproximarte al pórtico! Hay tales trampas y atrapapiernas, que podía costarte una, que perderías lastimosamente. Verás al rey y aprenderás a juzgarle por ti mismo; adiós.
Diciendo esto, partió deprisa Balafré, olvidando en su precipitación pagar el vino que había encargado, falta de memoria inherente a personas de su calidad, y a la cual el posadero, sobrecogido quizá por la gorra oscilante y la pesada espada de doble empuñadura, no hizo el menor intento de subsanar.
Podía esperarse que cuando Durward se quedase solo se volvería de nuevo a su torrecilla para vigilar la repetición de aquellos deliciosos sonidos que le habían hecho soñar por la mañana. Pero eso fué un capítulo romántico, y la conversación de su tío le había puesto delante de un episodio real de la vida. No era agradable, y por el momento los recuerdos y reflexiones que suscitó dominaron a los otros pensamientos, y especialmente a todos los de índole ligera y romántica.
Quintín se decidió a dar un paseo solitario por las orillas del rápido Cher, habiéndose antes informado por el posadero por qué camino podía pasar sin miedo a una interrupción desagradable de los cepos y trampas, y allí trató de ajustar sus pensamientos alborotados y de reflexionar en sus futuros movimientos, en los que el encuentro con su tío había arrojado alguna duda.
Los bohemios
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Dió brincos y vueltas |
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Bajo el árbol de la horca. |
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Antigua canción. |
La educación que había recibido Quintín Durward no era la más adecuada para ablandar el corazón ni para mejorar sus sentimientos. El, lo mismo que los demás de su familia, habían sido instruídos en la caza como una diversión y aprendieron que la guerra era la única ocupación seria, y que el gran deber de sus vidas era aguantar tenazmente y responder con fiereza a los ataques de sus enemigos feudales, por los que su raza había sido casi aniquilada. Y, sin embargo, había mezclado con estas pendencias un espíritu de ruda caballerosidad y aun de cortesía que mitigaban su rigor, de suerte que la venganza, su única justicia, se llevaba a cabo con algo de humanidad y generosidad. Las lecciones del digno anciano monje, mejor aprovechadas sin duda durante un proceso de adversidad y larga enfermedad que lo hubiesen sido en plena salud y éxito, habían proporcionado al joven Durward un conocimiento más íntimo de los deberes de humanidad para el prójimo; y si se tiene en cuenta la ignorancia de la época, los prejuicios generales a favor de una vida militar y el modo como él mismo había sido educado, resultaba el joven mejor dispuesto para apreciar con más propiedad los deberes morales propios de su edad de lo que era corriente en aquellos tiempos.
Reflexionó en su entrevista con su tío con un sentimiento de perplejidad y desengaño. Sus esperanzas habían sido muchas, pues aunque no cruzaba cartas con su tío, un peregrino, o un traficante aventurero, o un soldado tullido traían de vez en cuando referencias de Lesly a Glen-Houlakin, y todas se mostraban conformes en alabar su indomable valor y sus triunfos en muchas empresas que su amo le había confiado. La imaginación de Quintín se había representado el cuadro a su modo y equiparado a su afortunado y venturoso tío (cuyas hazañas no resultarían probablemente rebajadas en el relato) a alguno de los campeones y caballeros andantes que cantan los trovadores y que ganan coronas o hijas de reyes con la ayuda de la espada y de la lanza. Se veía ahora obligado a clasificar a su pariente en nivel inferior en la escala de los caballeros; pero ofuscado por el respeto debido a los padres y a los que se les aproximan en parentesco -inclinado a su favor por tempranos prejuicios-, sin experiencia además, y apasionado por la memoria de su madre, no vió en el único hermano de esta persona tan querida cuál era su verdadero carácter, que no era otro que el de un común soldado mercenario, ni peor ni mejor que muchos de análoga profesión cuya presencia contribuía al estado revuelto de Francia.
Sin ser sanguinariamente cruel, era indiferente Le Balafré, por costumbre, a la vida humana y a los sufrimientos de los mortales; era profundamente ignorante, ansioso de botín, poco escrupuloso en cuanto a los medios de adquirirlos, y liberal para gastarlo en la satisfacción de sus pasiones. El hábito de atender exclusivamente a sus propias necesidades o intereses le había convertido en uno de los animales más egoístas del mundo, de modo que apenas era capaz, como el lector habrá observado, de meterse a fondo en ningún asunto sin pensar lo que ganaría en él. A esto debe agregarse que el círculo limitado de sus deberes y sus placeres habían gradualmente reducido sus pensamientos, esperanzas y deseos, y apagado en cierto modo su espíritu independiente en busca de honores y su deseo de distinguirse en hechos de armas, que en otros tiempos animaban su juventud. Balafré era, en una palabra, un soldado activo, endurecido, egoísta y de poca inteligencia; atrevido y dispuesto para el cumplimiento de su deber, aunque conociendo pocos asuntos aparte de éste, excepto el cumplimiento formal de una devoción sencilla, aliviada con alguna francachela ocasional con el hermano Bonifacio, su camarada y confesor. Si su talento hubiese sido de carácter más general probablemente hubiera sido promovido a algún cargo importante, pues el rey, que conocía personalmente a cada soldado de su guardia, tenía mucha confianza en el valor y fidelidad de Balafré; y además el escocés tenía la bastante sabiduría o astucia para comprender perfectamente las peculiaridades de ese soberano. Con todo, su capacidad era demasiado limitada para admitir su ascenso a categoría superior, y aunque alabado y favorecido por Luis en muchas ocasiones, Balafré continuó siendo un mero guardián de vida o arquero escocés.
Sin alcanzar a comprender el verdadero carácter de su tío, Quintín se sorprendió de su indiferencia por el aniquilamiento catastrófico de toda la familia de su cuñado, y no pudo dejar de sorprenderse de que un pariente tan cercano no le ofreciese el auxilio de su dinero, pues, a no haber sido por la generosidad de maese Pedro, se hubiera visto en la necesidad de pedírselo descaradamente. Hizo a su tío la injusticia de suponer que esta falta de atención a sus necesidades probables era debida a la avaricia. Como en aquel momento no le precisaba dinero a Balafré, no se le ocurrió que su sobrino pudiese necesitarlo; por otra parte, consideraba a un pariente cercano como una cosa tan suya, que hubiera hecho lo posible por la felicidad de su sobrino vivo como había tratado de hacer con la hermana difunta y su marido. Pero por el motivo que fuese el descuido era muy desagradable para el joven Durward, y más de una vez echó de menos no haber entrado al servicio del duque de Borgoña antes de pelearse con su guardabosque. «Como quiera que me hubiese ido -pensó para sí-, siempre me hubiera podido consolar con la reflexión de que en el caso de salirme mal las cosas tenía un amigo de verdad en la persona de mi tío. Pero ya le he visto, y ¡ay de mí!, he encontrado más ayuda en un simple desconocido comerciante que en el propio hermano de mi madre, mi paisano y un caballero. Se diría que la cuchillada que ha borrado todo atractivo a su rostro ha sido causa de que se vaya de su cuerpo toda gota de sangre noble.»
Ahora sentía Durward no haber tenido una oportunidad de mencionar a Le Balafré el nombre de maese Pedro con la esperanza de obtener algún nuevo informe de ese personaje; pero las preguntas de su tío se habían sucedido rápidas, y la llamada de la gran campana de San Martín de Tours había interrumpido algo bruscamente su conferencia. «Ese anciano, se dijo a sí mismo, era áspero o impertinente en apariencia, mordaz y desdeñoso en el lenguaje, pero generoso y liberal en sus acciones, y le prefería a su pariente indiferente. Lo que dice nuestro viejo proverbio escocés: «Es preferible un forastero amable que un pariente poco amable (15)». Buscaré a ese hombre, lo que me imagino no será empresa difícil, ya que, según mi posadero, es persona de gran posición. El me aconsejará, por lo menos, y si va a países extranjeros, como muchos como él hacen, puede que éste sea un servicio tan venturoso como el que desempeñan los soldados que guardan al rey Luis.»
Mientras Quintín acariciaba esta idea, una voz que provenía de lo más íntimo de su corazón le sugirió que quizá la dama de la torrecilla, la del velo y laúd, participaría de ese venturoso viaje.
En tanto el joven escocés hacía estas reflexiones, encontró a dos hombres de aspecto grave, ciudadanos en apariencia de Tours, a quienes, quitándose la gorra con el respeto que los jóvenes deben a las personas mayores, preguntó que le diesen las señas de la casa de maese Pedro.
-¿La casa de quién, joven? -dijo uno de los viandantes.
-De maese Pedro, el gran comerciante en sedas, que plantó todas las moreras en aquel parque -dijo Durward.
-Joven -dijo el que estaba más próximo a él-, has escogido oficio de haragán demasiado pronto.
-Y has equivocado las personas con las que ejercitas tus bobadas -dijo el más alejado aun con mayor aspereza- El síndico de Tours no está acostumbrado a que le hablen de este modo los bufones vagabundos de países extranjeros.
Quintín se sorprendió tanto por la ofensa impremeditada que estas dos personas, de aspecto decente, habían querido ver en una pregunta simple y cortés, que olvidó enfadarse con lo intempestivo de la respuesta y se quedó mirándoles mientras marchaban con paso acelerado, volviendo con frecuencia la cabeza atrás como si estuvieran deseando perderle pronto de vista.
Después encontró a una partida de vendimiadores, a los que hizo la misma pregunta; y por respuesta le preguntaron si a quien buscaba era al maestro Pedro el profesor de escuela, o al maestro Pedro el carpintero, o al maestro Pedro el pertiguero, o a otra media docena de maestros Pedro. Como ninguno de éstos correspondía a las señas de la persona por la que preguntaba, los campesinos le acusaron de burlarse de ellos impertinentemente y le amenazaron con caer sobre él en pago a su burla. El de más edad entre ellos, que tenía alguna influencia sobre los demás, consiguió que desistiesen de los procedimientos violentos.
-Ya veis por su modo de hablar y por su gorra -dijo- que es uno de los montañeses forasteros que han venido a nuestro país y a quienes algunos llaman magos y adivinos, y otros, juglares, y cosas parecidas, y nadie sabe qué mañas se gastan entre ellos. He oído decir de uno que dió un tejón por darse un atracón de uvas en la viña de un pobre hombre, comió tantas como para llenar una carretilla, y ni por acaso tuvo que desabrocharse un botón de su coleto, así es que déjenle marchar sin incomodarle, y que siga su camino, y nosotros el nuestro. Y tú, amigo, si quieres salir bien librado, camina tranquilamente, en nombre de Dios, de nuestra Señora de Marmontier y de San Martín de Tours, y no nos molestes más con tu maese Pedro, que debe llevar otro nombre.
El escocés, comprendiendo que llevaba las de perder, juzgó más prudente proseguir su paso sin contestar; pero los campesinos, que al pronto se apartaron de él con horror por sus supuestas artes de brujería y de devorador de uvas, se envalentonaron cuando se distanciaron un poco, y profiriendo gritos y maldiciones, los recalcaron con una lluvia de piedras, aunque a tal distancia que no hicieron daño al objeto de su enojo. Quintín, mientras proseguía su paso, comenzó a pensar, a su vez, o que estaba bajo la influencia de un encanto, o que la gente de Turena era la más brutal, estúpida e inhospitalaria de Francia. El primer incidente que observó a continuación no contribuyó a disminuir su opinión.
En una pequeña eminencia que se elevaba sobre el rápido y hermoso Cher, en línea recta con la senda que seguía, aparecían situados tan felizmente dos o tres castaños grandes, que formaban un grupo notable y que llamaba la atención; y junto a ellos había de pie tres o cuatro campesinos, inmóviles, con la vista hacia arriba, y fija aparentemente en algún objeto entre las ramas del árbol próximo a ellos. Las meditaciones de la juventud raras veces son tan profundas como para no ceder al menor impulso de curiosidad, con la misma facilidad que una piedra, que se cae casualmente de la mano, rompe la superficie de un límpido arroyo. Quintín aceleró su paso y recorrió de prisa la cuesta de subida con tiempo para presenciar el espantoso espectáculo que llamaba la atención de esos espectadores el cual era nada menos que el cuerpo de un hombre, en las convulsiones de la última agonía, suspendido de una de las ramas.
-¿Por qué no cortan la cuerda y le echan abajo? -dijo el joven escocés, cuya mano estaba siempre dispuesta lo mismo a prestar auxilio a los afligidos que a mantener su propio honor cuando lo juzgaba atropellado.
Uno de los campesinos, mirándole muerto de miedo y con la cara pálida como la arcilla, señaló una marca grabada en la corteza del árbol, que tenía la misma grosera apariencia de una flor de lis, que ciertos rasgos talismánicos bien conocidos de nuestros oficiales de renta tienen con una flecha tosca. Sin comprender la significación ni la importancia de este signo, el joven Durward saltó, ligero como el lince, sobre el árbol, sacó de su bolsillo el instrumento más necesario a un montañés o leñador, el indispensable skene dhu (16), y gritando a los de abajo que recibiesen el cuerpo en sus manos, cortó la cuerda en dos, sin que hubiese transcurrido un minuto desde que se dió cuenta del caso.
Pero su humanidad fué mal correspondida por los espectadores. Lejos de prestar ninguna ayuda a Durward, parecían aterrorizados de la audacia de su acción, y huyeron a una como si temiesen que sólo su presencia pudiera considerarse como complicidad en acción tan atrevida. El cuerpo, sin apoyo por abajo, cayó pesadamente a tierra, de tal suerte que Quintín, que en seguida se tiró, tuvo la tristeza de ver que las últimas chispas de vida habían desaparecido. No abandonó su intención caritativa, sin embargo, sin más esfuerzos. Libertó el cuello del desgraciado infeliz del lazo fatal, soltó el justillo, salpicó la cara con agua y puso en práctica todos los remedios usuales para devolver la vida.
Mientras estaba ocupado en esta tarea humanitaria, un rumor confuso de voces, hablando un lenguaje desconocido, surgió a su alrededor, y apenas tuvo tiempo de observar que estaba rodeado por varios hombres y mujeres de aspecto singular y extraño, pues fué de pronto sujeto por ambos brazos y amenazado su cuello con un cuchillo.
-¡Pálido esclavo de Eblis! -dijo un hombre en francés incorrecto-, ¿estás robando al que has asesinado? Pero te hemos cogido y las pagarás.
Dichas estas palabras, surgieron cuchillos contra él por todas partes, y los rostros torvos y mal encarados que le miraban parecían los de lobos dispuestos a precipitarse sobre su presa.
El valor y la presencia de ánimo del joven escocés vinieron en su ayuda.
-¿Qué pretenden ustedes? -dijo-. Si este es el cuerpo de un amigo vuestro, sólo he cortado la cuerda de que colgaba por impulsos de caridad, y mejor obrarían si intentasen devolverle la vida que arremeter contra un extranjero a quien debe una probabilidad de salvación.
Las mujeres, en el ínterin, se habían hecho cargo del cuerpo inanimado y continuaron sus intentos para reanimarle con el mismo mal éxito que Durward, de modo que, desistiendo de sus infructuosos esfuerzos, parecieron abandonarse a todas las lamentaciones que se estilan en Oriente: ellas lanzando quejidos lastimeros y mesándose los cabellos, mientras los hombres parecían rasgarse las vestiduras y echarse polvo sobre sus cabezas. Poco a poco se dedicaron con tanto ardor a sus ritos mortuorios, que no prestaron más atención a Durward, de cuya inocencia estaban convencidos a juzgar por las circunstancias. El plan más prudente hubiera sido con seguridad haber dejado a esta gente salvaje en sus lamentaciones pero Quintín había sido criado en desprecio casi temerario del peligro y experimentaba la ansiedad de una curiosidad juvenil.
La singular reunión de hombres y mujeres llevaba turbantes y gorras, más semejantes en general a su propia gorra que a los cubrecabezas usados en Francia. Algunos de los hombres llevaban barbas negras ensortijadas, y la piel de todos era casi tan negra como la de los africanos. Uno o dos que parecían sus jefes tenían brillantes adornos de plata alrededor de sus cuellos y en sus orejas, y gastaban vistosas bandas amarillas, escarlata o verde claro; pero las piernas y brazos iban al aire, y todos ellos tenían aspecto escuálido y miserable. No les vió Durward más arma que los largos cuchillos con que le habían amenazado y un corto sable encorvado o alfanje morisco que llevaba un joven de aspecto vivo, que con frecuencia ponía la mano sobre la empuñadura, mientras sobrepasaba a todos los demás en la exteriorización de la pena, y parecía que mezclaba con ella amenazas de venganza.
El grupo desordenado, con sus voces lastimeras, era algo tan distinto de todo lo que Quintín había hasta ahora visto, que estuvo a punto de creer que era una partida de sarracenos, de esos «perros paganos» que eran los adversarios de caballeros gentiles y monarcas cristianos en todos los romances que había leído u oído, y estaba pensando apartarse de la vecindad de compañía tan peligrosa, cuando se oyó el galope de un caballo, y los supuestos sarracenos, que por entonces habían levantado el cuerpo de su camarada sobre sus hombros, fueron atacados por un pelotón de soldados franceses.
Esta repentina aparición cambió los lloros de los afligidos en gritos de terror. En un momento fué arrojado por el suelo el cuerpo, y los que le rodeaban demostraron la máxima y más mañosa actividad en escapar, casi bajo los cascos de los caballos, de las puntas de las lanzas que iban dirigidas contra ellos con exclamaciones de: «¡Abajo los malditos ladrones paganos; arremeter y matar; tratarles como bestias; a lanzazos con ellos, como si fueran lobos!»
Estos gritos iban acompañados de los correspondientes actos de violencia; pero tal fué la celeridad de los fugitivos y el terreno se hizo tan desfavorable para los jinetes, con espesuras y arbustos, que sólo dos fueron tumbados y hechos prisioneros, uno de los cuales fué el joven de la espada, que antes había hecho alguna resistencia. Quintín, quien estaba en racha de mala suerte, fué cogido al mismo tiempo por los soldados, y sus brazos, a pesar de sus protestas, fueron atados con una cuerda, demostrando una rapidez y disposición para ello los que le apresaron, que probaba no ser novicios en asuntos de policía.
Mirando ansiosamente al jefe de los jinetes, de quien esperaba obtener la libertad, Quintín no supo si alegrarse o alarmarse al reconocer en él al abatido y silencioso compañero de maese Pedro. En realidad, cualquiera que fuese el delito de que se acusase a estos extranjeros, este oficial debía saber por la historia de la mañana que él, Durward, no tenía nada que ver con ellos; pero era cuestión más difícil saber si este hombre taciturno sería un juez favorable o testigo voluntario a favor suyo, y empezó a dudar si mejoraría su condición saliendo en su defensa.
Poco lugar hubo para la duda.
-Trois-Eschelles y Petit-André -dijo el tétrico oficial a dos de su banda-, estos mismos árboles están muy bien situados. Enseñaré a estos brujos descreídos y ladrones a no mezclarse con la justicia del rey cuando ha visitado a alguno de los de su maldita raza. Desmontad, muchachos, y haced rápidamente vuestro cometido.
Trois-Eschelles y Petit-André se apearon al momento, y Quintín observó que cada uno tenía en la grupa y en el pomo del arzón de la silla una lía o dos de cuerdas, que rápidamente desenrollaron, con lo que se vió que cada lía era una soga de ahorcar con la lazada fatal hecha y dispuesta para ejecutar. La sangre se le heló a Quintín en las venas cuando vió que eran escogidas tres sogas y se percató que una estaba destinada a ajustarse a su cuello. Llamó al oficial en alta voz, recordándole su encuentro de la mañana; reclamó el derecho de un escocés nacido libre, en un país amigo y aliado, y negó conocer a las personas con las que había sido aprehendido ni saber de sus malas acciones.
El oficial al que dirigió estas palabras Durward, apenas se dignó mirarle mientras hablaba, y no hizo caso de su afirmación de conocerle con anterioridad. Se limitó a volverse a uno o dos de los campesinos que se habían acercado, bien para declarar en contra de los prisioneros o sólo por curiosidad, y dijo:
-¿Estaba este joven con los vagabundos?
-Sí que estaba, señor preboste -contestó uno de ellos-; fué el primero que con todo descaro descolgó al bribón que los verdugos de Su Majestad colgaron muy merecidamente.
-Juraría por Dios y San Martín de Tours que le he visto con la pandilla de ellos -dijo otro- cuando saquearon nuestra métairie.
-Pero, padre -dijo un niño-, aquel pagano era moreno, y éste es rubio; aquél tenía pelo corto y rizado, y éste tiene largas guedejas rubias.
-¡Ay, niño! -dijo el campesino-. Y quizá digas que aquél tenía casaca verde y éste coleto gris. Pero su ilustrísima preboste sabe que pueden alterar sus rostros tan fácilmente como sus coletos; así es que insisto en que era el mismo.
-Es suficiente que le haya visto inmiscuirse en el curso de la justicia del rey intentando salvar a un traidor ejecutado -dijo el oficial-. Trois-Eschelles y Petit-André, despachad.
-¡Aguarde, señor oficial! -exclamó el joven en mortal agonía; déjeme hablar, no me haga morir inocente, mi sangre le será exigida en este mundo por mis paisanos y en el otro por la justicia del cielo.
-Responderé de mis acciones en ambos -dijo fríamente el preboste, e hizo una seña con la mano izquierda a los verdugos; después, con una sonrisa de malicia triunfante, tocó con su dedo índice su brazo derecho, que descansaba en una venda, inválido probablemente del golpe que Durward le había dado por la mañana.
-¡Criatura miserable y vengativa! -contestó Quintín, persuadido por ese detalle que el único motivo para el rigor de este hombre era la venganza privada, y que no había que esperar de él misericordia alguna.
-El pobre joven delira -dijo el funcionario-; dile una palabra de consuelo antes de que muera, Trois-Eschelles; eres un hombre consolador en esos casos, cuando no hay a mano un confesor. Dale un minuto de consuelo espiritual y despacha el asunto al siguiente. Debo continuar la ronda. ¡Soldados, seguidme!
El preboste echó a andar su caballo, seguido por su guardia, excepto dos o tres individuos que se quedaron para ayudar a la ejecución. El infeliz doncel lanzó en pos de él una mirada de desesperación, y pensó que en cada pisada de los cascos de su caballo en retirada oía desvanecerse la última y débil esperanza de salvación. Miró a su alrededor, angustiado, y se sorprendió, aun en aquel momento, de ver la estoica indiferencia de sus compañeros prisioneros. Antes habían dado toda clase de pruebas de su temor y hecho todos los esfuerzos imaginables para escapar; pero ahora, ya asegurados y destinados aparentemente a muerte inevitable, esperaban su llegada con gran compostura. La suerte suya quizá fuese causa de un tinte más amarillo en sus atezadas facciones, pero ni alteraba éstas ni apagaba la altivez porfiada de sus miradas. Se asemejaban a zorras, las que después que agotan todos sus intentos mañosos y astutos para escapar, mueren con una fortaleza silenciosa y cazurra, que los lobos y osos, con toda su fiereza no demuestran.
Estaban impávidos observando la conducta de los fatales verdugos, que hacían los preparativos de su oficio con más parsimonia de la recomendada por su jefe, lo que probablemente provenía de haber adquirido por el hábito cierto placer en el desempeño de su horrible cometido. Nos detendremos un instante para describirlos, porque bajo una tiranía, sea despótica o popular, el carácter del verdugo constituye un tema de gran importancia.
Estos funcionarios eran completamente distintos en su aspecto y modales. El rey Luis acostumbraba a llamarles Democritus y Heraclitus, y su jefe, el preboste, los denominaba Jean-qui-pleure y Jean-qui-rit.
Trois-Eschelles era alto, delgado, hombre tétrico, con una gravedad especial reflejada en su rostro. Y Un gran rosario alrededor del cuello, que acostumbraba ofrecer piadosamente a los infelices en los que ejercía su misión. Continuamente decía uno o dos textos latinos sobre la vanidad y poca importancia de la vida humana; y si hubiese sido admisible tener esa dualidad, podía haber desempeñado el oficio de confesor junto con el de verdugo. Petit-André, por el contrario, era un individuo pequeño, de aspecto alegre, activo, franco, que desempeñaba su papel como si fuese la cosa más divertida del mundo. Parecía tener una especie de afecto por sus víctimas, y siempre les hablaba en términos amables y afectuosos. Eran sus pobres infelices, sus preciosas adoradas, sus compadres, sus buenos abuelos, según el sexo y edad de los reos, y mientras Trois-Eschelles intentaba inspirarles reflexiones filosóficas o religiosas para el futuro, rara vez dejaba Petit-André de dedicarles una o dos bromas para inducirles a que considerasen la vida como algo risible, despreciable y no digno de tomarse en serio.
No puedo decir por qué causa, pero estas dos excelentes personas, no obstante la variedad de sus talentos y la rara concurrencia de éstos en personas de su profesión, eran ambas detestadas con más intensidad que quizá ninguna criatura de su especie lo fué antes o después, y la única duda de aquellos que les conocían era si el grave y patético Trois-Eschelles, o el vivo, cómico y alegre Petit-André eran objeto del mayor miedo o de la más profunda execración. Es cierto que se llevaban la palma en ambos extremos sobre los demás verdugos en Francia, si se exceptúa, quizá a su jefe Tristán l'Hermite, el famoso capitán-preboste, o su señor, Luis XI (17).
Poco podían interesar estas reflexiones a Quintín Durward. La vida, la muerte, el tiempo y la eternidad aparecían ante él en perspectiva aterradora. Se dirigió al Dios de sus padres, y al hacerlo recordó la pequeña capilla sin techo y tosca que contenía a casi toda su progenie, menos a él. «Nuestros enemigos feudales dieron sepultura en nuestra propia tierra a mis parientes -pensó-; pero yo debo de servir de pasto a los cuervos y milanos de una tierra extranjera como un traidor excomulgado.» Las lágrimas asomaron involuntariamente a sus ojos. Trois-Eschelles, tocándole en el hombro, le exhortó gravemente a que se preparase espiritualmente a bien morir, y profiriendo en tono patético: Beati qui in Domino moriuntur, hizo la observación de que el alma era feliz de dejar el cuerpo mientras había lágrimas en los ojos. Petit-André, golpeando el otro hombro, exclamó:
-¡Valor, hijo mío! Ya que tienes que comenzar la danza, que el baile comience alegremente, pues todos los rabeles están afinados -torciendo al mismo tiempo la soga para completar su broma.
Como el joven volviese sus miradas angustiadas primero al uno y luego al otro, pusieron su intención más de manifiesto empujándole suavemente hacia el árbol fatal y recomendándole valor, pues todo concluiría en un momento.
En este trance fatal el joven lanzó una mirada en busca de apoyo en derredor suyo.
-¿Hay algún buen cristiano que me escuche -dijo- que quiera decir a Ludovico Lesly, de la Guardia escocesa, llamado en este país Le Balafré, que su sobrino es aquí vilmente asesinado?
Fueron oportunas las palabras, pues un arquero de la mencionada Guardia, atraído por los preparativos de la ejecución, estaba próximo, con uno o dos viandantes que acertaron a pasar, para ver lo que pasaba.
Tengan cuidado con lo que hacen -dijo a los verdugos-; si este joven es escocés de nacimiento no permitiré que le ejecuten.
-El cielo lo prohíbe, señor caballero -dijo Trois-Eschelles-; pero tenemos que obedecer las órdenes recibidas -arrastrando a Durward hacia adelante por un brazo.
-El juego más corto es siempre el más bonito -dijo Petit-André arrastrándole por el otro.
Pero Quintín había oído palabras de consuelo, y reuniendo sus fuerzas se desprendió de pronto de ambos ejecutores de la ley, y con los brazos aun atados corrió junto al arquero escocés.
-Protéjame, paisano -le dijo en su propia, idioma-, ¡por el amor a Escocia y por San Andrés! Soy inocente, soy natural de su tierra nativa. ¡Protéjame, se lo suplico!
-¡Por San Andrés, que le cogerán pisando mi cuerpo! -dijo el arquero, que desenvainó su espada.
-Corte mis ligaduras, paisano -dijo Quintín-, y podré yo hacer algo por mi defensa.
Aquellas fueron cortadas con la espada del arquero, y el cautivo, libertado, saltando de pronto sobre uno de los soldados del preboste, le arrebató una alabarda, con la que iba armado.
-¡Y ahora -dijo-, vengan si se atreven!
Los dos verdugos hablaron en voz baja entre sí.
-Vete a buscar al capitán-preboste -dijo Trois-Eschelles-, y le detendré mientras tanto, si puedo. Soldados del preboste, ¡a las armas!
Petit-André montó su caballo y desfiló, y los otros hombres de servicio se juntaron tan rápidamente a la voz de mando de Trois-Eschelles, que en la confusión que siguió dejaron escapar a los otros dos prisioneros. Quizá no estuvieran muy ansiosos de detenerlos, pues últimamente estaban ahitos de sangre de esos infelices, y cual animales feroces después de una prolongada carnicería, estaban cansados de mortandad. Pero el pretexto fué que se consideraban obligados a atender a la salvación de Trois-Eschelles, pues existía una competencia, que a veces acababa en riñas, entre los arqueros escoceses y los soldados de la escolta del preboste.
-Somos lo bastante fuertes para vencer a los orgullosos escoceses si ustedes lo buscan -dijo uno de los soldados de Trois-Eschelles.
Pero este prudente empleado le hizo señas de que se quedase quieto, y se dirigió con gran cortesía al arquero escocés.
-Es un gran insulto, señor, al capitán-preboste que trate de mezclarse en los acuerdos de la justicia del rey, fiel cumplidora de sus deberes, y no procede bien conmigo, que estoy en posesión legal de un criminal. Ni tampoco le hace usted un gran favor al muchacho, ya que pocas oportunidades como ésta se le presentarán de ser ahorcado en las que se encuentre tan bien preparado como lo estaba antes de su inoportuna intervención.
-Si mi paisano -dijo el escocés sonriendo- es de opinión que le he injuriado, le devolveré a su poder sin más discusiones.
-¡No, no; por el amor de Dios, no! -exclamó Quintín-. Preferiría que me separase la cabeza del tronco con su larga espada; eso estaría más en consonancia con mi cuna que morir en manos de semejante ruin y malvado.
-¡Miren cómo injuria! -dijo el verdugo-. ¡Ay!, qué pronto se olvidan las buenas resoluciones; estaba muy bien dispuesto para partir, y ahora, en dos minutos, se ha vuelto un menospreciador de las autoridades.
-Dígame de una vez -dijo el arquero-, ¿qué es lo que ha hecho este joven?
-Decidirse -contestó Trois-Eschelles- a descolgar el cuerpo muerto de un criminal cuando la fleur de lys estaba marcada en el árbol del que fué colgado por mi propia mano.
-¿Cómo es eso, joven? -dijo el arquero-. ¿Cómo es posible que haya cometido semejante ofensa?
-Como busco su protección -contestó Durward-, le diré la verdad como si fuera en confesión. Vi a un hombre que hacía movimientos colgado de un árbol y corté la soga de que pendía por mera humanidad. No pensé ni en la fleur de lys ni en el alelí, y no tuve más intención de ofender al rey de Francia que a nuestro padre el Papa.
-¿Qué diablos tenía usted que hacer con el cuerpo muerto? -dijo el arquero-. Los verá usted colgando como uvas de cada árbol, y bastante tendrá que hacer en este país con solo dedicarse a reunir los cuerpos de los ajusticiados. Sin embargo, no abandonaré la causa de un paisano si puedo ayudarle. Oigan, soldados del preboste: esto es una completa equivocación. Deberían tener alguna compasión de viajero tan joven. En nuestro país no estaba acostumbrado a ver procedimientos tan activos como los vuestros y los de su jefe.
-No porque no sean necesarios, señor arquero -dijo Petit-André, que volvía en este momento-. Atención, Trois-Eschelles; aquí viene el capitán preboste; ahora veremos por dónde sale al ver que le quitan su trabajo de las manos antes de estar acabado.
-Y muy oportunamente -dijo el arquero-; aquí llegan algunos camaradas míos.
Al mismo tiempo que el preboste Tristán aparecía con su patrulla por un lado de la pequeña colina, que era la escena del altercado, cuatro o cinco arqueros escoceses llegaron de prisa por el otro, y a su cabeza el propio Balafré.
En este caso de apuro no demostró Lesly nada de esa indiferencia hacia su sobrino de la que Quintín le había acusado en lo íntimo de su ser, pues tan pronto distinguió a su camarada y Durward dispuestos a defenderse, exclamó:
-Cunningham, te doy las gracias. Caballeros, camaradas, prestadme vuestra ayuda. Es un joven escocés, mi sobrino. ¡Lindesay, Guthrie, Tyrie, sacad las espadas y acometed!
Parecía inminente una lucha desesperada entre los dos bandos, que no eran muy desiguales en número, ya que las armas mejores de los caballeros escoceses les daba probabilidades de vencer. Pero el capitán-preboste, bien porque dudase del resultado del conflicto, o juzgando que pudiera ser desagradable para el rey, hizo indicaciones a sus partidarios de que evitasen la violencia, mientras preguntaba a Balafré, que ahora se había colocado a la cabeza del otro bando:
-¿Qué se propone un caballero de la Guardia del rey oponiéndose a la ejecución de un criminal?
-Niego hacer eso -contestó Le Balafré-. ¡San Martín! Hay, a mi modo de ver, alguna diferencia entre la ejecución de un criminal y la matanza de mi sobrino.
-Su sobrino puede ser tan criminal como cualquier otro, señor -dijo el capitán-preboste-, y cualquier extranjero en Francia está sujeto a las leyes de Francia.
-Sí, pero los arqueros escoceses tenemos privilegios -dijo Balafré-, ¿no es eso, camaradas?
-Sí, sí -exclamaron todos a una-. ¡Privilegios, privilegios! ¡Que viva el rey Luis muchos años, que viva el valiente Balafré, que viva muchos años la Guardia escocesa y muera todo el que atropelle nuestros privilegios!
-Reflexionen un poco, caballeros -dijo el preboste-; tengan en cuenta mi comisión.
-No nos queremos molestar en reflexionar -dijo Cunningham-. Nuestros propios oficiales nos darán la razón. Queremos sólo ser juzgados por privilegio del rey o por nuestro mismo capitán ahora que no está presente el excelso lord condestable.
-Y no nos dejaremos ahorcar por nadie -dijo Lindesay- sino por Sandie Wilson, el ejecutor de nuestro Cuerpo.
-Sería un positivo escarnio contra Sandie que vale tanto como el mejor verdugo, si prescindiéramos de él -dijo Le Balafré-. En el caso de tener que ser yo ahorcado, ningún otro me pasaría el lazo por el cuello.
-Mas, oigan -dijo el capitán-preboste-, este joven no es de los vuestros y no puede participar de lo que llamáis vuestros privilegios.
-Lo que llamamos nuestros privilegios están reconocidos por todo el mundo como tales -dijo Cunningham.
-¡No queremos que ahora se discutan! -fué el clamor unánime de los arqueros.
-Parecemos locos, señores -dijo Tristán l'Hermite-. Nadie discute vuestros privilegios; pero este joven no es de los vuestros.
-Es mi sobrino -dijo Balafré con aire triunfante.
-Pero no es arquero de la Guardia, creo -replicó Tristán I'Hermite.
Los arqueros se miraron un poco desconcertados.
-Resistámonos aún, camarada - murmuró Cunningham a Balafré- Diga que está en el servicio como nosotros.
-¡San Martín, dice usted bien, buen paisano -contestó Lesly.
Y elevando la voz, juró que aquel día había inscrito a su pariente como soldado de su compañía.
Esta declaración fué un argumento contundente.
-Está bien, caballeros -dijo el preboste Tristan, que sabía la aprensión nerviosa del rey respecto a una posible deslealtad que se incubase entre sus arqueros- Conocéis, como decís, vuestros privilegios, y no es mi deber seguir disputando con los arqueros del rey. Pero informaré de este asunto al rey para que decida, y quiero que sepáis que, al obrar así, obro con más suavidad de lo que me exige el deber mío.
Diciendo esto puso en marcha su tropa, mientras los arqueros, que permanecieron en donde se encontraban, tuvieron una consulta rápida para saber lo primero que tenían que hacer.
-Debemos dar cuenta de lo sucedido a lord Crawford, nuestro capitán, en primer lugar, y hacer que el nombre de este joven se inscriba en nuestra lista.
-Pero, caballeros, mis dignos amigos y protectores -dijo Quintín titubeando un poco-, aun no he decidido si entraré o no en vuestro Cuerpo.
-Piénsalo bien -dijo su tío- si prefieres ser colgado o decidirte a ingresar con nosotros, pues te aseguro, sobrino mío, que no veo otro recurso para escapar de la horca.
Este era un argumento incontrovertible, y obligó a Quintín a acceder a lo que de otro modo podía haber considerado como una proposición no muy agradable; pero la reciente escapatoria de la soga, que había estado alrededor de su cuello, le hubiera probablemente reconciliado con una alternativa peor que la propuesta.
-Debe ir al cuartel con nosotros -dijo Cunningham-; no hay seguridad para él fuera de nuestros límites mientras estos cazadores de hombres ronden por aquí.
-¿No podría por esta noche albergarme en la hostelería en que almorcé, querido tío? -dijo el joven, pensando quizá, como otros muchos reclutas, que una sola noche de libertad era ganar algo.
-Sí, querido sobrino -contestó su tío irónicamente-, para que nos des el gusto de pescarte en algún canal o foso o quizá de algún remanso del Loira, atado en un saco, para mayor facilidad para nadar, pues ese es el fin que te esperaba. El capitán-preboste se sonrió al tiempo de partir -continuó, dirigiéndose a Cunningham-, y eso indica que sus pensamientos son peligrosos.
-No le temo -dijo Cunningham-; estamos fuera de su alcance. Pero yo de ti se lo contaría todo a Oliver, que siempre fué buen amigo de la Guardia escocesa, y verá al padre Luis antes que el preboste, pues mañana tiene que afeitarle.
-Pero escucha -dijo Balafré-, no podemos darle nada por el encargo, pues me encuentro sin una mala moneda.
-Así estamos todos -dijo Cunningham-. Oliver no debe sentir escrúpulos de creer en nuestra palabra escocesa por una vez. Reuniremos algo decente entre todos el primer día de paga, y si espera algo, dile que el día de paga vendrá lo antes posible.
-Y ahora hacia el castillo-dijo Balafré-, y mi sobrino nos contará por el camino lo que pasó entre él y el preboste para saber cómo presentar nuestro informe, tanto a Crawford como a Oliver (18).
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El ingreso en el servicio
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Juez de Paz. -Entréguenme el Estatuto; |
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Lea los artículos; jure, bese el libro, firme y sea un héroe; |
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Cobrará parte del Erario público |
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Por futuros hechos valerosos: |
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Seis peniques por día, alimentos y deudas. |
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El oficial de la recluta. |
Habiéndose apeado uno de los arqueros, Quintín Durward se acomodó en su caballo y, en compañía de sus marciales paisanos, cabalgó a buen paso hacia en castillo de Plessis para ser, aunque involuntariamente por su parte, un habitante de esa tenebrosa fortaleza cuyo aspecto exterior tanto le había sorprendido aquella mañana.
Mientras tanto, y en respuesta a las repetidas preguntas de su tío, le dió detallada cuenta del accidente que en tan grave aprieto le había puesto aquella mañana. Aunque él por su parte no vió en su narración más que su aspecto sentimental, fué ésta recibida con mucha broma por su escolta.
-Y no es para menos -dijo su tío-; ¿pues a quién se le ocurre hacerse cargo del cuerpo de un maldito incrédulo, pagano, judío, morisco?
-Si se hubiese peleado con la escolta del preboste por alguna linda moza, como hizo Miguel de Moffat, la cosa se hubiera explicado -dijo Cunningham.
-Pero creo que atañe a nuestro honor que Tristán y los suyos pretendan confundir nuestras gorras escocesas con las tocques y turbands de esos rateros vagabundos, como ellos los llaman -dijo Lindesay- Si no tienen ojos para ver la diferencia, deben aprender para lo sucesivo. Pero me parece que Tristán quiere equivocarse para echar el guante a los simpáticos escoceses que cruzan el mar para ver a sus parientes.
-¿Puedo saber, pariente -dijo Quintín-, qué clase de gente es ésta de que habláis?
-Comprendo tu curiosidad -dijo su tío-: pero no sé quién, querido sobrino, sea capaz de contestar a tu pregunta. Ni yo mismo puede ser, pues no sé más que los demás. Han aparecido en esta tierra hace un año o dos como lo hacen las plagas de langosta (19).
-¡Ay! -dijo Lindesay-, y a Jacques Bonhomme (ese es el nombre que damos a nuestro campesino, joven; poco a poco aprenderá nuestros giros de lenguaje), al honrado Jacques, digo, le importa poco qué viento trae a éstos o a la langosta, y sólo ansía cualquier viento que se los pueda llevar de nuevo.
-¿Hacen tanto mal? -preguntó el joven.
-¿Mal? ¡Cómo, muchacho! Son paganos, o judíos, o mahometanos por lo menos, y no adoran ni a Nuestra Señora ni a los santos -santiguándose al decir esto.
-Y roban todo lo que pueden, y cantan, y echan la buenaventura -añadió Cunningham.
-Dicen que entre sus mujeres hay algunos buenos ejemplares -dijo Guthrie-; pero eso lo sabe mejor Cunningham.
-¿Qué es eso, hermano? -dijo Cunningham -. Espero que no será un reproche.
-Le aseguro que no he querido hacerle ninguno -contestó Guthrie.
-Seré juzgado por la compañía -dijo Cunningham-. Dice Guthrie que yo, un caballero escocés que vivo en el seno de la Iglesia católica, tuve una amiga hermosa entre esas paganas asquerosas.
-Basta, basta -dijo Balafré-; sólo fué una broma. Que no haya peleas entre camaradas.
-Que no gasten entonces esas bromas -dijo Cunningham hablando en voz baja.
-¿Existen esos vagabundos en países distintos a Francia? -dijo Lindesay.
-Desde luego; tribus de ellos han aparecido en Alemania, en España y en Inglaterra -contestó Balafré-. Por la protección del buen San Andrés Escocia se ve aún libre de ellos.
-Escocia -dijo Cunningham- es un país demasiado frío para langostas y un país muy pobre para ladrones.
-O quizá John Highlander no consentirá que prosperen más que sus ladrones -dijo Guthrie.
-Quiero que sepan todos ustedes -dijo Balafré- que procedo de la comarca de Angus y tengo parientes montañeses en Glen-Isla, y no consentiré que se hable mal de éstos.
-No negará usted que son ladrones de ganados -dijo Guthrie.
-El llevarse una ternera o cosa parecida no es latrocinio -dijo Balafré-, y eso lo sostendré donde y como quiera.
-¡Qué vergüenza, camaradas! -dijo Cunningham-. ¿Quién riñe ahora? El joven no debe ver estos espectáculos. Vamos, hemos llegado al castillo. Daré una ronda de vino para sellar nuestra amistad y brindar por Escocia Alta y Baja si me buscan a la hora de la comida en mi alojamiento.
-Conformes, conformes -dijo Balafré-, y yo obsequiaré con otra para borrar rencillas y brindar por mi sobrino en su primera entrada en nuestro Cuerpo.
A su llegada fué abierto el portillo y bajado el puente levadizo. Uno por uno entraron; pero cuando apareció Quintín los centinelas cruzaron sus picas y le ordenaron detenerse, mientras los arcos con flechas y los arcabuces le apuntaban desde las paredes; un rigor de vigilancia empleado, no obstante venir el joven extranjero en compañía de soldados de la guarnición pertenecientes al propio Cuerpo, que proporcionaba los centinelas en funciones en aquel momento.
Le Balafré, que había permanecido al lado de su sobrino a propósito, dió las necesarias explicaciones, y después de muchas dudas y dilaciones fué conducido el joven, bajo una fuerte escolta, a la habitación de lord Crawford.
Este noble escocés era una de las últimas reliquias de la serie de lores y caballeros escoceses que durante tanto tiempo y tan fielmente habían servido a Carlos VI en aquellas guerras sangrientas que decidieron la independencia de la corona francesa y la expulsión de los ingleses. Cuando joven, había peleado al lado de Douglas y Buchan, había cabalgado bajo la bandera de Juana de Arco y era quizá uno de los últimos ejemplares de aquellos caballeros escoceses que voluntariamente habían desenvainado sus espadas por la fleur de lys en contra de sus antiguos enemigos los ingleses. Los cambios ocurridos en el reino de Escocia, y quizá el haberse acostumbrado al clima y costumbres de Francia, indujeron al anciano barón a desechar toda idea de volver a su país nativo, tanto más cuanto que el alto cargo que desempeñaba en la casa de Luis XI y su carácter franco y leal le habían logrado gran ascendiente sobre el rey, quien, aunque no vería sistemáticamente en la virtud u honor humanos, se fiaba y tenía confianza en lord Crawford y le permitía ejercer mayor influencia, porque nunca se supo que interviniese en asuntos distintos de los inherentes a su cargo.
Balafré y Cunningham siguieron a Durward y a los demás a la habitación de su oficial, cuyo aspecto de dignidad, así como el respeto que le guardaban estos orgullosos soldados, que parecían respetar a él sólo, impresionó mucho a Quintín.
Lord Crawford era alto, y con la edad se había acartonado, y aunque sus músculos no tenían la elasticidad de la juventud, era capaz de soportar el peso de su armadura durante una marcha tan bien como el hombre más joven de los suyos. Tenía un rostro feo, que le favorecía poco, y unos ojos que habían contemplado la muerte en treinta combates; pero que, a pesar de todo, expresaban un desprecio tranquilo del peligro más bien que un valor feroz de soldado mercenario. Su alta figura estaba ahora envuelta en una bata amplia, ceñida en la cintura por su cinturón de ante, del cual estaba suspendido su puñal, de rica empuñadura. Tenía alrededor del cuello el collar y la divisa de la orden de San Miguel. Estaba sentado en una poltrona, cubierta con piel de ciervo, y con sus lentes sobre la nariz (invención reciente) estaba descifrando un gran manuscrito, llamado el Rosier de la guerre, código de política civil y militar que Luis había recopilado para provecho de su hijo, el Delfín, y del que deseaba saber la opinión del experimentado guerrero escocés.
Lord Crawford pareció dejar el libro de mala gana a la entrada de estos visitantes inesperados, y preguntó en su basto dialecto nacional qué demonio querían.
Le Balafré, con más respeto quizá que el que hubiera demostrado al propio Luis, contó lo sucedido a su sobrino y le suplicó humildemente su protección. Lord Crawford escuchó con atención, y no pudo dejar de sonreír ante la ingenuidad con que el joven había intervenido en favor de un criminal ahorcado; pero movió su cabeza con el relato que le hizo de la disputa entre los arqueros escoceses y los soldados del capitán-preboste (20)
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-¿Cuántas veces -dijo- me habéis de venir aún con estos enredos? ¿Cuántas veces he de deciros, y especialmente a vosotros, Ludovico Lesly y Archie Cunningham, que el soldado extranjero debe comportarse decorosamente y con modestia con la gente del país si no quiere crear enemistades en todas partes? Sin embargo, si queréis tener contiendas, preferiría que fuese con ese pícaro preboste que con otro cualquiera, y os reprocho menos esta quimera que otras que habéis tenido, Ludovico, pues era natural ayudar a su joven pariente. Esta niñada debe subsanarse, y para ello deme la lista de la compañía de aquel estante y añadiremos su nombre al de la tropa para que pueda gozar de sus privilegios.
-¿Quisiera su señoría...? -dijo Durward.
-¿Estás loco, muchacho? -exclamó su tío-. ¿Vas a hablar a su señoría sin que te haya hecho pregunta alguna?
-Paciencia, Ludovico -dijo lord Crawford-, y escuchemos lo que el muchacho tenga que decir.
-Sólo esto, si es del agrado de su señoría -replicó Quintín-: que antes había dicho a mi tío que tenía algunas dudas para ingresar en el servicio. Ahora tengo que decir que han desaparecido del todo, ya que he visto el jefe noble y experimentado a cuyas órdenes tengo que servir, pues hay autoridad en su mirada.
-Bien dicho, muchacho -dijo el anciano lord, no insensible al cumplido-; he adquirido alguna práctica, y Dios me ha favorecido para aprovecharla en bien del servicio y del mando. Ingresarás, Quintín, en nuestro honroso Cuerpo de Guardia escocesa como escudero de tu tío y sirviendo a sus órdenes. Confío en que te portarás como cumplido soldado si tu valor corresponde a tu aspecto personal, ya que provienes de un buen linaje. Ludovico, cuidarás que tu pariente haga diligentemente su ejercicio, pues uno de estos días tendremos torneo de lanzas.
-En verdad que me place la noticia, señor; esta paz nos hace cobardes a todos. Yo mismo siento cierto decaimiento de espíritu encerrado en este maldito calabozo, al que se asemeja el castillo.
-Un pájaro me dice al oído -continuó lord Crawford- que el viejo estandarte ondeará de nuevo en el campo.
-Beberé esta noche una copa para que así sea -dijo Balafré.
-Beberás con cualquier pretexto -dijo lord Crawford-, y me temo que algún día te propases en la bebida.
Lesly, un poco avergonzado, replicó que no se había propasado hacía muchos días; pero que su señoría no ignoraba la costumbre de la compañía de coger una borrachera en honor de un nuevo camarada.
-Verdad es -dijo el viejo capitán-; me había olvidado de ello. Enviaré unos barriles de vino para ayudar a vuestra borrachera; pero que no sea hasta después de la puesta del sol. Y escuchad: Que los soldados de servicio sean cuidadosamente seleccionados y procure que ninguno de ellos participe poco o mucho en vuestros excesos,
-Su señoría será fielmente obedecida -dijo Ludovico-, y no olvidaremos de brindar por su salud.
-Quizá -dijo lord Crawford- me dé una vuelta en persona por vuestra reunión para ver si todo marcha como es debido.
-Su señoría será acogida con el mayor cariño -dijo Ludovico.
Y todos se retiraron muy satisfechos para preparar su banquete militar, al que Lesly invitó a unos veinte de los camaradas que estaban acostumbrados a comer juntos su rancho.
Un festival de soldados es, por lo general, un asunto fácil de organizar siempre que se disponga de bastante carne y bebida; pero en la ocasión presente Ludovico se preocupó de presentar vino mejor del corriente, haciendo la observación de que «el viejo lord, mientras les predicaba sobriedad, no se recataba, después de beber en la mesa real cuanto vino podía, de aprovechar cualquier oportunidad para pasar la tarde al lado de una botella de vino; así es que debéis prepararos, camaradas, dijo, para escuchar las viejas historias de las batallas de Vernoil y Beaugé» (21).
La cámara gótica en que ordinariamente se reunían fué pronto puesta en orden; sus pajes enviados para cortar juncos verdes, que se habían de esparcir por el suelo, y se desplegaron estandartes, que la Guardia escocesa había llevado a las batallas o que habían cogido al enemigo, a guisa de tapices sobre la mesa y por las paredes de la habitación.
Lo siguiente era proporcionar al joven recluta con la rapidez posible el uniforme y armas apropiadas de la Guardia para que pudiese resultar en todos los detalles participante de sus importantes privilegios, en virtud de los cuales, y con la ayuda de sus paisanos, podía desafiar impunemente el poder e indignación del capitán preboste, aunque se sabía que el uno era tan formidable como inflexible la otra.
El banquete fué alegre por demás, y los comensales dieron rienda suelta a manifestaciones de sentimiento nacional por recibir en sus filas a un recluta de la patria amada. Se cantaron viejas canciones escocesas y se dijeron viejos cuentos de héroes escoceses; se recordaron las hazañas de sus padres y las escenas en que ellos intervinieron, y durante un rato los ricos llanos de Turena parecían convertidos en las regiones montañosas y estériles de Caledonia.
Cuando el entusiasmo estaba en el apogeo y cada cual trataba de decir algo para realzar el recuerdo querido de Escocia, recibió aquél un nuevo impulso con la llegada de lord Crawford, el cual, como Balafré había profetizado, estuvo como sobre ascuas en la mesa real, hasta que aprovechó una oportunidad para escapar y acudir a la fiesta de sus paisanos. Un sillón presidencial se le había reservado en la cabecera de la mesa, pues según las costumbres de la época y la constitución de aquel Cuerpo, aunque era su jefe natural después del rey y del gran condestable, como los miembros de dicho Cuerpo eran todos nobles por nacimiento, su capitán podía sentarse con ellos en la misma mesa sin impropiedad y podía mezclarse cuando le parecía en sus fiestas sin menoscabo de su dignidad como jefe.
En esta ocasión, sin embargo, rehusó lord Crawford ocupar el asiento preparado para él, y recomendándoles que continuasen su regocijo, permaneció de pie, mirando el espectáculo con rostro que parecía expresar la satisfacción que el mismo le producía.
-Déjale solo -murmuró Cunningham al oído de Lindesay, al ver que éste le ofrecía vino al noble capitán-; déjale solo; déjale que lo tome voluntariamente.
En efecto, el anciano lord, que al principio sonrió, movió su cabeza y colocó ante sí la copa de vino sin probar; comenzó después como distraído a probar un poco del contenido, y al hacerlo se acordó, por suerte, que sería de mal agüero que no bebiese un trago a la salud del valiente muchacho que se había incorporado a ellos en aquel día. Efectuó el brindis, que fué contestado, como es de suponer, con muchos gritos de alborozo, cuando el viejo capitán les participó que había hecho al maestro Oliver un relato de lo ocurrido en ese día. Y como, añadió, el afeitabarbas no tiene gran simpatía por el oprimecuellos, se ha unido a mí para obtener del rey una orden mandando al preboste que suspenda todos los procedimientos, con cualquier pretexto, contra Quintín Durward, y que respete en toda ocasión los privilegios de la Guardia escocesa.
Siguió otro griterío, se llenaron de nuevo las copas hasta el borde y se aclamó al noble lord Crawford, el bravo conservador de los privilegios y derechos de sus paisanos. El buen lord tuvo, por cortesía, que corresponder a este brindis, y deslizándose en el sillón preparado, como sin reflexionar lo que hacía, llamó a Quintín a su lado y le hizo muchas preguntas relativas al estado de Escocia y a las grandes familias de allí, que éste tuvo la suerte de contestar, mientras, de vez en cuando, en el curso de su interrogatorio, el buen lord besaba la copa de vino por vía de paréntesis, haciendo notar que el amor al prójimo era propio de caballeros escoceses; pero que los hombres jóvenes, como Quintín, debían practicarlo con prudencia, no fuese a degenerar en exceso, con cuyo motivo añadió muchas cosas excelentes, hasta que su lengua, empleada en elogios de la templanza, comenzó a articular algo cuyo estilo se salía del usual. Mientras el ardor militar de la compañía aumentaba con cada botella que vaciaban, cuando Cunningham les exhortó a brindar por nuevos triunfos de la Oriflamme (la bandera real francesa).
-¡Y que una brisa de Borgoña sea la que la haga ondular! -dijo Lindesay.
-Con toda la energía que aun queda en este desgastado cuerpo, acepto el brindis, muchachos -dijo lord Crawford-, y aunque soy viejo, espero verla agitarse al viento. Oigan mis camaradas -pues el vino le había hecho algo comunicativo-, sois fieles servidores de la corona de Francia y no hay por qué ocultarles que hay aquí un enviado del duque de Borgoña con un mensaje de agravio.
-Vi el equipaje, los caballos y el séquito del conde de Crèvecoeur -dijo otro de los presentes- en la posada de allá abajo, en Mulberry Grove. Dicen que el rey no le quiere admitir en el castillo.
-¡Que se encuentre con una respuesta desagradable! -dijo Guthrie-. Pero, ¿de qué se queja?
-De muchos agravios en la frontera -dijo lord Crawford-, y últimamente de que el rey ha recibido bajo su protección a una dama de su país, joven condesa, que ha huído de Dijon porque, estando bajo la tutoría del duque, ha pretendido casarla con su favorito, Campo-basso.
-¿Y se ha venido aquí sola, mi lord? -dijo Lindesay.
-No del todo, sino con la anciana condesa, su parienta, que ha accedido a los deseos de su sobrina en este particular.
-Y siendo el rey -dijo Cunnigham- el soberano feudal del duque, ¿se interpondrá entre el duque y su pupila, sobre la que Carlos tiene el mismo derecho que, en caso de su muerte, tendría el rey sobre la heredera de Borgoña?
-El rey se atendrá, como acostumbra, a los dictados de la política, y tú sabes -continuó Crawford- que no ha recibido a estas damas en público ni las ha colocado bajo la protección de sus hijas, lady Beaujeau o princesa Juana; de modo que, sin duda, está guiado por las circunstancias.
-Pero el duque de Borgoña no comprende tales artificios -dijo Cunningham.
-No -contestó el anciano lord-; y por eso es fácil que haya guerra entre ambos.
-¡Por San Andrés, otra vez la pelea! -dijo Le Balafré-. Hace diez o veinte años me pronostiqué que haría la fortuna de mi casa por matrimonio. ¿Quién sabe lo que puede suceder si llegamos alguna vez a pelear por el amor y el honor de las damas, como sucedía en los antiguos romances?
-¡Citas el amor de las damas con tal expresión de cara! -dijo Guthrie.
-Con no más expresión de amor que el que se puede sentir por una mujer gitana -respondió Le Balafré.
-Alto ahí, camaradas -dijo lord Crawford-; no esgrimir armas afiladas ni bromear con pullas que escuezan: todos amigos. Y en cuanto a la dama, es demasiado rica para descender hasta un pobre lord escocés, o de lo contrario, con mis ochenta años o muy cerca de ellos no dejaría de pretenderla. Pero brindemos por su salud, pues dicen que es un portento de hermosura.
-Me parece que la vi -dijo otro soldado cuando estaba de guardia esta mañana en el recinto interior, pero no pude apreciar su belleza, pues ella y otra llegaron al castillo en literas cerradas.
-¡Qué vergüenza, Arnot! -dijo lord Crawford-. Un soldado de servicio no debe decir nada de lo que ve. Además -añadió después de un momento, en que su curiosidad prevaleció sobre la exteriorización de disciplina que había juzgado necesario ejercer-, ¿por qué estas literas iban a estar ocupadas por la propia condesa Isabel de Croye y su acompañante?
-Señor -replicó Arnot-, no sé de ello más que mi coutelier estaba paseando mi caballo por el camino de la población y tropezó con Doguin, el mozo de mulas, que traía de vuelta las literas a la posada, pues pertenecen al individuo de Mulberry Grove -al de la flor de lis me refiero-, y entonces Doguin invitó a Saunders Steed a tomar una copa de vino, pues se conocían, lo que no tuvo inconveniente en aceptar...
-Sin duda, sin duda -dijo el anciano lord-; es una cosa que me gustaría se corrigiese entre vosotros, caballeros; pero todos vuestros grooms y couteliers están siempre dispuestos a tornar una copa de vino con cualquiera. Es una cosa peligrosa en la guerra, y hay que evitarla. Pero, Andrés Arnot, este es un cuento muy largo y le interrumpiremos con un trago, como dice el escocés de la montaña, Sheoch doch nan skial (22). Mas volvamos a la condesa Isabel de Croye, que merece mejor marido que ese Campo-basso, que es un vil tunante italiano. Y ahora, Andrés Arnot, ¿qué dijo el muletero a este empleado tuyo?
-Pues le contó en secreto, si me permite decirlo su señoría -continuó Arnot-, que estas dos damas, a las que había llevado antes al castillo en literas cerradas, eran grandes damas, que habían estado viviendo algunos días en secreto en la casa de su amo, y que el rey las había visitado más de una vez privadamente, y les había guardado muchas consideraciones; y que se habrán refugiado en el castillo, según le parecía, por miedo al conde de Crèvecoeur, el embajador del duque de Borgoña, cuya llegada había sido anunciada por un correo que se le anticipó.
-Entonces, André -dijo Guthrie-, juraría que era la voz de la condesa la que oí cantar acompañada de un laúd cuando pasé antes por el patio interior; el sonido provenía de la ventana saliente de la torre del Delfín, y era tal la melodía como nunca fué hasta entonces escuchada en el castillo de Plessis del Parque. A fe que pensé si sería la música del hada Melusina. Allí me quedé, aunque sabía que la mesa estaba puesta y que todos vosotros estaríais impacientes; allí me quedé como...
-Como un asno, Juan Guthrie -dijo su capitán-: tu larga nariz oliendo la comida, tus largas orejas escuchando la música y tu escasa discreción no permitiéndote decidir cuál de las dos preferías. ¡Oid! ¿No está tocando a vísperas la campana de la catedral? Aun no debe ser tiempo. El viejo y alocado sacristán ha tocado con una hora de antelación.
-La campana toca a la hora precisa -dijo Cunningham-; por allá se hunde el sol del lado de Occidente, en la hermosa llanura.
-¡Ay! -dijo lord Crawford-, ¿es así? Bien, muchachos, debemos vivir con moderación. Es un sano proverbio el que dice: «quien va despacio, va lejos». Y ahora, cada cual a cumplir con su deber.
Se bebió la copa de despedida, y los comensales se dispersaron; el anciano barón cogiendo el brazo de Balafré, con la excusa de darle algunas instrucciones concernientes a su sobrino, pero quizá, en realidad, por temor de que sus pasos resultasen para el público menos firmes de lo que convenía a su rango y alto mando. Llevaba rostro serio cuando pasó por los dos patios que separaban su alojamiento de la cámara del festín, y solemne, con la gravedad de un barril de vino, fué la recomendación que al despedirse hizo a Ludovico para que cuidase de los pasos de su sobrino, especialmente en materia de mozas y copas de vino.
Mientras tanto, ni una sola palabra de las que se hablaron relativas a la hermosa condesa Isabel habían escapado al joven Durward, que, conducido a un pequeño gabinete, que tenía que compartir con el paje de su tío, se dedicó en su nuevo alojamiento a meditar en grande. El lector se imaginará fácilmente que el joven soldado haría un fino romance bajo la base de la supuesta identificación de la Doncella de la Torre, cuya canción había escuchado con tanto interés, y la linda portadora de la copa a maese Pedro, con una condesa fugitiva, de rango y posición, huyendo de la persecución de un odiado amante, favorita de un guardián cruel que abusaba de su poder feudal. Había un vacío en la visión de Quintín relativo a maese Pedro, que parecía ejercer tal autoridad sobre el formidable oficial de cuyas manos había escapado aquel día con tanta dificultad. Pero los sueños del joven, que habían sido respetados por Will Harper, su compañero de celda, fueron interrumpidos por la llegada de su tío, que mandó a Quintín a la cama para que pudiese levantarse a tiempo por la mañana y acudir a la antecámara de Su Majestad, en donde tenía que prestar servicio con cinco de sus camaradas.
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El enviado
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Sé un relámpago ante Francia; |
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Pues antes de que puedas decir que estaré allí, |
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Será oído el trueno de mi cañón; |
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En consecuencia, actúa de clarín de nuestra cólera. |
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Rey Juan. |
Aunque la pereza fuese una tentación que dominase a Durward, el ruido que reinaba en la caserne de los escoceses desde el primer toque de prima hubiese ciertamente vencido a aquélla; pero la disciplina de la casa de su padre y del convento de Aberbrothick le habían acostumbrado a levantarse con el alba, y se vistió alegremente, entre sonidos de cornetas y los crujidos de armaduras, que anunciaban el cambio de los centinelas de servicio, algunos de los cuales volvían al cuartel, del servicio de noche, mientras otros salían para el de la mañana, y otros, entre los que figuraba su tío, se estaban armando para el servicio personal de Luis XI. Quintín Durward se puso bien pronto, con la alegría propia de un hombre joven y en ocasión semejante, el espléndido traje y armadura que pertenecían a su nuevo empleo; y su tío, que le miraba con gran atención o interés para ver si estaba bien equipado, sin faltarle detalle, no ocultó su satisfacción al ver lo que su sobrino ganaba con el uniforme militar.
-Si resultas tan fiel y tan valiente como apuesto, tendré en ti uno de los escuderos más gallardos y de mejor apariencia de la Guardia, que honrará a la familia de tu madre. Sígueme a la sala de recibir y no te apartes de mi lado.
Diciendo esto, cogió una alabarda grande, pesada, con muchos adornos, y entregando a su sobrino un arma similar, más ligera, se dirigieron al patio interior del palacio, en donde sus camaradas, que tenían que hacer la guardia en las habitaciones interiores, estaban ya reunidos y con las armas: los escuderos detrás de sus jefes, formando así una segunda fila. También esperaban allí muchos picadores con caballos de sangre y perros nobles, a los que Quintín miraba con tal deleite, que su tío se vió obligado más de una vez a recordarle que los animales no estaban allí para su diversión particular, sino para la del rey, que sentía una gran pasión por la caza y era una de las pocas inclinaciones que satisfacía, aun cuando tuviese pendientes asuntos serios de política, siendo un protector tan decidido de la caza en los bosques reales, que se decía, como cosa corriente, que se podía matar a un hombre con más impunidad que a un ciervo.
A una señal dada formaron los guardias, a las órdenes de Le Balafré, que actuaba ocasionalmente de oficial, y después de pasarles revista y de unos cuantos ejercicios, que sirvieron para demostrar el extremoso celo con que realizaban los movimientos, desfilaron hacia el hall donde se celebraban las audiencias, en el que se esperaba la inmediata aparición del rey.
Aunque Quintín era novato en escenas de esplendor, el efecto que le produjo la que ahora presenciaba no correspondió a la idea que se había formado de la brillantez de una corte. Había, es cierto, oficiales de la servidumbre real con ricos uniformes; había guardias bien armados y criados de diversas categorías. Pero no vió a ninguno de los antiguos consejeros del reino, a ninguno de los altos oficiales de la corona, no oyó ninguno de los nombres famosos entre los caballeros ni percibió a ninguno de esos generales o jefes que, llenos de ardor bélico, constituían la fuerza de Francia, o a los fogosos nobles más jóvenes, esos tempranos aspirantes de honores, que eran su orgullo. Los celos, el carácter reservado, la política profunda y sagaz del rey habían alejado del trono a este espléndido círculo, y sólo eran llamados a su alrededor en ciertas ocasiones protocolarias, en las que acudían de mala gana, y se marchaban con alegría, como los animales en la fábula se supone que se aproximan y se alejan de la caverna del león.
Las únicas y escasas personas que parecían allí estar en calidad de consejeros eran hombres de aspecto humilde, cuyos rostros a veces expresaban sagacidad, pero cuyos modales demostraban que habían sido llamados a desempeñar un papel reñido con su anterior educación y con sus costumbres. Una o dos personas, sin embargo, parecieron a Durward. que poseían un semblante más noble, y el rigor de su actual servicio no era tal que impidiese a su tío participarle los nombres de las personas en que él se fijaba.
A lord Crawford, que estaba de servicio, ataviado en rico traje, y teniendo en la mano un bastón de mando de plata, Quintín y el lector están ya presentados. Entre otros que parecían distinguidos, el más notable era el conde de Dunois, hijo del célebre Dunois, conocido con el nombre de el Bastardo de Orleáns, que luchando bajo la bandera de Juana de Arco tan importante papel desempeñó en librar a Francia del yugo inglés. Su hijo mantenía bien el alto renombre que le correspondía por su procedencia, y no obstante su popularidad entre la nobleza y el pueblo, supo Dunois, en toda ocasión, manifestar tal carácter abierto y una franqueza tan leal, que se veía libre de toda sospecha, aun de parte del celoso Luis, que gustaba verle junto a él, y aun a veces le llamaba a sus consejos. Aunque muy ducho en todos los ejercicios de la caballería y poseyendo las condiciones de lo que entonces se llamaba un caballero perfecto, distaba mucho de ser la persona del conde modelo de belleza romántica. Era de estatura corriente y muy fornido, y sus piernas se curvaban hacia fuera, con esa hechura que resulta más conveniente para montar a caballo que elegante para un pedestre. Era ancho de hombros, de pelo negro, su tez morena y sus brazos demasiado largos y nerviosos. Las facciones de su rostro eran irregulares y tendían a feas, y a pesar de todo, había un aire de nobleza y dignidad en su persona, que delataban, a la primera mirada, al noble de alcurnia y al soldado intrépido. Su semblante era altanero; su paso, firme y varonil, y la rudeza de la cara resultaba dignificada con una mirada semejante a la del águila y un frunce parecido al del león. Su vestimenta era un traje de caza, más suntuoso que lucido, y actuaba la mayoría de las veces como montero mayor, aunque no nos inclinamos a creer que en la actualidad desempeñase este oficio.
Apoyado en el brazo de su pariente Dunois, y andando con paso tan lento y melancólico que parecía descansar en su pariente, apareció Luis, duque de Orleáns, el primer príncipe de sangre real (después rey con el nombre de Luis XII), y al que los guardias y personal de servicio rendían homenaje como tal. Este príncipe, que, de morir la descendencia del rey, era heredero de la corona, era celosamente vigilado por Luis XI y no se le permitía que se ausentase de la Corte, y mientras residía allí se veía privado de cargo oficial. El abatimiento de espíritu que su condición casi de cautivo hacía que se reflejase en el porte de este desgraciado príncipe, aparecía aumentado en esta ocasión por haberse enterado de que el rey meditaba cometer con él una de las acciones más crueles e injustas que un tirano puede cometer, obligándole a casarse con la princesa Juana de Francia, la hija menor de Luis, con la que estaba comprometido desde niño, pero cuyo cuerpo deforme hacía que fuese un acto de rigor abominable el insistir en tal enlace.
El exterior de este infeliz príncipe no se distinguía precisamente por su arrogancia, y su carácter era dulce y bondadoso, cualidades que se apercibían a través del velo de extremo decaimiento que al presente obscurecía su espíritu.
Quintín observó que el duque evitaba cuidadosamente el mirar a los guardias reales, y al devolver el saludo de éstos, conservaba los ojos bajos, como si temiese que los celos del rey pudiesen interpretar ese gesto de cortesía ordinaria como producido con el fin de establecer un interés separado y personal entre ellos.
Muy distinta era la conducta del orgulloso prelado y cardenal Juan de Balue, ministro favorito del rey en aquel entonces, cuyo engrandecimiento y carácter tenía tan gran parecido con Wolsey, como la diferencia entre el astuto y político Luis y el temerario y arrojado Enrique VIII de Inglaterra podía permitir. El primero había elevado a su ministro desde la categoría más inferior a la dignidad, o por lo menos los emolumentos, de gran limosnero de Francia; le había colmado de beneficios y conseguido para él el capelo de cardenal; y aunque era demasiado cauto para entregar al ambicioso Balue el ilimitado poder y confianza que Enrique concedía a Wolsey, estaba, no obstante, influido por él más que por ningún otro de sus reconocidos consejeros. El cardenal, en consonancia, no se había librado del error propio de aquellos que se ven de pronto elevados al poder desde una posición humilde, pues estaba firmemente convencido, ofuscado sin duda por lo repentino de su encumbramiento, que podía intervenir en asuntos de todas clases, aun en los más ajenos a su profesión y estudios. Alto y de aspecto tosco, pretendía ser galante y admirar al sexo bello, aunque sus modales hacían de sus pretensiones un absurdo, y su profesión les daba el carácter de indecorosas. Algún adulador masculino o femenino le había, en mala hora, convencido de la idea de que había gran belleza de contorno en un par de piernas musculosas, que había heredado de su padre, un carretero de Limoges, o, según otra versión, un molinero de Verdun; y se había infatuado tanto con esta idea, que siempre tenía los manteos un poco recogidos por un lado, con el fin de que no escapase a la observación la naturaleza robusta de sus piernas. Mientras paseaba por el salón con su hábito carmesí y rica capa, se detenía repetidas veces para mirar las armas y uniformes de los militares caballeros de servicio, les preguntaba sobre varias cuestiones en tono autoritativo y hasta se permitía censurar lo que él llamaba irregularidades de disciplina en lenguaje al que no se atrevían a contestar estos soldados experimentados, aunque era evidente que lo escuchaban con impaciencia y con desprecio.
-¿Sabe el rey -dijo Dunois al cardenal- que el enviado borgoñés tiene prisa en pedir audiencia?
-Lo sabe -contestó el cardenal-; y aquí viene el sábelotodo Oliver Dain (23) para hacernos saber la voluntad real.
Mientras hablaba, un personaje notable, que compartía en aquellos días con el orgulloso cardenal el favor de Luis, entró procedente de una habitación más interior, pero sin ese porte importante y pomposo que caracterizaba la plena dignidad del sacerdote. Al contrario, éste era un hombre pequeño, pálido y flaco, cuyo coleto y calzones de seda negra, sin casaca ni capa, constituían un traje nada a propósito para sentar bien a persona poco distinguida. Llevaba una jofaina de plata en la mano, y una toalla puesta sobre el brazo indicaba su oficio. Su cara era penetrante y viva, aunque trataba de disimular esa expresión de sus facciones manteniendo la vista fija en el suelo, mientras, con movimientos silenciosos y furtivos, parecía modestamente más bien resbalar que andar por la habitación. Pero aunque la modestia puedo fácilmente obscurecer el valer, no puede ocultar el favor real, y todos los intentos para pasar desapercibido en el salón de recepciones eran vanos, por parte de uno de quien se sabía tenía tanto ascendiente sobre el rey como el logrado por este famoso barbero y mozo de cámara, Oliver Le Dain, a veces llamado Oliver Le Mauvais y otras Oliver Le Diable, epítetos derivados por la astucia sin escrúpulos con que contribuía a la realización de los planes de la política tortuosa de su amo. Habló unos momentos con el conde de Dunois, que al instante dejó la cámara, mientras el barbero retornaba tranquilamente a la habitación real de donde había salido, abriéndole paso todo el mundo, cuya deferencia era sólo correspondida con una pequeña inclinación de cuerpo, excepto en algunos casos muy contados, en la que una o dos personas fueron objeto de envidia de los demás cortesanos al murmurarles al oído una sola palabra; y al mismo tiempo, dando por excusa los deberes de su cargo, escapaba de sus respuestas así como de las ansiosas solicitaciones de aquellos que deseaban llamar su atención. Ludovico Lesly tuvo la buena suerte de ser uno de los individuos que en la presente ocasión fué favorecido por Oliver con una sola palabra para asegurarle que su asunto estaba concluído felizmente.
Poco después tuvo otra prueba de la misma agradable noticia, pues el antiguo conocimiento de Quintín, Tristán l'Hermite, el capitán-preboste de la Casa Real, entró en el salón y se fué derecho al sitio en que estaba apostado Le Balafré. El formidable uniforme de este oficial que era muy lujoso, sólo producía el efecto de hacer resaltar notablemente su siniestro rostro y el tono de su voz, que quería hacer conciliador no se diferenciaba mucho del gruñido de un oso. El contenido de sus palabras, sin embargo, fué más amistoso que la voz con que fueron pronunciadas. Lamentaba la equivocación que había ocurrido entre ellos el día anterior, y observó que fué debida a que el sobrino del señor Le Balafré no llevaba puesto el uniforme de su Cuerpo, ni se anunció como perteneciente al mismo, lo que le indujo al error por el que ahora pedía perdón.
Ludovico Lesly dió la contestación debida, y tan pronto como Tristán dió la vuelta, comunicó a su sobrino que tenían de aquí en adelante la distinción de poseer un enemigo mortal en la persona de este temido oficial.
-Pero estamos por encima de su volée: un soldado que hace su deber -dijo- puede reírse del capitán-preboste.
Quintín dió la razón a su tío, pues cuando Tristán se apartó de ellos le lanzó una mirada de desafío llena de rencor, semejante a la que el oso lanza al cazador que lo ha herido de un lanzazo. Aun cuando no tuviese motivos serios para alterarse, la mirada aviesa de este oficial expresaba tal maldad de propósito, que los hombres procuraban evitarla, y el estremecimiento del joven escocés fué tanto más intenso cuanto que le parecía sentir en sus hombros el contacto de los verdugos a las órdenes de este fatal oficial.
Mientras tanto, Oliver, después de haber recorrido la habitación de la manera furtiva que hemos tratado de describir (todos, aun los oficiales de mayor graduación, hacíanle sitio y colmábanle de atenciones ceremoniosas, que su modestia parecía deseosa de evitar), penetró de nuevo en la habitación interior, cuyas puertas se abrieron ahora de par en par, y el rey Luis entró en el salón de recepciones.
Quintín, como los demás, volvió sus ojos hacia él, y se sobresaltó tanto que casi dejó caer su arma cuando reconoció en el rey de Francia al mercader de sedas, maese Pedro, que había sido el compañero de su paseo matinal. Singulares sospechas respecto al rango real de esta persona habían cruzado por su magín en diferentes ocasiones; pero esta realidad evidente superaba a su más atrevida conjetura.
La mirada seria de su tío, ofendido con esta falta de compostura involuntaria, le hizo rehacerse; pero no poco se sorprendió cuando el rey, cuya mirada certera le había descubierto desde luego, encaminó derechos sus pasos al sitio en que estaba colocado sin reparar en nadie más.
-Así, pues, joven -dijo-, me he enterado que has estado alborotando desde tu llegada a Turena; pero te perdono, ya que fué principalmente la falta de un tonto y viejo comerciante que pensó que tu sangre caledonia requería ser calentada por la mañana con vin de Beaulne. Si le llego a encontrar, le castigaré para escarmiento de los que pervierten a mis guardias. Balafré -añadió dirigiéndose a Lesly-, tu pariente es un gallardo joven, aunque vehemente. Me gusta alentar a tales caracteres para sacar el mejor partido posible de los bravos hombres que nos rodean. Que se escriba el año, día, hora y minuto del nacimiento de tu sobrino y que se entregue a Oliver Dain.
Le Balafré hizo una profunda reverencia, y volvió a recobrar su erguida posición militar como el que quiere demostrar con su actitud su presteza a obrar en defensa del rey. Quintín, mientras tanto, repuesto de su primera sorpresa, estudió más detenidamente la apariencia personal del rey, y se maravilló de ver cuán diferentemente interpretaba su parte y sus facciones de como lo había hecho en su primer encuentro.
No había mucho cambio en lo exterior, pues Luis, que siempre se burló de las apariencias externas, llevaba en esta ocasión un traje viejo de caza, azul obscuro, no mucho mejor que el sencillo traje del día anterior, y guarnecido con un gigantesco rosario de ébano, que le había sido enviado nada menos que por el Grand Seignior, con un certificado que había sido usado por un ermitaño copto del monte Líbano, personaje de profunda santidad. Y en vez de la gorra con una sola imagen llevaba ahora un sombrero, cuya banda estaba adornada con una docena lo menos de pequeñas figuras de santos estampados en plomo, de poco valor. Pero aquellos ojos, que según la primera impresión de Quintín sólo brillaban con el afán de ganancia, tenían, ahora que se les sabía propiedad de un monarca poderoso y hábil, una mirada penetrante y mayestática; y aquellas arrugas del entrecejo, que él había supuesto que se habían ido formando durante una larga serie de pequeños planes comerciales, parecían ahora los surcos que la sagacidad había abierto mientras trabajaba meditando en la suerte de las naciones.
Poco después de la aparición del rey entraron en el salón las princesas de Francia con las damas. Con la mayor, que después casó con Pedro de Borbón, y conocida en la historia de Francia por el nombre de Señora de Beaujeau, poco tiene que ver nuestra historia. Era alta y más bien bella, poseía elocuencia, talento y bastante de la sagacidad de su padre, que tenía gran confianza en ella y la amaba más quizá que a nadie.
La hermana menor, la infortunada Juana, la novia predestinada al duque de Orleáns, avanzó tímidamente al lado de su hermana, consciente de la carencia total de esas cualidades externas que las mujeres desean poseer con más ahinco, o se hacen la ilusión de poseer. Era pálida, delgada, de rostro enfermizo; su figura se inclinaba visiblemente hacia un lado, y su marcha era tan desigual que bien podía llamarse coja. Una buena dentadura y unos ojos que expresaban melancolía, dulzura y resignación, con unos cuantos rizos castaños, eran los únicos detalles que la lisonja pudiera atreverse a enumerar para contrarrestar la fealdad general de su cara y de su cuerpo. Para completar su descripción añadiremos que era fácil observar, dado el descuido en el vestir de la princesa y la timidez de sus modales, que poseía un conocimiento desconsolador de la vulgaridad de su figura, y no se atrevía a hacer ningún ensayo para corregir artificiosamente lo que la Naturaleza no le había concedido, ni a intentar agradar por cualquier otro procedimiento. El rey (que no la amaba) se dirigió rápido hacia ella cuando la vió entrar.
-¿Cómo? -dijo-. ¿Estás vestida hoy para una partida de caza o para el convento? Habla, contesta.
-Para lo que Su Majestad quiera, señor -dijo la princesa con voz que apenas se le oía.
-¡Ah!, sin duda querrás persuadirme de que tu deseo es abandonar la corte, Juana, y renunciar al mundo y sus vanidades. Ya, doncella, ¿cómo podías pensar que yo, nacido en el seno de la Iglesia católica, iba a negar al cielo a una hija? La Virgen y San Martín prohíben que me niegue al ofrecimiento si es digno del altar o si tu vocación fuese sincera.
Al decir esto se santiguó el rey devotamente, asemejándose entonces mucho, según pudo apreciar Quintín, a vasallo astuto, que está despreciando el mérito de algo que desea conservar para sí con el fin de que pueda tener una excusa por no ofrecérselo a su jefe o superior. «Se atreve a hacer el hipócrita con el cielo -pensó Durward-, y a jugar con Dios y los santos, como puede hacerlo impunemente con los hombres, que no se atreven a escudriñar muy de cerca su intención.»
Luis, mientras tanto, prosiguió, después de un momento:
-No, querida hija; yo y otro conocemos bien tu verdadero modo de pensar. Querido primo de Orleáns, ¿no es así? Acérquese, señor, y conduzca a esta su devota vestal a su caballo.
Orleáns se sobresaltó cuando habló el rey y se precipitó a obedecerle; pero con tal precipitación y confusión, que Luis le tuvo que decir:
-Primo, modere su galantería y mire delante de sí. ¡Qué imprudente resulta a veces una prisa en el galán! Casi ha cogido la mano de Ana en vez de la de su hermana. Señor, ¿es que yo mismo debo entregarle a Juana?
El infeliz príncipe miró hacia arriba y tembló como un niño cuando se vió forzado a tocar algo a lo que tenía horror instintivo; después, haciendo un esfuerzo, tomó la mano, que la princesa ni dió ni separó. Tal como estaban, los dedos húmedos y fríos de ella cogidos por la mano temblorosa, con los ojos ambos clavados en el suelo, hubiera sido difícil decir cuál de estos dos jóvenes seres era más desgraciado: el duque, que se sentía ligado al objeto de su aversión por lazos que no se atrevía a romper, o la infeliz mujer, que claramente veía que era para él objeto de aversión, y que para librarlo de esa pesadilla no le hubiera importado morirse.
Y ahora, a caballo, caballeros y señoras. Nos guiará la señora de Beaujeau -dijo el rey-; y que el Señor y San Humberto sean con nosotros en este nuestro sport matutino.
-Señor, temo tener que interrumpir la caza -dijo el conde de Dunois-: el enviado borgoñés está delante de las puertas del castillo y pide audiencia.
-¿Que pido una audiencia, Dunois? -replicó el rey-. ¿No le contestaste, según el recado que te envié con Oliver, que no tenemos tiempo libre para verlo hoy, y que mañana es el festival de San Martín, que el cielo quiera no conturbemos con pensamientos terrenos, y que al día siguiente tenernos que ir a Amboise, pero que no quiero dejar de señalarle audiencia, cuando regresemos, tan pronto como mis asuntos urgentes me lo permitan?
-Todo esto dije -contestó Dunois-; pero, sin embargo, señor...
-¡Pasques-dieu!, hombre, ¿qué es eso que no quiere decir tu lengua? -dijo el rey-. El discurso del borgoñés debe ser de difícil digestión.
-Si mi deber, los mandatos de Su Majestad y su carácter de enviado no me hubiesen contenido -dijo Dunois-, hubiera probado a digerirlo él mismo, pues por Nuestra Señora de Orleáns, tuve más intención de que se tragase sus propias palabras que de repetirlas aquí a Vuestra Majestad.
-Es extraño, Dunois -dijo el rey-, que tú, uno de los individuos más impacientes que conozco, tengas tan poca simpatía por la impaciencia de mi descortés y orgulloso primo Carlos de Borgoña. No hago más caso de estos urgentes recados que el que las torres de este castillo hacen de los embates del viento del Nordeste que viene de Flandes, así como este alborotador enviado.
-Sepa, pues, señor -replicó Dunois-, que el conde do Crèvecoeur está abajo con su séquito de acompañantes y trompetas, y dice que, ya que Su Majestad rehúsa concederle la audiencia que su señor le ha encargado que pida para asuntos de la mayor urgencia, permanecerá allí hasta medianoche y se acercará a Su Majestad para hablarle a cualquier hora que le plazca salir de su castillo, bien sea para negocio, ejercicio o devoción, y que, ninguna consideración, excepto el empleo de la fuerza, le obligará a desistir de su resolución.
-Es un tonto -dijo el rey con gran tranquilidad-. ¿Cree el vehemente Hainaulter que es mortificación para un hombre de sentido el permanecer veinticuatro horas quieto dentro de las murallas de su castillo cuando tiene que ocuparse de los asuntos del reino? Estos impacientes mequetrefes piensan que todos los hombres como ellos son desgraciados a no ser cuando están a caballo. Que encierren a los perros y los cuiden, gentil Dunois. Celebraremos hoy Consejo en vez de salir de caza.
-Señor -contestó Dunois-, no se librará Su Majestad de ese modo de Crèvecoeur, pues las instrucciones de su señor son que si no logra la audiencia que pide clavará su manopla en la empalizada delante del castillo en señal de desafío por parte de su amo, que éste renunciará a la fidelidad debida a Francia y declarará al momento la guerra.
-¡Ay! -dijo Luis, sin alteración perceptible en la voz, pero frunciendo el entrecejo hasta que sus obscuros y penetrantes ojos se hicieron casi invisibles bajo sus abundantes cejas-, ¿están las cosas en ese punto? ¿Se siente tan atrevido nuestro antiguo vasallo? ¡Entonces, Dunois, debemos desplegar la Oriflamme y gritar Dennis Montjoye!
-¡Que así sea, y en una hora feliz! -dijo el marcial Dunois; y los guardias, en el hall, incapaces de resistir el mismo impulso, se movieron cada uno en su puesto, con lo que se originó un sonido poco intenso, pero perceptible, de chasquidos de armas. El rey miró orgulloso a su alrededor, y por un momento se asemejó y pensó como su heroico padre.
Pero la excitación del momento dió paso después a una serie de consideraciones políticas, que en aquella ocasión hacían muy peligrosa una franca rotura con Borgoña. Eduardo IV, rey bravo y victorioso, que había tornado parte personalmente en treinta batallas, que ocupaba ahora el trono de Inglaterra, era hermano de la duquesa de Borgoña, y bien podía suponerse que sólo esperaba una ruptura entre su cercana parienta y Luis para introducir en Francia, a través del paso franco de Calais, aquellas almas que habían triunfado en las guerras civiles inglesas y borrar el recuerdo de las disensiones intestinas por la más popular de todas las ocupaciones entre los ingleses, la invasión de Francia. A esta consideración se añadía la dudosa lealtad del duque de Bretaña y otros temas dignos de reflexión. Así es que después de un silencio prolongado, cuando Luis volvió a hablar, aunque en el mismo tono, su espíritu estaba alterado.
-Pero Dios prohibe -dijo- que a no ser que la necesidad nos obligue, el más cristiano de los reyes sea causa de efusión de sangre cristiana, aunque tal calamidad sea evitada a costa de que sufra un poco el honor. Apreciemos en más la seguridad de nuestros súbditos que la herida que mi dignidad pueda recibir del rudo aliento de un embajador inexperto, que quizá se ha excedido en la misión que le encargaron. Traer a mi presencia al enviado de Borgoña.
-Beati pacifici -dijo el cardenal Balue.
-Es verdad, y su eminencia sabe que los que se humillan serán exaltados -añadió el rey.
El cardenal respondió: «Amén», a lo que pocos asintieron, pues aun los pálidos carrillos de Orleáns se sonrojaron de vergüenza, y Balafré disimuló tan poco sus sentimientos, que dejó caer la contera de su alabarda pesadamente contra el suelo, movimiento de impaciencia por el que sufrió un cruel reproche del cardenal, con una lección sobre la manera de tener las armas en presencia del soberano. El propio rey parecía estar molesto, contra su costumbre, por el silencio a su alrededor.
-Estás pensativo, Dunois -dijo-. No te gusta el que cedamos ante este terco enviado.
-De ningún modo -dijo Dunois-; no me mezclo en asuntos que no me competen. Sólo estaba pensando en pedir una merced a Su Majestad.
-Una merced, Dunois, ¿qué es ello? No eres un pedigüeño por sistema y puedes contar con mi asentimiento.
-Entonces suplicaría a Su Majestad que me enviase a Evreux a instruir a los sacerdotes -dijo, Dunois con franqueza militar.
-Eso rebasa tu esfera -replicó el rey sonriendo.
-Podría ordenar sacerdotes tan bien -replicó el conde- como mi lord el obispo de Evreux, o mi lord el cardenal si prefiere este título, podría enseñar la instrucción a los soldados de la guardia de Su Majestad.
El rey sonrió de nuevo y más misteriosamente, mientras decía en voz baja a Dunois:
-Llegará el tiempo en que tú y yo ordenemos juntos a los sacerdotes. Pero éste de ahora es un animal de obispo muy presumido. ¡Ah, Dunois! Roma nos echó encima esta carga y obras. Pero, paciencia, primo, y barajemos las cartas hasta que nos toque ganar (24).
El sonido de trompetas en el patio de honor anunció la llegada del noble borgoñés. Todos en el salón de recepciones se apresuraron a colocarse en el sitio que les correspondía, permaneciendo en el centro de la asamblea el rey y sus hijas.
El conde de Crèvecoeur, guerrero famoso o intrépido, entró en la habitación, y contra la costumbre entre los enviados de potencias amigas, apareció todo armado, excepto su cabeza, en un vistoso traje hecho con la más soberbia armadura milanesa de acero, con adornos y relieves de oro, trabajada según el fantástico estilo árabe. Alrededor de su cuello y sobre su pulida coraza colgaba la insignia del Toisón de Oro, una de las más preciadas condecoraciones que entonces se conocían en la cristiandad. Un hermoso paje llevaba su casco detrás de él, y un heraldo le precedía llevando sus cartas de presentación, que ofreció de rodillas al rey, mientras el embajador se detenía en el centro del hall como para dar tiempo a que todos los presentes admirasen sus miradas altaneras, estatura dominante y actitud retadora. El resto de su séquito esperaba en la antecámara o patio de honor.
-Aproxímese, señor conde de Crèvecoeur -dijo Luis, después de rápida mirada a sus papeles-; no necesito las cartas de presentación de mi primo ni para presentarme a guerrero tan conocido ni para cerciorarme del crédito grande que le merece. Espero que su bella esposa, que lleva alguna de mi sangre ancestral, gozará de buena salud. Si la hubiese traído de la mano, señor conde, podíamos haber pensado que llevaba puesta su armadura, en esta ocasión desacostumbrada, para mantener la superioridad de sus encantos contra la amorosa caballerosidad de Francia. No siendo así, no puedo adivinar la razón de esta armadura completa.
-Señor -replicó el embajador-; el conde de Crèvecoeur tiene que lamentar su desgracia y suplicar su perdón por no poder en esta ocasión responder con toda la humilde deferencia debida a la cortesía real con que Su Majestad lo ha honrado. Pero aunque sólo sea la voz de Felipe Crèvecoeur de Cordès la que habla, las palabras que pronuncia son las de su lord y soberano el duque de Borgoña.
-¿Y qué tiene Crèvecoeur que decir en las palabras de Borgoña? -dijo Luis con aire muy digno-. Recuerde que en este acto Felipe Crèvecoeur habla al que es soberano de soberanos.
Crèvecoeur saludó con una reverencia y después contestó:
-Rey de Francia: el poderoso duque de Borgoña envía, una vez más, una relación escrita de los agravios y vejaciones cometidas en sus fronteras por las guarniciones y oficiales de Su Majestad, y el primer punto a averiguar es si Su Majestad tiene intención de dar reparaciones por estas injurias.
El rey, mirando a la ligera el memorial que el heraldo le entregó, puesto de rodillas, dijo:
-Estos asuntos han sido tratados hace tiempo en nuestro Consejo. De las injurias presentadas, algunas sirven de compensación a las sufridas por mis vasallos; otras se presentan sin pruebas; algunas han sido vengadas por los soldados y guarniciones del duque, y si aun quedan algunas no comprendidas en los casos anteriores, no soy opuesto, como príncipe cristiano, a dar satisfacción por ofensas sostenidas por mi vecino, aunque hayan sido cometidas no sólo sin mi consentimiento, sino contra mis expresas órdenes.
-Llevaré la respuesta de Su Majestad -dijo el embajador- a mi soberano, señor; sin embargo, permítame decir que, como no difiere mucho de las respuestas evasivas que ya han merecido otras veces sus justas quejas, no puedo esperar que proporcione el medio de restablecer la paz y amistad entre Borgoña y Francia.
-Dejemos eso a la voluntad de Dios -dijo el rey-. No es por miedo a las armas de su señor, sino por amor a la paz, por lo que doy una respuesta tan moderada a sus injuriosos reproches. Prosiga con su embajada.
-La siguiente petición de mi señor -dijo el embajador- es que Su Majestad ponga fin a sus tratos secretos y ocultos con las poblaciones de Gante, Lieja y Malinas. Pide que Su Majestad llame a los agentes secretos, por cuyo intermedio resultan enardecidos sus buenos ciudadanos de Flandes, y expulse de los dominios de Su Majestad, o más bien entregue al castigo merecido de su señor feudatario, a aquellos traidores fugitivos que, habiendo huído de la escena de sus maquinaciones, han encontrado un refugio muy propicio en París, Orleáns, Tours y otras ciudades de Francia.
-Diga al duque de Borgoña -replicó el rey- que desconozco esas prácticas indirectas que injuriosamente me achaca; que mis súbditos de Francia tienen comercio frecuente con las ciudades de Flandes con el fin de beneficiarse mutuamente con el libre tráfico, y sería ir contra los intereses del duque y los míos el pretender interrumpirlo, y que muchos flamencos tienen residencia en mi reino y gozan de la protección de mis leyes con el mismo objeto; pero ninguno de ellos, que sepamos, por razones de traición o rebeldía contra el duque. Prosigue con el mensaje; ya has oído mi respuesta.
-Con pena, como anteriormente, señor -replicó el conde de Crèvecoeur-, no es de esa naturaleza explícita que al duque, mi amo, le gustaría recibir como satisfacción por la larga serie de maquinaciones secretas, no menos ciertas, aunque ahora negadas por Su Majestad. Pero prosigo con mi mensaje. El duque de Borgoña solicita del rey de Francia que envíe sin dilación a sus dominios, y bajo una salvaguardia segura, las personas de Isabel, condesa de Croye, y de su parienta y guardiana, la condesa Hameline, de la misma familia, teniendo presente que la dicha condesa Isabel, que por la ley del país y la dependencia feudal de sus bienes está bajo la tutela del duque do Borgoña, ha huído de sus dominios esquivando los proyectos matrimoniales que él, como guardián cuidadoso, le había buscado, y está aquí mantenida en secreto por el rey de Francia y alentada par él en su contumacia hacia el duque, su natural señor y guardián, y en contra de las leyes divinas y humanas que siempre se han reconocido en la Europa civilizada. Una vez más me callo para saber la respuesta de Su Majestad.
-Hizo bien el conde de Crèvecoeur -dijo Luis desdeñosamente- el comenzar su embajada a hora tempana, pues si es su propósito el pedirme cuentas por la huída de cada vasallo a quien la pasión violenta de su amo pueda haber expulsado de sus dominios, la lista puede durar hasta la puesta del sol. ¿Quién puede afirmar que estas damas están en mis dominios? ¿Quién puede atreverse a decir, aunque así fuese, que yo he favorecido su huída a aquí o las he recibido con ofertas de protección? ¿Y quién podría asegurar que, si están en Francia, conozca yo su sitio de retiro?
-Señor -dijo Crèvecoeur-, si me lo permite Su Majestad diré que poseía un testigo de este asunto: uno que vió a esas damas fugitivas en una posada llamada la Fleur de Lys, no lejos de este castillo; uno que vió a Su Majestad en compañía de ellas, aunque bajo el indigno disfraz de un burgués de Tours; uno que recibió de ellas, en su real presencia, mensajes y cartas para sus amigos de Flandes; todo lo cual hizo llegar a manos y oídos del duque de Borgoña.
-Preséntele aquí -dijo el rey-; coloque ante mi vista al hombre que se atreva a mantener estas falsedades evidentes.
-Habla muy seguro de triunfar Su Majestad; pues bien sabe que ya no existe este testigo. Cuando vivía se llamaba Zamet Magraubin, y era, por naturaleza, uno de esos vagabundos gitanos. Fué ejecutado ayer, según he oído, por una banda del preboste de Su Majestad para impedir, sin duda, que compareciese aquí para comprobar que habló de este asunto al duque de Borgoña en presencia de su Consejo y de mí, Felipe Crèvecoeur de Cordès.
-¡Por nuestra Señora de Embrun! -dijo el rey-, son de tal índole estas acusaciones y tan tranquila tengo mi conciencia respecto a ellas, que, por el honor de un rey, me río de ellas antes que encolerizarme. La guardia de mi preboste condena a diario, como es su deber, a ladrones y vagabundos. ¿Y va a ser denigrada mi corona por lo que esos ladrones y vagabundos puedan haber dicho a nuestro inflamable primo de Borgoña y a sus sabios consejeros? Le ruego diga a mi amable primo que, si ama tales compañías, lo mejor que puede hacer es conservarlas en su propio territorio, pues aquí es probable que tropiecen con una soga al cuello.
-Mi amo no necesita de tales súbditos, señor rey -contestó el conde en tono menos respetuoso que el que hasta ahora se había permitido emplear-, pues el noble duque no acostumbra a consultar a brujas, egipcios vagabundos u otros sobre el destino y suerte de sus vecinos y aliados.
-He tenido bastante paciencia -dijo el rey interrumpiéndole; y ya que tu única comisión aquí, parece ser el propósito de insultar, enviaré a alguien en mi nombre al duque de Borgoña, convencido, con esta conducta tuya hacia mí, que te has excedido de tu comisión, cualquiera que ésta fuese.
-Por el contrario -dijo Crèvecoeur-, aun no he acabado con ella. Oid, Luis de Valois, rey de Francia; oid, nobles y caballeros, que estáis presentes; oid, todos los hombres buenos y sinceros, y tú, Toisón de Oro -dirigiéndose al heraldo-, haz proclamación después que yo. Yo, Felipe Crèvecoeur de Cordès, conde del Imperio y caballero de la Orden honorable y real del Toisón de Oro, en el nombre del lord y príncipe más poderoso, Carlos, por la gracia de Dios, duque de Borgoña y de Loringia, de Brabante y Limburgo, de Luxemburgo y de Gueldres; conde de Flandes y de Artois; conde palatino de Hainault, de Holanda, Zelanda, Namur y Zutphen; marqués del Santo Imperio; lord de Friezeland, Salinas y Malinas, a vos, Luis, rey de Francia, hago saber públicamente que, habiendo vos rehusado el remedio para las diversas querellas, agravios y ofensas preparadas y hechas por vos o con su ayuda, sugestión e instigación contra el mencionado duque y sus amados súbditos, él, por intermedio mío, renuncia a toda alianza y fidelidad hacia su corona y dignidad, le acusa de falso y desleal y le desafía como príncipe y como hombre. Ahí está mi prenda en prueba de lo que he dicho.
Al decir esto, se arrancó la manopla de su mano derecha y la arrojó contra el suelo del hall.
Hasta que tuvo lugar este último gesto de audacia reinó un profundo silencio en la habitación real durante la extraordinaria escena; pero tan pronto el ruido de la manopla al caer fué acompañado por la profunda voz de Toisón de Oro, el heraldo borgoñés, con la exclamación ¡¡Viva Borgoña!!, hubo un tumulto general. Mientras Dunois, Orleáns, el anciano lord Crawford y uno o dos más, cuyo rango autorizaba su injerencia, contendían cuál de ellos debía recoger la manopla, los otros, en el hall, exclamaban:
-¡A golpes con él! ¡Despedazadle! ¡Venir aquí a insultar al rey de Francia en su propio palacio!
Pero el rey apaciguó el tumulto exclamando, en voz de trueno que sobrecogió e hizo callar todo otro ruido:
-¡Silencio, súbditos! ¡No poner una mano sobre el hombre ni un dedo sobre la manopla! ¡Y vos, señor conde, ¿de qué está compuesta su vida o cómo está garantizada para poderla arriesgar en el lanzamiento de un dado tan peligroso? ¿O está su duque hecho de diferente metal de los demás príncipes, ya que así sostiene su pretendida querella, de manera tan poco usual?
-Está hecho, realmente, de un metal diferente y más noble que los otros príncipes de Europa -dijo el osado conde de Crèvecoeur-, pues cuando ninguno de ellos se atrevía a proteger a vos, rey Luis; cuando sólo erais delfín, desterrado de Francia y perseguido con toda la amargura de la venganza de su padre y todo el poder de su reino, fuisteis recibido y protegido como un hermano por mi noble amo, a cuya generosidad habéis correspondido tan mal. Adiós, señor; mi misión está cumplida.
Diciendo esto el conde de Crèvecoeur abandonó bruscamente el salón sin más señales de despedida.
-¡A él, a él! ¡Recoged la manopla y a él! -dijo el rey-. No me refiero a ti, Dunois; ni a ti, lord Crawford, quienes podéis estar demasiado viejos para serias disputas; ni a ti, primo Orleáns, que eres demasiado joven para ellas. Mi lord cardenal, mi lord obispo de Auxerre, es su sagrada misión hacer que haya paz entre los príncipes; recoja la manopla y haga presente al conde de Crèvecoeur el pecado que ha cometido insultando así a un gran monarca en su propia corte y forzándonos a traer las miserias de la guerra sobre su reino y el de su vecino.
Ante este llamamiento personal directo, el cardenal Balue procedió a levantar la manopla con la misma precaución que uno que fuese a tocar una culebra, tanta era su aparente aversión a este símbolo de guerra, y en seguida dejó la habitación real para precipitarse tras el del reto.
Luis miró alrededor el círculo de sus cortesanos, la mayoría de los cuales, excepto los que ya hemos mencionado, eran hombres de origen humilde y elevados a su rango en el servicio del rey por méritos distintos al valor o hechos de armas, y a esa circunstancia era, sin duda, debido que se mirasen, pálidos, unos a otros y que hubiesen recibido una impresión desagradable con la escena que acababa de verificarse. Luis les miró con desprecio, y después dijo en voz alta:
-Aunque el conde de Crèvecoeur sea presuntuoso, hay que reconocer que en él posee el duque de Borgoña un servidor tan arrojado como pudiera soñar un príncipe. Me gustaría saber dónde encontrar un enviado tan leal para devolver mi respuesta.
-Hace, señor, injusticia a sus nobles franceses -dijo Dunois-; cualquiera de ellos llevaría cartel de desafío a Borgoña en la punta de su espada.
-Señor -dijo el anciano Crawford-, también juzga mal a los caballeros escoceses que lo sirven. Yo, o cualquiera de mis secuaces de rango conveniente, no dudaríamos un momento en acudir a aquella orgullosa corte a pedir cuentas; mi brazo es aun bastante fuerte para ese fin si poseo el permiso de Su Majestad.
-Pero Su Majestad -continuó Dunois- no nos utilizará en servicio por el que podamos ganar honor para nosotros, para Su Majestad y para Francia.
-Di más bien -dijo el rey- que no me entrego, Dunois, a una temeraria impetuosidad, que, bajo pretexto de un puntillo de honor, podría hacer naufragar a vosotros, al trono, a Francia y a todo. No hay ninguno de vosotros que no sepa lo que vale en estos momentos cada hora de paz, tan necesarias para curar las heridas de un país revuelto, y, sin embargo, no hay ninguno de vosotros que no se precipitaría en una guerra con el pretexto de un cuento de un gitano vagabundo o de alguna dama errante, cuya reputación quizá no es mayor. Aquí vuelve el cardenal, y confío en que traerá noticias más pacíficas. Mi lord, ¿ha conseguido traer al conde al camino de la razón y de la templanza?
-Señor -dijo Balue-, mi labor ha sido difícil. Le hice presente al orgulloso conde cómo se atrevió a tener con Su Majestad esa actitud presuntuosa, con la que había interrumpido su audiencia, y que debía interpretarse que procedía no de su señor, sino de su propia insolencia, y que le colocaba a merced de Su Majestad para cualquier castigo que juzgase adecuado.
-Hablasteis bien -replicó el rey-. ¿Y cuál fué su contestación?
-El conde -continuó el cardenal- tenía en ese momento su pie en el estribo, dispuesto a montar, y al oír mi queja volvió la cabeza sin variar de posición.
-Aunque me hubiese encontrado a cincuenta leguas de distancia -dijo- me bastaba haber oído el rumor de que una cuestión era juzgada por el rey de Francia como censurable para mi príncipe para que a tal distancia hubiese montado en el acto y hubiese vuelto para descargar mi conciencia de la respuesta que di hace un momento.
-Digo, señores -exclamó el rey mirando a todos sin muestras de enojo-, que en el conde Felipe de Crèvecoeur posee mi primo, el duque, el servidor más digno que jamás le fué dado tener a ningún príncipe. ¿Pero conseguisteis de él que se detuviese?
-Que se quedase por veinticuatro horas, y en ese tiempo recibiría su manopla de desafío -dijo el cardenal- Se ha apeado en la Fleur de Lys.
-Procure que sea debidamente atendido a nuestra costa -dijo el rey-. Un servidor como éste es una joya en la corona de un príncipe. ¿Veinticuatro horas? -añadió, hablando para sí, con aspecto de querer leer en el futuro-. ¿Veinticuatro horas? Es poquísimo tiempo. Sin embargo, veinticuatro horas bien empleadas equivalen a un año en manos de agentes indolentes o poco capaces. Bien. ¡Al bosque, al bosque, mis bizarros lores! Orleáns, querido pariente, desecha esa modestia, aunque no te va mal; no te importe la timidez de Juana. Antes dejarían las aguas del Loira de mezclarse con las del Cher que ella agradecer tu cortejo o tú buscar su compañía -añadió al ver que la desgraciada princesa se movía lentamente hacia su novio prometido-. Y ahora, caballeros, coged las lanzas de batir jabalíes, pues Allegre, mi montero, sabe de uno que dará que hacer a hombres y perros. Dunois, préstame tu lanza; toma la mía, es demasiado pesada para mí. A montar, caballeros, a montar.
Y todos partieron de caza.
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La caza del jabalí
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Hablaré con muchachos despreocupados |
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Y tontos faltos de ingenio; |
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Ninguno me mirará con ojos sospechosos. |
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Rey Ricardo. |
A pesar de la experiencia que el cardenal tenía respecto al carácter de su rey no impidió que en la presente ocasión cometiese un gran error de política. Su vanidad le indujo a pensar que había tenido más éxito al conseguir del conde de Crèvecoeur que permaneciese en Tours que el que cualquier otro mediador del rey podía haber logrado. Y como sabía bien la importancia que Luis le daba a la evitación de una guerra con el duque de Borgoña, no pudo contenerse en demostrar que se había hecho la ilusión de haber prestado al rey un gran servicio. Se acercó a la persona del rey más de lo que tenía costumbre y trató de sacarle la conversación sobre los acontecimientos de la mañana.
Esto era improcedente por más de una razón, pues los príncipes no gustan de ver que sus súbditos se les acerquen con aire consciente de algún merecimiento, con lo que parecen deseosos de forzar una recompensa por sus servicios, y Luis, el monarca más celoso que se conoce, era particularmente contrario e inaccesible a cualquiera que pareciese, bien presumir por un servicio prestado, o bien atisbar en sus secretos.
No obstante, inducido, como a veces sucede a los más cautos, por el humor satisfecho del momento, continuó el cardenal cabalgando a la mano derecha del rey, sacando la conversación, siempre que era posible, sobre Crèvecoeur y su embajada, lo que, aunque bien podía ser que fuese el asunto que más absorbiese los pensamientos del rey en aquellos momentos, era precisamente el que menos deseo tenía de que le hablasen. Por fin, Luis, que le había escuchado con atención, aunque sin dar ninguna respuesta que pudiese ser motivo de prolongar la conversación, hizo señas a Dunois, que cabalgaba no muy apartado, de que se colocase al otro lado de su caballo.
-Venimos aquí para hacer ejercicio y por sport -dijo-; pero aquí, el reverendo padre, sería gustoso de que celebrásemos un Consejo de Estado.
-Espero que Su Majestad me dispensará de mi asistencia -dijo Dunois- He nacido para luchar en las batallas de Francia, y tengo corazón y manos para ello; pero no tengo cabeza para sus Consejos.
-Mi lord cardenal no tiene cabeza para otra cosa, Dunois -contestó Luis-; ha confesado a Crèvecoeur en la puerta del castillo y nos ha comunicado toda su confesión. ¿No nos dijisteis toda? -continuó, con un énfasis de palabra y una mirada al cardenal que salió de entre sus largas y obscuras pestañas como los reflejos de una daga al salir de la vaina.
El cardenal tembló cuando, tratando de replicar a la broma del rey, dijo:
-Que aunque su ministerio le obligaba a ocultar los secretos de sus penitentes en general, no había sigillum confessionis para con Su Majestad.
-Y como su eminencia -dijo el rey- está dispuesto a comunicar los secretos de otros a nosotros, espera, naturalmente, que seamos igualmente comunicativos con él; y para lograr este recíproco trato, desea, muy razonablemente, saber si esas dos damas de Croye están actualmente en nuestro territorio. Siento no poder satisfacer su curiosidad, ya que yo mismo ignoro en qué sitio preciso se hallan esas damas errantes; esas princesas disfrazadas y condesas desgraciadas pueden estar acampadas en mis dominios, que son, gracias a Dios y a Nuestra Señora de Embrun, demasiado extensos para poder responder fácilmente a las preguntas tan razonables de su eminencia. Pero, suponiendo estuviesen con nosotros, ¿qué opinas, Dunois, de la perentoria petición de mi primo?
-Le contestaré, señor, si me dice con sinceridad si desea la paz o la guerra -replicó Dunois con una franqueza que, como procedía de su natural sinceridad e intrepidez de carácter, contribuía a granjearle el favoritismo de Luis, quien, como todas las personas astutas, deseaba tanto leer en los corazones de los demás como ocultar el suyo.
-Por Dios -dijo-, celebraría tanto como tú, Dunois, decirte mi propósito si lo supiere con certeza. Pero en el caso de decidirme por la guerra, ¿qué haría con esa bella y rica heredera, suponiendo que estuviese en mis dominios?
-Concederla en matrimonio a uno de los ardientes partidarios de Su Majestad que tenga corazón para amar y brazo para protegerla -dijo Dunois.
-Pasques-dieu -exclamó el rey-, eres más político de lo que pensaba, dado tu modo de ser.
-No, señor -contestó Dunois-; lo soy todo menos político. He hablado únicamente sin rodeos. Su Majestad debe a la casa de Orleáns, por lo menos, una boda feliz.
-Y la pagaré, conde. ¡Pasques-dieu!, la pagaré. ¿No ves allá aquella pareja?
El rey señaló al infeliz duque de Orleáns y a la princesa, quienes, no atreviéndose a quedar a una gran distancia del rey ni aparecer ante él separados el uno del otro, cabalgaban juntos, aunque,con un intervalo de dos o tres yardas entre ellos; espacio que, la timidez por una parte y la aversión de otra, les impedía disminuir ni tampoco aumentar.
Dunois miró en la dirección señalada por el rey, y como la situación de este desgraciado pariente y de su predestinada novia le recordaba la de dos perros que, amarrados juntos a la fuerza, permanecen, sin embargo, tan separados entre sí como la amplitud de sus collares se lo permite, no pudo evitar de mover la cabeza, aunque no se aventuró, en ninguna respuesta al tirano hipócrita. Luis pareció adivinar sus pensamientos.
-Será su hogar tranquilo y apacible, sin perturbaciones de niños, según creo (25). Pero éstos no siempre son una bendición.
Quizá fué el recuerdo de su propia ingratitud filial lo que hizo al rey callarse después de hacer la última reflexión y lo que convirtió la sonrisa burlona que se dibujaba en sus labios en algo parecido a una expresión de arrepentimiento. Pero, al instante prosiguió en otro tono:
-Francamente, Dunois; por mucho que respete el santo sacramento del matrimonio -al decir esto se santiguó-, preferiría que la casa de Orleáns me diese soldados valerosos, como tu padre, y tú mismo, que lleváis sangre real sin reclamar sus derechos, a que el país resultase destrozado, como Inglaterra, por guerras suscitadas por la rivalidad de los legítimos candidatos a la corona. El león no debe tener más de un cachorro.
Dunois suspiró y se quedó callado, sabiendo que si contradecía a su arbitrario soberano muy bien podía dañar los intereses de su pariente sin proporcionarle beneficio alguno; no obstante, no pudo evitar el decir al poco rato:
-Ya que Su Majestad ha aludido al nacimiento de mi padre, debo reconocer que, dada la condición de sus padres, bien pudo ser considerado como más feliz siendo hijo de un amor no legalizado que de un odio conyugal.
-Eres un individuo escandaloso, Dunois, al hablar de ese modo de un santo matrimonio -contestó Luis, bromeando-. Pero no es hora de pláticas, pues tenemos el rastro del jabalí. Distribuid los perros. ¡Por San Humberto! ¡Ha! ¡Ha! ¡Tra-la-la-lira-a!
Y el cuerno del rey sonó alegremente a través de los bosques mientras seguía adelante, seguido por dos o tres de sus guardias, entre los que estaba nuestro amigo Quintín Durward. Y es digno de notar que, aun en medio de la persecución más atropellada en el ejercicio de su sport favorito, el rey, para satisfacer su temperamento mordaz, encontraba ocasión para divertirse atormentando al cardenal Balue.
Era una de las debilidades de ese hábil hombre de Estado, como en otro lugar hemos indicado, el suponerse capacitado para hacer el papel de cortesano y de hombre galante a pesar de su origen modesto y educación deficiente. Es cierto que no se clasificaba entre los caballeros combatientes, como Becket, o entre los soldados de leva, como Wolsey. Pero su fin perseguido era practicar la galantería con provecho, teniendo asimismo mucha afición por la marcial diversión de la caza. Por muy bien que le fuese con ciertas damas, con las que su poderío, sus riquezas y su influencia de hombre de Estado podían suplir sus deficiencias en modales y presentación, los sanguíneos caballos, que adquiría a cualquier precio, eran completamente insensibles a la dignidad de llevar encima a un cardenal, y no le guardaban mayor respeto que el que hubiesen tenido a su padre, el carretero, molinero o sastre, con quien rivalizaba como jinete. El rey sabía esto, y conteniendo, y excitando alternativamente a su caballo, conseguía llevar al del cardenal, que mantenía junto a sí, en tal estado de rebeldía contra su jinete, que era a todas luces evidente que pronto tendrían que separarse, y entonces, en medio de sus arrancadas, saltos, retrocesos y latigazos, el atormentador real hacía aun más desgraciado al infortunado jinete, preguntándole sobre muchos asuntos de importancia y dejando entrever su propósito de aprovechar aquella oportunidad para participarle algunos de los secretos de Estado que hacía sólo un momento tan ansioso parecía el cardenal de saber (26).
Es difícil imaginarse una situación más apurada que la de un consejero privado que se ve forzado a escuchar y a replicar a su soberano mientras cada nuevo rebote de su ingobernable caballo le coloca en una situación más difícil; su manto violeta, volando suelto en todas direcciones, y sin que nada le garantice de una caída repentina y peligrosa, salvo la profundidad de su silla y su altura por delante y por detrás. Dunois se reía sin freno, mientras el rey, que tenía un modo especial de gozar interiormente sin exteriorizar la risa, echaba en cara suavemente a su ministro su ardiente pasión por la caza, que no le permitía dedicar unos pocos momentos a los asuntos.
-No seré por más tiempo un obstáculo a su carrera -continuó, dirigiéndose al aterrorizado cardenal y soltando al mismo tiempo las riendas de su caballo.
Antes de que Balue pudiese pronunciar una palabra para contestar o excusarse, su caballo, cogiendo el bocado entre los dientes, siguió adelante en irrefrenable galope, dejando bien pronto atrás al rey y a Dunois, que seguían a aire más moderado, gozando con la situación angustiosa del hombre de Estado. Si alguno de nuestros lectores ha sufrido la suerte alguna vez de que se le desmandara el caballo (como a nosotros nos ha sucedido), se percatará, desde luego, del peligro y de lo absurdo de la situación. Esas cuatro extremidades del cuadrúpedo que, faltas del gobierno del jinete, y a veces del mando de la criatura a que pertenecen, vuelan a tal velocidad que parece que las de atrás tratan de adelantar a las de adelante; esas piernas colgantes del bípedo, que estamos deseando ver pisando a salvo la pradera, pero que ahora sólo sirven para aumentar nuestra angustia, oprimiendo los costados del animal; las manos, que han olvidado la brida para agarrarse a la crin; el cuerpo, que en vez de mantenerse erguido sobre el centro de gravedad, como el anciano Angelo acostumbraba a recomendar, o inclinado hacia adelante, como un jockey de Newmarket, está tendido más que montado sobre el lomo del animal, con no más probabilidades de salvarse que un saco de grano; todo se combina para hacer un cuadro de lo más cómico que cabe imaginar para los espectadores, por muy poca gracia que le haga al que se exhibe en él. Pero añadid a esto alguna singularidad de traje o presentación por parte de este desgraciado jinete, un manto oficial, un uniforme espléndido u otra cualquiera peculiaridad del ropaje, y poned el lugar de la acción en una carrera de caballos, una revista, una procesión o cualquier otro sitio de público esparcimiento, y si la desdichada persona se escapa de ser objeto de una carcajada general, puede resultar con una o las dos piernas rotas o, lo que sería más sensible, quedarse en el sitio, pues sólo con una de estas alternativas puede su caída producir algo de compasión. En este caso, la corta vestidura talar color violeta que usaba el cardenal para montar (pues había cambiado su hábito largo antes de dejar el castillo), sus medias escarlatas y sombrero del mismo color, con los largos cordones colgando, junto con su amargo desamparo, daban mucho sabor a la exhibición de este jinete poco ducho.
Dueño por completo el caballo de la situación, volaba más que galopaba a lo largo de una sombreada avenida; alcanzó a la jauría en tenaz persecución del jabalí, y después de derribar a uno o dos monteros, que no esperaban ser atacados por la espalda, y a varios perros y de haber alborotado la caza, animada por los clamores de protesta de los cazadores, llevó al asustado cardenal más allá del formidable animal, que avanzaba en vertiginoso trote, furioso y con los colmillos llenos de espuma. Balue, al verse tan cerca del jabalí, lanzó voces de socorro, las cuales -o quizá la vista del animal- produjeron tal efecto en el caballo, que el noble bruto interrumpió su alocada carrera, dando un salto repentino a un costado, de suerte que el cardenal, que se había mantenido mucho tiempo en la silla porque el movimiento de avance era rectilíneo, cayó pesadamente al suelo. Así terminó la caza, y de Balue cayó en un lugar tan cerca del jabalí, que de no estar el animal en aquel momento muy ocupado en sus propios asuntos, su vecindad podía haber resultado tan fatal para el cardenal como se dice lo fué para Favila, rey de los visigodos, de España. El poderoso purpurado optó por retirarse de la cacería y, arrastrándose como pudo fuera de la pista de perros y cazadores, vió a todos pasar junto a él sin socorrerle, pues los cazadores de aquellos días les daba tan poca pena de esas desgracias como, en cambio, las sienten los de nuestra época.
El rey, al pasar, dijo a Dunois:
-Allá está su eminencia caído y cabizbajo; no es cazador experto, aunque como pescador, cuando hay que pescar un secreto, puede competir con el propio San Pedro. Me parece, sin embargo, que, por esta vez, se ha encontrado con la horma de su zapato.
El cardenal no oyó las palabras; pero la mirada desdeñosa conque fueron acompañadas le indujeron a sospechar su intención. Se dice que el diablo aprovecha todas las ocasiones de tentación como las que ahora proporcionaron las pasiones de Balue, que tan cruelmente fueron burladas por el desdén del rey. El susto momentáneo desapareció tan pronto como se aseguró de que en la caída, no se había hecho daño; pero la vanidad mortificada y el resentimiento contra su soberano subsistieron mucho más tiempo en su ánimo.
Después que todo el mundo había pasado, un caballero, que parecía más bien ser espectador que participante en el sport, apareció a caballo con uno o dos acompañantes y se sorprendió no poco de encontrar al cardenal en el suelo, sin caballos ni servidores, y en tal actitud que a todas luces pregonaba la clase de accidente que le hacía estar allí. El desmontarse y ofrecer su ayuda en este apuro, el hacer que uno de sus servidores cediese un caballo sosegado y pacífico para que el cardenal lo montase, el expresar su sorpresa por las costumbres de la corte francesa, que así permitía que sus más preclaros hombres de Estado quedasen abandonados en los peligros de la caza y sin auxilio en sus necesidades, fueron los métodos naturales de ayuda y consuelo que encuentro tan extraño inspiró a Crèvecoeur, pues era el embajador borgoñés quien vino a socorrer al cardenal caído.
Encontró a éste en momento oportuno para ensayar algunas de esas proposiciones en contra de su lealtad, que es bien sabido el cardenal tenía la debilidad de escuchar. Ya por la mañana, según el temperamento celoso de Luis adivinó, había pasado entre ellos más de lo que el cardenal había dicho a su señor. Pero aunque escuchó con oídos gratos los altos elogios que, según Crèvecoeur, el duque de Borgoña hacía de su persona y de su talento, y no dejó de experimentar alguna tentación cuando el conde insinuó la munificencia de su amo y la prosperidad de Flandes, y sólo el accidente que, como hemos dicho, le hubo irritado extraordinariamente, le resolvió -incitado por su vanidad herida, y en una hora fatal- a demostrar a Luis XI que no hay un enemigo más peligroso que un amigo y confidente ofendido.
En la presente ocasión se apresuró a rogar a Crèvecoeur que se separase de su lado por temor de que fuesen vistos; pero le dió una cita para la noche en la abadía de San Martín, de Tours, después del toque de vísperas, y en el tono de sus palabras comprendió el borgoñés que su señor había logrado una ventaja inesperada debida sólo a un momento de exasperación.
Mientras tanto, Luis, que con ser el príncipe más político de su tiempo, en esta como en otras ocasiones, había dejado que sus pasiones venciesen a su prudencia, proseguía contento la caza del jabalí salvaje, que ahora llegaba a un punto interesante. Sucedió que un jabalí joven había cruzado el rastro del primer jabalí y atraído en su persecución a todos los perros (excepto dos o tres viejos sabuesos) y a la mayoría de los cazadores. El rey vió con alegría que Dunois y los demás seguían la falsa pista, y gozó en secreto con la idea de triunfar sobre ese cumplido caballero en el arte de cazar, que entonces se juzgaba tan glorioso como el de la guerra. Luis llevaba un buen caballo y seguía de cerca a los sabuesos; así es que cuando el jabalí primitivo se volvió al dar con un trozo pantanoso del terreno, sólo había junto a él el rey.
Luis mostró toda la bravura y habilidad de un experto cazador, pues despreciando el peligro, avanzó a caballo hacia el tremendo animal, que se defendía furiosamente contra los perros, y le tiró un golpe con su lanza; pero como el caballo retrocedió ante el jabalí, el golpe no fué tan eficaz como para matarlo o dejarle mal herido. No hubo medio de que el caballo cargase segunda vez, así es que él, desmontándose, avanzó a pie contra el furioso animal, teniendo en la mano una de esas espadas cortas, aplastadas, rectas y puntiagudas que los cazadores usan en tales encuentros. El jabalí abandonó en el acto a los perros para precipitarse sobre su enemigo humano, en tanto que el rey, aguantando a pie firme, presentó la espada con el propósito de clavarla en el cuello del animal o en el pecho, en cuyo caso el peso de la bestia y la impetuosidad de su carrera hubieran servido para acelerar su propia destrucción. Mas, debido a la humedad del piso, resbaló el pie del rey en el momento en que esta delicada y peligrosa maniobra debía realizarse, de suerte que la punta de la espada, tropezando con la coraza de cerdas en el exterior de la paletilla del animal, resbaló sin producir daño, y Luis cayó cuan largo era en el suelo. Esto fué una suerte para el monarca, porque el animal, a causa de la caída del rey, fracasó en su arremetida, y al pasar sólo rozó con su colmillo la casaca corta de cazar del rey en vez de herir su muslo. Pero cuando, después de avanzar un poco, en la furia de su carrera, el jabalí se volvió para repetir su ataque contra el rey en el momento en que se estaba levantando, corrió grave peligro la vida de éste. En este instante crítico, Quintín Durward, que se había retrasado respecto a los demás por la lentitud de marcha de su caballo, pero que, no obstante, había por fortuna distinguido y seguido el sonido del cuerno de caza del rey, avanzó y atravesó al animal con su lanza.
El rey, que por entonces estaba ya de pie, acudió a su vez en auxilio de Durward y cortó el cuello del animal con su espada. Antes de dirigir palabra alguna a Quintín, midió a pies la gigantesca criatura, se limpió a renglón seguido el sudor de la frente y la sangre de su mano, después se quitó su gorro de caza, lo colgó en un arbusto e hizo devotamente sus oraciones a las pequeñas imágenes de plomo que llevaba puestas, y por fin, mirando a Durward, le dijo:
-¿Eres tú, mi joven escocés? Has empezado bien tu servicio, y maese Pedro te debe un agasajo tan bueno como el que te dió allá en la Fleur de Lys. ¿Por qué no hablas? Me parece que has perdido en la Corte tu viveza y decisión, cuando otros encuentran ambas en ella.
Quintín, muchacho astuto, había cogido más temor que sorpresa a su peligroso amo, y no parecía dispuesto a aprovecharse de la familiaridad a la que se le invitaba. Contestó con pocas y bien escogidas palabras que si se atrevía a dirigirse a Su Majestad era sólo para pedirle perdón por el atrevimiento impensado con que se había conducido cuando ignoraba su alto rango.
-¡Calla, hombre! -dijo el rey-. Te perdono tu descaro por tu valentía y astucia. Me sorprendió ver lo poco que te faltó para acertar la ocupación de mi compadre Tristán. Casi has llegado a probar su labor después, por lo que me han dicho. Debes guardarte de él; es un comerciante que trafica en toscos brazaletes y apretados collares. Ayúdame a montar; te he tomado afecto y te haré bien. No busques el favor de nadie, y sí sólo el mío; ni aun el de tu tío o lord Crawford; y no digas nada de tu ayuda oportuna en el incidente del jabalí, pues si un hombre se jacta de haber servido al rey en semejante apuro, quizá sólo encuentre como recompensa su humor jactancioso.
El rey había sonado su cuerno, que atrajo a Dunois y a otros servidores, cuyas enhorabuenas recibió por la matanza de animal tan noble, sin sentir escrúpulos por apropiarse mucho mayor mérito del que en realidad, le correspondía, pues mencionó la ayuda de Durward tan a la ligera como un sportman de rango, que, al alabarse por el número de pájaros que lleva en el zurrón, no siempre se detiene en ponderar la presencia y ayuda del guarda del coto. Ordenó después a Dunois que se ocupase de que el cuerpo del jabalí fuese enviado a la hermandad de San Martín, de Tours, para mejorar su comida en los días de fiesta y para que recordasen al rey en sus Oraciones particulares.
-¿Y quién ha visto a su eminencia mi lord cardenal? -dijo el rey-; me parece que fué poca cortesía y poco respeto a la santa Iglesia dejarlo aquí a pie en el bosque.
-Señor -dijo Quintín al ver que todos callaban-, vi al lord cardenal acomodado en un caballo, con el que salió del bosque.
-El cielo cuida de los suyos -replicó el rey-. Seguid hacia el castillo, lores; no cazaremos más esta mañana. Tú, escudero -añadió dirigiéndose a Quintín-, alcánzame mi cuchillo de monte; se ha caído de la vaina junto a aquella cantera. Avanza, Dunois. Te sigo en seguida.
Luis, cuyos menores movimientos eran a menudo realizados con doble fin, logró así una oportunidad para preguntar a Quintín privadamente:
-Mi buen escocés, ¿puedes decirme quién ayudó al cardenal a montar en otro caballo? Algún extranjero, supongo, pues como yo pasé junto a él sin detenerme, me figuro que los cortesanos no se darían seguramente prisa para prestarle tan oportuna ayuda.
-Sólo vi un momento a los que ayudaron a su eminencia, señor -dijo Quintín-; sólo fué una mirada fugaz, pues yo andaba despistado y cabalgaba de prisa para colocarme en mi sitio; pero me parece que fué el embajador de Borgoña y su gente.
-¡Ah! -dijo Luis-. Bien. Francia competirá con ellos.
No sucedió nada más digno de notarse, y el rey, con su séquito, regresó al castillo.
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El centinela
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¿Dónde suena esta música? ¿Es en el aire |
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o en la tierra? |
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La Tempestad. |
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Fuí todo oídos, |
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Y percibí sonidos que podían crear un alma |
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En un ser inanimado. |
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Comus. |
Apenas hubo llegado Quintín a su pequeña habitación para hacer los cambios necesarios en su traje, su digno pariente quiso saber todos los detalles de lo que le había ocurrido en la cacería.
El joven, que no dejó de reflexionar que el brazo de su tío era más poderoso probablemente que su inteligencia, tuvo cuidado, en su respuesta, de dejar al rey en posesión completa de la victoria que parecía deseoso apropiarse. La respuesta de Balafré fué una alabanza de cuán mejor se hubiera él portado en circunstancias parecidas, que envolvía una suave censura por el descuido del sobrino en no prestar ayuda al rey cuando se encontraba en peligro inminente. El joven fué prudente al contestar absteniéndose de toda ulterior vindicación de su propia conducta, y sólo alegó que, con arreglo a las normas de la cacería, pensó no procedía entremeterse con la caza perseguida por otro cazador, de no ser requerida especialmente su ayuda. Apenas terminó la discusión, tuvo oportunidad Quintín para felicitarse por guardar alguna reserva con su pariente. Unos golpes suaves en la puerta anunciaron un visitante. Al abrirla, Oliver Dain, o Mauvais, o Diable, pues por todos estos nombres era conocido, penetró en la habitación.
Este hombre hábil, pero sin principios, ha sido ya descrito, pero sólo en su aspecto externo. El parecido más acertado para sus movimientos y modales era a los de una gata, la cual, mientras está tendida, dormitando al parecer, no mientras se desliza por la habitación con pasos lentos, cautelosos y tímidos, está ocupada en vigilar el agujero de algún ratón desgraciado, y unas veces se restrega con confianza y cariño manifiesto contra aquellos por quienes desea ser acariciada, y poco después se precipita sobre su presa, o araña, quizá sobre la misma persona a quien antes engatusaba.
Entró con el cuerpo encorvado, con una mirada modesta y humilde, y puso tanta finura en su salutación al seignior Balafré, que cualquiera que hubiese estado presente hubiera deducido que venía a pedirle un favor al arquero escocés. Dió la enhorabuena a Lesly por la conducta excelente de su joven pariente en la cacería de aquel día, que, según pudo observar, había hecho que el rey se fijase en él de un modo especial. Aquí se detuvo para obtener una respuesta, y con sus ojos fijos en el suelo, excepto una o dos veces en que los levantó para mirar de través a Quintín, escuchó estas palabras de Balafré. «Que Su Majestad no había sido afortunado en no tenerle a su lado en vez de a su sobrino, pues él, sin titubear, hubiera clavado su lanza en el bruto, asunto que, según comprendía, Quintín había dejado que Su Majestad resolviese por sí solo.»
-Pero será una lección para Su Majestad -dijo- para en otra ocasión dar mejor caballo a hombre de mi talla; pues ¿cómo puede pretenderse que un caballo flamenco de tiro pueda estar a la altura del caballo normando de carrera de Su Majestad?
El maestro Oliver sólo replicó a esta observación lanzando hacia el intrépido y obtuso charlatán una de esas miradas lentas, dudosas, que acompañadas de un ligero movimiento de la mano y de una ligera inclinación de la cabeza hacia un costado, puede ser interpretada, bien como un raudo asentimiento a lo que se ha dicho, o como un ruego indirecto para no insistir en el mismo tema. Fué una mirada más escrutadora, más penetrante, la que dedicó al joven al decirle con sonrisa ambigua:
-¿Es, pues, joven, costumbre de Escocia el consentir que sus príncipes corran peligro por falta de ayuda en casos de apuro como el de hoy?
-Es nuestra costumbre. -contestó Quintín decidido a no dejar vislumbrar nada de lo ocurrido- no molestarles con ayudas en pasatiempos honrosos cuando pueden pasarse sin ellas. Pensamos que un príncipe en una cacería debe correr la suerte de los demás y que asiste a ella con ese fin. ¿Qué sería de las cacerías sin fatigas y sin peligros?
-Ya oye usted al bobo -dijo su tío-; siempre hace igual; tiene una respuesta o una razón siempre dispuesta para todo el mundo. No sé de quién ha aprendido ese modo de ser; yo nunca pude dar una razón de lo que he hecho en mi vida, excepto del comer cuando tengo hambre, o de pasar revista u otros deberes por el estilo.
-Le ruego, digno seignior -dijo el barbero real mirándole por debajo de los párpados-, ¿cuál es la razón que da para pasar revista cuando llega el caso?
-La de que el capitán me lo manda -dijo Le Balafré-. Por San Gil, ¡no conozco otra razón! Si él se lo encargase a Tyrie o a Cunningham, harían lo mismo.
-¡Una causa final muy militar! -dijo Oliver- Pero, seignior Le Balafré, se alegrará usted, sin duda, de saber que Su Majestad está tan lejos de estar disgustado con la conducta de su sobrino, que le ha escogido para desempeñar esta tarde un servicio.
-¿Que le ha escogido? -dijo Balafré muy sorprendido-. Me habrá escogido a mí. Supongo que es eso lo que quiere dar a entender.
-Quiero decir precisamente lo que digo -replicó el barbero en tono suave pero decidido-; el rey desea encargar a su sobrino una comisión.
-¿Cuál, por qué y por qué causa? -dijo Balafré-. ¿Por qué escoge al muchacho y no a mí?
-No puedo sacarle de dudas, seignior Le Balafré; esa es la orden de Su Majestad. Pero -añadió- en el terreno de la conjetura bien pudiera ser que Su Majestad tuviese algo que hacer más propio para un joven, como su sobrino, que para un experimentado guerrero como usted, seignior Balafré. Por tanto, joven caballero, coja sus armas y sígame. Traiga consigo su arcabuz, pues ha de hacer guardia de centinela.
-¡Centinela! -dijo el tío-. ¿Está usted seguro de tener razón, maestro Oliver? Las guardias interiores del castillo nunca han sido encomendadas sino a aquellos que, como yo, hemos servido doce años en nuestro honroso Cuerpo.
-Estoy del todo seguro respecto a la voluntad de Su Majestad -dijo Oliver- y no debe haber más dilación en cumplirla.
-Pero -dijo Le Balafré- mi sobrino no es ni siquiera arquero en propiedad, pues sólo es un escudero que sirve bajo mi lanza.
-Perdóneme -contestó Oliver-: el rey envió por el registro no hace más de media hora y lo inscribió como guardia. Tenga la bondad de ayudar a su sobrino a vestirse para que pueda desempeñar su servicio.
Balafré, que no era de fondo malo ni celoso por temperamento, se apresuró a ajustar el uniforme de su sobrino y a darle instrucciones para el desempeño de su comisión; pero fué incapaz de reprimir algunas interjecciones de sorpresa por la suerte que tan pronto distinguía a muchacho tan joven.
-Nunca ha ocurrido un caso parecido en la Guardia escocesa -dijo-, ni aun en mi caso. Pero sin duda su servicio se ceñirá a vigilar los papagayos y pavos reales de la India que el embajador veneciano ha regalado últimamente al rey: no puede ser otra cosa; y ese servicio sólo está indicado para un muchacho barbilampiño (al decir esto se atusó su poblado bigote), por lo que se alegraba que hubiese recaído en su querido sobrino.
De imaginación certera y rápida y de fantasía ardiente, vió Quintín más importante perspectiva en esta llamada a la presencia real, y su corazón latió de prisa con la idea de lograr una rápida distinción. Se decidió a vigilar escrupulosamente los modales y lenguaje de su guía, que sospechaba ser, en algunos casos al menos, de interpretación contradictoria. No podía por menos de felicitarse por haber sabido guardar estricto secreto de los acontecimientos de la caza, y entonces tomó una resolución, que dado sus pocos años, indicaba mucha prudencia en él, y era la de que mientras respirase el aire de esta misteriosa y apartada Corte mantendría sus pensamientos en perfecta reserva y cuidaría mucho de lo que dijera su lengua.
Pronto resultó equipado, y con su arcabuz al hombro (pues aunque conservaban el nombre de arqueros, la Guardia escocesa substituyó muy pronto su largo arco, en cuyo manejo nadie superó a su nación, por armas de fuego) acompañó al maestro Oliver fuera del cuartel.
Su tío le siguió con la mirada, con rostro en el que la sorpresa se mezclaba con la curiosidad, y aunque ni la envidia ni ninguno de los sentimientos malignos que ésta engendra perturbaban sus tranquilas meditaciones, se daba cuenta con dolor que había disminuído su propia importancia, lo que se mezclaba con el placer que le producía la favorable iniciación de servicio de su sobrino.
Movió pausadamente la cabeza, abrió un armario privado, sacó una gran bottrine de vino bien añejo, la sacudió para saber si el contenido era poco o mucho, llenó y bebió una copa grande; después se sentó, medio reclinado, en el gran asiento de roble, y moviendo de nuevo la cabeza con lentitud, recibió tanto beneficio aparente con la oscilación, que, como el juguete llamado mandarín, continuó el movimiento hasta que se quedó dormido, de cuyo sueño fué despertado por la señal para comer.
Cuando Quintín Durward dejó a su tío entregado a estas sublimes meditaciones, siguió a su guía, el maestro Oliver, el cual, sin cruzar por ninguno de los patios principales, le condujo a través de pasajes privados al descubierto, pero principalmente a través de un laberinto de escaleras, bóvedas y galerías, comunicándose entre sí por puertas secretas en sitios inesperados a una ancha y espaciosa galería con celosías, que por su anchura casi podía denominarse hall, colgada con tapices más antiguos que bonitos, y con algunos cuadros fríos, de aspecto descolorido, pertenecientes a la primera época de las artes, que precedió a su espléndido resurgir. Estos querían representar los paladines de Carlomagno, que tan distinguido papel hicieron en la historia romántica de Francia, y como la gigantesca figura del célebre Orlando constituía el retrato más sobresaliente, la habitación recibió de él el título de hall de Rolando o galería de Rolando (27).
-Vigilará usted aquí -dijo Oliver en voz baja, como si los duros contornos de los monarcas y guerreros a su alrededor pudieran ofenderse con la elevación de tono de su voz, o como si hubiese temido despertar los ecos que acechaban entre las bóvedas y molduras góticas del techo de este enorme y tenebroso cuarto.
-¿Cuál es el santo y seña y las órdenes para mi guardia? -preguntó Quintín en el mismo tono apagado.
-¿Está cargado su arcabuz? -preguntó Oliver sin contestar a su pregunta.
-Eso -contestó Quintín- se hace pronto. Y procedió a cargar su arma y a encender la mecha lenta (con la que se descargaba cuando era necesario) en las ascuas de un buen fuego que expiraba en la gigantesca chimenea del hall, chimenea que era tan grande que bien podía llamarse gabinete gótico o capilla perteneciente al hall.
Una vez realizado esto, Oliver le contó que aún ignoraba que uno de los altos privilegios de su Cuerpo era el de recibir órdenes tan sólo del rey en persona, o del gran condestable de Francia, en vez de sus propios oficiales.
-Queda usted aquí colocado por orden de Su Majestad, joven -añadió Oliver-, y no permanecerá aquí largo tiempo sin saber para qué ha sido citado. Mientras tanto, su paseo será a lo largo de esta galería. Le está permitido quedarse quieto cuando guste, pero por ningún motivo sentarse o abandonar su arma. Tampoco ha de cantar alto ni silbar bajo ningún pretexto; pero puede, si lo desea, rezar algunas de las oraciones de la Iglesia, o lo que quiera que no sea ofensivo, en voz baja. Adiós, y buena guardia.
«¡Buena guardia!», pensó el joven soldado mientras su guía se deslizaba con ese paso silencioso que le era peculiar y desaparecía a través de una puerta lateral detrás de la tapicería. «¡Buena guardia! ¿Pero qué es lo que tengo que vigilar? ¿Pues qué, aparte de ratas o murciélagos, existe aquí contra quien luchar, a no ser que estos espantosos y viejos retratos de personajes se animasen por haberles perturbado mi guardia? Bien, es mi deber y debo realizarlo.»
Con el firme propósito de desempeñar su deber de la mejor manera posible, trató de matar el tiempo con algunos de los piadosos himnos que había aprendido en el convento en el que encontró refugio después de la muerte de su padre, pensando que si no fuese por el cambio del hábito de novicio por el rico uniforme militar que ahora llevaba, su paseo marcial por la real galería de retratos de Francia se parecía mucho a los que habían llegado a aburrirle por los claustros de su reclusión en Aberbrothick.
Ahora, como para convencerse que no pertenecía a la celda, sino al mundo, cantó para sí, pero en tono tal que no excedía del permiso que le habían dado, algunas de las antiguas y rudas baladas que la vieja familia del arpero le había enseñado sobre la derrota de los daneses en Aberlemno y Forres, el asesinato del rey Duffus en Forfar y otros sonetos y canciones melodiosas que pertenecían a la historia de su distante país nativo, y en especial al distrito en que había nacido. En esto gastó mucho tiempo, y eran ya más de las dos cuando Quintín recordó por su apetito que los buenos padres de Aberbrothick, por muy exigentes que fuesen en punto a su asistencia a las horas de rezo, no eran menos puntuales en citarle a las de comer; mientras que aquí, en el interior de un palacio real, después de una mañana empleada en la cacería y una tarde agotada en el deber, nadie se acordaba de que debía estar impaciente por yantar.
Hay, sin embargo, encantos en los sonidos melodiosos que pueden aquietar aun los sentimientos naturales de impaciencia que ahora experimentaba Quintín. En las extremidades opuestas del largo hall o galería había dos grandes puertas, adornadas con pesados arquitrabes, y que probablemente daban a dos series diferentes de habitaciones, a las que la galería servía como medio natural de comunicación. El centinela hacía su solitario paseo entre esas dos entradas que formaban el límite de su vigilancia, y en una de sus idas y venidas quedó sorprendido por un sonido musical que pareció surgir de pronto detrás de una de las puertas, y que era una combinación del mismo laúd y voz que le había encantado el día anterior. Todos los sueños de ayer mañana, tan debilitados por las circunstancias varias experimentadas desde entonces, resurgieron con mayor relieve, y situado en el sitio donde con más claridad los percibía, Quintín resultaba, con su arcabuz al hombro, boca medio abierta y ojos, oídos y alma atentos, más bien la imagen de un centinela que uno de carne y hueso, sin más idea que la de captar todos los sonidos que llegasen de tan dulce melodía.
Estos sonidos deliciosos eran oídos a medias: languidecían, se retrasaban, cesaban del todo, y de vez en cuando eran renovados después de ciertos intervalos. Pero aparte de que la música, como la belleza, es a menudo más deliciosa, o por lo menos más interesante a la imaginación, cuando sus encantos están medio velados, y se deja a la imaginación el suplir lo que con la distancia resulta detallado imperfectamente, Quintín tenía asuntos suficientes en que emplear su imaginación durante los intervalos en que cesaba la melodía que le fascinaba. No dudaba, por los informes dados por los camaradas de su tío y la escena que había ocurrido aquella mañana en el salón de recepciones, que la sirena que así deleitaba su oído no era, como equivocadamente había supuesto, la hija o parienta de un modesto cabaretier, sino la propia infeliz condesa disfrazada por cuya causa reyes y príncipes estaban ahora a punto de sacar a relucir armaduras y lanzas. Fantasías variadas, cuales la juventud romántica y venturosa está dispuesta a alimentar en esa edad de ilusiones y dicha, embargaban su ánimo, cuando de pronto, y bruscamente, resultaron desvanecidas al notar que asían su arcabuz y que una voz bronca le decía junto al oído:
-Pasques-dieu, señor escudero; me parece que hace su guardia con sueño.
La voz tenía el mismo tono irónico de la de maese Pedro; y Quintín, que en seguida volvió a la realidad, se percató con miedo y vergüenza que en su arrobamiento había permitido que el rey, que entraría probablemente por alguna puerta secreta, y luego avanzaría con cautela junto a la pared o detrás de los tapices, se le aproximase tanto que pudo casi desarmarlo.
El primer impulso de su sorpresa fué libertar su arcabuz con un violento esfuerzo, que hizo al rey tambalearse hacia atrás. Su siguiente preocupación fué que, al obedecer al instinto animal, como podríamos decir, que inclina a un hombre a resistir cualquier intento de desarmarle, había empeorado, con una lucha personal con el rey, el disgusto producido por la negligencia con que había realizado su obligación; y bajo esta impresión recuperó su arcabuz sin darse apenas cuenta de lo que hacía, y colocándoselo de nuevo sobre el hombro, permaneció sin moverse delante del monarca, de quien tenía razón para inferir que le había ofendido mortalmente.
Luis, cuya disposición tiránica estaba menos cimentada en ferocidad natural o en crueldad de carácter que en política fría y sospechas celosas, poseía, sin embargo, algo de aquella cáustica severidad que era causa de que resultase a veces despótico en la conversación privada, y de que pareciese siempre gozar con la pena que infligía en ocasiones como la presente. Pero no exageró su triunfo y se contentó con decir:
-Tu servicio de esta mañana ha pagado con creces alguna negligencia en soldado tan joven. ¿Has comido?
Quintín, que más bien esperaba ser enviado al capitán-preboste que recibir semejante cumplido, contestó negativamente.
-Pobre muchacho -dijo Luis en tono más suave del que acostumbraba-, el hambre le ha dado sueño. Sé que tu apetito es el de un lobo -continuó-, y te libraré de una bestia salvaje lo mismo que tú me libraste a mí de otra; has sido demasiado prudente en ese particular, y te lo agradezco. ¿Puedes aún aguantar otra hora sin alimento?
-Veinticuatro, señor -replicó Durward-, o no sería escocés legítimo.
-Ni por otro reino actuaría yo del pastel que te correspondiese después de esta vigilia -dijo el rey-; pero la cuestión de que ahora se trata no es de tu comida, sino de la mía. Admito a mi mesa hoy, y en toda confianza, al cardenal Balue y al borgoñés, el conde de Crèvecoeur, y algo puede ocurrir -el diablo está más ocupado cuando los enemigos se reúnen durante una tregua.
Se detuvo y permaneció silencioso, con una mirada profunda y melancólica. Como el rey no tuviese prisa para proseguir, Quintín se aventuró por fin a preguntar cuál era su obligación en estas circunstancias.
-El hacer la guardia en el buffet con tu arma cargada -dijo Luis-; y si hubiese traición, matar de un tiro al traidor.
-¡Traición, señor! ¡Y en este castillo tan vigilado! -exclamó Durward.
-Lo juzgas imposible -dijo el rey, sin parecer ofendido por su franqueza-; pero nuestra historia ha demostrado que la traición puede albergarse en un agujero. ¡Excluída la traición porque hay guardias! ¡Oh, muchacho inocente! -quis custodiat ipsos custodes-. ¿Quién excluiría la traición de los propios guardianes?
-Su honor escocés -contestó Durward atrevidamente.
-Es verdad; tienes mucha razón, me agradas -dijo el rey, satisfecho-; el honor escocés fué siempre verdad, y por eso confié en él. ¡Pero la traición!
Al decir esto volvió a caer en su anterior humor melancólico y atravesó la habitación con pasos desiguales.
-Se sienta en nuestras fiestas, brilla en nuestras copas, lleva la barba de nuestros consejeros, la sonrisa de nuestros cortesanos, la sonrisa fatua de nuestros bufones; sobre todo, está oculta en el aire amistoso de un enemigo reconciliado. Luis de Orleáns confió en Juan de Borgoña: fué asesinado en la rue Barbette. Juan de Borgoña confió en la facción de Orleáns: fué asesinado en el puente de Montereau. No me fiaré de nadie, de nadie. Escucha: no perderé de vista a ese insolente conde, y tampoco al clérigo, de quien no confío mucho. Si digo: Ecosse, en avant (28), dispara contra Crèvecoeur para dejarle en el sitio.
-Es mi deber -dijo Quintín- si la vida de Su Majestad corre peligro.
-Seguramente, no quiero decir otra cosa -dijo el rey-, ¿qué iba a ganar con matar a ese insolente soldado? Si fuese el condestable Saint Paul...
Aquí se calló, como si reflexionase que había dicho alguna palabra más de la debida, aunque en seguida prosiguió, riendo:
-Ahí está mi cuñado Jaime de Escocia -vuestro Jaime, Quintín-, que apuñaló a Douglas, que estaba de visita, dentro de su propio castillo real de Skirling.
-De Stirling -dijo Quintín-, si Su Majestad me lo permite. Fué una hazaña que trajo muy poco bien.
-¿Llamáis Stirling al castillo? -dijo el rey sin hacer caso de la última parte de la conversación de Quintín-. Bien, que sea Stirling; el nombre no hace al caso. Pero yo no proyecto mal ninguno contra estos hombres, ninguno. No me serviría de nada. Quizá ellos no tengan las mismas buenas intenciones respecto a mí. Confío en tu arcabuz.
-Estaré preparado para la señal -dijo Quintín-; pero...
-Dudas -dijo el rey-. Habla, te doy permiso. Tal como eres, tus insinuaciones son bien valiosas.
-Sólo tenía intención de decir -replicó Quintín- que ya que Su Majestad parece dudar de este borgoñés, me maravilla que consienta se aproxime tanto a su persona, y, además, en privado.
-Estate tranquilo, escudero -dijo el rey-. Hay algunos peligros que, cuando se les hace frente, desaparecen, y los cuales, en cambio, cuando existe un evidente temor de ellos, que se exterioriza, se hacen ciertos e inevitables. Cuando me adelanto atrevidamente al encuentro de un fiero mastín, y le acaricio, hay diez probabilidades contra una que logre amansarlo; si le demuestro tener miedo, se precipitará sobre mí y me destrozará. No puedo ser más franco contigo. Me interesa mucho que este hombre no regrese junto a su señor con humor resentido. Claro que con ello me arriesgo. Nunca he retrocedido de exponer mi vida por el bien del reino. Sígueme.
Luis condujo a su joven guardia, a quien parecía haber tomado un afecto especial, a través de la misma puerta lateral por la que había entrado, diciéndole al tiempo que se la enseñaba:
-El que quiera prosperar en la Corte debe conocer todos los portillos privados y escaleras ocultas, ay, y las trampas del palacio, así como las entradas principales.
Después de varias revueltas y pasadizos entró el rey en una pequeña habitación abovedada, donde había una mesa preparada con tres cubiertos. Todo el decorado y mobiliario de la habitación era tan sencillo, que casi resultaba mezquino. Un buffet o armario plegadizo y movible tenía unas cuantas piezas de vajilla de oro y plata, y era el único artículo en la cámara que tenía apariencia de realeza. Detrás de este armario, y completamente oculto por él, estaba el puesto que Luis asignó a Quintín Durward; y después de haberse asegurado, marchando a diferentes sitios de la habitación, que resultaba invisible desde todos los sitios, le dió su última recomendación:
-Recuerda las palabras: Ecosse, en avant; y en seguida que las pronuncie echa abajo la pantalla; no te preocupes de las copas y vasos, y apunta bien a Crèvecoeur. Si te falla el tiro, arremete con él, y usa el cuchillo. Oliver y yo nos bastamos para el cardenal.
Después de dicho esto, silbó de recio para que acudiese a la habitación Oliver, que era premiervalet del rey, así como barbero, y que en realidad desempeñaba todos los oficios que tenían inmediata conexión con la persona del monarca, el cual apareció ahora en compañía de dos hombres de edad, que eran los únicos criados que iban a servir la mesa. Tan pronto como el rey se sentó en su puesto, fueron admitidos los visitantes, y Quintín, aunque no era visto, estaba situado de modo que veía todos los detalles de la entrevista.
El rey acogió a sus huéspedes con un grado de cordialidad que Quintín tuvo gran dificultad en poder reconciliar con las instrucciones que acababan de darle y el fin para el que estaba de pie detrás del buffet con su mortífera arma preparada. No sólo aparecía Luis totalmente desprovisto de ningún género de aprensiones, sino que se hubiera supuesto que esos visitantes a quienes hacía el alto honor de admitir en su mesa eran personas en quienes tenía confianza absoluta y a quienes deseaba honrar de buena gana. Su conducta era a un tiempo digna y cortés. Mientras todo a su alrededor, incluso su propio traje, estaba por debajo del esplendor que los pequeños príncipes del reino desplegaban en sus fiestas, su lenguaje y sus modales eran los de un soberano poderoso en su mejor buen humor. Quintín llegó a imaginarse o que toda su anterior conversación con Luis había sido un sueño, o que la conducta sumisa del cardenal y el comportamiento franco, noble y gallardo del noble borgoñés habían disipado del todo la sospecha del rey.
Pero mientras los invitados, obedeciendo al rey, se instalaban en la mesa, Su Majestad les lanzó una penetrante mirada, y en seguida dirigió sus ojos al puesto de Quintín. Esto fué obra de un instante; pero la mirada encerraba tanta duda y odio contra sus huéspedes, tal perentoria indicación a Quintín para que extremase su vigilancia y estuviese rápido en la actuación, que no hubo lugar a duda para creer que los sentimientos de Luis continuaban inalterables y sus aprensiones en pie. Por eso se asombró más del profundo disimulo conque el rey podía ocultar los movimientos de su ánimo celoso.
Aparentando haber olvidado del todo el lenguaje que Crèvecoeur le había tenido enfrente de su Corte, el rey hablaba con él de los tiempos antiguos, de hechos ocurridos durante su propio destierro en los territorios de Borgoña, e hizo preguntas respecto a todos los nobles a quienes había tratado, como si ese período hubiese sido el más feliz de su vida, y como si hubiese conservado hacia todo lo que había contribuído a suavizar las condiciones de su destierro los sentimientos más amables y más agradecidos.
-A un embajador de otra nación -dijo- le hubiera recibido con más solemnidad; pero a un antiguo amigo, que a menudo fué mi huésped en el castillo de Genappes (29), deseaba mostrarme como más me gusta vivir, como el antiguo Luis de Valois, tan sencillo y natural como cualquiera de sus badauds parisinos. Pero he dispuesto que sirvan un banquete en su honor mejor de lo ordinario, señor conde, pues conozco su proverbio borgoñés: Mieux vault bon repas que bel habit. Nuestro vino, como usted sabe bien, es motivo de antigua emulación entre Francia y Borgoña, que ahora trataremos de reconciliar, pues yo brindaré por usted con borgoña, y vos, señor conde, brindaréis a mi favor con champaña. Oliver, sírveme una copa de vin d'Auxerre.
Y tarareó alegremente una canción bien conocida:
Auxerre est la boisson des Rois.
-Señor conde, bebo a la salud del noble duque de Borgoña, mi amable y querido primo. Oliver, vuelve a llenar aquella copa de oro con vin de Rheims y entrégala de rodillas al conde: representa a mi amado hermano. Mi lord cardenal, yo mismo llenaré vuestra copa.
-Ya la ha llenado, señor, hasta rebosar -dijo el cardenal con el rostro sumiso de un favorito hacia su indulgente amo.
-Porque sé que su eminencia puede sostenerla con mano firme -dijo Luis-. ¿Pero qué partido toma en esta gran controversia: Sillery o Auxerre, Francia o Borgoña?
-Permaneceré neutral, señor -dijo el cardenal-, y volveré a llenar mi copa de Auvernat.
-Un neutral tiene que sostener un papel desairado -dijo el rey; pero como observase que se alteraba algo el color de la cara del cardenal, cambió de tema, y añadió-: Pero vos preferís el Auvernat, porque vino tan noble no soporta el agua. Usted, señor conde, duda en vaciar su copa. Espero que no habrá encontrado ninguna amargura nacional en su fondo.
-Me gustaría, señor -dijo el conde de Crèvecoeur-, que todas las rencillas nacionales pudiesen terminarse tan felizmente como la rivalidad entre nuestras viñas.
-Con el tiempo, señor conde -contestó el rey-, con el tiempo, con tanto tiempo como el que se ha tomado para beberse su champagne. Y ahora que se ha bebido su copa, hónreme aceptándola para usted y conservándola como prenda de mi estimación. No es una copa cualquiera. Perteneció antiguamente a aquel terror de Francia, Enrique V de Inglaterra, y fué tomada cuando se redujo a Rouen y fueron expulsados de la Normandía aquellos isleños por los ejércitos reunidos de Francia y Borgoña. A nadie mejor se puede regalar que a un noble y valiente borgoñés, que sabe bien que de la unión de estas dos naciones depende la continuación de la libertad del continente del yugo inglés.
El conde dió una respuesta adecuada y Luis dió rienda suelta a la alegría satírica que a veces animaba los matices más obscuros de su carácter. Llevando, como era natural, la conversación, sus observaciones, siempre cáusticas y solapadas, y a menudo, como ahora, ingeniosas, rara vez eran afables, y las anécdotas con que las ilustraba solían ser con frecuencia más chistosas que delicadas; pero ni en una sola palabra, sílaba o letra traicionaba el estado de espíritu de uno que, temeroso de ser asesinado, tiene en su habitación un soldado armado, con su arcabuz cargado y orden de prevenir o anticiparse a un ataque a su persona.
El conde de Crèvecoeur se entregó de lleno al buen humor del rey, mientras el adulador cardenal reía de todos los chistes y alentaba toda idea jocosa, sin mostrarse avergonzado por ninguna de las expresiones que hacían enrojecer al rústico joven escocés aun en su escondite (30). Al cabo de hora y media se concluyó la comida, y el rey, despidiéndose cortésmente de sus invitados, dió la señal de que su deseo era estar solo.
Tan pronto como todos, incluso Oliver, se hubieron retirado, el rey llamó a Quintín, pero con una voz tan débil que el joven apenas podía creer que fuese la misma que hacía unos momentos había sostenido la animación de la charla con tanto éxito. Al aproximarse observó un cambio parecido en su rostro. El destello de la supuesta vivacidad había abandonado los ojos del rey, la sonrisa faltaba en su cara y mostraba toda la fatiga de un actor de fama cuando ha terminado la agotadora representación de un papel favorito, en el que, mientras permaneció en la escena, desplegó la máxima vivacidad.
-Tu guardia aun no ha concluído -dijo a Quintín-. Aliméntate pronto; aquella mesa te ofrece la ocasión; te instruiré después en tu deber posterior. Mientras tanto, a nada conduciría una conversación entre un hombre repleto y uno en ayunas.
Se retrepó en su asiento, se cubrió la frente con la mano y permaneció silencioso.
FIN DEL TOMO PRIMERO
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El «hall» de Rolando
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Los pintores muestran ciego a Cupido. ¿Tiene ojos Hymen? |
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¿O está su vista alterada por esos anteojos |
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Que padres, guardianes y consejeros le prestan, |
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Para que a través de ellos mire las tierras y mansiones, |
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Las joyas, oro y las demás riquezas, |
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Y vea diez veces aumentado su valor? |
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Las desgracias de un casamiento forzado. |
Luis XI de Francia, aunque el soberano europeo más amante y más celoso del poder, sólo deseaba el goce substancial del mismo; y si bien conocía perfectamente, y a veces exigía con escrupulosidad el ceremonial debido a su rango, era, por lo general, muy despreocupado en materia de exhibiciones.
En un príncipe de cualidades morales más sanas, la familiaridad, con que invitaba a sus súbditos a su mesa, y a veces se sentaba en la de ellos, podía haber sido muy popular, y a pesar de su modo de ser, la sencillez de costumbres del rey atenuaba mucho de sus vicios ante aquella clase de súbditos que no estaban particularmente expuestos a las consecuencias de sus sospechas y celos. El tiers état, o comunes de Francia, que lograron mayor opulencia e importancia bajo el reinado de este sagaz príncipe, respetaron su persona, aunque no le amaban, y fué apoyándose en ellos como consiguió defenderse del odio de los nobles, que creían ver disminuído el honor de la corona francesa y obscurecidos los espléndidos privilegios de ellos mismos con ese desprecio de su rango que mostraba con los ciudadanos y comunes.
Con paciencia, que la mayoría de otros príncipes hubieran considerado degradante, y no sin cierto grado de diversión, esperó el monarca de Francia hasta que su guardia hubo satisfecho su gran apetito juvenil. Debe suponerse, sin embargo, que Quintín tuvo demasiado sentido y prudencia para poner a prueba demasiado larga o tediosa su real paciencia, y en el fondo estaba deseando concluir su comida lo antes posible.
-Veo en tus ojos -dijo Luis de buen humor- que tu valor no está abatido. ¡Adelante, Dios y San Denis, carga de nuevo! Te digo que la comida y la misa -santiguándose- nunca son obstáculo para un buen cristiano. Toma una copa de vino; pero no olvides ser cauteloso con la botella. Es el vicio de tus paisanos, así como de los ingleses, que, aparte de eso, son los soldados mejores que usan armadura. Y ahora bebe de prisa, no olvides tu benedicite y sígueme.
Quintín obedeció, y conducido por un camino diferente, pero tan enrevesado como el de la ida, siguió a Luis XI al hall de Rolando.
-Fíjate -le dijo el rey imperativamente-, que nunca has abandonado tu puesto; que sea esa tu contestación a tu pariente y camaradas; y para refrescar tu memoria te doy esta cadena de oro -poniendo en su brazo una de valor considerable-. Y si cadenas como ésta no sujetan las lenguas para que no hablen demasiado, mi compadre L'Hermite tiene un amuleto para la garganta que nunca falla para realizar cierta cura. Y ahora, escucha. Nadie, excepto Oliver o yo, entra aquí esta tarde; pero vendrán señoras, quizá de una extremidad del hall, quizá del otro, quizá una de cada uno. Puedes contestar si se dirigen a ti; pero como estás de servicio, tu contestación debe ser breve. Pero escucha lo qua ellas digan. Tus oídos, como tus manos, son míos; te he comprado en cuerpo y alma. Por consiguiente, si escuchas algo de su conversación debes retenerla en la memoria hasta que me la comuniques, y después olvidarla. Y ahora que lo pienso mejor, puedes aparentar ser un recluta escocés que acaba de llegar de sus montañas y aun no conoce nuestro idioma. ¡Bien! Así, si te hablan, no contestarás; esto te librará de apuros y les animará a hablar sin preocuparse de tu presencia. Ya me comprendes. Adiós. Ten cuidado, y ya sabes dónde tienes un amigo.
Apenas había el rey pronunciado estas palabras cuando desapareció detrás de la tapicería, dejando a Quintín a solas para meditar en lo que había visto y oído. El joven estaba en una de esas situaciones en las que resulta más agradable mirar hacia adelante que hacia atrás, pues la reflexión en que había sido colocado, como tirador en una espesura que vigila un ciervo, para quitar la vida al noble conde de Crèvecoeur, no era en sí muy halagadora. Era verdad que las medidas del rey parecían ser en esta ocasión meramente de precaución y defensivas; pero el joven ignoraba si en lo sucesivo podía ser comisionado para una operación ofensiva del mismo género. Esto sería un asunto desagradable, ya que era evidente, dado el carácter de su amo, que habría peligro de la vida en rehusar, mientras su honor le decía que había desgracia en acceder. Desvió sus pensamientos de este asunto, con el prudente consuelo, tan a menudo adoptado por la juventud cuando ve en ciernes peligros, de que bastaba pensar en lo que había de hacerse cuando llegase la ocasión, y que ya era suficiente haber salido con bien del día de hoy.
Quintín sacó mejor provecho de esta reflexión sedante, cuanto que los últimos mandatos del rey le habían sugerido ideas más agradables en qué pensar que en sus propias cosas. La dama del laúd era seguramente una de aquellas a las que tenía que dedicar su atención, y de buena gana hizo intención de obedecer parte del mandato del rey y escuchar con diligencia cada palabra que saliese de sus labios con el fin de saber si el encanto de su conversación igualaba a la de su música. Pero, con la misma sinceridad se juró a sí mismo que nada de su conversación sería repetido por él al rey por poder traer consecuencias poco agradables para la bella dama.
En el ínterin, no había temor de que se durmiese de nuevo en su puesto. Cada soplo de aire que pasaba a través de la enrejada ventana y movía la vieja tapicería le hacía creer en la aproximación del bello objeto de sus esperanzas. Sentía, en suma, toda esa misteriosa ansiedad y esperanza anhelosa que es siempre compañera del amor y muchas veces tiene una considerable participación para acrecentarlo.
Por fin, una puerta crujió (pues las puertas, aun de los palacios, no giraban sobre sus goznes en el siglo XV con tan poco ruido como las nuestras); mas, ¡ay!, no fué en aquel extremo del hall en el que se había oído el laúd. Se abrió, no obstante, y entró una figura femenina seguida de otras dos, a las que por señas indicó que se quedasen fuera mientras que ella avanzaba por el hall. Por su manera de andar, imperfecto y desigual, que mostró en desventaja suya mientras atravesaba esta larga galería, Quintín reconoció, desde luego, a la princesa Juana, y con el respeto que convenía a su situación se mantuvo en una actitud adecuada de vigilancia silenciosa e inclinó su arma ante ella en el momento de pasar ésta. La princesa correspondió a la cortesía con una graciosa inclinación de cabeza, y él tuvo ocasión entonces de ver su cara más despacio que por la mañana.
Poco había en las facciones de esta desventurada princesa que atenuase la deformidad de su figura y su cojera. La cara no era en sí desagradable, aunque careciese de belleza, y había una dulce expresión de paciencia dolorosa en sus grandes ojos azules, que ordinariamente estaban fijos en el suelo. Pero aparte de que su tez era en extremo pálida, su piel tenía ese tinte descolorido amarillento que ordinariamente es signo de mala salud, y aunque sus dientes eran blancos y regulares, sus labios eran delgados y pálidos. La princesa tenía abundancia de pelo rubio, pero tan ligeramente coloreado que casi era de tono azulino, y su doncella, que consideraba la profusión de trenzas de su ama como un signo de belleza, no había mejorado las cosas al disponerlas en bucles alrededor de su cara pálida, a la que comunicaba una expresión casi cadavérica y sobrenatural. Para empeorar las cosas había escogido un vestido de seda verde pálido, que le daba en conjunto una apariencia espantosa y aun espectral.
Mientras Quintín seguía a esta singular aparición con ojos en los que la curiosidad se mezclaba con la compasión, pues cada actitud y movimiento de la princesa atraían este último sentimiento, dos damas entraron por el otro extremo de la habitación.
Una de éstas era la joven que, por indicación de Luis, le había servido a él la fruta en su memorable almuerzo en la Fleur de Lys. Investida ahora con toda la misteriosa dignidad correspondiente a la ninfa del velo y el laúd, y demostrado, además (por lo menos a juicio de Quintín), que era la heredera de alcurnia de un rico condado, su belleza le hizo mucha más impresión que la que recibió cuando la consideraba como la hija de un mezquino posadero que atendía a un viejo vecino, rico y de buen humor. Ahora le sorprendía qué fascinación podía haberle ocultado su verdadero carácter. Sin embargo, su traje era tan sencillo como antes, consistente en un vestido de riguroso luto, sin ningún adorno. Su tocado se reducía a un velo de crespón que estaba del todo echado hacia atrás, con lo que quedaba su cara al descubierto, y era sólo el conocimiento que actualmente poseía Quintín de su verdadero rango, lo que le daba ante sus ojos nueva elegancia a su bonita figura, una dignidad a su marcha, que antes había pasado desapercibida, y a sus correctas, facciones, brillante tez y ojos vivos un aire de nobleza visible que realzaba su belleza.
Aunque le hubiesen castigado con la muerte, Durward no podía menos de rendir a esta belleza y a su compañera el mismo homenaje que acababa de hacer a la realeza de la princesa. Lo recibieron como personas que están acostumbradas a la deferencia de sus inferiores, y correspondieron a él con cortesía; pero él pensó, quizá fuese ilusión juvenil, que la dama joven se ruborizó ligeramente, conservó sus ojos fijos en el suelo y pareció un poco embarazada, aunque en grado imperceptible, cuando devolvió su saludo militar. Esto podía haber sido debido al recuerdo del audaz extranjero en la vecina torrecilla de la Fleur de Lys; pero, ¿demostraba disgusto esta inquietud? No tenía medios para dilucidar esta cuestión.
La compañera de la joven condesa, vestida, como ella, muy sencilla y también de luto, riguroso, estaba en esa edad en la que las mujeres se agarran más tenazmente a una reputación de belleza que viene disminuyendo desde hace años. Aun tenía rasgos que demostraban cuál había sido en otra época el poder de sus encantos, y recordando sus pasados triunfos, era evidente, por su aire, que no había abandonado sus pretensiones de conquistas futuras. Era alta y agraciada, aunque algo altanera en su aire, y correspondió al saludo de Quintín con una sonrisa de graciosa condescendencia, diciendo al momento algo, al oído de su compañera, que se volvió hacia el soldado como obedeciendo a alguna indicación de la señora de edad, pero sin levantar, no obstante, sus ojos. Quintín llegó a sospechar que la observación hecha a la joven se refería a su propio buen empaque, y le complació (no sé por qué) la idea de que ella no se decidiese a mirarle para comprobar con sus ojos la verdad de la observación. Quizá pensase que comenzaba a existir entre ambos una especie de misteriosa aproximación que daba realce al detalle más insignificante.
Esta reflexión fué momentánea, pues toda su atención se concentró en el encuentro de la princesa Juana con estas damas forasteras. Esta permaneció quieta a su entrada para recibirlas, consciente quizá de que la marcha no le favorecía, y como apareciese algo desconcertada para recibir y corresponder a sus cumplidos, la forastera de mayor edad, ignorante de la categoría de la persona a quien se dirigía, devolvió su saludo de modo que más bien parecía que confería y no recibía un honor con la entrevista.
-Me regocija, señora -dijo con una sonrisa que aparentaba expresar condescendencia-, que nos sea, por fin, permitida la sociedad de una persona tan respetable de nuestro sexo como aparenta usted ser. Debo decir que mi sobrina y yo tenemos poco que agradecer a la hospitalidad del rey Luis. Sobrina, no me tires de la manga; estoy segura de leer en las miradas de esta joven dama simpatía por nuestra situación. Desde que vinimos aquí, señora, hemos sido tratadas casi como prisioneras, y después de mil invitaciones para colocar nuestra causa y nuestras personas bajo la protección de Francia, el cristianísimo rey nos ha proporcionado, primeramente, una modesta posada para nuestra residencia, y ahora un rincón de este carcomido palacio, del cual sólo nos es permitido salir después de la puesta del sol, como si fuéramos murciélagos o mochuelos, cuya aparición a la luz del sol es considerada de mal agüero.
-Siento -dijo la princesa tartamudeando en vista de la dificultad peliaguda de la conversación- que hayamos sido incapaces hasta ahora de recibirles según sus merecimientos. Su sobrina espero que estará más satisfecha.
-Mucho, mucho más de lo que pueda expresar -contestó la joven condesa- Buscaba seguridad, y he encontrado además soledad y sigilo. La reclusión en nuestra anterior residencia y la soledad aun mayor de la que ahora nos han asignado aumenta a mis ojos el favor que el rey otorga a unas infortunadas fugitivas.
-Silencio, sobrina tonta -dijo la señora mayor-, y hablemos conforme a nuestra conciencia, ya que, al menos, nos encontramos solas con personas de nuestro sexo; digo solas, porque ese hermoso joven soldado es una mera estatua, ya que no parece hacer uso de sus piernas, y tengo entendido que le falta el de la lengua, por lo menos en lenguaje civilizado; digo que, puesto sólo esta dama puede entendernos, debo confesar que no hay nada que haya sentido más que el haber emprendido este viaje a Francia. Esperaba una recepción espléndida, torneos, carrousels, espectáculos al aire libre, festivales, y en vez de esto, ¡sólo hemos encontrado reclusión y obscuridad!, y la mejor compañía que nos proporcionó el rey fué la de un bohemio vagabundo, por cuyo intermedio nos puso en correspondencia con nuestros amigos de Flandes. Quizá -dijo la dama- sea su intención política enjaularnos aquí de por vida, para poderse apoderar de nuestros bienes después de la extinción de la antigua casa de Croye. El duque de Borgoña no era tan cruel; ofreció a mi sobrina un marido, aunque malo.
-Hubiese preferido el velo de novicia a un marido perverso -dijo la princesa, encontrando difícilmente una oportunidad para meter baza.
-Por lo menos, una desearía poder escoger, señora -replicó la voluble dama-. Dios sabe que sólo hablo por mi sobrina, pues respecto a mí, hace tiempo que no me hago ilusiones de variar de estado. La veo sonreír, pero le aseguro que es verdad; sin embargo, eso no es excusa para el rey, cuya conducta, así como su persona, tiene más semejanza con la del viejo Michaud, el cambiante de dinero de Gante, que con la de un sucesor de Carlomagno.
-¡Alto! -dijo la princesa con alguna aspereza en el tono de su voz-. Recuerde que habla de mi padre.
-¡De su padre! -replicó la borgoñesa, sorprendida.
-¡De mi padre! -repitió la princesa con dignidad- Soy Juana de Francia. Pero no tema, señora -continuó en el acento dulce que le era natural-; no tenía usted intención de ofender, y no me doy por ofendida. Interpondré mi influencia para hacer que su destierro y el de esta interesante joven sea más soportable. ¡Ay!, pero poco es lo que puedo, aunque ofrecido de buena gana.
Profunda y sumisa fué la reverencia con que la condesa Hameline de Croye, que así se llamaba la señora de edad, recibió el amable ofrecimiento de la protección de la princesa. Había vivido mucho tiempo en las Cortes, conocía a fondo las costumbres que en ellas se adquirían y mantenía con firmeza las reglas admitidas por los cortesanos de todas las épocas, las que, aunque en su conversación privada usual comentaban los vicios y locuras de sus amos, nunca consentían que tales comentarios se les escapase en presencia del soberano o de los miembros de su familia. La dama resultó escandalizada hasta más no poder con la equivocación que le había inducido a hablar con tan poco decoro en presencia de la hija de Luis. Hubiera agotado sus excusas y la manifestación de sus sentimientos si no la hubiese callado y tranquilizado la princesa con sus ruegos gentiles, los cuales, al provenir de una hija de Francia, tenían el carácter de un mandato para que no dijese nada más por vía de excusa o explicación.
La princesa Juana tomó entonces asiento con una dignidad que le era muy adecuada y obligó a las dos forasteras a sentarse, una a cada lado, a lo que la joven accedió con timidez sincera y respetuosa, y la dama de más edad con una afectación de profunda humildad y deferencia, que era fingida. Hablaron juntas; pero en tono tan bajo, que el centinela no pudo oír la conversación, y sólo observó que la princesa parecía conceder atención preferente a la más joven o interesante de las damas, y que la condesa Hameline,aunque hablaba mucho más, atraía mucho menos su curiosidad con su charla abundante y sus cumplimientos que su parienta con sus breves y modestas contestaciones a lo que se le preguntaba.
La conversación de las damas no había durado más de un cuarto de hora cuando la puerta del extremo contrario del hall se abrió y penetró un hombro cubierto por un redingote. Teniendo presente el mandato del rey y resuelto a no ser sorprendido por segunda vez dormitando, Quintín se adelantó hacia el intruso, e interponiéndose entre él y las damas, le rogó se retirase en el acto.
-¿Por orden de quién? -preguntó el individuo en tono de sorpresa desdeñosa.
-Por la del rey -dijo Quintín con firmeza-, pues estoy colocado aquí por mandato suyo.
-Eso no rezará contra Luis de Orleáns -dijo el duque dejando caer su redingote.
El joven dudó un momento; pero, ¿cómo insistir contra el primer príncipe de sangre real, que había de aliarse, según la voz general, con la propia familia del rey?
-Su alteza -dijo- está demasiado alto para que pueda contrariar su deseo. Confío en que su alteza afirmará haber yo cumplido con mi deber en mi puesto de centinela hasta donde se me ha permitido.
-Está bien; no tendrá de qué arrepentirse, joven soldado -dijo Orleáns.
Y pasando adelante presentó sus respetos a la princesa con ese aire de coacción que siempre aparecía en su galantería cuando se dirigía a ella.
-He estado comiendo con Dunois -dijo-, y enterado de que había gente en la galería de Rolando me he tomado la libertad de sumarme a los presentes.
El color que remontó a los pálidos carrillos de la desgraciada Juana, y que por un momento puso algo de belleza en sus facciones, demostró que este aumento de las personas reunidas no le era indiferente. Se apresuró a presentar al príncipe a las dos damas de Croye, que le acogieron con el respeto debido a su rango eminente, y la princesa, señalando una silla, le rogó que tomase parte en la conversación general.
El duque rehusó el tomar un asiento en tal compañía; pero cogiendo un almohadón de uno de los divanes lo puso a los pies de la linda condesa de Croye y se sentó de modo que, sin aparecer que despreciaba a la princesa, podía dedicar la mayor parte de su atención a su adorable vecina.
Al principio parecía como si esta colocación más bien agradase que ofendiese a su predestinada esposa. Alentó al duque en sus galanterías para con la bella forastera y parecía considerarlas como cosa natural. Pero el duque de Orleáns, aunque acostumbrado a someter su voluntad al severo yugo de su tío cuando estaba en su presencia, tenía el suficiente carácter para seguir sus propias inclinaciones cuando no existía ese freno, y como su alta alcurnia le daba derecho a sobrepasar las ceremonias ordinarias y a tomarse, desde luego, familiaridades, sus elogios de la belleza de la condesa se hicieron tan insistentes debido quizá a haber bebido un poco más de vino de lo usual, pues Dunois no era enemigo del culto de Baco, que al fin resultó muy entusiasmado y casi olvidado de la presencia de la princesa.
Esa actitud galante de Orleáns sólo agradaba a una de las reunidas, pues la condesa Hameline preveía ya la dignidad de una alianza con el primer príncipe de sangre azul por el intermedio de su sobrina, cuya cuna, hermosura y posición no hacían imposible tan ambicioso proyecto, aun a los ojos de la persona más exigente, si se pudiese prescindir de tener en cuenta los planes de Luis XI.
La condesa más joven escuchaba los galanteos del duque con ansiedad y molestia, y de vez en cuando dirigía una mirada suplicante a la princesa, como si desease que viniese en su auxilio. Pero los sentimientos heridos y la timidez de Juana de Francia le hacían a ésta incapaz de un esfuerzo para hacer más general la conversación, y por fin, exceptuando algunas cortesías breves de lady Hameline, fué mantenida aquella casi exclusivamente por el duque, aunque a expensas de la condesa de Croye, cuya belleza constituía el tema de su presuntuosa elocuencia.
No se debe olvidar que había una tercera persona, el centinela, del que se prescindía, que vió desvanecerse sus hermosos ensueños como cera ante el sol a medida que el duque insistía en el tono apasionado de su vehemente discurso. A la postre, la condesa de Croye hizo un esfuerzo decidido para terminar lo que estaba resultando sumamente desagradable para ella, en especial por la pena que la conducta del duque infligía en apariencia a la princesa. Dirigiéndose a ésta le dijo modestamente, pero con firmeza, que el primer favor que tenía que pedirle por su prometida protección era «que su alteza intentase convencer al duque de Orleáns que las damas de Borgoña, aunque inferiores en talento y modales a las de Francia, no eran tan tontas como para no agradarles más conversación que la de los cumplidos extravagantes.»
-Lamentaría, señora -dijo el duque previniendo la contestación de la princesa-, que satirizase en la misma sentencia la belleza de las damas de Borgoña y la sinceridad de los caballeros de Francia. Si somos rudos y exagerados en la expresión de nuestra admiración es porque amamos lo mismo que peleamos, sin dejar penetrar en nuestros pechos la fría deliberación, y nos rendimos ante las bellas con la misma rapidez con que derrotamos un valiente.
-La belleza de nuestras paisanas -dijo la joven condesa, con más reproche del que hasta ahora había empleado con su encopetado galán- no puede reclamar unos triunfos que el valor de los hombres de Borgoña es incapaz de concederles.
-Respeto su modo de pensar, condesa -dijo el duque-, y no puedo impugnar la segunda parte de su respuesta hasta que un caballero borgoñés se ofrezca a sostenerla con lanza en el estribo. Pero respecto a la injusticia que ha hecho con los encantos que su tierra produce, apelo a usted misma. Mire aquí -dijo, señalando a un gran espejo, regalo de la República veneciana, y entonces de gran rareza y valor- y dígame, ¿qué corazón hay que pueda resistir los encantos aquí reproducidos?
La princesa, incapaz de sostener por más tiempo el olvido de su amante, se retrepó en su asiento con un suspiro, que hizo volver al duque del terreno de las fantasías e indujo a lady Hameline a preguntar si su alteza, se encontraba enferma.
-Siento un dolor repentino en las sienes- dijo la princesa intentando sonreír-; pero pronto me repondré.
Su palidez creciente contradecía sus palabras, y decidieron a lady Hameline a pedir auxilio, pues la princesa parecía próxima a desmayarse.
El duque, mordiéndose los labios y maldiciendo la locura que le impedía dominar sus palabras, corrió para llamar a los servidores de la princesa, que esperaban en la próxima habitación, y cuando acudieron, presurosos, con los remedios acostumbrados, no pudo, como caballero que era, prestar ayuda para que se repusiese. Su voz, que casi resultaba cariñosa, dominada por la piedad y el reproche de sí mismo, fué el más poderoso medio para que ella volviese en sí, y cuando estaba a punto de recobrar sus facultades entró el rey en la habitación.
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El político
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Este es un lector de política tan hábil, |
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Que (sin menosprecio de la astucia de Satán) |
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Puede muy bien dar una lección al diablo |
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Y enseñar al viejo seductor nuevas tentaciones. |
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Comedia antigua. |
Cuando Luis entró en la galería frunció el entrecejo de la manera en él corriente y lanzó a su alrededor una mirada inquisitiva, y al lanzarla, según Quintín después declaró, sus ojos parecieron tornarse tan pequeños, tan fieros y tan penetrantes que se asemejaron a los de una culebra sobresaltada que mira a través del matorral en que yace enroscada.
Cuando por esta momentánea y aguda mirada comprendió el rey la causa del bullicio que había en la habitación, se dirigió en primer lugar al duque de Orleáns.
-¿Tú aquí, querido sobrino? -dijo, y volviéndose hacia Quintín añadió con seriedad--: ¿No has atacado?
-Perdone al joven soldado, señor -dijo el duque-; no ha descuidado su obligación, pero me enteré que la princesa estaba en la galería.
-Y yo te aseguré que no encontrarías obstáculos cuando vinieses a cortejar -añadió el rey, cuya detestable hipocresía persistía en representar al duque como copartícipe de una pasión que sólo era experimentada por su desgraciada hija-. ¿Y es de este modo como sonsacas a los centinelas de mi guardia, joven? ¡Pero qué no podrá perdonarse a un galán que sólo vive par amours!
El duque de Orleáns elevó la cabeza, como si intentase replicar de alguna manera para corregir la opinión que suponía la observación del rey; pero el respeto instintivo, por no decir miedo, que sentía por Luis, en el que se había criado desde niño, contuvo su voz.
-¿Y Juana se ha puesto mala? -dijo el rey-. Pero no te apures, Luis, pronto pasará; dale tu brazo hasta su habitación, mientras conduzco a la suya a estas damas forasteras.
La orden fué dada en tono autoritario, y, por consiguiente, Orleáns efectuó su retirada con la princesa por una extremidad de la galería, mientras el rey, quitándose el guante de su mano derecha, condujo amablemente a la condesa Isabel y a su parienta a su habitación, que daba al otro extremo. Saludó profundamente al tiempo de entrar y permaneció de pie en el umbral durante un minuto después que ellas habían desaparecido; entonces, con gran compostura, cerró la puerta por la que se habían retirado, y girando la gran llave, la sacó de la cerradura y la puso en su cinturón; apéndice que le hizo asemejarse más a algún viejo avaro, que no se encuentra a gusto hasta que lleva consigo la llave de su tesoro oculto.
Con pasos lentos y reflexivos y ojos fijos en el suelo, Luis avanzó hacia Quintín Durward, el cual, esperando tener su parte en el disgusto real, vió que se aproximaba con no poca ansiedad.
-Has obrado mal -dijo el rey levantando sus ojos y clavándolos en él cuando se le hubo acercado a distancia de un metro-; has obrado muy mal, y mereces morir. ¡No digas nada en defensa tuya! ¿Qué te importan duques o princesas? ¡Sólo te debe importar mi orden!
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